Elfos

El bosque, como siempre, sigue luminoso y verde eléctrico por doquier. El sol se filtra de tal manera por entre las ramas y el follaje, que casi te entran ganas de llorar de felicidad. Es el entorno élfico, intocable, blanquecino, puro, al margen. Una veintena de habitantes del lugar, elfos y elfas adultos, algunos a caballo y otros a pie, avanzan con seguridad, elegancia y dulce parsimonia entre árboles y riachuelos de ensueño, surcando el espeso y poético paisaje. Senda inspiradora de mil canciones. Barbilla alta, piel blanca y sana, ojos felinos, cabellos largos y finos y sedosos, silencio, plácida contemplación. No hay prisa. No hay muerte.
Los jóvenes Erundur y Othar van sobre sus monturas, algo rezagados. Alzan la barbilla, el cielo brilla, la hierba reluce al paso de sus caballos. A ratos flota una suerte de polen brillante. Ha de ser alguna hora placenteramente cegadora entre la mañana y la tarde. Alguna nube despistada surca el cielo, y hace resaltar un poco más la belleza del momento; el tiempo también reluce, pasa suavemente inadvertido.
Entonces Erundur susurra:
–Me duele el cuello…
–¿Cómo? –dice en voz baja Othar.
–Que me duele el cuello…
–Pero…
–Me da tirones, me levanto dolorido por las mañanas…
–…
–No sé qué hacer…
–Pero tu cuello es… hermoso, Erundur.
–¿De qué me hablas?
–Tienes un cuello suave, fuerte y prístino.
–Othar…
–Fíjate, las mariposas abundan en esta zona, son como las amas de llaves del lugar: no puedes deleitarte sin su permiso…
–Othar. ¿Quieres escucharme…?
–Por supuesto que sí, amigo Erundur. Dime.
–Me duele el cuello. Y… no sé de nadie más por aquí que…
–Seguro que no es así, Erundur, seguro que es solo una mala idea atravesada en tu mente. Se irá.
–No es una idea, Othar, es una contractura muscular, estoy bastante seguro…
–Pero Erundur, nuestra estirpe de elfos no ha entrado en batalla en largo tiempo. Solo estás confundido, solo necesitas mirar a tu alrededor y tomar aire. Pronto llegaremos al lago.
Las mariposas se cruzan en la trayectoria del grupo, dejando un halo de hechizante majestuosidad en la…
–Pero Othar. Es que me duele de verdad…
–Erundur. Solo son tus demonios; solo son malos pensamientos.
–Yo creo que es una hernia, Othar.
–Erundur…
–Othar…
–Erundur. Nosotros nunca hemos luchado; son tiempos de paz. Estás incubando algún tipo de delirio leve. Solo necesitas una buena noche de sueño.
–Pero y si un…
–Erundur. Estás impacientando a mi caballo…
El grupo avanza hasta llegar al claro del lago. El lago brilla. Tiene un brillo propio, casi nada que ver con los reflejos. El grupo se asienta. Algunas elfas bajan de su montura y caminan con gracilidad por la hierba hacia el agua, que parece refulgente de pura paz y deseos de prosperidad para sus…
–Pero Othar. Es que el dolor me despierta por las noches…
–Erundur. ¿Albergas deseos por alguien? ¿Es tu corazón quien sufre?
–Creo que son los músculos escalenos del cuello, Othar…
–Amigo Erundur. Mira qué belleza, la inmensidad ante tus ojos, y tú con tus delirios… ¡Alassië nar i hendu i cenantet!
–Sabes que mi élfico no es muy bueno, Othar…
–Pero aprenderás, amigo Erundur.
–No sé… Creo que soy el único en el bosque que…
–Oye, todos creen que los elfos somos majestuosos, justificadamente altivos, relucientes, increíblemente delicados, cultos, educados, pacíficos aunque duchos en la batalla, guapos, bien torneados y con una salud mental ejemplar. Y tienen razón, Erundur.
–Pero…
–Además creen que todos sabemos hablar perfectamente el élfico. Y pronto será así, querido, cuando tú también aprendas. Tienes que animarte.
El grupo alimenta a los caballos, algunos elfos y elfas se mojan los pies sin macula en el agua. Othar respira hondo. Cuenta con una complexión perfecta, buena altura, un cabello rubio como un suspiro que le llega hasta la cintura, y un caballo blanco que parece ser una extensión animal de su excelso amo. Erundur, sentado en la hierba junto Othar, está preocupado, algo que se agrava cuando puede observar con atención a Othar y al resto del grupo.
–Es que estoy preocupado… –susurra.
–Qué te inquieta… –murmura Othar, paciente y atento en todo momento.
–No lo sé, es que me siento fuera de lugar.
–Tienes un bonito cuello…
–Sí, pero ¿qué es de todo lo demás?, mis ojos no brillan como los vuestros, mi carne sobresale con facilidad, mis dedos son toscos. Hace poco oí a dos elfas bellísimas de otro grupo decir que soy el elfo menos elfo de todos los conocidos.
–…
–¿Puedo ser indiscreto?
–Adelante, amigo Erundur, sabes que no tengo secretos…
–Se trata de mi…
–¿Sí…?
–En fin, mi entrepierna.
–¿Me vas a preguntar de qué tamaño es mi virilidad? Palmo y medio en todo su esplendor, Erundur. No es más que el tamaño habitual de los elfos.
–…
–Qué asola ahora tu mirada.
–Creo que yo no…, bueno, nunca lo he comprobado con exactitud, pero…
–Pero eres elfo, eres hijo de Irandir, fue uno elfo impresionante, si me permites el cumplido. Era capaz de surcar durante horas con su caballo el bosque, y nada en él era perturbador, era belleza fundiéndose con la belleza de la naturaleza, una neblina azul de pura luz le acompañaba siempre. Cuando murió en la batalla de Idras, decenas de elfas, humanas y enanas lloraron su desaparición. Has de sentirte orgulloso.
–…
–Creo que intentas decir algo, pero no puedo ayudarte si no eres claro, amigo Erundur.
–Me siento muy mal, muy mal, no sé cómo explicarlo. Y me duele el cuello. Y…
–Erundur, Erundur, Erundur… Te sientes mal porque no eres… en fin, eres más bien torpe, haces demasiado ruido, tu caballo siempre está agotado y tu pene es pequeño; lo que causa risa y jolgorio entre las elfas más bellas del lugar. ¿Entiendes?
–…
–Eres un elfo extraño, orondo, manejas mal la espada, roncas por las noches, una vez Níniel (una elfa bella hasta lo perturbador) te vio proporcionándote placer a ti mismo, y te measte encima durmiendo cada noche hasta los cincuenta y seis años desde tu nacimiento.
–Pero…
–Podría seguir. La cuestión es que todas esas circunstancias hacen que te sientas mal, porque no te sientes diferente a los demás, sino sencillamente peor, más feo y menos listo.
–Vaya… No sabía lo de Níniel…
–Oh… ¿es por ella por quien tu corazón suspira?
–Es curioso. No. Pero desde que la has mencionado y me has dicho cómo me vio, ha comenzando a atraerme de una forma que no puedo explicar.
–Níniel es muy especial. Ella ha surcado el bosque muchas veces sola, y dicen que algunos la confundieron con un hada.
–Es muy bella. Es cierto.
–Pero como amigo tuyo que soy, debo advertirte que comenzar a sentir algo por ella es contraproducente.
–Oh… ¿Alguien ha sufrido debido a su belleza?
–No. Digo que tú sí sufrirías. Ella busca a un elfo de al menos su misma estatura, con las cualidades habituales de un elfo y un pene con el tamaño medio élfico. Níniel es muy especial, pero lo es a su modo. ¿Entiendes?
–La verdad es que no.
–En realidad ella se ve con alguien…
–¿En serio…?
–La he visto varias veces con… Tirentar… Un elfo de un páramo lejano. Viene al trote a verla cada día al alba…
–Vaya, no me es conocido.
–Tirentar es como… en fin, como tú pero al revés, amigo Erundur.
–Qué significa eso…
–Es, bueno…, majestuoso. Su cabello parece provocar envidia al mismísimo sol, y sus maneras y su porte… son… Es un elfo…
–¿Estás bien, amigo Othar?
–Sí. Disculpa. Enseguida me repondré…
–Deberías deleitarte con el asombro que nos rodea, eso te ayudará, sea lo que sea que te perturbe. ¿Lloras, amigo Othar?
–Es solo que…
–No entiendo.
que no lo entiendes.
–Si quieres puedo llamar a Fairiel. Seguro que ella sabrá consolarte.
–No veo por qué, amigo Erundur.
–Bueno… Ayer recordaba vuestras nupcias. La ceremonia más bella que he visto. El sol fundiéndose con la tierra; ella tan seria y sonriente a la vez. Todos los presentes serios y atentos. Fue conmovedor. Verte llorar de aquella manera delante de ella…
–¿Podrías no seguir, amigo Erundur?
–… ese beso extraño y precioso, tus miradas de reojo a alguien entre los presentes, siempre pensé que sería tu madre. ¿Era tu madre? Fue todo majestuoso. Creo que ella está ahora mojándose los pies. Podría llamarla y…
–Erundur…
–… podría ella venir y atender a tus lágrimas, seguro que ella sabría dar con la clave de tu repentina tristeza y…
–Erun…
–… no hay cosa que me vacíe de vitalidad más que ver triste a un amigo en su inmortalidad y…
–¿¡Puedes callarte, por favor!?
Todo el grupo se volvió y miró hacia donde estaban Erundur y Othar. Othar se puso en pie, sonrió aparatosamente y voceó para el oído de Erundur y de todos:
–¿Puedes callarte, por favor, y disfrutar de este paraje majestuoso, amigo Erundur? ¡Abandona tu parloteo, fíjate en las mariposas, el sol, el agua cristalina! ¿¡No es cierto que todo brilla…!?

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La paradoja del pedo

Hay una mosca explorando el despacho, son las diez de la mañana. J. mira el teléfono fijo, que sigue en silencio mientras su estómago ruge. Quizá sea mejor no entrar en detalles, dejemos que la intuición actúe. La mosca se acerca a su cabeza, merodea, parece tener un tono verdoso –o colorido, al menos–, como esas moscas a las que les chifla la mierda. J. se huele las axilas; huelen a sudor y desodorante, pero nada comparable a la mierda de perro o la basura puesta al sol. El sol, por cierto, se cuela por las rendijas de la persiana metálica a su espalda. El sombrero en el sombrerero, la gabardina colgada, facturas, papeles sin relevancia por la mesa; no muchos. Nadie llama a la puerta. Hay dos sillas acolchadas al otro lado del escritorio; antes se les daba uso. Incluso hay un sillón de cuero de tres plazas. Un sillón estiloso a la vista y notoriamente incómodo; un sillón que solo tiene una historia que contar. Una vez vino una chica, una noche rara. J. piensa en ella; no le gustaba mucho, pero era una chica, olía bien, no olía a sudor y desodorante, se desnudó. El ruido de la piel contra el sillón lo estropeó todo. Nuevamente, mejor no entrar en detalles. Hacia las once de la mañana el teléfono vuelve a no sonar (o bien: sigue sin sonar). J. se levanta, echa un vistazo a la calle a través de las rendijas soleadas. Los no clientes van de un lado a otro, pasando de largo del edificio. Coches. Una mujer le grita a un chico, no se oye nada, es un cuarto piso. Un poli de tráfico parece resoplar, se quita la gorra y se abanica con ella. J. vuelve a sentarse en su amplia silla. Se pregunta para qué ha madrugado para venir al despacho. La mosca se siente cómoda en la estancia, se posa aquí y allá, sisea, se frota las patas. Una criatura de Dios. Los bichos que se sienten cómodos entre la mierda son los que mejor viven en esta tierra, se dice J.; perciben todo tipo de mierda: estarán ahí cuando un alguien defeque y también cuando alguien se quede en la calle sin un duro o muera. A una mosca no le importa, a ella todo le está bien; es lo más parecido a un gobernante. La gente dice eso de los gatos, pero no son comparables con los insectos. Un gato tiene necesidades demasiado palpables, demasiados años por delante. Una mosca o un mosquito viven tan poco tiempo que no les daría ni para comenzar a tener miedo.
A las doce, el teléfono, ídem. Semanas atrás J. lo llegó a descolgar alguna vez para comprobar que tenía línea. Tenía línea. Ahora cuando lo miraba le parecía estar viendo su futuro: constaba de una alarmante carencia del mismo… El sol azota como si llevara una máscara de cuero puesta, dando vida y matando casi por igual; en estas fechas las personas realmente mayores mueren con más facilidad. J. se pregunta de dónde viene esa expresión: “Caen como moscas”; ¿será una venganza verbal cutre humana? ¿Las moscas caen de forma particularmente indigna?, ¿qué demonios significa eso? ¿Es de un anuncio de matamoscas? ¿Cuánto tiempo de vida cree la gente que le está quitando a una mosca cuando la matan? La expresión es incorrecta; sería mucho más correcto decir, por ejemplo: “caen como obreros”. ¿Prefieres un mes de felicidad seguramente completa, o alrededor de 80 años más bien jodidos y muertos? Imagina poder volar, poder saborear cualquier mierda gratis en lugar de pagando como lo haces, imagina poder irte por ahí, perderte, no pasar hambre en ningún sentido, no tener que vivir años y años. Imagina no tener que tratar con la gente, los supuestos amigos, los amigos impuestos, los horarios, imagina no tener que ser simpático… Las moscas no caen “como moscas”; por comparación con el 90% de los humanos, caen como reinas. Una mosca no pierde la dignidad, es nada más que mobiliario móvil, además no da asco o miedo a nadie, solo es una minúscula molestia: y obviamente hace mucho menos daño que cualquier humano.
J. se levanta, la mosca está en la pared, cerca de la puerta. Ha pensado (J., no la mosca) tener un insecticida en el despacho, pero lo cierto es que hace tiempo que no tiene ninguna buena imagen que dar; difícilmente puedes quedar bien si no hay nadie más contigo, ni mal; la elegancia (o deselegancia) comienza a ser potencial cuando hay dos personas. J. piensa en la paradoja del árbol que cae solo en el bosque; ¿si un tío se tira un sonoro y asqueroso pedo estando solo en una habitación, sigue siendo un guarro?
J. mira con atención la mosca, que de hecho lleva tres días yendo y viniendo; está convencido de que es la misma. Ha pensado en ponerle nombre, la gente lo hace (lo de ponerles nombre) con sus peluches, a veces incluso con sus casas, sus coches. Es bastante probable que haya muchos que solo tengan hijos por el placer de ponerles nombre. Hay mucha gente inconscientemente malvada y estúpida por igual. J. nota que le vuelve a enviar correos no deseados el estómago. Últimamente navega entre el ayuno y la mala comida. El sistema digestivo no sabe muy bien qué hacer, y cuando le cae algo, parece recibirlo con ansia desmedida, lo machaca y ahoga en un exceso de jugos gástricos y fluidos y vete a saber. La clásica vomitona anal. Retortijones. Era peor cuando aún estaba la secretaria, piensa J. Georgette aguantó durante meses sin cobrar, porque tenía el peor defecto posible imaginable en este mundo: era buena persona. En términos de salir adelante, ser auténticamente buena persona es el equivalente vital de intentar aterrizar un avión comercial con todos los motores apagados y una azafata practicándote una felación; durante un rato te sientes genial, pero después el suelo enseguida viene a por ti decidido a dejarte triturado, avión, azafata y bondad personal tuya incluidos. No por nada la gente practica ensayos mentales distintos cada vez para creer que son realmente buenos; hay artículos y libros a patadas sobre el asunto: si te lo quieres creer, para cuando cierras la contraportada de turno te ves a ti mismo como el puñetero Jesucristo en un sábado por la tarde constante. Putos sábados…
Antes, para J., ir al baño del pasillo era más embarazoso durante esos procesos bélicos intestinales. La imaginaba a ella, a Georgette, imaginándole sin querer a él cagando totalmente fuera de control, poniendo caras como si le hubiesen pegado un tiro en el estómago. Pero ahora la pequeña sala de recepción está vacía.
No es que no continúen pasando cosas, la gente se sigue poniendo los cuernos, sigue habiendo mamoneos de negocios, traiciones, mentiras institucionales, bebés secretos, campañas para elecciones, huidas, desapariciones de adolescentes, parejitas que mandan a sus padres a tomar viento, violentas discusiones en la cocina, sospechas justificadas, noches sin dormir, camareras embarazadas, abortos clandestinos, polis corruptos, políticos sonrientes… Todo eso existe aún; pero la gente ya no tiene dinero para financiarse investigación alguna. La cámara de fotos de J. está desconcertada desde hace meses, y el coche aguanta semanas con el mismo depósito de gasolina. Todos siguen puteando y siendo víctimas de puteos, pero ahora las víctimas no pueden pagar a nadie para que les confirme que sus vidas son un estercolero, y que ya no son unos muchachos o mujeres jóvenes y lozanas con mucho futuro aún por delante.
Los retortijones empiezan a, cómo decirlo, a decir palabrotas. J. suele esperar hasta el último momento. Odia sentir la diarrea saliendo como lava de su ya maltrecho culo.
Pero esta vez se le va el asunto de las manos. El último retortijón se convierte en una auténtica amenaza final. Mierda, comienza a murmurar, mierda santa… Sabe que ya no le da tiempo ni en broma de llegar al lavabo cutre del pasillo que tiene toda la planta asignado. Además, cabe la posibilidad de que esté ocupado. Vale, se dice a sí mismo, qué coño importa, nadie va a venir aquí, nadie va a llamar a la puerta. Coge el sombrero, que tiene un revestimiento interior en el que tendrá que confiar, y decide solucionar el asunto. Antes esto no era así, se dice a sí mismo, antes entraba una chica impresionante por la puerta y traía un caso cojonudo entre manos, el mismo quizá implicaba a todo el departamento de policía, a la mafia de la ciudad, a decenas de concejales de todas partes, y puede que hasta al puñetero alcalde. Te ganabas la vida jugándotela, eras un Hombre. Estabas en el ajo, recorrías las calles, llevabas tu cámara, tus prismáticos, tu buen traje, te colocabas el sombrero según te diese el sol, practicabas el lenguaje de los sombreros, te lo quitabas con estilo al entrar en los sitios, te lo alzabas al cruzarte con una mujer, te lo calabas hasta que casi no se te veían los ojos al pasar por un callejón oscuro. Estabas vivo. Te sentías vivo en una ciudad llena a rebosar de cuerpos sufrientes, mayoritariamente confusos y amargados, con vidas “ejemplares” que lo único que tenían de ejemplar era la fachada de las casas.
Era alguien interesante, valiente y oscuro entre gente que le consideraba solitario y amargado mientras barrían la excreción propia bajo alfombras demasiado caras. Y les ayudaba, e incluso a veces conseguía sentirse bien con ello. Trataba con gente que protagonizaba la paradoja del pedo, cosa que hacían a varios niveles. Brillantes por fuera y cerdos de todo tipo en solitario, por dentro, sin sentirse como tales. Forzando lo paradójico. Hombres de familia y mujeres desesperadas; hijos sin futuro y un cielo indiferente y burlón. ¡Ah!, los buenos tiempos. Las cloacas se tragaban casi sin problema la mierda; y ahora, observa J., hay un sombrero llenito casi hasta el borde de ella. Ha sido largo, explosivo y doloroso; acuclillado, con la ropa por los tobillos, se ha asegurado de sacarlo todo de su organismo.
Sin estar en el lavabo, sin el entorno preparado e higiénico que te ofrece, aunque la mierda sea tuya el olor se va volviendo cada vez más y más presente y repulsivo. En una habitación al uso, la peste se multiplica por diez. J. levanta el sombrero con ambas manos; ahora se trata de caminar con mucho cuidado, cruzar la recepción, abrir la puerta y salir. La clave de todo es que no haya nadie en el corredor, y después que el lavabo no esté ocupado. Mierda, murmura, joder, mierda… Ahora se le antoja todo de lo más complicado. El puré marrón se está comenzando a filtrar por el revestimiento interior del sombrero. Se está comenzando a empapar la capa exterior. J. lo deja un momento en el suelo y camina hasta la puerta que da al corredor. Pega la oreja en ella. Normalmente no hay mucho jaleo en el vecindario. Hay algunas familias que van a lo suyo; pero siempre son peligrosas, aunque sea sólo por llevar a cabo un ejercicio constante e inquebrantable de omisión. Las familias suelen ser reductos de convivencia brutalmente egoístas; se cierran sobre sí mismas y año a año van construyendo un caparazón emocional casi indestructible para el mundo exterior. En el mejor de los casos, es una especie de amor a circuito cerrado rodeado de un vallado eléctrico mortal de necesidad. No es tanto quererse entre ellos como tener la coartada perfecta para olvidarse de todo y todos los demás: si dentro del núcleo familiar todo va bien, al resto del mundo lo pueden coser a bombas mil ejércitos de harriers hambrientos de actividad. No siempre es así, se podría decir sin faltar a la verdad, pero las pruebas históricas dictaminan más bien lo contrario. Todo Lo Puto Contrario…
J. abre un poco la puerta, para ver por una rendija. La cuestión es que una costumbre familiar residual es relacionarse con otras familias. Es algo que se podría achacar a la amistad, pero a una familia esto le sirve más bien para tener otra familia con quien compararse, sobre la que poder hablar y a la que poder destripar. Un vecindario con los suficientes pisos ocupados, es seguramente el lugar adonde va a morir cualquier esperanza de un buen futuro a largo plazo para la Humanidad.
Bien, se dice J, vale, no parece haber nadie. Cabría esperar a dos madres poniéndose al día en plena escalera o en mitad del pasillo, pero todo parece en calma. Es mediodía, las familias deben estar alimentándose, cogiendo energías para poder seguir construyendo escudos y excusas y ganándose sin embargo el respeto de todas las esferas. J. abre del todo la puerta y se dispone a coger el sombrero. Pero entonces…
Comienza a oír pasos subiendo por las escaleras.
Coño, coño, coño…
Algún marido atribulado, piensa. Cierra la puerta, maldiciendo. Al menos no son niños. Sabe perfectamente que una madre subiendo con dos niños puede tardar media vuelta de liga en meterse en su piso y cerrar la puerta. Cada paso es una agonía. Mira el sombrero en el suelo; probablemente dejará mancha. Por suerte no será difícil de quitar: sí asqueroso.
Observa por la mirilla…, y se le viene el mundo encima. No se trata de ningún vecino de paso. Es T., un colega de profesión con la costumbre de hacerle visitas por sorpresa. T. tampoco tiene mucho que hacer últimamente, y abandona su despacho con asiduidad. Es lo más parecido a un amigo dentro del oficio para J. Y también es un pelmazo, un tarado y un salido enfermo; y esto último no se limita a un ritmo frenético de pajas o ametrallar con comentarios obscenos a todo el mundo en todo momento. Ojalá sólo fuese eso, piensa, J.
J. mira el sombrero y, de algún modo, tira la toalla. Mientras T. ya aporrea la puerta, coge el “paquete” y camina raudo hasta el despacho. Por suerte aún no deja mancha visible. Se limita a esconderlo tras una planta muerta desde hace sabe dios cuánto, pero provista de una maceta que abulta y pesa más que la culpabilidad con la que cargan muchos adultos sólo con estar vivos. Favorece el que esté situada en una esquina del cuarto. Durante un instante piensa en volcar las heces en la tierra de la maceta, pero no solucionaría nada; seguiría habiendo la misma cantidad de excrementos en la habitación, solo que en un lugar distinto (y más visible). Se pregunta cómo de mal olerá ya, si se habrá acostumbrado un poco a la peste. Se dirige hacia la puerta.
–¡Ya va, joder!
J. abre y sonríe con desgana. T. llega todo sudado y suelta su sonrisa de perturbado que colecciona bragas usadas y tarros con uñas propias. Se dan la mano y J. le invita a pasar. Es inútil decirle que tiene trabajo que hacer o intentar acelerar las cosas. El cielo parece haberse nublado un tanto, y corre algo de aire desde el despacho hasta la puerta de salida, que J. deja totalmente abierta sin dar explicaciones. Ambos entran al cuchitril de J. T. se deja caer en el sillón de cuero.
–¿Aquí es donde no te follaste a aquella conejita, no? –Ríe a mandíbula batiente–. Joder, J., tienes que limpiar un poco más esta choza, ya hasta huele raro aquí. Hasta hay una mosca. No es propio de ti, te estás abandonado, tío.
J. se arrellana en su silla y decide dejar de preocuparse por el sombrero y la mierda y la vida en general. T. es la prueba palpable de la inmundicia que le rodea; él es mucho más representativo de la especie que cualquier académico canoso, profesor, madre, chico listo o afiliado a una ONG. Él al menos es transparente. Sucio por fuera, sucio por dentro y sucio en espíritu. Dinamita la paradoja del pedo. Asqueroso a la vista, de verbo, de acción, y también en cuanto a méritos de uso común viciado, los cuales están todos copados para él. Carrera, mujer, hijos (dos), casa chula, y ahora tonteando con el negocio inmobiliario mientras no salen casos. Cuanto más supura una crisis económica en la calle, más se mueven las altas esferas, empresarios, políticos, abogados de élite, etc.; para los ricos es la oportunidad de ser aún más ricos, y T. está intentando ir sacando tajada poco a poco. Su frase más predilecta últimamente es: “Si fuera una tía ya sería rica, no lo dudes un segundo, colega”. Alude sin manías a la cantidad de favores sexuales que iba a prestar a cambio de cada vez más ascensos y pasta. Su vida familiar es igual que él, lamentable pero sin disimulo; su mujer niega, pero sabe perfectamente que él folla cada vez que puede con quien se deje. Una vez T. “insinuó” a J. que había intervenido en un trío chico-chica-chico, y que intercambió fluidos también con el otro tío.; lo remató murmurando que disfrutó más con aquella polla de lo que hoy día disfruta con el coño de su mujer. ¡Y eso que no soy un puto marica!, gritó. Estaban en medio de una cafetería, había tres mesas más plagadas de ancianas y todas les oyeron. La vida sin filtros. A J. le quedaba siempre preguntarse si T. era peor o mejor que el resto. Prefería no responderse al respecto.
–¿Ya no te ves con aquella niña, aquel bomboncito de chocolate que vivía por aquí cerca? –dice T., lascivamente. Para T. las mujeres son más comida que personas. De hecho, generalmente, si nos sinceramos, casi todos, tanto hombres como mujeres, somos más cualquier otra cosa que personas: es la naturaleza auténtica de nuestra crianza. Pero T. cree que no hay diferencia entre una chica y una pata de pollo. Le trae sin cuidado que se trate de alguien que te gusta o te gustó o fue especial para ti de algún modo; ella y un menú de McDonald’s vienen a ser lo mismo para T. Ahora se refiere a una mujer que J. conoció hace ya un par de años a raíz de cierto caso, y con la que se estuvo relacionado de forma cada vez menos esporádica y más insistente.
–Hace unas semanas que no la veo –dice J., obviando el tono sudoroso de su colega.
–¿Y eso? ¿Ya no folláis? Oye, ¿soy yo o aquí huele a mierda? –murmura T. oliéndose una axila.
Creo que ambas, piensa J. Y dice:
–Y tú qué, ¿sigues haciendo contactos?
–Estoy cada vez más cerca de afianzarme en algo, tío, pasta de verdad, ingresos que salen casi de la nada.
–…
–El negocio de la especulación, colega, es el curro más moderno posible, el coñito del capitalismo, tío, ahí es donde hay que lamer, llamadas telefónicas, reuniones en restaurantes, negocios cerrados en reservados de clubs en la playa…
–¿Y se puede saber cómo te has enrolado en todo eso?
–… el dinero no se gana currando como un burro, tío, cuando ganas dinero de verdad, es cuando te dejas llevar, cuando te olvidas de la falsa moral que se filtra por todas partes. Es una selva, tío, una selva; la gente se engaña con que es un organizado y pulcro parque limpito y lleno de atracciones controladas para los críos. ¡Pero es una selva! La gente se hernia currando, nada más, no saca beneficios, los sacan los que van con el machete, se protegen del sol y cortan y destripan y se beben la sangre ajena. Solo esos viven, ¿tan difícil es verlo?
–Ya…

