La cosa simplemente se había puesto muy fea de repente, era la mitomanía, el cine de los cincuenta; era Billy Wilder y Joe Di Maggio y cada nombre de la órbita biográfica del icono del cine americano, el cine americano de verdad. La imagen de Marilyn tomando demasiadas pastillas, o siendo asesinada, o tirándose a Kennedy antes de que su cabeza explotara en aquel baño de multitudes. Había demasiado material para un mitómano. Freud se hubiera puesto las botas; y encima ella le leía, y a Joyce, a Miller (Arthur, a quien también se benefició, a quien acusó de haber tenido una relación con ella solo por creerla una rubia tonta y no haber tenido nunca ninguna hasta que ella se puso en su camino) etc. Era su imagen con la falda blanca hondeando… Ahora hay pijas de treinta años con su cara tatuada que no saben quién coño fueron Howard Hawks o Joseph L. Mankievicz. Han quedado los llaveros y los pins y las camisetas, los cuadros de Warhol, y cuatro cinéfagos lo suficientemente relajados y abiertos para ponerse una película en blanco y negro un viernes por la noche.
Para algunos, dichas historias son demasiado intensas para quedarse en simples oyentes ante ellas. Pensar en Marilyn Monroe supone aún para muchos una especie de eyaculación precoz emocional constante. Algo así, y única y llanamente en el ámbito psicosexual. Es como tener una vecina atractiva a quien nunca has podido ni oler, como si dicha vecina llevara cuarenta años muerta y continuaras poniéndote cachondo con sus fotos.
¿Quién sino pagaría una cifra obscena por tener una prenda de Ella? Si mañana subastaran un mechón de su cabello, al día siguiente tendrías a un multimillonario masturbándose rizo rubio en mano oliendo pelo de muerta. ¿Que el mechón podría no ser de ella? Eso es lo de menos, el pelo sólo es una excusa para volver a ella. Sólo esa mártir que era el sexo en persona, adicta a la lectura y el psicoanálisis, bastó para que Bruno comenzara a hacer planes. Se dijo a sí mismo: a la mierda. Lo voy a hacer, me dijo, voy a hablar con esa chica, a embaucarla. Yo vivía en la casa de enfrente. El mundo estaba atestado de mujeres, pero muchas ya estaban muertas. Algunas incluso en vida. Puedo imaginarlo. De pequeña un día te miras entre las piernas y no tienes nada. Luego sangras. Después alguien te hace daño, y el siguiente idiota no es malo del todo y te casas porque la gente se casa. Y luego quizá por una paliza, o simplemente porque no pasa nada y ya nunca sales y tu marido es un muermo, estás acabada… O todo eso, o eres una puta, ya seas soltera o cobres por follar o no quieras casarte. Siempre he pesando que mucha gente practica la monogamia en serie a caso hecho; en especial eso es ideal para las mujeres listas y Vivas; es la forma de evitar que las llamen putas, es el modo de vivir acorde a una poligamia políticamente correcta. Yo sé que podría aguantar a algunas mujeres durante muchos años, pero dudo mucho que ellas pudieran aguantarme a mí.
Y no es que esté defendiendo a Bruno, lo que hizo me parece terrible, pero él también estaba intentando buscar la felicidad, y a veces para ser feliz el resto de la gente no debería saber nada de lo que haces en realidad con tu vida.
La chica a la que Bruno quería embaucar tenía esa complexión y esas caderas que para muchas mujeres hoy en día son un auténtico drama. Se llamaba Gloria. Tenía Tetas y Culo; pero esas palabras no definían sencillamente su torso y su parte trasera; eran tetas de verdad, un culo al estilo de los años cincuenta. Era, para mal, el tipo de chica que Bruno necesitaba, el Antes de los anuncios de máquinas de gimnasia, pero sin el blanco y negro y la cara de pena. Era una tía amable y educada, alguien que te saludaba si te habías cruzado más de dos veces con ella; una persona encantadora, viva por dentro, inaceptablemente rellena para cualquier revista femenina actual, y con una sonrisa brillante siempre que alguien le prestaba la más mínima atención.
Lo primero de todo fue una rinoplastia. Después de que Bruno sorprendiera a Gloria volviendo sola a casa de madrugada un sábado, al día siguiente ella amaneció amordazada en una cama dentro de un garaje. Bruno nunca me dijo cómo la metió allí. Pero no es difícil imaginarle metiéndola sin más dada su corpulencia y el metro sesenta de ella… Caminó con su cuerpo a cuestas las dos manzanas que separan su casa de las nuestras. Y cierto es que él había hecho ya unas cuantas operaciones estéticas consentidas con aceptable resultado, pero limar un tabique nasal de forma que te quede igual de redondeado y resultón que el de la chica muerta más famosa de la historia…
Vale, es verdad que yo estuve al corriente del proceso. No hice nada durante esa rinoplastia, ni cuando el retoque del mentón y los pómulos. Tampoco llamé a la policía mientras mi colega de toda la vida le agrandaba sutilmente las tetas a Gloria. Y no dije ni mu durante la ultima operación, cuando se le ocurrió hacerle una liposucción para hacer que la cintura fuera exactamente igual de estrecha que la de Norma Jean.
Fueron tres semanas de enclaustramiento en el garaje. Gloría comía de lo que Bruno bajaba de su nevera. La tenía todo el día hasta arriba de tranquilizantes y antibióticos. Va a quedar preciosa, colega, me decía. Y yo cada noche, durante el proceso, dormía en mi cama como un tronco después de leer L. A Confidential; libro que Bruno me había dejado, y en el que entre toda la trama policíaca había una mafia que se dedicaba a operar mujeres para hacerlas parecer estrellas de cine.
Cuando Bruno hace ya unos cuantos años me dijo que iba estudiar medicina, me sentí orgulloso de él. Pensé que yo era un deshecho, yo no hacía nada por los demás; ni tan siquiera estudié una carrera. Mis padres le ponían siempre como ejemplo. Él veía cine antiguo y leía y salía de vez en cuando con alguna chica mona, mientras yo me mataba a pajas, pasaba de estudiar y cuando leía eran los libros que el propio Bruno me pasaba. Él era mi supuesto ejemplo a seguir. Fuimos vecinos de pequeños, después compañeros de piso, y ahora vivimos ventana con ventana.
Por las noches a veces llegaban ruidos apagados del garaje durante el martirio. Se encendía una luz en el segundo piso y al cabo de cinco minutos ya no había ruidos. Bruno quería ser el Ives Montand de la nueva Marilyn Fankenstein. Pretendía que después de las operaciones, y una vez ya fuera del garaje, ella se enamorara de él.
Por aquel entonces, cuando mi madre me llamaba por teléfono una vez a la semana, seguía preguntándome por Bruno, y por qué yo no había querido ser como él.
No sé si no hice nada porque no, o porque Bruno se estaba hundiendo y yo no conocía a esa chica lo suficiente como para querer salvarla. Es fácil contestar Bondad si te preguntan, pero cuando te ves en una situación extrema lo más probable es que quedes paralizado si no te afecta directamente el asunto. Nadie quiere líos, y eso incluye la desgracia del prójimo.
Bruno el ejemplar se estaba llenando de mierda hasta el cuello. Era una sensación emocionante y la situación a la vez era terrible para alguien inocente. Era quizá el motivo directo por el que Marilyn pudo irse al otro barrio por su propio pie. Si lo único que iba a ver todo el mundo en la vida eran Tetas, entonces quizá esforzarse y luchar era inútil sabiendo que algún día todos envejecemos. La muerte es lo de menos, lo jodido para ella debía ser la imposibilidad aparente de ser algo más en su momento que una chica explosiva mandando besos desde el ultimo escalón antes de entrar en un avión, o saliendo de un hotel, o de su casa, o de donde fuera. Todo venía a ser lo mismo, el cambio de impresión ajena no era una posibilidad; llegar tarde a los rodajes y sus constantes contratiempos no parecían ser más que la única forma de reivindicarse y joder a los demás que se le ocurría a cambio de que todos la llamaran entre líneas Puta de Alfombra Roja.
El día en que Gloria quedó “lista”, Bruno quiso que yo estuviera presente. Quiso que viera el resultado de sus horas extras en homenaje a la mujer de los cincuenta. El puñetazo contra la estética de pasarela: la obsesión feroz por el mito de “La tentación vive a arriba” que guardaba la ropa interior en el congelador.
El peor momento de mi vida. Bruno apartó las vendas. Sujetó a la chica intentando enderezarla. Decía que aún estaba algo hinchada. Ella balbuceaba palabras inconexas. Estaba blanca y roja y enferma. No se parecía a Marilyn, ni tan siquiera a esa foto terrible en la que se la veía ya muerta.
Él enseguida vio mi cara de estupefacción. Dejó a Gloria en la cama, de golpe; ella cayó boca abajo y así se quedó. Respiraba y poco más. Bruno se sentó en el suelo y se llevó las manos a la cara.
Comenzó a sollozar.
En el garaje vi que había también un televisor y algunos dvd’s, películas de la Marilyn más brillante. Estábamos rodeados de artilugios quirúrgicos. Yo pensé en todos esos coleccionistas de objetos. En el piano blanco que solía tocar ella, que llevó consigo buena parte de su vida allá donde vivió.
Y ella dijo: “En Hollywood te pueden pagar mil dólares por un beso, pero sólo cincuenta centavos por tu alma”. Y puede que sólo fuera un caso de narcisismo atroz. Pero también puede que no.
Pasarían años antes de que tuviera valor para volver a ver una de esas películas. Años llenos de flashes de Gloria la rellenita, la optimista torturada. Bruno había hecho todo lo que le habían dicho en la vida. Quizá Gloria fue su forma de explotar. Hay quien se caga en dios todos los días y quien se aguanta hasta que un lunes llega al trabajo o el instituto con una ametralladora. Hay quien aguanta siendo el pipiolo y quien se suicida con pastillas, quizá Norma Jean o quizá no. Decían que Kurt Cobain estaba contento con su vida el tiempo antes de llevarse aquella escopeta a la boca. La percepción que tiene la gente de la realidad a menudo no vale una mierda. Eso me consoló mucho tiempo después de aquel día en el que, al cabo de más de media hora de lloros, Bruno dijo entrecortadamente:
- Tengo que matarla, tío.
[Como el mitómano peligroso que soy, en el video he decidido poner esa escena que nunca viene mal ver otra vez, y a la que se alude en el relato. Y para la foto, y para no cambiar ya de tema, ella otra vez, que para eso está google imágenes. Feliz entrada de año.]
La muchacha atisba ahora por su ventana el horizonte mucho más allá de su código postal. Debido a una concatenación de golpes de suerte, puede decir que la vida es buena y justa. Casualidad geográfica al nacer, acceso a la educación, padres al uso (es decir, incapaces de educarte como es debido, pero inofensivos y cariñosos), varios novios con separación amistosa, currículum aceptable, trabajo soportable, vacaciones trimestrales sin falta…
Dicha muchacha tiene esa mirada segura de haber superado los treinta con una vida occidentalmente intensa, de esa forma en que con sus ojos parece transmitir: “ahora mismo quiero follarte”, cuando en realidad lo que dice es: “follaría indiscriminadamente si no fuera por el Qué Dirán”. El ejemplo a seguir en el que se ha convertido la tiene apostada en un piso bien situado y con buenas vistas. Vive sola, y aunque ni mucho menos le sobra el dinero, nunca piensa en la posibilidad de caer en picado. La muchacha se mira en el espejo si cae en una pequeña depresión, y todos los problemas se van. Siempre ha sido bien tratada en su trabajo, once años en la misma empresa. Es como quien lleva tanto tiempo saliendo con alguien que no se puede imaginar tratando con otra persona. Piensas que todo sigue bien si todo sigue igual.
La muchacha no a conocido el Contratiempo en sus más de treinta años de vida, y siempre ha pensado que es demasiado recta, educada y maciza para que pueda pasarle algo malo.
Y ahora mira por su ventana y saca un cigarrillo y se lo enciende y sonríe sin motivo aparente. Y el tráfico está abajo a nueve pisos y no le molesta lo más mínimo. Su ciudad la quiere y ella quiere a su ciudad. Le viene de repente la imagen a la cabeza de ese vestido de la tienda de abajo que podría comprarse para nochevieja y así quizá poder tirarse a ese amigo de un amigo que tanto la pone para comenzar bien el año. Lástima que el vestido es muy caro y la muchacha sabe que lo correcto es no comprarlo y que a ella siempre le gusta hacer lo correcto, sobre todo cuando dicha acción es pública y se refleja después en números. Y aunque reconoce que no está mal visto hacer de vez en cuando una excepción, también es consciente de que lo que la ha convertido en referente para el poco observador en cuanto a modales, comportamiento y envidia ajena, es justo el no hacer ese tipo de excepciones. Nada de abusar del presupuesto, nada de comer más calorías de las debidas, nada de olvidar cumpleaños. Nada de distanciarse, resaltar o diferenciarse más de la cuenta. Ella sigue cierta filosofía: la clave es saberse mejor que los demás sin que estos sospechen que te sabes mejor que ellos. Nunca deben saber qué pasa realmente contigo, y así al final la errónea y positiva impresión que ellos tengan de ti se convertirá en tu propia opinión sobre ti misma. Diles que no controlas lo que gastas, que comes lo que quieres y que apenas miras tu reloj. Hay que saber vender Verdad; la verdad que interesa vender.
Finalmente decide que no le hace falta comprar ese vestido para poder ligarse y tirarse a ese amigo de amigo que no recuerda cómo se llama pero que hace una semana no dejaba de mirarla durante la cena de cumpleaños de alguien a unos diez invitados de distancia, y con una chica al lado, quizá su novia, o quizá no… En cualquier caso las novias nunca han sido un problema para nuestra heroína. Las cuestiones morales son cosa de cada uno, y muchos de ellos -los tíos- saben perfectamente qué es lo que quieren. Si sus novias no han sido capaces de elegir bien, ella puede utilizar a esos capullos cuales kleenex, y punto, ya que no va a tener nada serio con un idiota que le pone los cuernos a su pareja a la primera oportunidad, por muy buen partido que parezca.
Pero una polla es una polla, y bien sirve para unos cuantos polvos ya esté en la entrepierna de alguien apto para una relación larga o en la de un gilipollas. Un orgasmo no entiende de moral o clases sociales. Ni siquiera la gente entiende muy bien de qué van todos esos rollos si no es por dogmas impuestos.
Nuestra bien formada treintañera occidental ha quedado por la noche para cenar con una amiga. Se ha puesto un vestido bastante caro que se compró el mes pasado; no tan caro como el que quería comprarse para nochevieja, pero lo suficientemente caro para parecer más caro de lo que es, y por otro lado lo suficientemente sobrio para no llamar la atención y que así los demás no se planteen lo caro o barato que pueda ser aun llevándose una buena impresión. Escote de pico, falda por encima de la rodilla, pelo suelto, poco maquillaje; deben querer follarte y punto, no llamarte pija en sus mentes antes de pensar en follarte. La idea era que el restaurante pareciera más ampuloso que el vestido; a veces lo mejor es llevar una estética a caballo entre la chica de provincias que intenta impresionar y la mujer cosmopolita que mataría a cien ballenas para llenar el estante de su lavabo de colonias de lujo.
Así que nuestra muchacha de treinta y pico con pinta de veinteañera debido a su cutis y a que hace muy poco aún estaba en los veinte, ha entrado en el restaurante con paso firme y unos zapatos de Manolo Blahnik (fueron un regalo), y junto a su amiga se ha sentado en la mesa que el maitre les ha indicado amablemente. Están colocadas junto a unos ventanales que dan a la ciudad iluminada. La construcción se sostiene clavada una de sus partes en una colina, y la otra sostenida en tres patas de acero ancladas en algún lugar en la oscuridad; lo cual convierte el recinto en una especie de acantilado de lujo en el que no conseguirás cenar con menos de cincuenta euros.
La muchacha está acompañada de Carla, una amiga de toda la vida a la que se ha pasado toda la vida analizando, decidiendo si realmente la quiere como amiga o sólo la aguanta porque sabe que siempre podrá contar con ella. Y mientras vuelve a sopesar ese asunto se reafirma en la decisión de no comprar el dichoso vestido. Ahora ya si que no, se dice. Sesenta euros se van a ir en una cena y aún quedan todas las navidades por delante. Carla habla sin parar; la muchacha depara en ella cuando viene un camarero y les entrega las cartas. Todo está escrito como en cursiva, con un trazo victoriano. Lo más barato es el Lechón Crujiente………………………………………………35, 50. A eso hay que sumarle el vino que quiera Carla, la cual dice entender, los postres, a cual más absurdo y desorbitadamente inflado de precio, y por supuesto los entrantes. La muchacha se decide, sin saber muy bien qué ha pedido. Carla elige los entrantes, dos ensaladas, y otro plato escrito en francés en la carta. El camarero se va y nuestra amiga comienza a sentir uno de sus arrebatos de rabia hacia su prójima, encubierto en asentimientos y sonrisas prenavideñas. Su eterna amiga potencial habla sin parar de dónde va a ir en navidad; hace poco lo dejó con un tío y ahora dice que como mejor se está es sola. La desidia de nuestra protagonista aumenta con cada tópico. Llegan los entrantes. Carla dice que se va unos días con su familia a alguna montaña y que sus primos son “estupendos” y que quiere esquiar; y que si las cabañas, la nieve, comerse la uvas en medio de la nada, y lo bonito que es todo eso, y que ya empieza otro año y que hay que comprar regalos; pero que está bien porque los niños lo pasan bien y hay que sonreír por ellos, y que tenemos mucha suerte, y el frío que ya hacía buena falta, y las bragas rojas para empezar el año, y que tiene que hacer el belén y mandar postales de navidad dibujadas con pastores que parecen niños pero son pastores, y las luces de las calles y que a ver si con un poco de suerte nieva en la ciudad, con lo contenta que ella se pone cuando nieva y… Entonces Carla para de hablar y se disculpa sonriente y susurra algo sobre que tiene que mear. Su ensalada está a medio comer. Nuestra muchacha está rodeada de gente; tanta gente hablando y a lo suyo que decide que nadie se fijará en ella haga lo que haga. Concentra toda la saliva y el moco que puede en su boca, y coge el plato de Carla con naturalidad; se tapa la cara con las manos y sin pensárselo escupe en la ensalada de su potencial amiga; y con su propio tenedor mezcla sus babas y sus mocos de medio resfriada con la ensalada de lechuga picada, tomate, queso y vinagreta y demás pijadas de antro caro. Al acabar, deja el plato donde estaba y se pregunta por qué ha hecho lo que ha hecho, pero no siente ni un ápice de arrepentimiento.
Al llegar por la noche a casa se va a dormir con la imagen de Carla masticando con naturalidad;
- ¿Cómo está la ensalada? – preguntó nuestra amiga.
- Muy bien, tía.
- ¿Seguro?
- Sí, está muy buena.
- ¿No notas algo viscoso?
- Será la vinagreta… es bastante espesa.
- Sí, será la vinagreta.
La muchacha sabe que casi todo el mundo acepta su entorno según el prejuicio que tengan sobre el mismo. Podrías escupir sobre cada plato en aquel restaurante, sobre cada sopa y tarta de queso, pero lo importante seguiría siendo el brillo de los candelabros, las vistas, el traje de los camareros y su sumisión. La raíz es lo de menos, el cogollo da igual; una vez más lo que queremos es que las hojas sean lo más bonitas posible. Nuestra protagonista se da la vuelta en la cama y emborrona esas ideas, cierra los ojos y se dispone a afrontar las habituales pesadillas que después nunca recuerda.
Luego un día sale del trabajo y ya está de vacaciones. Unas vacaciones que implican familia, comprar y actuar. Cada navidad se le antoja un master en interpretación. Suele salir airosa dada su imagen. Cuando entra en una sala con uno de sus vestidos envolviendo sus curvas ya tiene la mitad del trabajo hecho. Ya queda menos, piensa, para tirarse al amigo de su amigo. No se lo van a quitar, eso no va a pasar. Puede ser muy embaucadora si además de haber elegido bien el vestido se te acerca y te habla.
La nochebuena pasa sin novedad. Como vive sola, cena en casa de sus padres. Es el día menos protocolario, sus progenitores siempre la han tratado bien, y a ellos, a diferencia del resto de la familia, sí puede soportarlos.
Al día siguiente, en cambio, durante la comida de navidad, su hermana de cuarenta años la mira como si fuera un gusano. Su hermana nunca tuvo la belleza de nuestra protagonista; se ahogó en un mar de celos desde que nuestra espabilada y capaz amiga nació con sus ojos azules y sus rasgos encantadores. Desde bebé fue la favorita y lo sabe, y su hermana también, hasta el delirio. Además dicha hermana lleva casada doce años y su marido tiene pinta de ser de lo más gris. Y por si fuera poco tienen un crío de siete años que grita ahora sin motivo y no quiere besar ni desear feliz navidad a nadie; no quiere estar allí, igual que los demás, y como se ve obligado y es pequeño, está dispuesto a cabrear a todo el mundo todo lo que quiera ya que sabe que no pueden hacerle nada.
