Archivos Mensuales: noviembre 2009

Naturaleza muerta

Yo en el fondo sabía que venir aquí, irnos lejos, no iba a solucionar nada. Y aun así lo propuse porque leí en una revista de colores pastel que era una buena idea, y él me hizo caso. Y ahora tengo que pasar este miedo de cojones, superar esta putada sin sentido. No quiero seguir así, no tengo por qué aguantar esto. No sé si debo llamar a la policía o a un exorcista. Y no sé por qué, justo ahora me da por pensar en las dos cartas que tengo a medio escribir, alguna de las cuales iba a dejarle como despedida después de abandonarle. En una incluso amenazo con el suicidio…, y no sería capaz ni de tirarme a una piscina sin taparme la nariz con la mano… Sencillamente soy gilipollas, por eso ahora tengo que enfrentarme a esta situación de mierda.

Cinco años de relación, tres de ellos con anillos. Siempre me ha dicho que digo muchos tacos, que soy arisca, fría con sus amigos, que hago ruido al comer, que debería cuidarme más, que podría ser mucho más guapa si me arreglara… Y yo fui y me casé con él.
Todas las semanas me lo tiro -o me lo tiraba- tres y cuatro veces , normalmente los viernes y los sábados (y que quede claro que si no lo hacemos más entre semana, no es por mí); de verdad, me lo follo como si fuera la última polla de la Tierra; pero para él eso no basta; al parecer la demás gente también tiene que leerlo en mi cara, en mi ropa, en mi forma de comer… Supongo que andaba buscando una pija que pareciera la bomba en publico, aunque luego en el fondo fuera una mojigata; y se ha tenido que conformar conmigo. Soy yo la que tiene que sacarle a rastras de las tiendas de ropa, la que propone restaurantes baratos para cenar, a la que veces no le gusta salir, a la que le gusta el cine de terror y los videojuegos… Soy lo que se diría un tío con tetas. Pero al parecer el muchacho sólo quería pose: una pipiola siempre subida en quince centímetros de tacón.
Con el tiempo la relación se ha ido yendo a pique, y encima soy yo la que quiere solucionar las cosas. No me entiendo. Y justo ahora tampoco puedo dar sentido a lo que está pasando.

Estoy de pie en la habitación del segundo piso de una cabaña idílica perdida en un bosque que al irse el sol genera ruidos y sombras en tu imaginación; te pasas la noche encendiendo y apagando la luz, afinando el oído para asegurarte de que no hay intrusos. Tengo mi teléfono móvil en la mano, debo decidir qué voy a hacer ante la situación que se me ha presentado. Todo porque hace cuatro días estaba esperando mi turno en la peluquería y abrí una revista femenina y topé con un consultorio sentimental, y estaba tan hastiada que me puse a leerlo. Y una chica de treinta años pedía ayuda para arreglar las cosas con su marido; decía que la relación se estaba enfriando y llevaban sólo un año casados; él ya no la besaba como antes, ya no la cogía de la mano por la calle, se la follaba pensando en las musarañas y ya casi no proponía planes para hacer cosas juntos que no fueran criar malvas en casa viendo la tele. Y blablablá estaba muy ilusionada y ahora él ha cambiado, y blablablá llora cuando está sola porque resulta que está casada con un consolador pequeño que antepone el fútbol a sus necesidades…
A todo lo cual, la experta, diosa de la revista y gurú de las parejas estables, va y contesta:
“No pasa nada. Esa relación tuya tiene taras típicas; nada que no se pueda solucionar con un pequeño cambio de ritmo, un regate a la realidad más gris, un polvo bien echado. Que él recuerde con quién está, por qué está contigo. Debes sacarle de su entropía, hacerle entender que seguís siendo dos, que vivís juntos y que estás un poco preocupada. Una buena solución es arrastrarle fuera de casa, pasad unos días lejos; cuantos más mejor. Seguro que aún te quiere; sólo debéis introducir desvíos en la rutina. Dale un par de toques elegantes en un entorno distinto. Tómatelo con calma. Ánimo y suerte.”
El discurso parecía sacado de una plantilla. Pero aun así yo me lo quise creer, lo hice mio; hasta arranqué la página y la llevo en el bolso. Justo después me estaban lavando la cabeza y me creía la leche. Iba a solucionar las cosas. Me compraría zapatos de tacón si era necesario. De repente ya no se trataba de si realmente quería seguir con él, el tema se convirtió en una cuestión de orgullo rabiosamente actual. Mi relación iba a funcionar por cojones; y si no los ponía él, los pondría yo. Estaba contagiada de repente por ese espíritu tan de moda que se basa más en hacer exposiciones de valor que en poseer algún tipo de valía auténtica. La mayoría de la gente no está preocupada por ser buena, lo que quieren es que los demás estén convencidos de que lo son. Todo es atrezzo, purpurina, piel vacía, focos sin escenario: muchos están tan concentrados en convencerte de que están satisfechos que se han olvidado de mirar qué sienten realmente de puertas para dentro.

Pero con todo, esa revista consiguió hacer que me sintiera una más, leí ese artículo que sólo debía servir para cuadrar la maquetación y pensé que podía darme respuestas útiles. Y eso que justo al lado de la columna estaba el horóscopo…; me sentía al borde del suicidio, fui a leerlo casi sin querer;
Géminis: Va a haber algún cambio importante en tu vida. Alguien lo provocará. Debes ir con cuidado, sentimentalmente tendrás que andarte con ojo. Debes estar atento y mantenerte despierto. No te preocupes, la tormenta sólo precede a la calma.
Y luego leí el mío:
Aries: Amigo Aries, quizá te venga bien desconectar. Necesitas un respiro. Te verás obligado a tomar una decisión, y hacerlo rápido. Debes mirar más por la salud y mantenerte lejos de lo que sabes que te perjudica.
El horóscopo…, si lees entre líneas sólo pone: “No pierdas el tiempo con esto, idiota”.
Pero lo leí, y también lo tuve en cuenta; así de desesperada estaba. La sociedad de consumo es capaz de convertirte en un zombi hasta ese punto, y la mayoría de gente nunca vuelve en sí.

Vale, mi rabiosamente occidental marido siempre lo ha hecho, se levanta tres y cuatro veces por noche, a comer, a beber, a mear. Nunca a nada fuera del otro mundo, que yo sepa. Despierto y no es raro encontrarme sola en la cama, es rutina. Lo que no sabía es que probablemente estuviera sola incluso cuando tenía su polla ensartada en mí hasta los testículos… Aunque claro, capitulo aparte merecen los segundos en que te corres. El orgasmo tiene tan buena fama por eso: todo lo demás desaparece; en ese momento igual podría estar provocándotelo tu marido, el vecino, o tu prima de Salamanca con la legua. Lo que de veras importa es que tu mente está en blanco y sólo sientes alivio. Me pregunto si no será eso lo único verdaderamente puro y honesto que alguien puede ofrecerte… Y si ahora estoy con el teléfono en la mano y dudando con sorna tensa en si llamar a la policía o a un exorcista, es porque hoy también he despertado de madrugada y me he encontrado sola en la cama; yo y las mantas y las sábanas arrugadas con un par de gotas de esperma que debieron saltar del condón unas horas antes utilizado… Y cuando he despertado he creído que era una noche más con mi marido, porque he tardado casi un minuto en ver escrito con pintalabios en la pared de enfrente la palabra: MÁTALA.

Las letras cubren casi toda la pared, atraviesan un pequeño tocador, una pantalla plana y un mueble empotrado; a veces cuanto más a la vista lo tienes más cuesta verlo. Después de percatarme y comenzar a ver además de mirar, me he levantado aturdida, al principio ni tan siquiera asustada. Y lo que ha hecho que de repente todo mi mundo de objetivos y notas y facturas y puñeteros formalismos sociales se haya disuelto, ha sido la imagen que he visto al asomar la cabeza fuera de la habitación. Pocos pasos después de salir de ésta te encuentras de frente con unos veinte escalones hasta el piso de abajo, y si miras justo al pie de ellos ahora, puedes ver a mi marido, con la expresión vacía, mirando hacia mí, en pijama y descalzo. Con un cuchillo de carnicero en la mano derecha. E inmóvil.

