Rojo color carne

Octubre 10, 2009

De entrada la imagen es borrosa; o más que borrosa indefinida. Al conseguir enfocar, veo que hay una mujer sentada en una mecedora. Es esa chica de “Anatomía de Grey”. La chica rubia que llora tan bien, que ríe tan bien. Que folla tan bien en las fantasías masturbatorias. O que casa tan bien dentro de una iglesia o un juzgado diciéndote sí. Ese bombón catódico… Al final incluso doy con su nombre: Katherine Heigl.
La mecedora apenas se mueve. Ella lleva puesta la ropa que llevaba mi abuela el día que murió de un infarto delante de toda la familia. Tiene entre sus brazos un bebé arropado con una manta rosa. Le da la teta. Pero desde donde estoy no puedo ver al niño.
Cuando me acerco, ella misma se ofrece a enseñármelo. Sin decir nada, aparta la mantita y se guarda la teta izquierda en la blusa de mi abuela.
Y el bebé es rojo. Pero no ese rojo de cuando alguien embadurna a su hijo de pinturas en carnaval. El bebé no está disfrazado de diablo. Tiene los ojos amarillos. Al abrir la boca para llorar, todo son encías y babas y leche materna. Y tiene colmillos.

Alguien dice por internet que su actriz porno favorita ha muerto suicidada al ingerir una sobredosis de Tylenol. 28 años.
Me salta esa noticia por todas partes nada más encender el ordenador a las ocho de la mañana. Anastasia Blue es rubia, y en sus instantáneas de viva tiene los ojos claros, bastante separados; tiene unos labios finos interesantes, y todo lo demás es photoshop por doquier. En todas la fotos alguien intenta que la chica parezca una muñeca hiperrealista . Su rostro peculiar la salva un poco de los fotógrafos, la iluminación y el habitual maquillaje porno tu-cara-no-importa.
Me duele el estómago. Ahora cada mañana me despierto tenso después de tener mis habituales pesadillas… mis típicas pesadillas con celebridades. Y nunca son sueños eróticos. Todos son absurdos, con un deje desagradable. Y aunque no me preocupen y siempre haya pensado que Freud era sobre todo un farsante, no por ello me hace puta gracia no poder dormir sin más. Tengo una memoria privilegiada, y no es como para reírse.

Las chicas de los sueños siempre son actrices, siempre de las de tirar cohetes físicamente hablando; monumentos a la masturbación; estandartes de lo inalcanzable con barrera idiomática, y a menudo domicilio palaciego al otro lado del charco.
En mi piso hay espacio apenas para cuatro útiles mobiliarios, un lavabo y un dormitorio sin ventanas. Pero en mi cabeza la extensión de fantasía y gilipolleces inútiles no parece tener fin. Mi subconsciente debe estar a reventar de ideas sin sentido. Mi lavabo no hace más que tragar semen desperdiciado. Aquí un psicólogo con toda la información quizá pondría enseguida una excusa para largarse. Un cura al uso, conociéndome, podría quizá -y digo quizá- llamar a refuerzos para atarme a la cama. Y mi última novia hace mucho que me dejó. Tres años de relación. No supo poner una buena excusa, aunque la tuviera; pero creo que simplemente prefería a alguien con quien poder discutir sobre el color de las cortinas, cosas así; y yo no daba el perfil. Ni siquiera tengo cortinas; sólo hay una ventana, en el comedor; y aquí dentro no hay nada interesante que ver para los ignorantes individuales.

Lo que dificulta mi integración en la sociedad de la ignorancia individual, son los secretos. Mi secreto: una fuente de excusas imbéciles que hacen que a la larga nadie se de fíe de mí. Tengo un trabajo aburrido de funcionario alienado que, aunque es un trabajo de verdad, funciona más como tapadera.
Salgo cada día de la oficina poco después del mediodía. Y entonces comienza la jornada de verdad. Por suerte ahora estoy solo y ya no tengo que inventar excusas sobre por qué he llegado tarde a casa; o por qué tengo esas manchas extrañas en la camisa, como de baba.

Una vez de pequeño estábamos mi familia y yo viendo la tele una noche, una película. Yo debía tener seis años. Y de golpe una de las sillas de la sala de estar se arrastró por toda la estancia. Sola; o eso creían mis padres, que no volvieron a presenciar algo así nunca, y acabaron olvidándose del asunto.
Fue la primera vez que vi a un supraterrenal. Pero mi abuela, en aquel entonces ya con nosotros, estaba harta de ver a esos bichos. La cuestión era que, no hay muchas personas Lúcidas, pero en mi familia había dos. Mi abuela me acostó ese día y me preguntó que si yo había visto algo, y que si era así tenía que presentarme a unos señores; entre todos, me dijo, me ayudarían a sobrellevar mi don.
La única ventaja de poder ver a los demonios supraterrenales, es que ellos no pueden poseerte. Lo cual te convierte en una amenaza para ellos. Lo cual, cuando creces, puede acabar convirtiéndote en lo que ahora soy yo.

Existen videos muy útiles, puedes ver muchos en youtube; hay personas que dejan su cámara puesta mientras se van a trabajar porque han oído ruidos en casa por las noches, quizá hasta han visto cosas moverse, adornos caerse al suelo, portazos, etc. Y lo que casi nadie está dispuesto a creer, es que gran parte de esos videos con objetos moviéndose, lamparas balanceándose y televisores y radios que se ponen y se quitan solos, son auténticos.
Hay tipificadas dos clases de personas: los Lúcidos y los Ignorantes Individuales. Los Lúcidos son los que pueden ver. Y los Ignorantes Individuales son el resto; ellos son las personas que no están dispuestas a creer en absolutamente nada que no sea ellos mismos. Objetos que se mueven solos, luces en el cielo, fantasmas, demonios, exorcismos… todas esas son cosas que ellos siempre querrán justificar de uno u otro modo, sean reales o no, y hayan visto lo que hayan visto. No hay lugar para la duda en ellos. La negación es la mejor aliada de quien sólo mira por sí mismo. Son personas que, al tiempo que son capaces de perfeccionar un egoísmo y mezquindad brutales, siempre están justificándose. Los ignorantes individuales son herméticos a todos los niveles, y el suelo que pisan es lo único importante para ellos, lo único real.

Capítulo aparte merece la Iglesia. En cuyo círculo social también hay dos grupos: los curas al uso y los deuterocanónicos. Estos últimos adoptaron el nombre de los libros que no forman parte de la Biblia hebrea, pero que fueron incorporados en el canon católico. Entre dichos libros hay algunos dedicados a los demonios supraterrenales; y de una forma clara aunque concisa, dan por supuesta la existencia de un Diablo que los gobierna. Están por tanto los curas al uso, que dicen creer en Dios y prefieren no pronunciarse sobre nada más. Y los deuterocanónicos, que son los que me aconsejaron de niño y me reclutaron de mayor. Es decir, los curas Lúcidos.

De joven leía los cómics de Constantine, John Constantine, una especie de cazademonios con gabardina, fumador empedernido; un antihéroe de cine negro metido en un contexto bíblico moderno.
Durante unos años quise convertirme en alguien así, alguien a quien la gente llamaría para que les resolviera sus inexplicables problemas. Yo sería uno de los héroes que mandaría a los demonios de vuelta al infierno, de forma rutinaria, con todo el atractivo que eso debería darme.
Pero la realidad era bastante distinta. La primera vez que tuve que exorcizar un edificio, era una Iglesia. Yo esperaba ir a casas normales, encontrarme con padres asustados y sus atractivas hijas. Pero raramente es así.
No hay aún teorías sólidas sobre el origen de los demonios que campan entre nosotros. Pero la explicación más lógica hasta la fecha es la de los Repudiados. Los repudiados serían las personas a las que se les negó la entrada al cielo, y ahora prefieren vagar que ir al infierno. Según las escrituras de la Biblia satánica, los hijos del Diablo no tienen ningún deber o motivo para arrepentirse, y si quieren pueden manifestarse entre los vivos.
Así que mi primer día como Cazador fui a aquella Iglesia y vi a aquellas dos criaturas moviéndose por el techo como cucarachas. Todos tienen un aspecto similar, como los seres humanos que fueron pero menguados de altura, extremadamente delgados, con la piel roja y los ojos amarillos; y con la habilidad de subirse por las paredes y recorrer techos sin problemas. Sin olvidar que no son mortales; sólo son mercancía. Almas descarriadas que hay que escupir hacia el infierno.
Aquel día entré con mi hábito blanco y una cruz de madera colgada al pecho. Limpiar edificios no es una tarea especialmente difícil. Las dificultades llegan cuando uno de esos cabrones ocupa un cuerpo vivo. No sabemos cómo se manifiestan para poder volcar objetos o en definitiva intervenir en un mundo que ya no les pertenece. Pero lo hacen.
Leí en voz alta en mi penoso latín. Leí textos sin parar de libros deuterocanónicos. Sólo era una cuestión de tiempo. Supe días antes que aquellos demonios fácilmente podían haber sido dos curas de aquella misma iglesia. Dos casos sonados de pederastia que trascendieron a los periódicos, e hicieron que aquella primera experiencia mía con el exorcismo fuera de lo más extraña. A mí no me habían dado la posibilidad de ser ateo, y aquel día, a mis veinte años, comencé a pensar con detenimiento en las charlas y contactos que había tenido con los sacerdotes de niño.
Al cabo de dos horas de rezos, la Iglesia volvió a la paz. Dormí una noche en ella, para asegurarme de no volver a ver demonio alguno.

Volviendo al hoy, al presente, después de toparme con la noticia de la actriz porno, tengo que enfrentarme con mis ocho horas de funcionario. El ambiente en el trabajo consiste en aguantar a un montón de ignorantes individuales de los que presumen de trabajo fijo y lloran en secreto. Gente que a menudo acaba haciendo cosas por las que en un futuro podría acabar enfrentándome a ellos en una tarde de caza.
Me ronda por la cabeza el tema de la tal Anastasia Blue. En el mundo del porno -y en el del cine en general- suelen producirse muchos casos de conversión a lo supraterrenal. Obviamente todas las actrices porno van al infierno, y más si se han suicidado (consultar la Biblia). Y aunque yo no siempre esté de acuerdo con la política postmortem del sistema religioso, siempre acabo pringando con sus consecuencias. No somos muchos cazadores en el mundo. No sería la primera vez que tengo que coger un avión para acabar poniendo excusas al día siguiente por no poder ir al trabajo. Por suerte, si se desatara lo que los curas deuterocanónicos llaman la Inmigración Supraterrenal, podría pedir una excedencia. Ese tipo de Inmigración conlleva la posibilidad de que el infierno se mude por completo a la tierra de los vivos, en pos del liderazgo del Diablo. Con lo cual de un día para otro, como quien dice, dejaría de existir el ateísmo.

En el trabajo hoy no hay trabajo. Es uno de esos días de disimular delante del ordenador. A menudo trasteo en páginas porno; los videos que hay en ellas a veces son muy reveladores. Si tienes la capacidad de ver, puedes toparte con supraterrenales en algunos de esos videos, en películas y hasta en anuncios. Si la cámara hace un contrapicado no es extraño ver uno de ellos encaramado en el techo. Dado que tampoco es algo habitual, si hace poco que el video se grabó y el caso es dentro del país, es muy fácil que me llamen a mí para resolver la papeleta. Así que mientras la gente normal se masturba con internet, yo no hago más que escudriñar las grabaciones y buscar después la fecha de la publicación del video de marras. En cualquier entorno relacionado con gente que se drogue o se suicide o similares (es decir, en casi cualquier sitio), existe la posibilidad de una presencia extraña. No digamos ya las casas en las que ha habido asesinatos o historias turbias. Cuando tu perro se ponga a ladrar como loco mientras mira ese rincón vacío de tu casa, comienza a rezar. Y en serio, no es una forma de hablar.
Los animales ven, todos. Son de gran ayuda. En todas mis misiones me acompaña Caín, que antes era perro policía, y ahora me ayuda en mi tarea. Él no sólo puede ver a esos cabrones; también los huele, y enseguida tira de la correa hasta llevarte a la habitación correcta.

Mientras transcurre el día se va disipando poco a poco mi dolor de estómago. Lo físico deja paso a lo psicológico. Moriré solo, seguro; nunca puedo apartar ese pensamiento de mi cabeza. He recibido varios mensajes al móvil, el mismo repetido varias veces. Hay una iglesia cercana: un supraterrenal de nivel 3. Los clasificamos del uno al cinco según el tamaño. Preguntamos si se desprende baba de ellos; sólo pasa con los demonios bebé (sólo van al infierno los niños violados por adultos). Deducimos sus formas según los destrozos que la gente nos describe por teléfono, o según el nivel de deterioro de la persona poseída. Los mensajes me llegan directamente desde Roma. Cada vez que sucede me siento especial, y cada vez me da un vuelco el corazón. No puedo dejar de pensar en Katherine Heigl, en Freud. La Iglesia está a unos doscientos kilómetros. Supondrá toda la tarde ocupada, llegar tarde a casa y volver a tener pesadillas.
La única chica de la que estuve enamorado se cortó las venas cuando tenía diecisiete años porque comenzó a gobernarla un nivel cinco. Deduce el resto. Mi vida no ha sido más que imitaciones, piel muerta de la vida que podría haberme hecho feliz. No me gustan las segundas oportunidades si las primeras parecían las buenas.

Al salir de la oficina me meto en el coche y me dirijo directamente hacia la iglesia de turno. He preferido no investigar casos de pederastia por la zona. Me vienen a la mente ciertas conversaciones del pasado con psiquiatras infantiles. Parece ser que trabajo para dos sistemas llenos de mierda hasta arriba. No sé qué se debe sentir al ser poseído, pero no creo que sea muy distinto a esto. No hago más que contactar con fuerzas del mal, y Dios aún no me ha dado ninguna prueba sólida de su existencia. Me siento como si estuviera siempre comiendo bichos en una isla desierta por si algún barco viene a por mí. La mala noticia es que ya varios han pasado cerca. Me han visto. Y ninguno se ha dignado a rescatarme.

[Esta semana seguro que muchos van a ir al cine a ver la nueva de Amenábar: “Ágora”. Lo cierto es que este tipo es uno de los mejores directores de este país; pero yo, por lo que he oído de ella, tengo mis reservas (que es la forma fina de decir Prejuicios) con esta peli (que por otro lado acabaré viendo tarde o temprano). ¿Ahora que ya ha pasado el tiempo puedo decir que a mí “Mar Adentro” me parece su peor película con bastante diferencia?... Así que, como yo nunca hablo como español ni esas idioteces (estoy hasta los putos cojones de cualquier tipo de nacionalismo), lo que voy a hacer es recomendar “Moon” de Duncan Jones, película cuyo planteamiento me la pone sumamente dura; y además todo el peso de la trama lo lleva Sam Rockwell, actorazo que dicen da un recital de aquellos antológicos, solo durante todo el metraje. Así que trailer y foto dedicados a la peli americana (qué punky soy...).]


Puta (Revisión)

Octubre 5, 2009

En según qué ciudades hay ciertos puntos de encuentro. Donde se reúne la gente. Lugares en los que la gente entra en una habitación y eso ya basta para olvidar que son unos hipócritas. No es como las sectas, porque cualquiera puede desentenderse del asunto cuando quiera. Pero aún no se ha dado el caso.
Normalmente si te capta una secta, lo hace con promesas; de que una nave espacial te va a venir a buscar para llevarte al paraíso, o te dicen que hay vida después de la muerte pero sólo para unos cuantos devotos, cosas así. Uno sólo tiene que creérselo y del resto se encarga algún elegido, los marcianos, Dios… La cuestión es que si está en tela de juicio el sentido de la vida, en algo habrá que creer. Una no puede conformarse con ver puestas de sol, la monogamia, el aire puro… Tienes que ver qué más puedes hacer para que la vida sea algo más que formar parte de otro grupo de mamíferos que se cazan los unos a los otros.

Soy mujer. Eso implica que además del hecho de no ser hombre, no voy a disfrutar de sus privilegios. Obvio, pero espera.
Tópico va: En cuanto al sexo, lo que a ellos les convierte en campeones pollilargos, a nosotras nos convierte en putas. Tópico cierto. Esto viene a cuento dada la naturaleza propia de “los clubs”. Una vez formas parte de esos clubs, ya es como haberse enganchado a la heroína. Sólo imagina que puedes entrar en una realidad paralela en la que el adulterio sólo es otra faceta de la vida, no la forma de humillar a tu pareja y ser considerada una zorra que no compra los plátanos sólo por cuestiones nutritivas. Imagina que puedes follar por ahí a espaldas de tu novio y nadie va a contar nada. Sí, te escucho, ya sé que no le harías nunca eso, que le quieres mucho, que eres católica no practicante y quizá hasta querrás formar una familia. Pero espera.
No hablo de orgías en las que todo el mundo lleva máscara. Lo que se ofrece en esos clubs es la coartada perfecta. Si vas follando por ahí a espaldas de tu pareja, tarde o temprano habrá sospechas. La clave está en el tiempo. El tiempo de más que pasa y por el que tienes que inventar excusas: que te has quedado más rato en el trabajo, que había una atasco, memeces. Eso son memeces y encima son mentiras, mentir para abrirte para otro, follarte al mejor amigo de tu novio, o formar tríos con compañeros de trabajo.

La clave está en la pornografía, en el sexo y en la relación que siempre ha tenido con la tecnología. Ya ha pasado suficiente tiempo desde que la gente se masturbara leyendo al Marqués de Sade. Antes con una foto nos bastaba para inspirarnos, pero ahora esa inspiración ya viaja hasta por la línea telefónica. De lo que aquí hablo es del siguiente paso. Porque qué sentido tiene el adulterio si luego va a destrozar tu vida. Quizá tengas hasta hijos, y no puedes parar de contar los minutos hasta que todo cuadre para poder tirarte al vecino. Y cómo vas a llevar esa vida si luego vas a tener que dar explicaciones, contar historias elaboradas de lo que hacías mientras tu amante te comía el culo. Todo eso se acabó.
Sólo piensa en cuál es una de las industrias siempre al alza. Y ahora combina eso con la posibilidad de hacer que el tiempo se detenga mientras le pones los cuernos a tu pareja, tu marido, tu vida.

