La fiesta de los extrovertidos

Me siento en zona de nadie. Antes de nada, quiero que quede claro que no pretendo que este sentimiento parezca nuevo u original; seguro que todo el mundo se siente así en algún momento de su vida. Pero me siento en zona de nadie; y no de vez en cuando ni de forma puntual, sino prácticamente todo el tiempo.
Me sentía así de crío con la rutina preparada para los críos; y me siento así ahora para lo que se pretende que sea la vida adulta.
Ni tan siquiera tengo claro que haya tal cosa como críos y adultos. Solo hay gente más dependiente que otra.
Todos somos dependientes. Solo hay grados.
Noto que mi desarraigo para con las idiosincrasias de la gente no se diluye a medida que crezco, como aseguran que ha de pasar. A ese proceso de aceptación que llaman «madurez», yo aún no he sabido ponerle nombre.
Como no sabes etiquetar el proceso, intentas describirlo.
Una y otra vez.
Obviamente a mí esa «madurez» no me parece tal, pero las palabras a la contra habituales (conformismo, zombificación, etc.) ya solo suenan a ruido. Suenan a suicidio; como si el hecho de alimentar esa línea de pensamiento, con ese inestable estado de ánimo y esa teórica falta de predisposición, sólo fuera producto de alguna circunstancia tuya personal. Lo único que pasa, pensarán, es que a lo mejor te matas, o algo peor; y que estás fatal, y que solo sucede que no has «madurado».

Al 911:
… ¿pueden venir? Vivo sola y no sé qué está pasando abajo, es…

Creo que no hay una palabra realista para «madurez». Y aún menos para «amor». Hemos convertido lo que llamamos amor en un montón de iconografía hortera y cotilleos de mierda. Prácticamente hemos reducido ese sentimiento complejo e importante a cosas y vergüenza ajena.

… ruidos, como si alguien pidiera ayuda…

Estoy aquí, sentado, con demasiada gente, comiendo demasiado, sonriendo demasiado gratuitamente. Me estoy encajando con calzador en la tradición otra vez. Las tradiciones no se reducen a determinadas festividades. Hay muchas personas cuyas vidas se definen por lo que es tradicional hacer. Hay personas que hacen como que sí, pero que en realidad jamás han tomado una decisión en su vida. Esas personas que aprendieron bien la lección. Las personas cuyo único principio fue adoptar principios ajenos, cuyas mentes son como la sevillana que antes se ponía encima de la tele: nunca les prestan atención, apenas perciben su existencia, y ya casi nadie las usa. El pensamiento como atrezzo anticuado.
La persona que está, que se queja sólo al unísono con los demás. Que no adopta niños, sino posturas prefabricadas antes de tenerlos propios; cuya idea de tener una opinión es masacrar la libertad de expresión, hacer que te llegues a plantear si es tan buena idea que cualquiera pueda decir lo que quiera, o tener hijos.
Esa persona.
La persona que te hace sentir como un infeliz, un esnob, un pedante, un desgraciado… por no ser capaz de ser feliz con lo mismo que ellos.
Ahora estoy muy cerca de varias personas que son esa persona. Hablan con fluidez, se comunican sin problema; da igual si en ciertos momentos fingen interés o sonríen para salir del paso: saben que están jugando a lo mismo, y que ese juego les mantiene en La Partida.
La cena es en casa de cierta pareja. Viven juntos desde hace un año. Estoy en calidad de amigo de amigo, más o menos como siempre. Estoy fuera de lugar. Estoy acostumbrado a ello; he madrugado millones de veces para jugar a esto. Solo que nunca se me dio bien, nunca tuve interés en mantenerme en esta partida.
En realidad estoy donde estoy porque es donde está Ella. Hay ciertas debilidades que tengo en común con quienes me rodean. Al igual que ellos, a veces no sé definir lo que siento, lo irracional se adueña de mí. Comienzo a pensar que cierta mujer es mejor que las demás, que tiene algo que no tienen las demás. Esto me pasa desde hace ya un tiempo con Ella. Ella, ahora mismo, no es como ellos, pero tampoco como yo. Ella puede hacer lo que quiera: mi opinión no varía, no ha lugar.
Ella es la chica que vive con el chico en el piso.
No tienen hijos. No se han casado.
Aún.
Con la mayoría de gente sólo es cuestión de tiempo.
Lo realmente interesante es preguntarse cuánta de esa gente que se casa y tiene hijos, quiere casarse y tener hijos. Y no digo que sea interesante por malmeter o juzgar, sino más bien porque ellos y la inercia que alimentan, están lejos de dejar de joder y juzgar a los que no hacen lo mismo.
Si algo sabemos seguro, es que las personas somos capaces de hacer cosas terribles para encajar. Pero sobre todo cosas que nos resultan aburridas, tediosas, vacías, durante horas, meses, años; somos capaces de tirar nuestra vida entera por la borda sólo para no parecer unos raritos. Sólo para parecernos a la parejita en su piso mono. Aunque en el fondo lo que hagan ellos no nos interese.

Al 911:
… me han despertado, pasa algo abajo, he oído golpes y gritos, y…

Mi álbum de fotos es ajeno. Grupos de rock y cuadernos de rodaje, pelis y documentales, discos de los noventa y… chicas que ya son recuerdos en sepia. Chicas que ni llegué a presentar a mis amigos. Porque mi álbum de fotos es ajeno. Marilyn Monroe, Thomas Pynchon, Kurt Cobain… Y Pynchon casi no tiene ni fotos. Mi álbum de fotos me recuerda el placer al que puedo volver a acceder cuando quiera; no las personas que ya no veo, ni los lugares en los que ya no puedo volver a ser un crío. Nunca me gustó ver esas fotos, que te indican cómo se ha deteriorado todo, incluidos tus seres queridos.
La visión más triste es mi madre viendo el álbum de fotos físico familiar, intentando arañar algo en ellas.
Es posible que mucha gente tenga hijos para intentar revivir todo eso, para intentar, en cierta forma, volver a nacer. Una actitud irresponsable como cualquier otra. O no como cualquier otra, pero sí muy recurrente.
A menudo, la gente que actúa así, es la más extrovertida, las personas que viven hacia fuera, que se autoconsideran normales sin saber muy bien a qué se refieren. No todos son mezquinos, obviamente, pero son mayoría, y por tanto el porcentaje de estúpidos no solo es mayor entre ellos, sino que también se contagia. Son simples donde dicen ser sencillos; son mediocres donde dicen ser humildes; son peligrosos donde dicen ser responsables. Son el ancla con el que se suele atascar la Historia, por lo que periodos terribles se alargan, porque son tan sociables como en el fondo egoístas y miedosos. Los introvertidos también podemos ser malos e hipócritas, obviamente, pero somos menos, y la dictadura de los extrovertidos nos convierte a menudo en víctimas; a veces por no adherirnos, a veces por imitarlos. Un extrovertido tiende a pisar al prójimo para salir adelante; un introvertido tiende a la autodestrucción. No son certezas, sólo sensaciones. Tengo mi verdad, no necesariamente La Verdad, claro; pero el material es mío. Cuando me equivoco, pocas veces puedo echarle la culpa a nadie.
El extrovertido no tiende a la creatividad, sino más bien a intentar colgarse medallas. El extrovertido no ayuda, más bien actúa para poder contar con calculada humildad cómo ayudó. El extrovertido te arrastra; su idea del respeto es una representación del respeto. El extrovertido es la idea que yo tengo del Poder. Alguien extrovertido puede ser perfectamente una gran persona; pero también es cierto que el mundo está diseñado para él; igual que lo está para el hombre blanco hetero. El extrovertido goza de más oportunidades. El extrovertido se lleva a la chica al piso mono y bromea seriamente con tener hijos.
Todo esto es subjetivo, lo sé, y producto de mi visión personal condicionada. De todas formas, no me convences cuando dices que no crees en fantasmas, porque luego nunca quieres visitar la casa abandonada.

Al 911
… Dios mío, ¿es la policía? …

Creo que el introvertido tiende a fingir menos que el extrovertido. Y creo que por eso el extrovertido cree que, cuando el introvertido opina, intenta sentar cátedra. No es que eso nunca pase, pero no hay que olvidar que el extrovertido básicamente actúa para la galería. Todo lo que cruce la línea del cachondeo más básico, lo puede percibir como una amenaza. El extrovertido no siente ningún interés por escuchar a los demás, porque su visión del mundo debe permanecer pequeña y manejable. El extrovertido, aunque sólo sea por defecto, proyecta habitualmente la idea de que quien no es como él, está amargado o tiene serias carencias.
Esa clase de persona.
El «novio serio». El yerno que sabe moverse y ofrecerse, que se levanta como un resorte a recoger los platos. La generosidad perpetua. Lo importante no es lo bien que queda él, sino lo mal –o en un segundo plano– que quedas tú, y él lo sabe. Su amabilidad parece sincera, pero tiende a ser una inversión. La mayoría de gente cree que no paga por follar, por ejemplo, pero muchas veces te puede costar unos cuarenta euros entre la entrada de cine, la cena y alguna que otra copa.
Todo cuesta algo; es algo que el extrovertido sabe muy bien, el problema es que eso quizá sea lo único que sabe.
A veces en dinero, a veces en especias. A veces son tus acciones sencillas las que resultan potencialmente productivas. El extrovertido no es; sabe muy bien que ser no renta.
El extrovertido se adueñó por completo del siglo XX. Y lleva el mismo camino con el XXI.

Al 911:

… he oído golpes, pero no sé si son los vecinos…

El extrovertido como concepto. El extrovertido hace un esfuerzo por mostrarse o parecer abierto, y tolera muy mal que el introvertido no haga lo mismo. Esa dinámica al final define su piloto automático; de modo que el extrovertido se empapa de todas las inercias habituales: machismo, ir donde haya ruido, inflar el currículum, alimentar jerarquías, reírse de los demás, cobijarse en el “sentido del humor” (que no tiene) para insultar, etcétera, etcétera, etcétera. El extrovertido es el gilipollas que no entiende por qué quieres volver a casa. Con lo bien que lo está orquestando TODO él, ¿y tú te quieres largar? Eres el aguafiestas, sin comerlo ni beberlo, por interés ajeno. El extrovertido se hace maestro no porque le interese la educación, sino porque le gustan los niños. Se casa no porque crea en el matrimonio, sino porque la gente se casa (que es la versión “adulta” de “¿los demás van a hacer la comunión y yo no?”). Tiene hijos no porque se sienta respetablemente sabio, completo y seguro y quiera transmitir eso a su descendencia, sino porque ya se ha casado, e insiste en que le gustan los niños.
El extrovertido, uno de ellos, mientras cenamos, le da una violenta bofetada a su novia después de (creo) una discusión en susurros.
No es el tío del piso, y la abofeteada no es Ella. Es otra pareja. Ni tan siquiera les conozco. Son amigos de alguien, supongo que del novio de Ella. La chica agredida se cubre la cara con las manos, dolorida y avergonzada, mientras el extrovertido saca pecho y grita algo sobre tener razón y estar «hasta los cojones».
El extrovertido finge no querer ser el centro de atención. Finge que no tenía más remedio que hacer justo lo que acaba de hacer.
No he estado atento; estaba, como acostumbro en estas reuniones, a unos mil kilómetros, huyendo sin moverme del sitio.
Los demás comienzan a discutir. Otra chica desconocida se lleva a la agredida a la cocina. Reconozco que no me esperaba todo esto. Había oído hablar de estas cosas, están todos los días en los medios, cada dos por tres salen estadísticas al respecto. Tampoco es que fuese difícil intuir que eran una realidad, pero nunca lo había tenido así, en las narices. Veo de refilón que la chica sangra por la nariz, o quizá el labio. Otro «tío duro» (el novio de) arrincona al agresor y le amenaza levantando la voz. Se tambalean los patrones de comportamiento acordados. Yo sigo sentado en mi silla. Tengo medio filete delante, y me siento como si nadie me hubiese dado ningún papel en la obra. Todos parecen preocupados, exaltados, sorprendidos… Todos actúan como si estas cosas no fuesen el resultado natural de cómo se comportan y qué rutinas alimentan. No se puede fingir todo el tiempo, y por eso, imagino, acaban surgiendo estas explosiones de violencia de salón. El orden establecido es generalmente el que se hace presente, el tío por encima de la tía en medio de una escena trufada de proyectos de familia, lugares comunes y distintos grados de dependencia, ya sea material o emocional. El tío encima de la tía, y claro, los extrovertidos por encima del introvertido. Me quedo callado, los demás lo dicen y lo hacen todo. No es que no me sienta violentado, pero no tengo nada que hacer (todo detalle está atendido o “controlado”) e irme sin más sería un poco raro. Alardes, gestos de gravedad, misoginia, moralismo súbito, vacile, consuelo, confusión donde parecía haber control… Es como si fuese una auténtica fiesta de los extrovertidos, y se me dan fatal las fiestas.

Igual debería haberlo dicho antes, pero el día ha sido una auténtica mierda desde el minuto uno. Me ha despertado un vecino, uno de esos que buscan el sentido de la vida con un taladro. Un puto idiota armando ruido a las nueve de la mañana. No había dormido ni cuatro horas. Casi cualquier cosa se me da mejor que dormir. No es que tenga insomnio como para preocuparse, creo, pero paso en vela las suficientes horas como para ir la mitad de los días por ahí con cara de culo, casi dejándome llevar, confiando en la mecánica de la rutina. Pero hoy era sábado, hoy tenía que poder dormir, aunque me hubiese costado horas pegar ojo.
Tenía que hacer unas compras, y todo ha ido mal. Todo estaba atestado de gente. He tirado sin querer un estante de bebidas, unas cincuenta botellas de cristal de zumo de naranja. Hasta me he cortado. He pedido disculpas y los empleados me han dejado ir sin saber muy bien qué hacer, aparte de limpiar el estropicio. No suelo ser así de torpe, o al menos cuando estoy bien descansado.
En cualquier caso, eso me ha despertado durante un buen rato. He intentando escribir antes de la hora de comer, otra cosa de raritos. Cuatro páginas que luego he borrado sin lamentarme demasiado. Después me he puesto a cocinar, y me he quemado con el aceite, me ha dejado marca en la muñeca derecha, cerca del corte aún fresco, y no estoy seguro de que no sea permanente (o de que no haga falta ir al médico). Me han caído varios lagrimones de dolor. He buscado algo para las quemaduras, Juan de Arco el inútil de paseo a la farmacia. El soltero “sin causa”. Me han recomendado una pomada, no sé si ha hecho el efecto que debía. He aprovechado para comprar tiritas.
He encargado pizza. Me ha costado un ojo de la cara, teniendo en cuenta mi presupuesto.
La pizza ha estado bien. Los problemas han vuelto cuando he intentado dormir algo de siesta. La putada al intentar dormir es que suelo necesitar unas dos, tres o hasta cuatro horas de preliminares antes de que me venza el sueño. Si estoy muy cansado, como era el caso esta tarde, el proceso no es el mismo, pero media hora de preludio no me la quita nadie.
Creo que estaba justo a punto de lograrlo, cuando el móvil ha comenzado a joder la marrana.
Me han comenzando a enviar mensajes sobre la cena.
No voy a describir a cada uno de los invitados, yo básicamente conozco a uno y su novia, aparte de la pareja residente en el pisito. Este colega me ha jodido la siesta, porque no tenía previsto salir, y de repente ha surgido el plan, y, como tantas otras veces, ha sido más fácil decir que sí que decir que no. Además era otra oportunidad de verla a Ella y su novio, mi némesis, el buen chico que gusta a todos y a todas, la materialización de la responsabilidad, un modelo de conducta, de virtudes. Es tan como es, que me trata con cierta condescendencia, y lo hace sin darse cuenta, de ese modo en que alguien tiene perfectamente asumido no que le va mejor que a ti, sino que es mejor que tú. Esa persona para la que hay gente normal y gente excéntrica (e inferior), y a la que se le nota el esfuerzo cuando trata con alguien a quien considera un friki. Esa sonrisa de mierda con la que intenta hacerte creer que él no cataloga a los demás o hace jerarquías, cuando en realidad esa es su única filosofía vital.
De modo que todo ese asunto de la cena me ha desvelado, y ya no ha habido manera de lograr media hora de sueño. Ni de broma.
A eso de las ocho de la tarde me he duchado y vestido, he salido. La cena no iba a ser hasta las nueve y media, pero se me caían paredes encima.
He roto un vaso en la cafetería en que me he metido a hacer tiempo. Un gran vaso de zumo de naranja natural que se estaba bebiendo una señora. Me ha mirado como si le hubiese metido un dedo por el culo. Lo he roto al entrar, topando sin querer con la mesa. Después me he bebido mi café soportando las miradas de todo el mundo.
He estado pendiente del móvil todo el tiempo, y finalmente me han dado la dirección del piso. Todo para acabar sentado solo a la mesa, mientras los demás gestionan la nueva crisis de grupo. La única que me ha hecho algún caso ha sido Ella, no sé bien qué me ha dicho, algo amable, creo, al verme desubicado y sin saber qué hacer. Después han echado al agresor (casi por el hueco del ascensor) y han arropado a la agredida. Ese momento me ha parecido al menos tan violento como el anterior, porque me ha dado la sensación de que cada gesto de apoyo y comentario de ánimo no hacían más que avergonzar y hacer sentir aún peor a la chica. Creo que simplemente necesitaba estar sola, que lo mejor que podrían haber hecho era acompañarla con premura hasta su casa, ahorrándole memeces (al fin y al cabo ella no vive con ese tío, según sé), sin decirle lo que tiene que hacer o insultar sin parar al agresor, subrayando de algún modo la sensación de fracaso y humillación en la que ella está enfrascada. Pero obviamente no la han dejado en paz. Han hecho que la bola se haga más grande, han marcado con rojo el hecho, el momento, la fecha, la han hundido aún más por el proceso de repetirle como loros cuánto vale ella, y cuán inmerecido es lo que le ha pasado. Han demostrado alarma, lógicamente, y eso es comprensible, pero a la vez empatía cero, ningún atisbo de intuición sobre lo que debe sentirse –y la complejidad de ese sentimiento– cuando alguien que supuestamente te quiere, te pega y menosprecia delante de los demás.
Obviamente, no es que a ella no le venga bien el aliento de los demás, pero creo que no le han dejado ningún margen para valorar, digerir y comenzar a superar lo sucedido a su manera, no han perdido un segundo en victimizarla y etiquetar la situación, enmarcándolo todo en el “sentido común” del extrovertido, donde todo ha de proyectarse hacia fuera y de igual forma para todos, donde los demás deciden cuándo, cómo y cuánto has de sufrir, lo que dura el trauma, y qué secuelas ha de dejarte.

Fijaos en lo diligente que es. De un lado a otro, diciendo la frase adecuada, colocando las manos donde manda el protocolo, la palmadita, recolocando el objeto, recogiendo las servilletas, poniendo orden, lanzando la mirada precisa…
El novio de.
Representando, en resumidas cuentas, la danza de la que yo no me sé un solo paso.
A veces me gusta sentirme pequeño, irrelevante, casi invisible. No de forma individual, sino como ser humano. Hace que me dé cuenta, por ejemplo, de lo ínfimo que es ese tío en el orden de las cosas. Yo lo soy, pero él también. Y que si nos morimos ahora mismo, si el planeta es absorbido por alguna clase de agujero negro y desaparecemos en alguna anomalía del espacio-tiempo, al cosmos le importará un carajo. Para el cosmos será un día más. Un martes en términos de física cuántica. Esa idea me relaja, me libera. Que el triunfo del ser humano no importe lo más mínimo a Gran Escala. Que la entropía sea la única verdad absoluta. Que nuestro esfuerzo (o desarraigo) sea fútil y la vida no sea la norma sino la excepción, me resulta embriagador. Me hace sentir como el Dr. Manhattan sobrevolando Marte con la segunda Espectro de Seda.
Héroe por un instante. Por saber desprenderme momentáneamente de toda humanidad, sí, pero también de todo ego.

Cuando luego el novio de ya sabes quién me tiene sujeto en el suelo, me da por preguntarme cómo hemos llegado a esto. Tiene la cara roja y me insulta. No es muy creativo, se limita a repetir palabras y escupir bilis (y saliva). Me cuesta recordar qué he dicho en voz alta y qué no. Creo que no tengo que volver repetir mi discurso… Supongo que era cuestión de tiempo que me pusiese a largar sin parar. Creo que ha sido para cuando tenían rodeada a la chica agredida; cuando la estaban asesorando sin haberle preguntado si quería asesoramiento; era un bombardeo constante. Había sucedido algo grave, indudablemente, pero si les oías hablar, parecían haberse quedado con ganas de una violación en directo. Diría que ya no se trataba de ella, sino de ellos; no era nada más que otro examen (de ética, quizá) en el que no se iban a conformar con un aprobado.
Y supongo que una cosa ha llevado a la otra.
De entrada creo que he intentado dar mi opinión con tacto. Y en algún momento debo haber cogido un desvío hacia Honestidad Brutal. Es bastante seguro que la presencia de Ella me ha envalentonado de alguna forma. Esas cosas te desquician. Cuando era crío ya intentaba lucirme más jugando al fútbol cuando había chicas mirando.
El tío me intenta agarrar por el cuello, los demás intentan separarlo. A saber qué le he dicho. O más bien, cómo se lo he dicho. La chica abofeteada observa la escena desde su silla, ahora ya sin nadie que la atosigue. Debe dar la sensación, por toda esta descripción que he venido haciendo, que estoy rodeado por varias personas que son horribles, aunque no lo parezcan de entrada.
Y es exactamente así.
Aunque quiero dejar clara otra cosa. Nunca he querido decir que yo sea mejor, sólo diferente. No seré yo quien valore cuán buena persona soy. Nunca me autoclasificaré, nunca diré en voz alta –ya sea para convencer a los demás o a mí mismo– que soy positivo, altruista, feminista, gracioso, amigable, filántropo, etcétera. Ni siquiera se trata de humildad, simplemente me incomoda mucho lanzarme florecillas a mí mismo; ni aunque pueda tener alguna coartada social o política, o encaje bien en alguna carpeta del catálogo ideológico. Esa es otra cosa mucho más propia de los extrovertidos; van siempre por ahí con sus “valores” tatuados en la frente. Les preocupa mucho que te quede claro como se ven a sí mismos, olvidando que para ciertas cosas han de ser los demás quienes hagan una valoración.
Muchos personajes terribles a lo largo de la Historia tenían un alto concepto de sí mismos; hasta aquí hemos llegado.
Por un momento, creo de verdad que no puedo respirar. Este fulano, este novio de, hacía mucho tiempo que me tenía fichado.
Forcejeamos. Forcejean con nosotros. Sus reservas de rabia no parecen agotarse.
Pero ¿qué le he dicho? Creo que ha sido algo sobre tener hijos, sobre que él no debería tenerlos. Y eso para empezar. Luego me he referido a que los tíos como él ya llevan demasiado tiempo monopolizando a chicas como Ella. Aunque en realidad antes he hablado sobre la agredida, sobre el trato que le estaban dando; creo que les sugerido que la dejaran en paz, que ya había quedado claro que son personas estupendas con muchas ganas de ayudar y mejorar el mundo. Algo así. Pero estoy bastante seguro de que luego les he insultado. No a Ella, claro, y la agredida estaba al margen. Me gustaría decir que lo he hecho para robarle el protagonismo a la abofeteada, y que así de alguna forma su drama menguara, se comenzara a disipar, en lugar de seguir creciendo como la espuma gracias a sus amigos tan considerados. Pero he comenzado a rajar sólo porque ya estaba harto, y porque he bebido algo de vino, supongo, pero la cosa viene de lejos. Ni siquiera les insultaba sólo a ellos en concreto, sino a su… especie.
Les he dicho que ellos son en realidad malas personas, y ellas tontas por follar con malas personas. Les he llamado hipócritas. He perdido un poco el norte (o lo he recuperado, según se mire). Ha sido y está siendo el acto más violento de la noche.
Pero ya se sabe con los récords.
En cierto momento, me consigo zafar. Me aparto, acabo entrando en la cocina. Me siento encendido, tengo la adrenalina dando botes. Muy cerca hay cuchillos sujetos a un imán. Tengo que respirar hondo y olvidar eso.
Todos agarran al tipo, al que parece que veo por primera vez tal y como es: un perro rabioso. Una persona aterrada que se ha esforzado tanto por parecer valiente, honesta y buena, que ha acabado sacando humo por las orejas. Cuando siento que alguien me humilla, suelo bajar la cabeza y procurar no volver a ver a esa persona. Pero alguien extrovertido no puede darse el lujo de comenzar a ser demasiado selectivo; tiene que agradar. Con la sangre bullendo, mientras el tipo intenta alcanzarme, le sigo provocando, no dejo de hablar, no puedo parar. Estoy frente a la nevera. La abro y la inspecciono. El tío no deja de intentar atraparme; no le presto atención. Veo una botella de zumo de naranja. Me comienza a gritar (el tío, no el zumo) que no toque su nevera. Orgullo de propiedad. En poco rato, he violado todos sus códigos. Solo faltaría que violara a su novia, pero probablemente él ya se ha encargado de eso. Pego un largo trago; el zumo de naranja suele ser el peor de los zumos embotellados, es como si fuera pis de elfo.
Enrosco el tapón. Es en ese momento, cuando, sin pensarlo, lanzo la botella hacia la cabeza orgullosa. No es de cristal como las que tiré por la mañana, y desde luego el contenido no se parece en nada al que bebía la anciana en la cafetería. Es un envase de plástico poco contundente. Ni tan siquiera le alcanza con un borde o la parte del tapón. Se la tiro más para irritarle que para hacerle daño. Le rebota en la frente y cae al suelo a mis pies. Cuatro chicos le sujetan ahora mientras grita:
–¡¡Hijo de puta!! ¡¡Hijo de puta!!
Todos le comienzan a mirar con cierto rechazo, sin entender. La situación amenaza con despojarles a ellos también de sus ropajes morales, de sus principios católicos disfrazados de ateísmo reflexivo.
Camino hacia la salida. Los demás rodean al buen chico, el buen tipo explotando, salpicando de metralla toda su compostura.
No la miro a la cara. No quiero irme con un más que probable gesto de deprecio suyo. Lo demás me importan un carajo.

Cuando entro en mi utilitario de segunda mano (que ya expulsa un humo que hace pensar en cementerios mecánicos), no tengo la más mínima duda de que la noche ha acabado.
Mis certezas suelen ser papel mojado. Después de toda la perorata, me gustaría sonar más seguro o inteligente, pero lo cierto es que mi pensamiento fluctúa, lo cual –para bien o para mal– no impide que lo exponga con convicción.
Cuando llevo uno tres minutos en el coche camino a casa, veo unos faros encenderse en el espejo retrovisor, como si a partir de ahora mi vida la comenzase a dirigir Spielberg. Acelero, no dudo en momento alguno que me sigue quien me sigue. Su novia me sigue en Twitter, él por la calle. Nunca hemos tenido una relación muy estrecha. Él me despreciaba y yo le odiaba, y a veces coincidíamos en una terraza con Ella de por medio. Esto se ha postergado desde la universidad, hace ya la friolera de siete años. Una vez rompieron, pero fue uno de esos capítulos pasajeros, casi como si su relación fuese una historia de ficción; a él lo sustituyó un maniquí que Ella conoció en el gimnasio, y supongo que él estuvo follando por ahí. Cuando se cansaron de vivir, volvieron al cobijo de la monogamia. O qué se yo. El caso es que parece una de esas parejas lejos de ser ideales, pero que a la vez han construido una relación de enfermiza dependencia mutua; esa clase de cosas propias de los países avanzados, que nos creemos la Cultura a seguir y en el fondo no somos mejores que otras con dinámicas polígamas y demás formas de vivir, que aquí consideramos asquerosas desde nuestro cuerdo ateísmo cristiano.
Me entra la paranoia. Él no sabe dónde vivo, no al menos concretamente, y quiero que siga sin saberlo. Hago un giro a la derecha y voy rumbo a las afueras, cierto polígono industrial. Mi idea inicial es despistarle. Pero su coche es nuevo, y más rápido. Su vida de alto perfil tiene todas las de alcanzarme.
Aprovechando sus ventajas como extrovertido, en poco tiempo me está besando el parachoques trasero.
Está bastante claro que quiere que pare, me hace luces y me pita. Me pongo a hacer eses, no sé qué coño hago, supongo que simplemente llevarle la contraria. Podría querer matarme; o aún peor: haces las paces. No quiero ni una cosa ni la otra. Parece percatarse, y me da un golpe por detrás. Digo:
–¡¡Eeeeehh!!
Como si sirviera de algo.
Comienzo a pensar que es muy probable que me quede sin coche. No soy amigo del coche, no me gustan los coches (él los adora); pero hoy por hoy lo necesito para ir a currar por las mañanas. Vendo el tiempo de mi vida en un almacén, me proporcionan el sustento justo para que pueda seguir yendo al almacén. Él tiene algún trabajo indeterminado de oficina, algo relacionado con su padre, paredes de cristal, plantas de interior, moqueta, ordenadores y jornadas partidas de lunes a viernes.
En una curva, y frente al portón medio abierto de una fábrica, piso el freno, pero no sirve para nada. Me empuja por detrás y mi coche se encaja entre el suelo y el portón. El cristal de la luna delantera revienta y cierro los ojos.
¿Será posible que él sospeche que me gusta su novia? ¿Cuánto cristal tienes que comer para darte cuenta de ciertas cosas? Aprieto el acelerador para desenjacar el coche, tocando el claxon.
Acabo estampado contra una línea de montaje.
Respiro aliviado cuando veo que no he atropellado a nadie. Es sábado por la noche, pero aun así hay varias operarias viendo la escena. Avatares del siglo XXI. Me paso la mano por la cara y desprendo fragmentos de cristal. Tengo varias motas de sangre en la camisa. No me noto dolorido, sólo me escuece un poco la cara. Fuerzo la puerta para poder salir del coche.
Me arrastro a cuatro patas, ya desinteresado en mi enemigo. Veo cómo se acerca; ha detenido su cochazo apostólico-romano y ha entrado. Miro a mi alrededor. Veo cajas y máquinas, y una línea completa a rebosar de botellas de cristal de zumo de naranja. Me da por reír, y luego no puedo parar. Oigo como él grita, me grita, viene lento pero seguro, me insulta, dice no sé qué de Su novia. Orgullo de propiedad.
Me arrastro hacia la procesadora. Han detenido la producción. Me agarra por la solapa. Agarro una botella por el cuello, y se la estampo en la sien con toda mi mala voluntad. Se hace añicos y me cae todo su contenido en la cara. Me pica terriblemente por las heridas, y se me quitan las ganas de reír. Veo que él ha quedado inconsciente en el suelo.
O muerto.
Se intenta levantar como un boxeador noqueado, pero vuelve a caer. Inconsciente, pues. Mientras oigo sirenas de la policía, aparecen varias chicas en mi campo de visión. Obviamente algo anda mal, porque todas tienen Su Cara.

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La venta de tu vida

Te tienes por una persona bastante cuerda, incluso responsable, al menos según el baremo occidental, eso que consiste en pasar de más o menos todo lo que no sea la imagen que proyectas y tu cuenta bancaria.
Pero entonces te ves en medio de cierta jungla, literalmente, y te niegas a aceptar que te has perdido, que te has dejado el móvil en el hotelucho donde te has alojado por cuestiones logísticas, y que tu sentido de la orientación es tan real como tu amor.
Estás en algún lugar de Indonesia. Estás en viaje de negocios y has conocido a determinada periodista. Aunque te consideras una persona esencialmente fiel –aunque dicha fidelidad sólo se deba a la inercia cultural y a la inmensa pereza que te da gestionar un potencial adulterio–, lo cierto es que tu mujer y tu hijo de dos años están muy lejos. Estás cansado, bastante harto, de un modo sugestivamente indefinido y desde hace tiempo; y ni tan siquiera podrías describir lo mucho –y de qué sucia manera– te atrae la mencionada periodista. Es más joven que tu mujer, obviamente, no sabe nada de ti, tiene ganas de aventuras y cree que eres inteligente porque has echado mano de cierta terminología arquitectónica.
Así que tenías la tarde libre, has flirteado, has salido con ella a dar una vuelta, la has perdido de vista, y ya hace más de una hora que no la ves. Nadie responde a tu voz. Estás caminando en círculos, pasando una y otra vez por delante de la misma piedra del tamaño de tu cabeza. Pero luego cambias el rumbo y es aún peor. Te adentras más en la jungla. Empiezas a sudar y maldecir. No sabes nada del lugar, nada excepto lo que el aspecto del mismo te hace evocar, que es básicamente peligro, animales para los que eres comida, insectos asquerosos de picadura mortal, disentería, fiebre, alucinaciones, etc.
Está anocheciendo, claro. Te has perdido como Dios manda. No tienes herramientas de ningún tipo para la supervivencia; tampoco sabes construirlas. La verdad es que lo único que sabes hacer es vender, recalificar, convencer, engañar, estafar, acumular, hacer acopio, multiplicar, sonreír… Dicho en voz alta quizá suene peor de lo que es; en realidad solo se trata de lo que llaman prosperar, te dices a ti mismo. No pueden educarte para ser un cabrón y quejarse de que acabes siendo un hijo de puta. Simplemente has sido una pizca más ambicioso que los demás.
Precisamente, lo que mejor sabes hacer es Normalizar. Puedes tener al banquero más especulador delante, sonriendo con la sensibilidad de una excavadora, y hacer como que ambos sois de lo más respetables. Lo haces muy bien también en reuniones sociales; bodas, comuniones, cumpleaños, etc., en su mayoría relacionadas con gente que no te importa lo más mínimo. Pero tienes dinero; de modo que compras algo y llegas con tu regalo, la barbilla alta y la humildad precocinada.
Vivir es fácil si sabes cómo. Aunque a veces puede ser agotador. Eres uno de los pocos de tu entorno que sabes seguro no se va de putas ni esnifa. Otros no soportan la presión, lo increíblemente artificiales que son sus vidas. Pero tú sabes normalizarlo. De hecho la gente te respeta, a veces hasta hacerte sentir violento.
En ocasiones deambulas por casa y te ves a ti mismo acuchillando a tu mujer o ahogando al crío. Piensas en lo fácil que sería. Son ideas fugaces que nunca llegan a quedarse contigo; pero vuelven una y otra vez. Piensas –con la ingenuidad clásica del delincuente– que no te sería demasiado difícil ocultar pruebas y asegurar que no has sido tú. Además ninguna de las personas de tu círculo esperarían jamás algo así de ti.
Durante un instante sólo ves ventajas en ello.
Pero luego recuerdas lo cómodo que es llegar e irse de los sitios cuando vas con una mujer y un pequeñín. Dar esa sensación de haber sabido Construir tu Vida. Ese halo de «madurez».
La gente es TAN estúpida.
Sabe TAN poco.
Son TAN poco intuitivos.
La familia nuclear es mano de santo. Es el único camino del Bien que conocen, el único del que se fían.

Cuando empieza a anochecer, ya eres totalmente consciente de la situación; se agotan tus reservas de negación. No solo se agotan, sino que además no tienes dónde recargarlas; estás en un lugar silencioso, no hay estímulo urbanita a la vista. No puedes barrer la mierda bajo la alfombra.
Aun siendo noche cerrada, decides caminar un poco más. Hay luna llena. De noche, si logras acercarte a atisbo alguno de civilización, verás luz de lejos, aun entre la maleza. No te has cruzado aún con peligro animal alguno. Ni tan siquiera has oído nada que se arrastre o zarandee arbustos a su paso. No es que haya llovido recientemente, pero te notas la ropa húmeda, tienes los zapatos llenos de barro, y los calcetines empapados. Sabes de lo que es capaz la naturaleza. O puede que no lo sepas del todo, pero lo intuyes. No llevas reloj, oyes cada paso que das. Si algo vivo se te cruzara, aun de muy lejos, te captaría de inmediato; cada vez que te mueves estás aplastando hojas, removiendo tierra y haciendo crujir ramas. A esas horas y en esa jungla, eres una feria ambulante. Carne fresca.

