Por la ventana se veía a tres niñas, jugaban. Estaba como embobado mirándolas, aislado. Dentro la gente se reunía en grupos y bebía. Esa parecía ser la solución a todo otra vez. Era por la tarde y un amigo había decidido montar una fiesta de despedida. Se iba a trabajar fuera un año. Su novia se quedaba aquí. Las niñas de fuera eran niñas ajenas, hijas de algún vecino. Niñas de entre cinco y ocho años. Había una suerte de jardín comunitario, un “columpio”, un neumático colgado de la rama de un árbol. Dentro conocía a unas cinco personas de las treinta que podía haber.
La idea de celebrar por la tarde el encuentro tenía que ver con el avión mañanero que al día siguiente tenía que coger mi amigo. Se iba a Alemania, creo. La novia del muchacho iba de un lado a otro de la fiesta comentando que no pasaba nada, que todo iba a ir bien y demás. La distancia no iba a ser un problema. Había confianza mutua. Ella parecía ser la parte de la pareja que realmente había sufrido por él irracionalmente antes de que comenzaran a salir (y después), y él parecía quien había cedido. Era algo que ambos sabían, y que todos los invitados sabían, y que hacía que la gente asintiera sonriendo demasiado vehementemente cuando ella hablaba solapadamente de fidelidad asegurada.
Al cabo de un rato de observar a las crías jugando en el jardín, se me acerca un tipo joven y se me presenta. De unos veinticinco años, quizá algo más, se podría decir que albino. Gafas de pasta negras, piel casi traslúcida. Borracho a la seis de la tarde. Y el tío me da un codazo y sonríe y dirige el mentón hacia las niñas. Su expresión resulta claramente enfermiza. Arrugo el ceño y me susurra que ya, que no disimule, que a él también le va «el rollo». Estoy demasiado apático para librarme de él, así que el tío comienza a sacar conclusiones enseguida como hace todo el mundo con todo. Le doy el regalo de la ilusión de control, suelo ser generoso con eso. Y me dice que se le está poniendo dura. Resoplo y miro hacia la fiesta, y me pregunto de dónde habrá salido este tío, ¿esto es lo que hoy en día llaman amigo? Por un momento me imagino al colega del viaje intercambiando material pedófilo con albinos. Y su novia enamorada. Y yo metido en medio de todo, junto a vete a saber cuántos pederastas más en la fiesta.
El tío comienza a describirme lo que haría con las niñas. Luego me dice que hace poco se licenció y que la universidad era un rollo, todo tías estiradas, todo pijas, todas «tan listas y tan modernas, qué asco». ¿Demasiado mayores?, dije. A esas alturas de la conversación ya había entrado a su juego. “Sí, tío”, me susurró, desgañitándose en risas mal disimuladas dentro de mi zona de influencia. Demasiado mayores, demasiado desgastadas, demasiado todo. Le pregunto si es muy colega del viajante. Lo que recibo por respuesta, es toda una serie de confidencias que convierten de golpe y sin más a la novia enamorada en la tía con más cuernos que haya conocido en mi vida. Pero no digas nada, me dice el albino. Desde universitarias, pasando por todo tipo de mujeres de todas las edades, y hasta prostitutas. La lista de amantes del señor viajante. Uno de mis colegas desde hace años, cambiado radicalmente desde que tocara su primera teta. Antaño era un adolescente inteligente y se podría decir que bondadoso. Me pregunté si el albino no me estaría soltando una sarta de mentiras. Pero la verdad es que quería creerle. La fiesta era poco más que uno de esos intentos desesperados de protagonismo, de conseguir palmaditas en la espalda. Era la forma de reunir a familia y amigos y declararse tan maduro y responsable como para ir al extranjero a currar, pero no sin antes dar un abrazo a todas las «personas importantes de su vida». Hay gente que hace esas cosas por amor (aunque no sé cuánta, la verdad). Y luego hay gente como mi colega, cuya forma de actuar desde hace muchos años no ha dejado de ser la de un cazador que sale cada mañana rifle en mano en busca de alimento para su ego.