Miro mi reloj y son las cinco de la tarde. Estoy de viaje con mi novio. Moscú. Estoy prometida, estamos prometidos; en serio, hasta planeamos tener hijos. Y ahora nos besamos y nos tocamos el culo y tonteamos paseando rumbo al siguiente reducto para turistas. Nos detenemos delante de un bar y le digo que voy a sacar tabaco, que me puede esperar fuera, que me espere fuera, por favor. Y él lo hace.
Confianza. Aliméntala siempre.

De lo que trata esto es de que un científico lituano dejó a su mujer hace tres años: la pilló usando la cama de matrimonio con otro. El orgullo, la monogamia, y se acabó. Se divorció de su mujer, y lo que más le dolió del asunto es que habría seguido siendo feliz de no haber visto nada. Su mujer hubiera continuado siendo perfecta con sus entrañables y aceptables defectos.
Por otro lado, cierto es que él no hubiera vuelto antes del trabajo ese día si no hubiera hecho semanas que algo olía a podrido en su vida. Basta con llegar algo antes o algo después de lo habitual a destino, y todo cuanto te empujaba a seguir madrugando todos los días se puede ir a pique. Todo se puede acabar para ti en veinte minutos, media hora, o lo que sea que tardes en follarte a cualquiera que no sea tu novio. No es tanto una cuestión de sexo como de rebeldía. Llega un punto en que no siempre vas a pensar en tu pareja cuando te masturbas; y puede que pases a la siguiente fase, que es la de directamente enrollarte con tu fantasía, de verdad, en el lavabo de una discoteca, o en el trabajo, en mitad del puto bosque, donde sea siempre que sea otro el que te la meta. Todo esto lo sabía el científico lituano. Y un proyecto que tenía entre manos podía ayudar a la ignorancia, ese estado de negación intelectual constante que es el que más eficazmente te hace feliz. Ya que no podíamos evitar la monogamia, quizá hubiera algún modo de sortearla.

Ese mismo lituano vive ahora otra vez casado, feliz, con otra rubia, y ni se sabe la cantidad de veces que se habrán puesto los cuernos el uno al otro sin que eso haya perturbado el horario o la ilusión romántica de nadie.

Es un secreto a voces el hecho de que en las ciudades que quieran presumir de modernidad, ha de haber cabinas temporales, maquinas, clubs. Hoy en día ya son autenticas habitaciones de hotel de lujo. Y puesto que gracias a ellas todo se para, eso es ideal para según qué propósitos. Pasa el tiempo que quieras dentro de esa habitación; después, antes de salir, escribe la hora que quieres que sea en el teclado que hay en la puerta, siempre y cuando no sea antes de la hora en que entraste. No puedes ir más hacia atrás de la cuenta, y tampoco puedes viajar al futuro; es como el borrador de una máquina del tiempo. No es una maravilla, pero detiene el reloj.

Vas a envejecer igual, y vas a morir, y si abusas del servicio hasta puedes tener demasiada pinta de demacrado cuando llegues a los treinta. Pero qué más da. Nadie conoce más efectos secundarios, y qué es eso en comparación a poder utilizar esas habitaciones cada vez que alguien te haga tilín; casados, solteros, no hay límite. Lo que quería el científico lituano era separar el amor del sexo de una vez. Esto es lo que algunos católicos llaman: el poder de esconderse de Dios; y es lo que nadie reconoce hacer, por el mismo motivo por el que la gente reza sin tener muy claro si lo único que están haciendo es hablar solos.

En los comienzos algunas grandes marcas se frotaban las manos con la posibilidad de forrarse con lo que muchos comenzaron a llamar: la prostitución blanca. Pero más tarde se dieron cuenta de que cobrar directamente a los clientes hacía que muchos se echaran atrás, así que lo que hicieron fue instalar cabinas en centros comerciales, en todos, normalmente en el último piso o al fondo del todo. El modo de pago tiene que ver con cierta casilla a marcar en tu declaración de la Renta, en calidad de “Servicios extra”, entre los que se incluyen también otras cosas supuestamente necesarias, que justifican la posibilidad de no tener por qué conformarte con el muermo en que se ha convertido tu pareja. Por muy religiosa que seas, o por muy enamorada que estés. Aunque seas mujer. Tú vas a seguir siendo una puta y ellos gigolós, pero por lo menos ahora el estado te va a guardar el secreto. Mucha gente nunca ha estado tan contenta de pagar impuestos.

Cuando llegas al lugar, adonde sea que están alineadas esas máquinas que alguien comenzó a llamar clubs, ves a gente haciendo cola, con gafas de sol o hasta disfrazados con prótesis baratas de barriga o pómulos. A las chicas les basta con ponerse una peluca y gafas de sol. A cada minuto entra alguien en la cabina, y los que salen en otra línea temporal lo hacen sudorosos y en busca de una máquina de tabaco o un McDonald’s para dar credibilidad a sus mentiras, para volver con sus amorcitos. Al salir nunca ves las mismas personas haciendo cola que cuando entraste. Lo cierto es que algo no cuadra, pero da igual si la gente permanece feliz. No pienses tanto en personas como en votantes potenciales.
Con todo, esto se ha convertido en la versión moderna de que te vean entrando en un puticlub. Toda esa gente que dice haber salido a por tabaco, o al videoclub o lo que sea, prefieren nos ser vistos. Aunque luego vayan a salir de la maquina con tiempo. Aunque nadie sepa muy bien de qué va todo esto. O si estamos cambiando algo, o qué estamos cambiando. Aunque no sepas qué va a ser del novio o marido que has dejado esperando, poco te importa si al salir de allí todo sigue igual en casa, poco importa si para la persona que se ha creído que ibas a hacer un recado no han pasado más de diez minutos. Ahora el narcisismo es esto. La ignorancia sigue siendo la felicidad. Y las posibles consecuencias de lo que hagamos jamás nos han importado. Esto podría ser la versión moderna de tirar una botella de cristal en el bosque. La pregunta es si luego podremos estar tranquilos y en casa viendo el incendio por la tele.

Hay quien dice que en algún lugar ya hay una máquina del tiempo con cara y ojos, con la que poder viajar doscientos años atrás, o poder ir a verte a ti mismo dentro de veinte años. Pero sólo son habladurías. Y de poder elegir entre viajar en el tiempo y el sexo, la gente seguiría prefiriendo el sexo. Pocas veces se ven comités de empresa tomando decisiones en los clubs, trabajando a tiempo parado para poder solventar problemas cuanto antes. O a políticos. Sólo de vez en cuando se ve algún chico entrando en una máquina con libros y apuntes para estudiar. La fama que tienen las máquinas impide que la gente haga mucho más que follar en ellas. Y en cuanto a los mandatarios mundiales, no ven dónde está el riesgo. O bien: miran hacia otro lado. O bien: las drogas siguen siendo ilegales, las prostitutas un feo mobiliario urbano, y los mendigos unos tocapelotas. Política, aliméntala siempre.

Ahora la nueva versión de ver un ovni o un fantasma, es que alguien viera salir a un monstruo de un club mitad humano mitad mosca. A nadie le asustan ya conceptos como “desmaterialización” o “agujero negro”. Y si pasa algo, o ha pasado, de todos modos las estadísticas de desaparecidos siguen siendo las de antes.

Hay asociaciones contra los clubs, gente que dice que los gobiernos de este mundo ya han jugado lo suficiente a ser Dios. Que un proyecto de máquina del tiempo pueda hacer que tus días tengan veintisiete o treinta horas sólo puede ser un invento del Diablo. Eso dicen. Y se reúnen en descampados y queman electrodomésticos y ordenadores mientras alguien reza en voz alta.

No olvides poner tu reloj en hora cuando salgas de una máquina. Ahora no sólo te pueden ver llamadas extrañas al móvil o mensajes; ahora tu pareja tampoco puede encontrar tu reloj de pulsera dos horas adelantado. El sigilo se ha puesto de moda como nunca; disimular, excusarse con estilo; todo eso que antes mucha gente presumía ver en tu cara, pues bien, ahora esos tics que te convierten en adultero ya no indican nada, todo son acusaciones gratuitas. El porcentaje de divorcios está cayendo en picado. El nuevo concepto de felicidad consiste en no tener largas conversaciones, que nadie saque a colación el tema, que lo que todo el mundo tiene en la cabeza sea eso que sólo hacen los demás, esos cabrones adúlteros, esas zorrillas. En cuanto a ti, tu pareja, tu grupo de amigos, bueno, vosotros pasáis de eso. Sois más maduros que eso.

Mi novio quiso venir a Rusia por lo mismo por lo que todas las personas se llevan a su pareja de viaje hoy en día. En tu ciudad ya tienes controlados los clubs, sabes dónde ir. Sin embargo, en el extranjero, la cosa se complica, la monogamia se acentúa, y cuando tu pareja ya no es más importante para ti que tu ropa o tus manías, no ves el momento de cepillarte a otro. Y él lo sabe, sabe eso de mí. Pero no quiere dejarme.
Soy demasiado “lo que buscaba”; soy muy “apropiada”, según sus padres. Tengo “futuro”, un buen trabajo, soy considerada, y una futura madre estupenda. Y tanto él como sus adorables progenitores ya saben que hoy en día unas cuantas canitas al aire ya no desmontan casi ninguna familia. Hacer la vista gorda ya es algo tan fácil que a la gente ahora le da mucha más pereza “comenzar de nuevo”, “rehacer sus vidas”. Lo único que tengo que hacer es esperar a que él también se anime, se cuele algún día por alguna compañera de trabajo, o simplemente note que ya no pongo ningún entusiasmo al hacer el amor con él. Como todo, absolutamente todo, esto es sólo otra vez cuestión de tiempo.

Mi objetivo ya dentro del bar es salir por la puerta trasera. En la calle paralela a ésta hay un club en un sótano. En la entrada de una de las habitaciones ya me debe esperar Iván.
Iván es un antiguo compañero de universidad al que siempre quise follarme hasta reventar. Pero nunca lo hice, nunca pude, era más tímida, etc.
Hace cuatro días nos encontramos en Madrid. Y bueno, él también venía a Moscú con su novia, e hicimos planes. Qué puede haber más excitante que montártelo con otro en el extranjero. Otro polvo histórico mientras tu pareja te ve salir a los tres minutos de haber entrado en el bar.
Al entrar, miro al suelo y camino rauda hacia la parte de atrás. Pero cuando ya estoy a punto de salir, veo algo en la tele. Todos en el bar miran con atención, nadie habla. En algún programa están entrevistando al lituano, el científico. Todo el mundo observa sin pestañear porque nunca ha dado ninguna entrevista. Porque mañana lo que sea que diga será la cabecera de cualquier telediario que se precie. Le digo al camarero en inglés que soy española, que si alguien me puede traducir, que tengo curiosidad. Pongo cara de buscona. Estando cerca de algún club cualquier hombre hará lo que sea por ti. Por suerte enseguida me entiende, da un silbido y un tipo alto y rubio se acerca. Le sonrío.

El científico dice que no tiene por qué dar explicaciones que nadie entendería. Que prefiere que le pregunten sobre su vida privada. Sobre su nueva mujer liberal y liberada, y sobre el bebé que esperan. El tío tiene un bronceado de esos que sólo se consiguen teniendo espacio en casa para una máquina de rayos uva. Sonríe a la más mínima ocasión y se jacta de que nadie puede condenarle por su invento, nadie puede caer en ese error hipócrita y alarmista. Porque muchos de los que le acusan se aprovechan de su logro. El científico viene a decir: “arrodillaos y seguid chupándomela”. Es más, o mejor dicho: ahora todo el mundo puede mentir, por tanto ya no hay personas íntegras, sino sólo personas que lo parecen. Ya no se pueden hacer distinciones.
El entrevistador pone cara de circunstancias y objeta que si no teme que esto se pueda torcer de algún modo, que qué piensa de todos esos que dicen que quiere sustituir a Dios. Entonces el tipo borra su sonrisa socarrona y mira a cámara. Dice que no tiene por qué torcerse nada, y que en todo caso no sería culpa suya. Dice que la culpa sólo la tendría una persona. Alguien que en su día se comportó como una puta. Como, para quien crea en nuevas versiones de viejas historias, la nueva Maria Magdalena. A ella, dice, es a quien habría que agradecerle el apocalipsis del que muchos hablan. Y dice:
- Porque yo sé más de lo que creéis, y aunque no vaya a contar nada, tenían razón los que decían que el futuro estaba en las mujeres.

[El otro día vi REC 2 en el festival de Sitges y podría escribir una especie de crítica DEFENDIÉNDOLA. Pero como todo el mundo está escribiendo sobre el festival, yo me iré un poco por los cerros... Viene hablándose del nuevo proyecto de Darren Aronofsy, ese tío que además de haber hecho dos o tres de las películas más importantes de los últimos años, encima está con Rachel Weisz. Se comenta que para su nueva película va a reunir a Natalie Portman y Mila Kunis; que es algo así como meter cien toneladas de mentos en una botella gigante de Coca-cola. Vamos, un espectáculo que no pienso perderme. Arriba he puesto un video de Mila (ahí donde la veis, dobla a Meg en el doblaje original de "Padre de familia", por si le faltaba un toque picante...), una especie de musa (otra más) de este blog, incluso convertida en el anticristo unos relatos más abajo. Atención a la entrevista (promoción de “Max Payne”, peli floja floja...), en la que a esa escasa distancia de ella el tipo parece hacer las preguntas y sujetar la cámara a la vez. Felicidades colega, casi no te tiembla el pulso. Abajo he decidido poner una foto de Natalie Portman que me ha hecho gracia, con ese encuadre tan a lo facebook.]natalie-portman-20070917-312693


En las nubes

Septiembre 24, 2009

La tele está puesta sin sonido, y ya ni oigo el disco de los Artic Monkeys que he puesto mientras deambulaba por casa muerto de miedo simplemente por estar despierto. Fuera hace un sol insoportable si sólo has dormido cuatro horas. Hay una chica tirada en mi sofá de tres plazas, boca abajo, como si hubiera tropezado y fuera a levantarse de un momento a otro. Pero no lo hace.
Mi cabeza aúlla desesperada por un chute legal. Me trago con mucha dificultad dos aspirinas y miro por la ventana. No sé qué hora es, pero todos ahí abajo parecen llegar tarde a algún sitio. Ojeo mi agenda, huele a nuevo; el objetivo, parece ser, es tener programados los próximos cuarenta años. De momento, me acerco a la chica para comprobar si respira.

Nos metemos en un bar a tomar café solo. Ella tiene unas ojeras alarmantes, y fuma, concentrada sólo en eso, sin llegar a atisbar nada de lo que pasa a su alrededor. Podrían ser las once de la mañana. La sola idea de mirar el reloj me angustia de forma indescriptible, incluso más que el hecho de no recordar el nombre de la chica que tengo en frente. De repente ella murmura algo más que un monosílabo por primera vez hoy, pero no sé lo que me ha dicho; intento asentir con convicción sin llegar a lograrlo, y parece quedarse conforme.
Tiene los ojos de un azul extraño, metalizado, como si fuese más lógico que sus pupilas fueran rojas. Se termina su café, y me pregunta que si ayer lo hicimos. Que le diga la verdad.

El mundo se ha convertido en una pecera inmensa. Pretecnotimes comenzó a experimentar con las pastillas para borrar la memoria hará unos diez años. La nueva moda: sin efectos secundarios, sin sustancias que potencien la adicción. La infelicidad es el motor más fiable para el negocio, y el miedo su combustible infinito. Los avances científicos no tienden a solucionar los problemas de verdad; las enfermedades que todos conocemos siguen todas ahí, vigentes. El enfermo de un cáncer severo morirá igual, aunque haya conseguido olvidar la quimioterapia.
Compra las de ocho horas, decía todo el mundo antes. Y acababas haciéndolo. Si odiabas tu trabajo y llegabas a casa cansado y enfadado todos los días, te tomabas una de esas píldoras, y en diez minutos sólo estabas cansado. Mucha gente casi no recuerda sus jornadas de trabajo; ahora algo como la estabilidad conyugal puede depender de los recuerdos que te queden. Si quieres a tu novia pero te ha puesto los cuernos… si habéis tenido una fuerte discusión… en fin, casi siempre acabas abriendo el mueblecito de las medicinas.
Muchas mujeres despiertan con fuertes contusiones por las mañanas y besan a sus maridos resacosos, como si no hubiera pasado nada la noche anterior. La deducción ha sustituido en gran parte a la memoria. No puedes ser tan infeliz si no recuerdas los motivos. Píllate las pastillas de las tres horas. O las de veinticuatro. O borra de un plumazo las navidades. O ves más allá y coge las de un año entero, aunque dejen algo de resaca. Para eso mezcla la pastilla con una aspirina: funciona igual y despertarás fresco como una manzana. Infórmate cada día de la fecha en la que vives, por si acaso. Asegurate en la farmacia de que te venden las adecuadas; no te arriesgues a olvidar la mejor época de tu vida, o incluso tu vida entera.

El suicidio moderno ya no es cortarse las venas ni despeñarse. Ahora la gente se inyecta la Aguja Alfa, que es como la llaman en el gremio. Sólo demuestra que no eres alérgico a ninguna de sus sustancias, y te la inyectarán sin problema. Así suicidas todo tu background cultural; pero entra en el seguro de enfermedad, tranquilo. Antes tenías que demostrar con papeles una depresión, que eras un fiambre social. Pero todo eso se acabó. Si quieres olvidar toda tu vida es sólo problema tuyo. Después te quedarán las habilidades motrices básicas, pero, entre otras cosas, tendrás que volver a aprender a leer; lo cual alimenta otros negocios. El concepto de Colegio Mayor a cambiado. Esos edificios están abarrotados de héroes de guerra o personas que perdieron a toda su familia en un accidente.

La variedad es inagotable. Hace poco se hablaba de la píldora de los cinco minutos; lo cual dio pie a varios chistes de índole sexual en los medios.
Si despiertas y en tu cama hay un desconocido o desconocida, hay un plan de acción protocolario estipulado para hacer que esa persona despierte y se vaya de tu casa. La promiscuidad ahora también vale para las chicas buenas; cualquier mujer cosmopolita tiene pastillas de distinto calibre en su bolso. Si tu religión no aprueba el que te lo montes con tres tíos a la vez, eso ya no es problema; vas a ir al infierno igual, pero al menos no te sentirás culpable.
Todo método, en cualquier caso, es un arma de doble filo. Ahora la delincuencia ha tomado nuevas formas. Los violadores, después de forzar a la adolescente de turno, le inyectan a la fuerza la Aguja Alfa. Luego la chica despierta en el hospital; y aunque no tiene el trauma de la experiencia vivida, pronto entenderá que va a tener que repetir toda la educación primaria. Hay un pacto tácito respecto a los desmemoriados postrauma; contarles la verdad es una putada, no se hace. Por tanto, no es extraño que en esos Colegios Mayores, junto a los héroes de guerra y demás, haya un buen porcentaje de chicas jóvenes.