En determinado momento, te detienes.
Has oído algo.
No solo has oído algo, sino que puedes ver algo a lo lejos. Pero algo no te cuadra. Esperabas ver luz, pero no lo que parece la luz inestable de una hoguera. Tu cabeza comienza a especular a pleno rendimiento. No sabes mucho de la zona, pero sabes que hay muy pocos turistas. Y sabes que va a ser arrasada en poco tiempo; por eso estás ahí. Hay unas tres o cuatro comitivas para una estancia temporal. Pero claro, no donde ahora estás tú. Eso no tiene sentido.
Piensas que no tienes nada que perder por acercarte a la luz (mentira), y que lo más probable es que algunos hayan hecho una excursión nocturna y se hayan reunido alrededor de una hoguera para contar historias (muy poco probable).
Procuras hacer el menor ruido posible. Oyes voces. No cantos o ritos, ni a nadie balbuceando en alguna lengua semi-muerta local. Pero hay gente, eso está claro, personas. No bailan ni se oye percusión, no parecen invocar a ser Superior alguno que se hayan inventado para sentirse menos estúpidos y pequeños en la Tierra. Desde donde estás, no hay nada que te dé motivos para la preocupación. Necesitas unos mínimos empíricos para tener miedo de verdad; aunque si te eres sincero, llevas horas cagado y desesperado.
Recuerdas lo que te decía siempre tu padre cuando eras crío: “Si son personas, intenta hablar con ellos, razona”. Ahora estás bastante seguro de que ese consejo sólo funcionaba realmente en el contexto de los negocios. Tu padre era igual que tú, de modo que no podía decirte mucho más. Era de esas personas que creen que todo el mundo tiene en el fondo lo que se merece; si has nacido en el cuerno de África, de algún modo ha de ser culpa tuya. Ni siquiera se trata de fachas al uso; esa actitud, si te fijas en cómo hablan y analizan el mundo muchos, también es propia de quien menos facha o dañino se cree. Pasa todo el tiempo.
Tú eres tu padre, eso está claro, y ahora sabes que no puedes hacer nada más que asumirlo.
Te acercas a la luz como si fuera una buena idea. No sabes qué más hacer. Te acuclillas tras unos arbustos. Las personas reunidas no tienen aspecto de indígenas de una tribu, no van desnudos y con taparrabos, no bailan en torno a nada ni celebran ningún tipo de acontecimiento local. No parece un evento, ni una fiesta, ni un funeral, tampoco ningún tipo de comunión o confirmación. No se está bautizando bajo rito alguno a nadie.
Nadie se está casando.
No se despide a nadie que se vaya a ir a hacer vida a otra parte.
No es una despedida de soltero o soltera.
Es solo un conjunto de personas alrededor de lo que parece una mesa de madera grande y pesada, colocada quizá demasiado cerca del fuego. Lo cierto es que no hablan. Parecen esperar; miran hacia la maleza en todas direcciones de vez en cuando. Algo tiene que suceder.
Entonces, por fin, puedes observar susurros y cuchicheos entre ellos. Un rasgo de humanidad, al menos. Tu escondite parece seguro, pero no tienes clara su utilidad.
¿Qué hago aquí?, te preguntas.
Aunque resulte extraño, es bastante evidente que esas personas son de alguna comitiva occidental. Hay al menos quince, todos con ropa reconocible, algunos hasta fumando un pitillo. No hay ninguna mujer, pero no es raro en ese tipo de escuadrones de la especulación. Decides que te vas a presentar y vas a explicar tu absurda situación. Ellos te podrán indicar el camino de vuelta. Quizá hasta puedas unirte a su grupo; solo parecen chupatintas, agentes inmobiliarios de la globalización, fauna urbana.
Entrar en paranoia no es difícil. Todos hemos visto demasiadas películas. Todos hemos oído mil veces que la realidad supera la ficción. Todos estamos hartos de que nos cuenten que estamos rodeados de horrores o milagros.
Y luego nunca pasa nada, nunca nada te sorprende. Y después te mueres.
Todo lo extraordinario pasa lejos de ti, porque en realidad sí que pasan cosas raras, pero pasan MUY pocas veces, y cruzarse ante una de esas anomalías es como dar con un billete de lotería premiado.
El miedo funciona siempre de dentro hacia fuera.
No tiene sentido tener miedo.
Te incorporas y comienzas a acercarte al grupo. Procuras no sobresaltarles. Levantas tu mano derecha, intentando hacerte notar, cuidadosamente. Conoces muy bien ciertos protocolos, y algunos no han de ser distintos en la jungla. Conoces la Etiqueta, al menos con esos tíos. Esos tíos que son como tu padre, que son como tú.
Algunos se dan la vuelta. Hay caras de circunstancias, sí, pero nada que deba alarmarte. Alguien le da un toquecito a un hombre alto que sigue cara a la mesa y la hoguera. El mismo se da la vuelta y te mira. Otra vez esa cara, la de alguien que ve algo que no tenía previsto ver, pero sin hacer aspavientos ni darte pista alguna de que la cosa se vaya a poner realmente fea. Nada de todo eso. Lo de siempre. En el fondo nunca pasa nada. El miedo no es sinónimo de cobardía, sino de estupidez. Sonríes relajadamente, para proyectar una imagen de vulnerabilidad, para que te descarten rápidamente como amenaza.
El hombre alto y orondo se acerca tranquilo hasta donde estás.
Te pregunta tu nombre, el motivo de tu estancia justo en esa zona, en el quinto pino de Indonesia. Respondes, le cuentas que te has perdido, que no tienes sentido de la orientación, y que te has acercado cuando has visto luz.
–Vaya… Te has alejado mucho del pueblo ¿no crees?
El tipo es clavadito al actor Edward Herrmann.
–Sí… No sé cómo me las he arreglado, pero llevo horas caminando. La verdad es que ha sido un alivio cuando os he visto aquí.
La mentira: el aceite que hace que la máquina política y social pueda seguir adelante, y finalmente: el lubricante de la verdad.
¿No decía eso tu padre, también?
Seguramente no lo decía así.
Ese sosias de Herrman te pasa un brazo por los hombros y te acerca a los demás. Da una profunda calada a su puro. Parece hacer pequeños gestos de asentimiento a todos, para que nadie hable o diga nada. Es algo que no debería tranquilizarte, pero por algún motivo que aún no sabes concretar, lo hace.
Te están aceptando en la banda. Aunque aún no sepas qué música tocan.
No te educaron para centrarte en la música, sino para integrarte en el grupo. Nunca pasa nada extraño. Nunca hay que tener miedo.
–Te he visto –dice el tipo.
–¿Cómo?
–Que te he visto antes. Yo conocía a tu padre, ¿sabes?
–Oh…
–Sí… Era un hombre duro. Íntegro.
Lo cual sabes que en la jerga del mundo de los negocios significa ser un auténtico hijo de puta sin alma. ¿O no?
–La última vez que te vi tenías esta estatura.
No quieres hablar de cómo eras cuando tenías ocho años. Quieres saber qué está pasando, aunque estés seguro de que no puede ser nada extraordinario. Anecdótico, como mucho.
–¿Sabes qué decía tu padre?
Tu padre muerto. No hace tanto. Pero no recuerdas haber visto a este tío en el funeral.
–Decía que cuando un bosque arde es como cuando un ser humano tiene una idea: el fuego es la bombilla, y el ser humano debe llevar a cabo la idea.
El resto de integrantes de la banda no dice nada. Ni tan siquiera miran o asienten.
–Sé que suena un poco rebuscado, pero piensa en ello. –El tipo sonríe afablemente. Es entonces cuando te da la mano y te dice su nombre auténtico. No te suena de nada. Y sigue diciendo:
–Los constructores somos el diablo, ¿no?
Te lo pregunta retóricamente, como si tú te dedicaras a salpicar lienzos con tu ego de humanista afectado.
–Mi padre murió, por cierto –le dices, intentando indagar.
–Oh. Lo sé. Aún siento no poder haber ido al funeral. No tengo excusa. Me pilló en el extranjero, y mi mujer… En fin, espero que llegaran las flores, encargué flores.
No recuerdas flores de nadie con su nombre, aunque no tienes por qué recordarlas.
–Oh… Es verdad. Sí lo recuerdo. Gracias.
A todo esto, el tipo no ha dejado de rodearte con su brazo, en un sentido no exactamente cariñoso, sino más bien jerárquico. Pero que tengas ideas cada vez más escabrosas sobre lo que te rodea en ese justo instante, no significa que no puedas actuar como si no pasara nada. Porque nunca pasa nada. Es importante no olvidar eso. Nada es lo suficientemente retorcido, fascinante, inesperado, oscuro u original.
Es la única actitud constructiva. Has visto a muchas personas claudicar por dejarse impresionar en la vida. No hay mayor motor del miedo que la sensibilidad: la sensibilidad es el principio de lo que te acaba hundiendo. No se trata de no tener corazón o pensamiento crítico, sino de no dejar que esas cosas te condicionen. Mucha gente se deja doblegar por las injusticias para con los demás, por sexo, por drogas, por relaciones tóxicas con mujeres cuya idea de la cordura es volver locas a sus parejas.
Lo que está pasando ante ti, que por el momento es Nada, puede ser inquietante de entrada, pero tienes clara una cosa: Tu carencia de sensibilidad ante lo que pueda ocurrir, es básica para salir indemne. O al menos para tener posibilidades.
Vale, joder. Es posible que te haya tocado la lotería; puede que estés ante uno de esos hechos extraños que siempre suceden lejos de uno; o que uno ve como mucho en la tele. Pero si para algo tienes práctica, es para Normalizar. Si pasa algo extraordinario ante tus ojos, y más en esas circunstancias, es de vital importancia proyectar hacia fuera sólo neutralidad. Una pausada, relajada y productiva neutralidad. La clase de comportamiento que te permite seguir vivo y sonreír ante los cajeros automáticos.
Aunque aparezca el espectro en descomposición de tu padre, no le des el gusto de verte alterado o sorprendido con ello.
No puedes mostrarte débil, pero sobre todo no puedes ponerte sentimental.

En el fondo te temías lo peor. Aun sin saber especificar a qué te referías para contigo mismo con «lo peor». La puesta en escena no invitaba a pensar que nadie fuese a aparecer con champán y quesos. No esperabas que nadie pusiese música y el ambiente se relajara. Por eso te estabas mentalizando. No iba a ser lo mismo que mostrarse relajado y correcto en casa de los suegros, el cumpleaños de alguna puta o el funeral de algún hijo de ídem. Aquello tenía pinta de ser un reto en términos de Normalización.
Cuando comienzas a oír los gritos, el tipo te mira de reojo. No te cuesta imaginar que vaya armado; o que todos allí vayan armados. Cruzas los brazos, sin movimientos bruscos, como si la espera hubiese valido la pena. La Normalización es un arte. Sabes de sobra que eso se suele decir con casi todo; pero en este caso es cierto sin discusión. La Normalización es un trabajo actoral al que seguramente muy pocos actores podrían aspirar (demasiado sentimentales). Porque no basta con fingir, ni tan siquiera con interiorizar un personaje. Tienes que ser. No puede haber fisuras en tus reacciones. Un ceja más alta que la otra en el momento equivocado te saca de la partida. No estás en el puto teatro ni ante las cámaras; eres un árbol en medio de un incendio, uno que ha aprendido que quemarse no es tan malo, porque la materia sólo se transforma, y la vida no es para los que tienen miedo.
El mundo es para los que saben ver una bombilla cuando el fuego resulta más devastador.
La periodista grita hasta dejarse la voz; como cuando los perros comienzan a sonar como motores repulsivamente orgánicos de tanto ladrar.
Seguisteis caminos distintos, sin querer, y ahora ella está maniatada y depositada sobre esa mesa grotesca. La atan de tal forma que queda mirando hacia el cielo como el Hombre de Vitruvio. Es como si la hubiesen traído de una realidad paralela entre árboles. No se ha oído ni un suspiro hasta que la transportaron hasta el claro. Está amordazada de tal forma que puede gritar pero no formar palabras. Algo te dice que eso les gusta.
Con el lío de inestables sombras y las distancias, no puede verte. Probablemente piensa que está siendo víctima de la perversidad de una secta. Decides que eso es irrelevante. Las palabras solo son herramientas; aferrarse demasiado a su significado llena los cementerios de héroes. Como sea, no hay nadie que se tape la cara, ni tampoco atuendo especial alguno, nada de túnicas ni objetos místicos. Solo gente, como siempre. Personas haciendo cosas. Basta con que te acepten en la banda. Una y otra vez. Puedes saltar así de piedra en piedra: la vida es un ancho río a cruzar. Nadie te va a llamar vendido si no te relacionas con el tipo de gente que usa ese lenguaje, y que desgracia su vida por las palabras.
Ese Edward Herrmann comienza a hablarte, te cuesta un momento salir del ensimismamiento;
–… toda esa sangre.
–¿Cómo?
–Digo que no tienes por qué mirar, algunos de los aquí presentes no lo hacen. No se trata del morbo, sino del acto en sí.
–Entiendo.
–Cuando hacemos esto, no todo el mundo tiene estómago.
–Entiendo.
No repitas palabras, Ni un solo «entiendo» más.
Alguien se coloca al otro lado de la mesa, cara a los presentes y ante el cuerpo de la periodista.
–¿Puedo hacerte una pregunta? –dices.
Valiente, buen empleo del tuteo.
–Adelante.
–¿Es virgen?
–Sí.
–Entiendo.
Gilipollas de mierda…
–Ya sé qué pensarás. Es un tópico. Pero no funcionamos según escritura alguna. No le rezamos a nadie. Que la chica siempre sea virgen es más bien… una cuestión estética.
–Ajá…
Di algo más, ¡algo más, estúpido…!
–Interesante.
–Espero que lo sea –dice el tipo, y sonríe con cierta complicidad–. Quiero que entiendas una cosa. Dejo que veas esto porque, bueno…, tu padre… No es que él supiera de esto, pero me siento en deuda en cierta manera. No te conozco, pero conozco tu fama, y apuesto a que sabrás digerir todo este asunto.
–Si te preocupa el que yo…
–No –interrumpe el tipo, con calma–. Maldita sea. No quiero sonar agresivo. Si me preocupara eso, habría tomado medidas hace unos cinco minutos…
–…
–Dejamos que veas esto porque, si sabes entenderlo, creo que nadie aquí pondría pegas a que te unieras a próximos sacrificios.
–Vaya, sería… sería…
Sería qué, mamón… ¡¿Qué?!
–Sería… un honor.
El tipo orondo da una larga calada a su puro, y sonríe. Un sonrisa sincera.
Un honor… No estás muy seguro de que esas sean las palabras adecuadas. No porque para ti no pueda ser un honor ser parte de esa especie de neo-secta indefinida. Ni lo sería ni dejaría de serlo. Tan solo piensas en las implicaciones prácticas.
El tipo ante la chica tiene de repente un cuchillo en las manos. Más que un cuchillo, algún tipo de bisturí gigante con la punta retorcida. Lo alza, sujetándolo con ambas manos, cierra los ojos, y parece comenzar a rezar para sí mismo.
–Reconozco que nuestro verdugo es un tanto… especial –dice el tipo. Habla todo el tiempo en susurros, lo que hace que tú hagas lo mismo.
–Le gusta improvisar unas palabras, ni tan siquiera usa oraciones conocidas. Solo parece armarse de valor cada vez. Lo creas o no, ese tío podría ser el mejor contable del mundo.
–Toda una personalidad.
–No lo dudes.
No pensabas mirar, pero entonces algo se apodera de tus intenciones. Ves cómo el contable encaja la punta de su herramienta en el lacrimal del ojo derecho de la periodista. Ella parece haberse cargado sus cuerdas vocales. Apenas se agita, lo cual resulta más inquietante. Poco después, el globo ocular se desprende entero de su dueña.
–Está bien… Debes pensar que esto es otro tópico: la tortura. En realidad, la misma forma parte del significado de lo que hacemos. Cuando asistes a algo así, luego puedes entrar en cualquier despacho, comer con cualquier personalidad, y nada en absoluto te quita el sueño. Estás siempre fresco, siempre relajado. Ese temple te hace ir varios pasos por delante en cualquier negocio. Pero estoy seguro que ya habías intuido por dónde iban los tiros. ¿Me equivoco?
–Eh… Bueno, no quisiera dármelas de visionario…
–No te avergüences de tu inteligencia. No seas como esas personas hipócritas que creen que no contribuyen a que pasen cosas como la que estás viendo. En realidad, lo que ves aquí, es el grupo de individuos más realista y honesto que te vas a encontrar en toda tu vida.
–Estoy seguro de que es así.
Lo cierto es que estás patas arriba. Tu cuerpo parece reaccionar a lo que ves al margen de tu mente, que parece perfectamente centrada. Estás haciendo el papel de tu vida, pero tu estómago no está entendiendo la obra.
Para cuando ambos globos oculares cuelgan en las mejillas de la periodista, el contable está clavando su punzón en el estómago. Ella aún está consciente. La mordaza parece empapada en vómito y sangre. De entre los presentes, algunos no le quitan ojo al acto, otros fuman algo apartados. Solo uno o dos se acercan de verdad a ver con detalle el manejo del verdugo. En ese momento, tira con la punta de lo que parece el intestino delgado de la chica. Su cuerpo sufre un tembleque.
Es entonces cuando ocurre.
Una arcada, la mayor arcada que hayas tenido, hace que tu estómago se contraiga con una fuerza inusitada. Comienzas a vomitar como no lo hacías desde crío. Desde crío, porque nunca fuiste de los que luego se emborrachaba, eras de los que se quedaban en casa para estudiar. Retorna el sabor de la comida de a mediodía, triturada y aderezada con jugos gástricos. Ese sabor que odias, y no puedes dejar de vomitar. Imposible. Te conviertes justo en lo que no querías ser: El Puñetero Centro de Atención. No es que puedas pensar con claridad, pero la excusa te ha estado rondando hace rato. La comida, claro, algo te ha sentado mal, ¿no? Tienes que venderle a esas personas que no vomitas porque estés siendo testigo de una tortura cometida a sangre fría.
La venta de tu vida.
Lo irónico es que no sientes que estés vomitando por eso. Todo el mundo pensará que ha sido culpa de tu cerebro, pero estabas perfectamente centrado, en la zona, estabas lanzando desde la línea de triples, no estabas fallando una, estabas marcando perfectamente, cogiendo rebotes y apurando el tiempo a la perfección.
Joder.
Es injusto que te esté pasando lo que te está pasando.
Como por inercia, intentas detener el proceso, o acabarlo. Te incorporas una vez, pero fallas; sigues vomitando. Al cuarto intento, cuando ya todos te miran, cuando las tripas de la periodista se derraman hasta el suelo mientras el verdugo también te mira. Mientras intentas recuperar el aliento. Mientras escupes y comienzas a sentirte mejor (ahora es al revés, tu cuerpo está bien, pero tu mente…). Mientras la hoguera crepita y la chica ya no se mueve. Mientras pasa todo eso, levantas la mano derecha, y hasta intentas sonreír.
–Vaya… No sé qué decir –dices en voz alta.
Imbécil. Te van a matar.
–Oídme. Siento este… je je. No pretendía competir, ¿sabéis?
¿Competir en qué, capullo? ¿En dar asco? ¿Qué coño…?
–¿Seguro que nadie más se siente mal del estómago? ¿Nadie más está en el hotel Ubud Village?
Dios mío, te estás convirtiendo en una parodia de ti mismo. Actúas como si lo siguiente que quisieras hacer es correr hasta un teléfono para llamar a la poli. Te has quedado en blanco, tu proceso de Normalización se está yendo a pique. Te mereces todo lo que te pueda pasar.
Aun así, lo sigues intentando.
–He estado toda la tarde revuelto, ¿sabéis? Además…
Y ahora se te ocurre algo parecido a una idea.
–… además he masticado algún tipo de hoja en la jungla, quizá eso…
Dios santo, eso ni siquiera ha pasado rozando el aro.
El tipo, el sosias de Edward Herrmann, decide intervenir.
–Chico… ¿Estás bien?
–Sí, Edward, digo…
¿Cómo se llamaba este fulano? Coño.
–Quiero decir, sí, estoy bien. Siento haber interrumpido el…
–Oye… Sólo te lo voy a preguntar una vez.
–…
–¿Eres quien dices ser?
–¿A qué te refieres?
Pausa.
–¿Eres periodista?
–¡¡No!!
–¡¿Eres un puto periodista o no?!
–Por el amor de Dios…
Suplicar: lo que se suele hacer antes de morir. No solo se ha ido al traste la normalización, sino que ahora vas a parecer un marica. Vas a ser un marica muerto. Te mereces todo lo que te pueda pasar.
–… te juro que no soy periodista. He venido con Ultramar, tengo compañeros en el hotel, somos… soy directivo, hace poco, soy… de una agencia inmobiliaria, una constructora, ¡te lo puedo demostrar!
–Ahora ya no sé qué creer.
–Por favor, Edward…
–¡Quién coño es Edward!
–Perdona… Oye… Si volvemos tú y yo, si… Puedo demostrarte que…
–No no no no no… Estoy hasta los cojones de esta situación, estoy hasta las narices de los putos héroes, de los putos periodistas, de los putos moralistas hipócritas que van por ahí cagando arco iris y consumiendo combustible fósil a garrafas…
–Dios mío, por favor…
–¡¡Dios no existe, niñato!!
Ahora no solo eres el centro de atención, sino que tienes todas las papeletas de la puta lotería. Esta vez el sorteo se ha celebrado solo para ti. Eres un tío afortunado. Estabas predestinado a tener suerte. Toda clase de suerte.
Aun así, el tipo se ha calmado. Te mira, te mira. Los demás le miran a él, claramente esperando una orden. Estás seguro de que no es la primera vez que se enfrentan a esto.
Levantas las manos, en clave de bandera blanca.
–Vale. Sólo déjame cinco minutos.
–…
–Si me das cinco minutos, escucharás al tío más sincero que hayas oído jamás. Y luego haces lo que quieras.
La mentira bien destilada sirve como lubricante para la verdad.
–Está bien. Mira… Soy exactamente como tú. De hecho soy exactamente como mi padre, al que estoy seguro que conocías bien. Y mi padre era como mi abuelo. Tengo las mismas intenciones que tú de no negar el mundo y su funcionamiento, de no negar nuestra especie, y de acatar mis instintos. Conozco mis limitaciones, no las niego como hace la mayoría de gente. Estoy casado. No quiero a mi mujer, y tampoco a mi hijo. Tiene dos años. No quiero a mi hijo; no lo odio, pero no lo quiero. Y no lo quiero porque… no quería tenerlo. Solo lo he tenido para conformar una familia. Solo quería estar en igualdad de condiciones con hombres como tú, con hombres como mi padre. Solo quería tener una excusa para ser lo que los hipócritas llaman: egoísta, para poder ser lo que llaman clasista, para poder usar la idea de las emociones a mi favor. No digo que sea totalmente insensible, pero controlo perfectamente mis sentimientos. Mis sentimientos ya son poco más que atrezzo, te lo puedo asegurar. Sé fingir, eso lo hago muy bien. Para decir toda la verdad, lo que hacéis aquí me es indiferente. No me interesa, pero tampoco me afecta emocionalmente. No necesito esta clase de estímulos para ser competitivo o para saber cuándo he de levantarme e irme de un despacho. No lo necesito para hacer bien mi trabajo. Soy el miembro más joven de la junta directiva de mi empresa. Y no lo he logrado por tener un exceso de principios, sino por tener tan solo uno o dos que jamás traiciono. No es la empresa de mi padre, no usé enchufes. Y no lo he hecho así porque sea orgulloso, sino porque quería saber de verdad cuál era mi potencial. Sólo soy curioso hasta ahí. Mi pensamiento crítico sólo lo empleo respecto a mi capacidad para prosperar y no dejarme amilanar por la competencia. Me da igual cuántas vírgenes hayáis asesinado aquí o en cualquier otro lugar; en lo que a mí respecta, el asesinato es tan solo una palabra, un concepto. Como el suicidio o la ejecución de una hipoteca.
»Solo estoy aquí, como ya he dicho, porque me he perdido. Iba con esa chica que acabáis de torturar. Nunca le he puesto los cuernos a mi mujer, pero pensaba hacerlo con ella. Me la estaba trabajando. Hace tres días que la vi por primera vez.
»Reconozco que quizá estaba despertando algo en mí; pero mi único objetivo era follármela. La hubiese violado si no hubiese sido por las consecuencias que conlleva. Jamás mataría nadie con mis propias manos; como ya se ha visto, no tengo estómago para algo así. Me mareaba de crío en las clases de Naturales. Pero me es indiferente lo que los demás hagan.
»Por todo lo que acabo de decir, es por lo que podéis dejarme ir sin ningún problema. En personas como yo, siempre encontraréis apoyo, porque insisto, soy igual que vosotros. Actúo por mis intereses, me muevo por mis intereses y voto sólo por mis intereses. En definitiva, soy como todos, y al igual que vosotros, he decidido no negarlo. No negármelo a mí mismo.
»Ahora, si me disculpáis, me voy a dar la vuelta, y voy a intentar salir de esta jungla. Haced lo que os venga en gana. No me voy a resistir.
El corazón te late de una forma desconocida. Caminas y no oyes ruidos de los que preocuparte. No oyes tus pasos por culpa de tus latidos. Notas la sangre en tus extremidades. Sientes que, si te cruzaras con un animal, el que fuera, podrías reducirlo sin problemas. Sientes la adrenalina, el chute, el subidón que otros buscan tratando con camellos. Memeces.
Cuando consigues llegar por fin al pueblo, ya está amaneciendo.
Ya en tu habitación de hotel, prácticamente un zulo, das con tu móvil, que yace aún sobre la mesilla, enchufado y completamente recargado. Lo desenchufas y guardas el cargador. Lo sopesas y lo miras detenidamente. Hay alarmas y mensajes acumulados. Sentado, tal y como estás, puedes ver también el cielo y la naturaleza salvaje bajo su cúpula. La ventana es amplia y las vistas son espectaculares. El único encanto de la estancia.
Te tienes por una persona bastante cuerda. Pero ahora por algún motivo se te pasan ciertas ideas por la cabeza. No es el momento de hacer ninguna llamada. Pero puede que en un par de días. Tienes que aclararte. Piensas en el discurso que te ha salvado la vida. Por primera vez, no tienes ni idea de si lo que has dicho era la pura verdad o solo un montón de mierda, abono para la justificación de tu existencia. Quizá sea, meditas, porque nunca te oyes pensar así en voz alta.

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Núcleo

1 – Núcleo

¿Cómo se llamaba el panadero? Lo había oído mil veces en boca de sus padres, de varios vecinos, hasta de ese tío que pernoctaba siempre por la plaza del pueblo hablando solo.
El hombre tenía las manos sudorosas y la mirada perdida, no había contestado al mecánico «buenos días» de L. Pero es posible que L. no se hubiera inquietado si no hubiese sido por el estático comportamiento de sus padres unos minutos antes en casa. Imberbes, desprovistos de calidez, mucho más embotados de lo que se espera de nadie, incluso aunque esté recién levantado. Solo les oía deambular en la planta de abajo, y luego salió casi escondiéndose, para evitar alguna bronca potencial.
Era sábado, lo cual hacía que todo resultara aún más seco. No había demasiada gente por la calle; de hecho ¿había gente por la calle? Era Núcleo, un pueblo pequeño (¿mil habitantes?) a doscientos kilómetros de Periferia. Un pueblo cuyo encanto se basaba en su emplazamiento costero, pero que en sí mismo carecía de más atractivos populares, y también de turistas más allá de los familiares de sus habitantes en verano. Núcleo, un nombre cuyo origen L. desconocía, aunque tenía un vago recuerdo de explicación maternal (inventada) de cuando era muy pequeña. En apariencia, era el pueblo recurrente del que huyen los jóvenes y donde vuelven unas décadas después para envejecer. El lugar donde L., con catorce años recién cumplidos, conocía ya a cualquiera que tuviera algo parecido a su edad. Un sitio entre millones de sitios cuya única forma de adquirir notoriedad mediática sería un suceso lo suficientemente escabroso y terrible.
L. salió de la panadería con el ceño fruncido, después de ver al panadero manipular las barras con sus manos húmedas y su robótica economía de movimientos. Pensó que daría un rodeo y pasaría por la plaza. Iría a ver al tipo que hablaba solo. Era ya un anciano y L. estaba bastante segura de que no tenía familia. Al menos así quizá oiría a alguien hablar. Por la calle no había nadie, estaba confirmado, tampoco había pájaros a la vista (o gatos, o perros), aunque no es que L. se fijara normalmente en eso. Podía oír sus propios pasos con claridad, de ese modo en que una se oye a sí misma caminando en soledad de madrugada. No había telón de fondo sonoro, ningún televisor, ningún neumático al roce con el asfalto. Nadie llamaba a gritos a nadie, no se oía reír a nadie, o llorar a ningún niño. Silencio en Núcleo en pleno sábado por la mañana.
No había rastro de vida orgánica en la plaza. L. caminó como si no comenzara a estar desconcertada. ¿Debía suponer que todos estaban en casa con cara de palo y sin nada que decir? Era un pueblo demasiado pequeño, demasiado fácil de recorrer como para pensar que se estaba volviendo paranoica.
Decidió volver a casa. No es que pudiese hacer nada, y no se le ocurría qué podía estar pasando. Ni siquiera sentía miedo realmente, llevaba un rato levantada, el sol matinal brillaba, corría un brisa agradable de otoño. Se negaba a preocuparse, al menos por el momento. Era como si no acabara de creérselo. Nadie planea bromas colectivas y aparatosas en Núcleo, nadie va allí a rodar películas o anuncios. Dejémoslo en: Nadie va allí. Excepto cuando es Fiesta Mayor en verano. Núcleo no ha interesado jamás a nadie para simular nada ni representar nada. Núcleo nunca ha sido escenario para poner sueño alguno en pie.

2 – Una llave

A medio camino, decidió que era mejor ir a casa de sus tíos, también habitantes de Núcleo. Así tendría la oportunidad de ver a más conocidos íntimos y observar si su estado era el mismo que el de sus padres.
Al llegar, llamó con el puño a la puerta. No había timbre, sólo podías hacerte notar así o gritando. La gente se hacía presente en Núcleo para los demás sobre todo con el tono de voz. Llamar a la puerta ya era algo bastante inusual.
Puede que sus tíos estuvieran dentro de la casa, pero nadie contestaba ni abría la puerta. L. la empujo. Estaba cerrada con llave; otra cosa inusual en Núcleo, donde cerrar con llave era algo que sólo se hacía por las noches, o si te ibas de viaje.
Se fijó en que junto a la entrada había una flecha trazada con tiza blanca en la pared. Señalaba un punto concreto en el suelo.
Una llave.
Era una llave del tamaño de un tenedor, pero más gruesa, bastante herrumbrosa, de aspecto gótico, antigua, evocadora de… L. no había visto jamás una cerradura que esa llave pudiera abrir. La cogió, la sopesó. Caminó unos minutos con ella alejándose de la casa, pensando. Poco después, ya a las afueras del pueblo, más allá de huertos e irregulares muros de piedra, la lanzó todo lo lejos que pudo hacia la maleza.
No es que L. creyese precisamente en la “magia”, de hecho incluso se consideraba atea y algo descreída en general. Pero el día invitaba al descreimiento a la inversa. Había leído ciertos libros y visto algunas películas. La llave no tenía aspecto tanto de abrir una puerta al uso como de… darte la «entrada a otro mundo». Ese rollo que llevaba a vivir «grandes aventuras», quizá conocer «animales parlantes», o algún anciano «sabio» de los que en la realidad conocida solo hablan con niñas anónimas en calidad de pervertidos. Esa llave te podía conducir a aprender «grandes lecciones de la vida», recorrer «paisajes “terroríficos”», y luego llegar a alguna clase de «castillo» en el que a L. se la consideraría algún tipo de «Diosa» infantil con una misión para «salvar el Reino». Ni de broma pensaba arriesgarse a todo eso, a tener «compañeros de viaje» o conocer a algún niño supuestamente guapo (que sería del montón de mayor) en el rol de héroe, y después volver a Núcleo siendo una niña distinta.
Además, si esas cosas pasaban, era evidente que no daban ningún resultado a la larga. Todos los adultos que conocía L. –ya fueran o no del pueblo– parecían estar siempre reclamando la eutanasia de lunes a jueves.
Lo pensó mejor y caminó hacia donde había tirado la llave. Siempre cabía la posibilidad de que, si ahora estaba viviendo en alguna clase de cuento como forzada protagonista, la llave volviera a ella de alguna forma. La localizo (no era difícil teniendo en cuenta su tamaño) y comenzó a cavar un agujero en el suelo. ¿Qué estoy haciendo?, se preguntaba, no era un comportamiento cabal o propio de ella, ni tan siquiera teniendo en cuenta las circunstancias. Pero cavó, a conciencia, ayudándose de una piedra con filo. Una vez quedó satisfecha con la profundidad, dejó caer la llave en el agujero, y comenzó a apilar la tierra sobre ella. Luego aplanó la superficie dando pisotones. Si la llave quería volver a dar con la Diosa, al menos tendría que desenterrarse solita. Si es que el plan tenía algún sentido.

3 – Pamá

La primera palabra, o más bien conjunto de sílabas que formó L. de pequeña, fue «pamá», lo que parecía ser la fusión entre papá y mamá, y también la anécdota más recurrente de los susodichos con los años. A menudo aún pensaba en ellos de esa manera, «¿dónde han ido pamá?», «pamá están locos», «odió a pamá», etcétera. L. pensaba en ello mientras dirigía sus pasos finalmente otra vez a casa. La puerta estaba cerrada. Entró con su llave (real, inofensiva), dejó el pan en la cocina y voceó esperando una respuesta.
Vale, ahora tampoco había nadie en casa.
Las calles vacías, las puertas cerradas a cal y canto, y nadie en casa. Pero si lo pensaba bien, lo más inquietante era la total carencia de ruido. Aunque no se oyera a los habitantes de Núcleo, siempre se oía alguna televisión con el volumen demasiado alto, alguna radio, alguna herramienta de carpintero. Algo. Pero nada de todo eso estaba sucediendo; de modo que, o todos se habían ido algún lugar (quizá donde fuera que hubiesen ido sus padres y sus tíos), o bien aunque hubiera gente estaban todos en casa en silencio y anestesiados.
¿Pero anestesiados por qué razón? Ella no se sentía mal. Su único rasgo fuera de lo común podía ser la extraña calma que aún conservaba visto lo visto. Ya había pasado un buen rato; se había despertado, duchado, vestido, había comprado el pan y recorrido prácticamente medio pueblo. Ya había pasado ese lapso de tiempo que suele ser el más rápido del día, esa primera hora y media o dos horas.
Decidió esperar. Puso la tele y nada parecía fuera de lo común. Los programas habituales y su sensacionalismo más o menos disfrazado. De todos modos, si hubiese pasado algo en Núcleo, ¿cuánto tardaría en trascender? Un pueblo así era el equivalente al anciano que puede morir en su piso sin que el vecindario se percate de ello hasta que empieza a oler. Geográficamente, o a cualquier otro nivel, Núcleo era irrelevante. Ni tan siquiera el mar ayudaba. La playa, en absoluto sucia o mal cuidada, no conseguía remarcar la existencia de Núcleo. Aunque no sabía cómo expresarlo, a L. le daba la sensación de que en realidad, lo que estaba pasando, ni siquiera era tan raro allí. Ahí estaba la tele, con su ritmo habitual, ignorante de lo que pudiera pasar en millones de sitios por el estilo, que no encajaban con la narrativa informativa del momento. Ni cuando se ponía de moda hablar de perros que mordían a bebés, o de pederastas, o de deportes locales, lo que fuera. Daba igual, Núcleo no destacaba, ni para bien ni para mal. De modo que quizá no era una sorpresa que estuviese desapareciendo. Lo que se preguntaba L. era cuál era su papel en ese proceso.
Pamá no llevaban el móvil encima. Nunca lo llevaban. Llamó a casa de sus tíos. Nada. ¿La policía?
Nadie contestó.
Aun haciendo esas llamadas, L. SABÍA que nadie se pondría al teléfono. Tampoco hubiera podido explicar por qué, pero estaba completamente segura.
Pensó que era la primera vez, que ella recordara, que había echado de menos a pamá.

4 – Cajeras y profesionales

L. podría haberse puesto histérica al ver que la nevera (y de hecho la casa por completo) estaba vacía de comida. No había comida en toda la vivienda. Podría haberse deprimido ante la idea de que sus padres no habían dudado en irse con todas las provisiones sin ella. Podría haber roto a llorar ante una situación que era más absurda a cada paso que daba.
Pero no se puso histérica, no se deprimió, y desde luego no rompió a llorar. Estaba entrando en una especie de trance en el que la lógica dictaba que nada de todo eso era útil; como si fuese una auténtica maestra de la aceptación. Tengo que arreglarme con lo que tengo, parecía decir una voz interior. Pero ni tan siquiera lo decía; era simplemente un sentimiento, uno muy básico, pero a la vez sólido, y también nuevo para ella.
Jamás hubiese dicho que se sentía emocionada en cierta forma por ser tan valiente, pero quizá fuese cierta punzada de orgullo la que había cebado su práctica actitud. Por alguna razón, que en la tele todo fuera como siempre era algo a lo que aferrarse. No era gran cosa, pero era mejor que meras interferencias. Lo que daba más miedo era el apagón informativo, incluso aunque las noticias no te sacaran jamás de dudas.
El ruido te decía que el resto del mundo seguía con su rutina. Si no había ruido en Núcleo, al menos podía mecerte el de otras partes.
Llegadas las dos de la tarde, comenzó a tener hambre de verdad. Había pasado las horas muertas viendo la tele, apagándola a cada rato para intentar oír vida de algún tipo en la calle. Con la ventana abierta y el mando en la mano, lo único que comenzaba a preocuparle seriamente era la siguiente noche. Esa idea le hacía perder momentáneamente la calma; pero enseguida recuperaba la compostura.
Está bien, se dijo, aunque pamá vuelvan, parece evidente que hoy no van a comer en casa. Se puso en pie; llevada por la inercia, se atusó el pelo y dio un repaso a su ropa. Aunque no tenía claro que hiciese falta, cogió la cartera y las llaves.
Había un pequeño supermercado en Núcleo, una pequeña “gran superficie” que había provocado el cierre de la mayoría de tiendas de comestibles. A la gente, que siempre solía hacer apología de la familia, le importaban un carajo los negocios familiares. Allí se estaba bien, había aire acondicionado y un buen puñado de pasillos por los que cotorrear y manosear productos. Incluso tenía su línea de cajas, cada una con su cajera, todas chicas de Núcleo, todas con planes para largarse de Núcleo.
Las que había, estaban de pie en su puesto, mirando al frente y sin decir esta boca es mía. L. entró y recorrió los pasillos. El personal de seguridad y los reponedores estaban igualmente ausentes, sólo presentes como una piedra sabe estarlo. El hilo musical estaba puesto. Las chicas de recepción también en su sitio, plantadas tras el mostrador. Por algún motivo, aun contagiados de lo que sea que estuviese pasando en Núcleo, los habitantes habían reunido el aplomo suficiente para presentarse en sus puestos de trabajo. L. pensó que dicha acción era tan habitual e inherente a ellos, era una acción que se llevaba a cabo siempre con tal nivel de desgana y negación, que sus cuerpos simplemente debían haber puesto el piloto automático. Puede que sus mentes estuviesen en Babia, pero había algo en ellos aún operativo, algo que hacía décadas que tenían activado, y que ellos mismos habían abandonado a la gestión de otros.

