Sembrar edificios de cristal

Dejaremos a un lado las consideraciones porreras sobre la existencia o la percepción; aquí hablaremos de personas. No de entes abstractos, autómatas o pilas esclavizadas por un orden mayor conformado por máquinas o energías omniscientes que no alcanzamos a comprender.
Daremos por hecha la carne.

Las personas funcionamos sobre el papel. Ahora más que nunca. Somos buenos, fieles y responsables, pero sobre el papel. Intachables, impolutos, morales, puros de mente y corazón. En teoría. No tenemos pensamientos reprochables, oscuros, ninguna señal de lo que se consideraría desequilibrio. Ni mucho menos haríamos nada malo, mucho menos violento. Sólo nos reconoceremos imperfectos puntualmente, en un vano intento de que no se nos vea el cartón.
La civilización se paga. Es más fácil fingir (o contenerse) en un entorno civilizado.
Una de las cosas que encajan a duras penas en todo este fingimiento colectivo, es el sexo.

Hemos crecido nadando en una sopa espesa de religión, política, cultura y ciencia. Todo bien empapado de intereses. Con veinte años, si tu entorno es materialmente limitado, sueles pensar así: La religión es cosa de bobos, la política ha de ser de izquierdas o simplemente no ha de ser, la cultura, ok, es aceptable, todo depende, y la ciencia es lo contrario a la religión.
Paradójicamente, con veinte años eres bastante bobo.
Y no porque la realidad consista en lo contrario de lo que piensas. La realidad sólo es, y la gente se espabila como puede.

Una ciudad grande. No una capital mundial, pero nada de zonas rurales ni casitas monas.
Bloques de pisos, de apartamentos, puro asfalto, tecnología que fluye, que cuando se detiene lo detiene todo. Una ciudad grande y sedienta, voraz, que consume y sólo descansa por exigencia natural. No siempre se pueden burlar las exigencias de la carne.
Véase a cierto tipo de gente relativamente joven. Sanos, treintañeros y no tan treintañeros, prudentes con las modas, ya sean culturales, políticas o ambas. Personas con las que se puede hablar de los puntos fuertes o defectos de todo el espectro social o político. Ninguno se pondrá morado y empezará a gritar pensándose una eminencia avanzada a su tiempo.

Sandra folla con Pedro. O viceversa. O podríamos decir, si quisiéramos molestar a según quién, que Pedro se folla a Sandra. O, si lo que buscáramos fuera según qué aplausos, diríamos que Sandra se folla a Pedro.
Como sea, el sexo es condición sine qua non. Una pareja se define como tal a partir de los primeros polvos, cuando la gente a su alrededor puede al menos intuir con certeza que los echan.
La operación es sencilla: Si te llegas con una persona desconocida (o no) ante tus amigos y la presentas como tu pareja, quieran o no, lo primero que harán es imaginaros follando.
No suena adulto o sofisticado, pero es muy difícil rebatirlo. Nuevamente, el sexo difícilmente encajará del todo en un entorno teóricamente civilizado. Lo trataremos en serio hasta el empalago (acomplejados de modernidad o conservadurismo) o bromearemos eludiendo el tema.

Mateo no folla con nadie. No es que nunca lo haya hecho. Suele culpar a sus padres de su carencia habitual de sexo.
–Llamarse Mateo sólo tiene sentido si tienes seis años y llevas un chalequito de lana que te ha hecho tu abuela. A la abuela se le cae la baba. Ahí vas con tu chalequito gris, corriendo entre las mesas del convite de bodas de tu primo mayor. Yo fui ese puto crío. Mateo. Tan gracioso y mofletudo. Luego no cambié mucho que digamos. Nadie se quiere follar eso.
–Luego la gente cree que la vida se parece más a Ken Loach que a American Pie.
–A la gente le encanta darse aires de obrero saliendo de la fábrica.
Mateo suele tener largas conversaciones con Gabriel.
–Llamarse Gabriel tampoco es el colmo de lo sexy. Hasta los quince años nadie sabía pronunciar mi nombre. Al final decían todos «Gabi». Gabi suena bien si eres una modelo argentina de veintidós años con la cara de Edgar Allan Poe tatuada en un muslo.
–Sí, las modelos son muy de Poe…
–No lo sé, pero entiendes la imagen.
–Es follable.
–Hasta el tuétano.
–¿Crees que Pedro suena más follable que Mateo?
Mateo lleva colado por Sandra desde que Pedro conoció a Sandra hace cinco años;
–Me dejaría sacar las uñas con un folio, poco a poco, si así lograra que ella me cabalgara.
–Eso no me lo creo. Y no, no creo que Pedro sea más follable que Mateo. Ambos son nombres bíblicos, viejos, trillados. Hasta yo soy un arcángel.
–¿La biblia no se está revalorizando a nivel literario o algo así?
–¿Crees que la biblia es follable?
–En la biblia hay mucha violencia…
–Es muy animal, eso es cierto.
–Una puerta abierta para el sexo.
–¿No sabes que ahora no hay que sexualizar a nadie? Ahora la gente se folla los cerebros. Piden permiso siempre en voz alta aunque la predisposición sea evidente, y después proceden a hacer el misionero cerebral. Ahora todo se divide en polvos celestiales y violaciones.
–Todo muy real.
–Es el mundo de la tasación moral, amigo, ¿quieres ser el artículo ideológico más barato del mercado?
–¿Te refieres a que tengo que fingir que un escote me hace pensar en bebés y cáncer de mama antes que en una paja cubana?
–No, pero sí. Creo que tenemos que aprender a fingir como ellos fingen, con pasión.
–¿Quienes son ellos?
–Ellos, ellas, elles… ya me entiendes, la vanguardia del pensamiento emocional. Tienen cogido el toro mediático por los cuernos.
Estas conversaciones se extienden hasta que se hace presente la puesta de sol, perfectamente visible desde la mesa habitual. Un horizonte de viviendas apiladas y alquileres por las nubes, de ciudad mediana, aún activa, de gente agotada por turnos partidos. Y eso en el mejor de los casos.
Rutina materializada.
–“Mañana será otro día”, dicen –murmura Gabriel–, pero luego casi nunca es así.

Otro día y el mismo a la vez, Pedro llega a la abdominal número cien. Se incorpora. Un fulano desconocido del gimnasio le dirige la palabra. El tío habla con todo el mundo, Pedro lo sabe, aunque raramente con otro tío. Las chicas parecen pasar de él como de un semáforo en ámbar.
–Eh, colega. Buena serie.
–¿Cómo?
–¿Te has fijado? Yo me he fijado…
–¿En qué?
–Ahora hay personas que se vuelven irracionales para analizar los temas más delicados y complejos de la realidad. Y por contra son absurdamente racionales y obtusos para todo lo abstracto, principalmente el arte. Son limitados para abordar una ficción, pero creen saber leer sin problema la realidad. Ante esta gente, amigo, lo más inteligente es guardar silencio.
El tipo sonríe, palmea el hombro de Pedro y se va haciendo muecas a cada chica que se cruza.

–Jamás le había oído decir nada mínimamente elaborado. Y va me suelta esa perorata sobre la ficción y la realidad.
Pedro y Sandra, momentos de alcoba.
–Más bien sobre la forma retorcida que tiene la gente de ver las cosas –murmura Sandra, manoseando un libro de Ken Follet.
–¿Tú también?
–Lo que me sorprende es lo bien que recuerdas lo que te ha dicho. Parece que le has estado dando vueltas.
–Ahora que lo dices…
–¿Seguro que no te has hecho una idea equivocada?
–¿De él?
–Dices que habla mucho con las chicas, y asumes que ellas no le dan bola. ¿Estás seguro de que eso es así?
–Yo diría que bastante seguro.
–Normalmente «bastante seguro» significa que no te has enterado de la misa la mitad.
–A ver, diría que el tío no es la clase de hombre que os gusta ahora a las mujeres.
–¿Ahora hablas como un activista? Para empezar las mujeres no somos una mente colmena. Hay una distancia enorme entre la increíble diversidad de ideas y gustos de lo que somos y lo que se dice ahora de nosotras, Pedro.
–Ya.
–No somos herramientas ideológicas pasivas. Parece mentira que tenga que decírtelo a ti, que en cualquier foro mínimamente izquierdista ahora serías “cancelado” sólo con abrir la boca.
Un silencio cargado. Y Pedro dice:
–El caso… es que el tío siempre está…
–¿Hablando?
–Sí.
–¿Y crees que habla solo? ¿O lo que pasa es que hablan con él? ¿Quieres que siga pareciendo una antifeminista militante a favor del Wonderbra?
–Bueno, tú puedes ser lo que quieras.
–Aggh, por favor, duérmete ya. Y mantenme informada sobre tu novio.

El mismo día pero en otra fecha;
–¿Puede ser que el café esté empeorando aquí? –susurra Mateo.
Gabriel remueve su café largo;
–Eres tú el que siempre quiere venir aquí, y siempre a la misma mesa; has dicho mil veces que te hace pensar en Los detectives salvajes. Y también eres tú el que siempre pide café con leche, como si fueras tu abuela de noventa años a la que nunca ves. ¿Aún vive, por cierto?
–Oye, esa señora vive en Sonora, o vivía, puedes ir y luego me informas.
–Hay gente que se preocupa por sus mayores, ¿sabes?
–Estoy de coña. Hace poco la vi; está bastante preocupada por la falta de recato de algunas chicas.
–Pues entonces se llevaría con muchas universitarias ahora.
–No creas, dice que el feminismo antes era como una sala de recreativas, y que ahora parece un casino.
–Menuda genia, ojalá viva al menos un par de años más.
–Cuán largo me lo fiáis, amigo Sancho.
–Cuando citas el Quijote te veo venir con el tema.
–El año que es abundante de poesía, suele serlo de hambre.
–Ya estamos.
–Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro.
–Esa en nueva. ¿Qué vas a hacer exactamente?
–La pluma es lengua del alma; cuales fueren los conceptos que en ella se engendraron, tales serán sus escritos.
–¿Estás hablando de un privado por Instagram?
–No se puede quijotear contigo, parece que estés siempre sentado en un pupitre comiéndote la goma del lápiz.
–¿Si algún día Sandra deja a Pedro (esa especie de bloque de hormigón que odia el fútbol y lee a los clásicos rusos), con ella también vas a “quijotear”?
–El Quijote es un idioma universal, tanto que no hace falta haberlo leído para entenderlo.
–Entonces qué.
–Pensaba decirle algo a Sandra. No una declaración, pero algo, para que entienda.
–A ver si lo entiendo, y por favor, dejemos al manco aparcado: ¿quieres que Sandra te dé calabazas?
–Bueno, ¿es que hay otra posibilidad?
–Pero ¿por qué quieres pasar por eso?
–No quiero pasar por eso, pero es que ¿crees que esos dos van a cortar alguna vez? Por Dios, cuando tengan hijos se los rifarán las marca de pañales.
–Y crees que si ella te da calabazas, tú…
–No se trata sólo de las calabazas. Necesito desahogarme, ¿entiendes? Ella sabrá la verdad y… podrá mandarme al carajo amablemente y…
–Y así después… podrás seguir con tu vida, ¿es eso?
–No desees y serás el hombre más rico del mundo.
–Y aquí está de vuelta Miguel.

Un día literalmente como otro cualquiera, Pedro y Sandra comen en uno de los restaurantes más caros de Periferia. Una terracita junto al mar; silencios más largos de lo habitual; certezas disfrazadas de sospechas;
–Parece mentira que con lo leído que eres, no te enteres casi nunca de lo que piensa tu novia –dice Sandra, mientras mastica una sepia.
–Hablar con la boca llena no es tu estilo…
–Tu novia, Pedro: yo, moi.
–Me estoy empezando a acojonar.
Sandra traga y después ríe;
–¿Te crees que voy a cortar contigo o algo así?
–No lo sé, nunca han cortado conmigo. ¿Se hace así, no? Ahora lo sé. A plena luz del día, en un entorno agradable. Yo corté con mi ex en una discoteca cuando habían puesto la canción lenta de “largaos a casa”.
–Eres un Romeo blanco hetero del presente. Tendrías que haberte liado con una feminista moderna, sólo por las risas.
–Pero entonces… ¿vas a cortar conmigo?
No, imbécil. Vaya capullo…
Sandra pellizca con vehemencia la mejilla derecha de Pedro.
–¿Tú no has notado que Mateo siempre me mira más de lo que él cree?
–¿Mateo? Mateo mira a todas las mujeres. Mientras folla con una chica debe estar pensando cómo ligarse a su amiga.
–Tú miras pero casi nunca ves nada, ¿no? Sólo te fijas en los personajes de ficción.
–¿Entonces qué…?, ¿que le gustas a Mateo?
–No, a Mateo le gustan casi todas. Mateo lleva años colado por mí, Pedro.
–Colado… Años… Qué humilde; es lo que más cachondo me pone de ti.
–Sólo te digo lo que hay.
–Ya… ¿Y qué se supone que tengo que hacer yo?
–Nada. Pero creo que él quiere… ¿declararse?
–¿Declararse…? ¿Y por qué lo sabes?
–Porque está la hostia de raro cuando habla conmigo últimamente. Creo que ya lo ha intentando un par de veces. Y el otro día me piropeó.
–¿Te piropeó?
–Sí. Y no de broma. Se puso rojo, el pobre.
–¿Qué te dijo?
–Nada, una tontería, fue muy blando. Fue más un comentario halagador que un piropo.
–¿Hay diferencia? Me tienes en ascuas.
–Dijo que siempre era amable con él o algo así.
–Menudo obrero de la construcción.
–Fue muy mono, si quieres saber mi opinión.
–Oh, por supuesto, ¿y qué más? A todo esto, ¿cuál es el contexto?, ¿paseabais descalzos por la playa acompañados de un chucho blanco y peludo? ¿En qué revista salís?
–Sé que estás de broma; pero por si despuntara alguna posibilidad de celos, en realidad estábamos todos, estábamos sentados en esa cafetería horrible de Bolaño. Tú estabas hablando con Gabriel de Tolstoi o de Grushenka en Los hermanos Karamazov.
–Oh.
–Sí, Romeo. Mateo me podría haber metido la lengua hasta la garganta y tú hubieras seguido en el siglo XIX.
–Eres un poco exagerada.
–La gente del siglo XXI somos así, muy de vivir en el presente.
–Ya… Aun no sé muy bien de qué hablamos, por cierto.
–Hablamos del siguiente movimiento, ya te lo he dicho.
Pedro se limpia con la servilleta y cambia de postura, pone los codos sobre la mesa y junta las manos;
–Vale. O sea que Mateo lleva años colado por ti, te mira mucho y el otro día se dejó llevar y te hizo un comentario halagador en Los detectives salvajes.
–Si lo reduces a factores, sí.
–Y ahora se supone que…
–Que no dejo de pensar en algo que decir cuando él me diga que…
–… le gustaría montarte y hacerte tres bebés que hagan compañía al chucho blanco…
–Digamos que sí.

Algún día después pero el mismo, Pedro vuelve a machacarse en la máquina de abdominales. Ciento cincuenta y para; la cara morada, las venas hinchadas. El sudor, la toalla, el ambiente en torno que se vuelve a hacer presente.
El fulano parlanchín se acerca con una sonrisa;
–Pedro, amigo, dale duro.
Y se pone a saludar a una chica a distancia. Y Pedro:
¿Cómo sabe mi nombre? No es difícil averiguarlo, pero ¿por qué querría hacerlo?
–¿Te llamas Pedro, no?
Y el fulano se enfoca otra vez;
–Yo soy Fran. Francisco, pero Fran, mejor.
Se estrechan la mano. El tipo se sienta en la máquina adyacente.
–¿Te has fijado?
Pedro respira hondo;
–¿En qué?
–No hay casi nadie aquí que no tenga pareja. Tampoco hay casi nadie que necesite machacarse en las máquinas para tener un buen aspecto, o incluso un aspecto envidiable. Los fofos quieren más comida y sedentarismo, y los fuertes más ejercicio y comida sana. No sé… ¿Quién crees tú que se lo monta mejor?
Silencio, resoplidos de dolor, repiqueteos metálicos.
–¿Te puedo hacer una pregunta? –dice Pedro.
–Por supuesto.
–¿Tú tienes pareja?
–¿Yo?
Fran sonríe. Se incorpora y mira en torno.
–Yo soy alguien disoluto…, un vicioso, un calavera. Soy un ángel de la redención.

Hola, Sandra.

Creo que es mejor hacerlo así, por mensaje (si no me contestas, no pasa nada).
Seguro que sabes de qué va esto. No tengo ninguna esperanza de “conquistarte”, que conste. Sabes que Pedro y yo nos conocemos desde que nos meábamos en la cama. No pretendo romper nada, sólo soltar lastre.
No sé cómo expresarlo sin que suene peliculero.
Me gustas desde hace mucho. Desde el principio, digamos. Me gustas mucho, mucho. No quiero quedarme corto, porque es mucho. Me gusta todo de ti, lo evidente y lo que no lo es.
Y ya está, no voy a escribir las veinticinco páginas que podría escribir, no citaré a Shakespeare ni a Cervantes. Puedo resistirme.

Como decía, no tienes por qué contestar. Sólo necesitaba verbalizarlo, materializarlo de alguna forma. Quiero que este punto quede muy claro.

Nos vemos por ahí (aunque sea un poco raro al principio).

(Mucho).

Conversaciones de alcoba. Pero ya no es el mismo día;
–El tío se llama Fran.
–¿Qué tío?
–El tío del gimnasio.
–Aaaaaah, tu novio fitness.
–Sí… Pues el tío se llama Fran y me volvió a hablar.
–Ya imagino.
–A ver…, no es un rollo gay ni nada.
–No te preocupes, machote; decía que ya imagino que le caes bien. O quizá le divierte chincharte. ¿Eres simpático con él?
–Mmm… Cordial.
Sandra ya ha leído el mensaje directo en Instagram. Pensaba que resultaría fácil decírselo a Pedro llegado el momento; se equivocaba.
–Cordial…
–Sí, no estoy de morros ni nada por el estilo. De hecho me fijé más en él ese día.
–Oh. ¿Él desfilaba por el gimnasio y tú le mirabas el culo?
–No precisamente. Pero creo que tenías razón.
–Ya. No quiero presumir.
–Vale, ya sé que esto es como una tradición: Yo vivo una experiencia, no sé leerla y luego tú me la explicas.
–¡No he dicho nada! Sólo que no quiero presumir. Sigue, por favor.
–El caso… es que sí, la chicas hablan con él, sonríen, parecen sinceras. No le intentan ahuyentar ni se muestran impacientes por que se largue.
–O sea que adoran a tu novio.
–No diría tanto, y tampoco habla con todas…
–¿Con cuántas dirías que habla?
–Al menos seis o siete.
–¿Crees que ha… con ellas?
–Diría que es bastante probable.
–¿Celoso?
–¿Q… qué?
–No, quiero decir: ¿te gustaría ser así? Hay tíos así, no muchos, pero los hay. Tienen facilidad para conocer a las mujeres que son como ellos. Ahora nos dicen por todos lados que no hay mujeres como él, pero créeme, las hay.
–No sé si te entiendo.
–Hay gente a la que le gusta “llegar hasta el final” sin llegar a nada serio.
–¿Follamigos?
–Follamigos suena un pelín superficial, pero sí, más o menos.
–Me volvió a dar una “lección”, por cierto.
–Eso me interesa. ¿Metafísica esta vez?, ¿implicaciones agropecuarias del veganismo?
–No. Dijo que hay gente enganchada al gimnasio y otra gente enganchada al sedentarismo, y que no tiene claro quiénes son más listos.
–Tu novio es un chico juguete retorcido. Me cae bastante bien. ¿Tendrá novia?
–¿Pues sabes que se lo pregunté?
Asombrada:
–¿Le preguntaste si tenia novia?
–Pues sí, no sé por qué, para frenar su cháchara.
–¿Y?
–No dijo que no, pero lo dijo. Y dijo, atención: que es un “ángel de la redención”.

Al día siguiente vuelve a ser un día distinto:
–Está claro que el café está peor. Han cambiado de marca, es increíble. Los detectives salvajes sirviendo café barato molido a saber con qué granos yonquis colocados con la nueva moda química en los campos de cultivo.
–Te veo alterado. No pareces el chavalín del convite de bodas.
–No quiero sonar a película americana, pero necesito echar un polvo. Que una tía sin escrúpulos me vacíe a base de bien. Necesito que me utilicen, quiero ser un vibrador humano; el nuevo satisfyer: tu amigo Mateo, la aspiradora humana, la polla de un varón treintañero relativamente sano a tu servicio.
–Entiendo.
–No creo. Necesito que alguna buena chica me pise la cabeza y después se siente en mi cara.
–¿Una buena chica?
–Buena, mala, pensionista… lo que sea.
–Ha sonado excitante, la verdad.
–Una buena chica que me folle como realmente quiere follar, no como lo hace con su novio.
–Ahora te capto.
–Lo dudo mucho, arcángel Gabriel.
–No, creo que te capto de verdad.
–Es más difícil de lo que crees. Ayer mandé el mensaje.
Gabriel se incorpora, los ojos bien abiertos, las manos tensas sobre la mesa;
–Joder, tenías razón: no te captaba.
–Estás bastante espeso.
–Tío… ¿qué le escribiste?
–Nada del otro mundo, pero lo hice, le escribí.
–¿Quijoteaste?
–No.
–¿Mencionaste el Quijote?
–No. Bueno, a Cervantes… y a Shakespeare.
–Lo sabía…
–Oye, no fue nada, sólo le escribí cinco líneas, le dije que me gustaba mucho y que no tenía por qué contestarme. Ya está.
–Y evidentemente no te ha contestado. ¿O evidentemente te ha contestado?
–No. No lo ha hecho.
–Y ahora estás cagado de miedo.
Mateo se lleva las manos a la cara, resopla entre los dedos.
–No estoy “cagado de miedo”; pero quizá no tendría que haber dicho nada. Es una gilipollez. Ahora la pelota está en su tejado, y ella no contaba con pelotas en su tejado, y menos con semejante pelota.
–Una pelota de Nivea, colega… Uno de los mejores amigos de su novio abriendo su pornográfico corazón… Esa chica sabe hasta la clase de videos que ves en Pornhub.
–Sí, muchas gracias…
–Es como si Stifler le confesara su amor a Grushenka.
–Fenomenal.
–Estoy de coña, tío… en parte.
–Quiero irme a vivir al núcleo interno de la Tierra.
–Era mejor lo de follar con Rory Gilmore.

Hola, Mateo.

Lo he pensado y creo que es mejor que hablemos en persona.
Vaya por delante que no estoy decepcionada ni cabreada ni nada por el estilo, así que no te tenses más de la cuenta.

Quedamos cuando quieras. En Los detectives salvajes, si quieres.

–Pero vamos a ver, Pedro, ¿te has fijado o no? –dice Fran, evolucionando entre máquinas, levantando la voz. Sonríe al modo excavadora Fran. Se sienta cerca, se limpia con su toalla.
Esta vez es el mismo día de verdad.
–Eh. Qué tal. –Pedro procura no mostrarse seco.
–Yo siempre estoy bien. O siempre estoy mal. Pero siempre estoy, que es lo que cuenta.
–Ya veo.
–Te veo meditabundo, reconcentrado, viviendo en tu interior, amigo. ¿Nunca miras a tu alrededor?
–Bueno. Diría que sí.
–A ver –atenuando la voz–. ¿Te gustan las chicas, los chicos o ambos? Aquí te podrías regalar la vista, incluso educadamente. Entre tú y yo, el animal de gimnasio no suele molestarse cuando le pegan un buen repaso de vez en cuando; de hecho hay quienes se molestan si eso nunca pasa.
–¿Tú crees?
–Desde luego.
–Hum… Es interesante.
–Disculpa si te estoy juzgando. Hablo demasiado, ya lo sé. Pero es que me gusta la gente, no lo puedo evitar, soy raro de cojones en eso. ¿A quién le gusta la gente? Pues a mí, Pedro. Las personas se abren y escuchan si les das una oportunidad.
–Se abren. Entiendo.
–¿Lo entiendes? –Fran sonríe con picardía.
–Sí, bueno, creo que sí.
–No hablo con dobles sentidos, pero sí, se abren de muchas formas. A veces es bueno… ¿cómo lo diría?
–¿Dejarse llevar?
–Eso era justo lo que no quería decir. –Fran mira fijamente, sonríe con los ojos–. Odio las frases hechas, casi nunca transmiten lo que uno quiere decir.
–Dejarse llevar o… ¿dejar de preocuparse?
–Dejar de preocuparse… eso está mejor, aunque aún es impreciso. Encontremos las palabras, vamos, creo que a ti se te da mejor. Dejar de preocuparse… dejar de…
–O saber olvidar algo, ¿o recordar algo…?
–Creo que va más de recordar, sí, de dejar que el cuerpo de uno recuerde. Has dado en el clavo. El cuerpo no es sólo una máquina a la que cuidar, como si fuera “el planeta”; el cuerpo lleva demasiado tiempo adocenado, despojado de instintos, o con los instintos maniatados.
–Ya… de ahí será de donde sale el cáncer… ¿Me estás hablando de hablar con las chicas?, ¿es eso?
–¿Las chicas? Así que te gustan las chicas.
–Sí, pero tengo novia, desde hace cinco años.
–Aaaamigo. Una bonita novia de ciudad, seguro, fina y bien educada. Hacéis buena pareja, ¿a que sí? Chicos buenos y suegros orgullosos. La ejemplar pareja cultural.
–¿Cultural?
–Pedro: ¿Crees que se puede saber cuándo una conversación ya no sabe ir más allá? Conste que no hablo del respeto o las líneas rojas. ¿Crees que si tú y yo continuáramos hablando el tiempo suficiente, lograríamos dar con un sistema moral mejor, menos hipócrita, más apegado a la naturaleza humana?
–¿Sinceramente?
–Claro, tío.
–Creo que no.
Fran hace una pantomima de carcajada mientras se levanta, se echa la toalla al cuello y se dispone a seguir su camino;
–Vale, Pedro. Pero que conste que tienes que fijarte más, colega. ¡Echa un buen ojo siempre que puedas!

