E

Perdona si me enrollo contestando un correo tan escueto, pero estoy que no me aguanto. Puedes confiar en mí, lo digo totalmente en serio. Sé cómo os tratan a las mujeres. Yo siempre procuro estar atento con eso, al quite. Viajo en tren, uso a menudo el transporte público, me gusta releer Al faro de camino al trabajo. Hace dos años que estoy en la misma empresa, no me quejo. Pero lo dejé muy claro desde la entrevista: no iba a currar para ningún antro sexista o machista.
Me informo sobre la brecha, nunca pierdo eso de vista. Qué quieres que te diga, es un mundo terrible para vosotras. Harías bien en tener miedo cada vez que salgas de casa. Te podría esperar una violación en grupo en cada esquina. El sistema nunca hace nada de verdad al respecto, y nunca dejaré de pedir disculpas en nombre de todos los hombres. Lo tenemos interiorizado, esa asquerosa misoginia, pero te lo prometo: podemos desaprender. Deconstruirse no es fácil, pero algunos sabemos que eso no es excusa.
Como decía, uso a menudo el transporte público. Observo cómo ciertos hombres intentan compartir correctamente el espacio con las mujeres. Créeme, algunos lo intentamos. Pero no todos entienden lo que está pasando, nuestra época de transformación social. Creo que estamos haciendo historia. O más bien, disculpa, VOSOTRAS estáis haciendo historia. Así creces como hombre, con todos los privilegios, y eso aún prevalece: todos hablamos desde una machista “deformación profesional”. Nos apropiamos todos los méritos, todas las victorias. Sólo hemos sido un estorbo histórico, a estas alturas ya no me cabe duda. Disculpa la hipérbole, pero si no fuera por nosotros, podríais haber sido amazonas libres y poderosas, podríais haber creado un paraíso en la Tierra.
En el autobús y el tren, aún veo a tíos espatarrados en sus asientos. Alguno incluso busca conversación con las chicas. A veces me siento tan violento. En ocasiones he querido intervenir ante esas situaciones. Un par de veces lo he hecho. Nunca he esperado agradecimientos, sólo procuro refrenar a esos tíos (en cierto modo, a mí). Hay muchos hombres aún con carencia de aptitudes, de lecturas, de empatía. No saben que ahora los hombres tenemos que hacernos a un lado, dejar paso, y sólo apoyar, pero nunca dar órdenes o liderar. Cada vez que acudo a una manifestación feminista, soy una especie de paseante vigilante. Siempre veo a muchos tíos, y NO me gusta. Procuro controlar la situación. Quiero deconstruirme, pero sobre todo ser un buen aliado.
Estoy esforzándome. Estuve saliendo con una chica (aunque ya lo dejamos), y hace un par de meses di un gran paso en mi aprendizaje. Entendí muchas cosas sobre el mundo de los detalles, y cómo todos os van a la contra. Se podría decir que incluso el Clima es machista. Estaba en una terraza con ella. Fue la enésima vez que un camarero se dejaba llevar por el universo inabastable del micromachismo. Ella tuvo que alargar su brazo por enésima vez para coger la cerveza que me habían servido a mí. Y me cedió el zumo de naranja natural que yo había pedido.
Ella dijo:
–No pasa nada.
Pero yo estaba al límite. Llamé al camarero cuando ya estaba a punto de entrar en el local.
–¿Tú no puedes servir las cosas como te las piden? –le dije.
Me dijo que tenía prisa, que había muchos clientes, que lo sentía pero no podía ponerse a charlar conmigo.
No debería haberlo hecho, pero no pude refrenar el brote de evidente masculinidad tóxica. Me levanté y empujé al chaval. Cayó al suelo. Me corrían las lágrimas por la cara. Le ofrecí mi mano enseguida para ayudarle a levantarse. Le puse la bandeja en las manos.
Yo nunca he sido violento, pero antes no veía el mundo como lo veo ahora. Antes no conocía La Verdad.

No quiero alargarme mucho más. Esta noche tengo los sentimientos a flor de piel. He estado leyendo mucho sobre la necesidad de abolir la prostitución, y de acabar de un modo u otro con el porno. Hace ya dos años que no veo porno. Era un veneno que tenía dentro, como casi todos los tíos, y costó bastante sacarlo, sudarlo. Pero ya no lo echo de menos. Estoy procurando que todas mis acciones e interacciones sean sanas, evitando cualquier ademán tóxico. Estoy viendo en mi entorno, toda esta gran y nociva construcción social. Estoy dejando de comer carne y mejorando (espero) poco a poco como persona, como hombre auténticamente libre y privilegiado.

Perdona una vez más, todo esto podría malinterpretarse, sólo necesitaba desahogarme.
Quería recordarte la asamblea de mañana. Todes estaremos allí. Creo que será divertido, podremos conocer gente nueva, y creo que los hombres presentes tendremos la oportunidad de seguir aprendiendo.
Nada más, espero no haberte robado demasiado tiempo.

PD: Hace mucho que no veo a tu hermana. Me interesan sus ideas sobre la interseccionalidad en la discriminación. Anímala a que venga. Si quiere.

fghdfgh

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Pegar a un poeta

Hice un viaje en tren y en autobús y a pie. Iba a la presentación de un libro. Pero creo que al menos la mitad de misiones tienen un objetivo soterrado, el objetivo real. Dinero, amor o sexo, o puede que sólo sexo. No son objetivos incomprensibles, simplemente pueden sonar demasiado básicos. A menudo la poesía se usa para vestir estos básicos de algo noble. Me encanta leer, pero a priori no necesito a nadie para comprar y leer libros; y desde luego no me interesan las presentaciones de novedades. Aseguro demasiado el tiro a la hora de elegir las lecturas. Me guío según el mejor crítico, que en mi opinión es el Tiempo, o en su defecto por recomendaciones, a lo que sumo mi intuición, que incide en un mínimo porcentaje.
Si iba a la presentación del libro, era principalmente por M., una chica más joven y más preparada que yo, por la que ya había fregado el suelo varias veces Instagram mediante. Uno de los problemas de colarse en serio por alguien, es que el porno deja de motivarte. Tu último pensamiento antes de llegar, siempre va en la misma dirección. Es algo irracional, y por tanto auténtico. Si puedes dar una explicación fácil de por qué te gusta alguien, cuidado con llevar esa relación demasiado lejos, en el futuro podría aparecer una persona que te guste De Verdad. Y ahí nada más se impone; da igual que tengas ya un piso monísimo, una ideología “férrea” y un bebé estándar que se comporta como un César tiránico. No importa que hayas construido ya tu feudo de amor canónico, y que de cara a la galería todo vaya bien. Sólo cuenta lo que guardas de puertas para dentro.
Había visto a M. en contadas ocasiones, aunque habíamos hablado mucho en digital. Ni que decir tiene que tenía novio. Era un chico que había conocido en la universidad. Un buen chico al que odiar. Yo nunca le había conocido en persona, para mí sólo era el fulano que estropeaba la mitad de las fotos. Un muchacho de veintipocos, de barba abundante y perfilada, rapado por los costados y con un tupé a la moda. Un muñeco para la tarta de boda, licenciado y bien colocado. Un cromo repetido, supongo que relajantemente repetido para algunas mujeres. Un Tío Normal; ni muy aburrido ni muy gracioso, ni del todo previsible ni del todo original. El hombre consciente que proyecta responsabilidad. Un bebedor moderado de cerveza con una creciente dosis de izquierdismo específico (lo que se lleve en el momento) en su discurso. Alguien que en los noventa hubiese llevado una camiseta vieja del Che. El conocedor “profundo” pero parcial de la Historia.
Mi odio por él era injustificado, pero totalmente justificable. Soy un ser humano, y por tanto, aunque procuro no ampararme en las contradicciones, soy incapaz de excluirlas de mi forma de pensar y sentir. Si fuera una máquina, quizá sería una cinta transportadora de caja de supermercado. Algo sobre lo que colocar tus productos. En todo caso, seguro que no sería un cohete o un ordenador. Puede que un misil, o una impresora.

Presentaba libro un poeta de maneras más que de méritos, como pasa supongo con la mayoría de poetas. Están hechos más de lo que quieren ser que de lo que son. El chaval dejaba ir un tufillo a soberbia que comunicaba a través de una humildad ahora muy habitual, estrictamente basada en las formas. Era amigo de mi archienemigo.
Había leído cosas suyas en revistas digitales; me parecía poesía en la medida en que puede serlo un ramo de rosas el día de la madre. Protocolario, un exceso de desodorante sobre axilas sudadas. Se notaba el esfuerzo en cada verso, y el “chupádmela, soy feminista” salía a flote como un zurullo en un charco desde la portada del libro.
El tío llevaba un tatuaje en el cuello. Nunca me fijé tanto como para que no me pareciera la caca de Arale Norimaki.
Era sábado por la mañana, y qué demonios, estaba de humor. Tenía curiosidad por conocer al novio ideal, y al poeta, y puede que a algunos tipos modernos más. Quería reconciliarme en cierto modo con todo eso. Las chicas no me interesaban; sólo la que no estaba disponible.
Ese era el plan, y lo mandé a pique como está mandado.

El aspecto esencial inherente a la información es la Inexactitud. La información nunca es completa, y casi siempre está contaminada. Esto no es más que la vigésima vez que escribo sobre una experiencia en concreto. Se han cambiado los nombres y no se ha maltratado a ningún animal en el proceso. Pero creo que aún no he usado nombres, y bajo cierto criterio nadie maltrató a animal alguno aquel día. No voy a tener que describir más que mi relativa estupefacción ante mis propios dichos y actos.

Todo sucedió dentro de un centro comercial, en un apartado dedicado a presentaciones, firmas, actos, charlas y derivados. Llegué tarde, pero no como Marilyn; llegué tarde sudando, respirando hondo, mirando al suelo, procurando no tropezar, intentando no hacer ruido ni molestar, molestando y haciendo ruido.
Tomé asiento. Cuando me fijé en la pinta que tenía el poeta, se me escapó un “no me jodas” audible en un radio de al menos cinco metros. El flamante escritor estaba sentado frente a los presentes junto a una editora y alguna clase de mentor. Era rubio, parecía un niño, y su mirada denotaba un orgullo intelectual que debía estar mojándole los calzoncillos. Olía más a enchufe que en una tienda Apple.
Y que conste que no estoy en contra del enchufe, no al menos por defecto; cada cual usa lo que tiene. Pero no por eso deja de ser enchufe, con todo lo que eso conlleva.
El chico era una monada, enrojecía y se mostraba articulado en cada respuesta. Era mucho mejor actor que escritor. No dejaba de enjabonar a la editora y al mentor, con el que le imaginaba una relación de lo más guarra a espaldas de la mujer del mismo. Al muchacho le gustaba proyectar un halo de joven y apetecible erudición. Daba rodeos complicados y trufados de retórica y vocabulario rebuscado para responder las preguntas más sencillas. Era como ver a un portero lanzarse por los aires a por el balón más centrado, bombeado y fácil de atajar.
Yo no le conocía en absoluto, y por eso donde los demás se quedaban encantados o impresionados (o al menos lo fingían sin demasiado esfuerzo), yo tenía cada vez más ganas de coger cierto extintor y aplastarle la cabeza con él.

La presentación en sí se me hizo larguísima. A juzgar por todo lo dicho, estábamos ante el nuevo Truman Capote, una mezcla de Truman Capote, Edgar Allan Poe y Jane Austen, más unas gotas de Simone de Beauvoir y un pellizco de Margaret Atwood. (Y todos esos autores se nombraron, o que me caiga un rayo aquí ahora mismo.)
El chico tenía veintiún años. Yo con veintiún años tenía bastante con disimular la erección.
Una vez todos de pie, evolucioné por la sala, buscando caras conocidas. Vi a M. y la saludé. Luego conocí a su novio, y a su barba, ambos simpáticos y de mirada recelosa, lo que me complació bastante a decir verdad. No hay nada como sentirse una amenaza para según quién, aunque sea a pequeña escala; puedes llegar a entender a los dictadores, o a los bebés. Notas que, en parte, tienes en tu puño a alguien. Surge la tentación de provocar el caos. Pero lo mejor es no dejarse llevar, no apretar el botón rojo. Lo mejor es callarse. Cállate, sonríe, charla de forma neutral, y luego vete. Despídete de su barba cordialmente. Camina, y luego al autobús, y luego al tren. Eso es lo que hubiese hecho mi versión cuerda. Siempre he pensando que podría no ser exactamente yo, sino el doppelgänger. Estoy deseando pillarme por banda.

El poeta comenzó a disertar sobre el Atolón de Bikini. Servían alcohol. M. me escuchaba cuando hablaba. Fueron muchos factores, una cosa llevó a la otra, y siempre fue más o menos lo que pareció. Un observador casual diría simplemente que yo iba borracho, pero lo cierto es que el alcohol necesita materia prima con la que trabajar, algún pequeño o gran trauma. Si mezclas alcohol con obsesión, celos, narcisismo, egolatría, atracción animal, interés o cualquier otro rasgo incluido en el caballo de Troya llamado Amor, tienes la combinación ganadora. Boleto premiado para todos, para el pobre y para el rico, para el virtuoso y para el cómico. Queramos o no, hemos venido a jugar. Todo lo demás es ilusión de control.
Hicimos corrillo. M., su novio, el poeta y yo. Esperaba que sucediese algo así. La lógica es algo muy voluble cuando la razón se ha quedado en el campamento base. Mientras tanto, tú intentas hacer cima, abotargado, preguntándote por qué esa puñetera montaña otra vez.
Había tenido peleas de crío, pero nada más allá de los diez u once años. Luego me comenzó a caracterizar la pasividad. Pelearse daba tanta pereza como cualquier otra cosa.
El novio de M. comenzó a monopolizar la conversación. Me alegró saber que era incluso un poco más imbécil de lo que dictaba mi fantasía. Asentíamos a todo lo que decía, y de vez en cuando pasaba una chica con una bandeja, con más cava. Ácido de batería. Mis luces de emergencia se encendieron cuando llegó el “apagón” cerebral. Pero yo necesitaba más visibilidad. El poeta no tiene culpa de nada, pero quizá es mejor atizarle a él, pensé. No sé por qué, pero llevaba días barruntando la posibilidad de pegarle un puñetazo a alguien en la presentación. (¿Sería ese en el fondo mi objetivo?). Es la clase de evento, rumiaba, al que le vendría muy bien una agresión. Nada representativo, sólo puntual. Un poco de salsa para un plato habitualmente tan intelectual como seco; tan sano como insípido. Durante un par de semanas, desperté y me fui a dormir con esa idea, como si me estuviera enamorando de ella. Conocía la sensación.
No estaba decidido a hacerlo, sólo sonaba divertido, apropiado. Creo, pensé, que nos vendrá bien a todos.
Tendremos una historia que contar.
En principio el objetivo lógico de mi puñetazo habría de ser el novio de M., pero no me lo planteaba exactamente así. Podía ser él, no sería raro que fuese él, pero bastaría con que él lo viera. No había razón concreta alguna, pero nunca me había peleado de adulto, y pensé: qué coño.
Mientras el barbas hablaba, cargué el brazo, cerré el puño, y lo descargué con todas mis fuerzas contra la carita mona del poeta.
Cayó a plomo al suelo. Me quedé sólo un instante más, para ver la reacción de los presentes. El novio de M. levantó los brazos y enrojeció, sintiéndose amenazado. M. me escrutó con la mirada, ambivalente, como si acabara de regalarle una pistola y se preguntara por su utilidad.
El resto primero se alejó, y después se acercó a ver los desperfectos. Estaban horrorizados, mudos, encantados.
Había un médico en la sala, de hecho más de uno. El chaval estaba inconsciente. Le había desencajado la mandíbula, literalmente. Pensé en King Kong y los tiranosaurios. Mi mano se estaba hinchando, pero no me había roto nada. Me di la vuelta y caminé hacia la salida. La gente preguntaba qué había pasado, por qué, quién. Había quien me señalaba. Hubo a quien se le escapó la risa floja. Con el tiempo, hubo quien pensó que el muchacho se lo había buscado. No caía particularmente bien a quienes le conocían en profundidad, y esto no incluía a su editora, su mentor y sus padres. Se habló de plagio, de mentiras, de intereses. Se habló de lo capullo que era el niñato. Se habló mal de mí, por supuesto, y no poco, pero ni de lejos tanto. No hubo denuncias ni consecuencias, el libro tuvo ventas irrelevantes, y M. continuó con el barbas. Retomamos la conversación digital con fuerza. No me preguntó por la presentación, como si diera algo importante por sentado. Decidí que había elegido bien, aunque sólo fuera de casualidad. Quizá tenía un raro don para canalizar la violencia. Sólo un puñetazo, sólo pegar a un poeta.