5 – Mensaje

L. empujó ciertos productos de las estanterías al carrito. Luego empujó el carrito y cruzó la línea de cajas. Pensó que si intentaba pagar, probablemente la atenderían, pero no quería pasar otra vez por esa escena de ojos muertos y movimientos calculados. Como sospechaba, nadie reaccionó ni se fijó en ella, nadie la frenó ni levantó la voz. Oír una voz empezaba a parecer algo del pasado.
Se agenció unas bolsas para la compra y se fue a casa.
Pensó que lo mejor era ir paso a paso. Muchos adultos decían siempre eso mientras organizaban tu vida en torno a tu jubilación. Pero en este caso no había hipocresía posible. El siguiente paso era comer, comer y beber. Si la situación no cambiaba a corto plazo, al menos sabía que tenía comida, que no se iba a deshidratar, y que, al menos que ella supiera, no había manadas de zombis que entorpecieran su paseo hasta el supermercado.
Ya en casa, zampando tostadas con Nocilla, unas tras otra (¿quién se lo podía impedir?), no pudo evitar preguntarse qué iba a hacer el lunes si no cambiaba la cosa, qué iba a hacer cuando llegara el momento de volver a clase. ¿Estarían todos allí con cara de folio en blanco mirando a la profesora, que a su vez les devolvería el gesto mirando a la pared contraria sentada tras su mesa? ¿Quería realmente L. ver esa escena? Es decir, no se le ocurría por qué los alumnos iban a comportarse distinto a los adultos en sus trabajos; al fin y al cabo la actitud del alumnado a diario reproducía siempre determinada imagen del tedio (y la de los profesores aún más…). Eran la nueva generación, la nueva hornada, estaban centrados: venían de estarlo. Decidió que, a no ser que la gente comenzara a aparecer, hablar y mostrarse mínimamente humanos, o al menos con el grado de amargura orgánica habitual, no pensaba intentar llevar a cabo lo que decían eran «sus obligaciones».
Por la tarde, se despertó sorprendida a eso de las cinco. Se dio cuenta de que había dormido una siesta de hora y media en el sillón, ante la tele encendida. La casa seguía igual, las habitaciones, vacías, los teléfonos, mudos. Se asomó por la ventana y miró a uno y otro lado. También miró al cielo, y al suelo. Se dio cuenta de que tampoco había insectos, no veía bichos, nada de hormigas o mosquitos. Puede que simplemente le diera pereza fijarse mejor. Al volver a mirar al cielo, se percató de que tampoco había visto ningún avión comercial en todo el día. Conocía las autopistas aéreas que pasaban sobre Núcleo; no los horarios, pero sí las direcciones en que iban y venían los aviones.
Se quitó una legaña frente a la tele. El día parecía estar pasando a cámara lenta. Se sentía oxidada, algo embotada; puede que fuera la comida. Se había dado un festín de todo lo que dicen te acaba matando. A veces L. pensaba que de mayor le iba a resultar complicado sortear el asunto de las drogas; se sentía demasiado predispuesta a probarlo todo, a, en definitiva, combatir la infelicidad resignada para la que la estaban educando. La naturaleza inevitable de la muerte a veces era una idea complaciente (y cómplice).
Decidió salir a pasear su digestión. La respuesta a la intención de pasear o reflexionar siempre era la playa. Daba igual cuántas veces asumiera la playa ese papel, siempre acababa siendo la mejor opción.
Ya mojándose los pies, con las deportivas en la mano, miraba hacia el horizonte, sin tener claro si era el momento de trazar un plan. Pero ¿qué plan? ¿Irse de Núcleo hasta encontrar algún lugar habitado al modo corriente? ¿Y luego explicar qué historia? La verdad obviamente no iba a funcionar. De modo que tendría que inventar algo que atrajese a la poli, o alguien, a echar un vistazo al pueblo. Resopló de puro hastío. No tenía ganas en absoluto de caminar o enterarse de qué tren o autobús podía llevarla. Además no se iba a subir a ningún transporte público que condujera alguien cuya mirada se pareciera a la del panadero o las cajeras. ¿Un taxi, quizá?
Acabó apartando esas ideas de su mente. Cada vez que intentaba hacer algo que no fuese hacer nada, la situación era más y más indescifrable.
Su vista detectó algo flotando en el agua, dirigiéndose casi exactamente a sus pies. Observó la trayectoria del objeto sin intención de prestar demasiada atención.
Luego algo zarandeó su indiferencia. Aquello era una botella; dentro había un papel enrollado. L. resopló.

6 – Contenido

Hola, K.

No tengo esperanzas de que algún día leas esto, o sí, no lo sé. Soy (aquí el tipo, sea quien sea, lanza un aburrido discurso para dejar claro quién es, aunque no concreta de dónde es; de Núcleo seguro que no). No sabía qué hacer con todo lo que llevo dentro. Quizá por eso he recurrido a esto del mensaje y la botella.
Quiero que te quede claro que te odio. Creo que eres la zorra más cabrona y venenosa con la que he tenido que tratar. Me has manipulado, has jugado con mis putas entrañas del modo más enfermizo y asqueroso que he visto jamás fuera de la ficción. No tengo palabras para expresar el estado de ánimo en el que me encuentro POR TU CULPA. Creo que si escupiera ahora mismo sobre un diamante, podría derretirlo. Ahora mismo no tengo fe en nada que se parezca remotamente a ti; lo cual incluye cualquier mujer, u olor, prenda, paisaje, melodía o puto paraguas de colores que me pueda hacer pensar en mujeres.
Ahora mismo deseo sinceramente que te mueras. Pero no quiero que sea una muerte sobrevenida, quiero que SUFRAS; quiero inventar la máquina del tiempo, viajar contigo a 1939, acusarte y meterte a empujones en un vagón en Munich.
Ahora mismo creo que eres la mayor PUTA de todas; o más bien una puta vergüenza para las putas. Una vergüenza para la raza humana, el cosmos y el puñetero Big Bang.

(Agradezco con toda mi alma que estemos muertos.)

PUTA.

7 – ¿El puto Hugh Everett?

L. metió el papel en la botella y la tapó con el corcho. No era el aviso de un náufrago ni la carta de amor que se podría esperar. Era una carta de odio, lanzada al vacío, casi como si el sentimiento de rechazo fuera tal, que necesitara de semejante épica, como –de un modo simbólico– intentando dinamitar el romanticismo desde dentro. A L. le pareció brillante. Pero el hecho no ayudaba nada a que el día se volviese menos raro o metafísico.
Todo lo contrario. Ahora la cabeza de L. bullía, aunque el miedo aún no se hubiese abierto paso en ella. ¿Tan poca práctica tenía ya con las emociones que no era capaz de sentir miedo de verdad?¿No se suponía que estaba en la edad en que todo te parece el fin del mundo? Pensó que obviamente eso solo era otra de las idioteces que una vez debieron decir un par de adultos, y que el resto no dejan de repetir para no tener que pensar por sí mismos. Tenía catorce años y ya acumulaba un currículum de aburrimiento absolutamente estremecedor. Algo más que dicen los adultos, es que la infancia pasa muy lentamente y la edad adulta corre a toda prisa. L. pensó que eso quizá fuese cierto (al menos una parte); la infancia pasa a cámara súper lenta, porque un aula es un lugar que prácticamente consigue detener el tiempo. Un aula es lo más parecido a una máquina del tiempo a la inversa; no te da opciones, no enciende la mecha de tu curiosidad, no te empuja a hacer miles de cosas y ver cómo era antes el mundo, cómo será después, o qué puedes hacer tú en él. Un aula es la máquina del tiempo que te encarcela en el momento, y hace que el pasado te aburra, el futuro te aterre, y el planeta, el Universo, los seres humanos y su potencial, te acaben importando un carajo.
L. se alejó de la orilla. Aun estando ya rabiosa, cada vez más enfadada, no tuvo más remedio que pensar en la llave. Y en si no la había enterrado en el fondo para estar segura de dónde la había dejado. La ironía se colaba en sus procesos mentales, ahora como una reminiscencia del cinismo; se susurraba a sí misma cosas como: «Al primer conejo parlante cojo y me voy de ese puto sitio…». Miraba al cielo; a cielo abierto tampoco se veía nada que volase. El viento no le traía ruidos de señoras parloteando o equipos de música. Nadie gritaba «gol» ni se hacía el machito. Ninguna chica “susurraba” a gritos quién follaba con quien. Por más que se lo quisiese negar a sí misma, todos esos tópicos formaban parte de Núcleo.
O al menos antes.
No echaba de menos eso; pero echaba de menos tener la ilusión de control. La ilusión de control del colectivo. Echaba de menos formar parte de esa Idea, por muy falsa o reduccionista que fuese.
Estaba harta de moverse sin rumbo. Se sentó en la arena, muy lejos del agua. En realidad, esa era la hora de los surfistas del pueblo. Era cuando llegaban y lo llenaban todo de comentarios misóginos y chistes de pollas; y todo rodeados de chicas que se fingían ofendidas, pero que luego se los tiraban, a veces en la misma playa.
A L. le daba una pereza tremenda llegar a esa edad, en la que no relacionarse con chicos comenzaría a estar mal visto. Ya entonces no estaba ni mucho menos en el grupo de los guays. Leía, no le molestaba estar sola, y no hacía lo que todos por el solo motivo de que todos lo hicieran. Eso bastaba para ser sutilmente apartada. Y sutilmente, de momento… Ella sabía que no quería ser como esas idiotas que se la chupaban a imbéciles para sentirse en el ajo. Lo que haría sería…
Algo interrumpió su discurso silencioso.
Un papel, lo que parecía algo mayor que un folio, con tiras de celo como de haber estado sujeto a un poste, era arrastrado por el viento del atardecer. Igual que con la botella, al principio solo lo acompañó con la mirada; pero luego, al verlo voltearse, atisbó una foto.
Con el papel ya sujeto, mirando la foto, ya sin cabreo de por medio, pensó en lo que había leído una vez sobre la «interpretación de los universos múltiples». Se dijo a sí misma: ¿el puto Hugh Everett? La foto era una instantánea en color de ella misma, bajo la que lucía el clásico «Se busca», y el teléfono de uno de los móviles de pamá.

8 – Quede constancia

L. avanzó con el papel en la mano hasta adentrarse en el pueblo. Tenía que recorrerlo de punta a punta para llegar al lugar de la llave. Que conste, se decía, que hago esto por pura curiosidad. No pienso ir a ver al puñetero Mago de Oz. No pienso pasear con un espantápajaros, ni le voy a bailar el agua a ningún Sombrerero loco.
Joder, que no.
Probó a llamar, claro. Luego vio el teléfono de pamá en casa con su llamada perdida. Y tan perdida. Si Hugh Everett tenía razón, aunque solo fuera en parte, ahora L. estaba en la versión zombi de Núcleo. No tenía ningunas ganas de saber cómo en esa supuesta realidad paralela la gente había llegado a esa catatonia. Otra pregunta era cómo ella había pasado de un mundo al otro. En qué preciso instante entre la noche del viernes y la mañana del sábado, había pasado de vivir en un mundo bastante cutre, la verdad, a otro aún más cutre… Vaya, en realidad no sabía qué era peor, pero ella ya estaba acostumbrada a su vida; no quería tener que imitar parcialmente otra vez las conductas de un mundo totalmente distinto con gente que nada tenía que ver con la del anterior.
Pero mientras llegaba hasta la tierra pisoteada bajo la que yacía la llave, estaba creciendo algo horrible justo en medio de su razonamiento aún en su desarrollo fetal. ¿Tenía que aceptar la teoría de la interpretación de los universos múltiples? ¿En qué era eso mejor que el rollo de Alicia y los animales parlantes?
Más frustrada ya que otra cosa, comenzó a desgarrar la tierra.
Al sopesar otra vez la llave, se sintió como una niñata que estuviese traicionando todos sus principios. Dio unos cuantos pasos alejándose del agujero. Miró la llave, sucia, parecía aún más vieja que por la mañana.
L. se percató de que daba igual tener una llave si no sabía dónde estaba la cerradura. Pero fue consciente de algo aún peor: al ir a desenterrar la llave, en realidad ya había elegido entre Lewis Carroll y Hugh Everett. La llave era la opción de la fantasía, de la huida. Ni siquiera era una huida hacia delante; solo una huida desesperada.
Pero la llave al menos era un paso, algo a lo que aferrarse. La opción Everett dejaba a L. en bragas; pronto quizá literalmente.
Despertar en un cama que no es la tuya a veces es sinónimo de no saber dónde estás; y ni tan siquiera has de tener el semen de surfista incluido en tu dieta para ello.
L. no había despertado en su cama esa mañana, al menos no estrictamente. Pero sin saber cómo se había hecho el nudo metafísico, no podía desenredarlo. Si esto había pasado porque Dios se había guardado los auriculares en el bolsillo, no tenía relevancia. No pensaba meter a Dios en esto.
Lo básico era que no sabía volver a casa al modo científico; así que no sentía que tuviese nada que perder probando la opción fantástica.
Si es que tal opción era una opción.

9 – Una chica franca

Era terrible no poder tirar de cinismo. L. sabía que no era bueno ser demasiado cínica, pero también tenía claro que el cinismo no solo no era malo en pequeñas dosis, sino absolutamente necesario. Ya lo era cuando ella creía conocer cómo era el mundo.
Pero ahora no podía permitirse el lujo de ser todo lo cínica que le apetecía ser.
Tenía que mirar a su alrededor. Estaba anocheciendo. Por primera vez en todo el día, decidió hacer eso que tanto odia, que es seguir indicaciones, coger objetos, y comportarse como si alguna criatura horrible y pervertida estuviera jugando con ella. Vamos a marear a la niñita; en algún momento haremos que se ponga un vestido, vamos a ver cómo son sus braguitas, vamos a hacer que el viejo Walt parezca el amigo de los niños que fingía ser.
Así se sentía L., como una de esas protagonistas de Disney, y no dejaba de pensar en esos planos subliminales de sus pelis, en que colaba referencias sexuales.
Anduvo por las calles del pueblo, porque de golpe, al parecer desde que la llave volvió a sus manos, habían aparecido unas flechas amarillas en el suelo. ¿Era tiza?; L. prefería no tocarlas. Daba la sensación de que brillaran en las zonas más oscuras.
Llegó a la puerta de una cabaña herrumbrosa. Ni tan siquiera la había visto antes jamás. Estaba cerca de la iglesia del pueblo. La puerta era completamente absurda, deforme, un rectángulo atrofiado y grotesco con una cerradura ridículamente grande. La construcción parecía más un dibujo que una casa. L. resopló, y luego volvió a resoplar. Sopesó la llave.
Aquello era una estupidez, pensó. Simplemente metería la llave en la cerradura, la giraría, abriría ese portón Burtonesco, y descubriría que dentro solo hay polvo y telarañas. Sólo haciendo eso, se quitaría de en medio el asunto, y se iría a dormir. Con un poco de suerte, al despertar todo volvería a ser como era. Puede que sólo estuviese soñando, uno de esos sueños detallados, largos y realistas. Volvería a ser la chica franca que su padre decía que era, e intentaría ser más amable, puede que incluso consigo misma.

10 – Seta

El sobresalto siguiente no entraba en las previsiones, no lo hacía a ningún nivel; no era nada que L. se hubiese planteado en momento alguno. Y no hay que olvidar que L., ese día, era la niña que había encontrado una llave, que había decidido enterrarla para evitar ser alguna clase princesa. Su nivel de credulidad estaba por las nubes. Pero no lo suficiente.
Lo irónico, es que lo que pasó no formaba parte de ningún concepto fantástico.
Primero llegó el fogonazo. L. no tenía ni idea de a qué distancia estaba sucediendo. En dirección oeste, comenzó a crecer una seta. «Seta» fue la primera palabra que le vino. Pero no era seta. Era hipnótico, ¿qué era? La seta crecía y crecía, una seta de fuego y humo, de aspecto absolutamente devastador.
No era seta, recordó.
Era «penacho».
Una bomba atómica no era lo que L. tenía previsto. No. Pasaron unos segundos de aturdimiento. Y luego, por primera vez en todo el día: el miedo.
Un miedo atroz hizo que le temblara la llave en las manos. Pensó: Estoy muerta.
Pensó: Mierda.
Las lágrimas hacían que le costara el doble encajar la llave en la cerradura. La movía la desesperación más amarga: el impulso de quien intenta protegerse de un meteorito abriendo un paraguas.
Por fin, metió la llave, de golpe, y la giró contra el sentido de las agujas del reloj. Cuando parecía llegar la primera oleada de la honda expansiva, se lanzó contra el interior de la cabaña.

11 – Bilocación transdimensional

Volvió en sí. Con lo cual se dio cuenta de que había estado inconsciente. Podía oír el sonido de pájaros, y hasta los pasos de alguien. Tenía la espalda dolorida. Se incorporó en sus codos. Su vista necesitaba acostumbrarse al brillo del sol. En ese momento aún no sabía qué pasaba o dónde estaba. Ni aun con el malestar de lo que parecía haber sido una caída desde varios metros, tenía muy claro que estuviese viva.
Una voz comenzó a intentar tranquilizarla; era una voz aguda, la voz que le imaginas a un payaso (quizá a un payaso con un hacha…).
Al ver lo que tenía ante sí, sacudió la cabeza varias veces, se pellizcó y atizó, intentó obviar por completo la realidad que desfilaba ante sus ojos.
Yacía sobre un prado. Árboles de todos los tamaños unos cien metros más allá, flores por doquier, su olor, nubes con una textura que parecía ser pictórica. Luego comenzó a detectar las cosas realmente imposibles de digerir. Miró hacia el sol, que parecía estar situado como lo concibes a mediodía. Pero al mirarlo, se dio cuenta de que no necesitaba apartar la vista; era como si se volviese más espectacular, y variaba en su luminosidad, pero sin quemarte la retina. Luego L. gritó:
–¡Mierda! …
Delante tenía a un conejo blanco, de pie sobre sus patas traseras. Llevaba un chaleco brillante y un monóculo. Repetía:
–¿Estás más tranquila? ¿Estás bien?
L. retrocedió ayudándose con las piernas. El animal tenía el tamaño de un enano humano. No era exactamente asqueroso, pero tampoco era lo que imaginas, no era lo que los cuentos de hadas siempre narraron.
El bicho (así era como ella le llamaba en su mente) hablaba sin parar, pero intentaba hacerlo sin atosigar. En cierto momento, preguntó:
–¿Vienes de Allá?
–…
–Sé que vienes de allá. –Soltó un gorjeo bastante repulsivo que L. interpretó como una risa.
–¿Allá?
–Ya sabes a qué allá me refiero. Y no intentes darme evasivas. Tenemos informadores, y hemos seguido tu caso. Ha sido noticia en todo tu país, y en parte de todo tu extranjero… Ese pueblecito tuyo ha salido por la tele en todas partes…
–Pero yo no soy…
–Ya, ya lo sé. Tú no eres. Pero igualmente ha sido una Tú quien ha desaparecido.
–…
–En realidad tu caso es extraordinario…
–No eres real, venga, no me fastidies… Me voy a despertar a la de ya, aunque sea en el pueblo vacío.
–No es… Mira, te va a costar un rato aceptarlo, puede que hasta unas horas, pero tu idea sobre la realidad es algo… limitada.
–…
–Sé que has intuido el asunto de las realidades paralelas. Y supongo que ahora ya sabrás que, bueno, desapareciste; no tú, al menos no técnicamente. Pero ambos sabemos que si tus padres te hubiesen visto. Tus padres, digo, bueno, ya me entiendes…
–Pues perdona que te lo diga, pero creo que no se te da bien esto.
–Sé que me estoy explicando muy mal, disculpa. No lo estamos pasando bien por aquí. Estamos algo…
–Ya…
–El caso es que tu historia es un claro ejemplo de ¡bilocación transdimensional!
–…
–La bilocación es la presencia teóricamente sobrenatural (para vosotros) de una persona en dos lugares a la vez.
»Para nosotros eso no es nada extraño. Pero que la bilocación se produzca a través de dos dimensiones…
Gorjeos, parece que de emoción.
»Verás, una bilocación al uso sería verte en Núcleo y en París a la vez, por ejemplo, pero ¿¡en el mismo lugar en dos dimensiones distintas…!?
Más gorjeos, casi como si el animal se atragantara.
»El caso es que no has tenido buena suerte, porque has ido a dar con una dimensión terrible, infectada por una guerra nuclear a nivel global, ya habrás visto que mucha gente ni tan siquiera intentaba huir. Cada cual se enfrenta a su muerte como puede, supongo. No soy ninguna eminencia en el tema, como comprenderás.
»La cuestión es: ¿has ido a dar con esa dimensión por una cuestión de mala suerte? ¿Sabes a quién se le achacan las bilocaciones transdimensionales aquí?
–A qui…
–¡A lo que vosotros llamáis Dios! –interrumpió el conejo.
–Coño…
–Ya sé qué vas a pensar…
L. se impacientó.
–¡¿Que coño voy a hacer?!
–Por favor, un poco de calma. Desde aquí puedes hacer casi cualquier cosa, e ir a casi cualquier lugar, incluido tu pueblo, en la dimensión que quieras. Pronto serás una en lugar de dos. Y sí, ya sé que pensarás que achacamos a Dios tu fenómeno porque aún no sabemos explicarlo con la ciencia o la fantasía empírica, pero, ¿no crees que es algo fascinante?
–…
–Sé que eres una niña inteligente. No me vas a engañar.
–Qué—tengo—quehacer—para—salir—deaquí. POR FAVOR.
L. volvía poco a poco a su estado de calma tensa, o al menos despojada de miedo. Se puso en pie, y caminó junto al conejo. Pronto descubrió que el bicho podía ponerse a cuatro patas y correr, correr mucho más rápido que ella. Qué asco. Pero había sido una elección entre la guerra nuclear y charlar con un conejo. Hacía años que se había perjurado, aun de forma inconsciente, que jamás charlaría con un conejo. Ni tan siquiera era de esas niñas que daban la murga a sus padres para tener un perrito. Los animales le era indiferentes, y tampoco solían gustarle en las películas.
Lo que venía, pensó L., era pura trama de molde. Apenas oía hablar al conejo. Decía algo sobre «una aventura», sobre «hacer nuevos amigos», sobre un príncipe, y hasta sobre un dragón. Había que conseguir alguna clase de cetro. De esta forma, tocándolo, y solo pensando en ello, ella podría volver a su casa, a Núcleo, el Núcleo sin guerras nucleares, el Núcleo aburrido y lleno de adultos de siempre.
Además de eso, el cetro retornaría a su Rey, y por algún capricho de la burocracia fantástica, la paz volvería a reinar en «Emoción»… El país se llamaba «Emoción»…
L. descubrió que no había una fantasía que se amoldara a sus propios intereses. Mientras llevaba a cabo su aventura, todo respondía a los mismos patrones de azul para los chicos y rosa para las chicas. Fingía estar enamorada del joven príncipe; era más fácil seguirles la corriente que, en definitiva, mostrar algún rasgo de carácter que fuera más allá del gritito femenino asombrado. Se acostumbró a actuar.
No sabía exactamente dónde estaba, dónde encajaba en el orden de las cosas aquel cliché en el que se podía habitar, y no preguntó. Una vez el conejo le volvió a hablar de Dios. L. contuvo un largo resoplido. El conejo dijo que Dios quizá había respondido a las plegarias de la madre de L. Cada noche rezaba para que su hija desaparecida volviera; y lo hacía apoyando los codos sobre su cama vacía.
La no-madre de L. La madre de… en fin. Al parecer no dejaba de ser su madre, ya que el conejo decía que las circunstancias en cada dimensión eran distintas, y la gente también hacía cosas distintas; pero había algo en cada persona que era igual en cada una de ellas. Ese algo, decía el conejo, era lo que había hecho rezar a su madre atea.
L. pensaba en esas y muchas otras cosas durante los largos paseos campestres por Emoción. Había alguna clase de ejército, soldados de narices respingonas, todos iguales, comandados por un viejo amigo del Rey que ahora era enemigo. Si algo sucedía, L. se recogía su vestido rosa y se postraba tras un árbol. Por las noches dormía en una estancia del castillo; el asunto de la ropa y las atenciones era casi inevitable. Si alguien decidía hacer alguna labor que correspondiese a un sirviente, luego se las tenía que ver con el Rey.
Un día, mientras el príncipe le soltaba una perorata tan babosa y densa que podrías haber construido un muro de ladrillos con ella, L. se acordó con una sonrisa de la carta de odio. Una carta de odio en un mundo terminal, donde crecían los penachos y las madres ateas rezaban. Decidió que cuando volviera a Núcleo, robaría un ramo de rosas.

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Peleas entre cadáveres

“Nuestros hijos tienen menos que temer de los coches en las autopistas del mañana que del placer con que calculamos sus muertes futuras de acuerdo con los parámetros más elegantes.”
–J. G. Ballard (‘Crash’, prólogo)

 

Si había algo que te gustara mucho, la norma era que tenías que sentir vergüenza. ¿No era así en el fondo? A no ser que lo que te gustara fuese una niña; aunque entonces te hacían sentir vergüenza simplemente por ser un niño y que te gustara una niña (o viceversa, o lo que sea…). La conclusión era que tenías que sentir vergüenza. Eso era básico. Sentir vergüenza y sacar buenas notas. Y que nada te gustara demasiado. Que para eso tenías esas vacaciones infantiles eternas en verano. Para eso te mantenían. Nadie te estaba vistiendo y alimentando para que te volvieras «rarito» o para que no sintieras vergüenza por ser menor de edad. Eras la mascota más importante que habían tenido tus papis hasta la fecha; pero mascota al fin y al cabo.
Porque eras un niño, una niña.
No eras una persona.
Y un día estabas en el despacho del director. Los nudillos de la mano derecha tiznados de sangre secándose. Le habías roto la nariz a otro crío. Uno que iba con dos súbditos; tres gilipollas que te amargaban la existencia, que no hacían caso de las neutras regañinas adultas. Y le diste un puñetazo, uno muy poco católico.
–Y así a lo mejor no me vuelven a tocar las narices. –Le dijiste eso al director, el cual dijo algo, mero ruido académico, a lo que murmuraste:
–Si usted no quiere hacer su trabajo, no es problema mío.
Tenías once años.
Le rompiste de verdad la nariz a ese niñato, así fue, estuviste un par de semanas expulsado. Se había decidido que eso enfriaría las cosas. Algunos se dedicaban al maltrato psicológico. Unos niños se aceptaban como mascotas, otros se resignaban, y otros procuraban amargar a los demás. La creatividad se reducía a eso: sumisión, maltrato.
Si había algo que te gustara mucho, la norma era que tenías que sentir vergüenza; era algo que los alumnos aprendían pronto, hasta el punto de burlarse de los compañeros que tuviesen algún tipo de interés intenso más allá de, por ejemplo, el fútbol. Si no estabas nadando en el fenómeno social recurrente, el que fuera, eras carne de cañón. Demostrar pasión por un desvío era la muerte, porque era la vida. Era el principio básico de la educación: aburrirse terriblemente; pero eso sí, con estilo, obediente, reticente a cambios o ideas.
La vergüenza era la clave, apagaba todos los fuegos. Era el combustible de los buenos chicos. Excepto para ciertos asuntos biológicos, claro; pero eso es aburrido, o no, pero es la cháchara de siempre; el beso, el tocamiento. Eso no lo podía frenar nadie. Pero ay lo que podían frenar; lo que podían frenar era todo lo demás. Ibas a ser otro habitante en romería constante, peregrinando con la cofradía de más éxito, la del Santo Viernes.
Te levantaste en el despacho del director, viendo imágenes de tu futuro a toda prisa. Eso que dicen que pasa justo antes de morir, cuando ves lo que has vivido. Pero la muerte funciona de muchas formas, a veces lo que ves es el futuro. Lo que –a no ser que hagas algo– vas a hacer estando ya muerto.
El puñetazo te había sentado bien. Se te había dado bien. Ese cabrón de once años había caído a plomo al suelo. Esperabas que lo hubiese visto todo el mundo. Te iban a joder, te estaban matando entre todos; pero tú eras capaz de hacer daño, daño físico. Habías descubierto algo: se puede dañar a los muertos. Aunque no todos saben intuir lo que pasa. Se ven pocos niños zombi en las películas. En la realidad, a los catorce ya sólo quieren dinero, y pronto saben disfrazar eso de mil formas.
Tú te diste cuenta ya a los once. No hiciste nada por intentar explicarlo. Era inútil. Tus padres sólo te habían tenido para ser padres. Lo cierto es que viste mucho tener hijos. Siempre está de moda.
¿A quién culpar? Si triunfas tienes que dar las gracias a los demás, si fracasas cállate la boca. Ahora define qué es triunfar.
Saliste del despacho murmurando. El director no había replicado tu impertinencia. Eso podía significar dos cosas: o que te iba a caer una buena, o que le habías cerrado la boca.
Las dos semanas de castigo fueron un buen aprendizaje. Como casi siempre que estabas fuera del colegio. Estás todo el tiempo aprendiendo hasta que alguien te sienta en un pupitre. No dejarías de aprender si no fuera por esas eternas pausas académicas: la meditación a la inversa, lo contrario a descubrirte a ti mismo.
Aprender sólo a perderte a ti mismo. A ser el preso y el carcelero a la vez.
Cuando veías un pepino no pensabas en un dildo eco-amistoso. Veías parte de una ensalada. Poco a poco, todo lo que te rodeaba era anti-imaginación. Nada tenía potencial o gracia. El sol era molesto, las estrellas pasto de malas poesías. Poesía de maricones. El Universo era ese lugar al que nunca irías; ese lugar del libro de Ciencias. Estaban haciendo un buen trabajo contigo. Incluso se podían permitir dejarte libre dos semanas. Daba igual. Qué ibas a hacer, ¿revelarte? ¿Convencer a tus padres de que no eras su hijo sino una persona? ¿Y qué coño iban a hacer tus padres aunque te escucharan? ¿Les ibas a decir que habías visto tu futuro y que allí ya no había nada de ti en ese tío? Los padres raramente quieren que vivas; quieren o bien que te conformes o bien que hagas lo mismo que ellos. Si la vergüenza es el síntoma no confeso de los niños, el egoísmo es el de los padres.
Es como la muerte, la muerte se parece que te cagas a la vida. La gente suele ser tan egoísta con la muerte de los seres queridos como con su vida. Quieres ser padre, o tío, o abuelo, pero no quieres problemas. Quieres proyectar esa imagen.
Diste un portazo. El director no salió detrás de ti. Diste vueltas por la ciudad los días de castigo, te fugabas. Aprendiendo y también entrando en coma. Notabas la ilusión yéndose con tu sudor, con cada ducha, con cada madrugón forzado. Tu madre te levantaba a las ocho, daba igual que no tuvieras colegio al que ir. Y luego no sabía qué decirte. Simplemente no quería que durmieras a según qué horas. Era una actitud extrapolable al resto de tu educación en casa. Y encima ya no eras un niño adorable. Estabas creciendo, ¿en qué cabeza cabía eso? Los padres quieren niños angelicales, fotos, no personas confusas que se planteen qué coño pasa a su alrededor.

Tampoco había pasado tanto tiempo. Agarrabas por el cuello a alguien. No le conocías. Te estabas haciendo el machito, habías bebido. No era propio de ti. No es fácil apretar el cuello de alguien; tienes que hacer que pierda la voluntad de resistirse. El golpe maestro llegó de forma involuntaria. Cuando notaste la primera arcada, aflojaste un poco. El otro chaval, con los ojos como platos, abrió la boca para respirar una buena bocanada, y la mayor parte de tu vómito fue a parar a su garganta. Le sujetaste, tus rodillas sobre sus hombros hasta acabar el trabajo, le tapaste nariz.
Todo empeora cuando menos te lo esperas, y si te lo esperas, también sabe empeorar. No se ve todos los días a alguien vomitando la indigestión de otro. No es la clase de historias que luego cuentas; quizá sea un punto a tu favor. La chica por la que se había organizado la trifulca, había desaparecido hacía rato. El chico no podía dejar de potar, primero tus vómitos, luego los suyos. Luego acabó en el hospital, el estómago tiene un límite de mierda que puede soportar. Un límite de actividad.
No era tu caso. O no lo parecía. Tenías… qué, ¿diecinueve años? Algunas ruedas pinchadas, algún hurto sin importancia. Varias peleas de ateo educado en un cole católico. Tus padres no se habían divorciado, no eran delincuentes, no se drogaban, no hicieron nada que justificase de algún modo conocido tu comportamiento. Solo lo que todos hacían.
El polvo con la mujer casada y aburrida, alguna vez con la embarazada, alguna otra con la hija, alguna pelea con el novio de turno, o el marido… La vomitona al cubo (o meta-vomitona) fue alguna clase de principio. Era como entrar por la puerta grande. O quizá como salir de allá donde estaban todos y todas. O casi. Lo bueno del margen es que descubres que no es sólo cosa tuya; en realidad es un sentimiento común. Un anhelo. No tantos cruzan esa línea, pero bastantes lo hacen; parecen menos sencillamente porque no lo publican, y los que no la cruzan están siempre dándole al pico. Justificarse es peor que la heroína. Los cerdos se regodean mucho menos en su mierda. No es que callar te convierta en nadie más digno, pero alimentas otra clase de orgullo (o simplemente empiezas a tenerlo). Ya no eras un “buen chico” oficial, porque nadie quiere serlo en realidad; pero tú habías decidido aceptarlo.
En tu mundo, las líneas del “mundo civilizado” se difuminan, y luego desaparecen. Tratas de igual a igual con inmigrantes, una mujer te puede dar una hostia perfectamente, un tullido no dudará en burlarse de ti. En el margen de Periferia, el hombre blanco heterosexual sólo es uno más. Cuando decides que sobrevivir no ha de ser por fuerza un drama jerárquico, el esfuerzo extenuante de la gente normal te empieza a parecer gratuito. Esa gente autoproclamada normal… ¿puede haber algo más escalofriante? Con el tiempo, un pasillo a oscuras es un paseo al sol. Si se te aparece tu abuela muerta, le preguntas si ella sabe dónde conseguir hierba. El miedo muta, la vida se vuelve emocionante, aunque más sucia: asume el caos. Sigues teniendo elecciones que hacer, pero ya no tienes que preocuparte por que personas que ni siquiera te caen bien, te den su aprobación. No es una competición para ver quién es más raro o malvado. Es una investigación inconsciente para saber si la libertad existe.

Años después, al principio simplemente era divertido ir por ahí, hablar con desconocidos, seguirles. Os juntabais dos o tres ocupas, hacíais amigos al modo convencional. Investigabais, puede que con aparente desgana, pero con efectividad. Os agenciabais armas con las que no fuera fácil matar a nadie. No se trataba de matar a nadie, no a priori. Y además tampoco hay que dar por sentado que eso sea posible (o fácil, estadísticamente); en la mayoría de casos se parece más a desenterrar un cuerpo y pegarle un tiro. La realidad es muy suya, aunque la mayoría se la agencien y decidan que toda vida merece la pena.
Pero nada de pistolas. Bastaba con llevar algunos palos, esconderlos según el plan. Un escondite cercano, esperar a la noche, al sábado, cuando quien toque se confíe. Detectar al cabrón común, al racista, al que tiene frita a su novia, al explotador, al homófobo. El cabrón común es la especie dominante; se educa en toda clase de escuelas, es el guardián del imposible mundo simple, a menudo con el patrocinio del gobierno de tu país. El psicópata que se hizo a sí mismo con trocitos de libros de texto; el Frankenstein moderno que mata a la niña, una y otra vez. La bonita metáfora reduccionista, el maltratador versión adulta, a veces sus puños, otras su pluma.
No es complicado caerle bien. Sólo tienes que balar como él. Hasta el peor alumno aprendió al menos a balar, que al fin y al cabo es la lección principal.
Las notas, los resultados, son mero atrezzo.
El palo en tus manos, notar cómo el golpe te recorre hasta los hombros. El cuerpo humano es duro, no se habla mucho de eso, se habla mucho más de cuando se rompe o enferma, de cuando se muere en el sentido puramente físico. Pero se dan pocos detalles de la cantidad de maltrato que pueden aguantar las piernas, el torso, la espalda de alguien. Tienes que currártelo si quieres provocar daños irreparables sólo con palos. Y no hay que olvidar las manos, ni las lesiones que te puedes ganar atizando con rabia esas carcasas, educadas para aguantar y aguantar, iguales por dentro y por fuera, con aire dentro y fuera, con familias, a veces hasta con hijos que tienen que heredarlas. Harán preguntas. ¿Por qué parece que a papá le ha atropellado un tractor? El niño se alerta cuando la rutina cambia, sobre todo si el monopolio de las magulladuras lo tiene mamá. ¿De eso va? Si papá golpea a mamá, ¿quién golpea a papá? Los matrimonios amoratados serían una verdad interesante para las cubiertas de los libros de texto.
No es fácil negociar con el carcelero cuando es igual de tozudo que tú.
¿Qué clase de ética o lógica teníais? No había nada de eso, ni una ideología política. Había sólo una huida hacia delante. O hacia delante y hacia un lado. Uno de tus colegas llegó a dejar el tabaco de tan bien que le sentaba hacer amigos y luego apalearlos. Estás escuchando los chistes de mierda de alguien, y solo puedes imaginar cómo va a lucir esa cara sin dientes. Te da una nueva perspectiva del futuro inmediato. Quizá el objetivo no declarado era que la cosa se fuese de las manos, que alguien sangrara más de la cuenta, que los golpes se fueran de madre (¿metáfora?), que el alcohol hiciese demasiado bien su papel.
A pesar de acumular palizas, ninguna tuvo el mismo sabor que la primera, literal o figuradamente. La primera fue especial por muchos motivos, pero sobre todo porque aquella danza del vómito significaba algo. Era la primera vez que torturabas a alguien, la primera vez que no era una pelea entre iguales, borrachos que se hacían pasar por tipos corrientes fuera de los bares.
Desde entonces, la rutina no tenía sentido, y ése era su sentido.

