El besugo que hacía oh

Mientras O. salía del coche en medio de la nada, indicaba a Ernesto que dejara las luces frontales puestas, sacaba una pala del maletero, dejaba a un lado una bolsa del Zara, y se ponía cavar, se preguntó cómo había podido acabar así. Una madrugada, un domingo, lluvia torrencial, chapotear en el barro…
No puedes prever algo así; sabes que te pueden joder de mil maneras en la vida, y que seguramente lo harán: sufrirás sin cesar por el dinero (da igual que pongas el culo como te enseñaron), te amargarán emocionalmente, te equivocarás y tendrás que tragarte el orgullo, malvivirás en algunos momentos (probablemente muchos), en otros no tendrás para darle de comer al alma más que un madrugón tras otro. Te joderán de mil maneras, sí. Tendrás que fingir ser feliz mientras sólo lo eres en instantes muy puntuales, tendrás que asesinar quizá lo poco que quede de ti sólo para poder subsistir, verás morir a mucha de la gente que quieres, envejecerás, te joderán y joderán, la vida te follará sin tu consentimiento una vez tras otra. Vale; O. sabía todo eso, casi se había hecho a esas circunstancias a sus cuarenta tacos nada mal llevados. Aun viviendo solo, aun divorciado (por suerte sin hijos); no es que le faltaran amigos ni comida ni un techo, ni algún polvo puntual, no tenía por lo que quejarse más allá de los motivos que la mayoría de gente tiene para que cuatro puedan vivir a sus puñeteras anchas. Pero sabía que la vida y el mundo eran esencialmente injustos, y que solo determinada clase de positiva calma u optimismo sintético te podían hacer sobrevivir. Él optaba por la calma; pero no hay ningún pozo sin fondo.
No es que O. pensara que lo sabía todo, pero hay cosas que simplemente no esperas de ningún modo; y no me refiero a accidentes de tráfico, malentendidos, terribles mentiras o casualidades extrañas.
Era el besugo que hacía oh.
Si le hubiera abducido un ovni y le hubieran explorado con una sonda anal, hubiera sido más fácil de aceptar, de contar, de “asimilar”. Si un alien hubiera practicado todo el kamasutra con él, eso no habría sido ni la mitad de terrorífico (y cómico a la par que increíble para los demás) que el besugo que hacía oh.

Todo comenzó una mañana en el mercado. Había quedado con una chica, esa noche la pasarían en su casa (la de ella). Ella se había empeñado en cocinar; él se encargaría de los ingredientes. La cosa se estaba complicando un poco, parecía que ella le estaba tomando en serio. Se había creído toda la interpretación de O. sobre el buen tío que insinuaba no estar cerrado a una relación seria. Se había tragado todo el rollo en tan solo un par de salidas para cenar (eso y cinco minutos de sexo). Era algo que formaba parte del plan habitual de O. para poder echar un par o tres de polvos; tras esto se volvería ilocalizable, o usaría alguna historia sobre su ex mujer para ahuyentar a la chica de turno. Todo el mundo sabe que los divorciados son sospechosos.
Algunas veces se inventaba un hijo. El truco era bastante sencillo, usaba una verdad como punto de partida (nueve años de casado) en su beneficio; luego de repente existía alguna posibilidad de reconciliarse con su esposa, puede que de volver a ver a su hijo de mentira algo más que cada dos fines de semana. Esto hacía alejarse a cualquier mujer; aunque era importante no alargarlo demasiado: tres semanas a lo sumo, quizá cuatro. O. no se sentía especialmente mal con su comportamiento, Dios sabía que le había dado una oportunidad al matrimonio, había creído en todos sus beneficios, e incluso hasta cierto punto había disfrutado de ellos (esto acabó pronto). O. había sido un chico bueno impecable durante treinta y siete años; ni tan siquiera cuando le puteaban en el trabajo o en la intimidad, ni tan siquiera cuando hubiese sido justo que se revolviera y detuviera todo aquello antes, puso una sola mala cara. Ni cuando ya tenía bastante claro que su mujer le estaba engañando; ni cuando se hartó de hacer horas extra básicamente gratis; ni cuando sostuvo la ilusión ajena de tener hijos, ni en la ocasiones en que su mujer se mostraba ante los demás como si fuera el ser más fiel y bondadoso… Ni cuando la pilló en la cama finalmente con otro la mañana en que le habían echado (después de explotarle) de su anterior trabajo… (Menudo tópico repugnante, pensó.) Incluso aquel día, se limitó a hacer una maleta, largarse, cambiar su número de teléfono e ignorar correos hasta que éstos hablaran de Divorcio. Esa era la mujer que le estaba convenciendo para formar una familia. Esa era la vida que todos le dijeron era la más feliz y responsable.
No es que O. pensara que ya no podía existir mujer que le “cazara”, pero su predisposición había pasado a la historia. Si volvía a casarse o vivir con alguien, sería por un sentimiento absolutamente irracional, la clase de enamoramiento histérico imposible de controlar, y más propio de los libros románticos o algunas películas. En ciertos libros un niñato de veinte años se va a la guerra en medio de un noviazgo casi élfico, y su novia le espera indefinidamente rezando para que no le pase nada. En la realidad alguien se va de erasmus, y comienza a haber más cuernos que en la ganadería millonaria de algún Pepito Floriano…
O. sabía que el amor era cada vez más: terreno de ficción. No solo seguía siendo raro que una pareja estuviese junta por algo más que imagen, sexo y el pack habitual de miedos relacionados con la soledad o la muerte acechante…; además ahora ya no se aguantaban nada. Él lo hizo, lo intentó, y el mensaje de la existencia fue claro. Claro; aunque todas las mujeres no son iguales, pero el brillo de los ojos de O. se iba reservar sólo para algún fenómeno casi paranormal con bragas. Iba a tener que flotar cuando viera a esa mujer. Iba a tener que ser alguien cuyo carisma le desactivara por completo el cerebro y le otorgara potencia para hacer que se zarandeara un árbol sólo a golpes de erección. Iba a tener que ser tal chute químico de dopamina, serotonina y oxitocina, que se quedara paralizado y babeante de felicidad al verla durmiendo cada mañana a su lado. Ya no iba a jugar al amor supuestamente responsable, ese que se “madura”, nada de “una compañera para este largo viaje llamado vida”. O., tanto por experiencia propia como por lo observado, había decidido que había muy pocas parejas cuya relación se pudiese comparar en dicha y tranquilidad con estar solo. ¿Era una conclusión científica? No. Pero era su maldita forma de verlo, y por una vez –por mal visto que estuviese– regiría su vida en base a una opinión realmente propia.
La nueva chica no era ni mucho menos quien iba a desactivar su mente racional, pero quería cocinarle besugo al horno. Así que ahí estaba él, aspirando el tufo a pescado y haciendo la compra. El problema era que el primer polvo con quien fuera casi siempre conllevaba un plus de incomodidad; había que tantearse, acompasarse, acomodarse, reducir la vergüenza a cero. En contra del mito habitual, la vergüenza no era algo exclusivo de la llamada adolescencia (o bien: siempre eras adolescente). Generalmente la segunda vez siempre funcionaba mejor, resultaba más desinhibida, y ese era el único motivo por el que O. había ido a comprar pescado, especias y vete saber qué diantres más que tuviese en la lista apuntado. Estaba convencido de que alguna pescadera le engañaría, le iban a estafar como cliente nada habitual que era, pero no había querido ir de compras acompañado, no quería sumar momentos a una relación que había nacido muerta en el sentido novelesco. Se las arregló para hacerlo cuando ella no podía venir con él.
Luego tuvo que mirar en Google cómo coño tenía que conservar el besugo hasta la noche. Todo lo relacionado con pescado le hacía pensar en intoxicaciones terribles y ataúdes minúsculos. Leyó en algún lado que era bueno meterlo en el frigorífico, pero no en el congelador a tan pocas horas vista, sino en lo que narices fuese “la parte más fría”. Abrió la nevera y metió la mano. ¿Cuál era la parte más fría? Metió el besugo sin más –más o menos donde cayó– y afrontó otro sábado en la vida de un soltero cuarentón.
Por la tarde se vio con la chica para tomar algo antes de la cena. Tenía veintisiete años y “acababa de salir de una relación”. Hacía casi dos meses, insistió, había cortado con un tío con el que llevaba tres años. O. aprovechó para volver a sacar a colación a su ex mujer. Aún no había sentido la necesidad de inventarse un hijo (¿un par de gemelas rubias monísimas esta vez, quizá?), pero estaba empezando a pensar que ya era de lo más apropiado. Esto era práctico, pero también peligroso, porque por un lado adornaba su historia para poder provocar el final de la relación, pero por otro, el momento en que reconocía (no sin cierto apuro fingido) ser padre, podía hacer pensar a la mujer de turno que la estaba comenzando a tener en cuenta como pareja sólida. Se decidió a soltarle el rollo en la terraza en la que se sentaran. Pensó, además, que le ayudaría a olvidarse del extraño ruido que había estado haciendo la nevera todo el día. Incluso (aun sin saber por qué) había evitado abrirla de no ser que no tuviese más remedio.
Ya instalados y con la conversación avanzada, era importante saber guiar el diálogo. Uno de los puntos clave era no tener que decir cosas como “la verdad es que no llevo fotos de mis hijos encima…”. De modo que tenía que ser rápido de reflejos, reconducir argumentos (tanto los propios como los de ella) y ser lo suficientemente escueto para que a la mentira no comenzara a crecerle autonomía y pudiera moverse a su aire.
–Tengo que decirte una cosa.
–…
–Tengo dos hijas…
Aquí era importante dejar unos segundos en blanco, para que ella asimilara la información. Todo lo relacionado con los hijos ajenos está apegado cruda y directamente con los planes que nunca has hecho; y después con el dinero, mucho dinero.
Al final siempre se trata de eso, da igual que no se vean los barrotes.
–Vaya… –dijo ella– no me lo esperaba…
–No sabía cómo decírtelo… Perdona si he tardado demasiado…
–Bueno, no, no pasa nada… Entiendo que no es fácil…
–La verdad es que no. Pero ellas son lo más importante en mi vida y…
–Oh, son niñas has dicho.
–Sí, gemelas, dos niñas rubias de cinco años, rubias como su madre… –O. sonríe siempre en este punto. De golpe (y esa es la idea) tanto las hijas falsas como su ex mujer, están en medio del tablero, y lo están descolocando todo como un gigante torpe.
–Vaya. Y tienes…
–El caso es que sólo quería que lo supieras. No quiero hacer que te sientas incómoda ni nada, ni obligada a nada. Es solo que, bueno, ahora ya lo sabes…
–Claro…
Ese momento es violento, es quizá de los más violentos en una ciudad occidental del primer mundo. Mucha gente pagaría una cuota mensual por evitarse momentos así (hijos ajenos que se materializaban de la nada, suegros, cenas grupales con desconocidos, amigos de tu novia, cuñados, comidas de navidad…). O. tiene claro que apoquinaría por ahorrarse esa vorágine de protocolos, al menos si ganara lo suficiente. De ser así, recibiría con gusto cada mes una factura. Iba a ser divertido comprobar cuánta gente supuestamente abierta se disponía a sacar dinero de debajo de las piedras…
O. procuró desviar poco a poco el tema de conversación. Daba igual si mientras comenzabais a hablar de otra cosa ella no podía dejar de pensar en hijos ajenos. Lo importante era que no hubiera más ruido directamente vinculante al respecto. Lo ideal para O. era que el siguiente tema de conversación fuese llamativo, a poder ser incluso vagamente relacionado con el anterior, pero siempre al margen de la “buena nueva” y sus implicaciones. La sensación de pasmo tenía que ir diluyéndose en ella.
Al rato, pagaron la cuenta y se levantaron. Se dieron cuenta de que tenían que ir a buscar el besugo y lo demás al piso de soltero de O. El plan se había puesto en marcha en una conversación telefónica algo precipitada (había llamado ella), y podía quedar algún fleco suelto. O. maldijo mentalmente, no quería que ella viera su piso, eso significaría (al menos para los demás) un pequeño momento de intimidad de los que siempre intentaba evitar. La vez anterior habían pasado la noche en un hotel; O. había usado uno de sus trucos recurrentes para sortear el asunto, que era cuando fingía un ramalazo de sinceridad avergonzada; le reconoció a ella con insistencia que ese día no quería que viera su piso, estaba desordenado y hasta algo sucio. Tenía que bastar con eso, una excusa más rebuscada no era aconsejable. Ella estaba predispuesta, y enseguida propuso la idea del hotel, uno barato. O. sembraba conceptos en la mente ajena. Una vieja treta. Había algo mejor que conseguir que hicieran lo que tú quisieras, y era que pensaran que había sido idea de ellas.
Pero esta vez tenía que planear algo rápido. Piensa, piensa, piensa… La gente se toma muy en serio el ritual de la vivienda; si alguien entra en tu casa por primera vez y no se la presentas de alguna forma, todo puede resultar de repente seco y poco apropiado. La casa, al parecer, no puede ser simplemente tu refugio, es como si fuese una persona más, una a la que amas y te embelesa… Y da igual que tu propio piso te parezca sencillo y austero, da igual que no buscaras nada con lo que fardar “humildemente”. El ego inmobiliario era uno de los más vigentes y estúpidos para O.
Con todo, si ella subía con él, vería su cuchitril, modesto pero ordenado y limpio, y en realidad nada reprochable, y eso sumaría. O. no quería sumar puntos, ni mucho menos que la gente supiera tan exactamente dónde vivía. O. era la fortificación de sí mismo, con tan solo un agujero hecho expresamente para que asomara su pene. No le importaba ver dónde vivían ellas. De hecho le importaba un carajo dónde viviera cualquiera. Nunca había visto un piso ajeno y había sentido atisbo de admiración, envidia o desprecio. Las construcciones y edificaciones, las paredes y los techos, las ventanas y los balcones, las habitaciones cucas azul claro del nene o rosa suave para la nena (o los nuevos colores de moda), todo eso no le provocaba más que una indiscutible y evidente indiferencia; y a su vez, era indiferente respecto a esa indiferencia.
Pensó en ingredientes, en algo más que llevar, algo más, un… una… unos… unas… ¡Bebida! Ya llegando, su mente entró en ebullición, y no lo dudó un instante. Sin dejar espacio a debate alguno, le dio dinero a ella y le dijo que por favor comprara algo de cerveza negra (a ella le pirraba), que quería haberla comprado pero se olvidó. Había una licorería muy recomendable justo junto al portal de su edificio. Mientras tanto, él subiría a por el besugo y las demás cosas. Era un plan sin fisuras, era práctico y lógico, tenía sentido y sensibili… Daba igual que ella pudiese pensar que él tenía alguna especie de problema con que subiese a ver el piso. O. no quería resultar lo que se dice encantador; si empezaba a parecerle un poco extraño, mejor que mejor. Todo encajaba. Hizo oídos sordos a las voces de ella que decían a sus espaldas que ya tenía muchas bebidas en casa (cosa que ya le había dicho), y se metió en el portal como si hubiese visto venir un tsunami. Ya tendría tiempo para justificar su repentino comportamiento, si es que llegaba ser necesario.

Mientras subía en el ascensor, volvió a preguntarse –como solía hacer a menudo– para qué tantas complicaciones. Luego, llegó a la conclusión más o menos forzada de siempre: en ciertos casos, cuanto más gordas las mentiras, más efectivas. “Cuanto más cabrón, más producción”, decía siempre un amigo suyo. Se preguntó si no debía ser el lema de los poquitos que realmente vivían la vida.
Ya desde antes de entrar al piso, antes de sacar las llaves del bolsillo, comenzó a escucharlo. Un sonido agudo, con un matiz metálico, y a la vez inquietante de una forma difícil de asimilar. Era como si un vikingo barbudo de cinco centímetros de estatura estuviese atrapado dentro de un botijo, y tan solo vociferara:
¡Oooh!… ¡Oooooooh!… ¡OoooooooooooOOOOOOh!
Era estridente, algo que se te clavaba en el oído, te hacía pensar en una aguja de coser atravesándote, entrando por un lado y hurgando dentro de tu cráneo… No era el volumen del ruido (o el grito), sino su cualidad, su timbre, y el no saber bien cuándo volverías a oírlo. Era lo que había estado escuchando horas atrás; le parecía mucho menos atenuado ahora. Había cerrado la puerta de la cocina durante el día. Había pensado que debía ser algún sonido extraño que estaba emitiendo la nevera. Las neveras a veces se ponen algo escandalosas, vale, pero lo que oía ahora era muy diferente… Era una especie de compota acústica, un empalago para el pabellón auditivo.
O. se acercó a la nevera, ya visiblemente inquieto. La abrió…
El “grito” se hizo aún más presente, persistente y tenebroso, como si un feto estuviera maldiciendo, como si sólo pudiese utilizar una vocal y a la vez estuviese borracho.
Ooooooooooooooooooooooh, ooh, ¡ooooooooooooOOOOOOh!
O. se quedó mirando todo lo que había en la nevera, acercó el oído, y enseguida lo tuvo claro. Era el paquete en que estaba el besugo. Lo que fuera que sonaba salía de ahí, penetrante, con una carencia viscosa de variedad silábica.
Ooh, ¡oooooooooh! …
Con dos dedos, se dispuso a desenvolver el paquete. Un miedo con olor a nuevo. Jamás en su vida había sentido tanto miedo ante la pregunta de si debía tenerlo o no. De hecho, no recordaba haberse hecho nunca esa pregunta. Hasta la fecha, simplemente sentía. Pero en ese momento sus emociones conocidas parecían en suspenso, y tan solo despuntaba un esquirla de atenazante pavor desconocido a lo desconocido.
Destapó el besugo. Estaba en posición fetal, inerte y con su cara de ídem. Sus ojos hacia él. El “grito” había cesado. Ya entonces, pensó: ¿Estaría teniendo algún tipo de alucinación auditiva? ¿No estaba eso asociado con los tumores cerebrales? Un miedo más conocido le hizo tragar saliva con fuerza. Ahora miraba al besugo como sin verlo. Entonces, cuando más cerca estaba de sacar alguna conclusión por completo racional (aunque poco alentadora), el pez rechoncho abrió su boca en forma de “o”:
¡¡Oooooooooooooooh!!
O. dio un mal paso hacia atrás y cayó sobre su trasero, golpeándose la nuca contra la puerta de la cocina. La piel de gallina, la boca seca, el corazón trotando como no recordaba haberlo sentido jamás.
¡Oooooooooooooh!, ¡oooh!, ¡oooOOOOOOOh!
Tembleque; uno también de naturaleza excepcional. Intentó ponerse en pie mientras su móvil protestaba. ¿Cuánto tiempo había pasado? La chica debía llevar ya unos minutos a la espera. Uno tenía miedo a la oscuridad, a la desgracia, al dolor. El miedo a la oscuridad se basaba en qué podía esconder ésta relacionado con la desgracia y el dolor. El besugo volvió a su modo silencioso momentáneo. O. no podría haber imaginado jamás que en los rincones abandonados y las habitaciones marginadas, pudiesen… Fuera cual fuese la cosa que hacía hacer oh a ese pez, no parecía de naturaleza benévola. Quiso cancelar la cita y poner… ¿qué iba a poner en Google? ¿”Mi besugo hace oh”? Intentó controlar los temblores. El bicho sólo movía la boca, parecía tener pequeños dientes, como agujas, aunque de aspecto poco amenazante. Sólo mueve la boca, se dijo, vale, sólo mueve la boca. De un instante a otro, se sintió complacido de tener a alguien esperándole abajo. Cuando el pez volvió a “quejarse” o lo que fuere, O. sintió un pequeño alivio más. Si seguía pasando, su acompañante lo oiría. El problema sería de dos. Si sólo le oía él, al día siguiente le contaría algunas cosas a cierto colega. Podía ser… esquizofrenia, algún tipo de… Por Dios, pensó, coge ya el paquete y mételo en una bolsa.
Lo organizó de tal manera que el besugo quedó encima del resto de la compra; básicamente ingredientes para una ensalada.
Salió y cerró la puerta con llave y se metió en el ascensor. El besugo hizo oh. Un oh más apagado dentro de su envoltorio. O. se imaginó absurdamente en ruta, bolos por todos los medios explicando su historia con el besugo; puede que fueran los dos a hacer oh en la tele. Puede que más gente hubiese tenido su propio besugo que hacía oh, quizá una sepia que hiciese eh, o una sardina que balbuceara ih y que no te dejara dormir. Puede que algunos le vieran a él con su besugo en los platós, ganando pasta de verdad, y comenzasen a maldecir el momento en que sacrificaron a su mascota tétrica monosilábica.
En algo tenías que pensar…
Pescado muerto sonoro, fajos de billetes caídos del cielo. La vida podía hacerle oh a O., por decirlo de alguna manera. El sentido estaba fuera de juego.
O. sentado con Jimmy Fallon, dándole patadas al idioma. Contándole cómo se cayó de culo después de abrir la nevera. Risas aseguradas. Un cameo en Saturday Night Live. Todos se reirían de él mientras él contaba billetes: el nuevo estilo millonario.
Ese tío del besugo.
¿Cómo se llamaba?
Su propia entrada en Wikipedia.
Se reunió con la chica y procuró que la bolsa estuviese cerca de ella. En cierto momento, cuando apenas habían comenzado a caminar…
–¿Lo has oído?
–¿El qué?
–Eh…
O. abrió bien la bolsa.
Hazlo otra vez, cabrón, hazlo, hazlo… venga, ¡venga!
–¿Qué pasa…?
… te podía haber pillado el vertido de un petrolero, hijo de…
–Me ha parecido oír un ruido muy raro, en serio.
Ni tan siquiera O. estaba seguro de que el besugo hubiese hecho oh entonces.
–¿Estás bien? –dijo ella.
–Sí, sí, no es nada, es que…
–Qué pasa.
¿Le contaría lo que había pasado (quizá solo en su cabeza) en el piso?
–Nada, nada. ¿Pesan mucho las cervezas?
–No, tranquilo…
Ella era la que ya estaba claramente intranquila. Había comprado lo que parecía un pack de seis cervezas negras. Latas. O. estaba seguro de que lo único que pasaba es que ahora el besugo no decía ni mu, de hecho hubiese bastado con que dijese mu. El muy…
Hijo de perra…
Ahora estaba más irritado que desconcertado y asustado. Ni en el trayecto en metro (tres paradas) pasó un carajo. Todo estaba en puñetero orden. Solo eran un tío y una tía un sábado, con sendas bolsas, rodeados de otros tíos y tías; clase media, media/baja, o directamente por los suelos. El caos seguía siendo inofensivo, o igual de amenazante que antes. Los besugos seguían siendo sólo besugos en la versión oficial.
O. volvió a pensar en enfermedades terribles. Un tumor del tamaño de una bola de billar dentro de su cráneo. El sonido que debían hacer esas sierras eléctricas quirúrgicas. Veladas extremas de hospital. Conversaciones agotadoras con sus padres sobre drogas recetadas y tratamientos kamikaze de los que el médico hablaría sonando a pésame. Soluciones sólo probables que te machacaban sólo un poco menos que la enfermedad. Esa noche no se le iba a levantar. Ya estaba pensando en excusas para irse, en elegir el momento adecuado. Posiblemente hablara de su ex mujer y sus hijas ficticias, de alguna llamada telefónica irreal que le hubiese partido ese día en dos. Todo como si no hubiese planeado hacerlo. Una niña rubia llorosa, luego su mujer hablando de quizá volver a verse. “¿Qué nos ha pasado?, ¿lo hemos intentado lo suficiente?”
O. parecía un tío responsable hasta hacía poco, y luego: despistado, y después decía cosas sin sentido, pero la chica había quedado con él, estaba dispuesta a normalizar. Por el momento.
Al salir del metro: silencio del besugo, nada que decir, nada de lo que quejarse, nada de sonidos de ultratumba marina sobrenatural.
Cabrón
O. pensaba en esas personas que aseguraban haber visto algo fuera de lo común, y que para cuando instalaban el trípode y la cámara y hacían guardia, volvía el mundo real, injusto, irónico, vacío de fantasmas si éstos no tenían que ver con mendigos o colas del paro.
Cabronazo…
En el portal de ella, O. quería romper el silencio tenso que había cultivado él mismo desde que se empeñara en subir a su piso solo. Desde ese instante todo había comenzado a agrietarse. Silencio subrayando la realidad: la única conocida. Se estaba debilitando la estructura del polvo. No había un plan B cuando lo que te sucedía era literalmente inexplicable. Ni aunque O. intentara contarle a la chica lo que había acontecido, ni aunque su semblante fuera serio, sus ojos lagrimearan y jurara por la tumba de sus abuelos… Cualquier acción no haría más que empeorar la situación. Había historias que caían en saco roto. Darles una cualidad narrativa en un contexto de suceso real, sólo podía derribar el edificio del sexo, y de paso el de tu vida, tus relaciones sociales y tu presunta reputación.
–Esta noche no me encuentro muy bien… –dijo O. No sabía bien por qué lo había dicho, simplemente quería volver a parecer… normal, fiable.
–¿Por qué?
–No lo sé, creo que me siento algo mareado… No será nada.
Esto tenía que justificar… qué. Buscaba que ella sintiera pena. El recurso más patético. Pero ¿acaso no era él patético? No, pensó, solo soy un… ¿cómo dicen…?, un hombre normal afrontando una situación extraordinaria. Algo así. Y patético, puede, porque puede que ya lo fuera antes de que un besugo entrara en su vida con más fuerza de lo que lo había hecho ninguna mujer. Ni nadie.
El piso de ella era un compendio de orden, buenos olores y meticulosidad estilo IKEA. Normalmente el piso de una chica, su sola distribución, decoración y renuencias a cualquier atisbo de no femineidad, hacía que O. comenzara a ponerse a tono. Sólo era el paso anterior a hurgar en el cajón de sus bragas. El fetichismo se cuela en los grandes foros sólo con forma de chiste, pero O. estaba convencido de que es algo muy generalizado. Algo propio de los tíos, como respuesta lógica al afán más acostumbrado de ellas por el detalle.
Entraron ambos en la cocina. Ella le indicó dónde ponerlo todo. El ritual de la corrección, aunque el núcleo del mismo se reduzca a sexo. O. pensó en los tíos que en ese mismo momento debían estar camino a algún puticlub, y si ellos eran menos respetables. Pensó en los besugos vivos y libres y en qué harían a esas horas, puede que esperar la red de arrastre.
Y en las mujeres, en medio de todo… esto.
O. se sentía un poco estúpido junto a ella en la cocina. Su habilidad se reducía a echar aceite en una sartén. Podía hacer la ensalada, pero ella quería hacerla de un modo determinado, así que se limitó a estar. Le miraba el culo mientras ella… en fin, se sintió algo deprimido al ver cómo la chica se esforzaba, cómo daba lo mejor de sí misma en todo momento. Dándole una oportunidad. El besugo reposaba encima de un plato, a la espera. O., extrañamente manso entonces, decidió acercarse.
Silencio.
Por favor…
La boca inerte, los ojos grandes y saltones, el cadáver marino. Los ojos. El ojo… Su ojo izquierdo era el que estaba a la vista. El pez reposaba como ahora lo hacen todos los bebés. Su ojo… Un círculo ecuánime como la naturaleza, dentro de otro círculo. O. comenzó a sentir un amago de nauseas. No podía apartar la vista de ese punto. Su visceralidad, su… Pensó en HAL 9000, la lente roja, ese plano fijo. El ojo parecía autónomo y amenazante de la misma forma. Esa pupila negra, amplia como si fuese el destello rojo intenso de HAL, y el contorno como su lente. O. lo miraba… miraba… tenía unas ganas locas de agarrar a esa mujer y decirle que mirara con él, que le dijese qué sentía.
No podía apartar la vista. El ojo pareció comenzar a ampliarse en su campo de visión, más como un efecto óptico que como un fenómeno orgánico. El contorno amarillento y viscoso ganaba terreno. Su luz comenzaba a ser más propia que del reflejo del fluorescente de la cocina. Haces de incandescencia parpadeaban y luego se ampliaban, disminuían, se estiraban, una constelación de detritos marítimos espaciales. Brillantes… O. comenzó a notar que su respiración era más pesada. Intentaba apartar la vista, devolver su tamaño al ojo… No podía. La pupila del pez comenzó ampliarse también, comiendo terreno al contorno aparentemente cósmico. El color negro cada vez más intenso: carbón, neumático, petróleo, muerte…
O. creyó haberse quedado ciego un instante.
(No… ¡por favor!)
Volvió en sí con un espasmo, estaba empapado en sudor. Recuperó la visión. Todo volvió a su tamaño. Miró nuevamente el ojo, cetrino y húmedo, pero común. La pupila… la pupila se movió hacia un lado y luego hacia el otro. Hola… Después se quedó en el centro. Era imposible. O. se tapó la boca con las manos y preguntó –quebrada la voz– por el lavabo.
Salió de la cocina, corrió al fondo a la derecha, empujó con premura la puerta, y se aferró al retrete.
Ella lo había visto todo. Cómo se había quedado hipnotizado mirando el besugo. Incluso le había zarandeado. Había al menos una docena de gotas de sudor por el suelo. Habían caído desde su nariz y su barbilla.
A medio proceso de hacer la cena, ahí le tenía, vomitando con una entrega casi violenta. Fue a por la fregona. Eran más de una docena de gotas, había un par de huellas húmedas de haber pisado más sudor al irse. Incluso con la puerta del lavabo cerrada, se oía salpicar el vómito, sonidos que parecían de asfixia, respiración dificultosa, arcada, arcada, arcada…
Ella miró al besugo, un acto reflejo.
Inerte. Sencillo. Silencio.

