Relato diario (3 de 5) – Jugoso cóctel

Me presentan a un chaval de unos veinticinco años. Si me fijo bien, puedo verme casi entero reflejado en sus gafas. Como quien no quiere la cosa, me pregunta si no he notado lo arcaico que es Kierkegaard en realidad. Le digo que no he leído a Kierkegaard, y me reservo la sospecha de que sólo me ha hecho la pregunta porque sonaba intelectualmente compleja. Estoy a punto de preguntarle con tono impertinente si alguna vez se ha hecho una paja con la mano izquierda dormida, pero me callo. Sonrío levemente por ese pensamiento, y él dice: Ya, ya sé que es muy precipitado decir que Kierkegaard es arcaico. Le repito que no lo sé, porque no he leído a Kierkegaard. Una chica apabullantemente guapa pasa con una bandeja de canapés; el chico intercambia un par de frases de flirteo con ella. Ella, inexpresiva, aminora el paso, se ve seguramente a sí misma incluso el escote reflejado en las gafas, y sigue su camino. Verás, me dice el tipo, tienes que leer a Kierkegaard, aunque sólo sea por curiosidad. Me pregunta qué libro tengo en mi mesilla; lo dice exactamente así: «¿Qué libro tienes en tu mesilla?». Estoy a punto de volver a comentar lo de las pajas con la izquierda. Le digo que no tengo nada en mi mesilla, que en realidad no tengo mesilla, el cabecero de la cama ya forma parte de mi escritorio. ¿No tienes el escritorio en una habitación aparte?, me pregunta. Veo a la chica de los canapés reflejada en sus gafas a lo lejos, puedo ver su culo en detalle. ¿Por qué me miras así?, dice el chaval, y sonríe como quitando hierro al asunto. Perdona, ¿me decías?, digo. Te preguntaba qué libro estás leyendo ahora, dice el muchacho, y bebe un sorbo del líquido rojo que hay en su copa. Antes de dejarme contestar, me dice que él ahora lee a Proust, pero que en realidad también está releyendo a Faulkner, dice que le pierde la impaciencia, y que por eso acaba siempre leyendo dos libros a la vez, a veces incluso tres. Entonces se abstrae de repente. Casi lo agradezco, no digo nada, me miro las uñas y demás. El chico busca con su radar a la muchacha de los canapés. Tenemos una fuente de ponche justo al lado. Hay una mosca ahogándose en ella, agitándose histéricamente. Veinteañero vuelve a prestarme atención. En realidad todo esto sucede en cuestión de segundos. Vuelve a preguntarme qué estoy leyendo ahora. La sola idea de retractarme y decirle la verdad (casualmente, Kierkegaard), hace que se me revuelva el estómago. En realidad no tengo salida, ya que el tipo quiere caerme bien por algún motivo. Da igual que le nombre a un autor comercial o a otro más complejo. Si oye un nombre comercial dirá -o más bien, expondrá, de un modo erudito- que es bueno leer cosas menos densas de vez en cuando, etc., y si el nombre del autor sugiere algo más complejo, hablará sin parar del mismo de haberlo leído, o me ametrallará a preguntas para simular interés. En cualquier caso, seguirá estando presente siempre a su alrededor ese aura de malcriado de gran ciudad que está pidiendo a gritos una paliza y un año haciendo el turno de noche en alguna fábrica. La chica de los canapés vuelve a pasar por nuestro lado. Mi “colega” vuelve a tirarle los tratos, saca a colación la misma broma idiota que ya le hizo antes, estirándola; luego, intenta “provocarla” con un comentario sobre la supuesta baja calidad de los canapés; y acaba asegurando que él sabe lo que es andar por ahí con una bandeja, porque un verano trabajó de camarero. Cuando ella ya está saliendo de nuestra zona de influencia, el chico suelta el nombre de un hotel que suena a lujo, dando a entender que ahí fue donde él trabajó (y supongo queriendo dar solapadamente la información de que no curró en un bar cualquiera). Yo vigilo con el rabillo del ojo la mosca que se ahoga. El muchacho se vuelve hacia mí, con esa expresión “autoexculpatoria”, como insinuando: «Sí, doy asco intentando ligar, pero has visto su culo?»…
Hay un cuarteto de cuerda tocando en el jardín. Tocan una melodía que me suena mucho, de ese modo en que tienes el nombre de la canción en la punta de la lengua, y hasta que no lo recuerdas no te libras de esa sensación. Así pues, le pregunto al chaval que a qué se dedica, qué estudió. Mientras se explaya con ese tono típico de sospechosa humildad (pero exponiendo hasta el más mínimo dato académico y laboral), aprovecho y me centro en la melodía que suena. Estoy convencido de que la canción es de un grupo de rock contemporáneo, quizá incluso indie. El chico no deja de hablar. La mosca ha muerto. Llega ese momento en que la música acaba, y comienza una canción distinta. Ahora el reto es mayor, tengo que asumir que la mosca ha muerto, abstraerme de lo que dice el chaval y a la vez intentar repetir en mi mente la melodía que me interesaba aislándome de la nueva melodía externa. Además, otro factor comienza a estorbarme, y es que el siguiente tema que tocan enseguida lo reconozco. No puedo concentrarme. Corto el discurso del chaval, y le pregunto si sabe qué canción era la anterior que tocaban los músicos. Eh… no estaba pendiente, me dice. Ah…, murmuro, ¿qué me decías del erasmus? El chico retoma enseguida su discurso. Y de golpe, como por arte de magia, sucede. Paint it black; Rolling Stones (y un halo de vergüenza crece dentro de mí por no haberla conocido antes y bla, bla, bla…).
El muchacho sigue hablando y yo ya no tengo tema interno para aislarme totalmente de él. Se me ocurre la idea de dejar de leer a Kierkergaard. Quizá podría recuperar alguna lectura de mi infancia. Stephen King o algo así. La muchacha de los canapés parece hacer siempre el mismo recorrido. Cuando le vuelve a tocar mostrarnos la bandeja a nosotros, da un rodeo. El chico no deja su historia, ahora cuenta los detalles de una chica que conoció durante el erasmus; al parecer ella también leía a Kierkegaard. Entonces vuelvo a mirar el cadáver flotante de la mosca. No sé bien por qué, y ahora no puedo pensar con claridad, pero de algún modo tengo que morderme la lengua para no echarle la culpa al chaval de la muerte de la díptera.

