Sacrificada metralla orgánica

(Noticia extraída de la publicación diaria en papel: La Gaceta de Sonora)

PURÍSIMA METRALLA ORGÁNICA

Hace cinco días, el Día de las Viudas Vitalistas Euforia, Encarnación Martínez Galán, madre de un niño de 11 años, doctorada en gestión pública y de profesión Limpiadora municipal, se inmoló en un aula del colegio Nuestra Purísima Concepción de Sonora.
La mujer, al parecer indignada con los constantes suspensos de su hijo, de los que culpaba a su tutor (y también al resto del profesorado), tomó la medida más drástica posible, se hizo con cierto explosivo casero del que previamente se había informado en la muy transitada web Yahoo respuestas, y se tomó la justicia por su mano.
Según la carta que dejó localizable en su propia casa, la gota que colmó el vaso fue el último examen suspendido de Pablo Florián Galán. Un 4, 5 en geometría. Hemos tenido el privilegio de poder transcribir íntegra dicha carta informativa de inmolación.

No veo otra salida que dejar un mensaje alto y claro al profesorado y la dirección del colegio Nuestra Purísima Concepción, uno de los pocos centros que como madre viuda me puedo permitir. La economía de la casa siempre ha sido un problema pese a todos mis logros académicos, todo debido nada más a los tiempos que corren. He entrevisto una clara conspiración escolar contra mi niño, el cual verá su futuro cortado de cuajo si no se le permite alcanzar las notas medias para la ecuánime profesión que él, ya a su tierna edad, planea desempeñar en un futuro. Hay quien dice que el muchacho vive demasiado a la sombra de mis férreas decisiones, pero nada más lejos de la verdad. Un niño es un recipiente vacío que se ha de llenar, y al que se le ha de dar la oportunidad de tener un futuro digno: Horarios aceptables y periodos vacacionales aceptables en su porvenir como adulto. Un niño debe poder ser más adelante un integrante digno más de la sociedad, para así poder aportarle su granito de arena con sus impuestos y su profesionalidad sin mácula. Como madre, he soñado siempre con una jubilación económicamente acomodada para mi hijo. He soñado con un adulto que en ese camino hacia esa jubilación habrá basado su vida en el sacrificio y el esfuerzo que todo ciudadano tiene como deber, siempre sabiendo priorizar sobre aficiones y divertimentos, y atesorando su dignidad a cambio de todas sus horas bien empleadas y cumplimientos para con sus jefes, empresas y obligaciones. Siempre he querido inculcarle que lo más importante es que mantenga en pie su capacidad para aprobar y superar pruebas estandarizadas, algo que durante años ha estado echando por tierra su colegio, a pesar de la solvente y perfecta comunión que logra nuestro sistema educativo en general para con la formación de los estudiantes.
Su último examen de geometría, por ejemplo, no era merecedor de un 4,5 como su tutor decidió, sino de al menos un 6, tal y como me han salido las cuentas al revisar una y otra vez sus respuestas. Según el colegio Nuestra Purísima Concepción, y calculando la media en todas las asignaturas, mi niño es un 4. Cuando en realidad seguramente sería un 7, si no fuera por la incompetencia en la corrección de sus pruebas y examenes. Mi hijo es un 7, al menos, no un 4; con un 4 no eres ni tan siquiera una persona potencial, y no estoy dispuesta a seguir viviendo para ver a mi hijo en su edad de merecer trabajando en puestos de bajo perfil, manchando sus capacitadas manos y desaprovechando su privilegiada mente para el servicio a la sociedad.
Alguno dirá que podría apuntarle a otro colegio o tomar medidas legales, pero mi verdadero objetivo es que el centro tome medidas serias con su personal, y que lo que voy a hacer se quede ahí para siempre, como recordatorio de que lo más importante son los niños, y que puntuar su potencial ha de servir para colocarlos más adelante a cada uno en su lugar de la jerarquía social, y no en lugares equivocados. Mi niño no será un currante de tres al cuarto, será Alguien en este mundo, y su poder adquisitivo su mejor carta de presentación.
Sé que jamás me perdonarán las madres de los otros niños, y mucho menos las que se creen modernas dilapidando verbalmente los mecanismos del sistema educativo, criticándolo y asegurando que habría que renovarlo (siempre madres de niños habitualmente suspendidos de forma justa). No soy una madre resentida con el sistema, sino con un Centro del mismo en concreto: no soy una anarquista ni apruebo el anarquismo. Pero aun así he de hacer lo que he de hacer. Se tomará nota y se valorara con más justicia a partir de ahora la capacidad de estudio y esfuerzo de los niños. Esto es por un profesorado más sacrificado y preparado, esto es por la gente que sabe “sangrar” por su porvenir y el de sus hijos. Esto es por el porvenir de nuestro país y de la sociedad del bienestar.

Encarnación Martínez Galán

La mañana antes la inmolación, Encarnación Martínez llamó por teléfono al centro y aseguró que Pablo estaba enfermo y no podría acudir ese día a clase. A las diez y media, aproximadamente, la mujer se presentó con una gabardina que escondía el explosivo de fabricación casera. En medio de una clase de inglés, entró y provocó la matanza. 30 de los 45 alumnos de la clase han fallecido. Otros diez tienen heridas de gravedad. El resto han salido aceptablemente indemnes, solo con heridas leves. Según los forenses la mayoría de alumnos murieron sobre todo por culpa de la metralla orgánica, pedazos lanzados como proyectiles de la anatomía de la propia señora Encarnación que se incrustaron en cabezas y torsos por doquier. Todo provocando muertes instantáneas, incluida la de la profesora en funciones. La inmolada superaba los cien kilos y se activó el detonador después de colocarse en el justo centro de la clase. En su vivienda se ha encontrado el material para la fabricación de la bomba. Los familiares no han querido hacer declaraciones. Solo uno de los padres de los otros muchachos ha dicho unas palabras para la emisora local Sonora Noticias: «Nuestro hijo no había hecho daño a nadie. Ahora no podrá estudiar Administración y dirección de empresas…». Pablo Florián vive ahora con sus tíos en Periferia Microsoft.

por Silvia Pi

bebe

Puto niño

El Moreno, como cincelado por una fantasía femenina, abre su gabardina y salva el obstáculo de un coche saltando por el capó. Saca de la nada una recortada y camina duro y brioso hacia un establecimiento que parece una joyería. Carga su arma tamaño bate. Al entrar vuela la cabeza al dependiente y se comienzan a oír los gritos de mujeres acompañadas por sus novios. Buenos chicos y chicas prometidas se tornan patéticos y asustadizos antes de morir. El momento adecuado con el lugar adecuado. El dependiente se parecía a Steve Jobs, ese otro vendedor endiosado. Era definitivamente una joyería, y todo rezumaba ironía del siglo XXI. Luego otro chico, esta vez Rubio, camina a bastantes manzanas de distancia y agrede a la gente que va por la calle, en su mayor parte tías en bikini o chicos sedientos de descargarse que van en bañador y llevan gafas oscuras y a veces algún colgante indeterminado. Es particularmente cruel, el Rubio, cuando el tío o la tía con los que topa son obesos o negros o chinos, o cualquier otra cosa que no sea muy habitual en el Paraíso de su Dios.
En el Paraíso hoy hay huevos fritos para cenar, alguien grita en la tele, dos voces que no se alternan, sino que vociferan a la vez y todo es ruido y luces y aplausos. Al día siguiente se madruga como siempre y la chica de clase de pelo largo y actitud altiva sigue sin hacer caso. Las horas pasan desesperantemente lentas en el aula, los profesores se pasan el testigo mientras los alumnos esperan. Algunos abren la boca como buenos polluelos esperando lo que deberán regurgitar en los exámenes; otros yacen y se cargan de paciencia mientras les llaman tontos, inútiles e irresponsables con retórica y buenas palabras adultas.
Ella sigue por la noche con su melena larga y su actitud altiva en el lugar intracraneal de siempre, y el alumno salpica demasiado las sábanas otra vez. Luego vuelve a no hacer los deberes y se duerme no muy plácidamente, aunque en un lugar bastante privilegiado del planeta.
Por la mañana, un rato antes de ir a la escuela y afrontar broncas y cierta clase de desmotivación tan sólida como añeja, unas chicas en bikini juegan a voleibol, y tienen unas tetas desproporcionadas y exclaman con grititos en inglés. Cuando se tiran para alcanzar alguna pelota maliciosamente lanzada, al levantarse sus tetas están llenas de arena, y ellas sonríen y enseguida están de pie otra vez y contoneándose listas para inflar braguetas adolescentes. Es el mismo día en que luego el alumno se pelea a la antigua usanza a la hora del patio, y además de ser mal estudiante comienza a ganar fama de problemático y potencial futuro delincuente sin estudios. Esa misma tarde, en el gimnasio del colegio, la chica de melena larga y actitud altiva inicia una conversación con él; en el vestuario de chicas, cuando ya no hay nadie más, se besan en la boca durante cuarenta y dos minutos, hasta que un entrenador de predeporte les interrumpe.
Más tarde, un mago arrasa toda una aldea con cierta pócima. Después el alumno tiene una discusión recargada de palabrotas con su padre. El puto niño, esa boca sucia, niñato irresponsable, etcétera.
Al día siguiente solo es jueves, y un comando asalta cierta base a tiro limpio antes de la primera clase de la mañana. El desayuno entra como alambre de espino. Muchas horas aún para el viernes; aunque el propio viernes es para el alumno una putada en sí, porque se agolpan algunas de las clases y profesores que más odia. Cuarenta y ocho horas insufribles con las que se tiene que sentir agradecido, le dicen, como siempre y con todas las demás horas. A esto hay que sumarle que ahora la chica de melena larga y actitud altiva es algo así como su novia, algo que el alumno no sabe bien cómo gestionar, ni tan siquiera sabe cómo ha de reaccionar cuando tope otra vez con ella. Solo sabe que quiere follar. La cuestión es que a veces es peor conseguir lo que uno quiere que anhelarlo. El deseo suele superar al objetivo logrado. Puede que sea así porque es así, o puede que sea así porque nos han educado así. Porque un logro solo puede significar la implantación de un nuevo deseo. Porque estamos huecos, porque somos «responsables».
Un día el alumno se folla al fin a la alumna. Solo dos semanas después del día del gimnasio. Lo hacen unas cuantas veces en los subsiguientes días, y poco a poco el alumno va perdiendo interés. Hay más chicas igual que hay más asignaturas; la diferencia es que las chicas sí le importan, sí le motivan, son algo emocionante, difícil, dulce, placentero; un 3 en un examen ya no le hace sentir nada, pero el insulto de una chica puede ser una nueva puerta que se abre hacia nuevas y fascinantes posibilidades.
Hay algunas chicas más, pues, y también han ido aumentando las peleas en la hora del patio. Y no solo en la hora del patio. Está comenzando a ser el puto niño por excelencia, entierra en polvos y puñetazos todas las humillaciones y la amargura que llegan por la vía académica. Antes no aprobaba porque no estaba motivado, ahora ya le empieza a dar vergüenza aprobar: ante sus amigos, ante sus novias. Deja los videojuegos y el fútbol, deja de leer, aunque antes le gustaba, leer es algo demasiado apegado a estudiar, deja de ser una víctima y se convierte en alguien que se hace respetar, lo cual le funciona mucho mejor que intentar ser alguien digno de respeto. Deja de poner el culo, contesta, vacila, folla duro en los lavabos de la discoteca, todo estímulo que venga de la periferia de lo que le funciona, es una amenaza. La burla funciona, las chicas funcionan, beber funciona, fumar, escupir al reloj, evitar la mirada de los demás, no pueden atisbar dudas o derrotismo alguno; sí cierta clase de optimismo dejado. La idea a transmitir es que sí, ya lo han conseguido, han conseguido que crea que todo es culpa suya. Ahora lo que deberán entender es que Le Da Igual; no solo el que todo pueda ser culpa suya; le da igual si lo es de verdad o no, no se va a hacer más preguntas: las preguntas no lubrican más un coño ni te dan gasolina gratis ni un día más de fiesta.
Un puto niño más y más estadísticas. El futuro se convierte para el alumno en etiquetas y números, una escaleta de acciones pendientes que hay que quitarse de encima cuanto antes, una tensión constante por no destacar ni ser inferior, una presión brutal por ser solo uno más.
Sólo por las noches, un poco antes de dormir, se imagina después de haber muerto a los 80 años; se imagina a sí mismo teniendo una buena pelea a puñetazos con alguien de allí arriba; una de las buenas, de barrio, cuando la sangre oscura empieza a brotar por las narices, cuando la nariz se parte y te hace llegar esos relámpagos de terrible dolor. Y esa idea hace que se le dibuje una sonrisa antes de dormir; aunque no sepa por qué, y desde luego no tenga ninguna intención de preguntárselo.