Lo que ese día hacíamos todos, pues, era darle su jugosa presa del día. Y él la devoraba a gusto con su novia paseando la cornamenta y siendo encantadora con todos. Me pregunté cuánta gente más sabría la verdad. Hasta qué nivel la reunión podía no ser más que una auténtica mierda de olor dulzón y buen aspecto. Con la chica en el centro de la diana de cada susurro. Buenas personas todos otra vez. Aquí no pasa nada. Míranos, bebemos y charlamos y lo pasamos bien, y mi colega albino me vuelve a describir cómo se pirra por las niñas menores de ahí fuera; sus cuerpos sin curvas ni vello, lo fácil que sería engañarlas, insertarse en sus orificios, el chantaje emocional posterior a cambio de silencio. Él lo ha hecho montones de veces, dice. Está chupado, dice… Y si nos ves desde cierta distancia, parece que simplemente hablamos de alguna peli que casualmente vimos los dos ayer en la tele.
Ya metido en harina, decido indagar. Le pregunto -con cierto miedo- al bicho enfermizo que tengo al lado si al colega del viaje también le va «el rollo». ¿Estás de coña?, murmura el albino sin apartar la vista de las crías, y asegura: Ése podría convencer a cualquier crío. Me atraganto con la bebida y la echo en parte por la nariz. Media fiesta me mira. ¡Tranquilo, tío!, dice el albino sonriendo a la galería, mientras todos vuelven a sus conversaciones.
A él le va, me dice en voz baja, claro que le va el rollo, pero también le van las mayores. No es gay, eso sí, me aclara; bueno, añade, sólo si se trata de niños, varones, tú ya me entiendes.
Comienzo a sentirme realmente revuelto. Yo sabía que algo olía raro siempre en el ambiente, en estas reuniones, en todos los objetivos y las metas y los logros personales alcanzados. Aunque incluso había llegado a sentirme mal por no ser más ambicioso en comparación con colegas como el del viaje. Pero de golpe la realidad es demasiado aplastante. Comienzo a ponerme blanco, casi al nivel del albino. Joder, me dice, pensaba que tú ya lo sabías…
Tengo que preguntar dónde está el lavabo. Me dirijo a él con todo el ponche cogiendo la dirección contraria por mi cuerpo. Mis tripas se contraen. Recorro un largo pasillo. Empujo la puerta que me indicaron, y por suerte no me he equivocado. Me arrodillo y me aferro a la taza. Convulsiono con mucho esfuerzo. El albino ha venido conmigo y me espera fuera.
Mientras intento librarme de las últimas arcadas, decido que todo el asunto tiene que ser una broma, una coña de ese capullo albino; decido que en cuanto salga del baño él me lo confirmará. Nadie de esta casa tiene sexo con niños, ni maneja ese tipo de pornografía. Eso me dirá, y yo podré volver a saludar a mi colega y decirle lo cabrón que es el colega ese lechoso que tiene. Ese hijo de puta. Ese hijo de puta me hizo vomitar todo lo que había bebido, le contaría recurrentemente en el futuro.
Pero no fue así.
Al salir del baño le pregunté al albino que si todo aquello que me había contado iba en serio. Y el tío dijo que sí, y me preguntó qué pasaba, si yo también… ¡Yo no soy así!, grité. No pensaba que llegaría a ese punto de indignación, pero acababa de vomitar, y eso siempre me pone poco comprensivo o mesurado. Caminé hacia la fiesta otra vez, con el albino detrás susurrándome que por favor no me chivara, que por favor… que por favor… Pero en ese momento sólo podía intentar respirar y valorar el estado de mi estómago. Frases inconexas pasaban por mi cabeza. Quería quedarme e irme a la vez. Quería actualizar mi blog a lo grande. “El día que descubrí que todos mis amigos eran pederastas”. Tonterías así llegué a pensar. Debería coger a esa chica cornuda y contarle una historia, pensaba. Me acordé de Olga, una niña de primaria que se fue del colegio en tercer curso; una semana más tarde despidieron a un profesor y nadie nos quiso contar directamente lo que había pasado (lo cual no significaba que los niños no tuviéramos oídos).