Cuando J. observa luego a T. levantando el sombrero, al principio no puede apartar la mirada. T. ya tiene la polla dura bajo su pantalón, algo visible y notorio, real y repulsivo.
–¿Sabes que ayer traje a otra chica al sillón de cuero? –le había dicho.
–¡No jodas, colega!, ¿has vuelto a sacar al pajarito de excursión?, ¿le has llevado a exóticos prados de carne rosa de niña mujer?
–Algo así…
–¿De verdad no hueles a mierda aquí? En serio…
Ahora T. inclina poco a poco el sombrero de heces, y comienza a boquear…
–Era una tía impresionante –le dijo–. Y otra cosa, además… Me uní al club.
–¿Estás de coña? ¿Número uno…?
–Número uno y número dos.
Cuando la mierda líquida comienza a gotear con grumos sobre sus labios, J. aparta la mirada.
–¡Estás de coña! –gritó, con una sonrisa de crío cuarentón, ojerosa y putera.
–No estoy de coña. Me puse tan a tono que…
J. oye el boqueo y hasta la nuez de T. subir y bajar mientras traga; salpican algunos restos en el suelo. J. intenta disimular sus arcadas.
–Y es más, dijo J., hice que se lo hiciera en mi sombrero. La tía no paraba, era como un aspersor del número dos…
–Qué cabrón…
–¿Lo quieres ver…?
–¿¿Cómo??
J. se vuelve por un momento, la planta muerta ha quedado salpicada. Aparta la mirada y se queda embobado en su máquina de escribir. Ahora T. ya está por los suelos, con la cara metida en el sombrero y la mano derecha sacudiendo su sardina. La máquina parece comenzar a llenarse de mierda, o bien es la imaginación de J., las ruidosas teclas, heces, grumos, manchas crecientes, no hay forma aparente de obviarlo. J. toma conciencia de que luego habrá que limpiar restos de mierda y también de semen. El semen de T. Intenta centrarse en la ventana. Oye los zurriagazos que su “colega” le da a su micropene. Al mirar su propia mano, cree delirar, cree ver sus propios tendones, los huesos, se convence de que en el cajón tiene una navaja orgánica con la que podría acabar con T., con su –espera– sufrimiento. Lo que más teme es que no sea sufrimiento, que solo sea T. y que T. disfrute comiendo mierda, o que T. diferencie mentalmente entre la mierda de una chica y la de J. J. está aterrorizado con la idea de que T. no marque la diferencia, sino la pauta. Una navaja hecha con tendones de alguna otra chica imaginaria, invitada al sillón de cuero.
–Queda aún para ti, si la quieres… –le había dicho a T.
–Tío, en serio…
–Por eso huele así.
T. le había dado las gracias, como si su estómago se quejara y J. le hubiese comprado un bocadillo. T. tenía un gran futuro por delante, sin duda. Un glotón tóxico con carrera en el mundo de los comemierdas profesionales. Una mosca humana. Dos ya en el despacho; solo una con excusa. J. abre el cajón, quiere cerciorarse de que la navaja no existe…

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Mira que Satanás os busca

Sales por ahí sin dar explicaciones a nadie, y seguro que todos comenzarán a decir memeces. Que si ha ido a ver a alguien, que si anda por ahí con una “amiga”, que si alguien conoce a alguien que nos vio, que si les pareció vernos por no sé qué parque, que si yo estuve esperando un buen rato, que si ella es guapa, que si ella es fea, delgada, gordita, diminutivos, eufemismos, mentiras, medias verdades, maldad de andar por casa, tópicos, familias estúpidas, amistades de mierda basadas en vivir a través de los demás…
–Así que no fuiste a ver nadie.
Claro que fui, esta vez fui a ver a alguien, una tía, una amiga, una chica, un ser vivo, alguien. Sin más, nada serio; vaya, nada más serio de lo que pueda serlo relacionarse libremente con otro ser vivo cualquiera. Pero esa modernidad tan cacareada no existe, la gente va de abierta, individualista y entendida, pero siguen siendo cerrados, colectivistas e ignorantes. Peor aún; lo siguen siendo a sabiendas de que lo son. No les importa, es como comer mierda pudiendo comer tarta y decir: “es que yo soy así, como mierda, qué le voy a hacer…”.
»–Pues come tarta.
»–Pero es que la tarta es rara.
»–No es rara, es tarta, solo tienes que probarla.
»–Pero es que yo como mierda, porque soy libre.
»–Eres libre también si comes tarta.
»–Pero elijo la mierda, es libertad de elección.
»–Pero podrías tener ambas, alternarlas.
»–Pero es que la tarta es rara, parece espuma de afeitar.
»–¿Y la mierda es apetitosa?
»–Mis abuelos comían mierda, mis padres comen mierda, y yo como mierda. Todos los que conozco comen mierda…
»–¿Pero te gusta la mierda?
»–… además es una tradición, tengo muchos recuerdos de mierda.
»–Pero puedes comer también otras cosas, ¿o no?
»–Puedo, pero soy libre de no comerlas.
»–Pero la libertad funciona en ambas direcciones, puedes no hacer cosas, pero también puedes hacer cosas nuevas.
Y todo es mierda por aquí y mierda por allá, y lo he adornado, no te creas que hablan con expresiones como «libertad de elección», etc., incluso aunque te entiendan si les hablas sin tapujos, pero no piensan ampliar el vocabulario ni nada por el estilo, porque les debe parecer tarta gramatical o qué sé yo. Es muy curioso verles actuar, verles mirarte como si te hubieran pillado follándote a sus gatos (ahora todos tienen gatos). Es la leche cómo pueden ser como son y a la vez tener toda la formación que tienen (o quizá tenga todo el sentido…). Es como ver un chimpancé vestido con ropa de marca que fuese pavoneándose; o como una cría de seis años que desfilara con unos zapatos de tacón de su madre, y pensara que de verdad parece una mujer. Se hacen tatuajes y se agujerean el cuerpo, pero se les sigue cayendo el monóculo a la taza de té como a una señora del siglo XIX. Creen que viven en una novela aún no escrita, y en realidad siguen en un libro de Jean Austen.
–Pero esta vez iban a tener razón respecto a que fuiste a ver a la chica.
No iban a tener nada, ellos siempre dicen las mismas cosas. Aciertan igual que un reloj estropeado acierta la hora dos veces al día. No piensan, se limitan a repetir patrones de conducta.
–Pero no me estás hablando de ti.
–Todo va ligado, si es que tengo que contar cómo llegué aquí. O eso creo. Quizá me lleve un rato.
–No es que el tiempo sea un problema.
No te confundas, no es que yo sea mejor que ellos, pero al menos intento no fardar de mediocridad a través de una pose de humildad. Yo estaba sentado en mi parque favorito… Era un mortal más, pues, sentado en el banco de un parque, esperando. No era la chica que a mí me…, pero era una chica, esa historia es muy larga. El caso es que puede que a ti te pirre la vainilla, te vuelve loco la vainilla, sueñas con comer vainilla sin parar, imaginas nadar en un océano de vainilla, has soñado muchas veces con vainilla, hasta te has visto casándote y teniendo pequeñas tarrinas de vainilla, toda la familia viviendo en una casa color vainilla con una valla color ídem y césped con aroma a vainilla bajo un cielo de tono amarillo ya sabes cómo. Pero quizá no puedas tener vainilla, por circunstancias que no viene al caso enumerar; así que si te surge la oportunidad, puede que de vez en cuando pases una tarde con alguna que otra fresa. No te gusta tanto la fresa, ni de lejos, y todas las demás lo son, pero es peor morir de inanición.
–Hay manera peores de morir…
–¿Eso ha sido un sarcasmo, aquí se estila el sarcasmo?
–No existe un mundo literal; no te pongas ansioso, aún estás sólo en la puerta.
Estaba allí sentado. Era la tercera vez que quedaba con ella, nos usábamos mutuamente; ella también anhelaba su propio mundo de vainilla, yo también era fresa, lo cual equilibraba y sentaba perfectamente las bases de la relación. Eramos dos personas tristes follando, ¿hay imagen más representativa de la humanidad? Creo que, a gran escala, es lo más importante que hemos logrado; y luego le hemos puesto mil disfraces a ese logro quedándonos claramente estancados… Es peor morir en un bombardeo, digo yo. Ella se estaba retrasando, o bien yo había entendido mal la hora. El caso es que el parque estaba vacío, era una zona bastante pija, eran las siete de la tarde, como mucho veías a alguien con su mascota. Ella vivía en esa zona, sus padres tenían pasta, hasta había visto fotos de la fresita con su uniforme de colegio privado. Era un contacto digital que casualmente vivía a media hora a pie de mí. Luego hablamos por teléfono. Nos contamos miserias, y cuando ya estábamos a punto de matarnos de aburrimiento el uno al otro, decidimos quedar.
Me quedé medio grogui en el banco, nada propio de mí, duermo con muchas dificultades. Fue como volver al colegio, cuando enterraba la cabeza entre mis brazos por las mañanas cuando no podía evitar contagiarme del aburrimiento y amargura del profesor de turno, lo cual era casi siempre. Pero en este caso solo me estiré en el banco y dejé pasar el tiempo al estilo indigente, algo que comenzaba a estar muy de moda. ¿Por qué me suena todo esto ya tan lejano?… Tuve uno de esos sueños en los que parece mezclarse el entorno real con alucinaciones. El parque estaba soleado, trufado de árboles, había unas barras de ejercicios cerca de mí, era un barrio situado a un extremo de la ciudad, más bien a las afueras, de modo que podía ver colinas y sistemas montañosos (¿se dice así?); lo que quiero decir es que no era el ambiente habitual de la habitación a oscuras en la que solemos dormir siempre; me da la sensación de que eso condicionó el sueño para bien, así como la habitación oscura podría hacerlo al contrario. Pero no voy a sacar conclusiones logístico-sociales o lo que sea.
Vino a mí el mundo de vainilla. La vi venir a Ella entre árboles y apenas recuerdo detalles, pero recuerdo que se sentó conmigo en el banco, y fue amable y comprensiva, lo cual era ya un chute de vitalidad y, no sé cómo decirlo, motivación para hacer planes de futuro o algo así. No suelo tener sueños agradables, habré tenido cuatro o cinco en toda mi vida. No es que el resto hayan sido pesadillas, suelen ser sinsentidos sin más, conceptos relacionados con cosas y gente que he visto, a veces gente que hace diez o veinte años que no veía; son sueños secos, desprovistos de emoción alguna, y muy fugaces. No es que no recuerde muy por encima algunos, pero la gran mayoría desaparecen por completo.
La cuestión es que el sueño era impactante, entre otras cosas porque hacía mucho tiempo (¿dos años?) que no la veía en persona. No tenía sentido que ella estuviese allí, ni siquiera en aquella ciudad; tenía que tener un motivo concreto, que tuviese familia allí, algo así, aunque fuera raro que no me lo hubiese contado antes; pero quizá esa familia se hubiese mudado recientemente. O quizá se follaba alguien de esa zona… pero jamás me llegaba a plantear ese escenario (esto tenía que ver, supongo, con mi egoísmo respecto a todo el asunto), y de todas formas ella apareció del modo en que aparecen las hadas o las criaturas mitológicas, sencillamente estaba allí porque era una proyección mía. Fue lúcido y agradable; ella me hablaba como si yo no fuera el paria social en que todo indicaba que me estaba convirtiendo; el tío muy poco práctico y nada realista del que toda mujer moderna se alejaría, a la vez que no dudarían en leer a Kerouac para recitar sus bondades. Leer ‘Ponche de ácido lisérgico’, sí, pero luego ir en coche a la vuelta de la esquina y seguir rutas turísticas a la vez que se reirían de los ancianos por viajar con el imserso. Yo sabía que ella formaría parte de ese mundo, sabía que lo hacían casi todos. Como digo, no recuerdo de qué hablaba con ella en el sueño, y tampoco recuerdo cómo acababa; tengo una imagen de ella recostándose en mi hombro, pero ahora no tengo claro si es algo que he construido yo a posteriori.
Cuando desperté, todo era exacto excepto que no estaba ella. Es entonces cuando se comenzó a descontrolar todo. Creo sinceramente que mi sueño, ese sueño en un banco en la calle (cuando yo a veces no duermo ni en la cama) me estaba avisando. Quizá mi cerebro actuó, mi subconsciente; no tengo ni idea, pero aquello fue raro de cojones. Creo que algo me intentó alertar de lo que iba a pasar en el mundo real. Creo que fue el desconcierto brutal que sentí lo que me puso patas arriba (literalmente) después.
De golpe llegó fresa. Muy bien; hola, fresa, qué tal, ¿qué tal un café a treinta y cinco grados? Comenzamos a caminar y yo comencé con mis bromas basura, que hacen gracia a las mujeres las primeras semanas, hasta que se vuelven en mi contra con el tiempo denotando que bromeo para levantar muros de defensa y apostar cientos de arqueros contra posibles “ataques”, etc. Es una dinámica que se vuelve agotadora, y que yo planeo de forma más o menos inconsciente… Pero con ella aún funciona, de modo que ahí estamos, yo diciendo memeces y ella caminando a mi lado, y todo encaja porque ella también cuenta de alguna forma con su muro y sus arqueros, y nuestra relación se basa en que a los dos nos da igual eso del otro. Andamos por la zona residencial, hacemos tiempo; el plan es que sus padres se van a ir por la noche (ella solo quería hacerlo en su casa). Íbamos a tener unas cuatro o cinco horas para nosotros. La idea de que sus padres nos pillaran no me inquietaba especialmente, puede que yo le sacara diez años, pero ella ya tenía veintidós. Sería un momento incómodo para mí, no lo niego (aunque pequeño), y no sé bien el qué para ella; puede que supusiera una bronca, aunque no se me ocurre el motivo; es decir, si tienes una hija de veintidós años y la sorprendes tirándose a alguien y te enfadas, ¿no es como enfadarte contigo mismo por haber tenido una hija (y proyectar esa mierda en ella)? No sé, el caso es que no me preocupaba apenas ese asunto, y ella parecía estar muy segura de los tránsitos de sus padres.
Lo que tienen a veces esos barrios pijos es que solo hay viviendas, hay calles y calles llenas de casas, sin centros comerciales ni bares ni papelerías ni nada de nada. Son barrios diseñados para que tengas que fardar de cochazo para cualquier recado. De modo que para poder tomar el café o el granizado o lo que fuere, teníamos que salir un poco de esa zona, y flirtear con la mía, la zona que abunda en cualquier ciudad, mucho menos agradable a la vista, más ruidosa, desordenada, sucia, etc.
Aún teníamos que cruzar casi todo el barrio, hacía mucho calor, había que tirar del pequeño recoveco masoquista de cada uno; creo que eso se le da bien a la gente sobre todo en verano: pueden estar chamuscándose y le siguen llamando Buen Tiempo. Que la gente es, en esencia, gilipollas, no es ningún secreto; el problema mayor en nuestros días, es que creo que ya se están dando cuenta, pero les da igual. Les resulta más cómodo ser gilipollas, porque ser gilipollas es tu mejor carta de presentación en un mundo estúpido; y ser un cabrón es lo mejor que puedes hacer en un entorno social injusto aunque “responsablemente” mantenido. Brillando como brilla el sol cada dos por tres, la negación es tan fácil como beber agua. Es nuestra época, predomina una especie de coma ilustrado global. No hacen falta zombis ni virus ni olas gigantes para que se acabe el mundo. Ni siquiera tiene que haber ruinas; puede estar todo en pie, brillante y aparentemente funcional. Todo el mundo vivo. Puede ir todo a toda leche, a la velocidad punta de la rutina occidental, y estar todo perfectamente paralizado. Quizá no sea casualidad la apología constante de lo superficial. Puedo imaginar un ovni que provenga de una planeta más avanzado que el nuestro (y no hablo de puta tecnología); puedo imaginarlo dándose un garbeo y observando nuestras estructuras y nuestra idea de la movilidad, nuestra inmovilidad y nuestra gestión de recursos; y sin ni tan siquiera colocarnos cámaras ni micros ni contactarnos o leernos la mente, largarse de la Tierra mientras alguien entre ellos murmura en la nave: “Nada. Vámonos a comer…”.
Si existen y nos han visto, ellos lo saben igual de bien que nosotros.
Caminamos entre esas casas tan monas que parecen de juguete, como si una niña pequeña de treinta metros de altura pudiera venir en cualquier momento a babear sobre ellas con su pañal gigante. Verjas y elegantes entradas empedradas, jardincitos y alguna estatua, fachadas de aspecto suave como un glande en erección. Incluso el cielo parece mejor diseñado, una paleta de colores más sofisticada. Vemos llegar un cochazo familiar típico de la zona, aparca frente a una casa a unos cuarenta metros de nosotros. Ningún coche tiene problemas para aparcar, simplemente llegan y frenan junto al bordillo de la ancha acerca (luego cada uno tiene su garaje, obviamente). El bordillo es de un color blanco roto que parece defecado por la Venus de Milo y aplanado al cabo de los años sólo con correteos de niños felices. No hay arquitectura, son sentimientos, esa es la idea. La casa no envía un mensaje práctico, más bien te mira con obscena confianza, como si no llevase bragas y hubiera bebido más de la cuenta. Una casa Bollycao. No yace, desfila sin moverse del sitio.
Del coche comienzan a salir personas, y un perro grande de esos de marca, con pedigrí, de los que corren a cámara lenta en los anuncios. Esto no pretende ser una sorpresa, ya sabes quién va a aparecer. Pero primero vemos al padre de familia, un tipo con pantalones, cincuenta y muchos, bronceado, canoso, está echando barriga, su sonrisa dice cosas como “sé montar a caballo” o “mañana se pasa la criada”. Tras el cual aparece la que ha de ser su mujer, solo unos pocos años más joven, raquítica, tensa a primera vista, lame con desgana un helado de chocolate, es todo dientes y tendones, ropa muy cara, y una mueca algo más ambigua; parece murmurar para sí misma entre dientes: “no me ha puesto los cuernos con una niña, no me ha puesto los cuernos con una niña, no me ha pues…”. De las puertas traseras salen dos chicas, una por cada lado, ambas de veintimuchos. Supongo que una es la hija, y la otra…
Me quedo paralizado y detengo a Fresa con mi brazo, que se apoya involuntariamente en sus tetas.
–Lo siento –digo.
Me doy la vuelta como si fuese un robot; le doy la espalda a la escena. Está claro que ya todos me han visto, ya habíamos salvado mucha distancia respecto al coche. Comienzo a sudar a chorros. Hago el ridículo. Fresa se ríe nerviosamente y pregunta qué pasa. Oigo los pasos de alguien que se acerca, alguien que levanta una voz conocida en mi dirección. Comienzo a caminar absurdamente hacia atrás hacia delante sin saber qué hacer, y doy un traspiés. Sé que detrás había alguna especie de nomo de jardín, uno romo y pesado, con un sombrero puntiagudo y una sonrisa de dibujos animados que decía “ni te imaginas lo que pagaron por mí”…
–Entiendo. Todo tu rollo, tus esquemas y parámetros se van al carajo, porque ya no tienes el control.
–¿Tú no eras Santo? No te imaginaba hablando así…
–…
–¿Qué es eso?, antes no tenías nada…
–Es un cucurucho, mmmh, aquí los tenemos solo con pensarlo. Es de fresa, vainilla y chocolate.
–Me tomas el pelo…
–No. Es que no es tu momento.
–Eres un cabrón…
–Ya casi estás. Ahora piensa en algo que decir.