Adam Sidwell
Adam Sidwell

Meritocracia

Sábado. Día soleado, poca ropa en perspectiva. Hoy cuando anochezca será luna llena. Antes he quedado para comer en grupo. Creo que quieren encasquetarme a una chica que creo quiere ser encasquetada. Creo que no le importa demasiado con quién. Pero ya no tenemos veinte años. Alguien me ha dejado caer (no sé si con malicia) que la muchacha quiere sentar cabeza, le quieren vender la moto y ella no sabe que es de segunda mano y que fue propiedad de un cani de la periferia. Así que el plan es parecido a intentar vender fulares en Mordor… Y cuidado con Mordor, no es tan fantasioso como parece. Además, ella no es ella, pero supongo que mis amigos habrán pensado que esta al menos aún no me conoce, y además está libre… Llega un punto en que algunas personas son cada vez menos personas y más plazas de parking. Si yo accediera a ser la moto, sería cuestión de semanas que todo volviera a encajar en un esquema conocido de fracasos recurrentes, mil veces repetidos, ya con olor a cerrado. Esos ciclos de estupidez bienintencionada se repiten al menos hasta que uno se muere. Al menos.
Comemos en una especie de restaurante de montaña a una hora de coche del que no recordaré jamás el nombre aunque me apunten con una pistola en la cabeza. Es una suerte de antro familiar con olor constante a madera quemada y mesas pobladas por no menos de nueve o diez personas. Es un lugar al que ir –con más o menos ganas– con todas las personas que conoces directa o indirectamente, en esta clase de sitios es donde nos caemos muertos si no nos dan órdenes. Todos hijos de la Revolución, de la Industrial. A veces es como estar con un par de amigos y un montón de cuñados. Pero sobre todo hay parejas, y en ocasiones también bebés. Somos diecisiete. A la práctica, ninguno de los dieciséis me conoce de verdad. Esta certeza funciona a varios niveles; no me conocen de la misma forma que no conocen el planeta en el que viven (ni ganas), o igual que creen que la vida de uno no opera en su interior, sino comprando billetes de avión o superpoblando playas. Ellos son, digamos, inocentes en la misma medida que yo soy antisocial; son felices al mismo nivel que yo prefiero preguntarme todo el tiempo cómo es posible que lo sean siendo como son. Seguramente soy tan cuadriculado como ellos, la única diferencia es que ellos sí quieren estar aquí.
Sientan a la compradora de la moto a mi lado. Todo muy casual si solo oyes los comentarios. Casi la empujan en mi dirección. Quieren su propia serie de televisión en directo. Esto es lo que hacen algunas personas en lugar de descargarse Sexo en Nueva York. Es una lástima, porque la muchacha parece un buen partido, las conversaciones se cruzan y poco a poco voy enterándome de cosas (vaya, porque me las dicen aunque sea sin venir a cuento…). Ha salido de una relación muy larga (esta es una de esas frases que yo nunca puedo decir). No quiere nada serio (la chica que quiere sentar cabeza no quiere nada serio, solo follar en sitios raros, claro). Ha estudiado como desde los cero años hasta los veintiséis y podría ahogar a un caballo con su currículo (otra cosa que yo nanay…). Es muy guapa (es verdad, ella es muy guapa; y el subtexto es que yo debería perder veinte kilos). La conversación en estos casos siempre acaba derivando en la suerte que tengo, y que sería idiota si desaprovechase la ocasión de liarme con alguien claramente superior a mí en todos los aspectos.
Luego llega la fase difícil del asunto para todos, que es intentar subrayar mis cualidades para que ella pueda tener algún cabo al que agarrarse. (Aquí tener una buena polla no sirve de nada.) Esto se acaba reduciendo a repasar la lista de las cosas que me hacen insoportable para, a continuación, hacer el ejercicio de “desmentirlas”. En el fondo no es tan cabrón. Parece gilipollas, pero es sensible. Una vez hizo esto o aquello, dijo esto o lo de más allá, y vaya si nos reímos. Etcétera. El patrón se repite, es como un aviso más de que una tercera guerra mundial es inevitable. Solo es cuestión de tiempo y nuevos envoltorios. Se tropieza con la misma piedra otra vez porque la gente sigue siendo la misma ante ella. La mayoría de veces los sucesos históricos solo sirven para nutrir libros de historia y hacer que salpique más el onanismo de los historiadores.
Sé que esto solo quiere constar de un poco de folleteo potencial o diversión entre amigos, pero todos sabemos que un mechero abandonado a veces se convierte en una buena pista. Es como romper una botella de cristal en el bosque en agosto y luego sorprenderse al ver un incendio en la tele. ¡Oh, dios mío, hoy hemos estado ahí!
No es que todo esté necesariamente interrelacionado, pero todo está lo bastante interrelacionado…
No tengo nada en contra de la chica, lo que pasa es que ella me parece la principal víctima. Todo parece depender de en qué punto corte yo la historia. No parece tener el perfil de alguien que solo va a querer “pasarlo bien” este sábado. No encaja con cierto tipo de alegría femenina (aunque sea muy aceptable), con la actitud de esas tías que te bombardean con fotos de su gato en facebook, dicen cada dos por tres que es mejor que cualquier hombre, y sin embargo se follan a un tío distinto cada vez que pueden.
Como digo, parece un buen partido; pero conocer a alguien de esta manera y prestarse al juego es muchas veces casi como conocer a alguien en un reality guionizado y pretender que esa relación supere todas las barreras y se acabe asemejando a algo que no chirríe a kilómetros. Creo que la gente que monta estos shows celestinos, lo hace porque en su puta vida se han colado por nadie de verdad; en lo que respecta a ellos, el amor es solo otra cosa que decidieron tener. Les basta con diferenciarlo económicamente de la prostitución y ya creen que viven en un cuento de hadas. Los bebés llegan igual, y los bebés siempre parecen fruto del amor. Hay mil maneras de maquillar la existencia; y a veces se hace de tal forma que sólo parecía una mujer.
En definitiva, en términos de honestidad y poco temple, te arriesgas a que el amor de tu vida tenga rabo (o sea gay).
La comida se alarga como un pene de actor porno que llevara tatuada la palabra «califragilisticoespialidoso», y no pudieras leerla bien hasta que el miembro no esté completamente en erección. En base a esto, ahora solo estaría morcillona. La corrida significa volver a casa (¿no significa siempre eso?).
Los postres están al llegar. La chica y yo hablamos cordialmente, hay varias celestinas, yacen a modo de buitres emocionales cuyas relaciones seguramente ya consideran aburridas (aunque jamás lo dirán), y se echan miraditas de esas que creen muy disimuladas. El perfil de una celestina moderna consta de no pocos ingredientes: presencia, amargura disfrazada de madurez, felicidad interpretada en constante proyección, etc. Suelen diferenciarse de las amas de casa maltratadas en que a ellas no se les marcan las hostias de la vida, y se parecen a las amas de casa maltratadas en que en muchos casos tragarán y jamás se revelarán. Debe haber países enteros cuyas familias (siempre patriarcales) vienen definidas por estos rasgos. Los mecanismos de defensa para alimentar la credibilidad de estos extraños sistemas de valores llevados por la inercia y el reloj, pueden ser complejos, pero uno no ha de hurgar mucho para dar de bruces con ellos casi cada día. A veces los tienes en casa. Pero sin duda están muy a menudo en esta clase de reuniones de amigos cebadas de parejas.
Lo que se ha entendido por paso adelante es que ahora el tío también cocine. Lo cual está muy bien; pero en cuanto a mejorar ciertos sistemas de razonamiento, es un poco como meterla en una tarta y llamarlo «Relación».
Obviamente no le suelto toda esta sarta de teorías a la pobre muchacha, que bastante tiene con hacer su papel e intentar no decepcionar a nadie. Algo que es absurdo; el único modo de que una de esas celestinas se fuese a casa contenta, es que al salir del restaurante se te cayesen los pantalones, te atropellara un coche que intenta aparcar, la muchacha cayese encima tuyo, le metieses la polla sin querer, le pegases ladillas y quedara embarazada de trillizos. Por lo menos. Así quizá esas arpías podrían mojarse y follarse a su novio por la noche con las luces apagadas mientras recuerdan el épico día que han provocado.