Pasan varios días, extraños, distintos entre sí. Periferia parece reflejar la luz de otro modo durante el día, y brilla por las noches como si la vida de todos sus habitantes estuviera cambiando. Impresiones subjetivas, personales, todo depende del entorno en que te muevas.
Durante un buen rato, Mateo y Sandra no hablan de Mateo y Sandra. Sandra conduce la conversación y Mateo se muestra expectante como copiloto. Decide que es mejor mantener un perfil bajo. Al fin y al cabo él ya dijo lo que tenía que decir, y no sabe muy bien qué barrunta la bonita cabeza que tiene en frente.
–¿Por qué llamáis a este sitio Los detectives salvajes? ¿Fue idea tuya, no?
–Algo así. Surgió. ¿No conoces el libro?
–Lo conozco, pero no lo he leído.
–Pues no sé qué decirte. Es como el típico sitio… cutre en el que se reunirían los poetas y vagabundos del libro. Es una broma, más que nada.
–Ya… Yo creo que es más serio que eso, te he oído hablar de ese libro.
–Bueno, para mí el libro sí es serio…. ¿Puedo ser sincero? Si soy capaz de explicarme…
–¿Más sinceridad en crudo? Adelante.
–Bien, vale…
A Mateo le temblaría el pulso como a un octogenario si enseñara su mano extendida en el aire.
–La verdad es que no envidio la rutina de nadie que conozca. No envidio sus trabajos, lo que hacen cada día en turno partido o intensivo (a veces incluso con horas extras y sábados), la verdad es que no entiendo cómo lo soportan… Bueno, lo soportan igual que yo, imagino: malamente.
»Pero sí me dan cierta envidia los personajes del libro. Me da envidia su… malvivir, su vivir a trompicones, su forma de viajar, de dormir donde sea, de escribir, de conocerse, de follar… Sé que es literatura…, pero creo en serio que hay formas erráticas e irresponsables de vivir que son mejores que nuestras formas ordenadas y teóricamente responsables. Creo que eso es realmente posible, creo que a veces pasa, seguramente más de lo que creemos.
–Vaya… Pues tendré que leer el libro.
–Bueno, cada cual se relaciona a su manera con los libros, así que… Pero sí, es mi forma de verlo. Lo frustrante es que yo sería completamente incapaz de ser esa especie de vagabundo funcional (por decirlo así) que rebota de un lado a otro. Y no es que quiera irme a vivir al campo ni nada de eso, pero me gustaría sentirme menos atrapado.
–La famosa rueda de hámster…
–Sí. Estamos atrapados en tópicos. Bueno, estoy.
–No, sí que lo estamos
»A lo mejor lo que te pasa no es que… ¿cómo lo diría?… ¿Crees que yo… te gusto como cuando idealizas a alguien?, ¿o más bien me asocias con algo importante para ti? ¿Me parezco en algo a esta cafetería? Lo digo porque si me has idealizado, eso al menos tendría algo que ver conmigo, pero si te gusto por asociación…
–Oye… ¿Puedo decir que esto es… increíblemente incómodo?… Pero no querría estar en otra parte, no te ofendas.
–Yo lo he provocado, puedes decir lo que quieras.
–Creo que está claro que eres más inteligente que yo, y no me sorprendería que me descubrieras algo sobre mí mismo. Pero diría que lo que siento por ti es el cuelgue intenso estándar; no es que me recuerdes a ninguna película o las pirámides de Egipto ni nada parecido. Sólo se trata de ti.
–No estaría mal que te recordara a las pirámides de Egipto…
–Ya. Disculpa que no me ría, pero estoy más bien…
–Mateo… Lo siento. Tendría que haber pensado que esto sería demasiado incómodo para ti.
–¿Para ti no lo es?
–Bueno. Es que yo… He estado pensando en esto de…
–¿Sí?
–No sé cómo explicarme. Ten paciencia si divago, por favor.
–Claro.
–No sé, a lo mejor es más sencillo de lo que parece…
–…
–Pedro… creo que Pedro me está dando el salto… Al menos lo ha hecho una o dos veces. Creo. Pero no puedo saberlo con seguridad.
–Y… y ¿por qué piensas eso?
–Pues… lo sé y no lo sé. Creo que ha hecho “amistades”. En el gimnasio. Más tópicos, ya ves. Trabajos aburridos y cuernos inesperados.
Mateo intenta digerir;
–Pedro engañándote…
–Eso es lo que creo…
–Sandra…, no es por defender a nadie, pero me cuesta un poco creer que Pedro se haya ido detrás de las mayas de alguna Cristina del gimnasio Hércules.
–Ya… Oye, que quede claro que no te he citado para sacarte información ni nada. Es que…
–Yo no sé nada, Sandra. No he pisado jamás ese gimnasio, ni ningún gimnasio, ya puestos… Y él no habla nunca de mujeres. No sé si me explico.
–Te explicas perfectamente. Ni siquiera estoy enfadada… Lo irónico es que creo que todo esto es porque ha conocido a un tío.
–¿Un… tío?
–No de esa manera. Pero creo que ha conocido a un tío que sabe… no sé, que tiene facilidad para hablar con las mujeres. Él no se hubiera puesto a hablar con las chicas. Es como si… ¿cómo lo diría?
–Lo cuentas de una forma que parece que ha entrado en una secta.
–Oh, no es una secta… Es lo de siempre, en realidad.
–Lo de siempre…
–Sí. La tentación… Estas cosas pasan. Él antes iba al gimnasio como quien coge el metro. Pero ahora ha conocido a este tío. Y creo que quizá le haya presentado a un par de chicas… Y bueno, estas cosas, una vez empiezan…
–Ya… Mira, yo…
–El caso… El caso es que…
–…
–Perdona. Es que lo voy a decir en voz alta y va a sonar ridículo. Pero el caso es que, al sospechar de todo este asunto del gimnasio, no me sentí tan mal…
–Oh…
–Una parte de mí… Es como si una parte de mí hubiese visto una puerta abierta.
–Una puerta abierta… Perdona que repita todo lo que dices.
–Estás perdonado… Y… Mateo:
–…
–Sólo quiero proponerte algo. Y créeme que tengo en cuenta lo que sientes. Y no quiero que pienses que te quiero utilizar de ninguna manera. Eso sería lo último.
–Creo que estoy un poco confundido…
Mateo nota más que nunca el perfume (¿natural?) de Sandra. La mira, atento, un cosquilleo intenso en el estómago. Un leve despertar en la entrepierna.
–Lo que me gustaría es que te vinieras conmigo el próximo fin de semana. Nos iríamos por ahí, en mi coche. Ni siquiera he pensado adónde. Podría ir con alguna amiga, pero no quiero hablar con ellas de esto aún. Y tampoco soy capaz de enfrentarme aún a lo que podría estar pasando. Y necesito pensar. Porque no estoy enfadada con Pedro, y no sé aún qué significa eso. Él y yo hemos bromeado mucho sobre la monogamia y la poligamia y… De hecho casi siempre hablamos bromeando, y tampoco sé qué significa eso.
–Ya…
–Lo que necesito es a alguien que me haga compañía un par de días. Sin juzgarme ni juzgar a nadie, sin acribillarme a consejos, sin hablar en clave de hombres y mujeres y toda esa mierda moderna rancia de tías teñidas de rojo y tíos acomplejados… No sabes lo difícil que puede ser aislarse ahora de todo eso. O sí, no lo sé, pero ya me entiendes.
Mateo intenta centrarse;
–Vale… O sea que quieres hacer un viaje en coche. Salir pasado mañana por la mañana y volver el domingo por la noche, entiendo.
–Sí. Sé que quizá tienes planes, o no, no es asunto mío. Sólo quiero saber si querrías acompañarme. No será como en Los detectives salvajes (me refiero al libro), pero quizá sí logremos esquivar algún tópico. Por una vez.

El día que sigue: Viernes; uno nuevo y eléctrico.
Pedro intenta aguantar un poco más. La chica tiene veintitrés años. Forma parte del club dentro del club.
Está el gimnasio, su gente, el ambiente general, común, cordial. Y después está el ambiente dentro del ambiente. Tres chicas y tres chicos. Pedro es el último fichaje. Su trabajo en la máquina de abdominales debió impresionar a alguien.
Cuando el gimnasio cierra para el común de los mortales, se pone en marcha el club dentro del club. Luces más tenues y absoluta predisposición.
No es difícil intuir que Fran convenció a alguien para poder usar el local. Pedro empieza a sospechar, además, que tiene el dinero por castigo.
Es incapaz de sentirse culpable mientras folla con alguna de las chicas. Cada día una distinta. Un día, dos a la vez. Jamás había estado con dos mujeres a la vez. Mientras ambas estaban de rodillas sobándole y chupándole toda la entrepierna (ano incluido), se oyó a Fran gritar:
–¡Pedro, amigo! ¿Te has fijado o no?
Y una gran carcajada. Como si ahora todo cuadrara, como si todos ellos entendieran que en ese gimnasio, durante un par de horas después del cierre, un grupo de personas honestas y generosas dejan por fin a la naturaleza ser.
La chica mueve el culo a cuatro patas, sobre una de las máquinas, como bailando. Pedro no puede aguantar más. Se corre fuerte, gruñendo, llena la punta del condón (antes nunca gruñía follando, siempre lo piensa). Le flojean las rodillas y está a punto de perder el equilibrio.
–No te caigas, colega.
Todos van desnudos. Fran le palmea el culo. Pedro ya ha comprobado que todos son bisexuales menos él. La opinión general en el club, dicta que la bisexualidad sólo es una cuestión de ponerse. Pedro aún no ha querido, aunque ha notado algunas insinuaciones.
La rutina habitual suele constar de un largo polvo inicial, después un buen descanso, y luego vuelta a empezar.
–Los tíos no aguantáis con una tía de verdad –dice Anais, mientras se va en busca de alguien que quiera más.
–¿Cómo lo llevas, buen y noble Pedro? –susurra en confianza Fran. De pie, su polla blanda ya alcanza un tamaño considerable. Polla de carne.
El pene de Pedro, en cambio, se hace más y más pequeño una vez ha descargado. Polla de sangre.
Lecciones gratuitas de Fran que puedes aprender todos los días.
–Oye, vaquero, siempre te veo un poco callado después de cabalgar. Sabes que esto es una reunión de amigos, puedes ir y venir cuando quieras, o puedes no volver. Podemos seguir hablando de la vasta complejidad de estar vivo antes del cierre.
–Lo sé. Lo sé.
–Y puedes traer a alguien si quieres. Normalmente somos discretos, pero algunas personas vienen de vez en cuando, aunque la mayoría se asustan. Ya sabes cómo son ahí fuera las cosas de la carne.
–Las cosas de la carne… Haces que todo suene como comerse un bistec.
–Bueno… No sé si todo es como comerse un bistec, pero en lo que tiene que ver con conocer a los demás…
–Conocer, meter…, ¿todo es lo mismo, no?
–¿Me estás provocando?, ¿quieres que saque toda la artillería?… Oye, no te ofendas, pero si algo me gustaría es que tu novia acabase aquí de un modo u otro. Aunque sólo follase contigo. No sería la primera virgen que folla que acaba descubriendo que en la realidad hay gente que gusta de follar como en un video porno.
–¿Vírgenes que follan?
–¡Claro! ¿No los conoces? Están por todas partes, van por ahí avergonzados sólo con pensar en la próxima vez que se desnudarán delante de alguien. Pierden la virginidad, pero la mayoría no la pierden nunca. Follan y permanecen vírgenes, tienen hijos y siguen siendo vírgenes. Creen que han de mantener la compostura incluso follando. Vírgenes que follan, amigo. No follan mucho, pero follan. Y luego se encogen como animales asustados, pensando si a la próxima se atreverán a pedirle una mamada o un beso negro a su pareja.
–Ya… Pues creo que mi novia te sorprendería.
–Oh. Eso me gusta, eso suena pero que muy bien.
–Pues sí, creo que…
–Adelante, dime.
–Vale. Joder… Me estás tirando de la lengua.
–¿Tan evidente ha sido? Bueno, hombre, es natural que sienta curiosidad por tu inteligente damisela.
–En todo caso dudo mucho que ella quisiera venir aquí.
–Y sin embargo algo me dice que no es de las que grita y tira objetos. Monógama, puede, pero también curiosa, menos absorbida de lo habitual por la inercia cultural. ¿Me equivoco?
–Pues… no te sabría decir. –Aunque por dentro Pedro se pregunta cómo demonios se puede acertar tanto teniendo tan poco con lo que trabajar.
–Ya… –sonrisa–, creo que no me equivoco… No quiero sonar a “líder espiritual” en plan Jared Leto o lo que sea, pero se puede saber mucho de alguien sólo viendo cómo folla, buen Pedro. Incluso si también folla así con su pareja habitual. Y creo que contigo no hay mucha diferencia… Creo que tu novia conoce los mismos movimientos y arrebatos que nuestras amigas aquí presentes.
Pedro guarda silencio, pero no tiene claro que esta vez Fran acierte. De todos modos no quiere dar pie a otro monólogo sobre la carne.
–Tú crees que mi novia sigue estando en el centro de todo, ¿no?
–No lo sé; pero si tuviera que apostar, diría que como mínimo ella es muy parecida a ti, y que por eso sólo logras sacártela de la mente cuando metes con otra.
–Está bien… Por si te interesa saberlo, aciertas como en un 80%.
–Vaaaaya… Chico, no está mal, ¿no?
–…
–¿Puedo preguntarte cómo se llama esa sabia y estoy seguro que arrebatadora mujer?

Cambiando de tercio, Pedro habla en esencia de esto: Cuando todos los días son distintos (como pasa otra vez), empiezas a echar de menos la rutina.
Quizá porque no conoces en profundidad la idea de variedad. No sabes lidiar con ella. Tu mente está hecha a la monotonía. Es probable que sea una cuestión ancestral, evolutiva, aquello a lo que el cuerpo y el cerebro se han amoldado. Días repetidos. Envejecer pero pero no necesariamente crecer. Sobrevivir pero difícilmente vivir. Quizá «estar vivo» sea el término medio. Estar. Hay personas que parecen especialmente hábiles para eso. Como si supieran siempre cómo estar en calma (o casi siempre), quedando muy lejos del punto en que comienzas a perder el control, cuando aparecen los síntomas: discusiones, frustración, ansiedad… Y cosas mucho peores.
Gente tranquila por naturaleza. Personas que viven en ciudades enormes y proclives a masticarte, tragarte y cagarte en forma de viejo triste y enfermo. Pero se lo toman con calma.
Gabriel es una de esas personas.
Gabriel está acostumbrado a escuchar. Su forma de ser le convierte en un interlocutor poco habitual. Alguien que no necesita hablar de sí mismo. Forma parte de esa extraña raza de seres humanos capaces de esperar o contemporizar. Es como si aceptaran el mundo tal y como es; como si fueran lo contrario a un activista. Lo cual los convierte en algo mucho más útil que un activista. Hay quien habla y hay quien hace cosas. Gabriel es de los que actúan. De los que además no necesitan hablar de lo que hacen, porque saben que una acción tiene sentido en sí misma, existe en sí misma y tiene su propio eco: no hace falta convertirla en una lección, un mensaje o un chisme.
E. T., el extraterrestre ha mejorado el mundo mucho más que todas las pelis de Ken Loach juntas –dice Pedro–. Ha hecho reír y emocionado a millones de personas que podían estar al borde de un ataque de ansiedad, estoy completamente convencido. Además de despertar vocaciones y haber abierto miles de mentes a la cultura.
–Uau.
–Tú me recuerdas a E.T., Gabriel.
–Vale…
–Lo digo totalmente en serio.
–Lo sé. Llevo un rato escuchando tu monólogo sobre la tranquilidad y la calma, y creo que te pasa algo. No creo que para ti hoy sea un día más.
–Tienes toda la razón.
–Y pese a que he escuchado con interés todo ese preludio…
–Voy al grano, no te preocupes.
Los detectives salvajes y su mobiliario real visceralista. Un sábado distinto.
–Sandra me ha dejado un mensaje raro y se ha llevado su coche.
–¿Un mensaje raro?
–Que se iba (pero sin decir adónde), que no me preocupara (el comentario perfecto para que te preocupes), y que volvería el domingo por la noche.
–Pues sí que es raro.
–Gabriel… ¿Tú sabes algo?
–Yo soy el hombre tranquilo, ¿qué voy a saber?
–¿Donde está Mateo?
–No tengo ni idea.
–¿No debería estar por aquí?
–Podría, supongo, pero viene cuando quiere.
–¿No habláis por whatsapp?
–Apenas. Intercambiamos memes.
–Entiendo… Pero Sandra no me contesta a los mensajes, y Mateo tampoco. Diría que han apagado el móvil o algo por el estilo.
–Oh.
–Así que… no sabes nada en absoluto.
–Pedro, es muy probable que tú sepas mucho más que yo sobre todo eso.
–Ya…
–O sea, puede que no sepas dónde está Sandra, pero las cosas no pasan porque sí…
–Y… ¿me podrías decir lo que tú sabes, aunque sea evidente y no me aporte nada?
–Muy bien… Por lo que yo sé, Mateo lleva años colado por Sandra… Está claro que no de una forma activa. Y también está claro que eso ya lo sabes. Lo sabe todo el mundo, lo sabe hasta el dueño de este local.
–Ya…
–Así que, como hombre tranquilo que lo ve todo desde fuera, Pedro, lo que intuyo es que tú has debido de hacer algo. Y que después es Sandra la que ha reaccionado a lo que sea que has hecho.
–Hum.
–Si no, ¿por qué habrías de sospechar que Sandra y Mateo se han largado en coche a pasar el finde juntos?
–Ya… ¿Cuando dices juntos…?
–No he cargado la palabra de connotación alguna.
Pedro parece dispuesto a hablar;
–Es lo que yo decía… El hombre tranquilo. Por eso tú sabes qué es lo que pasa, porque escuchas.
–…
–Tienes razón. He hecho algo.
»Para empezar, no, no sabía que a Mateo le gustara Sandra. No hasta hace poco, por lo menos. Sólo pensé que la apreciaba, que la valoraba como amiga… Creo que estaba demasiado cerca para verlo.
–Me cuesta creerlo, pero si tú lo dices.
–Te aseguro que no tenía ni idea.
Lo que Gabriel piensa pero no dice: La confianza de Pedro en su físico y cómo contrasta con el de Mateo. Ceguera por levantamiento de pesas.
–No tenía ni idea, y de hecho estaba convencidísimo de que lo que había entre Sandra y yo era sólido. Creo que ni siquiera hemos discutido nunca.
–Da tu versión sin problemas, pero te recuerdo que me faltan datos.
–Lo sé. Es más fácil hacerlo que decirlo…
–…
–Y lo que he hecho ha sido ponerle los cuernos a Sandra.
–…
–Vale, lo sé, no me mires así.
–No sé cómo estoy mirando…
–Como si hubiera puesto una bomba en un Toys R’ Us.
»Ha sido con una chica joven del gimnasio. Ha pasado, ya está, no puedo tirar atrás…
–Entiéndelo, y ni siquiera bromeo: para mí es como cuando Sean Penn le puso los cuernos a Charlize Theron con la doble de Charlize Theron.
–…
–Disculpa, sé que no conozco a… la chica en cuestión. Pero no se ven mujeres como Sandra a cada vuelta de la esquina. Ni siquiera viendo la tele se ven mucho. Y no me refiero sólo al físico, que conste.
–Ya…
–Disculpa que divague, pero ¿cómo ha pasado? Me siento como si me acabaras de decir que eres un espía internacional.
–Madre mía… No sé si esto ha sido buena idea.
–Soy el hombre tranquilo, pero no como para no tener fuegos artificiales ahora mismo en la cabeza.
Se produce un silencio, quizá tenso. Pedro busca las palabras.
–Muy bien. A lo mejor la idea que te hayas hecho de mí, empeora, pero voy a intentar explicarme.
–…
–Creo que si no hubiera sido tan monógamo y exclusivo antes, todo esto no hubiera pasado. Créeme que hasta ahora, durante toda mi vida, incluso apartaba la mirada de las demás mujeres cuando he tenido pareja.
»Era monógamo de un modo casi religioso. Siempre he pensado que tenía eso controlado. Debo ver una media hora de porno al año, y cuando me masturbo casi nunca pienso en…
–O sea que un “exceso de monogamia”…
–No me estoy explicando bien. Lo que quiero decir no es que debería haberle puesto los cuernos a mis ex de vez en cuando (para aprender y así ser bueno con Sandra ahora). Lo que quiero decir es que estaba excesivamente autorreprimido, incluso de pensamiento. Y alguien me sacó a patadas de esa doctrina mental, por así decirlo.
–La chica del gimnasio te curó de tu adoración a la monogamia.
–No. Las chicas llegaron después.
–Las chicas
–Sí… Mierda.
–No te voy a juzgar. Ya te he dicho que cuentes tu versión.
–Voy a ser el gilipollas oficial, así que de perdidos al río.
»Conste que no intento justificar nada. Sólo intento explicar lo que ha pasado. Si al final parezco un demonio treintañero que folla con jovencitas, joder pues que así sea.
»Han sido tres. Tres chicas. En el gimnasio, después de que cerraran, con otros dos tíos más. Uno de ellos me…, me invitó a quedarme un día.
»Una de las chicas comenzó a hablar conmigo, aunque yo no quería hacer nada al principio… Creo que fue por el olor. No solo por eso, pero algo se desgarró dentro de mí. El dique se rompió y me vi con unas ganas increíbles de besarla en la boca, de probar su saliva, concretamente.
»Era un chica de veinticinco años, mulata, delgada y llena de curvas a la vez. En fin. Yo nunca me había sentido como un crío frente al escaparate de una heladería, pero ese día no pude contenerme. Ni de coña. Era yo y no era yo… O sea, era yo, pero se trataba más de mi cuerpo que de mí.
–Vale. Creo que te sigo.
–¿Lo puedes entender?
–Más o menos.
–Ella… Cuando empezamos a besarnos, las otras dos parejas ya estaban follando como animales. Te lo aseguro. Me sentía como deslizándome por un puto tobogán en un parque acuático. La chica me llevaba como quería, tenía condones, me lamía el cuello… Era como si se asegurara de que yo no me iba a echar atrás. Joder, claro que no me iba a echar atrás. Estaba completamente…
–Ya…
–Estaba ido… O no ido, sino… era como si por primera vez en años no existieran ni el futuro ni el pasado.
»Había sido el chico bueno toda mi puta vida. Escuchaba a los demás hablar de sus aventuras, de sus cuernos, de los que habían puesto y les habían puesto, de sus broncas, sus roces, sus rollos en la universidad, en fiestas de fin de año en oficinas… Y te aseguro que nada de todo eso me interesaba.
»Y mientras follaba con esa mulata, Sonia, era como si entendiera por primera vez todas esas historias.
–¿Nunca habías sentido antes ninguna tentación? ¿No te habías imaginado nada con ninguna compañera de trabajo o…?
–Cuando tenía pareja, no. Sólo muy puntualmente con el porno. Porque hay algo frío en el porno, despersonalizado, que te permite ponerte cachondo y la vez olvidarte de las personas frente a la cámara.
–Entiendo.
–Seguramente el porno es el consolador de los tíos.
–Podrías tener razón.
–Ya. Probablemente Sandra me corregiría.
–Bueno, Sandra corrige a todos.
–Pero casi siempre con razón.
–Eso también.
La conversación no acaba aquí, pero el resto es redundante. Otra vez se hace tarde en Los detectives salvajes. Nadie se ha enemistado, nadie ha dejado de entender. Puede no compartirse todo, pero a veces lo más importante es entender. Nadie aquí camina derecho y libre de culpa siempre.

