La chica modesta

Quizá si algunos sustituyerais los productos bajos en calorías por cocaína, saldría un poco de cordura por vuestras bocas.
Odiáis vuestro trabajo y tenéis los huevos de hacerme preguntas. No cambiáis vuestra vida y juzgáis la mía. Juzgáis hasta al viento; hacéis viajes sólo para poder seguir levantando la barbilla con orgullo en otras franjas horarias. No queréis una buena vida, queréis una vida cómoda. Sólo es factible el esfuerzo justificado, y no el vocacional. El amor es un anillo, la vida un romántico periplo por la explotación laboral, y tu mente un contenedor de basura. Pero por más que reconozcas que en parte vives equivocado (cosa que jamás harás), no pienso hacerte espacio en mi nube.

Cuando yo era muy pequeña, mi madre -una idiota que pensaba que tener hijos sólo es una cuestión de logística-, se encargó de dejarme muy claro lo que era el dinero.
Aunque bien es cierto que, la lección más grande que me enseñó, es que tener hijos es la mayor responsabilidad. Es tanta la responsabilidad, que a mí en un mundo cuerdo me habrían abortado o donado a otra familia al nacer… Además, mi padre era el típico ser pasivo que asentía a cualquier cosa que dijese ella; y apenas trataba conmigo. Una se pregunta cómo parejas así prosperan. Soy incapaz de asimilar, por ejemplo, el hecho de que mi debilucho progenitor pudiera tener pene; y mucho menos que pudiera usarlo para algo más que mear.

Pero volviendo al materialismo, éste era lo único que le importaba a mi madre. Todo era una transacción económica. Y no me hagáis mucho caso, yo era casi un bebé; pero creo que incluso una noche le dijo a mi padre que haría el amor con él si al día siguiente le compraba cierto vestido; uno demasiado caro que había visto. Y no me cuesta nada imaginar a mi padre pagando por acostarse con mi madre. El matrimonio al parecer puede reducirse a eso, una cuestión de humillación e intereses. De pequeña para mí era igual ver a mi madre hablar con mi padre que con un banquero o la frutera. Ella no hablaba, estudiaba la situación sujetando fuertemente su cartera. Supongo que el mundo se va a la mierda porque son tipos iguales que ella los que llevan las riendas: igual de cabrones y además con poder. Para mí la naturaleza humana apenas tiene ya secretos: por más que podamos fascinar con fuegos artificiales, en el fondo somos más como el amoniaco en la sopa. Por mucho que parezca que cierta parcela pueda estar en calma -es más, en paz-, cuando te separas del rebaño y te pones a cierta distancia de las cosas, comienzas a ver un mapa con la ruta más corta hacia el fin de la humanidad.

Mi educación, por tanto, empezó siendo cosa de mi madre. Ella tenía proyectado convertirme en su clon, una serpiente igual de peligrosa; y si pudiera ser, más efectiva. Para ella eso era el amor. Sin duda era en parte una mujer moderna, encajaba perfectamente con las ambiciones imperantes. Los que no la conocían bien, la admiraban. Honestamente creo que, de haber podido, me habría cambiado a los cinco años por el suficiente dinero o poder. Jugaba bien sus cartas; si hay algo que enternece en este mundo es una madre; se habla de las madres como el epítome del cariño y las buenas intenciones; y en ese sentido, el amor -aunque sea falso-, puede ser muy efectivo para conseguir tus objetivos. Ella venía a ser la versión femenina del tarado que espera a que su hija crezca lo suficiente para intentar meterle mano. Yo sólo era su nuevo plan de inversiones, ya que lo único que seguía importándole eran sus siguientes zapatos nuevos. Cierta teoría simplista habla de los hombres como meros depredadores sexuales, y de las mujeres como crueles chupópteras que sólo se dedican a esperar a que alguien muera para poder heredar la fortuna de turno. En el caso de mi madre, esa simplificación era definitiva. Y mi padre, bueno, no creo que llegara a estar nunca lo suficientemente vivo como para encajar en ninguna teoría.

