El imperio de la dinámica

Siempre he querido ser una máquina. No un sofisticado cíborg, más bien un electrodoméstico. Un electrodoméstico con extremidades, quizá. Cuando camino por la calle me dan envidia las farolas y los transformadores. Su estatismo, su pragmatismo azul metálico. Su tarea, concreta y ajena al sufrimiento. Poesía del atardecer. Es lo que más brilla en la ciudad, a falta de un paisaje natural real. Me gustaría cargarme como cargo mi móvil. No tener que decir nunca nada. Ver pasar los días. Con el tiempo me transformaría, la vida y la muerte me serían ajenas. La idea de los robots con sentimientos está sacada de quicio. Prefiero un cajero, una lavadora, una linterna, un vibrador, un vibrador indiferente mientras lo usan. Formar parte del paisaje me parece mucho más noble que modificarlo. Es más bonito, es puro, y es eterno. Una máquina no al servicio del ser humano, sino desinteresada. A gusto abandonada y a gusto utilizada. A gusto humillada. Perfecta en una feria o en una crisis nuclear, en medio o apartada. Digna en los albores y digna entre los despojos del fin del mundo.
Nadie sabe estar como las máquinas. El ser humano tiene que ir por ahí pavoneándose.
Ser botella de plástico, eso también estaría bien. Aplastada y semienterrada durante quinientos años, sin propósito, sin más.
Digo me gustaría ser, pero obviamente lo que me gustaría es no ser. Si fuera fácil expresarlo no tendría que dar tantos rodeos; pero lo realmente ideal es que no necesitara expresar nada. Este periplo de la justificación ya es un problema en sí mismo. Algo en lo que jamás pensarían una tostadora o una barrera de peaje.

Es lo que le digo a la desconocida. Me parece guapísima, se me ha olvidado su nombre en dos minutos. Estamos en la amplia terraza de alguien, la terraza maqueada para la fiesta. Un buen trabajo cosmético. Fuera no hay mucha gente, la mayoría está dentro. Ya hay luces de navidad en las calles, aunque aún no encendidas. Fumamos. El final del atardecer. Me gusta cómo brillan los faros de los coches cuando el cielo agoniza. Eso no lo digo en voz alta, de repente me ataca la prudencia. No vaya a ser que la ahuyente.
Mi especialidad es frenar tarde.
Los problemas que tenía de crío con las matemáticas, los tengo de adulto con las personas.
Viernes. La fiesta ha empezado temprano. Supongo que es algún nuevo concepto urbano: fiesta por defecto. Vamos y venimos con bebidas. Alguien habla con Ella y por suerte dice su nombre, lo memorizo. La gente va y viene, pero al final siempre quedamos los dos. Procuro que no salgan temas aburridos como su pareja o la mía, si es que la tenemos. Sólo necesito una Persona que no me use para parecerlo intensamente, divulgando su Historia. Quiero que me cuente lo que no le cuenta a nadie, cosas pequeñas y grandes, y no me refiero a secretos; quiero neuras, sinsentidos, profundidad. No lo quiero por encontrar al amor de mi vida, no preparo el terreno ni intento provocar nada, no doy rodeos interrogativos para que me hable de sus logros o derrotas. No me importa su pasado ni lo que espera del futuro, o si es vaga o esforzada. Me cansan la ironía o el sarcasmo (a no ser que se utilicen puntualmente y con maestría), y soy muy hipócrita con eso. Puedo parecer exigente, pero no pido nada en voz alta, intento no dar a entender nada. Quiero conocer a alguien auténticamente raro. No necesariamente imprevisible o loco, sólo agresivamente raro en su transparencia. Que no me cuente lo que sueña sino lo que le gustaría soñar, que me reconozca cuándo le gustó sufrir, qué relación tiene con la idea del suicidio, o qué ruidos e imágenes le emocionan.
Si alguna vez ha fantaseado con empujar a alguien a la vía del tren. Si ha tenido que sacar de su mente pensamientos terribles antes de que cristalicen. Si odia a sus padres o “seres queridos”. Un odio puro y sin mácula, pulido y cortante, nada del rollo superficial y peliculero cebado de amor. Si se come los mocos. Si le gusta sinceramente el olor de su mierda. Si cierra los ojos a ciento treinta en la autopista y cronometra cuánto aguanta sin abrirlos. Si ha utilizado alguna vez a alguien sólo para follar o ganar algo (o si sólo hace eso). Si se considera lo que llaman: una mala persona. Si el asesinato no le parece tan mala idea, aunque se postule sinceramente contra la pena de muerte. Si alguna vez cometió incesto. Si probó su pis o hasta sus heces (o los de otros). Si tiene tentaciones de darse un paseo por las cloacas y acunar a una rata como si fuese un gatito. Si siempre ha querido ser un villano, un sociópata terminal cuya de idea de prosperar es sumar víctimas de cualquier índole. Si le gusta aguantar varios días sin ducharse. Si la moral le parece un eufemismo del interés particular disfrazado de interés general. Si ha escrito cartas de odio. Si es una persona tan falsa que los demás piensan que es un ejemplo a seguir. Si alguna vez ha deseado patear a su mascota como si fuese un balón de rugby. Si hace años o décadas que no llora. Si se masturba de forma compulsiva. Si tiene objetivos absurdos imposibles de conseguir y le encanta tenerlos. Si calcula con qué edad morirá y piensa en ese justo instante, si dolerá, si la drogas ayudarán. Si siempre ha querido ametrallar a todos en una fiesta.
Etcétera.
Pero nadie quiere parecer desequilibrado o peligroso. Piensan que todo lo que pasa por la mente de sus amigos es inofensivo o constructivo. La sinceridad se asocia a los asuntos comunes: trabajo, relaciones, inercia generacional, proyectos. El ser humano no puede ser complejo. No puede ser relativamente bueno y sorprenderse de la mierda que puede pasar por su cabeza. El ser humano no es una bomba nuclear que deja millones de víctimas reducidas a sombras en el suelo. El ser humano es la Navidad.

Todo el mundo ha compartido espacio (sillón, acera, suelo, fluidos) con seres humanos. Pero a menudo nada más que eso. Para la mayoría de occidentales, experimentar es gastarse un dineral en según qué restaurantes, o viajar y que alguien les instruya sobre el funcionamiento del motor de explosión o las propiedades del aloe vera. Una aventura es ser igual de tonto o follar en otra franja horaria. Todo parece formar parte de un ritual global para contener todos los instintos y adocenar la auténtica curiosidad. No hablo de gente que no haga puenting o lucha libre, hablo de especímenes incapaces de escuchar un disco entero, leer un libro o ver una película que aguante los planos más de un segundo. ¿Cómo extraer algo que despunte de una especie cuyo pastor podría ser una oveja? Los folios se cortan el dedo con ellos. Los bosques hacen libros con ellos. El gas tiene miedo de que ellos exploten. El papel higiénico se limpia el culo con ellos. La lluvia los usa como chubasquero. El amanecer se va a dormir cuando ellos despiertan. Los perros les miran recoger la mierda del suelo. El tofu espera cortado en daditos a que ellos presuman. Las zapatillas se los calzan para correr maratones. El sudor no supura de ellos, huye. El cáncer tiene miedo de contraerles. La esperanza de vida aumenta de tanta pereza como le está dando ya a la muerte.
Lo que ellos creen que hacen, les hace. No sales a la calle y comienza a nevar, comienza a nevar, lo ves, y sales a la calle. No nieva porque sea invierno, es invierno porque nieva. Esa gente le ha estado poniendo nombres a todo, y ahora creen que han definido el mundo y no al revés. El único mérito que creo han tenido, es la creación de lo inerte. Cosas que ellos piensan que son prácticas sin más, de las que jamás sabrán ver la involuntaria belleza.
Electrocutémonos.
Cuando alguien tiene algún juguete de broma que te da una pequeña corriente, mucha gente siente la necesidad de tocarlo. De entrada se negarán, se reirán estúpidamente, iniciarán un simulacro de discusión. Diran: “Ni de coña”. Pero desde el primer momento saben que quieren tocarlo. Quieren superarlo.
Quieren no ser los únicos rancios o cobardes. Pero en realidad tiene poco que ver con eso. Quieren comprobar que es inofensivo. Quieren ver qué se siente, por qué los demás reaccionan así o asá al participar. Es probable que incluso sea curiosidad, aunque la mayoría de veces la misma les es tan extraña como la escritura oriental.
Alguien tiene uno de esos juguetes en la fiesta. Algunos comienzan a jugar a aguantar. Cuántos segundos puedes aguantar la descarga. Luego añaden las fotos al juego, las caras que ponen. Finalmente uno de ellos desfallece, y se lo tienen que llevar.
La fiesta no se cancela.
Una fiesta es lo que ves que hacen en la tele cuando necesitan descansar. La cultura popular ha concluido que una fiesta es la última válvula de escape. Un ejercicio colectivo de autoanulación parcial. (De joven vas de fiesta, de mayor tienes hijos.) Alguna gente lo encuentra divertido, otra sólo intenta no quedarse fuera de la dinámica imperante. Lo cierto es que una fiesta puede ser muchas cosas, pero es sobre todo una máquina de generar marginados. Quienes no hablan ese idioma, se van a pasar mínimo dos décadas sientiéndose torpes para relacionarse. La fiesta es la reunión de los extrovertidos. Aún no existe nada que opere con la misma efectividad social para los introvertidos.
Ser raro siempre ha sido mucho más fácil que parecer del montón, pero la mayoría de personas hace un esfuerzo sobrehumano por no parecer raros. En ese “universo observable” puedes ver de todo; hasta parejas que se han unido sólo por su afán de parecer una pareja al uso. Mucho esfuerzo, todo el dinero y cualquier matrimonio, dedicados sobre todo a esa labor. La mediocridad, en su acepción de “Persona de poca importancia”, suele ser la opción favorita. Alivia, dejas de luchar (dudar), vives en una certeza (o una equivocación muy popular, que viene a ser lo mismo). Supongo que se sienten arropados, acompañados. Esa cálida manta ideológica bajo la que esconder cadáveres. Están todos ahí debajo, los vivos con los muertos, y a nadie le molesta el olor, porque la responsabilidad consiste en vomitar con gusto.

Nos movemos, ni siquiera avisamos a nuestros amigos. Casi toda la energía la dedico a no pensar en sexo. Fracaso a medias. La fiesta la organizaba un extraño, aunque no de los peores. Lo comentamos de pasada. Pero ella me empieza a hablar de los lienzos que pintaba con su sangre cuando hacer algo así no resultaba ideológico. Nos quedamos embobados mirando las luces de navidad aún apagadas, mientras pienso en el trauma nulo que les supondrá encenderse. Dice que fue lo primero que hizo al tener sus primeras reglas. Le gustó el color, le asqueó y le gustó; es casi una definición sexual. Primeras veces.
Un antisistema rompería un escaparate, un auténtico antisistema se limitaría a esperar. Lo más frustrante del fin del mundo no es tanto que no llegue como que sucede a cámara super lenta. El fin del mundo no se provoca, se habita, se contribuye respetuosamente a él. Ahora los escaparates siguen operativos y mostrando seguridad. Saben que no tienen que hacer nada: la gente entrará en la tienda y eso es todo. La ley de la gravedad es discutible por comparación.
No se me va de la mente la posibilidad de bailar alrededor de un cable pelado, uno realmente grueso, que se agite y arroje chispas como desgarrado por un huracán. No es falta de miedo a la muerte, sino más bien un vago desprecio por la vida. Jamás me colgaría a pulso de la cornisa de un rascacielos, pero es sólo porque ya hay quienes lo hacen y parecen idiotas. Un suicida al menos entra en el ascensor con las cosas claras. Yo tampoco tengo las cosas claras, pero no pienso en las redes sociales; si voy a hacer el gilipollas, tiene que ser con un valor añadido: no hacerlo como todo el mundo.
Con esto se comete el error de análisis de concluir que es un intento de destacar o dar la nota a algún nivel, pero a veces es más bien una forma de reacción a la gente que analiza así las cosas: partiendo de pensamientos automáticos. Ahora esa gente habla todo el tiempo. Te entran ganas de quemar sus torres de marfil, pero en realidad basta con no contestarles. Paradójicamente parecen estar tan necesitados de atención como cualquiera; quieren que respetes y admires su control, su empuje, su pensamiento parcial, y qué coño, también su belleza natural. Destilan combate de salón. Hablan en plural mayestático, parece que están ahí para “los suyos”, pero en realidad no hay nada, es como tener una radio puesta entre dos emisoras. Nuevos moralistas; ultracatólicos modernos. La mayoría de acciones y narrativas sólo forman parte de un proceso masturbatorio. Mucha gente dice estar inmersa en una lucha colectiva, pero lo cierto es que dan mucha más impresión de depender de esa lucha. Hablan de objetivos y los objetivos es lo que menos les interesa. ¿En qué se centrarían si el problema desapareciera?
Adictos a las crisis globales. Quién sabe si es en parte por ellos que ciertas putadas nunca dejan de suceder. Quién sabe si otra gente simplemente reacciona a ese narcisismo insoportable, y justo cuando están a punto de echarse atrás, el recuerdo de esos adictos les hace finalmente lanzar el puñetazo, clavar el cuchillo o apretar el gatillo.

Entramos en un par de cafeterías. Ella me cuenta cómo cuando tenía siete años barajó la posibilidad de asfixiar a su hermanita en la cuna. Dice recordarlo con claridad.
En aquella época sus padres no dejaban de discutir, luego a su madre se le hinchó el vientre y se le deshinchó, luego siguieron discutiendo, y después se divorciaron con un bebé de por medio. No fue un caso de celos infantiles; ella dice recordar cómo usaron a su hermana; entonces sólo lo sentía y no sabía articularlo, pero ahora sabe que su hermana sólo era un intento de reflotar el puñetero matrimonio. Matarla hubiese sido una forma de darles una lección. Pero cuando un día decidió apretar un cojín contra su cabecita, los lloros comenzaron, y ella misma empezó a llorar; se dio cuenta de haber estado a un minuto de destrozar varias vidas (al menos sobre el papel). Ahora ese bebé estudia veterinaria.
Me dice que su primer novio era perfecto hasta que le descubrió pinchándose heroína. Dice que el resto que ha tenido eran tan sanos como aburridos. Le digo que mire, que ya han encendido la Navidad. Salimos y paseamos buscando mensajes subliminales que hayan podido dejar los instaladores de luces. Siempre hay alguno si rebuscas ángulos de visión. No tardamos mucho en ver la forma de una polla con sus huevos. También la palabra SEX, y hasta una frase completa: puto sueldo. Es más artístico de lo que jamás harán muchos estudiantes de ídem.