–Creo que se ha acabado –dice Sandra.
–…
–Sí. Se ha acabado.
–…
–Lo bueno es que creo que no van a volar platos ni… en fin. No vamos a salir en el telediario.
–…
–Eso es bueno, ¿no?
–Sí. Sin duda es bueno no salir en el telediario.
–A no ser que seas futbolista o algo así, si sales en el telediario es porque tu vida se ha acabado o se ha partido en dos.
–Sin duda.
Es por la noche. Una habitación barata en Sonora.
–Vale –murmura Sandra como para sí misma–, lo voy a decir.
–¿Cómo?
–La verdad es que mi plan al principio era follarte.
–¿Cómo?
–No solo follarte. Bueno, sí, follarte.
–¿Cómo?
–No es broma, no re rías… Pero no voy a intentarlo. Hoy sería una falta de respeto, a ti y a mí misma.
–Ya. Creo que eso no ha detenido muchas veces al sexo…
–Ya te dije que a lo mejor podíamos sortear algún tópico.
–Es verdad.
Una amplia cama de matrimonio. El contacto a dos palmos.
–Pero tampoco quiero ser una calientabraguetas ni nada por el estilo.
–Bueno, sin duda eso podría pasar.
–¿Que yo fuera una calientabraguetas?
–No. Que a mí se me calentara la bragueta.
–De lo que deduzco que aún no ha pasado.
–No. De todas forma tengo un control total sobre los actos de mi bragueta, así que no te preocupes.
–No estoy preocupada.
–Ya. De todas formas no creo que pudiese… dar la talla. Al menos hoy. Estoy demasiado petrificado.
–Lo entiendo. Yo también.
–Por no decir que aún no sé muy bien lo que pasa.
–Bueno. Yo tampoco. Aunque supongo que vuelvo a estar soltera… O desnoviada o lo que sea.
Muy cerca: el aeropuerto de Sonora. Cada cierto tiempo, atrona el aterrizaje de un avión comercial a unos seiscientos metros.
Mateo, en posición fetal, de cara la ventana;
–Sólo he viajado una vez en avión, ¿te lo puedes creer? Y eso que me encantan… ¿Cómo se llama lo contrario a tener miedo a volar?
–…
–Bueno. El caso es que sólo he viajado una vez en avión.
–Eso tiene solución.

Dos semanas después.
Pedro sigue sin tener noticias de Sandra. Tampoco de Mateo. Las tardes con Gabriel en Los detectives salvajes se han convertido en cita obligada.
No se siente particularmente molesto, tampoco preocupado. Sólo se pregunta cómo ha podido suceder. Ha sido como si su relación amorosa hubiera muerto debido a alguna clase de hipertensión arterial filosófica. Un asesino silencioso de lo que mantiene estable lo abstracto.
Había muerto mucho antes de los cuernos y su fuga animal.
No sabe nada y lo tiene todo claro. Sabe que la próxima vez que vea a Sandra, será para darse la mano y desearse buena suerte.
Ya no asiste a esas prórrogas orgiásticas del gimnasio. No eran exactamente lo suyo. Ahora le parece que atajó de forma inconsciente y estúpida para romper con Sandra.
Ahora conoce otra parte de sí mismo. Resulta que eres de carne. Civilizado sólo sobre el papel.
Hablar con Fran le sienta bien. Él sonríe, divaga, bromea, evita hablar de su posible cuelgue con una de las chicas del gimnasio. Es una de las que no se queda después del cierre. No se atreve a hablar con ella como con las demás. Pedro se ha tenido que enfrentar por fin a su yo animal, y Fran parece va a tener que aceptar que también siente y padece; sea eso algo químico, cultural o sencillamente un misterio.
La sed de exclusividad. La carne. La huerta. La civilización.
No se pueden sembrar edificios de cristal. Un sueño no florece en el asfalto.
Gabriel llega por fin y se sienta a la mesa. Un poco tarde. Se acerca el famoso atardecer.
No mucho después la mesa se queda vacía. El dueño de la Cafetería Coral le pasa un paño. Permanece un momento de pie, quieto, observando el tráfico al otro lado de la ventana. Parece sonreír. Nadie sabe lo que piensa.

1366_2000

Bendita violencia

Los vestuarios masculinos, ese espacio, ese olor. Enrique lo llama: el Pie. Cuando acaban las clases de gimnasia, todos de vuelta al Pie. Dentro del Pie te desnudas, te duchas, excepto los que Enrique llama: Sacos de boxeo, las víctimas habituales de bullying. Siempre hay uno o dos en cada clase, normalmente varones. La víctima de bullying –ahora una estrella mediática menor– se cambia de ropa y sale escopeteado a casa. Quizá vea un par de debates en la tele sobre su problemática. Adultos con el ceño fruncido que segregan moral pero no pueden hacer nada por él. Ahora hay pocas cosas más inútiles que una persona concienciada, un Saco de boxeo lo sabe. Una persona concienciada a voces y tuits, se sacude el sentimiento de culpa dándole vueltas al asunto, y eso en el mejor de los casos. La mayoría de veces no hay sentimiento de culpa, sólo un intento de proyectar una imagen virtuosa, construir una suerte de currículum activista. El activista de redes logra notoriedad a menudo, pero no suele ser una persona de acción. Repudia los conflictos y la violencia, y raramente se sabe lo que piensa realmente.
El activista no razona según cómo es el mundo, sino según cómo le gustaría que fuera (algo difícil de saber), ahora y en el futuro.
Enrique piensa que estos “activistas” aman la violencia. El Saco de boxeo sabe que el activista de pose funciona por modas. Ahora está centrado en la nueva sensación de las pasarelas y los photocalls: La mujer maltratada. El sufrimiento potencial o evidente de la mujer, ahora hace que un activista digital se ponga alerta como las ardillas de Pixar. No cabe en sí de gozo activista cuando surge una noticia de maltrato o asesinato. Las palabras favoritas del activista para escuchar y pronunciar, son: Violencia Machista.
Se les desencaja la mandíbula de placer.
Una auténtica mamada verbal.
Surge la noticia, se pronuncian las palabras. El activista se aferra a su móvil, tembloroso de dicha activista, y se dispone a difundir la buena nueva: “Activistas del mundo, teníamos razón, un nuevo caso lo confirma; esto es sistémico, representativo, y está completamente aceptado en nuestra cultura. Nuestra cultura lo promueve y aplaude, y está dispuesta a defender al agresor y culpar a la víctima”.
Entonces comienzan a bailar los números, la deliciosa danza de la aceptación. La química del activista comienza a actuar. Un colocón de dopamina le hace imposible despegarse del móvil. Cada comentario a favor o en contra le reafirma. Alguien famoso comparte su publicación. El activista comienza a mojar la ropa interior. Imagina cuánta gente querría conocerle, es tan sensible e interesante, y sus pensamientos son profundos, no se limitan a hablar de investigación o diálogo; utiliza palabras de calado: Patriarcado, Greta Thunberg, inclusión, violencia estructural.

Enrique ha oído hablar ya a algunos de estos activistas en el colegio. De repente no hay clase de mates (por ese lado, bien); en lugar de eso se presenta una chica y se dispone a hablar de su estrella pop favorita: La víctima de violencia de género.
Un nuevo perfil, piensa Enrique: adolescente treintañera colocada de superioridad moral y lecturas parciales (una evolución extraña de la fan llorosa de New Kids on the Block). Pero nadie le dirá que es, razonando, lo más parecido a un skinhead que ha surgido desde 1995.
La mitad del profesorado bufa, la otra mitad está encantada. La experta en contar mujeres muertas se ve como una avanzada a su tiempo. La directora del centro desaparece del salón de actos la tercera vez que oye decir «niñes».

A Enrique le gusta en parte todo esto, no lo puede negar. Está dentro y está fuera. Ha sido un poco maltratado y un poco maltratador. Su ámbito es el bullying masculino; las niñas no le interesan en ese sentido. Tiene quince años, se sabe completamente salido, mira a su alrededor, estudia el entorno. El entorno es lo único que estudia. Ha oído decir que hace mucho tiempo que no es tan fácil como ahora provocar a la gente. Cuando cierta clase de puritanismo se vuelve a poner de moda, muchas personas tienden a pasarse tres pueblos abrazando de nuevo la “fe”. Se vuelven monjas sin darse cuenta. Luego, cuando alguien se lo dice, ya se han subido a tantos burros morales que no se van a retractar fácilmente.
Es sencillo recoger cable al poco de cagarla, cuando aún resulta anecdótico. Cuando es señal de un error de juicio de largo recorrido, la cosa cambia.

A decir verdad, Enrique Manrique (Quique Tabique para sus amigos) no encaja en el perfil de adolescente sociópata o futuro psicópata. Nunca le ha atraído la idea de matar a un gato o torturar al escandaloso perro de cierta vecina (algo con lo que ha bromeado todo su barrio).
Quique Tabique tiene una extraña mirada. Asusta un poco a los compañeros, pero a atrae a parte de las compañeras.
Un violento episodio quizá ayude a entender esto.
Cuando un activista se presenta en el colegio a decir «niñes», Quique Tabique tiene un truco que siempre funciona. A la cuarta o quinta mención de la violencia que sufren las mujeres, él murmura:
–Bendita violencia.
A lo que algún adulto presente reacciona y lo saca inmediatamente del salón de actos. Todos conocen su modus operandi. A menudo el “ponente” se aferra a ese momento para advertir de la “masculinidad tóxica” ya presente en el joven Quique Tabique. El resto de alumnos permanece a la expectativa o intenta aguantar la risa.
Uno de estos días, quizá llevado por la acumulación de adrenalina, cometió su único y brutal acto de violencia física hasta la fecha. Hacía tiempo que dos compañeros habían tomado la decisión de empujarle con fuerza cada vez que se cruzaban con él por los pasillos. Todo al grito de:
–¡Cuidado con el tabique!
Cuanto más se cabreara Enrique, más gracia se suponía que tenía.
Hacía casi dos meses que esto se venía dando. Esto pasaba cada día.
Una hora después de una de las charlas activistas, saliendo todos los alumnos de la clase, los dos graciosos se acercaron por la espalda y empujaron a Enrique. Mientras se desgañitaban de risa, Enrique se levantó y les pegó en la cara con el puño cerrado, varias veces, todo lo rápido y fuerte que pudo.
Cinco minutos después había una mujer de la limpieza fregando sangre del suelo.
Nadie volvió nunca a tocar o provocar a Enrique.

Nada como un acto público de violencia, con su contexto y todo, para labrarse una cierta reputación. Y no fue la de chaval violento, sino la de chico al que nadie debía tocar las narices nunca más. El problema de la violencia es que no es un asunto sencillo, aunque la queramos simplificar en pos de eliminarla.
En el mundo de la teoría todo parece factible, todo tiene sentido, cuadra; es como si no arregláramos las cosas porque no queremos. Luego la realidad te presenta un sinfín de variables, y te enfrenta con tu yo animal. Cuanto más civilizado sea tu entorno, más bueno parecerás. La bondad es más una cuestión coyuntural que una decisión. Eres bueno porque puedes, eres fiel por carencia de tentaciones.
Controlas tu vida como controlas la distancia de frenada de tu coche. Da igual que no quieras chocar; si se han dado las circunstancias, quizá no te quede más remedio.
Violencia a tu alrededor y dentro de ti; es uno de tus potenciales quieras o no.
La violencia de repente tiene mil apellidos. Tantos como formas hay de referirse a Dios. Todo eso siembra la mente calenturienta de Enrique. El varón aún por hacer crece ante un discurso unívoco y cerrado.
Antes la violencia era solo una y había que evitarla; pero ahora hay una escala de violencias. Todo depende de quién la ejecute y quién la reciba. No importa el resultado, importan las identidades, ideas concretas, una visión reducida del mundo para poder vender que puedes reducir la violencia a cero. El mundo de la teoría y la ingeniería social, política infantil, el arrinconamiento de la ciencia. Libros color pastel, maravillosa ideología.

Enrique hace una amiga.
Es de otra clase y parece saber valorar ciertas explosiones de violencia. Marta Gunea. Una reaccionaria del presente. Se percibe antes como persona que como chica. No se relaciona con el miedo al modo ideológico, de modo que no se siente constantemente amenazada. Bufa durante las charlas activistas y una vez fue también víctima de bullying.
Cuando tenía trece años, dos niñas de su clase la martirizaban con todo tipo de perrerías. Robo de ropa en los vestuarios, pegamento en el pelo, destrozo de portátil, pintadas de “Gunea gonorrea” y, con el tiempo, patadas, puñetazos y otras lindezas cuando la pillaban a solas en clase o por los pasillos.
Entonces un día Marta se hizo con un pesticida.
Si quieres cocinar un matarratas eficaz, tienes que mezclar azúcar y chocolate con bicarbonato de sodio. Con dos adolescentes que te pegan con bolsas de manzanas para no dejar marcas, el bicarbonato no funciona. Es mejor aplicar un poco de polvito blanco insecticida en los extremos de sus bocadillos (el primer bocado). Un poquito cada día. Búscalo en Google.
Un par de días de sabor amargo y vómitos provocados, bastaron. Todo quedó entre ellas. Vosotras no me hacéis nada y yo no busco el modo de provocaros un cáncer de caballo o reventaros el sistema inmunológico.
–Tengo el bote en la mochila.

Enrique y Marta se conocieron durante un goloso acto de violencia. La violencia que atrapa al mirón. Dos chicos de un curso inferior se pelearon en el patio. Martes, imagínate. Dos chavales rojos de rabia como tomates haciendo trizas la rutina. Se peleaban por una chica mayor.
Era emocionante, gracioso y un chismorreo a la vez. La chica formaba parte del grupo que les veía darse de hostias. Jamás había dado cancha a ninguno de los dos. Corrió un rumor falso de mamada. Una chica de diecisiete chupándosela a un Chicho Terremoto cualquiera. No parecía factible en este caso en particular. Ninguno de los dos muchachos daba el perfil de adolescente que se da largos morreos con nadie, menos aún con una chica mayor. Un pelirrojo huesudo que caía mal incluso a los profesores y una bola de grasa. Se empezaba a hablar de la “gordofobia” por aquel entonces; pero si eras un zanahorio de la vida, te podían dar mucho por saco. Eso no ha cambiado. Los pelirrojos son el precio a pagar por tener pelirrojas, ¿no?
Enrique y Marta estuvieron un buen rato intercambiando chistes de gordos y pelirrojos. El humor de mal gusto compartido estrecha lazos mejor que cualquier exhibición de virtud.
El pelirrojo sangró como sólo se podía esperar de semejante pesado porculero. El gordo, por algún motivo, acabó vomitándose encima mientras dos profesoras le sujetaban. Cuando todo acabó, los mandaron al Pie a ducharse. Nadie sentía pena o arrebatos morales. Más bien predominaba una sensación de asco.
Las manchas de sangre pelirroja no salieron fácilmente; aguantaron durante semanas manteniendo vivo el recuerdo.
El comienzo de una bonita amistad.

Quique Tabique y Marta Gunea no tardaron mucho en desvirgarse mutuamente. Lo hicieron en el Pie una tarde media hora después de la clase gimnasia. Les podían haber pillado; entrenaba el equipo de baloncesto del centro y siempre había curas merodeando. En un colegio de curas nunca estás a salvo. De repente se presenta Don Gervasio y te pilla haciendo bullying al empollón de la clase, o meando en la pista de frontón porque te daba pereza llegarte hasta el lavabo. Tienes que dar un montón de explicaciones.
El Pie es un lugar tradicional al que ir para follar. El Muro de las Lamentaciones del adolescente salido. No pocas parejas ajenas al centro han acudido al Pie para quitarse picores. Por la tarde el colegio no cierra las puertas hasta tres horas después de terminadas las clases.
Enrique y Marta se quedan rondando a veces por el patio; en parte para follar una vez despejado el Pie, pero también porque no saben muy bien dónde ir juntos. Durante un tiempo su relación pareciera forzada fuera de los límites del centro.
Pronto comienzan a fantasear con algún acto de violencia.

La violencia en un colegio o instituto es un punto de inflexión. Rompe la monotonía y da que hablar durante no poco tiempo. Hiperbolizando para que quede bien claro: Los alumnos violentos son demonizados en voz alta y glorificados en secreto.
Nadie quiere que pase nada malo, pero si pasa quieren saberlo todo. No se mantendrán al margen. Unos con la excusa de poner orden, otros para “mediar”, otros para participar. Es una historia en marcha, y adoramos las historias.
Y quien no amas las historias, es un yonqui de la política. Quique Tabique dixit.
No por nada los activistas de nuevo cuño aman la violencia; concretamente la que despierte más emociones según el momento. Les ofrece la oportunidad de posicionarse (como si el hecho de no hacerlo explícitamente te colocara en el bando de los agresores), de dejar claro su discurso, una vez, y otra vez, y otra vez. Y como saben (en el fondo) que la violencia nunca cesará, saben que siempre habrá quien les escuche. El activista más tonto querrá solucionar las cosas, eliminar la “maldad”; el más listo aprovechará para sacar partido, y ya hay muchos políticos y políticas de los que aprender sobre eso.

–También es una suerte que no todos los alumnos del mundo puedan hacerse con un AK-47. ¿Qué gracia tiene eso? Es como si un karateca participara en las olimpiadas con una pistola.
–¿Nunca usarías un arma de fuego? –pregunta Marta.
–Ni siquiera usaría un arma blanca. A mí me gustan las historias, no la política. Si te gustan las historias, entiendes la violencia. Entiendes que es imposible que no haya violencia. Convivimos con ella. Alguien que ama las historias no usa armas; las armas son para los amantes de la política; ellos siempre intentan acabar con la violencia a tiros.

Algo le dice a Enrique que hay que mantenerse alejado de la gente muy politizada. Son la máxima y peor expresión de la violencia, siempre lo han sido.
Partimos de la base de que somos violentos. Una vez entiendes esto, es más probable que sepas evitar el peor tipo de violencia. Alguien que cree que puede eliminar la violencia, un día se extralimita y comienza a tirar bombas. La historia de la humanidad está plagada de ejemplos.
Lo que no reconoceremos jamás, es que la violencia puede ser útil. En casos específicos, un pequeño acto de violencia corta una situación que provocaría mil veces más violencia de seguir su curso. Un pacifista convencido es el peor gestor posible de problemáticas que impliquen al ser humano.
Cualquier víctima de bullying sabe todo esto, aunque no sepa articularlo. También una mujer maltratada, o un soldado.

Enrique y Marta comienzan a localizar a las más flagrantes víctimas de bullying.
Se lo explican.
Esto es lo que vas a hacer:
Mañana, cuando te topes otra vez con tu agresor o agresores (los bullies suelen ir de dos en dos como mínimo), vas a provocar un acto de violencia. Lo más recomendable es ir a por la nariz. Puño cerrado y pegar lo más fuerte posible. Deja que se te acerquen; nosotros estaremos cerca por si se te abalanzan y la cosa se pone fea.
Sabemos que suena poco apetecible, pero puedes hacer esto o puede seguir todo igual que hasta ahora. Si haces esto, lo más probable es que el acoso y las agresiones que sufres cada día, se detengan. Puede que también te abronquen y te disciplinen, quizá te caiga algún castigo menor. Pero en el fondo todos entenderán lo que ha pasado, algunos incluso lo aplaudirán. Cuando lleguen a casa pensarán: Bien hecho, que se jodan.

Pequeños focos de violencia se comienzan a suceder en el centro. Durante un par de meses, parece que el mundo se va a acabar. No pocos adultos están desconcertados. ¿A qué se debe esta rebelión de los perdedores? De los pelirrojos, los gordos, los flacos, los empollones… El perdedor, el tontín oficial, carga el brazo derecho y le rompe la nariz al bullie. El patio cada vez tiene más restos de sangre. La generación más frágil y educada en poner la otra mejilla. La generación de las crisis reales y las inventadas, en que la identidad superficial es mucho más problemática que hace veinte años. La raza, los genitales, la clase social. La generación de cristal volviéndose resistente, respondona, conflictiva. Humana.
Los adultos le dan vueltas. ¿Qué ha sido del progreso?
–Tienen una idea imposible del progreso –dice Enrique–, eso ha sido.

Pronto, un nuevo amanecer.
De repente la violencia cesa en el colegio. A veces la violencia sí se puede reducir a cero.
–Aunque es temporal.
Enrique y Marta observan su obra. Se sientan en una esquina del patio y ven cómo el sol cae sobre estudiantes de todas las condiciones. Ahora todos tienen la oportunidad de divertirse, de tener amigos, de no esconderse. Todos tienen su historial de violencia, activa o pasiva, sus cicatrices. Todos tienen una identidad personal, totalmente ajena al identitarismo ideológico. Una identidad personal que no se refiere al color de piel, los genitales, la clase social o el cansino “auge de la ultraderecha”.
Nadie piensa en ello. Todos lo notan.
Los adultos siguen a lo suyo. Piensan que las charlas activistas han calado. La percepción social y mediática sigue a tomar por culo de la realidad.
Nadie se atreve a hacer bullying. Por el momento. Perciben la robustez de los compañeros. Todos han tomado nota.
–Pero cuando comience el curso nuevo, vendrá gente nueva.
Seguramente aparezcan nuevos focos de violencia. Es cíclico, es imposible mantener siempre la burbuja.
–Pero es mejor tener cicatrices que acabar suicidado o traumatizado, ¿no? –murmura Marta.
Enrique sonríe:
–Bendita violencia.

Buddha Head in Roots of Banyan Tree
January 2007, Tree — Image by © Jose Fuste Raga/Corbis

Un cuentito lumpen

Inés recién salida de clase, pescado fresco intelectual. Como para sí misma:
–Yo es que no puedo con mi vida.
Inés se revisa las uñas disimuladamente. Con ella, cuatro compañeros de curso, atentos, varones.
–De verdad que quiero comprenderles, pero la ignorancia me supera.
Café para todos, solo, está de moda entre los jóvenes concienciados de Periferia.
Inés viendo irse al camarero:
–¿A quién creéis que votó en las últimas elecciones?
Nadie contesta de verdad. Sencillamente otorgan.
–Ya os lo podéis imaginar.
Inés da un sorbo.
–De verdad que no puedo comprenderles.
El mar de fondo: una reciente discusión en clase sobre la meritocracia.
–No se trata sólo de la meritocracia. No hay valores, sólo un individualismo rampante.
Los chicos asienten, circunspectos.
–Yo quiero defenderles, en serio, es la clase obrera.
Sorbo.
–Pero no puedes ayudar a quien no se quiere ayudar.
Cada vez más estudiantes en la cafetería habitual. Sonidos cotidianos, cucharillas, tazas, reivindicaciones.
–La meritocracia no existe. Pero esos palurdos no lo entienden.

Ya en casa, Inés se da una ducha. Se enjabona a conciencia cada recoveco. Exactamente trece estudiantes se masturban pensando algo así esa noche; incluidos los cuatro compañeros de la cafetería. Son catorce si contamos al camarero, que en realidad votó a los socialistas.

Algunas de las posesiones personales más preciadas de Inés:
Una gabardina negra de tafetán Ralph Lauren.
–Fue un regalo, casi no me la pongo, ¡no quiero que me la roben!”.
Un jersey de primavera de cuello alto, blanco roto, de Vero Moda.
–Me encanta, ¡y casi no me lo compro!
Una falda lápiz Rumble59, estilo años 50.
–Retro en plan bien, tía.
Camisa y pantalones blancos de corte masculino, marca JOSEPH.
–No te digo lo que me costaron. No, tía.
Jeans anchos marca MOTHER.
–¿No tenéis calor? No pienso soltar prenda.
Una blazer larga Brian Dales.
–La llevé cuando el cumple de la Irene, ¿no te acuerdas?
Un móvil Samsung Galaxy S22 Ultra.
–Que sí, que te estoy oyendo.
Un Ipad Pro con pantalla de 12’9 pulgadas.
–Me lo regaló el Dani justo antes de que cortáramos. ¡No te rías!
Gafas Ray Ban New Wayfarer Classic RB2132.
–La resaca, tía.
Un Satisfyer.
–No es para tanto, ¿no?