La comida no acaba exactamente cuando acaba la hora de comer. Del restaurante no vamos a casa; y como suele suceder, se hace más fácil ceder que decir que te quieres largar por tu cuenta. Volvemos a la ciudad en sí, Sonora, nos sentamos en una terraza céntrica. Un pensamiento terrible me invade: quieren empalmar con la cena. He comido unas cuatro veces más de lo que suelo comer, he bebido demasiada cerveza, y básicamente tengo el cuerpo trabajando a pleno rendimiento y mi cabeza se llena de mi típica resaca impaciente. Me empieza a doler todo y solo quiero irme a casa. Siento que la calavera me pesa, siento la propia calavera, cómo palpita, y como si se estuviera resquebrajando. Necesito una caja de gelocatil y una cama fresca. No soy joven, o lo soy, aún, pero esta clase paciencia se me acabó más o menos a los 25 años. Cuando la paciencia se te ha acabado y sigues tragando, lo que sientes es que sufres, estás a la fuerza, y la sola idea de emprender el camino a casa, tan deseado, también te comienza a resultar agotadora. Llegas al punto de no querer irte y no querer quedarte.
Suena peor de lo que es, pero sigue siendo una mierda. La chica sigue sentada a mi lado en la terraza. Tiene los mofletes rojos y parece haber bebido más de lo que ha comido. La idea de intentar tener una erección en mi estado de pesadez hace que me entre la risa floja. Es sólo un sábado más en la Tierra, pero hace mucho que sé que esto no es lo mío. Lo que se entiende aquí por pasarlo en grande es comer mucho y beber más, maltratar el cuerpo a cierto nivel, y cada cuerpo reacciona a su manera. Hay quien casi no tiene resaca y aguanta echándose al coleto todo tipo de comida y bebida durante horas, sabiendo que todo se solucionará con una aparatosa pero eficaz cagada. Pero otros nos congestionamos y todo se vuelve del revés, la maquinaria sufre, y el estómago y los órganos colindantes comienzan a plantearse cuándo y cómo va a operar la descontaminación. A tu cuerpo le da igual, es problema tuyo. A tu estómago poco le importa si hacerte vomitar durante horas o ponerte enfermo de colitis aguda. Su misión es solucionar el problema que has causado. Tu cuerpo reacciona con la misma frialdad y crudeza con que lo hace un huracán o un tsunami. La conciencia o el dolor son solo problemas tuyos. La naturaleza se dedica a seguir su curso.

Hacia las 8 de la tarde me quito a todos de encima. También a la chica. El peaje ha sido intercambiar teléfonos (las celestinas han disfrutado ese momento forzado).
Hoy cuando anochezca será luna llena, sí. Y me refiero al día, no a mí, aunque viene a ser lo mismo. Lo que hago siempre en estos casos es forzarme a no cagarla. Llego a casa y me fuerzo a ducharme (esto solo es ritual). Luego como algo aunque no tenga hambre (el cuerpo sí lo necesita al final). Bebo mucha agua (siempre facilita las cosas). Me preparo dos mudas de ropa (dos, por si acaso). Luego cojo el coche. Odio tener que conducir, pero a veces no queda más remedio. No me gusta conducir, ni sacar la mano mientras y ondearla al viento; mi anuncio sería: “¿te da por culo conducir?, a mí también”. Te pasas el tiempo lidiando o bien con los otros conductores o bien con el coche, si no te sientes puteado por otro coche, te sientes puteado porque no encuentras aparcamiento para el tuyo. Así lo siento. El coche sirve a necesidades muy concretas para mí. Todo aquello que tenga a media hora a pie o bien conectado con transporte público, para mí es un alivio.
Así que, con mi horrible resaca, me obligo a coger el coche y conducir hacia cierta zona boscosa de las afueras. Es sí o sí, no hay otro remedio. Es el misterio insondable de la vida, quizá uno más del universo. Algo que las celestinas no podrían sospechar ni por asomo. Es un inevitable secreto y no tiene nada que ver ni con comer ni con beber ni con follar. Lo cual lo hace incomprensible para la mayoría de gente que conozco. Es también literatura y mitos, o puede que una enfermedad que aún no me ha matado. A veces creo que es karma, o falta de motivación para la meritocracia. Creo que esto último sería la conclusión a la que llegarían muchos. He salido con chicas que creían que les ponía los cuernos por culpa de esto. No me las podía traer y explicárselo. Hay cosas que sencillamente te tienes que guardar. Tienes que protegerte. Hay historias más fuertes que un idiota poniéndole los cuernos a su apaño para las fotos boda.
Aparco más o menos siempre por la misma zona. Es como mi periodo masculino, sucede una vez al mes y es molesto, no sangro exactamente, pero tampoco es agradable. Lo mío al menos dura unas horas, y no días. Aún no me ha visto nadie nunca, no más allá de alguna foto borrosa o algún susto puntual. Y tampoco he conocido nunca a nadie a quien le pase lo mismo. No es la clase de conversación que surge en un ascensor, y tampoco creo que sea de buena educación hablar sobre ello en la mesa. No creo que sea de buena educación, de hecho, hablar de ello en este mundo de dioses, burocracias y celestinas…
Lo que hago es elegir un claro en el bosque, la clase de sitio inhabitado al que la gente de ciudad no va (con suerte) ni entre semana ni en fin de semana. Suelen ser lugares de poca altura, nutridos de torres eléctricas, colinas que rodean la ciudad. La idea es no despertar luego en medio del salón de unos extraños con restos de tripas de una niña en las uñas mientras sus padres te miran horrorizados y llorosos. Pero de todos modos creo que no hago ese tipo de cosas.
Ya en el claro, y con visión directa a la luna llena, me desnudo para no desgarrar la ropa. Aprendes a prever el momento. Luego extiendo sobre el suelo oscuro una manta que siempre traigo conmigo. Me estiro en ella. No es del todo doloroso, pero notas ciertos fuertes calambres, y pierdes la conciencia. Lo que sea que te maneja luego no eres tú. No sé si tu carácter le influye, pero diría que no. No tienes control. No puedes hacerte un selfie a medio transformarte, ni después. Como tantas otras veces, solo te queda esperar. Me echo, y espero.

merit

Inválidos

Mientras figuro como inválido a casi cualquier nivel sobre el papel, me arrastro sonriendo como un gilipollas oficial, lo hago bajo mil veinteañeras de gran ciudad con cientos de poemarios publicados; más guapas, más válidas, muy salpicables y a menudo inalcanzables. Me arrastro sin poesía hacia vete a saber qué dirección que me ha parecido albergaba una buena idea, la idea diferente que, eso sí, aleja a Julieta por incierta, todo mientras ella se hace presente en el mundo a la misma velocidad que yo me hago ausente. Se balanceaba siempre en el columpio digital, y cuando alzaba las piernas nunca podía evitar intentar verle las bragas. Ya casi siempre está el columpio vacío, me ronda la idea de escribir poesía actual y así quizá desprender un olor más a medios y tecnología, urbano y con un filtro moderno y chabacano. Estanco en el suelo, raramente consigo oler a tierra mojada, a veces me parece notar alguna hormiga en el escroto, entonces me arrastro hasta la ducha y me acurruco bajo el chorro; imagino una poco probable lluvia dorada de la chica indicada, imagino que me ofrece hacer cosas aberrantes a las que accedo por ser Ella. Pienso en volver al pueblo, yo sí tuve pueblo; pasa treinta años en ciudad y vuelve al pueblo -me digo-, para saber lo que es bueno. Allí había algún ligue adolescente que ya vivirá en la ciudad, la que sea, las chicas que casi tenían que tirarme del pelo para desengancharme del balón de fútbol, la infancia muerta como base de la dura tierra actual, la felicidad adulta interpretada como un Nunca Llegar. El futuro es el mito que no me sé fabricar, y mil rimas más de rap barato. Ya no recuerdo cómo se sentía en los dedos el tacto de la cola cortada de una lagartija, ya no trago polvo, no fabrico cabañas de cartón con amigos en colinas urbanas apestadas de porno de páginas pegadas y restos de jeringuillas; ya paso casi siempre de cortar por lo sano si alguien intenta decir que esto solo es nostalgia: coño, yo soy inválido, pero tú a lo mejor eres imbécil. Tu poesía hace que el sol parezca estúpido y pegajoso, por muy buena que estés; tu café de starbucks dice muchas más cosas que tú, pero sobre todo larga por los codos sobre ti. Seguramente mucho más que mi única raya de coca a los 19 años, cuando opositaba para ser mi propio villano; ese sabor a aspirina que me quemó bajando, poco después de haber follado por primera vez días atrás. No cuentes jamás a cualquiera cualquier cosa; no hables jamás a todo el mundo de tus visitas al paraíso; encríptalo; no conviertas en anécdotas de mierda esos momentos en los que tocaste el cielo; no conviertas a las mujeres en aquello que hiciste una vez en un lavabo o en un hotel; no seas tan previsible, valora tu vida con una dignidad que opere más allá de tus medallas. Follador o chica romántica, si supieras lo poco que le importa a todo el mundo todo aquello que haces rodar por tu lengua, te lo guardarías, y quizá un día con eso escribirías una buena poesía, aunque entonces, eso sí, quizá nadie te la publicaría… La periferia de la conducta reconocible… me recuerda a ese viejo del pueblo que un poco antes de salir a beber cerveza, chupaba un caramelo bien dulce, para potenciar el amargor de lo que venía. Todo como quien quiere un cachete de dedos marcados justo antes de correrse. Me han dado por culo siempre los 140 caracteres de moda, es un anal sangriento sin espacio para la textura del pensamiento. Pero sigo llorando si es necesario cuando puedo atisbar de verdad el parpadeo de las mariposas; al principio hago un esfuerzo terrible que no sirve para casi nada, y es justo cuando he tirado la toalla (cuando el tren del que hablan sin parar se me ha escapado), es justo entonces cuando la Belleza aparece, cuando la pureza se hace patente, cuando la vida coge sentido. Es entonces cuando se elevan las notas musicales sin pentagramas, cuando el orgasmo que casi desconoces llega. Algo mágico se pone en pie y te pregunta sobre la terrible sofisticación de tus miedos, unos miedos que nada tienen que ver con los más populares. Ese ente arruga el ceño con la forma del amor de tu vida, y se fascina aterrado ante tu falta de habilidad para soltarte. No soy yo -le dices-, o sí, soy yo, pero quiero decir que no soy representativo… Oh -te contesta esa luz-, creo que me voy a largar de aquí con las mariposas… Nunca dura mucho lo bueno. La última vez que tuve un sueño agradable tiene una fecha aún más lejana que la última vez que follé con alguien que me importara. Obvia los detalles, se trata de mí, pero esto te afecta más de lo que crees, esto es onmibiográfico de la misma forma que todo muere, o, como decía Wallace, todo es agua.