Empiezo a pensar en el momento en que nos despidamos más tarde. El momento de no caer en el lugar común de los titubeos. Sería desastroso, se cargaría toda la magia el intentar besarla. Abrazarla sería incluso peor. No modifiques el paisaje, fúndete con él. Fíjate en el mobiliario urbano y toma nota.
Caminamos y entramos en otro lugar bien iluminado, aún es la hora de las familias. Le cuento cómo una vez estuve a muy poco de comprar una lata de gasolina. Me pregunta para qué la quería. Yo tenía unos doce años. Había discutido con mis padres. Fue por mis pésimas notas. En aquel momento me pareció importante; ahora sé que es una estupidez; todo, las notas, la reacción de mis padres y la mía propia al enfadarme tanto. Ahora creo que todo aquello era una gran farsa; lo que me sigue fascinando es ver aún a la gente participar de ella.
Pero en aquel momento me cabree como pocas veces en mi vida. La noche siguiente decidí salir de puntillas y llegarme hasta una gasolinera. Lo tenía todo pensado, o casi todo. La primera parte del plan estaba clara. Rociaría de gasolina la cama de mis padres con ellos durmiendo dentro. Lanzaría una cerilla. Me daba igual si morían o no. Sólo quería que se diesen cuenta, que estaban pagando, que les había costado caro. Quería provocar un trauma, joderles bien, provocar dolor, herir, humillar, que me tuvieran miedo, convertirme en una maldición.
Después de eso, tenía mis dudas sobre si ir y provocar un incendio en el colegio. Aunque mi fantasía era focalizar la desgracia en los profesores. (No sabía dónde vivían.)
Llegué con frío a la gasolinera. Entré, el interior bañado de una luz mortecina. No había ningún cliente. El hombre –mayor, al borde de la jubilación– esperaba tras el mostrador. Me preguntó. Luego siguió haciéndome preguntas. Perdí seguridad. No sabía si llevaba suficiente dinero, o si tendría que haber llevado mi propio recipiente y extraer la gasolina de un surtidor. Así que empecé a balbucear sobre todo ello. El tío cada vez me miraba con más extrañeza. Ahora creo que sospechaba algo; no lo que yo quería hacer, pero sí que quería hacer algo, algo de lo que acaba saliendo en la prensa.
Retorcí mi discurso, dije algo sobre un recado que tenía que hacerle a mi padre. Hice mi papel de niño de doce años, lo que se espera de uno. Intenté transmitir confusión, como si me hubieran encargado algo y hubiese olvidado cómo llevar a cabo el encargo. Di un paso atrás. Finalmente compré una bebida y alguna golosina, intentando devolver al tío a su rutina. El hombre pareció rebajar su preocupación, pero obviamente todo le resultó de lo más absurdo; alarmante. Me lo puedo imaginar viendo el periódico los siguientes días con más interés del habitual.
Cuando llegué a casa, era la casi la una de la madrugada. Mis padres, como no podía ser de otra forma, se habían levantado. No había conseguido ser lo suficientemente silencioso, se habían olido el percal. Me cayó otra bronca, porque no entendían nada y yo no supe dar ninguna excusa. Simplemente había salido de casa y vuelto a la media hora. Llevaba la chaqueta sobre el pijama.
Me fui a dormir entre gritos maternos y comentarios paternos de estupefacción. No había quemado a mis padres ni incendiado el colegio, no saldría en la prensa, pero me sentía mucho mejor. Había hecho algo al respecto para no hacer nada al respecto. Os recomiendo a todos un paseo nocturno hasta la gasolinera más próxima, mientras pensáis en todo lo que vais a desfigurar, matar y destruir. Pero nunca digáis que os recomendé algo más que un simple paseo.

La verdad es que también cenamos. Casi sin querer, acabamos en un restaurante más caro de lo que pretendíamos. Un italiano. Desde fuera no parecía ninguna apuesta por el lujo, pero dentro hemos tenido que armarnos de valor.
Mi intención era tener una especie de “anti-cita”. Se lo digo sin más. Otra vez me paso de frenada. Ella no dice nada en especial, creo que simplemente se calla las réplicas más previsibles. No debería haberle dicho de forma subrepticia cómo tiene que actuar para no disgustarme. Es lo que hace sin parar todo el mundo, y es repugnante. La gente al uso suele ser sobre todo aburrida, pero también saben dar suficiente asco y grima para montar un negocio (y lo han hecho, vaya si lo han hecho). A veces da asco incluso el modo que tienen de disculparse. Quizá es porque hemos crecido con métodos asquerosos para aprender. Casi nadie intenta sacudirse ciertas formas de razonar.
Quería lo contrario (o algo muy distinto) a una cita, y esto ahora se parece en todo a una cita. Hasta hay dos putas velas en la mesa. Ha venido un tipo repeinado a encenderlas, nos ha dado las buenas noches. Sólo falta que se acerque un violinista. Cuando se ve a una pareja así, se piensa que o bien son novios o bien él quiere follar. Nadie piensa en vínculos familiares, amistad u otras opciones. Lo que tiene el pensamiento automático, es que no te hace trabajar, y además es un paraíso para los prejuicios. Por eso es tan popular: te hace creer que entiendes (controlas) el mundo y sus códigos, ofrece ilusión de seguridad.
Por eso tu hijo aún no te ha dicho que es gay.
Por eso tu pareja no te ha pedido el divorcio.
Por eso nunca te dijo que no quería tener hijos.
Por eso tus padres y tus abuelos no saben lo egoístas que han sido.
Por eso tu vida es un calco de casi todas las demás.
O no por eso. Pero no nos engañemos, la posibilidad de que sea por eso es altamente probable. A eso sirve la gente con tal de no tener que dar explicaciones. Pensamiento automático. Encajar en el prejuicio de los demás siempre funciona.

La cuenta, pagada a medias, nos ha desplumado. Me siento obligado a acompañarla a su casa. No es que lo comentemos. No sé si es caballeroso o machista (ahora es difícil saberlo), pero surge sobre todo de una forma “natural”.
Para no pensar en el momento incómodo ante su puerta o portal, le cuento el episodio personal más escabroso.
Puede que no escabroso, quizá simplemente humillante, lo suficientemente humillante, y finalmente trágico. Es la historia de un amigo calvo.
Cuando eres muy joven, no es raro tener muchos amigos, o muchos conocidos, mucho daño colateral. Estás rodeado, y no todo el mundo te va a caer muy bien; puede que incluso haya quien te caiga muy mal. Nuestro amigo calvo tenía novia desde los quince años. Su novia nos caía fenomenal a todos, daba gusto estar con ella, verla y conversar.
Daban la sensación de ser una pareja malamente unida por los sentimientos. Suena a paradoja; pero se conocieron tan jóvenes y compartieron tantas crisis y primeras veces, que luego ya parecía una gran incongruencia separarse. Ni tan siquiera plantearse lo que querían.
Él comenzó a perder pelo desde los dieciocho. Hay tíos a los que les pasa que simplemente bromean y se resignan, y hay otros que niegan su realidad. Cualquier opción es respetable. Deja que tu calva brille, o ponte peluquín, o haz lo que hizo nuestro amigo calvo. Él decidió invertir en ello. A los veintisiete años comenzó con un proceso de injertos. Algo mucho más aparatoso y asqueroso de lo que pensábamos. Acudió a cierta clínica especializada. Fuimos viendo cómo evolucionaba. No le podías decir nada, pero era claramente pelo de muñeca, incluso siendo pelo natural extraído de otras zonas. Al parecer se arranca del modo adecuado, y luego se “cultiva” en la calva. Algo por el estilo. Conllevaba varias sesiones y mucho tiempo y paciencia. Tiende a quedar horrible, o como mínimo extraño, notas que hay algo fuera de lugar. Es una de esas cosas pensadas para engañar que no te engañan ni a cincuenta metros en la calle. Se hace para disimular, y si gritaras a pleno pulmón hasta perder la voz, no llamarías más la atención.
Sin embargo, él tenía derecho a intentarlo. En cierta manera daba ternura, y su novia le apoyaba. No había nada inexplicable en ello, ni tampoco maldad. Sí algo de cachondeo cuando no estaban delante. No has conocido gente si no te has burlado de gente a sus espaldas. Puedes hacer una larga lista de motivos perfectamente justificados para convertirte en un ermitaño.
La verdad es que nunca me dio sensación de progreso capilar. Puede que fuera porque no llegamos a ver el resultado final.
Es mejor especificar cuánto quería este muchacho a su novia. En teoría era mutuo, pero en cualquier caso no se trata de culpabilizar a nadie en modo alguno. A nadie presente, al menos. Cuando no estaban, comentábamos en trazo grueso lo impresionante que le había sentado ser adulta a ella, y el alfeñique en que se había convertido él. La calva era lo de menos. Si ella era una gacela, él era un nanas de fregar los platos.
Llegamos a especular cómo de terrible sería para él que ella le dejara. Luego lo llegamos a ver. Aunque tiene más desarrollo.
Nos fuimos de viaje. Cinco tíos palurdos en Londres. Era un “viaje de tíos”. Alguien lo decidió así porque su pareja tenía otro compromiso. Éramos cuatro y nuestro amigo calvo. Hicimos toda ruta turística conocida. Si te acercabas mucho a su calva podías ver los puntitos rojos de los injertos, parecía pelo púbico rapado al dos. La mayoría del tiempo llevaba gorro o gorra. Hablamos inglés cavernario para pedir cerveza o preguntar dónde estaban los servicios. Hacíamos comentarios misóginos y contábamos chistes machistas. Hablábamos mal de todo conocido no presente. Fuimos a un par de garitos nocturnos. Hicimos botellón en Trafalgar Square hasta que nos llamaron la atención. Gastamos dinero en muñecos de Star Wars. Una noche nuestro amigo calvo lloró en su cama a oscuras sin comentar luego nada al respecto. Al día siguiente las vibraciones no eran positivas; el viaje de tres días se quedó en dos. Cogimos un vuelo y nos volvimos. Nuestro amigo calvo nos dijo si queríamos ir a su casa a cenar esa noche. Sonaba incongruente, pero su humor parecía restablecido.
Nadie había informado a nadie. Todo fue impulsivo y no había motivo aparente.
Nada más abrir la puerta, se podía oír todo. En el mismo salón, sobre el sillón de tres plazas, la novia de toda la vida de nuestro calvo, montaba a un desconocido. Nos vio y al principio se detuvo, pero luego continuó.
Continuó (continuó…) y nosotros no nos fuimos. Agarramos al afectado (que no dejaba de gritar sobre zorras y putas) y fuimos a la cocina. Cerramos la puerta. No es que el problema dejara de oírse. Nos miramos entre nosotros mientras intentábamos calmar la situación. El tío al que se estaba follando ella sin parar, era totalmente calvo, debía tener unos cincuenta años y poseía una espectacular barriga. Nuestro colega no dejaba de gritar, luego susurraba, luego amenazaba. Dada la reacción de ella al vernos, le hubiese preguntado si él le había hecho algo a ella antes, como ponerle los cuernos (y eso en el mejor de los casos). Pero había todo tipo de cuchillos cerca. No voy maquillarlo, aquello era una putada, pero si no era tu putada, en el momento resultaba de lo más emocionante. La mayoría de gente se muere sin tener una historia así para contar. Así eran ellos y así era yo. No estuvimos poco tiempo en aquella cocina. Nadie interrumpió nada. Fue una larga jornada a caballo y nosotros oímos todo el trayecto. Creo que eso sólo la excito más. Nos turnábamos para la contención y que nadie hiciera ninguna tontería. Pero no se puede frenar a alguien indefinidamente. Cuando el jinete llegó al poblado, dejó ir al caballo y dio unos toquecitos en la puerta. Abrimos, frenamos entre todos la embestida del cornudo. No podíamos irnos sin que uno de los dos tomara una decisión. Al final la tomó él. Le ayudamos a hacer dos maletas. Ella no dio ninguna explicación. Ni siquiera se puso la ropa. Nadie la increpó, era evidente que no conocíamos toda la historia. Era importante que el amante fuera calvo. Era decisivo que ella fuera cruel. Era obvio que nada era gratuito.
Tres días después él abrió mansamente la ventana de su hotel, un quinto piso con vistas.

Decido dejar ahí la historia, aunque el funeral tampoco necesitó pan. Pero estamos ante la puerta de la ya no tan desconocida. No hay mucho que hacer, excepto sentirse algo violento. Tras un minuto de masticable titubeo, me comenta algo sobre una “casa encantada” no muy lejana. Dice que se puede ir andando.
Lo hacemos.
Es una media hora a pie, cerca de un polígono industrial.
Hay una ventana rota un tanto alta, pero se puede entrar por ella haciendo un esfuerzo. Ella es bastante bajita, me dice que la aúpe. La agarro y acabo con su culo en mi cara. Por la acera, contra todo pronóstico, viene una familia nuclear. Supongo que es lo suficientemente temprano, deben tener una cita. Nos miran, pero no dicen nada. A mí me da la risa. Ella dice:
–Aquí no se ve nada, ¿me puedes sacar el móvil del bolsillo?

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Pescar en el hielo

A lo lejos ve parpadear dos luces, una junto a la otra, blancas, quizá alumbrado eléctrico. Hay otra junto a ellas, una más pequeña, naranja. Un tanto alejada de las tres, hay otra de ese mismo tono anaranjado, algo más grande que la anterior. Separada de todas ellas, y más elevada, hay una más, la más grande y brillante. El horizonte a las cuatro de la mañana, lo que se ve por la ventana. Siempre se queda mirando esas luces, absorto. El resto del paisaje es aburrido. El ordenador arranca, el correo, un vistazo a las redes sociales, la gente subiendo fotos de fiesta. El momento adecuado. Se ducha, se adecenta, prepara la mentira. Su favorita. La mentira es el hábitat natural habitual para la supervivencia humana; cuando él nació las reglas ya estaban decididas. El suicidio quizá sea en cierto modo el mayor acto de bondad adulto. Por suerte, en ciertos círculos se considera cobarde o poco inteligente. La mayoría simplemente evitan el tema. No es cuestión de darle mala fama a la vida; al popular sacrificio gradual de la misma. Toda esa dignidad, como la llaman. La mentira; hay que trampear, disfrazar, distorsionar, regurgitar, barnizar o asesinar. Lo que haga falta. Lo único que cuenta es que el discurso siga en pie, la narrativa.
Cada cual su historia, pero siempre dentro de los mismos parámetros.
No brilla especialmente ante el espejo. Simplemente es limpio, decidido, un Buen Chico. Él sabe cómo ganarse el adjetivo. Incluso sabe moverse en una tienda de ropa, cargarse de paciencia, no quedarse jamás con la primera prenda. Pelo, zapatos, uñas, pulido, cuidadoso, algo puntilloso, y lo más difícil: parecer tan natural como el sol o la tormenta.

La discreción ha perdido enteros con la era digital. Algo tan antiguo como presumir se ha extendido como el virus favorito muchos. Da igual en qué grado seas un depredador, te han allanado el terreno. Internet ha entrado a saco con su machete a despejarte el camino. Más allá de las implicaciones “orwellianas” de esto, el fenómeno ha tenido su aplicación en el sexo. También en el espionaje, la violencia o la humillación. Todo eso supuestamente tan distinto al sexo. Paradójicamente, muchos otros pobladores digitales, marcan líneas rojas entre lo correcto y lo incorrecto, formando una guía sobre la moralidad. Qué es acoso y qué no. Cuándo sólo es un tonteo y cuándo ya eres un delincuente. Para esa gente no existe el titubeo reflexivo. Sin embargo, el resultado global de sus “conclusiones”, parece ser la imagen de alguien callado que da un largo rodeo para ubicarse a cien metros de cualquier persona, camino a la extinción de la especie. El suicidio global rebuscado por sobredosis de ideología.
En un principio parecía un planteamiento original; al final la mayoría de personas sólo dan un rodeo para estar lejos de la gente que habla en esos términos absolutos.
Nuestro héroe sabe dónde tiene que ir. Ve fotos de ella, hasta algún vídeo corto, casi en directo. Geolocaliza su borrachera en aumento. Ese debería ser el momento álgido. Está bastante seguro de que no tiene novio. Eso no siempre es un impedimento.

