ALGUNA CLASE DE MONSTRUOS

[Esto son las primeras líneas del libro que intento escribir (de título en el… título). Ahora que creo que está en su fase final, o al menos que lo terminaré, y como lo más probable sea que se quede en un cajón (para probable regocijo de todos lo que querrían intentarlo pero no tienen c…), me ha apetecido compartir este trozo. Como fácilmente me llevaré el resto a la tumba, los que tengáis curiosidad podéis al menos imaginar qué saldría de aquí. Saludos a todos.]

Todos los años en Carnaval se decoraba el no poco espacioso gimnasio del colegio, se celebraba una especie de gran baile infantil. En uno de esos eventos, yo debía tener once o doce años, y acercándose las cinco de la tarde (hora de largarse), una niña delegó en otra niña para hacerme saber que quería bailar conmigo. Obviamente yo solo estaba pensando en volverme a casa; ni de broma iba a bailar con niña alguna allí, delante de todos mis compañeros, y convertirme así en blanco de vete a saber qué motes o bromas o delicias infantiles por siempre jamás. Aceptar aquel baile hubiese revelado contrastes de comportamiento sobre mí que creo algunos de los profesores sospechaban, pero en absoluto los otros niños. Yo no tenía valor para hacer algo así. No tenía valor para hacer casi nada. Ni ganas. Ni motivación. Esa era la idea. Yo era un niño en blanco, ni tan siquiera era el proyecto de persona que te aseguran eres en el colegio. Yo estaba vivo solo sobre el papel, y el papel decía que yo no estaba vivo. No era bueno ni malo ni regular. Lo que yo quería era ser un cuerpo, sin más, que notaran mi presencia lo suficiente para no dejarme encerrado por error en un aula.
La vida seguía su curso más o menos sin mí. Esta sensación siempre me ha perseguido hasta cierto punto. Raramente me siento parte de la escena. Es como si la mayoría de veces fuera poco más que un testigo; un testigo de la atrocidad de la vida, para una posible declaración ante la policía existencial. Si después de la muerte hay algo, será a tíos como yo a quienes harán las preguntas.
Recuerdo los fines de semana. Iba con mi hermano mayor hacia ciertas zonas de periferia “campestre”, la época en auge de las jeringuillas y las revistas porno de páginas pegadas. La cosa es que íbamos a correr juntos. En mi casa sabían leer en mí la idea de que al menos no les apuñalaría por las noches mientras dormían. Me sacaban o me espoleaban a salir. Íbamos por caminos de tierra junto a pequeños huertos, cada uno (cada huerto) con su perro guardián. No sé si varias veces tuvimos que aumentar el ritmo del trote debido a uno de esos bichos, o si solo he fabricado ciertos recuerdos. Esto es importante, a veces volvía caminando de esas excursiones atléticas, y era como si la vista se me nublara, el sol brillante de domingo se oscurecía solo para mí. Parecía casi una secuela de mi estado interior, donde solo había horas y horas de actuar de forma refractaria, y como mucho un balón de fútbol.
No quiero alargarme con lo del fútbol, aunque no puedo garantizar que el tema no vuelva a aparecer. Lo único que me hacía poner los ojos como platos o gritar o correr con ganas, era el fútbol. Era mi único rasgo de humanidad (o relativa humanidad). Y el día en que esto casi estalló fue vete a saber cuándo, pero no debía tener más de trece años. Tras sacar unas notas terribles, mi padre me dijo que no me dejaría volver a ver un partido de fútbol hasta, nuevamente, vete a saber cuándo; creo que ni él sabía cuál era exactamente la amenaza, su intención era la de que yo por fin me convirtiera en un alumno de… al menos de aprobado justo, o de esos a los que les dicen son mucho más inteligentes de lo que sus notas reflejan, y que deberían hacer algo al respecto… Yo no era como Iciar Valoski, en ningún sentido. Mi perfil era el ideal para dar por perdido. Uno de los grandes problemas de la niñez es que durante mucho tiempo, aunque protestes y repliques y demás (lo cual no era mi caso), en el fondo crees que los adultos tienen razón, y que tú solo la tienes cuando tu opinión coincide con la de ellos.
Le dije a mi padre, alto y claro, que si no me dejaba ver el fútbol en la tele, me suicidaría.
Lo que pasaba es que no se me daba bien lo de ser un mal estudiante; aguantaba y tragaba todo el tiempo, y luego un día explotaba. Creo que mi padre me dio una paliza al estilo de antaño, una de esas que no se catalogan como maltrato, y que de hecho, si lo son, lo son a un nivel que aún no parecemos muy preparados para analizar. Obviamente estuve dos o tres partidos catódicos de tele culona encerrado en mi habitación, y luego la pena se levantó por sí sola, de forma natural, si es que se puede decir así.
Era cada año igual, cada trimestre igual, y yo era todo el tiempo el problema. Era extraño, porque yo era el causante de todo ese malestar, pero no me sentía exactamente culpable. Con culpa o no, el efecto que la situación causaba en mí era devastador, porque de todas formas creí mucho tiempo a pies juntillas que yo no tenía espíritu de sacrificio alguno. Eso era capital, porque absolutamente todo tenía que ver con el espíritu de sacrificio. Tal y como el mundo adulto te hablaba, la idea parecía ser que todas las personas eran estúpidas, tontas, lelas, limitadas, pero que simplemente unas tomaban la determinación de esforzarse, y otras se quedaban quietas hasta consumirse. Era la diferencia entre ser Alguien o lo que mi padre denominaba –muy vehementemente– ser un desgraciado. Vaya desgracia nos ha caído, etcétera. Es irónico, porque en aquellos tiempos nos hacían estudiar convulsiones históricas como la Revolución Industrial, nos lo recitaban como hecho pretérito; y sin embargo ojeabas tu libro de Sociales en una clase con un montón de críos más, un horario fijo y una alarma que te decía cuándo podías salir de allí. Oíamos sobre la industria de nuestros ascendientes, hincábamos codos para facilitarnos el futuro, inmersos en una preparación para trabajar –en esencia– en una fábrica del pasado. Eras un niño y ya eras un obrero, y cualquier otra teoría o pensamiento eran fases que pasarían, que tenían que pasar. El discurso que te llegaba estaba dotado de tantas contradicciones, y eran de tal calibre…, pero estaba tan enraizado que era imposible no solo que los niños detectáramos las incoherencias, también era muy complicado que lo hicieran los profesores, porque ellos eran aún más que nosotros el resultado de ese funcionamiento de las cosas. Lo somos. Lo son. Es un pez que se muerde la cola. Yo-soy-y-me-he-esforzado-así-para-ser-y-así-es-como-lo-tienes-que-hacer-porque-así-es-como-son-las-cosas. Qué les ibas a decir… Y es que solo hay algo peor que haber puesto el culo y acabar sangrando, y es la posibilidad de darte cuenta de que ni estabas en la cárcel ni se te había caído el jabón.

lilo

(Parón)

Hace un par de años ya hice un conato de recopilar algunos relatos y ver si alguien los querría publicar, pero la cosa se quedó a medias y se agotó la motivación. Esta vez quiero escribir una novela, y de momento la cosa va bien. Creo que al menos esta vez la acabaré. Luego veremos si alguien la quiere publicar. Así que el blog, que ya lleva algunos días abandonado por este motivo, seguirá por algún tiempo así.
Estaré activo por facebook:

https://www.facebook.com/jordi.miguelnovas

Y por aquí escribo sobre cine:

http://reunionesenlacumbre.wordpress.com/

Saludos a todos.

marilyn

X.

Es el primer día. La versión oficial es que te abandonan allí por tu bien. Una niña de unos veinte años de repente tiene que lidiar con treinta críos (quizá no eran treinta, pero como si lo fueran). De modo que –como tienes cuatro años y básicamente no has pedido estar allí, y ni tan siquiera pediste nacer ni adquirir responsabilidades ni pintar arco iris o moldear ceniceros con plastilina– lo que haces es llorar. Te pones a llorar con todas tus fuerzas, y no eres el único. Estás desconcertado, abandonado, te llaman al redil, te ponen en fila, te ordenan ir de la mano en parejas, te invitan a callarte. Luego te dicen que más vale que aproveches, porque esa es la etapa más feliz de tu vida. ¡Ah!, por supuesto, la niñez, todo es diversión, libertad absoluta y jodienda, drogas, flexibilidad, un montón de dinero y sexo a todas horas. Es el anteproyecto de eso, al menos, de lo que te venderán por felicidad; las drogas serán un complemento relativamente evitable. La niñez, vaya que sí, esa etapa llena de adultos a los que ves en plano contra-picado occidental… si has tenido suerte geográfica al nacer, claro. No tardarás mucho en oír a alguien decir que los niños de África son felices solo con corretear y masticar piedras. Así que más vale que espabiles, ese desequilibrio te interesa. Las capas de confusión moral y ética que te meterán por tu culo infantil no serán algo que te aclaren en los subsiguientes años; ni aunque seas un buen estudiante; o más bien, sobre todo si lo eres. Deberás intentar aprender a valorar la esencia de las cosas mientras intuyes que bajo todos los discursos el mensaje es que lo importante es el sempiterno dinero. Te hablarán sobre la profundidad del Amor mientras luchas por la nota media para conseguir introducirte en el camino al euro. Te adherirás al mensaje sobre la inabastable valía de la generosidad mientras te cuentan que la madurez existe, y que se consigue con pasta, pasta gansa. La idea del valor incalculable de la vida será el envoltorio de las monsergas de aquellos que sobre el papel te quieren, siempre y cuando te calles de una puta vez, joder, y te metas a tu cuarto a estudiar si no quieres ser un puto desgraciado. Niñato de mierda, menuda desgracia nos ha caído, vagueando todo el día y sin hacer nada de lo que tiene que hacer, no coge ejemplo de su hermano ni de ninguno de sus amigos, se pasa el día encerrado o vete saber dónde en la calle … No es bueno que te tomes al pie de la letra lo de que la infancia es la etapa más feliz; la verdad es que con el tiempo verás que siempre hay una teoría y luego está la práctica (y luego hay millones de matices). Lo que seguramente en realidad pasa, es que entienden que la infancia es la etapa más feliz porque aún no tienes que afrontar del todo la mierda alambicada, estúpida, cruel e hipócrita que ellos han erigido por Sociedad. Es un intrincado sistema de valores por el cual por fuera deberás parecer conforme y más o menos feliz con todo, mientras por dentro… bueno, probablemente tendrás que perfeccionar una especie de esterilización del espíritu. Es, en el fondo, la misma razón por la que un niño en África puede llegar a ser feliz (o “feliz”); es adaptación al medio, y sucede en todos los ámbitos y clases sociales: es el mismo motivo por el que un basurero se puede acostumbrar al olor del camión de basura; que él se haya acostumbrado no significa que la basura no siga ahí. La versión predominante de la historia, o el credo al que hay que rendir pleitesía, es que debes olvidar, debes enterrar toda esa inmundicia, y puedes hacerlo solo con cosas. Debes convencerte de que puedes fabricarte un alma si visitas las suficientes tiendas de ropa o tu casa es lo suficientemente mona y sufre reformas constantes. Tu valía como ser humano se deberá medir según proliferen tus “méritos” a cierto nivel. Da igual que estés hueco si te has pateado la Capilla Sixtina o has visitado una buena colección de países extranjeros en verano. En esas fotos quizá hay recuerdos, sí, pero sobre todo es la prueba definitiva de que tú sabes cómo hacer las cosas, cómo vivir en este mundo, y que no solo no hueles ya la basura, sino que tampoco te importa; y tanto es así que incluso puedes fingir que sí, que te crean, y montar toda una religión al respecto. No hay como fabricarse una existencia a prueba de pensamientos. Si te esfuerzas un poco más en esa línea, un día acabarás viendo una foto, lo único que te recordará es que estabas haciendo una foto, y te dará completamente lo mismo. La idea de la felicidad se venderá tan barata que prácticamente te la regalarán si te cambias el móvil. Y es posible que eso ya se esté haciendo. Quizá eso ya esté pasando, porque los clientes potenciales podrían ser ya así. Podrían aceptar simplemente la sugerencia de creerse felices, y así no tener que pensar qué van a hacer con su tiempo si no es comprarlo.
La chica de la planta tropecientos pone cara rara y dice que nunca ha hecho eso. X., criado en su día por padres de clase media mal acomodada, dice que es verdad que es una guarrada, pero venga hombre, la gente hace cosas mucho peores, aquí la diferencia es que al menos no hay pagos de por medio, nadie se está prostituyendo, solo son dos adultos eligiendo hacer guarradas, quién sabe, quizá hasta disfruten de esas guarradas. Aquí nadie es una puta, nadie es un maltratador ni un chulo, y el pis de semejante chica no puede ser tan repugnante.
–Eres un cerdo.
–Así no vas a hacer que se me baje la erección.
–Está claro que eres un cerdo.
–Creo que deberías mearte en mi polla. Y que conste que el primer plan era mi boca.
–Qué asco, en serio.
–Tú no vas a… Yo no pienso mearte encima, nunca haría eso, solo quiero un poco de tu…
–Creo que voy a vomitar.
–Solo te haces la escandalizada.
–No me vas a convencer.
–No te preocupes, no me va la coprofagia, mi límite es la lluvia dorada. Y no es porque me guste mucho el pis, es la idea de hacer semejante cosa, en la intimidad, algo que por fin es casi seguro que no saldrá de la intimidad. Algo que los demás no sospecharán, no podrán intuir. Si lo piensas bien, es lo más cercano al amor que muchas parejas podrían hacer entre ellas.
–Estás como una cabra.
–Qué dices. No. Me educaron en un colegio público (si es que es distinto al privado…) Soy tan previsible que tengo planeados los próximos cuarenta años. Si me preguntas por una fecha de dentro de diez años, te puedo decir casi seguro qué estaré haciendo, siempre y cuando no se tuerza el plan…
–Tu novia seguro que no hace guarradas así.
–A eso me refiero, has dado en el clavo. Mi novia tiene una sopa de letras sencilla por cerebro. Eso y un máster.
–Y cuernos…
–Qué quieres, ella es tan humana como yo, nos conocimos casi con pañales. Somos la pareja modelo, nuestros padres creen que a estas alturas ya sudamos colonia y nuestro gato de concurso caga caviar. Tenemos una hipoteca y planes de no-cambio hasta la muerte.
–Hay gente que no necesita una vida paralela…
–Sobre el papel nadie hace esto, ya, pero no veo el argumento…
–Por algo no lo harán…
–Me vas a hacer decirlo…
–…
–La verdad es que nunca me han practicado la lluvia dorada. Es solo una fantasía, algo que me gustaría hacer. Que me hiciesen.
–Y ¿qué pasa si en el proceso descubres que te da asco y ya no hay marcha atrás…?
–He pasado años comiendo mierda prefabricada de todas las clases, podré con un poco de pis. Si me da asco soy perfectamente capaz de disimular. Llevo miles de lunes disimulando. Semanas enteras. Años. Hace poco mi novia me preguntó si quería tener hijos y le dije que sí sin titubear, con una sonrisa de psicópata que ella se quiso creer. Soy una persona perdida, solo una más, solo quiero portarme mal de vez en cuando, sin hacer daño a nadie.
–Y que se te meen encima es… ¿una declaración?
–…
–¿Si tu novia te lo propusiera tu vida te parecería mejor?
–No nos podemos poner en supuestos absurdos. ¿Sabes qué contestaría yo de verdad a esa gente que te pregunta qué te llevarías a una isla de desierta? Me los llevaría a ellos y una pistola escondida, porque creo que son la clase de imbéciles que tienen las riendas…
–Me estás comenzando a dar miedo.
–No mataría a nadie, no te preocupes, o sí, pero tú también, solo hemos tenido suerte de ser de donde somos y ser en general coyunturalmente afortunados.
–Ya.
–No quiero perder mi vida, es una mierda, pero es cómoda, cambiarla a estas alturas sería tal follón que seguir en ella seguramente sea más inteligente. Fui sincero contigo desde el principio.
–Creo que no me voy a beber ese vaso de agua, y que deberíamos dejar de vernos…
–¿En serio? ¿Qué más te da? ¿Qué edad tienes?, ¿como 20 años? ¿Qué piensas hacer? ¿Una chica casi niña en Periferia buscando una relación seria? Qué será lo siguiente, ¿buscar comida sana?
–A lo mejor es que no quiero hacer esto más contigo.
–¿Vas a buscar a un tío que le ponga los cuernos a su novia pero tenga la decencia de no decírtelo? Yo también puedo ser un hipócrita mentiroso si quieres, tengo un montón de años de práctica, es lo que hago casi todo el tiempo en mi vida oficial, no hay nada de mi piso o mi trabajo o lo que haga que tenga una mierda que ver en realidad conmigo. ¿O es que acaso te vas a buscar a alguien de tu edad…? ¿Un buen chico que folle como Peter Pan y se corra como Campanilla…? No me lo creo.
–Capullo…
–Oye, eres la primera cosa que hago que ha sido elección mía de verdad… La primera, a mis casi cuarenta años, yo, X., algunos dirían que esto ha de tener bastante significado.
–No vas a conseguir ablandarme.
–No intento ablandarte, es la pura verdad. He sido una especie de monja del sistema, siempre dentro de él, enclaustrado, cabizbajo, atento a todas las órdenes, siempre cumpliendo. Y ahora deberías verme en casa con mi novia, hablando con ella de casarnos y tener hijos, y me da vértigo solo de tener que sacarlo a colación aquí contigo. Y no me vengas con que cambie mi vida y ya, no compres nunca esa moto, eso apenas pasa, pasa mucho menos de lo que crees, la gente se deja llevar, no quieren restarle sentido a sus principios de base, no quieren darse cuenta de que quizá se hayan dejado manipular en lugar de haber tomado decisiones propias.
–Creo que eres un capullo. Y también un cobarde.
–Ahora no sé si me hablas en serio o me estás provocando…
–Y un cerdo…
–Me va a volver la erección.
–No pienso hacer eso…
–Pero podemos seguir con lo otro…
–No. Creo que ya me he enfriado.
De un minuto para otro, fuera se oye pasar a la policía desde hace un buen rato, varios coches y unidades. Y se oye retumbar algo, como algo que se acercara, algo enorme e imposible de manejar. Algo que da pasos.
–¿Oyes eso? –dice la muchacha.
–Sí…
Ese Algo sigue haciendo temblar el suelo, y cruza por delante de la ventana. Parecían escamas, un organismo vivo, torpe, puede que sin malicia, pero obtuso y asustado, como de ficción asiática. La chica lloriquea mientras tiembla el suelo. X. tiene miedo, pero también una sonrisa de oreja a oreja. El estruendo –muy cercano– que llega ahora y se hace creciente, parece el violento derrumbarse de un rascacielos.