Un calentón. ¿Qué día es? Los padres de Dani no están.
–Un polvo con un ex es mejor que un polvo con tu novio, tía.
Dani maneja a Inés con poca delicadeza, ella le dice que no se corte. Los arrumacos de antes se han convertido en porno amateur sin cámaras.
–Yo es que no veo porno, tía, no es real.
Dani suelta un cachete poco enérgico. Inés dice: ¿Ya está?
–Dani es que antes no sabía, chica.
Dani ahora embiste en calidad de fulano pervertido.
–Paraba en medio del magreo y te comenzaba a hacer preguntas.
Dani folla dejando sin querer ángulo para la cámara.
–¿Qué haces, Dani?
Demasiado porno no te convierte en un violador…
–Ahora folla mejor. No sé por qué.
… pero hay que olvidar al equipo de rodaje.
–Ahora no es que sea la bomba, pero al menos se deja llevar.
A Dani le gusta dar a cuatro patas. Nunca lo hicieron así de novios.
–Una vez se puso a llorar después de correrse, ¿te lo puedes creer?
Ahora no tiene que demostrar nada.
–Ahora me corro siempre con él, cosa que antes….
Ahora ya no hay política cuando follan.
–Voy cuando no están sus padres. A veces quiero que nos pillen.

Fantasear con mendigos. Lo más cercano sería la hibristofilia, que es cuando quieres follar con gente peligrosa.
–Es como si te entra un ladrón en casa y le chupas la polla.
Inés se confiesa con su “mejor amiga”.
–No creas que me siento atraída por la suciedad, pero follarte a un mendigo es como…
Un vistazo a las uñas, rubor universitario.
–Es como que… imagínate a un mendigo, tía. Ya no espera nada de nadie. Bebe de las fuentes públicas y come de la calderilla que consigue por la calle. Y de repente…
Abre los brazos y los ojos, todo expresividad y dientes.
–Y de repente una universitaria te hace una mamada.
Es como si se hubiera cruzado una línea.
–¿Qué? ¿No querrías verle la cara?
Su amiga intenta cambiar de tema, pero no hay manera.
–He visto a un tío que pide limosna cerca del Starbucks. Si se quitara la barba y todo el rollo pobre, creo que hasta estaría bueno.
Inés y el mundo; el mundo no siempre está en sintonía.
–¿Por qué pones esa cara?
Una parafilia raramente huele mal cuando se cuenta.
–Vale, vale. Ya no digo nada más. Total, no lo voy a hacer.

Inés se relaciona bien con su entorno. Es su percepción.
Algunas impresiones ajenas sobre ella:
–¿Inés? ¿La chica que siempre está en la cafetería?
–Está forrada.
–Una vez casi me lío con ella, pero no le va el rollo bi, sólo el rollo político bi, no sé si me explico.
–Está buenísima, eso está claro.
–Una vez me dijo que estaba harta de follar con niños ricos.
–Creo que le pone comer mierda o algo así, ¿la coprofagia?
–¿Es de las feministas de la cafetería?
–Está siempre con esos cuatro que se la quieren tirar.
–La que colecciona “aliados”, ¿no?
–Es buena chica, un poco tarada.
–Todos se la quieren follar, hasta las lesbis se la quieren follar.
–La de los pagafantas.
–¿La chica que habla de sexualización y se sexualiza? No, no sé quién es.
–Cada vez que habla, el Dani se corre encima.
–Las bolleras la odian y a la vez se la quieren tirar.
–Un día me dio una chapa sobre lo digno que es el trabajo físico.
–Creo que su madre la tuvo a los trece años o algo así.
–Se folló al profe de Ética y lo echaron, ¿no?
–Mi madre dice que no me acerque a ella. En serio.
–El profe aquel que iba de aliado feminista se la folló.
–¿La crudivegana?
–La princesa de Periferia, sí, el resto somos todos machistas o fascistas.
–A mí me salvó la vida. No, es mentira, ja ja.
–Es la típica universitaria, ¿no?
–Como persona no, pero como muñeca hinchable sería la hostia.
–Una chica comprometida, me gusta su forma de pensar.
–Me gusta cómo viste.
–Le veo futuro en la política.

Inés se sube en una de las mesas de la cafetería. Esto sigue a su diatriba con los mendigos.
–¡Miradme! ¡Escuchadme!
A nadie le sorprende nada de lo que está pasando.
–¿Hola? ¡Escuchadme!
Está borracha (conclusión a posteriori).
–Sólo quiero decir unas palabras, ahora que se está acabando el curso.
Empieza a llorar.
–Quiero que sepáis que sois geniales, y que estoy muy a gusto aquí en…
Empieza a vomitar. Corrimiento de sillas y mesas.

El enganche al alcohol de Inés no era algo esperado. Era factible, pero no encaja exactamente con el perfil. La gente pensaba más en drogas de diseño, o directamente coca, la mejor que hubiese en el mercado.
–Tía, la primera regla para superar un problema es reconocer que se tiene un problema.
Ahora bebe aún más café que antes. Vacaciones de verano para una alcohólica.
–Creo que seré una madre alcoholizada estupenda.
Periferia arde entrado julio.
–No me mires así, tía.
Encaja a la perfección; futura madre cuarentona con sandalias de tacón de “estar por casa”, ropa interior cara y algo transparente encima, con vuelo.
Una MILF de serie de los noventa.
–Mi marido estará por ahí follando con chicas blanquitas alienadas, pero yo me buscaré a un buen negro que me taladre. Los negros son mejores en todo.

Sus padres la obligan a ir a un programa de Alcohólicos Anónimos. Organizan a los adictos por franjas de edad. Alcohólicos universitarios Anónimos.
–Está guay. No hay viejos verdes ni feministas desfasadas.
Allí hace otra “mejor amiga”.
–Es increíble, tía, no se depila desde hace cinco años.
El lugar acaba siendo el mejor sitio para pegar tragos; da igual que no lleves alcohol ni dinero.
Inés llevaba una semana sin beber una gota antes de asistir.
–No se lo digas a mis padres. Tampoco lo de los rezos.
Al final de cada día se anima a los adictos a practicar un rezo, religioso o no, dando gracias por haber superado otro día.
–Yo le rezo a Frances Farmer.
Nunca ha estado más borracha que allí.
–Puedo enseñarte a fingir sobriedad. Va sobre todo de localizar puntos de apoyo.
Comienza a follar a diario en cualquier lavabo con uno de los veteranos que lleva el programa.
–Nunca había visto una polla blanca así. Es como si estuviera recalificando mi coño.
Aprende a coser dobles fondos en los bolsillos, a esconder petacas no rígidas.
–A prueba de cacheos, tía.
Perfecciona su actitud de alcohólica funcional; nadie parece sospechar nada en las reuniones.
–¿Suena raro si digo que es el mejor verano de mi vida?
Se pasa a diario por los distintos puntos de encuentro, sociable, recta, amable. No habla de política, no comenta la actualidad, se aguanta la meada para no levantar sospechas.
–Me recuerda a cuando me saqué el carnet de conducir. Haces acto de presencia, todo es un tanto falso, artificial. Repites las consignas, fichas al modo social.
Su nueva “mejor amiga” es la proveedora principal, la prestidigitadora de la arcada. Conoce todos los tipos de prendas y petacas.
–No tiene tanto mérito, empiezo a sospechar que los tres veteranos que llevan el asunto se hartan a follar allí (sí, se folla a cambio de vista gorda). Creo que ellos también siguen bebiendo.
Las reuniones carecen de sentido desde cualquier punto de vista.
–Es como la ley seca; ahora me da más morbo beber que antes, y bebo mucho más que antes.

Aguanta así un mes y medio, a dos reuniones diarias.
El vómito la vuelve a traicionar.
–¿Te lo puedes creer? Le vomité a mi sobrina de cuatro meses encima. La pobre estaba chapoteando en la cuna.
El incidente despierta suspicacias. Su padre revuelve su habitación como lo haría un policía racista con un rapero.
–Encontró hasta los chicles de menta extra fuertes.
Adiós a las reuniones.
–No se lo digas a nadie, pero echaré de menos esa polla blanca.

Dani quedó al margen gradualmente.
–No le culpo, de veras. Lo que no le perdono es que se haya liado con esa furcia pelirroja.
Lily.
–Esa guarra con la espalda hecha polvo. No puede estar bien.
Lily, la nueva novia de Dani, tiene pechos como dirigibles y gusta de lucir escote. Inés nunca ha tenido mucho pecho.
–Y no es solo por las tetas. Esa tía vive para montar pollas de subnormales y hacer cubanas a tontos del culo. Está pensada para dar placer al gilipollas de Hermandad promedio. Una hija sana del Patriarcado.

Acabándose el verano (y las vacaciones), Inés comienza a seguir habitualmente a Dani y Lily. Luego comenta la jugada con su “mejor amiga” primigenia.
–La tía le mete la mano en el paquete cada vez que puede.
Papá y mamá buscan un nuevo centro de Alcohólicos Anónimos.
–Todo lo que tarden es todo lo que yo me bebo. Luego ya veremos una vez allí.
Se ha comenzado a sentir rara con la ausencia de Dani.
–¿Puedes creer que ande enchochada de mi ex? Sólo decirlo en voz alta me suena a confesión de un pederasta.
Papá decide reducir la paga.
–Cree que así me aleja de las drogas. Papá, el mundo es enorme y variado, y está lleno de gente. Y la mitad de esa gente me quiere follar.
Entonces llega el día del accidente.
Entrado septiembre, Dani y Lily se la pegan con el coche una noche. Se saltan un semáforo mientras ella le hacía una felación (él lo confesará sin el menor atisbo de vergüenza).
Lily tiene numerosas heridas, pero nada irreparable. Dani comienza a ver escaleras por todas partes. Una invasión a nivel mundial.
–Me he pasado la noche llorando. No quiere hablar con nadie.
Nadie sabe muy bien lo que ha pasado, aunque pronto se destapa la lesión de espalda. Los médicos niegan mirándose los zapatos. El pésame habitual para el tren inferior.
–Pero esa guarra como si nada. Ahora se buscará a otro tontín al que joderle la vida.

El conductor del otro coche salió milagrosamente ileso.

Para octubre, Inés ya está en otro grupo de A. A. Lleva unas dos semanas sin beber. Ve a Dani día sí día no. Uno de los médicos consultados le ha recomendado un programa de rehabilitación. La posibilidad de recuperar las piernas es ínfima, pero dicho doctor tiene sus dudas.
Inés empieza a sospechar un alto grado de patetismo en su propia vida hasta la fecha. Se entrega a cierta actitud contenida. Guarda silencios que antes no guardaba. Lee más y escucha más. Los interlocutores empiezan a jugar un papel en su vida. Se hacen presentes, de carne, son algo más que identitarismos y una réplica que ignorar.
María, su mejor amiga primigenia, dice:
–¿No te vas a beber el café?
–Casi me lo he bebido.
–¿En qué estás pensando?
–Estoy pensando en Lily la guarra.
–¿En serio? Yo de ti me olvidaría de eso.
–La tía se ha desentendido, ¿lo sabes?
–Ya, bueno, ¿y qué? No es mejor que alguien así se vaya a tomar por culo? Que haga lo que quiera.

Esa era la idea. A tomar por culo. A Inés le gustaba, olvidar ese asunto, una mala paja cubana del pasado. La tetona de tiempos mejores. Si es la clase de persona que se esfuma cuando las cosas se tuercen, es mejor olvidarse de ella.
–Pero es que ayer la vi.
–¿La viste?
–Sí…
–Dime que no hiciste nada.

Lily paseaba del brazo de un chico fitness por el centro de Periferia. Silla de ruedas nueva, vida nueva. Era una cuestión de formas. Puedes hablarlo y afrontarlo, o bloquear en redes sociales. Que tu churri de repente no pueda andar trastoca tus planes de kamasutra. Pasar de ser 100% novia a 50% cuidadora, quieras o no, pone a prueba tu relación.
Inés se puso delante de la pareja, mirando a Lily a los ojos. Se tuvieron que detener. El tipo no entendía nada. Quizá pensó que unas tetas así vienen con recargo. Lo que te dan por un lado te lo quitan por otro.
–Tú, puta.
El primer argumento de Inés.
–¿Tú quién eres?
–Eso da igual, eres una puta.
–Oye, ¿nos puedes dejar…?
–Mírame a los ojos y dime que eres una puta.
El chaval se mantenía ajeno como quien piensa: pelea de gatas, típico.
–Soy una puta. Ya está. ¿Contenta?
–Pues mira. No.
Entonces Lily atajó. Sin añadir nada más, lanzó con sorprendente agilidad su pierna derecha y pateó la entrepierna de Inés.
Una pareja de universitarios se acercó enseguida, uno atendiendo a Inés y el otro encarándose con el fulano fitness.
–¿A ti qué te pasa, eh? Voy a llamar a la policía.
–Colega, que yo no he hecho nada.
–¿Qué tú no has hecho nada? ¿Entonces quién lo ha hecho?
Imagínate a Musculitos intentando entender la coyuntura. El perfil de tío que sólo busca unas buenas tetas y un coche suave como el culo de una quinceañera cuando lo pones a doscientos cincuenta (el coche, no el culo).
Inés se incorporó y aclaró el asunto. Costó un poco convencer a los universitarios. A esas alturas Maromo fitness ya era para ellos el esclavista de dos chicas indefensas y evidentemente alienadas.

Ahí fue cuando Inés lanzó el puño derecho y le rompió la linda naricita a Lily.

–Naricita respingona y tetas grandes. Fue como reventar la guinda del pastel.
–Joder, Inés.
–Tranquila, no fue para tanto.
Inés acompañó a Lily al hospital.
–Un paquete de kleenex echado a perder en una pechugona insensible.
–¿En serio la acompañaste al hospital?
–Le tendí una celada.

La planta de rehabilitación. Lily tapándose la cara con un montón de pañuelos, y de repente tiene delante a Dani, ayudado por dos enfermeros a sentarse en su silla de ruedas.

–Rompió a llorar como una estúpida, como una villana de instituto americano.
–¿Le dijo algo a Dani?
–Le soltó el abc de la reina de los culebrones. Que si no podía soportar verle así, que si lo sentía mucho pero tenía que seguir con su vida (refiriéndose a ella misma).
–¿Y Musculitos?
–Ese estaba ya de vuelta en el gimnasio, supongo, o metiéndola en algún tubo de escape.
–¿Y la naricilla?
–Dijeron que le quedará perfecta, aunque noté ciertas reservas. De todas forma nadie le mira la nariz, ¿no?

Dani bromea a menudo, demasiado quizá, con suicidarse. Ve a un psicólogo dos veces por semana. Inés va a verle y hablan de absolutamente todo.
–La polla se me pone dura. Sólo quiero que lo sepas.
–La verdad es que no había pensado en tu polla, aunque no te lo creas.
–Es verdad, no me lo creo.
–Pero es bueno saber que aún podrás lucir la bandera que sea.
–Soy poco de banderas.
–Da igual. Ya encontraremos a alguna prostituta que se dedique a los lisiados.
–A veces no sé si estás de broma o no.
–Últimamente más que antes.
–¿Y eso?
–Paradójicamente, cuanto más seria se ha puesto la vida, menos en serio me la estoy tomando. O más bien, menos en serio me tomo a mí misma.
Dani bebe un buen trago de un zumo de naranja exprimido por mamá.
Cuando no puede más, mentalmente, suele romper a llorar. Es entonces cuando Inés intenta calmarle (imposible aún), y cuando él finge estar mejor, ella aprovecha el impasse para irse. Todos tenemos un poco de Lily, piensa.

Un café sola en una terraza. Una nueva costumbre. El tiempo cada vez pasa más rápido. Antes los días eran aventuras, ahora son viñetas. Inés se pregunta si es por su nuevo estado de sobriedad. Sospecha que no.
Se imagina el posible futuro, la foto: ella de pie, sonriente; Dani relajando los músculos de la cara, en su silla de ruedas.
No lo tiene claro. Para la Inés de hace dos años habría sido cristalino. Una mezcla de pena infinita e ideología hubiesen tomado la decisión por ella.
Ahora, por más que le pese, se está amoldando a un mundo que también es material. Debilidades, contradicciones. Egoísmo. Lo tiene Lily, lo tiene Inés; siempre lo tuvo. Lo tiene cualquier chico que haya conocido, y sobre todo cualquier adulto cuya experiencia como estudiante quede ya lejos.
Sólo que no siempre es egoísmo. A veces no lo es en absoluto. Son supervivientes. Una persona honesta se parece más a un superviviente que a un activista.

Apura el café. Un vistazo a las uñas. Se siente por primera vez persona antes que mujer. Se percata de ello. Esto caerá como una bomba, se dice.
–Yo es que no puedo con mi vida –murmura.

iStock-1133557365-1174x694

Temas capitales

No lo digo para cebar el asunto, pero es una mala idea que leas esto.
Mantén a tus hijos lejos, aquí no hay ningún modelo de conducta. Dile a tu pareja que estás chateando con algún baboso de Instagram, o con alguna menor tetona y confiada. Te haría quedar mejor.
Échale ironía.
No uses el PC, oscurece la pantalla del móvil. Espera a que todos se duerman como si tuvieras quince años y quisieras ver la porno del plus.
Actúa como un pedófilo cuidadoso.

La Casa de las Carcasas.
En Periferia hay dos. Compras un móvil y lo ves demasiado desnudo. No es la gran cosa, gama media, pero es nuevo. Mejores condiciones, una pantalla mayor para las redes sociales y el porno. Un trasto que necesita su propio condón.
Cojo el tren, porque no soy de Periferia. Una horita de viaje, auriculares conectados al móvil viejo, un Samsung que narra batallitas de la mili, palmea el culo a las camareras y cuenta chistes verdes. Uno de mis mejores amigos.
Tomo decisiones tontas primermundistas. No voy a manosear el móvil nuevo hasta que no vaya protegido. Abulta mis tejanos en el bolsillo izquierdo, hoy sólo viene a mostrarse a las dependientas, a lucir tipito y marcar paquete.
Es de una marca extraña, japonesa, una recomendación de alguien que cuando no ve porno lee críticas de teléfonos y demás trastos lefados. Lefar juguetes y limpiarlos; la vida moderna.
Se empieza a mezclar todo. Pronto la tele lavará la ropa y verás Pornhub en la lavadora.
Las llamadas telefónicas están a punto de morir. Hablar con otros seres humanos es agotador, hay que reconocerlo. El móvil se inventó para causas mayores y más nobles. El objetivo final es no hablar con nadie de viva voz. La posibilidad de una isla. Quedar sólo para follar, nunca hacer el amor. Matar el pasado; ¿no va ya todo de eso?

Véase a dos dependientas que me follaría hasta sufrir un infarto cerebral. Hago como todo el mundo y no lo digo en voz alta.
He dado un paseo y he entrado en la tienda como quien tiene la agenda a reventar y una polla de 20.
Una de las dos cosas es cierta.
Pero no tiene mérito, así que hablo con educación, casi susurrando, no quiero molestar, no quiero generar conflicto, me sabe fatal que estas dos chicas tengan que pasar aquí ocho horas un sábado, no quiero ser un obstáculo, quiero ser atendido y olvidado. Todo eso intento transmitir.
Una de ellas dice:
–¿Perdona? No te he oído.
Le digo que soy un buen chico, que puedo ser agradable cuando quiero y que tengo una buena polla, que podríamos ir ahora mismo a donde sea y fornicar tanto y de una forma tan hetero que resulte ofensivo para la opinión pública. Le digo que luego puede comentarlo en Twitter si quiere, decir que tiene dudas sobre si lo que ha pasado ha sido sexo (pese a los tres orgasmos) o algo más parecido a una violación. Una vejación más del Patriarcado. Estoy dispuesto a que me ponga en la picota con tal de echar a perder la cama de un hotel cutre con ella. Humíllame para siempre, contágiame la enfermedad que quieras, miente sobre mí, méteme en la cárcel, arrasa con mi vida. Si me follas bien follado, habrá valido la pena.
Pero lo que digo es:
–Perdona. Busco una carcasa para este móvil.
Me atiende con amabilidad y premura, aunque al final se pone pesada intentando colarme no sé qué protector de pantalla.
–No, gracias, de momento lo voy a dejar así.
A lo mejor me equivoco y he rechazado lo más importante. Tengo práctica en eso.

Plena primavera en Periferia. No es que se note mucho en el centro. Algunas prendas desaparecen, eso sí. En las ciudades medianas y grandes, la primavera se nota en las mujeres. Aunque suene a cantante melódico rancio, es la pura verdad. Apenas hay cuatro putos árboles que florezcan, pero las mujeres lucen del todo distinto. Las más frioleras pasan de ser cinco capas de ropa de marca a una florecilla con ropa interior y apenas una idea sutil para cubrirse. De repente todo se vuelve tirantes y sandalias, hombros y piernas. O escotes y sonrisas, si es una ocasión especial.
Los tíos nos ponemos manga corta y fingimos madurez.

Me siento en una terraza. Toda la tarde por delante, pero ya no toda la vida. Los cuarenta son todo aquello que nunca pensaste que serías. Empiezas a comprar las moñadas sobre la edad mental: que si eres como te sientes y no la edad que tienes, que si mira a este abuelo haciendo puenting, que si mira a este otro corriendo una maratón a los setenta…
Yo creo que me paré a los veinticinco. No creo que nadie pase de ahí. La gran mayoría no son ni de lejos lo que esperaban, pero, si tienen suerte, están demasiado cansados y ocupados para pensar en ello. Cuando eres crío tienes tiempo para pensar, de modo que te pones en lo mejor, proyectas un futuro brillante. Cuando el futuro ha llegado, la salud mental (esa gran zorra, la nueva estrella mediática) consiste en no pensar.
Mi truco para no pensar consiste en moverme, caminar, husmear; o leer, ver películas y series, llenar mi mente, hablar mierda, escribir mierda, observar tan detenidamente que entro en trance. Investigo el secreto del secreto del secreto. Tanteo en la oscuridad, fantaseo con el fin del mundo, imagino una vida mejor, y luego llega otro lunes, y otro, y otro. Ya ni lo veo en clave de pesimismo u optimismo; miro a mi alrededor y observo cómo los demás intentan drogarse sin drogas.
Antes no creía en Dios pero sí en la Maldad. Ahora creo que es una incongruencia, si no hay Dios no hay Maldad. A su vez, ahora respeto mucho más a la gente que cree en Dios. Ellos al menos no creen que lo saben todo.
Ahora sólo creo en el dinero y en la bondad (siempre que no te aprieten mucho las tuercas).
La Maldad no es tal; cuando no es egoísmo es algún desajuste químico. No espero verlo de otra forma.
Ahora que tengo cuarenta, debería saber cómo de bueno o egoísta soy, aunque he fantaseado con que algo no ande bien en mi cabeza: te exime de culpa.

Periferia es un océano portuario de gente, un Fnac, comercio en general, una rambla y un presente que se vende siempre como futuro. Esto incluye viejos hartos y jóvenes difícilmente no agilipollados por el ego. Un perfil habitual ahora es el del ego a través de una teórica humildad, la hostilidad a través del pacifismo, la pasividad desde el activismo, el insulto sin palabras gruesas, la superioridad moral que tiene base en la falacia del hombre de paja. Te inventas el entorno para poder analizarlo sin frustrarte. En otras palabras: No crees en Dios pero sí en la Maldad, y así todo resulta mucho más fácil.
En el fondo me encanta estar en medio de todo esto. Aunque el café está subiendo de precio, y es prácticamente la única droga que consumo.
La única ventaja de empezar a hacerse mayor (sí, creo que estoy empezando), es que tienes más herramientas para ver las cosas como son. No quiere decir que siempre lo consigas, pero al menos te das cuenta de lo capullo que eras a los dieciocho. Eso y que si se presenta en el momento menos esperado una mujer con la que tuviste algo hace años, y de la que estuviste colado hasta sufrir un par de crisis de ansiedad, eres capaz de reaccionar como si estuvieras preparado.
¿Somos adultos, no?
Yo ya sabía que ella vive en Periferia, pero no me jodas. Nadie espera encontrar la puta aguja en el pajar. Vas al pajar a echarte la siesta, a echar el polvete con la hija del granjero. No piensas en la puta aguja, ¿me explico?