Tienes que acostarte a eso de las nueve de la noche. Cenas ligero y te vas a dormir la mona. Es más difícil de lo que parece. Acostarse temprano para poder ser un crápula. Pones el despertador a eso de las tres o tres y media. Duerme entre seis y siete horas. De todas formas es probable que entre semana no duermas casi nunca más de cinco. Al despertar estarás algo descolocado, pero lo suficientemente fresco. Te das una buena ducha, usas la cuchilla una vez más sólo para afeitarte, eliges concienzudamente la ropa. Procura tener bien alimentada la cartera, a poder ser desde antes. Es mejor no ponerse a buscar cajeros de madrugada. Si es posible, ve andando hasta el local de turno. Si no, procura aparcar donde te dé para un paseo (esto no es difícil). No queremos que en lugar de un borracho parezcas un zombi recién levantado. La idea es el contraste. La higiene, el olor, la energía, todo lo que los demás ya habrán desgastado o corrompido a las cuatro de la mañana. Para cuando muchos grupos de amigos estén pensando en tomar la última, tienes que llegar y normalizar. No hace falta llamar mucho la atención. Probablemente tu sobria torpeza habitual será bien recibida. Cierta rectitud y aguante. No has ido a beber. Bastará con sujetar el vaso, quizá un par de sorbos, y localizar a quien sabes.
No tienes garantías, pero tu táctica es distinta. No es necesario drogar a nadie, generalmente la gente ya se droga solita. Sólo tienes que aparecer en el momento adecuado. Cuando la gráfica despunta. Es fácil diferenciar sobrias de borrachas. Tú acabas de levantarte, ellas se irán pronto a dormir.
Pero nuestro amigo, tan humano él, tiene un objetivo. No quiere disparar una ráfaga y conformarse con el primer cadáver. Siempre hay una elección entre salir o masturbarse, y él hace un tiempo que decidió salir. No como cuando lo hacía con amigos a los veinte, sino con la sociopatía creciente de los treinta, calculador, resabiado, con todos los trucos para fingir optimismo, todo el catálogo dialéctico a mano. El romanticismo ya pasó, ¿no lo dicen incluso algunas feministas? El romanticismo es tóxico, una construcción social. Deconstruyamos, pues.
Cuando la ve, nota la emoción patética de la sobriedad. No sólo le parece guapa, hay algo, cierto tipo de electricidad, una llama minúscula encendida en la boca del estómago. Jamás ha intercambiado con ella más que cuatro palabras por Internet. Likes. Pero está todo calculado, la excusa está ahí, ella conoce su cara. No será un desconocido más buscando un atajo a sus bragas. O sí; pero hablamos sobre todo de drogas, de predisposición. Cuando la gente sale, el discurso ético se reblandece. Nadie busca ir de fiesta para reforzar sus ideales morales. Más bien prima la fantasía básica del placer intenso y puntual; incluso irresponsable, puede que amoral.

Pide un cubata y se apoya torpemente en la barra. Tiene que comenzar a interpretar. Estaba con amigos pero ellos se han ido. La ha visto a ella y ha querido quedarse a saludar. Se ha tenido que armar de valor. Lleva todo el día fuera de casa, está agotado. Ha desayunado, comido y cenado fuera. Era el cumpleaños maratón de alguien. Se ha frito los pies dando vueltas por media ciudad. Ni siquiera quería salir. No le apetecía, lo ha hecho por lo unido que está al cumpleañero, se meaban en la cama juntos, lloraban juntos, tenían miedo juntos y sentían timidez juntos ante las niñas. Lo bueno de esto es que el contexto te da cierta libertad. Si resultas demasiado sensible se puede achacar al alcohol, al cansancio. Es vital tener en cuenta qué cree la otra persona que has hecho las últimas veinte horas. Incluso aunque piense que mientes, nunca intuirá la verdad.
Ella se vuelve después del toquecito en el hombro. Él se presenta a trompicones, gritando por encima de la música. Es importante no hablar seguido quitándote el texto de encima. Tiene que dar la sensación de diálogo. No es tan raro, la gente casi nunca dialoga, más bien representan un diálogo. Lo único que cuenta es lo que dices tú. El intercambio de ideas es algo tan real como un unicornio o el horóscopo. Escucha y toma nota, vira el contenido hacia tu historia de cumpleaños y agotamiento. Intenta que no resulte obvio que te has hecho pajas con su instagram. Todo eso sólo puede ser ruido de fondo. Tiene que creer que ella te gusta, te interesa.
Irónicamente, en este caso no dista tanto de la realidad. Ella le gusta, le pone, claro, pero le gusta. Hay cierta dulzura en sus ojos, contraviene aparentes reglas muy en boga sobre la “fortaleza”. Mira con confianza, no tiene miedo de sonreír, impresionar o hasta enternecer.
Sus amigas se hacen amablemente a un lado, y ambos se quedan hablando, gritándose al oído, haciendo el paripé de discoteca, fingiendo que se puede tener una conversación. Ella parece receptiva. Él actúa desde el cinismo que te da la carencia de drogas. Lo cierto es que parece haber algo puro en el alcohol; puede que no seas tu mejor versión, pero eres más valiente, y por tanto más abierto, la sinceridad brota a borbotones, desordenada, pero está ahí y no te cuesta darle pábulo. El truco de la frescura de nuestro amigo tiene el hándicap de la lucidez. Puede que des una buena impresión por contraste, pero no estás suelto como los demás, les hablas por radio desde otro planeta.
La cosa va bien. Ella parece predispuesta. Ya no esperaba ningún plan, y lo que ha surgido parece gustarle. Hay risitas, hay otra ronda, quieres invitar, ella también, sus amigas comienzan a irse a casa a cuentagotas. Un chupito más. Ya puedes beber, has hecho lo más difícil.
Se ha acercado, ha procurado que ella pueda notarle, olerle, no es difícil en un antro. La mano en su cintura, otro grito, risas de ambos, no saben por qué se ríen, no importa. La noche se define en una media hora. Otro paso más: vivo cerca, las cartas sobre la mesa, tomar la última, venga, ánimo, aquí hay mucho ruido, qué te parece, ¿te hace gracia?, etcétera en mi piso, mi mueble bar y yo. Cutre, directo, salido, y a veces muy efectivo.

No vive tan cerca, a lo sumo vive en la ciudad. Ella va muy borracha, quizá demasiado. No hay una pizca de miedo en sus ojos. No se ha olido la tostada, o simplemente la tostada no le importa. Es libre de hacer lo que quiera, ronda los treinta, no tiene que dar explicaciones a nadie, aunque lo haga. Si alguien le dice que se tire por un barranco, ella puede hacerlo si le da la gana.
Él piensa en lo que va a hacer cuando lleguen a casa. No tiene claro que ella pueda hacer algo más que dormir, más allá de lo que quiera hacer.
Al aparcar, sin embargo, la muchacha parece menos cocida. Salen del coche. Del coche al portal, del portal al ascensor, del ascensor a la cuarta planta. Recorrer el pasillo hasta la puerta. Es un bloque de pisos viejo, sin encanto pero resistente. No es la obra de arte de nadie, es un archivador vertical, cajas de zapatos apiladas.
Haces lo que puedes en un mundo frío y complicado. Te instalas, sobrevives, y aprendes a pescar en el hielo.
No beben. Se revuelcan primero en el sillón, luego van dando bandazos hasta la habitación. La persiana sigue abierta, las luces al fondo. Él le sube la falda, tironea de las bragas hacia abajo. Ella se apoya en el escritorio. Hay una posibilidad de que vomite sobre el teclado en la que él procura no pensar. No ha pensado tampoco en los condones, a lo que ella no ha añadido nada. Sigue adelante, sin titubear. Un clásico. Embiste como Dios decidió. Como Darwin explicó. Un amigo de nuestro pescador decía que Dios no folla. Puede que no folle, le replicaron, pero controla el burdel. Una noche más toreando el suicidio, besando sus astas. Ella le azuza. Él se va a correr. La mirada fija en las luces del horizonte. Se acaban uniendo en una sola, grande y borrosa. Parece conformar una cara.

 

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El Mal conocido

Me tiembla visiblemente el cigarrillo, doy sorbitos de café. Siempre bebo el café de manera que los últimos dos sorbos ya está frío. Un café es una tarde de sábado cuando el dinero escasea. La terraza está atestada, risas, gritos, globos que explotan, alguien no deja de inflarlos in situ y venderlos a los críos. Doy un respingo de vez en cuando, sudor frío, pongo caras raras, finjo mal. Mí compañía es demasiado educada para preguntar. Cuando no te encuentras bien se supone que es mejor volver a casa. Pero obviamente tu casa no siempre es un lugar mejor. A veces es peor que dormir al raso. Hay gente que vive con psicópatas. Lo mío es más largo de explicar.
Hurgo en mi cartera, tengo para otro café, solo. El café solo vale calderilla, un cortado empieza a ser dinero, y de los refrescos no puedes fiarte, las cuentas se disparan. Hace años que no bebo un cubata, y no es que los eche de menos. Eran los años de fingir que entendía el mundo. Ahora, hablar con los demás con el cinismo propio de la ciudad, me cuesta horrores. Lo peor de todo el asunto, es que ya nadie se cree nada. Cada cual tiene sus motivos, pero todos son escépticos; algunos desde una reposada vehemencia, otros directamente desde la burla. La gente que se se jacta de ser normal de un modo u otro, siempre es mayoría. Nunca me cayeron muy bien, y ahora tengo razones de peso para despreciarles.
Ya he descartado, por cierto, lo del médico. Estoy sano, aun siendo una de esas chimeneas que resisten, como las que dejan como rastro de un pasado industrial. La moda de la vida sana no me ha abrazado, el tabaco es tan natural en mí como el miedo.
Todo el mundo sabe lo que quiere una persona que invita a otra a su casa a cenar o «tomar la última». El sexo es el motivo último por el que mucha gente hace lo que hace. Es la base. Todo gira alrededor, ya sea más o menos disimuladamente. Hay tantas capas de moral, falsa moral e hipocresía relacionadas con el sexo, que te hace dudar si merece tanto la pena. La opinión más popular entre la gente normal, es que sí.
La lista de cosas en las que no cree esa gente es cada vez más larga. Su capacidad de fascinación mengua, sus posesiones materiales crecen por defecto con sus ingresos. Son previsibles, sólo le tienen miedo a la inadaptación y la opinión ajena. Viven para los demás, pero no en el sentido filantrópico. Han perfeccionado eso. La filantropía, si acuden a ella, suele ser otro modo de alimentar el ego, o conseguir sexo.
A grandes rasgos, sé cómo se sienten, o más bien cómo evitan sentir, yo también estuve ahí. No puedo hablar claro con esa gente.

Ahora, cuando intento llevar a alguien a mi piso, no es tanto para follar como para no estar solo. No hablo de un sentimiento de abandono, no me refiero a tener más de treinta años y estar buscando a alguien con quien aparentar hacerme fuerte y adulto. No quiero follar más o impresionar a nadie, lo que de verdad quiero ahora es que Alguien Más Lo Vea.
El piso no es nuevo, pero tampoco conozco ninguna historia del pasado que lo haya salpicado de sangre y sufrimiento. No es que haya investigado. Lo que yo quería es tener esquizofrenia o un tumor cerebral. Pero me han asegurado que no, que lo que veo es real, sea lo que sea. No es que me lo hayan dicho así. Según he leído, puede que esté presenciando fenómenos de la física poco conocidos. Google no está siendo de gran ayuda. Los fenómenos paranormales son nada más que una historia divertida. Encontrar información seria al respecto es una labor extenuante. Lo paranormal, como tantos otros asuntos, no es más que una afición, un pasatiempo llevado al paroxismo. Esto se da ahora incluso con la política y el activismo; hay gente a la que le es indiferente que el mundo mejore, sólo quieren sentir que están en la brecha; incluso intentan hacerte creer, sin descanso, que eligieron un posición desfavorecida, que no les vino dada de una forma casual. Es un ideal con el que, si te va bien a nivel individual y a la vez formas parte de un colectivo históricamente reprimido, tienes vía libre moral para decir lo que te dé la gana. Aunque en el fondo no lo tomes en serio, aunque en realidad, a estas alturas, te importe un carajo. He hablado con parapsicólogos que me han asegurado no ver jamás cosas como las que yo he visto. Curiosamente, aun así siempre han tenido una palabra u otra para definirlas. Ese procedimiento se repite. En política te insultan, en parapsicología se ríen de ti. El principio es el mismo. Un narcisismo galopante. De repente te tienes que enfrentar con una realidad que para ellos es más bien una ilusión, teoría, una forma de pasar la tarde, o quizá incluso de ganar dinero. No les importa tanto como les divierte. No hay tanta distancia entre hacer una sentada popular y colarse en una casa supuestamente encantada. Te reúnes con gente con «tus mismos intereses», matas el tiempo y te fabricas una identidad interesante o “seria”, porque no crees que puedas ser Alguien Libre frente al mundo.

Por la calle es importante que parezca que vas a algún sitio, sea por ocio o por trabajo. Ya es molesto que te toquen las narices, pero que te toquen la agenda es inaceptable. Tienes que proyectar eso. Hoy sí venía a hacer algo concreto, conocer a alguien. Cuando me pido el segundo café, ella me pregunta qué quiero hacer luego. Tengo que dar un largo rodeo. No puedo contar la verdad. Es importante que crea que esto sólo va de sexo; y que finjo que no es así. Lo que sea que pasa es más importante que nosotros y nuestras charlas digitales del último año.
La cena está de por medio, y es un problema, significa dinero.
No lo hago muy bien, pero al final le digo que si quiere cenar algo sencillo en casa. En mi casa. Si le contara lo que he visto en mi piso antiguo, de techos altos y sospechosamente barato, sólo podrían pasar dos cosas: o me descarta por tarado, o me cree parcialmente y decide alejarse por su propia seguridad.
Que yo sepa, nadie sabe lo que cuesta mantener una erección pensando en imposibles terroríficos que has visto no lo son. Todo suele empezar de madrugada, hacia las dos. El motivo por el que no he llevado a ningún amigo para ver si él también lo ve, es que nunca hay una excusa natural para ello. La mayoría están en labores de adecentar un piso, gestionar una mudanza o lidiar con un bebé. Están creciendo y asentándose. Siempre en movimiento. No encaja apenas con mi parálisis, que ahora funciona a varios niveles.
No quería un piso para enseñar, sabía que no podía permitírmelo. Sólo algo con un techo y un par habitaciones. Cuando vi mi actual vivienda, se me pusieron los ojos como platos. No tenía sentido que el alquiler fuera tan barato, la sonrisa de la mujer de la inmobiliaria parecía abierta a cuchillo. Decidí no hacer preguntas.
No quería compartir piso. La mayoría de gente pasa de dar explicaciones a sus padres en un piso decente a dárselas a desconocidos en cuchitriles. De todas formas estar solo se ha convertido en un problema. Sentirse acompañado es un problema serio cuando no se trata ni de un ser humano ni de una mascota.
Para más inri, hoy es la noche de Halloween, lo que no sé exactamente en qué posición me deja. Si ella ve algo puede pensar que es una broma. Yo prefiero pensar que me conoce lo suficiente para concluir que eso no me pega. Demasiado evidente. Pero también podría pensar que ambos somos víctimas de la broma. Pero ¿una broma de quién?, ¿de los vecinos? Lo que yo llevo semanas viendo no tiene aspecto de broma. En cualquier caso, yo había propuesto otras fechas para quedar, pero al final ha tenido que ser hoy.
He perdido más de diez kilos en dos meses y medio. El asunto me ha atrofiado el hambre, me ha hecho enfermar, me siento todo el tiempo como si estuviese incubando algo. Es como una fiebre moderada constante; soportable pero suficiente para desvitalizarte como a un diente, matándote el nervio. Tengo accesos de pánico, pero el resto del tiempo voy cabizbajo como un girasol de noche. Nada de todo esto preocupó en exceso al médico, que –tras, eso sí, múltiples pruebas– me envió a la farmacia con una sonrisa, argumentando que mi juventud, cierta dieta y unas vitaminas me devolverían el brillo a la mirada. No lo dijo así.

