80 ILEGIBLES (52 de 80) – Carta del siglo XXI al varón

Lo estás haciendo todo mal. Llevas toda la historia cagándola. Y ni siquiera te das cuenta. Tienes interiorizada la ignorancia, varón. No entiendes nada, varón. ¿No te das cuenta de que has de ser fuerte pero sensible pero las dos cosas a la vez, y a la vez ninguna? ¿No ves que llorar es natural y a la vez te hace quedar como un llorica? ¿No ves que deberías llorar más y también dejar de llorar de una vez? Te queremos decidido y a la vez sumiso, varón. Queremos que construyas y vivir dentro de lo que construyas, las casas, las calles, las plazas, para poder manifestarnos contra ti, varón. Eres siempre igual, y cuando no lo eres es para ganar algo, para aprovecharte, varón. ¿No te das cuenta de que todo el mundo tiene derecho a lo mismo que tú mientras se ahorra la parte mala de ser tú? ¿Por qué no lo entiendes, varón? ¿Ahora dices que te vas a la guerra a morir? ¿Quién se va a tener que quedar en casa otra vez? Eres un inútil, varón, y eres sospechoso por defecto, agresor todo el tiempo y asesino por condición. Pueden ponerse en tu lugar, pero tú no sabes ponerte en el de nadie. Rompes todo lo que tocas, como un niño mayor atolondrado. Asume de una vez tu naturaleza nociva, y actúa en consecuencia, pero no actúes, pero actúa. No te quedes al margen, pero no se te ocurra entrometerte. Mira pero no toques, ¡pero no te quedes quieto sin tocar como un capullo! No te enteras de nada, joder. No pillas de la misa la mitad. Vas a tener que arreglar todo el estropicio, pero sólo apoyando, y solo desde el margen, ¿pero qué coño haces ahí quieto? Haz, no ayudes a hacer, pero no te quedes aquí, haz lo que puedas desde allí, ¿pero qué haces todavía allí?
Varón, estaríamos mucho mejor sin ti.
Te fuiste y dejaste que nos mataran.
No has hablado cuando tocaba.
Tu postura nunca es la adecuada.
Nos molesta tu presencia.
Nos irrita tu ausencia.
No hace falta que nos des ventaja, varón, lo hacemos todo igual o mejor que tú. Sólo juega con los ojos vendados. No queremos que nos mires, queremos que te encargues de una vez de esto, no necesitamos nada de ti.

Varòn

Anuncios

80 ILEGIBLES (51 de 80) – Ainhoa

En algunos países, si encuentras un niño perdido, lo que tienes que hacer es aplaudir. Aplaudes y aplaudes para que sus padres te oigan. Es muy probable que anden cerca, sobre todo en el supermercado o un lugar concurrido.
El día que encontré a Ainhoa, yo no vivía en uno de esos países. Era una niña de apenas cuatro años en una esquina. No lloraba ni protestaba. Apenas parecía inquieta. Al principio yo fumaba cerca, sentado en un banco, descansando junto a dos garrafas de agua que había comprado.
Me fijé en la cría. Esperaba ver aparecer a algún adulto que se encargara de ella. Nadie se fijaba en la niña. No necesariamente porque fueran unos desalmados; era fácil no percatarse de la situación, dada su aparente tranquilidad. Yo mismo tardé un buen rato en darme cuenta de lo que pasaba.
Esperé casi una hora, y tres cigarrillos después me levanté y fui hacia ella.
Nunca he sabido hablar con los críos, así que sencillamente intenté hacerme entender, y a ser posible no asustarla.
Me acuclillé a un metro de ella.
–Hola.
Me miró.
–¿Estás sola?
Hizo que sí con la cabeza.
–¿Cómo te llamas?
Silencio.
–Ainhoa.
Había aprendido a no fiarse. Hubiera agradecido apoyo adulto, alguien con curiosidad que se parara con nosotros, pero nadie lo hizo.
–¿Sabes dónde están tus padres?
–No.
La niña iba bien vestida y olía bien, no era una niña callejera.
–¿Te has perdido?
Mientras le tiraba de la lengua, para intentar ubicarme, supe que sus padres siempre le decían que si se perdía, no se moviera del sitio.
Resoplé; no sabía qué hacer, excepto llevarla a la policía. No estaba precisamente cerca. Y encima necesitaba ir al baño (yo).
Esperé un rato junto a ella, le dije que si veíamos a un policía, le avisaríamos y la llevaría con sus padres.
–¿Te parece bien?
Hizo que sí con la cabeza. Se me hizo extraño que lograra ser tan contenida. Yo a su edad me hubiera cagado encima. Lo pensé a poco de hacerlo de verdad en ese momento.
Era una zona céntrica, estaba seguro de que pasaría algún coche patrulla, pero no pasaba ninguno.
Cuando ya llevaba una hora con ella, me volví a acuclillar.
–Ainhoa.
Me miró.
–Vamos a hacer una cosa, ¿vale?
Logré que me diera la mano, me metí con ella en la cafetería más cercana. Compré una botella pequeña de agua. Le pedí a una de las camareras que por favor vigilara a la cría. Me sentí estúpido, dentro del baño, cagando, en medio de esa situación. Pensé en comentar la jugada con el personal del local, pero estaban muy atareados, no vi el modo de hacerlo sin comprometer a nadie más de la cuenta.
Salí del baño y me fui de la mano con la niña.
Había que coger el autobús. Ainhoa no tuvo suerte, yo no era otro de esos adultos con su coche en el parking más cercano. Ni siquiera tenía coche, y mi permiso de conducir no nos podía ayudar.

Me sentía como un secuestrador o un pedófilo cada vez que alguien nos miraba. La carencia de parentesco se debía notar a la legua. Eso era lo que más me preocupaba: el malentendido. Puede sonar paranoico, pero la hipersensibilidad empezaba a estar muy de moda, y parecía haber mucha gente con ganas de acometer una heroicidad fácil. Algo emocional y efectivo que poder comentar después. Algo que tuitear.

