Los aquí presentes

Están aquí casi todos, y también sus respectivos secretos a voces. En un recorrido por la sala oscura y ruidosa, tienes decenas de leyendas urbanas potenciales. El porcentaje de lo que no se sabe es tan misterioso como la forma en que cada cual decide hablar o no de sí. Una ensalada mental jodida del todo, bañada en vinagre y malos presagios disfrazados de buenas intenciones. Ejemplares modelos de conducta sobre el papel, lo que ahora llamarían hijos sanos del (palabra grandilocuente a gusto del consumidor aquí). Todos visten su mejor retórica y tienen listos todos los lemas comodín; todos los “porque no” porque sí a cualquier disidencia. Toda esta gente que ves aquí, nunca se equivoca.
Son únicos y resplandecen, pero normalmente acabamos siendo números. La número uno le ha pedido a su novio varias veces que se corra en sus bragas por dentro con ellas puestas antes de salir de casa: un símbolo pegajoso de una relación sentimental (sexual) muy próspera al menos a corto plazo. El número dos, que podría ser el treinta y dos (aquí no hay orden de preferencia), se quitó un día de en medio de la vía cuando el tren estaba a punto de llegar. Ese día no volvió a nacer, pero tenía muy claro que se quería suicidar. El motivo por el que finalmente no lo hizo: el recuerdo de un queso a medio comer que aún tenía en la nevera. La número tres una vez se cagó en un cine y salió corriendo hasta su coche con los tejanos llenándose de mierda líquida. Llenó el coche de mierda y este olió a mierda durante semanas. Si vas de copiloto con ella y te fijas, aún hay manchas recuerdo del suceso. El tío con el que fue al cine desapareció de su vida de tal forma que la foto de una niña en el telediario te parecería el colmo de la presencia. La número cuatro vio un día al fantasma de su abuela y por corte apareció en la consulta del médico y a priori las pruebas no destaparon ningún tumor. No volvió a ver a su abuela, pero otro día se presentó su abuelo aún vivo e intentó violarla. Tras una aparatosa pelea, Cuatro quemó la casa con el violador dentro inconsciente por un golpe de silla lanzada a duras penas. Nadie sabe qué procedimiento policial se llevó a cabo, pero ella ahora parece de lo más simpática y no le cae mal a nadie, ni aunque fuese todo verdad, que lo fue.
El número cinco tiene treinta y dos años y cuando tenía tres mató sin querer (o algo así) a su hermano de dos meses. Aprovechando que sus padres no miraban, quiso comprobar qué pasaría si cogía a su ruidoso e irritante hermanito y lo lanzaba a la piscina. Luego se quedó mirando.
El número seis trabajaba en una tienda de ropa, se masturbaba a menudo en los probadores con prendas que las clientas se habían probado pero no habían comprado. En una ocasión, quizá debido al exceso de energía empleado, comenzó a sangrar por la rajita del pis y manchó la parte superior de un biquini. Al muy idiota ni se le ocurrió esconderlo o tirarlo. Debido a su comportamiento, visiblemente errático, la encargada decidió interrogarle;
–¿Seis, sabes por qué este sujetador está manchado?
–No.
–¿Es sangre?
–No lo sé.
–¿De qué te ríes?
–De nada.
–¿De nada?
–De nada.
–A veces te veo entrar en los probadores y salir al cabo de un rato.
–Ajá.
–¿Se puede saber qué haces?
–Nada.
–¿Nada?
Seis fue despedido al cabo de dos semanas cuando se le olvidó echar el pestillo de un probador, y una niña de quince años le pilló eyaculando sobre la braguita del mismo modelo de biquini.
Siete estuvo a punto de matar por envenenamiento a su madre. Tenía quince años, perdió los adolescentes papeles porque su progenitora no le dejó llegar más tarde de las diez un sábado noche. Al día siguiente se agenció un matarratas y lo espolvoreó a conciencia en el plato de cocido adecuado. Su madre estuvo toda la tarde vomitando y luego toda la noche hospitalizada, tiempo que Siete se pasó llorando, y tras lo cual jamás volvió a ser el mismo. Ahora le puedes ver contando anécdotas de las que se pueden contar, y puedes ver a su novia, que no sabe nada de lo que no debe saber.
Ocho se meó en la cama hasta los veintisiete años. A los veintiocho comenzó a salir con la chica de la que estaba enamorado desde la primaria. Tan enamorado estaba, que decidió contarle su secreto, y dos días después ella le dejó. Ocho se enrabietó y deprimió, y decidió saltar desde un tercer piso, el único modo de llamar la atención o paliar el dolor que se le ocurrió. Ahora todos tenemos que mirar hacia abajo cuando hablamos con él. Es un optimista de manual, y de algún modo parece sagrado respetar eso, al menos en su caso.
El pene de Nueve, dicen, mide treinta y un centímetros, además de ser grueso como el brazo de un bebé. Al parecer la confirmación llegó cuando, durante una borrachera en una fiesta, decidió sacárselo fuera, y aun en reposo no cabía duda de que aquello era un paisaje africano. Nueve no era africano, eran tan blanco y convencional como la leche de vaca. Lo que se cuenta es que, además de tocar el piano o hasta el xilófono con la polla, una vez desgarró el ano de una oveja en la granja de su abuelo. El animal no dejaba de sangrar, y el padre de su padre comenzó a hacer preguntas. Ahora Nueve se bebe un chupito con cinco colegas, ha engordado unos treinta kilos, y la broma recurrente trata sobre el único gordo que puede verse la polla.
Diez te sonríe y cambia de tema cuando no le has hecho la pregunta adecuada. O incluso cuando surge un tema que de forma indirecta podría acabar desembocando en su glorioso pasado. Diez hizo realidad la pesadilla recurrente sobre darte cuenta de que estás desnudo en medio de clase, delante de los abusones, delante de la chica que te gusta, delante del profesor y delante de todas esas bocas con la habilidad de transmitir la palabra. Su anécdota cruzó fronteras, al menos a nivel local (no había internet), quizá por ser lo suficientemente humillante pero no tan grave como para no comentarla incluso en familia. La gente se suele unir en la humillación, suelen acordar cuándo algo no es para tanto. Luz verde para dar detalles y nombres. Diez tenía catorce años y se había quedado en la cama ese día, mocos y fiebre. Su padre estaba en el trabajo y su madre había salido de compras. Diez era el sonámbulo más hábil de la ciudad. Tanto como para abrir y cerrar puertas, y también para caminar tres manzanas desnudo hasta su colegio, hasta llegar a su pupitre, y hacer que no pocos se preguntaran por qué siendo tan habilidoso, no había automatizado aún lo de ponerse al menos los calzoncillos.
Lo que por algún motivo no fue tan comentado a gran escala, es que Diez se coronó pisando el reformatorio. Tras tres meses de bromas y humillaciones, empujó a un chico del barrio en el lugar y momento adecuados. La cabeza del muchacho pareció reventar como una calabaza en la zona de la nuca. Cayó de lleno y con mucha fuerza sobre la esquina de una escalera. Tras una larga y poco provechosa pesadilla médica, quedó ciego y con un estridente defecto en el habla. Encontraron su cuerpo frío e inerte no mucho después (bañera, cuchillas), tras el oportuno silencio de su novia, así como de básicamente toda su vida social.
Once fue miembro activo de una secta. Se unió a ella casi desde el principio. Los preceptos de esa nueva comunidad nunca estaban claros. Sobre todo se dedicaban a hablar mal del resto de las comunidades. Ideología por confrontación. Religión por oposición. Autoconfirmación por la vía del aislamiento. Era, como todas las sectas, un hervidero de filosofía barata, oraciones inconcretas y lemas de batalla o autoayuda. El motor principal era el odio y la frustración, pero se disimulaba con una buena dosis de pseudo budismo. No era de extrañar que ciertas personas entraran a una habitación y, al ver a diez fulanos vestidos igual y en silencio, quedaran totalmente impresionados. Así de fácil puede llegar a ser. “Esto no es como el ruido de ahí afuera”. Y todos comenzaban a decir lo mismo y con el mismo tono. Para el militante, el peligro está en la variedad, a veces de gustos y a veces de opiniones.
Tras dos años en la comunidad (o comuna), Once se vio un día frente a una hoguera con un bebé en brazos. Nadie hacía preguntas. Todo el mundo (más de cien personas) permanecía en silencio, o en su defecto se oían siseos, rezos aparentemente arbitrarios. Se le dijo a Once que no soltara al bebé, pero que necesitaba una de las dos manos para el cuchillo.
Al parecer aquello era una prueba, y él no la superó. Comenzó a hacer preguntas, como: ¿de quién es el bebé? Comenzó a cuestionarse los nuevos métodos y quién los decidía. Luego comenzó a gritar, sobre todo cuando dejó el cuchillo a un lado y al bebé en una mantita en el suelo, y vio que al menos cinco personas se le echaban encima. Salió corriendo de allí, corriendo hasta el borde del infarto. Hacía años que no practicaba ningún tipo de deporte o ejercicio, se sentía gordo y se veía muerto.
A los pocos minutos, llegó a un claro y se dio cuenta de que estaba solo. Y de que tenía el cuchillo clavado en un omóplato.
Un año después vio por televisión cómo se detenía a varios miembros de la secta. Cambió rápido de canal, antes de que voz alguna comenzara a recitar los logros de su ex comunidad.
Doce decidió aprender a fabricar explosivos. Es el que acaba de salir del lavabo con la bragueta abierta. Se llega hasta la zona de las bebidas y comienza a hacer preguntas, comienza a exigir, ahora todo debe saberle a poco. Estuvo en una suerte de grupo “anarquista” que pretendía tender una red de influencia para intentar minar las grandes franquicias. Al principio se manifestaban, pero la gente que quiere cambiar el mundo a corto plazo acaba haciendo prácticas de tiro tarde o temprano. Le puedes preguntar lo que quieras sobre el mercado negro, sobre cualquiera de ellos. Tiene un doble discurso sobre cómo dejó atrás todo eso: primero se avergüenza, luego parece echarlo de menos. Colocaron una bomba en cierta tienda de ropa. Pero no tenía el radio de acción suficiente como para mandar mensaje alguno. Una señora mayor acabó caminando aturdida mientras le pitaban los oídos, se derrumbó al darse cuenta de que había perdido el brazo izquierdo. Doce siempre dice que él estuvo allí. Nadie dice creerle, pero nadie le lleva la contraria. Nadie quiere profundizar.
Después de eso el grupo se disolvió; falta de estómago, alega Doce. La señora sobrevivió gracias a la rapidez de los servicios de emergencia. Los medios cubrieron parcialmente la noticia; perdieron interés cuando comprobaron que no había dioses de por medio: sólo personas.
Trece ha salido libre hace no mucho. Nació y creció en Estados Unidos. En el instituto se hizo amigo de dos chicos callados y convencidos de lo que querían hacer. Trece, a las once de cierta mañana, y tras empaparse de información sobre como atrancar puertas y básicamente blindar un edificio, fue salida por salida haciendo su trabajo. Para cuando llegaron sus colegas, armados hasta los dientes, sólo quedaba fortificar la puerta principal. Llevaba incluso un soldador. Se quedó unos cinco minutos fuera, mientras dentro todo estallaba. Había hecho un buen trabajo; alumnos y profesores comprobaban con horror que no había salida; no a menos que fueran lo suficientemente rápidos a la hora de romper cristales que no eran nada fáciles de romper. Sus amigos, cuando se cansaron o se les acabó la munición, lamieron el frenillo a sus escopetas.
Catorce te mira desde el fondo de la barra libre. No logra seducirnos a todos, pero al menos a la mitad. Luce una barba no poco frondosa, es fibroso y bien plantado. Viste de blanco y dicen que tiene un plan. Se dice que le enjuiciaron y le torturaron, pero aquí nadie sabe bien por qué. Muchos son los que hablan en su nombre. Hay quien asegura que le extirparon los genitales. Otros dicen que es todo lo contrario, que los tiene bien puestos, y que incluso llegó a organizar orgías. Se le ha visto vagar por los pasillos de Ikea con aire melancólico. Se le rumorea un trauma zoofílico relacionado con su madre, pero nadie la ha visto entre el porno más repugnante de internet. El único modo de irritarle es ofrecerle vino. Cuando llueve, sonríe, y la mejor leyenda cuenta que una vez se llevó una pistola a la cabeza, apretó el gatillo, y al día siguiente se le vio comprando un mueble Hemnes con vitrina coloreada.

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Mr. Brainwash
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Avistamientos Lolita

Bienvenidos una vez más a la sección más popular de esta revista. Ya sabéis, esta es la sección en la que podéis desfogaros. Por la que nos reunimos y discutimos para poder contestaros, aplacar vuestros miedos y ofreceros algunas respuestas.
Este mes, como siempre, ha habido muchos avistamientos. Tantos, que ya sabéis que no podemos contestaros a todos. En cualquier caso, esperamos que la selección realizada os pueda servir a la mayoría. Empezamos.

Mequetrefe_82 nos pone en marcha con su correo. Ha descubierto que la hija del dueño de su cafetería habitual parece tontear con él. Le calcula unos dieciséis años (como máximo). Habla de «Insinuaciones claras», «Posturitas mono-direccionales», y hasta «Un guiño mientras mascaba chicle»…
Amigo, estás ante una clásica “rompe-anillos”. No has comentado nada acerca de su físico, lo cual nos ha preocupado aún más; cuando eso pasa es porque la atracción es demasiado obvia para mencionarlo. Dices que tienes tres hijos y que quieres a tu mujer. No te preocupes.
Lo primero que vas a hacer es dejar de frecuentar ese sitio. No siempre se tiene el lujo de poder evitar a la Lolita en cuestión. Pero tú puedes hacerlo. A medida que pasen los días, dejarás de pensar en ella, y los daños colaterales que suelen causar sin querer este tipo de niñas (deserción del matrimonio, visitas a burdeles, divorcios repentinos…) también serán posibilidades cada vez más remotas. Ánimo, tu situación está en una primera fase fácilmente reculable, no es tan grave como crees.

Amigo_de_Satán nos hace llegar un correo extenso y alarmante. Nos describes con pelos y señales a esa hija de tu novia. Dices que llevas cuatro meses masturbándote con los ojos cerrados. Que cuando haces el amor con su madre sufres gatillazos si no consigues convencerla para apagar la luz. Incluso sabes que la muchacha (quince años) hace poco ha comenzado a salir con su primer novio…
Esta es una historia clara de llana obsesión, obcecación pura y dura. Para empezar, debes plantearte si la relación con esa mujer la sostienes por algo más que el hecho de que su hija se haya convertido en tu avistamiento diario. Si crees que ya nada te gusta de ella (de su madre), deberías plantearte el cortar y seguir tu camino. Es aconsejable, en todo caso, que dejes de seguir a la niña con el coche (por muy cauto que seas). Un hombre de cuarenta y cinco años aún tiene mucho recorrido, eso no debería preocuparte. Al paso del tiempo tu libido se buscará la vida, y tú podrás volver a ser el hombre equilibrado y sensato que en tu correo nos dices que siempre has sido antes de esa Lolita. Un abrazo y ánimos.

Profesor_Daño. Tu caso ha provocado acaloradas discusiones en la redacción. A saber. Tu Lolita: catorce años, propensa a seguirte, sin vergüenza para ir a por ti, busca el contacto, se te acerca, te vigila, te espera en el portal cuando llegas del trabajo, un día se pone ante la puerta de tu casa y te dice que no te dejará entrar si no le das un beso con lengua. Etcétera.
Añades además que parece mucho mayor de lo que es, y que aunque al principio no te llamaba la atención, ahora sientes «Algo parecido al enamoramiento».
Bien. No te sientas como un cerdo, no tienes más que hacer caso omiso de sus provocaciones. No sabemos si la chica se cuela en tus fantasías masturbatorias. De ser así, siempre es mejor eso que acabar haciendo caso a la Lolita. Siempre evitando el contacto físico, puede ayudar que te muestres “tosco” con ella, que la rehuyas, que entienda que nunca formará parte de tu vida. Ese sentimiento de protección (romántico) que comienzas a asociar con la muchacha, se irá conforme ella se deje ver menos. Intenta que poco a poco se aleje de ti. No te quedes ambivalente ni le devuelvas los saludos. Evita a toda costa las sonrisas (ver las suyas y mostrar las tuyas), y construye un muro de Edad con el que ella tope hasta aburrirse de la situación. Con todo, no deja de ser una cría. No desfallezcas. Actúa.

Alférez_K. No lo pienses más. Pide asistencia. Busca ayuda profesional presencial.

Faisán_76. Tu caso es particularmente complicado. Nos hablas de esas hijas gemelas de tu jefe. De que se pasean a menudo por el taller en el que trabajas. Dices que empiezas a tener erecciones difícilmente disimulables. Repites una y otra vez que no vas a hacer nada, pero que no te gusta la situación…
Has hecho bien en escribirnos. La clase más peligrosa de avistamiento son las Lolitas Satélite. Esas niñas que pululan en tu entorno diario, que no necesariamente se acercan o te hacen caso, pero que se acaban metiendo en tu mente y tu bragueta de un modo tan gradual como peligroso. Si algún día una de ellas se dirigiera a ti, toparía con alguien que quizá esté ya en su límite, y no se sabe en qué puede acabar el asunto. Es particularmente significativa además (en este caso) la cuestión de la edad. Ellas quince, y tú treinta y dos y recién casado. Una diferencia complicada. (De todos modos, el hecho de que hayas tenido hijas gemelas hace un año no creemos que tenga nada que ver con lo tratado aquí, así que no te preocupes.)
Le hemos dado varias vueltas a tu situación. Suponemos que recurres a la masturbación (aunque alegas cierta obsesión amorosa por ambas). Deberías mantener pues la imagen de esas niñas en tu plano de fantasía onanista, y no dejar que la ficción se apodere de la realidad. A menudo hablas de lo fácil que sería para ti engatusar a una de las dos. Obviamente eso no ayuda, tendrás que negarte esa habilidad para con ellas. Tampoco ayuda el hecho de escribir sin parar esos relatos de “ficción” en los que haces tríos y practicas todo tipo de actividades sexuales con las muchachas; cierto es que eso seguro forma parte de tu fantasía onanista, pero sería mejor que fueras dejando esa faceta de escritor poco a poco.
Por lo demás, sólo te podemos decir que evites hundirte aún más en la nube rosa de las Lolitas Satélite. Prueba cosas nuevas con tu mujer, intenta añadir picante a tu vida sexual. Pon tus erecciones en otra dirección. Y, honestamente, si la cosa no va a mejor, quizá deberías plantearte el dejar ese trabajo. Te deseamos toda clase de suerte.

Ramiro_Oral. Si está embarazada, debería ser ella quien tenga la última palabra.