xx

Hervir para las impurezas

Tres chicos provisionales para Marga, Laura y Vanesa, nombres al azar que se han convertidos en nicks o sílabas o meras iniciales. Nombres bastante comunes que atraen a los poemarios delgados y los tatuajes formato mono/sexual. Exposiciones y presentaciones de libros a veces de ellas y a veces de otras, algunas veces de los novios del momento y todo está en Google, burbujea en el timeline y se multiplican las fotos públicas y salpica el semen y el mundo pobre y desvencijado y no-tecnológico está lejos y basta y sobra con la mera noticia al respecto. Luego hay otros tres chicos, y entre ellos y los anteriores ha habido melancolía hipster y fotos retocadas y narraciones al respecto. A menudo llevan ahora sombreros y barbas cuidadosamente descuidadas y más tatuajes, un poco más grandes (de los que de lejos parecen roña), y todo sucede a los veintitantos y la conciencia política suele ser sintética y repleta de vasos medio llenos y sonrisas lascivas en blanco y negro estilo años dos mil… La superficie es reluciente y el fondo es igual al de los papás. El futuro es estanco y el progreso –de haberlo– es solo económico. Las personas realmente diferentes son mascotas y las que van de diferentes son las reinas del momento, a cada segundo pasan de moda y a cada segundo se adaptan, las capas de hipocresía se multiplican y nadie queda a salvo, el grosor de la primera pátina de todo empieza a ser imposible de penetrar para cualquier prospector, y la poesía es un ente al modo Frankenstein, formado por los tics que algunos se huelen que otros creen que son guays, mientras la tristeza y la felicidad se convierten en lo contrario a la espontaneidad, y la responsabilidad en lo que hay al otro extremo de la autenticidad. Marga hace una fotografía y recuerda aquel momento en que hizo una fotografía mientras pensaba en aquellas fotografías inexistentes del aquel viaje cuando se le olvidó la cámara. Laura y Vanesa la miran por encima de sus bebidas irreconocibles a simple vista y le dicen que eso le pasa porque un día se le va a olvidar la cabeza. Luego cacarean al modo de las gallinas Starbucks y se explican los polvos de ayer –aunque solo sea con miradas– para que por fin existan y se ríen avergonzadas y a la vez orgullosas de sus próximas ideas para nuevos tatuajes. Laura despierta una mañana en la habitación de su piso compartido y el chico con el que ha pasado la noche la fotografía a contraluz mientras ella se viste mirando hacia la ventana que da a una calle estrecha de un barrio ametrallado por Instagram encajonado en una gran ciudad; nido de chicas y chicos parcelando la libertad, proyectando referencias pop en contextos artísticos e intentando llenar lo que en el fondo saben es una burbuja nacida ya a ras de suelo. Vanesa prepara no muy lejos un desayuno vegano que queda digitalmente petrificado y estudia para su máster mientras le whatsappea a alguien que está hasta arriba y se dedica luego a organizar su agenda mental para meter en ella un nuevo chico y el nuevo tatuaje y la visita a ese nuevo sitio con ese tío que pincha dicen de maravilla y donde dicen no sirven garrafón. El cielo sigue igual que antaño y los nombres comunes convertidos en muñones confunden la introspección con la pose, y cómo culparles, habiendo nacido y crecido entre sonrisas pasivo-agresivas Educativas y sabias sobre el papel, ecos de siglos pasados basados también en pieles y filtros interesados, variaciones sobre bases ya malamente olorosas y oráculos cuya profunda evolución ha consistido en no poder colocar ahora encima una sevillana. Fútbol en HD y cine a diez putos euros, vamos al local de luces rojas que nos dijeron. Las chicas de nombres comunes y estéticas basadas en estéticas basadas en estéticas basadas en estéticas basadas en estéticas que a su vez estuvieron basadas en estéticas que alguien creó basándose en ciertas estéticas, salen a poner a prueba la juventud que creen antecede al fin del mundo, que no es más que sus muertes, cuando sucedan –creen ellas– a los treinta años, mientras se siguen pensando originales buscando arrugas en el espejo, mientras le quitan hierro al asunto y luego se olvidan subiendo tres escalones y pidiendo algún tema a ese dj que pincha cosas que quieren ser Depeche mode o los Radiohead del ‘Idioteque’ pero no lo logran. Niñas de veinte y veintimuchos, inconformistas como manda el canon e independizadas como manda la física, con tíos de camisas a cuadros, extraños piercings y aspectos con los que te es imposible imaginarlos a los sesenta años. Luego de los treinta ya hay que sentar cabeza otra vez y volverse recto, la juventud es una etapa fácil de superar si ha sido más bien artificial. La vida se hace más fácil por secciones, y un hijo a veces es la excusa perfecta para convertirse en alguien ya abiertamente egoísta y orgullosamente materialista. Supongo que no es fácil desmarcarse más allá de la mera idea, del mero concepto. Debe doler que te hagan un tatuaje, les dice una día una cuarta chica a las chicas, y ellas dicen que sí, pero coño, dicen luego, algo hay que hacer, algo hay que fotografiar, algo hay que hacer pasar por carácter, algo hay que enseñar como prueba de que una es feliz, de que sale y hace cosas o de que tiene verdadero amor por el Arte y el dolor y la verdadera vida. No lo dicen exactamente con esas palabras. Algo hay que hacer para sacar tanto sentimiento hacia afuera, para que quede visible, para que la gente lo vea, para que vislumbren tu pequeña pero respetable colección de ex-parejas (‘¡no somos putas!’) y brutales polvos de verano, y el dolor, recuerda, dolor, un dolor emocional insoportable, que con grandes dosis de madurez y tinta y poesía urbana se ha superado. Niña, un tatuaje no es nada en comparación con todo eso, o agujerarse la nariz o el ombligo o bueno, o cualquier parte del cuerpo que puedas pinzar con el índice y el pulgar. Todo es tan romántico cuando el culo aún es terso… Luego decae la presunta personalidad al mismo ritmo que el culo en la muerte prematura. Hay que dejar este piso de tropecientas habitaciones, ¿aquí cómo vamos a criar a un niño?, necesitamos al menos dos lavabos, ¿has oído lo de esa chica de abajo a la que se le ha muerto el novio?, qué penita. Suena un grupo que intenta sonar evolucionado incluyendo algo de sintetizador, el dj sonríe a las chicas, que se contonean a pocos años del fin. El pez se muerde la cola, en la que lleva un septum que está pensando en quitarse, se acerca una entrevista de trabajo para entrar en la cadena de montaje; no había enchufes, así que no había arte, el talento es una decisión y el profesionalismo la tira de veces una forma elegante de prostitución. Chico Ideal llega con la edad requerida y los testículos tan cargados como la hoja de méritos, importante es como decían los Manos no fiarse de una habitación en llamas; llama la edad adulta y la palabra Madurez gana terreno como una versión cínica de Godzilla. Esos nuevos caminos que algunos parecen ser capaces de transitar, es importante restarles mérito y credibilidad, lo autodidacta ha de ser sospechoso y las firmas huellas de Dios. El demonio de las ametralladoras por la lotería de las desgracias es en ocasiones imposible de evitar, pero nadie podrá culparte de aburrimiento atroz y torpeza vital si millones habitan millones de habitáculos iguales al tuyo.
Marga, Laura y Vanesa pueblan a menudo una cafetería que hace esquina y que tiene un pasado turbio. Dos chicos de Periferia tomaron lo que llaman malas decisiones; que culminan en lo que en una nota describen como «hervir para las impurezas». Es una redundancia social, uno de esos hechos terribles de los que nadie quiere sacar realmente conclusiones más allá de barrer con estilo la mierda bajo la alfombra. Retórica para ese cocido que sigue cocinándose para el Armagedón. Son cosas que pasan, pues, dos chicos y sus malas cabezas. No es culpa de nadie, mucho menos de nadie adulto o circundante a las vidas de esos muchachos. Es la coyuntura, las circunstancias, y también las M240 conseguidas a saber de qué retorcida manera. Esos niñatos de instituto… nunca se centraban. No tenían nota media para acceder a la facultad de la zona, el edifico frente a la cafetería, nunca podrían tontear con esas universitarias, tendrían que conformarse con las aprobadas por los pelos en algún antro académico para medio-tontitos. Los pechos estallan por las ráfagas, un ruido insoportable hace que el interior de la cafetería parezca el interior de una lata de Coca-cola, si es que no lo es en realidad. Grita quien tiene tiempo de gritar, es hora punta por la tarde, cuando la facultad ya vomitó y la biblioteca ya regurgitó, época de exámenes y muy poca calma. Evolución es un adulto diciéndote que te lo juegas TODO antes de los veinte años. Evolución es un adulto relativizando y suavizando las formas de decirte cómo va a decidir si eres listo o retrasado, y por qué no puedes sacar a colación lo que no esté en el Programa. Algunos estudiantes se ven tan salpicados se sangre que no saben si les han dado o no. Se oyen lloros y quejidos, algunas ráfagas rebotan en cierta zona metálica. Había un señor canoso, un profesor que no ha sido alcanzado y que hace la croqueta en el suelo infartado. Mar, Lu y Vani estaban comentando los detalles sobre cierta calavera para la rabadilla cuando han visto entrar a los chicos, y han sido de las primeras en sucumbir, aún no con casi treinta años, pero a medio camino, una tragedia juvenil, un holocausto indie femenino, pura ironía de las masacres en terreno occidental, donde nos fabricamos nuestras propias ideas sobre el drama, sobre el futuro. Los chicos, dos, caminan entre los cuerpos y los ametrallan otra vez por si quedaba alguien aún con planes para morir a los treinta. Reservan munición para ellos mismos. Es una locura, o bien el resultado de sumas y medias sencillas, de presión donde no había nada por lo que presionar, de jerarquías donde podría haber habido una sana relación de egos y caracteres, de números donde podría haber salido alguna buena poesía para variar. Selección académica donde debería haber una parcela de oportunidades reales a largo plazo para cada cual. Decisiones precipitadas después de años en aulas en las que se hacía imposible pensar. No hay justificación para el extremo de lo sucedido, pero probablemente sí una explicación más sencilla de lo que todos creen. La noticia es que no exploten más bombas ni revienten más pechos, la conclusión potencial es que hay que generar más prospectores, no tener el sacrificio como base sino como ingrediente que llega por defecto; la sonrisa no como opción, sino como sinceridad en respuesta a las circunstancias, y el amor no como fotos retocadas ni colecciones de explicaciones, sino como algo tan auténtico que viva en el espacio que hay entre el grito y el secreto, porque si hay algo de verdad su ubicación pública o privada es lo de menos. Regueros de sangre dejan los cuerpos, y charcos y folios manchados y todo tipo de trastos finos con la pantalla quebrada, el transcurso de una época, como cristales gruesos de un rascacielos, y una chica con tatuajes que siguen demasiado en el centro.

imag

Histérica vitae

Con todo lo escrito y firmado al menos ya no hará falta una potencial carta de suicidio. Que lean, que se lo curren. Que interpreten, aunque esta vez no sea para seguir hundiendo el mundo, que lo hagan todos esos Emisores de miradas significativas. La verdad es que por regla general aplaudo las obsesiones, porque la mayoría de gente es terriblemente previsible y aburrida (me da igual si suena emo), algunos porque creen que eso está más cerca de la bondad, otros simplemente porque quieren proyectar una imagen de bondad. Casi todo el mundo con el que tengo relación alguna tiene más preparación que yo: experiencia, conocimiento, idiomas, todos son mucho más fiables desde un punto de vista administrativo o económico. Todos han viajado más que yo y tienen muchas más cosas que yo. Todos son Algo de un modo oficial, Alguien. Lo que no saben bien es que quizá no hayan follado más que yo; porque también le han dado a la sin hueso mucho más que yo con ciertos temas… esto es algo que les parece vital. Figúrate que te libras de una explosión justo después de haber dado la vuelta a la esquina. Qué desfragmentado…; Pynchon se pregunta por qué las cosas siempre han de ser fáciles de entender. Da gracias a que no sigue una intentona de poesía, hay cosas que merecen más respeto que algunas personas.
Era por allá por la época en que Hitler no dejaba de madrugar y ponerse objetivos cuando los cohetes volaban sobre el tejado inglés bajo el que ciertos antepasados míos practicaban el coito. Es un milagro que la 2ª Guerra Mundial no impidiera mi existencia. Es tan aburrido como lo de los seis grados de separación, pero dejadme en paz, yo tuve antepasados nazis, y también otros en la resistencia. Una vez me dio por comenzar a hacer preguntas. Todo lo que no pregunté en el colegio o en general de crío, todo salió unos años más tarde. De niño era bastante suicida aun sin saberlo, no le tenía miedo a la muerte como la gente no le tiene miedo a llevar a sus críos al colegio…, ¿hay una moralina aquí? Vagaba de un lado a otro. No me quedó el pelo rubio ni simpatía por casi nada. Luego alguien tuvo la amabilidad de follarme y más tarde pasé de no tenerle miedo a la muerte a tenerle bastante simpatía: el que te murieras seguro, bueno, significaba que eras LIBRE, y sobre todo que los ganadores y los buenos chicos oficiales no iban a vivir más vidas que tú. Esto me volvió empático. Cuando alguna cosa me agobia pienso en el espacio exterior; hasta tal punto que luego me siento demasiado insignificante y prefiero volver a estar un poco agobiado. La verdad es que el vaso nunca está medio lleno ni medio vacío, porque no hay ningún puto vaso, insisto, ni abstracto ni sabio, solo optimistas de baratillo o pesimistas estéticos. Solo hay una clave, la barrera que separa a los curiosos (vivos) de los zombificados (quizá tu novio). El resto son solo etiquetas. Si te llaman rebuscado no hace falta que contestes; a no ser que seas profesor y les vayas a poner un examen con el que se jueguen alguna clase de reputación, no te van a escuchar. Esto que sigue fue la bomba, de verdad, en un bar del centro, estaba con una japonesa, el centro de Periferia, yo, una japonesa, la conocía de haber conocido a otra japonesa, es una larga historia, que viene a ser lo mismo que decir que no me apetece aún contar por qué conocía a esas japonesas, y menos a la japonesa con la que estaba en esa cafetería ese día que fue la bomba a varios niveles. ¿Cómo reaccionarías si hubieses dejado la muerte a la vuelta de la esquina? Ella decía todo el tiempo:
–No. No. NO.
Pero no sé si voy a decir a qué me respondía que no.
–¿Estás segura de que no?
–Sí. Sí. Sí…
Aunque no lo parezca aún, era una japonesa letrada, con más preparación e idiomas que yo. Más guapa que yo y más permisiva, astuta y en general una persona superior a mí sobre el papel. Tenía alguna licenciatura en algo, lo había visto colgado en su piso. Yo solo la superaba en hipocresía y maldad. No porque yo sea muy malo, sino porque ella carecía prácticamente de esos rasgos. Yo solo gozo del lote básico de Mentira Occidental; digo que no haría jamás esto o aquello o lo de más allá, pero luego si surgieran oportunidades seguramente sucumbiría la mitad de las veces. La monogamia, por ejemplo, suele consistir en ser físicamente feo o mediocre y vivir lejos de la mansión Playboy. No es una cuestión de moral o ética, eso son patrañas, lo son al menos casi todo el tiempo y en la mayoría de ocasiones. No llevas un Buda dentro de ti, llevas un Walter White, es lo más probable. Te importa poder gastar y tener la polla al menos un par de centímetros por encima de la media nacional.
Hay mucha gente que no sabe que a veces es más divertido (y hasta profundo y relevante) autoflagelarse que intentar dibujar hermosos versos calculadamente humildes… La mala poesía solo les está permitida a las chicas jóvenes, guapas, de ciudad y con contactos. Pero lo que de verdad piensan casi todos es que Leer es lo que hay al otro extremo de tener un orgasmo. Ese es el hueco por el que te puedes colar… Por ahí es por donde muchos han sabido follárselos incluso analmente a todos.
–No, no y NO.
–Bueno… ¿Quieres café?
–No.
–No has tomado nada…
¿Dónde estarían esos tíos en ese momento? ¿Justo al lado? Nuestro bar/cafetería hacía esquina. Creo que fue ese día cuando me comencé a familiarizar con el concepto Metralla Orgánica. Pensé: Coño, ¿dónde hay un buen poeta para esto?
Estaba consciente mientras me sacaban los proyectiles de alguna señorita Pepis o chico Coca-cola. El tipo que me intervenía era un gracioso. Sobre todo era hueso, viajaba a toda velocidad y se te alojaba bajo la carne. Balas hechas con pedacitos de algún buen chico que viviera a dos manzanas. Un buen chico que comía manzanas y las corría y estaba en forma y sonreía. El tipo que me cura me dice que he tenido suerte en sobrevivir, que ha sido toda una experiencia vital. No me imagino algo así en un anuncio de Estrella Damm. Me siento algo aturdido, pero esto es casi siempre. Estás tomando café con Lucy Lee y cuando te quieres dar cuenta te están hurgando con unas pinzas quirúrgicas y preguntándote cómo te llamas. Había algo turbio en el local de justo al lado del bar/cafetería. Cuando recuperas el conocimiento estás seguro de haber perdido el oído, luego oyes un pitido apagado y gente que se queja, pero esta vez no es sencillamente por estar vivos ni por su puto equipo de fútbol. Mueves los brazos y los pies y descartas el asunto vegetal. El local de al lado, dos hombres de cierta nacionalidad e ideales, piso franco, un fallo de cálculo en la fabricación, una probatura fatal. Quizá luego tenía algunos fragmentos de columna del señor Mohamed en mi estómago. Heridas leves, me dice el tipo, bueno, añade, para lo que has pasado… Le digo que mi pseudo-novia japonesa no quiere sexo anal. Me dice que normalmente las mujeres no lo quieren, prueba a meterte un dedo por el culo, murmura, pruébalo. Le digo que lo entiendo, pero que ella es más cachonda que la mayoría, incluso que yo, es casi agotadora, es capaz de hacer que dejes de pensar en sexo durante todo un día después de ciertas noches. La polla dolorida, le digo. Pero no quiere sexo anal. Prueba a meterte un dedo por el culo, en serio. Por algún motivo, mientras me libran de mi metralla orgánica me siento libre para hablar, he vuelto a nacer; nadie cercano, familiar, árabe o japonés se ha librado de mí. Occidente sigue en pie. Para bien o para mal. Quizá haga peregrinación a la mansión Playboy. Después de sacarme los trocitos de cadáveres me empiezan a vendar. Lo hace una enfermera maternal de ojos muy grandes y claros. Reconstruyo la escena y me da por llorar de un modo silencioso y patético. La mujer dice «pobrecillo» y me comunica que hay un equipo de psicólogos a la espera, que si he perdido a alguien querido siempre suele ser de ayuda. Pero lloraba solo por mí. No le dije nada concreto a esta mujer tan (m)amable, así continuaría pensando que mi novia universitaria acababa de perecer en un atentando por una causa que no tenía nada que ver con ella, o casi nada al menos. Pobre, tan joven, tan aplicada, con un futuro tan brillante. Y la he perdido, a mi novia fantasma. Lloraba por mí y porque tenía que seguir vivo y solucionar algunas cosas, y ahora me sentía obligado. Lucy Lee me vino a ver luego. Solo se había dañado un brazo y parte del culo, puede que algunos milímetros de hueso islámico. Le digo que la noche pasada soñé con que regentaba una biblioteca, y que me daba por amontonar los libros en pilas en lugar de colocarlos en cómodas estanterías, y que la gente acudía a mi biblioteca y no a otras porque eso les parecía original o divertido. Lucy me dice que no sabe dónde quiero llegar, pero que la respuesta es No.

