Lo de vivir

Lo de nacer es un dato sin más. No te acuerdas de un carajo. Te lo digo para que no esperes miradas de felicidad y fuegos artificiales de los que hablar. Tardas unos años en ser consciente de algo, no empiezas a fabricar recuerdos sin más. Es jodido, porque podría ser la mejor etapa, pero nanay, es todo una nebulosa, casi igual que no haber nacido o que haber muerto.
Lo de ser un crío blanco y occidental… Si acabas siendo gay o trans tendrás un pase. Supongo que no podías hacer nada, y que eso no se elige, pero yo te aviso. De todas formas no sé con qué rollo político te encontrarás cuando ya te la estés cascando todo el día y preguntándote de qué coño va todo esto.
Pero no me quiero avanzar. Es probable que coseches los primeros recuerdos en el parvulario. De entrada es posible que el colegio te guste. Sobre todo porque lo único que harán contigo es procurar hacerte olvidar a tus padres durante unas horas. Es porque ellos tienen que trabajar. La tapadera es la idea de la educación académica, pero eso ya lo irás viendo.
Harás amigos iguales que tú. En esencia, quiero decir. Es probable que sean de distinta raza o condición en general. Si tienes suerte con tu entorno inmediato, no serás un racista o un intolerante, aunque tampoco es que se premie serlo o no. La mayoría de gente no habla de esas cosas. Te recomiendo que tú tampoco lo hagas. Si eres racista, tendrás la tentación de dar salida a tu odio; y si no lo eres, quizá quieras mostrarte como “antirracista” (o anti-lo-que-sea) para dar gustito a tu ego. Cualquiera de las dos opciones te convertirá en un gilipollas antes de que te des cuenta. Mi consejo: tolerancia y discreción. Es muy fácil que eso ya sea lo mejor para todos a largo plazo.
Te críes o no como un capullo, recuerda que tu vida académica se te venderá como crucial en relación con tu futuro. Los adultos, que ya te tendrán aparcado en un aula, estarán deseando aparcarte en un curro. No es fácil resumir ese proceso de desgaste personal. Te recomendaría lecturas propias e intentar no convertirte en el gregario de nadie.
Vas a ir creciendo muy lentamente. Lo de la vida es un video a cámara lenta hasta los veinte o así, y luego es como si bajaras por una ladera a toda leche mientras piensas qué cojones ha sido de todos tus planes.
No hagas mucho caso de los discursos cerrados o muy categóricos (ni de este si te lo parece). Recuerda que la historia siempre la escriben los vencedores, y que a la gente le encanta sentirse parte del “bando bueno”. Casi todos los que se posicionan de una forma muy marcada, odian a quienes relativizan y no se acaban de casar con nadie. En tu mano está pensar por ti mismo o simplemente unirte a una corriente. Lo más difícil muchas veces es no darte cuenta de que te has unido a una corriente, mientras crees que estás pensando por ti mismo.
Cuidado con todo eso, sobre todo en tus años de lo que llaman “formación”. Si vas a la universidad, es muy probable que haya una línea de pensamiento marcada a la que querrán adherirte. Es fácil que te presionen para ello.
Yo sólo te aviso.

Voy a dar por hecho que pasarás por tu más tierna juventud como un chaval más. Atolondrado pero bienintencionado. Tardarás poco en querer follar. Seas hetero o no, vas a querer follar casi seguro. Digo casi porque no es una pulsión que todo el mundo quiera o pueda llevar a cabo. Pero digamos que hay un 99% de posibilidades de que quieras follar como un conejo desde los 13 años.
Según con quién hables, el tema del sexo parecerá algo natural que llevar a cabo (con cierta torpeza al principio), o algo tremendamente complicado y oscuro que se podría considerar una violación (tuya) nueve de cada diez veces aun sin que te des cuenta.
Sólo puedo advertirte desde los códigos del presente. Como ya dije antes, cuando tú seas un adolescente, el mundo podría ser algo distinto, quizá menos paranoico y puritano que ahora.
Poco más que decir sobre el sexo, esto sólo son pinceladas. Descubrirás antes el porno, eso sí, casi seguro. Nuevamente, habrá quien entenderá tu curiosidad y el hecho de usar cierto material para masturbarte, y otros te dirán que el porno fabrica violadores porque los chicos no sabéis distinguir la realidad de la ficción.
Te diría que no te preocupes. Nadie en su sano juicio ve porno y luego intenta replicarlo. No funciona así, a menos que quieras dar una explicación muy sencilla a temas enormemente complejos y delicados. Todo lo relacionado con las ideologías cerradas y sectarias, que trabajan con teorías casi siempre desquiciadas que la realidad se merienda enseguida, lo irás viendo poco a poco.

De adulto te verás dando bandazos debido a las compañías que hayas elegido. Lo siento, pero es muy difícil que tu trabajo te guste. Dependerá del carácter que hayas forjado el que apuntes a una vocación, y que además decidas ir en esa dirección. Verás que las cosas a menudo son mucho más complicadas cuando sabes lo que quieres. Pero lo cierto es que la felicidad no depende necesariamente del éxito en ese ámbito. Diría que la mediocridad (como media) tiene las de ganar en el terreno de proporcionar estabilidad y bienestar a una persona.
No te tomes esto como verdades absolutas. Sólo como observaciones bienintencionadas.
El hecho de que te instales en una relación monógama o no, tampoco definirá lo emocionante, positiva o significativa que pueda ser tu vida. Hay un camino que gana en popularidad, por supuesto. La mayoría (conservadores o no) te dirá o pensará que lo ideal es formar una familia. Encontrar a alguien que te acompañe allá donde vayas, y muy probablemente tener hijos con ese alguien.
Aquí entramos en un terreno farragoso, en el que nunca se sabe muy bien cuándo la gente elige eso por voluntad propia o debido a una rendición personal. Ten en cuenta que, aunque no tengas nada claro eso de querer formar una familia, una vez empieces, va a ser tan arduo, vas a tener tanto que perder, que apenas vas a tener tiempo de replantearte nada. Y aunque te lo replantees, la posibilidad de salirte de ahí y volver a empezar de otra manera, requiere de tanta energía y decisión, que lo más fácil es que lo olvides y sigas por el mismo camino.
No quiero asustarte; tanto el tener una familia como el no tenerla, conlleva seguro alegrías y putadas. Pero una de las dos opciones encajará mejor con lo que tú eres y lo que quieres.
E ahí el dilema.
Lo de la vida no es fácil, aunque dicen que merece la pena. Yo te contestaría una cosa distinta dependiendo del día y lo que me espere en la nevera.

Todo se acelerará, como ya dije antes. De los veinte a los cuarenta te habrá parecido poco más que un parpadeo. Y después sólo va más y más rápido.
No te voy a recomendar ni que te quedes quieto ni que viajes. No te voy a decir que vayas solo o siempre estés rodeado de ruido. No tendría sentido condicionarte más de lo que ya he podido hacerlo. Quizá folles cinco mil veces o cuarenta mil; quizá te cases o sólo hagas amistades. Quizá te veas con setenta y largos rodeado de hijos y nietos el día de Navidad, o sólo con tu última conquista cenando en algún sitio caro. Ambas cosas pueden ser un sueño dulce o una pesadilla. Y ambas cosas pueden simplemente ser lo suficientemente buenas para que no te tires a la vía del tren.

Y luego un día morirás. Con suerte en una cama.
Reconozco que a mí sí me gusta este trabajo, aunque luego ninguno me hagáis ni puto caso. Lo voy a decir por enésima vez. Esto sólo es lo de vivir. Vosotros sois la gota, pero yo, pipiolo de nuevo cuño: yo soy el mar.

vida

Bully

Usted lo ha querido. A continuación, vida y milagros de moi. Los pensamientos del villano, el escollo de la clase, la maldición –con mis iguales– del sistema educativo.

Iré viendo cómo enfoco esto a medida que avance. Supongo que usted piensa que me vendrá bien enfrentarme a mi propia lista de pecados. No creo que espere que me derrumbe, llore y luego exija una cruz de madera de setenta kilos que arrastrar.
Dudo que eso pase. Pero hoy es martes, día de mierda donde los haya, y pega bastante con el martes hacer una actividad académica para el loquero del centro.

Creo que todo empezó allá por 2017. Para mí hace un huevo. Recuerde lo leeento que pasa el tiempo cuando aún eres un crío.
Salimos varios una tarde de sábado a hacer botellón. Vino un chaval ajeno al grupo habitual, y comenzamos a torturarle.
Creo que nunca me había sentido tan vivo. ¿Cómo se llamaba? Era el primo de alguien. Le comenzamos a poner pruebas, porque vimos que tenía muchas ganas de ser amigo nuestro. (Le sorprendería la cantidad de alumnos que quieren ser amigos nuestros. El Diablo logra siempre las mejores erecciones, moja bragas como ningún comportamiento ejemplar logrará jamás.)
El caso es que le fuimos puteando, y el muy gilipollas se sentía querido cuando le dábamos el visto bueno después robar una sandía o escupir a un anciano. La última prueba era comerse una mierda de perro. Buscamos una bien gorda (no es tan fácil, ahora todo el mundo se ha vuelto tannn cívico). Cuando nos aseguramos de que la masticaba, nos largamos corriendo y riendo, incluso sin poder evitar algunas arcadas.
Fue increíble. Y no volvimos a ver al fulano.

Aquello fue durante el verano, y cuando comenzó el curso pensamos: JODER, esto lo podemos llevar a la clase.
Ya sabe cómo son las clases: si te descuidas, te matan por dentro. Te desecan el cerebro y chupan el alma. Los colegios son el mayor vampiro emocional e intelectual de entre todas las instituciones. Pero no me alargaré con las bondades del sistema educativo. Simplemente encontramos una forma de no morirnos de asco en medio de él. Era una opción cruel, lo sé, y totalmente prohibida, y por eso mismo tremendamente efectiva. La mitad de la clase eran víctimas potenciales ideales. Críos pasivos, perdidos, apagados, incapaces de reaccionar. Cadáveres que te atraían como un imán; y nosotros estábamos dispuestos a organizar los funerales.
Piense lo que quiera; esos críos recibían por primera vez una respuesta coherente a su actitud. Y nosotros sencillamente no queríamos acabar siendo como ellos: débiles, pusilánimes, ganado de los adultos.
Siempre se portaban como los buenos cochecitos aparcados de un parking. Porque eso es el colegio en esencia, eso es el instituto, don loqueras, un aparcadero de menores. El lugar donde te dejan para que el mundo adulto pueda seguir girando.

La primera víctima en el sagrado ámbito escolar, fue el famoso Carlos. Es ya una leyenda en el centro. Seguro que le suena, ¿Carlos Pinedo? Bueno, qué coño, supongo que habrá tenido sus sesiones con él. Aunque me cuesta imaginarlo articulando palabras y razonamientos.
Carlos era la víctima perfecta, el acabado ideal, un pastelito para el victimario hambriento, el más exquisito saco de boxeo humano. Joder, por no ser no era ni un empollón. ¿Qué clase de padres tenía ese chaval? ¿Cómo se puede ser tan inepto criando a alguien para que te salga semejante vegetal?
Pensará que insinúo que se lo merecía, pero créame, de no haberle puteado nosotros lo hubiesen hecho otros más adelante. Sólo era una cuestión de tiempo. La realidad es algo que simplemente sucede.
Carlos tenía leche desnatada por sangre, y parecía siempre aturdido, como si aún se estuviese preguntando por qué ya no estaba flotando en líquido amniótico.
Lo siento, pero sólo de recordarle me dan ganas de hacerle la zancadilla a alguien, o de meterle la cabeza en el váter.
Sé que no éramos muy originales, pero respetábamos los clásicos. El bully con estilo nunca tiene tanta intención de hacer daño físico como de humillar. Yo lo sé bien, porque aunque no lo crea, yo empecé siendo víctima de bullying.
¿Sabe cómo acabó aquello? A la quinta putada que me hicieron le rompí la nariz a un chaval de un cabezazo.
No volvieron a tocarme.
Algo que no entienden los adultos, es que el bullying no es cosa de adultos. El bullying es cosa de críos, y es algo que sólo se puede arreglar entre críos.
O dicho de otra forma, seas crío o seas adulto, hay ciertos asuntos de los que sólo te puedes encargar tú. El resto sólo son debates estériles.

Carlos no sabía eso, pero Carlos no sabía una mierda. Creo que ni siquiera nos tenía miedo; cuando nos veía venir, simplemente ponía el culo en pompa y esperaba a que pasase la tormenta. Como comprenderá, eso nos obligó a subir el tono. ¿Qué gracia tiene la tortura si al torturado le es indiferente?
Que sí, ya sé que no le era exactamente indiferente, ya he escuchado Rape Me de Nirvana. Pero no tiene sentido que los resultados del puteo no sean visibles.

Lo que nosotros queríamos era ver los fuegos artificiales. Que alguien suplicara, que llamara a su madre, que se meara o cagara encima, que se revolviera con torpeza o habilidad, que buscara en sí al hombre de las cavernas que cazó al primer mamut.
Joder, queríamos provocar un poco de VIDA.
Y sé que creerá que esto suena a justificación, pero hay aquí algo auténtico en juego, algo que estamos perdiendo como civilización. Nos estamos reblandeciendo como especie hasta límites realmente alarmantes.
Acabaremos olvidando de qué color es la sangre o a qué sabe el sudor. Primero sucumbirá la violencia que implica supervivencia, luego el sudor del buen sexo, y finalmente pastaremos como vacas hablando un idioma generado por un ser de luz mitad máquina mitad soplapollas.

¿Qué le parece? ¿Le gusta más mi versión expositiva o la literaria? Lo crea o no, he pensado en esas cosas. Me he preguntado muchas veces por qué ese idiota albino nunca se defendió. Ni aplastándole la cara contra las heces de Estefanía.
Por cierto, ¿Estefanía y Tania también tendrán que escribirle un psico-rollo patatero? Ellas siempre han estado conmigo, y han sido tan hijas de puta como yo. Sé que son chicas, y que eso choca preocupantemente con ciertas narrativas a las que el instituto se ha adherido. O, espere, ¿jugarán la carta de la victimización? ¿Las presentarán como mis esbirros, como si sólo me hubiesen seguido la corriente-pobrecitas-de-ellas? No dudo un instante que son ustedes capaces de perfilar esa historia, ahora la peña compra relatos que son puro vómito de perro ideológico.
Aunque me da que esta vez no lo van a tener fácil para poner en pie la monserga patriarcal. He visto a Estefanía y a Tanía hacer llorar a compañeros sólo hablándoles un poquito cada día de su “patética virginidad”. Son peores que un cáncer de huevos.
Es útil tener a dos chicas contigo. Se produce una especie de cortocircuito en el agredido. Es como si vieran algo ético en el hecho de no defenderse, como si fuese demasiado absurdo tener que plantar cara a dos chicas y un chico.

Carlos comió mierda y luego llegó Ernesto. Ernesto se picaba simplemente con burlarse de su nombre, “nombre de viejo”, decía Tania. Durante semanas estuvo con lo del nombre de viejo. Usamos con él una táctica que luego ya siempre fue la misma. Tania o Estefanía pinchaban verbalmente a alguien, durante días, durante semanas. Freían a alguien a base de insistencia. Casi cualquier cosa valía. Difundir que alguien tenía la polla anormalmente pequeña, o que se había follado a una puta. O que follaba con su madre. Si repetías lo suficiente una mentira… bueno, ya sabe. Qué le voy a decir a usted, seguro que ha oído de la ingeniería social que corre por los pasillos… La gente está dispuesta a creerse cualquier cosa si A: Es humillante, o B: Es emocional. Lo primero sirve para el bullying, y lo segundo para la política. Aunque viene a ser lo mismo. Allana el terreno a cualquier tipo de ser mezquino, y es puro placer para los ignorantes, que de golpe creen saber por qué pasa cualquier cosa que pase en el mundo.
Se preguntará si yo me considero mezquino o ignorante.
Le dejo a usted el placer de (juzgar) valorar eso.
Cuando Tanía ya le había inflado los cojones a Ernesto hasta el punto de no retorno, un día a la salida él se rebotó amenazándola levantando el puño, totalmente fuera de sí. Ernesto tenía nombre de viejo y era virgen y una vez se comió una polla en el aparcamiento del Luna. Entre otras lindezas. Y Ernesto reacciona, y ahí estoy yo para defender a Tania. Yo, el aliado. Yo no me quedo quieto si le levantan la mano a una chica. Ernesto jugaba con ventaja, Ernesto el chico blanquito, con todo el Patriarcado aupándole. Y quería atizar a una compañera de clase. Ernesto, si me lo curro sales en el puto telediario.
Ernesto tenía esa cara de capullo fiestero que la gente asocia a los miembros de La Manada. Si no fuera porque comía pollas, hubiese acabado violando a alguna chica de la clase. Así acababan esas cosas. Eso era lo que pasaba.
Lo irónico es que el pobre bastardo no era más que un aplicado empollón. Un cagado con memoria de elefante.
Otro día le pillamos  camino a casa y le freímos a patadas en el suelo en un descampado. El toque final fue un escupitajo de Tania en su boca. (Ella le ordenó que la abriera, y él la abrió).
¿Y sabe que pasó? Vimos un bulto enorme en su bragueta antes de irnos.

Ernesto no solo no era gay, además le iban todo tipo de perversiones mientras hubiese una chica implicada. Nos lo dejó muy claro en varios encuentros. La única buena jugada fue difundir fotos y videos porno supuestamente suyos (de su disco duro). Todo tipo de sado extremo, ademas de lluvia dorada, coprofagia y hasta zoofilia.
Las palizas y torturas habitualmente tan eficaces, con él no funcionaban. Al tío le bastaba con imaginarse la pedicura de las chicas mientras le pateaban, y se le ponía como un canto rodado. Pero lo del porno sí le jodió.
No siempre es fácil saber con qué se humilla a la gente. Hay que tener en cuenta que la humillación es algo a lo que estamos muy hechos, aunque a veces no sea fácil discernirla de lo que consideramos digno.
Todo salió bien. Los profesores y los padres de Ernesto vieron su porno, lo juzgaron con la hipocresía habitual (por supuesto, hay que ser gilipollas…) y él intento suicidarse, sin éxito.
Es lo máximo a lo que puedes aspirar como bully. Ese tipo de límite. Le aseguro que Ernesto no ha vuelto jamás a ser el mismo, y apostaría algo a que ahora ya no es de corchopán.

Si se pregunta si también atosigamos a las chicas, le diré que no tanto. De hecho casi nada. A mí me motiva poco, y el único par de ocasiones en que martirizamos al sexo femenino, fue sobre todo cosa de Tania y Estefanía, y todo verbal. Es algo que he ido comprobando con el tiempo. Los chavales salen perdiendo la mayoría de veces y en la mayoría de ámbitos. Las chavalas se tienen que joder también muchas veces, ojo, pero como es más puntual también parece más grave. Se ha montado todo un discurso político-emocional alrededor de eso. Se ha explotado hasta la saciedad, incluso hasta el puritanismo. Usted lo sabe. Pero lo cierto es que si eres un chaval, tienes MUCHOS más boletos para que alguien te haga bullying o te ataque por la calle. En general, violadores y tarados maltratadores aparte, ahora una chica tiene las de ganar.
No sé por qué es, pero en las tías no percibo casi nunca ese aura de estupidez irritante que sí veo en los críos. Ese rótulo en letras luminosas de puticlub que dice: JÓDEME.
Seguro que sabe que hablo del presente, del pasado reciente. Y desde mi perspectiva. Como hace absolutamente todo el mundo. ¿Cuántos casos de seres omniscientes se han catalogado?

