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Me noto adentrándome en una fuerza quizá oscura, aun estando solo y tranquilo escuchando a los Kinks. Si te gustan los Beatles, escucha a los Kinks; si en realidad los Beatles, aun gustándote, nunca llegaron a apasionarte, los Kinks lo harán.
Los ángeles también roncan. Me viene esa frase a la mente una y otra vez por algún motivo. Creo que porque la noche pasada soñé con Lily Cole; estaba durmiendo en la misma cama que yo y emitía un leve suspiro pesaroso, casi imperceptible, pero lo suficientemente llamativo en contraste con su cara de muñeca. Los ángeles también roncan.

Es miércoles y se está haciendo tarde, pero necesito salir del piso. No quiero fumar dentro del piso (demasiado pequeño, se apesta enseguida), y necesito un café con cara y ojos. Cuando llego al garito habitual no tengo que decir nada y la esforzada camarera inmigrante ya está trabajando para mí. Es agradable poder entrar en un sitio y ser atendido y salir sin tener que pronunciar una sola palabra. Aunque también es inquietante.
Me bebo el café solo, con calma; ojeo un diario sin llegar a leerlo. El humo dentro de mí se convierte en lo mejor del día. La camarera bromea con un par de clientes habituales en la barra, hace demasiado calor aquí dentro y la terraza fuera está vacía y los ángeles también roncan.
El café es minúsculo y aun así me dura tres cigarrillos. Doy un último sorbo y me enciendo el cuarto. La garganta se me comienza a irritar, pero tendrá que aguantarlo; a menudo no hay las suficientes drogas en el mundo. Comencé a fumar a los veintiuno; o más bien me resistí hasta los veintiuno; en realidad siempre pensé que acabaría fumando, como si estuviera destinado a ello; era inevitable. Aunque sólo fuera tabaco. No me veo esnifando polvos por la nariz ni pinchándome agujas en el brazo, así que probablemente nunca lo haré; aunque para otros a menudo no haya las suficientes drogas en el mundo. Aunque los ángeles también ronquen.

El suelo de la cafetería está pegajoso bajo mi mesa. Tengo un mal augurio justo después de notarlo. Comienzo a estar incómodo; aspiro la última calada del cuarto cigarrillo. Y justo cuando estoy aplastando la colilla en el cenicero, entran dos tíos encapuchados en el local.

Llevan dos pistolas negras que igual podrían ser de agua, pero cuando nos dicen que nos echemos de cara al suelo todos nos movemos al instante. Gritan que quieren vaciar la caja registradora, que si intentamos algo le volarán la cabeza a alguien, que no tienen nada que perder y nosotros podríamos perderlo todo de golpe. Y yo sólo puedo pensar que tienen razón, y que los ángeles también roncan.

La chica inmigrante vacía la caja seguramente pensando en el día en que decidió venir aquí en busca de un futuro mejor; un solo paso en falso y mañana el dueño del bar, ahora también echado en el suelo, tendrá que buscar otra camarera. Es el encanto de la espontaneidad de la vida; estando en el lugar equivocado del tablero de juego puedes desaparecer sin más. Desde donde estoy puedo ver la cara de otras seis personas. Tres de ellos parecen incluso tranquilos, dos de ellos cierran los ojos con fuerza, y uno parece estar aguantándose la risa. Algo me hace pensar en si realmente aquí todos tenemos tantas cosas que perder. Quizá entre algunos de los que estamos siendo atracados y los atracadores sólo nos diferencie el hecho de que ellos ahora tienen una pistola en la mano. Quizá merezcamos un tiro en la cabeza y ellos irse con nuestra pasta. Al menos ellos están haciendo algo con su hartazgo.

El atraco parece eternizarse. No se oye ninguna sirena a lo lejos, nadie ha activado ninguna alarma. Puede que en la lógica de este mundo tenga más sentido conseguir una pistola que ponerse a estudiar derecho. Pero también puede que no.
Cuando estoy a punto de volver a pensar en lo ángeles, se oye un disparo. Miro hacia la barra y veo a la camarera con la mirada perdida, agarrándose el cuello y sangrando; algo ha hecho mal o al encapuchado se le ha disparado su pistola real. Los dos tíos están petrificados. Algunos clientes cercanos a la salida aprovechan para huir. Yo estoy justo al fondo, los que estamos más lejos de la salida decidimos quedarnos como estamos. Los encapuchados comienzan a hablar en susurros entre ellos. Uno cierra la puerta del bar y los dos arrastran la máquina de tabaco para bloquear la salida. Tengo un pitido en el oído por el estallido de disparo. La camarera ha caído tras la barra, quizá ya muerta, o camino de estarlo.

No entiendo qué es lo que quieren hacer ahora; apenas se les entiende hablar, siguen susurrando. No sé qué es lo que te impulsa a entrar en un bar para conseguir la miseria de la caja registradora. Nada encaja; no sé tampoco por qué han bloqueado la salida y no han huido con el botín después de matar a la camarera. Lo único claro es que están cabreados, no ahora (que también), sino cabreados con su vida. Nada que perder. Los ángeles también roncan, lo tengo claro, aunque aún no haya conocido a ninguno.