Hay unas diez personas alrededor de la mesa. El papá de la muchacha se levanta y quiere decir unas palabras. Y las dice y el crío grita más y su madre le regaña y su padre no dice nada y nuestra amiga se levanta y se va al lavabo. Se traga dos aspirinas y se mira en el espejo y observa su ropa; decide que en nochevieja va a vestirse como una fulana. Luego vuelve con los demás y bebe más de la cuenta y se pregunta qué sentiría si le cortara el cuello con uno de los cuchillos Cold Steel de la cocina a su hermana, y si su odioso hijo lloraría por su madre.
Día veintiséis de diciembre: Duerme hasta las doce. Alguien llama al teléfono y es ese amigo cuyo amigo quiere tirarse la muchacha en nochevieja. ¿Quiere ella salir a comer con él? ¿Quiere él algo con ella?, se pregunta la muchacha. No, gracias, estoy cansada, le dice; quien me interesa es tu colega, el del cumpleaños de la amiga de tu ex o quien coño fuera que cumplía años. Aunque al colgar no está segura de cuánto de eso ha dicho en voz alta.
Por la tarde sale e intenta no gastar demasiado, pero vuelve a casa con una bolsa muy amplia en la que hay una blusa que ha pagado con tarjeta de crédito sin mirar el precio y que no parecía muy cara aunque era bonita. Ese paseo lo ha hecho con Judith, una amiga que conoció hace dos años en un taller literario, y porque sí, justo esa tarde, cuando se ha querido dar cuenta ya la había invitado a su casa. Nuestra protagonista siempre ha sentido cierto deseo irrefrenable con Judith, un deseo lésbico aparentemente sin sentido, ya que cualquier otra mujer no le dice nada en ese sentido. Y estando las dos sentadas en el sillón del salón, se han besado en la boca con lengua y Judith le ha tocado una teta y entonces se han sentido raras y se han separado. Se han despedido enseguida y la muchacha se ha quedado sola y no sabe qué narices ha pasado.
Día veintisiete: Duerme hasta la una. A las tres, comida en Maur, un restaurante menos caro y mejor que otros. Nueve ex-compañeros de la universidad. Facebook.
Por la tarde no puede evitar volver a pensar en Judith. Siente algo por ella y ella se dejó besar e incluso parecía más segura. Se pasa la tarde paseando en círculos en casa con el teléfono en la mano pensando en si llamarla, en si enviarle un mensaje; no consigue reunir el valor necesario.
Día veintiocho: “Lo del beso fue un poco raro, pero siento algo por ti. Me gustaría verte otra vez. Dime algo. No me des de lado”.
Día veintinueve: La muchacha y Judith salen a comer juntas. Se encuentran en la calle y se saludan con dos besos y uno de ellos roza comisuras. Las dos sonríen y hay una incuestionable tensión romántica. Son las dos de la tarde y las dos reconocen haberse levantado tarde y no tener nada de hambre. Se meten en una cafetería olvidándose del asunto. Enrojecen cada vez que se miran a los ojos. Se dicen la una a la otra lo muy heterosexuales que son en realidad, y que no saben qué les pasa en este caso concreto. Se dicen que tienen ganas de tocarse mutuamente, pero que no están seguras de si serán capaces de llegar hasta el final sin que les dé la risa o algo así; y deciden pagar los cortados e ir a casa de Judith y ver qué pasa con el cambio de escenario. Y de camino nuestra amiga se da cuenta de que lleva ya muchas horas sin pensar en el amigo de su amigo, y eso por algún motivo le hace sentir un repentino terror que dura hasta oler el salón y el dormitorio del piso de soltera de Judith. Entonces se quedan mirándose de pie a lado de la cama y Judith da el primer paso y al notar la protagonista de todo esto el contacto de la lengua y la saliva ajena, se siente repentinamente relajada.
Día treinta: La muchacha despierta con el sabor de los fluidos de su amante en la boca. Tiene recuerdos a montones de toda la tarde y la noche de ayer. Judith está levantada y se viste; dice sin mirar a ningún lado en particular que necesita pensar en lo que ha pasado y que esta tarde se va a Dublín porque ya había quedado con unos amigos para pasar allí unos días y la nochevieja y la entrada de año. Se disculpa por por no haberlo dicho antes y repentinamente mira a nuestra amiga y se relaja su gesto y le da un beso en los labios y le susurra que quizá esté enamorada de ella, o quizá no. Si quiere, dice, hoy pueden comer juntas, pero por la tarde prefiere estar sola hasta la hora de ir hacia el aeropuerto.
- Creo que prefiero irme a casa ya… Creo que yo también necesito pensar en esto. Ya nos veremos cuando vengas de Dublín.
La muchacha se oye hablar a sí misma pronunciando con cuidado las palabras. No se reconoce. Las dos se dan un beso largo y con lengua antes de irse ella. Ya en la calle, se siente como una actriz a la que le está costando demasiado salir de un personaje cuyo carácter no puede traerle más que problemas. Y a la vez piensa que quizá jamás se había sentido feliz de verdad hasta notar la lengua y el coño de Judith en su boca ayer desde las tres de la tarde hasta bien entrada la noche.
Madrugada del treinta al treinta y uno: Nuestra amiga aparece sin más en una discoteca desconocida. Está en un extremo de la barra. La gente que hay bailando o parasitada cubata en mano tiene la cara borrosa. Pero hay dos personas al otro extremo de la barra que son un hombre y una mujer y son los únicos que no tienen la cara borrosa. Ella es Judith y él es Amigo de amigo. Se besan en la boca sin parar. La muchacha no sabe bien lo que siente al verles; en parte es alivio y en parte frustración. Pero no sabe si es exactamente frustración, y mucho menos si la otra sensación del cóctel emocional es precisamente alivio. De repente un camarero la llama por encima de la música al otro lado de la barra, y ella le mira y le dice:
- ¿Qué?
Y el camarero, alto y claro y vocalizando hasta deformar grotescamente su cara, le dice:
- Los Moluscos Son Ovíparos.
Y la muchacha, sin pensar en lo que le ha dicho el camarero, pero interpretándolo como una especie de señal, intenta caminar hacia Judith y Amigo de amigo. Pero no consigue avanzar.
Día treinta y uno. Nochevieja: Se toma dos aspirinas al despertar. Con la televisión sin volumen parece que todo el país esté enterrado en nieve y todo el mundo vaya a morir de un momento a otro. La muchacha no mira la hora hasta pasadas unas dos horas desde que se ha levantado de la cama. Cuando la mira es la una del mediodía y no tiene hambre, pero decide vestirse y arrastrarse hasta la calle y meterse en algún tugurio de comida basura.
McDonald’s está abierto. No se lo piensa; entra y se pone a hacer cola; casi no hay gente y al cabo de cinco minutos ya está sentada en una de esas mesas que parecen de juguete y que vistas desde un punto de vista lo suficientemente crítico, lo son. Mientras mastica la carne sospechosa y saborea esa salsa que prefieres no mirar, desearía pulsar un botón y estar de una vez por todas en ese gran ático con Disc Jockey del amigo de un amigo -que no es Amigo de amigo- para de una vez por todas beber lo suficiente como para poder tomar alguna decisión que acabe en orgasmo.
Podría estar comiendo con sus padres, pero necesitaba seguir sola, unas cuantas horas de autocompasión quizá gratuita, pero gratificante. Ni siquiera sabe ya si quiere follarse al tal Amigo. No deja de pensar en Judith, aunque ya sea de una forma vaga y nada pasional. Por otro lado, cierto es que ha descubierto su vertiente bisexual, y aunque al principio se asustó a sí misma, ya comienza a sentirse como una niña con muñeca nueva. Es un mundo nuevo lleno de muñecas nuevas.
Al salir de McDonald’s son las tres de la tarde. Está nublado. Nota una evidente falta de sueño. Decide marcharse a casa y tomar una pastilla para dormir y quitarse de en medio las horas basura del último día del año.
Antes de ir hacia ese ático donde irán todos esta noche, toca cena otra vez en casa de los papás. Pero por suerte estará sola con ellos, sin niños, sin familiares a dos pasos en el árbol genealógico. Se ha despertado a las ocho de la tarde. Buena hora, ha pensando. Ha puesto el ordenador y buscado la carpeta de Weezer y ha subido el volúmen y se ha desnudado. El vestido elegido tiene un corte escandaloso en la falda, lentejuelas y un escote palabra de honor fácil de apartar para dejar sus tetas a la vista. Es el vestido que necesita para ligar con alguien unas dos horas antes de acabar vomitando en un lavabo o en la calle. Hablar para follar. Nada de conversaciones interesantes ni conocerse bien, nada de filosofía ni “ya quedaremos” ni “dame tu número de teléfono”. Ya ha sido muchos años así. Una chica puede hacer que las cosas sean más sencillas; una chica guapa puede hacer que esas cosas las solucione su carcasa por ella. El interior sólo sirve para ponerle obstáculos al sexo. La muchacha habla en voz alta consigo misma por casa mientras se ducha, se maquilla, se retoca las uñas… Y luego cuando se mira en el espejo con el vestido puesto, recuerda que su padre va a verla así antes que nadie. Papá, que todavía cree que su niña es una niña…; casi puede oír aún sus broncas por querer llevar sujetador cuando aún no tenía casi pecho. Seguro que hoy preferiría que lo llevara: algunos vestidos de noche son una invitación descarada a la violación; pero no para los violadores, a esos les da igual todo; son vestidos que ponen a prueba el autocontrol más reforzado, la disciplina militar, la moral de un cura no pederasta.
Así pues, decide llevar otra ropa y zapatillas y cambiarse en casa de sus padres antes de salir. El vestido y los zapatos para follar caben en su bolso. Quizá podrá disimular un poco la cuestión de sus intenciones de esta noche.
Mamá ha preparado demasiada comida. La muchacha se ha sentido tan llena al acabar con los turrones que duda sobre si el vestido le entrará como antes. Su padre ha tardado cinco minutos en comerse las uvas para provocar a su madre: el ritual de cada año. La cena se ha alargado tanto que las uvas ahora están aún frescas junto a las gambas en el estómago, mientras el cuerpo intenta digerirlo todo preguntándose por qué hoy hacía falta comer cuatro veces más a esta hora.
La muchacha se mete en lo que fue su cuarto durante toda su infancia y adolescencia. Se desnuda y se pone el vestido. Llega a dudar sobre si llevar bragas o no; finalmente decide que no hace falta llegar a tal extremo, y de todas formas las bragas negras que lleva no son precisamente un cinturón de castidad. Se pone el abrigo y cierra la cremallera hasta arriba. Sólo se le ven las piernas hasta las rodillas, y eso sí, unos tacones que encajarían en cualquier sesión de fotos de Playboy. Año nuevo, línea recta. Nada ha cambiado; la muchacha pasa por delante de sus padres y dice que tiene prisa, que no quiere hacer esperar a nadie. Su padre pone caras raras cuando ve sus tacones y unas medias que tampoco auguran noches castas, y su madre se limita a advertirle sobre la bebida, las drogas y el sida. Lo dicho, más rutina, sólo parten de cero nuevamente las estadísticas.
Al llegar al edificio es casi la una. Hay más ambiente del que la muchacha esperaba. En la puerta topa con dos amigas y sube los cuatro pisos hasta el ático con ellas. Arriba hay ya unas veinticinco personas en una sala en la que bien podría tocar un grupo indie reuniendo a todos los fans locales. El sitio es grande, hay columnas y oscuridad, el dj pone temas aún bastante calmados y, eso sí, las dos barras que hay ya están a pleno rendimiento. Las dos amigas de la muchacha son Violeta y Marta, y la muchacha ya no puede verlas de la misma forma en que las ha visto toda la vida. No sabe si existe algún tipo de bisexualidad pasiva, pero cada vez tiene más claro que podría tirarse a cualquiera.
La sala se va llenando gradualmente; la muchacha hace corrillo con sus amigos a medida que éstos van llegando. En dicho grupo de amigos -el típico grupo demasiado numeroso para que todos sean amigos-, estará de un momento a otro Amigo de amigo. Ambos. El centro de la diana para nuestra protagonista esta noche. La última noche de nada, y la primera del resto de la vida de todo el mundo.
Amigo y amigo acaban llegando a eso de las dos y media. amigo va ya bastante tocado, pero Amigo aún parece bastante sobrio. Sonríe y saluda y besa a todo el mundo. Nuestra amiga procura quedarse para el final de las presentaciones. Se le ponen los pezones duros justo cuando amigo llama a su Amigo para presentarles en sociedad.
Esta es Muchacha, este es Amigo. Dos besos.
- ¿Qué tal, cómo va la noche? – le dice ella, sin preámbulos.
- Bueno… bien bien, muy bien.
Su voz le delata. Va más borracho de lo que parecía. Si la muchacha no se da prisa, en media hora no se le levantará.
- ¿Nos vimos en aquella cena, no? De cumpleaños…
- Sí sí, te recuerdo. Pero no recordaba tu nombre. Lo siento.
- Oh, tranquilo, yo no sabía cómo te llamabas: pero me acuerdo de ti.
Una primera frase insinuante. La muchacha se acerca sin pudor, gesticula, espera a que él desvíe su vista. Escote, escote, escote… Necesita una señal suya. Que como mucho beba un cubata más. Necesita salir de aquí con él, volver al piso y hacer lo que quiere hacer, ya sea nochevieja, Halloween o el puto día de todos los santos…
- Tú eres la amiga de amigo, ¿verdad? – suelta él.
- Sí, de hace muchos años ya… Desde pequeños.
De repente, a la muchacha se le ocurre una buena idea, ha recordado algo;
- Oye, ¿quieres venirte a la azotea? Tengo un poco de calor aquí… ¿pedimos algo y subimos?
Arriba hay un par de parejas dándose el lote. Hace un frío considerable. Hay un grupo de cuatro tíos, y ahora también Muchacha y Amigo. Si no capta mi rollo ahora, piensa ella, ya no sé qué hacer. Pero él enseguida se quita su chaqueta y cubre los hombros de Muchacha. El abrigo de ella está abajo, todo va según el plan, aunque sea un plan improvisado.
- Gracias – dice ella
- De nada… ¿Y tú dónde vives?
- Ah, cerca de aquí, he venido andando.
- Ajá…
- Me gusta nadar.
- Aja…
- Quería decir andar…
- Lo he captado – sonríe él.
Muchacha concluye que el chico es menos capullo de lo que parecía. Incluso parece ser algo inseguro, interesante, bobo, inofensivo, y a pesar de todo dueño de unas cuantas neuronas bien administradas. Claro que, está sacando conclusiones de cinco minutos mal contados. Ahora se ha puesto su chaqueta de cuero del todo, y él no puede verle el escote ni el vestido ni nada… Solo su cara de interés mal disimulado, el recogido de su pelo, sus mínimos pendientes, los ojos… Ella ya no tiene frío, y no es solo por la chaqueta. Ni siquiera es porque siga cachonda. Él ahora está mirando hacia la ciudad, apoyado en la baranda. Ninguno de los dos habla, permanecen quietos hombro con hombro, juntos. Ella de repente se siente agotada, cansada de llevar adelante su papel, cansada de su nueva condición de bisexual en potencia. Hasta había pensado en decirle al chico más bien tímido que tiene al lado lo de su rollo con Judith, por lo de hacerse la ninfómana, cosa que por más bisexual que pueda ser, nunca ha sido.
Él, pasados unos minutos, la rodea con su brazo izquierdo. Un rato antes a ella ese gesto le hubiera parecido repugnantemente light. Hace dos horas quería desvirgarse analmente, no cariñitos. Y ahora de golpe se siente cómoda así, a gusto, tranquila.
Luego un ruido sale de su vestido. Y la muchacha se avergüenza de tener que sacarse el móvil del escote; lugar pensado durante la tarde para que el gesto pudiera calentar a cualquiera, y que ahora sólo resulta penoso mientras hurga bajo la chaqueta de él como si quisiera hacer un truco de magia chapucero.
Intenta quitarse de encima rápido el tema, pero ve que es un mensaje de Judith. Dice que piensa mucho en ella y que espera que no le parezca repugnante todo lo que hicieron antes de Dublín. Y a nuestra protagonista se le humedecen los ojos al volver a notar ese cariño tan intenso que siente por Judith en el fondo. Intenta que su mensaje de respuesta sea lo más cálido posible. Después se vuelve a meter el móvil en el escote. Con el brazo masculino aún alrededor de ella, piensa en campos de amapolas, en conos de autopista, muñecos de nieve, violadores, enemas, el sida, carreteras abandonadas, pueblos rústicos; piensa en tríos, en corrientes de aire primaveral y camas mojadas de sudor, y en pedirle el número de teléfono a Amigo.
[Antes que nada, decir que he visto “Avatar” y “Donde viven los monstruos”, y que, joder, cuánto vale la pena a veces ir al cine. Cambiando de tercio, para el video he elegido uno de los temas del primer disco que escuché de “Queens of the stone age”. Go with the flow es un buen ejemplo de hasta dónde pueden llegar estos tipos en su ánimo de conjugar metal y pop, y hasta qué punto lo consiguen. El videoclip además es brutal, y no podía dejar de ponerlo. Y para la foto, otra vuelta de tuerca: cartel oficial de “Inception”, la siguiente película de Christopher Nolan después de El Caballero oscuro. Ahí es nada.]
Tengo un antojo serio a propósito de cierta chica ascensorista. Mientras hoy me bebía el café de todas las tardes después del trabajo, una familia se ha sentado en la mesa de al lado, y el crío, uno de ellos, no paraba de gritar como un energúmeno. Y en lugar de pensar con regocijo en la posibilidad de ahorcar al infante con mis propias putas manos debido a la migraña creciente… Pues bien, en lugar de eso, pensaba en la chica ascensorista; su olor dentro de la caja de zapatos cara que me lleva al piso cincuenta por la mañana y me baja hasta el suelo por las tardes. Todo mientras contengo el aliento y sólo siento ácido en el estómago. Llueve, llueve y llueve, pero siempre es un día radiante.
Tiene el pelo oscuro por los hombros y dos canicas extraterrestres azules en esas cuencas donde suele haber ojos humanos deprimentes y mundanos. Tiene pecas en la nariz. La poesía se encierra con ella en su habitáculo de cristal y metal, ese transporte engranaje de nuestro sistema para esclavizar a un mundo que ya me importa cero. No pienso en nada; que el ser humano deje de follar, que se mueran los niños hambrientos y paren el calendario, que yo me me bajo. La ascensorista me ha respondido sí. Está bien, ha dicho, un día podemos salir a tomar un café. Aunque no quiere nada serio. Y yo tampoco, he pensado; nunca ha funcionado intentar nada serio; esta vez quiero que con ella la historia dure.
No era metáfora, es cierto que no para de llover estos días. Pero ahora tengo asociada la lluvia a la luz, la noche a la esperanza libre de eslóganes. Ya no veo las corbatas como cárceles para mi imaginación. Ya no necesito la fantasía. Todo fluye en la dirección correcta y románticamente equivocada. Me hundo en ese color rosa de blog adolescente. Soy inocente, una persona carente de talento. Soy feliz y tengo los pulmones apestados. El nervio de la columna vertebral del edificio donde han exprimido mis planes de hacer algo creativo con mi vida, es la respuesta a la depresión baja en calorías del ser humano corriente que soy. Quería tirarme desde el piso setenta algún día, que mis compañeros vieran desde sus despachos una mancha aparatosamente roja abajo en la acera. Esa piloto de rascacielos no sabe que pendo de un hilo. No le convengo, no debería haber quedado conmigo. Corre el peligro de ver algo en mí que le haga darme su número de teléfono. Quizá lo mejor para los dos sería que ese ascensor fallara y se estrellara contra el suelo antes de nuestra cita de cafés para charlar…
Pero la vida sigue… Salimos juntos al día siguiente del crío migraña, por la tarde después del trabajo; he hecho una hora extra para coincidir en la salida con ella; la espero fuera mientras se quita su uniforme. El cielo sigue gris y aunque hoy aún no ha llovido tengo la esperanza de que lo haga en cualquier momento. Desde que el sol se fue hace cinco días me siento mucho mejor; el amor platónico se ha convertido en material de cafetería. Al menos podré hablar con ella, saber si estoy colgado sólo de un ideal, si me interesará algo más allá de sus paredes vaginales. Al fin y al cabo no estoy quedando tanto con ella como con un prejuicio nocturno a rebosar de risas y relatos de Hustler. Es a lo que muchas veces llaman Amor; se trata de coger a una persona que en realidad sólo es humana e intentar convertirla en lo que a ti te gustaría poseer…
Pero no, esta vez no. Esta vez la escucharé, la aceptaré. Seguro que tendrá algo que decir. Si seguimos saliendo no la enterraré en regalos oficiales y chorradas de pareja. Seguro que ella será superficial sólo en parte.