Al final no viene. Nos entretenemos una hora más, hablando de quedar otro día, de hacer planes, asegurando que no es una forma de hablar. Ella tiene el día siguiente complicado, no quiere complicarse también esta noche. Follar por primera vez con alguien tiende a ser estresante. Me vuelvo solo a casa.
Cada vez tengo menos miedo, pero creo que es porque cada vez tengo menos energía. Claramente necesito una segunda opinión profesional.
En casa todo hace eco; la llave saliendo de la cerradura, mis pasos, mi presencia. La ironía final sería agenciarme un gato. Si suena el teléfono, el susto me pone al borde del llanto. La tele se oye como dentro de una iglesia. Me da cosa ponerme los cascos, aislarme, cerrar los ojos escuchando música. La mayoría de cosas que la gente hace en su casa sin temor, aquí desentonan. Las paredes se aguantan la risa.
He dejado un par de veces una cámara grabando en mi ausencia, pero luego no me he atrevido a ver el material. Creo que me estoy haciendo inmune a los somníferos. Ayer vi que sobraba un chute de Nolotil. Me quedé grogui en la cama. No vi nada.
Pasa algo unas dos o tres noches a la semana. Sólo coincide un poco el horario de madrugada. Cuando parece que ha pasado la tormenta, suele haber una réplica al estilo de los terremotos.
Lo que más me aterroriza, es mudarme, que todo siga igual, y tener que digerir que, de alguna forma, el problema soy yo. Yo sin un diagnóstico médico acorde.

De modo que la noche que planeaba se ha quedado a medias. Ella me gusta. En parte porque no hay razón aparente para que esté conmigo. Es superior en todos los sentidos. No intento ensalzarla; simplemente tiene más valía, tanto en lo calculable como en lo que se puede ver e intuir. No necesito idealizarla para que parezca ideal. Sé que siempre hay un porcentaje de idealización, pero hay personas con las que más bien tienes que asumir una realidad poco probable: son casi exactamente lo que parecen.
Nos gusta racionalizar a la baja por lo que podamos perder. Pero la realidad es mucho más inestable que eso.
Ver según qué cosas te da otro enfoque del entorno y quienes lo habitan.
No tardo mucho en meterme en la cama. Esta semana sólo ha habido una noche complicada. Mi única esperanza es que deje de pasar igual que comenzó a pasar: porque sí. Quizá en unos años consiga convencerme de que todo fueron pesadillas excesivamente lúcidas. O puede que estas historias sucedan de verdad mucho más de lo que trasciende. Creo que todo el mundo sabe que la negación tiende a ser el cimiento principal. Un suicidio seguramente no es más que carencia de negación.
Aun así, todo esto suena mejor de lo que es.
Gestionar el miedo a los sucesos en los que casi nadie cree en serio, es el ejercicio autodidacta más puro, difícil y espantoso que existe. Los libros, informes y estudios a los que puedes recurrir, suelen ser en un 90% como un almanaque deportivo de hace cincuenta años. Cosas divulgativas como la “física para tontos” no sirven para nada. Nunca hay un capítulo dedicado al mobiliario que se mueve solo o la aparición de una vieja escupiendo gusanos por los ojos.

Me arropo y miro al techo con los ojos como platos. Los somníferos se deshacen dentro de mí muertos de risa. Mi organismo parece actuar según reglas distintas desde que todo empezó. Es posible que ahora tenga que comer grillos y beber agua estancada. Estoy en Otro Lugar, quizá también soy ya de otra especie. El mundo conocido es anterior. Puede que el tiempo y el espacio tampoco sean lo mismo, o lo que creía que eran. Quizá es mi percepción, un sexto sentido que he desarrollado, y que de momento sólo me ha hecho adelgazar a la fuerza y lucir ojeras. La risa del médico no se me va de la cabeza. Paso noches de padre de un bebé sin tener un bebé. Ni pareja. Cuando todo pasa, me fumo el cigarrillo post coito. Sin haber follado.
Hoy estoy a punto de darme la vuelta en la cama, lo que significa (quiero pensar) que ya ha pasado demasiado tiempo, que ya no pasará nada.
Entonces noto una sensación de frío en el hombro. Parpadeo y veo el suelo, sobre el que estoy de repente. Apoyo toda la espalda, echo un vistazo. No es el suelo, es el techo. Al mirar hacia arriba, veo mi cama vacía. El ángulo del paisaje que se ve por la ventana (los edificios, el alumbrado eléctrico) no ha cambiado, pero todo en mi piso se ha dado la vuelta menos yo. Oigo un ruido similar al de dos rocas frotándose, como si un mecanismo ancestral hubiese acabado de encajar del todo. La habitación parece esperar algo de mí. Noto piel sólida, fresca, un peso reptando entre mis piernas, algo ha aparecido de sopetón. No una culebra o un pequeño lagarto. Voceo, como siempre, pido ayuda por inercia, el corazón me sacude la caja torácica. Como cada noche que algo pasa, el cuerpo se me inmobiliza. Da igual lo que se acerque o me mire, yo no no puedo defenderme. Es una serpiente, lo que yo entiendo por una anaconda, aunque no conozco las proporciones reales. Comienza a enroscarse alrededor de mí. Grito de esa manera en que luego no puedo entender la carencia de quejas de los vecinos. Puedo notarlo todo, con todo detalle, es aprehensible dentro de su horror, tangible. Cuando la serpiente, más gruesa de lo que abarca mi torso, abre la boca, veo que sale luz de ella. Voy a tener que verlo todo. No habla, pero es como si lo hiciera. Quiere que sepa lo que va a pasar. Noto cómo mis costillas crujen. Primero se parte mi brazo derecho, luego se me disloca el hombro izquierdo y oigo otro crac. Puedo oír y sentir cada desgarro. Mis órganos se amontonan ejerciendo presión en mi cuello. Veo el interior viscoso de la serpiente. Apenas puedo respirar. Mantengo una extraña lucidez mental. No he oído estas cosas sobre la parálisis del sueño. Creo que mis ojos intentan salirse de las cuencas. Me está comenzando a tragar. Lenta y perezosamente, sin aspavientos. Mis gritos apagados dentro de ella, mis temblores. Vomito sangre dentro de la cavidad. Veo que algo se abre paso delante de mí en el túnel del reptil. Mi voz ronca, aún operativa:
Por favor, por favor, por favor…
No hay una fuente de luz concreta, la luz sólo está. Cumple una función. Veo cómo la cabeza de algo parecido a un bebé con gigantismo, empapada en fluidos, se abre paso ahí dentro hacia mí. Mis huesos siguen crujiendo. Comprendo que no soy alimento para la serpiente, sino para la criatura de su interior. Me lo dice la luz, aun sin susurrar, sin articular, sin verbalizar. Vomito sangre en esa cara, pero no parece importarle, parece tomarlo como un proceso habitual. Incluso abre la boca, sorbe el entrante, el principio de su merienda («merienda» es la palabra que me viene). Empieza a beber directamente del chorro que yo expulso. Sus ojos son amarillos, cambiantes en todo menos el color. Sus orejas, minúsculas, su pelo, el de un recién nacido. Me enseña los dientes, afilados, algunos muy pequeños, otros de hasta tres o cuatro centímetros. Hace una mueca, parece sonreír. Me doy cuenta de que estoy por completo dentro de la boa. Puedo entender, oír la digestión; para la criatura dentro de la criatura, es necesario que yo sea papilla, pese a sus dientes. Aquí los dientes no cumplen esa función. Con un tono de amabilidad funcionarial, me dice a modo de saludo:
–Hola…

Mis compañeros no dejan de mirarme la nariz vendada en el comedor. Pasados dos días, aún me duele cada vez que muerdo el bocadillo. Cuando me preguntan qué me ha pasado, insinúo una farra de Halloween, una caída tonta. En cierto modo fue una caída tonta, y fue en Halloween. Dije lo mismo en urgencias, después de que mi piso se pusiera del derecho, y yo me viera de golpe en el suelo junto a la cama. Estoy bastante seguro de que caí desde el techo. Con tener el resto de huesos sanos, me contenté. He perdido un par de kilos más, creo que en sólo tres días. Anímicamente, voy de la pereza más extrema al pavor absoluto. Cuando intento sonreír parezco la Gioconda.
Vuelvo a mi puesto al acabar el descanso. Estoy en una nave industrial, entre cadenas de montaje y material de almacén. Electrónica en curso. Se supone que reparo televisores, entre otras cosas, pero básicamente televisores. Uno entre un montón. Si en una cadena de montaje surge algún problema, se aparata el aparato responsable y le llega a un Oompa Loompa reparador. Lo que yo hago, en resumen, es apañarlo y devolverlo al principio de la cadena de turno. Estoy en la clase de trabajo en que la producción yace en solitario y los humanos somos rebaño en el sentido más literal. Es una gran marca; si en un mes se cierra esta fábrica, iremos todos a la calle porque en otro lado estarán dispuestos a hacer el doble por un tercio de lo que cobramos aquí. Habitualmente gente más oscura y más joven, menos ambiciosos que nosotros, con nuestros caprichos de tiempo libre y dignidad.
Hay gente que no tiene tiempo de tener miedo.

He perdido la cuenta de los episodios de terror. Un segundo médico me ha mirado más serio mientras le balbuceaba mi historia. La gente normal sólo tiene un historial. Me han hecho más pruebas y no han visto nada extraño, excepto irresponsabilidad alimenticia. Yo hablo de «visiones». Creo que mi cuerpo se ha ido adaptando a la nueva situación. Hay un límite para la felicidad, pero no tanto para el sufrimiento, al parecer. Tu mente puede digerir lo incognoscible, quizá para ella no sea más que un proceso mecánico. Cuando me miro en el espejo pienso en Auschwitz. No es ese nivel de desnutrición, pero es esa mirada. Pienso a menudo en las estadísticas de suicidio, y si parte de ellas no tendrán que ver con todo esto. Este puto tercer ojo, la incapacidad de negarlo.
Hablo seguido con Ella. Quedamos un día y temo por mi aspecto. He bajado mucho de peso respecto a la anterior cita. Y sólo hace dos semanas.
Antes de eso, decido ver una noche una de las dos grabaciones que hice hace como un mes. Dejé mi webcam enfocando la habitación. Busco el primer archivo, menos tenso de lo que cabría esperar. La imagen no es muy buena en visión nocturna. Hace que todo parezca fluorescente y amenazante. Son varias horas de vídeo. Tengo que pasarlo a cámara rápida.
Me desalienta descubrir que el principio de la grabación soy yo masturbándome bajo las mantas. Ni siquiera pensé en eso. El encuadre consta de mi escritorio, la cama, un armario y las paredes desnudas. Me muevo más de lo que pensaba cuando estoy durmiendo. No hay audio, supongo que podría haberlo hecho mejor. Al cabo de tres horas de vídeo veo algo. Paro la grabación y voy un par de minutos hacia atrás. Una mosca se posa en mi labio inferior. La mosca apenas se mueve. Aspiro y entra en mi boca. La cierro y se mueve la nuez en mi cuello. Me la trago y sigo durmiendo plácidamente.
Me levanto en presente y me voy a escupir al lavabo con carácter retroactivo. Me lavo los dientes.
Así estoy pasando la noche. ¿Esto es lo que pasa sin la pareja y el bebé con más de treinta años? ¿Quienes eligen la familia nuclear lo hacen porque de algún modo ven venir esto?
Sigo pasando la grabación.
Todo el mundo habla de lo violento que puede ser verse follando en vídeo. Nadie se graba durmiendo solo. Aunque es cierto que me he hecho una paja y eso no es nuevo, todo lo demás, lo de dar vueltas, comer moscas y respirar con la boca abierta, hace que un polvo de lorzas, excesivo bello púbico y ángulos en los que no querías verte, parezca un pase de modelos.
Pero espera.
Poco antes del final del vídeo vuelve a suceder algo.
Mi yo de hace un mes se incorpora y pone los pies en el suelo. Ahora es cuando echo de menos el audio. Parece bastante claro que comienzo a mover los hombros, algo así como al compás de algún ritmo latino. Me pongo de pie sin dejar de moverme. Doy unos pasos torpes y me sitúo frente a la cama. Me echo las manos a la cintura y comienzo a bailar sin apenas despegar los pies del suelo. Parece evidente que lo hago todo a cámara. Cada vez me muevo con más soltura, aunque más bien como si algo desde dentro me moviera, haciendo acopio de todo el esfuerzo posible para que mi físico, totalmente arrítmico, se apegue a los pasos de baile. Incluso parece que sonrío un poco.
La idea de grabar el vídeo era tener algo que poder enseñar.
Es entonces cuando doy un respingo en mi silla. Entra en cuadro una mujer, que prueba a bailar conmigo. Temblando, intento verle la cara. Se mueve con tanta fluidez que es casi imposible. La visión nocturna no ayuda.
Joder.
La piso varias veces. Pero ella sigue insistiendo. Bailamos salsa, o algo por el estilo. Algo que implica contacto, agarrarse, roles masculino y femenino. Algo que no he hecho jamás. No consigo averiguar quién es ella. Pero en un momento dado, la mujer pierde el equilibrio.
Sin sonido todo parece menos chocante, más digerible, como triturado. Pero aun así, rompo a llorar. La cabeza de la chica se incrusta en la esquina izquierda del escritorio. Comienza a chorrear sangre, mientras yo sigo bailando solo. Su cráneo ha quedado casi empalado. Se ha quedado tal que así, sin resbalar y caer hasta el suelo. Yo parezco mejorar con mis pasos. Incluso miro a cámara y parezco invitar a quien mire a bailar conmigo. Me miro a mí mismo, ahora sí tenso y deseoso de que la grabación acabe. Doy una vuelta, una pose y doy por finalizado el baile. Vuelvo a acostarme, con parsimonia.
Estoy a punto de cerrar el vídeo, pero entonces algo me detiene. Ya acostado, algo sale de la boca de mi doble. La mosca. Echa a volar, la pierdo de vista. Pero luego la veo posarse en la chica muerta. El ángulo no es bueno, pero intuyo que entra también por su boca.
Ella empieza a moverse. Se desincrusta a sí misma de la mesa. Se pone de pie. Se dirige hacia la cámara. Me señala, a mí, sentado, sudando y temblando en mi silla. Ríe a carcajadas silenciosas. Se acaba el vídeo.