–Yo creo que estoy enfermo –dice O.
–Que dices, tío –dice P., un colega añejo de O. Una mesa en una cafetería.
–Yo creo que…
–Qué ha pasado.
–El besugo que hace oh. Un pez, vaya, no es que quiera hacerme el importante…
–Oh, entiendo.
–Qué entiendes…
–Eh, no sé, dime.
–Compré un besugo. Hace oh, grita o se queja. Se supone que está muerto. Era para cenar.
–No sé si te sigo.
–El besugo hace oh, grita, hace: “oooooooooh”…
–Aaah, vale, ya.
–…
–Pues mola, ¿no?
–El qué mola.
–Un besugo que haga eso, yo firmaría…
–Qué firmarías…
–¿Has probado meterle la…? Cuando hace oh, quiero decir.
–Tío…
–Abre la boca, ¿no? Puedes quitarle los dientes, ¿tiene dientes?
–Creo que tengo un tumor.
–¿Un tumor? Te envidio…
–¿Qué?
–Así que tienes un besugo que hace oh. No todo el mundo puede decirlo…
–…
–Tengo hambre, me ha dado hambre…
–…
–… de pescado.
–Por favor, sólo… por favor…
–Ponte condón. Cuando lo hagas, quiero decir. No querrás que el pipi te huela a pescado más de la cuenta…
–Por favor… No…
–…
–No, no… esa cara…
Ooh… oooooh, ooh, ¡ooooooOOOOOOOOh!
O. despertó. Sudor frío, dejó marca en la sábana. Incluso gritó. Jamás había gritado después de tener una pesadilla. Pensaba que era algo que sólo pasaba en las películas.
Por qué algunas mujeres aguantaban tanta mierda de los tíos era un misterio para O. Ella le llamó mientras estaba desayunando. Había guardado el besugo en su nevera. Al parecer se podía conservar unos tres días sin demasiado problema. Le había dejado el piso inundado de sudor y vómito. No solo había tenido que fregar el suelo de la cocina. Cuando O. vomitaba le costaba controlarse. Puede que un setenta por ciento de la bilis y demás cayeran dentro, pero el resto empapó los bordes del retrete y el suelo. Había gotas a modo de aspersor en la pared.
No había habido sexo …
O. sospechaba que a esa mujer se le estuviese despertando algún instinto maternal. O quizá se imaginaba con él a largo plazo, explicando en cenas elegantes con otras parejas cómo fue la primera cita que tuvieron (no era la primera, pero ya se sabe…). La chica sonaba desconcertada por teléfono. Primero le preguntó cómo estaba, cómo había dormido, si estaba comiendo ligero, etc. O. le dijo la verdad, estaba agotado para seguir haciendo papel alguno. No había dormido bien, dijo, había tenido pesadillas, se había despertado unas cinco veces… Pero estaba desayunando casi nada.
–Oh –murmuró ella–, bueno. Esta noche dormirás mejor. Sólo tienes que comer lo justo y descansar.
Él se desahogó, agradeció su preocupación y se sintió aliviado; aliviado, pensó, de descansar de sí mismo.
Aún no has abierto la nevera hoy, ¿por qué?
Pensó en salir a dar una vuelta. Pensó que iría a ver a su colega P. al día siguiente. Tenía una semana libre pendiente que pensaba tomarse. Solo tenía que llamar antes y avisar.
Abre la nevera… venga. Solo es un detalle…
Su colega P. era oncólogo. Precisamente. Le podía evitar listas de espera y colarle, darle resultados casi al momento. No porque le dejaran, sino porque P. aprovechaba cualquier oportunidad para hacer lo supuestamente incorrecto.
Abre la nevera… Antes de salir, venga.
No.
¿Por…?
El besugo no está aquí, está a cinco minutos a pie y tres paradas de metro.
Tú mismo te lo estás diciendo, qué problema hay entonces para abrir la nevera…
No hay ninguno, simplemente no es necesario.
Tu mente racional no ha sido de gran ayuda últimamente…
Todo tiene explicación.
¿Prefieres un tumor?
Cállate. ¡¡Cállate!!
O. se duchó y vistió lo más rápido que pudo, y fue corriendo en dirección a la casa de P. Le llamó por el camino, lloroso. Le preguntó si podía hacerle unas pruebas.
–Creo que me voy a morir, tío…
–¿Qué…?
–En serio, me están pasando cosas… Oigo cosas. Voces. Hasta veo movidas… cosas muy chungas, tío.
–Vale, vale… Vete directo al Placa-Base. Espérame fuera, en la puerta principal. Yo llegaré en unos veinte minutos. ¿De acuerdo?
–Vale, sí. Ya… voy para allá.
Cuando llegó al edificio del hospital, estaba empapado en sudor, otra vez. Al llegar P., le contó toda la historia, también su miedo atroz a abrir esa mañana la nevera. Incluso el sueño en que salían ambos.
–Vamos a verte por dentro –dijo, P.–, acompáñame y no mires a nadie detenidamente, sobre todo si es algún médico o enfermera.
Cogieron el ascensor y luego P. condujo a O. por pasillos y habitaciones. En ocasiones P. hacía que se detuvieran y miraba desde una esquina antes de proseguir. Llegaron a una puerta, en un corredor en penumbra, y P. abrío con llave.
–Esta planta está casi inhabilitada, pero es operativa. Luego tendré que borrar rastros.
–Gracias, tío.
–Venga. A ver, tus antecedentes y hábitos de salud ya me los sé, eres casi como una bailarina. Aquí podré hacerte pruebas de laboratorio, procedimientos con imágenes y pruebas genéticas… Para alguna cosa tendremos que ir a otra habitación de la planta. Obviamente nos saltaremos la parte administrativa. ¿No tendrás nada que hacer hoy, no?
–No. Adelante.
O. se prestó a todo el procedimiento. P., generalmente dado a la broma y la risa fácil, parecía preocupado, incluso con la emoción de estar actuando de modo ilegal, cosa que siempre le hacía sentir vivo y afortunado.
Al cabo de unas horas, ambos en el mismo habitáculo al que habían entrado al llegar, P. estudiaba los resultados de todas las pruebas.
–¿Quieres que te suelte el rollo al completo o que te diga Bien o Mal y punto?
–Sólo Bien o Mal, por favor…
P. soltó los folios, las pruebas y un par de TAC;
–Estás bien, O.
–…
–Estás bien, O.
–¿Seguro?
–No veo nada por lo que preocuparse.
–Dios… –O. estaba aliviado y a la vez no sabía qué pensar.
–Todo eso que me has contado pasó sólo ayer, ¿no?
–Sí.
–No lo sé, tío. Algunas personas pasan por un episodio fugaz de delirio, y luego su vida sigue con normalidad. No vuelven a ver ni oír nada raro.
–…
–Ni siquiera te voy a preguntar si estás seguro de no haberlo soñado… ¿Has estado sometido a mucho estrés?
–Al de siempre…
–¿Alguna tía que te lleve de culo o…?
–No…
–¿Tu ex sigue viva?
–Sí.
–Va a ser eso…
–…
–Oye, no sé qué más decirte, aquí los papeles y las pruebas dicen que te vayas a casa y te olvides. ¿Puedes cogerte unos días libres?
–Lo voy a hacer.
–Puede ser interesante que lo hagas.

O. volvió a casa. No se sentía mucho más aliviado, sólo con la tranquilidad de haber hecho lo que tenía que hacer por el momento. Se puso, casi sin meditarlo, a ordenar milimétricamente y limpiar todo el piso. Algo para no pensar. Llamó a su jefe de departamento. De mala gana, éste aceptó dejarle la semana siguiente libre, aun habiendo avisado sin antelación. O. alegó problemas familiares. Poco a poco se fue sintiendo más tranquilo. Por la tarde salió a dar una vuelta. Vio a algunos amigos. No les contó nada. Alguien, a colación de alguna broma estúpida, se puso a hablar sobre pesca. Sólo en ese momento O. notó que le aumentaba el ritmo de los latidos. Fue al lavabo y se lavó la cara. Se sentó dos minutos en uno de los retretes con la tapa bajada. Luego volvió a lavarse la cara. Al salir bromeó sobre la «cagada» que había pegado. No había comido nada a mediodía. Tenía el estómago cerrado desde que oyó el primer oh. A medida que pasaba la tarde, aun con su espantada de la conversación sobre pesca, se fue sintiendo cada vez mejor.
Pero aún no has abierto la nevera…
Era una estupidez, pensó O. Cuando llegara a casa, cenaría. Y para cenar tenía que abrir la nevera. Era un miedo a todas luces incomprensible. Incluso aunque ese besugo fuese rehén del espíritu de un psicópata, no estaba ya en su casa. La nevera contenía sólo lo habitual; era poca cosa siendo un piso de soltero, pero nada le saltaría al cuello para morderle. No había más animales monosilábicos. No podía haberlos. Ahora su novia (¿había pensado novia?) estaba en poder de ese bicho. Y, lo más importante, parecía que ella no podía escucharle, ni le inquietaba en modo alguno. Aun si O. tenía algún sexto sentido para percibir energías o detectar otros planos de percepción, estaba convencido de que ella no lo tenía. La envidiaba; Dios, cómo la envidiaba…
Al llegar por la noche al piso, apenas se sentía inquieto. Y realmente no fingía no sentirse inquieto. Era una sensación de relativa paz, real. Estaba sorprendentemente calmado. Episodios fugaces de delirio, le había dicho P. Era una posibilidad, el cuerpo humano, la mente, eran aún un misterio, incluso para la gente que se pasaba la vida estudiándolos, curándolos, e incluso abriéndolos en canal para operaciones o autopsias.
Cuando abrió la nevera más tarde, lo hizo casi sin pensarlo. Fue un gesto instintivo. Como el ataque de un león a una gacela. El acto de valor del ser humano hambriento teóricamente acomodado: abrir la nevera.
Nada. No había casi nada, y tampoco pez alguno. No había besugo en casa. Había lo imprescindible para comer algo.
Cenó viendo la tele, aunque ya casi nunca veía la tele. Le pareció un ritual para atraer la normalidad, puede que un eco de la infancia. Deglutir mientras te zampabas lo que sea que pusiesen en la pantalla; sin apenas criterio alguno: un espectador común. Un alumno más.
Tras el asunto de la nevera otra vez inofensiva, la cena, el rato tonto de tele; tras navegar un poco en Internet, tras la paja acostumbrada y un rato de lectura, se sintió con ganas de llamar a la chica. No era aún muy tarde; en todo caso, sabía que ella no se acostaba temprano. ¿Por qué no? Quizá tenía que relajarse un poco en cuanto a su nueva política con las mujeres. Puede que fuese igual de insano cerrarse por completo que abrirse según las normas no oficiales establecidas. Puede que hubiese vida más allá del matrimonio y los pisos monos; quizá otras formas de convivencia y sexo y complacencia fuesen posibles dentro de un marco de estabilidad conyugal. O puede que esa chica le gustara de verdad… Lo que ya dudaba más era que ella aún estuviese interesada después de lo acontecido. Se aferró a esa llamada que ella le había hecho por la mañana. Incluso aunque ella estuviese dudando sobre si volver a verle, él podía intentar reconducir la historia. Venga. Vamos…
El tono de llamada se repetía, pero nadie cogía el teléfono. Estaba ausente también por redes sociales. ¿Le estaría ignorando?
¿Si era así, para qué llamarle por la mañana? Se había interesado en su estado, ¿no?. Decidió llamar otra vez. Si no cogía el teléfono, pensó, (tal y como fue), se pondría los tejanos, cualquier camiseta y saldría volando hacia su casa. Fue algo impulsivo. Era la primera vez que echaba de menos no tener coche en su nueva vida.
Llamó a un taxi. No estaba seguro de que aún no hubiesen cerrado el metro. Era un trayecto corto, su cartera lo aguantaría. En realidad, el taxista, en su ánimo de conversar, ya había mencionado un incendio, decía que había pasado por delante; pero O. estaba tan ensimismado en pensar qué le diría a la chica, que apenas caló en él la información.
En cuanto entraron en la calle fin de trayecto, el corazón de O. dio un eléctrico vuelco. El tercer piso de cierto edificio, justo el de Ella, se había convertido en la boca vertical de un volcán, uno que vomitaba humo y lenguas de fuego. Pagó al taxista y, sin esperar el cambio, se bajó del coche y corrió hacia la zona. Había una escalera de los bomberos desde la que uno de ellos sujetaba una manguera, el chorro dirigido a la ventana. Justo en ese instante, dos más salieron del portal con un camilla.
O. corrió hacia la camilla, sintiendo un miedo y pena indescriptibles, y también algo de rechazo repentino por sí mismo. Temía lo que pudiera ver. Enseguida pudo comprobar que la persona de la camilla era ella; al menos su facciones estaban intactas. Tenía los ojos cerrados.
Era A. Su nombre se hizo presente de verdad para O. por primera vez, algo de lo que se dio cuenta, lo que le deprimió e incluso asustó. Ametralló a preguntas a los bomberos, visiblemente nervioso, dijo que era un amigo de la chica. Le dijeron que no tenía quemaduras, sólo problemas respiratorios, pero que aún no sabían nada de su estado. Había una ambulancia. O. se llevó las manos a la cabeza, entre aliviado y aún asustado. Se dio varios golpes en la frente con la mano derecha abierta.
Estúpido. ¡Estúpido!
Todos los vecinos del edificio estaban en la calle, observando cómo se hostigaba. La nube de humo se mudaba al cielo, se deformaba y el aire se apropiaba de ella.

Volvió a pie a casa. Eran unos veinticinco minutos a buen ritmo. El interior de su cabeza era un circo de tres pistas, y todos los números tenían que ver con chicas que se asfixiaban al quedarse dormidas en el sillón con la tele puesta. Mierda.
Era una dosis de realidad, una sobredosis. O. no había pensado en el besugo en mucho rato, pero mientras caminaba volvió a su mente con la fuerza de un infarto, como si una pata de elefante le pisara la cabeza.
No había un protocolo de actuación.
En realidad sólo podía hacer una cosa.
Había pensado en ir al Placa-Base para estar con A. Pero antes tenía que hacer algo. No podía obviarlo.
Llegó bañado en sudor hasta su portal. Abrió. Ni tan siquiera cogió el ascensor, subió a grandes zancadas los cuatro pisos que tan bien conocía. Metió la llave y entró en su cuchitril. Encendió todas las luces que encontró en su camino. También la de la cocina… La nevera susurraba con indiferencia eléctrica. Ajena a drama alguno. O. caviló un segundo que se reencarnaría en nevera si pudiese. Les daba igual quién las abriera o cerrara, o lo que tuvieran dentro, y también lo que hubiese fuera. Eran budistas entre los electrodomésticos.
Gritó al verlo, igual que al despertar de aquella pesadilla. El besugo, sin envoltorio, estaba en su posición inerte sobre la misma rejilla en que había estado. Pero esta vez… hecho. Como medio calcinado por… O. se hizo un ovillo en el suelo. Se tapó los oídos con todas sus fuerzas. Pero fue inútil.
Podía escucharlo a través de sus manos:
Oooooh… Oooh… ¡¡OoooooOOOOOOOOOh!!
Ahora el sonido era más continuo. No había pausas. Tenía cierta cualidad indiferente a la vez que histérica, pero ahora no cesaba. El besugo humeaba sin parar y emitía, emitía, programaba en una sola emisora, un solo informativo, una sola noticia…
¡Ooooooooooooh!, oooh, ¡¡oooooOOOOOh!!
O. se puso en pie. Saco fuerzas de flaqueza. Sabía que tenía un vecino jardinero; el único con el que tenía algún trato. Una pala, eso quería. No era la primera vez que pensaba en ello. Abrió la puerta del piso y, sin preocuparse por coger las llaves y cerrarla, bajo las escaleras hasta la primera planta. No sabía cómo iba a explicar la situación, sencillamente no lo haría. Tan solo pediría ayuda, necesitaba ayuda.
Llamó varias veces al timbre. Iba a parecer desesperado, pero no le importaba, alguna vez tendría que lucir tal y como se sentía, aunque no fuera correcto en el mundo y su carácter pre-organizado. La lógica se la estaban comiendo los gusanos. O. ya no se sentía en ese mundo, o mejor dicho, puede que fuese la vez en que más había estado chapoteando en sus tripas. La imaginación pasó a ser un juguete tosco. La siguiente estación era un laberinto llano, conceptual, sin paredes, totalmente en penumbra, e infinito.
–Ernesto. Siento despertarte, necesito tu ayuda. Por favor…
–¿Qué pasa…? ¿Qué ha pasado?
–Necesito que me acompañes a hacer una cosa, con tu coche, y necesito una pala, tienes una pala, ¿no?
–Claro, pero…
–Sólo será media hora, quizá. Por favor, ¿me ayudarás? –O. estaba casi llorando, levantando la voz mucho más de lo que creía.
–Está bien, está bien, hombre, tranquilo…
–Puedes coger la pala mientras yo subo a por…
–Sííí, suuube chico, sube, por Dios… qué horas…
O. llegó en algún tiempo récord a su piso. El besugo seguía con su “discurso”. Ya no humeaba. O. lo envolvió en papel de plata (no quería tocarlo directamente) y lo metió en una bolsa negra de Zara (lo que había). Cogió las llaves y salió disparado a encontrarse con Ernesto. En cuanto estaba en el tercer piso, el pez del demonio dejó de lanzar sus oh, como si fuera consciente. A O. ya le daba igual, solo quería llevar a cabo su plan; teniendo una pala y un vehículo, no tenía que ser complicado. Esperó que adonde quería ir no toparan con algún guardabosques, ni siquiera sabía si esa zona estaba muy controlada. Había ido a veces con su padre de crío. Había un lago, y mucho monte en el que perderse.
Ya en el coche, indicó a Ernesto el camino. Ernesto tenía más de sesenta años, se había quedado viudo hacía dos, y se dedicaba con esmero tan solo a su trabajo y sus maquetas. Arreglaba lo que se le pusiese por delante en el edificio, todos le tenían como una especie de delegado de bloque permanente. Era alguien presto, y sobre todo un buen hombre. Ahora no podía evitar mirar con recelo a ese vecino del cuarto, que nunca había sido conflictivo, ni, que supiera Ernesto, se había metido nunca en líos. No al menos si no eran de faldas…
Estaban llegando a carreteras serpenteantes de montaña; por suerte ya vivían lejos del centro, casi en la periferia de la ciudad. Aislarse era tan sencillo como conducir lo que duraban dos cigarrillos. Pero O. quería profundizar un poco en la oscuridad. Ernesto preguntó:
–Y bien… ¿se puede saber qué…?
–No. No puedo explicarlo. Tengo que librarme de lo que hay en esta bolsa.
–¿Qué hay?
–Un besugo, Ernesto. Hay un besugo.
El hombre miró a la carretera, y prefirió no decir nada más. Tiró de algún tipo de estoicismo filosófico, y decidió seguirle el juego a su vecino. Desde la muerte de su mujer, había decidido no juzgar a nadie, y sobre todo no meterse más de la cuenta en líos en los que, por decirlo así, no conociera el idioma. Ese día estaba cerca de romper sus reglas, pero siempre había tiempo de impedir el desastre final. Silencio.
Ernesto calló, y se sumó a la actitud del besugo. Una vez más el único histérico aparente era O.
A cierta altura de la carretera, había un desvío a la izquierda, un camino de tierra. Lo cogieron.
–Ya estamos cerca, creo –murmuró O.
–Cuando me digas…
–Vale, vale… ¿Ves ese claro un poco más adelante? Solo necesito que te acerques y que enfoques las luces ahí.
Fue entonces cuando sonó un trueno, y casi de inmediato comenzó a llover.
–Quédate dentro, Ernesto. Sólo deja deja las luces encendidas.
–…
Comenzaron a caer gotas gordas, de las que empapan enseguida la ropa. Las que tus cejas apenas pueden frenar camino a tus ojos. O. sacó la pala del maletero, bolsa del Zara en ristre. Se puso justo delante del vehículo. No era un experto cavando, pero la rabia y las ganas eran más que suficientes. Los truenos no le gustaban, jamás le habían gustado. Rodeado de árboles no se sentía seguro. De crío había visto más de un árbol partido en dos en vertical, doblegado en esa zona después de una noche de tormenta.
Blandía la pala, el cielo se iluminaba con los relámpagos. Los pensamientos se arremolinaban. Te podían joder de mil maneras, sí.
Cavó hasta hacer un agujero estrecho y oblongo de un metro y medio de profundidad. Tiró la pala, calado hasta los huesos. Cogió la bolsa y la volcó; el besugo cayó como el peso muerto que era, salpicó agua y barro a los pies de O.
Lo desenvolvió del papel de plata. Volvió a coger la pala y la alzó. La clavó en el pez una, dos, tres, diez veces. Comenzó a ser nada más que una masa apestosa mezclada con el barro. Antes de no poder distinguir qué era besugo y qué piedras o ramas pequeñas, recogió los restos con la propia pala, y los echó al fondo del agujero.
Volver a llenarlo se le haría más cuesta arriba, pero al menos la lluvia comenzó ser menos abundante.
¿A cuánto podía estar de casa? ¿Una hora y media a pie? Más o menos. Seguramente menos. Se acercó al coche.
–Ernesto, ¿puedo devolverte la pala mañana?
–¿Cómo?
–Vete ya, yo volveré a pie. Solo tengo que tapar el agujero.
O. quería quedarse solo, de repente no tenía ganas de volver con el viejo en su coche y verse en la tesitura de tener que dar explicaciones o soportar miradas de pasmo. Ya no, y era lógico que todo eso pudiera pasar.
–Pero ¿estás seguro?, con la lluvia y…
–El camino es seguro. Solo tengo que andar un rato. No te preocupes.
Ernesto, desconcertado y cansado como estaba, decidió que aquello no era más asunto suyo.
–Quédate con la pala si quieres, yo tengo más…
–No, te la devolveré, no la volveré a necesitar –dijo el tío que se disponía a enterrar a un besugo.

Lunes. O. despertó encima de una cama improvisada de hierbajos húmedos. Tras haber enterrado del todo al besugo, había querido descansar, se durmió. Había dejado de llover hacía horas. De hecho amanecía despejado. Estaba a pocos pasos de su obra. Podía ver las huellas del coche de Ernesto. Se sentía cansado, pero algo mejor de ánimos. No llevaba el móvil encima. Comenzó a pensar en A., y su preocupación fue en aumento.
Caminó intentando ahuyentar pensamientos en exceso negativos. Además de su cita con el Placa-Base, estaba la nevera, por supuesto. Tendría que volver a enfrentarse a eso. Y su cabeza, potencialmente enferma. No podía saber si lo que había hecho había solucionado sus problemas. Había sido un tiro a ciegas; en el mejor de los casos: una intuición. Intuía también que el estado de A. era crucial, no solo en lo que respectaba a su salud, sino en lo referente al futuro de O. No podía darse una explicación racional a sí mismo, tiraba de sensaciones. No le quedaba más, su mundo (al menos el suyo) ya no se regía por los parámetros habituales.
Solo había algo aparentemente seguro: seguía vivo para luchar un días más
No era muy alentador; pero era una certeza a la que podía asirse.

Martes. El despacho era gris, pero no por el color. El conjunto de fotos y titulaciones en psicología, la butaca, el escritorio… El tío se parecía a Brian Cox, el actor. Se lo había recomendado P. (“está bastante loco, pero es el mejor que conozco en su campo” y bla bla blá).
A. estaba ingresada, pero viva, y se recuperaría. O. fue a verla el lunes por la tarde. Le habló con tono de disculpa, aunque en ningún momento llegara a pedirle perdón en modo alguno en voz alta. Si lo hacía, ella indagaría. Si tan solo se mostraba mustio y arrepentido, quizá ella entendería (¿el qué?, vete a saber…), y volvería a confiar en él, si es que había llegado a perder la confianza. O. se aseguró de que volverían a verse; no solo mientras ella estuviese ingresada, sino también después. Justo al salir del hospital, recordó algo. Coño… Supuestamente tenía dos hijas… En el mundo de A. él tenía dos niñas rubias. Mierda. Estuvo a punto de volver a entrar y coger el ascensor, pero no se sintió preparado. ¿Cómo se lo contaría? Si le contaba la verdad (sus planes, su procedimiento, que a ella no quería engañarla más…), ¿ella le perdonaría la mentira? ¿Se enfadaría de entrada pero luego le perdonaría? ¿Se enfadaría sin más y le mandaría a cagar a la vía? Qué horror, pensó. Qué desastre… Su única posibilidad, irónicamente, era que su sinceridad le salvara. Mostrarse sincero y que ella lo valorara. Tendría que pedir perdón, y no solo con el tono de voz.
El tipo, con su aspecto a priori ilustre, se presentó como Ernesto Castile, y dio la mano a O.
Ernesto… una casualidad. O. se preguntó qué debía pensar su vecino de él ahora (aún le debía una pala). Algo tenía seguro, el hombre no sería indiscreto, mucho menos si pensaba que el vecino del cuarto había perdido la chaveta. Había bastantes posibilidades de ello. La nevera, ya comprobada varias veces, no había vuelto a dar la lata.
O. contó toda la historia, omitiendo ciertos detalles, lugares, nombres propios… no le contó obviamente lo del fuego en casa de A., ni que el besugo luego apareció chamuscado en su piso. Daba más o menos por hecho que todo lo que le contaba había pasado sólo en su cabeza. Aunque nunca del todo. El tipo tenía unos altavoces conectados al ordenador, sonaba un hilo de música clásica, a muy bajo volumen.
–¿No te molesta la música, verdad?
–En absoluto.
–Me ayuda a pensar. Debe ser porque me hago viejo. A veces me pongo a los Rolling. No se lo cuentes a los demás en la sala de espera… –El hombre sonrió con… ¿ironía?
–Seré una tumba…
–¿Y qué dices que gritaba el besugo?
–Hacía…, hacía algo como: “oooooooh”, un sonido desagradable…
–Entiendo. No quiero ponerme Freudiano, pero ¿has pensado si lo que decía era tu nombre?
–Bueno…
–Es decir, eso nos pondría en cierta dirección…
–La verdad es que era un sonido algo gutural. Yo en mi mente le añadía una hache final, ¿sabe?, como: “ooooooH”
–¿Como un gemido…?
El tipo pareció reírse, aunque era otra risa desconcertante. O. lo encontró fuera de lugar.
–No…
–¿Como un gemido… con connotaciones sexuales…?
–No, oiga, yo…
–Tranquilo. Nada va a salir de aquí. Estoy especializado en casos que… bueno, no te haces una idea…
–…
Detrás de él había una gran ventanal. Una vista abierta. Era la hora en que el atardecer se convierte en noche cerrada.
–A mí me gusta esta canción –dijo el tipo, y trasteó con el ratón, mirando la pantalla de su monitor–, ¿No había nadie más en la sala de espera, verdad?
–No.
–Bueno, vamos a darle caña, O. Quiero que lo sientas conmigo. Vamos… déjate llevar.
El hombre se puso en pie, comenzó a mover las manos, como si tocara los bongos que daban inicio a Sympathy for the devil. La canción comenzó a invadir toda la estancia. Jagger presentaba sus respetos al Diablo. O. vio algo por la ventana, en el horizonte, bastante lejos. Las montañas de pequeño tamaño más allá, a las afueras de la ciudad. Un resplandor creciente.
Su corazón se comenzó a acelerar. Se levantó sin más y rodeó el escritorio.
Ese Brian Cox de garrafón estaba imbuido por la música, acompañando con los labios los giros de la letra, insistiendo con los bongos.
O. miraba, miraba. No sabía si aquella era la zona en la que estaba enterrado el…
–Ahora te estás preguntado algo, ¿verdad? … –dijo Ernesto Castile.
O. se sobresaltó. El tío tocaba su guitarra imaginaria, se mordía el labio inferior, miraba a O. desde muy cerca…
–Te estás preguntando si ese incendio es obra de tu amigo, el de la familia de los espáridos… ¿no?
–Oiga…
–Pero también es temporada de incendios…
Keith Richards iniciaba su raro solo.
–Los que venís aquí creéis que nos podéis esconder información, pero son muchos años de escuchar a tíos como tú.
–…
–Lo curioso es que, en cierta manera, estáis más cuerdos que el resto. Es pronto para hablar de eso…
–Oiga, yo…
–¡Quiero que escuches la canción!
–Creo que tengo que…
–Quiero que mires ese incendio, con atención… Y no te preocupes, porque yo también lo veo. Luego quiero que vuelvas a casa, hagas eso que ahora te aterroriza hacer, sea lo que sea, y que vuelvas mañana a mi mundo…
–…
–Ambos presentaremos nuestros miedos al Diablo.
El humo se alzaba al cielo, voluminoso, cada vez parecía más cercano. Volutas de vete a saber qué se podían percibir dando vueltas, todo sobre un mundo que se derretía. O. no supo si lo veía o si tan solo lo había pensado. Se pasó el dorso de la mano por los labios, ya sin poder dejar de mirar. Entrado el siglo XXI, ese hombre a su lado ahora le observaba como si lo suyo no fuera exactamente locura. Como si O. fuese alguien. Le miraba como si tan solo estuviera descubriendo algo; algún secreto cada vez menos difuso del Universo.

bs

Verano del noventa y pico

Era muy crío, debía tener algo como doce años, ¿trece?, (¿catorce?), lo cual en mi caso, y para un niño de mi generación, era ser muy crío. Estaba en la primera fase de la masturbación, era de lo poco excitante de mi edad (o así pensaba entonces), de mi momento vital. La imaginación trabajaba a tiempo completo (al menos en cuanto a eso), con una intensidad que difícilmente deben haber conocido los “niños digitales” de generaciones posteriores. Era la única historia emocionante, que volvía a tu mente una y otra vez de forma cada vez distinta, y siempre sencilla y excitante, siempre relacionada con tetas y culos. Viéndolo con perspectiva, creo que esto era así porque los adultos y las instituciones atenuaban gravemente muchas otras formas de evasión, descubrimiento y conocimiento; pero no podían evitar que te hicieras una paja. Y tampoco hacerte perder la motivación al respecto: gracias a Dios no había ninguna clase en el colegio sobre las pajas; no llegabas ninguna tarde a casa con la obligación de pajearte haciendo el pino o con el deber de grabarte y enseñar tu estilo al día siguiente ante el profesor. Tus pajas no estaban academizadas, no puntuaban, no eran sinónimo de potenciales malas notas o un futuro infernal. Las pajas eran sinónimo escueto y momentáneo de la libertad: te enseñaban más sobre la vida que la mayoría de maestros, por el simple procedimiento de que ellas sí te hacían sentir vivo.
En verano la situación se “agravaba”; ya se sabe… El calor reducía alarmantemente la medida de las prendas femeninas, y las idas y venidas de la playa y la piscina eran marca de la casa de esa etapa del año. Los bikinis eran una brecha en la percepción habitual por la que poder ver a las chicas en ropa interior sin tener que espiarlas por ventana alguna. Básicamente: tías en sujetador y bragas por todas partes desde que Louis Réard inventara la prenda creando la mayor oda posible a la Alegría (y contra la hipocresía). No era ser un mirón, bastaba con estar; no era estar salido, sino vivo, simplemente estabas en la playa o la piscina, inocentemente con tu familia o tus amigos: tu única misión era la de disimular una posible erección. Hasta podías ser más descarado si te ponías gafas de sol. Grababas en tu mente los toples; y si querías algún fotograma de una entrepierna, bastaba con la casualidad de estar detrás de alguna chica que tomara el sol (nada raro), a la espera de que se reajustara la parte de abajo del bikini. Un flash de un pubis al natural llegaba en un momento u otro; poblado o depilado, arreglado o al natural. Todo era alimento. Al contrario que en la rutina habitual establecida, en los llamados periodos vacacionales, tus sentidos, tu mente, tu cuerpo, tenían la oportunidad real de ser una esponja, y el entorno, al no estar (tú) enclaustrado, estaba henchido de experiencia aprovechable. Tus ojos como locos, tu corazón en ristre, tu entrepierna en carne viva a todos los niveles, tú ser activo. No era solo el sexo y salpicar por todos lados, como podría pensar fácilmente el lector adocenado, era el placer como catalizador del aprendizaje y la sabiduría que estaban ahí fuera, esperando para posarse sobre los que fueran aún lo suficientemente receptivos.