Los atracadores nos dicen en voz alta y a trompicones, pisándose el discurso el uno al otro, que no pasa nada. No pasa nada, repiten. Pero no nos explican qué narices tienen planeado. Seguramente alguien habrá llamado ya a la policía, ha habido un disparo y al menos cinco personas han huido. Eso es todo; sólo unos diez clientes tirados en el suelo y dos tíos armados que caminan de un lado a otro maldiciendo. Y no quiero pensar por qué en pleno mes de agosto todos estábamos aquí metidos habiendo terraza fuera. No quiero pensarlo. Sólo puedo oír los pasos de los atracadores de un lado a otro sin oír aún ninguna sirena a lo lejos.

Sin comerlo ni beberlo, los tipos dejan de susurrar y comienzan a gritarse el uno al otro. Creo que es entonces cuando empiezo a tener miedo de verdad. No tanto por los gritos como por lo que se dicen el uno al otro. Hablan de suicidio, de que qué van a hacer si no; uno de ellos propone matarnos a todos, para tener esa experiencia antes de morir. No les culpo, seguramente todos nos hemos preguntado qué sentiríamos al quitarle la vida a alguien. Yo personalmente no seré el que forcejee si me ponen la pistola en la cabeza. Quizá tengo más motivos para estar deprimido vivo que ante la posibilidad de morir. Y aun así surge en ti ese capullo obcecado en seguir viviendo, ese cagado al que das de comer todos los días. Las veces en que más intensamente he pensado en el suicidio ha sido viendo esos anuncios de televisión en que la felicidad tiene ya formas preestablecidas, y consiste en comprarse un coche u otra coca-cola; eso, y cada vez que oigo a alguien decir la expresión “la mejor droga es la vida”. A los que llevan el disfraz de optimistas se les ve a dos kilómetros. Tienen siempre sus pautas, saludos y protocolos; al final no son tanto individuos felices como autómatas de las emociones.
La sinceridad ha quedado sepultada en una avalancha de educación bisagra; ese modo de actuación para empalmar momentos y quedar bien; puedes ser un gilipollas insensible y un hipócrita siempre y cuando antes hayas dado los Buenos Días. Así que por favor, encapuchados idiotas, si vais a coger a alguien para pegarle un tiro en la cabeza, yo soy la mejor opción, no dejéis que el tío que lleva aguantándose la risa desde que llegasteis se adelante. O cogedme como rehén, salid ahí fuera y provocad un tiroteo.

Pero pasa el tiempo y siguen sin hacer nada; aún no se oyen sirenas y parece que ya no quieren matarnos, ni tan siquiera a uno de nosotros para probar; a estas alturas ya se sabe que lo de la camarera ha sido un accidente. Ya sabes, un desgraciado suceso; ser pobre, tener a tus hijos en otro país y morir de golpe; lee los artículos sobre accidentes de avión y verás que cuando hay supervivientes a menudo estaban en primera clase. Y ésta no es una cafetería de primera clase. Todo el que está aquí es pobre o viene de haber sido pobre todo el día.
Los dos tíos se sientan cada uno en una silla y parecen comenzar a afrontar un serio cuadro de depresión; debe ser jodido afrontar algo así en medio de un atraco absurdo. Los demás llevaremos como diez minutos en el suelo; y es el primer momento en el que noto que la música de la radio sigue puesta. Aun estando sintonizada en una de esas emisoras de FM ruidosas y molestas, en las que se dedican a poner sólo la música de mero interés económico, comienza a sonar el Walk on the wilde side de Lou Reed. Y hace años que no oigo el Walk on the wilde side. Los atracadores siguen cabizbajos en sus sillas, sin hacer nada, con las pistolas colgando, a punto de deslizarseles de la manos.
Uno de ellos rompe a llorar de golpe, de esa forma violenta en la que pierdes el control y convulsionas. Se pone de pie y todos nos ponemos alerta.
Camina hacia donde estoy yo, hacia donde estamos casi todos, recluidos al fondo.
Los ángeles también roncan, y el atracador lloroso descarga tres balas a quemarropa en la cabeza de una chica de no más de veinte años.
Gritos.
Después el hombre deja de convulsionar y se sienta en la misma silla en la que estaba y ya no llora. El charco de sangre crece y me alcanzará tarde o temprano. Otras dos chicas, las que compartían mesa con ella, están sollozando; y yo, después del mero sobresalto de los disparos, sencillamente no consigo sentir nada.

Miro hacia la chica muerta. Puedo ver su cara; tiene los ojos cerrados y, al margen de la sangre y el agujero que se abre paso en su sien, noto cierto semblante de paz en sus rasgos. No sonríe, pero es como si se hubiera quedado a medio camino de ello. Durante un segundo noto un ramalazo de envidia, y los lloros histéricos de las amigas me parecen de lo más molestos e injustificados.
Los ángeles también mueren. Y quizá no eran felices. Las frases recurrentes toman nuevas formas en mi cabeza, y eso me resulta de lo más alentador.
Descubro de repente dos cosas a la vez. La primera es que el charco de sangre ya me ha alcanzado y si sobrevivo será bañado en ese zumo de veinteañera. La segunda es que una chica se ha acurrucado contra mí de algún modo, arrastrándose boca abajo, y parece agazaparse como en una trinchera, más emocional que física, mientras deja mi manga derecha llena de mocos y lágrimas.
La recuerdo de antes, se sentaba en la mesa que yo tenía detrás; leía un libro de autoescuela y parece tener los dieciocho recién cumplidos. Y seguro que, al margen de su aspecto frágil y apetecible, ronca, como muchos otros ángeles. Es lo primero que pienso al verla, su nariz pequeña, la frente ancha, el pelo rizado castaño y los ojos grandes y oscuros; ronca, seguro. Y los segundo que pienso es que me resultaría muy desagradable ahora verla morir a ella.

