Tres “cartas autoconcluyentes” a Beatriz* (3 de 3)

Ahora todo está basado en el recuerdo de un recuerdo de un recuerdo (y así sucesivamente) de ti. Cuando recuerdo un día lejano, lo más nítido que tengo en la memoria es que aquel día también me acordaba de ti. El asunto es así de rosa, al menos desde fuera, supongo; y también algo desesperante para mí, y probablemente terrorífico en cierto modo para ti. Puede llegar a ser tan incómodo el que alguien esté muy pendiente de uno como el que pasen absolutamente de uno. Puede que por eso mucha gente escoja rápidamente una existencia más íntimamente relacionada con la Indiferencia cariñosa (por llamarla así), antes de que les aborde alguna emoción que no puedan controlar respecto a otra persona. Es una opción muy deprimente, pero puede llegar a ser comprensible. Esa estabilidad estable de relación “estabilísima”, ese tachar rápido un asunto importante de tu vida aunque en realidad tú sepas que no hay nada tachado y que lo único que haces es proyectar esa idea de que ya tienes eso solucionado y que así los demás lo crean (y con suerte te lo acabes creyendo también tú mismo). ¿Sabes que una vez oí a alguien ser totalmente sincero con su relación neutra? Era Ang Lee, el director de cine; que no tiene problemas en decir que él no está enamorado de su mujer, ni ella de él; que simplemente se llevan bien y decidieron hacerse compañía emocional y sexual. ¿Te imaginas lo que pasaría en el núcleo de muchas parejas si uno de los dos reconociera semejante idea anti-romántica? ¿Conoces las ventajas fiscales que da el matrimonio? ¿Sabes que si me pidieras en matrimonio –y no estando yo precisamente a favor de semejante ritual– diría que sí con tal de fijarte a mi lado de un modo totalmente planificado y para que tuvieras una atadura más si un día llegaras a la conclusión de que es mejor no estar conmigo? ¿Crees que podría hacer algo así?, ¿dejar que aguantaras la relación con tal de no meterte en un farragoso proceso de divorcio…? Aunque creo que lo que haría si la cosa se torciera, sería… sí, concederte el divorcio, pero para más tarde volver a por ti. ¿No te das cuenta que todos esos impedimentos no hacen más que agrandar la leyenda?… Y quizá dirás: “A lo mejor eres tú el que se harta de mí”. Porque aún no sabes que en mi estado no se puede hablar conmigo… (O sí… de hecho creo que sí lo sabes). Estoy embarazado a tantos niveles que ahora soy como una mujer llegada de otro planeta y del futuro y de una realidad paralela, y quizá también del mundo de los muertos. Una mujer en la que crece la semilla de Dios y no tiene problema en convivir con ese hándicap. Y lesbiana.
Uno puede disfrazar todo lo que dice y hace y escribe. Más o menos. Aunque creo que yo lo hago bastante mal. Pero no tanto como para que no se pueda intuir que todo lo bueno que sale de mí tiene que ver contigo, y lo malo con la imaginación o el mundo deprimente que a menudo me rodea (o fabrico). Si lees esto, ha de ser incómodo de narices, lo sé, e incoherente en parte, y sin duda algo muy complejo de gestionar, tanto como (espero) de ignorar, o de aceptar. Has tenido mala suerte, casi seguro es así. El novio ideal te espera donde sea que se reúnan esos tíos ocupados, inteligentes y a la vez sencillos y frescos como una manzana. Esos tipos trilingües y bien vestidos, siempre afeitados y demás, contra los que sabes que me encanta cargar; porque (la verdad) la sola idea de imaginarte con uno de ellos hace que me den ganas de conseguir un lanzallamas y pasarme por Fnac y Starbucks y luego dibujar tu nombre con cadáveres ardientes en la calle mientras algún poli me arrastra al coche patrulla el último día de mi vida vagamente cuerda.
Esto es lo malo: esa parte pequeña de actitud que no cambia nunca en nosotros, en mi caso ya ha invadido mi caja torácica, y cada vez tiene menos que ver conmigo para estar más y más relacionada contigo; lo cual no es ni bueno ni malo, pero ES. Y ES tanto que no puedo ignorarlo o barrerlo bajo la alfombra del optimismo moderno. No soy tan inteligente, ni decidido, nunca he dividido la vida en fases de aprendizaje, ni siquiera he llevado nunca ese discurso de serie (porque seamos honestos, en muchas personas eso solo es un discurso). No soy tampoco detallista ni sé hacer que las cosas sean simples. Ya me ves aquí, hablando de mí para hablar de ti, no porque crea que tú eres como yo (por favor, que eso no pase nunca), sino porque al fin y al cabo lo que mejor me define ahora es tu no-presencia. La ausencia es quizá el mejor porno de quien escribe. Aquello con lo que más se masturba. Las masturbación es algo muy amplio, abarca muchas facetas de la vida. Pero… bueno, yo soy demasiado cerdo a veces como para que su significado más primario y carnal no ocupe un lugar importante en mí. Para ser atrevido te podría describir cómo llegué a salpicar varias veces sólo con la fantasía de lamer tu ano, solo eso, porque tú jugabas a dominar y no me dejabas hacerte nada más. Qué cosas tengo en la cabeza… por eso jamás seré un joven fresco como una manzana. Por eso, la idea de una suegra propia para mí es más fantasiosa que un marciano jugando un solitario en el salón de mi casa. Lo primero no sabría cómo gestionarlo, para lo segundo creo que podría reunir el valor. Pero no te creas que no pienso más en besos que en mamadas. Soy tan tontaina como quien más. Puedo ser perfectamente la niña que dibuja corazones en los márgenes. De hecho creo que llevo unos años haciéndolo cuando aporreo el teclado cada vez con más ínfulas de Hemingway (sin los toros), y al menos el ejercicio es más limpio que otras formas de vaciado…
Aunque no soy amigo de aniversarios, ni de celebrar los años que se sigue en aquello que uno no está aguantando, sino viviendo en paz, sí recuerdo perfectamente el día en que me comencé a sentir así. Recuerdo justo el momento. Y recuerdo que, unos días después, cuando conseguí volver a acostumbrarme a esa sensación de Una Sola Persona Dentro de Mí, cuando conseguí apartar de mí el miedo de estar sintiendo algo auténtico, y no solo numérico, o administrativo, o rutinario; cuando de algún modo resucitó otra vez mi yo intangible habitualmente enterrado en mierda legal aceptada, entonces ya supe que me tocaría esperar. A veces es así. Da igual lo práctico o decidido que seas, de hecho a veces esas cualidades solo te llevan a comportarte como un gilipollas (es decir, aún más). Esperar…
No podía hacer menos que, al menos, agradecerte la resurrección.
Y ya está.

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Tres “cartas autoconcluyentes” a Beatriz* (2 de 3)

Decir: ¿Pueden salir todos de la habitación menos ella, por favor?… (Así en genérico.)
Pero nunca funciona, ni como indirecta, nadie se mueve, tampoco ella; de hecho es probable que ni se dé por aludida (aunque es mejor eso a que se sobresalte y sea ella la única que se vaya…). O bueno, quizá se da por aludida pero disimula, porque hay un montón de tíos mejor preparados que tú aquí (y quién puede culparla). Incluso pueden hablar en otros idiomas cerca de ti entre ellos para que no les entiendas, y hasta ligar con ella sin que te enteres de casi nada hasta el morreo. No hay subtítulos, y aunque hablen en inglés hay demasiado ruido y filtros como para que llegues a pillar algo con tu escaso dominio del idioma.

O decir: En serio, esto no te lo puedes tomar en serio…
Para no asustarla. Y que no sepa lo que sientes de verdad. Puede que cambiar tu look ayudara; algo en esa línea en plan “me preocupa demasiado qué me voy a poner, aunque no lo diga”. Algunas agradecen eso si va acompañado de medallas. Porque “él” es un… porque no le importa acentuar su lado femenino, y es tan encantador, y tiene amigos gays. Pero tú no podrías… no podrías hacerte pasar ya por eso. Eres muy abierto y tal, pero eres de provincias, un poco bruto en el fondo, de barrio, solo conoces gays de la tele. Eres como de la periferia del entorno que ella habita. En fin, Tú, Yo… ya sabes, esto puede afectar a cualquiera, pero aquí la diana sigue siendo Beatriz* (aunque no hay intención pasivo-agresiva).

O decir: No, estoy bien, no me pasa nada…
Para calmarla. Esa frase es un intento absurdo, como cuando un crío herido en su orgullo grita completamente rojo, con los ojos hinchados y las lágrimas goteando: ¡No estoy llorando!
Pero aun así a veces funciona, porque aunque ella no te crea, puede que decida hacer como que se lo cree… para sí misma. Las autonegaciones y demás siempre están en juego también; nunca hay que menospreciar la capacidad que todos tenemos para negar la realidad que tenemos frente a los morros. Han florecido familias de esas falsedades, generaciones y más generaciones producto de diálogos en los que alguien se ha querido creer frases como “No, estoy bien, no me pasa nada”, entre muuuchas otras. No importa, al fin y al cabo lo importante es que ella esté bien, ¿no?, ¿no va de eso todo esto? Quiero decir, la adoración, no estas líneas en sí mismas, que solo son como pegar una meada para no ir mojado el resto del día (o la vida)…

O decir: Tengo ganas de hacer un montón de planes para los dos, y lo quiero hacer ahora.
Que es algo así como dar aliento a la muerte. Y Beatriz* no está muerta, no es la del paraíso de Dante, ésa era Beatriz, aquella furcia sin asterisco. La que no quería sonreír para no deslumbrarte más de la cuenta (literalmente). Pero… eso, que no puedes lanzar ciertas frases así como así, y menos que conlleven planes a largo plazo, eso acojona a cualquiera, tenga amigos gays o no. Da igual lo moderno o anticuado que seas, necesitas tu parcela de futuro, pase lo que pase luego; necesitas pensar que nadie te quiere dejar sin eso. Que, como persona aún joven y luminosa, vas a seguir sacándole brillo a un hermoso y lubricado interrogante. Aún durante mucho tiempo. Eso es bonito. Supongo. Tanto para ella como para mí… sí… puede que un poco más para ella.

O decir: Podríamos disfrazar el sexo de viaje vacacional para tener de una vez una habitación lejos para nosotros.
O sea, proyectar decir eso si alguna vez… Convertirte en el tío definitivo que diga eso tras el cual no haya ya más (). Lo cual da una rabia cuando uno imagina a otro diciéndo(selo)lo… Esos mamones que tachan casillas y nombres y se les da tan bien vivir

Pero te quería contar una cosilla (y ahora ya no me hablo a mí mismo en segunda persona; ni de ti en tercera)… Esto fue todo producto del mismo principio por el que uno come o incluso se autodestruye o autosupera (necesidades primarias). Y aquí se llamó Helena* (no la Helena del caballo de madera y la guerra, los mitos o Brad Pitt), aunque obviamente era solo un capricho, como una moda, y aquí la estética también tuvo mucho que ver. Ésta sonreía y no necesité gafas de sol, la cosa iba más bien de chupetones y vidas paralelas (mi entorno apenas te conoce, pero aun así me da vergüenza hacer ciertas cosas sin… ser tú, y que alguien lo sepa). Y mientras hacía todas esas cosas que haces a veces simplemente porque te dejan hacer, no me sentía como un Paris real. No sé si lo había. Más bien era un intento idiota por huir de ti unos minutos, aunque no servía de nada, porque siempre coincidía que todo pasaba dentro de las ocho o nueve horas diarias en las que pienso en ti. Yo no era Paris ni quiero ser Dante, aunque seguro que lo querría si fueras la Beatriz sin asterisco, aunque tuviera que comprarme unas gafas de sol graduadas para verte sonreír, cosa que me da una pereza horrible (lo de las gafas, no lo de verte sonreír). Así que eso pasó, y no fue la única vez. Pero la vergüenza me impide sacar más de lo que yo considero trapos sucios; eso de meter la cabeza bajo la falda equivocada. Y es que sigo sin tener amigos gays (y si los tuviera no necesitaría apuntarlo en el currículo).
No es nada, solo se trataba de hablar un rato con algo que no fuera la almohada. No volverá a pasar. NO.

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Tres “cartas autoconcluyentes” a Beatriz* (1 de 3)

De todas formas esto no será significativamente leído, pero al menos quedará escrito, o marcado, como una pintura rupestre, y puede que descubierto con el tiempo, aunque sea solo para levantar cejas de desconocidos, o para indignar o hacer sentir un agradable calor en los pechos seguramente equivocados (no me refiero a las tetas sin más, aunque las haya, y seguro muy bonitas). Si me preguntaras si pienso en ti cada día y a todas horas –y aunque yo entienda que eso suele ser solo una forma de hablar–, pues yo diría que no; puede que solo lo haga unas ocho o nueve horas al día… Y creo que no es menos que antes (porque esto hace ya tiempo que dura), pero ahora lo sobrellevo mejor. Antes me tenía que centrar cuando me daba la sensación de que me iba a estallar el corazón, y respiraba hondo. Contenía el aire unos segundos, y luego lo expulsaba lentamente. Eso me calmaba durante unos cincuenta segundos.
Desde aquí abajo no es fácil verte. Pero supongo que Pareja Estable existe o existirá, y es posible que con el tiempo llegue a existir también un buzón de los Estable. Pareja Estable y Beatriz* Estable. Y claro, podrían llegar –a poco tiempo pasar– algunos pequeños Estable, puede que una Beatriz* Junior, o algún Oriol Estable. Tú ya sabías que eso conmigo podía ser complicado, supongo.
Aquí abajo las cosas no han cambiado mucho. Sigo muy ocupado odiando a mucha gente, creyéndome de alguna forma superior a ellos, y siendo en el fondo tan patético como ellos. Pero he de decir que hago un gran esfuerzo por serme sincero, por no traicionarme más de la cuenta. Eso obviamente hace que las cosas no sean fáciles. (Más bien así se hacen casi imposibles.) Sospecho que la sociedad tiene siempre un plan para todos nosotros, y que es un plan nada fácil de llevar a cabo, pero factible. Es decir, como es bastante chungo, eso hace que la gente se sienta digna aunque todos hagan lo mismo, porque cuesta mucho esfuerzo hacerlo. Eso, creo, hace que la sola idea de hacer algo distinto ni se les pase por la cabeza, o hasta les resulte una irresponsabilidad el mero ímpetu del intento. La verdad es que se nos sigue dando genial lo de ir en rebaño. Teniendo en cuenta eso, quería decirte que tengas cuidado con ese potencial Pareja Estable, porque tú estás allí arriba, es obvio que tienes algo, y se me pone el estómago del revés al imaginarte rebajándote a ciertos niveles de acción y percepción con tal de parecerle alguien común y “manejable” al Tipo Recto de turno. La sola idea me parece algo vomitivo. No te culparía, porque no sería capaz (dijera lo que dijera), pero esto ya es suficientemente doloroso tal y como está como para que algún día te descubra vacía de ti misma en algún ambiente recurrente.
Ya sé que parezco como muy exigente o potencialmente hipócrita o lo que sea, pero no se trata de eso; simplemente me consuela pensar que sigas por ahí viva y coleando sin haber dejado de ser de verdad lo que eres. Sé que es un consuelo estúpido, pero uno a veces no elige lo que le consuela. Eso no quiere decir que fuera yo capaz de humillarme en un futuro (algo así como cuidar a los pequeños Estable mientras Pareja y tú os vais por ahí a tener sexo en otra franja horaria), pero podría llegar a estar peligrosamente cerca de de la autovejación. Puede que en próximos capítulos.
A veces el aire se hace irrespirable por aquí abajo. Ahora es una ironía mi ateísmo. No parece encajar con mi actual relación (o no-relación) contigo. A veces oigo un cada vez menos metafórico ruido de algún pequeño cauce de agua o líquido, aunque suena poco a río llegando a sitio alguno si me detengo a escuchar. Luego surge una imagen que se va haciendo cada vez más nítida; a veces aparece justo en ese momento en el que no duermo ni estoy del todo despierto. Salpica ese líquido y se añaden nuevos matices tanto al ruido como a la imagen. Lo siguiente es ver unas bragas a la altura de unos tobillos y a una chica sentada en el trono; alguien que no ha puesto el pestillo y se queja aun medio riendo. Yo te interrumpo y digo que solo voy a lavarme los dientes. Dices que no te gusta hacer pis acompañada y yo digo que incluso me pone verte hacer pis. Finalmente siempre salgo del baño y tú solo has fingido enfado. Y en serio, no voy a volver a escribir más sobre esto.