Esa noche del día de la bomba preferí estar solo. Antes estar solo era casi siempre algo coyuntural, esa vez fue mi opción. La gente no suele entender que elijas la soledad, hay gente que ni se atreve a salir y tomar un café solos. Dicen que es por aburrimiento, pero yo creo que les aterra la idea de pensar, la potencial carencia de ruido, el vacío sin gilipolleces verbalizadas. Ahora algunos amigos saben que ando con una japonesa, alguno me vio o creyó verme con ella en una tienda de ropa. Visito para mi armario tiendas de ropa una o ninguna vez al año, y las de tías nunca (aunque he pensado en ello…). Lucy Lee (no es su verdadero nombre) quería renovar sus cajones de ropa interior, esos aromáticos cajones que rezuman olor a rosas y que hasta incluyen unas bragas agujereadas del día de la metralla. No quiso deshacerse de la ropa de ese día, dijo que formaba parte de ella más que la demás ropa o la ropa nueva. Luego se comió un cucurucho y me dijo que No.
Tardamos un poco en volver a hacer vida pública en términos de meternos en una cafetería. Es un poco como cuando te atracan un día y luego te pasas dos semanas mirando hacia atrás y corriendo por los parkings para llegar cuanto antes a la salida. Es eso multiplicado por 100. Y luego está la cuestión del ridículo, no habría nada más ridículo que sobrevivir a un atentado y luego morir en el siguiente que acontezca (o al menos a mí me lo parecía). Me quedó una cicatriz curiosa en la cara, la marca de cuando me sacaron un pedacito de algún potencial estudiante sin ilusión y con ambición; parece casi como una sarcástica mancha pequeña de petróleo, pero también es atractiva en cierta forma. Si hubiésemos estado sentados en el otro extremo del local, nosotros hubiésemos sido la metralla orgánica. Era un fino antro de estudiantes, Lucy y yo, nacidos a principios de los 80, éramos los mayores, cerca había cierta facultad que se pasaba la tarde escupiendo chavales y Lolitas, junto a una biblioteca que los masticaba y regurgitaba en época de exámenes. Algunos en el local nos miraban con cierta altivez, conscientes de estar al menos a 50 años de la muerte; pero era solo sobre el papel.

Conozco a una chica japonesa, tienes que conocer a esa chica japonesa, es como una chica salida de una pantalla o una revista pegada en un descampado, es como un catálogo en sí misma. Su pelo es como neumáticos derretidos; cuando sonríe, al menos un millón de personas en el mundo se sienten repentinamente felices durante al menos un minuto sin saber por qué. Hace que la mayoría de poetas parezcan Ted Bundy delante de la casa de una niña de 14 años. No te la mereces, ese es su mayor atractivo, es japonesa y tiene veintimuchos y puede conseguir algo mucho mejor que tú, más preparado que tú y con más idiomas y más astuto y en general, eso, mucho mejor que tú. No se trata del habitual piso de estudiantes en el que sueles meter la polla, esto sería un hotel de lujo para tu polla, un viaje de ensueño para tu polla, con esclavas nórdicas explotadas que abanicarían a todas horas con plumas tus sudorosos huevos veraniegos. Esto no es una ducha solitaria, es un masaje con final feliz y epílogo misterioso al estilo Marvel.
Así que me convencieron, alguien me dio su teléfono porque decían que la muchacha había puesto sus ojos entrecerrados en mí, y así fue como la decepcioné en persona y conocí de rebote a su amiga, aka Lucy Lee. Tampoco eran tan distintas a simple vista.
La tarde de marras el plan era ir al cine; cuando casi morimos, lo que estábamos haciendo era hacer tiempo. Notábamos en nuestras nucas de vez en cuando esas miradas lozanas y fibradas y voluptuosas de todo tipo de chicos y chicas supurando planes de sexo y erasmus ídem por todos los poros, enterrando intenciones reales en excusas nobles. La generación más preparada otra vez. Yo ya estaba echado a perder, de ahí mi rabia hacia esa juventud exultante, y Lucy se mimetizaba sin problema en el ambiente. Las paredes estaban adornadas con citas entrecomilladas en inglés, español y hasta francés, había algunos símbolos matemáticos representativos, y también esa imagen de Einstein sacando la lengua. Solo en esas paredes ya había más cultura práctica que en mí. Un pulpo en un garaje era apropiado en comparación con lo mío en aquel sitio de colores pastel y camareras empíricamente morbosas. Lo único a mi favor es que yo al menos estaba con la japonesa buenorra, solo por eso ya éramos una pareja misteriosa, a su lado yo debía parecer algún tipo de profesor sustituto o filólogo desaliñado que había venido a la ciudad para algún tipo de congreso, alguien con planes elevados y mucho más sofisticados que querer meter su miembro en el culo del momento. Ellos estaban con esas universitarias suculentas, vagamente feministas, dignísimas y seguro mucho más dispuestas a follar duro de lo aparente, pero yo estaba en el video porno interracial con el que se pajearían esa noche. Era un punto a favor… Sucio, penoso, puede, pero un punto que seguía subiendo al marcador. En contadas ocasiones las apariencias pueden actuar en tu beneficio. Lo que no lo hace son las paredes que parecen sólidas pero son como de cartón, sobre todo si una célula terrorista actúa pared con pared de donde tú estás, mientras estás intentando convencer a alguien de que es una buena idea convertir un orificio de salida en uno de entrada.
Luego nos contaron qué clase de explosivo maléfico había causado el desastre, el número de muertos y el milagro de que no hubiera más muertos, y nos preguntaron cómo era posible que estuviéramos casi indemnes, solo con unos cuantos agujeros en la ropa y adn de cuatro o cinco personas en el cuerpo. Nadie tenía nada contagioso, por cierto, nada de SIDA ni similares. Tampoco ladillas (no les hizo gracia que preguntara esto). Éramos un milagro de la artillería orgánica. Todos los estudiantes que estaban sentados junto a la pared se convirtieron en munición.
Luego no fuimos al cine.

Tenía quince años más que yo y un crío de 14. El padre del crío murió el 11 de septiembre de 2001 en la torre sur. Burláos si queréis de mis seis grados de separación, pero eso me coloca a dos pasos de los tíos que casi me matan bebiendo café, a dos también de bin Laden, y de cualquier telediario nacional o internacional. Era la enfermera maternal que me vendó después de que el tipo gracioso me extrajera metralla superficial de todas partes y me desinfectara. Sacó mi nombre de algún informe médico (creo yo) y me empezó a enviar sondas elegantemente calenturientas por facebook. Algo que aprendes de ser errático sexualmente (que no necesariamente, digamos, prolífico), es que no es nada raro que una mujer madura te haga disfrutar mucho más y con muchas menos manías que una chica joven. Además, tuvimos nuestras conversaciones sobre la muerte improvisada y la metralla orgánica, también muy presente al parecer en ciertos informes del 11-s. No era nada serio o dramático, hablábamos de forma relajada, y todo sucedía cuando el crío estaba en el colegio o en casa de sus abuelos. Lucy Lee no sabía nada; yo tenía la esperanza de que no creyera aún a esas alturas que éramos lo que llaman una Pareja. Tenía la esperanza de pillarla un día en algún lugar en la calle pegándose el lote con algún japonés de ésos con pinta de tener quince años a los treinta, ni un solo pelo en el cuerpo y un pene al estilo David de Miguel Ángel. La verdad es que en Periferia se ven más chinos que japoneses; de todas formas no creo que una mujer así tenga problemas para necesitar poco más que dos miradas para conseguir que 9 de cada 10 tíos del tipo que sea se la tiren (puede que 10 de cada 10 en el caso de ser casados).
Poco a poco comencé a distanciarme de Lucy Lee. Entre otras cosas, era muy complicado hablar con ella sin pronunciar jamás su… Lo que pasaba es que cuando la conocí, ella me dijo su nombre varias veces, pero yo no entendía nada, y seguro que no concuerda con su nick por las redes sociales (Pikkkachu, o algo así). De modo que a la cuarta o quinta pronunciación le dije que ya la había entendido, y luego, para cuando habíamos tenido sexo, ya me parecía demasiado tarde para volver a preguntarle por eso; ni siquiera podía incluir el tema empastado en una broma o algo así, porque no es que la chica tenga mucha predisposición a reír o aceptar o tolerar preguntas camufladas como chistes, etc. Teniendo en cuenta cómo es, me parece muy raro interesarle a alguien así a algún nivel. Me he convencido a mí mismo de que follo tan bien que en los lapsos sin sexo ella simplemente me toleraba por el bien de su entrepierna.
La enfermera maternal era distinta, para empezar no me atreví jamás a proponerle sexo anal. Durante un tiempo estuve quedando tanto con ella como con Lucy Lee, toda una prueba física que jamás antes había tenido que afrontar. Aunque conlleve sus contras, resulta mucho más fácil la abstinencia (algo en lo que soy más experto de lo que querría). Semejante actividad sexual a dos bandos no te deja fuerzas ni ganas para dedicar algo de energías a la masturbación. Me tenía abandonado a mí mismo. Nunca había inventado tantas gilipolleces, tantas historias, todo para mantener todas esas pelotas en el aire, ya había más mentiras en mi vida que en mi blog personal. Meta-mentía. Desde hacía ya meses la vida se me estaba convirtiendo en algo que no estaba dispuesto a sostener por mucho más tiempo. La enfermera maternal, que por supuesto era también más inteligente y tenía más preparación e idiomas y títulos y dinero y experiencias y viajes que yo, se olía algo raro. Pero sobre todo cada vez toleraba menos mis bromas “desengrasantes” sobre el día de la bomba; supongo que porque indirectamente le parecían bromas sobre su marido muerto, y aún más indirectamente sobre su hijo sin padre, etc. Esto es más o menos lo que hay cuando dejas la muerte atrás por tan solo haber doblado una esquina.
Y eso que, recuerdo, la cafetería de aquel día hacía esquina.
Recuerdo que doblamos dicha esquina, Lucy y yo, ya rodeando el local, y ante mi enésima indirecta sobre sexo anal, esta vez en lugar de contestarme de forma parca y negativa, la señorita Lee entró sin consultarme al sitio y por suerte eligió una de las mesas alejadas de los futuros proyectiles humanos y arquitectónicos. Algo importante respecto a la japonesita bollycao casi treintañera, era que no le gustaba mucho que la vieran conmigo, y creo que topó con alguien en ese local, un chico, alguien rematadamente más preparado que yo a quien apenas saludó: alguien idiomático, curricular y más viajado que yo (aun con unos diez años menos), al que probablemente mi pseudo-novia ya había más o menos… conocido, y que la alteraba claramente. La razón por la que ella solo quería salir conmigo sin que viéramos o nos reuniéramos con nadie más, es que se avergonzaba de mis limitaciones oficiales; yo, bueno, quizá fuera magnético, mono, entrañable, la mar de simpático y poseedor de una polla que manejaba tan bien como un adolescente sus personajes con la play …, pero era curricularmente inaceptable. Había un desequilibrio claro entre oriente y occidente. Yo era la excepción de la generación más preparada, o de la primera generación más preparada, o lo que sea. Yo no iba de trabajo en trabajo y de paro en paro por la crisis, o sí, pero también era porque era una vergüenza en lenguaje de meritocracia para mi generación. Yo era un bicho verde raro apartado de un hormiguero de sanas hormigas rojas universitarias, multiidiomáticas, europeas y de tetas firmes y capullos sobrealimentados y morados, todos expertos de tanta actividad sexual desde los 16 años.
Se lo conté todo a la enfermera maternal, mi relación con Lucy y mi sentimiento de inferioridad; ya ni siquiera me ponía imaginarme como el mozo de carga que se folla a la hija del burgués. Todo eso pasa después de haber burlado la muerte al doblar la esquina, me respondió sonriente la casi cincuentona. Aunque no me dijo eso. Pero fue lo que yo escuché. Dando tiempo al tiempo dejé de tener miedo de verdad a que otra bomba explotara en mi cara. Lucy Lee lo había perdido antes que yo, creo que sobre todo al retomar sus relaciones con ese chico paralelamente a la mía con la mamá del 11-s. Ésta se aburrió de mí a las pocas semanas. Ahora me pongo nostálgico cada vez que vuelvo a ver el derrumbe de las torres gemelas, y una vez, solo una, me hice una paja mirándome al espejo, observando mis cicatrices. Me ayudé volviendo a pensar en M*, como siempre me pasa, porque esa es la historia de verdad, el contexto, el objetivo, el motivo de los últimos años, la tarea antes de morir, lo autobiográfico, y lo que aún sigue salvando al aún –en el fondo– niño suicida.

daria

No_Vampiros

Diario, colega, hoy he ido al baño a echar una meada. Todo muy rutinario. Son las tantas, es sábado y tengo veintitantos (aún). Noto un sabor metálico en la boca. Me subo la cremallera. Escupo y veo que mi saliva está teñida de rojo. Vuelvo a escupir. Aún más rojo… Estaba escupiendo sangre, obviamente.
Eso dura unos seis o siete escupitajos. Luego vuelve la acostumbrada y saludable saliva. Abro la boca ante el espejo, saco la lengua. Todo normal. Pero ya estoy acojonado.

Es lunes y sigo teniendo veintitantos (disculpa la aleatoriedad con la que escribo)… Veintitantos Años, quiero decir. Cuando hablas con alguien que ronda los cincuenta, notas cómo te odian. Por fuera sonríen con aceptación y una saludable resignación; dicen cosas del tipo “si yo pillara esa edad..”; pero en el fondo sólo están resentidos contigo. En el fondo te tienen una envidia malsana (si es que existe la sana). Una envidia completamente comprensible.
Las conclusiones médicas, por cierto, fueron que no me pasa nada. Sólo era la garganta, algún tipo de anginas agresivas. Ahora no fumo en el curro cerca de ese detector de co de indsci. No me estoy muriendo (vítores, emoticonos sonrientes…).
Pienso en esas personas mayores justificadamente envidiosas, y creo que si volvieran a ser jóvenes harían lo mismo; quizá incluso peor. Creo que al principio serían muy enérgicos, intentarían hacer de todo, madrugarían con una sonrisa, serían optimistas de ese modo que eres optimista un viernes cuando tienes once años. Pero creo que eso no duraría mucho; tarde o temprano la vida les daría tres o cuatro bandazos, y volverían a la resignación mucho antes de volver a ser mayores. (Es más, probablemente, a las ya clásicas quejas de cualquiera, se uniría la de tener que soportar una vida mucho más larga de lo normal.)

Jueves. Sigo teniendo veintitantos años. Aunque ha pasado la tira de tiempo… El médico se había equivocado. Tenía cáncer. Negligencia (aunque creo que yo tuve parte de culpa). Me rapé la cabeza y sufrí todo el proceso de “limpieza”, la cura, o el intento de cura y demás. Obviamente no me ha ido mal, sigo aquí (por el Dios Pretecnotimes). Resumámoslo así, ha sido una experiencia “interesante”, pero no se lo deseo a nadie. Cuando veía a los niños de once años, pensaba: “si yo pillara esa edad…”. Mis padres me regañaban cuando bromeaba secamente sobre la muerte. Mi hermana lloró por mí…; puede parecer normal, pero para mí fue como ver a una monja follando (y no vale cualquier tía disfrazada de monja). Yo también lloré. Es absurdo intentar describir tal desesperación.
Hace poco vi una entrevista en Youtube (de la era pre-Pretecnotimes) a un supuesto ex enfermo de cáncer; era un actor o algo así, había escrito un libro sobre el tema. Decía que venció la enfermedad con sonrisas y todas esas idioteces, que sacó fuerzas de flaqueza…; sólo le faltó sacársela, medírsela con una regla ante las cámaras, y pedir que todas las mujeres en plató se pusiesen en fila para chupársela. Menudo gilipollas mentiroso.