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Esfera

Durante un tiempo pareció que mejorábamos. Que estábamos aceptándonos en nuestras diferencias y arrinconando el ego. Que entendíamos que merecíamos las mismas oportunidades unidas a los mismos deberes. Que tribalizar era algo torpe, rancio, y colectivizar algo sólo puntualmente práctico. Parecía que estábamos avanzando, porque el progreso era natural, y no sólo político. Porque nos comenzamos a reír de lo estúpidos que habíamos sido, en lugar de encauzar las energías hacía el revanchismo.
Y empezábamos a aceptar que existía ese trasfondo cada vez más evidente, la conciencia de que el mundo sólo es justo a veces, de que en muchos sentidos estamos maniatados y a la postre vamos a morir.
Luego, nos volvimos torcer. El pasito atrás clásico cuando se intenta atajar y forzar la mejora en curso. Cuando se pierde la perspectiva de lo que se había conseguido. Las personas saturadas de ego no están sólo en los despachos echando barriga. Los más tontos, narcisistas e intransigentes, pueden llegar desde cualquier dirección ideológica, formación o carencia de ella. La frustración personal debida a la propia incapacidad para afrontar la vida, siempre ha sido una fuente inagotable de “revolucionarios”. De colectivistas y buscadores de tesoros retóricos, palabras enormes con que tapar el propio error, la cobardía, pero sobre todo ese tipo específico de escalofriante mezquindad.

Escribía así en servilletas de papel, ordenando las ideas. No suelo quedarme en la barra del bar, pero ese día me sentía inquieto, ansioso y a la vez un poco de vuelta. Como diría un cursi, esbozaba pensamientos. Despejaba la mente, estaba nervioso, relajado, cachondo y a la vez convencido de que esa noche no se me levantaría. Se puede estar todo eso a la vez, y no es agradable.
Me esperaba lo que llaman una cita doble. Un semidesconocido tenía que llegar con dos chicas. Yo me había adelantado. Alimento la fantasía de que llegar antes a los sitios proporciona cierta ventaja. Nunca me ha funcionado, pero nunca he dejado de hacerlo. Mi sentido de la táctica es vocacional, nunca he pretendido forrarme con eso.
La cosa va de unos heteros aburridos, como casi siempre. El secreto está en que ser hetero no es en absoluto aburrido. Sólo es mayoritario. Ahora también se percibe como algo mainstream, o incluso amenazante. Si además eres hombre y blanco, habrá quien hable sobre ti como si hubieras estado pisando cabezas antes de nacer para robar tu condición. Da igual que te hayas pasado la vida salvando a focas bebé o cogiendo a perros asquerosos de la calle.
Generalmente, si hay algo que chifla a la gente, es practicar lo mismo que condenan en otros. Se amparan en ciertas bases ideológicas a priori indiscutibles, por lo que casi nadie se atreve a rebatir lo que surge de ahí por miedo al insulto. O mejor dicho: a la acusación grave. Hay gente que cree que si la idea es buena o bienintencionada, el desarrollo de la misma siempre será inteligente y sublime. Es la última gran fábrica de gilipollas.

Llegaron, pillamos mesa y nos sentamos. La chica que mi colega relativo se quería ligar, era delgada y rubia, y no me atraía especialmente. Tenía una conversación lánguida y monotemática (su trabajo). Quien a mí me atraía era su amiga, una “japonesa” de veinticinco años que no había pisado jamás el país de sus padres. No conocía ni Humor Amarillo. Admitía no tener una gran curiosidad por Japón, aunque decía que el viaje acabaría sucediendo. Tenía una cara preciosa, y esa piel que parece de cuento de hadas, de aspecto suave y delicado por más que acerques la vista buscando imperfecciones. Toda ella era como ver una flor extraña y colorida que jamás has visto antes.
Mi colega era un antiguo compañero del colegio, de primaria. Para tener compañeros de universidad tienes que haber ido a la universidad. Lo relacionado con la universidad tiene un montón de permutaciones, aunque antes había mas diferencia entre haber ido o no. El clasismo académico siempre ha gozado, como sea, de una gran aceptación. Las chicas las contactó sobre todo él. Hacía una semana nos habíamos encontrado los cuatro borrachos en una discoteca. Todos íbamos con distintos grupos de amigos. Quedamos para vernos otro día (yo con reservas). Nosotros queríamos follar, ellas, ni idea. No somos lo que se dice de machacarnos el cuerpo, excepto por el asunto de las calorías y la dejadez. Éramos dolorosamente del montón, ellas estaban en otra liga. Todo esto podría sonar superficial si no fuera porque incluso la gente más “profunda” se rige exactamente por los mismos principios de la atracción que todos los demás. Lo cual no quiere decir que estos sean los que siempre se dice que son. El canon físico es sobre todo un cuento.
En cualquier caso, ahora la biología no tiene muy buena fama. A la gente no le gusta admitir que no lo controla todo. Más bien deberíamos preguntarnos qué demonios controlamos.
La “japonesa” me hablaba de literatura japonesa, la cual sí le interesaba, pese a su escaso interés por pisar la tierra materna. No sabía qué pensar de ella más allá de lo evidente. Mientras nosotros continuamos charlando, mi colega y la rubia se fueron al lavabo a follar. Primero se levantó ella, le susurró algo a él, y a los dos minutos se levantó él. Todo muy sutil, ambos en el lavabo de mujeres. Conectaron con facilidad, a ninguno le interesaba el otro. Cuando alguien te gusta de verdad, es probable que intentes reprimir el impulso animal, quieres parecer relleno de racionalidad y proyección de futuro. No hay nada que me parezca más lógico y odioso (por falso) a la vez. Yo no sabía qué pensar de la japonesa, pero creo que ella tampoco sabía qué pensar de mí. Hablaba ella casi todo el tiempo, sobre todo porque yo no sabía qué coño contarle. En realidad, no sabía qué hacía allí, algo que me suele pasar con facilidad cuando no estoy solo.

La noche se comenzó a torcer, o a poner interesante, o a enderezar. No tengo ni idea, nunca he sabido leer bien los giros en una trama real.
No hace mucho de esto, aún no para contar en años. Salimos del bar y la “japonesa” nos dijo que la siguiéramos. Insistió. Mi pseudocolega y la rubia iban magreándose el culo mutuamente; yo ya no sabía qué esperar de la noche. Aún no sabía que, a cierto nivel, se convertiría en la noche más importante de mi vida.
Ninguno protestamos, se nos guió hasta las afueras de la ciudad, y luego nos vimos adentrándonos en un bosque con menos y menos basura a medida que avanzábamos. Nos alejábamos sin remisión. No se me ocurría qué opinar. No hablábamos. Íbamos algo borrachos, pero no tanto como para mentir sobre nuestra memoria al día siguiente. No recuerdo sentirme inquieto. Había algo en mi acompañante que hacía que todo pareciera apropiado y sólido, lógico dentro unos parámetros que sólo ella conocía. Podría haberme agarrado de la mano y saltar juntos al ojo de un volcán. Fuera de las aulas siempre fui bastante maleable, pero aquella noche mi inercia servil natural se multiplicó por diez.
No se trataba del sexo potencial, para mí ya no, ni tampoco de un sentido suicida de la aventura. Era noche cerrada y el camino se estrechaba. Creo que el colega y la rubia sólo pensaban en llegar a destino y retozar tras un seto.
Puede que el destino fuera un pequeño lago, un claro de paisaje agradable, algún tipo de lugar favorito de la “japonesa”.
Puede que, a fin de cuentas, sí quisiera follar, utilizarme un rato, pero no en un lavabo o una habitación cutre. Quizá quería que la recordara, ahuyentando la sequedad del sexo sin más. Lo cierto es que la recordaría, pero por nada relacionado con el sexo, nada de ideas básicas o cerradas. Íbamos a sentirnos de lo más mamíferos, sí, pero no por motivos que puedan encajar en sistema teórico alguno.

Llevaba tres servilletas de papel escritas con letra minúscula en un bolsillo trasero del pantalón. Un intento de aterrizar mis pajas mentales, de justificarlas. Aún creo que tanto los razonamientos más lúcidos como los más idiotas, parten de un paja mental. Le das vueltas a algo; el secreto para acertar (o acercarse) está en no excederse y caer en manos de la gimnasia mental, en ser capaz de trascender tu Ideología, sea cual sea, y lograr ser una Persona.
En ese momento no era consciente ni de llevar los pantalones. El bosque me atraía, procuraba no perder de vista el culo de mi pareja ocasional. Era un bonito culo, pero era la primera vez que miraba uno así sin que un solo pensamiento lascivo cruzara por mi mente. El culo solo hacía las veces de guía, y la luna llena nos permitía no tener que hacer uso de la cegadora linterna del móvil. Si encendíamos una luz tan fuerte, nuestra vista perdería la referencia de todo lo demás. Pasa en todos los ámbitos. Ni se nos pasó por la cabeza.
Caminamos más de una hora. No hubiera sabido volver solo a la civilización. Avanzamos entre árboles, abandonando caminos y encontrándonos en otros.
Llegamos a un claro, y el terreno se comenzó a accidentar. Cuando me quise dar cuenta, estábamos avanzando en el interior de una cueva. La “japonesa” nos pidió que tampoco encendiéramos el móvil ahí, que eso era vital. Mi semicolega y la rubia se metían mano y reían como críos de doce años. Entonces nuestra guía se quitó su propio suéter y lo lió y sujetó al extremo de una rama gruesa. Creo que había cogido la rama antes. Prendió fuego con su mechero a la pieza de ropa, y ya teníamos una suerte de antorcha. Seguíamos sin hacer preguntas, parecía que sabíamos siempre dónde pisar, y no porque esta chica “asiática” ahora casi imberbe nos guiara, sino porque ella parecía entender algo que nosotros no sólo no entendíamos, sino que tampoco podíamos imaginar. Algo nos estaba ahorrando los tropiezos. La realidad empezaba a manifestarse con más aristas de las habituales. En ese momento no podía articularlo, y ni siquiera pasado un tiempo se me da muy bien.
Comencé a atisbar una luz azulada, o verdosa, o blanquecina. Como fuere, una luz suave  y a la vez potente. Y llegamos, por fin, al fondo de la cueva. Al fondo del asunto.
No sabía qué hacer, y por un momento me asusté. Más bien pensé que era algún tipo de broma retorcida, y no quería acabar en la tele o en youtube poniendo esa cara de entretenimiento de mierda el día de los inocentes.
Había una esfera, aproximadamente dos veces una pelota de Nivea. Flotaba a un metro del suelo. La “japonesa”, que en el bar era de lo más parlanchina, ahora no quería dar explicaciones. Más bien actuaba como si eso fuera contraproducente. Había mucho que entender pero poco que decir. Sólo me cogió una mano, y me invitó a tocar el objeto. Irradiaba cierto calor, pero desde luego no como una estufa o una brasa. Era rugoso al tacto, pero carecía de filos con los que cortarse. Al principio era agradable, y luego cada vez me sentía mejor y mejor. Mi corazón se había calmado, y mi cerebro sólo se centraba en ciertos recuerdos y sueños, y sobre todo imágenes, las imágenes que me hacían flotar cuando hacía mi valoración más positiva del mundo y la vida.
La “japonesa”, también palpando la esfera, sólo dijo una cosa antes de volvernos a casa;
–Hay más, y antes eran mucho más grandes. Pocas veces se dejan ver.

Meses después, pienso en ese día prácticamente cada noche antes de dormir. Intenté hablarlo con mi colega light y su nueva amiga. Les contacté por Internet. Ellos no recordaban haber visto nada. “¿Una esfera azul que flotaba? Tío, qué colgado ibas”. Por si lo que pasó no fuese lo suficientemente extraño, me hablaban de ello como si lo hubiese soñado. Logré volver yo solo a la cueva. Fui una vez de día y otra de noche (dos aventuras patéticas y deprimentes, que no pienso desarrollar). Todo parecía en su lugar, excepto que no había nada más que tierra y rocas.
La “japonesa” desapareció de la faz de la tierra. Sólo compartí aquellas horas con ella, pero me siento abandonado. Es algo menos violento que enamorarse, pero más importante. Alguna vez espero poder describirlo mejor. Cada vez que veo a una asiática por la calle, necesito asegurarme.
La pasada nochevieja estaba casi seguro de haberla visto. Yo estaba en el piso de un colega, nos comimos las uvas, éramos unas veinte personas. Era un quinto piso, y salí a fumar al balcón. Como había hecho ya cientos de veces, busqué a la “japonesa” en mi móvil. En Facebook, en Twitter, etc., hice un barrido inútil. Otro. Creo que mi actitud guardaba relación con algo que no había entendido aquella noche, como si ella hubiera señalado algo, y yo hubiese mirado su dedo.
Me guardé el móvil en el bolsillo, aspiré fuerte el humo. Abajo vi a un grupo de chicas. Estaban a punto de desaparecer tras una esquina. Entre ellas habías dos asiáticas, y juro por mi madre que una de ellas parecía de verdad la “mía”.
Dije:
–¡¡Eh!!
Era muy difícil que me hubiese oído, pero se detuvo, aun sin localizarme. No sé por qué, no me atreví a decir nada más. Me quedé mirando, embobado. Ten piedad, pensé, llevo casi un año leyendo a Murakami, y me encanta, pero sigo necesitando respuestas cerradas, sigo siendo débil.
Ella buscó y buscó con la mirada, hasta que dio conmigo. Debía verme como poco más que una mancha a la distancia que estábamos, pero, fuese quien fuese, sonrió con dulzura. Antes de irse, agitó su mano derecha en mi dirección, y yo rompí a llorar.

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Casi nada en Budapest

Iba a Budapest porque tenía amigos allí. O eso era lo que le contaba a la gente. En realidad sólo conocía a un colega que vivía allí desde hacía unos años. Ahora tenía una novia de cristal y un trabajo de lujo para tiempos de crisis. Su Instagram era un collage de novia rubia, paisajes y oficinas. El perfil de alguien que cualquier día podría cortar a su pareja en pedazos y conservarlos en la nevera. Se había dejado una barba frondosa, perfilada. Ahora tenía ese aspecto calculadamente descuidado, como de mendigo que tras un golpe de suerte echara de menos en secreto su vida bajo el puente. Ni siquiera me caía muy bien, y tampoco llegué a contactarle.
Mi intención real era estar solo unos días en el extranjero. Era un plan vago, no estaba muy convencido de ello. Tenía más sentido salir de donde estaba que ir a donde iba.
Puede que a veces viajar no tenga que ver con huir, pero si eso te convierte en el turista medio, quizá sea mejor la tristeza.
Qué hice en Budapest. No tiene interés para el caso. Todo lo que se puede narrar sin matar a nadie de aburrimiento, pasó en el avión y en el aeropuerto.

En el avión me tocó junto a una chica que hablaba mi idioma. Viajaba sola. Era húngara. Traductora. Me dio conversación, preguntó que por qué Budapest. No sabía qué contestarle, así que intenté hacerla reír. Hago eso más de lo que es aconsejable, pero con la gente nueva es eficaz. Le comencé a hablar de mi colega emigrante. Con eso sí fui sincero, le puse a caer de un burro. Ella volvía a casa. Allí le esperaba un gato que le cuidaba la vecina. No dijo que no tuviera novio, pero me dibujó un contexto en el que se hacía difícil encajar uno. Generalmente, la gente con pareja pierde el noventa por ciento del atractivo para mí. Si además tienen hijos, procuro no acercarme a un radio de veinte metros. No siento que pueda aportar nada a quienes ya tienen su vida construida, y tampoco me seduce intentar desestabilizarles. Pueden ser como mucho una fantasía de paja de madrugada.
(Prefiero no desarrollar hasta qué punto esa gente se convierte en un importante emisor de condescendencia.)
Sin embargo, no hay nada que me parezca más atractivo que una treintañera independiente y sin pareja sólida.
Ella tenía curvas generosas y una cabellera lisa y negra, ojos claros y tez blanca. Cara redonda. Una especie de personificación real de la belleza del primer mundo. Sana, aparentemente equilibrada, y relativamente libre. Físicamente, estaba fuera del canon, pero seguramente dentro de las fantasías de la mayoría.
Me insistió por última vez. ¿Qué iba a hacer yo en Budapest? Le dije que, con suerte, casi nada.