La gente ya no recuerda ningún fracaso personal a corto plazo. Y ni la chica que estaba en mi piso ni yo, podemos recordar nada de lo que pasó ayer. Así que no puedo decirle si lo hicimos. De todos modos, el haber borrado mis últimas horas de la memoria no es una buena señal. Mi último recuerdo es de un bar oscuro, y esa chica no estaba conmigo. Ahora fuma sin parar, me dice que no se siente como si lo hubiera hecho, y llama a su novio por teléfono. Antes de salir del piso miré en el lavabo; quizá hubiera un condón usado en algún sitio. Pero no había nada.
- No te preocupes – me dice ella -, si tomamos las pastillas seguro que fue por una buena razón.

Me dirijo ya solo hacia los estudios, el plató de siempre. Hay secuencias pendientes que rodar. Llego demasiado pronto. En principio hoy había día libre, pero el director llamó ayer a todo el mundo para repetir ciertas escenas. En el rodaje de una sitcom la jornada suele empezar temprano (no como hoy), y sales a la calle cuando ya es de noche. Cuando llego, Ana está sola; repasa el guión sentada en el sillón de la falsa sala de estar. Ella me gusta mucho por algún motivo; y el motivo seguramente es que es muy guapa y tengo que enfrentarme a eso todos los días. Es mi pareja en la ficción; tengo que sobarla y besarla y mirarla a los ojos de modo que sea creíble en el contexto de la serie, y a la vez no resulte incómodo para ella en la realidad. Últimamente me siento como si bajara a la mina todos los días. Lo que más me preocupa es que creo que yo también empiezo a gustarle a ella. Hace semanas que casi he dejado de tomar pastillas para los recuerdos.
Al llegar adonde está me siento a su lado, la saludo con discreción, mal, como si tuviera doce años y me gustara la delegada de la clase. Ella levanta la vista de su guión, y me sonríe de esa forma terrible si corre sangre por tus venas. Me dice: ¿Qué tal?
Apenas hay unas cuantas luces de emergencia encendidas. Estamos casi en la penumbra, rodeados de muebles y paredes de atrezzo. Hay un cielo de focos y paneles de iluminación entre las sombras. Cámaras quietas y muertas mirando hacia nosotros. La silla del director vacía. Mi corazón late como si estuviera huyendo de algo. Tengo retazos del pasado en mi cabeza. Recuerdo todo lo relacionado con Ana, o eso creo. Nos pasamos siempre nueve y diez horas diarias juntos en uno u otro lugar del decorado. Ella siempre encima de mis rodillas cuando estamos sentados, con un brazo alrededor de mi cuello, quizá una mano apoyada en mi pecho, a veces con su aliento muy cerca de mi boca. Y se supone que todo es mentira. Vivo una vida de recortes de la realidad, y el noventa por ciento de lo que puedo recordar en los últimos tiempos forma parte de un guión en el que mi personaje es feliz.

Ana me ve distraído, y me sacude suavemente:
- Estás en las nubes, muchacho.
Estoy recostado en uno de los brazos del sillón. Y ella va y se recuesta encima mio sin dejar de mirar el guión. Y va y suelta:
- Si molesto me lo dices…
Nunca he hablado con ella sobre las pastillas famosas. No tiene pinta de ser de las que las toman a diario. No sé qué es lo que recuerda de mí, o si alguna vez me ha borrado de su rutina pasada. Quizá algún día se ha sentido más incómoda de la cuenta trabajando conmigo. Quizá ahora se muestra melosa porque sólo recuerda los momentos cómodos que ha vivido conmigo. Incluso es posible que yo haya borrado algún gesto de desdén de ella en el pasado; aunque eso ya me cuesta más creerlo. Y también es factible que aun habiendo reducido mi consumo de pastillas, tenga mitificada a esta chica porque la mayoría de mis recuerdos durante los cuatro años que llevamos en la serie, son sobre ella, sobre el tiempo pasado en este decorado, que apenas ha cambiado desde el primer día.
- Sigues en las nubes – vuelve a decirme.
Ahora ya no ojea el guión. Se ha acurrucado en posición fetal encima de mí. Tengo su nariz en mi pecho. Todo huele a ella y nadie está rodando esto. Ahora sé que me he acostado con la otra chica; que cada vez que he hecho algo así he recurrido a las pastillas, seguro, desde que empecé en la serie. Ahora creo, mientras miro hacia los focos y e intento controlar la respiración, que quizá con un consumo de drogas apropiado, la mujer con la estoy podría llegar a ser perfecta para siempre.
Así que rodeo sus hombros con mi brazo derecho, y le digo que sé que no tiene pareja, y que qué va a hacer luego. Cuando acabemos aquí.

[No sabía qué video poner, y he topado con el trailer de “Bright star”, nueva película de Jane Campion, directora siempre interesante, siempre portadora de buena droga cinematográfica sin cortar. El trailer es de una factura visual impecable. Muchos la descartarán por su estética, por su rollo engañoso de película de época; pero no os engañéis, siendo una película de la directora de “Holy Smoke!” seguro que no se habrá tirado a lo fácil, más bien al contrario. Y abajo, foto de Abbie Cornish, una de las protagonistas, una de esas actrices que pronto debería comenzar a dar guerra de verdad; quizá con esta película...]

elizabeththegoldenageprem4


Perder la cabeza

Septiembre 17, 2009

Aldo estaba siempre en su rincón oscuro del club esnifando cocaína, y todos se preguntaban quién narices era esa chica francesa que iba con él a todos lados. Años antes había escrito dos novelas cortas que se le reconocerían a nivel internacional, sobre todo una vez muerto por sobredosis. Rozaba los cuarenta años y varias de las chicas habituales del local pugnaban por llamar su atención. Era el agujero negro por el que ningún padre quería que su hija fuera absorbida. Él representaba el fin de la vida cuerda, al menos si se tenía en cuenta la idea que sobre ésta tenían todos. Era atrayente para algunas mujeres por el puro contraste que hacía con lo que le rodeaba. Por cómo describía lo que las rodeaba a ellas. Y porque jugar a su juego significaba morir socialmente: algo en sí mismo atractivo si tenías a bien reconocer también el lado podrido de la sociedad.

A un nivel metafísico, el color favorito de mucha gente es el negro. Aldo en ese sentido era el representante de eso, de lo absurdo, en contra de la común apología de lo corriente. El camino más corto hacia la autodestrucción parecía ser la sinceridad. Sacrificarse significaba adaptarse, y viceversa. Esforzarse era pasarlo mal para después poder encontrar alivio en lo mediocre. Aldo no quería ser absorbido por ese remolino de rutina matematizada. No es que quisiera estar por encima de los demás, es que sólo estar por debajo ya era mucho menos aburrido.

De las distintas épocas a su disposición, él había elegido el presente. Había estado en circos romanos y había visto construir las pirámides. Llegó a despedir con la mano a los que iban a morir en el Titanic. Tuvo problemas con las autoridades en varias épocas. Y llegó a estar presente para poder comprobar por sí mismo que todo lo que cuenta la Biblia es mentira.
Las leyes acabaron poniendo en circulación unas tarjetas que sólo te permitían diez viajes temporales; la condición era no modificar el transcurso de la Historia. Podías ser un voyeur y punto. Ya estaba bien, dijo el gobierno: la gente no podía ir por ahí provocando cambios; se había acabado lo de jugar a ser Dios. Después del décimo viaje, tu tarjeta caducaba. Tenías que elegir un destino temporal. Pretecnotimes había reducido en sus centros el número de máquinas del tiempo a disposición del consumidor; la fiebre por ellas fue disminuyendo debido a las restricciones, y al paso de los años mucha gente incluso promovía el no moverse del sitio; siempre los mismos colectivos: familias católicas, conservadores, y clases sociales lo suficientemente asentadas como para no querer que los viajes repercutieran de algún modo en la conciencia colectiva; no querían que éstos pudieran provocar cambios significativos que les arrebataran de algún modo sus extraordinarias comodidades, ya fueran éstas morales o físicas. El miedo irracional se puso de moda como nunca.
El control de chivatos temporales, como se los llamaba, no era fácil, pero al final la imposición de la pena de muerte a los que se descubría hizo que muchos se lo pensaran dos veces antes de irse al 11-s, por ejemplo, para vaciar las torres unas horas antes de que llegaran los aviones.

Todo era demasiado complejo, las autoridades ya no sabían muy bien qué era lo que les beneficiaba; exprimir al pueblo cada vez era más complicado. Aldo no hizo su primer viaje hasta los treinta años. El hecho de no poder viajar al futuro -a no ser mientras residieras en un pasado conocido-, le quitó en parte la fascinación por seguir explorando. En su décimo viaje decidió volver al presente porque, básicamente, era en el fondo la época más sutilmente decadente. La actitud de la gente no había cambiado en exceso en lo primordial, y entre las épocas históricas dignas de análisis, se le antojaba la más interesante.
Había espiado un par de veces a sus versiones del pasado, y no recomendaba la experiencia: sus dobles siempre parecían más saludables y felices en sus prismáticos. La mayoría de la gente evitaba encontrarse con sus iguales, y Aldo entendía perfectamente el porqué.

El futuro era la idea, lo que a él le hubiera fascinado, ver por un agujerito a tus allegados asistiendo a tu funeral. Pero era imposible. Además de la limitación de los diez viajes, en teoría también estaba prohibido volver acompañado del pasado. No podías ligarte a una simpática enfermera de guerra durante el holocausto nazi y traértela contigo a casa.
Hablemos de la novia de Aldo; su chica, también perdida en las drogas, vividora con ánimo de lucro y excelente feladora. El idioma no es un problema entre hombres y mujeres cuando otros mecanismos conyugales encajan. No tienes que aprender francés para follar con francesas. O no necesariamente. Aldo lo descubrió muy pronto cuando decidió darse una vuelta por el Palacio de Versalles durante cierta época de cabezas cortadas y pastel para el pueblo. El lío del pastel, así comenzó todo… Ella le rectificó enseguida ese mito el primer día que se vieron. Ella nunca había dicho eso, decía. A la supuesta alerta de que no había pan para el pueblo, ella nunca, y repetía, NUNCA respondió que si no había pan que comieran pastel. A Aldo le costó una tarde entre gestos y muecas averiguar a qué narices se refería, aun conociendo esa anécdota tan literaria.
Comenzaron a verse un rato todos los días; no era difícil despistar al círculo social de palacio para intimar en algún lugar de los jardines. Quedaban en un sitio distinto cada vez, y ella le traía comida. Ese ir y venir duró unos dos meses, en los que Aldo fue poco menos que un vagabundo.
Decidieron largarse, en el sentido más amplio del término, cuando Luis XVI comenzó a sospechar de las ausencias de su amada. No era de recibo que María Antonieta despareciera cada tarde para ir a vagar sola, sobre todo teniendo en cuenta los ánimos ya caldeados del pueblo.

Así que Aldo y su novia histórica volvieron juntos al presente. No era difícil, todos los clientes de Pretecnotimes tenían un reloj -así funcionaba- con el que podían saltar de una época a otra; cuando se comercializaron las tarjetas el aparato no funcionaba si no llevaba tu tarjeta metida en la ranura correcta; el mecanismo, cada vez que te movías en el tiempo, se encargaba de marcarla para llevar la cuenta de tus viajes.
Lo complicado no era el salto temporal juntos (simplemente se materializarían abrazados y aparecerían en el presente dentro de una capsula a una hora prudente), la logística no era el problema, sino el hecho de que era el último viaje del que Aldo disponía. Se lo hizo entender a ella, pero ella no dudó en ningún momento; quería huir, quizá no necesariamente con él, pero sí irse lejos. Había oído cosas sobre los viajes en el tiempo, pero cada vez sonaron menos esos rumores con los que ella había soñado. Una vez conoció a Aldo y pudo ver su reloj, se aferró a él desde el principio: estaba aburrida, se veía incapaz para con sus responsabilidades, demasiado vigilada; y además Luis XVI no sabía follar, un rumor en este caso cierto según ella gesticulaba siempre sobre el tema, mirando con los ojos muy abiertos a Aldo.
Así pues, decidió llevársela con él; ella tenía cierto carácter infantil dentro de un cuerpo albino y aristocrático que hacía que él hirviera. No era amor; quería verla vagar en bragas por su piso de alquiler, o viendo películas basadas en ella misma, o comiendo pizza. De todos modos nadie iba a saber quién narices era su nueva amiguita. Sólo una blancuzca extranjera que tenía una educación totalmente fuera de lugar. Quería verla con unos tejanos apretados y sus camisetas de AC/DC; y sólo esperaba que nadie descubriera todo el pastel. No veía cómo; pero a veces en la vida pasa como al cruzar una carretera en el momento equivocado: si se te viene un coche encima, seguro que te quedarás paralizado.

Ya en el presente, Aldo enseñó a su nueva chica lo necesario para que ella pudiera comenzar a moverse en la ciudad, de modo que no pusiera los ojos como platos a cada vuelta de la esquina. Ella se acostumbró sorprendentemente rápido a ver aparatos sobre ruedas o volando, se adaptó con facilidad a la cómoda ropa urbana. Pasaron los días. Comenzó con el alcohol en serio, continuó con los cigarrillos, probó la cocaína hasta engancharse, y acabó convirtiéndose en Courtney Love.
Aldo quería crear su propia muñeca punk, y lo logró en cuestión de semanas. No se sentía orgulloso; su segundo libro estaba comenzando a venderse bien, algunas publicaciones aún demandaban sus artículos, el sexo con Maria Antonieta fue más sucio de lo que él jamás había probado. Veían cine porno y ella quería imitar a esas chicas de tacón alto. Y él no se sentía como esos seres humanos dignos y sonrientes de los anuncios, cierto, pero estaba encantado; el agujero negro que era su filosofía de vida había absorbido lo más aristocrático de la historia en beneficio de sus nuevas, flamantes y magnificas erecciones. Practicar sexo anal con una reina le parecía igual que escupir en la cara a la nobleza, y eso le encantaba.
Ella, en apenas tres meses, pasó de ser la mujer asustada que pugnaba por salir con su vestido de la capsula de Pretecnotimes, a vagar muchas noches de madrugada en busca de su camello. Se había cortado el pelo; llevaba una melena lisa hasta los hombros, un maquillaje adaptado al presente y un bolso siempre atestado de pastillas, barras de labios y espejos de mano. Aldo aprendió en muy poco tiempo que era el vicio lo que movía el mundo, y que en muchos casos era la restricción la que creaba a los viciosos. El gobierno y la policía parecían ser los doctores Frankenstein de cada delincuente, drogadicto, ladrón de guante blanco y prostituta.

Pasaban los meses y nada se sabía de la Policía Temporal. Aldo nunca les había visto. La gente hablaba de tíos de uniforme que no dudaban en echar la puerta de tu piso abajo para apresarte y matarte después con la inyección letal. Él se había puesto en el punto de mira; había engatusado a una reina del siglo XVIII para engancharla a las drogas y enseñarle cosas como a relajar el ano, o directrices básicas para hacer una buena mamada. Era cierto que Aldo había fabricado un presente muy concreto para ella. Y ella, al no hacerse una idea de cómo vivían los demás, adoptó su vida de drogas, sexo sucio y resacas de cuarenta horas como algo que simplemente la gente hacía de forma rutinaria. Además, era una vida con la que ella disfrutaba mucho más que levantándose cada mañana rodeada de sirvientes que la vestían y susurraban responsabilidades al oído. El exceso de información, Internet, y toda la variedad de telebasura, publicidad y medios, no podían hacer que ella se formara una idea concreta sobre lo que una persona supuestamente sana y adaptada hacía para sobrevivir y cuidarse de la forma que cualquiera autoproclamado cuerdo aceptaría.

El piso estaba siempre lleno de polvos blancos, alguna jeringuilla usada y ropa interior femenina. Aldo tenía chantajeado al personal de su lavandería habitual para que hicieran la vista gorda cuando toparan con manchas de sangre o restos de coca.
Al cabo de los meses María Antonieta vagaba por casa como un zombi, sólo lista para el sexo después de haberse metido un chute. Por las noches Aldo le susurraba cosas al oído. Ella babeaba, sus mejillas se habían ido hundiendo en su cara y sus costillas comenzaron a notársele cada vez más. No te preocupes si ves a gente por la calle limpia y decidida, ellos están más sucios por dentro de lo que tú lo estás por fuera.
- Oui, messie…
La última Reina de Francia se acurrucaba en Aldo cuando ya no tenía fuerzas para inyectarse otro chute, y le respondía siempre lo mismo después de no haber entendido nada. La gente quizá tiene razón con respecto a mí, francesita; pero siguen equivocados respecto a todo lo demás.
- Oui, messie…
Cada noche se producía el mismo diálogo absurdo, igual que el que se produce en las reuniones entre importantes jefes de estado; uno hablaba y la otra seguía a su rollo; ambos estaban relativamente a gusto, y al resto les podían dar mucho por culo.

La máquina del tiempo estaba unificando los vicios modernos; la ilegalidad pasaría a ser un concepto aún más inabarcable y cada vez más apetecible para, por ejemplo, las mafias. Pasaría poco tiempo antes de que se pudieran encontrar colillas aplastadas en el neolítico. Aldo y María no eran más que una pareja más que vivía al margen del orden establecido respecto al Tiempo; la posibilidad de viajar no era más que otra oportunidad para quebrantar la ley. La opción de recabar más conocimiento sobre otras épocas, no servía más que para reafirmar la sospecha de que el ser humano jamás ha sabido administrase y tratarse a sí mismo de una forma justa. Tal y como lo veía Aldo, morir joven sin salir de una habitación apestada no era más patético que albergar alguna esperanza sobre conceptos como la Justicia o el Orgullo. Esa actitud de esperanza gratuita parecía conducir irremediablemente hacia la hipocresía; la autodestrucción estaba peor vista que el pisotear al prójimo; pero Aldo hacía años que sabía que, todo lo que estaba bien visto, solía ser justo lo que les mantenía a todos en la entropía de quien no quiere ver una injusticia aunque suceda justo en sus morros.