Amable_69. Tu texto es desconcertante. Te afanas durante líneas y más líneas en describirnos que el tacto de cierta Lolita te ha trastocado; «su piel de melocotón…», «la suavidad de sus delgadas caderas…». Etcétera. Y acabas diciendo que no has tenido relación física alguna con ella. Te contradices cada dos líneas y nos confundes con diatribas sobre «lo frustrantes que son los condones asociados a las menores de edad».
Sencillamente no sabemos qué decirte porque no hemos entendido nada. Pero si es lo que imaginamos, es mejor que no nos vuelvas a escribir…

Osmosis_Pollo. Tu correo es la Historia Complicada por excelencia. La que aúna parentesco, amor, sexo, pederastia potencial, Lolitas Satélite, lagrimas, semen…
Así que, tú veintiséis y ella (tu prima) trece. Y te empeñas en aclarar cada dos por tres que casi catorce, y que su cuerpo es como mínimo el de una de quince. Aseguras que la quieres más que a tus padres o tu hermano. Más que a ti mismo. Y nos escribes esta carta después de que ella se haya dormido sobre ti en el sillón del apartamento en la playa de tus padres. Hablas de su escote, de tetas en general y de un irrefrenable sentimiento; «He sentido que podría parar un tren con mis propias manos…».
Lo cierto es que tu correo nos ha impactado por lo tierno, por lo sincero de cada una de tus líneas.
Hasta que…
… has “insinuado” que «quizá» mientras ella dormía sobre ti, has metido la mano derecha bajo sus bragas: «He pasado un dedo por encima de su rajita y enseguida he sacado la mano».
Tienes que saber que, durante ese instante, has cruzado la línea que hay que evitar cruzar. Todo ese “amor” puede confundirte. Y lo peor, puede ser una autojustificación inconsciente para lograr algo que sabes prohibido.
Hay una serie de cosas que tendrás que evitar hacer (o volver a hacer) si quieres evitar líos que podrías no poder afrontar. Sabes perfectamente cuáles son. (Las cárceles están llenas de “enamorados”.)
Antes de nada, obviamente no puedes volver a tocarla de “esa manera”. La entrepierna de una niña de trece años es veneno para cualquier adulto. Por otro lado, al ser tu prima, eso la convierte en tu Lolita Satélite. Además ella te quiere (o eso cree ahora). Además reconoces que ya te has tocado varias veces pensando en ella. Y además lloras por las noches si ese día no has podido verla o hablar con ella…
(Resoplido y encogimiento de hombros colectivo en toda la redacción.)
Lo cierto es que, pese a todo, para ser un hombre no pareces una mala persona. Pero, por mal que nos sepa, hemos de decirte que estás en medio de un lío de narices. Algo que probablemente sólo se resolvería con la desaparición de la susodicha Lolita. No hemos sabido orquestar un plan de acción que pueda darte esperanza. La verdad es que has nutrido nuestro buzón con una gran historia, y esta va a ser una de esas veces en que bajamos los brazos y nos rendimos a la evidencia (sea cual sea). De momento, lo único que te queda es sufrir. Sufrirás.
Sólo esperamos que puedas controlarte. Que el tiempo pase. Que seas capaz de contenerte.
Muchos ánimos. Lo sentimos. Y estamos contigo.

Surfer_Ro. Eres claramente un cerdo, y en nombre de nuestra becaria de recepción, te agradeceríamos que dejaras de escribir a esta sección insinuándote, y por supuesto que cejaras en tu empeño de enseñar tus partes a cada chica de la empresa que sale del edificio.

Ulises_Paj. Estoy felizmente casada, Ulises, y esta sección está dedicada tan solo a los avistamientos. Me “alegro” de que hayas descubierto que soy yo la que redacta esta sección (aunque sea un trabajo en equipo), pero agradeceríamos que no vuelvas a contactarnos si no es para una consulta seria.

Bola_12. Déjala en paz. No hay ambigüedad en tu caso. Sabes que hace ya mucho tiempo que se comenzó a legislar teniendo en cuenta que muchos hombres sois como niños, y en esta revista hemos intentado ser duros pero justos. O debería decir duras…, teniendo en cuenta que la mayoría en la redacción somos mujeres. Pero nunca creas que eso te da derecho a cruzar la línea. Se puede ser débil y a la vez un delincuente sexual, es perfectamente compatible. Si no frenas, dentro de poco estarás a una sola llamada de tomar café con un abogado de oficio.

Oropel_Pel. Oropel, tu historia con las Lolitas en Sonora nos desconcierta. Teniendo en cuenta el contexto, pasaremos por alto algunos de los comportamientos que has descrito con tanto detalle (y parece que también deleite). En todo caso –y aun a riesgo de que sólo seas un pajero que se excita explicándonos una historia– el lector ha de saber que esta revista ha contactado con la policía por tu caso.

Lapizero_Jack. Lapizero nos hablaba de su hermana menor. Leímos su carta a principios del mes pasado. Ahora Lapizero va a cumplir sentencia (28 años) en la penitenciaría de Periferia. El lector de esta revista, inteligente por definición, podrá llenar los espacios en blanco.

Arrimetalosauriopía_Pomolateraliporetmelioperactomía. Gilipollas.

Tizón_Tato. Algunas hemos llorado con tu carta, pero igualmente vas a ir a la cárcel, Tizón. Bienvenido al ya viejo siglo XXI.

Toni_Palangana. Simplemente no se puede confundir a una niña de doce años con una de dieciocho, Toni.

Pelele_Ñe. Un equipo de decodificación lingüística ha conseguido descifrar tu galimatías. No entendemos por qué has hecho eso, y menos teniendo en cuenta lo aburrida (disculpa) que era tu carta. Si la chica tiene diecinueve años y tú treinta y uno, es bastante probable que ella ya sea más inteligente que tú (disculpa), así que tú mismo…

Ñoco_Dos nos escribe sobre un caso complejo de Lolita Satélite a dos años de la mayoría de edad. Ñoco, dos años pasan más rápido de lo que crees, y aunque dices que tú tienes «sólo veinticinco», aquí nadie se lo ha creído. Ya no estamos a principios de siglo, ya hemos entendido que la naturaleza hace a las mujeres mujeres antes de lo que dictamina la mayoría de edad legal, y que por tanto pueden llegar a ejercer una gran atracción por estar su cuerpo mejor preparado que nunca a los quince, dieciséis o diecisiete años para un embarazo (etcétera), pero ya sabes cómo son las cosas. O más bien cómo siguen siendo. No morimos a los treinta años, Ñoco (y no importa que el hombre en la edad de piedra sólo viviera unos treinta), de hecho ya no es raro superar los cien, y no hay nada malo en marcar ciertos límites. Si es verdad que tienes la edad que dices tener, es mejor que esperes, aunque algunas compañeras aquí no creen que aún no la hayas tocado. De hecho sospechamos que tu carta está muy maquillada, disfrazada de algo mucho más amable de lo que debería ser. Si no es así, disculpa. Si es así, cuidado, Ñoco. Cuidado.

Operantonio_Rastaplov nos dice que es un buen hombre. Que tiene dos hijos pequeños (ocho y tres años) y que está casado desde hace diez con su mujer. Operantonio, no entendemos tu correo, y sólo lo contestamos porque creemos sano contestar todos los que no es posible contestar. Pero no nos describes nada más que fines de semana felices y juegos inocentes con tus críos. Una de nosotras ha dicho que puede ser posible que hayas hecho algo horrible, y que el solo hecho de mandar el correo aquí, aunque sin contar nada relevante, ha podido suponer un pequeño alivio para ti. Si es así, te animamos a que nos vuelvas a escribir y nos hables de tu posible avistamiento. Tenemos curiosidad (y, lo reconozco, un poco de miedo…).

Exetereo_Lumpa es un tío muy de los de antes. Hicimos unas llamadas. Su abogado nos ha contactado para decirnos que –pese a sus esfuerzos por convencer al juez de que coleccionar fotos de menores en la piscina es antropológicamente justificable– Exetereo va a ser otro inquilino para la penitenciaría de Periferia; porque Extereo, además, tenía encerradas a dos niñas en el sótano de su casa desde hacía un mes. Gracias por abrirnos tu corazón, Exetereo… (Que sepas que aquí somos muy fans de tu nombre…).

Umero_Idra, hacía tiempo que no nos llegaba un correo como el tuyo, rico en detalles y a la vez vacío. Tu convencimiento de que somos nada más que una rama de la policía que se dedica a cazar «villanos machistas y pederastas» es enternecedora. Así como también lo es que creas que yo en realidad soy un fornido agente con bigote que se hace pasar por «feminista mediática». Nuestro tono ocasionalmente amable no es una fachada, como tú dices, sólo es la última parada en la línea de la Comprensión de las mujeres respecto a la naturaleza depredadora de los hombres. Alejando cualquier tentación de lo que tú llamas hembrismo, nos estamos esforzando, Umero; a veces contenemos el aire y contamos hasta diez antes de contestar vuestros correos. Y en cuanto a lo de esa chica que mencionas que tiene diecisiete años, nos jugamos la empresa a que es mentira. Suenas demasiado aburrido y siglo XX para que tu naturaleza pueda expresarse libremente, ya sea para bien o para mal.

Carestio_Lestiopartesia. Las Lolitas Satélite, Carestio, no lo son adrede. Tienen la misma culpa de serlo que un árbol de ser árbol. Seguro que el chocolate te gusta mucho, Carestio, pero sabes que si te pasas comiéndolo puedes enfermar. Todo aquello que nos hace sentir bien necesita cierto Control. El exceso, tan malo como la carencia o más, es fácil de detectar. Puede que no de entrada, pero sí cuando goza de cierto recorrido. Las Lolitas Satélite son como mucho un regalo para tus ojos, no para tu entrepierna; eso es lo que algunos no entendéis. Creéis que la gente que no duda en controlarse no fantasea; os equivocáis. Ese ente llamado matrimonio es el mayor carnívoro abstracto de jovencitas; si el matrimonio estuviera exento de fantasías empezaría a cojear hasta derrumbarse. Pero sólo son eso, Carestio, fantasías. Porque en la realidad todo colapsa cuando uno quiere atrapar una. Seguro que has visto a esos tíos con pasta que llegan a los sesenta; seguro que los has visto siempre con una mujer al lado, una que nunca envejece, porque es cambiante y nunca pasa de determinada edad. Esa es la única mujer que os interesa a algunos de vosotros, Carestio, pero eso no es una mujer, sino una idea. Por lo general, una idea con muchas lagunas argumentativas. Si es o no una mala idea, está en tus manos decidirlo. Cuando esa chica de la que nos hablas cumpla dieciocho, quiero que reflexiones en serio, porque no se va a quedar ahí, va a cumplir más años, y en la redacción estamos bastante seguras de que esto no trata tanto de esa chica como de tu mujer cercana a los sesenta. Los tíos que babeáis así, creéis que habláis de la vida, pero en realidad sólo mostráis vuestro terror a la muerte. No sois los más conspicuos amantes, sino los más enrevesados perdedores.

Hasta aquí la sección de diciembre. Esperamos haberos ayudado. Recordad esos mantras que siempre os repetimos. Recordad no confundir las piernas de una mujer con el monumento histórico de una ciudad en la que sois turistas.
Aunque ya casi nos hemos rendido al respecto, os animamos también a las mujeres a escribirnos.
Desde la nube que ha decidido que la lluvia sólo caerá con moderación sobre los justos, os decimos: ¡¡FELIZ NAVIDAD, y prudencia con las Mamá Noel del mundo!!

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Animales

Los animales me son indiferentes. Con esto no quiero decir que me parezca bien que los maltraten, o que me gusten las corridas de toros. Quiero decir que me son indiferentes; como la moda, el curling o la cocina moderna. Como la vida sexual de los demás o si el tío del telediario lleva peluquín o no. A priori, los animales me importan un carajo.
De crío incluso me daban un miedo atroz, sobre todo los perros. Ahora no es así, aunque cuando me cruzo con alguien que pasea al suyo, no es difícil que dé un rodeo o me cambie de acera. A menudo me imagino una mordedura grave e inesperada, y a su dueño disculpándose y diciendo que su querida mascota jamás ha hecho algo así. Sí, pero ahora yo tengo que ir a urgencias.
Los animales me son indiferentes, y no quiero que se confunda esta insistencia con una contradicción. ¿Si te son indiferentes por qué piensas tanto en ellos? Puedo estar horas pensando en cosas que me son indiferentes, tengo ese músculo más que desarrollado. He madrugado durante AÑOS para ir a sitios a pensar en cosas que me eran extremadamente indiferentes. He ido al colegio como todo el mundo, he tenido trabajos grises hasta la extenuación. Puedo hablar un rato de lo indiferentes que me son los animales sin que se me caigan los anillos. Puedo hacer esto y luego pasar a otra cosa sin problema.
Tu gato me es especialmente indiferente. Tus peces me parecen cuadros horteras a los que hay que dar de comer. Y no hablemos de los animales exóticos, los que tienen los que dicen amar tan especialmente a los animales. Los que no pueden amarlos sin hablar o enseñar cuánto los aman. Parece un amor sospechoso, interesado, o producto de vete a saber qué disfuncionalidad emocional.
No tiene por qué ser así, claro, seguramente la mayoría de veces esa expresión es totalmente inocente o producto del aburrimiento. Pero eso no hace que todos esos bichos me importen más.

No compréis perros. Id a una perrera y adoptad al chucho más viejo y feo.

Los animales me son indiferentes. Hay tantas cosas que me son indiferentes. Millones. En muchas incluso coincido con las que les son indiferentes a los amantes teóricos de los animales. Incluso los que no dejan de sacar pecho animalista y decir que los animales son mucho mejores que las personas. Es verdad, las personas tienen la manía de no a ir por el palito y traértelo moviendo la colita. Y que lo del armario, Ricky Martin y la nocilla sea mentira, no quiere decir que siempre lo sea. Los animales son mejores que las personas, sobre todo los gatos, que ni hay que sacarlos a pasear, con su indiferencia hacia las personas a menudo tan intensa como la mía hacia ellos.

Mi indiferencia es mi acto de amor hacia los animales. El mejor del que soy capaz.
Lo cual no quiere decir que nunca me haya encariñado con un animal, o que mi indiferencia sea lo único que me define. Ha habido perros y gatos (ajenos) hacia los que he sentido cariño. Y bebés. Y plantas. Y un pisapapeles que anda cerca de mí desde que tengo uso de razón, o lo que sea que tengo yo. La verdad es que soy un sentimental, aunque sea desde la indiferencia, me doblego fácilmente, pero nunca me verás salir a las cinco de la mañana de casa con un chandal gris a pasear a ningún perro con nombre de personaje de dibujos animados.
Conozco mis limitaciones. Los animales me son indiferentes que te cagas, pero sé de la responsabilidad que conlleva vivir con uno.

De tan indiferentes como me son los animales, casi se me pone la piel de gallina. ¿Será una tara? Pero luego pienso en la gente que los abandona en verano, y me como un yogur. La indiferencia no es ni de lejos la peor forma de hacer las cosas. Ni siquiera el inmovilismo. Sin hacer nada, ya me he portado mucho mejor con los animales que millones de personas que han convivido toda su vida con ellos. Que los han convertido en armas, que los han utilizado, que los han maltratado para acostumbrarles a hacer un truco de mierda en el circo o para youtube. Podría seguir así durante páginas, hasta que una foto mía en la playa sin ningún perro peludo otoñal te pareciera más atractiva que la del guapo random sonriente con su perro de raza tan guapo como él, ambos corriendo descalzos por la orilla, pensando en vete a saber qué chica despistada que pretenden atraer por la vía del romanticismo animalista.
Es sólo una opinión personal, pero cuanto más gordo sea el jersey del guaperas, cuanto más cuidadamente descuidada lleve la barba, y cuanto más bonito y juguetón sea su perro, menos deberíais fiaros.
Lo bueno de ser tan indiferente, es que sabes diferenciar muy rápidamente la vida de un anuncio de colonia. Aunque folles mucho menos que el idiota del perro. Y no intento insultar al perro, que conste que el perro me da igual, incluso aunque también folle más que yo.

Era una tarde de verano, de las que no entiendes cómo demonios a nadie le puede gustar el verano. Aunque a decir verdad, tengo una relación de amor/odio con el calor. Hay un componente masoquista que me atrae en lo de salir a las cuatro de la tarde a pasear. Puede que sea la carencia de gente por la calle, nadie te incordia, todo el mundo tiene demasiado calor para entrometerse. Si tienes que llevar algo muy importante de A a B y tienes que hacerlo andando, ve a la hora de la siesta.
Eso hacía yo. Pero no llevaba nada, sólo paseaba sin rumbo, perdido a varios niveles. Llevaba una gorra beis en la que acabaría dejando un cerco de sudor en la parte frontal. La empapaba en las fuentes y seguía mi camino. Sudaba a chorros, la camiseta comenzaba a tener lamparones húmedos, incluso los tejanos cortos se me humedecían en la zona de la entrepierna. El hombre del siglo XXI, soltero bien pasados los treinta, indiferente y vagamente masoca, sólo accidentalmente amoroso. Metiendo barriga si me cruzaba con alguien, levantando la barbilla. Yo esto lo hago todos los días. El sudor traspasando mis cejas y haciendo que me escocieran los ojos. Me quitaba las gafas y las limpiaba con la camiseta. No acaba de llegar la tercera guerra mundial. El hombre sin propósito, demasiado bien alimentado, demasiado relajado, buscando quizá una insolación. La gorra pidiendo auxilio, la cara de pan, la necesidad de un afeitado, las piernas no poco musculadas debido a mi odio al coche. La depravación mental. Un lunar en la mano izquierda y una polla de dieciocho centímetros infrautilizada.
¿Y no era la vida maravillosa?
Seguía mi camino, ninguno en concreto, pero más o menos siempre el mismo. Comencé a bordear la vía, en las afueras, cerca de una zona residencial. Me gustaba ver pasar el tren, ser ese tío que ve la gente que va a algún sitio de verdad. No les saludaba con la mano, a veces les hacía una foto con el móvil. ¡Fijaos, soy mortal como vosotros!
Estaba como siempre en ese momento, algo aturdido, pero satisfecho, no sé si feliz. Quizá era el colocón de sol, un exceso de vitamina D, el proceso del moreno accidental, brazos rojos y hombros blancos como la leche.
Miraba hacia a un lado y hacia otro, y vi a un perro vagabundo. Caminaba por en medio de la vía. Estaba visiblemente desmejorado, más bien como si hubiese sobrevivido a un atropello. Cojeaba y parecía húmedo o con el pelo demasiado pegado (¿los perros sudan?). Y no se salía de la vía. Pisoteé fuerte el suelo para asustarlo, los trenes pasan algo así como cada diez minutos. Pero no advertía mi presencia. Parecía de vuelta. Había tomado la vía por su camino de baldosas amarillas. Si hay algo que me irrite, es que me saquen de mi letargo personal, que me empujen momentáneamente fuera de mi zona de confort basada en la indiferencia. Me cabrea, porque me veo obligado a hacer algo al respecto.
Caminé hacia el chucho mientras comencé a oír la vibración del tren a los lejos. No podía verlo por el ángulo y la curva, por los cerros y el terreno accidentado, pero sabía que venía, como siempre. Aun así, tenía visibilidad como para no encontrarme el morro mecánico de golpe, así que fui hacia el animal, lo cogí (no sin cierto reparo), y lo aparté de allí. El tren pasó con normalidad y el chucho y yo seguimos con nuestra vida, al parecer bastante parecida.

Aquel día volví a casa sintiéndome orgulloso. Tenía una buena anécdota para contar, aunque pensé que contarla me haría quedar como un capullo. La gente que cuenta sus batallitas heroicas, aunque sean minúsculas, raramente lo hace porque sí. Quieren que sepas sobre su humanidad y bondad, sobre todo lo que ellos hacen por los demás, a veces incluso sin dinero de por medio. Esos santos modernos, coronados en Twitter y brillando en Instagram. No quería parecerme a ellos. Decidí que no hablaría sobre el tema, a no ser que el hecho de hacerlo encajara en la conversación como una maquinaria perfectamente calibrada.