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Vorágine

La primera frase es muy importante. Hecho. Aún no ha cambiado nada (en mí), tampoco el grado de cinismo. Siguen las pulsiones intactas, todas las de los últimos años. Las malas y las buenas. Las pijadas y las vaciladas y los romanticismos (baratos o no). Las mierdas a todos los niveles, literales y metafóricas. Los tacos. La vaga sensación de inutilidad, de hincharse para poco después deshincharse. De ego. De búsqueda del halago. De codearse con quien sea siempre que habite la risa teatral del infierno. No maduro, porque solo las frutas lo hacen. Al menos no me engaño demasiado, o no con las cosas con las que la mayoría se engañan. Eso no me hace fiable, claro (creo), al menos en la versión oficial (que es la que cuenta), la M se dio cuenta. Puede que también el resto de letras. Lo abstracto sigue girando más bien lejos de mi alcance. La magia. Todo es un intento desesperado por encontrarla. Por Volverla a Tener (de haberla tenido ya). Añorar no es ver todos un álbum de fotos rancio, la añoranza debería funcionar con los ojos cerrados, en privado; no creo necesaria esa popular pornografía de los recuerdos. Y la autodestrucción… qué decir de esa amante común; de unos por abrazarla, y de otros por tener la ocasión de acusar a los demás de albergarla; si estos últimos creen que tienes tendencia a tratarte mal (o lo que ellos consideren tratarse mal), tienden a alejarse, creen que se les podría pegar algo. Esos mismos que no se reconocen guerreros de jerarquías, pero que necesitan rodearse solo de lo que ellos consideren individuos de su misma especie. Hay tantos tipos de odios, de apologías de la separación de grupos (excepto quizá en clase, donde haría más falta). Apologías Aceptadas. Por los intocables, dignos, respetables. Ciudadanos. Miserables, criaturas políticas futuras en los mismos raíles que las presentes. El señor Cabeza de Euro, responsable por la mañana y por la tarde, sacrificado desde el primer día de su vida en un aula, y luego en una molona oficina (porque él había estudiado y no iba a hacer trabajos de bajo perfil, ni de coña), y luego multiplicándose, teniendo al menos un par o tres de Cabecitas de Euro, proyecciones de futuro. Yo me sacrifiqué y ahora vosotros os vais a sacrificar. Para ser dignos. Bajaos los pantalones e intentad tocaros los pies con la punta de los dedos, ahora quedaos así hasta que os diga; enseguida vendrá mamá, luego papá, luego vuestros profesores, puede que algún buen párroco, jefas de personal, luego los competidores. Y ellos serán los que carguen con el gran cilindro fálico de la vida correcta, pringado con el lubricante de Dios (si es que no queréis que todo el mundo piense que sois vagos y maleantes). Sonrisa. M formará parte del pasado junto a las otras consonantes y vocales. Antes vuestros tíos os preguntarán si tenéis novia, a partir de… qué, los seis años, quizá antes. La presión os ayudará (que sí). Seréis vosotros mismos de la misma forma que vuestros padres fueron ellos mismos: el Señor Euro y la Señora Lavadora. O mejor: la Señora EuroMaternoLavadora. El Señor Moneda, la Señora Moderna. Y esos nuevos AA, los partidarios de las Apologías Aceptadas son los nuevos drogadictos anónimos, enganchados a las drogas “legales” actuales mientras critican el tabaco. Algunos ni tan siquiera creen que deban ser legales (ellos mismos). Pero aún no se reúnen ni reconocen sus adicciones a lo Normal, a Mamá y cómo era ella, a los Consejos de Papá, a cualquier trámite burocrático del que después quejarse (aunque en el fondo se quisieran quejar de otras cosas, cosas quizá demasiado profundas para que puedan aún reconocerlas, o que no las reconocen por no saberse aún los nuevos AA). Uno no se daba cuenta de hasta qué punto se estaba poniendo en peligro la primera vez que le pasaron lista. La Ratita del Salón del cómic no era un personaje reconocible para ti. No era Minnie Mouse, era algún personaje anime; debía tener unos 17 años, entre los 15 y los 19 (las tetas a veces despistan), y te miraba y eras incapaz de hacerte una foto con ella; no por reparos, sino por no sentir a esa chica en tu mundo, tu mundo avergonzado constantemente; se podía considerar que era una chica creativa (era un buen disfraz), desinhibida, feliz, atrevida, como si realmente fuera ella misma. Como si de verdad hubiera sabido sortear todos los rollos sectarios de las instituciones, los miedos del sistema educativo, las amenazas de lo desgraciada que sería si no aprobaba un montón de exámenes estandarizados. Era como si no perteneciera a ese porcentaje obsceno de personas responsables que se sienten con la necesidad de tener cierto Sentido Común único, quizá Hijos, y Habitaciones que enseñar a los amigos. “El piso es sencillo, pero nos gusta así.” Entonces estás a punto de pisar un gato que tiene nombre y todos te miran como el soltero irresponsable que eres. Demasiado tarde para ti, no tienes lo que la Ratita tiene. O bien te has dado cuenta de ciertas cosas demasiado tarde. No tuviste la habilidad suficiente para no tomarte en serio los imperativos “adecuados” de la niñez, de la adolescencia. Junto al batiburrillo de pseudocreéncias y gilipolleces adultas; esas mismas gilipolleces que otros de tus contemporáneos (las mayoría) han continuado alimentando, mientras otra generación entera vuelve a formarse olvidando… eso, cultivarse, ser personas únicas, encontrarse a sí mismas más allá de los putos fines de semana en la montaña de los cojones (que les importa cuatro mierdas). Tifón académico, viajes, idiomas. Si les das a elegir entre saber cinco idiomas o descubrir que estos “sólo” son el medio para profundizar en la vida, te preguntarán en qué hay que profundizar; al fin y al cabo si sabes cinco idiomas hay un montón de trabajos que odiarás disponibles para ti. El medio es la clave, la hoja de papel de circuito cerrado, sin confusión, el nombre de tu mascota, el plan apuntado en un post-it enganchado en la nevera, la ocupación, el entretenimiento, el reproductor de películas, el sillón nuevo. Hay muchos motivos por los cuales trillones de jubilados solo saben seguir reformando el puto piso o la casa aun sabiendo que están en la fase final de sus vidas: y el principal no suele ser que tengan una vocación extremadamente honesta en cuanto a la albañilería. (Y saber llevar esta última línea de pensamiento hasta algún tipo de conclusión, proporcionaría alguna de esas grandes Respuestas. Grandes, y Humillantes.) “Mi abuelo no es así.” Tu abuelo es así, tu padre también, y tu hijo también. No estás enfadado conmigo, que sí, que tienes razón… Solo te daré un buen consejo, si intercambias fotos obscenas con alguien, procura no confundirte de correo, no te despistes: tu vida seguirá igual, pero al menos vigilar eso te servirá para tu vida paralela… Saludos a tu abuelo. Dile que le dé duro, que tumbe ese tabique, de todas formas eso es mejor que ver la tele (si es que no dan el partido). Una clave en todo esto parece ser a veces el fútbol. Aficionados al fútbol. Yo lo fui hasta el fanatismo, hasta los 18 o 19 años. No había nada más en la vida (aparte de los instintos y las reacciones fisiológicas, como querer mear o cagar, o comer, o follarse a quien entonces fuera M). Todo era fútbol para mí, hasta que de una forma natural –y obviamente sin darme cuenta (en aquel momento era aún más imbécil que ahora)–, descubrí que el mundo está lleno, repleto de cosas, está a reventar de estímulos, y no solo eso, está rebosante de esos estímulos, sí, pero además estos van mucho más allá de la emoción efímera del gol de un (casi siempre) idiota con suerte que gana dinero al mes como para ahogar a un caballo con billetes de cien. Lo triste es que hubiese bastado con una sola asignatura teórica de fútbol en el colegio para que todo el mundo lo considerara un rollo aburrido e intelectual, algo más de lo que hablar en las entrevistas de trabajo. “Me dice que sabe cinco idiomas, pero… ¿sabe explicarme el fuera de juego?”. Coges el paquete de tabaco y el cenicero, y usas una mano para hacer de delantero, los objetos son los defensas, si el delantero está por delante de los defensas cuando el balón sale de la bota de quien da el pase, es fuera de juego. Siguiente clase, examen sorpresa, no es mi culpa si nunca estudiáis, pero si habéis estado atentos en clase lo aprobaréis. Lo que pasa es que si no estás motivado no sabes lo que significa “delante de la defensa”, porque no sabes quién está delante y quién detrás, cómo has de mirar el terreno de juego. No levantes la mano para preguntar, tienes treinta y cuatro compañeros que quieren que la clase siga y no la vuelvas aún más tediosa, y vais todos juntos. Y luego, trabajo grupal, tendrás que hacerlo con quien te diga el profe, con aquellos que te caen mal, porque así es como las cosas mejoran, con cojones, mirando al frente, comparando, haciéndote amigo de TODO el mundo. O eso o tendrás que aprender a fingir, la ventaja es que la gente adora eso; si mucha gente follara igual que vive, no ganarían para muñecas hinchables. Es ese amor por lo artificial, a todos los niveles. El descontrol no suele ser tal, la mayoría de veces solo es un resquicio de naturaleza colándose en el pastiche sintético que has montado con tu vida. “Pasad al baño, mirad, bueno, tenemos dos, DOS, uno está cerca de la habitación y el otro cerca del comedor, subid, os quiero enseñar a los gatos, GATOS, también tenemos dos, y por cierto, nos han invitado a otra boda, BODA, aish… ya no nos acordamos del último fin de semana que no tuvimos compromisos.” (¿Orgullo?) Y así sigue todo, siguen cantando los pájaros de mentira, aunque antes eran analógicos y ahora son digitales. El arte solo es un eco del que oímos hablar, cosas raras. Lo normal es tener dos baños y dos gatos y a los críos en el colegio, allí sabrán qué hacer con ellos. Gente formada para ello. Mientras tanto, tú no, tu bajas escaleras y cada vez huele más a cerrado, con tus sólo dos idiomas e intentando interesarte por la vida como si eso fuera productivo; o peor aún, por las abstracciones. Leer libros de los que no has sacado más partido que simplemente el placer de haberlos leído. No hay quien lo entienda. Has perdido tanto el tiempo, es vergonzoso. Perdido en esa vorágine de estímulos potenciales que ofrece la vida. Sin Iphone aún, sin billetes de avión, sin inglés, sin gatos, ni perros, escalera abajo, y cada vez huele más a azufre. Sin remedios caseros ni habilidades domésticas. Lo contrario al novio ideal, al yerno ideal, al consumidor ideal. Ya apesta a lo que haya en el fondo. La pesadilla de cualquier suegra; lo inadmisible para cualquier suegro. Ni siquiera puedes explicarte de modo que te entiendan aunque solo sea un poco. “Haz lo que quieras con tu tiempo libre, pero pon el culo como todos el 90% restante de vida.” No puedes explicarles que seguir cediendo a esos imperativos podría estar siendo el primer y mayor error. Atrapado en tu pupitre, con el cilindro de Dios haciendo que sangres, el lubricante mezclado con la sangre, por un buen futuro. “¿Qué os ha parecido el piso?” El piso está genial, el problema es el relleno. Los nuevos fantasmas siguen surgiendo, no mueren con las generaciones viejas. Fantasmas físicos, follan entre ellos, se independizan juntos, se mantienen ocupados, lo inundan todo, y, cuando unos pocos llegan arriba, cuando de verdad «triunfan», cuando logran atesorar poder y bienes, se dedican al montaje de cilindros fálicos, aun ellos mismos con heridas anales, heridas del pasado que no dudan en olvidar. Conoce a una chica en un ascensor, que no es la letra que sabes, detén el ascensor con ese botón que suele haber, sonríe a la chica, así, hasta que ella ceda (lo llaman conquista), luego dile que así ya estáis bien, tenéis todo lo que necesitáis, aunque ella no sea tu letra y tú seguramente tampoco la suya. Con el tiempo os olvidaréis de si el ascensor iba hacia arriba o hacia abajo, o cuál era vuestro destino físico. Fabricad un destino casual abstracto premeditadamente espontáneo. Salid de vez en cuando a por provisiones, resoplad saludablemente cada día hasta el fin de semana con del cilindro de la dignidad. Repetíos que todo podría ser mucho peor, la tele os ayudará con eso, seguid mirándoos en vuestro espejo favorito, el pasado de otros. Y, finalmente, reuníos con más habitantes de ascensores, otros modelos pero igual de modernos. Quedad con ellos para lavar esos ascensores los domingos con ropa cómoda. Y mantened el silencio en relación con todo lo que sea relevante, a excepción del dinero, y puede que también de lo tocante a cómo os han dado por culo esa semana con el cilindro. Compartid, pero sin trascender lo logrado. No sois tontos, conocéis el mundo, no os van a dar el cambiazo. Tachad, numerad, avanzad, caeros, levantaros (¡sonrisa!), contad, lunes, martes, viernes, sonrisa, etcétera, empezar, repetir. Pero tú no…, tú bajas. Las enumeraciones, tú querías que desaparecieran, que no fueran el centro de todas las cosas. Pensabas más en colores, en colores en un sentido emocional, en sensaciones reales, más allá de lo fugaz del orgasmo masculino. Pensabas más bien en un entorno femenino, a varios niveles, tonos de atardecer. En realidad no era tan distinto a lo conocido; de hecho incluso puede que fuera los mismo, gatos incluidos (por qué no). Es decir, lo mismo pero genuino; o sea, no necesariamente cuando todo el mundo, no necesariamente como todo el mundo, no con el mismo estilo, no por imitación o miedos post-académicos mutados en dos lavabos en un piso que necesitas enseñar para que todos vean que no te equivocaste (porque supiste conseguir lo mismo que ellos, o lo que se supone se ha de conseguir). No se trataba del qué, sino de que ese qué fuera algo real, y no producto de una puta competición entre los 20 y los 30 años. Rezabas para que un par de generaciones murieran y los hijos fueran distintos y las nuevas hornadas tuvieran otra mentalidad. No pudo ser, no parece poder ser. El mayor logro de ese Limbo terrenal, ha sido el de hacernos creer que éramos libres. Mucha gente aún lo cree. Fallecidos en vida a los veintipocos. Copias de la fotocopiadora de un Dios producto de la mística enemiga de la Aceptación. En lugar de observar y cambiar a mejor, nos inventamos a un creador con la gran excusa de que es imposible demostrar su inexistencia total. Muchos no han creído que yo, que tú, que los putos gatos o los maestros de escuela amargados, pudiéramos ser espirituales también, aunque no tragáramos porque sí. Aunque algunos nos caguemos en la madre que los parió cada vez que nos han querido romper el culo, amparados ellos en la «responsabilidad», en la «integridad», en la puta era del sacrificio aún latente.