En este caso, la piscina era el lugar de reunión. Era un pueblo de interior, muy de interior, y por tanto la playa se salía del circuito vacacional, al menos durante las tres semanas (mínimo) de “exploración” rural. Mis padres tenían un casa allí, el lugar donde crecieron, donde lo hicieron todo por primera vez y donde (sospechaba yo) querían hacerlo la última. La oferta de ocio era sencilla y (supuestamente) eficiente. Salir, beber, rondar, tontear, salir, beber, rondar… y así durante más o menos todo el verano, cosa que se acentuaba en los cuatro días de fiesta mayor, en los que ese salir, beber, etc., se podía multiplicar por diez, de igual modo que la población se multiplicaba por tres. No era el estilo vacacional que se lleva ahora. No se trataba de resultar in, sino de intentar pasarlo bien; era un estilo más… humilde, por así decirlo: ese saber estar que parece estar extinguiéndose, relacionado con la idea de que lo que haces y te pasa es auténtico aunque luego no lo sepan quinientas o mil personas más. Era ser feliz aunque luego tu felicidad no se pudiera buscar en Google. Sonreías aunque tu sonrisa sólo fuera producto de tu bienestar, y no un rasgo más de tu currículum para demostrar lo bien que te lo estabas montando. La clase de cosas que hoy en día ya casi se consideran ingenuas. Vivir por el mero placer de hacerlo.
No es que sea sorprendente que eso esté pasando. La evolución personal parece consistir ya en una forma de simulación; ante las escasas posibilidades de vivir con la conciencia de lo extraordinario que es estar vivo, la gente produce (con ayuda de las redes sociales, entre otras resacas) una imagen que asegura a los demás que lo está haciendo, sea verdad o no; del mismo modo que un tío busca un ángulo concreto para parecer más atractivo en la foto, o una tía se muestra desde un plano picado para que sus tetas parezcan más grandes. Al final, no es tan importante el que los demás se lo traguen como el que te lo tragues tú.
Ella (una de ellas) era pelirroja, aunque de hecho no usaba bikini, sino un bañador de cuerpo entero, lo cual la convertía allí en una especie de unicornio con el que te volvías zoofílico al segundo. Piensa en un chico en plena etapa de masturbación compulsiva en ese contexto, era como poner a Frodo delante de Galadriel y pretender que actuara con relajada normalidad. Obviamente ese bañador no te volvía más frío, recordemos que el porno aún era cosa de las revistas, esa prenda sólo era más comida en extremo apetitosa para la imaginación. Era motivo sobrado para otro puñado de pajas de las que difícilmente lograrías limpiar luego todo el estropicio.
Como sea, yo estaba aterrado, las chicas me gustaban al mismo nivel que me daban una pereza abrumadora. No por ellas, obviamente, sino por la idea de tener que actuar de un modo concreto para responder a las expectativas que yo pensaba que ellas podían tener. El discurso que dice “sé tú mismo” siempre me ha parecido una de esas filosofías recurrentes poco viables para la vida real. Nadie haría nada siendo él mismo de verdad; casi nadie (vale, casi) podría vivir bajo techo, comer y vestirse si realmente fueran Ellos Mismos. El consejo te dice: sé tú mismo; pero la realidad vigente (e interesada) te grita: ¡no se te ocurra semejante gilipollez! Lo cual, con el tiempo, creo que explica muchas cosas en relación con la actitud de mucha gente en cuanto a evitar de forma “inconsciente” ser demasiado pasionales o románticos con nada. Si estás más o menos vacío, te importa todo más o menos un pimiento, y eso suele ser lo que trae un poquitín de pasta a fin de mes (entre otras cosas). Lo que mucha gente llama madurar, es lo mismo que hace que nadie quiera contratar potenciales embarazadas; ni tan siquiera el concepto más naturalmente obvio que existe pasa El Filtro.
De modo que lo tenía crudo, porque no se me daba bien interpretar papel genérico alguno, y comenzó a correr el rumor de que el unicornio estaba interesado en mí. Esto se traducía en el sencillo análisis que aducía a una alarmante falta de opciones “románticas” para una chica aún soñadora en un pueblo de menos de mil habitantes durante casi todo el año.
Era de mi misma edad, fuera cual fuese (sospecho que trece años, aunque no sé si es porque estoy bastante seguro de que no eran doce, y catorce me suena a mayor de lo que me sentía). Lo que sí sé es que ella tenía curvas; recientes quizá, pero curvas (puede que sí fueran catorce). Tenía una hermana mayor a la que yo veía ya como una mujer en todo su esplendor (tenía diecisiete años, como mucho), también pelirroja (parecía un color más apagado), pero con novio (lo cual parecía una relación de lo más sólida, que –según supe– se esfumó con el verano y una ensalada de tópicos pringosos sobre los amores de ídem que aún hoy día hacen que me den ganas de morir soltero y solo bajo un puente)…
Cuando el rumor llegó a mis oídos, cada vez que volvía a la piscina (esto era: cada día, cada tarde, sin falta, si no ibas todos creían que habías enfermado o fallecido trágicamente a tu temprana edad), sentía ese cubo de nervios en el estómago relacionado con las chicas del que luego todos los adultos hablan tantas maravillas. Estás jodido pero ¿no es maravilloso? No lo era, era un dolor de cabeza abstracto que no te dejaba en paz. Luego sí podían (si la historia avanzaba) llegar cosas buenas al respecto, pero cada “fase” era muy distinta…
Primero pensé: es un rumor, no hagas caso, báñate, sal, luego báñate otra vez, luego juega al fútbol con tus amigos en el polideportivo, luego… huye. Y así fue durante cuatro o cinco días. Cabe decir que no fue sencillo, porque de repente noté que ella me miraba (ella sabía que yo sabía…); luego yo evitaba mirar, pero seguía notando las miradas en la nuca. Yo era muy previsible en eso, si una chica se interesaba en mí, automáticamente yo me interesaba en ella, en su bienestar… (en serio); pensaba que ella tenía que buscarse a alguien mejor, o al menos predispuesto…, era capaz de masturbarme pensando en ella, evitarla, y a la vez compadecerla por estar invirtiendo emociones en el foráneo novedoso equivocado.
Ella era un cuerpo celeste pelirrojo, y sus amigas los satélites, más bien auténticos drones militares. Entonces aún se jugaba a los Sims en la vida real, y eso era lo que se hacía cuando había una pareja potencial a la vista o alguien se sentía atraído por alguien o alguien quería pegarle una paliza a alguien: los jugadores se reunían alrededor de la historia e intentaban manejar a los personajes.
Hacia el quinto o sexto día de murmullos cada vez que pasaba junto a un grupito de mi edad, por la tarde estaba como siempre en mi toalla, entre baños, junto a tres toallas más de mis amigos de allí, cuando llegaron dos chicas, una mayor (¿16 años?), y otra de mi edad, y literalmente comenzaron a interrogarme. Primero me interrogaron, no recuerdo las preguntas, pero básicamente eran los entremeses antes del plato fuerte. Luego comenzaron a hablar de su amiga de forma muy insistente, pronunciaban su nombre una y otra vez, era como una campaña de promoción, me vendían la carne, poco disimuladamente, un sinfín de posibilidades de lo más placenteras, mañanas y tardes y noches, el unicornio y yo, todo el mes de agosto, zoofilia salvaje que seguro nunca sería llevada a cabo…, era esa época en la que si una niña así perdía el himen, lo siguiente que oías era la historia sobre su padre dando vueltas por el pueblo con una escopeta. La época de los besos. (Al menos así era entonces, supongo que ahora ya follan como conejos y se esnifan cocaína de los genitales…).
Yo asentía…, nadie me ganaba en eso (aunque no pasara de ahí…). En el pueblo te acostumbrabas a adaptarte un mínimo para sobrevivir, tenías que saludar y mostrarte lo suficientemente sociable con seres a los que veías una vez al año: extraños que resultaba que eran familiares tuyos, gente mayor, personas de las que no recordabas bien el nombre de cada una, o las confundías. De modo que asentías, sonreías, te revolvías sobre ti mismo en una vorágine de protocolos forzados. No es que no tuvieses práctica, la mayor parte del tiempo durante todo el año se te exigía, como ya decía más arriba, cualquier cosa menos tu reacción natural ante cada situación. Si alguien como tu tío desconocido y mayor le clavaba un cuchillo a un cerdo delante de ti e incluso te salpicaba un poco de sangre en la cara…, si los gritos del animal te estaban dejando sordo…, si luego en las fiestas veías a gente lanzarle dardos de fabricación casera a un toro…, si oías a tu familia discutir por la herencia de un muerto…, si escuchabas los susurros de tu madre en la otra habitación y te enterabas de que había tenido tres abortos de joven…, si tu tía te plantaba el tercer plato de lo que fuera y no le querías hacer el feo y acababas vomitando…, si veías a tu padre peleándose un día en el bar con un borracho…, si se te ponía dura delante de tus dos primas mayores y ellas se daban cuenta…, si veías morir a un hombre en la plaza portátil con un cuerno atravesándole el estómago y asomando por la espalda entre sus vértebras… En fin, respirabas hondo… y hacías como que no estabas tan impresionado o avergonzado, sólo lo justo. Imitabas a los demás, nada te indignaba o dolía, todo venía a cuento… Se trataba de un gesto adusto, procurabas que pasara el momento… Por eso, esas niñas me miraban como si yo fuera a moverme de mi toalla. Creían que estaba predispuesto a lo que fuera que querían de mí. Tras largar como cotorras sobre la brillante crin del unicornio, me dijeron dando mil rodeos que querían presentármela.
Que nadie se alarme, esto no se convertirá exactamente en una de esas diatribas sobre el paso de la niñez a la pubertad, o de la “exultante juventud” a la “tristeza decepcionante por un vislumbre de la edad adulta” (preceptos siempre más lamentablemente prefabricados que a la fuerza reales); fases vitales siempre descritas de una forma exageradamente lírica, etiquetada, hiperbólicamente idealizada o dramatizada. Seguro que hay casos para cada ejemplo, pero no siempre cabe ponerse poéticamente babosos al respecto; la sequedad (la más habitual, de hecho) también tiene su encanto constructivo, como el ridículo o el aburrimiento atroz, o ciertos momentos de tensión desagradable sin más quizá no demasiado interesantes en principio para la literatura habitual sobre el tema. La gente de cierta edad parece reírse o “enternecerse” constantemente con cosas que –si tienes una brizna de empatía– ni tienen necesariamente puñetera gracia ni son para situarse en un altar sentimental de la experiencia: esa gente que actúa como si jamás hubiesen sido más pequeños, como si siempre hubiesen podido hacer gala de esa pátina de “adultez” capaz de poner nombre a los sentimientos, clasificar las emociones, y luego la vida en etapas marcadas a fuego.
Esto pretende (en parte) ser una enumeración de hechos inevitablemente algo adornada para compensar lagunas de la memoria. Una historia sobre personas encerradas en un momento y sistema concretos; y que lo siguen estando. Esto es Yo tropezando con una piedra que dicen siempre es la misma; e insisten de manera estentórea con eso; porque, para todos, aceptar la terrible posibilidad de estar mal-simplificando demasiado el curso de una vida, es demasiado grave para reconocerlo. Llamar persona a alguien de trece años sigue fuera de lugar. Cumplía ordenes de “mis superiores”, era servicial, iba a los sitios a los que “tenía que ir”; vale que suspendía los exámenes, pero seguía igualmente dentro del redil. La persona estaba arrinconada, por eso yo no era alguien vital realmente: solo era –como todos– lo que llaman un adolescente. Esto les facilitaba las cosas; mi sufrimiento era anecdótico, mis quejas eran superfluas, mis acciones vacías, mis ideas innecesarias, mis proposiciones estaban fuera de lugar, mi mirada: guiada, mi personalidad en fase de alarmante (y, adecuada, según todos) remisión. Yo era un proyecto, y era tratado según ese principio; yo era el adulto futuro que volcaría su adecuada salsa formativa automática sobre la siguiente hornada generacional económicamente viable, ya habiendo aprendido que los niños son nada más que apéndices de los mayores, y que cuatro o cinco palabras podían definir la complejidad y el caos de la existencia. Mi carácter tenía que acabar bien provisto de cierta amargura sistémica productiva, pero yo, aun inconscientemente, no estaba por la labor… Ni de lejos.
Como sea, lo quisiera o no, yo vivía hundiéndome, pataleando en el océano habitual común: La casi segura muerte de la creatividad personal, el amedrentamiento sin tregua de la curiosidad. Con TODO lo que eso conlleva.
En aquella época, de todas formas, aún no pensaba casi nunca, sólo me protegía. O bien: fue entonces cuando pude comenzar a pensar en cierta manera. Estas chicas creían que yo hablaba el mismo idioma que ellas, pero cuando me soltaron el plato fuerte me enroqué (aunque sólo hasta cierto punto), y les dije que si el unicornio quería verme, solo tenía que venir ella misma. Por algún motivo, eso era inconcebible. Tenía que ser yo el que hiciera el gesto de llegarme hasta ella, que en ese momento estaba fuera de las instalaciones de la piscina, donde de todas formas podría haber entrado cuando quisiera como socia que era. Todos lo éramos. Podíamos salir y entrar cuanto quisiéramos. No solo era así, además las muchachas que actuaban como filtro oficial conocían a todo el mundo, todos los nombres, quién era tu familia, cuánto tiempo llevabas en el pueblo y cuándo te irías. Desde mi punto de vista, había sido extraordinariamente receptivo; había dejado una puerta abierta, cosa que de principio no tenía ningunas ganas de hacer. La posibilidad de hablar en confianza con una chica allí, me provocaba auténtico vértigo. No tenía la más remota idea de qué coño le podía contar que le interesara, y si comenzaba a decir la verdad sobre mí (esto era: no quiero ligues de verano, ni siquiera vengo al pueblo con muchas ganas, he suspendido todo este año menos gimnasia, lo único que me interesaría sería meterte mano, no creo que tengamos nada en común, no juegas al fútbol, no tengo ganas de pasear al atardecer, prefiero una paja sin más que el dolor de huevos después de los morreos, no soporto que todos cuchicheen sobre esto, no quiero despedidas dramáticas, no quiero relaciones estúpidas por teléfono, no me interesa ser otro payaso en ese circo de los novios-niño al sol, etc.), obviamente nada iba a funcionar, porque allí y en esas edades, no tenía cabida la posibilidad de gustar por pura extrañeza o desconcierto. La realidad era que lo que me veía venir era un puñado de lengüetazos sin añadidos a un lado de la balanza, y un montón de paripés, memeces y dramas encantadoramente odiosos en el otro. No veía cómo podían equilibrarse tales perspectivas.
Aun así, dije de verdad que no tenía problema en que me presentaran a esa chica si ella quería venir, volver al césped de la piscina (donde de hecho yo sabía que había pasado la tarde). Puede que lo dijera inconscientemente adrede a mi favor, porque resultaba atonal en ese momento; de repente era como hacerle tragar su orgullo de alguna manera al unicornio, que había dado el paso de enviarme a dos emisarias para hacerme saber “sutilmente” que yo era de su interés. Era mucho más de lo que yo jamás habría hecho por chica alguna allí.
Era guapa y, a su manera, valiente. Yo era un producto de manufactura social al uso de autoestima atrofiada, pero no me alargaré con eso, puede que ya lo haya hecho, o que el motivo se desprenda por sí solo de toda la historia.
La cosa se puso tensa. Las chicas comenzaron a bromear, a tironear de mí. Primero fue la mayor, me cogía del brazo y me intentaba obligar a levantarme. Rogaban que me fuera con ellas, decían que no me costaba nada, que solo era para saludar al unicornio, darle dos besos, intercambiar timbres de voz, puede que alguna mueca amable… Yo creía firmemente que ella querría citarse conmigo para otra ocasión. Era una situación terriblemente comprometida. Tenía que luchar por mis princi… por mi… tenía que fijarme al suelo de algún modo, mi trozo de césped era sagrado, era mi espacio de esparcimiento y relajación, no podía abandonarlo, no, nanay, no era una posibilidad. Llegó un punto en que las dos chicas me agarraron una por cada brazo, y llegaron a arrastrarme unos metros. Intentaban que por mera dignidad yo cediera, me pusiera en pie y me fuera con ellas: no sabían que yo bailaba muy mal la danza de la dignidad, y mi umbral de la humillación no era fácil de rebasar. Pero aun así no quería que me arrastraran, de modo que, patéticamente, llegué a murmurar que tenía novia… Esto era doble o hasta triplemente patético, porque por un lado era mentira, por otro era muy poco probable que un chaval a esa edad tuviese algo parecido a una novia, y además ese tema no había salido en crudo, solo se contemplaba el escenario en que yo accedía a ver a una niña que quería hablar conmigo.
Acabaron rindiéndose. No recuerdo si dijeron algo significativo al irse.
Pasé un rato más en la piscina. No les dije nada a mis amigos, que en ese momento estaban esparcidos por las instalaciones. Las chicas habían venido a por mí en un momento en que estaba solo. Aunque en realidad había estado Todo el Mundo mirando…
Al irme –como siempre fingiendo estar tranquilo y nada turbado por la inevitable aventura cutre de ser Yo–, noté miradas y murmullos. Para salir de las instalaciones de la piscina descubierta, había que atravesar un edificio, un corredor interior, pasar por delante de recepción y las dos chicas que “trabajaban” allí, y luego salir al exterior, doblar a la derecha y tomar rumbo cuesta arriba dirección a casa. Pasabas por delante de las alambradas que rodeaban el campo de fútbol (futbito, más bien) que a la vez era dos canchas de baloncesto y una cancha de tenis.
Antes de llegar a esas alambradas, había un espacio a modo de callejuela entre el edificio de la piscina y el polideportivo, y mientras caminaba junto a un colega que vivía cerca de mi casa, vi un corrillo de chicas; el unicornio y los drones militares alrededor de él, el personaje Sim chica y todas las jugadoras graznando. O eso pensé. No nos detuvimos. La imagen que me llegó fue la de Ella llorando en el hombro de una de sus dos amigas, mientras las otras lanzaban frases de ánimo y consuelo. ¿Qué clase de drama era aquel? ¡Ni tan siquiera me conocía! La cabeza me comenzó a dar vueltas alrededor de ideas y teorías. Lo primero que pensé tras mi estupefacción, fue: qué pereza, ¿y mañana qué? (de buen agrado me quedaría en casa…). Lo segundo: pobrecilla. Lo tercero: no me conoce pero cree que pienso algo terrible sobre ella (recordemos que era una cría), como que es fea o jamás la tocaría, o que me parece tan fea e intocable que ni tan siquiera me apetece saludarla…
Me comencé a sentir fatal, y a la vez seguía en mis trece de que no haría nada. No quería pasar un mes de agosto preocupado por una chica de la que me tendría que despedir aparatosamente cuando me fuera. No quería iniciar algo que no iba a ningún lado; por el amor de Dios, tenía doce años, o trece, (o catorce…), no quería tener novia, ni relación alguna, me daba urticaria cuando oía a chicos mayores que yo hablando de esos temas. Quería jugar al fútbol, masturbarme y pasar desapercibido. Definitivamente, no quería líos, a ningún nivel.
No sabía que ya estaba en uno, o lo sabía pero me lo negaba.

Había sido por el rumor, y había sido por la escenita, que no hizo sino hacer que el rumor se volviera casi palpable, le crecieran brazos y piernas, y alcanzara el tamaño suficiente como para llevarme en una mano de un lado a otro como a un pelele. Eso pensé. En ese momento era el foráneo exótico, centro de la diana del unicornio del pueblo, no habría llamado más la atención si hubiese sido rubio, extremadamente guapo y simpático. Hasta hacía no mucho, la única forma de ver una pelirroja en ese lugar debía ser pillar a medias alguna película con Rita Hayworth. No es fácil de explicar, pero era todo en extremo… rústico, cualquier salida de tono, “ética” o estética, era motivo de gozo y diversión. Los niños estaban aún lejos de tener consola. Tirar piedras a una lata aún se consideraba como actividad a tener en cuenta para alcanzar un nivel de entretenimiento óptimo.
Todo el mundo lo (me) vio en la piscina, quizá treinta o cuarenta personas, lo cual en un pueblo es todo el pueblo a poco que pase media hora. Todos sabían quién era yo, quiénes eran mis padres; joder, hasta mi madre supo de lo de la pelirroja antes de que yo me enterara de rumor alguno. Discreción no era nada más que una de las palabras que nadie usaba allí.
La noche tras aquella tarde horrible, fue aún más horrible. No se me iba de la mente la imagen de la cría llorando. Era como haber hecho llorar a un dibujo animado que no conociera la maldad o indiferencia del mundo real. Pero yo no era más fuerte; puede que no llorara fácilmente, pero mis padres siempre decían que hablaba en sueños, que a veces tenía noches de lo más agitadas. No era como esos sonámbulos que se levantan y se disponen a pegar a un trago a la botella de lejía, pero estoy convencido de que muchos miedos se manifestaban mientras no estaba consciente. Era como si mi capacidad de negación hiciera que a mi cuerpo no le quedara otro remedio. Es mejor llorar despierto que gritar según qué cosas mientras duermes. Eso es seguro…
El día siguiente amaneció y sinceramente no sé qué día era. Uno más; tampoco es que importara. Era otro día de rondar por ahí con otros críos por la mañana, comer a mediodía las exquisitas grasas que te ofrecía el lugar, andar de puntillas mientras mis padres echaban la siesta, y luego… Luego llegaba el momento de ir otra vez a la piscina. El momento comunitario. Ojos por todas partes, y no ojos cualesquiera: ojos que cuando veían a alguien sabían perfectamente qué hacía, cómo le iba, si se follaba a alguien o si estaba triste, feliz, amargado, pre-suicida o permanentemente borracho. Cada cual tenía una reputación y una lista de méritos y deméritos para todos; si la misma coincidía o no con la realidad, no importaba: la versión que corría por las calles era la que iba a misa, a veces literalmente. Mis padres, nada creyentes, iban los domingos a escuchar el sermón básicamente para no quedarse fuera de ciertos mentideros. Si estabas dentro, rajabas, si estabas fuera, te rajaban, si estabas dentro y te callabas, rajaban de ti mediante cuchicheos, asegurándose de que te dieras cuenta aunque no supieras qué estaban diciendo.
O jugabas o te partían el tablero en la cabeza. Y yo era muy duro de mollera…
Cuando llegó el momento de volver a la piscina, y mientras bajaba toda la cuesta en que estaba asentado el pueblo, me convencía a mí mismo de lo tranquilo que estaba. Notaba cómo la arteria carótida me palpitaba, era como tener el corazón en el cuello. Lo bueno de esperarte un marrón, lo bueno de imaginarte lo peor quieras o no, es que luego no suele ser para tanto. Me vi entrando por el corredor del edificio, saludando monótonamente a las “recepcionistas” (y algunos drones, siempre allí de tertulia), y sabía que todos sabían. Sabía que todos habían mencionado de alguna forma el numerito del día anterior, aunque solo fuera con una broma fugaz. La piscina y su ambiente siempre contaban con su propio desarrollo narrativo; si eras listo, sólo acababas siendo un figurante, pero si no te lo montabas bien o cometías una torpeza, te convertías en parte del reparto principal. La verdad es que, cuando comencé a caminar por el césped con mi toalla y mi bañador verde (aún lo tengo), aun sabiendo que algunos ojos se volvían hacia mí, pensé: bueno, no es para tanto. No será para tanto, me dije. En todo caso, mi integridad física no correrá peligro. Cuando aún era tan joven, tenía la sensación de que, a la vez que nadie te tiene en cuenta de verdad, tampoco les parecen graves o a tener en cuenta tus acciones. Resultan, como mucho, llamativas. Has de hacer algo claramente delictivo para que comiencen a no reírse de ti de un modo u otro. Esto yo me lo tomaba a bien entonces, ya que solo quería que me dejaran en paz; pero creo que también es el motivo de fondo por el que algunos chicos se arman hasta los dientes un día para ir al instituto. Ahora tengo claro que es algo negativo catalogar como completamente intrascendente a alguien en base a su edad sin más; pero aquel día, en la piscina, creo que fue en parte por eso por lo que no pasó nada destacable. Creo que yo les hacía cierta gracia a todos, como un animal exótico. No hablaba si no me acorralaban, iba a lo mío, y mi relación con mis colegas era básicamente futbolística. No es que no dijéramos chorradas, pero nunca me sentía muy cómodo cuando largaban sobre las tías, sobre lo «buenas» o «ricas» que estaban o dejaban de estar. (Aun sabiendo que algunas de ellas hablaban en los mismos términos sobre chicos.) No me gustaban esas dobles caras de todos, bromistas y estúpidos a espaldas de ellas, pero enseguida tiernos y protectores si tenían algo con una chica. El que dijeran tantas gilipolleces cuando solo podíamos escuchar los amigos, hacía que luego me parecieran falsos con ellas cerca. No tenía que ser necesariamente así, a veces un chaval dice tonterías y luego tiene buen fondo; pero aquel doble juego era tan insistente, que a largo plazo me daba la sensación de que el chico de turno no era sincero ni con ellas ni para con nosotros, sino simplemente un aprovechado intentando manejarlos a todos a su antojo. Esto es algo que se acentuaría en subsiguientes años, cuando los líos con chicas ya fuesen algo descaradamente habitual entre los de mi edad.
Me instalé con mi tolla junto a las toallas conocidas. Allí la gente simplemente dejaba las toallas y sus cosas y luego iban de estación en estación, se sentaban con otros grupos, salían al polideportivo, entraban, volvían a irse, se bañaban… Nadie contemplaba el que te pudieran robar, y de todas formas no podían hacerlo sin que nadie les viera. La tendencia de la gente a querer saberlo todo y contarlo todo (en cuanto a chismes), podía llegar a jugar a tu favor.
Vi que el unicornio estaba por allí. El único cambio tuvo que ver con su frialdad óptica, por llamarla así; y no porque me mirara mal, sino porque ya no miraba en absoluto. Era un témpano pelirrojo.
(Recuerdo que en años posteriores se lió con un chico que a mí me parecía un peñazo insufrible; no por intratable o mala persona, sino por aburrido y neutro como jamás haya conocido a nadie. A veces tenía la sensación de que –entre unas cosas y otras– algo había muerto gradualmente dentro del unicornio con el tiempo –tampoco era raro que la esencia de alguien muriera a los trece o catorce años…–, y ya lo único que acabó quedando de él fue la inevitable y eléctrica cabellera. El pelo de un cadáver no sigue creciendo sólo cuando éste está dentro de un ataúd…)
Con los días, entró en juego otra chica. Yo ya no esperaba calma durante ese mes. Otra niña que era como una botella de champán a la que agitaran todo el tiempo con mucha energía, y que aún no había sido destapada… Era morena, casi violentamente morena, pelo liso, y sus ojos eran algo rasgados. Me hablaron sobre ella. Sin tapujos. Mis amigos de allí ya sabían qué rollo llevaba yo, que era el de intentar no llevar ningún rollo, y me advirtieron.
Es del pueblo, también.
Es peligrosa.
Te pillará desprevenido.
Odia al Unicornio.
Ahora sonríe con facilidad.
Todo sin aparente motivo.
Tanto el odio como la sonrisa.
Trama algo.
No salgas solo por la noche.
¿No la has visto en la piscina?
Tiene tu edad, sea la que sea.
Está muy buena.
Tú mismo.
Ya tenía que estar pendiente de dos… Y se hablaba de una tercera (pero nunca se confirmó). Lo importante no era yo, sino lo que se desataba alrededor, me gustaría que esto quedara muy claro, esta es mi verdad: yo era perfectamente intercambiable. Después de mi frialdad para con el unicornio, ahora ya no se trataba del proceso potencial de una nueva pareja: yo me había convertido en un nuevo Reto. Al parecer yo no era el primer caso allí de aparente indiferencia hacia las chicas; había habido un chaval hacía un par o tres de años, uno algo mayor que yo. El chico, me contaron, acabó sucumbiendo en los lavabos de la “discoteca” del pueblo, el último día antes de irse, a manos de una chica a la que allí se consideraba una especie de leyenda, una muchacha que debía tener ya unos dieciocho años, una criatura a la que llamaban: Tebas.
Aquel chico sí tenía novia en la ciudad. Si es verdad lo que me contaron, luego continuó con ella (con su novia). Al parecer, esa urbanita era la única persona del entorno del chaval que no sabía lo de Tebas, y así pasaron los años…
Los tiempos sin Internet.
Me contaron todo esto porque esa morena peligrosa era, al parecer, la más digna heredera al trono de Tebas. Una chica que prometía conseguir literalmente lo que le diera la gana.
Yo había visto a Tebas antes de saber que era Tebas.
Vaya si la había visto…
Una tarde del verano anterior, había salido antes de lo habitual de la piscina, no recuerdo por qué. Subía solo la cuesta. Era el último o penúltimo día antes de volver a la ciudad. Me quedé un rato tras una alambrada, que separaba la pendiente de hierbajos que llegaba hasta la alambrada del polideportivo, de la calle en que estaba yo. Había pequeños árboles, y un par de bancos de cara a la calle, separados por unos dos metros y medio. Había dos equipos de mayores jugando un partido abajo. Uno muy movido. Incluso dos chicos se habían enzarzado; uno continuó jugando aun sangrando por la nariz. Apoyé un pie en uno de los bancos, quería quedarme unos minutos viendo el juego.
No debió pasar mucho hasta que noté que no estaba solo. De pie frente al otro banco, también en apariencia atraída por el partido, apareció como de la nada una chica. Era algo mayor que yo, y evidentemente llamativa. Intercambiamos un saludo algo extraño; aunque no tanto si se considera que estar cerca de alguien en el pueblo, aunque nunca hayas hablado con esa persona, casi te obliga a decir algo, a mostrarte mínimamente… humano. La chica llevaba el pelo corto y rubio, le caía sin llegar hasta los hombros, el viento removía su flequillo; ojos verdes, no muy grandes, pero de un verde intenso, casi radiactivo (el sol le daba de cara). Cara redonda, algunas pecas, cuello visible y poco cargada de hombros; tenía las tetas apresadas, apretadas bajo un top que no podía disimular el tamaño pectoral. Llevaba unos vaqueros ajustados, recortados de tal forma que asomaba la tela de los bolsillos. Era todo curvas, ese tipo de belleza más “aguerrida” que la culturalmente asociada a la chica joven y mona de los anuncios. Una guitarra, sana y exultante; no necesitaba decir nada para que estuvieras al instante boqueando en sus redes; y, según sé, cuando decía algo más allá del saludo, ya estabas vendido.
Yo estaba abrumado, obviamente. Estábamos en una atalaya visible para todos (creo que nunca he sabido calcular bien la importancia de esto…). Yo nunca me había cruzado con ella, no sé si había estado unos días fuera del pueblo; o quizá era por mi costumbre de caminar mirando al suelo… La cuestión era que ella lucía de lo más natural; no parecía sentir que hubiese invadido el espacio personal de nadie. No es que lo hubiera hecho, técnicamente…, estaba a unos tres metros, se sentó en el otro banco, oprimiendo su teta izquierda contra el respaldo, pasando su pantorrilla izquierda bajo la pierna derecha, de cara al partido.
Yo pensé que no podía irme sin más, me pareció que no era adecuado. Aguanté unos minutos. No sé si ella tenía curiosidad respecto a mí, no sé si ya sabía quién era yo o si me detectó como desconocido y decidió jugar a ponerme nervioso. Pero no parecía el perfil previsible habitual, no se comportaba de manera que pudieras intuir de alguna forma sus intenciones. De hecho (y esto la hacía más atractiva), no parecía tener intenciones concretas. Solo compartir ese espacio, sin necesidad de decir nada. Esas personas existen; es lo que yo creo que es el carisma. Y, al contrario de lo que parece ser la creencia popular moderna, no es algo que se pueda planear ni prefabricar. Cuando habían pasado tres o cuatro minutos, y estaba a punto de hacer el ademán de irme, casi había comenzado a sentirme cómodo allí, a esa poca distancia de ella, con los gritos de fondo del partido. Era agradable, y también agradablemente inquietante.
Di un paso y di dos, en la dirección contraria; el que ella, digámoslo a las claras, me atrajese o me hubiese embriagado de alguna forma que no entiendo del todo, no significaba que yo me fuese a dejar llevar de algún modo, o que supiese gestionar lo que estaba pasando. Justo cuando me volvía para continuar subiendo hacia casa (o quizá ya me había dado la vuelta), ella dijo algo. No recuerdo el qué, fue algo a modo de despedida. Lo importante es el significado subyacente; creo (o quiero creer) que quiso dejar algo claro con ese gesto sonoro y sencillo. O bien que se había sentido cómoda en mi silenciosa compañía, o bien simplemente que habíamos compartido ese momento (algo que, a pesar de ser yo bastante capullo, me tenía que quedar claro). Sonrió, un poco, sin fingimiento calculador. Yo dije también algo, algún monosílabo, y luego una nube que yo imaginaba amarilla por mis atracones de Dragon Ball, me llevó flotando hasta casa.
Aquí viene al máximo justificada la sobada frase: Nunca la volví a ver.