Esa misma noche tenía una cena. Un amigo y dos amigas. Una especie de salida de parejas no reconocida. No es el tema. Las dos chicas eran conocidas recientes, y el chico era amigo mío de hacía muchos años. Quedamos en la entrada de un restaurante vegetariano. La clase de ideas que yo no tengo.
Cuando ya estábamos todos, entramos, y me dio las sensación de que aquel sitio olía a pedo. Una dieta basada en lechuga y la flatulencia posterior. Supongo que se estaba cociendo algún tipo de legumbre.
Una de las chicas era vegetariana o vegana (no me quedó claro con sus explicaciones), y le encantaba el sitio. Como omnívoro de manual, para mí aquello era el reino de las limitaciones, el paraíso de las líneas rojas. Entendía el conflicto, sabía que había imbéciles en ambos bandos: veganos que respiraban superioridad moral, y también omnívoros que eran incapaces de respetar la elección alimentaria de los demás.
A mí, obviamente, lo que come o deja de comer la gente, me importa tres huevos y la gallina.
Lo que más me importaba aquella noche no era la cena, eran las perspectivas. Me daba igual quién fuera vegano u omnívoro o quién le hubiese cogido el gusto a follar con cadáveres. Todo eso no era asunto mío.
Excepto que cometí el error más básico, hice el pardillo, perdí otra oportunidad de oro para callarme. Y no sólo eso, encima me sinceré.
Lo hice porque una de las dos chicas me gustaba (la omnívara, en concreto). Olvidé que la sinceridad no suele funcionar en grupos; si lo hace funciona como mucho entre dos personas, y no siempre.
Hablé de mi indiferencia respecto a los animales. No me supe explicar, o quizá me expliqué demasiado bien, no lo sé, pero mi Verdad cayó como una bomba, y la conversación se comenzó a ramificar hacia temas de increíble complejidad, con los que la chica no omnívora siempre tenía una teoría cerrada, una respuesta que hablaba indirectamente maravillas de ella y decía cosas horribles de todos los demás. Su único punto de autocrítica tenía que ver con su pasado, con lo tonta que decía haber sido en el pasado, por habernos hecho caso a todos. Y no sólo con el tema alimenticio. Desarrolló su propia teoría feminista, arrasó con todos los omnívoros, con todos los hombres y después con todas las mujeres que no pensaban igual que ella. La mayor parte del tiempo me miraba a mí cuando hablaba.
El rescatador de perros. Debería haber sacado el tema de un modo u otro, es la forma de tratar con ciertas personas. Pero ya era tarde. Me encorajiné e intenté dar otro punto de vista. Dije muchas cosas y muy atropelladas, y también que somos una mota en el orden de las cosas, somos animales, nos equivocamos, y probablemente nuestra naturaleza nos condiciona, incluso aunque trabajemos el músculo de la conciencia.
Según la no omnívora, lo mío eran todo excusas.
Hizo un silencio, y después se levantó y se fue. Su amiga dudó unos instantes, y se fue tras ella. Mi colega dijo:
–Gracias, de verdad.
–De nada.
–No lo decía en serio, joder.
–…
–…
–Esta tarde he rescatado a un perro.

perro-playa

Destrucción Mutua Asegurada

1 – Naturaleza
Estaba en los veintitantos, recién instalada en un piso con otras dos chicas. Piso compartido e instalada no solo en ese piso, sino también en la edad que la gente considera ideal. Joven y rubia natural, y con un moreno no de los que empiezan a dar grima, sino que, al contrario, le confería una imagen de salud y belleza, como si el plan de la naturaleza fuese preñarla una y otra vez. Y lo era. Con esa delgadez relativa, donde las curvas también tienen cabida, donde la carne –y no solo los huesos y los tendones–, es lo que ves en mejillas, brazos y piernas, y donde tetas y culo están presentes de forma proporcionada y hasta desquiciante para según quién. Recién licenciada en algo aburrido con salidas sobre el papel, trabajando como florero recibidor en un empleo gris pero aceptable sobre el papel. Su camino profesional era engañoso, ya que en realidad era una persona creativa, ingeniosa, con talento, imprevisible, una persona que llevaba a cabo a su pesar tareas de autómata, como tantas otras, pero que luchaba (cada vez un poco menos, como dicta la norma) por no morir en vida.
Así que: especial por dentro y responsable –del modo que los demás querían– por fuera. Mágica y a la vez con proyectos «maduros» de marchitarse. Aún brillaba, pero la inercia habitual se encargaría de arrancarle el brillo. Casi seguro. No es algo que pasara siempre, pero es algo que pasa.
Alguien dijo: “Es tan guapa que resulta machista”. Pero fue alguien con determinado sentido del humor.
Otro dijo: “Se apaga, se trata de atraparla antes de que decida tener hijos”.
No lo dijeron exactamente así.
Otro dijo, más o menos: “Se está rindiendo; cuando vea venir los treinta querrá pintar alguna habitación con alguien para un bebé”.
Lo cierto es que se estaba convirtiendo en lo que planeaban para ella, y no en lo que ella planeaba para ella. Tenía veinticuatro años. ¿Veintitrés? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que decidiese instalarse con un tío y comenzar a interpretar el papel de adulta? Esto se lo preguntaban muchas personas a su alrededor, algunos hasta notar su olor. Tuvo de vez en cuando algún novio, y hasta una relación de un par de años; nada que fuese a aguantar el envite promiscuo, aún bien visto en ciertas edades. Bien visto con comillas, siendo mujer. Estaba básicamente atrapada, meta-atrapada, en su cuerpo, por sus genitales, en su edad, la ignorancia de todo el mundo, la presión. Ella era fuerte, pero el entorno era injusto, arbitrario y cruel. Ella se estaba dando cuenta de que iba por el mismo camino que todos, y a la vez que no quería, y a la vez que no sabía cómo salirse de esa dinámica. Y a la vez que no se imaginaba –no por inercia, al menos– antes de los treinta con ningún “buen tío” en ningún piso mono, forjando una “relación sólida”, camino de una boda para complacer a padres y abuelos.
Camino del bebé de escaparate y las conversaciones sintéticas.
Tenía miedo, se sentía agotada. Y encima su miedo no era nuevo, su agotamiento no era en absoluto original.
Como suele pasar, era cuestión de tiempo que su espíritu cediera. Cuestión de tiempo que, para no tener que aguantar mierda recurrente del entorno, hiciese con su futuro no solo lo que hace la mayoría, sino cuando lo hace la mayoría y como lo hace la mayoría.
Se llamaba Patricia.

2 – Uno
Mientras los políticos discutían, los poetas cambiaban el mundo. Uno lo pensaba, pero no lo escribía. Uno tenía una trayectoria impecable según los criterios hipotéticos de una caja cuadrada de metal. Uno era perfecto en términos de proyección para una cuenta bancaria. Era ideal igual que es ideal un tornillo para la tuerca universal. Pero Uno, al contrario que Patricia, no sabía verse desde fuera. Había dejado de hacerlo desde muy pequeño, o bien nunca había aprendido a hacerlo. Porque Uno era aplicado. Uno nunca, jamás, ni de coña, hacía lo que llaman “perder el tiempo”. No ibas a encontrar a Uno paseando sin rumbo. No ibas a topar con Uno en ningún lugar en el que no esperaras topar con Uno. Si conocías los tránsitos de Uno, podías fingir un encontronazo con Uno cuando quisieras. Los pasos de Uno, o más bien las ruedas de su coche de segunda mano, nunca iban en una dirección que conllevara la más mínima incógnita. Uno actualizaba a menudo una lista de objetivos; los objetivos que los demás habían dictaminado tenía que tener.
Uno, elegante según la opinión de la moda predominante.
Uno, deprimido tras suspender su examen práctico de conducir.
Uno, enfadado cuando le felicitan por aprobar a la tercera.
Uno yendo a recoger su título universitario.
Uno enmarcando.
Uno masturbándose media hora después (ni un minuto menos) de que sus padres se hayan dormido.
Uno haciendo que se le ponga la piel de gallina a un entrevistador en las oficinas de cierta empresa.
Uno creciendo con Dos.
Uno viendo a Patricia cada día de clase. Cada día, su rectitud menguando momentáneamente, a veces durante minutos, flácida y la vez erecta.
Uno yendo al gimnasio para quitársela de la cabeza.
Corre más rápido, coge más peso, aumenta las repeticiones, más, más, más rápido, más tiempo, más duro, mamón.
Uno insultándose en silencio a sí mismo, algo que empezó a hacer a los once años (le quedaron dos para septiembre). Uno en la ducha, ahuyentando pensamientos, cierta clase de inquietud; cierta sensación, como si hubiera otros caminos y el propósito de esos otros caminos pudiera tener sentido; o incluso ser –horror– mejores que el que él, creía, había escogido.
Uno intentando despejar de su mirada el matiz oscuro.
Uno creyendo sólo en la luz y en la oscuridad, apartando abstracciones, procurando no mezclar. Excepto cuando se cuela algo imprevisto en su rumbo.
Mientras los políticos discutían,
los poetas cambiaban el mundo.

3 – Proceso de humillación
Recurrente en los años de crecimiento, le recorría ese sentimiento. Cuando no hacía algo o lo hacía mal, y caía la bronca de turno. O la amenaza de turno. No vas a ser Nadie. De pequeño sólo era el proyecto de Alguien, y si no hacía caso, si no seguía los pasos marcados, si buscaba algún tipo de camino alternativo… no sería nadie. Nada, o bien: un despojo. El futuro se reducía a ser alguien o a algo terrible, ser Nadie, o bien: un desgraciado. Cada tarea era una prueba más de sus supuestas intenciones, el resultado indicaba si iba a ser Alguien o no iba a ser Nadie. La nota indicaba si iba a ser Alguien o iba a ser un desgraciado. Ver la tele era ser un futuro desgraciado; jugando a la consola no iba a ser nadie; salir a jugar al fútbol o a ver a los amigos, era sin duda la ruta directa a hacia la nada. Hacia ser nada más que un desgraciado, un Don Nadie.
De modo que, agotado por este proceso, tomó una decisión. Seguiría la corriente. De pronto cumplía órdenes como un recluta infantil. De pronto los adultos le daban de vez en cuando una palmadita. No le decían que fuese a ser alguien, pero al menos no gritaban, no le amenazaban «por su bien». Así que hacía los deberes, llegaba a la hora, alcanzaba la nota, memorizaba, corría más rápido, dormía más por la noche, hablaba menos, jugaba mucho menos, madrugaba más, cedía, callaba, se mordía la lengua; ejercía el autoapagado, uno a uno, de todos los interruptores de carácter. Para bien, se decía. Aunque él simplemente se sentía, irónicamente, en zona de nadie.
En zona de nadie con casi todos los demás.
Casi nada le hacía prestar atención realmente, aceptó el aburrimiento como el estado natural, adoptó el tedio (y su doma) como permanente estado mental. Hacía algo supuestamente como tenía que hacerlo, y entonces lo único que obtenía a cambio era una no bronca, un no insulto, silencio vacío en lugar de amenazas; y de vez en cuando, algún comentario condescendiente sobre lo mucho que había cambiado, lo bien que se portaba ya, lo buen alumno que era, lo modosito, lo discreto, lo centrado.
El 1984 que todos llevamos dentro.
Centrado.
Esa era la palabra clave. Se había centrado. Bien centradito. Se había acabado la tontería. Ahora era responsable. Un siete, un ocho, un notable, un buen ejercicio, horas de ingerir datos para luego vomitarlos intactos. Nunca había un proceso de digestión, con nada; nada se quedaba en él. Ni una gota de jugos gástricos propios, sólo la sustancia requerida, tragada, y sonrisa, como una actriz porno profesional. Y en eso se convertía poco a poco, en un profesional. Tenía que ser un profesional, un soldado de asfalto, un soldado raso, en formación, impecable, alineado con los demás. Fingiendo el orgasmo. Qué orgullosos empezaban a estar sus padres; cada día era como una jura de bandera, y cada día se ponía a la cola con los demás reclutas, y la besaba, besaba el trapo, mientras sus progenitores sonreían satisfechos; qué tierno es Dosito, qué ideal, sacrificado, pulido, como debía ser. Ahora sí, ahora todo iba bien.

4 – Dos
Incluso lo que llaman adolescencia, hasta eso iba bien para Dos. Al menos sobre el papel. Literalmente sobre el papel. Con el tiempo, sus notas le darían acceso a la carrera que le apeteciera; excepto que no tenía puta idea de cuál prefería, ¿por qué sería? … Pero Dos sí sabía verse desde fuera. Era muy consciente de lo que había hecho desde muy crío. Básicamente asentir, no rechistar, y en cierta medida, competir, aunque sólo fuese consigo mismo. Jugar a batir su propia marca. La sustancia del camino hacia ese objetivo, quedaba atrás. Lo que él pensaba que sucedía, es que era demasiado responsable como para imaginarse con nada parecido a una vocación. Sabía que lo único a lo que le habían enseñado bien, era a cumplir órdenes. Y no podía fingir de repente que tenía pensamiento crítico, le aterraba la idea de que sus padres o profesores pensaran otra vez que se estaba desmandando. Igual que de crío, igual que antes de los diez años, cuando, en la versión oficial, sólo era un trasto, un niño egoísta e irresponsable, que tenía constantemente preocupados a «los que le querían».
No podía de repente fingir que tenía pensamiento crítico, porque había pasado años fingiendo que no lo tenía. Por dentro seguía el niño de diez años. Lo que proyectaba hacia fuera era todo lo contrario al logo de Batman.
Por fuera era un guión, y la improvisación no estaba bien vista.
Patricia era, también para él, una especie de incordio. Su aspecto, su magnetismo, la forma de moverse, sonreír, ruborizarse, dudar, ajustarse la ropa, acomodarse el pelo… Toda ella era algo demasiado orgánico, demasiado poderoso y a la vez aparentemente vulnerable. Dos pensó que ver a una chica así, para un chico de ciudad, era la única forma de ser consciente del entorno. De que la vida no era exactamente asfalto, habitáculos, carpetas físicas o virtuales, máquinas, o una sola idea sobre el tiempo o la dignidad. Ver a Patricia te desmontaba todos los patrones reduccionistas, dinamitaba esa idea sobre el Control. Lo cual era precioso, pero también aterrador, algo que no podías manejar, que exigía de ti todo eso de lo que intentabas despojarte para gustar a los adultos: reflexión, dudas, ensayo/error, error, error, ensayo, largos periodos absorto, intentando ver dentro de uno mismo.
Era una situación horrible, porque quería algo con ella, pero a la vez, en cierto modo era deprimente imaginarse con ella, adaptándose ambos a ese mundo interesadamente engañoso, sintético, un proceso en que él vería cómo esa porción de naturaleza, muy probablemente, se quemaría. Ella era el bosque y la vida recomendada el incendio de agosto. Pronto sería siempre agosto; o al menos ese era el plan que tenían para ellos. Para el bosque. Es apropiado que agosto se asocie a vacaciones. Se imaginaba como todas las demás parejas a largo plazo, planeando vacaciones, dando por sentado que lo demás no tiene apenas sentido, perdiendo cada uno su individualidad amante, su oportunidad de VIVIR, perdiéndolo todo en la apatía del otro.

5 – Belleza
belleza
nombre femenino
1. 1.
Cualidad de una persona, animal o cosa capaz de provocar en quien los contempla o los escucha un placer sensorial, intelectual o espiritual.

Fue en el instituto (católico), y luego también en la universidad. Y después seguiría.
Uno, Dos y Patricia. Para uno y Dos, tener que presenciar el crecimiento de Patricia en un entorno de lecciones cerradas y exámenes –y con las gilipolleces propias de esa fase vital–, era inquietante, farragoso, era una auténtica jodienda. Era como ver un oasis en el desierto dentro de un sueño de mescalina. Demasiado palpable y a la vez irreal. Una isla verde y magnética, pequeña, con una cascada y gente desnuda fornicando, al estilo más guarro de Biblia de páginas pegadas. Todo en medio del páramo académico.
Todo se mezclaba con Ella en medio. La Santísima Trinidad era un trío, La Última Cena una orgía, un bukake sobre la presente María Magdalena.
Tuvo el típico novio de cada etapa. Primero uno en el instituto, luego otro en la universidad. En el colegio había tenido niños-novio, por supuesto, esos mocosos que llegaron demasiado pronto para poder tener sexo. Uno los llamaba tontos-facebook, tipos que buscaban a su niña-novia de mayores en facebook, que se la machacaban con sus fotos, maldiciendo por haberla conocido con doce años. Con que hubiese sido con quince podría haber bastado. Pajas a escondidas aprovechando quizá que el bebé se ha dormido y mamá no está en casa. Dirán lo que quieran, pero si hay algo que hace que las personas se mojen a veces, es lo que podría haber sido y no fue.
Había muchas clases de masoquismo. El novio del instituto era el meta-cliché habitual; la chica que conoce al chico duro, y se lían; sin que ambos sepan el cromo repetido que resultan desde fuera. Ese capullo cuya única “prueba” de su rebeldía era un tatuaje en el cuello, algo que siempre parecía una mancha si no tenías unos prismáticos a mano. Se la folló; ni seis meses juntos, y luego llegaron el resto de clichés, llorar ella, fingir dureza él, complacerse sonando muy adultos hablando de sus ex, liarse una vez más y cortar antes de la universidad. No siempre era así, pero muchas veces era así.
Uno y Dos tuvieron sus escarcéos, pero nada de follar en el instituto. Querer a Patricia era una rutina más, una dura rutina, aunque paliaba el dolor el hecho de que siempre estuviera ocupada. Estaba monopolizada por el grupito guay de turno. No era como ellos, pero era demasiado espectacular como para que los guays no la quisieran para sí, y ella se sentía demasiado halagada como para preguntarse si no estaba haciendo amistad con los más estúpidos de la zona.
La universidad era otra historia, pero no mejor o más esclarecedora que la anterior. Los tres embarcados en algo que supuestamente era lo mejor para ellos, haciendo muchos esfuerzos por creérselo, perdidos, ahogando de vez en cuando esa perdición en salidas, noches largas, hacer el capullo, perder el control según los criterios de los papás o la policía. No era así; era más bien soñar con perder el Control al que estaban sometidos. No se trataba del autocontrol, sino de que ese autocontrol lo habían diseñado las instituciones. Era esa pieza de fábrica que conseguían instalar en casi todas las personas. La pieza en sí –ese alma sintética que se comía la tuya a bocados– era compleja y tremendamente eficaz, mucho más que los barrotes o los campos de concentración.
Te tenían paseando por la montaña o bañándote en la playa, y aun así pensando en ti mismo como esa persona responsable que tenía que volver a dar el callo en pocos días. Para otros.
Había costado muchas horas introducirte el alma institucional. Años. Pero si logras que todo el mundo se apiñe cada día en los mismos lugares, tenga las mismas preocupaciones y obedezca las mismas órdenes, ya tienes mucho ganado.
Eso y poco más que eso, parece haber sido la Educación hasta ahora.
Así retorcieron el sentido de la Belleza de las personas.

