La última batalla

Camino bordeando la vía del tren, sopesando los pros y los contras. Los contras ganan por goleada mientras decido dónde. Pero iré como siempre al Stendhal. Octubre avisa, lo tiene todo a punto. Septiembre se revuelca en el suelo perdiendo el tiempo, aunque ni siquiera le han tocado. Siempre parece tiempo de descuento.
Tras la barra encuentro a las dos camareras de a diario. El dueño del local casi nunca está en mi turno del café. Esto está aislado, seguro que por eso siempre acabo aquí. Tengo que darme un montón de razones, pero al final nunca buscas lo mejor, sino lo menos malo. Es como votar en las elecciones, preferirías no hacerlo. Cada vez me parece más inteligente la gente que no lo hace. Los que procuran no hacer nada. Y aún más los que no ponen ninguna excusa. Militantes de la parálisis; el cinismo ya pasó, cosas del siglo XX.
Ahora sólo tienen fuertes convicciones los flipados. Corren a toda velocidad con los ojos vendados.

No hay batalla más perdida de antemano que la de intentar hablar de la belleza. Describirla sin sonar como un cretino presuntuoso. Pretender que tu metáfora acierta, o que tu crudeza es apropiada. Lo de llamar Stendhal al local nunca fue una ironía. Cuando abrió hace diez años no estaban ellas, sólo el dueño y un chico familiarmente secuestrado. Creo que era un sobrino.
Pero ahora todos tenemos que sufrir.

No sé cuántos clientes asocian el nombre de la cafetería con la Idea.
Me arrincono con mi taza y procuro normalizarlo. Veo que llega el poeta. El tío de cuarenta años que ha perdido la perspectiva. Otro más. Mira al frente y hasta habla con las camareras. He visto caer a muchos más fuertes e inteligentes; pero este tío cree que la trampilla no se abrirá bajo sus pies. No sabe disimular. O mejor dicho: no sabe aceptar que no sabe hacerlo. Yo sé que no sé hacerlo, no intento actuar, no finjo seguridad. Me bebo mi puto café.
Les sonríe y habla. El tío habla. Cuenta cosas. Quiere ser divertido.
Una es más seria que la otra, pero basta con que una sonría. No puedes saber con seguridad si es cortesía. Debes asumir el laberinto. El poeta no lo hace. No es una forma de hablar, ha publicado varios libritos de lo que llaman poesía urbana. Un día me regaló uno mientas las miraba de reojo. Miserable Bienqueda. “Compañerismo entre clientes habituales”. Todo lo que escribe es seco y aburrido, la ciudad desprovista de alma. Al hablar se muestra más lírico, no sé si a conciencia. “Conversa” más con la sonriente pero está colado por la seria. Eso quiere proyectar. Yo salgo a fumar un cigarrillo con mi cortado a medias.
La verdad es que ellas me acojonan. Lo bueno es que sé que no soy el único. Nadie habla de lo extraño que es. A veces he oído hablar de novios, de que quizá los tienen. La sola idea es ridícula. ¿Tíos elegidos, aptos, con la suficiente entereza? No he conocido jamás a nadie así. Y menos a un hombre.

El poeta cree prosperar en su misión. Es feo, sobre todo por dentro. Aunque ellas parecen estar por encima de ese tipo de valoraciones.
No te pones a discutir con la tormenta perfecta; si tienes suerte, sobrevives, la contemplas. El poeta cree que puede barrer la playa o surfear el tsunami.
Hay bastantes tíos así, creen tener la solución porque no se rinden fácilmente. Creen que todo es parecido a madrugar y hacerle la pelota a alguien. Trabajo duro, todo dientes, morder y reír, todo predisposición. Votantes de a primera hora. Los verás detrás de la reportera en las conexiones del telediario. No descarto que éste ya tenga novia. No se conforman con la monogamia, y tampoco con la poligamia acordada. No sólo quieren todos los trozos del pastel, quieren convencerte humildemente de cómo después cagan pepitas de oro y mean champán.
El tío multimoral, multiética.
Aun así, hay algo que ha sabido hacer bien. No ha intentado regalarles nada. Y mucho menos preguntarles a qué hora cierran. Se ha dado cuenta de algo. Han pasado días y semanas. Pero después no ha sabido digerirlo.

Un miércoles por la tarde hay una mujer en la calle subida en una especie de cajón. Un discurso, una arenga. Otra batalla perdida de antemano es la de intentar hablar de la sexualidad, del género, de la identidad y la atracción. La cultura o la biología. Todo lo que conlleva, la violencia y la muerte inherentes. La mujer, muy joven, escupe estadísticas parciales. No sé si el show es improvisado. Tienes que decidir creerte ciertas cosas, o decidir desecharlas. En cualquier caso, siempre tienes que relativizarlas. Hay que poner en una carpeta aparte todo lo que se dice gritando. La gente que grita suele ser sospechosa por defecto. Algunos tíos miramos con los brazos cruzados, de pie. Escuchamos. Nos controlamos de reojo. Hay uno que se hace llamar «aliado». Lo verbaliza. Está con un grupo de mujeres que aplaude a rabiar a la compañera del cajón. En unos diez minutos dejan claro quién es quién en la sociedad. A juzgar por el tono, no cabe la menor duda. El discurso es tan cerrado que cualquier discrepancia toma forma de provocación opresora.
Es un barrio pequeño, sobre todo zonas residenciales, ni pueblo ni ciudad, lo que se ve cuando vas en tren. Empiezo a dejar de escuchar y me encamino por inercia al Stendhal. La mujer del cajón no saca a colación la estadística de suicidios masculina.
Se supone que ya habrán enterrado al poeta. Ayer mucha gente llegó tarde a casa. Aquí pasa a veces cuando intentas volver en tren.

Lo radical casi siempre está sujeto a un análisis parcial. Desechas unos datos y te aferras a otros. El sentimiento natural si intentas observar el todo, no es el cabreo, es la frustración. No te quedan ganas de atacar o insultar a nadie. Sería como intentar culpar a todas las mujeres por la muerte del poeta. Lo peor es que no fue el tren lo que lo mató, sino su propia determinación. No su determinación a morir, sino a triunfar.
Entendemos triunfar por follar, porque hablamos de quien hablamos, aunque parece evidente que se obsesionó más allá de lo físico. Quizá fue eso lo que no pudo soportar. No lo vio venir. Tenía novia, por cierto, o al menos eso decía el periódico. Era una pequeña celebridad local (él). Un gran gilipollas, pero sólo uno más. Yo lo soy, tú lo eres, sólo se trata de cómo lo gestionas. Es una suerte, la lucidez no parece traer casi nada bueno. Eso es lo que me parece que las camareras proyectan. Al mirarte te presentan la naturaleza, por entero. Es una forma de decirlo. Hablan poco, pero el agradable timbre de voz no ayuda. El poeta no es el primero, sólo es el primero del que he visto algo en la prensa. La palabra tabú parece vulgar para el caso, para describir el sentimiento en la zona. Da igual lo raro o habitual que sea el conflicto, la gente sólo quiere sobrevivir, negar las preguntas, o entregarse a dos o tres respuestas como a una nueva religión.
Estoy harto de dudar, dime qué debo pensar y te lo compensaré con creces. Dame evangelios y doctrina, dame dogma, dame un saliente antiespiritual que pueda vender como racionalidad absoluta.
Las religiones ateas.
El amor romántico no puede existir, lo que siento es solo un efecto secundario del lavado cerebral. Tampoco es química, es tu puta culpa. Me lo dijo el gurú, él es más listo que tú.

Si lees sobre el síndrome de Stendhal, todo se relaciona con obras de arte, pero parece que también es aplicable a personas. Quizá el peligro es que dichas personas no entienden lo que proyectan, el efecto que causan en los demás. No lo entienden ellas, no lo entienden los demás. Como casi siempre, nadie entiende nada, simplemente algunos deciden hablar. Puedes escuchar o no, yo casi siempre lo hago, lo que no es necesariamente la mejor opción. Me parece un requisito para estar vivo, pero sólo es mi opinión.
A veces voy a una zona donde la urbanización comienza a acabar y la naturaleza comienza a empezar. Ojalá supiera contártelo mejor, pero ni siquiera sé si es mejor no tutear. Odio cuando las rimas salen solas, y extrañamente pasa mucho cuando intento hablar de todo esto. Aún no me planteo qué energías hay en juego.
Si lo que quieres saber es qué trato tengo yo con ellas, precisamente eso es lo que siempre me pregunto cuando paseo por estos andurriales. Llego hasta una zona donde un gran puente sigue sujetando el paso del tren. Me gusta ver la arteria eléctrica por debajo, parece que mires bajo la falda del sistema. Me he convencido de que es bonito.
No lo voy a negar, el asunto del Stendhal no parece sentarme bien. Pero creo haber encontrado un método para no usar el tren como cianuro. Me siento una especie de esbirro silencioso. A veces pienso que si ellas me encomendaran un asesinato, no me quedaría más remedio que acatar la orden.
La historia apenas es conocida fuera de la zona, pero este tramo de vía ya es célebre por su orgía suicida. Nadie va a encajar las piezas, porque no las hay, no hay nada que se pueda probar, sólo algo parecido a mi fantasía, que consiste tanto en no negar como en no publicar. Si esto fuera un puzzle policial, yo sería el último en intentar montar el paisaje de la caja.