El atracador que parecía más tranquilo ha pegado dos tiros de repente a los altavoces de los que antes salía Lou Reed. Hacía un buen rato que solo sonaban jingles de publicidad histriónicos y cargantes, y le comprendo perfectamente. La camarera debió morir con el anuncio de una macrodiscoteca de fondo. Estamos bañados en mediocridad; mientras la sangre muerta me llega a la piel imagino a todos esos locutores de FM en fila delante de un pelotón de ejecución. Miro a la chica acurrucada en mí, la miro a los ojos y comienzo a sentirme responsable de ella. Yo, que nunca he hecho una buena acción si no era por puro formalismo, inercia protocolaria o interés.
Los esbirros tristes siguen sentados en sus sillas y nadie hace nada. Quizá sea porque el bar está en un callejón o porque es día laborable o porque nadie se ha dignado a llamar a la policía, pero este local ya hace rato que parece yacer en una realidad paralela. Nada tiene sentido, y me pregunto si algo hasta la fecha lo ha tenido en mi existencia. Diría que toda esta gente ha sido absorbida por mi vida, diría que los atracadores antes de entrar en mi órbita debían ser tipos valientes; malvados, sí, pero ladrones de guante blanco. Quizá mi derrotismo sea contagioso y se esté propagando, y al verme reflejado en los demás esté descubriendo que mi supuesta interpretación realista de las cosas quizá no sea más que autocompasión elaborada.

Al cabo del rato me siento con más libertad para mirar a mi alrededor; y lo primero que veo es que el asesino de la veinteañera se lleva la pistola a la boca y salpica la pared con sus sesos. Todo sucede sin más, de golpe. En la mancha de sangre durante un momento me parece leer la frase “ahí os quedáis” chorreando hacía el suelo; pero en realidad parece más un cuadro abstracto pedante. Y lo siguiente que todos pensamos es: “bien, ahora queda uno…”. El compañero ni tan siquiera se ha sobresaltado. No sé si fue el que mató a la camarera o si también acabó con ella su colega. No sé si tiene más ganas de morir o de ir a la cárcel. Y tampoco está muy claro que la policía vaya a aparecer por aquí. Es como si los vecinos de los alrededores ya hubieran asumido que alguien está viendo una película de acción con el volumen demasiado alto.
Ahora aquí todos somos partidarios del suicidio. El suicidio es algo positivo, es algo hermoso como el amor o el sexo. Ahora a ninguno de los que estamos aquí se nos ocurre nada más alentador que la imagen de un tío desesperado apuntándose a la boca con una práctica pistola que por suerte no es de agua, y que todos confiamos en que aún esté cargada. Todos nos damos la mano en un precioso valle que arde bajo un arco iris que sólo tiene diferentes tonalidades de gris.
El tipo mira su arma. La chica me agarra fuerte del brazo, con las dos manos. Todos estamos mirándole desde el suelo. Ahora ya no tengo esa sensación de hastío, algo ha cambiado dentro de mí durante el atraco, todos parecemos estar unidos al fin comiendo polvo en el suelo de esta realidad paralela.

Parece que lo que tenga que suceder sucederá al margen de todo lo que hay fuera de este local. El tío sigue mirando su pistola durante lo que parecen horas, y los demás seguimos con la mirada clavada en él.
Se levanta de la silla de repente. Va hacia la máquina de tabaco. Pregunta mirando al techo que dónde está el mando para desactivar el control de menores. Nadie dice nada. Finalmente él mismo lo ve justo encima de la máquina. Lo acciona y comienza a meter monedas por la ranura. Miro a mi alrededor y parece que el miedo está comenzando a transformarse en aburrimiento. Te puedes habituar incluso a esto. Las chicas que antes lloraban por su amiga ahora resoplan y susurran entre ellas. Creo que incluso he visto sonreír a una de las dos. Definitivamente esto ya no es el mundo que yo conocía; o quizá es ahora cuando estoy viendo lo que es de verdad. El esbirro se sienta en su silla y se enciende un cigarrillo. No nos presta atención en absoluto. Veo que dos personas ya se han acomodado y se han echado de espaldas, mirando hacia el techo y apoyando la cabeza en sus brazos como si fueran a echar la siesta o estuvieran esperando un tren de madrugada.
Decido adoptar yo también esa postura. La chica que sigue pegada a mí se acomoda en mi pecho como si me conociera de toda la vida; como si me quisiera.
Un rato después recuerdo que los ángeles también roncan, y comprendo que el tipo ha elegido la cárcel. El factor riesgo no ha desaparecido, pero un cómodo silencio se ha adueñado de todo. Parece haber un acuerdo silencioso general sobre la idea de que lo peor ya ha pasado. La pistola, ahora mismo el centro de atención del pensamiento racional, reposa en el regazo del atracador, que no parece dispuesto a nada; o por lo menos a nada que pueda dañarnos a los demás.
Ninguno de los que estamos aquí tenemos el ímpetu necesario como para hacer uso de nuestro móvil para hacer la llamada obvia; no sé cuánto tiempo ha pasado desde que comenzó todo, probablemente no mucho. La chica desconocida se ha abrazado a mí en un gesto tan humano como la sangre sobre la que yacemos. Cuando voy a mirarla a los ojos veo que se ha dormido; compruebo mientras por fin se oye de fondo lo que quizá sea un coche patrulla, que su respiración es mansa. Y por primera vez en mi vida, creo que me siento en paz.

