Veinte formas de esconder los objetos cortantes (1 de 20) – ¿Tú qué ves?

Matar está mal visto en ciertos círculos. Comienzan a vomitar como volcanes morales. Un tirito en la cabeza, un tajo en el lugar preciso, un mal momento en el peor lugar… Hay pocas maneras de seguir vivo y sano, pero toneladas de formas trágicas o divertidas (o ambas) de morir, de matar. A nadie le importa si sube cierto control de mortalidad. De hecho el problema objetivo es cuando nacemos; para los padres, para la familia, para los profesores, la policía, el estado, y finalmente la sociedad. Porque nos amontonamos. Hay gente, sin embargo, que no ve con buenos ojos un tiroteo. ¿Qué clase de idiotas forman parte activa de un tiroteo? Cuanto más espectacular es la muerte, más resuenan las risas. ¿Tú qué ves? Fuera de nuestra burbuja, algo monstruoso y más grande que nosotros, está ahí, sin hacernos puñetero caso. Pero jodiendo igual. Me refiero a Dios, claro, con sus tornados y tsunamis, y con su más extraña Creación. Suerte que a veces ves una vaca volando, o una casa espacial, y piensas: uau, por suerte ha merecido la pena. Todas esas muertes, todo el dolor. Y siempre tiene sentido. Siempre hay alguien que ha tomado la decisión de que estemos aquí. La oscuridad no es una opción, es obligatoria, y si lo quieres, un descojone.
Los peores, como siempre, son los que se quejan sin parar. Los guardianes de la ética, de la paz. Les oyes y dan ganas de reír hasta quebrar las vértebras. Quieren que les tomes en serio. Sufrieron un gran daño emocional, dicen, y por ello exigen que el mundo se detenga. Que todos dejen de hacer cosas. Que dejen de desahogarse, de existir, de ser. Un mundo imperfecto no es suficiente para esas personas. Los que aún rigen un poco te dicen Podemos mejorar, y cuando les dices Sí, pero nunca será perfecto, te dicen Eres un asesino potencial. Ahora la gente buena es así, más mala que la quina. Nada puede pasar que ellos no aprueben, ni aunque sea de mentira, ni aunque sirva para exorcizar la mierda que jamás podremos arreglar del todo. Una vez pasaron una tarde sin la merienda, una vez un desconocido les gritó por la calle, una vez alguien no hizo lo que ellos querían. Adoptan los auténticos dramas ajenos como excusas propias, y los banalizan. Más allá de que coman carne o no, no se creen animales. Está mal visto todo lo que no opere dentro de los parámetros de sus granjas del primer mundo, donde el sufrimiento extremo a veces se reduce a un día de lluvia.
Se hacen bocadillos de velocidad y corren a todo tocino. Almas digitales, prefabricadas, pero mucho menos carismáticas que las de antaño. HAL 9000 no tendría ni para empezar. Y nos quieren privar del placer de la maldad, de la ironía y el sarcasmo, del escupitajo terrible de doscientas páginas o dos horas. Creen que la risa es una equivocación hasta que a ellos les haga gracia. Si no es como yo digo, aseguran, es peligroso. Demonizan la opresión mientras construyen campos de concentración para divergentes. La hipocresía es pan de cada día, pero es más poderosa en ellos que en Luke Skywalker.
Matar está muy mal visto, por original que sea la muerte, el asesinato, la celda en la que pagar o el túnel por el que escapar. Ni el póster de Rita Hayworth se libra. Les dices que sí, que el mundo es, entre otras cosas, una mierda, y te replican como si te acabaras de dar cuenta y ellos hubieran estado manejando a sus madres desde el útero. Madres Mazinger de nuevas hornadas que no están dispuestas a pasar por alto tu chiste malo. Los retoños mastican su velocidad con vehemencia desaprobadora. Alcanzan un tocino que te despeina en sus bólidos hacia el nuevo Edén. Tienen cualquier edad y en el fondo adoran cualquier color que adore el patrón.
Creen tener derecho a todo y aseguran llevar al día las responsabilidades.
Podríamos jugar al pelotón de fusilamiento. Si la ráfaga no te alcanza, te haces el muerto en el suelo. Lo malo es que a veces se aseguran, disparan contra los cuerpos abatidos. Echas un poco de purpurina aquí y allá, echas otras tantas horas en la sala de montaje. La muerte no podría ser más evocadora. Y tanto más divertida si fuera la de los autodenominados justos. Alguien menos en la cola del banco al día siguiente. ¿Y por qué no atracarlo? O una cafetería. Pasearse como Tim Roth con una bolsa sobre la barra. Honney Bunny se encarga de las carteras de los clientes. El público tiembla de pura afectación en la sala. La violencia otra vez en el centro.
La violencia no como algo que eliminar, sino como algo que controlar, que gestionar, que dosificar. Porque querer eliminarla del todo es como querer apagar el sol. Los éticos te critican por no levantar el culo para ayudar como hacen ellos. Tienen tiempo para todo, para ponerte verde a todas horas y para ayudar. Las maravillas del anonimato.
Gracias, mal gusto; gracias, violencia; gracias, asesinato; gracias, terrorismo tecno-sofisticado. Gracias, villano. Gracias por endurecer nuestras carcasas, por ofrecernos alivio al despojar de amenaza el Infierno inevitable. Gracias por presuponer nuestra inteligencia. Gracias por sustituir la sangre por pintura roja en el lienzo de los que aún no se han dejado amilanar por los mediocres.

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Hasta la Mona Lisa

Nunca he creído en los desmemoriados, esa gente que dice no recordar la mierda del día anterior. Pero yo he tardado en recordar los acontecimientos de cierto día. A decir verdad no era una cuestión de memoria, sino de negación. La negación es lo único en lo que tengo un máster. A veces casi puedo ver el título en la pared. Ese día estaba con un montón de esa gente que bebe, hace cosas y luego niega saber de ellas. Hasta los más drogadictos, los bebedores matinales, los que necesitan colocarse, acaban echando la culpa a las drogas. Es más efectivo que culpar a los demás. Te conviertes en víctima de la fiesta, reincidente pero inconsciente. Pasajeros de las circunstancias.
Tengo Instant Karma de John Lennon resonando en mi cabeza desde entonces. Sería agradable si tuviera un botón para detenerla de vez en cuando. Agradeced cuando la canción que se os repite no os gusta.
No hace ni un mes, ni quince días. ¿Cuánto puede durar una resaca?, ¿hasta cuándo tiene sentido echarle la culpa?
Ni siquiera son hechos extraordinarios, sólo son hechos. Pero lo ordinario está tan denostado como sobrevalorado lo extraordinario. Lo extraordinario suele constar de esas cosas que pasan todo el tiempo y que la gente niega, esconde o disimula.

Todo el mundo recurre a algo. Como machacarse el cuerpo con deporte, o escribir, o llenar la agenda para no tener que pensar. Nos volcamos en ciertas actividades, más o menos lícitas, para desahogarnos, para poder sobrellevar jodiendas puramente personales. A veces para no contemplar el suicidio.
Ahora mucha gente recurre a la política, la política en todas sus formas, mil clases de ideologías, mil conatos de activismo. Todo muy entrecomillado. Algo que creo les relaja de eso, es que los grises no tienen demasiada cabida. Todo está etiquetado, catalogado, archivado. Eligen la carpeta que creen mejor les hace lucir, y desde ahí expanden sus alas, el discurso del Partido, del grupo, del colectivo. Es sugestivo, y como una venganza, porque dicha actitud tiene que ver muchas veces con la masturbación por el proceso de despreciar a los demás, cosa que además viene disfrazada de una supuesta preocupación social. Es un buen plan, aunque, como toda opción para el desahogo, muy imperfecto.
Siempre es más fácil ser gilipollas que ser. A lo segundo nadie nos enseña.

A veces las peores noches empiezan a mediodía. Sales de casa para comer y no vuelves en veinte horas. Y ya te daba pereza quedar para comer. Pero has empezado no hace tanto en un nuevo curro, y no te ha parecido buena idea rechazar la comida con compañeros, incluidos encargados y gerifaltes.
Mi plan era, como siempre, no tardar demasiado en volver a casa. La gente extrovertida da por sentado que su actitud es la mejor posible, y se altera si los demás no sirven o intentan servir a ese principio. Suelen hablar peyorativamente de las personas que –según ellos– se aíslan, sin ser conscientes de que principalmente son ellos los que les alejan. La indiscreción, para los tontos, es la base de un ambiente relajado, los cimientos de la amistad. Creen que cuanto más les toleren meter las narices en las vidas de los demás, más fuerte es el vínculo con ellos. Y luego se extrañan cuando alguien les da boleto.
Aquel día había muchos ejemplares así. Principalmente hombres autoconsiderados buenos tíos hablando de coches y mujeres, colocándolos al mismo nivel mediante bromas rancias, y proyectando absolutamente ninguna visión de la vida, más allá de intentar follar o pegar una cagada.
El asalariado ideal.
¿Quién quiere tiempo para sí si no sabe qué coño va a hacer con él?
Imagínate una mente vacía de inquietudes y curiosidad, y equipada con una sensibilidad que necesita siempre subrayado musical. Imagina un coco sin zumo por dentro, hasta el que te ha costado mucho trepar, y te harás una idea de mi ambiente de trabajo.

Pensamientos terribles. Como no puedes trascender la cultura de tu época, te unes a la ronda de chupitos. Llevas tres horas sentado a comer. Luego el alcohol te predispone, y te da más pereza inventar una historia para poder largarte. Las drogas menguan tu carácter, la digestión te empasta con la silla, y para el el grupo un chupito nunca es suficiente. Casi empiezas a echar de menos la suficiencia que puebla Twitter.
Cinco horas después de haber entrado en el restaurante, te encuentras en la calle, aplatanado, encendiendo un cigarrillo como si cualquier otra opción fuese estúpida. Caminas con el grupo y les ríes el piloto automático misógino. Las chicas en verano son porno callejero para tu anticolectivo. Un pequeño Infierno de sábado a las seis de la tarde.
Siempre hay otra terraza en la que esperar que se haga de noche. Sólo esperas no topar con ningún conocido. Quieres llegar a casa e intercambiar fotopollas por fotocoños con quien tú sabes. Sólo poder volver a hacer lo que llaman perder el tiempo, y poder yacer vivo, pero en paz.

No hay nadie en el grupo callado o reservado. Todos vocean sobre la siguiente anécdota, se pisan, filtran mientras presumen de no usar filtro, con coladores defectuosos. Me hacen sentir más inteligente que ellos, a mí, que he acabado como ellos. Derrochan ese orgullo de quien cree que haber pasado chorrocientas horas semanales puteado te da derecho a ser Simple, un gañán sin opción de mejora. No es que elijan los placeres sencillos, es que no conciben otros. Hablan de sus parejas como algo que no pudieron evitar, de sus bodas, incluso de sus hijos si los tienen. Piensas en sus mujeres y en que se supone que follan con ellos, o al menos se acuestan con ellos todas las noches. Abandonas antes de intentar comenzar a entenderlo. Me pregunto qué orden he contribuido a crear, qué otros planetas habitados habrá, qué clase de escoria soy para seguir dejando que estos tíos respiren, se ceben, se crean el centro del Universo y se jacten de no fascinarse con nada.
Todo desde un cinismo monstruoso, equiparable incluso al del académico medio.
Cada cual es su propio Dios; por eso yo no estoy aquí sin más, sino que permito que todo esto pase.
Les permito creer que me caen bien, que son divertidos, que no me irritan, que no estoy dando gracias al alcohol, siempre para mí más aliado –aunque puntual– que enemigo. Yo soy de café y cigarrillos, y a veces cerveza, pero la tarde cede el paso a las drogas ilegales, porque no es que de noche todos los gatos sean pardos, es que los círculos sociales suelen ser defectuosos. Y lo son más cuantos más integrantes. Ves a este grupo de tíos, mitad oficinistas mitad mozos de almacén, y no pensarías que una vez un ejemplar así creó la Capilla Sixtina. Hasta la Mona Lisa envejece, decía Palahniuk justo antes de acabarse los noventa. Siento que los últimos quince años se los ha tragado la boca de la figura andrógina de El grito de Munch. Como si todo se hubiese acelerado, y sólo se ralentizara cuando chasquea el látigo para mantener en pie el orgullo obrero.

Uno de ellos, por el motivo que sea, tiene coca. Nos ofrece a todos, aunque sabe que la mayoría no aceptaremos. Hay alguna clase de pasotismo calculado en su modo de mirar para decir: No me importa lo que penséis.
A esas alturas, mientras entramos a cenar en algún lugar que, a juzgar por el mobiliario y los olores, parece un italiano, sólo sé dejarme llevar. Es como si el día ya no tuviese arreglo, como si estuviese fuera de lugar cualquier otra cosa que no fuese seguir con estos tíos.
No quiere decir que sepas hasta qué punto se pueden joder las cosas; más bien es que, pase lo que pase, a cierto nivel no te vas a sorprender o escandalizar. No hay una versión adulta de pillar follando a tus padres, excepto quizá pillar follando a tus padres. Ya no hay casi nada que te despierte en el peor sentido, que te impresione, como si estuvieras demasiado cansado para eso, y no digamos si además vas borracho.
El cuerpo no ha terminado el turno de tarde y ya tiene una cena que gestionar. Usamos el estómago más como contenedor que como el órgano vital que es. En la fantasía favorable, nuestra boca tiene en la garganta un triturador de basura, y la usamos como tal. Siempre es preferible pensar que eres inmune, hacerse ilusiones. En la fantasía favorable la muerte no hubiese tenido lugar por la mañana, o al menos relevancia. Y aún tengo mis dudas de que la tenga sin fantasías de por medio.