200

La gran pelota azul

A la gran pelota de playa azul no parece quedarle mucho para estallar, aunque solo a cierto nivel. Nos gusta acelerar el proceso, pero sobre todo amamos los procesos, y si son impuestos, mejor. Es la gran pelota de playa patrocinada, hinchada también de dislates verborreicos como éste, palabras esquinosas que no consiguen pincharla nunca, intento tras intento. Palabrería masturbatoria, plagada de palabras “sucias” y elevadoras de lo “decadente”, con la consciente o inconsciente esperanza de siempre de escandalizar a la chica que sea, de bonitos pómulos, que enrojece, enrojece, en “secreto”, otro proceso inútil más que echar al montón de la retórica onanista. Siguen rebotando los intentos de acaparar admiración ajena a la que “ningunear”, todo con la excusa “inconfesable” de buscar amor (el mismo a veces más intoxicado y falso que el dinero). Nunca sabes bien quién puede amar de esta manera el arte, o quién busca solo la elegante pose, o quién quiere de verdad ayudar a reventar la pelota de playa azul, poco dada a impresionarse por lo que acontece en ella, pero seguro siempre con una media mueca de aburrimiento al ver cómo muchos inflan el ego por el proceso de condenar las desgracias, o por la vía de creer que el ser humano puede llegar a estar ni cerca de hacerle un rasguño. Ese ser humano siempre crecidito que cree que va a trascender la existencia de todo un planeta. Un planeta que pronto solo hará que sacudirse la caspa de los hombros tras una pequeña velada con humanos, todos con fecha de caducidad incierta pero inevitable.
Menuda monserga. A esto me refiero, eso debe pensar la gran pelota de playa. Menudo fatuo intento (otro más) de vete a saber qué. Al final esto es, en el mejor de los casos, la mayoría de veces, sólo un logro plástico, un jugada de Jordan amagando el pase, saltando hacia el aro, flotando, bajando el balón en el aire y dejando una bandeja imposible mientras le empujan hacia el suelo. Y ni eso, eso ya es mucha poesía para la que se suele conseguir engordando, aporreando el teclado ante la fina pantalla, poseedora de no mucha menos alma que la mayoría de escribientes.
Menudo descrédito mediocre hablando sobre el descrédito… La mayoría de veces el sonido del teclado posee mucho más dinamismo y sentido que el “contenido” que ayuda a generar. En el fondo amas a los árboles porque amas el papel. Ves a una chica llegando al sitio de veraneo al que la han arrastrado sus padres. Siempre suele ser una chica si te crees un hombre, porque siempre parece más bonito así, infla más el ego, y vuelve a ser onanismo incluso en mayor medida que la clásica paja de porno y kleenex.
Y la chica descubre un libro abandonado en el apartamento o la habitación de hotel o donde sea. A la chica, hija de su época y educada para los galones, no le gusta una mierda leer, claro, pero se engancha a ese libro que escribiste cuando aún creías que podías aportar sentido a tu vida, al globo vacío de la vida de muchos. Hordas. Cuando aún creías que podías hacerlo de determinada manera, y que de algún modo ese hecho no sería pasajero, sino que ayudaría a minimizar ese porcentaje de la población que cree que lo correcto es primero pisotear los hormigueros, luego la propia alma, y luego a los demás.
Así que la chica encuentra un ejemplar de tu libro; tú quizá ya hayas muerto, o malvives, porque decidiste escribir, y alguien alguna vez quiso publicarte, alguien que quizá ya haya muerto también, o malviva. Pero aunque todos los que se te acercaron y confiaron no hayan tenido mucha suerte, ahora esa chica lee en papel todo eso en lo que tú querías creer que ponías el alma, y se siente inspirada con ello, puede que algo extrañada, pero confortada de algún modo. Sin duda tu material ceba su creciente desconfianza por la lógica de sus padres, por el mundo adulto, por sus normas aparentemente inamovibles y, según parece y actúan, inmejorables. Le huele a chamusquina ese mundo adulto estando ella a las puertas del mismo; extrañamente, presta menos atención a su móvil, y de un modo inconsciente descubre que el libro, ya amarillentas sus páginas, no se cuelga, no le falla, no emite ruidos, no exige ni ordena ni compara ni se mofa, no la humilla y juzga como lo académico; más bien grita, como puede, ronca la voz, y juega, algo similar al sexo, a la confianza total, tan poco aconsejable fuera de sus páginas; es una relación íntima entre tú, quizá ya muerto, y ella, recientemente desvirgada por un gilipollas, siempre en las trincheras con exámenes y ametrallada a comentarios graves sobre su supuesta ignorancia sobre la suerte que tiene, sobre que es una desagradecida por no sonreír, por no hacer siempre lo que le dicen, por dudar, maldecir a media voz y ser aún una adolescente. Una batalla interior que se libra quizá entre su yo real y el yo que otros quieren fabricar, un choque con el que ella siente no puede lidiar. Una jodienda como un piano de la que la gente se ríe a mandíbula batiente, todos con ese deje de experimentados… Se vuelve a cerrar el círculo, y la siguiente hornada de buenos chicos y chicas comienzan a estar listos para acatar la inercia reinante.
La única vía de escape, es la de alguien que te guiñe de vez en cuando a través de una canción, una peli o un libro, algo externo, susurros que dicen que quizá algunos sabios y fundadores no tengan tanta razón, y que solo les “amparan” las leyes de la ambición. La ambición de cuatro gatos, humanos listos como el hambre, literalmente, que no tienen siete vidas, sino millones de ellas en sus puños, manos suaves de niños adultos que jamás han manejado nada más áspero que bolígrafos; cuya idea de sangrar es cortarse con un folio, cuya filosofía para los demás consiste en el sacrificio del espíritu, el mismo que quizá aún siga medianamente vivo en la chica que lee tu libro, pero que sin duda está (o estaba) comenzando a fenecer.
Tiene algo de agradablemente inhumana la luz del atardecer entrando por cierta ventana mientras ella lee. La mayoría de gente tiene asociados los amaneceres a estar somnolientos camino a labores que odian o parasitan la indiferencia y la apatía activa. Esa gente que va en coche camino a casa, que muchas veces (si no la mayoría) en realidad no tienen ninguna prisa, no quieren Llegar Antes, más bien intentan huir de sus cuerpos, porque aun estando en teoría como deben estar, y haciendo lo que en teoría deben hacer, están hastiados, y pisar el acelerador o jugársela en los pasos de cebra, en el fondo es una forma desesperada de probar suerte a dejarse atrás a sí mismos, al presente, al hecho concreto de que es martes, de que están agotados, y de que ya solo tienen fuerzas para echarse a recuperarse al menos físicamente en pos de volver a comenzar con eso que les tiene amargados. Es un clásico. No fue Eva ni la manzana, es la sencilla idea del vacío interior general y la explotación del mismo. Cuanto menos tengas para dar, más necesitarás hacer Lo Que Sea para no consumirte.
Oscar Wilde dijo: “El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer”.
Algo, por cierto, que siempre se ha podido comprobar en periodos vacacionales; muchas personas, para con las vacaciones, son como ese perro que lucha por conseguir esa pelota de goma que le niegas, que puede estar dos horas de reloj peleándose contigo por ella, ansiando esa pelota de goma, toda una tarde como loco por morder esa pelota de goma, por poseerla… Y cuando finalmente la consigue… la mordisquea, la huele, vuelve a mordisquearla, y en pocos segundos ya no sabe qué coño hacer con ella. Hay seres humanos para los que las vacaciones son iguales. La diferencia es que muchos llenan otra vez el tiempo libre de horarios y cosas que hacer (normalmente viajes), y el perro que ansiaba la pelota que le negabas solo lo hacía por jugar. El ser humano no se alimenta más allá del escaso dinero con el camino hasta las vacaciones, solo lo sufre, se dedica a cazar fines de semana, pero el perro disfruta luchando por su pelota. El ser humano quiere vacaciones para poder dejar de hacer algo que no quiere hacer y que se ve obligado a hacer. La diferencia entre felicidad y tristeza, en esencia, no tiene que ver con las vacaciones o el trabajo, sino con la actividad que desempeñas el 90% del tiempo de tu vida. (Estar vivo es hacer cosas. Y descansar es recuperar fuerzas, no irse a Tenerife.) Igual que un buen trabajo no es necesariamente uno que haces sentado, ni uno malo es el que requiere actividad física. O de la misma forma que la adquisición personal de inteligencia o cultura no pasa necesariamente por la asistencia insistente a clases durante veinticinco años seguidos (aunque nos insistan incansablemente con ello). Lo que dijo Wilde es que la gente que necesita un jefe que les pinche para hacer algo cada día –aunque ese algo no les guste ni les aporte nada–, está vacía. Lo que el sistema ha hecho con eso, es erigir con ello la filosofía que rige y aporta cierta “personalidad” concreta a la sociedad aún vigente. Si la gente divide su vida entre trabajo y vacaciones (sacrificio/libertad), y por tanto pone los estándares de la felicidad y la personalidad propia bajo mínimos, podrás hacer prácticamente lo que te dé la gana con ellos.
Un ciudadano al uso es para el sistema lo que una muñeca hinchable para un sociópata un viernes por la noche. Un agujero practicado en la vagina artificial, y poco a poco nos van llenando de apestoso semen enfermo, el cual se acaba secando, se torna un pegamento efectivo, y lo acabamos usando, queramos o no, para intentar pegar algún día durante la ancianidad los pocos pedazos que queden de nuestra –sobre el papel– masiva dignidad.
La idea –ese algo que la chica que lee tu libro se viene oliendo–, es que debes comprar la moto que te venden en cuanto a que debes asumir que el único modo de vida existente (y realista) consiste en conseguir sentirte afortunado de poder estar la gran mayor parte de tu tiempo básicamente apagado, muy aburrido y/o asqueado siempre que te paguen, para poder seguir la gran mayor parte de tu tiempo básicamente apagado, muy aburrido y/o asqueado. Porque eso querrá decir que has conseguido “trascenderte”, ser humilde, esforzado, incluso patriota, muy responsable, y digno de confianza …
Fíjate. Un Modelo de Conducta de la gran pelota azul; tan ajena a estos micromundos, minúsculos y autoconscientes.
No queda más remedio, te dirán.
Pero ha sido culpa tuya, podrías responderles.
La gente siempre busca una excusa para poner el culo. Se ha tergiversado la naturaleza de la apatía; ahora ya no es una actitud, es hacer la compra, hacer la compra, hacer la compra, hacer la compra, repetir. Ven cómo otros remueven la mierda y cómo por eso la mierda huele más y más, pero cuando les ceden el gran cucharón apestoso, deciden remover la mierda también ellos, para integrarse, disimulando las arcadas, y pensando un miércoles que ya está más cerca el fin de semana.