Y yo he dicho: ¿Cariño? ¿Qué haces?… Y quizá alguna apropiada vacuidad más. Pero él no contesta a nada. Supongo que en su actual estado de abstracción de la realidad ha cogido uno de los pintalabios de mi bolso y ha pintarrajeado la pared de la habitación. Yo ya sabía que estaba raro, que llevaba raro casi un año. Era consciente de que ya no era el tipo sutilmente transgresor y a pesar de todo divertido de antes; tenía asumido que estaba convirtiéndose en el muerto viviente en el que casi todo el mundo se convierte al afianzarse en la edad adulta. Pero esto es demasiado, esto quizá significa que se ha percatado de que somos otro matrimonio más, otra pareja hastiada que al morir, el Dios del sentido común echará al montón de la humanidad adocenada. Debe haberse dado cuenta de que queríamos ser auténticos y al final nos hemos convertido en el mismo fraude en el que todos se convierten.
Es una posibilidad. Ha meditado la idea de suicidarse, y después ha decidido que yo me fuera de este mundo con él…
No lo sé, intento encajar las piezas, por muy paranoicas que sean. Él era lo suficientemente idealista de joven como para hacer alguna tontería si de golpe ve en lo que se ha convertido. Cuando miro hacia abajo otra vez, veo que está babeando, no traga saliva del mismo modo que no parpadea y por lo que lleva como media hora sin moverse del sitio. Como siempre, lo que no sé es la respuesta a la pregunta, porque ya de entrada me da pánico cuál pueda ser esa pregunta. Tengo miedo de llamar por teléfono, de que me oiga susurrar. Creo que ahora preferiría haberme dado cuenta de que no le conozco de un modo más clásico, pillándole follando con mi hermana o saliendo de un prostíbulo…; en cualquier caso de un modo en el que la posibilidad de morir desangrada fuera inexistente.
Es como si hubiera despertado con un plan, hubiera dejado sus intenciones escritas en la pared como un mantra para recordarlas al regresar, y después hubiera bajado a por el cuchillo para cumplir su objetivo. Pero se ha quedado a medio camino, incapaz de volver a mí. E imagino que la pregunta es: ¿Por qué?… ¿Para meterme miedo? ¿Para darme tiempo a saltar por la ventana y quizá romperme alguna costilla y salir corriendo y llorando? ¿Qué cojones le pasa? Puedo asumir la vida y la muerte, pero no esta situación a medio camino. Precisamente me lo traje aquí por eso, porque ya llevo en cierto modo demasiado tiempo viéndole así, ¿y ahora qué?…
– ¡Eh! ¿Qué quieres hacer? – le grito, ya harta de verdad.
– …
– ¿Te vas a quedar ahí toda la noche?
– …
– ¿Para qué has cogido el cuchillo?
Más silencio. Durante un segundo medito la posibilidad de meterme en la cama y seguir durmiendo. Sin más. El poco cariño que sentía por ese mamón se ha esfumado. Se limita a estar ahí, quieto, con el cuchillo; no tiene huevos ni de enfrentarse a mí despierta.

Está bien, no duermo. Pero decido que voy a poner la tele de la habitación. Resoplo. La “T” de la pintada parte la pantalla en dos. Saco un kleenex e intento borrarla. Queda algo sucia, pero mejor que antes. Me acomodo en la cama, doblo la almohada bajo la nuca y me prometo a mí misma que no me dormiré.
Hago un zapping rápido, casi sin mirar. Cuando he pasado unos siete canales en diez segundos, me doy cuenta de que todos están emitiendo informativos. Son especiales, y conectan con casi cualquier parte del mundo. Me incorporo, los ojos como platos. El flujo de noticias te penetra así, de golpe: Hay gente en París y Londres y Nueva York que no se mueve, inmóviles de igual forma que en el resto del mundo. Algunos dentro de sus coches, otros echados en el suelo, siempre en posición fetal. Pero la mayoría están de pie. Tienen la mirada perdida y babean y está claro que mi marido es un de ellos.
Por más que intentó averiguar qué es lo que pasa, todo son especulaciones. Se dice que no hay policía en las calles. Algunos testimonios aseguran que no hay nadie ya ni en la Casa Blanca, ni en el Vaticano; no hay realeza en sus hogares reales; no hay gobiernos, nadie que pueda tomar decisiones en ningún lugar. Sólo hay gente de a pie. Sólo hay medios. Lo cual supone una respuesta en sí. Si los medios hablan de lo que sea que pasa, quiere decir que eran más independientes de lo que pensaba.

Aparte de quedarme pasmada, lo primero en lo que he pensado es en que si nadie se mueve en las imágenes de la tele, mi marido tampoco se moverá: así no tengo que estar pendiente. Unas estadísticas dicen que aproximadamente la mitad del planeta está así; otras que solo es un veinte por ciento… bueno, escuchar a los periodistas siempre ha sido más o menos como escuchar a los políticos…
Se habla en tertulias improvisadas de las vacunas de toda la vida, se especula sobre que nos han inyectado algo con los años y vamos a ser todos como zombis; se dice que todos los mandatarios han acordado disminuir la población; o incluso repoblar el planeta. Corre un río de especulaciones brutales, de frikis, de editoriales pasados de rosca; por primera vez el contenido de la información justifica plenamente el alarmismo de los medios.
Y mientras estoy imbuida de todo ese Apocalipsis, emocionada, aterrorizada y en tensión como jamás lo he estado en mi vida, entonces se oye un ruido abajo.
Salto de la cama y asomo la cabeza por la puerta abierta. Mi marido está en el suelo, en el mismo lugar de antes, boca arriba. Sale sangre de su boca entreabierta. Y lo primero en lo que pienso es en que más vale que esté muerto, porque no estoy preparada para enfrentarme a un hombre lobo o un vampiro ni nada parecido.
Cojo el mando de la tele y cambio de canal como una posesa, cortando frases a la mitad. Pasan más de cinco minutos antes de que en uno de ellos se informe sobre que los paralizados están comenzando a desfallecer; comentan lo de la sangre, que al parecer les sale igual por el ano, la vagina o la uretra además de por la boca. Y mueren.

Mientras palpo a mi marido y compruebo que tiene uno de mis pintalabios en el bolsillo y la falta de constantes vitales, caigo en la historia que me afecta a mí y de la que no se ha hablado de nada parecido en la tele: MÁTALA. Qué coño ha pasado aquí. Los demás paralizados no iban armados ni han escrito mensajes amenazantes; alguien lo habría comentado… ¿Realmente quería matarme? ¿Por qué querría matarme? No tiene sentido; ahora, después de lo visto, no doy con ninguna explicación plausible.
No estoy especialmente apesadumbrada. No sé si todo esto me está afectando de verdad. Supongo que estoy en shock, y si es así la verdad es que esta sensación está infravalorada. Vuelvo a la habitación, la televisión es interesante por primera vez quizá en toda la historia.