Un día estoy sentado bebiendo café. Oigo los lloros de un bebé salir de la trastienda. O al menos algo que parecen unos lloros. Me refugio en el periódico y mi móvil. Contraseña del wifi. La camarera más seria desaparece de vez en cuando y los lloros cesan. Poco después vuelven a oírse. Hace semanas que no veo al dueño. Antes aparecía uno o dos días de cada diez. Enrojecía como un pintalabios hablando con sus empleadas. Nunca hay más de dos o tres clientes cuando voy. Antes nos mirábamos a veces entre nosotros. Creo que con el tiempo no nos ha parecido buena idea seguir haciéndolo.

Hay personas realmente jodidas con su trabajo, y aun así cada tarde acaban volviendo aquí. Mírame a mí.
No hay nada extraño en esas mujeres, se reflejan en los espejos, se les cae un vaso de vez en cuando, se comunican para saludar o devolverte el cambio. El sonido de la caja registradora es lo que imaginas.
Sólo en algunas ocasiones me pregunto si alguno de los clientes busca respuestas. Qué clase de respuestas es algo que se me escapa. Lo que a mí me quita el sueño es qué pasaría si dejo de venir. O qué si dejo de venir y vuelvo al cabo de dos o tres meses. Qué podría desencadenar eso. No puedes negar lo que sientes. La teoría de la autosugestión es un chiste malo a esta alturas: una justificación producto de un cinismo color sepia. Quien ha venido aquí y ha reaccionado justo como le pedía el cuerpo, o bien no ha vuelto o bien no lo ha contado.
De momento me sigo sintiendo seguro en casa. Aún no he comenzado a creer en Dios. Cada vez me gustan más los discursos sociopolíticos. Me hacen sentir en el mundo que conocía. Problemas económicos, conflictos recurrentes, racismo, machismo, votaciones, aplausos, abucheos, conspiranoia. Ninguna mano fría posándose en mi hombro cuando estoy solo.

Los lloros se han ido oyendo todos los días. No estoy seguro de si comenzó justo después de la muerte del poeta. Creo que no. Pero cada vez pienso menos en un crío cuando los oigo. Una tarde un cliente, poco antes del momento adecuado de volver a casa, comienza a llorar sentado a su mesa. En ese instante no llora nadie en la trastienda. El tipo parece desconsolado, se atraganta y no puede contener el llanto. Durante un instante pienso que eso es positivo. Quizá alguien reaccione (somos tres clientes más). Quizá alguien intente consolarle. Quisiera decir que soy yo quien se pone en pie y se acerca. En absoluto. Como yo, nadie se mueve de su sitio. Las camareras se quedan tras la barra. Una friega los cacharros, la otra parece ocupada, de espaldas, llevando alguna cuenta, garabateando en un papel.
Soy tan ingenuo como para haber creído que harían algo. Simplemente proceden como si no se dieran cuenta. No parece que disimulen, ni que estén disfrutando o preocupadas. Son agujas del reloj, parecen machihembradas con el tiempo y la materia. Que un cliente llore resulta algo demasiado nimio aquí. No suma, no resta, y desde luego no es relevante.

No hablo con nadie del asunto. No quedo con nadie en el Stendhal. No comento suicidios ni narro mis tardes de entre semana. Los fines del semana son para el ruido blanco y agradable, amigos, películas, chatear con alguna mujer con la que prefiero no quedar. Posponer, poner excusas, evitar cambios, fantasear con el futuro y la vez no hacer nada. Escribir historias de fantasmas. Desahogarse, leer, leer, leer, desconectar para poder ser, para que el mundo vuelva a parecer real. Sus benditas miserias, tangibles, mi pobre espíritu al estilo del siglo XXI. Apagado, sonriente, irónico, rápido, actuar, beber poco alcohol, fumar mucho, dar largos paseos, salir a las dos de la tarde y andar sin rumbo. Observar el paso del tren, no cogerlo nunca, pensar en la chica recurrente lejana en el tiempo y el espacio, evitar escribir poesía, hacer carantoñas para bebés ajenos, mirar al cielo, desear que llueva, buscar terrorismo en la tele, crisis globales, explosiones de ideología, potaje sociopolítico, calórico, morboso, ver porno, acostarse tarde, despertar jodido, actualizar redes sociales, revisar el correo, beber un vaso de agua entero al pensar en las piedras en el riñón de 2010…
Estar vivo más o menos como la gente cree que es estar vivo.

He tenido acceso a una parte del espectro de la realidad que te deja indefenso. Eso parece. Ya casi no pienso nunca en un tumor cerebral, pero cada vez me preocupa más cuando lo hago.
Todo esto es una parte de la realidad que no puedo intuir orgánica o material. No sé pensar en ello como algo conocido que simplemente mi ignorancia no sabe abarcar. No me considero muy listo, pero jamás me han abducido, no hablo con fantasmas, jamás he visto moverse solo un objeto, todos mis abuelos están muertos y quietecitos. Nada me ha parecido nunca inexplicable, aunque yo no lo supiera explicar. Nunca he sido el epítome del cinismo o el narcisismo, pero siempre me he considerado lo suficientemente cabal.
Me gustaban las historias que me ponían la piel de gallina. Ahora pienso a menudo en mí mismo en pasado.
Esto te deja indefenso porque no es admisible. No se lo cuento al médico. Sólo le hablo de pesadillas “ultra-realistas”. Le hablo de una percepción extraña del entorno. Procuro ser lo menos claro y más alarmante posible, sin parecer desesperado, y a la vez sediento de alguna solución.
Los ojos llorosos en la consulta. Me delatan. El doctor me pasa un pañuelo de papel. Es agradable poder mentirle a alguien sobre ello. Intentar decir la verdad no es una opción. Sería incapaz de intentar articular ese discurso en voz alta. Oírme a mí mismo me dejaría a pocos pasos de la vía. El raíl en la mejilla. La rueda metálica escribiendo Fin en tu cabeza. No puedo suicidarme, soy incapaz, da igual cuánto piense en ello.

El resultado de las pruebas es que podría estar más sano si dejara de fumar. Lo que dice el médico es que mi único problema son los cigarrillos, y quizá el exceso de actividad rutinaria. Dice que me sentaría bien hacer un viaje. El tío cree que tengo dinero. Cree que cuando pasen lista en el Stendhal y vean mi silla vacía, no habrá consecuencias. Me ha despachado casi como si fuese un crío resfriado.
Ya se hace de noche muy temprano. Una tarde pasa el tren y creo ver la cabina del maquinista vacía. No sé si tiene sentido, pero no me altera lo más mínimo. Después de haber descartado el tumor, siento una relativa paz. Si lo que pasa es real, sólo tengo que ver lo que pasará; estoy en el epicentro, o al menos en uno de los puntos clave. Si lo que pasa puede matarme, no puedo hacer nada por evitarlo, parece evidente; y si en realidad no pasa nada, sólo debo dejar que el tiempo actúe.
Uno siempre prefiere pensar que «no pasa nada». Hay gente que es capaz de decir esa frase hasta en un funeral. Aquí no funciona.
Mi estado de ánimo mejora, pero luego se “estabiliza”.
Otra cosa que me dijo el doctor es que podía hacer terapia, «hablar con alguien». El terreno de la psiquiatría. Tengo un nombre en un papel, y una dirección.

Dos semanas después bebo café con leche. A veces me suelto el pelo y gasto un par de monedas más. No quieras saber lo que cobro. Un café con leche es lo más parecido a viajar que hago. Reservo mi calderilla para la conexión a Internet, el tabaco y los libros de segunda mano. El resto son las necesidades básicas.
Un buen café con leche mientras veo el panorama por una de las ventanas. Policías y bomberos, gente manipulando gente moribunda un sábado por la mañana. En cuanto me he enterado he venido al Stendhal. Como si fuese un cliente de guardia.
Creo que una de las partes de esas mantas térmicas se usa para dar calor, y la otra para conservar el cadáver. Lo leí en algún sitio.
El loquero no me contesta, ni mensajes ni correos ni palomas mensajeras. No tengo ni que esperar a la lista de fallecidos para hacerme una idea. Debo intuir que se han matado varios pájaros de un tiro.
Ha descarrilado tan cerca del Stendhal como era posible. Ahora mismo somos el local oficial de la tragedia. Provocador y patrocinador.
A pesar de todo el movimiento y el caos, dentro sólo somos cuatro clientes. Los demás lloran, gritan y salvan vidas ahí fuera, cortan hierro con radiales, cada segundo cuenta, vida o muerte. La estabilidad de cien familias en juego, de doscientas. El destripe cruel, el dolor inenarrable. Los demás se esnifan la vida jodiéndose el tabique, pero dentro del Stendhal simplemente tomamos algo. El sol brilla con alegría, ilumina orgulloso la escena. Dice: “Observad, confiad en mí”. El Sol, el niño tonto y sus muñecos.

