Un mensaje nuevo

Vuelves de la oscuridad y primero te sientes a ti mismo respirar pesadamente. Luego notas todo tu cuerpo, lo cual es una buena noticia. Pero después eres consciente del dolor. A través de las telarañas del parabrisas quebrado, puedes ver el atardecer. Una zona algo apartada de la ciudad, una carretera a medio camino de todo entre bosques breves de periferia. Una salpicadura de sangre propia parece arte abstracto en el salpicadero. Estás atrapado, y de todas formas sabes que casi seguro te has roto las piernas por completo. Te oyes a ti mismo gemir, aunque sin energía. Tu cara húmeda desde tu oreja derecha hasta el cuello, tu camiseta empapada como si te hubiera exprimido un gigante. Nadie iba contigo, lo cual te produce una sensación similar a la de sentir todo el cuerpo: una suerte de vitalidad fugaz. Tus brazos malheridos gozan de movilidad, aunque uno de ellos parece tener cristales clavados, fragmentos como minúsculas estalactitas. La sangre dificulta la lectura del escenario. Es la percepción atrofiada por la vida en crudo. Ves un fardo delante de ti empapado de rojo y supones que también líquido de motor; te das cuenta de que es el airbag, una suerte de condón descomunal reutilizado y repugnante. Cuando intentas hacer algún movimiento, se te va la cabeza debido a punzadas de dolor desconocidas para ti hasta ahora. Oyes un crujido que proviene de una de tus dos piernas, como una rama a medio romper. Sólo del terror te entran unas irrefrenables ganas de vomitar. Te da una arcada y te tragas lo poco que sale. No quieres padecer convulsiones para no moverte más de la cuenta. Tu cuello parece operativo, aunque algo rígido, no es que te vayas a librar del collarín. Por el rabillo del ojo izquierdo: una sombra veloz, un coche sano que ha pasado de largo. Tu cabeza bulle de pensamientos sueltos que llegan y se van igual que el vehículo que ha pasado. Sabes que tienes el móvil en el bolsillo. El cinturón de seguridad está arrancado. El sol y todo lo visible comienzan a fundirse con el horizonte, todo a través del cristal resquebrajado y las gotitas de sangre más nimias pero numerosas, esparcidas por doquier. La camiseta se te está empapando contra el pecho como si te hubieras restregado con ella por un matadero. Intentas gritar, sin saber muy bien por qué, y un relámpago de dolor va desde tu cabeza a tus piernas trituradas. Pruebas a mover sólo tu brazo derecho y palpar el bolsillo del pantalón. No es que lo veas muy bien, pero sabes que el coche está empotrado contra algún árbol lo suficientemente resistente. Te has salido de la carretera como todo un campeón, piensas; el morro de última tecnología ha hecho lo que ha podido, absorbiendo el golpe, y yace reducido como un acordeón cerrado. Tu móvil nuevo de trinca está intacto. Maldices, escupiendo de pura desesperación; no fluye la conexión a Internet, va y viene o no va, no recuerdas el puñetero número de urgencias. Piensas en llamar a la policía. Piensas en el momento en que decidiste conducir demasiado deprisa para olvidarte de ciertas cosas; y lo poco propio de ti que es hacer algo así, joder. Ves que la pantalla te informa de un mensaje pendiente por leer. Así, consultando el móvil, encuentras una postura parcialmente “indolora”, aunque tu cabeza esté en estado nebuloso y magullado. Se te ocurre que vas a pasar por un proceso terriblemente doloroso cuando vengan a sacarte del coche, mucho más doloroso que el accidente en sí. Ves venir muchos meses de hospital, puede que un año, puede que más, y prefieres no pensar en daños irreversibles. El mensaje dice:
“Hola… Qué es de ti…?”
Lo que faltaba. Lo dices en voz alta, suena como si no fueras tú, la garganta te sabe a sangre, dices: Lo que faltaba…
Durante dos segundos te sientes incluso ajeno a tu situación, debido a quién ha sido la que ha mandado el mensaje. Todo después de dos años de silencio, dos años o más. Dos años seguramente más provocados por ti que por ella. Más culpa tuya que de nadie a quien quieras culpar. Porque eres idiota, probablemente un idiota lisiado a partir de ahora. Vuelves a pensar en la policía, pero escribes:
“Hola”
Tras lo cual –después de pensarlo muy detenidamente– añades una carita sonriente. Te preguntas si el hecho de que el corazón se te esté acelerando aún más hará que sangres más rápido… Y lees:
“Hola, chico :)”
Te mueves sin querer y sueltas una auténtico alarido de dolor. Se te nubla la vista. Vuelve a crujir algo, estás bastante seguro de que es la pierna derecha. La izquierda parece definitivamente partida, pero está atrapada de tal forma que resulta inmóvil. Los ojos te lagrimean de pura desesperación. No puedes creer que Te Esté Pasando a Ti, y que Te Haya Hablado justo en ese momento. La policía, piensas, la policía… Miras el móvil y lees:
“Me ha pasado una cosa, me he acordado de ti…”
“Ah :)”, contestas. Tu pierna cruje y vuelves a gritar. Está comenzando a ser noche cerrada. Otro coche vuelve a pasar de largo por la carretera, ya con las luces puestas. Es imposible que no te vean, que no vean lo que ha pasado. Te das cuenta de que vuelves a tener conexión a Internet, obviamente; o de que ya la tenías y pensabas que no.
No es que pienses con claridad, pero de golpe casi todo tiene que ver con Ella. Piensas qué vas a decir, qué decirle, qué contarle, cómo excusarte o si viene a cuento hacerlo, o si sabe que ella te gusta desde hace ni sabes cuánto, o si deberías saber si le has gustado alguna vez a ella, o si debes hablar dando por sentado que tiene novio, o que no lo tiene, o que no es asunto tuyo…
Y te dice:
“¿Cómo estás?”
Decides no mostrarte muy efusivo, pero tampoco robótico, ni mucho menos depresivo o necesitado. Tampoco puedes parecer ausente o ajeno como si estuvieras haciendo dos cosas más a la vez. Hay cosas que ella misma intuirá y no sacará a colación. Toda conversación conlleva otra conversación soterrada: una especie de intra-conversación. Da igual lo sincero que creas que eres. Desde luego, de todas formas sabes que algo es auténtico cuando coloca en un aparte el hecho de que tienes las piernas rotas y muchas dudas sobre tu futura integridad física. Urgencias, piensas, la policía, urgencias, llamar, seguir con esto, afrontarlo, afrontar el dolor horrible y el proceso de conversión de montón de carne y huesos rotos a ser humano presentable otra vez. Venga, gilipollas. Di que ahora no puedes hablar, que te ha surgido un problema, algo que atender, puede que un familiar que te haya llamado, accidentado…, pero que querrás retomar la conversación, que no quieres quitártela de encima, que te ha surgido algo. Pero no se lo digas así. Sintetiza. Adelante, ahora. Esta vez se trata de tus puñeteras piernas, de tu cabeza. Piensa en sillas de ruedas, en rampas para siempre si no actúas, motívate, lo que haga falta, pero resuelve esto YA.
Y respondes:
“Bien :)”
Te vuelven las nauseas. Te preguntas si alguien habrá llamado a urgencias, a una ambulancia. No se oye ninguna ambulancia; estáis tú, el bosque, el árbol, tu cuerpo roto como el de un muñeco y vete a saber cuántos años por delante, y en qué estado. Te preguntas qué opciones hay con la eutanasia. ¿A quién le pedirías ayuda? ¿Quién te quiere lo suficiente?, ¿o te odia lo suficiente?, o lo que sea… Miras el móvil. Policía. ¡Urgencias! Y ella dice:
“Hay una cosa que puede interesarte, pero tendríamos que quedar para hablarlo…”
¿Una cosa que puede interesarte? ¿Algo de trabajo a tiempo parcial los fines de semana? ¿De qué se trata, a estas alturas? ¿Será…? Podría ser que tuviera una entrada que le sobra para ir a ver, qué sé yo, a U2, o a algún grupete indie malillo pero aburrido… Podrías ir con ella perfectamente. Podrías fingir que te gusta el grupo que sea. Lo que sea. Pero ¿quedar antes? Suena a algo más serio. O puede que lo que sea sea una excusa para quedar. Puede que ella ahora no tenga novio y se haya acordado de ti y se haya hecho preguntas, puede que una amiga le haya dicho “¡dile algo!, ¡qué más da!, no tienes nada que perder…”, o puede que no se trate de ti, puede que solo sea algo de curro o de vete a saber, ella sabe que siempre estás pelado… O, horror, podría ser cualquier cosa, podría recibirte con un chico que resulte ser su novio y todo se convierta en el día más incómodo y asqueroso de tu vida, y que te ofrezcan vete a saber qué mierda de puesto en la empresa en la que él trabaja y donde sería tu superior. Puede que te esté ofreciendo migajas sin darse cuenta de la humillación. Aunque puede que no tenga ni de idea de lo que sientes por ella (ni sienta nada por ti) y por eso le dé igual y no se pregunte qué vas a sentir… ¿Tendrá rampas las empresa? O podría tener muchas escaleras y tú salir con piernas de esta y empujar a ese mamón un día por ellas y decir que ha sido un accidente… Si es que existe tal mamón. Que seguro que es un mamón. Porque otra cosa no, pero esa chica nunca ha tenido olfato con los tíos (lo cual siempre te ha dado esperanza). Y lees:
“¿Sigues ahí?”
Venga:
“Me preguntaba qué es eso de lo que hablaremos :)”
Gritas otra vez y la pierna cruje. O al revés, la pierna cruje y sueltas un alarido ronco, te estás quedando sin voz. No se oyen sirenas de la policía.
“Mejor que lo hablemos cuando quedemos, si quieres quedar…”, dice ella.
Ambiguo, misterioso, raro…, no sabes cómo reaccionar, quizá sea un buen momento para decirle que ahora tienes algo entre manos y que quieres hablar con ella en otro momento, para quedar, para cerrar el asunto y poder veros cuando sea. Y quizá darle a entender de alguna forma retorcida y venenosamente inteligente (con la que no la engañarás) que quieres quedar, sí, pero a solas, sin ninguna carabina ni, por el amor de dios, ningún buen chico preparado de gran ciudad sobre el que te tengas que preguntar qué método favorito está usando últimamente para correrse. Enciendes la luz interior del coche y funciona; porque la vida en realidad no tiene sentido. Le dices que te alegra volver a hablar con ella (a Ella, no a la luz), y que te han “pegado un toque” y tienes que hacer una cosa. Le aseguras que en cuanto puedas le enviarás un mensaje, ya que de todas formas se ha roto el hielo (que más bien era ya como la madre del iceberg del Titanic) y ya no te sentirás extraño ni estúpido al hacerlo. Aunque no le dices todo eso así, claro. Y otro coche vivito y coleando pasa de largo con alguien de lo más altruista dentro…
Por un momento te entra el pánico. Ella no contesta a tu última explicación, y se te ocurre que, impulsiva como es, podría llamarte sin más para decirte lo que sea a viva voz. Te quedas mirando fijamente el móvil. Por fin, ella dice:
“Vale. Dime algo por aquí cuando quieras. Y ya quedaremos :)”
Sueltas aire, aliviado. Os liais un tanto para despediros, pero finalmente vuelves a quedarte solo con tus piernas rotas y el coche. Ahora sí, ambulancia, policía, bomberos, que vengan todos aquí, estás listo para la sangre, puede que tengas que ver tus propios huesos, puede que…, puede que haya buenas drogas para no sufrir, aunque seguro que nunca hay suficientes. Piensas qué le dirás cuando en la siguiente conversación le tengas que explicar que estás en el hospital con medio cuerpo lleno de yeso y hierros. Cómo hacer que no suene dramático y a la vez no restarle demasiada importancia. Siempre puedes decirle que te la pegaste justo después de hablar con ella, descartas que te pregunte dónde ibas (a ningún sitio). Pero no será fácil explicarle lo que ha pasado. En ningún caso piensas que puedas acabar en silla de ruedas; te aferras al dolor increíble, las ráfagas de fuego dentro de las piernas, la quemazón de todo el cuerpo; es lo único bueno de todo eso: gozas de sensibilidad, no te has quedado parpadeando por un solo ojo sin poder mover nada de todo lo demás.
Has bajado la guardia un minuto y las ganas de vomitar te han vuelto. Esta vez te dejas llevar. De alguna forma piensas que no soportarás mucho bañado en tu propio vómito y por fin te atreverás a llamar a urgencias.
Efectivamente, haciendo menos esfuerzo del que esperabas, devuelves sobre tu pecho; el discurso amarillo te empapa desde el cuello hasta la entrepierna. Manipulas el móvil, haces búsquedas, llamas, recibes tono, te explicas demasiado tranquilo –piensas– para lo que te ha pasado. A veces hay que ponerse histérico para que la gente mueva el culo a la altura de las circunstancias. En cualquier caso, pones en marcha a una ambulancia, que tarda menos en oírse de lo que esperabas. Llega acompañada de un camión de bomberos. Extraños uniformados comienzan a mirarte desde todos los ángulos desde fuera del vehículo, a través de los cristales echados a perder y toda la sangre y el miedo y la incertidumbre, el vómito, la carrocería, la humillación potencial. Es aterrador y a la vez sabes que ya no tienes que hacer nada, solo dejarte hacer, solo dejarte manipular, llevar, soldar, solo gritar y padecer como cualquier otro accidentado cuyo siniestro haya sido lo suficientemente aparatoso. Da igual lo que te vaya a doler, porque ya les ha pasado a miles, a millones, no eres nadie, ningún pionero, no eres ninguna sorpresa. No eres original para nadie. De hecho probablemente piensen que has bebido; puede que no los que me mejor te conocen, pero sí muchos otros. Se la pegó con el coche, a saber dónde iba, tenía que acabar mal, algún día tenía que pasar algo. Etcétera. Porque todo el mundo es un oráculo si su vida es lo suficientemente absurda, tediosa y conocida.
Te empiezas a adormecer, aunque sabes que en todas la películas eso es mala señal, y aún no has llamado a tus padres, a nadie. Todo se va a negro justo cuando estás comenzando a ver una lluvia de chispas, alguien está comenzando a despedazar la carrocería. Queda toda una jornada de trabajo. Y ves un altar. Te ves a ti mismo esperando. Las banquetas de la iglesia están repletas de motores parlanchines de distintos tamaños. A tu lado hay un tubo de escape, toda la estructura de un tubo de escape puesto en pie, que se inclina sobre ti y dice: “ya viene”. Comienza a sonar un órgano y te sobresaltas, el órgano de la iglesia. El tubo de escape humea un poco a tu lado, lo que interpretas como una sonrisa. Los motores se agitan en las banquetas como dándose la vuelta para ver a la novia. Finalmente, Ella entra del brazo metálico de la estructura completa de otro tubo de escape, que se arrastra solo y puesto en pie a cada paso que ella da ceremoniosamente. Todo el techo y las cristaleras están llenos de placas electrónicas, algunas cuelgan de lo que parecen cables coaxiales. Cuando ella está cerca, observas que su vestido parece hecho con piel, pero no piel previsible alguna, ni muchos menos visón o de otro animal al uso. Esta se transparenta y es fácil intuir sus pezones, e incluso su vello púbico. Te da igual, todo te parece correcto y en su sitio. Al darte la vuelta, eso sí, para encarar con Ella al cura, estás a punto de sufrir un infarto. El hombre tiene varios trozos de cristal de buen tamaño clavados en la cara; la sotana y lo demás está desgarrado y manchado de sangre y jirones negros, y apesta a gasolina. Al abrir la boca, con cada supuesta palabra o frase, parece regurgitar pequeñas llamas; a veces salen chispas por sus orejas: chisporrotea. No captas nada de lo que dice. Dos hombres tiran de la estructura del salpicadero, tardas varios segundos en reconocer de verdad la realidad. Tu pierna izquierda es un amasijo de negrura, podredumbre, esquirlas de hueso y carne quemada, pero tiene forma de pierna, y al menos estás de una pieza. Entras en pánico otra vez y le intentas decir a alguien que hay que llamar, llamar, a tus padres, que no has llamado a nadie. Una voz te dice que no te preocupes. Una mujer habla contigo mientras los demás intentan separarte de tu coche como si fuera tu apéndice o te estuvieran extirpando un riñón. La “hora de oro”, supiste después, es cuando todo sucede, la primera hora desde que te diste el trompazo, puede que las dos primeras horas, que es cuando el protocolo de actuación ha de ser óptimo para que no la casques. Tú pasaste la hora de oro hablando con alguien que probablemente piensa que eres un chico con problemas con quien jamás se liaría, ni mucho menos en serio. Alguien que una vez fue divertido. La hora de oro ya pasó. La mujer te dice que mantengas la calma. Le dices que eso no es un problema para ti, si te garantiza que te van a devolver las piernas. No se lo dices así. En la hora de oro se producen el 75% de todas las muertes en accidentes así, pero no se habla de rampas ni ojos solitarios parpadeando en habitaciones vacías. Si no palmas, los profesionales ya se van con la sensación del trabajo bien hecho. Lo cual es bastante comprensible. “Eh, le salvé la vida a ese tío, ahora está por ahí, viviendo su plena juventud, alimentándose con una pajita y ejercitándose como un mueble.” Le preguntas a la mujer si sería muy raro que te pusieses a trastear con el móvil. Más que nada porque la ceremonia se ha quedado a medias. No te ha entendido, y te suelta alguna nueva frase tranquilizadora de protocolo. Le insistes y te dice: “¿Qué ceremonia?” Y entiendes que estás cruzando conceptos y sentimientos. Al mirar a la mujer la imaginas desnuda; te lo tomas como un síntoma de salud, y no de estar tan increíblemente salido que hasta masticado por tu propio coche puedes pensar en las bragas de quien esté más cerca. Básicamente están convirtiendo el coche en algo elástico y blando que poder manejar. Cortan por un lado, estiran por otro, ahuecan algo, rellenan alguna otra cosa. No es la hora de oro, pero sigues vivo, así que tienen que actuar como si lo fuera. La mujer te dice que ya casi está. Te habla como si estuvierais en el despacho que seguramente tiene, porque es evidente –por cómo viste– que no forma parte del cuerpo de bomberos ni es policía ni una mujer que pasaba por allí. Es alguien que ha leído cómo hay que hablarle a alguien que está desencajado por varios sitios y probablemente desquiciado; lo cual parece traducirse en: poco y con frases cortas. Es decir, de entrada no se ha de dar por sentado que fueses un suicida, de modo que se dirige a ti como si la vida te pareciese una buena idea.
Te das cuenta de que, a medida que pasa el tiempo, tu estado de ánimo se va pareciendo cada vez más al habitual, lo cual te horroriza. La mujer (que te ha dicho su nombre pero no lo recuerdas), te dice, como si acabara de caer en algo, que si quieres puedes usar tu móvil. Lo cual hace que te invada una sensación de pereza ante la idea de cómo vas a decirle a quien se ponga (tu madre, tu padre…) que estás como estás, sin poder decir que estás bien sin estar mintiendo, porque ni tú mismo sabes cómo estás o si vas a volver a estar bien realmente. Dices que te sientes débil, prefieres quedarte así. Tras lo cual resoplas y coges el móvil. El dolor vuelve con fuerza, esta vez a las dos piernas, liberadas de la carrocería. Te cagas en algo en voz alta y luego vuelves a pensar que no es malo que te duela todo, que si te duele todo es porque todo es recuperable. Te quedas mirando la pantalla y la mujer te dice que no hace falta que llames a nadie, que ella no lo decía por eso. De hecho, te dice, ahora no es buen momento para llamar a nadie, mejor cuando estés en el hospital. Una buena dosis de alivio te invade. Pasados apenas unos segundos, Ella te vuelve a la mente con fuerza, de esa forma en que, no es que vuelva (porque no se ha ido) sino que se hace presente en todo tu ser y necesitas hacer algo al respecto. Es un poco tarde, pero crees que aún no estará dormida. Cuando vas a teclear, te das cuenta de verdad del collarín que llevas puesto hace rato. Miras la conversación anterior. Decides que no hiciste un mal papel, aunque tampoco dé la impresión de que estuvieses emocionado. Bien en la despedida, bien en las expresiones elegidas. No. No vas a escribir más por hoy. No tiene ningún sentido. Además el dispositivo de rescate está listo para levantarte y meterte en la ambulancia. De tanto pensar en ello, al final no te parece para tanto. Aunque es posible que te hayan inyectado algún calmante potente, o puede que hayas tragado algo. No estás seguro. Te entablillan las piernas y te hacen moverte paso a paso. Nada de un traslado a camilla de sopetón. La actuación es de hora de oro, todo ha de estar acompañado por la idea de que algún “cable” podría estar a punto de romperse.
En la ambulancia, ves caras sobre ti. Un enfermero te habla y te resulta un tanto seco, como si estuviese teniendo una mala noche. Te sientes aplastado, entumecido, acribillado. Pero te asombra no estar gritando de pura desesperación; algo que has de agradecer obviamente a las drogas. Supones que al final el accidente ha de haber sido más aparatoso que grave. De hecho, enseguida sabes que tu pierna derecha ni tan siquiera está rota del todo, y la izquierda podría estar mucho peor, ya que estás seguro de haber oído que la tibia se ha salvado.
Mientras te manipulan en el hospital, se desata el drama, y es que han de recolocarte huesos y proceder con operaciones mecánicas en las que el sufrimiento forma parte de la solución. Durante dos años, los dos años de silencio total entre Ella y tú, algunas veces tenías una fantasía triste y recurrente. Una fantasía en la que se te diagnosticaba una enfermedad mortal, y puede que te quedaran uno o dos meses de vida. Entonces te imaginabas escribiéndole una carta, y mientras escribías tenías la deprimente y agradable sensación a la vez de que ya no tenías nada que perder. Podías decir todo lo que quisieras, porque ya no había nada en juego. Tenías que ser claro y no equivocarte, pero podías ser directo, hasta romántico, extremado, o casi como te diera la gana; porque tenías cheque en blanco, te ibas a morir; nada de lo que escribieras iba a sonar ridículo. Triste y deprimente, o hasta un poco tonto. Puede. Pero nunca ridículo o estúpido.
Aunque te asombra semejante cosa, eres capaz de dormir un poco cuando han acabado de recolocarte, enyesarte y vendarte donde tocaba; básicamente las dos piernas y la cabeza.
Cuando despiertas, el brillo de la estancia te ciega por momentos.
Luego ves que Ella está sentada en una silla junto a la cama.
Tenéis un diálogo casi en silencio, en susurros. Todo resulta muy agradable junto a la luz del sol matinal, ya casi de mediodía, que entra por la ventana con cerrojo se seguridad anti-caídas buscadas… Os encontráis en esa habitación, que es casi un eufemismo en sí misma. Y sabes que casi seguro no es real. Pero procuras no moverte con brusquedad, el yeso está ahí, los picores, ella también. Está bien. Tsssss. Sin levantar la voz. Ahora eres cristal y caucho y metal con carne, dices, aunque ella no se ríe apenas, porque no es que nunca le hayas hecho mucha gracia. No se trataba de eso. Casi puedes notar las drogas recorriendo tus venas. Le dices que te puede preguntar lo que quiera, porque estás bastante seguro de que algo de lo que te hayan metido te obligará a decir la verdad. Solo haces tu intento, plantas la semilla. Como siempre, no engañas ni manipulas a nadie; pero por lo menos aún no sabes bien si sigues dormido o ya has despertado.