Buscamos la parada de autobús adecuada. Para la niña debía ser toda una aventura, pero para mí también lo era. Hacer el bien no suele formar parte de la rutina adulta, y menos un sábado. La mayor parte de la gente cree que la supervivencia es más que suficiente. Pensamos que lo de ayudar a los demás suele ser una jugada del interés, y no es que no equivoquemos. A veces sí se puede hacer el Bien, o eso creo, lo que quizá sea más difícil es buscar el modo de hacerlo; más bien debe tratarse de que la Oportunidad se presente. Si se pudiera hacer el bien de forma pura, continuada y sistemática, quizá sí existirían los superhéroes tal y como los concebimos. Por desgracia, el mundo siempre es mucho más complicado que eso.
¿Héroes, quiénes? ¿La policía?, hum. ¿Los bomberos?; vale. ¿Nos hacemos todos bomberos? ¿O misioneros?
Iba pensando en todo eso mientras Ainhoa miraba por la ventanilla del autobús.
Cuando bajamos, aún nos quedaban cinco minutos a pie.
No hay mucho más que decir, excepto que la entrega se produjo con éxito. No acabé en la cárcel por abusos, secuestro o pederastia. Nadie me señaló o sospechó, nadie acabó hurgando en el porno de mi ordenador. Me aseguré haciendo un barrido por redes sociales.
Al despedirme de Ainhoa, ella dijo:
–Te has dejado las garrafas en el banco.

2018-0-3-ans-hiver-enfants-chaussures-chaudes-enfants-coton-chaussures-b-b-gar-on-et

80 ILEGIBLES (50 de 80) – Romero

Era domingo por la tarde, y, por una serie de circunstancias que no vienen al caso, estaba solo. Me sentía tan solo que estaba viendo la tele. Podría haber sido un viudo de ochenta años. Solo, y sólo esperando. Como si fuera lo único que me quedara.
Es extraño, porque por regla general se me da fenomenal estar solo, surfeo esa ola sin problemas, aunque a veces llegue algo aturdido a la orilla.
Me estaba tragando la publicidad a paladas. Hacer zapping en el TDT me acaba desesperando. Normalmente habría tenido algún plan, el cine, una terraza y un café, un par de amigos. Pero no tenía ganas. Simplemente no quería estar. Incluso había apagado el móvil.
No es que pensara en el suicidio ni nada parecido, aunque no estaba de humor ni para apretar teclas o botones.
Sonó el timbre de la puerta, y pensé seriamente en no levantarme a ver.
Algo tiró de mí. Puede que una pizca de curiosidad. Quizá se estaba quemando el edificio. No venía a cuento que nadie llamara a esa hora. De hecho ese timbre ya no se usaba nunca. El móvil se encargaba muy bien él solito de masacrar la intimidad.

Fui de puntillas por el pasillo, y usé la mirilla. Esperaba no ver a nadie, ya que había tardado bastante en decidirme a levantarme del sillón.
Tuve que percatarme bien de lo que veía. Era una vecina del piso de arriba. No la conocía, pero sabía que llevaba poco tiempo en el bloque, y que tenía diecisiete años. Diecisiete, a mis treinta y dos.
Abrí la puerta. Dije:
–Hola.
Mi aspecto era completamente descuidado. No solo cómodo, casero, sino descuidado. Mi pelo, mi ropa, mi todo. Hacía tres días que no me duchaba.
–Estoy cocinando –dijo la muchacha–, y no tengo romero. Estoy sola y me daba pereza bajar a…
–Ya. Hum.
Romero.
Jamás había usado romero para absolutamente nada. Pero una vez me dio por comprar especias, en un arrebato cocinero, como si fuese a convertirme en uno de esos solteros que meten a presión a siete personas en su piso para intentar impresionarlas.
–Vale –dije, me quedé mirándola como un estúpido–. Voy a ver si tengo.
Sonrió, como si fuese a decir algo más. La dejé fuera, esperando.
Pensé que le hacía gracia ver a alguien mayor que ella aunque claramente más desordenado que ella. Como si eso fuese comprensible en un tío.
Rebusqué en el cajón de las especias.
Tenía un bote de romero, sin estrenar. Lo cogí y me quedé mirándolo. ¿Le doy el bote? ¿Se supone que me lo tendrá que devolver? Me hastían los protocolos asumidos. Tenía algunas cosas de las que podía deshacerme sin problemas, y una de ellas era sin duda el romero.
Fui hasta la entrada.
–Pues sí que tengo –le dije.
–Ah. Qué bien.
Le di el bote.
–Puedes quedártelo. Yo no lo voy a usar.
–¿En serio?
–Sí. En serio.
–Vale.
Sonreía. Sonreía. Sin moverse del sitio.
Comencé a cerrar la puerta lentamente, sonreí un poco, para no ser el vecino seco.
–Pues nada –dije–, que vaya bien la cena.
Ella sonreía. Luego ¿un pequeño rictus serio?, ¿de circunstancias? Después otra pequeña sonrisa, y finalmente un paso atrás, hacia las escaleras.
Cerré la puerta.

Se me había hecho eterno. ¿Se suponía que había algo que no había entendido? La chica tenía diecisiete años… Tuve la sensación, habitual en mi vida, de haberme vuelto a quedar fuera de la fiesta, aun con las puertas abiertas de par en par. Es como si la gente diera por sentadas ciertas reglas, que luego claramente se saltan, aunque cuando pillen a otros en esa misma tesitura, no duden en señalarles.
Pero no se podía verbalizar. Solo se podía entender.
La oportunidad.
Me senté en el sillón, había dejado atrás la pereza. Esa niña la sacó a patadas de mí.
Puse el móvil.
Me levanté, me vestí, y salí del piso.