Es verdad. Aldo había utilizado a esa mujer, a esa digna e incompetente mandataria del pasado. Es cierto. Cuando ella le llamaba al móvil, en la pantallita ponía: Coño aristocrático. Aldo estaba matando a María Antonieta; la había sacado de su reino para meterla en un zulo moderno, para que le acompañase en un suicido en pareja. Incluso lo que años antes de Pretecnotimes parecía pura fantasía surrealista, se había hecho realidad. Ella era María Antonieta, pero igual podía haber sido Helena de Troya. Por algún motivo las chicas se iban con Aldo, aunque supieran que Aldo iba a matarlas de placer, ya fuera de forma sana o malsana: a pollazos o a base de drogas duras. Aldo no era un chico malo de los que acaba casándose contigo para darte una paliza cada noche; él te iba a destruir, pero te iba a acompañar como un igual hasta el final del camino. Quizá fuera mejor que alguien fuera sincero contigo en la muerte, antes que vagar muchos años con alguien hipócrita en vida.

La cuestión es que él acabó por encariñarse con esa yonki. Justo cuando peor comenzaban a estar. Cuando ya casi no salían de casa y la alimentación se reducía a pinchazos y pastillas, fue cuando algo se despertó dentro de él. Incluso, de una forma fugaz se le pasó por la cabeza la idea de convencerla para dejar las drogas, para dejarlas los dos. Pero ya era tarde; sólo con pensarlo le venía la risa floja; era como haber intentado convencer a un fumador de ochenta años para que dejara el tabaco. De algún modo, era una batalla demasiado épica como para ni tan siquiera intentar librarla; sobre todo teniendo en cuenta el mundo con el que tendrían que convivir después: justo el mismo que le lanzo a él a los placeres de la felicidad artificial.

Fue durante esos días de despertar sentimental, cuando llegó el final, cuando se descubrió todo el pastel (expresión que mosqueaba especialmente a la aristócrata). Los días ya no tenían nombre y las persianas hacía mucho que nunca se subían. El aguante de la fémina alfa con las drogas era casi sobrenatural. Cuando Aldo ya apenas se podía levantar de la cama, ella era capaz de salir una vez a la semana a por provisiones: mucha agua y más drogas.
La noche en que todo acabó, estaban los dos dormidos. Alguien echó la puerta abajo. Entraron como cuatro hombres en la habitación gritando leyes y derechos que ninguno de los dos podía asimilar con las linternas apuntándoles a los ojos. Sacaron a María Antonieta de la cama. Ella no se resistió, él no hizo nada. Y cuando quiso reaccionar, su novia, su Coño Aristocrático, se había esfumado para siempre tras un portazo.
Al minuto, se percató de que a él no se lo habían llevado. Así que, ¿quién era esa gente?

María Antonieta despertó. Y al mirar a su alrededor, notó el aguijonazo del síndrome de abstinencia. Debía llevar como dos días sin meterse, pensó. Y además, con sorprendente naturalidad, comprobó que volvía a estar en su Tiempo. Yacía confusa en su cama de siempre. Volvía a ser el siglo XVIII. Estaba rodeada de sirvientas, y Luis XVI, su Luis XVI, la miraba desde el pie de la cama, con gesto alicaído. Era de noche; fuera se oía el gentío, el pueblo francés: gritos, antorchas. Bueno, pensó ella, al menos nadie va a echarme la bronca.
Se negó a cambiarse de ropa. Aceptó bañarse y que su ropa futurista fuera lavada; pero se negó a vestir otra vez como “la muñeca que la gente del futuro pone encima de la tele”. Una vez desperazada, todos observaban atónitos a esa mujer nueva con el pelo aplastado y su permanente cigarrillo en la boca. Dio vueltas por la habitación, encorvada, maldiciendo porque su paquete de tabaco se acababa. Y finalmente decidió salir al balcón; decidió dar el paso, tener ese contacto con su gente de a pie.
Abrió los ventanales dándose codazos con las sirvientas, que no entendían a qué venía tanto esfuerzo de la Señora de repente. Salió al balcón y la gente blandió sus antorchas y gritó con más fuerza al principio. Una de la sirvientas salió detrás de ella. La gente calló cuando pudieron ver a esa mujer delgada con apenas un trapo encima y hurgándose en el pantalón nuevamente en busca del paquete de tabaco.
- Señora – susurró la chica en el el francés apropiado. – Verá… ese hombre con el que estaba… ha muerto…
Ella se volvió hacia la sirvienta, sorprendida. ¿Cómo lo sabían? Aunque llegados hasta ese punto, ya nada la alteraba de verdad. Quizá alguien de esta misma época le mató, pensó ella. Lo cierto es que esa misma noche en que se la llevaron de los brazos de Aldo, él continuó su ritmo de pinchazos; estaba tan débil que lo dejaron estar. Y su cuerpo dijo basta. Parecía el resultado de algún plan elaborado. La Policía Temporal comenzó a tener facciones en ciertas épocas señaladas, las que solían atraer a los turistas.
María Antonieta no sabía nada de esto mientras, aún de pie en el balcón, se sacó el paquete de tabaco del bolsillo. La sirvienta se metió en la habitación, y ella se quedó a solas con su pueblo, con sus hijos de Francia hambrientos. Se palpó el bolsillo trasero y notó que tenía una de las novelas de Aldo, había pasado semanas ahí; quizá alguien podría traducirsela, rumió, antes del día de… “La gillotina, tendré que hacerme a la idea”, dijo en voz alta para sí misma. Le gente abajo observó un poco de sus tejanos descoloridos, su camiseta negra de Nirvana. Y continuaron en silencio mientras ella se encendía su último cigarrillo y daba la primera calada, mirándoles en apariencia, pero sin verles para nada.

[Arriba, divertido video de promoción de “Paranormal activity”, película de terror de la escuela de la bruja de Blair, “REC” y otras por el estilo. La peliculita lo está petando entre los buenos aficionados a pasarlas putas en el cine. El video intercala imágenes de la película con reacciones del publico en una sala de proyección. Se estrena en España... algún día... espero. Y abajo, hiperbólico poster de “El imaginario del Doctor Parnassus”, nueva peli de Terry Gilliam de la que pondré su suntuoso trailer algún día cuando lo doblen. Esta peli, al igual que la otra, se estrenará en España algún día, espero.]

parnacast


Segundo año cero

Septiembre 8, 2009

Mila Kunis deambulaba ante las cámaras, y su dobladora clavaba el texto en sus labios. Sus Labios. El argumento nunca me importaba cuando Mila se daba la vuelta y salía de la habitación. Sabes que estás ante alguien magnética de verdad cuando te da igual mirar a su cara que a sus tetas. A su culo que a sus ojos. Puede sonar misógino y vulgar, pero también sincero.
Algo muy fuerte se desata alrededor de una veinteañera moldeada por el espíritu de un salido. Incluso Dios debía tener ayuda allí arriba, seguro; pero debería haber dado un toque a su jefe de personal.
Nadie podía preveer lo que iba pasar. Todos veíamos nuestras sitcoms, íbamos al cine, al IKEA; envejecíamos como todos los seres humanos de la historia, o moríamos prematuramente, o teníamos suerte o éramos desgraciados. Y de un modo retorcido y enfermizo todo tenía sentido, eso creíamos: era abarcable, comprensible, explicable; y podíamos olvidar todo aquello que no lo era, porque o nos mataba lo suficientemente pronto o estábamos lo suficientemente lejos para poder obviarlo.
En cualquier caso, cada problema que tenías en la vida era sólo tuyo, y encima era sólo rutina, algo por lo que muchos otros ya habían pasado antes. Así que todo el asunto nos pilló a contrapié. Los dioses no existían. Ni tampoco Mila Kunis.

Conocí a Mila porque, veintiséis años después del segundo año cero, más o menos todos acabamos conociendo a alguna. Aunque es cierto, yo acabé teniendo más suerte…
Ella nació y como bebé fue una niña normal, morenita y encantadora, con sus grandes ojos encandilando hasta al más pintado; Mila era heterocromática, tenía un ojo azul y el otro marrón tablero de ajedrez. Creció siendo achuchada por todas las mujeres que el cochecito de bebé encontraba a su paso. Según los nuevos evangelios a la venta en cualquier quiosco del Nuevo Mundo, unos dos meses desde que comenzara el segundo año cero, un cabeza de familia encontró un día un bebé metido en una cesta nada más abrir la puerta de casa por la mañana para ir a trabajar. El tipo, padre de tres hijos y con veinticinco años de casado a sus espaldas, al principio intentó dar el bebé a otra familia; pero al final su mujer le convenció, y Mila creció con ellos.
Lo que nadie supo de ella hasta que todo el mundo supo quién era en realidad, fue la cantidad de problemas que dio a sus padres adoptivos; y con problemas no me refiero a malas notas o llegar tarde los sábados a casa. Cuando Mila tuvo doce años comenzó a desenvolverse de maravilla. La táctica era sencilla: morritos. Desde los doce a los quince comenzó a seducir hombres, tíos de más de cuarenta años, con familia, con los que ella se acostaba una y otra vez. Tíos a los que denunciaba después mostrando heridas terribles en su entrepierna; al final todos lloraban e intentaban echar la culpa a aquella chiquilla manipuladora; solía elegir tipos con un pasado turbio de adulterios, ladrones de guante blanco, millonarios corruptos, “respetados” banqueros, Hombres De Mundo, Yernos Ideales. Y todos daban con su culo en la cárcel por culpa de aquella hija de puta. Porque ella se desvirgaba con todos; porque si eres hija del Diablo no te hace falta operarte para una reconstrucción de himen.

Cuenta el tema de la pedofília. Y suma, por ejemplo, unos cuantos accidentes de tráfico. O bebés que amanecían muertos a los pocos días de haber nacido. O accidentes aéreos… O lo más extraño de todo, todos aquellos casos terribles de combustión espontánea.
Era un modo de actuación aleatorio -acabó siéndolo-, sin un patrón de comportamiento. Cuando Mila comenzó a ver que podía hacer que las cosas cambiaran a su alrededor, simplemente comenzó a actuar. Si iba en el coche con sus padres y al mirar al vehículo de al lado a ciento cuarenta por hora, éste se desviaba y volcaba de repente si ella lo deseaba, pues ¿por qué iba dejar que todo continuara igual? Al fin y al cabo todo el mundo estaba siempre quejándose; por lo menos así el tráfico se ralentizaba y el resto de conductores tenían algo con lo que entretenerse al pasar por allí.
Cuando Mila tenía trece años, una amable enfermera dejaba que fuera a ver a los bebés recién nacidos de un hospital cercano a su casa. Se ponía de pie detrás de aquel cristal junto a los típicos orgullosos padres, y podía sentir quiénes de esos progenitores querían a esos niños y quiénes no. Cuando la respuesta era no (y normalmente lo era por la parte masculina de las parejas), el bebé en cuestión sufría al cabo de unos días el síndrome de la muerte súbita, que es cuando los católicos dicen que Dios se ha llevado a una de sus criaturas con él y en realidad todo ha sido cosa del Diablo. Es muy largo de contar; en definitiva, Mila lo pasó muy bien durante su infancia.
Y esa era la clave, ella se divertía y nunca era inculpada. Otra de sus fechorías favoritas era hacer estrellarse a los aviones. Se pasaba días enteros mirando por la ventana, esperando ver un diminuto aparato comercial allí arriba. Cuando veía uno, cerraba los ojos con fuerza. Y luego los volvía a abrir y miraba nuevamente. Bastaba con desearlo, como cuando la gente normal pedía un deseo antes de soplar unas velas de cumpleaños; solo que Mila siempre obtenía lo que quería.
Por la noche se sentaba a cenar y sus padres adoptivos no comprendían por qué ella sonreía mientras en el telediario hablaban de otro accidente aéreo. Era una locura, decía el presentador, atónito; la frecuencia de los siniestros comenzaba a ser diaria, y nadie entendía nada.

Durante su época del instituto era la sensación de su clase: guapa, mala, guapa. Podía acercarse a ti y decirte: “deberías fumar, deberías drogarte; en serio, la vida sana te mata igual, la única diferencia reside en que a mi manera al menos te divertirás. Hazlo, fúmate este pitillo, ten esta cajetilla, es un regalo. Si dentro de una semana sé que te la has fumado te haré lo que quieras. Y créeme, sabré si me mientes”. Mila invertía el proceso; si alguien pasaba de ella, moría al cabo de un tiempo en un desgraciado accidente, de coche, de avión, como fuera, lejos. Para entonces sólo tenía que desearlo, ya no le hacía falta mirar, estar presente, focalizar. Los compañeros que no bailaban a su son pronto tenían billete en clase turista hacia Dios; aunque fuera al Dios rojo. El sexo era un arma, a Mila le gustaba como a cualquiera, y un rechazo le dolía igual que a las demás adolescentes. Y morritos; es importante reiterarlo, ella nunca tenía la culpa, aunque para entonces su mirada ya no pudiera esconder algo sutilmente terrible. “Mírame, no tienes que usar condón, a mí no me podrás dejar embarazada”. La gente seguía muriendo a su alrededor, unos veinte estudiantes y dos profesores creían que la habían desvirgado ellos. Para ella era divertido verles hacer el papel, podía jugar a ser un ángel mientras manchaba las sábanas de sangre. “¿Me prometes que no me dolerá?”. Nadie comentaba nada sobre ella, nadie quería sacar el tema; ella les hacía prometer silencio, y todos callaban indefectiblemente.

Todo aquello era antes de que Mila comenzara a interesarse por la interpretación, el cine, la televisión. Lo que le gustaba era conocer a más gente, hacer nuevos amigos y luego follárselos o matarlos. En su caso era indiscutiblemente cierto que la mejor droga era la vida; era inocente y pura a la vista, y en la primera prueba que hizo la cámara se enamoró de ella, junto a la jefa de casting y el productor de la primera serie que protagonizó.
Se desenvolvía con soltura en la ficción, soltaba sus frases y replicaba con naturalidad, sin esfuerzo. Sus compañeros la adoraban aun siendo tosca con ellos; su aspecto frágil y su baja estatura hacían que incluso enrabietada fuera encantadora. En apenas unos meses, el Anticristo ya era famosa.

Años más tarde, mientras se convertía ya en una estrella de cine, no todo eran risas. La situación familiar no era fácil. Papá a menudo hablaba por boca de su padre adoptivo cuando su madre no estaba presente; eran secuestros corporales momentáneos. Cuando Mila cumplió veinticinco años, Él comenzó a presionarla. Ya estaba bien, le decía, ya era hora; Él no la había dotado para la maldad y el liderazgo de masas para que sólo utilizara eso para follar o divertirse en secreto. El mundo tenía que entrar en su nueva etapa, y tenía que hacerlo ya. Todo estaba preparado.

El cielo respiraba ese olor nauseabundo a humanos perdidos. La modernidad física seguía comiéndole el terreno a cualquier momento inspirado, abstracto, auténtico; las soluciones y la revolución seguían pareciéndonos conceptos ajenos. Todo era un “no es problema mio” generalizado cebado por el sistema. Dios -cualquiera de ellos- era una marca comercial, y la mediocridad había tocado techo en un entorno electrónicamente romántico, falso en el fondo y reluciente en la superficie. El Diablo quería forzar su turno; y aunque su retoño fuera una chica caprichosa ya imbuida en los placeres toscos y la hipocresía de anuncio televisivo, Él estaba seguro de que llegado el momento sabría lo que había que hacer.
Había que ponerle precio al aire y cambiar el agua por sangre. Había que hacer que todo el mundo se mirara al espejo y viera algo más que avances en sus dietas; tenían que ver a un ser vivo sangrante. Todos estaban pidiendo a gritos cercos y fronteras, bodas pactadas y dictaduras brutales. Todos queríamos una patada en los huevos, ser arrastrados hasta un habitación sin ventanas con un guarda fuera. Nuestro modo de vida era un sinfín de rezos sin descanso a Satanás.
Era el turno de Mila en el estrado; la Princesa de las Tinieblas acabó levantando la mano, e inconscientemente entre todos le dimos el turno para hablar.

Tenía una arduo trabajo por delante. Sola no podía con todo, necesitaba ayuda. Y tuvo que comenzar con el ritual que había ido posponiendo con los años. Tenía que ir a ese hospital que ella conocía tan bien, entrar en esa habitación repleta de neonatos e iniciar el proceso de clonación instantánea. Había frases hechas y teorías de la gente de a pie que eran completamente ciertas; y es que tanto Mila como su Padre de sangre creían que nadie más podía hacer ciertos trabajos bien hechos sino uno mismo; o en su defecto alguien completamente igual.
Una noche durante sus veintiséis años entró en dicho hospital, y justo antes de que cualquiera pudiera hacer una pregunta ya estaba gritando por el fuego que comenzaba comerle la piel. El truco de la combustión espontánea era práctico y creaba un buen entorno en el que trabajar. Todas las enfermeras y médicos de guardia comenzaban a arder cuando entraban en el radio de acción de Mila. Ella era ignífuga, obviamente; podía sobrevivir entre el humo, y antes de que el fuego se comiera todo el edificio ya habría acabado su tarea. Soy Hija de Papá, se decía a sí misma, esto debería ser fácil.
Entró en la habitación llena de bebés, con dos maletas enormes; tres enfermeras gritaban y chocaban contra las paredes ardiendo en el pasillo cuando Mila cerró la puerta, dejó las maletas en el suelo y encendió la luz. De la Biblia Satánica común que se comercializaba sólo había unos pocos textos útiles y auténticos. Uno de ellos era el de Las Nueve Declaraciones Satánicas. Mila tenía que posar la mano en la cabeza del futuro clon y recitarlas en voz alta. Luego debía repetir el proceso con cada uno de los críos, ya fuesen niños o niñas.
Comenzó con el primero, puso la palma de su mano en la cabecita; el bebé despertó. Mila sólo esperaba que nadie la interrumpiera, no quería tener que volver a empezar a enumerar los puntos con ninguno de ellos para hacer que algún medico comenzara a arder, con esa cara de idiotas que ponían al ver que nada de lo que daban por supuesto tenía sentido ya.
Ya preparada, cerró lo ojos, notando lloros en su mano, y comenzó recitando con energía: “Satán representa complacencia, en lugar de abstinencia”. Dos: “Satán representa la existencia vital, en lugar de sueños espirituales”. Tres: “Satán representa la sabiduría perfecta, en lugar del auto engaño hipócrita”. Cuatro: “Satán representa amabilidad hacia quienes la merecen, en lugar del amor malgastado en ingratos”. Cinco: “Satán representa la venganza, en lugar de ofrecer la otra mejilla”… Cada punto que Mila recitaba de memoria la hacía sentirse más segura. El bebé comenzaba a mutar poco a poco mientras su voz resonaba en la habitación; ese primer crío ya con un ojo azul y otro marrón no tenía nada que ver con el que era antes de que Mila recitara el sexto punto, cada vez gritando más de forma inconsciente: “Satán representa responsabilidad para el responsable, en lugar de vampiros psíquicos”. Siete: “Satán representa al hombre como otro animal más, algunas veces mejor, otras veces peor que aquellos que caminan en cuatro patas, el cual, por causa de su ‘divino desarrollo intelectual’ se ha convertido en el animal más vicioso de todos”. Ocho: “Satán representa todos los así llamados pecados, mientras lleven a la gratificación física, mental o emocional”. Y nueve: “Satán ha sido el mejor amigo que la iglesia siempre ha tenido, ya que la ha mantenido en el negocio todos estos años”.
La chica Anticristo, la antes cría encantadora, adolescente magnética y mujer fatal, supo lo que estaba desatando cuando vio mutar del todo a aquel primer niño; cuando en pocos segundos vio cómo sus brazos y sus piernas crecían y el pelo se convertía en una frondosa melena enmarcando una cara que era otra vez la suya. El cuerpo desnudo creció destrozando la cuna; se puso de pie, y era otra vez Mila Kunis, que sin mirar a la primigenia se dirigió hacia las maletas para ponerse algo de ropa. Papá parecía tenerlo todo controlado, planeado, cercado; igual que ella había sabido cuál era su misión nada más tener uso de razón, las clones se movilizaron justo al ponerse de pie.
Repitió el proceso con cada uno de los bebés. Debía haber unos quince. Más que suficientes para que el nuevo Reinado diera comienzo.