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Lo contrario al turismo

Normalmente, a la gente a la que no quiero parecerme le va aparentemente de fábula. No es que no se quejen o sepan valorar lo que tienen (y con esto no me refiero necesariamente a cosas), pero encajan, son estupendos en lo que se les exige. Y presumen de esa “estupendez”, lo hacen de las formas más extrañas e involuntariamente rebuscadas. Algunos tragan lo indecible, algunos cagan cosas que ni te imaginarías, otros expelen historias casi letales, y los hay que incluso tienen hijos durante ese proceso: solo para demostrarte que pueden. A mí me ponen de buen humor los videoclips coñones de Katy Perry…, estoy bastante seguro de que algunos escotes han evitado mi suicidio a largo plazo, algunas caras, algunos vídeos porno. Ni tan siquiera hay que hablar de cine o canciones o polvos o libros, o grandes días y estupendas compañías. Algunas sonrisas femeninas en HD, con eso basta, algunos culos, algunos despistes en la playa, algún trago de agua salada, alguna picadura de abeja piscinera en la frente, y desde luego todos los pasos de cebra. No es que vaya muy atento, estoy vivo lo que se dice de milagro. Mi semen, en términos de reproducción potencial para el siglo XXI, es un peligro, una bala perdida, una orden cumplida a bordo del Enola Gay. En el contexto adecuado, todos somos un Paul Tibbets en potencia. Ser bueno es relativamente fácil sin estar al mando de nada; ya se sabe; lo único parecido a estar al mando para la mayoría es la paternidad, y actualmente es una cuestión meramente económica. Ser padre es un reto personal, ser profesor es una nómina. Un sueño recurrente va de un caza, lo sé pilotar (en los sueños soy la caña, casi tanto como Paul Tibbets); bautizo al avión como Lunes. Piloto mi Lunes bien cargado de bombas para soltar. Todos me conocen, y están aterrorizados ahí abajo; pero lo que hago para pillarles por sorpresa es sobrevolar la ciudad un viernes. Siempre pican, siempre perecen, nunca se lo esperan, siempre gano. Viernes por la tarde, están adocenados. Luego lanzo una sonrisa en cabina, la Historia sigue, voy de cabeza a los libros de texto. Soy como ellos, pero en el lugar adecuado en el momento preciso, quizá con alguna medalla al mérito en la solapa y alguna puta de confianza esperando en la ciudad vecina. Pasta en mi cuenta, gloria asegurada; era eso o cualquier otra cosa; ¿más daños materiales y vidas segadas?, puede, pero no la mía, no mi casa. Siempre es el mismo principio. Luego la almohada tiene la huella húmeda de mi cabeza y la gloria se esfuma. Es lo más parecido que tengo a un sueño erótico. No mojo los calzoncillos, pero tampoco me traspasa un rayo de alivio. Solo parpadeo y pienso en Paul Tibbets, últimamente pienso mucho en Paul Tibbets, en su cabina, en su momentazo, en su respiración segundos antes. Pienso en él como si él hubiese sido el único destructor a gran escala, como si eso no fuese cosa del día a día. Son secuelas de jugar poco a la negación, a cierto tipo de negación que triunfa como los juguetes adultos (¿os acordáis de cuando los juguetes eran de los niños?). Voy a la calle, paseo, hace un calor de muerte, se mete en los huesos, se te cae la cabeza, ojeo un periódico en alguna barra mal ventilada. Jugar poco a la negación es no saber filtrar mucho la información: intentar asimilarla toda o casi toda. Ser consciente de demasiadas cosas. Hay muchas formas de no ser exactamente feliz, y tan solo una (quizá dos) de serlo. No está claro que en la opción predominante para ser feliz tenga cabida la empatía o una visión realista de la vida, del mundo, de las consecuencias. Me meto en un autobús, es barato y hay aire acondicionado. Veo las caras de autobús, la gente pasa de disimular en los autobuses y los trenes, a menudo puedes observar sus estados de ánimo sin ningún filtro. Las caras suelen ser más caretos que caras a medida que la persona tiene más edad. No me refiero a que las niñas de veinte sean felices y los ancianos vean venir la otra acera; más bien los niños son los únicos que se libran, pero por poco tiempo, porque dentro de no mucho los adultos nos encargaremos de ese asunto. Clases y lecciones y matar el brillo de sus ojos. Es una cualidad de la sociedad, y muy paternal, claro está, muy de los padres en general. Los padres son villanos recurrentes involuntarios. Se miran al espejo, perciben el diámetro de dilatación del ano que llevan ya a los treinta y pico años en la mirada, luego ven pasar al crío, y, en algún momento fugaz, puede que casi inconsciente, piensan: tú vas a pasar por lo mismo, aunque sea lo puto último que yo haga en la Tierra. ¿Por qué os creéis que insisten tanto en decir que quieren una vida mejor para sus hijos? No quieren que sospeches. Además, ellos solo querían ser respetados, querían dar una sensación de futuro responsable, de evolución, querían ser adultos. No traen una persona nueva al mundo, solo se hacen la paja más cara y quizá irresponsable de sus vidas. Vamos, que no digo yo que todos los padres sean así, pero ¿la mayoría?, digamos un 87%. Un 87% es factible. No creo que me equivoque de mucho. Me bajo del autobús cuando llego al centro. Pienso en Paul Tibbets mientras me doy la vuelta completamente para mirarle el culo a alguien. Me meto en un Zara; me golpea una ola de aire acondicionado que quizá pague cara; el aire acondicionado es como barrer la mierda bajo la alfombra; lo que tiene el verano es que no hay un equivalente a la manta que en invierno te quita el frío. Tienes que tirar de aparatejos, y estos entienden por bienestar darte un sopapo de aire artificial que fácilmente hará que te resfríes o te chisporrotee la cabeza de dolor. He entrado en el Zara por el aire acondicionado, por supuesto. Los Zaras tienen una particularidad; muchas veces están en locales que antes eran cines, teatros, puede que librerías; generalmente un Zara siempre es la tumba de algo, a menudo algo cultural. Cada vez se abren más Zaras. El que recorro era un cine, y tiene la pantalla recubierta con una tela o algo parecido, en la que un tío lleva zapatos sin calcetines (qué asco), una especie de traje de chaqueta blanco, unas gafas de sol grotescas, una mandíbula de tres días sin afeitar y un tupé. Su actitud es la de “follo niñas desnutridas y me aplauden” o la de “soy un hortera y Paul Tibbets debería matarme a puñetazos” según el día. Hoy le miro y no me transmite nada, puede que sólo una vaga vibración decadente, algo que en gran medida te puede empujar al suicidio, pero en pequeñas dosis (como te la suele inocular la vida según dicen tienes que vivirla) solo te apaga; es un proceso, se asegura de que tus ademanes denoten vida solo si te has maquillado o has bebido demasiado en la comida. Salgo y me azota la ola de calor, no muy lejos veo a alguien con quien no me apetece encontrarme. Esto me pasa con mucha gente del pasado. Digamos un 87%. No creo que me equivoque de mucho, tampoco. Es un chico, un chaval que iba conmigo al colegio. Vi algo sobre él en el periódico de la ciudad hace poco, creo que es algo así como un ciclista de reconocido éxito a pequeña escala, uno de esos fenómenos que no le importan a nadie, pero que acrecientan el ego del sujeto y funcionan como buen relleno para una publicación local. No eramos amigos, no eramos nada. «Nada» es una palabra crucial para definir multitud de historias de los años del colegio. Le observo cuando ya no me puede ver; está en buena forma. No me caía bien. Durante años tuvo fama de gay, no sé si lo era. Supongo que también hay gays estúpidos. Era amanerado, eso es cierto, una vez coincidí con él en una sala de espera para una entrevista relacionada con un trabajo horrible, terriblemente tedioso e industrial, uno de esos en los que eres una pieza y tu humanidad –no digamos nada de lo que te haga sentir vivo– no importa tres pepinos (el tipo de trabajo que la gente fue criada para valorar como un trabajo de verdad). Llevaba un pendiente y una actitud “despierta” que era de lo más triste, y que de hecho es muy habitual, una especie de semblante vívido artificioso que es lo que suele caracterizar a muchas personas en lugar de su verdad particular, años ha amputada, olvidada y convertida en uno de los hitos centrales de la inmadurez. Tú, malo. “Tú”, bueno. Me cogieron para aquel curro, por el que me arrastré durante tres meses, a él no. Tuvo suerte.
Camino hacia la periferia. Llega un punto en que crees que te vas a salir de la ciudad, suele ser cuando acabas llegando al barrio rico de turno, adonde está la gente de pasta, herederos o nuevos ricos, niños pijos y viejas nazis. Vistas abiertas, parques monísssimos, urbanizaciones, calles de lo más cucas. Solo veo a gente paseando al perro. Un par de chavales hacen ejercicios en un espacio que parece un gimnasio improvisado del ayuntamiento al aire libre. Mucho césped muy bien cortado. Coches aparcados que salta a la vista que son muy caros incluso aunque sepas de coches lo mismo que de teoría cuántica. Me cruzo con una señora mayor que me echa un buen vistazo, de arriba abajo, todo muy desaprobador. Llevo casi una hora caminando y mi camiseta denota marcas de sudor; cuanto más consciente eres del sudor menos quieres sudar, y más sudas. No es como a esa gente a la que le sudan las manos ni nada de eso, mi sudor es el clásico de toda la vida, axilas y básicamente torso, cuello… Es el motivo por el que nunca he follado con nadie sin ir al baño antes; nunca he dejado que se produzca esa escena pasional en la que la ropa comienza a salir disparada sólo con entrar por la puerta. Una vez hice esperar a un chica porque su compañera de piso tenía ocupado el lavabo. Al llegar al portal y entrar al ascensor con ella, de repente quiero mi espacio. Conozco pocas actividades tan estresantes como liarse con una tía. Casi llego a entender a la gente que se empareja (o casa) más o menos con quien pilla; sólo la idea de no tener que pensar en esos rollos te ha de quitar un peso de encima de tres pares de narices. Mientras intercambio una larga mirada con la señora, recuerdo por algún motivo el crepitar de la electricidad cuando venía de camino y mientras pasaba por debajo de una gran torre eléctrica. Una de esas torres eléctricas enormes que atraviesan todo tipo de colinas y van en paralelo con carreteras; esas zonas de periferia por las que nadie que crea que sabe vivir pasará jamás si no es en coche.
Ellos se lo pierden.
Las zonas de nadie son los lugares más interesantes el día adecuado. ¿Cuándo es el día adecuado? A poder ser entre semana. El peligro de toparte con gilipollas disminuye, y todo el mundo se remueve y chapotea a tu alrededor como palomitas de maíz. Todos crepitan mientras tú simplemente fluyes. Sin ningún plan, sin ninguna prisa. Rodea la ciudad, vete a donde nadie vaya andando. Es parecido a caminar por una vía pero mejor, luego te metes por una calle u otra, indagas un poco, te cruzas con muy poca gente, jamás los volverás a ver, y será casi íntimo, porque no estarás en un puñetero concierto ni una sala abarrotada. Pillarás a la gente desprevenida, con su cara real, algo aún mejor que las caras del autobús y del tren. No caras, sino vidas de circunstancias. No hace falta que te pongas a imaginar historias, ni qué pasará por sus cabezas; sólo observa con tranquilidad. Si lo haces con la suficiente calma, sin apabullar, sin correr ni ralentizar ni precipitar nada, casi podrás comprobar in situ que algunos de ellos aún podrían albergar vida. Podrías salir sorpredentemente renovado; es sencillo de una forma imposible de catalogar; podrías no llevarte el cañón a la boca gracias a esto. Es todo lo contrario al turismo.