Dadas mis contraproducentes influencias, ya de bien pequeñita era una buena cabrona. Y cuando digo pequeñita me refiero incluso al parvulario, a los primeros años, a la etapa en la que cualquier cosa que hagas la justifica tu edad. Era muy mona e iba con mi batita y mis coletas y mi colonia cara; y en cuanto podía me aprovechaba de mis compañeros, lloriqueaba para conseguir lo que fuera y raramente me echaban la culpa.
Mis calificaciones eran buenas y yo era feliz porque mi progenitora era feliz. Y no sabía que en cierto modo todo eso estaba jugando ya en mi contra. Hacía lo que todos lo adultos esperaban de mí, y era justo eso lo que estaba convirtiéndome en un pequeño anticristo: el escupitajo de mi madre al mundo.
Más tarde, de seguir con esa filosofía de vida, me hubiera ido bien (en el sentido más humano -que no humanista- de la expresión), pero también hubiera acabado convertida en la representación más pura de aquello que envenena al mundo. Si hubiesen puesto mi carita de niña en los billetes de veinte, hubiera sido una especie de catarsis, el emblema perfecto para el sistema de valores que tantas familias alimentan, pensándose dignísimos ejemplos a seguir.

Déjalo. Abandona. Ríndete. Lo digo de verdad, estos consejos funcionan bien por contraste con lo que suele decir la mayoría de gente. Mamonadas típicas y sencillas (en resumen: ¡Gana!¡Humilla! ¡Ahora!¡Y cuéntaselo a todos!) disfrazadas de lecciones amables, que mi madre convirtió en su forma de vida, y que acabaron por hacer de ella una puta de lujo que funcionaba en todas direcciones, en todos los campos, con cualquier tipo de gente… Y digo puta, porque a cambio de dinero iba a joder a quien hiciera falta, claro. (Obviamente no me refería a las putas en el sentido sexual; mi madre no tenía ni la mitad de dignidad que ésas…).
Aunque si no llegó a ser de ésas, no fue por que no lo intentara. Ese fue el punto de inflexión, el hecho que más me impactó de pequeñita. Fue cuando yo tenía nueve años. Mi madre intentó ligarse a un tipo extranjero, alguien que decían tenía una fortuna (siempre iba con traje y corbata…). Un par de veces llegó a estar por casa mientras mi padre estaba trabajando (Notario). Pero el tipo pareció no tragar. Mi madre quería tener a un millonario; de habérselo ligado del todo (aparte de las diez o quince veces que se lo debió tirar), seguramente habría pedido enseguida el divorcio y yo me habría quedado con mi padre. No sé qué hubiera sido peor…
Toda esta información se me aclaró del todo más tarde, obviamente. Yo era una cabrona de niña, pero conservaba aún parte de mi inocencia. Y aquí es donde entró mi obsesión con el ratoncito Perez, ese hijo de puta…; tan ficticio como Dios, pero mucho más dañino para mí en aquel entonces. Yo aún tenía sólo diez años cuando sucedió todo.

Sabía que ese bicho venía cada vez que se me caía un diente. Sabía que a mi habitación ya había venido varias veces a lo largo (o corto) de mi vida. Mi diente desaparecía de debajo de la almohada, y en su lugar aparecían veinte euros (cortesía de mamá…).
Había oído hablar de Pérez en televisión demasiadas veces para no comprender que ese mamoncete era famoso. Todos los niños habían oído hablar de él. Pero ninguno lo había visto nunca. Par mí, durante mis diez años ese ratón sospechosamente altruista era como un ovni. Un ovni famoso.
Así que un día otro de mis dientes fue a parar al suelo, y luego bajo mi almohada; y yo tenía que hacer algo, planear algo. Mi lógica infantil mezclada con la influencia oscura de mi madre, hizo que comenzara a oler la pasta. Yo sabía que era más lista que los otros niños. Los profesores me lo decían, mi madre me lo decía, las desconocidas amigas de mi madre me lo decían; hasta mi padre asintió una vez cuando alguien lo dijo en casa durante una nochevieja. Era evidente; yo iba a hacer grandes cosas, tenía un futuro brillante; y ese tal Pérez sólo era un bicho que se pasaba las noches en vela repartiendo billetes de veinte a cambio de dientes. Dientes asquerosos. Qué asco; ¿a quien se le ocurriría coleccionar dientes? Ese tal Pérez tenía un lado oscuro, algún tipo de trastorno psicótico. Una vez mi madre me había dejado ver un rato una de esas pelis de terror, y en ella vi cómo un asesino coleccionaba los dedos de sus víctimas. Así que tanto da dedos como dientes; alguien que hace cosas así no debe estar suelto por ahí.

