80 ILEGIBLES (25 de 80) – Cillian

–Cillian, no sabes cuánto me alegro de verte.
–Ñe…
–¿Cómo?
–Ngñe…
–¡Claro que no!
–Mng…
–Dime, dónde están tus amigos.
–Nñe… ñe
–¿Ahí están?
–Ñie…
–No toques eso.
–Ñe…
–Te vas a cortar.
–Mñe…
–¿Cuánto llevas aquí?
–Ññe…
–¿Tanto hace?
–Nñe…
–Cada vez lo haces mejor.
–Ñi…
–Espera.
–Ñoe…
–Acércate y siéntate ahí.
–Mnnññe.
–Qué tal.
–Ñe…
–Ahora atiende. No sé si vendrá alguien. A ver…
–¿Ñe…?
–¿Cómo?
–¿Ñiii…?
–¿Dónde has aprendido eso?
–Ññ…
–¿Quieres una manzana?
–Ñe…
–¿Un zumo?
–Ñe…
–¿Que nos vayamos?
–Ñe…
–¿Que nos quedemos?
–Ñññe…
–Ponte aquí.
–Ññe… ñe.
–No.
–!!Ñe!!
–Espera.
–…
Muy bien. Coge esta bandera. Es más bonita que la vieja, ¿a que sí?
–Ñe…
–Cada vez estás más mayor. ¿Cuántos años tienes? Con las manitas.
–…
–¿Tres veces diez?
–Ññññne
–¿Y cuánto es eso?
–Nññenñenñe…
–¿Cuánto es eso?
–¡Ñe!
–Deja el móvil.
–Ññ…
–Mírame.
–Ñ…
–No. Así no.
–¡¡¡Nñññe!!!
–No babosees el móvil. Estate quieto.
–Ñe… ¡Ñe!
–No hagas eso. Para.
–Ñe…
–No. No te quites eso.
–Ñññe….
–Así mejor.
–Ñoñ…
–¿Te gusta eso?
–Ññe…
–Brilla mucho.
–Ñme.
–Qué canción más bonita suena ahora, ¿no la oyes?
–Ñeeee….
–No te toques eso. Ahora esta canción no nos gusta. La vamos a quitar.
–Ñe…
–La verdad es que estás sanísimo.
–Ñe…
–Qué energía.
–Ñeñe…
–Vamos a poner otra canción bonita. Y luego la tele. ¿Vale?
–Nññe…
–Y luego vamos a ir a la ventana, a ver cómo se va el sol.

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80 ILEGIBLES (24 de 80) – Cosas de casa

Yo debía tener en torno a veintidós años. Fue la última vez que lloré. Al menos la última al estilo congestión y convulsiones. Lloraba como llora un niño. Mi voz enronqueció, balbuceaba. Y lo que decía ese día sin parar era:
–Hijo de puta. Hijo de puta. Hijo de puta…
Y se lo decía a mi padre.
Mi madre se mantenía al margen.

No tengo ni idea de cómo funciona la memoria, pero soy incapaz de recordar por qué discutimos. Supuestamente, él me dijo algo muy humillante, y cierto, o al menos parcialmente cierto. Y yo me rompí. Me derrumbé de tal manera que mi padre, aun no mostrando compasión, no respondió de ninguna forma a mis insultos.
No éramos más que otra familia.

Ahora se habla mucho de todo lo que las películas “romantizan”. Si ese enfoque basado en la demonización de la ficción tuviera una base sólida, las que peor paradas saldrían serían las familias. Las familias de la mayoría de las películas no tienen un cuerno que ver con las reales. La familia en las pelis tiende a ser un grupo de personas jodidamente entrañable. Hasta cuando tienen problemas, los mismos sólo sirven para acabar aprendiendo algo importante; tras lo cual se quieren todos aún más.
Olvídate del romanticismo de las relaciones de pareja.
La familias, querido faro ideologizado; ahí tienes tu nicho de la romantización alarmante.

Yo estaba sentado en un sillón del comedor. Hijo de puta tras hijo de puta. No sé cuánto tiempo pasé así.
Mi padre se puso a ver la tele en otro cuarto. De una forma muy gradual, la cosa se fue enfriando. Me levanté y me senté en otro sillón, uno de tres plazas. Estaba junto a la ventana. No era un paisaje espectacular, pero era seguramente menos anodino de lo habitual. La mayoría de gente tiene pisos dignos con ventanas que dan a calles grises y ordinarias. No hay nada que ver.
El piso de mis padres, sin embargo, da a varias plazoletas, lo que aleja considerablemente los demás edificios. Aunque sólo sea desde un segundo piso, tienes una vista abierta de la ciudad. Tienes un amplia panorámica del cielo, y hasta de algunas montañas a lo lejos.
Me quedé un buen rato mirando, aun sin fijarme demasiado.
Hasta que algo pasó.
Creo que casi lo invoqué.

Una casa comenzó a arder no muy lejos. Primero vi el humo. Esperé pacientemente a que fuera a más. No quería que fuera una falsa alarma.
Apenas un minuto después, se comenzaron a ver llamas. Naranjas y rojas, pura vitalidad. En muy poco tiempo, era todo un señor incendio.
Avisé a mi madre. Vino enseguida y localizó rápidamente el suceso. Incluso creía saber quién vivía en esa casa.

De una forma natural, mi padre, mi madre y yo, acabamos frente a la ventana. El incendio devoró toda la casa. Llegó a afectar a algunas viviendas aledañas. Mis padres comentaban la jugada. Se había diluido por completo el conflicto casero. Había otro foco de atención. La magia de la desgracia ajena.
Necesidades familiares.
Hasta creo recordar algo de humor negro por parte de mi padre. ¿Cuánto tiempo hay que esperar desde que algo malo sucede hasta que uno cuenta chistes sobre ello? En una familia: ninguno.
Podría dar rodeos al respecto, pero sencillamente pasamos un buen rato en familia.
Después, supimos sobre la barbacoa. Un matrimonio mayor. Seguimos comentado la jugada al día siguiente, cuando mi hermano mayor vino a comer con su pareja.
Risas y aplausos enlatados.
Fundido a negro y créditos.
Un capítulo más.