Martes. Odio los putos martes…

Viernes. Hace dos semanas conocí a Sandra Plof. La llamo así en secreto. Cada vez que le pregunto cómo está me dice que anda un poco «plof». Sandra siempre dice que no quiere vivir más de noventa años. Cuando le digo que en Pretecnotimes están perfeccionando las pastillas para el aspecto exterior, ella me dice que no es ninguna belleza, que por más pastillas que se tome no será más guapa, que hay mujeres –como ella– que no son guapas de jóvenes (y las que menos –señala siempre– las que de viejas dicen que de jóvenes sí eran guapas).
Sandra es muy guapa. Y muy neurótica. En su otro discurso suele hablar de lo muy mona que se siente, de que no le gustaría ser de esas guapitas robóticas, esas tías tan moldeadas para encajar en un cliché que sólo deben poder conseguir conversaciones neutras, orgasmos neutros, todo normal, ni mucho ni poco, como su belleza normal exigida, correctamente guapas, guapas como la moda exige que han de ser guapas. Tías que necesitan encender un par de velas antes de follarse a alguien. Que sólo la chupan diez segundos bajo las mantas; y para las que ir al cine es quedarse plantadas ante la cartelera y elegir indefectiblemente la película que peores críticas tenga. Son esas chicas, dice siempre Sandra, que dicen cosas como: “para gustos los colores”, y luego sólo hacen que imitar a las demás demostrando que no tienen gustos propios.
(Y es cierto, casi puedes ver los hilos que las manejan…)

Domingo. Pretecnotimes y la industria farmacéutica (y la medicina en general) están en tela de juicio. Y lo están mucho más que antes. Las pastillas Iris-complex curan unas enfermedades y otras no. Yo no me quejo, a mí me curaron el cáncer en una fase crítica. Sandra a veces me dice que se siente como una necrófila.
Cada vez que alguna cabeza visible de la firma topa con un micrófono, dice que las pastillas se están perfeccionado para la regeneración completa de células (entre otras cosas). Supuestamente trabajan por la inmortalidad, y eso seguro no interesa a muchos (o al menos no que sea así para todos). La cura de enfermedades ha sido prácticamente una suerte de beneficios colaterales. Esto está haciendo que un enfermo terminal dude mucho más antes de tirar psicológicamente la toalla. La desesperación sube como la espuma para el enfermo y la esperanza es un arma de doble filo para los familiares.
Sandra ha dicho que hoy no se siente ni guapa ni fea. Lo ha dicho con un tono que me ha dado mal rollo…

Viernes. Hoy me siento un poco plof. Sandra me ha presentado a su prima: una treintañera sonriente que se toma una pastilla Iris cada vez que cree ver una arruga en el espejo. Ahora el síndrome de Peter Pan no tiene que ver tanto con problemas de madurez como con la idea de querer tener veinte años siempre. Este problema se da sobre todo entre mujeres que se han pasado desde los trece hasta los veintinueve años pensando que una mujer de treinta ya es vieja. Al parecer se pasan la dosis de pastillas recomendada (dos al mes) por el forro y, básicamente, cada vez que beben algo aprovechan para tragarse una Pretecnotimes. Los efectos secundarios se reducen a nauseas y vomitar una comida de vez en cuando (es el nuevo embarazo, es como si quisieran re-parirse a sí mismas). A todo esto, los ancianos que regeneran células siguen demacrándose superficialmente. Lo cual quiere decir que si tienes ese síndrome de Peter Pan 2.0, eres idiota.

Jueves. Ha pasado mucho tiempo. No encontraba el diario. Me he dicho que si no lo encontraba no seguiría escribiendo un diario. Lo cual me ha hecho pensar en si realmente quiero escribirlo.
Sandra ahora tiene una pistola (ni idea de dónde la ha sacado, no me lo quiere decir). Hace tres semanas la atracaron y no ha conseguido librarse del miedo. Tampoco le ha convencido mi idea del spray antivioladores.
La pastilla Iris ha hecho al final su evolución esperada. Tomada con la regularidad indicada en el prospecto, ya tampoco envejeces superficialmente. La noticia explotó en portadas hace un mes.
Ha entrado en vigor también ahora la nueva ley sobre los matrimonios hetero (¿casualidad?). Cada pareja podrá elegir qué contrato quiere firmar (el mínimo es de seis meses). Los matrimonios gays exigen los mismos derechos para ellos. Estoy pensando en decirle de pasada a Sandra si ella se casaría conmigo. En plan tradicional, “para toda la vida”.

Martes. Asco de día. Sandra me ha insinuado que le gusta el contrato de tres años. Tres años de matrimonio está bien, ha dicho. Que luego podemos renovarlo, que qué me parece.
Ahora por las mañanas desmonta su pistola y la limpia como quien hace una operación a corazón abierto. Me ha dicho que podemos jugar con ella en la cama (siempre disiento cuando saca el tema); descargada, por supuesto, ha añadido. Siento… no sé, cosas, rollos muy chungos por Sandra. Sentimientos contradictorios. No me gusta lo de los tres años (yo quiero el lote completo de autoengaño amoroso eterno).
Ayer soñé que ella me pegaba un tiro en la cabeza y yo iba al paraíso, y allí me recibían mujeres desnudas (todas conocidas). Y es como si Freud me estuviera preguntando algo, como si me preguntara por qué ahora soy monógamo. Justo cuando iba a besar a una de esas mujeres, me he despertado. Sandra roncaba por la mañana. Y nunca la he oído roncar.

Lunes. Al final cedí. Tres años de contrato. Llevamos dos semanas casados. Sandra quería celebrar la ceremonia en la galería de tiro que frecuenta. Yo cedí (a esas alturas estaba tan quemado después de preparativos y gilipolleces que ya no tenía fuerzas para discutir sobre nada). El espectáculo, pues, fue el de ver a una chica vestida de novia disparando su pistola sin parar. Nos casamos “por la iglesia”. Ahora ya todo es muy abstracto, todo está muy pillado por los pelos. Todo es de paso. Ahora morir ya no es ley de vida; sólo es el resultado de haber sido un gilipollas; haciendo cosas como conducir borracho, o como tener una pistola en casa (pero como he dicho, ya estoy cansado de discutir). Con todo, ella tendrá veintiséis años visuales para siempre. Yo, veintiocho. No queremos tener hijos aún. Lo más parecido es la pistola de Sandra.

Martes. Querido puto diario. Todo se descontrola. Los católicos cada vez confirman más lo que muchos sospechábamos (que son una secta.) Ahora muchos consideran la inmortalidad que se ha fabricado el hombre como el mayor pecado. Se reúnen en iglesias y se suicidan para ir al cielo cuando creen que Dios les llama (lo cual traducen en señales, o lo que ellos interpretan como señales…; la última noticia habla de un chico de veinticinco años que –según la carta de suicidio– se desangró en la bañera por haber visto un cartel publicitario; era de colonia, el lema era: Ha llegado tu hora. La marca ha retirado todos los carteles).
No se sabe cuándo el planeta se convertirá en una especie de piso ocupa a reventar de gente reclamando sus derechos. Parece que la ignorancia relacionada con la religión echará una mano. Los dilemas éticos se amontonan en la cabeza de quienes creen en la raza humana (no es mi caso…).
Sandra está comenzando a darme miedo. Ya lo ha conseguido, ahora le gusta follar con la pistola en la mano (y siempre con un dedo en el gatillo). Hace tres días, después, vi que estaba cargada. Aún no me he atrevido a decirle nada sobre el tema (uno de los motivos es que me encanta cómo folla arma en mano). Normalmente nunca la carga, pero temo que ahora comience a cargarla de vez en cuando para convertir el sexo en una especie de ruleta rusa.
Nos faltan dos años de contrato.

Jueves. Querido diario de mierda. La tercera edad se está comenzando a suicidar (ni tan siquiera se limitan a dejar de tomar las pastillas). Se ha disparado la venta de la Guía Tab. La gente joven adora la inmortalidad, las chicas la adoran; pero la gente muy mayor está pasando de ser eternamente viejos. Además se rumorea que en ciertos centros se administra Iris a los enfermos de alzheimer (el alzheimer sigue estancado). Hay manifestaciones por el derecho a la eutanasia vía muerte natural.
Y Sandra se ha comprado otra pistola (no se ha deshecho de la anterior).
Su prima, la adicta a Iris, ha entrado en un programa de desintoxicación de doce pasos. Dice que está encallada en el séptimo: “Sin miedo, hicimos un minucioso inventario moral de nosotros mismos”. Paso que coincide con el cuarto de Alcohólicos Anónimos. Ahora quedo con ella los martes. Tomamos algo juntos siempre en la misma cafetería. Hay un hotel de dos estrellas justo en frente que yo a veces miro de reojo. Se llama Marisa (ella, no el hotel), tiene treinta y dos años visuales, y odia las armas.

Viernes. El buzón está siempre lleno de panfletos verdes. Ahora ya nadie quiere apuntarse al ejercito. (Aunque en Estados Unidos se ha disparado la venta de armas de fuego…) Los conflictos bélicos se han convertido en una colección absurda de videos en Youtube (soldados que se niegan a saltar de un helicóptero, coches blindados que dan la vuelta cuando ven algún otro vehículo de fondo, soldados llorando en oficinas militares porque quieren volver a casa, etcétera). En los periódicos ya nadie quiere ser corresponsal de guerra. La sociedad conservadora (cualquiera de ellas) sigue matándose a sí misma por Dios. El Islam… bueno, el Islam sigue a su rollo. Los budistas también. Y también Sandra…
Sandra ahora solo quiere follar estando ella encima. Se ha comprado un sombrero vaquero. Y ahora ya sé que siempre carga las pistolas… Querido diario de los cojones… No sé qué hacer. Marisa ha superado su séptimo paso. Y la verdad, tengo miedo de cómo pueda reaccionar Sandra si corto con ella.

Domingo de resurrección. Se dice que esta semana santa el índice de suicidios se ha disparado… Han encontrado al cristo de la Iglesia del centro con una Guía Tab, esa guía sobre el suicidio, pegada con cinta aislante al pecho.
He quedado para comer con Marisa. Dice que ya se ha desenganchado del Iris; no toma más que el estrictamente necesario. Sospecho que Sandra me la está pegando con un tío de la galería de tiro. No siento nada especial al respecto; sólo una punzada de alivio (con la acostumbrada sensación de haber estado perdiendo el tiempo en pareja). Nos quedan seis meses de contrato. Dudo mucho que los cumplamos. Hoy ha sido Marisa quien ha mirado de reojo el hotel de dos estrellas. Hemos pagado la cuenta y hemos pillado una habitación. Estaba asquerosa. Olía a algo entre cocido y vestuario masculino. El sexo ha estado bien. No ha sido la explosión parafílica que tenía ya siempre con Sandra; pero ha estado muy bien el no pasar miedo de morir de golpe durante el orgasmo femenino.
Marisa es, digamos, cariñosa. El tipo de mujer que antes los hombres querían como potencial para compartir toda la vida. Ella también le ha puesto los cuernos a su marido (su marido es católico, le ha descubierto una Guía Tab escondida en el piso que comparten; en un sombrerero). Supongo que tendré que arriesgarme a ver qué pasa si le digo a Sandra que sería una buena idea «rescindir» el contrato. Sé que ya existe un programa de doce pasos para adictos a las armas; es fácil reconocer a uno (si por ejemplo folla con una en la mano…). Pero Sandra está cada vez más imbuida en su mundo. Ya no es la chica que quería para una boda tradicional (o eso o es que ahora la estoy conociendo bien…).
Estamos entrando en un colapso espiritual mundial (eso se dice, aunque no sé bien a qué se refieren). Tendré que habituarme a la monogamia en serie (esta vez como único modo de vida sentimental posible, y no el clásico “ya me voy apañando” de toda la vida). Marisa me ha dicho que al menos no somos vampiros…
(Y ya no volveré a escribir nunca más en ti, Diario Personal, porque creo que uno de los motivos por los que Sandra se folla a sus compañeros de armas, es que te ha descubierto. Así que ADIÓS. Así que me voy directo a la cama de matrimonio, me voy a tener mi último trío con Sandra y Gaston Glock, y luego negociar nuestra rescisión de contrato. Deséame suerte.)

pieza

5,5

Lo que sea que se arrastrase del agua para iniciar aquello en lo que no creen los católicos, seguro que lo hizo por los pelos. Estás aquí haciendo y diciendo cosas por los pelos, de casualidad, no das para epatar a nadie en una entrevista de trabajo para currar en la Existencia. Qué pomposo; pero igual era cuando entrabas por la mañana a tu curro infantil, algo que hacías pagando y que probablemente consistía en apagar tu llama. Tu curro era dejar de hacer las preguntas que te decían eran equivocadas, y responder correctamente las que te decían eran correctas según ellos habían preparado la jornada. Lo importante era que entendieras cuál era la senda filosófica “práctica” para tu espíritu de sacrificio. La obra de teatro del hogar también era importante, era una ampliación de tu trabajo infantil, y trataba de un niño que se empeñaba (o no) en no decepcionar a nadie. Todo con la predisposición del aficionado a la coprofagia que en realidad solo está fingiendo, porque tiene la sospecha de que igual no le gusta tanto comer mierda, por más responsable que le hayan dicho que eso sea.
Pero solo es una sospecha, claro, el niño no sabe dónde se ha metido, o dónde le han metido; se limita a intentar disfrutar de su entorno; esto sucede cuando aún no le han convencido de que la vida es agridulce, luego un poquito peor, y de que además él se deberá encargar de parasitarla así. Todo eso es así por algo, esas exigencias, pero él no sabrá bien por qué; lo que le dicen es que es por su bien y por el de todos. No le dicen que esa actitud solo vaya a beneficiar de una forma real a solo unos pocos (y solo de una forma), unos cuantos que él no conoce, y entre los que solo tendrá muchas oportunidades de estar si su afinado carácter le convierte en lo que teóricamente se dice es un Psicópata. La mayoría de psicópatas no son tíos que coleccionen armas blancas ni salgan de noche a violar y matar, o que se unten de sus propias heces en casa para llamar a alguna puta de mal pasado numérico que les chupe hasta dejarles limpios. El psicópata más extendido suele tener un pasado brillante, y un presente que es una delicia de buena ropa, buen olor y tarjetas de crédito tan elegantes que emocionarían a cualquier padre un domingo en la comida familiar. El niño ha llegado lejos. El pez se muerde la cola, y el ser humano es el caníbal recto de sí mismo. El psicópata que abunda más y que más daño hace se parece más a tu novio que a Ted Bundy. Y los grupos terroristas que perjudican a todos a un nivel más masivo tienen más que ver con la familia tradicional que con la mafia italiana, ETA o el IRA. Los integrantes de los grupos organizados armados de toda la vida solo tienen una destilación más que tu vecino, el que madruga como nadie y barre sus frustraciones bajo la alfombra de mil papeles oficiales. Los cabrones con poder que te están jodiendo son compañeros filosóficos tuyos, habéis salido del mismo plan de acción, de las mismas buenas intenciones parentales; la única diferencia es que ellos han llegado más “lejos”, y el matiz que casi nadie parece querer reconocer, es que reciclamos sin parar una forma de hacer las cosas en la que prosperar más suele significar hacer más daño a los demás. Cuanto más presente estás mayor es tu radio de acción, mayor es la onda expansiva que deja a los otros muertos o deformes. Sin embargo al niño le vendieron lo contrario. Le vendieron que el esfuerzo solo podía traer cosas buenas, lo cual es como decir que un coche es maravilloso y te lleva lejos, que te hace un Triunfador por la muestra de poder adquisitivo, sin mencionar que es además una máquina que se suele cobrar miles de víctimas cada año.
El niño ha crecido y dice todo esto, pero claro, el niño no tiene muchos estudios, de modo que probablemente solo esté intentando justificarse. O a lo mejor solo quiere follar más. O puede que solo intente llamar la atención de cierta chica en concreto, ésa con la que preferiría sólo estar antes que follar con otras. Inputs y más inputs… el niño nunca sabe hacerse entender del todo, ¿verdad?, solo ha aprendido a sonar elevado o rebuscado. Nunca suenas sólido si no te han dado credibilidad justo aquellos a los que criticas, como si no pudieras decir que una bomba es mala sin tener alguna malformidad o haber pisado alguna mina. Pero el niño también estuvo en esa guerra, solo que le mandaron a casa pronto por, en teoría, no ser lo suficientemente valiente. Quedó descalificado en la carrera hacia la Inteligencia, porque en cierto momento su 5,5 no alcanzaba la nota media. Era no apto para tener Credibilidad, conservaba su DNI y gracias, y durante mucho mucho mucho tiempo creyó a pies juntillas que eso significaba que no podía hacer nada, o que al menos no podía hacer un montón de cosas, o al menos las cosas con chicha o divertidas o emocionantes. De modo que durante años fue de un lado aburrido a otro como un muerto viviente que se había echado a perder a sí mismo, cuya idea de la felicidad era olvidar su propio fracaso, y cuya filosofía era la misma que la de quien había logrado la Inteligencia y había sido condecorado en la guerra por la Credibilidad.
Puede que lo que no tuviera previsto ese sistema fuese que el niño comenzara a interesarse por cosas más allá de las tetas de Fulana, los viernes y pegar buenas cagadas, porque a pesar de que el niño no tenía interés o motivación alguna por todo aquello que sonase a académico, leía casi todos los días y tenía un extraño sentido de la curiosidad, le interesaba el mundo en el que vivía y, al principio en secreto, decidió que todo no era igual en la vida que una carrera de atletismo o una suma. Cualquier mínima capacidad de razonamiento tuya llevaba a los demás a pensar no que tú fueses alguien independiente (la independencia es solo física o económica) o algo parecido a inteligente (la inteligencia es solo algo curricular), sino solo un veterano de guerra desquiciado que ni siquiera quiso encajar el servicio militar. Un poco más crecido, no quisiste adulterar algo que comenzaste a considerar importante usándolo para otros propósitos que no fueran ser tú mismo de verdad. Quisiste profundizar en semejante anti-productiva idea. Al menos el niño comenzó a oír voces discordantes que atacaban frontalmente la lógica que le había escupido a la cuneta del único sentido común operante, y se emocionó por fin ante la posibilidad de que quizá, solo quizá, él pudiera ser Alguien aunque no le sangraran los codos ni se hubiese pasado noches y más noches digiriendo la comida oficial y haciendo muecas y soportando arcadas. Resultaba que a lo mejor no sangrar por el culo no era un síntoma de no tener dignidad intelectual. El niño escuchó y leyó las voces de algunos escritores, y tuvo que contener las lágrimas la primera vez que vio cojear a Ken Robinson. Comenzó a sentirse menos solo en su isla de irresponsabilidad oficial; puede que no solo estuviera intentando justificarse o follar más, puede que su línea de pensamiento tuviera algún sentido, quizá no fuera solo otro de río de palabras de los que llegan al mismo mar de agua corrupta al que llegan las de la sección de autoayuda o Coelho. Incluso puede que estuviera vislumbrando la separación inevitable que hay entre el camino hacia el amor y el camino hacia el dinero. El amor comprendido en su sentido más puro y genérico, y el dinero como lo único que es y ha sabido ser. El niño se vino arriba y seguramente acabe abajo y sin Julieta justo por eso, pero el niño sintió que pensaba por sí mismo y no como el vecino, y como entendió que la vida real no es tanto “fraguarse un porvenir” como un fenómeno de prestado, quizá fuese mejor estar con ella que follar con otras.