rellenar

80 ILEGIBLES (49 de 80) – Solteros

Oscar y yo flotamos lejos de la orilla, apenas tocamos de puntillas. Algo que echo de menos de la infancia es los flotadores. No puedes decir algo así en voz alta. Oscar y yo sumamos más de sesenta años, muy bien repartidos. Hemos venido con el grupo; están todos en la arena. Ahora el grupo ya no es tal. Casi todos tienen no solo parejas estables, sino también hijos; la mayoría uno, pero algunos incluso dos. Antes había un par de voces cantantes, en todos los grupos las hay. Ahora quienes mandan son los críos. No importa que, si son tuyos, puedas forzarles de algún modo a hacer lo que les digas, porque pueden dinamitar cualquier situación. Moldean los horarios, las rutinas, la cuenta corriente, y también las dinámicas de grupo. La ironía adulta al hablar de la vida doméstica, canta. Desde hace décadas, en muchos hogares mandan las mujeres, en muchos, y cuando hay hijos, pasan a mandar los hijos. El patriarcado, de existir aún, debe ser un sistema profundamente imperfecto, repleto de grietas, prácticamente hundido. Como sea, el desequilibrio de poder es muy habitual en las familias; llegados a cierto punto: inevitable.
Cuando los críos están sólo con los padres, mandan sobre los padres, pero si hay más adultos, en cierta forma también mandan sobre ellos. Rompen la tarde o la noche, les basta con gritar de forma continuada. Oscar y yo miramos hacia la orilla. El jaleo infantil era tal que nos hemos metido en el agua, circunspectos.
Parece ser que un detalle importante de la madurez, es saber no mandar a tomar culo a los niños. O contenerse para no pegarles una patada y mandarlos a cinco metros de ti con varias costillas rotas.
En frío puede sonar obvio, pero hay que estar ahí.
Oscar y yo somos dos de los tres últimos solteros (o al menos no “atados” y con hijos), del grupo. Éramos un grupo de amigos numeroso, y ahora un grupo de personas más desequilibrado que nunca. Los padres sólo tienen responsabilidades. Los solteros, al parecer, deberíamos poner en orden de una vez nuestra vida. Es la clase cosas que suele decir la gente con hijos. No importa si tienen razón o no, porque esa es la vibración normativa imperante. Comprometidos, casados, padres, solteros. No puedes escapar al etiquetado.
Una vez me lo dijo uno de los padres, medio borracho y con muy poco filtro:
–¿Sabes qué es casi lo mejor de tener hijos? Todo el mundo asume que has hecho los deberes. Ya estás instalado en la edad adulta. Ya sólo tienes que poner el piloto automático.
Si eres soltero a cierta edad, añadió, esa impresión se revierte. Aún no has arreglado tus cuentas pendientes.
Se lo digo a Oscar, con el agua literalmente al cuello.
–¿Eso te dijo? –me dice.
–Tal cual.

Volvemos poco a poco a la orilla. Antes había dos críos, un niño y una niña (un año y pico y dos), que estaban completamente descontrolados. Querían irse a casa. Sus casas estaban a más de una hora de coche, y acabábamos de llegar. No lograron volver casa, claro, pero sí poner a sus padres de los nervios y violentar el ambiente.
Es lo que decía. Puede parecer que no, pero un crío siempre manda.
Es la contrapartida la credibilidad que pueda darte habiéndote convertido en padre.
La paternidad, la maternidad, forman parte seguro de un proceso precioso de crecimiento y educación; no sólo de los críos. Pero también es una jodienda enorme de insomnio, ruido, comportamientos inexplicables y odiosos, y un sinfín de preocupaciones durante AÑOS (como mínimo) que no todo el mundo es capaz de soportar.
Es probable que, a muchas parejas que han decidido tener hijos, eso sea lo que les irrita de los solteros o parejas que no los tienen. No Tienen Que Pasar Por Eso. Así que, JODER, tienen que ser inferiores de alguna manera, ¿NO?

Oscar y yo decidimos dar un paseo por la orilla con uno de los padres. Era el padre de un uno de los críos antes descontrolados. Comienza a decirnos que le duele la cabeza. Que se acaba de tomar una pastilla. Que sólo ha dormidos dos horas. Lo dice todo casi con murmullos, y con no poca amargura. No sabemos qué decirle. La mayoría de gente sabe dulcificar estas cosas, incluso más allá de que tengan hijos o no. Pero Oscar y yo éramos completamente incapaces. La idea de tener hijos nos aterrorizaba. Los veíamos como un montón de años perdidos, y eso en el mejor de los casos. Entendíamos hasta cierto punto la parte luminosa, obviamente, pero las desventajas eran tan evidentes; enormes, con bocas terroríficas y llenas de dientes. Y nadie cuenta con que su hijo acabe siendo un drogadicto. O un asesino. Lo teníamos clarísimo. No nos preocupaba el discurso del egoísmo del soltero; la decisión de tener hijos no era tampoco pura en muchas ocasiones. No solo se tenían por amor; también había quienes los tenían por miedo, por obligación, por tradición, por crisis de pareja, por inercia, porque sí, por un montón de razones deshonestas e irresponsables.
Cuando nos quisimos dar cuenta, habíamos estado diciendo todo eso en voz alta. Aunque para ser justo, el padre, el que antes había sido nuestro colega, un chaval siempre jovial y con ganas de vivir, ya nunca dejaba de quejarse. Jamás le habíamos visto tan hundido. Llevaba así desde hacía meses. Estaba constantemente jodido por el cansancio, y lo que es peor, por las dudas.
Quizá lo que hicimos fue tirarle de la lengua.
–No sé qué hacer, tío –dijo. Estaba a punto de llorar.
–¿Por qué?, ¿qué pasa? –dijo Oscar.
No tenía por qué ser la paternidad. O no exactamente.
–No sé qué hago. No sé qué hago en casa ni en el trabajo. Cuando voy a salir del curro por la tarde, entonces recuerdo lo que me espera en casa, y me hundo, tío, me hundo…
Decía «tío» y se refería a los dos. No estaba ni para hablar con propiedad.
–Hoy quería estar tranquilo, y nada más llegar, el puto crío se pone como loco. Y ya estábamos peleando otra vez.
Cada vez que el crío lloraba (que era más o menos el ochenta por ciento del tiempo, o lo parecía, que viene a ser lo mismo), nuestro colega discutía con su mujer. Ellos estaban incluso casados.
–Te juro que a veces me cuesta respirar –nos dice–, creo que me entran ataques de ansiedad.
Y todo lo que se me ocurre decir es: No me extraña.
Aunque esta vez cierro la boca.
Oscar tampoco dice ni pio.
–Bueno –murmura el padre, respirando hondo–, ¿a vosotros cómo os va?
Bien, decimos, no nos va mal. Nada del otro mundo. Al menos la pasta de dientes sigue dentro del tubo. La vida del soltero irresponsable.
Caminamos un buen rato. Comienzan a surgir anécdotas, historias de cuando todo fluía sin problema, o sólo con los problemas que elegíamos personalmente en cada momento. Logramos hacer reír a nuestro colega. Le volvemos a contar la historia de cuando se lió con una pelirroja y le pillaron sus padres. Exageramos y le provocamos. Ríe con ganas, quizá por primera vez en meses.
Al cabo de casi una hora, llegamos otra vez a las sombrillas.
La mujer de nuestro colega acuna al crío, que justo cuando nos acomodamos en las toallas, se pone a llorar y a gritar. Exige algo, lo hace con todas sus fuerzas, con toda su rabia. Ninguno sabemos lo que es.

