Psico-

Este sitio está bien, me dice recolocándose un tirante del vestido, aunque tampoco hay mucho donde elegir en esta ciudad. Ya, pienso yo, o en la vida. Aquí dan los cubiertos fríos con las ensaladas y todo eso, dice, estamos pagando también las vistas, el servicio, la verdad es que aquí no entra cualquiera.
Estamos en cierto restaurante, estamos pagando al menos cuarenta euros por cabeza. La comida tiene buen aspecto, y empeora bastante cuando atacas; no es mala, pero no es, digamos, golosa. Esto es la versión gastronómica de una de esas modelos angulosas, frías y sin tetas; esas que siempre son más espectaculares de lejos o por la tele, enterradas en maquillaje y envoltorio. Aquí comes y la sensación es la de quitarle el sujetador a una de esas modelos y darte cuenta de que no se estaba sujetando nada. La ensalada que ataco está bañada en algo insípido; sin embargo el trazo del chorro de vinagreta (también extrañamente insípida) hace que el plato tenga un aspecto estupendo.
Lo que viene después de los entrantes, son dos platos de diseño en los que la salsa no es el condimento sino el marco, y la carne yace arrinconada en el plato, escasa, dejando espacio para el concepto artístico. Esto no es tanto comer como fardar por no haber nacido en ningún país con hambruna. Comerse esto y escupirle a un mendigo se me antojan la misma cosa. Al anarquista pasado de rosca comienzan a crecerle brazos y piernas en mi mente, va expandiéndose como una mancha de aceite por mi ser. La chica que tengo enfrente ha sido idea de un amigo. Él sabía que me gustaría, al menos físicamente. Sabía, por lo que sea, que la chica accedería al menos a conocerme. Se parece sospechosamente a la mujer que a mí me gusta de verdad desde hace un año, la que mi amigo sabe que me gusta de verdad. Y que tiene novio desde hace como tres vidas. Para él, para mi amigo, esto no es más que una cura de sexo. No quiere tanto que olvide a la chica que me gusta como que al menos me alivie proyectando la frustración en alguna otra que no sabe de qué va todo esto. Es como follarse a alguien con la luz apagada con cierto propósito. Al final, estas cosas no hacen más que agravar las obsesiones y los problemas. Ahora mismo no hago más que agrandar un mito que me está aplastando, algo que muchas veces la gente llama «vivir». Estoy triste y encima me he puesto un balada a todo volumen. Ahora La lista de Schindler es mi película de sobremesa favorita, es mi comedia para ver en familia.
Cada vez que le sonrío estoy soltando una mentira de las gordas. Tengo a mi alcance mil formas de justificarme, de decirle la verdad de forma sesgada. De quedar bien. Es el complejo, fascinante e inacabable mundo de la falsedad aceptada. Las historias a medias. Le cuente lo que le cuente, siempre será mi versión, un cover de la realidad. Pase lo que pase, soy alguien del montón y algo apagado, como todos. Algo agobiado pero contento. Preocupado pero vital. Eso es lo que ella ve. Nada fuera de normal. Y de todas formas, mi verdad no es más que detalles que la gente convierte en cháchara. Mi sufrimiento carece de valor o novedad. A veces me siento como si fuera un judío en medio de un campo de concentración quejándose de las pésimas condiciones de alojo. Es ridículo. Mi única red de salvación es el escote de la chica que tengo delante, el hecho de que ella parece no tener problema en darme luz verde. La enésima perogrullada emocional, unas tetas como sustitutivo fácil del prozac.
Luego llegará la ambivalencia, llamadas, sutiles preguntas, quizá decepción. A veces el futuro lo puedes adivinar paso a paso según lo vivido en el pasado; es lo que suele pasar con las cosas malas, y raramente con las buenas.