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Fuga a la novia

Suena odioso y repetitivo, pero no se puede jugar al aguante cuando ya no tienes veinte años. O quizá puedes tú, pero tu cuerpo podría comenzar a llenar de correo no deseado tu cabeza y tu estómago. Han tenido que pasar treinta años para que vomite en el retrete de una discoteca. Si empiezas desde mediodía a juntar cañas y medianas y demás, y si a eso le sumas el que tú siempre has sido más de café, el resultado puede ser demasiado previsible y aburrido como para desarrollarlo. Abundemos en ello, pues.
Un poco antes de la tormenta, no vuelves a casa porque vas más tocado de lo que crees. ¿Tiene eso algún sentido? Sabes –en el fondo– que la paella en grupo de hace unas horas sigue intacta contigo. Ni siquiera habéis cenado. Sabes que no está operando el proceso de digestión. Al menos NO lo está haciendo a la manera agradecida. Tu estómago, desde hace bastante, es más un almacén que un estómago. Tu tracto intestinal está sopesando la posibilidad de cortar por lo sano.
Luego los soldados desembarcan, y comienza la escabechina…
Metes la cara en el retrete y e intentas hacerte un exorcismo a ti mismo. Vuelven todos los aromas del mediodía, pero con un matiz de pesadilla gástrica; te lloran los ojos y todo tu cuerpo se congestiona. Es imposible el sigilo, todos los tíos que entren al lavabo en ese momento oirán toda tu performance treintañera. Ha habido monólogos del club de la comedia mucho más cortos. Ni siquiera hay algún motivo por estéril que sea, solo salíamos a echar un vermú de sábado, puede que una comida tranquila. Y entonces oyes que un tío que estaba en el habitáculo de al lado se pone a vomitar en paralelo contigo. Un tío que estaba con su nº 2, y al que le has revuelto la vida. Lo sabes y él lo sabe; entráis en un bucle de daros asco mutuo. Creo que el otro solo consigue sacar bilis. Al acabar ambos con todo el ritual de danzas y homenajes sarcásticos a la malnutrición, os extraéis como podéis a vosotros mismos de vuestros receptáculos de sufrimiento. Evitáis cruzar miradas al salir del lavabo, como si os acabarais de penetrar desde la «heterosexualidad»…
Luego lo que hago es no volver a casa. Alguien me pone el gancho y balbucea algo cuyo mensaje entre líneas es que todo esto es la sublimación más pura de la amistad. Ahora es cuando tengo que sentirme vivo y agradecido.
Al cabo de un rato te encuentras mucho mejor, así que decides quedarte. Alguien te dice que la noche es joven, lo cual es la forma más clara posible de afirmar que tú y tus amigos ya no lo sois. Solo os habéis empeñado en meter un cuadrado dentro un círculo. A nadie con 19 años se le ocurriría decir que la noche es joven; cuando algo así es cierto no necesitas recordarlo, no tienes que convencer a nadie, y mucho menos a ti mismo. Es bastante posible que toda esa gente que está siempre masticando la palabra «optimismo» esté a dos pasos de mono del suicidio. Que le pregunten a Choi Yoon-Hee.
Todo el mundo en la discoteca tiene diez o doce años menos que tú y tus colegas. Las luces te atontan y la novia de alguien te recomienda qué beber para asentar el estómago. Es al cabo de media hora cuando llegan las tías de una despedida de soltera.

Es el paisaje habitual de diademas-polla y griterío, mujeres de todas las edades y chupitos a granel. La media de edad del local se equilibra. Sujeto un vaso de cubata con una bebida no alcohólica. Creo que tengo fiebre, me siento atontando y sigo recibiendo correo de mi estómago, aunque ya solo de naturaleza administrativa. Estoy en lo que en términos de salud estomacal se podría llamar: periodo de posguerra. Creo que no comeré paella en un tiempo, y que necesito que pasen cinco días de golpe y algunos chutes de algo de la farmacia. Uno de mis amigos –ahora ya figuras borrosas en la oscuridad– hace la misma ruta que yo hacia el lavabo y vuelve con la misma cara de culo. También le ponen el gancho. El resto siguen poniendo a prueba su bandeja de correo. Algunos tontean con chicas de la despedida, muy receptivas a toda clase de flirteos, comentarios y mentiras. Todos mis amigos o bien tienen pareja o bien tienen mujer o bien tienen hasta un crío en casa. Pero hoy era salida de tíos, no todo el mundo necesita una excusa para celebrar una despedida (y puede que lo nuestro sea una despedida de la juventud). De entre todos, yo soy el único que no tiene pareja como tal; solo hay una chica que, por no alargarme (ni describir noches de sufrimiento emocional), he de decir que me interesa. Cuando eso sucede, el resto de mujeres se convierten en una visión muy distinta a la habitual. Lo curioso es que a la vez te puedes volver menos tímido, porque tienes claro quién te gusta; hablar con las demás personas se convierte en ese cómodo ejercicio en el que una cagada potencial solo es esa idiotez que al menos no le dijiste a Ella. Un amigo mío –cuya idea de hacer deporte es pasarse periodos de no menos de 40 minutos buscando aparcamiento vaya donde vaya– de repente se convierte en un atleta nato mientras habla con una pelirroja y su didema-polla. Otro le dice a una chica negra y encantadora que es médico; cuando ella le pregunta la especialidad, mi colega le dice que «medico en general, para todas las razas». Otro colega, alguien que cree que la medicina alternativa es una farsa, se convierte en especialista en medicina holística; la rubia le comienza a hacer preguntas y él asiente como si fueran afirmaciones. Otro es director de cine. Otro desfila ocasionalmente. Y Rubén, mi amigo más complejo y rebuscado, le dice a una morena del tipo Biodramina que es gay. Rubén es el gay más activo en el mundo del sexo hetero de la ciudad. Su historia va sobre no atreverse a salir del armario. Así que, delante de la chica adecuada, se «sincera»; ella es la primera en saberlo, su primera confidente, años de mentiras por omisión que el pobre chico consigue obviar, y Ella (la que sea) es la mujer con quien se ha atrevido a abrirse. Todo vale con tal de no parecer previsible o sencillo o simple. No deben pensar que solo eres el mozo de almacén social que transporta su polla de un lado a otro. Lo bueno de las chicas de despedida es que a menudo se ponen a tu mismo nivel peripatético. Lo que se habla es solo una previa, a veces a nada, y otras veces, a estas alturas, a olvidar que te espera un bebé en casa, o una mujer con la que llevas años de sólida y responsable relación. Hay quien cree que sabe identificar a los tíos macarras que engañan a las mujeres, pero lo cierto es que el engaño es algo practicado por toda clase de tíos (y tías). No es exactamente una aberración, es posible que ocurra por lo mismo que hay terremotos. La ocasión la pintan calva, y aunque no sabría decir cuál cojones es el origen de esa expresión, todo esto está basado en hechos reales. No hace falta que nadie secuestre a tu hija para que alguien luego lo represente. A veces la mejor historia dramática puede surgir del simple, responsable y escalofriante hombre del montón.

El asunto de la novia nace de una conversación de naturaleza casi onírica. El local tiene unos apartados con sillones y mesitas a la altura de la tibia. Todo para la foto, y absurdamente incómodo si tu plan no es dormir o tirarte la bebida encima. Alguien me ha pedido un cóctel de algo rojo (y supuestamente saludable) vertido en un vaso con tacón de zapato de travesti venido a más. Estoy con mi colega Bruno, electricista de oficio, y hoy profesional del deporte y que casi fue atleta olímpico si le preguntas a cierta muchacha que ahora se contonea en la pista mientras otro tío le miente y hace su intento.
–La novia –dice en cierto momento. Apura un cubata de algo rematadamente alcohólico, me llega una ola de olor pútrido de borracho.
–La novia –digo yo. Repetimos conceptos durante unos minutos sin llegar a ningún lado.
–Ligar –dice él tras muchos rodeos.
–Ligar, sí.
–Alguien debería ligársela.
–A la novia. Estoy de acuerdo. Alguien debería ligársela.
–Salvarla del cretino con el que seguramente se va a casar.
–Un cretino. Seguro.
–Un capullo casadero. Ningún tío con planes de casarse puede ser fiable.
–Un mentiroso patológico.
–Seguro que el padre de ella es dueño de todas la bananas de Asia o algo así.
–De Asia. Seguro.
–Esa chica está perdida. No podemos dejar que eso pase.
–No podemos.
–Si la dejamos, seguro que tira al menos diez años de su vida a la basura.
–Lo típico.
–Echarán al mundo un par de gemelas y luego llegarán los gritos domésticos, puede que incluso el maltrato.
–No deja de pasar.
–Y nosotros podemos evitarlo.
–Todo es cuestión de…
–Podemos corregir el destino terrible de esa chica. Puedo olerlo.
–Lleva una diadema-polla muy estilosa.
–Se ve a la legua que es una chica con estilo. Demasiado joven para quedarse enredada en las redes de un cazafortunas.
–Las redes, tío, sí.
–Deberías ser tú el que lo hiciera.
–Claro que s… ¿Yo?
–Tú, tío, que la tía pase una buena noche con un buen tío, un no-cazarrecompensas.
–Un no-cazafortunas.
–Eso. Tú puedes ser muchas cosas, pero no eres un cazafortunas. Respetas a las mujeres.
–Especialmente a las hijas de los millonarios…
–Tienes que levantarte de aquí, dejar conmigo tu bebida travelo y darle conversación a esa criatura. Salvarla, tío.
–Creo que te está afectando la paella de hoy, creo que estaba corrupta, ¿no estás mareado?
–Lo que tenemos que hacer es cambiar el mundo, colega, salvar a las mujeres, ellas son el salvoconducto.
–¿En serio eres electricista?
–Mi bisabuelo era cartero, mi abuelo era cartero, mi padre es compañero del gremio eléctrico. Es una bonita profesión, tío. En mi familia hemos ayudado a la conducción de toda clase de electricidad. Y tú ahora debes ser el primer tío sensato en la historia de las discotecas de Periferia.
–El primer tío sensato, sí
–Inyecta una dosis de sentido común, colega, aquí y ahora: reconduce. Pasa a la Historia. Yo se lo contaré a mis nietos. Ese fue el tío que comenzó la revolución, les diré, y era colega mío, y estaba bebiendo algo rojo y ambiguo que le recomendó la novia de alguien con quien habíamos comido ese día.
–Tus nietos se aburrirán con todo ese rollo…
–Mis nietos fardarán de que te llegué conocer.
–¿Porque yo ya habré muerto para entonces?
–Eso es lo de menos, lo que importa es qué legado dejamos, ¡eh, qué haces!
Me levanto y voy hacia la novia. Hacia la mitad del trayecto comprendo que quizá era todo una coña muy elaborada de Bruno, pero si seguía un segundo más sentado ahí me iba a dar una aneurisma. La música del local invita a clavarse algo de tu cocina muy profundo en los oídos. Llevo conmigo mi bebida ambigua, quizá por un pasado de maltratos por parte de sus padres, ambos vinos añejos y conservadores. Pasa constantemente. Me llego hasta la barra. Lo que distingue a la novia de sus amigas es que lleva un pequeño velo saliente de la base de la polla de mentira; eso y que en su camiseta pone: “Yo soy la novia, sí, qué pasa”; algo que sospecho forma parte de alguna broma interna entre las muchachas. Están pidiendo otra ronda de chupitos. Al ver que intento meter baza, me quieren invitar. No hacen caso a mis comentarios sobre haber sacado casi las tripas antes en paralelo en el lavabo con otro tío. Acepto el chupito. La novia es sorprendenteme guapa de cerca, y también joven. Puede que al fin y al cabo sí sea víctima de una encerrona. Su piel y sus manos denotan que aún no debe haber pasado un mal día de verdad en toda su vida. Es como si jamás hubiese llorado o estado sentada en una sala de espera. Lo que es seguro es que no gestiona su propio huerto urbano ni ha manejado maquinaria pesada… Es una hija “pija” más de esta nuestra era de lo prefabricado, obrera servicial solo a un nivel mental: un buen trabajo es estar sentado, uno malo es estar de pie o usar las manos. Otra persona “compleja y preparada” cuyos razonamientos en realidad carecen de matices en lo relacionado con la vida de lunes a viernes.
El chupito me baja como si fuera un erizo pequeño empapado en alcohol. Las tías se ríen de mí. Qué novedad. Intento hablar con la novia. Podría ser que ella hubiese probado algo más que el bebercio hoy…
–¡Enhorabuena! –grito, por encima de la asquerosa y constante música.
–¿Por qué? –grita ella.
La pista de baile está justo a nuestro lado, lo cual hace que la mayoría de tus potenciales habilidades para relacionarte se anulen. Esto es lo que al gente llama «salir y conocer gente».
–¡Te casas! –aúllo–, ¿no?
–¡¡Sí!! ¡¡Me caso!!
Entonces la amigas comienzan a gritar eufóricas; pero creo que no saben qué decimos, solo han visto a la novia espolearlas a gritar con un enérgico movimiento de brazos.
–¡Estarás contenta!
–¡¡Estoy muy contenta!!
–¡¡¿Cómo va la noche?!!
–¡No te oigo bien!
(Inaudible.)
–¡Joder, qué fuerte vas!
(Inaudible.)
–¡No creo que a mi novio le hiciese gracia!
–¡La diadema tiene mucho estilo!
–¡Gracias!
–¡¿Quieres otro chupito?! ¡Te invito!
–¡Gracias!
En realidad no tengo ganas de otro chupito, y tampoco me queda mucha pasta para ir invitando a la gente, pero necesitaba una pausa, algo que me diese un respiro, un respiro a mi cabeza, a las cuerdas vocales, a la propia novia. Nunca entenderé la asociación de las discotecas con la idea de ligar; a no ser que tu idea de ligar sea follarte a la gente inconsciente… Eso tiene bastante sentido, el amor no-verbal; ¿a cuánto está el divorcio?, ¿50 por ciento de posibilidades?
–¡No lo sé! ¡Qué mal rollo!
¿Lo he dicho en voz alta? Naturalizo;
–¡¿Te lo has pensado mucho?!
–¡¡El qué!!
–¡¡Lo de casarte!!
–¡¡No lo sé!! ¡¡¿Sirve de algo?!!
Buena pregunta.
(Inaudible.)
–¡Qué cabrón eres!
(Inaudible.)
–¡No, solo un agujero!
(Inaudible.)
–¡Sí, espera!

Han tenido que pasar 30 años para que sea yo quien dé el primer paso con las mujeres. Vamos a uno de esos rincones con sillones con carácter; tanto carácter que no hay quien los aguante. Pero al cabo de diez minutos capto otra utilidad para los mismos. La de enrollarte con una chica que se ha prometido y tiene todos los preparativos listos para su boda. Entre morreo y morreo adolescente me cuenta la de meses y gilipolleces que ha tenido que aguantar para poder tener «una puta iglesia» y «un puto restaurante» en el que puedan ponerse a comer todos «como putos cerdos». No le gusto, solo me ve apto para su propósito, que es ponerle los cuernos no tanto a su novio como a su vida, o más bien a la vida tal y como los demás le han inculcado tiene que vivirla. Si esta chica está hecha para casarse yo estoy hecho para hacerme agente comercial… Es el principal problema en la vida de la tira de gente, creen existe eso llamado Normalidad, que solo existe de una forma; pero lo cierto es que debería ser el concepto de normalidad el que se adaptase a cada cual según sus intereses y carácter. Esta chica no debe tener ni 25 años, y creo que es bastante obvio que no necesita casarse, y que no solo no lo necesita, sino que además podría perjudicar al menos a un puñado de personas con ello. Con suerte, no a sus propios hijos… Puede que cuando llegue a los 50 años y si cree que va poder estarse quieta, puede que eso (comprometerse) para ella fuera lo normal. Y no necesariamente tiene que tener hijos. Hay para quien lo normal sería no casarse; otros creen que no solo se ha de tener un hijo, sino dos, para que el primogénito no se sienta solo. Otros creen que es buena idea correr una maratón de vez en cuando. Otros creen sublimarse y tener la teoría perfecta sobre el respeto, la naturaleza y la alimentación haciéndose veganos; otros no quieren comer nada que no haya tenido cara; otros practican la lluvia dorada; otros hacen puenting o se tiran de un avión… Una de las acepciones de «normal» es Todo Aquello Que Se Encuentra En Su Medio Natural. El medio natural de esta chica no es una iglesia, ni un restaurante a mediodía. Puede que en treinta años lo sea, pero no ahora. Algo más sobre el término Normal es que se refiere a todo aquello que se toma como norma o regla social, y aquí es donde todos se aferran como a un clavo ardiendo, la agenda que te lleva esa secretaria tuya llamada Dios.