Pasa un rato hasta que me doy cuenta de que puedo vagar por la cabaña, ya no hay ninguna amenaza cercana de la que tenga conocimiento. Mientras bajo las escaleras y paso por encima del cuerpo que me ha hecho viuda, oigo que en la tele hablan sobre lo curioso que es que no haya niños entre los paralizados ya muertos. Y no sé por qué extraño motivo me parece lógico. Ha pasado un buen rato desde que estaba realmente nerviosa; desde abajo aún puedo oír el informativo que haya dejado puesto el azar del zapping, y ya dos horas después de las muertes hablan sobre una especie de estado de hipnosis de los paralizados justo antes del estado de inmovilidad, algunos de los cuales han asesinado a sus familias antes de morir. Pero ya estoy como anestesiada. Llegados a este punto ya ni tan siquiera me importa. Me da igual si ahora hay medio mundo con las paredes de su casa llenas de garabatos Estée Lauder.
Miro por todas las ventanas de la cabaña. No hay nadie ahí fuera, más me vale. Quiero pensar que todo lo malo que tuviera que pasar ya ha pasado. Vago por la alfombra elegante de la sala de estar. Hay una chimenea y dos sillones marrones de cuero colocados cara a cara; me siento en uno de ellos. Necesito un cigarrillo. Me levanto del sillón. No sé si en el nuevo mundo que acaba de empezar mantendré mi trabajo, o si mis seres queridos están vivos o por qué aún no les he llamado. Será que sigue el shock, o que no tengo sentimientos, o que éstos dejan mucho que desear… Sé cuánto dinero tengo. Me da por pensar en principios básicos de supervivencia. ¿Si mis amigos han muerto eso querría decir que eran ya igual de gilipollas que mi marido? ¿Las muertes buscaban un patrón concreto? ¿Si mi marido debía matarme, eso significa que yo merezco morir en el caso de haber formado todo parte de un plan global? Encuentro mi cajetilla de tabaco. Me siento otra vez. Inhalo el humo y mis problemas personales de hace tres horas ahora son nada; menos que nada. Han caído en el olvido. Está saliendo el sol; su luz entrando aquí me hace sentir en paz, una curiosa paz. Miro hacia una de las paredes al notar algo distinto en el salón. Tengo que sonreír quiera o no. En un cuadro horrible y enorme, una naturaleza muerta que tanto mi marido como yo hemos estado criticando estos días, hay dibujado con pintalabios el símbolo de la anarquía. Y ese círculo con la “A” dentro, síntoma de algún momento de lucidez de mi marido géminis, seguramente a sabiendas de que, de algún modo, se estaba acabando el tiempo, ha hecho que de golpe rompa a llorar como una cría.

[De vez en cuando iré dedicando el video a canciones concretas que me han marcado. Pero que lo han hecho de un modo estrictamente musical; no voy a hacer como algunos que se excusan diciendo cuánto les gusta Abba porque les traen recuerdos bonitos; odio ese rollo. La canción que yo ponga será elegida sobre todo por lo que inspira, y no porque un día le tocara las tetas a alguien mientras sonaba… Para este video he elegido “White Rabbit” de Jefferson Airplane. Es una de las canciones emblema de su disco “Surrealistic Pillow” (1967), (discazo). Esta gente básicamente coincidió con la época en auge de las psicodelia y se dejaron influir inteligentemente por esa corriente para crear temas que son perfectos (si la perfección existe). “White Rabbit” es un tema que quizá te suene por pelis como “Miedo y asco en Las vegas” o “The game”, o sencillamente por haber visto algún documental sobre el Vietnam o el rock de los setenta. El tema empieza con una línea de bajo de esas sencillas y gloriosas que se repite y va creciendo durante la canción, acompañada de la marcha de batería apropiada y unos punteos de guitarra que no puedes imaginar concebidos de otra forma. Y luego entra la voz de Grace Slick… y debes procurar no machar la ropa interior. Indescriptible. (Aprended indies actuales; pose, sí, pero también contenido).]

Día de barbacoa

Conduce su novia. Y Toni se mantiene pasivo en el asiento del copiloto preguntándose cómo reaccionaria ella si supiera que justo antes de salir de casa se ha masturbado con las fotos de una de sus amigas.
No era su mejor amiga, ni de lejos, pero Toni cree que si se enterara, dramatizaría, se referiría a esa chica como una amiga del alma durante el proceso de descargar su furia contra él. Toni no es el único que utiliza las redes sociales como un valor al alza de la pornografía en Internet, eso es seguro. Digamos que es cierto lo que dicen de que insinuar a veces es más efectivo que enseñar, pero siempre y cuando no estemos hablando de fotografiadas desconocidas…
A todo esto, yo voy en el asiento de atrás, y a mí ella sí me sirve de sobras para masturbarme; o por lo menos tanto como sus amigas… En todo caso, nos dirigimos a una especie de barbacoa; una de esas cosas a las que asistes poco convencido, donde sabes que toparás con un montón de semidesconocidos y desconocidos totales, y tan solo un par de amigos de verdad.
Y yo sé que Toni se ha hecho una paja trasteando en Myspace o donde fuera porque nos conocemos desde los tres años, la información viaja del uno al otro de una forma natural. Algunos secretos a veces sí los pueden compartir dos personas.

El paisaje monótono me está chafando aún más mientras noto ese malestar en los ojos propio de la falta de sueño. Mi cuerpo no parece querer adaptarse nunca a los horarios que la gente considera apropiados. Y a mí de todas formas el sol me parece demasiado histriónico. Podría vivir perfectamente con la mitad de luz, no me hace falta que las flores brillen hasta provocarme migraña.
La conductora, por cierto, se llama Gloria, y es la típica novia de amigo: difícilmente harías el esfuerzo de empatizar con ella a no ser por motivos lúbricos. Si no fuera porque sabes que vas a tener que volver a verla una y otra vez, reconocerías que te cae mal y procurarías no volver a tratarla. Y aunque obviamente hay excepciones, esas chicas -repito: novias de amigos-, parecen querer arrastrar a tus colegas a una especie de edad adulta que objetivamente sólo existe en el mundo como pose. Todo ello para acabar convirtiéndolos en una versión descafeinada y triste de lo que podrían haber sido solos, o con una chica respetuosa e independiente de verdad.

Gloria conduce con pericia y lleva al menos cinco capas de tela entre el aire libre y sus tetas. Es una de esas personas fáciles de detectar; de esas que pasan de las chanclas y los tirantes a los abrigos y las bufandas justo después de haber pasado una hoja del calendario. Puedes encontrártelos con veinte grados a principios de noviembre quitándose sus envoltorios de marca al entrar en las cafeterías; y encima sonriendo como si las costumbres y las tradiciones no fueran con ellos… Quieren tener tanto orden, criterio y estilo que al final por poco que les eches un ojo tienes que frenar tu sonrisa más cínica.
Ella es así, la personificación del control; en realidad como tantas otras personas, muchas de ellas jóvenes, con carreras y posgrados y objetivos cualesquiera, con trescientos amigos en facebook y siempre al menos tres cenas programadas. Tíos y tías de veintitantos que se vuelven más elegantemente mezquinos cada segundo que pasa. La espontaneidad de años atrás se convierte a menudo en buenos modos de libro aderezados con complementos y looks contemporáneos.
Toni antes era él mismo. Completamente. Pero ahora forma parte de un todo conyugal, y cuando está a solas conmigo habla de ciertas cosas como si estuviera planeando matar al presidente del gobierno. Ella no puede saber que aún quedan resquicios del tío libre de antes. Ahora cierta corriente feminista está haciendo que las mujeres se contagien de los peores rasgos de los hombres: liderazgo, egoísmo, bravuconería… Mientras nosotros imitamos sólo los rasgos superficiales de ellas: depilación, obsesión con el peinado, la ropa, etc.
Con lo cual, no hay evolución positiva a la vista. Nada más el tiempo sigue hacia adelante, mientras la gente sigue siendo materialista y estúpida, solo que con matices irrelevantes.

Nos quedan unas dos horas de camino y ya sólo puedo pensar en el viaje de vuelta. Y lo que es peor, Toni se ha puesto a hablar… Quiero decir de verdad. Diciendo cosas. Normalmente en esa edad adulta que tanto demandan todos; en esa madurez que tanto reclaman a los demás, pues bien, casi nunca se habla de verdad. Cuanta más gente haya, más ruido oirás y menos contenido habrá en las conversaciones. Pero en el coche sólo somos tres; y aunque la posibilidad de que se dijera algo interesante era casi nula -teniendo en cuenta que entre nosotros está uno de los peores ejemplares de “novia de amigo” que haya conocido-, aún así, ha sucedido, Toni se ha puesto a hablar en serio con su novia. Quizá por primera vez.