Volví al salón con el resto y me ofrecieron un sillón en el que descansar. La anfitriona se quedó conmigo, se sentó en una silla. A no mucha distancia, albino y mi colega se hablaban al oído, muy serios. Mi colega pasó de su habitual sonrisa socarrona a un notorio estado de lividez. Apenas sabía responder alegre cuando alguien volvía a bromear con él. Me miraban y realmente creían que iba a delatarles. Supongo que se trataba de mi semblante serio, les comenzó a alarmar. Lo que les asustaba más, obvio, era el hecho de comprender poco a poco cierta verdad: que yo no era «de los suyos».
Al principio pensé en no decir nada. Es mi primer impulso natural. Pero luego caí en la cuenta de que esto no iba de simples cuernos o monogamia alegre. Esto era serio, un delito, y tendría que soltar la bomba: enchufar el ventilador industrial y comprobar cómo sería de grande la mierda que esparciría. Lo cual era algo que no sabía. No sabía si se trataba sólo del albino y mi colega o si habría mucha más gente conocida implicada. La anfitriona intentaba darme conversación. Toda mi visión sobre las personas que tenía delante estaba mutando. No podía imaginar a ninguna de las mujeres presentes metidas en algo así; el sólo hecho de ser mujeres las excluía para mí. Fue algo que me dio que pensar. Obviamente la anfitriona no estaría metida en chanchullos de pederastia. Al verla interesada por mi salud, comencé ser consciente de que pronto le destrozaría la vida. Puede que incluso tuviese que marcharse de la ciudad, empezar de nuevo en otro lugar. No pensaba que ella fuera tonta en realidad, me imagino que ya se olía que su novio no era lo que se dice un santo; pero estaba claro que de ahí a lo que acababa de provocar mi huida al baño, había un trecho.
Me quedé sentado un rato, intentando recuperarme y ser cortés con ella. Albino y el otro no dejaban de controlarme. Sabían que cualquier gesto por mi parte era sumamente peligroso. Cualquier cosa que dijera. Decidí mandarlos al cuerno y le dije a la mujer que tenía que hablar con ella, pero que tenía que ser en privado, teníamos que estar solos, era algo serio.
Hay ciertas cosas que piensas que nunca te van a salpicar en la vida. Supongo que forma parte de nuestro mecanismo de supervivencia de serie. Yo nunca me he considerado optimista. El ambiente a mi alrededor nunca me pareció ejemplar o muy fiable, siempre supe que había muchas carencias que suplir con méritos y medallas, había mucho que «demostrar», todos andaban muy preocupados por dejar clara su valía. Lo denotaba el hecho de que no te permitieran dejar de saber que ellos no paraban de «hacer actividades», de «prepararse y formarse». Necesitaría un buen rato por ejemplo para completar la lista de títulos y cursillos y talleres sumados a las dos carreras de mi colega el viajante. Él siempre fue de los que hablaba con mucho desdén de la vagancia y la apatía, dos conceptos que por cierto se solían asociar con frecuencia a mi persona; y no porque yo me dedicara a ver la tele todo el día tirado en un sillón, sino simplemente porque cada paso que daba no tenía una meta concreta lo suficientemente ambiciosa al final del trayecto. Eso era una perdida de tiempo para muchos. Para mí, esa clase de integridad de la que mi colega y tantos otros hacían gala, acababa siendo irritante, y después sospechosa. Demasiado esforzados por ser ciudadanos modelo, no era muy de extrañar que escondieran algo. Aun así, nunca hubiese sospechado que fuera algo más allá de alguna prostituta de vez en cuando, o quizá incluso chanchullos relacionados con drogas.