Hago gala de mi feliz falta de imaginación de estos días y me la llevo a la cafetería de siempre. De camino comienza a lloviznar. Ella lleva una falda tipo ejecutiva, medias grises; lleva una camiseta negra pozo sin fondo, un pañuelo violeta al cuello. Y no lleva reloj ni pulseras ni colgantes ni pendientes. Es como si hubiese pasado corriendo por algún jardín privado y hubiera robado esas prendas al azar. Sabe que se ponga lo que se ponga tendrá que aguantar tonterías masculinas de todas formas… Por ahora, yo sólo soy su nuevo lastre.
Cuando nos sentamos y pedimos café solo y cortado, me lanza una mirada que parece tener ensayada, entre amable y cauta. Quizá piensa que soy patético, o quizá le intereso. Quizá sólo me necesita para hoy por falta de planes. O puede que no, puede que sea una romántica. No parece ser la típica chica de costumbres sosas y apología de lo bien visto.
Aunque en el fondo tiene toda la pinta de no llorar desde que murió Kurt Cobain, aun así intenta sonreír, ser amable.
La verdad es que casi nunca pasa nada emocionante de verdad. Y esta tarde no es una excepción. Hemos tomado café y cuando se ha agotado la conversación nos hemos ido a casa, cada uno a la suya. Y ni tan siquiera sé qué impresión se ha llevado de mí. La primera mirada de la tarde ha sido igual que la última, e igual que todas las demás: una proyección de sus rasgos entre alegre y cínica; algo que la deja más cerca del Joker que de las chicas Playboy. No tiene ninguna intención de potenciar su dulzura. Lleva la misma coraza que cualquiera, pero completamente a la vista; y no le preocupa lo que yo pueda contar sobre ella.
Luego pasa una semana entera en blanco. No me atrevo a decirle nada más allá del saludo, y ella se limita a tratarme igual que antes del día en que quedamos. Un rumor corre por la empresa. Si una cosa es cierta, es que el uniforme a veces hace que buena parte del carácter de algunas personas desparezca. Es una típica táctica empresarial; te hacen entender sutilmente que no eres nada, que mañana mismo puedes estar en la calle; sólo sirves para cubrir el cupo durante un tiempo. En la vida real para quien tiene dinero de verdad no vales más que cualquier muerto de hambre lejano enfermo de malaria. Y ese detalle, el del uniforme, fue el que hizo que me equivocara. No sospeché nada al ver cómo iba vestida el día de la cafetería. Ha sido diez días después, con el sol ya radiante y la rutina deprimente golpeándome duro otra vez, cuando he sabido a ciencia cierta que es lesbiana.
Lloro a solas…
Como me dice un compañero – el mismo que me ha puesto en mi sitio -, si Eva la hubiera conocido tiempo antes de liarse con Adán en el jardín del Edén, la historia hubiera sido muy distinta.
Así pasamos el tiempo, especulando sin sentido, riéndonos de lo imposible, distorsionando lo escrito. Y menos mal que nadie sabe que salí con ella. La pregunta, claro está, es por qué ella quiso quedar conmigo. Si la mítica Eva pudo haberse convertido en lesbiana, es porque hay quien asegura que la chica ascensorista ya ha conseguido beneficiarse a un par de compañeras del edificio; tías hetero y casadas y con críos a quienes nunca les han hecho un cunnilingus decente. Y sí, así nos divertimos, pero yo no he podido evitar creerme ese rumor.
Los días siguientes son negros y estúpidos. Ya no cabe ni el amor platónico. Quizá es bisexual, pero por lo que he oído es poco probable. Todo pasa a toda leche. Hay lapsos de tiempo larguísimos sobre los que no hay nada que contar. Todo es igual todo el rato; cada día el mismo largometraje de quince horas en el que todo lo que pasa se resume en una amenaza sobre lo prescindible que soy en la empresa, en el mundo, en la vida…
Harto, como un mes después de saber sus inclinaciones, decido sentarme con ella a comer, sin previo aviso.
Voy a su mesa solitaria de siempre y le pregunto cómo va todo, como si nada. A más años tienes más fácil resulta arrinconar las humillaciones y los despropósitos; la vida es un buen gimnasio abierto las veinticuatro horas para ejercitarse en eso. Cada vez te resulta más fácil aceptar que no eres más que mierda, detritos, grasa que facilita el funcionamiento de la maquinaria que hace posible que otros disfruten de verdad de la vida. Ella lo sabe, yo lo sé; y por eso la conversación arranca con bastante naturalidad. El meollo de la cuestión se puede evitar hasta el momento adecuado; superados los treinta años no es difícil ser falso el rato que haga falta.
- ¿Conoces a P. J. Franklin? – me pregunta, después de haber rajado los dos de todos los compañeros y conocidos comunes.
- Pues no.
- ¿No conoces a P. J. Franklin?
- Bueno… no… ¿es muy famosa?
- Bueno… es actriz.
Al hablar de esa mujer, su gesto cambia por primera vez. Se relaja, se ilumina y caen todas las defensas. Su fortaleza es ahora un paseo de baldosas amarillas hasta la alcoba reluciente de su cerebro. Es el momento de atacar, de ponerla contra las cuerdas, de hacerle daño. Es el momento de ganar.
- La verdad es que quería hablar contigo por otra cosa… – suelto.
- …
- Del otro día, cuando quedamos…
- …
- Bueno, yo creía que…
- Y el caso es que… – me interrumpe -, sólo la he visto en esa serie mala de la tele… Ni sé cómo se llama… La pongo y me quedo absorta mirándola.
No existo. Me dice cuántas cosas querría hacerle a esa mujer. Habla incluso de matarla. La mataría antes de morir sin poder tocarla. Y entonces me coge de un brazo y me dice que Ella va a venir al edificio. Que tengo que ayudarla. Faltan tres días, me dice. Veinte plantas más abajo hay una pequeña productora de cine. P. J. Franklin vendrá a negociar su participación en una película. Lesbiana Hija de Puta lo sabe de algún modo. Debe fisgar e intercambiar favores sexuales a cambio de información. Ahora la veo perfectamente capaz. Me dice que no quiere ir sola a verla, quiere que yo vaya con ella, que me haga pasar por otro fan psicótico. No quiero que me cale enseguida, me dice.
- Seguro que no soy la primera bollera que intenta algo con ella…
¿Calarla enseguida?
- ¿Pero ella es lesbiana? – pregunto.
- Eso es lo de menos.
La vida puede tirarte las esperanzas a la cara en forma de tijeras entre bolleras locas. Ahora soy el mejor amigo de la versión dulce y semi-gótica de Ellen DeGeneres. Al llegar el día del encuentro, ella viene al trabajo con una cámara de fotos y otra de video. Comienza a darme miedo. Aún no la entiendo, no sé por qué quiso salir conmigo, por qué me dijo que no quería nada serio; recuerdo perfectamente sus palabras. Si alguien te dice que no quiere nada serio, quiere decir que cabe la posibilidad de que haya algo serio. Es lo que se hace; la gente se junta y es feliz, y luego se cansan y se separan y juran soltería indefinida. La gente, todos, somos estúpidos sin final feliz. Ni tan siquiera somos originales; damos vueltas y vueltas siempre al mismo circuito mientras presumimos de que en cualquier momento nos saldremos de él.
Con lo cual, si alguien se abre lo suficiente para salir contigo y te dice que no quiere nada serio, pues bien, técnicamente ésa es la primera mentira de vuestra posible relación. Ya que, claro, es demasiado complicado decirle a alguien que te lo vas a pensar; porque quizá aún no le conoces lo suficiente, no sabes de qué va, o puede que tan solo quieras hacer una radiografía completa de su físico y ver si supera tus controles de calidad. Es decir, quien sea siempre quiere algo serio; lo único que no sabe es si lo quiere contigo.
¿Pero ella? ¿Es que sólo quería a un colega al que presentar a la actriz que lleva años soñando con tirarse?… No hay respuestas. Más adelante lo acabo sabiendo porque nada cambia entre nosotros. Lesbiana Hija de Puta tiene la facilidad de desviar la conversación y cambiar de tema de tal forma que tú sólo podrías arrancarle una declaración con gritos y amenazas. La última vez que me pelee fue con once años durante un partido de fútbol en el patio del colegio. Desde entonces ni tan siquiera le he levantado la voz a nadie. Quizá por eso ahora me consumo y obedezco siempre y tengo un trabajo que odio y me enamoro de las lesbianas… Todo el mundo cree que soy adorable.
Sigo siendo una persona estupenda mientras bajo veinte pisos con Lesbiana Hija de Puta, hasta llegar a la planta en la que P. J. Franklin debe negociar su contrato para alguna película de la que nadie se acordará en cuestión de meses.
Son las seis de la tarde. Según LHP, P. J. debe llegar en cualquier momento. Rondamos por los pasillos de Projections Entertaiment. Vemos secretarias arriba y abajo, y LHP me comenta lo buenas que están como si hubiéramos participado en orgías juntos. Me siento incómodo, manipulado, por primera vez creo que sé quien soy, y que no quiero seguir siendo así; LHP ha hecho sin querer de espejo para mí, y he visto mi reflejo auténtico. Soy justo la hormiga obrera que nunca quise ser. Yo de mayor me conformaba con ser raro, sabía que serlo ya me ponía moralmente por encima de muchos. Pero sólo soy paja, más paja con estudios que asiente y queda bien con todo el mundo.
Llega el momento en que se abre el ascensor. La actriz es rubia, y ahora recuerdo haberla visto alguna vez en la tele. Tiene un gesto amable y creo que no es lesbiana… A su lado camina un tipo de unos cincuenta años, dos cabezas más alto que ella, trajeado, con un maletín y una sonrisa blanco nuclear.
LHP se acerca hasta ellos; comienza a hablar en inglés como si llevara toda la vida ensayando el discurso. Yo me quedo a unos metros, no sé ni para qué estoy aquí, no gano nada, no participo, siempre soy el espectador, siempre atento, responsable. Patético.
Hablan durante más de cinco minutos. Tanto ella como el que debe ser su representante, asienten como si LHP fuera importante, como si no fuera una HP… No entiendo lo que dicen, casi apenas lo oigo, a ratos susurran. Y al fin, todos se dirigen hacia mí. Me la presentan en unos cinco segundos;
- Vamos arriba – me dice LHP sonriente -, a la azotea.
En el ascensor, LHP y P.J. se miran todo el rato a los ojos. El representante se afloja la corbata y resopla. Durante treinta segundos discute con su cliente. Ella le replica sin dejar de mirar a LHP a los ojos. Yo sigo siendo el único que no sabe qué narices pasa.
Al llegar arriba, abrimos una puerta metálica y salimos a la gran azotea. Me invade algo de calma al ver que el cielo está nublado y no queda mucho para que anochezca. Hay unos veinticinco grados y es la primera vez que estoy aquí. Estamos al lado de un enorme pararrayos; una estructura metálica que da miedo sobre todo ahora que de lejos se ven relámpagos, atronadores a los pocos segundos.
A unos metros de la puerta hay algo en el suelo. Al llegar veo que es un colchón. De hecho tiene hasta una sábana y una colcha.
- No sabes lo que me costó subirlo hasta aquí – me dice LHP, sonriendo. Lo cual quiere decir que en algún momento ha metido un colchón en el edificio y ha subido hasta aquí y nadie se lo ha impedido.
Y después de decirme eso, ha abrazado a P. J. y ha comenzado a besarla en la boca.
El representante me da un toquecito en el hombro y me dice pasándome una cámara que yo tengo que encargarme de las fotos mientras él graba. LHP y P. J. se echan en la cama y se desvisten la una a la otra. Y el armario empotrado vuelve a hablarme y me dice que si publico las fotos o el video vendrán a por mí, que conoce gente. Gente que conoce a otra gente. Y que si lo hace LHP también pasará algo terrible. Pues muy bien… Ahora ya están las dos desnudas y el tipo graba mirando con su ojo derecho mientras el izquierdo mira al cielo… Pueden pasar desde avionetas hasta helicópteros de tráfico. LHP le pega un grito a Armario Empotrado y le dice que grabe bien, que se acerque, que no se corte. En realidad él sólo ver a su cliente desnuda ha tenido una erección, que obviamente aún sigue. Yo les hago fotos sin moverme del sitio, como si fueran ocas en el zoológico, y también acaban echándome bronca.
Le preguntaría a Armario Empotrado qué es lo que pasa, qué le ha dicho LHP a esa mujer para que ésta ponga en riesgo su carrera y se amorre a esa desconocida en sesenta y nueve de esa forma. Pero creo que él está tan desconcertado como yo. ¿Cómo la ha convencido LHP, cómo hace que todo el mundo baile a su son? ¿Fue cierto lo de sus compañeras hetero? ¿Quién es? ¿Es de una raza superior? ¿Esto es lo que pasa cuando alguien trasciende la monogamia? A la hora de comer, cuando ella se sienta sola en su mesa, ¿somos todos los demás los marginados? Ahora, viéndola comerse literalmente a esa actriz de televisión, creo que sí.
LHP sorbe el coño de P. J. sin parar hasta que ésta grita corriéndose a chorro, con un gemido de sorpresa, y en los zapatos de Armario Empotrado, que se acuclilla con la cara roja como un tomate buscando planos imposibles.
Un trueno suena muy cerca de nosotros y rompe a llover. Y es justo en ese momento cuando decido conservar mi relación de amistad, o lo que sea, con Lesbiana Hija de Puta.
[En el video, trailer de “La cinta blanca”, nueva película del terrible y gran Michael Haneke, que esta vez, dicen, nos cuenta los orígenes del nazismo. Casi na... Y en la foto, P.J. Franklin, la chica del relato y protagonista de la serie “Mis chicos y yo”, bastante mediocre si no fuera por su tierna presencia; y la cual, que yo sepa, no es ninguna bisexual impulsiva devoradora de seres humanos...]
Es sábado, la familia Love monta una barbacoa en el jardín. El césped está bien recortado; hay mucha comida para la ocasión, bebida de sobras, y todos los vecinos de confianza están invitados. El pequeño de los Love duerme aún profundamente cuando mamá Love entra en su cuarto y abre la ventana;
- Arriba… – le dice, de un modo muy seco.
London Love, de once años, hace un ruido de protesta. Son las doce del mediodía y su madre sabe que pronto comenzarán a llegar los invitados para la comida, programada a las dos. Mamá Love sale de la habitación del pequeño y baja a la cocina para trocear lo que deberán parecer mil fracciones apetitosas para picar. Fuera, papá Love coloca mesas y sillas; sonríe con su característico gesto enjuto y se limpia el sudor de la frente con el antebrazo arremangado. Ha juntado siete mesas y más de veinte sillas de todos los tipos. El cielo azul brilla y nada va a salir mal. No hay nubes a lo lejos y la temperatura es soportable. Se diría que el aire que corre es puro.
La familia Love siempre ve prosperidad material por doquier cuando mira hacia el horizonte. En todas direcciones todo va bien mientras Mamá Love corta queso en dados planteándose seriamente el contratar a una chica para resolver el tema de las tareas domésticas. Ningún niño sufre en el mundo mientras London se viste en su cuarto con la ropa que le ha dejado mamá encima de la cama. El sol entra furioso por la ventana; y el propio London se queda extrañamente perplejo mientras observa ya vestido a su padre sentado ahí abajo en una de las sillas y fumando un puro. No hay barreras económicas para nadie mientras papá Love aspira fuertemente el humo y sus pulmones se apestan de placer. Sólo queda esperar a que vengan los chicos y comenzar a echar los kilos y kilos de carne en la barbacoa de obra.
Mamá Love sabe que el jardín se llenará de niños una vez hayan venido todos los vecinos, y corta casi sin prestar atención un centenar de sandwiches en triángulos. London baja las escaleras hasta el salón y pone la pantalla de plasma. Decide que no hay nada interesante en los canales de dibujos. Se sienta en el sillón y se queda un minuto atónito viendo un programa de testimonios. Alguien llora desconsolada y balbuceando y la presentadora se despide hasta el lunes; luego el público aplaude, aparecen los créditos y London sale al jardín sin apagar la tele.
Minutos después ayuda a su padre con la leña de la barbacoa, mientras se oyen voces histéricas desde el salón anuncio tras anuncio. A éstas se le une el ruido de un motor. Un coche intenta aparcar tras la valla del jardín. Alguien apaga la tele.
Son los vecinos de enfrente; él es médico ortopeda, y ella una ama de casa del tipo suicida. Cuentan que de pequeña hizo una ouija con unas amigas y que sus amigas están muertas y que ella oye voces. Dicen que una maldición la persigue y que morirá de forma trágica igual que las demás. Tiene treinta y ocho años. Todos saben todo lo importante. Alicia murió en un accidente de coche; Muriel ahogada; Marta de un infarto durante un coito (30 años). Judith se ahorcó ella misma. Y ya sólo queda una maldita, que ahora entra en el jardín de los Love.
Ha sido salvada en dos ocasiones por su marido, sacada de una bañera llena de agua roja, e interceptada por la policía cuando se disponía a estrellar el coche contra algún lugar útil para morir.
A la práctica, es la vecina con más jugo de todas.
Papá y Mamá la besan como si nada para darle la bienvenida, y al unísono piensan en todos los cuchillos de cocina y las posibles cuerdas y vigas… Una cosa es hablar sobre los demás, y otra muy distinta ser parte de la anécdota. Los Love saben que las sonrisas maliciosas desgastan incluso a distancia. Ojos que no ven, corazón que sospecha.
Poco a poco van llegando todos. Hay una montaña de carne cruda sobre una madera en la repisa de la barbacoa. Pronto comienzan a sucederse las conversaciones cruzadas; aunque Ortopeda y Suicida tienen la suya forzadamente propia e intransferible. London juega con su consola portátil sentado en una de las sillas. Hay nueve críos más, pero todos son más pequeños que él. Demasiado pequeños.
Justo arriba, a la vista, a unos diez kilómetros de altura, pasa el vuelo transatlántico de un avión comercial en cuya primera clase viajan Edna y Adán, lo que es, la hermana de mamá Love y su correspondiente marido. Una azafata les ofrece una coca-cola reducida, y la rechazan mientras diez mil metros abajo en el suelo y sin ellos saberlo, Papá Love echa el primer filete en la barbacoa.
El sol sigue encendido, insistente e incesante, cruel, magnifico, la clase de sol que te aumenta la migraña y provoca cáncer de piel. Precioso como la buena poesía o el vello púbico de la chica que te gusta.
Mamá Love acaba de sacar los últimos platos para picar; oye un susurro sesgado y mira hacia el cielo. Ve el avión, y se imagina lo gracioso e interesante que sería que ahora de golpe ardiera, explotara; con las miradas al cielo y la chatarra descendiendo a lo lejos, con el subsiguiente zapping acompañada de todos los vecinos buscando la noticia en la tele. El pensamiento le dibuja una sonrisa tenue en la cara. Papá Love la mira en ese mismo instante, pasa por su lado y la besa en el cuello de camino a la cocina a por más carne.
Los invitados se sientan y se levantan constantemente yendo y viniendo con sus platos de la barbacoa de obra. Papá Love y su mejor amigo de toda la vida, ahora vecino con casa a unos cien metros de distancia al otro lado de la calle, no se separan del proceso de elaboración con la leña y el humo. Tres niños lloran; mamá Love siente de repente una ganas terribles de hacerlo igual que ellos, mientras escucha uno de los típicos soliloquios de Ofelia, la mujer del mejor amigo de toda la vida de papá Love.
El avión ya casi no se ve. Son las dos y media de la tarde.
London mordisquea un trozo de tocino, sin demasiada hambre. Por la mañana ha saqueado unas cuantas magdalenas de ese rincón donde las sigue escondiendo su madre aun a sabiendas de que él ya las ha descubierto; como si el solo hecho de dejarle claras sus ordenes de que no puede comerlas a todas horas fuera suficiente.
Alguien dice que todo está buenísimo. Mamá Love aprovecha para preguntar. Todos asienten con los carrillos llenos como bocas de grotescos hamsters, piensa ella: bocas que forman parte de seres vivos demasiado inteligentes para permitirse la vida de ostentaciones que se permiten. Parpadea, parpadea, parpadea, se muerde el labio inferior. Y luego tiene que levantarse de golpe de la mesa y disculparse.
Sube al segundo piso y se sienta en la cama del dormitorio que comparte con papá Love, al que oye subir pocos segundos después. Intenta respirar y contener los lloros. No sabe bien por qué entristece así a veces, por qué lo hace cada vez más a menudo; y papá Love, que llega y se sienta a su lado en la cama y le acaricia el pelo, mucho menos. Oficialmente ninguno de los dos piensa; tienen un crío dependiente abajo en el jardín.