Dejo pasar los días como quien deja que su sopa se enfríe. Y sin embargo se calienta cada vez más. Quiero pensar que soy ajeno a ello, o al menos más resistente. A veces camino y me quedo mirando a la gente por la calle.
No Tenéis Ni Puta Idea.
Ya pasó el tiempo de creerme loco. El psiquiatra me decía que mi situación es más común de lo que parece. Mis mentiras fueron evolucionando. Me convertí en un narrador en primera persona de mí mismo. Examen oral dos días a la semana. Cuatro sesiones. Me gustaría tener grabaciones. No tengo claro que el tío tragara, pero sin duda atendía. No me apetece sonar humilde, la hora se le pasaba volando. Cuenta un historia y a lo mejor aciertas con la esencia, cuenta la verdad y prepárate para las consecuencias. La Verdad tiene mucho de constructo como forma de bondad; funciona sólo a veces, y a veces sólo jode las cosas, las entorpece, daña a todos, enturbia lo auténtico y lo inspirador. La verdad es muy a menudo la excusa de los mezquinos y los limitados.
Quizá por eso ahora el psiquiatra está muerto, mi historia era mejor que la verdad, le ponía en la pista de algo, le podía hacer pensar, dudar. Si le hubiese contado la verdad, lo que he sentido, lo que he visto, se hubiera cerrado en banda desde el principio. A veces decir la verdad, o intentar hablar claro, hace que las personas clasifiquen y etiqueten todo lo que dices. O bien dejan de tomarte en serio, o bien te ven como un rival del otro bando, o bien te toman por loco.
Lo que parece cada vez más evidente, es que no estoy a salvo.
Da igual dónde esté, tengo la sensación (certeza) de que o bien me pasará algo malo a mí, o bien a quien de algún modo me escuche o intente ayudarme.
Tengo la extraña sensación de que, si no dudara, si no me planteara nada, si tuviese dos o tres ideas fijas, todo esto no me hubiese afectado. No acuso a mi imaginación, no intento describir ningún tipo de austosugestión deluxe. Intento decir que el ente que parece personificado en esas camareras, no quiere que piense. No quiere que hable o remueva nada. Tengo la terrible idea de que lo que quiere, de algún modo, es que me posicione.

Creo que buscan asentar cierta clase de silencio. Lo importante no es lo que se dice, siempre y cuando lo que se diga sea completamente previsible. Sobre todo cosas que ya se hayan oído antes, que de alguna forma programen a las personas, las conviertan en algo ya conocido.
Es mucho especular, pero no me queda nada más.
Tengo también la impresión de que los clientes del Stendhal no elegimos venir aquí.
De que las camareras, insisto, no son camareras.
Ni mujeres.
Ni hombres.

Estos días he estado recorriendo un pasillo a oscuras en sueños. En el pasillo hay puertas a ambos lados, y tras ellas se oyen gritos espantosos y roncos, ruidos de asfixia, sonidos que parecen huesos partiéndose.
Al despertar no tengo miedo.
Creo que estoy perdiendo esa capacidad, y tampoco me da miedo eso.
A veces he fantaseado con ver el fin del mundo, algo que seguramente es más usual de lo que parece. En mi ideal del Apocalipsis, llego a muy viejo (obviamente), y cuando ya estoy harto de vivir, algo (una gran ola, una lengua de fuego, un meteorito, lo que sea), viene a destruir el planeta. La clave es que yo lo veo, puedo verlo todo, cómo todo va desapareciendo, cómo la muerte se cierne sobre todos; los animales, los bosques, las ciudades, los humanos, sus putas mascotas, sus críos recién hechos. Sin futuro. Y yo me río a carcajadas justo antes de morir, dando gracias a la naturaleza, por todo, por lo bueno, pero sobre todo por lo malo.

Sospecho que mis pensamientos ya no son sólo míos. Creo que a estas alturas no son tanto pensamientos como información. Información para quién. Probablemente no tenga un nombre o una forma. Los seres humanos estamos obsesionados con nosotros mismos. Nos subimos en un cajón y le decimos al Universo lo que es, cómo es, cómo se llaman sus hijos y que nosotros somos mejores que ellos. Nosotros les sustituiremos.
No soy capaz de ir más allá. Ya sólo puedo ver a las camareras como un Lenguaje. Las personas necesitamos una cara hacia la que dirigirnos. O al menos una cara que poder imaginar. Palabras, un teclado, control relativo que poder hacer pasar por control absoluto. Ahora me parece irónica la muerte del poeta, o más bien desconcertante. Al principio pensaba que sólo era otro pretendiente más muerto. Un estorbo que eliminar. Ahora creo que la poesía –dentro de los parámetros en que empiezo a creer que se mueve esta crisis –es un claro ejemplo de amenaza.

Creo que han pasado suficientes meses de esto como para poder contar en años. No es tan difícil perder la cuenta cuando has perdido la confianza en ella. El Tiempo y el Espacio se pueden volver más teóricos que reales. Sólo necesitas la suficiente acumulación de ideas nuevas en tu cabeza.
¿Cuál es el tiempo estimado correcto (según el reloj) antes de irse del Stendhal? He calculado que son unos cuarenta y cinco minutos. Es el tiempo que alguien relajado y sin miedo podría pasar tomando algo solo, ojeando el periódico o absorto con el móvil.
Luego tienes que levantarte sin intentar fingir excesiva calma, dirigirte a la caja registradora, y pagar según dictan los cánones del mundo que todo el mundo ha dado por único.
Siempre había sido así, al menos hasta que hoy ha habido una variante, y aun pasados los cuarenta y cinco minutos no me he movido de mi silla.
La camarera sonriente se ha sentado en la otra silla disponible de mi mesa. No ha mediado palabra. No lo ha hecho durante unas dos horas. Pasadas las dos horas, mi camiseta es un cincuenta por ciento sudor frío.
Debido a esta variante, todo el mundo se ha quedado en su lugar. Nadie está cenando en su casa como hubiese sido lo habitual. Quizá a algún otro cliente le espere alguien en casa, pero ningún móvil suena. Es muy probable que no puedan sonar. Lo que no he hecho es ponerme a consultar el mío como si no estuviera visiblemente aterrorizado.
Ya casi me había acostumbrado a la anterior situación. No me gustan los cambios, nunca me han gustado. Las mujeres ya me ponían nervioso antes, pero al menos no las veía como un Recipiente. Sólo espero no ser yo otro.
El Tiempo no es una preocupación para ella. La compañera sigue tras la barra, se mueve cuando comienzan a oírse lloros en la trastienda.
El mismo tío de la otra vez arranca a llorar también.
Nunca irrumpe nadie en el local cuando quieres que lo haga.
La camarera sonriente ahora no sonríe. Corre por mis venas esa falta de paciencia de quien espera que el ordenador reinicie o instale algo. A ella parece importarle lo mismo que a mi ordenador.
Es luego cuando sé que no voy a morir, pero que quizá lo hubiese preferido. No sé si nos cuenta la verdad o una historia, pero espero de verdad que sea la verdad, porque si es una historia no cabrá la posibilidad de que se haya equivocado. Tenéis que entender que no podemos entendernos del todo. Estáis aquí como elementos desestabilizadores. Y no sois los únicos. Vuestro turno como especie está llegando al final, pero no os preocupéis, vosotros no lo veréis. No podemos deciros quiénes somos porque vuestros protocolos de comunicación no podrían asumirlo. Si queréis saber quién llora ahí dentro, sólo tenéis que poneros en la peor situación. Este dato no os servirá para resolver nada, pero quizá sí para buscar una analogía. El problema de base es la imposibilidad de convivencia. Lo que hacemos es allanar el terreno. Nos aseguramos de que vuestros sistemas de símbolos siguen vigentes. Nos aseguramos de que os seguís moviendo en grandes grupos. Mantenemos a raya la evolución que más problemas nos podría traer. Alimentamos vuestras dificultades para discurrir a cierto nivel. Queremos que vuestra civilización haga lo que vosotros llamáis prosperar, para que pueda por fin colapsar. Hay un cálculo, este lugar nos interesa, lo necesitamos, pero ya no queremos matar. Nuestra mayor arma es vuestra incapacidad para ver las distintas variables. O dicho de otro modo: si intentáis contar esto, nadie os creerá. Queremos que vosotros tengáis una vida plena. Queremos daros las gracias por escuchar.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (30 de 30) – Carta de un machista

No sé cuál fue el origen de todo este asunto. Hay quienes tienen sus teorías cerradas. Hay mucho odio, mucho asco, mucha rabia. Todo justificado en esencia.
Mi generación tampoco supo verlo. Crecimos sentados a comer, o en el sillón, o tirados en la cama. Alguien venía y recogía la mesa, lavaba los platos, nos lo traía todo al trono del varón. Alguien nos hacía la cama, nos lavaba la ropa, y vuelta a empezar. Cocinar, limpiar, servir. Un largo etcétera de tareas culturalmente asignadas.
Siempre era la misma persona. Y siempre era una mujer.
Papá trabajaba, o no, pero siempre tenía una identidad, era Alguien. Mamá se movía según le dictaba su propio sexo condicionado.
Fuimos estúpidos, no supimos verlo. Ni siquiera sospechábamos que había algo, algo enorme, masculino y hetero, algo que no encajaba. No cedíamos.
Era la versión oficial, la dinámica predominante. No veíamos por qué no dejarnos llevar por esa corriente.
Eramos conscientes y no lo eramos. Sacábamos partido. Las niñas, las mujeres, nuestras hermanas, sólo eran una extensión de nuestro ego. Estaban siempre presentes y a la vez siempre ausentes, atentas a cualquier desbarajuste que arreglar. No tenían derecho a quejarse, no podían perder los nervios, tenían prohibido desbarrar. Sólo nosotros teníamos derecho a todo eso. Ellas eran delicadas, no podían ser unas histéricas. Nosotros, sin embargo, podíamos cabrearnos, irritarnos, quejarnos, pegarlas, violarlas, y también matarlas.
Nadie se alarmaba. Eran asuntos domésticos.
Era natural.
Cosas de familia.
Al hombre se le podía ir la mano.
La mujer tenía que entenderlo.
Fuimos ignorantes y estúpidos, porque, como en casi todo lo demás, dimos por hecho que el mundo ya estaba construido cuando llegamos a él. Acabado. Hacía mucho tiempo que se habían asignado los roles y las tareas. Si mamá siempre era la que estaba de pie, era porque era su deber. Si necesitaba ayuda, estaban las niñas de la casa, que ya tenían que empezar a aprender cuál era su futuro.
Nosotros teníamos la nariz metida en la tele, en los videojuegos, jugábamos a meternos la cabeza por el culo. Estábamos en nuestra casa, y la casa era nuestra.
Mamá cocinaba follaba reía se maquillaba.
Un bombón. Esta mujer tarda horas en salir del lavabo.
Fuimos machistas, años y años de machismo. Todos de acuerdo, diciendo chorradas, proyectando mal gusto, cerebros del tamaño de una nuez, gritos roncos, abrazos ruidosos. Gilipollas, sosos, violentos, atontados.
Algunos ahora lo saben, otros se siguen comportando «como un hombre». Puede que sea difícil aprender a cambiar, pero no es difícil recordar lo que fuimos, lo que aún somos. Podríamos haber madrugado un día, y en lugar de ir a nuestros machos trabajos, reunirnos y caminar hacia el amanecer. Todos agarrados de la mano, haciendo chistes de maricones, hasta llegar a algún gran desierto, donde algún chef moderno nos cortara la polla y la guisara para Afrodita.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (29 de 30) – Piscina ajena