hdgfdhfg

80 ILEGIBLES (48 de 80) – Los orgasmos de la humillación

R. empezó hablándome de la erección involuntaria. Decía que en verano resultaba aún más extraña. Cuando despiertas con la polla como el mármol, y sin embargo no estás cachondo ni sudando. No has tenido un sueño porno. Pero ahí la tienes, como si la hubieras pillado a media conversación. R. decía que cuando eso pasa, es probable que tu polla esté intentando decirte algo. ¿Qué pensará un cura realmente célibe cuando ve su tienda de campaña? Un cura que nunca magree a otros adultos, ni siquiera a niños, o a sí mismo. Si las pollas hablaran, me dijo R., sólo podrían hacerlo sobre culos, coños, duchas o calzoncillos. Pero es posible que algunas veces pudieran revelarnos ciertos secretos sobre nosotros.
R. me dijo que un día habló con su polla. Lo definió como una suerte de viaje astral genital; como si su polla hubiese salido de sí misma y se hubiese visto desde fuera. No me quedó muy claro cómo eso ofrecía respuestas, pero dijo que ahora sabía algo más sobre sí. Era como si su pene hubiese recabado cierta información.
–He llegado a la conclusión de que soy un Dinamitador –dijo. R.
–¿Un Dinamitador?
–Sí. No un depredador, sino un Dinamitador.
Lo que R. intentaba decirme, era que había descubierto para qué había venido al mundo.

R. lo había hecho siempre, pero no se dio cuenta hasta que su polla se lo dijo. Internet ayudaba, aunque la vida analógica no se quedaba atrás. Cuando veía fotos y vídeos de una pareja que realmente parecía feliz, o al menos estable, fantaseaba con entrometerse. Cuanto más equilibrada y conforme parecía la chica con su vida, con su novio, con sus circunstancias, más excitante resultaba tirar abajo esa torre monógama de Babel. Era especialmente divertido cuanto más bobo y bonachón pareciera el novio. Se trataba de sacarlo de la ecuación, aunque engañarlo sin más también era jugoso. Que creyera que su novia seguía siendo la vecina sincera de al lado, esa chica que aun teniendo el atractivo suficiente para practicar la gula con su coño, le seguía siendo fiel.
La clave, decía R., es crear un entorno de Tentación. La mayoría de gente no es tentada; no porque la tentación sea difícil de sentir, sino porque tienden a evitarla. Esquivan los lugares y las personas que podrían hacerles dudar.
Esas parejas que parecen inseparables, que lo hacen todo juntos, en fin, no se trata sólo de que no sepan estar lejos el uno del otro de tanto como se quieren. En muchos casos, lo que hacen es rehuir la tentación. La naturaleza y la monogamia son vecinos que compiten a ver quién pone la música más alta.

R. decía que, en cualquier caso, romper esa programación no es fácil. Él no quería meterse en medio de ninguna relación abierta. No le ponían tanto las chicas dispuestas a todo. Él tenía una Misión. O eso decía.
No todos los villanos quieren conquistar o destruir el mundo, o cambiarlo con violencia por razones ideológicas. Algunos sólo quieren follarse mejor que tú a tu novia.

R. seguía sonando convencido desde la cama del hospital.
Por esto, me dice, no hay que meterse en medio de ciertas parejas. Hay tíos que no solo esperan fidelidad sexual de su novia, también creen que la chica es de su propiedad.
–Eso no solo es peligroso para ellas –me dice–, también es peligroso para mí.
Un tío así parece tener cien hostias en la recámara. Cien agresiones que han de salir por algún lado.
–Luego se quejarán de que les pongan los cuernos conmigo.
Me hizo acercarle su móvil. Me enseñó una foto de la muchacha, me enseñó videos. Una suerte de piruleta de fresa humana.
–Una booktuber –me dice–. Todo aparentemente en su sitio; cierta inocencia, recientemente legal, mal gusto literario… Incontrovertiblemente excitante.
–¿Incontrovertiblemente?
–No es por la inexperiencia –murmuró–, pero hay cosas, apetitos o curiosidades, un ansia que parece más difícil de encontrar en las mujeres maduras. No me hagas justificarme.
Yo nunca le juzgaba, al menos en voz alta. No quería acabar pareciéndome a la gente que lo hace. Esa forma de proyectar carácter siempre me ha parecido sospechosa.
Me dijo que la chica, que en sus videos parecía apocada, en los mensajes privados supuraba subtexto guarro.
–Me puse a mil –me dijo R.–, tenía su Instagram a reventar de fotos con su novio. Empecé a pensar que lo usaba como parte de su parafilia. A algunas tías les excita poner los cuernos. Cuanto más tiempo lleven con el fulano, mejor. Recuerdo que una llamó a su prometido mientras yo se la metía por el culo. Dijo que necesitaba lubricante mental. Le hablaba al móvil de la distribución de mesas en la boda. El tío no paraba de preguntar qué le pasaba a ella. ¿Estás bien?, decía. Ella se corrió frotándose con los dedos, y colgó.
–Joder –murmuré.
–El porno no refleja la vida real, excepto cuando lo hace.