- No te preocupes. Ahora bajo – dice ella.
Papá se levanta y le da un beso en la frente. Hablar sería demasiado.
Ella vuelve con los demás al cabo de unos cinco minutos. Procura mostrar una sonrisa tranquilizadora. La carne se está acabando. London ha vuelto a coger la consola después de dejar a medias su inicial trozo de tocino. Suicida, la mujer de Ortopeda, ha tenido que entrar al lavabo a vomitar mientras Mamá Love lloraba. Y ahora sale, con unas ojeras húmedas y el cabello más cercano a su frente mojado de sudor. Se sienta en su silla y Ortopeda da una explicación sobre la fragilidad del estómago de su esposa que nadie se cree. No ha sido su estómago. Ha sido por la ouija, el demonio, la maldición, la mala vida; ha sido porque de niña provocó a Dios. Ha tenido que ser algo emocionante que poder contar en próximos encuentros sin Suicida sentada a la misma mesa.
La tarde se pone de amarillo chillón, color piel pelada, todo parece un plátano radioactivo. El ambiente se ha tranquilizado. Alguien ha preparado café. London sigue pegado a su consola. Suicida sigue en su estado de shock perpetuo. Mamá Love respira más sosegada. Y papá Love aún está acabando de comer con su amigo de toda la vida después de haber estado como una hora repartiendo carne y administrando el día.
Más tarde las mujeres se mueven y la mesas se llenan de copas de pacharán; alguien saca una caja de puros. Los niños que ya pueden correr lo hacen de un lado a otro sin molestar en exceso. Uno de los tres bebés que hay no ha dejado de llorar desde que llegó; su padre no ha dejado de contar chistes; y su madre ahora dice que es muy útil utilizar limón para limpiar las manchas de salsa de albaricoque. Tiene al crío en brazos, y cuando parece que se va a calmar, estalla otra vez el drama.
London se ha sentado en el césped y bizquea mordiéndose el labio inferior, inmerso en su videojuego. Nada importa, piensa mamá Love mirándolo. No tiene ni doce años y ya está cabreado con todo el mundo. Todo sigue girando y nadie tiene la culpa de nada.
El volumen del mundo real disminuye y mamá Love recuerda cómo conoció a su marido. Retrocede al Londres de principios de los noventa. Recuerda su paseo por Notting Hill, un sueño físico con sus amigas de la universidad. Allí tuvo su primer contacto con papá Love, aquel chico sin barriga y con ideas en la cabeza que aún creía en algo a medio camino entre el dinero y Dios. Él también iba con amigos; se acercó a ella echándole morro, hablaron unos cinco minutos haciendo esperar a todo el mundo, y descubrieron que vivían cerca en la vida real.
Así, intercambiaron los números de sus teléfonos fijos y se volvieron a ver al cabo de dos semanas: él recién salido del trabajo y ella de la universidad. Y entonces fue cuando, y ahora mamá Love lo sabe, todo empezó a bajar de intensidad; una vez fuera de Londres él no resultaba tan fascinante. Y aunque por aquel entonces se dio cuenta, no quiso materializar su sospecha. Miró hacia delante, siguió el consejo común predominante de lucha y poderío siempre. Y dos años más tarde nació un crío al que ella se empecinó en llamar London… Lo cual era estrambótico y anglosajón, pero también lo suficientemente misterioso. London Love. El nombre de la ciudad donde se quedó el tío de quien se enamoró, y el apellido de su abuelo americano.
A eso de las seis de la tarde los invitados se comienzan a ir. El jardín se queda en silencio en una media hora. London sigue postrado con las piernas cruzadas en el césped, la consola, la mirada perdida, la depresión infantil… Pronto comienza a anochecer y el plátano radioactivo se convierte en naranja de huerta. Todo el cielo coge la típica variedad cromática de cuando comienza a refrescar de verdad en una época en la que ya debería hacer más frío todo el día. Mamá Love recoge platos y servilletas y vasos. Llena tres bolsas de basura y sale a tirarlas al container. Papá Love recoge mesas y sillas y deja el jardín tal cual estaba esta mañana antes de que todo comenzara, el avión despegara, su mujer llorara y Suicida vomitara.
Al llegar la noche, London se encierra en su habitación del modo habitual para seguir jugando a la consola, esta vez en su televisor recalentado y preadolescente; el aparato de quien no quiere saber nada de tiempos peores o el futuro.
Los Love deciden ir a dormir temprano. Arropados, papá Love hace ademán de meter la mano entre las piernas de su mujer, pero sólo obtiene un sutil rechazo. Mamá Love se encoge en su lado de la cama, le da por pensar en todo el trabajo del día, en todos los tacos de queso y el fuet y los formalismos, en los niños y los videojuegos y su hijo. En su marido gordo con el menor atractivo posible, y acomodado en el peor de los sentidos. Se pregunta si querrá volver a tener sexo con él después de su seria crisis de hoy. Ha llorado menos que nunca, pero ha pensado quizá por primera vez desde Londres. Y se pregunta por qué. El aleteo de un mariposa quizá puede provocar un huracán en el otro extremo del mundo. Pero también puede que no, y es posible que eso sea lo de menos. Si lo natural y lo sobrenatural conviven aquí y ahora, puede que ese caos sea el que explica ciertas actitudes.
Abruptamente los pensamientos se ven interrumpidos, papá Love ya ha comenzado a roncar. Un cuarto de hora después ella también cae rendida, y la última imagen que ve es la de ese avión comercial de a mediodía. Necesita novedades, piensa. Cambios. Quizá algún día el avión explote de verdad, y por fin ella pueda decir que una vez vio algo asombroso y terrible.
[Un día un señor se enfada y graba este video de arriba. Demoledor... Podría decir que tiene más razón que un santo, pero igual no le iba a hacer puta gracia... Y en la foto... hace tiempo que no sacaba ninguna de alguna musa proyeccionera, y he encontrado una muy curiosa de Elisha Cuthbert. Impagable el gesto de ella en plan "ya estamos... otro idiota", y el reflejo de un tipo en sus gafas (ampliar para ver en detalle) que para nada tiene pinta por la situación de ser un fotógrafo profesional...]
Ella era distinta a mí, unos quinientos mil euros más al mes. Yo pensaba que detalles como sus triunfos en la vida no me afectarían en absoluto. Que fuera más ambiciosa, sus cuatro coches, su casa con piscina, pista de tenis y gimnasio, y que encima esos lujos no fueran producto de unos padres millonarios… todo eso no tenía por qué hacer que mi polla colgara muerta en mis calzoncillos mileuristas. Pero a ratos me sentía como un pelele, un capricho más de la chica triunfadora: una empresaria que encima también era escultural, leída, tenía sentido del humor, de la crueldad bien entendida, y hasta del gusto.
Los restaurantes de la ciudad se estaban acabando para nosotros. Una vez fuimos a uno en el que la botella de vino ya costaba el doble de mi sueldo. Mi cartera con ella era siempre el último puto trozo de cuero sobre la faz de la Tierra.
Y llegaba la noche y para más inri se disfrazaba; utilizaba porno, correas, velas encendidas, lubricante… Casi siempre sabía pegar en el momento adecuado, chupar, morder… Todo con la intensidad justa.
Tenía tres ONG’s en marcha. La mitad de sus ganancias (sí, el cincuenta por ciento) se iban al estómago de los más necesitados; financió tres escuelas en Sierra Leona con sus respectivas bibliotecas, laboratorios y hasta puñeteros neumáticos para que jugaran los niños. Era la versión siglo XXI, multiorgásmica, joven y con el felpudo recortado de la madre Teresa de Calcuta. Y encima me quería.
Mi capacidad de superación individual y mi ego se iban poco a poco con cada comida que me pagaba, con cada orgasmo, beso, encuentro en el aeropuerto y navidad que pasaba. No había quien aguantara tal desequilibrio de poder. No supe sentirme bien con ella desde el principio, y cuanto más apego sentía por mí, más inútil me veía a mí mismo. Yo era un puto fracasado entre sus piernas depiladas a láser; tenía pesadillas despierto con la posibilidad de que agujereara los condones y yo tuviera que responder preguntas a nuestro hijo al cabo de cinco años.
Fantaseaba con la idea de que en realidad fuera una mafiosa, de que todo su dinero estuviera manchado de sangre, de que engañara a hacienda, sus tetas fueran falsas y su pelo rubio, teñido. Una vez tuve un sueño en el que la policía nos despertaba de madrugada echando la puerta abajo y se la llevaban esposada. Sonreía dormido, eso me dijo.
Nunca la he visto llorar, desfallecer, levantarse con el pie izquierdo. Nunca se enfada durante las múltiples conversaciones telefónicas diarias (un día las conté, más de cincuenta). Llevaba sus negocios tomando el sol en el césped al lado de la piscina, paseando conmigo por cualquier país, o durante cualquier rutina repetitiva. Duramos cuatro años de horizontes económicos sin fondo. Ella representaba mi existencia desperdiciada. Mis principios se convirtieron en una amalgama de hipocresías, dudas y sospechas.
Después de nuestro tercer aniversario, celebrado con una cena de trescientos euros por cabeza, comencé a resbalar definitivamente por un pasillo estrecho de vergüenza de clase media-baja. A aquellas alturas aún no conocía a sus padres. Éstos viajaban mucho y casi nunca llamaban por teléfono. Estaban jubilados y parecían haber estado postergando el encuentro con el novio pobre de la niña. Podía entenderles.
A pesar de ese distanciamiento progenitores-hija, no había ningún tipo de conflicto serio. O eso pude observar el día que me tocó conocer a esos nuevos ricos, padres orgullosos y desarraigados de la vida real. Incluso habiendo sido obreros buena parte de su vida, me dijeron sólo con gestos y ademanes descarados que no entendían qué cojones habría visto semejante amazona multimillonaria en un desgraciado sin metas como yo. Aunque obviamente en voz alta todo fueron cortesías y educación de frase hecha…
Después de aquella comida familiar no volví a ver a nadie más de su familia. Caí en un estado de hastío anímico; cruzaba los pasos de cebra a cámara lenta, estaba ido, me multaron un par de veces por no respetar la velocidad mínima en la autopista de camino al trabajo, y mi rendimiento laboral se fue al garete.
Pasaron dos meses de trifulcas hasta que me despidieron. Era deprimente, todo, estar despierto, existir. Toda una vida enfocada hacia la seguridad, dejando de lado todas mis pasiones, las carreras que quisiera haber estudiado, los dibujos… quería hacer cómics; ahora suena raro. No se me daba mal. En el cuarto de estar enorme de nuestra casa había colgadas dos caricaturas enmarcadas de la protagonista de todo esto, que por otro lado, dicho sea de paso, nunca fue mi mujer.
No quiso casarse conmigo. Eso en parte me aliviaba. Tenía un lado liberal desconcertante que combinaba con su rectitud como empresaria. No encajaba con el perfil de mujer “moderna”, decidida e histéricamente feminista con un palo metido por el culo que está tan en boga, pero tampoco era del todo conservadora. Conseguía lo que quería, siempre, y cualquier persona caía rendida sí o sí ante sus inapelables argumentos. Obviamente nunca la vi enferma, y tampoco se planteó en voz alta la posibilidad de tener hijos.
Ella se elevaba por encima de todos con una fina capa de maquillaje dando limosna a los mendigos, ayudando a los ancianos a cruzar la calle (esto me sacaba especialmente de quicio), y siempre con la respuesta correcta en los labios. Era transparente como el rostro de quien siente odio, y tierna como la Shirley MacLaine de “El apartamento”. Era cinéfila, melómana, se lo leía todo, siempre pedía sacarina con el café. Y por otro lado, fumaba, le gustaba la ya mencionada vertiente más light del sado, y a veces se emborrachaba y me exigía sexo anal.
Y la cuestión es: ¿Cuál era mi papel? ¿Debía buscar otro trabajo como informático? (sí, informática…) A ella no parecía importarle el hecho de que vagara por casa en batín estando en paro. “Si lo que querías era dibujar, dibuja”. Eso me decía.
Y cuando ese cuarto año de relación estaba llegando a su segunda época de frío, durante la eterna víspera de navidad, todo comenzó a suceder.
Un día paseamos por un parque. Hay un niño, un crío de no más de siete años. Está en silla de ruedas. Ella se detiene ante él, se queda mirándolo. Los padres, sentados en un banco al lado de su hijo, comienzan a alertarse. Ella se acerca a él. Pregunta a los padres qué le pasó, cómo se llama. Un accidente de coche. David.
Mi novia perfecta posa las manos en las piernas lisiadas y cierra los ojos un minuto. Luego los abre, y susurra:
- Mañana cuando despiertes en tu cama, te acordarás de mí, David.
Y nos fuimos (más bien se fue y yo la seguí, como siempre…). Ni siquiera se despidió. Sólo sonrío con dulzura natural al crío y a sus padres, y se encendió un cigarrillo.
Se está volviendo tarumba, pensé. Eso me hizo sentir un ramalazo de optimismo. A la larga podía convertirse en una excusa para volver a mi vida de clase media, podía ser mi oportunidad de buscar una novia más adecuada, más corriente, menos guapa. Más tonta que yo.
A más frío hacía, más rara se fue poniendo mi vida: la vida. Tres de diciembre. Salimos a nuestro paseo rutinario de por las tardes. Un coche se salta un paso de cebra y atropella a un chico de unos veinte años que rebota como un muñeco contra el parabrisas. Se oyen gritos, algunos curiosos sacan sus móviles, fotografían, graban, llaman… La gente se amontona intentando ver algo dramático y terrible, buscando algo para contar en nochevieja… Y cuando el cuerpo del chaval ya está rodeado de personas, mi cada vez más silenciosa y pensativa novia de lujo se mete entre todo el bullicio. Me dice: Espera aquí, ahora vuelvo…
Pasan como tres minutos y de repente todo el mundo comienza a aplaudir. Ella sale del gentío, sonríe, una señora mayor está llorando e intenta besarle la mano. Los otros la ovacionan o la miran estupefactos. Y acto seguido veo cómo el cuerpo del chico está de pie y todos le dan palmaditas en la espalda. Faltaban veintidós días para navidad, aunque luego supe que eso en realidad era un dato irrelevante.
Veinte de diciembre. Pasamos por delante de un hospital y ella entra sin más, sin darme explicaciones. La sigo, no digo nada. Llevo en una nube de incredulidad desde el accidente del día tres. En los periódicos trataron el suceso como cualquier otra noticia carente de ampulosidad; un atropello más en el centro de la ciudad. Nadie con credibilidad en ningún sitio pronuncia o escribe las palabras Milagro o Sanación.
Ya dentro del hospital vamos pasillo por pasillo y planta por planta. Ella se limita a entrar en las habitaciones, y al cabo de poco sale y le dice a alguna enfermera: “El chico ya ha despertado” o “Deberíais quitarle el yeso” o incluso una de las veces: “La mujer de la veintidós no estaba muerta”. Para acabar con la pregunta: “¿Alguien me puede decir dónde tienen aquí la morgue?”. Y después va y me suelta en voz baja:
-Eso será más complicado, esperame en la calle.
Dos días después las portadas de los periódicos parecen la versión multivitaminada del día de los inocentes. La mayoría de gente no se quiere creer nada. Otros, supongo, no tienen más remedio después de haber visto sus huesos soldarse de repente o a su abuelo vivo muerto hacía escasas horas. Muchos me hacen preguntas y no sé qué contestarles. La mayoría sospechan, susurran, sonríen negando con la cabeza; no pueden aceptar ver todos sus principios cayendo como fichas de dominó. Algo extraordinario estaba emergiendo en el mundo, y yo llevaba cuatro años follándomelo.
El día veinticuatro de diciembre a las nueve de la noche se celebra una rueda de prensa. Mi novia tiene que dar explicaciones a todos, al mundo. Ella decide el lugar. Una especie de salón de baile, abandonado, enorme. Diez horas antes los alrededores están llenos de periodistas. Todos saben que algo sucede; seguro, piensan, es una farsa, publicidad para una película, un anuncio viral épico. Pero sea lo que sea interesa, y los medios de comunicación, las venas eléctricas del mundo, como buenos carroñeros, no pueden perderse el acontecimiento. El programa incluye un comunicado y una cena de la chica misteriosa con algunos de sus amigos más íntimos, a los que yo no conocía…
La noche anterior, en nuestro dormitorio, mientras se quita las medias de rejilla y guarda en su maletín sus artilugios sado, me dice que obviamente estoy invitado, que no debo perdérmelo. Que aún no puede hablarme de lo que está pasando. Necesita contárselo a todos antes para después explicarme a mí la versión no oficial.
- No quiere decir que lo que les cuente a los periodistas vaya a ser mentira, pero tú tienes un papel importante en todo esto, y debo contártelo de otra forma… ¿Lo entiendes, cariño?
No. Pero no dije nada. Asentí. Llevaba mucho tiempo sin hablar con ella, a no ser para cosas como que me pasara la sal o que no me pegara tan fuerte por las noches. Mi rutina ya se había difuminado completamente. No tenía trabajo ni perspectivas personales, estaba deprimido y agobiado, y mi novia iba por ahí soldando huesos y curando enfermedades terminales con la misma facilidad que hacía que yo me corriera. Llegados a ese punto yo era un montón de moléculas en paro, y ella… bueno, básicamente era la respuesta a todas las preguntas. Era un Dogma en sí misma.
El día veinticuatro desperté y la estrella del momento no estaba en casa. Dejó una escueta nota en la que decía que tenía cosas que hacer, que nos veríamos por la noche. Yo era uno de los invitados de honor a esa cena rodeada de periodistas. Yo sería el paria, Jack cenando con la alta sociedad en el Titanic, pero sin el encanto de Leonardo Di Caprio. Me sentía estúpido. Algo iba a ponerse patas arriba a nivel global, y yo no tenía nada que aportar. Sólo miedo.
Había dormido fatal. No podía salir a la calle si no quería que la gente me parara o me intentara besar o pegar. De repente era famoso por ser el novio de la chica farsante, esa gilipollas que quería ser el centro de atención. Nadie sabía muy bien qué estaba pasando, yo tampoco. Pero estaban seguros de que sólo era una treta para que alguien que ya era rico ganara aún más pasta. Lo que tenía que pasar sólo era publicidad; casi todos estaban convencidos. La mayoría de las cosas que te sorprendían en la vida sólo sucedían porque alguien quería tu dinero. Todo se movía por interés de tal manera que el escepticismo era la mejor droga, y todo el mundo venía chutado de casa con las venas a reventar de madrugones, hipotecas, facturas y putadas de toda índole en el horizonte. De algún modo, lo que iba a intentar hacer mi novia era leerles un poema demasiado profundo a unos perros de presa. Yo ya no sabía qué pensar, mis ojos habían visto, pero mi cerebro parecía estar filtrando la información para que no me diera un infarto.
Me quedé las horas antes de la vergüenza en mi lujosa mansión moderna y regalada (en lo que a mí respectaba), deambulando de un lado a otro, apagando y encendiendo la pantalla de plasma. En la tele había tertulias absurdas sobre lo que podría pasar por la noche. Nadie decía nada coherente, y en ese momento eso era lo más coherente.
A eso de las seis de la tarde me venció el sueño; me quedé grogui en el sillón enorme de x plazas que teníamos en el salón. No había dormido más de cuatro horas por la noche. Me sentía como cuando llevas esperando durante mucho tiempo que llegue cierto día fatídico, y las horas antes sientes una extraña calma, como si hubieses agotado la angustia y te invadiera una especie de falso sosiego.
Así que dormí plácidamente. Y luego, cuando desperté, me di cuenta de que iba a llegar tarde al salón de baile.
Me vestí a toda prisa. Estando ya en el coche mi móvil comenzó a sonar; su voz en mi cabeza:
- ¿Estás de camino?
- Sí, es que me he…
- No te preocupes. Ya estamos todos aquí. Te esperamos.
Y colgó sin más. Se oía bullicio de fondo. Comencé a ponerme realmente nervioso. Me salté un par de semáforos. Al llegar al lugar vi cómo en la calle había una riada de fotógrafos y cámaras y reporteros. Tuve un mal augurio cuando vi que me miraban, hasta parecían reconocer el coche. Mi coche mileurista.
Todos me pusieron los micrófonos en las narices, me hicieron preguntas absurdas, creían que yo sabía lo que pasaba, qué iba a pasar. Una reportera daba por hecho que yo tenía poderes. Una anciana se me acercó, empujando la silla de ruedas de su marido, suplicante. Y yo sólo pude hacer mutis y pasar de todo el mundo. Pasé de largo con mis tejanos baratos y mi camisa, con mi barba de cuatro días.
Entré en el salón y comencé a recibir flashes en la cara. Crucé entre la gente a duras penas. La ropa no me llegaba al cuerpo.