Me doy cuenta de que si enumero a todos los chavales a los que hemos puteado, esto se va a convertir en una novela corta. Y nada más lejos de mi intención que escribir un libro. ¿Se imagina? Seguro que usted tiene contactos. ¿Cree que lo ilegalizarían? Me puedo imaginar a todas las instituciones de izquierdas poniendo el grito en el cielo. Y luego, tarde como siempre, a las de derechas, intentando subirse al barco. Me enternece lo perdidos que están los conservadores; los teóricos progresistas les están robando el ochenta por ciento del discurso. ¿No es una puta locura?

Como sea, sólo le ofreceré dos ejemplos más del terrorífico mundo del bullying. Luego, algo de fanfarria para cerrar, y hasta otra.

Le hablaré de Patán. Ni siquiera sé cómo se llama. Todo el mundo le llama Patán, incluidos la mayoría de profesores. Se habla poco del bullying grupal y plenamente aceptado. ¿Usted ha llegado a tratarle? Sería gracioso que también le llamara Patán.
Patán es un auténtico desgraciado, un despojo a todos los niveles. Te hace preguntarte cómo coño le han preparado sus padres para el mundo. Hay gente que cree que podrá cambiar el terreno de juego global, creen que el mundo se acabará adaptando a ellos. No sé si Patán cree eso, más bien es otro Carlos, otro ser sin sangre, pero supongo que sus padres sí deben ser así. Es como esas feministas que hablan del miedo que tiene una mujer a las tres de la mañana en un callejón cuando oye pisadas detrás. No te jode. Y creen que ellas son las únicas que tienen miedo, y que el mundo es distinto para los demás. Creo que es algo propio de la educación de las víctimas de bullying, cierto tipo de ingenuidad egoísta que viene inculcada por la educación que reciben.
Patán fue acribillado a insultos por Tania y Estefanía, y un día le pegó una patada en el coño a Tania.
Tras eso, volvimos a tener luz verde para aterrorizar a otro chavalín carente de herramientas.
Una tarde le robamos la mochila. Se la devolví al día siguiente después de haberme pajeado dentro de los tres libros que llevaba.

No creo que usted sea tan simple como para concluir que lo único que hago es culpar a las víctimas. Ha de saber que yo sé perfectamente que no soy lo que llaman una buena persona. Pero le diré una cosa, cualquiera es susceptible de convertirse en un abusón. Una vez cruzas la línea las suficientes veces, esta se desdibuja. Puedes ser abusón o víctima, o incluso víctima y luego abusón (y viceversa). O incluso ambas a la vez.
Esto tiene que ver con el último ejemplo.
Dani el capullo. Un pelirrojo al que dábamos por saco simplemente por ser pelirrojo. ¿Se ha fijado en que los pelirrojos aún no son considerados una minoría y se hacen chistes sobre ellos con toda tranquilidad? ¿Y, nuevamente, ha visto que casi nunca se mete nadie con las pelirrojas? Incluso he llegado a oír que los pelirrojos son el precio que ha habido que pagar por tener pelirrojas…
Chistes sobre que son pelirrojos. ¿Se imagina hacer lo mismo con otros tonos de piel o con ciertas tendencias sexuales? A veces intentas racionalizar tu posición de villano, y, aunque es inútil, sí captas muchas hipocresías de la gente buena o que se cree buena. Son un pozo insondable de contradicciones. Van en rebaño y no dudan en tergiversar o mentir o darle la vuelta a cualquier argumento con tal de que no les quiten las alas.
Este Dani, Dani el capullo, como le llamábamos, estuvo seis meses en el colegio y luego se desapuntó. Le clichamos enseguida. No tenía el más mínimo carácter, no hablaba, sólo existía en términos estrictamente físicos. Dani el capullo. Recuerdo que le odiaba. ¿Alguna vez ha odiado a alguien sin motivo? Seguro que sí, le pasa a todo el mundo. Es otra de esas cosas en las que mucha gente miente.
Dani olía raro. Durante semanas, Tania le estuvo diciendo que apestaba. Hasta le pasaba notitas, como si fuera una enamorada; él desplegaba el papelito y:
Hueles a mierda.
Le metimos miedo varias veces en el camino del colegio a casa. Era un enclenque y un pirado.
Quizá se acuerde de su madre, la que dijo que yo era el más peligroso porque tenía dos cerebros de más, entre otras perlas. Reconozco que no esperaba un comentario así de semejante estúpida inoperante. No podía creer que ella hubiera parido a ese mocoso llorón.
La jodienda final fue con pis. Tania y Estefanía le sujetaron detrás de una fábrica, y yo me meé sobre él. Quería hacerlo en su boca, pero el capullín se agitaba como un insecto cuando enchufas el insecticida eléctrico.

Cuál fue nuestra sorpresa cuando, un día que dábamos vueltas lejos del barrio, vimos a buena distancia al capullín reventando a puñetazos a un chaval un par de años menor, mientras otros dos chicos sujetaban al desgraciado.
No nos hicimos notar, y al día siguiente volvimos, y ahí estaban otra vez, pateando al mismo chavalín en el monte bajo.
Reconozco que la imagen me enterneció. Tania dijo:
–¡Dani el capullo es un psicópata! Ahora no sabría si follármelo o matarlo…

Ahora hace mucho que nadie nos atrae lo suficiente para machacarlo. Estefanía está saliendo con un memo empollón al que hace un año ella misma habría humillado con gusto. Tania está como apagada, mohína. Y yo últimamente no hago más que hablar con adultos. Creo que es evidente que se me considera el problema principal, y que una vez atajado dicho problema, el resto caerá por su propio peso. Por supuesto, ambos sabemos que no existen las mujeres peligrosas, y que es increíblemente mezquino y misógino contemplar esa posibilidad (que como mucho sería marginal, ¿verdad, doctor?).
Así que estoy pensando en entregar las armas que no tengo.
Un día me preguntó qué haría si un hijo mío fuera víctima de bullying. No le contesté, me pareció una pregunta absolutamente vulgar, aunque sólo sea por lo obvio de la respuesta.
Supongo que cualquier otra persona iniciaría una especie de danza del diálogo y la administración adulta, intentando proponer medidas para un grave problema social, en lugar de centrarse en su caso y dejarse de gilipolleces.
Lo que yo haría, señor comecocos, y ya que ha quedado claro que no soy un ciudadano modelo, es decirle a mi hijo que al día siguiente le pegara a traición una patada en los huevos lo más fuerte que pudiera a su agresor. Después me presentaría en casa de sus padres con una nota describiendo lo sucedido, y sin mediar palabra le pegaría una patada en los huevos a él y otra en el coño a ella (o a los cuatro huevos o dos coños, si es el caso). Siempre ha de ser con toda la fuerza posible, buscando daños permanentes. Nadie que vaya a por el empate logra la victoria.

Algo que usted no entiende es que yo no quería ser bueno. Y que ser malo casi siempre se premia. Puede que no a medio plazo, pero si a efectos inmediatos. Lo he probado todo antes que los demás, conozco a las personas mucho mejor que los demás, he follado mucho antes que cualquier compañero de clase. Y por cierto, con absoluto consentimiento y con chicas modélicas de notazas y un discurso de lo más pacifista o hasta teóricamente feminista. Pregunte y serán incapaces de decirle la verdad.
Pero dígame, ¿cree que yo le mentiría?

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Me encanta tu libro

Hay una escritora joven de verbo claro y fluido a la que M. le gustaría tirarse. Evidentemente no se trata sólo de la cuestión sexual; hay también una vaga fantasía de convivencia y envejecimiento juntos en un porche bebiendo limonada al atardecer. Pero por el momento lo que de verdad querría M. es follar duro y de forma políticamente incorrecta con la escritora.
No sabe muy bien cómo es. Sabe que es inteligente, guapa, que tiene un par de libros publicados y que sabe venderse sin resultar vulgar o fuente de vergüenza ajena. Se adapta a las circunstancias y, aunque M. no ha leído aún ninguno de sus libros, por las portadas y las sinopsis todo tiene pinta de ser de lo más correcto y neutro, con ese tipo de sabiduría genérica sin riesgo que luce bien pero queda muy lejos de un análisis profundo o certero de las cosas, ya que éste requeriría de algunas ideas incómodas y menos lecciones vitales mullidas y vagas.
M. tiene prejuicios como todo el mundo.
Sin embargo, un día compra el último libro de la escritora. Un tocho de tapa dura a un precio con el que llenarías un maleta en cualquier librería de segunda mano. M. se arrepiente de haberlo comprado ya antes de salir de la tienda. ¿Por qué lo ha comprado? ¿No hubiera sido más honesto y ajustado hacerse otra paja con sus fotos en la red?
El libro está muy bien editado y escrito. Es bonito y huele bien. Es más o menos absorbente, y es completamente inofensivo. Un trabajo calculado y sustentado en el último cebo de ventas: la “novedad” de las historias no contadas sobre mujeres. Escribe una mujer y protagoniza una mujer. Increíble, inédito, algo completamente nuevo y refrescante. Al menos esa es la idea.
M. devora el libro más para acabarlo cuanto antes que porque le entusiasme. Vale, piensa, ahora al menos puedo presentarme como fan llegado el momento. Al fin y al cabo es la clase de libro que, aunque morirá con sus ventas, es digno y uno puede defenderlo sin que se le caiga la cara de vergüenza. Incluso puede fingir que le entusiasma y le parece de lo más valiente y original. Basta con evitar sacar a colación que Jane Austen ya hizo lo mismo pero de forma exquisita y magistral en el siglo XVIII. En general es mejor evitar todo tipo de referencias. Hay que centrarse en la nueva escritora genial que no lo es. Pasa con casi cada escritor con el que una editorial se juega los cuartos. Tiene que parecer la nueva sensación; alguien que ha llegado para romper por fin el himen del mojigato mercado editorial actual.
Por fin alguien joven que aporta verdadero Rock & Roll, literatura y activismo. Uau. No como esos vejestorios que uno ya no puede recordar si han muerto.
El mercado dicta lo que es sana incorrección política (corrección política en el fondo) y lo que sólo es reaccionarismo.

M. a veces comenta muy respetuosamente las publicaciones de la escritora en Instagram. Obviamente sin ningún tipo de reacción por su parte. Hay algo que las redes sociales reflejan con una precisión escalofriante. Hay CLASES en todo. Con su grado de popularidad, la escritora muy difícilmente interactuará con nadie que no conozca. Hay un motivo forzoso por el que esto pasa, y es que para ella sería materialmente imposible contestar a todo lo que le llega. Pero hay algo más en el fondo; un eco del ego, la rutina de esa persona que ya no es la tuya, y dice: Ya No Estás A Mi Altura. No solo tiene el éxito, también tiene la excusa perfecta para el ego.
Nos pasaría a todos de un modo u otro. Hemos crecido con determinada idea del éxito, e incluso las charlas que intentan relativizar todo eso sólo parecen lograr mitificar aún más esa idea.
Imagínate a una escritora de 26 años con dos libros publicados y unas cifras de ventas tales que los medios nacionales la llaman para entrevistas. No solo ha logrado el éxito; además no ha tenido tiempo material para conocer el fracaso: El fracaso de verdad, cuando ya has tirado la toalla y te has levantado unas cuatro o cinco veces a lo largo de décadas. Cuando de verdad empiezas a hacerte mayor y la vida no te está recompensando con nada.

M. podría odiar a la escritora. Podría soltar otro gran discurso misógino sobre las chicas guapas y jóvenes que lo tienen más fácil para prosperar en ciertos ámbitos, porque tienen recursos, el poder en bruto de la sexualidad, y a veces también a los papis.
Papis con cierto y no poco poder. A veces incluso papis editores con amigos editores, siempre rodeados de gente con influencia que con un chasquear de dedos pueden hacer que la niña publique. ¡Fijaos qué mona es!, ¡pero si no tiene faltas de ortografía!
Sería fácil cabrearse con eso, porque de hecho eso pasa. Pero lo cierto es que M. haría exactamente lo mismo si fuera ella. Si él fuera un burguesito con contactos (aún sin el factor del poder sexual), los aprovecharía. Vaya si los aprovecharía. No necesariamente para publicar un libro, pero vaya si los aprovecharía, joder.
M. ya no tiene veinte años. Sabe de sobras que si tienes esa clase de oportunidades, tienes que lanzarte de cabeza a ese coño, y chupar como si fuera Helena de Troya. No hay que dudar jamás en darse el gran banquete del enchufe.
Dejemos ya de ser los grandísimos hipócritas que somos.

M. se acerca un día a una firma de libros. Es muy consciente de que ya es como un personaje de Netflix en una peli muy floja pero muy bien valorada (“necesaria”) sobre el acoso. Para cierta gente ya estaría cruzando alguna línea roja. Se había hecho mil pajas dedicadas, se había comprado el libro, se lo había leído, y ahora estaba dispuesto a hablar mierda sobre literatura con ella, cuando lo que le interesaba sobre todo era chupar el sudor de entre sus tetas. El inicio del terrible proceso de la masculinidad tóxica. O quizá sólo un fulano salido e inofensivo a la par que muy pillado por la escritora. Depende de lo intenso y comprometido que quieras sonar.
Lo cierto es que la idea de ver en persona a la muchacha le causa tanta impresión como cuando topaba en clase con las niñas que le gustaban en tercero de EGB. Está casi temblando a su treinta y muchos, mientras pasea por la feria del libro de Periferia.
Es como si pasara por allí sin objetivo alguno, o quizá en camino de comprar algún libro por compromiso, una novedad exquisitamente editada publicada por alguna amistad cuyas cuitas tomando café tienen más interés que sus novelas.

Puede percibirlo en el aire. Ahora vayas donde vayas, si el ambiente es lo suficientemente “intelectual”, puedes oler el “compromiso”, el conato de activismo. Todo eso que luego casi nunca se materializa.

Nuestro héroe picha-ansiosa se comienza a fijar en los encuentros en las casetas. La reunión de autores y autoras (no conoce a casi nadie) entre abrazos y besos y enhorabuenas. Lo cierto es que ha de costar un cojón publicar decentemente un libro. Casi tanto como escribir uno que sea bueno. Están presentes todas las grandes editoriales, los logos realmente conocidos; la prueba es que M. acaba viendo a un par de youtubers firmando. Chavales de veinte años sonriendo a niñas menores que traen el nuevo artefacto mediático bajo el brazo. Observa casualmente cómo una de ellas le ofrece el colorido libro con un papel dentro a uno de ellos. Se acerca y acaba viendo que es un número de teléfono. El youtuber sonríe pícaramente y se lo guarda; la niña debe tener unos dieciséis (tetas grandes, bonitas, ilegales y ajenas a la gravedad), el chaval unos veinte.
M. piensa: Bien por vosotros. Al fin y al cabo es evidente que todo esto no va de libros. ¿Acaso él ha ido por eso?
Es probable que el youtuber y la menor exuberante sean más honestos que la mayoría de los que campan por aquí, piensa M. Ellos sacarán un polvo consentidísimo y al margen de la ley. Los que no saquen nada acabarán en casa escribiendo sobre ello; quizá sobre youtubers mayores de edad que abusan de inocentes fans haciendo uso de su abominable poder. Es maravillosa la distancia que suele haber entre lo que se dice y lo que pasa de verdad. La Realidad fliparía si pudiera leer algunos artículos.

Tras una media hora de paseo, M. da con la caseta de la escritora. Es una de las casetas principales: la muchacha no ha publicado con ninguna editorial pequeña y bienintencionada que intenta no quebrar. Está con una de las grandes. Con la más grande a nivel nacional y una de las tres más importantes a nivel internacional. Es probable que sus padres anden por la zona. M. observa atentamente desde la cola. Lleva su ejemplar de Catedral de tinta. Novela histórica en la que una joven científica se sobrepone a todas las dificultades que plantea una novela histórica. Encaja en el clima editorial actual de un modo casi obsceno, sin necesidad de lubricante alguno.
La escritora tiene una sonrisa para todos. O más bien para todas. La mayoría en la cola son mujeres que rondan los cuarenta, y también algunas parejas hetero más jóvenes con las que cuesta imaginar que no son ellas las interesadas en la firma.
Luego están los escasos fulanos solos.
Varios son bastante jóvenes, de hecho seguramente M. es el tío más viejo esperando para que le firmen el tocho. Le ha encantado la obra y le hace ilusión que la joven autora le dedique unas palabras, quizá incluso algunas en voz alta. Todo la mar de inocente. M. piensa por un momento en la Lolita y el youtuber. Podría escribir su número en un papelito y… No sabe bien cómo, pero quizá acabara detenido. O aún peor, completamente ninguneado al ver la escritora sus intenciones y devolverle con mirada de rechazo neutro el libro con el papelito dentro.
¿Lo contaría después asqueada? ¿Se sentiría halagada en secreto? ¿Lo contaría después asqueada sintiéndose halagada en secreto?
En cierta manera tirarle los tejos explicaría qué hace un fulano de casi cuarenta y aparentemente hetero ahí haciendo cola. No es que el libro no sea apto para fulanos hetero de esa edad, pero puede que sí sea un tanto raro verlos en ese contexto.

La cola avanza leeeenta. Las cosas se ralentizan cuanto más amable es el autor de turno. M. sólo ha hecho cola para dos firmas más en su vida. Una para Frank Miller (sombrero, mirada huidiza), y otra para Amelie Nothomb (maravillosa, única, para casarse y morir antes que ella a los ochenta). Pero basta con observar desde fuera para ver que los autores expeditivos agilizan el proceso.
A menudo hay que ser un poco seco para que las cosas marchen.
La única ventaja de haber elegido la cola lenta en el super, es que tienes tiempo de sobras para observar. La escritora incluye su propia cuadrilla. M. supone que algún representante y gente de la editorial. De vez en cuando algún señor trajeado se acerca y susurra algo aparentemente profesional en el delicado cuello de la chica. M. no descarta estar proyectando, pero se imagina a esos tíos, a los que llevan el cotarro y guían a la moza en estas tareas no necesariamente agradecidas, pensando:
Me la follaría tanto…
Puede que incluso hayan llegado a comentarlo entre risas cómplices de machos cabríos.
Además existe el morbo añadido de que con toda probabilidad conocen a los padres de la estrella.
Hace tres o cuatro nevadas de la climáticamente aburrida Periferia, la muchacha aún abría regalos de navidad colocada de felicidad infantil. M. piensa en ello recordando a una chica que a menudo le enseñaba fotos suyas de cría. La tía creía que eso le ponía antes de follar. M. aún no se ha pronunciado al respecto para consigo mismo.
O eso se dice.

La mayoría de veces lo retorcido se queda en el ámbito teórico. En la mente. A medida que M. se acerca a la escritora, se pregunta qué le va a decir. Tendrá que mentir. El libro está bien, pero no es el tipo de literatura que más le interesa. Ella es encantadora, de eso está seguro; y ahora se da cuenta de que ni siquiera se ha preguntado si tendrá novio. Es lo más probable, algún tío cinco o seis años mayor que ella. Puede que un intelectual de la propia editorial. Los puede ver sobre una mullida alfombra frente a una chimenea, con vino y quesos. Romanticismo de fotografía; mucha gente lo adora, tanto los pijos como los nuevos pijos irónicos. Quizá no se les dé tan bien ser felices como proyectar una imagen de felicidad. Escritoras follando (“haciendo el amor”) con atractivos editores mientras la luna llena brilla fuera de la cabaña.
La gente hace cola para que personas así les firmen libros.
Dependes de personas así para lograr la única versión del éxito que, en sinceridad, todo el mundo reconoce como tal.