Bla bla bla, me suele decir el tío al que voy a ver una vez a la semana. Eso es lo que haces siempre, me dice, ponerte en plan bla bla bla… El tío me cobra cada sesión religiosamente, y al principio me habla como si me reuniera cada vez con un colega cerveza en ristre que no quiere escuchar, solo dar su versión. No le he dicho la verdad, por supuesto. La verdad sería demasiado “reduccionista”, me haría parecer gilipollas. El motivo por el cual se acrecenta mi carácter depresivo tiene que ser mucho más abstracto. La realidad es que él no me puede ayudar. Dadas las circunstancias, le sacaría más provecho a un sicario. Lo que hago es divagar. No puedo decir lo que pasa y ya está, porque lo que pasa es un problema de patio de colegio.
Hoy le digo que ayer estuve con una chica. Que me soplaron un billete de cincuenta. Que ella luego no quiso acelerar nada. Mi nuevo problema, digo, es que ella quiere «ir despacio», lo cual es indicativo de que busca «algo». Quiere que sea su vehículo hacia una nueva y fructífera etapa de su vida. No sé qué vio en mí, le digo. No hice más que mirarle las tetas y asentir y sonreír. Estaba en cualquier sitio menos allí, digo.
Pero claro, no le digo dónde estaba. Lo importante es tener claro que estás pagando por sesión, así que no vas a ser tan imbécil como para decir lo que pasa en realidad y que todo el castillo de naipes se venga abajo. Eres complejo, esa es la idea. Percibes capas extra en la vida y la rutina y el mundo que los demás no saben ver, y por eso ellos sí son felices. Tienes ideas y conciencia y tu cabeza nunca para; por eso necesitas estas sesiones semanales. Puedes llamar a un amigo para emborracharte; o a una amiga para que te ayude a comprarle la joya de turno a la chica de turno. Pero no puedes jugar con ellos a esto de intentar revelar algo profundo sin decir la sencilla verdad. Es demasiado mareante, ellos no se merecen eso. Alguien tiene que cobrar por aguantar semejante y retorcido estilo comunicativo. Por eso, insisto, acudo a mis sesiones.
Bla bla bla, me dice el tío. Tiene los títulos colgados en la pared. Sabe que no le cuento nunca toda la historia, que oculto algo, pero no intenta dar profesionales rodeos con tacto para llegar al fondo del asunto. Es de agradecer. Lo último que querría es que el tío fuera serio y me hiciera afrontar el problema. No estoy pagando para eso. Mi objetivo, de hecho -y creo que él también lo sabe- es saber para qué estoy pagando. Eso es lo que está pasando. Y ambos estamos trabajando en ello, cada día avanzamos un poquito. Creo que nos parecemos bastante. Él no parece dispuesto a hacer de verdad su trabajo como cualquiera esperaría, y yo no quiero que lo haga. Es una sensación difícil de describir, un acuerdo emocionante y positivo para ambos, incluso original. Puede que estemos haciendo algo importante en el terreno de psicoanálisis. Cada vez que me pongo a hablar con él y entra a mi juego, me siento como si la chica menos predispuesta en apariencia accediera al sexo anal. Es la clase de situaciones en las que uno siente que ha sabido ir más allá. Es orgullo y modernidad a salvo de modas y etiquetas.

Mi hermana me llama un par de veces a la semana desde el extranjero, le gusta hablar de viva voz y a lo tradicional. Ella cree que no me pasa nada, que voy tirando. Estoy vivo y eso basta. Hace tres años que se fue a trabajar fuera. Se ha liado con alguien rubio y alto, nunca recuerdo cómo se llama. Lo que sé de ella lo sé por Facebook. Ahora es como una conocida con quien he comenzado a entablar amistad. Antes de que se fuera me consideraba un farsante o algo peor. Luego un día llamó y yo iba algo borracho (aquí era muy tarde y era sábado), y creo que le dije que la quería o algo por el estilo. Desde entonces bajó la guardia, y yo siempre procuro que esté satisfecha con la nueva versión de mí que se ha fabricado. Por teléfono me resulta fácil seguir alimentando la farsa. Asiento con ruidos y nunca digo la verdad. Digo que sí a todo; a veces es algo tan mecánico que tengo que recular y decir que no enseguida a algo a lo que tocaba decir que no.
Un día le hablo de ella a mi colega de pago. Me hace preguntas. Me dice que si tengo una foto. Le digo que se la agregue a Facebook, ya tiene como seiscientos amigos, no es lo que se dice muy exigente. Pero no le hables de lo nuestro, añado. El tío me comienza a hablar de cuando fue de joven de erasmus. Follar era como cazar mariposas, me dice, y luego evitar malos rollos era tan fácil como clavar la alas de esos bichos en un corcho para ir coleccionándolos. De repente le menciono que debo haber visto veinte veces La lista de Schindler en dos meses. Lo bueno de los nazis, murmura, es que al menos sabían soñar. ¿Cómo?, digo.