Me obligaban a acostarme a las diez; así que a las nueve comencé a prepararlo todo. Normalmente mi padre se iba a acostar temprano, y mi madre se quedaba completamente dormida en el salón con la televisión puesta. Tenía vía libre para moverme por casa.

Hice un buen trabajo. Bajé al sótano a coger algunas cosas. Entre ellas, los cepos (que precisamente utilizaba mi padre para las ratas). Había una caja llena de ellos; cogí unos quince. Eran bastante pequeños pero servirían. A eso de las diez menos cinco fui a acostarme. En mi casa nadie venía arroparme ni nada de eso; mi padre porque ya hacía un par de horas que estaba dormido, y mi madre básicamente porque no ganaba nada con ello; (sólo me achuchaba o hacía regalos cuando lo marcaba el calendario o por costumbre; véase el primer ejemplo en esta tontería del ratón…). Coloqué los cepos alrededor de la cama. Cada uno tenía un trozo de queso; la habitación olía bastante al cabo de un rato. Y, una vez todo listo, me arropé. Estaba segura de que funcionaría, sí, atraparía a ese bicho y conseguiría mucho más de veinte euros.

Desperté sobresaltada a eso de la tres de la mañana. Fue extraño, porque no había oído ningún ruido. Sin embargo, la puerta de la habitación estaba abierta. La luz de la cocina estaba encendida. Lo que yo no sabía a esa edad, era que mis padres se levantaran durante la noche a beber o comer algo. Yo dormía mis diez horas de un tirón y pensaba que era así para todos…
Me levanté; los cepos estaban todos intactos, el ratón no había venido aún; el diente seguía bajo la almohada. Fui hasta la cocina. Mi plan era tirar los alimentos al día siguiente; pero ese pernoctar nocturno de mis padres del que yo no sabía nada, lo complicó todo. Mi madre yacía en el suelo junto a la nevera abierta. A mi padre lo encontré suicidado en la bañera, llena de agua roja.
Yo no sabía exactamente qué tipo de veneno era, pero luego descubrí que se llama Toxina botulínica. Mi padre tenía ese veneno también en el sótano. Eché una buena cantidad en la botella de agua que teníamos siempre en la nevera, y rocié también algunos alimentos. No quería que ese cabrón se me escapara, y me daba igual si había que matarlo para retenerlo.
Obviamente mi madre debió beber del agua envenenada. Y mi padre debió levantarse por el ruido, o simplemente a beber o comer algo, y se la encontró allí tirada, muerta. Y supongo que se mató porque ya sólo le faltaba un último empujoncito para decidirse. Lo cierto es que el poco tiempo que le conocí, apenas lo vi sonreír o colaborar o vivir. Sencillamente no debió saber cómo afrontar la situación (conmigo apenas había tratado), y por una mezcla de pura pereza y hastío absoluto, decidió cortarse las venas.

Yo sabía cómo llamar a una ambulancia. Y lo hice. No me sentía bien, y tampoco mal; sabía que aquello era una tragedia, pero me sentía extrañamente al margen, abstraída. Los enfermeros lo confundieron con un estado de shock; pero yo sé cómo me sentía, y no tenía reservas de tristeza acumulada, no me estaba convirtiendo en un barril de desesperación que estallaría en cualquier momento; yo era fría, y quizá esa no reacción a la reciente pérdida, fue lo único positivo que mi madre acabó legándome.
Mi madre para mí sólo era una especie de manager, un tiburón financiero que quería convertirme en algo rentable; y mi padre tan sólo era otro desconocido más: un extraño que comía y cenaba todos los días con nosotros.