Familia

80 ILEGIBLES (23 de 80) – Vaya tetas

Los ingredientes eran sencillos. Un sábado, el aburrimiento, youtube, una booktuber, sus tetas y yo.
A veces las anécdotas más nimias pueden estar cargadas de significado.
Podemos intentar contextualizar. Hay una tendencia constante a buscar un solo culpable (a menudo un grupo social) para todo lo malo que pase. Ha sucedido así a lo largo de la historia. Parece ser que eso nos resulta realajante. De este modo, cualquier gesto del día a día –independientemente de su naturaleza– sólo puede tener significado en una sola dirección.
Es una dinámica golosa ahora para los más politizados. La gimnasia mental para darle sentido a una teoría sencilla, siempre es mucho más cómoda que tener que pensar de verdad en las mil variables por las que sucede cada maldita cosa.
Pensar no encaja bien con ninguna corriente ideológica. Así no te vas a sentir una persona concienciada e inteligente como quieres jamás; sólo la pieza microscópica de un engranaje hecho casi por completo de conjeturas.
Conjeturas, o aún peor: teorías científicas. Las personas que quieren creer en ideas emocionales para descodificar asuntos complejos, acaban chocando tarde o temprano con la ciencia.
Pueden ser curas del siglo XVIII o activistas del ya bien entrado, colorido y desconcertante siglo XXI.

Pero estoy derivando.

Yo sólo trasteaba en youtube, haciendo tiempo hasta la hora en que había quedado para ir al cine. Me gustan los canales de libros, y parece ser que la mayoría son de mujeres. O más bien de chicas jóvenes; supongo que por una cuestión de tiempo y predisposición. Incluso cuando encuentras canales de chicos, suele ser complicado detectar trazas de testosterona.
Ahí estaba yo, viendo uno de mis canales favoritos. La chica debía tener veinte o veintiún años. Yo tenía treinta y seis. Por entonces ya había corrientes morales llegadas desde la izquierda que me habrían considerado prácticamente un pederasta. Lo bonito de la derecha y la izquierda, es que no se dan cuenta de que cuanto más se van al extremo, más se acercan.
A veces incluso dan cierta ternura; sobre todo si se empiezan a percatar en silencio de lo mucho que se van pareciendo.
La mirada pantallazo azul.
Hay gente tan ideologizada a los dieciséis, que probablemente pierde la ilusión antes de los veinte.
El mundo siempre te puede.

El video era uno de esos en lo que la booktuber de turno habla sobre sus últimas lecturas.
Admiro sinceramente a la gente capaz de abrir un canal de youtube y lograr que crezca. Y me encanta el medio. Me encanta lo liviano que acostumbra a ser su contenido, sus cápsulas audiovisuales de diez minutos. Son una forma perfecta de matar el silencio mientras te vistes y te adecentas antes de salir, o para un puente de media hora entre actividades. O incluso para desconectar unos minutos de tu trabajo.
No soy mucho de dejar comentarios, pero en este canal había dejado un par, aunque hacía ya tiempo. Era probable que la interesada no se acordara.
Con youtube, por cierto, pasa como con todo lo demás. Por regla general, una chica una pizca atractiva tendrá muchos más seguidores que un chaval del montón al que le gusta leer.
Parece que cada generación crece con el mismo discurso con doble rasero respecto al físico de los demás. Es como si cada generación quisiera dejarlo muy claro: “Eh, nosotros ya no hacemos eso, no somos así de superficiales, somos todos iguales, todos nos queremos y nunca juzgamos a nadie por sus pintas”.
Y siempre es mentira. Incluso aunque no se valore sólo el físico, es una mentira aborrecible decir que no le das importancia. Eres un mentiroso, una mentirosa, y se os debería caer la cara de vergüenza.

La chica que llevaba el canal en cuestión, me parecía realmente guapa. Tenía esa piel blanca que tanto valoraba la aristocracia antes. Tenía curvas generosas, un cara bonita y redonda, y unas tetas que resultaban prominentes por defecto. Daba igual si la chica se ponía algo ajustado o un jersey navideño. Sus tetas te miraban. Jóvenes y aún soberbias para con la gravedad.
Parece ser que yo aún no era lo suficientemente “maduro” para pasar eso por alto.
La chica era inteligente, sabía comunicar y sabía entretener, eso era obvio; de otra forma yo no hubiese vuelto al canal. Uno no se hace fiel a un canal de libros por las tetas de nadie, y menos en la maldita Internet.

Pero que el canal funcionara al nivel que pretendía, no significaba que la booktuber no estuviese como un queso. O que eso se pudiese dejar de lado como si nada.

Pensé en ello mientras veía el video. Quería dejar un comentario. Primero pensé en mencionar algunos de los libros, comentar algo sobre alguno de ellos, y cerrar alabando de algún modo la belleza de la comunicadora.
Como quien va a comprar una revista porno y se lleva también dos refrescos, el periódico y una lata de olivas.
Luego pensé que mejor un comentario neutro, sin más, algo para avivar la caja de comentarios. No hables de su físico, sabes lo que puede pasar. Da igual que no tengas ninguna intención de objetivizarla. No piropees.
No eres solo hijo de tus padres. También eres hijo de tu tiempo. Sabes de sobras cómo razonan ciertas personas ahora. Te imaginarán babeando el teclado, cascándotela y no volviendo jamás al canal.
La gente pretendidamente buena cada vez piensa peor de todo el mundo.