6 – Se acelera
Había otras chicas, sólo imitaciones, y los años pasaban cada vez un poco más rápido. Entrevistas absurdas de trabajo, contratos basura edificantes sobre el papel, reponiéndole a alguien la estantería, cargándole a alguien las cajas, atendiéndole los clientes. Era todo puro aprendizaje para Uno y Dos. No estaba claro qué estaban aprendiendo, pero si le hacías la pregunta a alguien al azar, lo más seguro es que te contestara que eso que hacían era aprender a vivir. La carrera que te prometía acceso a algún curro de alto perfil tedioso del que fardar tenedor en mano, te daba al final la oportunidad de aprender las claves para ser un buen reponedor. No tenía nada de malo ser reponedor, excepto que otra generación había vendido su alma a cambio de no se sabe qué. Peor sería cuando Dos comenzara a currar en ciertas oficinas, cuando echara de menos rápidamente su curro de mozo de almacén.
Uno reponía en una tienda, Dos aprendió a manejar una carretilla. Lo importante si preguntabas más, era que ya estaban cotizando. A veces te lo decían como si todo el sentido de la vida se redujera a la jubilación, o incluso a ir al Cielo. ¿Cuántos años cotizados hacían falta para beberse un chupito con San Pedro? Pero en serio, ¿cuánto había que cotizar a la Seguridad Social para que no te comieran las llamas del Infierno?
¿Con cuántas horas extra se aseguraba uno la Eternidad apoltronado y abanicado mientras le acercaban a la boca racimos de uvas?
Patricia estaba en el mostrador de cierta empresa, recibiendo a quien entrara por las puertas de cristal. Tampoco era un curro a la altura de sus estudios, pero era demasiado guapa para que nadie hiciese volar su imaginación (aunque sólo fuese unos segundos) y la metiese en nómina. Su currículum era importante sólo según quién lo leyera (o fingiera leerlo). De modo que sonreía y aguantaba a todo tipo de babosos, asquerosos que conformaban pequeñas patrullas de negocios camino a alguno de los ascensores del vestíbulo. Paternalismo en caras que reían como dibujos animados, y a veces mera condescendencia con un halo evidente de superioridad. Cada vez que uno de esos tíos entraba, la imagen residual era Patricia sentada en sus rodillas. Era hasta donde llegaba la escena porno en la vida real. Pero su trabajo era justo ése, que la primera cosa que viera la gente al entrar fuese algo agradable que les saludara de forma agradable e informara agradablemente. No era una teoría, se lo habían dicho el primer día, mientras la familiarizaban con su ordenador para consultas.
Un día entró por las puertas de cristal Dos, dispuesto a comenzar a currar para poco después echar de menos el almacén. Era su primer día y tuvo que informar en el mostrador, y tuvo que respirar hondo y fingir una sonrisa cómoda al ver a Patricia allí. Era una situación sin duda desagradable. No había forma de apaciguar la tensión; al menos para él. Se saludaron y se pusieron al día, cosa relativamente fácil dada la naturaleza del encuentro. Patricia hizo una llamada y le dijo a qué piso tenía que ir y por quién tenía que preguntar. A Dos le habían entrevistado en un edificio cercano hacía una semana; le habían llamado hacía dos días y le habían dicho que cuándo quería empezar.
Para Patricia él era poco más que un chico recurrente en su órbita, tímido, discreto, contenido en cierta forma; un chico del instituto, de la universidad, que iba siempre con aquel otro… Uno, pensó que se llamaba. Uno y Dos. Iban siempre juntos, o al menos eso se decidió.
Dos latía con casi todo el cuerpo ya subiendo con el ascensor. No podía digerir aquello fácilmente. No hacía tanto que había perdido el contacto (visual) con Patricia, un par de años o menos. Dos años y una novia fallida después, allí estaba ella. En teoría él estaba en un buen momento, había conseguido un trabajo de los que llaman respetable, tenía salud, mucho tiempo por delante y… Bueno, por lo demás se sentía igual de perdido o estafado por la vida, teniendo en cuenta que la misma le recompensaba su esfuerzo con nada más que dinero. Poco. No había ningún placer ni aprendizaje a un nivel estrictamente personal en su trayectoria; todo había sido una carrera de obstáculos en la que su producción se destinaba –en esencia– a las élites. Una y otra vez. Le daban para vestirse y alimentarse, para un techo, lo justo para que pudiera seguir produciendo.
Estaba fenomenal según los criterios de un niño del cuerno de África. Aunque ese niño no tenía más datos, los pormenores, como si dijéramos, la historia completa que a él le mantenía desnutrido allí… abonando más campo en el que sólo crecerían otros edificios de cristal.

7 – Dos y Patricia
Por más que suene extraño, en ese periodo Patricia no salía con nadie. Sólo compartía piso con otras dos chicas y decía estar centrada en otras cosas. En el curro, en sí misma, en las facturas, en buscar otros curros. Eso decía; de lo que Dos interpretaba que ella se sentía más o menos como él. Un almacén o un edificio de cristal, poco importaba, se trataba de dónde estabas tú, qué había sido de ti, ¿sería factible aún intentar rescatarte?
Rescatarse a uno mismo no suena fácil, suena a comecocos. Pero salir con Patricia no parecía un mal primer paso. Comenzó de forma natural, él se ofrecía a acompañarla aquí o allá, y al paso de los días no estaba fuera de tono tomar algo juntos, hablar más de la cuenta, mirarse por encima de lo normal, y luego tocarse.
Cuando Dos despertó en la habitación de ella la primera vez, primero se sentía perdido, y luego estupefacto. Oía ruidos de las compañeras de piso. Resopló; tendría que hacer el papel de ligue, o quizá presentarse, o puede que esperar a que Patricia le presentara. O puede que, si esperaba el tiempo suficiente, ellas se largarían. Lo cual no tenía por qué pasar, ya que era sábado. Patricia dormía aún. Dos aún tenía el chip de los madrugones, de cuando curraba en el almacén. Sólo llevaba un mes en el edificio de cristal. Ahora se levantaba a las ocho, antes a las cuatro y media. La diferencia sustancial, la única, era que antes pringaba de lunes a sábado, y ahora tenía los fines de semana enteros.
Seguía pensando en la posibilidad de estar matando un mito. El bosque ardiendo (Patricia), con él dentro, sin escapatoria. No quería ponerse a saltar de rama en rama, no quería pasar por divorcios, matrimonios, hijos desperdigados, ese tipo de vida intensa en el que un día no recuerdas el nombre de tus nietos. Lo contrario a la soledad. Prefería mil veces la soledad, aunque sólo fuese relativa; no todo el mundo estaba hecho para una vida social y familiar ruidosa y constante. Sentirse solo, como tanto se dice ya, no tiene que ver con la soledad, ni con tener o no gente al lado; tiene que ver con sentirse como el culo, desubicado, vacío. Dos se sentía solo en las bodas, en las comuniones, en ciertas cenas; los cumpleaños, los cumpleaños eran un pozo sin fondo, oscuridad en caída libre para él, especialmente lo suyos. Dos estaba convencido de que las festividades al uso, las reuniones habituales, raramente daban pie a esa especie de felicidad y comunión grupal de valor incalculable, estabilizador y que había que aprender a valorar sí o sí. En realidad todo eso era casi siempre limosna, alcohol, dosis extenuantes de negación. En ese momento no necesariamente estabas satisfecho, aunque vendieras y te vendieran eso, sino que la vida te ganaba a los puntos. Te quedabas sentado, apaleado, reposando en tu rincón del cuadrilatero. Como mínimo, estabas vivo: la última esperanza, y la de siempre.
Era un miedo clásico a la familia nuclear, a incurrir en sus hipocresías, limitaciones y cerrazones. Ese mundo en el que el sacrifico era la única respuesta y la religión el opio hasta de los ateos. El mundo en el que el placer era sospechoso por defecto. En el que todos se quejaban de lo mismo a lo que estaban agradecidos. Ese masoquismo a escala nacional, internacional. El mundo diurno, en el que levantarse temprano estaba bien visto aunque hubieses dormido once horas, y despertar a mediodía era ser un vago aunque no hubieses dormido más de seis. El mundo de los que “aprovechaban el día”, de los que desconfiaban de cualquier cosa que no fuese distintos grados de puteo y sufrimiento. El mundo que sólo funcionaba con horario de oficina. Ese mundo en el que tenías que dejarte a ti mismo para el tiempo libre.
El mundo que Dos no se veía capaz de sortear con Patricia.
Si se era sincero, no sabía si podría salvarla, rescatarla, o si ella podría salvarle a él, y redimirse juntos.

8 – Calma
Pero al principio el desgaste brilla por su ausencia. Al principio es bueno no cerrarse, no mostrarse distante o altivo. Los amigos de ella, nuevos lugares, nuevas salas de estar, camas con otros olores, otros perfumes, recibidores con el aroma de otras familias.
De repente el cumpleaños de un desconocido. Ella te presenta a su amiga de toda la vida. Espera que os llevéis bien pero no demasiado. El cine con ella, las cenas con ella, esperar a que salga de detrás de su mesa para poder besarla y salir a la calle. Pasear y procurar que todo siga como está. El sexo, el no hablar de determinados temas.
La calma.
Dos se fue a vivir a un piso, solo. Llevaba poco tiempo con Patricia, de modo que hubo un acuerdo silencioso: estaba bien así. Las compañeras de piso de ella eran meras figurantes; cada una tenía su círculo social y ninguna se entrometía en los asuntos de las otras.
El piso de Dos era minúsculo. No le hacía gracia tener que compartir piso con nadie. Prefería tener una habitación y vecinos que una habitación y desconocidos tras la primera puerta.
Y luego en algún momento tendría que presentarle a Uno. O más bien hacer que Uno fuera para ella alguien más que otro compañero de clase del pasado de los que sólo hacían bulto.
Hacer como si Uno no hubiese estado enamorado de ella igual que Dos. Desde siempre.
Y Dos no le había contado a Uno que estaba saliendo con (¡oh, joder!) Patricia. Su Patricia, la de ambos, que ahora sólo era de uno según la poderosas inercias culturales: la monogamia, el compromiso, la fidelidad carnal. Ni Uno ni Dos creían en las relaciones abiertas; ni siquiera pensaban en cosas así. Uno y Dos no habían sido educados sólo para cumplir órdenes, sino también para creer que su cultura era la única lógica, la única con posibilidades de prosperar.
Pero claro, quién podía culparles.
Cualquiera es un prisionero de su época, en mayor o menor grado.
La calma llegaba a su fin.

9 – Deshacerse
Lo que Uno sabía es que Dos había comenzado a salir con alguien, pero no sabía nada más. Uno había cortado una relación horrible con una chica que parecía quererle por el método de odiarle y usarle para cualquier propósito que se le antojase.
Se sentía como si se hubiese librado de una joroba, una hernia, o hasta piedras en el riñón. No es que se sintiera feliz, pero como mínimo se sentía descansado.
Dos le había llamado para quedar con él; para presentarle a su pareja, en realidad. Lo que Dos quería hacer, el efecto que quería provocar, era parecido a cuando quieres depilarte con cera y alguien va a pegar el tirón. Doloroso pero corto. Lo que Dos pensaba, es que si le hubiera dicho ya a su colega que su novia era Patricia, eso sólo hubiese causado un trauma a Uno antes del primer encuentro. Puede que incluso Uno le hubiese evitado, le hubiese puesto excusas para aplazar la fecha. Ya con casi tres meses de relación con ella, y pegando fuerte ese tirón, Dos pensó que Uno no se libraría de sufrir, pero al menos pasaría por un proceso de aceptación menos aparatoso.
El disgusto sobrevenido.
Como cuando estás en un lugar público y te encuentras con alguien a quien no quieres ver, pero al que te ves obligado a saludar. Con el que te ves obligado a mostrarte amable.
En realidad, pensaba Dos, sería la forma ideal de afrontar los baches de la vida. Que alguien te lo dijese el mismo día que tienes que afrontarlo. Que te lo encontraras de sopetón. No hay nada peor que saber con meses de antelación que vas a tener que hacer algo que te resulta desagradable, contra tu voluntad, ya sea o no por tu bien. Es posible que la mayoría de las cosas que te beneficia hacer, sean en esencia un mal trago.
El día en cuestión, Dos y Patricia ya esperaban en cierta cafetería. Habían llegado un poco antes de la hora estipulada. Patricia, obviamente, no era consciente de lo que pasaba; para ella era un encuentro sencillo entre amigos. Con la mayoría de cosas que pueden destrozar el corazón de una persona, alrededor nada se inmuta, todo sigue igual, no se para el tráfico, podría haber alguien sonriendo a dos palmos. Todo sigue su curso; el “que te jodan” habitual.
Cuando Uno llegó, entró y buscó con la mirada a su colega.
Aun sabiendo que ya les había visto, Dos levantó el brazo: justo ahí comenzaba la representación; llevaba por título: No pasa nada.
Es una representación recurrente, la clase de cosas que la gente hace para no discutir, gritar o matar a nadie.
Todo se desarrolló de tal forma que todo pareciera normal (o incluso aburrido) visto desde fuera. Hablaron del instituto y la universidad, de compañeros de aquellos tiempos. Hablaron de cosas que habían pasado hacía apenas un lustro como si fuesen ancianos hablando de una guerra. Verborrea para mitigar, en el caso de Dos, la tensión; y en el caso de Patricia, la leve incomodidad de tratar con alguien nuevo. Y Uno, Uno sonreía mientras el rubor de su cara y el caos de su mirada, sus gestos y sus asentimientos, procuraban interpretar el papel del alguien que no se deshacía.

10 – Proceso de Uno
Uno se deshacía como Amelie en la peli. Todo sonrisas raras y aceptación fingida y piloto automático, mientras se descomponía por dentro. Era como si no viniese a cuento estar tan herido, pero lo estaba. Había pasado bastante tiempo desde que viera de forma regular a Patricia, pero todo había vuelto a él como la bola de Indiana Jones; y corría, tragando telarañas, y la carrera no se acababa. La puta carrera. La vida era una carrera detrás de otra; a cual más inútil o dolorosa; y en todas tenías que fingir que estabas estupendamente. Pues ni de coña pensaba hacer cosas con ellos, se dijo; no iba a ir al cine con ellos, no se iba a sentar con ellos día sí día no en terracitas; no iba a compartir, a mediar, a hacer bromas temáticas, no iba emparejarse con la primera que se dejara para hacer salidas de parejitas. No se iba a ir de vacaciones con ellos, no iba a superarlo sin más, coño, claro que no. No le veía la puñetera madurez a eso: a mentir. Se sentía mal, y pensaba seguir así hasta que el dolor menguara, hasta que menguara de verdad. No se iba a estirar los carrillos para ellos, para sonreír como un payaso; no se iba a hacer pasar por alguien que cree que es sano hacer chistes sutiles sobre la situación. No le iba a dar el gusto a Dos de pensar que todo le parecía bien y nada iba mal y todo era aceptable y estaba en su sitio. NADA estaba en su sitio. ELLA estaba con su colega de toda la vida: TODO estaba mal, TODO. Se había liado con ella a sus espaldas, sin dudar, sin hablarlo, sin comentarle NADA. Simplemente le echó la mierda encima, de forma presencial, para no dejarle reaccionar, para que no pudiera elegir más que la mueca falsa de aceptación y la sumisión de quien está siendo emocionalmente violado. Hijo de puta, pensó Uno de Dos. Hay que ser hijo de puta.
Era la forma que tenía a veces la gente que se creía «adulta» de echarte el muerto. Hacían las cosas de tal forma que la reacción natural ajena pareciera la de un niñato. No podías enfadarte, pensó Uno, o ellos ganaban. No podías dejar que tu enfado fuera evidente. No podías hacer comentarios amargos.
Era fácil llevar ese rollo compasivo que llevaba ahora Dos, era fácil con nuevo curro “guay” y follando con la líder de las animadoras. Para Uno era así; él no tenía nada que hacer. Él sobraba.
De modo que empezó a aceptarlo. Su furia.
A la mierda las “relaciones sanas”. Romper con tu colega por una chica podía ser un cliché, pero además era un motivo de sobras comprensible.
Pensaba en ciertas cosas antes de dormir.
Matarlos a ambos.
Torturarlos a ambos.
Podía conciliar el sueño con una sonrisa auténtica: la felicidad del demiurgo, puede que la más natural.
Puede que torturarla a ella delante de él, y decir mientras tanto: “Esto has conseguido, Dos, esto has conseguido”.
O simplemente joderles los frenos del coche (¿cómo se hacía eso?). Joderles los frenos y esperar a ver qué pasaba.
O podía intentar que ella cambiara de… bando. Quitarle la novia a un colega también era un cliché, pero seguro que Dios lo perdona si la quieres de verdad. Dios se descojona.
Después del día fatídico, no hizo ningún movimiento, no contactó más con Dos, no hubo mensajes ni relación de ningún tipo, ya fuera digital o presencial. Pero cuando se acercaba el nuevo fin de semana, Uno sabía que Dos contactaría; Dos querría ir de amiguito. Dos se pensaba que sus actos no conllevarían consecuencias. Quería pensarlo. Puedo follarme a quien quiera sin que eso afecte a nadie. Puedo ser feliz sin hacer infeliz a nadie. La gente a la que le va bien ve enseguida arco iris por todas partes, enseguida se olvida de la riada. No ven motivos para la preocupación. Uno no iba a intentar imaginar que en realidad Dos y ella no estaban bien, o que eran una pareja de conveniencia como tantas otras; por estatus, por cierta imagen a proyectar, por unir fuerzas, por el dinero, por el pisito, por el futuro, etc. Era verdad que muchas parejas no habían nacido tanto por motivos sentimentales como por miedo a la vida; un miedo individual e irrefrenable a la vida, a quedarse solos, a fracasar solos.
Hasta cierto punto, la mayoría de gente fracasaba, dedicaban la mayor parte de sus vidas a tareas tediosas; por un motivo u otro, y seguramente más forzados que por opción propia, la mayoría de personas perdían casi toda su vida haciendo cosas como acusar a los que no la perdían de perder el tiempo. Ser un fracasado es duro, pero serlo con más gente, serlo con otra persona, en la intimidad, fingir juntos que la vida es así y sólo así y que no puede ser de otra manera, o que al menos intentar que lo sea es irresponsable, en fin, quizá no sea un gran consuelo, pero es el más popular. Y es evidente que funciona.
En este caso Uno no quería verlo de esa manera. No sabía por qué Patricia estaba con Dos, pero sí conocía los motivos de él; sentimentales, carnales, años y años de acumulación, de anhelo y deseo, de salpicaduras incontrolables.
Era absurdo intentar leer falsedad en lo que estaba pasando. Él estaba encantado, y ella le había descubierto a él; y teniendo en cuenta la cantidad de gilipollas con los que se había relacionado, estar con Dos debía ser toda una nueva experiencia.
Maldita sea.