Que yo recuerde llevan saliendo como un año: ella le gustó por lo mismo que me gustaba a mí. Por lo mismo que gustaría a cualquier tío hetero o bisexual en general: Las tetas. Algo descompensadas con su cuerpo, y coronadas con una cabeza muy neutra (por más que se lave el pelo con oro líquido…). Total, que no había ningún motivo para que Toni saliera con ella, porque de hecho hasta la conoció bastante esa noche…; no tenía nada que ver con ella, no compartían intereses, y ninguno de los dos se había enamorado del otro para que se relacionaran más allá de un par de polvos. Pero lo hicieron.
Y ahora yo voy con ellos camino a una barbacoa multitudinaria digna del grupo más numeroso e hipócrita de facebook, y Toni va y le pregunta a Gloria que qué vio en él.
Que por qué siguen saliendo juntos.
Yo me encojo en el asiento de atrás y hago como que algo me llama poderosamente la atención ahí afuera. Obviamente espero con expectación la respuesta. Tengo la esperanza de que ella rompa a llorar, de que se hunda, despierte, claudique, lo que sea con tal de que dé la vuelta y yo me ahorre la excursioncita.
El silencio se hace eterno. El paisaje ha mejorado ostensiblemente, pasan a toda velocidad unos campos de trigo. Por desgracia el sol es demasiado brillante y hace que todo luzca de una forma tosca, molesta.
Y entonces, Gloria va y dice:
– ¿Qué has dicho?
Le mira un momento, de reojo. Todo parece indicar que está ensayando su mejor cara de cordero degollado. Yo siempre he pensado que ella no quiere ser más que otra pieza del Tetris: ha ido bajando y bajando y sólo ha intentando encajar con otra con quien desparecer línea a línea hasta la muerte. Gloria no quiere más que corriente estabilidad, familia, hijos. Y yo conozco a Toni.
Toni puede perder el culo por que le hagan un par de cubanas como cualquiera. Pero de ahí a asentarse con alguien al uso sin más…
Gloria le mira y le repite:
– ¿Qué has dicho?
Por la ventana pasa hacía atrás un granero a toda velocidad. Toni sigue esperando una respuesta;
– Ya sabes lo que he dicho.
– ¿Y tú crees que este es buen momento para hablar de eso?
Toni cabecea hacia mí:
– Por él no te preocupes. Sabe más cosas de mí que tú. Y todo lo que sé de ti también lo sabe…
Lo que decía; Toni ha comenzado a hablar, a hablar con contenido. ¿Y si eres sincero, debe importarte cuánta gente haya a tu alrededor? Quizá sólo hay dos opciones factibles: o hablas o te callas; cuando hablar significa decir algo, claro. Y Gloria aún no dice nada. Porque sabe que cuando hable tendrá que ser con contenido. Esta vez sí.
– Eh…
Parece que podría nublarse. El día se está poniendo interesante. No sería justo meter más presión de la que ya hay. Aquí y ahora, la sinceridad se puede cortar con un cuchillo. Gloria tiene que responder sí o sí una de esas preguntas que casi nadie quiere responder. Porque mentirían, o porque decir la verdad les daría demasiada vergüenza o daría al traste con sus planes de parecer “normales”. Es cierto que la demás gente no tiene derecho a meter las narices en pareja ajena. Pero una parte de la pareja sí debe poder saber qué coño está haciendo con su vida. Así que Toni ha visto la luz de repente, y ahora sigue esperando, mirando fijamente a su presunta novia.
– ¿Me vas a contestar o no?
Comienzan a caer gotas en el parabrisas. El cielo está parcialmente tapado con una de esas tormentas de fotografía. Gloria pone esa cara con que te mira un niño la primera vez que le regañas desde que te conoce. Y dice que no sabe a qué viene esto ahora, que no tiene ningún sentido…
– … no creo que sea bueno que hablemos de esto ahora… ¿Estás enfadado?
Silencio.
– Muy bien… – resopla mi colega -, esta mañana me he masturbado viendo unas fotos de Sara, esa chica de tu curro.
– ¿Qué?
Esto ni tan siquiera yo me lo esperaba. Es una de esas, vamos a llamarlas: naturalezas comunes, de las que nunca se habla en pareja. Esa parcela “sucia” de vida privada de la que nunca se habla. Por mucho que alguien te diga que tiene total transparencia con su pareja, siempre es mentira. Por mucho que Gloria se haya podido masturbar cientos de veces pensando en un mar de pollas de las cuales ninguna era de Toni, es igual; ahora y aquí, aunque vuelve a protagonizar otro largo silencio, no podrá digerir lo que ha oído.
– No te preocupes, sólo era una fantasía… – dice Toni con voz neutra -, alguien en quien he pensado en ese momento concreto para hacerme una paja… Nada más.
Obviamente para poder confesar ciertas cosas a los demás, jamás puedes ponerte en su lugar: no puedes imaginarte siendo el receptor de algo así en esta sociedad. Quizá llegue el momento en que la gente haya hablado lo suficiente sobre ciertos temas para que no resulten lo que de hecho no son, ni violentos ni inmorales. Toni lo sabe, me lo ha dicho muchas veces.
Y después de más silencio, y de que la tormenta que parecía terrible se esfume de un plumazo, le pregunta a su reloj:
– ¿Tú nunca te masturbas?

Dos minutos después el coche está detenido, rodeado de un océano de trigo; conmigo y Toni dentro. Gloria ha salido y está sentada en una piedra a unos quince metros más allá del arcén. No gesticula ni maldice, no llora. Sólo mira hacia el horizonte bañada en sol de media mañana. Puedo entenderla. Pero también puedo entender a Toni.
Si yo ahora fuera como esas personas que se creen capaces de consolar a todo el mundo con discursos prefabricados, saldría y hablaría con ella. Quizá incluso conseguiría convencerla para que volviera al coche y comenzara a conducir en dirección contraria. O también podría acercarme hasta donde está y simplemente quedarme a unos metros, simulando esa especie de apoyo moral abstracto que algunos practican; a veces incluso subrayando su infinito altruismo emocional repentino apoyando una mano en el hombro del afectado.
Sí, todas esas cosas funcionarían con Gloria. Quizá me gritaría un rato, y después gritaría a Toni antes de volver a sentarse en el asiento del conductor. Pero lo cierto es que la barbacoa ya está en marcha y parece que yo voy a librarme de un montón de protocolos supuestamente intrínsecos a la naturaleza humana de quienes suelen recalcar como aficiones propias acciones simples como “salir” o “estar con los amigos”… Por suerte o por desgracia, por mucho amor que sienta por mis congéneres, yo no soy así, no me exteriorizo así. Doy por hecha mi suerte de contar siempre con gente a mi alrededor, aunque seguramente eso sea un error. Sólo desearía, igual que Toni, no sentirme siempre tan distinto de pensamiento a los demás. Ahora la cordura predominante está apoyada en un industrial montón de mierda pseudofilosófica aceptada que pisotea el sentido común auténtico a diario. Y no querer pisar esa misma mierda que la mayoría de gente pisa, te convierte en lo que Toni y yo somos (sea lo que sea eso), y en lo que Gloria jamás querrá ser.
Y es lógico, si no piensas no te complicas la vida. Aunque ahora mismo Gloria sea igual de útil para esa evolución positiva antes mencionada que la piedra sobre la que está sentada.

Pasados unos quince minutos, y por mucho que la situación alimente fenomenalmente mi sed de morbo y a mi yo más hijo de puta, le digo a Toni que quizá debería hablar con ella. Puede que sea una tonta rematada sin ningún interés, y vale, quizá sí llevan demasiado tiempo saliendo juntos (soy capaz de decirlo así porque él ya me ha hablado en esos términos varias veces). Pero es una buena persona: una buena persona seguramente absorbida por factores externos que no puede controlar. Amigas con relaciones supuestamente prosperas, quizá hasta casadas, con hijos, etc. Al final para mucha gente no se trata tanto de intentar ser feliz como de parecerlo igual que los que te rodean. Ella no quiere tener personalidad, quiere ser igual que sus amigas. Y con eso se conforma. Buscar algo más que eso o enfocar la vida desde un punto de vista personal basado en tus propias pasiones o anhelos, para mucha gente no es más que el deseo de no querer madurar. Porque creen que madurar es imitar a los demás, cuando en realidad sólo tiene que ver con cierto tipo de crecimiento personal -cada uno el que considere mejor para sí mismo-, ya uses tu vida para tener hijos, ser soltero, rezar, hacer puenting o dedicarte a construir réplicas a escala de la torre de Pisa.
Algo así, en plan resumido, es lo que le digo a Toni, intentando echar un capote a la muchacha, aunque el discurso se ha ido convirtiendo en una especie de autofelación. En fin… Él y yo nos entendemos.