A tres firmas de distancia, M. ya puede ver con detalle a la escritora.
Es como si hubiese acabado de nacer. Un cervatillo que ha salido de la madre y, luego de trastabillar unos segundos, se ha puesto en pie y ha venido a firmar libros.
La cara limpia (apenas maquillaje) y la piel suave, manos primorosas y mirada oceánica. Un mar sin contaminación en un planeta lejano. Una blusa blanca y unos tejanos blancos ajustados. Algún tipo de colgante de aspecto rústico, seguramente con valor sentimental. Un reloj diminuto en la muñeca izquierda y dos pulseritas metálicas en la derecha. Se le marca una vena en cuello de tanto hablar y reír y vivir el sueño. Si M. fuese un vampiro estaría llenándose la camisa de babas.
Cuando ya sólo tiene una persona delante, se pone nervioso como si estuviese en el puñetero dentista. El último obstáculo es una tía bastante mayor que no deja de largar, y la escritora no va a echarla, obviamente. Como mucho lo hará algún fulano de su camarilla. Charlan sobre las localizaciones del libro. M. recuerda que hay una ruta turística para lectores, y que la conduce la propia escritora. Puedes visitar los mismos lugares en que la protagonista de la historia ha vivido sus emocionantes y significativas aventuras. Incluso la plaza en la que conoce a su interés romántico, al que enseguida abandona, principalmente porque es un hombre.
La mujer está a punto de llorar mientras cuenta todo el libro. Finalmente un gorila editorial le dice que por favor, que hay más gente esperando. La escritora le da dos besos y un abrazo, y le agradece y agradece, dándole cuerda sin poder evitarlo a la señora.
Cuando por fin le dan paso a M., es como si se estuviera colando en un culebrón. Más desubicado aún de lo pensaba que estaría.
La escritora, de un modo mecánico inicialmente, sonríe y alarga el brazo para coger el libro. M. se paraliza. Ella no da síntoma alguno de cambiar su actitud, aunque esta vez se trate de un lector solitario y bastante mayor, y no una mujer o una pareja de chica ilusionada y novio acompañante. Cuando habla, M. sólo puede oír su voz, dulce pero firme, en medio de todo el jaleo ferial:
–¿QUIERES QUE TE LO FIRME?
El resto se ha silenciado.
No sabe cómo sucede, pero logra iniciar y acabar una conversación respetablemente adulta con la escritora. No necesita mentirle o exagerar, y ella no se siente incómoda ni percibe nada excesivamente extraño en la presencia de M. Sólo dos minutos de intercambio, y el libro queda firmado.
Luego M. pasea y llega a una conclusión. Ella ha creído que él es gay. No es de extrañar que tenga bastantes lectores entre la comunidad gay. Seguramente contempla esa posibilidad cada vez que llega un tío solo con un libro suyo en una presentación o una feria de este tipo.
Ha pensado que M. es un gay sin pluma. De eso se trata, piensa M. De todos modos, ¿qué te pensabas que iba a pasar?, se dice. Ha estado bien, has podido hablar con la chica, el libro está bien y todo lo que ha sucedido se ha quedado en el marco de lo legal.
M. piensa a menudo en una potencial pulsión delictiva personal, algo que podría aflorar en cualquier momento. Generalmente se tranquiliza cuando concluye que TODO el mundo tiene eso dentro.
Pasea durante una media hora más, y entonces se sobresalta cuando un gorila editorial le da un toquecito en el hombro.
–Disculpe.
No entiende nada de lo que le dice. Habla de la escritora, de que la escritora ha terminado su turno de firma matinal, y que ahora va a comer a cierto restaurante.
–Le gustaría que usted la acompañara, de ser posible.
–¿Cómo?
El cerebro de M. se pone a mil y comienza a echar humo. ¿Que la escritora…? ¿Que quiere…? Pero es evidente que ella ha de tener… Cómo es posible que…
Incapaz de terminar pensamiento alguno, se deja guiar como un muñeco por el miembro de la camarilla. Le acompañan hasta el local donde la escritora está sentada. Justo cuando él también toma asiento, ella levanta un dedo para que les atiendan.
Nunca sabes lo que puede pasar, piensa M. así que has de perseverar. ¿Dónde ha oído semejante mierda de frase? Te mueves y las cosas suceden, ¿no? Si eres un buen chico, quizá la chica se interese. ¿Pero no era al revés? Ella le sonríe por primera vez como sonríe a las personas de su entorno inmediato.
Y como sucede cuando las cosas van bien de verdad. Como pasa cuando casi vives avergonzado de ser tan feliz, el tiempo comienza correr a toda leche. Se dirige hacia la vejez, el porche, el atardecer y la limonada. Con la mujer de tu vida. Pero antes, un trillón de polvos, en casas y hoteles, cenas románticas, vinos y quesos, mamadas lentas y furiosas, cunnilingus cada vez más habilidosos, folleteos incluso al aire libre, en lavabos públicos, una vez en la sala solitaria de un museo. Ella nunca deja de ponerle, ella le rompe el corazón cuando se tiene que ir, ella le folla vivo cuando vuelve, ella abraza los años sin perder un ápice de energía sexual, un magnetismo brutal que…
–PERDONA. ¿QUIERES QUE TE LO FIRME?
–Sí.
–VALE.

–Me encanta tu libro.

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Animalito

Dentro de esta casa sólo hay gente sana. El filtro es sencillo: mientras no le pegues nada a nadie y seas de ducha diaria y mayor de edad, aquí tendrás una oportunidad. Casi siempre hay alguien dispuesto a sacarte el jugo. Si no lo hay (raro), puedes presentarte cualquier otro día, se trata de probar suerte; por desgracia este oasis sigue formando parte del mundo real.
¿Oyes cómo gimen? Casi todas estas personas tienen otra vida ahí fuera. Aquí se viene a la vida paralela; fuera están las esposas y los maridos, la parejitas modélicas, las “buenas formas”, las conversaciones calculadas y la compra semanal. Seguro que ya sabes de qué te hablo, cariño: tienes cara de no conocer otra cosa.
La chabola es de mi marido muerto; lo digo para sacarte de dudas económicas e inmobiliarias. No tuvimos hijos, y eso ha sido una bendición en cierta medida: nada de explicaciones, para empezar.
Mi marido y yo nos dedicábamos a follar duro, entre nosotros y con quien se dejara. No es que pudiéramos aislarnos totalmente del mundo, pero él ya nació asquerosamente rico; su cuenta corriente estaba aún más llena que su bragueta. Y créeme, el cabronazo gastaba una de esas pollas que nunca llega a señalarte recta como un dedo; el cuerpo no se puede permitir enviar tanta sangre a un solo punto. Dura, larga, gorda y eficaz hasta el dolor, pasando por todos los grados de placer, pero no muy bonita, ya me entiendes. Consumes porno, ¿no? Una polla de ese tamaño podría empalarte; pero creo que antes se partiría. Hay que andarse con ojo. En cualquier caso siempre es mejor que una setita de cinco centímetros; no es que tenga nada en contra de los micropenes, sé de sobras que también tienen su público; simplemente no son para mí.
Supongo que habría sido más práctica una polla gordita de veintiuno o veintidós centímentos. Qué sé yo; ¿cuánto os mide la polla ahora a los buenos chicos?

Se abre la puerta y una chica de grandes y naturales tetas le practica una cubana a un chaval; éste cierra los ojos como si le doliera. Está sentado al borde de la cama; ella está arrodillada. El capullo morado empieza a escupir gruesos chorros de lefa. La misma empieza a chorrear sobre las tetas de la muchacha, a gotear viscosamente desde su barbilla. El chico abre los ojos; dice: “Joder…”. La chica sonríe confiada y pega un lametón al respetable miembro, que aún gotea, tiembla como aturdido.

A muchos les gusta que les miren. No te sorprendas si se corren justo cuando abramos las puertas y echemos un vistazo. Aquí es al revés que afuera: cierta falta de intimidad suma puntos a la experiencia. Se visitan unos a otros; a veces se forma una pequeña orgía, aunque de entrada follan en parejas y en habitaciones separadas. Esta casa tiene habitaciones para aburrir. Ya los veo a todos como si fueran mis alumnos y esto fuera el instituto.
Yo también practico aún, si te lo estabas preguntando, pero a mi edad una se sacia antes, y no lo necesita otra vez enseguida. Vaya, al menos ese es mi caso. Me gusta mucho mirar, verles las caras mientras lo hacen. He visto a montones de chicos abrir los ojos como platos durante una primera mamada que su novia jamás les haría; y a chicas correrse a chorro (o simplemente correrse) con cara de sorpresa por primera vez. También a no pocas parejas homosexuales, aunque no tantas como yo calculaba. Como sea, aquí hay una mezcla de edades y condiciones que nos confirma el animal que también somos en realidad a la postre.
No creas que me burlo de la monogamia o el matrimonio. Sólo digo que no se le puede negar al cien por cien de los seres humanos los impulsos naturales, ante la carne, ante la novedad de un cuerpo nuevo, de otro encuentro prometedor.

Se abre la puerta y se ve a un tío de unos cincuenta tacos con la cara metida en el culo de una veinteañera. Cabecea follando el ano con la lengua; ella se toca mientras gira la cabeza para mirarle a los ojos (llenos de ansia, casi furia) al tío, que lame y penetra como si llevara años deseándolo.

A veces es así. Hay quienes controlan quién entra en la casa; y a veces da la casualidad de que es algún pive o alguna chavala que llevan meses queriendo degustar. Una vez un tío me dijo que acababa de follar con una chica con la que llevaba años masturbándose; Facebook, Instagram… Esas cosa pasan. Aunque aquí todos follan con ansia, como si quisieran batir algún récord de fuerza o resistencia, a veces observas una entrega que tiene que ver con algo más.

Se abre la puerta y, antes de tener visibilidad completa, ya se puede oír el chapoteo de dos coños chocando, frotándose, besos de coño con coño.

Me hace ilusión cuando son lesbianas. Es como si me preocupara especialmente caerles bien a ellas; como si lo suyo siempre fuera un folleteo reivindicativo. Soy algo contradictoria en eso. No creas que necesito que nadie me santifique a estas alturas, pero quiero que cualquier persona sana se sienta libre de venir aquí. Mientras no se descontrole el aforo…

Se abre la puerta y hay una chica en cuclillas sobre la cara de un chico, ambos desnudos y en el suelo, sin hacer contacto. Parecen de la misma tierna edad. Ella es rubia, blanca de piel, curvas generosas, pezones rosados de gran areola, bonita cara, la prima mayor de Cupido. El coño depilado, más rosado a medida que profundizas. Se lo abre con dos dedos. El chaval, delgaducho y ansioso, se la sacude (polla gorda, casi desproporcionada), y abre la boca. La chica ríe y empieza a salir el pis. Parte de él es tragado, la otra parte empapa la cara y el pecho del muchacho. Cuando parece que el chorro ha cesado, se reinicia con más fuerza. Es entonces cuando el muchacho eyacula, salpicando el suelo, el culo y parte de la espalda de la chica.

Eso les gusta a los tíos, a muchos más de los que crees (tranquilo, no te voy a preguntar). Puede que les guste más que a las tías. Aunque en general lo de cruzar la línea, lo de la suciedad, la humillación o la vejación, gusta a tíos y tías casi por igual. Muchas chicas exigen malas formas, una demostración de fuerza y control es lo que hace que se corran, no la violación, pero sí la idea de la violación. A los chicos les gusta que una tía se haga la hija de puta, que les abofeteen, les aprieten los huevos, les dejen el culo rojo o los pezones ardiendo con cera; sólo cuando hay cierto equilibrio entre el placer y el dolor, se sueltan como una manguera de jardín.
Son los extremos, incluida la coprofagia; puede que sea el treinta por ciento de lo que se ve aquí. Hay gente que viene a buscar eso, aunque suene a tópico: Lo que no tienen en casa.

Se abre la puerta y una treintañera se quita despacio su disfraz de animadora ante un veinteañero que – sentado en la cama– se palpa el paquete. Luego la mujer procede con una felación no exenta de arcadas; pronto entre sus tetas y en el suelo se llena todo de babas. Justo antes de que el chaval se corra, cambian y follan a lo perrito, mientras ella no deja de decir “Soy tu puta”. A lo que él reacciona “Eres mi puta”. A lo que ella insiste “Soy tu puta”. Lo que evoluciona en “Me encanta ponerle los cuernos a mi novio”; a lo que él murmura “Tu novio no sabe follar”; y ella dice alto y claro: “Mi novio es un puto maricón”. A lo que él responde corriéndose dentro, temblando, una risa tonta, un hilo de baba colgando de su labio inferior.

No te preocupes, aquí se usan diversos métodos anticonceptivos; pero yo no me suelo meter en eso. Son adultos, no hay que olvidar la responsabilidad personal. La casa es mía, y está abierta para ellos, pero no iré cada vez chaqueta por chaqueta buscando olores o pelos largos sospechosos antes de que se vayan.
¿Te ha impresionado el lenguaje? Eres tan joven… Las personas largan toda clase de barbaridades mientras follan. Pero quizá sea oportuno que te deje claro que eso no refleja sus ideas políticas, ni deja al descubierto lo intolerantes que son. Parece mentira que haya que aclarar esto… Cuando se folla hablando, se tiende a lo incorrecto, incluso a lo salvaje, porque es lo que hace que la gente se excite muchas veces. Si lo que dicen alguna vez coincide con lo que piensan, es pura casualidad. Son frases hechas, por así decirlo, provocaciones: el objetivo es mantener la polla dura y el orificio mojado, cariño. Y si para eso quieres ser la puta o el dominador o viceversa. Si para eso quieres interpretar el papel de hija del esclavista que se está tirando a los esclavos, dime: ¿qué coño hay de malo en ello?
La mierda sucede; ¿no podemos canalizarla, convertirla en otra cosa? ¿No podemos jugar a los villanos si eso multiplica por diez el placer follando?
Seguro que hay gente comprometida y fina incluso en la cama, que no saben despolitizarse ni fornicando, pero no tienen ningún derecho a imponer sus métodos o rutinas a los demás.
Joder, ni de coña.

Se abre la puerta.
Un mulato se corre a lo perrito dentro del culo de una mujer madura. Luego ella le empuja en la cama y se coloca de cuclillas sobre su cara. Expulsa la corrida en la boca de él mientras se estimula con dos dedos a fondo el coño. La cara del fulano acaba llena de semen y fluidos femeninos. La polla vuelve a estar dura, y ella pide más.

¿Te sorprende que la casa huela bien? Eres un chico limpio ¿no? Y asumo que eres hetero; te he estado observando. Algunas de las tías que vienen por aquí querrían cambiarte la personalidad a base de saliva y caderas. Otras te odiarían; pensarían que eres sólo otro superhéroe moral, siempre medido y equilibrado, siempre juzgando en silencio. El mito de la normalidad personificado. Otro amante de la mediocridad (como media, no me malinterpretes). Quizá creas que te juzgo, pero a mí todo eso ya me importa bien poquito, cariño. Yo respeto a todo el mundo, y apenas me molesta el “disidente”, porque desaparece pronto, y con la cola entre las piernas.
Mucha gente es previsible, al menos en principio, porque rehuyen tentaciones. Ni siquiera digo que eso sea algo malo; sólo que para mí hubiese resultado demasiado aburrido e hipócrita, todo el rollo de la culpabilidad, el judeocristianismo… aún hay millones de ateos autoproclamados que son pura religión andante. Son moral renuente de la polla o el coño (o ambos) que tienen entre las piernas. Están todo el tiempo controlando ese fuego, como si sólo fueran correctas moralmente las ascuas de una humilde barbacoa. Así hasta que se hacen a eso, y con el tiempo logran no matar al animal, pero sí dejarlo en coma.

Úrsula es mi compañera sentimental. Supongo que tú lo dirías así. Te la presentaré. Yo soy la típica bisexual, ese tipo de persona que hace que les estalle la cabeza tanto a los homófobos como a los teóricos liberales. Bueno, liberales… ¿qué coño es un liberal ahora?
En cualquier caso, hay gente a la que sigue preocupándole muchísimo la vida sexual de los demás. Es algo que nunca he entendido, como si fuera una deformación monstruosa del cotilleo. No recuerdo haber sentido demasiada curiosidad jamás por las elecciones sexuales ajenas. Desde luego nunca tanta como para indagar o hacer preguntas. Si me hablan de ello, bien, si no, pues también. ¿Qué cojones voy a hacer yo con esa información?
Úrsula. Este es el chico que te decía.
¿El que venía a investigar?
Bueno, sí, qué se yo.
Hola, chico.
No te preocupes, no muerde. Sólo es mi novia.
Yo no soy tu nada, cariño, como mucho tu esclava sexual, a ratos.
Siempre quieres romperme el corazón, pero que sepas que ya te tengo calada, sé que no eres más que un conejito necesitado. Te derrumbarías si mañana me largara con algún Julián en el que se hubiera reencarnado la polla de mi marido.
Calla.
Calla tú. Y tú, entra, no te cortes.

Se cierra la puerta.
Comienza un debate casi inédito en la mente masculina presente: un debate de final inmediato. Se desmorona la negación. Algo era cierto: él siempre había evitado las tentaciones. No había mencionado a su novia, nadie le había preguntado. Más que novia, era su plan para el futuro, una boda más que probable. Hacía dos años que vivían juntos, lo compartían todo, tenían discusiones bobas, blandas y demasiado largas ante las cartas de los restaurantes; discusiones sobre lo que iban a pedir para comer. Ese tipo de relación. Cuando llegaba el momento de los postres, sólo él pedía, y ella se acababa comiendo la mitad. Ese tipo de Cielo o Infierno. Cierta clase de monogamia teóricamente ideal, fuente de conversaciones desesperadamente banales y chistes deprimentes. Una vida ideal para algunos; una huida hacia delante para otros. Aún no tenían hijos, claro, pero habían hablado de ello. Ella quería tenerlos, él no quería quedarse solo. No siempre funcionaba así en el Universo hetero, pero no se puede decir que esa dinámica escaseara. Ahora él pensaba sólo de forma lateral: quizá si fueran una pareja estéril, la lucha por lograr un crío de otro modo les hubiese unido más, puede que incuso él lo hubiese deseado de verdad. O quizá si alguna desgracia vital potencial les hubiese azotado (un cáncer ya superado –pero latente–, por ejemplo, de él o de ella, no importa), ahora habría un vínculo más poderoso.
Pero en el presente la anfitriona se había largado, y se había quedado solo con Úrsula, una mujer de veinte años menos (tenía unos cincuenta), y de ademán depredador. Él, que siempre se había imaginado tentado por alguna chica realmente joven, no contaba con esta imagen del engaño. Una mujer mucho mayor que su novia, MUCHO mejor en el sexo oral, y que no iba a follar si no era a pelo.
Él sabía que podía pararlo cuando quisiera.
Era víctima de una venganza moral.
Daba igual que fuera un chico o una chica.
Se trataba de ponerte a prueba por una vez.
Sacarte de la rutina blindada.
En efecto la mamada ya había comenzado. Ahora ya tenía algo realmente jodido que confesar. Periodista reciente, un chico intachable, imposible imaginar una infidelidad. Pero estaba sucediendo. Así es como sucede, piensa ahora. Simplemente sucede. La única protección ante ello era mantenerse alejado de ello. Sólo mirar culos por la calle. Sólo un poco de porno puntual, borrar historiales, una sana vida conyugal. Pero esto…
Todo lo que ella –esta mujer madura– hace, es mejor. Mejor en general. No solo un sexo mejor. También una vida mejor. Y aunque él sabe que sólo es una sensación pasajera, ya ha probado la manzana. Ya es uno de esos cabrones que ponen los cuernos. ¿Pero son unos cabrones?
Mientras la tía ya le cabalga, haciendo movimientos que le acercan y alejan adrede de la corrida final, sólo puede pensar en su novia. Esto acrecenta el placer, y a la vez se dice una y otra vez: lo confesaré, le diré lo que ha pasado (lo que he hecho), y le pediré que me perdone. Me tiene que perdonar. Por favor. Por favor…
La mujer, a sabiendas, tomando el control, se desmonta, y se mete el capullo en la boca, justo para recibir toda la descarga.
Mira a los ojos. Y traga.