[He decidido poner unos de esos trailers que me ponen los dientes largos. Es de la segunda parte de “Halloween”, versión Rob Zombie; un tipo que tiene una habilidad asombrosa para dotar a sus películas de un poderío visual con el que por lo menos servidor disfruta como un enano. Aunque la primera parte de esta revisitación del mito se me hizo algo larga en su segunda mitad, estoy dispuesto a darle otra oportunidad al amigo Rob, que seguro (espero) que habrá pulido ciertos aspectos de su saga.]

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La persona de la que quiero hablar tiene un montón de metas. Pero no te creas que me refiero a un ejemplo rebosante de carácter, no es una altruista cargada de buenas intenciones. Te hablo de una mujer aún joven, de unos treintaitantos, algo rellenita, guapa de cara, cuerda. Alguien con quien se puede hablar de algo más que del tiempo o la rutina. Lo cual no quiere decir que no sea peligrosa. No estoy inspirado, no estoy inspirado, no estoy inspirado, no estoy inspirado, las musas follan con otros, las musas son unas zorras…

Esa chica, la chica cuerda, en fin, tiene que tener algo especial, esconde algo, algo importante (decir “algo gordo” podría aludir para algunos a su físico, mejor utilizar la palabra Importante, no quiero desviar la atención). Regla básica: esto NO es un relato autobiográfico, o en todo caso no debe parecerlo. No dejar pistas, esa es la idea. Siempre hay que vomitar, pero usando otro orificio. Literatura. No intentes hacer literatura, o no harás literatura. Tu polla no es la más grande ni la más bonita. Escribe sin más.
Pero éste no es un personaje interesante, no se me ocurre nada para él, no le quiero. Podría morir en el segundo párrafo y no me importaría. Porque no sé llenarlo, las musas se están prostituyendo con algún Dan Brown otra vez. A la más mínima se van a lo fácil, esos tíos que son capaces de avanzar cincuenta páginas diarias con Más De Lo Mismo y las ventas aseguradas. Esas zorras a menudo no se conforman con alguien que sólo quiere escribir. Otra vez alguien está creando aventuras vacías y carentes de alma. A toda mecha. La mediocridad está de moda, está que se sale. La gente está enamorada de lo trillado, nadie está dispuesto a ponerse en tu lugar para tener otra perspectiva de las cosas. Ya sé que en realidad sólo estoy divagando; pero el mayor error que puedo cometer es volverme como ellos. Perdería todo lo que me hace ser distinto. No sé qué hay al fondo del camino alternativo, pero esos ruidos sospechosos de los que todos huyen para mí son demasiado atrayentes. Es el miedo, te puedes volver adicto a él; desde donde estoy de repente surgen un montón de nuevos y fascinantes enfoques vitales. Conozco el camino correcto, pero conocer los otros ha hecho que vea las taras de la normalidad, y con tan sólo mirar mínimamente a mi alrededor puedo ver cuán podrido está todo de decorados y disfraces. Realmente todos piensan ya que conocen las formulas para resolver día a día sus vidas, han adoptado sus imperfecciones recurrentes como parte de un todo supuestamente aceptable y tierno. En definitiva, puedes ser un gilipollas impunemente. Puedes humillar en público al prójimo y todos se regocijarán. La mayoría de las personas no serían capaces de ser felices si no tuvieran a quien mirar por encima del hombro. Y no puede ser. No puede ser que también las musas hayan sucumbido a todo eso, el auténtico fondo lleno de mierda, el de verdad, donde se reúne todo lo patético en armonía con el orden aceptado que mantiene a todos cercados en la misma filosofía: una perorata basada en la repetición de ciertas teorías recurrentes que pierden casi toda su fuerza más allá de los dos minutos de conversación.

La actitud que las musas están teniendo ahora conmigo, que es el reflejo de la actitud de la mayoría de gente, es la garantía de que nadie va a cambiar el mundo. El ser humano se extinguirá de una forma absurda. Y para poco antes de que lo haga, las musas se arrepentirán.
Mi ventaja es que yo sí sé que el mayor error que puedo cometer es pensar que sólo yo tengo razón. La razón es algo que se reparte de forma equitativa, pero toda esa gente tan normal y tiernamente imperfecta piensa que tiene la mayor parte.
Piensa como la mayoría y acertarás. Ese es el lema que triunfa, la panacea del sentido común, la materialización de la madurez. Hasta debe crecerte la polla si te crees esa mierda. Realmente hay quien asegura que uno es feliz si antes lo planea; cuando en realidad las sonrisas son únicamente el resultado de un momento feliz. En lo que vale la pena, la espontaneidad manda. Hay diferencias entre Actuar y Vivir. Y también hay distintas formas de positivismo. Puedes provocar cambios aunque sea haciendo lo contrario de lo que hace el vecino. Pensar es poner en tela de juicio esos abrazos sonoros que se da la gente los sábados a las once de la noche. No quiero ser como tú.

