Nazco y me paso veintitantos años sin levantar la mano para preguntar. Después descubro que tengo menos etiquetas que desengancharme, el lado positivo. Me preparo siempre un café demasiado amargo y el tabaco sabe genial. Despierto y es ayer otra vez, solo han cambiado los números. Debería dar gracias por cada segundo, pero no todos lo merecen. Debería hacer que valieran la pena, pero no siempre hacer eso es necesariamente bueno. Mi hermana cree que será mejor según el tiempo que se pase encerrada en el lavabo antes de salir; mi hermana siempre estaba con la mano levantada en el colegio. Mis padres tienen edad para haberse meado encima en época de posguerra; para ellos el existencialismo no existe, solo papeles de los que dependen. Mis abuelos están muertos. Y el resto de gente espera que haga lo que ellos quieren, tratándome con condescendencia si no es así.
Camino pendiente de todo el mundo por la calle un día más. La gente baja la cabeza si les miras y no te conocen; y cambian de acera si les miras, no te conocen y no te has afeitado. Tropiezo con un mendigo y me canta las cuarenta; le doy un euro y me siento mejor y sigo mi camino. Topo con una antigua compañera de primaria y me saluda. Ahora tiene tetas y la cara pintada. Es amiga de mi hermana y dicen que le gusto. Intercambiamos cuatro frases hechas y nos separamos. Su última mirada parece de odio… No, de decepción. Entro en una cafetería.
Salgo de la cafetería y me dispongo a ir al parque. Cuando llego me siento en un banco y procuro no romper a llorar solo; la misma gente que baja la cabeza o cambia de acera al verme, podría llamar a la policía. Al final contengo mi estado de ánimo y me pongo unas gafas de sol. Llevo tejanos de marca y una camisa nueva; soy feliz a la vista de cualquier ejemplar de ciudadano occidental propenso a las celebraciones festivas en nombre de la mediocridad.
Al cabo de un rato me levanto del banco y camino sin rumbo, en dirección a casa. Intento dejar la mente en blanco, sin éxito. Pienso en una familia feliz de meteoritos cayendo en la Tierra, en accidentes de tráfico, en cómo reaccionaría la gente si muriera Fulanito. Las luces artificiales comienzan a encenderse. Me quedo mirando un escaparte sin fijarme en los productos que me ofrece. Es una de esas tiendas en las que lo mejor que puedes conseguir es una figura negra de Buda con olor a cerrado. Sigo parado delante del escaparte y me enciendo un cigarrillo. Mi hermana debe estar tomando algo con las amigas, o utilizando su vibrador secreto. Pero ya mismo irá a casa. Solo es miércoles. Yo sigo parado delante del escaparate, pensando en si quedarme así hasta que la dependienta salga para decirme que le estoy ahuyentando a los clientes.
Cuando han pasado veinticinco minutos, veo a una chica a través del reflejo del cristal. Pasa justo a mi lado. La miro y me mantiene la mirada hasta que pasa de largo. No lleva maquillaje. Y yo respiro hondo, y vuelvo a casa.

[Hace poco me atreví a ver “Hostel 2”. La primera no me pareció espatarrante, pero reconozco que su idea y su ejecución me calaron con el tiempo. La película no se me fue de la mente, y cada vez que la recordaba me parecía mejor. Hostel 2 es un desafío, una detectora de hipócritas, esa gente que dijo que la primera era repugnante y luego pagaron por ver la segunda. Esta secuela es nuevamente sosegada en su narración. Eli Roth no carga las tintas ya desde el minuto cinco, te presenta los personajes poco a poco, te prepara para las tres escenas de violencia brutal que sabes que llegarán, y lo hace con inteligencia y paciencia. La de Hostel es una saga para morbosos, de igual forma que lo son otras muchas que no le llegan a la cintura en intensidad. Los que sabéis que lo sois, reconocedlo, id al videoclub de una vez, aunque sea con gorrita y gafas de sol. El trailer en el video.]

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