En sinceridad, lo que yo realmente quería poner, no sin un punto de ironía, y hasta cierto punto desde la inocencia, es:
Vaya tetas.
Y puede que una carita sonriente.
Eso era lo que yo sentía en ese momento.
Esa vez no me habían interesado demasiado los libros que comentaba, y creo que su vestido no tenía que ver sólo con el recurrente principio ideológico relacionado únicamente con sentirse bien consigo misma. Había encuadrado e iluminado el video de determinada manera. Quería verse bien, pero también que la viéramos bien.
No significaba que las cosas siempre fueran a sí, sólo que a veces también son así. A veces quieres que te miren, quieres lucirte.
Y no pasa nada.

Dudé bastante ante el teclado. No quería explicar mi comentario, sino simplemente hacerlo.
Vaya tetas.
En absoluto habría pensado en hacerlo si hubiese visto esa tendencia en la caja de comentarios. Si hubiese visto a cincuenta tíos diciendo todos lo mismo, incluso me habría sabido mal. Pero nadie hablaba de ella. Sólo de lo que ella había expuesto.
Pensé que mi comentario podría hacer un contraste curioso, arrancarle una sonrisa. Aunque luego no me dijera nada. Aunque no le diera a like.
Y no quería referirme a su vestido. El vestido era bonito, pero el vestido me daba igual.
Era como: ¿Es que nadie más las ve? ¿De repente las tetas han dejado de existir en nuestra cultura?

En el fondo sabía que lo iba a hacer desde el principio. Lo hice con la esperanza de que ella recordara mis anteriores comentarios en el canal, bastante largos y en absoluto relacionados con su físico.
Así que puse:
Vaya tetas.
Y un emoticono sonriente.
Y le di a publicar.
Y me fui al cine.

No entré en el canal hasta unas cuatro horas después.
Hubo no pocas reacciones a mi escueto comentario.
Se me informó.
Todo literal.
Supe que era un cerdo asqueroso. Y que no sabía ver más allá de las tetas de la gente. También supe que seguramente era un viejo de cincuenta años salido. Y un baboso. Me enteré también de que era el típico señoro, el heteruzo de turno. Y así un largo etcétera de lindezas.
No me importó demasiado. Soy completamente anónimo, no era Twitter, y la cosa no fue más allá del improperio.
En realidad, el primer comentario fue de la booktuber. Y fue tal que así:

¿Ein?… jeje.

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80 ILEGIBLES (22 de 80) – Comunicado de Superman

Debido a las acusaciones vertidas sobre mi persona en los últimos días, me siento obligado a dar algunas explicaciones, tanto a mis allegados como a los fans.
Ciudadanos que tengo en alta estima, me han aconsejado sencillamente callar, pero he preferido escribir estas líneas aquí, en el Daily Planet (donde tengo una amiga), aun a riesgo de que el asunto tarde más en enfriarse.
A fin de cuentas, he sentido la necesidad de ordenar las ideas, y poner en claro algunos de los problemas que comporta el mero hecho de convivir con mi poder.

Para empezar, he de decir que todas las acusaciones de abuso y maltrato son absolutamente falsas. He recibido una educación basada principalmente en el respeto a las mujeres y los niños.
También es falso el testimonio del único hombre que me ha acusado de una violación en cierto bar de carretera. Mi presencia allí tuvo que ver exclusivamente con el rescate de un niño que había caído a un pozo cercano.
(Insisto en mi pésame a la familia.)
Se han dicho cosas terribles sobre mí; demasiadas como para reproducirlas todas aquí. No es necesario.
Principalmente se me ha llamado violador y pederasta.
Se ha dicho que me aprovecho de mi poder para con las mujeres, y que atraigo a los niños gracias a mi traje y mi carisma.
Se dice que desempeño esta faceta durante la noche y en callejones. E incluso que abusé del niño del pozo, que inicialmente hubiera estado vivo.

Todo falso. Total y absolutamente falso.

Hace unos años tuve un accidente en Smallville. Me disculpé una y mil veces de lo sucedido allí, cuando mantuve relaciones con una chica del pueblo y eyaculé sin control y de la peor manera.
A día de hoy sé que la chica está bien, sé que ha recuperado el habla por completo y casi el cien por cien de la movilidad.
Aquel desgraciado accidente se ha vuelto a sacar a la palestra en decenas de versiones distintas, cada una más aberrante que la anterior.
Fue la peor experiencia de mi vida. Y sí, fue culpa mía. Pero fue el único episodio desagradable que he tenido relacionado con el ámbito del sexo.

No quisiera desaprovechar este comunicado para aclarar el resto de bulos.
No tengo problemas con mis genitales, no llevo una vida sexual disoluta, no practico el travestismo ni frecuento cierto tipo de ambientes.
Tampoco practico la zoofilia. El video que se ha viralizado está en manos de mis abogados, aunque las evidencias de que se trata de un desconocido fornicando con un caballo son palmarias. El video empalma una situación real desagradable con efectos especiales perfectamente demostrables. Siento que, por razones que desconozco, el animal sufriera lesiones que le llevaran a la muerte, y lamento la perdida de su dueño, pero no soy en absoluto responsable de su desgracia.

Sigo considerando que mis poderes son un regalo, pero no solo míos, sino de todos los que los necesitan.
Recuerda que tu historia también es parte de la historia de otras personas, y que sólo los débiles sucumben a la brutalidad.

S.

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80 ILEGIBLES (21 de 80) – Vendedora de petardos

Un colega mío se coló por una vendedora de petardos. Nosotros teníamos veinte tacos, ella diecisiete. Era un puesto de venta más bien a las afueras, cercano a una zona residencial. El sol caía a plomo sobre la caseta. Las zonas de monte bajo estaban a un par de tiros de piedra. En realidad en la caseta había dos chicas. Supimos que la otra tenía novio, y nos miraba con desinterés, pero puede que una cosa no guardara relación con la otra.
A mí la vendedora me gustaba como me gustaba cualquier otra chica desconocida que me pareciese guapa. Lo llevaba, digamos, a la fantasía.
Pero a mi colega parecía atraerle de un modo más profundo. De ese modo en que no se trata de los intereses comunes o su culo, sino del factor irracional. Como si ella se recortara constantemente contra un atardecer estilo Windows.