Creo que ya he mencionado la discoteca del pueblo. Que era, más bien, el lugar al que llamaban discoteca. Yo diría que había sido un corral al aire libre sobre el que volcaron dos hormigoneras y aplanaron el suelo. Seguía siendo abierto, encajonaron una barra y había un DJ residente, o más bien alguien pinchaba discos, quien quisiera…
Allí entraba quien le venía en gana, también había niños. Era lo que se llama una discoteca familiar, era… nada parecido a una discoteca, ni siquiera tenía mucho éxito, pero sí es cierto que, al no ser un lugar muy transitado, allí iban las parejas a morrearse. Mientras alguna mamá bailaba con su hija de siete años en la “pista”, en las sombras alguien le comía la boca a alguien. Si mirabas hacia arriba podías ver las estrellas (y de verdad podías). Era el lugar indefinido por excelencia del pueblo. Cada vez que alguien lo mencionaba, comenzaba el festival del levantamiento de cejas. Pero seguía existiendo. No sé a qué venía aquello, por qué estaba allí, quién lo regentaba. Creo recordar que cobraban entrada, muy barata, pero que si eras menor entrabas gratis. Algo así. No tenía puñetero sentido. Era la época de Whigfield y Sopa de Caracol; así que la música tampoco ayudaba. Como emplazamiento para el sinsentido, era un lugar coherente, supongo.
Una noche fuimos allí. Fue pocos días antes de preparar las maletas. Fui con tres o cuatro amigos. Nunca había entrado; había oído hablar del sitio, claro. La iluminación ya lo decía todo, y era un discurso que no se parecía al de un líder latinoamericano, creo que había dos focos, no estoy seguro de que ambos en movimiento. Y había bombillas, varias bombillas esparcidas, eran de ubicación imprevisible, si te descuidabas podías acabar con una rota y clavada en el culo. Había una suerte de bancos de obra para sentarse, estoy bastante seguro de que ya estaban allí cuando el lugar estaba destinado a caballos o burros.
Recuerdo haberme sentado allí, oteando a mi alrededor. Aun después del mes que pasé, comenzaba a darme pena tener que irme del pueblo en dos o tres días. Ese año no estaría para las fiestas, que de todas formas cada vez eran menos de mi agrado. Casi todo basculaba alrededor de los toros. Ni tan siquiera había encierros, cosa que sí se estilaba en otros pueblos. Allí se limitaban a soltar a los animales en medio de la plaza del ayuntamiento (vaquillas por la mañana –siempre indultadas–, y toros por la tarde), en cuyo centro había una fuente. A pesar de haberme criado en parte en ese entorno, cada vez me llegaba menos el jolgorio del asunto, y más la crueldad evidente del mismo. Por las noches era distinto, las copaban las denominadas peñas, con sus propias camisetas identificativas (“Los colgaos”, “Los gamberros”, “Las Mininas”…), y cada peña tenía su guarida, normalmente garajes o patios interiores, alguna barra improvisada y abundancia en alcohol. El ritual consistía en reunirte con tu peña, y luego salir de ruta para visitar las otras. Ser menor no era un problema: entonces muchas menos cosas eran un problema… Pero la gente era lo suficientemente responsable al respecto, o eso creo. Ese año no llegaría a formar parte de ninguna peña, y mi culo no se congestionaría contra los tablones de la plaza portátil de toros.
Sentado en aquel corral reconvertido en sala indefinida de baile, ya me había olvidado en parte de las chicas y las incomodidades de la piscina. Habían pasado los días y todos parecían haber captado el mensaje: el que decía que yo, por lo que fuese, no estaba para ciertas gaitas.
Pero entonces entraron en la “discoteca” unas cinco chicas y un par de chavales, venían en grupo. Eran de distintas edades. Comprobé con horror que una de ellas era la hermana del unicornio, y otra la potencial heredera al trono de Tebas. Las demás eran drones ya conocidos. Sin comerlo ni beberlo, estaba acorralado. Pensé en levantarme y salir de allí sin más. Pero enseguida se habían percatado de mi presencia. Uno de mis colegas estaba en la barra. La hermana del unicornio iba a lo suyo; me vio, pero no tenía intención alguna de decirme nada. Había llegado a pensar que si me la cruzaba podía llegar a amonestarme por cómo traté (o más bien: no traté) a su hermana pequeña. Y puede que se le llegara a pasar por la cabeza días atrás. Pero ya habían pasado dos semanas, y quizá su reacción inicial se había enfriado. O quizá le importaba un carajo… El horror se hizo aún más presente cuando vi que la heredera comenzó a hablar con uno de mis colegas en la barra; todo mientras me lanzaba miradas de lo más claras y significativas. Miradas de intensa curiosidad; gestos que daban a entender que no tenía problema alguno en acercarse y decirme lo que se le pasara por la cabeza. En cierto momento, mi colega levantó las manos al modo “yo ni entro ni salgo”, y ella sencillamente caminó hacia a mí.
Se detuvo delante de mis rodillas. Dijo:
–Hola, tú eres –dijo mi nombre–, ¿verdad?
… y se sentó a mi izquierda en el banco de obra.
No pude evitar sonreír, como si estuviese demasiado agotado emocionalmente después de todo el mes para mostrarme aún indiferente o impertérrito. Inmediatamente, aumentó el aforo del lugar. Quiero pensar que no fue por la presencia de la heredera; me he convencido de que nadie me preparó una encerrona. Pero no puedo asegurar qué es lo que pasó de verdad. Sí sé que allí no iban grupos de chicas, los jóvenes acudían en pareja o no acudían. Aquello era para familias foráneas despistadas y chavales que iban a pegarse el lote porque sabían que sus amigos no aparecerían por allí.
Dije:
–Sí. Hola.
Ella me dijo su nombre, se presentó. Tenía la esperanza de que la hermana del unicornio hubiese visto que había sido ella quien se había acercado a mí, y no al contrario. Cuando intenté comprobarlo, la vi abrazada a su novio (estaban a pocos días de romper) y ajena a todo lo demás. Cuando me veo en una situación incómoda, lo siguiente en lo que pienso es en cómo podría empeorar aún más. Pero por suerte el unicornio no hizo acto de presencia. Dios aprieta pero…
No me quedaba más remedio que conversar, y conversé. Que me maten si recuerdo de qué hablamos. Recuerdo que ella iba maquillada, y que llevaba un vestido blanco bastante ajustado, la falda con cierto vuelo, las piernas morenas y los pies enfundados en unos zapatos planos, puede que unas bailarinas o algo parecido. Era una niña con cuerpo de mujer; sus caderas ya muy formadas, sus tetas sin sujetador bajo el vestido. Su cara se encendía al sonreír. Su peinado era sospechosamente parecido al que Tebas lucía el año anterior, llevaba el pelo sólo un poco más largo, y el mismo era oscuro como la pulsera de mi reloj Casio. Éramos un niño con una mujer sentada al lado, esa impresión debía dar. Yo debía llevar una camisa y unos tejanos, algo así como mi uniforme para salir por las noches. Neutro y perezoso. La ropa solo tenía una utilidad crucial: comodidad para jugar al fútbol; y por las noches no había partido. Ella se arrimaba cada vez más. Hasta el punto de que ya sólo podía oler su colonia. Pero se acercaba tanto que daba la sensación de que era ella la que olía así, y no las gotas de lo que fuera que se hubiese echado en el cuello. Cuando quise darme cuenta, había pasado sus rodillas por encima de mis piernas. Luego recuerdo que su mano de uñas pintadas se posó en mi camisa cerca del cuello. Se me abalanzaba y sonreía, y su sonrisa decía: yo llevo las riendas, y no eres para tanto: tu fama es gratuita. Sus labios atacaron y pronto sentí su lengua. Fue bastante fácil acompasarse, más de lo que yo había pensado millones de veces. Era instintivo, y ella ya tenía algo de experiencia. Entonces ya no supe quién miraba o dejaba de mirarnos. Mi mano izquierda se fue sola a sus piernas. No sé cuánto tiempo estuvimos así, creo que se mezclaba su pintalabios (no era precisamente de alta tecnología) con su saliva. Ella había ganado. Más allá de lo físico, no sentí lo que había sentido a tres metros de Tebas el año anterior, pero nadie podía quitarme ya el dolor de huevos. No fue a más. Una amiga suya le dio un toque en el hombro. El beso se extinguió. Ella se puso de pie. Los drones soltaban risitas. El grupo salió de allí. La hermana del unicornio me echó una última mirada. Sonrió como diciendo: No pasa nada, chico.
Ahora estoy bastante seguro de que todo esto sucedió a mis quince años. Como mínimo.

En los dos días que quedaban, todo se reducía a un ritual de despedidas. Volvías ver a esos familiares a los que apenas conocías. También te despedías de algunos amigos, incluidos sus padres. No vi más ese año a la heredera (ella ya había conseguido lo que quería). Y tampoco al unicornio. Por mí ya estaba bien.
Salíamos camino a la ciudad (un viaje de diez horas), siempre de madrugada para evitar ciertos atascos. Era bonito, era deprimente. Nunca quería ir allí y nunca quería irme de allí. Mi padre ponía la radio, la radio estaba siempre presente durante el viaje. Yo me quedaba embobado mirando la Luna. La Luna nos seguía. Las estrellas. La carretera serpenteaba unos diez minutos hasta llegar a una ruta más estable. Yo quería menguar, convertirme en nitrógeno, volverme invisible. Me colocaba el Walkman en medio del aquel estercolero perfumado de los noventa. Subía el volumen de las guitarras densas de Oasis. Lo que un amigo mío llamaba: rock bola. Fantaseaba por igual con Vivir y con bastos bosques oscuros y plagados de cepos.

mill

Marte Merchandise 7X

Miles Kent, presidente de Coca-Cola Company, mira su bollo. Henrietta permanece en un rincón, esperando ordenes. P. abre los ojos en simulación de sorpresa;
–Oh, Henrietta, ¿puedes traer también el café para el caballero?
–Sin duda, señor P.
Kent sonríe con desconcierto.
P.:
–Se debe preguntar a qué se debe este encuentro. Siento el halo de misterio al respecto. No ha sido premeditado. En realidad la cuestión es muy sencilla…
Henrietta, la rapidez personificada, coloca una taza de café delante del señor Kent.
–Gracias, Henrietta –murmura P.
–Usted dirá… –Miles Kent parece impacientarse.
–Verá. Como sabrá, nuestra colonia en Marte está en pleno crecimiento. Ya tenemos eficaces instalaciones para el agua, bastos campos de cultivo cada vez más funcionales. Hemos acortado el tiempo de viaje desde la Tierra superando las previsiones más optimistas (como usted ya habrá comprobado), mejoramos día a día las comunicaciones, y tenemos sistemas de protección y adaptación al entorno sólidos y fiables…
–…
–La cuestión es que…
–…
–Cómo se lo explicaría…
–Me tiene en vilo…
–Mis disculpas otra vez. Le aseguro que no es la intención.
–…
–Para empezar…, y aunque no tenía previsto sacar el tema, quiero aclarar algo sobre el pequeño revuelo mediático que sin duda le habrá sobrevenido estos días…
–¿Revuelo?
–… fotos en que su hija parecía haber tenido alguna clase de… relación conmigo…
–¿Cómo, qué?
P. se queda en blanco, sus ojos bailan en las cuencas.
–Oh…, eh… lo siento de veras. Soy estúpido. No ha podido enterarse, estaba usted en pleno desplazamiento…
–Oiga, me estoy empezando a mosquear. ¿Mi hija de diecisiete años? ¿Usted?
–Eh…
–Más vale que me cuente qué está pasando aquí, porque…
–Oiga. Primero quiero que entienda que soy alguien fiable. Soy, entre otras cosas, la mente que puso en pie todo lo que ve. Sin mí, este planeta continuaría siendo un desierto con coches teledirigidos humanos y…
Está mareando la perdiz, señor P., y no soy famoso por mi paciencia…
P. se quita su chaqueta, se queda en mangas de camisa y corbata; cincuentón, una amplia sonrisa, brillo nuclear, muchos logros, muchas cosas por hacer, académico ilustre, esperanzas secretas de inmortalidad, ex profesor universitario, fama de introducir su pene en quien sea que tenga a bien permitírselo, célebre leyenda sobre el tamaño, chistes sobre marcianas embarazadas, una denuncia por acoso de la que salió absuelto. Mucho dinero. Sospechas. Mucho dinero. Un brillo poco fiable en los ojos. Más dinero. Un tatuaje en su pubis depilado: «aquí, ahora».
Dice:
–Su hija vino con un grupo en una de las naves comerciales hace un tiempo, de visita, como usted sabrá. Siendo hija suya, quisimos darle una cálida bienvenida…
–Esto es…
–Le hicimos una visita guiada por uno de nuestros laboratorios, fuimos donde elaboramos la cerveza, entre otras cosas. Cerveza casera. Luego sin duda le llevaré a…
–Por Dios
–El caso es que, bueno, algunos chicos y yo estuvimos con ella, con sus amigas. Y ya sabe…
–El qué… ¡qué se supone que tengo que saber!
–Pues que con la cerveza y demás, pusimos algo de música y la noche se descontroló un…
Si ha tocado a mi…
–¡¡No!! A eso voy. No pasó nada, nadie la tocó. Las fotos que se han filtrado son meros momentos de…
–Hijo de…
–Oiga, solo nos emborrachamos un poco, nos hicimos fotos de grupo, y a veces de pareja, pero no hubo en absoluto sexo; sé que ha oído cosas, pero aquí No Hacemos Las Cosas Así… ¿Comprende?
–Ahora, señor P., solo comprendería levantarme y hacerle un lifting en la cara con el puño…
–…
–Hijo de perra… He leído mucho sobre usted. No me va a tomar el pelo.
–Henrietta… ¿Puedes dejarnos solos al señor Kent y a mí?
–Por supuesto, señor P. Y… si se me permite la observación, señor… Kent. Yo estuve allí, no pasó nada. Se lo prometo.
–…
–Gracias, Henrietta; por favor…
La mujer (unos treinta años, explosiva, atenta, también desconcertante) abandona la estancia, la compuerta metálica se cierra tras ella.
P.:
–Me quiero sincerar con usted… Es verdad, se han dicho muchas cosas sobre mí. Y no se lo voy a negar: me lo tengo merecido. He hecho muchas cosas de las que no me enorgullezco. No digo que fueran delictivas, ni mucho menos, pero tampoco son para enorgullecerse. Han salido publicadas muchas historias, algunas son ciertas, y otras sencillamente inventadas o maquilladas para convertirme en un personaje sobre el que narrar la última correría.
–…
–Vamos, seguro que usted me entiende. Y no digo que usted se parezca a mí, no me malinterprete, pero estoy seguro de que ha tenido sus malas experiencias con los medios. ¿No es cierto?
–…
–Una vez…
–Oiga –interrumpe Kent–, estoy muy cansado, y solo quiero que me diga por qué me ha hecho venir aquí. No quiero hablar del otro… asunto. Solo quiero que me diga qué hago aquí, y de lo demás, si se ha de decir algo más al respecto, le aseguro que se dirá. Se lo diré yo, se lo dirán mis abogados, se lo dirá la Ley, y hasta el mismísimo San Pedro si le ha tocado un pelo a mi hija. ¿Entendido? De modo que cuénteme qué quiere de mi Compañía. No soy amigo suyo ni pretendo serlo.
–…
–Adelante. Ya le he dedicado mucho más tiempo del que merece.
P. saca una carpeta, en realidad no tiene propósito alguno, solo necesita apartar la vista de Miles Kent un momento, hojear algunos informes para provocar un pequeño paréntesis, y así luego poder retomar la conversación desde ese minúsculo nuevo “volver a empezar”.
–Está bien –murmura–, debo introducir mínimamente el tema para que usted entienda el motivo central de esta reunión.
–…
–Sabe que Marte no es solo una curiosidad para el ser humano. Ya no. Ahora también es una oportunidad… Sé que Coca-Cola ha mostrado un claro rechazo a la idea de suministrar su producto a nuestro planeta…
Nuestro planeta… dice.
–… y que sus razones, aunque objetivamente erróneas, tienen sentido…
–No podemos dejar que se asocie Coca-Cola a un planeta cuya principal colonia de desarrollo tiene fama de realizar orgías multitudinarias, dinamitar la monogamia, burlarse de las religiones, hacer apología de las drogas y presentarse como la alternativa libre de un “planeta obsoleto” como la Tierra, señor P.
–Oiga…
–Sólo he venido… Mi Compañía tiene un principio sólido al que procuramos ser fieles: Escuchar lo que tienen que decir los demás. Pese a que Marte, como le digo, ahora no tiene la reputación adecuada ni de lejos… sigue siendo Marte, y sigue siendo… atractivo. Una idea atractiva, con múltiples asociaciones positivas potenciales. Al menos en cuanto a una proyección de futuro…
–Sí, oiga, creo que estamos avanzando, ¿no lo nota?, empezamos a surfear la misma ola…
–Cállese, no me interrumpa…
–…
–Una vez dicho esto, si he venido –aun a pesar de su precario sentido de la comunicación a distancia– es por dos motivos. Uno: la posibilidad de que ustedes tengan una oferta jugosa que hacer a mi Compañía; y cuando digo jugosa, usted me entiende ¿no?, me refiero a jugosa. Me refiero a que sea algo tan escandaloso que nos veamos obligados a financiar una campaña publicitaria abrumadora para limpiar la imagen de este sitio. Una oferta que me haga pensar en poner en marcha tal maquinaria de marketing que cuando la gente abra la nevera les salten a los ojos las etiquetas sobre lo que mola Marte ahora que ya es un emplazamiento limpio, familiar y apacible… ¿me sigue?
–Por supuesto, señor Kent, estoy…
–Cállese. El segundo motivo por el que he venido, es el de que, aunque no puedan ustedes hacernos esa oferta económica increíblemente obscena, podamos aun así comenzar a trazar un plan de asociación comercial entre Marte y Coca-Cola. Algo que, por supuesto, de momento se gestaría bajo el más absoluto secreto. Oficialmente, para que me entienda, ahora yo no estoy aquí. Estoy de vacaciones con mi mujer y mis dos hijas, casi las estoy viendo… Estamos en algún lugar respetable, verde y familiar de la Tierra. ¿Me explico?
–Eh, sí, c…
–De modo que, dígame. Ustedes y la NASA y todo el conglomerado empresarial… no me van a enterrar en dinero ahora mismo, ¿me equivoco?
–Lo cierto es que…
–Así, pues, antes de que comencemos a hablar sobre nuestra posible fructífera asociación a largo plazo, y ya que soy un hombre curioso, ¿qué era lo que usted quería?
–Vaya… Verá. La idea… Es…
–Oiga. Venga. Usted no está aquí por ser un cantamañanas, ¿no? Aunque sea un gilipollas, y tiene toda la pinta… (y si ha tocado a mi hija, su vida terminó), aun así, digo yo que liderará esta especie de fumadero extraterrestre por algo más que sus méritos científicos. Hable, no me haga perder más el tiempo, por favor se lo pido.
–Miles… ¿le puedo llamar Miles?
–No.
–Señor Kent… La verdad es que esta reunión no está resultando como yo… bueno, como yo la planifiqué. Pero de repente pensé que si iniciábamos algún tipo de relación comercial…, si usted, en ese proceso, se enteraba por medio de la prensa del asunto de las fotos filtradas…
–Es usted duro de mollera, P. Le he dicho que no quiero hablar ahora de eso… Solo quiero, por favor, por favor, señor P., solo quiero que me hable de negocios, o de lo que sea que quería contarme y que espero esté relacionado con negocios, negocios, señor P., tratos, conversaciones constructivas, contratos, papeles oficiales, cerebros en marcha, producción, dinero contante y sonante, gente bebiendo mi producto por todas partes, señor P. Esto es un viaje de negocios, una reunión de negocios. Por favor. No me gusta Marte, ni siquiera me hace gracia salir de mi casa, no me gusta viajar ni la gente ni tener que hablar con ellos, no me gusta este sitio, el frío que hace y la gente que vive aquí… Solo quiero… por favor. Hable. Diga lo que tenga que decir. Es mi último cartucho…
–Señor Kent… Está bien. Como querría haberle contado desde el principio, antes de que se me ocurriera sacar a colación ese asunto que prometo no volver a mencionar… en Marte comenzamos a necesitar… cómo decirlo… necesitamos comenzar a importar ciertas costumbres y rutinas propias de la Tierra. Estas costumbres y rutinas de las que hablo abarcan muchos campos de la vida familiar y próspera de un país del primer mundo, ese que usted y yo conocemos. Coca-Cola, a estas alturas, no tiene nada que envidiarle a otros símbolos a nivel mundial, ya sean físicos, espirituales o empresariales. Lo que creemos aquí, es que… su producto nos ayudaría a comenzar a derrumbar muchos mitos, historias de terror y leyendas sobre Marte…
–Un momento. Como he dicho, ahora no es posible…
–Oiga, disculpe, solo déjeme acabar…
»La cuestión es que…, ya sabe que aquí el asunto de la alimentación aún es muy básico, está solo un poco por encima de los nutrientes básicos que el cuerpo necesita. Tenemos agua, cultivos, elaboramos nuestro pan…; y, como sabe, muchos de los productos que hemos, básicamente, fabricado, no tienen aún, digamos, la consistencia de los que hay en la Tierra. Las condiciones son distintas.
»Lo que hemos pensado, después de darle muchas vueltas, es que de todas formas llegaremos más pronto que tarde a ese nivel de calidad. De hecho ya estamos muy cerca…
»Lo que ahora comienza a parecernos sumamente interesante, es comenzar a crear lo que aquí denominamos (de la forma más respetuosa y genérica posible): Golosinas.
»Esto incluiría la elaboración de nuestra propia bollería industrial (no como lo que tiene delante, básicamente pan), gominolas, chocolate de distintos tipos, productos lácteos diversos…, en fin, un largo etcétera. Y entre esas “golosinas”, obviamente tendrá que haber también refrescos.
»Es algo cultural, como ya estará intuyendo. El campo que creemos necesario comenzar a explorar, es básicamente el de los Caprichos. ¿Comprende?
–Le entiendo. Pero no intuyo de qué hablamos.
–En realidad, nos gustaría producir nuestras propias marcas. Y el primer espaldarazo, por decirlo así, guardaría relación con unas cuatro o cinco marcas blancas de inicio.
–Sigo a mil kilómetros de usted…
–Marcas blancas que… querríamos, de momento, rellenar con productos de marcas ya existentes, hasta encontrar nuestras propias, cómo decirlo, ¿recetas?… o matices.
–No sé si no le entiendo o si no quiero entenderle…
–Si hemos contactado con usted antes que con nadie, es porque sabemos que, a circuito cerrado y sin que trascienda a los medios, siendo una información que solo se transmita entre cuatro o cinco empresas, el hecho de que Coca-Cola fuese la primera, animaría sin duda a otras marcas a colaborar con nosotros.
–Pero, señor P., ya le he dicho que no estamos ni de lejos en ese punto, ahora no vamos a importar nada a…
–No, no se trata de importar, aquí sabemos lo que hacemos. Lo único que nos haría falta, en este caso, es el… el Merchandise 7X… Algo que no saldría de aquí, por supuesto, estamos dispuestos a firmar cualquier contrato de confidencialidad.
–Señor P., usted…, ¿es que esto es una broma…?
–Aquí no hay cámaras, señor, y yo no le gastaría semejante…
Miles Kent comienza a sufrir un agudo ataque de risa. Tanto es así, que P. no sabe cómo reaccionar, ni conoce forma de pararlo.
–Quiere usted…uh, uf…, disculpe, ¡jjjjjijajajajaj…! ¿Quiere que le…? jjjhjj… ¿Quiere que le demos la fórmula de la Coca-Cola?… ¡jjjaj-jaja-ja-ajajajjajajjjjhhj!!. ¡¡Uh, uih, uhajaajaja…!!
–Oiga, disculpe… No entiendo esa reacción. Sé de la magnitud de lo que le estoy pidiendo, pero hablo en nombre de un nuevo mundo, señor Kent, no soy un tendero de barrio ni la vecina del quinto… Oiga…
Kent no puede parar de reír, el pecho le quema y la cara le va del rojo al morado, henchida de sangre. Ni tan siquiera el recuerdo de la posibilidad de que el tipo que tiene delante haya tenido sexo con una de sus hijas, puede hacerle parar.
–Señor Kent…
–Uh… uf jiji… j…
–Oiga, con todo respeto, no me parece correcto por su parte el que…
–Oiga, porrero de tres al cuarto. Por más que lo pienso, no entiendo este fenómeno evolutivo…
–¿Fenómeno evolutivo…?
–Imagino que usted forma parte de una de esas primeras generaciones que creció cuando los tatuajes y los piercings ya se los hacían también los “buenos chicos”, cuando los videojuegos y tener bolsillo con Internet ya eran cosas que se daban por sentado…
–No le…
–No digo que usted y su equipo no sean muy inteligentes; es evidente que saben analizar el entorno y sacar petróleo de él, si se me permite la referencia añeja… pero en cuanto al resto de asuntos, son ustedes la primera generación bazofia que existe.
–Oiga, nosotros…
–Por decirlo así. ¿Entiende? La cuestión es que –y me da vergüenza tener que decirlo en voz alta– obviamente Coca-Cola no va a revelar su formula, algo que por cierto solo conocen un par de personas en todo el planeta Tierra, y ni siquiera yo soy una de ellas. ¿Sabe lo que eso significa? Significa que yo, presidente de Coca-Cola Company, no soy oficialmente fiable, ni, digamos, merecedor de conocer el Merchandise 7X. Y tiene su lógica, no crea que no. Puede que incluso usted esté de acuerdo conmigo en que si hay algo poco fiable es un presidente, uno de lo que sea, de una gran compañía, de un país… Son tíos que te la meten doblada en cuanto te das la vuelta, mienten con las cosas más importantes y no dudan en hacer todo el daño posible si saben que eso les va a reportar algún beneficio.
»Así que lo entiendo, aunque me hiera un tanto el orgullo, no crea que no. Pero también soy rico, y eso hace que te puedas comprar lo que quieras, y resulta muy ventajoso en un planeta ya realmente lleno de posibilidades como la Tierra. Marte, amigo, no es más que la mayor decepción del siglo XXI. No por sí mismo, no me malinterprete, pero el ser humano lo está convirtiendo en una comuna hippie. Y no irá a mejor según las condiciones de Marte, amigo mío, mejorará cuando Marte ceda a las condiciones de la Tierra, cuando la industria pueda asentarse aquí, y comience el fin de esta edad de piedra marciana.
–…
–Usted sólo está aquí para ceder. No se saldrá con la suya, sencillamente. Eso no pasará jamás. No al menos si no es por encima de mi cadáver.
Miles Kent coge el bollo que tiene delante y le da un gran y rabioso bocado; mastica aparatosamente. P. lo mira sin saber qué decir. Entonces, decide romper el silencio del peor modo.
–Bueno, ¿y cómo está su hija?
Kent le mira, luego se lleva la mano derecha al cuello. Comienza a perder color. Los ojos abiertos hasta comenzar a salirsele de las cuencas.
–La verdad es que es una chica muy lista –dice P.–, ¿se encuentra bien?…
Miles Kent se está ahogando.
P. duda por un instante. ¿Lo he hecho adrede?, se pregunta a sí mismo. Sabedor de la densidad del bollo y sacando a colación a la chica… ¿lo he buscado? El presidente de Coca-Cola se comienza a poner morado. Y P. se ve a sí mismo diciendo:
–Lo pasamos bien esa noche, la verdad.
–… ugh ugh… ¡ughhh!
–Antes le mentí, lo siento. Pero debe saber, antes de que… que su hija ya estaba activa sexualmente desde los quince años. Aquí ya era una experta…
–… … ¡ugh!
–Una experta y una meona…
P. se levanta de su silla, siente un enfermizo e irracional placer de repente. La generación bazofia. Risas…
–¿Su niña?, su niña tiene muy buenas tragaderas. Los tres orificios. No solo la probé yo…
–… ugh.. uh u…
–Aunque es una meona, le he de decir, ¿ya lo he dicho?…
–… h… u…
–¿Señor Kent?

