Río

No creo. Sólo en el morbo que me dan algunas católicas. La última vez que toqué un volante fue aprobando el examen de conducir. A la tercera. Hace algunos años. No llevo estrictamente la cuenta de nada. No le veo el qué. Todo me erosiona, desde una relación hasta una buena serie. Y de hecho me gustaría perder la cuenta de mi edad, me gustaría que los demás tampoco condujesen, me gustaría tener algo tórrido con una «buena chica». Me gustaría rodar con la fuerza de la corriente, asomar de vez en cuando a la superficie, rebotar y sembrar cáñamo en las autopistas. Y una relación también puede ser de amistad, puede ser familiar, puede no ser tu prejuicio. Cada concepto con su prejuicio. Intentar liberarte de eso. Hay cosas difíciles, cosas casi imposibles, y luego están los prejuicios, superarlos. Y qué buen aprendizaje para los prejuicios, la senda habitual es la escuela más efectiva. Y no le pongas camisetas de fútbol a tu bebé, no le envuelvas en banderas, si una cosa sobra es los clones. Y nadie te podía cortar los huevos. Para que no procrearas. No eres el dueño, eres el responsable. Nadie necesita ser como tú, necesitan ser como ellos. Y qué difícil es rodar, qué jodido es avanzar, qué gilipollas eres. Años me ha costado empezar a dejar de ser como tú, e intentar empezar a ser como yo. No soy un modelo de conducta, pero tú tampoco has de serlo. Me da igual que madrugues, que te puteen, que estés amargado, que la vida te esté poniendo el culo fino. Yo también sufro, y aun así me equivoco, y aun así mi rabia es muchas veces estéril, y aun así intento aprender a desaprender que la dignidad la da el sufrimiento. Haremos un trato, me cortaré los testículos si tú te cortas los tuyos; casi sería capaz de caparme para que tú no tengas hijos. Dirás que qué sé yo de ti, pero eres un cromo repetido, te vi en el colegio, en todos los curros, en los bares, igual de capullo, con distintas caras, pero siempre tú, repartiendo tu simiente, encontrando a quien te aguantara, a quien te pagara, a quien te subvencionara la mezquindad. Tu hernia no me importa, la mía se levanta conmigo también cada mañana. Tus horarios me la sudan, no lees porque no quieres. Tus insultos no engañan, sólo escupes bilis para no tener que suicidarte. Me da igual tu moreno de paleta, no te exime de hacer daño. Me da igual tu oficina, tu traje, el orgullo de tus padres, nada te impide comportarte como un cabrón, y lo haces. Me da igual si tienes coño o te cuelga la polla como un péndulo, ninguna chapa te libra de ser víctima de un lavado de cerebro. Me da igual que grites que eres bueno, estoy harto de tus colores de mierda, harto de tu mensaje cerrado, de tu discurso déjà vu basado en un vistazo por el ojo de una cerradura. Me da igual que hayas decidido actuar por adhesión, porque es tu opción, pero no me toques los cojones, no me monopolices el coño.
Hasta que no entiendas que puedo amarte sin recordar tu cumpleaños, hasta que no comprendas que las matemáticas son una forma de creatividad, y no de encarcelamiento… ¿Y cómo nos vamos a poner de acuerdo? ¿Cómo bajo previsibles banderas en lugar de con sanas individualidades? Ya tengo mi filtro personal inevitable de prejuicios, y me piden que añada otros. Que me etiquete, aún más. Como si no hubiera tenido bastante de esa basura en aulas y sistemas jerárquicos. Como si no me hubieran llevado ya en rebaño, me dicen que me una a otros rebaños, porque las insignias son más coloridas, porque el escudo lo ha hecho Fulano, que se le da genial el diseño.
Me vais a disculpar; idos todos a tomar por culo.
Yo no soy mejor, pero que os den, yo al menos intento pensar, al menos sé que no me ganaré el cielo, porque Dios no está en las nubes, Dios son la nubes. No iré al infierno, el infierno son los demás, como dijo Sartre, los bienintencionados que no saben callarse, los amantes sólo de boquilla, los amorosos sólo de calendario, los regalos sólo materiales. Los vecinos de pacotilla. El examen final y los trabajos estandarizados. El infierno eres tú hablando más de la cuenta con tu hijo. El infierno es la carencia de presente en favor de un futuro dedicado a otros.
Y aguanté a profesores por otros, e hice deberes por otros, y me amputé el sueño por otros, y casi dilapidé los sueños por ellos, y me apunté a la autoescuela por otros. Y la dejé y se convirtió en frutería, y en otra me saqué el carné. Y dejé de llevar la cuenta con todo, y no tuve Ipod y veremos si Iphone, y bailé Hey Boy, Hey Girl, en el centro de la pista de la irresponsabilidad oficial. Cada escrito es una potencial carta de suicidio. Aunque el mismo tiene mil formas, y en la mayoría quedas vivo. Viajé al pueblo siendo de ciudad, y me bañé en aquella piscina municipal; e Inés María, que no leerá esto (y que ni me molesto en cambiarle el nombre), se encaprichó, y no sabía dónde se metía. Aunque mi peli favorita aún fuese Forrest Gump. Aunque aún tuviese peli favorita, color favorito, grupo favorito, y aún balara tímida pero orgullosa. Curioso que en pleno patriarcado el femenino oveja sea aún el más apropiado. Cómo explicar que uno está vivo aun sin adoptar para siempre una postura concreta; que uno aún es respetable, y que el caos es el motivo para el pensamiento. Cómo resumir la tormenta en tu cabeza. Mi cabeza. No se puede, se puede acariciar, respetar, no acepta gritos, no siempre al menos, no acepta chulerías, no acepta al machito pero tampoco a la que adopta las actitudes del machito. No acepta a quien cree que la igualdad no conlleva sus diferencias. Todo el mundo merece respeto, pero sólo de entrada. La sinceridad al cien por cien no conlleva acierto al cien por cien. El silencio no es una pausa, es espiritual, es poder escucharte a ti mismo pensar. Rayarse, como lo llaman, es la única forma constructiva de emborracharse. Dudar es la única religión que respeto. Ese Dios que no te juzgará, no te dará órdenes ni te pondrá deberes; ese Dios que no pensará todo el puto tiempo que le intentas convencer de nada. Ese Dios que sabe que cuando hablas sólo expresas tu opinión. Que distingue un chiste de una agresión, que sabe que una cosa es el arte y otra el panfleto. Ese Dios que sabe que la amistad también es discreción, espacio de los demás a respetar. Ese Dios que sabe que el sexo no es sólo católico amor, y el cuerpo de cada cual, propiedad sólo de cada cual. Ese Dios que no te señala si se rompe un condón, que no te oprime aunque no seas hombre y blanco. La mujer es el negro del mundo, dijo John Lennon, estando con Yoko Ono, La culpa fue de. Ese Dios que no es sólo capital, que no entendería a la Iglesia y te aceptaría un calada del porro. Ese Dios que sabría que la educación no se limita a no decir tacos, y que se puede ser un ángel “malhablado”. El Dios que se tatúa una cruz invertida sólo para enseñártela y hacerte reír. El Dios de la duda no te pincha porque sabe que estar perdido no es malo, sólo natural. Sólo significa que estás vivo de un modo que no tantos experimentan. El Dios que te casa en diez minutos, tomando un café y hojeando el periódico. El Dios que se salta la sección deportiva y se ríe maliciosamente de los que lloran gratis. El Dios al que le importa sólo lo justo tu vida, pero que haría cualquier cosa por tu libertad. La Duda. Qué miedo, terror, tanto que la mayoría creen que es Satán. Porque no usa apenas agenda, lleva garabatos en los brazos y una cicatriz en la ceja de la que nunca habla. Que miedo, Satán, porque quizá La Duda no sea el hombre blanco de mediana edad, sino una mujer de cincuenta tacos, un negro del cuerno de África, un sarasa de tu barrio, o un transexual de cualquier parte. Qué miedo, dudar, Satán. Necesitas que Dios te ponga deberes; porque Satán sólo te va a dar un libro de Salinger o una peli de Wells, Orson. Y no quieres tener que abrir ese libro, no quieres tener que enfrentarte al blanco y negro. Quieres colores, tareas, estaciones, calendarios y espontaneidad planeada. Eres otro niño blanco de mediana edad, encerrado en esa idea terrible sobre la madurez. Soy. Eres otro imbécil que cree que el tiempo sólo está para ocuparlo, como sea, o incluso que no es una invención del ser humano, sino la realidad al completo. Soy, digo, porque aunque huyo de tu esencia, aún soy demasiado como tú; y veo un reloj y pienso: “Guau, fíjate, eso es todo lo que hay, todo lo que somos, en línea recta y con buena ropa, y a ver qué hace Fulano, porque No Voy A Quedarme Atrás”. Él no va a ser el único que mole, piensas, pienso. La moda. Esa gran puta. La única que no merece respeto. La moda como concepto, como única forma de entender la vida, el mundo; el plato de cocina moderno, “reducción de”. La moda y el tiempo. Con la moda revientas todo el misterio. El misterio de que todo esto es una ilusión, y de que eres antropomórfico igual que podrías ser una piedra minúscula en el río. Una que no le importa a nadie. E intentas rodar, piensas que un día quizá puedas saber cómo se siente el aire en tu cara. Saberlo sin estar en medio de una lista de cosas que hacer en las putas vacaciones. Agotado, agotada, de ir de un lado a otro paseando tu péndulo, tu vagina, haciendo el papel de chico raudo, de chica para todo, de chico feliz, de chica pizpireta, de chico que se interesa por sus suegros, de chica a la que le importan los suyos. Fingiendo que realmente están viviendo, que están notando el aire de un planeta nimio en medio de un Universo vasto, camino del infinito y salido de la NADA.
Puse las manos en el volante y acumulé prácticas. El dinero se iba por el tubo de escape. La teórica a la primera, casi todo preguntas sobre seguridad vial. Y yo no estaba allí. El culo de niño sobre el pupitre, acumulé años y suspensos, septiembres y broncas. Y yo en cualquier otra parte. El culo de adulto sobre el papel, en un puñado de despachos, afirmando que estaba deseando currar para otro cabrón y su mansión. Y yo en Bavia con Alicia, sacando rimas y escribiendo prosa, mientras ella se crecía en verso, quitándome la virginidad en un huerto. Yo en todas partes menos donde estaba mi cuerpo. Todos aconsejándome que despejara la x de la ecuación, sin decirme ninguno que la x era yo. Todos en asfalto y acera, todos sobre adoquines o madera, todos ajenos al río, abandonando con sonrisa metálica la huerta.

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Campo de juegos

Equivocado o no, todo esto lo digo yo, sea quien sea.
La verdad no es algo a lo que parezca fácil acercarse, incluso con toda la voluntad de hacerlo. Al menos si uno lo piensa bien. Las claves para poder notar su aroma, no se antojan sencillas: paradójicamente, para intuir la verdad, parece ya necesaria no poca imaginación, no poca contradicción y las mínimas militancias. La verdad no es necesariamente divertida, no es casi nunca una fiesta, no es algo tras lo que uno pueda ir cada martes y jueves, después de haberlo apuntado en la agenda. La verdad evoluciona; intentar acariciarla no te granjeará amistades (o al menos no sirve para eso), no cabrá en un grafiti, una nota, una cita o un movimiento político concreto. Con todo, la lucha por la justicia necesita sustentarse en la verdad (o lo más parecido posible a ella), y no en corrientes de reminiscencia “sectaria”. El proceso de lucha necesita autoanálisis constante, o siempre será nada más que un campo de juegos, un nicho más para el entretenimiento, otro tatuaje de juventud abandonada. La justicia no es un pasatiempo, no es tu equipo de fútbol, no es el árbitro al que gritar. La búsqueda de la justicia ya tiene poco que ver con el desahogo personal, no es como pegar tiros en un videojuego, practicar deportes de riesgo o pasar por la peluquería para “hacerse fuerte”.

Hace poco supe de una historia. Una sobre unos vecinos. Sobre cómo las cosas evolucionan, a veces provocando extrañeza, dolor, en el sentido en que el mismo surge de una áspera nostalgia. La nostalgia de no poder luchar como otros antaño, porque quizá no sea ya sólo estéril hacerlo igual, sino que además podría estar comenzando a ser dañino.
La gente conoce el tablero social, las fichas, los equipos, y aunque haya mucha ignorancia, ya los han catalogado a todos. Ya no van a pasar de ahí a estas alturas.
En la búsqueda de la justicia, hay que prestar mucha atención al entorno en presente, y a la forma de ver el mundo que tiene el injusto. Esto es algo que casi nunca parece tenerse en cuenta.
En uno de los pisos vivía una familia al uso. Desinformada (o muy mal informada), inculta, ruidosa, previsible: pasto de gobiernos apoltronados. Un perfil familiar clásico, en cierta manera. Una familia en absoluto adinerada, amantes de la rutina, votantes siempre desde el miedo, henchidos de odio, racistas, homófobos, xenófobos… Es interesante fijarse en lo adecuadas que son las etiquetas cuando se trata de poner nombre a las cosas negativas.
Esta familia, pues, abarcaba todo el espectro de la mezquindad y la ignorancia.
Pero, aunque dicho así parezca que se les podría notar enseguida ese cúmulo de inconsciencia y estupidez, la realidad era distinta.
Se podría decir que esta clase de familia nuclear es algo completamente prefabricado. Es la clase de personas que obtienes de determinado sistema formativo e idea cerrada sobre el trabajo. Están por todas partes. Esta familia representaba perfectamente –por hacerlo rápido y simple– al esclavo moderno. Esclavo no sólo en términos económicos, sino también de ciertas recurrentes limitaciones; las cuales operan a tantos niveles que es un milagro que pudieran hacer cosas como conducir o formar (de vez en cuando) una frase con sentido. Eran los “ciudadanos de bien” que se demandan. Zombis operativos, por decirlo de alguna manera. Ahora, dentro del veneno sistémico que aún late en el corazón de occidente, esos zombis incluso tienen estudios. Se ha conseguido hacerlos aptos para toda clase de labores, “cualificadas” o no, sin que en ningún momento de sus vidas hayan llegado a ser, digamos, realmente conscientes de sí mismos.

Esta familia en concreto tenía unas vecinas puerta con puerta. Cuatro chicas que compartían piso. Tenían una estética marcada y profesaban un activismo constante. Se autodeclaraban feministas y dedicaban la mayor parte de su tiempo libre a planear y llevar a cabo acciones de protesta. De algunas de estas acciones habían sido testigos los miembros de la familiar nuclear prototípica. Cada uno de ellos despotricaba de las chicas, incluso se quejaban basándose en meras especulaciones sobre lo que debían hacer en ese piso; casi parecía que desearan escuchar ruidos o poder cortarles alguna fiesta o reunión. El rechazo era constante, rígido, tallado en mármol, basado en principios cebados de equívocos y amargura. Porque esas chicas encajaban –de manera superficial y en base a un análisis sesgado (que era lo máximo que se podía esperar de la familia)– con los prejuicios sobre el feminismo y su tono.
En algunas reuniones de vecinos, además, se podía palpar la tensión en el ambiente, ya que la familia aquí descrita no era la única descontenta en el bloque. No importaba que cada una de las chicas fuese distinta, cada cual con su carácter particular. No importaba que no hubiesen causado problemas al vecindario. Sólo importaba que todas eran distintas respecto al resto. Eran intrusas en la burbuja tradicional. No eran «chicas» según el patrón impuesto.
El no ser realmente conflictivas también provocaba un conflicto. No había salida. Cada vez que el padre o la madre nucleares las habían visto en plena acción reivindicativa, habían sentido la emoción de poder llegar a casa y despotricar. Los dos hijos, de diez y catorce años, como suele suceder, se limitaban a absorber de ellos.
Lo que los hijos oían es que la chicas eran «pesadas», «bolleras», «guarras», «feminazis», «feas», «marimachos»… Un largo dispendio de lugares comunes del insulto. Una larga tradición educativa.

Un día, todo esto salió a flote.
Sucedió durante una de reunión de vecinos. Acudieron dos de las chicas. Un vecino que vivía justo debajo de ellas, aseguró que hacían ruido hasta tarde, que él tenía que madrugar para ir a trabajar y que… A lo que ellas enseguida se defendieron, dijeron que no se acostaban tarde, y que en el piso jamás hacían nada que pudiese molestar. No gritaban, no montaban fiestas, no ponían la música alta; de hecho la música sólo salía de los auriculares de cada una. Cada cual tenía su ordenador, no tenían televisión ni la querían, ni tampoco equipo de música alguno. Habían acordado no usar altavoces. Etcétera.
Hay que insistir en esto: la falta de conflicto era en sí misma un conflicto, quizá el mayor de todos.
Estaba sucediendo, los vecinos querían comenzar a sacar pegas, querían generar un conflicto real para poder resolver el conflicto ficticio basado en la carencia de conflictos. Los vecinos tenían un solo objetivo, era el mismo de siempre y no era negociable; el objetivo era: No Pensar.
De ningún modo iban a preguntarse de qué iban realmente esas chicas en concreto, o por qué hacían lo que hacían, o qué pretendían, qué les molestaba tanto, qué le exigían a la sociedad y sus mandatarios. Los vecinos ya se habían hecho una idea de lo que hacían las feministas, y, en el mejor de los casos, lo consideraban memeces, una fase, un rollo de ser demasiado joven y tener demasiado tiempo libre. Un rollo de no tener hijos, tener sexo entre ellas, evitar responsabilidades, y de vez en cuando ir a gritar cosas que rimaran a algún lado. Un rollo de no lavarse mucho, no depilarse, dar el cante con las pintas y odiar a los hombres. Odiar a las amas de casa, odiar a la gente de bien, los currantes y los buenos chicos. Un rollo de promover el aborto, no tener donde caerse muertas y dilapidarse el futuro.
Otra de las cosas que no se tienen en cuenta en el proceso de la búsqueda de la justicia, es que el injusto ahora posee la coraza más fuerte jamás creada; y está perfeccionada. Una coraza que le protege contra el conocimiento, que conserva la curiosidad muerta, que impide que entre cualquier atisbo de cultura. Esta coraza son los prejuicios, claro, y los mismos están firmemente arraigados en la ignorancia, aunque aclararlo sea de perogrullo. Esta coraza casi nunca cede por la fuerza, ya no, y se ha forjado al cabo del tiempo, al cabo de décadas. Parece haberse hecho inmune a ciertos rasgos de comportamiento externos, que ahora rebotan en ella sin provocarle un sólo rasguño. A diferencia de las actitudes bienintencionadas, esta coraza, que es la actitud del injusto, sí ha evolucionado a su manera con el tiempo. Paradójicamente, el injusto, para conservar su miedo e ignorancia intactos, ha progresado donde el valiente y el justo han podido quedarse estancados, seguramente por infravalorar la capacidad de conservación evolutiva que tiene la estupidez. Es como si el mecanismo de análisis para buscar justicia fuera cíclicamente perecedero, y lo injusto aguantara años a la intemperie, porque sabe adaptarse al entorno y los tiempos.
Al fin y al cabo, ser bueno y justo puede ser extremadamente difícil, valiente, laborioso, y quizá lo más importante: desagradecido y SOLITARIO. En cambio ser malo, intolerante, miedoso e injusto, tiene que ver con dejarse llevar por el rebaño, hacer lo que te digan y no rechistar. En esta sociedad, eso te convierte en el superviviente perfecto.