R. quedó con la muchacha, pero la cita no duró mucho.
–Su maromo, no sé cómo, nos había seguido. Creo que fue una puta casualidad. Nos vio en la calle. Ella le había dicho que se iba a tomar algo con unas amigas. O eso me dijo.
»Ahora creo que ese tío la zurraba, llevaba tiempo zurrándola. Creo que sobre todo porque era violento, y también porque ella le estaba poniendo los cuernos de forma sistemática. Pero también creo que ahí hay algún tipo de relación enfermiza, tío, y desde luego yo no soy nadie para juzgar.
»Pero el tío vino hacia mí, y para nada estaba fingiendo el chinamiento que llevaba encima. Primero collejeó a la chica dos veces, y a la tercera le agarré del brazo. Entonces se ensañó conmigo. Conocía un par de trucos, me barrió con la pierna derecha y caí como un saco al suelo. Luego comenzó a pegarme patadas. Para cuando se centró en la cabeza, se me fue todo a negro. Luego me desperté aquí.
–Tienes que vigilar más –le dije.
–No, tío, lo que hay que hacer es evitar a los macarras. No es excitante, colega, no puede ser que quien debiera ser humillado, se revuelva y nos zurre a los demás.
–No sé si te entiendo.
–Los pringaos tienen un papel muy importante en esta obra, tío. Sin ellos, los demás no podríamos trascender. Fíjate en el orgasmo. No digo que no haya buenos orgasmos producto del amor y todo ese rollo, pero no me los puedes comparar con los orgasmos de la humillación.

maxresdefault

80 ILEGIBLES (47 de 80) – Tener razón

Hola, me llamo Julián, y soy adicto a tener razón. Hola, Julián. Hola a todos; no sé muy bien por dónde empezar. Podrías empezar por el principio. Risas. Está bien, empezaré por el principio. Adelante, Julián, te escuchamos. Esto me empezó a pasar en la adolescencia; pero con el tiempo he pensado que en realidad nunca he sido de otra manera. Siempre he sido como un bebé, sólo que aprendí a hablar. Ya sabéis cómo son los bebés, que lloran y gritan siempre que no tengan lo que quieren. De adulto tampoco puedes tener gran cosa, y tener razón resulta un alivio. No tienes cosas, pero tienes razón; sabes ver el mundo, valorarlo, criticarlo, nunca la cagas, nunca estás en el bando equivocado. Siempre tienes razón. ¿Y cuándo te diste cuenta de que no siempre tienes razón, Julián? No lo sé, ¿a qué día estamos? Risas. No, es en serio. Estamos a sábado, trece de julio, Julián. Está bien… Creo que hará dos semanas. ¿Hace dos semanas que descubriste que a veces te puedes equivocar? Sí; bueno; estuve muchos años en un grupo de acción activista. Suspiro de comprensión en el grupo. ¿La ideología? No importa…; el caso es que, bueno, ya sabéis, allí siempre teníamos razón, porque estábamos haciendo algo para cambiar las cosas. ¿Cambiar… el mundo? Sí, bueno, el caso es que el mundo nunca cambia como uno querría, y no siempre entiendes que ciertos cambios son muy buenos, pero otros pueden ser muy malos… ¿Estás bien, Julián? Lo siento, me prometí no llorar. Lo estás haciendo muy bien, Julián; cálmate…, sólo cuéntanos cómo descubriste que eras falible. Lo descubrí hablando con mis padres. La verdad es que me he pasado desde los trece años hasta los veintitrés insultándoles, por ser viejos, por no pensar igual que yo. Ellos nunca se han puesto a discutir conmigo. Sólo mi padre me ha dicho alguna vez que me calmara. ¿Cómo lo ha hecho, Julián? Bueno, siempre con ironías, y eso me cabreaba mucho. ¿Por qué? Porque yo lo que quería era que se cabrearan ellos, que aceptaran que eran unos dinosaurios; pero mi padre lograba darle la vuelta a eso. Yo me lo tomaba fatal, por decirlo finamente, me parecía que eran asquerosamente condescendientes conmigo. ¿Por qué dices “por decirlo finamente”? Joder… porque alguna vez rompía algún cristal o pateaba alguna puerta. Necesitaba desahogarme. ¿Alguna vez pegaste a tus padres? No, lo juro, nunca hice eso. ¿Seguro? Seguro, os lo prometo. ¿Sabes qué creo en el fondo, Julián?, creo que todo lo que nos has contado es un montón de gilipolleces. ¿Cómo…? Un montón de idioteces de bebé adulto. En eso sí tenías razón, eres un puto niñato. ¿Qué pensáis los demás?, ¿es un puto niñato? Sí. Sí. Sí. Yo también creo que sí. Sí. Es un niñato. Sí, es un niñato. ¿Lo has oído, Julián?, eres un niñato. Y además has enfocado mal todo tu discurso; y encima te has puesto a llorar, joder. Mentira tras mentira, Julián. ¿Qué mierda de rollo maduro nos has querido colar? No entiendo nada, no entiendo, por qué… ¿No entiendes qué? Sólo has venido aquí a por otro chute, Julián, ¿acaso crees que no nos hemos dado cuenta? ¿Crees que esto es Twitter, Julián? ¿Crees que formamos parte de tu cámara de eco?… ¿Estás arrepentido, verdad?… Esto se llama: comer mierda, Julián. Tendrás que acostumbrarte. No se trata sólo de asumir que no siempre tendrás razón. ¿Te hemos parecido unos cabrones ahora? La verdad es que sí. Pues imagina lo que ha tenido que aguantar de ti la gente durante todos estos años, porque así era exactamente como sonabas, Julián. Y no solo eso, encima te las dabas de revulsivo activista y moral. No estoy de acuerdo… ¡Claro que no lo estás!, al fin y al cabo es tu primer día: sigues creyendo que la razón es de tu propiedad. Pero dime, Julián, ¿qué es lo que dijo tu padre que te hizo reflexionar? Joder… Qué hizo… hablábamos de… ¿Puedes dejar de lloriquear, Julián? ¿Por qué, por qué…? ¿Que por qué?, porque si lloras no puedes hablar, y si no hablas nos haces perder el tiempo a todos. Vale, joder… Calmadito, eh; venga, qué te dijo tu padre; no te ahorres ningún detalle. No me metió ningún discurso. Dijo que… Dijo que yo no era Julián, sino que más bien parecía… un Julián…. ¿Ah sí?…, no os riáis de Julián, chicos. O sea que tu padre, que claramente sabe que en realidad sólo has sido un cliché toda tu vida, te dijo básicamente que no eres nadie. Pues es verdad, Julián, no eres nadie, y a juzgar por tu forma de pensar aún, prácticamente no eres nada. ¿Sabes qué es lo que ha tenido tu padre siempre respecto a ti, Julián?…: Toda-La-Razón. Puede que se haya equivocado en otros ámbitos, pero en lo que respecta a ti, tu padre es un auténtico especialista. Ya… ¿Ya qué?… Creo que quiero irme. Vale, Julián, pero recuerda una cosa: el suicidio o intentar ser un mártir tampoco le da la razón a nadie; quizá el sufrimiento, a veces. En fin. ¿Quién quiere ser el siguiente?