El victimismo y la soledad y la autocompasión tienen un punto de adicción. Y hay quien tiende a quejarse a la más mínima, pero no le juzgues sin conocer toda la historia. A veces dar el paso, atreverse, puede ser la opción equivocada. Pero eso las musas no lo entienden, y por eso muchas veces te ponen los cuernos con el gordo que vende bestsellers; fíjate en su tupé, en su pelo canoso, en la sonrisa auténtica de quien produce tochos tan profundos como la guia telefónica. No está de moda vivir la vida analizándola. Los demás te empujarán a la piscina porque ellos ya se tiraron antes.
Míralas a todas, esas zorras que juegan sobre seguro, que morirán en el regazo de algún periodistucho de segunda. No merecen más. Ahora no pueden imaginarlo mientras se la chupan a Ken Follet y masturban a J. K. Rowling con vibradores de oro, pero morirán llenas de halagos comerciales y vacías de espíritu. Irán al cielo de las musas corrompidas, las que se burlan de los poetas y el escritor amateur. Arderán entre cenizas, entre las brasas de los poemas que escribió Bukowski cuando nadie le quiso tener en cuenta.

Mi personaje no encuentra su lugar, la chica cuerda aún no es nadie; se parece demasiado a una persona real. De momento sólo es gordita y tiene muchas metas. Dice ser modesta y conformarse con poco para ser feliz. Hará planes y se unirá al tráfico en el camino cómodo con la demás gente normal. No se puede escribir sobre alguien así. Como mucho podría ser ella la que escribiera, quizá novela rosa, quizá alentada por musas con sobrepeso, guapas de cara y adictas a las listas de ventas.
No hay forma de dar forma a sea quien sea ella; ni tan siquiera se me ha ocurrido un nombre.
Estoy solo en mi habitación y no hay manera de que una de esas cabronas aparezca. Así que la única opción que me queda es intentar cazarlas. Miro a mi alrededor; pilas de películas y discos y libros… Y de golpe me doy cuenta de que he tenido una idea por el camino y la he ignorado. La chica gordita y del montón aunque guapa de cara podría ser escritora. Escritora de bestsellers. Quizá era una perdedora de pequeña pero ahora sus tetas mandan, las musas chupan de ellas hasta que ella se cansa. Ha escrito una saga de novelas sobre una chica adolescente; una chica adolescente gordita, a quien nadie hace caso. Hasta que un día el chico más guapo de la clase se hace amigo de ella. Al principio no quiere ser su pareja por el qué dirán, pero después descubre que lo importante está en el interior. Un bestseller perfecto. El tipo de moral ideal de la que todo el mundo hace apología sin después llevar esa filosofía de vida a la práctica. Obviamente sus tramas no serán tan tópicas en apariencia, pero en el fondo sí; la gran diferencia entre las grandes obras y las que sólo son de consumo, es que cuando rascas en unas nunca dejas de encontrar nuevas posibilidades e interpretaciones, y en las otras sólo hay tópicos: tópicos cómodos para gente normal que sólo quiere ver un camino en la vida, precioso y rebosante de hipocresía. Sobre eso podría escribir, sobre ser imperfecto e interesante, o previsible y cruel como la mayoría.
Las musas siguen sin aparecer; la viagra literaria no se consigue en farmacias.

De todos modos, antes de intentar comenzar a escribir he decidido salir a dar una vuelta. Luego he vuelto a casa y me he echado una cabezadita. Luego me he puesto a leer. Me he masturbado. He puesto la tele. He leído otro rato. Se ha hecho de noche. Y he decidido que lo escribiré mañana. Deja para mañana lo que consideres que hoy sólo vas a poder hacer mal. No tengas miedo a llevar la contraria a los refranes y las frases hechas.
Esas zorras quizá aparezcan mañana; quizá mañana el escritor económicamente acomodado se tome un día libre, o tenga que dar entrevistas a periodistas lameculos. No se puede forzar la espontaneidad; el trabajo sólo sirve para ir tirando; el arte de verdad surge de otra forma, y te sobrevive. Sólo es cuestión de horas; las musas aparecerán bailando como las Rockettes, y la escritora de bestsellers cobrará vida. Así que piso el freno.
Una vez más miro a mi alrededor y todos me miran. No entienden nada. Y yo no puedo evitar sonreír.