Al cabo de unos meses, las chicas se fueron del piso. No todas a la vez, y no por motivos claros o porque la situación se hubiese vuelto insostenible con los vecinos. Pero se fueron. Y los vecinos se congratularon en subsiguientes reuniones, a veces incluso recordando falsedades sobre la molestia que suponían las chicas. El tema principal era el alivio que sentían de no tener que aguantarlas más.
En poco tiempo, alguien volvió a ocupar el piso. Era una familia. Un papá y una mamá, sin pintas de ningún tipo más que de papá y mamá. Una chica de dieciséis años, que parecía una chica y no un saco de nervios roñoso con media cabeza rapada y tatuajes por todas partes. Y un chico de veinte años, que tenía toda la pinta de ser un buen chico y obedecer y no causar problemas.
Los vecinos, al cruzarse con ellos, respiraron aliviados. Especialmente la familia nuclear que habitaba puerta con puerta. De repente las historias cambiaron; los nuevos eran ejemplares, el no ruido pasó a interpretarse como buena educación, y nunca se convertía en especulaciones sobre qué clase de rutina repugnante debía tener esa gente. Se les veía honrados, educados, no necesitaban pasar los sábados por la tarde gritándole a nadie. No babeaban como perros rabiosos. No llevaban el sarcasmo por bandera ni se etiquetaban de ninguna forma. De hecho no usaban banderas, ni pancartas, ni necesitaban ninguna clase de corriente externa de la que beber para sentirse personas. Sólo eran papá, mamá, un chico educado y Una Chica.
De alguna manera, se adaptaban al juicio rancio y limitado de la familia nuclear.
Al menos al principio.
Pasados un par de meses, la mamá nuclear vio por la ventana cómo el chico de la familia vecina se bajaba de un coche. El mismo lo conducía otro chico. A lo que la mamá nuclear pensó: amigos.
Esta operación se repitió durante un tiempo. Hasta que un día, los dos chicos se besaron antes de que el chico educado entrase en el edificio.
La mamá nuclear, aun muy alterada, decidió no decir nada por el momento. Era una chismosa, era mezquina, vacía y vivía través de la vida de los demás; pero como toda buena hija de puta de esa calaña, sabía que si hablaba antes de tiempo, podía llamar a la discreción, y quizá se ahorraría escenas potenciales que aún podía espiar. Quería más información, constatación.
Tenía que esperar. Ver si aquello se volvía a repetir. Tenía que asegurarse de que su vista no la había engañado, de que ese chico era marica. Y había otro motivo para no decir nada aún. La próxima reunión de vecinos, la primera a la que asistirían los nuevos, tendría que ver cómo daban la cara. Cómo vivían con esa mentira; o aún peor, con la certeza de que su hijo era sarasa.

En dicha cita, se presentaron los padres, el papá y la mamá aparentemente respetables. Excusaron a sus hijos, a los que, aun habiéndoles animado a asistir al menos a la primera reunión, prefirieron quedar con sus amigos. Así son los chavales ahora, dijeron. O algo así. La mamá nuclear los miraba fijamente, de una forma que ella misma jamás hubiese aprobado.
La reunión se desarrolló con la mayor corrección y amabilidad. La familia nueva se los metió a todos en el bolsillo. La mamá nuclear se sentía poseedora de un secreto. Un secreto terrible. Esa familia no era lo que aparentaba. Era, en el mejor de los casos, una familia desestructurada. A saber qué clase de traumas habían convertido a ese muchacho en gay; a saber a qué había estado expuesto de crío. Le había visto ya muchas veces besuquearse por la ventana, estaba más que confirmado que era un mariconazo. No se escondía, no se avergonzaba. No se dignaba ni a mezclarse con los suyos a escondidas, o irse hacer lo que hicieran los sarasas a algún club para sarasas. Simplemente se exponía, a plena luz. No tenía ningún tipo de vergüenza, y tampoco el chaval con el que se magreaba. Era insultante. Todo esto pasaba por la mente de la mamá nuclear durante la reunión de vecinos. Todo eso, mientras el resto del vecindario saludaba con cortesía a esa pareja tan amable, a esos papá y mamá de un chico gay, y de…
¿Qué pasaba con esa niña?
Tal y como funcionaba la mente de la mamá nuclear, la misma noche después de la reunión, no dudó en largarlo todo. Lo hizo durante la cena, casi escupiéndole a su marido el asco que sentía, y todo delante de los críos, claro. Empezó a contar la historia sobre los besuquéos constantes del chico nuevo. Pero no se quedó ahí. La niña también empezaba a tener algo raro, su forma de vestir, su forma de saludar en la escalera. Y esos padres… ay esos padres. La mamá nuclear no dudo en decir que estaba segura de que esa madre se dormía llorando todas las noches, y que a ese padre le había caído la maldición peor. No habían tenido ni un hijo ni una hija, sino una especie de muestrario de los horrores. Todo tan antinatural, tan contra natura, tan repugnante. (En realidad los padres lo sabían todo y no pasaba nada).
No había azul y rosa, no había coherencia, no había una naturaleza correcta. El chico acabaría muerto en algún callejón a manos de otros sarasas, y la niña se convertiría en una feminazi, estropearía sus cuerdas vocales, echaría a perder su físico, se raparía o se haría rastas, se dejaría de depilar las axilas, y algún día abortaría un feto muerto en algún antro lleno de grafitis y jeringuillas.
Eso era lo que pasaba con…
¿Pero qué estaba pasando en realidad?

La mamá nuclear era así, y así era el papá nuclear. Los hijos ya se burlaban del niño afeminado de sus clases. Siempre suele haber uno, es estadísticamente improbable que no lo haya. Los papás nucleares no se conformaban con odiar, sino que el odio era lo más importante que legaban. Y la mamá nuclear era así, y así era el papá nuclear. Y hay gente que no cambia, porque no está dispuesta a aprender, porque no están dispuestos a abrirse. Porque el odio al prójimo es una forma de combatir la más profunda infelicidad propia, la ilimitada incapacidad propia, debidas en gran parte a ese legado que te dejaran tus padres, tus adultos, y también tu entorno.
Así eran estos papás nucleares.
Pero el entorno a veces sí cambia. Y a veces las personas se dejan convencer, o se abren. O –y esto es curioso– aprovechan alguna oportunidad para mostrarse menos ignorantes, porque a veces las personas fingen ser más estúpidas para adaptarse al estúpido entorno. Esto es también un comportamiento típico de la familia nuclear. Así como muchas veces hacen cosas como mostrarse inflexibles o intolerantes para encajar, o tienen hijos simplemente porque los ha tenido alguien cercano, otras veces son capaces de adoptar actitudes responsables, positivas, constructivas, y que les pueden llegar a mejorar como personas.
No es imposible que esto pase. Aunque es muy probable que ya no pase por los mismos cauces que antaño.
Por eso quebrar un prejuicio es tan y tan complicado. Porque a menudo la gente que podría hacerlo, la que en teoría se dedica a ello, está demasiado embebida de su «lucha» y su “arrollador y acertado carácter”. Los prejuiciosos pueden detectarlos a kilómetros, lo cual les da tiempo para prepararse, para fortificarse. Los que quizá pueden acabar derribando esos prejuicios ahora (de verdad), son los que “apuestan” por la naturalidad, la naturalidad más cercana a la verdad, menos narcisista, y más espontáneamente filantrópica. Esa gente no piensa en las etiquetas, no se plantea otra cosa que no sea tratar con respeto a la gente en el día a día. Encajan con deportividad la incomprensión y, en cierta manera, ponen la otra mejilla, aunque eso no quiera decir que no se puedan cabrear. Cuando se cabrean, eso sí, no lo hacen con ningún otro bando, sino sencillamente con quienes no ayudan a que las cosas mejoren, con quienes se sobran o entorpecen, sean del bando que sean, o se autoproclamen lo que se autoproclamen.
La lucha definitiva es contra la ignorancia, y esta tiene mil formas, se disfraza de mil maneras, y algunos de sus disfraces están perfectamente aceptados.
El presente es un lugar tremendamente ambiguo y hostil cuando de aportar tu granito de arena se trata. Puede que una sana y ejemplarizante individualidad sea parte de la respuesta.
La familia vecina, la familia nueva mudada puerta con puerta con la familia nuclear, acabó suponiendo uno de esos ejemplos individuales. Esta familia nueva, con su hijo homosexual y una niña que ya comenzaba a leer a Kafka, no vivía enfrentada a nadie, no le echaba a nadie nada en cara (aunque hubiese podido), no se avergonzaba de nada, y tampoco actuaba como si nadie le debiera nada. Esta familia era capaz de empatizar con los vecinos, mejorar la convivencia con sus aportaciones en las reuniones, y calcular el espacio que es bueno dejar a los demás, sin alejarse tanto como para no poder saludar o ayudar con la compra. Esta familia había decidido que no había nada malo (ni extraordinario) en lo que hacía con sus vidas cada uno de sus integrantes, y que además tampoco necesitaban exigir nada a los demás para dejar clara que su postura era respetable.
Esto provocó un efecto devastador en la familia prototípica que habitaba puerta con puerta. Lo hizo al ver que los demás –y cuando digo los demás, digo TODOS los demás– no tenían ningún problema con los nuevos. No lo tenían con el hecho de que el hijo fuera gay, ni con la forma de vestir de la chica (cada vez más parecida a la de las autoproclamadas feministas ya ausentes), no tenían problemas con las muestras de afecto en público ni con la nueva tendencia en el bloque claramente en pos de la tolerancia. Vecinos que antes escupían comentarios machistas, homófobos y racistas, que insultaban en mezquinos susurros a todo el que no pensara igual que ellos (o mejor dicho, a todo el que pensara); vecinos que antes se podían envenenar mordiéndose la lengua, pasaron a callarse y mostrarse cada vez más refractarios a los comentarios de odio de la mamá y el papá nucleares.
Es interesante fijarse en lo farragosas que comienzan a ser las etiquetas cuando se trata de intentar hacer un futuro mejor.
Y digo: es interesante e importante pensarlo. Y más allá de mis opiniones, todo lo narrado aquí es real. También que la familia nuclear descrita es ahora la apestada del edificio, que ya no acuden a las reuniones de vecinos, y que la diversidad silenciosa ha quemado de forma inesperada las banderas. Todas las banderas del bloque.

naturalidad

Ellxs

Limitarme a ver,
se acerca la ola.
Quedarme quieto,
a esperar.
Voy a fumar,
¿les ves claudicar?
Voy a dejarles
discutir,
repetir
lo que otros pensaron.
Les van a dar,
y fuerte,
y al margen
de genitales.
Nadie libra,
todos perecen,
con sus banderas
por mortaja.
Nadie elucubra,
ni reposa,
todos espían
por la raja.
Su secta
es la buena,
son orgullosos o furia,
y todo según luzca.
Tienen sus listas,
“gente Buena”,
y las muestran
créeme,
lo hacen en entrevistas.
Soy esto,
soy aquello,
no necesitan
valoraciones.
Son superiores,
se han dibujado
la Igualdad
previo pago.
Son abiertos,
son arco iris,
son consigna,
son religión.
Si no eres
de su camada,
no mereces atención.
Si no eres
Etiqueta,
te reduces
a sospecha.
No eres digno
sin tu trapo,
no medras
sin tatuaje.
No hay ideas
si son propias.
No desafíes
sus principios,
con tus esquivas argucias.
Eres malo,
eres rancia,
eres pasto de la hipnosis.
Eres basura,
si te hartas
al cuarto
“patriarcado”.
Desperdicio
frunciendo el ceño
con los “heteropatriarcado”.
Sí o sí
tienen razón,
como también los machistas;
sí o sí
aciertan,
como un imán y
el metal,
o los nacionalistas.
Es cuñado si no es ellxs.
Es idiota si no es ellxs.
Es mentira
si no son ellxs.
Es vacío
si no te unes.
Y yo estoy
sinceramente
ya mucho más que harto.
Estoy cansado
de reciclaje,
de ideológicos parches,
de lo guay
del radical.
De lo justo del
cabreo,
y del propio tejado
lleno de piedras.
Estoy harto
de las modas,
de los hijoputas
y las gilipollas.
De sus pintas
y sus términos,
de sus acusaciones
y sus historias.
De cómo ven
la paja
en el ojo ajeno.
Estoy harto de mamonadas,
de memeces
y frases caducas.
Tu ansia,
tu libertad,
no las conviertas
otra vez
en tu próximo álbum de fotos.
No seas memo,
no seas hooligan;
no seas mema,
no seas -ista,
no te incluyas
en una lista.
¡Sé persona, cojones!
aunque sea
bien difícil.
Aunque te sientas
rodeado,
aunque te llamen
guarra
o mamarracho.
Aunque parezca
siempre
que pisas en falso.
No seas yogur
a estas alturas,
siempre ya
caducado.
No consumas
sólo un sermón.
No bebas sólo
del grial.
No tengas miedo
al marrón,
a eso difuso
que llaman pensar.

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Donde las torres eléctricas

1 – Tres chicos

Tres chicos sentados, aplastando hierbajos altos en las afueras de Periferia, en medio de un polígono industrial no carente de metálico encanto al atardecer. Aunque aún no lo sepan, sobre el papel no son nadie; aunque quizá no lo sospechen, todo funciona y confluye para que jamás lo sean. Si en ese mismo instante murieran, a sus dieciséis años, sería casi como si nunca hubiesen existido. Quedarían tres familias destrozadas por un tiempo. Tres familias trabajadoras, como se suele decir. El calendario acabaría erosionando el dolor, y enseguida tres muchachos “meta-anónimos” nuevos vendrían a ocupar ese espacio. De todas maneras, las familias al uso tampoco significan nada en un sentido no material; una u otra no importa, no hay diferencia. Procrean y se venden.
Nadie y nada.
Los tres chicos observan siempre unos postes abandonados, tres pisos de altura coronados por cajas de plástico abiertas abarrotadas de cables cortados. Erectos animales eléctricos, resquicios de la anterior curva alta de productividad.
Los llaman torres.
Si alguien les dijese a esos chicos que no son nadie, y que eso debería preocuparles, ellos dirían que eso no les preocupa tanto, porque no quieren ser famosos, ni tampoco necesitan mucho dinero. Ya han aprendido la versión oficial de lo que significa “ser alguien”; ya han comenzado a confundir la humildad con la productividad para otros. No hay que desvelar el pensamiento a los demás. El pájaro empapado en petróleo está muy lejos. No hay término medio conceptual. Para ellos es una “elección” entre ser “humilde” o ser “rico”. En ningún caso se es una persona con mundo propio: en cualquier circunstancia eso sería estar loco.
Todo esto, al menos, en teoría.

2 – Fiesta en casa de P.

El glande de Oscar sigue con restos de sangre, se lo ha guardado en los pantalones tal cual. Le cuenta a Toni que aún tiene el sabor de P., lo nota en la boca y los labios, dice que han follado en la habitación de sus padres (los de P.), por algún motivo ausentes. Dice que ella era virgen y perjura que él no lo era, aunque no desarrolla más ese punto. Toni asiente, y asiente. No sabe qué decirle a Oscar; no le hace preguntas ni le cuenta ninguna experiencia propia, o si la ha tenido. Ambos van hacia una de la cubetas con ponche. Es dulzón y es sin alcohol sólo en la versión oficial (no es que no haya otras bebidas alcohólicas); no les importa no haber conseguido engañar a las chicas. Hay unas veinticinco personas. Se da por sentado que quien no está es porque folla (o lo intenta) en el piso de arriba, en el lavabo o alguna habitación cerrada. Las puertas que están cerradas es porque alguien folla tras ellas. Esa es la idea. Si te estás meando, si vienen aguas mayores, te toca salir a la calle, no quieres topar con la chica que te gusta liándose con nadie. Y todas gustan. No se sabe de nadie que esté enamorado, y nadie dice palabras como «enamorado». La mayoría van a ir a la universidad, lo verbalizan. Dicen que no saben qué van a estudiar. El mejor estudiante es Jota, y en público se ríe a carcajadas de su propia indecisión. Jota es capaz de memorizar lo que se proponga, es el único del grupo que se sabe todos los números de teléfono. P. ayudó a planear qué alcohol era mejor para el ponche, es la “única” chica que sabe lo del alcohol. Quien fuma, tiene que salir fuera. Los padres de P. son clase media alta, dicen, y algo sobre un viejo de la familia muerto y una herencia. P. no come nada que haya tenido ojos. Tampoco bebe leche. Oscar dice ahora que bueno, que sólo alguna clase de leche. Suena la música que se ha estipulado no es comercial, a no ser clásicos. Toni intenta cortar el rollo sexual y dice que preferiría estar donde las torres.

3 – Chicas

Las chicas son tres agujeros, a cada cual más emocionante. Son más frágiles y son como un objetivo militar. Esto no es así, pero es así. Se oyen ecos de que ciertas experiencias le cambian a uno, pero Oscar, al día siguiente, sólo piensa en volver a meterla en caliente. Tres agujeros. No todo el mundo consigue explorar los tres. El porno es engañoso, y las mujeres no son tan “modernas” como señala el ruido. Oscar, Toni y Jota, vuelven una y otra vez a la zona de las torres eléctricas. Queda todo el verano por delante. Sólo una visión sobre las chicas. Sólo una misión. Hay un mar de aburrimiento, inabastable. Otra lección cerrada aprendida: el aburrimiento sólo es aburrimiento, y es perder el tiempo. Los tres cabezas huecas, según dicen, aunque cada uno con un boletín de notas distinto. Tienen tareas para el verano. Vagina. Tienen deberes, aunque no todos los mismos. Ano, ojalá. Jota no ha suspendido ninguna, pero Oscar tiene dos para septiembre, y Toni cinco. Jota se ha apuntado a inglés. Toni quiere comerle la boca a alguien. No son misóginos, ni malintencionados, ni malvados, simplemente no son. Son materia acorde a las leyes de la física. Son carne de contrato basura. La única imagen (o casi) es la del capullo morado abriéndose paso por el chocho recién estrenado, o aún por estrenar. Las chicas son tres agujeros. Oscar dice que P. se dejó también por el ano. Jota se ríe. Toni parece guardar un secreto.
Pasan toda la mañana durmiendo, sudando la cama, y toda la tarde atardeciendo junto a las torres eléctricas. Fálicas. No hay nada en el entorno que parezca un coño. Las chicas son tres agujeros, pero sólo uno puntúa.