11 – Proceso de Dos
Dos sabía que el encuentro sólo había ido bien sobre el papel, en la versión oficial, la “institucional”, la que casi siempre es falsa o incompleta. Porque los sentimientos no salieron a relucir. Uno fingió, interpretó la escena que Dos esperaba; Uno bailó para Dos, la coreografía de Dos, escupió las líneas que Dos había imaginado o casi escrito. Palabra por palabra. Pero Dos sabía que Uno ahora estaba patas arriba. Daba igual cómo de tranquilo quisiera imaginarle. No le había enviado apenas mensajes, pero, pasadas tres semanas, los pocos enviados habían quedado huérfanos.
Uno había hecho eso –salirse de sí mismo sin saber verse desde fuera– toda su vida; pero Dos temía que estuviese a punto de explotar. Esta vez había un elemento desestabilizador. Natural. Algo que no podía encerrar en resultados académicos, tiempos estipulados, una cronología o una lista de objetivos. Esta vez Uno estaba comiéndose la mierda que nadie le había enseñado a digerir. El poder de negación de Uno –como sabían Dos o Patricia, que habían alimentado el mismo–, no daba para salvar cualquier obstáculo. No daba tampoco, obviamente, para salvar aquellos obstáculos que habían sido creados por instituciones e intereses globales. Al mundo le importaba un carajo lo que sentías; y eso no se relacionaba sólo con tu vocación potencial o crecimiento, sino también con lo irracional. De hecho con lo que más se relacionaba era con eso. Eso sencillamente era una guerra personal, algo que requería algún tipo de negación al cubo. Esto generalmente se lograba ritualizando cada paso. Boda, hijos, nietos… (¿Se buscaría Uno una novia definitiva de emergencia?). Si lo que hacías en términos sentimentales parecía importante, lo era. Simplemente no cabía discusión al respecto. Un bebé no era discutible, una casa aún menos, ese futuro, una hipoteca… Todos esos elementos jugaban eficazmente a favor de esa negación de apuesta doble. La nómina, las facturas, la luz, el agua corriente… Era, como siempre, el muro de dinero y practicidad (sobre todo practicidad) construido al paso de la Sagrada Familia, que lograba que los sentimientos de la persona quedaran al otro lado; primero relegados, y luego, con la edad, prácticamente extintos, un recuerdo, una ilusión, una bobada de juventud.
Parecía la forma más recurrente de salir del paso; aunque el paso fuese Tu Vida.
Para cuando te quisieses dar cuenta, pensaba Dos, tendrías que evitar pensar en qué justo momento, aunque sólo fuese simbólico, se comenzó a joder todo. En qué momento te percataste (en el fondo) de que te querían joder y lo habían logrado. En qué momento no solo lo supiste, sino que además continuaste bailándoles el agua, demasiado aturdido para hacer otra cosa, demasiado Bien Educado para hacer locuras como intentar empezar a vivir una vida propia.
El momento para Uno, esa chispa terrible de autoconciencia, se estaba dando en ese justo instante para él. Esos días. Más pronto de lo habitual. Una persona que no tenía (ni de lejos) las herramientas para lidiar con todo aquello. Dos lo sabía, porque él tampoco las tenía. No se le ocurría peor putada que haber tenido que soportar que Uno tuviera algo con Patricia. Patricia era importante, pero había sido reducida a un juego, una fantasía, algo que Uno y Dos tenían en común; algo que, para que funcionase, jamás ninguno de los dos tendría que haber, digamos, accedido a ello. La gente habla abiertamente, incluso delante de sus parejas, de la belleza de Scarlett Johansson o Tom Hardy; hablan de ello como la clase de cosas a las que no se tiene acceso, por las que no ha lugar que nadie se enfade, tenga celos o se lo tome en serio. Para Uno era como si Dos se estuviera beneficiando a Scarlett. ¿De qué coño iba eso? ¿A qué coño venía? ¡Sólo se trataba de compartir una fantasía! Se trataba de un chiste recurrente, una broma de largo recorrido. Sí, puede que esa broma no estuviese carente de una estima y admiración reales, pero joder, ¿de que qué coño vas, Dos?, se decía Dos a sí mismo, intentando ponerse en la piel de Uno.
No siempre era posible la empatía. Sobre todo cuando eras tú el que estaba follando con Scarlett en su mansión de Los Ángeles. Cuando estabas en el bando adecuado, oye, qué queréis que os diga si sois un poco cortitos; hay muchos peces en el mar. No hay cosa peor que aferrarse.
Cuando no eres tú a quien le tocó ser el número dos llamándote Uno, es fácil ponerse Coelhista y decir memeces paseando por Venice Beach.

12 – Carta de Uno
La mayoría de vosotros y vosotras no os habéis fijado. Y no digo que no sepáis que exista o que no lo hayáis visto. Digo que no os habéis fijado, no os habéis tomado un momento. No os habéis detenido. No os habéis fijado en cómo avanzan vuestros pies, en el sol abrasador del que os quejáis, en su belleza. No os habéis parado a escuchar el zumbido de las torres eléctricas. No habéis respirado (a la vez que conteníais el aliento) el aire que agitaba la hierba alta. No os habéis fijado en lo que se acumula en las copas de los árboles, en los quicios de las ventanas de los bajos, en el olor cambiante que anuncia tormentas. En la mugre y el desgaste del paso del tiempo, en la erosión. No habéis saboreado a un palmo de vuestra nariz el parpadeo de la luz, caminando ante la reja del patio de un almacén a las cinco de la tarde. La mirada perdida, o encontrada por primera vez. Nos os habéis parado a pensar dejando la mente en blanco, no os habéis fijado en los detalles, alguno hasta oficialmente respetado, como el de estar vivo.
No os habéis sentido reales sobre la tierra que pisabais. No habéis vivido en el sol filtrándose entre las ramas y la hojas; no habéis oído la televisión de casas ajenas mientras sentíais que os faltaba el aire en verano en la calle; sabiendo que eras feliz cuando volvías a llenar los pulmones.
No habéis sido Asia o África, hayáis estado o no en esos lugares.
No os habéis tomado un baño de sol en medio de polígonos industriales; observando la quietud del abandono en agosto, los desperdicios rodando, minúsculos, la vía calentándose, la carretera, el espacio abierto, el sonido del avión comercial a lo lejos.
No hablo de nada concreto, no describo la antesala de nada, ni el contexto.
Estoy en el meollo.
No os habéis fijado en el rincón, el pliegue, la esquina, la rama, la piedra abandonada, la pared del montón, y a los lejos, las colinas, las montañas.
No hablo tampoco de religión. Es irrelevante si esto suena a poesía. Son hechos, y son hechos reales.
No os habéis fijado a cuánta distancia se puede llegar a ver la agitación de un árbol en un día ventoso. No os habéis bajado del coche, del burro, no habéis salido de vosotros mismos para descubriros secuestrados por otros, maniatados y en una habitación oscura. Al margen de la existencia, de vuestro potencial. Atados a las excursiones programadas, en las que ves cosas, en las que descubres que existen, pero también cuando aprendes a no fijarte en nada.
No os habéis fijado. Sólo habéis imaginado quién lloraría en vuestro funeral.
No os habéis fijado, porque sé que no sabéis de qué coño hablo.
Yo acabo de darme cuenta. Acabo de fijarme últimamente en todas esas cosas, y en muchas otras. Acabo de intuir la inmensidad, algo que hasta ahora sólo lograba atisbar al ver pasar a determinada persona. Esa persona era lo único en lo que me había fijado hasta ahora en toda mi vida.
Tras el placer del descubrimiento, me he sentido atrapado, aterrorizado ante la maquinaria que tan difícil es de intuir (o más bien, de aceptar). Estoy seguro de que muchas personas no se atreven ni a hablar sobre ello. Ni tan siquiera saben cómo. La propia maquinaria les amordaza.
Si esa maquinaria es autoconsciente o no (de su enfermedad), es también irrelevante, porque, como sea, se retroalimenta sin cesar; no hay visos de cambio profundo.
Ahora soy consciente de que salirse de ese camino (COMO SEA) no solo es lo mejor, sino también lo único. Ya no quiero estar en él, y, a estas alturas, no conozco más que una salida.
Por lo menos, ahora sé de la belleza en todo su potencial. Por desgracia, también veo muy bien los engranajes que me la niegan. Y que la mayoría de vosotros y vosotras, malditos seáis, creéis ciegamente en ellos.

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Una mejora

Me siento bien, voy masticando todas las guarradas que me dan. Las ha traído una chica que ha estado de viaje en Méjico (yo digo Méjico, el resto dice México). Estamos en su casa, casi diez personas, comemos mientras nos graba para su canal de youtube. Me siento parte del presente, sin una gota de cinismo, intento decir cosas ingeniosas sin que parezca que lo intento. No conozco a la mayoría, sólo a un par de colegas. Íbamos a ir a cenar todos juntos, pero antes hemos acabado aquí. ¿Os importa?, nos han dicho, y luego la cámara no ha dejado de grabar. Chupitos de tequila y snacks picantes, golosinas con sabores que no sabemos leer, y al menos tres tías a las que miro si no miran, y que no parecen solteras o libres. No conozco los parentescos ni los acuerdos. Nos han presentado a todos, para mí el protocolo es administrativo, cumplo y olvido.
Mastico la siguiente cosa, gomosa y que no lleva a ninguna parte. Cero sabor, cero valor nutricional, todo risas. Cosas rojas o verdes, cosas azules, gominolas que saben a ketchup y viceversa. Una bebida misteriosa y marrón caca que sabe a fresa con cerveza. Otro chupito de tequila. Una bolsa de plástico con una foto de fuego quemando a un cocinero, la abrimos. Hay una especie de ganchitos negros dentro, pican menos de lo que parecía. Luego unas moras verdes que parecen de plástico nos queman la boca. Muecas de disgusto y carcajada. La fiesta del estómago minado. La cámara en la cara, los ojos llorosos, 2018. Hacemos lo que toca. Masticamos y engullimos.
No acabamos de salir. Nos dejamos caer en sillones. Una de las chicas, una rubia, resulta estar soltera, libre y libérrima. Es de baja estatura, pies pequeños, tetas grandes, risa fácil, un máster en Lingüística, inglés perfecto, mente amueblada. Hace tres meses acabó una relación de doce años con un pelirrojo, su primer novio serio. Tiene treinta y pocos y un polvo descomunal.
Hablo con ella mientras mis colegas se enzarzan en una discusión sobre paracaidismo. Las otras dos chicas mencionadas han venido con sus novios. La anfitriona y viajera (carismática en el mejor sentido) es lesbiana y dice que su novia tiene que estar al caer.
Acabamos pidiendo pizza, y alguien me susurra que es el cumpleaños de la rubia. Hablo tranquilo con ella porque me parece totalmente fuera de mi alcance. No es que lo formule así, pero sí de forma subconsciente. El problema es tener posibilidades. La tranquilidad se asienta cuando el cambio es imposible. Nunca he creído que la gente cambie porque quiere, cambian cuando no les queda más remedio, por las circunstancias, por la presión. El optimismo surge cuando es la única opción, el optimismo parece cosa de pobres, pensamiento maniatado.
Si la chica mostrara algún tipo de interés por mí, el cambio sería inevitable, y tendría que afrontarlo, a veces las cosas tienen la irritante manía de mejorar.
Una mejora no es necesariamente mejor, de hecho trae consigo futuros problemas y dolores de cabeza, a veces incluso tragedias. Una mejora trae mejoría, y también un montón de cosas que perder.

Alguien ha incorporado porros a la reunión. Hay dos sillones de tres plazas que van a colapsar. Apretados, tengo a la rubia pegada y una erección ya casi completa. Los tejanos la disimulan cada vez menos. Me acomodo y el roce lo empeora. A los diez minutos el líquido preseminal moja mis calzoncillos, lo que estabiliza mi pene en modo morcillón.
Llega la novia de la anfitriona, y nos ofrece a todos unas pastillas. Dice:
–No preguntéis, sólo dadle el play.
De algún modo, decido fiarme porque es lesbiana, porque estoy rodeado de modernidad, porque acabamos de grabar un video de “Comemos chucherías mexicanas”, y porque las pizzas deberían estar a punto de llegar.
Me trago la pastilla sin rechistar. Le pego otra calada a uno de los tres porros que circulan. Aunque por lo que sé sólo hay una youtuber, digo:
–Yo pensaba que los youtubers eráis super sanos, que corríais por las mañanas y luego hablabais de lo maravilloso que es todo el mundo aunque esté gordo.
Se ríen. Quizá hasta les caigo bien.
Cuando llegan las pizzas, la anfitriona dice que ella lo paga todo, que no saquemos las carteras, que sus padres son los dueños de todas las manzanas de Periferia. Dejan la cena en un aparte por drogadicción responsable, dicen que aún tenemos que notar las pastillas.
Lo que sea que me he tomado, se suma al colocón del porro, y por momentos tengo que acordarme de tragar. Cuando la rubia me habla, pienso: me encantaría recordar su nombre, daría un huevo y un dedo meñique. Pero nadie habla con nombres, todo son motes bisílabos que un recién llegado no debería usar. Cuando la rubia me habla la miro a los ojos como jamás haría mi versión sobria. Tiene los ojos enormes y verdes y azules, y juraría que al fondo se ve una atracción de parque acuático por la que bajan decenas de adolescentes sonrientes. Un subidón de verano reciente. No sé si vocalizo mejor o peor que antes. Ella se siente igual, estamos empatados. Tiene dientes blancos, labios pequeños y saliva apetitosa. Pone la mano en mi pierna izquierda para no hundirse, su cadera contra la mía. Suena el teléfono.
Nos dicen que el pizzero ha tenido un accidente. La lesbiana youtuber pide silencio, pone el manos libres y pregunta por su estado. ¿No le habrá pasado nada, verdad?
Una vocecilla dice que el pizzero ha muerto.
Un momento, pienso. ¿Las pizzas no habían llegado?
Eso me irrita especialmente. No sólo que la Muerte se haya llevado nuestra cena, sino que además yo pensara que ya estaba aquí, que todo iba bien. Un daily, unas chuches, un sábado, porros, pastillas. La rubia apoya la cabeza en mi hombro y dice:
–Pobre pizzero.
No había llegado ninguna pizza, sino un paquete, un rollo de Amazon. La anfitriona creía que eran las pizzas, luego yo leí mal la situación y los comentarios, y la chica al otro lado del teléfono, llorando, nos dice que el pizzero quería adelantar a un coche, y que un camión venía en la otra dirección. Tópico pero eficaz. La muerte no suele apreciar la originalidad, suele ser previsible; sabe que lo de escarmentar no entra en nuestros planes.
La pizzera cuelga y la anfitriona dice que aún quedan chuches mejicanas, pero que en realidad las compró en un chino. En méjico, eso sí.
Digo en voz alta que lo siento y todo eso, pero que tengo un hambre atroz, hambre de restaurante y no de tienda de souvenirs. Por suerte, el resto me apoya. Decidimos llamar a otra pizzería. Probar suerte otra vez. Raro sería que. Un rayo no cae dos veces en. Hay que seguir adelante con. Y los porros nunca cesan, para cuando tres se acaban, otros tres se encienden. La muerte no planea, simplemente está, pero siempre es así, y no tardamos mucho en recuperar el ánimo. Nadie suspende el partido.

El segundo pizzero llega vivo, aunque se retrasa más de media hora. Dejamos a un lado los porros y comemos como niños negros geográficamente desafortunados. Ya han pasado casi tres horas desde las gominolas. El color de los ojos es el rojo. En mis tejanos, si te fijas, hay una pequeña mancha de humedad en la entrepierna. Pero hay que fijarse. La rubia ha seguido a mi lado más o menos todo el tiempo, se siente cómoda, creo que cree que soy inofensivo, algo así como un gato pero un poco más feo. Y sin polla. El hecho de que hable le hace cierta gracia, casi más que lo que digo. Abro los párpados sólo a medias. Cojo trozos de pizza sin hacer cálculos, claramente va a sobrar, la anfitriona parece gastar como quien abre el grifo. Estoy hambriento, aturdido y cachondo como el animal que soy.

En cierto momento, parecemos recordar todos a la vez el asunto del cumpleaños. Lesbiana 2 corre hacia la cocina. La cumpleañera no quería celebrar nada, no quería regalos, de hecho la reunión no era exactamente por ella, o eso entiendo, pero no ha podido escapar a la tradición. Se apagan las luces y de la cocina sale un pastel flotante en la oscuridad. Una vela con forma de interrogante espera a ser soplada. Después, todos aplaudimos y casi todos cantamos el cumpleaños feliz. Creo que no es el orden habitual. Las luces se vuelven a encender y lesbiana 2 se vuelve a ir. Vuelve con un paquete enorme.
–Ya sé que no querías regalos, pero te jodes.
Dentro del primer paquete hay otro, y así sucesivamente hasta que queda una cajita que cabe en una mano. Reímos y nos pasamos los porros. Es la monda. Dentro de la cajita hay una suerte de colgante, algo que parece ser tiene valor sentimental para la cumpleañera y la pareja de lesbianas. Es un regalo y no lo es, es un cumpleaños como excusa. Luego nos dan explicaciones para llenar los huecos en blanco, explicaciones aburridas que colocados resultan fascinantes y románticas, increíblemente excitantes y propias de la magia de estar vivos y ser relativamente jóvenes ya bien entrado el siglo XXI. Sólo puedo pensar: gracias por dejarme compartir este momento. Sois la leche.

Nos comemos el pastel y lesbiana 1, la anfitriona, nos dice que mejor salir al jardín, tomar algo en el jardín de la parte de atrás, el jardín es genial, nos dice, es una obra de arte de su madre, un “rollo hetero-burgués” exquisito, flores de todo tipo, “olores que flipas”, un caminito empedrado, una zona donde colocar mesitas monísimas metálicas y beber o fumar o conversar.
Salimos y procuramos no pisar donde no debemos. Era una piscina o esto, dice la anfitriona, y mis padres prefirieron flores, plantas, trabajo de jardinería.
Casi todos nos sentamos en el suelo, en una zona con césped que parece habitable y a salvo de destrozos. Balbuceamos y procuramos que no se nos caiga la baba. Nadie pregunta qué eran las pastillas, parecen habernos sumido en un estado de euforia catatónica, relajación agresiva o concentración dispersa. Me doy cuenta de que la tengo dura como el mármol, aunque el alcohol empieza a fluir y ya no deja de hacerlo. Una voz dice que su padre a veces corta rosas del jardín y le prepara un ramo a su madre. Otra voz encadena argumentos pastosos que nadie entiende. Una tercera voz intenta beberse el porro y fumarse el vodka. Advierto que tengo ganas de mear unos ocho litros de cumpleaños encubierto. Me dicen que no puedo usar el lavabo, que está de reformas. Me cuesta creer que la casa tenga un solo lavabo (me huele a táctica higiénica). Me dicen que use la arboleda que hay tras la casa. Me levanto y hago eses y uves dobles, y me caigo. Oigo risas y me vuelvo a levantar, intento controlarme. Hace unos minutos, pienso, he perdido de vista a la rubia. Me encamino hacia la parte trasera de la actividad, las voces cada vez más amortiguadas, la noche cada vez más madrugada. Oscuridad ecuánime y evidente, estrellas huyendo de la contaminación lumínica. Luzco una notoria tienda de campaña. Quizá eso también haya provocado risas. Me adentro en el bosque, parece extrañamente ordenado, árboles alineados, arbustos recortados, bichos mecanizados. Me llego hasta un tronco de buen perímetro. Me la saco e intento no mojar aún más los pantalones, pero riego sin querer mis zapatillas. Apunto mejor y miro hacia un lado. Veo en cuclillas a la rubia, tras un arbusto, pantalones y bragas por los tobillos. Si me miras no puedo hacerlo, dice, y luego dice: es broma. Acabo me de mear e intento ubicarme.
Qué está pasando.
Lidio con el pene erecto.
Oigo: Ven, échate.
Me doy cuenta de que camino con la polla fuera. La rubia parece formarse de colores y texturas, como si sólo pudiera reconocer su silueta, las caderas prominentes, el pecho con los pezones apuntando al suelo, la postura de meada de emergencia.
La lluvia dorada.
Y la voz dice: Nunca había hecho esto. Creo que soy yo el que lo dice, sobreexcitado. El olor a amoniaco, el sabor a ácido úrico, fuerte, aunque el color del pis es claro. No impresiona tanto después de las golosinas chino-mejicanas. Oigo risas y son suyas. Trago un poco y escupo el resto. La visión de su ano, apenas perceptible, los labios vaginales. Las risas apagadas.
Nos van a pillar, dice, pero yo alargo la lengua, hago contacto, la paseo, algo más consciente, agitado. Hablamos de los números de teléfono, creo que de los nuestros. Una mejora. Noto calor en los testículos, ya consciente de que he eyaculado. Tenemos una primera misión. Llegar hasta los demás, lidiar con ellos, con lo que dicen, con lo que traen, las pastillas sin nombre, los futuros pizzeros muertos, los nombres desusados, otros tres porros y una nueva, enorme y aterradora idea.