Te lleva a preguntarte qué clase de frustración personal profunda te puede abocar a sentirte atraído sexualmente por niños pequeños. En relación con mi colega y el albino, parecía una cuestión de control. Se sentían seguros con niños porque los niños no podían manejar la situación. El pederasta manda, y he de suponer que eso es parte del motivo de su excitación. Aunque no se le pueda dar una explicación lógica al asunto más allá de una ristra de insultos justificados y alegaciones con relación a alguna enfermedad mental, pasé bastante tiempo intentando hilvanar cierta correlación entre el carácter de esos tíos y su idea de una buena noche de sexo. En ciertos aspectos relacionados con el intelecto, supongo que un crío es lo que hay justo al otro extremo de una mujer. Supongo que si llevas exactamente la clase de vida que todos te han dicho siempre que tenías que llevar, eso ha de conllevar toneladas de represión asociadas con cualquier faceta de tu carácter, incluida la de tu apetito sexual. Eran solo divagaciones, lo admito, pero era posible que todo ese «adaptarse» y «tragar» como buenos adultos, pudiera acabar desquiciándote. Según esa premisa, no era raro que los curas fueran propensos a tocar a los niños. Aunque la verdad, no sé si ese proceder tiene mucho que ver con el celibato o esa profesión en concreto. Diría que el asunto debe ser aún más genérico y aterrador, y podría guardar relación con lo mismo por lo que alguien se harta y mata a tiros a toda su familia. Hacer algo ilegal o hasta repugnante podía quizá acabar siendo la válvula de escape de algunas personas, que de alguna forma se han vuelto locas de remate debido a su constante ímpetu forzado por respetar las convenciones y el supuesto «camino correcto» a seguir.
Ahí puede entrar el papel de los niños. Un niño es una víctima fácil.
Y mientras la chica cornuda y yo salimos al jardín por la parte de atrás de la casa, un silencio horrible se adueña de nosotros. Ella no se atreve a preguntar nada y yo no sé qué decirle. Una cosa es aceptar la realidad en silencio y otra muy distinta saber exponer los hechos. No pude evitar recordar la anterior reunión habida en la misma casa hacía un mes, y con más o menos la misma gente (exceptuando al albino); era el cumpleaños de alguien, no sé si del colega viajante o su novia cornuda (nunca recuerdo los cumpleaños). Pone la piel de gallina la precisión con la que encajan ciertas insignificancias del pasado una vez se te revela un dato importante que ignorabas. Aquel día había varios niños en la fiesta. Mi generación ya estaba en esa edad que rodea los treinta en que las parejas que llevan cierto tiempo juntas deciden tener hijos por un motivo u otro; unos por, digamos, obligaciones de agenda conyugal, y otros por sentimientos más sinceros, y no sé si muy habituales. Aquel día vi a mi colega muy juguetón con los críos, y me extrañó y costó asociar su habitual e íntegro cinismo con esa vertiente que yo no conocía o de la que no me había percatado.
Pero tuve que poner freno a mi memoria, la mujer que tenía delante se moría de impaciencia por saber qué había pasado. Sonreí como si el cielo no se hubiera abierto o el mar no fuera a tragársela. Un estúpido intento de calmarla.
Di varios rodeos hasta que le expuse mi conversación con el albino y lo que me había revelado pensando que yo era «de los suyos». Ni tan siquiera le comenté que su inteligente y preparado novio se acostaba habitualmente con otras, ya fuera pagando o no. Me limité a dejar claro que, o el albino era un cabrón retorcido que se había querido quedar conmigo, o mucho me temía que al menos él y el viajante no veían a los niños con los mismos ojos que ella.
Recuerdo que por aquel entonces para mí los niños -en calidad de hijos potenciales, que era la única forma en que los veía- eran una de esas cosas que quería evitar; apenas me sentía responsable para mantenerme y procurar no desquiciarme yo mismo, así que ni mucho menos iba a tener un crío para proyectar mis debilidades en él como muy claramente hacían ciertos padres que yo conocía, y que funcionaban a partir de los típicos prejuicios de base: las mujeres están locas, los hombres son simples, y los niños son tontos a los que hay que darles un guantazo a tiempo. Yo no veía así a las personas; y era curioso comprobar cómo esas parejas de actitud aparentemente optimista y centrada podían tener una visión tan sesgada y estúpida de la vida y las responsabilidades. Parecía la explicación sobre por qué tanta gente cree que educar a un crío es simplemente una tarea más (siempre esperando, eso sí, amor incondicional y obediencia por parte del niño), o que incluso se puede delegar y que otros se encarguen de ello (como si ellos ya hicieran suficiente con haberlos traído al mundo con el gasto que eso supone). Y con esa mujer delante, que sabía que proyectaba tener hijos, y que sé de buena tinta que hubiese sido puro amor para ellos, no me extrañó nada la subsiguiente reacción general a mi revelación. Sin decirme nada, se encaminó enérgica hacia el interior de la casa. Yo decidí quedarme fuera. No quería compartir la escena; además decidí que si alguien salía a por mí correría hacia mi coche y huiría; no me importaba que la carrera pareciera de dibujos animados. Ese día yo ya había tenido suficiente fiesta, se me había proporcionado demasiada porción de realidad. No sabía si quería saber aún más. De momento había una más que seria posibilidad de que uno de mis mejores amigos fuera un auténtico hijo de puta; mucho más allá del típico que siempre te debe pasta o le echa morro o flirtea con tu novia y demás. Aquello no había forma natural de digerirlo o afrontarlo, así que de algún modo me negué a ello. Intenté aceptar y asimilar los datos, y guardarlos en alguna carpeta de mi disco duro que evitaría volver a abrir (en el cerebro no había papelera de reciclaje ni opción de eliminar nada). Solo de saber la información, me sentía sucio. Me imaginaba a mí mismo quedando con chicas y evitando a toda costa que se enteraran de que quizá varios de mis amigos no tenían precisamente porno del de toda la vida en su ordenador. El solo hecho de haber pasado tantos años con alguien así en tu órbita, te podía convertir en sospechoso.