Una luz crece en la mente de la lectora. Más que una luz, es una gota de algo que se expande y parece eliminar impurezas. Solo lo parece. Como una gota de Fairy en un anuncio falseado de Fairy. Sus padres van de un lado a otro del inmueble de veraneo, es como si continuaran preocupados y muy tensos, siempre intentando seguir en movimiento. Siempre hay una buena excusa, insisto, nunca todo está lo suficientemente limpio, nunca está todo perfecto, y aquí nos jodieron bien, porque la perfección no existe, o bien siempre es subjetiva… Siempre hay algo que se puede cambiar de lugar, algo que puedes empeorar para supuestamente volver a mejorar. Están trabajando, trabajando para poner en pie las vacaciones. Trabajan duro, dan órdenes, reciben órdenes, de sus cerebros, entre ellos, gritan también a la adolescente, que se ha quedado empanada con vete a saber qué libro viejo que se ha encontrado. Hay que hacer un montón de cosas. Hay que ir a la playa, y a pasear, o a pasear y la playa a la vez; por la tarde hay planeada una sesión de un par de horas de esforzada tranquilidad y sosiego, luego hay programada una cita con otra familia conocida que también está veraneando en la zona; luego, un poco antes de la cena, hay apuntada en la agenda mental una hora de espontaneidad, que consistirá en tomar algo en un chiringuito, quizá aún con la familia conocida (aunque los padres de la lectora esperan que no, porque no los soportan); luego hay cena. Luego hay que irse a dormir pronto para madrugar mañana y aprovechar el día para programarlo y llenarlo de asignaturas pendientes. Es la obligación de divertirse a toda costa, porque la familia lo merece, es la obligación de DISFRUTAR. La mamá lleva una cámara de fotos y está decidida a capturar para la posteridad todos esos momentos de felicidad extrema, espontánea y salvaje en los que ella se dedicó a echar fotos.
La muchacha decide ir con tu libro a todas partes. La gran pelota azul no sabe ni de ella ni de ti ni del libro. No sabe de la familia, ni tan siquiera de la otra familia que veranea en la misma zona.
La chica, aún niña (aunque desvirgada por un gilipollas en un lavabo de discoteca pocos días antes, después de unos días repletos de exámenes en los que se jugaba, según le aseguraron, TODO SU FUTURO), estuvo tan excitada y cachonda y liberada después de haber hecho ciertos exámenes en los que se jugaba TODO SU FUTURO –y después de haber follado por primera vez y demás–, que volvió a quedar con el gilipollas una noche saliendo de casa sin que sus padres lo supieran, y volvió a follar con tanta fuerza y rabia y casi nihilismo (sin casi), que el condón del gilipollas se rompió sin que se dieran cuenta. Lo cual significa que ahora la chica/niña/mujer, no sabe aún que está preñada por un gilipollas…
Y así es como todo sigue evolucionando a nivel humano en esta gran pelota de playa que no necesita esteroides para estar hipertrofiada, y cuyo sida planetario es algo para lo que ya hace mucho que los cuerpos celestes encontraron cura: vino de una investigación que consistió en pararse a pensar de una puñetera vez en lugar de estar todo el tiempo cambiándolo todo de sitio, y la llamaron: Tiempo.

planeta

T. era tan poliédrico

Eres tan… poliédrico, decía R. Su novio era T. Se acababan de instalar juntos en una casita; alguien de la familia de él había muerto y la había legado. Era un lujo en los tiempos que corrían, y la verdad es que siempre corrían más o menos los mismos putos tiempos. Nadie nunca ha dejado de decir eso en época alguna; siempre estamos con “los tiempos que corren”. Y ella le decía a él siempre lo poliédrico que era, en el buen sentido y sin ironía; el chico capaz para todo, o más bien sobre el papel, pero capaz para todo, oficialmente. Una de las paredes de la casita lo decía bien alto y claro con diplomas y títulos y trofeos y toda clase de elegantes resacas oficiales. Eres tan poliédrico, T. –le decía con la mirada–, que me cuesta mantener mis bragas (apenas licenciadas) secas cuando estás cerca. Tantas caras tenía T.
T. decía que quería separar el átomo algún día, contemplar el proceso. No solo, claro, pero sí ser uno de esos tíos con bata. T. quería ir al espacio. Ya había viajado tanto que la Tierra se le estaba quedando pequeña. El bonito y majestuoso planeta azul empequeñece si tienes dinero de verdad. T. tenía dinero, sus padres lo tenían, sus abuelos lo tenían, sus bisabuelos lo ganaron; nunca había sabido lo que era contar monedas cuidadosamente, nunca se fijaba cuando le daban el cambio. T. era tan poliédrico sobre el papel, tanto…, y una de sus caras estaba tan podrida de pasta… R. en cambio venía de una familia de clase media que sí contaba monedas y todos se fijaban cuando les devolvían el cambio. Una de esas familias cuya filosofía –consciente o no– era la de disfrutar a toda costa de los pequeños detalles, porque de todas formas nunca iba a haberlos grandes… Alguien dijo que los pobres tienen hijos para tener algo con lo que entretenerse. R. era la tercera, sus hermanas mayores eran gemelas. Una de las dos casi murió en el parto. R. aseguraba que a veces su padre hacía cuentas de cómo hubiese sido la economía familiar de tener solo dos hijas y el recuerdo de una gemela muerta. Los malos recuerdos son gratis, pero que tres chicas estudien y puedan salir y conocer gente es más de lo que pueden asumir muchas familias de clase media.
Los pobres tienen hijos para tener algo con lo que entretenerse, es probable, sí, y no es que los ricos no tengan hijos, pero, digamos que muchas mujeres ricas solo soportan el parto porque no hay modo de tener un hijo biológico clásico mediante una chacha ecuatoriana. T. fue criado por muchas personas; luego sus padres llegaban de viaje de negocios y jugaban con él como el adolescente que llega de clase y juega con la consola. Después el servicio tenía que recoger el estropicio, calmarle si lloraba, limpiarle si cagaba, y contestar si preguntaba. La educación emocional de T. vino de cuidadoras profesionales, y la académica de profesores; en su clase de colegio privado nunca había menos de 35 alumnos, las distancias con la educación pública se acortaban; como siempre, el trato personal era el eterno objetivo, tan poco probable en el sistema educativo latente como un alumno motivado por algo más que la intención de que le dejen todos en paz.

T. era tan poliédrico que uno de sus títulos decía que sabía hablar japonés. Ponía películas japonesas en casa para verlas con R., intentaba traducirselas, pero al cabo decía que o bien el audio estaba mal o bien hablaban demasiado rápido o bien tenían un acento extraño, y que solo entendía como mucho la mitad. A lo que R. le decía con la mirada:
–Da igual, sigues siendo tan poliédrico…
Y activaban los subtítulos.
T. era doce años mayor que R.
Los primeros meses fueron felices en la casita; ella era veinteañera informática, él trabajaba en una de las empresas de su padre. Lo que hacía era ir. Luego volvía al cabo de ocho horas. Nunca entraba en detalles. Pero R. una vez vio su despacho, era como la gran boca cuadrada y perfumada de un monstruo gigante y acomodado de madera, amueblado como un salón de lujo + una mesa de despacho. Las vistas daban al centro financiero de Periferia, un sembrado de rascacielos dignos de Neo Tokio. R. se humedeció cuando vio aquel panorama. R. adoraba la idea que tiene occidente de la felicidad. De ese modo estaba convencida de que podía comprarla.
Todo eso fue un poco antes de que el nidito hogareño cobrara vida.

T. era tan poliédrico que también estaba titulado en parapsicología. Cuando surgía el tema siempre decía que no le interesaba, que solo había hecho una apuesta. Lo que a T. se le daba bien de verdad era estudiar lo que fuera (en el sentido más cuadrado del término), memorizaba, mecanizaba, conocía todos los atajos hacia las notas altas, se hacía amigo de los profesores y, aunque a menudo caía mal a los compañeros, él sabía que lo primero de la lista era presentarse donde fuera con una buena hoja de méritos. Como hijo más de su propia época que de su padre, se había acostumbrado a cierto tipo de limitación existencial, un buen puñado de respetadas bajadas de pantalones frente a una cantidad ridícula de espíritu propio. T. era tan poliédrico como frágiles sus caras. Picaba de aquí y de allá simplemente porque se lo podía permitir, y sobre todo porque no tenía la más remota idea de quién era (y tampoco sabia que no lo sabía…). Sabía que le gustaba comer, vestir bien y follar; el legado ideal de la Revolución Industrial, académicamente rico y personalmente hueco. Un tipo de tío para el que el tiempo no existiría como tal si no pudiera verlo en relojes o dividirlo en tareas que no le apetecen.

Un sábado para el que la pareja tenía programado sexo después de una cena con amigos, al llegar a casa se encontraron la luz de la cocina encendida y todos los cajones abiertos. Nadie había forzado puertas ni ventanas ni había robado nada.
R. se asustó y T. hizo lo que se espera de cualquier T., fingió control y serenidad y llamó a la policía.
La poli no ayudó realmente en nada, porque no se llevó el miedo de nadie a comisaría. Rellenaron algún papel oficial, hubo firmas, hicieron algunas preguntas de perogrullo, se pavonearon con el uniforme, vocalizaron de tal modo que los podías imaginar en la academia aprendiendo toda esa jerga, y se fueron a seguir la ronda y quizá topar con asuntos con los que poder solucionar algo de verdad.
Lo que pasa con los fenómenos paranormales, es que no puedes simplemente remangarte y solucionar el problema, no hay directrices, lo único: llamar por teléfono y llenar tu casa de gente, hablarles con los ojos muy abiertos, asegurar y jurar que dices la verdad, y luego volver a quedarte solo con tu nuevo mundo. Lo que hicieron R. y T. fue racionalizar el asunto. Se agenciaron un sofisticado sistema de alarma, incluso instalaron un par de cámaras en la fachada de la casa. No fuese que el fallo de todas las casas de la historia contaminadas en abstracto hubiese sido la racanería de no gastarse la pasta…
De modo que T. respondió con todo su poder, y su poder era el del fondo de sus tarjetas de crédito, la piel de su cartera, su audacia y solvencia frente a cajeras y cuentas de restaurante.
La primera noche con sistema de alarma nuevo, pocos días después, comenzaron a flotar platos en la cocina, se lanzaban a sí mismos contra las paredes. La alarma se activó, y en determinado momento T. lloraba hecho un ovillo en el salón sin nadie con cara y ojos a quien ofrecer un billete de 50 para solventar la situación.
Pasados dos días, tras una aparición del tío muerto de T. en el espejo del baño, decidieron mudarse.

Se fueron lejos. Obviamente T. tenía capacidad de liderazgo, y decidió que cuanto más lejos, mejor. Se instalaron en una casita en la ciudad de Sonora. Otro barrio residencial que olía a montaña cercana y fajos de billetes de los que la mayoría de gente solo ve en las películas. Durante un tiempo todo marchó bien. El siguiente objetivo del organigrama era tener un hijo. R. aún era bastante joven, pero estaba convencida, no se imaginaba de ninguna otra forma que no fuera teniendo descendencia numerosa y contratando a una buena cuidadora o dos.
Durante meses los objetos de la casa permanecieron inanimados y cumpliendo su función solo cuando alguien alargaba el brazo para manipularlos, como los buenos currantes prestos y maleables de siempre, también llamados dignos.
La pareja se sentía a salvo porque estaban lejos de la anterior casa. R. y T. eran por supuesto de esa clase de personas que creen mucho más en las distancias que en los cambios dentro del propio torso o cerebro. De alguna forma creían que sus extremidades y órganos no eran ya los de la anterior vivienda, que se habían limpiado del pasado y que podían comprarse una percepción nueva cada vez que quisieran. También creían, aunque seguramente de un modo inconsciente, que el movimiento constante suma inteligencia, mata a las personas del pasado y deja abrillantado el presente. Toda esa filosofía parece tener algo de cierto, los nuevos aires y las nuevas esperanzas, los procesos de autosugestión productiva. Pero claro, nadie tiene nunca razón del todo, y a veces de hecho la opinión popular no solo puede estar equivocada, sino también ser el motivo por el que muchas cosas horribles siguen sucediendo en el mundo.