Me quedé atónito cuando vi lo que había justo en medio de la pista de baile. Una mesa de madera alargada literalmente rodeada de curiosos y periodistas. Ella estaba en el centro de todo. Pude contar a once invitados a la cena además de a mi novia. Todos sentados en el mismo lado, con sus platos y sus cubiertos. Todos mirando hacía mí. Y cualquiera que tenga la más mínima curiosidad en esta vida conoce cierto cuadro de Da Vinci.
Había un asiento vacío; las sillas eran de madera acolchada, con el respaldo alto, superando las cabezas de aquellas once extrañas personas. Realmente estaban esperándome; todo el circo pendiente de mí. El decimosegundo apóstol.
Fui a sentarme en mi sitio, colocado en un extremo; iba casi mirando al suelo. Se me puso la piel de gallina cuando, entre los otros compañeros de mesa, reconocí al tío al que atropelló aquel coche, a dos enfermeras del hospital del milagro múltiple, y a mis supuestos suegros. Ni tan siquiera intenté darle sentido al asunto, sólo me quedé paralizado. La mesa, en su centro, estaba llena de micrófonos, todos apuntando a la nueva Mesías. Ella tenía un papel delante, alguna especie de guión. Todos estaban esperando respuestas; todos mis compañeros de mesa ya las sabían.
La Mesías levantó su mano derecha, y sin decir nada, se hizo el silencio. El soliloquio comenzó.
- Hola a todos… Siento el retraso, pero no podíamos empezar sin el protagonista de este encuentro… Porque la protagonista no soy yo. Sólo soy una pieza más aquí, una chica con la cabeza llena de pájaros que un día decidió que quizá se pueden cambiar las cosas…
Carraspeo. Silencio.
- Claro que… para que algo cambie, para que la gente despierte, por decirlo así, necesitamos mártires. Necesitamos personas que sean capaces de decir una verdad absoluta ante todos justo antes de pegarse un tiro en la boca.
La sala se llenó de murmullos. Ella volvió a levantar la mano y todo se quedó quieto otra vez.
- El chico que ha llegado tarde es mi novio… Era mi novio. O mejor dicho… él creía que era mi novio.
Se oyen algunos comentarios en voz alta. Yo me encogía en mi silla y rezaba para que todo acabase pronto, quería salir de allí y hacerme cirugía en la cara, irme a otro país… El Dios renacido continuó hablando con el tono de una ministra de economía. De repente no era dulce ni encantadora;
- Él ahora debe sentirse humillado… Pero lo que no sabe es que todos los que estáis aquí, con toda seguridad, sois igual que él… Las personas que veis a mi lado fueron en el pasado víctimas entre comillas como él. Yo también lo fui… Pero esta vez necesitábamos trascender, gritarle al mundo que estamos aquí, que existe una sociedad que va a dedicar sus esfuerzos a mejorar el mundo, en lugar de pasarse el día mirándose al ombligo… Queremos practicar el terrorismo inverso, como nos gusta llamarlo. Hemos funcionado de forma clandestina. Hemos contratado actores, especialistas, psicólogos, científicos. Somos de todas las clases y tenemos trabajos de todas las clases… Pero hemos decidido dedicar nuestro tiempo libre a esto. Y esto, todo, es un espectáculo, una farsa si queréis llamarlo así. Pero estamos seguros de que va a ser lo más auténtico que vais a ver en vuestra vida.
El murmullo se hace ya imposible de frenar. Algunas personas se van, pero la mayoría quiere saber cómo sigue la película.
- Cariño – me dice, mirándome; los flashes lo iluminan todo -, ahora te quiero porque te conozco. Tengo sentido de la empatía, emociones… Y sé que te he utilizado.
Y entonces vuelve a mirar al frente.
- Pero no ha servido de nada. He sido cariñosa, atenta, le he dado todo lo que me ha pedido, he sido su puta y su sirvienta. Me ha visto fundar y administrar ONG’s, dejar monedas en las bandejas de los sin techo. Ha tenido cuatro años a su lado a una persona que ha movido cantidades inmensas de dinero para ayudar a los demás. Y en la última fase de este experimento, hasta ha creído, como algunos de ustedes, que podía sanar a la gente con mis manos… Y no he obtenido la más mínima reacción por su parte… jamás ha querido imitarme, ayudarme, volverse mejor. Nunca ha venido conmigo en mis viajes, no ha querido saber nada de nadie siempre y cuando yo volviera a casa y le diera lo que él únicamente buscaba: Comodidad personal e intransferible. He aquí, señores, el reflejo de todos ustedes, la representación básica del ser humano corriente: un parásito automasturbatorio.
No sé qué cara debí poner. Las cámaras apuntaban todas hacia mí, como en un fusilamiento mediático a alguien que ya era un cadáver emocional. Mi defecto era que simplemente era normal, la representación idónea de lo que la gente considera normal. Me sentía como si estuviera pagando todos los platos rotos de los últimos veinte siglos. Y el discurso aún no había acabado;
- Tenemos, pues, después de cincuenta años de mártires analizados, un modelo de conducta que eliminar… Y sé que todo esto les parecerá absurdo. Mañana se llenarán la boca de palabras como Anarquía o Reduccionismo. Seguro que evitarán pensar de verdad, que esto sólo les habrá parecido un show o la performance elaborada de la promoción de una próxima película. Pero no lo es. Todos ustedes viven en este mundo. Les van a querer seguir engañando, adoctrinando, llenando de etiquetas. Todos son esclavos contentos de serlo. La peor cárcel que existe es la educación malentendida. Una educación aceptada por la que nadie quiere convertirse en conejillo de indias para mirar por algo más que no sea él mismo…
La mitad del la sala a esas alturas se había vaciado ya. Yo lo agradecí. La atención mediática al día siguiente fue menor de la que esperaba; brutal en cualquier caso, pero menor. Parte de mi vida había sido una comedia imitación de la vida de cualquier otro. Lloré durante varios días entre los brazos de ella. Al final fue verdad que me quería. Y continuó haciéndolo una vez consiguió que la perdonara definitivamente.
Hice las maletas al día siguiente, en navidad. Sí, ellos me acogieron;
- Así pues, seguiremos en el ajo. Ahora saben que existimos. Supongo que todo esto les habrá sonado demasiado romántico… No interpreten lo que les voy a decir como una amenaza, pero tengan cuidado con la próxima novia que se echen, con los contactos en las redes sociales, con sus suegros, sus parientes o los planes de futuro. Sus vidas podrían ser igual de falsas que hasta ahora, pero útiles para nosotros. Nos gustaría pensar que a partir de esta noche jamás volverán a dormir tranquilos… Soy optimista. En el fondo aún no saben de qué va todo esto. Somos ya demasiados para que nuestros planes caigan en saco roto. El hecho de estar vivo pronto va a significar algo completamente distinto… En todo caso, lo siento, Dios no existe. Gracias por haber venido. Gracias por escucharme.
[Es el décimo aniversario de “El club de la lucha”, película que me dejó con el culo torcido a los diecisiete años, y se pegó un batacazo en taquilla; cosa comprensible sabiendo los gustos (el mal gusto) del gran público, aunque incomprensible teniendo en cuenta sus videos de promoción (uno de ellos arriba). Esta película me marcó por su descaro, aún hoy me parece increíble que alguien se atreviera producirla en Hollywood; hoy por hoy parece una utopía. Cuando la volví a ver me fascinó. Me abrió la mente hacia muchos otros directores de cine y escritores. Al margen del culto creado alrededor de ella (vende dvd's a espuertas) muchos la odian, otros dicen que es simplista, autoparódica, hipócrita... Pero lo cierto es que cabreó a muchos, y que eso suele pasar cuando alguien dice algo de verdad. Fincher hizo después otra joya como "Zodiac" (¿su mejor película?). Su última Benjamin Button me supo a poco teniendo en cuenta la filmografía que atesora este hombre. Y ahora parece que quiere hacer una película sobre los orígenes de Facebook. En cualquier caso, aquí queda mi Cumpleaños feliz para la obra de Palahniuk y Fincher.]
Yo en el fondo sabía que venir aquí, irnos lejos, no iba a solucionar nada. Y aun así lo propuse porque leí en una revista de colores pastel que era una buena idea, y él me hizo caso. Y ahora tengo que pasar este miedo de cojones, superar esta putada sin sentido. No quiero seguir así, no tengo por qué aguantar esto. No sé si debo llamar a la policía o a un exorcista. Y no sé por qué, justo ahora me da por pensar en las dos cartas que tengo a medio escribir, alguna de las cuales iba a dejarle como despedida después de abandonarle. En una incluso amenazo con el suicidio…, y no sería capaz ni de tirarme a una piscina sin taparme la nariz con la mano… Sencillamente soy gilipollas, por eso ahora tengo que enfrentarme a esta situación de mierda.
Cinco años de relación, tres de ellos con anillos. Siempre me ha dicho que digo muchos tacos, que soy arisca, fría con sus amigos, que hago ruido al comer, que debería cuidarme más, que podría ser mucho más guapa si me arreglara… Y yo fui y me casé con él.
Todas las semanas me lo tiro -o me lo tiraba- tres y cuatro veces , normalmente los viernes y los sábados (y que quede claro que si no lo hacemos más entre semana, no es por mí); de verdad, me lo follo como si fuera la última polla de la Tierra; pero para él eso no basta; al parecer la demás gente también tiene que leerlo en mi cara, en mi ropa, en mi forma de comer… Supongo que andaba buscando una pija que pareciera la bomba en publico, aunque luego en el fondo fuera una mojigata; y se ha tenido que conformar conmigo. Soy yo la que tiene que sacarle a rastras de las tiendas de ropa, la que propone restaurantes baratos para cenar, a la que veces no le gusta salir, a la que le gusta el cine de terror y los videojuegos… Soy lo que se diría un tío con tetas. Pero al parecer el muchacho sólo quería pose: una pipiola siempre subida en quince centímetros de tacón.
Con el tiempo la relación se ha ido yendo a pique, y encima soy yo la que quiere solucionar las cosas. No me entiendo. Y justo ahora tampoco puedo dar sentido a lo que está pasando.
Estoy de pie en la habitación del segundo piso de una cabaña idílica perdida en un bosque que al irse el sol genera ruidos y sombras en tu imaginación; te pasas la noche encendiendo y apagando la luz, afinando el oído para asegurarte de que no hay intrusos. Tengo mi teléfono móvil en la mano, debo decidir qué voy a hacer ante la situación que se me ha presentado. Todo porque hace cuatro días estaba esperando mi turno en la peluquería y abrí una revista femenina y topé con un consultorio sentimental, y estaba tan hastiada que me puse a leerlo. Y una chica de treinta años pedía ayuda para arreglar las cosas con su marido; decía que la relación se estaba enfriando y llevaban sólo un año casados; él ya no la besaba como antes, ya no la cogía de la mano por la calle, se la follaba pensando en las musarañas y ya casi no proponía planes para hacer cosas juntos que no fueran criar malvas en casa viendo la tele. Y blablablá estaba muy ilusionada y ahora él ha cambiado, y blablablá llora cuando está sola porque resulta que está casada con un consolador pequeño que antepone el fútbol a sus necesidades…
A todo lo cual, la experta, diosa de la revista y gurú de las parejas estables, va y contesta: “No pasa nada. Esa relación tuya tiene taras típicas; nada que no se pueda solucionar con un pequeño cambio de ritmo, un regate a la realidad más gris, un polvo bien echado. Que él recuerde con quién está, por qué está contigo. Debes sacarle de su entropía, hacerle entender que seguís siendo dos, que vivís juntos y que estás un poco preocupada. Una buena solución es arrastrarle fuera de casa, pasad unos días lejos; cuantos más mejor. Seguro que aún te quiere; sólo debéis introducir desvíos en la rutina. Dale un par de toques elegantes en un entorno distinto. Tómatelo con calma. Ánimo y suerte.”
El discurso parecía sacado de una plantilla. Pero aun así yo me lo quise creer, lo hice mio; hasta arranqué la página y la llevo en el bolso. Justo después me estaban lavando la cabeza y me creía la leche. Iba a solucionar las cosas. Me compraría zapatos de tacón si era necesario. De repente ya no se trataba de si realmente quería seguir con él, el tema se convirtió en una cuestión de orgullo rabiosamente actual. Mi relación iba a funcionar por cojones; y si no los ponía él, los pondría yo. Estaba contagiada de repente por ese espíritu tan de moda que se basa más en hacer exposiciones de valor que en poseer algún tipo de valía auténtica. La mayoría de la gente no está preocupada por ser buena, lo que quieren es que los demás estén convencidos de que lo son. Todo es atrezzo, purpurina, piel vacía, focos sin escenario: muchos están tan concentrados en convencerte de que están satisfechos que se han olvidado de mirar qué sienten realmente de puertas para dentro.
Pero con todo, esa revista consiguió hacer que me sintiera una más, leí ese artículo que sólo debía servir para cuadrar la maquetación y pensé que podía darme respuestas útiles. Y eso que justo al lado de la columna estaba el horóscopo…; me sentía al borde del suicidio, fui a leerlo casi sin querer; Géminis: Va a haber algún cambio importante en tu vida. Alguien lo provocará. Debes ir con cuidado, sentimentalmente tendrás que andarte con ojo. Debes estar atento y mantenerte despierto. No te preocupes, la tormenta sólo precede a la calma.
Y luego leí el mío: Aries: Amigo Aries, quizá te venga bien desconectar. Necesitas un respiro. Te verás obligado a tomar una decisión, y hacerlo rápido. Debes mirar más por la salud y mantenerte lejos de lo que sabes que te perjudica.
El horóscopo…, si lees entre líneas sólo pone: “No pierdas el tiempo con esto, idiota”.
Pero lo leí, y también lo tuve en cuenta; así de desesperada estaba. La sociedad de consumo es capaz de convertirte en un zombi hasta ese punto, y la mayoría de gente nunca vuelve en sí.
Vale, mi rabiosamente occidental marido siempre lo ha hecho, se levanta tres y cuatro veces por noche, a comer, a beber, a mear. Nunca a nada fuera del otro mundo, que yo sepa. Despierto y no es raro encontrarme sola en la cama, es rutina. Lo que no sabía es que probablemente estuviera sola incluso cuando tenía su polla ensartada en mí hasta los testículos… Aunque claro, capitulo aparte merecen los segundos en que te corres. El orgasmo tiene tan buena fama por eso: todo lo demás desaparece; en ese momento igual podría estar provocándotelo tu marido, el vecino, o tu prima de Salamanca con la legua. Lo que de veras importa es que tu mente está en blanco y sólo sientes alivio. Me pregunto si no será eso lo único verdaderamente puro y honesto que alguien puede ofrecerte… Y si ahora estoy con el teléfono en la mano y dudando con sorna tensa en si llamar a la policía o a un exorcista, es porque hoy también he despertado de madrugada y me he encontrado sola en la cama; yo y las mantas y las sábanas arrugadas con un par de gotas de esperma que debieron saltar del condón unas horas antes utilizado… Y cuando he despertado he creído que era una noche más con mi marido, porque he tardado casi un minuto en ver escrito con pintalabios en la pared de enfrente la palabra: MÁTALA.
Las letras cubren casi toda la pared, atraviesan un pequeño tocador, una pantalla plana y un mueble empotrado; a veces cuanto más a la vista lo tienes más cuesta verlo. Después de percatarme y comenzar a ver además de mirar, me he levantado aturdida, al principio ni tan siquiera asustada. Y lo que ha hecho que de repente todo mi mundo de objetivos y notas y facturas y puñeteros formalismos sociales se haya disuelto, ha sido la imagen que he visto al asomar la cabeza fuera de la habitación. Pocos pasos después de salir de ésta te encuentras de frente con unos veinte escalones hasta el piso de abajo, y si miras justo al pie de ellos ahora, puedes ver a mi marido, con la expresión vacía, mirando hacia mí, en pijama y descalzo. Con un cuchillo de carnicero en la mano derecha. E inmóvil.
Y yo he dicho: ¿Cariño? ¿Qué haces?… Y quizá alguna apropiada vacuidad más. Pero él no contesta a nada. Supongo que en su actual estado de abstracción de la realidad ha cogido uno de los pintalabios de mi bolso y ha pintarrajeado la pared de la habitación. Yo ya sabía que estaba raro, que llevaba raro casi un año. Era consciente de que ya no era el tipo sutilmente transgresor y a pesar de todo divertido de antes; tenía asumido que estaba convirtiéndose en el muerto viviente en el que casi todo el mundo se convierte al afianzarse en la edad adulta. Pero esto es demasiado, esto quizá significa que se ha percatado de que somos otro matrimonio más, otra pareja hastiada que al morir, el Dios del sentido común echará al montón de la humanidad adocenada. Debe haberse dado cuenta de que queríamos ser auténticos y al final nos hemos convertido en el mismo fraude en el que todos se convierten.
Es una posibilidad. Ha meditado la idea de suicidarse, y después ha decidido que yo me fuera de este mundo con él…
No lo sé, intento encajar las piezas, por muy paranoicas que sean. Él era lo suficientemente idealista de joven como para hacer alguna tontería si de golpe ve en lo que se ha convertido. Cuando miro hacia abajo otra vez, veo que está babeando, no traga saliva del mismo modo que no parpadea y por lo que lleva como media hora sin moverse del sitio. Como siempre, lo que no sé es la respuesta a la pregunta, porque ya de entrada me da pánico cuál pueda ser esa pregunta. Tengo miedo de llamar por teléfono, de que me oiga susurrar. Creo que ahora preferiría haberme dado cuenta de que no le conozco de un modo más clásico, pillándole follando con mi hermana o saliendo de un prostíbulo…; en cualquier caso de un modo en el que la posibilidad de morir desangrada fuera inexistente.
Es como si hubiera despertado con un plan, hubiera dejado sus intenciones escritas en la pared como un mantra para recordarlas al regresar, y después hubiera bajado a por el cuchillo para cumplir su objetivo. Pero se ha quedado a medio camino, incapaz de volver a mí. E imagino que la pregunta es: ¿Por qué?… ¿Para meterme miedo? ¿Para darme tiempo a saltar por la ventana y quizá romperme alguna costilla y salir corriendo y llorando? ¿Qué cojones le pasa? Puedo asumir la vida y la muerte, pero no esta situación a medio camino. Precisamente me lo traje aquí por eso, porque ya llevo en cierto modo demasiado tiempo viéndole así, ¿y ahora qué?…
- ¡Eh! ¿Qué quieres hacer? – le grito, ya harta de verdad.
- …
- ¿Te vas a quedar ahí toda la noche?
- …
- ¿Para qué has cogido el cuchillo?
Más silencio. Durante un segundo medito la posibilidad de meterme en la cama y seguir durmiendo. Sin más. El poco cariño que sentía por ese mamón se ha esfumado. Se limita a estar ahí, quieto, con el cuchillo; no tiene huevos ni de enfrentarse a mí despierta.
Está bien, no duermo. Pero decido que voy a poner la tele de la habitación. Resoplo. La “T” de la pintada parte la pantalla en dos. Saco un kleenex e intento borrarla. Queda algo sucia, pero mejor que antes. Me acomodo en la cama, doblo la almohada bajo la nuca y me prometo a mí misma que no me dormiré.
Hago un zapping rápido, casi sin mirar. Cuando he pasado unos siete canales en diez segundos, me doy cuenta de que todos están emitiendo informativos. Son especiales, y conectan con casi cualquier parte del mundo. Me incorporo, los ojos como platos. El flujo de noticias te penetra así, de golpe: Hay gente en París y Londres y Nueva York que no se mueve, inmóviles de igual forma que en el resto del mundo. Algunos dentro de sus coches, otros echados en el suelo, siempre en posición fetal. Pero la mayoría están de pie. Tienen la mirada perdida y babean y está claro que mi marido es un de ellos.
Por más que intentó averiguar qué es lo que pasa, todo son especulaciones. Se dice que no hay policía en las calles. Algunos testimonios aseguran que no hay nadie ya ni en la Casa Blanca, ni en el Vaticano; no hay realeza en sus hogares reales; no hay gobiernos, nadie que pueda tomar decisiones en ningún lugar. Sólo hay gente de a pie. Sólo hay medios. Lo cual supone una respuesta en sí. Si los medios hablan de lo que sea que pasa, quiere decir que eran más independientes de lo que pensaba.
Aparte de quedarme pasmada, lo primero en lo que he pensado es en que si nadie se mueve en las imágenes de la tele, mi marido tampoco se moverá: así no tengo que estar pendiente. Unas estadísticas dicen que aproximadamente la mitad del planeta está así; otras que solo es un veinte por ciento… bueno, escuchar a los periodistas siempre ha sido más o menos como escuchar a los políticos…
Se habla en tertulias improvisadas de las vacunas de toda la vida, se especula sobre que nos han inyectado algo con los años y vamos a ser todos como zombis; se dice que todos los mandatarios han acordado disminuir la población; o incluso repoblar el planeta. Corre un río de especulaciones brutales, de frikis, de editoriales pasados de rosca; por primera vez el contenido de la información justifica plenamente el alarmismo de los medios.