Lo siguiente que sucedió fue que el albino y mi colega viajante salieron escopeteados de la casa hacia mí. Me quedé paralizado. La novia cornuda iba detrás y lloraba y les daba manotazos a ambos. Era más cómico de lo que la situación merecía. Otros invitados salieron e intentaron reducir a la mujer cuando comenzó a cerrar los puños para hacer más daño. Mi colega me miró a los ojos y comenzó a preguntarme Por Qué, Por Qué, Cómo Había Podido, ¿No Eramos Colegas?… Rompió a llorar y cayó de rodillas al suelo (era todo lo patético que se pueda imaginar). El albino nos miraba sin hacer nada, su cara completamente roja, el resto de invitados ya fuera de la casa. Había incluso uno grabando con su móvil. Ensayé un semblante de dureza ante la situación. Era horrible, pero una parte de mí disfrutaba de todo aquello; aquel capullo que ahora lloraba había sido altivo siempre, se había sobrado toda su vida. Se había mostrado como el hombre Capaz que todos admiran, el yerno ideal y demás monsergas. Y ahora sólo era basura. Excremento de Dios. Tenía un profesor que llamaba Excrementos de Dios a los alumnos que se negaban a hacer los deberes o que fastidiaban a los demás: yo, por supuesto, por pura apatía, era uno de ellos. Desde aquella época, el tío que ahora tenía delante llorando, había sido la Figura que mis padres me restregaban, aquello que yo no era capaz de ser por inútil y vago. Yo sólo quería meter mano a ciertas chicas (algo que, incluso con mi timidez, acabé consiguiendo a menudo, por cierto, y de lo cual nadie me reconoció el mérito). Yo estaba al final de la cola, y seguí allí hasta que aquel albino me tomó por su semejante.
Luego el albino y mi colega comenzaron a discutir enrabietados. Mi colega se puso de pie. Ahora ya había al menos unos cinco móviles grabando con descaro. Esa escena me tranquilizó, parecía que allí los únicos tarados eran esos dos idiotas, y me convencí de que a nadie más de mi entorno le iba «el rollo». La chica cornuda lloraba con tal fuerza que a ratos se atragantaba, arrancaba césped del suelo, una vecina la acunaba. De las casas de alrededor habían salido ya varios vecinos a espiar sin reparo. Pude ver muchos más móviles grabando, incluso un par de cámaras digitales. Mi colega pasó de la desesperación a la rabia. Cuando hice ademán de ir hacia mi coche, me sujetó y me miró a los ojos fíjamente. Tenía la cara roja, como a punto de estallar. Cuando me zarandeó antes de comenzar a gritarme, creo que oí algún flash. Yo seguía con la sensación de haber hecho justicia y a la vez aplastado a alguien que en el fondo siempre había sido un enemigo; una persona que siempre me vio a mí y a otros como bichejos que jamás conseguirían lo que él había conseguido. Yo sabía que había en él una buena dosis de rabia acumulada. En realidad, estas cosas son más sencillas de lo que aparentan. Yo le odiaba por ser “el ciudadano modelo” y una prueba occidental de por qué el mundo siempre está podrido, y él me odiaba porque a los quince años, cuando yo fracasaba en los estudios, una chica que salía con él lo acabó abandonando por mí; lo cual era quizá la única prueba que la vida le había puesto delante en relación a la idea de que por más que seas el mejor en todo, a veces las cosas no salen como tenías previsto. No fue algo premeditado. Según él, yo «le había quitado la novia», pero en realidad lo que pasó es que a menudo quedábamos los tres y yo no mostraba el más mínimo interés por ella (no por nada, sólo era timidez, la cual se suele confundir con mil cosas), a lo que ella respondió con interés, y a lo que yo respondí dejando que me metiera la lengua en la boca en cierta discoteca un sábado por la tarde (recordemos que teníamos 15 años). No se trataba de la chica (bueno, para mí sí), se trataba de ganar o perder, y él no podía perder, y por lo tanto, tampoco sabía.