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Parentesco

¿Quién puede dudar de que ahora el amor en todas sus formas mueve el mundo, a la vez que depende del dinero? Estamos probablemente en la última estación. Y seguro que muchos lo dijeron de su época, pero ya hemos llegado a un nivel de maldad codificada difícil de superar. Antes te eliminaban a tiros, a cañonazos, ahora firman o dejan de firmar un papel. Antes podías fabricar tu propia arma para defenderte, ahora defenderte es irresponsable, cuando no ilegal. Antes te mataban, ahora te inducen al suicido, o te suicidan a lo moderno, que viene a ser lo mismo pero explotado después de muerto. Es la infelicidad elegante, los cuarenta grados al sol, los moratones invisibles, amputaciones que te pican, pero porque sigues teniendo extremidades que prácticamente nunca te llevan donde quieres a medio plazo. Para poder dedicarte a lo que quieras, es muy posible que tengas que arriesgarlo prácticamente todo; lo cual muchos dirán que le dará sentido a tu vida, excepto que el tema aquí no es la voluntad, son las celdas y paredones, antes tangibles, ahora casi metafísicos, y a menudo indetectables. Pero como los números y las estadísticas mandan, y ahora los muertos no corren tan fácilmente por la riera, quejarse ha pasado a ser atonal… Mientras te dicen “Sé tú mismo”, el 90% de las veces tienes que entender “Ni se te ocurra semejante gilipollez”, aunque las añejas bases están demasiado bien asentadas como para que las calles estén llenas de gente con una personalidad propia. Es la peor idea posible para sobrevivir: descubrir lo que quieres, y en lugar de olvidarlo cuanto antes, luchar por ello como si la vida tuviese que ser algo más que las vacaciones para más de cuatro hijos de puta en todo el mundo. Esto es lo que llaman pesimismo, porque ahora todo está etiquetado, mal o bien (necesariamente o no) da igual , lo importante es que siempre hay como mucho dos bandos respetados, y tienes que elegir: o contra ti o en contra tuya. El otro frente, el llamado de los optimistas, proclama en voz alta indirectamente su suerte geográfica al nacer mientras fácilmente viste y consume productos fabricados en el tercer mundo; porque ser optimista es más una camiseta que una actitud, y ser buena persona a una escala respetable a nivel global es quizá la imposibilidad menos vociferada. El pueblo canibaliza al pueblo. Solo eres; o más bien: estás; ser es mucho decir; quizá dura ese lapso de tiempo que va desde que te pones de pie de crío por primera vez y hasta que alguien te ordena que te sientes; más o menos; y la mayoría de veces el asiento es un pupitre. El principio del fin no es cuestión de un instante: es una constante. Nunca empiezas, siempre estás acabando. Y todo para que sólo unos pocos vivan bien de verdad y luego se mueran como todos. La muerte es un alivio; no lo digo por ampliar el discurso agorero (que es lo único que verán muchos), quiero decir que por lo menos esos cabrones se mueren… ¿No da gusto imaginar a un anciano multimillonario que aún atiende a sus negocios? Ya que la riqueza personal no está basada en tu interior o bondad sino en tu dinero; ya que lo que se te va a exigir siempre no va a ser predisposición ni buenas intenciones, sino que pagues y punto, ¿no da gusto imaginarse al viejales comido por los gusanos? Aunque siempre saldrá quien dirá: Hombre, el dinero es importante pero no es lo único, y hay cosas igual o más importantes; lo cual es técnicamente cierto, hasta que te quedas sin dinero.
El dinero es lo único que no te puede faltar: el mundo está exactamente así de podrido. Te pueden faltar hijos, relaciones de pareja, sexo, una buena dieta, horas de sueño, ilusiones, raciocinio, altruismo, generosidad, neuronas, kilos, el puñetero apéndice, la piel del prepucio, un riñón, el corazón (metafórica y hasta físicamente en quirófano unos segundos); te puede faltar cultura (toda la que quieras), cualquier clase de sentido común, tener respeto a tu pareja, a tu familia, en las colas, a todo el mundo, te puede faltar tiempo, tetas, cinco centímetros de polla, brillo en los ojos, descanso, sentido de la justicia, ética, posición, tus padres, tus amigos, tu mascota, te pueden faltar condones, cabeza para las matemáticas, ortografía, poesía, ver el mar, ir a la montaña, caminar, tener dentro algo más que vísceras… Te puede faltar casi cualquier cosa que se te ocurra, pero si tienes pasta, no te preocupes, puedes volver a empezar; la libertad ya hace mucho que no se tiene, sólo se compra: la libertad está únicamente a la venta, la verás a trozos en estanterías y escaparates. Da igual lo que sonrías y mires al cielo, también te pueden faltar los amaneceres y los atardeceres. Eres una ridiculez en medio del Universo, pero ese pensamiento, a veces alentador y a veces terrorífico… qué coño importa, también puedes prescindir de él.
Y la respuesta airada a discursos similares a éste, vendrá de quien diferencia sólo entre el tedio de oficina y la tumbona de playa (o similares), y, por tanto, en lo que a mí respecta, quedará invalidada. No te puedes fiar de una máquina, por mucho que esté rellena de tripas. Nadie te cuenta que la vida está para hacer cosas, para aprovecharla. Que tumbarse y criar malvas es algo que no inventaron los vagos, sino la idea aún predominante del trabajo: la vagancia, por decirlo así, existe por contraste; el tema es con qué está haciendo contraste, y a quién le interesa que sea así. Porque ya hemos llegado a la cumbre del pensamiento simplista. Solo puedes hacer cosas que requieran de tu mente o cuerpo si conllevan proyección económica. Esa es la versión de la inteligencia vigente. Mirar por ti mismo no es un apartamento en la playa, no es explotar los viernes y los sábados, no tiene que ver con tu reloj, no es, desde luego, una agenda de actividades. Estás seguramente muy lejos de ser lo que te han contado que eres. Pero tienen el arma perfecta: si lo intentas de verdad, si procuras por ti seriamente, no saldrán perjudicados los que pusieron en pie la teoría sobre qué significa respetarse a sí mismo, sino tus iguales. Es un engranaje con muy pocas fisuras. Lo digo de verdad, yo se lo conté al Diablo. Él me dijo que siempre estuvo viéndome mientras ejercito la idea moderna de perder el tiempo, que consta de dedicar horas y horas y esfuerzo a cosas que no van acompañadas de firmas ni horarios fijos, y que tienen que ver con enriquecerse a todos los niveles excepto al único que se te exige. Creo que, aún con todo, él no sabía qué lectura hacer de la situación, ¿le favorecía?, ¿cuál es el comportamiento más coherente para hacer el mal? Siendo como es él un ángel caído, repudiado y expulsado, me dijo que Dios estaba en lo que yo hacía. Y me dijo que hablaba en serio. Me describió el infierno administrativo (el Infierno, me dijo, no es como el de Dante, se parece más a cubículos de oficinas y turnos interminables para llevar a cabo ejercicios de repetición burocráticos); me dijo que el Infierno, en todas sus formas, está bañado por el sol a menudo, corta el tiempo en rodajas, erige al ser humano como protoDios que se cree por encima de la Naturaleza (hasta el punto de que cree que podrá sobrevivirla; a juzgar al menos por sus movimientos para destruirla o defenderla…), y definitivamente no está bajo tierra. El Infierno son las ideas de quienes decidieron que la convivencia humana solo se podía basar en el apagado colectivo de la mayoría de gente. El Infierno es lo que, día día, la mayoría de gente está ayudando a mantener. Coño, le dije yo, qué duro. ¿Pero no ves las ventajas?, me preguntó. Apestaba a azufre, su pene colgaba casi como si pudiera usarlo como otra pierna. ¿Ventajas?, dije. Nadie te prohíbe ser un cabronazo, dijo, está permitido, es legal, a veces incluso cuando no lo es, ¿no está claro aún a estas alturas? Le dije que yo no quería ser un cabronazo, o que al menos no era mi intención. No has entendido de qué va la historia, me susurró; lo hizo como si estuviera de verdad intentando enseñarme. Le corté preguntando por qué había dicho que Dios estaba en los actos que uno acometía para intentar enriquecerse a varios niveles y no (sólo) al económico. Porque Dios es un buen tío, dijo, pero ¿crees que ser bueno es un buen negocio? ¿Crees que en el colegio te intentaron enseñar a ser bueno? No me malinterpretes, añadió, entiendo que Dios caiga bien a todos, pero no es a él a quien están rezando a juzgar por las cosas que hacen y dicen todo el tiempo. Hay padres convirtiendo a sus críos en bobos profesionales, por todas partes. ¿No lo has visto? Un grupo de adultos te moldea y extirpa lo necesario para hacerte igual al compañero de al lado, y los padres son cómplices de todo el proceso. Y no solo son cómplices, lo aplauden, lo apoyan, lo mantienen económicamente, ceden a cualquier presión. Aunque es lógico, teniendo en cuenta que no han tenido contemplaciones a la hora de traer a una criatura a este mundo…
¿Eres solo un humano más?, pregunté. ¡Claro!, gritó; bueno, no físicamente, aunque solo debes tomarte mi físico como una representación, o como un recipiente que llenar; pero el ser humano tenía las cualidades idóneas, todo lo que necesito; es tenaz, puede ser talentoso, pero sobre todo es varias personas en uno: la que enseña, la que esconde, la que va a entrevistas de trabajo, la que hace guarradas de todo tipo, la que elige el vacío como modo de vida, la que lo hace pasar por plenitud, la que hace daño de verdad, la que obvia que lo hace, la que esconde limitaciones bajo discursos sobre la sencillez, la que oculta la basura que es bajo las nóminas que cree demuestran su validez, la que explota, la que se deja explotar, la que elige la mediocridad por puro y simple miedo, la que se cree un dios, la que cree que entiende la maldad… Es un sinfín de atrocidades, un montón de mierda brillante y lo suficientemente alto para ocultar el sol. El ser humano se dedica sólo a buscar joyas no demasiado caras enterradas en una montaña de excremento para venderlas a cuatro duros en una casa de empeños regentada por un maníaco. Y a eso lo llama Ser Una Persona. Era perfecto para mí, el relleno ideal. Es algo que me encanta del ser humano, dijo, su idea sobre la dignidad, lo moldeable que es; puede adoptar casi cualquier forma, puede admitir casi cualquier injusticia, puede rechazar todo tipo de conocimiento que considere sospechoso, es ignífuga cuando la verdad se siente casi como el fuego; es intolerante a la lógica igual que puede serlo a la lactosa. Aunque no haya ni un resquicio de dignidad en él, el ser humano te dirá que sí, que está ahí, porque ha pasado el día fuera de casa, que te fijes bien, que te acerques un poco más; sonreirá sin poder disimular la malicia, y te mostrará su entrepierna, más abierto con cada gesto. El ser humano es sincero a su modo, a su modo increíblemente hipócrita y repugnante; para el conocimiento, el amor y el misterio de la vida, es algo así como lo que es un pederasta para el sexo. Lleva a cabo sus acciones sin darse cuenta de que está haciendo algo terrible, asqueroso y contra natura. El ser humano es como el pedófilo del Universo. Aunque también es muchas otras cosas, claro está.
Pero tú sabes jugar a esto, le dije al Diablo, eres muy capaz de soltar el rollo, de mentir, hacerme ver algo que en realidad solo es un truco.
Me hace gracia que me digas eso, me dijo, es emocionante hablar con vosotros. Es divertido. Es como si os mirara, y mientras tenéis el cuchillo ensangrentado en la mano sentados encima del cadáver de un niño, dijerais: ¿No estás exagerando un poco? Adoro esa dignidad que fluye, que va y viene, que existe para vosotros interesadamente igual que Dios. Hace mucho tiempo fui a hablar con una mujer. Estaba en su pequeño jardín, se le había soltado el cordel donde solía tender la ropa. No se asustó demasiado cuando aparecí. Te habría gustado, era una tía de cuarenta y algo, tenía su morbo, no dejaba de mirarme el colgajo. Le di conversación, le dije que se creía vete a saber qué, que si se estaba dando cuenta de que era mala y estúpida para con sus dos hijos pequeños. No habló mucho, y desde luego no con arrepentimiento. En determinado momento comenzó tender la ropa en mis cuernos. “Si te vas a quedar ahí como un pasmarote, me ayudas”, me dijo. No había escuchado nada de lo que le había dicho. Es cierto que tampoco le solté el rollo con ninguna buena intención de que corrigiera su actitud; usé un clásico truco, creo que ahora lo hacéis mucho por televisión; le canté las cuarenta como si a mí me importara lo que les pasara a sus hijos, y de paso hice lo que realmente quería hacer, que era intentar humillarla. Sé que os encanta la humillación; es decir, esto no es fácil de explicar, pero os encanta tanto humillar como ser humillados. Cierto que no os gusta la humillación seca, momentánea y sin importancia (la que yo intentaba), pero es evidente que adoráis la que se os inflige habitualmente a lo largo de toda la vida. Luego os levantáis cada día, os ducháis, os vestís, os echáis colonia o desodorante, y os creéis que así vuestra sociedad ya no huele a cuco.
Pero el caso, continuó el Diablo, es que aquella mujer no se inmutó. Eso me hizo tenerla en cuenta. No sé qué habrás leído al respecto, pero lo que hice fue usarla…, y tuve una hija.
Apareció una mujer de unos veinticinco años, “vestida” y maquillada de determinada manera, una especie de ejemplo de lo que el Diablo creía que cualquier tipo hetero o lesbiana querría tirarse.
Antes de que me propusiese nada, yo ya estaba metiéndole la lengua en la boca y la mano bajo la falda. Me gustaría decir que alguna extraña fuerza me obligó a actuar así. Una extraña fuerza me obligó a actuar así. Continuaba oyendo hablar al Diablo, pero ya no atendí demasiado. Solo le oí protestar cuando me vio sacar un condón que llevaba en la cartera. Lo hice por inercia. La cuestión es que el Ser que los dominaría a todos no podía quedarse en un charquito de semen dentro de una bolsita de látex.
Todo esto pasó en mi casa de entonces, hace ya mucho tiempo.
Cuando desperté al día siguiente, tuve esa sensación de haber tenido una pesadilla. Era el mismo escenario, solo que ya no estaba el Diablo. Pero en la cama tampoco había nadie más. Respiré hondo. Me parecía poder oler aún la fragancia de la mujer, pero sin duda era una falsa sensación que se iría pronto. Miré por la ventana. Todo estaba en su sitio. Oí la ducha, aparentemente se había puesto sola.