Llega un día en que el objetivo de turno resulta ser un pez gordo. No siempre es fácil averiguar quién pone en marcha decisiones como un ERE. El tío que desahucia y deja en la ruina a los demás, el tío que provoca suicidios por pura codicia. El mafioso aceptado, en definitiva. No todos son amigos de los medios, o de la redes sociales, o de ir por ahí haciendo ruido para que les mires. No te enseñan sus pies en la playa ni sus vacaciones, ni a su mujer treinta años menor. No todos los cabrones colocan en un escaparate su carencia de escrúpulos.
A veces hay que hablar con alguien que conozca a alguien que haya oído de alguien que es primo del cabrón señalado.
Mueves hilos, alquilas ropa, cenas en un par de sitios de alto copete, le haces alguna que otra foto desde tu mesa, anotas sus tránsitos. La mayoría de gente hace lo mismo cada día; y si no cada día, al menos sí cada semana. Los ricos tienen rutina semanal, o hasta mensual; los pobres, diaria, la rueda de hámster. De modo que tienes que estar un tiempo siguiendo al pez gordo. Con un poco de suerte anotas una habitación de hotel habitual, o memorizas los movimientos desde su casa hasta algún club de lujo que frecuente. Quizá dejas una cámara grabando en determinada calle o ángulo, durante todo un día, para saber luego qué clase de concurrencia hay aquí o allá. Encontrar un buen lugar en el que capturar o machacar a un ricachón anónimo, puede ser farragoso.
La ventaja de que nadie le conozca, es que puede ahorrar en seguridad. Al final siempre hay algún tramo que haces a pie, por más que tengas coche con chófer. A veces simplemente quieres caminar. Te llega a sorprender la cantidad de gente a la que le gusta caminar; pero la hay, y entre ellos hay toda clase de fauna. No puedes darle una paliza a nadie que vaya en coche a todas partes; pero tampoco existe nadie que vaya en coche a todas partes. Lo irónico es que después quizá tengas que encapuchar al tío y meterlo a hostias en una camioneta.

Quién era. Era un hombre de familia bien cebado e hijo de un igual. Su empresa había crecido mucho en poco tiempo, y comenzaba a practicar las tácticas de la crisis: los despidos oportunistas, las contrataciones baratas, las jornadas laborales inacabables… El patrocinio del gobierno, el visto bueno de la élite. El yate, las putas, cada vez más droga, el gastarse una suma de cinco cifras en un fin de semana, el cruzar la línea a costa de los que ni sueñan con ella. Esa clase de personas cuyo principio es que sus empleados han de vivir para él. Nada de esos rollos europeos de reducción de jornada; lo importante, en el fondo, es la alienación, el campo de concentración invisible. Lo que no entienden algunos analistas, es que ciertos empresarios no solo quieren tu rendimiento, también quieren tu culo, tu vida, tu tiempo; te van a tener en sus manos sin hacer nada todas las horas que haga falta, porque hay que asociar la productividad con la falta de esperanza. Tienes que vender una clase concreta de realismo, tienes que provocar que los empleados les digan a sus hijos: Esto es la vida real, y no puedes hacer nada para evitarlo. Vivir para trabajar y fin de la historia. Esto es la dignidad, hijo mío, ganarte el pan con el sudor de tu frente.
Tienes que lograr que al ateo actúe como un católico radical, y que el sabio se vuelva cínico hasta el punto de no retorno.

Hablamos de ESA clase de tío.

Su casa era un castillo en términos de seguridad, un castillo moderno. El allanamiento de morada estaba descartado. Era un barrio residencial, donde por la noche el silencio es una realidad, no hay edificios altos y todo se ajusta a la versión oficial de lo idílico. Tras investigaciones previas ya podíais intuir los rasgos de actitud, tanto los de él como los de su mujer. Ambos absolutamente previsibles, zombis a su modo, zombis de lujo, sin vocación, o lo que es lo mismo, con vocación de acumular cosas. Habían triplicado beneficios desde que se asentara la crisis. Habían hecho donaciones a determinado partido político. Tenían dos críos, ambos en la edad en que se dice han de estar cabreados con todo. Y lo estaban; estaban enfadados con el hecho de tener cada día tres comidas, toda la ropa que quisiesen, una casa en la que perderse y acceso a cualquier placer posible. Era comprensible. Al margen de las pertenencias, si te sientes vacío no hay nada que hacer. Los chavales no se cabrean por la idioteces de turno, como la hora de llegada, la paga o el distinto trato con el hermano mayor. Esa no es la clave. Se cabrean porque cada día se levantan sin objeto. Casi no importa si son pobres o clase media o nadan en la abundancia; por mucho que el zombi se pueda vestir de seda…
Pero esta vez los hijos eran problema de otros, se iban de viaje, algún rollo de intercambio, una de esas misiones para poder sentirte vacío en otros idiomas en el futuro.
La pareja adulta salía cada noche a cenar. Frecuentaban Danilo’s, un restaurante italiano concebido para inflar precios, ahorrar en materia prima y vender lujo y cantidades pequeñas. Uno de esos restaurantes rácanos de moda, en los que no vas tanto a cenar como a que te expliquen el plato. No podías ir y ponerte hasta el culo de pasta, era un lugar de experimentación. La clase de sitio al que va la gente forrada sólo porque puede. Los mercaderes del lujo tenían que inventar nuevas formas de venderte la moto. La lista de espera era ridícula; a no ser que fueras como el cabrón señalado. Entonces te hacían pasar a un comedor aparte, y te hacían creer que tu dinero era el único que compraba la felicidad.
La mujer del cabrón era esa clase de chica que asiste a una boda y empieza a planear la suya. La clase de tía que se queda embarazada un mes después que su hermana.
Los críos que tenía el cabrón, por cierto, eran de la anterior mujer, que ya se estaba haciendo mayor y no podía encajar en el concepto de felicidad de su marido, que al fin y al cabo era meramente estético. Estética a un solo nivel.
No eran difíciles de seguir. Un coche los llevaba y los traía. Para ser ricos, eran bastante estáticos, apenas salían de determinado callejero. De vez en cuando se iban fuera un o dos días, pero hacían gala de la falta de imaginación de quien hace décadas que no siente nada.
Lo interesante es que algunas mañanas, el cabrón salía a pasear solo. Lo hacía con un par de perros con pinta de caros, como ésos que uno ve en la tele, como de la realeza. Era otra cosa que el cabrón tenía solo porque podía, o quizá porque su mujer había visto a alguna otra con un par de perros monísimos, y se había encaprichado.
Él era un cabrón, ella era un chochito.
Él iba a veces a un parque lejos del centro de Periferia, una de esas “zonas verdes” que crecen como setas cuando algún político ve venir las elecciones.
Una mañana decidisteis que lo haríais. ¿El qué? Enviarlo al hospital, obviamente. Quitarse a los perros de encima era fácil, eran como perritos de anuncio, bastaría con llevárselos y atar la correa al primer saliente.

Lo que aprendes cuando llevas a cabo algo como una agresión, es que si hay poca gente alrededor, es casi seguro que nadie hará nada. Cuando hay mucha gente es distinto; alguien querrá impresionar a alguien, alguien querrá hacer gala de sensibilidad. O simplemente la gente hará piña, se sentirá protegida. Pero cuando alguien va solo o sola, ya sea corriendo o paseando a su mascota (animal), generalmente no está para hostias. Ni para llamar a la poli. La gente acelera el paso, aparta la mirada, corre al doblar la esquina. La gente se siente en peligro enseguida, o simplemente es presa de una tensa pereza. La mayoría de gente es incapaz de intentar salvarse a sí misma, así que mucho menos pueden concebir el salvar a otra persona. No van a mover un dedo si eso no mejora su imagen o nutre su bolsillo. La gente es obediente, vosotros teníais muy claro eso, y cómo esa obediencia había repercutido en la forma de ver su entorno.
Era martes. El tío iba con alguna clase de ropa deportiva. Confiado. Los dos perritos risueños, de pelaje gracioso, jugando el uno con el otro. El cabrón los llevaba a ambos con el mismo gadget-correa, paseantes caninos siameses. En las tiendas de mascotas venden virguerías. Normalmente los perros los paseaba alguien que curraba en la casa; obviamente ni el cabrón ni el chochito hacían cosas como lavar los platos, o la ropa. No puedes pedirle a alguien que ha delegado la educación de sus hijos que se ponga a planchar o a cocinar. O a pasear a los perros a diario. Hay una parte agradable de compartir tiempo con los hijos, pero solo una. Igual que la ropa es perfecta si no tienes que hacer la colada. O los perritos; los perritos son la mar de monos sin uno solo trata con su vertiente de peluche vivo adorable.
El cabrón no les recogía las mierdas.
No había casi nadie. Os acercabais poco a poco. No te sentías así desde que habías visto a un chaval devolver tus vómitos. Estabas nervioso, pero a la vez te sentías vivo, sentías esa promesa de libertad de quien vive al margen, de levantarse del despacho del director después de darle un corte; eso multiplicado por diez.
El tío no estaba en forma, y hablamos de alguien más cerca de los sesenta que de los cincuenta. El ricachón que maldice la mortalidad mientras la saborea cada día. La muerte con su propia guadaña clavada. El tío no podía predecir lo que se le venía encima. Ni tan siquiera vosotros, hasta cierto punto, sabíais qué iba a pasar. La idea era hacer daño, o al menos hacer daño a alguien que hacía daño a gran escala. La diferencia era que vuestro acto era ilegal, y su maldad estaba legalizada (es más, podía comprar su legalización). No era una lección, no pretendíais ser ejemplares, ni modelos de conducta. Solo queríais partir en dos la rutina de ese cabrón, y puede que una de sus piernas. Sólo queríais ser lo que llaman malas personas, pero serlo en coherencia con el mundo que habitabais, aunque lucharais por permanecer en sus márgenes. Nos erais el producto del ideario de nadie concreto, no erais activista radicales, ni violentos de diseño, no era un acto político ni una reivindicación. No erais skins ni buscabais justicia. Reducirlo a odio sería una línea de guión de telediario. Era un acto delirante y arbitrario en un mundo delirante y arbitrario que se vendía como cabal. Vosotros al menos erais sinceros. Había un impulso de hacer algo, y luego la acción consecuente. Era justificable solo dependiendo de a quién preguntaras. Decir injustificable sería lo más fácil, y lo fácil era sospechoso por definición.
Ibais con los palos en la mano, os acercabais por la espalda. No había tampoco honor en ello, nada de duelos al amanecer ni danzas con florete, nada de coreografías ni peleas a muerte mirándose a los ojos.
Fuiste el primero en blandir el palo, le golpeaste en la nuca con todas tus fuerzas, un mal golpe (o bueno). Había sonado un chasquido, algo propio de un palo, pero también de un cráneo. El tipo cayó a plomo, de cara. Los perros salieron corriendo; no os ladraron ni hicieron nada por socorrer a su amo; seguramente ni lo tenían por su amo, que para ellos debía ser alguna Lupita en ese momento lejos y con un delantal. Lupita: la madre, la ama, la chacha.
Quizá el único rasgo de pureza en el acto que se llevaba a cabo, era vuestra plena consciencia de que no serviría para nada. No ayudaría a la sociedad, y tampoco te ayudaría a ti ni a tus colegas. Ni tan siquiera os haría sentir un poco mejor el apalear al cabrón que de normal siempre se libraba. El hijo de puta que, mientras en las calles se dispersaba a los manifestantes, estaba a salvo viéndolo en la tele, siendo el culpable directo de medio telediario. La gente era demasiado previsible; o no se movía o luchaba “correctamente” por sus derechos. Era un rasgo social “evolutivo”. Las motivaciones podían nublarte el juicio; te hacían perder al frío calculador que sabe trazar un plan, montar una emboscada palo en ristre. Algo puntual, imprevisible, absurdo, violento, no arbitrario únicamente en la elección de la víctima.
Pusisteis el cuerpo boca arriba. Le diste una bofetada para que volviera en sí. Lo hizo, no había muerto. Nunca es interesante la tortura de algo inerte. Tus compañeros lo sujetaron. Él gritaba; sólo consiguió ahuyentar a unos pocos paseantes. Tiraste el palo y usaste los puños. El palo era interesante para empezar, pero luego era bueno reservarlo. El momento de recuperarlo era cuando tus nudillos comenzaban a crujir, a enrojecer.
Como sea, no era bueno alargarlo mucho. Aunque la gente por lo general se iba lejos de los follones y los olvidaba, cabía la posibilidad de que alguien llamara a la poli. No es que hubiese pasado antes, pero es mejor no forzar mucho la máquina de la indiferencia social. Es mejor ser cauto, aunque en este caso sea como rezar por si acaso.
Te centraste en los huevos. Era un lugar en el que las lesiones permanentes podían hundir la vida de un tío. Hacer papilla sus genitales. Que luego no tuviera tanto un pene como una reconstrucción espantosa. Infollable. Esa parte es blanda, y lanzabas el puño incluso más fuerte que a la cara. Luego comenzaste con las patadas. No te gustaban tanto las patadas. Lo paradójico es que antes de darle una somanta a alguien, no te sentías agresivo ni cabreado; era luego, cuando ya habías comenzado, cuando te cargabas de electricidad. Cuanto más pegabas, más querías pegar. Te sentías libre de hacerlo con los cabrones; igual que la gente llamada civilizada lo hace con los sacos de boxeo. Sin culpabilidad, sin miedo, sin vergüenza; los rasgos de carácter que tan bien te habían inculcado de crío, desaparecían. Eran solo unos minutos, pero durante esos minutos el mundo parecía dejar de girar, mientras, también esta vez, los dientes del cabrón comenzaban primero a moverse, y luego a desprenderse. Si tenías reflejos, podías taparle la nariz y hacer que se tragara la sangre como si fuera vómito.
Cuando el cabrón tenía la cara muy hinchada (aunque al parecer también se había destrozado la lengua mordiéndose), empezaba a ser difícil ver si seguía consciente.
Todo el asunto era de lo más desagradable, estaba carente de significado constructivo. Y también alguien que no estaba acostumbrado a hacerlo, recogía lo sembrado. Pero nada de todo eso lo hacía más importante o menos gratuito. Así que, ¿por qué no seguir? También era ejercicio. Si se desmaya y aún te quedan algunos golpes en la recamara, puedes hacer varias repeticiones con el puño o el pie; haz «cardio». Al sol le da igual, la luna va a volver.
El tío volvió a perder el conocimiento. A pocas calles, circulando a toda velocidad, no venía ningún coche de policía. A lo lejos, dispersando a los pájaros y atronando, no se oía ninguna sirena. En las cercanías del parque, corriendo y escrutando la escena, no se acercaba ningún ciudadano preocupado.
La gente no está para hostias los martes. Está vendiendo barata su vida a cabrones como el que empapaba de sangre el césped.
Durante un segundo, querías pensar que nadie había llamado a la poli porque conocían al tío. Querías pensar que había habido aliados. Querías creer que estabas impartiendo justicia, aunque una muy estúpida y aparatosa, más propia de un nazi que de un héroe. Querías imaginar que alguien sustituiría al cabrón en sus labores, y que no sería un cabrón, sino una persona que habría salido indemne de los años del colegio.
Sí, chaval, que sí.
Pasados unos cinco minutos, os alejasteis de allí, sin saber si el tío estaba muerto. Hacía tiempo que eso no era un dato relevante, y también hacía mucho que no leíais los periódicos. No habíais matado a nadie, al menos que vosotros supierais. Aunque es cierto que algunos tenían más posibilidades que otros. No deja de ser materia que va de un lado a otro, y vosotros no erais más que motas en la escala de las cosas. Tanto físicamente con en abstracto, no no teníais ningún valor.
No sabíais qué os había dejado dentro la educación recibida. Había días que pensabais que os habíais librado de todo ese rollo; pero otros días sentíais que en realidad erais los alumnos perfectos. Solo os habíais desviado en vuestros métodos: estabais preparados para pisar al prójimo, pero os lo habíais llevado a lo físico. Prosperar era hacer daño con elegancia. La gente no mancha las cosas de sangre, la gente «contamina». Creen que los términos adecuados y recurrentes les dignifican.

Pasasteis la tarde mezclados entre la gente autoproclamada normal. La forma antropomórfica ayuda. Vosotros en la versión aparente: buenos tíos entre los veinte y los treinta. Tíos del montón, sin intereses que no fuesen genéricos, tirando de ideas ajenas que rebotaban en el pinball más moderno. Tíos con preparación, vacíos y felices, contando chistes misóginos, con el dinero como único principio, nudo y desenlace.
Vosotros en realidad: Periferia estaba a rebosar de casas vacías. Ibais de una a otra. Un curro puntual te solucionaba el asunto del papeo para un tiempo. Cobrando en negro, obviamente.
El margen.
Sentados en terrazas con vuestras cervezas, las chicas os podían mirar y pensar que la violencia sólo la veíais en la tele y el cine.
Sabías que no eras tú. Todos los sabíais. Esa versión de ti que hacía daño y follaba cuando podía, que no cotizaba ni asumía las reglas corrientes, no eras tú. No es que hubieses huido del zombi en que te querían convertir todos para su tranquilidad, o al menos no lo habías hecho para ser tú mismo. Sencillamente no sabías quién coño eras. Sólo habías conseguido no ser quien querían que fueras. Tu yo auténtico había quedado en algún lugar en el tiempo y el espacio, entre tus diez y tus quince años. Estabas bastante seguro de que eso te lo habían quitado. No sabías lo que te gustaba más allá de un coño y una cerveza. Lo único que habíais logrado, era escapar durante la transición que lleva del niño aún vivo al adulto definitivamente zombi. Os habíais salido por una brecha, inconscientemente, pero con efectividad. El presente era esa suerte de Limbo.

Por atonal que suene, te gustaba recordar lo de John Lennon, eso de que el amor es la respuesta.

Había una fiesta en cierta casa por la noche. No una casa ocupa, sino una casa de gente normal, aglutinadores de “dignidad” por el método de poner el culo en sincronía perfecta con los mandatos de la élite. Con el patrocinio del gobierno. O con el patrocinio de la élite y los mandatos del gobierno.
Lo mismo da.
Rodeados de contribuyentes, lo único que valía la pena era que a las chicas les chiflan los contribuyentes. Los consideran atractivos. Toda esa pasta en el banco (poca, pero en el banco); todo ese currículum. Todo ese aire de buenos chicos, aunque algunos se hagan pasar por malos, por la historia de la chica lista que se moja y vuelve tonta con eso. Todas esas historias conformadas por gestos que llevan implícitos miles de spoilers. Esos tíos que te hablan quitándose importancia para intentar dársela. Ésos que se mueven y te sonríen como pidiendo perdón por estar vivos; o por no estar trabajando en ese justo instante. Toda esa resaca católica condimentando la pose hipster. Todos ganándose el cielo, sutilmente preocupados por no estar haciéndolo en ese momento.
Pasar por contribuyentes se os daba bien. Lo único que os hacía desentonar era que ninguno ibais con pareja. Muchos allí ya hacía años que proyectaban la misma foto en movimiento; chico y chica impolutos, llegando, dejando las cosas, quitándose los abrigos, resoplando. Luego comentando la jugada, interesándose, siendo respetuosos: haciendo cada vez el papel de sus vidas, o de sus vidas papel de váter para millonarios.
Aunque abundaban las parejas de largo recorrido, también había algunas chicas que figuraban en calidad de amigas. Y algunos chicos. Pero eran los menos. Las solteras y solteros siempre parecían algo desubicados. Vosotros a veces hacíais ese papel, y en otras ocasiones os inventabais una novia ausente. Una novia con la que estabais teniendo problemas, os estabais distanciando. Era una pena; y a veces también un imán para ciertas tías. Si creían que te estabas follando a alguien, que habías tenido una relación mínimamente respetable, resultabas más fiable. Un soltero de larga duración era visto a menudo como un campo de minas, un embaucador, un depredador que más que tener carácter vendía uno.
O simplemente les parecías un rarito.
Parecer un rarito es una de las cosas más fáciles del mundo, y a la vez hay muy pocos. Generalmente casi todo es muerte o vacío, incluso dentro del contexto en que aún figura la vida. (Dejadme que me explique, no pulséis aún el botón de alarma por emo.) Pero generalmente casi todo es o muerte o vacío. Vacío inmenso antes de nacer, luego una porción mínima de vida opcional, en la que eliges entre vivirla o continuar con el vacío y/o muerte; y luego llega tu desaparición, para volver al vacío y/o muerte sin opción. Da igual lo larga o corta que se te haga, la vida es fugaz, y es la excepción a la regla. De modo que, si durante ese paréntesis pequeño de vida, decides vivir, para los demás, que en su mayoría habrán optado conscientemente o no por continuar en la nada, parecerás un rarito. Porque, como decía Carmen Martín Gaite, lo raro es vivir.
Esto no quería decir que una pareja de larga duración hubiese elegido necesariamente la opción zombi; pero había que tener en cuenta que esa opción era la que caracterizaba a la masa.
Actuar como ellos no era estúpido en el sentido en que el premio podía ser el sexo.
Todo el mundo era vulnerable a ciertas formas de sentir, aun así, y vosotros no erais una excepción. Tú no eras una excepción.
Tus puños otra vez con sangre reseca, es difícil quitársela. Quizá no era sangre, sino simplemente una lesión, nudillos amoratados.
Había una chica que habías visto otras veces. Especialmente una vez. Como te gustaba, aquella vez le soltaste un chorro de mentiras. Te hiciste el contribuyente a conciencia, intensamente; el tipo de chico al que ella –hipotéticamente– podría llevar a comer a casa de sus padres.
Y cada vez que la veías, pensabas: ¿Cuántos años me quedan?
Pensabas en que, en teoría, te quedaban aún muchos años de vida, al menos sobre el papel. Y mirabas a esa chica, a esa contribuyente sin novio, encantadora y aún semi-zombi (alguna gente tarda más en separarse de sí misma), y te preguntabas en qué se transformaría tu vida junto a ella. Si ella conseguiría que dieras lo que llaman un paso adelante, sacarte de tu dinámica y abrazar la muerte en vida, descubrirte posibilidades desconocidas por ti. Había muy pocos casos de emparejados que hubiesen logrado “resucitar” juntos en lugar de emborronarse aún más. De entrada todo parecería multicolor y orgásmico, pero ¿y a la larga?
Lo que estaba claro, es que, si no le gustabas, al menos era seguro que le caías bien. Hasta ese momento solo habíais tenido encuentros puntuales, de modo que te ponía nervioso y a la vez disfrutabas de ella. De su verborrea, de su olor cuando se acercaba para hablar por encima de la música. Procurabas no entrar en detalles, hacías bromas, rebuscabas en tu baúl de referencias según el tema que sacara ella. Intentabas conducir la conversación a la vez que procurabas que fuese ella quien más hablara. Actuabas como si ese mismo día no hubieses asesinado quizá sí o quizá no al padre de dos hijos.
Ella no lo sabía, pero te mostraba una luz al final del tunel. Ese mundo al otro lado del que hablaba John Lennon. El bosque que los árboles académico-católicos no te dejaron ver.
No confiabas demasiado, pero no podías evitar asirte a esa visión. Cuando ella reía. Cuando te preguntó qué habías hecho ese martes de verano, y contestaste:
–Peleas entre cadáveres.

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Destrucción Mutua Asegurada

1 – Naturaleza

Estaba en los veintitantos, recién instalada en un piso con otras dos chicas. Piso compartido e instalada no solo en ese piso, sino también en la edad que la gente considera ideal. Joven y rubia natural, y con un moreno no de los que empiezan a dar grima, sino que, al contrario, le confería una imagen de salud y belleza, como si el plan de la naturaleza fuese preñarla una y otra vez. Y lo era. Con esa delgadez relativa, donde las curvas también tienen cabida, donde la carne –y no solo los huesos y los tendones–, es lo que ves en mejillas, brazos y piernas, y donde tetas y culo están presentes de forma proporcionada y hasta desquiciante para según quién. Recién licenciada en algo aburrido con salidas sobre el papel, trabajando como florero recibidor en un empleo gris pero aceptable sobre el papel. Su camino profesional era engañoso, ya que en realidad era una persona creativa, ingeniosa, con talento, imprevisible, una persona que llevaba a cabo a su pesar tareas de autómata, como tantas otras, pero que luchaba (cada vez un poco menos, como dicta la norma) por no morir en vida.
Así que: especial por dentro y responsable –del modo que los demás querían– por fuera. Mágica y a la vez con proyectos «maduros» de marchitarse. Aún brillaba, pero la inercia habitual se encargaría de arrancarle el brillo. Casi seguro. No es algo que pasara siempre, pero casi siempre pasaba.
Y pasa.
Alguien dijo: “Es tan guapa que resulta machista”. Pero fue alguien con determinado sentido del humor.
Otro dijo: “Se apaga, se trata de atraparla antes de que decida tener hijos”.
No lo dijeron exactamente así.
Otro dijo, más o menos: “Se está rindiendo; cuando vea venir los treinta querrá pintar alguna habitación con alguien para un bebé”.
Lo cierto es que se estaba convirtiendo en lo que planeaban para ella, y no en lo que ella planeaba para ella. Tenía veinticuatro años. ¿Veintitrés? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que decidiese instalarse con un tío y comenzar a interpretar el papel de adulta? Estas cosas se las preguntaban muchas personas a su alrededor, algunos hasta notar su olor. Tuvo de vez en cuando algún novio, y hasta una relación de un par de años; nada que fuese a aguantar el envite promiscuo, aún bien visto en ciertas edades. Bien visto con comillas, siendo mujer. Estaba básicamente atrapada, meta-atrapada, en su cuerpo, por sus genitales, en su edad, la ignorancia de todo el mundo, la presión. Ella era fuerte, pero el entorno era injusto, arbitrario y cruel. Ella se estaba dando cuenta de que iba por el mismo camino que todos, y a la vez que no quería, y a la vez que no sabía cómo salirse de esa dinámica. Y a la vez que no se imaginaba –no por inercia, al menos– antes de los treinta con ningún “buen tío” en ningún piso mono, forjando una “relación sólida”, camino de una boda para complacer a padres y abuelos.
Camino del bebé de escaparate y las conversaciones prefabricadas.
Tenía miedo, se sentía agotada. Y encima su miedo no era nuevo, su agotamiento no era en absoluto original.
Como casi siempre suele pasar, era cuestión de tiempo que su espíritu cediera. Cuestión de tiempo que, para no tener que aguantar mierda recurrente del entorno, hiciese con su futuro no solo lo que hace la mayoría, sino cuando lo hace la mayoría y como lo hace la mayoría.
Se llamaba Patricia.

2 – Uno

Mientras los políticos discutían, los poetas cambiaban el mundo. Uno lo pensaba, pero no lo escribía. Uno tenía una trayectoria impecable según los criterios hipotéticos de una caja cuadrada de metal. Uno era perfecto en términos de proyección para una cuenta bancaria. Era ideal igual que es ideal un tornillo para la tuerca universal. Pero Uno, al contrario que Patricia, no sabía verse desde fuera. Había dejado de hacerlo desde muy pequeño, o bien nunca había aprendido a hacerlo. Porque Uno era aplicado. Uno nunca, jamás, ni de coña, hacía lo que llaman “perder el tiempo”. No ibas a encontrar a Uno paseando sin rumbo. No ibas a topar con Uno en ningún lugar en el que no esperaras topar con Uno. Si conocías los tránsitos de Uno, podías fingir un encontronazo con Uno cuando quisieras. Los pasos de Uno, o más bien las ruedas de su coche de segunda mano, nunca iban en una dirección que conllevara la más mínima incógnita. Uno actualizaba a menudo una lista de objetivos; los objetivos que los demás habían dictaminado tenía que tener.
Uno, elegante según la opinión de la moda predominante.
Uno, deprimido tras suspender su examen práctico de conducir.
Uno, enfadado cuando le felicitan por aprobar a la tercera.
Uno yendo a recoger su título universitario.
Uno enmarcando.
Uno masturbándose media hora después (ni un minuto menos) de que sus padres se hayan dormido.
Uno haciendo que se le ponga la piel de gallina a un entrevistador en las oficinas de cierta empresa.
Uno creciendo con Dos.
Uno viendo a Patricia cada día de clase. Cada día, su rectitud menguando momentáneamente, a veces durante minutos, flácida y la vez erecta.
Uno yendo al gimnasio para quitársela de la cabeza.
Corre más rápido, coge más peso, aumenta las repeticiones, más, más, más rápido, más tiempo, más duro, mamón.
Uno insultándose en silencio a sí mismo, algo que empezó a hacer a los once años (le quedaron dos para septiembre). Uno en la ducha, ahuyentando pensamientos, cierta clase de inquietud; cierta sensación, como si hubiera otros caminos y el propósito de esos otros caminos pudiera tener sentido; o incluso ser –horror– mejores que el que él, creía, había escogido.
Uno intentando despejar de su mirada el matiz oscuro.
Uno creyendo sólo en la luz y en la oscuridad, apartando abstracciones, procurando no mezclar. Excepto cuando se cuela algo imprevisto en su rumbo.
Mientras los políticos discutían,
los poetas cambiaban el mundo.

3 – Proceso de humillación

Recurrente en los años de crecimiento, le recorría ese sentimiento. Cuando no hacía algo o lo hacía mal, y caía la bronca de turno. O la amenaza de turno. No vas a ser Nadie. De pequeño sólo era el proyecto de Alguien, y si no hacía caso, si no seguía los pasos marcados, si buscaba algún tipo de camino alternativo… no sería nadie. Nada, o bien: un despojo. El futuro se reducía a ser alguien o a algo terrible, ser Nadie, o bien: un desgraciado. Cada tarea era una prueba más de sus supuestas intenciones, el resultado indicaba si iba a ser Alguien o no iba a ser Nadie. La nota indicaba si iba a ser Alguien o iba a ser un desgraciado. Ver la tele era ser un futuro desgraciado; jugando a la consola no iba a ser nadie; salir a jugar al fútbol o a ver a los amigos, era sin duda la ruta directa a hacia la nada. Hacia ser nada más que un desgraciado Don Nadie.
De modo que, agotado por este proceso, tomó una decisión. Seguiría la corriente. De pronto cumplía órdenes como un recluta infantil. De pronto los adultos le daban de vez en cuando una palmadita. No le decían que fuese a ser alguien, pero al menos no gritaban, no le amenazaban «por su bien». Así que hacía los deberes, llegaba a la hora, alcanzaba la nota, memorizaba, corría más rápido, dormía más por la noche, hablaba menos, jugaba mucho menos, madrugaba más, cedía, callaba, se mordía la lengua; ejercía el autoapagado, uno a uno, de todos los interruptores de carácter. Para bien, se decía. Aunque él simplemente se sentía, irónicamente, en zona de nadie.
En zona de nadie con casi todos los demás.
Casi nada le hacía prestar atención realmente, aceptó el aburrimiento como el estado natural, adoptó el tedio (y su doma) como permanente estado mental. Hacía algo supuestamente como tenía que hacerlo, y entonces lo único que obtenía a cambio era una no bronca, un no insulto, silencio vacío en lugar de amenazas; y de vez en cuando, algún comentario condescendiente sobre lo mucho que había cambiado, lo bien que se portaba ya, lo buen alumno que era, lo modosito, lo discreto, lo centrado.
El 1984 que todos llevamos dentro.
Centrado.
Esa era la palabra clave. Se había centrado. Bien centradito. Se había acabado la tontería. Ahora era responsable. Un siete, un ocho, un notable, un buen ejercicio, horas de ingerir datos para luego vomitarlos intactos. Nunca había un proceso de digestión, con nada; nada se quedaba en él. Ni una gota de jugos gástricos propios, sólo la sustancia requerida, tragada, y sonrisa, como una actriz porno profesional. Y en eso se estaba convirtiendo poco a poco, en un profesional. Tenía que ser un profesional, un soldado de asfalto, un soldado raso, en formación, impecable, alineado con los demás. Fingiendo el orgasmo. Qué orgullosos empezaban a estar sus padres; cada día era como una jura de bandera, y cada día se ponía a la cola con los demás reclutas, y la besaba, besaba el trapo, mientras sus progenitores sonreían satisfechos; qué tierno es Dosito, qué ideal, sacrificado, pulido, como debía ser. Ahora sí, ahora todo iba bien.

4 – Dos

Incluso lo que llaman adolescencia, hasta eso iba bien para Dos. Al menos sobre el papel. Literalmente sobre el papel. Con el tiempo, sus notas le darían acceso a la carrera que le apeteciera; excepto que no tenía puta idea de cuál prefería, ¿por qué sería? … Pero Dos sí sabía verse desde fuera. Era muy consciente de lo que había hecho desde muy crío. Básicamente asentir, no rechistar, y en cierta medida, competir, aunque sólo fuese consigo mismo. Jugar a batir su propia marca. La sustancia del camino hacia ese objetivo, quedaba atrás. Lo que él pensaba que sucedía, es que era demasiado responsable como para imaginarse con nada parecido a una vocación. Sabía que lo único a lo que le habían enseñado bien, era a cumplir órdenes. Y no podía fingir de repente que tenía pensamiento crítico, le aterraba la idea de que sus padres o profesores pensaran otra vez que se estaba desmandando. Igual que de crío, igual que antes de los diez años, cuando, en la versión oficial, sólo era un trasto, un niño egoísta e irresponsable, que tenía constantemente preocupados a «los que le querían».
No podía de repente fingir que tenía pensamiento crítico, porque había pasado años fingiendo que no lo tenía. Por dentro seguía el niño de diez años. Lo que proyectaba hacia fuera era todo lo contrario al logo de Batman.
Por fuera era un guión, y la improvisación no estaba bien vista.
Patricia era, también para él, una especie de incordio. Su aspecto, su magnetismo, la forma de moverse, sonreír, ruborizarse, dudar, ajustarse la ropa, acomodarse el pelo… Toda ella era algo demasiado orgánico, demasiado poderoso y a la vez aparentemente vulnerable. Dos pensó que ver a una chica así, para un chico de ciudad, era la única forma de ser consciente del entorno. De que la vida no era exactamente asfalto, habitáculos, carpetas físicas o virtuales, máquinas, o una sola idea sobre el tiempo o la dignidad. Ver a Patricia te desmontaba todos los patrones reduccionistas, dinamitaba esa idea sobre el Control. Lo cual era precioso, pero también aterrador, algo que no podías manejar, que exigía de ti todo eso de lo que intentabas despojarte para gustar a los adultos: reflexión, dudas, ensayo/error, error, error, ensayo, largos periodos absorto, intentando ver dentro de uno mismo.
Era una situación horrible, porque quería algo con ella, pero a la vez, en cierto modo era deprimente imaginarse con ella, adaptándose ambos a ese mundo interesadamente engañoso, sintético, un proceso en que él vería cómo esa porción de naturaleza, muy probablemente, se quemaría. Ella era el bosque y la vida recomendada el incendio de agosto. Pronto sería siempre agosto; o al menos ese era el plan que tenían para ellos. Para el bosque. Es apropiado para la metáfora que agosto se asocie a vacaciones. Se imaginaba como todas las demás parejas a largo plazo, planeando vacaciones, dando por sentado que lo demás no tiene apenas sentido, perdiendo cada uno su individualidad amante, su oportunidad de VIVIR, perdiéndolo todo en la apatía del otro.

5 – Belleza

belleza

nombre femenino

  1. 1.

    Cualidad de una persona, animal o cosa capaz de provocar en quien los contempla o los escucha un placer sensorial, intelectual o espiritual.

Fue en el instituto (católico), y luego también en la universidad. Y después seguiría.
Uno, Dos y Patricia. Para uno y Dos, tener que presenciar el crecimiento de Patricia en un entorno de lecciones cerradas y exámenes –y con las gilipolleces propias de esa fase vital–, era inquietante, farragoso, era una auténtica jodienda. Era como ver un oasis en el desierto dentro de un sueño de mescalina. Demasiado palpable y a la vez irreal. Una isla verde y magnética, pequeña, con una cascada y gente desnuda fornicando, al estilo más guarro de Biblia de páginas pegadas. Todo en medio del páramo académico.
Todo se mezclaba con Ella en medio. La Santísima Trinidad era un trío, La Última Cena una orgía, un bukake sobre la presente María Magdalena.
Tuvo el típico novio de cada etapa. Primero uno en el instituto, luego otro en la universidad. En el colegio había tenido niños-novio, por supuesto, esos mocosos que llegaron demasiado pronto para poder tener sexo. Uno los llamaba tontos-facebook, tipos que buscaban a su niña-novia de mayores en facebook, que se la machacaban con sus fotos, maldiciendo por haberla conocido con doce años. Con que hubiese sido con quince podría haber bastado. Pajas a escondidas aprovechando quizá que el bebé se ha dormido y mamá no está en casa. Dirán lo que quieran, pero si hay algo que hace que las personas se mojen a veces, es lo que podría haber sido y no fue.
Había muchas clases de masoquismo. El novio del instituto era el meta-cliché habitual; la chica que conoce al chico duro, y se lían; sin que ambos sepan el cromo repetido que resultan desde fuera. Ese capullo cuya única “prueba” de su rebeldía era un tatuaje en el cuello, algo que siempre parecía una mancha si no tenías unos prismáticos a mano. Se la folló; ni seis meses juntos, y luego llegaron el resto de clichés, llorar ella, fingir dureza él, complacerse sonando muy adultos hablando de sus ex, liarse una vez más y cortar antes de la universidad. No siempre era así, pero muchas veces era así.
Uno y Dos tuvieron sus escarcéos, pero nada de follar en el instituto. Querer a Patricia era una rutina más, una dura rutina, aunque paliaba el dolor el hecho de que siempre estuviera ocupada. Estaba monopolizada por el grupito guay de turno. No era como ellos, pero era demasiado espectacular como para que los guays no la quisieran para sí, y ella se sentía demasiado halagada como para preguntarse si no estaba haciendo amistad con los más estúpidos de la zona.
La universidad era otra historia, pero no mejor o más esclarecedora que la anterior. Los tres embarcados en algo que supuestamente era lo mejor para ellos, haciendo muchos esfuerzos por creérselo, perdidos, ahogando de vez en cuando esa perdición en salidas, noches largas, hacer el capullo, perder el control según los criterios los papás o la policía. No era así; era más bien soñar con perder el Control al que estaban sometidos. No se trataba del autocontrol, sino de que ese autocontrol lo habían diseñado las instituciones. Era esa pieza de fábrica que conseguían instalar en casi todas las personas. La pieza en sí –ese alma sintética que se comía la tuya a bocados– era compleja y tremendamente eficaz, mucho más que los barrotes o los campos de concentración.
Te tenían paseando por la montaña o bañándote en la playa, y aun así pensando en ti mismo como esa persona responsable que tenía que volver a dar el callo en pocos días. Para otros.
Había costado muchas horas introducirte el alma institucional. Años. Pero si logras que todo el mundo se apiñe cada día en los mismos lugares, tenga las mismas preocupaciones y obedezca las mismas órdenes, ya tienes mucho ganado.
Eso y poco más que eso, parece haber sido la Educación hasta ahora.
Así retorcieron el sentido de la Belleza de las personas.