sol chica

La arcilla del anarquista

Escuché ruidos, y al encender la luz no había nadie. Y eso era lo más terrorífico de algún modo.
Cosas del socializar. Cuando una obra de arte es inocua a todos los niveles, es similar a cuando un ciudadano no tiene espíritu crítico. Para con su gobierno, para con lo que sea. Es igual que pasar por la vida impregnado de caducidad, de consejos de abuelos trasnochados y anclados en el pasado, de filosofías que aplacaron otras circunstancias. Hay mucha gente que, a un nivel de personalidad propia, es como si abrieran una nevera y se conformaran con alimentar su conocimiento con productos de hace treinta, cuarenta años, ya masticados por otros. Mentes fáciles (simples) en cuerpos sanos, pero la misma “inmortalidad” para todos. La experimentación se ha reducido a la mera idea formal de la experimentación, y a día de hoy casi siempre resulta impostada. Porque ya apenas existen la eternidad o el amor como tales. El amor, en todas sus dimensiones, cada vez se parece más a esos gatos de peluche que se venden en cestitas, a los que se les hincha y desincha el vientre a pilas. Y por contraste, el amor real avergüenza muy a menudo a quien lo siente.
Al encender la luz no había nadie, y sin embargo la habitación estaba llena de gente, obviamente.
Era un ático. Una “muestra de Sociedad”. “Amigos” del artista. Si yo sobreviví, fue por esas comillas. Había mucho relleno humano para cumplir expectativas. Había familiares y gente cercana a ese nuevo “Pollock”; pero a algunos nos convencieron para acudir como acompañantes y que así otros no se sintieran demasiado ridículos ante ciertos cuadros o corrillos conversacionales.
Si quieres parecer alguien a cualquier precio aquí, comentar un cuadro abstracto la mayoría de veces no es tanto una cuestión de Entender como de Verborrea. Si la mayoría de los que se muestran humildes con el arte –y enseguida dicen no poder juzgar– supieran de la clase de cenutrios de marca que se mueven por estos ambientes, pues bueno, no se sentirían tan ignorantes…
En cierto momento se escuchó como un pitido, y al instante saltaron los plomos. Alguien me dijo que por favor subiera el diferencial; era extraño, muy de ahora, lo tenía justo al lado.
Volvió la luz. La verdad es que si una cosa tenían los cuadros es que no eran minimalistas. Estaban recargados, de esa forma en que la pintura adquiere volumen en un sentido literal. Con toda esa gente, era complicado intentar abstraerse mirando alguna de las obras. Se supone que hay que calmarse y ver, y luego sentir, si es que la pintura da pie a ello. Con el arte abstracto en el fondo solo se trata de una cuestión de bagaje, de abrirse y haberse abierto mentalmente, y de seguir abriéndose; decir que uno no sabría jamás valorarlo es casi como decir que uno no sabe sentir cosas. Y eso sí, en ocasiones, si eres universitario, luego quizá tengas que hacer eso que al parecer sirve para que te puedan etiquetar oficialmente como ignorante o como sabio (y para que mucha gente se crea tonta sin remedio y además lo diga): que es demostrar si tienes o no verborrera por escrito, si vas a ser o no un ciudadano apto para este futuro que llega, o en cambio te vas a atrever a reivindicar de alguna forma tu Yo por no querer afrontar algún tipo de test estandarizado. Había conocido a varios estudiantes de Historia del arte; me decían que ciertos exámenes de análisis pictórico se basaban en tu capacidad para engatusar al profesor. Es decir, aunque los cuadros solo te hicieran pensar en la lista de la compra, podías conseguir un notable.
Formación…
Pero aquel día en aquel ático se suponía que todos éramos adultos y sabíamos ser nosotros mismos y Vivir, y no solo Aprobar. Era una suposición arriesgada, pero yo estaba convencido de que era eso lo que flotaba en el ambiente (al menos en aquel instante). Eso y que la mayoría de gente –supuestos entendidos o no– opinaba en susurros que los cuadros eran una auténtica basura.

Recuerdo que la primera vez –años ha– que me quedé atónito unos 15 minutos ante una obra abstracta, luego me sentí vagamente avergonzado. Fue la misma sensación que cuando noté una vez un matiz concreto en un vino. Fue cuando aprendí que ciertas cosas y reacciones que yo menospreciaba y tildaba de pedantes (por una cuestión de guerra de clases) eran reales, y aportaban fascinación a procesos que yo desconocía. Pero sobre todo me di cuenta de que, aun habiendo descubierto esas capacidades en mí (y aunque no me haya preocupado demasiado por desarrollarlas), había muchas otras personas que, no conociéndolas (al igual que cuando yo no las conocía), en lugar de pasar a otra cosa o intentar abrirse de verdad, lo que hacían era atajar, desplegar esa Verborrea ya mencionada. Lo que el dueño de cierta empresa del que no recuerdo el nombre, llamaba: Farsantes de Galería. Solía ser gente de pasta, o en su defecto estudiantes o jóvenes aún no llegados los 30. Personas demasiado preocupadas por que en su entorno fueran reconocidas por tener finos gustos y sensibilidad a flor de piel.
Esos tipos (siempre parece haber más hombres que mujeres así) tenían muy claro que era eso lo que contaba. No era ver el cuadro y sentir algo de verdad, sino, nuevamente, aprobar el examen.

Es curioso lo que una persona puede recordar de aquel día que nunca olvidará. En mi caso, el chapoteo de las suelas de mis deportivas en la sangre. Caminar luego como de puntillas para no resbalar. Yacer junto a seis personas (las conté) que estiraban el brazo en mi dirección, pidiendo ayuda sin que yo hiciera nada. Los lloros del “artista”. Un avión comercial demasiado cercano que maniobraba para aterrizar. El bamboleo del ático como respuesta física a la furia de los helicópteros.
Es raro cuando alguien te pregunta Dónde estabas tú el día en que todo aquello pasó, y que tengas que inventar algo porque no quieres decir que tú estabas allí. Nadie te habló nunca de la posibilidad de lo contrario a esos quince minutos de gloria de los que hablaba Warhol. Quince minutos de puro infierno a los que todo el mundo pudiera tener derecho. Es probable que eso esté más al alcance de todos que la cita célebre.
Era esa época del año en la que aún se sufren los últimos estertores del invierno. Aún anochecía pronto. Pero habíamos quedado “hacia las” cuatro de la tarde (hora rara, pensé); y hacia las cinco el ambiente aún era relajado en el ático. Nadie había mostrado interés por comprar ningún cuadro. Todos disimulábamos. Se comenzaba a mascar esa sensación de que el protagonista era alguien carente de carisma, y sobre todo de talento. Todo el mundo era vagamente amable con él. Era tan obvio que la colección era ridícula, que ni siquiera había fuerzas para hacer la pelota. Era frustrante, porque además el artista no era un enchufado en apariencia, no era hijo de nadie importante o millonario. Ni si quiera nos podíamos quejar en ese sentido. Era lo contrario al chico de barrio que resulta ser un genio. Éste solo era un chico de barrio con estudios. Con ínfulas. Incluso los ojos menos expertos (entre los que yo me contaba), solo alimentaban la sensación de que estábamos todo metidos en un club decorado con un gusto moderno-pero-horrible. No teníamos ni idea de cómo el chico había conseguido exponer. Qué mente retorcida había podido darle un voto de confianza. Al menos yo no tenía ni idea.
Y qué paciente fui; la puta verdad es que había estado a punto de irme antes de que todo aquello explotara.
Antes de que todo se fuera hacia el cielo, podría haber estado a pie de calle…

Llegó el momento en que por pura cortesía me presentaron al chico de barrio. Sonreí raro, como si me fueran a hacer una foto poco apetecible. Le di la enhorabuena por la exposición, en genérico, sin entrar en detalles. Recordando, creo que en aquel momento su mirada ya estaba cargada de suspicacia (digámoslo así). Desconcertaba el hecho de que el muchacho (apenas 25 años) no parecía en absoluto pendiente de cómo reaccionara la gente a su obra. Es obvio que otras cosas rondaban sus preocupaciones. Visto en retrospectiva, no haber sospechado su aire psicótico, su papel en ese terrorismo delirante de nueva generación, me hacía dudar seriamente sobre mis capacidades deductivas. O al menos sobre mi sexto sentido para oler en todo aquello un ingrediente sobrante y totalmente inadecuado.
Luego la tarde comenzó a avanzar en cuanto a hechos de valor.
Cuando alguien, de una forma vaga e indirecta, comentaba que ya tenía que comenzar a irse, o que era bueno que pensara en comenzar a «moverse», porque había quedado en otro lugar con otras personas o lo que fuere, el anfitrión se tornaba cómicamente suplicante y le decía que se quedara aún un rato más. Que se bebiera otra copa; había champán de sobras. ¿Acaso no estábamos a gusto?… Era sábado, de modo que la gente cedía de “buen grado” y evitaba discusiones. El chaval ya tenía bastante con creerse artista. No éramos nadie para joder sus ilusiones. Etcétera.

Todo lo que aconteció después, forma parte de la idiosincrasia de este tipo de historias pobladas por acciones y reacciones, por hechos, causas y efectos de esos que cuando uno los oye o los lee en la prensa, necesita un buen rato para… para creer, digerir, aunque puede que no aceptar.
Lo que suele suceder, es que corren teorías y se publican noticias a cuenta-gotas que raramente dan en el blanco. El tiroteo no comenzó cuando el ático aún se asentaba arriba del edificio Géminis. De hecho la idea, bastante simple además (a priori), era la de dejar sin salida a todos los que estábamos allí. Sí es cierto que el “artista” comenzó a prepararse para lo que venía antes de que llegaran los helicópteros, pero nadie vio el cañón de la Gatlin hasta que alzamos el vuelo forzoso.
El edificio Géminis formaba parte de ese plan de arquitectura «inteligente» con el que la empresa Pretecnotimes comenzó a experimentar en Perfireia Microsoft por aquel entonces. Entre muchas de las supuestas «ventajas» que ofrecían, estaba la de que que tu piso (o empresa) daba hacia todos los puntos cardinales de la ciudad. Una planta, una vivienda. La construcción siempre tenía forma de cilindro. Nuestro ático era, sin rodeos, la última planta de ese gran cilindro. Y además, si lo querías, tu piso podía rotar, de modo que daba igual dónde estuvieras, desde cualquier habitación acababas viendo cualquier ángulo de la ciudad. El ritmo de rotación era tan lento que obviamente no se notaba, y solo disponías de dos velocidades (básicamente, lenta y súperlenta). Aquello daba tan solo de tres a seis vueltas enteras en un día, según cómo lo programaras.
En este tipo de edificios, que nunca se componían de más de 50 plantas, abundaba el metal; éste no se limitaba a ser el esqueleto como en los primeros rascacielos que se construyeron. Algo curioso, es que debido a esa tecnología de rotación, se podría decir que cada planta estaba superpuesta –gravedad mediante– encima de la de abajo. Toda la construcción pesaba como un demonio. No es que no hubiera sujeción alguna entre las plantas, pero tampoco estaban para aguantar el que cierta clase de pareja de helicópteros se dispusieran a desmontar desde arriba la chulada de Pretecnotimes.
Era una filigrana arquitectónica y tecnológica. Y como todas las que iban saliendo y aún salen, gozaba de su propio plan de obsolescencia programada. Mucha gente se comenzaba a quejar de que algunas de las prestaciones se averiaban. De repente la cocina miraba durante todo un día hacía el norte, y eso no podía ser. Todos se acostumbraban a tener nuevas necesidades. Cuando algo fallaba tenían que llamar a un técnico (de Pretecnotimes, por supuesto), y cuando el mismo había acabado de lidiar con el ordenador (que básicamente controlaba casi toda la planta), preparaba una buena y jugosa factura en pos de las nuevas tecnologías. Ahora resulta irónico; si mucha gente hubiera sabido antes que vivían en un edificio que boca abajo se hubiese desmontado como un muelle de juguete…

La cosa es que cuando las luces del atardecer comenzaban a competir con las artificiales del ático, el artista desapareció. Luego le volvimos a ver, pero llevaba una especie de mono blanco con correas. Lo primero que pensé, y seguro que no fui el único, es que el chaval iba a hacer algún tipo de performance. Claro, por eso había estado insistiendo en que nadie se fuera, claro, qué tontos habíamos sido…
Había un escritorio enorme en un extremo de la estancia. O eso pensábamos que era. Aunque era… bueno, era un escritorio raro, muy alto, casi más un atril enorme. Creo que lo único por lo que creíamos que era un escritorio, era que había un bolígrafo encima. Cuando el tipo se acercó a él con ese mono que se había puesto, se comenzó a oír el ruido de los helicópteros. Detrás de ese escritorio, había una butaca, algo parecido a una butaca de cine. Colgaban detrás de ella más correas, unos cinturones que se adaptaban a los del mono que llevaba el chico de barrio, que no era un chico de barrio, ni un artista. Era una encerrona de la nueva era. Anarquismo con medios.
El follón de los helicópteros comenzó a ser ensordecedor. El chico se sentó en esa butaca, se ató por todos lados. Nos sonreía. Hubiéramos seguido creyendo que el chaval iba a hacer alguna modernez –algo como poner la guinda a su presentación pictórica o así– si no hubiera sido porque comenzamos a asociar esa sonrisa con el ruido atronador de los helicópteros.
(Nota: hablamos de dos helicópteros de doble hélice de diseño clásico ruso, dos bestias modernizadas (otra vez Pretecnotimes) para supuestas misiones de paz; el ejercito seguía vendiendo esa idea del armamento y el presupuesto bélico por la paz.)
Cuando ya todos teníamos las manos en los oídos (luego me di cuenta de que, sí, el no-artista llevaba tapones en ese momento), escuchamos primero un estruendo metálico en el techo, y luego otro. Se trataba de los imanes de tamaño delirante que se estaban adhiriendo a la última “pieza” del edificio Géminis. El moderno edificio Géminis. En ese momento no sabíamos qué coño pasaba. Lo que comenzamos a escuchar era cómo esos monstruos que colgaban de grotescas cadenas vomitadas desde los helicópteros, tiraban hacia arriba de nuestro inmueble. Comenzaban a atrofiarse los mecanismos entre las dos plantas; esto, supimos luego, era poco más que un cordón umbilical mecánico + leyes de la física + cierta grasa para facilitar rotaciones (en serio).
De esta forma, sin que nos diéramos mucha cuenta (ni al quedarnos sin luz eléctrica de golpe) el ático se había desprendido del resto del edificio, y acto seguido éramos treinta y ocho personas yendo de un lado a otro dentro de un péndulo gigante que colgaba de esos dos helicópteros.
Debía haber unos diez metros de cadenas en tensión desde ellos hasta nosotros. Oscilábamos menos de lo que cabía esperar. Debían ser buenos pilotos. Aun así, después de dos minutos, y cuando comenzamos a ver por las ventanas que básicamente flotábamos por encima de la ciudad sujetos por vete a saber qué… más de uno y más de dos se pusieron a vomitar.
Las primeras que cayeron al suelo desequilibradas fueron quienes llevaban tacones. El mobiliario era mínimo, recordemos que no dejaba de ser un ático reconvertido en una galería de arte. Y evidentemente el único que podía estarse quieto era el no-artista, el maestro de ceremonias, sujeto a su butaca, y esperando (supongo) a que alcanzáramos una buena altura para dar el siguiente paso.
No sé en qué momento debió comenzar a televisarse el asunto, pero ya había comenzado la guerra de clases. O más bien, seguía. Era, más concretamente, solo otra batalla de clases. Nosotros tan solo éramos el medio. La arcilla del anarquista. El fenómeno creciente del anarquismo armado era ya, se decía, un resultado natural de la evolución política, el reflejo que la sociedad le devolvía al Sistema. El problema era que el pueblo no podía expresarse de verdad si no era jodiendo al pueblo. La guerra de clases era una excusa tan buena como cualquier otra. Yo estaba allí de rebote, como presunto amante del arte, luego solo me esperaba mi piso cutre de soltero, eso tenía yo de ciudadano de élite. Yo era un potencial huevo roto para otra tortilla mediática (que no socialmente evolutiva, por desgracia). Dicho sea de paso, una de las tortillas terrorista con más seguimiento desde hacía un montón de años; se ha dicho que desde el 11-S. Tenía sentido pensar que Periferia Microsoft se la tuviese jurada a Nueva York en términos de hits televisivos, en términos de sucesos nivel “¿Dónde estabas tú cuando…?”. Estábamos haciendo historia de la forma que mejor sabemos los humanos, asesinando, muriendo salvajemente; a la vista de miles de cámaras y teléfonos móviles con cámara, a la vista de cientos de canales de televisión y reporteros gráficos. Porque estábamos volando e íbamos a morir. Era emocionante y espectacular, y todos querían verlo, era la siguiente y jugosa gran desgracia en directo. Un pájaro pijo herido, pillado por sorpresa, llevado por dos águilas vengativos con intenciones terribles por desahogarse. Si en lugar de estar allí arriba lo hubiese visto por la tele, ahora no tendría que decir siempre que: «nah, yo estaba durmiendo la siesta». “No escuché helicópteros ni cazas, nadie me llamó, mi móvil estaba en silencio”.
No quería entrevistas en Letterman. No sabía si las quería, y ante la duda, no las quería. Sin olvidar que no llegué solo al final de la historia. Esto era el inicio de un Romeo y Julieta rayante en lo ciberpunk del que no debe enterarse nadie. No aún al menos. Cierta muchacha y yo no queremos aún ningún baño de ego o fama. Planeamos contarlo cuando lleguemos a la tercera edad, si llegamos juntos. Y si es que nos creen.
El no-artista, dio una patada con los dos pies a la vez a aquello que creíamos era un escritorio raro o moderno. Y lo que vimos, en resumen, fue un nido de ametralladora “improvisado”, Una Gatlin Gun de seis cañones con un soporte de cuatro patas terminadas en ventosa, y la obscena serpiente de balas. Todos, tanto los que intentábamos seguir en pie como los que rodaban por el suelo, gritamos e intentamos, inútilmente, protegernos. Cómo mierda te podías proteger en aquella Galería volante, ¿con los brazos?, por el amor de Dios… Se inició el sonido de la Gatlin, y literalmente comencé a quedar empapado de la sangre de los demás. Yo estaba en la parte más alejada de aquel trasto, por puro azar de narrador. Aquel hijo de puta disparaba a ráfagas. De entrada daba la sensación de que disfrutaba oyendo gritos y estertores de muerte en esos lapsos de silencio del restallido metálico. Pero solo era inseguridad, derrumbe emocional. Lo cual no quiere decir que eso le frenara para seguir disparando. El sol, que se iba, ya entraba por las ventanas de un modo especial, tenía esa intensidad de cuando vas en avión y te da la sensación (sugestiva) de estar demasiado cerca de esa luz. Obviamente no pensé en eso cuando los disparos, pero la extraña forma en que funciona el cerebro hace que todo lo que pasara el mismo día en que la conociste a ella, tenga la potencialidad de la buena poesía. La violencia no era poesía; pero cuando sobrevives a algo así eres capaz de sacar también algo bueno de toda aquella mierda. Tengo aún imágenes en la retina que puedo asegurar que nadie más vivo en este planeta ha podido tener en los morros. Yo las tuve. Las tuve mientras, escondido, enterrado en cinco cuerpos que me provocaban arcadas por el olor y el destripe, vi que tanta bala había abierto un agujero del tamaño de un puño abajo en la pared del cilindro. Lo que vi, aun aterrado, aun oyendo los lloros de aquel mamón que casi me mata y que de hecho mató a treinta y pico personas (y que, joder, no era alguien tan distinto a mí en ideologías y frustraciones), fue una cola terminada en una… ¿caja? No podía creer lo que estaba viendo. Y realmente llegué a pensar que, o me había muerto y se iniciaba un nuevo mundo de percepciones para mí, o lo que estaba atisbando era el ascensor del puto Géminis colgando del algún modo de sus propios cables y oscilando al viento.
Cerré los ojos y los volví a abrir. Oí una ráfaga más del arma de aquel tío. Era ya un sonido distinto, aunque no sabría decir por qué.
Los lloros cesaron, y enseguida supe que aquel idiota se había suicidado.
Me incorporé un poco para mirar. No había nadie vivo; o mejor dicho, los que lo estaban solo lo estaban momentáneamente. Me quedé solo metido en aquella Galería volante. Fue entonces cuando me fijé en la luz, el sol, el inicio del crepúsculo. Fue un momento de alivio que se fue en dos o tres segundos; seguía sin estar en el mejor lugar. Luego me acordé de cómo había llegado al ático, y de cómo me sorprendió que al salir del ascensor no estuviera en pasillo alguno, sino ya dentro del propio ático. Volví a mirar por el agujero. El mismo ascensor en que yo había estado oscilaba ahí abajo, a unos diez o quince metros; era uno de esos transparentes, todo cristal, también cilíndrico.
Y no pude evitar un risa histérica/estupefacta cuando vi que dentro de él había una mujer.