Y mientras estoy imbuida de todo ese Apocalipsis, emocionada, aterrorizada y en tensión como jamás lo he estado en mi vida, entonces se oye un ruido abajo.
Salto de la cama y asomo la cabeza por la puerta abierta. Mi marido está en el suelo, en el mismo lugar de antes, boca arriba. Sale sangre de su boca entreabierta. Y lo primero en lo que pienso es en que más vale que esté muerto, porque no estoy preparada para enfrentarme a un hombre lobo o un vampiro ni nada parecido.
Cojo el mando de la tele y cambio de canal como una posesa, cortando frases a la mitad. Pasan más de cinco minutos antes de que en uno de ellos se informe sobre que los paralizados están comenzando a desfallecer; comentan lo de la sangre, que al parecer les sale igual por el ano, la vagina o la uretra además de por la boca. Y mueren.
Mientras palpo a mi marido y compruebo que tiene uno de mis pintalabios en el bolsillo y la falta de constantes vitales, caigo en la historia que me afecta a mí y de la que no se ha hablado de nada parecido en la tele: MÁTALA. Qué coño ha pasado aquí. Los demás paralizados no iban armados ni han escrito mensajes amenazantes; alguien lo habría comentado… ¿Realmente quería matarme? ¿Por qué querría matarme? No tiene sentido; ahora, después de lo visto, no doy con ninguna explicación plausible.
No estoy especialmente apesadumbrada. No sé si todo esto me está afectando de verdad. Supongo que estoy en shock, y si es así la verdad es que esta sensación está infravalorada. Vuelvo a la habitación, la televisión es interesante por primera vez quizá en toda la historia.
Pasa un rato hasta que me doy cuenta de que puedo vagar por la cabaña, ya no hay ninguna amenaza cercana de la que tenga conocimiento. Mientras bajo las escaleras y paso por encima del cuerpo que me ha hecho viuda, oigo que en la tele hablan sobre lo curioso que es que no haya niños entre los paralizados ya muertos. Y no sé por qué extraño motivo me parece lógico. Ha pasado un buen rato desde que estaba realmente nerviosa; desde abajo aún puedo oír el informativo que haya dejado puesto el azar del zapping, y ya dos horas después de las muertes hablan sobre una especie de estado de hipnosis de los paralizados justo antes del estado de inmovilidad, algunos de los cuales han asesinado a sus familias antes de morir. Pero ya estoy como anestesiada. Llegados a este punto ya ni tan siquiera me importa. Me da igual si ahora hay medio mundo con las paredes de su casa llenas de garabatos Estée Lauder.
Miro por todas las ventanas de la cabaña. No hay nadie ahí fuera, más me vale. Quiero pensar que todo lo malo que tuviera que pasar ya ha pasado. Vago por la alfombra elegante de la sala de estar. Hay una chimenea y dos sillones marrones de cuero colocados cara a cara; me siento en uno de ellos. Necesito un cigarrillo. Me levanto del sillón. No sé si en el nuevo mundo que acaba de empezar mantendré mi trabajo, o si mis seres queridos están vivos o por qué aún no les he llamado. Será que sigue el shock, o que no tengo sentimientos, o que éstos dejan mucho que desear… Sé cuánto dinero tengo. Me da por pensar en principios básicos de supervivencia. ¿Si mis amigos han muerto eso querría decir que eran ya igual de gilipollas que mi marido? ¿Las muertes buscaban un patrón concreto? ¿Si mi marido debía matarme, eso significa que yo merezco morir en el caso de haber formado todo parte de un plan global? Encuentro mi cajetilla de tabaco. Me siento otra vez. Inhalo el humo y mis problemas personales de hace tres horas ahora son nada; menos que nada. Han caído en el olvido. Está saliendo el sol; su luz entrando aquí me hace sentir en paz, una curiosa paz. Miro hacia una de las paredes al notar algo distinto en el salón. Tengo que sonreír quiera o no. En un cuadro horrible y enorme, una naturaleza muerta que tanto mi marido como yo hemos estado criticando estos días, hay dibujado con pintalabios el símbolo de la anarquía. Y ese círculo con la “A” dentro, síntoma de algún momento de lucidez de mi marido géminis, seguramente a sabiendas de que, de algún modo, se estaba acabando el tiempo, ha hecho que de golpe rompa a llorar como una cría.
[De vez en cuando iré dedicando el video a canciones concretas que me han marcado. Pero que lo han hecho de un modo estrictamente musical; no voy a hacer como algunos que se excusan diciendo cuánto les gusta Abba porque les traen recuerdos bonitos; odio ese rollo. La canción que yo ponga será elegida sobre todo por lo que inspira, y no porque un día le tocara las tetas a alguien mientras sonaba... Para este video he elegido “White Rabbit” de Jefferson Airplane. Es una de las canciones emblema de su disco “Surrealistic Pillow” (1967), (discazo). Esta gente básicamente coincidió con la época en auge de las psicodelia y se dejaron influir inteligentemente por esa corriente para crear temas que son perfectos (si la perfección existe). “White Rabbit” es un tema que quizá te suene por pelis como “Miedo y asco en Las vegas” o “The game”, o sencillamente por haber visto algún documental sobre el Vietnam o el rock de los setenta. El tema empieza con una línea de bajo de esas sencillas y gloriosas que se repite y va creciendo durante la canción, acompañada de la marcha de batería apropiada y unos punteos de guitarra que no puedes imaginar concebidos de otra forma. Y luego entra la voz de Grace Slick... y debes procurar no machar la ropa interior. Indescriptible. (Aprended indies actuales; pose, sí, pero también contenido).]
Conduce su novia. Y Toni se mantiene pasivo en el asiento del copiloto preguntándose cómo reaccionaria ella si supiera que justo antes de salir de casa se ha masturbado con las fotos de una de sus amigas.
No era su mejor amiga, ni de lejos, pero Toni cree que si se enterara, dramatizaría, se referiría a esa chica como una amiga del alma durante el proceso de descargar su furia contra él. Toni no es el único que utiliza las redes sociales como un valor al alza de la pornografía en Internet, eso es seguro. Digamos que es cierto lo que dicen de que insinuar a veces es más efectivo que enseñar, pero siempre y cuando no estemos hablando de fotografiadas desconocidas…
A todo esto, yo voy en el asiento de atrás, y a mí ella sí me sirve de sobras para masturbarme; o por lo menos tanto como sus amigas… En todo caso, nos dirigimos a una especie de barbacoa; una de esas cosas a las que asistes poco convencido, donde sabes que toparás con un montón de semidesconocidos y desconocidos totales, y tan solo un par de amigos de verdad.
Y yo sé que Toni se ha hecho una paja trasteando en Twitter o Facebook o donde fuera porque nos conocemos desde los tres años, la información viaja del uno al otro de una forma natural. Algunos secretos a veces sí los pueden compartir dos personas.
El paisaje monótono me está chafando aún más mientras noto ese malestar en los ojos propio de la falta de sueño. Mi cuerpo no parece querer adaptarse nunca a los horarios que la gente considera apropiados. Y a mí de todas formas el sol me parece demasiado histriónico. Podría vivir perfectamente con la mitad de luz, no me hace falta que las flores brillen hasta provocarme migraña.
La conductora, por cierto, se llama Gloria, y es la típica novia de amigo: difícilmente harías el esfuerzo de empatizar con ella a no ser por motivos lúbricos. Si no fuera porque sabes que vas a tener que volver a verla una y otra vez, reconocerías que te cae mal y procurarías no volver a tratarla. Y aunque obviamente hay excepciones, esas chicas -repito: novias de amigos-, parecen querer arrastrar a tus colegas a una especie de edad adulta que objetivamente sólo existe en el mundo como pose. Todo ello para acabar convirtiéndolos en una versión descafeinada y triste de lo que podrían haber sido solos, o con una chica respetuosa e independiente de verdad.
Gloria conduce con pericia y lleva al menos cinco capas de tela entre el aire libre y sus tetas. Es una de esas personas fáciles de detectar; de esas que pasan de las chanclas y los tirantes a los abrigos y las bufandas justo después de haber pasado una hoja del calendario. Puedes encontrártelos con veinte grados a principios de noviembre quitándose sus envoltorios de marca al entrar en las cafeterías; y encima sonriendo como si las costumbres y las tradiciones no fueran con ellos… Quieren tener tanto orden, criterio y estilo que al final por poco que les eches un ojo tienes que frenar tu sonrisa más cínica.
Ella es así, la personificación del control; en realidad como tantas otras personas, muchas de ellas jóvenes, con carreras y posgrados y objetivos cualesquiera, con trescientos amigos en facebook y siempre al menos tres cenas programadas. Tíos y tías de veintitantos que se vuelven más elegantemente mezquinos cada segundo que pasa. La espontaneidad de años atrás se convierte a menudo en buenos modos de libro aderezados con complementos y looks contemporáneos.
Toni antes era él mismo. Completamente. Pero ahora forma parte de un todo conyugal, y cuando está a solas conmigo habla de ciertas cosas como si estuviera planeando matar al presidente del gobierno. Ella no puede saber que aún quedan resquicios del tío libre de antes. Ahora cierta corriente feminista está haciendo que las mujeres se contagien de los peores rasgos de los hombres: liderazgo, egoísmo, bravuconería… Mientras nosotros imitamos sólo los rasgos superficiales de ellas: depilación, obsesión con el peinado, la ropa, etc.
Con lo cual, no hay evolución positiva a la vista. Nada más el tiempo sigue hacia adelante, mientras la gente sigue siendo materialista y estúpida, solo que con matices irrelevantes.
Nos quedan unas dos horas de camino y ya sólo puedo pensar en el viaje de vuelta. Y lo que es peor, Toni se ha puesto a hablar… Quiero decir de verdad. Diciendo cosas. Normalmente en esa edad adulta que tanto demandan todos; en esa madurez que tanto reclaman a los demás, pues bien, casi nunca se habla de verdad. Cuanta más gente haya, más ruido oirás y menos contenido habrá en las conversaciones. Pero en el coche sólo somos tres; y aunque la posibilidad de que se dijera algo interesante era casi nula -teniendo en cuenta que entre nosotros está uno de los peores ejemplares de “novia de amigo” que haya conocido-, aún así, ha sucedido, Toni se ha puesto a hablar en serio con su novia. Quizá por primera vez.
Que yo recuerde llevan saliendo como un año: ella le gustó por lo mismo que me gustaba a mí. Por lo mismo que gustaría a cualquier tío hetero o bisexual en general: Las tetas. Algo descompensadas con su cuerpo, y coronadas con una cabeza muy neutra (por más que se lave el pelo con oro líquido…). Total, que no había ningún motivo para que Toni saliera con ella, porque de hecho hasta la conoció bastante esa noche…; no tenía nada que ver con ella, no compartían intereses, y ninguno de los dos se había enamorado del otro para que se relacionaran más allá de un par de polvos. Pero lo hicieron.
Y ahora yo voy con ellos camino a una barbacoa multitudinaria digna del grupo más numeroso e hipócrita de facebook, y Toni va y le pregunta a Gloria que qué vio en él.
Que por qué siguen saliendo juntos.
Yo me encojo en el asiento de atrás y hago como que algo me llama poderosamente la atención ahí afuera. Obviamente espero con expectación la respuesta. Tengo la esperanza de que ella rompa a llorar, de que se hunda, despierte, claudique, lo que sea con tal de que dé la vuelta y yo me ahorre la excursioncita.
El silencio se hace eterno. El paisaje ha mejorado ostensiblemente, pasan a toda velocidad unos campos de trigo. Por desgracia el sol es demasiado brillante y hace que todo luzca de una forma tosca, molesta.
Y entonces, Gloria va y dice:
- ¿Qué has dicho?
Le mira un momento, de reojo. Todo parece indicar que está ensayando su mejor cara de cordero degollado. Yo siempre he pensado que ella no quiere ser más que otra pieza del Tetris: ha ido bajando y bajando y sólo ha intentando encajar con otra con quien desparecer línea a línea hasta la muerte. Gloria no quiere más que corriente estabilidad, familia, hijos. Y yo conozco a Toni.
Toni puede perder el culo por que le hagan un par de cubanas como cualquiera. Pero de ahí a asentarse con alguien al uso sin más…
Gloria le mira y le repite:
- ¿Qué has dicho?
Por la ventana pasa hacía atrás un granero a toda velocidad. Toni sigue esperando una respuesta;
- Ya sabes lo que he dicho.
- ¿Y tú crees que este es buen momento para hablar de eso?
Toni cabecea hacia mí:
- Por él no te preocupes. Sabe más cosas de mí que tú. Y todo lo que sé de ti también lo sabe…
Lo que decía; Toni ha comenzado a hablar, a hablar con contenido. ¿Y si eres sincero, debe importarte cuánta gente haya a tu alrededor? Quizá sólo hay dos opciones factibles: o hablas o te callas; cuando hablar significa decir algo, claro. Y Gloria aún no dice nada. Porque sabe que cuando hable tendrá que ser con contenido. Esta vez sí.
- Eh…
Parece que podría nublarse. El día se está poniendo interesante. No sería justo meter más presión de la que ya hay. Aquí y ahora, la sinceridad se puede cortar con un cuchillo. Gloria tiene que responder sí o sí una de esas preguntas que casi nadie quiere responder. Porque mentirían, o porque decir la verdad les daría demasiada vergüenza o daría al traste con sus planes de parecer “normales”. Es cierto que la demás gente no tiene derecho a meter las narices en pareja ajena. Pero una parte de la pareja sí debe poder saber qué coño está haciendo con su vida. Así que Toni ha visto la luz de repente, y ahora sigue esperando, mirando fijamente a su presunta novia.
- ¿Me vas a contestar o no?
Comienzan a caer gotas en el parabrisas. El cielo está parcialmente tapado con una de esas tormentas de fotografía. Gloria pone esa cara con que te mira un niño la primera vez que le regañas desde que te conoce. Y dice que no sabe a qué viene esto ahora, que no tiene ningún sentido…
- … no creo que sea bueno que hablemos de esto ahora… ¿Estás enfadado?
Silencio.
- Muy bien… – resopla mi colega -, esta mañana me he masturbado viendo unas fotos de Sara, esa chica de tu curro.
- ¿Qué?
Esto ni tan siquiera yo me lo esperaba. Es una de esas, vamos a llamarlas: naturalezas comunes, de las que nunca se habla en pareja. Esa parcela “sucia” de vida privada de la que nunca se habla. Por mucho que alguien te diga que tiene total transparencia con su pareja, siempre es mentira. Por mucho que Gloria se haya podido masturbar cientos de veces pensando en un mar de pollas de las cuales ninguna era de Toni, es igual; ahora y aquí, aunque vuelve a protagonizar otro largo silencio, no podrá digerir lo que ha oído.
- No te preocupes, sólo era una fantasía… – dice Toni con voz neutra -, alguien en quien he pensado en ese momento concreto para hacerme una paja… Nada más.
Obviamente para poder confesar ciertas cosas a los demás, jamás puedes ponerte en su lugar: no puedes imaginarte siendo el receptor de algo así en esta sociedad. Quizá llegue el momento en que la gente haya hablado lo suficiente sobre ciertos temas para que no resulten lo que de hecho no son, ni violentos ni inmorales. Toni lo sabe, me lo ha dicho muchas veces.
Y después de más silencio, y de que la tormenta que parecía terrible se esfume de un plumazo, le pregunta a su reloj:
- ¿Tú nunca te masturbas?
Dos minutos después el coche está detenido, rodeado de un océano de trigo; conmigo y Toni dentro. Gloria ha salido y está sentada en una piedra a unos quince metros más allá del arcén. No gesticula ni maldice, no llora. Sólo mira hacia el horizonte bañada en sol de media mañana. Puedo entenderla. Pero también puedo entender a Toni.
Si yo ahora fuera como esas personas que se creen capaces de consolar a todo el mundo con discursos prefabricados, saldría y hablaría con ella. Quizá incluso conseguiría convencerla para que volviera al coche y comenzara a conducir en dirección contraria. O también podría acercarme hasta donde está y simplemente quedarme a unos metros, simulando esa especie de apoyo moral abstracto que algunos practican; a veces incluso subrayando su infinito altruismo emocional repentino apoyando una mano en el hombro del afectado.
Sí, todas esas cosas funcionarían con Gloria. Quizá me gritaría un rato, y después gritaría a Toni antes de volver a sentarse en el asiento del conductor. Pero lo cierto es que la barbacoa ya está en marcha y parece que yo voy a librarme de un montón de protocolos supuestamente intrínsecos a la naturaleza humana de quienes suelen recalcar como aficiones propias acciones simples como “salir” o “estar con los amigos”… Por suerte o por desgracia, por mucho amor que sienta por mis congéneres, yo no soy así, no me exteriorizo así. Doy por hecha mi suerte de contar siempre con gente a mi alrededor, aunque seguramente eso sea un error. Sólo desearía, igual que Toni, no sentirme siempre tan distinto de pensamiento a los demás. Ahora la cordura predominante está apoyada en un industrial montón de mierda pseudofilosófica aceptada que pisotea el sentido común auténtico a diario. Y no querer pisar esa misma mierda que la mayoría de gente pisa, te convierte en lo que Toni y yo somos (sea lo que sea eso), y en lo que Gloria jamás querrá ser.
Y es lógico, si no piensas no te complicas la vida. Aunque ahora mismo Gloria sea igual de útil para esa evolución positiva antes mencionada que la piedra sobre la que está sentada.
Pasados unos quince minutos, y por mucho que la situación alimente fenomenalmente mi sed de morbo y a mi yo más hijo de puta, le digo a Toni que quizá debería hablar con ella. Puede que sea una tonta rematada sin ningún interés, y vale, quizá sí llevan demasiado tiempo saliendo juntos (soy capaz de decirlo así porque él ya me ha hablado en esos términos varias veces). Pero es una buena persona: una buena persona seguramente absorbida por factores externos que no puede controlar. Amigas con relaciones supuestamente prosperas, quizá hasta casadas, con hijos, etc. Al final para mucha gente no se trata tanto de intentar ser feliz como de parecerlo igual que los que te rodean. Ella no quiere tener personalidad, quiere ser igual que sus amigas. Y con eso se conforma. Buscar algo más que eso o enfocar la vida desde un punto de vista personal basado en tus propias pasiones o anhelos, para mucha gente no es más que el deseo de no querer madurar. Porque creen que madurar es imitar a los demás, cuando en realidad sólo tiene que ver con cierto tipo de crecimiento personal -cada uno el que considere mejor para sí mismo-, ya uses tu vida para tener hijos, ser soltero, rezar, hacer puenting o dedicarte a construir réplicas a escala de la torre de Pisa.
Algo así, en plan resumido, es lo que le digo a Toni, intentando echar un capote a la muchacha, aunque el discurso se ha ido convirtiendo en una especie de autofelación. En fin… Él y yo nos entendemos.
Toni se acaba arrastrando fuera del coche, no sin antes pensárselo durante largo rato. Me quedo solo en el asiento de atrás. Él llega adonde está ella y se ponen a hablar de una forma más templada de lo que esperaba. No puedo oírles. Quizá está embarazada y ahora tiene que afrontar la idea de abortar o tener el hijo de un pajillero declarado que se masturba con las fotos de sus amigas. Gloria no sabe leer los silencios; no quiere aceptar que en eso todos los tíos vienen a ser lo mismo. Nadie quiere saber nada de eso. Quizá la única forma de hacer que la gente tuviera un tercio más de honestidad sería amenazarles con obligarles a llevar otra vez hombreras a ellas y pantalones de campana a ellos; por ley, por falsedad demostrable. No se sabe cómo se lo podría hacer el sentido común para que todos fuéramos un poco menos falsos. Las amenazas estéticas podrían funcionar; una especie de chantaje que afectara a lo más superficial, a los detalles absurdos que más le importan a la gente. Si se les obligara a expresarse con el cerebro en lugar de con complementos y gomina, quizá cierta objetividad personal en cada individuo podría comenzar a abrirse paso al margen de las convenciones…
No sé, es una idea loca, pero no estaría mal darle un par de vueltas…
Toni y Gloria vuelven al coche, con cara de circunstancias él, y sonriente ella. Ha pasado una media hora. Se montan, Gloria arranca y salimos. Y maldita sea, en dirección a la barbacoa. Nos vamos a chamuscar junto a esa carne bajo este sol en modo coñazo; ya está llegando el mediodía.
Una vez han pasado unos cinco minutos de silencio, Gloria acaricia la mano izquierda de Toni, me mira de reojo, y dice:
- ¿No le dices eso?… Cuanto antes lo sepa más tiempo tiene para pensárselo…
Toni se vuelve hacia mí en su asiento, y, con una cara que nunca le he visto y que no sé qué refleja, dice:
- Tío.
Dice:
- Nos casamos… Me molaría que tú fueras el padrino.