Ambos grupos, tías y tíos en modo despedida, salimos juntos de ese garito. Han pasado qué se yo cuántas horas. La paz te invade cuando sales de una discoteca, es casi como una sobredosis de calma, te sientes medio sordo; con el aire nocturno es como si inflaras los pulmones en medio de un camino de montaña y Gandalf estuviera a punto de pasarse con su carroza y fumando de su pipa.
Varios de mis colegas han sacado botellas de cristal de la discoteca, cervezas que se han escondido como han podido bajo la ropa. La novia ha decidido no separarse de mí aún, porque la otra opción es la de seguir pensando en que si no hace ciertas cosas va a decepcionar a todos. Me lo dijo estando aún en uno de esos sillones. Hay familias, especialmente padres y abuelos que, por aburridas y asquerosas que hayan sido sus vidas (y en muchas ocasiones lo han sido), quieren verte repitiendo el patrón: tienes que emparejarte en serio a cierta edad, casarte a cierta edad, tener un crío para hacer a la gente abuelos o bisabuelos; luego el crío tiene que bautizarse, luego tiene que hacer la comunión para que todos le puedan ver disfrazado de marinero o princesita, etc. La clave, efectivamente, está en un cúmulo de pequeños detalles, pero en todos, y así es como a menudo nuestros mayores, con toda su «experiencia y sabiduría», se encargan de parametrizar y esterilizar gran parte de la vida de las nuevas generaciones. A cierto nivel, a partir de una temprana edad, ya te han cortado los testículos o hecho la ablación del clítoris. Y no hablo de genitales, ni siquiera necesariamente de sexo. Es un clásico bastante silenciado (o poco debatido así), la castración de los padres a los hijos. Ojea unos cuantos libros de Historia y verás que muchos de aquellos que hicieron algo grande (o hasta determinante), lo pudieron hacer porque la primera norma era no hacer ni puto caso a nadie, a NADIE. Eran los raros. Se repite la misma historia hasta el infinito. Ahora cuando la gente te dice que tienes que confiar en ti mismo, lo que parecen gritarte en el fondo es que no se te ocurra confiar en ti mismo, sino en ellos: has de esforzarte en la misma dirección que ellos. Porque si yendo a tu bola acabas siendo feliz no solo de boquilla, ¿en qué lugar les deja a ellos ese escenario?
Obviamente, si no quieres hacer caso, todos se encargarán de pincharte desde el otro ángulo (y el más fácil), porque: has tirado tu vida por la borda, y jamás conseguirás lo que quieres. Esto es una jodienda a varios niveles, porque no solo significa qué cosas deberías hacer y no has hecho, sino cuándo deberías hacerlas o haberlas hecho. Si alguien se casa a los 50, muchos dirán: «ya era hora»; raramente pensarán: «bueno, él ha elegido y era su momento… ». Lo que asumirán es que esa persona no quería hacer eso, pero que por fin se ha dado cuenta de que eso es lo mejor, y de que todos tenían la razón menos él. Ese gamberrete vago por fin ha sentado cabeza. El sentido común ha vuelto a vencer. Otro perdido de la existencia ha salido a flote. Mejor tarde que nunca. A caballo regalado no le mires el diente. Quien a buen árbol se arrima… Y así pueden pasarse cuarenta años adultos convirtiendo a nuevos chicos y chicas en clones cabizbajos de ellos mismos. La novia es un ejemplo de los de toda la vida. Supongamos, en base a la esperanza de vida (que es mayor en las mujeres), que la chica llegue a los 80 años. Ahora qué tiene, ¿23?, ¿24? ¿Boda? ¿No se ve venir demasiado papeleo, confusión, aburrimiento atroz? El primer padre, la primera madre, los primeros padres que sepan callarse la boca en los momentos adecuados, nos harán avanzar 70 años a nivel occidental. Estos pequeños detalles que parecen estúpidos o hasta de rutina amable, pues bien, estos son los anticuerpos, así se expande la gangrena, así los hijos se convierten en sus padres y no en ellos mismos.
Las cervezas no tardan en romperse. Más concretamente, las rompen, y no de un modo silencioso o demasiado responsable. Algo terrible empieza a suceder, y es que comienza a amanecer. Creo que no recuerdo un buen amanecer en mi vida. Todos han tenido que ver o con amputaciones brutales del sueño para ir a sitios horribles, o con noches de este tipo, alargadas hasta lo insoportable, y que te dejan tan hecho mierda en la cama que luego no te sacudes el malestar hasta pasados dos o tres días. Esto es lo que se supone que han de hacer los jóvenes, la vida del sábado y el domingo, y luego ya dedicarse a otros para (con suerte) convertirse poco a poco en ellos. Estas son las historias que siempre se dibujan como míticas y entrañables, pasados de leyenda y vidas cuya capacidad de decisión acabó a los 25 años. Esta es la versión que la gente sigue comprando de la responsabilidad. El desahogo puntual merecido, alcohol legal y doble moral, pensamiento unidireccional, y cosas varias para un rap nunca escrito. Siempre el dinero y nunca el concepto, siempre el profesional y solo un poquito de la persona. Por todo esto y por más la novia me acaba vomitando encima, toda la pernera derecha pringada de su noche. Y por cierto que su móvil lleva como dos horas sonando sin que ella lo coja. El preocupado novio. Vamos todos a cierta zona a las afueras. Corre un riachuelo de algo así como excrementos. Salen de algún tipo de agujero o cloaca. Al fondo podemos ver en el horizonte las luces de Sonora. No hay diferencia a no ser quedándote a medio camino. No hay movimiento real si no es en ti mismo. La ropa me huele a rayos. Llevo bóxers, así que decido quitarme los pantalones. El móvil no deja de chillar. Le ruego a la muchacha que descuelgue, que dé muestras de vida o no dejará de sonar. Junto a nosotros en los hierbajos está Bruno, deportista por una noche. Alarga el brazo y le dice a la novia que le pase el móvil. Ella, con los ojos entrecerrados y la cabeza apoyada en mi hombro, se lo da sin discutir. El atleta legendario pone el manos libres y pide silencio con el gesto internacional de pedir silencio;
–¿Sí?
–¿Niña…?
–¿Cómo?
–¿Niña?
–¿Perdón?
–¿Tú quién coño eres?
–¿Y tú?
–¡Que quién coño eres!
–Qué amable…
–¡Me oyes o no!
–¿Puedes gritar un poco más, por favor?
–…
–Es que aún no te oigo…
–¡Está ahí la niña o no…!
–Claro que sí, está aquí, no te preocupes, está con mi amigo.
La voz ronca al otro lado del teléfono larga toda una serie de improperios aburridos y previsibles, con el tono aburrido y previsible de quien cree que la vida va sólo de marcar paquete y tumbar chapas con una escopeta de feria.
–Oye, tío –dice Bruno.
Más improperios.
–No te pongas así, hombre…
La novia está adormecida.
–Mira –dice Bruno–, te diré lo que vamos a hacer… Esta chica… bueno, el caso es que no se quiere casar. Bueno, yo pensaba que no se quería casar, pero ahora supongo que la honorable institución del matrimonio no es exactamente el problema…
A todo esto y de fondo, siguen los improperios, ahora ya incluyen amenazas. Primero tienen que ver con matar a Bruno, luego a su novia, y luego a todas las mujeres, sobre las cuales añade que todas practican el que llaman el oficio más antiguo del mundo. Parece estar muy convencido de esto último.
–… y lo que vamos a hacer es cerrar este trato. Nosotros la llevamos sana y salva y tú te metes la cabeza en el culo y la sacas cuando te hayas calmado. Seguramente llevas varios años de rabia encima, y te entiendo, no creas que no, así que yo de ti tardaría en sacar la cabeza. Luego puedes sopesar las distintas posibilidades. Una de ellas es el suicidio, infravalorado en mi opinión y muy útil si lo piensas.
Por lo que sea, el chico echa a llorar, se oyen sollozos por el teléfono; parece que de alguna forma ha creído que su novia está secuestrada, algo por el estilo. Esto aburre a Bruno, que cuelga sin añadir nada más. Alguien dice que ya es hora de irse, algo que pensé yo hará unas diez horas. Cargo con la novia como puedo. El sol nos da en la nuca sin ningún tipo de educación. De entrada me molesta, pero luego me parece brillante por su parte.

disney

El bólido

Las ventanas están anocheciendo, se convierten poco a poco en una forma de ver lo que pasa aquí dentro desde otros edificios. Ya no vemos tanto la calle como el reflejo de la sala de estar. Es el piso de O. Hay encendidas un par de lámparas, luces indirectas. Ahora es entretiempo unos seis meses al año. Abrimos y cerramos las cristaleras cada dos por tres, sin saber decidir qué es mejor. Están R. y O. Hemos visto un par de películas y ahora solo hacemos zapping en la tele. Se supone que pronto deberíamos cenar. Aún nos queda bastante para los cuarenta años, pero estamos lejos de tener veinte; lo digo porque es sábado, pero igual eso no es un dato tan vital como hace ya varias docenas de uvas. Ninguno tenemos hijos o muchos quehaceres de los considerados maduros y acordes a nuestra edad. Llevamos de modo bastante personal lo relacionado con las mujeres, porque de todas formas tampoco hay tanto que contar, y lo que hay a veces uno solo puede convertirlo en anécdota estúpida con palabras. La gente cuyo sentido del humor acaba con los videos de caídas suele restar importancia al sufrimiento sentimental más ambiguo y atroz. Gastan llamadas y más llamadas de teléfono con eso (aun sin hablar con la persona interesada), como ilusión de solución. Creen que al final eso también se resuelve con una firma o una etiqueta. Es como creer que aumentas la calidad de vida de una hermosa mariposa cazándola y metiéndola en un terrario, solo porque así puedes mirarla mejor. Luego la matas, la clavas en un corcho junto a las otras y así ya puedes enseñar lo muy macho y libre que eres y has sido; o lo muy avanzada y moderna que es tu generación de mujeres ahora.

¿Esto que sigue cuándo fue? El caso es que estábamos en la cafetería/bar de H. Solo estábamos R. y yo.
–Aún no he entendido lo que es el bólido –dijo R.
–Creo que O. usa eso ahora para follar. Habla con las chicas del bólido, despliega sus alas libertarias y no deja de insinuar el poco tiempo que nos queda.
–Hace poco vi en la tele a un tío dando una explicación.
–Y qué.
–Luego me comí un yogur y me fui a dormir.
–Yo ya ni pienso en ello. A veces me hace sentir, como mucho, como cuando sé que debo ir al dentista. Siento un vago miedo al dolor. Es como si ahora todo el planeta tuviera que ir al dentista.
–Si es una piedra, dicen que esa clase de piedra espacial no es de las peligrosas.
–Ya, pero es que no es eso, bólido es solo el nombre que le han puesto al autor del epílogo.
–A veces no entiendo una sola palabra de lo que dices.
Tres chicas cárcel entran en el local, saludan risueñas en ninguna dirección.
–H. hoy no parece de buen humor –murmura R.
–El negocio no parece ir mal…
–Hace poco me dijo que estaba pensando en hacer un cóctel nuevo, el cóctel del fin del mundo; justo luego se calló y se puso meditabundo; creo que luego le oyeron llorar en el lavabo. Me da que le afecta bastante lo del bólido, ni su sentido del humor lo está sabiendo encajar.
–Debe ser distinto si crees tener tu vida en orden.
–Creo que no es eso.
–¿Hay algo peor y más enigmático que el bólido?
–Creo que le gusta una tía. Le gusta de verdad.
–Buena respuesta.
–Y creo… si no me han metido una bola, que es una cárcel.
–Pero…
–Tiene dieciséis años.
–El corredor de la muerte social…
–Si es quien me han dicho, es como una bolsa de ruffles al jamón humana. Y si además H. se ha colado de ella, creo que lo del bólido no ha de ser tan malo para él.
–No puedo imaginar a H. viendo a una tía como algo más que una pata de pollo.
–Te puede pasar…, la gente cree que eso solo pasa de los 15 a los 25 años, pero te puede pasar también a los 35 de H. Y da igual cuál sea tu situación personal. Para eso, eres un crío toda la vida.
–Al menos H. está libre, que yo sepa.
–Ya. Y no sé si eso en su situación le da más ventajas o inconvenientes. Mucha gente usa sus relaciones estables, sinceras o no, para negar ciertas realidades, y así –si surge algún “problema”– no tener que reconocer en adelante que casi nada de aquello en lo que creían era auténtico de verdad. La gente no soporta la idea de no tener el control; al menos sobre dónde están metiendo la polla y por qué. Puede que a H. no le hubiese venido mal ahora tener un par de críos y una mujer que antaño fuese atractiva y feliz: alguien a quien aferrarse sobre una sólida capa de discursiva y falsa (aunque muy popular) madurez.
Las chicas cárcel presentes tienen el aspecto y la predisposición que tenían hace veinte años las chicas de 25. Ahora hay un salto femenino (muy actual y transitado) de la niñez a la edad adulta, sin fases intermedias, sin trámites. De las muñecas a los condones y las píldoras. Esto desconcierta y alborota muchas braguetas, y lleva a la confusión a muchos tíos, y me refiero a tíos, hombres que han superado los 30 y cuyo espectro de flojera ante la belleza femenina es tan amplio que pueden ser atrapados con cierta facilidad sólo con maquillajes, tacones y actitudes. No todos esos hombres hacen las preguntas adecuadas en los momentos adecuados. En la vida real no se ven los iconos de chat (arco iris, corazones,stickers…) mientras hablas, y en el ambiente idóneo las tetas ya presentes y realmente protuberantes no te dan pistas claras sobre legalidad o ilegalidad. Solo equilibra las cosas el que muchos treintañeros ya no quieren meterse en discotecas o frecuentar entornos oscuros con asiduidad. Sin mencionar el inabastable morbo que pueden proyectar las madres contemporáneas a ellos. Todo parece ser (potencialmente) atractivo desde la primera regla hasta la escolarización del primer hijo. Como mínimo. Hay quien opina que el que las mujeres se estén volviendo igual de salidas que nosotros es bueno. Yo creo que la igualdad (positiva o no) a ciertos niveles puede ser, como poco, bastante desconcertante. Es posible que todo este escenario sea lo que ha perdido a H.
Era viernes. Lo que para nosotros era tomar algo y largarnos a casa (o como mucho al cine), para esas niñas era solo el principio de la noche. Entrada sin problema en cualquier garito, y a solo una decisión de tener sexo. Un chico decide qué ponerse para salir; una chica decide si quiere follar o no las siguientes cinco horas. No solo han pasado ya los años 90; ahora es una época incierta, también ha pasado la primera década de los años 2000, extrañamente ignorada a cualquier nivel, o quizá porque ya no tuvieron gran cosa a destacar en ciertos campos. Puede que sea la Personalidad lo que esté pasando de moda. Ahora muchos temen al bólido, ya han comenzado a hablar sobre él en algunos medios. Oímos a las cárcel comentarlo en su mesa. Ríen histéricas. Cuando la juventud es un hecho y no solo una actitud, la posibilidad del fin del mundo es una risa.

Cuando el sexo en tu vida es puntual, quizá el dato sea deprimente, pero la ocasión es incontestablemente emocionante. El condón rodea tu polla como si abrazara una porra de acero. Si tienes la suerte de no tener problemas de erección o eyaculación aún, sueles aguantar bastante más de lo que al principio crees que vas a aguantar. Estando en ello, te sientes como alguien que follara cada media hora con Silvia Saint en su ático de Long Beach. Haces el papel (aunque seguramente no engañas a nadie), como si fuera una cosa que entrara siempre en tu rutina; lavar los platos, comer, currar (puede), dormir, follar… Nunca lo aburres, porque el sexo puntual conlleva el llevar esa teoría de “la sala de espera de la felicidad” a sus últimas consecuencias. Más que una sala de espera es un aeropuerto entero, con sus retrasos y cafeterías y novelas baratas a la venta. Así que todo suele funcionar como debe cuando ha de despegar el avión. Llegas a tu destino sin problema, y procuras hacerlo cuando ella ya lo ha hecho. Más que un polvo, te acaba pareciendo una paja para Vips. Si piensas más de la cuenta en tu pareja ocasional y sus atributos, puedes acabar corriéndote como una manguera cuando ella aún se está calentando. Es todo bastante sucio y patético; pero al fin y al cabo hablamos de sexo, y si no hay un niño en otra habitación ya has ganado bastante terreno. Si es ella la que viene a tu casa, lo divertido es intentar hacer mucho ruido, sobre todo de madrugada, que los vecinos crean que lo tuyo no va solo de machacartela y fantasías, que haces lo que debes hacer, y que seguramente, a pesar de ser bastante irresponsable y no haber sentado cabeza (sea lo que sea eso), sabes al menos hacer disfrutar a alguien para variar.