[He visto un trailer que no he podido evitar publicar. Tiene su punto bizarro, pero esta película promete ser interesante; y además no es un remake, ni una adaptación, ni muñecos ni nada... Es una idea original. La película se llama "El cuarto tipo (The fourth Kind)". Se basa en la escala de medida establecida en USA para encuentros con alienígenas. A la llegada de un OVNI se la califica como un encuentro del primer tipo. Si se logra juntar evidencia el encuentro es del segundo tipo, y si hay contacto con extraterrestres estamos en un encuentro del tercer tipo. El secuestro es el cuarto tipo, de ahí el título de la película. Las imagenes del trailer son potentes, la idea es interesante e inquietante. De momento el proyecto tiene mi voto de confianza. Abajo, una foto de su protagonista en "El quinto elemento" (ouh yeah), Milla Jovovich, actriz maltratada en exceso por la crítica, que aquí tiene la oportunidad de abordar un proyecto interesante.]

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Había una vez una chiquilla torturada que a veces resbalaba por casa con charcos de alcohol. Su padre bebía, y aunque no la maltrataba, siempre lo dejaba todo desordenado, tirado por el suelo; vertía el whisky, daba bandazos a uno y otro lado porque era infeliz. Pero no era infeliz por la bebida: bebía porque era infeliz. De eso se trataba, a veces no era que tiraras la vida por la borda, sino más bien que la vida te había tirado por la borda a ti.
Mireia, la chiquilla inocente y bonita, sólo tenía trece años y la cara redonda y prístina; tenía la piel blanca, el pelo negro y a su madre muerta. Vivía sola con papá Alcohol, tal y como ella le llamaba. Aun en su difícil situación familiar, prefería estar con su padre borracho que con una familia desconocida, o con sus tíos (valga la redundancia). Aunque así pintada la situación parece desastrosa, en realidad papá Alcohol conseguía mantenerse sobrio durante las horas de luz. Quería a su niña y llevaba los números más o menos al día; tenía trabajo y de vez en cuando retomaba su programa de doce pasos para dejar la bebida. Cuando la pequeña y torturada diosa turca de la belleza se ponía de morros, papá Alcohol volvía un par de días a su grupo de terapia.

El día que Mireia cumplió catorce años, papá Alcohol preparó cordero y compró un gran pastel de fresa y nata. Comieron bebiendo sólo agua. Y solos. Por distintos motivos la cuestión del alcoholismo alejó con el tiempo al resto de la familia. Poco a poco Mireia y su padre se fueron quedando aislados como náufragos. Daba igual si alguien cumplía años o era nochevieja; daba igual que Mireia aún no hubiera tenido tiempo de salir ahí fuera y joder a los demás para subir peldaños sociales. Papá Alcohol siempre decía que eran una familia disfuncional, sí, pero que las familias normales también lo solían ser: los demás también solían estar solos, sólo que reunidos cuando la tradición lo marcaba.
Reunidos en soledad.

La tendencia de todos después de haber visto a alguien al cabo de mucho tiempo, es juzgar. Alguna gente confunde el cariño con clavarte puñales por la espalda. Así que papá Alcohol no estaba preocupado por que su niña no tuviera contacto con el resto de la familia; si ellos no querían verla, entonces no merecían verla, y está claro que ella no se perdía nada importante al no tratar con esa gente.
La noche de ese catorceavo cumpleaños papá Alcohol no bebió una sola gota; por lo menos hasta después de que Mireia, satisfecha, se fuera a dormir.

La pequeña diosa turca estaba enamorada de un chico mayor. Mientras anochecía quedaban en la azotea del edificio donde vivía él, y ella le masturbaba. Vivían a diez minutos el uno del otro. Quedaban y hablaban durante unas tres horas, se echaban cara al cielo, a veces llevaban algo para comer, pasaban el rato. Y ella al final le masturbaba.
Él tenía veinte años. Ella estaba fascinada por él desde los diez. Él la saludaba siempre acariciándole con un dedo la punta de la nariz, o simplemente con una sonrisa. Comenzaron a citarse a partir de los doce años de ella, aunque a él esas citas al principio no le parecieran una buena idea.

El día después del cumpleaños, Mireia volvió a llamarle; se citarían en la azotea de siempre. Era una especie de acuerdo silencioso entre ella y papá Alcohol. Ella podía salir a las ocho de la tarde y él aprovechaba para comenzar a beber. Papá Alcohol se fiaba de su hija, y ella intentaba sacar partido de la incorrección paternal. Cuando resultaba tan complicado afrontar ciertos problemas, tampoco era mala idea adaptarse a ellos y aprovechar esa brecha en la estabilidad familiar. Durante los doce y los trece años ya había vivido y experimentado cosas que las niñas bien de su colegio aún no habían ni olido.
Él, el veinteañero, se llamaba Ricardo. Vivía solo ya a su edad y llevaba mucho tiempo evitando ir más allá con esa cría demasiado espabilada para sus años. Llevaba meses dejándose masturbar por ella, y sí, de vez en cuando se morreaban al estilo adolescente. Él solía tener pesadillas en las que era un pederasta en la cárcel. Mientras sus conocidos y compañeros iban a la universidad y llevaban una vida “encarrilada”, él trabajaba en lo que podía y tenía un farragoso insomnio con nombre propio.
Ese día mientras la esperaba en la azotea, decidía si catorce años ya era suficiente, si ya no “quedaba tan mal”. Ella llegaría con ganas de juerga y él… en fin, tendría que volver a decirle que nanay. Ya estaba lo suficientemente consternado después de cada alivio que ella le proporcionaba con la mano (cuando te relacionabas con una niña había que tirar constantemente de eufemismos). El tiempo pasaba a cámara lenta y a él cada vez le gustaba más ella; obviamente ella cada vez estaba más desarrollada y él cada día se sentía más atraído; la posibilidad de dejar de verla, cuya idea le destrozaría el corazón, cada vez tenía menos sentido para Ricardo. Estaba dispuesto a acabar mal, a pasar vergüenza, a claudicar por ella. Si ella era capaz de ser feliz sola con su padre borracho y como bicho raro en el colegio, él podía esperar: podía hacer eso por ella. Ella se lo merecía.