4 – Toni

Toni se encierra en su cuarto y escupe insultos; el único sentimiento intenso suele ser el odio. Su padre le acaba de dar una bofetada: una discusión durante la comida. Corre julio, corre que se las pela, también literalmente, y a cámara lenta. Toni tiene, en teoría, mucho que estudiar. El sistema: puede que Toni quiera follarse el culo de alguna tía, pero el sistema se folla el suyo. Así lo siente. Los adultos asienten ante esa perspectiva. Quiere salir de su habitación y coger un cuchillo de la cocina y rajar a su padre. Hay gente que tira su vida por la borda a cambio de un solo instante de desahogo. Hay una pila de libros de texto esperándole, con esas cubiertas asépticas; le han mirado durante todo el año. A veces abre uno de ellos, sin saber qué tiene que memorizar para septiembre. Se queda mirando el libro, como quien tiene los ojos cerrados pero es incapaz de dormirse. Todo en la habitación cobra vida, cualquier mota de polvo, cualquier ruido del exterior. Todo es distracción. Si hay un mosquito, es un desfile, un escándalo, aunque sólo venga a decirte que estás perdido. Todo le dice lo que sus padres le dicen. No hay retórica, sólo órdenes que cumplir. La filosofía es para los maricones, el pensamiento sólo para rayarse. Toni trastea en su móvil. Toni tiene que memorizar muchas lecciones y aprender todas las mates que no ha aprendido en clase. Solo. Se mira la palma de la mano, el mosquito espachurrado, la sangre. Se siente tan vacío que piensa en chuparlo, aunque sólo sea para sentir asco. Las ganas de matar a su padre se diluyen; lo frustrante de la rabia es que conlleva un bajón, como un porro, pero peor. Es como sufrir por echar de menos sufrir, porque ya no sientes nada por aquella tía que antes te tenía patas arriba. Cosas del futuro, o quizá no tanto. Toni no piensa, sólo permanece. No espera a que las cosas se solucionen solas, como diría su padre. Simplemente yace, como esclavo de su propio cuerpo y oquedad. Habrá otra comida que engullir. Le gusta observar las torres eléctricas, le hacen sentir algo parecido a sentir. Y siempre están las pajas, o la perspectiva de follar.

5 – Siestas

Jota es drogadicto de mediana intensidad (cigarros, muchos, porros, cada vez más, y alcohol, claro), más que un crío de teta, pero menos que un yonqui o un jubilado. Su camello viste camisetas chillonas de tirantes, de las que dejan el pezón fácilmente a la vista. Una vez a la semana, a las cuatro de la tarde del sábado, Jota va a buscar sus provisiones. El ambiente en casa es relajado, en apariencia, de ese modo en que una sola chispa podría convertir el templo budista en una iglesia católica. Los padres de Jota oyeron una vez el concepto Inflación Académica, y cambiaron de canal. Desde ese día, como padres ultra responsables y afiliados a La Realidad, ese concepto flota sobre sus cabezas. Esto los vuelve cada vez más irritables. Jota no sabe por qué parecen cada vez más irritables. Jota queda con su camello en cierta zona cercana a las torres eléctricas, junto a las vías del tren, el que va y viene de Sonora. La hora tenía que ser justo las cuatro, porque el camello no puede a otra hora, y porque los padres de Jota duermen sin falta la siesta. Jota, sobre el papel, está estudiando inglés en su habitación. Quedan en un punto indeterminado, no especialmente señalizado, excepto porque ambos saben que fue el punto exacto donde un chico de la zona se suicidó. Pasó hace dos años, se lanzó a las vías. Ni tan siquiera lo comentaron; la primera vez que quedaron, fue mencionando vaguedades sobre la vía y las torres. Ambos llegaron casi a la vez, y se detuvieron justo a esa altura para el trapicheo. Alguna tabla de la vía aún conserva un resto orgánico de mugre, ya más cercano al azabache que al rojo. Jota tiene ahorros secretos de haber hecho trabajos ajenos. Rentabiliza su habilidad en las clases y con los deberes; sabe engatusar a los profesores sin parecer un pelota, y es capaz de imitar la escritura de sus compañeros, incluso su gramática o faltas de ortografía. Jota se sirve de una precaria paga de sus padres, pero sabe (se lo han dicho) que el siguiente verano le tocará pringar: en la guía del progenitor responsable afiliado a La Realidad, a los diecisiete toca curro edificante de verano. Para los padres de Jota, toda clase de diversión es sospechosa. La idea de la muerte les transmite lo mismo que el concepto Inflación Académica. Jota no piensa como ellos creen, ni sospecha como ellos creen; Jota memoriza, aprueba y se coloca.

6 – Oscar

Oscar recibe una llamada de P. Es la peor fecha para recibirla, porque Oscar ha pensado últimamente mucho en el cuerpo de P. Pero no piensa en él como antes, ni tan siquiera se ha vuelto a masturbar con eso.
–¿Sí?
–…
¿Llora ella?
–¿Sí? ¿P.? …
–…
Su puta madre, sí que llora.
–¿Qué pasa, P.?
–…
Mierda. No puede ser. No querrá abortar, seguro que no quiere abortar, seguro que le da pena y no quiere abortar. Quiere biberones y analizar la mierda de los pañales.
–¡Pero dime qué pasa!
¿Se está riendo?
–Te lo has creído, ¡ja ja ja…!
–¿Pero cómo se te ocurre?
–Recuerda esto siempre, Oscar: habrá otras tías, pero yo fui la única que te hizo una broma terrorífica sin decir una sola palabra.
–Tía…
–Calla. Esta noche mis padres se largan. ¿Quieres venir?
–Tía…
–¿Quieres comprar condones?
–…
–Joder, que no es para tanto. Así no voy a querer tener hijos contigo, ni que te hubiera dicho que…
–…
–…, la verdad es que no se me ocurre ninguna putada más gorda que lo del embarazo, ja ja…
–Tía… es que, joder.
–Respira, chico. ¿Quieres venir o no?
No hay fiesta, sólo está ella. Viernes y sus padres nanay hasta el domingo por la tarde. En la farmacia pide la talla grande de condones. Parecía haber una extra grande, pero hubiese sido demasiado. Ya es demasiado la grande. Se pasa el día preguntándose si ponerse uno o dos. Dos sería una forma de dormir tranquilo.
La segunda vez resulta mejor que la primera, Oscar tiene que reconocerlo. P. habla mucho, pero no resulta molesta. No cotillea. Cuenta historias.
–¿No conoces la orgía rusa? –dice
Se tapa los pechos con la sábana, están en la cama de los padres otra vez.
–¿La orgía rusa?
–Varios rusos y rusas quedan para hacer una orgía. No se cómo lo organizan, pero uno de los presentes tiene sida.
–…
–Imagínate estar follando con alguien que no sabes si tiene el sida.
–El sida ya no es lo que era, creo que está bastante controlado.
–Habló el “señor valiente que se caga con oír llorar a su novia por teléfono”.
La palabra «novia» provoca un silencio, pero luego ninguno de los dos la rechaza.
–No sé qué hacer, mis padres tampoco están en casa…, ¿quieres que me vaya? –Oscar al cabo de un minuto.
–Quédate a dormir, da igual. Por la mañana…
–Ah… Vale.

7 – Secreto

El graffiti Toni tiene un secreto aparece en un muro de ladrillo cerca de las vías. Hay muchos Tonis, piensa Toni. Mucha casualidad sería, piensa. Pero está solo y analiza el mensaje; acaba convencido de que, por la frase, la carencia de tacos, la picardía del trazo y algún recuerdo difuso, lo ha tenido que escribir una chica. Hay muchos Tonis, pero él no conoce a ninguno más, y menos que frecuente los aledaños de la vía y la zona de las torres. Toni es Toni, el paradito, el tímido, el de los cinco cates, a quien (aunque él no lo piense) nadie cercano le desea ningún mal. Toni se siente vacío, como quien más, pero su carcasa lleva mucho tiempo adoptando formas desesperadas, intentando atraer sin decir nada, como el tipo duro de una peli clásica americana, aunque no haya visto nunca ninguna. Toni no se siente a sí mismo, contempló la autolesión poco severa, los adultos le convencieron hace ya mucho de que es un inútil. Hundieron a Toni por su bien, la vieja tradición educativa. Con esa vida disoluta antes de haber empezado, Toni miraba en contadas ocasiones a Iciar en la fiesta de P. Iciar y P. se reían de vete a saber qué, antes de que la segunda perdiera el himen. Toni estaba seguro de que se reían de él. No es así, pero es una forma de tirar la toalla. Tirar la toalla es rutinario cuando sobre el papel eres un despojo. Un despojo no liga con pelirrojas misteriosas imposibles de descifrar. Nadie sabe mucho sobre Iciar. Dicen que sus padres tienen pasta, que están en la ruina, que se divorciaron, que son más felices que nunca, que Iciar es mala como el veneno, que es un ángel, que sólo es tímida, que se ha follado hasta al apuntador, que es virgen, que era íntima del chico que se tiró a la vía. Etcétera. Porque hablar es gratis. No es que Toni lo haga mucho, pero Toni no hace lo que se dice casi nada. La fase de la desmotivación quedó atrás, ahora su carácter está bañado de cierta desesperación calma. No sabe bien qué ha hecho para que todos lo sepan ya; hablar seguro que no. Mirar, esconderse, evitar, puede que temblar. No hace falta más. Fallo de cálculo. Prodigarse en las fiestas, ir a donde iba ella, estar lo más lejos posible de ella (pero en la misma habitación). Incluso aunque no les importe, la gente se da cuenta.

8 – El sol

Agosto preparado en la línea de salida. Los tres chicos se bañan de sol pateándose las afueras. Es un paisaje menos frío de lo imaginable. Cinco de la tarde. El polígono da a ciertas colinas y bosques, respiras más verde del que crees; hasta hay frondosos árboles rodeando las naves industriales, la mayoría abandonadas.
–Aquí curró mi tío –dice Jota, palmeando una pared de metal.
–Tío, tienes que echarme un cable con el marrón de septiembre –dice Toni.
–¿Qué os pasa con las puñeteras clases…? No hay nada que hacer, ¿qué os creéis que son las clases?
–¿Cómo…? –murmura Oscar.
–¿Os creéis ese rollo del templo de la sabiduría?
–Yo sólo quiero aprobar.
–Claro que sí, Toni. Pero lo enfocas mal. No tienes que buscar la forma de aprender. Tienes que pillarle el truco al profe de turno. Yo conozco a chavales que han acabo a la uni. Son subnormales. No saben ni escribir, no se expresan mejor que tu viejo o el mío, Toni. De hecho la mayoría tampoco aspiran a más. Viven engañados con la idea de que no usar un teléfono de rosca es un avance crucial. Da igual que hayan asfaltado el camino si no sabes dónde coño quieres ir. Sólo quieren pasta para convertirse en sus padres, y creerse más listos que ellos por tener un título universitario. Todo eso es una farsa, colega. Si os dais cuenta de ello, todo os parecerá más sencillo. Tu mayor problema, Toni, es que no tragas con eso, quieres ser alguien. Tu mayor problema es que eres más inteligente que la mayoría, y chocas de frente contra ese sistema. Es verdad y tú lo sabes, la mayoría de la temática es aburrida, inútil, y en su mayor parte no te ayudará en nada en el futuro…
–Sí que es un coñazo… –murmura Oscar.
–… pero tenéis que aprender a reíros de ellos; no os quieren a vosotros, quieren que finjáis para ellos –prosigue Jota–. Para mí los profes están mamados, si conocierais a mis padres os ibais a cagar.
Llegando a la zona de las torres, Toni se comienza a sentir mejor. Las palabras de Jota eran confusas, pero también adecuadas de algún modo. Oscar cree notar aún el cosquilleo sexual en la polla y la boca, incluso habiendo pasado días.
–¿Y la vía? –dice Toni, ya los tres sentados cara a las torres.
–¿Qué pasa con la vía? –pregunta Jota.
–No lo sé…
–¿Qué pasa con la vía? –pregunta Oscar.
–¿Qué pasó con aquel chaval?–le dice Toni a los hierbajos.
–Para empezar no era tan chaval, Toni –murmura Jota hacia el cielo–, tenía como veinticinco tacos.
–Dicen que conocía a Iciar.
–Si te parece plausible que un tío de veintipico vaya por ahí con una de catorce…
–Dicen que Iciar nunca ha sido muy niña –sigue Toni–, o sea, que…
–Ya ya, que es muy «madura», es como si tuviese siempre treinta años. Hasta después de los treinta se quedará en los treinta. Esa tía no es tonta, eso está claro, pregúntale a Oscar, su novia se lleva con ella…
–No me ha hablado de ella –dice Oscar.
–Me han dicho que toda su habitación es pura domótica –asegura Jota–, y que está fabricando alguna especie de cyborg. O que es capaz de ello. No sé qué hace esa chica en Periferia, debería estar chupando pollas en la NASA. Ten cuidado, Toni.
–¿Yo?
–¿No te va esa tía? –pregunta Oscar, sin asomo de sonrisa.
–…
–Esa tía no es tonta –insiste Jota–, así que ten cuidado, no te va a valorar por tus notas. No es tus padres ni el profesor estúpido de turno. Si va a ser tu novia, más vale que dejes de hablar de septiembre y esas gilipolleces. Sabe que en el fondo todo eso te importa un carajo. Si insistes en ello, te verá como alguien débil. El hecho de aprobar asignaturas puede costar, pero es una habilidad concreta, específica, sin más. Hay gente que sabe comerse cinco pizzas familiares sin vomitar.

9 – Sudar

Hora de la siesta, con P. Cama de sus padres. Después. Entrado agosto. El mes estrella.
–O al menos antes lo era –dice Oscar.
–Ahora las vacaciones son una especie de reclusión. Muchas familias no tienen pasta para irse a otra franja horaria a gastar más de la cuenta.
–Mis padres se han ido al pueblo.
–Eso es distinto.
–Es el primer año que me dejan solo.
–¿Eso quiere decir que podremos ir a tu casa con dos condones?
–Mnh…
–¿Tienes que usar siempre dos condones, por cierto? Mi coño se comienza a sentir como si te debiera algo…
–…
–¿Podré ver tu habitación?
–Sí, pero ya te diré.
–…
–¿Dónde están tus padres?
–Están en otra franja horaria, gastando más de la cuenta.
P. nunca pone el aire para refrescar la casa. Abre las ventanas, da igual cuánto calor haga. Oscar no protesta. Un par de mosquitos sobrevuelan la habitación. Se pueden ver a lo lejos las torres eléctricas. Las cigarras cantan como si quisieran desgañitarse.
–La gente ya me pregunta por qué no organizo más fiestas –dice P.
–…
–Creo que no saben que vienes aquí.
–Estoy acostumbrado a no despertar interés.
–Pobrecito…
–No me molesta.
–¿Yo no muestro el suficiente interés?
–…
–Creo que debería echar a esos mosquitos.
–¿Tienes tabaco?
P. se levanta y manotea para intentar desplazar a los insectos. Luego dice irse a buscar una cajetilla. Oscar mira al techo y respira hondo, intentando calmar los latidos. Durante un instante, cree que le dará un ataque de ansiedad, como si el pecho se le fuese a agrietar. No sabe si decir algo al respecto. Piensa en el sudor entre sus tetas. Y se oye la voz de P. apagada:
–¿Has ido diciendo por ahí que me dejo por el culo, por cierto?

10 – Una crisis

–Tienes que calmarte, Oscar –dice Jota–, o todo lo contrario, no sé, estás como al límite. Estás pachucho, tío. Ya no vacilas, no te cuentas nada, ¿estás rayado igual que Toni?
–No. Igual que Toni, no. O sí, yo qué sé. No veo a Iciar por aquí.
Discoteca en Periferia. Llamada Poli Inc. Nadie sabe por qué. Toni ha ido al lavabo.
–¿Y tu novia no ha venido?
–Hoy pasaba el día con unas primas. Le he dado largas, le he dicho que quería estudiar, o algo así, que la vería mañana. Tampoco quiero conocer a sus primas.
–Primas… Demasiado.
–No lo entiendes. Desde que salimos, o lo que sea, no me controlo. Me siento como si me hubiera enganchado a…
–Tío…
–No sé cómo hablarle, no quiero decir pijadas, ni cagarla, ni ser…
–Estás pillado.
–Bueno, , estoy pillado, estoy pillado –levanta la voz Oscar, con tono impaciente, irritable–, y es que… antes no tenía nada que perder. Y ahora no sé qué coño hacer.
–¿Tienes miedo de que ella se líe con otro?
–No, no es por eso, pero gracias por decirlo, ahora también me rayaré con eso. No es por eso, es porque no sé cómo actuar.
–Y no es por el sexo.
–No, el sexo no es problema, que yo sepa.
–¿Y qué lo es?
–Pues no lo sé, Jota, todo lo demás. Todo lo demás.
–Cuando no tienes práctica, no es fácil estar bien.
–¿Qué?
–Tu problema es que ahora tienes un motivo para estar bien, algo que manejar y evitar que se estropee, y te sientes como un mono en la cabina de un jet.
–La verdad es que no sé de qué coño hablas.
–No lo haría. Es por el alcohol.
–Y por qué te crees que hablo yo de esto…
–No sirve de nada hablar de esto.
Pausa. Oscar:
–Lo mejor sería que nos fuésemos a donde las torres eléctricas…
Toni vuelve del lavabo, se va directo a la barra a pedir el tercer cubata. Muy tarde, carnés falsos (cortesía del camello de Jota), vista gorda en la entrada, tías por todas partes. Menores por doquier. Toni bebe el primer sorbo y mira en todas direcciones.
No hay rastro de Iciar, lo cual le aporta tranquilidad y a la vez inquietud. No quiere verla, y a la vez quiere saber qué hace. Dónde está. Si estuviera en el Poli al menos sabría dónde está. Pero al recordar el graffiti, se pregunta si ella sabe algo de eso, o si le importa, o si conoce a quien haya hecho el graffiti. Ni siquiera sabe si ella sabe quién es él.
Cinco de la mañana, después. Torres casi invisibles. Luna intensa. Noche de verano, al fin y al cabo. Hierbajos aplastados. Pero muy pocas estrellas.
–Cuando llegue a casa, mi padre me va a decir que soy un desgraciado –murmura Jota.
–¿Eh? –Oscar.
–No, aún mejor, me va a decir que seré un desgraciado.
–Los míos hablan más en presente –dice Toni–. A mí me pegarán. Aunque cada vez lo tienen más difícil, y creo que tienen miedo de que me rebote. Eso me gusta; no porque tengan miedo, sino porque lo tienen porque saben que no tienen ni puta idea de cómo ser padres, y el rollo de darme de hostias ya no es como cuando era crío.
–El alcohol te suelta la lengua… –murmura Oscar.
–Mis padres actúan como si nunca hubiesen tenido miedo –sigue Jota–, lo que hacen es intentar meter miedo. Se creen demasiado modernos para darme una tunda. Lo que hacen es decirme que seré despreciable si no soy obediente. Es como cuando tenía cinco años. Quieren que tenga cinco años para siempre, y no en el buen sentido.
–Mi viejo es de los que dicen que hay que ser el primero –dice Oscar–, que hay que luchar por ser el primero. Mi madre no dice nada. No importa cuál sea la competición, o si viene a cuento la competición: hay que ser el primero, en clase, en los deportes, con las putas notas… Hay que hacer lo que hagan los demás pero más que los demás. Creo que el cabrón miente sobre su juventud, porque cree que decirme esas cosas me beneficia. Si dijera la verdad sobre su juventud no podría largar tantas chorradas…
Miradas hacia arriba. Cruza un avión comercial. Cambia luces, se iluminan densas nubes; el aparato está muy alto, pero se inicia el protocolo de aterrizaje. Aeropuerto de Sonora. Esa gente que coge aviones, que viaja, por trabajo o vacaciones. Aún hay gente así, por encima de las torres eléctricas.
–¿Hoy no estaba tu novia, Toni? –Dicho por Jota, sin ánimo de pique u ofensa, más bien con ánimo de animar; más bien con tono de “te la ligarás, colega, no te preocupes”.
–No la he visto, al menos.
–Se puede conseguir su número de teléfono, si lo quieres. No parece que esté en redes sociales, al menos no con su nombre.
–No me siento cómodo hablando de esto.
–No vamos a ir rajando por ahí, tranqui –dice Oscar.
–Vale.
–Este verano está pasando algo. ¿No? –Jota.