calcetines-fulanos

80 ILEGIBLES (46 de 80) – Joely existe

El tío nos hablaba con una amplia sonrisa, recordando. Tampoco hacía tanto, pero para él era divertido rememorarlo así: como si hablara de su mili. Prácticamente acababa de llegar. Había vivido un par de años en California. Había acabado la universidad cuando fue, y allí conoció a varios chicos de un equipo de fútbol americano. Lo de aprender inglés. Se hicieron amigos y se dedicaban a salir casi todos los días a beber. Se acostumbró a esa rutina universitaria. Los deportistas lo abarcaban todo. El deporte, las drogas, y por supuesto: las tías.
Las tías eran tías, igual que ellos eran tíos para ellas; maromos, fulanos. En cierta manera, objetos. El vibrador con el que tienes que charlar antes; la vagina de silicona con la que te tomas cinco cervezas mientras fantaseas con lo que realmente quieres. Tíos y tías, ambos borrachos, ambos jóvenes, y a menudo ambos bajo la sombra del dedo acusador, que igual puede pertenecer a un cura que a un activista.
Son tiempos confusos, pero ¿cuándo no lo son?
A veces sorprende desde dónde llegan las mayores cuotas de ingenuidad.

El tío no paraba de rajar. Nos habló de un tal Joey. Le hablaron de él antes de conocerlo él mismo. Hubiese parecido que se lo inventaba todo si no fuese por la cantidad de detalles, pormenores y minucias con que nos describía sus aventuras.
Joey, al parecer, tenía carisma y una polla legendaria. No necesariamente por el tamaño. Digamos que la polla de Joey pasaba poco tiempo en los calzoncillos o al aire libre. Joey tenía una relación sencilla con las chicas. Él se acercaba a ellas, o ellas a él, y luego follaban como conejos. Todo el mundo sabía que Joey no tenía novia. Tampoco es que las chicas que iban con él tuviesen novio (al menos la mayoría de veces). Joey tampoco hacía nada del otro mundo; sólo lo que una y otra vez te dicen que hagas cuando eres joven: Disfrutar “ahora que puedes”. Daba la casualidad de que el sexo era sumamente eficaz para lograr ese objetivo. Joey miraba hacia abajo, veía su polla entre las tetas de alguien y pensaba: Así que de esto se trata.
Joey, ni que decir tiene, era futbolista. A veces echaba una mano a sus compañeros para ligar, pero normalmente se ceñía al disfrute propio e intransferible. Era lo que mejor le funcionaba, y era también lo que sus parejas sexuales le pedían. Sin piedad. A todo lo que dé.
Se hicieron famosas las pequeñas orgías de Joey. Le gustaba quedar con cuatro o cinco chicas, y luego acostarse con todas a la vez. Ellas hurgaban en él como si fuese un muñeco de sex shop. A veces le ataban, le azotaban. Joey se corría como una manguera, una y otra vez, sin apenas descanso. A veces había más chicas mirando, y a veces se animaban si la polla de Joey quedaba libre. Las muchachas succionaban a Joey y hurgaban en el culo de Joey. Montaban a Joey y cumplían con su deber de juventud.

Lo de aprender inglés.

El muchacho cambió el gesto, y nos dijo:
–El puto inglés, tío. Aún estaba muy verde.
Lo había entendido todo al revés.
–Creo que fue por lo de futbolista.
Pero resulta que allí el fútbol, el soccer, es muy popular entre las chicas.

Porque no era Joey, era Joely.