Una vez ha logrado vestirse, mientras camina hacia la salida, casi llorando y abrumado por su recién descubierta carnalidad, oye la voz de la anfitriona:
–Que te vaya bien, animalito.

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Psicópatas

Cosas que me gustan menos que los psicópatas: Las familias. Las mascotas. Los planes. Los encuentros. Los protocolos. La agenda. La televisión. Los sensibleros. Los idealistas. Los ideologizados. Los sectarios. Los obsesos de la limpieza. “Madurar”. El mundo del motor. La competitividad en general. Los locos del deporte. El deporte en sí. La puta “comida sana”. La comida moderna escasa y cara. Las lecciones de vida. Los horarios estables. Los esnobs (los putos esnobs). Los antidroga. Los atrincherados. Los aburguesados. Los ricos pagados de sí mismos. Los pobres pagados de sí mismos. Los moralistas. Los tribales. Los amantes de las etiquetas. Las “fuerzas del bien”. Los jodidos tuiteros. Los conservadores autodeclarados. Los modernos autodeclarados. Los mojigatos. Los…

Porque a ver.

¿A quién no le gustan los psicópatas más que todo eso? ¿A quién no le interesan más? Los psicópatas, en el ámbito cultural, son como los cerdos: se aprovecha todo. Y además, qué coño, ellos hacen lo que los demás nos quedamos con las ganas de hacer no pocas veces. Bien es lógico que eso provoque cierta clase de admiración no reconocida. Pero como decía, los psicópatas son sobre todo carne de fenómeno cultural: libros, películas, documentales, retrospectivas. Joder, en algunos círculos hasta se los homenajea. Dime tu psicópata favorito y te diré quién eres.
Dejemos a un lado a Manson o a cualquier político. Están muy sobados, y es más interesante profundizar con el psicópata que no delega. Manchémonos las manos.
Podría ofrecer una larga lista de maravillosos hijos de puta, muchos tíos y algunas tías que decidieron cruzar la línea y nos regalaron toneladas de morbo y sesiones de cine golosísimas para Halloween. Pero sólo voy a mencionar un par de nombres en este editorial. Un ejemplo del psicópata cliché y otro del asesino absolutamente brutal, original y colega total, refrescante para el verano y una cálida manta para el invierno.

El psicópata cliché por excelencia es sin duda Ted Bundy.
Que nadie se enfade, sé que esto puede ser polémico. Todos amamos a Ted, de eso no cabe duda. Es un cabronazo que ha sabido cebar el morbo como pocos telediarios, vecinas, madres o hermanitas de otros. Eso nadie lo discute; y es posible que en su momento se le considerara un asesino original y rompedor. Pero repasemos por encima y con ojos de ahora (los únicos que tenemos) las bondades de Ted.
Theodore Robert Bundy. Nacido en 1946 (Burlington, Vermont), murió frito cuarenta y dos años después debido a sus travesuras. Ted fue un chico joven y atractivo que caía bien a todo el mundo, se ligaba a las muchachas de la zona y luego las torturaba y asesinaba.
¿Tengo que añadir algo más, o ya se intuye por dónde voy?
¿Un psicopata atractivo que caía bien a todo el mundo? ¿Se puede ser más jodidamente cliché? Todos los psicópatas caen bien a todo el mundo, Ted, pero después, cuando ya hemos descubierto la pedrada asesina que tenían. ¿Y matar sólo mujeres? ¿En serio, Ted? Que conste que nadie está en contra de que un psicópata mate mujeres. Joder, incluso en 2020, año de mierda donde los haya, cualquier universitario/a que se adhiera a todo movimiento de justicia social que se tope, por muy “feminista” que sea, se zampará un documental de un asesino de mujeres de diez episodios en Netflix si es lo suficientemente morboso. Está bien, Ted, no querías complicarte, y tu pedrada es tan respetable como cualquier otra. Pero como comprenderás, tampoco ayuda que luego en la cárcel pasaras de inflar tus estadísticas de muertes (oficial: 36) a lloriquear y echarle la culpa de todo al porno. No se puede pasar de ser un psicópata de vecinas medio respetable a una feminista de tercera ola, Ted; un mínimo de coherencia estética para con tus actos.

El psicópata absolutamente brutal, original y colega total, es Ed Gein.
La oscuridad y la tragedia envuelven al bueno de Ed. Edward Theodore Gein (1906-1984, Condado de La Crosse, Wisconsin, apodado El carnicero de Plainfield) tuvo una crianza familiar farragosa, lo reconozco. Su padre era un tarado alcohólico incapaz de cariño, y su madre una loca del coño religiosa que despreciaba a los hombres y consideraba a las mujeres la fuente principal de pecado. Para más señas, papá y mamá impedían al pequeño Ed tener relación con nadie fuera del núcleo familiar.
Algunos podríais decir que esto también es un cliché del psicópata (un pasado enculado hasta sangrar), pero podríamos contar por millones las personas con padres agilipollados que no acabaron tomando el rumbo de Ed.
De hecho, ¿cuántos más han tomado el rumbo de Ed? Probablemente un puñado de locos, pero seguramente casi todos después.
La cosa comenzó cuando Ed fue sospechoso de la desaparición de Bernice Worden, vendedora en una ferretería allá por 1957. La poli pegó una patada a la puerta del Ed ya adulto de padres muertos, y encontró a la mujer colgada de los tobillos, decapitada y con las tripas colgando (¡Ed, cabronazo!). Ante la sugerente imagen, los guripas decidieron hurgar un poco más en la poco perfumada y aseada casa del fulano. Encontraron diez calaveras juntitas que el bueno de Ed usaba como ceniceros y recipientes de todo tipo; también había asientos y pantallas de lámpara hechas con piel humana (Ed, joder, ¡te queremos!); luego muchas más calaveras todas con su uso y creatividad implícita. Los demás órganos de Bernice estaban en el congelador. Más joyas: Un cinturón hecho de pezones humanos, nueve vulvas guardaditas en una caja de zapatos, y decenas de otros objetos que Gein había fabricado con partes de cadáveres. La mayoría se fotografiaron y se quemaron (¡putos guripas!).
Ed no sólo reconoció haber matado, también declaró que abría tumbas de cadáveres recientes, se los llevaba en su camioneta Ford, y ya en casita curtía sus pieles para poder llevar a cabo su auténtica vocación de decorador.
Quizá no lo dijo así, pero ¿a quién coño le importa?

Que sepáis que encontraréis mucho más sobre estos dos mitos en este número.

Sabed ya desde el número uno de Psicópatas, que aquí nunca, y digo nunca, descartamos la leyenda. Somo devoradores de historias, contadores, relatistas, escritores, fanáticos de la vida, y por tanto locos de la violencia, el sexo y la muerte.
Nos moveremos habitualmente por los extremos, indagaremos en el suceso, pero también en el mito. Observaremos a las estrellas del rock que todos sabemos que son los psicópatas, y serviremos fresca y deliciosa la única literatura histórica posible: la que nos ofrecen los relatos que por lógica acaban tan a menudo en la ficción.
Esta revista no encaja en los tiempos que corren, y por eso precisamente la creemos necesaria. Los más despiertos nunca verán una apología irrespetuosa para con el sexto mandamiento. Sencillamente, escribiremos lo que sólo se suele pensar o hablar entre amigos, sobre las atrocidades. Todo eso que nos fascina y atrae, aunque la mayoría (por suerte) jamás caeremos en ello.

¿O sí?

Bienvenidos a Psicópatas. La revista que ha parido –cesárea y numerosas complicaciones mediante–, el enfermo año 2020.

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Noche de chicas

No pienso contestar a sus preguntas una a una, así que tendrá usted que tragarse todo el tocho, señorita P. Puede que todo quede contestado, pero si falta algo, tenga en cuenta que no será por descuido, y que estas líneas son las únicas que obtendrá de mí para su revista digital tope guay y activista.
He notado por cómo escribes que te crees la sal de la tierra. Debes creer que yo también creo que mi mierda no huele, o que deberían exponer mis compresas usadas. Pero déjame no tutearte. No se entera usted de la misa la mitad, señorita P. No le voy a contar la historia de tres chicas injustamente oprimidas, sino la de tres niñas chungas salidas de un entorno burgués de izquierdas, presas del aburrimiento y la paranoia.
Así que olvídese de ningún tipo de ímpetu “feminista” actual, y también del adorado Charles Manson y la pizpireta Susan Atkins. Cada historia tiene su propia esencia entrópica, señorita P.

Yo nací y crecí entre puñeteros algodones. Creo que eso influyó para formar un carácter blando y picajoso. Ahora tengo mucho tiempo para pensar, y no siempre es agradable. Las chicas de mi entorno inmediato entonces, eran clavadas a mí. Niñas ideológicamente de cristal que actuaban ajenas a la responsabilidad personal, cuyos padres no les pegaban una hostia porque ya no eran los 80. A decir verdad, los chicos que yo conocía (heteros o gays) eran igualitos, pero usted quiere una historia de chicas, y yo le daré una historia real de chicas.
Éramos Fanny D., la todopoderosa Matilda y yo.
Dieciocho recién cumplidos y la cabeza llena de pájaros parlanchines. Pájaros identitarios y políticos. Medios como el suyo, señorita P., nos hablaban TODO el tiempo de nuestra terrible condición de mujeres. Antes que cualquier otra cosa, éramos mujeres. El entorno se estaba volviendo irrespirable; pero estaba casi todo en nuestra cabeza, señoritinga P.
La realidad a veces nos veía como mujeres antes que como personas, pero los medios como el suyo, siempre nos veían como mujeres antes que como cualquier otra cosa.
Ahora casi tengo envidia de las niñas de los noventa; con ellas al menos se utilizaban reclamos inofensivos, fotos de niños fibrados que cantaban pop blando.
Que conste que no le echo la culpa a los medios de lo que ha pasado; sólo la pongo en contexto. No voy a usar su retórica efectista. No generalizaré todo el tiempo ni demonizaré colectivos. Tampoco al colectivo de varones. Lo siento, señorita P.
Pero ha de entender que su “periodismo” adaptado a los tiempos, su cantilena sobre el “queda mucho trabajo por hacer”, su pasión desmedida por las mujeres asesinadas, y su discurso sobre hombres malvados y poderosos y mujeres inteligentes pero maniatadas por el “Patriarcado”… en fin, no se puede decir que todo eso ayudara, doña escritora.
Usted podría haber sido una guionista de terror decente, ¿por qué metió sus zarpas en las Ciencias Sociales?

Matilda, Fanny D. y yo, mujeres o no, no conocíamos ningún tipo de sufrimiento destacable. Teníamos cuerpos suaves y mentes ingenuas, volubles, predispuestas y con un hambre voraz. Era como si nuestra juventud necesitara de alguna crisis relevante. ¿Cómo se forma el carácter de alguien joven si no puede quejarse de algo?
En poco tiempo descubrimos que ya no hacía falta sufrir de forma personal para poder quejarse. Bastaba con que alguien de tu misma condición sufriera. Es más, bastaba con que se dijera que alguien de tu misma condición sufría. Ni siquiera hacía falta una noticia; bastaba con un viral. La posibilidad era suficiente para que se desatara la ira.
Nuestros problemas se reducían a “madrugones”, uñas rotas, y rabietas con los papis, pero los identitarismos nos dieron la oportunidad de parecer auténticas víctimas.
No se inquiete, señorita P., ya sé que el machismo existe, sé que las mujeres sufren más de determinados males por el hecho de ser mujeres. Pero los hombres, señorita P., también sufren mucho más en determinados ámbitos por el hecho de ser hombres. Sé que conoce las cifras y las estadísticas, es todo eso que siempre deja fuera de su discurso, no la aburriré con datos que están a una búsqueda de Google.
Y si lo que la impulsa en su cruzada es que las mujeres han sufrido más históricamente que los hombres, sepa que ya no encontrará a una aliada en mí para ese sonsonete. No porque no pueda estar de acuerdo en cierta medida, sino porque las mujeres del presente y el futuro no tienen por qué llevar ese lastre para toda la eternidad. ¿No será usted una de esas personas progresistas que odia el progreso, verdad? Ambas sabemos que la lucha social mueve MUCHO dinero e intereses, pero si no reconocemos los avances, cómo coño vamos a avanzar, señorita P.? Si una chica, blanca o racializada, dice que a ella le va bien (cosa fácil de encontrar), ¿cuándo usted y sus compañerxs de discurso podrán alegrarse?

Sepa usted que la mayoría de lo que hay en estas líneas, son pensamientos articulados a posteriori. Una de las pocas ventajas de estar en la cárcel, es que la reflexión, si la hay, es genuina. Ya casi no puedes estar peor de lo que estás, de modo que no hace sentido autoengañarse. Es como si de repente fueras tremendamente hábil para ver lo que ha pasado. De golpe todos los matices que habías obviado se presentan ante ti bailando el Can-Can.
Mi relación con Fanny D. y Matilda se volvió estrecha hasta ese punto en que cualquier injerencia podría haberla desgarrado. Es como intentar el sexo anal. ¿Alguna vez lo ha intentando, señorita P.? ¿Alguna polla patriarcal ha intentado abrirse paso (con su permiso, por supuesto) por ahí? No me engañe, sé que es usted hetero, aunque le joda.
Así que ahí estábamos, tres chicas jóvenes y blancas en el primer mundo. (Recuerdo que mi padre decía que era imposible que me hubiese ido mejor en el sorteo. Chica blanca primermundista. Le odiaba por decir eso. Ahora no sé si llegaría a darle la razón, pero en cualquier caso cerraría la boca.)
Digo que cualquier bachecito podría habernos separado, porque ahora veo así la amistad femenina: profunda y frágil. A diferencia de la masculina: superficial pero sólida. ¿Ha visto cómo generalizo? Quizá haya perdido a una buena escritora para su folletín. Piénselo.
Las tres amigas daban para una serie de blancas novelas juveniles. Hasta que se politizaron al más puro estilo de las universidades norteamericanas del siglo XXI.
A partir de ese momento, señorita P., el desarrollo ya de por sí conflictivo de nuestra etapa adolescente, se convirtió en un puto caos de odio e ideas simplistas. Creímos haber visto la luz, y sólo nos habíamos vuelto gilipollas. Como toda persona que cree haber descubierto los motivos concretos del Mal en el mundo real (a menudo sólo uno o dos), nos metimos poco a poco en un jardín mental del que ya no supimos salir. Recuerdo un día en que mis padres vinieron a verme al trullo, todo ese rollo de hablar por teléfono a través de un cristal. Se pusieron a discutir delante de mí. Ni en la puta cárcel me he librado de eso. Pero ese día mi madre dijo algo que se me grabó a fuego. Lo mío había sido en gran medida mala suerte. De haber pasado un tiempo, de no haber asistido a esa “noche de chicas”, mis ideas habrían cambiado, o simplemente se habrían diluido, y ahora sólo sería una tía más trabajando o buscando trabajo, y quejándose del bobo de su novio.

Lo de “noche de chicas”, como casi todo, es sólo sobre el papel. Era sábado. No sé qué día de la semana se han producido más atrocidades en la Historia, pero quizá el sábado nos sorprendería con sus números. Se asume que las cosas malas se hacen cuando la gente está jodida, desesperada o descontrolada por la ira. Pero no pensamos en lo que se hace desde la euforia, o incluso desde unas teóricas ansias de cambiar el mundo. Eso suele ser una fuente de maldad y salvajismo sobre la que hoy día probablemente aún no haya la suficiente literatura.
Cambiar el mundo, señorita. Quiero dejar clara una cosa. El motivo principal por el que he decidido escribirle este rollo, es porque normalmente la historia la escriben los vencedores. Y pese a que moi sólo votó una vez y a la izquierda (y aunque lo volveré a hacer), no me podrá negar que la izquierda cultural ha monopolizado el Relato.
Es algo completamente enfermizo, señorita P., y usted forma parte del ejército que ha estado minando la pluralidad, la diversidad intelectual.
Qué menos que una tía que está en la cárcel y con mi pasado, no pueda dar su punto de vista. El punto de vista de una perdedora, para variar. Pero una perdedora con lecturas a mansalva, señorita P. Lecturas variadas.
Seguro que ha oído eso de que una mujer que lee o escribe es peligrosa. Ese tipo de cosas que dichas por un tío suenan machistas y dichas por una tía son puro “feminismo” hegemónico. Lo irónico es que yo era peligrosa justo antes de empezar a leer, cuando sólo escuchaba el Relato.
Cuando empiezas a leer (variado, insisto), y esto es curioso, te alejas inevitablemente de cualquier extremo. Asumes tu tamaño. ¿Cuán grande crees que eres, señorita P.? ¿Crees que el ser humano se las arreglará cuando la religión haya muerto definitivamente? ¿Sabes hasta qué punto es difícil arrancarle la polla y los huevos a un tío?

Permíteme que vuelva a no tratarte de tú.

Me doy cuenta de que no he hablado nada de Fanny D. y Matilda, así que antes de concluir con la descripción real de lo que pasó en esa “noche de chicas”, quiero que las conozca un poco. Para ello, en lugar de seguir rajando yo, me han dejado copiar un par de textos escritos por ellas. Teníamos dieciséis o diecisiete años, nos escribíamos todo el tiempo. Creo que se hará una idea de cómo eran. Y que conste que yo no era distinta.
Son mensajes; este es de Matilda. Matilda Portabella.