11 – Jota

En algún momento, sentado en su escritorio, llora en silencio sobre sus apuntes de inglés.

12 – Iciar

Cero para septiembre. Sólo un notable en una lista de sobresalientes. Habitación pulcra, buenos olores, aunque no invasivos. Su semblante serio de cara redonda, nariz pequeña y ojos grandes; recién salida de la ducha, envuelta en una toalla rosa, otra blanca para el pelo. Se sienta en la silla de su escritorio, se hace las uñas, las veinte. 15 de agosto, rumores, pereza, ocho de la tarde. Conecta su portátil. Internet. Medicina, robótica, recetas de cocina. Se levanta y suelta la toalla rosa, deambula desnuda unos segundos. Alguien llama a la puerta con los nudillos, un par de golpes secos.
–Estoy desnuda… –apenas levantando la voz.
Desde fuera, apagado:
–¿Vas a cenar en casa?
–No.
Armario. Ropa interior negra, tejanos ajustados, blusa rosa. Cierra puertas y cajones. Calcetines negros, zapatillas planas ídem. Su cabello pelirrojo, más oscuro por la humedad al quitarse la toalla blanca. Se encierra en el lavabo. La habitación vacía, la habitación, la habitación… El móvil se enciende en el escritorio. Número desconocido.

13 – El día siguiente

Las cigarras parecen pedir explicaciones a Iciar. Camina entre las naves industriales, tres y media de la tarde. Unos tejanos recortados, una camiseta blanca ajustada y vieja, el pelo suelto, ondulado, largo, en llamas. Zapatillas planas blancas. Parecen importantes los detalles con Iciar, los detalles a los que ella no parece dar importancia. Hay una gran nave abandonada, una que tiene un enorme número cinco en rojo en su portón blanco. A veces es práctico quedar en “el cinco”. Iciar llega y explora la zona. Apenas treinta segundos después, ve llegar una figura de fondo, el sol se refleja en una camiseta blanca. Hay árboles cada diez metros, demasiados plataneros, con esa pelusa inmunda. Iciar entrecierra los ojos; quizá piensa en la posibilidad de quemarse la cara y las piernas; aunque posiblemente se ha puesto crema solar.
Toni llega y se detiene a unos dos metros de ella. Ella no sonríe, aunque su expresión tampoco transmite rechazo u hostilidad. Puede que curiosidad. Dice:
–¿Quieres ir al bosquecillo?
“El bosquecillo”: usado tanto como picadero como para inocentes paseos, tanto solitarios como en pareja o en grupo. Un lugar tanto sórdido como familiar, quizá por la contundencia con que se vuelcan el sol o la oscuridad, quizá por la variedad de árboles, arbustos y espacios naturales. La hora del día, probablemente, es lo que determina qué papel le toca interpretar al bosquecillo. En verano es más difícil discernirlo, aunque las tres de la tarde no es el clásico momento para ir a follar. De hecho muy poca gente en Periferia sale de casa a semejante hora, a no ser por obligación, para pillar, o para esconderse.
Iciar no hace preguntas al respecto, aunque no fuese ella quien decidiese la hora. Tampoco había planes más allá del cinco.
Caminan durante unos diez minutos entre paredes metálicas, vallados y patios antes transitados por camiones y carretillas. Sopla el viento caliente. La pelusa de los plataneros se queda a veces en el pelo de Iciar. Sacude la cabeza como si pudiese verse desde fuera. No se dicen nada. Se acercan a la zona de las torres. El bosquecillo está más allá, cuando no queda ya resquicio urbanístico de Periferia.
Toni espera a que ella diga algo en ese instante, algo como “¿Venís mucho por aquí, no?”. Pero no dice nada. En todo caso, él agradece estar lo suficientemente lejos de la vía y el graffiti.
Llegan hasta un claro. Hierba alta, sufriente, cama para mendigos, colchón para follar, hábitat para picnics. Todo en uno, y la mayoría de veces nada. Saliendo de Periferia no encuentras el paraíso, pero ya te puedes sentir como si estuvieras lejos, muy lejos. Turismo del Límite.
Toman asiento, separados por unos cinco palmos.
–¿Vais a las torres y habláis de suicidaros, no? –dice Iciar. Sincera, sin ironía, sin acusación, seca pero viva. Consecuente, de alguna forma. Horriblemente consecuente.
–¿Cómo?
–Si me equivoco de mucho, lo puedes decir.
–No hablamos de matarnos.
–Ya…
–…
–Me refería más bien al subtexto.
–…
–…
–¿Tú conocías a ese chaval?
–No.
–…
–Tampoco soy una puta, ni una santa, ni rica, ni del todo pobre. Mis padres están aburridos, pero no se han divorciado… ¿Algo más? –¿Sonrisa?
–No quería interrogarte…
–No te preocupes.
–No estoy preocupado.
–Yo creo que sí…
–…
–No es que sea culpa tuya… No creas que yo no lo estoy. Hay gente que sabe fingir. Cuanto más sabes fingir, más perdida se siente la gente contigo. Aunque a veces es justo por todo lo contrario… ¿Te sientes perdido conmigo?
–¿Tú finges…?
–No, sólo en las clases. Por lo demás, no más que nadie. Pero la gente cree que sí. Cuando eso no les da para compararse conmigo, inventan historias. Si les pareciera fea, seguramente odiarían.
–…
Sopla aún ese aire caliente. No llegan al claro las pelusas. El sol irradia de tal forma que cuesta creer que más tarde se hará de noche. Unas cosas se secan, otras agradecen. El silencio no resulta molesto entre ellos, no parece incomodar a ninguno de los dos. Ni tan siquiera Toni se siente tenso; más bien piensa que bueno, está pasando un rato con Iciar, y no había motivo para tenerle miedo. Cuando rompe ese silencio, no lo hace porque el mismo fuese un incordio;
–¿P. te ha hablado de nosotros? –Se decide por el plural.
–No. P. no cotillea. Pero la gente habla.
–Te llevarías bien con Jota.
–¿Con Jota? … ¿Tan mal te caigo ya? –Iciar sonríe claramente, pero logra que él no se sienta como un crío.
–No.
–¿Por qué con Jota?
–Me recuerdas a él, la forma de hablar.
–No soy popular por hablar mucho.
–No es porque hables mucho, sino por… la forma de hablar.
–Ah…
–Jota dice que eres muy inteligente.
–La gente dice eso cuando no cateas ninguna.
–No. Él no lo dice por eso.
–Entonces hace bien. No soy más inteligente porque no me haya quedado ninguna. Tampoco es que no me haya quedado ninguna por ser inteligente.
–A eso me refería. Hablas como él.
–No te preocupes por ese rollo. Yo he tenido toda clase de septiembres. Lo curioso es que cuantas más he suspendido, menos sentía haber perdido el tiempo.
–…
–Quería traerte un libro, pero no quería que te sintieras como si te trajera deberes. Me gustan los libros, pero no los que tú odias. Yo también odio esos libros. Nadie que diga que disfruta con ellos es totalmente sincero. La gente piensa en complacer a los demás, en la paga de los padres, en el curro que tendrán, en la recompensa, en culturizarse, entre comillas. Todo eso es dinero, sin más, y muchas veces ni eso. Este año no he suspendido ninguna porque he perdido el año. No he hecho casi nada, he estado deprimida, no me apetecía nada, ni ver gente, ni viajar, ni leer. Por eso me ha ido tan bien; bien, como ellos dicen.
–Ellos…
–Ya sabes quiénes son ellos.
–…
–Si me dices qué asignaturas te quedan, te puedo ayudar.
–Jota dice que hay que saber lo que quieren los profes.
–Es verdad, pero hay formas de contentarlos a todos, o a casi todos. Las mates son más cerradas, pero lo demás es casi todo retórica.
–No lo sé.
–En septiembre no suelen poner exámenes muy difíciles, seguro que eso sí lo sabes.
–Sí, pero nunca me habían quedado tantas.
–Ya…
–…
–Una temporada iba a menudo a la montaña los fines de semana, la playa también me gustaba; hasta hice submarinismo. Entre semana me metía muchas tardes en la biblioteca, descubrí a todos los autores que me gustan. Escribí una novela corta; me encanta, aunque nadie me la publique, me encantó escribirla. Fui a París. Les birlaba bastante pasta a mis padres; nunca han estado tan cabreados. También fui a un templo, no sabía nada de la meditación, o sobre el silencio, más bien. Conocí a un chico; o más bien nos ayudamos a conocernos. Aprendí el lenguaje de signos con mi tía, ella es sordomuda. Fui mucho al cine, nunca he ido tanto al cine, y nunca he visto tanta música en directo. Todos te dirán que todo eso está bien para el tiempo libre. Pero nunca he aprendido tanto. Fue el mejor año de mi vida. Me quedaron siete para septiembre.

14 – Sólo el material

Se han dormido. Hasta roncan. Eso da tranquilidad. Jota sale al paso del sol abrasador, camino a las vías. Aún le queda para liarse un par. De algún modo siempre calcula bien, de una semana para otra. Le encanta la hora de la siesta, la hora de las calles vacías, y a la vez obscenamente diurnas. La hora de la siesta es la única que puede competir con las horas nocturnas en verano. Las horas que la gente repudia, quizá porque también repudian el silencio; quizá porque acude más fácil a ti el pensamiento. Las horas asociadas a la inactividad, la improductividad o el aburrimiento.
Lacras modernas.
Jota camina primero entre casas de barrio residencial, procurando que no ladre el perro de turno. Después baja una cuesta y se aproxima al polígono industrial.
Esta vez no le resulta tan relajante. El sol parece más agresivo y las calles más toscas, arrastra los pies, la gravedad parece ser más exigente; todo resulta más como la gente cree que son esas horas. Hostiles, pegajosamente rubicundas, cegadoras.
Sus pies le llevan de forma natural, su cabeza le grita contradicciones. Todo acaba en la zona silenciosamente célebre de la vía. Su camello no ha llegado. Se llama Víctor (o eso dice), tiene unos diecinueve años, está delgado, fibrado, moreno como la corteza de ciertos árboles. Tiene los ojos claros, pequeñas ojeras. Un chico de delicadas maneras, las cuales contrastan con su oficio, su beneficio y su parquedad al hablar.
Nunca lo hace en ese momento, pero Jota decide liarse un porro. Se lo enciende e intenta mirar una y otra vez al sol. Mira hasta que los globos oculares parecen contraerse.
Pasados cinco minutos, llega a lo lejos Víctor, al que Jota puede ver entre manchas, con su vista aún no recuperada. Pega un par de profundas caladas, puede oír crepitar el papel. Víctor cada vez está más cerca. Cuando Jota se quiere dar cuenta, y abstraído con el sonido de las cigarras, ya lo tiene al lado.
Sin saludar, sin introducción, Víctor:
–No me gusta que la peña se coloque cuando trapicheo.
–Oh…
–Bueno, qué.
–Qué…
–Qué te pasa, tienes lo mío o no.
–Eh…
–Si no lo tienes a mí me da igual, la merca va a otro lado, tío.
–Espera… Sí. Lo tengo.
Jota lo sabe, todo con Víctor ha de ser rápido y efectivo.
Billetes a cambio de una bolsita transparente, llena de verde oscuro.
–Ya pensaba que hoy me hacías perder el tiempo.
–No, tío… –Jota suelta la risa tonta del porrero.
–Bueno, me las piro.
–Oye. Una cosa.
–Qué.
–Qué haces.
–…
–Qué haces esta noche, digo, o mañana.
Jota se le acerca, y, para su sorpresa, Víctor no retrocede. Jota murmura:
–Puedes… Podemos…
Víctor le mira a los ojos y a los labios alternativamente. Jota da el paso.
Víctor cabecea y resopla.
–¿Qué pasa? –susurra Jota– ¿me he equivocado…?
Víctor no suena agresivo, pero, mientras se da la vuelta y se aleja, dice alto y claro:
–Sólo el material… Sólo el material.

15 – En la habitación de Oscar

Pasado el ecuador de agosto.
P.:
–Pensaba que nunca vería tu habitación.
Cinco de la tarde, ventana abierta de par en par, motas de polvo flotando rellenan rayos de sol, la cama revuelta, dos condones usados.
–No tiene mucho que ver.
–Bueno, no tiene por qué.
Tumbados boca arriba en la cama, más estrecha que la de los padres de P.
–Es como si ya se hubiera acabado el verano –dice Oscar.
–El verano tiene valor porque se acaba.
–Ya. Como todo.
–Me gusta cómo hablas.
–No.
–…
–No sé lo que digo la mayor parte del tiempo que estoy contigo.
–¿Por qué dices eso?
Silencio.
–¿Por qué estás conmigo? Eres más lista que yo. No soy como tú, ni siquiera sé lo que quiero.
–Pero…
–Hago lo que tengo que hacer, y se supone que no me puedo quejar, porque me lo dan todo y demás. Pero no sé qué coño pinto aquí, no hago… No me siento bien con dieciséis años, y todos me dicen que es lo mejor que hay en la vida. Y me dicen que soy estúpido y que no sé verlo porque tengo dieciséis años. Y creo que lo dicen sólo porque ellos están peor.
–Ellos no saben lo que dicen la mayoría de veces, P., da igual que tengan más años. Sólo hablan. Buscan sentirse mejor, y muchas veces lo hacen utilizando a sus hijos, primero al tenerlos, y luego al decirles que son idiotas. La experiencia no siempre te enseña cosas; la mayoría de veces sólo son vivencias vacías, porque las viven mentes vacías. Los adultos pueden creerse buenos o realistas, pero muchas veces les da miedo que sus hijos sepan lo que quieren. Cuando alguien sabe lo que quiere, el dinero…
–Pues yo no sé lo que quiero, así que… pueden estar tranquilos.
P. se incorpora y se sienta al borde de la cama. Dice:
–¿Quieres que me vaya?
–No lo sé, P., no sé lo que quieres tú en el fondo. Podrías estar con algún chico de… de la universidad. A ellos parece que les gusta todo y saben lo que hacen. A mí ya me ves… Casi no he tocado los libros en todo el verano. La última vez que mis padres se reunieron con mi tutor, hablaron de que no era mala idea que yo repitiera. Y me han quedado dos. Están siempre con ese rollo de que no saco excelentes porque no quiero. Pero no sé por qué iba a querer si repito. Y no sé por qué sacar mejores notas es mejor. De mayores todos son iguales. O casi todos. Te presionan para que no seas diferente.
P. vuelve a recostarse, mira a Oscar.
–No sabía que estabas así.
–…
–No es tan tarde, Oscar. Tienes tiempo para probar cosas. Yo tampoco tengo muy claro lo que quiero. Casi nadie lo tiene claro.
–No lo sé. Hay algo que me huele muy mal. No soy tan listo para saberlo, pero hay algo… Hay algo que no me cuadra.

16 – Cafetería

Una mesa redonda, pequeña, un rincón soleado en interiores. Centro de Periferia. Todos pueden ver a Toni e Iciar con varios libros. Toni tiene sus apuntes delante. Desde fuera, casi se diría que está progresando. En la mesa apenas hay espacio para los dos cafés. Iciar quiere ayudar, y Toni quiere estar con Iciar, sin más, cosa que Iciar sabe, aunque eso no la amedrente para intentar echar un cable en lo académico.
Llega el momento de aparcar los libros; sirven bocadillos, acuerdan merendar. Los bocadillos llegan y son como de juguete, pequeñas lonchas de queso suave, jamón dulce insípido, pan chicloso. No importa. Estiran el tiempo.
–Estoy harto de escuchar que cuando no sabes algo, hay que preguntar –dice Toni.
–Es un consejo genérico, de perogrullo, la gente los adora porque no es fácil rebatirlos, incluso aunque hagan aguas por todas partes.
–Pero no puedes levantar la mano para decir que la clase no te importa.
–De eso se trata. Estás atrapado, la Educación oficial es apariencia la mayoría de veces. Sirve para la tranquilidad de los adultos, y les exime de una parte de responsabilidad. El problema es que un niño en el colegio, o bien tiene que fingir o bien tiene que sacarse a sí mismo de la ecuación y creer ciegamente. Dentro de lo malo creo que es mejor fingir; saber que las cosas se hacen mal, hacer como que crees que adaptarte a eso es responsable, y luego no olvidarte de quién eres y qué te hace sentir vivo. Obviamente la mayoría de críos optan por creer, porque es más sencillo, y porque se les convence de que los adultos tienen razón por defecto. La mayoría de chavales tienen referentes terribles. Es como fijarse en los monos para aprender buenos modales en la mesa.
–Ya…
–No ha sido buen ejemplo, pero seguro que me entiendes. El papá de turno tiene su nómina, quizá hasta su asfixiante empleo de alto perfil (aunque esté asqueado, de lo cual dirá que es la única opción), y mamá ahora empieza a imitar a papá para autorrealizarse como mujer. Fijarte en un hombre para realizarte como mujer… Ni siquiera se puede decir que los padres que van de modernos sean un modelo mucho más adecuado para los críos.
–He oído… que te querían avanzar un par de cursos, pero no sé si…
–Maté dos pájaros de un tiro cateando siete. Fue hace dos años. Aprendí más que nunca, como te dije, y evité ese rollo de la superdotada. No me interesaba avanzar tres o cuatro años de golpe, no tengo ninguna prisa, porque ni siquiera sé qué quiero hacer aún. Con el ritmo normal de estudios la mayoría ya no saben qué hacer. Imagínate que te quieren meter en la universidad dos o tres años antes de lo habitual (y eso contando con que quieras ir a la universidad). Te convierten en un mono de feria, les encanta hacer jerarquía. Así probablemente acabes explotada también antes de lo habitual, un modelo de productividad. Es una puta trampa adulta, aunque sea inconsciente. No se trata de destacar o ponerse por delante, sino de algo a lo que no te van a ayudar: ser una misma, no conformarse sólo con compartir memes que hablan de serlo. La gilipollez de las medallas y el niño con pajarita en la tele hablando con vocabulario de nobel de física, es una peli de terror. Me parece horroroso.
–Así que no te subieron de curso.
–Aún querían, en parte, porque decían que suspendía por aburrimiento, pero me hice la “adolescente”, en resumen, dejé de tenerles respeto. Funcionó.
–¿Te puedo hacer otra pregunta?
–Claro.
–¿Eres una Valoski?
–No. No todas las Iciar pelirrojas somos una Valoski. Tampoco me molesta que lo duden, pero no pretendo ser como ella. De hecho creo que soy muy distinta a ella. Me llamo Iciar Cuadrado, pero nunca me ha gustado mi apellido.

