El horario puede acabar siendo el mismo cuando crees que eres libre. Basta con tener tu pisito, el coche y quizá estar casado, que al final la libertad suele reducirse a viajes puntuales y planes para cambiar los muebles de sitio. Es la felicidad de un pasillo de supermercado lleno de ofertas, de un accesorio nuevo para el coche, de evitar pensar en las demás mujeres u hombres… Es el oasis del contribuyente, medir y clasificar el tiempo libre y el trabajo. Y luego nos extraña que la gente se separe, se deprima, se odie o se mate. El siguiente plan siempre es comprar algo, y la táctica por excelencia, negarnos como seres humanos. Podemos ser perfectos del modo que nosotros queramos, eso pensamos, podemos negar los instintos, la reclusión, el aburrimiento y cualquier cosa que pueda hacer que nos replanteemos algo. Y hasta tal punto se ha normalizado este modo de vida, que la mayoría de gente se niega a dejar su puesto en la cadena de montaje.

No es conformismo, somos girasoles y nunca sale el sol. Miramos siempre hacia abajo mientras alzamos el mentón y le enseñamos a los demás nuestra nómina. Y que sea siempre de noche no es culpa nuestra, o por lo menos no del todo. Desde pequeño todo lo que ves a tu alrededor es dinero, y tu padre está dispuesto a convertirte en su versión clonada sofisticada; igual, pero más rico.
¿Y las respuestas? No hay. Ni tampoco soluciones. Lo que sea que oprime a unos para el bienestar de otros está bien arraigado. Y en cuanto a los números, bueno, nadie quiere perder la esperanza de poseer un poco más cada vez. El capitalismo ahoga a la mayoría, pero permite algunos milagros. Son esos milagros materiales los que mantienen al mundo siempre de noche, del mismo modo que te pasas toda tu vida esclavizado por tus posesiones.
Ya está aquí otra vez, canta el coro; el Apocalipsis anarquista, los sueños húmedos con rascacielos cayendo implosionados a la luz de la luna. Soñar con la anarquía es como imaginar qué debe haber bajo la ropa de las novias de tus amigos.

Y tanto rollo de digestión pesada para llegar a esto, una ventana que da a una piscina privada, una colección de bikinis que no se acaba, anillos de compromiso; dicen que el amor tiene la fecha de caducidad a los tres años, que luego ya tienes que elegir entre el conformismo o la libertad. Bien, simplifiquemos, a veces es más constructivo. La gente se aferra al cariño y procura pensar como las parejas de hace cincuenta años, es el mecanismo de la fidelidad. Se miran entre ellos y se dicen: “las estadísticas no tienen nada que ver con nosotros”: beso en los labios, leve apretón, y a buscar el cambio en cosas como un coche nuevo, un colchón más cómodo, una tele más grande, el cariño, cariño, cariño, cariño. Un aumento de sueldo, comprar ropa para bodas, bautizos, conversar con otras parejas en elegantes restaurantes, sonreír ampliamente, tener quizá la verdad a buen recaudo arrinconada en la cloaca del cerebro… Es una competición a muerte contra la evolución, contra la aceptación de nuestra condición de mamíferos. Si los seres humanos tuvieran la capacidad olfativa de algunos animales, la poligamia sería imposible de disimular: el olor de la colonia y el suavizante se mezclaría con el de los fluidos corporales, las mujeres tendrían que vivir encerradas y los tíos nos pasaríamos el día intentando meter la cara en el culo de la vecina. Una sola variante en nuestra forma de ver el sexo quizá nos daría el último empujoncito fuera de la monogamia.

Da igual que te pases la vida arrugando el ceño ante lo que ves. Tápale los oídos a tu hijo y después grita con todas tus fuerzas la verdad, y verás que ya no sirve de nada.