Me quedaba clavado en sus ojos cuando me hablaba. Y no soy de los que mira a los ojos. Cualquier otra forma de interacción me resulta más cómoda. Se me puso la polla morcillona y llegué a mojar los calzoncillos al estilo preseminal. No viajábamos precisamente en primera clase. Así de cerca estábamos. Ella se abstraía en su discurso, con lo que yo podía observar con poco disimulo sus rasgos, la delicadeza, su lengua, cómo su saliva lubricaba. Como siempre, no se trata de todas esas cosas, sino de la propietaria de las mismas. Lo asqueroso se vuelve increíblemente excitante según la persona.
Como si me hubiera estado leyendo la mente, se puso a describir sus parafilias. Procuré tapar mi bulto con el faldón de la camisa. ¿Por qué hablo de todo esto?, decía. Parece ser que mi forma de asentir le era persuasiva. Tuve una profesora de mates a la que siempre le sorprendía mi bajo rendimiento en los exámenes. Suplía el desinterés en las clases con auténticas dotes de interpretación; abría los ojos con vehemencia, aparentemente interesado, y parecía estar atento a todo lo que contara el profesor de turno. Por dentro, en cambio, quería largarme, escurrir el bulto, barrer la mierda bajo la alfombra. Eso siempre se me dio bien.
Pero en el avión el interés era real. No sólo real, sino también físico, y dejaba mancha. ¿Por qué hablaba de sus parafilias? Creo que hice una broma tirando a guarra, ella la recogió, y cuando se quiso dar cuenta estaba hablando de lluvia dorada.
Entonces, muy poco antes de aterrizar, alguien se levantó de su asiento gritando en árabe.

Es la pesadilla primermundista más popular. Actualidad en estado puro. Somos tan dados al espectáculo que al principio no sabíamos si aplaudir o cagarnos de miedo.
Acto seguido, el avión comenzó a hacer extraños, de una forma aparatosa y violenta. Ya habíamos pasado por una fase de turbulencias. Fuera había una tormenta, seguramente mal pronosticada. La sensación era que ahora caíamos en picado. El ruido era tal que apenas escuchábamos los avisos sobre ponernos los cinturones y rezar (sí, rezar). Ahora había varios horizontes posibles: o una bomba que probablemente no era tal, o tortilla de pasajeros contra el suelo.
O qué.
El avión no iba poco cargado. Mi compañera y yo nos miramos. Se trataba más de miradas de desconcierto que de miedo. Puede que nos acostumbremos tanto a tener miedo con cosas que no lo merecen, que cuando tienes una oportunidad real no sepas de entrada qué hacer para la ocasión.
No tardaron en comenzar a oírse gritos.
Ahora era, este era el momento adecuado. Mearse encima, cagarse, llorar. Y yo que un minuto antes había estado fantaseando con que mi nueva amiga se me meara encima alguna vez. Por probar. Diría que normalmente la gente siempre es un tercio más retorcida de lo que está dispuesta reconocer.
Saltaron las mascarillas de oxígeno, como si pudiéramos hacer otra cosa que sujetarnos a los asientos y entre nosotros. El cinturón se me clavaba. No veía mi vida pasar por delante, sólo el asiento delantero, golpe a golpe contra mi cabeza. La traductora no lloraba, no gritaba, sólo parecía esperar. Eso fue lo que debimos pensar muchos: ha llegado el momento, y está carente de Literatura. Sólo caeremos y descubriremos qué hay después.

Nadie quiere pensar nunca que vaya a ser Estadística de una forma tan marcada. Estas cosas no te pasan a ti. Pero la verdad es que, de alguna manera, el avión se estabilizó. Y había un terrorista en el suelo, con un golpe que le vertió parte de los sesos en el pasillo. El sol inundó a topos brillantes el interior del aparato. Logramos huir de la tormenta. Excepto el terrorista y un par de infartos de la tercera edad, el resto no teníamos más que contusiones.
Ahora viajábamos con tres cadáveres y una historia extrema aunque poco original para contar. Casi morirse, en términos de narrativa a lo largo de la Historia, a priori es meramente anecdótico.
Claro, depende de cómo te lo montes.
Si el terrorista tenía compañeros de fe (y había al menos dos árabes más), se les quitaron las ganas de vírgenes y uvas.
No sabíamos qué decirnos. No sabía valorar el suceso. Lo cierto es que el asunto del terrorista tenía miga. La vida no está llena de casualidades que te salvan de un Dios. En ese momento, mi mente en blanco estaba más llena de ruido y colores que nunca. Nunca había sentido una paz tan escandalosa. Un alivio tan doloroso.
Por supuesto, ni nos cabía en la cabeza la idea de que aún pasara algo más. El comandante había soltado un discurso de razones y disculpas, y acabamos llegando a destino.

Salimos como muertos vivientes camino a la cinta que nos tenía que traer las maletas. Pero vi que mi compañera de viaje se desviaba con otros hacia uno de los enormes ventanales del aeropuerto. A lo lejos, una gran humareda e incluso un resplandor rojizo de llamas. El cielo estaba tapado, una oscuridad anormal para la hora. Me llegué hasta donde estaba ella. Antes de fijarme en nada, le pregunté si estaba bien.
Mientras yo dirigía la mirada hacía el accidente lejano, me dijo:
–Mira allí…
Me señaló a una persona. Vi a uno de los dos viejos teóricamente infartados.
Luego, vi al terrorista que había muerto, sentado y llorando en una zona de espera.
–Vamos a ver –me dijo ella. La resistencia de su naturalidad, o algo más.
Me sentía extrañamente calmado. Nos acercamos al joven árabe. Lo que en nosotros era Imposible, en él era Decepción. Mi compañera (aún no sabía su nombre) le puso una mano en el hombro. Comenzó a hablar con él, conocía el idioma. Podía ver de fondo luces de camiones de bomberos. La demás gente llenaba la terminal, y yo no sabía diferenciarlos a unos de otros.
Nos hicimos amigos de Adham, así se llamaba el chico. Yo hablaba con él por gestos.
Caminamos por las pistas. Él también se calmó, como si le invadiera la misma sensación de temple sobrenatural que a nosotros. Buscamos un gorro para él, no era agradable ver su cráneo vacío.
Ella se llamaba Imara.
Imara nos guió, tomó las decisiones. Aprendió por nosotros y exploró las nuevas posibilidades.
–Tenemos que irnos de aquí –me dijo.
–¿Por qué?
–Algo me dice que es lo mejor.
En ese momento aún no sabíamos que no era Algo, sino Alguien. Luego, lo primero que descubrimos, es que iba a comenzar a ser buena señal no tener demasiado que contar.

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Nada que contar

En teoría

Un día me caí. No es que me haya caído un solo día en mi vida; Dios sabe que mi infancia da para una antología fotográfica de moratones y heridas. Pero caerse de adulto complica las cosas. Sobre todo si pesas cerca de noventa kilos. Acababa de cumplir los treinta. Mi vida había sido hasta ese entonces un enorme montón de carencia de aventuras. Había estudiado mal y había decidido mal, había follado poco y había evitado a toda costa complicaciones, lo que en realidad es una fuente inagotable de complicaciones. A la gente le suele costar creer que no tengas un montón de anécdotas que contar a los treinta. Y puede que las tengas, otra cosa es que las quieras contar. Lo patético a veces sólo es patético, no todo gana encanto o gracia con el tiempo. A veces sólo ofreces material para la burla, ya sea esta más sutil, más a la cara o más por la espalda. A la gente le gusta el sexo anal sobre todo fuera del ámbito del sexo.
Caerse es una cosa, pero te puede hacer sentir más o menos ridículo según de donde vengas, según lo que hayas hecho antes con tu vida. Una caída puede desatar una llorera, una pequeña depresión (si las hay pequeñas), o puede ser simplemente causa de uno o dos rasguños.
Una caída puede ser un síntoma, o sólo un tropiezo.
Yo, aprovechando que ya estaba en el suelo, me fumé medio paquete de tabaco. Pero no quiero adelantarme.

Cruzaba un complejo comercial de madrugada. Estaba vacío. Era sábado por la noche, domingo por la mañana. Volvía a casa. Ya apenas salía de fiesta. Puede que un par de veces al año, cuando decir Sí prometía traer menos problemas que decir No. La libre elección está bien siempre que decidas lo mismo que yo. Esto pasa en la amistad y en la política, en la pareja y en la familia. El respeto goza de muy buena fama sobre todo en el ámbito teórico. Como ya he dicho, a la gente nos pirra dar por culo. Hay que tener cuidado con eso, porque aunque uno crea que no es así, es bueno acordarse de dar un paso atrás de vez en cuando. Siempre somos muy fieles al doble rasero. No nos lo hemos montado muy bien, pero eso es pienso para el Silencio. Calla y vámonos de aquí, calla y casémonos, calla y tengamos un hijo. Hagamos cosas simplemente por si acaso, por si más adelante nos arrepentimos de no haberlas hecho. Tírate, salta, nada, corre, pedalea, acaba el triatlón. Elige el ataúd más caro para papá.
Múdate.
Etcétera.
Cuando acaba una juerga nocturna, siempre siento ese bajón mezclado con cansancio y reflujo. El día de la caída arrastraba los pies. Estaba bastante lejos de casa, con el permiso de conducir en la cartera y el coche en ninguna parte. Podría detenerme en cada detalle, pero no acabaría nunca.
Aún no sé bien cómo perdí el equilibrio, precisamente por eso uno tropieza, y nunca para de hacerlo.

Blusa rosa

Cada cual alberga un gran punto flaco. En un mundo complicado y duro de narices, el punto flaco estrella de cada cual es su salvación y a la vez su condena. Si te gusta mucho algo o alguien, serás responsable para el mundo en la medida que logres obviar total o parcialmente aquello que te gusta. Lo que te hace levantarte cada mañana.
La gente con esto se va a lo fácil, piensan en drogas o vicios extremos. Pero no es necesario intoxicarse. Los buenos vicios, las costumbres respetadas, los sentimientos más nobles, las intenciones más puras… todo eso puede funcionar perfectamente como camino a la perdición.
El amor más irracional, y por tanto evidente.
Quieres que esa persona esté bien, pero quizá no te haga tanta gracia que esté bien con otro. Las contradicciones se nos dan fenomenal. Tenerlas, no gestionarlas.
Así, el punto flaco puede ser querer algo o a alguien. Como sea, querer es el motor principal, la gasolina esencial.
Aunque no querer nada tiene muy buena fama en ciertas religiones, quizá para crecer con ese punto de vista sea necesario haber nacido de una vaina con otro par de habas.
Ha de ser maravilloso crecer sólo con un punto de vista, en lugar de con necesidades.
Si creces en un entorno de humo y asfalto, con el tiempo comienzas a necesitar cosas, calor, consuelo.
Puede que también un buen montón de elaboradas mentiras.
Sinopsis reduccionistas. Ideología. Sectarismo.
La visión parcial con más potencia de fuego; emocional, intensa, fácil de vender. Ya que no vas a descrifrar los secretos del Universo (o de tu tristeza), podrás al menos montarte una historia de Buenos y Malos. Podrías relativizar y tener simplemente una opinión puntual entre elegantes silencios; pero quién quiere eso pudiendo convencerse de tener La Verdad.
Si tú no crees por defecto en esa Verdad, por cierto, te insultarán, se revolverán. Si algo ha puesto nerviosas a esas personas a lo largo de la Historia, es la variedad intelectual.
Antes eran sobre todo religiosos, pero ahora ya no necesitan un dios. El ateísmo ha ido encontrando sus propias fuentes de fe. Sus Biblias e ideas cerradas, sus propios discursos enrevesados y de sagrada moral doble; incluso sus símbolos. Se comienzan a irritar igual que los beatos con la naturaleza y la ciencia. Se parecen cada vez más a una cama con dosel. Otra vez esa forma devastadora de dormir.

Yo tengo muchos puntos flacos. Nunca encajé muy bien en esa dinámica sobre lo positivo que es lo que te lo hace pasar mal; lo que te adormece, lo que te esquilma, toda esa arbitrariedad académica. Eso es positivo, se supone, porque es una inversión de futuro. Sabiendo que iba a morir, me flojeaba un tanto esa tendencia adulta a tomar el presente por una trampa cuando es agradable.
Cada época tiene su punto flaco. A veces es una persona, a veces una cosa, y a veces una idea. Hay puntos flacos que se los lleva el viento, y otros que ya no se van.
Mientras estaba en el suelo, en medio del complejo comercial, pensé en quien yo sé, cuando se ponía su blusa rosa.
Era clásica (aunque no clasista), era dulce, y quería estar con alguien. Era lo que ahora ya no vende, y yo me volví loco con eso.

En eso pensaba, y comencé a fumar un cigarro tras otro. Si me ve alguien, deduje, no hay problema, pensará que soy un borracho. ¿Y no lo era? Es bueno ser consecuente con lo que se es, aceptarse y asumirse.
Pasó aún un rato antes de que me dejaran de doler los codos y las rodillas, los más afectados por la caída.
Qué desastre, pensé, y era un pensamiento autoinfligido. Siempre he tenido una relación más estrecha con el pasado que con el futuro. El futuro es un loco que habla solo en la otra punta del bar, que te gorronea cigarrillos y vomita sobre la barra. Culpadme por no querer tratar con eso.
El pasado no es necesariamente mucho mejor, pero al menos tiene sus luces aseguradas. Eso ya no te lo pueden quitar.
La noche anterior había soñado que Ella estaba embarazada. Su panza bajo la blusa rosa. Un oportunista, un buen chico de los cojones, la había embaucado, la había engañado hablándole de su estrecha relación con el loco gorrón. Le había descrito sus románticas ideas de hormigonera sobre el porvenir. Dejaba caer lo realista que era, lo preparado que estaba. Sincero hijo de puta.
Yo intentaba hablar con ella. No te fíes de su máscara. No confíes en su cuidada y frondosa barba irritantemente a la moda. No te dejes llevar por su aroma de clase media alta. No te conformes con sus catorce centímetros. No estás liada con sus simpáticos y jóvenes padres (por Dios, ¿a qué edad le tuvieron, a los trece?), sino con él y su complaciente pero a medio plazo aburrido y tedioso temperamento.
Pero el bicho ya se había colado en la nave. Cualquier día, saldría montando el habitual show del asco.
Es algo más que un punto y aparte. Si es una persona que te gusta de verdad, es la putada definitiva. El matrimonio tampoco es bueno, pero es reversible, y muy a menudo temporal. Pero un crío, un bebé, una criatura que será 100% dependiente durante años, que le chupará las tetas y la energía a su madre, que le quitará el sueño y puede que hasta el trabajo y el brillo de los ojos…
Eso te coloca en otro planeta. Adiós a la chica de la blusa rosa.