Me dan unos días libres en el trabajo. Llamé a la puerta del despacho del encargado al día siguiente (no me atreví a abrir el segundo vídeo). “Mi abuela ha muerto” (mi boca es una raya parlante). El tío se me queda mirando, abre un cajón, lo cierra, resopla. Técnicamente no es mentira. Si adorno mucho las mentiras mi cara comienza tensarse y descolgarse a la vez, pero mi abuela materna murió hace diez años, a la paterna ni la conocí.
Leí que viajar puede ayudar. No necesariamente con lo mío; se asocia sobre todo a problemas amorosos, relaciones duraderas que se han acabado. Pero en cinco años esto es lo más parecido que he tenido a una relación duradera.
Me siento extrañamente seguro en el avión. Ni siquiera me preocupa el dineral que me supone ir dos días a Londres. He reservado habitación en un hotel de dos estrellas en el que ya estuve hace unos diez años con amigos. Sólo porque aún existe.
Haber viajado casi nunca en avión, te ofrece una agradable sensación de irrealidad cuando vuelves a volar. No es que yo haya estado escaso de eso (de irrealidad), pero compruebo que sigue siendo efectivo a su manera.
Pasar dos días fuera, además, me puede sacar de la duda de si el problema soy yo o el piso antiguo. Al menos parcialmente. Al menos, si no pasa nada, podré hacerme esa ilusión.
Se me ha olvidado por completo mi segunda cita presencial con mi amiga digital. Me acabo de dar cuenta. En teoría es mañana. Eso me devuelve en parte la ofuscación habitual. Pienso en qué voy a decir.
Me ha tocado junto a una mujer que ha decidido darme conversación. Creo que sabe cómo manejarme, o quizá es que simplemente me cae bien. Creo que le interesa lo de que viaje solo. Solo sin ser por motivos de trabajo. No es nada extraordinario, pero creo que no encaja con mi aspecto y edad. No tengo pinta de mochilero con pasta. La mediocridad siempre ha sido mi terreno, donde yo suelo destacar. No tienes que hacer casi nada para dar la nota cuando eres mediocre. Cuando lo pareces. No importa si lo eres, de hecho, sólo si lo pareces. Si lo pareces, lo eres, así es como piensa la gente, por más que hablen sin parar de las apariencias y el fondo de las cosas. Nos se tragan nada que tenga una forma sospechosa, por muy convencidos que estén de que es un manjar delicioso. Me abro con esa mujer de la misma manera que uno lo hace por Internet. Un encuentro casual en un avión con un desconocido, es seguramente el único encuentro cara a cara similar a un chat. Te sientes a salvo.
Puede que en parte sea eso lo que hace que me comience a sentir raro respecto a ella. Cuando raro significa muy bien. Ella sí viaja por trabajo, según dice. Por momentos, sólo puedo pensar en lo que le voy a decir a la cita de mi anterior vida. Se acumulan las cosas que decir, las vidas. Se acumulan los putos sentimientos, y también estoy pensando en cómo voy a despedirme de la compañera de viaje. Despedirme teniendo algo de ella. No falta tanto para aterrizar.
Me siento totalmente superado por los acontecimientos. Creo que ella me daría su teléfono si yo sacara el tema. Pero no sé si ella sacaría el tema.
Una voz dice que tenemos que ponernos el cinturón de seguridad. Se ha producido un silencio entre nosotros. Tras las conversación, sé algunas cosas; que no tiene novio, que no le gusta su trabajo, que es curiosa, que tiene algo, creo que es su cara (sus ojos), que hace que me afloje por completo. Que me rinda. Le calculo más o menos mi edad, quizá algo mayor que yo. Decido que voy a sacar el tema. Voy a tantearla, intentaré meter la nariz en su agenda, es la única manera. A ver si podemos volver a “coincidir”, abajo, en la realidad.
El avión hace un movimiento brusco. Tanto que estoy a punto de buscar la bolsa para vomitar (de puro terror). Pero no se queda ahí. El tiempo se consume como gasolina encendida. Mi compañera de viaje dice que hay demasiada luz fuera. Por los gritos, nos enteramos de que un motor está ardiendo. Una nueva clase de miedo, cuando veo que una azafata sale de la cabina de pilotos, tapándose la boca con las manos, y con los ojos salpicando lágrimas en ellas. No recibimos mensaje oficial alguno. Saltan las máscaras de oxígeno. Se activa el protocolo de turno. A menudo el último. Ahora el Mal es conocido, cuantificable, un clásico. Nadie se va a extrañar, nadie se va a preocupar. A unos cuantos desgraciados les ha tocado la lotería del accidente aéreo. La clase de historia que puedes contar si sobrevives.
No lo achaco a la dinámica de mi vida. No al menos en términos de exposición a lo sobrenatural. Miro a mi alrededor. Mi compañera me ha agarrado la mano. Tengo miedo y no lo tengo, me invade un acceso de aceptación. Cierto vértigo, nada más. Algún fenómeno conocido de la física hace que el avión comience a desmontarse por secciones. No quieres oír estos gritos. Estamos sentados en la zona izquierda. En la derecha, comenzamos a tener una bonita panorámica de Londres de noche. Preciosa y ecuánime. Las butacas comienzan a salir volando de tres en tres. Abróchense los cinturones. El proceso de ingeniería se revierte. Nuestra ubicación aún aguanta la presión. Caemos en picado. Me fuerzo a sonreír en el último instante. Puede que ahora todo mejore. Veo que nos vamos a estampar contra una iglesia.

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La última batalla

Camino bordeando la vía del tren, sopesando los pros y los contras. Los contras ganan por goleada mientras decido dónde. Pero iré como siempre al Stendhal. Octubre avisa, lo tiene todo a punto. Septiembre se revuelca en el suelo perdiendo el tiempo, aunque ni siquiera le han tocado. Siempre parece tiempo de descuento.
Tras la barra encuentro a las dos camareras de a diario. El dueño del local casi nunca está en mi turno del café. Esto está aislado, seguro que por eso siempre acabo aquí. Tengo que darme un montón de razones, pero al final nunca buscas lo mejor, sino lo menos malo. Es como votar en las elecciones, preferirías no hacerlo. Cada vez me parece más inteligente la gente que no lo hace. Los que procuran no hacer nada. Y aún más los que no ponen ninguna excusa. Militantes de la parálisis; el cinismo ya pasó, cosas del siglo XX.
Ahora sólo tienen fuertes convicciones los flipados. Corren a toda velocidad con los ojos vendados.

No hay batalla más perdida de antemano que la de intentar hablar de la belleza. Describirla sin sonar como un cretino presuntuoso. Pretender que tu metáfora acierta, o que tu crudeza es apropiada. Lo de llamar Stendhal al local nunca fue una ironía. Cuando abrió hace diez años no estaban ellas, sólo el dueño y un chico familiarmente secuestrado. Creo que era un sobrino.
Pero ahora todos tenemos que sufrir.

No sé cuántos clientes asocian el nombre de la cafetería con la Idea.
Me arrincono con mi taza y procuro normalizarlo. Veo que llega el poeta. El tío de cuarenta años que ha perdido la perspectiva. Otro más. Mira al frente y hasta habla con las camareras. He visto caer a muchos más fuertes e inteligentes; pero este tío cree que la trampilla no se abrirá bajo sus pies. No sabe disimular. O mejor dicho: no sabe aceptar que no sabe hacerlo. Yo sé que no sé hacerlo, no intento actuar, no finjo seguridad. Me bebo mi puto café.
Les sonríe y habla. El tío habla. Cuenta cosas. Quiere ser divertido.
Una es más seria que la otra, pero basta con que una sonría. No puedes saber con seguridad si es cortesía. Debes asumir el laberinto. El poeta no lo hace. No es una forma de hablar, ha publicado varios libritos de lo que llaman poesía urbana. Un día me regaló uno mientas las miraba de reojo. Miserable Bienqueda. “Compañerismo entre clientes habituales”. Todo lo que escribe es seco y aburrido, la ciudad desprovista de alma. Al hablar se muestra más lírico, no sé si a conciencia. “Conversa” más con la sonriente pero está colado por la seria. Eso quiere proyectar. Yo salgo a fumar un cigarrillo con mi cortado a medias.
La verdad es que ellas me acojonan. Lo bueno es que sé que no soy el único. Nadie habla de lo extraño que es. A veces he oído hablar de novios, de que quizá los tienen. La sola idea es ridícula. ¿Tíos elegidos, aptos, con la suficiente entereza? No he conocido jamás a nadie así. Y menos a un hombre.

El poeta cree prosperar en su misión. Es feo, sobre todo por dentro. Aunque ellas parecen estar por encima de ese tipo de valoraciones.
No te pones a discutir con la tormenta perfecta; si tienes suerte, sobrevives, la contemplas. El poeta cree que puede barrer la playa o surfear el tsunami.
Hay bastantes tíos así, creen tener la solución porque no se rinden fácilmente. Creen que todo es parecido a madrugar y hacerle la pelota a alguien. Trabajo duro, todo dientes, morder y reír, todo predisposición. Votantes de a primera hora. Los verás detrás de la reportera en las conexiones del telediario. No descarto que éste ya tenga novia. No se conforman con la monogamia, y tampoco con la poligamia acordada. No sólo quieren todos los trozos del pastel, quieren convencerte humildemente de cómo después cagan pepitas de oro y mean champán.
El tío multimoral, multiética.
Aun así, hay algo que ha sabido hacer bien. No ha intentado regalarles nada. Y mucho menos preguntarles a qué hora cierran. Se ha dado cuenta de algo. Han pasado días y semanas. Pero después no ha sabido digerirlo.

Un miércoles por la tarde hay una mujer en la calle subida en una especie de cajón. Un discurso, una arenga. Otra batalla perdida de antemano es la de intentar hablar de la sexualidad, del género, de la identidad y la atracción. La cultura o la biología. Todo lo que conlleva, la violencia y la muerte inherentes. La mujer, muy joven, escupe estadísticas parciales. No sé si el show es improvisado. Tienes que decidir creerte ciertas cosas, o decidir desecharlas. En cualquier caso, siempre tienes que relativizarlas. Hay que poner en una carpeta aparte todo lo que se dice gritando. La gente que grita suele ser sospechosa por defecto. Algunos tíos miramos con los brazos cruzados, de pie. Escuchamos. Nos controlamos de reojo. Hay uno que se hace llamar «aliado». Lo verbaliza. Está con un grupo de mujeres que aplaude a rabiar a la compañera del cajón. En unos diez minutos dejan claro quién es quién en la sociedad. A juzgar por el tono, no cabe la menor duda. El discurso es tan cerrado que cualquier discrepancia toma forma de provocación opresora.
Es un barrio pequeño, sobre todo zonas residenciales, ni pueblo ni ciudad, lo que se ve cuando vas en tren. Empiezo a dejar de escuchar y me encamino por inercia al Stendhal. La mujer del cajón no saca a colación la estadística de suicidios masculina.
Se supone que ya habrán enterrado al poeta. Ayer mucha gente llegó tarde a casa. Aquí pasa a veces cuando intentas volver en tren.

Lo radical casi siempre está sujeto a un análisis parcial. Desechas unos datos y te aferras a otros. El sentimiento natural si intentas observar el todo, no es el cabreo, es la frustración. No te quedan ganas de atacar o insultar a nadie. Sería como intentar culpar a todas las mujeres por la muerte del poeta. Lo peor es que no fue el tren lo que lo mató, sino su propia determinación. No su determinación a morir, sino a triunfar.
Entendemos triunfar por follar, porque hablamos de quien hablamos, aunque parece evidente que se obsesionó más allá de lo físico. Quizá fue eso lo que no pudo soportar. No lo vio venir. Tenía novia, por cierto, o al menos eso decía el periódico. Era una pequeña celebridad local (él). Un gran gilipollas, pero sólo uno más. Yo lo soy, tú lo eres, sólo se trata de cómo lo gestionas. Es una suerte, la lucidez no parece traer casi nada bueno. Eso es lo que me parece que las camareras proyectan. Al mirarte te presentan la naturaleza, por entero. Es una forma de decirlo. Hablan poco, pero el agradable timbre de voz no ayuda. El poeta no es el primero, sólo es el primero del que he visto algo en la prensa. La palabra tabú parece vulgar para el caso, para describir el sentimiento en la zona. Da igual lo raro o habitual que sea el conflicto, la gente sólo quiere sobrevivir, negar las preguntas, o entregarse a dos o tres respuestas como a una nueva religión.
Estoy harto de dudar, dime qué debo pensar y te lo compensaré con creces. Dame evangelios y doctrina, dame dogma, dame un saliente antiespiritual que pueda vender como racionalidad absoluta.
Las religiones ateas.
El amor romántico no puede existir, lo que siento es solo un efecto secundario del lavado cerebral. Tampoco es química, es tu puta culpa. Me lo dijo el gurú, él es más listo que tú.

Si lees sobre el síndrome de Stendhal, todo se relaciona con obras de arte, pero parece que también es aplicable a personas. Quizá el peligro es que dichas personas no entienden lo que proyectan, el efecto que causan en los demás. No lo entienden ellas, no lo entienden los demás. Como casi siempre, nadie entiende nada, simplemente algunos deciden hablar. Puedes escuchar o no, yo casi siempre lo hago, lo que no es necesariamente la mejor opción. Me parece un requisito para estar vivo, pero sólo es mi opinión.
A veces voy a una zona donde la urbanización comienza a acabar y la naturaleza comienza a empezar. Ojalá supiera contártelo mejor, pero ni siquiera sé si es mejor no tutear. Odio cuando las rimas salen solas, y extrañamente pasa mucho cuando intento hablar de todo esto. Aún no me planteo qué energías hay en juego.
Si lo que quieres saber es qué trato tengo yo con ellas, precisamente eso es lo que siempre me pregunto cuando paseo por estos andurriales. Llego hasta una zona donde un gran puente sigue sujetando el paso del tren. Me gusta ver la arteria eléctrica por debajo, parece que mires bajo la falda del sistema. Me he convencido de que es bonito.
No lo voy a negar, el asunto del Stendhal no parece sentarme bien. Pero creo haber encontrado un método para no usar el tren como cianuro. Me siento una especie de esbirro silencioso. A veces pienso que si ellas me encomendaran un asesinato, no me quedaría más remedio que acatar la orden.
La historia apenas es conocida fuera de la zona, pero este tramo de vía ya es célebre por su orgía suicida. Nadie va a encajar las piezas, porque no las hay, no hay nada que se pueda probar, sólo algo parecido a mi fantasía, que consiste tanto en no negar como en no publicar. Si esto fuera un puzzle policial, yo sería el último en intentar montar el paisaje de la caja.

Un día estoy sentado bebiendo café. Oigo los lloros de un bebé salir de la trastienda. O al menos algo que parecen unos lloros. Me refugio en el periódico y mi móvil. Contraseña del wifi. La camarera más seria desaparece de vez en cuando y los lloros cesan. Poco después vuelven a oírse. Hace semanas que no veo al dueño. Antes aparecía uno o dos días de cada diez. Enrojecía como un pintalabios hablando con sus empleadas. Nunca hay más de dos o tres clientes cuando voy. Antes nos mirábamos a veces entre nosotros. Creo que con el tiempo no nos ha parecido buena idea seguir haciéndolo.