Yo siempre me lo he imaginado fácil. Siempre me lo he imaginado con un cuchillo jamonero. Alguien sujeta el miembro y sus colgajos, y luego se trata simplemente de cortar y tirar, cortar y tirar.
Tía, estoy tope cocida y no puedo dormir. Mi padre me ha metido la puta bronca del siglo por el olor a porros.
Ayer no quise follar con el tío pelirrojo cachas del Penélope porque tenía la regla. Ya sabes que yo no soy “maniática” con eso, pero paso de follar con un pavo por primera vez con la regla. Si el capullo quiere follar más adelante, que se lo curre otra vez.
Mi madre me ha dicho que vengas a la playa el domingo. Quieren que vaya con ellos a Sonora. Es un puto marrón, pero me gustaría que vinieras. Fanny D. se ha rajado, dice que tiene no sé qué rollo, van a ver a la abuela a la residencia en Periferia.
Estoy leyendo el libro que me dejaste. Un poco tostón pero mola.
Es broma, pero estoy pensando en agenciarme un hacha y convertirme en la asesina de penes. ¿Te imaginas? Un pene muerto cada dos meses. La asesina de penes ataca de nuevo. Escondan sus penes hetero, la asesina de penes lesbiana ha creado la paella con trocitos de pene.
Ojalá fuera lesbiana.
20 a la playa, no me dejes sola con mis padres, no lo podría soportar.
Adiós, puta.

Y este es de Fanny D. Escobar:

¿Asumo que me estás dando calabazas? ¿Por qué no quieres venir? Ayer ese pavo me habló de ti en Periferia. Ya se acaba el curso, joder. Te mira las fotos del insta. Creo que quiere beberse tu pis o algo así. Siempre pone cara de pervertido cuando te nombro. A mí no me gusta, o sea que por mí podéis quedar cuando queráis a cagar en vasos y comeros la mierda mutuamente con cucharillas.

Acabé el libro que me dejaste, por cierto. Está bien. Yo prefiero el que te dije de la americana.

Si vienes a Periferia el último día del curso, prometo comerte el culo como si fueras Joseph Gordon-Levitt. Tienes que venir, tía, te quieren conocer, han leído tu blog. No sé qué más quieres, es peña guay y tienes un polvo asegurado.
Me tengo que ir, mi padre ahora siempre está preocupadísimo por que cenemos siempre juntos. Le ha dado algún tipo de soponcio heteroemocional.
Un día voy a matar a martillazos a ese capullo mientras duerme.
Adiós y cómeme el coño.

Fanny D.

La noche de chicas tenía que ser la típica fiesta de pijamas. Tres tías en una habitación tirando de distancia irónica. O al menos ese era nuestro plan inicial, porque nosotras estábamos por encima de cosas como una “fiesta de pijamas”. Pensábamos que la fiesta de pijamas no es más que otra típica fantasía masculina. De modo que si la hacíamos, tenía que ser dejando claro que nosotras no hacíamos esas cosas nunca. Como cuando te follas a un desconocido y le dices que el sexo casual no es lo tuyo, que no sabes lo que te ha pasado. Éramos unas putas idiotas, señorita P., aunque creo que a usted le hubiésemos caído fenomenal.
De hecho lo que viene igual le gusta, estoy segura de que es usted una retorcida de narices.
Conocimos a un fulano justo antes de irnos a la habitación de la todopoderosa Matilda. Sus padres se habían largado a follar por ahí el fin de semana.
Era un chaval un par de años mayor, los brazos llenos de tatuajes. Nosotras éramos mayores de edad recientes. Carne fresca para el pipiolo, pero ambas sabemos, señorita P., que un chico de veinte años es fácilmente más torpe y atontado que muchas chicas de dieciocho. Nosotras manejamos el poder sexual, ese poder en bruto que, por cierto, usted y sus amigas nos quieren arrebatar (¿por qué, señorita P.?). Ya sé que usted piensa en la maldición de la objetivización, pero ¿jamás ha tenido en cuenta lo manejables que se vuelven casi todos los tíos cuando tienen que reunir toda su energía para no mirarte el escote? Fíjese en muchas parejas hetero y verá que ellas casi siempre son más guapas y más listas. Deje que las chicas aprovechen todo lo que tienen, señorita P.
¿Cómo cree que nos llevamos al fulano a la “noche de chicas”, gracias a nuestra verborrea? ¿Cuántas parejas consolidadas cree que se citaron al principio por una “conexión intelectual”? Algo que me sorprende de su revista, señorita, es que parece haber olvidado que todos somos animales.

¿Qué vulgar, verdad?

¿Quiere saber lo que pasó cuando ya teníamos al chico en la habitación de la todopoderosa Matilda?
Si publica este texto y sus lectoras han logrado llegar hasta aquí, posiblemente esto les haga mojar las inconformistas bragas.
La primera parte no tiene tanto de especial. Nosotras, las entonces “activistas” contra el porno, le hicimos una peli porno al chaval. En vivo y en directo. Sólo ver las caras que ponía ya merecía la pena. Tres chicas de dieciocho jugando con su seta inflada de carne. El niñato estaba todo el tiempo intentando no salpicar como una manguera de jardín. Antes de plantearnos lo del condón ya había dejado perdida la habitación de Matilda. Una mamada triple no la aguanta casi ningún tío durante mucho tiempo, ni siquiera con el supuesto apoyo de todo el Patriarcado detrás. El chiquito estaba indefenso. En la gloria, pero totalmente aturdido.
Ni siquiera se dio cuenta de que Matilda se había ausentado en cierto momento. Ni nosotras sabíamos dónde había ido. Apenas dejamos descansar al veinteañero premiado con la lotería del sexo legal por los pelos. Le mareamos la polla hasta que se volvió a poner dura. No fue en absoluto complicado. El chico miraba hacia el techo como si estuviese colocado.
No es que no hubiésemos hablado antes de lo que estaba por pasar, pero yo nunca imaginé que se volviera realidad. Creo que a estas alturas ya puede usted fiarse de mi sinceridad; supongo que este texto ya es prohibitivo para la mayoría de los medios de este país por un centenar de razones.
El caso es que Matilda entró en la habitación con el cuchillo jamonero. Yo recordaba alguna mención al mismo. El chaval seguía mirando al techo mientras Fanny D. llevaba a cabo un sonido de succión sobre su capullo. Yo me aparté, ni tan siquiera tuve tiempo de replantear en voz alta la situación. Matilda empujó a Fanny y agarró todo el paquete por la base con la mano izquierda. La polla estaba morada de tan dura, y los testículos estaban medio encogidos, como pasa a menudo con las erecciones al 100% de su capacidad.
Al primer tajo, saltó un chorro al estilo Kill Bill. Tenga en cuenta que la zona estaba a toda presión en lo que a sangre se refiere. Creo que el chico tardó un poco en darse cuenta. Para cuando apartó la vista del techo y volvió la mirada hacia su polla, Matilda ya estaba tironeando mientra seguía mutilando con el cuchillo flauta y platillos.
¿Quiere que le ofrezca algo aún más polémico? Yo en ese momento me reía. Aquello parecía la culminación lógica de una etapa. Ver cómo aquel niñato, que representaba todo lo que ya odiábamos (era un tío) se ahogaba en su propio dolor (literalmente proyectaba sonidos acuosos desde su garganta), en aquel momento me parecía sencillamente tronchante. Mi risa se convirtió en carcajada cuando Matilda logró arrancar todo el paquete de carne, y el muchacho comenzó a vomitarse en la cara. Ni siquiera tenía fuerzas para ladear la cabeza.
Me sorprendió cómo Fanny D. se volvió resolutiva y, sin perder tiempo, tapó con un cojín la zona sangrante (básicamente una cascada), y le dijo al chaval que hiciese presión antes de llamar a urgencias.
Bueno, la cosa más o menos funcionó.

Ahora soy consciente de la gravedad de todo el asunto. Y oiga, deje de marear a sus lectoras y contados lectores. Aquel niño era inofensivo (es, por suerte). Y aquel niño no es los hombres, ni nosotras somos las mujeres. Ahora la verdad es que me alegro de que el chaval siga vivo, pese a que haya sido imposible un reimplante. No sé si es verdad que se ha intentado suicidar. La verdad es que no me siento una responsable directa de lo que pasó. Un cosa es hablar de mutilaciones, y otra muy distinta hacer lo que hizo Matilda.
Echo de menos a mis amigas, a pesar de todo, pero yo al menos saldré pronto de aquí. No me da mucho miedo la vuelta al mundo real. Y tampoco me importa que sepan quién soy y con quién me juntaba. ¿Sabe por qué, señorita P.? Soy una mujer, y soy una mujer que sabe cómo lucir un escote, llevar una falda corta y andar con tacones. No echaré alquitrán en las carreteras, ni me subiré a un andamio, ni bajaré a la mina. Tengo ese poder en bruto, señorita P., así es como a veces salimos adelante.

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El placer del laberinto

Creo que hay esencialmente dos clases de consumidores de libros. Los que compran para leer y los que los compran sin más, en fechas señaladas. Los primeros leen, y los segundos regalan libros nuevos que se quedan en una estantería cogiendo polvo. Obviamente hay excepciones, pero lo cierto es que si quieres asegurar el tiro, para conocer lectores tienes que frecuentar librerías de segunda mano. Si por el contrario lo que te va es la dinámica más capitalista o de pose, tienes que ir a librerías al uso, abarrotadas de novedades, y en las que el resto del catálogo apenas varia. Algo a favor de los libros nuevos es su embriagador olor. Un lector empedernido sólo comprará libros nuevos puntualmente para poder esnifar de sus páginas como un yonqui. Un lector empedernido, con las consabidas excepciones, no tendrá una gran vida social. El no lector, en cambio, el consumidor cuya actividad no es leer sino gastarse más de veinte euros en un solo libro, lo más probable es que conozca a bastante gente y se mueva por ambientes variados. El lector profundizará en sus propias emociones o puntos de vista; el no lector procurará que nada le apele demasiado, repudia los cambios de ánimo y procura que nada le afecte. El lector se regodea en el placer del laberinto, el no lector procura parecerse a un vegetal en lo concerniente a la materia gris.
Lo reseñable es que la felicidad (aunque sea un tipo de bienestar muy somero y estanco), no está garantizada para ninguno de los dos.

Yo elegí leer porque me gusta, y para parecerme lo menos posible a un vegetal. Si la vida trata de seguir hacia delante sí o sí, prefería profundizar en eso. Y aunque leer obviamente no es la única manera de hacerlo, sí es una de las más eficaces. Hay mucha gente que procura estar en movimiento constante, pero a menudo lo hacen para no tener que detenerse a pensar. Con un libro en las manos, estático, la vida te puede volver del revés, agitarte hasta que se te caiga la cartera, el móvil, las llaves y hasta el tabaco si eres un irresponsable para con tu salud (o particularmente consciente de tu condición de mortal).
La dificultad que el no lector –regale libros o no– percibe en los libros, es que no son un placer inmediato. Para empezar no funcionan con el lenguaje visual. O sí, pero tienes que hacer un esfuerzo consciente para traducir en imágenes. Para que un libro te proporcione placer, tienes que centrarte únicamente en el libro, y teniendo en cuenta la necesidad histérica actual de estímulos rápidos y cambiantes (no solo de la gente joven), parece un milagro que aún exista el negocio editorial.
Da igual que le digas a un no lector que los estímulos rápidos y cambiantes casi siempre son superficiales y apenas placenteros. Te darán a entender que ellos los esfuerzos, grandes o pequeños, los hacen trabajando, y que el resto del tiempo prefieren vegetar entre colores vivos, lugares o caras. Defenderán eso y te llamarán esnob si insistes. Para mí en cambio resulta ya un placer malicioso aplaudir a alguien por no leer. Claro que sí, es tu libertad, basta de imposiciones absurdas. Ahí te pudras con el resto de acelgas.

En el barrio, cuando era crío, lo más cercano a la lectura era la búsqueda en grupo de revistas porno abandonadas. Cuando encontrabas una, ni siquiera podías abrirla. Imaginabas a no pocos maridos rectos de la zona que se compraban Hustler o Penthouse para un sola paja. Se corrían en las páginas centrales y tiraban la revista por ahí. Monte bajo: cristales, jeringuillas, porno. No podían arriesgarse a que alguien las encontrase en una papelera cercana, y mucho menos intentarían esconderla en casa y que la descubriesen sus hijos o su mujer. A finales de los 80 el porno estaba tan mal visto al menos como ahora. Eso siempre vuelve. Casi todos los “puritanos” se ramifican a partir de la misma cepa de hipocresía. Suelen ser o bien no lectores o bien lectores sectarios de un solo tipo de doctrina o mantra. Provengan de la Religión o la Ideología, siempre son clavados.

La gente que dice querer mejorar el mundo o mantenerlo a salvo, esa gente que lo verbaliza, que lo grita constantemente, a menudo es poco amiga de los libros. Sean de izquierdas o de derechas (o lo que sea que pregonen), si son lo suficientemente militantes o sectarios, no les hace ni puta gracia la diversidad intelectual.

A medida que iba creciendo, iba creciendo mi interés por los libros y el cine. Al principio se trataba sólo de la narrativa. Para mucha gente se trata de eso ya para siempre: el relato. No conciben el medio literario o cinematográfico para nada más. O al menos no les interesa en absoluto para nada más. Si no se sienten como mínimo igual de listos o inquietos que el creador, se incomodan, se crispan o simplemente se aburren. Si no saben explicar por qué una película o un libro les ha transmitido algo, esa pequeña perdida de control les desvincula. Si no encuentran la salida del laberinto, o aún mejor, si el laberinto no tiene salida porque ni tan quiera era tal, una gran parte del público se baja del tren. Quieren que les expliquen algo que “se entienda”, no que se sienta; porque si no lo entiendes, ¿cómo lo vas a sentir? Los libros y el cine, para ellos deberían parar cuando ya no son un cubo de Rubik. No puedes trascender la mecánica; el engranaje es el límite.

Para mí, por suerte (gracias a Dios), NO fue así. La primera vez que atisbé ese potencial más allá de la narrativa, fue viendo Mulholland Drive, de David Lynch.
Un amigo la había alquilado. Llevaba tres semanas en su poder. No quería volver al videoclub. Ya había visto tres veces la peli, y un día me dijo que fuera a su casa a verla, que iba a flipar. Sus padres se habían largado el fin de semana, así que el sábado por la noche fui, y mi colega tuvo una excusa para verla por cuarta vez.
Ver cine con gente, a menudo es un problema para mí. La mayoría de personas tienden a la gracieta o el comentario vacío cuando están acompañados; es como si no quisieran mostrarse vulnerables, o simplemente se negaran a abrirse del todo a lo que propone la peli. Creo que su problema es que a veces las películas se parecen demasiado a los libros. No quieren sentirse indefensos ante según qué emociones o ambigüedades.
Pero yo, cuando veo una película, de verdad quiero ver la película; no necesito sentirme protagonista durante esas dos o tres horas. No me interesa si tal actor se parece a no sé qué puto futbolista, o si ha habido (quizá sí o quizá no) un fallo de raccord, o si los efectos especiales son teóricamente peores de lo que deberían; y, sobre todo, no soporto ese resorte que hace saltar a algunos que les imposibilita callarse la boca cuando ven un clásico con los efectos y trucajes de su época.
Me he quedado MUCHAS veces con las ganas de cantarles las cuarenta a algunos.
¿Sois incapaces de dejaros a un lado aunque sólo sea dos malditas horas?
¿Existe alguna posibilidad de que el público cinematográfico actual no sea el peor y más gilipollas de la historia?
¿Será por el afán no lector?
¿Le pegaré algún día un puñetazo a alguien por una película?
¿Será posible que después de pegarle el puñetazo, no me sienta profundamente aliviado durante al menos cinco minutos?

Pero en aquella ocasión, cuando mi colega y yo nos sentamos a ver aquella peli, teníamos veinte años. Estábamos en una etapa de absorber con ansia libros y películas y discos. Sí, éramos jóvenes, y evidentemente mucha gente de nuestra edad competía en el campeonato mundial de la imbecilidad. Pero nosotros, más o menos listos que nuestros contemporáneos, éramos capaces de aparcar el cinismo cuando nos sentábamos a ver una peli. Éramos capaces de tomarnos en serio por un rato algo que no fuésemos nosotros mismos y nuestra mierda de chistes.
Miraba hacia la pantalla fascinado la mayor parte del tiempo. Mi colega a veces puntualizaba algo, pero no me molestaba, porque siempre venía a cuento, siempre tenía que ver con la peli. Y no era ni de lejos una peli cualquiera.
Podía observar cómo ciertos datos o imágenes de la primera mitad de la peli dialogaban con otros de la segunda mitad. Podía intuir cierta narrativa soterrada. Pero, en general, cuando la peli acabó, no me había enterado de nada. Estaba extasiado, con los ojos empañados en lágrimas y el cerebro a mil por hora.
Mi idea limitada sobre lo que yo entendía por una película, había volado por los aires.
Con el tiempo podías cuadrar parte de su mecánica; la volvías a ver, la estudiabas por defecto. Pero lo importante seguía siendo esa emoción pura. Eso que en gran parte ya te llegaba en el primer visionado, aunque no estuvieses absorbiendo la parte narrativa.
Era magia de verdad. No un hortera haciendo desaparecer un coche, sino magia de verdad, algo auténticamente creativo. Amor entretejido en la obra de arte. Era algo profundo y de un valor incalculable.
Eso que puedes sentir pero es muy difícil de explicar.

Así que no leas si no quieres. No veas películas. No escuches música ni visites museos o exposiciones. Mantente al margen de cualquier forma de arte o reflexión. Haz regalos a tus iguales. Reúnete con ellos y, como decía Palahniuk, reíros hasta que se os caiga la puta cabeza. No te explores ni explores nada. Mantente simple, tranquilo y relajado. Ve en línea recta desde tu nacimiento a tu muerte. No te hagas preguntas y acumula placeres minúsculos y veloces. Puede que incluso eches unos cuantos polvos.

Pero no me toques los cojones.

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Química en ruta

Atravesar el desierto de Sonora ha dado lugar a no pocas siestas involuntarias al volante. La gente se queja del embotamiento que te puede provocar una mala siesta, pero los camioneros despiertan a veces de golpe con su transformer de dieciocho ruedas atropellando cactus. Tu sillón y el charquito de saliva en casa son un lujo.
Así de larga y monótona es la ruta.
A. no es camionero. A estas alturas apenas se considera una persona. Mucho menos en agosto. No tiene nada en contra del calor, pero el calor se la tiene jurada. Sólo tiene su utilitario, y el aire acondicionado funciona sólo a veces. Quizá si se dirigiera a algún lugar en concreto se sentiría menos mohíno o aturdido. Intenta mantenerse atento y con la mente en blanco. Ni de coña; su vida se le pasa siempre por delante en diapositivas, como si llevara veinte años a punto de morir. Y tiene cuarenta. Es como si vivieras los primeros veinte años acumulando cosas que recordar, y el resto de la vida estuviese hecho de distintas formas de nostalgia. Viente años productivos y quizá sesenta mirando atrás. Puede que por eso mucha gente tenga hijos, medita: con hijos es jodidamente difícil pensar en nada que no sean ellos, es como la forma definitiva de arrinconar la juventud. Los hijos son ruidosos y tocahuevos, y la naturaleza te fuerza a quererlos como un violador fuerza a Violeta en los lavabos de la discoteca. Es más violento de lo que parece, el amor, su química. Eso hace que muchas personas respiren de alivio cuando sus parejas admiten no tener intención alguna de gestionar mocosos.
Suele ser impopular verbalizar el gusto de NO hacer algo.
Esa es la intención de A. con su periplo por el desierto: No hacer nada. O al menos no forzar nada. Dejar que las cosas le pasen. Ser pasivo. Poner el culo de un modo distinto al habitual. Merodear sin prisa bajo la lluvia o entre las llamas. Consumirse si hay que consumirse, o avanzar si no queda más remedio. Habrá que reponer la gasolina y parar a comer algo de vez en cuando. Pero no es lo que se dice un plan que te pueda deparar muchas aventuras.
La antipelícula comercial.
Paris, Texas pero en coche y sin Nastassja Kinski.