Más de una decena de tíos tambaleándose después de la cena, martirizados sus estómagos y corazones, y haciendo propuestas de discotecas. Más de la una. Hígados filtrando y uretras no dando abasto. Se paran y mean en calles estrechas, alguno vomita entre dos coches. Miedo y asco en ninguna parte remarcable, y a la vez en todos lados. Cada uno Dios de sí, violadas santas trinidades, sin vírgenes por ningún lado, y palomas que ya están donde sea que se metan las ratas diurnas por la noche. No somos animales nocturnos, no tenemos encanto; somos seres dignos (dicen) de lunes a viernes en turno partido, y confusos fingidores el resto del tiempo. La calle más trufada de locales para la ocasión, se presenta ante nosotros como botones que apretar para que el brazo mecánico humano de turno nos siga alienando. Cogen sus botellas de estantes espejo y nos sirven la única respuesta que ya queremos. El drogata se mete con otros dos en el lavabo. Todo es más joven que nosotros, doblamos la edad a muchas chicas, los casados se palpan el paquete, la música no es tanto música como ruido con el que tapar evidencias, limpiar pistas (aunque al final de la noche alguien pincha a los Beatles). Las luces son ovnis metafísicos, porque no vuelan y se identifican, pero las miramos como los ancianos en Cocoon. Nos podrían llevar a un lugar mejor, puede que los ochenta. Proyectan en una pared Tu madre se ha comido a mi perro. Vomito durante veinte minutos, más o menos en los servicios.

Después vamos dando tumbos camino o a no sé qué lugar desde donde se ve toda la ciudad. Yo ya no sé si a morir, pero dicen que sólo a ver amanecer. No se me ocurre peor idea con la cabeza como una bolera, que ver amanecer. Un buen rayo de sol en los ojos es lo que, al parecer, necesitamos.
Bromean sobre las ventajas no ir aún a casa a ver a sus mujeres, a sus hijos. Bromean sobre apartar un rato más de sí la vida que eligieron, que elegimos, en realidad. Lo que indica que, con toda probabilidad, no bromean.
Una carretera serpentea, sube, nos dirigimos a una zona alta. Se supone que hay un mirador, pero cuando llegamos lo único que veo es un barranco. No hay baranda elegante y rústica de madera de ningún tipo. Hay unos cien metros de caída. Ni siquiera vemos el amanecer. Cuando llegamos, el sol ya ha salido a correr y pasear al perro, ya se ha dado la ducha matinal y se ha lavado los dientes. El sol ya va de camino al campo con su familia, a pasar el domingo sentados en el suelo, calentando la arena y el agua, cansados en secreto de Dotar de Vida.
Nos sentamos resoplando, algunos se estiran y comienzan a roncar. Uno de ellos comienza a vomitar boca arriba, y  tenemos que ponerlo de lado para que no muera así sin ni tan siquiera haber sacado un disco de rock inmortal.
La cabeza me late como si el corazón estuviese ahí y no en el pecho. Un dolor creciente. Estoy pensando en la resaca que viene cuando, sin que nadie haga nada, un tío de los del grupo (ni sabía cómo se llamaba), se pone a caminar hasta el borde del barranco. Luego da un traspiés, y cae al vacío como si eso llevara meses apuntado en la agenda de Dios (él mismo, vaya), o quizá el sol.

No nos movemos, demasiado cocidos y extenuados como para que ni tan siquiera eso nos baje el colocón. Uno, sin embargo, comienza a llorar. Yo no soy de los que piensa que el suicidio se contagia, pero una cosa es leer una noticia en el periódico, y otra esta panda de drogatas currantes, algunos de mediana edad. En vivo. Todo ese dolor, la inabastable ignorancia, la inercia indestructible de hacer lo mismo que los demás. Y uno por uno, incluidos encargados y gerifaltes, se van levantado y se acercan al barranco. Casi ninguno duda, la mayoría dan el paso como si no fuese más que otra gestión. Uno incluso se tira de cabeza (o lo intenta), parece que rememorando algo, puede que alguna piscina de su infancia.

No es necesaria una secta para que se manifiesten ciertos comportamientos. Creo que el penúltimo me mira convencido de que yo también lo haré. Creo que eso le consuela. Cree que les veo como hermanos. No creo que tenga que añadir nada más al respecto.
Muchas veces había pensado en el suicidio, pero jamás como opción. En ese momento pensé que quizá no fuese Dios sólo para mí mismo. Otra fantasía. Me acerqué al borde y vi abajo manchas rojo oscuro, estilo 11-s. Pensé que parecían postres, como gelatina, y luego me sentí como si estuviese viendo el telediario. No soy quién para decir cuánto me afectó. Nadie me llamó para ningún funeral. No era raro.
Ni siquiera puedo asegurar que todo aquello no fuese simplemente un deseo, una visión. No puedo jurar que recuerde nada al cien por cien. Puede que bajara por la carretera solo. O puede que el grupo estuviese intacto. El lunes no volví al curro, el teléfono continuó en silencio. Claro que están muertos; otra cosa es que saltaran.

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Otro tonto muerto

¿Cómo no hacerlo sobre ti? ¿Cómo escribe la gente sobre cuestiones ajenas a ellos? No lo hacen. Da igual lo que digan. Nunca cagas la mierda de otro. Ni siquiera el periodismo existe; sólo la idea del periodismo. Y si hablamos de ficción, por suerte la ficción es honesta, porque aunque en el fondo hablas sobre ti, no importa que mientas. En la ficción la mentira es, en cierto modo, irrelevante. La ficción –buena o no– es pura; nadie te puede engañar con ella, porque es imposible.
La imaginación es la ramificación colorida de tus ideas, por cutres que sean. Ahora la imaginación no está muerta, pero lo está si no la cultivas. Ya no existe una cultura de la imaginación; prácticamente ya no existe la cultura. Si eres imaginativo o medianamente culto, probablemente muchos estarán a poco de catalogarte como loco; porque no es Lo Que Se Hace. Y puede ser que no te llamen loco, pero sí muy probablemente irresponsable. Esa gente con la que siempre pierdes solo y ganas acompañado. Lo bueno nunca acaba de ser mérito tuyo; lo malo es simplemente porque te lo has buscado.
Ahora lo sé.
El mundo, la vida, son algo absolutamente abrumador, en todos los sentidos. La mayoría elige no ser consciente de ello. Aunque asumir que eligen es optimista. Al optimismo, por cierto, lo están friendo a palos. Y no están siendo los teóricos pesimistas.
Crecer no es malo, pero lo han convertido entre todos en una trampa.
Pisar sangre es peor que pisar una mierda, y también huele mal de narices. Te pasas medio camino a casa arrastrando las suelas. Lo peor es que has modificado la escena del crimen. Las huellas de tus zapatos baratos.
Decidme cómo puede uno no ser un gilipollas. Para mí es como intentar no morir.
El sol se va y sale varias veces, y en el informe que leo dice que todas las huellas dactilares apuntan al mismo fulano con antecedentes. Claro que cabe pensar que ya estará a varias cargas de móvil de aquí, a varios paquetes de tabaco. Pero como sea tienes que ir a su vivienda en la ciudad y darte un garbeo, llamar a un timbre al que ya nadie atiende, conversar con alguna vecina que o te mandará al carajo o intentará hacer que entres a beber té y descubras que su marido murió hace dos años. Información irrelevante y tiempo perdido. La gente se siente sola, y no solo las viudas de cierta edad.
Lo que mi compañero siempre dice es: “Otro tonto muerto”. Siempre da la sensación de que quien muere tenía los días contados. Casi siempre. Porque te pones a contrastar información, y casi todo tiene que ver con líos con los que la muerte monta barbacoas cualquier día de la semana. Lo que no le digo nunca a mi compañero, es que en realidad muchos de esos líos no son extraordinarios, de hecho muchas veces son rutinarios. Son lo que pasa cuando todo está en silencio y piensas: qué bien. Y justo en ese instante, algún desesperado, perdido y amargado de la vida, está jugando al fútbol con la cabeza de su novia. Siempre saludaba y toda la pesca.
En la tele no mienten; se limitan a ficcionar; excepto que ahí no hay un acuerdo como el del Novelista y el Lector. Sólo el cinismo te echa una mano; sabes que te van a mentir y piensas: estos cabrones me van a mentir… Y es verdad, siempre lo es, sea bien en contenido o en tono. Sabes que la gente mala existe; y que no son necesariamente psicópatas o violadores. Son abogados, son periodistas, policías, o puede ser tu vecino, el de la trayectoria impecable y los trajes limpios, el que huele tan bien y se trajina a tu hija.
Construyeron el mundo, y tú, para poder sobrevivir, para que te vaya lo que llaman Bien, lo que tienes que hacer es parecerte a ellos lo máximo que pueda asumir tu capacidad para el autoengaño. Ellos no creen que sean malos, y tú tampoco puedes creerlo. Así que empiezas a actuar como ellos, y en ciertos detalles echas el freno, para poder decir: Yo no soy así. Con el tiempo, con un poco de suerte, pierdes la perspectiva (o la desgastas), dejas de pensar en esos términos, y te limitas a gastar tu dinero a la vez que no te consideras exactamente como el consumidor medio.
En la tele comienzan a hablar del caso. Entre una promo de la cadena y una noticia de prensa rosa incrustada, ahí está, tu cadáver. Aún tienes restos de él en la suela de los zapatos, o eso crees. Semanas después aún notas la mirada gélida del Dexter de turno en tu nuca. Cuanto más veo la foto del muerto, más confundido me siento. Pasan las semanas y el caso sigue abierto, aunque más tontos siguen muriendo. Lo habitual con un asesinato es que enseguida salte la liebre. Lo normal es que algún chico de lo más noble y trabajador se haya cargado a su novia. O un señor casado, casi jubilado e igualmente trabajador; a veces es la mujer y un par de empleados del banco, con una escopeta.
Los tíos que matan mujeres han seguido el guión al pie de la letra, pero cuando la “primera” equivocación es un asesinato, lo normal es que ellos ya estuviesen muertos de antes. El guión no era tan bueno como ellos creían. ¿Que a quién culpar? Cada cual a quien vea en el espejo. Todos esos tíos eran buena gente en la versión oficial. Las vecinas viudas suelen llamar zorras a las mujeres muertas. Cuando asesinan a un hombre, sin embargo, la cosa se puede complicar en lo logístico.
Mi compañero dice que la vida es lavarte para poder volver a ensuciarte.
En realidad no te duchas sólo porque estés sucio, sino porque sabes que nunca dejas de pudrirte a varios niveles. La ducha es higiene, pero sobre todo una forma de disimular.
Muchas veces pasa, a mí me pasó. Yo tenía esa idea sencilla sobre cómo se vive, sobre cómo se han de ver las cosas. Todo el rollo sobre ser feliz sacrificándote, casi sin más. Sobre el vaso medio lleno y aguantar. Lo de –no nos engañemos– llevar tu cruz. Esa moto que nos han vendido a todos unos cuantos para poder vivir a sus anchas, con otros principios, o con otra clase de carencia de ellos.
Lo que yo hice hace un tiempo fue conocer a una mujer. Como yo era hermético, no podía sacar a colación su hermetismo. Generalmente es el tío el que esconde esposa y un par de chavales igual de imbéciles, pero esta vez era ella. Yo nunca he tenido el temple necesario para tomar decisiones relacionadas con la estabilidad y el matrimonio (o la convivencia), o el nido y los polluelos. Sobre todo es una cuestión de pereza. Y de miedo, cierta clase de miedo cuya descripción dejo para alguien menos gilipollas, menos liado, confuso o contradictorio.
Pero es verdad que comencé a salir con esa mujer, porque ella dio un paso y yo me dejé llevar. Sabía que no se trataba de dos solteros bebiendo y comiendo juntos. El sexo siempre necesitaba agenda, clandestinidad, ropa de cama de olores sospechosos. Cuando el conserje te ve entrar, sabe que puede inflar el precio, sabe quién entra a hospedarse y quién entra a follar: quien entra a follar entrega la tarjeta de crédito casi despidiéndose de ella. Íbamos al cincuenta por ciento, pero pagábamos en metálico (casi nadie es tan tonto como para…).
Su móvil solía estar apagado, y si no lo estaba parecía que estaba vivo. Un día me dijo que vale, pero que no tenía hijos. Lo que no mentó es que el marido sabía cómo hacer daño sin dejar marcas. Al menos casi siempre. A veces calculaba mal, y pese a mi inabastable pereza, y mi carácter nada proclive a ayudar a los demás en mi tiempo libre, le pregunté de dónde salían los moratones, a qué venía el maquillaje de oso panda. No soy tan bueno como para hacer grandes deducciones, pero a veces me delata la cuestión de tener ojos. Hay cosas que sencillamente no puedes negar haber visto; cuando te quieres dar cuenta estás en el ajo. Puedo ser un miserable, como todo el mundo, por dejación de mis deberes como conciudadano, por decirlo así. Pero a veces intento hacer lo correcto, aunque sea como el niño que hace muecas comiendo verduras. Cuando no crees en el karma ni en el Cielo, ni en recompensa segura alguna a los buenos actos, actúas convencido de que sólo estás arriesgando lo que tienes. No sólo no ganas nada, sino que lo más fácil es que pierdas algo que te ha costado mucho conseguir.
Si lo haces para sentirte bien, no cuenta.
Que alguien haya estado a punto de morir pero que al final no haya muerto, no es una buena noticia: ni aunque hayas salvado tú a esa persona. Una buena noticia es que tenga un orgasmo de vez en cuando, o que los que le rodean sepan dejarla en paz. O un buen descuento en el cine, uno de esos con los que el precio de la entrada se parece al precio de una entrada.
Una buena noticia tampoco es que te toque la Lotería. Eso sería como que te tocase la Lotería.
No es que yo trazara un plan. Raramente preparo las cosas; es el principal motivo de mis cagadas, y mi mayor secuela escolar. Cuando alguien pretende ponerme deberes al nivel que sea, lo mando a cagar a la vía. Cuando hago excepciones, luego pasa lo que pasa. Porque no había ninguna huella de mis zapatos en el charco de sangre. Tardas en adaptarte a una nueva situación o rutina, tanto a la más sencilla como a la más absurdamente metafísica.
Lo que pasó es que un día decidimos ir a su piso. Yo me negaba a que viera el mío. Ni siquiera di rodeos. Dije:
–Me niego a que veas el mío.
Le pregunté por su marido, por el tío del anillo, el de En la salud y en la enfermedad. Dijo que estaba fuera por negocios, que casi siempre lo estaba, que otros días podríamos no haber ido a hoteles apestosos.
Resultó que habíamos sido los protas de una peli para una sola persona, rodada con prismáticos. El tío sabía que su mujer iba por ahí con algún otro.
Cuando llevábamos un suéter, una camisa y unos tejanos por el suelo en su piso, el tío entró como una exhalación, los prismáticos colgados al cuello (lo prometo) y un bate nuevo de trinca. Le colgaba la etiqueta. El tío se puso a gritar. La verdad es que me dejó al margen, al menos al principio, y centró su ruidoso contenido en lo zorra que era su mujer. Decía zorra todo el tiempo, babeaba en el suelo como un perro de los que salen en las noticias. Así era como pasaba. Yo en estos casos solía venir después; me despertaban y me daban una dirección cuando la mujer ya estaba criando malvas. Pero ahora lo vivía en directo. Lo que decía el tío es que la iba a matar, a la muy zorra. Luego decía que me iba a matar a mí, pero siempre con otro tono, como dándome un papel secundario: mi muerte sólo sería la propina. Sería un “por si acaso”. Por si acaso ella me quisiese. Lo bueno de hacer el Mal es que no hay límites claros.
Se suponía que yo, por profesión, era del otro bando. No me sentía así.
No hubo ningún giro, nadie sorprendió a nadie. Ninguna llamada telefónica nos interrumpió. Ella se fue corriendo mientras de algún modo el tío decidió atacarme antes a mí. Creo que sabía que yo era poli, y se pensó que eso me debía dotar de algún tipo de empuje o inteligencia. Puede que sea así en otros casos. Pensé que había interrumpido la trayectoria del bate con los brazos, pero me dio en la sien izquierda y caí medio grogui al suelo. Creo que fue ahí cuando empezó a crecer el charco de sangre. Cuadra que no recuerde que ese día nadie me despertara para llegar hasta ahí. A veces ya estás en el lugar en el que “quieres” estar, y no lo sabes. Estaba demasiado aturdido, y el tipo continuó machacándome el cráneo. Luego yo lo veía desde detrás de él, en escorzo, y a mí en el suelo. No es que ahora crea en Dios; aún no estoy muy informado. Ahora sé muchas cosas sobre hablar solo. Imagino a mi compañero, al de verdad, largar su “Otro tonto muerto” en el funeral. Más razón que un santo: Otra cosa que no soy.