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El mono indefinido

–¿Qué es follar, tío T.?
–¿Cómo? Dame la mochila.
–¿Qué es follar?

T. espera en la cama, se siente algo estúpido en ese momento, cachondo y estúpido como siempre en ese lapso, ese momento, esperando, ella está en el baño. Es el piso de ella, vive con una compañera que está en Londres; algún tipo de oferta de trabajo ambiciosa; viajar, huir, volver a empezar, esconderse, aprovechar la oportunidad…, según se mire. Sigue sin salir del baño, aunque hace unos minutos que ha dejado de oírse la ducha. El piso parece pequeño, acogedor, huele –en resumidas cuentas– a mujer, aunque no hay exceso de decoración o detallismo, algo de lo cual se da cuenta cuando ella ya se ha hecho presente y se ha concentrado en el tren inferior; T. nota el cosquilleo húmedo en el glande y tarda poco en endurecer del todo; no pensó que a ella le gustaría practicar el sexo oral, no al menos con entrega. T. trata de relajarse y no mirar a los ojos muertos de los más de diez peluches de distintos tamaños distribuidos por la estancia. Uno de ellos es un mono de aspecto poco concreto, básicamente monesco como un dibujo infantil: tiene los ojos saltones, inquietantemente saltones, es una especie de mono indefinido del averno. Ella prosigue la felación con ganas, hasta que esta se convierte en mamada, y poco después, para alegría fálica de T., en ocasionales sonidos de atragantamiento.

–Cariño, ¿no has hablado de eso con tu padre?
–No, he oído a Oscar hablar de follar, y le he preguntado y se ha reído.
–¿Quién es Oscar?

Ella dice algunas guarradas, lo cual complace a T. mientras intenta mejorar su técnica comiéndose la entrepierna de la chica. Ha surgido en medio del aeropuerto en un momento de espera. T. no se ha percatado de que era azafata –aun yendo esta vestida de ídem– hasta que ella no le ha dicho:
–Soy azafata.
Tras lo cual ha hecho una pequeña pose supuestamente “azafatesca”… T. no gusta de encuentros de esa índole, más bien le desconciertan y dan pereza, aunque si repasa su poco nutrido historial sexual se da cuenta de que lo que ha tenido ha sido sobre todo eso, oportunidades ocasionales; aun superando ya la treintena solo le puede llamar “relación duradera” a cierta aventura de verano que se esfumó una vez con el propio verano; algo que sucedió a sus dieciocho años. Dos meses de morreos y pérdida de la virginidad en un pueblo de menos de mil habitantes.
Ella dice que quiere sentirla dentro, así que T. , siempre obediente y ansioso con dicho escenario, se la casca momentáneamente para dejarla en estado óptimo de colocación del condón y penetración. Tomaron un café barato como un tiro en el pie en un bar pseudo-pijo del aeropuerto y ella dejó entrever, o más que nada insinuó a las claras, que la vida es muy corta y que no tenía novio y que tal y que pascual. A T. no deja de sorprenderle que estas cosas pasen en la vida real, aunque lo hagan casi con cada año bisiesto… T. coloca su pene en la entrada y comienza a entrar mientras piensa que a diez mil kilómetros en pocas horas estará ausente en la boda de su hermana. Su hermana sigue líder indiscutible en la lista de cosas en las que T. piensa para no correrse. La hermana mayor de T. (por dos años) es el tótem que sus padres usaban para ejemplificar cómo se hacen las cosas; y a T., sinceramente, eso le hacía pensar en conseguir un buen hacha y acabar saliendo en el periódico junto a declaraciones sobre cómo es posible que ciertas cosas pasen, o qué pasa por la mente de un ser humano para cortar a trozos a toda su familia y hacer cocido con ellos y racionarlo durante semanas.
T. empuja y mira de vez en cuando al mono indefinido, que parece ayudarle también a no soltarse más de la cuenta. Ella le araña la espalda y está bastante seguro de haber empezado a sangrar.

–¿Quién es Oscar?
–Un niño.
–¿Un niño?, ¿qué niño…?
–Un niño de mi clase.

Su hermana posando para fotos que después subirá a las redes sociales, su hermana divorciándose para triunfar como mujer de negocios muy lejos de casa, su hermana dejando a su hija con papá y tío T. en casa y viniendo a visitarla más o menos con la misma frecuencia con la que T. echa un polvo; su hermana defecando, su hermana depilándose, su hermana empalada… no, eso no… T. está a punto de correrse y se detiene un momento, a lo que la chica se da la vuelta y se pone a cuatro patas y dice:
–¡Venga, mariconazo!
T. mira al mono, que parece decir:
–Esto no pinta bien.
Qué… ¿A qué te refieres?
–A ti.
Que te den, ¿tú quién coño eres?
–Nunca tienes la pregunta adecuada en la boca…
¿Estás celoso? ¿Es tu novia?
–Soy aficionado a evitar enfermedades venéreas. No, gracias.
Eres un mono muerto, de tela, relleno de gumaespuma, eres…
–Deberías tener más respeto a un símbolo de tu existencia.
Por favor…
Su hermana riendo, su hermana comiendo en McDonald’s, su hermana follando con alguien rubio y alto que no entiende ni papa de castellano…
T. azota a la chica casi sin darse cuenta, viendo que va a aguantar lo suficiente, ríe un momento y embiste más fuerte.
–Eres un machote, ¿no?
Tú cállate.
–No eres menos mono que yo, es solo que tu zoo es más grande.
Vete a la mierda, cierra la boca.
–Si no fuera por mí ya habrías dejado emabarazado al condón, podrías tener condoncitos…

–No hagas caso a ese niño, nena.
–¿Pero qué es follar?
–Ya lo descubrirás, no te preocupes.
–Pero quiero saberlo ahora…

Ella se pone encima y se mueve con espasmos, buscando lo que solo parece encontrar en la bragueta de extraños. T. no espera aguantar mucho más, ella se ha corrido una vez y parece estar cerca de la segunda; T. se siente como el astronauta solitario de 2001…, pero sin el sentimiento de soledad, inquietud y terror, un coño siempre se le antoja algo nuevo y desconocido. Su hermana cocinando, su hermana paseando por Europa con algún niñato, su hermana soltando discursos de más joven antes de irse de erasmus, su hermana con birrete, su hermana enmarcando algo, su hermana haciéndose la natural en público, su hermana calculando, su hermana apuntando, haciendo la lista de la compra, su hermana comprando el triple de lo que necesita, su hermana diciendo “no tengo tiempo para leer”, su hermana poniéndose como ejemplo sutilmente, su hermana buscando a alguien con quien hablar en inglés delante de otros… La chica se corre otra vez y parece que ha soltado algo de pis, más que nada por el olor, cosa que lejos de amedrentar a T., le anima a intentar aguantar un poco más, otra vez a cuatro patas. Y el mono dice:
–Eres improductivo.
¿De qué vas?
–Innecesario.
Ni si quiera sé de qué hablas.
–Una cosa es que te caiga mal tu hermana, y otra muy distinta no tener narices ni para ir a su boda.
Me ha surgido algo, ¿no lo ves?
–Esa es la otra parte de tu vida que deberías arreglar.
Te crees muy listo.
–Solo más listo que tú.
En realidad solo han pasado siete minutos, aunque a T. le dé la sensación de llevar follando mucho más, teniendo en cuenta el ejercicio de aguante llevado a cabo. Resulta que el mono se comienza a tocar, casi de forma mecánica aunque con rapidez, lo cual no le impide decir:
–Follas de pena. Ella lo está notando. Parece que te vaya a dar un infarto.