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Sicalipsis

La mujer entraba en la estancia sin aparente alegría o tristeza reales, aunque no te diera pie a concluir que fuese alguien depresivo o triste. Pero la opinión al uso de cualquiera que se considere «normal» a sí mismo (esto es: la mayoría de gente), sería que era, efectivamente, alguien depresiva y triste, puede que suicida, o peor aún, peligrosa. Aunque la realidad era que no podías lanzarte así como así a valorar su actitud: o si la tuya sería más o menos respetable que la suya, o más o menos inteligente; o, sobre todo, más o menos hipócrita. Levanta una piedra y saldrán corriendo decenas de hipócritas a tener hijos entre ellos para inculcarles su sana ración de práctica doble moral y tenacidad productiva solo sobre el papel oficial. Si las personas así fuesen vampiros, tendrías que salir a la calle con alguna clase de collarín metálico. Y no está claro que no lo sean; son las ventajas del vampirismo emocional: ganga de muchas instituciones; gasolina para el trailer obsceno siempre mal aparcado que suele ser el sistema. Dieciocho ruedas y todos lamiendo el aceite que se desprende del motor, como chupando de las tetas tóxicas de La Madre artificial. El Clásico. No deja de ser irónico que de vez en cuando se diga eso de un partido de fútbol: El Clásico. Irónico, retorcidamente apropiado.
Otra cosa es que pudieras sospechar drogas en la escena. Alguna erección sin ablandamiento durante una hora, hora y media. Mamadas de veinticinco minutos de reloj en las que resultaba apropiada una fregona. Mamadas frenéticas a dos bocas. A veces parecía que el tío de turno no tuviera pene, sino un falo de madera; hasta que llegaba la eyaculación, que de todas formas era tan sustanciosa (a menudo parecía una manguera de jardín) que no te quedaba más remedio que preguntarte si la naturaleza seguía presente o llevaba un colocón de puta madre. El sol entraba por un ventanal que iba del suelo al techo. La mujer entraba en la estancia sin aparente alegría o tristeza reales, y rondaba los cuarenta y muchos y era básicamente la maestra de las más jóvenes.
–¿La maestra?
–Sí, daba indicaciones, daba indicaciones a las chicas más jóvenes. A veces también a los chicos.
Allí daban por sentado que al tío no se le podía pedir nada más que aguante. Aguantar el tirón. Había bolsas de hielo. Usaban un spray con el que a veces se rociaban la polla, no sé qué era. Había sacos de condones. Había dos armarios llenos de lencería y disfraces. Y tocados, usaban muchos tocados. Ellas se ponían lacitos y cintas y historias así en pelo. Las más jóvenes intentaban parecer menores de edad, y las menos jóvenes jugaban a ser más jóvenes. Y había cámaras, claro, cámaras por todas partes. A veces llegué a ver el pantalón de algún operador de cámara bastante abultado; creo que a veces se preguntaban si la cosa podía salpicarles a ellos, entiéndeme; si alguna chica alargaba la mano y… Era una fiesta de swingers, no es raro. Fue interesante la charla que tuve con la “maestra”
–¿Una charla?
–Ya que estaba allí…
La tía tenía morbo, hay que reconocerlo. No te creas que era ninguna rubia de bote siliconada, con los labios hinchados y cada parte de su cuerpo mirando en una dirección distinta. Eso era lo bueno, era más bien como la madre de un adolescente a la que sabes que te tirarías sin problema. Desprendía vibraciones guarras, te miraba de determinada manera, era como si tuviera a su ninfómana interior siempre activa; a veces con ella misma al mando, a veces con el piloto automático: pero siempre estaba ahí.
–¿No habías dicho que era triste?
–No me estás escuchando…
Su actitud era ciertamente ambivalente a ratos, pero creo que no era más que preocupación por que todo saliera lo mejor posible. No era una preocupación moral, allí no había nadie menor ni nada parecido. Estaba pendiente de lo que pasaba a su alrededor. Claramente estaba cobrando un pico por mantener el orden allí. El equipo de grabación había hecho tratos con ella casi seguro. Lo cual me lleva a pensar que probablemente esas orgías ya se estaban haciendo en ese ático antes de que nadie las grabara.
–Tiene sentido.
–Cuidado, ya mismo nos darán permiso para entrar en la órbita geoestacionaria…
–¿Y dónde dices que estaba ese sitio?
El caso es que estaba allí, y me estaba poniendo a tono. Al principio no; tanta gente, las dudas sobre la higiene, tanto cuerpo desnudo, tríos… al principio no tenías interés alguno en mezclarte con todo eso. Pero cuando llevabas unos minutos allí, quizá te fijabas en alguna de las chicas; quizá otra te miraba de forma claramente lasciva. Puede que otra te invitara directamente en voz alta a “hacerle compañía”… Llegaba un punto en que comenzabas a preguntarte si podrías unirte a la fiesta. Y lo único que te acababa frenando eran las cámaras, claro.
–Claro.
Pero dejabas de pensar enseguida en enfermedades venéreas o la posibilidad de cruzar el sable con otro tío. Lo único que no querías es que ningún colega se topara con tu cuerpo blancuzco por Internet buscando porno una noche. Era lo único que te acababa frenando. Porque sabías que eso era una probabilidad muy factible, incluso con la cantidad ingente de porno que hay en la red, porque los vídeos viajan de un lado a otro sin control, son como partículas subatómicas. Son imprevisibles, y el planeta Tierra es como una gran paja.
–Lo es.
–Tienes que virar un poco a la derecha.
–Vale. Así que te fuiste…
¿Que si me fui? Tenía un puñetero festival de música electrónica en mi cabeza. Quería liarme con una tía que me había llamado claramente. Le dije a la jefa que si ella podía evitar que esa parte se grabara. Me dijo que no, ni en broma, y que iba a confiar en mi palabra de que mi polla estaba sana solo porque ese día se sentía generosa (ella, no mi polla). En realidad el procedimiento acostumbrado pasaba por un filtro, papeles que demostraban que estabas limpio, sin mácula, sin venéreas, etcétera. En fin, eso me jodió, lo de grabarme; luego me imaginé en vete a saber cuántas páginas porno a la larga, yo en un vídeo amateur, y no solo en un vídeo amateur, sino en un vídeo amateur en grupo, estaba claro que podía salir escaldado. Bastaba con que una sola persona de tu entorno topara con el vídeo y ya tenías algo supuestamente vergonzoso sobre lo que no podías ofrecer una explicación ni de lejos. Podía ser en dos días, en dos años, en doce… Tú, que te consideras un tipo prudente y demás; es más, que te consideran prudente, medianamente cuerdo o hasta una persona afable y ocasionalmente generosa, ahí, follando con alguien de quien no sabes el nombre real, en medio de una especie de cocido de garbanzos humanos, todos retorciéndose entre tíos empalmados con tejanos grabando hacia un lado o hacia otro según qué pareja estuviera gimiendo más alto o llegando al orgasmo.
–El peor escenario posible.
–El peor escenario posible.
–Bueno, los hay peores.
–Digamos el peor escenario posible sin incurrir necesariamente en delito.
–Exacto.
De modo que durante un momento me digo: No vas a hacerlo. Joder, ni de coña. Sabes, tío, es de esas cosas que se te pasan por la mente y enseguida las descartas, porque aún te queda un ápice de cordura.
–Así que, por fin, te fuiste.
–Joder, mierda, no me estás escuchando.
¡Era un coño, salido de la nada! Era una tía de veintitantos, o treinta o qué sé yo, que estaba esperando; si la hacía esperar mucho más se acabaría tirando a otro, y ni de coña me la hubiese tirado justo después de otro pavo, no iba meter la polla donde había habido otra polla un minuto antes, no iba usar de lubricante el sudor o lo que sea de otro tío.
–Ajá. Entiendo.
–No iba a comerle el coño después de que un gilipollas hubiese estado ahí dale que te pego, ni aunque llevara condón, joder. Vira más a la derecha.
–Más a la derecha.
–Y luego un poco a la izquierda. Fíjate en la pantalla.
–Sí…
–Hoy no va haber buen ambiente en la base. Lo veo venir. Es uno de esos días.
–Vaya…
–Te lo digo porque aún eres bastante nuevo, y el asentamiento en este planeta está siendo un caos absoluto… aunque no quieran reconocerlo aún.
–Bueno. Y qué pasó al final…
–Sí…
El caso es que estaba ahí, sí… la tenía ya casi tiesa. Aunque no me había quitado ni una prenda. Yo qué sé, un colega me había liado. Yo estaba de piedra, por que él ya estaba encima de un colchón por los suelos intentando que dos chicas se la chuparan a la vez o qué sé yo, creo que en realidad era algo más fuerte que eso. Era todo un poco… era como el imaginario porno habitual, y peor, allí no había nadie que no estuviera intentando hacer alguna acrobacia o alguna guarrería que jamás harían a sus novias o novios, o a sus mujeres, maridos, lo que sea… La jefa me había dicho que allí había de todo, toda clase de peña, y que confiaba en que no largara si veía a alguien conocido; solo me había dejado entrar porque mi colega era una especie de VIP, lo cual al principio me escandalizó vagamente; no por nada, mi colega es soltero y puede hacer lo que quiera con su zarrio, por descontado; más bien me escandalicé por lo inesperado que era que él precisamente estuviera en saraos de swingers aliñados con cámaras y toda clase de juguetes y bobadas de porno duro. Puños de PVC… todo ese rollo. Allí había gente cuyo objetivo vital era la dilatación del ano, no digamos de la vagina… Más que placer, era un cuestión de llegar cada vez más lejos. Abrirse, en un sentido literal más que figurado. Yo cada vez la tenía más dura, porque parecía un entorno idóneo para mojar. Cierto que lo de las cámaras era un corta-rollos, pero joder, pensé, estaba hasta las narices de tener que montar un circo de las convenciones para poder follar con alguien; que si decirle algo a la chica de turno en el momento adecuado, que si decirle algo más para que baje las defensas, que si preparar el terreno para que se baje las bragas, que si contarle que eres ingeniero, que si adornar viajes interestelares en los que te aburriste como una vaca viendo pasar el tren, que si recitar tu currículum en voz alta sin que parezca que lo estás haciendo, que si luego ponerte un poco seco para que entienda que solo quieres follar, que si vas a cenar a un sitio o a otro, que si la invitas a dar un paseo con el caza de la empresa, que si la tanteas para saber si vomitaría en un ejercicio de entrenamiento básico para astronautas antes de… Joder, es agotador. ¿Tan difícil tiene que ser? Allí esos tíos estaban follando, sin más, estaban mojando a lo bestia, algunos con dos tías, vi a uno que estaba dándole a tres. Y también ellas se lo montaban hasta con tres tíos. Vale, no todos eran pimpollos universitarios, pero estaban dispuestos, no te pedían explicaciones, no tenías que contarle tu vida aburrida de mierda a nadie, no tenías que hacer que eras más sensible de lo que eras, o más inteligente, no tenías que actuar, esconder información, divagar, hacer cabriolas, no tenías que sentirte como un memo, joder.
–Ya. Entiendo…
–¿Entiendes, tío?
–Sí, claro, te capto…
–…
–Así que entonces te follaste a esa tía.
–Joder. ¡Claro que no, coño!
–Pero has dicho…
–¿Es que no te enteras de nada?
¿Te crees que si hiciera esas cosas estaría ahora aquí dándote la brasa con la gente que hace esas cosas? Porque, dime, tío, ¿acaso salgo reforzado del hecho de no haberme tirado a alguien por miedo a que alguien me vea tirándome a alguien? ¿Conoces a alguien que se avergüence de que le veas disfrutar jugando a tenis o preparando una hogaza de pan o haciéndole un regalo a sus puñeteros sobrinos en navidad? ¿Acaso echar un polvo tiene que ser por fuerza distinto de hacer rafting en cuanto a cosas que haces mientras te ven? Joder, la gente compra esas fotos de mierda que te sacan en las montañas rusas poniendo cara de gilipollas; todos actuando como si Follar fuera el nombre de un Emperador bizantino.
–Bueno. Alguna gente prefiere la privacidad.
–Prepara el dispositivo de asentamiento. Suave esta vez, por favor.
–Sí.
–Joder, a esa gente me refiero.
¿Acaso meto yo el rabo en sus valores sobre la intimidad? ¿Acaso me molesta que follen dentro de una caja fuerte con hipoteca a cuarenta años? ¿Por qué su idea sobre la intimidad tiene que ser menos ridícula que treinta personas follando sólo por placer en un ático? ¿Hay más hipócritas entre los swingers o entre los de la hipoteca nuclear, el crío y el bombo para el hermanito?
–Pues no sabría qué decirte.
–Da igual.
Estuve un rato más allí, de pie, quieto como un pasmarote. Fue el sábado pasado, ¿lo he dicho?, pues fue el sábado pasado, había tíos allí que ponían cara de llevar toda la semana pensando sólo en ese justo momento, en estar allí; les miraba y podía intuir, o más bien no te quedaba más remedio que intuir que el resto de los días de la semana, el resto de las horas, el resto de su existencia rayaba en lo insoportable. Muchos de ellos con anillos de casados, no se los quitaban, y ellas igual, estaban todos allí y era quizá el único lapso de la semana en el que estaban justo donde querían estar, el único rato en el que no se cambiarían por nadie ni querrían ir a ningún otro lugar. La jefa me decía que pensara en lo que podrían estar haciendo de no estar allí, y muchas de las cosas que me venían a la mente eran terribles. Mi colega le daba palmadas a su polla cada vez que creía que se iba a correr, al final el cabrón me hizo esperar casi dos horas. Cuando se corrió la primera vez, pensé que lo dejaría, pero se limitó a esperar unos minutos y literalmente agarró a otra chica, la cual se dejó hacer del modo más natural, como si el mundo de afuera del ático, con sus normas y reglas no escritas, fuera la cosa más equivocada, estúpida y aburrida del Universo. Mi colega me dijo que a veces se pesaba al llegar a casa después de esas juergas, y había llegado a perder más de dos kilos. Solo de ver lo que marcaba la báscula me dijo que se la tenía que cascar otra vez pensando en el siguiente sábado.
–Vaya… Creo que ya estamos cerca.
A mí todo aquello me dejó pensativo, tío. Sabía que se hacía, claro, pero verlo allí, in situ, algo que pensé que me daría incluso asco… Me dejó muy tocado, muy tocado, tío. Pero tiene sentido, porque yo siempre he sido más así que como son la mayoría de mis amigos; no he mantenido relaciones largas. Todos comenzaron con su novia o su mujer hace la tira de años, y la mayoría la mantienen. Todos desde antes de los veinticinco o veintiséis años. Como mucho tuvieron una o dos chicas antes, como si solo fuera por cumplir con alguna de esas reglas no escritas.
–No tengo claro dónde bajar…
Y a todos se les veía felices, medio cachondos siempre al principio, es algo que notas, no hace falta que se morreen delante de ti ni que se hagan carantoñas. Es un cliché decirlo, pero con el tiempo todos se fueron a vivir con sus parejas, y entonces la relación se comienza a parecer más a lo que hay entre una niña japonesa y su Tamagochi que a la de una pareja que le ve auténtico sentido a estar juntos más allá de las cuestiones prácticas o los objetivos personales. La cosa pasa a limitarse a evitar la muerte de la máquina; por decirlo así.
–Creo que voy a necesitar ayuda con esto.
–No has preparado bien el protocolo de asentamiento, anúlalo y hazlo bien. Y no estamos en la zona requerida. Mira la pantalla.
–Mierda.
–Tienes que arreglártelas; si sigo sacándote de bretes así, luego cuando estés solo palmarás…
Quedé mentalmente paralizado, luego no pude dormir en toda la noche. Aquello no me había hecho ver con mejores ojos a las parejas que me rodeaban por todas partes en los ambientes que todo el mundo respeta; me había hecho pensar en esos actores porno que se forran a golpe de escena, procuran no pensar en ello, ganan más dinero que la mayoría de gente que lleva por bandera la autoestima “correcta”, y no tienen sobre qué quejarse más allá de lo que la sociedad piensa de ellos mientras se la casca en privado con esos vídeos. ¿Te das cuenta de las capas y capas de hipocresía que hay en todo eso? Una vez más, te pregunto, ¿quién es más hipócrita, el actor porno o los que se la cascan (es decir, todos los demás) mientras hablan del sórdido y machista (por decir algo) mundo de la pornografía?
–Creo que vas a tener que ayudarme, de verdad. Creo que me he perdido… y se ha encendido la luz de combustible. Estoy en reserva.
–Dios santo…
… no me estás escuchando, nunca nadie escucha, estás como todos, como todas… sólo dando de comer al Tamagochi, tenga la forma que tenga, sea lo que sea, da igual si es palpable o una metáfora o una institución o un sistema o un engranaje, físico o figurado… Todos dais de comer a la máquina, y no veis nada más que no sea eso, es como una ceguera selectiva. ¿Y nosotros estamos colonizando planetas…?
–Me estás dando mal rollo…
–Soy tu puto superior, ¿no te lo han dicho?
¿Sabes que algunos tíos, tíos que conoces desde hace poco, mecánicos, electricistas, ingenieros… tíos con novia añeja y hasta casados, están experimentado ya con corrientes eléctricas manipuladas y formas de fabricar coños sintéticos? No pienses en rollos de sex shop, nada de siliconas ni PVC ni consoladores ni torsos falsos con pollas de mentira bamboleándose… Es duro estar solos en el Universo…
–Aún no está demostrado que…, pero en serio…
–No me hables de tu máquina, por favor, solo te pido eso, cinco minutos, deja la máquina, deja que el Tamagochi pase hambre un rato, solo es un Tamagochi, y tengo que decirte, necesito decirte que esos tíos son tíos serios, ¿entiendes?, yo les he visto, yo no soy como ellos, pero les entiendo, les he visto leer libros raros y ver películas viejas en sus turnos de guardia, les he visto recitarse a Sartre y a Wittgenstein entre ellos en voz alta. ¿Entiendes lo que digo?
–Están… ¿están perdiendo el juicio…?
–¿O lo están recuperando? ¡Qué coño pasa, novato! ¿No puedes ver la estrellas?, ¿te está sirviendo de algo? ¡¿Te está sirviendo de algo?!
–Yo, quiero llevar a tierra esta cosa, es lo único que quiero ahora.
–¡Deja al Tamagochi! ¡Yo conozco este Tamagochi como las venas de mi polla!
¿Y crees que cuando estés ahí abajo, en otro planeta bautizado con el nombre de unas galletas saladas, vas a ser libre? Vas a servir al siguiente Tamagochi. Somos exploradores muertos, novato. Sin alma, sin orden ni sentido reales.
–En serio, me estás acojonando, si esto es una broma no tiene gracia.
–¿Una broma? ¿Una broma existencialista? Yo también leo a Wittgenstein, ¿quieres que te recite lo que diría sobre esto?
–Por Dios, nos vamos a quedar sin combustible, y tengo la mente totalmente en blanco, es la segunda vez que piloto esta… cosa… este modelo.
–¡Esta cosa! Coño, es la primera vez que dices algo con sentido…
–¿Qués haces…?
–Hago lo que tengo que hacer. Cada uno tiene su estilo llegado cierto punto. Te he hablado mucho de mí, ¿y ahora esto te extraña?
–Por favor, coge los mandos y bájanos, solo te pido eso.
–¿Ahora te pones a llorar? Por mí bien, me vale.
–Esto es una broma, esto es una broma, esto es una broma…
–¿Sabes qué es lo más ridículo de todo esto?
Llevas toda la vida preparándote para ello, y ahora yo me voy a hacer una paja –porque el ser humano no es ni más ni menos que la gran paja de sí mismo– y va a bastar para echar abajo toooda tu mierda sobre el supuesto buen chico esforzado y trabajador. Porque así es como es la vida, y te lo dice un ex chico esforzado y trabajador.
–Joder, joder, jod…
–¡“Lo que se deja expresar debe ser dicho de forma clara”, Ludwig (mamonazo) Wittgenstein!
–Por favor, no me hagas esto, no…
–Oye, quedan unos minutos de combustible de reserva. Piensa ahora en…
–Espera, espera…, si es una lección o algo así, ya la he aprendido, pensaré en ello y…
–¿Crees que te dejaría contar por ahí que me saqué la polla delante de ti en una Ydris modelo 900 nuevecita? Eso será si sobrevives, o si encuentras la manera de dejar este muerto de quinientos mil kilos en el suelo como si fuera una pluma.
–¿Por qué haces esto?
–¿Cascármela?
–No, es…
–Te diré por qué me la casco.
Y es porque nada me pone más que ver a un jovencito de nuevas generaciones de ingenieros que ayer se tiraba a su novia creyéndose la salsa de la Galaxia, meándose encima porque uno de los tíos mayores de los que se ríe con sus colegas ha decidido que La Máquina ya se ha mofado lo suficiente de él.
–Oye, yo no, solo eran bromas, chorradas en el comedor, no pensamos que…
–¿Chorradas sobre mis colegas y sobre mí? Cositas inocentes. ¿Hasta dónde vais a llegar los nuevos? ¿Quién va a ser el primero de vosotros que se tire a una marciana sólo para contarlo con pelos y señales de marciana en el comedor de UTC?
–En Marte no hay…
–¡¿En Marte no hay?!
Ya miras mi polla como si fuera un extraterrestre. Porque has aprobado cuarenta exámenes en tu vida te crees que sabes cómo funciona UTC o un agujero negro. Pues servidor no se va a jubilar, servidor se va a ir feliz: me voy a acabar la paja y luego voy a mirarte, voy a mirarte hasta el último instante, hasta la colisión, porque va a ser lo más cerca que voy a estar de ver a La Máquina estrellarse y morir.
–¡Dios bendito!, por favor…
–Llora un poco más, aún no la tengo dura del todo.
–Hijo de puta…
–Vamos, quítate el cinturón y destrózame a puñetazos. Sé que no vas a hacer nada, porque llevas cumpliendo órdenes desde que te pusiste de pie y lo siguiente que hicieron fue ordenarte que te sentaras.
Oh, espera, pero si no te he dicho… ¿Sabes tus colegas?, ¿sabes que hoy tenían instrucción? ¿Sabes que les tocaba pilotar hoy estas naves? Pues hoy tendrán la misma clase de compañía que tú. Y más de veinte chicos y chicas listos van desaparecer hoy, y vamos a dejar claro el mensaje. Los pioneros no somos vacas viejas, somos los que descubrimos el camino. UTC se va tener que saltar una generación. Y quizá con la próxima haya más suerte. Tu novia piloto está muerta, tus amigos están muertos. Tu familia resolverá esto en un par de semanas y luego seguirán con su vida, y como mucho tendrán que cascársela como yo ahora viendo la fotos de mierda de tu orla. El birrete de un cadáver. Era esto o quedarnos todos mis colegas y yo sin curro a quince putos años de la jubilación; sin curro, sin dignidad, sin un puto finiquito, porque La Máquina sigue siendo… uh… uh… la misma… ¡la misma!
En el fondo te estoy haciendo un favor, niño de teta. Fíjate en esos cráteres, fíjate en esas montañas, mira cómo avanzamos, ya casi lo tenemos, los cultivos, los equipos de hidratación… ¿No es patético? ¡No mires mi corrida!, ¿acaso quieres chupar?… Puto enfermo que no ha salido de la puta habitación; tanto rollo con tener un buen futuro y ya no tienes futuro de ninguna clase. ¿Crees que esto va a pasar? ¿O crees que aún cogeré los mandos y el sábado que viene iré a tirarme a alguna niña con el anillo de casado puesto?
–Tu mujer… ¿estás…?
–¡No tengo mujer, gilipollas!
–Lo siento, yo…
–¿Sabes? Por un momento había dudado, pero esto se está alargando ya de mala manera.
–Por favor…
Esta es la nueva parafilia; iniciar otra revolución que se apagará demasiado pronto, pero con la que al menos habrás salpicado de esperma el panel de mandos. O quién sabe; el objetivo es acabar de una vez por todas con los de tu calaña, ya lleváis demasiadas generaciones vivos. Y yo fui uno de ellos, yo fui como tú, con la diferencia, quizá, de que jamás comencé a decir la frase : “No tengo tiempo para leer”. Si contestas a la transmisión o pides ayuda, te meto los pulgares en las cuencas de los ojos.
Eso, intenta pilotar esto, deberías haberte puesto hace rato, joder. Ahora sabes a lo que te enfrentas de verdad por primera vez en tus veintipocos años… No tienes ni idea, si follas igual que pilotas tu novia debe haber tenido un orgasmo al estrellarse. Alguna vez lo de caer en picado tenía que dejar de ser una metáfora para vosotros. Solo podíamos eliminaros desde dentro. Siendo uno de vosotros, estando renegados; víctimas de un ERE moderno. Con cuarenta ya comienzan a considerarte viejo (comenzáis), pero por suerte tú no tendrás que pasar por eso.
–¡¡Por favor!!
Si siguen cayendo lágrimas por todos lados vas cortocircuitar esto, aunque no sería tampoco una novedad viniendo de alguien como tú. Yo lloraba como tú, llegué a llorar sólo de suspender algún examen. Tú al menos lloras con motivo…
Oye, respira hondo. Fíjate en la aurora boreal. Aún puedes verla un poco. Quiero que seas consciente de lo ajeno que eres a ti mismo y a lo que ves ahora. Esto no es un simulacro, no estás en la cabina de entrenamiento virtual. Nuestro ataúd va ser el más caro de la historia. Entierro oficial, uniformes, salvas, hijos de puta institucionales dando el pésame a las familias. Vamos, !saluda a la caja negra!, por si acaso. Ni siquiera sé si esto tiene caja negra.
–No quiero morir, por favor…
Estamos planeando, ya no hay combustible…
Piensa en algo bonito…
–No quiero morir.
–¿En serio?
–Por favor…
–Dios. Nunca me he sentido mejor.