Luego vinieron a buscarme mis tíos. Y me preguntaron que qué había pasado.
De acuerdo, yo esperaba despertarme con el ruido. Lo cierto es que no esperaba que el bicho abriera la nevera y se pusiera a beber agua, pero había visto en la tele ratoncitos Pérez de todo tipo, y no quería dejar cabos sueltos. En mi plan mental, un cepo saltaría, yo encendería la luz y allí me encontraría a ese mamón, el ratón famoso, atrapado a medio camino entre el suelo y mi almohada, con mis veinte euros en la boca. Después sacaría la cámara de fotos que me había preparado en el primer cajón de la mesilla. Deslumbraría con el flash a ese cabroncete, allí atrapado, en mi habitación. Mi casa. Sería la primera niña del mundo en conocer al escurridizo Pérez. Le sacaría unas cuantas fotografías; y el resto ya sólo consistiría en forrarme.
Despertaría a mi madre y le enseñaría mi exclusiva. Todas la fotos; fotos que venderíamos a los periódicos, a la televisión, a todos los grandes medios. Sin olvidar que teníamos al bicho en cuestión. Y claro, mi pensamiento en aquel entonces no podía ser otro. Un ratón adiestrado así, bien debía tener dueños. Así qué, ¿cuánto estarían dispuestos a pagar?; sí, a pagar. Por su liberación. Y claro está, si se negaban a pagarnos entonces eso les vincularía directamente al ratón, publicaríamos esa información, lo cual comenzaría a generar preguntas. ¿Quiénes eran esa gente? ¿Para qué oscuro propósito querían todos esos dientes? ¿Y de dónde sacaban todo el dinero que repartían tan alegremente?…

El trabajo de reeducación de mis tíos fue de lo más duro. Para empezar, seguramente fui una de las niñas de mi generación que antes descubrió que los reyes magos no existen, ni Papá Noel. Había reglas para mí: Nada de fantasía ni magia ni películas confusas; nada de información cruzada ni elementos comunes con los que cualquier crío se entretiene de una forma sana… Yo era una bomba de relojería; antes de que continuara entrando información en mi cabeza, debía sacar de ella gran parte de la que me habían metido hasta los diez años.
Y mi presente tampoco es fácil, es cierto. Ahora tengo veintiún años y creo a esos estudiosos que hablan de los primeros años de educación de los críos como los más importantes. Por suerte para mí, parte de ellos fueron responsabilidad de mis tíos (mi tía además fue la que me puso al tanto de gran parte de esta historia). Ahora soy una detectora humana de hipócritas. Cuidado conmigo. He descubierto que al menos la mitad de la gente es como mi madre. Gente que tiene hijos; a los cuales no se les ocurre la práctica idea de envenenar a sus progenitores. Vale la pena siendo tan pequeñita; luego sólo tienes que aguantar a unos cuantos comecocos, quizá pasar una temporada en educación especial… eso es todo. Sé que quieres oír que me siento culpable… pues busca a gente como tú si quieres que te aguanten la conversación. Nadie necesita superar ninguna prueba intelectual para poder tener hijos. Así que es justo que estos se revelen si es necesario. La justicia no existe; sólo la ilusión de justicia. Antes de juzgarme, procurad conocer mi historial mental.
Fijaos en lo que decís y en cómo actuáis e intentad recordar qué sandeces os decían vuestros padres cuando érais críos. Valorad la realidad. Que no os engañe el amor, a veces sólo son intereses disfrazados. Ahora tengo un novio al que le pone sobremanera imaginar a mis padres muertos cuando follamos. Vivo siempre en mi nube, al margen; la realidad que nos venden sólo es carne de análisis. Sigo pensando que tengo un futuro brillante por delante. Me llamo Violeta. Encantada…