El cuerpo de Miles Kent se derrumba sobre la mesa. Medio bollo como testigo.
–¡¡Henrietta, puedes venir, por favor!!
Henrietta, la rapidez hecha persona, se presenta al cabo de cinco segundos.
–Sí, señor P.
–El señor Kent se ha atragantado con su bollo y ha muerto.
–Oh, qué calamidad…
–Sí, ¿verdad?… ¿Crees que podrás encargarte del cuerpo y revisar ese programa de abono con cadáveres? Yo tengo que hacer un par de llamadas…

coco

Elfos

El bosque, como siempre, sigue luminoso y verde eléctrico por doquier. El sol se filtra de tal manera por entre las ramas y el follaje, que casi te entran ganas de llorar de felicidad. Es el entorno élfico, intocable, blanquecino, puro, al margen. Una veintena de habitantes del lugar, elfos y elfas adultos, algunos a caballo y otros a pie, avanzan con seguridad, elegancia y dulce parsimonia entre árboles y riachuelos de ensueño, surcando el espeso y poético paisaje. Senda inspiradora de mil canciones. Barbilla alta, piel blanca y sana, ojos felinos, cabellos largos y finos y sedosos, silencio, plácida contemplación. No hay prisa. No hay muerte.
Los jóvenes Erundur y Othar van sobre sus monturas, algo rezagados. Alzan la barbilla, el cielo brilla, la hierba reluce al paso de sus caballos. A ratos flota una suerte de polen brillante. Ha de ser alguna hora placenteramente cegadora entre la mañana y la tarde. Alguna nube despistada surca el cielo, y hace resaltar un poco más la belleza del momento; el tiempo también reluce, pasa suavemente inadvertido.
Entonces Erundur susurra:
–Me duele el cuello…
–¿Cómo? –dice en voz baja Othar.
–Que me duele el cuello…
–Pero…
–Me da tirones, me levanto dolorido por las mañanas…
–…
–No sé qué hacer…
–Pero tu cuello es… hermoso, Erundur.
–¿De qué me hablas?
–Tienes un cuello suave, fuerte y prístino.
–Othar…
–Fíjate, las mariposas abundan en esta zona, son como las amas de llaves del lugar: no puedes deleitarte sin su permiso…
–Othar. ¿Quieres escucharme…?
–Por supuesto que sí, amigo Erundur. Dime.
–Me duele el cuello. Y… no sé de nadie más por aquí que…
–Seguro que no es así, Erundur, seguro que es solo una mala idea atravesada en tu mente. Se irá.
–No es una idea, Othar, es una contractura muscular, estoy bastante seguro…
–Pero Erundur, nuestra estirpe de elfos no ha entrado en batalla en largo tiempo. Solo estás confundido, solo necesitas mirar a tu alrededor y tomar aire. Pronto llegaremos al lago.
Las mariposas se cruzan en la trayectoria del grupo, dejando un halo de hechizante majestuosidad en la…
–Pero Othar. Es que me duele de verdad…
–Erundur. Solo son tus demonios; solo son malos pensamientos.
–Yo creo que es una hernia, Othar.
–Erundur…
–Othar…
–Erundur. Nosotros nunca hemos luchado; son tiempos de paz. Estás incubando algún tipo de delirio leve. Solo necesitas una buena noche de sueño.
–Pero y si un…
–Erundur. Estás impacientando a mi caballo…
El grupo avanza hasta llegar al claro del lago. El lago brilla. Tiene un brillo propio, casi nada que ver con los reflejos. El grupo se asienta. Algunas elfas bajan de su montura y caminan con gracilidad por la hierba hacia el agua, que parece refulgente de pura paz y deseos de prosperidad para sus…
–Pero Othar. Es que el dolor me despierta por las noches…
–Erundur. ¿Albergas deseos por alguien? ¿Es tu corazón quien sufre?
–Creo que son los músculos escalenos del cuello, Othar…
–Amigo Erundur. Mira qué belleza, la inmensidad ante tus ojos, y tú con tus delirios… ¡Alassië nar i hendu i cenantet!
–Sabes que mi élfico no es muy bueno, Othar…
–Pero aprenderás, amigo Erundur.
–No sé… Creo que soy el único en el bosque que…
–Oye, todos creen que los elfos somos majestuosos, justificadamente altivos, relucientes, increíblemente delicados, cultos, educados, pacíficos aunque duchos en la batalla, guapos, bien torneados y con una salud mental ejemplar. Y tienen razón, Erundur.
–Pero…
–Además creen que todos sabemos hablar perfectamente el élfico. Y pronto será así, querido, cuando tú también aprendas. Tienes que animarte.
El grupo alimenta a los caballos, algunos elfos y elfas se mojan los pies sin macula en el agua. Othar respira hondo. Cuenta con una complexión perfecta, buena altura, un cabello rubio como un suspiro que le llega hasta la cintura, y un caballo blanco que parece ser una extensión animal de su excelso amo. Erundur, sentado en la hierba junto Othar, está preocupado, algo que se agrava cuando puede observar con atención a Othar y al resto del grupo.
–Es que estoy preocupado… –susurra.
–Qué te inquieta… –murmura Othar, paciente y atento en todo momento.
–No lo sé, es que me siento fuera de lugar.
–Tienes un bonito cuello…
–Sí, pero ¿qué es de todo lo demás?, mis ojos no brillan como los vuestros, mi carne sobresale con facilidad, mis dedos son toscos. Hace poco oí a dos elfas bellísimas de otro grupo decir que soy el elfo menos elfo de todos los conocidos.
–…
–¿Puedo ser indiscreto?
–Adelante, amigo Erundur, sabes que no tengo secretos…
–Se trata de mi…
–¿Sí…?
–En fin, mi entrepierna.
–¿Me vas a preguntar de qué tamaño es mi virilidad? Palmo y medio en todo su esplendor, Erundur. No es más que el tamaño habitual de los elfos.
–…
–Qué asola ahora tu mirada.
–Creo que yo no…, bueno, nunca lo he comprobado con exactitud, pero…
–Pero eres elfo, eres hijo de Irandir, fue uno elfo impresionante, si me permites el cumplido. Era capaz de surcar durante horas con su caballo el bosque, y nada en él era perturbador, era belleza fundiéndose con la belleza de la naturaleza, una neblina azul de pura luz le acompañaba siempre. Cuando murió en la batalla de Idras, decenas de elfas, humanas y enanas lloraron su desaparición. Has de sentirte orgulloso.
–…
–Creo que intentas decir algo, pero no puedo ayudarte si no eres claro, amigo Erundur.
–Me siento muy mal, muy mal, no sé cómo explicarlo. Y me duele el cuello. Y…
–Erundur, Erundur, Erundur… Te sientes mal porque no eres… en fin, eres más bien torpe, haces demasiado ruido, tu caballo siempre está agotado y tu pene es pequeño; lo que causa risa y jolgorio entre las elfas más bellas del lugar. ¿Entiendes?
–…
–Eres un elfo extraño, orondo, manejas mal la espada, roncas por las noches, una vez Níniel (una elfa bella hasta lo perturbador) te vio proporcionándote placer a ti mismo, y te measte encima durmiendo cada noche hasta los cincuenta y seis años desde tu nacimiento.
–Pero…
–Podría seguir. La cuestión es que todas esas circunstancias hacen que te sientas mal, porque no te sientes diferente a los demás, sino sencillamente peor, más feo y menos listo.
–Vaya… No sabía lo de Níniel…
–Oh… ¿es por ella por quien tu corazón suspira?
–Es curioso. No. Pero desde que la has mencionado y me has dicho cómo me vio, ha comenzando a atraerme de una forma que no puedo explicar.
–Níniel es muy especial. Ella ha surcado el bosque muchas veces sola, y dicen que algunos la confundieron con un hada.
–Es muy bella. Es cierto.
–Pero como amigo tuyo que soy, debo advertirte que comenzar a sentir algo por ella es contraproducente.
–Oh… ¿Alguien ha sufrido debido a su belleza?
–No. Digo que tú sí sufrirías. Ella busca a un elfo de al menos su misma estatura, con las cualidades habituales de un elfo y un pene con el tamaño medio élfico. Níniel es muy especial, pero lo es a su modo. ¿Entiendes?
–La verdad es que no.
–En realidad ella se ve con alguien…
–¿En serio…?
–La he visto varias veces con… Tirentar… Un elfo de un páramo lejano. Viene al trote a verla cada día al alba…
–Vaya, no me es conocido.
–Tirentar es como… en fin, como tú pero al revés, amigo Erundur.
–Qué significa eso…
–Es, bueno…, majestuoso. Su cabello parece provocar envidia al mismísimo sol, y sus maneras y su porte… son… Es un elfo…
–¿Estás bien, amigo Othar?
–Sí. Disculpa. Enseguida me repondré…
–Deberías deleitarte con el asombro que nos rodea, eso te ayudará, sea lo que sea que te perturbe. ¿Lloras, amigo Othar?
–Es solo que…
–No entiendo.
que no lo entiendes.
–Si quieres puedo llamar a Fairiel. Seguro que ella sabrá consolarte.
–No veo por qué, amigo Erundur.
–Bueno… Ayer recordaba vuestras nupcias. La ceremonia más bella que he visto. El sol fundiéndose con la tierra; ella tan seria y sonriente a la vez. Todos los presentes serios y atentos. Fue conmovedor. Verte llorar de aquella manera delante de ella…
–¿Podrías no seguir, amigo Erundur?
–… ese beso extraño y precioso, tus miradas de reojo a alguien entre los presentes, siempre pensé que sería tu madre. ¿Era tu madre? Fue todo majestuoso. Creo que ella está ahora mojándose los pies. Podría llamarla y…
–Erundur…
–… podría ella venir y atender a tus lágrimas, seguro que ella sabría dar con la clave de tu repentina tristeza y…
–Erun…
–… no hay cosa que me vacíe de vitalidad más que ver triste a un amigo en su inmortalidad y…
–¿¡Puedes callarte, por favor!?
Todo el grupo se volvió y miró hacia donde estaban Erundur y Othar. Othar se puso en pie, sonrió aparatosamente y voceó para el oído de Erundur y de todos:
–¿Puedes callarte, por favor, y disfrutar de este paraje majestuoso, amigo Erundur? ¡Abandona tu parloteo, fíjate en las mariposas, el sol, el agua cristalina! ¿¡No es cierto que todo brilla…!?

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La paradoja del pedo

Hay una mosca explorando el despacho, son las diez de la mañana. J. mira el teléfono fijo, que sigue en silencio mientras su estómago ruge. Quizá sea mejor no entrar en detalles, dejemos que la intuición actúe. La mosca se acerca a su cabeza, merodea, parece tener un tono verdoso –o colorido, al menos–, como esas moscas a las que les chifla la mierda. J. se huele las axilas; huelen a sudor y desodorante, pero nada comparable a la mierda de perro o la basura puesta al sol. El sol, por cierto, se cuela por las rendijas de la persiana metálica a su espalda. El sombrero en el sombrerero, la gabardina colgada, facturas, papeles sin relevancia por la mesa; no muchos. Nadie llama a la puerta. Hay dos sillas acolchadas al otro lado del escritorio; antes se les daba uso. Incluso hay un sillón de cuero de tres plazas. Un sillón estiloso a la vista y notoriamente incómodo; un sillón que solo tiene una historia que contar. Una vez vino una chica, una noche rara. J. piensa en ella; no le gustaba mucho, pero era una chica, olía bien, no olía a sudor y desodorante, se desnudó. El ruido de la piel contra el sillón lo estropeó todo. Nuevamente, mejor no entrar en detalles. Hacia las once de la mañana el teléfono vuelve a no sonar (o bien: sigue sin sonar). J. se levanta, echa un vistazo a la calle a través de las rendijas soleadas. Los no clientes van de un lado a otro, pasando de largo del edificio. Coches. Una mujer le grita a un chico, no se oye nada, es un cuarto piso. Un poli de tráfico parece resoplar, se quita la gorra y se abanica con ella. J. vuelve a sentarse en su amplia silla. Se pregunta para qué ha madrugado para venir al despacho. La mosca se siente cómoda en la estancia, se posa aquí y allá, sisea, se frota las patas. Una criatura de Dios. Los bichos que se sienten cómodos entre la mierda son los que mejor viven en esta tierra, se dice J.; perciben todo tipo de mierda: estarán ahí cuando un alguien defeque y también cuando alguien se quede en la calle sin un duro o muera. A una mosca no le importa, a ella todo le está bien; es lo más parecido a un gobernante. La gente dice eso de los gatos, pero no son comparables con los insectos. Un gato tiene necesidades demasiado palpables, demasiados años por delante. Una mosca o un mosquito viven tan poco tiempo que no les daría ni para comenzar a tener miedo.
A las doce, el teléfono, ídem. Semanas atrás J. lo llegó a descolgar alguna vez para comprobar que tenía línea. Tenía línea. Ahora cuando lo miraba le parecía estar viendo su futuro: constaba de una alarmante carencia del mismo… El sol azota como si llevara una máscara de cuero puesta, dando vida y matando casi por igual; en estas fechas las personas realmente mayores mueren con más facilidad. J. se pregunta de dónde viene esa expresión: “Caen como moscas”; ¿será una venganza verbal cutre humana? ¿Las moscas caen de forma particularmente indigna?, ¿qué demonios significa eso? ¿Es de un anuncio de matamoscas? ¿Cuánto tiempo de vida cree la gente que le está quitando a una mosca cuando la matan? La expresión es incorrecta; sería mucho más correcto decir, por ejemplo: “caen como obreros”. ¿Prefieres un mes de felicidad seguramente completa, o alrededor de 80 años más bien jodidos y muertos? Imagina poder volar, poder saborear cualquier mierda gratis en lugar de pagando como lo haces, imagina poder irte por ahí, perderte, no pasar hambre en ningún sentido, no tener que vivir años y años. Imagina no tener que tratar con la gente, los supuestos amigos, los amigos impuestos, los horarios, imagina no tener que ser simpático… Las moscas no caen “como moscas”; por comparación con el 90% de los humanos, caen como reinas. Una mosca no pierde la dignidad, es nada más que mobiliario móvil, además no da asco o miedo a nadie, solo es una minúscula molestia: y obviamente hace mucho menos daño que cualquier humano.
J. se levanta, la mosca está en la pared, cerca de la puerta. Ha pensado (J., no la mosca) tener un insecticida en el despacho, pero lo cierto es que hace tiempo que no tiene ninguna buena imagen que dar; difícilmente puedes quedar bien si no hay nadie más contigo, ni mal; la elegancia (o deselegancia) comienza a ser potencial cuando hay dos personas. J. piensa en la paradoja del árbol que cae solo en el bosque; ¿si un tío se tira un sonoro y asqueroso pedo estando solo en una habitación, sigue siendo un guarro?
J. mira con atención la mosca, que de hecho lleva tres días yendo y viniendo; está convencido de que es la misma. Ha pensado en ponerle nombre, la gente lo hace (lo de ponerles nombre) con sus peluches, a veces incluso con sus casas, sus coches. Es bastante probable que haya muchos que solo tengan hijos por el placer de ponerles nombre. Hay mucha gente inconscientemente malvada y estúpida por igual. J. nota que le vuelve a enviar correos no deseados el estómago. Últimamente navega entre el ayuno y la mala comida. El sistema digestivo no sabe muy bien qué hacer, y cuando le cae algo, parece recibirlo con ansia desmedida, lo machaca y ahoga en un exceso de jugos gástricos y fluidos y vete a saber. La clásica vomitona anal. Retortijones. Era peor cuando aún estaba la secretaria, piensa J. Georgette aguantó durante meses sin cobrar, porque tenía el peor defecto posible imaginable en este mundo: era buena persona. En términos de salir adelante, ser auténticamente buena persona es el equivalente vital de intentar aterrizar un avión comercial con todos los motores apagados y una azafata practicándote una felación; durante un rato te sientes genial, pero después el suelo enseguida viene a por ti decidido a dejarte triturado, avión, azafata y bondad personal tuya incluidos. No por nada la gente practica ensayos mentales distintos cada vez para creer que son realmente buenos; hay artículos y libros a patadas sobre el asunto: si te lo quieres creer, para cuando cierras la contraportada de turno te ves a ti mismo como el puñetero Jesucristo en un sábado por la tarde constante. Putos sábados…
Antes, para J., ir al baño del pasillo era más embarazoso durante esos procesos bélicos intestinales. La imaginaba a ella, a Georgette, imaginándole sin querer a él cagando totalmente fuera de control, poniendo caras como si le hubiesen pegado un tiro en el estómago. Pero ahora la pequeña sala de recepción está vacía.
No es que no continúen pasando cosas, la gente se sigue poniendo los cuernos, sigue habiendo mamoneos de negocios, traiciones, mentiras institucionales, bebés secretos, campañas para elecciones, huidas, desapariciones de adolescentes, parejitas que mandan a sus padres a tomar viento, violentas discusiones en la cocina, sospechas justificadas, noches sin dormir, camareras embarazadas, abortos clandestinos, polis corruptos, políticos sonrientes… Todo eso existe aún; pero la gente ya no tiene dinero para financiarse investigación alguna. La cámara de fotos de J. está desconcertada desde hace meses, y el coche aguanta semanas con el mismo depósito de gasolina. Todos siguen puteando y siendo víctimas de puteos, pero ahora las víctimas no pueden pagar a nadie para que les confirme que sus vidas son un estercolero, y que ya no son unos muchachos o mujeres jóvenes y lozanas con mucho futuro aún por delante.
Los retortijones empiezan a, cómo decirlo, a decir palabrotas. J. suele esperar hasta el último momento. Odia sentir la diarrea saliendo como lava de su ya maltrecho culo.
Pero esta vez se le va el asunto de las manos. El último retortijón se convierte en una auténtica amenaza final. Mierda, comienza a murmurar, mierda santa… Sabe que ya no le da tiempo ni en broma de llegar al lavabo cutre del pasillo que tiene toda la planta asignado. Además, cabe la posibilidad de que esté ocupado. Vale, se dice a sí mismo, qué coño importa, nadie va a venir aquí, nadie va a llamar a la puerta. Coge el sombrero, que tiene un revestimiento interior en el que tendrá que confiar, y decide solucionar el asunto. Antes esto no era así, se dice a sí mismo, antes entraba una chica impresionante por la puerta y traía un caso cojonudo entre manos, el mismo quizá implicaba a todo el departamento de policía, a la mafia de la ciudad, a decenas de concejales de todas partes, y puede que hasta al puñetero alcalde. Te ganabas la vida jugándotela, eras un Hombre. Estabas en el ajo, recorrías las calles, llevabas tu cámara, tus prismáticos, tu buen traje, te colocabas el sombrero según te diese el sol, practicabas el lenguaje de los sombreros, te lo quitabas con estilo al entrar en los sitios, te lo alzabas al cruzarte con una mujer, te lo calabas hasta que casi no se te veían los ojos al pasar por un callejón oscuro. Estabas vivo. Te sentías vivo en una ciudad llena a rebosar de cuerpos sufrientes, mayoritariamente confusos y amargados, con vidas “ejemplares” que lo único que tenían de ejemplar era la fachada de las casas.
Era alguien interesante, valiente y oscuro entre gente que le consideraba solitario y amargado mientras barrían la excreción propia bajo alfombras demasiado caras. Y les ayudaba, e incluso a veces conseguía sentirse bien con ello. Trataba con gente que protagonizaba la paradoja del pedo, cosa que hacían a varios niveles. Brillantes por fuera y cerdos de todo tipo en solitario, por dentro, sin sentirse como tales. Forzando lo paradójico. Hombres de familia y mujeres desesperadas; hijos sin futuro y un cielo indiferente y burlón. ¡Ah!, los buenos tiempos. Las cloacas se tragaban casi sin problema la mierda; y ahora, observa J., hay un sombrero llenito casi hasta el borde de ella. Ha sido largo, explosivo y doloroso; acuclillado, con la ropa por los tobillos, se ha asegurado de sacarlo todo de su organismo.
Sin estar en el lavabo, sin el entorno preparado e higiénico que te ofrece, aunque la mierda sea tuya el olor se va volviendo cada vez más y más presente y repulsivo. En una habitación al uso, la peste se multiplica por diez. J. levanta el sombrero con ambas manos; ahora se trata de caminar con mucho cuidado, cruzar la recepción, abrir la puerta y salir. La clave de todo es que no haya nadie en el corredor, y después que el lavabo no esté ocupado. Mierda, murmura, joder, mierda… Ahora se le antoja todo de lo más complicado. El puré marrón se está comenzando a filtrar por el revestimiento interior del sombrero. Se está comenzando a empapar la capa exterior. J. lo deja un momento en el suelo y camina hasta la puerta que da al corredor. Pega la oreja en ella. Normalmente no hay mucho jaleo en el vecindario. Hay algunas familias que van a lo suyo; pero siempre son peligrosas, aunque sea sólo por llevar a cabo un ejercicio constante e inquebrantable de omisión. Las familias suelen ser reductos de convivencia brutalmente egoístas; se cierran sobre sí mismas y año a año van construyendo un caparazón emocional casi indestructible para el mundo exterior. En el mejor de los casos, es una especie de amor a circuito cerrado rodeado de un vallado eléctrico mortal de necesidad. No es tanto quererse entre ellos como tener la coartada perfecta para olvidarse de todo y todos los demás: si dentro del núcleo familiar todo va bien, al resto del mundo lo pueden coser a bombas mil ejércitos de harriers hambrientos de actividad. No siempre es así, se podría decir sin faltar a la verdad, pero las pruebas históricas dictaminan más bien lo contrario. Todo Lo Puto Contrario…
J. abre un poco la puerta, para ver por una rendija. La cuestión es que una costumbre familiar residual es relacionarse con otras familias. Es algo que se podría achacar a la amistad, pero a una familia esto le sirve más bien para tener otra familia con quien compararse, sobre la que poder hablar y a la que poder destripar. Un vecindario con los suficientes pisos ocupados, es seguramente el lugar adonde va a morir cualquier esperanza de un buen futuro a largo plazo para la Humanidad.
Bien, se dice J, vale, no parece haber nadie. Cabría esperar a dos madres poniéndose al día en plena escalera o en mitad del pasillo, pero todo parece en calma. Es mediodía, las familias deben estar alimentándose, cogiendo energías para poder seguir construyendo escudos y excusas y ganándose sin embargo el respeto de todas las esferas. J. abre del todo la puerta y se dispone a coger el sombrero. Pero entonces…
Comienza a oír pasos subiendo por las escaleras.
Coño, coño, coño…
Algún marido atribulado, piensa. Cierra la puerta, maldiciendo. Al menos no son niños. Sabe perfectamente que una madre subiendo con dos niños puede tardar media vuelta de liga en meterse en su piso y cerrar la puerta. Cada paso es una agonía. Mira el sombrero en el suelo; probablemente dejará mancha. Por suerte no será difícil de quitar: sí asqueroso.
Observa por la mirilla…, y se le viene el mundo encima. No se trata de ningún vecino de paso. Es T., un colega de profesión con la costumbre de hacerle visitas por sorpresa. T. tampoco tiene mucho que hacer últimamente, y abandona su despacho con asiduidad. Es lo más parecido a un amigo dentro del oficio para J. Y también es un pelmazo, un tarado y un salido enfermo; y esto último no se limita a un ritmo frenético de pajas o ametrallar con comentarios obscenos a todo el mundo en todo momento. Ojalá sólo fuese eso, piensa, J.
J. mira el sombrero y, de algún modo, tira la toalla. Mientras T. ya aporrea la puerta, coge el “paquete” y camina raudo hasta el despacho. Por suerte aún no deja mancha visible. Se limita a esconderlo tras una planta muerta desde hace sabe dios cuánto, pero provista de una maceta que abulta y pesa más que la culpabilidad con la que cargan muchos adultos sólo con estar vivos. Favorece el que esté situada en una esquina del cuarto. Durante un instante piensa en volcar las heces en la tierra de la maceta, pero no solucionaría nada; seguiría habiendo la misma cantidad de excrementos en la habitación, solo que en un lugar distinto (y más visible). Se pregunta cómo de mal olerá ya, si se habrá acostumbrado un poco a la peste. Se dirige hacia la puerta.
–¡Ya va, joder!
J. abre y sonríe con desgana. T. llega todo sudado y suelta su sonrisa de perturbado que colecciona bragas usadas y tarros con uñas propias. Se dan la mano y J. le invita a pasar. Es inútil decirle que tiene trabajo que hacer o intentar acelerar las cosas. El cielo parece haberse nublado un tanto, y corre algo de aire desde el despacho hasta la puerta de salida, que J. deja totalmente abierta sin dar explicaciones. Ambos entran al cuchitril de J. T. se deja caer en el sillón de cuero.
–¿Aquí es donde no te follaste a aquella conejita, no? –Ríe a mandíbula batiente–. Joder, J., tienes que limpiar un poco más esta choza, ya hasta huele raro aquí. Hasta hay una mosca. No es propio de ti, te estás abandonado, tío.
J. se arrellana en su silla y decide dejar de preocuparse por el sombrero y la mierda y la vida en general. T. es la prueba palpable de la inmundicia que le rodea; él es mucho más representativo de la especie que cualquier académico canoso, profesor, madre, chico listo o afiliado a una ONG. Él al menos es transparente. Sucio por fuera, sucio por dentro y sucio en espíritu. Dinamita la paradoja del pedo. Asqueroso a la vista, de verbo, de acción, y también en cuanto a méritos de uso común viciado, los cuales están todos copados para él. Carrera, mujer, hijos (dos), casa chula, y ahora tonteando con el negocio inmobiliario mientras no salen casos. Cuanto más supura una crisis económica en la calle, más se mueven las altas esferas, empresarios, políticos, abogados de élite, etc.; para los ricos es la oportunidad de ser aún más ricos, y T. está intentando ir sacando tajada poco a poco. Su frase más predilecta últimamente es: “Si fuera una tía ya sería rica, no lo dudes un segundo, colega”. Alude sin manías a la cantidad de favores sexuales que iba a prestar a cambio de cada vez más ascensos y pasta. Su vida familiar es igual que él, lamentable pero sin disimulo; su mujer niega, pero sabe perfectamente que él folla cada vez que puede con quien se deje. Una vez T. “insinuó” a J. que había intervenido en un trío chico-chica-chico, y que intercambió fluidos también con el otro tío.; lo remató murmurando que disfrutó más con aquella polla de lo que hoy día disfruta con el coño de su mujer. ¡Y eso que no soy un puto marica!, gritó. Estaban en medio de una cafetería, había tres mesas más plagadas de ancianas y todas les oyeron. La vida sin filtros. A J. le quedaba siempre preguntarse si T. era peor o mejor que el resto. Prefería no responderse al respecto.
–¿Ya no te ves con aquella niña, aquel bomboncito de chocolate que vivía por aquí cerca? –dice T., lascivamente. Para T. las mujeres son más comida que personas. De hecho, generalmente, si nos sinceramos, casi todos, tanto hombres como mujeres, somos más cualquier otra cosa que personas: es la naturaleza auténtica de nuestra crianza. Pero T. cree que no hay diferencia entre una chica y una pata de pollo. Le trae sin cuidado que se trate de alguien que te gusta o te gustó o fue especial para ti de algún modo; ella y un menú de McDonald’s vienen a ser lo mismo para T. Ahora se refiere a una mujer que J. conoció hace ya un par de años a raíz de cierto caso, y con la que se estuvo relacionado de forma cada vez menos esporádica y más insistente.
–Hace unas semanas que no la veo –dice J., obviando el tono sudoroso de su colega.
–¿Y eso? ¿Ya no folláis? Oye, ¿soy yo o aquí huele a mierda? –murmura T. oliéndose una axila.
Creo que ambas, piensa J. Y dice:
–Y tú qué, ¿sigues haciendo contactos?
–Estoy cada vez más cerca de afianzarme en algo, tío, pasta de verdad, ingresos que salen casi de la nada.
–…
–El negocio de la especulación, colega, es el curro más moderno posible, el coñito del capitalismo, tío, ahí es donde hay que lamer, llamadas telefónicas, reuniones en restaurantes, negocios cerrados en reservados de clubs en la playa…
–¿Y se puede saber cómo te has enrolado en todo eso?
–… el dinero no se gana currando como un burro, tío, cuando ganas dinero de verdad, es cuando te dejas llevar, cuando te olvidas de la falsa moral que se filtra por todas partes. Es una selva, tío, una selva; la gente se engaña con que es un organizado y pulcro parque limpito y lleno de atracciones controladas para los críos. ¡Pero es una selva! La gente se hernia currando, nada más, no saca beneficios, los sacan los que van con el machete, se protegen del sol y cortan y destripan y se beben la sangre ajena. Solo esos viven, ¿tan difícil es verlo?
–Ya…

Cuando J. observa luego a T. levantando el sombrero, al principio no puede apartar la mirada. T. ya tiene la polla dura bajo su pantalón, algo visible y notorio, real y repulsivo.
–¿Sabes que ayer traje a otra chica al sillón de cuero? –le había dicho.
–¡No jodas, colega!, ¿has vuelto a sacar al pajarito de excursión?, ¿le has llevado a exóticos prados de carne rosa de niña mujer?
–Algo así…
–¿De verdad no hueles a mierda aquí? En serio…
Ahora T. inclina poco a poco el sombrero de heces, y comienza a boquear…
–Era una tía impresionante –le dijo–. Y otra cosa, además… Me uní al club.
–¿Estás de coña? ¿Número uno…?
–Número uno y número dos.
Cuando la mierda líquida comienza a gotear con grumos sobre sus labios, J. aparta la mirada.
–¡Estás de coña! –gritó, con una sonrisa de crío cuarentón, ojerosa y putera.
–No estoy de coña. Me puse tan a tono que…
J. oye el boqueo y hasta la nuez de T. subir y bajar mientras traga; salpican algunos restos en el suelo. J. intenta disimular sus arcadas.
–Y es más, dijo J., hice que se lo hiciera en mi sombrero. La tía no paraba, era como un aspersor del número dos…
–Qué cabrón…
–¿Lo quieres ver…?
–¿¿Cómo??
J. se vuelve por un momento, la planta muerta ha quedado salpicada. Aparta la mirada y se queda embobado en su máquina de escribir. Ahora T. ya está por los suelos, con la cara metida en el sombrero y la mano derecha sacudiendo su sardina. La máquina parece comenzar a llenarse de mierda, o bien es la imaginación de J., las ruidosas teclas, heces, grumos, manchas crecientes, no hay forma aparente de obviarlo. J. toma conciencia de que luego habrá que limpiar restos de mierda y también de semen. El semen de T. Intenta centrarse en la ventana. Oye los zurriagazos que su “colega” le da a su micropene. Al mirar su propia mano, cree delirar, cree ver sus propios tendones, los huesos, se convence de que en el cajón tiene una navaja orgánica con la que podría acabar con T., con su –espera– sufrimiento. Lo que más teme es que no sea sufrimiento, que solo sea T. y que T. disfrute comiendo mierda, o que T. diferencie mentalmente entre la mierda de una chica y la de J. J. está aterrorizado con la idea de que T. no marque la diferencia, sino la pauta. Una navaja hecha con tendones de alguna otra chica imaginaria, invitada al sillón de cuero.
–Queda aún para ti, si la quieres… –le había dicho a T.
–Tío, en serio…
–Por eso huele así.
T. le había dado las gracias, como si su estómago se quejara y J. le hubiese comprado un bocadillo. T. tenía un gran futuro por delante, sin duda. Un glotón tóxico con carrera en el mundo de los comemierdas profesionales. Una mosca humana. Dos ya en el despacho; solo una con excusa. J. abre el cajón, quiere cerciorarse de que la navaja no existe…