[Me molan los trailers bizarros, esos que invitan a pensar que quizá alguien haya tenido una idea original para una buena película de género (aunque luego la mayoría de veces llegue la decepción...). Es el caso de “Altitude”, peli que al parecer transcurre en un viaje de avioneta que se verá amenazada por bichos dignos de una novela de Lovecraft. O sea, que o es divertida, ingeniosa y terrorífica, o un pastelazo. A ver qué sensaciones os deja el trailer... El reparto es más bien desconocido (lo cual a veces es buena señal y a veces no significa nada...). Y yo como siempre y desde mi repugnante heterosexualidad, me he fijado sólo en las chicas, entre las que se encuentra la interesante Julianna Guill (foto).]
Quizá si algunos sustituyerais los productos bajos en calorías por cocaína, saldría un poco de cordura por vuestras bocas.
Odiáis vuestro trabajo y tenéis los huevos de hacerme preguntas. No cambiáis vuestra vida y juzgáis la mía. Juzgáis hasta al viento; hacéis viajes sólo para poder seguir levantando la barbilla con orgullo en otras franjas horarias. No queréis una buena vida, queréis una vida cómoda. Sólo es factible el esfuerzo justificado, y no el vocacional. El amor es un anillo, la vida un romántico periplo por la explotación laboral, y tu mente un contenedor de basura. Pero por más que reconozcas que en parte vives equivocado (cosa que jamás harás), no pienso hacerte espacio en mi nube.
Cuando yo era muy pequeña, mi madre -una idiota que pensaba que tener hijos sólo es una cuestión de logística-, se encargó de dejarme muy claro lo que era el dinero.
Aunque bien es cierto que, la lección más grande que me enseñó, es que tener hijos es la mayor responsabilidad. Es tanta la responsabilidad, que a mí en un mundo cuerdo me habrían abortado o donado a otra familia al nacer… Además, mi padre era el típico ser pasivo que asentía a cualquier cosa que dijese ella; y apenas trataba conmigo. Una se pregunta cómo parejas así prosperan. Soy incapaz de asimilar, por ejemplo, el hecho de que mi debilucho progenitor pudiera tener pene; y mucho menos que pudiera usarlo para algo más que mear.
Pero volviendo al materialismo, éste era lo único que le importaba a mi madre. Todo era una transacción económica. Y no me hagáis mucho caso, yo era casi un bebé; pero creo que incluso una noche le dijo a mi padre que haría el amor con él si al día siguiente le compraba cierto vestido; uno demasiado caro que había visto. Y no me cuesta nada imaginar a mi padre pagando por acostarse con mi madre. El matrimonio al parecer puede reducirse a eso, una cuestión de humillación e intereses. De pequeña para mí era igual ver a mi madre hablar con mi padre que con un banquero o la frutera. Ella no hablaba, estudiaba la situación sujetando fuertemente su cartera. Supongo que el mundo se va a la mierda porque son tipos iguales que ella los que llevan las riendas: igual de cabrones y además con poder. Para mí la naturaleza humana apenas tiene ya secretos: por más que podamos fascinar con fuegos artificiales, en el fondo somos más como el amoniaco en la sopa. Por mucho que parezca que cierta parcela pueda estar en calma -es más, en paz-, cuando te separas del rebaño y te pones a cierta distancia de las cosas, comienzas a ver un mapa con la ruta más corta hacia el fin de la humanidad.
Mi educación, por tanto, empezó siendo cosa de mi madre. Ella tenía proyectado convertirme en su clon, una serpiente igual de peligrosa; y si pudiera ser, más efectiva. Para ella eso era el amor. Sin duda era en parte una mujer moderna, encajaba perfectamente con las ambiciones imperantes. Los que no la conocían bien, la admiraban. Honestamente creo que, de haber podido, me habría cambiado a los cinco años por el suficiente dinero o poder. Jugaba bien sus cartas; si hay algo que enternece en este mundo es una madre; se habla de las madres como el epítome del cariño y las buenas intenciones; y en ese sentido, el amor -aunque sea falso-, puede ser muy efectivo para conseguir tus objetivos. Ella venía a ser la versión femenina del tarado que espera a que su hija crezca lo suficiente para intentar meterle mano. Yo sólo era su nuevo plan de inversiones, ya que lo único que seguía importándole eran sus siguientes zapatos nuevos. Cierta teoría simplista habla de los hombres como meros depredadores sexuales, y de las mujeres como crueles chupópteras que sólo se dedican a esperar a que alguien muera para poder heredar la fortuna de turno. En el caso de mi madre, esa simplificación era definitiva. Y mi padre, bueno, no creo que llegara a estar nunca lo suficientemente vivo como para encajar en ninguna teoría.
Dadas mis contraproducentes influencias, ya de bien pequeñita era una buena cabrona. Y cuando digo pequeñita me refiero incluso al parvulario, a los primeros años, a la etapa en la que cualquier cosa que hagas la justifica tu edad. Era muy mona e iba con mi batita y mis coletas y mi colonia cara; y en cuanto podía me aprovechaba de mis compañeros, lloriqueaba para conseguir lo que fuera y raramente me echaban la culpa.
Mis calificaciones eran buenas y yo era feliz porque mi progenitora era feliz. Y no sabía que en cierto modo todo eso estaba jugando ya en mi contra. Hacía lo que todos lo adultos esperaban de mí, y era justo eso lo que estaba convirtiéndome en un pequeño anticristo: el escupitajo de mi madre al mundo.
Más tarde, de seguir con esa filosofía de vida, me hubiera ido bien (en el sentido más humano -que no humanista- de la expresión), pero también hubiera acabado convertida en la representación más pura de aquello que envenena al mundo. Si hubiesen puesto mi carita de niña en los billetes de veinte, hubiera sido una especie de catarsis, el emblema perfecto para el sistema de valores que tantas familias alimentan, pensándose dignísimos ejemplos a seguir.
Déjalo. Abandona. Ríndete. Lo digo de verdad, estos consejos funcionan bien por contraste con lo que suele decir la mayoría de gente. Mamonadas típicas y sencillas (en resumen: ¡Gana!¡Humilla! ¡Ahora!¡Y cuéntaselo a todos!) disfrazadas de lecciones amables, que mi madre convirtió en su forma de vida, y que acabaron por hacer de ella una puta de lujo que funcionaba en todas direcciones, en todos los campos, con cualquier tipo de gente… Y digo puta, porque a cambio de dinero iba a joder a quien hiciera falta, claro. (Obviamente no me refería a las putas en el sentido sexual; mi madre no tenía ni la mitad de dignidad que ésas…).
Aunque si no llegó a ser de ésas, no fue por que no lo intentara. Ese fue el punto de inflexión, el hecho que más me impactó de pequeñita. Fue cuando yo tenía nueve años. Mi madre intentó ligarse a un tipo extranjero, alguien que decían tenía una fortuna (siempre iba con traje y corbata…). Un par de veces llegó a estar por casa mientras mi padre estaba trabajando (Notario). Pero el tipo pareció no tragar. Mi madre quería tener a un millonario; de habérselo ligado del todo (aparte de las diez o quince veces que se lo debió tirar), seguramente habría pedido enseguida el divorcio y yo me habría quedado con mi padre. No sé qué hubiera sido peor…
Toda esta información se me aclaró del todo más tarde, obviamente. Yo era una cabrona de niña, pero conservaba aún parte de mi inocencia. Y aquí es donde entró mi obsesión con el ratoncito Perez, ese hijo de puta…; tan ficticio como Dios, pero mucho más dañino para mí en aquel entonces. Yo aún tenía sólo diez años cuando sucedió todo.
Sabía que ese bicho venía cada vez que se me caía un diente. Sabía que a mi habitación ya había venido varias veces a lo largo (o corto) de mi vida. Mi diente desaparecía de debajo de la almohada, y en su lugar aparecían veinte euros (cortesía de mamá…).
Había oído hablar de Pérez en televisión demasiadas veces para no comprender que ese mamoncete era famoso. Todos los niños habían oído hablar de él. Pero ninguno lo había visto nunca. Par mí, durante mis diez años ese ratón sospechosamente altruista era como un ovni. Un ovni famoso.
Así que un día otro de mis dientes fue a parar al suelo, y luego bajo mi almohada; y yo tenía que hacer algo, planear algo. Mi lógica infantil mezclada con la influencia oscura de mi madre, hizo que comenzara a oler la pasta. Yo sabía que era más lista que los otros niños. Los profesores me lo decían, mi madre me lo decía, las desconocidas amigas de mi madre me lo decían; hasta mi padre asintió una vez cuando alguien lo dijo en casa durante una nochevieja. Era evidente; yo iba a hacer grandes cosas, tenía un futuro brillante; y ese tal Pérez sólo era un bicho que se pasaba las noches en vela repartiendo billetes de veinte a cambio de dientes. Dientes asquerosos. Qué asco; ¿a quien se le ocurriría coleccionar dientes? Ese tal Pérez tenía un lado oscuro, algún tipo de trastorno psicótico. Una vez mi madre me había dejado ver un rato una de esas pelis de terror, y en ella vi cómo un asesino coleccionaba los dedos de sus víctimas. Así que tanto da dedos como dientes; alguien que hace cosas así no debe estar suelto por ahí.
Me obligaban a acostarme a las diez; así que a las nueve comencé a prepararlo todo. Normalmente mi padre se iba a acostar temprano, y mi madre se quedaba completamente dormida en el salón con la televisión puesta. Tenía vía libre para moverme por casa.
Hice un buen trabajo. Bajé al sótano a coger algunas cosas. Entre ellas, los cepos (que precisamente utilizaba mi padre para las ratas). Había una caja llena de ellos; cogí unos quince. Eran bastante pequeños pero servirían. A eso de las diez menos cinco fui a acostarme. En mi casa nadie venía arroparme ni nada de eso; mi padre porque ya hacía un par de horas que estaba dormido, y mi madre básicamente porque no ganaba nada con ello; (sólo me achuchaba o hacía regalos cuando lo marcaba el calendario o por costumbre; véase el primer ejemplo en esta tontería del ratón…). Coloqué los cepos alrededor de la cama. Cada uno tenía un trozo de queso; la habitación olía bastante al cabo de un rato. Y, una vez todo listo, me arropé. Estaba segura de que funcionaría, sí, atraparía a ese bicho y conseguiría mucho más de veinte euros.
Desperté sobresaltada a eso de la tres de la mañana. Fue extraño, porque no había oído ningún ruido. Sin embargo, la puerta de la habitación estaba abierta. La luz de la cocina estaba encendida. Lo que yo no sabía a esa edad, era que mis padres se levantaran durante la noche a beber o comer algo. Yo dormía mis diez horas de un tirón y pensaba que era así para todos…
Me levanté; los cepos estaban todos intactos, el ratón no había venido aún; el diente seguía bajo la almohada. Fui hasta la cocina. Mi plan era tirar los alimentos al día siguiente; pero ese pernoctar nocturno de mis padres del que yo no sabía nada, lo complicó todo. Mi madre yacía en el suelo junto a la nevera abierta. A mi padre lo encontré suicidado en la bañera, llena de agua roja.
Yo no sabía exactamente qué tipo de veneno era, pero luego descubrí que se llama Toxina botulínica. Mi padre tenía ese veneno también en el sótano. Eché una buena cantidad en la botella de agua que teníamos siempre en la nevera, y rocié también algunos alimentos. No quería que ese cabrón se me escapara, y me daba igual si había que matarlo para retenerlo.
Obviamente mi madre debió beber del agua envenenada. Y mi padre debió levantarse por el ruido, o simplemente a beber o comer algo, y se la encontró allí tirada, muerta. Y supongo que se mató porque ya sólo le faltaba un último empujoncito para decidirse. Lo cierto es que el poco tiempo que le conocí, apenas lo vi sonreír o colaborar o vivir. Sencillamente no debió saber cómo afrontar la situación (conmigo apenas había tratado), y por una mezcla de pura pereza y hastío absoluto, decidió cortarse las venas.
Yo sabía cómo llamar a una ambulancia. Y lo hice. No me sentía bien, y tampoco mal; sabía que aquello era una tragedia, pero me sentía extrañamente al margen, abstraída. Los enfermeros lo confundieron con un estado de shock; pero yo sé cómo me sentía, y no tenía reservas de tristeza acumulada, no me estaba convirtiendo en un barril de desesperación que estallaría en cualquier momento; yo era fría, y quizá esa no reacción a la reciente pérdida, fue lo único positivo que mi madre acabó legándome.
Mi madre para mí sólo era una especie de manager, un tiburón financiero que quería convertirme en algo rentable; y mi padre tan sólo era otro desconocido más: un extraño que comía y cenaba todos los días con nosotros.
Luego vinieron a buscarme mis tíos. Y me preguntaron que qué había pasado.
De acuerdo, yo esperaba despertarme con el ruido. Lo cierto es que no esperaba que el bicho abriera la nevera y se pusiera a beber agua, pero había visto en la tele ratoncitos Pérez de todo tipo, y no quería dejar cabos sueltos. En mi plan mental, un cepo saltaría, yo encendería la luz y allí me encontraría a ese mamón, el ratón famoso, atrapado a medio camino entre el suelo y mi almohada, con mis veinte euros en la boca. Después sacaría la cámara de fotos que me había preparado en el primer cajón de la mesilla. Deslumbraría con el flash a ese cabroncete, allí atrapado, en mi habitación. Mi casa. Sería la primera niña del mundo en conocer al escurridizo Pérez. Le sacaría unas cuantas fotografías; y el resto ya sólo consistiría en forrarme.
Despertaría a mi madre y le enseñaría mi exclusiva. Todas la fotos; fotos que venderíamos a los periódicos, a la televisión, a todos los grandes medios. Sin olvidar que teníamos al bicho en cuestión. Y claro, mi pensamiento en aquel entonces no podía ser otro. Un ratón adiestrado así, bien debía tener dueños. Así qué, ¿cuánto estarían dispuestos a pagar?; sí, a pagar. Por su liberación. Y claro está, si se negaban a pagarnos entonces eso les vincularía directamente al ratón, publicaríamos esa información, lo cual comenzaría a generar preguntas. ¿Quiénes eran esa gente? ¿Para qué oscuro propósito querían todos esos dientes? ¿Y de dónde sacaban todo el dinero que repartían tan alegremente?…
El trabajo de reeducación de mis tíos fue de lo más duro. Para empezar, seguramente fui una de las niñas de mi generación que antes descubrió que los reyes magos no existen, ni Papá Noel. Había reglas para mí: Nada de fantasía ni magia ni películas confusas; nada de información cruzada ni elementos comunes con los que cualquier crío se entretiene de una forma sana… Yo era una bomba de relojería; antes de que continuara entrando información en mi cabeza, debía sacar de ella gran parte de la que me habían metido hasta los diez años.
Y mi presente tampoco es fácil, es cierto. Ahora tengo veintiún años y creo a esos estudiosos que hablan de los primeros años de educación de los críos como los más importantes. Por suerte para mí, parte de ellos fueron responsabilidad de mis tíos (mi tía además fue la que me puso al tanto de gran parte de esta historia). Ahora soy una detectora humana de hipócritas. Cuidado conmigo. He descubierto que al menos la mitad de la gente es como mi madre. Gente que tiene hijos; a los cuales no se les ocurre la práctica idea de envenenar a sus progenitores. Vale la pena siendo tan pequeñita; luego sólo tienes que aguantar a unos cuantos comecocos, quizá pasar una temporada en educación especial… eso es todo. Sé que quieres oír que me siento culpable… pues busca a gente como tú si quieres que te aguanten la conversación. Nadie necesita superar ninguna prueba intelectual para poder tener hijos. Así que es justo que estos se revelen si es necesario. La justicia no existe; sólo la ilusión de justicia. Antes de juzgarme, procurad conocer mi historial mental.
Fijaos en lo que decís y en cómo actuáis e intentad recordar qué sandeces os decían vuestros padres cuando érais críos. Valorad la realidad. Que no os engañe el amor, a veces sólo son intereses disfrazados. Ahora tengo un novio al que le pone sobremanera imaginar a mis padres muertos cuando follamos. Vivo siempre en mi nube, al margen; la realidad que nos venden sólo es carne de análisis. Sigo pensando que tengo un futuro brillante por delante. Me llamo Violeta. Encantada…
[He topado con un trailer de lo más bizarro. Es de la película “Legión”, ópera prima de Scott Stewart, un tipo que lleva años metido en efectos especiales y que ha decidido lanzarse a la dirección. Como no podía ser menos, en ese apartado la película promete dar diversión de la buena. En cuanto al argumento: Dios envía a los ángeles a la Tierra para destruir la humanidad... Qué tal... En el reparto, nombres como Paul Bettany, Dennis Quaid o Kate Walsh (foto). Esta peli va a ser una de esas frikadas que no me pienso perder (espero no arrepentirme...)]
Vivir da muchísimo trabajo, con todo el cansancio y la falsedad y la culpabilidad acumulada. Y por favor, no me agobiéis, ya hay suficiente mala poesía; yo me conformo con escribir mi nombre con orina en las paredes. Con mostrarles a todos algo divertido y asqueroso a la vez, como mucho.
Hace unos días todo el mundo vio a mi vecino de arriba espachurrado abajo en la acera. Llevaba en un bolsillo trasero un libro de relatos de David Foster Wallace. Y encima no se mató.
Eso no es divertido, pero la eutanasia es ilegal y el hombre ahora vive en estado vegetativo sin poder volver a intentarlo. Y eso sí tiene algo de gracia malsana. El libro era La niña del pelo raro, cuyo primer relato es para manchar los calzoncillos. Y además, en su momento Wallace también murió (en este caso del todo) suicidado; lo cual, le da al asunto otra anécdota absurda con la que poder sonreír a la vida con habilidades motrices de la que los demás aún disfrutamos.
Creo recordar haber tenido un par de conversaciones sobre el tiempo en el ascensor con el fiambre consciente. Ni siquiera llegamos a hablar de fútbol; y sé que le gustaba…, se reunía en su piso con sus amigos ahora aún vivos de verdad para ver algunos partidos… En fin, supongo que cuando ellos se enteren del asunto procurarán pasar página rápido con una visita incomodísima al hospital… Y luego, adiós vida social.
Así que si vivir ya da muchísimo trabajo aun sin necesitar a dos personas todo el día, imagínate siendo un cactus.
Cada semana me piden artículos concretos o relatos guarros en esta revista, y cada semana les mando estos rollos pasados de rosca. Me piden amor y les doy cinismo; me piden sexo y al final el relato se escribe solo y nunca consigo incluir sexo. ¿Esto es autobiográfico? Sí y No.
Lo siento, gente sana del mundo; estoy conmocionado con la muerte social de mi vecino. Podía haberme tocado a mí. Nunca sabes cuándo el de arriba te va a señalar con su dedo divino; ese cerdo al parecer a veces ni tan siquiera quiere currárselo, se limita a amargarte la vida hasta que tú mismo haces el trabajo sucio. Y luego qué, ¿qué pasa si sólo quedas a medio morir? Pues que sigues tu camino sufriendo cien veces más, y te das cuenta de que siempre has estado completamente solo.
Y encima, ese Dios, el mamón de ficción mencionado, tiene aquí en la realidad a todos sus ejércitos luchando contra la eutanasia, el aborto, los condones… En fin, gracias al amor católico somos como somos; unos más cínicos de lo aconsejable, y el resto idiotas con ínfulas.
Alguien del edificio me ha dicho que los padres del chico están indignados. Que alguien dejó una nota en su habitación del hospital: “Espero que a tu madre le guste hablar con las plantas.”
No soy el más indicado para hablar, pero es un acto muy feo, sin duda, muy malicioso; aunque hay que decir que quien fuera también dejó flores; cosa que, bien pensado, tampoco debían dar muy buena impresión teniendo en cuenta el contenido de la nota. El hecho es que dicho suceso podía haber dado pie a una investigación, si no fuera porque cuando Cactus saltó desde la cornisa hubo unos quince testigos oculares; me imagino que invitándole a dar el paso con frases hechas: ese ¡Hay mucho motivos para vivir! en sus distintas variantes, y otros grandes éxitos de gasolinera…
Ya sé que acabo de referirme a él como Cactus. Pero es que no puedo evitarlo. Sé que los menos hipócritas y falsamente moralistas lo entenderéis. De algún modo tengo que aplacar mi dolor… A nadie le gusta ir por ahí mientras los demás se espachurran contra el suelo a su alrededor hartos de vivir. Además los cactus son vegetales fuertes, capaces de aguantar largos periodos de sequía. Son nobles. No pueden ir a comprar el pan o follar con animadoras, pero tienen más cojones de los que cualquier ramo de flores que mi vecino reciba puede decir.
No sé cuántos días han pasado desde que Cactus dio el gran salto, pero sí sé otras cosas: rollos muy chungos. La verdad es que no quería escribir sobre este tema para la revista, porque sabía que iba a pasarme de la raya. Pero me está sentando muy bien. Ya sabéis, ¡cerrad los periódicos y abrid un fanzine!