Una tarde como cualquier otra, a cuatro o cinco días de San Juan, pasamos cerca de la caseta. Lo hicimos, una vez más, como quien no quiere la cosa. El modo evidente por excelencia de mostrar interés por alguien.
Esa tarde mi colega dio el paso. Se acercó a las dos chicas. Masticaban chicle casi al unísono, mantenían un rictus serio, y a menudo se les observaba un brillo de sudor entre las tetas. Solían vestir la parte de arriba del biquini.
Mi colega logró captar la atención de su objetivo, después de dejar claro que no quería comprar petardos.
Yo, como tantas otras veces cuando se trataba de chicas, me quedé al margen.

De alguna manera, logró quedar con ella para “tomar algo” al día siguiente, antes de que ella volviera a la caseta.
Yo no me consideraba particularmente chismoso, pero tenía curiosidad por ver qué pasaba con la vendedora de petardos. Por regla general, me sentía muy alejado de las parejas y sus dinámicas, esa especie de exhibición de la monogamia, como un rollo que parecía tener más que ver con representarse adultos que con serlo.
Una suerte de autohipnosis cultural.
Me daba igual la edad de la pareja. Era raro la que no me diese un puntito de grima.
Pero había visto comenzar aquella historia. Obviamente mi colega me caía bien, y la vendedora de petardos lucía un pasotismo que, aunque no fuese nada nuevo para su edad, tendría que mutar en alguna otra actitud más accesible (si es que quería salir y hablar con alguien).
Así pues, durante el día siguiente no vi a mi colega. No le llamé ni le incordié. No debía.
Esperé.

Nos nos encontramos hasta tres días después de su cita. Esperé a que llamara él.
Ya casi anocheciendo, dimos un paseo por una zona de monte bajo. Era como si él quisiera asegurarse de que nadie nos iba a oír.
Ambos estábamos a una hora a pie de casa.
Le dije con los ojos: Bueno, qué.
Me comenzaba a impacientar. Él no quería soltar prenda así como así.
Estando entre matorrales, quizá pisando algún que otro condón usado, me miró y dijo:
–Me gusta mucho.
Pero no lo dijo con el brillo en los ojos de quien se siente así. Todo en su ademán era mucho más prosaico que poético.
–¿Sí? –dije– Bueno. ¿Guay, no?
–Sí…
–Bueno, y ¿cómo fue?
Pero no iba a lograr que la conversación fuera por derroteros más conocidos. Enseguida supe que habíamos perdido nuestro tono habitual.
–Ella dice que las mujeres son gatos y los hombres son perros –me dijo.
–…
–Dice que yo correría como un perro si ella silbara.
Yo pensé: ¿y no es así?
–Dice que no sabe cómo hacerlo.
–¿Cómo hacer el qué?
–Lo de estar con un tío.
Como si nosotros supiéramos estar con tías, pensé.
–Dice que le gustan los accidentes.
–¿Cómo?
–Bueno: las desgracias, más que nada.
–…
–Como el terrorismo. Todo ese rollo.
–¿La gusta el…?
–Le gusta cuando se convierte en un evento. Eso me dijo. Cuando todo el mundo está atento y dan lo mismo en todos los canales. Esas desgracias.
–Joder.
–Sí.
–…
–No es que le guste que la gente muera ni nada de eso. Sólo que le gusta el follón, cuando se monta ese follón, y cuando no muere nadie que conozca ella… No porque le guste que los desconocidos mueran…
–Bueno. La da morbo…, le puede pasar a cualquiera, ¿no?
–No lo sé. Ayer follamos toda la tarde…
–¿C… ?
–Sí. Luego me dio mal rollo, porque es menor y… Pero la edad de consentimiento es a los dieciséis, ¿no?
–¿Follasteis toda la tarde?
–Sí. Bueno, ella me dejaba descansar un rato cuando…
–Joder.
–Sí.
–La edad de consentimiento es la los dieciséis, sí.
–Lo sabía, pero me dio mal rollo.
–¿Y ella…?
–Me dijo que perdió la virginidad a los catorce. Con un tío de treinta.
–Joder.
–Si hablaras con ella te extrañaría menos.
Mi colega estaba fascinado y aterrado. Era como si ella ya lo hubiera masticado y ahora lo estuviera digiriendo.
–No sé qué hacer –dijo.
–¿Por qué?
–No lo sé.
–Al final todo el mundo es raro, tío. Ella se ha abierto contigo. A mí no me suena mal.
–Me dijo que casi mata a su hermana pequeña.
Abrí los ojos y le miré, alcé los brazos como un estúpido.
–Sí… Eso me dijo. Cuando su hermana tenía dos meses. Lo típico de la almohada.
–Tío…
–Pero no pasó nada. La reanimaron… Ahora está bien. Tiene cinco años. Está bien. No le dejó secuelas ni nada.
–Joder.
–Ya.
–Pero… ¿te dijo algo más?, porque…
–No. Creo que eso es todo lo importante.
La chica era en cierto modo lo que aparentaba, pensé. No sé bien por qué.
–Se puso a llorar cuando me lo contó. Lo de su hermana.
Pensé que era mejor callarme. Dejar que él decidiera sobre lo que se tuviese que decir en voz alta. Pero entonces dijo:
–Creo que pensar en eso me ponía más cachondo cuando follábamos. Lo del bebé.
Y me oí decir:
–Lo entiendo.

Dos semanas más tarde, me la presentó. Pese a todo lo amargada que parecía siempre en el puesto de petardos (tampoco es el mejor sitio), me pareció una chica normal. Lo que llaman normal; una palabra que a medida que he ido creciendo ha ido teniendo cada vez menos sentido para mí.
Fuimos a tomar algo los tres. Ella tenía ese aura saturada de sexo; no solo en la mirada, sino en todo el cuerpo, y en el modo en que lo usaba.
Mi amigo ya jamás fue el mismo. Nunca más lo fuimos el uno con el otro.