6 – Se acelera

Había otras chicas, sólo imitaciones, y los años pasaban cada vez un poco más rápido. Entrevistas absurdas de trabajo, contratos basura edificantes sobre el papel, reponiéndole a alguien la estantería, cargándole a alguien las cajas, atendiéndole los clientes. Era todo puro aprendizaje para Uno y Dos. No estaba claro qué estaban aprendiendo, pero si le hacías la pregunta a alguien al azar, lo más seguro es que te contestara que eso que hacían era aprender a vivir. La carrera que te prometía acceso a algún curro de alto perfil tedioso del que fardar tenedor en mano, te daba al final la oportunidad de aprender las claves para ser un buen reponedor. No tenía nada de malo ser reponedor, excepto que otra generación había vendido su alma a cambio de no sabían qué. Peor sería cuando Dos comenzara a currar en ciertas oficinas, cuando echara de menos rápidamente su curro de mozo de almacén.
Uno reponía en una tienda, Dos aprendió a manejar una carretilla. Lo importante si preguntabas más, era que ya estaban cotizando. A veces te lo decían como si todo el sentido de la vida se redujera a la jubilación, o incluso a ir al Cielo. ¿Cuántos años cotizados hacían falta para beberse un chupito con San Pedro? Pero en serio, ¿cuánto había que cotizar a la Seguridad Social para que no te comieran las llamas del Infierno?
¿Con cuántas horas extra se aseguraba uno la Enternidad apoltronado y abanicado mientras le acercaban a la boca racimos de uvas?
Patricia estaba en el mostrador de cierta empresa, recibiendo a quien entrara por las puertas de cristal. Tampoco era un curro a la altura de sus estudios, pero era demasiado guapa para que nadie hiciese volar su imaginación (aunque sólo fuese unos segundos) y la metiese en nómina. Su currículum era importante sólo según quién lo leyera (o fingiera leerlo). De modo que sonreía y aguantaba a todo tipo de babosos, asquerosos que conformaban pequeñas patrullas de negocios camino a alguno de los ascensores del vestíbulo. Paternalismo en caras que reían como dibujos animados, y a veces mera condescendencia con un halo evidente de superioridad. Cada vez que uno de esos tíos entraba, la imagen residual era Patricia sentada en sus rodillas. Era hasta donde llegaba la escena porno en la vida real. Pero su trabajo era justo ése, que la primera cosa que viera la gente al entrar fuese algo agradable que les saludara de forma agradable e informara agradablemente. No era una teoría, se lo habían dicho el primer día, mientras la familiarizaban con su ordenador para consultas.
Un día entró por las puertas de cristal Dos, dispuesto a comenzar a currar para poco después a echar de menos el almacén. Era su primer día y tuvo que informar en el mostrador, y tuvo que respirar hondo y fingir una sonrisa cómoda al ver a Patricia allí. Era una situación sin duda desagradable. No había forma de apaciguar la tensión; al menos para él. Se saludaron y se pusieron al día, cosa relativamente fácil dada la naturaleza del encuentro. Patricia hizo una llamada y le dijo a qué piso tenía que ir y por quién tenía que preguntar. A Dos le habían entrevistado en un edificio cercano hacía una semana; le habían llamado hacía dos días y le habían dicho que cuándo quería empezar.
Para Patricia él era poco más que un chico recurrente en su órbita, tímido, discreto, contenido en cierta forma; un chico del instituto, de la universidad, que iba siempre con aquel otro… Uno, pensó que se llamaba. Uno y Dos. Iban siempre juntos, o al menos eso se decidió.
Dos latía con casi todo el cuerpo ya subiendo con el ascensor. No podía digerir aquello fácilmente. No hacía tanto que había perdido el contacto (visual) con Patricia, un par de años o menos. Dos años y una novia fallida después, allí estaba ella. En teoría él estaba en un buen momento, había conseguido un trabajo de los que llaman respetable, tenía salud, mucho tiempo por delante y… Bueno, por lo demás se sentía igual de perdido o estafado por la vida, teniendo en cuenta que la misma le recompensaba su esfuerzo con nada más que dinero. Poco. No había ningún placer ni aprendizaje a un nivel estrictamente personal en su trayectoria; todo había sido una carrera de obstáculos en la que su producción se destinaba –en esencia– a las élites. Una y otra vez. Le daban para vestirse y alimentarse, para un techo, lo justo para que pudiera seguir produciendo.
Estaba fenomenal según los criterios de un niño del cuerno de África. Aunque ese niño no tuviese más datos, los pormenores, como si dijéramos, la historia completa que a él le mantenía desnutrido allí… abonando más campo en el que sólo crecerían otros edificios de cristal.

7 – Dos y Patricia

Por más que suene extraño, en ese periodo Patricia no salía con nadie. Sólo compartía piso con otras dos chicas y decía estar centrada en otras cosas. En el curro, en sí misma, en las facturas, en buscar otros curros. Eso decía; de lo que Dos interpretaba que ella se sentía más o menos como él. Un almacén o un edificio de cristal, poco importaba, se trataba de dónde estabas tú, qué había sido de ti, ¿sería factible aún intentar rescatarte?
Rescatarse a uno mismo no suena fácil, suena a comecocos. Pero salir con Patricia no parecía un mal primer paso. Comenzó de forma natural, él se ofrecía a acompañarla aquí o allá, y al paso de los días no estaba fuera de tono tomar algo juntos, hablar más de la cuenta, mirarse por encima de lo normal, y luego tocarse.
Cuando Dos despertó en la habitación de ella la primera vez, primero se sentía perdido, y luego estupefacto. Oía ruidos de las compañeras de piso. Resopló; tendría que hacer el papel de ligue, o quizá presentarse, o puede que esperar a que Patricia le presentara. O puede que, si esperaba el tiempo suficiente, ellas se largarían. Lo cual no tenía por qué pasar, ya que era sábado. Patricia dormía aún. Dos aún tenía el chip de los madrugones, de cuando curraba en el almacén. Sólo llevaba un mes en el edificio de cristal. Ahora se levantaba a las ocho, antes a las cuatro y media. La diferencia sustancial, la única, era que antes pringaba de lunes a sábado, y ahora tenía los fines de semana enteros.
Seguía pensando en la posibilidad de estar matando un mito. El bosque ardiendo (Patricia), con él dentro, sin escapatoria. No quería ponerse a saltar de rama en rama, no quería pasar por divorcios, matrimonios, hijos desperdigados, ese tipo de vida intensa en el que un día no recuerdas el nombre de tus nietos. Lo contrario a la soledad. Prefería mil veces la soledad, aunque sólo fuese relativa; no todo el mundo estaba hecho para una vida social y familiar ruidosa y constante. Sentirse solo, como tanto se dice ya, no tiene que ver con la soledad, ni con tener o no gente al lado; tiene que ver con sentirse como el culo, desubicado, vacío. Dos se sentía solo en las bodas, en las comuniones, en ciertas cenas; los cumpleaños, los cumpleaños eran un pozo sin fondo, oscuridad en caída libre para él, especialmente lo suyos. Dos estaba convencido de que las festividades al uso, las reuniones habituales, raramente daban pie a esa especie de felicidad y comunión grupal de valor incalculable, estabilizador y que había que aprender a valorar sí o sí. En realidad todo eso era casi siempre limosna, alcohol, dosis extenuantes de negación. En ese momento no necesariamente estabas satisfecho, aunque vendieras y te vendieran eso, sino que la vida te ganaba a los puntos. Te quedabas sentado, apaleado, reposando en tu rincón del cuadrilatero. Como mínimo, estabas vivo: la última esperanza, y la de siempre.
Era un miedo clásico a la familia nuclear, a incurrir en sus hipocresías, limitaciones y cerrazones. Ese mundo creado por el hombre blanco heterosexual. Ese mundo en el que el sacrifico era la única respuesta y la religión el opio hasta de los ateos. El mundo en el que el placer era sospechoso por defecto. En el que todos se quejaban de lo mismo a lo que estaban agradecidos. Ese masoquismo a escala nacional, internacional. El mundo diurno, en el que levantarse temprano estaba bien visto aunque hubieses dormido once horas, y despertar a mediodía era ser un vago aunque no hubieses dormido más de seis. El mundo de los que “aprovechaban el día”, de los que desconfiaban de cualquier cosa que no fuese distintos grados de puteo y sufrimiento. El mundo que sólo funcionaba con horario de oficina. Ese mundo en el que tenías que dejarte a ti mismo para el tiempo libre.
El mundo que Dos no se veía capaz de sortear con Patricia.
Si se era sincero, no sabía si podría salvarla, rescatarla, o si ella podría salvarle a él, y redimirse juntos.

8 – Calma

Pero al principio el desgaste brilla por su ausencia. Al principio es bueno no cerrarse, no mostrarse distante o altivo. Los amigos de ella, nuevos lugares, nuevas salas de estar, camas con otros olores, otros perfumes, recibidores con el aroma de otras familias.
De repente el cumpleaños de un desconocido. Ella te presenta a su amiga de toda la vida. Espera que os llevéis bien pero no demasiado. El cine con ella, las cenas con ella, esperar a que salga de detrás del mostrador para poder besarla y salir a la calle. Pasear y procurar que todo siga como está. El sexo, el no hablar de determinados temas.
La calma.
Dos se fue a vivir a un piso, solo. Llevaba poco tiempo con Patricia, de modo que hubo un acuerdo silencioso: estaba bien así. Las compañeras de piso de ella eran meras figurantes; cada una tenía su círculo social y ninguna se entrometía en los asuntos de las otras.
El piso de Dos era minúsculo. No le hacía gracia tener que compartir piso con nadie. Prefería tener una habitación y vecinos que una habitación y desconocidos tras la primera puerta.
Y luego en algún momento tendría que presentarle a Uno. O más bien hacer que Uno fuera para ella alguien más que otro compañero de clase del pasado de los que solo hacían bulto.
Hacer como si Uno no hubiese estado enamorado de ella igual que Dos. Desde siempre.
Y Dos no le había contado a Uno que estaba saliendo con (¡oh, joder!) Patricia. Su Patricia, la de ambos, que ahora sólo era de uno según la poderosas inercias culturales: la monogamia, el compromiso, la fidelidad carnal. Ni Uno ni Dos creían en las relaciones abiertas; ni siquiera pensaban en cosas así. Uno y Dos no habían sido educados sólo para cumplir órdenes, sino también para creer que su cultura era la única lógica, la única con posibilidades de prosperar.
Pero claro, quién podía culparles.
Cualquiera es un prisionero de su época, en mayor o menor grado.
La calma llegaba a su fin.

9 – Deshacerse

Lo que Uno sabía es que Dos había comenzado a salir con alguien, pero no sabía nada más. Uno había cortado una relación horrible con una chica que parecía quererle por el método de odiarle y usarle para cualquier propósito que se le antojase.
Se sentía como si se hubiese librado de una joroba, una hernia, o hasta piedras en el riñón. No es que se sintiera feliz, pero como mínimo se sentía descansado.
Dos le había llamado para quedar con él; para presentarle a su pareja, en realidad. Lo que Dos quería hacer, el efecto que quería provocar, era parecido a cuando quieres depilarte con cera y alguien va a pegar el tirón. Doloroso pero corto. Lo que Dos pensaba, es que si le hubiera dicho ya a su colega que su novia era Patricia, eso sólo hubiese causado un trauma a Uno antes del primer encuentro. Puede que incluso Uno le hubiese evitado, le hubiese puesto excusas para aplazar la fecha. Ya con casi tres meses de relación con ella, y pegando fuerte ese tirón, Dos pensó que Uno no se libraría de sufrir, pero al menos pasaría por un proceso de aceptación menos aparatoso.
El disgusto sobrevenido.
Como cuando estás en un lugar público y te encuentras con alguien a quien no quieres ver, pero al que te ves obligado a saludar. Con el que te ves obligado a mostrarte amable.
En realidad, pensaba Dos, sería la forma ideal de afrontar los baches de la vida. Que alguien te lo dijese el mismo día que tienes que afrontarlo. Que te lo encontraras de sopetón. No hay nada peor que saber con meses de antelación que vas a tener que hacer algo que te resulta desagradable, contra tu voluntad, ya sea o no por tu bien. Es posible que la mayoría de las cosas que te beneficia hacer, sean en esencia un mal trago.
Las cosas que estás haciendo antes de morir. Esas cosas que –casi seguro– no te van a llevar a ningún Paraíso post-mortem.
El día en cuestión, Dos y Patricia ya esperaban en cierta cafetería. Habían llegado un poco antes de la hora estipulada. Patricia, obviamente, no era consciente de lo que pasaba; para ella era un encuentro sencillo entre amigos. Con la mayoría de cosas que pueden destrozar el corazón de una persona, alrededor nada se inmuta, todo sigue igual, no se para el tráfico, podría haber alguien sonriendo a dos palmos. Todo sigue su curso; el “que te jodan” habitual.
Cuando Uno llegó, entró y buscó con la mirada a su colega.
Aun sabiendo que ya les había visto, Dos levantó el brazo: justo ahí comenzaba la representación; llevaba por título: No pasa nada.
Es una representación recurrente, la clase de cosas que la gente hace para no discutir, gritar o matar a nadie.
Todo se desarrolló de tal forma que todo pareciera normal (o incluso aburrido) visto desde fuera. Hablaron del instituto y la universidad, de compañeros de aquellos tiempos. Hablaron de cosas que habían pasado hacía apenas un lustro como si fuesen ancianos hablando de una guerra. Verborrea para mitigar, en el caso de Dos, la tensión; y en el caso de Patricia, la leve incomodidad de tratar con alguien nuevo. Y Uno, Uno sonreía mientras el rubor de su cara y el caos de su mirada, sus gestos y sus asentimientos, procuraban interpretar el papel del alguien que no se deshacía.

10 – Proceso de Uno

Uno se deshacía como Amelie en la peli. Todo sonrisas raras y aceptación fingida y piloto automático, mientras se moría por dentro. Era como si no viniese a cuento estar tan herido, pero lo estaba. Había pasado bastante tiempo desde que viera de forma regular a Patricia, pero todo había vuelto a él como la bola de Indiana Jones; y corría, tragando telarañas, y la carrera no se acababa. La puta carrera. La vida era una carrera detrás de otra; a cual más inútil o dolorosa; y en todas tenías que fingir que estabas estupendamente. Pues ni de coña pensaba hacer cosas con ellos, se dijo; no iba a ir al cine con ellos, no se iba a sentar con ellos día sí día no en terracitas; no iba a compartir, a mediar, a hacer bromas temáticas, no iba emparejarse con la primera que se dejara para hacer salidas de parejitas. No se iba a ir de vacaciones con ellos, no iba a superarlo sin más, coño, claro que no. No le veía la puñetera madurez a eso: a mentir. Se sentía mal, y pensaba seguir así hasta que el dolor menguara, hasta que menguara de verdad. No se iba a estirar los carrillos para ellos, para sonreír como un payaso; no se iba a hacer pasar por alguien que cree que es sano hacer chistes sutiles sobre la situación. No le iba a dar el gusto a Dos de pensar que todo le parecía bien y nada iba mal y todo era aceptable y estaba en su sitio. NADA estaba en su sitio. ELLA estaba con su colega de toda la vida: TODO estaba mal, TODO. Se había liado con ella a sus espaldas, sin dudar, sin hablarlo, sin comentarle NADA. Simplemente le echó la mierda encima, de forma presencial, para no dejarle reaccionar, para que no pudiera elegir más que la mueca falsa de aceptación y la sumisión de quien está siendo emocionalmente violado. Hijo de puta, pensó Uno de Dos. Hay que ser hijo de puta.
Era la forma que tenía a veces la gente que se creía «adulta» de echarte el muerto. Hacían las cosas de tal forma que la reacción natural ajena pareciera la de un niñato. No podías enfadarte, pensó Uno, o ellos ganaban. No podías dejar que tu enfado fuera evidente. No podías hacer comentarios amargos.
Era fácil llevar ese rollo compasivo que llevaba ahora Dos, era fácil con nuevo curro “guay” y follando con la líder de las animadoras. No es que hubiese animadoras en el instituto. Pero para Uno era así; él no tenía nada que hacer. Él sobraba.
De modo que empezó a aceptarlo. Su furia.
A la mierda las “relaciones sanas”. Romper con tu colega por una chica podía ser un cliché, pero además era un motivo de sobras comprensible.
Pensaba en ciertas cosas antes de dormir.
Matarlos a ambos.
Torturarlos a ambos.
Podía conciliar el sueño con una sonrisa auténtica: la felicidad del demiurgo, puede que la más natural.
Puede que torturarla a ella delante de él, y decir mientras tanto: “Esto has conseguido, Dos, esto has conseguido”.
O simplemente joderles los frenos del coche (¿cómo se hacía eso?). Joderles los frenos y esperar a ver qué pasaba.
O podía intentar que ella cambiara de… bando. Quitarle la novia a un colega también era un cliché, pero seguro que Dios lo perdona si la quieres de verdad. Dios se descojona.
Después del día fatídico, no hizo ningún movimiento, no contactó más con Dos, no hubo mensajes ni relación de ningún tipo, ya fuera digital o presencial. Pero cuando se acercaba el nuevo fin de semana, Uno sabía que Dos contactaría; Dos querría ir de amiguito. Dos se pensaba que sus actos no conllevarían consecuencias. Quería pensarlo. Puedo follarme a quien quiera sin que eso afecte a nadie. Puedo ser feliz sin hacer infeliz a nadie. La gente a la que le va bien ve enseguida arco iris por todas partes, enseguida se olvida de la riada. No ven motivos para la preocupación. Uno no iba a intentar imaginar que en realidad Dos y ella no estaban bien, o que eran una pareja de conveniencia como tantas otras; por estatus, por cierta imagen a proyectar, por unir fuerzas, por el dinero, por el pisito, por el futuro, etc. Era verdad que muchas parejas no habían nacido tanto por motivos sentimentales como por miedo a la vida; un miedo individual e irrefrenable a la vida, a quedarse solos, a fracasar solos.
Hasta cierto punto, la mayoría de gente fracasaba, dedicaban la mayor parte de sus vidas a tareas tediosas; por un motivo u otro, y seguramente más forzados que por opción propia, la mayoría de personas perdían casi toda su vida haciendo cosas como acusar a los que no la perdían de perder el tiempo. Ser un fracasado es duro, pero serlo con más gente, serlo con otra persona, en la intimidad, fingir juntos que la vida es así y sólo así y que no puede ser de otra manera, o que al menos intentar que lo sea es irresponsable, en fin, quizá no sea un gran consuelo, pero es el más popular. Y es evidente que funciona.
En este caso Uno no quería verlo de esa manera. No sabía por qué Patricia estaba con Dos, pero sí conocía los motivos de él; sentimentales, carnales, años y años de acumulación, de anhelo y deseo, de salpicaduras incontrolables.
Era absurdo intentar leer falsedad en lo que estaba pasando. Él estaba encantado, y ella le había descubierto a él; y teniendo en cuenta la cantidad de gilipollas con los que se había relacionado, estar con Dos debía ser toda una nueva experiencia.
Maldita sea.

11 – Proceso de Dos

Dos sabía que el encuentro sólo había ido bien sobre el papel, en la versión oficial, la “institucional”, la que casi siempre es falsa o incompleta. Porque los sentimientos no salieron a relucir. Uno fingió, interpretó la escena que Dos esperaba; Uno bailó para Dos, la coreografía de Dos, escupió las líneas que Dos había imaginado o casi escrito. Palabra por palabra. Pero Dos sabía que Uno ahora estaba patas arriba. Daba igual cómo de tranquilo quisiera imaginarle. No le había enviado apenas mensajes, pero, pasadas tres semanas, los pocos enviados habían quedado huérfanos.
Uno había hecho eso –salirse de sí mismo sin saber verse desde fuera– toda su vida; pero Dos temía que estuviese a punto de explotar. Esta vez había un elemento desestabilizador. Natural. Algo que no podía encerrar en resultados académicos, tiempos estipulados, una cronología o una lista de objetivos. Esta vez Uno estaba comiéndose la mierda que nadie le había enseñado a digerir. El poder de negación de Uno –como sabían Dos o Patricia, que habían alimentado el mismo–, no daba para salvar cualquier obstáculo. No daba tampoco, obviamente, para salvar aquellos obstáculos que habían sido creados por instituciones e intereses globales. Al mundo le importaba un carajo lo que sentías; y eso no se relacionaba solo con tu vocación potencial o crecimiento, sino también con lo irracional. De hecho con lo que más se relacionaba era con eso. Eso sencillamente era una guerra personal, algo que requería algún tipo de negación al cubo. Esto generalmente se lograba ritualizando cada paso. Boda, hijos, nietos… (¿Se buscaría Uno una novia definitiva de emergencia?). Si lo que hacías en términos sentimentales parecía importante, lo era. Simplemente no cabía discusión al respecto. Un bebé no era discutible, una casa aún menos, ese futuro, una hipoteca… Todos esos elementos jugaban eficazmente a favor de esa negación de apuesta doble. La nómina, las facturas, la luz, el agua corriente… Era, como siempre, el muro de dinero y practicidad (sobre todo practicidad) construido al paso de la Sagrada Familia, que lograba que los sentimientos de la persona quedaran al otro lado; primero relegados, y luego, con la edad, prácticamente extintos, un recuerdo, una ilusión, una bobada de juventud.
Parecía la forma más recurrente de salir del paso; aunque el paso fuese Tu Vida.
Para cuando te quisieses dar cuenta, pensaba Dos, tendrías que evitar pensar en qué justo momento, aunque sólo fuese simbólico, se comenzó a joder todo. En qué momento te percataste (en el fondo) de que te querían joder y lo habían logrado. En qué momento no solo lo supiste, sino que además continuaste bailándoles el agua, demasiado aturdido para hacer otra cosa, demasiado Bien Educado para hacer locuras como intentar empezar a vivir una vida propia.
El momento para Uno, esa chispa terrible de autoconciencia, se estaba dando en ese justo instante para él. Esos días. Más pronto de lo habitual. Una persona que no tenía (ni de lejos) las herramientas para lidiar con todo aquello. Dos lo sabía, porque él tampoco las tenía. No se le ocurría peor putada que haber tenido que soportar que Uno tuviera algo con Patricia. Patricia era importante, pero había sido reducida a un juego, una fantasía, algo que Uno y Dos tenían en común; algo que, para que funcionase, jamás ninguno de los dos tendría que haber, digamos, accedido a ello. La gente habla abiertamente, incluso delante de sus parejas, de la belleza de Scarlett Johansson o Tom Hardy; hablan de ello como la clase de cosas a las que no se tienen acceso, por las que no ha lugar que nadie se enfade, tenga celos o se lo tome en serio. Para Uno, era como si Dos se estuviera beneficiando a Scarlett. ¿De qué coño iba eso? ¿A qué coño venía? ¡Sólo se trataba de compartir una fantasía! Se trataba de un chiste recurrente, una broma de largo recorrido. Sí, puede que esa broma no estuviese carente de una estima y admiración reales, pero joder, ¿de que qué coño vas, Dos?, se decía Dos a sí mismo, intentando ponerse en la piel de Uno.
No siempre era posible la empatía. Sobre todo cuando eras tú el que estaba follando con Scarlett en su mansión de Los Ángeles. Cuando estabas en el bando adecuado, oye, qué queréis que os diga si sois un poco cortitos; hay muchos peces en el mar. No hay cosa peor que aferrarse.
Cuando no eres tú a quien le tocó ser el número dos llamándote Uno, es fácil ponerse Coelhista y decir memeces paseando por Venice Beach.

12 – Carta de Uno

La mayoría de vosotros y vosotras no os habéis fijado. Y no digo que no sepáis que exista o que no lo hayáis visto. Digo que no os habéis fijado, no os habéis tomado un momento. No os habéis detenido. No os habéis fijado en cómo avanzan vuestros pies, en el sol abrasador del que os quejáis, en su belleza. No os habéis parado a escuchar el zumbido de las torres eléctricas. No habéis respirado (a la vez que conteníais el aliento) el aire que agitaba la hierba alta. No os habéis fijado en lo que se acumula en las copas de los árboles, en los quicios de las ventanas de los bajos, en el olor cambiante que anuncia tormentas. En la mugre y el desgaste del paso del tiempo, en la erosión. No habéis saboreado a un palmo de vuestra nariz el parpadeo de la luz, caminando ante la reja del patio de un almacén a las cinco de la tarde. La mirada perdida, o encontrada por primera vez. Nos os habéis parado a pensar (dejando la mente en blanco), no os habéis fijado en los detalles, alguno hasta oficialmente respetado, como el de estar vivo.
No os habéis sentido reales sobre la tierra que pisabais. No habéis vivido en el sol filtrándose entre las ramas y la hojas; no habéis oído la televisión de casas ajenas mientras sentíais que os faltaba el aire en verano en la calle; sabiendo que eras feliz cuando volvías a llenar los pulmones.
No habéis sido Asia o África, hayáis estado o no en esos lugares.
No os habéis tomado un baño de sol en medio de polígonos industriales; observando la quietud del abandono en agosto, los desperdicios rodando, minúsculos, la vía calentándose, la carretera, el espacio abierto, el sonido del avión comercial a lo lejos.
No hablo de nada concreto, no describo la antesala de nada, ni el contexto.
Estoy en el meollo.
No os habéis fijado en el rincón, el pliegue, la esquina, la rama, la piedra abandonada, la pared del montón, y a los lejos, las colinas, las montañas.
No hablo tampoco de religión. Es irrelevante si esto suena a poesía. Son hechos, y son hechos reales.
No os habéis fijado a cuánta distancia se puede llegar a ver la agitación de un árbol en un día ventoso. No os habéis bajado del coche, del burro, no habéis salido de vosotros mismos para descubriros secuestrados por otros, maniatados y en una habitación oscura. Al margen de la existencia, de vuestro potencial. Atados a las excursiones programadas, en las que ves cosas, en las que descubres que existen, pero también cuando aprendes a no fijarte en nada.
No os habéis fijado. Sólo habéis imaginado quién lloraría en vuestro funeral.
No os habéis fijado, porque sé que no sabéis de qué coño hablo.
Yo acabo de darme cuenta. Acabo de fijarme últimamente en todas esas cosas, y en muchas otras. Acabo de intuir la inmensidad, algo que hasta ahora sólo lograba atisbar al ver pasar a determinada persona. Esa persona era lo único en lo que me había fijado hasta ahora en toda mi vida.
Tras el placer del descubrimiento, me he sentido atrapado, aterrorizado ante la maquinaria que tan difícil es de intuir (o más bien, de aceptar). Estoy seguro de que muchas personas no se atreven ni a hablar sobre ello. Ni tan siquiera saben cómo. La propia maquinaria les amordaza.
Si esa maquinaria es autoconsciente o no (de su enfermedad), es también irrelevante, porque, como sea, se retroalimenta sin cesar; no hay visos de cambio profundo.
Ahora soy consciente de que salirse de ese camino (COMO SEA) no solo es lo mejor, sino también lo único. Ya no quiero estar en él, y, a estas alturas, no conozco más que una salida.
Por lo menos, ahora sé de la belleza en todo su potencial. Por desgracia, también veo muy bien los engranajes que me la niegan. Y que la mayoría de vosotros y vosotras, malditos seáis, creéis ciegamente en ellos.

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Río

No creo. Sólo en el morbo que me dan algunas católicas. La última vez que toqué un volante fue aprobando el examen de conducir. A la tercera. Hace algunos años. No llevo estrictamente la cuenta de nada. No le veo el qué. Todo me erosiona, desde una relación hasta una buena serie. Y de hecho me gustaría perder la cuenta de mi edad, me gustaría que los demás tampoco condujesen, me gustaría tener algo tórrido con una «buena chica». Me gustaría rodar con la fuerza de la corriente, asomar de vez en cuando a la superficie, rebotar y sembrar cáñamo en las autopistas. Y una relación también puede ser de amistad, puede ser familiar, puede no ser tu prejuicio. Cada concepto con su prejuicio. Intentar liberarte de eso. Hay cosas difíciles, cosas casi imposibles, y luego están los prejuicios, superarlos. Y qué buen aprendizaje para los prejuicios, la senda habitual es la escuela más efectiva. Y no le pongas camisetas de fútbol a tu bebé, no le envuelvas en banderas, si una cosa sobra es los clones. Y nadie te podía cortar los huevos. Para que no procrearas. No eres el dueño, eres el responsable. Nadie necesita ser como tú, necesitan ser como ellos. Y qué difícil es rodar, qué jodido es avanzar, qué gilipollas eres. Años me ha costado empezar a dejar de ser como tú, e intentar empezar a ser como yo. No soy un modelo de conducta, pero tú tampoco has de serlo. Me da igual que madrugues, que te puteen, que estés amargado, que la vida te esté poniendo el culo fino. Yo también sufro, y aun así me equivoco, y aun así mi rabia es muchas veces estéril, y aun así intento aprender a desaprender que la dignidad la da el sufrimiento. Haremos un trato, me cortaré los testículos si tú te cortas los tuyos; casi sería capaz de caparme para que tú no tengas hijos. Dirás que qué sé yo de ti, pero eres un cromo repetido, te vi en el colegio, en todos los curros, en los bares, igual de capullo, con distintas caras, pero siempre tú, repartiendo tu simiente, encontrando a quien te aguantara, a quien te pagara, a quien te subvencionara la mezquindad. Tu hernia no me importa, la mía se levanta conmigo también cada mañana. Tus horarios me la sudan, no lees porque no quieres. Tus insultos no engañan, sólo escupes bilis para no tener que suicidarte. Me da igual tu moreno de paleta, no te exime de hacer daño. Me da igual tu oficina, tu traje, el orgullo de tus padres, nada te impide comportarte como un cabrón, y lo haces. Me da igual si tienes coño o te cuelga la polla como un péndulo, ninguna chapa te libra de ser víctima de un lavado de cerebro. Me da igual que grites que eres bueno, estoy harto de tus colores de mierda, harto de tu mensaje cerrado, de tu discurso déjà vu basado en un vistazo por el ojo de una cerradura. Me da igual que hayas decidido actuar por adhesión, porque es tu opción, pero no me toques los cojones, no me monopolices el coño.
Hasta que no entiendas que puedo amarte sin recordar tu cumpleaños, hasta que no comprendas que las matemáticas son una forma de creatividad, y no de encarcelamiento… ¿Y cómo nos vamos a poner de acuerdo? ¿Cómo bajo previsibles banderas en lugar de con sanas individualidades? Ya tengo mi filtro personal inevitable de prejuicios, y me piden que añada otros. Que me etiquete, aún más. Como si no hubiera tenido bastante de esa basura en aulas y sistemas jerárquicos. Como si no me hubieran llevado ya en rebaño, me dicen que me una a otros rebaños, porque las insignias son más coloridas, porque el escudo lo ha hecho Fulano, que se le da genial el diseño.
Me vais a disculpar; idos todos a tomar por culo.
Yo no soy mejor, pero que os den, yo al menos intento pensar, al menos sé que no me ganaré el cielo, porque Dios no está en las nubes, Dios son la nubes. No iré al infierno, el infierno son los demás, como dijo Sartre, los bienintencionados que no saben callarse, los amantes sólo de boquilla, los amorosos sólo de calendario, los regalos sólo materiales. Los vecinos de pacotilla. El examen final y los trabajos estandarizados. El infierno eres tú hablando más de la cuenta con tu hijo. El infierno es la carencia de presente en favor de un futuro dedicado a otros.
Y aguanté a profesores por otros, e hice deberes por otros, y me amputé el sueño por otros, y casi dilapidé los sueños por ellos, y me apunté a la autoescuela por otros. Y la dejé y se convirtió en frutería, y en otra me saqué el carné. Y dejé de llevar la cuenta con todo, y no tuve Ipod y veremos si Iphone, y bailé Hey Boy, Hey Girl, en el centro de la pista de la irresponsabilidad oficial. Cada escrito es una potencial carta de suicidio. Aunque el mismo tiene mil formas, y en la mayoría quedas vivo. Viajé al pueblo siendo de ciudad, y me bañé en aquella piscina municipal; e Inés María, que no leerá esto (y que ni me molesto en cambiarle el nombre), se encaprichó, y no sabía dónde se metía. Aunque mi peli favorita aún fuese Forrest Gump. Aunque aún tuviese peli favorita, color favorito, grupo favorito, y aún balara tímida pero orgullosa. Curioso que en pleno patriarcado el femenino oveja sea aún el más apropiado. Cómo explicar que uno está vivo aun sin adoptar para siempre una postura concreta; que uno aún es respetable, y que el caos es el motivo para el pensamiento. Cómo resumir la tormenta en tu cabeza. Mi cabeza. No se puede, se puede acariciar, respetar, no acepta gritos, no siempre al menos, no acepta chulerías, no acepta al machito pero tampoco a la que adopta las actitudes del machito. No acepta a quien cree que la igualdad no conlleva sus diferencias. Todo el mundo merece respeto, pero sólo de entrada. La sinceridad al cien por cien no conlleva acierto al cien por cien. El silencio no es una pausa, es espiritual, es poder escucharte a ti mismo pensar. Rayarse, como lo llaman, es la única forma constructiva de emborracharse. Dudar es la única religión que respeto. Ese Dios que no te juzgará, no te dará órdenes ni te pondrá deberes; ese Dios que no pensará todo el puto tiempo que le intentas convencer de nada. Ese Dios que sabe que cuando hablas sólo expresas tu opinión. Que distingue un chiste de una agresión, que sabe que una cosa es el arte y otra el panfleto. Ese Dios que sabe que la amistad también es discreción, espacio de los demás a respetar. Ese Dios que sabe que el sexo no es sólo católico amor, y el cuerpo de cada cual, propiedad sólo de cada cual. Ese Dios que no te señala si se rompe un condón, que no te oprime aunque no seas hombre y blanco. La mujer es el negro del mundo, dijo John Lennon, estando con Yoko Ono, La culpa fue de. Ese Dios que no es sólo capital, que no entendería a la Iglesia y te aceptaría un calada del porro. Ese Dios que sabría que la educación no se limita a no decir tacos, y que se puede ser un ángel “malhablado”. El Dios que se tatúa una cruz invertida sólo para enseñártela y hacerte reír. El Dios de la duda no te pincha porque sabe que estar perdido no es malo, sólo natural. Sólo significa que estás vivo de un modo que no tantos experimentan. El Dios que te casa en diez minutos, tomando un café y hojeando el periódico. El Dios que se salta la sección deportiva y se ríe maliciosamente de los que lloran gratis. El Dios al que le importa sólo lo justo tu vida, pero que haría cualquier cosa por tu libertad. La Duda. Qué miedo, terror, tanto que la mayoría creen que es Satán. Porque no usa apenas agenda, lleva garabatos en los brazos y una cicatriz en la ceja de la que nunca habla. Que miedo, Satán, porque quizá La Duda no sea el hombre blanco de mediana edad, sino una mujer de cincuenta tacos, un negro del cuerno de África, un sarasa de tu barrio, o un transexual de cualquier parte. Qué miedo, dudar, Satán. Necesitas que Dios te ponga deberes; porque Satán sólo te va a dar un libro de Salinger o una peli de Wells, Orson. Y no quieres tener que abrir ese libro, no quieres tener que enfrentarte al blanco y negro. Quieres colores, tareas, estaciones, calendarios y espontaneidad planeada. Eres otro niño blanco de mediana edad, encerrado en esa idea terrible sobre la madurez. Soy. Eres otro imbécil que cree que el tiempo sólo está para ocuparlo, como sea, o incluso que no es una invención del ser humano, sino la realidad al completo. Soy, digo, porque aunque huyo de tu esencia, aún soy demasiado como tú; y veo un reloj y pienso: “Guau, fíjate, eso es todo lo que hay, todo lo que somos, en línea recta y con buena ropa, y a ver qué hace Fulano, porque No Voy A Quedarme Atrás”. Él no va a ser el único que mole, piensas, pienso. La moda. Esa gran puta. La única que no merece respeto. La moda como concepto, como única forma de entender la vida, el mundo; el plato de cocina moderno, “reducción de”. La moda y el tiempo. Con la moda revientas todo el misterio. El misterio de que todo esto es una ilusión, y de que eres antropomórfico igual que podrías ser una piedra minúscula en el río. Una que no le importa a nadie. E intentas rodar, piensas que un día quizá puedas saber cómo se siente el aire en tu cara. Saberlo sin estar en medio de una lista de cosas que hacer en las putas vacaciones. Agotado, agotada, de ir de un lado a otro paseando tu péndulo, tu vagina, haciendo el papel de chico raudo, de chica para todo, de chico feliz, de chica pizpireta, de chico que se interesa por sus suegros, de chica a la que le importan los suyos. Fingiendo que realmente están viviendo, que están notando el aire de un planeta nimio en medio de un Universo vasto, camino del infinito y salido de la NADA.
Puse las manos en el volante y acumulé prácticas. El dinero se iba por el tubo de escape. La teórica a la primera, casi todo preguntas sobre seguridad vial. Y yo no estaba allí. El culo de niño sobre el pupitre, acumulé años y suspensos, septiembres y broncas. Y yo en cualquier otra parte. El culo de adulto sobre el papel, en un puñado de despachos, afirmando que estaba deseando currar para otro cabrón y su mansión. Y yo en Bavia con Alicia, sacando rimas y escribiendo prosa, mientras ella se crecía en verso, quitándome la virginidad en un huerto. Yo en todas partes menos donde estaba mi cuerpo. Todos aconsejándome que despejara la x de la ecuación, sin decirme ninguno que la x era yo. Todos en asfalto y acera, todos sobre adoquines o madera, todos ajenos al río, abandonando con sonrisa metálica la huerta.