El pasado reciente consta de un trabajo tan del montón como el coche y las expectativas. El presente es lo que se ha dado en llamar vacaciones. Libertad que caduca mucho antes que un yogur. El pasado reciente también consta de una ex, con su respectivo presente pajillero. Los motivos de la ruptura son difusos. Ocho meses después de empezar a salir, y después no haber logrado correrse nunca a la vez follando, sí se pusieron a la vez los cuernos. La misma noche. A. con una chica que tuvo a bien follar con él, y su ex con un tío de cuerpo duro y mollera con máster que A. piensa la embaucó con palabras digitales.
La siguiente vez que se vieron, ambos tenían intenciones de cortar. Aun así, la ruptura no acabó entre risas de circunstancias por la adúltera coincidencia. Hubo gritos y recriminaciones en una cafetería. A. acabó empapado en descafeinado y su ex se largó dando grandes e indignadas zancadas.
Nadie tuvo la culpa. La tradición tuvo la culpa.
A. teoriza que su reciente noviazgo sólo fue un intento fútil por ambas partes de lo que llaman sentar la cabeza. Es jodido afrontar semejante empresa cuando ni siquiera crees en ella. Él ni siquiera sabe muy bien qué significa sentar la cabeza. Y ella tampoco entendía ese cuento. Piensa que aunque su ex tenía tantas ganas de cortar como él, cuando finalmente se materializó la ruptura ella se encabronó más porque se la consideraría una indigna solterona en su familia, y a él nada más que un tipo ya no tan joven que aún tendría un par de oportunidades serias de establecerse con alguna muchacha que le encauzara hacia el Bien. Casa, pareja y quizá un perro o un par de gatos de los que hablar maravillas aunque sólo caguen y te miren mal. Puede que incluso un churumbel deseado solo a medias, si la nueva novia quiere parir y A. está lo suficientemente agotado para negarse.
En eso sí echa de menos a su ex, que deseaba tanto un bebé como una hernia discal.
La putada de formar una familia, la putada de no formarla.
El morro del utilitario se traga la carretera con una relajante indiferencia. A. se siente menos aturdido que un par de horas antes.

Una vía de servicio de carácter familiar. Repostar y papear. El edificio tiene un salón tamaño comedor de cárcel. A. está rodeado de familias camino a sus vacaciones. Esa gente que sí tiene un lugar de destino. Todos con la cabeza sentada, como demuestran los lloriqueos y carreras entre mesas de críos y crías aún residentes sólo en burbujas. Da igual dónde esté un menor, su casa son sus padres. A. devora una ensaladilla sorprendentemente sabrosa y fresca. Coca-Cola para tragar y plátano para cerrar. Suelta un par de necesarios eructos y pide la cuenta.
Mientras espera, una pareja comienza a discutir a voz en grito. Al parecer no tienen hijos, o al menos no están presentes. Se llaman de todo, algunos padres les tapan los oídos a sus pequeños dictadores encocados y chillones. De repente se puede masticar el silencio alrededor de la pareja protagonista. La camarera le trae la cuenta a A. y le cobra, pero se queda a ver el espectáculo. Al parecer el fulano es un putero al que no se le levanta con su mujer. A. escucha atentamente las recriminaciones. Ella es una arpía que se pegó a él por su pasta. Él en realidad está arruinado, se ha cargado una empresa próspera que heredó de su viejo. Ella lleva poniéndole los cuernos desde dos días antes de la boda, se folló a un stripper cubano con un pepino armenio entre las piernas. (Uau. A. busca “pepino armenio” en Google). Ella es una puta, una zorra que no ha parado de follar por ahí, incluso se ha prostituido. Él es un mentiroso, un miserable, un hijo de puta, porque su madre sí que era una puta de verdad. Ella va pegándole venéreas por ahí a todo el mundo, lo saben en toda Periferia. A él le gusta comer mierda, la coprofagia, mierda de rubia tonta, como si no lo supiera todo Dios ya. Sólo ha sido pis. No, era mierda. Pis. Mierda. Pis; no es lo mismo la mierda que la lluvia dorada, hay mucha diferencia. Él es un mentiroso, que lo sepa todo el mundo, un mentiroso y un putero comemierda. Ella es una guarra, nunca ha sido fiel, es una guarra desde antes de la boda, y hasta se apunta a clubs de swingers para recibir bukkakes. Cerdo mentiroso. Puta guarra. Te voy a matar. Te voy a matar yo.
Para cuando se da cuenta, A. es el único cliente presente, a unas tres mesas de distancia de los enamorados. Sólo se levanta y se va cuando le lanzan una mirada de “¿qué te pasa a ti, joder?”.
Ya fuera y camino del coche, puede imaginar el más que probable final de la historia. Quizá mañana o quizá en un mes, se pelearán en casa, llegarán a las manos, y el fulano, que pesa el doble que ella, le reventará la cabeza o la tirará por el balcón. La mayoría de medios y quizá algunos políticos contabilizarán otro “asesinato machista”. La naturaleza, tal y como juntó a dos gilipollas integrales, los habrá separado por la vía de lo más parecido al sexo que conoce: la violencia.

No está mal ser observador. Cuando no estás lo suficientemente ocupado en ti mismo, las cosas toman forma alrededor. Puedes distinguir como nunca su fealdad o belleza, pero sobre todo detectas la Verdad en ellas. Esa verdad que raramente tiene que ver con los discursos paralelos que teóricamente la describen. Pero sólo son palabrería interesada, posturas encontradas, orgullos atrofiados, egos con obesidad mórbida. Primero te cuentan cómo son las cosas, pero luego –si de verdad te interesa– ves en parte cómo son de verdad.
La tarde es larga como sólo lo es en verano. Caliente, amarilla, naranja y roja. El desierto susurra y cruje con sus alimañas. Se puede percibir incluso desde dentro del coche. De vez en cuando A. se aparta un poco para que pase el Optimus Prime de turno con su dueño al volante. A veces son coches familiares con críos en el asiento de atrás. A. se pregunta qué pensarán de él, solo en el coche en semejante ruta. Lo más probable es que nada.
Los planes de no hacer nada casi siempre se tuercen. Quizá es el aburrimiento, puede que la curiosidad. A. preferiría pensar que se trata de la curiosidad, esa forma de mirar el mundo que cada vez parece menos habitual. Quizá porque has de sentirte lo suficientemente pequeño en el Universo para tenerla. Y quién coño quiere sentirse pequeño. Las personas saben que la Tierra no es el centro, pero sólo lo viven como un tecnicismo. El orgullo –ecologista o no– del ser humano será lo que acabe con él. Cómo da igual, ya encontrará la manera.
A. ve algo bastante cerca en medio del castigado alquitrán. De repente un coche familiar le adelanta por el carril izquierdo. Le acaba tapando la visibilidad de lo que parecía un animal cruzando. El coche, ya delante, se frena de golpe chirriando a unos diez metros. A. aminora hasta detenerse, puede ver uno de esos transportines para mascotas en la bandeja de atrás del vehículo. Asoma la cabecita de un gato blanco. El coche vuelve a arrancar enseguida, se va cagando leches.
A. arranca un minuto después y maniobra para ver lo que hay en suelo. Un perro negro destripado, atropellado por la familia dueña del gatito. El perro seguramente haya sido abandonado por otra familia. Los amantes de los animales cobran bastante protagonismo en verano.

Los colores de la tarde comienzan a volverse interesantes. Pese a ello, A. vuelve a salir por una vía de servicio. Tiene que reconocerse a sí mismo que quizá no sea el conductor romántico tipo ruta 66 que pensaba. Necesita tomar algo y ver gente, estudiar el exotismo de esos antros de carretera, la mayoría reconvertidos en coloridos comedores tipo self-service para familias.
Pide un café largo con hielo. Al primer sobro, se pregunta si no sufrirá cagalera más tarde. El menú del día no ha sido tan inteligente.
Piensa en el perro muerto. En realidad aún no había muerto del todo, pero no sabía qué hacer con él. Le habría pegado un tiro de ser esto una película, pero no llevaba armas de ningún tipo. No se veía tampoco con estómago para partirle el cuello. El chucho le miraba, forzosamente silencioso, y también parecía poder verse las tripas fuera. A. no se considera uno de esos amantes de los animales. Quiso tener un perro de crío, quizá como el 90% de los críos, pero ya de mayor nunca ha compartido ese ansia por cambiar de perro o gato cada diez años, o lo que sea que vivan. Sencillamente no quiere meterse en ese jardín, y además le aburre enormemente el entusiasmo por los animales que muestran algunas personas, cuando no lo percibe directamente sospechoso. Hay algo retorcido en la relación del ser humano con los animales, sobre todo cuando estos acaban reconvertidos en mascotas caseras. Es fácil criticar a los toreros, pero A. ha pensado más de una vez en las oscuras carencias emocionales de ciertas personas con perros y gatos. Esa especie de necesidad yonqui de amor ciego y desinteresado. Como cuando hablan de lo mucho mejores que son los perros que las personas. Claro, puedes ser una persona mezquina e insoportable, y tu perro te seguirá queriendo si le tratas medianamente bien. Los perros son la hostia, piensa A., pero lo que te pasa con las personas no tiene nada que ver con ellos.
El comedor de carretera vuelve a estar lleno de críos. Están emocionados y excitados, para amargura de los padres. A. les entiende, a él de crío le encantaban los viajes largos en coche. Ahora cree que en parte era por el espacio. Iba como un pequeño Rey tirano en el asiento de atrás, exigiendo bocadillos y paradas para mear. No tenía que hacer nada, sólo ser un puto crío: eso era lo único que se esperaba de él.
Una niña de unos tres años se le queda mirando, de pie, a unos tres metros. A. mira alrededor como intentando localizar a los padres. Le pasa a menudo con crías de esa edad. Miran y miran. Entonces la cría da pasitos cortos hacia la mesa en que están sus padres. Llama la atención de su madre y le señala. A. se centra en su café. Ese nivel de atención decrece alarmantemente cuando se trata de niñas de treinta años. La verdad es que como pederasta sería imbatible.

Más tarde A. pilla una habitación en un motel que parece bastante limpio. Se siente a gusto en la cama, aunque esta le hace pensar más en una anciana que en polvos salvajes con veinteañeras. Una anciana benevolente, en cualquier caso.
Tiene intención de dormir unas seis horas y seguir la ruta.
La madre le sonrió cuando se percató de la situación; quizá supo qué le llamaba la atención de A. a su cría. Él rió con cierto reparo. Siempre le da la sensación de que alguien va a pensar que un par de veces a la semana sale a la caza de niñas bebé.
No ha pensado pocas veces en los motivos por los que no es un asesino o un violador. Cree que tiene todo lo necesario para pasar más de la mitad de su vida en la cárcel. Aunque él no se ha dejado llevar nunca por ciertos impulsos, los entiende perfectamente. Porque los ha sentido. Quizá el ejemplo para llegar a todo el mundo con esto, son las rabietas al volante. Esos dos segundos en que machacarías a puñetazos a alguien por haberte hecho una pirula en la carretera, no usando bien las luces o aminorando demasiado rápido yendo tú detrás. Y hay ejemplos peores. Pero esos segundos de deseo de hacer el Mal, se presentan en muchas otras circunstancias. No sabemos qué grosor tiene la línea que separa a la persona cuerda del psicópata. Si mataras a alguien por un impulso pero sin querer, ¿te hundirías y pensarías en el suicidio, o pensarías “qué coño”, y dado que ya has cruzado la línea roja, seguirías explorando en esa dirección? ¿Y qué pasa si fuerzas sexualmente a alguien? ¿Puede ser que una buena persona –drogada o fuera de sí– pierda el control un día? ¿Y si su reputación muere ese mismo día, no es posible que esa persona decida seguir haciendo caso a ese instinto terrible? Pasa igual con la gente que pega a los críos o les hace cosas incluso peores. Somos humanos, piensa A., no somos gran cosa, podemos perder el control mucho más fácilmente de lo que creemos, y la ética, la moral y la justicia no tienen en cuenta eso, porque no pueden. Pero claramente no estamos a la altura, somos animales, y la autoconciencia humana es tan fascinante como terriblemente rara y peligrosa.
A. mira su móvil justo antes de dormirse. Lo ha puesto a cargar. Son las once de la noche.

Por la mañana se siente mejor. No ha pasado muy buena noche, a pesar de sentirse bastante descansado. Ahora conduce y procura desperezarse. Ya casi no recuerda las tres o cuatro pesadillas que ha tenido. Todas tenían que ver de algún modo con hacerse viejo, con la perdida de oportunidades. Con no haber “sentado cabeza”. Por más que no creas en esa inercia tradicional como opción única, es muy difícil que no te carcoma. Aunque tengas de todo, algo te fuerza a sentir que te falta algo. Para empezar estás solo, y la soledad es prácticamente un pecado capital. De hecho, A. piensa que es tan JODIDO estar siempre solo como estar siempre con alguien; no digamos si además es siempre la misma persona. Lo ideal sería poder pasar seis meses solo y seis acompañado. Creo que el cuerpo y la mente lo agradecerían y mucho. Además estar solo no significa que no veas a nadie; pero tener a alguien “impuesto” a veces ha sido una especie de historia de terror personal para A. Tener que justificarlo absolutamente todo, dar explicaciones siempre. Lo cierto es que la mente tiene un aguante casi inxeplicable. A. no sabe qué es lo que provoca un derrame cerebral, pero ha conocido a personas la mar de pacíficas y educadas que podrían, si no provocarte un derrame, sí uno de esos impulsos violentos que constantemente contenemos.
Hay gente tan teóricamente correcta, que por momentos te gustaría empujarles al barro de alguna forma. Tan sensibles, tan cuidadosos, tan de ahora. Irritantemente de ahora. Llegas a entender los discursos conservadores que hablan de nuevas generaciones débiles e ignorantes.
Más tarde, A. comienza a ver prostitutas cada dos o tres kilómetros en el arcén. No se le ocurre qué otra cosa pueden ser. Están solas y sentadas en sillas de playa bajo un parasol.
Se pregunta a cuántos kilómetros estará ya de casa. Mucha gente hace ciertas cosas sólo por estar lejos de casa. Consideran que no cuenta si estás lejos. A. cree que que nunca estás lejos si vas con alguien que te conoce. Es un error común entre fiesteros y puteros. Sólo puedes estar lejos de casa si te vas SOLO lejos de casa.
No se conoce de ningún secreto que se haya podido guardar en grupo.

En determinado momento para el coche. Revisa su cartera para comprobar el efectivo. Siempre ha oído que las prostitutas corrientes cobran 50 por un completo. Pero puede que eso ya no sea así. Quizá también hay un límite de tiempo. De hecho seguro que lo hay. Lleva 120 en efectivo. Probablemente nunca ha llevado tanto.
Arranca el coche y piensa en ello.
Decide que si lo hace tiene que ser con alguien de su edad o mayor. No piensa follar con una puta aterrorizada de veinte años.
Da la vuelta para echar un vistazo a las mujeres que ya ha visto de pasada. Le da miedo que algún poli le pille en el proceso; no sabe qué pasaría. Aunque no ha visto un solo coche de policía en toda la ruta.
Se decide por una de las chicas y detiene el coche cerca de su parasol.
–Disculpa.
–Dime, cariño.
–Estoy… ¿Me puedes decir tu edad?
–Veintitrés, cariño.
Obviamente no tiene veintitrés. Quizá treinta y tres. Ni siquiera sabe por qué ha preguntado.
–Ya…
–¿Quieres llevarme…?
A. cree que empieza a entender el argot putero.
La mujer pliega el parasol y su silla. Cabe todo bastante bien en el coche. En apenas un minuto la tiene sentada en el asiento del copiloto. Shorts y biquini. Obviamente no es su primera vez. A. duda que le queden muchas primeras veces por experimentar. Lo cierto es que huele bien y tiene una cara agradable. Tiene curvas generosas y una piel tan blanca que hacía imprescindible el parasol.
–Te digo dónde tienes que parar ¿vale? –dice la mujer.
–Vale. Claro.
–¿Cómo te llamas?
A. se lo dice.
–Nunca había oído ese nombre.
–Es un poco raro.
–Yo me llamo Marta.
Marta, piensa A., una elección curiosa para un nombre inventado. Cero exotismo. Pero es una buena estrategia. Hacer que el intercambio por venir no encaje por completo en un cliché.
A. se empieza a emparanoiar. ¿Seguro que estoy con una puta? ¿Qué va a ser si no, una agente comercial? ¿Alguien que capta extras para una peli? Déjate de gilipolleces, la gente habla claro, excepto si se trata de follar, haya o no una puta de por medio.
A pocos kilómetros, Marta le indica un aparcamiento de un motel. A. se pregunta cómo van a entrar, ¿como si fueran clientes al uso?
Simplemente entran. Marta saluda al chico de recepción. Rutina.
La habitación está invadida por el sol.
–Para mí de día es más agradable –dice ella.
A. lo piensa un momento.
–Para mí también.
Cuando uno se imagina con una puta, se ve en un antro mal iluminado y de madrugada. Imagina poca higiene, una situación tremendamente tensa o hasta violenta. Pero A. no se siente así.
Sin venir de ningún sitio, Marta dice:
–Estoy contenta.
–Oh.
–Ya mismo acabo en la academia. Estoy en la academia de peluquería. Es un poco caro, pero…
–Claro, claro –murmura A.
–La semana que viene dejo la ruta.
–Claro. Bueno. Me alegro por ti.
–Me da un poco de pena dejar a las compañeras, pero…
Mientras la chica habla, A. se da cuenta de algo.
No es un arrebato moral, pero sencillamente no está cachondo. Ya no.
–Oye –interrumpe a la chica.
–Sí.
–Perdona, pero si no hacemos nada…
–¿No quieres hacer nada?
–Es que…
–Si no quieres hacer nada –sonríe ella–, pues no hacemos nada. Yo no te voy a obligar.
–Ya. Pero te he hecho perder el tiempo. Oye, creo que… ¿te parece si vamos a comer a algún sitio? Te pagaré tu tiempo. Bueno, no es que esté forrado…
A. se siente ridículo, como si ella pensara que él se acaba de dar cuenta de que está mal irse de putas. Juzgándola así por defecto. Como si hubiera visto escenas así en películas y ahora él quisiera reproducirlas en la realidad.
–Oye, no es por nada, es que antes sí tenía ganas de hacerlo, pero ahora no me encuentro muy bien.
Así, usa la carta de la salud. Como si notaras un poco de fiebre, o el estómago pesado.
–¿No te encuentras bien?
–Sí, pero creo que noto un poco pesado el… Quizá otro día…
–Bueno, otro día seguramente yo no estaré –dice Marta, como avisando. Oferta limitada, chico.
–Ya. Es verdad.
–Oye. Da igual. Si quieres vamos a comer. ¿Me invitas a comer? Me invitas a comer y en paces. Creo que hoy me iré a casa pronto.