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80 ILEGIBLES (20 de 80) – Amoniaco

Recuerdo con cariño mi etapa de mozo de almacén. Como si ya se hubiese acabado. Digamos que es algo que viene y va. Según el ciudadano responsable medio, que hace las cosas como se deben hacer (en teoría), hay ciertos trabajos que son como las bicicletas: para el verano. Para ellos currar de según qué es lo que haces de joven para ahorrar. Ahorrar, por ejemplo, para ver si follas de una maldita vez. No importa qué ideología luzca dicho ciudadano responsable, todos piensan muy parecido al final. Algunos llevan el capitalismo a gala y otros dicen ser anticapitalistas, pero a la práctica son igualitos. Sólo chocan con retórica.
Aun así, es cierto que de joven tuve varios veranos dedicados a llevar y traer palés. Dedicados a explicarle a señoras que no podía venderles la silla del catálogo si el catálogo era de otra puta tienda. Señora, la silla no está aquí. Señora. Muérase, señora. No solía quedarle mucho.

Tengo no pocas anécdotas aburridas sobre mis primeros pinitos con la maquinaria de almacén, y esta es probablemente una de ellas.
(Os quejaréis, pero el aburrimiento tiene muy mala fama. Podrías echarlo de menos cuando te falte.)
Una de las partes más emocionantes de currar en un almacén, es cuando tienes que bajar o remontar palés de amoniaco. El amoniaco podría parecerle simplemente un producto de limpieza que echa un pestazo al neófito. Pero lo cierto es que si se te vierte encima, si no te lavas enseguida, te puede provocar quemaduras dignas de las primeras pelis de Cronenberg. Y si te cae en los ojos y no empiezas a correr, su cupón, gracias.
La verdad es que no tienes que ser un genio para usar la carretilla. Pero si la lías, la puedes liar a lo grande.
Conduciendo la carretilla, te enfrentas al mismo problema que el conductor medio de un coche. Aunque bien pensado, está aún más cerca del camionero. Esos viajes de días enteros en los que tu confianza se alimenta con una glotonería que no pasaría por alto ni el más moderno discurso contra la gordofobia.
Te crees un dios de la carretilla, aunque no lo pienses. Cuando llevas cinco horas conduciendo, lo único que te preocupa es la inoperancia de los demás.
Si además te vas a pie al ángulo muerto para las cámaras, y resulta que hay un palé con alcohol, en fin, qué puede haber más sobrado que un dios con el puntillo.
Bajas palés de dificultad 100 (en lo más alto, arrinconados, medio rotos, pesados) como quien se hace una paja a los quince años. Absolutamente nada puede fallar.

Un día, cuando ya llevaba seis horas de vaciar estanterías y alimentar camiones, me dispuse a enfrentarme al palé número tropecientos de amoniaco. La estantería tenía tres alturas; el palé estaba en la segunda y en primer término. Lo podría haber hecho bien cualquier niño de nueve años del tercer mundo.
Alcé las palas con confianza y encajaron como encajaban los brazos de Hugh Hefner en su batín. Era algo natural, mucho más allá de la rutina. Una abeja obrera haciendo aquello para lo que había nacido. El estado de zombificación era óptimo, y el nivel de esperanzas respecto al futuro, nulo.
El trabajador perfecto.
Mis brazos iban solos, no tenía que pensar.
Hasta que todo se torció.

Sé que esto sonará al típico fulano que culpa a los elementos, pero había algo que no estaba en su sitio.
El palé justo por encima del mío, tenía la base destrozada. Al alzar mi pieza, entró en mínimo –y seguro, a priori– contacto con el palé de arriba. Este cedió, se partió en unos de sus laterales, y cayó encima de todas mis garrafas de amoniaco.

Algunos consejos sobre la lluvia de amoniaco: No comencéis a frotaros como idiotas. Libraos con mucho cuidado de la ropa y la joyería (si es posible con unas tijeras). Respirad lo menos posible. Acojonaós y gritad; como suele ser habitual, el miedo ayuda. Y agua, agua con cuidado, agua sin parar.
En caso de haber ingerido un chupito –deseado o accidental– por vía oral, Google me dijo que os preparéis para:
–Dolor de estómago (no como el que se te quitaba cuando tu abuela te frotaba la barriguita).
–Trastornos de la visión. (Comenzarás a ver doble o manchas que quizá te hablen).
–Quemaduras por toda la boca. (Qué te pensabas).
–Vómito o diarrea. (Los clásicos).
Y mi señal favorita, que ya avanzaba un poco en los trastornos de la visión:
–Delirios, convulsiones, inconsciencia. (Lo que en algunas tribus que aún aguantan en la selva –ánimo–, aún llamarían: tener a (nombre del Demonio de tu religión aquí) dentro).

Varias garrafas reventaron con alegría. Pero yo ya sabía lo que tenía que hacer. Así que, muy nervioso y casi llorando, comencé a gritar y a cagarme en todo.
Alguien vino enseguida y me dijo que corriera al patio del almacén. Allí había algún tipo de manguera de emergencia.
Fui a toda leche y gritando, cumpliendo a la perfección con el protocolo. Salté por un muelle en el que no había camión, y busqué agua. El compañero, ya presente, me dijo que me desnudara sin hacer aspavientos. Se estaba peleando con una manguera. No era una manguerita para un conato de jardín, era gruesa como un brazo entrenado.
–¡¡No te frotes!! –me gritaban una y otra vez.
Se empezó a reunir todo el personal fuera. Hablamos de un turno de casi cien personas. Todos agradecidos por poder abandonar sus tareas.
Me quité toda la ropa, también los calzoncillos, aunque me había mojado sobre todo en la zona de los hombros y los brazos.
El compañero aprendió a controlar el chorro a presión, y lo dirigió hacia arriba en mi dirección. Había que limpiarme no como si yo fuera un preso; más bien tenía que parecer una lluvia intensa. Demasiada presión directa podía hacer que el agua empujara el amoniaco piel adentro, en lugar de eliminar su efecto por el proceso de aguarlo.