Había visto hacerlo en muchas películas veraniegas. Lo asociaba a tener una juventud sana, el momento de «cometer locuras». Así que se puede decir que fue idea mía.
Sábado de madrugada. Salimos de cierto garito y vagabundeamos por cierto barrio. La zona residencial denominador común, todo jardines y piscinas privadas. Había hasta nomos de cerámica. La felicidad en la tierra de la gente con pasta. Lo que se supone que has de hacer con determinado nivel de ingresos.
No dudamos mucho. Cuando vimos un área privada que nos gustaba, comenzamos a escalar una valla.
Qué diversión eso de hacer algo prohibido pero inofensivo. ¿Qué podía pasar?
La idea era simple. Pegarnos un baño. Hasta existía la posibilidad de que los dueños estuviesen de vacaciones. Podía saltar la alarma de turno, pero tendríamos tiempo de sobras para largarnos pitando. Largarnos riendo y soñando. Viviendo el relamido pero factible sueño de la juventud.

Luego ella consiguió saltar de vuelta. A mí me pillaron. Dos tíos me arrastraron por todo el césped. Se había activado algún sensor de movimiento, se encendió una luz cegadora, y la alarma comenzó a bramar.
Todo el mundo se despertó. La casa era mucho más grande –y estaba mucho más habitada– de lo que pensábamos.
Un riesgo del allanamiento de morada, y sobre todo con tanto lujo de por medio, es que la casa puede ser de un mafioso. Un narco. El cartel local.
Me metieron en el vestíbulo chocando mi cabeza con cada saliente. Recuerdo el miedo, pero sobre todo una nebulosa. El alcohol. Pensé que acabaría vomitando en alguna obra de arte.
Me sentaron en una silla y me maniataron.
El patriarca no confiaba en la policía. Eso dijo. De verdad parecía que si le preguntaras, contestaría “importación y exportación”. Su mujer unos treinta años más joven (de mi edad) lo observaba todo desde un rincón, quitándose legañas.
El tío parecía auténticamente furioso. Su primera pregunta (lo juro), fue:
–Quién te envía.
Le dije que no era nadie, que sólo tonteaba con una amiga, que nos colamos para bañarnos en la piscina.
–¿Una amiga, hijo de puta?
Por algún motivo comenzó a insultarla a ella. Hay tíos que no dejan pasar una oportunidad de sacar a pasear la misoginia. La mujer en sí es una banalidad, un entretenimiento, sólo la clase de historia que te hace perder el norte. Esa zorra. ¿Una zorra, eh?
Pero no me creía.
–Quién te envía.
Lo que él creía, obviamente, es que quería habérmelo cargado. Me cachearon. Lo más peligroso que llevaba encima era las llaves; puede que mi carnet añejo del videoclub, plastificado.
–Cada vez son más jóvenes.
Cuando el alcohol ya no me hacía efecto, comencé a acojonarme de verdad. Otro tío, el Tom Hagen de turno, comenzó a hacer llamadas.
–Una amiga, dice el cabrón.
Pensé que no tenía ninguna posibilidad.
Le dije que tenía coartada, de qué discoteca venía, a qué universidad iba, quiénes eran mis amigos, mi familia.
–¿Te crees que soy idiota?
Supongo que los matones preparan las coartadas, y supongo que son mucho más elaboradas que tú madre diciendo por teléfono lo bueno que eres.
Me preguntaron si había alguien más. Le dije que sólo había venido con mi amiga, pero que se había ido corriendo.
–Así que el chochito fantasma se ha ido corriendo…
Algo empezaba a no cuadrarles. Les faltaba algún ingrediente. Parecía que sus defensas comenzaban a dudar.
–Oye –le dije (pensé que no era mala idea tutearle)–, sólo estaba de fiesta, estaba con una chica, con un zorrita… Intentaba echar un polvo. Beneficiármela. Esa puta es dura de roer. Sólo quería impresionarla.
Intenté hablar en su idioma, pero en realidad sólo imitaba lo que había oído en películas. Otra vez.
El tío ya dudaba visiblemente.
–Chaval. O dices la verdad o eres un gilipollas de primera categoría…
Juro que digo la verdad. Gimoteo. Llevo semanas trabajándome a esa puta, murmuro, y mira cómo he acabado. Joder.
El capo le habló al oído a ese Tom Hagen.
Éste me cruzó la cara. Hasta se parecía a Robert Duvall.
Notaba la sangre en la boca. Creo que no sabían qué pensar, así que estaban tirando de piloto automático. Comenzaron a hurgar en mi móvil. Les canté el pin, les dije que miraran lo que quisieran.
Les lloré clemencia. Escupí dos dientes.

Recordé un vídeo terrible y supuestamente real que me pasaron una vez. Dos tíos sentados con la mirada vacía. Detrás, una pared gris, cemento. Ni tan siquiera estaban atados. Imaginabas un cañón fuera de plano sin dudar, apuntándoles. Calidad VHS. Una sierra eléctrica entraba en escena. Alguien muy corpulento la ponía en marcha al segundo intento. Los tíos no gesticulaban ni hacían muecas. Eso lo hacía todo más terrorífico. Habían aceptado su destino, su sino sucio y macabro. Comenzaron a cortar el cuello de uno de ellos; sus ojos se ponían en blanco, la lengua quería escaparse de la boca. La sangre salpicaba (bañaba) al tío de al lado, que seguía sin inmutarse. Se suponía que era un ajuste de cuentas por drogas. Algún patio interior en alguna casa de México DF. O eso se decía. La angustia casi me hizo vomitar.

Me hablaban y ya no escuchaba. Me volvieron a atizar y perdí el conocimiento.
Desperté en el suelo junto al portal de mi bloque de pisos. Mis cosas sobre mi pecho, las llaves, la cartera, el móvil. Incluso los cigarrillos.
Estaba amaneciendo. Primero lloré y luego reí.
Me habían descartado.
Ya fuera por la dosis de realidad extrema o por mi estado lamentable, pensé que estaba enamorado de ella.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (28 de 30) – Esto también cuenta

Es una vieja filosofía adulta: dejar claro qué es la vida y qué no. Aunque es bien sabido que abunda el optimismo barato, los lemas, las simplificaciones. El golpecito banal en el hombro. Hace falta un optimismo de más categoría. Eso resulta bastante indiscutible.
Incluso se hace mucho dinero con eso. La autoayuda es sin duda la sección más sórdida de cualquier librería. Benito Taibo una vez dijo que todos los libros ayudan menos los de autoayuda.
La gente que dice que sólo se trata de tener un pensamiento positivo, o bien se intentan convencer a sí mismos, o bien te quieren robar.
Hay personas que gastan mucho dinero a cambio de que les digan que ser feliz depende sólo de una sencilla elección. Yo estoy más con Bill Hicks. No se trata de lo sencillo o difícil que es vivir. La elección es entre el amor y el miedo.
El ser humano medio está cagado. Y muchos lo racionalizan. Aunque obviamente no hablen jamás del miedo. Hablan del sacrificio, del esfuerzo, de descartar, de la honorabilidad, de ser razonable y abandonar ideas propias en favor de las comunes.