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La cena que quieras

Perdido en el sentido más amplio, y de la forma menos original que se te ocurra, me dirijo hacia el siguiente capítulo vital. Camino mirando al suelo, aunque ya sin que eso forme parte de un plan. Me aíslo de forma inconsciente, rodeado de gente a la que eso se le da fatal. Necesitando el silencio (o la tranquilidad) con la misma intensidad que otros los abominan. Perdido también por las calles de la gran ciudad que quieras. Callejeando, procurando parecer nada en particular, pero sobre todo invisible, nada que ver con el crío que corría más si había niñas viendo el partido. No es que siempre lo consiga, pero perder es algo a lo que también te puedes enganchar. Ni siquiera te hace falta caer en las drogas, ni tener malas compañías. Aun así, he vuelto a ver a ex compañeros de clase, de FP; antes iban tan seguros de su destino, que ahora ya no tienen tal cosa. Sin reconocerme, una vez uno me paró por la calle y me consultó sobre algún piso franco de camellos de heroína. Tal vez no éramos tan distintos. Pero lo cierto es que el tío estaba en los huesos, y tiempo ha era un genio de la electrónica. Le dije que no sabía nada de heroína. Se fue sin mirar atrás. La última vez que me habría visto quizá fuese más de diez años atrás, yo con treinta kilos menos, él con treinta kilos más. Ambos tontos como el que más.
Tengo que llegar a un lugar en el que gente sana, más sana que yo, está en proceso de mutar, cambiar su alimentación, estudiar el especismo. Tener un bebé. Gastar dinero en comer y beber, más allá del hambre, aferrados a las tradiciones, ahora desde la distancia irónica. Prejuicios a buen recaudo. Buena gente sobre el papel. Imposible saber lo perdidos o no que están. Los yonquis por lo menos no se pueden disfrazar.
No son los detectives salvajes, pero al menos parecen inofensivos, previsibles. No tengo nada que contarles. Literalmente nada.

Llegar por fin y saludar. Siempre me llama la atención lo poco que me llaman la atención sus parejas. En el sentido más burro y animal. Lo cual está más allá de si me parecen más o menos guapas. Me son tan ajenas, son tan extranjeras a mi mundo, que es como si viera extraterrestres con un lacito rosa en las antenas.
Por otro lado, siempre parecen más sensibles a tu mierda, más comprensivas, y saben serlo por la vía de la discreción. En cierta forma, son lo máximo a lo que el ser humano puede aspirar. El hecho de que no me atraigan es debido al contexto. El rollo familiar. Suelo ser incapaz de masturbarme pensando en alguien a quien conozco o ubico, o incluso en alguien a quien admiro mucho más allá de lo físico. Jamás me ha atraído nadie a quien conociera con pareja. Aunque probablemente sólo sea otro terreno en el que cagarla en un futuro. Lo interesante de cagarla es que nunca tocas fondo. Cagarla está lleno de posibilidades. Aunque yo soy más de la rama torpe que de los que planean joder a los demás. En el fondo da igual cómo seas; los que más o menos siempre aciertan, se encargan de que la percepción sea que lo importante es el resultado. Todo ese rollo de que sólo importa lo que consigas. La bondad o el intento de ser más o menos honesto para con uno mismo, se está quedando para el terreno literario. Los matices, la ambigüedad. La complejidad de las cosas le importa un carajo a papá y mamá.

La Lotería geográfica te sonríe, y luego el mundo es un buen sitio en el que vivir. Sólo necesitas “tomártelo con filosofía”: esa actitud que no tiene un carajo que ver con la filosofía. La filosofía de negar la filosofía, de simplificar, reducir, acotar, limitar, y un largo etcétera de premios a los que tuviste acceso al elegir la puerta número dos. Así puedes creerte un superhéroe sólo con decirte a ti mismo que lo eres.
El amor está en manos de gente así. Tienen el monopolio; dictan cómo se ha de actuar.
Me encantan, resultan tiernos en su inocencia trufada de Actitud. Algunos se enfadan (o eso dicen), se enfurruñan; usan como excusa problemáticas sociales terribles para ello; son como ver el puchero de un bebé; darían ganas de comérselos si no fuera porque ni ellos se creen ese cuento.
Saben que nunca se va a saber si harían las cosas que hacen si nadie pudiera saber que las hacen. Son listos sobre todo con lo que llena o bien el ego o bien la nevera. Son tan así, que cuando se sabe de alguien que no va pregonando todo lo que hace, hasta puede llegar a resultar antipático, rarito, poco fiable. ¿Qué se cree esa gente, que se pueden hacer cosas buenas o nobles sin avisar? ¿En qué lugar nos deja eso a los demás? ¿Para eso he estado preparando batidos que al final siempre son de color verde?
¿Alguien ha probado a beber coliflor batida? ¿Sabéis acaso aunque sea sólo cómo huele?
¿Y qué hay de los que ahora sacan pecho porque sí comen carne? No hay nada que no pueda parecerte que te hace parecer inteligente si lo has decidido así.
Son las nuevas drogas. No te dejan como a mi ex compañero de la FP, pero vete a saber qué perjuicios pueden traer a medio plazo.
¿Alguien recuerda el sexo o la música en ‘Demolition Man’?
Le paso la sal a alguien y me dice que la sal no se pasa, que sólo se señala. Que si no hago lo que quiere es mala suerte y no sé qué más soplapolleces que decía su abuela. Me hace pensar en cierta youtuber. Me encantan los youtubers, en serio, le han hecho un corte de mangas cojonudo al Sistema. Pero como con todo, en el colectivo hay de todo. Ahora no puedo dejar de verla. Me parece tan tonta, tan pija a su modo auto-irónico, que me fascina. Tiene poco más de viente años. Es tan sumamente estúpida… Se graba de vez en cuando lo que llaman un “daily”. Ya se ha sacado una carrera y todo, y sólo le falta un embudo en la cabeza para ser una tarada de un tebeo de Mortadelo y Filemón. Qué tonta es, joder. Me cae bien, de verdad, pero es tan tonta, tan tonta… Tonta de remate de cabeza y gol por la escuadra. Tonta y productiva. Es tan consumidora ideal. Todo cuanto dice sentir lo convierte en algo rosa, una nube rosa perfecta de dibujos animados, tan rosa que si la respiraras (si te la creyeras) morirías por intoxicación, y permanecerías así hasta la muerte. Me hace pensar en algo que escribió en su día Philip Roth, sobre gente tan sincera y abierta que resulta falsa y dañina hasta el dolor. Qué tonta es, que estúpida, qué horror inenarrable. Es tan tonta, tan simple, tan idiota, tan irritante… está cegada y abandonada en una cuneta de un modo tan perfecto, tan macabro y calculado. No puedo dejar de ver su canal.

Te ves caminando por la calle, ya de madrugada, solo, pensando en la cena. La cena que quieras. Me resultan agotadoras esas reuniones. Da igual lo cordial que sea la gente. Apenas importan sus maneras; a veces casi echas de menos haber arrancado a discutir con alguien, de forma violenta, desagradable; como si eso fuese más REAL.
A ciertas edades aún es peor; parece una encerrona para tu percepción, como si les despreciaras y a la vez tu única forma de tener un futuro digno fuera ser como ellos. Hablar como ellos, ponerse al día como ellos, ir tirando como ellos. Decir que no tienes tiempo para nada, como ellos. Ser alguna especie de sacrificio católico, como ellos, que se dicen ateos.
Tener que mirar tu agenda para saber qué día podrás hacerte una paja.
Enfocarte en base a la idea de no morir solo; y que el único modo es formar una familia. Como la de ellos.
Son mis manías auto-discursivas, no puedo dejar de pensar en eso. No importa hasta qué punto me equivoco (no es nada nuevo que yo me equivoque). Lo realmente importante es hasta qué punto se podrían estar equivocando ellos, y qué siguen alimentando así. Los demás no estamos exactamente con ellos, estamos más bien alrededor. Actores secundarios Bob, con el mismo carácter. Nos quitamos la careta y nos encendemos el cigarro.
No es que todos sean iguales, pero preferiría no ser igual a ninguno.

Ahora creo que siempre me estoy meando encima. Tengo la sensación que de crío podía estar horas y horas sin mear. Y no digamos por la noche. Ya no hay día que me despierte que no tenga que ir directo al lavabo. A veces los sueños se mezclan con eso; suelo estar en algún lugar inmenso, un lugar tan grande que los humanos parecen hormigas. Y sólo hay dos cosas que parecen hacer: o comprar o trabajar. Y yo voy de un lado a otro, recorriendo distancias demenciales, buscando un lavabo. Siento que me lo voy a hacer encima. A veces también creo que me estoy cagando. Recorro pasillos enormes mientras los demás me miran, a veces ríen, están encantados. Y yo a punto de mearme y cagarme. Si por fin encuentro un lavabo, está asqueroso, empapado de amarillo y con mierda por las paredes, porque alguien se ha puesto a escribir con sus heces. Todos trabajan o compran, y siguen, hay líneas de montaje o pasillos de supermercado; a veces siento que soy un empleado y otras que no soy nadie.

Al despertar vete a saber cuándo, me sobresalto. Me doy cuenta de que no estoy solo, y no es mi piso. Tengo que incorporarme e ir a mear. Lo demás para luego, antes tengo que mear. Luego puede que huir. Aunque me da pereza huir, me da pereza vestirme rápida y silenciosamente. Meo tanto que parece que esté vaciando una garrafa. El lavabo está limpio.
Estoy seguro de que hay más gente en otras habitaciones. Me vienen a la mente compañeras de piso.
Al volver a la habitación, tomo conciencia de algo. Es tan tonta, tanto, que al conocerla no lo pareció menos.
A veces hasta el mayor racista, por ejemplo, el mayor xenófobo, se puede hacer amigo de un negro o un moro de su barrio. Irá por ahí diciendo que le cae bien porque no parece un negro o un moro, y seguirá siendo un racista repugnante, porque un prejuicio no cae ni tan siquiera con hechos. Esto es algo que pasa incluso en esos extremos; puedes odiar o despreciar a alguien –por el motivo que sea– hasta que lo conoces. Entonces te parece una persona mucho más templada, tiene más cosas en común contigo de lo que pensabas. Ahora, como sea, está de moda odiar; lo curioso es que ese odio suele proceder de colectivos que aseguran querer mejorar el mundo.
Pero la youtuber no. Esta chica me parecía tonta en vídeo y la realidad confirma que es tonta. Al estar dormida puede parecer que no, pero lo es, es tonta como echarse la siesta en un banco recién pintado, estúpida como la democracia en España.
Inocente e inofensiva, sí, pero tonta, sobre todo tonta. Cuando ríe, cuando habla, cuando se supone que intenta exponer alguna idea. Es abierta y transparente de la forma más vulgar posible, de la forma más equívoca. Hasta cuando se ruboriza, hasta cuando guarda silencio, todo el tiempo parece estar haciendo una mala elección. Tonta, e inculta, tan inculta como lo pueda ser cualquier veinteañero que ha acabado una carrera, que se ha pasado su vida en aulas y confiando en ellas. Así de tonta y aún un poco más.
Una tonta rellena de datos inútiles, y con referentes que harían vomitar a Coelho.
Un encanto, en definitiva, alguien a quien, al final, sólo puedes querer.