Toni se acaba arrastrando fuera del coche, no sin antes pensárselo durante largo rato. Me quedo solo en el asiento de atrás. Él llega adonde está ella y se ponen a hablar de una forma más templada de lo que esperaba. No puedo oírles. Quizá está embarazada y ahora tiene que afrontar la idea de abortar o tener el hijo de un pajillero declarado que se masturba con las fotos de sus amigas. Gloria no sabe leer los silencios; no quiere aceptar que en eso todos los tíos vienen a ser lo mismo. Nadie quiere saber nada de eso. Quizá la única forma de hacer que la gente tuviera un tercio más de honestidad sería amenazarles con obligarles a llevar otra vez hombreras a ellas y pantalones de campana a ellos; por ley, por falsedad demostrable. No se sabe cómo se lo podría hacer el sentido común para que todos fuéramos un poco menos falsos. Las amenazas estéticas podrían funcionar; una especie de chantaje que afectara a lo más superficial, a los detalles absurdos que más le importan a la gente. Si se les obligara a expresarse con el cerebro en lugar de con complementos y gomina, quizá cierta objetividad personal en cada individuo podría comenzar a abrirse paso al margen de las convenciones…
No sé, es una idea loca, pero no estaría mal darle un par de vueltas…
Toni y Gloria vuelven al coche, con cara de circunstancias él, y sonriente ella. Ha pasado una media hora. Se montan, Gloria arranca y salimos. Y maldita sea, en dirección a la barbacoa. Nos vamos a chamuscar junto a esa carne bajo este sol en modo coñazo; ya está llegando el mediodía.
Una vez han pasado unos cinco minutos de silencio, Gloria acaricia la mano izquierda de Toni, me mira de reojo, y dice:
– ¿No le dices eso?… Cuanto antes lo sepa más tiempo tiene para pensárselo…
Toni se vuelve hacia mí en su asiento, y, con una cara que nunca le he visto y que no sé qué refleja, dice:
– Tío.
Dice:
– Nos casamos… Me molaría que tú fueras el padrino.

[Me molan los trailers bizarros, esos que invitan a pensar que quizá alguien haya tenido una idea original para una buena película de género (aunque luego la mayoría de veces llegue la decepción…). Es el caso de “Altitude”, peli que al parecer transcurre en un viaje de avioneta que se verá amenazada por bichos dignos de una novela de Lovecraft. O sea, que o es divertida, ingeniosa y terrorífica, o un pastelazo. A ver qué sensaciones os deja el trailer… El reparto es más bien desconocido (lo cual a veces es buena señal y a veces no significa nada…). Y yo como siempre y desde mi repugnante heterosexualidad, me he fijado sólo en las chicas, entre las que se encuentra la interesante Julianna Guill (foto).]

La chica modesta

Quizá si algunos sustituyerais los productos bajos en calorías por cocaína, saldría un poco de cordura por vuestras bocas.
Odiáis vuestro trabajo y tenéis los huevos de hacerme preguntas. No cambiáis vuestra vida y juzgáis la mía. Juzgáis hasta al viento; hacéis viajes sólo para poder seguir levantando la barbilla con orgullo en otras franjas horarias. No queréis una buena vida, queréis una vida cómoda. Sólo es factible el esfuerzo justificado, y no el vocacional. El amor es un anillo, la vida un romántico periplo por la explotación laboral, y tu mente un contenedor de basura. Pero por más que reconozcas que en parte vives equivocado (cosa que jamás harás), no pienso hacerte espacio en mi nube.

Cuando yo era muy pequeña, mi madre -una idiota que pensaba que tener hijos sólo es una cuestión de logística-, se encargó de dejarme muy claro lo que era el dinero.
Aunque bien es cierto que, la lección más grande que me enseñó, es que tener hijos es la mayor responsabilidad. Es tanta la responsabilidad, que a mí en un mundo cuerdo me habrían abortado o donado a otra familia al nacer… Además, mi padre era el típico ser pasivo que asentía a cualquier cosa que dijese ella; y apenas trataba conmigo. Una se pregunta cómo parejas así prosperan. Soy incapaz de asimilar, por ejemplo, el hecho de que mi debilucho progenitor pudiera tener pene; y mucho menos que pudiera usarlo para algo más que mear.

Pero volviendo al materialismo, éste era lo único que le importaba a mi madre. Todo era una transacción económica. Y no me hagáis mucho caso, yo era casi un bebé; pero creo que incluso una noche le dijo a mi padre que haría el amor con él si al día siguiente le compraba cierto vestido; uno demasiado caro que había visto. Y no me cuesta nada imaginar a mi padre pagando por acostarse con mi madre. El matrimonio al parecer puede reducirse a eso, una cuestión de humillación e intereses. De pequeña para mí era igual ver a mi madre hablar con mi padre que con un banquero o la frutera. Ella no hablaba, estudiaba la situación sujetando fuertemente su cartera. Supongo que el mundo se va a la mierda porque son tipos iguales que ella los que llevan las riendas: igual de cabrones y además con poder. Para mí la naturaleza humana apenas tiene ya secretos: por más que podamos fascinar con fuegos artificiales, en el fondo somos más como el amoniaco en la sopa. Por mucho que parezca que cierta parcela pueda estar en calma -es más, en paz-, cuando te separas del rebaño y te pones a cierta distancia de las cosas, comienzas a ver un mapa con la ruta más corta hacia el fin de la humanidad.

Mi educación, por tanto, empezó siendo cosa de mi madre. Ella tenía proyectado convertirme en su clon, una serpiente igual de peligrosa; y si pudiera ser, más efectiva. Para ella eso era el amor. Sin duda era en parte una mujer moderna, encajaba perfectamente con las ambiciones imperantes. Los que no la conocían bien, la admiraban. Honestamente creo que, de haber podido, me habría cambiado a los cinco años por el suficiente dinero o poder. Jugaba bien sus cartas; si hay algo que enternece en este mundo es una madre; se habla de las madres como el epítome del cariño y las buenas intenciones; y en ese sentido, el amor -aunque sea falso-, puede ser muy efectivo para conseguir tus objetivos. Ella venía a ser la versión femenina del tarado que espera a que su hija crezca lo suficiente para intentar meterle mano. Yo sólo era su nuevo plan de inversiones, ya que lo único que seguía importándole eran sus siguientes zapatos nuevos. Cierta teoría simplista habla de los hombres como meros depredadores sexuales, y de las mujeres como crueles chupópteras que sólo se dedican a esperar a que alguien muera para poder heredar la fortuna de turno. En el caso de mi madre, esa simplificación era definitiva. Y mi padre, bueno, no creo que llegara a estar nunca lo suficientemente vivo como para encajar en ninguna teoría.

Dadas mis contraproducentes influencias, ya de bien pequeñita era una buena cabrona. Y cuando digo pequeñita me refiero incluso al parvulario, a los primeros años, a la etapa en la que cualquier cosa que hagas la justifica tu edad. Era muy mona e iba con mi batita y mis coletas y mi colonia cara; y en cuanto podía me aprovechaba de mis compañeros, lloriqueaba para conseguir lo que fuera y raramente me echaban la culpa.
Mis calificaciones eran buenas y yo era feliz porque mi progenitora era feliz. Y no sabía que en cierto modo todo eso estaba jugando ya en mi contra. Hacía lo que todos lo adultos esperaban de mí, y era justo eso lo que estaba convirtiéndome en un pequeño anticristo: el escupitajo de mi madre al mundo.
Más tarde, de seguir con esa filosofía de vida, me hubiera ido bien (en el sentido más humano -que no humanista- de la expresión), pero también hubiera acabado convertida en la representación más pura de aquello que envenena al mundo. Si hubiesen puesto mi carita de niña en los billetes de veinte, hubiera sido una especie de catarsis, el emblema perfecto para el sistema de valores que tantas familias alimentan, pensándose dignísimos ejemplos a seguir.