17 – ¿Nuevos tiempos?

Jota en el hueco ya hecho sobre los hierbajos, sentado, como tan a menudo, frente a las torres eléctricas. Dice:
–¿Nadie más lo percibe? ¿Por qué la gente da por hecho que ya no es como antes? ¿Por qué creen que ahora ya es fácil? ¿Y por qué coño tengo yo que dar explicaciones? ¿Por qué tengo que corregir el prejuicio heterogilipollas de todos? ¿Qué coño significa salir del armario? ¿Cuándo se ha contemplado que un hetero esté encerrado en algún sitio?
»¿Y dónde coño voy?, ¿a locales “de ambiente”? ¿Se supone que tiene que chiflarme la decoración? ¿Tengo que tardar una hora en vestirme? ¿No puedo ser como soy y luego follar con quien yo quiera o se deje?
El sol no contesta.
»Si al menos hubiera sido amanerado, si hubiese vestido ajustado y proclamado unos gustos “abiertamente gays”, ahora no me sentiría en la necesidad de dar tantas putas explicaciones. Y eso sin saber cómo van a reaccionar todos. Tan listos y abiertos como se creen. No voy a poder evitar que mi identidad sexual se propague a los putos cuatro vientos.
»Como si les importara una mierda para qué uso la cama. Progres de postín, mojigatos, homófobos, ellos son los que no salen del armario, deberían publicar lo hijos de puta que son en el fondo. Eso SÍ sería necesario.
»Sólo de pensar que algún hipster hable de mí como “su amigo gay”, me dan ganas de planear una matanza. Los pupitres empapados de sangre hetero, de gilipollas que viven de la pose. Soy una persona, cabrones.
»¿Nuevos tiempos? Su puta madre…
»¿Acaso he mentido por omisión? ¿En qué clase de conversación recurrente tiene uno que decir lo que folla o deja de follar? ¿Tengo que comentarlo en voz alta cada vez que vea un tío que me pone? Ya sé que los heteros lo hacen, ¿pero todos tenemos que hacerlo?
»Mierda.
»Mierda.
»¡MIERDA!

18 – Oscar y Jota

Agosto en su último tercio. Atardeciendo, la hierba aplastada y sus dos habitantes. Las torres mudas y el cableado amputado.
–No lo sabía –dice Oscar–, pero me da igual. No diré nada si no quieres.
–No me importa que lo digas. Lo que me fastidia es sentirme obligado a hacer esto.
–…
–Aún no se lo he dicho a mis padres.
–Tus padres no parecen difíciles de…
–No lo sé, de verdad que no. Mis padres son muy artificiales. Son como esa gente que no sabe dejarse ir y ser natural, o que planifican la naturalidad. No pueden simplemente ser abiertos de mente; sólo se muestran abiertos. Son como políticos de la familia, hacen bandera de un discurso, es más importante eso que actuar acorde a ese discurso. Son como esa gente adicta al debate o la “concienciación”, esa gente que parece que en el fondo no querría que se solucionase nada.
»Cuando les diga a mis viejos lo que hay, seguro que reaccionarán haciendo alarde de comprensión. No me dirán “muy bien, buenas noches” y ya está. Porque no son como dicen que son. Hacen discriminación positiva todo el tiempo. Los fachas por lo menos te lo dicen a la cara. Mis padres me dirán cuarenta veces que no pasa nada, que lo aceptan, que debo aceptar mi naturaleza sin problema y bla bla blá; pero cuando alguien hace eso, creo que sólo intenta convencerse a sí mismo. Todo gira en torno a ellos y cómo se ven a sí mismos, y ese tipo de gente no te da aliento, sólo repiten discursos humanitarios que ambos habéis oído. Es más por ellos que por los putos homófobos por lo que me da pereza todo este asunto. Contra los ignorantes de toda la vida es relativamente fácil fabricarse un escudo, pero la gente que es como mis padres…
–Ya…
–¿Dónde está Toni?
–Su novia le está dando clases. O algo así.
–…
–No te preocupes por mí o por Toni, ya sabes que no rajamos. Haz lo que quieras. Da explicaciones o no las des. Seguro que es un asunto chungo, pero tendrás que darte algo de tiempo. La gente es gilipollas, ya lo sabes.
–¿Y qué tal P.?
–P. … P. está bien. Me aguanta. Creo que le estoy dando la tabarra. Pero de momento me aguanta.
–…
–Es que no quiero ser como esa gente que dices. No quiero ser otra persona con ella. No quiero fingir que soy mejor.

19 – Un sueño

Iciar tira el ramo hacia atrás con fuerza. Es extraño, porque nadie hubiese esperado verla casándose. En algún momento, Jota (invitado, se supone) dice:
–Tarde o temprano, comes pescado.
Pero más raro aún es que luego la propia Iciar, argumenta a voces (mientras varias chicas se pelean por el ramo):
–Chicas… No hay una diferencia sustancial entre estar casada y no estarlo. Simplemente la gente lo asocia a una forma de certificar la madurez de cara a los demás. Así que lo hacen. Lo hacen incluso aunque puedan verlo ya como algo más bien rancio o incluso les dé mucha pereza organizarlo todo. Lo hacen, se muestran ante todos; es como decir “Yo también puedo”. Es la presión, una cultura concreta, la cultura de la presión; la gente siempre cree que su propia cultura es la más lógica. Te vistes de novia y quieres ver a tu hija vestida de novia que a su vez querrá ver a su hija vestida de novia. Es muy complicado parar eso, cada vez parece más difícil evolucionar. Todos quieren encajar y complacer; no les importa qué significa eso, la necedad terriblemente compleja que puede subyacer en eso.
La cara del novio es un borrón color carne, no se puede saber quién es en ningún momento. Es la mar de amable, esa amabilidad fabricada en serie; se le oye sonreír, se pueden percibir sus asentimientos. Va de mesa en mesa. Dice cosas como “¡Esa niña guapa!”. A Iciar le pegaría más tirarse a la vía. Parece un pensamiento colectivo.
Luego la chica (desconocida) que ha conseguido el ramo (ya destrozado), va de un lado a otro y mira a los demás intensamente, altiva, queriendo dejar claro que Ella tiene el Ramo.

20 – Poli Inc.

Un rincón, no especialmente expuesto, pero todo el mundo está en el Poli Inc. Y en ese rincón Iciar mete la lengua en la boca de Toni. Esto sucede durante prácticamente las tres horas que el grupo está (o aguanta, según Oscar), en la sala ya típica de Periferia. Después de que todos lo vean, y sin disimulo, ambos se meten en el lavabo unisex.
–A Toni le va a dar un infarto. Hasta a mí me gusta esa tía –dice Jota.
–Te han robado el protagonismo… –le dice Oscar a los focos.
–¿El protagonismo…? ¿Es que ya lo sabe todo el mundo?
–A mí no me mires. Yo no he dicho nada. Y sé que Toni tampoco.
–¿Entonces…?
Se hace la luz.
Víctor… Mierda. Víctor, piensa Jota.
Víctor es el proveedor de todo bicho viviente habitual del Poli, y Víctor no entiende de armarios.
–¿Ya se lo has dicho a tus padres? –Oscar.
–Sí… ¿Tú se lo dijiste a Toni?
–Bueno. No lo iba a hacer, pero…
–No importa. Ya contaba con ello.
–No le importa, sabes que no le importa. Y ahora menos que nunca.
–Cuando salgan del lavabo, nos piramos.
Quien vuelve del servicio en ese justo instante es P. Tiene la mirada perdida y apoya la cabeza en el hombro de Oscar, en pantomima de agotamiento. Podría contar lo que se oía en un habitáculo cerrado en el lavabo; cosa que no hace. Y dice:
–¿Vamos a donde las torres eléctricas?
La oscuridad, fresca, como un bálsamo después del Poli. Caminan. Jota, Oscar, P., Toni e Iciar. Lo suficientemente borrachos, intentando respetar el silencio, buscando las estrellas que saben no se ven en el cielo de Periferia. Llegan a los hierbajos aplastados. Jota dice que como ahora es gay, puede llegar a la hora que le dé la gana a casa. Oscar dice que no quiere volver a casa. P. dice que se vaya con ella a la suya. Toni no dice nada. Iciar murmura, sin que eso provoque exclamación alguna, que el graffiti lo hizo ella.

21 – Jota e Iciar

Agosto se va ahogando en teóricos preparativos para septiembre. Otra cosa es que los preparativos se lleven a cabo. El polígono, rodeado de naturaleza a fin de cuentas, el aire caliente y las cigarras, las cinco y algo de la tarde, el sonido de un helicóptero alejándose. Caminar entre naves.
–Antes nunca venía por aquí, y ahora a veces hasta vengo sola –dice Iciar.
–Es tranquilo.
–Está casi vacío.
–Y se supone que eso es malo.
–La gente cree que el trabajo más alienante es la respuesta. Lo cual es como creer que el dinero es la respuesta. Por eso precisamente el polígono está casi vacío. Por eso hay tanta gente sin trabajo y sin dinero.
–El pez que se muerde la cola.
–Es por el dolor, en parte; el trabajo por el trabajo, sin más, hace menguar el dolor.
–Duele sacar conclusiones.
–…
–¿Y la vía?
–Yo quiero averiguar hasta dónde puedo llegar. O cuán bajo puedo caer. El suicidio no me atrae, porque la curiosidad me come. Si nos vamos a la mierda, yo quiero verlo desde primera fila.
–…
–Hawkins dice que los robots no serán los que aniquilen a la humanidad, sino el capitalismo. Si es así, no estamos tan lejos de la hecatombe. Quiero ver venir la ola.
–No parece que vaya a ser algo rápido y espectacular.
–No pido más entretenimiento antes de morir, lo que quiero es ver qué cara ponen los escépticos cuando sepan que los fantasmas existen. Quiero verles la jeta cuando descubran que sólo han estado currando para joderlo todo.
El bosquecillo cruje bajo Jota e Iciar, que se adentran en él sin hacer comentarios al respecto.
–¿Qué hace Toni? –dice Jota.
–Toni está manoseando libros de texto. En teoría. Creo que no me hace mucho caso. Quizá hace bien.
–Septiembre…
–El caso es que en septiembre no apruebas, más bien te aprueban. Lo que quieren es que te pases el verano sintiéndote culpable, o haciéndote más rebelde. Las dos cosas les sirven. Si te sientes culpable te pueden decir “te lo dije”, y si no…
–Yo diría que sí te hace caso. No creo que haya hecho más caso a nadie nunca.
–Tú ya sabes a qué nivel me hace caso. Y seguro que también sabes que no hablo sólo del sexo.
–Sólo quería picarte.
–Lo que me gusta de él es que se esfuerza por no ser falso, y la manera en que hace esos esfuerzos. Y yo le intento enseñar justo lo contrario, a fingir con los estudios, los deberes, los trabajos. No es fácil cambiar el chip, ser alguien fuera de las clases y fingir que no lo eres dentro para aprobar. Hacer como que estás vacío casi todo el tiempo es agotador, y es prácticamente lo único que se te exige; tu humanidad o cualidades te van a traer sobre todo problemas.
–Oscar es muy parecido.
–Yo diría que Oscar también es así, pero en menor grado. Toni necesita creer que hay cierta lógica en lo que le rodea, y que la misma puede ser algo atractivo, y no sólo gente legañosa fichando por las mañanas.
–Por eso hiciste el graffiti.
–Lo hice porque él… Lo hice porque me gustaba lo que sabía de él; quizá sin haberle descolocado de alguna forma, si yo me hubiese acercado sin más, me habría rechazado. Lo que más te gusta es a veces lo que más lejos quieres tener. Lo ideal sería poder ver con prismáticos a la persona que quieres, deleitarte, y luego irrumpir en su cama por las noches. Suena retorcido, pero a veces el resto de las cosas que se hacen parecen puro protocolo. Puro desgaste, tanto individual como de la pareja. Un desgaste muchas veces innecesario, y que sólo se hace por adhesión.
–Te reirás de mí, pero hace poco soñé contigo, y decías algo parecido en el sueño.
–¿Conmigo?
–Te casabas con un tío sin cara, un borrón simpático, era un gilipollas.
–Ahora no me dirás que tus sueños son premonitorios…
–No; pero desde que soy gay casi de DNI, sueño cada día con la gente que conozco. Esa clase de sueños que jurarías que no lo son… Lo peor es que después los recuerdo.
Silencio.
–¿Dónde estamos?

22 – Televisión

Iciar Valoski se coloca ante un atril en la tele en todos los telediarios. Septiembre hace estiramientos en la banda.
La prestigiosa científica habla del futuro. Veintitantos. Viste lo suficientemente ajustada, lleva el pelo lo suficientemente suelto. Con ella también parecen importantes los detalles, a los que ella parece fingir no dar importancia.
–Es la línea de pensamiento clásica –dice Iciar–, fingir en la vida (fingir que vives), y no sólo sobre el papel para sobrevivir a los gilipollas.
Las manos de Valoski, finas, primorosas, uñas brillantes, cuidadas; sus pies en unas sandalias de tacón alto. Su pecho abultado, su culo conformando la guitarra. El vestido negro, un casi imperceptible colgante que parece de oro. Pendientes minúsculos en una cueva de cabello naranja y estridente (aunque natural). Boca pequeña, labios pintados de algún tono suave. Cejas finas, ojos grandes, nariz pequeña. No se intuye mucho maquillaje en la cara, las pecas están a la vista, también las de su escote. Los fotógrafos no dan abasto.
–Nadie la escucha –murmura Iciar.
–Yo sí, y no sé de qué habla –dice Toni.
Los padres de Toni están a mil kilómetros. Alguien ha muerto. Toni no está seguro de quién; alguien, un amigo de la familia, muy mayor. La cama de los padres de Toni está revuelta, la tele frente a ella es aún de las culonas. Se hace algo raro ver en ella a Valoski, que es algo así como el símbolo de la ciencia-ficción de la vida real.
–Nadie la escucha –repite Iciar–, están todos embelesados. Sólo es algo con lo que poner a currar a los cámaras y los fotógrafos.
–Ya…
Son las tres de la tarde. Pero está nublado.
–Fíjate, la mayoría de los asistentes son tíos de más de cincuenta tacos. Del ramo, sí, pero sólo han ido a ver el espectáculo.
–Creo que he oído algo de robótica.
–Aunque esa chica estuviera dando pruebas sobre por qué mañana se acaba el mundo, con ella el sexo seguiría siendo más importante.
–El sexo es la noticia.
–Casi siempre está presente. En las presentadoras, las chicas del tiempo, los anuncios… Es tan evidente que ya está como escondido a plena vista. Lo suelen hacer con las tías, pero también lo hacen ya con los tíos; generalmente lo estúpido se expande a los dos géneros; ahora las tías se hacen las duras, y los tíos se depilan. Además, si nos entretenemos demasiado en debates sobre sexismo o machismo, y aun con mucha razón, eso sigue siendo interesante para las élites, saben que todo ese rollo ya no pasa de ser un entretenimiento. El capitalismo está muy por encima de todo eso, va varios pasos por delante; es de perogrullo que si a partir de mañana se vendiera más enseñando variedad (tíos del montón o vecinas de al lado con cuello alto), se extinguiría parte del discurso sobre el sexismo o el machismo instaurado por el patriarcado, habría que renovar las etiquetas. El asunto es mucho más complejo que un montón de tíos haciéndose los machitos. Mientras busquemos motivos cerrados con los que indignarnos, no podremos ni acercarnos a tener una visión de todo el espectro del problema. Es un problema increíblemente complejo de actitud global, de egoísmo patológico a nivel internacional, y de eso no se están librando ni los hombres ni las mujeres. También hay y ha habido mandatarias voraces y crueles. Operan con los mismos principios que los tíos. Y ni se te ocurra decir por ahí lo que pienso sobre todo esto, aún lo estoy madurando. No quiero tener a un montón de activistas de Periferia arreglando el mundo a base de insultarme “justificada y educadamente” por no usar la misma terminología que ellxs.
–…
–Pensar es mucho más difícil que ver, por ejemplo, un anuncio estúpido (misógino simplemente para provocar) y convertirlo en símbolo de todo lo que va mal. Eso es lo que yo creo.
Se desata una tormenta fuera. Se oye un trueno ensordecedor. Iciar dice:
–Vaaale.