No sé qué estoy haciendo, pero aquí estoy. La verdad es que había comenzado a intercambiar mensajes con ella. No sé bien por qué. No es que no tenga su atractivo, pero ni tan siquiera se puede decir que en el fondo yo estuviera buscando sexo fácil ni nada por el estilo. Creo que tampoco es porque ella me haga sentir más listo. Esa relación abunda, hay multitud de amistades y relaciones que se han cimentado en semejantes actitudes, en el sentido de superioridad, en que sales ganando según quién tengas al lado. Es horrible, pero hay que reconocer que es coherente con la educación que en general hemos recibido, cuya veta más abstracta es la competición. Si quieres productores sin mucho seso, es lo que hay.
La verdad es que no me siento especialmente cómodo con ella. Creo que ella quizá se siente atraída porque le saco diez años. La gente comete el error de asociar por defecto la edad con la experiencia o la inteligencia.
Creo que me siento a gusto no contradiciéndola. Lo fácil, lo más goloso, sería intentar imponer mis gustos o mis neuras. Pero en este caso, por algún motivo, callarme y escuchar sus memeces sobre “artistas” y películas diseñados en despachos para un target de entre doce y dicieocho años, me hace sentir bien. Algo así como pacifista.

Algo crucial en todo esto, es que ella es tonta como mear en tu sopa, sí, pero nadie ha dicho que yo sea un genio.
Puedo ser muchas cosas, pero no soy el tío más despierto que hay. Quizá pueda presumir de no ser muy previsible, pero si lo pienso bien, ni eso.
Sigo quedando con la youtuber, pasan los días. Estoy tranquilo, porque creo que para ella sólo soy un capricho, un trofeo temporal, su porno de Netflix. Acabará yendo por su lado. A veces fantaseo con el momento en que corte conmigo (porque lo hará). Ese momento puede ser curioso, hasta divertido.
Ha habido un par de cenas más, las que quieras, festivos, fines de semana, días de arreglarse y comer demasiado con gente otra vez. Mis amigos y conocidos, su imaginación. Un día le dije si quería venir, acompañarme a una. Estar con ella me está aportando alguna clase de empuje resolutivo. Me daba igual lo que dijeran los demás, la presentaría por su nombre, tendría una identidad. En ningún momento diría que es mi novia, y la amistad debería presuponerse.
Pero ella no quiso, se excusó. Lo cierto es que ella me quiere a mí de un modo distinto, pero la intensidad es más o menos la misma. Creo que ninguno de los dos toma en serio al otro. Ella me ve como una fase (¿la de estar con alguien demasiado mayor?); aunque yo no tengo ni idea de cómo la veo a ella. De alguna forma, es tan tonta como sugestiva.

Otro día es ella quien me pregunta si quiero cenar con sus amigos y conocidos. Me sorprende, porque pensaba que quería mantener esa parte de su vida separada de mí. Me sincero y le digo si me lo pregunta para quedar bien o porque realmente le gustaría que fuese con ella. Dice que sí, que en serio, que etcétera. Y quizá debido a mi nuevo empuje, le digo que vale.
Es un sábado por la tarde (que abarcará la noche), en la casa con jardín de otro youtuber. Me acabo dando cuenta de que sobre todo es eso: una reunión de youtubers, youtubers y amigos, y “follamigos”, habitantes pero también satélites de ese mundo. Esta vez no es la cena que te quieras imaginar. Esta vez es un rollo que también conoces, pero que tiene poco que ver con la reunión de traintañeros “responsables” que ya no le echan coca-cola al vino. En resumidas cuentas, es potencialmente divertido, es veinteañero, arbitrario, con límites poco definidos. Conozco algunas caras. Las edades, en realidad, se comprenden entre los veinte y los cuarenta años. Una plataforma social nueva, reciente. Hay quien dirá que no es como haber crecido en los setenta y andar con hippies, pero lo cierto es que los youtubers son el último movimiento relevante realmente orgánico; y la cosa no sólo va de una subcultura de fin de semana: es un auténtico estilo de vida, algo con lo que algunos de los que me rodean llenan la nevera, el ego, y algo más.
Hay que señalar, si hablamos de movimientos, que ahora la música comercial es peor. Y el bombardeo de pop prefabricado al que se somete a los jóvenes es mayor. No es música como tal, sino lo que ciertos productores han ideado para poder vender y pinchar por todo el puñetero planeta. La clase de tonadas extenuantemente machaconas (o virales) que luego no te puedes quitar de la cabeza. La diferencia, quizá (además de Internet), es que muchos de sus consumidores saben que es así. Hay cierta mezcla generacional, cierto caos, para bien. La ironía y el sarcasmo ahora son excesivos, algo empalagosos, pero ayudan a contrarrestar pensamientos suicidas. Crecer en un mundo culturalmente mediocre a nivel de gran distribución, ha de hacer que salten tus defensas. Por desgracia los chicos y chicas de la edad de mi compañera, tienen menos perspectiva o bagaje, y esa cultura de la no cultura podría estar haciéndoles mella de forma preocupante.
La paciencia ha muerto. El hacer algo con detenimiento –por gusto– pasó a mejor vida. Profundizar es agotador.
El placer es inmediato o no es, y la ambigüedad no existe porque el gozo sólo puede ser superficial, epidérmico: llorar no porque algo te toque el corazón a niveles que no viste venir, sino porque la publicidad te ha convertido en siervo de determinada cara, peinado, imagen o single emitido hasta lo sectario.

Más allá de las preocupaciones generacionales, estos chicos y chicas, partiendo de una premisa de placer, han construido algo que la mayoría de gente que habita el circuito académico-profesional habitual, MUY difícilmente logra. Y es posible que ese algo sea tan “sencillo” como: ser felices. Como todo el mundo, dependen hasta cierto nivel de terceros. Pero muchos de ellos no tienen lo que tú llamas jefe, no tienen que manejar y gestionar material que no les interesa, no tienen horarios fijos, viajan, van a los lugares que les apetece ir, y, aunque obviamente también tienen que generar y editar contenido (y suelen ser autónomos), muy a menudo lo hacen cuando quieren y como quieren. De algún modo, han logrado que su vida sea SUYA. No es de extrañar que a su alrededor generen muchas veces tanto malestar, tanta crítica, tanta amargura supuestamente madura. La mayoría de gente, ni partiéndose la espalda o dejándose los ojos, tendrán jamás eso; en cierta forma, tendrán que seguir pidiendo permiso para ir a mear hasta que –con suerte– se jubilen.

Esto no es la cena que quieras. Es la que quieren ellos.
Se hacen grupitos, vamos de unos a otros. Converso con un par de tíos de mi edad que llevan canales de sketches y parodias, algunos realmente buenos.
Unos hacen el bobo, otros beben, otros graban. Se cena a base de picoteo, lo cual no me suele hacer gracia, pero que esta vez me cae en gracia. Alguien pincha (o juega a mezclar) dubstep desde alguna mesa de mezclas que no consigo localizar.
Al poco nos separamos y vamos por libre. Ella hace corro con una decena de chicas, yo no tardo en ir algo bebido, y me presento a algunos youtubers treintañeros (cada vez hay más, el medio ya tiene un pasado), y por suerte se muestran abiertos y receptivos. Hay una piscina vacía en la que tres o cuatro chavales intentan hacer skate. Hay conatos de guerra de comida, hay una lona azul sobre la que echan agua con una manguera, y los más ágiles se lanzan a patinar con el torso.
Saldré en el próximo VAPE (Voy A Por Ello) de JPelirrojo. He felicitado muy sinceramente a Ro por su canal. Rubius no está.
Termino tirado boca arriba en el césped, junto a Videópatas. La youtuber viene y me dice qué tal. Le digo que me gusta el sitio, la gente. Me dice Estás borracho. Le digo que gracias, y luego cortamos entre risas.

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La feria de la dignidad

Mi madre siempre me ha dicho que de crío, muy crío, tenía un amiguito negro en el pueblo donde íbamos a veranear. Yo no me acuerdo. Algo que me chirría en algunas películas, es cómo familiares o amigos que no se han visto en mucho tiempo, enseguida hablan con confianza cuando no tienen más remedio que encontrarse, aunque sólo sea para tirarse los trastos a la cabeza. Seguramente la última vez que fui hábil socialmente, fue con aquel niño negro.
Al salir voy confiado, y luego empiezo sudar. Es algo con lo que tengo que lidiar. La confianza me dura unos cinco minutos, luego la mancha en mis axilas comienza a crecer. Eso empieza hacia finales de marzo, y dura hasta que vuelve el frío.
Es la putada de llevar sólo una camiseta de manga corta, es una jodienda que se retroalimenta; cuanto más sudo más me preocupa el sudor, y por ende sigo sudando. Da igual que me duche tres veces al día. Mi rutina con la higiene no importa. Todo el mundo sabe que lo importante es lo que pareces. Y no te puedes poner a dar explicaciones. Tienes que hacer como si nada, aunque no puedas fingir para ti mismo. Es inútil y no puedes hacer nada. Es la clase de cosas que sólo pueden carecer de importancia para quien no las sufre, y no es que lo haga.
Pero el sudor es lo de menos, claro. Aunque para cuando llegue al bar, parecerá que me he salido a media maratón por un esguince, todo el mundo sabe que lo importante es todo lo que viene después, que básicamente soy yo. Lo importante no está en el interior por nada. Así que interior y exterior –igualmente importantes– se alían para joderte como es debido. Ponerse a pensar hasta qué punto es culpa de uno, es lo más parecido que conozco a una pérdida de tiempo. Es casi como querer viajar atrás en el ídem y decir Sí aquella vez que dijiste No, o viceversa.
En el bar, aparte de sillas y mesas, hay una pista de baile cubierta con algún tipo de tela y cojines por todas partes. Lo que menos me apetece es llegar y revolcarme por el suelo como si estuviera de lo más cómodo con mi cuerpo. Espatarrar mis treinta y cinco años como si llevara una barba tupida y todos lo grupos que escuchara fueran desconocidos. Como si las apariencias engañaran y tuviera dos carreras y acabara de llegar del cuerno de África de echar una mano. A mí lo que me gusta es beber café sentado en una silla delante de una mesa, como cualquier otra persona aterrorizada.
No digo que eso sea bueno, sólo digo que es lo que a mí me gusta.
Ahora hay que aclararlo todo. Tienes que estar todo el tiempo dejando claro que lo que tú dices es lo que tú dices, y por tanto sólo tu opinión. Ahora todo lo que no sea dar la razón y chuparle el culo a todo el mundo, te puede traer problemas. Todo está lleno de drogatas de la indignación. Quieren que estés todo el tiempo aplaudiéndoles por no ser machistas, racistas u homófobos, y si dicen alguna gilipollez en ese contexto, nadie puede echárselo en cara. Creen que por no ser skinheads no pueden equivocarse o pasarse de la raya. Creen que si les dices que siempre están cabreados o a la defensiva, y que eso no es inteligente o práctico, es porque en ellos no aceptas el cabreo permanente pero sí lo haces en fachas y machistas. Recuerdo que de más joven decía de pasada cosas como: “todo el mundo es gilipollas”, aunque no me lo creyese del todo. Ahora, de mucho menos joven, empiezo a creerlo, aunque no lo diga.
Internet ha arrojado luz sobre el mundo interior de mucha gente anónima. Ahora puedes verles las tripas. Creen que lo que se ve es una feria de la dignidad, la “visibilización” y la conciencia, y en un 90% sólo parece un circo barato de tres pistas, animales incluidos, sobre todo gatos.
Hay datos irrelevantes, o relevantes sólo para ti. Me encantan. El rugido del Tiranosaurio Rex en Jurassic Park se produjo con una combinación de sonidos de tigre, caimán y un bebé de elefante. Mi mundo interior tiene poco que ver con la concienciación. Claro que no tengo problemas con las demás razas y preferencias sexuales, y claro que que entiendo que hay una preniciosa problemática con el machismo integrada en el ADN de la sociedad, pero no quiero volver a insistir en que yo soy de los que se sienta en una silla y da sorbitos de café. Todo el mundo debería conocer sus limitaciones. A mí me encantaría correr los cien metros en nueve segundos, pero nunca tuve lo que hay que tener, el deporte se me da como el culo. Otros, sin embargo, quieren cambiar el mundo (o eso dicen, a veces cuesta imaginarles a gusto en ese mundo), y para ello entran en Twitter…, y demuestran que se les da como el culo. Lo más que consiguen es autoviralizarse; puede que acaben publicando un libro recopilatorio de cabreos; pero el mundo sigue intacto y muerto de risa, disparando rayos mortales contra negros, mujeres, gays y lo que se ponga por delante.
No me da la gana levantar el puño en señal de lucha, no de esa manera; no me fío casi nunca de los que lo hacen ahora, y no quiero ser como ellos. Raramente suele haber motivos más allá de vacíos personales para actuar de esa manera. Creo que el mundo lo nota, y creo que sólo cambia cuando los que comienzan a actuar diferente no lo pregonan sin parar.

El monopatín se inventó en 1963. Y me paso como una hora esperando la compañía. Lo bueno es que yo he elegido mesa, y quien quiera estar conmigo va a tener que sentarse en una silla y no en el suelo, por mucho que mole fingir que estás cómodo ahí. Ni siquiera se puede fumar, ni tabaco, no puedes pincharte heroína, no puedes hacer nada de lo que pega con tirarse en el suelo. Sólo puedes tirarte encima uno de esos cócteles de a nueve euros que hacen aquí. Esas crías de cono invertido rellenas de algo rojo, dulzón y sólo pasable. Con el borde de la copa cuajado de azúcar, eso sí. Ahora ser pijo está sólo un peldaño por debajo de parecer concienciado. Se ha logrado que ser estudioso sólo sea otra forma de alimentar el ego. Gente inmortal de tan consciente. Los capullos de siempre con otro envoltorio. Gilipollas, y no mejores que yo y la demás purria.