No me llegan tantos mensajes de la chica del escote como esperaba. Hasta resulta fácil pasar de ellos. Con todo, uno se cree que podrá seguir siempre a su rollo, como si la gente que dejas atrás muriera o continuara con su existencia en una realidad paralela diseñada para proteger tu estilo de vida o nuevas prioridades. Pero puede pasar que un día, unos quince mensajes después, te encuentres a la muchacha aún vivita y coleando por la calle, y antes de que te des cuenta de cómo es la realidad otra vez, recibas el bofetón de tu vida sin silaba alguna de acompañamiento.
El ridículo dura unos minutos, todo el mundo te mira y ella se aleja con la mano dolorida y la agradable sensación del trabajo hecho. Antes de que se me vaya el rojo de la cara, pienso que ya tengo algo más que contarle a mi colega titulado en lugar de la verdad.
Creo que es en la décima sesión. Él me dice que a él nunca le ha pasado. ¿Discusiones?, sí, pero siempre ha procurado evitar esas escenas peliculeras. ¡Se me echó encima!, me justifico, fingiendo indignación. Mírate, me dice, es como querer comerse un helado de chocolate de tres bolas al sol en agosto y sorprenderse de que chorree.
Le miento, le digo que vale, que en realidad me la tiré y me olvidé. Ajá, dice. En serio, le digo. Ya…, murmura. Entonces se hace uno de esos silencios que siempre procuro evitar. No pago por esos silencios, las sesiones deben ser siempre un juego alambicado, estamos investigando nuevos terrenos. Me pregunta que si mi hermana, que… que qué edad tiene. Oh, veintisiete, le digo. Mi hermana (me agarro a un clavo ardiendo), bueno, digo, mi hermana, el problema que tiene es que se coló por un tío casado: En realidad fue por eso por lo que se fue al extranjero.
Pfff… no me jodas…, dice mi psicoanalista, en serio… no me jodas…

Alguien deja una carta escrita a mano en mi buzón un día:

Un muro de hormigón no me deja seguir. El muro se extiende en horizontal ante mí todo lo que alcanza la vista. El muro es tan alto que no se ve la cima. El muro parece tan grueso que lo sé impenetrable. Tengo cinco euros. No me da para otro paquete de tabaco y un cortado.

Mi nuevo psicoanalista es mujer. La primera visita la tuve al cabo de dos semanas de dejar a mi psicoanalista hombre. El tipo tuvo una gran decepción conmigo. ¿Mi hermana?, dijo, por dios… proyectar lo que a uno le pasa en otra persona es el truco más viejo… “a un amigo mío le pasa que…”, “a mi primo le pasa que…”. Estoy muy decepcionado, me dijo. Pensaba que teníamos algo especial, me dijo. No pensaba que la cagarías ya a estas alturas, sacando a la luz semejante tópico; lo siento, dijo, hay gente con verdaderos problemas, y tú y yo ya no podemos seguir indagando en algo nuevo después de esto.
Me levanté de la butaca y salí de su despacho, estaba realmente compungido. Había llevado las cosas por buen camino, estaba consiguiéndolo, yendo más lejos que cualquier otro paciente, haciendo que mis visitas fueran un trabajo de investigación intensivo para el psicoanalista: yo era su proyecto, cada día pisábamos un país nuevo con cada paso que yo daba alejándome de la verdad. Y un solo momento de debilidad, uno solo, acabó con nuestra relación. Sólo se trataba de una chica. Yo no era nadie que tuviera un autentico interés en hacer avanzar el psicoanálisis, sólo estaba allí por el cliché de los clichés. Fue algo que el psicoanalista no pudo digerir.
Justo antes de salir por la puerta, solté un tímido: lo siento… El hombre evitó mirarme y no dijo nada.
La nueva psicoanalista es guapa. Y no lo disimula. Suele presumir de piernas llevando casi siempre falda. No le conté gran cosa en las primeras visitas. Solía hablarle mucho de «las mujeres en general». No es que hiciese un gran esfuerzo por ocultar mis sentimientos, pero tampoco le hablaba de la verdad. Creo que lo que hacía, más que nada, es flirtear. Flirteaba sin querer con la psicoanalista. Siempre hablaba de mi ideal de mujer, de que no puedo seguir buscando algo que no existe, me perdía en divagaciones sobre lo fascinante que es una mujer como criatura, sobre cómo voy a elegir una sola entre tantas… Cosas así. De todos modos, ella no mostraba ningún interés por mí más allá de lo profesional. Y tampoco parece que yo ejerciera sobre ella ninguna atracción a un nivel meramente sexual.
Mientras seguía hablando de monogamia y de buscar mujeres y demás, llego a echar de menos mis sesiones rebuscadas con mi anterior psicoanalista.
Un día le enseño a “la nueva” la carta que me dejaron en el buzón. Ese trozo de papel me tuvo todo el día acojonado, hasta que comprendí que seguramente alguien lo había depositado en mi ranura por error.
Da la sensación de ser un mensaje en clave para alguien que enseguida lo captaría, dice la psiconanalista.
En total, lo que de entrada me parece tener, son sesiones muy aburridas, incluso con el exhibicionismo de piernas y escote de la mujer, un actitud que parece ser más un rasgo personal que una forma de mostrarse. Te enseña las tetas y las piernas por lo mismo que un anciano se pone la boina cada mañana, simplemente lo hace, por costumbre. Esa sensación da.