No hace tanto, pero creo que para cuando O. se peleó con un tío en el cine, el asunto del bólido ya era o bien algo oficialmente muy grave o bien la leyenda urbana más salvaje y poco concreta de la historia. El tío no dejaba de hablar, era un señor de mediana edad. En la fila de delante estábamos O., R., y yo. Casi vino H., ya con su novia menor (y sexualmente activa), pero al final decidieron poner una excusa, cosa que, siendo honestos, nos alivió. Así que el tipo hablaba y hablaba, comentaba todas las escenas, se intentaba avanzar a la trama, y no solo no se avanzaba una mierda a nada; si en su butaca hubiese habido un mono, además de haber molestado menos, se habría enterado más o menos lo mismo de lo que desfilaba por la pantalla y por qué. Mi colega O. se levantó de su butaca. Pensábamos que iba a mear. Entonces comenzamos a oír ruido y quejas en la fila de atrás. Para cuando nos incorporamos a ver lo que estaba pasando, ya habían encendido las luces y el tipo pesado estaba con las manos en la nariz y la barbilla goteando sangre. La cara de una niña de unos seis años estaba salpicada de gotas rojas. Era la hija de ese gilipollas. O. se justificó diciendo que por una vez quería ser más idiota que el idiota de turno, y que de todas formas no le había sido muy productivo «practicar la paz». Nos echaron cuando intentaba limpiar la cara de la niña con los faldones de su camisa.
Tres semanas (creo) después de eso, le tenemos delante en el sillón de tres plazas de su propio piso, y mientras recuerda la historia le entra una especie de depresión sonora, con lágrimas y mocos y pucheros y ojos hinchados. Habla como si no estuviéramos delante, e intentamos calmarle con las palmaditas y monosílabos poco eficaces de quien se ha pasado la vida argumentando por qué no es malo no querer tener hijos…
R. saca el tema del bólido para intentar relajar el ambiente. Al fin y al cabo el fin del mundo gusta a todos. O bueno, no es que guste, no a estas alturas, pero interesa, y obviamente lo hace más si consideras que tu vida está hecha unos zorros.
–Tío, lo que sea no es nada en comparación con lo del bólido –dice R.
–Es verdad… –digo, yo–, es verdad –añado, dubitativo.
–Tíos, de verdad, algo se ha roto dentro de mí…
La crisis de los treinta, suponemos, disfrazada de profundas inquietudes existenciales (o redundantemente disfrazada). Solo hay algo más frustrante que sentirse mal a cierto nivel, y es que tu dolor no sea nada nuevo, que ya esté catalogado, archivado, que ya haya sido millones de veces incluso nada más que una forma de rellenar la maquetación de revistas femeninas, o parte de la escaleta de infinitas tertulias baratas. Por eso la gente se ríe del adolescente enamorado: hasta el sufrimiento más abstracto e indescriptible ya ha sido vendido y reciclado de mil formas en todo tipo de negocios. Tu problema solo es una repetición extenuante. Solo eres un pesado. Solo… joder, pasa página de una puta vez. Solo aburres.
O. reconstruye toda la escena del cine, no sabemos por qué, pero parece que lo necesita. Incluso se detiene en los detalles sobre cómo lanzó su puño a la nariz de mediana edad y la rompió, cómo la fuerza del impacto hizo que la sangre salpicara a la niña. El tipo iba solo con su hija, a pasar la tarde al cine, a ver una peli. Tras explayarse, O. coge el mando de la tele y se pone aún más nervioso con lo que el TDT tarda en cambiar de canal.

No pasa mucho tiempo hasta que conocemos (nos presentan) a la novia-niña de H. Aún tiene 16 años (aunque le quedan dos meses para los 17, algo que ella misma aclara; lo cual la coloca en la antesala de la antesala de la mayoría de edad). Creo que yo a los dieciséis años aún llegaba con la cara manchada a casa. Para mí el sexo era verlo en cierto canal codificado. Ahora al menos tengo acceso al porno de una forma más digna, pero creo que me ponía mucho más cachondo con las rayas y las psicofonías de los viernes por la noche. Conocía a las actrices incluso así, hasta sabía leer los títulos de crédito. Pero esta chica ya ha tenido dos parejas (rollos aparte) antes de H. Con todo, aún conserva cierta timidez. Cree que tenemos mucha más experiencia que ella; objetivamente la tenemos, pero preferiríamos no ponernos a echar muchas cuentas. La escena se desarrolla un jueves dentro de la cafetería de H. Ya ha cerrado y estamos en una de las mesas, de tertulia: R., O., H., Heidi X y yo. Aprovechamos para fumar en un interior. La niña no interviene demasiado. H. parece algo avergonzado. Yo, en cierto momento, saco un cigarrillo sin darme cuenta de que tengo uno a medio fumar. La chica nos habla de cierta discoteca a la que quiere ir al día siguiente, y eso abre la veda para que nosotros hablemos de anécdotas de nuestra juventud física. Pero no dura mucho. Le pregunto a la muchacha si le tiene miedo al bólido. Dice que ha oído hablar de eso, pero que no ve la tele. H. dice que nadie se aclara, que lo mejor es que todos procuremos tener sexo con frecuencia por si las moscas. Yo palpo mi paquete de tabaco en el bolsillo, gracias a dios no estoy fumando en ese momento. O. se lleva las manos a la cara y, sin un motivo sólido aparente, rompe a llorar. La chica se llama W., y se pone tierna con él e intenta consolarle.

O. se va descontrolando de forma gradual. Un día, al parecer, decide poner la música a tope en su piso hasta que algún vecino llama a la policía. Asian Dub Foundation. Otro día asusta a una señora en el ascensor. Me llama desde comisaría. Va coleccionado notas oficiales. Consigue que le fichen. Se le mete en la cabeza que necesita tener una relación seria con una mujer. Con una de verdad. Una que le meta caña. Dice que necesita ser un calzonazos, que se ha equivocado de actitud y que su destino era el de tener ya al menos un crío y aprovechar los 25 minutos que tuviese libres a la semana para hacer la compra.
–No sé yo…
–Sí, tío, yo no sé estar solo.
–Ahora no te veo demasiado equilibrado como para que una de esas tías que quiere tener hijos te vea como papá potencial…
Lo único que conseguiría sería una orden de alejamiento.
–Yo puedo ser padre. Puedo ser padre. Puedo ser padre. Sería un buen puto padre, ¿vale?
–Conforme. Pero por lo que dicen, el bólido te lo va a poner difícil.
–Me llevaré a mi novia seria a donde haga falta. La salvaré a ella y a mi hijo y…
–No creo que sea muy saludable querer ser un personaje bíblico ahora…
–No… oye, no me jodas, no va a pasar nada. Va a pasar una piedra cerca de la Tierra o algo así y eso va a ser todo.
–Los científicos no están seguros de nada, ni siquiera de que venga una piedra…
–Para eso son científicos. Lo único que van a hacer es asistir el parto de mi novia. Mi novia seria, tío. Tendremos un niño y una niña. Viviremos en la zona buena de Sonora.
–¿Sonora tiene una zona buena?
–Viviremos en una casita con valla blanca.
–Si tu yo con 20 años te oyera…
–Ahí fue donde equivoqué el rumbo, tío.
–Yo te apoyaré hagas lo que hagas, a mí no me tienes que convencer, crece y multiplícate, haz lo que tengas que hacer, monta La tribu de los Brady si quieres, yo os visitaré los domingos por la tarde.
–No bromeo, tío.
–Traeré golosinas para los críos y tu mujercita me regañará por malcriarlos. Haremos barbacoa en el jardín. Adoptaremos a Godzilla y él se comerá las morcillas.
–Me he perdido…
–Ahora dicen que los japoneses tienen sedado alguna clase de bicho. Puede que él sea el tal bólido. Dicen que si se despierta podría llenarlo todo de huevos o crías o lo que sea, y que tendremos como diez minutos para hacer las maletas y salir echando hostias del planeta. Dicen que vuelve el periodo Cretácico. Hasta dicen que el bicho cayó del cielo.
–Me da igual. Yo tengo mis planes.

La confusión mediática es óptima. La desinformación es ya lo que caracteriza la información. La sobrecarga elimina la posibilidad de la certeza. Las fotos, los videos, cualquier prueba puede ser falsa o verdadera (y suele ser falsa). El progreso solo ha sido numérico, ahora nos pueden abrir en canal y curarnos, pero también pueden mentirnos y confundirnos desde miles de nuevos ángulos. Controlarnos. Pueden manipularnos, llevarnos rebosantes de salud de un lado a otro, productivos y con la convicción de que aportamos nuestro granito de arena. Pero nuestro granito de arena en pos de qué… Ahora el bólido es el resultado lógico, la salida críptica del laberinto. Se acabó el tener ideas cerradas, se acabaron las explicaciones claras; eso es solo para los que más cerca estén del núcleo del sistema. El resto alimentamos las calderas y no sabemos si mirar vigilantes al cielo o hacia la tierra, ni siquiera sabemos si respirar hondo. El nuevo miedo de moda es a estar vivos. Eso baja un poquito más el listón. Antes bastaba con ser optimista aunque tuvieras el culo sangrando, ahora basta con sangrar por el culo con cara de circunstancias. Parece que la cara nueva que se proyecta para la sociedad a corto plazo es la de resignada ambivalencia post-violación. El no-fin del mundo nos da un día más cada vez. Esto es vivir el presente de verdad. Antes elegías el Carpe Diem y te hacías el enrollado, ahora el Carpe Diem es la única opción, estás todo el tiempo a tres bocanadas de aire de que te coman las llamas, una ola, una tormenta o una gran boca dentada. Ahora solo estás. El cambio es que ya no le parece inteligente a tanta gente lo de hacer muecas para intentar engañar al cerebro con la idea de que la sonrisa es la que atrae la felicidad.
–Eso fue el principio del fin –dice R. Estamos una soleada tarde en la terraza de H–. El día que un idiota cambió el orden de las reacciones lógicas todo debió comenzar a joderse a cierto nivel. El día que un capullo que se creía tocado por Dios dijo que uno era feliz por elección y no como reacción a sus circunstancias o logros o suerte, ese día comenzamos a firmar nuestro contrato para la explotación y la muerte a corto plazo del planeta. Ese fue el día que nos comenzaron a tomar por tontos y en lugar de replicar nos pusimos a reír como idiotas; porque ya no hacía falta ser feliz, solo fingir que uno lo era.
Seguimos con el entretiempo. La cafetería de H. sigue funcionando de maravilla. R. y yo seguimos sin sentar cabeza (y sin saber aún lo que es eso), y O. ha ido a pasar un tiempo a casa de sus padres en Periferia Microsoft (no sabemos más). Mientras H. se encarga de sus clientes, W. está sentada con nosotros y trastea en su móvil. La mujer-niña. O bien la mayor parte del tiempo no sabe de qué hablamos, o bien cree que somos raros y rebuscados y prefiere ir a su bola. Creo que son ambas. Aun así, ya no nos sentimos incómodos con la idea de que se folle a H. (o de que H. se la folle). Hace unos días celebramos su cumpleaños. Diecisiete. Le regalamos uno de esos muñecos que se han puesto de moda; una especie de Godzilla, en esta ocasión relleno de productos femeninos; la caja estuche bólido «para chicas que se codean con el fin del mundo».

De chaval tenía una especie de táctica psicológica para sobrellevar mejor todos aquellos rituales que no me apetecían y que me veía obligado a soportar. Esto se daba casi a diario. Pero para no desgastar mi psicología personal, solo tiraba de dicha táctica una o dos veces a la semana. Un día fijo era los viernes. Como buen mal estudiante, me había pasado la semana trampeando, no haciendo deberes, suspendiendo, aprobando por los pelos, y a su vez intentando pasar desapercibido, intentando ser el cono de la clase, etcétera. Ese proceso era agotador; pero la clave de todo el asunto es que mi desmotivación era de tal calibre, que cualquier conducta parecida a seguir los mandatos adultos hacía que me entrara la risa floja, y aún menos ganas de hacer nada (de lo que ellos quisieran que hiciera, claro). Creo que el sistema educativo me perdió más o menos en la época en la que ya supe leer con fluidez, un fenómeno bastante temprano en mi caso, que me distanció de aquel entorno a la velocidad a la que se expande el universo, y lo hizo de casi todos los temarios, ejercicios e idiosincrasias que se diesen en el aula de turno. Cuando comenzábamos –por poner un ejemplo– un nuevo temario del libro de Lengua, lo único que era capaz de pensar era que al menos había acabado el anterior. Estaba en terreno de nadie, no me portaba mal pero sacaba malas notas. Esto desconcertaba a algunos profesores, porque normalmente los niños intentan encajar, aunque solo sea en el grupo de los gilipollas. Había al menos tres grupos, lo empollones, los responsables y los gilipollas. Yo no intentaba sacar buenas notas, y a la vez tampoco me interesaba fastidiar a nadie ni molestar. Yo solo quería… no estar allí. (O simplemente no estar.) Hasta una edad que ni me atrevo a calcular, yo solo era alguien a un nivel legal. Tenía DNI. Pero no me interesaba hacer nada, porque nadie me había insinuado que yo pudiera hacer algo o tomar decisión alguna. No era bueno en nada porque oficialmente no era bueno en nada. Leía, empecé a ver pelis, dibujaba, pero nada de eso, según me decían, me iba a llevar a ningún lado, eso no perfilaba personalidad alguna. Leerme las mil páginas de It sólo significaba no haber estudiado para tres o cuatro exámenes.
Mi táctica para soportar años y años de aquella época, era estúpida y sencilla. Cuando iba al colegio los viernes, el camino era de tierra, había casas abandonadas y toda clase de piedras. También había tiza. Solía coger una y pintaba una cruz, o una X, o simplemente hacía un rayajo en alguna parte visible de algún muro. Lo miraba, y pensaba que mi objetivo era volver a ver ese rayajo aquel día en la vuelta, a poder ser sin haber sufrido grandes daños, broncas, capítulos desagradables pasivo-agresivos, o incluso humillaciones en clase (que por cierto raramente venían de compañeros, ya se encargaban de ellas los profesores). Así, al salir a las cinco de la tarde de clase, topaba con la visión de ese rayajo, y era el momento más feliz de la semana, tenía el fin de semana por delante, y al menos podía olvidarme de que no era nadie, de que no servía para nada y de que no sería exitoso e inmortal en el futuro como muchos compañeros de clase (con los que constantemente se me comparaba).
R. y yo estamos otra vez en la cafetería de H., y a pocas mesas de distancia se ha sentado cierta profesora que yo tenía, que yo tuve durante al menos tres o cuatro años. Cara-caballo. Cara-caballo se lleva la palma en cuanto a malos ratos relacionados conmigo en clase. Tanto es así que sé que me ha conocido, pero obviamente no me ha saludado. Algo no le cuadra; ni le hace gracia; esta vez ambos somos adultos. Quizá no me va mejor que a ella, pero al menos ahora sé que soy una persona, y que no me definen los datos y estadísticas que ella decía que me definían, que me definirían y con los que me enterrarían. (De ser así, ahora hablaría con monosílabos y no sabría ni echar el azúcar al café.) Es algo que ella, creo, ha comprobado en el único segundo en que se han cruzado nuestras miradas. Tiene la misma cara de amargada, y por los bártulos que lleva debe seguir dando clase. Es la forma más habitual de la muerte. Decide aguantar el tipo y enterrar su atención en el periódico; pero lo que no sabe es que ha asentado el campamento en terreno hostil.
Entro en la cocina y saludo a H. H. está en una fase de rabia hacia a aquella época muy parecida a la mía. Me localiza el café con leche destinado a Cara-caballo. Me da luz verde. Escupo un grueso y asqueroso gargajo en él. Lo remuevo todo con la cuchara. Luego H. dibuja un corazón con canela sobre la mezcla. Puede que siga siendo un chico de malas notas, pero ahora ya sé encajar al menos en el grupo de los gilipollas…
R. y yo charlamos luego más tranquilos, porque yo, en cierta forma, y con ese pequeño y asqueroso detalle, he cerrado el círculo, he quedado en paz con aquellos tiempos. El final cutre y asqueroso de una relación cutre y asquerosa. Cara-caballo sorbe de su café con leche sin hacer mueca alguna. Traga de mi dosis como yo lo hice de la suya durante mucho tiempo, demasiado. Me siento relajado mientras R. me desarrolla los nuevos rumores; lenguas de fuego llegadas del sol, todo el planeta quemado vivo (una de las muertes más terribles, dicen). Hasta ahora, los extraños fenómenos naturales captados por todo el planeta solo han dado para cientos de habladurías; rumores que van desde amenazas espaciales hasta la posibilidad de bichos mutantes desproporcionados. Y por supuesto otros dicen que se trata de Dios; hablan de muertos que se levantarán y deudas que se saldarán; hablan de juicios epistolares y de que muchos nos vamos a arrepentir. Solo a los fieles les han comprado billetes por Internet para Jesús.