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Campo de juegos

Equivocado o no, todo esto lo digo yo, sea quien sea.
La verdad no es algo a lo que parezca fácil acercarse, incluso con toda la voluntad de hacerlo. Al menos si uno lo piensa bien. Las claves para poder notar su aroma, no se antojan sencillas: paradójicamente, para intuir la verdad, parece ya necesaria no poca imaginación, no poca contradicción y las mínimas militancias. La verdad no es necesariamente divertida, no es casi nunca una fiesta, no es algo tras lo que uno pueda ir cada martes y jueves, después de haberlo apuntado en la agenda. La verdad evoluciona; intentar acariciarla no te granjeará amistades (o al menos no sirve para eso), no cabrá en un grafiti, una nota, una cita o un movimiento político concreto. Con todo, la lucha por la justicia necesita sustentarse en la verdad (o lo más parecido posible a ella), y no en corrientes de reminiscencia “sectaria”. El proceso de lucha necesita autoanálisis constante, o siempre será nada más que un campo de juegos, un nicho más para el entretenimiento, otro tatuaje de juventud abandonada. La justicia no es un pasatiempo, no es tu equipo de fútbol, no es el árbitro al que gritar. La búsqueda de la justicia ya tiene poco que ver con el desahogo personal, no es como pegar tiros en un videojuego, practicar deportes de riesgo o pasar por la peluquería para “hacerse fuerte”.

Hace poco supe de una historia. Una sobre unos vecinos. Sobre cómo las cosas evolucionan, a veces provocando extrañeza, dolor, en el sentido en que el mismo surge de una áspera nostalgia. La nostalgia de no poder luchar como otros antaño, porque quizá no sea ya sólo estéril hacerlo igual, sino que además podría estar comenzando a ser dañino.
La gente conoce el tablero social, las fichas, los equipos, y aunque haya mucha ignorancia, ya los han catalogado a todos. Ya no van a pasar de ahí a estas alturas.
En la búsqueda de la justicia, hay que prestar mucha atención al entorno en presente, y a la forma de ver el mundo que tiene el injusto. Esto es algo que casi nunca parece tenerse en cuenta.
En uno de los pisos vivía una familia al uso. Desinformada (o muy mal informada), inculta, ruidosa, previsible: pasto de gobiernos apoltronados. Un perfil familiar clásico, en cierta manera. Una familia en absoluto adinerada, amantes de la rutina, votantes siempre desde el miedo, henchidos de odio, racistas, homófobos, xenófobos… Es interesante fijarse en lo adecuadas que son las etiquetas cuando se trata de poner nombre a las cosas negativas.
Esta familia, pues, abarcaba todo el espectro de la mezquindad y la ignorancia.
Pero, aunque dicho así parezca que se les podría notar enseguida ese cúmulo de inconsciencia y estupidez, la realidad era distinta.
Se podría decir que esta clase de familia nuclear es algo completamente prefabricado. Es la clase de personas que obtienes de determinado sistema formativo e idea cerrada sobre el trabajo. Están por todas partes. Esta familia representaba perfectamente –por hacerlo rápido y simple– al esclavo moderno. Esclavo no sólo en términos económicos, sino también de ciertas recurrentes limitaciones; las cuales operan a tantos niveles que es un milagro que pudieran hacer cosas como conducir o formar (de vez en cuando) una frase con sentido. Eran los “ciudadanos de bien” que se demandan. Zombis operativos, por decirlo de alguna manera. Ahora, dentro del veneno sistémico que aún late en el corazón de occidente, esos zombis incluso tienen estudios. Se ha conseguido hacerlos aptos para toda clase de labores, “cualificadas” o no, sin que en ningún momento de sus vidas hayan llegado a ser, digamos, realmente conscientes de sí mismos.

Esta familia en concreto tenía unas vecinas puerta con puerta. Cuatro chicas que compartían piso. Tenían una estética marcada y profesaban un activismo constante. Se autodeclaraban feministas y dedicaban la mayor parte de su tiempo libre a planear y llevar a cabo acciones de protesta. De algunas de estas acciones habían sido testigos los miembros de la familiar nuclear prototípica. Cada uno de ellos despotricaba de las chicas, incluso se quejaban basándose en meras especulaciones sobre lo que debían hacer en ese piso; casi parecía que desearan escuchar ruidos o poder cortarles alguna fiesta o reunión. El rechazo era constante, rígido, tallado en mármol, basado en principios cebados de equívocos y amargura. Porque esas chicas encajaban –de manera superficial y en base a un análisis sesgado (que era lo máximo que se podía esperar de la familia)– con los prejuicios sobre el feminismo y su tono.
En algunas reuniones de vecinos, además, se podía palpar la tensión en el ambiente, ya que la familia aquí descrita no era la única descontenta en el bloque. No importaba que cada una de las chicas fuese distinta, cada cual con su carácter particular. No importaba que no hubiesen causado problemas al vecindario. Sólo importaba que todas eran distintas respecto al resto. Eran intrusas en la burbuja tradicional. No eran «chicas» según el patrón impuesto.
El no ser realmente conflictivas también provocaba un conflicto. No había salida. Cada vez que el padre o la madre nucleares las habían visto en plena acción reivindicativa, habían sentido la emoción de poder llegar a casa y despotricar. Los dos hijos, de diez y catorce años, como suele suceder, se limitaban a absorber de ellos.
Lo que los hijos oían es que la chicas eran «pesadas», «bolleras», «guarras», «feminazis», «feas», «marimachos»… Un largo dispendio de lugares comunes del insulto. Una larga tradición educativa.

Un día, todo esto salió a flote.
Sucedió durante una de reunión de vecinos. Acudieron dos de las chicas. Un vecino que vivía justo debajo de ellas, aseguró que hacían ruido hasta tarde, que él tenía que madrugar para ir a trabajar y que… A lo que ellas enseguida se defendieron, dijeron que no se acostaban tarde, y que en el piso jamás hacían nada que pudiese molestar. No gritaban, no montaban fiestas, no ponían la música alta; de hecho la música sólo salía de los auriculares de cada una. Cada cual tenía su ordenador, no tenían televisión ni la querían, ni tampoco equipo de música alguno. Habían acordado no usar altavoces. Etcétera.
Hay que insistir en esto: la falta de conflicto era en sí misma un conflicto, quizá el mayor de todos.
Estaba sucediendo, los vecinos querían comenzar a sacar pegas, querían generar un conflicto real para poder resolver el conflicto ficticio basado en la carencia de conflictos. Los vecinos tenían un solo objetivo, era el mismo de siempre y no era negociable; el objetivo era: No Pensar.
De ningún modo iban a preguntarse de qué iban realmente esas chicas en concreto, o por qué hacían lo que hacían, o qué pretendían, qué les molestaba tanto, qué le exigían a la sociedad y sus mandatarios. Los vecinos ya se habían hecho una idea de lo que hacían las feministas, y, en el mejor de los casos, lo consideraban memeces, una fase, un rollo de ser demasiado joven y tener demasiado tiempo libre. Un rollo de no tener hijos, tener sexo entre ellas, evitar responsabilidades, y de vez en cuando ir a gritar cosas que rimaran a algún lado. Un rollo de no lavarse mucho, no depilarse, dar el cante con las pintas y odiar a los hombres. Odiar a las amas de casa, odiar a la gente de bien, los currantes y los buenos chicos. Un rollo de promover el aborto, no tener donde caerse muertas y dilapidarse el futuro.
Otra de las cosas que no se tienen en cuenta en el proceso de la búsqueda de la justicia, es que el injusto ahora posee la coraza más fuerte jamás creada; y está perfeccionada. Una coraza que le protege contra el conocimiento, que conserva la curiosidad muerta, que impide que entre cualquier atisbo de cultura. Esta coraza son los prejuicios, claro, y los mismos están firmemente arraigados en la ignorancia, aunque aclararlo sea de perogrullo. Esta coraza casi nunca cede por la fuerza, ya no, y se ha forjado al cabo del tiempo, al cabo de décadas. Parece haberse hecho inmune a ciertos rasgos de comportamiento externos, que ahora rebotan en ella sin provocarle un sólo rasguño. A diferencia de las actitudes bienintencionadas, esta coraza, que es la actitud del injusto, sí ha evolucionado a su manera con el tiempo. Paradójicamente, el injusto, para conservar su miedo e ignorancia intactos, ha progresado donde el valiente y el justo han podido quedarse estancados, seguramente por infravalorar la capacidad de conservación evolutiva que tiene la estupidez. Es como si el mecanismo de análisis para buscar justicia fuera cíclicamente perecedero, y lo injusto aguantara años a la intemperie, porque sabe adaptarse al entorno y los tiempos.
Al fin y al cabo, ser bueno y justo puede ser extremadamente difícil, valiente, laborioso, y quizá lo más importante: desagradecido y SOLITARIO. En cambio ser malo, intolerante, miedoso e injusto, tiene que ver con dejarse llevar por el rebaño, hacer lo que te digan y no rechistar. En esta sociedad, eso te convierte en el superviviente perfecto.

Al cabo de unos meses, las chicas se fueron del piso. No todas a la vez, y no por motivos claros o porque la situación se hubiese vuelto insostenible con los vecinos. Pero se fueron. Y los vecinos se congratularon en subsiguientes reuniones, a veces incluso recordando falsedades sobre la molestia que suponían las chicas. El tema principal era el alivio que sentían de no tener que aguantarlas más.
En poco tiempo, alguien volvió a ocupar el piso. Era una familia. Un papá y una mamá, sin pintas de ningún tipo más que de papá y mamá. Una chica de dieciséis años, que parecía una chica y no un saco de nervios roñoso con media cabeza rapada y tatuajes por todas partes. Y un chico de veinte años, que tenía toda la pinta de ser un buen chico y obedecer y no causar problemas.
Los vecinos, al cruzarse con ellos, respiraron aliviados. Especialmente la familia nuclear que habitaba puerta con puerta. De repente las historias cambiaron; los nuevos eran ejemplares, el no ruido pasó a interpretarse como buena educación, y nunca se convertía en especulaciones sobre qué clase de rutina repugnante debía tener esa gente. Se les veía honrados, educados, no necesitaban pasar los sábados por la tarde gritándole a nadie. No babeaban como perros rabiosos. No llevaban el sarcasmo por bandera ni se etiquetaban de ninguna forma. De hecho no usaban banderas, ni pancartas, ni necesitaban ninguna clase de corriente externa de la que beber para sentirse personas. Sólo eran papá, mamá, un chico educado y Una Chica.
De alguna manera, se adaptaban al juicio rancio y limitado de la familia nuclear.
Al menos al principio.
Pasados un par de meses, la mamá nuclear vio por la ventana cómo el chico de la familia vecina se bajaba de un coche. El mismo lo conducía otro chico. A lo que la mamá nuclear pensó: amigos.
Esta operación se repitió durante un tiempo. Hasta que un día, los dos chicos se besaron antes de que el chico educado entrase en el edificio.
La mamá nuclear, aun muy alterada, decidió no decir nada por el momento. Era una chismosa, era mezquina, vacía y vivía través de la vida de los demás; pero como toda buena hija de puta de esa calaña, sabía que si hablaba antes de tiempo, podía llamar a la discreción, y quizá se ahorraría escenas potenciales que aún podía espiar. Quería más información, constatación.
Tenía que esperar. Ver si aquello se volvía a repetir. Tenía que asegurarse de que su vista no la había engañado, de que ese chico era marica. Y había otro motivo para no decir nada aún. La próxima reunión de vecinos, la primera a la que asistirían los nuevos, tendría que ver cómo daban la cara. Cómo vivían con esa mentira; o aún peor, con la certeza de que su hijo era sarasa.

En dicha cita, se presentaron los padres, el papá y la mamá aparentemente respetables. Excusaron a sus hijos, a los que, aun habiéndoles animado a asistir al menos a la primera reunión, prefirieron quedar con sus amigos. Así son los chavales ahora, dijeron. O algo así. La mamá nuclear los miraba fijamente, de una forma que ella misma jamás hubiese aprobado.
La reunión se desarrolló con la mayor corrección y amabilidad. La familia nueva se los metió a todos en el bolsillo. La mamá nuclear se sentía poseedora de un secreto. Un secreto terrible. Esa familia no era lo que aparentaba. Era, en el mejor de los casos, una familia desestructurada. A saber qué clase de traumas habían convertido a ese muchacho en gay; a saber a qué había estado expuesto de crío. Le había visto ya muchas veces besuquearse por la ventana, estaba más que confirmado que era un mariconazo. No se escondía, no se avergonzaba. No se dignaba ni a mezclarse con los suyos a escondidas, o irse hacer lo que hicieran los sarasas a algún club para sarasas. Simplemente se exponía, a plena luz. No tenía ningún tipo de vergüenza, y tampoco el chaval con el que se magreaba. Era insultante. Todo esto pasaba por la mente de la mamá nuclear durante la reunión de vecinos. Todo eso, mientras el resto del vecindario saludaba con cortesía a esa pareja tan amable, a esos papá y mamá de un chico gay, y de…
¿Qué pasaba con esa niña?
Tal y como funcionaba la mente de la mamá nuclear, la misma noche después de la reunión, no dudó en largarlo todo. Lo hizo durante la cena, casi escupiéndole a su marido el asco que sentía, y todo delante de los críos, claro. Empezó a contar la historia sobre los besuquéos constantes del chico nuevo. Pero no se quedó ahí. La niña también empezaba a tener algo raro, su forma de vestir, su forma de saludar en la escalera. Y esos padres… ay esos padres. La mamá nuclear no dudo en decir que estaba segura de que esa madre se dormía llorando todas las noches, y que a ese padre le había caído la maldición peor. No habían tenido ni un hijo ni una hija, sino una especie de muestrario de los horrores. Todo tan antinatural, tan contra natura, tan repugnante. (En realidad los padres lo sabían todo y no pasaba nada).
No había azul y rosa, no había coherencia, no había una naturaleza correcta. El chico acabaría muerto en algún callejón a manos de otros sarasas, y la niña se convertiría en una feminazi, estropearía sus cuerdas vocales, echaría a perder su físico, se raparía o se haría rastas, se dejaría de depilar las axilas, y algún día abortaría un feto muerto en algún antro lleno de grafitis y jeringuillas.
Eso era lo que pasaba con…
¿Pero qué estaba pasando en realidad?

La mamá nuclear era así, y así era el papá nuclear. Los hijos ya se burlaban del niño afeminado de sus clases. Siempre suele haber uno, es estadísticamente improbable que no lo haya. Los papás nucleares no se conformaban con odiar, sino que el odio era lo más importante que legaban. Y la mamá nuclear era así, y así era el papá nuclear. Y hay gente que no cambia, porque no está dispuesta a aprender, porque no están dispuestos a abrirse. Porque el odio al prójimo es una forma de combatir la más profunda infelicidad propia, la ilimitada incapacidad propia, debidas en gran parte a ese legado que te dejaran tus padres, tus adultos, y también tu entorno.
Así eran estos papás nucleares.
Pero el entorno a veces sí cambia. Y a veces las personas se dejan convencer, o se abren. O –y esto es curioso– aprovechan alguna oportunidad para mostrarse menos ignorantes, porque a veces las personas fingen ser más estúpidas para adaptarse al estúpido entorno. Esto es también un comportamiento típico de la familia nuclear. Así como muchas veces hacen cosas como mostrarse inflexibles o intolerantes para encajar, o tienen hijos simplemente porque los ha tenido alguien cercano, otras veces son capaces de adoptar actitudes responsables, positivas, constructivas, y que les pueden llegar a mejorar como personas.
No es imposible que esto pase. Aunque es muy probable que ya no pase por los mismos cauces que antaño.
Por eso quebrar un prejuicio es tan y tan complicado. Porque a menudo la gente que podría hacerlo, la que en teoría se dedica a ello, está demasiado embebida de su «lucha» y su “arrollador y acertado carácter”. Los prejuiciosos pueden detectarlos a kilómetros, lo cual les da tiempo para prepararse, para fortificarse. Los que quizá pueden acabar derribando esos prejuicios ahora (de verdad), son los que “apuestan” por la naturalidad, la naturalidad más cercana a la verdad, menos narcisista, y más espontáneamente filantrópica. Esa gente no piensa en las etiquetas, no se plantea otra cosa que no sea tratar con respeto a la gente en el día a día. Encajan con deportividad la incomprensión y, en cierta manera, ponen la otra mejilla, aunque eso no quiera decir que no se puedan cabrear. Cuando se cabrean, eso sí, no lo hacen con ningún otro bando, sino sencillamente con quienes no ayudan a que las cosas mejoren, con quienes se sobran o entorpecen, sean del bando que sean, o se autoproclamen lo que se autoproclamen.
La lucha definitiva es contra la ignorancia, y esta tiene mil formas, se disfraza de mil maneras, y algunos de sus disfraces están perfectamente aceptados.
El presente es un lugar tremendamente ambiguo y hostil cuando de aportar tu granito de arena se trata. Puede que una sana y ejemplarizante individualidad sea parte de la respuesta.
La familia vecina, la familia nueva mudada puerta con puerta con la familia nuclear, acabó suponiendo uno de esos ejemplos individuales. Esta familia nueva, con su hijo homosexual y una niña que ya comenzaba a leer a Kafka, no vivía enfrentada a nadie, no le echaba a nadie nada en cara (aunque hubiese podido), no se avergonzaba de nada, y tampoco actuaba como si nadie le debiera nada. Esta familia era capaz de empatizar con los vecinos, mejorar la convivencia con sus aportaciones en las reuniones, y calcular el espacio que es bueno dejar a los demás, sin alejarse tanto como para no poder saludar o ayudar con la compra. Esta familia había decidido que no había nada malo (ni extraordinario) en lo que hacía con sus vidas cada uno de sus integrantes, y que además tampoco necesitaban exigir nada a los demás para dejar clara que su postura era respetable.
Esto provocó un efecto devastador en la familia prototípica que habitaba puerta con puerta. Lo hizo al ver que los demás –y cuando digo los demás, digo TODOS los demás– no tenían ningún problema con los nuevos. No lo tenían con el hecho de que el hijo fuera gay, ni con la forma de vestir de la chica (cada vez más parecida a la de las autoproclamadas feministas ya ausentes), no tenían problemas con las muestras de afecto en público ni con la nueva tendencia en el bloque claramente en pos de la tolerancia. Vecinos que antes escupían comentarios machistas, homófobos y racistas, que insultaban en mezquinos susurros a todo el que no pensara igual que ellos (o mejor dicho, a todo el que pensara); vecinos que antes se podían envenenar mordiéndose la lengua, pasaron a callarse y mostrarse cada vez más refractarios a los comentarios de odio de la mamá y el papá nucleares.
Es interesante fijarse en lo farragosas que comienzan a ser las etiquetas cuando se trata de intentar hacer un futuro mejor.
Y digo: es interesante e importante pensarlo. Y más allá de mis opiniones, todo lo narrado aquí es real. También que la familia nuclear descrita es ahora la apestada del edificio, que ya no acuden a las reuniones de vecinos, y que la diversidad silenciosa ha quemado de forma inesperada las banderas. Todas las banderas del bloque.

naturalidad

Ellxs

Limitarme a ver,
se acerca la ola.
Quedarme quieto,
a esperar.
Voy a fumar,
¿les ves claudicar?
Voy a dejarles
discutir,
repetir
lo que otros pensaron.
Les van a dar,
y fuerte,
y al margen
de genitales.
Nadie libra,
todos perecen,
con sus banderas
por mortaja.
Nadie elucubra,
ni reposa,
todos espían
por la raja.
Su secta
es la buena,
son orgullosos o furia,
y todo según luzca.
Tienen sus listas,
“gente Buena”,
y las muestran
créeme,
lo hacen en entrevistas.
Soy esto,
soy aquello,
no necesitan
valoraciones.
Son superiores,
se han dibujado
la Igualdad
previo pago.
Son abiertos,
son arco iris,
son consigna,
son religión.
Si no eres
de su camada,
no mereces atención.
Si no eres
Etiqueta,
te reduces
a sospecha.
No eres digno
sin tu trapo,
no medras
sin tatuaje.
No hay ideas
si son propias.
No desafíes
sus principios,
con tus esquivas argucias.
Eres malo,
eres rancia,
eres pasto de la hipnosis.
Eres basura,
si te hartas
al cuarto
“patriarcado”.
Desperdicio
frunciendo el ceño
con los “heteropatriarcado”.
Sí o sí
tienen razón,
como también los machistas;
sí o sí
aciertan,
como un imán y
el metal,
o los nacionalistas.
Es cuñado si no es ellxs.
Es idiota si no es ellxs.
Es mentira
si no son ellxs.
Es vacío
si no te unes.
Y yo estoy
sinceramente
ya mucho más que harto.
Estoy cansado
de reciclaje,
de ideológicos parches,
de lo guay
del radical.
De lo justo del
cabreo,
y del propio tejado
lleno de piedras.
Estoy harto
de las modas,
de los hijoputas
y las gilipollas.
De sus pintas
y sus términos,
de sus acusaciones
y sus historias.
De cómo ven
la paja
en el ojo ajeno.
Estoy harto de mamonadas,
de memeces
y frases caducas.
Tu ansia,
tu libertad,
no las conviertas
otra vez
en tu próximo álbum de fotos.
No seas memo,
no seas hooligan;
no seas mema,
no seas -ista,
no te incluyas
en una lista.
¡Sé persona, cojones!
aunque sea
bien difícil.
Aunque te sientas
rodeado,
aunque te llamen
guarra
o mamarracho.
Aunque parezca
siempre
que pisas en falso.
No seas yogur
a estas alturas,
siempre ya
caducado.
No consumas
sólo un sermón.
No bebas sólo
del grial.
No tengas miedo
al marrón,
a eso difuso
que llaman pensar.

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Donde las torres eléctricas

1 – Tres chicos

Tres chicos sentados, aplastando hierbajos altos en las afueras de Periferia, en medio de un polígono industrial no carente de metálico encanto al atardecer. Aunque aún no lo sepan, sobre el papel no son nadie; aunque quizá no lo sospechen, todo funciona y confluye para que jamás lo sean. Si en ese mismo instante murieran, a sus dieciséis años, sería casi como si nunca hubiesen existido. Quedarían tres familias destrozadas por un tiempo. Tres familias trabajadoras, como se suele decir. El calendario acabaría erosionando el dolor, y enseguida tres muchachos “meta-anónimos” nuevos vendrían a ocupar ese espacio. De todas maneras, las familias al uso tampoco significan nada en un sentido no material; una u otra no importa, no hay diferencia. Procrean y se venden.
Nadie y nada.
Los tres chicos observan siempre unos postes abandonados, tres pisos de altura coronados por cajas de plástico abiertas abarrotadas de cables cortados. Erectos animales eléctricos, resquicios de la anterior curva alta de productividad.
Los llaman torres.
Si alguien les dijese a esos chicos que no son nadie, y que eso debería preocuparles, ellos dirían que eso no les preocupa tanto, porque no quieren ser famosos, ni tampoco necesitan mucho dinero. Ya han aprendido la versión oficial de lo que significa “ser alguien”; ya han comenzado a confundir la humildad con la productividad para otros. No hay que desvelar el pensamiento a los demás. El pájaro empapado en petróleo está muy lejos. No hay término medio conceptual. Para ellos es una “elección” entre ser “humilde” o ser “rico”. En ningún caso se es una persona con mundo propio: en cualquier circunstancia eso sería estar loco.
Todo esto, al menos, en teoría.

2 – Fiesta en casa de P.

El glande de Oscar sigue con restos de sangre, se lo ha guardado en los pantalones tal cual. Le cuenta a Toni que aún tiene el sabor de P., lo nota en la boca y los labios, dice que han follado en la habitación de sus padres (los de P.), por algún motivo ausentes. Dice que ella era virgen y perjura que él no lo era, aunque no desarrolla más ese punto. Toni asiente, y asiente. No sabe qué decirle a Oscar; no le hace preguntas ni le cuenta ninguna experiencia propia, o si la ha tenido. Ambos van hacia una de la cubetas con ponche. Es dulzón y es sin alcohol sólo en la versión oficial (no es que no haya otras bebidas alcohólicas); no les importa no haber conseguido engañar a las chicas. Hay unas veinticinco personas. Se da por sentado que quien no está es porque folla (o lo intenta) en el piso de arriba, en el lavabo o alguna habitación cerrada. Las puertas que están cerradas es porque alguien folla tras ellas. Esa es la idea. Si te estás meando, si vienen aguas mayores, te toca salir a la calle, no quieres topar con la chica que te gusta liándose con nadie. Y todas gustan. No se sabe de nadie que esté enamorado, y nadie dice palabras como «enamorado». La mayoría van a ir a la universidad, lo verbalizan. Dicen que no saben qué van a estudiar. El mejor estudiante es Jota, y en público se ríe a carcajadas de su propia indecisión. Jota es capaz de memorizar lo que se proponga, es el único del grupo que se sabe todos los números de teléfono. P. ayudó a planear qué alcohol era mejor para el ponche, es la “única” chica que sabe lo del alcohol. Quien fuma, tiene que salir fuera. Los padres de P. son clase media alta, dicen, y algo sobre un viejo de la familia muerto y una herencia. P. no come nada que haya tenido ojos. Tampoco bebe leche. Oscar dice ahora que bueno, que sólo alguna clase de leche. Suena la música que se ha estipulado no es comercial, a no ser clásicos. Toni intenta cortar el rollo sexual y dice que preferiría estar donde las torres.

3 – Chicas

Las chicas son tres agujeros, a cada cual más emocionante. Son más frágiles y son como un objetivo militar. Esto no es así, pero es así. Se oyen ecos de que ciertas experiencias le cambian a uno, pero Oscar, al día siguiente, sólo piensa en volver a meterla en caliente. Tres agujeros. No todo el mundo consigue explorar los tres. El porno es engañoso, y las mujeres no son tan “modernas” como señala el ruido. Oscar, Toni y Jota, vuelven una y otra vez a la zona de las torres eléctricas. Queda todo el verano por delante. Sólo una visión sobre las chicas. Sólo una misión. Hay un mar de aburrimiento, inabastable. Otra lección cerrada aprendida: el aburrimiento sólo es aburrimiento, y es perder el tiempo. Los tres cabezas huecas, según dicen, aunque cada uno con un boletín de notas distinto. Tienen tareas para el verano. Vagina. Tienen deberes, aunque no todos los mismos. Ano, ojalá. Jota no ha suspendido ninguna, pero Oscar tiene dos para septiembre, y Toni cinco. Jota se ha apuntado a inglés. Toni quiere comerle la boca a alguien. No son misóginos, ni malintencionados, ni malvados, simplemente no son. Son materia acorde a las leyes de la física. Son carne de contrato basura. La única imagen (o casi) es la del capullo morado abriéndose paso por el chocho recién estrenado, o aún por estrenar. Las chicas son tres agujeros. Oscar dice que P. se dejó también por el ano. Jota se ríe. Toni parece guardar un secreto.
Pasan toda la mañana durmiendo, sudando la cama, y toda la tarde atardeciendo junto a las torres eléctricas. Fálicas. No hay nada en el entorno que parezca un coño. Las chicas son tres agujeros, pero sólo uno puntúa.

4 – Toni

Toni se encierra en su cuarto y escupe insultos; el único sentimiento intenso suele ser el odio. Su padre le acaba de dar una bofetada: una discusión durante la comida. Corre julio, corre que se las pela, también literalmente, y a cámara lenta. Toni tiene, en teoría, mucho que estudiar. El sistema: puede que Toni quiera follarse el culo de alguna tía, pero el sistema se folla el suyo. Así lo siente. Los adultos asienten ante esa perspectiva. Quiere salir de su habitación y coger un cuchillo de la cocina y rajar a su padre. Hay gente que tira su vida por la borda a cambio de un solo instante de desahogo. Hay una pila de libros de texto esperándole, con esas cubiertas asépticas; le han mirado durante todo el año. A veces abre uno de ellos, sin saber qué tiene que memorizar para septiembre. Se queda mirando el libro, como quien tiene los ojos cerrados pero es incapaz de dormirse. Todo en la habitación cobra vida, cualquier mota de polvo, cualquier ruido del exterior. Todo es distracción. Si hay un mosquito, es un desfile, un escándalo, aunque sólo venga a decirte que estás perdido. Todo le dice lo que sus padres le dicen. No hay retórica, sólo órdenes que cumplir. La filosofía es para los maricones, el pensamiento sólo para rayarse. Toni trastea en su móvil. Toni tiene que memorizar muchas lecciones y aprender todas las mates que no ha aprendido en clase. Solo. Se mira la palma de la mano, el mosquito espachurrado, la sangre. Se siente tan vacío que piensa en chuparlo, aunque sólo sea para sentir asco. Las ganas de matar a su padre se diluyen; lo frustrante de la rabia es que conlleva un bajón, como un porro, pero peor. Es como sufrir por echar de menos sufrir, porque ya no sientes nada por aquella tía que antes te tenía patas arriba. Cosas del futuro, o quizá no tanto. Toni no piensa, sólo permanece. No espera a que las cosas se solucionen solas, como diría su padre. Simplemente yace, como esclavo de su propio cuerpo y oquedad. Habrá otra comida que engullir. Le gusta observar las torres eléctricas, le hacen sentir algo parecido a sentir. Y siempre están las pajas, o la perspectiva de follar.

5 – Siestas

Jota es drogadicto de mediana intensidad (cigarros, muchos, porros, cada vez más, y alcohol, claro), más que un crío de teta, pero menos que un yonqui o un jubilado. Su camello viste camisetas chillonas de tirantes, de las que dejan el pezón fácilmente a la vista. Una vez a la semana, a las cuatro de la tarde del sábado, Jota va a buscar sus provisiones. El ambiente en casa es relajado, en apariencia, de ese modo en que una sola chispa podría convertir el templo budista en una iglesia católica. Los padres de Jota oyeron una vez el concepto Inflación Académica, y cambiaron de canal. Desde ese día, como padres ultra responsables y afiliados a La Realidad, ese concepto flota sobre sus cabezas. Esto los vuelve cada vez más irritables. Jota no sabe por qué parecen cada vez más irritables. Jota queda con su camello en cierta zona cercana a las torres eléctricas, junto a las vías del tren, el que va y viene de Sonora. La hora tenía que ser justo las cuatro, porque el camello no puede a otra hora, y porque los padres de Jota duermen sin falta la siesta. Jota, sobre el papel, está estudiando inglés en su habitación. Quedan en un punto indeterminado, no especialmente señalizado, excepto porque ambos saben que fue el punto exacto donde un chico de la zona se suicidó. Pasó hace dos años, se lanzó a las vías. Ni tan siquiera lo comentaron; la primera vez que quedaron, fue mencionando vaguedades sobre la vía y las torres. Ambos llegaron casi a la vez, y se detuvieron justo a esa altura para el trapicheo. Alguna tabla de la vía aún conserva un resto orgánico de mugre, ya más cercano al azabache que al rojo. Jota tiene ahorros secretos de haber hecho trabajos ajenos. Rentabiliza su habilidad en las clases y con los deberes; sabe engatusar a los profesores sin parecer un pelota, y es capaz de imitar la escritura de sus compañeros, incluso su gramática o faltas de ortografía. Jota se sirve de una precaria paga de sus padres, pero sabe (se lo han dicho) que el siguiente verano le tocará pringar: en la guía del progenitor responsable afiliado a La Realidad, a los diecisiete toca curro edificante de verano. Para los padres de Jota, toda clase de diversión es sospechosa. La idea de la muerte les transmite lo mismo que el concepto Inflación Académica. Jota no piensa como ellos creen, ni sospecha como ellos creen; Jota memoriza, aprueba y se coloca.

6 – Oscar

Oscar recibe una llamada de P. Es la peor fecha para recibirla, porque Oscar ha pensado últimamente mucho en el cuerpo de P. Pero no piensa en él como antes, ni tan siquiera se ha vuelto a masturbar con eso.
–¿Sí?
–…
¿Llora ella?
–¿Sí? ¿P.? …
–…
Su puta madre, sí que llora.
–¿Qué pasa, P.?
–…
Mierda. No puede ser. No querrá abortar, seguro que no quiere abortar, seguro que le da pena y no quiere abortar. Quiere biberones y analizar la mierda de los pañales.
–¡Pero dime qué pasa!
¿Se está riendo?
–Te lo has creído, ¡ja ja ja…!
–¿Pero cómo se te ocurre?
–Recuerda esto siempre, Oscar: habrá otras tías, pero yo fui la única que te hizo una broma terrorífica sin decir una sola palabra.
–Tía…
–Calla. Esta noche mis padres se largan. ¿Quieres venir?
–Tía…
–¿Quieres comprar condones?
–…
–Joder, que no es para tanto. Así no voy a querer tener hijos contigo, ni que te hubiera dicho que…
–…
–…, la verdad es que no se me ocurre ninguna putada más gorda que lo del embarazo, ja ja…
–Tía… es que, joder.
–Respira, chico. ¿Quieres venir o no?
No hay fiesta, sólo está ella. Viernes y sus padres nanay hasta el domingo por la tarde. En la farmacia pide la talla grande de condones. Parecía haber una extra grande, pero hubiese sido demasiado. Ya es demasiado la grande. Se pasa el día preguntándose si ponerse uno o dos. Dos sería una forma de dormir tranquilo.
La segunda vez resulta mejor que la primera, Oscar tiene que reconocerlo. P. habla mucho, pero no resulta molesta. No cotillea. Cuenta historias.
–¿No conoces la orgía rusa? –dice
Se tapa los pechos con la sábana, están en la cama de los padres otra vez.
–¿La orgía rusa?
–Varios rusos y rusas quedan para hacer una orgía. No se cómo lo organizan, pero uno de los presentes tiene sida.
–…
–Imagínate estar follando con alguien que no sabes si tiene el sida.
–El sida ya no es lo que era, creo que está bastante controlado.
–Habló el “señor valiente que se caga con oír llorar a su novia por teléfono”.
La palabra «novia» provoca un silencio, pero luego ninguno de los dos la rechaza.
–No sé qué hacer, mis padres tampoco están en casa…, ¿quieres que me vaya? –Oscar al cabo de un minuto.
–Quédate a dormir, da igual. Por la mañana…
–Ah… Vale.

7 – Secreto

El graffiti Toni tiene un secreto aparece en un muro de ladrillo cerca de las vías. Hay muchos Tonis, piensa Toni. Mucha casualidad sería, piensa. Pero está solo y analiza el mensaje; acaba convencido de que, por la frase, la carencia de tacos, la picardía del trazo y algún recuerdo difuso, lo ha tenido que escribir una chica. Hay muchos Tonis, pero él no conoce a ninguno más, y menos que frecuente los aledaños de la vía y la zona de las torres. Toni es Toni, el paradito, el tímido, el de los cinco cates, a quien (aunque él no lo piense) nadie cercano le desea ningún mal. Toni se siente vacío, como quien más, pero su carcasa lleva mucho tiempo adoptando formas desesperadas, intentando atraer sin decir nada, como el tipo duro de una peli clásica americana, aunque no haya visto nunca ninguna. Toni no se siente a sí mismo, contempló la autolesión poco severa, los adultos le convencieron hace ya mucho de que es un inútil. Hundieron a Toni por su bien, la vieja tradición educativa. Con esa vida disoluta antes de haber empezado, Toni miraba en contadas ocasiones a Iciar en la fiesta de P. Iciar y P. se reían de vete a saber qué, antes de que la segunda perdiera el himen. Toni estaba seguro de que se reían de él. No es así, pero es una forma de tirar la toalla. Tirar la toalla es rutinario cuando sobre el papel eres un despojo. Un despojo no liga con pelirrojas misteriosas imposibles de descifrar. Nadie sabe mucho sobre Iciar. Dicen que sus padres tienen pasta, que están en la ruina, que se divorciaron, que son más felices que nunca, que Iciar es mala como el veneno, que es un ángel, que sólo es tímida, que se ha follado hasta al apuntador, que es virgen, que era íntima del chico que se tiró a la vía. Etcétera. Porque hablar es gratis. No es que Toni lo haga mucho, pero Toni no hace lo que se dice casi nada. La fase de la desmotivación quedó atrás, ahora su carácter está bañado de cierta desesperación calma. No sabe bien qué ha hecho para que todos lo sepan ya; hablar seguro que no. Mirar, esconderse, evitar, puede que temblar. No hace falta más. Fallo de cálculo. Prodigarse en las fiestas, ir a donde iba ella, estar lo más lejos posible de ella (pero en la misma habitación). Incluso aunque no les importe, la gente se da cuenta.