Y todo esto para qué. Por qué. Conversaciones digitales. Y el vuelo más largo que ha hecho una gallina es de trece segundos. No es que no me dé pereza quedar. De hecho quedar con gente me parece agotador. Sin embargo hay personas que necesitan estar con gente, y asocian el estar solos con alguna clase de profundo fracaso, o al menos con un aburrimiento mortal. Hay cierta adicción de fondo al ruido. Cosas tan esenciales como pensar, como darle vueltas a algo, meditar, se han vuelto poco recomendables, a no ser que se trate de una inversión. Una inversión económica, claro está. Lo que llaman ahora Formación tiene que ver sobre todo con mamársela a alguien en un despacho. Puede que no se la chupes a nadie, pero la metáfora viene al pelo. Te preparan para el futuro, dicen (que será igual, claro); esas cosas las van diciendo por ahí padres de niños y niñas de diez años. Meterle mierda en la cabeza a un hijo es una de las pocas cosas que puedes hacer sin que nadie te pida antes el currículum; y quizá una de las pocas con las que habría que pedirlo.
Así vamos a cambiar el mundo, con gente procreando con el seso licuado, y los “activistas” explorando distintas formas de masturbación. Ceros y unos como vibradores, ceros y unos por el culo.
El primer año de un perro equivale a veintiún años humanos, cada año canino posterior es de cuatro años humanos. Ahora todo el mundo ama a los animales, por el proceso de fotografiarlos. Ellas llegan al cabo de casi media hora, impuntuales. No sé qué idea se han formado de mí, pero es equivocada. Nunca fui el chico malo, ni tampoco el bueno. Ni equidistante.
La silla eléctrica fue inventada por un dentista.
Se supone que tengo que estar de buen humor, es sábado por la tarde. He hablado sobre todo con una de ellas, de forma no presencial. Da la sensación de que ambas han venido para que la otra no esté sola. Hago los mismos comentarios de mierda de siempre, relacionados con ser “de provincias” e ir sólo a veces a la gran ciudad. Se supone que tengo cierto bagaje cultural, criterio, gusto, etcétera. Soy unos años mayor que ellas. Una de las peores cosas de haber crecido viendo cine y leyendo simplemente porque te gustaba, es descubrir que ahora hay gente que lo hace por lo que proyectas con eso. Lo convierten en otra asignatura. Lo usan para ligar. Lo rebajan.
Pensar es sólo una inversión económica; tener cultura, como tantas otras cosas, se usa sobre todo para follar.
La tierra pesa alrededor de 6.588.000.000.000.000.000.000.000 toneladas.
Y aquí estamos.
Al menos no estamos tirados por el suelo.
Hablamos de nada durante unas dos horas. Siempre fingiendo que tienes algún proyecto que te importa (o importante), casi sin mencionarlo. Humildad que ya no sabes hasta qué punto es falsa o hasta qué punto está empezando a ser verdadera. Ellas son de fuera, venían por asuntos profesionales que no me han quedado muy claros, y me dijeron si quería tomar algo. Yo también he tenido que coger el tren, una hora. Tienen veintitantos y aún les brillan los ojos como a una botella de champán. Yo tengo treinta y tantos, y me siento agotado. Son la clase de chicas que con el tiempo se preguntan por qué les parecían interesantes ciertos tíos antes. Se ponen a recordar y se les pone la piel de gallina.
En 1694 los jueces se vistieron de negro para llorar la muerte de la reina María II, y así se han quedado.
Después de la tertulia, vamos a una exposición pictórica en familia. Es del amigo de una de ellas, lo que hace que se esfume cualquier posibilidad de que la exposición me interese. No sé bien por qué es, pero cuando la obra de arte siempre está rodeada (sólo) de amigos del artista, normalmente ni hay arte ni hay artista. Sé que no tiene por qué ser así, pero es mi prejuicio favorito.
Las galerías de arte me suelen transmitir sobre todo frialdad, y no es distinto con la que visitamos. No queda más remedio, las obras tienen que poder respirar, tienen que poder ser El Centro. Al menos en teoría. Si coincide que es la presentación de la exposición, como es el caso, lo que te encuentras es a un montón de extraños que se ven unas tres veces al año, y de los que llega un murmullo de alegría exaltada controlada constante. Eso y copas de vino y otros alcoholes, que el servicio (la mayoría parecen estudiantes) va repartiendo con bandejas.
Conocemos al protagonista. Huele a limpio, sonríe, me estrecha la mano. Hace tantos esfuerzos por proyectar humildad, que casi empiezas a echar de menos que fuese un poco creído, y así poder odiarle por una certeza y no una teoría. La verdad es que no sé lo que está pasando, pero lo interesante es que tampoco me importa. No sé qué es esto, no sé si es un simple rollo de amigos o si ellas han planeado algo. Prefiero no pensar en ello. Si alguien espera que comience a captar señales, ha elegido al treintañero equivocado. No jugaba a eso ni con veinte años; ahora directamente me parecen costumbres exóticas de otro planeta. Si alguien quiere algo, tendrá que poner la propuesta sobre la mesa, firmada y sellada, con todas las clausulas claras. No es que yo nunca quiera nada, y ellas me caen bien, especialmente una de ellas; pero me siento incómodo, lejos de casa y nada travieso. Ahora mismo soy un funcionario del tiempo libre. No se pueden esperar de mí comportamiento crípticos, que me espatarre por los suelos, haga pasos de baile o comience a lanzar proposiciones. En ningún momento voy a decir nada parecido a “¡Eh, chicas!”. Eso no va pasar. Sé ser amable, y he aprendido a decir “Bien” cuando me preguntan cómo estoy, pero no pienso actuar como si fuese todo el día como unos cascos verde fosforito al cuello.

El corazón humano late más de cien mil veces en un día. Siempre me ha fascinado que pueda no parar durante años, décadas. Es como si fuera quien mejor me aceptara. Es lo bueno de los órganos: hacen lo suyo, no te juzgan. Es comprensible que con el tiempo se haya querido convertir a las personas en órganos, todos al servicio de alguien sin juzgarle, aunque extorsione, aunque mate, aunque arrase el planeta.
Nunca he sido bueno como órgano. He rebotado de un curro a otro, y sin duda los mejores lapsos de tiempo, en los que más he aprendido, leído, sentido, escrito, aprendido, vivido, ha sido en etapas de paro, cuando he tenido tiempo para aburrirme, y he descubierto que aburrirse no solo es bueno, sino absolutamente imprescindible. Si fuese por mí, el sistema vigente habría infartado hace mucho. Lo irónico es que soy todo corazón. Lo juro.
La mayoría de las veces que ves venir un tópico, el mismo se hace realidad. La chica con la que yo hablaba en la pantalla; su amiga y el artista humilde. Qué mejor que esperar a que la galería de arte cierre e ir los cuatro a tomar algo. Una terraza, noche de verano, más cócteles a nueve euros, estoy rodeado de ellos. Lo mínimo que parece gastar la gente cada vez que saca la cartera, son diez o veinte euros. Convierten la vida en eso: pagar para dar el siguiente paso. No todos estamos forrados, pero eso es una realidad que raramente contemplan, a no ser de forma muy vaga, hablando de política, rebuznando concienciación. Por eso aburrirse es un lujo. Hay un plan trazado, en el que cuanto más lúcido y consciente seas de lo que te rodea, más difícil será tener pasta. Saber cosas es contraproducente; quien va tirando (o siempre tiene pasta) es quien cierra los ojos y se toma regularmente sus pastillas para la hernia. Suele coincidir que el cinismo más abrasador viene con la más respetada capacidad de sacrificio. Cuando te digan que alguien es muy trabajador, procura no confiarle nada, mucho menos tu vida.

Les cuento algo, me abro. Creo que es por el alcohol. En mi piso cutre hay un fantasma. Pero no en mi piso, sino en el de al lado. El vecino me lo ha contado. No le hubiese creído a ningún nivel a no ser por el barullo que monta algunas noches. Encima, al ser yo el único vecino que conoce su crisis, a veces me llama al timbre de madrugada, y me pide dormir en mi sillón. No tiene por qué ser un fantasma, pensaréis. La gente se pone muy pesada con el empirismo, y hay algo que les aterroriza mucho más que los fantasmas, y es la idea de que no lo controlen todo en cierta manera. Están dispuestos a reconocer que no lo saben todo, pero el control… eso ya es harina de otro costal. Necesitan creer que conocen el mundo que habitan, y que no hay otros mundos, ni energías, y que los muertos sólo son muertos, materia en descomposición. Necesitan estar convencidos de que lo que el ser humano no sabe explicar, un día tendrá una explicación larga y aburrida, y en ningún caso abstracta, compleja o ambigua.
Mi vecino podría estar loco, le podría estar creciendo un tumor dentro del cráneo (aunque ya fue al médico, y nada), pero al margen del ruido de los muebles arrastrándose y los gritos de terror, hay otra cosa. Algo que ni le he contado al vecino, para no acentuar su crisis. En el pasillo de la escalera hay instaladas luces que se encienden con el movimiento. A media que pasas se deberían ir encendiendo. Detectores. Los dos que hay junto a la puerta del vecino, cuando llego tarde, jamás se encienden. Camino varios pasos en la oscuridad. Un día llamé por mi cuenta a un técnico. Dolió, pero lo pagué yo, sin decir nada a los vecinos. Quería saber qué pasaría. Cuando el tipo hizo la instalación y los cambios adecuados, al probarlo todo estaba perfecto. Eso fue una mañana de sábado. Al llegar yo por la noche, las luces volvían a no funcionar.
Le pregunto al vecino que por qué no se muda, y siempre comienza a balbucear. Luego un día me cuenta que consultó con alguna especie de parapsicólogo, y le dijo que la clase de entidad que tiene en casa no es de las que se quedan ahí cuando uno se muda. De alguna forma, el fantasma está asociado al vecino, y no al piso. Otro día me confesó que había estado un fin de semana en un hotel, por trabajo, y que allí también lo vio. Dijo que lo que el parapsicólogo le dijo, era que lo que necesita se parece más a un exorcista que a un chamán o un cazafantasmas.
No era un fantasma, era un demonio. Le pregunté qué forma tenía. Me dijo que era una mujer joven, guapa, pero con rasgos cambiantes. Ha asumido que un demonio adopta una forma agradable, pero no entiende por qué. Si ese algo demuestra que no tienes el control, y que no sabes cuándo te va a pasar algo malo, ¿importa mucho que se parezca a Marilyn Monroe?

Me dicen que quieren verlo, muy entusiasmados. Pagamos la cuenta, cogemos el tren y nos vamos a mi edificio. Lo encuentro precipitado, pero me dejo llevar. Subimos en el ascensor (cuatro pisos), y salimos al pasillo. Técnicamente son sensores de movimiento. Se enciende uno, luego el otro, y llegamos a la zona conflictiva…
Cada día de trabajo en el rodaje de ‘El Exorcista’ , gran parte del reparto acudía a la Iglesia buscando ayuda espiritual, asustados por los fenómenos que sucedían, y que no lograban entender.
Probablemente la mayor mentira de mi vida, haya sido fingir autocontrol ante esta historia del vecino. Contarla como si no me hubiera asustado más que cualquier otro lance vital. Después de una noche de movimiento en su casa, al día siguiente me siento preparado para cualquier cosa. No puedo imaginar en qué estado de nervios estaría si me pasara a mí directamente.
Creo que las personas somos recipientes.
Al pasar junto a la puerta protagonista, las luces vuelven a no encenderse. Al menos no he quedado como un mentiroso.
Qué hacer. ¿Les invito a pasar? No es que mi piso esté mal; no me considero un maniático de la limpieza, pero sí cuidadoso. Aireo abriendo las ventanas, barro, sacudo el polvo, paso la fregona. No es por la esperanza de tener un buen picadero potencial. No siempre. En ese lapso de dudas, cuando los demás comentan la jugada mientras yo pienso qué hacer, una de las dos luces protagonistas se enciende. Y no solo eso, se ilumina de un modo imposible. Aumenta el brillo durante unos cinco segundos, y luego estalla con un sonido metálico estremecedor. Todos hemos cerrado los ojos, nos hemos cubierto con los brazos. Al recomponernos, el artista humilde está en el suelo, inconsciente.

Esa noche nadie folla. Cuando la ambulancia se ha ido y me quedo solo, me pregunto por la naturaleza de ese muchacho, por su grado de falsead o maldad potencial. Luego pienso en el vecino; la verdad es que no sé cómo es, sólo le he visto asustado, lógicamente asustado, ya sea por un tumor o por un demonio.
Me cuesta dormir menos de lo que pensaba, lo hago pensando en la feria de la dignidad.

Me despierta el teléfono. Es ella. Me dice que el artista humilde (tardo un momento en asociar el nombre que me dice a él) ha estado gritando incoherencias ingresado. Me pregunta si creo que los seres humanos somos recipientes. Nunca sé qué responder para atraer el sexo.

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Tsunamis aparte

Desde el momento en que supo que sus padres querían mudarse (lo cual la convertía a ella en un paquete más), comenzó a pensar en las novelas de Nicholas Sparks. En las películas. En las que una chica engañosamente del montón (una chica obviamente atractiva, escrupulosamente elegida para para gustar a cualquier organismo vivo que respondiera con sinceridad), llegaría a un nuevo entorno de amigos, en verano, el verano justo antes de comenzar la universidad, y conocería a un chico del montón (un chaval obviamente atractivo, elegido con ojos obsesivo-comerciales de casting en busca de alguien rematadamente guapo capaz de memorizar más o menos un guión), con el que tendría una aventura amorosa, a pesar de parecer inicialmente muy distintos.
No es que hubiera leído nada de Nicholas Sparks.
Puede que hubiera visto entera El diario de Noa.
No se sentía tan atractiva como las chicas de esas películas. Pero estaba bastante segura de no ser en realidad una anciana que le estaba contando su historia de juventud a algún hijo treintañero egoísta y ocupadísimo, demasiado centrado como para escuchar a una vieja. Excepto ahora, que todos –él, ella, el público– sabéis que va a morir de una terrible enfermedad, y que por tanto la narración está teñida de cruda nostalgia y apología de la juventud. Casi de la niñez.
Como en esas pelis.
Como si los ancianos que hacen de contexto estuvieran ahí para compensar tanta juventud y belleza. Y que así algún autor parezca más sensible de lo que es.
Ella sabía que no había que fiarse demasiado de la gente que habla maravillas de los ancianos. Si se puede generalizar, la gente joven (o aún no demasiado mayor) es mala y falsa hasta el aburrimiento, miserables de tapadillo, ladrones metafísicos, tunantes emocionales; pueden usar cualquier estrategia para parecer mejores de lo que son. También los que escriben.
La gente buena real no es fácil de detectar, suelen estar bajo veinte capas de cabrones sonrientes, tiernos y cuentistas.