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Mira que Satanás os busca

Sales por ahí sin dar explicaciones a nadie, y seguro que todos comenzarán a decir memeces. Que si ha ido a ver a alguien, que si anda por ahí con una “amiga”, que si alguien conoce a alguien que nos vio, que si les pareció vernos por no sé qué parque, que si yo estuve esperando un buen rato, que si ella es guapa, que si ella es fea, delgada, gordita, diminutivos, eufemismos, mentiras, medias verdades, maldad de andar por casa, tópicos, familias estúpidas, amistades de mierda basadas en vivir a través de los demás…
–Así que no fuiste a ver nadie.
Claro que fui, esta vez fui a ver a alguien, una tía, una amiga, una chica, un ser vivo, alguien. Sin más, nada serio; vaya, nada más serio de lo que pueda serlo relacionarse libremente con otro ser vivo cualquiera. Pero esa modernidad tan cacareada no existe, la gente va de abierta, individualista y entendida, pero siguen siendo cerrados, colectivistas e ignorantes. Peor aún; lo siguen siendo a sabiendas de que lo son. No les importa, es como comer mierda pudiendo comer tarta y decir: “es que yo soy así, como mierda, qué le voy a hacer…”.
»–Pues come tarta.
»–Pero es que la tarta es rara.
»–No es rara, es tarta, solo tienes que probarla.
»–Pero es que yo como mierda, porque soy libre.
»–Eres libre también si comes tarta.
»–Pero elijo la mierda, es libertad de elección.
»–Pero podrías tener ambas, alternarlas.
»–Pero es que la tarta es rara, parece espuma de afeitar.
»–¿Y la mierda es apetitosa?
»–Mis abuelos comían mierda, mis padres comen mierda, y yo como mierda. Todos los que conozco comen mierda…
»–¿Pero te gusta la mierda?
»–… además es una tradición, tengo muchos recuerdos de mierda.
»–Pero puedes comer también otras cosas, ¿o no?
»–Puedo, pero soy libre de no comerlas.
»–Pero la libertad funciona en ambas direcciones, puedes no hacer cosas, pero también puedes hacer cosas nuevas.
Y todo es mierda por aquí y mierda por allá, y lo he adornado, no te creas que hablan con expresiones como «libertad de elección», etc., incluso aunque te entiendan si les hablas sin tapujos, pero no piensan ampliar el vocabulario ni nada por el estilo, porque les debe parecer tarta gramatical o qué sé yo. Es muy curioso verles actuar, verles mirarte como si te hubieran pillado follándote a sus gatos (ahora todos tienen gatos). Es la leche cómo pueden ser como son y a la vez tener toda la formación que tienen (o quizá tenga todo el sentido…). Es como ver un chimpancé vestido con ropa de marca que fuese pavoneándose; o como una cría de seis años que desfilara con unos zapatos de tacón de su madre, y pensara que de verdad parece una mujer. Se hacen tatuajes y se agujerean el cuerpo, pero se les sigue cayendo el monóculo a la taza de té como a una señora del siglo XIX. Creen que viven en una novela aún no escrita, y en realidad siguen en un libro de Jean Austen.
–Pero esta vez iban a tener razón respecto a que fuiste a ver a la chica.
No iban a tener nada, ellos siempre dicen las mismas cosas. Aciertan igual que un reloj estropeado acierta la hora dos veces al día. No piensan, se limitan a repetir patrones de conducta.
–Pero no me estás hablando de ti.
–Todo va ligado, si es que tengo que contar cómo llegué aquí. O eso creo. Quizá me lleve un rato.
–No es que el tiempo sea un problema.
No te confundas, no es que yo sea mejor que ellos, pero al menos intento no fardar de mediocridad a través de una pose de humildad. Yo estaba sentado en mi parque favorito… Era un mortal más, pues, sentado en el banco de un parque, esperando. No era la chica que a mí me…, pero era una chica, esa historia es muy larga. El caso es que puede que a ti te pirre la vainilla, te vuelve loco la vainilla, sueñas con comer vainilla sin parar, imaginas nadar en un océano de vainilla, has soñado muchas veces con vainilla, hasta te has visto casándote y teniendo pequeñas tarrinas de vainilla, toda la familia viviendo en una casa color vainilla con una valla color ídem y césped con aroma a vainilla bajo un cielo de tono amarillo ya sabes cómo. Pero quizá no puedas tener vainilla, por circunstancias que no viene al caso enumerar; así que si te surge la oportunidad, puede que de vez en cuando pases una tarde con alguna que otra fresa. No te gusta tanto la fresa, ni de lejos, y todas las demás lo son, pero es peor morir de inanición.
–Hay manera peores de morir…
–¿Eso ha sido un sarcasmo, aquí se estila el sarcasmo?
–No existe un mundo literal; no te pongas ansioso, aún estás sólo en la puerta.
Estaba allí sentado. Era la tercera vez que quedaba con ella, nos usábamos mutuamente; ella también anhelaba su propio mundo de vainilla, yo también era fresa, lo cual equilibraba y sentaba perfectamente las bases de la relación. Eramos dos personas tristes follando, ¿hay imagen más representativa de la humanidad? Creo que, a gran escala, es lo más importante que hemos logrado; y luego le hemos puesto mil disfraces a ese logro quedándonos claramente estancados… Es peor morir en un bombardeo, digo yo. Ella se estaba retrasando, o bien yo había entendido mal la hora. El caso es que el parque estaba vacío, era una zona bastante pija, eran las siete de la tarde, como mucho veías a alguien con su mascota. Ella vivía en esa zona, sus padres tenían pasta, hasta había visto fotos de la fresita con su uniforme de colegio privado. Era un contacto digital que casualmente vivía a media hora a pie de mí. Luego hablamos por teléfono. Nos contamos miserias, y cuando ya estábamos a punto de matarnos de aburrimiento el uno al otro, decidimos quedar.
Me quedé medio grogui en el banco, nada propio de mí, duermo con muchas dificultades. Fue como volver al colegio, cuando enterraba la cabeza entre mis brazos por las mañanas cuando no podía evitar contagiarme del aburrimiento y amargura del profesor de turno, lo cual era casi siempre. Pero en este caso solo me estiré en el banco y dejé pasar el tiempo al estilo indigente, algo que comenzaba a estar muy de moda. ¿Por qué me suena todo esto ya tan lejano?… Tuve uno de esos sueños en los que parece mezclarse el entorno real con alucinaciones. El parque estaba soleado, trufado de árboles, había unas barras de ejercicios cerca de mí, era un barrio situado a un extremo de la ciudad, más bien a las afueras, de modo que podía ver colinas y sistemas montañosos (¿se dice así?); lo que quiero decir es que no era el ambiente habitual de la habitación a oscuras en la que solemos dormir siempre; me da la sensación de que eso condicionó el sueño para bien, así como la habitación oscura podría hacerlo al contrario. Pero no voy a sacar conclusiones logístico-sociales o lo que sea.
Vino a mí el mundo de vainilla. La vi venir a Ella entre árboles y apenas recuerdo detalles, pero recuerdo que se sentó conmigo en el banco, y fue amable y comprensiva, lo cual era ya un chute de vitalidad y, no sé cómo decirlo, motivación para hacer planes de futuro o algo así. No suelo tener sueños agradables, habré tenido cuatro o cinco en toda mi vida. No es que el resto hayan sido pesadillas, suelen ser sinsentidos sin más, conceptos relacionados con cosas y gente que he visto, a veces gente que hace diez o veinte años que no veía; son sueños secos, desprovistos de emoción alguna, y muy fugaces. No es que no recuerde muy por encima algunos, pero la gran mayoría desaparecen por completo.
La cuestión es que el sueño era impactante, entre otras cosas porque hacía mucho tiempo (¿dos años?) que no la veía en persona. No tenía sentido que ella estuviese allí, ni siquiera en aquella ciudad; tenía que tener un motivo concreto, que tuviese familia allí, algo así, aunque fuera raro que no me lo hubiese contado antes; pero quizá esa familia se hubiese mudado recientemente. O quizá se follaba alguien de esa zona… pero jamás me llegaba a plantear ese escenario (esto tenía que ver, supongo, con mi egoísmo respecto a todo el asunto), y de todas formas ella apareció del modo en que aparecen las hadas o las criaturas mitológicas, sencillamente estaba allí porque era una proyección mía. Fue lúcido y agradable; ella me hablaba como si yo no fuera el paria social en que todo indicaba que me estaba convirtiendo; el tío muy poco práctico y nada realista del que toda mujer moderna se alejaría, a la vez que no dudarían en leer a Kerouac para recitar sus bondades. Leer ‘Ponche de ácido lisérgico’, sí, pero luego ir en coche a la vuelta de la esquina y seguir rutas turísticas a la vez que se reirían de los ancianos por viajar con el imserso. Yo sabía que ella formaría parte de ese mundo, sabía que lo hacían casi todos. Como digo, no recuerdo de qué hablaba con ella en el sueño, y tampoco recuerdo cómo acababa; tengo una imagen de ella recostándose en mi hombro, pero ahora no tengo claro si es algo que he construido yo a posteriori.
Cuando desperté, todo era exacto excepto que no estaba ella. Es entonces cuando se comenzó a descontrolar todo. Creo sinceramente que mi sueño, ese sueño en un banco en la calle (cuando yo a veces no duermo ni en la cama) me estaba avisando. Quizá mi cerebro actuó, mi subconsciente; no tengo ni idea, pero aquello fue raro de cojones. Creo que algo me intentó alertar de lo que iba a pasar en el mundo real. Creo que fue el desconcierto brutal que sentí lo que me puso patas arriba (literalmente) después.
De golpe llegó fresa. Muy bien; hola, fresa, qué tal, ¿qué tal un café a treinta y cinco grados? Comenzamos a caminar y yo comencé con mis bromas basura, que hacen gracia a las mujeres las primeras semanas, hasta que se vuelven en mi contra con el tiempo denotando que bromeo para levantar muros de defensa y apostar cientos de arqueros contra posibles “ataques”, etc. Es una dinámica que se vuelve agotadora, y que yo planeo de forma más o menos inconsciente… Pero con ella aún funciona, de modo que ahí estamos, yo diciendo memeces y ella caminando a mi lado, y todo encaja porque ella también cuenta de alguna forma con su muro y sus arqueros, y nuestra relación se basa en que a los dos nos da igual eso del otro. Andamos por la zona residencial, hacemos tiempo; el plan es que sus padres se van a ir por la noche (ella solo quería hacerlo en su casa). Íbamos a tener unas cuatro o cinco horas para nosotros. La idea de que sus padres nos pillaran no me inquietaba especialmente, puede que yo le sacara diez años, pero ella ya tenía veintidós. Sería un momento incómodo para mí, no lo niego (aunque pequeño), y no sé bien el qué para ella; puede que supusiera una bronca, aunque no se me ocurre el motivo; es decir, si tienes una hija de veintidós años y la sorprendes tirándose a alguien y te enfadas, ¿no es como enfadarte contigo mismo por haber tenido una hija (y proyectar esa mierda en ella)? No sé, el caso es que no me preocupaba apenas ese asunto, y ella parecía estar muy segura de los tránsitos de sus padres.
Lo que tienen a veces esos barrios pijos es que solo hay viviendas, hay calles y calles llenas de casas, sin centros comerciales ni bares ni papelerías ni nada de nada. Son barrios diseñados para que tengas que fardar de cochazo para cualquier recado. De modo que para poder tomar el café o el granizado o lo que fuere, teníamos que salir un poco de esa zona, y flirtear con la mía, la zona que abunda en cualquier ciudad, mucho menos agradable a la vista, más ruidosa, desordenada, sucia, etc.
Aún teníamos que cruzar casi todo el barrio, hacía mucho calor, había que tirar del pequeño recoveco masoquista de cada uno; creo que eso se le da bien a la gente sobre todo en verano: pueden estar chamuscándose y le siguen llamando Buen Tiempo. Que la gente es, en esencia, gilipollas, no es ningún secreto; el problema mayor en nuestros días, es que creo que ya se están dando cuenta, pero les da igual. Les resulta más cómodo ser gilipollas, porque ser gilipollas es tu mejor carta de presentación en un mundo estúpido; y ser un cabrón es lo mejor que puedes hacer en un entorno social injusto aunque “responsablemente” mantenido. Brillando como brilla el sol cada dos por tres, la negación es tan fácil como beber agua. Es nuestra época, predomina una especie de coma ilustrado global. No hacen falta zombis ni virus ni olas gigantes para que se acabe el mundo. Ni siquiera tiene que haber ruinas; puede estar todo en pie, brillante y aparentemente funcional. Todo el mundo vivo. Puede ir todo a toda leche, a la velocidad punta de la rutina occidental, y estar todo perfectamente paralizado. Quizá no sea casualidad la apología constante de lo superficial. Puedo imaginar un ovni que provenga de una planeta más avanzado que el nuestro (y no hablo de puta tecnología); puedo imaginarlo dándose un garbeo y observando nuestras estructuras y nuestra idea de la movilidad, nuestra inmovilidad y nuestra gestión de recursos; y sin ni tan siquiera colocarnos cámaras ni micros ni contactarnos o leernos la mente, largarse de la Tierra mientras alguien entre ellos murmura en la nave: “Nada. Vámonos a comer…”.
Si existen y nos han visto, ellos lo saben igual de bien que nosotros.
Caminamos entre esas casas tan monas que parecen de juguete, como si una niña pequeña de treinta metros de altura pudiera venir en cualquier momento a babear sobre ellas con su pañal gigante. Verjas y elegantes entradas empedradas, jardincitos y alguna estatua, fachadas de aspecto suave como un glande en erección. Incluso el cielo parece mejor diseñado, una paleta de colores más sofisticada. Vemos llegar un cochazo familiar típico de la zona, aparca frente a una casa a unos cuarenta metros de nosotros. Ningún coche tiene problemas para aparcar, simplemente llegan y frenan junto al bordillo de la ancha acerca (luego cada uno tiene su garaje, obviamente). El bordillo es de un color blanco roto que parece defecado por la Venus de Milo y aplanado al cabo de los años sólo con correteos de niños felices. No hay arquitectura, son sentimientos, esa es la idea. La casa no envía un mensaje práctico, más bien te mira con obscena confianza, como si no llevase bragas y hubiera bebido más de la cuenta. Una casa Bollycao. No yace, desfila sin moverse del sitio.
Del coche comienzan a salir personas, y un perro grande de esos de marca, con pedigrí, de los que corren a cámara lenta en los anuncios. Esto no pretende ser una sorpresa, ya sabes quién va a aparecer. Pero primero vemos al padre de familia, un tipo con pantalones, cincuenta y muchos, bronceado, canoso, está echando barriga, su sonrisa dice cosas como “sé montar a caballo” o “mañana se pasa la criada”. Tras el cual aparece la que ha de ser su mujer, solo unos pocos años más joven, raquítica, tensa a primera vista, lame con desgana un helado de chocolate, es todo dientes y tendones, ropa muy cara, y una mueca algo más ambigua; parece murmurar para sí misma entre dientes: “no me ha puesto los cuernos con una niña, no me ha puesto los cuernos con una niña, no me ha pues…”. De las puertas traseras salen dos chicas, una por cada lado, ambas de veintimuchos. Supongo que una es la hija, y la otra…
Me quedo paralizado y detengo a Fresa con mi brazo, que se apoya involuntariamente en sus tetas.
–Lo siento –digo.
Me doy la vuelta como si fuese un robot; le doy la espalda a la escena. Está claro que ya todos me han visto, ya habíamos salvado mucha distancia respecto al coche. Comienzo a sudar a chorros. Hago el ridículo. Fresa se ríe nerviosamente y pregunta qué pasa. Oigo los pasos de alguien que se acerca, alguien que levanta una voz conocida en mi dirección. Comienzo a caminar absurdamente hacia atrás hacia delante sin saber qué hacer, y doy un traspiés. Sé que detrás había alguna especie de nomo de jardín, uno romo y pesado, con un sombrero puntiagudo y una sonrisa de dibujos animados que decía “ni te imaginas lo que pagaron por mí”…
–Entiendo. Todo tu rollo, tus esquemas y parámetros se van al carajo, porque ya no tienes el control.
–¿Tú no eras Santo? No te imaginaba hablando así…
–…
–¿Qué es eso?, antes no tenías nada…
–Es un cucurucho, mmmh, aquí los tenemos solo con pensarlo. Es de fresa, vainilla y chocolate.
–Me tomas el pelo…
–No. Es que no es tu momento.
–Eres un cabrón…
–Ya casi estás. Ahora piensa en algo que decir.

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Lo contrario al turismo

Normalmente, a la gente a la que no quiero parecerme le va aparentemente de fábula. No es que no se quejen o sepan valorar lo que tienen (y con esto no me refiero necesariamente a cosas), pero encajan, son estupendos en lo que se les exige. Y presumen de esa “estupendez”, lo hacen de las formas más extrañas e involuntariamente rebuscadas. Algunos tragan lo indecible, algunos cagan cosas que ni te imaginarías, otros expelen historias casi letales, y los hay que incluso tienen hijos durante ese proceso: solo para demostrarte que pueden. A mí me ponen de buen humor los videoclips coñones de Katy Perry…, estoy bastante seguro de que algunos escotes han evitado mi suicidio a largo plazo, algunas caras, algunos vídeos porno. Ni tan siquiera hay que hablar de cine o canciones o polvos o libros, o grandes días y estupendas compañías. Algunas sonrisas femeninas en HD, con eso basta, algunos culos, algunos despistes en la playa, algún trago de agua salada, alguna picadura de abeja piscinera en la frente, y desde luego todos los pasos de cebra. No es que vaya muy atento, estoy vivo lo que se dice de milagro. Mi semen, en términos de reproducción potencial para el siglo XXI, es un peligro, una bala perdida, una orden cumplida a bordo del Enola Gay. En el contexto adecuado, todos somos un Paul Tibbets en potencia. Ser bueno es relativamente fácil sin estar al mando de nada; ya se sabe; lo único parecido a estar al mando para la mayoría es la paternidad, y actualmente es una cuestión meramente económica. Ser padre es un reto personal, ser profesor es una nómina. Un sueño recurrente va de un caza, lo sé pilotar (en los sueños soy la caña, casi tanto como Paul Tibbets); bautizo al avión como Lunes. Piloto mi Lunes bien cargado de bombas para soltar. Todos me conocen, y están aterrorizados ahí abajo; pero lo que hago para pillarles por sorpresa es sobrevolar la ciudad un viernes. Siempre pican, siempre perecen, nunca se lo esperan, siempre gano. Viernes por la tarde, están adocenados. Luego lanzo una sonrisa en cabina, la Historia sigue, voy de cabeza a los libros de texto. Soy como ellos, pero en el lugar adecuado en el momento preciso, quizá con alguna medalla al mérito en la solapa y alguna puta de confianza esperando en la ciudad vecina. Pasta en mi cuenta, gloria asegurada; era eso o cualquier otra cosa; ¿más daños materiales y vidas segadas?, puede, pero no la mía, no mi casa. Siempre es el mismo principio. Luego la almohada tiene la huella húmeda de mi cabeza y la gloria se esfuma. Es lo más parecido que tengo a un sueño erótico. No mojo los calzoncillos, pero tampoco me traspasa un rayo de alivio. Solo parpadeo y pienso en Paul Tibbets, últimamente pienso mucho en Paul Tibbets, en su cabina, en su momentazo, en su respiración segundos antes. Pienso en él como si él hubiese sido el único destructor a gran escala, como si eso no fuese cosa del día a día. Son secuelas de jugar poco a la negación, a cierto tipo de negación que triunfa como los juguetes adultos (¿os acordáis de cuando los juguetes eran de los niños?). Voy a la calle, paseo, hace un calor de muerte, se mete en los huesos, se te cae la cabeza, ojeo un periódico en alguna barra mal ventilada. Jugar poco a la negación es no saber filtrar mucho la información: intentar asimilarla toda o casi toda. Ser consciente de demasiadas cosas. Hay muchas formas de no ser exactamente feliz, y tan solo una (quizá dos) de serlo. No está claro que en la opción predominante para ser feliz tenga cabida la empatía o una visión realista de la vida, del mundo, de las consecuencias. Me meto en un autobús, es barato y hay aire acondicionado. Veo las caras de autobús, la gente pasa de disimular en los autobuses y los trenes, a menudo puedes observar sus estados de ánimo sin ningún filtro. Las caras suelen ser más caretos que caras a medida que la persona tiene más edad. No me refiero a que las niñas de veinte sean felices y los ancianos vean venir la otra acera; más bien los niños son los únicos que se libran, pero por poco tiempo, porque dentro de no mucho los adultos nos encargaremos de ese asunto. Clases y lecciones y matar el brillo de sus ojos. Es una cualidad de la sociedad, y muy paternal, claro está, muy de los padres en general. Los padres son villanos recurrentes involuntarios. Se miran al espejo, perciben el diámetro de dilatación del ano que llevan ya a los treinta y pico años en la mirada, luego ven pasar al crío, y, en algún momento fugaz, puede que casi inconsciente, piensan: tú vas a pasar por lo mismo, aunque sea lo puto último que yo haga en la Tierra. ¿Por qué os creéis que insisten tanto en decir que quieren una vida mejor para sus hijos? No quieren que sospeches. Además, ellos solo querían ser respetados, querían dar una sensación de futuro responsable, de evolución, querían ser adultos. No traen una persona nueva al mundo, solo se hacen la paja más cara y quizá irresponsable de sus vidas. Vamos, que no digo yo que todos los padres sean así, pero ¿la mayoría?, digamos un 87%. Un 87% es factible. No creo que me equivoque de mucho. Me bajo del autobús cuando llego al centro. Pienso en Paul Tibbets mientras me doy la vuelta completamente para mirarle el culo a alguien. Me meto en un Zara; me golpea una ola de aire acondicionado que quizá pague cara; el aire acondicionado es como barrer la mierda bajo la alfombra; lo que tiene el verano es que no hay un equivalente a la manta que en invierno te quita el frío. Tienes que tirar de aparatejos, y estos entienden por bienestar darte un sopapo de aire artificial que fácilmente hará que te resfríes o te chisporrotee la cabeza de dolor. He entrado en el Zara por el aire acondicionado, por supuesto. Los Zaras tienen una particularidad; muchas veces están en locales que antes eran cines, teatros, puede que librerías; generalmente un Zara siempre es la tumba de algo, a menudo algo cultural. Cada vez se abren más Zaras. El que recorro era un cine, y tiene la pantalla recubierta con una tela o algo parecido, en la que un tío lleva zapatos sin calcetines (qué asco), una especie de traje de chaqueta blanco, unas gafas de sol grotescas, una mandíbula de tres días sin afeitar y un tupé. Su actitud es la de “follo niñas desnutridas y me aplauden” o la de “soy un hortera y Paul Tibbets debería matarme a puñetazos” según el día. Hoy le miro y no me transmite nada, puede que sólo una vaga vibración decadente, algo que en gran medida te puede empujar al suicidio, pero en pequeñas dosis (como te la suele inocular la vida según dicen tienes que vivirla) solo te apaga; es un proceso, se asegura de que tus ademanes denoten vida solo si te has maquillado o has bebido demasiado en la comida. Salgo y me azota la ola de calor, no muy lejos veo a alguien con quien no me apetece encontrarme. Esto me pasa con mucha gente del pasado. Digamos un 87%. No creo que me equivoque de mucho, tampoco. Es un chico, un chaval que iba conmigo al colegio. Vi algo sobre él en el periódico de la ciudad hace poco, creo que es algo así como un ciclista de reconocido éxito a pequeña escala, uno de esos fenómenos que no le importan a nadie, pero que acrecientan el ego del sujeto y funcionan como buen relleno para una publicación local. No eramos amigos, no eramos nada. «Nada» es una palabra crucial para definir multitud de historias de los años del colegio. Le observo cuando ya no me puede ver; está en buena forma. No me caía bien. Durante años tuvo fama de gay, no sé si lo era. Supongo que también hay gays estúpidos. Era amanerado, eso es cierto, una vez coincidí con él en una sala de espera para una entrevista relacionada con un trabajo horrible, terriblemente tedioso e industrial, uno de esos en los que eres una pieza y tu humanidad –no digamos nada de lo que te haga sentir vivo– no importa tres pepinos (el tipo de trabajo que la gente fue criada para valorar como un trabajo de verdad). Llevaba un pendiente y una actitud “despierta” que era de lo más triste, y que de hecho es muy habitual, una especie de semblante vívido artificioso que es lo que suele caracterizar a muchas personas en lugar de su verdad particular, años ha amputada, olvidada y convertida en uno de los hitos centrales de la inmadurez. Tú, malo. “Tú”, bueno. Me cogieron para aquel curro, por el que me arrastré durante tres meses, a él no. Tuvo suerte.
Camino hacia la periferia. Llega un punto en que crees que te vas a salir de la ciudad, suele ser cuando acabas llegando al barrio rico de turno, adonde está la gente de pasta, herederos o nuevos ricos, niños pijos y viejas nazis. Vistas abiertas, parques monísssimos, urbanizaciones, calles de lo más cucas. Solo veo a gente paseando al perro. Un par de chavales hacen ejercicios en un espacio que parece un gimnasio improvisado del ayuntamiento al aire libre. Mucho césped muy bien cortado. Coches aparcados que salta a la vista que son muy caros incluso aunque sepas de coches lo mismo que de teoría cuántica. Me cruzo con una señora mayor que me echa un buen vistazo, de arriba abajo, todo muy desaprobador. Llevo casi una hora caminando y mi camiseta denota marcas de sudor; cuanto más consciente eres del sudor menos quieres sudar, y más sudas. No es como a esa gente a la que le sudan las manos ni nada de eso, mi sudor es el clásico de toda la vida, axilas y básicamente torso, cuello… Es el motivo por el que nunca he follado con nadie sin ir al baño antes; nunca he dejado que se produzca esa escena pasional en la que la ropa comienza a salir disparada sólo con entrar por la puerta. Una vez hice esperar a un chica porque su compañera de piso tenía ocupado el lavabo. Al llegar al portal y entrar al ascensor con ella, de repente quiero mi espacio. Conozco pocas actividades tan estresantes como liarse con una tía. Casi llego a entender a la gente que se empareja (o casa) más o menos con quien pilla; sólo la idea de no tener que pensar en esos rollos te ha de quitar un peso de encima de tres pares de narices. Mientras intercambio una larga mirada con la señora, recuerdo por algún motivo el crepitar de la electricidad cuando venía de camino y mientras pasaba por debajo de una gran torre eléctrica. Una de esas torres eléctricas enormes que atraviesan todo tipo de colinas y van en paralelo con carreteras; esas zonas de periferia por las que nadie que crea que sabe vivir pasará jamás si no es en coche.
Ellos se lo pierden.
Las zonas de nadie son los lugares más interesantes el día adecuado. ¿Cuándo es el día adecuado? A poder ser entre semana. El peligro de toparte con gilipollas disminuye, y todo el mundo se remueve y chapotea a tu alrededor como palomitas de maíz. Todos crepitan mientras tú simplemente fluyes. Sin ningún plan, sin ninguna prisa. Rodea la ciudad, vete a donde nadie vaya andando. Es parecido a caminar por una vía pero mejor, luego te metes por una calle u otra, indagas un poco, te cruzas con muy poca gente, jamás los volverás a ver, y será casi íntimo, porque no estarás en un puñetero concierto ni una sala abarrotada. Pillarás a la gente desprevenida, con su cara real, algo aún mejor que las caras del autobús y del tren. No caras, sino vidas de circunstancias. No hace falta que te pongas a imaginar historias, ni qué pasará por sus cabezas; sólo observa con tranquilidad. Si lo haces con la suficiente calma, sin apabullar, sin correr ni ralentizar ni precipitar nada, casi podrás comprobar in situ que algunos de ellos aún podrían albergar vida. Podrías salir sorpredentemente renovado; es sencillo de una forma imposible de catalogar; podrías no llevarte el cañón a la boca gracias a esto. Es todo lo contrario al turismo.