Mila hizo su ritual con bebés porque era fácil. El mismo proceso funcionaba con adultos, pero era claramente más complicado, algunos de ellos incluso aún decían creer en Dios. La verdad es que Dios había tirado la toalla hacía siglos, y además el cambio de estar con él a ser abandonados fue nulo. Muchos católicos se quedaban atónitos cuando, al morir, en lugar de ir al cielo a reunirse con sus seres queridos en paz, acababan reunidos con el Papá de Mila para escuchar las noticias: “Chico, no es que Dios no exista, es que hasta la misericordia tiene un límite. Tranquilo, te harás rápido a esto”. El cielo no era más que una suerte de realidad paralela donde los espíritus acababan tomando otros cuerpos para vivir en una especie de intención de paraíso organizado; es decir, según las escrituras auténticas no era más que la Tierra 2. Con lo cual no se mantuvo en pie demasiados siglos; ese paraíso obviamente existía sólo por la voluntad de Dios; hasta que éste se hartó de que nadie quisiera acatar sus normas aún perdonando a diestro y siniestro. Además, dicho Dios no tenía una forma ni una doctrina concreta, era una especie de compendio de los de todas las religiones; así que nadie acababa de estar a gusto en ese ambiente. La razón de esa incomodidad era que allí no había ateos, y ningún ser humano creyente había estado completamente equivocado antes de morir, pero nadie tenía tampoco toda la razón.
Dios hizo las maletas y ahora nadie sabe dónde está; probablemente en un paraíso para él y quizá algunas santas que le hagan caso. El Papá de Mila siempre dice que al final “ese mamón seguro que se lo debe haber montado mejor que yo”. Los espíritus que vagaban en el el cielo, debido a que no existe el Limbo, acabaron en el infierno de los Kunis una vez se desentendieron de ellos. El Papá de Mila los acogió varios siglos antes de que Mila naciera. Y fue entonces cuando comenzó a hacer planes para mandar a alguien a tierra firme y conquistar esa parcela, de la que todo el mundo hablaba mierda un tiempo después de haber llegado al Infierno.

Las clones se paseaban por ahí creando Milas en cada niño con piruleta que veían. En todos los medios comenzó a hablarse de esa chica multiplicada, de experimentos científicos secretos; se hablaba hasta de extraterrestres. Se tardó poco en asociar a esas chicas morenas con la actriz emergente; sus entrevistas eran estudiadas y nadie veía nada raro en ella, aparte de que desapareció de los rodajes y abandonó sets carísimos para multiplicarse; como si el Diablo se hubiera corrido y todos sus espermatozoides estuvieran invadiendo la Tierra; cosa que, más o menos era así.
Las clones se descontrolaron; no eran distintas a la Mila original, tenían las mismas habilidades. La gente echaba a arder cuando ellas daban la vuelta a la esquina y entraban en una calle, las gasolineras explotaban y pronto cualquier gran ciudad del planeta humeaba hacia el mitificado cielo sin Dios.
Todas tenían la misma adicción al sexo; formaban orgías en parques con tíos encantados de no saber si al correrse arderían hasta morir. La idea de entrada era la anarquía; pero obviamente Papá no quería un mundo en que todos sus habitantes fueran mujeres calcadas a su hija. Y ahí fue cuando comenzaron los problemas. Había que frenar a las clones, pero las clones estaban encantadas de haberse conocido.

La Mila original se reunió con su padre adoptivo, y Papá comenzó a darle las indicaciones, mientras renegaba para sí mismo entre frase y frase; “sabía que una mujer no era la más indicada para el Reino de las Tinieblas”. Mila, algo avergonzada, le dijo que no sabía qué hacer, que las mujeres de la Tierra estaban extinguiéndose;
- Mi hija tenía que ser bisexual, no una hetero descontrolada…
- Lo siento, Papá.
- Aquí abajo se está llenando todo de católicas llorosas. Tienes que parar a esas putas ya, cuanto antes. En dos semanas habrán quemado la Tierra y sólo quedarán un montón de clónicas tuyas vagando entre cenizas. Tú sabrás lo que vas a hacer.

Mila se encerró en casa, en su cuarto lleno de posters, mientras fuera se oían gritos y explosiones. Estaba defraudando a su padre, mandando al garete los planes de conquistar el mundo. Después salió a dar una vuelta, a buscar inspiración. Y fue entonces cuando la conocí. No supe que era la Mila original hasta pasados unos días. Pensé que era una más, que me mataría o me usaría y no la volvería a ver. Me di cuenta de que había matices entre ella y las demás. Ella parecía sentir, parecía haber madurado de algún modo. Supongo que las clones actuaban de aquella forma porque no eran más que bebés que podían divertirse pilotando el cuerpo de una adulta.
Yo estaba sentado en un banco, en una calle relativamente tranquila; de vez en cuando alguien pasaba ardiendo y gritando, pero cuando llevas unas semanas viendo cosas así cada vez te alteran menos.
Ojeaba un libro; creo que ella se sentó a mi lado porque era El Infierno de Dante. Al verla me alteré, pero algo en sus ojos enseguida me calmó: estaba destrozada, buscaba un hombro en el que llorar: tenía algo frío en la mirada, pero a la vez parecía que fuera a desmontarse en cualquier momento.
- Tranquilo, no voy a hacerte nada – me dijo.
Me dijo, como hablando para sí misma, que necesitaba ayuda, que no podía arrasar el mundo sola, o no no como su padre quería. Su padre quería esclavos que creyesen que eran libres; quería que la gente pensara que había un paraíso para ellos aunque se pasaran los días cargando yunques como en un campo de concentración; quería a un montón de animales obedientes incapaces de revelarse ante las injusticias; que estuvieran atemorizados en secreto y relucientes en público; Él quería eso, idiotas que caminaran con la barbilla en alto aún siendo unos hipócritas asqueados. Y yo supe enseguida, que el Diablo no quería ser más que un político al uso, sólo que honesto de algún modo, no moralista, y directo en sus ambiciones. Yo había vivido eso, llevaba más años que ella en la Tierra, y ella no parecía haberse dado cuenta de cómo funcionaba todo. El infierno era la respuesta. Lo supe cuando me enteré de que Dios no existía, cuando estuve seguro de que el Diablo era lo que merecíamos. En ese banco, al cabo de una hora de conversación, una bombilla se encendió en mi cabeza al no tener ninguna duda, al experimentar el vacío de la nada en mi cerebro: estaba colado por el Anticristo.

Ella quiso que la acompañara, y yo fui detrás como un perrito faldero; quería saber más; quería ser su secretario, su mano derecha, su perro, su ropa interior.
Quería conocer al Diablo, y así fue. Él estuvo receptivo mientras me hablaba por boca del padre adoptivo de Mila. Quiso que la aconsejara, que trabajara para ella en la sombra. Quiso que fuera un secretario sumiso. Y dadas las circunstancias, ha sido lo mejor que me ha podido pasar. Tuvimos que reducir considerablemente la población mundial para poder acabar con aquellas termitas que Mila había creado. Pusimos a la gente a trabajar redistribuyéndola en empleos básicos, útiles. Ayudó el hecho de que la población fuera un tercio de la que era. Desapareció la pobreza y el control sobre la especie se redujo al tiro en la cabeza. Desaparecieron las cárceles y los medios de comunicación; no hacían falta. La información se redujo a obras intelectuales como libros y películas a los que Papá no daba importancia. Era una dictadura sin tapadera a nivel mundial: el mundo en el que yo había vivido, pero sin cabrones con corbata susurrándose al oído entre ellos. Era el infierno en la Tierra tal y como Papá tenía planeado. Éramos igualmente indignos, pero doblemente honestos. Sentí que por primera vez en la Historia de la humanidad el humano se reconocía como el egoísta que siempre había sido. Necesitábamos un héroe, y ya teníamos a la indicada. No existían los derechos humanos, pero antes tampoco habían servido de mucho; la gente se acomodó en sus restricciones, y yo vivía cómodo en mi puesto de funcionario satánico.
Los miércoles montábamos un desfile. Mila se sentaba en un trono subido a una enorme carroza sobrecargada de motivos góticos. Yo me ponía de pie detrás de ella, unos peldaños por debajo, en la sombra, como su consejero. Y como si Mila fuese el Cesar, yo de vez en cuando le susurraba indicaciones, para que sonriera, para que levantara la mano; “Saluda, Mila. Mira cómo te quieren. Casi tanto como yo”. La gente nos coreaba en lo que fue el principio del único orden establecido posible en esta tierra firme. La prosperidad no existe, ni las ambiciones ni las grandes lecciones de la vida. Sólo somos.

[Para seguir en este rollo pseudosatánico que lleva el post, en el video, parte del monólogo de Al Pacino como Satán en “Pactar con el Diablo”; peli irregular con algunos momentos brillantes, pero en general muy disfrutable. Como aclaración sobre el relato, decir que esas nueve declaraciones satánicas que se recitan son de la Biblia Satánica; no quisiera tener al diablo reclamándome derechos de autor... Y para la foto, el Anticristo Mila (sí, Mila Kunis existe), que aún no ha decidido arrasar el mundo. Porque ella no quiere...]

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Paladas de azúcar

Septiembre 1, 2009

Me quedan sólo dos cigarrillos y en el bar de abajo vuelve a estar esa chica japonesa, que me desactiva el control de menores. Fuera hace demasiado calor, quizá es la una del mediodía y estoy que no me aguanto.
Decido ir a comer a un chino; siempre son tranquilos, no te tocan las narices y la comida es digerible. Sopeso la posibilidad de decirle algo a la chica japonesa del bar algún día. Algo para hacerme notar, para que se note que quiero sexo con ella. Luego pienso que un día quizá podría suicidarme. Me ponen el arroz tres delicias delante y la idea se me va de la cabeza. Tengo hambre de verdad, así que el arroz me parece de lo mejor que he comido últimamente. Luego me traen un plato de ternera y llega una pareja que se sienta en otra mesa y no se hablan durante toda la comida y vuelvo a pensar en que sería una buena idea suicidarme.

Después de comer, en la calle sigue haciendo demasiado calor como para poder pensar o sonreír.
No consigo recordar qué día de la semana es y me da mucha pereza sacar el móvil para mirarlo. Sé seguro que no es sábado. Seguro que la chica japonesa lo sabe; debe ser una máquina de estar al día, aunque no es la única. Los coches van y vienen y todo el mundo está agobiado con sus pequeñas tareas; todos esos a los que si les quitas el motivo por el que están estresados se estresan por no poder seguir haciendo lo que les estresa. Y luego se sientan delante de ti en una cafetería y dicen que todo les va de fábula… Te dicen: No sabes ser feliz.
Gracias, tío, tendré en cuenta tus sabias palabras.

Saca tábaco, me digo luego. Y recuerdo que ya saqué antes, y la japonesa vuelve a mi cabeza con más intensidad.
Me voy a casa y escribo un mail;

Hola.

He estado pensando en matarme últimamente. No con tanta frecuéncia como antes, ni con intenciones de hacerlo realmente, como antes; pero ese tipo de pensamientos han vuelto a mi cabeza.
No quiero que te sientas culpable ni que llames a la policía ni nada parecido. Solo quería avisar; si un día de estos encuentran mi cuerpo espachurrado en la calle quiero que alguien sepa que en el bolsillo de mi camisa habrá una carta.
En fin, espero que todo siga bien con esa pareja nueva tuya. Sabes que me parece un gilipollas cuentabilletes, no te pega nada. Pero en fin, tú sabrás.

Un abrazo.

Le escribo mails con frecuencia a mi ex. Es una tontería intentar esconder que aún me gusta; de hecho me gusta ahora más que cuando estaba con ella. No me importa parecer un psicópata. Ella no me lo tiene demasiado en cuenta, aunque a veces me habla de seguir con mi vida y romper ciertos vínculos con el pasado. A menudo la gente se empeña en que sigas sus pasos, aunque a veces ni ellos sepan a dónde coño van.
El resto del día no pasa nada. Y con eso no quiero decir que sea un buen día. Ella escribía con letras redondas y dibujaba corazonzitos en lugar de puntos cuando era adolescente, como en un plan elaborado para insinuar lo pequeña que tenía la raja del coño. La verdad es que esa sensación húmeda y el olor y las piernas depiladas rodeándote… en fin, no hay dinero en el mundo para pagar por eso si la quieres; y puede que por eso no sea tan aberrante que algunas desconocidas cobren. El próximo mail que le escriba tendría que ser el último, y debería reducirse a un escueto Gracias. Pero no tengo tanta fuerza de voluntad.
Así que al acabar el día le escribo otra carta;

Hola.

He estado pensando en matarte. Acabar contigo sería una forma práctica de comenzar a olvidarte. Y quizá conseguiría pasar una rato con tu cadáver en la morgue. No es que me vaya ese rollo, pero siendo tú podría hacer un esfuerzo.
Supongo que no hace falta decir que bromeo. Creo que en el fondo siempre te atrajo mi mal gusto. Nunca te he dicho que me masturbo leyendo las cartas escritas a mano que me mandabas. Aún se huele ese perfume que les echabas.
En fin; dile a tu novio que con él lo dicho antes no sería una broma si te toca un pelo. Una día de estos me va a salir sangre de tanto pensar en ti. Ahora mismo daría un dedo por que me enviases una bragas tuyas por correo.

Sé buena.

A veces creo que la policía llamará a mi puerta y acabaré encerrado. Pero no me siento menos encerrado ahora. A veces intento escribir una carta de amor, pero no sería más que un ensayo de la siguiente paja con los ojos cerrados. Decido que se acabó. Y eso no me alivia ni me consuela; no siento que comenzar de cero sea positivo. Hace años que mi entrepierna no late si no es por ella. Supongo que tendré que buscar ayuda. Quizá en otra persona, o cogiendo un cuchillo de la cocina y llenando la bañera de agua caliente. Ya veré. No me valen las explicaciones de los demás ni el sentido común ni esa coherencia que tiene sumido al mundo en la mediocridad más absoluta. No soy mejor, pero los demás no son precisamente la repanocha. Soy estadística. Si mañana muriera se garabatearían cuatro firmas y el tiempo calmaría las posibles penas. Puedo crear mi propio final. Y de una una cosa estoy seguro: no acabaré con alzheimer metido un montón de años en una residencia babeando y masturbándome mentalmente en los momentos de lucidez, maravillado por haber llegado a viejo. Hay demasiadas formas de acabar, y si el suicidio jode a Dios me encantará ser el siguiente en provocarle migraña. Me pasaré la eternidad corrompiendo santas allí arriba hasta que le explote la cabeza a ese cretino. Por más que me perdone yo no le perdonaré jamás. Y creedme todos; reventaré todas las nubes con armas nucleares y demostraré que el diablo existe, y que suele decir la verdad.

Hola.

Podría escribir un montón de cursiladas vergonzosas, y por ti me las creería todas. Pero prefiero hacer esto a mi manera.
El otro día me corté en un dedo sin querer. Durante un instante pensé en hacer más largo el corte, en pasear el filo del cuchillo por toda mi mano, pasando por la muñeca y hasta el codo.
Pero en lugar de eso, grité como una nenaza y corrí a por vendas y alcohol.
Dejé todo el camino desde la cocina hasta el baño lleno de gotitas de sangre, y todas me parecieron los restos de una de tus menstruaciones. Ya sabes de qué hablo. Todos los días son calcados. No me gusta ponerme serio, pero aún estoy decidiendo si mandarte esto por mail o imprimirlo y metermelo en el bolsillo de la camisa. Estoy pensando en hacer yoga o algo así, algo que potencie la autosugestión; necesito creer en algo que sea una mentira potencial, y así quizá consiga que crezca en mí esa hipócrita mancha de aceite hasta conseguir creer que todo va bien. Si tanta gente lo ha hecho ya, yo también debería ser capaz.
Hace tiempo que no me busco bultos por el cuerpo, ya casi no pienso en los tumores. Mi proyecto era ser un enfermo terminal y escribir una especie de autobiografía completa, que hoy por hoy sólo hablaría de ti. Pero no hay manera; no llevo una vida sana, pero parece que la lotería de la desgracia nota el miedo, y no se atreve con alguien como yo; eso no debe tener gracia para Dios.
Te preguntarás por qué hablo tanto de Dios siendo ateo. Ni yo lo sé; creo que quiero que exista, el ser humano no sabrá arreglarse solo.
Habrás notado que todo esto, viniendo de mí, suena a despedida. Aunque no te preocupes, de momento solo me despido de ti. No volveré a escribirte. Espero no volver a verte. Y ya está. No quiero acabar derramando aquí paladas de azúcar, a estas alturas ya sería un poco raro. Aunque me pregunto, ahora que lo pienso, si no es eso lo que he estado haciendo precisamente cada vez que te he escrito.