Hay personas realmente jodidas con su trabajo, y aun así cada tarde acaban volviendo aquí. Mírame a mí.
No hay nada extraño en esas mujeres, se reflejan en los espejos, se les cae un vaso de vez en cuando, se comunican para saludar o devolverte el cambio. El sonido de la caja registradora es lo que imaginas.
Sólo en algunas ocasiones me pregunto si alguno de los clientes busca respuestas. Qué clase de respuestas es algo que se me escapa. Lo que a mí me quita el sueño es qué pasaría si dejo de venir. O qué si dejo de venir y vuelvo al cabo de dos o tres meses. Qué podría desencadenar eso. No puedes negar lo que sientes. La teoría de la autosugestión es un chiste malo a esta alturas: una justificación producto de un cinismo color sepia. Quien ha venido aquí y ha reaccionado justo como le pedía el cuerpo, o bien no ha vuelto o bien no lo ha contado.
De momento me sigo sintiendo seguro en casa. Aún no he comenzado a creer en Dios. Cada vez me gustan más los discursos sociopolíticos. Me hacen sentir en el mundo que conocía. Problemas económicos, conflictos recurrentes, racismo, machismo, votaciones, aplausos, abucheos, conspiranoia. Ninguna mano fría posándose en mi hombro cuando estoy solo.

Los lloros se han ido oyendo todos los días. No estoy seguro de si comenzó justo después de la muerte del poeta. Creo que no. Pero cada vez pienso menos en un crío cuando los oigo. Una tarde un cliente, poco antes del momento adecuado de volver a casa, comienza a llorar sentado a su mesa. En ese instante no llora nadie en la trastienda. El tipo parece desconsolado, se atraganta y no puede contener el llanto. Durante un instante pienso que eso es positivo. Quizá alguien reaccione (somos tres clientes más). Quizá alguien intente consolarle. Quisiera decir que soy yo quien se pone en pie y se acerca. En absoluto. Como yo, nadie se mueve de su sitio. Las camareras se quedan tras la barra. Una friega los cacharros, la otra parece ocupada, de espaldas, llevando alguna cuenta, garabateando en un papel.
Soy tan ingenuo como para haber creído que harían algo. Simplemente proceden como si no se dieran cuenta. No parece que disimulen, ni que estén disfrutando o preocupadas. Son agujas del reloj, parecen machihembradas con el tiempo y la materia. Que un cliente llore resulta algo demasiado nimio aquí. No suma, no resta, y desde luego no es relevante.

No hablo con nadie del asunto. No quedo con nadie en el Stendhal. No comento suicidios ni narro mis tardes de entre semana. Los fines del semana son para el ruido blanco y agradable, amigos, películas, chatear con alguna mujer con la que prefiero no quedar. Posponer, poner excusas, evitar cambios, fantasear con el futuro y la vez no hacer nada. Escribir historias de fantasmas. Desahogarse, leer, leer, leer, desconectar para poder ser, para que el mundo vuelva a parecer real. Sus benditas miserias, tangibles, mi pobre espíritu al estilo del siglo XXI. Apagado, sonriente, irónico, rápido, actuar, beber poco alcohol, fumar mucho, dar largos paseos, salir a las dos de la tarde y andar sin rumbo. Observar el paso del tren, no cogerlo nunca, pensar en la chica recurrente lejana en el tiempo y el espacio, evitar escribir poesía, hacer carantoñas para bebés ajenos, mirar al cielo, desear que llueva, buscar terrorismo en la tele, crisis globales, explosiones de ideología, potaje sociopolítico, calórico, morboso, ver porno, acostarse tarde, despertar jodido, actualizar redes sociales, revisar el correo, beber un vaso de agua entero al pensar en las piedras en el riñón de 2010…
Estar vivo más o menos como la gente cree que es estar vivo.

He tenido acceso a una parte del espectro de la realidad que te deja indefenso. Eso parece. Ya casi no pienso nunca en un tumor cerebral, pero cada vez me preocupa más cuando lo hago.
Todo esto es una parte de la realidad que no puedo intuir orgánica o material. No sé pensar en ello como algo conocido que simplemente mi ignorancia no sabe abarcar. No me considero muy listo, pero jamás me han abducido, no hablo con fantasmas, jamás he visto moverse solo un objeto, todos mis abuelos están muertos y quietecitos. Nada me ha parecido nunca inexplicable, aunque yo no lo supiera explicar. Nunca he sido el epítome del cinismo o el narcisismo, pero siempre me he considerado lo suficientemente cabal.
Me gustaban las historias que me ponían la piel de gallina. Ahora pienso a menudo en mí mismo en pasado.
Esto te deja indefenso porque no es admisible. No se lo cuento al médico. Sólo le hablo de pesadillas “ultra-realistas”. Le hablo de una percepción extraña del entorno. Procuro ser lo menos claro y más alarmante posible, sin parecer desesperado, y a la vez sediento de alguna solución.
Los ojos llorosos en la consulta. Me delatan. El doctor me pasa un pañuelo de papel. Es agradable poder mentirle a alguien sobre ello. Intentar decir la verdad no es una opción. Sería incapaz de intentar articular ese discurso en voz alta. Oírme a mí mismo me dejaría a pocos pasos de la vía. El raíl en la mejilla. La rueda metálica escribiendo Fin en tu cabeza. No puedo suicidarme, soy incapaz, da igual cuánto piense en ello.

El resultado de las pruebas es que podría estar más sano si dejara de fumar. Lo que dice el médico es que mi único problema son los cigarrillos, y quizá el exceso de actividad rutinaria. Dice que me sentaría bien hacer un viaje. El tío cree que tengo dinero. Cree que cuando pasen lista en el Stendhal y vean mi silla vacía, no habrá consecuencias. Me ha despachado casi como si fuese un crío resfriado.
Ya se hace de noche muy temprano. Una tarde pasa el tren y creo ver la cabina del maquinista vacía. No sé si tiene sentido, pero no me altera lo más mínimo. Después de haber descartado el tumor, siento una relativa paz. Si lo que pasa es real, sólo tengo que ver lo que pasará; estoy en el epicentro, o al menos en uno de los puntos clave. Si lo que pasa puede matarme, no puedo hacer nada por evitarlo, parece evidente; y si en realidad no pasa nada, sólo debo dejar que el tiempo actúe.
Uno siempre prefiere pensar que «no pasa nada». Hay gente que es capaz de decir esa frase hasta en un funeral. Aquí no funciona.
Mi estado de ánimo mejora, pero luego se “estabiliza”.
Otra cosa que me dijo el doctor es que podía hacer terapia, «hablar con alguien». El terreno de la psiquiatría. Tengo un nombre en un papel, y una dirección.

Dos semanas después bebo café con leche. A veces me suelto el pelo y gasto un par de monedas más. No quieras saber lo que cobro. Un café con leche es lo más parecido a viajar que hago. Reservo mi calderilla para la conexión a Internet, el tabaco y los libros de segunda mano. El resto son las necesidades básicas.
Un buen café con leche mientras veo el panorama por una de las ventanas. Policías y bomberos, gente manipulando gente moribunda un sábado por la mañana. En cuanto me he enterado he venido al Stendhal. Como si fuese un cliente de guardia.
Creo que una de las partes de esas mantas térmicas se usa para dar calor, y la otra para conservar el cadáver. Lo leí en algún sitio.
El loquero no me contesta, ni mensajes ni correos ni palomas mensajeras. No tengo ni que esperar a la lista de fallecidos para hacerme una idea. Debo intuir que se han matado varios pájaros de un tiro.
Ha descarrilado tan cerca del Stendhal como era posible. Ahora mismo somos el local oficial de la tragedia. Provocador y patrocinador.
A pesar de todo el movimiento y el caos, dentro sólo somos cuatro clientes. Los demás lloran, gritan y salvan vidas ahí fuera, cortan hierro con radiales, cada segundo cuenta, vida o muerte. La estabilidad de cien familias en juego, de doscientas. El destripe cruel, el dolor inenarrable. Los demás se esnifan la vida jodiéndose el tabique, pero dentro del Stendhal simplemente tomamos algo. El sol brilla con alegría, ilumina orgulloso la escena. Dice: “Observad, confiad en mí”. El Sol, el niño tonto y sus muñecos.

Dejo pasar los días como quien deja que su sopa se enfríe. Y sin embargo se calienta cada vez más. Quiero pensar que soy ajeno a ello, o al menos más resistente. A veces camino y me quedo mirando a la gente por la calle.
No Tenéis Ni Puta Idea.
Ya pasó el tiempo de creerme loco. El psiquiatra me decía que mi situación es más común de lo que parece. Mis mentiras fueron evolucionando. Me convertí en un narrador en primera persona de mí mismo. Examen oral dos días a la semana. Cuatro sesiones. Me gustaría tener grabaciones. No tengo claro que el tío tragara, pero sin duda atendía. No me apetece sonar humilde, la hora se le pasaba volando. Cuenta un historia y a lo mejor aciertas con la esencia, cuenta la verdad y prepárate para las consecuencias. La Verdad tiene mucho de constructo como forma de bondad; funciona sólo a veces, y a veces sólo jode las cosas, las entorpece, daña a todos, enturbia lo auténtico y lo inspirador. La verdad es muy a menudo la excusa de los mezquinos y los limitados.
Quizá por eso ahora el psiquiatra está muerto, mi historia era mejor que la verdad, le ponía en la pista de algo, le podía hacer pensar, dudar. Si le hubiese contado la verdad, lo que he sentido, lo que he visto, se hubiera cerrado en banda desde el principio. A veces decir la verdad, o intentar hablar claro, hace que las personas clasifiquen y etiqueten todo lo que dices. O bien dejan de tomarte en serio, o bien te ven como un rival del otro bando, o bien te toman por loco.
Lo que parece cada vez más evidente, es que no estoy a salvo.
Da igual dónde esté, tengo la sensación (certeza) de que o bien me pasará algo malo a mí, o bien a quien de algún modo me escuche o intente ayudarme.
Tengo la extraña sensación de que, si no dudara, si no me planteara nada, si tuviese dos o tres ideas fijas, todo esto no me hubiese afectado. No acuso a mi imaginación, no intento describir ningún tipo de austosugestión deluxe. Intento decir que el ente que parece personificado en esas camareras, no quiere que piense. No quiere que hable o remueva nada. Tengo la terrible idea de que lo que quiere, de algún modo, es que me posicione.

Creo que buscan asentar cierta clase de silencio. Lo importante no es lo que se dice, siempre y cuando lo que se diga sea completamente previsible. Sobre todo cosas que ya se hayan oído antes, que de alguna forma programen a las personas, las conviertan en algo ya conocido.
Es mucho especular, pero no me queda nada más.
Tengo también la impresión de que los clientes del Stendhal no elegimos venir aquí.
De que las camareras, insisto, no son camareras.
Ni mujeres.
Ni hombres.

Estos días he estado recorriendo un pasillo a oscuras en sueños. En el pasillo hay puertas a ambos lados, y tras ellas se oyen gritos espantosos y roncos, ruidos de asfixia, sonidos que parecen huesos partiéndose.
Al despertar no tengo miedo.
Creo que estoy perdiendo esa capacidad, y tampoco me da miedo eso.
A veces he fantaseado con ver el fin del mundo, algo que seguramente es más usual de lo que parece. En mi ideal del Apocalipsis, llego a muy viejo (obviamente), y cuando ya estoy harto de vivir, algo (una gran ola, una lengua de fuego, un meteorito, lo que sea), viene a destruir el planeta. La clave es que yo lo veo, puedo verlo todo, cómo todo va desapareciendo, cómo la muerte se cierne sobre todos; los animales, los bosques, las ciudades, los humanos, sus putas mascotas, sus críos recién hechos. Sin futuro. Y yo me río a carcajadas justo antes de morir, dando gracias a la naturaleza, por todo, por lo bueno, pero sobre todo por lo malo.

Sospecho que mis pensamientos ya no son sólo míos. Creo que a estas alturas no son tanto pensamientos como información. Información para quién. Probablemente no tenga un nombre o una forma. Los seres humanos estamos obsesionados con nosotros mismos. Nos subimos en un cajón y le decimos al Universo lo que es, cómo es, cómo se llaman sus hijos y que nosotros somos mejores que ellos. Nosotros les sustituiremos.
No soy capaz de ir más allá. Ya sólo puedo ver a las camareras como un Lenguaje. Las personas necesitamos una cara hacia la que dirigirnos. O al menos una cara que poder imaginar. Palabras, un teclado, control relativo que poder hacer pasar por control absoluto. Ahora me parece irónica la muerte del poeta, o más bien desconcertante. Al principio pensaba que sólo era otro pretendiente más muerto. Un estorbo que eliminar. Ahora creo que la poesía –dentro de los parámetros en que empiezo a creer que se mueve esta crisis –es un claro ejemplo de amenaza.

Creo que han pasado suficientes meses de esto como para poder contar en años. No es tan difícil perder la cuenta cuando has perdido la confianza en ella. El Tiempo y el Espacio se pueden volver más teóricos que reales. Sólo necesitas la suficiente acumulación de ideas nuevas en tu cabeza.
¿Cuál es el tiempo estimado correcto (según el reloj) antes de irse del Stendhal? He calculado que son unos cuarenta y cinco minutos. Es el tiempo que alguien relajado y sin miedo podría pasar tomando algo solo, ojeando el periódico o absorto con el móvil.
Luego tienes que levantarte sin intentar fingir excesiva calma, dirigirte a la caja registradora, y pagar según dictan los cánones del mundo que todo el mundo ha dado por único.
Siempre había sido así, al menos hasta que hoy ha habido una variante, y aun pasados los cuarenta y cinco minutos no me he movido de mi silla.
La camarera sonriente se ha sentado en la otra silla disponible de mi mesa. No ha mediado palabra. No lo ha hecho durante unas dos horas. Pasadas las dos horas, mi camiseta es un cincuenta por ciento sudor frío.
Debido a esta variante, todo el mundo se ha quedado en su lugar. Nadie está cenando en su casa como hubiese sido lo habitual. Quizá a algún otro cliente le espere alguien en casa, pero ningún móvil suena. Es muy probable que no puedan sonar. Lo que no he hecho es ponerme a consultar el mío como si no estuviera visiblemente aterrorizado.
Ya casi me había acostumbrado a la anterior situación. No me gustan los cambios, nunca me han gustado. Las mujeres ya me ponían nervioso antes, pero al menos no las veía como un Recipiente. Sólo espero no ser yo otro.
El Tiempo no es una preocupación para ella. La compañera sigue tras la barra, se mueve cuando comienzan a oírse lloros en la trastienda.
El mismo tío de la otra vez arranca a llorar también.
Nunca irrumpe nadie en el local cuando quieres que lo haga.
La camarera sonriente ahora no sonríe. Corre por mis venas esa falta de paciencia de quien espera que el ordenador reinicie o instale algo. A ella parece importarle lo mismo que a mi ordenador.
Es luego cuando sé que no voy a morir, pero que quizá lo hubiese preferido. No sé si nos cuenta la verdad o una historia, pero espero de verdad que sea la verdad, porque si es una historia no cabrá la posibilidad de que se haya equivocado. Tenéis que entender que no podemos entendernos del todo. Estáis aquí como elementos desestabilizadores. Y no sois los únicos. Vuestro turno como especie está llegando al final, pero no os preocupéis, vosotros no lo veréis. No podemos deciros quiénes somos porque vuestros protocolos de comunicación no podrían asumirlo. Si queréis saber quién llora ahí dentro, sólo tenéis que poneros en la peor situación. Este dato no os servirá para resolver nada, pero quizá sí para buscar una analogía. El problema de base es la imposibilidad de convivencia. Lo que hacemos es allanar el terreno. Nos aseguramos de que vuestros sistemas de símbolos siguen vigentes. Nos aseguramos de que os seguís moviendo en grandes grupos. Mantenemos a raya la evolución que más problemas nos podría traer. Alimentamos vuestras dificultades para discurrir a cierto nivel. Queremos que vuestra civilización haga lo que vosotros llamáis prosperar, para que pueda por fin colapsar. Hay un cálculo, este lugar nos interesa, lo necesitamos, pero ya no queremos matar. Nuestra mayor arma es vuestra incapacidad para ver las distintas variables. O dicho de otro modo: si intentáis contar esto, nadie os creerá. Queremos que vosotros tengáis una vida plena. Queremos daros las gracias por escuchar.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (30 de 30) – Carta de un machista