Hablaba de bikinis y una piscina y anillos de boda, y tenía un sentido. Desde la ventana de mi piso arruinador de ilusiones, se ve una piscina al otro lado de la calle, tras un muro. Es una de esas casas con jardín que suelen crecer del suelo por arte de magia cuando alguien es sospechoso de malversar fondos, estafar, aprovecharse, y todas esas cosas que te pueden hacer rico. Es una alegría el saber que al final todo el mundo muere. El ejemplar cincuentón de la casa mencionada tiene una hija de veinte años que cada tarde se pone un bikini distinto, y nada en la piscina mientras la espío con mis prismáticos. Y cuando he dicho hija, quería decir mujer.
Es como sería la muñeca Barbie si ésta midiera metro setenta y pudiera follar o tener la regla. Es como si Huge Hefner hubiera elegido, hubiera sentado la cabeza y fuera mi vecino. Ella sale por las tardes y se quita el batín blanco al borde de la piscina mientras yo me bajo la cremallera del pantalón. Es el mito del barrio, la belleza que separa mi bloque de pisos gris de una de esas zonas residenciales que todos hemos fabricado con deudas bancarias, desalojos, guerras y muerte. La mediocridad material convive con el lujo, y los pájaros cantan. Barbie hace sus largos con la creencia de que quizá sea mejor tener cinco años buenos, que pasarse toda la vida siéndolo.
Nos aferramos a la honradez como cualidad indiscutible, sobre todo cuando sabemos que nunca tendremos la posibilidad de tener un jardín con piscina. La mayoría numérica es la que podría cambiar el mundo y mejorar el futuro, pero normalmente tenemos demasiado miedo, y estamos muy ocupados renovando el fondo de armario o alicatando otra vez el baño. Hablar es fácil, sí, pero la mayoría prefiere hacerlo sobre otras cosas. Si algo me ha enseñado la chica de la piscina es que la honradez idiotiza, y una honradez absoluta puede idiotizar absolutamente. Tenemos una versión sobre la bondad que se basa en el individualismo con gotas de altruismo conciliador, pero solo para con las personas que nos rodean a unos cien metros a la redonda, o a dos o tres pasos en el árbol genealógico.

Barbie sigue haciendo su ritual cada día en la piscina; fuera el batín y bikini nuevo a la vista, unos cuantos largos, crema bronceadora, y leer revistas en las que chicas como ella anuncian crema antiarrugas y máquinas de ejercicios. Luego a veces sale su marido tras su barriga y se fuma un cigarrillo sin decir nada. O simplemente coge a Barbie por el brazo y se la lleva adentro. Luego, al cabo de cinco o seis minutos ella vuelve a salir recolocándose los tirantes, a veces con las nalgas marcadas, y en alguna ocasión llorando.
Una vez puede volver olvidar que el dinero no compra la felicidad, vuelve a su tumbona y abre otra vez la revista.
No es feliz, pero no hay mucha gente que lo sea de verdad, y ella por lo menos puede decir que hace tiempo que se reconoció humana.
Está bien, los tiempos cambiarán, un día la chica dejará al viejales y se echará un novio normal (si es que con su aspecto se puede). Pero la gran verdad siempre será que yo nunca podré asegurar ser más digno que ella, y tampoco ninguno de mis vecinos, con sus trabajos odiosos y sus caras de asco matinales. Ella no se engaña a sí misma más que nosotros.

A menudo me masturbo prismáticos en mano, y luego me llegan reflexiones claras como el agua mientras oigo los ruidos de mis vecinos. Y recuerdo conversaciones con mis amigos; veo con claridad a todo el mundo preparándose y redondeando el currículum, mientras puedo adivinarles en el futuro resoplando de hastío todos los domingos por la tarde. Y pienso: enhorabuena, lo habéis conseguido, aunque no sé muy bien qué coño habéis conseguido si siempre os estáis quejando. La búsqueda de la felicidad seguramente pasa por negar unas cuantas de las reglas sociales, no sé cuantos infelices más tendrá que haber para que nos demos cuenta. La gente confunde la dignidad con bajarse los pantalones a las primeras de cambio. Sudar como un cerdo no siempre significa que estés aprovechando la vida a tope. De hecho, a menudo significa que gracias a ti serán otros los que van a vivir la vida a tope. La mayoría sobrevivimos para que otros vivan. Dos más dos. El caballo blanco de Santiago es blanco, joder, pero la mayoría prefiere verlo de hermosos colores brillantes cuando les preguntas. Así que no culpo a Barbie por haber querido huir de todo eso, no puedo culparla.

Mientras yo era pequeño y mis horribles profesores me enseñaban a odiar los libros y la cultura con su incompetencia, seguro que los padres de Barbie no podían imaginar que tendrían una hija así. Si son de los de tener descendencia por inercia, deben estar tirándose de los pelos. La mayoría de gente que tiene hijos es capaz de llevar las cuentas al día con sueldos escasos y medios limitados; pero a menudo se olvidan de lo más importante, su hijo no es una mascota. No basta con comprarle un saco de pienso a la semana y rellenar el cuenco de agua. Aunque tu niña sea la mar de fotogénica, puede que necesite algo más de ti además de ropa.