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Un mensaje nuevo

Vuelves de la oscuridad y primero te sientes a ti mismo respirar pesadamente. Luego notas todo tu cuerpo, lo cual es una buena noticia. Pero después eres consciente del dolor. A través de las telarañas del parabrisas quebrado, puedes ver el atardecer. Una zona algo apartada de la ciudad, una carretera a medio camino de todo entre bosques breves de periferia. Una salpicadura de sangre propia parece arte abstracto en el salpicadero. Estás atrapado, y de todas formas sabes que casi seguro te has roto las piernas por completo. Te oyes a ti mismo gemir, aunque sin energía. Tu cara húmeda desde tu oreja derecha hasta el cuello, tu camiseta empapada como si te hubiera exprimido un gigante. Nadie iba contigo, lo cual te produce una sensación similar a la de sentir todo el cuerpo: una suerte de vitalidad fugaz. Tus brazos malheridos gozan de movilidad, aunque uno de ellos parece tener cristales clavados, fragmentos como minúsculas estalactitas. La sangre dificulta la lectura del escenario. Es la percepción atrofiada por la vida en crudo. Ves un fardo delante de ti empapado de rojo y supones que también líquido de motor; te das cuenta de que es el airbag, una suerte de condón descomunal reutilizado y repugnante. Cuando intentas hacer algún movimiento, se te va la cabeza debido a punzadas de dolor desconocidas para ti hasta ahora. Oyes un crujido que proviene de una de tus dos piernas, como una rama a medio romper. Sólo del terror te entran unas irrefrenables ganas de vomitar. Te da una arcada y te tragas lo poco que sale. No quieres padecer convulsiones para no moverte más de la cuenta. Tu cuello parece operativo, aunque algo rígido, no es que te vayas a librar del collarín. Por el rabillo del ojo izquierdo: una sombra veloz, un coche sano que ha pasado de largo. Tu cabeza bulle de pensamientos sueltos que llegan y se van igual que el vehículo que ha pasado. Sabes que tienes el móvil en el bolsillo. El cinturón de seguridad está arrancado. El sol y todo lo visible comienzan a fundirse con el horizonte, todo a través del cristal resquebrajado y las gotitas de sangre más nimias pero numerosas, esparcidas por doquier. La camiseta se te está empapando contra el pecho como si te hubieras restregado con ella por un matadero. Intentas gritar, sin saber muy bien por qué, y un relámpago de dolor va desde tu cabeza a tus piernas trituradas. Pruebas a mover sólo tu brazo derecho y palpar el bolsillo del pantalón. No es que lo veas muy bien, pero sabes que el coche está empotrado contra algún árbol lo suficientemente resistente. Te has salido de la carretera como todo un campeón, piensas; el morro de última tecnología ha hecho lo que ha podido, absorbiendo el golpe, y yace reducido como un acordeón cerrado. Tu móvil nuevo de trinca está intacto. Maldices, escupiendo de pura desesperación; no fluye la conexión a Internet, va y viene o no va, no recuerdas el puñetero número de urgencias. Piensas en llamar a la policía. Piensas en el momento en que decidiste conducir demasiado deprisa para olvidarte de ciertas cosas; y lo poco propio de ti que es hacer algo así, joder. Ves que la pantalla te informa de un mensaje pendiente por leer. Así, consultando el móvil, encuentras una postura parcialmente “indolora”, aunque tu cabeza esté en estado nebuloso y magullado. Se te ocurre que vas a pasar por un proceso terriblemente doloroso cuando vengan a sacarte del coche, mucho más doloroso que el accidente en sí. Ves venir muchos meses de hospital, puede que un año, puede que más, y prefieres no pensar en daños irreversibles. El mensaje dice:
“Hola… Qué es de ti…?”
Lo que faltaba. Lo dices en voz alta, suena como si no fueras tú, la garganta te sabe a sangre, dices: Lo que faltaba…
Durante dos segundos te sientes incluso ajeno a tu situación, debido a quién ha sido la que ha mandado el mensaje. Todo después de dos años de silencio, dos años o más. Dos años seguramente más provocados por ti que por ella. Más culpa tuya que de nadie a quien quieras culpar. Porque eres idiota, probablemente un idiota lisiado a partir de ahora. Vuelves a pensar en la policía, pero escribes:
“Hola”
Tras lo cual –después de pensarlo muy detenidamente– añades una carita sonriente. Te preguntas si el hecho de que el corazón se te esté acelerando aún más hará que sangres más rápido… Y lees:
“Hola, chico :)”
Te mueves sin querer y sueltas una auténtico alarido de dolor. Se te nubla la vista. Vuelve a crujir algo, estás bastante seguro de que es la pierna derecha. La izquierda parece definitivamente partida, pero está atrapada de tal forma que resulta inmóvil. Los ojos te lagrimean de pura desesperación. No puedes creer que Te Esté Pasando a Ti, y que Te Haya Hablado justo en ese momento. La policía, piensas, la policía… Miras el móvil y lees:
“Me ha pasado una cosa, me he acordado de ti…”
“Ah :)”, contestas. Tu pierna cruje y vuelves a gritar. Está comenzando a ser noche cerrada. Otro coche vuelve a pasar de largo por la carretera, ya con las luces puestas. Es imposible que no te vean, que no vean lo que ha pasado. Te das cuenta de que vuelves a tener conexión a Internet, obviamente; o de que ya la tenías y pensabas que no.
No es que pienses con claridad, pero de golpe casi todo tiene que ver con Ella. Piensas qué vas a decir, qué decirle, qué contarle, cómo excusarte o si viene a cuento hacerlo, o si sabe que ella te gusta desde hace ni sabes cuánto, o si deberías saber si le has gustado alguna vez a ella, o si debes hablar dando por sentado que tiene novio, o que no lo tiene, o que no es asunto tuyo…
Y te dice:
“¿Cómo estás?”
Decides no mostrarte muy efusivo, pero tampoco robótico, ni mucho menos depresivo o necesitado. Tampoco puedes parecer ausente o ajeno como si estuvieras haciendo dos cosas más a la vez. Hay cosas que ella misma intuirá y no sacará a colación. Toda conversación conlleva otra conversación soterrada: una especie de intra-conversación. Da igual lo sincero que creas que eres. Desde luego, de todas formas sabes que algo es auténtico cuando coloca en un aparte el hecho de que tienes las piernas rotas y muchas dudas sobre tu futura integridad física. Urgencias, piensas, la policía, urgencias, llamar, seguir con esto, afrontarlo, afrontar el dolor horrible y el proceso de conversión de montón de carne y huesos rotos a ser humano presentable otra vez. Venga, gilipollas. Di que ahora no puedes hablar, que te ha surgido un problema, algo que atender, puede que un familiar que te haya llamado, accidentado…, pero que querrás retomar la conversación, que no quieres quitártela de encima, que te ha surgido algo. Pero no se lo digas así. Sintetiza. Adelante, ahora. Esta vez se trata de tus puñeteras piernas, de tu cabeza. Piensa en sillas de ruedas, en rampas para siempre si no actúas, motívate, lo que haga falta, pero resuelve esto YA.
Y respondes:
“Bien :)”
Te vuelven las nauseas. Te preguntas si alguien habrá llamado a urgencias, a una ambulancia. No se oye ninguna ambulancia; estáis tú, el bosque, el árbol, tu cuerpo roto como el de un muñeco y vete a saber cuántos años por delante, y en qué estado. Te preguntas qué opciones hay con la eutanasia. ¿A quién le pedirías ayuda? ¿Quién te quiere lo suficiente?, ¿o te odia lo suficiente?, o lo que sea… Miras el móvil. Policía. ¡Urgencias! Y ella dice:
“Hay una cosa que puede interesarte, pero tendríamos que quedar para hablarlo…”
¿Una cosa que puede interesarte? ¿Algo de trabajo a tiempo parcial los fines de semana? ¿De qué se trata, a estas alturas? ¿Será…? Podría ser que tuviera una entrada que le sobra para ir a ver, qué sé yo, a U2, o a algún grupete indie malillo pero aburrido… Podrías ir con ella perfectamente. Podrías fingir que te gusta el grupo que sea. Lo que sea. Pero ¿quedar antes? Suena a algo más serio. O puede que lo que sea sea una excusa para quedar. Puede que ella ahora no tenga novio y se haya acordado de ti y se haya hecho preguntas, puede que una amiga le haya dicho “¡dile algo!, ¡qué más da!, no tienes nada que perder…”, o puede que no se trate de ti, puede que solo sea algo de curro o de vete a saber, ella sabe que siempre estás pelado… O, horror, podría ser cualquier cosa, podría recibirte con un chico que resulte ser su novio y todo se convierta en el día más incómodo y asqueroso de tu vida, y que te ofrezcan vete a saber qué mierda de puesto en la empresa en la que él trabaja y donde sería tu superior. Puede que te esté ofreciendo migajas sin darse cuenta de la humillación. Aunque puede que no tenga ni de idea de lo que sientes por ella (ni sienta nada por ti) y por eso le dé igual y no se pregunte qué vas a sentir… ¿Tendrá rampas las empresa? O podría tener muchas escaleras y tú salir con piernas de esta y empujar a ese mamón un día por ellas y decir que ha sido un accidente… Si es que existe tal mamón. Que seguro que es un mamón. Porque otra cosa no, pero esa chica nunca ha tenido olfato con los tíos (lo cual siempre te ha dado esperanza). Y lees:
“¿Sigues ahí?”
Venga:
“Me preguntaba qué es eso de lo que hablaremos :)”
Gritas otra vez y la pierna cruje. O al revés, la pierna cruje y sueltas un alarido ronco, te estás quedando sin voz. No se oyen sirenas de la policía.
“Mejor que lo hablemos cuando quedemos, si quieres quedar…”, dice ella.
Ambiguo, misterioso, raro…, no sabes cómo reaccionar, quizá sea un buen momento para decirle que ahora tienes algo entre manos y que quieres hablar con ella en otro momento, para quedar, para cerrar el asunto y poder veros cuando sea. Y quizá darle a entender de alguna forma retorcida y venenosamente inteligente (con la que no la engañarás) que quieres quedar, sí, pero a solas, sin ninguna carabina ni, por el amor de dios, ningún buen chico preparado de gran ciudad sobre el que te tengas que preguntar qué método favorito está usando últimamente para correrse. Enciendes la luz interior del coche y funciona; porque la vida en realidad no tiene sentido. Le dices que te alegra volver a hablar con ella (a Ella, no a la luz), y que te han “pegado un toque” y tienes que hacer una cosa. Le aseguras que en cuanto puedas le enviarás un mensaje, ya que de todas formas se ha roto el hielo (que más bien era ya como la madre del iceberg del Titanic) y ya no te sentirás extraño ni estúpido al hacerlo. Aunque no le dices todo eso así, claro. Y otro coche vivito y coleando pasa de largo con alguien de lo más altruista dentro…
Por un momento te entra el pánico. Ella no contesta a tu última explicación, y se te ocurre que, impulsiva como es, podría llamarte sin más para decirte lo que sea a viva voz. Te quedas mirando fijamente el móvil. Por fin, ella dice:
“Vale. Dime algo por aquí cuando quieras. Y ya quedaremos :)”
Sueltas aire, aliviado. Os liais un tanto para despediros, pero finalmente vuelves a quedarte solo con tus piernas rotas y el coche. Ahora sí, ambulancia, policía, bomberos, que vengan todos aquí, estás listo para la sangre, puede que tengas que ver tus propios huesos, puede que…, puede que haya buenas drogas para no sufrir, aunque seguro que nunca hay suficientes. Piensas qué le dirás cuando en la siguiente conversación le tengas que explicar que estás en el hospital con medio cuerpo lleno de yeso y hierros. Cómo hacer que no suene dramático y a la vez no restarle demasiada importancia. Siempre puedes decirle que te la pegaste justo después de hablar con ella, descartas que te pregunte dónde ibas (a ningún sitio). Pero no será fácil explicarle lo que ha pasado. En ningún caso piensas que puedas acabar en silla de ruedas; te aferras al dolor increíble, las ráfagas de fuego dentro de las piernas, la quemazón de todo el cuerpo; es lo único bueno de todo eso: gozas de sensibilidad, no te has quedado parpadeando por un solo ojo sin poder mover nada de todo lo demás.
Has bajado la guardia un minuto y las ganas de vomitar te han vuelto. Esta vez te dejas llevar. De alguna forma piensas que no soportarás mucho bañado en tu propio vómito y por fin te atreverás a llamar a urgencias.
Efectivamente, haciendo menos esfuerzo del que esperabas, devuelves sobre tu pecho; el discurso amarillo te empapa desde el cuello hasta la entrepierna. Manipulas el móvil, haces búsquedas, llamas, recibes tono, te explicas demasiado tranquilo –piensas– para lo que te ha pasado. A veces hay que ponerse histérico para que la gente mueva el culo a la altura de las circunstancias. En cualquier caso, pones en marcha a una ambulancia, que tarda menos en oírse de lo que esperabas. Llega acompañada de un camión de bomberos. Extraños uniformados comienzan a mirarte desde todos los ángulos desde fuera del vehículo, a través de los cristales echados a perder y toda la sangre y el miedo y la incertidumbre, el vómito, la carrocería, la humillación potencial. Es aterrador y a la vez sabes que ya no tienes que hacer nada, solo dejarte hacer, solo dejarte manipular, llevar, soldar, solo gritar y padecer como cualquier otro accidentado cuyo siniestro haya sido lo suficientemente aparatoso. Da igual lo que te vaya a doler, porque ya les ha pasado a miles, a millones, no eres nadie, ningún pionero, no eres ninguna sorpresa. No eres original para nadie. De hecho probablemente piensen que has bebido; puede que no los que me mejor te conocen, pero sí muchos otros. Se la pegó con el coche, a saber dónde iba, tenía que acabar mal, algún día tenía que pasar algo. Etcétera. Porque todo el mundo es un oráculo si su vida es lo suficientemente absurda, tediosa y conocida.
Te empiezas a adormecer, aunque sabes que en todas la películas eso es mala señal, y aún no has llamado a tus padres, a nadie. Todo se va a negro justo cuando estás comenzando a ver una lluvia de chispas, alguien está comenzando a despedazar la carrocería. Queda toda una jornada de trabajo. Y ves un altar. Te ves a ti mismo esperando. Las banquetas de la iglesia están repletas de motores parlanchines de distintos tamaños. A tu lado hay un tubo de escape, toda la estructura de un tubo de escape puesto en pie, que se inclina sobre ti y dice: “ya viene”. Comienza a sonar un órgano y te sobresaltas, el órgano de la iglesia. El tubo de escape humea un poco a tu lado, lo que interpretas como una sonrisa. Los motores se agitan en las banquetas como dándose la vuelta para ver a la novia. Finalmente, Ella entra del brazo metálico de la estructura completa de otro tubo de escape, que se arrastra solo y puesto en pie a cada paso que ella da ceremoniosamente. Todo el techo y las cristaleras están llenos de placas electrónicas, algunas cuelgan de lo que parecen cables coaxiales. Cuando ella está cerca, observas que su vestido parece hecho con piel, pero no piel previsible alguna, ni muchos menos visón o de otro animal al uso. Esta se transparenta y es fácil intuir sus pezones, e incluso su vello púbico. Te da igual, todo te parece correcto y en su sitio. Al darte la vuelta, eso sí, para encarar con Ella al cura, estás a punto de sufrir un infarto. El hombre tiene varios trozos de cristal de buen tamaño clavados en la cara; la sotana y lo demás está desgarrado y manchado de sangre y jirones negros, y apesta a gasolina. Al abrir la boca, con cada supuesta palabra o frase, parece regurgitar pequeñas llamas; a veces salen chispas por sus orejas: chisporrotea. No captas nada de lo que dice. Dos hombres tiran de la estructura del salpicadero, tardas varios segundos en reconocer de verdad la realidad. Tu pierna izquierda es un amasijo de negrura, podredumbre, esquirlas de hueso y carne quemada, pero tiene forma de pierna, y al menos estás de una pieza. Entras en pánico otra vez y le intentas decir a alguien que hay que llamar, llamar, a tus padres, que no has llamado a nadie. Una voz te dice que no te preocupes. Una mujer habla contigo mientras los demás intentan separarte de tu coche como si fuera tu apéndice o te estuvieran extirpando un riñón. La “hora de oro”, supiste después, es cuando todo sucede, la primera hora desde que te diste el trompazo, puede que las dos primeras horas, que es cuando el protocolo de actuación ha de ser óptimo para que no la casques. Tú pasaste la hora de oro hablando con alguien que probablemente piensa que eres un chico con problemas con quien jamás se liaría, ni mucho menos en serio. Alguien que una vez fue divertido. La hora de oro ya pasó. La mujer te dice que mantengas la calma. Le dices que eso no es un problema para ti, si te garantiza que te van a devolver las piernas. No se lo dices así. En la hora de oro se producen el 75% de todas las muertes en accidentes así, pero no se habla de rampas ni ojos solitarios parpadeando en habitaciones vacías. Si no palmas, los profesionales ya se van con la sensación del trabajo bien hecho. Lo cual es bastante comprensible. “Eh, le salvé la vida a ese tío, ahora está por ahí, viviendo su plena juventud, alimentándose con una pajita y ejercitándose como un mueble.” Le preguntas a la mujer si sería muy raro que te pusieses a trastear con el móvil. Más que nada porque la ceremonia se ha quedado a medias. No te ha entendido, y te suelta alguna nueva frase tranquilizadora de protocolo. Le insistes y te dice: “¿Qué ceremonia?” Y entiendes que estás cruzando conceptos y sentimientos. Al mirar a la mujer la imaginas desnuda; te lo tomas como un síntoma de salud, y no de estar tan increíblemente salido que hasta masticado por tu propio coche puedes pensar en las bragas de quien esté más cerca. Básicamente están convirtiendo el coche en algo elástico y blando que poder manejar. Cortan por un lado, estiran por otro, ahuecan algo, rellenan alguna otra cosa. No es la hora de oro, pero sigues vivo, así que tienen que actuar como si lo fuera. La mujer te dice que ya casi está. Te habla como si estuvierais en el despacho que seguramente tiene, porque es evidente –por cómo viste– que no forma parte del cuerpo de bomberos ni es policía ni una mujer que pasaba por allí. Es alguien que ha leído cómo hay que hablarle a alguien que está desencajado por varios sitios y probablemente desquiciado; lo cual parece traducirse en: poco y con frases cortas. Es decir, de entrada no se ha de dar por sentado que fueses un suicida, de modo que se dirige a ti como si la vida te pareciese una buena idea.
Te das cuenta de que, a medida que pasa el tiempo, tu estado de ánimo se va pareciendo cada vez más al habitual, lo cual te horroriza. La mujer (que te ha dicho su nombre pero no lo recuerdas), te dice, como si acabara de caer en algo, que si quieres puedes usar tu móvil. Lo cual hace que te invada una sensación de pereza ante la idea de cómo vas a decirle a quien se ponga (tu madre, tu padre…) que estás como estás, sin poder decir que estás bien sin estar mintiendo, porque ni tú mismo sabes cómo estás o si vas a volver a estar bien realmente. Dices que te sientes débil, prefieres quedarte así. Tras lo cual resoplas y coges el móvil. El dolor vuelve con fuerza, esta vez a las dos piernas, liberadas de la carrocería. Te cagas en algo en voz alta y luego vuelves a pensar que no es malo que te duela todo, que si te duele todo es porque todo es recuperable. Te quedas mirando la pantalla y la mujer te dice que no hace falta que llames a nadie, que ella no lo decía por eso. De hecho, te dice, ahora no es buen momento para llamar a nadie, mejor cuando estés en el hospital. Una buena dosis de alivio te invade. Pasados apenas unos segundos, Ella te vuelve a la mente con fuerza, de esa forma en que, no es que vuelva (porque no se ha ido) sino que se hace presente en todo tu ser y necesitas hacer algo al respecto. Es un poco tarde, pero crees que aún no estará dormida. Cuando vas a teclear, te das cuenta de verdad del collarín que llevas puesto hace rato. Miras la conversación anterior. Decides que no hiciste un mal papel, aunque tampoco dé la impresión de que estuvieses emocionado. Bien en la despedida, bien en las expresiones elegidas. No. No vas a escribir más por hoy. No tiene ningún sentido. Además el dispositivo de rescate está listo para levantarte y meterte en la ambulancia. De tanto pensar en ello, al final no te parece para tanto. Aunque es posible que te hayan inyectado algún calmante potente, o puede que hayas tragado algo. No estás seguro. Te entablillan las piernas y te hacen moverte paso a paso. Nada de un traslado a camilla de sopetón. La actuación es de hora de oro, todo ha de estar acompañado por la idea de que algún “cable” podría estar a punto de romperse.
En la ambulancia, ves caras sobre ti. Un enfermero te habla y te resulta un tanto seco, como si estuviese teniendo una mala noche. Te sientes aplastado, entumecido, acribillado. Pero te asombra no estar gritando de pura desesperación; algo que has de agradecer obviamente a las drogas. Supones que al final el accidente ha de haber sido más aparatoso que grave. De hecho, enseguida sabes que tu pierna derecha ni tan siquiera está rota del todo, y la izquierda podría estar mucho peor, ya que estás seguro de haber oído que la tibia se ha salvado.
Mientras te manipulan en el hospital, se desata el drama, y es que han de recolocarte huesos y proceder con operaciones mecánicas en las que el sufrimiento forma parte de la solución. Durante dos años, los dos años de silencio total entre Ella y tú, algunas veces tenías una fantasía triste y recurrente. Una fantasía en la que se te diagnosticaba una enfermedad mortal, y puede que te quedaran uno o dos meses de vida. Entonces te imaginabas escribiéndole una carta, y mientras escribías tenías la deprimente y agradable sensación a la vez de que ya no tenías nada que perder. Podías decir todo lo que quisieras, porque ya no había nada en juego. Tenías que ser claro y no equivocarte, pero podías ser directo, hasta romántico, extremado, o casi como te diera la gana; porque tenías cheque en blanco, te ibas a morir; nada de lo que escribieras iba a sonar ridículo. Triste y deprimente, o hasta un poco tonto. Puede. Pero nunca ridículo o estúpido.
Aunque te asombra semejante cosa, eres capaz de dormir un poco cuando han acabado de recolocarte, enyesarte y vendarte donde tocaba; básicamente las dos piernas y la cabeza.
Cuando despiertas, el brillo de la estancia te ciega por momentos.
Luego ves que Ella está sentada en una silla junto a la cama.
Tenéis un diálogo casi en silencio, en susurros. Todo resulta muy agradable junto a la luz del sol matinal, ya casi de mediodía, que entra por la ventana con cerrojo se seguridad anti-caídas buscadas… Os encontráis en esa habitación, que es casi un eufemismo en sí misma. Y sabes que casi seguro no es real. Pero procuras no moverte con brusquedad, el yeso está ahí, los picores, ella también. Está bien. Tsssss. Sin levantar la voz. Ahora eres cristal y caucho y metal con carne, dices, aunque ella no se ríe apenas, porque no es que nunca le hayas hecho mucha gracia. No se trataba de eso. Casi puedes notar las drogas recorriendo tus venas. Le dices que te puede preguntar lo que quiera, porque estás bastante seguro de que algo de lo que te hayan metido te obligará a decir la verdad. Solo haces tu intento, plantas la semilla. Como siempre, no engañas ni manipulas a nadie; pero por lo menos aún no sabes bien si sigues dormido o ya has despertado.

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El mono indefinido

–¿Qué es follar, tío T.?
–¿Cómo? Dame la mochila.
–¿Qué es follar?

T. espera en la cama, se siente algo estúpido en ese momento, cachondo y estúpido como siempre en ese lapso, ese momento, esperando, ella está en el baño. Es el piso de ella, vive con una compañera que está en Londres; algún tipo de oferta de trabajo ambiciosa; viajar, huir, volver a empezar, esconderse, aprovechar la oportunidad…, según se mire. Sigue sin salir del baño, aunque hace unos minutos que ha dejado de oírse la ducha. El piso parece pequeño, acogedor, huele –en resumidas cuentas– a mujer, aunque no hay exceso de decoración o detallismo, algo de lo cual se da cuenta cuando ella ya se ha hecho presente y se ha concentrado en el tren inferior; T. nota el cosquilleo húmedo en el glande y tarda poco en endurecer del todo; no pensó que a ella le gustaría practicar el sexo oral, no al menos con entrega. T. trata de relajarse y no mirar a los ojos muertos de los más de diez peluches de distintos tamaños distribuidos por la estancia. Uno de ellos es un mono de aspecto poco concreto, básicamente monesco como un dibujo infantil: tiene los ojos saltones, inquietantemente saltones, es una especie de mono indefinido del averno. Ella prosigue la felación con ganas, hasta que esta se convierte en mamada, y poco después, para alegría fálica de T., en ocasionales sonidos de atragantamiento.

–Cariño, ¿no has hablado de eso con tu padre?
–No, he oído a Oscar hablar de follar, y le he preguntado y se ha reído.
–¿Quién es Oscar?

Ella dice algunas guarradas, lo cual complace a T. mientras intenta mejorar su técnica comiéndose la entrepierna de la chica. Ha surgido en medio del aeropuerto en un momento de espera. T. no se ha percatado de que era azafata –aun yendo esta vestida de ídem– hasta que ella no le ha dicho:
–Soy azafata.
Tras lo cual ha hecho una pequeña pose supuestamente “azafatesca”… T. no gusta de encuentros de esa índole, más bien le desconciertan y dan pereza, aunque si repasa su poco nutrido historial sexual se da cuenta de que lo que ha tenido ha sido sobre todo eso, oportunidades ocasionales; aun superando ya la treintena solo le puede llamar “relación duradera” a cierta aventura de verano que se esfumó una vez con el propio verano; algo que sucedió a sus dieciocho años. Dos meses de morreos y pérdida de la virginidad en un pueblo de menos de mil habitantes.
Ella dice que quiere sentirla dentro, así que T. , siempre obediente y ansioso con dicho escenario, se la casca momentáneamente para dejarla en estado óptimo de colocación del condón y penetración. Tomaron un café barato como un tiro en el pie en un bar pseudo-pijo del aeropuerto y ella dejó entrever, o más que nada insinuó a las claras, que la vida es muy corta y que no tenía novio y que tal y que pascual. A T. no deja de sorprenderle que estas cosas pasen en la vida real, aunque lo hagan casi con cada año bisiesto… T. coloca su pene en la entrada y comienza a entrar mientras piensa que a diez mil kilómetros en pocas horas estará ausente en la boda de su hermana. Su hermana sigue líder indiscutible en la lista de cosas en las que T. piensa para no correrse. La hermana mayor de T. (por dos años) es el tótem que sus padres usaban para ejemplificar cómo se hacen las cosas; y a T., sinceramente, eso le hacía pensar en conseguir un buen hacha y acabar saliendo en el periódico junto a declaraciones sobre cómo es posible que ciertas cosas pasen, o qué pasa por la mente de un ser humano para cortar a trozos a toda su familia y hacer cocido con ellos y racionarlo durante semanas.
T. empuja y mira de vez en cuando al mono indefinido, que parece ayudarle también a no soltarse más de la cuenta. Ella le araña la espalda y está bastante seguro de haber empezado a sangrar.