Mi generación ha crecido bañada en la culpa. Y ni siquiera somos muy creyentes; no somos religiosos. No pensamos que vayamos a ir al cielo. Pero hemos aprendido a sentirnos culpables con facilidad. Pequeñas raciones de culpa por doquier. La culpa, según dictan aún los principios del sentido común adulto predominante, está directamente asociada al placer.
Seguimos siendo así. Esa sigue siendo nuestra esencia.
Si estás haciendo algo que no quieres hacer, si lo haces durante horas, días, años. Si lo haces sacrificando lo que de verdad te gustaría hacer. Si, en definitiva, los malos ratos superan con creces a los buenos, es muy raro que nadie te diga que estás en el mal camino, o que estás desperdiciando el tiempo de tu vida.
Cuando llegan las acusaciones y los problemas, es cuando disfrutas. De hecho, si disfrutas y luego te pasa algo malo, es que debes haberte pasado disfrutando. Si estás encendido, inspirado, si te diviertes, si el tiempo se te pasa volando, si sientes que te expandes y creces, y que vivir merece la pena, alguien vendrá pronto a decirte que eso no cuenta. Eso no es la vida.
La vida de verdad es cuando estás «dando el callo». A ser posible para beneficio ajeno.
Mamas eso durante toda tu educación. Aprendes a disfrutar casi a escondidas. Si no es la hora oficial semanal para disfrutar, la has cagado. Estás comprando tu boleto para el infierno de los ateos.
Reírse así no cuenta. Así no son las cosas. Lo lógico, lo que te hace persona, lo que te hace digno y respetable, es sufrir.
Disfrutar forma parte sobre todo de una mentira. Disfrutar es una ficción. No estéis demasiado contentos, no cojáis ese desvío, no investiguéis, no traméis nada. No queráis hacer nada por vuestra cuenta.
Es el nuevo “si te masturbas te quedarás ciego”. Una versión mejorada, deluxe, más elaborada y mucho más efectiva.
Amiguitos, lo que tenéis que hacer es fichar por las mañanas.

Una vez estaba sentado en el banco de un parque. Había un niño cavando un agujero, revolcándose, riéndose con otro. Sus padres estaban en un banco cercano. Parecían querer pegarse un tiro. Su hijo estaba feliz, jugaba con otro crío, quizá un primito. Y los padres tenían más jeta que cara, esa jeta de quien ha acumulado toda la dignidad oficial que mandan los cánones. Agotados de seguir las normas, de ser ejemplares, de acumular horas; de aferrarse al sábado para aguantar un poco más. Jetas como Dios manda. Padres aún jóvenes, ateos creyentes.
En determinado momento, los jetas responsables deciden que hay que irse a casa. El padre coge al crío por el brazo. El crío quiere quedarse un rato más.
Se produce una de esas escenas de lloros y rectitud adulta de mierda. Quien te quiere te hará llorar.
Y el tipo comienza a meterle un discurso al niño, como si el niño tuviera mucha más edad. Y le dice que no puede estar todo el día «ganduleando». Suelta todas las máximas inamovibles que ya le escuchó nuestra generación a sus padres. El estancamiento es inquietantemente típico en las familias nucleares. El no dar un paso más. El repetir los mismos errores de base una y otra vez. Repetir los patrones. Hacer con tus hijos la clase de cosas inútiles e irritantes que tus padres hacían contigo.
En algún momento, el padre dijo: «Esto no cuenta. La vida no es esto». Aludió a algo sobre los deberes. Pero hablaba en términos amplios. Pasarlo bien sólo era el pequeño descanso de lo realmente importante: Pasarlo mal.
Quise levantarme y meterle un rollo a ese tío. Agarrarle por la camisa y decirle: ESTO TAMBIÉN CUENTA. Esto TAMBIÉN ES VIVIR. La vida TAMBIÉN ES ESTO. Ese niño no merece ser como tú, NO LE HA HECHO NADA A NADIE.
No lo hice. Tenía miedo a su reacción. Pero hay algo peor; pensé que si yo tuviera un hijo, quizá cediera fácilmente a la presión.
Fíjate, hijo mío. Eso que hay en la mesilla es una Biblia. Tú no hagas caso. Pero haz todo lo que diga.

FIESTAS DE LOS ARCOS.

Treinta formas de esconder los objetos cortantes (27 de 30) – La sensación positiva

Cuando pienso en ello ahora, no carece de cierto encanto. No sé por qué. Vivir no fue encantador en aquella época. La época FP (así pienso en ello) no era tan distinta a la época ESO, ni a la época EGB. Sucedió todo en las mismas instalaciones, aunque en distintas zonas. La etapa Salesianos. Pasar cerca de ese lugar, ahora que tengo más de treinta años, me hace sentir bien. No sé con qué tiene que ver. Fui un estudiante horripilante. No me harté precisamente de halagos y coños. Fueron años de esperar viernes, catear y esperar vacaciones. Sí hice algunos amigos (a los que no he vuelto a ver), pero la sensación positiva actual no encaja con la vivencia.
Cuando paso al lado del edificio todo son buenas vibraciones. Ese lugar en el que rezaba para que los días pasasen.
No es como echarlo de menos, porque no quisiera volver a aquella rutina, pero al acercarme a aquellos patios y aulas, me posee algún fantasma de la benevolencia.

Tenía un profesor en FP. Era una especie de hortera de unos treinta y muchos. Una gran barriga, siempre bronceado, siempre somnoliento. Quejumbroso. Era un reflejo perfecto de lo que sentías en un aula a las ocho de la mañana. Contra tu voluntad, por supuesto. No sé ahora, pero FP en aquellos años era el lugar en el que aparcar los culos de los estudiantes menos estudiantes. Yo sólo con pensar en la universidad me daba la risa.
Así que no habías elegido, sino que no había otra opción. Generalmente, mientras creces, nunca tienes la sensación de que haya opciones. O los raíles preparados o la soga.
Este tío llegaba a clase, nos daba Electrónica general o algo por el estilo. E intentaba bromear. Decía siempre aquello de “A esta hora aún no soy persona”. En esas horas en las clases sólo había balbuceos y asentimientos mecánicos, no había un solo cerebro en marcha. Algo como la motivación era tan real como volar o mover objetos con la mente. La motivación era una puñetera Historia. Había que centrarse en el esfuerzo.
A esta hora aún no soy persona.
Pues imagínate nosotros.

Pero persiste la sensación positiva. Es sin duda algún truco del cerebro. Es haber pasado unos veinte años madrugando para fingir que hacías caso a tíos como el de Electrónica general, y que ahora la mente te diga: Qué guay fue aquello, ¿no? Y tú estés en esencia de acuerdo.
Pero no, oiga, no fue así. Hay Pruebas de que no fue así. Para empezar los jodidos cadáveres son una prueba de narices. Yo el primero. Me costó años despertar de alguna forma de aquel puto letargo. Era poco más que imbécil. Lo era yo y lo eran mis compañeros de sobresalientes. Aquello no fue encantador, fue una escabechina. El colegio era el colegio, y en casa te tenías que sentir culpable porque te mantenían. “Esto no es un hotel para que entres y salgas cuando quieras”, y otros grandes éxitos de la paternidad rancia.
Quizá los adultos reaccionen así por esa sensación positiva al pensar en ellos mismos y su pasado escolar. Es como un colocón no elegido. Algo que te convence de que, aunque tu juventud fuera más bien mediocre, en el fondo fue la repera.
Tampoco siento que fuera la repera por contraste con la edad adulta. En la edad adulta la gente parece ser más infantil en cierto modo. Alimentan un miedo concreto, y el mismo parece asociado a la idea de que no van a morir.
Y joder sin van a morir…
Pero no, el adulto va por ahí con el ceño fruncido, dando cada paso en la dirección que le digan, como si el tiempo no se terminara.
Sin un café no soy persona.
No sólo hay optimistas idiotas. También hay realistas idiotas.

Lo único que sé, es que aún no he descifrado el misterio de la sensación positiva, y de vez en cuando paso cerca de mi colegio. Esnifo el aire y atravieso paredes y puertas con la mirada. Me empapo. Saco un cigarrillo, me mantiene en el presente. Veo a los críos de ahora. Les digo sin hablar: Cuidado, todo ese rollo de las mochilas, las pizarras y la hora del patio, es una mierda muy perniciosa. El sol por la tarde hace que todo parezca puro y maravilloso en el mundo.
Por suerte ahora se me da mejor volar y mover objetos con la mente.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (26 de 30) – Impulso a trozos

Me entero de que cierta pianista viene a la ciudad. Dará un recital en uno de esos teatros históricos. Entrada cara. No me apetece decírselo a nadie. No conozco a nadie a quien que le interese de verdad la música clásica. Puede que tuvieran cierta curiosidad por el espectáculo, pero siento que es algo que tengo que hacer solo.
Hacer el qué.
Lo cierto es que yo tampoco soy un entendido en música clásica. Quien me interesa es ella. Me interesa más ella que lo que hace con su piano.

Así que voy y compro la entrada anticipada. De todas formas ese riñón no me hacía falta. Me convenzo a mí mismo.

A medida que se acerca el día del concierto, me pregunto cuáles son mis intenciones al ir. Tengo fantasías imposibles, y algunas otras más factibles. De todas formas creo que he elegido hacer algo por los motivos equivocados.
Es como ir a la playa porque tienes ganas de beber agua.

El día antes intento informarme de cómo llegar al teatro, el recinto pijo o lo que demonios sea. Paso un rato desagradable ante el ordenador. Me pregunto cómo funciona la mente de la gente que disfruta planificando. Hay gente auténticamente enferma ahí fuera.

Al día siguiente, cuando voy de camino, aún tengo serias dudas de saber llegar a ese lugar.
Cuando por fin estoy en la calle indicada, frente a la fachada del teatro, tengo dos horas muertas por delante. A veces necesito tomar este tipo de precauciones.
Me siento en una terraza cercana. Pido café una y otra vez.