Fin.

[Podría haber puesto el trailer de alguna peli más sofisticada, como el de la nueva de Chris Nolan, “Inception”. Pero como es un teaser aún muy corto, me he decidido por una más freak, “Zombieland”, peli que recuerda inevitablemente a la inglesa Zombie's party, y que esperemos sea al menos igual de divertida. Y además está Bill Murray en el reparto... ¡haciendo de zombie! Esto sí que es jugar fuerte...]


El ángel silencioso

Agosto 22, 2009

Me noto adentrándome en una fuerza quizá oscura, aun estando solo y tranquilo escuchando a los Kinks. Si te gustan los Beatles, escucha a los Kinks; si en realidad los Beatles, aun gustándote, nunca llegaron a apasionarte, los Kinks lo harán.
Los ángeles también roncan. Me viene esa frase a la mente una y otra vez por algún motivo. Creo que porque la noche pasada soñé con Lily Cole; estaba durmiendo en la misma cama que yo y emitía un leve suspiro pesaroso, casi imperceptible, pero lo suficientemente llamativo en contraste con su cara de muñeca. Los ángeles también roncan.

Es miércoles y se está haciendo tarde, pero necesito salir del piso. No quiero fumar dentro del piso (demasiado pequeño, se apesta enseguida), y necesito un café con cara y ojos. Cuando llego al garito habitual no tengo que decir nada y la esforzada camarera inmigrante ya está trabajando para mí. Es agradable poder entrar en un sitio y ser atendido y salir sin tener que pronunciar una sola palabra. Aunque también es inquietante.
Me bebo el café solo, con calma; ojeo un diario sin llegar a leerlo. El humo dentro de mí se convierte en lo mejor del día. La camarera bromea con un par de clientes habituales en la barra, hace demasiado calor aquí dentro y la terraza fuera está vacía y los ángeles también roncan.
El café es minúsculo y aun así me dura tres cigarrillos. Doy un último sorbo y me enciendo el cuarto. La garganta se me comienza a irritar, pero tendrá que aguantarlo; a menudo no hay las suficientes drogas en el mundo. Comencé a fumar a los veintiuno; o más bien me resistí hasta los veintiuno; en realidad siempre pensé que acabaría fumando, como si estuviera destinado a ello; era inevitable. Aunque sólo fuera tabaco. No me veo esnifando polvos por la nariz ni pinchándome agujas en el brazo, así que probablemente nunca lo haré; aunque para otros a menudo no haya las suficientes drogas en el mundo. Aunque los ángeles también ronquen.

El suelo de la cafetería está pegajoso bajo mi mesa. Tengo un mal augurio justo después de notarlo. Comienzo a estar incómodo; aspiro la última calada del cuarto cigarrillo. Y justo cuando estoy aplastando la colilla en el cenicero, entran dos tíos encapuchados en el local.

Llevan dos pistolas negras que igual podrían ser de agua, pero cuando nos dicen que nos echemos de cara al suelo todos nos movemos al instante. Gritan que quieren vaciar la caja registradora, que si intentamos algo le volarán la cabeza a alguien, que no tienen nada que perder y nosotros podríamos perderlo todo de golpe. Y yo sólo puedo pensar que tienen razón, y que los ángeles también roncan.

La chica inmigrante vacía la caja seguramente pensando en el día en que decidió venir aquí en busca de un futuro mejor; un solo paso en falso y mañana el dueño del bar, ahora también echado en el suelo, tendrá que buscar otra camarera. Es el encanto de la espontaneidad de la vida; estando en el lugar equivocado del tablero de juego puedes desaparecer sin más. Desde donde estoy puedo ver la cara de otras seis personas. Tres de ellos parecen incluso tranquilos, dos de ellos cierran los ojos con fuerza, y uno parece estar aguantándose la risa. Algo me hace pensar en si realmente aquí todos tenemos tantas cosas que perder. Quizá entre algunos de los que estamos siendo atracados y los atracadores sólo nos diferencie el hecho de que ellos ahora tienen una pistola en la mano. Quizá merezcamos un tiro en la cabeza y ellos irse con nuestra pasta. Al menos ellos están haciendo algo con su hartazgo.

El atraco parece eternizarse. No se oye ninguna sirena a lo lejos, nadie ha activado ninguna alarma. Puede que en la lógica de este mundo tenga más sentido conseguir una pistola que ponerse a estudiar derecho. Pero también puede que no.
Cuando estoy a punto de volver a pensar en lo ángeles, se oye un disparo. Miro hacia la barra y veo a la camarera con la mirada perdida, agarrándose el cuello y sangrando; algo ha hecho mal o al encapuchado se le ha disparado su pistola real. Los dos tíos están petrificados. Algunos clientes cercanos a la salida aprovechan para huir. Yo estoy justo al fondo, los que estamos más lejos de la salida decidimos quedarnos como estamos. Los encapuchados comienzan a hablar en susurros entre ellos. Uno cierra la puerta del bar y los dos arrastran la máquina de tabaco para bloquear la salida. Tengo un pitido en el oído por el estallido de disparo. La camarera ha caído tras la barra, quizá ya muerta, o camino de estarlo.

No entiendo qué es lo que quieren hacer ahora; apenas se les entiende hablar, siguen susurrando. No sé qué es lo que te impulsa a entrar en un bar para conseguir la miseria de la caja registradora. Nada encaja; no sé tampoco por qué han bloqueado la salida y no han huido con el botín después de matar a la camarera. Lo único claro es que están cabreados, no ahora (que también), sino cabreados con su vida. Nada que perder. Los ángeles también roncan, lo tengo claro, aunque aún no haya conocido a ninguno.

Los atracadores nos dicen en voz alta y a trompicones, pisándose el discurso el uno al otro, que no pasa nada. No pasa nada, repiten. Pero no nos explican qué narices tienen planeado. Seguramente alguien habrá llamado ya a la policía, ha habido un disparo y al menos cinco personas han huido. Eso es todo; sólo unos diez clientes tirados en el suelo y dos tíos armados que caminan de un lado a otro maldiciendo. Y no quiero pensar por qué en pleno mes de agosto todos estábamos aquí metidos habiendo terraza fuera. No quiero pensarlo. Sólo puedo oír los pasos de los atracadores de un lado a otro sin oír aún ninguna sirena a lo lejos.

Sin comerlo ni beberlo, los tipos dejan de susurrar y comienzan a gritarse el uno al otro. Creo que es entonces cuando empiezo a tener miedo de verdad. No tanto por los gritos como por lo que se dicen el uno al otro. Hablan de suicidio, de que qué van a hacer si no; uno de ellos propone matarnos a todos, para tener esa experiencia antes de morir. No les culpo, seguramente todos nos hemos preguntado qué sentiríamos al quitarle la vida a alguien. Yo personalmente no seré el que forcejee si me ponen la pistola en la cabeza. Quizá tengo más motivos para estar deprimido vivo que ante la posibilidad de morir. Y aun así surge en ti ese capullo obcecado en seguir viviendo, ese cagado al que das de comer todos los días. Las veces en que más intensamente he pensado en el suicidio ha sido viendo esos anuncios de televisión en que la felicidad tiene ya formas preestablecidas, y consiste en comprarse un coche u otra coca-cola; eso, y cada vez que oigo a alguien decir la expresión “la mejor droga es la vida”. A los que llevan el disfraz de optimistas se les ve a dos kilómetros. Tienen siempre sus pautas, saludos y protocolos; al final no son tanto individuos felices como autómatas de las emociones.
La sinceridad ha quedado sepultada en una avalancha de educación bisagra; ese modo de actuación para empalmar momentos y quedar bien; puedes ser un gilipollas insensible y un hipócrita siempre y cuando antes hayas dado los Buenos Días. Así que por favor, encapuchados idiotas, si vais a coger a alguien para pegarle un tiro en la cabeza, yo soy la mejor opción, no dejéis que el tío que lleva aguantándose la risa desde que llegasteis se adelante. O cogedme como rehén, salid ahí fuera y provocad un tiroteo.

Pero pasa el tiempo y siguen sin hacer nada; aún no se oyen sirenas y parece que ya no quieren matarnos, ni tan siquiera a uno de nosotros para probar; a estas alturas ya se sabe que lo de la camarera ha sido un accidente. Ya sabes, un desgraciado suceso; ser pobre, tener a tus hijos en otro país y morir de golpe; lee los artículos sobre accidentes de avión y verás que cuando hay supervivientes a menudo estaban en primera clase. Y ésta no es una cafetería de primera clase. Todo el que está aquí es pobre o viene de haber sido pobre todo el día.
Los dos tíos se sientan cada uno en una silla y parecen comenzar a afrontar un serio cuadro de depresión; debe ser jodido afrontar algo así en medio de un atraco absurdo. Los demás llevaremos como diez minutos en el suelo; y es el primer momento en el que noto que la música de la radio sigue puesta. Aun estando sintonizada en una de esas emisoras de FM ruidosas y molestas, en las que se dedican a poner sólo la música de mero interés económico, comienza a sonar el Walk on the wilde side de Lou Reed. Y hace años que no oigo el Walk on the wilde side. Los atracadores siguen cabizbajos en sus sillas, sin hacer nada, con las pistolas colgando, a punto de deslizarseles de la manos.
Uno de ellos rompe a llorar de golpe, de esa forma violenta en la que pierdes el control y convulsionas. Se pone de pie y todos nos ponemos alerta.
Camina hacia donde estoy yo, hacia donde estamos casi todos, recluidos al fondo.
Los ángeles también roncan, y el atracador lloroso descarga tres balas a quemarropa en la cabeza de una chica de no más de veinte años.
Gritos.
Después el hombre deja de convulsionar y se sienta en la misma silla en la que estaba y ya no llora. El charco de sangre crece y me alcanzará tarde o temprano. Otras dos chicas, las que compartían mesa con ella, están sollozando; y yo, después del mero sobresalto de los disparos, sencillamente no consigo sentir nada.

Miro hacia la chica muerta. Puedo ver su cara; tiene los ojos cerrados y, al margen de la sangre y el agujero que se abre paso en su sien, noto cierto semblante de paz en sus rasgos. No sonríe, pero es como si se hubiera quedado a medio camino de ello. Durante un segundo noto un ramalazo de envidia, y los lloros histéricos de las amigas me parecen de lo más molestos e injustificados.
Los ángeles también mueren. Y quizá no eran felices. Las frases recurrentes toman nuevas formas en mi cabeza, y eso me resulta de lo más alentador.
Descubro de repente dos cosas a la vez. La primera es que el charco de sangre ya me ha alcanzado y si sobrevivo será bañado en ese zumo de veinteañera. La segunda es que una chica se ha acurrucado contra mí de algún modo, arrastrándose boca abajo, y parece agazaparse como en una trinchera, más emocional que física, mientras deja mi manga derecha llena de mocos y lágrimas.
La recuerdo de antes, se sentaba en la mesa que yo tenía detrás; leía un libro de autoescuela y parece tener los dieciocho recién cumplidos. Y seguro que, al margen de su aspecto frágil y apetecible, ronca, como muchos otros ángeles. Es lo primero que pienso al verla, su nariz pequeña, la frente ancha, el pelo rizado castaño y los ojos grandes y oscuros; ronca, seguro. Y los segundo que pienso es que me resultaría muy desagradable ahora verla morir a ella.

El atracador que parecía más tranquilo ha pegado dos tiros de repente a los altavoces de los que antes salía Lou Reed. Hacía un buen rato que solo sonaban jingles de publicidad histriónicos y cargantes, y le comprendo perfectamente. La camarera debió morir con el anuncio de una macrodiscoteca de fondo. Estamos bañados en mediocridad; mientras la sangre muerta me llega a la piel imagino a todos esos locutores de FM en fila delante de un pelotón de ejecución. Miro a la chica acurrucada en mí, la miro a los ojos y comienzo a sentirme responsable de ella. Yo, que nunca he hecho una buena acción si no era por puro formalismo, inercia protocolaria o interés.
Los esbirros tristes siguen sentados en sus sillas y nadie hace nada. Quizá sea porque el bar está en un callejón o porque es día laborable o porque nadie se ha dignado a llamar a la policía, pero este local ya hace rato que parece yacer en una realidad paralela. Nada tiene sentido, y me pregunto si algo hasta la fecha lo ha tenido en mi existencia. Diría que toda esta gente ha sido absorbida por mi vida, diría que los atracadores antes de entrar en mi órbita debían ser tipos valientes; malvados, sí, pero ladrones de guante blanco. Quizá mi derrotismo sea contagioso y se esté propagando, y al verme reflejado en los demás esté descubriendo que mi supuesta interpretación realista de las cosas quizá no sea más que autocompasión elaborada.

Al cabo del rato me siento con más libertad para mirar a mi alrededor; y lo primero que veo es que el asesino de la veinteañera se lleva la pistola a la boca y salpica la pared con sus sesos. Todo sucede sin más, de golpe. En la mancha de sangre durante un momento me parece leer la frase “ahí os quedáis” chorreando hacía el suelo; pero en realidad parece más un cuadro abstracto pedante. Y lo siguiente que todos pensamos es: “bien, ahora queda uno…”. El compañero ni tan siquiera se ha sobresaltado. No sé si fue el que mató a la camarera o si también acabó con ella su colega. No sé si tiene más ganas de morir o de ir a la cárcel. Y tampoco está muy claro que la policía vaya a aparecer por aquí. Es como si los vecinos de los alrededores ya hubieran asumido que alguien está viendo una película de acción con el volumen demasiado alto.
Ahora aquí todos somos partidarios del suicidio. El suicidio es algo positivo, es algo hermoso como el amor o el sexo. Ahora a ninguno de los que estamos aquí se nos ocurre nada más alentador que la imagen de un tío desesperado apuntándose a la boca con una práctica pistola que por suerte no es de agua, y que todos confiamos en que aún esté cargada. Todos nos damos la mano en un precioso valle que arde bajo un arco iris que sólo tiene diferentes tonalidades de gris.
El tipo mira su arma. La chica me agarra fuerte del brazo, con las dos manos. Todos estamos mirándole desde el suelo. Ahora ya no tengo esa sensación de hastío, algo ha cambiado dentro de mí durante el atraco, todos parecemos estar unidos al fin comiendo polvo en el suelo de esta realidad paralela.

Parece que lo que tenga que suceder sucederá al margen de todo lo que hay fuera de este local. El tío sigue mirando su pistola durante lo que parecen horas, y los demás seguimos con la mirada clavada en él.
Se levanta de la silla de repente. Va hacia la máquina de tabaco. Pregunta mirando al techo que dónde está el mando para desactivar el control de menores. Nadie dice nada. Finalmente él mismo lo ve justo encima de la máquina. Lo acciona y comienza a meter monedas por la ranura. Miro a mi alrededor y parece que el miedo está comenzando a transformarse en aburrimiento. Te puedes habituar incluso a esto. Las chicas que antes lloraban por su amiga ahora resoplan y susurran entre ellas. Creo que incluso he visto sonreír a una de las dos. Definitivamente esto ya no es el mundo que yo conocía; o quizá es ahora cuando estoy viendo lo que es de verdad. El esbirro se sienta en su silla y se enciende un cigarrillo. No nos presta atención en absoluto. Veo que dos personas ya se han acomodado y se han echado de espaldas, mirando hacia el techo y apoyando la cabeza en sus brazos como si fueran a echar la siesta o estuvieran esperando un tren de madrugada.
Decido adoptar yo también esa postura. La chica que sigue pegada a mí se acomoda en mi pecho como si me conociera de toda la vida; como si me quisiera.
Un rato después recuerdo que los ángeles también roncan, y comprendo que el tipo ha elegido la cárcel. El factor riesgo no ha desaparecido, pero un cómodo silencio se ha adueñado de todo. Parece haber un acuerdo silencioso general sobre la idea de que lo peor ya ha pasado. La pistola, ahora mismo el centro de atención del pensamiento racional, reposa en el regazo del atracador, que no parece dispuesto a nada; o por lo menos a nada que pueda dañarnos a los demás.
Ninguno de los que estamos aquí tenemos el ímpetu necesario como para hacer uso de nuestro móvil para hacer la llamada obvia; no sé cuánto tiempo ha pasado desde que comenzó todo, probablemente no mucho. La chica desconocida se ha abrazado a mí en un gesto tan humano como la sangre sobre la que yacemos. Cuando voy a mirarla a los ojos veo que se ha dormido; compruebo mientras por fin se oye de fondo lo que quizá sea un coche patrulla, que su respiración es mansa. Y por primera vez en mi vida, creo que me siento en paz.

[He decidido poner unos de esos trailers que me ponen los dientes largos. Es de la segunda parte de “Halloween”, versión Rob Zombie; un tipo que tiene una habilidad asombrosa para dotar a sus películas de un poderío visual con el que por lo menos servidor disfruta como un enano. Aunque la primera parte de esta revisitación del mito se me hizo algo larga en su segunda mitad, estoy dispuesto a darle otra oportunidad al amigo Rob, que seguro (espero) que habrá pulido ciertos aspectos de su saga.]