23 – Tormenta

La habitación de Oscar, ventana cerrada, ambiente postcoital. P. de pie frente a la ventana, viendo caer las cortinas de agua. Dice:
–Casi no se pueden ver ni las torres desde aquí.
Ocho de la tarde.
–No sé por qué –dice Oscar desde la cama–, pero a veces me gustaría ir allí cuando llueve así. Sin paraguas. Ir como si hiciera sol y sentarme en los hierbajos bajo a lluvia.
–Por cierto, ¿no tienes comida, no?
–Tendremos que pedir pizza o algo así… Pero luego nunca voy, llueve y me quedo aquí embobado, mirando por la ventana.
–Si fuera una peli, ahora saldríamos, iríamos corriendo hacia las torres. Sería la escena romántica de juventud.
–En las pelis no te enseñan la pulmonía de después.
–Tenemos las imágenes de libertad que nos han metido en la cabeza. Ser libre no implica necesariamente empaparse en una tormenta. Hay leche embotellada, patatas de bolsa, y también libertad de diseño. Da igual que no sepas qué coño quieres o te gusta, la gente compra la libertad en Decathlon, normalmente porque lo que saben hacer es comprar. Ser libre es otra historia.
–Diseño… Como saltar de aviones, puenting, bajar un río en kayac…
–Depende de la moda. Hay gente que salta de un puente sólo por la imagen de libertad asociada a ello. Luego confunden el subidón de adrenalina con vivir a tope y libremente, y el lunes vuelven a cagarse en todo. Aunque puede que a ti te guste de verdad la lluvia.
–No lo sé. Aquí siempre hace sol, por eso me gusta la lluvia.
–Si un día haces puenting o paracaidismo, si quieres aprender algo no tomes nota de los turistas, toma nota de los monitores. Es lo que haría yo.
–Mejor maestro que aprendiz…
–Lo decía más como lección vital. Pero para mí ser aprendiz de todo y maestro de nada es una huida hacia delante. Puede funcionar, vas tirando; pero nunca alcanzarás las cotas de placer de quien profundiza en las cosas.
–…
–Nadie se conforma con un besito y magrearte las tetas por encima de la ropa; y justo eso es lo que hacen con la vida.
–Me gustaría tenerlo tan claro.
–No me hagas mucho caso, soy joven. Eso te dirán. Me flipa cómo la gente quiere verte en el barro. Eso de que los padres quieren que sus hijos triunfen es una patraña, lo quieren igual que querrían dejar sus trabajos al uso e intentar algo que les llenase de verdad. Al final sólo es una fantasía; al final la mayoría quieren que hagas lo mismo que ellos, desconectarte, quizá sentado. Lo que me pregunto es por qué creen que eso es lo responsable. La mayoría no creen en el paraíso después de la muerte, pero opositan para entrar en él. Es como si jugarán al Después de la muerte, y no al Antes. Y encima creen que los jóvenes somos demasiado ingenuos. Todo esto no tiene que ver con la ignorancia de los jóvenes, sino con con la elaborada cobardía de los adultos, y cómo la justifican.
Silencio.
–Lo que quieras, pero me van a follar en septiembre.
–¿Qué día es?

24 – Precoces

Vuelta de hoja en el calendario. Víctor dice:
–Tened cuidado con esas tías.
–He perdido la cuenta de las veces que me han dicho eso –dice Oscar.
–Yo iba al mismo colegio que ellas. Estaba tres cursos por delante, pero hasta así oía hablar de ellas.
–Nos vas a contar una historia –murmura Toni, desalentado.
–Ya os la he contado. Yo estaba tres cursos por delante y oía cosas sobre ellas. Tres cursos son mucho. No os voy a contar ninguna historia porque sería mentira. Pero la fama es en sí misma una historia.
–Me pierdo. –Oscar.
–Yo ya sé el rollo de la superdotada… –Toni.
–Eso son migajas –interrumpe Víctor–. Las dos pasaron por despachos por eso, reuniones de padres y profes y ese rollo.
–¿Las dos? –murmura Toni.
–Normalmente si quieres saber cosas de P. tienes que escuchar a Iciar hablar sobre sí misma. Lo bueno de P. es que puedes confiar en ella. No puedes decir eso de casi nadie. Todo el mundo lo larga todo.
Silencio.
–No os quiero meter miedo –añade Víctor–, de hecho tengo entendido que ahora están muy tranquilas. Qué sé yo, tampoco las conozco tanto. Normalmente me limito al material.
Aunque no intervenga, también está presente Jota. El silencio es el nuevo amigo de Jota. El tren pasa a tres metros de ellos, sentados en el polvo aún húmedo. Empieza a oscurecer, y no muy lejos las torres se recortan contra la luz de amarillos, naranjas y rojos. Cada vez más rojos. Las luces interiores del tren ya encendidas, cada pasajero mirando un momento al grupo. Mientras el gusano se aleja, los chicos se vuelven un momento hacia la mancha oscura de las vías.
–La gente habla sobre vosotros –dice Víctor.
–Me cuesta creerlo –murmura Oscar.
–Venís siempre por aquí, os aisláis, y ahora dos de vosotros comenzáis a salir con P. e Iciar, tiene huevos…
–Me he perdido… –dice Toni.
–Esas chicas son como… ¿Sabéis cómo las llamaban en el centro?
Silencio.
–Hermanas Halloween… Porque son todo calabazas…
–Sigo perdido…
–Esas tías ya han dado más calabazas que todas las demás juntas de Periferia. Desde los doce años no hacen otra cosa. Han tenido que batir algún récord.
–Víctor, eso les da igual… –murmura Jota.
–Y creo –continúa Víctor– que se han liado con vosotros sólo porque vosotros ni sabíais que existían.
–No estás muy bien informado… –Toni.
–Vale, sabíais que existían, pero, dejando de lado el Poli, el resto del tiempo os venís aquí a hacer el ermitaño. O ha sido un plan muy retorcido por vuestra parte o ellas os han salvado de que os tiréis a la vía…, cosa que de algún modo hace que se mojen.
–No le escuchéis –dice Jota–, a veces le da por dar sermones de camello enterado.
La noche comienza a arañar la puerta. Se hace el silencio entre los chicos. La zona parece propicia para eso, para que el silencio no sea incómodo. Víctor le pasa una bolsita a Jota, pero Jota no le da nada a cambio. En algún momento, todos se levantan, se sacuden los pantalones. Es mejor largarse ya. Septiembre no invita a relajarse. Septiembre viene con fronteras, líneas límite y todas las celdas que la gente ha aprendido a amar y respetar.
Oscar y Toni se movilizan, se detienen en un aparte, esperan. Jota se queda un momento atrás con Víctor. Se dan un beso en la boca, se susurran algo. Toni dice en voz baja:
–Les doy un mes.

25 – Iciar y P. frente a las torres

Iciar: Te noto más abierta que antes.
P.: ¿Eso va con segundas?
Iciar: Sabes que odio a la gente que habla con segundas.
P.: No soy más abierta que antes. Sólo ha cambiado mi rutina.
Iciar: A mí me preocupa una cosa.
P.:
Iciar: No me da miedo el futuro.
P.: Pues tus padres deben estar histéricos con eso.
Iciar: Creo que mis padres me tienen miedo a mí. Creo que ya saben que no es fácil manipularme.
P.: ¿En qué van a basar su educación entonces?
Iciar: Creo que están muy perdidos, desconcertados. Por fuera intentan demostrar orgullo de hija o algo así, pero por dentro…
P.: ¿No discuten?
Iciar: No. No, porque ahora no tienen motivo, en teoría. Tampoco he pegado la oreja a la puerta de su habitación. Pero me tienen mucho miedo, eso lo tengo claro. Ya casi no les hablo. Sólo para nimiedades. Cuando he intentado abrirme, acaba flotando en el ambiente la idea de que su vida no ha tenido sentido.
P.: Mis padres saben menos, así que sienten menos. Nunca me he abierto con ellos de verdad. Nunca le he visto sentido a semejante cosa. Son sólo gente con suerte, disfrutan de una herencia. Creo que no quieren que el hecho de tener una hija les estropee la fiesta. Les educaron en la idea de que tener mucho dinero es la máxima aspiración, como a todos, aunque esa idea se disfrace de mil formas. Ahora tienen ese dinero, así que se limitan a intentar convencerse de que no pueden estar mejor. Si cateo alguna, fingen que les preocupa. No sé cuánta pasta heredaron, pero creo que de rebote eso ha hecho que sean mucho mejores padres. No intentan moldearme según el imperativo de la rueda de la producción. La mayoría de los padres regalan a sus hijos a la burguesía. Es como meterles a currar de criados en la gran mansión de algún tirano. Creen que sus hijos no deberían aspirar a nada más; y cuando se les habla de aspirar a algo más, se creen que vuelves a hablar de dinero. Mis padres no han necesitado ser así, así que, sin querer, me han dejado espacio para ser una persona y no un cromo repetido.
Iciar: Olvidas el rollo de la superdotada.
P.: Oh, eso supongo que les gustó, durante un rato al menos. Pero luego en realidad les dio un poco igual, porque rentabilizarlo no tenía sentido. Sólo piensan que tienen una empollona en casa.
Iciar: Mis padres se adhieren al pensamiento de que intentar hacer algo poco habitual es buscar un camino fácil que no existe. Si escribes o pintas o decides que no quieres acabar en una puñetera oficina, creen que quieres dar el pelotazo, que quieres convertirte en J. K. Rowling. Es muy importante para ellos hacer hincapié en la inmadurez. Es una encerrona, porque obviamente lo asocian todo a la edad. Y luego lo harán al nivel de ingresos.
P.:
Iciar: Esto es lo único que nos faltaba.
P.: El qué.
Iciar: Venir aquí solas a arreglar el mundo. Como si no tuviéramos ya fama de raritas.
P.: No pensaba que eso te preocupase.
Iciar: No me influye. Y tampoco me preocupa. Pero no soy capaz de seguir leyendo hasta que no echo a la mosca de la habitación. Ese puto zumbido constante…, tienes que vivir con él a gran escala. Y no tengo ganas de hacerme budista.
P.:
Iciar: Te hacen sentirte culpable por no celebrar tu cumpleaños, por no estar atenta al de los demás, por no ser detallista en lo material, por no hacer la mueca adecuada, por no ser una princesa, por no mirar embobada a los tíos, por no declararte feminista, por no ir cargada de etiquetas, por no vestir, por no lucirte, por no aferrarte al puto calendario, por no ser militante, activista, de alguna tribu, de algún grupo, de algún equipo de fútbol…
P.:
Iciar: Soy una esclava de mi época, vale, pero que me dejen ser la esclava que a mí me dé la gana…
P.:
Iciar: Ya te estoy dando la murga.
P.: No, la verdad es que estoy bastante sorprendida, no sueles hablar tanto.
Iciar: Creo que es porque ahora le doy la murga a Toni. Se ha abierto la veda, y estoy empezando a hacerlo con todo el mundo. Excepto con mis padres, claro.
P.:
Iciar: Y está claro que no es buena idea. No puedes exponerte tanto. Además nunca sabes explicar exactamente lo que piensas. Te acabas yendo a lugares comunes.
P.: En los exámenes es práctico dar la murga.
Iciar: Ese es el problema, estoy demasiado acostumbrada a hacer el papel, y lo acabo haciendo sin querer en la vida real.
P.: ¿El colegio no es la vida real?
Iciar: ¿Me estás tirando de la lengua? Ahora lo hacéis todos…
P.: Sólo aprovecho que se ha abierto la veda…
Iciar: El colegio es un concurso de preguntas y respuestas de televisión pública. Hasta creo que la gente que va a esos concursos tiene libros específicos de cultura general para estudiar. Si todo ese rollo fuera efectivo, todos los jubilados serían unos genios, son yonquis de ese rollo.
P.:
Iciar:
P.: Cuando tenía nueve años estaba enamorada de un profesor… Luego le vi una vez por la calle, fuera de contexto. Iba con una chica, una rubia que me recordaba a una niña de mi clase. Una niña que me parecía una estúpida. A partir de aquel día, cuando vi a aquel profe sobarle el culo a aquella idiota, algo me comenzó a descuadrar. Alimenté aquella sensación, aunque me olvidara pronto del profe. Con doce años, para una redacción de tema libre, escribí todo lo que no me gustaba y aburría de las clases. Sin ninguna falta de ortografía, con letra de niña, redonda y clara, cada i con su punto. Se titulaba “Yo”, con comillas. Dos días después estaba en el despacho del director con mis padres. Ahora creo que lo que más les molestó fue el título. Sonaba reivindicativo; creo que me imaginaban a corto plazo con tatuajes, con media cabeza rapada y lanzando huevos a alguien con traje. Fue entonces cuando comenzaron a contemplar lo de la superdotada, comenzaron a ponerme pruebas. No sé… Creo que era su forma de devolverme al redil. Ellos pensaban que me aburría en las clases porque me parecían demasiado lentas o elementales; cuando lo que pasaba es que yo quería huir justo de aquello en lo que aún me querían hundir más. Era como si durante un violación, la chica gritara de dolor, y el zopenco de turno pensase “Le va la marcha, hay que darle más fuerte”. Ahora soy como una botella de dos litros repleta de gas, esperando a que alguien me abra para mancharle la puta ropa de marca. Muchos de los chicos que acaban provocando una matanza no suelen ser asesinos; sólo van en paralelo con el sistema, saben verlo desde fuera. Un click menos, una llamada menos de teléfono, y hubiesen sido un oficinista más.
Iciar: Bueno… Víctor seguro que te puede conseguir un AK-47…
P.: Veo que te he impactado…
Iciar: Pues sí, aunque creas que no.
P.: Pero sobrevaloras a Víctor.

26 – De vuelta

Entrado septiembre, Iciar y Toni pasean por el centro. Periferia por la mañana. Sólo el sol arriba.
–Fíjate. Ya han vuelto todos de sus misiones para conseguir fotos –dice Iciar.
–Ya no hay nadie de vacaciones.
–La luz cambia, sobre todo por las mañanas. Aunque aún haga calor, algo te dice que ya no tiene sentido hacer cosas como ir a piscinas al aire libre.
–Ya…
–No te veo muy fino, Toni.
–Estoy nervioso.
–…
–…
–No le des tanta importancia. Te van a pasar, te aprobarán. Si has “rellenado”, como yo te dije. Si ellos han notado el “esfuerzo”, no te van a catear.
–A Oscar ya le han dicho los resultados, está aprobado.
–Y qué debo inferir de eso…
–Que creo que prefería que hubiese suspendido…
–Estamos programados para eso, perder juntos o ganar juntos. O estar en la mierda juntos. Siempre que estemos juntos y seamos iguales, la norma dice que nos tenemos que sentir mejor.
–Yo creo que sólo es lo que dice mi padre: mal de todos, consuelo de bobos.
–Para mucha gente, en la convivencia, sólo suele haber una cosa que provoca más placer que ver a tus amigos triunfar, y es verlos triunfar, pero menos que tú. Aunque es verdad que también hay mucha gente a la que le gusta ver a los demás fracasar. Eso mueve cantidades ingentes de dinero. Hay medios dedicados sólo a eso.
–…
–De todas formas, si tuvieras tantas ganas de que Oscar suspendiera, seguramente no habrías sacado el tema.
–No lo sé. Si su suspenso provocara mi aprobado, hubiese firmado.
–Esos supuestos no tienen sentido, Toni. Además qué crees que va a pasar. Dentro de diez años el miedo que tienes ahora te dará para una anécdota rápida. No quiere decir que se pueda evitar el sufrimiento, pero piénsalo.
–No lo sé. Me siento mentalmente agotado.
–Vamos a desayunar. No es que así se te vaya pasar.
–Vaya.
Después. La cafetería del centro en la que ya hicieron sesiones de estudio. Chicos y chicas bronceados, pasando fotos en el móvil. Iciar y Jota se acomodan en el rincón interior habitual;
–Si te fijas en sus caras –dice Iciar en voz baja–, verás que la mayoría de veces quien más disfruta con las fotos es quien las enseña. Los demás sólo esperan a que acabe. Es el primer ritual tedioso del año.
–¿En septiembre?
–Nadie en su sano juicio cree en el fondo que el año empiece en enero. Que salgan de fiesta en nochevieja no significa nada. En muchas fechas señaladas salen y no saben ni qué coño se conmemora o celebra. Están acostumbrados al “sí, bwana”. Enero es como la puñetera mitad del año.
–El calendario.
–El calendario manda más en muchas personas que ellos mismos. Es aterrador, si lo piensas.
–…
–A muchas personas les gusta que les den permiso, para todo, les chifla. Están acostumbrados a quejarse y luego echar de menos aquello de lo que se quejaban. Es como un síndrome de Estocolmo a escala planetaria.
Silencio. Pero el silencio entre ellos se rellena de conversaciones mezcladas, algún gritito ocasional, cucharillas al contacto con tazas, el olor del café, la puerta abriéndose, el rumor del tráfico fuera. Las nueve y media de la mañana.
–Cada vez me molesta más el ruido.
–A nuestra edad se supone que deberíamos amarlo.
–No es que aquí haya mucho ruido, pero…
–Estás hablando del silencio.
–Sí.
–¿El silencio aún no es hipster? Lástima.
–Es hipster escribir sobre él.
–Has dado en el blanco.

27 – Fiesta mayor

El grupo en la feria. Caminar entre atracciones y puestos de tiro. Músicas mezcladas, tierra, familias, amigos reunidos, ruido, septiembre en velocidad de crucero. Oscar dice:
–Supongo que más tarde iremos donde las torres.
–¿Es una afirmación o una pregunta? –Jota.
–Significa que le encanta la feria –P.
–¿Y eso es sarcasmo o es sarcasmo?
–A mí me gusta la feria –dice Iciar–, durante unos diez minutos.
–Acabamos de llegar. –Toni.
–Sí. La cuenta atrás comienza.
–No seáis tan previsibles. No estamos en los noventa –dice Jota–, seguro que si lo intentáis, os podéis divertir.
–Nueve minutos.
–Tengo que encontrar a Víctor.
–Se destapó la liebre –dice Oscar.
–¿Has quedado con Víctor en la feria? –Iciar.
–Me imagino a Víctor antes construyendo las atracciones que montando en ellas. –Toni.
–Vaaaale, en cuanto encontremos a Víctor, quemamos la feria y nos vamos, no os preocupéis, no era mi intención exponeros a tanta gente sonriente.
Más tarde. Las torres parecen vigilantes, conscientes del paso del tiempo, conscientes del cambio de temperatura, conscientes, en definitiva, de que vuelven a no estar solas.
Y Víctor lleva dos maletas, por las que nadie le ha preguntado. Todos excepto él se sientan en los hierbajos conocidos. Las torres están a unos cincuenta metros. Víctor se dirige hacia una de ellas con ambas maletas.
–¿Tu novio tiene lo que se dice algún plan? –Iciar.
–Sólo ha estado haciendo experimentos, creo que quiere probar una cosa. –Jota.
–Eso no me invita a pensar en nada constructivo –dice Toni
–La gente está en el centro, están con su ruido, y a nadie le importan las torres.
–¿Qué está pasando? A me importan –dice Oscar.
–Hay como diez torres, no te preocupes.
Cinco minutos después, la explosión resulta más potente de lo esperado. De lo esperado por Víctor, claro. La torre se mueve, coge un ángulo cada vez más cerrado, bañada en luna llena. Es como si hubiese estado esperando a que alguien la librase de su sino, de permanecer inerte, ignorada por casi todos, y también inútil para su cometido.
Algunas personas, desde la feria, llegan a oír el ruido. El ruido por encima del ruido. Una niña le pregunta a su madre:
–¿Dónde ha sido eso?
La cual, parece que instintivamente, contesta:
–Donde las torres eléctricas.