Levantarse

Amaneció en mi caída. Cuando había tropezado aún era de noche; puede que pasara una hora en el suelo. Comenzaban a purular algunos empleados de tiendas y cafeterías. El domingo hace mucho que no es el día del Señor. El descanso lleva décadas muy demodé.
Pensé en llamarla. Enseguida se me pasó. Hacía mucho tiempo (¿tres años?) que no nos veíamos. Incluso se había cortado el flujo digital. Obviamente había al menos un par de cauces por los que contactarla, pero la imaginaba ocupada teniendo una vida. La gente competente (o simplemente manejable) tiene esa mala costumbre. Durante unos meses te preguntas si Ella pensará en ti, pero cuando ya cuentas en años, te la imaginas currando el algo guay, riendo entrañablemente y follando con cuidado con un antiRomeo, alguien cuyo discurso se hundiría como el Titanic si no fuera porque la confusión de la compasión actual es óptima.
Alguien, una chica joven, me pregunta si estoy bien. Le digo que sí. No le convence el hecho de que siga tirado en el suelo, pero sigue su camino.
Queda poco, pero aún no es el momento. Se me ocurre lo buena idea que habría sido cascármela así, en el suelo, en la calle. Pero ahora ya hay gente; alguien podría llamar a la policía y provocarle un ataque de risa al loco gorrón.
Ha llegado el momento de levantarse.
Flexiono los abdominales bajo la barriga, intento incorporarme. El sol de agosto es abrasador. Veo que algunas personas me miran desde una terraza. Es más tarde de lo que pensaba. “Sí, estaba borracho”. “Sí, estoy jodido”. Mi mirada tiene que ser convincente. Como si supiera algo que ellos no saben.
No muy lejos, en una zona de aparcamientos, vi salir a una pareja de un coche. Ella parecía realmente Ella. El pelo negro y brillante, liso y largo. La sonrisa algo somnolienta, aunque también lo parecía a las cinco de la tarde. El tío que iba con ella era alto y llevaba unos tejanos y una camisa blanca. Un prototipo. Una cara generada a partir de un millón de caras simétricas. Y un cerebro parecido (o eso esperaba). El mío iba a toda leche, inventando excusas. Si ella me veía, seguro que diría algo. Mis pantalones no estaban limpios, mi pelo no estaba peinado, mi vida no estaba presentable.
Claro que era Ella, y claro que me vio. Al parecer iban a desayunar. Había un Viena, había unas cinco cafeterías, los multicines aún cerrados, y unas fuentes muy espectaculares y fuera de servicio. No es un lugar desagradable. Sólo es agradablemente artificial.
Ella no había ganado o perdido veinticinco kilos. Su imagen era inmejorable y su figura harto follable. No la Modelo, sino la Vecina, pero suelo preferir la vecina.
Cuando me vio, si se sintió incómoda, lo supo disimular sin esfuerzo. Vino hacia mí y sonreía de domingo por la mañana. Dijo algo que a la vez era saludo y a la vez pregunta.
Yo sonreí, dije:
–Nada que contar.
Lo que traducido era: Te Quiero Quién Es Este Fulano.
–Pues he venido con mi primo.
La típica casualidad. No me hizo confiar demasiado. ¿Hasta que punto está mal visto el sexo guarro entre primos? Seguro que no está bien visto, pero no se lee igual que cuando se trata de hermanos.
Le cuento que aún no he dormido. Que me he caído. Que me he quedado un rato en el suelo, fumando. Quiero quitármela de encima y a la vez casarme con ella tirándonos de un avión, bajo el agua, en La Vegas de Elvis y Marilyn, lo que haga falta. Procuro que los silencios sean significativos, que haya toneladas de exformación. Mírame, estoy en la mierda, a lo mejor, pero eres mágica. ¿Quería dar pena? Puede. Como fuera, el tío ya no era el Enemigo, sólo era un tío, y en general los tíos sólo necesitamos tener una anécdota en común para ser los mejores amigos.
Fuimos los tres al Viena. Ella reía, coqueteaba, creo que sin darse cuenta. No lo sé. El tipo era blanquecino y mustio, muy tranquilo y sin carácter aparente. Puede que coleccionara monedas o sellos. No te lo imaginabas apasionándose por nada. Era el Primo. Aparentemente inofensivo, gris por vocación, y puede que un futuro psicópata por elección.
Yo estaba silbando como una cafetera. Aquello fue el principio de algo. Sólo puedo decir que a veces no está mal levantarse.
Ella dijo en cierto momento:
–¿Tengo una mancha?
Porque yo no dejaba de mirarle la zona del vientre.
Circulen, aquí no hay nada que ver.
No hay nada que contar.

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El momento del corredor

Dónde. Quiénes

Si de crío fuiste manejable y estudioso, se trata de esos enormes almacenes que quizá veas desde tu coche, de camino a tu curro de alto perfil. Dentro de esos lugares hay un montón de trabajadores, de esos que sabes jerárquicamente inferiores. Yo siempre he sido uno de ellos. No me importa admitir cierto complejo. Por otro lado, no es que sea un guerrero de clases, pero sí soy cierta clase de guerrero. Esos lugares, esos complejos industriales, están repletos de guerreros de la aceptación. Aunque no lo creas, a veces ahí dentro pasan cosas emocionantes. El asunto no siempre va de lo que cuentan ciertas películas afectadas, europeas y condescendientes.
Por otro lado, lo más cerca que estarías de un Apocalipsis zombi, es que algunos de nosotros dejáramos de montar, clasificar y mover palés. Si nos cruzamos de brazos, nadie alimenta a los camiones; si nadie alimenta a los camiones, dejas de brazos cruzados a los reponedores; y si los reponedores sólo se dedican a fumar en el patio del almacén, tú no tendrás nada que llevarle a tu nevera.
Somos parte de la base. Así de fácil se puede desatar el caos. Los villanos de Bond siempre fueron demasiado rebuscados. Casi nadie sabe hacer ya nada más que no sea comprar. No sabemos sobrevivir, sólo ser sofisticadamente dependientes.

Cuándo. Cómo

Mi lugar de trabajo en ese entonces era tan grande como lo requiere la clasificación y envío de suministros a decenas de tiendas de todo el país.
Imagínate el turno de noche, entrar a currar a las diez y salir a las seis de la mañana. De lunes a sábado. Una sola tarde libre de verdad a la semana.
Eso te moldea el humor. Te conviertes en esa clase de persona.
Era ese tipo de empresa que mueve de ciudad a los trabajadores dispuestos viajar. Una mínima paga extra. Yo nunca pasé por ese tubo, pero sí vi a gente de fuera venir a apoyar la campaña de Navidad. No es que llegaran de lugares donde no había Navidad, pero a veces había que priorizar el esfuerzo en el Centro Logístico.
Por raro que pueda sonar, había bastantes chicas administrando, etiquetando y moviendo palés con carretillas. No éramos sólo tíos con un vocabulario de diez palabras y medio desdentados. Te parecerá asombroso, pero hay personas interesantes en todas partes, a veces incluso encantadoras; o hasta –agárrate bien– cultas. Y no lo digo a la manera asquerosamente condescendiente en que lo diría tu primo el ingeniero sobre sus abuelos. Me refiero a gente perfectamente capaz de expresarse y armar razonamientos complejos.
Mucha gente no sabe que el fracaso académico es a menudo menos una cuestión intelectual que adaptativa.
La gestión del miedo es algo en lo que profundizar, y no es que yo sea un experto. Lo que sí sé es que la motivación no siempre guarda una relación directa. Si eres lo que llaman adulto y tu única especialidad docente es el miedo, igual deberías mantenerte lejos de las aulas y cerca de los condones.

Quién

Esto es un terreno pantanoso, un lugar común casi siempre horriblemente previsible, a reventar de mala poseía y prosa nefasta. Saturado de lágrima fácil y sexo burdamente controlado. La literatura en torno al Amor es tan abundante como mediocre. Encontrar algo bueno, bonito o significativo sobre el tema, es mucho más difícil que lo de la aguja en el pajar. Se parece más a detectar a alguien capaz de un discurso propio. Hoy en día eso es una auténtica rareza, ya que no sólo abunda el discurso repetido, sino que además ahora se aplaude sin reservas.
El amor no pasa por su mejor momento. Hay personas que han decidido que pueden tomar medidas respecto a lo irracional. La militancia, venga de donde venga, siempre cree que puede embotellar el aire; que podrá venderlo como argumento. Ahora cierta militancia ha cerrado filas no sólo frente a la ciencia, sino también frente a la naturaleza. Ahora hay personas que no soportan la idea de ser carne y química con predisposición biológica.
Creen que pueden hacer que la gente sienta y quiera lo que a ellos se les antoje.
La ingenuidad ha tomado su forma más estúpida y agresiva.
Por suerte, y menos mal, eso aún no era así cuando la conocí a ELLA. Aún no estaba mal visto reconocerte ser humano. Fue a principios de los 2000, esa década que no parece tener personalidad alguna para quienes recuerdan los 80 o los 90. Yo estaba en una fase semivegetativa. Tenía veintipocos y me dedicaba a mirar al suelo y procurar no hacerme ilusiones. Era una vida que no tenía siquiera fines de semana decentes, algo a lo que nunca llegaría a acostumbrarme. Despertaba los sábados a mediodía, y eso era todo, esa tarde restante. Al día siguiente tenía que volver al curro por la noche. No tenía tiempo de descansar; y ni de puta coña tenía tiempo para desconectar. Intentaba ir al cine y leer, ver a los amigos a ratos, pero, no sé cómo definirlo sin aburrir, excepto que básicamente no había espacio para la alegría.
Era una vida sin tiempo de calidad, sin sexo compartido, sin proyectos de futuro. Una vida que me robó ese momento necesario de la noche, para dormir, o para leer, para escribir. Para intimar.
Mi vida era una mierda como un piano. No tenía nada que ofrecer, nada que contar y nada que ser.
Me movilizaba seis tardes a la semana a las ocho y media, para ir a pie el tramo de veinte minutos que había hasta donde paraba el autobús. Luego me zampaba una hora de viaje hasta la nave industrial. Seguro que te empiezan a cuadrar las cuentas. Aprovechaba el viaje para leer, aunque sólo en teoría. Había gente ruidosa, y no siempre luz a mano.
Cuando llegaba, iba hacia mi taquilla. No es que allí nada se pareciera a un instituto. En los vestuarios había banquetas y duchas. Fuera había pasillos, grises y funcionales. Y había un corredor que llegaba hasta el almacén propiamente dicho. No sé las medidas, pero aquello podían ser unos tres campos de fútbol. Todo lleno de estanterías para palés, altas y enormes, con espacio entre ellas para maniobrar con todo tipo de máquinas. No era una fábrica más, o sí, pero era un centro vital del sector servicios. Allí era donde se iniciaba la labor que hace que los pasillos de tu supermercado tengan ese aspecto colorido y relajante. Como si unos duendes, sonrientes y orgullosos, los hubiesen preparado para ti.
Mientras tú dormías, yo te paletizaba las próximas veinte comidas.
La jerarquía no se construye de acuerdo con la importancia de cada labor.
Recuerdo que por aquella época chateaba a diario con una universitaria. Ella se iba a ir de erasmus, estaba Viviendo el Sueño. Nos vimos puntualmente (aunque sin roce), ella me gustaba. Creo que por algún tiempo le llegué a gustar también. Creo que a mí nunca dejó de gustarme, y a juzgar por Instagram ella ahora folla con un pelirrojo barbudo en un piso la mar de cuco.
En la vida real, no había manera de conocer como es debido a nadie. Excepto a quien ya conocía. La gente suele elegir a alguien con quien poder salir a cenar o ir al cine de una forma relajada. Yo ofrecía sobre todo limitaciones. No era un buen punto de partida. Mi horario laboral coincidía directa e indirectamente con las horas principales de ocio, relax y descanso del resto del mundo. Cuando los demás se reunían, reían, tomaban algo y respiraban tranquilos, yo no estaba.
Pero estoy derivando un poco.

No hay tanto que contar, pero lo que hay necesitaba de no poco contexto, y requeriría desarrollo infinito. El estado de ánimo y la logística en ese punto de mi vida, son primordiales para entender cómo de intenso tenía que ser un sentimiento para trascender el hecho de que me había aceptado a mí mismo como zombi. Procuraba no sentir, no juzgar, no valorar y no planear. El futuro a medio plazo era sólo más palés y olor a cartón. Los sábados a mediodía, me recordaba inmediatamente a mí mismo que sí, era fin de semana, pero no para mí, yo sólo pasaba por allí.
Y por todo eso que parece me obstino en volver a explicar de otro modo, es por lo que ELLA fue importante. Relevante. Crucial incluso como fenómeno. Quizá una clave para explicar por qué tanta gente se resigna a tragar tanta y tanta mierda durante su vida.

Una noche bajé del autobús. Alguien me dijo que había llegado gente de fuera al almacén. Que iban a estar haciendo inventario. Chicas.
Mi respuesta fue nula, quizá una sonrisa torcida. Mis compañeros creían que era mi sentido del humor, pero era todo lo que sabía hacer cuando llevaba allí dos años. Asentía y procuraba no derrumbarme. A veces llegaba tan cansado y apagado a casa, que no tenía reservas ni para hacerme una paja. A veces pasaba una semana entera sin tocarme los genitales excepto para lavarme. No podía follar ni conmigo mismo.
Algunos sábados por la noche (que en mi caso se parecían mucho a los domingos por la tarde de todo el mundo), me hacía lo que yo llamaba: La Gran Paja. Lo cual no tiene mucho más que decir.
Así que habían venido chicas de fuera, iban a estar purulando con carpetas por los muelles, los camioneros dirían obscenidades y puede que alguno se llevara una patada en los huevos. No sería la primera vez.
No es que todas fueran jóvenes y lozanas, pero la mayoría de la gente que decidía “dejarse viajar” por la empresa, no era mayor, y raramente eran hombres, porque el trabajo más físico solía estar bien cubierto.
Me llegué hasta los vestuarios y me cambié de forma automática, resoplando, mirando al suelo y saludando mecánicamente a compañeros. Algo que había advertido, es que los más mayores, los casados y con hijos, los “atados”, los mediana edad, los veteranos, eran los menos depresivos allí. Algunos incluso parecían optimistas. Creo que era porque de alguna manera habían pasado el testigo de sus vidas. Como si ellos ya lo hubieran intentado (o no, eso ya no importaba) y fracasado, y ahora le tocara probar a su descendencia. Había algo lógico y a la vez retorcido en ello, como encontrarse cómodo en el limbo. Como tener la excusa perfecta, o aún más raro: un antídoto emocional contra la depresión del trabajo repetitivo, el horario esclavo y la conciencia de la eliminación del yo.
Esos tíos entraban al vestuario con un animo parecido con el que lo abandonaban al final de la jornada. Aunque a decir verdad, yo también, pero no precisamente con esa cara de satisfacción, o como mínimo plácida conformidad.
Ese día, como siempre, me puse los pantalones de la empresa, la faja de la empresa y la camiseta verde vomitona de la empresa; y me dispuse a atravesar el corredor que llevaba a la carencia de sorpresas. La faja era negra y funcionaba con velcro. Era obligatoria sólo en teoría. Si paletizabas ibas a mover mucho peso. Tradicionalmente, de ahí es de donde suelen venir las hernias. Si te ganabas una y no habías estado usando la faja, la empresa se desentendería. Y si no, también; pero eso es otro tema.
Iba pensando en ello mientras avanzaba por el largo corredor.
Ella entró en él desde el almacén. Caminaba hacia mí. Probablemente había subido por uno de los puertos. A veces la gente no sabe por dónde meterse en un lugar tan enorme, como si no hubiera una puerta de entrada, una recepción y hasta plantas de interior.
De entrada sólo veía un contorno. Luego me percaté de que era una chica. Después –todo desde pensamientos automáticos– decidí momentáneamente que no debía ser muy guapa. Primero tiras del canon; es después cuando llega la percepción personal. La chica no era canon, no era exactamente delgada, alta y contonenante, no era “femenina” al modo de revista que mucha gente cree es el único que nos a atrae a los hombres que preferimos las mujeres.
Cuando se fue acercando más, cuando pude ver sus rasgos y formas, se activó mi programa de gustos propios. Gustos siempre volubles y poco previsibles, aunque supongo que eso le pasa a todo hijo de vecino.
Llevaba el pelo corto, ni siquiera por los hombros, casi una especie de peinado de chico de los noventa. El pelo claro, aunque no rubio, puede que pelirrojo. Me gustaría ser más preciso, pero no se le puede exigir precisión a quien dice haber visto a la Virgen María, y para mí esto fue una experiencia parecida. Tampoco digo que lo que me atrajera fuese su aspecto virginal, como si la clave de todo esto fuese que yo me pongo cachondo con los colores pastel. Simplemente hablo de lo que para mí fue una visión.
Diría que no recuerdo apenas su nariz y su boca, porque sus ojos presidían su cara dando martillazos a discreción para que los miraras sí o sí.
Y eso fue lo que me pasó.
El problema de los ojos es que también te ven a ti. Es parte del éxito de los culos, es lo más asequible para el voyeur. Las tetas se encuentran en un término medio peligroso; no exactamente en la cara, pero aun así demasiado cerca de los ojos.
Lo que hice fue mirar como un bobo mientras nos acercábamos el uno al otro. Supongo que ella iba camino de las oficinas. Los primeros segundos su mirada se atenía perdida sólo a sus pensamientos. Pero era inevitable que se diese cuenta. No puedo imaginar qué debió pensar; quizá primero que yo la conocía, y a la postre que era un psicópata. En cierto momento, estuvo a punto de decir algo. Algo a modo de saludo. Pero creo que mi forma de mirar era mucho más que curiosidad. Ni siquiera era un rollo de salido. Eso fue lo que más la desconcertó. Nos aguantamos la mirada hasta estar ya el uno encima del otro.
Pero sólo metafóricamente.
Ella continuó hacia donde iba, y yo seguí unos pasos más, me detuve, y me quedé perplejo; perplejo conmigo mismo. No dejé de darle vueltas a ese momento en toda la noche.
El momento del corredor.