A la larga me doy cuenta de algo que a estas alturas de la historia y la vida parece casi inconcebible.
La psicoanalista es ella misma. Me refiero a ella misma de verdad, a esa clase de personas que actúan y se muestran como son y no como los demás esperan. Da esa sensación casi extraterrestre de no tener apenas prejuicios ni referentes que la condicionen. Es, “sencillamente”, alguien que observa, comprueba, indaga, y después saca una conclusión propia. Para ella cualquiera es una persona potencialmente viva y frágil y fuerte como ella; lo cual hace que respete a los demás de igual forma que se respeta a sí misma: a un mismo nivel y sin gilipolleces. Lo cierto es que de forma gradual me va pareciendo una mujer cada vez más notoria. Una persona que al principio me parecía aburrida porque yo, con los prejuicios y debilidades de cualquiera, solo hacía que compararla con mi anterior psicoanalista. Donde ella se limitaba a escuchar con atención, yo seguía haciendo lo que todos, valorar la situación no en relación a lo que veía, sino comparando a través de demasiados filtros, la larga lista de idioteces que nos meten a todos en la cabeza desde que somos unos críos (lo que la gente llama «experiencia», y que muchas veces no hace más que joderte).
Dada esa circunstancia, cuando descubro finalmente que estoy ante esa mujer que se muestra completamente neutra hasta que los datos le sugieren algo, mis defensas bajan y me meto en mi “papel”; yo soy el paciente perdido y ella alguien íntegro. Ella parece la horma de mi zapato; de hecho parece la horma del zapato de casi todo el mundo. Y acepta su papel con naturalidad.

Esa mujer acaba logrando lo imposible conmigo. Logra que le hable de mi frustración ante la realidad de que estoy obsesionado por alguien a quien seguramente nunca podré tener. Le digo que ese es el núcleo fuerte de todo lo que me atormenta, y que mi visión negativa sobre cualquier cosa de la vida está potenciada por la certeza de que hay un tío en el mundo que cada noche podría estar follándosela.
Le cuento que siento un dolor brutal y constante. Y además reconozco que me avergüenzo de no poder superarlo, y que me dan ganas de matar ante la sola idea de hablar con alguien sobre ello y que quien sea haga lo que hace siempre todo el mundo: tomárselo a coña a la más mínima ocasión. Le cuento que me entran ganas de llamar al timbre de la casa de ciertas parejas y decirles que están juntas solo por pereza, para no tener que afrontar alguna vez el dolor que yo siento por alguien a quien quieran de verdad. Para decirles que han creado un clima familiar de cariño, respeto y supuesto amor que en el fondo no es más que una cueva para esconderse de la vida real y los sentimientos auténticos.
Le explico que de hecho creo que las estructuras de convivencia que se han convertido en los cimientos de la vida de mucha gente, no son más que ruido, formalidad para evitar en la medida de lo posible la crudeza de lo que puede significar estar vivo. Le cuento que a veces aferrarse a alguien no es más que una cortina de humo que te ahorra la posibilidad de tener que amar de verdad.
Le cuento por qué creo que la gente odia el silencio y necesita estar siempre ocupada.
Es rara la sesión en la que no acabe al borde del lloro.
Y es en esa época, cuando al fin me libero de todo lo que tengo dentro, cuando todo empieza a cambiar.