Yo no sabía hasta qué punto todo eso era así, la verdad. Pero me di cuenta muy pronto de que todos me estaban viendo la polla.

Al final no pasó nada, excepto lo que siempre pasa. Como por ejemplo los dobles sentidos con la manguera.
Hubo quien insinuó que sobrerreaccionamos, que hubiera bastado con echarme un agua en los lavabos.
Cuando me renovaron el contrato cinco días después (un mes), pensé que mi ducha de amoniaco había influido. Mi superior inmediata era una gerente. Aún hoy me pregunto por qué en ese momento nos sentimos algo extraños.

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80 ILEGIBLES (19 de 80) – Animalismo

Debíamos tener unos diez años. Solíamos estar bastante sueltos. Los padres aún entendían de un modo primario que teníamos que hacer el imbécil, que estábamos en la edad de tropezar y pegarnos buenas hostias. El momento para aprender lecciones aún no tan evidentes para nosotros.
Esto no quería decir que no tuviéramos límites; a nadie le dejaban sus padres salir del barrio e irse a cruzar carreteras peligrosas. Aunque lo hiciéramos.
Pero de algún modo, sí que se valoraban las cicatrices. Señales recordatorias.
En verano no había gran cosa que hacer, además de hacer el gamberro. Estaba la tele, y luego sobre todo pasarse de la raya. Ahí estaba la gracia. Era la definición que se manejaba de la infancia, aunque no se verbalizara así.

Una de nuestras actividades favoritas era matar animales.
Normalmente insectos, pero a menudo lagartijas, y a veces alguna rata. Lo llamábamos «animalismo». Eso era lo que significaba entonces en aquel barrio el animalismo. Era obviamente cruel, pero en eso residía precisamente la diversión. No es que no nos diésemos cuenta de lo que hacíamos.
Tampoco es que aquello surgiera de la nada. Aunque no lo supiéramos articular, ya sabíamos que en el mundo al que nos habían traído, básicamente el grande se come al chico.
Lo único más pequeño y con menos poder que nosotros, era cierto tipo de animales. Sobre todo los insectos.
Nuestro insecto favorito era la hormiga.
Había muchos otros, y también nos gustaba matarlos, pero algunos picaban. Los hormigueros te permitían convertirte en asesino de masas. Tenías una oportunidad para el genocidio, y no la desaprovechabas.
Era placentero ir directamente y pisotear el hormiguero. Dejabas que se volvieran locas, y luego volvías a pisotear con fuerza.
Si tus padres te pegaban una tunda, si había bronca en casa, salías a buscar hormigueros.
Mientras escupías insultos terribles contra tu padre y tu madre, saltabas sobre esas inocentes, que se habían puesto en tu camino.

Eso estaba bien, pero con lo que realmente disfrutábamos, era con la tortura.
La famosa lupa. Localizar a la hormiga más gorda y colocarla sobre un tronco cortado. Ayudaba arrancarle alguna pata. Después, con ese insistente sol, y normalmente a mediodía, la quemábamos poco a poco. Nuestras carcajadas se oían por todo el barrio mientras el bicho se retorcía.
A veces incluso poníamos dos a pelear; o colocábamos varias sobre el tronco, y le dábamos un toque nazi al asunto, con varias lupas y sin piedad.
Pisar era divertido, pero demasiado frío. Puede que sin saberlo nos hiciera más gracia añadir un toque político. Como cualquier ideología hace: detectar y destruir.

El siguiente paso lógico era la lagartija.
El clásico de cortarles la cola, y ver cómo todo seguía en movimiento, aun separado.
Pero nos volvimos creativos, y comenzamos a despedazarlas de todas las formas posibles. Lo único que se parecía a un indulto, era cuando cogíamos una y la lanzábamos a la ventana abierta del cabrón que nos encharcaba siempre el parque para que no jugáramos al fútbol. Era un bajo; comenzábamos a oír gritos y portazos, y salíamos corriendo antes de que el desgraciado saliera tras nosotros con una vara.
Gritábamos:
–¡¡Jódete, cabrón!!

Era más difícil con las ratas. No veíamos tantas, y no nos apetecía tanto hurgar en los lugares donde más se encontraban.
Sólo tres veces logramos cargarnos una. Había algunas que estaban especialmente cebadas. No podían correr tan rápido. Pero no es fácil matarlas a pedradas. Cuando lográbamos debilitar a una, el que estuviese más quemado la pisaba con la bamba hasta que se le salían las tripas, y quedaba todo expuesto. Los días siguientes nos gustaba ir a ver cómo estaba el cadáver. Nos repugnaba y a la vez nos fascinaba notar el nauseabundo olor del cuerpo en descomposición.

Nuestra obra.

No es que nadie aprobara ese comportamiento, pero digamos que el límite eran los perros y los gatos.
Las mascotas.
Los animales ganan defensores en proporción a lo que el ser humano ha decidido que es bello.
Nosotros no matábamos nada que no te diera todo el asco.
Sí habíamos oído cosas sobre chicos que se dedicaban a patear perros abandonados, y sobre todo gatos callejeros (parecían más desafiantes), alguna vez hasta la muerte. Pero nosotros nunca cruzamos esa línea.

A medida que fuimos creciendo, nos centramos más en los deportes, en los juegos. Nunca lo vi exactamente como una forma de madurar. Más bien me parece que ya nadie se quería manchar las bambas.