Pasa un año. La pareja había dejado hacía mucho los anticonceptivos; pero no había manera de que R. se quedara preñada. Ya ni tan siquiera hablaban del nombre potencial del crío. A R. le gustaba J. si era niña y W. si era niño; T. quería un niño, y quería llamarle O.
Compraron libros y más libros sobre cómo mejorar la calidad del semen, sobre posturas femeninas poscoito para echar un cable a los espermatozoides, etcétera. De repente tenían un problema que no sabían cómo academizar para obtener al menos la ilusión de resolución. Fue justo la mañana en que iban a ir al médico (T. empezó pero no acabó la carrera de medicina), cuando T. ya no despertó. Su cuerpo yacía dormido, latía, respiraba, pero parecía estar en coma.
R. no estaba acostumbrada a afrontar problemas ella sola, sonó histérica al llamar a un médico, y básicamente lloró durante horas.
Los profesionales, los más de diez reputados profesionales que fueron consultados, coincidían en que no sabían qué diantres le pasaba a T., y tras balbucear jerga médica y acalorarse ante el desconocimiento de la situación, tartamudeaban diciendo que de momento solo cabía esperar a que volviera en sí por sí mismo. Todo estaba correcto en él, a excepción de que reposaba como un vegetal que no reaccionaba ante nada. Tanto los padres de T. como los de R. acudieron a hacer compañía a R. Todos se turnaron haciendo guardias durante tres semanas ante el cuerpo de T., que pasó a ser alimentado por vía intravenosa.
Veintisiete días de postración después, durante una guardia de la madre de T., algunos objetos flotaron y el cuerpo de T. comenzó a levitar, mientras repetía con voz alta y clara algún tipo de mantra en una lengua extranjera. La progenitora era religiosa, pero una de esas mujeres de clase alta y bipolaridad moral. Comenzó a gritar, aterrorizada, mientras el cuerpo de su retoño bajaba nuevamente y se depositaba en la cama.
No había sido una pesadilla.
Es sabido que en nuestra cultura, cuando los médicos comienzan a no entender nada –debido a que la ciencia seguramente solo ofrece explicaciones para un porcentaje ínfimo de TODO lo que existe y sucede –lo que hacemos es llamar a outsiders de la vida que conocemos. Luego, creamos o no, recurrimos a curas.
T. comenzó a insultar a todos, se le ató a la cama, decía cosas terribles, se ofrecía sexualmente a su madre, amenazaba a todos, y obviamente no era él quien hablaba.
–Mami… ¿Mami? ¿No quieres hacerle una mamada a tu nene…?
Entonces ya todos estaban siempre en la habitación, esperando al siguiente parapsicólogo o estafador.
–Mami… ¿no quieres comerte la polla gorda de tu nene? Uh, bueno, no es tan gorda, pero es tan sentida, lo importante está en el interior, ¿no?…
A menudo hablaba también en otros idiomas, pero aquí el problema era que el propio T. sabía muchos idiomas, al menos chapurrearlos, y también algunas lenguas muertas. La primera personalidad relacionada con la Iglesia pidió tener todos los papeles y documentos que acreditasen los títulos y méritos académicos del muchacho.
–¿Arameo? –le dijo a R.
–Creo que sí… pero creo que a veces infla un poquito el currículo…
–Ya…
–Pero…
–Ya… Verá. Lo que pasa es que necesito un permiso, y también ayuda para practicar un exorcismo. Conlleva un riesgo no solo para el afectado, sino también para los de su alrededor…
El hombre, una personalidad religiosa de Sonora, explicó que todos esos sucesos extraños de la otra casa seguramente estaban relacionados con cierta clase de demonio cuya naturaleza tenía tendencia a la posesión, y al cual le llevaba un tiempo habitar el cuerpo que eligiese. La clave era el cuerpo, no su localización. Lo rondaba y estudiaba. También añadió que la naturaleza de tal ser era la de “ángel caído” (entrecomilló en voz alta), y que era muy probable que tantos títulos y méritos académicos no hubiesen ayudado a T. si estaban expuestos, y no, por ejemplo, guardados en un cajón. Se explayó tratando asuntos sobre demonología.
–Mami es una puta… Mami es una puta… Mami es una puta… –Era el nuevo mantra de “T.”. Luego se entretuvo en descripciones detalladas sobre el pene del muchacho.
–Bonita… –decía, dirigiéndose a R.–, ¿de verdad sentías algo con esta pollita? De todas formas sé que fingías la mayoría de veces. Mucho dinero en juego, ¿verdad, bonita?
La voz no era muy distinta, pero sí tenía un matiz ronco, algo que se fue acentuando, porque ese ser no dejaba de hablar y hablar.
–Una polla así no podría embarazar ni a una perrita. Ni diez centímetros. El tamaño no importa, ¿verdad?, pero quizá sí cuando casi ni hay tal cosa llamada tamaño… El centro financiero de Periferia, ¿eh?, grandes casas y oficinas, grandes coches y barrigas, grandes planes y ricas tarjetas de crédito…, y abundancia en pollas pequeñas.
–¡Calla! –gritaba la madre de T.
–Como una polla pero más pequeña… ¿Como la polla de papá? ¿Vais a pegar a vuestro hijito?
El religioso explicó que podías mudarte y convencerte de que dejabas atrás el pasado, pero las cosas no funcionaban exactamente así, o solo lo hacían bajo autosugestión. El tiempo y la distancia tal y como los concebimos, dijo, al final solo son una ilusión, ridículas conclusiones humanas. Si un demonio (u otro) existe y ha decidido relacionarse contigo, aunque te vayas a vivir a una estación espacial tendrás que afrontar el problema. Un problema que no se soluciona ni con dinero ni con cabezonería, dará igual lo mucho que madrugues o lo mucho que hayas atesorado, porque tendrás que pensar en conceptos como la existencia contemplando toda su complejidad, y sin la manía de obviar las cosas malas o que no entendemos.
Los días se estaban diluyendo, nadie dormía, solo echaban cabezadas. La persiana de la habitación de T. estaba cerrada porque ese ser reaccionaba con violencia cuando atisbaba luz del sol.
–¿No quieres que te folle el culo con esta pollita…? ¿No sabes que es la fantasía de tu T.?
Se cebaba con R. Hablaba y hablaba dirigiéndose a alguien en concreto hasta el borde de desquiciarle. Conocía toda clase de detalles íntimos; había vivido siempre con ellos, en Periferia y en Sonora. Habían compartido vivienda como tres estudiantes sin saberlo.
–Así, por el culo, bonita, así a lo mejor sentirías algo, ¿no crees?
¿Qué habían pasado?, ¿cuatro?, ¿seis días? T. no dormía ni estaba del todo despierto, sólo maldecía. El primer religioso trajo a otros dos, consiguieron el permiso de Roma, leían en voz alta textos seleccionados, fotocopiados. El religioso al cargo se llamaba Y.
El señor Y. acompañaba a la familia en el salón, se sentaba con ellos, intentaba contestar sus preguntas, estaba muy versado en teología, obviamente, pero también era un experto científico, no daba cosas por sentado ni veía una sola solución segura para nada. Decía que aquí el problema básico era que lidiaban con el secuestro de una mente y un alma íntimamente apegados a cierta forma de entender la vida. Cierta estrecha forma de entenderla. Lo cual era una ventaja, un caramelo para cualquier demonio, o “demonio”. El problema era que no estaban enfrentándose a nada conocido, ya fuese un proceso abstracto, espiritual o mental. El problema era que había una pequeña pero factible posibilidad de que el rival aquí fuese la eternidad, y todo lo que no sabemos de ESO que fluye, de lo que formamos parte lúcida por un tiempo, y luego por siempre en forma de materia, pero que aún no hemos descifrado. El ser humano se ha creído su papel de milagro de la naturaleza, pero se lo ha creído tanto que ha arrinconado misterios insondables en los que solo depara cuando se le meten en casa, o en el cuerpo. Esto viene de fuera o nace dentro de nosotros, pero, como sea, no lo entendemos, y como no podemos cifrarlo ni clasificarlo, lo que solemos hacer si no nos afecta es, sí, reírnos… Luego quizá un día se acaba la risa; y llega no solo la desgracia, sino también el potencial rechazo de todos aquellos que aún querrán creerse con la mente ya perfectamente amueblada.

El exorcismo, o la pantomima del mismo, duró 62 días. Era imposible controlar el cuerpo de T. Acabó muriendo de puro desgaste, como alguien que anduviese perdido en un bosque del que no sabe salir, solo que esta vez ese alguien estaba perdido en alguno de los recovecos de los desconocidos nichos de nuestra existencia; todo –irónicamente o no– después de haberle puesto parámetros a tantas cosas que no solo se le consideraba alguien válido, sino, académicamente, casi un genio. Un genio sobre el papel. Uno de los dos curas que leía y leía, estuvo a punto de morir tras un golpe terrible; acabó ingresado en el prestigioso Hospital Placa-Base de Periferia.
No fue tanta gente como se podría esperar al entierro. Muy pocos ex compañeros, y solo un profesor. Los demás, las familias de R. y el propio T. Era un día nublado. Las noches, la visión de las estrellas, nunca fueron iguales para ellos a partir de entonces. Ya no eran exactamente ateos, ni tampoco creyentes, comenzaron a no creer tampoco en ciertas instituciones al margen de lo religioso, y, lo peor de todo, advertían que habían descubierto algo muy importante sobre la existencia, algo que no sabían cómo explicar. El mero hecho de intentarlo solo traería mofa y escarnio. La posibilidad de que el ser humano de cifras, burocracia e industrias, fuese solo la larva de algo mejor, bueno, al menos era una bonita idea, algo con lo que no sentirse tan mierdecilla ante la eternidad.

gafas cámara.