28 – Arranca el año

Oscar sentado, pero no sobre hierbajos, sino en el sillón de tres plazas del salón de su casa, o de casa de sus padres, los cuales hablan, hablan de un futuro infernal.
Toni despertando, su madre deambula por la habitación, Toni se incorpora. Su madre le dice que al día siguiente le costara horrores madrugar, porque no ha cambiado el horario gradualmente como ella le aconsejó.
Iciar en la ducha.
P. sola en la terraza de su casa, de la casa de sus padres, fuma. Sus padres gastando más de la cuenta en otra franja horaria.
Jota sentado en la taza del váter, Jota lavándose los dientes.
–Los hombres piensan en follar; la mujeres piensan; eso piensan los hombres –dice Iciar, por la tarde, el culo sobre los hierbajos.
–Quería invitaros a una especie de fiesta con colegas de Víctor –dice Jota–, pero me dais un poco de miedo. ¿Ese día podríais hablar acorde a vuestra edad?
–No sé a qué te refieres.
–Me refiero a no hablar, sonreír, colocaros y decir de vez en cuando “ey”.
–Nos colocamos.
–Pero luego flipáis muy por encima de la media. La peña, cuando se coloca, dice bobadas y se ríe. Vosotras empezáis a usar alguna especie de bisturí dialéctico para arrasar con todo.
–¿Bisturí dialéctico para arrasar con todo? –murmura P.–, y nosotras somos las rebuscadas.
–¿Víctor ahora va a dedicarse al tráfico de armas? –dice Oscar.
–Más uno –dice Toni.
Coincide para todos, es el último día antes de las clases. Una torre menos, pero siguen erectas el resto. Está atardeciendo otra vez.
–Sois unos paranoicos. Víctor mezcla, prueba, constata.
–Pues tenía toda la pinta. –Oscar.
–Hace eso con todo. Se llama vivir.
–Se llama explosivos de fabricación casera.
–Se llama líos por venir –dice Toni.
–Tu novio está muy parlanchín desde que el mundo académico le vuelve a aceptar, Iciar.
–La verdad es que no. No lo está.
–No lo estoy.
–Os veo muy tranquilos ante el comienzo real y no oficial del año.
–Es la calma del día anterior –dice P. –Gastas los nervios los días de antes. Tanto que el último día estás como si te la sudara todo.
–Eso está bien, podrías hablar así con los colegas de Víctor. Así como máximo.
–Tus nervios claudican –dice Iciar–, yo creo que es un rollo de autodefensa del organismo. Mañana por la mañana, justo al despertar, nos crecerá en el estómago de golpe todo lo que hoy nos es indiferente.
–Así ya no tanto. Claudicar, autodefensa, indiferencia… Demasiado.
–Yo lloro cada primer día de curso, por la mañana –sigue Iciar–. Mi madre cree que es pura emoción, que hay varios motivos para ello. Pero sólo hay uno: no quiero volver a un pupitre.
–Mi madre cree que estoy deseando volver a ver a compañeros y profesores –dice P–. Creo que alguna vez de pequeña debí balbucear algo sobre eso. O puede que ella misma se lo haya repetido como un mantra, y crea que fue de mi cosecha. Se habla siempre de la sabiduría y la capacidad de amar de las madres, pero yo creo que a veces no hay nada más torpe que una madre, incluido su amor. A veces sería más adecuado dejarse aconsejar por alguna clase de madre externa no consanguínea, de la misma forma que no vas a un médico al que conoces personalmente para que te atienda.
–Es verdad. Aunque ese histerismo emocional de las madres a veces hace que te entiendan cuando menos te lo esperas –dice Oscar.
–Lo peor es que estáis contagiando a mis dos colegas de toda la vida –dice Jota–, ahora de repente reflexionan en voz alta.
–Mi madre se limita a respirar y tender la ropa y cosas así –murmura Toni–, siempre que pienso en ella es haciéndose a un lado mientras mi padre me echa la bronca o me da una hostia.
El sol, yéndose, no responde. Los colores de la tarde ganan en tonos lúgubres. Es como la venida de la última noche de los tiempos. Algo en lo que piensa Jota, que murmura:
–Cthulhu va a venir a comeros los genitales.
Se levanta y se sacude los pantalones. Parece dirigirse hacia el bosquecillo. El final del atardecer es un cúmulo de finas nubes rojas. Los demás siguen a Jota, ya sin decir nada, como si todos se fuesen con el sol. Quizá piensan en más horas de la siesta en aulas. En más paseos que no darán. Más ideas que se perderán, extinguiéndose ante una pizarra llena con las ideas de otros. Quizá piensan que las oportunidades no se pierden, sino que la mayoría de veces te las arrebatan. Puede que piensen por primera vez en su vidas; que lo hayan hecho por primera vez este verano; y que la gente pensará que hablan de sexo si lo llegan a decir en voz alta. Quizá piensen que aún pueden recogerse a sí mismos del suelo manchado de tiza. Puede que eso sea suficiente para no pensar en las vías.
Desaparecen dentro del bosquecillo. Nadie quedará en un tiempo donde las torres eléctricas.

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50 relatos de Grey (50 de 50) – Carta abierta a Khatia Buniatishvili

Quiero que sepas que este texto es el que cierra una larga serie de relatos autoconclusivos o abstracciones, y que me da un poco de vergüenza (aunque no suelo tenerla para escribir), y que sólo lo escribo porque sé que hay una posibilidad entre un millón de que jamás lo leas o alguien te lo traduzca (si es que no sabes español, cosa que no me extrañaría).
Quería poner el título en georgiano, pero es como el chino para mí, no tengo ni idea, y google sí me traduce “Carta abierta a Khatia Buniatishvili” al georgiano, pero luego al intentar traducir lo que me dice que es esa frase en georgiano al español (como comprobación), sale algo como “La Fuente, icono Buniatishvili”. Así que no sé si lo hago bien o si se equivoca el traductor o si soy yo quien se equivoca. De modo que he decidido escribir el título del texto de la única forma que sé. Sé que sabes otros idiomas más fácilmente gestionables para mí (francés, inglés, etc.), pero la gracia estaba en hacerlo en tu idioma natal. Eso convertiría el título en algo exótico y desconcertante para el lector potencial, que, por otro lado, quizá buscaría traducirlo con google, y no quería que se encontraran con eso de “La Fuente, icono Buniatishvili”. Odio los traductores y la informática más o menos tanto como te quiero a ti.
Las cartas abiertas suelen tener casi siempre connotaciones políticas, o algún tipo de intencionalidad altruista. No sé si esta vez será así. Creo que esto es más bien una carta de amor. No sé si será de las buenas, pero algo me dice que muchas de las buenas jamás llegarón a su destinatario/a. Eso es deprimente, pero me gusta. Muchas de las cosas que me gustan son deprimentes, al menos para los demás.
Tampoco voy a entrar a definir de qué clase de amor hablo, ni enrollarme con lo de que hay muchos tipos de amor. Yo sé a quién quiero, eso debería bastar aquí.
Los motivos no serían fáciles de precisar, pero sería necio decir que no fue una foto tuya lo primero que me atrajo. Te vi en el periódico, el artículo era sobre un concierto tuyo. A veces llevo una libreta para apuntar ideas (así de talentoso me creo), aunque más bien la uso como agenda, o para poder recordar cosas como tu apellido…
Luego –otra vez tengo que evitar ser un necio– busqué más fotos tuyas por internet. No tengas miedo de que llegue el momento en que te confiese si alguna vez me he tocado o no con ellas. No voy a decir ni si sí, ni si no, o si mucho o poco. Una cosa es cierta, para eso no suelo usar fotos de mujeres a las que admiro, o que me son familiares de alguna forma. No sé por qué es así; necesito cierto grado de distancia con el porno o lo que uso como porno. Esto no quiere decir que no sea tan depravado cuando cualquier otro tío hetero, pero tengo mis manías.
Me toca también decir que no soy ningún experto en música clásica. Soy más bien de la hornada indie de a principios de los años 2000, cuando tener el primer disco de los Strokes o (luego) de Artic Monkeys, era igual a ser alguien con buen gusto, o al menos con gusto de algún tipo. Ya te puedes imaginar: Radiohead, Massive Attack, PJ Harvey…
No quiero parecer como esas personas «abiertas» que dicen que les gusta todo tipo de música, y que luego lo más que hacen es poner la radio en el coche y pillar una turca cada vez que pueden. Pero es cierto que todo lo que es música me llama la atención. Y también es cierto que seguramente disfrutaría más en un concierto de música clásica que en uno de jazz clásico (y a conciertos de jazz sí he ido…). No se puede tener oído para todo, y no todos crecemos en hogares de gustos exquisitos (no juzgo tu infancia, no la conozco…).
He escuchado muchas veces Motherland, y he visto montones de vídeos con interpretaciones tuyas. Debo reconocer que siempre prefiero los vídeos en que estás sola al piano; creo que el piano con acompañamiento de orquesta lo disfrutaría mucho más en directo. El vídeo lo filtra todo, lo cambia, de alguna manera. Es posible que a veces lo más pequeño o minimalista, lo más delicado, luzca más que las grandes orquestas demostrando todo su potencial. Youtube está muy bien, pero tiene sus limitaciones… (algún día espero poder verte en directo).
Tu belleza acaba siendo hipnótica, y sospecho que cada vez que comparto alguno de tus vídeos por redes sociales, es posible que todos estén haciendo algún tipo de lectura «pseudofreudiana» de mi sinceridad sobre cuánto me gusta la música clásica. Ya sabes lo que pasa con la música clásica. Insisto en que no soy ningún experto, pero creo que lo que pasa con la música clásica es que es justo lo que hay al otro extremo de la vida tal y como la entiende la mayoría de la gente. Apenas escuchan ya discos enteros de rock, así que imagínate con la música clásica. Creo que lo que deben pensar muchos cuando comparto un vídeo tuyo, es simplemente que estoy enviando el mensaje que cualquiera entiende: «Sí, sí, qué bonito el piano, pero fijáos en lo buena que está».
Estoy seguro de que has pensado en estas cosas. Puede que incluso te hayan dado algún problema. Pero soy completamente sincero cuando digo que flipo (FLIPO) cuando tocas piezas de Prokófiev. La primera vez que te vi tocar el Precipitato, dudo que viera ese vídeo menos de diez veces seguidas. Es una locura, y creo que a estas alturas me la sé casi de memoria.
En ninguno de los posts de esta serie he incluído vídeo, pero sí lo voy a hacer en este.
¿No es bonito enamorarse y que no se trate necesariamente del empacho habitual de las parejas recurrentes? Hay una película de Spike Jonze (Adaptation, no sé si la habrás visto) en la que Nicolas Cage interpreta a unos hermanos gemelos. En una escena particularmente dramática, uno le confiesa al otro que, en el instituto, una chica se burlaba de él con sus amigas, mientras él pensaba que era la chica de sus sueños y que la quería. ¿No te dabas cuenta de que se burlaba de ti?, le decía. A lo que el otro hermano, sin atisbo de disgusto, le dijo que lo sabía, pero que le daba igual, que eso era problema de la chica, no de él, y que «uno es lo que ama, no lo que le ama».
Aunque en la peli se referían al amor romántico y no a otro tipo de amor, más genérico, quizá más lo que hay en estas líneas, creo que ese principio es una gran verdad. Aquí hay una clara barrera idiomática, muchos kilómetros de por medio y circunstancias completamente distintas. Tú podrías ser perfectamente la chica que se burla de mí con sus amigas.
Pero me da igual.
Lo que yo siento no pierde un ápice de valor. A pesar de lo que seguirán contando los fans de Cupido, el amor no es el puñetero día de San Valentín, no es necesariamente gastarse una pasta, ni casarse, ni hacer viajes a tomar por culo a donde haya palmeras y daiquiris. El amor no es un meme hortera ni una frase forzada para conseguir sexo; no es purpurina ni un morreo en una discoteca. Para mí el amor no es sacrificio ni tampoco tumbarse a la bartola. El amor no es necesariamente pasear agarrados de la mano. El amor es, por ejemplo, verte a ti tocando el piano.

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50 relatos de Grey (49 de 50) – Asco

Les presento a mi hija. El año que viene se va a (nombre de la universidad aquí), y además ha sacado la nota de selectividad más alta de su promoción, nada más y nada menos que un (nota más alta de su promoción aquí). Quiero anunciarles, también, que este chicarrón que está aquí con ella ya se ha licenciado, y comenzará a ejercer en mi bufete a partir del mes que viene. Soy un padre orgulloso, debo decir, y tengo mucho dinero. Sé que esto no se suele decir, pero vosotros ya lo sabéis, y a mí me encanta convertirlo en sonido: tengo mucho dinero. (Se saca un fajo de billetes del bolsillo interior de la chaqueta; su hija grita «¡papá!»). Tengo tanto dinero de todas mis empresas, que de hecho podría tirar este fajo de billetes de quinientos ahora mismo, podría tanto quemarlo como regalarlo, y ninguna de esas cosas me quitaría el sueño. ¿Saben ustedes lo que me quita el sueño? Seguro que no les parece original, pero ya que estoy algo achispado y estamos todos reunidos, no os importará que me sincere. Os voy a tutear sin más, si os parece. Lo que me quita el sueño es mi maldita edad. Ni siquiera voy a decir cuántos años tengo; más de setenta, eso bastará. Fui padre bastante tarde, pero luego no había quien me frenara, y me casé demasiadas veces. A decir verdad, tengo tantos hijos que a veces soy incapaz de asociar nombres y caras. Hoy, por ejemplo, he estado un buen rato procurando recordar el nombre de mi niña aquí presente. Aún tengo dudas al respecto, así que voy a prescindir de este dato si me lo permitís. Y claro que me lo vais a permitir, porque sigo teniendo este fajo en mi poder, y aún no sabéis qué voy a hacer con él. No hay nada como tener el Quijote en billetes en tu mano para que te escuchen; de no ser así, ahora sólo os parecería un viejo chocho balbuceando, ¿verdad? Cuanto más mayor me hago, mejor conozco las hipocresías de la juventud. Ni tan siquiera me apetece ya bajarle las bragas a una chica de veinte años. Demasiado tersa, demasiado pulcra, demasiado creída y perfecta y remozada en productos de belleza. Todo eso sólo me recuerda que, a mi edad, si me muriera mañana, nadie se extrañaría. «Bueno, un puto viejo menos», pensarían, y comenzarían a largar que lo sienten y que les importa y todas esas patrañas de juventud y mediana edad.
Yo, sin embargo, puedo estar en lugares como este, llenos de mesas llenas a su vez de gente como vosotros. Familias de edad bien vista, todos jóvenes hasta cierto punto. Seguro que soy el único viejo; y soy el único porque los viejos estorban, ralentizan las cosas, no saben lo que dicen, se olvidan, reniegan, maldicen y es asqueroso verlos comer, ¿verdad? Excepto si el viejo en cuestión es asquerosamente rico, claro. Me gustaría saber dónde están ahora los viejos de cada una de las familias aquí presentes. Solos como mínimo, ¿no es cierto? Solos o muertos, o viudos, o viudas… O en una residencia… De todas formas aquí no soy el único tío que tiene pasta. Puede que sí el que más, pero hay aquí algunos otros cabrones adinerados. Seguro que con esa pasta habéis podido llevar a vuestros viejos a una buena residencia. Llevarlos y dejarlos en manos del tiempo. Que el tiempo se encargue, suele pensar la gente joven. Si el viejo, además de ser viejo, se jubila, es como un mueble feo, ¿no? No creáis que no os entiendo. Puedo comprender que los viejos os den asco. A me dan asco. Me da asco ya verme en el espejo, me doy asco. No me soporto, y tampoco soporto la vida que he llevado; superficial, tonta, materialista, sin querer nunca demasiado a nadie, teniendo siempre el miedo como respuesta para todo. Y lo que es peor: el miedo disfrazado de valentía y sentido común.
He llegado hasta aquí, y soy consciente de lo que soy. Pero lo peor es que estoy tan intoxicado de este estilo de vida, que sería incapaz de cambiar.
Hace un tiempo, fantaseaba con financiar a algunos empollones para que encontraran el modo de alargar unas décadas mi existencia; y a poder ser mi erección. Quería una vida más larga. O incluso no morir. O, dejadme corregir una vez más: morir cuando yo quisiese. Si un tío pudiera morir cuando le diese la gana, ese tío sería más afortunado que cualquiera. Aún no sé deciros por qué, pero quizá el dinero tendría a un oponente serio por primera vez en la historia del capitalismo: La inmortalidad opcional.
Sé que estáis algo desconcertados, todos tan mudados y correctos. Pero todos sabemos que muchos de vosotros estáis aquí por interés, y que ninguna ceremonia pija para celebrar el futuro universitario de una niña os importa un carajo. que mi hija no os importa un carajo. No llores, cariño, no es nada personal. Sé que no os importa una mierda lo que pase con ella. Puede que os interesara si se os ofreciera borracha en el ambiente adecuado; sé que muchos aquí la dejaríais agotada y con el culo rojo encima de una sábana de seda empapada. Sé que lo habéis hecho con otras cuando habéis tenido ocasión, u os habéis decidido por pagar al contado. Tranquilos, no diré nombres, hoy sólo he venido a delatarme a mí. El resto son las cosas que nunca se dicen en voz alta. ¿De verdad nadie siente ahora un gran alivio al oírme?
Como muchos sois hombres de negocios, y sabéis que esta es una de esas ocasiones en las que el ricachón de turno anuncia su retirada, sé lo que está pasando. Sé que esperáis que os anuncie quién va a heredar mis negocios. Hoy queréis saber con quién tendréis que tratar para intentar que vuestras fortunas aumenten casi por arte de magia. No creáis que os quito ningún merito, acumular pasta no es fácil, y tampoco no lapidarla si uno ha heredado la labor de papá o el abuelo. Yo sin embargo no tenía un duro cuando todo esto empezó. A veces me siento como si hubiese sido el tipo que le clavó la lanza a Jesucristo.
(Saca un mechero y quema el fajo de billetes. Lo pisa.)
Tenía ganas de hacer algo así algún día. De todas formas no sé cuántas personas hoy aquí salivaban viendo unos pocos billetes de quinientos. Puede que no tantos.
(Saca una pistola del otro bolsillo interior de su chaqueta. Se la lleva a la boca.)