¿Cómo coño la llamo?
M. M está bien. M no quiere pasar de largo. Lo podría haber hecho, estamos en pleno centro y hay gente por todos lados, tal nivel de diversidad, colores y condiciones que un tuitero no entendería por qué no está todo el mundo peleando a cuchilladas. Casi nada encaja con la falacia social que se suele presentar en redes y medios. Incluso M podría ser una bonita dominicana, una latina de las que te topas en Instagram meneando el cucu. Pero M es más bien el perfil de chica pija urbanita de manos suaves, grandes valores y nobles intenciones. Todo en teoría, por supuesto.
Una teórica buena persona casi por obligación. Será difícil que alguna vez tenga que demostrarlo con hechos.
A M la han educado para saludar, para ayudar a las ancianitas a cruzar el paso de cebra, y con las cien frases apropiadas recurrentes para salir del paso. Amabilidad marca blanca y de blanco espíritu. Va a todas las bodas y eventos sin rechistar, se sacó la carrera (letras) sin rechistar, se ennovió con un buen chico aburrido sin rechistar, se independizó con él a un piso pequeño pero monísimo sin rechistar. Vive lo que le tocaba, sin chistar ni rechistar.
Ahora tiene treinta y dos años, y me pregunto si estará empezando a olvidar sus sueños también con esa alegría.
Por un momento imagino que pasaremos la tarde juntos, y luego la noche. Que –aunque yo soy peor persona que ella– se soltará el pelo y nos iremos a cenar y a tomar algo, con la sana intención de emborracharnos un poco y ponerle los cuernos a ese muermo pelirrojo con el que aún vive. El tío tiene pinta de pedirte perdón cada cinco minutos.
Pero esto es lo que pasa:
(Aquí un diálogo falseado para abreviar el contenido y reducir el dolor).
–¿Cómo tú por Periferia?
–Pues ya ves, dando una vuelta.
–Me gustabas mucho, pero no te decidías.
–No sé qué decirte.
–Puedes decirlo ahora.
–Ahora tampoco sé qué decirte.
–Pues se ha quedado buena tarde.
–Sí.
–No voy a decir por qué ya no te sigo en redes sociales, aunque tú aún me sigas a mí.
–Lo sé.
–Parece evidente que yo he crecido y soy una adulta respetable. ¿Cuándo lo vas a hacer tú?
–Un momento: no sabes nada de mí.
–Sí que lo sé.
–Es verdad.
–En fin. Me alegro de verte.
–Yo también. Saluda a Zanahorio.
–No se llama así.
–Pero es como una zanahoria.
–¿Eres un crío?
–No está mal visto meterse con los pelirrojos.
–¿Cómo?
–¿Cómo has acabado con ese fantasma? Parece un cadáver la mar de educado.
–¿Por qué me dices eso? Tú no eres así.
–Es verdad. Lo siento.
–Decía que me he alegrado de verte, y es verdad.
–Gracias.
–No hay de qué.
–No me tengas en cuenta lo de…
–No te preocupes.
–Adiós muy buenas.
–Chao, pescao.

Periferia es un buen lugar para pensar mucho sin pensar en realidad. Quizá de eso trata en parte la Filosofía: Jugar a pensar para no tener que pensar de verdad. Siempre me pregunto si voy al grano, o si sólo evito los temas capitales.
Creo que el reencuentro no me ha afectado tanto. Me percato de que ya apenas pensaba en ella. Durante años fue mi tema capital, ahora es algo que me provoca más bien flojera y cierta incomodidad. Volver a ver a gente que dejaste atrás es lo más parecido a hablar con un difunto. A efectos prácticos, la gente que no vuelves a ver está muerta. Y más que muerta; es muy probable que no vayas al funeral cuando espichen también en términos legales.
La cuenta, por favor. Bajo la rambla caminando y observando. Vengo a Periferia para desconectar; su bullicio debe ser horrible para vivir aquí, pero es perfecto como lugar para visitar. Es lo contrario a ir al campo. Es relajante a su manera, siempre y cuando lleves algo de pasta y no te desplume un carterista.
Me acerco a la zona del puerto. Me gusta ver llegar a los transatlánticos, enormes, como anunciando siempre algún cataclismo, o un desastre del que se han librado por los pelos.
Si la naturaleza tuviera sólo una pizca de orgullo, no existirían los transatlánticos. Son como una forma de sacar pecho que tiene el ser humano, igual que los aviones comerciales o el ateísmo.
Me dirijo a la cafetería más cercana al agua salada. Un lugar de guiris con precios inflados para guiris. Casi tres euros el café con leche. Me siento estupendo. Está atardeciendo y me ceden una mesa de milagro. No les gusta ver a alguien solo y moreno que entiende el idioma; quieren a cinco europeos sonrosados a los que poder servir basura a modo de paella. Se gastarán lo que sea, están de vacaciones; como turista eres el escalafón más bajo de la condición humana. No quieres pelear, no quieres pensar, no quieres ni poner el piloto automático. Estás descansando de vivir, y vivir es jodidamente agotador. Te comerás un arroz amarillo carcelario con una sonrisa. Estáfame, humíllame, engáñame, no me pienso defender, estoy hasta las pelotas de eso.
El café tampoco es muy bueno que digamos. Estoy rodeado de personas que descansan de su dignidad. Puede que no sea el mejor modo de hacer las cosas, pero nunca veo a nadie tan feliz como en esas circunstancias.

Veo el atardecer, el sol bajando entre edificios y embarcaciones de ricachones. El atardecer del malvado capitalismo. Lo odiamos y lo amamos (el capitalismo), pero nadie reconoce lo segundo (vamos a ver, aquí somos todos de izquierdas ¿no?). Lo que me recuerda que quiero pasar por el Fnac. Pago el café y me pongo en modo paseo. Pensar demasiado para no pensar bien. Me cruzo, estoy seguro, con no pocos anticapitalistas autodeclarados; varios de ellos van en la misma dirección que yo. Algunos deben fantasear con abandonar sus pocas comodidades e irse a vivir al campo. No hay nada más anticapitalista que el campo. Algunos animales te arrancarían los huevos de cuajo sin importarles si recurres o no a la sanidad privada. En el campo no hay patrón ni banquero, nada que tenga el precio debajo, ni una sola factura. Es la última pantalla del romanticismo. Pero el monstruo final eres tú. Acostumbrado a mesas, manteles, platos, ordenadores, móviles, películas y rico petróleo, acabas siendo un anticapitalista un poco raro. Al final no te vas al campo, igual que un tiburón no te hace la declaración de la renta, ni el bosque te arropa con calidez una noche de tormenta. Ni siquiera te vas a un país abiertamente comunista, qué coño te vas a ir al campo.
¿Se nota la diferencia entre tener veinte años y tener cuarenta? Nadie dijo que ser de izquierdas fuese fácil, sólo dijeron que era lo correcto.

La rambla siempre está llena de gente. No pocas veces topas con el hombro de alguien. No importa. Alguien va disfrazado de plátano. No importa. Un yonqui te dice que si tienes. No importa. Unas putas que si vienes. Mejor no. Un mendigo te eructa la borrachera en la cara. Cruzas entre unas cincuenta terrazas, locales de alquileres por las nubes. Un edificio histórico, otra vez La Casa de las Carcasas, una familia con siete críos, veinte familias alemanas engullendo engrudo paellero. Sangría aguada para todos. Alguien se tira un pedo. Te cruzas con mil chicas que te follarías. Universitarios extranjeros se graban para Instragram, alguien se hace un selfie cada diez pasos. Diversidad de bondades y delincuencias. Mujeres escandinavas de ojos azules familiarizadas con el hielo y la estulticia. Latinas sonrientes que prometen aguas cristalinas, polvos descomunales y palmeras de poster de oficina. Chicos confusos por doquier, hombres perdidos como nunca. Erasmus poniendo cuernos de safari en África. Adolescentes que lloran, bebés que berrean. Una fuente histórica que aún funciona. Un clima inmejorable y una contaminación que prospera adecuadamente.
Todo me gusta o interesa, y a la vez nada me importa. Tengo la vista puesta en un objetivo. ¿Paliar el sufrimiento de algún sintecho?, ¿adoptar al perrito abandonado que me acabo de cruzar?, ¿decirle a ciertos muchachos que dejen de patear las papeleras?
NO. Algo mucho más noble que todo eso.
Voy a comprar libros.

Hay tan pocos lectores fuera del bestseller veraniego, que casi no se habla de los adictos a la lectura. Me da igual que exista el lector digital; personalmente arrasaría con el último bosque de la Tierra con tal de seguir teniendo libros. Si el oxígeno empeora y el ser humano empieza a tener dudas, apilaré todos mis libros y haré la croqueta sobre ellos. Luego quizá me ahorque a lo Foster Wallace, o puede que me corte las venas como una gran diva de Hollywood.
El Fnac me la pone dura, a veces casi literalmente. La parte tecnológica me la suda, se la dejo a los yonquis de la actualidad. Me voy directamente a esnifar papel. Me reúno con los hipsters de nuevo cuño, pipiolos graves y sonrientes que buscan libros de autoayuda disfrazados de ideología (o viceversa). Carne de target.
Lo que menos me interesa son las novedades, y me fijo poco en esos tomos carísimos pensados para fiestas de cumpleaños y fechas señaladas.
Un adicto mira el precio. Un adicto no lee más rápido que nadie, pero lee todos los días. Un adicto siempre tiene tiempo para leer; una magia negra que quienes están siempre en el gimnasio, dejando la serie de moda a medias, o aprendiéndose la vida de las cincuenta parejas de famosos más cotizadas, son incapaces de entender. ¿De dónde sacamos el tiempo para leer? Leer exige tanto tiempo…, es increíble, es imposible encajar semejante cosa en la agenda.
Un adicto no lee para culturizarse; da igual que esté leyendo todos los clásicos rusos o releyendo La divina comedia. No lees para culturizarte, tampoco para ser un modelo de conducta, no lees para mejorar nada ni para empeorarlo, ni tampoco para que siga igual.
Los más enfermos calculan cuántos libros podrán leer hasta que se mueran. Yo no soy uno de ellos.
Para mí las librerías son el sustituto de los videoclubs, cuando me pasaba una hora entre los pasillos esperando a que alguien devolviera la peli de turno. En la librería es diferente, es mejor. No se trata sólo del libro, sino de todo el ritual; trasteas, te fijas en las ediciones de los clásicos que no has leído, buscas alguno de los veinte libros que siempre tienes en mente y nunca ves por ningún lado.
No se trata de que sea un placer sano y sencillo. Te enganchas a lo que te enganchas. Si hubiera sido la heroína no me sentiría más culpable. El lector y el yonqui buscan exactamente lo mismo; y no se trata sólo de «desconectar». El placer auténtico, si te atreves a explorarlo, a profundizar en ello, es mucho más complejo.
Creo que hay gente que simplemente no quiere engancharse. A nada. Ni bueno ni malo, ni sano ni nocivo. Hay algo en ello, en ir al fondo de lo que sea, que asocian con la ansiedad, con la dependencia y el desequilibrio personal.
Usan la postura del misionero para todo.
Prefieren mantener una irónica o cínica distancia con todo.
Yo no soy una de esas personas. Ni siquiera me parece humano ser así.

La librería probablemente sea el principal punto de reunión de solitarios. Más allá del hipster promedio, encontrarás chicas tímidas y tíos con el pelo mal cortado de todas las edades.
Luego está la gente que busca lecturas académicas, parlanchines que dan la brasa al dependiente, que no toleran cinco segundos de silencio, y que sólo están allí por pura obligación. También hay personas que en una librería se sienten como yo en un Zara. Desubicados, mirando el móvil, esperando. Suele ser el típico chaval que espera a que su cita se decida. El que antes la esperó en la tienda de ropa, y antes a la salida de la universidad. El típico chaval que espera echar un polvo.
Yo sonrío como un bobo subiendo en las escaleras mecánicas. Es como una cita con tu camello, tu camello de confianza, el tío al que le da igual si estás destruyendo tu vida con el vicio: esa persona que sabes que no te fallará.

Al principio cuesta centrar la vista; todos esos lomos, toda esa variedad, ni siquiera ves los cartelitos que separan por género e intereses. Un dulce aturdimiento.
Luego empiezas a ubicarte, decidiendo cuánto te vas a gastar. Cuanto menos quieres gastar, más títulos “imprescindibles” localizas. Un adicto está atento a las ediciones de bolsillo, un adicto no compra un objeto bonito, aunque se fije en las portadas; un adicto quiere una buena traducción, no tanto una edición bonita como fiable. Un adicto no piensa en clave de regalo o autorregalo, porque de verdad se va a leer el libro.
A un adicto, las estanterías de casa le imploran orden, piedad, cordura.
No quiere decir que no haya nuevas clases de adictos… Compradores de funkos y lectores de sagas interminables, cuya habitación parece un tetris bien jugado de colores suaves como la habitación del bebé no-nato de unos treintañeros.
Estos nuevos adictos, youtubers, influencers, chicos “deconstruidos” y chicas listas y –no me quiero repetir, pero es así–: follables a más no poder, suelen ser más ruidosos y “comunicativos”.
En justicia, han sido los primeros en mucho tiempo en presentar la lectura como algo que no sea un ratón de biblioteca encorvado sobre un volumen decimonónico mientras una araña teje su tela entre las fases de su vida.

Un adicto es amable con los demás adictos. Siempre hay una cierta distancia, pero nunca crispación ni beligerancia de ningún tipo.
Una chica muy bajita y encantadora (y lo otro) me pide por favor que le baje de las alturas un volumen de Tolstoi:
–El que tiene el golpe no, por favor, el otro.
Lo hago como un mayordomo inglés. Espero un momento, por si quiere devolverlo a su sitio. Ella dice:
–Gracias.
Y se va a leer Guerra y paz.

Cuando llevo casi media hora dando vueltas, decido que tengo que pillar algo. Un par de buenas ediciones de bolsillo. Acabo decidiéndome por un Bolaño y un Murakami. Me estoy convirtiendo en un lector de costumbres fijas. Llegada cierta época, leo a ciertos autores. Leeré todo lo que escriba Murakami, me genera apego y ternura. Leeré todo lo que se ha publicado de Bolaño, y luego lo releeré hasta que me muera. Primavera.

Quizá esto no era como si te pillan viendo la porno del plus, pero después de pagar y salir con mi bolsa y los dos libros, me vuelvo a cruzar con la chica bajita. Me pide un cigarrillo y yo encantado de dárselo. No tengo ni idea de qué edad tiene. Temas capitales. Podría ser menor perfectamente, aun con todas las curvas, el pecho prominente y la intención en la mirada. Fumamos y charlamos juntos (de Tolstoi) durante unos minutos, viendo pasar a todo el mundo; capitalistas y “anticapitalistas”, mendigos, mujeres primaverales, otra vez el tipo disfrazado de plátano (esta vez acompañado de una piña y un cactus), extranjeros sonrosados, erasmus variados y el resto de fauna de Periferia.
Por un momento me pregunto si la chica quiere hacer algo más que fumar. Parece a punto de proponer algo. Yo soy todo predisposición y oídos. Apenas digo nada. Espero a que encauce la conversación hacia algún plan que nos incluya a ambos. ¿Unas cervezas en su antro favorito? ¿Un inesperado plan para ir al cine? ¿Un intercambio de chistes guarros tomando un café nocturno?
Tras un largo y prometedor diálogo no verbal, ella dice:
–La verdad es que he quedado aquí con mi novio. Lo siento.
Quedar en el Fnac, menudo topicazo.
Observa mi sonrisa de circunstancias, comprensivo, tranquilo, derrotado. Puedes ponerte MUY cachondo en apenas cinco minutos.
Nos despedimos (sin besos ni contacto alguno) y me dirijo a coger el tren. Ya he tenido suficiente de Periferia por hoy.
Bajo las escaleras hasta el andén que me toca. El carnet de conducir muerto de risa en mi cartera (odio los putos coches), dos libros más en una bolsa, temas capitales en mi cabeza. Una hora de trayecto de vuelta a casa, tiempo de sobras para pensar cómo no pensar, para filosofarme encima cual borracho que se llena de vómito. Y cuanto más lejos estoy de Tolstoi y de ella, más fuerte susurro:
–Me la hubiera follado, me la hubiera follado, me la hubiera follado…

V20N9007

Háblame de los 90

–El pasado es como arcilla en un torno. La historia de los vencedores.
El abuelo se suena la nariz estentóreamente.
–Yo sólo os aviso.
El porche de la granja. Limonada y batallitas. Dos nietas de orejitas sedosas y sonrosadas, atentas. El aire aún es respirable, incluso gratis. El futuro es una predicción sucia y sencilla.
–En la ficción lo importante es el desarrollo. En la vida, el resultado. Vuestra madre dice lo contrario. Puede que vuestro padre esté muerto por haberla creído.
El abuelo J carraspea sus sesenta años de tabaco.
–El problema es la ficción involuntaria.
Un cigarrillo, por qué no.
–¿Me lo enciendes, bonita?
A las niñas les gustan las cerillas. Vestigios exóticos del pasado.
–Vosotras no me hagáis mucho caso. Esto de hablar de otros tiempos es como el teléfono escacharrado.
–Abuelo, empieza ya, te enrollas como una persiana.
Al abuelo le gusta chinchar.
El presente está sediento de información. El viejo problema de los libros y el fuego; por no hablar del nuevo, con las extintas viejas nuevas tecnologías. El Relato ya apenas deja paso a la complicadísima y poliédrica Verdad.
–La historia de la humanidad es como un interrogatorio policial. Yo os puedo dar la versión de la versión de una versión.
Está llegando la primavera, quizá la última antes del invierno nuclear. La guinda.
–No digáis que os lo he dicho, pero yo creo que la humanidad se ha vuelto completamente asperger.
La limonada cada vez sabe menos a limonada y más a consecuencias.
–Hombres de paja exprimidos. ¿Sabéis lo que es la falacia del hombre de paja? ¿Sabéis por qué vuestra madre es tan mala? Porque os pega, por las noches destroza los cultivos y a mí me ha intentado envenenar con la sopa un montón de veces.
–¡Pero mamá no ha hecho nada de eso!
–Pues ya sabéis cómo se hace un hombre de paja. Vosotras sabéis que mamá no es así, pero los vecinos no. Yo podría ir y contarle todo eso a los vecinos. Seguro que estarían sedientos de creerme.
–¿Pero quién haría eso?
–Un montón de gente, niña. Es el deporte político y social favorito, fabricar villanos.
–Hala.
–Hay gente que ha ganando mucho dinero así. El mundo es demasiado complicado, las personas quieren explicaciones sencillas, y nunca ha habido nada más sencillo que creer en el Mal.
En los cuentos intactos se habla de un cielo azul y pájaros que no yacen panza arriba en el suelo. Antes volaban, ahora se barren, se recogen, se abren y se estudian.
–No me estoy explicando bien, ¿qué me habíais preguntado?
Las niñas hablan a la vez, ruido de primero y segundo de primaria.

Al abuelo le gusta hablar sin su hija presente.
–Hablar mierda, dice vuestra madre.
–Ella no dice mierda.
–Ella ya lo ha dicho todo, cariño. Mierda es lo más suave.
El sol de la tarde lo intenta entre las nubes. Nubes como eufemismo.
–Os hablaré de los noventa. Desde 1990 hasta el 2000. ¿Era eso, no? El final del milenio pasado.
–¡Los dinosaurios!
–No, niña. Ellos no jugaban a las tragaperras.
»Por aquellos años muchas personas se conformaban con su propio color de pelo. Llevaban ropas de cuero que les duraban toda la vida. Las ratas corrían libres por las calles a todas horas. Las ratas eran como animales de la basura.
–Hala.
–La gente tenía muchos animales en casa. Sobre todo gatos. A los gatos no hacía falta sacarlos a pasear. En Internet, la red que se usaba en pantallas, se publicaban millones de fotos de gatos todos los días, eran como… los avatares de la gente. Tú eras tu gato.
»Tenían pájaros en jaulas y peces en vitrinas; tanto tiempo que luego se morían si los dejabas libres. A los perros los regalaban dentro de cajas en los cumpleaños. Cuando llegaba agosto los abandonaban en carreteras.
–¡Y se morían!
–Algunos sí, sobre todo atropellados, otros se convertían en perros vagabundos. Solían atacar a las mujeres cuando llegaban a alguna ciudad. Las destripaban. Creo que era por el olor, y porque a muchos se los educaba para eso. Era como una broma, la gente se reía cuando veía a un perro correr tras alguna chica en tacones. Los tacones eran parte de la broma, creo.
»Había edificios muy altos. Los pájaros no volaban tan alto, sólo algunos aviones. En la última planta había hombres que charlaban sentados en butacas de vinilo. Hombres multimillonarios. Les bastaba con una llamada al día para seguir siendo ricos. A veces también estaban en su yate; el yate era un barco de recreo. Por aquel entonces los vendían incluyendo cinco chicas en biquini con las que podías hacer lo que quisieras.
–Hala. ¿Tres niñas?
–Tres chicas de unos veinte años. Ahora que lo pienso, sí, eran niñas.
–¿Para qué las querían?
–Bueno, cariño, principalmente para follar. Por aquel entonces las personas follaban por tooodos lados, en todas las esquinas, como animales. Cada día había violaciones a plena luz del día. A los hombres no les gustaba follar en interiores, querían exhibir su masculinidad, y no les importaba si las mujeres querían follar o no.
»Por las noches los servicios municipales recogían montones de mujeres muertas de las calles. Había tíos que ni siquiera follaban con ellas, preferían golpearlas sin más. Los había muy brutos, las despedazaban con machetes, con paciencia. Nadie sabía de ninguna mujer que no hubiese sido violada decenas de veces.
–¿Qué es follar, abuelo?
–Oh. Ya lo sabrás. O quizá no, pero no me interrumpáis, vuestra madre no tardará en volver.
Un silencio corto. Sábado. Una versión metálica del atardecer.
»Cualquier hombre que ganara más dinero del estrictamente necesario para comer, vestirse y tener un techo, se volvía loco. Comenzaba a comprar hasta anularse a sí mismo. Compraban casas dentro de las cuales cabían otras casas. Casas dentro de las cuales cabían pueblos. Luego llenaban esos pueblos interiores de gente sólo para no sentirse solos; les pagaban para que no salieran del pueblo. Después les encomendaban tareas, fabricar algo, construir algo. Con el tiempo había cada vez más mujeres empleadas, hasta que al final sólo hubo mujeres. A las mujeres se les pagaba menos que a los hombres por la misma tarea, de modo que el hombre rico loco se hacía aún más rico, y más loco.
»Cualquier hombre ganaba mucho dinero de un modo u otro; pronto se hacían millonarios y se instalaban en la cumbre de los rascacielos.
–¡A fumar puros!
–A fumar puros, niña. Y a ver venir la guerra. Siempre hay una guerra a la vista. Al hombre le encanta provocar guerras, y sobre todo ir a la guerra. A los hombres de entonces, al menos, a vuestro padre no le gustaba tanto…
–¡Yo quiero follar!

El abuelo J se enciende un puro.
–¡Eso es un puro! ¡Eres millonario!
Risitas de ardilla.
–Sois unas golfillas sin futuro, eso es lo que sois.
–¡Y tú un violador!
Más risitas de ardilla.
–Un violador millonario, eso soy ¿no? ¿Queréis que os hable más de los noventa? ¿De la muerte de las hombreras, a no ser que fueras mujer y tuvieras sesenta años? O la muerte de la música, decían algunos. Aunque no me fío mucho de todo eso, los cálculos se han vuelto perezosos. ¿Sabéis que por aquellos tiempos la gente apenas sonreía? Sonreían para las fotos, en la tele, en eso de Internet. Pero no sonreían en su vida. Debía ser por la violencia imperante, toda esa rabia. Todos los hombres matando mujeres todos los días. Rutina. Mujeres matando niños. Niños matándose entre sí. Estaba normalizado, aceptado, se grababa, se reían con ello; había una fervorosa cultura de la violencia y la violación. Se intercambiaban pornografía de todo tipo, infantil, con animales, videos de torturas a animales, a niñas. Y hablo de la gente más civilizada.
»Los domingos de barbacoa se asaba a menudo un bebé racializado vivo. Al parecer la carne humana es más dulce y sabrosa que la de las vacas o los ciervos, que eran la dieta habitual. Cogían a un bebé rollizo negrito, lo untaban con…
–¡¡No!!
–Vale, demasiado truculento, entendido. Tampoco estoy muy seguro de esa parte… Pero se comía carne de todo tipo, de hecho sólo se comía carne, casi cruda, la gente no se fiaba de las verduras, y apenas un poco de las frutas. Creo que comían manzanas rojas, quizá les recordaban a la sangre. Era algo bíblico.
–¿Abuelo, las casas con animales olían mal?
–¿Ahora piensas en eso?
–Sí.
–Ya. Pues sí, bonita, ese tipo de amor olía a cuadra, a heces y a ese hedor insoportable a pienso industrial, entonces hecho con carne de animales y mujeres.
–¿Por eso abandonaban a los perritos?
–Creo que no. Creo que los abandonaban por lo que significaba el perro. Quieres un perrito y luego resulta que está vivo. Por aquellos tiempos no se tenía una noción clara de lo que es estar vivo. Interesaba más la muerte, sobre todo la de los demás.
»Hacían algo que llamaban películas. Las grababan. Como una novela pero con actores, gente de verdad. Eran películas en las que se mataba y violaba a mujeres, todo real. Se promovía el rol de cada cual según sus rasgos identitarios. Si eras hombre, rascacielos y puro; si eras mujer, cuerpo y trabajos forzados al servicio del hombre; si eras una persona racializada, lo mismo que la mujer y otras humillaciones largas de contar. Las personas homosexuales o transexuales eran víctimas de muchas perrerías también. Una de ellas era trabajar forzosamente en programas de la tele que llamaban “del corazón”, donde se comerciaba con la vida de personajes públicos: una vejación capitalista de lo más cruel.
»También estaban los videojuegos. Jugabas con personajes irreales hechos por ordenador. Los niños que aún no tenían fuerza para violar o matar a una mujer, podían hacerlo en un videojuego. Cuanto más violabas y matabas, más puntos ganabas. Así se divertían. Los juegos venían con libritos que hablaban de la violencia y sus buenos resultados para el desahogo masculino.
–¿Las niñas con qué jugaban?
–Las niñas no jugaban, hacían tareas en casa y muy pronto eran violadas por algún vecino o familiar. Se tragaban todo su dolor. Si llegaban vivas a los treinta años ya era todo un logro. Hacían muchas tareas típicamente femeninas. Construir casas, recoger la basura, echar alquitrán en las carreteras, cavar fosas para las mujeres asesinadas… por no hablar de las tareas del hogar; cuidaban de sus hijos, cocinaban, limpiaban, lavaban, y algunas eran enfermeras en la guerra del momento, cosiendo heridas para que el soldado de turno pudiera seguir siendo un héroe.
–¡Yo quiero ir a la guerra!
–Creo que no te va a dar tiempo, cariño.
–¿Por qué?
–Tu madre no me deja hablar de eso. ¿Queréis saber más o no? Eran tiempos oscuros, pero eran interesantes. Luego hemos mejorado tanto que ahora no hay forma de arreglarlo.
Las niñas miran fíjamente.
–Os comprendo. Yo tampoco sé lo que ha pasado.