Regurgitando (5 de 5) – Los siete nombres

Me has visto desde siempre, y no lo reconocerás casi nunca, pero me has amado tanto como el entrañable y aceptado currante pasivo que eres. Multitud de veces me viste ya en los ojos amorosos de tus padres: usé como vía la ignorancia disfrazada, bendita y popular ignorancia vestida, la exitosa coca-cola de las filosofías. Solo un poquito más tarde me viste en números y letras, poco después de tu alfabetización. Dejarte saber leer y contar era algo necesario, igual que detenerte en ese preciso instante. Te hablaron de mí como antagonista, y ahí estuve también cuando pensaron cómo deberían tenerte en cuenta (o no) como persona; vuelve a fijarte cuando unos preocupadísimos progenitores le pregunten a su niño de malas notas si es que no quiere «ser Alguien». Estoy en las obviedades y en las cosas que decía tu abuelo y que tan orgulloso subrayas para no tener que decir cosas propias. Estoy en la sabiduría precocinada, recalentada, en blanco y negro y amedrentada. Estoy en los días de exámenes y en las entrevistas laborales, macerando aún el que sigas pensando que pensar por ti mismo es una mala idea. Sigo en tus lunes y me disfrazo de Lolita guarra los viernes y sigues picando con escandalosas erecciones. Te reordeno las capitales prioridades y sigues creyendo cuando vuelves que están justo como las dejaste. Es tan fácil espolearte, entretenerte y desapasionarte. Media vida intentando «ser Alguien» sin saber que ya lo eras, y la otra media sospechando qué mierda ha estado pasando. Han corrido ríos de excremento y ni te has dado cuenta, y solo tuve que dejar ir un chorrito de perfume de entrepierna, o un poco de rico líquido de sábado, o simplemente ha bastado con lanzar la pelotita para que fueras otra vez a traérmela. Sabes que dicen que tengo siete nombres, pero no sabes que soy colega del protagonista al que antagonizo. Estoy por supuesto en todas las banderas y se me sigue dando de maravilla que la gente las siga amando por enteras. Estoy en todas las fronteras, literales e imaginarias, y aunque me mee cada día en las jerarquías tú seguirás respirando tranquilo si te va mejor que al vecino. Estoy en la culpabilidad que viene de serie con muchas actividades relacionadas con la libertad pura. Estoy en la burocracia, más que nada por que SOY la burocracia, y por esto tenía sentido que leyeras y contaras, para poder saber que siempre ibas a ser un número o una letra (y, cómo no, sentirte orgulloso de ello). Y qué bien te llega de todas formas la espuma del mar a los pies o el orgasmo vaginal a la columna vertebral. Pero estoy también en tu principal miedo, que es el de tener que dar un paso solo sin que nadie te pinche para que lo des. No por algo has estado hincando codos y siendo lo que llamas responsable. Eres la pieza de un puzzle inmenso que es la foto de mi horrible cara, mi venoso cuerpo y mi dolorosa polla de entre semana. Solo me basta con levantarte el sol otra vez o escondertelo a lo rojo para que enseguida creas que la poesía es sólo para el tiempo libre; que tú mismo, para ti, sólo eres para el tiempo de asueto; que así es como ayudas de verdad al mundo y a ti mismo. Me basta con poner distancias (no siempre muy largas) entre tú y la desolación para que la misma no te afecte en modo alguno. Me basta con unos pocos kilómetros y, aunque lo seas, no te sientes responsable de nada. ¿Y cómo podrías serlo tal y como te cae ese pedazo de abrigo, o esa corbata, o esas monísimas braguitas que solo le enseñas a tu modélico novio. ¿Cómo puede haber nada tóxico en ese polvo? La verdad es que me he aburrido durante siglos, porque ha sido tan fácil… tan inértico. Tan positivamente nazi. Como aquellos paseos arriba y abajo de los judíos cargados de yunkes; solo había que perfeccionar ese sistema, ampliar el campo de concentración; y procurar que el fatalismo sonara exagerado, pesimista, derrotista, afligido. Procurar que el no encajar fuese para todos cosas de cobardes, que entrar en el molde fuera cosa de responsables, y que la autopista al infierno fuese solo la cubierta de un LP heavy. Y ha sido, repito, tan fácil, ha sido tan sencillo quitarse el condón sin que Eva se diera cuenta, tan rápido parcelar el paraíso, convencer a todos de que hubo paraíso, acojonar a todos con la sempiterna barbacoa del infierno. Ha sido como repartir folletos sobre el arte justo para que todos piensen que no existe, para que piensen que son minúsculos y que la dignidad viene con notas o nóminas o contagiarle alguna mierda a la reina del baile. Te envío un saludo, quizá desde arriba o desde abajo, aquí estamos todos bien, gracias, la inexistencia es plácida, no nos acobardan las ideas que tenéis, siempre vamos varios pasos por delante. Ahí os habéis dejado algo de césped por cortar. No dejéis la labor y el sacrificio. No dejéis de estudiar lo práctico. No os dejéis cambiar.

rub

Regurgitando (4 de 5) – Al pie de la escalera

Mi colega Oriol cae rodando por las escaleras. Es una caída aparatosa. Bajábamos no pocas personas del primer piso en el que está el bareto llamado Goliat. El Goliat tiene ese concepto de edificio viejo reconvertido en nido indie. Techos altos y música bastante respetable; aunque una acústica con la que resulta muy difícil siempre saber qué canción está sonando. Todo es ruido, el murmullo de la gente se mezcla con la música se mezcla con el alcohol, etcétera. Si buscas tranquilidad y cierta comodidad, aquí tampoco encontrarás nada de eso. Puede que un bonito dolor de cabeza si insistes mucho en creerte lo que te intentan vender. Lo único es que hay muchas tías, y tíos, gente joven, la vaga posibilidad de sexo, o rollo, o líos. O peleas. Pero nunca hay buenas peleas, el veneno solo es verbal. Por otro lado, si ya hay una chica en la que piensas todo el tiempo, el resto se acaban convirtiendo en bonitos y simpáticos conos de autopista. Me pasa a mí, y también a mi colega, aunque por suerte no con la misma chica. La cosa está en que la de mi colega iba por su cuenta unos escalones detrás de nosotros con sus amigas cuando Oriol se ha pegado la hostia de su vida. Creo que ha sonado el restallido de algún hueso quebrándose. Ha quedado tendido al pie de las escaleras, boca arriba. Yo estoy acuclillado a su lado. Las muchachas se han quedado paralizadas más atrás. Más gente se ha unido a ver qué ha pasado. Todos esos teóricos modernos pacifistas siempre en busca de sangre… Alguien dice que uno de los empleados del Goliat ha ido a llamar a una ambulancia.
–Tío, ¿cómo te encuentras? –le digo en voz baja.
–¿E… ella lo ha visto?
–¿Qué?…
Ella se llama Mabel, conoce a Oriol desde los cuatro años. Ahora tiene 25. Hace años que no tienen trato directo alguno. Hubo alguna tentativa de salir juntos en la adolescencia, pero ella siempre tiene algún novio o semi-novio desde que a los catorce años comenzara a atisbarse en su cuerpo algo parecido a una mujer. Tuvo ya pecho cuando aún había críos de su edad que llegaban con la cara manchada a casa.
–Eso da igual –le digo–, creo que no se ha fijado, iba hablando con sus…
–Tío…
–¿Que vas a hacer, te vas a echar a llorar…?, han llamado a la ambulancia, preocúpate por eso ahora…
Hablamos a media voz, llega bastante ruido de guitarras de arriba. Estamos en la especie de vestíbulo del lugar, cerca de los portones abiertos de madera que dan a la calle.
–¿No me dirás que te has tirado queriendo para que te viera…?
–Oye, es que…
–Eres gilipollas, en serio…
Echo miradas poco amables a hipsters que se acercan para hacerse los preocupados y así quizá demostrar sensibilidad ante las chicas circundantes. Intento quedarme yo solo con él en la medida de lo posible.
–No podías hablar con ella… Tenías que llamar la atención como si tuvieras cinco años, ¿no?
–…
–En parvulitos esto solo era un chichón, pero aquí te has podido hacer daño…
–Me duele el hueso del culo…
–Dime al menos que sientes todo el cuerpo…
–Hace años que sólo siento…
–Déjate de mierdas.
–Claro que siento todo el cuerpo, joder, más que nunca…
Los segundos pasan a cámara lenta. Se oye una sirena y por un momento nos pensamos que es la ambulancia, pero es demasiado pronto, son los bomberos, pasan a toda leche por delante del edificio y se detienen enseguida. Por los portones abiertos se ve a gente caminar por la calle con la cara iluminada. Alguien dice que muy cerca ha echado a arder un edificio.
–Mierda… –dice mi colega al enterarse.
–Mierda qué.
–Nada…
–Mierda qué, tío…
–Aquí cerca vive ese capullo…
Se refiere a Rafa. Rafa es otro pretendiente histérico y añejo de la muchacha.
–No sé qué quieres decir con eso…
–¿Antes estaba aquí, no?
–…
–Me ha visto a mí, y la ha visto a ella…
–Tío, ese… ese capullo tiene novia, pero aún no sé de qué mierda hablas…
–Su novia es un cono de autopista, y no estaba hoy, y él tiene ese puto piso de alquiler, y se iba a mudar, …
–Tío… Si no te conociera pensaría que me estás diciendo que ha quemado su piso para llamar la atención…
–…
La rivalidad entre mi colega y ese capullo es legendaria entre los que les conocemos. Absurda y legendaria.
–No creo que nadie quiera quemar su piso de alquiler por una tía.
–No es «una tía»…
–Ya, ya…
–Tú también…
–Ya, ya…
–Es que…
–Pero no dejan de ser tías…
–Hace años que ni me mira, tío…
–Tú tampoco haces mucho por que te mire…
–Vete a la mierda…
–Es la verdad.
–Es por el nombre, estoy seguro.
–¿Qué?
–Mi puto nombre. Oriol, joder… Oriol es nombre de crío, tío, nadie debería estar obligado a seguir llamándose Oriol después de los siete años…
–Los golpes te han jodido la cabeza…
–Esos son los detalles que cuentan, tío, esos detalles condicionan lo que la gente hace y no hace… Por eso nunca se ha decidido. Porque tengo nombre de crío. Oriol Casademunt… tiene gracia si tienes tres años, pero no con veintiséis…
–Espera aquí un momento…
Un chico con bigote y sombrero de unos veintipico años se acerca llegando desde un grupo de chicas con las que (seguro) no ha mojado. Le señalo amenazante.
–¡Fuera…! –le grito.
Voy y me asomo para ver qué pasa en la calle, y vuelvo a acuclillarme junto a mi colega.
–El edificio que arde no es el que tú crees, ¿ya estás contento?…
–… Ha podido quemar otro, hay viviendas abandonadas aquí al lado…
–Estás paranoico, a ver si llega ya la puta ambulancia…
–Rafa está loco, tío, tú no le conoces. Está a un tris de hacer alguna idiotez.
–Está a un tris… Igual no es el nombre lo que falla, tío…
–Sabe que haciendo algo así puede dinamitar cualquier situación potencial que pueda darse en toda la calle. Porque todo el mundo va a estar pendiente de…
–Pues Mabel sigue ahí al lado con sus amigas… creo que duda, no sabe si venir a verte de cerca.
–Con tu manía de ahuyentar modernos no me extraña que…
–Me ponen a parir, es que… pero no me meto con las tías, lo sabes…
–Dios, me duele cada vez más el culo…
–No ha sonado bien cuando rodabas…
Llega un ruido atronador desde fuera, y todo el Goliat tiembla… enseguida sabemos que parte del edificio en llamas se ha venido abajo. Llegan gritos de los bomberos. Algunas de las amigas de Mabel bajan las escaleras y pasan junto a nosotros para ver el follón de fuera.
–¡Aaah! … joder, duele…
–¿Te duele de verdad o estás…?
–¡Me duele, joder!
–Vale, vale… Solo podemos esperar a la ambulancia, ya lo sabes…
Hay gente que pasa junto al Goliat y ven a mi colega en el suelo. Creo que lo asocian al incendio. La mayoría de gente no está acostumbrada a que pase nada realmente emocionante en sus vidas, y cuando topan con una noche así la imaginación se les activa y les traiciona; no es un músculo muy activo en casi nadie.
A Oriol le entra llorera;
–Tío, qué hace ella…
–Creo que sigue dudando…
–No quiero llorar, tío. No quiero llorar y llamarme Oriol y que ella lo vea…
–Quieres que…
–No, joder, no le digas nada…
–Creo que está preocupada por ti…
–¿En serio…?
–Creo que no sabe si acercarse porque no sabe si quieres que se acerque…
–Joder…, yo tampoco lo sé… Déjame un kleenex, ¿tienes un kleenex?
Oriol se limpia la cara y los ojos. Intenta arreglarse un poco el pelo con los dedos. Yo estoy tapando todo el tiempo de forma que ella no puede verle bien la cara a mi colega.
–Tío –le susurro–, si quieres le digo algo…
–Espera, aún no…
Entonces sucede algo inesperado. La chica que a mí me gusta llega con su novio y entra en el vestíbulo. Solo hablamos de vez en cuando, es también conocida desde hace años, aunque no desde la infancia. Ella es más digital que real en mi vida. Pierdo toda perspectiva de lo que está pasando. Con ella y su novio llegan dos tipos muy hipsters, tanto que no deben escuchar a ningún grupo que yo conozca ni vaya a conocer. Llevan sombrero y bigotes y algún tatuaje, chaquetas de tweed, y al ver chicas por todos lados enseguida se acercan a mi colega en modo moribundo y se acuclillan interesados. Yo ya no puedo ser yo, sólo actúo en relación a lo que a Ella le pueda parecer bien respecto a mi atención por ella. No puedo hacer nada que se pueda considerar ni de lejos acorde a dar a entender que ella solo me parece una amiga. Me pongo de pie y paso por completo de mi colega.
–Tío… –me dice, pero ya ni le oigo de verdad, y le dejo en manos de los modernos. Uno de los dos dice que es enfermero o algo por el estilo (aunque enseguida añade que está acabando no sé qué carrera). Yo tengo todos los sentidos en mi diálogo con Ella. Fuera sigue vivo el incendio y la ambulancia aún no ha llegado. El novio de mi chica es igual de hipster que cualquiera aquí, y tiene como diez años menos que yo. Le lanzo una pequeña mirada de asco “involuntaria”. Ella se ha puesto roja. Mabel se ha decidido y ha bajado las escaleras para socorrer a Oriol, ha decidido librarle de sí mismo.