[He topado con un trailer de lo más bizarro. Es de la película “Legión”, ópera prima de Scott Stewart, un tipo que lleva años metido en efectos especiales y que ha decidido lanzarse a la dirección. Como no podía ser menos, en ese apartado la película promete dar diversión de la buena. En cuanto al argumento: Dios envía a los ángeles a la Tierra para destruir la humanidad… Qué tal… En el reparto, nombres como Paul Bettany, Dennis Quaid o Kate Walsh (foto). Esta peli va a ser una de esas frikadas que no me pienso perder (espero no arrepentirme…)]

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51 comentarios en “La chica modesta

  1. Tengo que hacer un guiño. El detonante de este relato es una pequeña gran historia que me contó una de las lectoras del blog, la cual me dio permiso para escribir sobre ella. Hay que dejar claro que toda la parte cafre de la historia es pura invención. Pero digamos que sí existió una niña que se dedicaba a ponerle trampas al Rotoncito Pérez. Ella sabe quién es. Un beso para ella.

    Saludos a todos.

  2. “Yo era una cabrona de niña, pero conservaba aún parte de mi inocencia. Y aquí es donde entró mi obsesión con el ratoncito Perez, ese hijo de puta…”
    Me quedo con esa frase.Genial!!! :)

  3. Gran relato, bueno como todos los del blog. Solo quiero hacer un apunte yo tambien tengo 21 años y cuando se me caian los dientes me daban la pasta en pesetas no en euros, y supongo que a cualquiera de 21 años.
    Es ser un poco tocahuevos, pero me ha hecho gracia.
    Un saludo Jordim, y sigue asi.

  4. hoy no puedo leer tan seguido, me gusta tu narrativa, la verdad que me encanta, me divierte,(pero me cuesta mucho leer en la pantalla, y encima lleve las gafas a graduar y tengo unas antiguas puestas, je, y se me hacen nubes las letras. No me gusta decir ¡que bien, que bueno! si no lo he leído. Así que anoto hasta donde he podido llegar. y cuando me pase dentro de un rato o mañana sigo.

    “Dadas mis contraproducentes influencias, ya de bien pequeñita era una buena cabrona”. Esto es una chuleta, para saber por donde iba.je

    Besos y amor
    je

  5. Nunca creí en esas fantasías del ratón Pérez, Papá Noel, etc. etc., pero no significa que me haya faltado infancia, y tampoco puedo negar > me gustaba levantar mi almohada y ver algún billetito :P

    Totalmente cierto: el matrimonio es una cuestión de humillación e intereses. No puedo entender cómo la gente se vende a esa bobada.

    Increíble historia, te felicito Jordi.
    Besos.

  6. El tiempo engaña con las historias y experiencias ajenas, ser educados por la vida de otro es como caminar en el aire. El amor es un juego de difícil trámite pero de buenas sensaciones.

    Me encantó la historia.

    Saludos desde Perú.

  7. Cuando uno entra aquí, es dificilísimo salir!!!
    Así que he decidido llevármelo puesto, iré leyendo tus relatos en el tren!!
    Ya te contaré.
    Gracias por esa desbordante y genial imaginación, un abrazo!!

  8. Me ha gustado el relato. Menos mal que nunca he sabido nada del ratoncito ese (de pequeña).Espero que no existan muchos padres así, aunque pensandolo bien debe haber unos cuantos.El mundo es una mierda, por eso lo digo.
    Saludos
    anamorgana

  9. ¡Hola Jordim! Encantado de conocer tu blog. He flipado con este relato. Ese humor negro me encanta, pero lo mejor de todo es que invita a la reflexión. Matar a las figuras paternas es muy complicado… y muchas veces ni siquiera somos conscientes de los alcances negativos que ha podido tener su influencia en nosotros. Aunque yo, por suerte, y a diferencia de Violeta, también he sacado muchas cosas positivas. :)

  10. Lo mas real de esta historia, es que posiblemente esos pensamientos sean los que corran por las mentes de los niños estos que matan a sus padres, o a Marta del Castillo, o a Nagore…

    No se si es por la infancia que han vivido, por que algo no va bien en su cabeza, por que por matar en ese Pais es gratis, o vete tu a saber…

  11. Es de lo mejor que te he leído y eso ya es mucho decir, dado el elevado listón de calidad que mantienes texto tras texto, amigo Jordim. Pero en verdad que éste se lleva la palma. Me encanta este realismo mágico un tanto gore que con tanto acierto manejas.