Seguí volando, llevado vete a saber dónde por esos helicópteros rusos, tuneados por la única forma de evolución conocida desde hacía la tira. Me quité de encima los cuerpos, pero miraba todo el tiempo por ese agujero a vista de cucaracha. Intentaba ver a la chica. Iba vestida para lo que debía haber planeado como un largo sábado. Llevaba un vestido de tirantes de una pieza y el pelo suelto. Castaño o pelirrojo. No era fácil ver la expresión de su cara. Intentaba mantenerse en pie, alargar los brazos y apoyarse en las paredes del ascensor. A veces perdía el equilibrio. Debía estar llena de moratones, pensé. Tenía miedo de que me vieran desde los helicópteros, así que seguía en el suelo. Solo había hecho un par de croquetas para desenredarme de los cadáveres.
Era una versión real de uno de esos anuncios de colonia, ampulosos y tan cuidados que no te hacen sentir nada. Esas modelos andróginas y esas telas al viento, el sol filtrándose por todos lados. Esos trabajos de realización llenos de ángulos y encuadre y premeditación, pero vacíos de alma. La chica descalza, la caja de cristal, los zapatos de un lado a otro del ascensor, el vestido, el sol muriendo en ello.
Y muertos pensé que íbamos a acabar. Porque al mirar más hacia abajo me di cuenta de que ya volábamos sobre el mar. Tenía sentido que si la idea era matar a la gente de la exposición y llevárselos de esa manera (completamente inesperada para todos por barroca y aparatosa), el siguiente paso fuera ir mar adentro y soltar el paquete para que el agua hiciera el resto. De este modo, aunque quedara alguien vivo moriría de todas formas.
Luego se me encendió la bombilla. Debían tener un plan para sacar de allí al “artista” antes de soltar el paquete. Los pilotos de sendos aparatos debían estar esperando una orden o una señal del tío que se acababa de acribillar a sí mismo… Lo lógico era que estuvieran confundidos. Desde allí arriba y por las ventanas no podían ver el cadáver del tipo. Solo retazos de los otros cuerpos, de los charcos de sangre. Se la habían jugado al meter al tío solo en el ático para todo el plan; a no ser que hubiese otro infiltrado y hubiera muerto, cosa que no descarté. El “artista” no parecía muy centrado después de todo, sea como sea que se tiene que centrar alguien para hacer algo así…
Comencé a desesperarme de un modo distinto tras el tiroteo. Dejé de mirar por el agujero. Decidí moverme. Estábamos volando bajo, lo cual podía querer decir que tarde o temprano soltarían la última pieza del Géminis. Obviamente podían desactivar los imanes. (En aquel momento imaginaba ventosas gigantes…). El bamboleo del péndulo era cada vez más inestable. Daba la sensación de que ahí arriba estaban comenzando dejar de pensar que hubiera vida aquí abajo. O probablemente imaginaban un motín. Hubiera bastado con que cuatro o cinco personas se hubieran querido hacer los héroes. Al menos el quinto hubiera llegado a ese nido de ametralladora para apartar al chico de barrio del gatillo. Seguramente lo que me dio tiempo para actuar fue que en esos helicópteros se estuvieran haciendo la picha un lío con todo el asunto. Se trataba de calcular cuánto pasaría hasta que decidieran despedirse del compañero. Muerto en combate, con honores, jodiendo a las clases altas. Esas cosas que se solían decir sobre que las palabras eran una arma cargada de futuro, pues bien, ahora las armas eran las nuevas palabras. Y los atentados a gran escala era las nuevas armas del pueblo, más que nunca. Porque no había salida. Todo eso se me pasaba por la cabeza mientras intentaba atravesar la galería hacia la Gatlin. Intenté no preocuparme por si me iban a ver o no.
Por suerte, eso que parecían ventosas sujetas al suelo, solo eran unas patas normales, aunque útiles si tu plan era cagarte en todo con rabia y presupuesto. Aun así me costó mover aquella bestia a mí solo. Aún me quedaba mucha serpiente de balas. La idea era alinear el cañón con una de las ventanas, sin que fuera en exceso visible. Tuve uno de esos pensamientos extremos, eso de que iba a morir pero iba a ser luchando… Ahora me parece ridículo. No el pensamiento en sí, sino qué carga de inconsciencia debía llevar encima para no quedarme quietecito y esperar a ver dónde me llevaban antes de hacer lo que quería hacer. Ni siquiera hacía falta que me soltaran en el mar dentro de aquel monstruo de la arquitectura moderna. Si me golpeaba al… provocar lo que pretendía, podía morir perfectamente. Según dónde estés y lo que hagas, se presenta ante ti todo un abanico de posibilidades para acabar fiambre. Para mí un acto de riesgo antes de aquello era, por ejemplo, leerme otra novela de Thomas Pynchon. Esa era mi idea de la valentía, leer las 1300 páginas de “Contraluz”. O flaquear y actualizar mi estado de Facebook con algún dato demasiado personal. Ese tipo de cosas…
Puede que fuera un friki, pero era un friki de campeonato, de órdago.
Es posible que si no lo hubiese sido, jamás se me hubiera ocurrido hacer lo que hice; todo lo que hice y dejé de hacer.
No me fue fácil apuntar hacia arriba, hacia el helicóptero, atisbando cuándo podía verlo bien y cuándo no según el efecto péndulo.
Pero justo cuando iba a jalar el gatillo, algo no me cuadró. Si la idea era matar a unos cuantos ejemplares de clase alta ¿no podían haberse llevado “simplemente” el ático volando y haberlo tirado al mar? Es decir, hubiesen muerto igual todos…
Mierda.
Llegar a esa conclusión me cabreó, porque volvía a estar sin saber qué hacer. Además, si disparaba a los helicópteros y los derribaba, ¿qué pensaba que iba a pasar luego? Obviamente no estaba pensando nada, porque de haberlo hecho hubiera concluido que iba a pasar lo mismo; ascensor, ático y helicópteros, todos al fondo del mar.
Entonces, se me encendió otra bombilla. Recobré la cordura. Era malísimo para orientarme, pero sabía que un destino posible podía ser Isla Multimedia. No era imposible. Dicha Isla era lo suficientemente grande para que un grupo armado pudiera hacer planes incluyéndola, y lo suficientemente pequeña para poder controlar que turistas potenciales no molestaran ni metieran las narices donde no debían. Coño, además, ¿cómo pensaban hacer para que el compañero acabara en uno de los dos helicópteros en pleno vuelo? Había contemplado algunas posibilidades rocambolescas, pero luego me parecieron estúpidas.
Me quedé con cara de idiota, con las manos sobre aquel arma. La mirada perdida sobre todos aquellos cadáveres. De repente se durmió mi iniciativa. Caminé para volver a mirar por el agujero. Ver a la chica del ascensor me relajaba notablemente teniendo en cuenta las circunstancias. Y tenía que saber si estaba bien.
Cuando el segundo péndulo que era esa caja se ponía a tiro visual, veía que la muchacha seguía en pie, intentando mantener el equilibrio. Creo que tenía miedo de que las puertas cedieran o se abrieran, y no parecía dispuesta a sentarse y “relajarse”. Me pregunté qué pensarían los pilotos, qué habrían comentado sobre ese ascensor volante. Dudo mucho que estuviera planeado llevarse también esa otra pieza del Géminis.
Se me estaba revolviendo el estomago un poco con el bamboleo, aunque tengo un estómago fuerte. El atardecer parecía haberse alargado; como si la dirección en que iban los aparatos hubiese ayudado. Puede que fuera así. Llegó un punto en que comencé a relajarme. Puede que no como si hubiera vuelto a mi piso, pero no sentía miedo. Ni siquiera creía que fuese a morir. Pensé que si llegaba a tener que estar frente a esos tíos, fueran quienes fueran, al mirarme a los ojos ellos no se atreverían a matarme. Era una tontería cavilar así aquel día precisamente, pero tuve esa sensación.
No sé cuánto tiempo volé en ese ático; a veces creo que fueron quince minutos y a veces pienso que al menos dos horas. Miré un buen rato por el agujero. Y entonces el bamboleo aumentó. Los helicópteros estaban haciendo maniobras. Fui a mirar por una ventana.

Isla Multimedia venía de fondo.

Eché un vistazo a la Gatlin. Pensé en ponerla en un lugar mejor, pero en realidad no sabía cuál podía ser mejor, porque la única entrada o salida era el hueco del ascensor, y éste estaba en medio de la estancia. Solo destrozando la pared o una ventana podrían ver cómo estaba todo aquí.
Podía hacerme el muerto y rezar.
O podía abrir fuego y que luego rezaran por mí.
Fui rápido a ver cómo tomaría tierra el ascensor. Eso, en apenas cinco segundos, se convirtió en algo capital. Primero porque quería que esa chica se salvara. Y segundo porque si decidían durante el descenso alinear el ático con el ascensor para aplastar adrede el segundo, eso solo podía significar que yo también iba a morir. No sabía por qué, pero no podía creer la idea de que los tíos que quedaran fueran iguales que el tarado artista chico de barrio. No sabía cuántos eran, ni cómo operaban, ya estaba dudando incluso de que el plan inicial fuese lo que había sucedido. Puede que el chico de barrio se hubiese pasado tres pueblos. Es posible que no tuviera órdenes de causar esa sangría. Puede que incluso todo hubiese comenzado como un secuestro, y que la Gatlin solo fuera una forma de intimidación; algo así como enseñarla para asustar. Enseñar los flamantes huevos peludos del nuevo anarquismo. La verdad es que habían ido a un buen lugar a buscar pelea. Ese edificio era ya algo así como la polla de Periferia. La erección amenazante del espíritu material de la metrópoli.
Estaba más acojonado. Aunque me alivió el ver cómo los helicópteros parecieron maniobrar a caso hecho para no aplastar el ascensor. De hecho el mismo se posó suavemente tumbado en un claro. Un paracaidista habría aterrizado peor.
Está bien, era la chica mona de la caja de cristal. Era probable que no tuvieran nada contra ella. Además podía ser que ella fuese a otra planta; incluso con ese vestido y los zapatos de tacón y demás. Podía ser que fuera a ver a alguien, o a cenar con alguien y luego salir y luego volver y follar. La Cenicienta y el Príncipe, el cual vivía en la zona falocéntrica de Periferia.
A saber.
Aunque luego yo lo supe.
No había ningún puto Príncipe en el Géminis…