Nos dijo que cuando lo entendió, todo lo que sonaba gamberro y divertido se convirtió en sospechas y denuncias potenciales. Violación y Violencia.
¿Joely? ¿Una tía follando a ese ritmo? ¿Dejando que cuatro, cinco, o más tíos se la follen y hurguen en ella como si fuera una masa impersonal? ¿Y disfrutando con ello?
–Me puse a hacer preguntas. Todo aquello me sonaba fatal, ya sabéis por qué. Pero no habría hecho falta, porque días más tarde la conocí.
Hablamos y bebimos y nos entendimos. ¿Y sabéis qué? –dijo el tipo–. Joely existe.

pornomass.com-478

80 ILEGIBLES (45 de 80) – Abel observa las hormigas

Paredes rugosas, blancas, de obra rápida, descuidada pero sólida. Básicamente muros. Abel ya no siente exactamente miedo. Ya no llora. Sólo espera. Su mente comienza disfrutar de cierto reposo. Los pensamientos llegan uno a uno, lentos pero sin pausa, cada vez menos desagradables. Observa una hilera de hormigas en el suelo. Indiferentes, pero ahora cargadas de significado. Ahí están papá y mamá. Ahí están los libros y las películas. Humanos y objetos, ambos con patas. Ahí están sus amigos. Todo está vivo y es parte de su pasado. Ahí están sus creaciones, los poemas y relatos. Los personajes tóxicos, según se ha decidido.
El futuro ya ha llegado, y ya no va haber más.
Abel ya es oficialmente un mal ejemplo. Un peligro típico pero terminal para los jóvenes.
El Nuevo Orden sólo se arrepiente de una cosa: No haberse dado cuenta antes.
La celda tiene un pequeño ventanuco, cerca del techo. El sol entra furibundo. El sol nunca ha tenido tanto sentido.
Un auténtico militante, sonriente y armado, abre una puerta de madera que da a un patio. La llave ha dado varios giros.
El tipo levanta a Abel con malas maneras. Abel incluso siente cierto alivio. Demasiado tiempo el culo en ese suelo duro.
La pequeña celda se queda vacía. Las hormigas no se alteran, pese al estruendo del pelotón de fusilamiento.

140841_web-k1AG--620x349@abc

80 ILEGIBLES (44 de 80) – Imágenes de la verdad absoluta

El stalker abrumado por el peso del sentido de su vida. Dennis Hopper fumándose el último pitillo antes de que Christopher Walken lo mate a tiros. El Dr Manhattan rendido a la juventud de Espectro de Seda. Vincent Cassel camino al Rectum, buscando al violador de su novia. John Travolta iluminado por el contenido del maletín. Jack Lemmon paseando en la noche fría mientras algún jefazo usa su apartamento. Robert De Niro llevándose a la sien el dedo ensangrentado. DiCaprio enseñando a escupir a Kate Winslet. Stallone acribillando a un montón de enemigos en la selva. Ripley venciendo en bragas. El estoicismo de Kathleen Turner mientras, una a una, sus hijas se suicidan. El desayuno de Michael Douglas en McDonald’s, que no llega. La poblada mente de John Malkovich. El reloj de oro de Bruce Willis. La cara de Paul Giamatti cuando se atreve a mirar a los ojos a Virginia Madsen. Julie Delpy bailando como Nina Simone. Heather Graham hostiando con sus patines a un gilipollas. Bill Pullman alentando con sus palabras a los soldados tras la invasión alienígena. Marv tomando a una copa, y otra copa. Cary Grant aclarando el lío con los monos. George Clooney aguantando a su asqueroso hermano Tarantino. La Novia partiendo en dos a uno de los maníacos. La paciencia del padre Karras. El vello púbico de Sharon Stone. El culo de Mel Gibson. El orgasmo fingido de Meg. La muerte de Boromir. Las cenizas en la cara de Lebowski. La escalada de Tom Cruise. La lluvia de ranas como catarsis.
El susurro final de Bob.
El mejor pozo sin fondo.
Imágenes de la verdad absoluta.

rollo-pelicula-vacio (1)

80 ILEGIBLES (43 de 80) – Port Aventura, la aventura de tu vida

Estaba tan salido. De todas formas, sólo recuerdo momentos puntuales en que eso no haya sido así. Nunca largas temporadas. He dejado de preguntarme si le pasa a todo el mundo. De todos modos tengo una gran capacidad de control. Al menos de lo que hago. Lo que pienso es otro asunto. Me da ternura esa gente que pretende que jamás tiene pensamientos sucios. Que no fantasean nunca con cosas terribles. Pareciera que tienen la mente esterilizada, sólo poblada de bondad y planes nobles. Puedo llegar a creerme que no estén todos tan salidos como yo, pero no que sólo meen agua Solán y caguen altruismo.
Creo que es sano pensar a menudo en uno mismo cagando. Te recuerda de un modo gráfico (y constructivamente patético) que sigues siendo un animal, uno tan asqueroso como el resto. Da igual que en tu casa nunca se tuerza un cuadro, o que jamás te saltes la ducha diaria. Has de saber que tú también apestas.

Aquel día en Port Aventura estaba salido, sí, pero qué esperabas. Tenía veintidós años, era pleno verano. Casi todo alrededor viene a asegurarse, casi con malas maneras, de que la tengas como mínimo morcillona.
Hombros, ombligos, piernas y pies. Entretetos por todas partes. Cuellos latiendo, culos marcados. Manicura y pedicura.
Biquini, Martini, o esa bebida blanca, Daiquiri: parece que le hayan servido tu semen fresquito a esa chica en el otro extremo de la terraza.
Y así un largo etcétera de motivos.
La anécdota en Port Aventura es sólo un granito de arena en esta playa de la pornografía, donde la marea sólo sube con lluvia dorada.

Estábamos haciendo cola para una de esas atracciones semiacuáticas. Parece que te salpicará algo de agua, pero luego sales empapado. Llevábamos al menos media hora esperando. Estábamos en medio de una jungla prefabricada. Entre los arbustos había altavoces, emitían sonidos de pájaros exóticos, como si fuésemos a ver a King Kong en cualquier momento.
La fila de gente se encogía como un acordeón, separada por tiras de tela. Las personas que veías venir a tu izquierda, eran las que venían detrás de ti.
Había largas esperas en que la fila ni tan siquiera avanzaba. Diez, quince minutos plantados en el mismo sitio. El sol se filtraba entre la maleza planeada de despacho.
En una de esas esperas, vi a la chica.
No era la única, y no era necesariamente la más guapa; no según el canon. Pero ya sabemos cómo funciona eso. Los gustos personales y el canon suelen coincidir sobre todo en lo verbal. Si la gente habla, de repente necesitan ponerse todos de acuerdo. Pero lo que a ti realmente te pone muchas veces, es esa chica gordita de cara amable y polvo prometedoramente agradecido; o esa otra muchacha de nariz aguileña y sonrisa guarra. Es en la pulsión personal donde irremisiblemente está el gusto. El momento y la persona que en ese instante se mete en tu bragueta. Por eso esos anuncios con modelos delgadas desesperadamente canon, me la suelen dejar como un cacahuete. La perfección me parece la fantasía de un hijo de padres hermanos; esa es la gente que de verdad me parece pervertida: los auténticos sociópatas, los a menudo psicópatas.