  12. Vaya tela con la niña, la verdad… Pero, realmente, era tan sólo la imagen y semejanza de su madre.

    He llegado a pensar que, la mujer, había matado al marido y luego, había sido castigada con el agua envenenada por ello…

    Un besitooo

  13. Jordim… me encanta tu forma de narrar, como hilas las palabras hasta conseguir que acabemos creyéndonos protagonistas de tus relatos. Al menos, a mí me sucede.
    Hacía tiempo que no leía algo tan bueno.
    Pobre niña, condenada a ser un calco que nunca pidió ser, no crees?
    Mil besitos!!!
    PD: guapa chica la de la foto.

  14. Decía Oscar Wilde que ‘Los niños comienzan por querer a sus padres; más tarde los juzgan; raramente, si acaso, los pedonan’
    En este caso, perdonar a la madre-hijaputa-muerta tendría que llevar consigo perdonarse a ella misma-hijaputa-viva. Aunque quizás no necesite ya de de ese perdón reversible. Quién sabe….., no??? Violeta.

  15. Una de tus mejores historias. La inhumanidad de algunos de tus personajes es genial y genuina. Felicidades y no dejes de escribir. Me tienes enganchado desde hace un año y tiene visos de seguir así :)

  16. Casi diría que, Violeta es la hermana pequeña de los ángeles de la película… sip.

    Violetas no sé si habrá muchas… mamás y papás de Violeta… más de uno. Y si se hicera para los padres biológicos las mismas pruebas que a los padres adoptivos… bueno, bueno.

    Voy a dejar de decir bobadas… y pasaré a decir simplemente que me ha gustado el relato. sip.

    besos.

  17. Me quedo en el primer párrafo. Quiero interiorizarlo antes de seguir en esa nube sin espacio. Creo que en él dices muchas cosas y me paro. De momento, no necesito más.
    Gracias por visitarme y indicarme el camino para poder devolverte la visita.

    Salut!!!

  18. Uf, vaya historia… Yo recuerdo de vez en cuando las sandeces que tenía que oir a mis padres, e intento no repetirlas con mi hijo, pero estoy segura de que él encontrará ridículas muchas cosas que le digo.
    Es difícil….

    Besos.

  19. “El matrimonio al parecer puede reducirse a eso, una cuestión de humillación e intereses.”

    Hay que tener en cuenta la cita textual, su contexto y la situación personal del personaje…

    Saludos.

  20. Llego hasta aquí desde el blog de “Lo que me toca los cojones”; y la verdad, no he podido parar de leer hasta el final de la historia.
    Voy a añadirte a mis favoritos; me encanta que me cuenten historias, y ésta es muy original e interesante.
    Respecto a mi caso: a mí el ratoncito nunca me dejó dinero; me dejaba botecitos individuales de mermelada o de miel (yo sí era hija de trabajadores) , pero me hacían mucha ilusión.
    Siempre he tenido claro que, de tener una hija la llamaría Violeta, pero después de esta historia, ni de coña; me da yuyu.
    La película no es de mi estilo, pero ¿inexplicablemente? me han entrado unas ganas locas de verla. Será porque necesito quemar adrenalina.
    Lo dicho: me uno a tus seguidores.
    Saludos.

  21. Un sabor agridulce en la boca y un mar de sentimientos encontrados, quizá porque me hubiese gustado ser una hija hijaputa y me quedé en hijaputilla. Mi madre era demasiado buena y eso me fastidiaba; hubiese querido que fuese mi gran maestra, el modelo a seguir, pero me quería demasiado.
    Es todo mentira, una broma agradecida por ese magnífico ejemplo de cómo se puede escribir bien sin palabras grandilocuentes y contar una historia con una enorme carga de profundidad.
    Felicidades, Jordim.
    Y besazos.

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