Pero ella, buena o no, estaba bastante segura de ser real, y no una historia, ni un flashback. Al menos tanto como pueda estarlo cualquier ser humano al que en el fondo le aterra la muerte y no entiende este mundo ni por qué ha de esforzarse por vivir y encajar en él.
Tenía ganas de leerse una novela de Nicholas Sparks.
El coche familiar y el abultado equipaje. A papá le habían dado un puesto en no sé qué bufete a doscientos kilómetros. Era importante porque era importante para papá. Ni siquiera estaba sin trabajo, era un ascenso (más jerárquico que de sueldo). Era un aparatoso ejercicio de respeto al paquete del patriarca, su papel de padre y su masculinidad. Se suponía que iban a un barrio mejor y una casa mejor. La verdad es que sólo era un punto de inflexión, seguramente gratuito. Otra vez intentar huir de ti mismo cambiando el entorno, el peinado arquitectónico. El señor padre no iba a hacerles más ricos, sólo les llevaba de A a una sospechosa B. Las vidas de su mujer e hija no iban a cambiar en lo material, y lo material era el único motivo. Decisiones adultas, la mar de adultas, adultérrimas, maduras y gordas como sandías maduras.
La madre trabajaba en casa como modista por su cuenta. Quien pagaba el pato social era la protagonista de la nueva no novela de Nicholas Sparks. Todo el mundo sabe que el círculo de amistades de los adultos se suele estrechar; son los jóvenes los que necesitan vincularse a un grupo más o menos numeroso de amistades o trasuntos de las mismas.
Aquí nadie se llamaba Bella ni iba a conocer a un vampiro millenial. Eso aún menos. Aunque tampoco se trataba de despreciar cualquier tipo de ficción. La ficción refleja, la ficción es el resultado de haber filtrado el dolor o distintos tipos de obsesión o colores, ya sea interesadamente o no.

Lo que más pereza le daba es que, a hasta cierto punto, sí tendría que hacer las cosas que esos personajes hacen en las películas. Tendría que abrirse, llevar a cabo aproximaciones, comunicarse, puede que hasta ir a alguna fiesta. Iba a tener que construir otra vez desde cero su vida social, y no sentía que tuviese una experiencia previa que la ayudase. Sí había tenido amigos, se había comunicado, más o menos. Pero no sentía que eso fuese a servir para nada.
Al llegar se acordó de Mi vecino Totoro, cuando las dos niñas llegan con su padre a la nueva casa. Pero ella no tenía hermana, ni pequeña ni mayor. Ni la echaba de menos. Y su madre estaba sana.

Era un palo. Un cambio odioso. Los cambios eran muchas veces una huida hacia delante, sin más, no tenían por qué traer nada bueno. Pero la gente adulta tiene tendencia a rechazar el caos. Tienen una o dos ideas sobre cómo se mejoran las cosas. Y da igual cuánto fracasen esos métodos, siguen siendo los más populares.
Mudarse no tiene que ver sólo con el futuro. El propio proceso es tal coñazo, que por fuerza te ocupa la mente, y hace que lo que sea que te preocupa o amenaza, pierda fuerza. La teoría que flota en el ambiente, es que a papá no le han ofrecido un empleo mejor lejos de aquí, sino que él ha movido hilos para que eso pase, porque se quiere alejar de algo o alguien. Y como suele pasar, cree que ha podido engañar por completo a su mujer y su hija.
Una mudanza raramente se lleva a cabo para emprender algo; se suele hacer para escapar. No eres alguien valiente que ha decidido dar un paso, sino sólo un ser que corre con una gran mandíbula chasqueando justo detrás.
La tradición humana más asentada es disfrazar las limitaciones o el patetismo de necesidad, o responsabilidad, o valentía, o toda una larga lista de increíbles tonterías.
Siempre todos negando –consciente o inconscientemente– ser una mota flotando en el espacio.
No es que sus padres se parecieran mucho a los padres Sparks. Su progenitor era en esencia una bola calva con dos carreras, y su madre básicamente había asumido el papel de ama de casa. No eran padres jóvenes, ni parecía que hubiesen tenido juventud.
El retoño había salido entre los últimos estertores del reloj biológico. Su padre no se esforzaba por no parecer anticuado, y su madre encajaba siempre todas las inercias machistas con una sonrisa y algo cociéndose en la cocina.
Con todo, nadie estaba agrediendo a nadie, no había conatos de maltrato físico y nadie llegaba borracho cada noche a casa tensando el cinturón para darle una buena tunda a su hija antes de violarla. El clima familiar era, al menos a simple vista, tranquilo, previsible, conocido. Consumidores al uso, procurando no pensar demasiado por el método de hacer cuentas y trazar planes concretos.
Mudarse es seguramente el plan estrella. El definitivo.
Ella se llamaba Beatriz, Bea. No le gustaba su nombre, ni completo ni amputado. Y Bea desde luego aún no era como sus padres, ni tenía ningunas ganas de serlo. Puede que la distancia generacional en este caso fuese para bien, ya que era tan insalvable que quizá eso hiciera que ella de verdad construyera una identidad propia.
Era algo en lo que había pensado.

La diferencia, o la excusa, o el motivo llamativo, la causa infantil, o el asidero con el que argumentar en determinados momentos para defender la mudanza… era que la playa estaba cerca donde vivirían. Y no cerca de coger el coche y conducir un rato; cerca de ponerse las chanclas y caminar no más de cinco minutos desde tu cama hasta la orilla.
Bea tenía que reconocer que eso tenía su encanto. Y también le hacía pensar (tsunamis aparte) en la pasta que debía valer la casa, y en lo grave que tenía que ser aquello de lo que huía su padre. Tanto como para calcular con mucho cuidado cómo vender el sueño de la nueva etapa.
Imaginaba que quizá había fundado otra familia en la ciudad y la cosa se había complicado. O que se había enamorado de otra mujer y necesitaba alejarse de ella (poco probable). Hasta llegó a plantearse que su papi medrador hubiese matado directa o indirectamente a alguien. Al fin y al cabo era abogado, uno de los gordos. No era tan raro que se pudiera meter en líos de cualquier tipo. Desde el adulterio hasta la mafia. Nada era demasiado chocante como para no poder haber sucedido.
No es que fuera un tipo carismático, y desde luego no era atractivo, pero tenía dinero, y también algo de poder. Era una de esas pocas personas que objetivamente pueden cambiar las cosas. A mejor o a peor no importa. Un abogado no hace justicia, sólo hace su trabajo. Es lo que pasa con el trabajo tal y como aún funciona: no te hace, te perpetra.

La vida pasa mucho más lenta sin elipsis. Durante varios días todo aconteció en la casa o sus aledaños. La gente iba y venía de la playa. También rebaños de chicos y chicas, todos aparentemente estúpidos a determinada distancia. Todos respetando esa ley no escrita que dice que si hay más de tres personas en un grupo, hay luz verde para ser idiota.
Todos tan desconocidos y extraños, como si absolutamente todos hubiesen nacido y crecido necesariamente en la zona. Todos con amistades añejas y círculos cerrados.
Puede que siendo chico lo hubiese tenido más fácil.

Papá y mamá tenían un plan. En la zona vivían ciertos familiares. La hermana de mamá. La tía guay de las pelis, que en este caso sólo era tía. Bea sabía que le preguntaría si tenía novio o no, y que luego bromearía al respecto independientemente de la respuesta. Y otros grandes éxitos de la Torpeza.
Como la mayoría de adultos, no era tanto alguien con quien estar como alguien a quien soportar. Otra vez la condescendencia de alguien mayor que habla como si lo supiera todo no sabiendo casi con toda seguridad una mierda.
Esa persona que se presume inteligente sólo porque ya no puede presumir de joven.
Esa invasión.
Y ese primo, también. No el primo guay o gay y gracioso e inteligente de las pelis, sino sólo un primo. Un desconocido hetero del montón que antes de verla estaría pensando casi seguro en la pereza que le daba intentar integrarla en la vida social del pueblo. Había coincidido con él en varias ocasiones, aunque no muchas. Parecía target para cualquier anuncio, reality o emisora de la FM. Más o menos estudioso y a la vez hermético a cualquier idea que no resonara a diario por todos los altavoces y medios con poder. Lo que popularmente llaman “la señora de Murcia” cuando intentan referirse al Gran público al que muchas películas intentan llegar. Él era nada más y nada menos que una más. Si había colorines y ruido, ahí estaba él, con todos los demás, coreando el último éxito, diciendo a todas horas cosas como “Es una cuestión de gustos”, o mintiendo sin darse cuenta al decir memeces como: “Sobre gustos no hay nada escrito”.
Un fiel más, ya con novia fija y raíl propio camino a alguna oficina. Él también iba a comenzar la universidad después del verano, pero Bea estaba segura de que no veía la carrera como nada más que un boleto. Su padre era vete a saber qué pez gordo, uno de los marionetistas de siempre, y su hijo nada más que otro peso muerto de forma antropomórfica colgando de su taller.
Los padres de Bea les ponían siempre como ejemplo de cómo se hacen las cosas.

El primo le enseñó el pueblo y le presentó a algunos amigos. Y también a su novia. Bea pensó que quizá la novia de su primo podía ser una oportunidad de comenzar a socializar con alguien. No fue así.
Salió un sábado por la noche con un grupo de casi diez personas. Todos idiotizados sólo de ser tantos, por el ruido, por el hecho de ser sábado, y en realidad pasando de ella. Porque ¿quién quiere hacer tareas de integración? Nadie. A no ser cobrando (aunque sea en especias). Bea intentó no parecer demasiado esquiva. Intervino en algunas conversaciones y no le dieron de lado. Pero a la vez sabía que era un elemento extraño. No sintió que conectara con nadie. Y nadie sentía que tuviese que hacer esfuerzo alguno por conectar con ella. Ella sabía dónde podían estar las personas más parecidas a ella: o en casa o en un ambiente muy distinto.

Pasaron los días de la forma más o menos absurda o neutra que a veces lo hacen. Y más en verano a determinada edad, cuando no sabes qué hacer, y encima tu vida social, tal y como la conocías, no existe.
No volvió a contactar con el primo, ni él con ella. A pesar de que los adultos implicados, aun viendo que no había ningún tipo de química, seguían negando el fracaso de su plan. Un plan que, por otro lado, sólo podía funcionar ya si alguien se negaba a sí mismo y cumplía una orden. Los adultos tenían eso en su ADN, habían crecido con eso. Para ellos tenía más sentido poner el culo, y así solían educar a los hijos. Por suerte, los hijos no siempre heredaban esa forma de pensar, lo cual tampoco era necesariamente una ventaja, ya que el mundo no era nunca de los hijos, jamás, siempre era de los padres. Nadie heredaba el mundo. Los hijos se abandonaban a sí mismos y se ponían la piel de los padres. A partir de ahí, articular un discurso sobre por qué eso tenía sentido, era de lo más fácil. Vivir con lemas o viejas doctrinas, siempre ha sido el más socorrido de los métodos. Y muchos colectivos, o al menos los más importantes, ya sean bienintencionados o simples empresas para ganar dinero, recurren a él. Si hay un mar de gilipollas, por más gilipollas que seas, te vas a sentir coherente y lógico, una persona de bien, centrada y realista.
Bea se sumergió en libros y películas, y en Internet, y llegó a pensar que su verano se reduciría a eso. Tampoco le parecía tan mal. Normalmente apenas tenía tiempo para leer o ver según qué series. Generalmente siempre estaba haciendo lo que llaman: “algo constructivo”; lo cual se solía reducir a tareas que unas veces sirven para que un adulto tenga la conciencia tranquila, y otras para que se enriquezca de un modo u otro gracias a tu esfuerzo.

Paseaba por la playa algunas mañanas. A veces muy tarde, por las noches. La zona (tsunamis aparte) no parecía peligrosa en hora alguna del día.
El propósito era tan simple como salir de casa. La desventaja era que en la playa era difícil no encontrar gente, excepto excesivamente tarde o temprano. No es que madrugara, se desvelaba; no trasnochaba, tenía insomnio. Aun así, pensó que le estaba viniendo bien esa especie de burbuja forzada por las circunstancias. Podía esperar un par de meses, en la universidad iba a conocer gente quisiera o no.
Pero las cosas no fueron así, obviamente. No fueron ni como sus padres planeaban ni como ella pensaba.