Cosas y fantasías. Secuestrarla y provocarle un síndrome de Estocolmo que compense mi síndrome se Stendhal. O algo más sencillo, como ver dónde va después del concierto y acosarla; la táctica masculina de toda la vida. Controlar el rollo territorial. No sé qué recovecos tendrá el teatro. Siempre he imaginado algún tipo de sala de fiestas elegante adjunta. Un lugar en el que poder entrar o colarme, en el que poder verla, mirarla, primero de lejos, luego un poco mejor.
Siempre me preocupa ese acercamiento. La forma más fácil de abordarla es ir como fan; la cara encendida, el móvil en la mano, una felicitación rápida, ¿te importa una foto? Olerla un momento, llevarte, con suerte, una sonrisa, un poco de escote, puede que un roce; quizá hasta se deje rodear con el brazo. Pero como toda opción fácil, es la que más lejos te deja de cualquier caramelo. El fan es automáticamente descartado; no sabe controlarse, y eso en el mejor de los casos; también puede ser un salido o un psicópata; la forma inteligente de tratar con él, es sonreír un momento, posar otro momento, un pellizco de amabilidad, un poco de sal, y dejar que el instante se cueza en su mente mientras se va otra vez lejos de ti, en favor de tu seguridad.

Lo ideal casi sería fingir no conocerla. ¿En serio eres pianista? Vaya… Esa clase de conversación casual. Que ella no sintiera que otro tío quiere sacarle la sangre de algún modo. Que viera que se interesan por ella como mujer. Y no como alguna clase de elitista celebridad, o como la mejor pianista del mundo. Sólo una mujer.
Hoy eso no podrá ser.
Lo ideal sería no parecer ni un fan ni un desconocido ajeno. Ahí radica la dificultad.

Veo todo el concierto extasiado. Vale cada mal rato planeándolo pasado ante el ordenador. Es una ola de estímulos. Todo lo que suena, y todo lo que se ve, claro. El vestido negro de cuerpo entero y tirantes no deja lugar a la imaginación (que le den a la imaginación); es ajustado, una segunda piel brillante, y regala un gran escote. La abertura de la falda es el Gran Cañón de las promesas guarras.
Toda ella brilla como un año entero de amaneceres y atardeceres, sobre todo atardeceres.
Estoy tenso en mi butaca. Tengo que decidir qué hacer luego si consigo tenerla delante y captar su atención. La idea de actuar como mero fan –por aburrida que suene– se impone. Puede que no uno de los histéricos, pero sí uno de los que quiere su lote de foto, sonrisa y roce.

Aplaudimos de pie unos cinco minutos al acabar el concierto. Me viene una localización a la mente. El vestíbulo. Hay una posibilidad en el vestíbulo. Estoy bastante seguro de haber visto revuelo antes del concierto ahí. Es posible que ella entrara por ahí. Quizá también salga por ahí.
Bajamos unas grandes y suntuosas escaleras. Me quedo por allí, titubeando, despistado. Tiene que parecer que espero a alguien. Lo cual no es mentira. Cada cual se pone el listón donde le da la gana.

Como a veces pasa con las cosas que de verdad te importan, todo pasa muy rápido. Ella baja con una comitiva, pero no salen. Se abren dos grandes portones. Entran a otra sala.
Es justo como yo imaginaba el campo de juego ideal.
Lo cual me pone nervioso, me ataca. Me siento obligado a actuar, a hacer algo.
Creo que en el recinto se da por hecho que todo el mundo aquí es del mundillo. Se da por hecho que todos podemos permitirnos un recital de este tipo todas las semanas.
Es por esto por lo que he pagado.
Ella es un estrella, pero no es una estrella del pop. Es otra clase de estrella, la clase de astro rutilante que difícilmente se valora. Para la mayoría de gente la música sirve para sudar o ligar. Aquí la música tiene entidad propia. Eso no se suele tener en cuenta, por lo que los portones se quedan abiertos.
¿Querrá un copa el caballero?
Tendríais que ver cómo voy vestido.

Notting Hill es el cuento de hadas definitivo. No haré el chiste con que es ciencia-ficción. Pero sí es el cuento de hadas definitivo. Eres un tipo bien parecido, aún joven, tienes una librería en Notting Hill. Y un día entra en ella la mujer-celebridad-fantasía-definitiva que más te impresiona. Y os liáis…
Hace que todas las demás películas se parezcan un poco a La lista de Schindler. Un amigo mío tiene la rebuscada teoría de que La lista de Schindler es la peli que aúna todas las pelis. Y yo siempre le digo: no; Notting Hill. Además, si te fijas, incluso con los cuentos de hadas de toda la vida puedes hacer una lectura retorcida. Pero no puedes hacerlo con Notting Hill, aunque a ratos pretenda ser naturalista y salpicar pequeños dramas. No cuela. Notting Hill es el cuento de hadas definitivo.

Esto es lo contrario a Notting Hill. Soy yo mezclado entre la purria (esta vez purria con pasta), y practicando el “si la montaña no viene a Mahoma”. La jodienda de siempre; la dinámica que muchos quieren llamar Vida, para no sentir que la están desperdiciando. La magia no existe, y otros tópicos.
Hace corrillo con algunas personas. Camareros pasean con bandejas, champán. Entonces pasa algo que me parece escandaloso. Ella se separa del grupo y se encamina sola hacia una mesa con canapés.
He visto cómo algunas personas se han acercado antes a saludarla. Todo muy breve. Pero ahora no está con NADIE. Ni amigos ni admiradores, ni babosos ni pretenciosos musicales.
No sé, quizá me haya colado sin saberlo.
La presión y el miedo (a perder la oportunidad) parecen empujarme en su dirección. Camino a duras penas, tengo un holocausto en cada rodilla. La librería de Notting Hill en mi cabeza. Indiana Jones en mi estómago (la escena del puente).

Se vuelve hacia mí y sonríe. Es el piloto automático de la amabilidad. Se siente obligada a ser cortés o hasta encantadora hasta que acabe la noche.
Como no tengo ni idea de qué decirle, hago algo que en realidad nunca planeo, y que a veces me pasa.
Se lo digo TODO. Me sincero. La felicito, obviamente, pero también le hablo de mí sentado ante el ordenador ordenando entradas anticipadas, y de que he venido solo, y que quería verla, y que me gusta la música clásica pero aún me cuesta… TODO. O al menos casi todo.
Algo hace que me escuche carente de esa actitud de quien sólo está esperando a que te calles. Tengo el Infierno de Dante en el bajo vientre. Ella está decidiendo qué soy, si soy un baboso, un salido, un perdedor o alguien a quien conocer.
La cosa se asienta cuando, mientras ya hablamos como si fuéramos conocidos, otras personas se hacen fotos con ella, y luego ella vuelve a atenderme a mí.

Luego, en la calle, ya solo, me enciendo un cigarrillo con las manos temblorosas. Sujeto mi móvil. Ella me ha preguntado el nombre. Quizá iba algo borracha. Quizá sólo formaba parte de su ritual de cortesía. Veo la notificación de Twitter.
Mientras vuelvo a casa, entro en pánico ante la idea de que me mande algún mensaje. Mi carroza se convierte en calabaza. No va a pasar nada, me digo. No Va A Pasar Nada.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (25 de 30) – Hacer sábado

Nunca lo piensas antes de disfrutar. Es como la resaca, sabes que estará ahí otra vez. Pero vuelves a picar.
Si has hecho lo que tenías que hacer, la tarea no sera tan ardua. Si te has preocupado de extender un plástico en el suelo antes, si has cubierto los objetos cercanos. En fin, si eres medianamente despierto y has tomado precauciones, te habrás ahorrado la mitad del trabajo. Lo mejor es recoger primero el plástico del suelo. Con cuidado, por las puntas. Procurando que la sangre se acumule en el centro. (Doy por hecho que ya habrás concluido tu rutina para librarte del cuerpo.) Así que, si has calculado un poco las medidas del plástico, podrás “embolsar” la sangre, dirigirte al lavabo, y una vez allí, pinchar por debajo. Que caiga todo dentro de la taza, o tendrás dos habitaciones para limpiar. No es buena idea tener la fregona siempre rojiza, como si hubieras estado torturando a alguien.
Si has usado una silla para el proceso (quizá te gusta maniatar), recuerda limpiar a fondo las patas antes de colocarla en otro sitio.
Una vez el plástico haya dejado de gotear (paciencia), lo mejor es meterlo en la bañera, o en la ducha, pero si tienes una bañera, mejor. Lávalo como si fuera tus cuchillos, que todo el rojo se vaya por los desagües.
Luego vuelve a la habitación y echa un buen vistazo al suelo. Dependiendo de lo bien que te lo hayas pasado, quizá aún haya zonas salpicadas. No tires aún de fregona. Usa antes otra cosa, como papel de cocina, para eliminar lo más sustancioso. Luego friega todo el suelo como si tuvieras que comer en él.
Si has usado sierra eléctrica, probablemente vas a tener aún mucho que hacer. Primero fíjate en los objetos o paredes más cercanos. Si las paredes o el techo han salido muy malparados, quizá tendrás que volver a pintar la habitación. Es una putada, pero es peor inventar explicaciones. Limpia todos los objetos o plantas o artilugios que hayan podido quedar salpicados.
Una vez tengas la zona más conflictiva controlada, fíjate en los rincones más lejanos. Busca esas gotas rojas que se han exiliado, como esos trocitos de cristal del vaso que rompiste hace tres meses. Piensa en la sangre como si fuese cristal. No puede quedar NADA. Piensa como la policía. Rastrea como un perro. Agáchate, arrodíllate, sospecha. Desconfía. Piensa que esa habitación te quiere arruinar la vida. No se lo permitas.
Una vez hayas comprobado al menos cinco o seis veces que todo vuelve a estar impoluto, acuérdate de la cámara y los aparejos que hayas usado. Límpialos a fondo, lo mejor que puedas. Guárdalos, guarda lo que tengas que guardar. Dúchate a conciencia y guárdate incluso a ti.
Abre tu cuenta de Twitter. Sigue trabajando en ese perfil encantador tuyo. Eres una buena persona. Has de sostener esa idea. Te preocupas. Denuncia, acusa, discute, milita. Comparte. Brilla.
Y luego haz una última inspección.