–Deberías limitarte a lo que sabes; un buen vídeo porno amateur y la paja acostumbrada, es lo único en lo que tienes una licenciatura.
Solo eres el mono indefinido y muerto del estante, solo estás en mi cabeza.
–¿Tiene eso importancia?

–Cariño, eso es algo de mayores.
–…
–Ahora no lo entenderías.
–Oscar es de mi clase y lo entiende.
–Cariño, Oscar solo repite como un loro algo que le habrá oído decir a algún niño mayor.

–¿Quieres que te eche una mano?
Cállate.
–Creo que le gusta que la asfixien, pero tú mismo.
¿Asfixia?
–Le encanta, se pone como loca.

–Solo tienes que apretarle el cuello y empujar con fuerza.
¿Y yo soy el del porno?
–Hazme caso, una tía no te lo va a pedir fácilmente, pero yo la he visto en acción…
Ya, claro…
–Marica…
¿Qué?
–¿Te vas a limitar a empujar como un novio respetuoso cualquiera? ¿Vais a ser la parejita mona y tópica sujeta a todo lo que huela a convenciones?

–¿Crees que ellas son todas princesas Disney?
El mono deja de tocarse y se hace con un pitillo del paquete que hay cerca en el estante. T. sacude la cabeza, pensando en su hermana probándose ropa.
–Qué horror, no dais ni para que me la casque.
Hablas por hablar.
–Ella está buena y tal, y es una cachonda, pero ya me he acostumbrado. El aburrido eres tú.
No lo creo.
–Crees que ella está muy enchufada, pero está al mínimo, es solo que es una ninfómana, yo lo sé.
T. embiste todo lo fuerte que puede, la saca y ella se echa de espaldas y se abre de piernas. T. se encaja en la vagina y vuelve a culear.
–Uh. Qué original.
¿Qué dices?
–Si sigues así el siguiente lo va a tener que fingir, la he visto hacerlo otras veces.
¿Qué?
–Se retorcerá y gemirá para sacarte de encima, luego te ordeñará y adiós muy buenas.
T. empuja y empuja y decide usar las dos manos para coger el cuello de la chica. Aprieta y embiste todo lo fuerte que puede.
–¡Qué haces! –se queja ella, apartando sus manos con forma de garra.
–Perdona, pensaba que…
–No pienses. Eso no me gusta, ¡pero sigue!
Se oye un carcajeo apagado del mono indefinido.
–Eres un capullo. ¿Pero cómo se te ocurre, hombre?
¡Puedes decir lo que…!, ya no te voy a escuchar.
–Como si eso fuera posible…

–No, tío T. Él dice que lo sabe.
–No te creas todo lo que digan.
–Sí que lo sabe.
–No sabe nada, cariño. Es muy pequeño.
–¡No es muy pequeño!

–Vamos, ella espera poder llegar otra vez, campeón.
No te escucho.
–Solo un poco más.

–No creo que le importe que estés sudando así…
¿Los monos nos sudáis?
–No seas irritable. Ha sido divertido.
Claro…
–La única que se aburre hoy es ella, pero…
¡Se ha corrido dos veces!
–Chico, esta tía es hipersensible o algo así, yo la he visto correrse más de diez y quince veces con la mayoría de tíos.

–Lo tuyo es un suspenso, un Muy Deficiente flagrante…
¿Crees que te voy a creer?
–¿Crees que te miento?

–Estás en zona de nadie. Cuando acabéis se acabó. Mañana por la tarde le costará mucho recordar tu cara.
Lo que tú digas.
–Lo que yo sé. Soy tu colega, no te mentiría con algo tan serio.
¿Mi colega?
–Claro que sí. Tu colega, colega.
Me tomas el pelo.
Su hermana dando órdenes, su hermana eligiendo el cóctel más caro de la carta. Su hermana fingiendo en el funeral de alguien.
La chica gime de repente, y T. está bastante seguro de que está fingiendo. Solo está retorciéndose para que él se corra. Comienza a decir más guarradas. Quizá no, quizá se corre de verdad, aunque parece poco probable. T. decide que no preguntará nada al respecto, directa o indirectamente. Se deja llevar.
–Se veía venir…

–Sí es muy pequeño, claro que es muy pequeño.
–¡No!
–Y tú también eres muy pequeña.
–¡No!
–Y muy cabezota…

Déjame en paz, por favor, por favor…
–Ya te he avisado.
No necesito tus avisos.
–Solo te he avisado, colega.
¡No somos colegas!
–Fíjate, está agotada, o esa es la impresión que intenta dar, pero solo está decepcionada.
Lo que tú digas.
–Yo la he visto gritar cosas que nunca creerías…
Mierda santa…
–… mientras se corría cinco, seis veces seguidas, con tíos con la polla más pequeña que la tuya…
Por Dios…
–Supongo que no basta con la materia prima.
Cállate, por favor…
–Hay que saber manejar la situación, ya me entiendes.
Por favor…
–Solo es una cuestión de práctica, colega.

–Fíjate, ni siquiera sabe qué decirte, se siente confusa…
En serio…
–… porque creo que nunca se ha corrido menos de cinco o seis veces, al menos acompañada…
No aguanto más…
–Si haces algo pensará que estás loco.
Ya casi me da igual…
–Oye, somos coleg…
No somos nada, puto mono …
–Muy bien. Venga.
Venga qué.
–Adelante. Atrévete. Venga.

–Agárrame y destrózame. Solo soy un mono de feria. Incluso tú tendrás fuerza para…
¡Aaaaaaaah!
–No grites en silencio. Hazlo en voz alta. Actúa. No hagas como la mayoría. No te lo dejes dentro. Eso te provocará un tumor.
–¿Estás bien? –dice la chica, alzando el brazo derecho para alcanzar su paquete de tabaco.
–S… Sí. Claro.
–Qué raro, juraría que me quedaban dos cigarros…

–¡No soy cabezota!
–Bueeeno, no eres cabezota. Pero no hagas caso a Oscar, haz caso a tu padre, a tu tutora, o incluso a mí… Un poco, al menos.
T. ve salir del colegio a una mujer que le resulta vagamente familiar. Y muy familiar cuando ya está cerca.
–¡Señorita! –grita la cría.
–No, no… –dice T.
La chica se acerca y mira a cada cual según corresponde; mirada de adulta a niña y mirada de adulta –y consciente de la situación– a responsable de la niña.
–Señorita. ¿Qué es follar?
T. mira en todas direcciones mientras procura que el diálogo se convierta en letanías y la azafata convertida en pocos meses en profesora sepa capear el ambiente.
–¿Entonces eso es follar?
–Más o menos –dice la chica–, pero cuando seas más mayor ya lo sabrás mejor. No hay que tener prisa.
T. saluda a la chica como si supiera torear en esa plaza. Ella va en la misma dirección que ellos. Sorprendentemente para T., ella se muestra algo molesta con el hecho de que él no intentara contactarla después del día de los tiros en el pie y el polvo de dudosa naturaleza. Cuando dejan a la niña en casa, deciden quedar en volver a verse, día y hora incluidos. Cuando T. ya se encuentra solo después de haber acompañado a la muchacha, se siente bien, o al menos así lo decide.
Casi llegando a su propio bloque de pisos, al mirar a un lado se sobresalta, aunque solo un poco, al ver quién camina a su misma altura.
–No pensarías que iba a ser tan fácil.
Quiero suicidarme…
–Es emocionante oírte pensar.

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Demiurgia

Suena el teléfono fijo, te despiertan con verbo florido de una siesta “fuera de horas” y te preguntan: ¿estabas durmiendo?
–¿Eh?… No, no, estaba ocupado, ahí con…
–Ya. Oye, ha pasado una cosa.
–Ajá…
–Ha desaparecido S.
–¿S.?… Qué novedad… –Bostezas.
–No, que lleva cinco días desaparecida. No contesta al teléfono, sus padres no saben nada, su novio está que se sube por las paredes.
–Vaya…
–El caso es que quieren buscarla, una partida de búsqueda o como se llame.
–¿Una qué?
–Lo de hacer un barrido por algún bosque con linternas gritando su nombre a sabiendas de que si está por ahí ya solo será un cadáver que no te puede escuchar. Todo eso.
–Ah, lo de las películas de media tarde.
–Pero en la realidad. Nadie sabe qué ha podido pasar, estaba normal, como siempre, como ella es, dicen, normal, no se sabe…
–¿Pero quieren hacerlo ahora?
–Bueno, sí…, claro.
–Ya.
–Si te soy sincero a mí me da igual, hace como tres años que no sé nada de ella, no tenemos trato, creo que sus padres pensaban que aún teníamos trato.
–Yo tampoco tengo mucho trato… con nadie.
–Bueno, ¿quedamos?
–¿Hay elección?
–Tómatelo como una excursión, piensa que al menos no es una boda; puedes poner cara de pocos amigos y no dará el cante.
–Prefiero seguir hablando por teléfono un rato.
–Esta mañana la chica esa del sitio ese ha preguntado por ti.
–Oh.
–Pero ha dicho “el gilipollas ese”.
–Qué amable. ¿Quién dices…?
–La chica esa, la del sitio ese, la del otro día…
–Oh.
–Pero me han dicho que cuantos más insultos, mejor.
–Claro…
–Que cuantos más insultos más le gusta quien sea.
–Ya…
–¿Te acuerdas? La chica esa…
–Sí, la del sitio ese…
–Sí.
–Vale, pues…
–La del otro día, estando en aquel sitio.
–Me acuerdo.
–Pues eso, que te aviso.
–No tengo ganas de…
–Lo digo para que te prepares algún rollo esquivo de los tuyos, o lo que sea…
–Oh.
–Y porque vendrá a la partida de búsqueda.
–¿Conoce a S.?
–No lo sé. Creo que viene a dar su apoyo a algún amigo o algo así, o igual quiere encontrarse contigo.
–Suena rebuscado.
–También dijo “el mamón ese”, el “capullo engreído” que no la saludó…
–Ah bueno.
–O sea que no se sabe, igual quiere algo.
–Mejor cambiamos de tema.
–Cámbiate de ropa, tendríamos que salir ya.
–Ya. Solo una cosa, ¿quién eres?

Ya es de noche. Te han prestado una linterna. Preguntas por qué la búsqueda no comienza en el casco urbano. Te dicen que a ella le gustaba esta zona, que se traía a sus ligues. Piensas intensamente intentando recordar quién es exactamente S. Tienes a tres chicas en la cabeza al respecto. Luego recuerdas que una de ellas se mudó, o se casó y se largó a otro país, o murió para ti en algún sentido y está lejos en todos. Pero sigues dudando entre dos. Tampoco recuerdas qué chica puede ser la del sitio aquel, la chica esa del otro día… hay bastantes desconocidas gritando el nombre de S., muchas con sus parejas, muchas jóvenes. Muchas evidentemente follables, sobre todo las que sospechas llevan más de dos o tres años con el mismo tío (y ya potencialmente aburridas en secreto), y por supuesto las casadas; también algunas madres que ya tienen hijos de los que ya se la pelan como si tuvieran que llenar un tubo de ensayo cada día para que no se acabe el mundo (y en cierto modo, es así). Hay muchos padres de familia que se están perdiendo el partido de fútbol que sea que den en la tele. Hay policía, pero ninguna mujer policía. Es fácil tropezar con alguna roca o hacerse arañazos con ramas invisibles. Hay una luna llena y brillante como una galleta nuclear. Algunas señoras que ya son como mobiliario urbano del barrio cotillean en pasado entre grito y grito, alguna pone a parir “sutilmente” al objetivo de búsqueda, los susurros dicen que era una fulana, que tenía casi treinta años y no tenía pareja fija, iba con unos y con otros, no se peleaba nunca por recoger la mesa al término de cenas de grupo, no sabía cocinar, no tenía carrera. Cosas así. Las mismas rompen en comentarios de apoyo sentidos y babosos cuando los padres de S. andan cerca. Piensas que te podrías haber traído tu mp3 con los Grateful Dead y no habría pasado nada. Igualmente no pasa nada. De vez en cuando gritas como si te importara. Es el ejercicio habitual de anexionarse con el colectivo. Es una especie de paseo por el campo del barrio entero. Es martes.
No tarda mucho en enrarecerse el ambiente. Pasa una hora, pasan tres, cinco. Pero seguís caminando; habéis superado la parte boscosa y seguís por carreteras y zonas de nadie entre ciudades. Pasan más horas y cuando sale el sol continuáis andando, ya no es un paseo, ya no es compromiso o preocupación, solo alguna fuerza desconocida que os impulsa hacia delante. Hay cierto trance en el ambiente, aun de día algunos ni se molestan en apagar las linternas. Se te acerca una chica como si todo fuera explicable y te comienza a hacer preguntas. No te insulta de ningún modo en ningún momento, así que dudas sobre si será la chica aquella del sitio aquel del otro día. Te lanzas a la piscina y dices:
–¿No notas algo raro en el ambiente?
Es como si no te oyera, y su verborrea intermitente hace que tú también pierdas el interés por la extrañeza instalada. Casi nadie habla con nadie, solo se camina.
Nadie quiere dar la vuelta, nadie menciona nada sobre volver a casa. Invadís un huerto urbano hacia mediodía y coméis lo que pilláis. Nadie lidera aparentemente. Nadie da ordenes. Algunas señoras se quedan por el camino sentadas en bancos de la nueva ciudad casual, en un estado de página en blanco interior. Ya no cotillean, no rajan, no se entrometen, no actúan como vegetales, como plantas carnívoras. El resto seguís caminando. El tiempo parece pasar bastante rápido, más de lo habitual. En la tercera ciudad que pisáis, alguna gente se os une, algunos incluso van a casa a por linternas, aun no sabiendo el propósito concreto que tuvieron las mismas. La chica que sigue más o menos siempre a tu lado ya casi no dice nada. En cierto momento no sabes si es el tercer o el cuarto día ya de aparente marcha injustificada. Por las noches buscáis una zona en la que poder acampar; corre una brisa agradable de verano, dormís como pistoleros en constante ruta desértica. El desierto esta vez lo conforman los distintos pueblos y ciudades, las rocas son alquitrán y los cactus carne, tendones y venas; las tripas son las miradas. Los padres de S. tienen precisamente la misma mirada perdida que el resto; o más que perdida, afilada, incrustada en el horizonte.
Topáis con un pequeño lago en alguna parte; nadie menciona dónde podéis estar, a nadie parece importarle. Solo os bañáis. Puede que haya pasado una semana. Cuando suena un móvil, suena hasta que deja de sonar, y a la quinta o sexta llamada dejan de llamar; los ciclos de silencio entre llamadas seguidas son como de una hora, la misma se va espaciando. Se quintuplica el número de personas. Una mañana os comienza a seguir una furgoneta de la tele. Una reportera recién duchada y probablemente follada, os acerca el micro y menciona en algún momento a Forrest Gump. Tres horas después apagan la cámara, abandonan los bártulos y el vehículo y se limitan a caminar con vosotros. No hay atisbo de ironía o cinismo en nadie, o el mismo se extingue con facilidad; no se percibe la vibración habitual de que nadie esté aquí con planes de follarse a nadie. Nadie busca otra línea para el currículum. Por las noches cada vez se hace más difícil encontrar un lugar en el que dormir todos más o menos juntos. Comenzáis a perder mucho peso. Con el tiempo, un tercio de los que sois son periodistas unidos a la –a la vista– no-causa. Queda una siembra de auriculares por el suelo con una vocecita casi siempre femenina con traje de chaqueta y maquillaje para evitar brillos que dice: “Parece que nuestra compañera tiene problemas técnicos…”. La potencial chica esa del sitio aquel del otro día sigue más o menos siempre a tu lado. Callados, como mucho os ayudáis unos a otros a superar obstáculos, a menudo campestres. Bloqueáis el paso en algunas autopistas. Ciertos coches os pitan, otros quedan abandonados por sus conductores, que se unen a vosotros, algunos tras haber cogido una linterna de la guantera. Un helicóptero de la tele se enreda hacia el día quince o dieciséis con unos cables de alta tensión. Pasáis junto al accidente, ambos hombres de la cabina parecen triturados. Avanzáis y luego al mirar hacia atrás podéis observar cómo más medios han ido a cubrir el accidente.
Habéis dejado atrás a todas la señoras cotillas sentadas en bancos de ciudades extrañas para ellas, como si hubiesen decidido dejarse morir allí.
No sabes si es al segundo mes de ruta incierta, cuando una noche te desvelas, quizá por la roca que es tu almohada. Una de las hogueras sigue activa. Está empezando a amanecer. La anoche anterior alguien os señaló una luz intensa y extraña en el cielo; una luz que parpadeaba, casi como intentando comunicarse; quizá cómplice, quizá amenaza, o puede que casual. Ninguno de vosotros sabía o se atrevió a reconocer que supiese comunicarse en morse. Te levantas y caminas con cuidado entre los cuerpos durmientes, como renacidos y en aparente zona de nadie vital. Buscas una rama gruesa en el bosque (uno más) ya oficialmente anónimo. Todos se comienzan a desperezar. Sin preguntarte por qué, envuelves un extremo de la rama con un pañuelo de tela que te ha acompañado desde que te lo encontraste en cierto descampado. Ves cómo muchos comienzan a imitarte. Buscan ramas gruesas, se quitan piezas de ropa y, con más o menos torpeza, intentan fabricar sus propias antorchas. De repente a todos os parece que aquello tiene sentido. Se acerca a ti la chica que te ha acompañado casi todo el viaje, ya con su propia madera ardiente, y te susurra:
–Bien hecho, soplapollas.