La felicidad funciona por ciclos, ya lo sé, existe por contraste; pero también es verdad que aún no sabemos sustituir el individualismo de diseño por el de verdad. Con el de verdad no eres un zombie orgulloso de serlo. El secreto del individualismo sincero funciona con una mínima porción de negación; sigues mirando hacia otro lado a veces para no sufrir, pero no hasta el punto de continuar convirtiendo este mundo en una casa bonita con cadáveres en el jardín.
Yo lucho por ser así, el individualista coherente. Barbie, sin querer, me ha enseñado cosas sobre la vida. Puede ser cierto que de todo se aprende, para el resto del mundo ella solo es una puta.

Llega el día en que me encuentro de frente con la chica. Intenta meter cinco bolsas de la compra en casa, y una se le cae.
Se derraman los embutidos, cartones de leche y algunas pruebas de embarazo.
Teniendo en cuenta que espiándola me ha hecho pensar sobre la vida más de lo que fueron capaces mis padres y mis profesores, me siento en deuda con ella. Le recojo las cosas y las meto en la bolsa. Le digo que si lleva mucho tiempo viviendo en esa casa, eso le digo;
- Ya sé quien eres, no hace falta que disimules.
Deja las bolsas en el suelo y se cruza de brazos. Y yo me dispongo a perder toda la dignidad.
- Me espías todas las tardes, ya te he visto – dice.
Los prismáticos, reflejos del sol. Llego a las conclusiones inevitables mientras bajo la mirada. De su bolso sobresale un libro. Ella me sonríe como le sonríes a un niño de cinco años. El libro es de David Foster Wallace: La broma infinita. Y eso, de algún modo, lo cambia todo, y a la vez me da pistas sobre por qué ella solo con pasearse y nadar y llorar, ha hecho que yo cavile. Tiene unas pequeñas ojeras y los ojos verdes, despiertos como no lo suelen ser en chicas Playboy. Decido cambiar de tema por puro impulso;
- ¿Por qué vives con ese tío?
Pausa.
- Bueno… no creo que siga mucho más tiempo con él. – Mira su bolsa, las pruebas de embarazo.
- ¿En serio?
- Sí. No tengo planes, pero no seguiré mucho más aquí… ¿Cómo te llamas?
Se lo digo.
- No hace falta que te avergüences, todos hacéis eso. Si no es mirando por la ventana es mirando la tele, o con el ordenador, o con la novia pensando en la chica de la tele o el ordenador… ¿Vives solo?
- Sí.
- ¿No tienes novia?
- Sí. Pero no la quiero.
- Qué novedad… – sonríe.
- Es verdad, ni siquiera pienso en ella, ya casi ni nos vemos. – Digo la verdad. Y nunca digo la verdad. Ella me la sustrae.
Le digo que cuánto tiempo más va a estar aquí.
- ¿Te gustan mis bikinis? – suelta se sopetón.
- Sí…
- Tengo novecientos ochenta.
- …
- A él le gusta verme con ellos. Es lo único que puede darme.
Luego me da su número de teléfono, sin preámbulos. Quizá porque quiere salir conmigo, o para hacerme daño, o solo para hablar. Cumple con cierto perfil desconcertante de quien ya no vive en este mundo. Parece sentirse superior, y a la vez amargada. Y da la sensación de ser económicamente independiente. Es como si estuviera con ese tío por mero experimento social, para ver qué es lo que pasa, por qué otras mujeres hacen cosas así. Nada me extrañaría, y no me importaría ser su siguiente experimento.
Se apunta mi número de teléfono. Recoge las bolsas del suelo y, sin expresión, me dice:
- Esta tarde saldré a la piscina a las cinco…
No sé qué cara poner. Y le insisto en que me diga cuándo dejará al viejales.
Ella abre la puerta haciendo malabarismos con las llaves y las bolsas. Y dice:
- Cuando llegue a los mil bikinis.
Luego hace una mueca enseñándome los dientes, como si fuera tan capaz de protegerme como de matarme. Y cierra la puerta.
Por la tarde sale con su bikini novecientos ochenta y uno. Y yo no puedo dejar de pensar en meterme en líos, en estar con ella a partir del número mil, y en morir con ella, jóvenes, aparte, felices.

[Una de mis películas favoritas, por múltiples razones, es “La tentación vive arriba”. La principal razón es que Billy Wilder me parece uno de los mejores directores de la historia, y también uno de los mejores guionistas (video). Es de esas películas que me hacen compadecer profundamente a la gente que prefiere no hacer nada o meterse en un tugurio antes que ir al cine. Se puede compaginar, diréis… creedme que ese tipo de gente casi tiene que hacer memoria para recordar quien era el rubito de “Titanic”. Ellos se lo pierden.
Y las fotos, de lujo; en una Marilyn Monroe bailando con Truman Capote (Qué peligro Truman ahí...) Y en la otra, la pequeña Norma Jean.]

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