8 – El sol

Agosto preparado en la línea de salida. Los tres chicos se bañan de sol pateándose las afueras. Es un paisaje menos frío de lo imaginable. Cinco de la tarde. El polígono da a ciertas colinas y bosques, respiras más verde del que crees; hasta hay frondosos árboles rodeando las naves industriales, la mayoría abandonadas.
–Aquí curró mi tío –dice Jota, palmeando una pared de metal.
–Tío, tienes que echarme un cable con el marrón de septiembre –dice Toni.
–¿Qué os pasa con las puñeteras clases…? No hay nada que hacer, ¿qué os creéis que son las clases?
–¿Cómo…? –murmura Oscar.
–¿Os creéis ese rollo del templo de la sabiduría?
–Yo sólo quiero aprobar.
–Claro que sí, Toni. Pero lo enfocas mal. No tienes que buscar la forma de aprender. Tienes que pillarle el truco al profe de turno. Yo conozco a chavales que han acabo a la uni. Son subnormales. No saben ni escribir, no se expresan mejor que tu viejo o el mío, Toni. De hecho la mayoría tampoco aspiran a más. Viven engañados con la idea de que no usar un teléfono de rosca es un avance crucial. Da igual que hayan asfaltado el camino si no sabes dónde coño quieres ir. Sólo quieren pasta para convertirse en sus padres, y creerse más listos que ellos por tener un título universitario. Todo eso es una farsa, colega. Si os dais cuenta de ello, todo os parecerá más sencillo. Tu mayor problema, Toni, es que no tragas con eso, quieres ser alguien. Tu mayor problema es que eres más inteligente que la mayoría, y chocas de frente contra ese sistema. Es verdad y tú lo sabes, la mayoría de la temática es aburrida, inútil, y en su mayor parte no te ayudará en nada en el futuro…
–Sí que es un coñazo… –murmura Oscar.
–… pero tenéis que aprender a reíros de ellos; no os quieren a vosotros, quieren que finjáis para ellos –prosigue Jota–. Para mí los profes están mamados, si conocierais a mis padres os ibais a cagar.
Llegando a la zona de las torres, Toni se comienza a sentir mejor. Las palabras de Jota eran confusas, pero también adecuadas de algún modo. Oscar cree notar aún el cosquilleo sexual en la polla y la boca, incluso habiendo pasado días.
–¿Y la vía? –dice Toni, ya los tres sentados cara a las torres.
–¿Qué pasa con la vía? –pregunta Jota.
–No lo sé…
–¿Qué pasa con la vía? –pregunta Oscar.
–¿Qué pasó con aquel chaval?–le dice Toni a los hierbajos.
–Para empezar no era tan chaval, Toni –murmura Jota hacia el cielo–, tenía como veinticinco tacos.
–Dicen que conocía a Iciar.
–Si te parece plausible que un tío de veintipico vaya por ahí con una de catorce…
–Dicen que Iciar nunca ha sido muy niña –sigue Toni–, o sea, que…
–Ya ya, que es muy «madura», es como si tuviese siempre treinta años. Hasta después de los treinta se quedará en los treinta. Esa tía no es tonta, eso está claro, pregúntale a Oscar, su novia se lleva con ella…
–No me ha hablado de ella –dice Oscar.
–Me han dicho que toda su habitación es pura domótica –asegura Jota–, y que está fabricando alguna especie de cyborg. O que es capaz de ello. No sé qué hace esa chica en Periferia, debería estar chupando pollas en la NASA. Ten cuidado, Toni.
–¿Yo?
–¿No te va esa tía? –pregunta Oscar, sin asomo de sonrisa.
–…
–Esa tía no es tonta –insiste Jota–, así que ten cuidado, no te va a valorar por tus notas. No es tus padres ni el profesor estúpido de turno. Si va a ser tu novia, más vale que dejes de hablar de septiembre y esas gilipolleces. Sabe que en el fondo todo eso te importa un carajo. Si insistes en ello, te verá como alguien débil. El hecho de aprobar asignaturas puede costar, pero es una habilidad concreta, específica, sin más. Hay gente que sabe comerse cinco pizzas familiares sin vomitar.

9 – Sudar

Hora de la siesta, con P. Cama de sus padres. Después. Entrado agosto. El mes estrella.
–O al menos antes lo era –dice Oscar.
–Ahora las vacaciones son una especie de reclusión. Muchas familias no tienen pasta para irse a otra franja horaria a gastar más de la cuenta.
–Mis padres se han ido al pueblo.
–Eso es distinto.
–Es el primer año que me dejan solo.
–¿Eso quiere decir que podremos ir a tu casa con dos condones?
–Mnh…
–¿Tienes que usar siempre dos condones, por cierto? Mi coño se comienza a sentir como si te debiera algo…
–…
–¿Podré ver tu habitación?
–Sí, pero ya te diré.
–…
–¿Dónde están tus padres?
–Están en otra franja horaria, gastando más de la cuenta.
P. nunca pone el aire para refrescar la casa. Abre las ventanas, da igual cuánto calor haga. Oscar no protesta. Un par de mosquitos sobrevuelan la habitación. Se pueden ver a lo lejos las torres eléctricas. Las cigarras cantan como si quisieran desgañitarse.
–La gente ya me pregunta por qué no organizo más fiestas –dice P.
–…
–Creo que no saben que vienes aquí.
–Estoy acostumbrado a no despertar interés.
–Pobrecito…
–No me molesta.
–¿Yo no muestro el suficiente interés?
–…
–Creo que debería echar a esos mosquitos.
–¿Tienes tabaco?
P. se levanta y manotea para intentar desplazar a los insectos. Luego dice irse a buscar una cajetilla. Oscar mira al techo y respira hondo, intentando calmar los latidos. Durante un instante, cree que le dará un ataque de ansiedad, como si el pecho se le fuese a agrietar. No sabe si decir algo al respecto. Piensa en el sudor entre sus tetas. Y se oye la voz de P. apagada:
–¿Has ido diciendo por ahí que me dejo por el culo, por cierto?

10 – Una crisis

–Tienes que calmarte, Oscar –dice Jota–, o todo lo contrario, no sé, estás como al límite. Estás pachucho, tío. Ya no vacilas, no te cuentas nada, ¿estás rayado igual que Toni?
–No. Igual que Toni, no. O sí, yo qué sé. No veo a Iciar por aquí.
Discoteca en Periferia. Llamada Poli Inc. Nadie sabe por qué. Toni ha ido al lavabo.
–¿Y tu novia no ha venido?
–Hoy pasaba el día con unas primas. Le he dado largas, le he dicho que quería estudiar, o algo así, que la vería mañana. Tampoco quiero conocer a sus primas.
–Primas… Demasiado.
–No lo entiendes. Desde que salimos, o lo que sea, no me controlo. Me siento como si me hubiera enganchado a…
–Tío…
–No sé cómo hablarle, no quiero decir pijadas, ni cagarla, ni ser…
–Estás pillado.
–Bueno, , estoy pillado, estoy pillado –levanta la voz Oscar, con tono impaciente, irritable–, y es que… antes no tenía nada que perder. Y ahora no sé qué coño hacer.
–¿Tienes miedo de que ella se líe con otro?
–No, no es por eso, pero gracias por decirlo, ahora también me rayaré con eso. No es por eso, es porque no sé cómo actuar.
–Y no es por el sexo.
–No, el sexo no es problema, que yo sepa.
–¿Y qué lo es?
–Pues no lo sé, Jota, todo lo demás. Todo lo demás.
–Cuando no tienes práctica, no es fácil estar bien.
–¿Qué?
–Tu problema es que ahora tienes un motivo para estar bien, algo que manejar y evitar que se estropee, y te sientes como un mono en la cabina de un jet.
–La verdad es que no sé de qué coño hablas.
–No lo haría. Es por el alcohol.
–Y por qué te crees que hablo yo de esto…
–No sirve de nada hablar de esto.
Pausa. Oscar:
–Lo mejor sería que nos fuésemos a donde las torres eléctricas…
Toni vuelve del lavabo, se va directo a la barra a pedir el tercer cubata. Muy tarde, carnés falsos (cortesía del camello de Jota), vista gorda en la entrada, tías por todas partes. Menores por doquier. Toni bebe el primer sorbo y mira en todas direcciones.
No hay rastro de Iciar, lo cual le aporta tranquilidad y a la vez inquietud. No quiere verla, y a la vez quiere saber qué hace. Dónde está. Si estuviera en el Poli al menos sabría dónde está. Pero al recordar el graffiti, se pregunta si ella sabe algo de eso, o si le importa, o si conoce a quien haya hecho el graffiti. Ni siquiera sabe si ella sabe quién es él.
Cinco de la mañana, después. Torres casi invisibles. Luna intensa. Noche de verano, al fin y al cabo. Hierbajos aplastados. Pero muy pocas estrellas.
–Cuando llegue a casa, mi padre me va a decir que soy un desgraciado –murmura Jota.
–¿Eh? –Oscar.
–No, aún mejor, me va a decir que seré un desgraciado.
–Los míos hablan más en presente –dice Toni–. A mí me pegarán. Aunque cada vez lo tienen más difícil, y creo que tienen miedo de que me rebote. Eso me gusta; no porque tengan miedo, sino porque lo tienen porque saben que no tienen ni puta idea de cómo ser padres, y el rollo de darme de hostias ya no es como cuando era crío.
–El alcohol te suelta la lengua… –murmura Oscar.
–Mis padres actúan como si nunca hubiesen tenido miedo –sigue Jota–, lo que hacen es intentar meter miedo. Se creen demasiado modernos para darme una tunda. Lo que hacen es decirme que seré despreciable si no soy obediente. Es como cuando tenía cinco años. Quieren que tenga cinco años para siempre, y no en el buen sentido.
–Mi viejo es de los que dicen que hay que ser el primero –dice Oscar–, que hay que luchar por ser el primero. Mi madre no dice nada. No importa cuál sea la competición, o si viene a cuento la competición: hay que ser el primero, en clase, en los deportes, con las putas notas… Hay que hacer lo que hagan los demás pero más que los demás. Creo que el cabrón miente sobre su juventud, porque cree que decirme esas cosas me beneficia. Si dijera la verdad sobre su juventud no podría largar tantas chorradas…
Miradas hacia arriba. Cruza un avión comercial. Cambia luces, se iluminan densas nubes; el aparato está muy alto, pero se inicia el protocolo de aterrizaje. Aeropuerto de Sonora. Esa gente que coge aviones, que viaja, por trabajo o vacaciones. Aún hay gente así, por encima de las torres eléctricas.
–¿Hoy no estaba tu novia, Toni? –Dicho por Jota, sin ánimo de pique u ofensa, más bien con ánimo de animar; más bien con tono de “te la ligarás, colega, no te preocupes”.
–No la he visto, al menos.
–Se puede conseguir su número de teléfono, si lo quieres. No parece que esté en redes sociales, al menos no con su nombre.
–No me siento cómodo hablando de esto.
–No vamos a ir rajando por ahí, tranqui –dice Oscar.
–Vale.
–Este verano está pasando algo. ¿No? –Jota.

11 – Jota

En algún momento, sentado en su escritorio, llora en silencio sobre sus apuntes de inglés.

12 – Iciar

Cero para septiembre. Sólo un notable en una lista de sobresalientes. Habitación pulcra, buenos olores, aunque no invasivos. Su semblante serio de cara redonda, nariz pequeña y ojos grandes; recién salida de la ducha, envuelta en una toalla rosa, otra blanca para el pelo. Se sienta en la silla de su escritorio, se hace las uñas, las veinte. 15 de agosto, rumores, pereza, ocho de la tarde. Conecta su portátil. Internet. Medicina, robótica, recetas de cocina. Se levanta y suelta la toalla rosa, deambula desnuda unos segundos. Alguien llama a la puerta con los nudillos, un par de golpes secos.
–Estoy desnuda… –apenas levantando la voz.
Desde fuera, apagado:
–¿Vas a cenar en casa?
–No.
Armario. Ropa interior negra, tejanos ajustados, blusa rosa. Cierra puertas y cajones. Calcetines negros, zapatillas planas ídem. Su cabello pelirrojo, más oscuro por la humedad al quitarse la toalla blanca. Se encierra en el lavabo. La habitación vacía, la habitación, la habitación… El móvil se enciende en el escritorio. Número desconocido.

13 – El día siguiente

Las cigarras parecen pedir explicaciones a Iciar. Camina entre las naves industriales, tres y media de la tarde. Unos tejanos recortados, una camiseta blanca ajustada y vieja, el pelo suelto, ondulado, largo, en llamas. Zapatillas planas blancas. Parecen importantes los detalles con Iciar, los detalles a los que ella no parece dar importancia. Hay una gran nave abandonada, una que tiene un enorme número cinco en rojo en su portón blanco. A veces es práctico quedar en “el cinco”. Iciar llega y explora la zona. Apenas treinta segundos después, ve llegar una figura de fondo, el sol se refleja en una camiseta blanca. Hay árboles cada diez metros, demasiados plataneros, con esa pelusa inmunda. Iciar entrecierra los ojos; quizá piensa en la posibilidad de quemarse la cara y las piernas; aunque posiblemente se ha puesto crema solar.
Toni llega y se detiene a unos dos metros de ella. Ella no sonríe, aunque su expresión tampoco transmite rechazo u hostilidad. Puede que curiosidad. Dice:
–¿Quieres ir al bosquecillo?
“El bosquecillo”: usado tanto como picadero como para inocentes paseos, tanto solitarios como en pareja o en grupo. Un lugar tanto sórdido como familiar, quizá por la contundencia con que se vuelcan el sol o la oscuridad, quizá por la variedad de árboles, arbustos y espacios naturales. La hora del día, probablemente, es lo que determina qué papel le toca interpretar al bosquecillo. En verano es más difícil discernirlo, aunque las tres de la tarde no es el clásico momento para ir a follar. De hecho muy poca gente en Periferia sale de casa a semejante hora, a no ser por obligación, para pillar, o para esconderse.
Iciar no hace preguntas al respecto, aunque no fuese ella quien decidiese la hora. Tampoco había planes más allá del cinco.
Caminan durante unos diez minutos entre paredes metálicas, vallados y patios antes transitados por camiones y carretillas. Sopla el viento caliente. La pelusa de los plataneros se queda a veces en el pelo de Iciar. Sacude la cabeza como si pudiese verse desde fuera. No se dicen nada. Se acercan a la zona de las torres. El bosquecillo está más allá, cuando no queda ya resquicio urbanístico de Periferia.
Toni espera a que ella diga algo en ese instante, algo como “¿Venís mucho por aquí, no?”. Pero no dice nada. En todo caso, él agradece estar lo suficientemente lejos de la vía y el graffiti.
Llegan hasta un claro. Hierba alta, sufriente, cama para mendigos, colchón para follar, hábitat para picnics. Todo en uno, y la mayoría de veces nada. Saliendo de Periferia no encuentras el paraíso, pero ya te puedes sentir como si estuvieras lejos, muy lejos. Turismo del Límite.
Toman asiento, separados por unos cinco palmos.
–¿Vais a las torres y habláis de suicidaros, no? –dice Iciar. Sincera, sin ironía, sin acusación, seca pero viva. Consecuente, de alguna forma. Horriblemente consecuente.
–¿Cómo?
–Si me equivoco de mucho, lo puedes decir.
–No hablamos de matarnos.
–Ya…
–…
–Me refería más bien al subtexto.
–…
–…
–¿Tú conocías a ese chaval?
–No.
–…
–Tampoco soy una puta, ni una santa, ni rica, ni del todo pobre. Mis padres están aburridos, pero no se han divorciado… ¿Algo más? –¿Sonrisa?
–No quería interrogarte…
–No te preocupes.
–No estoy preocupado.
–Yo creo que sí…
–…
–No es que sea culpa tuya… No creas que yo no lo estoy. Hay gente que sabe fingir. Cuanto más sabes fingir, más perdida se siente la gente contigo. Aunque a veces es justo por todo lo contrario… ¿Te sientes perdido conmigo?
–¿Tú finges…?
–No, sólo en las clases. Por lo demás, no más que nadie. Pero la gente cree que sí. Cuando eso no les da para compararse conmigo, inventan historias. Si les pareciera fea, seguramente odiarían.
–…
Sopla aún ese aire caliente. No llegan al claro las pelusas. El sol irradia de tal forma que cuesta creer que más tarde se hará de noche. Unas cosas se secan, otras agradecen. El silencio no resulta molesto entre ellos, no parece incomodar a ninguno de los dos. Ni tan siquiera Toni se siente tenso; más bien piensa que bueno, está pasando un rato con Iciar, y no había motivo para tenerle miedo. Cuando rompe ese silencio, no lo hace porque el mismo fuese un incordio;
–¿P. te ha hablado de nosotros? –Se decide por el plural.
–No. P. no cotillea. Pero la gente habla.
–Te llevarías bien con Jota.
–¿Con Jota? … ¿Tan mal te caigo ya? –Iciar sonríe claramente, pero logra que él no se sienta como un crío.
–No.
–¿Por qué con Jota?
–Me recuerdas a él, la forma de hablar.
–No soy popular por hablar mucho.
–No es porque hables mucho, sino por… la forma de hablar.
–Ah…
–Jota dice que eres muy inteligente.
–La gente dice eso cuando no cateas ninguna.
–No. Él no lo dice por eso.
–Entonces hace bien. No soy más inteligente porque no me haya quedado ninguna. Tampoco es que no me haya quedado ninguna por ser inteligente.
–A eso me refería. Hablas como él.
–No te preocupes por ese rollo. Yo he tenido toda clase de septiembres. Lo curioso es que cuantas más he suspendido, menos sentía haber perdido el tiempo.
–…
–Quería traerte un libro, pero no quería que te sintieras como si te trajera deberes. Me gustan los libros, pero no los que tú odias. Yo también odio esos libros. Nadie que diga que disfruta con ellos es totalmente sincero. La gente piensa en complacer a los demás, en la paga de los padres, en el curro que tendrán, en la recompensa, en culturizarse, entre comillas. Todo eso es dinero, sin más, y muchas veces ni eso. Este año no he suspendido ninguna porque he perdido el año. No he hecho casi nada, he estado deprimida, no me apetecía nada, ni ver gente, ni viajar, ni leer. Por eso me ha ido tan bien; bien, como ellos dicen.
–Ellos…
–Ya sabes quiénes son ellos.
–…
–Si me dices qué asignaturas te quedan, te puedo ayudar.
–Jota dice que hay que saber lo que quieren los profes.
–Es verdad, pero hay formas de contentarlos a todos, o a casi todos. Las mates son más cerradas, pero lo demás es casi todo retórica.
–No lo sé.
–En septiembre no suelen poner exámenes muy difíciles, seguro que eso sí lo sabes.
–Sí, pero nunca me habían quedado tantas.
–Ya…
–…
–Una temporada iba a menudo a la montaña los fines de semana, la playa también me gustaba; hasta hice submarinismo. Entre semana me metía muchas tardes en la biblioteca, descubrí a todos los autores que me gustan. Escribí una novela corta; me encanta, aunque nadie me la publique, me encantó escribirla. Fui a París. Les birlaba bastante pasta a mis padres; nunca han estado tan cabreados. También fui a un templo, no sabía nada de la meditación, o sobre el silencio, más bien. Conocí a un chico; o más bien nos ayudamos a conocernos. Aprendí el lenguaje de signos con mi tía, ella es sordomuda. Fui mucho al cine, nunca he ido tanto al cine, y nunca he visto tanta música en directo. Todos te dirán que todo eso está bien para el tiempo libre. Pero nunca he aprendido tanto. Fue el mejor año de mi vida. Me quedaron siete para septiembre.

14 – Sólo el material

Se han dormido. Hasta roncan. Eso da tranquilidad. Jota sale al paso del sol abrasador, camino a las vías. Aún le queda para liarse un par. De algún modo siempre calcula bien, de una semana para otra. Le encanta la hora de la siesta, la hora de las calles vacías, y a la vez obscenamente diurnas. La hora de la siesta es la única que puede competir con las horas nocturnas en verano. Las horas que la gente repudia, quizá porque también repudian el silencio; quizá porque acude más fácil a ti el pensamiento. Las horas asociadas a la inactividad, la improductividad o el aburrimiento.
Lacras modernas.
Jota camina primero entre casas de barrio residencial, procurando que no ladre el perro de turno. Después baja una cuesta y se aproxima al polígono industrial.
Esta vez no le resulta tan relajante. El sol parece más agresivo y las calles más toscas, arrastra los pies, la gravedad parece ser más exigente; todo resulta más como la gente cree que son esas horas. Hostiles, pegajosamente rubicundas, cegadoras.
Sus pies le llevan de forma natural, su cabeza le grita contradicciones. Todo acaba en la zona silenciosamente célebre de la vía. Su camello no ha llegado. Se llama Víctor (o eso dice), tiene unos diecinueve años, está delgado, fibrado, moreno como la corteza de ciertos árboles. Tiene los ojos claros, pequeñas ojeras. Un chico de delicadas maneras, las cuales contrastan con su oficio, su beneficio y su parquedad al hablar.
Nunca lo hace en ese momento, pero Jota decide liarse un porro. Se lo enciende e intenta mirar una y otra vez al sol. Mira hasta que los globos oculares parecen contraerse.
Pasados cinco minutos, llega a lo lejos Víctor, al que Jota puede ver entre manchas, con su vista aún no recuperada. Pega un par de profundas caladas, puede oír crepitar el papel. Víctor cada vez está más cerca. Cuando Jota se quiere dar cuenta, y abstraído con el sonido de las cigarras, ya lo tiene al lado.
Sin saludar, sin introducción, Víctor:
–No me gusta que la peña se coloque cuando trapicheo.
–Oh…
–Bueno, qué.
–Qué…
–Qué te pasa, tienes lo mío o no.
–Eh…
–Si no lo tienes a mí me da igual, la merca va a otro lado, tío.
–Espera… Sí. Lo tengo.
Jota lo sabe, todo con Víctor ha de ser rápido y efectivo.
Billetes a cambio de una bolsita transparente, llena de verde oscuro.
–Ya pensaba que hoy me hacías perder el tiempo.
–No, tío… –Jota suelta la risa tonta del porrero.
–Bueno, me las piro.
–Oye. Una cosa.
–Qué.
–Qué haces.
–…
–Qué haces esta noche, digo, o mañana.
Jota se le acerca, y, para su sorpresa, Víctor no retrocede. Jota murmura:
–Puedes… Podemos…
Víctor le mira a los ojos y a los labios alternativamente. Jota da el paso.
Víctor cabecea y resopla.
–¿Qué pasa? –susurra Jota– ¿me he equivocado…?
Víctor no suena agresivo, pero, mientras se da la vuelta y se aleja, dice alto y claro:
–Sólo el material… Sólo el material.

15 – En la habitación de Oscar

Pasado el ecuador de agosto.
P.:
–Pensaba que nunca vería tu habitación.
Cinco de la tarde, ventana abierta de par en par, motas de polvo flotando rellenan rayos de sol, la cama revuelta, dos condones usados.
–No tiene mucho que ver.
–Bueno, no tiene por qué.
Tumbados boca arriba en la cama, más estrecha que la de los padres de P.
–Es como si ya se hubiera acabado el verano –dice Oscar.
–El verano tiene valor porque se acaba.
–Ya. Como todo.
–Me gusta cómo hablas.
–No.
–…
–No sé lo que digo la mayor parte del tiempo que estoy contigo.
–¿Por qué dices eso?
Silencio.
–¿Por qué estás conmigo? Eres más lista que yo. No soy como tú, ni siquiera sé lo que quiero.
–Pero…
–Hago lo que tengo que hacer, y se supone que no me puedo quejar, porque me lo dan todo y demás. Pero no sé qué coño pinto aquí, no hago… No me siento bien con dieciséis años, y todos me dicen que es lo mejor que hay en la vida. Y me dicen que soy estúpido y que no sé verlo porque tengo dieciséis años. Y creo que lo dicen sólo porque ellos están peor.
–Ellos no saben lo que dicen la mayoría de veces, P., da igual que tengan más años. Sólo hablan. Buscan sentirse mejor, y muchas veces lo hacen utilizando a sus hijos, primero al tenerlos, y luego al decirles que son idiotas. La experiencia no siempre te enseña cosas; la mayoría de veces sólo son vivencias vacías, porque las viven mentes vacías. Los adultos pueden creerse buenos o realistas, pero muchas veces les da miedo que sus hijos sepan lo que quieren. Cuando alguien sabe lo que quiere, el dinero…
–Pues yo no sé lo que quiero, así que… pueden estar tranquilos.
P. se incorpora y se sienta al borde de la cama. Dice:
–¿Quieres que me vaya?
–No lo sé, P., no sé lo que quieres tú en el fondo. Podrías estar con algún chico de… de la universidad. A ellos parece que les gusta todo y saben lo que hacen. A mí ya me ves… Casi no he tocado los libros en todo el verano. La última vez que mis padres se reunieron con mi tutor, hablaron de que no era mala idea que yo repitiera. Y me han quedado dos. Están siempre con ese rollo de que no saco excelentes porque no quiero. Pero no sé por qué iba a querer si repito. Y no sé por qué sacar mejores notas es mejor. De mayores todos son iguales. O casi todos. Te presionan para que no seas diferente.
P. vuelve a recostarse, mira a Oscar.
–No sabía que estabas así.
–…
–No es tan tarde, Oscar. Tienes tiempo para probar cosas. Yo tampoco tengo muy claro lo que quiero. Casi nadie lo tiene claro.
–No lo sé. Hay algo que me huele muy mal. No soy tan listo para saberlo, pero hay algo… Hay algo que no me cuadra.

16 – Cafetería

Una mesa redonda, pequeña, un rincón soleado en interiores. Centro de Periferia. Todos pueden ver a Toni e Iciar con varios libros. Toni tiene sus apuntes delante. Desde fuera, casi se diría que está progresando. En la mesa apenas hay espacio para los dos cafés. Iciar quiere ayudar, y Toni quiere estar con Iciar, sin más, cosa que Iciar sabe, aunque eso no la amedrente para intentar echar un cable en lo académico.
Llega el momento de aparcar los libros; sirven bocadillos, acuerdan merendar. Los bocadillos llegan y son como de juguete, pequeñas lonchas de queso suave, jamón dulce insípido, pan chicloso. No importa. Estiran el tiempo.
–Estoy harto de escuchar que cuando no sabes algo, hay que preguntar –dice Toni.
–Es un consejo genérico, de perogrullo, la gente los adora porque no es fácil rebatirlos, incluso aunque hagan aguas por todas partes.
–Pero no puedes levantar la mano para decir que la clase no te importa.
–De eso se trata. Estás atrapado, la Educación oficial es apariencia la mayoría de veces. Sirve para la tranquilidad de los adultos, y les exime de una parte de responsabilidad. El problema es que un niño en el colegio, o bien tiene que fingir o bien tiene que sacarse a sí mismo de la ecuación y creer ciegamente. Dentro de lo malo creo que es mejor fingir; saber que las cosas se hacen mal, hacer como que crees que adaptarte a eso es responsable, y luego no olvidarte de quién eres y qué te hace sentir vivo. Obviamente la mayoría de críos optan por creer, porque es más sencillo, y porque se les convence de que los adultos tienen razón por defecto. La mayoría de chavales tienen referentes terribles. Es como fijarse en los monos para aprender buenos modales en la mesa.
–Ya…
–No ha sido buen ejemplo, pero seguro que me entiendes. El papá de turno tiene su nómina, quizá hasta su asfixiante empleo de alto perfil (aunque esté asqueado, de lo cual dirá que es la única opción), y mamá ahora empieza a imitar a papá para autorrealizarse como mujer. Fijarte en un hombre para realizarte como mujer… Ni siquiera se puede decir que los padres que van de modernos sean un modelo mucho más adecuado para los críos.
–He oído… que te querían avanzar un par de cursos, pero no sé si…
–Maté dos pájaros de un tiro cateando siete. Fue hace dos años. Aprendí más que nunca, como te dije, y evité ese rollo de la superdotada. No me interesaba avanzar tres o cuatro años de golpe, no tengo ninguna prisa, porque ni siquiera sé qué quiero hacer aún. Con el ritmo normal de estudios la mayoría ya no saben qué hacer. Imagínate que te quieren meter en la universidad dos o tres años antes de lo habitual (y eso contando con que quieras ir a la universidad). Te convierten en un mono de feria, les encanta hacer jerarquía. Así probablemente acabes explotada también antes de lo habitual, un modelo de productividad. Es una puta trampa adulta, aunque sea inconsciente. No se trata de destacar o ponerse por delante, sino de algo a lo que no te van a ayudar: ser una misma, no conformarse sólo con compartir memes que hablan de serlo. La gilipollez de las medallas y el niño con pajarita en la tele hablando con vocabulario de nobel de física, es una peli de terror. Me parece horroroso.
–Así que no te subieron de curso.
–Aún querían, en parte, porque decían que suspendía por aburrimiento, pero me hice la “adolescente”, en resumen, dejé de tenerles respeto. Funcionó.
–¿Te puedo hacer otra pregunta?
–Claro.
–¿Eres una Valoski?
–No. No todas las Iciar pelirrojas somos una Valoski. Tampoco me molesta que lo duden, pero no pretendo ser como ella. De hecho creo que soy muy distinta a ella. Me llamo Iciar Cuadrado, pero nunca me ha gustado mi apellido.

17 – ¿Nuevos tiempos?

Jota en el hueco ya hecho sobre los hierbajos, sentado, como tan a menudo, frente a las torres eléctricas. Dice:
–¿Nadie más lo percibe? ¿Por qué la gente da por hecho que ya no es como antes? ¿Por qué creen que ahora ya es fácil? ¿Y por qué coño tengo yo que dar explicaciones? ¿Por qué tengo que corregir el prejuicio heterogilipollas de todos? ¿Qué coño significa salir del armario? ¿Cuándo se ha contemplado que un hetero esté encerrado en algún sitio?
»¿Y dónde coño voy?, ¿a locales “de ambiente”? ¿Se supone que tiene que chiflarme la decoración? ¿Tengo que tardar una hora en vestirme? ¿No puedo ser como soy y luego follar con quien yo quiera o se deje?
El sol no contesta.
»Si al menos hubiera sido amanerado, si hubiese vestido ajustado y proclamado unos gustos “abiertamente gays”, ahora no me sentiría en la necesidad de dar tantas putas explicaciones. Y eso sin saber cómo van a reaccionar todos. Tan listos y abiertos como se creen. No voy a poder evitar que mi identidad sexual se propague a los putos cuatro vientos.
»Como si les importara una mierda para qué uso la cama. Progres de postín, mojigatos, homófobos, ellos son los que no salen del armario, deberían publicar lo hijos de puta que son en el fondo. Eso SÍ sería necesario.
»Sólo de pensar que algún hipster hable de mí como “su amigo gay”, me dan ganas de planear una matanza. Los pupitres empapados de sangre hetero, de gilipollas que viven de la pose. Soy una persona, cabrones.
»¿Nuevos tiempos? Su puta madre…
»¿Acaso he mentido por omisión? ¿En qué clase de conversación recurrente tiene uno que decir lo que folla o deja de follar? ¿Tengo que comentarlo en voz alta cada vez que vea un tío que me pone? Ya sé que los heteros lo hacen, ¿pero todos tenemos que hacerlo?
»Mierda.
»Mierda.
»¡MIERDA!

18 – Oscar y Jota

Agosto en su último tercio. Atardeciendo, la hierba aplastada y sus dos habitantes. Las torres mudas y el cableado amputado.
–No lo sabía –dice Oscar–, pero me da igual. No diré nada si no quieres.
–No me importa que lo digas. Lo que me fastidia es sentirme obligado a hacer esto.
–…
–Aún no se lo he dicho a mis padres.
–Tus padres no parecen difíciles de…
–No lo sé, de verdad que no. Mis padres son muy artificiales. Son como esa gente que no sabe dejarse ir y ser natural, o que planifican la naturalidad. No pueden simplemente ser abiertos de mente; sólo se muestran abiertos. Son como políticos de la familia, hacen bandera de un discurso, es más importante eso que actuar acorde a ese discurso. Son como esa gente adicta al debate o la “concienciación”, esa gente que parece que en el fondo no querría que se solucionase nada.
»Cuando les diga a mis viejos lo que hay, seguro que reaccionarán haciendo alarde de comprensión. No me dirán “muy bien, buenas noches” y ya está. Porque no son como dicen que son. Hacen discriminación positiva todo el tiempo. Los fachas por lo menos te lo dicen a la cara. Mis padres me dirán cuarenta veces que no pasa nada, que lo aceptan, que debo aceptar mi naturaleza sin problema y bla bla blá; pero cuando alguien hace eso, creo que sólo intenta convencerse a sí mismo. Todo gira en torno a ellos y cómo se ven a sí mismos, y ese tipo de gente no te da aliento, sólo repiten discursos humanitarios que ambos habéis oído. Es más por ellos que por los putos homófobos por lo que me da pereza todo este asunto. Contra los ignorantes de toda la vida es relativamente fácil fabricarse un escudo, pero la gente que es como mis padres…
–Ya…
–¿Dónde está Toni?
–Su novia le está dando clases. O algo así.
–…
–No te preocupes por mí o por Toni, ya sabes que no rajamos. Haz lo que quieras. Da explicaciones o no las des. Seguro que es un asunto chungo, pero tendrás que darte algo de tiempo. La gente es gilipollas, ya lo sabes.
–¿Y qué tal P.?
–P. … P. está bien. Me aguanta. Creo que le estoy dando la tabarra. Pero de momento me aguanta.
–…
–Es que no quiero ser como esa gente que dices. No quiero ser otra persona con ella. No quiero fingir que soy mejor.

19 – Un sueño

Iciar tira el ramo hacia atrás con fuerza. Es extraño, porque nadie hubiese esperado verla casándose. En algún momento, Jota (invitado, se supone) dice:
–Tarde o temprano, comes pescado.
Pero más raro aún es que luego la propia Iciar, argumenta a voces (mientras varias chicas se pelean por el ramo):
–Chicas… No hay una diferencia sustancial entre estar casada y no estarlo. Simplemente la gente lo asocia a una forma de certificar la madurez de cara a los demás. Así que lo hacen. Lo hacen incluso aunque puedan verlo ya como algo más bien rancio o incluso les dé mucha pereza organizarlo todo. Lo hacen, se muestran ante todos; es como decir “Yo también puedo”. Es la presión, una cultura concreta, la cultura de la presión; la gente siempre cree que su propia cultura es la más lógica. Te vistes de novia y quieres ver a tu hija vestida de novia que a su vez querrá ver a su hija vestida de novia. Es muy complicado parar eso, cada vez parece más difícil evolucionar. Todos quieren encajar y complacer; no les importa qué significa eso, la necedad terriblemente compleja que puede subyacer en eso.
La cara del novio es un borrón color carne, no se puede saber quién es en ningún momento. Es la mar de amable, esa amabilidad fabricada en serie; se le oye sonreír, se pueden percibir sus asentimientos. Va de mesa en mesa. Dice cosas como “¡Esa niña guapa!”. A Iciar le pegaría más tirarse a la vía. Parece un pensamiento colectivo.
Luego la chica (desconocida) que ha conseguido el ramo (ya destrozado), va de un lado a otro y mira a los demás intensamente, altiva, queriendo dejar claro que Ella tiene el Ramo.

20 – Poli Inc.

Un rincón, no especialmente expuesto, pero todo el mundo está en el Poli Inc. Y en ese rincón Iciar mete la lengua en la boca de Toni. Esto sucede durante prácticamente las tres horas que el grupo está (o aguanta, según Oscar), en la sala ya típica de Periferia. Después de que todos lo vean, y sin disimulo, ambos se meten en el lavabo unisex.
–A Toni le va a dar un infarto. Hasta a mí me gusta esa tía –dice Jota.
–Te han robado el protagonismo… –le dice Oscar a los focos.
–¿El protagonismo…? ¿Es que ya lo sabe todo el mundo?
–A mí no me mires. Yo no he dicho nada. Y sé que Toni tampoco.
–¿Entonces…?
Se hace la luz.
Víctor… Mierda. Víctor, piensa Jota.
Víctor es el proveedor de todo bicho viviente habitual del Poli, y Víctor no entiende de armarios.
–¿Ya se lo has dicho a tus padres? –Oscar.
–Sí… ¿Tú se lo dijiste a Toni?
–Bueno. No lo iba a hacer, pero…
–No importa. Ya contaba con ello.
–No le importa, sabes que no le importa. Y ahora menos que nunca.
–Cuando salgan del lavabo, nos piramos.
Quien vuelve del servicio en ese justo instante es P. Tiene la mirada perdida y apoya la cabeza en el hombro de Oscar, en pantomima de agotamiento. Podría contar lo que se oía en un habitáculo cerrado en el lavabo; cosa que no hace. Y dice:
–¿Vamos a donde las torres eléctricas?
La oscuridad, fresca, como un bálsamo después del Poli. Caminan. Jota, Oscar, P., Toni e Iciar. Lo suficientemente borrachos, intentando respetar el silencio, buscando las estrellas que saben no se ven en el cielo de Periferia. Llegan a los hierbajos aplastados. Jota dice que como ahora es gay, puede llegar a la hora que le dé la gana a casa. Oscar dice que no quiere volver a casa. P. dice que se vaya con ella a la suya. Toni no dice nada. Iciar murmura, sin que eso provoque exclamación alguna, que el graffiti lo hizo ella.