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50 relatos de Grey (48 de 50) – El padre, el hijo y el espíritu ausente

Hola abuelo. Espero que aún no estés muriéndote. Mamá dijo que aún no te estabas muriendo. Pero también lo dijo de la abuela hace dos años y luego se murió. Espero que nunca lo diga de mí.
Ayer celebramos mi cumpleaños, papá dice que once años ya es más de lo que me pienso, y que tendría que pensar en ello. No sé a qué se refería. Espero que cuando te llegue este correo no estés muerto. Me parece que has de estar muy enfermo o algo así, porque mamá ha insistido en que te escriba, y luego se han ido a coger el avión para ir a verte. Me han dejado con la tía (nunca recuerdo bien si es la hermana de papá o de mamá, no se parece a ninguno de los dos).
Ayer comimos mucho y vimos la tele y vino Cristina. Me gusta Cristina. Creo que no lo diría si no pensara que te estás muriendo, pero seguro que me entiendes. Cristina tiene unos ojos muy grandes y sabe mucho de geografía y de ortografía, seguro que te gustaría. Vinieron más niños. Te diría quiénes, pero no los conoces. Es raro escribirte, porque creo que ya puedes estar muerto, porque creo que papá y mamá han ido a tu funeral y me dirán que estás muerto cuando vengan. Creo que me han dicho que escriba para entretenerme o algo así, o quizá mamá me lo ha dicho porque no sabía qué decir antes de irse.
No les he contado algunas cosas. Como que Cristina me dejó que le bajara las bragas y lamí ahí… Hace poco, estaba como un amigo del barrio y le tiré una piedra a un gato, y luego, como estaba muerto o casi muerto, lo abrimos con un cristal para verlo por dentro.
Creo que un profesor me tocó hace poco, pero no estoy seguro, no es un cura.
Una amiga de Cristina me enseñó la foto de un gato y me preguntó si lo había visto. Me sentí mal y le conté lo del profesor. Me dijo que no le importaba, que sólo quería encontrar a su gato. No sé si fue el que maté con la piedra, muchos se parecen, pero estoy cada vez más seguro de que sí.
Una noche envolvimos una caca de perro o de gato con un papel, y mi amigo lo quemó con un mechero, dejó la bola de caca en el suelo, llamó a la puerta de casa del profe y salimos corriendo.
Aquí hace mucho sol y creo que a veces no me siento bien. Primero pensaba que era el calor, pero ahora creo que es el colegio. No quiero ir al colegio, no me gusta estar allí, me aburro y hago todo el día cosas que no me gustan o me aburren. Les digo que sí a todo a los profes para que no me regañen o me pidan la agenda y escriban una nota a mis padres para que la firmen. Hace poco vi el periódico tirado en el sillón de mi padre y vi una noticia de un niño de mi edad que se había suicidado. Se mató. Estuve pensando mucho sobre si dolerá suicidarse, y sobre que tampoco es tan malo si nos vamos a morir de todas formas, y que así me libraría del colegio y de tener que fingir y decir que sí a todo y que estoy contento y que no pasa nada. A los adultos no les interesa saber si todo va bien, sólo quieren CONVENCERSE de que todo va bien. Hablan y se convencen entre ellos y se quejan a la vez que se convencen, y yo no entiendo nada, abuelo. No entiendo nada porque creo que sólo ponen excusas y no quieren reconocer lo tontos que son y lo tonto que es lo que hacen. Seguro que me entiendes.
Un día me hice queriendo un corte en un brazo y luego me asusté porque escocía y empezó a sangrar mucho. Mamá no se enteró. No sé si te has fijado alguna vez en la cara de mamá, pero yo creo que ella ha pensado en suicidarse. Es como si no supiera qué hacer, y para fingir que lo sabe, hiciera cosas todo el tiempo. Creo que papá es igual, pero que sabe fingir mejor. Cuando hablan de política, sólo hablan de dinero, y cuando hablan de políticos que roban, hacen bromas raras, como diciendo que los políticos son unos ladrones pero que ellos harían lo mismo si fueran políticos. Los demás adultos también suelen ser así, y suelen tener las mismas caras. Seguro que sabes cómo sonríe la gente cuando sonríe. Creo que por eso es bonito ver sonreír a un bebé, porque los bebés aún sonríen siempre de verdad, y no como los adultos, que parece que sólo lo hagan de verdad cuando no saben seguir fingiendo. Es raro.
Es raro cómo son de serios. ¿Nunca te ha parecido raro que sean tan serios aun sabiendo que se van a morir? He visto a adultos que te dan órdenes sobre cómo hacer las cosas como si ellos no se fueran a morir. Como si ellos se hubieran ganado la inmortalidad gracias a ser tan serios. El otro día vi a escondidas una película sobre la inmortalidad, eran vampiros y se aburrían y estaban siempre tristes o sedientos. Lo raro es que no eran distintos de los adultos de la vida real, pero ni para unos era bueno saber que se iban a morir, ni para otros saber que eran inmortales. En la película mordían ratas y hasta gatos. No sé, pero el gato que yo vi olía muy mal cuando lo abrimos.
La verdad es que no me gusta la tía. Ya sé que se separó, pero cada vez que vengo a verla hay un hombre distinto con ella. No es que sean borrachos o me toquen, pero no sé cómo explicarlo, sonríen de esa forma que decía que no sonríen los bebés. Y creo que sólo quieren quedarse solos con la tía y creo que están siempre cansados y perdidos. Suelen estar también separados, y lo hacen todo de una forma que me parece que quieren decir que sólo han hecho lo que debían, y no ha servido para nada. Me da mucho miedo estar haciendo en la vida lo mismo que esos hombres hicieron de niños, porque no quiero convertirme en uno de esos hombres (ni en papá), y parece que todos me dicen que tengo que hacer eso. Creo que les parece muy importante que haga lo mismo que ellos, y hay algo en todo eso que no entiendo, pero creo que ellos tampoco. Eso es lo que me da mucho miedo.
Si te vas a morir, la verdad es que no sé qué decir sobre eso. Me gustaba la abuela y me gustas tú, abuelo, y no sé mucho de ti, pero sé que es raro que te vayas a morir, y que yo no me siento igual que papá y mamá con eso. No sé si habrás sido como esos hombres de los que hablaba, supongo que sí. Me gustaría que, si hay algo después de la muerte, vinieras a verme de alguna forma. Seguro que al principio me asustaría, pero si supiera que hay algo después de la muerte, quizá entendería mejor cómo se comporta la gente. No me dan miedo las historias de fantasmas, aunque a mucha gente le da miedo casi todo, hasta sentir cosas. Quizá por eso se toman tan en serio la vida y el colegio, en el colegio lo que mejor aprendes es a no sentir. Aún no sé si quiero seguir siendo un buen estudiante.
Llevo un rato pensando, pero no sé qué más escribir.
Espero que no sufras mucho si te mueres.
Adiós abuelo.

 

niño

50 relatos de Grey (47 de 50) – Gente cuerda

–Hoy les voy a demostrar, sin asomo de duda –dijo el provecto y millonario doctor–, las falacias sobre la ley de la gravedad.
El veterano expuso las teorías y fórmulas que había desarrollado durante más de cuarenta años. Toda una vida dedicada a su investigación más personal, recopilada en su trabajo: Fallos académico-perceptivos. Los presentes, científicos e inversores, estaban expectantes.
Al cabo de casi tres horas de preámbulo teórico (soporífero y disperso), el doctor pasó a intentar demostrar que, en resumidas cuentas, la gravedad tan sólo forma parte del “imaginario científico” humano, y que basta con ser de verdad consciente de ello para dejar de estar pegado al suelo.
–Ahora mismo –dijo– me dejaré caer hacía delante sobre la esquina de esta caja de madera fijada a la tarima. Si prestan atención, verán cómo mi cuerpo se detiene antes del impacto, y luego comienza a levitar.
El doctor, padre de dos hijos (no presentes) y casado con Lady Elizabeth –su tercera esposa y célebre entre la burguesía local–, se colocó muy recto, y se dejó caer.
Su frente se clavó brutalmente en la esquina de la caja, y la sangre, oscura y densa, comenzó a salir a borbotones. Se extendió un murmullo extrañamente apagado entre los presentes, unas doscientas personas entre compañeros de profesión, empresarios e invitados. Un personaje ataviado con un traje a la medida, salió con una bandeja llena de vasos, y procedió a recolocar la cabeza del finado hasta llenar cada recipiente con al menos un dedo de sangre. Lady Elizabeth y varios reputados científicos, se hicieron cada uno con una dosis, y procedieron a brindar. Le gente se iba, aunque no demasiado horrorizada en apariencia. Se bebió sangre de forma simbólica (no sin alguna mueca) y se encajaron varias manos (siempre la derecha). Saludos firmes y convencidos: saludos entre la llamada y reinante gente cuerda.

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50 relatos de Grey (46 de 50) – El motivo equivocado

Las noches de fin de semana desde mis dieciocho años hasta aproximadamente los veinticinco, solían ser ruidosas, y solían acabar en nada. Al día siguiente negaba la resaca, comía en familia con cara de culo y me decía a mí mismo que no hacía falta volver a hacerlo.
¿Salir así otra vez, para qué? Parecía que aquella rutina del deja vu nunca acabaría, que estaría destinado a entrar cada viernes y sábado en los mismos locales, escuchar las mismas canciones y reír las mismas bromas recurrentes. ¿Que si nunca lo pasé bien? Por supuesto que lo pasé bien; iba con amigos y hubo tiempo para todo. Pero no era mi rollo; yo era nocturno, pero no para eso. Lo que más me irritaba era la sensación de obligatoriedad. Recuerdo haber tenido el perfil clásico de discusión con mis padres a los diecisiete años, para que me dejaran salir o llegar más tarde o qué sé yo; y recuerdo que ni yo mismo sabía bien por qué. Sólo sabía que quería hacer lo mismo que los demás. Con los años, tuve suerte, hay gente que jamás despierta de eso, se mueven por ese motivo y hasta tienen hijos por ese motivo. El motivo equivocado.
Hay muchas cosas que, cuando eres un niño o un chaval, y aun a su pesar, los adultos consideran constructivas. Puede que cuando tienes diecisiete años te discutan la hora de llegada a casa, pero por otro lado también creen que es bueno que salgas. Si nunca salieras, habría discusiones porque nunca sales. Se suele pensar que los chavales de cierta edad nunca están conformes, pero suelen ser los padres de los chavales de cierta edad los que nunca están conformes. De los quince a los veinte años, estás condenado a decepcionar a un nivel u otro a tus padres; si me preguntas a mí, la cosa está clara: siempre ha habido más malos padres que malos hijos. O dicho de otra forma: ha habido muy pocos malos hijos para la cantidad de malos padres que siempre hay.
No hay que ser un gran observador para intuirlo, y tampoco hay aquí ánimo de simplificar estos asuntos, pero con la paternidad y la maternidad, parece que con dinero y buena intención baste y así brotan los campos de cultivo de humanos. La gente folla, y llegado cierto punto, no ven ninguna razón para no mejorar el álbum de fotos.
Por otro lado, el alcance del sexo es arrollador, pero no es absoluto; el sexo nos trae al mundo y nos ofrece un buen cúmulo de posibilidades, y aun así, en esta sociedad moderna (sobre el papel), está completamente sacado de quicio. Yo salía otra vez el viernes siguiente porque sabía que las chicas salían. Ni siquiera tenía intención de ligar, pero las chicas salían. Las chicas estaban dentro de las discotecas, la mayoría a varios años aún de ser madres, las chicas estaban ahí, y no te estaban esperando a ti, pero podías verlas, podías guardar la información.
En verano era habitual el botellón, aunque no era lo habitual en mi grupo de amigos. Una vez tuvimos un motivo para hacerlo: el precio de las consumiciones en cierto sarao al aire libre. Había carpas sobre cada barra. Era el ambiente pijo-repelente y hortera por excelencia, entrada más bien cara y tan sólo un truco: beber antes de ir y que los porteros no te notaran la borrachera. De modo que, media hora después de haberlo intentando, seguíamos con nuestro botellón. No había colado ni de lejos. Sólo nos quedaba la calle y un maletero abierto.
Se aproximó un camión de la basura, aminoró. Nosotros debíamos rondar los veintidós o veintitrés años, y de la cabina del camión bajaron dos chicas claramente menores, aunque ya dotadas de un evidente atractivo sexual. Venían con las mismas intenciones que a nosotros nos habían llevado al fracaso. Iban ya visiblemente borrachas. Dieciséis años. Las carpas estaban a unos cinco minutos a pie. El camión de la basura continuó con su ruta. Una de las chicas llevaba el pelo largo hasta casi la cintura, y la otra corto y ondulado, casi un peinado de chico si no hubiera sido por su descarada cara de niña (y por un pecho muy abultado). Tenían muchas posibilidades de poder entrar, aun siendo menores y yendo borrachas. Nos comenzaron a dar conversación y datos, primero sus edades (muy creíbles), luego que si la del pelo corto estaba liada con el basurero, luego que si una le dice a la otra:
–Esta noche quedamos en que no nos enrollaríamos con nadie, tía.
Balbuceaban. ¿Qué estábamos bebiendo? Las invitamos a beber. Yo iba muy tocado. Miré el fondo de mi vaso de plástico, y al levantar la vista vi que uno de mis amigos se morreaba casi violentamente con la del pelo largo. Entonces vi que la del pelo corto estaba justo frente a mí ¿Qué estaba bebiendo yo? Besaba como si tuviera diez años más, o como si estuviera en un vis a vis en el corredor de la muerte. Fue un tornado que, tan pronto como llegó, se fue. Más tarde, ya de vuelta a casa, paramos el coche y un colega empezó a vomitar. Parecía que nunca pararía. Era un sonido estridente, un gorgoteo que se oía a cien metros en la quietud de un parque. Se dio cuenta de que, la chica del pelo largo a la que había besado, era su prima pequeña; lo había sido al menos. Ya no tenía mucho de pequeña, aunque aún fuera una cría. Era una mezcla de alcohol y flipe desenfrenado, y no podía dejar de vomitar. Yo, sin embrago, tenía pegajosos los calzoncillos, mi erección iba y venía.
Por si fuera poco, se presentó un coche de policía.
¿Quién de nosotros conducía? El conductor (no era yo) tuvo que soplar. Pensamos que más que dar positivo, se cargaría ese cacharro, pero, sorprendentemente, dio positivo por muy poco. Le dijeron que si quería conducir, tendría que esperar un buen rato y pasear. Sólo uno más de nosotros tenía permiso de conducir, y estaba potando. Se activaron unos aspersores en el parque, y allá que fue el conductor. Metió la cabeza en la trayectoria del chorro de uno de ellos, muy cerca de la base. Bebía y se mojaba casi por entero. El aspersor se movía automáticamente, y mi colega se movía de igual modo. Recuerdo haberme estirado en el césped, mojado a varios niveles. Oía de fondo la vomitona, y algo más cerca la batalla con el aspersor. No se veía una puta estrella en el cielo.

carcar

50 relatos de Grey (45 de 50) – Mama

Era mi primer día de excursión con el colegio, mi primera vez. No recuerdo dónde íbamos. No recuerdo casi nada, de hecho, nada de lo que pasara después de que el autobús arrancó. Yo debía tener seis años. Ya entonces miraba al pasado con añoranza o terror; evoqué el trauma que supuso para mí poco tiempo antes el que mis padres me abandonaran en un aula de párvulos. Un aula llena de niños desconocidos, o incluso niñas, que tenían rajita en lugar de pilila. Todos en un aula durante horas, dibujando y pintando lo que una chica de veintipocos años nos espoleara a dibujar y pintar. El primer día nos limitamos a llorar hasta que nos devolvieron a nuestros padres.
El día de la excursión, entré poco confiado al autobús. Tenía todo el programa en mi cabeza, para mí no era tanto una excursión como una misión: sobrevivir. Pensaba en los bocadillos que llevaba, en mi cantimplora de agua. Pensaba en hacer caso a los profes; cualquier otra cosa significaba perderme o morir, o acabar en manos de algún adulto desconocido descerebrado. Y morir.
Me había acompañado mi madre hasta la puerta del cole, y luego hasta la del autobús. Para mí era muy importante tenerla a la vista hasta el momento en que nos fuéramos. Me senté en un lugar en que podía verla desde la ventana.
Entonces llegó una de las profesoras.
Creo que venían dos profesoras y un profesor. Debían estar al cargo de unos cincuenta niños. Dos clases. Dicha profesora comenzó a contarnos, y, por algún motivo, a redistribuirnos. Nos cambiaba de sitio, pero aún hoy no tengo ni idea de por qué.
El Horror.
Cuando sucedían cosas así, yo siempre sabía que me salpicarían. Mi madre estaba con algunas otras madres, todas en la acera haciendo una especie de guardia de la primera excursión. Eran las amas de casa de la época. Los papás o bien ya estaban trabajando, o bien –como el mío, que tenía el turno de noche– estaban reponiendo fuerzas.
Obviamente, me cambiaron de sitio. Me pusieron en el otro lado del bus, y ya no podía ver a mi madre. En cualquier momento nos marcharíamos. Protesté, ojos llorosos mediante, y al cabo de un minuto me devolvieron al sitio en el que estaba. Pero entonces mi madre ya no estaba ahí. La vi de refilón dando la vuelta para situarse al otro lado y poder verme. Aquello era una pesadilla, porque no podía hacer nada sin pedir permiso, así que volví a protestar. Me dejaron levantarme e ir al otro lado, aunque luego tuviera que volver a mi sitio. Si no podía decir adiós a mi madre, el día empezaría fatal, o se me haría inquietante y eterno. Yo no quería ir a ninguna estúpida excursión; pero todos se empeñaron porque supuestamente era algo constructivo. Mis padres firmaron el permiso y pagaron los gastos pertinentes.
Me vi yendo de un lado a otro del bus, mareando a mi madre, que ya no sabía desde dónde verme. Daba la sensación de que todos los demás tenían perfectamente ubicadas a sus madres. Mi madre me había preparado los bocadillos y había elegido la cantimplora y mi ropa, me había despertado y me había preparado el desayuno, así que tenía que poder verla el momento justo antes de que nos pusiéramos en marcha. Esa era mi lógica, y mi lógica era inquebrantable.
Rompí a llorar definitivamente. Esto lo hacía con facilidad. A veces era capricho de crío y a veces lo hacía porque mi situación me parecía un drama. De repente me sentía como un niño desgraciado, en la oscuridad, perdido. Todo era peligroso y todos sonreían (o eso me parecía) y yo no sabía qué pintaba allí. A decir verdad, no era el único crío inquieto; porque siempre los había que iban de sobrados. Alguno solía ir al camping de sus padres, o estaba acostumbrado a algún apartamento en la playa, o incluso ya había pasado algún periodo sin ver a sus padres. Estos niños disfrutaban haciéndonos sentir fatal al resto. Con los años y el vello corporal, esa jerarquía no desaparecería, sólo se volvería distinta en el contexto, y más sutil en las formas.
Al final pude decir adiós con la mano a mi madre, lo hice desde el asiento en que me había sentado inicialmente. El autobús arrancó y luego tocaba cantar canciones, pasear por sitios, bosques o museos. Tocaban los Oasis en Manchester, malas notas y un primer polvo en un huerto; tocaba hacer cola en el Inem, otro mal curro y separarse del mundo. El autobús iba hacia el futuro, y yo, con o sin suerte, en un viaje hacia mi interior, el asiento de mi elección, que me habían dicho estaba prohibido.

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