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Las musas follan con otros

Agosto 17, 2009

La persona de la que quiero hablar tiene un montón de metas. Pero no te creas que me refiero a un ejemplo rebosante de carácter, no es una altruista cargada de buenas intenciones. Te hablo de una mujer aún joven, de unos treintaitantos, algo rellenita, guapa de cara, cuerda. Alguien con quien se puede hablar de algo más que del tiempo o la rutina. Lo cual no quiere decir que no sea peligrosa. No estoy inspirado, no estoy inspirado, no estoy inspirado, no estoy inspirado, las musas follan con otros, las musas son unas zorras…

Esa chica, la chica cuerda, en fin, tiene que tener algo especial, esconde algo, algo importante (decir “algo gordo” podría aludir para algunos a su físico, mejor utilizar la palabra Importante, no quiero desviar la atención). Regla básica: esto NO es un relato autobiográfico, o en todo caso no debe parecerlo. No dejar pistas, esa es la idea. Siempre hay que vomitar, pero usando otro orificio. Literatura. No intentes hacer literatura, o no harás literatura. Tu polla no es la más grande ni la más bonita. Escribe sin más.
Pero éste no es un personaje interesante, no se me ocurre nada para él, no le quiero. Podría morir en el segundo párrafo y no me importaría. Porque no sé llenarlo, las musas se están prostituyendo con algún Dan Brown otra vez. A la más mínima se van a lo fácil, esos tíos que son capaces de avanzar cincuenta páginas diarias con Más De Lo Mismo y las ventas aseguradas. Esas zorras a menudo no se conforman con alguien que sólo quiere escribir. Otra vez alguien está creando aventuras vacías y carentes de alma. A toda mecha. La mediocridad está de moda, está que se sale. La gente está enamorada de lo trillado, nadie está dispuesto a ponerse en tu lugar para tener otra perspectiva de las cosas. Ya sé que en realidad sólo estoy divagando; pero el mayor error que puedo cometer es volverme como ellos. Perdería todo lo que me hace ser distinto. No sé qué hay al fondo del camino alternativo, pero esos ruidos sospechosos de los que todos huyen para mí son demasiado atrayentes. Es el miedo, te puedes volver adicto a él; desde donde estoy de repente surgen un montón de nuevos y fascinantes enfoques vitales. Conozco el camino correcto, pero conocer los otros ha hecho que vea las taras de la normalidad, y con tan sólo mirar mínimamente a mi alrededor puedo ver cuán podrido está todo de decorados y disfraces. Realmente todos piensan ya que conocen las formulas para resolver día a día sus vidas, han adoptado sus imperfecciones recurrentes como parte de un todo supuestamente aceptable y tierno. En definitiva, puedes ser un gilipollas impunemente. Puedes humillar en público al prójimo y todos se regocijarán. La mayoría de las personas no serían capaces de ser felices si no tuvieran a quien mirar por encima del hombro. Y no puede ser. No puede ser que también las musas hayan sucumbido a todo eso, el auténtico fondo lleno de mierda, el de verdad, donde se reúne todo lo patético en armonía con el orden aceptado que mantiene a todos cercados en la misma filosofía: una perorata basada en la repetición de ciertas teorías recurrentes que pierden casi toda su fuerza más allá de los dos minutos de conversación.

La actitud que las musas están teniendo ahora conmigo, que es el reflejo de la actitud de la mayoría de gente, es la garantía de que nadie va a cambiar el mundo. El ser humano se extinguirá de una forma absurda. Y para poco antes de que lo haga, las musas se arrepentirán.
Mi ventaja es que yo sí sé que el mayor error que puedo cometer es pensar que sólo yo tengo razón. La razón es algo que se reparte de forma equitativa, pero toda esa gente tan normal y tiernamente imperfecta piensa que tiene la mayor parte.
Piensa como la mayoría y acertarás. Ese es el lema que triunfa, la panacea del sentido común, la materialización de la madurez. Hasta debe crecerte la polla si te crees esa mierda. Realmente hay quien asegura que uno es feliz si antes lo planea; cuando en realidad las sonrisas son únicamente el resultado de un momento feliz. En lo que vale la pena, la espontaneidad manda. Hay diferencias entre Actuar y Vivir. Y también hay distintas formas de positivismo. Puedes provocar cambios aunque sea haciendo lo contrario de lo que hace el vecino. Pensar es poner en tela de juicio esos abrazos sonoros que se da la gente los sábados a las once de la noche. No quiero ser como tú.

El victimismo y la soledad y la autocompasión tienen un punto de adicción. Y hay quien tiende a quejarse a la más mínima, pero no le juzgues sin conocer toda la historia. A veces dar el paso, atreverse, puede ser la opción equivocada. Pero eso las musas no lo entienden, y por eso muchas veces te ponen los cuernos con el gordo que vende bestsellers; fíjate en su tupé, en su pelo canoso, en la sonrisa auténtica de quien produce tochos tan profundos como la guia telefónica. No está de moda vivir la vida analizándola. Los demás te empujarán a la piscina porque ellos ya se tiraron antes.
Míralas a todas, esas zorras que juegan sobre seguro, que morirán en el regazo de algún periodistucho de segunda. No merecen más. Ahora no pueden imaginarlo mientras se la chupan a Ken Follet y masturban a J. K. Rowling con vibradores de oro, pero morirán llenas de halagos comerciales y vacías de espíritu. Irán al cielo de las musas corrompidas, las que se burlan de los poetas y el escritor amateur. Arderán entre cenizas, entre las brasas de los poemas que escribió Bukowski cuando nadie le quiso tener en cuenta.

Mi personaje no encuentra su lugar, la chica cuerda aún no es nadie; se parece demasiado a una persona real. De momento sólo es gordita y tiene muchas metas. Dice ser modesta y conformarse con poco para ser feliz. Hará planes y se unirá al tráfico en el camino cómodo con la demás gente normal. No se puede escribir sobre alguien así. Como mucho podría ser ella la que escribiera, quizá novela rosa, quizá alentada por musas con sobrepeso, guapas de cara y adictas a las listas de ventas.
No hay forma de dar forma a sea quien sea ella; ni tan siquiera se me ha ocurrido un nombre.
Estoy solo en mi habitación y no hay manera de que una de esas cabronas aparezca. Así que la única opción que me queda es intentar cazarlas. Miro a mi alrededor; pilas de películas y discos y libros… Y de golpe me doy cuenta de que he tenido una idea por el camino y la he ignorado. La chica gordita y del montón aunque guapa de cara podría ser escritora. Escritora de bestsellers. Quizá era una perdedora de pequeña pero ahora sus tetas mandan, las musas chupan de ellas hasta que ella se cansa. Ha escrito una saga de novelas sobre una chica adolescente; una chica adolescente gordita, a quien nadie hace caso. Hasta que un día el chico más guapo de la clase se hace amigo de ella. Al principio no quiere ser su pareja por el qué dirán, pero después descubre que lo importante está en el interior. Un bestseller perfecto. El tipo de moral ideal de la que todo el mundo hace apología sin después llevar esa filosofía de vida a la práctica. Obviamente sus tramas no serán tan tópicas en apariencia, pero en el fondo sí; la gran diferencia entre las grandes obras y las que sólo son de consumo, es que cuando rascas en unas nunca dejas de encontrar nuevas posibilidades e interpretaciones, y en las otras sólo hay tópicos: tópicos cómodos para gente normal que sólo quiere ver un camino en la vida, precioso y rebosante de hipocresía. Sobre eso podría escribir, sobre ser imperfecto e interesante, o previsible y cruel como la mayoría.
Las musas siguen sin aparecer; la viagra literaria no se consigue en farmacias.

De todos modos, antes de intentar comenzar a escribir he decidido salir a dar una vuelta. Luego he vuelto a casa y me he echado una cabezadita. Luego me he puesto a leer. Me he masturbado. He puesto la tele. He leído otro rato. Se ha hecho de noche. Y he decidido que lo escribiré mañana. Deja para mañana lo que consideres que hoy sólo vas a poder hacer mal. No tengas miedo a llevar la contraria a los refranes y las frases hechas.
Esas zorras quizá aparezcan mañana; quizá mañana el escritor económicamente acomodado se tome un día libre, o tenga que dar entrevistas a periodistas lameculos. No se puede forzar la espontaneidad; el trabajo sólo sirve para ir tirando; el arte de verdad surge de otra forma, y te sobrevive. Sólo es cuestión de horas; las musas aparecerán bailando como las Rockettes, y la escritora de bestsellers cobrará vida. Así que piso el freno.
Una vez más miro a mi alrededor y todos me miran. No entienden nada. Y yo no puedo evitar sonreír.

[He visto un trailer que no he podido evitar publicar. Tiene su punto bizarro, pero esta película promete ser interesante; y además no es un remake, ni una adaptación, ni muñecos ni nada... Es una idea original. La película se llama "El cuarto tipo (The fourth Kind)". Se basa en la escala de medida establecida en USA para encuentros con alienígenas. A la llegada de un OVNI se la califica como un encuentro del primer tipo. Si se logra juntar evidencia el encuentro es del segundo tipo, y si hay contacto con extraterrestres estamos en un encuentro del tercer tipo. El secuestro es el cuarto tipo, de ahí el título de la película. Las imagenes del trailer son potentes, la idea es interesante e inquietante. De momento el proyecto tiene mi voto de confianza. Abajo, una foto de su protagonista en "El quinto elemento" (ouh yeah), Milla Jovovich, actriz maltratada en exceso por la crítica, que aquí tiene la oportunidad de abordar un proyecto interesante.]

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Cuento sobre ser feliz entre residuos tóxicos

Agosto 8, 2009

Había una vez una chiquilla torturada que a veces resbalaba por casa con charcos de alcohol. Su padre bebía, y aunque no la maltrataba, siempre lo dejaba todo desordenado, tirado por el suelo; vertía el whisky, daba bandazos a uno y otro lado porque era infeliz. Pero no era infeliz por la bebida: bebía porque era infeliz. De eso se trataba, a veces no era que tiraras la vida por la borda, sino más bien que la vida te había tirado por la borda a ti.
Mireia, la chiquilla inocente y bonita, sólo tenía trece años y la cara redonda y prístina; tenía la piel blanca, el pelo negro y a su madre muerta. Vivía sola con papá Alcohol, tal y como ella le llamaba. Aun en su difícil situación familiar, prefería estar con su padre borracho que con una familia desconocida, o con sus tíos (valga la redundancia). Aunque así pintada la situación parece desastrosa, en realidad papá Alcohol conseguía mantenerse sobrio durante las horas de luz. Quería a su niña y llevaba los números más o menos al día; tenía trabajo y de vez en cuando retomaba su programa de doce pasos para dejar la bebida. Cuando la pequeña y torturada diosa turca de la belleza se ponía de morros, papá Alcohol volvía un par de días a su grupo de terapia.

El día que Mireia cumplió catorce años, papá Alcohol preparó cordero y compró un gran pastel de fresa y nata. Comieron bebiendo sólo agua. Y solos. Por distintos motivos la cuestión del alcoholismo alejó con el tiempo al resto de la familia. Poco a poco Mireia y su padre se fueron quedando aislados como náufragos. Daba igual si alguien cumplía años o era nochevieja; daba igual que Mireia aún no hubiera tenido tiempo de salir ahí fuera y joder a los demás para subir peldaños sociales. Papá Alcohol siempre decía que eran una familia disfuncional, sí, pero que las familias normales también lo solían ser: los demás también solían estar solos, sólo que reunidos cuando la tradición lo marcaba.
Reunidos en soledad.

La tendencia de todos después de haber visto a alguien al cabo de mucho tiempo, es juzgar. Alguna gente confunde el cariño con clavarte puñales por la espalda. Así que papá Alcohol no estaba preocupado por que su niña no tuviera contacto con el resto de la familia; si ellos no querían verla, entonces no merecían verla, y está claro que ella no se perdía nada importante al no tratar con esa gente.
La noche de ese catorceavo cumpleaños papá Alcohol no bebió una sola gota; por lo menos hasta después de que Mireia, satisfecha, se fuera a dormir.

La pequeña diosa turca estaba enamorada de un chico mayor. Mientras anochecía quedaban en la azotea del edificio donde vivía él, y ella le masturbaba. Vivían a diez minutos el uno del otro. Quedaban y hablaban durante unas tres horas, se echaban cara al cielo, a veces llevaban algo para comer, pasaban el rato. Y ella al final le masturbaba.
Él tenía veinte años. Ella estaba fascinada por él desde los diez. Él la saludaba siempre acariciándole con un dedo la punta de la nariz, o simplemente con una sonrisa. Comenzaron a citarse a partir de los doce años de ella, aunque a él esas citas al principio no le parecieran una buena idea.

El día después del cumpleaños, Mireia volvió a llamarle; se citarían en la azotea de siempre. Era una especie de acuerdo silencioso entre ella y papá Alcohol. Ella podía salir a las ocho de la tarde y él aprovechaba para comenzar a beber. Papá Alcohol se fiaba de su hija, y ella intentaba sacar partido de la incorrección paternal. Cuando resultaba tan complicado afrontar ciertos problemas, tampoco era mala idea adaptarse a ellos y aprovechar esa brecha en la estabilidad familiar. Durante los doce y los trece años ya había vivido y experimentado cosas que las niñas bien de su colegio aún no habían ni olido.
Él, el veinteañero, se llamaba Ricardo. Vivía solo ya a su edad y llevaba mucho tiempo evitando ir más allá con esa cría demasiado espabilada para sus años. Llevaba meses dejándose masturbar por ella, y sí, de vez en cuando se morreaban al estilo adolescente. Él solía tener pesadillas en las que era un pederasta en la cárcel. Mientras sus conocidos y compañeros iban a la universidad y llevaban una vida “encarrilada”, él trabajaba en lo que podía y tenía un farragoso insomnio con nombre propio.
Ese día mientras la esperaba en la azotea, decidía si catorce años ya era suficiente, si ya no “quedaba tan mal”. Ella llegaría con ganas de juerga y él… en fin, tendría que volver a decirle que nanay. Ya estaba lo suficientemente consternado después de cada alivio que ella le proporcionaba con la mano (cuando te relacionabas con una niña había que tirar constantemente de eufemismos). El tiempo pasaba a cámara lenta y a él cada vez le gustaba más ella; obviamente ella cada vez estaba más desarrollada y él cada día se sentía más atraído; la posibilidad de dejar de verla, cuya idea le destrozaría el corazón, cada vez tenía menos sentido para Ricardo. Estaba dispuesto a acabar mal, a pasar vergüenza, a claudicar por ella. Si ella era capaz de ser feliz sola con su padre borracho y como bicho raro en el colegio, él podía esperar: podía hacer eso por ella. Ella se lo merecía.

Cuando Mireia llegó a la azotea, Ricardo sintió esa electricidad de siempre. El primer minuto antes de darle el primer beso se sentía el veinteañero con más suerte en el mundo; una chica guapa y lista le quería. Su mirada le hacía pensar en El guardián entre el centeno: su ira controlada; la podía imaginar degollando a una de sus compañeras de clase en un absceso de rabia, y eso, de un modo retorcido, producía puro magnetismo. La muerte tenía catorce años y quería estar sólo con él. Ella sabía de qué coño iba todo esto, y él no. Cuando ella tuviera diecisiete años probablemente ya sería más despierta e inteligente que la mayoría. La posibilidad del sexo con otra palidecía ante la idea de ver a la diosa turca todos los días con esa entrega en los ojos. Otra chica desnuda y dispuesta aún no podía competir con ella vestida a la luz menguante.
Ricardo volvía cada noche a casa con una mancha en los calzoncillos y sintiéndose como si hubiera atracado un banco y ya no pudieran pillarle. Pero la vida era rutina y folios en blanco para la mayoría, mientras a él le sonreía con garabatos inconexos que le producían un bienestar en el estómago imposible de describir.

El delito formaba parte de la felicidad. Catorce años aún eran muy pocos. Ricardo se llegó a preguntar si no era eso lo que le atraía de ella: sólo eso. Se llegó a plantear la posibilidad de ser un enfermo; se veía a veces a sí mismo en el futuro intercambiando pornografía infantil por internet, yendo a los supermercados en busca de niños perdidos, a las puertas de los colegios… Pero no. Sentía atracción por las mujeres adultas; Mireía tan sólo parecía haber nacido demasiados años después de él. Se imaginaba con ella en un futuro, cuando la edad ya no fuera un problema, evitando contar cómo comenzó todo. Cómo se conocieron. A menudo las mejores historias son las que no te van a contar. Nadie puede juzgarte, nadie conoce todos los detalles; la vida, sin misterio, no tendría mucha gracia: a veces la mejor terapia a la que someterse es la ocultación de datos.
Lleva una vida paralela, se decía a sí mismo Ricardo. Conócete a ti mismo y no tengas en cuenta la curiosidad de los demás; habla sólo con quien se lo merezca; no te conviertas en el saco de boxeo oral de nadie. Respétate a ti mismo.

Durante el primer día de ese catorceavo año de la diosa turca, Ricardo y ella se besaron como hacían siempre. Se colocaron en un rincón de la azotea. Ella se acurrucaba en él, sentía su erección en su espalda – otra erección perdida -; él volvió a hablarle sobre la experiencia, la edad, la cárcel, el sentimiento de culpa, las vidas destrozadas, el riesgo… Y ella le dijo que no creía que las tetas fueran a crecerle mucho más, que su madre las tenía muy pequeñas. Ricardo respiraba de su pelo el olor a limpio, a chica (a niña). Ella intentó meter la mano en su bragueta, pero él se negó; no se sentía con ganas. Ella hizó un segundo intento y él volvió a apartar su mano; Mireia podía ver a su padre a esa misma hora tambaleándose por casa con una botella, sobando fotos de Mamá. A veces un abrazo y el aire nocturno no eran suficientes para sentirse a salvo.
- ¿Quieres que te cuente cómo murió mi madre? – dijo de sopetón Mireia.
Su madre, dijo, sólo tenía treinta y siete años cuando murió. Había tenido problemas del corazón desde joven. Una noche ella y su padre hicieron el amor, como hacían casi todas las noches.
- Murió mientras se corría, de un ataque. Mi padre se corrió un poco después; y ahora se siente culpable por no haber reaccionado a tiempo.
Ricardo le dijo que cómo sabía eso, que cómo era posible que se lo hubieran contado.
- Me lo contó mi padre – dijo ella
- ¿Pero por qué?
Mireia hizo una pausa. Hizo tintinear sus pulseras, acomodándolas. Y murmuró:
- Budweiser…

Al tercer intento Mireria sí consiguió masturbar a Ricardo. Arriba ya se podían observar algunas estrellas y Marte, a pesar de la contaminación lumíninca. Cuando Ricardo eyaculó, la diosa turca se lamió los restos de semen derramado en su mano. Él entonces miraba en todas direcciones, al cielo. Siempre que pasaba un helicóptero insistía en separarse de Mireia unos metros. Todo era un estorbo. Era difícil vivir cuando lo único que te importaba hacía que todo lo demás fuera peligroso y nocivo, asfixiante, agobiante. Los elementos, la luz, la gente, vecinos, policía, paseantes nocturnos… El tiempo pasaba lento y desgastaba tres veces más de normal; la rutina al uso para Ricardo era algo ajeno; no se sentía como los demás, no era así, y además, a pesar de todo, no quería ser así.

Cuando Mireia llegó a casa más tarde su padre había conseguido acostarse por su propio pie. Había una botella de vodka en la mesa del comedor y otra de whisky en la cocina. La de whisky estaba vacía del todo, y de la otra apenas quedaba para un último trago. Mireía decidió acompañarlo con fanta de naranja y dos cubitos. Se sentó en el suelo de la pequeña terraza que tenían. Recordó que su primer trago se lo ofreció su padre durante una borrachera; ella tenía once años y cogió el vaso de whisky solo y pegó un sorbo sin dudar. Y fue asqueroso.
Pero luego descubrió las diferentes combinaciones con otras bebidas, hasta pillar su primera borrachera poco después haber cumplido los doce.