–¿Quién es Oscar?
–Un niño.
–¿Un niño?, ¿qué niño…?
–Un niño de mi clase.

Su hermana posando para fotos que después subirá a las redes sociales, su hermana divorciándose para triunfar como mujer de negocios muy lejos de casa, su hermana dejando a su hija con papá y tío T. en casa y viniendo a visitarla más o menos con la misma frecuencia con la que T. echa un polvo; su hermana defecando, su hermana depilándose, su hermana empalada… no, eso no… T. está a punto de correrse y se detiene un momento, a lo que la chica se da la vuelta y se pone a cuatro patas y dice:
–¡Venga, mariconazo!
T. mira al mono, que parece decir:
–Esto no pinta bien.
Qué… ¿A qué te refieres?
–A ti.
Que te den, ¿tú quién coño eres?
–Nunca tienes la pregunta adecuada en la boca…
¿Estás celoso? ¿Es tu novia?
–Soy aficionado a evitar enfermedades venéreas. No, gracias.
Eres un mono muerto, de tela, relleno de gumaespuma, eres…
–Deberías tener más respeto a un símbolo de tu existencia.
Por favor…
Su hermana riendo, su hermana comiendo en McDonald’s, su hermana follando con alguien rubio y alto que no entiende ni papa de castellano…
T. azota a la chica casi sin darse cuenta, viendo que va a aguantar lo suficiente, ríe un momento y embiste más fuerte.
–Eres un machote, ¿no?
Tú cállate.
–No eres menos mono que yo, es solo que tu zoo es más grande.
Vete a la mierda, cierra la boca.
–Si no fuera por mí ya habrías dejado emabarazado al condón, podrías tener condoncitos…

–No hagas caso a ese niño, nena.
–¿Pero qué es follar?
–Ya lo descubrirás, no te preocupes.
–Pero quiero saberlo ahora…

Ella se pone encima y se mueve con espasmos, buscando lo que solo parece encontrar en la bragueta de extraños. T. no espera aguantar mucho más, ella se ha corrido una vez y parece estar cerca de la segunda; T. se siente como el astronauta solitario de 2001…, pero sin el sentimiento de soledad, inquietud y terror, un coño siempre se le antoja algo nuevo y desconocido. Su hermana cocinando, su hermana paseando por Europa con algún niñato, su hermana soltando discursos de más joven antes de irse de erasmus, su hermana con birrete, su hermana enmarcando algo, su hermana haciéndose la natural en público, su hermana calculando, su hermana apuntando, haciendo la lista de la compra, su hermana comprando el triple de lo que necesita, su hermana diciendo “no tengo tiempo para leer”, su hermana poniéndose como ejemplo sutilmente, su hermana buscando a alguien con quien hablar en inglés delante de otros… La chica se corre otra vez y parece que ha soltado algo de pis, más que nada por el olor, cosa que lejos de amedrentar a T., le anima a intentar aguantar un poco más, otra vez a cuatro patas. Y el mono dice:
–Eres improductivo.
¿De qué vas?
–Innecesario.
Ni si quiera sé de qué hablas.
–Una cosa es que te caiga mal tu hermana, y otra muy distinta no tener narices ni para ir a su boda.
Me ha surgido algo, ¿no lo ves?
–Esa es la otra parte de tu vida que deberías arreglar.
Te crees muy listo.
–Solo más listo que tú.
En realidad solo han pasado siete minutos, aunque a T. le dé la sensación de llevar follando mucho más, teniendo en cuenta el ejercicio de aguante llevado a cabo. Resulta que el mono se comienza a tocar, casi de forma mecánica aunque con rapidez, lo cual no le impide decir:
–Follas de pena. Ella lo está notando. Parece que te vaya a dar un infarto.

–Deberías limitarte a lo que sabes; un buen vídeo porno amateur y la paja acostumbrada, es lo único en lo que tienes una licenciatura.
Solo eres el mono indefinido y muerto del estante, solo estás en mi cabeza.
–¿Tiene eso importancia?

–Cariño, eso es algo de mayores.
–…
–Ahora no lo entenderías.
–Oscar es de mi clase y lo entiende.
–Cariño, Oscar solo repite como un loro algo que le habrá oído decir a algún niño mayor.

–¿Quieres que te eche una mano?
Cállate.
–Creo que le gusta que la asfixien, pero tú mismo.
¿Asfixia?
–Le encanta, se pone como loca.

–Solo tienes que apretarle el cuello y empujar con fuerza.
¿Y yo soy el del porno?
–Hazme caso, una tía no te lo va a pedir fácilmente, pero yo la he visto en acción…
Ya, claro…
–Marica…
¿Qué?
–¿Te vas a limitar a empujar como un novio respetuoso cualquiera? ¿Vais a ser la parejita mona y tópica sujeta a todo lo que huela a convenciones?

–¿Crees que ellas son todas princesas Disney?
El mono deja de tocarse y se hace con un pitillo del paquete que hay cerca en el estante. T. sacude la cabeza, pensando en su hermana probándose ropa.
–Qué horror, no dais ni para que me la casque.
Hablas por hablar.
–Ella está buena y tal, y es una cachonda, pero ya me he acostumbrado. El aburrido eres tú.
No lo creo.
–Crees que ella está muy enchufada, pero está al mínimo, es solo que es una ninfómana, yo lo sé.
T. embiste todo lo fuerte que puede, la saca y ella se echa de espaldas y se abre de piernas. T. se encaja en la vagina y vuelve a culear.
–Uh. Qué original.
¿Qué dices?
–Si sigues así el siguiente lo va a tener que fingir, la he visto hacerlo otras veces.
¿Qué?
–Se retorcerá y gemirá para sacarte de encima, luego te ordeñará y adiós muy buenas.
T. empuja y empuja y decide usar las dos manos para coger el cuello de la chica. Aprieta y embiste todo lo fuerte que puede.
–¡Qué haces! –se queja ella, apartando sus manos con forma de garra.
–Perdona, pensaba que…
–No pienses. Eso no me gusta, ¡pero sigue!
Se oye un carcajeo apagado del mono indefinido.
–Eres un capullo. ¿Pero cómo se te ocurre, hombre?
¡Puedes decir lo que…!, ya no te voy a escuchar.
–Como si eso fuera posible…

–No, tío T. Él dice que lo sabe.
–No te creas todo lo que digan.
–Sí que lo sabe.
–No sabe nada, cariño. Es muy pequeño.
–¡No es muy pequeño!

–Vamos, ella espera poder llegar otra vez, campeón.
No te escucho.
–Solo un poco más.

–No creo que le importe que estés sudando así…
¿Los monos nos sudáis?
–No seas irritable. Ha sido divertido.
Claro…
–La única que se aburre hoy es ella, pero…
¡Se ha corrido dos veces!
–Chico, esta tía es hipersensible o algo así, yo la he visto correrse más de diez y quince veces con la mayoría de tíos.

–Lo tuyo es un suspenso, un Muy Deficiente flagrante…
¿Crees que te voy a creer?
–¿Crees que te miento?

–Estás en zona de nadie. Cuando acabéis se acabó. Mañana por la tarde le costará mucho recordar tu cara.
Lo que tú digas.
–Lo que yo sé. Soy tu colega, no te mentiría con algo tan serio.
¿Mi colega?
–Claro que sí. Tu colega, colega.
Me tomas el pelo.
Su hermana dando órdenes, su hermana eligiendo el cóctel más caro de la carta. Su hermana fingiendo en el funeral de alguien.
La chica gime de repente, y T. está bastante seguro de que está fingiendo. Solo está retorciéndose para que él se corra. Comienza a decir más guarradas. Quizá no, quizá se corre de verdad, aunque parece poco probable. T. decide que no preguntará nada al respecto, directa o indirectamente. Se deja llevar.
–Se veía venir…

–Sí es muy pequeño, claro que es muy pequeño.
–¡No!
–Y tú también eres muy pequeña.
–¡No!
–Y muy cabezota…

Déjame en paz, por favor, por favor…
–Ya te he avisado.
No necesito tus avisos.
–Solo te he avisado, colega.
¡No somos colegas!
–Fíjate, está agotada, o esa es la impresión que intenta dar, pero solo está decepcionada.
Lo que tú digas.
–Yo la he visto gritar cosas que nunca creerías…
Mierda santa…
–… mientras se corría cinco, seis veces seguidas, con tíos con la polla más pequeña que la tuya…
Por Dios…
–Supongo que no basta con la materia prima.
Cállate, por favor…
–Hay que saber manejar la situación, ya me entiendes.
Por favor…
–Solo es una cuestión de práctica, colega.

–Fíjate, ni siquiera sabe qué decirte, se siente confusa…
En serio…
–… porque creo que nunca se ha corrido menos de cinco o seis veces, al menos acompañada…
No aguanto más…
–Si haces algo pensará que estás loco.
Ya casi me da igual…
–Oye, somos coleg…
No somos nada, puto mono …
–Muy bien. Venga.
Venga qué.
–Adelante. Atrévete. Venga.

–Agárrame y destrózame. Solo soy un mono de feria. Incluso tú tendrás fuerza para…
¡Aaaaaaaah!
–No grites en silencio. Hazlo en voz alta. Actúa. No hagas como la mayoría. No te lo dejes dentro. Eso te provocará un tumor.
–¿Estás bien? –dice la chica, alzando el brazo derecho para alcanzar su paquete de tabaco.
–S… Sí. Claro.
–Qué raro, juraría que me quedaban dos cigarros…

–¡No soy cabezota!
–Bueeeno, no eres cabezota. Pero no hagas caso a Oscar, haz caso a tu padre, a tu tutora, o incluso a mí… Un poco, al menos.
T. ve salir del colegio a una mujer que le resulta vagamente familiar. Y muy familiar cuando ya está cerca.
–¡Señorita! –grita la cría.
–No, no… –dice T.
La chica se acerca y mira a cada cual según corresponde; mirada de adulta a niña y mirada de adulta –y consciente de la situación– a responsable de la niña.
–Señorita. ¿Qué es follar?
T. mira en todas direcciones mientras procura que el diálogo se convierta en letanías y la azafata convertida en pocos meses en profesora sepa capear el ambiente.
–¿Entonces eso es follar?
–Más o menos –dice la chica–, pero cuando seas más mayor ya lo sabrás mejor. No hay que tener prisa.
T. saluda a la chica como si supiera torear en esa plaza. Ella va en la misma dirección que ellos. Sorprendentemente para T., ella se muestra algo molesta con el hecho de que él no intentara contactarla después del día de los tiros en el pie y el polvo de dudosa naturaleza. Cuando dejan a la niña en casa, deciden quedar en volver a verse, día y hora incluidos. Cuando T. ya se encuentra solo después de haber acompañado a la muchacha, se siente bien, o al menos así lo decide.
Casi llegando a su propio bloque de pisos, al mirar a un lado se sobresalta, aunque solo un poco, al ver quién camina a su misma altura.
–No pensarías que iba a ser tan fácil.
Quiero suicidarme…
–Es emocionante oírte pensar.

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Demiurgia

Suena el teléfono fijo, te despiertan con verbo florido de una siesta “fuera de horas” y te preguntan: ¿estabas durmiendo?
–¿Eh?… No, no, estaba ocupado, ahí con…
–Ya. Oye, ha pasado una cosa.
–Ajá…
–Ha desaparecido S.
–¿S.?… Qué novedad… –Bostezas.
–No, que lleva cinco días desaparecida. No contesta al teléfono, sus padres no saben nada, su novio está que se sube por las paredes.
–Vaya…
–El caso es que quieren buscarla, una partida de búsqueda o como se llame.
–¿Una qué?
–Lo de hacer un barrido por algún bosque con linternas gritando su nombre a sabiendas de que si está por ahí ya solo será un cadáver que no te puede escuchar. Todo eso.
–Ah, lo de las películas de media tarde.
–Pero en la realidad. Nadie sabe qué ha podido pasar, estaba normal, como siempre, como ella es, dicen, normal, no se sabe…
–¿Pero quieren hacerlo ahora?
–Bueno, sí…, claro.
–Ya.
–Si te soy sincero a mí me da igual, hace como tres años que no sé nada de ella, no tenemos trato, creo que sus padres pensaban que aún teníamos trato.
–Yo tampoco tengo mucho trato… con nadie.
–Bueno, ¿quedamos?
–¿Hay elección?
–Tómatelo como una excursión, piensa que al menos no es una boda; puedes poner cara de pocos amigos y no dará el cante.
–Prefiero seguir hablando por teléfono un rato.
–Esta mañana la chica esa del sitio ese ha preguntado por ti.
–Oh.
–Pero ha dicho “el gilipollas ese”.
–Qué amable. ¿Quién dices…?
–La chica esa, la del sitio ese, la del otro día…
–Oh.
–Pero me han dicho que cuantos más insultos, mejor.
–Claro…
–Que cuantos más insultos más le gusta quien sea.
–Ya…
–¿Te acuerdas? La chica esa…
–Sí, la del sitio ese…
–Sí.
–Vale, pues…
–La del otro día, estando en aquel sitio.
–Me acuerdo.
–Pues eso, que te aviso.
–No tengo ganas de…
–Lo digo para que te prepares algún rollo esquivo de los tuyos, o lo que sea…
–Oh.
–Y porque vendrá a la partida de búsqueda.
–¿Conoce a S.?
–No lo sé. Creo que viene a dar su apoyo a algún amigo o algo así, o igual quiere encontrarse contigo.
–Suena rebuscado.
–También dijo “el mamón ese”, el “capullo engreído” que no la saludó…
–Ah bueno.
–O sea que no se sabe, igual quiere algo.
–Mejor cambiamos de tema.
–Cámbiate de ropa, tendríamos que salir ya.
–Ya. Solo una cosa, ¿quién eres?

Ya es de noche. Te han prestado una linterna. Preguntas por qué la búsqueda no comienza en el casco urbano. Te dicen que a ella le gustaba esta zona, que se traía a sus ligues. Piensas intensamente intentando recordar quién es exactamente S. Tienes a tres chicas en la cabeza al respecto. Luego recuerdas que una de ellas se mudó, o se casó y se largó a otro país, o murió para ti en algún sentido y está lejos en todos. Pero sigues dudando entre dos. Tampoco recuerdas qué chica puede ser la del sitio aquel, la chica esa del otro día… hay bastantes desconocidas gritando el nombre de S., muchas con sus parejas, muchas jóvenes. Muchas evidentemente follables, sobre todo las que sospechas llevan más de dos o tres años con el mismo tío (y ya potencialmente aburridas en secreto), y por supuesto las casadas; también algunas madres que ya tienen hijos de los que ya se la pelan como si tuvieran que llenar un tubo de ensayo cada día para que no se acabe el mundo (y en cierto modo, es así). Hay muchos padres de familia que se están perdiendo el partido de fútbol que sea que den en la tele. Hay policía, pero ninguna mujer policía. Es fácil tropezar con alguna roca o hacerse arañazos con ramas invisibles. Hay una luna llena y brillante como una galleta nuclear. Algunas señoras que ya son como mobiliario urbano del barrio cotillean en pasado entre grito y grito, alguna pone a parir “sutilmente” al objetivo de búsqueda, los susurros dicen que era una fulana, que tenía casi treinta años y no tenía pareja fija, iba con unos y con otros, no se peleaba nunca por recoger la mesa al término de cenas de grupo, no sabía cocinar, no tenía carrera. Cosas así. Las mismas rompen en comentarios de apoyo sentidos y babosos cuando los padres de S. andan cerca. Piensas que te podrías haber traído tu mp3 con los Grateful Dead y no habría pasado nada. Igualmente no pasa nada. De vez en cuando gritas como si te importara. Es el ejercicio habitual de anexionarse con el colectivo. Es una especie de paseo por el campo del barrio entero. Es martes.
No tarda mucho en enrarecerse el ambiente. Pasa una hora, pasan tres, cinco. Pero seguís caminando; habéis superado la parte boscosa y seguís por carreteras y zonas de nadie entre ciudades. Pasan más horas y cuando sale el sol continuáis andando, ya no es un paseo, ya no es compromiso o preocupación, solo alguna fuerza desconocida que os impulsa hacia delante. Hay cierto trance en el ambiente, aun de día algunos ni se molestan en apagar las linternas. Se te acerca una chica como si todo fuera explicable y te comienza a hacer preguntas. No te insulta de ningún modo en ningún momento, así que dudas sobre si será la chica aquella del sitio aquel del otro día. Te lanzas a la piscina y dices:
–¿No notas algo raro en el ambiente?
Es como si no te oyera, y su verborrea intermitente hace que tú también pierdas el interés por la extrañeza instalada. Casi nadie habla con nadie, solo se camina.
Nadie quiere dar la vuelta, nadie menciona nada sobre volver a casa. Invadís un huerto urbano hacia mediodía y coméis lo que pilláis. Nadie lidera aparentemente. Nadie da ordenes. Algunas señoras se quedan por el camino sentadas en bancos de la nueva ciudad casual, en un estado de página en blanco interior. Ya no cotillean, no rajan, no se entrometen, no actúan como vegetales, como plantas carnívoras. El resto seguís caminando. El tiempo parece pasar bastante rápido, más de lo habitual. En la tercera ciudad que pisáis, alguna gente se os une, algunos incluso van a casa a por linternas, aun no sabiendo el propósito concreto que tuvieron las mismas. La chica que sigue más o menos siempre a tu lado ya casi no dice nada. En cierto momento no sabes si es el tercer o el cuarto día ya de aparente marcha injustificada. Por las noches buscáis una zona en la que poder acampar; corre una brisa agradable de verano, dormís como pistoleros en constante ruta desértica. El desierto esta vez lo conforman los distintos pueblos y ciudades, las rocas son alquitrán y los cactus carne, tendones y venas; las tripas son las miradas. Los padres de S. tienen precisamente la misma mirada perdida que el resto; o más que perdida, afilada, incrustada en el horizonte.
Topáis con un pequeño lago en alguna parte; nadie menciona dónde podéis estar, a nadie parece importarle. Solo os bañáis. Puede que haya pasado una semana. Cuando suena un móvil, suena hasta que deja de sonar, y a la quinta o sexta llamada dejan de llamar; los ciclos de silencio entre llamadas seguidas son como de una hora, la misma se va espaciando. Se quintuplica el número de personas. Una mañana os comienza a seguir una furgoneta de la tele. Una reportera recién duchada y probablemente follada, os acerca el micro y menciona en algún momento a Forrest Gump. Tres horas después apagan la cámara, abandonan los bártulos y el vehículo y se limitan a caminar con vosotros. No hay atisbo de ironía o cinismo en nadie, o el mismo se extingue con facilidad; no se percibe la vibración habitual de que nadie esté aquí con planes de follarse a nadie. Nadie busca otra línea para el currículum. Por las noches cada vez se hace más difícil encontrar un lugar en el que dormir todos más o menos juntos. Comenzáis a perder mucho peso. Con el tiempo, un tercio de los que sois son periodistas unidos a la –a la vista– no-causa. Queda una siembra de auriculares por el suelo con una vocecita casi siempre femenina con traje de chaqueta y maquillaje para evitar brillos que dice: “Parece que nuestra compañera tiene problemas técnicos…”. La potencial chica esa del sitio aquel del otro día sigue más o menos siempre a tu lado. Callados, como mucho os ayudáis unos a otros a superar obstáculos, a menudo campestres. Bloqueáis el paso en algunas autopistas. Ciertos coches os pitan, otros quedan abandonados por sus conductores, que se unen a vosotros, algunos tras haber cogido una linterna de la guantera. Un helicóptero de la tele se enreda hacia el día quince o dieciséis con unos cables de alta tensión. Pasáis junto al accidente, ambos hombres de la cabina parecen triturados. Avanzáis y luego al mirar hacia atrás podéis observar cómo más medios han ido a cubrir el accidente.
Habéis dejado atrás a todas la señoras cotillas sentadas en bancos de ciudades extrañas para ellas, como si hubiesen decidido dejarse morir allí.
No sabes si es al segundo mes de ruta incierta, cuando una noche te desvelas, quizá por la roca que es tu almohada. Una de las hogueras sigue activa. Está empezando a amanecer. La anoche anterior alguien os señaló una luz intensa y extraña en el cielo; una luz que parpadeaba, casi como intentando comunicarse; quizá cómplice, quizá amenaza, o puede que casual. Ninguno de vosotros sabía o se atrevió a reconocer que supiese comunicarse en morse. Te levantas y caminas con cuidado entre los cuerpos durmientes, como renacidos y en aparente zona de nadie vital. Buscas una rama gruesa en el bosque (uno más) ya oficialmente anónimo. Todos se comienzan a desperezar. Sin preguntarte por qué, envuelves un extremo de la rama con un pañuelo de tela que te ha acompañado desde que te lo encontraste en cierto descampado. Ves cómo muchos comienzan a imitarte. Buscan ramas gruesas, se quitan piezas de ropa y, con más o menos torpeza, intentan fabricar sus propias antorchas. De repente a todos os parece que aquello tiene sentido. Se acerca a ti la chica que te ha acompañado casi todo el viaje, ya con su propia madera ardiente, y te susurra:
–Bien hecho, soplapollas.