¿Qué se le dice a alguien cuando no quieres decirle nada? Sus padres organizaron una reunión en casa. Al parecer el papá tenía amigos no muy lejos, y también acudieron los tíos de Bea y algún que otro crío desconocido. Nadie de la edad de Bea. Algún que otro baboso cincuentón la miró como si fuese su cumpleaños y ella fuera la tarta. Amigos de papá. Padres de amigos; adultos aún mayores que los adultos. Era muy factible que allí hubiese mafiosos de todo pelaje, legales, ilegales y alegales. Ni Bea ni su madre eran tan tontas como para no oler la cabeza del caballo muerto. Su padre había estado rebotando de aquí para allá durante unos diez años, con horarios absurdos y viajes inesperados. Mamá tenía bastante claro que a papá se le activaba el wifi cuando pasaba por delante de los puticlubs. Cuando había mucho dinero a mano, no era tan fácil ponerse moralista. La gente no es buena a pesar de ser pobre, más bien ser buenos es a veces lo único que les queda.
El Mal, su elección, no se condensa en una decisión, seguramente es algo que llega de forma gradual. Cuando te quieres dar cuenta, debes estar en la última planta de un rascacielos esnifando Producto rodeado de hijos de puta que un día te cayeron bien. Ni siquiera debe ser una vida fácil, pero al menos diferente. Y no debe parecerse tanto a la Muerte como fichar cada mañana y producir precisamente para ese tío en el que crees acertado no haberte convertido.
O eres el que disfruta el rascacielos o eres el que lo limpia.
No es así, pero es así como funciona, y suele funcionar así gracias a los que más te quieren.
Lo que le dices a alguien cuando no quieres decir nada, suele tener que ver con el tiempo que hace, le fecha del calendario, la broma sin gracia pero conocida, o el hecho de que estás o no de vacaciones.
Si ese alguien a quien le hablas sin decir nada, te mira como una versión burda de James Mason cuando miraba a Sue Lyon en Lolita, y si eso te pasa no una vez, sino hasta cinco o diez veces con distintos tíos, aclarándote en qué ambiente te mueves (o se mueve tu padre), lo mejor es salir de la casa. Pero no salir a pasear. Sólo salir de la casa. Yendo demasiado lejos, y siendo de noche, uno de esos tarados te podría seguir, y no para amarte ambiguamente como un Humbert Humbert, sino para follarte al estilo sección de sucesos.

Un ruido ensordecedor, los acontecimientos se precipitaban, y ese era el ruido (puede que también el sentido). Bea despertó. Si no hubiese estado bajo el agua, boqueando cual chica submarino en su propia habitación, habría recordado al chaval que conoció la noche anterior. El que estaba merodeando alrededor de la casa y que dijo le gustaba pasear de noche y Radiohead. Llevaba unos cascos. El chico que no había visto antes, ni en el grupo de su primo ni entre los que llenaban de ruido cada día la playa. El chico con el que habló durante unas dos horas, a salvo de violadores y pederastas, mafiosos y políticos. Que no parecía un idiota, parecía tener gustos propios, criterio más allá del “sobre gustos no hay nada escrito”, y referentes, referentes culturales, y no solo estudios. Habría trasteado en su teléfono y buscado su número, que él le había dado, puede que incluso para llamar. Y claro que puede que no fuera lo que aparentaba, pero en cualquier caso era un buen actor. La mayoría de veces hay más cuando se trata de buenos actores, siempre hay más buenos actores que buenas personas. Qué se le iba a hacer. Y no se besaron, y ella no tenía ningún tipo de angustia por perder la virginidad. Él no intentó nada en ningún momento. Habló de amigos con los que no le apetecía quedar, y de noches de viernes que eran como el Día de la marmota.
Había peces en su habitación, podía ver sus siluetas recortarse en el brillo de la luz matinal que entraba por la ventana, aun con la presión del agua sometiéndola contra la pared. Si hubiese podido pensar, habría supuesto que al menos en primera línea de playa el agua, aun salada y salvaje, no estaría tan sucia como la que llegaría tierra adentro.
Le pareció que la presión no era excesiva, pero sí constante, era más una cuestión de insistencia que de fuerza.
Pensó que iba a morir. No estaba en nada de Nicholas Sparks, ni de Miyazaki. Al parecer sólo podía aspirar a Roland Emerich. Un cadáver entre miles, de los que añaden de forma digital para desaparecer bajo la ola, por el bien del espectáculo. La muerte vacía de significado, pura pirueta básica, el malabarismo con tres pelotas del cine.

La descripción del esfuerzo por la supervivencia no siempre es emocionante o viene a cuento, y la estadística de muertos, si no salpica a tus allegados, es mera carne de telediario. Puede que sea egoísmo o simple reacción física cerebral, para que no te vuelvas loco.
Mamá sobrevivió porque subió al tejado de la casa. Y papá quizá por lo que siempre dice de la mala hierba la señora de Murcia, que a veces acierta igual que un reloj roto acierta la hora cuando el día se acomoda a su posición.
Bea sobrevivió porque llegado cierto momento, la presión menguó, y consiguió bucear, y salir, y luego trepar.
No es que una sobreviva porque sea la mar de despierta y valiente, ya estamos otra vez con lo mismo. Normalmente la gente tiene la misma culpa de vivir que de morir. Las circunstancias se dan como se dan. El caos no existe para complacerte, sólo para acompañarte. Te guiña el ojo, pero luego quizá te mate, o te quiera, o ambas.
Bea pregunta si sus padres están vivos a la enfermera. La enfermera le dice que sí, todo va bien en ese sentido. Lo que quiere decir que papá y mamá siguen a lo suyo, o podrán hacerlo. Excepto que la enfermera añade que, después de publicarse una lista de supervivientes, la policía ha venido a por papá. Papá y su plan de Casita frente al mar. En cuanto se recupere, parece ser que tendrá que contar alguna historia, algún cuento de buena persona prefabricada.
Bea no tiene claro que pueda averiguar si el chico estará vivo. Sólo tiene su nombre de pila. El móvil ahora vive con el barro. Quizá sí sea una anciana, mero flashback. Tu padre y yo nos conocimos la noche antes de un tsunami. Yo al día siguiente pensé que no volvería a verle…
Una historia babosa a la que aspirar. Algo tan feliz que asquee a cualquiera que cuente con un mínimo sentido crítico y trabajada sensibilidad. Que haga que Sparks parezca Dennis Cooper. Mudarse puede que no sirva para nada, pero quizá el caos –si es alguna clase de dios– sea más benevolente cuando te ha visto surfear el desastre. Puede que para él ahora seas una gata de Schrödinger.
Pasadas unas horas, tan interesante y lúcido como el día anterior, tan despierto y sano, tan conveniente, el chico no vino a verla. Y ella soltó un bufido de alivio. Sólo el caos sabe lo que pasó después, aunque probablemente nada. Tsunamis aparte.

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25 proyecciones innecesarias (25 de 25) – Carta abierta a Jennifer Lawrence

La primera vez que te vi fue en una sesión de tarde. No en unos multicines, sino en un cine público. Ahora me suena poético. La peli era ‘Winter’s Bone’. Había leído una crítica que me impresionó, en cuanto a la peli en general, pero también en cuanto a ti. Ahora me da rabia no recordar la autoría, pero alguien dijo (sobre tu interpretación) que era como ver a un detective apaleado del cine negro de los años cincuenta dentro de una adolescente.

Le estoy cogiendo gusto a escribir cartas –más o menos codificadas– a quien no las va a leer, o sobre gente que no las va a leer. Puede parecer deprimente o solitario, pero a la vez creo que tiene mucho sentido. Es la única forma de “hablar” con según quién. La gente sólo escribe listas de la compra, no sabe lo que se pierde, cuántas formas nuevas de alzar el vuelo y estrellarse.

Era como ver a un detective apaleado del cine negro de los años cincuenta dentro de una adolescente. Era una buena definición. Tu mirada proyectaba la idea de haber pasado muchas penurias. Hay gente que cree que eso no se puede fingir.
En aquel cine se pasaron con el aire acondicionado. No ayudó, teniendo en cuenta el paisaje frío y seco de la peli.
Reconozco que me fijé en ti; pero aquella película no era la idónea para comenzar a alimentar ningún mito. En aquella peli, aun siendo la protagonista, funcionabas como una de las piezas de determinado engranaje emocional.
O algo así.
No era una peli en la que nadie fuese a posar o lucirse de determinada manera (y no hablo de tetas). Era una interpretación de trinchera. Un trabajo muy difícil, y hasta cierto punto desagradecido. Una peli prestigiosa, nada espectacular, buena pero no para “molar”.
Seguro que no digo nada con mucho sentido, pero todo el que la haya visto me entenderá.

Pasado no mucho tiempo, estaba viendo un nuevo ‘X-Men’. Lo veía, lo veía… No recuerdo cuál de la saga era. Veía pasar toda esa cacharrería ante mis ojos, toda la acción, la pose, el lucimiento presupuestario, la maquinaria de producción…
Era un reparto muy coral.
Y sí, era consciente de que la actriz que hacía de Mística no era la misma que en anteriores ocasiones. Pero sin más.
No quiero decir que salí del cine y alguien tuvo que decirme quién eras, para que esto suene más “curioso”. Pero vi buena parte de la película sin saber quién eras, y creo que no fue hasta el final, que no te reconocí.
Coño.
Mierda.
Me costaba asumir que Mística fuese aquella chica de ‘Winter’s Bone’. Mística sí daba para el lucimiento al nivel que me refería (y sigo sin hablar de tetas), y lo hacía justo para lo que no verías en algo como ‘Winter’s Bone’. Eras literalmente otra. No voy a excusarme con el rollo del maquillaje, eras tú la que se había transformado, aunque tus rasgos fuesen perfectamente reconocibles si uno te conocía.
Yo aún no te conocía. Ahí fue donde realmente te conocí, cuando pude contrastar.
Cuando vi que podías ser quien quisieras.

Luego no tardó en llegarte la fama más salvaje. La admiración, y con ello también el odio de quienes no llevan nunca bien el éxito de los demás. Y también llegaron los “listos”, los que saben qué está “sobrevalorado” y qué no.
Juegos del hambre aparte, supongo que fue con ‘Silver Linings Playbook’ cuando todo estalló.
Una honesta comedia romántica con un toque marciano, de la que la gente esperaba algún tipo de peli salvaje y extrema de dos horas y media. Algún tipo de Scorsese lleno de situaciones dramáticas y explosivas, que te dejaran extenuado en la butaca.
La gente no esperaba una película. Esperaba ver desfilar los premios que había ganado. Una comedia no podía ganar premios. Los mismos que dicen que siempre ganan premios el mismo tipo de pelis, no entendían que esa los hubiera ganado.
Como fuere, los premios están para coger polvo, y el público se muere. Las películas no.
En esta película brillaste a todos los niveles imaginables. Para mí fue devastador, un torbellino de presencia, intuición y poderío. Lucimiento en el mejor sentido. Todo supuraba encanto y carisma.
Había momentos en que me hubiese caído de culo de haber estado de pie.

Al mismo tiempo que llegaban los que decían lo bien que les caías, llegaban también, como apunté antes, los que aseguraban que no te soportaban. Estoy seguro de que sabes mucho sobre el odio a distancia, y de lo falso, cobarde e hipócrita que suele ser en realidad. La gente te veía recoger premios y tropezar, y hablar como una persona y no como un futbolista en los programas de televisión. No estamos acostumbrados a oír a alguien tan famoso expresarse. Normalmente lo que hacen es cubrirse la espaldas, hacer la pelota a todo el mundo y volver a casa.
No estoy hablando de naturalidad incondicional, ojo, ni de que seas completamente transparente. Sé que tienes que sobrevivir y tomar precauciones. Sé que debes estar rodeada de imbéciles y sociópatas (puede que yo sea uno de ellos), pero también creo que interpretar, falsear, vender la moto, se te da bien sólo rodando una película.

Al planear escribir esto, pensaba que eres demasiado joven y talentosa, admirarte es casi un cliché, es previsible. No es en absoluto guay. Ahora es casi como decir que Jesucristo es guay en un viaje para ver al Papa.
Pero yo uso gifs. Uso gifs que la gente hace con imágenes tuyas. Para expresar cosas, en lugar de usar mi cara dolorosamente del montón, uso la tuya. Hago trampa. Es mi forma de humildad autoconsciente. Aun con todo lo humana que se te ve en cualquier pantalla, para mí eres como un ente. Otro mundo, otra especie, un estreno.
Esto sigue sin ser una cuestión de tetas sin más, y que nadie me salga con eso de que triple negación es igual a afirmación.
Tengo más de treinta años, y aun sabiendo que mi admiración va más allá de lo superficial, con ese asunto de los gifs siento como si hubieras sido mi primera Barbie.
Igual es bonito, o retorcido.
Aquí, en esta clase de detalles, es donde se ve la diferencia entre quién hace cosas y quién se limita a admirar u odiar a quien las hace. Yo, de momento, soy más de los que admiran, e intento ser de los que las hacen. Por ahora, lanzo esto a ningún buzón, y acabo de escribir otra no carta de amor.

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25 proyecciones innecesarias (24 de 25) – Carraspera

Allí «la hora de la siesta» no era una forma de hablar. Allí a la hora de la siesta las calles del pueblo estaban vacías y en las casas cedía la actividad. Además nadie cerraba con llave. Si querías podías entrar y salir por donde quisieras, podías oír los ronquidos. Podías incluso robar, excepto que se hubiese sabido.
Yo no dormía, era un chaval de ciudad, un crío. Aún no le veía el qué a ese ritual. Estaba cargado de energía. Había dormido mis buenas ocho o nueve horas la noche anterior. ¿Para qué me iba a poner a dormir otra vez a las tres de la tarde?
Persianas bajadas. De tres a cinco de la tarde, me dedicaba a pernoctar, la casa estaba más bien a oscuras. Con catorce años cualquier rincón era bueno para una paja. Esa era una opción. También me gustaba dibujar. No tenía tele, allí aún no, aunque difícilmente me la hubieran dejado poner a esa hora. El pueblo entero (unos mil habitantes) dormía. Yo era un pequeño organismo a la contra. La pequeña gripe. La carraspera del pueblo.
No era grave o molesto, pero allí estaba, jugando a la contra, sin respetar ciertas reglas, pisoteando el protocolo. ¿Cómo demonios me iba a dormir de tres a cinco de la tarde, cuando lo que hacía normalmente a esas horas era estar en clase?