Acaban en un terraza cubierta por un toldo, en el mismo motel. A. se siente bien. Decide no hablar del tema, sobre prostitución o planes propios de futuro. Sólo escucha a esa mujer. Algunos tíos la saludan, ella los conoce a todos. Marta le pregunta a A. que adónde va.
–Bueno. Estoy de vacaciones y…
–No vas a ningún sitio.
Lo dice completamente segura.
–La verdad es que que no.
–Si no vas a ningún sitio, te recomiendo que avances 50 kilómetros. Allí hay un antro que mola. Se llama: El Cowboy, lo lleva un friki de las pelis del oeste. Para no ir a ningún sitio es mejor que esto. Y que conste que no me quejo, aquí me tratan bien.
Entonces le dice a A. que va al lavabo. Al cabo de un rato, A. pregunta por Marta. Le dicen que se ha marchado, que ha pagado la cuenta.

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Double

Esto no puede tener interrupciones de ningún tipo, porque lo recuerdo como un bloque compacto a lo Kerouac, y así se servirá. Un sábado no hace tanto tengo una discusión absurda con mis padres de la que no recuerdo el motivo. Luego camino rápido por la calle, crispado y con ganas de gritar, con vagos pensamientos suicidas y también vagamente cachondo por la visión veraniega de piernas y hombros femeninos al aire por todos lados. Decido dirigirme hacia las afueras, y cuando ya atravieso un polígono industrial inactivo, sigo con ganas de gritar. No sé bien si no me atrevo o se me ha olvidado cómo hacerlo. Años de contención supuestamente responsables o adultos me han entumecido ciertos músculos. La última pelea física fue a los doce años, durante un partido de fútbol de barrio: me enredé a patadas y puñetazos con un pelirrojo al que le dejé la nariz sangrando y en dos mitades. Recuerdo la sensación de alivio y victoria tras la violencia. Más allá de juicios éticos o morales, aquello hizo que me sintiera bien. Teorizo que fue sencillamente un rasgo de humanidad no contenida. Mientras bordeo la vía del tren recordando a aquel gilipollas al que volvería a atizar, empiezo a pensar que de verdad se me ha olvidado cómo gritar. Me da la sensación de que soltaría un aullido ronco y poco satisfactorio. Recuerdo también la última vez que lloré al modo de lágrimas de fuego e hipidos: fue quizá a los quince años, tras una bronca de mi padre sobre el futuro. Luego el futuro ya ha llegado, y sólo sé caminar furioso y treintañero: nada de llorar ni gritar, no puedo físicamente hacerlo. Creo que el adulto medio sustituye la violencia y los berrinches infantiles y adolescentes por el sexo. Tiene sentido si lo piensas, pero la mayoría de gente lo hace sin pensarlo. No veo gran diferencia entre la pulsión que te hace lanzar un puñetazo y la que te obliga a culear más fuerte follando. El camino hacia la violencia puede ser distinto la mayoría de veces del que lleva al sexo, y si me apuras el sexo y la violencia podrían ser como mucho primos. Pero creo que ambos son anfitriones de la misma fiesta. Sexoboy y Violagirl. Te reciben con una sonrisa de chupito y te indican dónde está la barra libre. Y pese a que le está vedada la entrada a los violadores y las locas del coño, puedes respirar cierto tufo a hipocresía en el ambiente. Hablamos al fin y al cabo de seres humanos. Una vez alguien muy borracha me dijo que es muy probable que muchos tíos no sepan follar porque nunca se han peleado. No saben luchar, de modo que no saben empujar. Te tratan como si fueras de cristal, decía, haciéndote preguntas todo el puñetero tiempo, antes de tocar una teta, antes de acercar la nariz al coño…, como si no estuvieras ya espatarrada ni hubieras asentido mirando guarro unas veinte veces. Les has metido la lengua en la boca diez minutos sobándoles el paquete, y aún no saben qué coño quieres. Esos son los tíos más jodidamente altivos e irrespetuosos, decía, porque ni siquiera saben reconocerse como animales. Lo cierto es que el sexo, y esto lo digo yo, tiene que ver con mostrarse vulnerable. Humano y no como una especie de ser ideológico sin venas en la polla. Ahora podría comenzar a caminar por en medio de la vía, a treinta y cinco grados, y esperar a que el próximo tren comience a darle a la bocina de tren antes de apartarme. Si es que logro apartarme a tiempo. Necesito follar, o bien gritar, o machacar a un pelirrojo. Todo eso ha funcionado bien antes, por poco que lo haya practicado. Si no recuerdo mal, estoy un buen rato pensando en lo de la vía. Nunca me he planteado seriamente el suicidio, pero siempre me ha parecido una idea sumamente interesante. Esa clase de fuga definitiva, seguramente casi siempre torpe, producto de determinada inexperiencia terminal, como cuando un adolescente cree que toda la vida será como en el instituto. Pero es innegable que el suicido es el corte de mangas definitivo, y su radiación resultante quizá no sea como la de Chernobyl, pero seguramente joderá unas cuantas vidas en un amplio radio. Caminar a mediodía a finales de julio te deja un marcado moreno de paleta. Estando lo suficientemente tenso y cachondo te da igual casi todo. Estás aturdido, alguna fuerza te impulsa a seguir hacia delante. Llego a una zona residencial y los perros me notan y ladran desde los aburguesados patios. Tranquilos, pienso, somos hermanos. Oigo chapotear a críos en sus piscinas privadas, oigo voces de mujeres, murmullos de hombres, y puedo sentir la pose de chicas adolescentes tumbadas y cogiendo color, pensando en uno o dos chiquitos a los que estaría bien tirarse, y que sin duda accederán. Basta con chasquear los dedos. Las “chicas malas” chasquean los dedos, los “chicos malos” se van de putas. No es tan sencillo y a la vez es sencillo de narices. Contradictorio, cosas de Marte y Venus. Me hago con una rama bastante pesada, gruesa como mi pene en erección y larga como mi brazo. Perfecta para machacar pelirrojos. No puedo dejar de retrotraerme a ciertos momentos del pasado, a veces importantes, a veces minúsculos. La memoria es una bendita maldición. Como una buena sesión sado, duele pero también proporciona placer. Como recordar a los muertos. La muerte nos rodea de verdad, a unos mil niveles distintos. Incluso las cosas que sabes que te sobrevivirán, tienen fecha de caducidad. No me vale eso de que la materia sólo se transforma. Puedes convertir un consolador de metal en un cuchillo de cocina. Algo ha muerto ahí. Mientras voy dando pataditas a uno de los raíles de la vía, pienso que me deben quedar unos cuarenta años de vida. Con suerte. No suena tan mal; el sol brilla y me empieza a relajar el sonido de los críos, las emanaciones adolescentes de las chicas que toman el sol, hasta los comentarios prudentes de madres y padres. El mundo sigue girando, y no me ha tocado hacer vida en el cuerno de África. El cabreo con mis padres ya casi se ha diluido del todo. Lo que quiero es encontrar un banco a la sombra y fumar un cigarrillo antes de volver a mi piso. Siempre llevo encima. Eso es sagrado. En realidad siempre acabo en el mismo banco. En medio de esas casas, gente de pasta, ya no tan cerca de la vía. Mientras fumo siempre pasan grupos de mujeres de unos cincuenta años, a veces trotando, a veces caminando, ropa diseñada para sudar. Algunas me conocen de vista, incluso saludan. Creo que piensan que soy de la zona. No saben que camino casi hora y media desde mi barrio del montón para llegar hasta aquí. Quizá creen que soy alguna especie de soltero de oro, que uso mi bonita casa aquí para follar con una horquilla de mujeres desde los diecisiete a hasta los sesenta; y puede que con algún tío de vez en cuando, aunque sólo sea en medio de la calentura de un trío. Un culo es un culo. Pero seguramente no piensan nada de todo eso. Mi ropa y mi aspecto no deben invitar a intuir un salón elegante y una desconocida con una copa de vino esperando a que me decida. No luzco un cuerpo de gimnasio ni un ademán tranquilo o sosegadamente seductor. No me estoy follando a las primorosas adolescentes del barrio. Y no por falta de ganas. Tampoco a las mujeres de verdad, ni a las corredoras de cincuenta aún en plena forma y probablemente las más dotadas para ordeñarte como te gusta. Soy el chico del barrio. Follo cuando puedo porque ya no me peleo. Pero me siento orgulloso de haberme peleado unas cuantas veces de crío, aunque suene estúpido; creo que haber pasado por eso tiene algo de edificante. No porque aprendas a no volver a hacerlo, sino porque has experimentado ese contacto humano que se les va a negar a las siguientes generaciones. Sabes cómo se siente un puñetazo en la cara y una patada en los huevos. Ese chico soy. Conoces zonas limítrofes que los nuevos chicos y chicas de “ideas firmes” y entorno desinfectado siempre desconocerán. Es otro tipo de ignorancia, y aunque la ignorancia a veces traiga la felicidad, la mayoría de veces sólo ayuda a que pases por la vida sin dejar huella en nada, ya sea la cara de un pelirrojo o el culo del amor de tu vida. Yo no he sido precisamente forjado en el amor, por cierto; mis padres siempre me han querido, pero nunca han sido cariñosos más allá de mi vida de bebé. Creo que llegué algo tarde. Mi hermano mayor me saca diez años, y creo que yo sólo aparecí para aplacar el aburrimiento o la rutina (o algo peor). Más de una vez he leído que los hijos son el entretenimiento de los pobres. Me gustaría saber hasta qué punto eso es falso. Pienso en ello cuando dos mujeres de cincuenta y largos se sientan en mi mismo banco, saludando de forma calculada, como pidiendo permiso. Por supuesto, adelante. Me quedo sentado un rato más mientras ellas charlan, y luego me levanto murmurando una despedida amable. Creo que se quedan cotilleando. Son las cuatro de la tarde. Son horas no recomendadas por el calor, pero a veces tengo algo de masoca con eso. Hoy no es un buen ejemplo, porque ha sido una espantada, pero no es raro verme metiendo la mano bajo las bragas de Insolación. Comienzo a deambular entre casas suntuosas. Hasta ahora sólo he caminado mientras le daba cuerda a mi recalentada cabeza, pero ahora llega la acción, quizá lo único de este relato que se podría guionizar para una película. Una para adultos. Y que conste que lo que viene no es NI DE COÑA representativo. Es una experiencia única en mi vida, habitual en la de otros, normal en la ficción, e intrascendente para el Universo. Como casi siempre, cuando pasa algo es porque alguien interviene. Oigo una voz cuando ya estoy dispuesto a volver a la civilización (esto es: calles anodinas y pisos funcionales). No es bueno deleitarse tanto con la vida del dinero. Y la voz está pronunciando mi nombre. No me giro, hay muchos fulanos con mi nombre, también burgueses, que lo colocan entre el innumerable resto de nombres y apellidos del escudo familiar. Pero la voz insiste, y me doy la vuelta sin pensar. Una chica con shorts y la parte superior del biquini. La clave es su cara. Una luna llena morena de boca pequeña pero labios turgentes, y ojos en los que entrar a hacer surf. De la misma línea de producción de Mila Kunis o Joey King. En resumen, una liga superior a la mía. Yo probablemente salí de una mala decisión. Me acerco a ella, sonríe tanto y parece tan dispuesta a charlar que soy incapaz de poner una excusa. Recuerdo que es la prima de alguien, pero no recuerdo de quién. Le saco unos diez años. Recuerdo un par de noches de hace dos. El cumpleaños de alguien. Ella siempre se mostraba simpática, como el tipo de chica demasiado joven al que simplemente no aspiras, porque todo es demasiado bueno para que puedas estar a su altura. O como si tuviera que haber gato encerrado. Tan extrovertida pero sensible, guapa, inteligente, aparentemente accesible, dispuesta, con sentido del humor. Sólida. Como si fuese una idealización de alguien más creíble: Muy guapa pero un poco gilipollas, o muy inteligente pero carente de magnetismo animal. Pero ella parecía tenerlo todo, y nada parecía artificial. Con chicas así, que te sacan tanta ventaja, siempre creo que merecen a alguien más práctico y centrado, quizá alguien con abdominales marcados y una carrera aburrida pero solvente. Alguien que sin ser un gran amante o muy ingenioso, sepa al menos mantener a raya la vida, ser fiel sobre el papel y llegar a la vejez con ella no sin haber dejado atrás un buen rastro de ADN. Alguien previsible pero respetable. No Bob Dylan, pero quizá Bryan Adams. Un cunnilingus algo torpe, pero entregado. Alguien menos explosivo pero más guapo. Y además luego con las pollas nunca se sabe. El tipo más lerdo podría servirte un cubata de carne. Me dijo que estaba con una amiga en el jardín. Me dijo que la conocía. Del día del cumpleaños, y también de otra ocasión en la que salimos unas quince personas, y acabamos en un tugurio de los que ya piso como mucho una vez al año. Me invita a entrar en la casa y llegar hasta el jardín. Me da una cerveza sin yo pedirla ni ella ofrecerla. Recuerdo a la otra chica cuando la veo. Se está bañando, biquini rosa. Me saluda como si nos hubiéramos visto ya la tarde anterior. Y entonces me doy cuenta de que ambas van un poco borrachas. Después de que tienen un plan. Y luego de que han decidido que pueden encajarme a mí en dicho plan. Me enseñan una lista a bolígrafo de “Cosas que hay que hacer en verano”, entre las que se leen objetivos como Pasar una noche juntas en Periferia, o Hacernos amigas de alguien guay en Sonora. Hay diez y todas están marcadas menos una: Chupársela las dos a la vez a un tío.

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Una vida estética

Sonora. Los pensamientos de J. La habitación de J. acapara el mundo privado de J.; intenta ser un reducto fortificado contra el enemigo: los padres, el mundo. Los profesores. El instituto es el trabajo de los adolescentes: La rutina oficinista de los pajilleros y las niñas que comprueban sus tetas en el espejo.
Un futuro inabastable por delante imposible de entender en su actual mundo a cámara lenta.
J. quería tener un pestillo en la puerta de su habitación. Papá dijo que nanay. Mamá apuró la copa de vino.
A veces piensa que esa carencia de pestillo es la razón principal por la que aún no ha follado. ¿A dónde supone que tendría que llevar a la minidama de turno de recientes curvas, a un descampado?
J. habla en vivo y en digital sin parar con N., otro chico que parece el protagonista de un documental sobre el suicidio adolescente. Delgaducho, de sobresalientes casi sin mover un dedo, ocasionalmente víctima de bullying. La mirada siempre alerta ante las miniaturas de Pornhub. Cada día. Unas manchas sospechosas en la silla de gamer: da igual cuánto frotes.
Intimidad inevitable tan vieja como la Historia.

Los martes son los días que te hunden la daga de verdad. Los lunes están sobreestimados. Nadie te prepara para los martes. Vuelta al curro adolescente. El plan se comenzó a fraguar un martes.

Una charla sobre las armas de fuego antes de entrar a clase. El resto de alumnos, todos cromos repetidos discurso concienciador mediante, hablarían de la abolición. J. y N. hablan de su funcionamiento, de cómo conseguir un par de AK-47. Tienen fama de ser sencillas de utilizar. Pon el telediario, hasta los niños negritos escuálidos son buenos tiradores con un AK-47. Pero no ha de ser fácil conseguir dos en el mercado negro, y munición, y todo a un buen precio.
J. y N. conocen de sobras los casos tipo Columbine. No son ciegos a los dramas y los debates recurrentes. Son íntimos del ruido mediático igual que sus compañeros. Pero ahora tienen un objetivo, un camino de baldosas amarillas que opacan las consecuencias.
–Nadie habla de ese minuto –dice J.–, cuando lo acabas de hacer. Todos hablan de la cárcel o tu vida echada a perder. Pero no hablan de esos segundos de brutal alivio desconocidos para la mayoría. El alivio que se debe sentir cuando le acabas de disparar en la cara a alguien a quien odias con toda tu alma.
–O porque odias lo que representa –murmura N.
–No te quiero mentir, yo no sé bien por qué quiero hacerlo, sólo sé que quiero hacerlo.

Lo saben y no lo saben. J. a veces cree saberlo, estirado en su cama mirando al techo.
Piensa en el ambiente que se ha generado en el instituto. Se está contagiando de las universidades cierto pensamiento monolítico. Lo peor es que esa corriente empieza por los profesores. A un lado tienes el bullying, y al otro a los activistas teóricos. A un lado la violencia, al otro el sectarismo con coartada. Apolíticos estúpidos y politizados extremos.
Idiotas de siempre e idiotas de nuevo cuño.
Una vez N. le oyó decir a su padre que las nuevas generaciones aún no habían encontrado un buen sustitutivo para el guantazo en lo que a criar hijos se refiere. Cuando mira al techo en su propia habitación, piensa mucho en eso. Sus padres forman parte quizá de la primera generación que siempre se contiene de darte una buena bofetada si como hijo les vacilas, manipulas o puteas de alguna forma, cosa para la que estás perfectamente dotado desde que eres un bebé. Ahora puedes ser un mal bicho consentido, un auténtico gilipollas tocahuevos, y tus padres no pueden tocarte un pelo.
Como en todo, piensa N., es verdad lo que dicen, siempre es MUCHO más difícil enseñarte a pensar que darte una hostia.
Como en el instituto ahora sería aún más grave si cabe darte una hostia, en lugar de buscar el modo de enseñarte a pensar, te dicen LO que tienes que pensar sobre toda acción o dinámica del mundo, y que si no piensas como te digan, eres y serás a todas luces una mala persona.
Obviamente, el profesor o profesora (o adulto invitado) que se dedica a dar semejantes discursos cerrados, no puede permitir que se le ponga en entredicho, porque, aunque lo negará obcecadamente, la base de sus intenciones no es educativa, sino ideológica.
¿Eso quiere decir que no puedes estar de acuerdo con nada de lo que diga? No. El problema es que tienes que estar de acuerdo con TODO lo que diga.
Las nuevas clases de Ética. Moralidad universitaria yankee que llega en cuatro o cinco años a cualquier rincón del mundo.

Problemas de infinita gravedad y complejidad que el ser humano no ha logrado solucionar a lo largo de su Historia, reducidos a lemas concretos y un primoroso dedo que te señala: eres el culpable.

Es una sensación en parte subjetiva. El instituto no es un infierno, pero a menudo es percibido como tal, y algunas decisiones académicas son harto discutibles. Hay gente que parece pensar que lo nuevo siempre va a ser mejor. Pero lo nuevo de entrada sólo es distinto. Es crucial lo que crece en las mentes de J. y N., chicos obedientes que se sientan en pupitres discretos y que llevan toda su vida cumpliendo órdenes. Y que ahora además toman conciencia de que su punto de vista no vale para una mierda. La “renovada” moral les quiere absorber en una dirección identitaria. Como si antes de nacer eligieras sexo, raza y ubicación geográfica. Dos críos blancos que encima no tragan. El último año los padres de ambos han visitado dos veces el despacho del director.
Los padres vuelven a casa sin saber lo que ha pasado.
Las madres querrían estar de acuerdo con lo que han oído, pero no lo tienen demasiado claro. Parece estar produciéndose una complicada disensión entre feministas y feminismo.
Casi nadie se atreve a mencionarlo. La mayoría porque no saben cómo sin meterse en un pequeño lío, otros porque creen ser demasiado viejos para entender ciertas tendencias.
En una reunión se les dice a los padres de todos los críos que deben reconocerse como privilegiados. Tienen que dar ejemplo a sus cachorros varones. Las madres se miran entre sí, a algunas se les escapa la risa viendo la cara de sus maridos, tíos cincuentones que no conocen otra cosa que el trabajo, y que empiezan a sospechar que ese nuevo dolor en un costado podría ser otra hernia.
Las charlas teóricamente feministas o radicales en el teórico mejor sentido, son cada vez más habituales en el centro. El director escurre el bulto cada vez que alguien le inquiere sobre el tema. Un nuevo inconfeso grano en el culo.