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80 ILEGIBLES (18 de 80) – Zoey Deutch

Una máquina de escribir, por ejemplo. Puede que roja, pero bastaría con una máquina de escribir. Quizá una de las antiguas, de las que son todo fotografía y encanto, casi fantasmagoría. O uno de esos videos relajantes, en los que un mecanismo encaja irremisiblemente en otro. O una prensa hidráulica que aplasta cosas a cámara lenta. Y no puedes dejar de mirar.

Dudaría entre la puesta de sol y el amanecer. El amanecer tiene el encanto del nacimiento, y después el sol ataca con belleza abrumadora (aunque en pleno horario laboral…). Pero el atardecer aúna belleza y una metáfora más poderosa: callo, sabiduría, dolor. Tiene sentido, y tiene sentido sonreír abiertamente a pesar de ello. Me quedo con el atardecer, aunque sólo gane amoratado y a los puntos.
O una máquina expendedora de dulces, esas pastas industriales pero tan ricas. Todos somos artificiales en parte.
O la idea del primer beso, incluso más que el primer beso en sí (que no siempre sale bien). La idea del primer beso, o en su defecto el primer beso que realmente funciona, cuando la intuición marcha y la química es obvia.
O las nubes, cuando las nubes lucen alborotadas en un día ventoso. O imponentes cuando se acerca una tormenta. Incluidos los olores, la sensación de aire fresco en tu cara en pleno verano.

También la buena compota de manzana. La buena compota de manzana es muy así.

Dudaría entre la buena soledad y la buena compañía. Hay algo que remite a ambas. Puede que un término medio. Que alguien a quien te apetece ver te encuentre en soledad, relajado y leyendo un libro.
Quizá es una postal demasiado pastelera.
Quizá mejor un encuentro –al principio tenso, pero luego reposado y feliz– con alguien a quien quieres y te pone, a quien hacía mucho que no veías, y que no tiene ninguna pareja, ni mucho menos hijos, prisa o cara de asco.
Mucho mejor, encaja.

También las flores, evidentemente, pero puede que no todas las flores, no todo el tiempo, y no en cualquier circunstancia. Puede que las flores a finales de julio, hacia las seis de la tarde, cuando todo es amarillo y a ratos quema. Puede que narcisos.

O la poesía, por obvio que sea. Pero la poesía cuando la poesía no es sólo un quiebro estilístico en Instragram, ni una editorial explotando la imagen adanesca o lolitesca de nadie. Más bien un libro viejo de un autor muerto, algo que te encuentras en una casa abandonada hace décadas por culpa de la radiación.
Eso, un ejemplar fiable de ese libro.

Las novelas de Faulkner, ciertas canciones de Air, la radiofórmula de los 90 (en absoluto la de ahora). Marilyn Monroe, pero también Tilda Swinton. Los años veinte en Chicago. La mirada de Julianne Moore en Magnolia mientras decía: “¡Chúpeme la polla!”.

En cualquier caso: Nunca una Ideología. Nunca una Verdad cerrada. Nunca una disputa a gritos. Sobre todo la tierra, el cielo y las estrellas.

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80 ILEGIBLES (17 de 80) – Fractura de pene

Se dice que uno de cada cien mil hombres logra levantarse tan dispuesto a comerse el día, que se acaba partiendo el pene.
La fractura de pene no es técnicamente una fractura, porque la polla no tiene hueso, pero la palabra estaba disponible, y razonablemente dispuesta a la polisemia.
Jesús, como si no se fiara del médico, se tiró de cabeza a esa piscina electrónica inabastable que es Google, mientras intentaba en vano guardarse el secreto del accidente a sí mismo.
Así que lo que se parte en este caso no es un hueso, sino algo llamado: túnica albugínea, la capa gruesa que envuelve la estructura interna del pene.
La túnica albugínea, no se os olvide a los interesados, es básicamente lo que permite que se te ponga dura.
La túnica hace su trabajo, la sangre hace el suyo, y sólo quedas tú.

Había un montón de gente a la que no contarle lo sucedido. Jesús fue cinco días después a comer a casa de sus padres, y se negó en rotundo a reconocer que caminaba como un pato.
Más días después, hizo lo mismo con sus amigos. Y casi todo el tiempo tuvo que hacerlo con María, su novia.
Esa fue la auténtica prueba. Y ni siquiera por una cuestión de cuernos, ya que habían acordado una relación abierta.
Jesús, excepto lo de romperse la polla, lo hizo todo bien. Fue a por hielo inmediatamente, tomó analgésicos y fue corriendo a urgencias, donde le operaron para restaurar la túnica sagrada. De no ser así, podría haber quedado con el pene deforme, por no hablar del cuadro severo de impotencia que podría haber implicado el tranquilizarse y fumarse un porro (como su amante le recomendó), mientras su plátano iba adquiriendo la forma de un calabacín de trece centímetros, y probablemente también el color.

Cuando la presión ya era insoportable, decidió contárselo a su novia. Se sintió como un estúpido cuando ella –previsiblemente, de todas formas– se mostró comprensiva y preocupada.
Entendió su interés en que nadie más lo supiera.
Lo que más le preocupaba a Jesús, era la ironía. El rollo de Jesús y María.
No tenía claro cómo, pero sabía que la ironía se abriría paso en esa historia.
Jesús no se consideraba una persona particularmente orgullosa, pero sí creía que todos necesitamos conservar una pequeña reserva de dignidad.
Sabía que su amante no hablaría, y aunque lo hiciera, probablemente lo haría pasado mucho tiempo y sin dar coordenadas (lugares, nombres, pistas). Y María tampoco diría ni pio.
Pero aun así, estaba preocupado. Como si estas cosas, estos accidentes sexuales aparatosos, se acabaran filtrando de alguna manera. Como si (y otra vez la ironía) Dios le fuese a castigar. Una crucifixión moderna. Compañero de anécdotas de John Wayne Bobbit. Seguro que Lorena, si le viera –aún moviéndose raro y llevándose con mucho cuidado la mano a los huevos–, se echaría unas risas.
Vale que a John le cortaron la polla, y que a Jesús nadie se la quiso romper, pero sentía que estaba en esa órbita de las pollas potencialmente mediáticas. Deformes, partidas, cortadas en una papelera…

La polla no es algo a lo que no le des importancia hasta que lo pierdes.
Jesús pensó mucho en las pollas durante esos días de convalecencia genital. Se bromea mucho con la obsesión de los tíos con su polla; los genitales no se vuelven algo serio hasta que se habla de la ablación del clítoris. Las pollas tienden a ser una puta broma, los coños, importantes.
El falocentrismo y la ironía. Ahora iban de la mano. Y silencio, por favor. Jesús se tenía que limitar a pasar el trance.