La psicoanalista ofrece sus argumentos con voz pausada pero clara, siendo delicada y amable, siempre en su papel. Parece sumida en alguna clase de hermosa y sutil amargura, como si su forma de ser la hubiera hecho sufrir y llevara mucho tiempo sintiéndose sola debido a eso. En ese sentido, entiende perfectamente mi discurso. Tan sólo levanta de vez en cuando la mano cuando yo divago más de la cuenta o comienzo a soltar tacos, y me dice: “Baja el volumen, por favor”. Lo cual no pasa porque yo grite, sino que es su forma de decir que puedo seguir siendo como soy, pero que si no me acostumbro a reprimir mi rabia al menos de vez en cuando, sólo puedo acabar mal.
Algo más que la caracteriza, es su forma de moverse, su modo pausado de colocar esto allí y aquello allá; sin las prisas que a veces tenemos por dejar atrás las pequeñas rutinas. Abrir un cajón, cerrarlo, contestar una llamada, revolver en su bolso… Todo movimiento suyo transmite una extraña sensación de paz. Parece tener unos treinta y cinco años. Y lo que más me atrae de ella, es que jamás nada de lo que hace parece ser una jugada para parecerte alguien amable y atento. Ella resulta amable porque es amable. Escucha porque sabe escuchar. Ella es persona en un mundo en que todos son profesionales. Te trata de un modo tan sincero, que seguramente ya quisieran muchas parejas o amigos o familias que hubiese esos niveles de autenticidad en sus relaciones. Es así como ha atravesado las cien barreras que había entre mi anterior psicoanalista y yo, aunque aquella relación fuese algo completamente distinto.
No hay nada forzado. Ese es el secreto. No hay una meta concreta. Nadie quiere quitarle la ropa interior a nadie (al menos por ahora), ni conseguir el trabajo, ni el aumento; nadie pelotea a nadie ni desprecia gratuitamente a nadie, no hay jerarquías ni línea de meta ni primeros ni segundos. No hay acumulación de datos. Nadie te quiere demostrar quién es a través del contenido de alguna carpeta o cartera o con diplomas en la pared. No hay tarjetas de visita. Lo único que nos conecta con el mundo que hay fuera del despacho de la psicoanalista, es el reloj de nuestros móviles.

Y por supuesto, como el ser muy inferior a ella que soy, pronto comienzo a preocuparme por cómo me verá. Qué pensará de mí. Hasta qué punto me comprenderá realmente. Etcétera. Y de ahí, paso a ver sus escotes y faldas como una prueba. En cada sesión me paso la mitad del tiempo procurando mirarla a los ojos.
Obviamente ella se acaba dando cuenta, y de golpe, de una semana para otra, llega a su despacho con unos tejanos y un discreto suéter. Creo que pocas veces he pasado tanta vergüenza en mi vida. Aun siendo consciente de que ella no iba a decir palabra sobre ese asunto (ella no perdería el tiempo en valorar el hecho de que un tío le mire o no las tetas), me siento como si cada vez que me toca visita, fuera yo el que ha condicionado su vestuario ese día.
Aun así, creo que es posible que la mujer se haya preguntado por qué durante algo así como veinte sesiones no he mostrado excesivo interés en ella como “objeto sexual”, y de un tiempo a esta parte he comenzado a no poder controlar hacia dónde van mis ojos.
Es con ese cambio de vestuario cuando me empiezo a asustar. Es indicativo de mi cambio de actitud hacia ella a varios niveles. Lo de pasar de verla como una mujer atractiva con quien puedo charlar sin problema, a verla como alguien que, además, necesitaría… eso, follarme a toda costa.
Y es importante aquí la palabra «necesitar».
Creo que, en lo que a mí respecta, hay dos clases de apetitos en relación al sexo. Está el apetito que en principio cualquier persona que se ha dado la vuelta para mirarle el culo a alguien alguna vez tiene. Y luego, están las ganas de follarse a alguien durante horas (un decir) de una vez, porque ese alguien ya sobrevuela por encima de todas las personas a quien podrías intentar mirarles el culo. En la primera categoría, puede entrar mucha gente; en total, toda esa gente con la que no te importaría tener sexo de darse la condiciones adecuadas para ello. Y en la segunda categoría, suele haber solo una persona.
En algunos casos, se dice, dos. (Pero no voy a seguir por ahí, bastante complicado es ya solo con una.)