Anochece en la granja del abuelo. A esta hora se siente más viudo que a cualquier otra. Le gusta estar con las niñas. Su curiosidad, sus dudas, incluso el dolor de cabeza asegurado.
–¿Sabéis cómo conocí a la abuela?
–¡No!
–¿Queréis saberlo?
Las crías asienten y se agitan.
–La abuela trabajaba en la recepción de un hotel. Yo me hospedé un tiempo allí. Viajaba mucho, era vendedor para una marca de jabones, champús, geles…
–¿Vendías duchas?
–No. Vendía un champú especial que no picaba en los ojos. Picaba como el demonio, os lo puedo asegurar.
–¿La abuela te compró champú?
–La verdad es que no. Creo que a ella la parecía un tipo un tanto raro. Quizá aún se hacía algo extraño ver a un tío con un trabajo aburrido y normal, una labor que antes hubiera desempeñado una mujer. Era como si yo también estuviera al servicio de los ricos que fumaban puros, ¿entendéis?
–¿Tú no eras rico?
–No, cariño, mi generación conoció ya a muy pocos hombres ricos. Yo mismo no he conocido a ninguno en persona.
–¿A ninguno?
–Ninguno que yo sepa. Sé que los había, que los hay; quizá en los puertos sea más fácil verlos en sus yates. Un rico tiene un aspecto completamente corriente, al menos si es un rico inteligente.
–¿Hay alguno que no fume puros?
–Quizá lo haya.
–O a lo mejor no fuman.
–Pero vamos a ver, ¿no queréis saber cómo conocí a la abuela? Ya que os habéis cansado de los noventa.
–¡Sí!
–Pues escuchad… Era la chica más guapa del hotel. Tenía una sonrisa para todo el mundo; sonreía con todo el cuerpo, sobre todo con los ojos. No os fiéis de nadie que no sonría con los ojos.
»A mí me gustaba mucho, así que la invité a salir.
–¿La “invitaste a salir”? ¿A salir de dónde?
–No, entonces lo llamábamos así: “invitar a salir”. Quería decir: ir al cine los dos juntos, o a pasear. Yo siempre las invitaba a tomar un café.
–¿A quiénes?
–A las chicas, a las mujeres. Cuando una me gustaba mucho y no se me iba de la cabeza, la invitaba a tomar un café. Donde fuera, en algún lugar que no la desviara de su ruta, y sin trastocar demasiado sus horarios.
–¿Fuisteis juntos a tomar un café? ¿Abrazados? ¿Bebíais del mismo café?
–Cariño… Fuimos a una terraza. Cada uno se sentó en una silla distinta junto a una mesita. Pedimos cada uno un café. Y así yo tenía una excusa para hablar con ella, para que ella me conociera un poco, pero sobre todo para conocerla un poco yo a ella.
–Entonces fuisteis andando un poco separados pero en la misma dirección hasta una terraza a beber dos cafés. ¿No?
–Sí…
–¿Y qué dijo la abuela?
–No recuerdo qué dijo exactamente al principio, ni qué dije yo. Recuerdo su cara, que me sonreía. Yo no quería que se fuera demasiado pronto.
–¿Qué le dijiste?
–No sabía qué decirle, así que le dije que me gustaba, sin más.
–¿Le dijiste que te gustaba porque no sabías qué decirle?
–No, le dije que me gustaba porque me gustaba.
–Entonces sí sabías qué decirle.
–Niña…, ¿qué os enseñan en el colegio? Voy a tener que hablar con tu madre y…
–Nos enseñan Civismo, Números con perspectiva de género, Gramática constructiva, Gimnasia no violenta, Competición anticompetitiva…
–Vale, vale, ya está… La abuela. ¿Os hablo de la abuela o no? Ah, por cierto, ¿y la educación sexual?
–Tenemos la asignatura de Contacto, rezo laico feminista y las cinco etapas del consentimiento verbalizado.
–Ajá… ya. Entonces… ¿queréis oír algo increíble?

Noche cerrada, silencio total en torno a la granja, el abuelo saca otro puro.
–¿Sabéis qué? No os lo voy a contar.
–¡Sí, por favor, abuelo!
–No, no os lo voy a contar, sois criaturas literales, estáis muy verdes. No entendéis la distancia abismal que hay entre lo que os enseñan y la realidad.
–¡Sí que lo entendemos!
–¿Seguro? Yo creo que no.
–¡¡Sí, por favor!!
–Vaaaale. Vale. Está bien. ¿Queréis encenderme el puro?
–¡Sí! Ahora me toca a mí.
–Dios bendito. Una cerilla va a ser lo más emocionante y humano que veáis en vuestra vida. Quizá lo sería de todos modos.
–Cuenta qué pasó con la abuela.
–La abuela se troncharía de risa si me viera aquí contándoos historias de terror. Así lo diría ella; era la persona más descreída que he conocido. Se metió en más de un lío por ello, o al menos en discusiones, algunas cercanas a la agresión física.
–¿La abuela era violenta? Pero si era m…
–La abuela no era violenta, niña, todo lo contrario. Era cariñosa e inteligentísima. Sencillamente no le interesaba la política, no al menos como al resto. Ella observaba y sacaba sus propias conclusiones.
–Nosotras tenemos una asignatura de Observación y análisis.
–Ya. No me hagas hablar de eso, cariño… Céntrate en la abuela. Escuchad. En aquella primera cita yo quería ser el hombre perfecto. Todo lo que yo decía era cristalino, era el ser recto y literal que se esperaba de mí: todo ideas blancas, no podías parecer de carne. Ninguna ironía, ningún chiste, ningún doble sentido, y por supuesto nada de humor negro, eso estaba doblemente mal visto.
–¿Qué es el humor negro?
–Suele ser cuando la gente se ríe con sinceridad, cariño.
–¿No es racista decir humor negro?
–En realidad nadie hablaba ya de humor negro. Decían “chistefacha”. Si eras un poco ácido te llamaban chistefacho. Se consideraba que el humor era algo que sucedía, no algo que pudieras forzar. Si te caías de una forma graciosa y no te hacías daño, podía considerarse divertido. O si se te caía algo al suelo y no se rompía. En general los errores sin consecuencias a veces se consideraban humor. ¿No tenéis alguna asignatura sobre eso?
–No lo sé. ¿Aritmética emocional?
–O sea que no. Pues eso; yo estaba siendo el tío que se esperaba que fuera. Y cuando llevábamos quince minutos de conversación vacía, ella va y dice:

–Disculpa. Una cosa. ¿Tú eres así?
–¿Así? ¿Así cómo?
–No lo sé.
–No te comprendo.
–Ya. Vale. Te lo voy a decir, creo que yo puedo.
–¿Cómo?
–Creo que no eres así. Tengo veinticinco años y aún no he conocido a ningún tío que no se esté cagando encima.
–¿Se cagaban encima delante de ti?
»Por aquel entonces yo aún era el epítome de lo académico. Tan literal que no distinguía un pedo de una metáfora.
–No. Quiero decir que no sé qué demonios os pasa a los tíos. ¿No tenéis termino medio?
–¿Termino medio? ¿Entre qué y qué?

–Ya veis que la cita empezó siendo desastrosa. Era una mujer tratando con un extraterrestre postuniversitario. Yo tenía la misma edad que ella, pero ella parecía una persona de verdad. Para mí eso era completamente prohibitivo. Sólo con ver a alguien comerse un cucurucho con fruición ya me sentía violento. Detalles así me parecían resquicios del Patriarcado, del Capitalismo. Si algo era muy espontáneo u orgánico, me sentía desubicado.
–¿Qué es un cucurucho?
–El caso… es que ella tomó las riendas. Era un helado, una bola de helado, cariño.
–¿Por qué lloras, abuelo?
–Por nada. Nada…

El abuelo batalla con un pañuelo de tela y sus lágrimas, azorado ante la expectativa de las niñas.
–Bueno. ¿Queréis saber cómo acabamos follando?
–¿Pero qué es follar, abuelo?
–¿Cómo lo llamáis ahora? ¿Ayuntamiento carnal? ¿Penetración de coyuntura?
–¡Ahhhh! Conjunción de palabra y acto entre personas.
–¿Conjunción de palabra y acto entre personas? ¿Cómo se declina eso?
–Mmmm. No lo sé.
–Ya… Pues sí, vuestra abuela y yo acabamos… llevando a cabo una buena conjunción, un buen polvo “entre personas”… No os hacéis una idea, y no voy a entrar en detalles. Pero sí os puedo contar cómo llegamos hasta ahí.
–Conjunción de palabra y acto entre personas.
–Sí, eso. Pero en nuestro caso fue más bien follar. Vuestra abuela era poco de conjunciones; era más de actos, y muy poco de palabras innecesarias.
–¿Pero fue una conjunción de palabra y acto entre personas?
–Os voy a contar lo que fue y luego vosotras decidís, ¿qué os parece?
–Mmm. Vale.
–Ella vivía en un pisito cerca del centro de Periferia. Dijo:

–Mi picadero.
»Y sonrió de una forma que yo no supe leer entonces. Tuve una vaga intuición.
–¿Tu… picadero?
–¿Tampoco sabes lo que es un picadero, delegado de la clase? ¿Qué os cuentan en la escuela masculina?
–Nada. Y yo no fui el delegado de la clase.
–Tengo miedo de bajarte los pantalones y que seas como el novio de la Barbie.
–¿Quién es el novio de la… Barbie?
–Aish, juguetes prohibidos. ¿Prohibidos o mal vistos? Una ya nunca sabe.
–Oh.
–Supongo que tienes polla.
–Si te refieres al aparato…
–… reproductor masculino, sí. Ya ha perdido su nombre de guerra.
–Bueno. No me gusta la guerra.
–¿No?… A mí me pone un poco cachonda, ¿sabes?
»Se me estaba acercando, peligrosamente, yo no sabía qué hacer, dónde meterme.
–La guerra… ¿te hace gracia?
–No exactamente.
»Y entonces me besó. En la boca. Y pasaba su mano por mi entrepierna. Yo no pude contenerme, creo que por primera vez en mi vida. Le estaba devolviendo el beso.
»De golpe me di cuenta de lo que estaba pasando, y me separé de ella.
–Perdona, por favor… ¿Tú quieres que lo hagamos o no?
–¿Cómo?
–Que tenemos que hablarlo, ¿no?
–No pienso darte el puñetero “consentimiento verbal”, ni de broma. Si quieres cacho, ven a por él.
–¿Entonces quieres que lo hagamos?, ¿con penetración?
–¿Qué ves en mis ojos? ¿Miras a los ojos de las personas? ¿A qué sabe mi saliva?
–Bueno, yo… no sé.
»Y ella volvió a atacar. Yo tenía un bulto visible en los pantalones, y a partir de ahí todo se descontroló. O se “puso en su sitio”, como decía ella siempre.

–¿Conjunción de palabra y acto entre personas sin consentimiento verbal claro y directo?
–Exacto, niña. Aunque hubiese habido una grabación de lo que pasó, tu abuela podría haber ido a la policía y arruinarme la vida para siempre.

El abuelo y las niñas entran en la casa. Menos frío que fuera. Una de ellas vuelve corriendo con un libro de texto de su habitación.
–Bueno. Entonces ¿qué os parece que fue lo que pasó? ¿Qué estás mirando en ese libro?
–Es mi libro de Sociales transversales.
–Oh. ¿Y ahí pone lo que pasó entre tu abuela y yo hace cincuenta años?
–Sí.
–Vale…
–Mmm. Pone que si no hay un consentimiento claro y directo, incluyendo las cinco etapas de consentimiento verbalizado, es delito de violación. Pone que aprovechaste tus privilegios de hombre blanco cisheterosexual, ejerciste tu poder sobre una mujer alienada por la cultura de la violación, y te rendiste a tu masculinidad tóxica interiorizada.
–¿Todo eso hice?
Se oye la puerta de la entrada. Llaves, abrir, cerrar.
–¡Mamá! ¡El abuelo es un violador!
–¿Ah, sí? ¿Y por qué te hace tanta gracia?
–¡Es un violador! ¡Es un violador!
–¿Qué le has estado contando a estas gamberras?
–Nada. Vinieron y dijeron: Háblame de los 90.

1-600x450

La chica que conoció a Thomas Pynchon

M tiene fama de frío. Piensa a menudo en ello por las mañanas, procurando aliviar su habitual dolor de espalda con ciertos ejercicios, lavándose la cara, echando la meada y duchándose, sacudiéndose la noche de sueño. Se siente como de madera, rígido, quebradizo, pronto cumplirá los cuarenta. Pese a haber perdido unos kilos quitándose caprichos, M no está lo que se dice en forma.
Tarda una media hora en averiguar si ha dormido las siete horas mínimas para no sentirse como un trapo todo el día. Puede que sentirse oxidado así no se deba sólo a la calidad o cantidad del sueño.
Es una sensación de carencia en los ojos, delata una mala postura o haber dado demasiadas vueltas antes de dormirse. Ojos rojos. No como un niño somnoliento, sino como un adulto que a menudo lidia con la culpa.
Demasiado mayor para resultar gracioso por pereza o torpeza.
Hace años decidió ser siempre sincero. Siempre significa: al menos cuando es importante. Eso le ha vuelto un hombre más callado, algo apagado, aunque también más resolutivo llegado el momento.
No queda apenas nada del chaval de veinte años que creía en “un mundo mejor”. No le importa si se ha vuelto más realista o más bien indiferente de un modo autocomplaciente. El mundo no cambia, o lo hace demasiado despacio para pensar que uno ha tenido algo que ver en ello. No puedes intentar cambiar las reglas del juego, sólo te descubrirás como la mota en el espacio que eres.

M mira a su alrededor y las cosas y las caras parecen más amables. El sábado por la tarde –sentido de la vida para muchos– no cambia demasiado la rutina de M, aunque sí su estado de ánimo. No es que brille nada en su interior como cuando era crío, pero M no es especial en eso. A los quince años no se hubiera conformado con una silla cómoda, un café y un móvil del futuro. A los quince años quería crecer, ser importante, sentar de culo a los demás con su talento desmedido, su ejemplar humildad (cualidad a menudo compuesta de ego y maquinaciones), su mentalidad especial, sus textos arrebatadores, relatos, novelas cortas, enigmáticas, románticas sólo en una de las infinitas capas. Iba a ser alguien profundo, devolviéndole frescura a la palabra. Sería alguien interesante de verdad, un follador consumado (a varios niveles); un cerdo atleta cuando tocara, un erudito si la ocasión lo exigía, alguien esencialmente bueno que sabría destilar sus inquietudes retorcidas como muy pocos artistas vivos saben. Un escritor de alma, corazón y estómago, tan capaz de poetizar
como de digerir sin flatulencias los grandes temas, haciendo que el resto de escritorzuchos sonaran a narrativa de aeropuerto o tópico andante con ínfulas. Él sería la Naturalidad, la Autenticidad, esa Lucidez creadora que te arranca una lágrima o una honda respiración sin que te des cuenta.
Sería tan bueno que pondría en auténticos apuros a sus amigos; se prepararían tanto para fingir admiración lectora, que no sabrían cómo demonios reaccionar al verse realmente impresionados.

Ahora sólo intenta soltar un pedo sin que el resto de la terraza se percate.
Tiene una hernia discal (“mejor no operar”), un trabajo en absoluto relacionado con nada creativo, interesante o dignificador (con un sueldo ad hoc), y una vida plagada de recuerdos y anécdotas color gris o marrón caca que a nadie le importan un cuerno. Por supuesto no ha impresionado a las masas (o minorías) con su talento único, porque no lo tiene; y en cuanto al follisque, no se puede quejar más que el fulano corriente medio, pero está claro que ha viajado a pie largos tramos por el desierto.
Hay mujeres que le han considerado derrotista, pero él siempre dice que nunca ha pensado seriamente en el suicidio.
Un ejemplo de optimismo adulto.
Teniendo en cuenta las estadísticas de suicidio masculino, M se siente bastante dicharachero. No es el tío guay ni el padrino de nadie, no se disfraza de payaso para los críos ni hace cosplay con una novia quince años más joven y escandalosamente follable. Ni siquiera tiene actitud para fingir felicidad medianamente bien en Instagram. Pero dados los números y cómo podría haber acabado hace tiempo, se ve como un tipo bastante vital.
No es el señor práctico que llega a los noventa años ni tampoco el cómico cadáver a lo Robin Williams. Habita alguna clase de término medio.

La búsqueda del equilibrio personal es algo serio. La gente se pregunta cómo va a envejecer. Siempre se habla de amores juveniles, esa fuerza arrolladora; pero M piensa que avanzados los treinta se comienza a mascar el miedo a la soledad. Más bien pánico, la idea de la muerte que huele en la escalera hasta que los vecinos deciden llamar a alguien.
Incluso si te emparejas a toda costa y te intentas rodear de consanguíneos, te puede pasar. Imagínate si no lo haces.
La búsqueda del equilibrio es algo serio. Define Equilibrio sin recurrir al diccionario. Defínelo según tu experiencia, lo que has visto, oído, reflexionado. Define Felicidad, o Feminismo, o Justicia. O Muerte.
Define Libertad.

Otro pedo en la terraza. Café y cigarro.
Hace mucho que M le perdió el miedo a los lavabos públicos. Tiene su propio historial estomacal, episodios de infección, pero también somatización. M conoce la ansiedad, ha tenido sus ataques diagnosticados, por suerte no muy serios, o al menos eso cree. Pero está casi seguro de no haber sufrido depresión. Ahora la gente se ha puesto muy seria con estas cosas. O más bien se han aficionado a ellas. Sobre todo quienes no las sufren. Oyen “salud mental” y se activan como un japonés de quince años ante unas bragas usadas.
La instrumentalización de todo tipo de asuntos delicados y extremadamente jodidos –en pos de intereses políticos, personales, empresariales o de “influencer” cutre–, está a la orden del día.
Se amparan en la “visibilización”. Luego eres un cabrón inhumano o no según a quién votes o critiques; o si haces un chiste. Es de suponer que casi todas las personas realmente serias e inteligentes llevan años calladas.

Una cita.
M procura limpiarse bien el culo antes de volver a su silla en la terraza. Incluso empapa en agua algo de papel higiénico. Un amigo suyo se compró hace muchos años papel higiénico con aroma a vainilla. M le preguntó:
–¿Para qué quieres papel higiénico con aroma a vainilla?
Y el tipo dijo:
–Nunca sabes cuándo te van a comer el culo.
Ambos eran vírgenes.

Uno no elige qué anécdotas le marcan en la vida. M diría que casi cualquier consejo serio sólo ha conseguido aburrirle o irritarle.
Una cita no significa que te vayan a comer el culo, pero si vas a cagar ya después de haber pasado por la ducha, más te vale ser concienzudo en el ejercicio: cagando y limpiando después.
Encima no es una cita de Tinder; no es nadie que venga a jugar o probar o echar un polvo y largarse.
Aquí va a hacer falta contexto. ¿Cómo le contaría M a alguien desconocido lo suyo con Y?

M empezó a hablar con Y en la época de Messenger. Pasaron un par de años así. Ella era más joven, él la impresionaba con sus limitados conocimientos literarios, como si leer libros te convirtiera automáticamente en alguien a tener en cuenta. Si la gente que nunca lee supiera de las dinámicas reales entre lectores y cómo se relacionan realmente con los libros –una simbiosis mucho más parecida a la masturbación que a la cultura o el conocimiento–, se lanzarían a leer ipso facto.
No digamos si supieran lo que se cuece dentro de la gente que escribe. La palabra masturbación no alcanza ni de lejos.
M, lector y escritor nunca profesional, sabe sin embargo muy bien de los egos que se mueven en esa orgía de la narrativa poco narrativa, y todo ese vocabulario inusual que te hace parecer quizá exactamente lo que eres.

Ella era aún universitaria, él ya estaba buscando concienzudamente su hernia en almacenes y cadenas de montaje. Sus padres no entendían nada: tanto leer libros y eso no se traducía en absolutamente nada práctico.
Hablar en digital era placentero para M. Era uno de sus chutes para el ego. Ella tenía novio, por supuesto.
M se dio cuenta de que estaba por Y en serio cuando Y se fue de erasmus a Londres. Nunca se habían visto aún en persona.
Ella fue notando poco a poco (o muy rápidamente) el cuelgue de M. Le puso los cuernos a su novio al décimo día de husmear en Londres. Con un portugués.
M se masturbaba imaginando a Y follando a lo bestia con el portugués. Le dolía como ninguna otra cosa le había dolido en la vida, y a la vez hacía que se corriera como un caballo.
Ella le hacía confidencias, pero no demasiado convencida de que debiera hacerlas. M lanzaba indirectas tan sutiles como un accidente aéreo o una película “inclusiva”.

El tiempo hizo su trabajo. Lo que parecía tan intenso, se fue aplacando. El amor se va volviendo romo: después desaparece o se estabiliza, pero casi nunca vuelve a ser tan intenso como al principio.
No es que no haya excepciones.
Otra anécdota que marcó a M fue cuando su profesor de Ética (antes Religión) en tercero de ESO se incorporó al trabajo antes de lo aconsejable después de la muerte de su mujer. Nada que te esperes: un cáncer llegó y arrasó con la vida. El tío llevaba treinta años más bien aburrido junto a la misma señora. Una rutina de las que te hacen soñar con hacer puenting o liarte con alguna reciente mayor de edad. Quieres hacer cosas legales de las que cada vez ofenden a más gente.
Quieres volverte loco y volver a comer carne.
Quizá incluso fumarte un cigarrillo.
O podrías dirigirte a un grupo mixto sólo diciendo: Hola, chicos.
O acercarte a una muchacha en un bar y preguntarle si estudia o trabaja.
Tentativas de violación típicas del hombre blanco.
O vas y le compras una muñeca a tu sobrina. O un vestido rosa. Y le guiñas el ojo a tu cuñada, tan metida ya en el activismo que quiere eliminar el género.
El tío estaba aburrido de narices. Casado, fiel, atento, soportando larguísimas sesiones de telebasura, películas que odiaba, encuentros con gente que detestaba. Sólo agradecía no haber tenido hijos con esa mujer.
Hasta que ella enfermó.
Pasó a quererla otra vez como cuando tenía veinte años; y ahora querría haber tenido un hijo o dos, algo que tuviera que ver con ella. Algo más que putas fotos y videos en Instagram.
El tío se derrumbó ante los alumnos, literalmente. Hablando del cáncer y su mujer, acabó sentado en el suelo, llorando, sollozando, moqueando. Con motivo. Ahora raramente es así. Pero aquel hombre tenía razones de sobras. Tenía casi sesenta años.
Poco después fue despedido por follar con una alumna de diecisiete años en el gimnasio del centro.
M no volvió a saber de él.

Obviamente esa primera etapa de amor intenso que sintió M, nunca conllevó sexo con Y.
Imagínate estar colgado por alguien, años, recibir sus atenciones, que haya una química quizá complicada pero también clara, y que eso nunca se materialice en un polvo. Ni uno solo.
Es como si la siguiente entrega de Los mercenarios fuera todo diálogos. Stallone intentando hacerse el gracioso con Dolph Lundgren.