Su pene parecía recuperarse bien. Quizá quedara algo torcido, pero funcional. Quizá no estaría para rodar porno, pero sí para follar nivel usuario.

Al paso de las semanas, se sentía bastante mejor. Pero una tarde se dio cuenta de que su accidente ya siempre le acompañaría. Para empezar, tenía una polla con cicatrices. Era probable que tuviese que dar una explicación cada vez que se bajara los calzoncillos con alguien.
Mientras tomaba un café con María, una paloma se posó en la mesa de la terraza. María la echó de un significativo manotazo. Jesús cerró los ojos y resopló. María dijo:
–¿Qué pasa? La palomas no follan con mujeres, Jesús.

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80 ILEGIBLES (16 de 80) – Splash pederasta

Se le llamaba siempre por su nombre (jamás un mote, malicioso o cariñoso) y era tan querido en casa como en el trabajo. Amado y casi venerado, obviamente siempre saludaba. Su amplia sonrisa de anuncio, sus pecas, su denodado esfuerzo por contentar. Su magnetismo para con las chicas, e incluso para el único homosexual reconocido del pueblo, pese a que nuestro héroe era un orgulloso homófobo. Es una joya, decían las madres (sin atisbo de ironía). Es un buen chico, decían los padres, que compartían con él inclinaciones racistas y misóginas simpatías.
Corrían los años ochenta, y a veces parecía que esprintaban.
¿Quién iba pensar que nuestro admirado protagonista –tan atlético e inteligente– hiciera lo que hacía? ¿Trabajar en un almacén?, decían todos, ¡pero si ese chico es una maravilla!
Su atractivo, aunque discutible a ojos de hoy en día, era indiscutiblemente efectivo entonces. Jugaba sin parar con su flequillo naranja, y cuando se cruzaba con algún colega, la chocaba y decía:
–¡Splash!
Porque había visto la peli 1, 2, 3… Splash de Daryl Hannah, y tenía alguna suerte de sentido del humor autoirónico que nadie entendía, pero al que todos respondían.
Era tan simpático y entregado, que todo el mundo estaba dispuesto a echarle una mano. Era un día soleado personificado, un sábado de playa antropomórfico, el yerno ideal que toda madre querría tener y probablemente follarse.
Pasaba el invierno en botas y el verano en chanclas, y en la piscina descubierta lucía sus cada vez más tonificados abdominales. Tuvo novias de larga duración desde los doce años y medio, y perdió la virginidad a los catorce. Los papis enmarcaban sus boletines de notas y hasta había una foto de su orla en un bar del pueblo.
Su padre sacaba pecho todo el tiempo, y su madre parecía al borde del lloro (de puro orgullo) cada vez que estaba a su lado.
Todos le decían que se fuera de allí, a conquistar un lugar mayor. Pero él, a sus ya veintiocho años, seguía en el almacén, porque el almacén era de su padre, y había vacas flacas (tanto literal como figuradamente).
No tenía novia fija, pero decían que alguien le gustaba. Decían que toda la facilidad que tenía para acercarse a las chicas, se tornaba complejos si se acercaba a La chica.

Tenías que ver cómo cruzaba la calle de los bares, cual Jesucristo pelirrojo, humilde por principios y estiloso por naturaleza.
Hasta que un día apareció un grafiti en uno de los muros del almacén.

Splash pederasta

El grafiti estaba elaborado toscamente con un spray rojo. Rápido y mal. 0% arte y 100% intención.

“Jesús dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos». Después de poner las manos sobre ellos, se fue de allí.”
¡¡Vete de aquí!!
Se escuchó a más de una anciana hacer extrañas interpretaciones de la biblia en voz alta esos días, cuando nuestro héroe pasaba por delante.
No pocos padres llevaron a sus hijos e hijas al médico del pueblo, para una revisión total, dijesen lo que dijesen ellos.
Un menor sólo está bien hasta que tú decidas.
Nuestro Jesucristo pelirrojo comenzó a pasar mucho tiempo en casa. Sus padres no sabían qué pensar. ¿Había sido tan bueno porque tenía algo que esconder? ¿Algo terrible, la clase de actos que te llevan derechito al Infierno, sin una sola charla antes con San Pedro?
Su padre se negaba a hablar con él. Su madre lloraba siempre con él, abrazándolo, o de rodillas en el suelo cuando él la apartaba.
Él se lamentaba en silencio, como atrapando en dolor en sí, sin dejarlo salir. Una sola vez dijo que era inocente, y que no volvería a repetirlo. Nadie puso una denuncia en firme.

Semanas después, cuando comenzaba a dejarse ver otra vez por el pueblo, varios chicos le dieron una paliza en el césped junto a la piscina. El médico tuvo no poco trabajo de remiendo y costura.
Se le comenzó a llamar Splash pederasta (o simplemente Splash), siempre a voces, porque nadie le quería cerca.
Con el tiempo, básicamente sólo se reían de él, siempre que se mantuviera lejos.
Todos se unieron (por si acaso) a la misma corriente culpabilizadora. Incluso los silencios resultaban significativos en una sola dirección.
Splash se ahorcó cuatro meses después del grafiti, aprovechando una viga fiable del almacén.

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