Vuelvo a estar en aquel restaurante de la chica del tortazo. Llevo cien euros encima, va a doler. Pero el caso es que aquí es donde ha querido Rocío que quedemos (Rocío= “Novia de”). Al final la llamé y le dije que quería hablar con ella. Tiré de frases hechas durante toda la llamada; ella se sintió descolocada y me hizo preguntas del tipo «¿estás bien?, ¿va todo bien?». Y yo le decía que sí, que no se preocupara. Ya se sabe que raramente -como llevo ya la tira diciendo- la cruda verdad trae nada bueno.
Así que, aquí estoy, y no parece tan malo. Vuelvo a equivocarme eligiendo platos. El entrante es algo que no consigo ubicar, el nombre en la carta estaba en francés, y sabe a algo como cerezas con alcohol. Creo que técnicamente es un ensalada, pero hay tan poca cantidad que para cuando me lo acabo aún no he sacado ninguna conclusión.
Rocío es paciente. No parece dispuesta a intentar arrancarme las palabras, el motivo por el cual le ha dicho a su novio que iba a cenar con unas amigas para poder cenar conmigo.
Ella es sencillamente alguien que transita por mi órbita. La novia de un amigo a quien conozco desde hace como veinte años. Un buen tío al que odio. La vida se suele resumir con frases así. Debe ser por eso que dicen que del amor al odio hay un paso; cuando alguien que te cae bien tiene lo que tú quieres, desde luego es fácil pasar del amor al odio. Claro que, la gente suele decir eso asociado al núcleo interno de las parejas; supongo que porque la gente suele asociarlo todo a las parejas; es un terreno genérico sobre el que pueden discutir y rajar, y cualquiera lo puede hacer. Por ejemplo, sé de más de uno y de dos (y de cinco) a los que les encantaría saber lo que he sentido durante más de un año por la chica que tengo delante. Si hay algo que divierte y despierta condescendencia y promueve esas conversaciones vacías y llenas de suposiciones falsas que tanto adora todo el mundo, es el dolor ajeno asociado con las emociones.
Las personas se ríen de eso igual que se ríen cuando alguien tropieza violentamente y cae al suelo, aunque ese alguien se haya podido romper un brazo o la cabeza. Ahora mismo tengo a muchos de esos cerca en este restaurante. Ahora cenan, pero en realidad siempre están esperando a que alguien de su entorno les dé de qué hablar. Puede que para ellos sólo el sexo pueda competir con eso (y si llevan el suficiente tiempo con su pareja, puede que ni el sexo).
Mientras jugueteo con lo que ha venido después de la “ensalada” (algo que parece pescado y sabe a piña), le digo a Rocío que llevo un tiempo un poco enneurado (lo cual es la traducción de: Una noche incluso llegué a pensar en el suicidio, llené la bañera, me metí dentro y estuve blandiendo una cuchilla de afeitar).
Ella atiende y procura que me dé cuenta de que tengo todo su interés. Claro que, las tornas han cambiado. Estoy aquí porque mi psicoanalista me dijo que debía hacerlo, quedar con ella y enseñar mis cartas y demás. Me estoy acostumbrando a que todo se complique cada vez más en mi vida. A la pregunta de Cuánto puede tardar alguien en desenamorarse, yo sólo podría decir que lo mío ha durado un año y tres meses. Y que el motivo fue otro tópico. Es decir, otra mujer. En realidad mi show de la bañera fue hace solo una semana, cuando me enteré de que mi psicoanalista está casada. Así que he pasado de una chica con novio a una mujer casada. Esa es mi progresión. Le digo en voz alta a Rocío que no sé exactamente por qué he quedado con ella. Sí que tengo muchas cosas que contar, pero ya estamos otra vez igual…
Voy a ver a una psicoanalista una vez a la semana, a veces dos. Eso le digo, antes de que comience a ponerse nerviosa y me dé un guantazo. Oye, dice, eso está bien, a algunas personas les viene muy bien. Creo leer entre líneas algo como «Sí, muchos opinamos que no andas muy fino de la azotea». Y ya no sé cómo seguir. Ella no debe entender por qué he quedado concrétamente con ella, nunca hemos tenido esta clase de confianza. Es la primera vez que estamos los dos en una habitación sin que su novio esté presente. Así de violenta es la situación. La única razón de mi presencia aquí a estas alturas, es que me lo ordenó alguien a quien quiero y no supe negarme. Si la hubiera engañado o me hubiese negado, me hubiera preguntado por qué. Y de ese por qué podría haber nacido la tesis sobre cómo alguien puede actuar para quizá no ser feliz jamás en su puta vida.
Mi marido quiere que tengamos un hijo ya, me dijo hace poco la psicoanalista. Quiere llamarlo David, dijo. Son comentarios que ella suelta desde no hace mucho, antes y después de la consulta, ciertos momentos de distensión en los que yo descubro cosas. Como que dentro de poco podría nacer el Anticristo, y que se llama David. Pero todo eso es algo que durante la cena sólo se traduce en silencio.
Aun así, Rocío tiene mucha más paciencia conmigo de lo que cabría esperar. Rompe el silencio diciéndome que si la he llamado a ella supone que es porque necesito hablar de algo importante con alguien, y que hacerlo con algún amigo más cercano quizá me creara demasiada incomodidad. Puede que quisieras una opinión femenina y no supieras a quién recurrir, me dice. No te preocupes, me dice, puedes contarme lo que sea, seré discreta.
La miro a la cara y es como una pantalla en blanco. Ya no hay casi rastro de todo lo que llegué a sentir por ella. Y harto, y sin más dilación, le digo que me he enamorado de mi psicoanalista.
¿En serio?, dice sonriendo divertida, ¡qué fuerte, ¿no?!