Ella sólo iba a estar allí una semana. Todo el mundo conocía esos tránsitos. Supe que tenía novio, allá de donde venía. ¿Narnia? Creo que Alicante. Es muy posible que no tuviera novio y sólo fuera una historia para alejar moscones. Esos siete días pasaron cosas no poco extrañas, aunque en realidad sólo accidentes. Obviamente, no fui el único que se fijó en ella. Creo que había chicas mucho más canon que no estaban entendiendo nada. Cayeron más palés de lo normal, e incluso una carretilla volcó durante esos días. Al parecer el chaval que la llevaba se cruzó con la chica. Giró el cuello de golpe sin darse cuenta de que estaba girando también el volante. No es tan fácil cargarse el centro de gravedad de un toro.
No volví a mirarla de ese modo descarado, y desde luego no hablé con ella. No tenía sentido. La gente que venía a echar unos días por la paga extra, tenía la mentalidad de quien va a un estanco a por tabaco: entrar, hacer, salir. Básicamente se relacionaban entre ellos, hacían gueto en el comedor y procuraban no buscarse líos.
Me llamó la atención la actitud de los veteranos. Como si vieran en la mirada de los jóvenes que la miraban a ella algo que ellos entendían muy bien. Algo me decía que tenía que ver con lo que les hacía afrontar ese trabajo gris casi con una sonrisa. Sólo algunos de ellos llegaron a cruzar palabra con la chica. Ella sabía que no le tirarían la caña, y ellos se sentían felices simplemente oyendo el timbre de su voz. Creo que eso les transportaba, les confirmaba algo vital. Yo no sabía despejar aún la x. Sólo intuía que todo aquello, aquella dinámica de magia inesperada, tenía que ver con el momento del corredor.

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Haciendo el obrero

Esperando

A menudo tengo sueños en los que estoy furioso. Me defiendo a gritos de acusaciones justificadas, lo que me pone aún más furioso. Quienes me acusan tienen toda la razón, así que grito y me encabrono cada vez más. Si no admites la culpa de entrada, es muy difícil recular, hay quien diría que casi imposible.
Espero a menudo de madrugada, al volante, aparcado frente a un comercio o nave industrial. Siempre recuerdo Drive, pero la vida real nunca tiene ese misterioso encanto. No soy El Conductor, sólo conduzco. No suele haber atracos sofisticados. Viviendo así, casi nunca ganas. Pierdes familia y amigos, tienes pesadillas; la mayoría de delincuentes son demasiado humanos para dedicarse a esto. También suelen ser demasiado tontos. El caso del criminal culto, inteligente y frío es casi un mito. La mayoría estamos perdidos y cagados. A medio plazo descubres que no era tan fácil ser un sociópata. Casi nunca actúas por valentía, sólo logras vencer el miedo unos segundos cada vez.
¿Cuál es el sentido? Es probable que haya poca distancia entre acabar siendo funcionario y acabar desvalijando cajas fuertes. Y no estoy ironizando. Hay decisiones muy importantes que se acaban tomando por inercia. Te dejas llevar, procuras no pensarlo mucho, no pensar en qué estás gastando la única vida que vas a tener.
Te empieza a caer bien Dios, o al menos esa idea. Te justificas, te dices a ti mismo que tú no matas, aún gestionas códigos morales. Hay cosas que no piensas hacer. Nunca currarás diez horas para nadie, pero tampoco te liarás nunca a tiros, no degollarás a nadie, tienes tus principios.
No eres violento, sólo eres lo que tu padre llamaba: Un Caso. Tienes el mismo carácter que a los dos años; que cualquier bebé que empieza a balbucear. Excepto en las formas. No babeas ni te cagas encima, al menos en principio.
Pero no se trata de que te lo hagan todo, o de no pegar palo al agua. La mayoría de gente no entiende el trabajo que conlleva mantenerse ocioso. La fortaleza mental que necesitas para sobrellevar eso. El hecho de no ser digno para nadie que se considere ídem. La superioridad moral de los que siempre se quejan, de los que buscan una excusa bien vista (la lotería, por ejemplo). Esa gente que realmente cree que el trabajo no vocacional es algo más que un mal necesario; que se construyen a partir de ahí, que dicen tener el poder de cansarse de las vacaciones, o el orgullo silencioso de no saber qué hacer si nadie les manda.
Un extraño y popular orgullo.
Salta la alarma. Casi todas suenan igual. Dos tipos tan maduros como bebés y tan valientes como la adrenalina les deje, salen a toda hostia y se meten en el asiento de atrás. Tienen las joyas.

Adrenalina

No soporto los gritos de triunfo. La adrenalina no actúa en ti de la misma forma que en los cacos recién salidos del horno. Sólo conduzco lo más naturalmente que puedo. Voy hacia el garaje cercano acordado previo pago. Ahí nos espera su dueño, cada vez uno distinto y amigo de nadie.
Apenas oímos las sirenas de la policía. Nosotros nos vamos, ellos van. Se trata de conducir como alguien a quien le espera una familia en casa. Has tenido un día duro en el curro; o aún peor, sólo ha sido un día más. Tengo práctica poniendo esa cara. Estuve no pocos años haciendo el obrero. Los cacos se esconden detrás, sólo ha de ser visible el conductor, nada más que otra hormiguita, acumulando dignidad para la entrevista con San Pedro.

Tele culona

El momento en que estalló todo. Aún hoy día no sé si era una prima, una prima segunda, o simplemente la hija de una amiga de mi madre. Lo juro. Pero no es que me importara; sé perfectamente lo que es sentir remordimientos, y aquel no acabó siendo el caso.
Nuestros padres conversaban a voces en la planta de abajo, nosotros nos fuimos a mi habitación. Creo que el problema era que ambos ya teníamos diecisiete años. El primer juego que te venía a la mente ya no tenía que ver con ningún tablero o videojuego. Éramos el árbol que crece o el río que fluye. Éramos el meteorito que se merendó a los dinosaurios. Nuestros padres cometían todos los errores del catálogo, no había un sólo tópico en el que no cayeran. Como creer que tu hijo aún es un crío; o que tu hija aún es virgen. Ella tenía más experiencia que yo, desde luego; ya había follado un puñado veces con un tío mayor. Le decía que tenía veintiún años, me dijo, como si hiciera falta. El pavo rondaba los cuarenta, iba por ahí todo el día con una tienda de campaña. En realidad era muy representativo; una fuerza más de la naturaleza.

Ella me lo advirtió antes desnudarnos, pero yo estaba demasiado preocupado por mi erección, por que la hubiera. Actué torpemente, no fui original, pero le eché ganas. En cierto momento ella me empujó, y vi salir el chorro a presión. Frente a la cama, apenas a un metro, tenía un televisor pequeño sobre un mueble viejo. Se empapó y los fluidos se filtraron por la rejilla de la parte trasera. Aquella tele tenía mas de diez años. Justo en ese instante, mi padre llamó a la puerta y entró sin esperar respuesta.
Mis padres actuaron según el manual parental de moda a principios de los noventa. Gritaron y me abroncaron, me dieron una buena tunda. Los padres de ella estuvieron semanas convencidos de que había sido una violación. Su hija no hacía esas cosas, era su hija.
La tele ya no funcionaba.
Al cabo de un mes de follones similares, me fugué al sillón de un colega.

Reparto de bienes

Cuando eres un delincuente y robas en especias, normalmente necesitas otros delincuentes para poder cobrar. Allí nadie quería joyas. Yo conocía a Bruno, él tenía contactos y sabía sacar el conejo de la chistera. Se llevaba un porcentaje. Nunca se me han dado bien los negocios, los tejemanejes. No comencé a robar para conocer gente o regatear. Lo quería sencillo, aunque al final nunca lo sea del todo.

Bruno dice que lo más importante si quieres dedicarte a pegar el palo, es no volverte codicioso. Y sobre todo no colectivizar, no meterte en mafia alguna, no currar para nadie. Currar para alguien se parece demasiado a llevar una vida corriente, pero en ese raíl sólo te echan del curro, te arruinan. Nadie te va a intentar matar si la cagas.
Bruno dice: Tienes que ir a tu bola.
Si confío en él es porque le conozco desde que aún se meaba en la cama, y de hecho no nos llevamos muy bien. Hay un férreo vínculo basado sobre todo en el interés; algo mucho más sólido que una amistad, que acaba lindando más fácilmente con la traición. Es más fácil engañar a quien confía emocionalmente en ti.
Además Bruno tiene su curro legal, pero a Bruno no le gusta que hablen demasiado de él.

Haciendo el obrero

No volví a ver a mis padres. Nunca me siento muy afectado con esas películas sobre reencuentros y sentimientos familiares a flor de piel, sobre ausencias y necesidades consanguíneas. Es decir, sí entiendo a los personajes, sobre todo al ver a sus guapos y comprensivos padres de ficción, o a sus gamberros pero atractivos y carismáticos hijos. Pero no veo en qué refleja eso la realidad. Si me cruzara con algún familiar o amigo de cuando era crío, sólo sentiría una intensa incomodidad. No tienes nada que contar cuando tu profesión consiste en evitar hacer el obrero.
Así lo llamaba un profesor que tenía, uno de esos simpáticos docentes de los noventa, asqueado, siempre con un discurso contradictorio y cargado de rabia en los labios. Su herramienta principal era la amenaza, y la amenaza era el futuro. O estudiáis o acabaréis haciendo el obrero. Os arrepentiréis, seréis unos desgraciados.
Por lo que sea, eso no funcionaba conmigo. Yo era uno de esos alumnos tocacojones que necesitaba sentirse motivado, no amenazado.
Si estudiabas, podías lograr un buen trabajo, aunque lo de «buen trabajo» da pie a un debate voluble. Antes la premisa era en cierto modo clasista; si eras reponedor eras un perdedor, si lograbas algún puesto administrativo y abstracto previa titulación universitaria, eras una persona como Dios manda. A medida que el paro fue subiendo y los buenos chicos con estudios tuvieron que reponer, un buen trabajo comenzó a ser simplemente tener trabajo.
El respeto que las personas te tienen, si te consideran inferior a algún nivel, casi siempre es un fingimiento elegante.
El esfuerzo intelectual hace la jerarquía laboral, y salirse de ese sistema de egos susurrado, esa lasaña de hipocresía académica, te produce no poco alivio. Tanto como para que la delincuencia siga siendo una salida para muchas personas poco interesadas en hacer daño. Como decía, hay muy pocos delincuentes cerebrales y con el pecho vacío, y la mayoría no han conocido nunca a un asesino.
De este modo, no se trata sólo se evitar hacer el obrero, sino también de no convertirte en el profesor. Ser mucho peor que todo eso bastaría, porque ser mucho mejor es algo que las personas cuerdas y con estudios (pero también con trabajos tediosos), no quieren que seas, y si está en su mano, es probable que actúen para evitarlo.
Sólo tienes que escucharles, ver cómo miran, estudiar cómo sienten.
Ellos, en el fondo, también hacen el obrero.

40 formas de decir nieve

Evitar las dificultades habituales sólo te lleva a afrontar otro tipo de dificultades. Cambia la jerga, el lenguaje, el contexto, puede que incluso el paisaje. Pero sigues siendo ojos y tripas, y tienes exactamente las mismas necesidades que quien madruga. Tú al menos sabes que Dios nunca ayuda, pero eres consciente de que eso no es una ventaja, no como tantas veces se dice lo es el conocimiento. Desde los margenes, sueles ver mejor (si te fijas) cómo funciona la máquina, pero vives una batalla constante por descubrir de qué te puede servir eso.
Tu sistema ético y moral ya no tiene nada que ver con el de los padres de la chica que te gusta.
Y tarde o temprano hay una chica que te gusta.
No sólo una chica con quien quieres follar, sino alguien con quien estar, a poder ser sin atenerse al socorrido sistema de intimidad basado en la idea (falsa pero efectiva) de una relación de sinceridad absoluta.
A diferencia del individuo que vive al margen, cuya relación con la verdad tiene que ver con hacer importantes ingresos en el banco del silencio, la ventaja del ciudadano al uso es que sí puede fingir que nunca miente.
Lo que tú esperas es que el silencio selectivo sea suficiente para la persona amada. Es casi una utopía, incluso siendo malos tiempos para el amor romántico.
Llegué a pensar que esa especie de frialdad ideológica que parecía estar empapándolo todo, podía ayudarme a conocer a alguien. Pero el mundo nunca funciona según parámetros ideológicos concretos; hasta las personas más supuestamente versadas en “construcciones culturales” y “relaciones tóxicas”, se pueden acabar enamorando al modo irracional de las novelas que tanto odian.
El final de la mayoría de historias es: No hay escapatoria. Sólo puedes elegir cómo te complicas la vida.
Quedé con una chica que, cuando intenté explicarme, me dijo que hay unas cuarenta formas de decir nieve en finés, pero que al final siempre es nieve.

Sanidad privada

Cuando descubres que la poli no se ha tragado tu cara de pan de empleado medio. Cuando te ves obligado a apretar el acelerador. Cuando, aun habiendo despistado a dos coches patrulla, te sales en una curva y das cuatro vueltas de campana. Entonces recuerdas que no tienes tarjeta de la seguridad social. Y eso sólo para empezar.
Heridas superficiales, pero un brazo dislocado. Uno de los dos manguis del asiento de atrás, casi ileso, nos ayuda a salir del coche. El otro tío pierde sangre por una brecha en la frente. Se queja de lo que le pican los ojos.
Este día fue crucial.
No sentí que volviera a nacer, pero sí gané perspectiva en lo relacionado a mi mundo. Lo noté ya mientras girábamos dentro del vehículo, con decenas de esquirlas de cristal rebotando e incrustándose por doquier. Yo al menos llevaba el cinturón puesto. Siempre fui cuidadoso para ese tipo de cosas, para los detalles. Te pones el cinturón, respetas los semáforos, regalas flores… No quieras saber qué cara puso la chica. Veintipocos, aficionada a arreglar el mundo vía Twitter. No volví a regalar flores, ya no funcionaba ni desde la ironía.
Nos atendió algo así como el médico oficial de los automarginados. Un tío que curraba en una clínica privada, pero que en casa tenía instrumental suficiente para sacarse un sobresueldo. Todo tan ilegal como eficaz. Creo que el tipo se sentía vivo con esas irrupciones de madrugada, puede que fuera un sádico hasta cierto punto. Me inquietaba el que su casa tuviera sótano.
Creo que sonrió cuando me dijo que mi brazo derecho estaba dislocado. Para él era una tarea muy fácil, y para mí en extremo dolorosa. Creo que se recreó recolocándome. Yo grité tanto y tan fuerte, que luego estuve cinco minutos escupiendo sangre.
Estuve días con el brazo en cabestrillo, con la cara llena de tiritas y la cabeza bullendo de ideas, unas terribles y otras luminosas y estúpidas. Todas sobre cambiar de vida.

El orgullo del herbívoro

Creo que lo que más me irritaba de la idea de abandonar el negocio, era la sensación de derrota, el orgullo criminal herido. Y también el hecho de que todo eso fuera tan tópico, tan previsible, la clase de giros que un guionista con cierta ambición descartaría. No quería convertirme en el típico delincuente reformado que tiene un montón de historias que contar. No quería ser la mascota de nadie; prefería ser el Malo para el pijo, y no su entretenimiento durante alguna cena vegana.
Todo ese proceso me revolvía el estómago. Pensaba en ello mientras mi brazo se recuperaba, y era la clase de dolor abstracto sobre la que sí sería interesante hablar, pero que los demás utilizarían para seguir alimentando sus jerarquías y egos. No hay que regalar jamás ese tipo de carnaza. La mayoría de gente hace un uso horrible de la información, y más cuanto más íntima sea la misma. La condescendencia se maneja ahora con múltiples grados de sutileza.
No soporto ver a gente arrepintiéndose en voz alta sentados a la misma mesa que personas que realmente se creen modelos de conducta.
No lo hagáis.
Que imaginen lo que quieran. Aunque piensen que has podido matar a alguien. Es preferible eso que darles la oportunidad de mirarte por encima del hombro desde una sintética humildad. Bruno tenía una opinión sobre esto –prometo no mencionarte más, tío–, lo llamaba: El orgullo del herbívoro.
Nunca lo desarrollaba, sabía que ese etiquetado de cosecha propia tenía la suficiente resonancia por sí mismo.
Me intenté visualizar viviendo en otra ciudad, conociendo a gente nueva, yendo a garitos, construyendo bromas internas, gestionando el pasado, remodelando constantemente el futuro… Una dinámica agotadora, porque ya no podría justificarme sólo ante mí mismo. No tendrían cabida mis gimnasias mentales, ni tan siquiera en pleno auge de la gimnasia mental, porque la aceptada ya veía el Mal incluso en la disposición de los elementos. Cada vez más gente cree que nada es casual, que todo es o bien buenas intenciones o bien maldad, cuando no maldad interiorizada (esto les encanta).
Me cuesta demasiado verme en ese contexto de bondad epidérmica.
No quiero alimentar el orgullo del herbívoro.