Lluvia-dorada

Un nuevo yo

Me despierto de golpe, miro el reloj a oscuras, me duele el cuello. Dicen que las tres de la madrugada es el momento ideal para comunicarse con los espíritus. Es la hora de ver fantasmas, cuando la mano gélida de tu abuela muerta se posa sobre tu hombro mientras sacas ropa del armario. A las tres de la mañana es cuando el Otro Mundo visita el nuestro; al menos sobre el papel. Aunque no sea así, es una historia, y siempre he confiado más en las historias que en las noticias. El mayor “fantasma” es la información objetiva. Ven y haz pequeño mi mundo, cuéntame los únicos tres problemas y qué tres soluciones tienen. Señálame al culpable.
Las personas que no creen en las historias llevan a cabo el mayor acto de cinismo posible, y su doble moral es casi tocable cuando tienen miedo a la oscuridad. Dirán que temen a un ladrón, lo que encima les convertirá en unos mentirosos.
Necesito ir al baño. Odio ir al baño de madrugada, es como tener que abrir el envoltorio del condón y ponérselo. Me corta el sueño, me desvela, probablemente me jode el día. ¿Cuántas horas he dormido? Tres, con suerte. Camino sin encender luces. Lo bueno de que tu piso sea minúsculo, es que no hace falta aprendérselo de memoria. Tocas aquí y allá, y llegas a donde quieras.
Sí enciendo la luz del lavabo. Ya estoy con los ojos como platos, por supuesto; no lúcido, pero en absoluto apto para la cama. Conozco este camino, es largo y uso el café como medio de transporte.
Faltan siglos apara que se haga de día. Después de mear, el paso lógico es la cocina. Ni siquiera tengo un perro al que sacar de paseo. Tampoco hago nada parecido a salir a correr o montar clubs de lucha. Ni siquiera desdoblo la personalidad; soy todo el tiempo el mismo patán.
Preparo café. Procuro que cada gesto sea algún nuevo tipo de religión asiática, lento y tranquilo, el nuevo hombre tranquilo, el budismo es una rave. Decido comer algo. Tengo un cajón lleno de bollos y todo tipo de guarradas, es lo que hago en lugar de hacer deporte. Mi cocina me define mejor que mi ropa o mi peinado, y no por los azulejos o la distribución de los elementos.
Llevo el café y un par de bollos al salón; no tengo una de esas cocinas con una mesa central en la que hay una jarra de zumo de naranja en medio y niños gritando alrededor. Aunque tengo la edad.
Merodeo un momento, abro la persiana y todo sigue igual, ni un rayo de luz. Miro hacia la calle, y ahí están todos, durmiendo en su cama. Hace muchos años que no me relaciono con la noche igual que la mayoría. A veces la he usado para trabajar, pero me gusta sobre todo para desperdiciarla. Ser insomne no está tan mal si no se recrudece. Dormir dos o tres horas al día no es que sea sano, pero es como ir borracho sin castigar el hígado. Puede que no al principio, pero sí a medida que pasan las horas. En mi trabajo no tengo que usar la cabeza, sólo la paciencia. Entro a las ocho. Lo más jodido es aprender a no mirar el reloj.

Aquí estoy, aún no son ni las tres y diez. Nadie se preocupa y sale de su habitación a echar un vistazo. Sobre todo porque vivo solo, pero tampoco es algo extraordinario. Igualmente luego tendré que dar los buenos días a un montón de gente, y me los devolverán. En la empresa hay una chica de seguridad que me gusta, pero más o menos en todos lados hay una chica que me gusta. No es bonito, es algo que padezco. Parece algún efecto secundario de la heterosexualidad. Antes sólo se criticaba a los homófobos, pero ahora el problema es la heterosexualidad en general, quizá el enamoramiento indiscriminado sea una de sus taras, aparte de lo de sojuzgar a la sociedad bajo el yugo de nuestros gustos y genitales. Parece ser que es algo que planeamos ya cuando elegimos una posición ventajosa antes de nacer. La verdad es que nunca me ha importado con quién folla nadie, de hecho normalmente me aburre soberanamente la gente que lo cuenta. Quizá no sea un buen hetero.
Tampoco es exactamente enamoramiento. Podría ser simplemente necesidad. Andar necesitado. Podría.
Me bebo el café y muerdo los bollos. No son ni las tres y cuarto.
Como el error físico e ideológico que soy, cuando acabo de desayunar llevo los cacharros a la pila. Me pongo a fregar como si hubiera algo más que un vaso sucio. Hasta me pongo el delantal; es uno de esos con el David de Miguel Ángel. Si no fuera por la panza, parecería que voy desnudo.

Entonces oigo algo. Un siseo en el suelo. Miro a un lado y a otro, pero no siento nada. Hace no mucho estuve un par de meses con vértigos. Era incómodo, y sobre todo se hizo largo. Me quedo pensando en eso, y se me olvida por qué estoy moviendo el cuello.
Luego lo veo.
Una cucaracha gorda y asquerosa, del tamaño de un ratón, como cuando una rata parece un gato. Como cuando yo no meto barriga ante el espejo. Es asqueroso.
Me llego hasta el papel del cocina. Lo que hago cuando veo un bicho, es recogerlo con las manos protegidas y tirarlo al váter. Pero esta vez me parece demasiado grande. No puedo arriesgarme a que esa cosa me roce un dedo. Esa cosa tiene que morir. Lenta o rápidamente, tengo que asesinarla. Es ella o yo.
Está en el suelo y va de un lado a otro. Cierro la puerta de la cocina, tengo que tenerla localizada. Juraría que en algún sitio había un producto para asesinar cucarachas. Para acabar con ellas y poder dormir tranquilo, la gente que duerme. Doy portazos por toda la cocina, hasta que por fin doy con el veneno adecuado. Todo el tiempo susurro cosas como “vas a morir, zorra”, “estás muerta, hija de puta”. Hablo entre dientes, me siento mejor, tengo una misión. Puede que sean las tres y media de la mañana. No tengo prisa, más bien tengo todo lo contrario. Puedo recrearme. Que no usen toros, que usen cucarachas. ¿Alguien siente otra cosa que no sea asco por las cucarachas? Los insectos siempre me han parecido la grieta argumental de los veganos. Los insectos y todos sus parientes tienen que morir, sobre todo los grandes. ¿Alguien se va a dormir tranquilamente si ve una araña en su puta casa? No. Lo que haces es armarte y matar a esa cabrona, asegurarte de que no te va a picar en un ojo mientras roncas. Luego puedes seguir siendo vegano en Twitter.
La cucaracha, viva y repugnante, me hace un quiebro tras otro, no puedo dejar que vuelva a su ranura, no sé por dónde ha venido. Espero a tenerla más o menos acorralada. Apunto con el espray, y disparo.
Se forma una capa blanca en su caparazón, pero se niega a morir.
Luego algo me inquieta.
¿Ha gritado?
Es como si hubiese emitido algún tipo de silbido agudo, una señal de sufrimiento. Casi imperceptible.
Ahora corre más que nunca, no parece que la haya conseguido debilitar. Me da asco tocarla con las zapatillas, pero tengo que cortarle el paso, evitar que se cuele por algún resquicio. No vas a volver a ver a tus amigas, tu casa ya no existe. Puta.
Vuelvo a atacar, disparo sobre ella, pero la cabrona se mueve y me dificulta la ejecución. Se oye un siseo asqueroso de las patas, y nuevamente (creo) una especie de grito. La palabra «grito» me vuelve a la mente. Un alarido increíblemente agudo, tremendamente apagado, pero punzante, asqueroso, una vida a destruir. Suena como:
Iiiiiiiiiiihhhhhhiiiiiiiiiihhhhhhhhh…
Cada vez corre más rápido. Es evidente que el espray no puede sentarme de maravilla, no puedo estar respirándolo como si fuese colonia. Eso me irrita aún más. Cada vez tengo más ganas de matar. El bicho corre desorientado, no parece que tenga salida. No podría pisarlo, sería repugnante manchar así la zapatilla y el suelo. Quiero que se muera y se convierta en algo que poder barrer.
No eres un espíritu, no eres las manos de mi abuelo, ni un recuerdo o una señal. No significas nada, no tienes cara, no eres mona, ni siquiera simpática, nadie te quiere, eres un ser vivo de libro de texto, contenido de un examen de primaria. Quizá se te coman en alguna cultura, pero morir sigue siendo tu sentido. Das sentido a la muerte. La gente se alegra cuando mueres, incluso la más positiva, animalista e hipócrita.
Murmuro, intento no oír su grito, su voz.
Iiiiiiiiiiihhhhhhiiiiiiiiiihhhhhhhhh…
Comienzo a disparar a destajo, la maldita corre que se las pela, busca un escondrijo. No lo encuentra.
¿De dónde has venido? Si aún no se ha escapado dentro de la cocina, es que ha entrado a ella desde otro lugar. Comienzo a toser por el puñetero mata-cucarachas, hay una nube química conmigo. Pero no puedo abrir la puerta, el bicho se saldría y tendría más rincones a los que huir. Disparo a discreción, hasta grito como si estuviera en la selva, como si fuera de una generación anterior, aguerrido, un hombre de guerra, futuro abuelo sentado en el salón, llamándote maricón, hablando de los putos negros, de los amarillos, de los moros, de lo guarras que son todas las tías.

Me despierto de golpe, me duele el cuello, la nuca, me he caído, es lo primero que pienso. Mareado. Estoy de espaldas contra el suelo. He perdido el conocimiento. Entonces noto algo en el labio, ¿una llaga? La cucaracha se impulsa y entra en mi boca. Noto el sabor amargo a espray en su lomo, sus patas contra mi lengua. Intento escupirla, pero forcejea. La bilis sube por mi traquea. Reflujo, se llena mi boca. Un espasmo muscular, algo instintivo. Me doy cuenta de que no puedo escupir, así que trago…
Noto cómo baja hasta mi estómago, y luego se aposenta en él. Parte de mí.

Me paso media hora vomitando de todo en el lavabo. Pero no lo que intento vomitar. Sí que he notado el sabor a espray, es mejor que nada. Nunca me ha sido tan fácil vomitar.
Es al cabo de un buen rato cuando comienzo a sentirme bien. Bien de verdad. Pongo música y, cuando me doy cuenta, se está haciendo de día. Me lavo los dientes y me ducho. Me visto y me dispongo a salir. Antes de eso, entro un momento en la cocina. O bien ya no huele a espray o bien lo tengo demasiado interiorizado.
Al llegar al trabajo, entro por la puerta de personal. Las dos chicas de seguridad, ante sus pantallas, me saludan tras el mostrador. La que me gusta dice no sé qué, yo digo no sé cuántos. Mucho más que Buenos días. Digo No sabes qué noche he tenido. Ella sonríe y algo se revuelve en mi estómago, como si yo ahora fuese la nave que ella pilota.

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Paquete de viaje

Vimos el camión de Matutano, amarillo, viejo y chillón, un armatoste, parecía ladeado, los neumáticos a punto de ceder. Parecía fuera de su horario. Estaba aparcado y nutría una tienda, un tío iba y venía con cajas. Nos miró, esperó, obstruíamos la acera. Yo era ese tío la mayor parte del tiempo, conocía esa mirada resignada, esforzada. Siempre se habla de hacer un ejercicio de empatía, pero a menudo la empatía surge sin más, como una maldición. Yo curraba en menesteres similares, aunque no fuese con un camión de Matutano.
Esta vez, sin embargo, era de los que estorbaba, íbamos camino de una fiesta. Era el cumpleaños de alguien. Nunca recuerdo la clase de fechas señaladas que te convierten en el detallista medio. Recuerdo la Navidad, por los mensajes subliminales. Esta vez compramos un regalo entre varios. Un colega dijo que no había que comprar algo que la cumpleañera necesitara, sino algo que quisiera. Creo que fusiló un diálogo de Love Actually. Este tío llevaba algo así como toda su vida detrás de ella, y parecía intentar quedar bien con ella incluso cuando ella no estaba presente. Como si los demás tuviéramos que tomar nota. La chica había cortado con su pareja, con la que llevaba nueve años. Hace nada vi al ex en Instagram, con el traje de Salto Base; creo que mueren más o menos la mitad de los que lo practican. Lucía una gran sonrisa de Hombre Libre. Estoy bastante seguro de que tus pretensiones de Libertad tienden a ser inversamente proporcionales a tu esperanza de vida.
Eran casi las nueve de la noche y era sábado, y aún era de día, recordaba esas noches de Halloween que aquí no se daban, recorríamos una zona residencial, pero no había niños con caretas y sacos de caramelos. Mucha gente envidia las tradiciones de otros países; el nacionalismo suele ser orgullo a la desesperada. La bandera americana al menos me hacía gracia.
Llegamos a lo que a mí me parecía una gran casa. Era todo lujo y espacio por comparación con mi piso. Había mucho ambiente, hay toda una historia detrás, amigos de amigos, muchos que llevaban un tiempo follando entre sí, hermanos, algún primo, quizá un par de bebés o tres al cuidado de los abuelos. Buena gente. Daños colaterales.
A veces la educación con la que algunas personas te hablan me parece más irritante que muchas formas de sequedad. Cómo parecen seguir un guión, de una forma ya mecánica e interiorizada que intentan hacer pasar por natural. Es la gente con don de gentes. En realidad lo hacen peor de lo que creen, pero tú siempre quedas por debajo.
Estuve dando dos besos por aquí y por allá. Conocía como mucho al cincuenta por ciento. No era un cumpleaños cualquiera.

Qué pasaba. Ella tenía que estar muerta hacía ya un tiempo, pero al parecer se salvó milagrosamente. Vivió un proceso largo y suicida de médicos y salas de espera. Le habían localizado un tumor (creo), e incluso le habían dado fechas límite potenciales. Caducidad programada. Había una operación, pero era extremadamente sensible. Sin embargo se llevó a cabo, y poco tiempo después el mal remitió, dejó de insistir o reproducirse.
Lo que hacía especial este cumpleaños, es que era una auténtica celebración de la vida, a diferencia del cumpleaños habitual, que es más bien una representación de esa idea.
No conocía muy bien a la cumpleañera, pero parece ser que quiso invitar no sólo a sus amigos, sino a casi todas las personas que conformaban los seis grados de separación. De esta forma, yo era algo así como el amigo del primo de alguien que una vez vio de lejos a su ex. Ni siquiera estaba ahí por ella exactamente, sino que durante un tiempo tuve cierto vínculo con el nuevo novio de la muerte. Un par de amigos me insistieron y me hablaron del regalo en grupo, y dada la naturaleza extraordinaria del evento, no me salió decir que no.
El regalo era uno de esos paquetes de viaje, no sé muy bien cómo va, lo compramos en una librería. Era ese rollo de “regalar experiencias”. Creo que fue una idea pésima, nunca me ha parecido de recibo colarse en la agenda de los demás y removerlo todo. Pero no dije nada. Puse mi parte y aproveché para pillar un par de cómics.
Comencé a beber algún tipo de ponche dulzón, de los que te acaban matando como el veneno adecuado disimulado en un pastel. Dos horas después sentía ese ir y venir de la cabeza, como si caminara por la cubierta de un barco que surfeara un tsunami. Intentando ser amable con los demás, procurando no mirar más de la cuenta los escotes y los culos, y también los pies femeninos más visibles. Para mí los pies pueden ser tan atractivos como las piernas o los hombros al aire. Pero no se me da muy bien disimular.
Coincidí en un corrillo con la cumpleañera. Estoy bastante seguro de que se llamaba Clara. Era muy blanca de piel, con pecas y un pelo rojo como la carne cruda. Su nombre podía ser una idea de sus padres cuando vieron el aspecto del bebé. Me parecía guapa y no parecía tener el carácter de quien invita a cien personas a ninguna celebración, incluso con coartada. Sus padres estaban fuera de la ciudad, no sé si sólo esa noche o si sería algún tipo de segunda luna de miel. Creo que oí algo al respecto. Había un par de tíos sobrios dando vueltas, creo que estaban contratados. Parecían más construidos que paridos, uno de los dos tenía rasgos asiáticos, sus manos parecían poder romper cristales sin darse cuenta.
Empezaba a sospechar que la fiesta había sido idea de los padres; buena o mala, parecía evidente que había sido la primera. No sabía de qué hablar con la cumpleañera, dado que encima yo tenía más que ver con su ex que con ella. Fue ella quien decidió intercambiar alguna anécdota. Por lo que intuí, su ex se quitó de en medio para dejar espacio al tumor. No es que le culpe, hay loterías que poca gente sabe cómo cobrar. Creo que ella tampoco estaba amargada a ese respecto, aunque el chaval no había sido invitado, ni directa ni indirectamente. Parecía lo único que había quedado claro, a quiénes no había que invitar.
Los humanos queremos pensar que somos como Armstrong pisando la luna, pero diría que nos parecemos más a Armstrong cambiándose la sangre. Nos nos gusta aceptar nuestra condición fugaz y natural, sobre todo en cuanto a omnívoros y depredadores. Hay demasiadas capas de hipocresía basada en la conciencia como para intentar ser coherente. De modo que interpretamos un personaje. Yo soy sensible; yo soy resignado; yo soy vegano; yo no me arrepiento; yo le he ganado la batalla a la muerte; yo te cuento lo que pasó; yo no quiero líos; yo separo la basura; yo soy relleno; yo soy segurata; yo hago el amor; yo decido… No es una película fácil, y el rodaje dura más de lo que sabemos soportar.

A veces me quedo paralizado ante la fascinación que me produce mi entorno, todo él, la dinámica humana, por así decirlo, lo que es capaz de proyectar y lo que es capaz de destruir, y todo lo que una persona es capaz de dejar exactamente igual de bien o mal que estaba, aun viviendo ochenta o noventa años. Siento esa fascinación por el devenir global, como si lo pudiera ver todo desde fuera, cómo evoluciona, cómo sigue o cómo termina. Y el bajón llega cuando recuerdo que formo parte de ello. Es imposible no quedar salpicado. Puede que tú no cambies nada, pero absolutamente todo te va a cambiar a ti.
Si Dios existe y puede hacer eso, si puede ver este espectáculo desde los márgenes, incluso aunque no pueda intervenir, debe pasárselo literalmente teta. Debe flipar sin parar. Esa siempre ha sido mi idea sobre Dios: el voyeur definitivo, alguien que puede mirar y escuchar, y que no necesita hacer nada más. Alguien que se interesa con el mismo ánimo y regocijo por una gran celebración que por un gran atentado terrorista. Dios, el colega definitivo.