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8 comments
  1. ¿El desnudo femenino aún no se considera indie…? (a ver si por la vía de las modas…)

  2. Te sigo desde hace algún tiempo, tenía una curiosidad ¿cómo llevas el tema del libro?
    Por lo demás, ya sabes: un placer leerte.
    Un saludo.

    • Gracias. El libro sigue vivo, no lo he abandonado (cosa que ya ha pasado otras veces). Pero ya me está poniendo de mala leche el revisar más los textos, o el sustituir algunos por otros nuevos (lo cual da pie a más revisión), así que ya mismo diré basta y tendré que cerrar al menos un primer manuscrito…

      Saludos!

  3. Lu said:

    Me ha encantado. Y que hayas cambiado a Kate Upton también. :)

  4. julio said:

    Qué paciencia… es para haberle dejado como la mosca.
    Un abrazo

  5. player4 said:

    En un inexplicable cruce de cables, no he podido evitar imaginarme que Javier Cansado era el protagonista del relato.
    Por cierto, para mi gusto, de las mejores fotos que has puesto.

  6. La descripción de fiestas con pedantes odiosos y pobres chicas trabajadoras y de buen ver se te da genial, en todo momento me he sentido identificada con la mosca, no me preguntes el porqué, pero así es, que sus alitas estaban ahí siempre aleteando mientras observaba al par de idiotas que conversaban cerca en vez de salvarla, y ella sin saber que uno de esos “idiotas” estaba sufriendo casi tanto como ella misma jajajaj El final me hubiese gustado mas con una buena patada en los webos :P (es broma, te ha quedado magnifico Jordi)

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