Déjalo. Abandona. Ríndete. Lo digo de verdad, estos consejos funcionan bien por contraste con lo que suele decir la mayoría de gente. Mamonadas típicas y sencillas (en resumen: ¡Gana!¡Humilla! ¡Ahora!¡Y cuéntaselo a todos!) disfrazadas de lecciones amables, que mi madre convirtió en su forma de vida, y que acabaron por hacer de ella una puta de lujo que funcionaba en todas direcciones, en todos los campos, con cualquier tipo de gente… Y digo puta, porque a cambio de dinero iba a joder a quien hiciera falta, claro. (Obviamente no me refería a las putas en el sentido sexual; mi madre no tenía ni la mitad de dignidad que ésas…).
Aunque si no llegó a ser de ésas, no fue por que no lo intentara. Ese fue el punto de inflexión, el hecho que más me impactó de pequeñita. Fue cuando yo tenía nueve años. Mi madre intentó ligarse a un tipo extranjero, alguien que decían tenía una fortuna (siempre iba con traje y corbata…). Un par de veces llegó a estar por casa mientras mi padre estaba trabajando (Notario). Pero el tipo pareció no tragar. Mi madre quería tener a un millonario; de habérselo ligado del todo (aparte de las diez o quince veces que se lo debió tirar), seguramente habría pedido enseguida el divorcio y yo me habría quedado con mi padre. No sé qué hubiera sido peor…
Toda esta información se me aclaró del todo más tarde, obviamente. Yo era una cabrona de niña, pero conservaba aún parte de mi inocencia. Y aquí es donde entró mi obsesión con el ratoncito Perez, ese hijo de puta…; tan ficticio como Dios, pero mucho más dañino para mí en aquel entonces. Yo aún tenía sólo diez años cuando sucedió todo.

Sabía que ese bicho venía cada vez que se me caía un diente. Sabía que a mi habitación ya había venido varias veces a lo largo (o corto) de mi vida. Mi diente desaparecía de debajo de la almohada, y en su lugar aparecían veinte euros (cortesía de mamá…).
Había oído hablar de Pérez en televisión demasiadas veces para no comprender que ese mamoncete era famoso. Todos los niños habían oído hablar de él. Pero ninguno lo había visto nunca. Par mí, durante mis diez años ese ratón sospechosamente altruista era como un ovni. Un ovni famoso.
Así que un día otro de mis dientes fue a parar al suelo, y luego bajo mi almohada; y yo tenía que hacer algo, planear algo. Mi lógica infantil mezclada con la influencia oscura de mi madre, hizo que comenzara a oler la pasta. Yo sabía que era más lista que los otros niños. Los profesores me lo decían, mi madre me lo decía, las desconocidas amigas de mi madre me lo decían; hasta mi padre asintió una vez cuando alguien lo dijo en casa durante una nochevieja. Era evidente; yo iba a hacer grandes cosas, tenía un futuro brillante; y ese tal Pérez sólo era un bicho que se pasaba las noches en vela repartiendo billetes de veinte a cambio de dientes. Dientes asquerosos. Qué asco; ¿a quien se le ocurriría coleccionar dientes? Ese tal Pérez tenía un lado oscuro, algún tipo de trastorno psicótico. Una vez mi madre me había dejado ver un rato una de esas pelis de terror, y en ella vi cómo un asesino coleccionaba los dedos de sus víctimas. Así que tanto da dedos como dientes; alguien que hace cosas así no debe estar suelto por ahí.

Me obligaban a acostarme a las diez; así que a las nueve comencé a prepararlo todo. Normalmente mi padre se iba a acostar temprano, y mi madre se quedaba completamente dormida en el salón con la televisión puesta. Tenía vía libre para moverme por casa.

Hice un buen trabajo. Bajé al sótano a coger algunas cosas. Entre ellas, los cepos (que precisamente utilizaba mi padre para las ratas). Había una caja llena de ellos; cogí unos quince. Eran bastante pequeños pero servirían. A eso de las diez menos cinco fui a acostarme. En mi casa nadie venía arroparme ni nada de eso; mi padre porque ya hacía un par de horas que estaba dormido, y mi madre básicamente porque no ganaba nada con ello; (sólo me achuchaba o hacía regalos cuando lo marcaba el calendario o por costumbre; véase el primer ejemplo en esta tontería del ratón…). Coloqué los cepos alrededor de la cama. Cada uno tenía un trozo de queso; la habitación olía bastante al cabo de un rato. Y, una vez todo listo, me arropé. Estaba segura de que funcionaría, sí, atraparía a ese bicho y conseguiría mucho más de veinte euros.

Desperté sobresaltada a eso de la tres de la mañana. Fue extraño, porque no había oído ningún ruido. Sin embargo, la puerta de la habitación estaba abierta. La luz de la cocina estaba encendida. Lo que yo no sabía a esa edad, era que mis padres se levantaran durante la noche a beber o comer algo. Yo dormía mis diez horas de un tirón y pensaba que era así para todos…
Me levanté; los cepos estaban todos intactos, el ratón no había venido aún; el diente seguía bajo la almohada. Fui hasta la cocina. Mi plan era tirar los alimentos al día siguiente; pero ese pernoctar nocturno de mis padres del que yo no sabía nada, lo complicó todo. Mi madre yacía en el suelo junto a la nevera abierta. A mi padre lo encontré suicidado en la bañera, llena de agua roja.
Yo no sabía exactamente qué tipo de veneno era, pero luego descubrí que se llama Toxina botulínica. Mi padre tenía ese veneno también en el sótano. Eché una buena cantidad en la botella de agua que teníamos siempre en la nevera, y rocié también algunos alimentos. No quería que ese cabrón se me escapara, y me daba igual si había que matarlo para retenerlo.
Obviamente mi madre debió beber del agua envenenada. Y mi padre debió levantarse por el ruido, o simplemente a beber o comer algo, y se la encontró allí tirada, muerta. Y supongo que se mató porque ya sólo le faltaba un último empujoncito para decidirse. Lo cierto es que el poco tiempo que le conocí, apenas lo vi sonreír o colaborar o vivir. Sencillamente no debió saber cómo afrontar la situación (conmigo apenas había tratado), y por una mezcla de pura pereza y hastío absoluto, decidió cortarse las venas.

Yo sabía cómo llamar a una ambulancia. Y lo hice. No me sentía bien, y tampoco mal; sabía que aquello era una tragedia, pero me sentía extrañamente al margen, abstraída. Los enfermeros lo confundieron con un estado de shock; pero yo sé cómo me sentía, y no tenía reservas de tristeza acumulada, no me estaba convirtiendo en un barril de desesperación que estallaría en cualquier momento; yo era fría, y quizá esa no reacción a la reciente pérdida, fue lo único positivo que mi madre acabó legándome.
Mi madre para mí sólo era una especie de manager, un tiburón financiero que quería convertirme en algo rentable; y mi padre tan sólo era otro desconocido más: un extraño que comía y cenaba todos los días con nosotros.