Cuando Mireia llegó a la azotea, Ricardo sintió esa electricidad de siempre. El primer minuto antes de darle el primer beso se sentía el veinteañero con más suerte en el mundo; una chica guapa y lista le quería. Su mirada le hacía pensar en El guardián entre el centeno: su ira controlada; la podía imaginar degollando a una de sus compañeras de clase en un absceso de rabia, y eso, de un modo retorcido, producía puro magnetismo. La muerte tenía catorce años y quería estar sólo con él. Ella sabía de qué coño iba todo esto, y él no. Cuando ella tuviera diecisiete años probablemente ya sería más despierta e inteligente que la mayoría. La posibilidad del sexo con otra palidecía ante la idea de ver a la diosa turca todos los días con esa entrega en los ojos. Otra chica desnuda y dispuesta aún no podía competir con ella vestida a la luz menguante.
Ricardo volvía cada noche a casa con una mancha en los calzoncillos y sintiéndose como si hubiera atracado un banco y ya no pudieran pillarle. Pero la vida era rutina y folios en blanco para la mayoría, mientras a él le sonreía con garabatos inconexos que le producían un bienestar en el estómago imposible de describir.

El delito formaba parte de la felicidad. Catorce años aún eran muy pocos. Ricardo se llegó a preguntar si no era eso lo que le atraía de ella: sólo eso. Se llegó a plantear la posibilidad de ser un enfermo; se veía a veces a sí mismo en el futuro intercambiando pornografía infantil por internet, yendo a los supermercados en busca de niños perdidos, a las puertas de los colegios… Pero no. Sentía atracción por las mujeres adultas; Mireía tan sólo parecía haber nacido demasiados años después de él. Se imaginaba con ella en un futuro, cuando la edad ya no fuera un problema, evitando contar cómo comenzó todo. Cómo se conocieron. A menudo las mejores historias son las que no te van a contar. Nadie puede juzgarte, nadie conoce todos los detalles; la vida, sin misterio, no tendría mucha gracia: a veces la mejor terapia a la que someterse es la ocultación de datos.
Lleva una vida paralela, se decía a sí mismo Ricardo. Conócete a ti mismo y no tengas en cuenta la curiosidad de los demás; habla sólo con quien se lo merezca; no te conviertas en el saco de boxeo oral de nadie. Respétate a ti mismo.

Durante el primer día de ese catorceavo año de la diosa turca, Ricardo y ella se besaron como hacían siempre. Se colocaron en un rincón de la azotea. Ella se acurrucaba en él, sentía su erección en su espalda – otra erección perdida -; él volvió a hablarle sobre la experiencia, la edad, la cárcel, el sentimiento de culpa, las vidas destrozadas, el riesgo… Y ella le dijo que no creía que las tetas fueran a crecerle mucho más, que su madre las tenía muy pequeñas. Ricardo respiraba de su pelo el olor a limpio, a chica (a niña). Ella intentó meter la mano en su bragueta, pero él se negó; no se sentía con ganas. Ella hizó un segundo intento y él volvió a apartar su mano; Mireia podía ver a su padre a esa misma hora tambaleándose por casa con una botella, sobando fotos de Mamá. A veces un abrazo y el aire nocturno no eran suficientes para sentirse a salvo.
- ¿Quieres que te cuente cómo murió mi madre? – dijo de sopetón Mireia.
Su madre, dijo, sólo tenía treinta y siete años cuando murió. Había tenido problemas del corazón desde joven. Una noche ella y su padre hicieron el amor, como hacían casi todas las noches.
- Murió mientras se corría, de un ataque. Mi padre se corrió un poco después; y ahora se siente culpable por no haber reaccionado a tiempo.
Ricardo le dijo que cómo sabía eso, que cómo era posible que se lo hubieran contado.
- Me lo contó mi padre – dijo ella
- ¿Pero por qué?
Mireia hizo una pausa. Hizo tintinear sus pulseras, acomodándolas. Y murmuró:
- Budweiser…

Al tercer intento Mireria sí consiguió masturbar a Ricardo. Arriba ya se podían observar algunas estrellas y Marte, a pesar de la contaminación lumíninca. Cuando Ricardo eyaculó, la diosa turca se lamió los restos de semen derramado en su mano. Él entonces miraba en todas direcciones, al cielo. Siempre que pasaba un helicóptero insistía en separarse de Mireia unos metros. Todo era un estorbo. Era difícil vivir cuando lo único que te importaba hacía que todo lo demás fuera peligroso y nocivo, asfixiante, agobiante. Los elementos, la luz, la gente, vecinos, policía, paseantes nocturnos… El tiempo pasaba lento y desgastaba tres veces más de normal; la rutina al uso para Ricardo era algo ajeno; no se sentía como los demás, no era así, y además, a pesar de todo, no quería ser así.