[Para el video, otro buen tema de la banda sonora de "Drive". Abajo, + pin up.]

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5 comments
  1. Julieta said:

    Parece un capítulo bisagra de una serie que quisiera ver, de verdad, expone verdades muy incómodas con un estilo delicioso.
    Muchas gracias por el relato, Jordi :)
    Saludos!

  2. Leandro said:

    Por un momento he llegado a pensar que la obsesión del narrador era su hermana. No sé, me pareció ver señales por ahí. Me ha alegrado comprobar que no era así, creo que la historia hubiera desmerecido mucho de esa forma. Mejor como está.

    Me ha parecido estupenda esa extraña relación de amor frustrado (por unas razones o por otras) que el paciente establece con sus psicoanalistas.

    Algunas observaciones tontas:

    1ª) La frase solo hacía que compararla… ¿está bien, es correcta? Me chirría un poco.

    2ª) Las tetas me parecen un estupendo sustituto del prozac. Tomo nota para cuando empiece a necesitarlo.

    3ª) A veces el futuro lo puedes adivinar paso a paso según lo vivido en el pasado, y qué bien nos iría a algunos si practicásemos más a menudo esa forma de adivinación.

    4ª) Le cuento que me entran ganas de llamar al timbre de la casa de ciertas parejas y decirles que están juntas solo por pereza, para no tener que afrontar alguna vez el dolor que yo siento por alguien a quien quieran de verdad. Para decirles que han creado un clima familiar de cariño, respeto y supuesto amor que en el fondo no es más que una cueva para esconderse de la vida real y los sentimientos auténticos. Le explico que de hecho creo que las estructuras de convivencia que se han convertido en los cimientos de la vida de mucha gente, no son más que ruido, formalidad para evitar en la medida de lo posible la crudeza de lo que puede significar estar vivo. Le cuento que a veces aferrarse a alguien no es más que una cortina de humo que te ahorra la posibilidad de tener que amar de verdad.. No estoy de acuerdo. Supongo que eso dependerá de cómo le vaya en la fiesta a cada cual, aunque los paraísos terrenales no existen, ni dentro ni fuera de ese clima al que te refieres. Sin embargo, creo que ese pasaje es una de las partes más brillantes del relato. Ya ves tú, lo que son las cosas…

    • Bueno, ese pasaje -el 4º- está contextualizado en un proceso de cierto histerismo del personaje. Lo que me gusta de los pasajes así es la idea que de aunque el personaje pueda estar pasado de rosca, pueda decir algunas cosas interesantes o a tener en cuenta. Es lo bueno de la ficción, es libre :)
      Miraré eso que dices de el 1º..

      Gracias por leer :)

  3. Lu said:

    Gracias por esto.
    ¿Cómo vas con el libro? Estoy deseando leerlo.

    • Gracias por leer. El libro sigue vivo, y nacerá, aunque sea por cesárea o la madre perezca en el parto.

      Gracias por el interés :)

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