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Vengarse

Me veo arrastrado hacia el lugar, más o menos, como ha pasado casi siempre históricamente. Veo las mismas caras, no necesariamente las mismas caras, sino las mismas caras, aparentemente dispuestos, vagamente implicados (y vete a saber qué más en el fondo). Se encienden con la luz de falsedad aceptada de siempre al saludarse. Se mueven y gesticulan con lo que les han dicho es educación, con lo que les dijeron es corrección, o hasta quizá sinceridad. Ocupan un sábado más en un ejercicio para socializar. Van tachando casillas en alguna supuesta agenda del cariño, de la amistad, un rollo para barrer la soledad (y a saber qué más) bajo la alfombra. Abundan las parejas añejas, cómo no, habituales adalides del protocolo y la postura adecuada. Ellos algo atolondrados, ellas algo maniáticas y puntillosas (a veces es real, a veces hacen el papel; en cualquier caso nadie acaba sin al menos un ojo morado en tu imaginación). Maestros del gesto que toca, se fusionan con otras parejas en un barrizal de buenas maneras tan deliciosas y sanas como comerse seguidos cincuenta dónuts (a la vez que controlan el régimen de los de verdad). Sabido es que son aún peores cuando aumentan en número, como de hecho cualquier ejército. Ahora los ejércitos son perfumados y solo sobre el papel dispersos. Hacen apología de un amplio ano, disfrazan montones de horas de tedio y autodestrucción psicológica con una impecable higiene y cuidada vestimenta (solo premeditadamente sencilla), y sus bayonetas son las patéticas miradas sobre los demás que se lanzan entre ellos. Son perfectamente capaces de creer que sus formas son el centro y la auténtica verdad del universo mientras te razonan por qué están seguros de que eso no es necesariamente así.
Normalmente, cuando se les agota esa clase de teatro es cuando llegan –o podrían llegar– los niños. Porque los niños fuerzan otra clase de representación, y refuerzan una idea sobre la prole y el altruismo personal consanguíneo (el embarazo, el parto, noches en vela, lloros, papá que cambia pañales, mamá que hace malabares laborales y sociales…). Entonces es el turno del ejercicio de la familia, cerrándose sobre sí misma con nuevas obligaciones. Estas son autoimpuestas, aunque los implicados suelen actuar (de modo superficialmente amable y pasivo-agresivo) como si a nadie le quedara más remedio que pasar por el mismo trance que ellos… Parece una especie de táctica inconsciente; “si yo estoy soportando todo esto más vale que me asegure de hablar de ello como si fuese un paso natural o hasta necesario en una vida plena, y en ningún caso una opción personal sin más, y por defecto dejar en la mesa la conclusión de que quien no lo lleva a cabo es seguramente por haber tenido una vida disoluta, irresponsable, o al menos desordenada”…
Acabo en una mesa junto a la chica motivo de mi presencia en el lugar. Un interés de baja intensidad por mi parte, aunque persiste el nerviosismo latente del polvo ocasional en perspectiva. Al principio se interesan (intercambio de mensajes, etc.), incluso con intensidad, luego, a veces más rápido y a veces menos, van perdiendo el interés, hasta que se hace el silencio; es algo gradual, pero puro, incontestable, se corta todo tipo de relación, ella muere en el sentido en que mueren cuando ya no existes tú tampoco para ellas. Solo una se quedó en la mente, y ahí sigue, y las demás siguen siendo comparsa. No hay medios para una relación con Ella, entendiendo medios por dinero: puedes engañar a alguien una o dos veces, pero no mantener ese engaño, y menos con la persona que te importa más allá de lo que te importa un vídeo porno.
Aquí estamos, empezamos a beber, hemos ido a cenar antes a un sitio lo suficientemente parecido a un restaurante. Si eres coleccionista puntual de falsas primeras citas, sabes que nadie exige mucho en ellas; basta con que estés ahí, des un mínimo de conversación y actúes como si te importara como ella espera que te importe. Lo cual no es mucho; solo lo suficiente para que ella piense que: te gusta aunque haces un esfuerzo por no atosigarla. No pasa nada si te pilla mirándole una o dos veces las tetas demasiado pronto, ya que ella cree que estáis en una primera cita real, y que nadie flota por encima de vosotros como proyección de tu mente con la forma de a quien realmente quieres. Solo tú ves esa nebulosa. Puede que estés mintiendo o puede que no, depende de la idea que tengas de la mentira, y en este caso tendría que ser una idea muy amplia de la misma. Nadie dice que las cosas no puedan cambiar, o que tengas que quedarte en casa siempre hasta que tu cartera te permita obtener el respeto de quien lo buscas. Los demás respetan el dinero; corrijo, el dinero es necesario, pero los demás normalmente solo respetan el dinero, aunque finjan que no.
Es lo denominado «tomar algo». Primero vas a cenar y luego vas a tomar algo. Nada de cine; es una forma tonta de tener un falso primer contacto con la persona (y ni aunque fuera auténtico); es indiferente que te guste mucho el cine o no, porque no vas a tener la cabeza en la película; es cierto que te puede dar algo de lo que hablar, pero al ser una falsa cita, no interesa que salga de alguna forma tu yo real. No es que tengas que actuar todo el tiempo, pero no es bueno que te relajes: has venido a lo que has venido. Puede sonar seco o deprimente, pero mucha gente disfraza esto de relevancia cuando al final solo es un juego, un juego que muchas veces se queda a bastante distancia de una buena paja y un libro. Muchos lo practican, y de hecho se considera moderno o sinónimo de libertad convertirlo en una constante si no tienes pareja; en mi caso, insisto, se da de forma muy puntual (me da mucha pereza y estoy muy bien solo), como una válvula de escape física mientras no voy a por quien quiero ir. Además nunca se me ocurriría quedar con alguien con quien detectara la más mínima posibilidad de química. No es que eso se pueda prever, pero sí puedes poner algo de tu parte. Lo cierto es que la gente hace esto buscando pareja, muchos en serio (si surge, dicen), lo cual me parece absurdo sobremanera. Forzado, estúpido, incómodo, antinatural. Es como ligar en una discoteca; la gente cree que es ideal como es ideal hacer un cocido en la cocina, cuando en realidad es como intentarlo en medio de una cancha de tenis durante la final de Wimbledon; tú con tus ollas y tus ingredientes, mientras te fríen a pelotazos. Puede que yo no sea un genio, ni tan siquiera muy buena persona, pero la gente es imbécil, y también estúpida y cruel.
Puede que yo no sea muy listo, pero sé que la espontaneidad existe, que no se puede forzar, y que suele ser el mejor caldo de cultivo. Es cuando dejas que la vida sencillamente fluya cuando acaba tomando la forma de algo auténtico. Ahora ya sabes por qué no tengo pasta.
Nadie quiere que vivas de esa manera, basada en la espontaneidad o alguna clase de sinceridad real; solo admiten que vivas de dos formas: o como ellos o para ellos; a poder ser para ellos.
No se te ocurriera la idea de vivir para ti mismo…
Y hay gente que confunde el vivir para alguien con tener hijos, cuando en realidad para quien viven es para algún puto capitalista sobrado que echa a las mujeres de su empresa en cuanto huele los embarazos.
Hay quien confunde un salario de mierda con algo más que una celda moderna. Antes ejecutaban a la peña, ahora saben que renta más disfrazar la productividad interesada de dignidad ciudadana.
La Explotación medida es la nueva Coherencia. ¡Cuánto hemos avanzado!
Le digo a la chica que soy optimista por naturaleza. Que cualquier otra opción me parece estúpida.
Le doy a entender que solo hay dos alternativas de opinión para cada asunto, y elijo en voz alta para ella la que suena más a arco iris y unicornios; unicornios realistas por supuesto –según la idea de realismo imperante–, madrugadores y con algún empleo en alguna oficina en la que no entras sin carrera, etc.
Le doy a entender que pongo el culo como casi todos, pero que aun así soy feliz; he comprado moqueta y unos muebles monísimos para dar ambiente a la amplia cuenca de mi ano; pero dejo claro que de momento no tengo habitación para el crío, es algo con lo que no tengo prisa, ni tan siquiera he pensado mucho en ello. Etcétera. No quiere decir que no me encanten los críos, por supuesto, me los comería a todos, montaría un restaurante donde cenar críos y compartir mi amor exacerbado por todo lo relacionado con los niños. No se lo digo así.
Los críos y los animales, claro. Me estoy planteando dejar de comer carne; lo digo como de pasada. Pienso una frase más o menos elaborada en la que incluir el concepto «tofu», y la suelto con toda la naturalidad que permite la mentira descarada. Estamos rodeados de parejas y grupos, normalmente formados también por parejas. Todo el mundo habla o de restaurantes o de viajes, todo va de lugares la mar de encantadores a los que deberías ir. Todo el ruido de alrededor significa dinero de un modo u otro: gastar dinero, haber gastado dinero, que deberías gastar dinero, que estás tardando en gastarlo… Un viaje es una buena forma, o cenar fuera de casa tres veces por semana, a poder ser un japonés, o el nuevo restaurante relativamente barato que se haya abierto en la ciudad (¡comida turca!, ¡vamos a por ello!). También están de moda los sacrificios al modo occidental, alguien habla de la dieta dunkan; todo se pronuncia desde cierta distancia irónica, nadie quiere pasar por un pijo insoportable, aunque lo sea. Pijos de clase media, hablando a gritos, nueva tendencia; les criaron solo para gastar y ahí están, volviéndose sibaritas del gasto aun haciendo malabares para llegar a fin de mes. No va tanto de comprar comida ecológica como de lo elegantemente que gastas y te alimentas. No es una cuestión de habitar la tierra como un ser humano, es una cuestión de estilo.
Para dejarlo claro, la chica que tengo enfrente habla y yo asiento. A veces añado algo para parecer lo que sea que tenga que parecer en ese justo instante: interesado, controlada y graciosamente horrorizado, curioso, irónicamente agotado, sutilmente sarcástico… Las imágenes que pasaban por mi cabeza al pensar en citarnos no venían al caso en el ambiente: eran la realidad. No pensaba en un futuro de vacaciones de verano con ella y noches locas en Cancún; más bien en noches puntuales por venir y locas corridas sobre su cara donde fuera. Una camarera viene de vez en cuando para ver si todo sigue bien. Podría intercambiarse perfectamente con la chica y mi plan seguiría intacto; lo de enjabonarla, por ejemplo, aclararla y follarla hasta ese agotamiento de maratón que lleva al borde del vómito, todo sobre alguna cama que apestara a cerrado y a huevas de araña. Todo eso. La sonrisa responde con aparente naturalidad a mis escuetos comentarios sobre la vez que rescaté a un perrito vagabundo y lo cuidé hasta que alguien con más tiempo y medios que yo quiso adoptarlo. Se llamaba Cancerbero, era un Yorkshire terrier, era cariñoso, muy curioso, movido, inteligente e inexistente. En lugar de comentarle lo de mi elegante tolerancia para el sexo anal que se descontrola, le digo que el perrito fantasma ahora vive con una pareja, amigos míos inventados, recién instalados en una planta baja imaginaria que tiene todo lo que mi adorado Cancerbero falso necesita. Voy a visitarle una vez al mes, algún jueves, por la tarde, un rato, cinco minutos, yo, a veces con algún amigo, adoro a ese perro. Cancerbero, mi único perro, mis padres no me dejaron nunca tener perro. Ella ríe y su gesto se me antoja cada vez más dado al grito de alcoba húmeda. Me suelto un poco, lo del perro (el alcohol) me ha ayudado. Es un lugar común asqueroso (los perros me son indiferentes), pero es efectivo y a veces cuela. Quiero un fundar algo, un centro de… algo, ayudar a fundarlo, no sé bien el qué, para perros enfermos, algo así, un sitio para perros vagabundos; las familias los abandonarán en verano para irse de vacaciones y mi equipo y yo nos encargaremos de darles a esos chuchos una vida digna, sea lo que sea eso. Me cuesta un poco desarrollar el discurso, la idea que es que soy monísimo y tengo sentimientos profundos en relación con todo lo que tenga que ver con mi entorno; familia, amigos, conocidos, humanos en general y animales en particular, porque me rompen el corazón de tan inocentes y parecidos a peluches como son. Todo eso. Creo que está surtiendo efecto. También me encantan las plantas, le digo. Apuesto por el cliché baboso del trío niños/animales/plantas. Esto a veces funciona de verdad, por algún motivo extraño que prefiero no analizar; y en ocasiones es incluso mejor, porque la chica entiende que solo te tiras el moco para intentar tirártela, lo acepta, te sigue el juego, y luego procura olvidarse de ti al día siguiente. Las plantas son seres vivos, y bueno, he visto usar varios tipos de verduras como consoladores de lo más eficaces. Pero solo le hablo de todas las soluciones saludables que ofrecen, tanto para la alimentación conocida como para elaborar ciertos raros aceites vegetales, y hasta mascarillas. Hay datos gilipollas que se te quedan en la cabeza a cambio de tan solo cinco minutos tontos de Google. La Cultura se está convirtiendo en la última prostituta barata para ese Chulo genérico que es el Egoísmo y el interés personal, el picoteo vacío más violentamente asentado. Intentar erradicar eso sería como querer bajar al fondo de un volcán permanentemente activo y cavar un pequeño huerto del que obtener frutos auténticamente nuevos. De modo que te adaptas, usas las herramientas contemporáneas; mentiras, perros, niños, plantas, currículum (inventado o no), cultura sodomizada. No le digo que me he masturbado varias veces con las incontables galerías de fotos de su muro de facebook. Lo que hago después de hablar de plantas es animarla a que me acompañe a tomar algo más. El cuarto cubata debería ofrecer algunas respuestas. Precisamente a veces el mío ya debería acabar en alguna planta del local; emborracharse está sobrevalorado, al menos si lo comparamos con una erección vigorosa. El gatillazo no es una opción; da igual lo inteligentes y académicamente moderados que nos pongamos al respecto, por mí pueden hacer una pasta de papel con todos los artículos que relativizan el tema, moldearlo, darle forma fálica y metérselo todo por popa a la sexóloga mayor del reino.
Salimos de un sitio y nos llegamos a otro, y voy tan con el punto y cachondo que creo poder ver sus bragas a través del vestido. En realidad he perdido la cuenta, no se si son tres, cuatro cubatas… Soy de beber café, el alcohol me parece el clásico producto ideal para adocenar a la clase media; la gente bebe cervezas que son horrendas solo porque la botella tiene la forma adecuada y la etiqueta recargada correcta. La gente es capaz de convertir en placer un martillazo en la cabeza si les enseñas las suficientes veces a otros practicándolo, no digamos ya si el martillazo en la cabeza se anuncia por la tele. Con los cubatas pasa que suelen ser más duros que las cervezas, y para mi cuerpo la idea de un día activamente alcohólico se reduce a dos cañas en una terraza al sol con las subsiguientes cuatro o cinco visitas al lavabo para mear.
Llega el momento del ansia, comienzas a no tener más balas en el cargador de los preliminares verbales. Ya has sacado a colación todos los temas pegajosos relacionados con ser una persona sensible y concienciada. En realidad solo me queda la mentira de la ONG con la que colaboro. Es sin duda la más despreciable e hipócrita, ya que las ONG’s son de por sí un misterio occidental, una especie de lavadora gigante de conciencias ricachonas occidentales. Decido que ni muerto voy a hablarle de eso, ya está bien, a partir de ahora me limitaré a ser mi versión falsa auténticamente borracha. No es una combinación recomendable, pero nadie dijo que una primera falsa cita fuera fácil. Es esto o la prostitución, y la idea de ir de putas nunca me ha puesto a tono, es como ir a que te marquen el tíquet de polvo echado; y aunque el cúmulo de protocolos para llevarse a la cama a una mujer gratis puede ser bastante coñazo, cuando llega el momento no se limita a una escenificación de penetración. Es la única parte real de la noche en la que tanto ella como yo estamos presentes. Es como planificar una fuga carcelaria, solo que la fuga es de la vida, del mundo, de la podredumbre del día a día y la gente que te grita a la cara que seas feliz aunque te estén pinzando los huevos con un cangrejo mutante. Es, como dijo alguien, una venganza, el sexo es la venganza perfecta, una forma de decirle a Dios (o a quien sea), jódete, ahora estoy disfrutando, y no fingiendo que disfruto ni justificándome, ahora estoy disfrutando de verdad, así que ahora: mierda para ti, púdrete, esto ya no puedes quitármelo, jódete y que te folle un pez.
El último local es un bareto de los que abren a media tarde y cierran a eso de las tres de la mañana. El ambiente consta del acostumbrado rociado de ruido anticonversaciones sin gritos; veinte capas de gilipollas y parejas y niñas con tetas y vasos entrechocando bajo las que se intuye la música; un par de pantallas planas emitiendo canales de videoclips y un ochenta por ciento de estudiantes o currantes primerizos que creen que la vida y la felicidad son tal y como les han contado. Solo tienen que arrimar el hombro con increíble desgana disfrazada de profesionalidad entre semana y empinar el codo el sábado. Y todo irá bien. Es ese discurso adulto que siempre te sueltan con esa dosis de relatividad con la que resuena un “bien, pero será una mierda, porque estás haciendo en esencia lo mismo que yo, lo cual es deprimente y a la vez me complace maliciosamente”.
En lugar de decirle a la chica que lo que realmente me apetece ahora es meter la cara en su culo, le digo que me gusta mucho este local, que vengo a menudo y que ponen buena música. Hay un buen ambiente, y los cubatas no son de garrafón. Luego localizo con la mirada dónde puede estar el lavabo, porque no recuerdo haber entrado jamás en este zulo pretencioso con citas literarias encaramándose por las paredes. La lista completa de cosas buenas que tiene el lugar: 1-No hay puñeteras parejas con bebés o críos clones correteando hacia un futuro escrito.
La gente habla del destino, pero en realidad solo se trata del sistema educativo.
Hace rato que mi pene oscila entre la erección evidente y el estado morcillón habitual propio de esta especie de performances-para-follar. En lugar de decirle a la chica que no dejo de imaginar su boca ensartada y alguna que otra arcada oral, aseguro que mi cubata ya va a ser el último, porque si no tendré que comenzar a decir la verdad cada vez que sea mi turno en la conversación. Ha sido como una parodia, una mentira y una verdad a la vez. A veces me sorprendo a mí mismo haciendo malabares de falsa honestidad, a veces suelto “verdtiras”, o “mendades”. Mi sangre está corriendo ya por mi cuerpo más bien descontrolada, mis calzoncillos hace rato que han empezado a estar pringosos. Intento recordar su edad, por un momento se me va de la mente su nombre, lo recuerdo y siento una punzada de alivio; no recuerdo en qué trabaja o qué hace o si tiene algún tipo de criterio con algo o simplemente se muestra crédula con todo lo que le digan que es música o cine o literatura o información. Decidimos que nos largamos.
El condón siempre me suele irritar; no el pene, sino el ánimo. Es una pausa incómoda en algo que ya es como una catarata en el paisaje: nada debería poder interrumpir la furia de una catarata. Ha sido ella quien lo ha sacado, así que me ha ahorrado el numerito de dar el paso. La venganza se lleva a término. La única venganza que no se sirve mejor fría. Pasan por mi cabeza nombres e imágenes, caras, situaciones, jodiendas vitales, profesores, humillaciones, gilipolleces paternas, pasa la muerte, a quien tampoco le gusta que folles; pasan pijos de clase media, pasa una chica, pasan dos, sacudo la cabeza cuando la veo venir a Ella, pienso en alguien que odie, solo es el momento de la venganza, no hay nada que se asemeje al amor o al cariño, hay una oportunidad, otra más, para aliviarse y regodearse en ello. Procuras frenar el ritmo para no irte antes de irritar al Universo, para no acabar antes de que se empiecen a ofender tus enemigos racionales, las sectas de la lógica y los académicos de los sentimientos. Hay que seguir hasta que se le infle la cabeza a tu némesis, conformado por todos los que sabes (y sus bebés), hasta que le explote y se puedan lamer las vísceras de las paredes. Hay que seguir hasta estar seguro de que todos los mamones han sentido un palpito físico desagradable que les ha inquietado o despertado, que les ha hecho pensar que algún día todos sus seres queridos morirán y los mamones se quedarán solos, con su razón, con su lógica y su mierda de pensión. Hay que seguir hasta que creas que le has podido provocar un ataque al corazón a alguien a distancia. Porque eres el capullo más mísero y desgraciado, y aun así follas. Y sigues, pensando que el novio idiota de alguien se ha salido de la carretera, que la suegra imbécil de los domingos se ha caído por las escaleras, que el director del instituto se ha dormido para no despertar, que el alcalde ha tenido un derrame a pesar de su esplendida salud, y el presidente un ataque cerebral por el que será alimentado con tubos. Hay que seguir hasta que el único Dios real que existe tenga que manipular su mesa de mandos, porque has conseguido que se active su alerta de la venganza (aunque solo sea una falsa alarma momentánea típica): Peligro, alguien se siente vivo, alguien podría haber dejado de “ir tirando”.