La disonancia

Sólo había una cosa (persona) capaz de hacer que intentara adaptarme a la rutina de mucho curro, poca pasta y amigos relativos.
En párvulos, cuando tenía cuatro años, solía revolcarme por el suelo delante de ella. No paraba de reír. Ahora tiene treinta y muchos y trabaja en una mercería. Paso no pocas veces por delante al cabo del día. Creo que ella no me ha visto nunca; o al menos no le ha dado importancia alguna. Estoy hablando de algo en lo que mucha gente cree más o menos como cree en Dios, nada o casi nada. Un sentimiento de largo recorrido; con sus altibajos, sí, pero siempre presente; en algunas épocas, lacerante, en otras, una letanía. Pero una realidad en cualquier caso, un ente omnipresente en lo que va desde mi cráneo a mi entrepierna.
Un ente ahora sin novio. Tengo mis contactos.
Hablo incluso de noches sin dormir. Una mañana fui a urgencias (aún podía), pensé que estaba sufriendo algún tipo de crisis de ansiedad, no había podido pegar ojo en toda la noche.
Me dijeron que pidiera el café descafeinado, y me mandaron a casa.
Nadie se toma en serio estas cosas. O sí, pero vuelven a fingir; lo convierten en miseria humana barata, chismorreos y crueldad de saldo.
Yo al menos he sido capaz de dar unos cuantos palos. Una madrugada atravesé una tienda de ropa entera con el coche hasta salir por el otro lado. Si quieres ser un capullo, al menos atrévete a llevarlo al límite. No te rebajes limitándote a anecdotizar lo que hace sufrir al vecino.
La única disonancia es ella, la fantasía de la prosperidad, la compañía en la vejez, la planificación de la viudez femenina. El ideal estrella.

Ahora

Lo que he hecho es meterme en Internet. No ha sido sólo cuestión de abrir Google, y no me apetecía pagar en un Cyber. Hace mucho que no hago cosas como contratar una línea y ponerme Netflix. No casa bien con desvalijar comercios y pasear en coche de madrugada. Es raro poder combinar ciertas cosas con levantarse a mediodía.
Me colé en la casa de la hermana de un tío al que había visto sobre todo encapuchado. Le di parte de mi parte en el último palo. La chica, ciudadana modelo, tenía algún tipo de curro móvil de alto perfil. En invierno procuraba largarse a climas más cálidos. Enhorabuena, iba a tener gemelos, su marido tenía perfil de ofrecerte su cartera si dejabas de afeitarte tres días y te acercabas a un metro. Había fotos de ellos por toda la casa, todo olía a tener una chica latina de la limpieza al menos dos días por semana. Todo lucía como luce el aburguesamiento de izquierdas; no muy ampuloso pero sí un poquito avergonzado.
¿Por qué meterme en Internet?
No sabía qué coño puede comprar uno en una mercería. No quería improvisar. Quería pillar algo que incluso me hiciera falta, tener un plan en el que soterrar un contacto directo con ella.
Sólo había un cabo suelto. Era probable que me atendiera su jefa, una mujer que rondaba los sesenta y debía salir con las gafitas en la punta de la nariz incluso en la foto del DNI.
Esperando el momento adecuado fuera del local, veo entrar y salir señoras que no entienden que a veces habrá otras personas que viven y consumen. Hablan y hablan mierda de barrio de la tercera edad, con lo que las clientas se solapan y no hay manera de que la pequeña tienda se quede vacía. Fumo un cigarrillo tras otro.
Lo que quiero comprar es cremalleras metálicas. Algo que no necesito pero que al menos no son pompones y borlas. Es una jugada estética. Lo menos desubicado que se me ha ocurrido.
Estoy mucho más nervioso de lo que lo he estado esperando en mi coche los últimos diez años. Más incluso que cuando algún caco novato me ha vomitado el asiento de atrás sólo de la tensión.
Después de una hora, el local por fin se queda vacío.
Pero aún no es el momento.
Espero un minuto y atisbo por el sobrecargado escaparte si la vieja se quita de en medio.
Vamos, vete al almacén.
Tienes cosas que hacer.
Movidas de ovillos para gatos.
Muérete.
Joder.
Ambas dependientas conversan y no parecen tener intención de dividirse las tareas. Decido entrar. La puerta es aparatosa y tiene una de esas campanillas escandalosas. Es imposible hacerse presente con discreción.
A menudo tengo sueños en los que estoy furioso. No soporto los gritos de triunfo. El momento en que estalló todo. Cuando eres un delincuente y robas en especias, normalmente necesitas otros delincuentes para poder cobrar. No volví a ver a mis padres. Evitar las dificultades habituales sólo te lleva a afrontar otro tipo de dificultades. Un día la poli no se ha traga tu cara de pan de empleado medio. Creo que lo que más me irritaba de la idea de abandonar el negocio, era la sensación de derrota, el orgullo criminal herido. Sólo había una cosa capaz de hacer que intentara adaptarme a la rutina de mucho curro, poca pasta y amigos relativos. Lo que he hecho es meterme en Internet.
Mi pasado lejano y reciente se apelotona en mi cabeza, creo que en mi nuca. La vieja, por increíble (o previsible) que parezca, parece leer la situación nada más verme entrar. Se larga al almacén y nos deja a solas. Mi obsesión desde la infancia me mira y me reconoce. Saluda y sonríe. No recuerdo qué coño quería comprar. Voy a tener que dar un montón de explicaciones, inventar un montón mayor aún de mentiras. En el futuro inmediato me veo haciendo el obrero.

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Nevar

El procedimiento de la hora del patio era sencillo, y la rutina duró casi dos décadas. Si no fueron dos décadas, lo parecieron; la infancia la recuerdo como un mundo ajeno y a cámara lenta. Una hora en clase parecía dar para crecer, conocer a alguien, encariñarse, formar una familia y aprender a odiar a tus hijos.
Teníamos profesores, por cierto, que tenían hijos aun sabiendo de la mierda potencial que se les venía encima. Puede que el suplicio sólo durara unos años, o puede que para siempre. Depende del churumbel que te toque. Lo emocionante de tener hijos es que es como una lotería macabra; no te los imaginas haciendo cola en el Inem, robando bancos o violando. Un amigo lo llamaba el mal de birrete. Te los imaginas lanzando el birrete.
Puede que en los primeros años el muchacho fuera un gamberro, pero luego se centró. El romanticismo parental.
La imagen residual de la familia numerosa y feliz.
Yo no era un gamberro, me limitaba al envenenamiento gradual. Las cateaba casi todas y era un santo en clase. Una anomalía. Y entonces aún no se culpaba a los profesores.
El procedimiento de la hora del patio era sencillo. Estábamos en clase, sonaba el timbre y salíamos a toda leche de clase. Yo siempre iba al lavabo con mi bocadillo aún con el papel de plata. Meaba, pasaba de lavarme las manos, desenvolvía el bocata, me lo comía con ansia (mi madre aprovechaba para colar el embutido que yo no quería en casa), y luego jugaba al baloncesto con el resto de marginados (al fútbol sólo jugaban los guais). Cuando te lo comenzabas a pasar bien, sonaba el timbre otra vez, y vuelta a la clase. Te sentabas agitado en el pupitre, y se reiniciaba de forma óptima la cámara lenta.

El día que vi nevar por primera vez, no fue distinto. O fue completamente diferente. Según cómo se mire. Tenía doce años. Recuerdo estar en mates, con el sudor frío infantil en la espalda (que no me saquen a la pizarra, que no me saquen a la pizarra…), mirando mi reloj, mirando mi reloj, mirando mi reloj. El reloj de pulsera era un producto de primera necesidad para el alumno medio. Los móviles los veíamos en la tele, y aún eran trastos.
Sonó el timbre y el ansia nos comió vivos otra vez. El profesor gritando deberes en el último segundo, todos a toda pastilla hacia el pasillo, hacia el pórtico, hacia el patio, a los lavabos. Mear y correr desenvainando el bocadillo, mordiendo y tragando un pan del día y una mortadela que odiaba. Hacía un frío como jamás antes lo había conocido.
Nos frenamos. No jugamos a baloncesto ese día. El cielo presentaba un gris opaco. Se percibía cierta electricidad en el ambiente. Recuerdo estar de pie, esperando, aunque no sabía muy bien qué.
Comenzaron a caer unos copos diminutos, haciendo eses, como si la hora del patio se uniera a la dinámica superlenta de las clases. Pero sin ruido, sin ansiedad, con la paciencia ineluctable del frío y sus consecuencias; a veces en favor de la belleza, otras en favor de la congelación y las amputaciones, y otras tantas ayudando a la muerte. La nieve era definitivamente algo nuevo.
Nevando a finales de febrero.
En las películas nevaba en Navidad.
No hubiésemos estado más fascinados si hubiese venido a vernos Superman.

Primer interludio

Nuestra profesora de Naturales se llamaba Pilar. Debía medir poco más de metro cincuenta y estaba embarazada de parir en cualquier momento. Creo que por edad entró de refilón en la maternidad biológica. Y estaba encantada, de hecho estaba fuera de sí. Pero nadie iba a decírselo. Era como si fuese a dar a luz al segundo advenimiento, pero sólo iba a tener un niño. Durante los nueve meses de tópicos sobre hacerse adulto, nos debió dar un par de horas hábiles de clase. Y no porque no viniera. Venía, y se ponía a hablar del milagro de la naturaleza que era el que ella fuese a ser madre. Nos habló tanto de ello que sólo le faltó contar cómo y dónde se le corrieron dentro. Parecía más un dibujo japonés que una persona, con los ojos enormes y brillantes de tan afortunada como se sentía. Nosotros nos regocijábamos en su autoalienación, en su clase no hacíamos nada, sólo procurar que no se nos escapara la risa. En el colegio no te reías con nadie, toda risa tenía cierto grado de burla. Era así como sobrevivíamos. Era inocente y era mentira que lo fuese. Era complicado. La infancia es una buena jodienda. En aquellos días parecíamos saberlo nosotros mejor que la autobendecida Pilar. No te podías creer que aquella mujer con tamaño de niña y actitud de pajarillo hubiese follado con nadie. Era la clase de cosas que susurrábamos en sus clases. El insulto estaba a la orden del día, no había docente o alumno al que no se le humillara o pusiese algún mote. Si aquello no era un infierno, era porque siempre había un par de alumnos a los que se les hacía bullying. El tiempo que se estaban metiendo con ellos no se metían contigo. Puede que de vez en cuando te unieras a los abusones, para marcarte un par de tantos. Ahora la gente se lleva las manos a la cabeza con eso, y no sin razón, pero lo cierto es que en el aburrimiento atroz y la reclusión de la educación primaria, es difícil que las válvulas de escape sean positivas.
Era a ese mundo al que Pilar traería un niño. (Con el tiempo pude verlo de pequeñín, heredaba la estatura y los rasgos de su madre: perfil de víctima; a no ser que su padre tuviese una mala leche de aquí te espero, y la llevara también en los genes). Ese mundo era parecido a este. Jesucristo 2 nacería, pero Pilar no estuvo mucho más tiempo en el centro.

Fin del primer interludio

Nos volvimos locos, abríamos la boca hacia el cielo. Un paréntesis blanco en la rutina gris. Quizá por eso luego tanta gente maneje ideas de extremos, están HARTOS del gris, en todas sus formas y significados. Abríamos la boca y casi parecíamos aún niños, y no sociópatas bajitos con el terror ya interiorizado al futuro. No pensabas que te estuvieras mojando, querías ver tu pelo blanco, la caspa obesa en tu chaqueta. Aplastar los copos con dos dedos. Reír como Pilar reía siempre, como de ocho meses y pico embarazados. Un milagro de la naturaleza. Todos los profesores en el patio, adustos y con media sonrisa. No había fútbol ni baloncesto, sólo la novedad de otro paisaje.
¿Pero dónde estaba Pilar?
Fuimos varios a recorrer pasillos, a buscarla. Era una oportunidad de oro para reírse de ella.

Paso atrás

Decir salvajadas era una de las gracias de la edad. Cuanto más bestias, mejor. No hablo de simples tacos, allí no había niños bien, sino más bien de barrio, el grueso esencial del colegio público. Paquetes que aparcar en aulas.
Cisco era el mejor diciendo salvajadas. Los fines de semana íbamos a las zonas donde nuestros padres no nos dejaban ir, cerros y descampados, monte bajo lleno de basura. A la caza de revistas porno. Las revistas guarras formaban parte de lo más llamativo que tiraban los adultos. También había colillas, y sobre todo jeringuillas. Todo parecían pistas de lo que podría suponer crecer. Aquello no nos hacía pensar especialmente, tampoco teníamos planes definidos para el futuro. Quizá la drogadicción fuera una salida, parecía tener éxito, pero a ninguno nos atraía la idea de pincharnos en el brazo. Fantaseábamos con fumar. Y desde luego con acumular porno.
Matorrales púbicos de principios de los noventa. Vaginas abiertas, penes enormes y venosos, que parecían sucios por la coloración de la piel. Capullos morados e hinchados. Sonrisas salpicadas.
Todo aquello era una gozada.
Sabíamos que era ficción, que eran actores al servicio de una fantasía, y por suerte los adultos aún no nos tomaban por más tontos de lo que éramos. Jugar era ficcionar, hablar sin filtro, escupir después de haber cargado bien de mocos el gargajo.
Estábamos perdidos, pero no éramos malos, como mucho el producto de un mal polvo.
Follar y Chocho eran nuestras palabras favoritas, y más o menos todo se ramificaba desde ahí.
Cisco se lució un día, y nuestras risas se oyeron por todo el barrio. La clase de Naturales nos inspiró.
“Me gustaría follar con una embarazada, y luego correrme en la cabeza del bebé mientras sale”.

Paso adelante

Corríamos por los pasillos gritando y tumbando papeleras, lo del nevar bien había de cambiar algunos semáforos del rojo al verde. Arrancamos papeles de paneles de corcho y destrozamos todos los dibujos premiados de la última vez que nos pusieron a competir. Nos metimos por corredores poco habituales, no pensados para los alumnos, zonas de oficinas y despachos con cerradura. Íbamos tres críos y dos niñas, las niñas formaban parte del grupo principal de abusones. Eran guapas y listas y malas, un futuro asegurado, en el que además las esperaba la nueva militancia feminista, que se encargaría no sólo de justificar sus futuras maldades, sino además de victimizarlas y convertirlas en material sagrado. Si te diera sus nombres podrías encontrar artículos de ambas, autocanonizándose cabecillas de una nueva religión que irónicamente se caga en las puertas de las iglesias. Proyectando un odio calcado al de los que critican, todo con increíbles gimnasias mentales. El día del nevar eran iguales pero sin Internet. Curiosamente, hacían buen equipo con chavales que de adultos se convertirían en gilipollas y machistas de manual, alguno incluso ha acabado zurrando a su pareja, creo que por no seguir pareciendo una animadora a los cuarenta años.
Golpeábamos todas las puertas, Cisco decidió mear en la de nuestro tutor.