Mientras bebía con pequeños sorbos, decidió llamar a Ricardo. Hablaban también mucho por teléfono, normalmente después de haberse visto en la azotea. Al tercer tono Ricardo descolgó. Para él la conversación telefónica tenía menos emoción, sin los olores y el tacto. Era una experiencia fría y sin riesgo, y resultaba mucho menos complaciente.
Ella comenzó a decirle lo mucho que ya le echaba de menos, desplegó todo su arsenal para asegurar la cita del día siguiente; siempre decía que albergaba la esperanza de desvirgarse con él, que estaba sudando al pensarlo, que quería tocar su pene otra vez, probar su semen… Y a todo eso, de repente, añadió:
- Oye… sabes lo de mi madre… lo que te he contado de cómo murió…
Pues es mentira, dijo.
- ¿Mentira?
- Sí, perdóname, sólo quería descentrarte… para que me dejaras masturbarte. Y funcionó… ¿Me perdonas?
Ricardo ni tan siquiera estaba mosqueado. Aunque ella había ido más allá que de costumbre, estaba acostumbrado a sus salidas de humor negro y sus mentiras “piadosas”. Que él supiera, Mireia siempre acababa confesando.
¿Y entonces cómo murió? – acabó preguntando.
Su madre, dijo Mireia, era una hada prostituta. No te rías, dijo. Volaba de un lado a otro con unas alas negras. Era capaz de hacer que los muebles flotaran, o de cambiar de canal con la mente; era capaz de bucear entre delfines durante horas. Y cuando quería, tomaba forma humana y tenía sexo con desconocidos solitarios; de los que no querían compañía si ésta no era auténtica. Volaba de capullo en capullo, hasta que un día conoció a papá Alcohol. Para entonces, cuando aún faltaban años para que Mieria naciera, papá Alcohol ya se emborrachaba todos los fines de semana. No fue la muerte de su hada lo que le hizo desgraciado; él ya llevaba la desgracia de serie. Su madre intentó curarle con su magia, con sexo, con abrazos; intentó alejar de él los desperdicios tóxicos que le hacían infeliz al inhalarlos. Pero fracasó en cada intento. Y además se enamoró de él.
Una noche decidió terminar con todo; si no podía salvarlo a él, no podría pasar a un siguiente nivel; tan sólo quedarían los desperdicios tóxicos, los paisajes repetidos, las maravillas que lo son sólo cuando miras mientras eres feliz. El hada triste ya no tenía ningún motivo para seguir. Así que un día consiguió una Colt del calibre 45 en el mercado negro.
El hada, mamá, se disparó en la boca, dijo Mireia. Ella pudo oír el disparo desde su habitación. Así que se fue la magia, y ella y papá Alcohol se quedaron solos.
Todos creían que él las maltrataba, que papá era malvado, que mamá no era un hada. La gente quería una teoría común a la que aferrarse. Pero contra todo pronóstico, ella y papá Alcohol siguieron adelante, fueron fuertes, se querían de verdad. Y todo eso era algo de lo que no todas las familias podían presumir de una forma sincera, ahogados en su propio “ir tirando”. Ella y papá Alcohol no eran del montón. Así que su mejor homenaje al hada que los creó, sólo podía ser vivir en su nombre. Y lo hicieron, aunque fuera aparte de la gente que se consideraba “normal”; fueron malos, se escondieron, se dijeron siempre la verdad, vivieron felices, y comieron perdices.

[“The imaginarium of Doctor Parnassus” es la nueva película de Terry Gilliam, unos de esos pocos directores que está dispuesto a partirse la cara por sus proyectos, batallando con productores y rodajes caóticos. El ex Monty Python ha conseguido llevar a buen puerto una película que perdió a unos de sus protagonistas a medio rodaje: Heath Ledger. Para suplirle contrató a Johnny Deep, Colin Farrel y Jude Law (veremos cómo). Ya hay un trailer rondando por ahí la mar de espectacular que os recomiendo ver. Pero en lugar del trailer he preferido poner uno de los videos avance que hay de la película; en concreto uno que me ha llamado la atención especialmente, y en el que podemos observar que la modelo Lily Cole sabe hablar, e incluso parece tener naturalidad ante las cámaras (vamos, que la chica es un bombón andrógino y encima parece que va a tener talento).]

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Julio 27, 2009

Un día más, en lo que la gente suele llamar “la flor de la vida”, se me vuelven a poner por corbata de pura emoción durante los primeros cinco minutos del visionado número tropecientos de Apocalipse now, con ese tema de The Doors y el fuego comiéndose la selva.

La flor de la vida, como si los que ahora somos jóvenes pudiéramos evitar la nostalgia futura. Como si la basta experiencia de los demás sirviera objetivamente para que las nuevas generaciones no tuviéramos motivo para sufrir o tener miedo. Quizá a veces no haya nada más justificado que el corte de mangas de un veinteañero a sus padres.
Crecer es una maldición. No una maldición estética como la mayoría cree; es una maldición filosófica: la materialización de la idea de que a más años tengas más te asientas y menos te importa todo; lo que muchos, mientras arrastran sus huevos ante ti, llaman con mucha seguridad: madurar.
La versión de Madurar que impera tiene que ver con fiarte cada vez menos de tus iguales y ser cada vez más individualista. A veces formar una familia no es tanto un acto de amor como de independencia grupal; puede ser la excusa mejor vista para vivir de tal forma que todo lo que no sea tuyo -ya sean personas o cosas- puede ser arrasado a la voz de ya, que a ti tanto te va a dar. Con lo cual se podría llegar a la conclusión de que no sólo existe un concepto terrible de lo que es crecer, sino que además con el tiempo pasamos a creer que hay personas que son nuestras.

Las imágenes de la película desfilan por la pantalla plana; es por la tarde y cada vez cierro más la ventana para que el sol no moleste. Por suerte, para cuando la película se acaba ya casi es de noche. Es sábado y los planes son los de siempre: ir a tomar algo por falta de planes; lo cual si bebes lo suficiente se convierte en un plan en sí mismo. Claro, si no te importa pasarte el domingo hecho un trapo mientras el fin se semana se acaba y ya estás deseando que llegue otra vez el sábado. Para no tener planes otra vez. Debe ser por ese circulo vicioso por el que mucha gente ha convertido en una fiesta el no hacer nada, el beber sin más en un garito oscuro pensado para gente sin planes. La cultura de “ir de fiesta” puede haber nacido de eso, de la falta de ideas, de intereses, de esa edad en la que mucha gente comienza a despertar a la vida, y se dan cuenta de que no saben qué coño van a hacer con ella. Carreras prácticas, relaciones falsas, amigos interesados, un trabajo que ni te va ni te viene… Cuando te das cuenta de que seguir la corriente común es un error, puede que ya sea demasiado tarde.

Y ni tan siquiera nadie sabe catalogar qué es lo que ha llegado después de la generación X; seguramente otra hornada de postadolescentes iguales, una versión mejorada de cara a la galería, igual de perdida pero más hipócrita. Quizá la generación Facebook. Puede que algunos rompan a llorar sólo cuando están solos; saber la verdad no ayuda, los medios no ayudan, disfrazarte de gilipollas individualista y materialista a veces tampoco ayuda. A veces simplemente nada te puede ayudar. Llegado a cierto punto comienza a ser realmente difícil encontrar un trozo de ti que sea auténtico, que no se mueva por un motivo u otro, que sea libre y verdadero. Quizá Dios lo que intenta con tanta violencia y miseria es acabar con ciertas partidas defectuosas de seres humanos. Puede que quiera comenzar de cero, pero nunca sepa el modo de acabar con todo para poder volver a comenzar.

La naturaleza ha creado y ha dado poder a una especie con defectos de fábrica; seguramente porque no somos nada; somos como esos hierbajos que crecen en el arcén de una carretera: una casualidad, mala hierba espacial que tarde o temprano alguien hará arder con los demás desperdicios. Puede que no fuera Dios quien nos creó; quizá sea él el que vendrá a destruirnos llegado el momento adecuado. Dios misericordioso… Puede que haya cientos de miles de personas rezándole a una divinidad que ya sólo puede quemar rastrojos.

Después de la película y de aceptar la idea de que tendré que volver a emborracharme para olvidar que no me apetecía emborracharme, la noche pasa de forma lenta y tediosa; aunque en realidad, los garitos donde nos metemos hacen que dé igual la hora que es; fuera igual podría ser la una del mediodía. Y a eso la gente lo llama vivir la noche. Cuando vas a una zona montañosa a salvo de los ruidos y la contaminación lumínica a la misma hora en la que te meterías en una discoteca, es cuando te das cuenta de lo que es la noche. Y no tiene nada que ver con la música comercial ni el alcohol; nada que ver con aguantar empujones mientras decenas de veinteañeros perdidos sujetan sus cubatas por las esquinas, o de espaldas a la barra, sin entender muy bien por qué están allí.
Todos te hablarán de la búsqueda del sexo, de que todo ese rollo va muy bien para “desconectar”, de lo muy libres que se sienten bebida en mano y gritando por encima de la última canción con fecha de caducidad que esté de moda. Todos te querrán vender que lo que una vez tuvo sentido -y sentimiento- hoy aún sigue teniéndolo, aunque su forma ya esté demasiado adulterada. No hay que hacer un gran trabajo de investigación para darse cuenta de lo que hoy en día es para muchos elevar el espíritu, desconectar, aprender, soñar o emocionarse. Sólo ponle una canción con cara y ojos a alguien joven al azar, y no hace falta exprimirse la cabeza en sacar conclusiones si te dice algo como: “¡Esto no se puede bailar!”.

Al día siguiente me despierto y tengo que bombardear mi estómago con pastillas. El dolor de cabeza hace que hasta la luz del despertador me parezca insoportable. Todo el recuerdo que tengo de la noche es un pegote oscuro, un torrente de gente, tumultos moviéndose como las mareas, intentando ir al lavabo, a la barra, a la calle. Y a más agobiado estaba más quería beber; a más bebía menos me importaba. Y cuanto menos me importaba, en algo más falso devenía todo y menos iba a acordarme hoy de nada.

Hoy tengo que hacer algo que no me apetece hacer (frase que muy bien podría resumir la vida de la mayoría de gente…). Tengo que hablar seriamente con alguien. O peor, tengo que hablar seriamente con alguien a quien quiero. No con un familiar o una de esas personas a quien tienes que aguantar porque es amigo de un amigo de verdad. No. Tengo que hablar con alguien de quien estoy enamorado. Supongo que es amor, ya que estoy sufriendo. Nada funciona, nadie más da el pego. Hace dos meses que para masturbarme sólo tengo que cerrar los ojos. Todo está patas arriba y me siento morir. Quiero que este sufrimiento se vaya; ya casi me da igual si es con una negativa. Esto debe ser parecido a esas madres que pierden un hijo y quieren que alguien lo encuentre de una vez, sea como sea. Necesito respirar, no puedo respirar.
Cuando estás metido en algo realmente desagradable, normalmente la única forma de salir del paso es haciendo algo que puede ser aún más desagradable. En este caso, una declaración.
En este estado, no puedo comprender a esa gente que dice ser enamoradiza; que cada año tienen una historia intensa para pasar a volver a tener otra una vez ésta se extingue. Si yo fuera así, hoy por hoy, a mis veintitantos, estaría con el pelo blanco y alguien tendría que sacarme a pasear un rato cada mañana por el jardín de algún pabellón psiquiátrico; deliraría con un vocabulario de diez palabras y tendrían que darme de comer haciéndome cucamonas.
O eso, o todos mienten, y lo que hacen es aferrarse al primero que consideren sexualmente apto para no tener que estar solos. Les comprendo, seguramente hay mucha gente alérgica a la soledad. A mí me pasa más bien al revés.

Sé dónde vive ella. Me conoce poco. Soy el tío que siempre está en segundo término. Ella es amiga de una amiga, de una chica que no quiero utilizar como celestina. No quiero alimentar la anécdota más de la cuenta, y a ciertas personas no se les debe contar nada; antes de que te des cuenta te habrán convertido en el monigote de sus chismorreos.
Así que debo hacerlo sin ayuda, con la máxima dignidad posible, y sin esperar nada bueno del asunto. No se trata de ser optimista, sino de actuar y ver qué pasa. La cautela sí es una buena amiga. Hay que entender que la mejor forma de abordar ciertas cosas, es solo.

Lo que hago es esperarla en su portal. Son las siete de la tarde y en cualquier momento debería llegar de trabajar. Hace un bochorno que hace que tenga una capa de sudor por todo el cuerpo. Tengo un aspecto nada resultón, el de alguien que seguramente va a ser rechazado, una piedra en el camino para una chica normal que llegará cansada y con ganas de ducharse y relajarse. Y encima es domingo por la tarde, debe subir el índice de suicidios los domingos por la tarde. La gente pasea en pareja o en familia, sin rumbo, con las tiendas cerradas y hablando de la nada, del tiempo, de que están contando los días para las vacaciones… En definitiva, por poco que te fijes, casi nadie está conforme, y cuando ven que la rutina se les echa encima de verdad, el filtro de contenido desde sus cerebros hasta sus bocas no funciona tan bien.
Así están las cosas. He elegido el peor momento de la semana para soltar la bomba.

Cuando la veo venir de lejos, llevo tanto tiempo esperándola que ya ni tan siquiera estoy nervioso. Son las diez de la noche. Debe haber ido a algún otro sitio después del trabajo; y ahora no sólo es domingo, además ya es de noche, la calle está casi vacía, y el bulto que debe ver ella de lejos en su portal bien podría parecerle un atracador o un mendigo. Un atracador, un mendigo, un pretendiente que surge de la nada… Ninguna de las tres opciones debe hacerle demasiada gracia.
Al llegar a donde estoy yo, la saludo unos pasos antes de que suba al escalón del portal. Por suerte se detiene, no debo parecer ni un atracador ni un mendigo. Le digo que no se acordará de mí, que no hemos coincidido muchas veces; me humillo con toda la fuerza que puedo, balbuceo lo que siento por ella. Ella me mira, atónita, y por suerte no hace nada precipitado. Toma aire y gesticula sin saber qué decir. Suelto de sopetón que lo siento, que no quería abordarla así, pero que tenía que soltar lastre. Le digo que si quiere puedo darle mi teléfono, y que decida ella si va a querer o no tomar algún día un café conmigo. Intento respirar y parecer normal después de todo el discurso. Es la primera vez que hablamos. El asunto es así de grave. En dos citas podría parecerme una gilipollas, pero ahora recibiría una bala por ella.
Finalmente ella misma saca un papel de su bolso, un trozo de folio blanco, y me dice que de acuerdo, que apunte mi número. No sé hasta qué punto lo hace para librarse de mí, pero por lo menos me ha escuchado, y quizá hasta le pique la curiosidad de verdad. Le entrego el papel con mi número de móvil apuntado, y hasta ese momento no deben haber pasado más de cuatro minutos: los más incómodos de mi vida.
Comenzamos a despedirnos; intento entablar conversación ya de un modo normal, para que empiece a verme como un tipo más en lugar de como un psicópata. Y cuando ya estamos apunto de decirnos adiós…
Una chica pasa haciendo ruido con sus tacones por detrás nuestro, y está a punto de entrar en el portal… Al mirarla sé que esto va a dejar de ser un día más. La chica se detiene un momento y saluda mirando hacia nosotros. Y es igual que la chica que yo tengo enfrente, igual que la chica por la que yo ahora haría alguna tontería. Sólo que, ahora no sé quién de ellas dos es la auténtica. Tienen el mismo tipo a simple vista, el mismo estilo al moverse, el timbre de voz… bueno, no sé qué timbre de voz es el auténtico. La hermana gemela pasa de largo y entra en el portal. La otra chica sigue frente a mí, y sonríe como si ya nos conociéramos desde hace tiempo. Para saber quién es, si es mi gemela, sólo tendría que preguntarle el nombre, con todo lo que eso comportaría.
Pero no lo hago.
No puedo más. Estoy agotado. El mundo exterior es agotador. Teniendo en cuenta lo que conozco de ella, sea quien sea de las dos, igual podría sentir lo mismo por una que por otra. Esto hace trizas el romanticismo del que todos hablan: si no puedes distinguir a la mujer amada de su hermana gemela, entonces, ¿dónde nos deja eso?
Decido que no haré nada; hasta ahora no me ha ido tan mal así, observando, viendo el mundo girar a mi alrededor. La chica se despide de mí; incluso me da dos besos. Miro su culo embutido en sus tejanos mientras mete la llave en la cerradura, y decido que me limitaré a esperar su llamada. Siento que soy una farsa. Un bulto crece en mi pantalón. Ella justo antes de cerrar la puerta me mira y sonríe, y luego desaparece en el interior del portal.

Comienzo a caminar hacia mi casa mientras intento evitar un pensamiento que pugna por abrirse camino en mi cabeza. Ella tiene mejor culo, tiene más pecho; eres cuerdo, el autoengaño no funciona, no te puedes mentir a ti mismo. Ella tiene un bonito tono de voz, la misma cara y mejor cuerpo. Y, objetivamente, no conozco a ninguna de las dos. Pasa muy a menudo, pero esta vez además es una victoria épica: mi polla le ha ganado la partida a mi cerebro, y lo ha hecho pensando. Porque ahora me apetece madurar al viejo estilo. Y porque a veces basta con notar el mismo olor a colonia para caer en la misma trampa.

[Hace tiempo que tenía pendiente poner el trailer de “District 9”, película de Nell Blomkamp producida por Peter Jackson cuyas imágenes promocionales y videos “virales” hacen que se nos haga la boca agua a los aficionados a la buena ciencia ficción. El video habla por sí solo. Y abajo, foto en plan blanco y negro urbano guarrete de Kirsten Dunst, que tiene en cartelera “Nueva York para principiantes”, película que tras ese repugnante título esconde algunos momentos brillantes que la colocan por encima de la media, aun dejando esa sensación de podía-haber-sido-mucho-mejor. Además podréis ver a la pizpireta chica de New Jersey (que nació tan solo dos días después que yo, este dato es gratis…) formar pareja con Simon Pegg, actorazo cómico, guionista etc, etc. (Y sí, vuelve a salir Megan Fox haciendo de Megan Fox…).]

kirsten dunst 313