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Hamburguesas y animadoras

Si un día tengo un perro
lo llamaré hamburguesa
se le llama a todo hamburguesa
ahora
El resplandor parece ha aparecido
hay una inscripción en la puerta
se lee al revés
Hay animadoras en el patio
juega el equipo del colegio
En la oficina
papá resopla
hay coles en la nevera
en casa mamá espera
Ya no son los años sesenta
nadie habla de crisis nuclear
Pero ahí está el resplandor
aunque a todo se le llame hamburguesa
Ahora todos inmortales
ahora todos perfectos
ahora solo unos cuantos
Ahora lo bueno
es aún más malo
Ahora somos más que antes
Aún no llega la onda gigante
No será de un minuto a otro
no será en un momento
de semidioses a fiambres
No será una traducción instantánea
de vegetarianos a hamburguesas
De sonrisas
a inteligente carne requemada
La pared caliente
incluso desde el interior
Las pilas del reloj se agotan
es Dios quien las recarga
Hervir coles
servir vida
sano hasta el nicho
respetuoso para el ego
indiferente para el negrito
Las chicas ensayan
las faldas se agitan
el sábado partido
Es jueves
ya casi…
Así pues
que te zurzan
Llega radiante
otra noche de verano
Resuena otro debate
sexólogas tituladas
Colores pastel
pasteles para el pueblo
Mentiras sobre mamá Big Bang
sobre Oriente corriendo un velo

anim

Bomba de racimo

Actúa como una bomba de racimo
puede que esté perfumada
al principio incluso parecía bonito
Luego se esparce el daño
Salpica
No conozco el motivo
de la onda expansiva
pero adopto la postura
Puedo ver
aunque no lo creas
cómo mi cabeza explota
Ahí van los detalles
aunque no siempre interesantes
Entre los restos viscosos
podías ver la sustancia
Un trozo quemado de la EGB
el libro de turno
de texto
de mates
de inglés
Ahí van las bragas infantiles
los despistes en el patio
los niños cercados
una espina un día clavada en la cabeza
un mal corte de pelo improvisado
Gente de corbata hablando en la tele
Bush senior y contemporáneos
padres de la democracia
falsas transparencias aceptadas
El suelo explota por partes
No sabías de dónde venía
te decían aquí
te decían allí
Tú ibas más o menos a donde decían
Ibas a ser un desgraciado
Siempre estás a tiempo
de ser útil al modo contemporáneo.
Secreto sexo
Pasado estéril
lo rural está maniatado
Épocas muertas llenas de fotos
Programas infantiles
llenos de marcas
Acción adulta
en la distancia dicen adecuada
Educación a cuadros
como la mantita de la gata
Invasión de gatos
como culmen creativo
Ya no evitas la bomba de racimo
Se erigen casi inamovibles
las torres