El ático también se posó suavemente. Comencé a temblar de miedo, literalmente. Primero arrastré cuatro o cinco cadáveres hacia una zona que me pareció que sugería desinterés y muerte hecha; y me puse debajo de dos. Luego… no lo sé, no podía soportar el olor, los efluvios que emanaban de los cuerpos. Me dio un ataque de tos, y me dio miedo hacer ruido, o toser justo cuando ellos estuvieran pegando la oreja a la pared o mirando por una ventana desde fuera o algo así. De modo que me levanté.
No sabía qué hacer. Entonces fui yo el que pegó la oreja a la pared. No oía nada. Lo helicópteros ya hacía rato que habían dejado de armar ruido. En ese momento se me ocurrió que quizá todo el material del que estaba hecho el ático podía interesar a esos tíos, a ese grupo armado. A saber… (Luego lo supe, les daba igual el puto ático). Pasaron los minutos y todo parecía indicar que habían dejado aquello allí como quien aparca el coche y se dispone a hacer lo siguiente que tenga en la agenda mental.
Sabía que todo el muerto dentro del cual me hallaba, había aplastado algunos árboles. Eso, sumado a que necesitaba saber cómo estaba la muchacha, me hizo dirigirme hacia la puerta que daba al hueco del ascensor.
La abrí. Noté enseguida el olor a bosque. Vi los cables de Julieta. Tal y como había previsto, el ático se había posado de tal forma sobre árboles y demás impedimentos, que había hueco entre el suelo y el mismo. Había un salto de dos metros. Era el centro exacto de la estructura.
Me descolgué y caí en la hierba alta de Multimedia.
Caminé de cuclillas, más para no hacer ruido que porque tuviera que agacharme. Decidí ir dirección a donde sabía que se había posado el ascensor, entre astillas y árboles deformados (durante un segundo pensé que todo aquello cedería acabaría aplastado). Me di cuenta de que tenía toda la ropa manchada de sangre, también las deportivas, con sangre reseca incrustada en las suelas. Mi aspecto debía ser el de un zombi.
Ahora sí estaba anocheciendo de verdad.
El ascensor seguía allí. Oí movimiento en su interior. Eso me gustó. Respiré hondo. Pensé que se llevarían a la chica, aunque no me pegara mucho que la violaran ni nada por el estilo; no sé por qué. Creo que sencillamente pasaron de ella. O puede que tuvieran planes de volver a por ella.
Y digo volver, porque por más rodeos que di, allí no había helicópteros por ningún lado. Se me hacía raro, porque hubiese jurado que los oí posarse. Puede que interpretara mal los sonidos; me había acurrucado bastante tiempo y no había mirado por las ventanas.
Isla Multimedia era una especie de reducto para amantes de la naturaleza, con el hándicap de que solo podías llegar en barco o por aire, y por aire tenías que tener un helicóptero. No era un lugar al que se organizaran salidas de grupo, ni de jubilados ni nada por el estilo. La industria de Periferia tenía un raro respeto por el sitio, y el mismo no había caído aún en las garras de ningún empresario. En dos horas podías caminar de un extremo al otro de la circunferencia irregular y agreste que se veía a vista de pájaro. Algún estudiante de vez en cuando decía que quería ir a la isla y pasar un par de noches con su novia al raso. (Era la forma suntuosa de llevarte a tu ligue a un hotel.)
Intenté decirle con señas a la chica que Yo Era Inofesnivo. Soy… Estoy… Ahora te Saco de Aquí… Etc. De entrada pensaba que yo era uno de los pilotos, o terrorista. Metí los dedos entre el material gomoso de las puertas transparentes del ascensor. Tuve que forzarlo bastante; pero al final no tuve que emplear más tiempo que con el tapón de un tarro de cristal que se pone cabezón.
La chica se mostraba valiente. Cuando rompió a llorar fue cuando por fin salió de esa caja de cristal. Salió toda la tensión. Ella no tenía ni idea de lo que había pasado. Solo sabía que por fin estaba en tierra, y que no iba a morir al desengancharse ningún cable y caer en picado allí encerrada.
Luego todo se me complicó, tenía que tomar decisiones en cuanto a ella. Tenía que decidir enseguida entre si contarle a esa muchacha lo que yo sabía o si ocultarle por el momento parte de la información para que no entrara en una nueva pesadilla justo después de haber salido de la anterior. La verdad es que, con todo, era un alivio volver a estar en tierra firme. Así que opté por decirle que era mejor que buscáramos un lugar en el que pasar la noche, sin más. El primer impulso de la chica fue el de mirar el ático después de oír mi lacónico plan; estuvo a punto de pedir explicaciones, pero se debió dar cuenta de que no las quería, prefería no saber por qué ni de pasada le había propuesto volver ahí dentro. Fue un ejercicio de química de supervivencia. Hay parejas que no se ponen de acuerdo con las cuestiones menos relevantes que puedas imaginar. Nosotros, apenas sin hablar, supimos estar de acuerdo en silencio para manejar una situación que jamás imaginamos tener que afrontar.

Pasamos bastante frío, las cosas como son; pero conseguimos dormir. Estábamos entre unos matorrales bastante altos. La única forma de dar con nosotros hubiera sido tropezar con nuestros cuerpos. Intenté mostrarme caballeroso. La abrazaba y procuraba dar calor. No servía de mucho. Pero en todo caso nos sentíamos mejor juntos.
Estábamos despiertos ya cuando empezaba a clarear.
Y al miedo a toparnos con terroristas lo suplió otra clase de miedo. Lo bueno era que ya no era miedo a la muerte; lo malo es que eran periodistas…
Caminamos apenas diez minutos. Y a lo lejos, en una de las playas, vimos que había cámaras y técnicos y un montón de esas reporteras con look de reportera, foulards incluidos. Ambos opinamos que hubiese sido horrible que nos vieran. Hubiésemos sido carne de una noticia espantosamente mal tratada. Y hubiésemos pasado a formar parte de cierta clase de celebridades indirectas que se ven envueltas en los medios sin quererlo, y teniendo que aguantar quizá incomodidades que podían rayar a la larga en lo insoportable.
De modo que comenzamos a caminar medio agachados en dirección contraria. Los periodistas eran el motivo por el cual la banda armada había salido pitando de allí (sí). Lo cierto era que los periodistas de Periferia acojonaban a cualquiera que tuviera más de dos neuronas o aún creyera mínimamente en la dignidad humana. Recuerdo que pensé que hay cosas peores que hacerle a la humanidad que matar a unos cuantos (incluso en aquel momento lo pensé); hay cosas que a largo plazo pueden hacer más daño que las bombas, suene paradójico o no. Los ciudadanos, famosos o no, no eran más que las ratas de laboratorio de ciertos periodistas. Ya habían pasado aquellos tiempos en que el oficio se basaba en el noble deber de informar. Ahora la audiencia mandaba hasta las últimas consecuencias. Y al parecer la audiencia era rematadamente repugnante y tenía unos gustos horripilantes. Y no querían que se les informara. Querían una historia, a poder ser patética, en la que alguien sufriera o perdiera toda la dignidad. Querían debates imposibles de entender y que abundaran en ataques personales. Querían ver a señoras tirándose del pelo entre sí, querían ver cómo evolucionaba a peor la vida de aquellos que eran –teóricamente– peores que ellos. Querían regodearse, como siempre y más que nunca, en la miseria ajena. Y querían –algunos de ellos– llenar de piropos lo bien realizados y promocionados que estaban esos programas.
De verdad, daba mucho miedo enfrentarse a todo eso. Nos fuimos todo lo lejos que pudimos. Era evidente que de alguna forma todo el mundo se había enterado de que los helicópteros iban a esa isla. O, al menos, en esa dirección. La sensación era la de que el plan que tuviesen los anarquistas se había quedado a medio hacer. Nunca supimos cuál era la intención real, concreta, no más allá de la vaga idea de la rabia hacia el sistema de jerarquías de toda la vida. Tenía sentido. No era como una película de las que ese público mencionado antes gusta de ver. Nunca hubo respuestas concretas que explicaran de una forma inteligente el porqué de todo aquel despliegue de medios. Quizá sí querían matar, o quizá solo querían secuestrar y alargar un poco más el cuento. Llegamos a investigar si había algún tipo de celebridad o empresario explotador junto al cual pudiésemos haber salido volando; alguien a quien extorsionar, pedir dinero o simplemente hacer sufrir.
Se detuvieron las obras de aquellos edificios inteligentes. Las formas del atentado en sí murieron con el mismo. Seguramente porque el despliegue de medios y seguimiento sobre el mismo eran mayores que el barroquismo logístico que supuestamente tenía que dar ventajas a los secuestradores o asesinos o lo que fueran. Se investigó también quién pudo financiar todo aquello. Salieron nombres y obviamente la ley empapeló a unos y a otros, y como siempre, al final nadie sabía quién era culpable o quién acabó pagando, aunque solo fuera un empresario cabrón común con los antecedentes de evasión fiscal habituales; nada que no puedas encontrar en el sótano vital de quien tiene varias casas o novias de treinta años menos.

Nos limitamos a esperar en un pequeño claro, siempre vigilando que ninguna chica ambiciosa y recién licenciada apareciera de repente con un micro. O que ningún reportero de magazine matinal surgiera de golpe con gestos amanerados y comenzara a ametrallarnos con preguntas estúpidas durante una conexión en directo con algún plató lleno de gente por encima de los 65 años. De verdad nos aterraba ese rollo. Es curioso que no hubiera un contraste muy relevante con la anterior situación. Eso me dijo ella. Y yo, incluso con los nuevos recuerdos de muerte con los que tendría que convivir el resto de mi vida, asentí y, nuevamente sin entrar en detalles, le dije que me sentía igual. Estábamos sentados en la hierba alta, pero ella de vez en cuando se ponía de cuclillas y miraba en dirección a la playa. Casi no se veía desde allí entre la maleza, pero al menos sí podías hacerte una idea de si corríamos peligro.
Ella grabó una «m» minúscula con un asterisco en un árbol. Aún no hemos vuelto a ese lugar para volver a verla. Después de eso, y ante la quietud que llegaba desde la playa poco fiable, decidimos caminar ya más calmados hacia el otro lado de la isla. Hablábamos y comenzamos a entrar en detalles personales. No nos sentíamos perdidos, sabíamos que la isla recibía visitas, aunque no fueran muchas, y aun sin haberlo comentado, ambos teníamos claro que el plan era que una de esas visitas nos acercara a Periferia.
Fue en ese lapso de tiempo, en ese paseo, cuando nos hicimos más íntimos. Creo que ella ya había decidido lo que tenía que decidir respecto a mí después de la noche de frío que pasamos juntos. El resto fueron meros formalismos; el asegurarnos de la carencia de «personas especiales» en la vida del otro, y cosas por el estilo. Nos aseguramos de que ninguno de los dos era una idea de transición para el otro. Nos los tomamos bastante en serio ya desde el principio. No resultó nada forzado, nada a lo que nos abocaran las circunstancias (de verdad).
Avanzado el paseo, yo seguía teniendo más información que ella sobre lo que había acontecido. Pero cuando ya estábamos en una playa desierta de la zona oeste de la isla, decidí que le contaría, aunque solo fuera por encima, lo que yo había vivido en aquel ático volante.
Cuando acabé la historia, ella no reaccionó de modo histérico, solo me preguntó si estaba bien. Tampoco era tonta. Yo llevaba la ropa manchada de rojo, aunque ya fuera más color Sucio. Y obviamente cuando se vio a sí misma volando dentro de aquella caja de cristal, ya debió deducir que aquello no formaba parte de un plan revolucionario basado en el diálogo… A veces, cuando ya es obvio que quieres de un modo profundo a una mujer, sin querer la haces o la crees más tonta de lo que es, y solo por el placer de creer que la estás protegiendo.

Hacia las doce del mediodía, por fin atisbamos una lancha a lo lejos. No nos costó demasiado que nos vieran. Yo me había puesto la ropa del revés; no es que no llamara la atención, pero pensamos que era mejor que no se vieran las manchas de sangre reseca. No era cómodo; pero pasaba por moderno.
Cuando la lancha llegó, nos montamos toda una historia sobre que habíamos llegado con amigos la noche anterior, y que nos habíamos querido quedar solos… y que básicamente confiábamos en que alguien tuviera la amabilidad de devolvernos a Periferia al día siguiente.
Eran enrollados, eran una pareja joven, tenían pinta de manejar medios, de no tener que pensar en el dinero. Así que, con esa visión tan poco amenazadora de la vida, no dudaron en recogernos.
La chica se puso a pilotar la lancha. Rodeó la isla, tomó rumbo. El chaval nos dio conversación banal. Tardé al menos quince minutos en darme cuenta de que ese tío tenía una mancha de sangre en el cuello de la camisa. Esa camisa blanca casi impoluta. Sonrió de forma desconcertante al darse cuenta de que yo me había dado cuenta de ese detalle. Por puro instinto, rodee con el brazo a m*. El chico puso una especie de radio antigua, un transistor. Sonaban los Rolling Stones, Satifaction. Entonces, ese chaval –no debía tener más de 26 o 27 años–, animado por la música, y sonriente, nos dio un “achuchón”, haciendo ademán de rodearnos a ambos con sus brazos, y dijo:
–Os quiero, parejita. Coño. Os quiero, joder.