En una de las ocasiones, J. y N. fueron los únicos que se atrevieron a reaccionar cuando una mujer ajena al centro dejó espacio abierto a las preguntas después de repetir expresiones como «terrorismo machista», «racismo interiorizado» y «capitalismo heteropatriarcal» unas treinta veces cada una.
Una de las novedosas normas era que no puedes hablar con una persona racializada sin dejar claro que tienes en cuenta su raza. Has de reconocer tu privilegio blanco en todo momento. A lo que N. dijo:
–¿Cómo se hace eso? ¿Digo algo como: “Quiero que sepas que me he dado cuenta de que eres negro”?
J. sólo se río un segundo. El resto de la clase era el funeral de Martin Luther King, a quien por cierto algunos ya consideraban racista.
En la otra ocasión que llevó a los padres de ambos al despacho del atribulado director, se tocó el tema de la violencia machista. Un treintañero, también ajeno al centro, explicó a la clase cómo y por qué los hombres matan a las mujeres por ser mujeres. Comenzó a escribir estadísticas terribles en la pizarra como si de alguna manera fueran emocionantes en positivo para él. Nadie podía negar la realidad, los hechos, los números. El treintañero gesticulaba con el puño derecho cerrado, como si contuviera con fuerza la Verdad entre sus dedos. Tenía RAZÓN y lo sabía. Y con ese mullido colchón de violencia irrebatible, comenzó a hablar de estereotipos masculinos y femeninos impuestos, y también de construcciones sociales (casi todo lo eran, los seres humanos no habían elegido prácticamente nada). Se alumbró como el “aliado” definitivo, un estudioso del Mal, del que se reconocía parte como hombre blanco hetero. Sólo le faltó acarrear una cruz de madera de setenta kilos, y arrastrarla desde la clase hasta el patio con todas las niñas y profesoras escupiéndole y tirándole verdura podrida. Para cuando le clavaran la lanza en el costado ya se habría corrido en los calzoncillos.
J. señaló los números y dijo:
–¿Todas esas mujeres han muerto por ser mujeres?
Y el tipo repitió algo que ya había dicho.
–¿Entonces nos lo tenemos que creer y punto?
Y el tipo, ya algo mosqueado, volvió a repetir algo que ya había dicho.
A lo que N. añadió:
–¿Para reducir los casos de violencia no sería mejor estudiar los motivos diversos por los que se produce? Alguna vez he leído que los asesinatos por violencia doméstica acostumbran a empezar siendo una pelea. Peleas cada una con su contexto, y en las que gana entre comillas el hombre porque suele tener más fuerza física.
Y la profesora intervino y zanjó el debate. Nos vamos a publicidad.

J. y N. suelen pasar las tardes en casa de N. Sus padres trabajan hasta tarde y la consola y el abismo de Internet están a mano. Se acercan las vacaciones de verano. Un mes. Quieren hacerlo uno de los últimos días, cuando a todos les brillen los ojos y ya se vean de botellón, follando o de manifestación. Pero conseguir las armas sigue siendo un enorme escollo. Sonora no es Texas.
A veces surgen los titubeos. Todo lo que pensamos se derrumbará cuando peguemos el primer tiro, dice J., el primer muerto nos quitará la razón en todo.
–Creo que empiezas a hablar como Ellos –dice N.
–No pretendo sonar virtuoso, sólo te digo lo que pienso.
–¿Eso te preocupa?
–No lo sé. Sigo teniendo muchas ganas de hacerlo.
La violencia física es algo terrorífico en sí, quizá lo peor que existe. El hecho de introducirla en el instituto, donde todos la repudian siempre en voz alta, y a menudo como recurso para lograr otras cosas, puede resultar prometedoramente embriagador.
–Siempre dicen que tienen miedo todo el tiempo –dice N.–, y que los demás también deberíamos tenerlo de lo que podríamos hacer o nos podrían hacer, por ser blancos, negros, hombres, mujeres, trans… Que tengan miedo de verdad por una vez. Dos chicos blancos, ¿no? Estamos imbuidos de nuestra naturaleza. Si tanto les gusta tener siempre la razón, que se mueran con ella.

Cada día parece más largo que el anterior. Las vacaciones en el horizonte. El plan es destruirlas, destrozar a un puñado de familias con un puñado de funerales. Ataúdes tamaño pajillero. Chicos y chicas monísimos con los que el maquillador de la funeraria tendrá casi todo el trabajo hecho.
El principal motivo para ello es que no hay un motivo concreto que lo merezca. Puede que a un bullie le viniese bien una hostia a la vieja usanza, como a un gilipollas neonazi; pero los demás sólo son novísimas fashion victims. Fans de esas nuevas percepciones y sentencias que a veces funcionan fenomenal sobre el papel; seguidores autocomplacientes de las más rebuscadas teorías sobre lo malo que es todo el mundo y lo buenos que son ellos. Repetidores de una señal. La primera generación que sabe ver el mundo de verdad. La anterior no les llega a la suela de los zapatos, y el resto es todo senectud y fascismo.
Adolescentes de manos suaves, tecnológicos y de autodenominación anticapitalista que siempre huelen fenomenal y creen que todo el mundo debería follar sólo acordándolo antes verbalmente, y sin descuidar la perspectiva de género. Los matices no existen, los grises son el Demonio, el lenguaje no verbal, un tema tabú.
Y la ciencia ya veremos.
El mundo es sencillo. ¿Por qué carajo el resto no lo vemos?
Una generación de sofisticados ignorantes hijos de la gimnasia mental que no merece morir a tiros.

Y los profesores.

J. y N. hablan mucho de ellos en sus tertulias de Play Station. A veces se plantean seriamente el cargarse sólo a los profesores. O al director; ese pobre bastardo sedentario que no puede verse la polla desde hace treinta años: un ser funcionarial cuya vocación se quedó con el peinado afro. Se lo imaginan casado con un cadáver de sillón y televisión.
Puede que todos. Puede que los profesores. Quizá sólo el director. Pero siempre vuelven a la idea inicial: TODOS LOS QUE PODAMOS.

A J. le sorprende la ligereza del arma. No puede creer que ya haya llegado el día. Once de la mañana, las clases llenas. Tres días para las vacaciones. Han trazado un ruta para cada uno, buscando dar la sensación de encerrona. Sólo son dos, pero Ellos no lo saben.
Abre la primera puerta que se encuentra. Ejecuta el primer disparo. El impacto lo recibe una chica en el cuello. Los gritos del resto son ensordecedores, el profesor se ha metido bajo su mesa, J. cree haberlo oído suplicar.
La chica borbotea sangre por la boca, un sonido de atragantamiento. Sus ojos miran eléctricos de pánico a J.
Y J. despierta.

N. es ametrallado muchos días a preguntas y sugerencias de sus padres a la hora de comer. Para ellos el presente es irrelevante y la juventud es una trampa. Te entretienes demasiado en vagar y oler culos, y no piensas en tu yo de cuarenta años. ¿Qué va a ser de ese tipo?
N. nunca se lo ha dicho a J., pero su apetencia por explotar viene dada en gran medida por el irritante discurso de sus padres sobre la responsabilidad. Un discurso mayormente basado en el miedo. El futuro te tiene que dar un miedo de cojones. Prepárate para el futuro todo lo que puedas. N. sabe que hay algo de verdad en ello, pero lo hacen sonar como si te fueran a mandar al matadero.
N. nunca, jamás, bajo ningún concepto, les discute nada a sus padres. En el pasado eso le trajo algunas alegrías; ahora se siente como un barril de dinamita en la sala de máquinas de un barco.

Cuando has bebido tanta cerveza que luego en el baño meas a intervalos, J. lo llama: mear en streaming. N. los viernes por la tarde siempre dice:
–¿Hacemos un 1080?
Los videos a 1080p son los que más se paran. El guiño es obviamente al porno.
Hay un chino que sirve cerveza a niños y mayores. Se quedó con un bar antes regentado por dos hipsters que lo anglificaban todo para encarecerlo, y lo convirtió en un local despersonalizado que se dedica a la cerveza y el café. Ambos de una calidad discutible, pero arrastrando los precios. El sitio ha mutado en lugar de reunión para adolescentes y borrachos del barrio.
J. y N. ocupan una mesa rodeada de grupitos de chicos y chicas. Los chicos y chicas guays se juntan entre ellos. Igual que los marginados o automarginados hacen lo propio. Pero todos se congregan en el chino. La ONU adolescente.
Hoy es otro viernes y las mesas están llenas de caras habituales.
También está Alfredo el borracho. Cuarenta y muchos. Todos le saludan y se ríen de él. Se sienta siempre en la misma mesa y mira sin ningún tipo de disimulo a las niñas de dieciséis y diecisiete años. No suele decir nada más allá del saludo. Algunas de las chicas, con el suficiente alcohol en las venas, a veces se sientan en el regazo de Alfredo para reírse de Alfredo. Cosa que Alfredo agradece, alguna vez con una visible erección bajo los raídos tejanos. Todos estallan en risas. Si te pones a encadenar chicas menores en Instagram, es muy probable que te topes con el careto de Alfredo en medio de un centenar de poses playeras en varias cuentas.
Todos los habituales de la terraza aprecian a Alfredo en el fondo, pero sólo J. y N. han llegado a hablar con él más allá del exabrupto.
J. ha pensado en él últimamente. Alfredo, además de beber, también escribe y pinta. Y es sabido que folla con putas, aunque no se vanaglorie de ello. Su principal actividad parece ser creativa, y su sustento parte de una herencia. O al menos eso se cuenta.
Una vez pidió permiso a J. y N. para sentarse a su mesa. No había sitios libres. Llevaba una gran carpeta bajo el brazo, uno de esos cartapacios de artista. Pero no llevaba ninguna de sus obras pictóricas, sino textos escritos a bolígrafo, llenos de tachones y apuntes al margen.
N. le preguntó al respecto. El tipo desplegó sus folios por la mesa. Era un largo relato.
–Pero no es una novela –aclaró. Era un borracho tipo Hemingway, apenas se le notaba; o sí, pero era un borracho funcional. Había hecho del alcohol otra parte inherente a su anatomía.
N. estuvo leyendo un poco en diagonal. Al rato preguntó:
–¿Cómo acaba el relato, Alfredo? –Había algo en su presencia que te impulsaba a pronunciar su nombre, como si no pudiera haber término medio entre reírte de él o tenerle un sincero respeto.
–Da igual cómo acaba, hombre. Qué manía tienen todos ahora con el principio y el final de las cosas. Lo que importa es la ESTÉTICA. La estética de las cosas, tío. ¿Esas tías te gustan por cómo acaban?
Balbuceaba, pero intentaba encontrar el punto;
–La estética en el sentido más amplio, ¿entiendes? Y no hablo del buen gusto, joder. Hablo de la estética, de la resonancia. Todo lo demás es mecánico o secundario. Qué coño importa si Marlon Brando muere al final en Apocalipsis Now. Joder, ha sido todo un puto viaje. La muerte o la vida o el beso o la boda o el divorcio… todo eso sólo es un puñetero cierre. La clave está en la estética. La clave está en que hayan logrado correrse dentro de ti. Porque lo notarás. Eso te vuelve a invadir dos días después, o una semana, o años después; recuerdas y piensas: JODER, aquel puto libro… Se te corren dentro y el embarazo dura para siempre, pero sin los vómitos, la pesadez y la putada del parto. Es un embarazo de belleza, trascendencia y placer en la boca del estómago. Ahí está la clave. La estética. Funciona para el arte y funciona para la vida. Aunque de forma distinta, claro está.

Funciona para el arte y funciona para la vida. J. ha vuelto a pensar en ello. Funciona para el arte y funciona para la vida, aunque de forma distinta. Pero Alfredo se quedó ahí. No importó demasiado, J. ha ido intuyendo con el tiempo a qué se refería con todo ese discurso. En lo relacionado con el arte es relativamente sencillo entenderlo; basta con poner un mínimo interés, con ser algo más que un puto vegetal que compra cosas. En la realidad es menos sencillo verlo, pero también hay actos estéticos. Suelen tener que ver más con la intuición o lo inexplicable que con la ética o la amabilidad. No tiene ningún mérito ser amable o ético si te han “programado” para ello. Si has nacido y crecido en un lugar relativamente libre de conflictos realmente jodidos, ser una persona ética y educada no es para tanto. De hecho quizá tengas que hacer más esfuerzo para ser un gilipollas, o al menos tener un entorno inmediato decididamente turbio. Cada día mueren buenas personas que tampoco tenían tanto mérito, y que no han dejado nada destacable o estético tras espicharla. Sólo fulanos y fulanas con el kit de buenas intenciones y excusable hipocresía habitual.
Todo este asunto de la estética genera serias dudas a J. Se lo hace saber un día a N., esta vez en la playa, en un intercambio de toalla:
–No estás hablando de la estética, J., estás hablando de la moral. Lo estás disfrazando para que no suene tan evidente.
Quedan dos semanas para las vacaciones.
–No me has entendido –murmura J.–, tal y como me siento ahora, me importa un carajo lo que está bien y lo que está mal. Pero hay algo en lo de entrar allí a cargarse a la gente que choca con lo que he dicho, y eso sí me importa.
–No me jodas…
–Para empezar es previsible que te cagas. Nosotros siempre decimos que se están importando chorradas de Estados Unidos. ¿Liarla en un instituto no es una de esas cosas? ¿Has pensado qué quieres hacer luego?
–Qué coño sé qué quiero hacer luego. Sólo sé lo que quiero hacer ahora.
–¿Ahora? Quedan quince días de trimestre… Y no hables tan alto, joder.

No se volvieron a ver extraescolarmente en una semana. Se hizo un silencio trascendental entre ellos, incluso digital.

J. pasó la semana así:
Quiero que sepas una cosa: no quiero que sepas nada de mí. Lo de hacer planes, lo de la estética y la violencia verbalizadas. Cuando tenga treinta años nada de esto habrá pasado. Pase lo que pase intentaré llevar una vida estética a partir de ahora. Pero no te daré explicaciones, hombre del futuro, mujer del futuro, querida, amada, amante o fulana. Seré yo y no seré yo, sólo existirá el presente, el pasado será negado o inventado. No seré un terrorista, no seré un violador, no tocaré a una mujer a menos que vea una clara luz verde en sus ojos. No atizaré a ningún soplapollas, rancio o progresista, a menos que él lo haga antes (entonces no responderé de mis actos). No votaré a los conservadores por más que me irriten los “progres” de boquilla. No hablaré con nadie pensando en su color de piel, no aplicaré condescendencia, no intentaré sonar como la persona más virtuosa del lugar, no daré discursos de dictador criticando las dictaduras. No catalogaré fachas desde un sesgo fascista. Tendré mi “habitación” limpia y ordenada, me esforzaré mucho en que eso sea así. Follaré duro cuando toque y tocaré la zambomba cuando nadie quiera tocarme. Envejeceré si el cuerpo aguanta, y lo dispondré todo para morir viendo un atardecer, aunque me parta el alma dejarte sola.

Y N. pasó la semana así:
Lena Paul se la chupa a un fulano disfrazado de mecánico de peli porno de los 80. Mia Malkova recoge “su casa” en ropa interior, y eso es todo. Riley Reid deja a un tipo al borde del desmayo en un decorado de luces estroboscópicas: está disfrazada de Harley Quinn. Fotos de Jordan Capri por doquier, son una droga. Angela White enseña a una chica virgen muy experimentada a mamársela a un arrendatario de fincas de 110 kilos sin una gota de grasa. Cherie Deville cabalga en un sillón de tres plazas sobre un amigo de su hijo: al principio él se resiste, pero finalmente sucumbe a la persuasión de Cherie. Lauren Philips se finge pudorosa antes de que una pareja mixta de veinteañeros le provoque un charco en el suelo. Lucy Doll tiene una voz extremadamente aguda de muñeca: la idea es que es mayor de edad sólo en el contrato. Gina Valentina es una actriz extraordinaria o no lo es: prefieres pensar que no lo es. Juliana Colombiana actúa pero actúa muy bien, el juego no parece sólo trabajo. Mia Khalifa se ha retirado, pero aún puedes verla coquetear con la cámara en una piscina antes de que llegue un mandingo de los de a veinticinco. Abbey Brooks está pletórica en un video muy “arty” de “sexo con amor”. Verónica Leal hace siempre de tu novia, subiendo el listón hasta lo imposible: suerte que lo sabes. Y Gia Derza se parece a una camarera a la que puedes ver en el John’s cada fin de semana.
Todo esto bajo un influjo de confusión respecto a la idea de matar porque sí.

Pasada la semana, N. fuerza una sonrisa en la última hora de clase:
–¿Hacemos un 1080 y vamos a la playa?
J. no se puede negar. El mal rollo se ha diluido, y sólo queda un resquicio de vergüenza.
Pasan por casa para quitarse la peste a aula, ponerse el bañador y coger la toalla.
Acaban sudando de la terraza.
Una vez en la playa, lo importante es lo que no se dice.
Faltan siete días para las vacaciones, y no se han movido para averiguar cómo demonios se consigue un arma en Sonora. A ambos les invade la pereza cuando piensan en ello.
J. guarda el secreto de que ya no quiere hacerlo, pero está a punto de soltarlo.
N. ya no quiere hacerlo, pero no quiere parecer un panoli. No matar no es emocionante para nada. Sólo es lo correcto.
Otra vez.
Sienten que han perdido el tiempo fantaseando. Todos fantasean con la violencia, pero la mayoría se aferra a la idea de la civilización. Parece coherente que de repente N. diga:
–Si tengo un hijo le diré que no ponga nunca la otra mejilla; le enseñaré a hacer daño de modo que no cause nada irreversible. Si tengo una hija no diré nada; le meteré un spray antivioladores en la mochila y esperaré a que pregunte. Estudiaremos juntos formas de dar patadas en los huevos.

Un grupo de chicas se persigue entre sí. Chapotean en la orilla mientras J. y N. observan. Ellas parecen darse cuenta y se ríen de ellos entre ellas. Atardece. No van a matar a nadie, y no van a verbalizar que no van a hacerlo, pero parecen haber ganado algo.
Durante la siguiente semana N. será víctima de una zancadilla en los pasillos del instituto. Le ha pasado unas diez veces durante el año. Está vez caerá de bruces y se hará daño de verdad. Quien zancadillea siempre es el mismo. N. se levantará del suelo con el labio inferior partido, y dará el primer y único puñetazo de su vida. El puñetazo concentrará diecisiete años de contención de chico bueno. El bully caerá de espaldas al suelo, grogui durante unos treinta segundos. N. escupirá sangre sobre él.
Durante la próxima semana J. se hartará durante una charla “feminista”. Interrumpiendo a la ponente se levantará y dirá que nadie con dos dedos de frente puede pensar que la teoría del piropo como base de la piramide de la violación no es una chorrada como un castillo. Acto seguido piropeará a su compañera favorita ante todos. Dos semanas después ella accederá a tomar algo con él, pero no irán al chino. El quince de agosto follarán con condón en la habitación de ella, que tiene pestillo aunque no lo tenga, padres de viaje mediante.

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