Cuando Mireia llegó a casa más tarde su padre había conseguido acostarse por su propio pie. Había una botella de vodka en la mesa del comedor y otra de whisky en la cocina. La de whisky estaba vacía del todo, y de la otra apenas quedaba para un último trago. Mireía decidió acompañarlo con fanta de naranja y dos cubitos. Se sentó en el suelo de la pequeña terraza que tenían. Recordó que su primer trago se lo ofreció su padre durante una borrachera; ella tenía once años y cogió el vaso de whisky solo y pegó un sorbo sin dudar. Y fue asqueroso.
Pero luego descubrió las diferentes combinaciones con otras bebidas, hasta pillar su primera borrachera poco después haber cumplido los doce.

Mientras bebía con pequeños sorbos, decidió llamar a Ricardo. Hablaban también mucho por teléfono, normalmente después de haberse visto en la azotea. Al tercer tono Ricardo descolgó. Para él la conversación telefónica tenía menos emoción, sin los olores y el tacto. Era una experiencia fría y sin riesgo, y resultaba mucho menos complaciente.
Ella comenzó a decirle lo mucho que ya le echaba de menos, desplegó todo su arsenal para asegurar la cita del día siguiente; siempre decía que albergaba la esperanza de desvirgarse con él, que estaba sudando al pensarlo, que quería tocar su pene otra vez, probar su semen… Y a todo eso, de repente, añadió:
- Oye… sabes lo de mi madre… lo que te he contado de cómo murió…
Pues es mentira, dijo.
- ¿Mentira?
- Sí, perdóname, sólo quería descentrarte… para que me dejaras masturbarte. Y funcionó… ¿Me perdonas?
Ricardo ni tan siquiera estaba mosqueado. Aunque ella había ido más allá que de costumbre, estaba acostumbrado a sus salidas de humor negro y sus mentiras “piadosas”. Que él supiera, Mireia siempre acababa confesando.
¿Y entonces cómo murió? – acabó preguntando.
Su madre, dijo Mireia, era una hada prostituta. No te rías, dijo. Volaba de un lado a otro con unas alas negras. Era capaz de hacer que los muebles flotaran, o de cambiar de canal con la mente; era capaz de bucear entre delfines durante horas. Y cuando quería, tomaba forma humana y tenía sexo con desconocidos solitarios; de los que no querían compañía si ésta no era auténtica. Volaba de capullo en capullo, hasta que un día conoció a papá Alcohol. Para entonces, cuando aún faltaban años para que Mieria naciera, papá Alcohol ya se emborrachaba todos los fines de semana. No fue la muerte de su hada lo que le hizo desgraciado; él ya llevaba la desgracia de serie. Su madre intentó curarle con su magia, con sexo, con abrazos; intentó alejar de él los desperdicios tóxicos que le hacían infeliz al inhalarlos. Pero fracasó en cada intento. Y además se enamoró de él.
Una noche decidió terminar con todo; si no podía salvarlo a él, no podría pasar a un siguiente nivel; tan sólo quedarían los desperdicios tóxicos, los paisajes repetidos, las maravillas que lo son sólo cuando miras mientras eres feliz. El hada triste ya no tenía ningún motivo para seguir. Así que un día consiguió una Colt del calibre 45 en el mercado negro.
El hada, mamá, se disparó en la boca, dijo Mireia. Ella pudo oír el disparo desde su habitación. Así que se fue la magia, y ella y papá Alcohol se quedaron solos.
Todos creían que él las maltrataba, que papá era malvado, que mamá no era un hada. La gente quería una teoría común a la que aferrarse. Pero contra todo pronóstico, ella y papá Alcohol siguieron adelante, fueron fuertes, se querían de verdad. Y todo eso era algo de lo que no todas las familias podían presumir de una forma sincera, ahogados en su propio “ir tirando”. Ella y papá Alcohol no eran del montón. Así que su mejor homenaje al hada que los creó, sólo podía ser vivir en su nombre. Y lo hicieron, aunque fuera aparte de la gente que se consideraba “normal”; fueron malos, se escondieron, se dijeron siempre la verdad, vivieron felices, y comieron perdices.

[“The imaginarium of Doctor Parnassus” es la nueva película de Terry Gilliam, unos de esos pocos directores que está dispuesto a partirse la cara por sus proyectos, batallando con productores y rodajes caóticos. El ex Monty Python ha conseguido llevar a buen puerto una película que perdió a unos de sus protagonistas a medio rodaje: Heath Ledger. Para suplirle contrató a Johnny Deep, Colin Farrel y Jude Law (veremos cómo). Ya hay un trailer rondando por ahí la mar de espectacular que os recomiendo ver. Pero en lugar del trailer he preferido poner uno de los videos avance que hay de la película; en concreto uno que me ha llamado la atención especialmente, y en el que podemos observar que la modelo Lily Cole sabe hablar, e incluso parece tener naturalidad ante las cámaras (vamos, que la chica es un bombón andrógino y encima parece que va a tener talento).]

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