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Parentesco

¿Quién puede dudar de que ahora el amor en todas sus formas mueve el mundo, a la vez que depende del dinero? Estamos probablemente en la última estación. Y seguro que muchos lo dijeron de su época, pero ya hemos llegado a un nivel de maldad codificada difícil de superar. Antes te eliminaban a tiros, a cañonazos, ahora firman o dejan de firmar un papel. Antes podías fabricar tu propia arma para defenderte, ahora defenderte es irresponsable, cuando no ilegal. Antes te mataban, ahora te inducen al suicido, o te suicidan a lo moderno, que viene a ser lo mismo pero explotado después de muerto. Es la infelicidad elegante, los cuarenta grados al sol, los moratones invisibles, amputaciones que te pican, pero porque sigues teniendo extremidades que prácticamente nunca te llevan donde quieres a medio plazo. Para poder dedicarte a lo que quieras, es muy posible que tengas que arriesgarlo prácticamente todo; lo cual muchos dirán que le dará sentido a tu vida, excepto que el tema aquí no es la voluntad, son las celdas y paredones, antes tangibles, ahora casi metafísicos, y a menudo indetectables. Pero como los números y las estadísticas mandan, y ahora los muertos no corren tan fácilmente por la riera, quejarse ha pasado a ser atonal… Mientras te dicen “Sé tú mismo”, el 90% de las veces tienes que entender “Ni se te ocurra semejante gilipollez”, aunque las añejas bases están demasiado bien asentadas como para que las calles estén llenas de gente con una personalidad propia. Es la peor idea posible para sobrevivir: descubrir lo que quieres, y en lugar de olvidarlo cuanto antes, luchar por ello como si la vida tuviese que ser algo más que las vacaciones para más de cuatro hijos de puta en todo el mundo. Esto es lo que llaman pesimismo, porque ahora todo está etiquetado, mal o bien (necesariamente o no) da igual , lo importante es que siempre hay como mucho dos bandos respetados, y tienes que elegir: o contra ti o en contra tuya. El otro frente, el llamado de los optimistas, proclama en voz alta indirectamente su suerte geográfica al nacer mientras fácilmente viste y consume productos fabricados en el tercer mundo; porque ser optimista es más una camiseta que una actitud, y ser buena persona a una escala respetable a nivel global es quizá la imposibilidad menos vociferada. El pueblo canibaliza al pueblo. Solo eres; o más bien: estás; ser es mucho decir; quizá dura ese lapso de tiempo que va desde que te pones de pie de crío por primera vez y hasta que alguien te ordena que te sientes; más o menos; y la mayoría de veces el asiento es un pupitre. El principio del fin no es cuestión de un instante: es una constante. Nunca empiezas, siempre estás acabando. Y todo para que sólo unos pocos vivan bien de verdad y luego se mueran como todos. La muerte es un alivio; no lo digo por ampliar el discurso agorero (que es lo único que verán muchos), quiero decir que por lo menos esos cabrones se mueren… ¿No da gusto imaginar a un anciano multimillonario que aún atiende a sus negocios? Ya que la riqueza personal no está basada en tu interior o bondad sino en tu dinero; ya que lo que se te va a exigir siempre no va a ser predisposición ni buenas intenciones, sino que pagues y punto, ¿no da gusto imaginarse al viejales comido por los gusanos? Aunque siempre saldrá quien dirá: Hombre, el dinero es importante pero no es lo único, y hay cosas igual o más importantes; lo cual es técnicamente cierto, hasta que te quedas sin dinero.
El dinero es lo único que no te puede faltar: el mundo está exactamente así de podrido. Te pueden faltar hijos, relaciones de pareja, sexo, una buena dieta, horas de sueño, ilusiones, raciocinio, altruismo, generosidad, neuronas, kilos, el puñetero apéndice, la piel del prepucio, un riñón, el corazón (metafórica y hasta físicamente en quirófano unos segundos); te puede faltar cultura (toda la que quieras), cualquier clase de sentido común, tener respeto a tu pareja, a tu familia, en las colas, a todo el mundo, te puede faltar tiempo, tetas, cinco centímetros de polla, brillo en los ojos, descanso, sentido de la justicia, ética, posición, tus padres, tus amigos, tu mascota, te pueden faltar condones, cabeza para las matemáticas, ortografía, poesía, ver el mar, ir a la montaña, caminar, tener dentro algo más que vísceras… Te puede faltar casi cualquier cosa que se te ocurra, pero si tienes pasta, no te preocupes, puedes volver a empezar; la libertad ya hace mucho que no se tiene, sólo se compra: la libertad está únicamente a la venta, la verás a trozos en estanterías y escaparates. Da igual lo que sonrías y mires al cielo, también te pueden faltar los amaneceres y los atardeceres. Eres una ridiculez en medio del Universo, pero ese pensamiento, a veces alentador y a veces terrorífico… qué coño importa, también puedes prescindir de él.
Y la respuesta airada a discursos similares a éste, vendrá de quien diferencia sólo entre el tedio de oficina y la tumbona de playa (o similares), y, por tanto, en lo que a mí respecta, quedará invalidada. No te puedes fiar de una máquina, por mucho que esté rellena de tripas. Nadie te cuenta que la vida está para hacer cosas, para aprovecharla. Que tumbarse y criar malvas es algo que no inventaron los vagos, sino la idea aún predominante del trabajo: la vagancia, por decirlo así, existe por contraste; el tema es con qué está haciendo contraste, y a quién le interesa que sea así. Porque ya hemos llegado a la cumbre del pensamiento simplista. Solo puedes hacer cosas que requieran de tu mente o cuerpo si conllevan proyección económica. Esa es la versión de la inteligencia vigente. Mirar por ti mismo no es un apartamento en la playa, no es explotar los viernes y los sábados, no tiene que ver con tu reloj, no es, desde luego, una agenda de actividades. Estás seguramente muy lejos de ser lo que te han contado que eres. Pero tienen el arma perfecta: si lo intentas de verdad, si procuras por ti seriamente, no saldrán perjudicados los que pusieron en pie la teoría sobre qué significa respetarse a sí mismo, sino tus iguales. Es un engranaje con muy pocas fisuras. Lo digo de verdad, yo se lo conté al Diablo. Él me dijo que siempre estuvo viéndome mientras ejercito la idea moderna de perder el tiempo, que consta de dedicar horas y horas y esfuerzo a cosas que no van acompañadas de firmas ni horarios fijos, y que tienen que ver con enriquecerse a todos los niveles excepto al único que se te exige. Creo que, aún con todo, él no sabía qué lectura hacer de la situación, ¿le favorecía?, ¿cuál es el comportamiento más coherente para hacer el mal? Siendo como es él un ángel caído, repudiado y expulsado, me dijo que Dios estaba en lo que yo hacía. Y me dijo que hablaba en serio. Me describió el infierno administrativo (el Infierno, me dijo, no es como el de Dante, se parece más a cubículos de oficinas y turnos interminables para llevar a cabo ejercicios de repetición burocráticos); me dijo que el Infierno, en todas sus formas, está bañado por el sol a menudo, corta el tiempo en rodajas, erige al ser humano como protoDios que se cree por encima de la Naturaleza (hasta el punto de que cree que podrá sobrevivirla; a juzgar al menos por sus movimientos para destruirla o defenderla…), y definitivamente no está bajo tierra. El Infierno son las ideas de quienes decidieron que la convivencia humana solo se podía basar en el apagado colectivo de la mayoría de gente. El Infierno es lo que, día día, la mayoría de gente está ayudando a mantener. Coño, le dije yo, qué duro. ¿Pero no ves las ventajas?, me preguntó. Apestaba a azufre, su pene colgaba casi como si pudiera usarlo como otra pierna. ¿Ventajas?, dije. Nadie te prohíbe ser un cabronazo, dijo, está permitido, es legal, a veces incluso cuando no lo es, ¿no está claro aún a estas alturas? Le dije que yo no quería ser un cabronazo, o que al menos no era mi intención. No has entendido de qué va la historia, me susurró; lo hizo como si estuviera de verdad intentando enseñarme. Le corté preguntando por qué había dicho que Dios estaba en los actos que uno acometía para intentar enriquecerse a varios niveles y no (sólo) al económico. Porque Dios es un buen tío, dijo, pero ¿crees que ser bueno es un buen negocio? ¿Crees que en el colegio te intentaron enseñar a ser bueno? No me malinterpretes, añadió, entiendo que Dios caiga bien a todos, pero no es a él a quien están rezando a juzgar por las cosas que hacen y dicen todo el tiempo. Hay padres convirtiendo a sus críos en bobos profesionales, por todas partes. ¿No lo has visto? Un grupo de adultos te moldea y extirpa lo necesario para hacerte igual al compañero de al lado, y los padres son cómplices de todo el proceso. Y no solo son cómplices, lo aplauden, lo apoyan, lo mantienen económicamente, ceden a cualquier presión. Aunque es lógico, teniendo en cuenta que no han tenido contemplaciones a la hora de traer a una criatura a este mundo…
¿Eres solo un humano más?, pregunté. ¡Claro!, gritó; bueno, no físicamente, aunque solo debes tomarte mi físico como una representación, o como un recipiente que llenar; pero el ser humano tenía las cualidades idóneas, todo lo que necesito; es tenaz, puede ser talentoso, pero sobre todo es varias personas en uno: la que enseña, la que esconde, la que va a entrevistas de trabajo, la que hace guarradas de todo tipo, la que elige el vacío como modo de vida, la que lo hace pasar por plenitud, la que hace daño de verdad, la que obvia que lo hace, la que esconde limitaciones bajo discursos sobre la sencillez, la que oculta la basura que es bajo las nóminas que cree demuestran su validez, la que explota, la que se deja explotar, la que elige la mediocridad por puro y simple miedo, la que se cree un dios, la que cree que entiende la maldad… Es un sinfín de atrocidades, un montón de mierda brillante y lo suficientemente alto para ocultar el sol. El ser humano se dedica sólo a buscar joyas no demasiado caras enterradas en una montaña de excremento para venderlas a cuatro duros en una casa de empeños regentada por un maníaco. Y a eso lo llama Ser Una Persona. Era perfecto para mí, el relleno ideal. Es algo que me encanta del ser humano, dijo, su idea sobre la dignidad, lo moldeable que es; puede adoptar casi cualquier forma, puede admitir casi cualquier injusticia, puede rechazar todo tipo de conocimiento que considere sospechoso, es ignífuga cuando la verdad se siente casi como el fuego; es intolerante a la lógica igual que puede serlo a la lactosa. Aunque no haya ni un resquicio de dignidad en él, el ser humano te dirá que sí, que está ahí, porque ha pasado el día fuera de casa, que te fijes bien, que te acerques un poco más; sonreirá sin poder disimular la malicia, y te mostrará su entrepierna, más abierto con cada gesto. El ser humano es sincero a su modo, a su modo increíblemente hipócrita y repugnante; para el conocimiento, el amor y el misterio de la vida, es algo así como lo que es un pederasta para el sexo. Lleva a cabo sus acciones sin darse cuenta de que está haciendo algo terrible, asqueroso y contra natura. El ser humano es como el pedófilo del Universo. Aunque también es muchas otras cosas, claro está.
Pero tú sabes jugar a esto, le dije al Diablo, eres muy capaz de soltar el rollo, de mentir, hacerme ver algo que en realidad solo es un truco.
Me hace gracia que me digas eso, me dijo, es emocionante hablar con vosotros. Es divertido. Es como si os mirara, y mientras tenéis el cuchillo ensangrentado en la mano sentados encima del cadáver de un niño, dijerais: ¿No estás exagerando un poco? Adoro esa dignidad que fluye, que va y viene, que existe para vosotros interesadamente igual que Dios. Hace mucho tiempo fui a hablar con una mujer. Estaba en su pequeño jardín, se le había soltado el cordel donde solía tender la ropa. No se asustó demasiado cuando aparecí. Te habría gustado, era una tía de cuarenta y algo, tenía su morbo, no dejaba de mirarme el colgajo. Le di conversación, le dije que se creía vete a saber qué, que si se estaba dando cuenta de que era mala y estúpida para con sus dos hijos pequeños. No habló mucho, y desde luego no con arrepentimiento. En determinado momento comenzó tender la ropa en mis cuernos. “Si te vas a quedar ahí como un pasmarote, me ayudas”, me dijo. No había escuchado nada de lo que le había dicho. Es cierto que tampoco le solté el rollo con ninguna buena intención de que corrigiera su actitud; usé un clásico truco, creo que ahora lo hacéis mucho por televisión; le canté las cuarenta como si a mí me importara lo que les pasara a sus hijos, y de paso hice lo que realmente quería hacer, que era intentar humillarla. Sé que os encanta la humillación; es decir, esto no es fácil de explicar, pero os encanta tanto humillar como ser humillados. Cierto que no os gusta la humillación seca, momentánea y sin importancia (la que yo intentaba), pero es evidente que adoráis la que se os inflige habitualmente a lo largo de toda la vida. Luego os levantáis cada día, os ducháis, os vestís, os echáis colonia o desodorante, y os creéis que así vuestra sociedad ya no huele a cuco.
Pero el caso, continuó el Diablo, es que aquella mujer no se inmutó. Eso me hizo tenerla en cuenta. No sé qué habrás leído al respecto, pero lo que hice fue usarla…, y tuve una hija.
Apareció una mujer de unos veinticinco años, “vestida” y maquillada de determinada manera, una especie de ejemplo de lo que el Diablo creía que cualquier tipo hetero o lesbiana querría tirarse.
Antes de que me propusiese nada, yo ya estaba metiéndole la lengua en la boca y la mano bajo la falda. Me gustaría decir que alguna extraña fuerza me obligó a actuar así. Una extraña fuerza me obligó a actuar así. Continuaba oyendo hablar al Diablo, pero ya no atendí demasiado. Solo le oí protestar cuando me vio sacar un condón que llevaba en la cartera. Lo hice por inercia. La cuestión es que el Ser que los dominaría a todos no podía quedarse en un charquito de semen dentro de una bolsita de látex.
Todo esto pasó en mi casa de entonces, hace ya mucho tiempo.
Cuando desperté al día siguiente, tuve esa sensación de haber tenido una pesadilla. Era el mismo escenario, solo que ya no estaba el Diablo. Pero en la cama tampoco había nadie más. Respiré hondo. Me parecía poder oler aún la fragancia de la mujer, pero sin duda era una falsa sensación que se iría pronto. Miré por la ventana. Todo estaba en su sitio. Oí la ducha, aparentemente se había puesto sola.

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Sicalipsis

La mujer entraba en la estancia sin aparente alegría o tristeza reales, aunque no te diera pie a concluir que fuese alguien depresivo o triste. Pero la opinión al uso de cualquiera que se considere «normal» a sí mismo (esto es: la mayoría de gente), sería que era, efectivamente, alguien depresiva y triste, puede que suicida, o peor aún, peligrosa. Aunque la realidad era que no podías lanzarte así como así a valorar su actitud: o si la tuya sería más o menos respetable que la suya, o más o menos inteligente; o, sobre todo, más o menos hipócrita. Levanta una piedra y saldrán corriendo decenas de hipócritas a tener hijos entre ellos para inculcarles su sana ración de práctica doble moral y tenacidad productiva solo sobre el papel oficial. Si las personas así fuesen vampiros, tendrías que salir a la calle con alguna clase de collarín metálico. Y no está claro que no lo sean; son las ventajas del vampirismo emocional: ganga de muchas instituciones; gasolina para el trailer obsceno siempre mal aparcado que suele ser el sistema. Dieciocho ruedas y todos lamiendo el aceite que se desprende del motor, como chupando de las tetas tóxicas de La Madre artificial. El Clásico. No deja de ser irónico que de vez en cuando se diga eso de un partido de fútbol: El Clásico. Irónico, retorcidamente apropiado.
Otra cosa es que pudieras sospechar drogas en la escena. Alguna erección sin ablandamiento durante una hora, hora y media. Mamadas de veinticinco minutos de reloj en las que resultaba apropiada una fregona. Mamadas frenéticas a dos bocas. A veces parecía que el tío de turno no tuviera pene, sino un falo de madera; hasta que llegaba la eyaculación, que de todas formas era tan sustanciosa (a menudo parecía una manguera de jardín) que no te quedaba más remedio que preguntarte si la naturaleza seguía presente o llevaba un colocón de puta madre. El sol entraba por un ventanal que iba del suelo al techo. La mujer entraba en la estancia sin aparente alegría o tristeza reales, y rondaba los cuarenta y muchos y era básicamente la maestra de las más jóvenes.
–¿La maestra?
–Sí, daba indicaciones, daba indicaciones a las chicas más jóvenes. A veces también a los chicos.
Allí daban por sentado que al tío no se le podía pedir nada más que aguante. Aguantar el tirón. Había bolsas de hielo. Usaban un spray con el que a veces se rociaban la polla, no sé qué era. Había sacos de condones. Había dos armarios llenos de lencería y disfraces. Y tocados, usaban muchos tocados. Ellas se ponían lacitos y cintas y historias así en pelo. Las más jóvenes intentaban parecer menores de edad, y las menos jóvenes jugaban a ser más jóvenes. Y había cámaras, claro, cámaras por todas partes. A veces llegué a ver el pantalón de algún operador de cámara bastante abultado; creo que a veces se preguntaban si la cosa podía salpicarles a ellos, entiéndeme; si alguna chica alargaba la mano y… Era una fiesta de swingers, no es raro. Fue interesante la charla que tuve con la “maestra”
–¿Una charla?
–Ya que estaba allí…
La tía tenía morbo, hay que reconocerlo. No te creas que era ninguna rubia de bote siliconada, con los labios hinchados y cada parte de su cuerpo mirando en una dirección distinta. Eso era lo bueno, era más bien como la madre de un adolescente a la que sabes que te tirarías sin problema. Desprendía vibraciones guarras, te miraba de determinada manera, era como si tuviera a su ninfómana interior siempre activa; a veces con ella misma al mando, a veces con el piloto automático: pero siempre estaba ahí.
–¿No habías dicho que era triste?
–No me estás escuchando…
Su actitud era ciertamente ambivalente a ratos, pero creo que no era más que preocupación por que todo saliera lo mejor posible. No era una preocupación moral, allí no había nadie menor ni nada parecido. Estaba pendiente de lo que pasaba a su alrededor. Claramente estaba cobrando un pico por mantener el orden allí. El equipo de grabación había hecho tratos con ella casi seguro. Lo cual me lleva a pensar que probablemente esas orgías ya se estaban haciendo en ese ático antes de que nadie las grabara.
–Tiene sentido.
–Cuidado, ya mismo nos darán permiso para entrar en la órbita geoestacionaria…
–¿Y dónde dices que estaba ese sitio?
El caso es que estaba allí, y me estaba poniendo a tono. Al principio no; tanta gente, las dudas sobre la higiene, tanto cuerpo desnudo, tríos… al principio no tenías interés alguno en mezclarte con todo eso. Pero cuando llevabas unos minutos allí, quizá te fijabas en alguna de las chicas; quizá otra te miraba de forma claramente lasciva. Puede que otra te invitara directamente en voz alta a “hacerle compañía”… Llegaba un punto en que comenzabas a preguntarte si podrías unirte a la fiesta. Y lo único que te acababa frenando eran las cámaras, claro.
–Claro.
Pero dejabas de pensar enseguida en enfermedades venéreas o la posibilidad de cruzar el sable con otro tío. Lo único que no querías es que ningún colega se topara con tu cuerpo blancuzco por Internet buscando porno una noche. Era lo único que te acababa frenando. Porque sabías que eso era una probabilidad muy factible, incluso con la cantidad ingente de porno que hay en la red, porque los vídeos viajan de un lado a otro sin control, son como partículas subatómicas. Son imprevisibles, y el planeta Tierra es como una gran paja.
–Lo es.
–Tienes que virar un poco a la derecha.
–Vale. Así que te fuiste…
¿Que si me fui? Tenía un puñetero festival de música electrónica en mi cabeza. Quería liarme con una tía que me había llamado claramente. Le dije a la jefa que si ella podía evitar que esa parte se grabara. Me dijo que no, ni en broma, y que iba a confiar en mi palabra de que mi polla estaba sana solo porque ese día se sentía generosa (ella, no mi polla). En realidad el procedimiento acostumbrado pasaba por un filtro, papeles que demostraban que estabas limpio, sin mácula, sin venéreas, etcétera. En fin, eso me jodió, lo de grabarme; luego me imaginé en vete a saber cuántas páginas porno a la larga, yo en un vídeo amateur, y no solo en un vídeo amateur, sino en un vídeo amateur en grupo, estaba claro que podía salir escaldado. Bastaba con que una sola persona de tu entorno topara con el vídeo y ya tenías algo supuestamente vergonzoso sobre lo que no podías ofrecer una explicación ni de lejos. Podía ser en dos días, en dos años, en doce… Tú, que te consideras un tipo prudente y demás; es más, que te consideran prudente, medianamente cuerdo o hasta una persona afable y ocasionalmente generosa, ahí, follando con alguien de quien no sabes el nombre real, en medio de una especie de cocido de garbanzos humanos, todos retorciéndose entre tíos empalmados con tejanos grabando hacia un lado o hacia otro según qué pareja estuviera gimiendo más alto o llegando al orgasmo.
–El peor escenario posible.
–El peor escenario posible.
–Bueno, los hay peores.
–Digamos el peor escenario posible sin incurrir necesariamente en delito.
–Exacto.
De modo que durante un momento me digo: No vas a hacerlo. Joder, ni de coña. Sabes, tío, es de esas cosas que se te pasan por la mente y enseguida las descartas, porque aún te queda un ápice de cordura.
–Así que, por fin, te fuiste.
–Joder, mierda, no me estás escuchando.
¡Era un coño, salido de la nada! Era una tía de veintitantos, o treinta o qué sé yo, que estaba esperando; si la hacía esperar mucho más se acabaría tirando a otro, y ni de coña me la hubiese tirado justo después de otro pavo, no iba meter la polla donde había habido otra polla un minuto antes, no iba usar de lubricante el sudor o lo que sea de otro tío.
–Ajá. Entiendo.
–No iba a comerle el coño después de que un gilipollas hubiese estado ahí dale que te pego, ni aunque llevara condón, joder. Vira más a la derecha.
–Más a la derecha.
–Y luego un poco a la izquierda. Fíjate en la pantalla.
–Sí…
–Hoy no va haber buen ambiente en la base. Lo veo venir. Es uno de esos días.
–Vaya…
–Te lo digo porque aún eres bastante nuevo, y el asentamiento en este planeta está siendo un caos absoluto… aunque no quieran reconocerlo aún.
–Bueno. Y qué pasó al final…
–Sí…
El caso es que estaba ahí, sí… la tenía ya casi tiesa. Aunque no me había quitado ni una prenda. Yo qué sé, un colega me había liado. Yo estaba de piedra, por que él ya estaba encima de un colchón por los suelos intentando que dos chicas se la chuparan a la vez o qué sé yo, creo que en realidad era algo más fuerte que eso. Era todo un poco… era como el imaginario porno habitual, y peor, allí no había nadie que no estuviera intentando hacer alguna acrobacia o alguna guarrería que jamás harían a sus novias o novios, o a sus mujeres, maridos, lo que sea… La jefa me había dicho que allí había de todo, toda clase de peña, y que confiaba en que no largara si veía a alguien conocido; solo me había dejado entrar porque mi colega era una especie de VIP, lo cual al principio me escandalizó vagamente; no por nada, mi colega es soltero y puede hacer lo que quiera con su zarrio, por descontado; más bien me escandalicé por lo inesperado que era que él precisamente estuviera en saraos de swingers aliñados con cámaras y toda clase de juguetes y bobadas de porno duro. Puños de PVC… todo ese rollo. Allí había gente cuyo objetivo vital era la dilatación del ano, no digamos de la vagina… Más que placer, era un cuestión de llegar cada vez más lejos. Abrirse, en un sentido literal más que figurado. Yo cada vez la tenía más dura, porque parecía un entorno idóneo para mojar. Cierto que lo de las cámaras era un corta-rollos, pero joder, pensé, estaba hasta las narices de tener que montar un circo de las convenciones para poder follar con alguien; que si decirle algo a la chica de turno en el momento adecuado, que si decirle algo más para que baje las defensas, que si preparar el terreno para que se baje las bragas, que si contarle que eres ingeniero, que si adornar viajes interestelares en los que te aburriste como una vaca viendo pasar el tren, que si recitar tu currículum en voz alta sin que parezca que lo estás haciendo, que si luego ponerte un poco seco para que entienda que solo quieres follar, que si vas a cenar a un sitio o a otro, que si la invitas a dar un paseo con el caza de la empresa, que si la tanteas para saber si vomitaría en un ejercicio de entrenamiento básico para astronautas antes de… Joder, es agotador. ¿Tan difícil tiene que ser? Allí esos tíos estaban follando, sin más, estaban mojando a lo bestia, algunos con dos tías, vi a uno que estaba dándole a tres. Y también ellas se lo montaban hasta con tres tíos. Vale, no todos eran pimpollos universitarios, pero estaban dispuestos, no te pedían explicaciones, no tenías que contarle tu vida aburrida de mierda a nadie, no tenías que hacer que eras más sensible de lo que eras, o más inteligente, no tenías que actuar, esconder información, divagar, hacer cabriolas, no tenías que sentirte como un memo, joder.
–Ya. Entiendo…
–¿Entiendes, tío?
–Sí, claro, te capto…
–…
–Así que entonces te follaste a esa tía.
–Joder. ¡Claro que no, coño!
–Pero has dicho…
–¿Es que no te enteras de nada?
¿Te crees que si hiciera esas cosas estaría ahora aquí dándote la brasa con la gente que hace esas cosas? Porque, dime, tío, ¿acaso salgo reforzado del hecho de no haberme tirado a alguien por miedo a que alguien me vea tirándome a alguien? ¿Conoces a alguien que se avergüence de que le veas disfrutar jugando a tenis o preparando una hogaza de pan o haciéndole un regalo a sus puñeteros sobrinos en navidad? ¿Acaso echar un polvo tiene que ser por fuerza distinto de hacer rafting en cuanto a cosas que haces mientras te ven? Joder, la gente compra esas fotos de mierda que te sacan en las montañas rusas poniendo cara de gilipollas; todos actuando como si Follar fuera el nombre de un Emperador bizantino.
–Bueno. Alguna gente prefiere la privacidad.
–Prepara el dispositivo de asentamiento. Suave esta vez, por favor.
–Sí.
–Joder, a esa gente me refiero.
¿Acaso meto yo el rabo en sus valores sobre la intimidad? ¿Acaso me molesta que follen dentro de una caja fuerte con hipoteca a cuarenta años? ¿Por qué su idea sobre la intimidad tiene que ser menos ridícula que treinta personas follando sólo por placer en un ático? ¿Hay más hipócritas entre los swingers o entre los de la hipoteca nuclear, el crío y el bombo para el hermanito?
–Pues no sabría qué decirte.
–Da igual.
Estuve un rato más allí, de pie, quieto como un pasmarote. Fue el sábado pasado, ¿lo he dicho?, pues fue el sábado pasado, había tíos allí que ponían cara de llevar toda la semana pensando sólo en ese justo momento, en estar allí; les miraba y podía intuir, o más bien no te quedaba más remedio que intuir que el resto de los días de la semana, el resto de las horas, el resto de su existencia rayaba en lo insoportable. Muchos de ellos con anillos de casados, no se los quitaban, y ellas igual, estaban todos allí y era quizá el único lapso de la semana en el que estaban justo donde querían estar, el único rato en el que no se cambiarían por nadie ni querrían ir a ningún otro lugar. La jefa me decía que pensara en lo que podrían estar haciendo de no estar allí, y muchas de las cosas que me venían a la mente eran terribles. Mi colega le daba palmadas a su polla cada vez que creía que se iba a correr, al final el cabrón me hizo esperar casi dos horas. Cuando se corrió la primera vez, pensé que lo dejaría, pero se limitó a esperar unos minutos y literalmente agarró a otra chica, la cual se dejó hacer del modo más natural, como si el mundo de afuera del ático, con sus normas y reglas no escritas, fuera la cosa más equivocada, estúpida y aburrida del Universo. Mi colega me dijo que a veces se pesaba al llegar a casa después de esas juergas, y había llegado a perder más de dos kilos. Solo de ver lo que marcaba la báscula me dijo que se la tenía que cascar otra vez pensando en el siguiente sábado.
–Vaya… Creo que ya estamos cerca.
A mí todo aquello me dejó pensativo, tío. Sabía que se hacía, claro, pero verlo allí, in situ, algo que pensé que me daría incluso asco… Me dejó muy tocado, muy tocado, tío. Pero tiene sentido, porque yo siempre he sido más así que como son la mayoría de mis amigos; no he mantenido relaciones largas. Todos comenzaron con su novia o su mujer hace la tira de años, y la mayoría la mantienen. Todos desde antes de los veinticinco o veintiséis años. Como mucho tuvieron una o dos chicas antes, como si solo fuera por cumplir con alguna de esas reglas no escritas.
–No tengo claro dónde bajar…
Y a todos se les veía felices, medio cachondos siempre al principio, es algo que notas, no hace falta que se morreen delante de ti ni que se hagan carantoñas. Es un cliché decirlo, pero con el tiempo todos se fueron a vivir con sus parejas, y entonces la relación se comienza a parecer más a lo que hay entre una niña japonesa y su Tamagochi que a la de una pareja que le ve auténtico sentido a estar juntos más allá de las cuestiones prácticas o los objetivos personales. La cosa pasa a limitarse a evitar la muerte de la máquina; por decirlo así.
–Creo que voy a necesitar ayuda con esto.
–No has preparado bien el protocolo de asentamiento, anúlalo y hazlo bien. Y no estamos en la zona requerida. Mira la pantalla.
–Mierda.
–Tienes que arreglártelas; si sigo sacándote de bretes así, luego cuando estés solo palmarás…
Quedé mentalmente paralizado, luego no pude dormir en toda la noche. Aquello no me había hecho ver con mejores ojos a las parejas que me rodeaban por todas partes en los ambientes que todo el mundo respeta; me había hecho pensar en esos actores porno que se forran a golpe de escena, procuran no pensar en ello, ganan más dinero que la mayoría de gente que lleva por bandera la autoestima “correcta”, y no tienen sobre qué quejarse más allá de lo que la sociedad piensa de ellos mientras se la casca en privado con esos vídeos. ¿Te das cuenta de las capas y capas de hipocresía que hay en todo eso? Una vez más, te pregunto, ¿quién es más hipócrita, el actor porno o los que se la cascan (es decir, todos los demás) mientras hablan del sórdido y machista (por decir algo) mundo de la pornografía?
–Creo que vas a tener que ayudarme, de verdad. Creo que me he perdido… y se ha encendido la luz de combustible. Estoy en reserva.
–Dios santo…
… no me estás escuchando, nunca nadie escucha, estás como todos, como todas… sólo dando de comer al Tamagochi, tenga la forma que tenga, sea lo que sea, da igual si es palpable o una metáfora o una institución o un sistema o un engranaje, físico o figurado… Todos dais de comer a la máquina, y no veis nada más que no sea eso, es como una ceguera selectiva. ¿Y nosotros estamos colonizando planetas…?
–Me estás dando mal rollo…
–Soy tu puto superior, ¿no te lo han dicho?
¿Sabes que algunos tíos, tíos que conoces desde hace poco, mecánicos, electricistas, ingenieros… tíos con novia añeja y hasta casados, están experimentado ya con corrientes eléctricas manipuladas y formas de fabricar coños sintéticos? No pienses en rollos de sex shop, nada de siliconas ni PVC ni consoladores ni torsos falsos con pollas de mentira bamboleándose… Es duro estar solos en el Universo…
–Aún no está demostrado que…, pero en serio…
–No me hables de tu máquina, por favor, solo te pido eso, cinco minutos, deja la máquina, deja que el Tamagochi pase hambre un rato, solo es un Tamagochi, y tengo que decirte, necesito decirte que esos tíos son tíos serios, ¿entiendes?, yo les he visto, yo no soy como ellos, pero les entiendo, les he visto leer libros raros y ver películas viejas en sus turnos de guardia, les he visto recitarse a Sartre y a Wittgenstein entre ellos en voz alta. ¿Entiendes lo que digo?
–Están… ¿están perdiendo el juicio…?
–¿O lo están recuperando? ¡Qué coño pasa, novato! ¿No puedes ver la estrellas?, ¿te está sirviendo de algo? ¡¿Te está sirviendo de algo?!
–Yo, quiero llevar a tierra esta cosa, es lo único que quiero ahora.
–¡Deja al Tamagochi! ¡Yo conozco este Tamagochi como las venas de mi polla!
¿Y crees que cuando estés ahí abajo, en otro planeta bautizado con el nombre de unas galletas saladas, vas a ser libre? Vas a servir al siguiente Tamagochi. Somos exploradores muertos, novato. Sin alma, sin orden ni sentido reales.
–En serio, me estás acojonando, si esto es una broma no tiene gracia.
–¿Una broma? ¿Una broma existencialista? Yo también leo a Wittgenstein, ¿quieres que te recite lo que diría sobre esto?
–Por Dios, nos vamos a quedar sin combustible, y tengo la mente totalmente en blanco, es la segunda vez que piloto esta… cosa… este modelo.
–¡Esta cosa! Coño, es la primera vez que dices algo con sentido…
–¿Qués haces…?
–Hago lo que tengo que hacer. Cada uno tiene su estilo llegado cierto punto. Te he hablado mucho de mí, ¿y ahora esto te extraña?
–Por favor, coge los mandos y bájanos, solo te pido eso.
–¿Ahora te pones a llorar? Por mí bien, me vale.
–Esto es una broma, esto es una broma, esto es una broma…
–¿Sabes qué es lo más ridículo de todo esto?
Llevas toda la vida preparándote para ello, y ahora yo me voy a hacer una paja –porque el ser humano no es ni más ni menos que la gran paja de sí mismo– y va a bastar para echar abajo toooda tu mierda sobre el supuesto buen chico esforzado y trabajador. Porque así es como es la vida, y te lo dice un ex chico esforzado y trabajador.
–Joder, joder, jod…
–¡“Lo que se deja expresar debe ser dicho de forma clara”, Ludwig (mamonazo) Wittgenstein!
–Por favor, no me hagas esto, no…
–Oye, quedan unos minutos de combustible de reserva. Piensa ahora en…
–Espera, espera…, si es una lección o algo así, ya la he aprendido, pensaré en ello y…
–¿Crees que te dejaría contar por ahí que me saqué la polla delante de ti en una Ydris modelo 900 nuevecita? Eso será si sobrevives, o si encuentras la manera de dejar este muerto de quinientos mil kilos en el suelo como si fuera una pluma.
–¿Por qué haces esto?
–¿Cascármela?
–No, es…
–Te diré por qué me la casco.
Y es porque nada me pone más que ver a un jovencito de nuevas generaciones de ingenieros que ayer se tiraba a su novia creyéndose la salsa de la Galaxia, meándose encima porque uno de los tíos mayores de los que se ríe con sus colegas ha decidido que La Máquina ya se ha mofado lo suficiente de él.
–Oye, yo no, solo eran bromas, chorradas en el comedor, no pensamos que…
–¿Chorradas sobre mis colegas y sobre mí? Cositas inocentes. ¿Hasta dónde vais a llegar los nuevos? ¿Quién va a ser el primero de vosotros que se tire a una marciana sólo para contarlo con pelos y señales de marciana en el comedor de UTC?
–En Marte no hay…
–¡¿En Marte no hay?!
Ya miras mi polla como si fuera un extraterrestre. Porque has aprobado cuarenta exámenes en tu vida te crees que sabes cómo funciona UTC o un agujero negro. Pues servidor no se va a jubilar, servidor se va a ir feliz: me voy a acabar la paja y luego voy a mirarte, voy a mirarte hasta el último instante, hasta la colisión, porque va a ser lo más cerca que voy a estar de ver a La Máquina estrellarse y morir.
–¡Dios bendito!, por favor…
–Llora un poco más, aún no la tengo dura del todo.
–Hijo de puta…
–Vamos, quítate el cinturón y destrózame a puñetazos. Sé que no vas a hacer nada, porque llevas cumpliendo órdenes desde que te pusiste de pie y lo siguiente que hicieron fue ordenarte que te sentaras.
Oh, espera, pero si no te he dicho… ¿Sabes tus colegas?, ¿sabes que hoy tenían instrucción? ¿Sabes que les tocaba pilotar hoy estas naves? Pues hoy tendrán la misma clase de compañía que tú. Y más de veinte chicos y chicas listos van desaparecer hoy, y vamos a dejar claro el mensaje. Los pioneros no somos vacas viejas, somos los que descubrimos el camino. UTC se va tener que saltar una generación. Y quizá con la próxima haya más suerte. Tu novia piloto está muerta, tus amigos están muertos. Tu familia resolverá esto en un par de semanas y luego seguirán con su vida, y como mucho tendrán que cascársela como yo ahora viendo la fotos de mierda de tu orla. El birrete de un cadáver. Era esto o quedarnos todos mis colegas y yo sin curro a quince putos años de la jubilación; sin curro, sin dignidad, sin un puto finiquito, porque La Máquina sigue siendo… uh… uh… la misma… ¡la misma!
En el fondo te estoy haciendo un favor, niño de teta. Fíjate en esos cráteres, fíjate en esas montañas, mira cómo avanzamos, ya casi lo tenemos, los cultivos, los equipos de hidratación… ¿No es patético? ¡No mires mi corrida!, ¿acaso quieres chupar?… Puto enfermo que no ha salido de la puta habitación; tanto rollo con tener un buen futuro y ya no tienes futuro de ninguna clase. ¿Crees que esto va a pasar? ¿O crees que aún cogeré los mandos y el sábado que viene iré a tirarme a alguna niña con el anillo de casado puesto?
–Tu mujer… ¿estás…?
–¡No tengo mujer, gilipollas!
–Lo siento, yo…
–¿Sabes? Por un momento había dudado, pero esto se está alargando ya de mala manera.
–Por favor…
Esta es la nueva parafilia; iniciar otra revolución que se apagará demasiado pronto, pero con la que al menos habrás salpicado de esperma el panel de mandos. O quién sabe; el objetivo es acabar de una vez por todas con los de tu calaña, ya lleváis demasiadas generaciones vivos. Y yo fui uno de ellos, yo fui como tú, con la diferencia, quizá, de que jamás comencé a decir la frase : “No tengo tiempo para leer”. Si contestas a la transmisión o pides ayuda, te meto los pulgares en las cuencas de los ojos.
Eso, intenta pilotar esto, deberías haberte puesto hace rato, joder. Ahora sabes a lo que te enfrentas de verdad por primera vez en tus veintipocos años… No tienes ni idea, si follas igual que pilotas tu novia debe haber tenido un orgasmo al estrellarse. Alguna vez lo de caer en picado tenía que dejar de ser una metáfora para vosotros. Solo podíamos eliminaros desde dentro. Siendo uno de vosotros, estando renegados; víctimas de un ERE moderno. Con cuarenta ya comienzan a considerarte viejo (comenzáis), pero por suerte tú no tendrás que pasar por eso.
–¡¡Por favor!!
Si siguen cayendo lágrimas por todos lados vas cortocircuitar esto, aunque no sería tampoco una novedad viniendo de alguien como tú. Yo lloraba como tú, llegué a llorar sólo de suspender algún examen. Tú al menos lloras con motivo…
Oye, respira hondo. Fíjate en la aurora boreal. Aún puedes verla un poco. Quiero que seas consciente de lo ajeno que eres a ti mismo y a lo que ves ahora. Esto no es un simulacro, no estás en la cabina de entrenamiento virtual. Nuestro ataúd va ser el más caro de la historia. Entierro oficial, uniformes, salvas, hijos de puta institucionales dando el pésame a las familias. Vamos, !saluda a la caja negra!, por si acaso. Ni siquiera sé si esto tiene caja negra.
–No quiero morir, por favor…
Estamos planeando, ya no hay combustible…
Piensa en algo bonito…
–No quiero morir.
–¿En serio?
–Por favor…
–Dios. Nunca me he sentido mejor.