Llegaron tiempos de poca comunicación. Novios por parte de ella, millares de pajas por parte de él. Y alguna novia, sí, algún rollo, pero a M le resultaba muy raro física y sentimentalmente no haber consumado con la chica que más le había gustado (y gustaba) en realidad.
Era muy consciente de que la había idealizado, pero también de que esas cosas sólo funcionan así, o no funcionan. Si no ¿de qué coño te lías o quieres liarte en exclusiva con alguien? No lo intelectualizas; formas tu pequeña novela de fantasía en tu cabeza. Ya puedes ir de sobrio o desabrido “realista”; si no haces ese ejercicio de mitificación irracional inconsciente, nunca nadie te parecerá “especial”. El príncipe azul no existe, pero (atención, exclusiva): la princesa prometida, tampoco.
Cuando te lías en serio con alguien, sin embargo, no piensas en facturas o madrugones, piensas en clave de zapatito de cristal; quizá incluso en una paja con los pies. Piensas en el tonteo y el zorreo, en estar atontando y atontada, ambos viviendo a base de carantoñas y sexo prohibitivo (parece ser) para el año de Nuestro Señor 2022.

El erasmus acabó; al portugués, dos ingleses y un alemán nadie les iba a quitar lo bailao. Del primer novio de Y nada más se supo. También había bailado lo suyo. Y eso era sólo lo que M sabía. Tampoco le hacía falta más.
Tuvo una novia durante casi un año que, si no lo sabía todo, como si lo supiera. A M sólo le había faltado gritar el nombre de Y mientras follaban. A M nunca se le ha dado bien fingir, y siempre lo ha visto más como un defecto que como una muestra de transparencia o bondad natural. Ser bueno nunca le ha parecido en el fondo que tenga especial mérito: las personas buenas hacen sencillamente lo que el cuerpo les manda; la mayoría de veces no les cuesta ningún esfuerzo. Ser bueno sólo tiene mérito si has sido un buen hijo de puta antes.
M fue tan bueno que acabó contándoselo todo a esa novia de transición. Cuando alguien te gusta, el resto son como mucho secundarios, la mayoría figurantes. Cortó con ella en una cafetería. Al final ella dijo:
–Vale que cortes conmigo, pero no me metas un rollo –y se fue.
M le habría contado cómo era el coño de Y de haberlo visto. Había sido una relación completamente artificial, aun con todo el sexo y los fluidos. ¿Qué dirían los “virtuosos”? Los mismos supuestamente preocupados por la salud mental, llevan años que no cagan con lo que llaman: “relaciones tóxicas”. Básicamente casi todo lo que no sea follar previa verbalización de consentimiento sobre un arco iris, puede ser “tóxico” de un modo u otro para ellos. No conciben el conflicto o que las personas se “utilicen” unas a otras. Como si eso no fuera la norma con escasas excepciones. Las personas prueban suerte, sencillamente. Los hombres utilizan a las mujeres, las mujeres a los hombres, los hombres a los hombres y las mujeres a las mujeres.
Dichos “virtuosos” no pueden soportarlo (o eso dicen). ¿A qué se puede agarrar alguien con una inclinación clara al fanatismo cuando las religiones están muriendo?
–Los fanáticos están huérfanos, y creo que la política no les llena como progenitora adoptiva –dice M.
Hace rato que ella ha llegado; ha pedido café.
M e Y nunca han consumado aún, pero tampoco han dejado de hablar al cabo de los años. Ahora ambos están libres, y el tiempo parece haber pasado más rápido de lo calculado. Se ven un par de veces a la semana. Viven un poco lejos el uno del otro, y ninguno tiene permiso de conducir; son cada vez más asiduos al tren.
Veinte años de titubeos, distanciamientos y estrechamientos. Como Cuando Harry encontró a Sally pero con mucha menos gracia.
Y ha tenido los tíos que ha querido, M las tías que ha podido. Ahora, aunque aún no lo han verbalizado, ambos saben que quieren tener algo con alguien a quien no estén utilizando en el fondo.
Parece evidente lo que tiene que pasar. Si M hincara ahora mismo la rodilla y se declarara anillo en mano, Y tendría que fingir pasmo y sorpresa.
Saben que han tenido su propio noviazgo o no noviazgo; en cualquier caso, algo mucho más profundo que cualquier cosa que hayan tenido con otras personas, más parecidas a sims para ellos. Todas esas terribles “relaciones tóxicas”, gente que folla y se utiliza entre sí sin rendir cuentas a ningún oráculo moral.
Dios a muerto, ¿ahora qué hacemos?
–Los fanáticos te encantan –dice Y.
–La verdad es que sí. Lo malo es que nunca me los creo mucho.
–Ted Bundy se volvió religioso en la cárcel.
–Sí, prefería al Ted Bundy asesino y violador.
–Yo también.
Ahora los chistes macabros son como los polvos prematrimoniales de antes. M sabe que Y no se ha vuelto gilipollas en ese sentido. Es bastante más lista que él, difícilmente podía haber caído fulminada por la luz de ninguna de las doctrinas actuales.
A ella, de hecho, le resulta algo ridículo que a él le indignen tanto las bravatas morales o supuestamente feministas de cuatro veinteañeros y dos políticos.
–¡No me indignan!
–Sé qué te divierten, pero también te indignan. ¿No ves que el noventa por ciento de la gente suda de ese rollo?
–Lo sé.
–La “batalla cultural” es un entretenimiento de pijos mentales, M. La gente es más seria que eso, más lista que eso. Por eso la mayoría se calla.
–Quizá deberían hablar más.
–Para qué. Los gimnasios mentales ideológicos están siempre casi vacíos. Tienen menos éxito aún que los de verdad. Sal a la calle y pregunta a la gente sobre los identitarismos; la mayoría no sabrán de qué les hablas.
–Estoy de acuerdo, pero esos cuatro gatos pijos se están infiltrando en la política y la educación.
–Te concedo eso, pero piensa en la rutina de las personas, M. Nadie está para gilipolleces. Puedo equivocarme, pero todo ese asunto acabará cayendo por su propio peso. Podría haber cuajado décadas atrás, pero ahora te hueles rápido a los fanáticos, sean de la cuerda que sean, y simplemente no les das juego.
–O sea que yo les doy juego.
–Tú muy poco, pero no entiendo por qué te irrita que una idiota diga que los hombres maltratados no existen pero sí una cultura de la violación.
–…
–Ninguna mujer cuerda vive con esos miedos, M. Y ningún tío se percibe exento del sufrimiento o el maltrato. Eso es lo importante para mí; la mayoría de gente sólo hace lo que puede, no está politizada. Sólo votan a quien menos asco les da cuando llegan las elecciones. Si es que votan.
–Bueno, pero…
–Lo que te digo, M, es que por mal que me pese a mí, dadas las alternativas, la izquierda se va a hundir en los próximos años.
–No veo cómo. Según tú a casi a nadie le interesa la “batalla cultural”.
–Y lo mantengo; pero ahora vives en este mundo difícil de leer, querido, en el que causas menos populares de lo que se piensa (a menudo por anacrónicas), van a cargarse las causas políticas afines.
–¿Y cuáles son las causas políticas?
–Un montón de pasta y propiedades para una panda de pijos que prometieron que no estaban en política por pasta y propiedades.

M sabe cuánto frío puede aguantar en una terraza. Si algo conoce son sus límites. Por debajo de los diez grados, aunque no sea una calle especialmente abierta ni dada a las corrientes, empieza a temblar con riesgo de que el móvil o la taza se le caigan en el regazo. Es el caso.
Y no parece percatarse, quizá porque va mejor abrigada o simplemente aguanta mejor que él, lo que no le extrañaría. Y es más viajada y experimentada en todo. Probablemente haya dormido a la intemperie más de una vez; y follado.
–Intento darme de baja de mi compañía telefónica –dice.
–¿Ah sí?
–Me están cobrando muy por encima de la tarifa que contraté. Esos cabrones. Mi madre dice que “son como los gitanos, y ya sabemos cómo son los gitanos”.
M empieza a reír, y no está seguro de poder para pronto.
–A mi madre le encantan los símiles racistas. Y los chistes. La verdad es que a mí también.
–Perdona, pero ¿tú no eres medio gitana?
–Sí, por cierto, por eso me encantan. Mi abuelo hacía lo que ahora llamarían: “chistes de autoodio”.
Al salir a colación el asunto gitano, M se fija mejor en las facciones de Y. Y luce en general como una de esas sevillanas de larga melena que son como una fuerza de la naturaleza, todo curvas, una feminidad desatada y animal. Gitanas o no, suelen ser españolas, y M se queda embobado cuando se cruza con mujeres así. Ni siquiera de crío le atrajeron las rubias, las chicas blanquitas y altas formato muñeca.
–Me miras mucho tú.
–Sí. Siempre lo hago.
–¿Se te ha subido el café a la cabeza?
–Creo que es por el frío.
–¿Tienes frío?

Puede que no conozcas el universo Pynchon: Thomas Pynchon es un escritor de más de ochenta años que desde joven decidió mantenerse al margen de los medios. Pese a haber sonado incluso para el nobel, apenas circulan un par de fotos suyas. Eso ha contribuido a que su leyenda aumente y se mantenga en la cima. Su producción esencial consta de nueve libros traducidos a todo lo traducible; los nueve han alcanzado el éxito de forma inexplicable, siendo alta literatura a niveles histéricos; obras además increíblemente crípticas y aparentemente imposibles de abordar para el lector centrado en los bestsellers, la autoayuda o –ahora– la política pop identitaria.
–El problema –dice Y–, es que mucha gente asocia el placer a las respuestas. Como si el placer de la lectura fuera el mismo que el de acabar un puzle.
–Quieren que se reúna al reparto y el detective cuente quién es el culpable.
–Nadie “entiende” a Pynchon, pero ellos no quieren sentirse estúpidos, y creen que si disfrutas leyendo a Pynchon es o bien porque finges o porque eres inteligente muy por encima de la media.
El piso de Y es acogedor. Es la primera vez que M lo ve, aunque ha visto otros cuchitriles suyos antes, muy puntualmente, siempre más tenso de lo que quisiera. Están sentados en butacas distintas; sendas copas de vino.
–Yo conocí a Thomas Pynchon– dice Y, y da un sorbo con toda tranquilidad.

Corren muchas leyendas sobre encuentros con Pynchon. Es la única persona con la que se emplea la palabra: avistamiento.
Un periodista (y fan) dijo una vez que estaba seguro de haber dado con la dirección exacta del escritor, en Long Island, Nueva York. Despojado de cámaras o micros, llamó a una puerta y le abrió un hombre que bien podía ser Pynchon, o nada más que un anciano viudo de pareja y amigos y con ganas de compañía. El caso que es que el anciano le invitó a pasar. Estaba solo, y estuvieron jugando un buen rato al bridge.
El fan, atribulado, comenzó a hacer preguntas más bien indirectas a este señor sobre los libros de Thomas Pynchon. El tío las contestaba con aplomo, con datos, de forma concreta.
Pasado un buen rato, el anciano le miró y dijo:
–Tú crees que soy Thomas Pynchon, ¿verdad?

–¿Cómo? ¿Q… ?
–Que yo conocí a Thomas Pynchon. Hace cinco años.
–Y ¿quieres que asienta como si nada y ya está?
–Bueno, no. Pero tampoco es para tanto. Es un ser humano, ya está; aunque se conserva bien para su edad.
–¿C…? ¿Es una broma? No conocía esta faceta retorcida de ti.
–M, no empieces a flipar. No te lo he contado antes porque sabía que ibas a empezar a flipar. Si quieres hay papel de aluminio para tu cabeza en la cocina.
–Entenderás que lo que me estás contando necesita TONELADAS de contexto, ¿NO?
–Pues la verdad es que no, M. Simplemente dio la casualidad de que conocí a alguien cercano a su familia. Ya sabes que estuve casi un año en Nueva York, ¿no?
–…
–Como ya he dicho, es una persona, no un extraterrestre ni un vampiro. Es un señor mayor. Un genio, puede, pero un ser humano, M.
–No quiero parecer histérico, pero es que estoy histérico…
–Lo sé.
Y sonríe saboreando el momento. Por un instante, M cree que se aclarará todo como la broma que lógicamente es. Pero no es así. Y bromear así no es ni de lejos el estilo de Y.
Sí en cambo hablar de su encuentro con un escritor legendario (y referente para ambos) como si se tratara de la comunión de su sobrino.
–Vale. Voy a hacer como que conociste a Pynchon. CÓMO.
–Bueno. Conocí a un chico, pero me voy a saltar esa parte, si no te importa. El padre de ese chico conocía un editor. Resultó que ese editor era algo así como el amo de medio planeta a nivel editorial.
–¿Un tío de Random House?
–Un tío de Random House.
–No lo puedo creer.
–Y el caso, es que este tío a veces montaba… reuniones en un ático, fiestas pijas… Lo que sea. El caso es que llego y hay una cesta en la entrada donde debes dejar tu móvil o cualquier gadget similar.
–NO LO PUEDO CREER.
–Tranquilo, además lo importante ya está contado…
–Por favor, adelante.
–Pues es una reunión de muy poca gente, mucho champán y música clásica. Aunque a veces ponían también a los Rolling…
M niega con la cabeza, aturdido; asiente negando, la escucha atenta del pasmado.
–Y ya está, tuve acceso a ese pequeño encuentro.
–¿Hablaste con él, en inglés?
–Sí.
–JODER.

Thomas, esta chica es Y, se ha licenciado recientemente, Letras; creo que es un lectora de las buenas.
–Oh. Encantado, Y.
Se dan la mano y les dejan solos.
–Encantada, señor.
–Llámame Thomas, por favor. Y tutéame.
–Como quieras, Thomas.
–Disculpa, ¿cómo te llamabas?
–Y.
–¿Y?
–Sí. No le facilita las cosas a nadie.
–¿Llamarte Y?
–Sí. Soy como… un escollo narrativo.
–Oh –sonríe Thomas–, lo entiendo.
–Pero es un nombre que me gusta.
–Claro. A mí también me gusta. Yo escribí una novela que se llamaba ‘V.’; creo que es algo parecido.
–Sí, aunque agradecería haber tenido ese punto de apoyo. Y. es mejor que Y, o sea…
–Sí, te entiendo. O sea que ¿Y?
–Exactamente: Y.
–Interesante.
–Oiga… Perdona. Thomas, la verdad es que he leído tus libros, y…

–¿Y…?
–Nada. Alguien nos interrumpió. Se lo llevaron. Era amable, al final se despidió de mí: “Adiós, Y sin punto. Que te vaya muy bien”. Algo así.
–No me lo puedo creer.
–Yo tampoco.

–Sí. La verdad es que creo que es usted Thomas Pynchon.
El anciano se lo quedó mirando; quizá reconociendo a este hombre como periodista, como fisgón. No necesariamente como fan. Aunque no era una mirada hostil, sí podía resultar inquietante.
Se levantó de su butaca.
Se desplazó con parsimonia hacia otra estancia.
Desapareció en lo que parecía ser la cocina.
Este fan, este fisgón, se quedó solo en la sala de estar, esperando. No oía ningún ruido.
Cuando ahora lo piensa, según su anécdota o relato elaborado, cree que ese tío era realmente Pynchon. Y que le dejó solo para que su mente hiciera el resto. Comenzó a sentir cada vez mayor inquietud. Por momentos le divertía la espera, la situación; pero a veces sentía desazón, peligro.
–Finalmente, se levantaría, y, sin hacer ruido, saldría de la casa de aquel anciano, sea verdad o no lo que cuenta, cosa que a estas alturas bien poco importa.
–Quizá excepto a los lectores de bestsellers, autoayuda o política pop identitaria.
–Te puedo contar más historias sobre Pynchon, si quieres.
M tiene fama de frío. Piensa a menudo en ello por las mañanas. El resto del tiempo piensa sobre todo en Y, que sería una constante como la letra V en en ‘V.’. Con Y nunca es frío; no sabría cómo.
Esa noche tampoco follan. No lo harán hasta el amanecer.
Sí duermen en la misma cama. Y se abraza inesperadamente a M. Murmura mientras se duerme:
Llega un grito a través del cielo. Ya ha ocurrido otras veces, pero ahora no hay nada con que compararlo.

91aTjpQZx0L

Política pop

F se ve a menudo a sí mismo reventado en el suelo tras haber saltado de un décimo piso. Es una de las opciones. Pero le falta valor, y prefiere ver cómo y cuan fondo puede caer.
Hay algo que le resulta aberrante en la obstinación con que la mayoría de gente afronta el transcurrir de sus vidas. Muchas veces fantasea también con eso, ser más así, encarar las cosas al modo del fulano anónimo que nunca hará nada importante, relevante, creativo, sólo sobrevivir sin hacer excesivo daño a su alrededor. Disfrutar de lo nimio, desterrar el orgullo, prescindir del ego, conformarse sólo de la cantidad mínima necesaria de dignidad. Poder decir que no ha matado, no ha sido ladrón de profesión y ha sacado lo que ha podido del capitalismo.
F es: todo hijo de vecino.
Fulano de tal. Otro de esos tipos que hace veinte años que no ve a sus primos. Inocente de todo delito pero a la vez “hijo sano del Patriarcado”. Inofensivo pero en estos tiempos esencialmente malo. Un colaborador del Mal por “omisión”. Nunca ha salvado a nadie, ni siquiera ha tenido la oportunidad. F es el civil anónimo al que se etiqueta de un modo u otro según la época. Trabajos de bajo perfil y un folio en blanco en el que ciertos elitistas morales pintan cuales críos de tres años.
F es: gente.
Tiene un nombre sólo porque ayuda para los trámites burocráticos.
Un villano por defecto, tan pasivo que ni siquiera jode lo suficiente para contentar la sed de sangre de los activistas.

F podría estar ahora hablando en tercera persona de sí mismo, pero eso es irrelevante, porque de verdad, en serio, F es John Doe, Juan Nadie, el blanquito hetero que pronto parpadeará y se verá en la mediana edad. Si cayera de un infarto a los 54, o si alguien lo asesinara, a nadie le importaría un carajo; sus padres estarán muertos y sus allegados (no muchos) tendrán que continuar con sus vidas, que bastante es ya.
El “señoro” del siglo XXI. Culpable por no llorar, culpable por hacerlo. Exento de la masturbación por autovictimización.

Culpable de no salvar el mundo, y mira que es fácil.

Recuerda cuando dormía bien todas las noches, cuando se sentía protegido, del presente, pero sobre todo del futuro. Para romper a sudar tenía que jugar durante horas al fútbol. En el colegio se aficionó al baloncesto, en el pueblo de sus padres lo intentó con el tenis. Entonces siempre estaba delgado, siempre ágil, sano, bueno en los deportes, relajado en las clases de gimnasia.
Casi nulo para el resto, hacía amigos a duras penas y las chicas le aterrorizaban. Nunca veía el momento de “crecer”. Luego descubrió que eso nunca se ve, que en todo caso se hace, o más bien se finge. Pierdes agilidad y reflejos, echas barriga o te vuelves fofo, y hablas, largas toda clase de mierda confusa y contradictoria. Puede que te consideren inmaduro o por el contrario seguro y responsable. Tienes que actuar, literalmente, perfilar un personaje convincente, tu versión decidida, mayor, resolutiva. Puedes o no estar acojonado por dentro, pero todo depende de la cantidad de orgullo que estés dispuesto a tragar, de tu valentía para darte el morrazo de turno.
Ya de mayor, empieza a sospechar que, a un nivel personal, ha estado ideológicamente bastante perdido. Se siente utilizado. A los veinte decidió que no se puede ser apolítico, que eso es irresponsable. Así que miró a su alrededor y poco a poco lo fue entendiendo: si quería ser alguien sensato, si quería parecerlo, mejor dicho, tenía que ser “de izquierdas”. O eras de izquierdas o eras como uno de esos skinheads que se veían por la calle, que te atizaban a la menor oportunidad.
De ese modo se alineaba con el Bien. No hay nada más llevadero que un mundo sin matices. Buenos o malos. Inteligentes o tontos. Pacificadores o violentos. Izquierda o derecha. Culturalmente todo eran indicadores en esa dirección. Blanco o Negro.
Conmigo o contra mí.
Llegado casi a los cuarenta, sospecha seriamente de lo bobo, simplista y ridículo que es todo eso, de la pobreza intelectual que potencia.
Codificar el entorno, el mundo, a la gente pensante, es una labor titánica que carece de interés para los políticos, quizá ahora aún más que antes. La conciencia política se ha convertido en una trampa para el ciudadano de a pie. Si se involucra demasiado, corre el riesgo de convertirse en un vocero, un tonto útil, un fanático, un gilipollas. No hace falta ser un neonazi y raparse la cabeza para razonar como un skinhead. Hay distintos grados de pensamiento sectario, y el ateísmo no te salva de convertirte en un individuo que sigue una doctrina y sus escrituras. Hay muchas maneras de ser una persona tremendamente limitada, aunque sólo se cataloguen unas pocas.

F siempre ha tenido un respeto reverencial por las mujeres. Se le ha podido considerar incluso caballeroso, puede que algo anticuado. Según a qué tipo de feminista preguntes ahora, puede ser un buen partido, un tipo respetable, un fulano bastante rancio, un misógino o un maltratador potencial. Decir feminismo es una cosa, pero autoproclamarse feminista ya no significa absolutamente nada: podrías ser una persona perfectamente tranquila y cabal, o por el contrario profundamente desequilibrada, agresiva y llena de odio derivado de la militancia. Podrías decir “Soy feminista” igual que podrías decir “Bebo agua”: No das absolutamente ninguna pista, sólo quizá un poquito de miedo.
Quizá sea porque eso pasa en todos los ámbitos, o porque se ha puesto de moda la compra de packs ideológicos. Si no compras ninguno de esos packs se te considerará como mínimo equidistante, con las connotaciones ad hoc según quién te acuse. El pensamiento crítico está cada vez más cercano al espíritu McDonald’s. Todos muy sanos para comer, y luego pura grasa saturada para razonar. Cuando se trata de razonar tenemos que funcionar al estilo franquicia.

F siente que empieza a pensar por sí mismo por primera vez en su vida. No es que esté libre de la influencia ambiental, pero por fin ha confrontado enfoques y opiniones diversas para construir algunas propias.
Se ha dado cuenta de que el debate político parece haber acabado en gran medida en manos de burgueses. Gente acomodada de nuevo cuño que ha encontrado en la política una bicoca para la autoimportancia y el ego. Gente que tiene tan cubierto el aspecto material o práctico de la vida, que parece despreciar su yo animal y se ha vuelto “estudiosa” de lo moral en su vertiente más emocional. Abrazan ideas y palabras enormes que parecen no saber manejar, que a menudo ni siquiera parecen entender. Igualdad. Acoso. Terrorismo. Machismo. Discriminación. Homofobia. Transfobia. Violencia. Adoran las palabras grandes y delicadas, las usan, las manosean, las soban con el descuido y agresividad de un violador. Las utilizan como proxenetas a sus putas. Violación. Prostitución. Capitalismo. Género. Transversalidad.
Pocas palabras y muy mal empleadas, porque para llegar a cierto grado de comprensión de casi cualquier cosa, hacen falta muchas más. Miles de palabras para erigir argumentos relativamente sólidos, razón y no pocas conclusiones incómodas o indigestas.

Pero no. Porque ha llegado la
POLÍTICA POP: Lo mejor de la política de antaño con un toque moderno para los pequeños de la casa. Política para toda la familia, o casi. Política Disney en blu-ray en tu supertelevisiónplanadeimpresión, una calidad de locos, todo tan nítido que el trabajo de foto de la peli se ha ido al carajo. Ver y repetir y vuelta a empezar, porque de verdad: ¡les encanta a los críos! Adolescentes, universitarios, Peter Panes y Peter Panas. Repetición y golosinas. Mmmm riquísimo, mujeres maltratadas y asesinadas, homosexuales humillados y fritos a hostias, homofobia en aumento, escalada de violencia, “violencia machista”, “terrorismo machista”, el perpetuo puño del Patriarcado en tu cara. Y ¿cómo no te va a afectar todo esto? ¿Es que no tienes alma? Esto es sistemático, de todos los días, de todas las esquinas, de todo el mundo, de –y por culpa de– todos los hombres: tu padre, tu hermano, tu amigo, tu pareja, tu futuro cuñado violador. ¿Es que no lo ves? Nadie vive sin miedo o culpabilidad, ¿lo vas a hacer tú? VÓTANOS, el resto son Hades, Scar, Jafar. Mira qué malos son, se ven tan bien en tu televisor, ¿de qué marca es? Nosotres tenemos uno parecido. ¿Venís un día a casa a cenar? Aix, ¿no chirría esta silla?