M

Cosa diaria (10 de 10) – kateUptonAlipsis Now

Señorita Asterisco, quería que recibiera este terrible correo. Quería escribirlo antes de decidir qué voy a hacer durante el siguiente minuto. Creo que usted puede ayudarme con algo. Hay una especie de moda entre mis alumnos. Están en esa época en la que se descubre la masturbación, entre otras cosas. Están deseando llegar a casa para decirles a sus padres que no les molesten cuando cierren la puerta de la habitación. Creo que tienen cierta predilección por una modelo rubia en concreto. Ayer encontramos a un chico sangrando por el pene. Los demás alumnos lo encontraron así al llegar del recreo, el chico miraba la pantalla de su Iphone y su mano ensagrentada. La foto que se veía en el móvil era la de esa modelo que le decía. Se llama Kate Upton. Tengo entendido que ha causado ciertos estragos mediáticos en su país. Quizá piense que eso no es importante. Cada uno piensa lo que puede. Yo sé que soy irritante. Pero necesito aun así que me asesore. Y quizá también que quedemos un día y cenemos juntos y hagamos toda esa comedia y luego de hacerla podamos hacer lo que yo quiera. Señorita Asterisco, perdone que divague. Yo también he entrado en un bucle masturbatorio con esa rubia. Mi mujer se ríe de mí y la llama mi novia. Mi mujer es fea y vieja ya, no como usted, Señorita Asterisco. La verdad es que a veces me dan ganas de matarla, a mi mujer; de matarla de verdad, de verdad, de verdad, VERDAD, Señorita Asterisco. De hecho a veces entro en la cocina y casi sin querer hago una especie de inventario de cuchillos y navajas, y ella no lo sabe, y eso me hace sentir bien. Cree que soy inofensivo, y eso es casi inaguantable para mí. La odio con todas mis fuerzas, no como a usted. Ya no quiero tener sexo con ella, sino con usted. Ya casi estoy terminando mi tratamiento y se dice que he hecho grandes avances y que no hace falta que deje de dar clases a los críos; aunque no es vocacional, no con esos estúpidos niñatos… pero dicen que es equilibrado que mantenga ese trabajo para yo poder mantenerme equilibrado. Llevo 15 años dando las mismas clases de Matemáticas y de Lengua, Señora delicioso Asterisco. Pero no quiero desviarme del tema, aunque no le prometo nada, y aunque me han dicho también que mis problemas de dispersión expositiva crónica ya son mucho menores que hace un año cuando comencé a sentirme realmente raro debido a esos programas de televisión y a que esas concursantes, especialmente las mayores de 50 años, me ponían realmente a tono, y miraba a mi mujer y me daba autentico asco en comparación, incluso aunque a veces objetivamente fuera más guapa que esas concursantes, ¿sabe, Señorita Señora Asterisco, Señora? Como ve aún no llevo del todo bien lo de no proponer o insinuar sexo todo el tiempo, pero creo que con usted es distinto. Es agotador ser normal durante el día, llego a casa a punto de reventar, y encima me toca seguir fingiendo que soy normal con mi mujer, y estas cartas que le envío son la vía de escape para no hacer algo mucho muhco muchoc muhcoco muhgo mujggo muchio peor, Señorita Asterisco, Señora. Y ya me he vuelto a ir por las ramas. Lo que decía, la rubia, los críos, yo, kate Upton, mi mujer, los cuchillos. Creo que mi nueva tendencia de tocarme viendo las fotos de una sola mujer solo significa que he encontrado en usted un apoyo, un apoyo emocional, el único; sé que usted dejó mi caso y se lo pasó al Señor Punto y Coma porque estaba agotada, pero tengo la esperanza de que con cada carta que le mande pueda ver que estoy mejorando sustancialmente. Por usted. Porque usted fue la que me apoyó cuando quería escribir esa novela romántica sobre ese tío pederasta, fue la única que estaba dispuesta a leerla, y ni tan siquiera dudó de que yo no escribía esas cosas para masturbarme, y como ve sigo masturbándome, pero nunca así, ahora por ejemplo lo hago con esa rubia que creo que tiene veintipico años y es completamente legal e incluso mayor para mis alumnos. Creo que el profesor nuevo y la profesora joven de francés están planeando algo contra mí. ¿Ha visto ese concurso nuevo de la tele?, no recuerdo cómo se llama jkj cgh..gshf… Disculpe, pero sigo haciendo eso de vez en cuando, y sigo haciéndole caso y dejando lo que salga cada vez que dejo caer repetidamente la cabeza contra el teclado, aunque ya casi no lo hago, y sé que prefiere que relea y luego le resuma en una serie de puntos qué partes del texto son anómalas y cuáles no lo son y por qué. Pero ahora mi problema mayor es que no dejo, al igual que mis alumnos, de tocarme con esa rubia, y creo que el motivo principal es que la chica desprende una energía parecida a la que desprendía usted en mis sesiones, a veces incluso parezco notar su olor viendo sus fotos y es el mismo olor que el de usted. Sé que nunca me mostré interesado con usted, pero ahora llevo ya varias semanas llegando al orgasmo mientras me imagino que usted se sienta en mi cara, entre otras cosas. Y no le cuento nada de esto a mis alumnos y ni a mi mujer ni a mis hijas. La mayor está bien, por cierto, pero la pequeña… con la pequeña tengo sueños extraños, pero no sueños eróticos, quiero insistir en que yo no fantaseo con niños, son sueños en los que la meto (a ella) en una especie de batidora muy grande y la niña queda atrapada por el pelo y luego por la cabeza y luego por el resto del cuerpo y yo no dejo de reír, y luego me despierto sudando y mi mujer me calma, y cuando me abraza y no puedo verle la cara imagino que es usted la que me abraza, y muchas veces tengo que coger mi teléfono y buscar una foto de esa rubia americana y volver a tocarme. Me toco unas seis veces al día, mucho menos que antes. Dfddf……..
Me compré una pistola. Me costó mucho conseguirla. Ya sabe que estoy en contra de las armas, pero solo era para uso propio, para usarla contra mí. Pero ahora ya no me parece una buena idea, porque hace dos semanas estuve navegando en internet y había fotos nuevas de kate Upton. Me preocupa un poco eso. Esos cambios de opinión. ¿Cree que son algo de lo que preocuparse? En realidad no iba a atreverme a usar la pistola, así que la tiré. Porque seguía teniendo ese sueño de mi hija pequeña, y era cada vez más vívido, y luego soñé que la mataba con la pistola para que no tuviera que sufrir el calvario de la batidora gigante, aunque fuera yo el que la usaba. Y eso hizo que volviera mi problema de lloros, aunque ya casi lo he vuelto superar. No me había dado desde aquella vez en que estuve dos horas hablando a mis alumnos de “El perfume” de Patrick Süskind sin parar de repetirles que está mal matar a chicas para capturar sus esencias para fabricar un perfume, pero ya conoce la historia. Señorita Asterisco, de verdad quisiera quedar con usted y que me dejara desfogarme, podría hablarme en inglés mientras lo hacemos y quizá al final habría superado todos mis problemas. Sería una especie de experiencia catártica. Y estoy seguro de que a su marido no le importaría si no llegara a enterarse nunca. Debe saber que tiene en mí la oportunidad de tener una aventura, y que de todas formas nadie importante me creería si yo dijera que la he tenido, ya que todos piensan que mis gustos son cercanos a la pederastia, aunque yo me conforme con mayores de edad jóvenes, quizá simplemente porque mi mujer ya es vieja como le he dicho, y fea, y madre, y está ya bastante deformada vaginalmente, y no tiene ninguno de esos encantos femeninos y tersos de la chicas jóvenes, que incluyen vaginas casi infantiles y pequeñas por las que no ha tenido que salir la cabeza de un bebé dos o tres veces. Sé que no tiene intención de quedar conmigo y quizá ni lea este correo, pero le sigo agradeciendo que no haya vuelto a llamar a la policía. Creo que por eso hace mucho que me atrevo a proponerle una cita y puede que sexo, porque casi seguro que no leerá esto, y creo que su estado de negación respecto a mi existencia va viento en popa. Debo decir que he golpeado el teclado dos veces con la cabeza y que una de ellas me he hecho daño de verdad y ahora la sangre está haciendo que me pique el ojo derecho. Creo que tengo que acabar aquí. Mi mujer dice algo. Puede que pase antes por la cocina para calmarme. Solo quiero decir que debería usted agradecerle a esa chica rubia el que ahora mis alumnos y yo estemos obsesionados con ella, ya que eso fue lo que hizo que dejara de enviarle esas fotos que a usted tanto le molestaban. Señorita Asterisco, haga el favor de seguir existiendo y de hacer todas esas cosas que hace aunque yo ya no sepa cuáles son. Mantengo la esperanza de que me vuelva usted a tratar un día y que haga las paces conmigo y me ayude a centrarme para que yo pueda ayudar a las mentes del mañana. Quiero tener sexo con usted. SEXO….fgdb. Me permitirá que no haga el ejercicio de revisar el texto y hacer una lista de lo que yo considere inconveniencias. Ya sé que las hay, y como digo es probable que ya no lea usted mis correos. Creo que quiero morir o que usted se muera, no lo sé, o no, no me haga caso. Mi mujer grita que tengo que llevar a la cría al parque. Toca ser normal otra vez. Tengo que curarme la herida de la cabeza, creo que me he excedido esta vez. Ya me disculpará la erratas si llega a leer esto. Quiero sorberla.. Adiós. ADIÖS.

upton g

Cosa diaria (9 de 10) – Pollas gordas

Salía R de un recital de poesía fonética, e intentaba explicarle a M cómo toda esa «muestra de sonoridad» le había llegado a lo más hondo del alma (y esto no era mera verborrea para intentar meterse en las bragas de M, sino que quería ser un sentimiento real, lo cual le preocupaba más a M que si hubiese sido lo de las bragas). Y M se encendía un cigarrillo y sonreía e intentaba cambiar de tema a cada rato sin éxito. El asunto con el que M intentaba cortarle tenía que ver con cierta idea que se le había ocurrido. Estaba relacionada con folletos de pega de publicidad de una clínica ficticia de alargamiento de pene; lo que ella quería era diseñar esos folletos falsos y dejarlos en los parabrisas de cierto tipo de coches enormes que a veces se ven por ciudad, esos coches cuyos propietarios parecen intentar compensar algo erigiéndose como propietarios de los mismos. Pero R no dejaba de reproducir poemas fonéticos; la gente comenzaba a mirarles por la calle. M se preguntaba en qué momento había decidido quedar con él, en qué momento había cedido dejándose llevar por cierta inclinación del muchacho a cierto tipo de activismo (o eso decía él). Él no paraba de esforzarse para que ella sintiera lo mismo que él había sentido en el recital, y cuanto más lo intentaba más convencida estaba M de que todo ese rollo de la poesía fonética no era más que una farsa posmoderna disfrazada de arte subversivo para engatusar a licenciados con foulard que encajaran con el perfil de R, el cual no parecía consciente de que, al mostrarse tan efusivo y extrañamente receptivo de inmediato con cierta clase de perfomances, lo único que hacía era lograr casi siempre que sus interlocutores comenzaran a fascinarse mucho más con lo gilipollas que él resultaba que con el contenido de cualquiera de los monólogos que soltara.
R era profesor de primaria. M intentaba desgastar el Sistema. Habían quedado en las puertas del teatro; así que ahora, a la salida, y puesto que M no tenía coche, R se ofreció a llevar a M. El coche de R resultó ser enorme, de modo que M decidió no comentar lo de los folletos, aunque en realidad ya había decidido no volver a quedar con R y así no acabar en algún otro tipo de espectáculo con el que luego él se mostrara así de entusiasmado (o todo lo contrario). M había conocido a varios tipos como R. Eran supuestos seres sensibles cargados de carácter y cierto criterio propio, pero no, el problema es que todo eso solo era una Intención; intentaban a toda costa resultar seres sensibles cargados de carácter y cierto criterio propio. Esa impostura extrema no significaba necesariamente que esta clase de tipos no tuvieran criterio o carácter propio alguno, pero muy a menudo el que tenían no encajaba con el que se llevaba en ciertos círculos de los que ellos querían sentir que formaban parte. Las grandes ciudades, las más cosmopolitas, estaban a rebosar de tíos así. En opinión de M ésa era la gran desventaja de las grandes urbes, los niveles de impostura y falsedad estaban por las nubes, por esas nubes llenas de mierda que las coronaban. Tal era así, que cuando ella estaba con un tío así, sabía que su opinión tras ver una obra jamás sería dubitativa o prudente. Enseguida solían soltar toda una serie de críticas o teorías muy positivas o muy negativas en relación con lo que fuere que hubiesen visto; teorías que habían estado ensayando mentalmente mientras veían la peli, o mientras paseaban por la exposición recomendada de turno. M tenía miedo de que las mentes modernas y jóvenes supuestamente más abiertas y receptivas actuales no fuesen más que un pozo sin fondo cada vez menos sutil de ego (o humildad prefabricada).
No es que a ella le gustaran los idiotas que le metían mano en todo momento y solo tenían serrín en la cabeza, pero tener demasiado cuento era igual de malo que tener demasiado poco.

M no se salió con la suya, al final no quiso. Continuó saliendo con R. Había distintos motivos para ello, pero el principal era que se sentía muy necesitada sexualmente. Aunque sabía que R no era ni de lejos alguien con quien ella se pudiese plantear tener algo serio, al menos sabía que no era ninguna amenaza. De hecho, era incluso manejable, manipulable; era un listillo pretencioso a muchos niveles, pero jamás le llevaba la contraria a ella. Una amiga de M había sido la Celestina que los había contactado. Y por más que M jamás lo hubiese reconocido en voz alta, lo que la había impulsado a quedar con él era que su amiga ya había estado con él, y al parecer el muchacho tenía una de esas pollas gordas…; no era exageradamente larga, pero sí bastante gorda. En opinión tanto de M como de su amiga, ésas eran las mejores pollas.
M estaba haciendo un papel, pues, pero al ver hasta qué punto hacía un papel también el chico, no se sentía en absoluto como alguien que estuviese mintiendo o llevándose la historia a ninguna cama.
El plan era: tres o cuatro polvos y adiós muy buenas, pero M topó con dificultades para llevarlo a cabo. El caso es que el chico realmente quería impresionarla. M estaba convencida de que él no estaba enamorado ni nada parecido; lo que le pasaba, según creía ella, era que ese personaje que interpretaba ya le había comido demasiado terreno a la persona que él era, y el chaval se estaba comenzando a anular a sí mismo. M no pensaba que eso fuera nada raro o extraordinario, la mayoría de gente hacía eso con sus vidas, era solo otro modo de negación, el más actual, seguramente casi todas las personas llegaban al lecho de muerte siendo un extraño, alguien que no tenía nada que ver con quien eran de verdad. Es algo inquietante dicho así, pero M estaba convencida de que en el fondo todo eso ya era pura cotidianidad.
Los baches para conseguir el pene de R, se basaban en cierto procedimiento que él quería seguir. El mismo estaba basado en la idea de que ella entendiera que él la respetaba. R quería tener una relación con ella; no porque la quisiera, sino simplemente porque quería tener una relación, y en ese momento M era la chica más cercana en esos términos (o eso creía él). Ni tan siquiera parecía que el chaval estuviera buscando sexo de ese modo masculino en que algunos tíos proceden para agenciarse algún tipo de “follamiga”. Lo que él quería era tener novia; basándose en la idea de que es mejor estar con pareja que estar sin ella; idea que encierra, en opinión de M, toda una serie de convencionalismos “emocionales”, lo cual se resume con el principio de que el sexo siempre ha de ser especial, de que siempre ha de haber “algo más”, etc.
M tuvo que soportar un par de exposiciones tediosas, tres conferencias increíblemente aburridas y pedantes y otras tantas películas de discutible calidad reconocida. Pasaban los días y el chico seguía haciéndose el digno, seguía con su idea de cimentar la relación, de asentarla, de convertirla en algo existente antes de culminar esa especie de prólogo al noviazgo con el primer encuentro sexual. M al principio creía que quizá en la segunda cita el chico ya querría meter mano de verdad. Pero no fue así, ni a la segunda, ni a la tercera. En otras ocasiones no se daban las circunstancias para que el sexo llegara de esa forma “natural”, él tenía algo que hacer o ella no podía quedar a una buena hora. El chico se mostraba insistente mandando mensajes y haciendo lo que él creía que tenía que hacer para “cocinar” la relación, para cocerla a fuego lento, sin precipitarse. Esto era tan obvio que a M le parecía patético, o casi más triste que patético. El chico no leía nada extraño en su mirada. Parecía estar encerrado en sí mismo llevando a cabo su plan. Se habían besado varias veces, aunque no sin cierta ceremonia, cuando él la dejaba a ella en casa, y siempre llevando a cabo una especie de danza ritual de sonrisas y hasta guiños. El chico no sabía que en lugar de estar ganándose una novia que cada vez le quería más, estaba haciendo peligrar unos cuantos polvos con alguien que ya llevaba camino de despreciarle. Para M lo de R no era solo una actitud irritante, era casi el resultado de un proceder tradicional y totalmente vacuo que guiaba la vida de mucha gente, y que no era más que una herencia rancia que solo alimentaba esa autoanulación que las personas llevaban a cabo consigo mismas. La sola idea de que este tío pudiera tener hijos algún día y que ellos le hicieran el más mínimo puto caso, hacía que comenzara a sentirse realmente mal.
Si no hubiera sido porque ella misma estaba siendo falsa; si no hubiera sido porque el chaval era así porque creía que ésa era la mejor forma de ser… en fin, a veces había que hacer ciertos sacrificios por una polla gorda. O bien Dios les dio pollas gordas a esta clase de tíos –pensaba M– por ese sentido del humor entrañable que tiene Dios.

Al final, después de cuatro semanas saliendo, que incluyeron al menos cinco o seis ocasiones claras de sexo potencial, M notó que algo se avecinaba. R quería pasar un fin de semana fuera con ella. Sus padres tenían un apartamento en los morros del mar. M fue descubriendo que la familia de R podía tener muchas cosas si las quería; y las querían. No era raro deducirlo del comportamiento del chico; toda su vida, incluida la vertiente emocional, parecía un cuadro pintado por numeración.
Lo que M pensó fue que en ese fin de semana, R, calculadamente, atacaría. Hacer ese plan era como montar todo un ritual (otro más) para que «la chica» se sintiese segura, y nunca presionada. Las formas de R tenían la discutible cualidad de ser tan sutiles como obvias. M se podía imaginar las cuatro semanas que habían pasado juntos en un Excel. O en una agenda Moleskine;

Viernes 12.

Apartamento en la playa.
9;30: Cena romántica en el Restaurante Pre-relaciones carnales.
12;00: relaciones carnales.
12;04: abrazos masculinos.

Cuando llegaron al apartamento M ya lo tuvo claro. Era enorme, tenía hasta una chimenea, que sin duda R usaría.
R trajo vino y preparó la chimenea. A esas alturas M ya tenía ganas de darle un puñetazo. Y lo peor es que se estaba comenzando a odiar a sí misma por provocar todo ese circo.
Luego no cenaron fuera. R hizo la cena. Era una posibilidad. Hombre con habilidades culinarias; hombre que cocina para la chica. Si hubiera sido algo espontáneo hasta le podría haber parecido tierno a M, pero solo era otra casilla marcada más. El tío era como acercarse a un rosal precioso y al intentar oler una rosa descubrir que el rosal es de plástico. Y lo peor es que no parecía ser consciente de ello, de verdad no lo parecía, ni siquiera era un “espabilado”. Su plan era honesto, sincero, solo que dentro de un marco asépticamente académico, numérico. M pasó de una inicial sensación de odio en el apartamento, a sentir una especie de curiosidad malsana. Quería saber cómo iba a montárselo el chico. Cómo procedería para llevar a cabo acciones como tocarle el culo o las tetas, o cómo haría para ponerse el condón. Si sería capaz de hacerle un cunnilingus. Si pediría perdón de producirse una ventosidad vaginal o un pequeño lío de posturas en la cama. Joder, incluso le resultaba de lo más inverosímil que el muchacho pudiera prestarse a algo tan ancestral y “sucio” como el sexo.
La única forma de hacer que ello cuadrara, era verlo en ese auto-contexto hipócrita de Moderno que en realidad es clavado a su padre.