racimo

En el pasillo

Voy feliz en mi coche, voy,
voy feliz en mi coche, voy.
Voy en mi coche feliz,
voy en él
voy en él.
Voy en mi coche feliz, ahí voy,
voy en él, voy en él. Voy cantando que voy en él, y el sol nos arrulla con su poesía efectista, y todo lo que digo va con melodía, y la novia de un poeta va lamiendo todas las esquinas sin darse cuenta de que solo son esquinas, de que no son para tanto, de que la poesía es otra cosa. Miro hacia atrás en mi coche feliz y el cuerpo del poeta ha quedado como un fardo. Voy en mi coche feliz, canto,
voy en él, voy en él.
Voy feliz en mi coche, voy,
voy en él, voy feliz.
Paso junto a árboles y prados, y veo a dos ciclistas y no tomo precauciones, y voy en mi coche feliz, voy
voy en él, voy en él.
Miro atrás siempre los cuerpos, a veces oigo crujir los huesos bajo los neumáticos. A veces paro y observo, la última mirada, el último suspiro.
Porque voy en mi coche feliz, voy,
voy en él
voy en él.
¿Y qué me van a decir? “Señor, es usted un irresponsable”. ¡Pero ustedes me vendieron el coche solo porque tengo dinero! Y ahora voy en él y a veces me cruzo con mujeres y a veces con chicos y chicas y son tan jóvenes, y parecen felices y… ¿cómo demonios contenerse? ¿No sabe usted que voy en mi coche feliz? ¿Cree que la gente tenía prisa antes de poder ir deprisa? Y acelero, no lo puedo evitar, y otro motorista hace break dance mortal.
Y dicen “ay dios”, y seguro no ven ninguna luz, a veces solo a mí, y sonrío,
y vuelvo a mi coche feliz para ir en él,
y voy en él
voy en él.
Y sacudo mi ropa del polvo del camino,
y a veces miro al siento trasero y coño, vuelvo a recordar que tengo otra vez otra chica amordazada. Atrapada en mi coche feliz y en el mundo, y es joven y tiene un gran futuro por delante.
O tenía.
Porque va en mi coche feliz, va
va en él
va en él.
Y llora bajo la mordaza y le digo que es pura lotería. ¿Qué posibilidades había?, le digo que si nuestros caminos se han cruzado ha sido por algo, y que no debería resistirse. Ella gruñe bajo el calcetín usado, y aunque parece intentar decir algo, yo solo oigo:
Voy en tu coche feliz, voy,
voy en él
voy en él.
Y ¡claro que sí!, esa es la actitud, le digo, así tienes que afrontarlo, no te preocupes, carpe diem. Y saco algo de la guantera y ella lo ve y parece seguir cantando. Con el día tan soleado que hace, casi nos podríamos secar por dentro. Pero podríamos ir a la playa, podríamos comprar un bikini para ti, algo color blanco roto a juego con las cuerdas y el calcetín. Podríamos probar el ahogo. Piensa en todo lo que te vas a ahorrar. Ahogar, ahorrar, ¿no es tronchante? No pienses que soy un cínico, solo voy en mi coche feliz, y he pasado una semana muy dura en el curro. Tengo la sensación de que este es el principio de una gran amistad, le digo, y también el final.
A veces se me quitan las ganas de cantar, me da mucha rabia, pero no quiere decir que no sigan dentro, agazapadas. Luego meto la mano en el tajo del estómago, estamos en el arcén, finalmente sin haber llevado a cabo los planes de playa. Tiro de las tripas húmedas para ver si me vuelven a crecer las ganas de cantar, pero solo consigo montar un estropicio. La chica sigue viva y un coche que pasara podría vernos en cualquier momento. Cojo el cuchillo y lo meto en la guantera. Me limpio un poco las manos en la ropa de la muchacha, y ahí se queda. No quiero que ponga perdida la tapicería. Quizá alguien la vea ahí tirada y se preocupe, pero es muy posible que pasen por delante sin más: al fin y al cabo se trata de esa gente que se cree mejor que yo. ¿Se podría salvar?; me divierte pensar en ello, porque tiene casi todo lo de dentro fuera, ¿alguien podría meterlo todo y ponerse a coser o algo así? El horizonte anuncia cambios, unas nubes negras y eléctricas amenazan la estabilidad del día soleado. Pronto se ven relámpagos y se oyen truenos. Un viento enorme azota el coche feliz. A veces estas cosas pasan. Necesito algo más para el día, algún buen crujir de costillas, lloros, peticiones de clemencia. Me apetece oír a alguien llamando a su madre muerta. A veces no basta con un buen paseo. No me vuelven a crecer las ganas de cantar. No me gustan los días grises. Todo el mundo se va su casa, todos se cierran bajo llave, cabritos desconfiados, cabritas, ovejas. Y no puedo esquilar a nadie. Eso me deprime e irrita, primero me deprime y luego me irrita, y luego acabo haciendo algo terrible y sigo sin ganas de cantar.
Pero hay que seguir, ¿verdad? Hay que aprovechar el tiempo al máximo; siempre madrugo para matar; si matas más por la tarde que por la mañana te arriesgas a topar con gente que de todas formas no valora la vida. Dicen. La gracia de la perdida está en el valor de lo que se pierde. La crueldad ha de ser genuina. Nadie quiere que le tomen por un bicho raro. Asesinos, contribuyentes, y el término medio: gobernantes. Así está la cosa. No deja de llover y no me crece el canto y pongo la radio, pero no puedes hacer nada con los que hablan y es frustrante. Los limpiaparabrisas trabajan como siempre con espíritu madrugador, y los pocos coches con los que topas creen que vas a alguna parte.
Recuerdo que ese tío sigue en el maletero porque de repente da algunos golpes. Debe haber recuperado algo de cordura, o quizá se trata de una reacción física natural de supervivencia, algo así como: Décimo día en el maletero, los músculos reaccionan para desentumecerse.
Golpea y se le oye el mismo grito apagado de las primeras cinco horas que pasó ahí dentro. La estadística de muerte por inanición no siempre es la misma. Mi regalo al tío es la oportunidad de la esclavitud sin ser él mismo el que se la impone. Parecen gritos y sufrimiento sin más, pero es una metáfora, de verdad; se lo digo, aunque creo que nunca me oye. En realidad nunca ha sido tan libre como ahora; ahora no puede hacer nada, de modo que no puede estropear nada, incluido él mismo; y, lo más importante, no puede fingir que no lo está estropeando. No es exactamente como correr por el prado y hacer la croqueta entre los tulipanes, pero al fin y al cabo toda situación recibe su calificativo por contraste. Los primeros dos o tres días piensas que lo sacarás de ahí y te divertirás de alguna forma, pero luego recuerdas el olor que se concentra siempre en el maletero de días de haber servido de lavabo, y te da cada vez más pereza. Lo puedes notar un poco dentro del coche, y esa es una de las cosas por las que la lluvia no me gusta, no puedes ir tranquilamente con las ventanas bajadas.
La lluvia cesa un rato y pienso en el acantilado. A veces pienso intensamente en él. Me doy cuenta de que estoy conduciendo en esa dirección. Sé que si no frenara, el coche feliz se iría directo al mar. Eso me provoca algún tipo de bienestar relacionado con la idea de la muerte, con la idea de la elección libre. El suicidio es probablemente la única democracia real existente, tomas una decisión libre y te afecta de verdad, sin género de duda, directamente, muchas veces para mejor, y en el justo momento de llevarla a cabo. Es lo contrario a meter un voto en una urna, con la ambigüedad que eso conlleva. Decido que tengo que coger un rehén, o aplastarlo, o hacer creer a alguna mujer que me interesa violarla y luego limitarme a dejar su torso sin piernas ni brazos en alguna cuneta. Comienzo a pasar por algún pueblo costero, nunca recuerdo los nombres de los pueblos y las ciudades, he pasado decenas de veces por aquí y sigo sin recordar la placa del lugar. Paso por alto los letreros. Las señales de tráfico son una sugerencia, al menos cuando recuerdo qué significan.
En cuanto recojo al autoestopista, sé que no es la elección adecuada, es demasiado robusto. El tío del maletero calla porque una vez le dije que si gritaba cuando oyera a alguien mataría a la persona que fuese. Como si la persona que fuese tuviese alguna opción al no hablar él. Es lo bueno de la mayoría de las personas: creen que si haces lo que les dicen todo va a ir mejor, ese es el poso educacional. Si haces lo que quieras te va a ir fatal, a ti y a los tuyos, pero si haces lo que yo te diga, oh, querido, insiste con ello, no pares, porque la vida te recompensará. No es que seas idiota perdido.
El autoestopista no me mira con confianza. Me entra un calor en el pecho que me dice que esto no es una equivocación, sino más bien una oportunidad. Activo el cierre de las puertas del coche. Le doy conversación al tipo. Se queja de algo, no sé de qué, no le escucho, hace lo que todos, se queja de algo mientras bromea sobre ese mismo algo. Agradece ese algo a la vez que lo maldice. Dice Qué se le va a hacer. El sol comienza a colarse entre nubes. Qué menos; es bonito cómo sucede casi a mediodía, cuando su brillo casi no tiene carácter, cuando solo es luz cegadora, cuando no te provoca la sensación de nacimiento del amanecer ni la melancolía de gradual apagado del atardecer. Solo brilla y te quema si te expones a él. Quizá hasta te provoque cáncer de piel. El tío me comienza a preguntar que si sé dónde quiere ir él, si le oí bien cuando me lo dijo. Le digo que sí sé dónde quiere ir, pero que él aún no lo sabe aunque crea que sí, y que le voy a ayudar. Haremos esto juntos, le digo. Es mejor hacerlo acompañado.
Es agradable.
Es una caída de unos cinco segundos de duración. Una vez cronometré a un tío que saltó; es un lugar habitual para el suicida corriente de toda la vida; el que cree ser una mierda porque los demás le han dado a entender eso y no porque necesariamente lo sea. Solo tuve que hacer guardia treinta y cinco horas hasta que alguien fue a matarse. Me imagino que el coche tardará menos de cinco segundos en llegar al agua.
Me interesa ese lapso de tiempo. El hombre forcejea e intenta desviar el coche, y algo debe intuir el del maletero, ya que comienza a gritar aun rompiendo mis normas. Noto los brazos del tío a mi lado, claramente machacados en el gimnasio. Me da por reír. De todas formas ya es demasiado tarde. El coche cae a plomo y va a chocar contra el agua de morro. Un choque frontal. Algo así como mil excursiones a la montaña concentradas en un solo segundo: tu encuentro más crudo con la naturaleza, y claro, normalmente gana ella. Al impactar contra el agua veo un chorro de heces que se va contra el parabrisas y pasa entre el cachitas y yo. Luego todo revienta y comienzo a tragar agua salada con cristales.
No quedo inconsciente y puedo sentir cada segundo hasta el momento del ahogo; el agua alrededor es marronosa, amarillenta, es agua y sal y mierda y pis. El dolor de pecho aumenta a medida que no respiro, veo al tío sano a mi lado, ya muerto, un pez se detiene y empuja con el morro su globo ocular derecho. Estoy bastante seguro, el asunto de la luz blanca es una sensación física. Ella aparece en algún momento de los últimos tres segundos. No pienso en absoluto en cantar. La veo caminar por un pasillo. No se vuelve a mirarme. Entra por una puerta, no la cierra, creo oír un murmullo que viene de esa habitación, aula, despacho o lo que sea. Es lo último que siento: me siento como el alumno castigado en el pasillo.

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Desprendimientos (1 de ?) – Tortilla

–Si pasan página verán el gráfico de los presupuestos de los que les hablo, y quiero que se fijen bien en los datos que indican el declive de la devaluación.
Sonido de papel manipulado. Alguien tose. Alguien carraspea. Alguien aprovecha para sonarse la nariz.
–… en el sentido en que verán que no se puede tramitar una baja por defunción sin…
Nadie le pasa ninguna nota a nadie. Todos miran fijamente al frente, se puede oír el crujir de la ropa al más mínimo gesto. Llega un murmullo apagado del trafico de seis pisos más abajo. La mayor parte de alumnos son varones, hay seis chicas en una clase de cuarenta y dos asistentes. Solo hay un pupitre vacío. La pizarra tiene esa capa blanca de haberse borrado y escrito cientos de veces en ella. Nunca se borra bien, nunca es del todo inútil; es práctica o exasperante según a quién preguntes (o si te miente o no).
–… en el deceso hay una función decimal, como pueden ver, esto es interesante a nivel fiscal, ya que antepone datos presupuestarios en un contexto de excreción matemática que vale la pena analizar…
Algunos ojos se cierran solos. Hay algún pequeño sobresalto al haberte casi dormido y volver repentinamente a la realidad. El discurso se pierde, las palabras se deforman, la atención muere, el sistema sigue en pie. Como material de rascacielos. Ya no escuchas, solo oyes, tu increíble sensación de tedio empieza a cubrir los espacios en blanco. La acústica de la sala no ayuda. Es martes, son las nueve de la mañana; tu futuro es brillante.
–… económicamente hablando, y solo quizá. Dejad que borre esta parte y os hablaré de los pasos a seguir para despejar una deuda de un entorno conflictivo para poder hacer cálculos sobre el diámetro y espesor de…
No son drogas. Son años de lo mismo. Tampoco es que te extrañe, tampoco es que lo pienses, no es que sea una cuestión que esté sobre el tapete, no ha sido declarada como inteligente. O bien: Estás demasiado imbuido de tu responsabilidad, aunque ahora habla el maestro y oyes:
–… pero ya sabéis cómo son las madres, más agradecidas si son viudas, más sedientas si están cabreadas, más disponibles si la abuela se puede quedar al nene un día.
Lo cual tiene bastante sentido, piensas, son las cosas que te ayudan a mantener los ojos abiertos.
–… y este porcentaje lo colocamos aquí para poder hacer el cálculo trimestral para el dato de la casilla del impreso amarillo…
Fuera el sol parece estar batallando contra el cristal de la ventana. A medida que avanza la hora, aunque muy lentamente, el murmullo del tráfico disminuye.
–… que verán que es una cifra universal en este tipo de documentos; con esto podrán ir a donde quieran, les pondrán el sello y podrán montar en todas las atracciones y parejas sexuales que deseen.
En realidad la cosa comenzó a las nueve y solo son las nueve y siete. De todas formas luego hay más horas de este tipo, de esta clase, con estos arrestos, al estilo Delorean averiado. Es como lo contrario a viajar en el tiempo, y las emociones que conllevaría esto también se invierten.
–… tengo el colon irritable. Pero fíjense en los datos de la hoja rosa, verán que si hacen un sencilla regla de tres y le dan la vuelta al cálculo poniéndose ustedes de pie sobre un espejo a la vez que llaman a sus parejas (o las que querrían que fuesen sus parejas) y les dicen lo que sienten de verdad, podrán obtener el resultado deseado en lo relacionado con pasar página. Ahora mismo iremos a las tablas de evolución para la evaluación de rendimientos: sé que lo están deseando.
Alguien levanta la mano y murmura algo.
–Ya son ustedes mayorcitos. Si quiere ir al baño solo tiene que levantarse sin provocar un escándalo, e ir. Gracias.
Luego el alumno en cuestión no vuelve del baño. Pero no ha cogido sus cosas. Supongo que algunos se dan cuenta, pero ninguno tiene el suficiente ánimo ni tan siquiera para preguntarse por qué. El asunto queda en el olvido.
–¿Quién iba a saber que el globo ocular podía explotar por eso? Pero no se preocupen, las tasas no son un problema, a medida que avance el curso podrán manejarlas y trabajarlas con facilidad, verán las cifras y creerán que están ante un filete o una metáfora del coito.
Alguien decide poner el aire artificial. Así que se pasa de un creciente calor a un creciente frío que no acaba de ser frío, sino simplemente la traducción perfecta de cómo provocar un resfriado gracias a la tecnología.
–No necesitamos a la naturaleza. Por los complementos fiduciarios, podrán deducir que la evolución de las cifras a nivel anual se comporta de forma cíclica. Lo cual nos lleva a concluir…
La temperatura fuera es terriblemente calurosa, y dentro es de mentira.
–¿Y qué me dicen de todas esas niñas menores?
Alguien más se levanta, pero esta vez coge sus cosas, no dice nada y sale del aula. Es un chico, todos le miran un segundo con cierto deje de esperanza, quizá ante la idea de que podrían imitarle y así quizá “tirar su futuro por la borda”, y puede que vivir.
–Yo no digo que sea higiénico o común, pero la lluvia dorada tiene cierto encanto, y desde luego no tiene nada que ver con la coprofagia: quienes meten ambas prácticas en el mismo saco son quienes realmente están enfermos…
En realidad el único ruido destacable de la clase es un borboteo historico-estadístico que provoca el efecto contrario al de la típica canción que se te queda enquistada en la cabeza. El proceso, en su totalidad, es más bien como lo contrario al enamoramiento correspondido.
–Varias cifras fueron coincidentes en los años 84 y 85, y como pueden observar, esta línea descendente indica proliferación de valores a la baja. Seguro que conocen los entresijos de un conflicto de naturaleza infinitesimal, pero déjenme refrescarles la memoria…
Son las nueve y trece. Quedan cuarenta siete minutos de clase. Es la primera clase del día.
–Pero no me negarán, como alumnos de último año, que hay cierto encanto en esta escala de valores; fíjense en esta línea roja que yo he pintado naranja, aquí hay una clave de por qué este número que les señalo va a tener un papel clave en la naturaleza cíclica del proceso devaluativo. Estoy bastante seguro de que tengo una buena polla, aun con mi cara de muermo y mis sílabas rodando deprimidas por mi lengua, lástima que ya no tenga el vigor de antes. Cada verano hace más puñetero calor, ¿no les parece? Si no son felices ahora, ¿cuándo mierda van a querer serlo? ¿Eh?
Otro chico se pone en pie. No coge sus cosas. Sus movimientos son lentos. Nueve y trece y diecinueve segundos. Da dos pasos en una dirección, luego en otra. Nadie le dice nada. Apenas le mira nadie. No es que los ánimos estén apagados, es que no hay realmente algo como «ánimos» de ningún tipo.
–Cuando salgan al mundo laboral y consigan trabajos de verdad, y no me refiero a los trabajos temporales que tienen ahora en verano, sino a los trabajos respetables de alto perfil a los que aspiran y por los que están luchando, se encontrarán este símbolo que les señalo muy habitualmente junto a esta cifra, que estará irremisiblemente en esta esquina inferior derecha de las hojas azul aciano que conforman los informes AF-12-45. Déjenme que les explique cómo gestionaremos este concepto en relación con las hojas verdes que sabrán ya a estas alturas son los AG-83-15…
El chico puesto en pie ha abierto una ventana y, sin que nadie se dé cuenta realmente, ha saltado a la calle y se ha estrellado contra el capó de un coche aparcado seis pisos más abajo. Los alumnos han vuelto la cabeza vagamente en distintas direcciones cuando han oído el ruido apagado del cuerpo cayendo abajo contra el cristal, el metal y el motor, además de algunos gritos y ruidos urbanos poco habituales o identificables.
–Dado el porcentaje de los datos que se implementan en esta hoja verde, hay un sujeto que…
–Profesor –dice alguien; el hombre deja de escribir en la pizarra.
Entonces todos en el aula se percatan de que el chico que estaba de pie simplemente ha desaparecido; ven la ventana abierta y llegan a la conclusión más plausible, ya que de haber salido del aula por la puerta, la acción y el ruido habrían sido obvios, y aun estando ausentes y más bien apagados o muertos en un sentido creativo, habrían tenido la suficiente lucidez como para percatarse de lo que pasaba más o menos a las nueve y catorce minutos y cincuenta y nueve segundos.
Abajo había un equipo de televisión friendo un huevo sobre el capó del coche siniestrado, práctica habitual para el telediario de la tarde. El cuerpo del estudiante ha caído en parte sobre el parabrisas y en parte sobre el capó. El huevo estaba burbujeando y un reguero de sangre se ha comenzado a mezclar con el mismo. Parte de los compañeros miran por la ventana. Otros no se han levantado de sus pupitres y siguen mirando hacia un lado y hacia otro, aturdidos. Dos dormitan. El profesor busca una hoja en concreto en su carpeta de cuero. Su frente parece perlarse de sudor, aunque podría no ser más que un efecto óptico. Se hace con un bolígrafo rojo.