No sé cuál fue el origen de todo este asunto. Hay quienes tienen sus teorías cerradas. Hay mucho odio, mucho asco, mucha rabia. Todo justificado en esencia.
Mi generación tampoco supo verlo. Crecimos sentados a comer, o en el sillón, o tirados en la cama. Alguien venía y recogía la mesa, lavaba los platos, nos lo traía todo al trono del varón. Alguien nos hacía la cama, nos lavaba la ropa, y vuelta a empezar. Cocinar, limpiar, servir. Un largo etcétera de tareas culturalmente asignadas.
Siempre era la misma persona. Y siempre era una mujer.
Papá trabajaba, o no, pero siempre tenía una identidad, era Alguien. Mamá se movía según le dictaba su propio sexo condicionado.
Fuimos estúpidos, no supimos verlo. Ni siquiera sospechábamos que había algo, algo enorme, masculino y hetero, algo que no encajaba. No cedíamos.
Era la versión oficial, la dinámica predominante. No veíamos por qué no dejarnos llevar por esa corriente.
Eramos conscientes y no lo eramos. Sacábamos partido. Las niñas, las mujeres, nuestras hermanas, sólo eran una extensión de nuestro ego. Estaban siempre presentes y a la vez siempre ausentes, atentas a cualquier desbarajuste que arreglar. No tenían derecho a quejarse, no podían perder los nervios, tenían prohibido desbarrar. Sólo nosotros teníamos derecho a todo eso. Ellas eran delicadas, no podían ser unas histéricas. Nosotros, sin embargo, podíamos cabrearnos, irritarnos, quejarnos, pegarlas, violarlas, y también matarlas.
Nadie se alarmaba. Eran asuntos domésticos.
Era natural.
Cosas de familia.
Al hombre se le podía ir la mano.
La mujer tenía que entenderlo.
Fuimos ignorantes y estúpidos, porque, como en casi todo lo demás, dimos por hecho que el mundo ya estaba construido cuando llegamos a él. Acabado. Hacía mucho tiempo que se habían asignado los roles y las tareas. Si mamá siempre era la que estaba de pie, era porque era su deber. Si necesitaba ayuda, estaban las niñas de la casa, que ya tenían que empezar a aprender cuál era su futuro.
Nosotros teníamos la nariz metida en la tele, en los videojuegos, jugábamos a meternos la cabeza por el culo. Estábamos en nuestra casa, y la casa era nuestra.
Mamá cocinaba follaba reía se maquillaba.
Un bombón. Esta mujer tarda horas en salir del lavabo.
Fuimos machistas, años y años de machismo. Todos de acuerdo, diciendo chorradas, proyectando mal gusto, cerebros del tamaño de una nuez, gritos roncos, abrazos ruidosos. Gilipollas, sosos, violentos, atontados.
Algunos ahora lo saben, otros se siguen comportando «como un hombre». Puede que sea difícil aprender a cambiar, pero no es difícil recordar lo que fuimos, lo que aún somos. Podríamos haber madrugado un día, y en lugar de ir a nuestros machos trabajos, reunirnos y caminar hacia el amanecer. Todos agarrados de la mano, haciendo chistes de maricones, hasta llegar a algún gran desierto, donde algún chef moderno nos cortara la polla y la guisara para Afrodita.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (29 de 30) – Piscina ajena

Había visto hacerlo en muchas películas veraniegas. Lo asociaba a tener una juventud sana, el momento de «cometer locuras». Así que se puede decir que fue idea mía.
Sábado de madrugada. Salimos de cierto garito y vagabundeamos por cierto barrio. La zona residencial denominador común, todo jardines y piscinas privadas. Había hasta nomos de cerámica. La felicidad en la tierra de la gente con pasta. Lo que se supone que has de hacer con determinado nivel de ingresos.
No dudamos mucho. Cuando vimos un área privada que nos gustaba, comenzamos a escalar una valla.
Qué diversión eso de hacer algo prohibido pero inofensivo. ¿Qué podía pasar?
La idea era simple. Pegarnos un baño. Hasta existía la posibilidad de que los dueños estuviesen de vacaciones. Podía saltar la alarma de turno, pero tendríamos tiempo de sobras para largarnos pitando. Largarnos riendo y soñando. Viviendo el relamido pero factible sueño de la juventud.

Luego ella consiguió saltar de vuelta. A mí me pillaron. Dos tíos me arrastraron por todo el césped. Se había activado algún sensor de movimiento, se encendió una luz cegadora, y la alarma comenzó a bramar.
Todo el mundo se despertó. La casa era mucho más grande –y estaba mucho más habitada– de lo que pensábamos.
Un riesgo del allanamiento de morada, y sobre todo con tanto lujo de por medio, es que la casa puede ser de un mafioso. Un narco. El cartel local.
Me metieron en el vestíbulo chocando mi cabeza con cada saliente. Recuerdo el miedo, pero sobre todo una nebulosa. El alcohol. Pensé que acabaría vomitando en alguna obra de arte.
Me sentaron en una silla y me maniataron.
El patriarca no confiaba en la policía. Eso dijo. De verdad parecía que si le preguntaras, contestaría “importación y exportación”. Su mujer unos treinta años más joven (de mi edad) lo observaba todo desde un rincón, quitándose legañas.
El tío parecía auténticamente furioso. Su primera pregunta (lo juro), fue:
–Quién te envía.
Le dije que no era nadie, que sólo tonteaba con una amiga, que nos colamos para bañarnos en la piscina.
–¿Una amiga, hijo de puta?
Por algún motivo comenzó a insultarla a ella. Hay tíos que no dejan pasar una oportunidad de sacar a pasear la misoginia. La mujer en sí es una banalidad, un entretenimiento, sólo la clase de historia que te hace perder el norte. Esa zorra. ¿Una zorra, eh?
Pero no me creía.
–Quién te envía.
Lo que él creía, obviamente, es que quería habérmelo cargado. Me cachearon. Lo más peligroso que llevaba encima era las llaves; puede que mi carnet añejo del videoclub, plastificado.
–Cada vez son más jóvenes.
Cuando el alcohol ya no me hacía efecto, comencé a acojonarme de verdad. Otro tío, el Tom Hagen de turno, comenzó a hacer llamadas.
–Una amiga, dice el cabrón.
Pensé que no tenía ninguna posibilidad.
Le dije que tenía coartada, de qué discoteca venía, a qué universidad iba, quiénes eran mis amigos, mi familia.
–¿Te crees que soy idiota?
Supongo que los matones preparan las coartadas, y supongo que son mucho más elaboradas que tú madre diciendo por teléfono lo bueno que eres.
Me preguntaron si había alguien más. Le dije que sólo había venido con mi amiga, pero que se había ido corriendo.
–Así que el chochito fantasma se ha ido corriendo…
Algo empezaba a no cuadrarles. Les faltaba algún ingrediente. Parecía que sus defensas comenzaban a dudar.
–Oye –le dije (pensé que no era mala idea tutearle)–, sólo estaba de fiesta, estaba con una chica, con un zorrita… Intentaba echar un polvo. Beneficiármela. Esa puta es dura de roer. Sólo quería impresionarla.
Intenté hablar en su idioma, pero en realidad sólo imitaba lo que había oído en películas. Otra vez.
El tío ya dudaba visiblemente.
–Chaval. O dices la verdad o eres un gilipollas de primera categoría…
Juro que digo la verdad. Gimoteo. Llevo semanas trabajándome a esa puta, murmuro, y mira cómo he acabado. Joder.
El capo le habló al oído a ese Tom Hagen.
Éste me cruzó la cara. Hasta se parecía a Robert Duvall.
Notaba la sangre en la boca. Creo que no sabían qué pensar, así que estaban tirando de piloto automático. Comenzaron a hurgar en mi móvil. Les canté el pin, les dije que miraran lo que quisieran.
Les lloré clemencia. Escupí dos dientes.

Recordé un vídeo terrible y supuestamente real que me pasaron una vez. Dos tíos sentados con la mirada vacía. Detrás, una pared gris, cemento. Ni tan siquiera estaban atados. Imaginabas un cañón fuera de plano sin dudar, apuntándoles. Calidad VHS. Una sierra eléctrica entraba en escena. Alguien muy corpulento la ponía en marcha al segundo intento. Los tíos no gesticulaban ni hacían muecas. Eso lo hacía todo más terrorífico. Habían aceptado su destino, su sino sucio y macabro. Comenzaron a cortar el cuello de uno de ellos; sus ojos se ponían en blanco, la lengua quería escaparse de la boca. La sangre salpicaba (bañaba) al tío de al lado, que seguía sin inmutarse. Se suponía que era un ajuste de cuentas por drogas. Algún patio interior en alguna casa de México DF. O eso se decía. La angustia casi me hizo vomitar.

Me hablaban y ya no escuchaba. Me volvieron a atizar y perdí el conocimiento.
Desperté en el suelo junto al portal de mi bloque de pisos. Mis cosas sobre mi pecho, las llaves, la cartera, el móvil. Incluso los cigarrillos.
Estaba amaneciendo. Primero lloré y luego reí.
Me habían descartado.
Ya fuera por la dosis de realidad extrema o por mi estado lamentable, pensé que estaba enamorado de ella.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (28 de 30) – Esto también cuenta

Es una vieja filosofía adulta: dejar claro qué es la vida y qué no. Aunque es bien sabido que abunda el optimismo barato, los lemas, las simplificaciones. El golpecito banal en el hombro. Hace falta un optimismo de más categoría. Eso resulta bastante indiscutible.
Incluso se hace mucho dinero con eso. La autoayuda es sin duda la sección más sórdida de cualquier librería. Benito Taibo una vez dijo que todos los libros ayudan menos los de autoayuda.
La gente que dice que sólo se trata de tener un pensamiento positivo, o bien se intentan convencer a sí mismos, o bien te quieren robar.
Hay personas que gastan mucho dinero a cambio de que les digan que ser feliz depende sólo de una sencilla elección. Yo estoy más con Bill Hicks. No se trata de lo sencillo o difícil que es vivir. La elección es entre el amor y el miedo.
El ser humano medio está cagado. Y muchos lo racionalizan. Aunque obviamente no hablen jamás del miedo. Hablan del sacrificio, del esfuerzo, de descartar, de la honorabilidad, de ser razonable y abandonar ideas propias en favor de las comunes.

Mi generación ha crecido bañada en la culpa. Y ni siquiera somos muy creyentes; no somos religiosos. No pensamos que vayamos a ir al cielo. Pero hemos aprendido a sentirnos culpables con facilidad. Pequeñas raciones de culpa por doquier. La culpa, según dictan aún los principios del sentido común adulto predominante, está directamente asociada al placer.
Seguimos siendo así. Esa sigue siendo nuestra esencia.
Si estás haciendo algo que no quieres hacer, si lo haces durante horas, días, años. Si lo haces sacrificando lo que de verdad te gustaría hacer. Si, en definitiva, los malos ratos superan con creces a los buenos, es muy raro que nadie te diga que estás en el mal camino, o que estás desperdiciando el tiempo de tu vida.
Cuando llegan las acusaciones y los problemas, es cuando disfrutas. De hecho, si disfrutas y luego te pasa algo malo, es que debes haberte pasado disfrutando. Si estás encendido, inspirado, si te diviertes, si el tiempo se te pasa volando, si sientes que te expandes y creces, y que vivir merece la pena, alguien vendrá pronto a decirte que eso no cuenta. Eso no es la vida.
La vida de verdad es cuando estás «dando el callo». A ser posible para beneficio ajeno.
Mamas eso durante toda tu educación. Aprendes a disfrutar casi a escondidas. Si no es la hora oficial semanal para disfrutar, la has cagado. Estás comprando tu boleto para el infierno de los ateos.
Reírse así no cuenta. Así no son las cosas. Lo lógico, lo que te hace persona, lo que te hace digno y respetable, es sufrir.
Disfrutar forma parte sobre todo de una mentira. Disfrutar es una ficción. No estéis demasiado contentos, no cojáis ese desvío, no investiguéis, no traméis nada. No queráis hacer nada por vuestra cuenta.
Es el nuevo “si te masturbas te quedarás ciego”. Una versión mejorada, deluxe, más elaborada y mucho más efectiva.
Amiguitos, lo que tenéis que hacer es fichar por las mañanas.

Una vez estaba sentado en el banco de un parque. Había un niño cavando un agujero, revolcándose, riéndose con otro. Sus padres estaban en un banco cercano. Parecían querer pegarse un tiro. Su hijo estaba feliz, jugaba con otro crío, quizá un primito. Y los padres tenían más jeta que cara, esa jeta de quien ha acumulado toda la dignidad oficial que mandan los cánones. Agotados de seguir las normas, de ser ejemplares, de acumular horas; de aferrarse al sábado para aguantar un poco más. Jetas como Dios manda. Padres aún jóvenes, ateos creyentes.
En determinado momento, los jetas responsables deciden que hay que irse a casa. El padre coge al crío por el brazo. El crío quiere quedarse un rato más.
Se produce una de esas escenas de lloros y rectitud adulta de mierda. Quien te quiere te hará llorar.
Y el tipo comienza a meterle un discurso al niño, como si el niño tuviera mucha más edad. Y le dice que no puede estar todo el día «ganduleando». Suelta todas las máximas inamovibles que ya le escuchó nuestra generación a sus padres. El estancamiento es inquietantemente típico en las familias nucleares. El no dar un paso más. El repetir los mismos errores de base una y otra vez. Repetir los patrones. Hacer con tus hijos la clase de cosas inútiles e irritantes que tus padres hacían contigo.
En algún momento, el padre dijo: «Esto no cuenta. La vida no es esto». Aludió a algo sobre los deberes. Pero hablaba en términos amplios. Pasarlo bien sólo era el pequeño descanso de lo realmente importante: Pasarlo mal.
Quise levantarme y meterle un rollo a ese tío. Agarrarle por la camisa y decirle: ESTO TAMBIÉN CUENTA. Esto TAMBIÉN ES VIVIR. La vida TAMBIÉN ES ESTO. Ese niño no merece ser como tú, NO LE HA HECHO NADA A NADIE.
No lo hice. Tenía miedo a su reacción. Pero hay algo peor; pensé que si yo tuviera un hijo, quizá cediera fácilmente a la presión.
Fíjate, hijo mío. Eso que hay en la mesilla es una Biblia. Tú no hagas caso. Pero haz todo lo que diga.

FIESTAS DE LOS ARCOS.