Dios podía fijarse en un montón de cosas en esa fiesta. No sé si le interesan los detalles, no sé si es más un detective o un pervertido, pero cuando hay tanta gente no das abasto. El idiota destaca; en una reunión numerosa, cuanto más superficial seas, mejor. No se valora el ingenio, sino la astracanada. La adolescencia es menos una etapa que una actitud.
Si te callas y te arrinconas, luego sólo podrás hablar sobre lo callado y arrinconado que estás en las fiestas. Yo era así, más o menos. Lo era menos con casi treinta años, pero no me gustaban más las fiestas. Debía hacer años que no iba a una fiesta de verdad. La casa se fue ensuciando y llenando de ruido como a cámara lenta. Pero de forma irremisible.
La pelirroja no estaba muerta.
Comencé a ir de un lado a otro, perdí de vista a mis colegas, compañeros de regalo. Bajé el ritmo en cuanto al bebercio. Ahora manoseaba mi vaso de plástico. Descubrí un jardín y una piscina en la parte de atrás. Puede que esto sea lo que al final respetan los tumores. El césped estaba saturado de grupos, cada vez un poco más descontrolados. Cuando el primer idiota se tiró a la piscina, el resto de su especie no tardaron en imitarle. El idiota que abre la veda es como un Ideólogo, con la diferencia de que como mucho vomitará en tu piscina, en lugar de comerte la cabeza. Algunas veces es mejor seguir al idiota, ser más listo que tu compañía, y rehuir conscientemente a animales ideológicos y activistas. No hay nada más pequeño y ridículo en el Universo, que una persona que se cree en posesión de La Verdad.
Un idiota ni siquiera tiene una opinión, sólo quiere pasarlo bien.
Pero no me apetecía meterme en la piscina. Y además comencé a ver conocidos aquí y allá, esa gente a la que prefieres no saludar por la calle, y mucho menos ponerles al día. Cuando me veo obligado a hacerlo, acabo diciendo cosas como: Aquí estoy aún, sigo vivo…
No siempre se conforman.
Se acumulaban las chicas con las que no quería hablar pero sí follar hasta la muerte. No por una cuestión de cosificación, o sí, pero hubiese pensado igual si fuesen los tíos los que me pusiesen cachondo. De momento pensar es libre, puedes pensar en todo tipo de aberraciones. Incluso esa persona que crees intachable, lo hace, piensa en cosas terribles, abominables. Quizá acaba por no hacer ninguna de esas cosas precisamente porque puede pensar en ellas. Es posible que las mejores personas tengan la mente llena de basura. Lo único que hacen es retener más y mejor que los demás. Esto explicaría también muchas explosiones de violencia. De no existir opciones como el porno, probablemente mucha gente perdería su capacidad de retención, y una fiesta sería muy parecida a algo con lo que Dante haría rimas.

Yo no formaba parte de ese estrato social. En esa fiesta había mucha gente que no sabía cuánto dinero tenía, pero sobre todo no le importaba. Porque sabían que, incluso sin mover un dedo, ese pozo se secaría mucho después de que ellos murieran dentro de sesenta o setenta años. Así de jóvenes eran, y así de ricos eran sus padres. No se me ocurre atajo más efectivo para convertirte en un gilipollas. Y ni siquiera hablo de lo vagos y maleantes que serían por tener la vida solucionada; es algo mucho más profundo que eso, es mucho peor cuando son tan conscientes de sus privilegios que comienzan a intentar compensarlos. Esa gente es insoportable, porque no sólo parecen avergonzarse de ser quienes son (cosa que no se han ganado, pero que tampoco pidieron), sino que además procuran que los demás les acompañemos, les perdonemos.
Personalmente prefiero a los “vagos y maleantes”, los que se bañan con champán de botellas que cuestan como un coche de segunda mano. Ellos al menos saben que nadie les va a perdonar que sean ricos, y se limitan a intentar disfrutar. Puede que sean idiotas, pero no son unos hipócritas, y no te piden clemencia. Se limitan a vivir la vida como la mayoría de gente sueña vivirla, la misma gente que habla sobre la dignidad que hay en los madrugones y la explotación laboral. No es que hagan ningún bien, pero siempre nos darán una lección mucho más interesante que la que nos intentan colar los avergonzados bienhechores.
Los unos sólo son unos pesados (y a menudo unos falsos), pero los otros te hacen pensar. ¿Eso es lo que yo quiero? ¿Qué quiero exactamente? ¿Bañera de champán o comprar ropa carísima de la que no lo parece? ¿Soy tan humilde y ascético como creo que soy?

En algún momento comenzamos a salir en fila india de la casa, y del jardín. Tras la propiedad privada había un bosque. Comenzaron a verse focos de linterna de móvil. Eran ya como las cinco de la mañana. Éramos supervivientes, también en el sentido metafísico. Nadie sabe qué define su propia época, estás demasiado en el ajo. Se sabe cuando han pasado cincuenta años. ¿Como nos recordarán a nosotros? A veces creo que seremos la versión superficial de los hippies. Eso pensaba yo. No acabaremos con la crisis, y la crisis no acabará con nosotros. Sólo nos pasará por encima, nos dejará recogiendo los pedazos, mientras los de siempre se siguen bañando en champán.
Y cómo les vas a culpar.
Con qué argumento blindado. Con qué retórica de izquierdas saturada de ego, paternalismo, pedantería y etiquetas. Con qué idealismo cutre de quinceañero. Ya no eres joven, ahora te dices: soy de izquierdas; y te ves aguantándote la risa cuando el cabrón más cínico de derechas te suena razonable.
Nos adentramos en ese bosque del siglo XXI, ya casi en su tercera década. A la cumpleañera le sonó el teléfono. Me pasé la noche intentando recordar si alguna vez me había masturbado con sus fotos de Facebook.
Estuvo un bueno rato hablando. El resto comenzamos a buscar dónde poner el culo. Varias parejas habían ido a follar tras algún arbusto. Oí cómo alguien vomitaba.
La cumpleañera volvió de su aparte telefónico. ¿Quién hablaba por teléfono ahora? ¿Qué clase de estrés era ese?
Dijo:
–Mi ex ha muerto.

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Jóvenes profesionales

Sabía que la familia de al lado se había mudado. Creo que había muerto alguien, o alguien se había quedado sin trabajo. Había pasado algo que no se podía barrer bajo la alfombra comprando cosas, y decidieron cambiar de aires. Eso obviamente tampoco solucionaría necesariamente el problema, pero supongo que la decisión es comprensible. La racionalidad no es más que otro ingrediente del que calcular la dosis.
Esto no quiere decir que yo estuviera muy informado de los avatares del vecindario. Más bien entraba y salía del barrio lo más rápido posible. El barrio sólo era el lugar en el que tenía el piso. Allí no tenía amigos o familiares, y tampoco ganas de intimar.
Pronto un nuevo inquilino ocupó el lugar de la familia. Vivía solo, tenía entre treinta y cuarenta años. Estábamos pared con pared. Jóvenes profesionales. Creo que tenía un trabajo similar al mío, algo que soportábamos de lunes a sábado en el turno de noche. En realidad acabé sabiendo que nos rotaban el turno a ambos, lo que hace que acabes por no recordar muy bien lo que es estar descansado. Sus ojos rojos eran los míos, su edad también, su situación profesional, su soltería, su aparente carencia de objetivos. Su pereza, una clase de pereza que hace que la idea de conocer a alguien y formar una familia te suene a enfermedad terminal.
Eran casi todo suposiciones, pero bastante acertadas.
El resto de vecinos del edifico dormía de noche y vivía de día. Nosotros éramos los únicos que o bien estábamos en el curro o bien intentando dormir; un jet lag constante sin necesidad de movernos del sitio.
Tenía la misma relación con él que con el resto de vecinos. Parca, cordial de un modo seco y funcional.
Eramos funcionarios de lo funcional. Él tampoco debía tener mucha vida social, o debía estar constreñida. Lo que tiene el turno de noche seis días a la semana, es que sales del curro el sábado por la mañana, y vuelves a entrar el domingo por la noche. Tu fin de semana se reduce al sábado por la tarde. Una tarde libre real en toda la semana. No importa si técnicamente no es así, porque así es como lo percibes. No puedes disfrutar del domingo haciéndote la víctima irónica cuando sabes que tu turno empieza a las diez de la noche.
Yo era lo más cerca de un niño moreno cosiendo balones que había en mi grupo de amigos. El resto habían sido más o menos aplicados. Ellos al menos tenían tiempo para quejarse.

Por si fuera poco, me estaba haciendo viejo. Tanteando los cuarenta. Como se suele decir: no tenía nada. Nada propio, se entiende. Sí que tenía padres y algunos amigos, pero no había construido nada. Ni siquiera me había dejado llevar por la inercia vital predominante, para poder pensar después: menos mal. Podría haber estado cambiando pañales, en el fondo igual de jodido o más, pero al menos sintiéndome más civilizado, menos individualista, más amoroso. Al menos tendría algo que enseñar, de lo que hablar, podría abusar de los diminutivos y hacer chistes sobre el insomnio de los padres, la lactancia o los períodos de excedencia laboral. Estoy bastante seguro de que no me sentiría mejor, pero sí tendría más herramientas para fingirlo.
Lo cierto es que pensaba en todo eso, pero no lo echaba de menos. No me sentía fuera de lugar. Claro que fantaseaba con algún tipo de ideal de mujer, o que encontraría otro curro, algo a poder ser menos esclavo, o, ya puestos a pedir, más creativo. Menos de ser un tornillo y más de ser un lápiz, por así decirlo. Era poco realista darle vueltas a eso.
Siempre me he considerado un romántico.

Si tenía suerte, el horario del curro no cambiaba en varias semanas seguidas. Pero tarde o temprano comenzaba a dar bandazos. De la noche a la tarde, de la tarde a la mañana, y vuelta a la noche.
Para decir la verdad, la noche era mi hábitat. Eran mis horas predilectas para leer o escribir o ponerme una peli; para estar solo, en definitiva, lo que era mi fiesta favorita. Pero currar no es desde luego la mejor tarea para hacer de noche, no en algo completamente opuesto a lo que eres y sientes. La noche es el mejor momento para hacer tus cosas, y el peor para hacer las de los demás.
Un día llegué tarde a casa, después de haber tenido el turno de tarde y haber tropezado con un colega. Nos habíamos puestos tibios de café. Se suponía que yo ahora tenía que dormir. Reconozco que no soy el mejor planificando. Me senté en el sillón, con los ojos abiertos como platos. Me puse la mano en la panza, ya no era tanto una barriga como una panza. Me plantee seriamente comenzar a comer menos. Durante una época lo probé y bajé diez kilos. Me sentí como un héroe del esfuerzo y el sacrificio. Luego, ante ni pasmo, dejé de adelgazar, de golpe. La gente me decía que era normal, que lo que había perdido era sobre todo líquido, que era relativamente fácil perder diez kilos. Más o menos siempre ha funcionado así: cuando creo que he logrado algo, viene alguien y me aterriza. Nunca es para tanto. Nunca gano del todo.
Oí un ruido que venía del piso del vecino. Mi reflejo. Un golpe seco, una puerta. El café me levantó del sillón, algo sobresaltado. Me fui a espiar por la mirilla. Eran casi las dos de la mañana.
El tío arrastraba una suerte de fardo, negro, aparatoso, muy pesado. Hacía auténticos esfuerzos por trasladarlo, resoplaba y se le marcaban las venas en la sien. Tenía que bajar dos pisos. El colocón de café estuvo a punto de hacerme abrir la puerta y ofrecerme a echar una mano. Pero algo además del café me había puesto alerta. Si lo que arrastraba no era un cuerpo, ¿qué era? ¿Algún tipo de muñeca hinchable? ¿Las hay que pesen noventa kilos? ¿Hay muñecas hinchables como yo?
Al final logró levantar aquello y acomodárselo para poder bajarlo. En el edificio (tres pisos en total) no había ascensor.
Apagué la luz y me puse a espiar por la ventana. Salió con el fardo y se llegó hasta su coche, a unos veinte metros en la otra acera. Dejó caer el fardo en el suelo, abrió la puerta de atrás y lo metió como pudo. No se planteó usar el maletero. Arrancó el coche y se fue.
Me quedé paralizado, pensando en la logística. No me entró miedo, sólo me pregunté por qué no había usado el maletero. Luego supuse que debía llevarlo ocupado, puede que un pico, una pala, cuerda… a saber. Por algún motivo, eso me tranquilizó un momento.
Esperé a que el coche volviera. Ni me planteé ir a dormir. Seguía con las luces apagadas. En teoría tenía que levantarme a las seis para ir al curro. De repente tenía el turno de mañana. Eran más de las dos. Aunque me fuese a dormir en ese justo instante, sabía que apenas dormiría un par de horas. Tenía clarísimo que el día siguiente sólo sería un día más: abotargado, falto de sueño, un muñeco de trapo manejando maquinaria pesada. Riesgos laborales en marcha.
Estaba acostumbrándome a nos sentir nada. O a sentir sólo cansancio. La resignación era mi máximo. Si estaba resignado era un buen día. Si un día dormía seis horas era una utopía. Yo no disfrutaba de los detalles pequeños, los detalles pequeños eran mi mayor meta. Si lograba ver cómo el tío volvía en su coche y luego me dormía hora y media, habría sido un día medianamente aceptable.
Lo que pasaría, sin embargo, es que el tipo volvería una hora después con el coche vacío y la ropa sucia, subiría a su piso, cerraría la puerta, y yo me revolcaría en la cama hasta que sonase el despertador de mi móvil sin haber dormido una gota.

El insomnio se da por hecho. Era la clase de cosas que inconscientemente creía merecer por no tener otra clase de vida, una vida más desprendida, más adulta.
Cuando al día siguiente salí del trabajo, la siesta que me eché por la tarde volvió a ponerlo todo en su sitio. Fuera de lugar. Eran esos días de turno caótico.
Ni siquiera era un completo drogadicto. Solo fumaba y bebía café. Ni siquiera le daba al alcohol. No se me daba muy bien ser un desperdicio; digamos que dejaba las cosas a medias incluso para autodestruirme. No la cagaba del todo, no ganaba del todo, no me mantenía apenas. Apenas me mantenía en pie, pero con aplomo. Me hubiera lamentado mucho si hubiese tenido el tiempo y la energía para ello. Hubiera pensado mucho en ello si hubiese dormido al menos cinco horas diarias.
Quién las pillara.
En el fondo poco importaba que no tuviese un bebé nuclear; me despertaba con la misma frecuencia que si lo tuviese. Pero no podía decir: el bebé no me ha dejado dormir. A veces hubiese podido decir: la siesta no me ha dejado dormir. Los momentos en que menos recomendable era perder la consciencia sobre la almohada, ahí estaba yo, frito como el lactante de algún colega.
Casi todos tenían ya uno o dos críos; alguna niña que ya caminaba sola y algún otro monstruito uterino. Yo preferí compartir escalera con un psicópata. Una pesadilla por otra. Lo debí achacar también al karma. Era como si la vida me estuviese dando pistas. Esta es tu gente, este es tu rollo; hay gente que hace cosas y hay gente que hace daño: creo que sabes dónde encajas tú.

Al paso de los días, comprobé que el tipo sacaba al menos un par de fardos a la semana. Su horario era incluso más caótico que el mío. Iba por ahí con un mono azul, no sé en qué curraba. Alguna vez incluso vi cómo llegaba a casa con otro tío, más alimento para el fardo. De entrada pensé que tenía que llamar a la poli, pero claramente subestimé mi atroz pereza, mi absoluta irresponsabilidad cívica. Creo que lo que hacía era follárselos y matarlos, puede que no en ese orden. Por lo que vi, siempre eran tíos y siempre era el mismo plan. Ellos creían que iban a mojar, mi vecino aumentaba la estadística. Llegué a intentar comprender su ánimo, su estado mental, su crueldad, el por qué, por más arbitrario o terrible que fuera. No podía dejar de mirar, hasta pegaba la oreja en la pared. Es fácil empatizar con las víctimas, hoy en día incluso resulta demagógico, a juzgar por la redes sociales. Yo me justifiqué pensando que estaría más cerca de comprender el mundo entendiendo a mi vecino. Él era representativo. Seguro que los de su especie son menos, pero es evidente que son los que toman las decisiones. Son los que comenzaron siendo buenos o del montón, y luego acabaron teniendo poder. A veces ni les hacía falta el poder. Mi vecino era como yo pero con ciertas habilidades morales. Yo no era mucho mejor teniendo en cuenta mi política de no intervención, pero ¿no es así como funcionan las cosas?

Una noche fue aún peor. Decidí que esperaría a que cayera por su propio peso. Tenía el turno de mañana, intenté ir a dormir a las once. Pensé que aunque yo no fuera a la poli, el tío acabaría pringando. No puedes llevar ese ritmo homicida sin que te pillen. O eso es al menos lo que se suele decir. Si eres lo suficientemente malo, pagas tarde o temprano. El tío pagaría, yo me haría el dormido, yo alegaría turno de noche, sorpresa, incredulidad, horror ante el descubrimiento de la auténtica naturaleza de mi vecino.
Si es que me preguntaban.
Balbucearía como el pringado que soy. Asentiría. Eso se me da bien. Me sale natural.
Claro que no iba a dormirme a las once. Mi biorritmo estaba desquiciado, la psicosis me rodeaba. Di vueltas en la cama casi hasta la una de la mañana. Oí ruido en la escalera. Me alegré, era una excusa para levantarme a mirar. Sólo un poquito, me dije. El vecino llegaba con uno de sus ligues. Siempre parecían drogados, con la mirada perdida, sonreían ensimismados. Era muy probable que les echara algo en la bebida. Parecían a poco de caer químicamente rendidos.
Apenas pasaron cinco minutos y ya escuché el trajín propio de trasladar el cadáver. No debía ser fácil meterlo en esa especie de bolsa gigante de viaje. Tenía que acomodar el cuerpo y cerrar una larga cremallera.
Esta vez el muerto lo era a todos los niveles, debía de pesar bastante más de cien kilos. Ya estando en la escalera, estudiaba cómo demonios trasladarlo sin tener que arrastrarlo y golpear su cabeza contra cada escalón. No se podía permitir hacer más ruido de la cuenta. Si se le resbalaba bajando por los peldaños, podía golpear la puerta de algún vecino. Estaban todos durmiendo, si había alguien con el sueño ligero se levantaría a ver qué leches había sido ese ruido.
Por un momento parecía que volvería a empujar el cadáver dentro del piso. Pero se detuvo a pensar; y entonces miró hacia mi puerta. El corazón me comenzó a latir como desde Cristina la de primaria. Los pequeños detalles eran mi meta, esto era lo más parecido al amor romántico ahora en mi vida. ¿Me elegirá el psicópata?
Se acercó hasta mi puerta. Por un momento pensé que me veía, me eché hacia atrás. ¿Qué pretendía hacer?
Llamó al timbre. Un toque rápido. Los ojos desorbitados, sudaba, nunca le había visto desde tan cerca. No podía abrir enseguida, pero seguro que sabía de mi vida disoluta, ni bien ni jodido del todo, follado por los horarios, frito por el café, envejeciendo a pasos agigantados, acumulando pajas con porno cada vez más sutil y sofisticado. Sin interés por el futuro e inmovilizado bajo su peso. Este tiene que estar despierto, pensó. Este no hará preguntas. Ni de broma.
Di una vuelta por el piso y me dirigí hacia la puerta intentando que se notaran mis pasos descuidados. Sólo un vecino más. Ni tan solo me planteé hacer silencio y esconderme.
Abrí sin poner cara de sueño.
–Perdona que te moleste a estas horas.
Vocalizaba bien y miraba como quien no ha roto nunca un plato contra la cabeza de un niño.
–…
Yo le miré fijamente, sin atender al fardo en el suelo.
–Tengo que bajar esto y no sé…
–Ah…
Me comenzó a contar un rollo sobre la fábrica textil de su padre, algo para sacar a colación maniquíes y asuntos familiares, se montó una película que me recordó a esos hilos de Twitter donde personas humildes y desinteresadas hablan de cómo han mediado en una pelea, han ayudado a una vieja a cruzar la calle o han defendido a alguien en apuros de madrugada. Los nuevos superhéroes sin capa: cuántas veces tengo que decirte que soy una persona íntegra y humilde, cuántas viejas voy a tener que decirte que he paseado por los pasos de cebra. Esas buenas personas sobre el papel. El tío se montó un rollo que se podía desmontar con un par de preguntas, que yo desde luego no hice. Quizá algo sobre los maniquíes con obesidad mórbida y desde cuándo los fabricaban. Podríamos hablar sobre inclusividad, otro terreno para nuevos adalides de la moral. Las buenas personas desafiantes, humildemente henchidas de ego.
Este ni siquiera podía engañarme, él sabía que no podía. Estábamos llegando a un acuerdo silencioso: yo no diría nada y él no haría nada al respecto. Cogí al gordo por los pies y él lo aferró por los hombros. No sudaba tanto desde Cristina la de primaria.
Pensé: este es el fin. Justo hoy alguien husmeará, nos verán acarreando un cadáver, y no será alguien con Twitter, será alguien que actuará, que llamará a la poli. Comencé a pensar en mi celda, en cómo sería. Cabrones, pensé, no me pillaréis, no he hecho nada. Estoy ayudando a un vecino a bajar el maniquí gordo que su padre le ha hecho guardar. No había espacio en el pequeño y humilde almacén para maniquíes inclusivos. Y eso no quiere decir que haya que tirarlos o quemarlos. Si ves a la vieja, cruzas con ella, le hablas del tiempo, le sonríes, le das los buenos días. No juzgas a esa pobre mujer.
De vez en cuando dejábamos al muerto en el suelo y respirábamos hondo. Se estaba convirtiendo en una labor más. Sacar la basura. Una mudanza. Al día siguiente siempre podía pensar que lo había soñado. No recordaría bien la rigidez del cuerpo, que comenzaba a oler, que no era una broma.
Justo ese día había aparcado más lejos. Comenzamos a hablar de aparcar y del tráfico horrible de la ciudad. El cuerpo cada vez se nos resbalaba con más frecuencia. Era muy difícil de aferrar envuelto en aquella tela.
Cuando llegamos al coche, metí mi morcilla:
–¿En el maletero?
Estábamos junto a un descampado, estética de la crisis, edificios proyectados sólo a medias.
–No –dijo.
Sacó un paquete de tabaco y me ofreció un cigarrillo. El fardo seguía en el suelo junto al coche. Acepté. Le pregunté si tenía ocupado el maletero. Me dijo que era pequeño. Antes follábamos en los asientos de atrás, ahora son prácticos.
Era un Marlboro, suave, apropiado.
El tío me miraba de reojo, me estudiaba. Parecía pensar: ¿así es una persona normal? Ahora sé que no le gusté. No entendía mi actitud, ni de lejos. No encajaba. Él sabía que la había cagado, que había apelado de una forma absurda a mi ingenuidad. Yo me podía mostrar todo lo ingenuo que quisiera, pero no era tan tonto. Era evidente que había tomado malas decisiones, decisiones mediocres, que me había dejado llevar cuando tocaba decidir, que había tomado decisiones cuando tocaba dejarse llevar. Había que saber decir no, pero también había que saber elegir el momento. Había un momento para pasar página y otro para insistir; eso también lo hacía mal. Ese caos personal, demasiado perceptible y colorido, eso que me ayudó a tener amigos o gustar a algunas chicas, a otras personas les inquietaba profundamente. Dadas las circunstancias, esta vez esa actitud pareció afectar especialmente al tarado que tenía al lado. Ahora sabía que incluso matar no era garantía de nada. Porque no percibía el rechazo en mí. No sabía que apenas había espacio en mí para eso. Se cubrió la cara con las manos. Comenzó a sollozar.
Yo no dije nada.
Le animé sotto voce y le ayudé a meter el cuerpo en el vehículo. El tipo no parecía exactamente arrepentido, estaba profundamente confundido. Su cabeza debía haber entrado en ebullición. Yo no le eché una mano con eso, no podía hacerlo, no podía intentar explicarlo. Lo que pasaba era sobre todo asunto suyo, su pecado. Yo sólo me había dejado llevar. Levanta esto, desplaza aquello, mueve esto otro, aparta de ahí, apunta al centro, ponte el condón, cierra aquello, baja aquí, espera allí. No se me daban mal las tareas sencillas. Eso podía hacerlo. Pero me costaba mucho adquirir otro tipo de responsabilidades. Era alguien definido sólo sobre el papel.
No condujo a ningún sitio. Caminamos de vuelta hasta nuestro edificio. El tío ya no lloraba, pero creo que algo se rompió o recompuso dentro de él. Al día siguiente dejó el piso, y ya no le volví a ver.