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Metidos en madre

Creo que lo que pasaba en el fondo es que mi amigo echaba de menos (por decirlo sutilmente) a su madre, fallecida hacía un año y pocos meses. La “recordaba” sin parar. Pero quién sabe. Una vez le vi intentar poner una sevillana sobre la tele de pantalla plana de su piso (hizo tres intentos). Hablaba en presente de Ella, más de una vez alguien le llamó al móvil y, antes de descolgar, murmuró:
–Creo que es mi madre.
Decoró su piso barato de soltero con mobiliario de segunda mano, pesado, barroco, puso figuritas de adorno de bailarinas y orfebrería barata. Escribía un diario (lo dijo) donde la “destinataria” de los textos siempre era Ella. Se cambió la tele, consiguió una de segunda mano de las de antes, con tubo, un muerto de piso antiguo sobre el que por fin pudo poner la sevillana.
Tenía varios espejos de aspecto gótico. Un día comenzó a afeitarse a diario (antes lucía siempre barba), pero también a depilarse las piernas y las cejas. No tenía ningún motivo aparente, no era deportista, no se lo exigía crema o pomada alguna para el cuerpo, y alguna vez le habíamos oído ponerse sarcástico con los tíos que se depilan las cejas. Simplemente comenzó a hacer todo eso. Los que éramos sus amigos, aún pasábamos por alto todos estos detalles, en fin, nos decíamos, no es bueno darle más importancia de la que puedan tener. Entonces nuestro colega aún (supongo) de bizarro luto, comenzó a dar extraños discursos en los que la Madre (como concepto o figura social de vital importancia) siempre era el motivo central. Las madres eran el motor de la humanidad. No es que no estuviéramos de acuerdo, pero empezábamos a captar algún tipo de exceso, un estancamiento en él, es complicado describirlo. Dudamos sobre si hablar con su padre, pero luego supimos que estaban distanciados. No habían hablado casi desde que murió la que, a parecer, llevaba las riendas de la cordura familiar. Nada, nos dijimos, qué vamos a hacer, y decidimos silenciarnos a nosotros mismos. Cuando salíamos los viernes y los sábados, él a veces hablaba con las chicas, pero no tonteaba, sino que les hacía comentarios sobre lo «frescas» que iban, sobre que no se liaran con ningún «cualquiera» y que, en todo caso, tomaran precauciones. Comenzó a pedir zumos para beber, o a veces solo agua. En navidad, durante la cena entre amigos, aseguró que solo quería licor de melocotón; al dar un trago, dijo «Yo poquito, nenes, que no me gusta el alcohol». Nos regaló una bufanda y una cartera a cada uno, lo cual fue doblemente desconcertante, porque no teníamos costumbre de hacernos regalos fuera del núcleo familiar. Su pelo, desde siempre largo y muy del estilo de un heavy, sufrió ciertos cambios. Se lo cortó y le dio volumen, y se lo tiñó… Era como un mapache rojo sobre su cabeza. Se presentó así en el cumpleaños de una amiga. Había ganado al menos unos veinte kilos y dijo que le parecía «fatal» que ninguna de las chicas que había presentes fueran madres aún, que estaban en una edad fértil y no era bueno esperar a hacerse muy mayores.
No se nos daba bien capear la situación (¿quién demonios podía?), así que nos limitábamos a decir:
–Vale, tío…
Era nuestro colega y eso, qué le vas a hacer, aunque algunas chicas que conocíamos se resistían a normalizar el asunto. Tengo que reconocer que quizá lo de hacer como si no pasara nada era demasiado hacer esta vez. Teníamos un buen entrenamiento en dicha materia, pero hay cosas que simplemente se salen de madre, aunque esta vez la expresión no sea la más adecuada. ¿Se meten en madre?…
Es travesti, les decíamos nosotros –tan modernos y sofisticados–, aceptamos a nuestro amigo travesti; él puede vestirse y peinarse como quiera. No sé cuándo fue, pero él en ese momento estaba en la cocina lavando platos con la hermana de alguien, intercambiaban consejos para el cuidado de las uñas. Se ha liberado, dijo un colega mío, dejadle en paz. Huele bien, dije yo, y tampoco ha cambiado tanto, no seamos superficiales… Nos lo creíamos todo, o bien: no queríamos hablar más del tema.
Era cada vez más raro volver a verle, pero aun así seguíamos quedando, no queríamos distanciarnos. Pensamos que era una fase, y que se le pasaría algún día. Tampoco estaba haciendo nada técnicamente nocivo, y no tenía una actitud sombría, más bien todo lo contrario. Solo era un poco irritante cuando al encontrarnos nos ponía bien el cuello de la camisa y demás (una vez intentó peinar con su propia saliva a uno de nosotros, enseguida vio que se estaba extralimitando). En la cafetería habitual no entendían nada. Eramos cinco o seis personas y un chaval travestido de… señora. Una de nuestras amigas decía que eso es lo que era: una madre; que si no lo veíamos es que estábamos ciegos. Un travesti no parece una madre, decía, en todo caso parece un putón; no intenta colocarte bien la ropa, sino quitártela y quizá cobrarte 50 euros después. Uno de nosotros llegó a decir: No entiendes a nuestro amigo travelo, él tiene estilo. Manteníamos seriedad total al decir cosas así. De hecho íbamos todos cada vez más arreglados, cuidábamos más nuestra higiene y nos afeitábamos con regularidad casi diaria. Todo para contentar a nuestro amigo-madre. Ese chico va a acabar derrumbado y lloroso, o suicidado, ¿es que no os dais cuenta de que se le ha ido la olla?, nos decía cualquier chica que nos viera.
–Hum… –contestábamos, y buscábamos dónde reflejarnos para arreglarnos el cuello de la camisa o el peinado.
–Estáis mal de la cabeza –nos decían.
–Hum…
–Tenéis que ayudarle, no seguirle el juego.
–Hum.
Entonces llegó el día de la madre.
No nos dimos cuenta, no sabíamos qué podía pasar. Algunos hicimos regalos a nuestras madres y otros no, cada familia es una historia distinta y las tradiciones se llevan menos a rajatabla de lo que parece. Pero en lo relacionado con nuestro colega, llegó la fecha y no supimos qué demonios hacer. Alguna vez ya había mostrado celos respecto a nuestras madres biológicas; no le hacía ninguna gracia que las mencionáramos, ni de pasada; pasaron a no existir en nuestro ambiente de colegas + madre. Se podía (y se debía) hablar de las madres, pero no de nuestras madres.
Las chicas nos dijeron:
–¿Y hora qué?, ¿le vais a comprar un ramo a mamá?
–Hum…
–¿No iréis a dejarla sin regalo en su día?
–A él… ella… a él no le gustan los regalos, nunca le han gustado –dije yo, me lancé a la piscina; todos mis amigos tíos asintieron, hacían que sí con la cabeza suscribiéndose a mi comentario:
–Hum…
–Hum, sí –decían ellas–, qué nos apostamos a que le da un ataque cuando vea que vosotros, que técnicamente sois sus hijos…
–¡Eh!
–… pasáis de vuestra madre-colega y no le demostráis lo agradecidos que le estáis por sus cuidados.
–Ella… él no nos ha cuidado, salimos con él y eso, y ya está –dijo alguien.
–Hum –asintieron todos mis colegas.
–El día se va a estrellar en vuestra cara –nos dijeron –, eso no se le hace a una madre.
–¡Pero es que no es nuestra madre! –dijimos.
–Sí sí, que tengáis suerte… –dijeron ellas.

Habíamos quedado para cenar, pero no vino ninguna chica. Nos dejaron con el marrón a nosotros; y entendimos que, efectivamente, era un marrón. La cena la había organizado él, ella, nuestro… Pero lo había hecho con días de antelación, y no pensamos que el día de la madre estaba tan cerca. Se puso sus mejores galas. Fue a la peluquería esa tarde, se arregló poco menos que para parecer la madre del novio, y mientras íbamos camino hacia el restaurante lucía una mirada confiada, ilusionada y claramente con expectativas.
No habíamos comprado nada. Ni un ramo, ni colonia. Nada. Una cosa era aceptar su nueva condición de chico-madre veinteañera sesentona, y otra muy distinta encarar rituales que nos parecían algo incómodos incluso con una chica o nuestras propias madres reales. Salió nuestro orgullo, vino a cenar con nosotros, no le pusimos una silla de milagro.
Durante la cena nos comenzó a preguntar sobre novias a los que no teníamos; nos dijo que no esperáramos mucho, que buscáramos una buena chica y nos la tomáramos en serio. Que ahora los jóvenes no nos tomábamos nada en serio.
–Vale, tío… –dijimos.
–Nada de tío, dijo “ella”. –A esas alturas ya hablaba con voz de pito, llevaba bolso, hacía gestos para atusarse el peinado y llevaba los labios y los ojos maquillados. A veces hacía:
–!Uuuhhh!
… si alguno de nosotros decía un taco o decía alguna memez al ver pasar a una chica.
Se estaba entrando todo demasiado en madre, digamos. La guinda del pastel llegó cuando dijo (sonriendo, bromeando, carcajeándose, pero en el fondo en serio):
–Bueno, y cuándo me vais a hacer abuela…
–…
–¿Eh?
–Tío… –dijimos.
–De tío nada, que yo quiero nietos, que mira cuántos sois y ni uno está por la labor.
Comenzó a preguntar por los que tenían novia, alguna de las cuales no llegaba ni a los veinte años.
Nos limitamos a decir:
–Hum…
Asentíamos.
A veces otros comensales pasaban cerca de nuestra mesa, alguno se atrevió a bromear, quizá pensando que era una despedida de soltero. En una ocasión nuestro colega llamó sinvergüenza a un tío y le atizó con el bolso. Hacía no mucho que estaba comenzando a coleccionar bolsos.
–¡A ver si respetas a la gente mayor que tú! –le gritó.
No solo se creía una madre, además adoptaba absolutamente todos los clichés de la madre anticuada y entrometida. Uno de mis colegas, Raúl, cuando la… lo vio tan nervioso, intentó hacer algo.
–Mamá –dijo.
Se nos pusieron los ojos como platos.
–No les hagas caso, mamá, son idiotas.
–Claro… –dijimos el resto.
Y luego:
–Hum.
Llegaba el momento delicado, los postres. Intentábamos cambiar de tema, hablábamos de música, conciertos a los que habíamos ido, qué había para ver en el cine, y él/ella se mantenía al margen de la conversación, aun habiendo podido perfectamente intervenir, ya que conocía muchas de las referencias y anécdotas. Se atusaba el pelo, sacó un espejito del bolso y se repasó el maquillaje. Su gesto se fue volviendo cada vez más distante a medida que los postres se acababan, y sobre todo cuando el camarero llegó con los cafés.
En cierto momento, aprovechando un punto de inflexión en la conversación, dijo:
–Vuestro padre no ha querido venir hoy.
Fue un comentario seco y triste. No sabíamos cómo se podía continuar con aquello, ni qué ficción había que desarrollar, así que dijimos:
–Hum.
Y de forma drástica cambiamos de tema. Nuestra madre por convicción propia mostraba un semblante cada vez más sombrío. Y sabíamos perfectamente por qué: Ya sabía que nadie le iba a regalar nada. Sus preocupaciones de madre por nosotros habían caído en saco roto. Era una madre sin Día de la Madre. Una madre chapada a la antigua de la que sus hijos pasaban como de la mierda, porque la distancia generacional era insalvable, nosotros eramos casi de otra raza, jóvenes de ciudad, insolentes, despreocupados, tecnológicos, de nuestro siglo. No teníamos ninguna necesidad de consideración para con nuestra progenitora, que al fin y al cabo estaba ahí para eso, nadie le había mandando tenernos, nadie le había empujado a tener sexo con papá; no era obligatorio tener hijos, y además a nosotros las tradiciones nos parecían una chorrada. Bastante habíamos hecho con salir a cenar con una sesentona acabada cuyos años restantes se iban a reducir a una línea recta sin variaciones y rutinaria hasta la muerte. Su vida iba a carecer de aventuras o nuevos intereses. Iba ser solo comparsa de nuestros jóvenes y exultantes años de juventud. Ya había pasado su tiempo, y lo mejor era que se percatara de ello. Era nuestro turno, y nosotros íbamos a tomar las decisiones: el futuro era nuestro y no de ella. La vida nos sonreía, así como ella ya era invisible para la vida.
O todo eso debió pensar, al menos.
Pedimos la cuenta y conseguimos que no pagara “ella” toda la cena. Al despedirnos nos dijo que la llamáramos y la fuéramos a ver, aunque su tono era claramente de decepción.

Al cabo de los días, desapareció. No parecía muy probable, pero incluso cuando nos atrevimos a llamarle al teléfono, no contestó.
Una tarde, tres meses después, íbamos camino al cine, éramos tres, y de repente le vimos. Iba solo, no había cambiado su atuendo. Parecía mirar a un lado y a otro, como si guardara un secreto, como si se dirigiera a algún lugar comprometido. Aún quedaba un buen rato para que comenzara la peli que teníamos pensada, así que decidimos seguirle a una distancia que creímos prudente.
Comenzó a callejear, a veces miraba hacia atrás y teníamos que ponernos detrás de algún grupo o meternos en un portal. No entiendo cómo no nos vio en algún momento. O no lo hizo o fingió no hacerlo, y no sé cuál de las dos cosas es más preocupante.
Al final se detuvo frente a un portal en concreto. Miró en torno suyo como haría un espía (aunque con menos disimulo) y llamó a un timbre. Nos arrimamos a la pared, nos mezclamos con la gente. Nos fuimos acercando. La puerta del portal era de las que se detiene algunos segundos antes de cerrarse definitivamente. Raúl consiguió poner la mano antes de que lo hiciera, y nuestro colega-madre ya estaba subiendo las escaleras hacia el primer piso. No se percató (o no quiso hacerlo) de que alguien había evitado que se cerrara la puerta. Esperamos un poco, pero nos dimos cuenta de que si no comenzábamos a subir no teníamos posibilidades de saber a qué piso iría. Raúl, de un modo hábilmente silencioso, comenzó a subir a zancadas las escaleras. Nos susurró que le esperáramos abajo.
Pasaron unos cinco minutos, y volvió con nosotros, con un gesto extrañamente compungido.
–Está con un idiota… Ni siquiera han cerrado la puerta, al cabrón le pone cachondo tenerla abierta, hasta lo ha dicho…
No entendíamos nada, tampoco su reacción. Le dijimos que nos llevara hasta el piso.
–Yo no voy, id vosotros…
Nos dijo qué piso era, estaba en el tercero. Intentamos no hacer ruido subiendo. Cuando llegamos, efectivamente la puerta estaba entornada pero no cerrada, y oíamos suspiros y un golpeteo de carne conocido. Nos fuimos acercando, hasta que tuvimos un ángulo claro de visión. Un tío bastante grueso y con bigote embestía desde atrás a nuestro colega-madre en el suelo. Toqué sin querer la puerta con el pie y esta chirrió como si estuviéramos en un maldito castillo.
–¡Eh! –dijo alguien. Creo que fue el tipo con bigote. Nos quedamos paralizados, solo dimos un par de pasos hacia atrás. Oímos cómo la escena cambiaba, y luego se abrió la puerta del todo y ahí los vimos a los dos. El tío debía tener unos cincuenta y cinco años.
–¿Qué coño hacéis aquí? –nos gritó.
–Déjalos… –dijo “mamá”–, ay, qué vergüenza, qué vergüenza, qué verg…
–¡Largaos de aquí!
Nos empezamos a mover.
–¡No! –dijo nuestro colega sesentón–, son…
–¿Quién coño son?
–Son mis hijos…
–¿Que son qué…?
–Me voy a morir de la vergüenza…
Nuestra madre-colega comenzó a llorar, se apoyaba contra la pared teatralmente.
–Hijos… Vuestro padre ya no… Vuestro padre y yo…
–¿Es que estáis tarados? ¿Es una puta broma o qué?
Miramos al tipo y murmuramos:
–Hum…
–¡Fuera de aquí de una puta vez!
Cerró de un portazo. Esperamos como un minuto, petrificados. Justo en ese momento volvimos a escuchar el golpeteo sexual al otro lado.
Bajamos en silencio las escaleras. No sabíamos qué comentar. Al llegar a abajo vimos a Raúl hecho un ovillo dentro del portal. Lloraba desconsolado como un crío de teta, intentábamos hacerle preguntas y levantarle del suelo. Pensé que alguien acabaría llamando a la policía. Ya no llegábamos para la sesión de tarde. Le acabamos diciendo que espabilara y que saliéramos de allí. En algún momento le gritamos:
–¡Qué coño te pasa!
A lo que contestó:
–¡¡No quiero que papá y mamá se divorcien!!…
Mi otro colega me miró abriendo mucho los ojos y salió a la calle desentendiéndose de Raúl. Este seguía en el suelo y lloraba, y lloraba, y gemía.
Para cuando vi que no había solución, al menos para la siguiente hora, salí a la calle. Estaba muy transitada. Ni rastro de mi colega. Pensé en llamar a una ambulancia. También pensé en la policía. ¿Se podía llamar a un psiquiátrico? ¿Algún servicio de dos tíos fornidos que trajeran dos o tres camisas de fuerza?, (¿quizá alguna para mí?). Supuse que los bomberos no venían a cuento. Pensé incluso en llamar a mi madre, a la de verdad, aunque no sé bien para qué. Pasó una chica conocida, no recordaba de qué me sonaba. Luego estuve casi seguro de que la había visto el pasado día de la madre. Iba con un chaval; al verme él, me dijo:
–¡Cómo está la señora!
Yo sonreí como un estúpido, asentí y dije:
–Hum.