#Marion Arbona-Limpieza

Treinta formas de esconder los objetos cortantes (24 de 30) – Pégame

Me enseñaron una foto de Ella con ese tipo. ¿Con ese viejo?, pensé. Luego resultó que tenía mi edad. Pero tenía el pelo canoso, mucho, parecía desmejorado, o eso me gustaba pensar a mí. Quizá estuviera enfermo, terminal. Puede que estuvieran juntos porque él se iba a morir. Quizá ella necesitaba llenar algún hueco de autoestima. O bueno, era una posibilidad remota, pero quizá le quería de verdad. Parecía la clase de tipo embaucador por el método de la verborrea y un calculado descuido físico. Verborreico referencial. Un pijo rebozado de bohemia, como salido de una escuela de Arte. Profe guay. Siempre esa sonrisa para las alumnas.
Incluso en la foto el mamón parece estar pensando en sexo intentando que no lo parezca. Las mejillas hundidas, la caída de los párpados, el pelo agitado. Parece que lleve gafas de sol sin llevar gafas de sol. Tiene cara de tarjeta de crédito, vino caro y comida experimental. Una barbita de días que dice: Nunca sabrás si es pereza o premeditación.
Todo su aspecto es puro despiste consciente. Pero no cuela. Ni tampoco ese rollo en plan Pasé una época haciendo mamadas en el metro a cambio de heroína. Ese aire de misterio que sólo suele ser misterioso para quien intenta tenerlo. Lo que es un misterio es cómo se puede ser tan sinvergüenza. Y no un sinvergüenza simpático, no un sinvergüenza a quien no le importa demasiado que se le note, sino un sinvergüenza que pretende que desprende un halo de tristeza y talento, como si su problema fuese haber nacido doscientos años antes de lo que le tocaba. Como si dijese Yo soy así, pero al menos podría haber estado rodeado de tontos del futuro.
Te lo imaginas comiendo algas de un plato cuadrado minúsculo, y jurándote que le encantan.

Vale que esto no es nuevo, lo de odiar a quien esté con Ella. Es posible que yo no sea un narrador muy fiable, pero eso no significa necesariamente que me equivoque.
Pasó un tiempo, y el tío no se moría. Un día incluso lo conocí en persona. Me suelo equivocar con las personas en base a su aspecto. Eh, tío, le dije, la primera vez que vi una foto tuya, pensaba que estabas enfermo.
Había bebido, no mucho, pero no bebo, y bastó con eso. Un par de tragos. Salimos un grupito, parejas y solteros. Actuábamos según el preceptivo conceptual llamado: Veranito, yendo de terraza en terraza y bebiendo mojitos. Él no supo cómo reaccionar a mi confesión. Bebía zumos. Encajaba bastante en mis prejuicios. No era artístico (sólo usaba eso como carcasa), había estudiado no sé qué que sonaba a cortarse con folios y pelearse con impresoras, se había sacado un máster en lo que fuere. Tenía una descripción profesional larga, algo que sonaba a empresa que gestiona a otra empresa que su vez mueve el dinero de aquí para allá y refuerza la sensación de que los lunes han de ser necesariamente motivo de sobras para jugar a la ruleta rusa. Pero no era un empleadillo. No supe prejuzgar si era un enchufado. En determinado momento pensé para mí mismo que debía tener la polla pequeña, y me entró un ataque de risa borracho que causó preguntas incómodas.
Luego, tras una par de tragos más, dije: ¿Sabes por qué me reía antes?, porque he pensado en tu micro-pene. ¿Tienes micro-pene?
A veces no hay nada más relajante que decir la clase de cosas que no se dicen entre adultos que además alimentan esa pose. Ser lo que ellos llaman «inmaduro». Actuar sin pensar que eso que haces te molestaría si te lo hicieran.
Pero hay cierta honorabilidad en hacerlo a distancia de puñetazo.
Todos sabían lo que estaba pasando, que había habido una historia entre Ella y yo, y que yo ahora desplegaba la autohumillación. Lo efectivo de la autohumillación a veces, es que jode igual a los demás. Algo que también me gusta de actuar como un cretino, es que, por una vez, la gente que rajará a tus espaldas, lo hará con razón. Es decir, lo pasarán bien haciéndolo, como siempre, pero al menos antes habrán tenido que pagar un peaje de incomodidad.

La cosa se calmó, o yo me calmé. Al menos durante un rato. Lo que de verdad quería era que me pegara. A ser posible que me hiciera daño, algo como la nariz rota, media cara morada… Era lo que me apetecía. Ella me echaba miradas asesinas. Era difícil que se desatase una discusión, quizá era verdad lo del micro-pene, quizá eso le descolocó. Cuando yo desvariaba, todos cambiaban de tema. El tipo tenía aguante, estaba acostumbrado a recibir, era buen encajador, sabía relajar el ano y tenía las rodillas curtidas. No por nada había sido un estudiante de sobresalientes, y ahora curraba en un edificio de cristal equivalente para la mente humana a un matadero para el cuerpo cerdo.
Se encabronaba un poco, claro, pero yo necesitaría mucho más para que reaccionara. Para que me insultara, al menos. Tampoco debía estar acostumbrado a replicar; era de los que usan a menudo la expresión «palabras malsonantes».
Más tarde realicé otros intentos. Hacía comentarios sexuales, volví a aludir a su pene microscópico. Hacía los chistes más burdos que se me ocurrían. De algún modo, conseguí resultar misógino para con un hombre. Hasta dije algo sobre las facilidades de probar el sexo anal cuando casi no hay nada que meter.
Jamás había sido tan y tan gilipollas. Normalmente soy un tío bastante tranquilo. Quizá es que en el fondo no es así.

Seguro que está sonando peor de lo que fue. Sí que largaba todas esas memeces, pero a veces murmuraba, contemporizaba, no hacía monólogos. Si quieres lograr que un tío así se ponga violento, no basta con ser un cabrón. Has de ser un cabrón con estilo. Hacer daño puede requerir de tanta elaboración e insistencia como cuidar a alguien.
La verdad es que me sorprendí a mí mismo. No sabía que tuviese un talento natural para ser un hijo de puta. Tampoco había conocido a tantos de los que aprender a lo largo de mi vida. O sí, pero eran los típicos mezquinos que no sabían a ningún nivel que lo eran. Profesores, ciertos adultos o críos que hacían bullying…
Unos pensaban que te ayudaban, y otros sólo querían divertirse.
Se puede decir que fui un soplapollas autodidacta.

Al final de la noche, fui arremetiendo contra él de forma cada vez más insistente. Dejé de contemporizar. Empalmaba unos insultos con otros. Me empujaban para que me fuera a mi casa, me gritaban, pero no él. Su polla no era tal, estaba metida para dentro, le dije, era una vagina masculina. Una vagina masculina llena de pelos por dentro. No apta para ninguna preferencia sexual. Algo que asquearía a la facción más liberal y activista del desfile del Orgullo. Se acuñaría una nueva fobia sólo para él. La única que todo el mundo apoyaría. Qué asco, ¿no? No puedes meter una cuchilla ahí para depilar. No tiene solución. Sólo das asco. Asco a los hetero, asco a los gays, a los bi, a los trans. La bandera multicolor vomita ovillos de color negro cuando te ve.
Antipolla. Antisexo. Antihumano. El ser que los nazis echarían del campo de concentración por tener asco de él hasta para matarle.
Y otras lindezas.

No sé cómo fue. Pero todo se volvió contra mí.
El tipo, mientras caminábamos por la calle, se sentó en un rincón empapado de meados, y se puso a llorar.
¿En serio…?
Era lo único que no quería que pasara, y sólo me di cuenta cuando pasó.
¿Es que se moría de verdad?
¿Tan pequeña la tenía?
¿Qué estaba pasando?
¿Estaba fingiendo?
¿El muy cabrón estaba… fingiendo?
El muy…
Entonces supe lo que estaba sucediendo. Lo vi en sus ojos, al fondo. Estaba jugando a mi juego. Hizo su primer movimiento. Quería que yo le pegara a él. Quería que le hiciera daño físico. Marcas. Más allá de cuatro encontronazos infantiles, jamás le había pegado a nadie en mi vida. Pero esta vez tenía ganas, auténticas ganas.
No podía dejar que me venciera.
Le dije a Ella: ¿No ves lo que está haciendo? ¿¿No lo ves??
Nadie me creía.
Me ganaba terreno. Le había hecho casi todo el trabajo.
Una inteligencia fría infectada de aguante. Parecía tener la resistencia de un alumno ejemplar y la maldad de un skinhead. Dios mío, pensé, es más fuerte que yo. Cuando nadie le miraba, él me miraba, hasta llegó a sonreír.
Me estaba humillando.
Los tenía a todos en el bolsillo. Sus lágrimas de cocodrilo eran auténticas para todos. Di dos pasos hacia atrás, con la cara contraída de horror. Era el Joker y yo estaba a años luz de ser Batman. Me alejé a paso ligero, mientras todos me insultaban. Todos menos Ella.
Me aferré a eso.
Esto sólo es la primera batalla, pensé. Esto no quedará así, pensé. Sentí que el Diablo me había mirado a los ojos. Sentí que la vida se volvía cómic.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (23 de 30) – Sinsentido y sensibilidad