Estamos cenando. Estamos frente a unos grandes ventanales en la planta diez del edificio Iris. R. y yo. Y dos chicas más. Se cuece un posible polvo puntual. Actuamos como si el sexo fuera eso que ya domamos en su día. R. se muestra divertido entre el segundo plato y los postres. A mí me crece una erección en los pantalones. Normalmente mi polla parece prever el futuro; parece oler a coño, pero no a cualquier coño, sino al que se va a trajinar. Si no se me pone dura durante la cena, luego no suele pasar nada. Yo sonrío al estilo de los años 2010. Lo cierto es que no me hacen puta gracia, ni las dos chicas ni R. A decir verdad R. sí me hace gracia, pero no cuando está allanándole el terreno a su pene. A veces incluso bromea en voz alta sobre su pene, pero es algo que decidimos que no hiciera más. Hay mujeres que confunden las bromas con una obsesión masculina fálica por el propio miembro. A veces las mujeres quieren incluir psicología y patrones de comportamiento donde solo hay dos tíos intentando echarse unas risas. Nos llaman simples pero luego no dudan en convertirnos en monstruos de la ironía que bautizan a su entrepierna y la adoran por encima de cualquier cosa. Somos listos para lo patético y tontos para lo importante.
Luego vemos venir enseguida la que se nos viene encima, a hombres y mujeres, y ya no hay metáforas ni rumores. Es literalmente como una ola de luz. Una ola de fuego. Arrasa lentamente el paisaje y viene en nuestra dirección. Lo que me pone alerta son los gritos en la planta diez. Me quedo sentado en mi silla. Fijo la mirada en esa luz. Se me ponen los pelos de punta.
Despierto dando una patada sin querer a M. La despierto también sin querer.
No se enfada. Me pregunta qué estaba soñando. Le digo que soñaba con el bólido.
Me pregunta cómo era.
Era una luz.
¿Una luz?
–Era como una ola.
M. estaba sentada delante de mí en la planta diez. La cena fue real, el bólido lo he incluido yo.
Está amaneciendo. Han pasado cinco meses desde que O. desapareciera de nuestras vidas; no coge las llamadas. M. me dice que si quiero volver a verla. R. se fue con la otra chica. Pongo la tele y le pregunto a M. si quiere desayunar. En un magazine matinal hablan del bólido. Lo hacen tres señoras que igual te pueden hablar del bólido que de la boda de Fulano, y todos los temas con el mismo tono, como suplicando un tiro en la cabeza en el campo de concentración ideal. Pongo leche a calentar. Me quedo mirando por la ventana mientras M. curiosea por el piso. Me pregunta si vivo aquí, si es de alquiler, si es de un amigo. Me pregunta si la quiero volver a ver. El sol ha salido con normalidad. El día es radiante. No puedo quitarme de la cabeza que alguien me llamará para contarme que O. se ha suicidado. Me siento bien oyendo las preguntas de M.

fuego

Lápiz labial genital

¿Nos hemos degradado hasta convertirnos en ese extraño del espejo?
–No sé a qué te refieres.
–¿Lo he dicho en voz alta?
–Ese tío del espejo no es más que tú mismo, es la elección que has hecho.
–No me quieres entender.
–Abunda si quieres en ese tema, aunque te advierto que no sé para cuántas caladas más nos queda…
–Ese tío del espejo no es más que la intención que opera en ti de dentro hacia fuera, ¿entiendes?, es un topicazo mortal y se alimenta de lo que los demás esperan. Este tío del espejo te convertirá en un monstruo, aunque sea un monstruo ya aceptado y asumido por todos. El hecho de que te acepten no es necesariamente bueno si los que lo hacen tienen el suficiente poso de amargura de serie. En serio, te venden eso en cada esquina, la gente hace cola para adquirir sus dosis. A veces incluso tienen un niño sin estar muy convencidos. Acaban tarados, y son legión. Hay mil maneras de hacerte desaparecer a ti mismo. De autoenterrarte. Eliminas la Persona que pudiste ser y que hubiese elegido de forma sincera y no dejándose llevar por el criterio de otros.
–Sí, abunda en ese tema… Amargura de serie, a ver, qué cojones es eso…
–Cómo te lo explico… ¿No está la anfitriona, por cierto? ¿Era una chica? No conozco a nadie aquí.
De verdad que no conozco a nadie, pero no les importa fumar de todo y como carreteros aquí dentro, así que hago lo propio y paso igual de la nube que se está formando en el techo. Cada cigarrillo enciende el siguiente, y así haces tiempo hasta que llega otra vez el porro. Nunca es suficiente; cada argumento, cada verbo o ejercicio de retórica, cada paseo gramatical pedante, a menudo dejado a medias, o hasta propio, hace que te entren unas ganas locas de colocarte aún más y pasar página. Cuanto más hablas de lo Malo, más se estanca y enraíza, y lo único que puedes hacer en realidad es afilar el ego, sacártela, ponerla a la vista de todos y mostrar cuán preocupado estás. Tú y tu respetable polla, ambos meditabundos. No conozco a nadie, pero aun así pasan el porro, y hay luces rojas indirectas y un par de pantallas de TV puestas sin volumen. En una de ellas hay porno, la otra es un canal de noticias. Dos chicas deciden comenzar a besarse en el sillón de tres plazas que tenemos enfrente. Esto no es habitual para mí. Puede que sí para esta gente, quizá incluso para mi colega si lleva una doble vida, pero mi idea de la droga y explayarme solo incluye mucho café, cigarrillos y el teclado. Ni siquiera vino ni bebidas alcohólicas. Mi experiencia con los porros constó de una fase corta a los 20 años. Luego dejamos de ver al tío que siempre tenía hierba.
–La amargura de serie es… la misma expresión lo dice, tío, la mayoría de gente aceptará encontrarse como una mierda si el resto están más o menos igual, mira a tu alrededor. Un amigo mío lo llamaba el Paradigma del Campo de Concentración. La libertad no va exactamente de muros ni de carencia de barrotes, es una idea, una forma de sentirse (sobre la que se puede mentir, por supuesto, y vaya si se miente…). A veces cogiendo un avión solo te estás desplazando dentro de tu enorme y elegantemente decorada cárcel personal, la que te has montado, porque, llámame cursi si quieres, pero la liberación está en ti, y no en fórmulas gilipollas ni a diez mil kilómetros ni en recetas para ser libre. La cuestión es que nunca eres del todo libre si no sabes de verdad quién eres ni lo que quieres. La realidad es que la mayoría de gente es nada más que Mano de Obra, y casi siempre muy barata. La idea que tienen del placer o sentirse vivos, es que les dejen en paz y en cama al menos un día a la semana. Cuando nadie les da órdenes, muchas veces hacen cosas no porque las quieran hacer, sino para matar el aburrimiento. Así de bajo está el listón. Habrás oído hablar del Placer de los Pequeños Detalles: es la Gilipollez entre gilipolleces, es la trampa más obvia, y a la vez aquella en la que más gente cae; vidas enteras edificadas sobre una Verdad sostenible durante… qué, ¿unos cinco minutos? Es estar constantemente a un paso de que te hagan pasar a las duchas colectivas, y aun así sonreír. Y ni eso te dan; matarnos ya no es un buen negocio; pierden efectivos. No te quieren cadáver, te quieren muerto, pero al nivel que a ellos les interesa. (Y no es que les importe mucho tampoco tu suicidio…) Si decides encajar de forma elegante en su rollo, te dan títulos y medallas, pero a la larga los preceptos de tu responsable destino acaban siendo los mismos. El chico de dieces acaba de adulto esperando hambriento los viernes igual que el chico de cuatros. (Y eso en el mejor de los casos.) Sumérgete en las redes sociales durante solo un par de minutos para comprobarlo… Ambos son ellos mismos sólo en su tiempo libre (aunque suelen estar demasiado agotados para tal cosa, y si es que saben quién narices son). La educación cuadriculada que han recibido es exactamente la misma, y la forma en que el sistema dota de una fatua apariencia de “equilibrio” a esa descomunal farsa, es a través de la jerarquía (resaca académica) que se desprende de la misma. Administración de egos. Hay jerarquías dentro de jerarquías dentro de más jerarquías. El chico que acabe en una elegante oficina se sentirá complacido de que ha dado lo máximo, o al menos porque creerá que lo ha hecho bien, y el muchacho que acabe en un almacén será considerado currante de bajo perfil y una más de esas personas que ha desperdiciado su vida. Pero ambos verán los domingos por la tarde de la misma manera, no digamos ya los lunes, y joder, no digamos ya los viernes, o los sábados, o las vacaciones, o lo que sea. Lo cierto es que ambos se agitan como peces dentro de la misma red, dando bocanadas y ahogándose poco a poco en el mismo profundo desconocimiento sobre sí mismos, y en por qué el 90% del tiempo se lo pasan haciendo cosas que no les llenan ni importan lo más mínimo.
–Todo por el puto jornal que ya cobraban los pardillos que alimentaban las calderas del Titanic…
Es justo entonces cuando me vuelve a llegar el porro, y aspiro con fuerza. Creo que mi colega estaba en las nubes y no me ha escuchado mucho; o más bien miraba cómo la nube del techo toma formas, a veces quizá incluso descriptivas. Caras reconocibles o hasta frases enteras. A veces es la misma cara la que te habla.
–Lo que digo es que ahora la mayoría de gente cree que no harás nada si nadie te ordena que lo hagas; esa es la base de su saludable concepto del trabajo. Creen que, dinero aparte, es bueno que te hagan una lista de cosas que hacer, porque si no lo que hará casi todo el mundo es echarse y poner la puta tele y marchitarse. Lo escalofriante de todo esto, es que, a estas alturas, ya no les falta razón. Porque nos han educado para yacer o servir. Lo único para lo que suele estar mínimamente dotada con pasión la mayoría de la gente en términos de actividades que harían sin estar obligados, son los clásicos: comer, beber y -como mucho- follar. Si reduces a un ser humano a su mínima expresión, o dicho de otro modo, si amputas su curiosidad, su vida, su creatividad y su capacidad de explorar en la existencia, lo que te queda es -habiéndole vendido ya la moto de una noción muy concreta sobre la dignidad-: un productor cojonudo para tus sórdidos fines. Un hombre de las cavernas bajo contrato. El valiente y responsable idiota con conexión a Internet. El presente actual.
La pura verdad ahora, es que es sábado, y que de esa nube viscosa de humo del techo parece desprenderse un gas que alimenta la apatía. Además de eso, creo que me pone mucho más cachondo la tía que presenta el telediario de madrugada que las guarradas de toda la vida que desfilan por la otra pantalla. Un tipo fibrado y de facciones raras se corre sobre la cara de alguien, y yo solo puedo pensar en cómo serán las piernas de la chica del Informativo. Creo que si la adolescencia existe, algo así debería ser la señal más clara de que uno la ha superado. Repito, si es que algo como la adolescencia existe (y no es simplemente el estado natural del ser humano). Asumiendo que esos periodos vitales son reales más allá de las revistas y las tertulias baratas, ¿los padres de familia que consumen porno en qué fase están?
En mi campo de concentración las nubes negras serían restos de sexólogas mediáticas, maestros de rebote y gurús de lo académico.
Hay una gran ventana aquí; alguien, inteligentemente, ha decidido abrirla. A los lejos se ven estallar fuegos artificiales. Creo que porque hoy había fútbol. Una chica colocada y desconocida apoya su cabeza en mi hombro. Ni tan siquiera sé en qué momento se sentó a mi lado en el sillón. Mi colega está adormecido en una butaca aparte. Luego se me ocurre que es demasiado tarde hasta para el final de un partido de fútbol. Así que no sé a qué vienen los insistentes fuegos artificiales. Siendo sincero, los veo a menudo, y la mayoría de veces no lo sé. Lo inquietante es que cuando cuento al día siguiente que los vi, nadie me suele creer. O me achacan no recordar bien la hora o desinformación deportiva. Esto me lleva a recordar cuando, debido a mis malas notas, mi padre me amenazó de crío con no dejarme ver nunca el fútbol en la tele; recuerdo cómo repliqué en voz alta en casa asegurando que me suicidaría si me quitaban el único placer que reconocía en mi vida. Fue irónico que años más tarde mis progenitores se preocuparan por justo lo contrario, cuando el fútbol dejó de importarme hasta convertirse para mí en poco más que un inevitable y molesto ruido de fondo. Eso, sin duda, me había de llevar por un camino que me conduciría de un modo u otro hacia la autodestrucción. Si el fútbol no era el opio del pueblo, ¿qué había más allá?
Solo lo incognoscible, inabastable y aterrador.
Solo yo ante la nada y diciendo cosas raras frente a ventanas abiertas mientras veía fuegos artificiales que estallaban solo en mi cabeza.

La anfitriona. Se llama Sandra, o Sandy, o Sonia; llega a eso de las siete de la mañana, estaba fuera, abajo, en una discoteca cercana. No le importa dejar okupado su picadero. Desde aquí hay una caída de seis pisos. Técnicamente esto es un ático. Los dos canales son temáticos, por cierto, en uno sigue habiendo informativos cachondos y en el otro se siguen desarrollando escenas que luego alguien tendrá que fregar, fregar pensando en el siguiente viernes que tocara de 1994 o 95 (nunca son pelis muy recientes).
Mi colega despierta como si de golpe tuviera algo muy importante que hacer. Le digo que es domingo. No tiene que ir al taller, así que a menos que sea católico, y siendo como es él, puede calmarse y decidir si quiere cambiar de postura o algo así. Me dice que no quiere hablar de política ahora.
Ambos nos ponemos en pie (o algo parecido), y caminamos con brío (o algo parecido) para salir del ático. Agradecemos la hospitalidad fantasma a la anfitriona, y luego gracias a dios y a todos los ángeles del cielo recordamos que el edificio tiene ascensor.
Ya en la calle intentamos recordar cómo llegamos a ese ático. Cada uno tiene una versión distinta. Le pregunto si él también vio los fuegos artificiales. Me dice que ayer había fútbol; le digo que fueron de madrugada, muy tarde; me insiste en que me confundo, que era por el fútbol.
Buscamos una cafetería de urgencia. Usamos las cafeterías casi como farmacias. No pedimos tanto tazas como dosis. No hemos dormido mal pese a todo. Una suave resaca. Creo que tengo los calzoncillos algo acartonados por culpa de haber pensado tanto en la tía del telediario.
–Esos canales que contratan a esas tías según las ganas que te den de meterles la mano bajo la falda, tío…
–Lo sé.
Evitamos los Starbucks de Sonora y entramos en una cafetería cuya máquina de café parece algún prototipo del siglo XIX. Si es que ya las había. Pero sobre todo parece bastante sucia, basta, sobreutilizada, como una máquina de café cuyo chulo la expusiera a cabrones de cien kilos de poca higiene y polla pequeña. Una puta mecánica cincuentona cuya mirada sigue haciendo que muchos se la quieran follar: lo que encuentras al otro extremo morboso de la chica finamente robótica del telediario.
El café entra como agua de un oasis real en medio de un desierto en el que hubiera enterrados miles de cadáveres muertos por sed e inanición. La hierba de la noche nos hace pedir también algo de comer.
La camarera es el excitante término medio sumamente follable entre la metafórica puta cincuentona y la muchacha periodista recién salida del horno universitario. Una tía de veintimuchos a la que le presupones al menos un crío, un marido soso y algún afortunado amante que mantiene en pie esa vida familiar follándosela cuando menos culpable se siente mamá. Bienvenidos al centro de Sonora: a pesar de todo, puede resultar entrañable.
A poco de que todo el mundo decida celebrar cada año hasta los cumpleaños de sus perros con tal de No Pensar, y de que el amor sea ya algo tan dulce, manejable y procesado como los donuts sin azúcar, se va llenando esta cafetería, y sospecho que la mitad no han dormido hoy. Para algunas personas una cafetería es como un after. Estamos en esta nuestra época, esto es la previa al siguiente capítulo gordo de los libros de historia. O eso dicen. Y cada vez es más fácil de creer. Aunque todos se aferran a los dos últimos siglos; no conciben el que hubiese habido otras formas de vivir o hacer las cosas; o en todo caso siempre les parecen mucho menos prácticas. Pero sobre todo no quieren saber nada del futuro, o al menos de un futuro que se pueda desarrollar en unos términos que no sean exactamente los que aún son capaces de mantenerles ocupados, anestesiados y estériles para consigo mismos. La idea de sentirte vivo de verdad choca con la idea del placer de los pequeños detalles. El súmmum de la sofisticación es una mamada de alguien con quien no hayas follado más de cuatro o cinco veces. La ironía llevada al extremo más obsceno es una chica de veintipocos años que se emociona en medio de su gran fiesta de aniversario mientras recibe los regalos. Las grandes palabras, a la práctica, van acercándose poco a poco a tener la profundidad de un charco en el asfalto. Sentimientos. Amor. Tristeza. Tristeza. Mira a la camarera, va de un lado a otro. Seguramente folle con A los días típicos, viernes, sábados, alguna vez entre semana, puede; y es probable que tenga algún día fijo para follar con B, quizá los miércoles o los jueves, mientras queda de modo ficticio con alguna amiga, alguien con quien ha acordado que si A la llama ella dirá que sí, que no, que no está pasando ESO otra vez en la historia de la relaciones. Aunque seguramente a veces haya momentos de bajón para la camarera, puede que cuando se quede mirando a algún potencial bebé que haya podido parir, o cuando recuerde a A y lo gracioso que estaba con su traje de novio. Hay gente que lo tiene asumidísimo, a largo plazo quienes mantienen el frágil equilibrio de muchas parejas y matrimonios, son los amantes y las putas. Otras veces hay amor de verdad. Pero el caso más masivo parece el de hacer rayajos en agendas físicas o mentales.
Mi colega y yo vagamos luego por la calle, entre familias y turistas. Sonora es la nueva Roma, solo que esta vez las ruinas son industriales. Aquí se amontonan fotógrafos modernos para probar sus cámaras nuevas con chimeneas casi centenarias y tejados comidos por el óxido. El sol cae a plomo sobre el plomo, y atraviesa ventanales saturados de polvo y telarañas. La maquinaria industrial yace abandonada dentro de la periferia de la periferia. Aquí no hay centro de la ciudad como tal, no si no es a un nivel puramente geométrico. Todo soluciones bastas para problemas muchas veces inexistentes, o problemas fabricados para vender discutibles soluciones. Topamos con dos chicas tan rubias que no deben saber que debajo del hielo hay agua, y mi colega pone en práctica su mierda de inglés de niño que creció en los 80. Todo a mi alrededor me hace pensar en ese chiste o leyenda urbana o quizá hecho real, cuando un tío recibió una carta médica en la que se le aclaraba que había habido suerte, la mancha de su pene solo era lápiz labial. Lo que la posdata remataba con un: Lamentamos la amputación.

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