amist

Otro blanco roto

Es, digamos, una espiral hacia abajo (¿hay espirales hacia arriba?), es el color negro, o el blanco roto (te viene con intensidad ese tono en concreto), que dicen podría ser el color de la nada; pero la nada es muy suya, no parece muy accesible, nadie sabe, y muchos la sustituyen por algo más esperanzador. Bajas y te presentan a todos, ves un “local” amplio tirando a oscuro, la oscuridad puede ayudar para según qué, tiene bastante que ver con el negro, tiene bastante que ver con el blanco roto. El lugar no es algo físico y lo sabes; una vez más, de todas formas, agradeces no tener que verte deambular desde fuera. En primera persona puedes dejarte un poco de lado, aunque suene paradójico, aunque seas esclavo de tu cuerpo y tu época, como decía cierto poema, algo que escribió M* y que solo es de tu incumbencia. Y hay rincones más oscuros que otros, y aunque a veces les dé la luz y parezcan vacíos, es como cuando los perros le ladran a ese lado de la “habitación” y no sabes por qué. Puede que sea antes de nacer o después de la muerte (o algún lapso intermedio), pero prefieres no preguntártelo. Tampoco importa si estás dormido: lo importante es que estás; todo cuenta de alguna forma, todo puntúa en tus emociones. Te siguen presentando a todos aunque no vayas a recordar las caras (tampoco es que tengan); cada nombre se te olvida con la mención del siguiente. No sientes miedo, al menos aún, estás interesado, aunque solo sea vagamente. Hay unas ventanas que dan hacia más negro o blanco roto, pero no vas hacia ellas aún: dan sensación de exterior; pero es posible que ni tan siquiera sean ventanas, y que tu percepción sea muy limitada. Tus trofeos no cuentan y aquí no hay asentimientos ajenos para tu ego. Todos se juntan en corrillos y no es una boda. Hay una sombra algo apartada, una silueta. En el fondo eres simple, y el solo hecho de verla así de apartada (o quizá simplemente tan apartada como tú), hace que te vayas hacia ella, puede que caminando, puede que flotando, o puede que (y esto no quieres contemplarlo) llevado. Da igual cuánto te acerques, igual que poco importa (y a la vez mucho) todo lo demás.
Al principio te recibieron, pero luego te dejan solo; no sabes a qué te suena eso… Da igual cuán cerca estés, porque no vas ver una cara o detectar la atención de nadie; el blanco roto lo envuelve todo, el negro está instalado, ya han pasado todos los veranos; o quedan todos los veranos por pasar. Puede que simplemente estés drogado, pero las drogas están politizadas moral y éticamente, no tenerlas en cuenta o verlas como El Mal sin más, significa limitarse; aquí no hay lugar para lo que llaman Sentido Común (o de la realidad). Y de todas formas el mismo se ampara en patrones de acción elitistas de dudosa fiabilidad histórica.
Esa sombra algo apartada, una silueta, comienza a disminuir en tamaño. Cuando estás más cerca, te das cuenta de que baja algo como unas escaleras, también en espiral. Es una invitación, o eso piensas. Te mueves sin motivo y decides seguir a la figura. Puede que esto se dé por tu pobre condición humana; pero tampoco sabes si esta te está limitando teniendo en cuenta dónde estás (o dónde no estás). Técnicamente existes en el lugar; pero sabes que la sombra (quieres pensar que es una mujer en concreto) se ríe seguramente en silencio de ti, porque de alguna forma te has colado en una fiesta que eres incapaz de comprender. Algo ha fallado y estás desubicado, como si un budista se encontrara sin comerlo ni beberlo en una trinchera, y la tierra le salpicara a la cara por las balas perdidas.
–¿Quién eres?– le preguntas a la silueta.
–Lo preguntas como si supieras qué o quién eres tú– te contesta.
Eres incapaz de interpretar si la forma es masculina o femenina, y la voz tampoco te ha ayudado. Lo cual no quiere decir que la forma sea andrógina o la voz poseedora de un timbre más o menos grave. Simplemente no sabes una mierda; estás ahí y eso es todo: te dejas llevar o te mueves, decides o te llevan. Hombre o mujer.
–Nesquik o Cola Cao; todo funciona igual, ¿no? –te dice la voz, porque también sabe en todo momento lo que piensas.
–No es que lo sepa, muchachito, solo necesito usar la intuición, y con los que venís de donde tú vienes, es asombrosamente fácil.
La idea principal es que estás perdido y no tienes el control: ningún tipo de control.
–Pero aquí no vale lo del autoengaño como ahí arriba, o ahí abajo, o de donde creas que vienes –dice ella, o él, ello, eso…
La figura no te ayuda a sentirte menos perdido…
–No es cuestión de ayudarte o no, simplemente intento no engañarte…
El nuevo lugar en el que estáis, al menos aparentemente, está vacío (si es que describirlo así no es redundante); aunque también hay algo que parecen ventanas.
–¿Son ventanas? –preguntas.
–No creo que quieras saber lo que hay ahí fuera.
–La verdad es que no tengo miedo.
–No pensaba en el miedo, sino en el desinterés, un desinterés atroz; no conozco a muchos de los de tu forma y origen, pero sé que la curiosidad no es algo que os caracterice.
Supongo que aquí lo más parecido a un fenómeno físico o que tenga que ver con algún tipo de orden, son las palabras.
–Tú no estás ni has estado nunca literalmente dentro de un libro.
No me refería a eso.
–Como mucho dentro de un folleto electoral.
No sé si la figura usa el sarcasmo o si ejerce desde la ironía.
–Soy lo suficientemente literal, si es que eso te preocupa.
–Pero sigo sin saber quién eres…
–Podría decirte que puedo ser quien quieras. Pero tengo entendido para vosotros eso solo lo dicen las prostitutas…
–¿Nosotros?
–En realidad lo correcto sería decir: puedo ser quien yo quiera. Pero creo que vosotros solo decís lo de: puedo ser quien quieras; aunque se lo achaquéis solo a las putas. Da igual, creo que no nos vamos a entender.
–No soy yo quien está siendo críptico.
–Ahí es justo donde te equivocas.
Sigues a la silueta cuando decide seguir bajando en espiral. Cada vez hay más silencio, hasta tal punto que resulta opresivo.
–El silencio no lo inventasteis vosotros, eso lo sé.
Finalmente estáis en un lugar en el que no hay ventanas aparentes, sino algo más parecido a una puerta.
–¿Quieres ver lo que hay fuera?
–Antes me gustaría saber dónde estoy. En serio.
–No es fácil contestar a eso, la nada no se caracteriza por estar llena de cosas.
–¿Sí de gente?
–Por supuesto, mucha gente es nada. Nada y menos. Pero no quiere decir que todos estén aquí, ni tan siquiera que todos sean nada. De hecho este lugar está más bien preñado de curiosos.
Sigues sin entender nada.
–¿Acaso es una sensación nueva para ti?
–…
–No lo es, ¿verdad? Solo pasa que no le he comenzado a poner nombre a todo para que tú estés más tranquilo. No es algo que hagamos aquí.
–Suenas a filosofía…
–Sé que vosotros desconfiáis de la filosofía, porque creéis que no os lleva a ningún lado.
–Es un entretenimiento.
–Mientras os matan lentamente.
–¿Cómo?
–¿Crees en Dios?
–No.
–¿En qué crees?
–En lo que puedo ver, tocar…
–¿Te das cuenta de lo increíblemente limitado que suena eso?
–¿Tú crees en Dios?
–¿Dónde estás?
–¿Cómo?
–Te sientes totalmente perdido porque crees que todo tiene una explicación rápida y plagada de nombres y calificativos. Pero no la tiene. Incluso tú deberías saberlo.
–No entiendo.
–No soy ella.
–…
–E incluso con ella en la cabeza siempre, cada día, cada día al menos cinco o diez minutos (o media hora, o cinco), incluso así crees que todo tiene una explicación sencilla, cerrada, una respuesta evaluable. Crees que todo cabe en una pregunta de examen.
Camináis y no sabes a dónde vais. El exterior es negro, blanco roto, vacío, no hay cielo, solo una suerte de plataforma de tacto infinito.
–Incluso teniendo esta conversación, no te das cuenta aún de que esto te supera. Crees que estoy jugando contigo. Y lo peor de todo: crees que despertarás, crees que verás el techo de tu habitación o fluorescentes de hospital; esos tan intensos que ni proyectan sombras.
–Por supuesto que despertaré. Esto es temporal.
–¿Ahora hablas de esto o de algún trabajo?
–Hablo de que esto no es real, y despertaré.
–Disculpa, si usas frases hechas puedo perderme. Pero no andas desencaminado. Que esto no es real podría ser una definición, pero con las definiciones, o lo que vosotros entendéis por definiciones, ya se sabe…
–Qué se sabe.
–Que no llevan a ningún lado. O en todo caso siempre al mismo.
–¿A cuál si se puede saber?
–Al de: soy lo que quieras que sea.
–No. También tomo decisiones propias.
–Y sin embargo estás aquí, conmigo, sencillamente me has seguido.
–No sé por qué te he seguido. Solo porque estabas sol… Solo porque me ha dado la gana.
–Te insisto en que no soy ella. ¿Qué decía ese bonito poema? Encerrados en una época, ¿no?, esclavos de un presente concreto.
–No he pensado en ningún momento que seas ella.
–No estás hablando con nadie en la cola de la panadería, muchacho. Aquí se lleva la transparencia. Y no me refiero a determinado tipo de ropa, no quiero que te confundas.
–No me había confundido.
–Es la fama que tenéis, disculpa, aunque tienes que reconocer que estáis muy a la altura de esa fama.
–…
–Ya casi llegamos. Es lo que tú llamarías un acantilado, o un barranco, supongo.
Te pellizcas repetidamente. Haces gestos bruscos.
–Está claro que no lo estás entendiendo. Ni siquiera un poquito. Va a pasar lo que pasa casi siempre. Eres una puta. Y no una puta de esquina, ellas son otra historia. Eres una puta y punto.
–¿Los insultos tampoco merecen una explicación?
–A lo mejor estás en una cama de hospital. Quién sabe.
–Antes has dicho que eso no era así.
–No quiero que me tomes por un oráculo, hace tiempo que se despeñaron, pero solo te he dicho lo que te tenía que decir.
Llegáis al borde de algo. Miras hacia abajo y no puedes ver el fondo, aunque tampoco nada que invite al desasosiego, no es como estar arriba de la torre eiffel. Pero la sensación de vértigo es óptima.
La figura se detiene cerca de ti.
–Salta –te dice, en tono monocorde.
–¿Me tomas el pelo?
–¿No dices que esto es un sueño? ¿Hay algún sueño del que no hayas despertado… saltando?
–…
–Ten en cuenta que hay sueños que se alargan mucho, y luego resulta que solo han pasado apenas unos minutos.
–…
–Joder, aquí no entiendes nada. Salta como la puta que eres. No me hagas perder más el tiempo.
–¿Aquí hay tiempo?
–Solo te hablo en tu idioma.
Miras fijamente hacia la figura; realiza los gestos de quien se va a encender un cigarro. Solo se ve nítidamente el cigarro.
–¿Aquí hay tabaco?
–Lo que al parecer no hay son pelotas. Salta de una puñetera vez.
–¿Y si no quiero?
–¿Me vas a decir que quieres filosofar?
–…
–¿O pensar?
–…
–Solo quieres despertar, en el sentido más cazurro del término. Así que salta y ya está.
–…
–Salta. Esto es temporal, ¿no? Ahora mismo debes estar roncando con la boca abierta, no debe ser un espectáculo agradable.
–No hace falta que salte, me despertaré de todos modos.
–Ahora eres cobarde de dos formas distintas, y no sabes a cuál obedecer, solo vas a alargar más la agonía.
–No agonizo. Estoy cómodo.
–Ajá. Vas tirando, ya veo…
–…
–A lo mejor has tenido un accidente de tráfico… Igual estás en coma. Imagínate que del salto depende que despiertes o te mueras… Saltar podría ser lo que te salve la vida.
–Juegas conmigo, y decías que no estabas jugando conmigo.
–Ahora solo hago lo que tengo que hacer.
Te sientas en el suelo y te acercas al borde. No se ve el fondo, pero tampoco lo veías en un supuesto interior. Solo tenías la sensación de estar en un interior.
–Veeenga, putita.
Te pones de pie y decides que sea lo que Dios quiera. Estás harto.
–Otra frase hecha… Estás hecho para saltar.
Te posicionas en el borde.
–Solo un paso más…
Y das ese paso…
Comienzas a caer, pero al principio te ves a ti mismo a cámara lenta. Luego vuelves a tu cuerpo. Ves que la silueta de la que te alejas se transforma en Ella. Su cuerpo, su voz. Dice:
–¿Por qué siempre hacéis casi todos lo mismo?
Luego la caída comienza a acelerarse hasta ser la atracción gravitacional de siempre (o una buena imitación de la misma). Tardas unos cuantos segundos, pero finalmente impactas contra el fondo. Oyes crujir y romperse tus huesos como ramas. Puedes ver multitud de cadáveres, se extienden estrellados (así lo sientes) contra el suelo hasta el horizonte, distribuidos, no amontonados; miles, millones. Es imposible, piensas, físicamente imposible. Puedes sentir todo el dolor. Apenas puedes gemir de tanto como estás sufriendo. Pero no te desmayas. Era la altura adecuada. Un pequeño tembleque sobre el charco creciente de tu propia sangre. En cualquier caso, morirías de inanición.
Pasan las horas y aún no te vas.
Dese arriba se oyen voces, voces de distintas figuras; pero todo el tiempo dicen lo mismo, y lo gritan entre risas: «¡Otro blanco roto!»
No sabes cuándo sucede, pero en algún momento todo se desvanece. Y no hay más capítulos.

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