tumtum

Regurgitando (3 de 5) – La película

La película encaja con el cliché de la comedia romántica americana de los últimos diez o quince años, en la que una chica busca su primer trabajo (“serio”) después de haber estudiado cada día de su vida desde los dos años (o algo por el estilo). Varios idiomas, carrera, puede que máster, un bagaje sentimental de estar no tanto en la veintena como en los 55, y la búsqueda del “hombre definitivo”, normalmente diez años mayor y con físico de haber ido al gimnasio cinco veces por semana desde los 18. El prototipo de mujer moderna y triunfadora, se supone; aunque luego avanza la trama y la vas conociendo, y te das cuenta de que seguramente las amas de casa de los años 50 no eran lo mejor que le ha pasado a la mujer, pero sin duda esa chica de los dos mil tampoco lo es; sobre todo porque básicamente actúa como ese ser que ya es un viejo conocido, que suele ser narcisista, hipócrita, sobrado y estúpido, y que solemos llamar: hombre.
La ocupación que busca la chica, muy consciente ella de que no quiere acabar en un trabajo de bajo perfil de los que ha desempeñado algunos veranos (a sabiendas de que hay una Jerarquía y ella quiere estar Arriba, donde el aire es, dicen, más puro), suele estar relacionado con intentar escribir o diseñar. Escribir sobre ropa o diseñar ropa. La mujer moderna que se nos presenta es como una maruja moderna. A lo que ya tenía de por sí encima la mujer, se le añaden otras tareas. Fíjate en el ambiente cuando llega ese Día de la Mujer…; cuando aún dedican un día a los que son de tu condición, quiere decir que por el momento te van a seguir jodiendo el resto del año. La película disfraza los avances muy relativos del papel de la mujer. De Cuento de hadas. Aunque ahora irónicamente autoconsciente. Esto suele suceder en Nueva York o similares; una mujer moderna siempre vive en una metrópoli, no en una pequeña ciudad, y obviamente un pueblo es impracticable para los tacones o tener variedad sexual. La mujer de la película es también la nueva pija, una versión de la pija que se acepta a sí misma por la vía de llamarse pija y reírse con ello, de la misma forma que algunas se ríen mientras dicen que son unas cotillas sin remedio. No tiene importancia alguna para ellas, y en la película mucho menos. La amiga de la protagonista siempre será aparentemente menos guapa, ya sea por no ser rubia o ser un poco más gordita o… lo que sea. Lo cual es una gran pista para saber que la peli va dirigida a las mujeres, ya que muy probablemente la mayoría de tíos se masturbarían antes viendo las tetas de la amiga… La misoginia y el mal ejemplo subyacente en todo el asunto (teniendo en cuenta que la peli está diseñada para captar al público femenino) es solo otro ingrediente más; y lo es por el mismo motivo que no verás una princesa gordita o una chica en la tele que no parezca una revista en sí misma. Antes todo esto se hacía, sobre todo en ficción, para intentar venderte la moto con “naturalidad”, ahora se hace desde la ironía y cierto reconocimiento de que la película es lo que es, y a la mayoría del público no solo no le gusta el buen cine, ni tan siquiera saben realmente qué es el cine o qué potencial tiene; y lo más importante de todo: no les importa. Y no es que no les importe porque tengan otras pasiones, no les importa del mismo modo que no les importa nada más que no sea comer, follar o dormir. Aunque es probable que no hicieran tampoco un par de esas cosas si no fuera porque básicamente su cuerpo las necesita para seguir vivos y vitalmente desentendidos de casi todo.
Nos dejamos un detalle capital. La chica de la peli no solo quiere proyectar esa imagen de poderío de quien se lo folla y trabaja todo en términos de alto perfil. Además por supuesto también querrá tener hijos. De todos modos no debería resultar muy raro, porque si ni llegada a los 25 ya parece imposible que haya hecho tantas cosas como cuenta a sus amigas con la cara llena de algún potingue y una toalla en la cabeza, uno no debería extrañarse de que pueda lidiar con otra pelota más en el aire. Porque es obvio, joder, que le encantan los niños. No es una desalmada, por más que a veces se comporte así y además lo reconozca y se ría y luego se avergüence y luego se ría de estar colorada y aunque todo sea un puto cachondeo que en el fondo no tiene puta gracia por “inofensivo” que sea…
Así que es vital encontrar a alguien válido y buenorro con quien procrear al menos dos o tres años antes de los treinta. La chica no solo quiere ser madre, no fastidiemos, obviamente también quiere ser una buena futura MILF. Antes de conocer al apuesto animal de gimnasio con “sentido del humor” y dos carreras y bonitos ojos, ya está imaginando la chulada de fotos en blanco y negro que se hará de la bonita panza embarazada. Solo querrá que llegue sano, no le importará que sea niño o niña, y no dudará en decírselo a sus amigas una y otra vez con el potingue en la cara, la toalla en la cabeza y el cepillo de dientes en la boca.
Se acerca la última media hora de peli y la muchacha se ha tirado como a tres o cuatro tíos durante la trama, pero obviamente se ha fijado más en uno de ellos que en los otros. Curiosamente, a la hora de presentarte a los personajes masculinos, funciona a menudo al revés; y es que para dejarte claro lo muy sensible y sentimental que es la chica (aunque tú a esas alturas ya sepas que es una gilipollas falsa e impostada), siempre habrá un tipo ridículamente guapo junto a otro en apariencia (solo en apariencia y por contraste) más normalito, y puede que un poco descarado o un poco tímido. Así como la amiga normalita de la prota suele quedarse para vestir santos, al final el chico normalito se lleva a la Barbie al catre después de haberle ganado la partida al hortera de Ken (que tú sabes que pegaba mucho más con ella, el muy capullo).
Como en toda “buena” comedia romántica, llega también el conflicto (justo antes del final, que siempre está reservado para la bonita reconciliación). Esto puede pasar por algún detalle que en una pareja mínimamente sólida y basada en la confianza seguramente se solucionaría fácilmente o se pasaría por alto. Pero no estamos ante eso, sino ante el “chico normalito” y la Barbie moderna. Puede que aparezca de repente una ex del tipo o algo así; está en una fiesta y ella se le acerca a él mientras iba al lavabo, le roba un beso mientras nuestra prota lo ve, y drama… La pobre chica prota sale despavorida y llorando de la fiesta. Al llegar a la calle se quita los tacones para transmitir toda su rabia de mujer moderna; de golpe todo su plan con tío bueno, pareja estable y fotos de embarazo en blanco y negro se va al traste.
Luego de eso solemos tener una escena de transición con potingues en la cara, toallas en el pelo y cepillos de dientes, en la que la prota de 24 años cuenta a sus amigas que se hace vieja y que se va a quedar sola y que va a ser una desgraciada anciana de las que viven con doscientos gatos en una mansión, etc., etc., etc.
El resto ya lo sabemos. Al final resulta que aquella chica era prima del tipo, o algo por el estilo, ¡ay, un malentendido!, y finalmente la Barbie puede respirar tranquila y seguir llevando a cabo su plan monógamo al estilo Disney + mamadas bajo las sábanas.
Luego salen los títulos de crédito, a menudo retorcidos y barrocos como los posts del blog de una quinceañera. Nunca antes (o después) un coche atropella un martes gris a la Barbie y la deja en silla de ruedas. Ni resulta que el tipo normalito esconde porno infantil en su ordenador, algo que ella descubre a los diez años de casados… Nunca hay abortos involuntarios o muertes súbitas de bebés. O partos que se complican hasta desangrar a la Barbie. Nunca resulta que el tipo normalito era un cabronazo que un mes después de la boda decide freír cada día a hostias a la Barbie luego de emborracharse. Nunca la Barbie comienza a sentirse desgraciada ni entra en una espiral de depresión que la lleva al suicidio. Y tampoco nunca ese noviazgo se traduce en un par de críos y años de aburrimiento atroz ante la tele viendo comedias románticas de mierda sin pasión real alguna por nada. Y, la verdad, en el fondo es un alivio que nada de eso pase, antes o después de los créditos de la película. De esta película.

kat