No se trataba sólo de la siesta. Eran las vacaciones de verano. Un mes entero allí. Nunca encajando, nunca del todo cómodo, nunca entendiendo del todo. Ahora todo son buenos recuerdos, pero entonces era una sensación extraña; como si todo el mundo te mirara y dijera algo como “esto es genial, eh”, y yo sólo supiera encontrar pegas o ponerme siniestro. No quiero, de verdad, sonar a retrato de la adolescencia o generacional. Yo hubiese sido plenamente feliz con mis amigos en la ciudad. El pueblo significaba afrontar toda una serie de momentos incómodos. Familiares, desconocidos, gente mayor, sentirse desubicado… Un chico o una chica de esa edad no ha de quejarse necesariamente por estar «en esa edad»; de hecho generalmente se quejan por lo mismo que se quejan los adultos: estar en un lugar donde no quieren estar o con gente con la que no quieren estar. No es que los chavales sean raritos, es que aún no pueden hacer lo que quieren. Casi nunca pueden elegir. Van de un lado a otro por orden de adultos de criterio siempre discutible.
Cuando creces te das cuenta de hasta qué punto el criterio de los adultos es discutible; de hecho hay gente con hijos que no es que no esté preparada para tener hijos, es que no está preparada para no dispararse en un pie.

Como sea, creo que tampoco hubiese hecho gran cosa de haberme quedado en la ciudad. El mes de agosto era el descanso del obrero. Al parecer todos los padres de familia tenían ese mes libre. Todo el mundo se iba fuera. Las madres solían ser amas de casa; los padres hacían siempre como que todo iba bien. El mundo no era un lugar en absoluto amenazante. Ni tan siquiera para los críos como yo, de a seis suspensos el trimestre. Daba la sensación de que daba igual lo que hicieras, no te iba a pasar nada. Una vez superada la tormenta (la bronca, o la bofetada paterna o materna, tan aceptada aún en aquellos tiempos), podías seguir hacia delante sin excesivos dolores de cabeza.
Lástima no haberlo sabido en aquel momento.

Llevaba mi monopatín al pueblo. Mis padres llevaron una tele con el tiempo. Luego yo llevé una consola.
Parecía que aquella casa nunca acababa de completarse. Siempre había alguna obra, alguna chapuza que hacer, algo que instalar.

Recuerdo que una tía mía que vivía en el pueblo, invadía la casa a cualquier hora; abría la puerta, voceaba el nombre de mi madre, y entraba sin más. No parecía saber que a partir de mis doce años yo podía estar tocándome a cualquier hora.
Luego, otro tío mío, que ya estaba viudo, murió, hubo algún desacuerdo con el asunto de la herencia, y esa tía mía ya no volvió nunca más por casa. Dejó de aparecer, se dejó de hablar de ella. Es posible que incluso ya haya muerto. Yo era la carraspera, pero no tanto como para hacer ciertas preguntas. No es que me importara tanto. No es que no fuera un niño sensible, pero no me encariñaba enseguida con todo el mundo, y hablamos de personas a las que veía entre poco y menos cada año.

Uno de mis mayores problemas es que no sabía fingir. Sabía mentir, sabía hablar mierda. Pero no sabía fingir, no sabía actuar. No sabía reír sin ganas o fingir relajación cuando me sentía incómodo. Esto es algo que te pasan por alto cuando eres muy crío. A la gente le hace gracia todo si eres lo suficientemente crío. Pero a partir de los catorce o quince años, todos empiezan a suponer que ya deberías saber fingir; al menos un poco. La desavenencia generacional entre críos y adultos, no creo que vaya de lo listos que son los adultos y lo tontos que son los críos; creo que va de lo transparentes que no pueden evitar ser los críos, y lo muy falsos que han aprendido a ser los adultos.
Recuerdo a una prima de mi misma edad. Aunque no estaba seguro de que fuera una prima. En el pueblo a veces se confundían esas cosas (pasé años pensando que una amiga de mi madre era mi tía). Pero había una chica, alguien que, fuese o no prima, parecía actuar en calidad de prima. Ella ya había aprendido a aceptar ciertos códigos de los adultos. Los protocolos. Recuerdo entrar a un bar con mi primo (primo de verdad), y topar con ella. Mi primo conocía mejor los nombres, el árbol genealógico, quién era familia y quién no. Ella nos saludó bastante efusivamente. Mi primo respondió de la misma manera, y yo sin embargo me mostré algo seco.
Al salir, esa chica me lanzó una mirada de desprecio. No una mirada natural, no algo que asomara sin más de ella, sino una mirada ensayada. Una mirada adulta.

Pasaron muchas cosas durante aquellos años. No necesariamente extraordinarias, pero algunas sí dignas de ser relatadas.
Una de ellas puede ser representativa. Algunos hechos tienen la cualidad de condensar una época, el carácter de un lugar y un momento vital.
Una tarde de verano, el año de mis dieciséis años, hice lo de siempre. Puse la consola en la hora de la siesta, bajé el volumen, y me puse a jugar. Para jugar, pero también para hacer tiempo, hasta que llegara el momento de ir a la piscina. Ir a la piscina antes de las cinco estaba permitido, pero estarías solo, solo bajando el pueblo y solo en la piscina. De modo que hacía tiempo jugando a la consola.
Hasta ahí era una tarde más (aunque allí nunca lo era).
Luego, bajando hacia el polideportivo, ya noté una energía distinta a mi alrededor. En un pueblo pequeño, cuando algo pasa, ha pasado o va a pasar, sientes que la gente está alerta, o atenta, o distinta. Fue sobre todo llegando, cuando noté algunas miradas, cuando alguna cabeza se volvía para verme. Alguna risa. Algún movimiento desconcertante. ¿Qué pasaba? Nada, en realidad. Pero pasaba algo, o algo iba a pasar.
Entré en las instalaciones, el edificio que filtraba la entrada al césped al aire libre.
Me acomodé con mi toalla, con un par de amigos. Pese a mi carácter, nada fácil en ocasiones para los demás, siempre sabía hacer amigos.
Ni me había bañado aún, y vino una chica a hablarme sobre otra chica; no dejaba de decir su nombre.
Estaba descolocado. Me sonaba su nombre, pero no la ubicaba, no sabía de quién me hablaba.
Tampoco sabía qué quería de mí. No hablaba claro, hablaba como si yo tuviera que intuir todo lo que estaba pasando. O más bien como si yo tuviera que saberlo desde hacía días. Puede que un par de años.
Ella seguía hablando. Por fin, dijo que esa otra chica estaba fuera, y que quería hablar conmigo.
Se suponía que era un golpe de suerte. Una chica quería hablar conmigo.
Pero yo no quería hablar con ninguna chica. O mejor dicho, no quería hablar con ninguna chica que hubiese estado planeando hablar conmigo. Lo que la mensajera intentaba decir sin decirlo, era que esa chica estaba interesada por mí, que yo le gustaba, y que eso era una gran oportunidad. Sólo tenía que ir hasta donde estaba ella y decirle… ¿qué iba a decirle? ¿Y qué pensaba decirme ella?
Esa mensajera me puso en un estado de nervios desconocido para mí.
En pocos segundos me vi rodeado de chicas de quince y dieciséis años en biquini.
Dije que no. No quería.
Fue patético.
No estoy seguro, pero creo que me inventé una novia.

Al salir luego para irme, con mi toalla, vi a mi prima llorando, rodeada de amigas, incluida la mensajera.

Al llegar a casa, en un acceso de no sé qué, me quité el bañador y comencé a tocarme. No pensé en cerrar con llave. Mis padres no estaban. Mi tía entró y me vio espatarrado con la polla en la mano.

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25 proyecciones innecesarias (23 de 25) – Gatos

Lo del gato debió ser a principios de los noventa.
Los que crecimos en esa década fuimos los últimos que supimos sobre cierto grado de independencia e incomunicación.
A cierto nivel, estábamos solos. Pero no era algo que nos hiciera infelices. Lo que nos podía hacer infelices era más o menos todo lo demás. Es curioso que, de todas formas, no tengamos en general malos recuerdos de nuestra infancia. Al fin y al cabo no vivimos ninguna guerra o posguerra, y tampoco sabíamos de nuestro país y su gran farsa sobre el estado del bienestar. Se suponía que nosotros tendríamos la oportunidad de comernos el mundo. Todo iba bien, uno sólo tenía que hacer un pequeño esfuerzo.
Todo estaba bien, excepto que todo era mentira.

Éramos la generación que oía hablar sobre ‘Generación X’, y que un poco antes de los veinte años vería ‘El club de la lucha’, como si esa peli fuese un oráculo que nos iba a contar el qué. Cuando luego leías el libro, lo veías aún más claro. Pese a ser un texto que le hablaba a los mayores de treinta, tú ya te podías sentir perfectamente identificado. Era aún peor, porque ese texto te contaba en cierta forma lo que casi seguro no podrías evitar. El vacío, la violencia de no ser.

Yo me levantaba cuando el despertador quería. Era el primer Superior que tenía todos los días. Primero obedecías a una máquina, luego a todo los demás. Otra máquina era el timbre del colegio, aunque siempre había más personas que máquinas. Tus impulsos o deseos importaban un carajo. Todo eso se despejaba de la ecuación. Que no estuvieras motivado y el colegio te asqueara, no preocupaba a nadie. Es posible que se preocuparan más con los críos que querían ir a clase (y con razón…).

Iba por las mañanas con un par de chavales más del barrio. Llegábamos al colegio por un camino que era casi todo el tiempo de tierra. Apenas cruzabas un par de calles asfaltadas. Había zonas que eran puro terreno para construir abandonado (irónico), llenas de de hierbajos.
Una vez, en una de esas zonas, vimos un gato muerto.
Primero lo olimos, y eso que ese día aún no olía tanto…
Alguien lo había atropellado, y luego alguien lo tiró a los hierbajos.
Fuimos viendo cada día cómo el animal se descomponía. Se acercaba el verano. El calor ayudaba. Pronto el radio de acción de la peste era delirante. Por allí no pasaba ningún adulto a no ser en coche. Ellos los atropellaban, nosotros comprobábamos los desperfectos. Cuanto más te acercabas, más real parecía. No aprendimos nada extraordinario de aquello, y aun así aprendimos mucho más que en clase. Veías primero el pelo del animal, luego la carne y luego los huesos; y de haberlo pensado hubieses visto el camino hacia el año 2000, cuando ya estarías no solo perdido, sino también consciente de estarlo.
Ellos los atropellaban, nosotros comprobábamos los desperfectos. El gato podía ser un símbolo perfectamente aceptable de nuestro futuro.

El siguiente invierno, helados, recién salidos de la cama, como siempre, con el sueño amputado, levantados en el justo momento de mayor placer bajo las mantas, ya no olíamos al gato por las mañanas. Comenzó a desaparecer.
Nosotros no, al menos sobre el papel.
Oíamos hablar sobre la belleza de un amanecer. Nosotros no veíamos amanecer. Veíamos el reloj a las ocho de la mañana. Un reloj, un timbre, muchos dedos señalando. Señor, ¿ha sido usted quien ha matado al gato?

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25 proyecciones innecesarias (22 de 25) – Z.

Z. sabía de la importancia de la primera impresión. Podías hacer lo que quisieras, pero si te presentabas en los sitios con un aspecto descuidado, tenías el triple de trabajo de aceptación. La primera impresión, el primer olor, la primera mueca o sonrisa, el primer saludo… Había cosas que no podías controlar del todo, los nervios te podían traicionar. Pero sí podías cuidar tu forma de vestir, de peinarte, tus complementos. Podías asearte, joder, dedicar las horas anteriores a sacarte brillo. No tenía nada de malo. Ser un poco presumido, presumida, un poco picajoso para contigo, un poco pijo, un tanto irritante. O incluso perfeccionista. Muchas de esas cosas no son positivas a medio plazo, pero te ayudan a tener un buen aspecto, y la gente puede decir misa, pero siguen valorando y comiendo con los ojos. No se ponen a esperar a que hables, manteniendo el marcador de prejuicios a cero. Lo que hay que entender es que la gente es cualquier cosa menos comprensiva o abierta. Da igual lo que digan. Lo que quieren es que alimentes la idea de que el aspecto exterior es fiable. No necesariamente porque ellos lo crean en el fondo, pero es más cómodo pensar en esos términos. Es más fácil.
No cuesta nada hacer la vida más fácil a los demás. No cuesta nada llevar a cabo el acuerdo tácito de fingir que la vida es fácil.
Z. lo ritualizaba. Ya pasó su fase juvenil en que todo le molestaba. La corbata, la camisa, el traje… Todo era un problema para él. Su única idea sobre vestirse y salir, era ponerse unos tejanos. Ahora lo que hacía era seleccionar cuidadosamente cada prenda. Las coloca sobre la cama y las observa atentamente. Puede llevar un tiempo. Primero seleccionas, luego combinas. En el momento de combinar puede comenzar a haber dudas. Es posible que ya estés vestido, decidido, y que de pronto no te guste lo que ves en el espejo justo antes de salir.
Habrá quien diga que la gente que se cuida y sabe vestir, luego puede tener tendencia a llegar tarde a las citas. Como si hubiera que elegir entre llegar tarde y vestir mediocre. Pero Z., a esas alturas, sabía que sólo una de esas dos cosas puede ser elegante.
Llegaba tarde Marilyn.
Vestía mal tu tía la del pueblo.
Por suerte, esta vez la puntualidad no sería un problema. Lo cual no quería decir que Z. no se apurara. Uno no puede pasarse el día haciendo probaturas y desgastando el espejo. Llega un momento en que tienes dar el siguiente paso. Esa entrevista incómoda, esa cita con Helena de Troya, esa silla que te espera en la última cena. Los demás invitados tienen que ver los resultados. No esperas que te acomoden entre cojines de seda y te den uvas, pero cuando sabes que has acertado con tu outfit, casi puedes notar cómo se quedan con las ganas.
Esta vez era una ocasión irrepetible, así que había que ser cuidadoso. Uno no se va de viaje así más que una sola vez. Z. salió al balcón. Piso veinticinco. Está impecable, arrebatador.
Cuando notaba el aire, cada vez más violento al caer, no pensaba que ya no había marcha atrás. Sólo podía pensar en cómo le iban a mirar todos allí.

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