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Marcas

No hay un motivo por el que negar la influencia de algunas drogas. Pero los efectos actúan en ambos, quizá desatando lo que tenían dentro, lo que el decoro de la sobriedad encierra a menudo en una jaula de hipocresía. La moral prostituida tantas veces por las ideologías, usada como escudo, como espada, raramente para el bien, tantas veces por interesado y político narcisismo.
Y él mete la cabeza en ella. Abajo. A bucear. Estudia con distintos tipos de lamidas cuáles son las que ella prefiere. Aún lleva el sujetador puesto. La lengua profundiza y luego busca el botón, y luego nuevamente se dedica a clavar. Ella le empuja hacía sí la cabeza con las manos, susurra no sé qué. Él se aparta un momento, le pregunta a ella si tiene ganas de hacer pis. La lengua ya parecía rebuscar fluidos de varios tipos desde el principio. Aletea y acierta cada vez más, y luego sorbe con los labios, probando nuevamente, buscando los movimientos adecuados. Pero no quiere dejarse el ano. Demasiado hambriento para tener manías. Se pasea por ahí esparciendo la saliva; ella se toca y chapotea. Él la tiene dura y mojada en la punta, empieza a colgar líquido preseminal. En un movimiento brusco, la cama chirría, ella le empuja, lo acomoda y se mete el capullo en la boca. Lo succiona, araña el pubis con las uñas, tira del vello púbico con los dedos, alarga los brazos y palmea sobre su torso. Un sonido de atragantamiento. El cuerpo cavernoso se dobla levemente ante las embestidas de la garganta. La saliva de ella comienza a reblandecer el vello más abajo, cada vez más abundante, pegajosa. Araña la parte accesible de los glúteos, no deja quietas las manos. Cuando él dice que se va a correr, ella para de golpe, palmea la polla tres veces, le clava fugazmente las uñas. No te vas a correr. Se monta a horcajadas sobre él. Restriega los labios vaginales sobre la morada superficie. Los testículos parecen hinchados, contraídos, queriendo colocarse encima sobre la base del pene, aplastados. Las manos de él manosean el culo, ella le pellizca los pezones, y con apenas un gesto, se coloca el capullo en la entrada. Se comienza a mover con él dentro. Se quita el sujetador mientras procura que ese imbécil no se corra. La saca fuera y le aprieta los huevos. Me hace falta hielo. El tío gime y dice: para. Ella vuelve a colocarla dentro. Se mueve un poco más rápido para que recupere la vitalidad. Se acuerda del condón, de su ausencia, y se mueve más rápido. Porque es irresponsable. Así es como las cosas salen mal, y por lo que nunca dejan de hacerlo. Decide que hará que el tipo se corra fuera. Al menos. Él parece aguantarse el semen dentro, todo el tiempo a punto de acabar.
–Eres un cerdo –le dice. Pero riendo.
Eso le gusta aún más. Ella deja de culear un momento.
Si le dice que no se corra dentro, a la siguiente embestida parecerá una fuente.
–Eres un cerdo. Un cerdo.
Él le da un cachete en el culo. Dos. Ella se mueve más rápido. Es un idiota pero la tiene bastante grande, piensa. Es útil para hacer las cosas mal, cuando más se disfruta de hacerlas así. El tío está sudando como un ídem.
Ella se para y se pone a cuatro patas. Le gusta a cuatro patas. Decide vigilar a ese cenutrio, darle una coz antes de que se suelte a presión como un caballo en su vagina. Él comienza a empujar con rapidez, con ansia. Ella se deja llevar unos segundos. Córrete, se dice a sí misma. Córrete y luego ordéñale.
Nota sus gotas de sudor cayéndole en la espalda. Eso le gusta, le gusta mucho. Cierra los ojos con fuerza. El orgasmo se presenta sin timidez, la hace temblar, un hilo de baba cuelga de sus labios.
Ese cerdo sigue empujando. Ella abre los ojos y le aparta con fuerza. Le agarra la polla y la succiona, aletea sobre su frenillo. Él suelta un gruñido y el semen comienza a salpicar el cielo de la boca. Gruñe como si estuviera intentando levantar cien kilos.
Ella le coge la cara con la mano derecha.
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Él la abre, obediente. Ella suelta toda la mercancía líquida dentro.
–Trágatelo… Trágatelo.
Él obedece, con los ojos como platos.
Entonces ella se pone en cuclillas, y parece comenzar a ejercitar la vagina ante él, y también parece sufrir un ataque de risa. El chorro amarillo tarda un tanto en salir, pero finalmente lo hace.
–¿No querías esto?
El pis le cae en la cara, pero él decide abrir la boca. Tose. Y ella sigue riendo. Se le vuelve a poner dura.
Se la comienza a cascar mientras ella se comienza a vestir.
–Eres un cerdo.
–¿Puedes decirlo más?
–Eres un cerdo.
Mañana es posible que no sea otro día, piensa ella. Y también piensa: PERO. Y ya está recorriendo el pasillo camino a las escaleras, camino al vestíbulo, camino a la calle.

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Poniendo las calles

En líneas generales, vivir se me da fatal. No tengo habilidades sociales, así que prácticamente no tengo habilidades. Llevo al equívoco, se me da mejor hacer demostraciones de lo que no soy que llevar a cabo lo que siento. Si eso tiene algún sentido. Obviamente no me voy a saber explicar bien, puede que me contradiga, aunque en eso no me siento solo. Sé de sobras que no soy especial, que quede claro. Raro, quizá, pero ser raro no tiene mérito, no necesariamente, y desde luego no es especial. Tomates, siempre se me olvida ponerme esos guantes de plástico para manosear la fruta y las hortalizas, las señoras me llaman la atención constantemente. Les enseño mi mejor cara de bobo, y me voy hacia la cajera. Cuando hago cola, siempre empiezo a sudar. Preparo un billete mientras la gente parece hacer meditación trascendental pasando la tarjeta o rebuscando suelto en el monedero en el último momento. No sudan, sólo sudan. Pero ya no me ponen nervioso, de verdad. Cada vez me cuesta más cabrearme, rebotarme. Aunque creo que también me cuesta aprender a expresarme de otra manera. Puedo tener las pulsaciones a mínimos mientras te insulto. No estoy enfadado, pero te mando al carajo. Como si un asesino en serie ya no quisiera matar y estuviera profundamente arrepentido, pero ya sólo supiera expresarse cortándote el cuello. Para decirte que te quiere, o para pedirte el cambio exacto. La cajera mastica chicle como imaginas. Le he dado un billete de veinte, pero me ha cobrado como si fuera de diez. He comprado frutas y hortalizas, no es lo que se dice una compra golosa, así que no me jodas. Estúpida.
Ella abre los ojos como platos, pero no añade nada. He susurrado, estoy prosperando. Hace tiempo que ella me gusta.
Lo mejor es que piensa que soy un gilipollas. Que tenga razón o no me parece irrelevante; me recuerda. Sólo puedo mejorar. Creo que sobre todo está desconcertada. Hay días que soy amable, sonrío y digo buenos días y puede que esté mintiendo, pero encajo.
Ahora soy como una prostituta que buscara un empleo respetado y se presentara con medias de rejilla a las entrevistas.
Cada vez me “gusta” más la gente, pero les veo como cactus sobrepoblando un desierto. Y tengo que atravesar ese desierto cada día. Cactus que se mueven, humor amarillo, y yo sigo aprendiendo a no quejarme. Si ellos me caen mal, imagínate yo a ellos. He estado cultivando eso durante muchos años. Ya no soy «mono». Hay un par de generaciones que vienen empujando, extrañamente conservadoras, embriagadas de moral, como globos de colores llenos de agua en un cumpleaños infantil. Yo soy una aguja entre tantas, escondida en el pastel.
Creo que sería un padre aceptable, por las ataduras. Puede que tenga hijos con la cajera. Sus padres extremadamente educados me pondrán educadamente a parir.

Sólo me peleé una vez. Me dejé llevar. Había estado hablando digitalmente con una chica. No sé por qué me gustaba, pero me gustaba y mucho. Un día estaba cortando una zanahoria y lo supe, estaba colado, no había marcha atrás. Era totalmente irracional, y por tanto absolutamente verdadero. No lo podía articular, sólo sentirlo. Estuve días intentando convencerme de lo poco que me atraía en realidad la muchacha, de lo poco interesante que era hablar con ella. Intenté con todas mis fuerzas sacármela de la cabeza. Sé mentirme muy bien a mí mismo, pero esta vez ningún truco funcionó, la pólvora de mi negación estaba mojada. Sentirse así es un problema potencial, un problema de los gordos.
Como no había manera de volver a mi rutina emocional, entumecida y carente de sorpresas, un día quedamos. Lo acabó proponiendo ella, por supuesto, yo jamás habría dado ese paso. Para mí socializar es como caminar sobre brasas. Normalmente, cuando llego al otro extremo, y a diferencia de muchas personas, tengo los pies chamuscados y paso meses sin poder andar, a veces años, sin haber aprendido nada, con mucho más miedo al riesgo. El gurú me odia.
Nos encontramos y nos dimos dos besos y comencé a sudar. Caminamos, tomamos algo. Yo aún tenía cierta autoestima, estaba intentando dejar de fumar. Ella pidió café, yo gin tonic, esas copas de balón desproporcionadas en las que parece que niños pintados de verde echen cosas al tuntún. Creo que había hasta rodajas de plátano. Mi idea no era tanto emborracharme como tener todo el tiempo algo enorme de lo que beber. Agrio, fuerte, frío, que me hiciera rechinar los dientes.
Incluso así, ella me gustaba tanto que la prefería al tabaco. Esa tarde estuvo libre de tentaciones de volver a fumar. Estaba embotado, pero silbaba como una olla a presión. Tenía una semi-erección permanente, agradable. Me solté. Hablé demasiado, incluso hablé del miedo que me daba que ella me gustara (que alguien me gustara). Le dije que estaba aterrado, pero que me sentía aliviado cerca de ella. En el fondo eran sólo palabras, o al menos así parecía encajarlo; podía achacarlo a la ginebra (tres gin tonics) y mi evidente inquietud. No era el tipo educado y ocurrente de los mensajes privados, pero quizá sí un equivalente.
Cuando yo ya estaba verbalmente desparramado, borracho como sólo alguien que se alimenta a base de café puede estarlo, nos cruzamos con dos chavales. Iban igual o peor que yo. Uno de ellos soltó la mano y le agarró el culo a mi compañía. Incluso sacó la lengua y dijo alguna obscenidad. De forma impulsiva, cargué el brazo derecho y le solté un puñetazo, sonó como partirle el cuello a una gallina.
Me destrocé dos dedos y le fracturé el pómulo. Él cayó de culo, momentáneamente inconsciente. Acabamos todos en urgencias, mirando al suelo. El suelo siempre está ahí para ti, esperando, a todos los niveles.
La mano de las pajas. Salí de allí con un guante de boxeo hecho de yeso. Mi brazo derecho pesaba el triple que el izquierdo.
Al otro tío se le infló una cabeza accesoria en la cara, brillante y morada, tamaño recién nacido, y más o menos igual de bonita. Sólo podía verme por un ojo, su colega le impidió contraatacar varias veces. Con su cara se partió también la tarde.
Nuevamente, di el último paso fuera de las brasas, y volvía a tener los pies achicharrados. Pisaba lento y profundo, en lugar de rápido y sonriente.
Fui perdiendo el contacto con la chica. Ella me dejó de hablar poco a poco. Quizá hiciera algún tipo de lectura ideológica de lo que pasó, puede que relacionada con la “masculinidad tóxica”. Pero lo más probable es que simplemente yo no hubiese estado a la altura. Puede que emborracharme y soltar un discurso sobre el miedo y el asco que me da la gente, no sea tan encantador. Puede que sólo sea una mala idea, una sobrecarga de mala sinceridad, igual que hay colesterol malo.

Conozco muy bien el oficio. Sé cómo se siente la cajera. Yo fui cajero, fui reponedor, fui mozo de almacén, respiré el cartón y el polvo, barrí alguna que otra rata muerta, usé la transpaleta como patín, trepé por estanterías, llevé el toro, hice inventarios de madrugada. Aprendí a no mirar el reloj durante horas. En esa clase de trabajos, sólo tienes que usar la cabeza el primer día; aprendes la mecánica. El resto es un océano de tiempo, de aburrimiento. Es algo que se te puede ir de las manos, te puede anular, coger tu persona, arrugarla como un folio y tirarla a la basura. Mucha gente no sabe lo duro que es, aunque creen que sí, pero sobrestiman su imaginación. Y en cierta forma trabajas justo para esa gente, para mantenerles ignorantes, para que sigan haciendo el chiste sobre quién pone las calles por las mañanas. Eso es justo lo que haces currando en un supermercado: poner las calles.
Sonará exagerado, pero creo que estos trabajos son los que hacen creer en utopías, en un mundo que algún día será completamente pulcro y seguro, donde el exterior será sólo una extensión de tu salón. Una imagen de orden perpetuo entra de maravilla por los ojos. Muchos dicen que les gusta pasear por el centro comercial por el aire acondicionado, pero es mucho más que eso. Es probable que en términos de equilibrio o paz interior aporten más los reponedores que la psiquiatría.
Me prometo a mí mismo no decir todo esto en voz alta. Aunque me parezca perfectamente coherente. Siempre hay que recordar que la sinceridad no tiene necesariamente nada que ver con la verdad. Puedes ser totalmente sincero y estar totalmente equivocado. Yo he sido un experto en eso. Pregúntame cualquier cosa, tengo un pensamiento sincero para lo que quieras. A veces incluso sonaré rotundo y convincente.
Tengo una pregunta yo para ti: ¿Quién repone para los reponedores?
Una tarde vi salir a la cajera, nos saludamos de pasada y luego de alguna forma rompimos a hablar. Creo que ella estaba algo a la defensiva. Creo que hace un tiempo yo llamaba su atención, primero le resulté interesante y luego un capullo, y ahora supuro algún tipo de confusión que le hace bajar la guardia. Aunque con reservas.

Quedamos otro día y decide que soy inofensivo. Paseamos. Yo tengo mi propia ruta favorita, aunque desprovista de encanto para el canon. Por así decirlo. Hay que atravesar un polígono industrial, bordear una vía, llegarse hasta zonas residenciales. Los perros te ladran desde sus patios y el sol parece abrasar en cualquier momento del año. Tengo localizados un par de bancos en los que me gusta fumar.
Procuro no soltarle el rollo, le digo que la zona me gusta, sin más. Me gustan los contrastes, los bosques junto a grandes almacenes. Es especialmente poético en verano, en las horas más jodidas, de tres a seis de la tarde. Gorra y beber de las fuentes que te cruces.
Caminamos juntos, pero sin grandes alardes. No me siento ocurrente. Creo que el silencio parcial que practico le está gustando. Cree que estoy un poco nervioso. Estoy un poco de todo, pero sólo importa lo que ella crea. Esto no es una prueba, no hay nada ensayado, no puedes fallar, pero tampoco acertar. No se puede ser natural pensando demasiado. No es que yo no piense, pero ha habido días mucho peores.
Nos sentamos. Le hablo un poco de lo que hago, de lo que soy; no es emocionante. Se supone que lo interesante tengo que ser yo. Si ella lo enfoca como una entrevista de trabajo, no tengo nada que hacer. Mis méritos se reducen a seguir vivo y parcialmente sano. Apoya la cabeza en mi hombro y para mí esto ya es una novela de Nicholas Sparks. Mantén el listón bajo, el perfil por lo suelos. Vemos pasar el tren a unos cincuenta metros. Cuando cruza zonas habitadas, hace sonar la bocina para ahuyentar a los despistados y los suicidas. Yo aún soy de los primeros. Atrévete a decirme que esto no es una victoria.

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