Solo en algo puedo estar de acuerdo con el psicópata, aunque sólo sea parcialmente: La juventud es poderosa.
Es indiscutible. Y eso no quiere decir que no me pueda poner como una moto con tías de cuarenta, cincuenta o incluso más. Puedo, y lo hago. Pero es evidente que la juventud te juega a favor. Puedes no parecer una gran belleza, pero si eres joven, definitivamente podrás competir en modo profesional. Siempre te clasificarás para las olimpiadas del polvo.
Dicen que con los tíos es distinto, y que la madurez tiende a sentarles mejor. Ni siquiera voy a entrar ahí. No participo de esa estadística.
También sé que hay chicas que ganan en atractivo con los años. Pero no nos engañemos, hay otras que son una bomba de relojería desde los quince hasta los veinte años. Todos los grises; desde justo antes de la edad de consentimiento hasta justo después la mayoría de edad legal. Un ámbito claro para los moralistas. Los números encajan a la perfección para ellos. Ellos nunca, y repito: jamás, en absoluto, mirarán con deseo a una chica no legal… Ellos calculan a ojo.
Los mayores hipócritas del sistema moral.
Menuda panda de mentirosos y cagones. Lo meones de agua Solán. No os cree ni vuestra madre. Sois lo más retorcido de la especie humana. Hay que tener demasiado que esconder para ser tan falso.

No sabía qué edad tenía la chica. Es verdad, a veces no se sabe. ¿Tan difícil es de entender? No llevan el puñetero número en la frente. Obviamente sabes que es joven, pero también puedes ver claramente que está más que desarrollada. Teniendo yo veintidós años, para mí aquella chavala era lo que un like para un activista moderno. Se me puso tan dura que caminé como un pato hasta el momento de la atracción.
Justo antes de las curvas y los mareos, eché un vistazo hacia atrás. Quería verla una última vez. Cuando por fin logré localizarla, ella también estaba mirando. Sonrió.
Pero entonces una mano llamó mi atención, aleteando justo frente a su cara.
Parecía decir:
“Eh. Capullo. Holaaaa”.
Era un señor que debía rondar los cincuenta. El padre, supuse.
Me miró haciendo que no con la cabeza, con el dedo, y más o menos con todo el cuerpo. No le cupo ni una sonrisa irónica.

Miras para otro lado. Uno de esos instantes de sobriedad. Dejas de estar salido esos cinco segundos.

El momento pasó, excepto por el presemen en los calzoncillos.
Hamburguesas.
Estuvimos vagando por el parque, intentando mantener la comida en el estómago. Comenté lo de la chica con mis tres acompañantes. Ellos también la habían visto. Todo el mundo la había visto. El gusto global auténtico.
Los vaqueros recortados y el top, empapada de anteriores atracciones, el pelo pegado a la cara. La cara redonda y curvas tipo Biodramina. Sus pechos grandes, redondos y blancos, probablemente con la marca del biquini cuando iba desnuda. Un culo que sólo había oído rumores sobre la ley de la gravedad. Un rollo muy crudo para los salidos, que éramos más o menos todos. Una muchacha entre buenos mozos en la superficie; sangre para tiburones en el fondo. Los ojos masticando para que mi polla pudiera digerirlo por la noche.
La dinámica bajo la dinámica.

La verdad sin cortar, sólo para las narices más fuertes

Hablando durante el café.

Por la tarde nos volvimos a encontrar con ella. Ya la dábamos por perdida. Estábamos tomando el cortado en una suerte de taberna turística del Far West. Estaba sentada con su gordo padre. No había madre a la vista, lo que hubiera sido interesante. El padre se comportaba de forma previsible. No era en absoluto amigo de su hija. Tampoco debía ser exactamente su educador. Era más bien el carcelero, y su idea de criar a una niña debía ser pintar los barrotes de color rosa.
La jaula cuqui.
Puede que a ella eso le gustara, pero también puede que no. Ella había mirado hacia donde estábamos nosotros. Nos vio antes que nosotros ella. Y luego vimos cómo se ponía a discutir con su padre.
En cierto momento, se levantó y se fue al lavabo.
Estuvimos pendientes.
La chica tardaba en volver.
Son curiosas las variaciones inesperadas en el ruido. Te ponen alerta enseguida. Tu cerebro descarta todo lo previsible, y se centra. Cuando la gente nota eso, y cuando sabe que el silencio es importante para aislar ese sonido inesperado, tiende a ponerse de acuerdo.
Los gemidos empezaron a llegar de forma clara desde el lavabo.
Cuando nos volvimos a mirar al padre de la muchacha, ya estaba corriendo en esa dirección.
Vimos cómo sacó a empujones de los servicios a un muchacho de unos veinticinco años. Los pantalones y los calzoncillos por las rodillas.
Le miramos como si nos representara a todos.
Nunca puedes hablar en nombre de todo un colectivo, hasta que lo haces, y nunca eres consciente de ello cuando lo haces. No suelen ser palabras, además, sino acciones; y raramente son acciones políticas.
El chaval estaba tembloroso; cayó de rodillas; su pene aún enhiesto comenzó a escupir lefa.
El padre de la chica había ido a buscarla al servicio. La trajo agarrada de un brazo, apenas vestida. Vio el charquito de semen en el suelo.
Gritó:
–¡Sólo tiene dieciséis años, hijo de puta!
A lo que la chica, furiosa con su padre, agregó:
–¡¡Cumplo diecisiete la semana que viene!!

portaventura-park_fondo_far-west_04