21 – Jota e Iciar

Agosto se va ahogando en teóricos preparativos para septiembre. Otra cosa es que los preparativos se lleven a cabo. El polígono, rodeado de naturaleza a fin de cuentas, el aire caliente y las cigarras, las cinco y algo de la tarde, el sonido de un helicóptero alejándose. Caminar entre naves.
–Antes nunca venía por aquí, y ahora a veces hasta vengo sola –dice Iciar.
–Es tranquilo.
–Está casi vacío.
–Y se supone que eso es malo.
–La gente cree que el trabajo más alienante es la respuesta. Lo cual es como creer que el dinero es la respuesta. Por eso precisamente el polígono está casi vacío. Por eso hay tanta gente sin trabajo y sin dinero.
–El pez que se muerde la cola.
–Es por el dolor, en parte; el trabajo por el trabajo, sin más, hace menguar el dolor.
–Duele sacar conclusiones.
–…
–¿Y la vía?
–Yo quiero averiguar hasta dónde puedo llegar. O cuán bajo puedo caer. El suicidio no me atrae, porque la curiosidad me come. Si nos vamos a la mierda, yo quiero verlo desde primera fila.
–…
–Hawkins dice que los robots no serán los que aniquilen a la humanidad, sino el capitalismo. Si es así, no estamos tan lejos de la hecatombe. Quiero ver venir la ola.
–No parece que vaya a ser algo rápido y espectacular.
–No pido más entretenimiento antes de morir, lo que quiero es ver qué cara ponen los escépticos cuando sepan que los fantasmas existen. Quiero verles la jeta cuando descubran que sólo han estado currando para joderlo todo.
El bosquecillo cruje bajo Jota e Iciar, que se adentran en él sin hacer comentarios al respecto.
–¿Qué hace Toni? –dice Jota.
–Toni está manoseando libros de texto. En teoría. Creo que no me hace mucho caso. Quizá hace bien.
–Septiembre…
–El caso es que en septiembre no apruebas, más bien te aprueban. Lo que quieren es que te pases el verano sintiéndote culpable, o haciéndote más rebelde. Las dos cosas les sirven. Si te sientes culpable te pueden decir “te lo dije”, y si no…
–Yo diría que sí te hace caso. No creo que haya hecho más caso a nadie nunca.
–Tú ya sabes a qué nivel me hace caso. Y seguro que también sabes que no hablo sólo del sexo.
–Sólo quería picarte.
–Lo que me gusta de él es que se esfuerza por no ser falso, y la manera en que hace esos esfuerzos. Y yo le intento enseñar justo lo contrario, a fingir con los estudios, los deberes, los trabajos. No es fácil cambiar el chip, ser alguien fuera de las clases y fingir que no lo eres dentro para aprobar. Hacer como que estás vacío casi todo el tiempo es agotador, y es prácticamente lo único que se te exige; tu humanidad o cualidades te van a traer sobre todo problemas.
–Oscar es muy parecido.
–Yo diría que Oscar también es así, pero en menor grado. Toni necesita creer que hay cierta lógica en lo que le rodea, y que la misma puede ser algo atractivo, y no sólo gente legañosa fichando por las mañanas.
–Por eso hiciste el graffiti.
–Lo hice porque él… Lo hice porque me gustaba lo que sabía de él; quizá sin haberle descolocado de alguna forma, si yo me hubiese acercado sin más, me habría rechazado. Lo que más te gusta es a veces lo que más lejos quieres tener. Lo ideal sería poder ver con prismáticos a la persona que quieres, deleitarte, y luego irrumpir en su cama por las noches. Suena retorcido, pero a veces el resto de las cosas que se hacen parecen puro protocolo. Puro desgaste, tanto individual como de la pareja. Un desgaste muchas veces innecesario, y que sólo se hace por adhesión.
–Te reirás de mí, pero hace poco soñé contigo, y decías algo parecido en el sueño.
–¿Conmigo?
–Te casabas con un tío sin cara, un borrón simpático, era un gilipollas.
–Ahora no me dirás que tus sueños son premonitorios…
–No; pero desde que soy gay casi de DNI, sueño cada día con la gente que conozco. Esa clase de sueños que jurarías que no lo son… Lo peor es que después los recuerdo.
Silencio.
–¿Dónde estamos?

22 – Televisión

Iciar Valoski se coloca ante un atril en la tele en todos los telediarios. Septiembre hace estiramientos en la banda.
La prestigiosa científica habla del futuro. Veintitantos. Viste lo suficientemente ajustada, lleva el pelo lo suficientemente suelto. Con ella también parecen importantes los detalles, a los que ella parece fingir no dar importancia.
–Es la línea de pensamiento clásica –dice Iciar–, fingir en la vida (fingir que vives), y no sólo sobre el papel para sobrevivir a los gilipollas.
Las manos de Valoski, finas, primorosas, uñas brillantes, cuidadas; sus pies en unas sandalias de tacón alto. Su pecho abultado, su culo conformando la guitarra. El vestido negro, un casi imperceptible colgante que parece de oro. Pendientes minúsculos en una cueva de cabello naranja y estridente (aunque natural). Boca pequeña, labios pintados de algún tono suave. Cejas finas, ojos grandes, nariz pequeña. No se intuye mucho maquillaje en la cara, las pecas están a la vista, también las de su escote. Los fotógrafos no dan abasto.
–Nadie la escucha –murmura Iciar.
–Yo sí, y no sé de qué habla –dice Toni.
Los padres de Toni están a mil kilómetros. Alguien ha muerto. Toni no está seguro de quién; alguien, un amigo de la familia, muy mayor. La cama de los padres de Toni está revuelta, la tele frente a ella es aún de las culonas. Se hace algo raro ver en ella a Valoski, que es algo así como el símbolo de la ciencia-ficción de la vida real.
–Nadie la escucha –repite Iciar–, están todos embelesados. Sólo es algo con lo que poner a currar a los cámaras y los fotógrafos.
–Ya…
Son las tres de la tarde. Pero está nublado.
–Fíjate, la mayoría de los asistentes son tíos de más de cincuenta tacos. Del ramo, sí, pero sólo han ido a ver el espectáculo.
–Creo que he oído algo de robótica.
–Aunque esa chica estuviera dando pruebas sobre por qué mañana se acaba el mundo, con ella el sexo seguiría siendo más importante.
–El sexo es la noticia.
–Casi siempre está presente. En las presentadoras, las chicas del tiempo, los anuncios… Es tan evidente que ya está como escondido a plena vista. Lo suelen hacer con las tías, pero también lo hacen ya con los tíos; generalmente lo estúpido se expande a los dos géneros; ahora las tías se hacen las duras, y los tíos se depilan. Además, si nos entretenemos demasiado en debates sobre sexismo o machismo, y aun con mucha razón, eso sigue siendo interesante para las élites, saben que todo ese rollo ya no pasa de ser un entretenimiento. El capitalismo está muy por encima de todo eso, va varios pasos por delante; es de perogrullo que si a partir de mañana se vendiera más enseñando variedad (tíos del montón o vecinas de al lado con cuello alto), se extinguiría parte del discurso sobre el sexismo o el machismo instaurado por el patriarcado, habría que renovar las etiquetas. El asunto es mucho más complejo que un montón de tíos haciéndose los machitos. Mientras busquemos motivos cerrados con los que indignarnos, no podremos ni acercarnos a tener una visión de todo el espectro del problema. Es un problema increíblemente complejo de actitud global, de egoísmo patológico a nivel internacional, y de eso no se están librando ni los hombres ni las mujeres. También hay y ha habido mandatarias voraces y crueles. Operan con los mismos principios que los tíos. Y ni se te ocurra decir por ahí lo que pienso sobre todo esto, aún lo estoy madurando. No quiero tener a un montón de activistas de Periferia arreglando el mundo a base de insultarme “justificada y educadamente” por no usar la misma terminología que ellxs.
–…
–Pensar es mucho más difícil que ver, por ejemplo, un anuncio estúpido (misógino simplemente para provocar) y convertirlo en símbolo de todo lo que va mal. Eso es lo que yo creo.
Se desata una tormenta fuera. Se oye un trueno ensordecedor. Iciar dice:
–Vaaale.

23 – Tormenta

La habitación de Oscar, ventana cerrada, ambiente postcoital. P. de pie frente a la ventana, viendo caer las cortinas de agua. Dice:
–Casi no se pueden ver ni las torres desde aquí.
Ocho de la tarde.
–No sé por qué –dice Oscar desde la cama–, pero a veces me gustaría ir allí cuando llueve así. Sin paraguas. Ir como si hiciera sol y sentarme en los hierbajos bajo a lluvia.
–Por cierto, ¿no tienes comida, no?
–Tendremos que pedir pizza o algo así… Pero luego nunca voy, llueve y me quedo aquí embobado, mirando por la ventana.
–Si fuera una peli, ahora saldríamos, iríamos corriendo hacia las torres. Sería la escena romántica de juventud.
–En las pelis no te enseñan la pulmonía de después.
–Tenemos las imágenes de libertad que nos han metido en la cabeza. Ser libre no implica necesariamente empaparse en una tormenta. Hay leche embotellada, patatas de bolsa, y también libertad de diseño. Da igual que no sepas qué coño quieres o te gusta, la gente compra la libertad en Decathlon, normalmente porque lo que saben hacer es comprar. Ser libre es otra historia.
–Diseño… Como saltar de aviones, puenting, bajar un río en kayac…
–Depende de la moda. Hay gente que salta de un puente sólo por la imagen de libertad asociada a ello. Luego confunden el subidón de adrenalina con vivir a tope y libremente, y el lunes vuelven a cagarse en todo. Aunque puede que a ti te guste de verdad la lluvia.
–No lo sé. Aquí siempre hace sol, por eso me gusta la lluvia.
–Si un día haces puenting o paracaidismo, si quieres aprender algo no tomes nota de los turistas, toma nota de los monitores. Es lo que haría yo.
–Mejor maestro que aprendiz…
–Lo decía más como lección vital. Pero para mí ser aprendiz de todo y maestro de nada es una huida hacia delante. Puede funcionar, vas tirando; pero nunca alcanzarás las cotas de placer de quien profundiza en las cosas.
–…
–Nadie se conforma con un besito y magrearte las tetas por encima de la ropa; y justo eso es lo que hacen con la vida.
–Me gustaría tenerlo tan claro.
–No me hagas mucho caso, soy joven. Eso te dirán. Me flipa cómo la gente quiere verte en el barro. Eso de que los padres quieren que sus hijos triunfen es una patraña, lo quieren igual que querrían dejar sus trabajos al uso e intentar algo que les llenase de verdad. Al final sólo es una fantasía; al final la mayoría quieren que hagas lo mismo que ellos, desconectarte, quizá sentado. Lo que me pregunto es por qué creen que eso es lo responsable. La mayoría no creen en el paraíso después de la muerte, pero opositan para entrar en él. Es como si jugarán al Después de la muerte, y no al Antes. Y encima creen que los jóvenes somos demasiado ingenuos. Todo esto no tiene que ver con la ignorancia de los jóvenes, sino con con la elaborada cobardía de los adultos, y cómo la justifican.
Silencio.
–Lo que quieras, pero me van a follar en septiembre.
–¿Qué día es?

24 – Precoces

Vuelta de hoja en el calendario. Víctor dice:
–Tened cuidado con esas tías.
–He perdido la cuenta de las veces que me han dicho eso –dice Oscar.
–Yo iba al mismo colegio que ellas. Estaba tres cursos por delante, pero hasta así oía hablar de ellas.
–Nos vas a contar una historia –murmura Toni, desalentado.
–Ya os la he contado. Yo estaba tres cursos por delante y oía cosas sobre ellas. Tres cursos son mucho. No os voy a contar ninguna historia porque sería mentira. Pero la fama es en sí misma una historia.
–Me pierdo. –Oscar.
–Yo ya sé el rollo de la superdotada… –Toni.
–Eso son migajas –interrumpe Víctor–. Las dos pasaron por despachos por eso, reuniones de padres y profes y ese rollo.
–¿Las dos? –murmura Toni.
–Normalmente si quieres saber cosas de P. tienes que escuchar a Iciar hablar sobre sí misma. Lo bueno de P. es que puedes confiar en ella. No puedes decir eso de casi nadie. Todo el mundo lo larga todo.
Silencio.
–No os quiero meter miedo –añade Víctor–, de hecho tengo entendido que ahora están muy tranquilas. Qué sé yo, tampoco las conozco tanto. Normalmente me limito al material.
Aunque no intervenga, también está presente Jota. El silencio es el nuevo amigo de Jota. El tren pasa a tres metros de ellos, sentados en el polvo aún húmedo. Empieza a oscurecer, y no muy lejos las torres se recortan contra la luz de amarillos, naranjas y rojos. Cada vez más rojos. Las luces interiores del tren ya encendidas, cada pasajero mirando un momento al grupo. Mientras el gusano se aleja, los chicos se vuelven un momento hacia la mancha oscura de las vías.
–La gente habla sobre vosotros –dice Víctor.
–Me cuesta creerlo –murmura Oscar.
–Venís siempre por aquí, os aisláis, y ahora dos de vosotros comenzáis a salir con P. e Iciar, tiene huevos…
–Me he perdido… –dice Toni.
–Esas chicas son como… ¿Sabéis cómo las llamaban en el centro?
Silencio.
–Hermanas Halloween… Porque son todo calabazas…
–Sigo perdido…
–Esas tías ya han dado más calabazas que todas las demás juntas de Periferia. Desde los doce años no hacen otra cosa. Han tenido que batir algún récord.
–Víctor, eso les da igual… –murmura Jota.
–Y creo –continúa Víctor– que se han liado con vosotros sólo porque vosotros ni sabíais que existían.
–No estás muy bien informado… –Toni.
–Vale, sabíais que existían, pero, dejando de lado el Poli, el resto del tiempo os venís aquí a hacer el ermitaño. O ha sido un plan muy retorcido por vuestra parte o ellas os han salvado de que os tiréis a la vía…, cosa que de algún modo hace que se mojen.
–No le escuchéis –dice Jota–, a veces le da por dar sermones de camello enterado.
La noche comienza a arañar la puerta. Se hace el silencio entre los chicos. La zona parece propicia para eso, para que el silencio no sea incómodo. Víctor le pasa una bolsita a Jota, pero Jota no le da nada a cambio. En algún momento, todos se levantan, se sacuden los pantalones. Es mejor largarse ya. Septiembre no invita a relajarse. Septiembre viene con fronteras, líneas límite y todas las celdas que la gente ha aprendido a amar y respetar.
Oscar y Toni se movilizan, se detienen en un aparte, esperan. Jota se queda un momento atrás con Víctor. Se dan un beso en la boca, se susurran algo. Toni dice en voz baja:
–Les doy un mes.

25 – Iciar y P. frente a las torres

Iciar: Te noto más abierta que antes.
P.: ¿Eso va con segundas?
Iciar: Sabes que odio a la gente que habla con segundas.
P.: No soy más abierta que antes. Sólo ha cambiado mi rutina.
Iciar: A mí me preocupa una cosa.
P.:
Iciar: No me da miedo el futuro.
P.: Pues tus padres deben estar histéricos con eso.
Iciar: Creo que mis padres me tienen miedo a mí. Creo que ya saben que no es fácil manipularme.
P.: ¿En qué van a basar su educación entonces?
Iciar: Creo que están muy perdidos, desconcertados. Por fuera intentan demostrar orgullo de hija o algo así, pero por dentro…
P.: ¿No discuten?
Iciar: No. No, porque ahora no tienen motivo, en teoría. Tampoco he pegado la oreja a la puerta de su habitación. Pero me tienen mucho miedo, eso lo tengo claro. Ya casi no les hablo. Sólo para nimiedades. Cuando he intentado abrirme, acaba flotando en el ambiente la idea de que su vida no ha tenido sentido.
P.: Mis padres saben menos, así que sienten menos. Nunca me he abierto con ellos de verdad. Nunca le he visto sentido a semejante cosa. Son sólo gente con suerte, disfrutan de una herencia. Creo que no quieren que el hecho de tener una hija les estropee la fiesta. Les educaron en la idea de que tener mucho dinero es la máxima aspiración, como a todos, aunque esa idea se disfrace de mil formas. Ahora tienen ese dinero, así que se limitan a intentar convencerse de que no pueden estar mejor. Si cateo alguna, fingen que les preocupa. No sé cuánta pasta heredaron, pero creo que de rebote eso ha hecho que sean mucho mejores padres. No intentan moldearme según el imperativo de la rueda de la producción. La mayoría de los padres regalan a sus hijos a la burguesía. Es como meterles a currar de criados en la gran mansión de algún tirano. Creen que sus hijos no deberían aspirar a nada más; y cuando se les habla de aspirar a algo más, se creen que vuelves a hablar de dinero. Mis padres no han necesitado ser así, así que, sin querer, me han dejado espacio para ser una persona y no un cromo repetido.
Iciar: Olvidas el rollo de la superdotada.
P.: Oh, eso supongo que les gustó, durante un rato al menos. Pero luego en realidad les dio un poco igual, porque rentabilizarlo no tenía sentido. Sólo piensan que tienen una empollona en casa.
Iciar: Mis padres se adhieren al pensamiento de que intentar hacer algo poco habitual es buscar un camino fácil que no existe. Si escribes o pintas o decides que no quieres acabar en una puñetera oficina, creen que quieres dar el pelotazo, que quieres convertirte en J. K. Rowling. Es muy importante para ellos hacer hincapié en la inmadurez. Es una encerrona, porque obviamente lo asocian todo a la edad. Y luego lo harán al nivel de ingresos.
P.:
Iciar: Esto es lo único que nos faltaba.
P.: El qué.
Iciar: Venir aquí solas a arreglar el mundo. Como si no tuviéramos ya fama de raritas.
P.: No pensaba que eso te preocupase.
Iciar: No me influye. Y tampoco me preocupa. Pero no soy capaz de seguir leyendo hasta que no echo a la mosca de la habitación. Ese puto zumbido constante…, tienes que vivir con él a gran escala. Y no tengo ganas de hacerme budista.
P.:
Iciar: Te hacen sentirte culpable por no celebrar tu cumpleaños, por no estar atenta al de los demás, por no ser detallista en lo material, por no hacer la mueca adecuada, por no ser una princesa, por no mirar embobada a los tíos, por no declararte feminista, por no ir cargada de etiquetas, por no vestir, por no lucirte, por no aferrarte al puto calendario, por no ser militante, activista, de alguna tribu, de algún grupo, de algún equipo de fútbol…
P.:
Iciar: Soy una esclava de mi época, vale, pero que me dejen ser la esclava que a mí me dé la gana…
P.:
Iciar: Ya te estoy dando la murga.
P.: No, la verdad es que estoy bastante sorprendida, no sueles hablar tanto.
Iciar: Creo que es porque ahora le doy la murga a Toni. Se ha abierto la veda, y estoy empezando a hacerlo con todo el mundo. Excepto con mis padres, claro.
P.:
Iciar: Y está claro que no es buena idea. No puedes exponerte tanto. Además nunca sabes explicar exactamente lo que piensas. Te acabas yendo a lugares comunes.
P.: En los exámenes es práctico dar la murga.
Iciar: Ese es el problema, estoy demasiado acostumbrada a hacer el papel, y lo acabo haciendo sin querer en la vida real.
P.: ¿El colegio no es la vida real?
Iciar: ¿Me estás tirando de la lengua? Ahora lo hacéis todos…
P.: Sólo aprovecho que se ha abierto la veda…
Iciar: El colegio es un concurso de preguntas y respuestas de televisión pública. Hasta creo que la gente que va a esos concursos tiene libros específicos de cultura general para estudiar. Si todo ese rollo fuera efectivo, todos los jubilados serían unos genios, son yonquis de ese rollo.
P.:
Iciar:
P.: Cuando tenía nueve años estaba enamorada de un profesor… Luego le vi una vez por la calle, fuera de contexto. Iba con una chica, una rubia que me recordaba a una niña de mi clase. Una niña que me parecía una estúpida. A partir de aquel día, cuando vi a aquel profe sobarle el culo a aquella idiota, algo me comenzó a descuadrar. Alimenté aquella sensación, aunque me olvidara pronto del profe. Con doce años, para una redacción de tema libre, escribí todo lo que no me gustaba y aburría de las clases. Sin ninguna falta de ortografía, con letra de niña, redonda y clara, cada i con su punto. Se titulaba “Yo”, con comillas. Dos días después estaba en el despacho del director con mis padres. Ahora creo que lo que más les molestó fue el título. Sonaba reivindicativo; creo que me imaginaban a corto plazo con tatuajes, con media cabeza rapada y lanzando huevos a alguien con traje. Fue entonces cuando comenzaron a contemplar lo de la superdotada, comenzaron a ponerme pruebas. No sé… Creo que era su forma de devolverme al redil. Ellos pensaban que me aburría en las clases porque me parecían demasiado lentas o elementales; cuando lo que pasaba es que yo quería huir justo de aquello en lo que aún me querían hundir más. Era como si durante un violación, la chica gritara de dolor, y el zopenco de turno pensase “Le va la marcha, hay que darle más fuerte”. Ahora soy como una botella de dos litros repleta de gas, esperando a que alguien me abra para mancharle la puta ropa de marca. Muchos de los chicos que acaban provocando una matanza no suelen ser asesinos; sólo van en paralelo con el sistema, saben verlo desde fuera. Un click menos, una llamada menos de teléfono, y hubiesen sido un oficinista más.
Iciar: Bueno… Víctor seguro que te puede conseguir un AK-47…
P.: Veo que te he impactado…
Iciar: Pues sí, aunque creas que no.
P.: Pero sobrevaloras a Víctor.

26 – De vuelta

Entrado septiembre, Iciar y Toni pasean por el centro. Periferia por la mañana. Sólo el sol arriba.
–Fíjate. Ya han vuelto todos de sus misiones para conseguir fotos –dice Iciar.
–Ya no hay nadie de vacaciones.
–La luz cambia, sobre todo por las mañanas. Aunque aún haga calor, algo te dice que ya no tiene sentido hacer cosas como ir a piscinas al aire libre.
–Ya…
–No te veo muy fino, Toni.
–Estoy nervioso.
–…
–…
–No le des tanta importancia. Te van a pasar, te aprobarán. Si has “rellenado”, como yo te dije. Si ellos han notado el “esfuerzo”, no te van a catear.
–A Oscar ya le han dicho los resultados, está aprobado.
–Y qué debo inferir de eso…
–Que creo que prefería que hubiese suspendido…
–Estamos programados para eso, perder juntos o ganar juntos. O estar en la mierda juntos. Siempre que estemos juntos y seamos iguales, la norma dice que nos tenemos que sentir mejor.
–Yo creo que sólo es lo que dice mi padre: mal de todos, consuelo de bobos.
–Para mucha gente, en la convivencia, sólo suele haber una cosa que provoca más placer que ver a tus amigos triunfar, y es verlos triunfar, pero menos que tú. Aunque es verdad que también hay mucha gente a la que le gusta ver a los demás fracasar. Eso mueve cantidades ingentes de dinero. Hay medios dedicados sólo a eso.
–…
–De todas formas, si tuvieras tantas ganas de que Oscar suspendiera, seguramente no habrías sacado el tema.
–No lo sé. Si su suspenso provocara mi aprobado, hubiese firmado.
–Esos supuestos no tienen sentido, Toni. Además qué crees que va a pasar. Dentro de diez años el miedo que tienes ahora te dará para una anécdota rápida. No quiere decir que se pueda evitar el sufrimiento, pero piénsalo.
–No lo sé. Me siento mentalmente agotado.
–Vamos a desayunar. No es que así se te vaya pasar.
–Vaya.
Después. La cafetería del centro en la que ya hicieron sesiones de estudio. Chicos y chicas bronceados, pasando fotos en el móvil. Iciar y Jota se acomodan en el rincón interior habitual;
–Si te fijas en sus caras –dice Iciar en voz baja–, verás que la mayoría de veces quien más disfruta con las fotos es quien las enseña. Los demás sólo esperan a que acabe. Es el primer ritual tedioso del año.
–¿En septiembre?
–Nadie en su sano juicio cree en el fondo que el año empiece en enero. Que salgan de fiesta en nochevieja no significa nada. En muchas fechas señaladas salen y no saben ni qué coño se conmemora o celebra. Están acostumbrados al “sí, bwana”. Enero es como la puñetera mitad del año.
–El calendario.
–El calendario manda más en muchas personas que ellos mismos. Es aterrador, si lo piensas.
–…
–A muchas personas les gusta que les den permiso, para todo, les chifla. Están acostumbrados a quejarse y luego echar de menos aquello de lo que se quejaban. Es como un síndrome de Estocolmo a escala planetaria.
Silencio. Pero el silencio entre ellos se rellena de conversaciones mezcladas, algún gritito ocasional, cucharillas al contacto con tazas, el olor del café, la puerta abriéndose, el rumor del tráfico fuera. Las nueve y media de la mañana.
–Cada vez me molesta más el ruido.
–A nuestra edad se supone que deberíamos amarlo.
–No es que aquí haya mucho ruido, pero…
–Estás hablando del silencio.
–Sí.
–¿El silencio aún no es hipster? Lástima.
–Es hipster escribir sobre él.
–Has dado en el blanco.

27 – Fiesta mayor

El grupo en la feria. Caminar entre atracciones y puestos de tiro. Músicas mezcladas, tierra, familias, amigos reunidos, ruido, septiembre en velocidad de crucero. Oscar dice:
–Supongo que más tarde iremos donde las torres.
–¿Es una afirmación o una pregunta? –Jota.
–Significa que le encanta la feria –P.
–¿Y eso es sarcasmo o es sarcasmo?
–A mí me gusta la feria –dice Iciar–, durante unos diez minutos.
–Acabamos de llegar. –Toni.
–Sí. La cuenta atrás comienza.
–No seáis tan previsibles. No estamos en los noventa –dice Jota–, seguro que si lo intentáis, os podéis divertir.
–Nueve minutos.
–Tengo que encontrar a Víctor.
–Se destapó la liebre –dice Oscar.
–¿Has quedado con Víctor en la feria? –Iciar.
–Me imagino a Víctor antes construyendo las atracciones que montando en ellas. –Toni.
–Vaaaale, en cuanto encontremos a Víctor, quemamos la feria y nos vamos, no os preocupéis, no era mi intención exponeros a tanta gente sonriente.
Más tarde. Las torres parecen vigilantes, conscientes del paso del tiempo, conscientes del cambio de temperatura, conscientes, en definitiva, de que vuelven a no estar solas.
Y Víctor lleva dos maletas, por las que nadie le ha preguntado. Todos excepto él se sientan en los hierbajos conocidos. Las torres están a unos cincuenta metros. Víctor se dirige hacia una de ellas con ambas maletas.
–¿Tu novio tiene lo que se dice algún plan? –Iciar.
–Sólo ha estado haciendo experimentos, creo que quiere probar una cosa. –Jota.
–Eso no me invita a pensar en nada constructivo –dice Toni
–La gente está en el centro, están con su ruido, y a nadie le importan las torres.
–¿Qué está pasando? A me importan –dice Oscar.
–Hay como diez torres, no te preocupes.
Cinco minutos después, la explosión resulta más potente de lo esperado. De lo esperado por Víctor, claro. La torre se mueve, coge un ángulo cada vez más cerrado, bañada en luna llena. Es como si hubiese estado esperando a que alguien la librase de su sino, de permanecer inerte, ignorada por casi todos, y también inútil para su cometido.
Algunas personas, desde la feria, llegan a oír el ruido. El ruido por encima del ruido. Una niña le pregunta a su madre:
–¿Dónde ha sido eso?
La cual, parece que instintivamente, contesta:
–Donde las torres eléctricas.

28 – Arranca el año

Oscar sentado, pero no sobre hierbajos, sino en el sillón de tres plazas del salón de su casa, o de casa de sus padres, los cuales hablan, hablan de un futuro infernal.
Toni despertando, su madre deambula por la habitación, Toni se incorpora. Su madre le dice que al día siguiente le costara horrores madrugar, porque no ha cambiado el horario gradualmente como ella le aconsejó.
Iciar en la ducha.
P. sola en la terraza de su casa, de la casa de sus padres, fuma. Sus padres gastando más de la cuenta en otra franja horaria.
Jota sentado en la taza del váter, Jota lavándose los dientes.
–Los hombres piensan en follar; la mujeres piensan; eso piensan los hombres –dice Iciar, por la tarde, el culo sobre los hierbajos.
–Quería invitaros a una especie de fiesta con colegas de Víctor –dice Jota–, pero me dais un poco de miedo. ¿Ese día podríais hablar acorde a vuestra edad?
–No sé a qué te refieres.
–Me refiero a no hablar, sonreír, colocaros y decir de vez en cuando “ey”.
–Nos colocamos.
–Pero luego flipáis muy por encima de la media. La peña, cuando se coloca, dice bobadas y se ríe. Vosotras empezáis a usar alguna especie de bisturí dialéctico para arrasar con todo.
–¿Bisturí dialéctico para arrasar con todo? –murmura P.–, y nosotras somos las rebuscadas.
–¿Víctor ahora va a dedicarse al tráfico de armas? –dice Oscar.
–Más uno –dice Toni.
Coincide para todos, es el último día antes de las clases. Una torre menos, pero siguen erectas el resto. Está atardeciendo otra vez.
–Sois unos paranoicos. Víctor mezcla, prueba, constata.
–Pues tenía toda la pinta. –Oscar.
–Hace eso con todo. Se llama vivir.
–Se llama explosivos de fabricación casera.
–Se llama líos por venir –dice Toni.
–Tu novio está muy parlanchín desde que el mundo académico le vuelve a aceptar, Iciar.
–La verdad es que no. No lo está.
–No lo estoy.
–Os veo muy tranquilos ante el comienzo real y no oficial del año.
–Es la calma del día anterior –dice P. –Gastas los nervios los días de antes. Tanto que el último día estás como si te la sudara todo.
–Eso está bien, podrías hablar así con los colegas de Víctor. Así como máximo.
–Tus nervios claudican –dice Iciar–, yo creo que es un rollo de autodefensa del organismo. Mañana por la mañana, justo al despertar, nos crecerá en el estómago de golpe todo lo que hoy nos es indiferente.
–Así ya no tanto. Claudicar, autodefensa, indiferencia… Demasiado.
–Yo lloro cada primer día de curso, por la mañana –sigue Iciar–. Mi madre cree que es pura emoción, que hay varios motivos para ello. Pero sólo hay uno: no quiero volver a un pupitre.
–Mi madre cree que estoy deseando volver a ver a compañeros y profesores –dice P–. Creo que alguna vez de pequeña debí balbucear algo sobre eso. O puede que ella misma se lo haya repetido como un mantra, y crea que fue de mi cosecha. Se habla siempre de la sabiduría y la capacidad de amar de las madres, pero yo creo que a veces no hay nada más torpe que una madre, incluido su amor. A veces sería más adecuado dejarse aconsejar por alguna clase de madre externa no consanguínea, de la misma forma que no vas a un médico al que conoces personalmente para que te atienda.
–Es verdad. Aunque ese histerismo emocional de las madres a veces hace que te entiendan cuando menos te lo esperas –dice Oscar.
–Lo peor es que estáis contagiando a mis dos colegas de toda la vida –dice Jota–, ahora de repente reflexionan en voz alta.
–Mi madre se limita a respirar y tender la ropa y cosas así –murmura Toni–, siempre que pienso en ella es haciéndose a un lado mientras mi padre me echa la bronca o me da una hostia.
El sol, yéndose, no responde. Los colores de la tarde ganan en tonos lúgubres. Es como la venida de la última noche de los tiempos. Algo en lo que piensa Jota, que murmura:
–Cthulhu va a venir a comeros los genitales.
Se levanta y se sacude los pantalones. Parece dirigirse hacia el bosquecillo. El final del atardecer es un cúmulo de finas nubes rojas. Los demás siguen a Jota, ya sin decir nada, como si todos se fuesen con el sol. Quizá piensan en más horas de la siesta en aulas. En más paseos que no darán. Más ideas que se perderán, extinguiéndose ante una pizarra llena con las ideas de otros. Quizá piensan que las oportunidades no se pierden, sino que la mayoría de veces te las arrebatan. Puede que piensen por primera vez en su vidas; que lo hayan hecho por primera vez este verano; y que la gente pensará que hablan de sexo si lo llegan a decir en voz alta. Quizá piensen que aún pueden recogerse a sí mismos del suelo manchado de tiza. Puede que eso sea suficiente para no pensar en las vías.
Desaparecen dentro del bosquecillo. Nadie quedará en un tiempo donde las torres eléctricas.

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50 relatos de Grey (50 de 50) – Carta abierta a Khatia Buniatishvili

Quiero que sepas que este texto es el que cierra una larga serie de relatos autoconclusivos o abstracciones, y que me da un poco de vergüenza (aunque no suelo tenerla para escribir), y que sólo lo escribo porque sé que hay una posibilidad entre un millón de que jamás lo leas o alguien te lo traduzca (si es que no sabes español, cosa que no me extrañaría).
Quería poner el título en georgiano, pero es como el chino para mí, no tengo ni idea, y google sí me traduce “Carta abierta a Khatia Buniatishvili” al georgiano, pero luego al intentar traducir lo que me dice que es esa frase en georgiano al español (como comprobación), sale algo como “La Fuente, icono Buniatishvili”. Así que no sé si lo hago bien o si se equivoca el traductor o si soy yo quien se equivoca. De modo que he decidido escribir el título del texto de la única forma que sé. Sé que sabes otros idiomas más fácilmente gestionables para mí (francés, inglés, etc.), pero la gracia estaba en hacerlo en tu idioma natal. Eso convertiría el título en algo exótico y desconcertante para el lector potencial, que, por otro lado, quizá buscaría traducirlo con google, y no quería que se encontraran con eso de “La Fuente, icono Buniatishvili”. Odio los traductores y la informática más o menos tanto como te quiero a ti.
Las cartas abiertas suelen tener casi siempre connotaciones políticas, o algún tipo de intencionalidad altruista. No sé si esta vez será así. Creo que esto es más bien una carta de amor. No sé si será de las buenas, pero algo me dice que muchas de las buenas jamás llegarón a su destinatario/a. Eso es deprimente, pero me gusta. Muchas de las cosas que me gustan son deprimentes, al menos para los demás.
Tampoco voy a entrar a definir de qué clase de amor hablo, ni enrollarme con lo de que hay muchos tipos de amor. Yo sé a quién quiero, eso debería bastar aquí.
Los motivos no serían fáciles de precisar, pero sería necio decir que no fue una foto tuya lo primero que me atrajo. Te vi en el periódico, el artículo era sobre un concierto tuyo. A veces llevo una libreta para apuntar ideas (así de talentoso me creo), aunque más bien la uso como agenda, o para poder recordar cosas como tu apellido…
Luego –otra vez tengo que evitar ser un necio– busqué más fotos tuyas por internet. No tengas miedo de que llegue el momento en que te confiese si alguna vez me he tocado o no con ellas. No voy a decir ni si sí, ni si no, o si mucho o poco. Una cosa es cierta, para eso no suelo usar fotos de mujeres a las que admiro, o que me son familiares de alguna forma. No sé por qué es así; necesito cierto grado de distancia con el porno o lo que uso como porno. Esto no quiere decir que no sea tan depravado cuando cualquier otro tío hetero, pero tengo mis manías.
Me toca también decir que no soy ningún experto en música clásica. Soy más bien de la hornada indie de a principios de los años 2000, cuando tener el primer disco de los Strokes o (luego) de Artic Monkeys, era igual a ser alguien con buen gusto, o al menos con gusto de algún tipo. Ya te puedes imaginar: Radiohead, Massive Attack, PJ Harvey…
No quiero parecer como esas personas «abiertas» que dicen que les gusta todo tipo de música, y que luego lo más que hacen es poner la radio en el coche y pillar una turca cada vez que pueden. Pero es cierto que todo lo que es música me llama la atención. Y también es cierto que seguramente disfrutaría más en un concierto de música clásica que en uno de jazz clásico (y a conciertos de jazz sí he ido…). No se puede tener oído para todo, y no todos crecemos en hogares de gustos exquisitos (no juzgo tu infancia, no la conozco…).
He escuchado muchas veces Motherland, y he visto montones de vídeos con interpretaciones tuyas. Debo reconocer que siempre prefiero los vídeos en que estás sola al piano; creo que el piano con acompañamiento de orquesta lo disfrutaría mucho más en directo. El vídeo lo filtra todo, lo cambia, de alguna manera. Es posible que a veces lo más pequeño o minimalista, lo más delicado, luzca más que las grandes orquestas demostrando todo su potencial. Youtube está muy bien, pero tiene sus limitaciones… (algún día espero poder verte en directo).
Tu belleza acaba siendo hipnótica, y sospecho que cada vez que comparto alguno de tus vídeos por redes sociales, es posible que todos estén haciendo algún tipo de lectura «pseudofreudiana» de mi sinceridad sobre cuánto me gusta la música clásica. Ya sabes lo que pasa con la música clásica. Insisto en que no soy ningún experto, pero creo que lo que pasa con la música clásica es que es justo lo que hay al otro extremo de la vida tal y como la entiende la mayoría de la gente. Apenas escuchan ya discos enteros de rock, así que imagínate con la música clásica. Creo que lo que deben pensar muchos cuando comparto un vídeo tuyo, es simplemente que estoy enviando el mensaje que cualquiera entiende: «Sí, sí, qué bonito el piano, pero fijáos en lo buena que está».
Estoy seguro de que has pensado en estas cosas. Puede que incluso te hayan dado algún problema. Pero soy completamente sincero cuando digo que flipo (FLIPO) cuando tocas piezas de Prokófiev. La primera vez que te vi tocar el Precipitato, dudo que viera ese vídeo menos de diez veces seguidas. Es una locura, y creo que a estas alturas me la sé casi de memoria.
En ninguno de los posts de esta serie he incluído vídeo, pero sí lo voy a hacer en este.
¿No es bonito enamorarse y que no se trate necesariamente del empacho habitual de las parejas recurrentes? Hay una película de Spike Jonze (Adaptation, no sé si la habrás visto) en la que Nicolas Cage interpreta a unos hermanos gemelos. En una escena particularmente dramática, uno le confiesa al otro que, en el instituto, una chica se burlaba de él con sus amigas, mientras él pensaba que era la chica de sus sueños y que la quería. ¿No te dabas cuenta de que se burlaba de ti?, le decía. A lo que el otro hermano, sin atisbo de disgusto, le dijo que lo sabía, pero que le daba igual, que eso era problema de la chica, no de él, y que «uno es lo que ama, no lo que le ama».
Aunque en la peli se referían al amor romántico y no a otro tipo de amor, más genérico, quizá más lo que hay en estas líneas, creo que ese principio es una gran verdad. Aquí hay una clara barrera idiomática, muchos kilómetros de por medio y circunstancias completamente distintas. Tú podrías ser perfectamente la chica que se burla de mí con sus amigas.
Pero me da igual.
Lo que yo siento no pierde un ápice de valor. A pesar de lo que seguirán contando los fans de Cupido, el amor no es el puñetero día de San Valentín, no es necesariamente gastarse una pasta, ni casarse, ni hacer viajes a tomar por culo a donde haya palmeras y daiquiris. El amor no es un meme hortera ni una frase forzada para conseguir sexo; no es purpurina ni un morreo en una discoteca. Para mí el amor no es sacrificio ni tampoco tumbarse a la bartola. El amor no es necesariamente pasear agarrados de la mano. El amor es, por ejemplo, verte a ti tocando el piano.

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