Treinta formas de esconder los objetos cortantes (27 de 30) – La sensación positiva

Cuando pienso en ello ahora, no carece de cierto encanto. No sé por qué. Vivir no fue encantador en aquella época. La época FP (así pienso en ello) no era tan distinta a la época ESO, ni a la época EGB. Sucedió todo en las mismas instalaciones, aunque en distintas zonas. La etapa Salesianos. Pasar cerca de ese lugar, ahora que tengo más de treinta años, me hace sentir bien. No sé con qué tiene que ver. Fui un estudiante horripilante. No me harté precisamente de halagos y coños. Fueron años de esperar viernes, catear y esperar vacaciones. Sí hice algunos amigos (a los que no he vuelto a ver), pero la sensación positiva actual no encaja con la vivencia.
Cuando paso al lado del edificio todo son buenas vibraciones. Ese lugar en el que rezaba para que los días pasasen.
No es como echarlo de menos, porque no quisiera volver a aquella rutina, pero al acercarme a aquellos patios y aulas, me posee algún fantasma de la benevolencia.

Tenía un profesor en FP. Era una especie de hortera de unos treinta y muchos. Una gran barriga, siempre bronceado, siempre somnoliento. Quejumbroso. Era un reflejo perfecto de lo que sentías en un aula a las ocho de la mañana. Contra tu voluntad, por supuesto. No sé ahora, pero FP en aquellos años era el lugar en el que aparcar los culos de los estudiantes menos estudiantes. Yo sólo con pensar en la universidad me daba la risa.
Así que no habías elegido, sino que no había otra opción. Generalmente, mientras creces, nunca tienes la sensación de que haya opciones. O los raíles preparados o la soga.
Este tío llegaba a clase, nos daba Electrónica general o algo por el estilo. E intentaba bromear. Decía siempre aquello de “A esta hora aún no soy persona”. En esas horas en las clases sólo había balbuceos y asentimientos mecánicos, no había un solo cerebro en marcha. Algo como la motivación era tan real como volar o mover objetos con la mente. La motivación era una puñetera Historia. Había que centrarse en el esfuerzo.
A esta hora aún no soy persona.
Pues imagínate nosotros.

Pero persiste la sensación positiva. Es sin duda algún truco del cerebro. Es haber pasado unos veinte años madrugando para fingir que hacías caso a tíos como el de Electrónica general, y que ahora la mente te diga: Qué guay fue aquello, ¿no? Y tú estés en esencia de acuerdo.
Pero no, oiga, no fue así. Hay Pruebas de que no fue así. Para empezar los jodidos cadáveres son una prueba de narices. Yo el primero. Me costó años despertar de alguna forma de aquel puto letargo. Era poco más que imbécil. Lo era yo y lo eran mis compañeros de sobresalientes. Aquello no fue encantador, fue una escabechina. El colegio era el colegio, y en casa te tenías que sentir culpable porque te mantenían. “Esto no es un hotel para que entres y salgas cuando quieras”, y otros grandes éxitos de la paternidad rancia.
Quizá los adultos reaccionen así por esa sensación positiva al pensar en ellos mismos y su pasado escolar. Es como un colocón no elegido. Algo que te convence de que, aunque tu juventud fuera más bien mediocre, en el fondo fue la repera.
Tampoco siento que fuera la repera por contraste con la edad adulta. En la edad adulta la gente parece ser más infantil en cierto modo. Alimentan un miedo concreto, y el mismo parece asociado a la idea de que no van a morir.
Y joder sin van a morir…
Pero no, el adulto va por ahí con el ceño fruncido, dando cada paso en la dirección que le digan, como si el tiempo no se terminara.
Sin un café no soy persona.
No sólo hay optimistas idiotas. También hay realistas idiotas.

Lo único que sé, es que aún no he descifrado el misterio de la sensación positiva, y de vez en cuando paso cerca de mi colegio. Esnifo el aire y atravieso paredes y puertas con la mirada. Me empapo. Saco un cigarrillo, me mantiene en el presente. Veo a los críos de ahora. Les digo sin hablar: Cuidado, todo ese rollo de las mochilas, las pizarras y la hora del patio, es una mierda muy perniciosa. El sol por la tarde hace que todo parezca puro y maravilloso en el mundo.
Por suerte ahora se me da mejor volar y mover objetos con la mente.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (26 de 30) – Impulso a trozos

Me entero de que cierta pianista viene a la ciudad. Dará un recital en uno de esos teatros históricos. Entrada cara. No me apetece decírselo a nadie. No conozco a nadie a quien que le interese de verdad la música clásica. Puede que tuvieran cierta curiosidad por el espectáculo, pero siento que es algo que tengo que hacer solo.
Hacer el qué.
Lo cierto es que yo tampoco soy un entendido en música clásica. Quien me interesa es ella. Me interesa más ella que lo que hace con su piano.

Así que voy y compro la entrada anticipada. De todas formas ese riñón no me hacía falta. Me convenzo a mí mismo.

A medida que se acerca el día del concierto, me pregunto cuáles son mis intenciones al ir. Tengo fantasías imposibles, y algunas otras más factibles. De todas formas creo que he elegido hacer algo por los motivos equivocados.
Es como ir a la playa porque tienes ganas de beber agua.

El día antes intento informarme de cómo llegar al teatro, el recinto pijo o lo que demonios sea. Paso un rato desagradable ante el ordenador. Me pregunto cómo funciona la mente de la gente que disfruta planificando. Hay gente auténticamente enferma ahí fuera.

Al día siguiente, cuando voy de camino, aún tengo serias dudas de saber llegar a ese lugar.
Cuando por fin estoy en la calle indicada, frente a la fachada del teatro, tengo dos horas muertas por delante. A veces necesito tomar este tipo de precauciones.
Me siento en una terraza cercana. Pido café una y otra vez.

Cosas y fantasías. Secuestrarla y provocarle un síndrome de Estocolmo que compense mi síndrome se Stendhal. O algo más sencillo, como ver dónde va después del concierto y acosarla; la táctica masculina de toda la vida. Controlar el rollo territorial. No sé qué recovecos tendrá el teatro. Siempre he imaginado algún tipo de sala de fiestas elegante adjunta. Un lugar en el que poder entrar o colarme, en el que poder verla, mirarla, primero de lejos, luego un poco mejor.
Siempre me preocupa ese acercamiento. La forma más fácil de abordarla es ir como fan; la cara encendida, el móvil en la mano, una felicitación rápida, ¿te importa una foto? Olerla un momento, llevarte, con suerte, una sonrisa, un poco de escote, puede que un roce; quizá hasta se deje rodear con el brazo. Pero como toda opción fácil, es la que más lejos te deja de cualquier caramelo. El fan es automáticamente descartado; no sabe controlarse, y eso en el mejor de los casos; también puede ser un salido o un psicópata; la forma inteligente de tratar con él, es sonreír un momento, posar otro momento, un pellizco de amabilidad, un poco de sal, y dejar que el instante se cueza en su mente mientras se va otra vez lejos de ti, en favor de tu seguridad.

Lo ideal casi sería fingir no conocerla. ¿En serio eres pianista? Vaya… Esa clase de conversación casual. Que ella no sintiera que otro tío quiere sacarle la sangre de algún modo. Que viera que se interesan por ella como mujer. Y no como alguna clase de elitista celebridad, o como la mejor pianista del mundo. Sólo una mujer.
Hoy eso no podrá ser.
Lo ideal sería no parecer ni un fan ni un desconocido ajeno. Ahí radica la dificultad.

Veo todo el concierto extasiado. Vale cada mal rato planeándolo pasado ante el ordenador. Es una ola de estímulos. Todo lo que suena, y todo lo que se ve, claro. El vestido negro de cuerpo entero y tirantes no deja lugar a la imaginación (que le den a la imaginación); es ajustado, una segunda piel brillante, y regala un gran escote. La abertura de la falda es el Gran Cañón de las promesas guarras.
Toda ella brilla como un año entero de amaneceres y atardeceres, sobre todo atardeceres.
Estoy tenso en mi butaca. Tengo que decidir qué hacer luego si consigo tenerla delante y captar su atención. La idea de actuar como mero fan –por aburrida que suene– se impone. Puede que no uno de los histéricos, pero sí uno de los que quiere su lote de foto, sonrisa y roce.

Aplaudimos de pie unos cinco minutos al acabar el concierto. Me viene una localización a la mente. El vestíbulo. Hay una posibilidad en el vestíbulo. Estoy bastante seguro de haber visto revuelo antes del concierto ahí. Es posible que ella entrara por ahí. Quizá también salga por ahí.
Bajamos unas grandes y suntuosas escaleras. Me quedo por allí, titubeando, despistado. Tiene que parecer que espero a alguien. Lo cual no es mentira. Cada cual se pone el listón donde le da la gana.

Como a veces pasa con las cosas que de verdad te importan, todo pasa muy rápido. Ella baja con una comitiva, pero no salen. Se abren dos grandes portones. Entran a otra sala.
Es justo como yo imaginaba el campo de juego ideal.
Lo cual me pone nervioso, me ataca. Me siento obligado a actuar, a hacer algo.
Creo que en el recinto se da por hecho que todo el mundo aquí es del mundillo. Se da por hecho que todos podemos permitirnos un recital de este tipo todas las semanas.
Es por esto por lo que he pagado.
Ella es un estrella, pero no es una estrella del pop. Es otra clase de estrella, la clase de astro rutilante que difícilmente se valora. Para la mayoría de gente la música sirve para sudar o ligar. Aquí la música tiene entidad propia. Eso no se suele tener en cuenta, por lo que los portones se quedan abiertos.
¿Querrá un copa el caballero?
Tendríais que ver cómo voy vestido.

Notting Hill es el cuento de hadas definitivo. No haré el chiste con que es ciencia-ficción. Pero sí es el cuento de hadas definitivo. Eres un tipo bien parecido, aún joven, tienes una librería en Notting Hill. Y un día entra en ella la mujer-celebridad-fantasía-definitiva que más te impresiona. Y os liáis…
Hace que todas las demás películas se parezcan un poco a La lista de Schindler. Un amigo mío tiene la rebuscada teoría de que La lista de Schindler es la peli que aúna todas las pelis. Y yo siempre le digo: no; Notting Hill. Además, si te fijas, incluso con los cuentos de hadas de toda la vida puedes hacer una lectura retorcida. Pero no puedes hacerlo con Notting Hill, aunque a ratos pretenda ser naturalista y salpicar pequeños dramas. No cuela. Notting Hill es el cuento de hadas definitivo.

Esto es lo contrario a Notting Hill. Soy yo mezclado entre la purria (esta vez purria con pasta), y practicando el “si la montaña no viene a Mahoma”. La jodienda de siempre; la dinámica que muchos quieren llamar Vida, para no sentir que la están desperdiciando. La magia no existe, y otros tópicos.
Hace corrillo con algunas personas. Camareros pasean con bandejas, champán. Entonces pasa algo que me parece escandaloso. Ella se separa del grupo y se encamina sola hacia una mesa con canapés.
He visto cómo algunas personas se han acercado antes a saludarla. Todo muy breve. Pero ahora no está con NADIE. Ni amigos ni admiradores, ni babosos ni pretenciosos musicales.
No sé, quizá me haya colado sin saberlo.
La presión y el miedo (a perder la oportunidad) parecen empujarme en su dirección. Camino a duras penas, tengo un holocausto en cada rodilla. La librería de Notting Hill en mi cabeza. Indiana Jones en mi estómago (la escena del puente).

Se vuelve hacia mí y sonríe. Es el piloto automático de la amabilidad. Se siente obligada a ser cortés o hasta encantadora hasta que acabe la noche.
Como no tengo ni idea de qué decirle, hago algo que en realidad nunca planeo, y que a veces me pasa.
Se lo digo TODO. Me sincero. La felicito, obviamente, pero también le hablo de mí sentado ante el ordenador ordenando entradas anticipadas, y de que he venido solo, y que quería verla, y que me gusta la música clásica pero aún me cuesta… TODO. O al menos casi todo.
Algo hace que me escuche carente de esa actitud de quien sólo está esperando a que te calles. Tengo el Infierno de Dante en el bajo vientre. Ella está decidiendo qué soy, si soy un baboso, un salido, un perdedor o alguien a quien conocer.
La cosa se asienta cuando, mientras ya hablamos como si fuéramos conocidos, otras personas se hacen fotos con ella, y luego ella vuelve a atenderme a mí.

Luego, en la calle, ya solo, me enciendo un cigarrillo con las manos temblorosas. Sujeto mi móvil. Ella me ha preguntado el nombre. Quizá iba algo borracha. Quizá sólo formaba parte de su ritual de cortesía. Veo la notificación de Twitter.
Mientras vuelvo a casa, entro en pánico ante la idea de que me mande algún mensaje. Mi carroza se convierte en calabaza. No va a pasar nada, me digo. No Va A Pasar Nada.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (25 de 30) – Hacer sábado

Nunca lo piensas antes de disfrutar. Es como la resaca, sabes que estará ahí otra vez. Pero vuelves a picar.
Si has hecho lo que tenías que hacer, la tarea no sera tan ardua. Si te has preocupado de extender un plástico en el suelo antes, si has cubierto los objetos cercanos. En fin, si eres medianamente despierto y has tomado precauciones, te habrás ahorrado la mitad del trabajo. Lo mejor es recoger primero el plástico del suelo. Con cuidado, por las puntas. Procurando que la sangre se acumule en el centro. (Doy por hecho que ya habrás concluido tu rutina para librarte del cuerpo.) Así que, si has calculado un poco las medidas del plástico, podrás “embolsar” la sangre, dirigirte al lavabo, y una vez allí, pinchar por debajo. Que caiga todo dentro de la taza, o tendrás dos habitaciones para limpiar. No es buena idea tener la fregona siempre rojiza, como si hubieras estado torturando a alguien.
Si has usado una silla para el proceso (quizá te gusta maniatar), recuerda limpiar a fondo las patas antes de colocarla en otro sitio.
Una vez el plástico haya dejado de gotear (paciencia), lo mejor es meterlo en la bañera, o en la ducha, pero si tienes una bañera, mejor. Lávalo como si fuera tus cuchillos, que todo el rojo se vaya por los desagües.
Luego vuelve a la habitación y echa un buen vistazo al suelo. Dependiendo de lo bien que te lo hayas pasado, quizá aún haya zonas salpicadas. No tires aún de fregona. Usa antes otra cosa, como papel de cocina, para eliminar lo más sustancioso. Luego friega todo el suelo como si tuvieras que comer en él.
Si has usado sierra eléctrica, probablemente vas a tener aún mucho que hacer. Primero fíjate en los objetos o paredes más cercanos. Si las paredes o el techo han salido muy malparados, quizá tendrás que volver a pintar la habitación. Es una putada, pero es peor inventar explicaciones. Limpia todos los objetos o plantas o artilugios que hayan podido quedar salpicados.
Una vez tengas la zona más conflictiva controlada, fíjate en los rincones más lejanos. Busca esas gotas rojas que se han exiliado, como esos trocitos de cristal del vaso que rompiste hace tres meses. Piensa en la sangre como si fuese cristal. No puede quedar NADA. Piensa como la policía. Rastrea como un perro. Agáchate, arrodíllate, sospecha. Desconfía. Piensa que esa habitación te quiere arruinar la vida. No se lo permitas.
Una vez hayas comprobado al menos cinco o seis veces que todo vuelve a estar impoluto, acuérdate de la cámara y los aparejos que hayas usado. Límpialos a fondo, lo mejor que puedas. Guárdalos, guarda lo que tengas que guardar. Dúchate a conciencia y guárdate incluso a ti.
Abre tu cuenta de Twitter. Sigue trabajando en ese perfil encantador tuyo. Eres una buena persona. Has de sostener esa idea. Te preocupas. Denuncia, acusa, discute, milita. Comparte. Brilla.
Y luego haz una última inspección.

#Marion Arbona-Limpieza