Luego vinieron a buscarme mis tíos. Y me preguntaron que qué había pasado.
De acuerdo, yo esperaba despertarme con el ruido. Lo cierto es que no esperaba que el bicho abriera la nevera y se pusiera a beber agua, pero había visto en la tele ratoncitos Pérez de todo tipo, y no quería dejar cabos sueltos. En mi plan mental, un cepo saltaría, yo encendería la luz y allí me encontraría a ese mamón, el ratón famoso, atrapado a medio camino entre el suelo y mi almohada, con mis veinte euros en la boca. Después sacaría la cámara de fotos que me había preparado en el primer cajón de la mesilla. Deslumbraría con el flash a ese cabroncete, allí atrapado, en mi habitación. Mi casa. Sería la primera niña del mundo en conocer al escurridizo Pérez. Le sacaría unas cuantas fotografías; y el resto ya sólo consistiría en forrarme.
Despertaría a mi madre y le enseñaría mi exclusiva. Todas la fotos; fotos que venderíamos a los periódicos, a la televisión, a todos los grandes medios. Sin olvidar que teníamos al bicho en cuestión. Y claro, mi pensamiento en aquel entonces no podía ser otro. Un ratón adiestrado así, bien debía tener dueños. Así qué, ¿cuánto estarían dispuestos a pagar?; sí, a pagar. Por su liberación. Y claro está, si se negaban a pagarnos entonces eso les vincularía directamente al ratón, publicaríamos esa información, lo cual comenzaría a generar preguntas. ¿Quiénes eran esa gente? ¿Para qué oscuro propósito querían todos esos dientes? ¿Y de dónde sacaban todo el dinero que repartían tan alegremente?…

El trabajo de reeducación de mis tíos fue de lo más duro. Para empezar, seguramente fui una de las niñas de mi generación que antes descubrió que los reyes magos no existen, ni Papá Noel. Había reglas para mí: Nada de fantasía ni magia ni películas confusas; nada de información cruzada ni elementos comunes con los que cualquier crío se entretiene de una forma sana… Yo era una bomba de relojería; antes de que continuara entrando información en mi cabeza, debía sacar de ella gran parte de la que me habían metido hasta los diez años.
Y mi presente tampoco es fácil, es cierto. Ahora tengo veintiún años y creo a esos estudiosos que hablan de los primeros años de educación de los críos como los más importantes. Por suerte para mí, parte de ellos fueron responsabilidad de mis tíos (mi tía además fue la que me puso al tanto de gran parte de esta historia). Ahora soy una detectora humana de hipócritas. Cuidado conmigo. He descubierto que al menos la mitad de la gente es como mi madre. Gente que tiene hijos; a los cuales no se les ocurre la práctica idea de envenenar a sus progenitores. Vale la pena siendo tan pequeñita; luego sólo tienes que aguantar a unos cuantos comecocos, quizá pasar una temporada en educación especial… eso es todo. Sé que quieres oír que me siento culpable… pues busca a gente como tú si quieres que te aguanten la conversación. Nadie necesita superar ninguna prueba intelectual para poder tener hijos. Así que es justo que estos se revelen si es necesario. La justicia no existe; sólo la ilusión de justicia. Antes de juzgarme, procurad conocer mi historial mental.
Fijaos en lo que decís y en cómo actuáis e intentad recordar qué sandeces os decían vuestros padres cuando érais críos. Valorad la realidad. Que no os engañe el amor, a veces sólo son intereses disfrazados. Ahora tengo un novio al que le pone sobremanera imaginar a mis padres muertos cuando follamos. Vivo siempre en mi nube, al margen; la realidad que nos venden sólo es carne de análisis. Sigo pensando que tengo un futuro brillante por delante. Me llamo Violeta. Encantada…

[He topado con un trailer de lo más bizarro. Es de la película “Legión”, ópera prima de Scott Stewart, un tipo que lleva años metido en efectos especiales y que ha decidido lanzarse a la dirección. Como no podía ser menos, en ese apartado la película promete dar diversión de la buena. En cuanto al argumento: Dios envía a los ángeles a la Tierra para destruir la humanidad… Qué tal… En el reparto, nombres como Paul Bettany, Dennis Quaid o Kate Walsh (foto). Esta peli va a ser una de esas frikadas que no me pienso perder (espero no arrepentirme…)]

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Elucubraciones golosina

Hace meses que se jodió el timbre. Así que alguien está llamando a la puerta con insistencia, con el puño. El ruido me ha despertado y eso me ha provocado un sentimiento de puro odio; quien sea tiene que dar gracias ahora mismo de que no tenga una pistola en el cajón de la mesilla. Es por la mañana, calculo, algún momento entre las ocho y las once. Ni siquiera miro el reloj. Antes de ir a abrir, espero a que mengüe mi habitual erección involuntaria. Si es la casera quizá la ahogue con mis propias manos.
Los golpes no cesan. Me pongo la bata y, con la polla ya colgando en paz entre las piernas, voy a abrir.

Y ahí, en el umbral de mi piso materialización de lo penoso que puede ser seguir vivo, me encuentro a dos chicas sonrientes, apetecibles, definitivamente follables si quieres más detalles. La imagen hace que mi odio desparezca de forma natural. Van vestidas como los boy scouts de las películas -de hecho creo que las llaman girl scouts-, ambas deben tener entre dieciocho y veintipocos, y me dan los buenos días en plan tímido; no como lo harían unos vendedores o esas parejas de mormones. Les cuesta comenzar a hablar, se miran entre ellas, risitas, parpadeos rápidos; están avergonzadas de ese modo que en las películas porno parece tan artificial, cuando una treintañera con coletas le dice a un vigoréxico con venas como cables que es virgen, y que papá podría llegar en cualquier momento.
Los segundos hasta que comienzan a hablar se hacen eternos, se pueden palpar; me apoyo en el quicio de la puerta… espero.
Finalmente, una de las dos intenta comenzar a hilar algunas frases. Mientras lo hace creo poder ver crecer sus pezones tras la ropa, y aun así sigo atontado por el sueño, imberbe.
Me preguntan si vivo solo y les digo que sí. Me dicen que están intentando montar un negocio, algo sobre un sex shop que se convierte en pub erótico los fines de semana; no me acabo de enterar pero tampoco me interesa. En definitiva, necesitan dinero. Están consiguiendo pasta, dicen, y quizá yo podría ayudarlas. Y luego me preguntan si pueden pasar, si tengo tiempo.

Nos sentamos en la mesa del comedor; me cuentan que se enrollarán entre ellas en la parte de mi piso que quiera; que harán lo que yo les mande a cambio de cien euros. Sin tocar. Sin masturbarme antes de que se hayan ido.
La verdad es que la idea no me vuelve loco. El porno es una cosa, pero los espectáculos eróticos en directo nunca me han convencido; me parecen como tener hambre, pedir una pizza y que luego el pizzero se la coma delante de ti acomodado en tu sala de estar. Incluso yo puedo montármelo mejor. Además deben ser como las diez de la mañana; en mi somnoliento estado me va a dar igual ver a dos chicas retozando que a dos jirafas comiendo hojas de un árbol. Mi polla no tiene previsto volver a levantarse en al menos diez horas, y es muy suya para esos temas. Sea la hora que sea necesito dos horas más de sueño, varias aspirinas, ducharme, comer algo, café y tabaco.
Me levanto de mi silla y les digo que ha sido divertido verlas así, que de haberme intentado vender polvorones o algo así las hubiera mandado mucho antes a paseo. Pero que ahora no estoy para espectáculos lésbicos. Lo siento. Necesito dormir un poco más y quizá otro día…
– Pero si son las dos de la tarde… – argumenta una, cortándome.
– Oh… … ¿en serio?
Me sorprende de verdad. Aunque enseguida recuerdo que ayer abrí una botella de vino y deambulé por el piso con los auriculares puestos, con los Pixies clavándoseme placenteramente en el cerebro. Orgásmicamente. Vi un par de películas antiguas, leí un rato a Welsh y después intenté masturbarme pero mi polla no colaboró. Así que no es tan raro que sean las dos.