Después de zarandearme, me señaló con el dedo. Me gritó que yo estaba deseando joderle, ¿verdad?; yo quería joderle la vida, ¿a que sí? Me roció la cara de saliva. Un chico se acercó tanto arrodillado y grabando con su móvil, que estuvo al menos un minuto sacando un plano contrapicado de mí siendo empapado por mi colega en su proceso de ira. Yo no decía nada, me sacudí el flequillo de modo inconsciente. El albino comenzó a llorar como si acabara de darse cuenta de dónde se había metido. ¿Qué haces?, dice entonces mi colega volviéndose hacia él. “¡Aquí nadie es culpable hasta que no se demuestre lo contrario!, ¿estamos?”, gritó con los brazos en alto, procurando que todos le oyeran. Además, ¿qué coño pasa aquí?, añadió, ¿es que vais a hacer caso a este paleto?, y se volvió hacia mí: ¿es que acaso tienes ni trabajo, paleto?, ¿qué eres ahora?, ¿camarero? Guardé silencio. Durante un minuto, mi colega parecía contenerse para no darme un puñetazo, y sólo se oían los lloros del albino. Eres un paleto, me dijo mirándome fijamente. En ese momento se volvieron a escuchar flashes, ya estaba claro que alguien no dejaba de hacer fotos. Eres un paleto, me repitió, y lo has sido toda tu puta vida, paleeeeeeto. La chica cornuda me miraba desde el suelo, le miraba a él y me miraba a mí, la cara hinchada, los ojos fuera de sus órbitas. Lo siento, dije mirándola, pero también se ha acostado con otras mujeres, también con prostitutas… En ese momento, varias personas se situaron detrás de mí, al menos había dos fotografiando la cara de mi colega. Él retrocedió y le gritó a su novia que eso era «una puta mentira». Ella volvió a llorar con fuerza. Aun así, parte del publico, creo, se sintió algo decepcionado; lo de las putas no era gran cosa en comparación con los niños violados. Sea como fuere, el colega que ya no sería viajante al día siguiente, volvió a hundirse y quedó hecho un ovillo en el suelo. Lo más absurdo de todo, es que seguramente sólo podía pensar en aquella cría de quince años que él no pudo mantener consigo, y que si ella hubiera seguido con él ahora todo iría bien. Ese fue el punto de desequilibrio. Era una injusticia, eso pasaba por su cabeza. Todo su esfuerzo… y esto era una injusticia. Entonces yo me volví y me dirigí hacia mi coche. Detrás estallaron los flashes y continuaron los lloros.
Una vez dentro del vehículo, busqué cierto disco de Metallica. Arranqué y vi por el espejo retrovisor cómo un par de personas me enfocaban con el móvil, cómo la gente se arremolinaba alrededor del albino y mi colega y la mujer cornuda. Muchos grababan, algunos toqueteaban sus cámaras, se hacían consultas técnicas entre ellos. Era el mundo del que mi colega había dejado de ser el rey. Al doblar una curva, y sin ninguna sensación de vergüenza o tristeza, puse la música a todo volumen, y me sentí realizado por primera vez en muchos años.
[Para el video, un poco de Nick Cave, que hace tiempo que no le escuchaba. Abajo + pin up.]