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Un mensaje nuevo

Vuelves de la oscuridad y primero te sientes a ti mismo respirar pesadamente. Luego notas todo tu cuerpo, lo cual es una buena noticia. Pero después eres consciente del dolor. A través de las telarañas del parabrisas quebrado, puedes ver el atardecer. Una zona algo apartada de la ciudad, una carretera a medio camino de todo entre bosques breves de periferia. Una salpicadura de sangre propia parece arte abstracto en el salpicadero. Estás atrapado, y de todas formas sabes que casi seguro te has roto las piernas por completo. Te oyes a ti mismo gemir, aunque sin energía. Tu cara húmeda desde tu oreja derecha hasta el cuello, tu camiseta empapada como si te hubiera exprimido un gigante. Nadie iba contigo, lo cual te produce una sensación similar a la de sentir todo el cuerpo: una suerte de vitalidad fugaz. Tus brazos malheridos gozan de movilidad, aunque uno de ellos parece tener cristales clavados, fragmentos como minúsculas estalactitas. La sangre dificulta la lectura del escenario. Es la percepción atrofiada por la vida en crudo. Ves un fardo delante de ti empapado de rojo y supones que también líquido de motor; te das cuenta de que es el airbag, una suerte de condón descomunal reutilizado y repugnante. Cuando intentas hacer algún movimiento, se te va la cabeza debido a punzadas de dolor desconocidas para ti hasta ahora. Oyes un crujido que proviene de una de tus dos piernas, como una rama a medio romper. Sólo del terror te entran unas irrefrenables ganas de vomitar. Te da una arcada y te tragas lo poco que sale. No quieres padecer convulsiones para no moverte más de la cuenta. Tu cuello parece operativo, aunque algo rígido, no es que te vayas a librar del collarín. Por el rabillo del ojo izquierdo: una sombra veloz, un coche sano que ha pasado de largo. Tu cabeza bulle de pensamientos sueltos que llegan y se van igual que el vehículo que ha pasado. Sabes que tienes el móvil en el bolsillo. El cinturón de seguridad está arrancado. El sol y todo lo visible comienzan a fundirse con el horizonte, todo a través del cristal resquebrajado y las gotitas de sangre más nimias pero numerosas, esparcidas por doquier. La camiseta se te está empapando contra el pecho como si te hubieras restregado con ella por un matadero. Intentas gritar, sin saber muy bien por qué, y un relámpago de dolor va desde tu cabeza a tus piernas trituradas. Pruebas a mover sólo tu brazo derecho y palpar el bolsillo del pantalón. No es que lo veas muy bien, pero sabes que el coche está empotrado contra algún árbol lo suficientemente resistente. Te has salido de la carretera como todo un campeón, piensas; el morro de última tecnología ha hecho lo que ha podido, absorbiendo el golpe, y yace reducido como un acordeón cerrado. Tu móvil nuevo de trinca está intacto. Maldices, escupiendo de pura desesperación; no fluye la conexión a Internet, va y viene o no va, no recuerdas el puñetero número de urgencias. Piensas en llamar a la policía. Piensas en el momento en que decidiste conducir demasiado deprisa para olvidarte de ciertas cosas; y lo poco propio de ti que es hacer algo así, joder. Ves que la pantalla te informa de un mensaje pendiente por leer. Así, consultando el móvil, encuentras una postura parcialmente “indolora”, aunque tu cabeza esté en estado nebuloso y magullado. Se te ocurre que vas a pasar por un proceso terriblemente doloroso cuando vengan a sacarte del coche, mucho más doloroso que el accidente en sí. Ves venir muchos meses de hospital, puede que un año, puede que más, y prefieres no pensar en daños irreversibles. El mensaje dice:
“Hola… Qué es de ti…?”
Lo que faltaba. Lo dices en voz alta, suena como si no fueras tú, la garganta te sabe a sangre, dices: Lo que faltaba…
Durante dos segundos te sientes incluso ajeno a tu situación, debido a quién ha sido la que ha mandado el mensaje. Todo después de dos años de silencio, dos años o más. Dos años seguramente más provocados por ti que por ella. Más culpa tuya que de nadie a quien quieras culpar. Porque eres idiota, probablemente un idiota lisiado a partir de ahora. Vuelves a pensar en la policía, pero escribes:
“Hola”
Tras lo cual –después de pensarlo muy detenidamente– añades una carita sonriente. Te preguntas si el hecho de que el corazón se te esté acelerando aún más hará que sangres más rápido… Y lees:
“Hola, chico :)”
Te mueves sin querer y sueltas una auténtico alarido de dolor. Se te nubla la vista. Vuelve a crujir algo, estás bastante seguro de que es la pierna derecha. La izquierda parece definitivamente partida, pero está atrapada de tal forma que resulta inmóvil. Los ojos te lagrimean de pura desesperación. No puedes creer que Te Esté Pasando a Ti, y que Te Haya Hablado justo en ese momento. La policía, piensas, la policía… Miras el móvil y lees:
“Me ha pasado una cosa, me he acordado de ti…”
“Ah :)”, contestas. Tu pierna cruje y vuelves a gritar. Está comenzando a ser noche cerrada. Otro coche vuelve a pasar de largo por la carretera, ya con las luces puestas. Es imposible que no te vean, que no vean lo que ha pasado. Te das cuenta de que vuelves a tener conexión a Internet, obviamente; o de que ya la tenías y pensabas que no.
No es que pienses con claridad, pero de golpe casi todo tiene que ver con Ella. Piensas qué vas a decir, qué decirle, qué contarle, cómo excusarte o si viene a cuento hacerlo, o si sabe que ella te gusta desde hace ni sabes cuánto, o si deberías saber si le has gustado alguna vez a ella, o si debes hablar dando por sentado que tiene novio, o que no lo tiene, o que no es asunto tuyo…
Y te dice:
“¿Cómo estás?”
Decides no mostrarte muy efusivo, pero tampoco robótico, ni mucho menos depresivo o necesitado. Tampoco puedes parecer ausente o ajeno como si estuvieras haciendo dos cosas más a la vez. Hay cosas que ella misma intuirá y no sacará a colación. Toda conversación conlleva otra conversación soterrada: una especie de intra-conversación. Da igual lo sincero que creas que eres. Desde luego, de todas formas sabes que algo es auténtico cuando coloca en un aparte el hecho de que tienes las piernas rotas y muchas dudas sobre tu futura integridad física. Urgencias, piensas, la policía, urgencias, llamar, seguir con esto, afrontarlo, afrontar el dolor horrible y el proceso de conversión de montón de carne y huesos rotos a ser humano presentable otra vez. Venga, gilipollas. Di que ahora no puedes hablar, que te ha surgido un problema, algo que atender, puede que un familiar que te haya llamado, accidentado…, pero que querrás retomar la conversación, que no quieres quitártela de encima, que te ha surgido algo. Pero no se lo digas así. Sintetiza. Adelante, ahora. Esta vez se trata de tus puñeteras piernas, de tu cabeza. Piensa en sillas de ruedas, en rampas para siempre si no actúas, motívate, lo que haga falta, pero resuelve esto YA.
Y respondes:
“Bien :)”
Te vuelven las nauseas. Te preguntas si alguien habrá llamado a urgencias, a una ambulancia. No se oye ninguna ambulancia; estáis tú, el bosque, el árbol, tu cuerpo roto como el de un muñeco y vete a saber cuántos años por delante, y en qué estado. Te preguntas qué opciones hay con la eutanasia. ¿A quién le pedirías ayuda? ¿Quién te quiere lo suficiente?, ¿o te odia lo suficiente?, o lo que sea… Miras el móvil. Policía. ¡Urgencias! Y ella dice:
“Hay una cosa que puede interesarte, pero tendríamos que quedar para hablarlo…”
¿Una cosa que puede interesarte? ¿Algo de trabajo a tiempo parcial los fines de semana? ¿De qué se trata, a estas alturas? ¿Será…? Podría ser que tuviera una entrada que le sobra para ir a ver, qué sé yo, a U2, o a algún grupete indie malillo pero aburrido… Podrías ir con ella perfectamente. Podrías fingir que te gusta el grupo que sea. Lo que sea. Pero ¿quedar antes? Suena a algo más serio. O puede que lo que sea sea una excusa para quedar. Puede que ella ahora no tenga novio y se haya acordado de ti y se haya hecho preguntas, puede que una amiga le haya dicho “¡dile algo!, ¡qué más da!, no tienes nada que perder…”, o puede que no se trate de ti, puede que solo sea algo de curro o de vete a saber, ella sabe que siempre estás pelado… O, horror, podría ser cualquier cosa, podría recibirte con un chico que resulte ser su novio y todo se convierta en el día más incómodo y asqueroso de tu vida, y que te ofrezcan vete a saber qué mierda de puesto en la empresa en la que él trabaja y donde sería tu superior. Puede que te esté ofreciendo migajas sin darse cuenta de la humillación. Aunque puede que no tenga ni de idea de lo que sientes por ella (ni sienta nada por ti) y por eso le dé igual y no se pregunte qué vas a sentir… ¿Tendrá rampas las empresa? O podría tener muchas escaleras y tú salir con piernas de esta y empujar a ese mamón un día por ellas y decir que ha sido un accidente… Si es que existe tal mamón. Que seguro que es un mamón. Porque otra cosa no, pero esa chica nunca ha tenido olfato con los tíos (lo cual siempre te ha dado esperanza). Y lees:
“¿Sigues ahí?”
Venga:
“Me preguntaba qué es eso de lo que hablaremos :)”
Gritas otra vez y la pierna cruje. O al revés, la pierna cruje y sueltas un alarido ronco, te estás quedando sin voz. No se oyen sirenas de la policía.
“Mejor que lo hablemos cuando quedemos, si quieres quedar…”, dice ella.
Ambiguo, misterioso, raro…, no sabes cómo reaccionar, quizá sea un buen momento para decirle que ahora tienes algo entre manos y que quieres hablar con ella en otro momento, para quedar, para cerrar el asunto y poder veros cuando sea. Y quizá darle a entender de alguna forma retorcida y venenosamente inteligente (con la que no la engañarás) que quieres quedar, sí, pero a solas, sin ninguna carabina ni, por el amor de dios, ningún buen chico preparado de gran ciudad sobre el que te tengas que preguntar qué método favorito está usando últimamente para correrse. Enciendes la luz interior del coche y funciona; porque la vida en realidad no tiene sentido. Le dices que te alegra volver a hablar con ella (a Ella, no a la luz), y que te han “pegado un toque” y tienes que hacer una cosa. Le aseguras que en cuanto puedas le enviarás un mensaje, ya que de todas formas se ha roto el hielo (que más bien era ya como la madre del iceberg del Titanic) y ya no te sentirás extraño ni estúpido al hacerlo. Aunque no le dices todo eso así, claro. Y otro coche vivito y coleando pasa de largo con alguien de lo más altruista dentro…
Por un momento te entra el pánico. Ella no contesta a tu última explicación, y se te ocurre que, impulsiva como es, podría llamarte sin más para decirte lo que sea a viva voz. Te quedas mirando fijamente el móvil. Por fin, ella dice:
“Vale. Dime algo por aquí cuando quieras. Y ya quedaremos :)”
Sueltas aire, aliviado. Os liais un tanto para despediros, pero finalmente vuelves a quedarte solo con tus piernas rotas y el coche. Ahora sí, ambulancia, policía, bomberos, que vengan todos aquí, estás listo para la sangre, puede que tengas que ver tus propios huesos, puede que…, puede que haya buenas drogas para no sufrir, aunque seguro que nunca hay suficientes. Piensas qué le dirás cuando en la siguiente conversación le tengas que explicar que estás en el hospital con medio cuerpo lleno de yeso y hierros. Cómo hacer que no suene dramático y a la vez no restarle demasiada importancia. Siempre puedes decirle que te la pegaste justo después de hablar con ella, descartas que te pregunte dónde ibas (a ningún sitio). Pero no será fácil explicarle lo que ha pasado. En ningún caso piensas que puedas acabar en silla de ruedas; te aferras al dolor increíble, las ráfagas de fuego dentro de las piernas, la quemazón de todo el cuerpo; es lo único bueno de todo eso: gozas de sensibilidad, no te has quedado parpadeando por un solo ojo sin poder mover nada de todo lo demás.
Has bajado la guardia un minuto y las ganas de vomitar te han vuelto. Esta vez te dejas llevar. De alguna forma piensas que no soportarás mucho bañado en tu propio vómito y por fin te atreverás a llamar a urgencias.
Efectivamente, haciendo menos esfuerzo del que esperabas, devuelves sobre tu pecho; el discurso amarillo te empapa desde el cuello hasta la entrepierna. Manipulas el móvil, haces búsquedas, llamas, recibes tono, te explicas demasiado tranquilo –piensas– para lo que te ha pasado. A veces hay que ponerse histérico para que la gente mueva el culo a la altura de las circunstancias. En cualquier caso, pones en marcha a una ambulancia, que tarda menos en oírse de lo que esperabas. Llega acompañada de un camión de bomberos. Extraños uniformados comienzan a mirarte desde todos los ángulos desde fuera del vehículo, a través de los cristales echados a perder y toda la sangre y el miedo y la incertidumbre, el vómito, la carrocería, la humillación potencial. Es aterrador y a la vez sabes que ya no tienes que hacer nada, solo dejarte hacer, solo dejarte manipular, llevar, soldar, solo gritar y padecer como cualquier otro accidentado cuyo siniestro haya sido lo suficientemente aparatoso. Da igual lo que te vaya a doler, porque ya les ha pasado a miles, a millones, no eres nadie, ningún pionero, no eres ninguna sorpresa. No eres original para nadie. De hecho probablemente piensen que has bebido; puede que no los que me mejor te conocen, pero sí muchos otros. Se la pegó con el coche, a saber dónde iba, tenía que acabar mal, algún día tenía que pasar algo. Etcétera. Porque todo el mundo es un oráculo si su vida es lo suficientemente absurda, tediosa y conocida.
Te empiezas a adormecer, aunque sabes que en todas la películas eso es mala señal, y aún no has llamado a tus padres, a nadie. Todo se va a negro justo cuando estás comenzando a ver una lluvia de chispas, alguien está comenzando a despedazar la carrocería. Queda toda una jornada de trabajo. Y ves un altar. Te ves a ti mismo esperando. Las banquetas de la iglesia están repletas de motores parlanchines de distintos tamaños. A tu lado hay un tubo de escape, toda la estructura de un tubo de escape puesto en pie, que se inclina sobre ti y dice: “ya viene”. Comienza a sonar un órgano y te sobresaltas, el órgano de la iglesia. El tubo de escape humea un poco a tu lado, lo que interpretas como una sonrisa. Los motores se agitan en las banquetas como dándose la vuelta para ver a la novia. Finalmente, Ella entra del brazo metálico de la estructura completa de otro tubo de escape, que se arrastra solo y puesto en pie a cada paso que ella da ceremoniosamente. Todo el techo y las cristaleras están llenos de placas electrónicas, algunas cuelgan de lo que parecen cables coaxiales. Cuando ella está cerca, observas que su vestido parece hecho con piel, pero no piel previsible alguna, ni muchos menos visón o de otro animal al uso. Esta se transparenta y es fácil intuir sus pezones, e incluso su vello púbico. Te da igual, todo te parece correcto y en su sitio. Al darte la vuelta, eso sí, para encarar con Ella al cura, estás a punto de sufrir un infarto. El hombre tiene varios trozos de cristal de buen tamaño clavados en la cara; la sotana y lo demás está desgarrado y manchado de sangre y jirones negros, y apesta a gasolina. Al abrir la boca, con cada supuesta palabra o frase, parece regurgitar pequeñas llamas; a veces salen chispas por sus orejas: chisporrotea. No captas nada de lo que dice. Dos hombres tiran de la estructura del salpicadero, tardas varios segundos en reconocer de verdad la realidad. Tu pierna izquierda es un amasijo de negrura, podredumbre, esquirlas de hueso y carne quemada, pero tiene forma de pierna, y al menos estás de una pieza. Entras en pánico otra vez y le intentas decir a alguien que hay que llamar, llamar, a tus padres, que no has llamado a nadie. Una voz te dice que no te preocupes. Una mujer habla contigo mientras los demás intentan separarte de tu coche como si fuera tu apéndice o te estuvieran extirpando un riñón. La “hora de oro”, supiste después, es cuando todo sucede, la primera hora desde que te diste el trompazo, puede que las dos primeras horas, que es cuando el protocolo de actuación ha de ser óptimo para que no la casques. Tú pasaste la hora de oro hablando con alguien que probablemente piensa que eres un chico con problemas con quien jamás se liaría, ni mucho menos en serio. Alguien que una vez fue divertido. La hora de oro ya pasó. La mujer te dice que mantengas la calma. Le dices que eso no es un problema para ti, si te garantiza que te van a devolver las piernas. No se lo dices así. En la hora de oro se producen el 75% de todas las muertes en accidentes así, pero no se habla de rampas ni ojos solitarios parpadeando en habitaciones vacías. Si no palmas, los profesionales ya se van con la sensación del trabajo bien hecho. Lo cual es bastante comprensible. “Eh, le salvé la vida a ese tío, ahora está por ahí, viviendo su plena juventud, alimentándose con una pajita y ejercitándose como un mueble.” Le preguntas a la mujer si sería muy raro que te pusieses a trastear con el móvil. Más que nada porque la ceremonia se ha quedado a medias. No te ha entendido, y te suelta alguna nueva frase tranquilizadora de protocolo. Le insistes y te dice: “¿Qué ceremonia?” Y entiendes que estás cruzando conceptos y sentimientos. Al mirar a la mujer la imaginas desnuda; te lo tomas como un síntoma de salud, y no de estar tan increíblemente salido que hasta masticado por tu propio coche puedes pensar en las bragas de quien esté más cerca. Básicamente están convirtiendo el coche en algo elástico y blando que poder manejar. Cortan por un lado, estiran por otro, ahuecan algo, rellenan alguna otra cosa. No es la hora de oro, pero sigues vivo, así que tienen que actuar como si lo fuera. La mujer te dice que ya casi está. Te habla como si estuvierais en el despacho que seguramente tiene, porque es evidente –por cómo viste– que no forma parte del cuerpo de bomberos ni es policía ni una mujer que pasaba por allí. Es alguien que ha leído cómo hay que hablarle a alguien que está desencajado por varios sitios y probablemente desquiciado; lo cual parece traducirse en: poco y con frases cortas. Es decir, de entrada no se ha de dar por sentado que fueses un suicida, de modo que se dirige a ti como si la vida te pareciese una buena idea.
Te das cuenta de que, a medida que pasa el tiempo, tu estado de ánimo se va pareciendo cada vez más al habitual, lo cual te horroriza. La mujer (que te ha dicho su nombre pero no lo recuerdas), te dice, como si acabara de caer en algo, que si quieres puedes usar tu móvil. Lo cual hace que te invada una sensación de pereza ante la idea de cómo vas a decirle a quien se ponga (tu madre, tu padre…) que estás como estás, sin poder decir que estás bien sin estar mintiendo, porque ni tú mismo sabes cómo estás o si vas a volver a estar bien realmente. Dices que te sientes débil, prefieres quedarte así. Tras lo cual resoplas y coges el móvil. El dolor vuelve con fuerza, esta vez a las dos piernas, liberadas de la carrocería. Te cagas en algo en voz alta y luego vuelves a pensar que no es malo que te duela todo, que si te duele todo es porque todo es recuperable. Te quedas mirando la pantalla y la mujer te dice que no hace falta que llames a nadie, que ella no lo decía por eso. De hecho, te dice, ahora no es buen momento para llamar a nadie, mejor cuando estés en el hospital. Una buena dosis de alivio te invade. Pasados apenas unos segundos, Ella te vuelve a la mente con fuerza, de esa forma en que, no es que vuelva (porque no se ha ido) sino que se hace presente en todo tu ser y necesitas hacer algo al respecto. Es un poco tarde, pero crees que aún no estará dormida. Cuando vas a teclear, te das cuenta de verdad del collarín que llevas puesto hace rato. Miras la conversación anterior. Decides que no hiciste un mal papel, aunque tampoco dé la impresión de que estuvieses emocionado. Bien en la despedida, bien en las expresiones elegidas. No. No vas a escribir más por hoy. No tiene ningún sentido. Además el dispositivo de rescate está listo para levantarte y meterte en la ambulancia. De tanto pensar en ello, al final no te parece para tanto. Aunque es posible que te hayan inyectado algún calmante potente, o puede que hayas tragado algo. No estás seguro. Te entablillan las piernas y te hacen moverte paso a paso. Nada de un traslado a camilla de sopetón. La actuación es de hora de oro, todo ha de estar acompañado por la idea de que algún “cable” podría estar a punto de romperse.
En la ambulancia, ves caras sobre ti. Un enfermero te habla y te resulta un tanto seco, como si estuviese teniendo una mala noche. Te sientes aplastado, entumecido, acribillado. Pero te asombra no estar gritando de pura desesperación; algo que has de agradecer obviamente a las drogas. Supones que al final el accidente ha de haber sido más aparatoso que grave. De hecho, enseguida sabes que tu pierna derecha ni tan siquiera está rota del todo, y la izquierda podría estar mucho peor, ya que estás seguro de haber oído que la tibia se ha salvado.
Mientras te manipulan en el hospital, se desata el drama, y es que han de recolocarte huesos y proceder con operaciones mecánicas en las que el sufrimiento forma parte de la solución. Durante dos años, los dos años de silencio total entre Ella y tú, algunas veces tenías una fantasía triste y recurrente. Una fantasía en la que se te diagnosticaba una enfermedad mortal, y puede que te quedaran uno o dos meses de vida. Entonces te imaginabas escribiéndole una carta, y mientras escribías tenías la deprimente y agradable sensación a la vez de que ya no tenías nada que perder. Podías decir todo lo que quisieras, porque ya no había nada en juego. Tenías que ser claro y no equivocarte, pero podías ser directo, hasta romántico, extremado, o casi como te diera la gana; porque tenías cheque en blanco, te ibas a morir; nada de lo que escribieras iba a sonar ridículo. Triste y deprimente, o hasta un poco tonto. Puede. Pero nunca ridículo o estúpido.
Aunque te asombra semejante cosa, eres capaz de dormir un poco cuando han acabado de recolocarte, enyesarte y vendarte donde tocaba; básicamente las dos piernas y la cabeza.
Cuando despiertas, el brillo de la estancia te ciega por momentos.
Luego ves que Ella está sentada en una silla junto a la cama.
Tenéis un diálogo casi en silencio, en susurros. Todo resulta muy agradable junto a la luz del sol matinal, ya casi de mediodía, que entra por la ventana con cerrojo se seguridad anti-caídas buscadas… Os encontráis en esa habitación, que es casi un eufemismo en sí misma. Y sabes que casi seguro no es real. Pero procuras no moverte con brusquedad, el yeso está ahí, los picores, ella también. Está bien. Tsssss. Sin levantar la voz. Ahora eres cristal y caucho y metal con carne, dices, aunque ella no se ríe apenas, porque no es que nunca le hayas hecho mucha gracia. No se trataba de eso. Casi puedes notar las drogas recorriendo tus venas. Le dices que te puede preguntar lo que quiera, porque estás bastante seguro de que algo de lo que te hayan metido te obligará a decir la verdad. Solo haces tu intento, plantas la semilla. Como siempre, no engañas ni manipulas a nadie; pero por lo menos aún no sabes bien si sigues dormido o ya has despertado.

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