Está bien, me levanto y voy hacia la ventana y sopeso mis posibilidades. Luego vuelvo, me siento y les digo que si follaran conmigo podría darles ciento cincuenta… Doscientos… Vale, doscientos y me conformo con una. Y entonces durante un mágico y sórdido momento dudan, se miran entre ellas… Pero deciden que no. Un no rotundo. Y en realidad creo que ni tan siquiera yo hablaba en serio.
Vale, les digo, qué es lo que hacéis; cómo os lo montáis.
– Bueno – dice la más decidida -, básicamente entre nosotras lo que quieras. Tenemos vibradores en la mochila… Vaya, lo que quieras dentro de unos límites. No nos meamos encima ni jugamos con nuestros excrementos… ya sabes, nada de guarradas de esas.
– ¿Y no me puedo masturbar?… ¿No podemos negociar eso?
– Puedes. Cuando nos vayamos.
Silencio.
– ¿Sois… lesbianas?
– ¡No! – gritan ambas, y la espabilada dice -: ¿Tenemos pinta de conducir un camión? Joder…
– Y qué más os da que me la saque y…
– Es horroroso – me interrumpe -, un tío haciéndose una paja nos cortaría el rollo completamente. Y como tampoco vamos a tocártela para nada… Oye, no te hagas ilusiones, no somos putas.
– Ni siquiera somos bisexuales – dice la otra, con una voz mucho más aguda -, sólo lo hacemos entre nosotras. Somos amigas de toda la vida…
Cuando te quieres dar cuenta no sólo no mojas con las tías, sino que además ya no te dejan ni hacerte una paja. Esto parece una broma de televisión.
– Bueno. ¿Quieres espectáculo o no? – dice la espabilada.
– Si te digo la verdad, ahora ya voy caliente; pero estoy dudando entre Internet y vosotras.
– No jodas, tío, a ésas las ves todos lo días.
– Pero ellas me dejan masturbarme…
Las chicas, especialmente la espabilada, están comenzando a impacientarse. No sé. No me convence el trato. Me parece injusto. Incluso un voyeur debe luchar por su dignidad pajillera. Me levanto y les digo que no quiero, que no hay trato; siento haberles hecho perder el tiempo, pero creo que en el cuarto segunda hay otro tío solo.
– Muy bien – dice la espabilada, con cierto resentimiento -, pues allá que nos vamos. Quizá él sí sepa aprovechar su oportunidad…
– ¿Su oportunidad? – digo, indignado -, ¿su oportunidad de qué? ¿De hacerse otra paja solo?
Ante mi lógica, las dos callan. Están de pie y me miran.
– En serio – digo – ¿habéis conseguido colarle este numerito a alguien?
Silencio.
– ¿A nadie?
Se miran los zapatos; la espabilada se cruza de brazos. Decido ir para premio:
– ¿Alguna vez os habéis enrollado entre vosotras?

Cinco minutos después, Espabilada está sentada en uno de mis sillones; la otra ha roto a llorar y se ha derrumbado en un taburete de la cocina. Supongo que necesitan recuperar la compostura e idear otro plan para conseguir dinero. Se me ocurre que si hubieran sido hermanas y me hubieran enseñado alguna prueba de ello, les hubiera bastado con decirlo y les habría dicho: adelante con el show. Una cosa es tener dignidad y otra muy distinta dejar pasar esas oportunidades en la vida…
Les digo que podrían trabajar en cualquier discoteca, que creo que pagan bastante bien. La espabilada descruza las piernas y vuelve a cruzarlas; la otra llora con más fuerza.
Dejo que se queden el rato que quieran en casa. Les hago prometer que no me robarán nada, que no me van a putear; aunque en mi cartera sólo hay unos diez euros. Me meto en la ducha convencido de que están demasiado hundidas para empeorar la situación. Y porque creo que quizá son idiotas, pero con buen fondo.
Cuando salgo de la ducha, las dos están sentadas viendo la tele con sus uniformes de girl scout, y parece que de repente haya adoptado a dos streepers. Es domingo y les propongo salir a tomar algo, yo desde luego café. Y aceptan.

Por la calle todo el mundo nos mira. Algunos pensando que quizá soy un putero, o peor, de la tele o alguna revista erótica… Espabilada y compañía siguen en silencio, dubitativas. Les pregunto que si tienen adonde ir. Las casas de sus padres. Les pregunto la edad. Dieciocho y veinte. Espabilada veinte. Y diría que por lo menos ella lleva silicona. Y después de haberlas visto proceder no me extrañaría nada que se hubiera operado las tetas para los shows porno sin pajas.

Nos llegamos hasta mi cafetería habitual. Una de las dos que más piso. No digo nada y alguien ya me está preparando un café solo. La camarera se acerca a nuestra mesa y me saluda y mira con curiosidad a las chicas. Opto por no intentar normalizar el asunto, tengo la esperanza de que se normalice solo. Sí, hay conmigo dos chicas disfrazadas de prostitutas de doce años, pero soy cliente habitual, bien debo tener alguna libertad para el excentricismo de vez en cuando.
Espabilada pide un café con leche. La otra, Nestea. Siguen cabizbajas, meditabundas; no parece importarles que se les vea el tanga o la media de edad en el local, que debe superar ahora mismo holgadamente los cincuenta; incluyéndolas a ellas en el cálculo.
Nos traen lo pedido. Decido levantarme a coger un diario. Cuando llego adonde están, o suelen estar, veo que sólo hay un par de revistas. Cojo una. Es la típica publicación femenina, hecha por demonios que viven entre nosotros para chicas jóvenes y mujeres sin muchas luces. Me siento, la ojeo; y todo son complementos de moda, artículos contra las estrías, fotos retocadas de veinteañeras que se hacen pasar por treintañeras para anunciar crema antiarrugas. Demi Moore. Drew Barrymore (a la que llaman gorda de forma sutil en un artículo de tres columnas). Y una entrevista con Karl Lagerfeld, un diseñador de moda para el que creo que debería instaurarse la pena de muerte de forma provisional, donde sea que esté, sólo para condenarle a él. ¿Por qué? Como mártir de la moda. Simplemente por gilipollas.
Espabilada ladea la cabeza intentando ver algo de la revista. Se la paso. Comienza a hojearla.
– Creo que salgo en el número de este mes – murmura.
– ¿Cómo? -. Esto ya es lo último que me esperaba. Dice que hizo un anuncio para una colonia; ni tan siquiera recuerda la marca. Que la hicieron desnudarse y que todo fue muy violento.
– En la foto no salgo desnuda, claro, pero allí todos me vieron bien. Me sentí violada, en serio.

Al rato estamos vagando por las calles; ellas se detienen de vez en cuando a mirar alguno de esos escaparates sobrecargados de cosas que no me importan. Todos dicen que para todo el mundo hay una oportunidad si luchas por ella. Es mentira. Y a más años tienes más mentira es. En cualquier caso, hay una elección fundamental en la vida: elegir entre ser respetado o ser sincero con uno mismo. El dinero o la felicidad. Y pocas veces ambas cosas coinciden. Las dos chicas que van conmigo de momento sólo quieren dinero, y no parece que vayan a cambiar nunca. Dadas las circunstancias creo que lo mejor que podrían hacer es un sesenta y nueve entre ellas. Seguramente jamás volverían a sentirse limpias y aceptadas. Los demás se encargarían a conciencia de ello. Tienen suerte de haber dado conmigo; por mucho que me importaran, tanto me iba a dar que eligieran poner una tienda de golosinas antes que estudiar una carrera. De hecho ellas mismas aún son sólo golosinas. No pienso darles ninguna lección de vida prefabricada. Todo el mundo debería poder tener el desaconsejado derecho de convertirse a sí mismo en un punto de inflexión, en la diferencia en comparación con ese zombi redundante del que las calles están plagadas.
Espabilada me dice que no tienen ganas de volver esta noche a sus casas; qué quizá podrían quedarse hoy a dormir en mi piso. Digo sí. No sé qué va pasar mañana cuando despierten. O esta noche. Quizá consiga un streaptease, o algo más. Comienza a gustarme este rollo decadente. Quizá un día de estos les dé cien euros sólo para volver a la cafetería con ellas disfrazadas de animadoras. Creo que los tres tenemos alguna oportunidad de ser la comidilla de toda esa gente que tanta pereza me da.

[Ha llegado la semana del estreno de “The Box”(trailer arriba), nueva peli de Richard Kelly, hacedor de “Donnie Darko” (foto abajo), en mi opinión una de las películas más interesantes y originales (y estimulantes) de los últimos años (cosa que podría decir también de Southland Tales a pesar de las críticas). En todo caso esta película supone la nueva apuesta fuerte de Kelly por un cine con personalidad y arrojo. Y ojalá llegue al nivel de su opera prima.]

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