Qué pasa con Cisco

Cisco era Francisco, igual que su padre y su abuelo. Creció en el mismo barrio que yo, padres inmigrantes igual que los míos (pero dentro de las fronteras del país, a salvo del discurso xenófobo). Apenas habiendo aprendido a hablar, ya íbamos por ahí en verano sin camiseta. Las reglas parentales eran más laxas, pero si te pillaban haciendo algo prohibido, te podían dar una buena tunda al estilo de los ochenta. Los padres y las madres de entonces, no toleraban la mierda de los niños más allá de los pañales. La única diferencia con los padres de ahora, es que los de ahora se quedan con las ganas de dar el bofetón. Si me preguntas a mí, no sabría decirte qué es mejor en el fondo. El discurso de violencia cero se compadece poco con las soluciones acaecidas a lo largo de la historia. Quién sabe si no tenemos luz eléctrica o avances médicos gracias a cien o doscientos tortazos en momentos bien elegidos.
A Cisco y a mí nos daban buenas palizas. Una vez, un día de boletín de notas, Cisco bajó a la calle y me dijo muy sereno que iba a matar a su padre. Yo estaba convencido de que no lo haría, pero sabía que lo decía totalmente en serio. En lugar de eso, se meó en los cajones de la mesilla donde su viejo guardaba papeles del banco, facturas e historias parecidas.
Cisco te meaba cuando se iba a los extremos, o muy contento o muy enfadado.
Mientras su padre le volvía a dar de hostias, él no podía dejar de reír. Dijo que se encogió en el sillón mientras papá y mamá pegaban ya con el puño cerrado. Lo cierto es que Cisco no acabó curando el cáncer.

El despacho de Pilar

Después de ver correr el pis, oímos un ruido evidente dentro de uno de los despachos. No tardamos en leerlo. Las cintas porno se movían hacía un tiempo entre clases, también las fotocopias porno de Bola de dragón. Había alumnos que ya tenían una colección importante de revistas porno. Otros se la estaban comenzando a cascar con la colección de su padre. Quizá tenía más sentido usar el porno de los papás que esconder el propio. Pero todos querían porno en propiedad.
Se oían gemidos, todo claro y cristalino. Alguien follando duro en el despacho de Pilar. Imagínate cómo estábamos. Nevar y follar, todo en el mismo día. Nos tapábamos la boca para que no nos oyeran reírnos.
Casi en éxtasis (nuestro), reconocimos el timbre de voz de Pilar. Pilar y su bebé ya formado se estaban cepillando a alguien. Era casi inmejorable, sabíamos que el marido era profe en otro centro. Nos preguntábamos quién sería el propietario del pene, apenas se le oía. Sabíamos que Pilar no era lesbiana, creo que incluso era un pelín homófoba, si es que se puede odiar localizadamente sólo un poquito. Descartamos pronto el que otra tía estuviese haciendo prospección en sus genitales. Pronto, de hecho, oímos los bufidos de lo que parecía un maromo de tomo y lomo. Cisco comentó que tanto rollo con el embarazo y los niños, y está claro que lo que a esta tía le gusta es fabricarlos.
El plan: abrir la puerta justo cuando parezca que uno de los dos se va a correr.
Obviamente no hubo que esperar mucho, y encima el tío dijo voceando:
–Me voy a correr…

Por qué sin cerradura

Pilar llevaba diez años en el centro. Cuando llegó el primer día, después de una entrevista de trabajo (tres días atrás) en la que el director acabó convencido de que podría tener sexo con ella (pese a que no le parecía muy atractiva), la condujeron a su despacho. No tenía ventanas, pero estaba bien equipado, a pesar de ser pequeño.
–Lo bueno es que puedes cerrar con llave –dijo el director.
Pilar frunció el ceño.
–¿Con llave?
–Sí. Es por seguridad, los críos pueden entrar y…
–Bueno, pero esto es un colegio, ¿no?
–¿Qué quieres decir?
–No necesito la llave. Si cualquier alumno quiere venir a verme, puede hacerlo, no tengo problema con eso. Y confío en ellos, de todas formas aquí sólo voy a guardar papeleo y…
–Exámenes…
–Confiar en ellos forma parte de mi trabajo, si no hay una comunicación fluida, sólida y… libre de llaves, las clases no van a funcionar.

Luz verde

Cisco agarró sin dudar el pomo, lo giró y… Una de las niñas le detuvo. Un momento, dijo, parecía un poco pronto. Y se escuchó a Pilar gritar.
–¡Córrete aquí, mancilla a mi bebé, mancilla a mi bebé!
¡Ahora!
Cisco abrió y el pene comenzó a escupir descontroladamente sobre la panza de Pilar. Estaban en el suelo, frente al escritorio, él sobre ella, visibilidad total. Era el profesor de gimnasia. No dejó de ordeñarse, pese a resoplar mientras nos veía desgañitarnos de risa. ¡Qué asco!, gritó una de las niñas, y no dejó de hacerlo en todo el día.
–Pero chicos –dijo Pilar, cambiando completamente el chip, como si no pasara lo que estaba pasando–, está nevando, ¿es que no queréis ver nevar?
Cisco dijo Pero en qué quedamos, ¿esto es un trío?
¡Qué asco! –y así todo el tiempo–, ¡qué asco!
Cisco –que siempre había sido regordete y poco atlético– miraba al profe y decía cosas como Tú estás casado, ¿no? ¿Por qué le pones los cuernos a tu mujer? Intentaba hacer el máximo daño posible.
¡Qué asco!
Fuera la tormenta de nieve apretaba, aunque aún no lo sabíamos.
El profe de gimnasia, aturdido, tardó como dos minutos en meterse la polla en los calzoncillos, mientras Cisco le miraba y no dejaba de decir cosas como Joder, yo la tengo más grande que tú. ¿Es que tu mujer no está buena? ¿Le has dado al bebé con la polla?
Cisco y yo aprendimos otra vez que la realidad siempre funciona de otra manera, aunque la panza estaba llena de chorretones. Pilar se puso de pie a duras penas, con la ayuda del profe. Cuando rompió a llorar, reímos aún más fuerte, porque la humillación no solía funcionar tan bien en esa dirección.

Nevar

Pasamos las dos clases que quedaban sin dar palo al agua, sólo mirando por la ventana y contando la historia de sexo guarro, de los cuernos y el mito caído, de la luz de Pilar, que se había vuelto oscuridad. La humillación había tenido proporciones medievales. Acababa de nacer una leyenda en el colegio, una que perseguiría a la profe de natus en cada centro al que acudiera. La tía que se folló embarazada al profe de gimnasia (futuro divorciado y despedido), con la cabeza del crío casi saliendo ya, con el cordón umbilical a punto de convertirse en juguete erótico. Este tipo de historias sólo saben crecer, como un virus, una gran jodienda a nivel personal, y una gran alegría para el chismorreo en un sistema educativo tan madurado que se había podrido. Ya que no podías aprender o interesarte, tenías que intentar divertirte, y ya no importaba el precio.
El timbre sonó a la una del mediodía, salimos lo más ruidosa y caóticamente que supimos. No recuerdo qué día de la semana era, pero aún quedaban dos horas de clase por la tarde. Y adivinad qué.
Eran de gimnasia.
Y adivinad qué más; el profesor se presentó.
Lo hicimos todo dentro del gimnasio del centro. Fuera la nieve había dejado impracticable el patio. Eran dos horas de clase, dos horas de Cisco hablando. El límite era su imaginación, y a pesar de no ser un buen estudiante, a pesar de no leer un libro ni de broma (tampoco lo haría de adulto), a pesar de ser un niño evidentemente limitado que se convertiría en un adulto triste. Aun con todo eso, cuando se trataba de hacer daño, su vocabulario florecía, su capacidad de proyectar dolor emocional hacía metástasis en el blanco que eligiera.
¿Ya le has contado a tu parienta que te has follado a un bebé?
¿Cuando se la metías a la de natus, el bebé abría la boca?
¿Te vas a quedar en el cole? Yo me iría.
Si el bebé es una niña a lo mejor está embarazada.
Mi madre tiene muñecas rusas de esas, ¿quieres que te las regale?
Fueron quizá las dos horas más largas para ese desgraciado, que no replicó, y las más cortas que pudiera pasar un niño de barrio en el colegio. Habíamos logrado acelerar el tiempo.
Por la tarde: más nevar. Nos tiramos bolas de nieve, nos intentamos hacer daño, apuntábamos a la cabeza, acumulábamos y hacíamos muñecos de nieve que poder patear, maltratar y vejar. Mira, Cisco, así follaba el de gimnasia. La alegría de la infancia en todo su esplendor. Follándote un muñeco de nieve, tirando nieve a los escaparates, yendo al puente que pasa sobre la autopista a lanzar nieve. Meter nieve en el jersey de la gente. Nevar y nevar. No puedo decir que guarde un mal recuerdo.

Y Daniel

Un par de décadas después, vi detenidamente a Daniel. Daniel era sólo como le llamaba su madre. Era Dani, sólo un Dani más. No había nacido para salvarnos. Sólo fue un alumno más en el tren y luego un coche más en el tráfico. Daniel no haría nada relevante. Con suerte lograría echar un par de buenos polvos y dotarse de la estoicidad necesaria para asumir que todo, incluso lo más bonito, se acaba convirtiendo en rutina.
Daniel tenía el pelo claro, y era bajito, pero finalmente acabó siendo un chaval más guapo que su madre.
Se puede decir que yo soy en parte responsable de que aprendiera a pelear. Daniel podría haber nacido en medio de un matrimonio a la antigua usanza, aburrido y duradero, soportable. Pero cuando nació, sus padres procedieron a separarse (algo les impidió hacerlo antes). Pilar no había cometido una infidelidad, sino muchas. El problema de la última, es que estuvo a dos pasos de salir en el telediario junto a las noticias de la nevada. La única razón por la que aquello no se viralizó globalmente, era porque aún no había Internet. Pero los que lo vivimos, ya fuera directa o indirectamente, No Olvidamos. Porque la vida también nos va humillando periódicamente, y recordar que aún no se ha jodido tu vida a cierto nivel, no deja de hacerte respirar con alivio.
Aún hoy, si quieres joderle el día a Daniel, sólo tienes que acercarte y comentar algo sobre el tiempo.
Todo el mundo lo entiende.
Para él nevó caliente; pero tenía un techo de carne.
Dos décadas después, como decía, lo volví a ver al cabo de bastantes años. Lo había visto de crío cinco o seis veces, con su madre, ella ya con otros ojos, otro semblante, probablemente aprovechando ya las cerraduras.
Pero esta vez él ya tenía veinte tacos, se estaba labrando un desastre como futuro chico de los recados para algún Don Vito del barrio.
Yo estaba un sábado por la noche esperando el metro para volver a casa. Estaba sólo, pensando en mi curro de mierda de almacén. Bajaron las escaleras desde la calle tres chavales. Parecían algo pijos, poco peligrosos, pero vinieron hacia mí. Reconocí enseguida a Daniel. El mancillado. Él no sabía quién era yo. Probablemente tenía un cacao mental informativo sobre lo que pasó, y cada vez se debían espaciar más las pullas que le lanzaban, pero conocía la historia. Más de una vez había tenido que oír que él era el único que sí era un copo de nieve especial, entre otras lindezas.
Me sacaron una navaja. Creo que Dani reconoció en mis ojos que yo sí sabía quién era él. Eso no le inyectó de rabia, sino que le hizo bajar la mirada en algún momento. No parecía tener un gran futuro como Hijo de Puta, aunque pudiera serlo a cierto nivel. Me quitaron el reloj y me vaciaron la cartera. Creo que no habían usado jamás la navaja, ni se hubieran atrevido a hacerlo.
Mientras se iban, Daniel miró hacia atrás para echarme un último vistazo. No lo pude evitar, me vio claramente dibujar con los labios:
–N-E-V-A-R.

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Breve historia sobre el presente

De muy crío, dormir era una decisión, normalmente de tus padres. De adolescente era un placer. Y ahora de mayor puede convertirse en un reto. Creo que siendo ya viejo incluso comienza a perdérsele el gusto.
Que la noche no te guste para dormir, no ayuda para encajar. La noche me parece mucho más interesante que el amanecer, que todas esas horas de luz cegadora, de tiempo productivo oficial. No hay nada más relacionado con el sufrimiento del trabajo servil no vocacional, que las diez de la mañana. He acabado odiando esas horas del día.
Sentimos por asociación, es todo lo que tenemos.
La tarde ya es otro cantar, el día se comienza a poner interesante. Todo esto funciona sólo potencialmente, porque obviamente puedes tener un turno intensivo de tarde o de noche, y todo se va al traste. Pero si tienes un horario medianamente soportable, comienzas más fácilmente a formarte una agenda anímica sobre cuándo es mejor dormir o hacer cosas, y en la que si te eres sincero, el trabajo para terceros no tendría cabida.
O sí.
Es curioso el pensamiento racional y “responsable” que impera en torno al trabajo. Y no hablo de dinero. Hablo de cómo mucha gente asocia el trabajo al equilibrio personal, de cómo se sentirían huérfanos si de verdad tuviesen todo el tiempo para sí mismos, sin nadie que les diese órdenes y les metiese un horario por el culo.
Yo personalmente nunca tuve problemas con el tiempo libre. Siempre me lo he comido con gusto, he untado pan en él y me he chupado los dedos. Y que conste que no soy un aventurero, no estoy cada dos por tres intentando lanzarme de un puente o un avión, ni siquiera soy mucho de viajar, prácticamente nada.
Tampoco tengo pasta, excepto para café, cigarrillos y libros de segunda mano.
Creo que un problema de base es que no sabemos ser contemplativos. Lo que la gente llama aburrirse. O budismo.
No das un paseo, vas a algún sitio.
No meditas, te duermes.
Se nos da fatal llevar a cabo acciones que no tienen una utilidad clara a efectos prácticos. La gente habla con culpa hasta de tener hobbies. Remarcan mucho lo de «hobbie», quieren dejar muy claro que no se lo toman muy en serio, incluso aunque esa actividad les defina mucho más que su trabajo, incluso aunque arrebatarles esa actividad les dejara al borde del suicidio. Pero sólo es un hobbie, claro; lo que de verdad valoran es madrugar y meterse en una oficina o un almacén…
La poesía de las diez de la mañana. Gastar tu tiempo de vida en parecer alguien como es debido. ¿No querrás parecer un vago?
A veces parece que hasta los ateos esperan ir al cielo.

Miradme, dicen muchos ahora, SUFRO. Siempre he pensado que la gente que sufre de verdad, no suele airearlo. La gente que se queja más, suele ser la que tiene una vida la hostia de cómoda, sólo con problemas muy puntuales. Se quejan o bien porque de verdad creen (o les han hecho creer) que tienen una mala vida, o bien por simple y llano aburrimiento.
Se convierten en mártires o activistas, o fingen haberse convertido. Son los virtuosos.
Los virtuosos me fascinan. Suelen tenerlo todo, y encima creen que el mundo de ahí fuera ha de ser una extensión de su salón.
Creen que quejarse de los detalles superficiales, banales o más discutibles, va a la raíz del problema, y cuando alguien les inquiere comentando desgracias más evidentes, presentes u obvias, se irritan, le gritan entre insultos que no entiende nada. No debes interrumpir la gimnasia mental, requiere de un esfuerzo que sólo conoce la militancia.
Los virtuosos más atléticos, hablan también en nombre de los demás. Si se rompen una uña, desarrollan un discurso sobre el sistema imperante pensado para que tú y los que gustáis de dejaros las uñas largas, os las rompáis.
¿No veis qué tan fácil es? Está por todas partes, en la tele, en las revistas, en las películas, en la suela de tus zapatos. Restos de uñas, más víctimas para engrosar la terrible estadística. Si relativizas o verbalizas otros problemas más graves (o que tienen otros), si mencionas que no es inteligente obviar la naturaleza cruel y caótica del mundo y el ser humano, te dirán que eres un uñófobo de manual.
Ni una sola uña más.
La utopía se ha convertido en un objetivo político. Y aún no hemos solventado ni lo de los viajes en el tiempo.
Muchas personas creen que las limitaciones son para los demás, y así lo expresan, con un pensamiento limitado.
Lo que tiene base o no, es anecdótico. Sólo importa al final aquello en lo que creas, y ahora sobre todo si eres ateo. Eres el nuevo creyente, reluces y te quiero, y siempre tienes razón.
Por eso es mejor no tratar mucho con militantes, sean de la índole que sean, tienen una idea extraña sobre el respeto. Propósitos increíblemente ambiciosos para la humildad.