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Vengarse

Me veo arrastrado hacia el lugar, más o menos, como ha pasado casi siempre históricamente. Veo las mismas caras, no necesariamente las mismas caras, sino las mismas caras, aparentemente dispuestos, vagamente implicados (y vete a saber qué más en el fondo). Se encienden con la luz de falsedad aceptada de siempre al saludarse. Se mueven y gesticulan con lo que les han dicho es educación, con lo que les dijeron es corrección, o hasta quizá sinceridad. Ocupan un sábado más en un ejercicio para socializar. Van tachando casillas en alguna supuesta agenda del cariño, de la amistad, un rollo para barrer la soledad (y a saber qué más) bajo la alfombra. Abundan las parejas añejas, cómo no, habituales adalides del protocolo y la postura adecuada. Ellos algo atolondrados, ellas algo maniáticas y puntillosas (a veces es real, a veces hacen el papel; en cualquier caso nadie acaba sin al menos un ojo morado en tu imaginación). Maestros del gesto que toca, se fusionan con otras parejas en un barrizal de buenas maneras tan deliciosas y sanas como comerse seguidos cincuenta dónuts (a la vez que controlan el régimen de los de verdad). Sabido es que son aún peores cuando aumentan en número, como de hecho cualquier ejército. Ahora los ejércitos son perfumados y solo sobre el papel dispersos. Hacen apología de un amplio ano, disfrazan montones de horas de tedio y autodestrucción psicológica con una impecable higiene y cuidada vestimenta (solo premeditadamente sencilla), y sus bayonetas son las patéticas miradas sobre los demás que se lanzan entre ellos. Son perfectamente capaces de creer que sus formas son el centro y la auténtica verdad del universo mientras te razonan por qué están seguros de que eso no es necesariamente así.
Normalmente, cuando se les agota esa clase de teatro es cuando llegan –o podrían llegar– los niños. Porque los niños fuerzan otra clase de representación, y refuerzan una idea sobre la prole y el altruismo personal consanguíneo (el embarazo, el parto, noches en vela, lloros, papá que cambia pañales, mamá que hace malabares laborales y sociales…). Entonces es el turno del ejercicio de la familia, cerrándose sobre sí misma con nuevas obligaciones. Estas son autoimpuestas, aunque los implicados suelen actuar (de modo superficialmente amable y pasivo-agresivo) como si a nadie le quedara más remedio que pasar por el mismo trance que ellos… Parece una especie de táctica inconsciente; “si yo estoy soportando todo esto más vale que me asegure de hablar de ello como si fuese un paso natural o hasta necesario en una vida plena, y en ningún caso una opción personal sin más, y por defecto dejar en la mesa la conclusión de que quien no lo lleva a cabo es seguramente por haber tenido una vida disoluta, irresponsable, o al menos desordenada”…
Acabo en una mesa junto a la chica motivo de mi presencia en el lugar. Un interés de baja intensidad por mi parte, aunque persiste el nerviosismo latente del polvo ocasional en perspectiva. Al principio se interesan (intercambio de mensajes, etc.), incluso con intensidad, luego, a veces más rápido y a veces menos, van perdiendo el interés, hasta que se hace el silencio; es algo gradual, pero puro, incontestable, se corta todo tipo de relación, ella muere en el sentido en que mueren cuando ya no existes tú tampoco para ellas. Solo una se quedó en la mente, y ahí sigue, y las demás siguen siendo comparsa. No hay medios para una relación con Ella, entendiendo medios por dinero: puedes engañar a alguien una o dos veces, pero no mantener ese engaño, y menos con la persona que te importa más allá de lo que te importa un vídeo porno.
Aquí estamos, empezamos a beber, hemos ido a cenar antes a un sitio lo suficientemente parecido a un restaurante. Si eres coleccionista puntual de falsas primeras citas, sabes que nadie exige mucho en ellas; basta con que estés ahí, des un mínimo de conversación y actúes como si te importara como ella espera que te importe. Lo cual no es mucho; solo lo suficiente para que ella piense que: te gusta aunque haces un esfuerzo por no atosigarla. No pasa nada si te pilla mirándole una o dos veces las tetas demasiado pronto, ya que ella cree que estáis en una primera cita real, y que nadie flota por encima de vosotros como proyección de tu mente con la forma de a quien realmente quieres. Solo tú ves esa nebulosa. Puede que estés mintiendo o puede que no, depende de la idea que tengas de la mentira, y en este caso tendría que ser una idea muy amplia de la misma. Nadie dice que las cosas no puedan cambiar, o que tengas que quedarte en casa siempre hasta que tu cartera te permita obtener el respeto de quien lo buscas. Los demás respetan el dinero; corrijo, el dinero es necesario, pero los demás normalmente solo respetan el dinero, aunque finjan que no.
Es lo denominado «tomar algo». Primero vas a cenar y luego vas a tomar algo. Nada de cine; es una forma tonta de tener un falso primer contacto con la persona (y ni aunque fuera auténtico); es indiferente que te guste mucho el cine o no, porque no vas a tener la cabeza en la película; es cierto que te puede dar algo de lo que hablar, pero al ser una falsa cita, no interesa que salga de alguna forma tu yo real. No es que tengas que actuar todo el tiempo, pero no es bueno que te relajes: has venido a lo que has venido. Puede sonar seco o deprimente, pero mucha gente disfraza esto de relevancia cuando al final solo es un juego, un juego que muchas veces se queda a bastante distancia de una buena paja y un libro. Muchos lo practican, y de hecho se considera moderno o sinónimo de libertad convertirlo en una constante si no tienes pareja; en mi caso, insisto, se da de forma muy puntual (me da mucha pereza y estoy muy bien solo), como una válvula de escape física mientras no voy a por quien quiero ir. Además nunca se me ocurriría quedar con alguien con quien detectara la más mínima posibilidad de química. No es que eso se pueda prever, pero sí puedes poner algo de tu parte. Lo cierto es que la gente hace esto buscando pareja, muchos en serio (si surge, dicen), lo cual me parece absurdo sobremanera. Forzado, estúpido, incómodo, antinatural. Es como ligar en una discoteca; la gente cree que es ideal como es ideal hacer un cocido en la cocina, cuando en realidad es como intentarlo en medio de una cancha de tenis durante la final de Wimbledon; tú con tus ollas y tus ingredientes, mientras te fríen a pelotazos. Puede que yo no sea un genio, ni tan siquiera muy buena persona, pero la gente es imbécil, y también estúpida y cruel.
Puede que yo no sea muy listo, pero sé que la espontaneidad existe, que no se puede forzar, y que suele ser el mejor caldo de cultivo. Es cuando dejas que la vida sencillamente fluya cuando acaba tomando la forma de algo auténtico. Ahora ya sabes por qué no tengo pasta.
Nadie quiere que vivas de esa manera, basada en la espontaneidad o alguna clase de sinceridad real; solo admiten que vivas de dos formas: o como ellos o para ellos; a poder ser para ellos.
No se te ocurriera la idea de vivir para ti mismo…
Y hay gente que confunde el vivir para alguien con tener hijos, cuando en realidad para quien viven es para algún puto capitalista sobrado que echa a las mujeres de su empresa en cuanto huele los embarazos.
Hay quien confunde un salario de mierda con algo más que una celda moderna. Antes ejecutaban a la peña, ahora saben que renta más disfrazar la productividad interesada de dignidad ciudadana.
La Explotación medida es la nueva Coherencia. ¡Cuánto hemos avanzado!
Le digo a la chica que soy optimista por naturaleza. Que cualquier otra opción me parece estúpida.
Le doy a entender que solo hay dos alternativas de opinión para cada asunto, y elijo en voz alta para ella la que suena más a arco iris y unicornios; unicornios realistas por supuesto –según la idea de realismo imperante–, madrugadores y con algún empleo en alguna oficina en la que no entras sin carrera, etc.
Le doy a entender que pongo el culo como casi todos, pero que aun así soy feliz; he comprado moqueta y unos muebles monísimos para dar ambiente a la amplia cuenca de mi ano; pero dejo claro que de momento no tengo habitación para el crío, es algo con lo que no tengo prisa, ni tan siquiera he pensado mucho en ello. Etcétera. No quiere decir que no me encanten los críos, por supuesto, me los comería a todos, montaría un restaurante donde cenar críos y compartir mi amor exacerbado por todo lo relacionado con los niños. No se lo digo así.
Los críos y los animales, claro. Me estoy planteando dejar de comer carne; lo digo como de pasada. Pienso una frase más o menos elaborada en la que incluir el concepto «tofu», y la suelto con toda la naturalidad que permite la mentira descarada. Estamos rodeados de parejas y grupos, normalmente formados también por parejas. Todo el mundo habla o de restaurantes o de viajes, todo va de lugares la mar de encantadores a los que deberías ir. Todo el ruido de alrededor significa dinero de un modo u otro: gastar dinero, haber gastado dinero, que deberías gastar dinero, que estás tardando en gastarlo… Un viaje es una buena forma, o cenar fuera de casa tres veces por semana, a poder ser un japonés, o el nuevo restaurante relativamente barato que se haya abierto en la ciudad (¡comida turca!, ¡vamos a por ello!). También están de moda los sacrificios al modo occidental, alguien habla de la dieta dunkan; todo se pronuncia desde cierta distancia irónica, nadie quiere pasar por un pijo insoportable, aunque lo sea. Pijos de clase media, hablando a gritos, nueva tendencia; les criaron solo para gastar y ahí están, volviéndose sibaritas del gasto aun haciendo malabares para llegar a fin de mes. No va tanto de comprar comida ecológica como de lo elegantemente que gastas y te alimentas. No es una cuestión de habitar la tierra como un ser humano, es una cuestión de estilo.
Para dejarlo claro, la chica que tengo enfrente habla y yo asiento. A veces añado algo para parecer lo que sea que tenga que parecer en ese justo instante: interesado, controlada y graciosamente horrorizado, curioso, irónicamente agotado, sutilmente sarcástico… Las imágenes que pasaban por mi cabeza al pensar en citarnos no venían al caso en el ambiente: eran la realidad. No pensaba en un futuro de vacaciones de verano con ella y noches locas en Cancún; más bien en noches puntuales por venir y locas corridas sobre su cara donde fuera. Una camarera viene de vez en cuando para ver si todo sigue bien. Podría intercambiarse perfectamente con la chica y mi plan seguiría intacto; lo de enjabonarla, por ejemplo, aclararla y follarla hasta ese agotamiento de maratón que lleva al borde del vómito, todo sobre alguna cama que apestara a cerrado y a huevas de araña. Todo eso. La sonrisa responde con aparente naturalidad a mis escuetos comentarios sobre la vez que rescaté a un perrito vagabundo y lo cuidé hasta que alguien con más tiempo y medios que yo quiso adoptarlo. Se llamaba Cancerbero, era un Yorkshire terrier, era cariñoso, muy curioso, movido, inteligente e inexistente. En lugar de comentarle lo de mi elegante tolerancia para el sexo anal que se descontrola, le digo que el perrito fantasma ahora vive con una pareja, amigos míos inventados, recién instalados en una planta baja imaginaria que tiene todo lo que mi adorado Cancerbero falso necesita. Voy a visitarle una vez al mes, algún jueves, por la tarde, un rato, cinco minutos, yo, a veces con algún amigo, adoro a ese perro. Cancerbero, mi único perro, mis padres no me dejaron nunca tener perro. Ella ríe y su gesto se me antoja cada vez más dado al grito de alcoba húmeda. Me suelto un poco, lo del perro (el alcohol) me ha ayudado. Es un lugar común asqueroso (los perros me son indiferentes), pero es efectivo y a veces cuela. Quiero fundar algo, un centro de… algo, ayudar a fundarlo, no sé bien el qué, para perros enfermos, algo así, un sitio para perros vagabundos; las familias los abandonarán en verano para irse de vacaciones y mi equipo y yo nos encargaremos de darles a esos chuchos una vida digna, sea lo que sea eso. Me cuesta un poco desarrollar el discurso, la idea que es que soy monísimo y tengo sentimientos profundos en relación con todo lo que tenga que ver con mi entorno; familia, amigos, conocidos, humanos en general y animales en particular, porque me rompen el corazón de tan inocentes y parecidos a peluches como son. Todo eso. Creo que está surtiendo efecto. También me encantan las plantas, le digo. Apuesto por el cliché baboso del trío niños/animales/plantas. Esto a veces funciona de verdad, por algún motivo extraño que prefiero no analizar; y en ocasiones es incluso mejor, porque la chica entiende que solo te tiras el moco para intentar tirártela, lo acepta, te sigue el juego, y luego procura olvidarse de ti al día siguiente. Las plantas son seres vivos, y bueno, he visto usar varios tipos de verduras como consoladores de lo más eficaces. Pero solo le hablo de todas las soluciones saludables que ofrecen, tanto para la alimentación conocida como para elaborar ciertos raros aceites vegetales, y hasta mascarillas. Hay datos gilipollas que se te quedan en la cabeza a cambio de tan solo cinco minutos tontos de Google. La Cultura se está convirtiendo en la última prostituta barata para ese Chulo genérico que es el Egoísmo y el interés personal, el picoteo vacío más violentamente asentado. Intentar erradicar eso sería como querer bajar al fondo de un volcán permanentemente activo y cavar un pequeño huerto del que obtener frutos auténticamente nuevos. De modo que te adaptas, usas las herramientas contemporáneas; mentiras, perros, niños, plantas, currículum (inventado o no), cultura sodomizada. No le digo que me he masturbado varias veces con las incontables galerías de fotos de su muro de facebook. Lo que hago después de hablar de plantas es animarla a que me acompañe a tomar algo más. El cuarto cubata debería ofrecer algunas respuestas. Precisamente a veces el mío ya debería acabar en alguna planta del local; emborracharse está sobrevalorado, al menos si lo comparamos con una erección vigorosa. El gatillazo no es una opción; da igual lo inteligentes y académicamente moderados que nos pongamos al respecto, por mí pueden hacer una pasta de papel con todos los artículos que relativizan el tema, moldearlo, darle forma fálica y metérselo todo por popa a la sexóloga mayor del reino.
Salimos de un sitio y nos llegamos a otro, y voy tan con el punto y cachondo que creo poder ver sus bragas a través del vestido. En realidad he perdido la cuenta, no se si son tres, cuatro cubatas… Soy de beber café, el alcohol me parece el clásico producto ideal para adocenar a la clase media; la gente bebe cervezas que son horrendas solo porque la botella tiene la forma adecuada y la etiqueta recargada correcta. La gente es capaz de convertir en placer un martillazo en la cabeza si les enseñas las suficientes veces a otros practicándolo, no digamos ya si el martillazo en la cabeza se anuncia por la tele. Con los cubatas pasa que suelen ser más duros que las cervezas, y para mi cuerpo la idea de un día activamente alcohólico se reduce a dos cañas en una terraza al sol con las subsiguientes cuatro o cinco visitas al lavabo para mear.
Llega el momento del ansia, comienzas a no tener más balas en el cargador de los preliminares verbales. Ya has sacado a colación todos los temas pegajosos relacionados con ser una persona sensible y concienciada. En realidad solo me queda la mentira de la ONG con la que colaboro. Es sin duda la más despreciable e hipócrita, ya que las ONG’s son de por sí un misterio occidental, una especie de lavadora gigante de conciencias ricachonas occidentales. Decido que ni muerto voy a hablarle de eso, ya está bien, a partir de ahora me limitaré a ser mi versión falsa auténticamente borracha. No es una combinación recomendable, pero nadie dijo que una primera falsa cita fuera fácil. Es esto o la prostitución, y la idea de ir de putas nunca me ha puesto a tono, es como ir a que te marquen el tíquet de polvo echado; y aunque el cúmulo de protocolos para llevarse a la cama a una mujer gratis puede ser bastante coñazo, cuando llega el momento no se limita a una escenificación de penetración. Es la única parte real de la noche en la que tanto ella como yo estamos presentes. Es como planificar una fuga carcelaria, solo que la fuga es de la vida, del mundo, de la podredumbre del día a día y la gente que te grita a la cara que seas feliz aunque te estén pinzando los huevos con un cangrejo mutante. Es, como dijo alguien, una venganza, el sexo es la venganza perfecta, una forma de decirle a Dios (o a quien sea), jódete, ahora estoy disfrutando, y no fingiendo que disfruto ni justificándome, ahora estoy disfrutando de verdad, así que ahora: mierda para ti, púdrete, esto ya no puedes quitármelo, jódete y que te folle un pez.
El último local es un bareto de los que abren a media tarde y cierran a eso de las tres de la mañana. El ambiente consta del acostumbrado rociado de ruido anticonversaciones sin gritos; veinte capas de gilipollas y parejas y niñas con tetas y vasos entrechocando bajo las que se intuye la música; un par de pantallas planas emitiendo canales de videoclips y un ochenta por ciento de estudiantes o currantes primerizos que creen que la vida y la felicidad son tal y como les han contado. Solo tienen que arrimar el hombro con increíble desgana disfrazada de profesionalidad entre semana y empinar el codo el sábado. Y todo irá bien. Es ese discurso adulto que siempre te sueltan con esa dosis de relatividad con la que resuena un “bien, pero será una mierda, porque estás haciendo en esencia lo mismo que yo, lo cual es deprimente y a la vez me complace maliciosamente”.
En lugar de decirle a la chica que lo que realmente me apetece ahora es meter la cara en su culo, le digo que me gusta mucho este local, que vengo a menudo y que ponen buena música. Hay un buen ambiente, y los cubatas no son de garrafón. Luego localizo con la mirada dónde puede estar el lavabo, porque no recuerdo haber entrado jamás en este zulo pretencioso con citas literarias encaramándose por las paredes. La lista completa de cosas buenas que tiene el lugar: 1-No hay puñeteras parejas con bebés o críos clones correteando hacia un futuro escrito.
La gente habla del destino, pero en realidad solo se trata del sistema educativo.
Hace rato que mi pene oscila entre la erección evidente y el estado morcillón habitual propio de esta especie de performances-para-follar. En lugar de decirle a la chica que no dejo de imaginar su boca ensartada y alguna que otra arcada oral, aseguro que mi cubata ya va a ser el último, porque si no tendré que comenzar a decir la verdad cada vez que sea mi turno en la conversación. Ha sido como una parodia, una mentira y una verdad a la vez. A veces me sorprendo a mí mismo haciendo malabares de falsa honestidad, a veces suelto “verdtiras”, o “mendades”. Mi sangre está corriendo ya por mi cuerpo más bien descontrolada, mis calzoncillos hace rato que han empezado a estar pringosos. Intento recordar su edad, por un momento se me va de la mente su nombre, lo recuerdo y siento una punzada de alivio; no recuerdo en qué trabaja o qué hace o si tiene algún tipo de criterio con algo o simplemente se muestra crédula con todo lo que le digan que es música o cine o literatura o información. Decidimos que nos largamos.
El condón siempre me suele irritar; no el pene, sino el ánimo. Es una pausa incómoda en algo que ya es como una catarata en el paisaje: nada debería poder interrumpir la furia de una catarata. Ha sido ella quien lo ha sacado, así que me ha ahorrado el numerito de dar el paso. La venganza se lleva a término. La única venganza que no se sirve mejor fría. Pasan por mi cabeza nombres e imágenes, caras, situaciones, jodiendas vitales, profesores, humillaciones, gilipolleces paternas, pasa la muerte, a quien tampoco le gusta que folles; pasan pijos de clase media, pasa una chica, pasan dos, sacudo la cabeza cuando la veo venir a Ella, pienso en alguien que odie, solo es el momento de la venganza, no hay nada que se asemeje al amor o al cariño, hay una oportunidad, otra más, para aliviarse y regodearse en ello. Procuras frenar el ritmo para no irte antes de irritar al Universo, para no acabar antes de que se empiecen a ofender tus enemigos racionales, las sectas de la lógica y los académicos de los sentimientos. Hay que seguir hasta que se le infle la cabeza a tu némesis, conformado por todos los que sabes (y sus bebés), hasta que le explote y se puedan lamer las vísceras de las paredes. Hay que seguir hasta estar seguro de que todos los mamones han sentido un palpito físico desagradable que les ha inquietado o despertado, que les ha hecho pensar que algún día todos sus seres queridos morirán y los mamones se quedarán solos, con su razón, con su lógica y su mierda de pensión. Hay que seguir hasta que creas que le has podido provocar un ataque al corazón a alguien a distancia. Porque eres el capullo más mísero y desgraciado, y aun así follas. Y sigues, pensando que el novio idiota de alguien se ha salido de la carretera, que la suegra imbécil de los domingos se ha caído por las escaleras, que el director del instituto se ha dormido para no despertar, que el alcalde ha tenido un derrame a pesar de su esplendida salud, y el presidente un ataque cerebral por el que será alimentado con tubos. Hay que seguir hasta que el único Dios real que existe tenga que manipular su mesa de mandos, porque has conseguido que se active su alerta de la venganza (aunque solo sea una falsa alarma momentánea típica): Peligro, alguien se siente vivo, alguien podría haber dejado de “ir tirando”.

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