Vino de la ciudad, decía que era una persona. Según su versión digital, tenía muy afilado su sentido de la sensibilidad. Su opinión era siempre cerrada y moral, y no había nada que fuese discutible. Eras un ente acertado o un ente equivocado. Le dabas la razón o estabas en un error. Para dicha persona el mundo era un lugar fácil demasiado difícil para los demás. Tal y como hablaba, nada te hacía suponer que dudara. No condenaba la duda, pero Dios la librase de practicarla. La duda era, en el mejor de los casos, debilidad; pero casi siempre era otras cosas, cosas que si eras susceptible te colocaban en un bando de criminales.
De una forma u otra, decía que era una persona que merecía un respeto, y miraba a su alrededor con confianza, aunque a veces también con miedo. Si tenía miedo, siempre estaba justificado. Si tenía miedo era un fallo del sistema, o tuyo. La equivocación sólo podía ser ligera o cómica. Vaya, otra vez que llueve y no he sacado el paraguas. Un día me dejaré la cabeza.
Pero en lo importante, esta persona, todo el tiempo con la palabra «feminismo» en la boca y llegada de una gran ciudad, siempre sabía quién merecía morir en las llamas de un infierno ateo.

Como he dicho, vino al pueblo. Sus padres no tenían pueblo. Vino porque su pareja conocía a alguien que conocía a alguien. Conocíamos un poco a esta persona sensible de ciudad porque nos había insultado. Nos había insultado decenas de veces. Nunca de forma presencial, pero siempre de formas muy graves. Los insultos no siempre se le devolvían, y no eran necesariamente producto de un gran desacuerdo. A veces sólo se ponía en duda el hecho de que dicho ser no tuviera absolutamente toda la razón en todo.

Un día su pareja se quedó en cama, un mal resfriado veraniego. Pero ella se unió al grupo por amistades de amistades. Sólo uno o dos integrantes le daban conversación de verdad. El resto sentíamos que nos sentiríamos demasiado hipócritas haciendo acercamientos.

Se nos ocurrió algo. Comenzamos a callejear. Sabíamos que esa tarde se celebraba una matanza. En la versión oficial estábamos paseando. Alguien del grupo se encontró con alguien. Nos detuvimos. A pocos pasos, en cierto rincón, se ejecutaba la matanza. Un cerdo pasado a cuchillo. La sangre se iba por un sumidero callejero. Casi nadie en el grupo había querido ver ninguna matanza jamás. Nos resultaba tan desagradable como a quien más. A su vez, teníamos amigos o familiares –en su mayoría mayores– a los que les gustaba asistir a dicho acto. Les queríamos, aunque no compartiéramos ese gusto por los chillidos terribles del animal. La verdad es que no sabíamos si la persona respetable era vegetariana o vegana. Pero sabíamos que no querría ver aquello. Ni de broma. De modo que de forma no muy sutil, nos acercamos al “show”. Queríamos que la persona lo viera todo, o al menos una parte.
Disfrutamos en silencio cuando tuvo sus primeras arcadas. Y seguimos aguantándonos la risa un poco después, cuando, en una callejuela, vomitaba. Algunos de los ruidos que hacía, no eran tan distintos a los del cerdo.

Lo que tienen los pueblos, es que cada verano puede haber gente nueva. Amistades de amistades. Otro año, al grupo vino a parar otro tipo de persona, muy distinta pero igual de parlanchina y “razonable”. Más habitual –machista, homófoba, etc.– aunque igual de insoportable. Ese verano, en fiestas, decidimos que nuestra peña –en la que había casi paritariamente tanto mujeres como hombres–, todos nos vestiríamos de mujer (quisiera la persona en cuestión o no), y seríamos la Peña Mata-Machirulo.

Esas personas de fuera y su discurso, no nos parecían importantes, ni tampoco muy inteligentes. Quizá muy creídas o ignorantes, poco más que un sinsentido.
Sólo era jugar a ser el “otro bando”; jugar con su idea del mundo. Alguien muy mayor –pero muy sabio y viajado– del pueblo, nos dijo una vez que, lo único que se puede hacer con quien no sabe intercambiar ideas, es intentar divertirse a su costa.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (22 de 30) – Humanos y tsunamis

A veces me siento excesivamente representativo. ¿Cuál es el origen biológico y antropológico de ciertas actitudes? Sin que nadie me haya preguntado, diré que tenemos serios problemas de conciencia. Hay algo que no casa en el ser humano. No somos capaces de hacer convivir la conciencia y el instinto.
Pasa a varios niveles con el sexo, pero también con la comida.
Sería capaz de comerme una hamburguesa mientras veo un documental sobre explotación animal. No lo he hecho nunca, pero estoy seguro de que podría. Bien pensado, es probable que ya lo haya hecho sin darme cuenta. Te pones un documental y quizá no te percatas de que te estás cenando el terrible motivo de su existencia. Es como ver Viven en un avión. Creo que hacemos ese tipo de cosas muchas más veces de las que creemos. Sentimos toda la pena mientras nos comemos toda la pierna de cordero. Somos verdes ecologistas conduciendo. No me gustan los toros, hasta los repudio en público, y lo paso bomba pareciendo tan moral, mientras me como una parte del bicho después de la corrida. Veraneé en cierto pueblo, podría haber pasado perfectamente. Los últimos años ya no iba a ver el espectáculo, me parecía repugnante, era mi postura moral, política, de ser humano avanzado, no como todos esos catetos. Mojaba pan en el tomate de acompañamiento a la morcilla. Con la boca llena, el jugo por las comisuras. Basta de crueldad. Esperad, ¿ya se ha acabado el jamón?
Sé que hay muchos matices, y que una cosa es comer y otra una corrida de toros. Perfecto. Pero sigo percibiendo un batiburrillo muy extraño de instinto y moral.
Quizá la duda no sea si podemos ser buenos, si no si podemos aceptarnos como somos. Como sea que seamos.
Hay gente que decide que sabe qué es lo correcto. Dado que el ser humano es el único animal consciente de su existencia (incluso sabe que va a morir), se supone que eso debería hacerle tomar ciertas decisiones.
Está perfectamente documentado que sabemos ser omnívoros. Y que sabemos hacerlo muy bien. Se puede discutir sobre qué está mal, pero no que un bistec sabe bien y alimenta. De modo que, a lo largo de la historia, y como ser omnívoro, el ser humano se ha comido todo lo que ha sabido tratar o cocinar. Todo aquello que no fuera venenoso, quitara el hambre y se pudiera cagar, ha servido.
A veces he pensado lo guay que sería ser vegano; siempre he pensado “lo guay” que sería; nunca me he atrevido a pensar que fuese «lo correcto», no más que no serlo.
Otra cosa es que se puede ser omnívoro y aun así ser consciente de la terrible explotación industrial en torno a los animales, con los que la tortura y la humillación no tienen límites.
Eso está mal. Ni tan siquiera cabe discusión.
Donde yo nunca llego a una conclusión que me convenza, es en el asunto de lo que te llevas a la boca. El mundo no es un lugar horrible ni maravilloso, simplemente ES. Animales comen animales. Pese a todo eso, el ser humano se cree el centro; no ya del Universo, pero sí de la fiesta. No sólo cree ser lo más importante, además también cree ser la especie con más capacidad para la bondad (sea lo que sea).
Eso es paradójico de por sí, ya que el ser humano ni tan siquiera es bueno con el ser humano. Y diría que, al margen de ciertas “heroicidades” y martirios, básicamente es egoísta y miedoso. Mira por los suyos, y cuando se estrecha más el círculo, sólo mira por sí mismo.
Cuando en unos lugares se morirían por poder comer carne, en otros se puede elegir no comerla. Eso es más obsceno que una corrida de toros, y también que la industria alimentaria. No sólo eso, además habla con mucha más precisión de la moral del ser humano que cualquier parrillada o batido de color verde.
Esto va de decisiones personales, y todas son respetables. Pero los que dudamos también tenemos derecho a poner interrogantes y comillas por todas partes. Luego cada cual tendrá en su nevera lo que tenga.

Una vez una niña me preguntó por la carne. Me sentí más acorralado que si me hubiese preguntado por Dios. Pensé que ahora comer carne es casi tan poco atractivo como ser religioso. Preferiría que me hubiese preguntado si Dios existe. La niña tenía nueve años y era mi sobrina. Comíamos lomo de cerdo en un garito al lado del mar. Le dije que comer carne está fatal, y me metí teatralmente un gran trozo en la boca.
Eso le hizo reír, así que lo repetí hasta acabar el plato. Mi hermano, siempre hábil con las preguntas complicadas, le dijo:
–Puedes comer o dejar de comer lo que quieras. Lo que no puedes hacer es decirle a los demás qué tienen que comer, ni directa ni indirectamente. ¿Lo entiendes?
Ella replicó algo que no recuerdo, refiriéndose a algún concepto muy amplio, sobre el mundo o los seres humanos. A lo que mi hermano contestó:
–Si ahora llegara un tsunami muy grande, no haría excepciones. Si no llega, luego nos bañamos. Así funciona el mundo.

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