Normalmente, la gente me da pereza hasta que la conozco. Pero a veces te encuentras con un gilipollas; con un macho alfa o beta, o con una entrometida victimista y sabeloputotodo. Ese tipo de gente, personas tan ajenas a todo o tan supuestamente comprometidas con todo, que ya apenas son personas. Es lo peor de todo, ser un cliché sin saberlo. Convertirse en un cliché de la ignorancia, o en un cliché político. Personas que fagocitan cada noticia, cada novedad, cada ruido, destilan todo eso y te sirven lo que aseguran la sangre de Dios, ya sea el cristiano o el ateo.
Para ellos, tan asentados en el lugar que creen correcto, sólo puedes ser comunista, fascista, neoliberal… o cualquier otra etiqueta que a su juicio te convierta en algo inferior. Saben que si pueden despersonalizarte, pueden manejarte. Los políticos siempre han hecho eso, y ahora también lo hacen los civiles que creen tener La Verdad. Una variante de moda de la ingenuidad más evidente. O simplemente mezquindad.
Esa mezquindad se contagia fácilmente, conlleva mucha ceguera, pero también mucha comodidad.
La dinámica religiosa vuelve como los ochenta. Cosas extrañas y pósters en la pared del treintañero avanzado, y el veinteañero más perdido de las últimas veinte generaciones. Resulta que el mundo era bonito pero también una mierda. Y que quede clara una cosa: Nadie nos habló de esto, o sólo lo hicieron los “fachas”.

De qué he estado hablando. Podrás ver la pared roja, las paredes, el pasillo. Puede que sea pintura, pero podría ser sangre. No veremos de qué van los colmillos hasta que topemos con la boca del lobo. Hasta ese momento, podremos quejarnos de que la silla chirría o del aire acondicionado. Jovencitos de cuarenta y bebés de quince. La crisis era de valores, de dinero y de pañales. Vamos por ahí todos cagados. La historia no comienza y encima va a tener un final abierto. Va a resultar que no elegimos qué ser y dónde nacer, y nuestra identidad potencial se la va a comer Virgilio, una vez se haya hartado de guiarnos.
Llegas al mostrador y quien te atiende no toma nota de tu condición. De repente tus logros no sirven para nada; tu tono de piel, tus genitales, tu lugar de nacimiento, tus quedadas, tus posturas, tus credenciales, tu valioso voto, tu fiesta de la democracia, tus argumentos afilados, la relevancia de la historia sobre los tuyos, lo significativa que es tu vida, tu bagaje, tu pasado, tu mirada inquisitiva a la pantalla del móvil…
Pero el ente tras el mostrador no ve nada de eso. Sólo ve el presente. De repente no tienes excusas.
Eso aumenta tu cabreo y tus razones comienzan a hacer abdominales. Quieres volver con tu grupo de apoyo ideológico. Quieres llorar, llorar es humano, llorar a todas horas. Tu salón, tu cocina, tu calle, tu ciudad: tus condiciones.
Entregas tus papeles y no te hacen justicia.
Se ha quedado una bonita mañana de martes en la Realidad.

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Pizzaplanismo

El intervalo desde que pides la pizza hasta que llega. Ese lapso de amistosa hambre, suponiendo que estés con amigos. Suponiendo que sean amigos en el mejor sentido, discretos cuando toca, divertidos casi siempre, puede que un pelín distantes, pero respetuosos por defecto. Personas con quienes podrás compartir un silencio mientras engulles, al estilo omnívoro, despreocupado y pasado de moda del placer despolitizado. Placer instintivo, como si sólo fuerais humanos, como si el resto de animales fueran por ahí comiéndose entre sí. Como si vuestra conciencia recientemente refinada no fuera la que delimita vuestros actos, y vuestra sangre no fuera horchata de arroz vegana.
Pizza barbacoa.
Como si el mundo no fuera algo pequeño, fácil y manejable. Algo que salvar, que no seguirá adelante cuando el ser humano se haya extinguido.
Pizza barbacoa como si no fuerais inmortales.

Alguien a quien conozco desde que la masturbación funcionaba con revistas, dice que las pizzas son planas. No esféricas como siempre hemos pensado. Le decimos que quizá está mezclando temas. No, murmura, ya está bien con ese rollo de la pizza esférica abombada. Nos han vendido una moto que rodó Kubrick. Alguien dice que las pizzas siempre están a la vista, no hay mucho que decir al respecto.
–Os burláis de mí.
–Bueno, van a llegar dos familiares en cualquier momento.
–No me interesan vuestro parientes. Lo que quiero saber es por qué sois tan obtusos.
–Esto se pone interesante. O todo lo contrario.
No recuerdo bien quién decía qué, puede que yo interviniera. Pero sólo había un “racionalista”.
–Las pizzas son planas. Hay cientos de pruebas que lo demuestran. Joder.
–Nadie ha dicho lo contrario.
–Puedo notar vuestra condescendencia, puedo olerla, podría cortarla, podría pintar un grafiti en ella, porque siempre usáis ese muro de contención.
–Claro.
–Para empezar, no tiene sentido una pizza esférica, porque es impracticable.
–¿Tu pizza se sostiene sobre cuatro elefantes? ¿Y esos cuatro elefantes están de pie sobre una tortuga?
–En serio, puedo notar cómo os burláis.
–¿No era al revés?
–Cuando llegue el pizzero, quedaréis en evidencia.
–¿Y cómo se sostienen los ingredientes en tu pizza plana?
–Hay bordes. Mucha gente se los deja, lo cual es indignante.
–¿Entonces no se vierten el tomate y el queso?
–No, no se vierten el tomate y el queso, habréis oído hablar de la consistencia.
–¿Cuánto queda para que lleguen las pizzas?
–Cuando lleguen lo veréis.
–Me encanta veros, siempre hay algo que contar después. Sólo temo que la violencia se desate.
–Sí, estáis con un pizzaplanista, se lo podéis contar a quien queráis, hablad de mí como vuestro mono de feria magufo.
–Lo haremos.
–Me da igual. Os daréis de bruces contra vuestra fábula, porque eso es lo único que es.
–¿Qué dan en la tele?
–En la tele hay algo que os podría interesar, se llama: programas de cocina. Nunca hacen pizza, obviamente, pero no os voy a dar la murga con la manipulación informativa.
–Sí que hacen pizza, pero la normal, la esférica.
–Vosotros reíros.
–¿Y dices que la pizza la va a traer Kubrick en moto?
–Mientras os reís, se acerca el derrumbe de un mito de la ciencia.
–Lo estoy deseando.
–Veis esferas donde sólo hay planos. Confiáis en vuestra percepción como quien confía en una serpiente.
–Quién me lo iba a decir, un pizzaplanista en el grupo.
–Te podrías callar la puta boca.
–¿En serio?
Suena el timbre de la puerta, pero no es el pizzero, sino dos rezagados.
–¿Eran los familiares? Cuando lleguen las pizzas os vais a enterar.
–Os cuento lo que os habéis perdido. Aquí nuestro amigo dice que las pizzas son planas.
–Oh…, entonces eres un… ¿pizzaplanista?
–Soy un pizzaplanista orgulloso de serlo, he comido y cagado centenares de pizzas, y ninguna era esférica.
–Uau.
–En efecto.
–Aún no nos ha dicho qué es lo que sujeta su pizza, si elefantes, tortugas, ídolos de…
–Evidentemente, con una mesa bastaría. Si con las pizzas alucináis, con la gravedad os faltará el aire.
–Eso querría saber yo, tu opinión sobre el aire.
–Si lo que insinúas es que vivimos en programa informático…
–¿Podría ser?
–Las pizzas son planas.
–Esto ya no tiene gracia.
–No es gracioso, es verdad.
–Es gracioso porque es verdad, esto no se lo creerá nadie.
–Lo que yo creo es que dais pena. Me dais pena. En serio, me dais pena.
–Escúchame, eh, las pizzas son esféricas, esféricas. ES FE RI CAS. Todas la vida han sido esféricas. Todos lo sabemos desde críos, todo el mundo lo intuye, y luego lo sabe, y lo ha visto de una forma u otra.
–…
–Eres gilipollas, eso es lo que intento decirte.
–Mírame a los ojos para decirme eso.
–GI LI PO LLAS
–Eso no, lo otro.
–La Tierra es esférica.
–La pizza… ¿Cómo?
–La pizza, digo, la pizza es esférica.
–¿Qué dices de la tierra?
–Nadie ha dicho tierra.
–¿La tierra o la Tierra?
–La pizza, la pizza.
–Sois unos malnacidos, en serio… llevo años pensándolo, nunca lo he dicho, pero creo que sois puta escoria, puta miseria esférica. Fanáticos con el cerebro lavado. Y eso os ha convertido en seres repugnantes.
Es entonces cuando el teléfono suena.
Lo cogió el anfitrión. Escuchó, escuchó y dijo:
–¿Cómo?
Y escuchó más.
Balbuceó algunas palabras inconexas y colgó. Dijo:
–Era de la pizzería, la chica estaba llorando. Dice que el pizzero se ha estrellado con la moto, dice que no sabe si está vivo, que le han dicho que estaba muy grave.
–¿Y las pizzas?
–¿Eres imbécil, pizzaplanista?
–Creo que os alegráis de la muerte de ese tío.
–¿Quieres que te haga tragar el puño?
–Te encanta, porque te has librado.
–¿Alguien entiende lo que está pasando?
–Escuchad… Mirad allí, allí y allí…
–Joder… ¿Cámaras?
–Claro que no, gilipollas. ¿A que no sienta bien?
–¿Quieres largarte de aquí, por favor?
–Joder, ¿te puedes creer que estoy un poco cachondo? Esto es casi mejor que tener las pizzas, porque os he hecho dudar incluso sin ellas.
–¿Dudar, crees que esto es dudar?
–Creo que un poquito sí, aunque casi lográis confundirme con lo de la tierra.
–Me siento mal de verdad, porque quiero pegarle, y no quiero pegarle…
–Me gustaría de verdad que me pegaras, que me hicieras daño, que te enfrentaras a ti mismo por una vez, nunca has tenido cojones.
Le hablaba al anfitrión, esto sí lo recuerdo. Nos echamos a un lado.
–¿Qué me acabas de decir?
–Que nunca has tenido cojones, porque siempre has pensado que lo sabes todo.
–¿Me lo puedes repetir, tarado de las pizzas, tonto del culo?
No tienes cojones. Sólo tienes cosas. No has hecho nada de verdad en tu puta vida. Jamás has tenido un pensamiento propio. Repites lo que los otros dicen igual que repites los chistes que oyes. Nos tienes cojones, no tienes ideas y no tienes ni puta idea de lo que haces.
–¿Y si te pego una hostia?
–Sólo te tranquiliza el que mucha otra gente hace y dice lo mismo que tú. Exactamente lo mismo. No ser nadie te encanta, te tranquiliza. Ser mediocre es lo que hace que te corras, no son las tías, ni los tíos, ni el porno, ni los críos. Ni siquiera eres un desviado sexual. Y no te enteras de nada; ¿sabes cómo hablan de tu madre todos estos?
–Este tío quiere que le hunda la cara de un rodillazo.
–La verdad es que yo también hablo de ella a menudo. Si pienso demasiado en ella acabo teniendo que fregar el suelo.
–¿Quieres que te pegue? ¿Eh? Porque si empiezo ya no podré parar, hijo de…
–No te preocupes, es algo humano, tu madre está… en fin, es como es y hace lo que hace.
–¿¿De qué coño hablas??
–Ella, por cierto, está de acuerdo conmigo.
–¿¿Qué??
–Que tiene mejor percepción que tú. Explicadle cuando husmeáis por ahí buscando una cinta en la que ella esté follando…, ¿no os atrevéis? Confieso que a mí también me gustaría verla.
Agarran al anfitrión, le dicen: es mentira, sigue con su rollo de las pizzas, sigue desvariando.
–Las pizzas son planas, y tu madre es como es. Por eso quería la reunión hoy aquí, ¿no habéis notado que insistí un poco?
El anfitrión parece romper a llorar, dice: no entiendo nada, no entiendo nada, no entiendo nada…
–Ninguno lo entendemos –dice otro.
–Nuestra amiga la realidad.
Suena el teléfono. No sé quién lo cogió.
–El pizzero ha muerto. Joder. ¿Tenían que llamarnos para informar?
–Al principio me notaba incómodo, pero ahora siento que las cartas están sobre la mesa.
–¡Cállate, pirado!
El anfritrión grita, se hace un ovillo en el suelo, los demás le rodean.
–Nunca ha habido menos ironía aquí, con vosotros, es relajante, aunque ha costado llegar a este punto. Ni siquiera tengo hambre, y debería tenerla.
–¡Cállate de una puta vez!
Y alguien dice:
–Tío, yo de ti me iría a casa echando hostias.
–¿Lo notas? –le dice el pizzaplanista al anfitrión–, es el tono, antes estaban crispados, ahora comienzan a tener curiosidad. Creo que esto les comienza a divertir. Esa línea es muy fina.
–¡Eres un puto desgraciado!
–¿Y todo esto por mentar a tu madre? ¿No te pitaban los oídos, joder?
–¡Soltadme! ¡¡Soltadme!!
–Creo que lo que todos tenemos en común aquí respecto a ti, es tu rollo de anfitrión, eso que haces incluso cuando no estamos en tu casa. Cuando tu novia te dejó, salimos a emborracharnos, lo disfrazamos de cumpleaños.
No sé quién empezó, pero mientras dos sujetaban, otros dos se pusieron a buscar. Yo me quedé quieto. Sabía lo que buscaban, comenzaba un proceso de humillación desagradable, pero que no me quería perder.
–Muchas veces es difícil saber cuáles son los mejores cimientos para la sinceridad, para que la sinceridad florezca, parece un reto para el materialismo dialéctico.
–¡Hijo de puta, soltadme, qué hacéis!
–Te prometo que todo esto no estaba planeado, pero no te preocupes, yo soy el segundo que peor les cae… Todo esto ha durado muchos años ya. Creo que es eso.
–¡¡Cállate, joder!! –llorando, retorciéndose en el suelo.
–Por cómo hablas, parece que conoces a tu madre mejor de lo que creía. ¿Sabes lo que están buscando otra vez, ¿no?
–¡No hay ninguna cinta, joder!
–El problema es que saben que la hay, cuando tu hermana habla es como el sida en los ochenta. ¿Dónde ha ido hoy, por cierto?
–¡¡Dejadme, joder!!
–No llores, ahora parece que se va a acabar el mundo, pero sólo es un poco de… pizzaplanismo. Quién iba a decir que esto tendría nombre.
–No entiendo… no… ¡Joder!
Alguien dijo:
–¡Hemos encontrado cintas!
–Uau, en plural…, ¿lo has oído, anfitrión?
En algún momento mi mirada se topó con la de él, mientras lloraba y nos preguntaba qué pasaba, por qué le estábamos haciendo eso. Mirarme era como intentar ver a través de un cristal opaco cuando detrás está la respuesta. Era verdad que él era irritante, nos había manipulado toda la vida, y se había burlado cientos de veces, como si fuéramos sus drugos, como si él supiera algo que desconocemos. Nos había enfrentado entre nosotros, había enfrentado a chicas entre ellas para ligar, manipulaba, se jactaba, y por supuesto follaba más que nadie.
Por primera vez, no tenía la vida cogida por los huevos.
En casi todas las cintas, mamá ponía los cuernos a papá. Cuando pensamos que la coprofagia era el límite, en la última grabación los amantes se provocaban el vómito. Conocíamos de vista a algunos de los tíos, como el cartero habitual de la zona, como el manitas del barrio, que a menudo cobraba en negro. El porno de la vida real. O quizá era que el porno se parecía más a la vida real de lo que el discurso ideológico de turno sabía aceptar. En esos videos no había roles ni representaciones, sólo un ansia brutal de desahogo, personas dándose permiso para dejar de fingir. Dos integrantes del grupo se llegaron a masturbar mirando. Otros dos ataron al anfitrión a una silla, cuerda de tender. Lo pudo ver todo. Eso era lo mejor, nadie estaba soñando. Puede que fuese una sobredosis de certezas o realidad, ¿pero no es eso lo que mejora las cosas: la verdad? Supongo que no siempre, no es que estuviésemos aprendiendo nada.
Nadie lo contaría, y eso bastaba. Unos por vergüenza, y el otro por más vergüenza aún.
–Quiero deciros algo –dijo el pizzaplanista–, pero es probable que no volvamos a vernos.
No le faltaba razón.
–Sólo os adelanto un consejo: Dejad de añadir queso a la piña.

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