El caso es que mi vecino muerto consciente tenía una novia. O tiene. Y también es vecina del bloque, ahora ya soltera del todo… ¿Y de haber estado casada con él ahora se la podría considerar viuda?… Es igual. No sé en qué fase está la relación, pero supongo que cuando Cupido te da con una de sus flechas no tiene en cuenta las posibles lesiones de espalda que puede sufrir tu futuro amante. Me imagino que la chica en cuestión se desentenderá del asunto; quizá vaya a verle al hospital, se pase dos meses llorando y comience a salir para conocer gente, o… (ups…). Y ahí voy, mi información privilegiada tiene que ver con la nueva vida de la ya casi seguro ex de Cactus.
A partir de ahora no te vayas a tomar esto muy al pie de la letra. No digo que la muchacha sea una puta sin escrúpulos. Claro que, si lo dijera, no sería ninguna tontería. Y eso que la chica dice ser muy creyente.
Tengo en mi poder un video porno; la grabación es de una semana después de la muerte sin calorías de mi seguramente ya ex-vecino. En dicha grabación la muchacha se lo monta con un negro (tal y como lo imaginas, musculoso y con su correspondiente botella de coca-cola de dos litros). Su duración es de más de dos horas. Dos horas sin parar. Y ya sé que he divagado mucho, pero parece que finalmente voy a saber incluir algo de sexo en un artículo…
El video es el típico plano fijo enfocando una cama, como el de tantos aficionados al porno amateur. Mal iluminado, sin encuadres alternativos, sin cortes, sin gemidos falsos; vaya, una sucia delicia. La ex-chati de Cactus ofrece un buen espectáculo; habla sin parar y dice toda clase de guarradas; hasta da la sensación de que nuestro amigo de color se siente algo utilizado. Llegas a empatizar con él al ver los esfuerzos titánicos que hace para no correrse. Al comenzar el video crees que lo vas a quitar a los cinco minutos; al fin y al cabo su contenido tiene más sentido por lo que significa que por el sexo en sí. Pero cuando te das cuenta ya llevas media hora mirando, y luego ya no puedes dejarlo. Irremediablemente, te masturbas, y después sigues ensimismado en tu yo voyeur y comienzas a sospechar sobre si esa polla no será de mentira (el color no ayuda…).
Realmente acabas por admirar al tipo. Cuando ya llevan hora y media, para ella sigue siendo sexo, pero el tío ya parece estar sufriendo de verdad, preparándose para unas olimpiadas, autoimponiéndose el esfuerzo. Al final esa jamelga, para él, no parece tanto una mujer como una cinta de correr o hacer abdominales. Es excitante, pero también inhumano. Y no sé de qué me suena a mí todo ese rollo…
El video acaba con la inevitable eyaculación masculina, que deja bastante que desear después del polvo épico que has presenciado hasta llegar a la misma.
¿Y por qué yo tengo ese video en mi poder? Pues resulta que soy el delegado del bloque, y en la anterior reunión alguien tuvo la maravillosa idea de proporcionar al delegado en funciones una llave maestra. A veces la gente lleva su gilipollez a límites insospechados. Hubo que gastarse una pasta, pedir permisos, cambiar cerraduras… El porqué de tan bizarra decisión es el miedo; siempre suele serlo… Hace dos años uno de los vecinos fue encontrado muerto meses después de haber sufrido un ataque al corazón. Llegó un momento en el que, aunque todo el bloque comiera el mismo día carne a la brasa, sólo olía a podrido en toda la escalera. Unos cuatro años antes, otro episodio similar; esta vez una mujer, también sola, y muerta en las mismas circunstancias, un ataque, o una apoplejía, o vaya… que también murió de vieja. Supuestamente, según ellos, el hecho de que alguien tenga una llave maestra puede cambiar las cosas.
Así que pocos días después del salto al vacío, voy y me meto en casa de la muchacha estando ella en el trabajo. Como a echar un vistazo. Si no había nada interesante, siempre podía robarle unas bragas… Así que encontré el video, lo vi y lo devolví a su sitio. Al día siguiente volví a entrar, y el video estaba en el mismo lugar. No se deshacía de él, no tenía miedo, y lo más importante: pensaba que yo era una buena persona. Rebusqué como un sabueso loco por todos lados por si había más grabaciones de ese tipo. Pero no. Al parecer fue un capricho, con el negro le apetecía tener un recuerdo.
Hace tres días decidí quedarme el video para mí. Quería que ella subiera de su primer piso y se enfrentara a mí, el único sospechoso factible de hurto. Pero Silvia no ha subido aún, ¿verdad, Silvia? Para los cuatro lectores frikis que aún le queden a este fanzine reconvertido en revista más-de-lo-mismo, por si algún día llegan a leer esto, Silvia es la editora, la mandamás. La ex-novia de Cactus. La maquina de follar.
Silvia ha acabado representando las aspiraciones de cualquiera que haya venido a este mundo para joder a los demás. Ella sabe de qué hablo. Silvia me reclutó para su equipo de escritores fracasados para nutrir su fanzine de tacos y sarcasmo. Silvia fue la misma que rechazó varios borradores míos cuando aún tenía su editorial; según ella yo sólo sabía escribir sobre putas, drogas y tabaco; yo sólo sabía hacer apología sobre el suicidio y contar chistes de pollas. Eso decía. Y lo más importante y a la vez aburrido: Silvia estuvo conmigo y me puso los cuernos tropecientas veces, la última de las cuales fue con mi nuevo amigo y colega desde que se tiró de su noveno piso, mi ex-vecino reconvertido en vegetal baboso. Sí, el ya indestructible Cactus.
Y es que aparte de haber elaborado todo este artículo en gran parte para joder a la zorra de turno, no hay que olvidar quién es aquí el protagonista. Y el protagonista es Cactus, quien incluso tiene padres y nombre propio, y sabía cuando se follaba a esa pilingui que la pilingui llevaba dos años conmigo. Y durante esos dos años yo dije: perdonada, perdonada, perdonada y perdonada. Cuatro veces. Dos de ellas con el mismo tío. Y entonces va Cactus el cachondo y alquila un piso en nuestro bloque.
Muy bien, sé que este es mi último articulo para esta revista. Y no sé si alguien va a publicarlo. No te esfuerces en quemarlo ni nada de eso, y ahora me dirijo a la roba-planos del artículo; tienes que saber que he enviado copias a todos los fanzines underground que aún se acuerdan de mi culo. Del video ni te preocupes, iba a colgarlo en internet, pero creo que ya nadie duda de que eliges los plátanos a conciencia en la frutería.
Y no quiero acabar sin tener un afectado recuerdo para el, repito, auténtico protagonista de este rollo que no se acaba, y quien también recibirá esto (sin flores, tranquilo, yo no tendré tan mal gusto). Mi adorado y semi-muerto Cactus. Espero que pronto puedas dejar esa habitación de hospital y vuelvas a casa, que supongo que a partir de ahora será el piso de tus padres. No te preocupes por aquella nota desagradable que te llegó, no soy el único afectado por el huracán Silvia. Sólo quiero que sepas que si no puedes salir a correr o ni tan siquiera cambiar la puñetera tele de canal, pues bueno, eso son cosas que yo tampoco hago muchas veces por pura pereza. En realidad te vas a ahorrar un montón de disgustos.
Y si lo que deseas es morirte de una puta vez, aquí tienes una opción segura para darte el golpe de gracia. Sólo tienes que decírmelo y ese día para mí el sol brillará más que nunca. No sé por qué quisiste matarte, supongo que no querías seguir follando a ese ritmo… Es broma. Todo es broma. No hagas caso. Ya lo sé… voy a ir acabando. Conozco tu fama; sé que todo esto te habrá parecido de muy mal gusto, que tú estás muy por encima de toda esta amargura. Pero has leído hasta aquí, hasta el final. Puede ser interesante que te preguntes por qué.
[En el video, trailer de “Prince of Persia”, adaptación del mítico videojuego. Dirigida por Mike Newell y proyectada por la misma peña de “Piratas del caribe”; sólo en el trailer (bastante rajón) podemos comprobar que va a ser una flipada considerable. Lo único que queda por ver es si será una buena película comercial o más bien se va a parecer a “El rey Escorpión” (dios no lo quiera...). Interesante es el hecho de que el protagonista sea Jake Gyllenhal. Un tío que suele dar el pego, cuando directamente no se come sus papeles. La respuesta femenina llega por parte de Gemma Arterton, ex-chica Bond, y todo lo demás se puede ver en la foto...]
Hace meses que se jodió el timbre. Así que alguien está llamando a la puerta con insistencia, con el puño. El ruido me ha despertado y eso me ha provocado un sentimiento de puro odio; quien sea tiene que dar gracias ahora mismo de que no tenga una pistola en el cajón de la mesilla. Es por la mañana, calculo, algún momento entre las ocho y las once. Ni siquiera miro el reloj. Antes de ir a abrir, espero a que mengüe mi habitual erección involuntaria. Si es la casera quizá la ahogue con mis propias manos.
Los golpes no cesan. Me pongo la bata y, con la polla ya colgando en paz entre las piernas, voy a abrir.
Y ahí, en el umbral de mi piso materialización de lo penoso que puede ser seguir vivo, me encuentro a dos chicas sonrientes, apetecibles, definitivamente follables si quieres más detalles. La imagen hace que mi odio desparezca de forma natural. Van vestidas como los boy scouts de las películas -de hecho creo que las llaman girl scouts-, ambas deben tener entre dieciocho y veintipocos, y me dan los buenos días en plan tímido; no como lo harían unos vendedores o esas parejas de mormones. Les cuesta comenzar a hablar, se miran entre ellas, risitas, parpadeos rápidos; están avergonzadas de ese modo que en las películas porno parece tan artificial, cuando una treintañera con coletas le dice a un vigoréxico con venas como cables que es virgen, y que papá podría llegar en cualquier momento.
Los segundos hasta que comienzan a hablar se hacen eternos, se pueden palpar; me apoyo en el quicio de la puerta… espero.
Finalmente, una de las dos intenta comenzar a hilar algunas frases. Mientras lo hace creo poder ver crecer sus pezones tras la ropa, y aun así sigo atontado por el sueño, imberbe.
Me preguntan si vivo solo y les digo que sí. Me dicen que están intentando montar un negocio, algo sobre un sex shop que se convierte en pub erótico los fines de semana; no me acabo de enterar pero tampoco me interesa. En definitiva, necesitan dinero. Están consiguiendo pasta, dicen, y quizá yo podría ayudarlas. Y luego me preguntan si pueden pasar, si tengo tiempo.
Nos sentamos en la mesa del comedor; me cuentan que se enrollarán entre ellas en la parte de mi piso que quiera; que harán lo que yo les mande a cambio de cien euros. Sin tocar. Sin masturbarme antes de que se hayan ido.
La verdad es que la idea no me vuelve loco. El porno es una cosa, pero los espectáculos eróticos en directo nunca me han convencido; me parecen como tener hambre, pedir una pizza y que luego el pizzero se la coma delante de ti acomodado en tu sala de estar. Incluso yo puedo montármelo mejor. Además deben ser como las diez de la mañana; en mi somnoliento estado me va a dar igual ver a dos chicas retozando que a dos jirafas comiendo hojas de un árbol. Mi polla no tiene previsto volver a levantarse en al menos diez horas, y es muy suya para esos temas. Sea la hora que sea necesito dos horas más de sueño, varias aspirinas, ducharme, comer algo, café y tabaco.
Me levanto de mi silla y les digo que ha sido divertido verlas así, que de haberme intentado vender polvorones o algo así las hubiera mandado mucho antes a paseo. Pero que ahora no estoy para espectáculos lésbicos. Lo siento. Necesito dormir un poco más y quizá otro día…
- Pero si son las dos de la tarde… – argumenta una, cortándome.
- Oh… … ¿en serio?
Me sorprende de verdad. Aunque enseguida recuerdo que ayer abrí una botella de vino y deambulé por el piso con los auriculares puestos, con los Pixies clavándoseme placenteramente en el cerebro. Orgásmicamente. Vi un par de películas antiguas, leí un rato a Welsh y después intenté masturbarme pero mi polla no colaboró. Así que no es tan raro que sean las dos.
Está bien, me levanto y voy hacia la ventana y sopeso mis posibilidades. Luego vuelvo, me siento y les digo que si follaran conmigo podría darles ciento cincuenta… Doscientos… Vale, doscientos y me conformo con una. Y entonces durante un mágico y sórdido momento dudan, se miran entre ellas… Pero deciden que no. Un no rotundo. Y en realidad creo que ni tan siquiera yo hablaba en serio.
Vale, les digo, qué es lo que hacéis; cómo os lo montáis.
- Bueno – dice la más decidida -, básicamente entre nosotras lo que quieras. Tenemos vibradores en la mochila… Vaya, lo que quieras dentro de unos límites. No nos meamos encima ni jugamos con nuestros excrementos… ya sabes, nada de guarradas de esas.
- ¿Y no me puedo masturbar?… ¿No podemos negociar eso?
- Puedes. Cuando nos vayamos.
Silencio.
- ¿Sois… lesbianas?
- ¡No! – gritan ambas, y la espabilada dice -: ¿Tenemos pinta de conducir un camión? Joder…
- Y qué más os da que me la saque y…
- Es horroroso – me interrumpe -, un tío haciéndose una paja nos cortaría el rollo completamente. Y como tampoco vamos a tocártela para nada… Oye, no te hagas ilusiones, no somos putas.
- Ni siquiera somos bisexuales – dice la otra, con una voz mucho más aguda -, sólo lo hacemos entre nosotras. Somos amigas de toda la vida…
Cuando te quieres dar cuenta no sólo no mojas con las tías, sino que además ya no te dejan ni hacerte una paja. Esto parece una broma de televisión.
- Bueno. ¿Quieres espectáculo o no? – dice la espabilada.
- Si te digo la verdad, ahora ya voy caliente; pero estoy dudando entre Internet y vosotras.
- No jodas, tío, a ésas las ves todos lo días.
- Pero ellas me dejan masturbarme…
Las chicas, especialmente la espabilada, están comenzando a impacientarse. No sé. No me convence el trato. Me parece injusto. Incluso un voyeur debe luchar por su dignidad pajillera. Me levanto y les digo que no quiero, que no hay trato; siento haberles hecho perder el tiempo, pero creo que en el cuarto segunda hay otro tío solo.
- Muy bien – dice la espabilada, con cierto resentimiento -, pues allá que nos vamos. Quizá él sí sepa aprovechar su oportunidad…
- ¿Su oportunidad? – digo, indignado -, ¿su oportunidad de qué? ¿De hacerse otra paja solo?
Ante mi lógica, las dos callan. Están de pie y me miran.
- En serio – digo – ¿habéis conseguido colarle este numerito a alguien?
Silencio.
- ¿A nadie?
Se miran los zapatos; la espabilada se cruza de brazos. Decido ir para premio:
- ¿Alguna vez os habéis enrollado entre vosotras?
Cinco minutos después, Espabilada está sentada en uno de mis sillones; la otra ha roto a llorar y se ha derrumbado en un taburete de la cocina. Supongo que necesitan recuperar la compostura e idear otro plan para conseguir dinero. Se me ocurre que si hubieran sido hermanas y me hubieran enseñado alguna prueba de ello, les hubiera bastado con decirlo y les habría dicho: adelante con el show. Una cosa es tener dignidad y otra muy distinta dejar pasar esas oportunidades en la vida…
Les digo que podrían trabajar en cualquier discoteca, que creo que pagan bastante bien. La espabilada descruza las piernas y vuelve a cruzarlas; la otra llora con más fuerza.
Dejo que se queden el rato que quieran en casa. Les hago prometer que no me robarán nada, que no me van a putear; aunque en mi cartera sólo hay unos diez euros. Me meto en la ducha convencido de que están demasiado hundidas para empeorar la situación. Y porque creo que quizá son idiotas, pero con buen fondo.
Cuando salgo de la ducha, las dos están sentadas viendo la tele con sus uniformes de girl scout, y parece que de repente haya adoptado a dos strepers. Es domingo y les propongo salir a tomar algo, yo desde luego café. Y aceptan.
Por la calle todo el mundo nos mira. Algunos pensando que quizá soy un putero, o peor, de la tele o alguna revista erótica… Espabilada y compañía siguen en silencio, dubitativas. Les pregunto que si tienen adonde ir. Las casas de sus padres. Les pregunto la edad. Dieciocho y veinte. Espabilada veinte. Y diría que por lo menos ella lleva silicona. Y después de haberlas visto proceder no me extrañaría nada que se hubiera operado las tetas para los shows porno sin pajas.
Nos llegamos hasta mi cafetería habitual. Una de las dos que más piso. No digo nada y alguien ya me está preparando un café solo. La camarera se acerca a nuestra mesa y me saluda y mira con curiosidad a las chicas. Opto por no intentar normalizar el asunto, tengo la esperanza de que se normalice solo. Sí, hay conmigo dos chicas disfrazadas de prostitutas de doce años, pero soy cliente habitual, bien debo tener alguna libertad para el excentricismo de vez en cuando.
Espabilada pide un café con leche. La otra, Nestea. Siguen cabizbajas, meditabundas; no parece importarles que se les vea el tanga o la media de edad en el local, que debe superar ahora mismo holgadamente los cincuenta; incluyéndolas a ellas en el cálculo.
Nos traen lo pedido. Decido levantarme a coger un diario. Cuando llego adonde están, o suelen estar, veo que sólo hay un par de revistas. Cojo una. Es la típica publicación femenina, hecha por demonios que viven entre nosotros para chicas jóvenes y mujeres sin muchas luces. Me siento, la ojeo; y todo son complementos de moda, artículos contra las estrías, fotos retocadas de veinteañeras que se hacen pasar por treintañeras para anunciar crema antiarrugas. Demi Moore. Drew Barrymore (a la que llaman gorda de forma sutil en un artículo de tres columnas). Y una entrevista con Karl Lagerfeld, un diseñador de moda para el que creo que debería instaurarse la pena de muerte de forma provisional, donde sea que esté, sólo para condenarle a él. ¿Por qué? Como mártir de la moda. Simplemente por gilipollas.
Espabilada ladea la cabeza intentando ver algo de la revista. Se la paso. Comienza a hojearla.
- Creo que salgo en el número de este mes – murmura.
- ¿Cómo? -. Esto ya es lo último que me esperaba. Dice que hizo un anuncio para una colonia; ni tan siquiera recuerda la marca. Que la hicieron desnudarse y que todo fue muy violento.
- En la foto no salgo desnuda, claro, pero allí todos me vieron bien. Me sentí violada, en serio.
Al rato estamos vagando por las calles; ellas se detienen de vez en cuando a mirar alguno de esos escaparates sobrecargados de cosas que no me importan. Todos dicen que para todo el mundo hay una oportunidad si luchas por ella. Es mentira. Y a más años tienes más mentira es. En cualquier caso, hay una elección fundamental en la vida: elegir entre ser respetado o ser sincero con uno mismo. El dinero o la felicidad. Y pocas veces ambas cosas coinciden. Las dos chicas que van conmigo de momento sólo quieren dinero, y no parece que vayan a cambiar nunca. Dadas las circunstancias creo que lo mejor que podrían hacer es un sesenta y nueve entre ellas. Seguramente jamás volverían a sentirse limpias y aceptadas. Los demás se encargarían a conciencia de ello. Tienen suerte de haber dado conmigo; por mucho que me importaran, tanto me iba a dar que eligieran poner una tienda de golosinas antes que estudiar una carrera. De hecho ellas mismas aún son sólo golosinas. No pienso darles ninguna lección de vida prefabricada. Todo el mundo debería poder tener el desaconsejado derecho de convertirse a sí mismo en un punto de inflexión, en la diferencia en comparación con ese zombi redundante del que las calles están plagadas.
Espabilada me dice que no tienen ganas de volver esta noche a sus casas; qué quizá podrían quedarse hoy a dormir en mi piso. Digo sí. No sé qué va pasar mañana cuando despierten. O esta noche. Quizá consiga un streaptease, o algo más. Comienza a gustarme este rollo decadente. Quizá un día de estos les dé cien euros sólo para volver a la cafetería con ellas disfrazadas de animadoras. Creo que los tres tenemos alguna oportunidad de ser la comidilla de toda esa gente que tanta pereza me da.
[Ha llegado la semana del estreno de “The Box”(trailer arriba), nueva peli de Richard Kelly, hacedor de “Donnie Darko” (foto abajo), en mi opinión una de las películas más interesantes y originales (y estimulantes) de los últimos años (cosa que podría decir también de Southland Tales a pesar de las críticas). En todo caso esta película supone la nueva apuesta fuerte de Kelly por un cine con personalidad y arrojo. Y ojalá llegue al nivel de su opera prima.]