De la mesa de la cena pasaron al sillón de los preliminares. Era como un telefilm, pensó M, como una de esas pelis eróticas que pretenden poner cachondo al personal pero que solo tienen gracia vistas con amigos, en modo burla. Con esos actores de mandíbula cuadrada y con la mirada vacía. Con esas actrices supuestamente atractivas. Esos planos a contraluz con la chimenea; la mujer mirando al tipo como si el tipo transmitiera algo con la mirada, el tío tocando a la mujer como si estuviera desactivando una bomba… Mucho se temía M que ese sería el estilo de R.
M tenía que reconocer que el chico no besaba mal; excepto que en algunos momentos era tan delicado que la muchacha se sentía como si la estuviera besando una mujer…
La tenía rodeada con los brazos, pero no bajaba ni subía de la cintura. M se separó de él, se puso de pie y se quitó la ropa sin preocuparse por parecer sexy. R hizo lo mismo sentado en el sillón. M pensó que se lo follaría ahí mismo. Sería su primera aportación sincera al noviazgo, y probablemente la primera en general. El chico se fue murmurando que iba a por los condones. En seguida regresó.
M estaba completamente desnuda, y quería ver ya ese famoso pollón. Quería hacerle una mamada, comenzar a sentir algo por fin con ese tío. Recitaría poesía fonética con su polla en la boca si eso hacía que se le pusiera dura.
Y… sí, acabó por pensar en hacerlo.
R tenía una buena polla. Es decir, incluso en reposo resultaba amenazante. Pero ese día la polla de R, incluso sin ser el motivo por el que R se había comprado un coche estúpidamente grande, pues bien, no erectaba, no se le ponía dura.
Se toqueteaba e intentaba despertarla, pero no había manera. M le dijo que ella podía intentar… pero nada, R no quería saber nada de ayudas externas, su orgullo estaba cayendo en picado. Todo su plan de cuatro semanas. Su sangre no se distribuía como él tenía planeado ese día a esa hora.
12;01: Polla dura, pensó M.
R no había podido hacer cálculos con la naturaleza. Y aún se puso peor cuando a M se le comenzó a escapar la risa. Y lo que al principio fue solo un escape, se convirtió en un ataque de risa. El momento más embarazoso en la vida de un hombre.
01;00: Nada de nada.
R se arrodilló lejos del sillón y se machacó el pene a base de bien. M se tapaba la boca para que no se oyeran sus carcajadas.
01;30: Nanay de la China.
R empezó a sollozar. Era comprensible desde su punto de vista. Fracasar ya era frustrante de por si, pero aún daba más rabia no poder controlar alguna faceta de la vida. Así lo veía él, M estaba segura, y no podía dejar de reír. Por primea vez una polla flácida le estaba pareciendo una celebración de la vida. De la vida tal y como ella la entendía. Ese pimpollo fracasando era un motivo tan bueno como cualquier otro. Un polla gorda no servía de nada si no se alzaba. Lo importante es que era algo inesperado, un giro de guión que nadie había planeado, algo natural, espontáneo, crudo.
Así que mientras el chico seguía tocándose sin conseguir nada, M se comenzó a masturbar.
Sabía que estaba siendo cruel, retorcida, pero no lo había planeado. Se sentía como se sentía, y se dejó llevar de una forma real.
Llego al orgasmo y continuó. Cuanto más lloraba él, más fuerte se corría ella viéndolo.

C

Cosa diaria (8 de 10) – 1995

El dueño de la casa estaba reflexionando. Demasiado, como siempre. Estaba llegando a la horrible conclusión de que la palabra «inspiración» solo significaba el acto mecánico de inspirar aire para la mayoría de gente. Y cuanto más mayores se hacían, más era así.
Tenía miedo de que a él le estuviese pasando eso también últimamente.
Estaba con las luces apagadas y miraba por la ventana del salón su piscina privada iluminada desde el fondo, buscando el otro tipo de inspiración. Había comprado la casa gracias a un golpe de suerte económico. Una herencia inesperada. Uno de esos casos que se dan en los que un miembro lejano de la familia con quien apenas tenías relación te cede sus bienes simplemente para no dárselos a sus hijos, a sus familiares directos.
Son los complejos mecanismos de las rencillas y el odio. Ahora él sabía que había mucha gente que le odiaba. Unos cuantos, al menos.
Mientras meditaba sobre todo eso, y sobre algunas cosas más, una chica se coló en su jardín. Estaba sola. El hombre sabía que lo normal era dar un bote, salir de la casa y gritarle a la muchacha que estaba en una propiedad privada.
Pero no hizo nada.
Solo le acometió una breve variación en el pulso. Enseguida se sintió tranquilo otra vez. La chica se desvistió con calma y se quedó en biquini. Era muy joven, demasiado. Quizá ni tan siquiera estuviese del todo desarrollada. El dueño se encendió un cigarrillo observando cómo ella, con toda calma, se metía en la piscina y evolucionaba lentamente, haciendo pie, metiendo la cabeza y peinando su pelo hacia atrás con las manos. Su cara estaba relajada, incluso parecía sonreír para sí misma. No parecía preocuparle que pudieran pillarla.
El hombre decidió esperar unos minutos, y luego encendió la luz del salón. Pensó que la muchacha se asustaría y saldría corriendo con su ropa echa una bola. Pero no cambió nada. Él se plantó nuevamente de pie frente a la ventana; pensó que para ella solo debía ser una silueta según cómo daba la luz. Ella se limitó a mirar y seguía con esa media sonrisa en la cara. No salía de la piscina. De vez en cuando observaba al hombre. Sus ojos (los de ella) parecían enviar un mensaje de tranquilidad. Aquí no pasa nada. El dueño de la propiedad decidió no salir a hablar con ella. Resultaba algo extraño, no podía negarlo, pero sintió que era lo mejor que podía hacer.
Al cabo de una media hora, la chica salió de la piscina; se puso la ropa con calma, recogió su pelo en un moño con algún tipo de goma, y se fue por donde había venido.
Era el verano de 1995. Esa situación se produjo durante varios días seguidos. La muchacha llegaba pasadas las diez de la noche y se colaba siempre por el mismo hueco entre los setos que rodeaban la propiedad. Luego nadaba, o se hacía la muerta boca arriba mirando al cielo nocturno. De vez en cuando sonreía al hombre.
Éste era aficionado a escribir. Llevaba tres años viviendo solo. Había perdido a su hija y a su mujer en un accidente de tráfico; uno más. Lo que las visitas de esa chica representaban para él, era algo difícil de definir. Pero le hacían sentir bien, a salvo. Se sentía bien por primera vez en tres años.
Gracias a esto, tuvo la fuerza e inspiración necesarias para escribir los primeros textos realmente interesantes desde hacía mucho. A veces, mientras tecleaba, podía oír cómo salpicaba el agua de la piscina. Solo el sonido de algún grillo y la muchacha.
Nunca hablaron. A ninguno de los dos les preocupaba: la comunicación estaba hecha. Ni siquiera había exactamente un acuerdo silencioso. Se trataba más bien de la simple y llama calma. Se trataba de justo lo contrario de lo que regía la vida de la mayor parte de la gente que ambos conocían. De alguna forma se habían dado las circunstancias adecuadas para que surgiera esa extraña, curiosa y agradable situación. El hombre estaba aún vagamente aislado por su propia desgracia familiar, y la chica era lo suficientemente joven y atrevida como para normalizar ciertas cosas, como para ser especial.
El dueño pensaba que había sido duro llegar a ese momento, había sido producto del odio y la muerte. Y era agradable saber que la muchacha seguramente no sabía aún nada de todo eso.

A finales de Agosto la chica dejó de aparecer.

No dejó nota alguna de despedida. No es que el dueño de la propiedad lo esperara. Lo que hizo fue dejar las piezas de su biquini flotando en la piscina. Era un detalle y había estado bien así. O mejor aún, daba igual lo que hubiese hecho al final, ya no habría podido estropearlo.

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Cosa diaria (7 de 10) – La trágica (o estúpida) muerte de Autor Novel

Autor Novel siempre había fantaseado con lo que tenía ahora frente a sus narices. De hecho incluso había fantaseado con el mismo contexto. (Autor había publicado su primera novela, un librito de doscientas páginas cargado de mala leche y buenas intenciones, según él, pero que sobre todo se le antojaba a todo el mundo como un material áspero y crudo, respetable pero desafiante y chulesco; al menos según las críticas que él había leído, y también según lo que le habían comentado con cierto apuro algunos de sus amigos.) La fantasía que al fin se había hecho realidad, y con la que él había llegado incluso a masturbarse no sin cierto sentimiento de culpa (una sensación que siempre le invadía aunque no quisiera reconocérselo a sí mismo después de tocarse), pues bien, la escena constaba de él sentado en el tren, y de una chica a pocos pasos, de pie, joven y guapa, y que leía su libro.
Él sabía que su foto estaba en la solapa, y que su aspecto era exactamente el mismo ese día en el tren. De hecho, Dios no lo quisiera, era posible que llevara en ese momento el mismo jersey que en la foto. Si la chica le reconocía, no quería que ese detalle de indumentaria se convirtiera en una especie de anécdota “divertida” que ella comentaría con sus amigos. A Autor Novel no le gustaba ese cliché del escritor más bien excéntrico, empollón y poco cómodo para el trato. La chica, por supuesto, se acabó dando cuenta de que él estaba allí en el tren, en el mismo vagón que ella, y comenzó a, poco disimuladamente, mirar la solapa del libro para asegurarse. Autor vio que incluso ella leyó en ese instante la pequeña nota biográfica que había bajo su foto. De repente la muchacha tenía delante al autor del libro que leía, una escena no muy habitual para un escritor poco conocido, al menos más allá de las discretas presentaciones del libro, en las que todo quedaba más bien en casa, entre amigos y familiares; aquello era ciertamente bastante incómodo; pero esa fantasía suya, que funcionaba muy bien como tal pero que en ese instante le estaba resultando incómoda al hacerse real, era algo distinto. Para Autor era agradable, pero también casi como sentirse manoseado sin esperarlo; él siempre había pensado que la relación de un lector con un libro era muchas veces la relación más intensa que podía haber entre dos personas. Él siempre había creído que los escritores, al menos los que a él le gustaban, nunca podían ser más sinceros con lo que ellos eran que cuando escribían. No se trataba de que el libro fuera autobiógrafico o no, era algo mucho más profundo que saber con quién folla Fulanito o a quién se la chupó el sábado Menganita. Esa lectora del tren estaba profundizando en él al leerle, en sus historias y miedos y mierdas más jodidas, y también en las más luminosas.
Aun así, si ella le dirigía la palabra, él se tenía que comportar como si no hubiera nada de todo eso. Como si todo ese proceso y la relación autor/lector fuera lo mismo que si fueras camarero y te toparas con un cliente habitual fuera de las horas de trabajo.
Obviamente, Autor fingió que no se había dado cuenta de la situación. Sus ojos no se habían topado con los de Chica del Tren. Se fijó en que ella llevaba un traje de chaqueta ceñido, parecía algo así como una azafata de congresos. Vio que llevaba una placa en la solapa. En ella estaba inscrito su nombre: del Tren, Chica.
Parecía que ella también tenía cierto reparo en decirle algo, pero Autor estaba bastante convencido de que planeaba hacerlo en algún momento. Si eso sucedía, se había decidido a no decir nada extraño, nada de bromas oscuras o comentarios “ingeniosos” con los que ella pudiera arrugar el ceño y que él le tuviera que aclarar lo que había querido decir. Sería parco y agradecido, y solo diría algo gracioso si ella le daba pie de algún modo. Lo que más le inquietaba es qué imagen debía tener ella de él según lo que él había escrito. Aunque cierto es que eso no era importante, sobre todo si el encuentro se reducía tan solo a eso, a un encuentro puntual. Con una fan… Si es que la misma se decidía a decir algo.
Cuando lo hizo finalmente fue en cierta parada, cuando el vagón se vació sustancialmente. Los tres asientos junto a Autor –los dos de enfrente y el de al lado del pasillo– quedaron vacíos. En ese momento la chica se decidió y dio los seis o siete pasos que les separaban. Al ser contemporáneos generacionalmente, la muchacha no dudo en dirigirse a él sin tratarle de usted, y aunque se notaba el rubor (que se sumaba al rubor del maquillaje) en su cara, se la veía confiada e intentaba resultar agradable. Cuando saludó, Autor volvió la cara hacia la muchacha como si se acabara de dar cuenta de que estaba en el tren. No resultaba muy impostado, ya que en esas situaciones siempre puedes alegar que estabas abstraído, en “tu mundo”, etc. Cuando Autor la escuchó atentamente, ella, cómo no, solo le preguntó si él le podía firmar el libro. Era una petición muy lógica, pero con los nervios Autor no había caído en que esos encuentros se suelen resolver siempre así.
Él le preguntó su nombre (aunque ya lo había visto en la placa), firmó el libro con un bolígrafo que ella le prestó, fue una dedicatoria escueta, sin gracietas, y se lo devolvió con una franca sonrisa.
No acabó todo ahí, ya que luego ella se sentó en el asiento de enfrente y, sonriendo ruborizada aún, le comentó lo mucho que le estaba gustando el libro, y que se lo había recomendado una amiga. La conversación comenzó a desarrollarse de una forma aburrida, llena de tópicos y frases hechas, pero que dadas las circunstancias resultaba especial, casi un punto de inflexión en la vida de Autor, ya que hasta ese momento no había conocido a nadie que no hubiese comprado su libro por compromiso o para apoyarle.
Como suele pasar, a medida que el reloj avanzaba, y dado que la chica era respetuosa y discreta, Autor se fue relajando. Esto sucedía cuando él se comenzaba a sentir como alguien tratable para la otra persona. Cuando estaba seguro de que la otra persona se sentía cómoda con él. El caso contrario le resultaba casi un tormento si la persona le importaba lo más mínimo, y en este caso eso hubiese sido devastador.
Ambos se bajaban en la misma parada. Ya fuera del tren, lejos de separarse y seguir cada uno por un camino distinto, continuaron charlando sin moverse del andén. La muchacha parecía encantada ya hablando con Autor y no solo con ese escritor al que ella estaba leyendo. Daba toda la sensación de que estaba surgiendo algo entre ellos. Solo quedaba dar un paso más, que alguno de los dos ofreciera o pidiera un número de teléfono. Chica del Tren parecía cada vez más dispuesta a ello.
Fue entonces, cuando la química ya era electricidad entre ellos, cuando Autor, atribulado, justo cuando llegaba el siguiente tren, dio tres pasos hacia atrás para dejar pasar a un matrimonio de la tercera edad, llegó al borde del andén, se desequilibró, cayó a las vías, y el tren lo arrolló de modo que tanto Chica del Tren como algunas otras personas, quedaron salpicadas de la sangre y las tripas de Autor Novel.

Chica del Tren llegó a su casa completamente desconcertada, rompía a llorar a intervalos. Su ejemplar del libro de Autor Novel estaba salpicado de sangre. Se desnudó y se metió en la ducha. No podía digerir lo que había pasado, y no se sentía con las herramientas emocionales para gestionarlo. Decidió tirar su ropa manchada de rojo, no se sentía con coraje para lavarla y volver a usarla como si nada.
Decidió no hablar con nadie del asunto. Se le hacía demasiado duro. Además era una situación potencialmente curiosa y hasta cómica si la historia llegaba a segundas y terceras personas. No quería percibir esa clase de murmullo en su entorno. Desde el primer momento, Autor Novel le resultó un chico amable, tímido pero interesante, la clase de persona con la que a ella le hubiese gustado mantener el contacto, fuera de si llegaba a algo más íntimo con él o no. Lo sucedido había sido algo terrible. Solo esperaba que no hubiera grabaciones de la estación con el suceso. O que al menos no se la viera a ella claramente si allí había cámaras de seguridad. Esperaba que si existían tales grabaciones no se difundieran. Le parecía horriblemente incómodo verse en la tesitura de tener que dar algún tipo de explicación sobre cómo vivió esa desgracia, o tener que girarle la cara a alguien cortando tajantemente la conversación si el tema surgía.
Al paso de los días, cuando fue calmándose, tenía otra espina clavada, y era que el libro seguía en su piso. No lo había tirado con la ropa. No le parecía correcto. Le había limpiado en la medida de lo posible las manchas de sangre, pero no tenía fuerzas para seguir leyéndolo, aunque sabía que quizá a Autor Novel le hubiese gustado que ella lo terminara.
En los siguientes meses, mientras el libro de Autor, tras la noticia de su muerte, se comenzaba a vender a escala internacional, mientras el chico se convertía en otro Escritor Muerto, Chica del Tren asistía incrédula al fenómeno comercial. Era ese tipo de cosas que se sabe que pasan, pero que cuando se viven de cerca, de algún modo resultan mucho más chocantes, indignantes y deprimentes.
Por suerte no habían surgido grabaciones incómodas, seguramente la familia lo había impedido, ya que Chica del Tren había vuelto a la estación con regularidad, y había visto que en efecto había cámaras de seguridad.
No podía soportar la idea de que de algún modo alguien se metiera en su cabeza, no sabía cómo, pero a veces imaginaba que alguien encajaría las piezas y de repente lo sabría todo. Lo de aquel chico que pintaba y que había muerto a los veinticinco años de un infarto junto a ella en un avión, y del cual ya tenía el número de teléfono; o el muchacho escultor que despertó frío en la misma cama que ella tras la primera noche en que se acostaron; o lo del tipo que quería escribir poesía pero no acababa de dar el paso, y un día sufrió un ataque epiléptico mientras la muchacha le hacía una felación (el chico se tragó la lengua y ahí acabó todo); o lo de su primer casi novio; quería ser bailarín; se desvaneció a los 15 años en la calle paseando con Chica del Tren; muerte súbita, dijeron.
Cada vez que veía alguna referencia a Autor Novel en algún medio, no podía evitar pensar en el modo en que el cuerpo crujió bajo el morro del tren, se escuchó ese reventón líquido y todo salpicó fuera de las vías. Había sido un infierno, la peor de las muertes que ella había presenciado.
Seguía alimentando la terrible idea de que había tenido la absurda mala suerte de haber nacido anti-musa. Además el único novio de larga duración que había tenido, en fin, nunca estuvo realmente enamorada de él, y cada vez le resultaba más difícil apartar de sí misma la idea de que no había muerto a su lado porque el muchacho no tenía ninguna aspiración artística. No sabía si el motivo de esas muertes tenía que ver con el interés real que ella tenía por ellos, o si la cosa se limitaba a que cuando ellos tenían un espíritu creativo surgía la anti-musa y detenía el proceso de la forma más cortante.
Un día, sin poder soportar más la presión que sentía en el pecho con todo el asunto, fue a casa de sus padres a hablar de ello. Necesitaba desahogarse. Su padre se llamaba Rector de la Universidad; su madre, Mujer Moderna. Así pues, el señor de la Universidad y la señora Moderna escucharon a Chica. Al cabo de media hora, cuando la muchacha había acabado de contar su historia, Rector se levantó de su sillón sin decir nada y sacó su móvil del bolsillo. La madre lloraba y no podía mirar a los ojos a su hija. El hombre se alejó hasta el otro extremo del salón. Tecleó. Cuando estaba esperando a que alguien cogiera el teléfono al otro lado de la línea, echó una mirada de reojo a Chica del Tren; era la mirada más fría y terrorífica que ella había visto jamás. No parecía la que cualquiera esperaría que se produjera entre un padre y su hija.

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Cosa diaria (6 de 10) – Pueblo abandonado en la llanura MS2

Salimos mi colega de toda la vida y yo de Periferia Microsoft. Conduce él. La ciudad parece hoy especialmente apestosa. Es sábado, hace mucho que queríamos visitar algún pueblo abandonado, ir en busca de un poco de miedo moderno basado en la autosugestión controlada y los terrores propios. Necesitas un espejo especial para eso, algo en lo inventar el reflejo que te dé la gana. La parapsicología y las leyendas de terror se sustentan básicamente en la posibilidad de que no te lo estés inventando tú todo. Es una lucha contra tu propia percepción racional. Pero cuando uno no es capaz de ganar esa batalla interna, lo único que obtiene si le gustan las historias y los lugares curiosos, es una suerte de diversión friki. Te llevas un bocadillo y te lo comes en un lugar pintoresco. Ese es el plan. También influye la idea de estar rodeado de edificaciones que antes fueron hogares y servicios, y que ahora vuelven al seno de la naturaleza. No es difícil de conseguir, basta con el abandono y las cosas envejecen y se pudren. En la ciudad eso se practica más con las personas que con los objetos, a muchos niveles. Aunque claro, una anciana abandonada en un asilo o un enamorado al que su amada ha dejado no tienen una mierda de encanto, solo es deprimente y aburrido; pero una casa abandonada… eso te da incluso una visión concreta y estética de la muerte, como si de algún modo estuvieras viendo lo que hay después.

La llanura MS2 está a unas tres horas largas de Periferia. Cuando estamos llegando nos extraña ver cierto movimiento de tráfico en la carretera de acceso. Incluso nos resulta raro que la propia carretera no esté peor de lo que está. Vemos a una pareja que parece ir a pie por la cuneta camino del pueblo. Mi colega aminora, no hay carteles indicativos y tememos habernos perdido. El pueblo se llama Maizal de la Placa, la llanura MS2 es básicamente un montón de kilómetros de desierto alrededor del pueblo. La pareja –ambos con un semblante extrañamente afectado– nos dice que sí, que vamos bien, por aquí llegaremos al pueblo abandonado; pero nos dicen que no vale la pena, que nosotros mismos. Todo resulta, de golpe, de lo más… ¿decepcionante? Los edificios que vemos desde la carretera, cada vez más cercanos, no tienen un aspecto de herrumbre que digamos. Seguramente es una primera impresión, nos decimos, cuando lleguemos allí la cosa cambiará. Es probable que haya mucho turismo freak. Suponemos que tendremos que conformarnos con el aspecto de las casas, al final no da la impresión de ser un lugar en el que hallar soledad precisamente…
Por fin, vemos un letrero con el nombre del pueblo. Pero está en buen estado. No es ese trozo de madera podrido que uno imagina, ni tan siquiera una señal metálica oxidada. Solo es un letrero.
Hace bastante rato que no comentamos nada. Cierto malestar se está apoderando del interior del coche. O no malestar, pero sí una sensación de que algo se está cociendo hoy para nosotros, algo no necesariamente malo, pero ni mucho menos que se parezca a lo que buscábamos.
Un detalle extraño es que apenas había información en la red sobre el pueblo. Cuando creíamos que habíamos encontrado una foto interesante siempre acababa siendo la casa hecha polvo de cualquier otro lugar. En teoría este lugar es una aldea, de esas que cuentan sus habitantes por decenas. No conocemos a nadie que haya ido al pueblo. O de hecho, sí, en teoría dos colegas hicieron hace un par de años lo mismo que nosotros, cogieron el coche y se acercaron a este lugar; pero cuando les preguntamos qué tal había ido no obtuvimos nada más que respuestas de turista prefabricadas, cortas y vagas, y enseguida un cambio de tema brusco en la conversación. Pensamos que igual les había pasado algo embarazoso, algo que habían decidido… qué se yo, guardarse para ellos. Y que por eso preferían no hablar de ese día. Llegamos a pensar incluso que cabía la posibilidad de que se hubiesen liado entre ellos…; y no son homosexuales, obviamente, que sepamos. No sabíamos qué pensar, así que optamos por echarnos unas risas con el asunto. Es algo muy propio de Periferia.

Un interrogante flota por encima del coche cuando ya estamos en el pueblo. Hay gente, sí, pero no solo turistas de nuestra especie. Sencillamente hay gente, salen y entran de sus casas, pasean. Y no se cuentan en decenas, sino más bien en centenares. Puede que un par de cientos o tres. Hay ancianos sentados a las puertas de sus casas. Todo el mundo se vuelve a mirar nuestro coche. En el propio pueblo no hay coches, o nosotros no vemos ninguno, a pesar de haberlos visto circular por la carretera. Vale que es un lugar pequeño, pero siempre encuentras algún vehículo, gente que ha venido a ver a familiares, cosas así. Esto es sencillamente un pueblito, pero hay algo en todo el asunto que no cuadra. De entrada nos da malas vibraciones la sensación que nos produce la situación, pero luego decidimos aparcar el coche, porque hemos visto lo que parece un bar.
Cuando nos apeamos y entramos en el local, dentro solo hay lo que parece el dueño, detrás de la barra, lavando un vaso, y un anciano sentado en un rincón. El hombre aparta la mirada y la hunde en su jarra de cerveza.
Mi colega, siempre más sociable que yo, vocifera un Buenos días con tono inofensivo.
–Ajá… ¿Sois de Periferia?… tenéis pinta de ser de Periferia…–dice el tabernero. Esa es la palabra que me viene a la mente: Tabernero.
–Pensábamos que este pueblo estaba abandonado –dice mi colega, continuando con un tono amable, su tono de hacer amigos, de ligar, de las entrevistas de trabajo, y de todo en general.
–Acertáis, sí, Maizal de la Placa lleva muchos años abandonado.
Mi colega se sonríe. El tabernero no.
–Ya… Pues para estarlo veo mucha gente por ahí, y las casas son perfectamente habitables.
–Supongo que tú tienes tu propio concepto de pueblo abandonado.
–Ya…
–¿No habéis notado nada al llegar?
–Pues no –miente mi colega.
–…
–¿Qué teníamos que notar?…
–No me mientas, por favor.
–No te miento.
–Sigues haciéndolo.
–Ya… Dices que el pueblo está abandonado… Entonces supongo que sois todos fantasmas… ¿no?
–Supongo que tu idea de un fantasma es lo de la sabana y el ruido de cadenas; o espíritus de gente que murió hace mucho.
–Más o menos, sí.
–Pues no, no somos fantasmas, somos de carne y hueso. Pero el pueblo está abandonado. Hace mucho que lo está.
–… Ya… –Mi colega y yo nos miramos entre nosotros. Pero no conseguimos sonreír con la situación.
–Bueno –dice enseguida mi colega–, lo que tú digas. ¿Nos pones dos cervezas?
–Por qué.
–Porque tenemos sed, gracias.
–¿Aun sabiendo que estás en un pueblo abandonado, quieres beber aquí?
–Sí. Hemos venido a pasar el día aquí, de hecho. –Crispado.
El tabernero muestra todo el tiempo un semblante completamente ilegible. Como si no sintiera nada de nada. Ni malo ni bueno.
Alguien más entra en el local. Se sienta en la barra junto a nosotros, se nos queda mirando, resopla y luego vuelve a lo suyo. Su semblante es el mismo que el del tabernero, y de hecho el mismo que el del viejo sentado al fondo. Sin decir nada, el tabernero le prepara una jarra al hombre de nuestro lado. No prepara las nuestras. Yo comienzo a tener ganas de salir pitando hacia Periferia. Mi amigo no, de hecho pregunta qué pasa con su cerveza.
–Te he dicho que estás en un pueblo abandonado –dice el tabernero.
–Así que lo de recaudar pasta de la gente de fuera no os va por aquí…
–No. Es que el pueblo está abandonado, no hay nadie aquí. No puedes tomarte una cerveza en un pueblo abandonado, para eso tendrás que volver a la ciudad.
–¿Y él? –dice mi colega señalando al tío de nuestro lado– ¿y aquel viejo de allí?
–Este bar lleva muchos años sin funcionar, chico. Muchos años. Supongo que no puedes entenderlo. Pero es así.
–…
Alguien más entra en el local. Esta vez es una chica. Con la diferencia de que tiene expresión en la cara. Parece rondar los diecisiete años, como mucho. Sonríe. Esa sonrisa nos tranquiliza de algún modo. Para ser más exactos, me tranquiliza a mí y hace menguar el mosqueo de mi colega. Se sienta a dos taburetes de nosotros y nos mira. Es muy guapa y tiene una piel blanca que parece extranjera. El tabernero le sirve una jarra igual que lo hizo antes con el otro tipo. La muchacha bebe un trago largo y sonríe más ampliamente.
–¿Sois de fuera, no? ¿Periferia?
Asentimos, a la espera de una explicación lógica. Mi colega ni tan siquiera le dice nada. Con la mirada de un lado a otro y haciendo un gesto con las manos, intenta expresar interrogación. Una interrogación urgente.
–No os han servido, ¿verdad?
–Pues no… –dice mi colega agitado.
Decido intervenir para compartir la carga:
–Nos han dicho que como el pueblo está abandonado…, que este sitio también lo está, y que por eso no podemos beber aquí…
–Ya… –asiente la chica algo irónicamente, como si nuestro problema fuera algo rutinario, nada extraño.
–A ver –añade–, no os enfadéis conmigo…, pero es que es verdad. El pueblo está abandonado. Creo que hace unos setenta años. Está impracticable. Corren muchas leyendas…, o eso creo. –Bebe otro sorbo de su cerveza. El tabernero sigue limpiando vasos con la misma actitud de antes, mira a la chica y luego a nosotros, pero son gestos de autómata.
–Es una broma de la tele, entonces, ¿o es que estáis todos tarados aquí…? –dice mi colega, otra vez ofuscado.
–No –replica la chica, con un puchero cómico, como pidiendo perdón –de verdad, esto tiene una explicación, pero no sirve de nada darla, no podríais entenderlo. No en este contexto. Quiero decir que, no puedo atravesar todas vuestras capas de raciocinio prefabricado, todo vuestro sentido común, vuestro sentido de la realidad, chicos.
–…
La chica resopla.
–De verdad, chicos, es mejor que os vayáis, porque aquí no hay nada. Y no quiero soltar alguna frase que os haga pensar que estoy aún más loca de lo que ya creéis que estoy. Solo os puedo decir que así como Periferia es una ciudad en activo, este pueblo ya hace mucho que está abandonado. Y lo de la llanura MS2 no es una ironía, es solo el nombre de la llanura. Pero de verdad que esto está vacío. Si lo que buscabais era un pueblo abandonado, este no es el adecuado. Os puedo aconsejar otro si queréis. Pero aquí solo conseguiréis enfadaros, porque sí es un pueblo abandonado, pero no en un sentido que encaje con vuestro sistema racional. Y en serio, no quiero hablar más, porque no me gusta quedar como una loca pirada.
–…
–Lo que os aconsejo es que os vayáis. Y que luego simplemente continuéis con vuestra vida, podréis hacerlo perfectamente. Con vuestro sistema de creencias o no-creencias, y con vuestro raciocinio podréis perfectamente darle una explicación que os convenza. Si os hablo así es porque estoy harta de intentar convertir a neófitos en conversos. Me es casi imposible… y es agotador.
–…
–Al menos vosotros no intentáis ligar conmigo… No sabéis lo complicado que es hacer pensar a un chaval que va salido y que no quiere aceptar las circunstancias tal y como son. Ya ha habido varios tíos de Periferia que se han creído que podrían conseguir sexo aquí. No tienen ni idea de los riesgos de intentar hacer… eso, ya sabéis, en este lugar.
–…
–En fin –la chica bebe un trago largo más y se acaba su cerveza–. Os lo repito y me voy, bueno, o sea, sí, quiero decir, para que lo entendáis vosotros, me voy. El pueblo está abandonado. No hay nada. Nada. Y me gustaría poder daros una explicación que os pudierais creer, pero no la hay, porque el Sistema apesta y por desgracia tiene estas fallas… Pero las cosas son así. Tenéis que marcharos, chicos. Volved a Periferia. Ah… y un consejo importante: No volváis nunca, nunca nunca, porque si volvéis aquí a echar otro vistazo podría ser que todo lo que dais por sentado se fuera al traste. Hay gente que no lo soporta, y estoy hablando de infartos y suicidios… No os quiero meter miedo ni nada. Solo os digo que al final esto que os pasa hoy no es más que un accidente, y que debéis seguir con vuestra vida. –Nos guiña un ojo, nos da un golpecito a ambos con su primoroso puño derecho, sonríe, y sale por la puerta.
Mi colega se queda embobado, mirando al frente como si se hubiera enamorado de la puerta. Me vuelvo y el tabernero sigue fregando vasos, inexpresivo. El cielo se ha tapado por completo, al parecer. Un trueno nos hace saltar de nuestros taburetes como si tuviéramos muelles en el culo. Casi acabamos sentados en los taburetes de al lado.

caracola