La descripción del entorno no siempre es una cuestión física. El piso en cuestión, sus muebles y su ubicación o incluso quién lo paga, todo eso no importa. Valga todo lo que se ha dicho antes para saber en medio de qué se encuentra F. Por lo demás, cuatro personas cenando un sábado, cinco con F. No es que haya burgueses como tal, pero sí se respira un ambiente burgués. Ahora hay gente a la que, pese a no tener pasta ni de lejos como ciertos políticos “anticapitalistas” de tremendista discurso moral, les gusta sonar como ellos. Les copian palabras e incluso frases completas. Han comprado sin pensárselo determinado pack ideológico, es lo que se vendía ahora en su trinchera política de confianza (medios, gurús, oráculos…). No quieren que parezca que son menos de izquierdas que a los veinticinco años, les aterra que alguien pueda decir o insinuar que sus ideas se parecen a las de un “cuñado”. Ciertas palabras ya secuestradas, el abrazarlas o evitarlas –todo en el único contexto que saben o quieren concebir–, determinan lo que están dispuestos a enseñar de sí mismos. La opinión del escaparate es la que cuenta. Lo que hay en la trastienda puede ser muy diferente, pero no saben cómo articularlo para que nadie piense que han caído en las garras de la equidistancia o la derecha. En realidad: extrema derecha, la derecha como tal hace años que no existe en su vocabulario.

Silvia.
F se la peló tiempo ha pensando en ella. Una vez pareció acercarse a él con planes de algo más. Cualquier arenga pretendidamente profunda le querrá quitar hierro al sexo, pero lo cierto es que el sexo es lo que determina el inicio de un noviazgo. “Algo más” siempre significa: sexo. El sexo es el final del camino o el pistoletazo de salida. Nadie que le haya quitado importancia considerará que estás con una persona si no habéis follado. Lo malo del sexo es casi todo lo que le rodea; es complicado encontrar ahora otra fuente mayor o igual de hipocresía pura.
Y entonces Silvia se lió con Víctor. F está bastante seguro de que él –mejor presencia, mejor curro, mejor en la vida– se lanzó a por ella, y que ella estaba cansada de estar sola o tonteando. Puede que llevara cinco meses sin novio. Para muchos tíos estar sin novia se llama: vida. Muchos más de los que pueda parecer, y la mayoría de veces por razones físicas. No hay que olvidar que la historia la escriben los vencedores.
Un buen físico es un buen punto de partida, un físico del montón requiere más personalidad, y un físico aberrante te cierra puertas que da gusto. Todo cerrado para conseguir pareja, y también para conseguir curro o hacer amigos, porque ser feo no te impide en absoluto ser gilipollas. Y aunque lo de la belleza y la fealdad sea una cuestión subjetiva, no nos engañemos, hay personas que logran un consenso casi imposible en otras áreas.
A quien tú sabes del barrio nadie le quiere ni en pintura, y no importa cuánto se esfuerce, de hecho si algo se castiga es intentar hacer amigos, intentar tener novia. Si se te nota el esfuerzo, estás jodido, y esa fase viene mucho antes que el colegueo o el flirteo.

Ramón odia su nombre y folla con Lara, que odia más o menos a todo el mundo. Y ya están los cinco. Gente es igual a problemas: cuanta más gente, más problemas. Esto no es ningún secreto, pero somos animales sociales, o eso se dice, algo que a veces le hace dudar a F. Le suena a conclusión colectiva a la que se ha llegado por contagio. Ahora F sabe que no hay nada más difícil en términos de crecimiento personal, que no ser otro. Es casi imposible no ser la copia de una copia de una copia. Ser tú mismo, con un buen puñado de ideas que no sean pura contaminación política, no solo es casi imposible, sino que además la mayoría de gente ni se plantea intentarlo. Unos porque creen que lo son, y otros porque, aunque saben en el fondo que son indistinguibles de un títere, no quieren dinamitar su entorno, amigos, contactos, quizá hasta el trabajo.
La política pop ha recrudecido esta dinámica. A veces suena más dramático de lo que es, pero no poca gente ha perdido ya amigos y se ha enemistado con familiares por desencuentros ideológicos. A otros tantos les han pegado la patada en el curro por un roce en redes sociales que la turba digital ha revestido de una importancia y gravedad que no tenía, y que todo el mundo ha olvidado a la semana. Un comentario, un chiste, un exabrupto, gilipolleces, pero gilipolleces que constituyen la droga favorita de quienes adoran la política pop.

Lara folla con Ramón, y también con Víctor. Ramón es el único que no lo sabe, en teoría. Silvia lo sabe pero cree que el resto no sospecha que lo sabe. Ni en el ambiente más progresista suele hacer gracia la poligamia. F ha descubierto el placer –culpable o no– de ver cómo las mentes demócratas más abiertas no son tan abiertas como pretenden. Ser el único sin pareja en las reuniones le alivia en cierto modo. Ganas algunos puntos en sinceridad, nadie tiene sus ojos puestos en ti, no hay un protocolo de pareja, no estás en calidad de novio, no tienes que callarte ciertas cosas ni compartir el postre con quien juró que no quería postre.
Como pasa lo que pasa, cada vez han ido hablando menos de política. No es que haya habido una gran pelea en el pasado reciente, pero existe un nuevo tipo de prudencia, quizá de ponerse la tirita antes de la herida. La verdad es que F no tiene ningún problema en evitar ciertos temas, igual que nunca le ha costado guardar un secreto. Los asuntos relacionados con los secretos raramente le suelen interesar. Suelen tener que ver con el elefante en la habitación. Gente que folla más de lo que dice, que miente, que no sigue exactamente las reglas, no se adecua a la moral establecida, etcétera. Seres humanos sucumbiendo a la carne otra vez. Personas marca Persona. El sexo inicia las cosas y las acaba. De hecho la estabilidad conyugal suele ser sinónimo de falta de sexo, al menos con la monogamia de por medio.

Lo interesante para F –al menos algunas veces– no es contar un secreto, es conocerlo. Ahora casi se alegra de que su ex le dejara hace cuatro meses por un muñeco de gimnasio. Más de una vez los ha visto por el centro de Periferia, el tío viste camisetas de tirantes con escote, enseñando durezas. Es gracioso, ella empezaba a sentirse muy a gusto mecida por la política pop; estaba especialmente combativa con la “gordofobia”. El tío tiene fama de –entre otras cosas– no tocar a una chica rellenita ni con un palo. Deben ser tal para cual.
La gente habla y habla, y luego hacen lo contrario de lo que dicen con una soltura pasmosa. Tienen la excusa preparada bajo la lengua, por supuesto (esto no quita lo otro, etcétera). Bondad teórica y lo mismo que todo cristo en la práctica. No ven que a menudo es imposible llegar a la altura en que colocan el listón moral, a veces incluso contraproducente.
Si miras a Silvia, una de las cornudas del lugar, nunca sabes si va a estallar en llanto. Ramón parece ser el único que de verdad no sabe el porqué de las suspicacias a su alrededor. Ramón es el típico tío que confía sí o sí, el trozo de pan, el no celoso por naturaleza, y el que por supuesto lleva unos años “deconstruyéndose”: cree absolutamente en todas las teorías y directrices de la política pop. Probablemente se haya imaginado a sí mismo con horror violando a alguna chiquilla si no desactivaba rápidamente su “masculinidad tóxica” interiorizada por el Patriarcado. Ramón confía, apuesta, te cree, hermana, y saldrá en tu defensa si alguien intenta propasarse contigo. Cierto es que nunca ha podido cortar una situación de abuso, porque no se ha cruzado con ninguna, pero claramente se jugaría el físico por salvar al perfil de mujer frágil, estúpida e indefensa en torno al que teorizan siempre ahora los más arduos defensores de las mujeres (ellos se entienden, supongo). El machista violador de turno acabaría atravesado como un torero por una cornada; y además animalismo de rebote, qué bonito.
Ramón cae bien a todos, a pesar de todo. Siempre ha habido tíos y tías de todo tipo, hay gente muy cortita. Esto no tiene cabida en el pensamiento pop, por supuesto, donde –aparte de no concebirse la maldad en una mujer– se persigue un ideal masculino; quienes cargan contra la cultura del príncipe azul, por otro lado siguen exigiendo un príncipe azul, lo mismo pero distinto, o más bien lo mismo pero igual. Y siguen exigiendo que el príncipe azul vaya al rescate, porque de otro modo sería tan culpable de una violencia como el tío que la ejecuta. O sea que no quieren un príncipe azul pero quieren un príncipe azul. Quizá lo que quieran, piensa F, es un Ramón. Ramones por doquier buscando calles cada vez más anchas, sin entender por qué les pesa cada vez más la puta cabeza.

A estas alturas ya habrá quedado claro que la política pop es una cuestión de fe. No tienes que buscar razonamientos o lógica, no debes ponerte a señalar contradicciones. Simplemente tienes que creer y obedecer los volubles mandamientos, sin querer ponerte nunca a la altura del tuitero intercambiable que los grabó en las tablillas.
Ateos al poder.
F piensa hace tiempo que el ateísmo sólo es otra creencia, aunque no tiene muchas ocasiones para expresarlo. Ahora, además, hay un ateísmo indiferente y otro “activo”. ¿Puede haber algo más devoto y fervoroso que llamar a la quema de iglesias?
F ha virado de una forma natural al agnosticismo, no tanto porque piense que podría haber “algo” como por el rechazo que le provoca cierto ego cientifista. El ser humano puede estar solo en el mundo, pero es evidente que no lo sabe todo.
Lara inicia una perorata ecologista durante la cena. Lara compró todo el pack progresista hace unos años, fresquito y recién llegado de las universidades americanas (franquicias del mencionado McDonald’s cultural). Todo incluido, como si lo hubieran anunciado en la teletienda y le hubiera entrado el ataque consumista. La ideología milagrosa, como los crecepelos, los métodos infalibles para perder peso, los cuchillos que cortan folios y tuberías. Rebaja generosa para las primeras cien llamadas. Todo justo antes del tarot, que por cierto también le interesa, y no de forma irónica o por diversión.
No duda en hablar de “salvar el planeta”, y a F no se le ocurre otra cosa que decir a viva voz que al planeta le importamos un carajo; cuando la humanidad se autodestruya o desaparezca, el planeta seguirá su curso, absorberá toda la mierda y seguirá su camino hasta que se lo coma el sol o cualquier otro fenómeno que somos incapaces de imaginar.
Se hace el silencio.

Es cierto que F podría haber aplicado el principio de caridad, sencillamente hacer un pequeño esfuerzo para entender lo que alguien te quiere decir, aunque detectes lo que a tu juicio serían imprecisiones o algún patinazo. Pero Lara jamás aplica ese principio. Lara es literal, que es lo que parece suceder ahora cuando te pasas a alguna militancia o activismo: te meten un palo por el culo y ya eres incapaz de detectar las intenciones, las ironías, los matices. Es la clase de persona que se pone a discutir muy encendida sin darse cuenta de que le están dando la razón. Si no utilizas las palabras que ella espera oír, da por hecho que pones en tela de juicio sus razonamientos, cosa que según sus recientes valores de teletienda sería una auténtica provocación, no ya de quien tenga enfrente, sino de la “extrema derecha”.
La política pop no entiende de individuos, solo de colectivos. Hablan de colectivos y en nombre de colectivos. Los que quieren salvar el planeta contra los que quieren destruirlo. Los que quieren salvar a las mujeres contra los que quieren violarlas y matarlas. Los que quieren salvar a las personas racializadas contra los que quieren matarlas. Los que quieren salvar a los pobres contra los que quieren hacerse millonarios a costa de ellos. Y más o menos ya estaría.

F aprovecha el silencio para mirar con cara de poker a Víctor y luego nuevamente a Lara. Esto ha pasado millones de veces, y no solo lo ha hecho F, ya es casi un viejo mecanismo de contención. Lara se corta y se traga lo que fuera que quería replicar.
Pequeñas ventajas de conocer secretos. O “secretos”.
La novedad es que esta vez Silvia rompe a llorar, tras meses de desagradable disimulo. Se disculpa y se va al lavabo. Ramón nos mira, interrogativo, parece Ross en Friends.

Ciertas cosas acaban revelándose. F hubiera preferido que no pasara en su “turno”. Que no fuese su mirada la que destara el caos.
¿Cuánto tiempo llevan Lara y Víctor follando? Probablemente unos dos años. ¿Cuánto hace que Lara y Ramón salen juntos? Quizá dos años y un par de meses.
¿Cómo es Víctor? Víctor es una de esas personas más bien apolíticas; el cabrón es gracioso, es guapo, y si le ponen en un brete pop, no tiene problema en otorgar y dar razones, lo que sea para que no le toquen las narices. Es un buen tío, aparte de lo de ser humano y el asunto sexual (quizá sea una redundancia). Probablemente se ha contenido durante su vida –siempre con novia– lo que ha podido, pero casi nunca con éxito. Es muy probable que le pusiera especialmente cachondo follar con Lara, cuyas arengas hacen que te cueste imaginarla en actitud cariñosa, mucho menos sexual. A F le gustaría saber de qué hablan ella y Víctor, aunque probablemente de nada. Resulta de lo más difícil imaginarse cómo debe ver Lara a Víctor. Es posible que para ella sea nada más que una buena polla (la cosificación sólo funciona en una dirección en la política pop). F sabe que Víctor era el trípode de la universidad, ha compartido vestuarios con él, y hay ciertos documentos audiovisuales. No se trata sólo del tamaño, por supuesto, seguramente hubiese follado lo mismo con un lápiz de once centímetros. Alberga cierta cualidad de “toy boy”, y es más que probable que Ramón no sepa follar por comparación con él.

¿Qué pasa con Silvia? Ahora, encerrada en el lavabo, no atiende a las preguntas de Ramón Geller a través de la puerta. Silvia lleva dos décadas enamorada de Víctor. Más o menos desde la época de la universidad, aunque hace cinco años que salen “en serio”. Casi cuarentones, ahora deberán enfrentar una crisis quizá más propia de veinteañeros, sobre todo por Víctor, que además tiene la irritante cualidad de que es muy difícil enfadarse con él, como si fuese alguna clase de peluche adorable con polla. Víctor se lo ha follado todo, lo que es igual que decir que ha follado siempre exactamente con quien ha querido desde los quince años. Nunca tiene que insistirle a nadie o provocar situación alguna que ahora ciertas feministas considerarían acoso o violencia machista. Él habla, no dice gran cosa, sonríe, te escucha, aire somnoliento y atractivo, sin apabullar nunca, cuerpo de sentadillas y mancuernas. Víctor sería algo parecido a Joey en Friends. Un Joey real que además ha tenido también experiencias con tíos, follando en pisos, en lavabos, en la playa, en el bosque, una especie de reguetón bi antropomórfico. Un tío fácil de leer y fácil en general. No busca nada ni lo insinúa, no hace eso de “prometer hasta meter”, sólo hace acto de presencia y decide si ese día va a follar o no. Víctor tiene tanto poder sexual como una mujer atractiva, y eso es MUCHO poder sexual.
Uno de los problemas es que Silvia no es tonta y sabía dónde se metía. Otro de los problemas es que Víctor no le habrá puesto los cuernos sólo con Lara. Buscar monogamia con Víctor era un caso flagrante de pedirle peras al olmo.
Es como si no entiendes los memes de Julio Iglesias.
¿Significa eso que Silvia tiene parte de culpa? Pues sí. A veces la culpa la tiene uno, a veces el otro y muchas veces los dos. La cagan en pareja, se meten en algo que saben que NO va a funcionar, que nace muerto, y que puntualmente incluso mata.
Esto tiene miles de matices, cada caso es de su padre y de su madre, y obviamente todo el asunto es inasumible para la política pop. F sabe que nadie del grupo se preguntará en voz alta por qué Silvia decidió tener algo más que sexo con Víctor, porque eso sería “culpar a la víctima”. Esta lógica pomsoderna asume que si te hacen algo malo, automáticamente todas tus decisiones anteriores al hecho se convierten en lúcidas y jamás contribuyeron a que todo acabara como el culo.
La política pop sólo concibe un villano y una víctima químicamente puros.

Víctor te folla, Silvia te quiere, Lara te odia y Ramón pierde. Pero casi nunca es todo tan sencillo. Por eso la imaginación es tan importante. No lo es sólo para convertirse en un escritor o guionista mediocre. Alguien imaginativo sabe que Víctor ahora se podría estar riendo por dentro de pura indiferencia, que Silvia quizá quiera volver a follárselo aun cabreada y humillada (lo cual podría excitarla aún más), y que Ramón puede esconder dentro al tipo cuya foto acaba en el telediario por haber tirado a su novia por la ventana.
Unos se dejan llevar, otros intentan equilibrarse, y otros aguantan hasta que explotan.

A todo esto, ¿qué hace F? F observa y escucha. Todo libremente, sin meterse pero sin quitarse de en medio. F el soltero, el morboso, el pajero. El tío solo con o sin gente alrededor. Ni siquiera espera pillar algo de rebote. No es como esos tíos que buscan mujeres en momentos vulnerables para fingir con ellas que no quieren follar necesariamente, sólo animarlas, hacerlas reír, enjugar sus lágrimas. Está claro que hay tíos repugnantes, versiones masculinas de Lara; gente que hace un retrato de sí misma completamente falso para conseguir algo, aprobación, sexo, alimento magro para el ego. La política pop ha crecido en parte gracias a eso, fagocitando cimas ética y morales. Una orgía de la banalización, una infantilización alarmante de la izquierda política y cultural, críos que lo quieren todo y lo quieren ahora, que quieren a menudo lo imposible, fuera y dentro de casa, y todo fiable, todo mullido y acorazado.
F recuerda que una vez estaba viendo una película de acción en la tele. Ahora nunca recuerda cuál. Tendría cuatro años. Un avión comercial invadía el edificio de un aeropuerto. F vio la escena fascinado, luego miró a su padre y dijo:
–¿Me lo compras?
Ni siquiera el propio F sabía qué quería, si el avión, los cristales rotos y cascotes o el VHS de la película. Se sentía bien al ver aquello y quería más. Seguro que eso se vendía de alguna forma, esa sensación, ese calor del hogar viendo esa peli a los pies de sus padres. Todo eso que tradujo en una petición que no tenía sentido.
Ahora hay gente así de treinta años.

Silvia sale del lavabo. No dice nada, recoge sus cosas y se va.
Víctor, sin gesto compungido alguno, se mueve con parsimonia y hace lo mismo.
Ramón sigue haciendo preguntas. Todas se resumen en un claro y evidente: ¿Me habéis tomado por gilipollas? El silencio que recibe a cambio es un atronador SÍ.
Lara luce un gesto adusto, y luego empieza a hablar. A nadie le importa que F esté presente, de modo que F se queda a ver los bises.
¿Qué dice Lara? Hay que tener en cuenta que Lara ha hecho MUCHA gimnasia mental. Ha comprado ya a estas alturas ideas y teorías que nadie medianamente cuerdo respaldaría. Pensamientos Big Mac de los que ya es muy difícil que prescinda. Hace mucho que no lee otra cosa que no sea un refuerzo de aquello en lo que ha elegido creer. Las nuevas religiones no tienen un solo libro, lo cual ayuda a alimentar la ilusión de diversidad intelectual. Pero no, si hay algo que encabrona a Lara y sus iguales, es la diversidad intelectual.
Ramón ya estaba prácticamente “deconstruido”, pero F sabe que su cabeza aún no está del todo colonizada. Ramón fue durante muchos años un tipejo corriente, del montón, libre de grandes culpas porque no había hecho nada malo de verdad, un individuo inofensivo y no “parte de un colectivo opresor”.
¿Qué hará o dirá Ramón ahora que juega con ventaja? Por el momento nada, porque Lara ha comenzado a teorizar, se hace preguntas en voz alta sobre cómo “hemos podido llegar a esta situación”. El oportuno plural mayestático no atrapa a F, pero parece hacer dudar un instante a Ramón. Ramón quiere a Lara, está casi convencido de que Lara tiene razón, en todo, en su enfoque vital, en su rabia, porque es mujer, porque una mujer no hace nada malo porque sea mala. Forma parte del colectivo oprimido, su comportamiento no viene sustentado por el sistema. No existe la misandria, sólo un rechazo lógico a los hombres que justifica una respuesta contundente.
Ramón sorprende a F y Lara diciendo de repente:
–Te has follado a Víctor.
Es posible que aún piense que ha sido sólo un “desliz”, o un par de polvos de asiento trasero.
–Sí, Ramón, he tenido sexo con Víctor, pero…
–Te has follado a Victor. ¿Cuántas veces?
Imposible saberlo, decenas, quizá cientos. Víctor habla, incluso se ha llegado a grabar, su polla es una habitual en Pornhub. Nunca enseña la cara, aunque eso casi no lo hace siquiera en la vida real. Víctor es todo polla y diversión, el mundo como parque temático genital.
Víctor nunca folla una vez, más bien encadena polvos en la misma sesión, a veces sin sacarla. La única vez que le he oído criticar algo en serio, hablaba de lo cutre que es echar un polvo rápido (como si él no los echara), que es rebajarse, a ti mismo y a tu pareja sexual. Si se folla se folla en mayúsculas, en una cama que tiene que acabar perdida, empapada, asquerosa.
–¿Cuántas veces te lo has follado?
–Ese no es el tema.
–Me parece que es exactamente el tema.
–No seas tan tío y lo centres todo en el sexo, por favor, Ramón.
–¿Cómo?
–Que todo esto no va del sexo, va de todo un sistema que…
–¿¿Cómo?? –interrumpe Ramón.
–Ramón, cálmate.
–¿De qué hablas exactamente, Lara? ¿Q… qué dices? ¿Eh?
–Ramón, si no quieres hablar en serio, me voy.
–¿Cuántas veces se la has chupado?
–Ramón, esto ya se podría considerar violenc…
–¿Os reíais de mí después de correros?
–Sé que te he mentido, Ramón, pero si sigu…
–¿¿Mentido?? Esto es mucho más que una mentira, Lara. ¿Sabes en qué pedestal llevas subida desde hace años?
F intenta hacerse invisible, pero no por el apuro o la vergüenza, todo lo contrario. Quiere seguir ahí, verlo, oírlo, el punto del inflexión, el final de la comedia.
–Me has dicho mil veces que Víctor es prácticamente un violador. ¿Ahora te gustan los violadores?
–No retiro lo que he dicho de Víctor, lo pienso de verdad, utiliza a las mujeres.
–Aaaah, un momento… ¿le das la vuelta a esto? ¿En serio?
–No digo que me haya utilizado a mí.
–¿Entonces todas las mujeres son idiotas menos tú? ¿En qué quedamos, Lara, cariño? ¿Los tíos que van por ahí follando utilizan a las mujeres o no? A las mujeres que van por ahí follando hay que aplaudirlas en vez de llamarlas putas, ¿no? ¿No será que Víctor follaba con esas mujeres? ¿Son putas o no? ¿O sólo son idiotas? ¿Y Víctor es un violador o simplemente folla con tías que son como él? ¿Me lo explicas, cariño?, porque de verdad que nunca he entendido todo ese rollo, de hecho no entiendo el 90% de lo que dices. ¿Qué se supone que eres, una mujer empoderada, una idiota manipulada o una puta?
Lara no cambia el gesto, mantiene un rictus pétreo de dignidad. A F le empieza a dar pena. Hace siete u ocho años nadie se hubiera atrevido a hablarle así. Todo eran parabienes, aplausos a una nueva y compleja lucidez que había llegado para mejorar el mundo. Ella formaba parte de eso.
Ramón estaba fascinado con ella, se sentía orgulloso de que le hubiera elegido; él no era un señoro ni un machirulo. Él entendía, sabía mirar hacia el futuro, reconocer los errores del pasado, incluso los más pequeños, incluso los que no eran errores. Ramón aceptaba y encajaba y asumía y tragaba. Dicho en plata, Ramón se había convertido en la putita de Lara. Una putita más allá del sexo. Un monigote anulado para la discrepancia y la disidencia.
Ramón ya no era ni un hombre ni una mujer, se había eliminado como individuo. Lara ahora podía dar pena, pero él llevaba ya mucho tiempo dándola.
–Entonces, ¿cuántas veces te lo has follado?

Acaba pasando algo inédito, al menos que F recuerde. Lara, finalmente, no tiene réplica, no tiene nada que decir.

F se da cuenta de que Ramón sólo buscaba eso: tener por una vez la última palabra. Parece saborear el silencio durante unos treinta segundos. Incluso cierra los ojos; un amago de sonrisa en sus comisuras.
Después, sin más voces ni aspavientos, busca sus cosas y se va del piso.
F se queda solo con Lara.

A Lara hace mucho que no le cae bien F, pero F no se siente solo en eso que digamos. A él Lara le cayó bien durante muchos años. Si ahora no es así, ni siquiera es por cómo piensa, sino por cómo trata a los demás, cómo habla de ellos. Ramón, los hombres, las mujeres que no piensan como ella… F duda que ahora Lara esté pensando en todo eso. ¿Cómo se desengancha una persona de la política pop?, ¿cómo puede volver a un estado más o menos equilibrado de votante cuerdo? ¿Cómo podría Lara a estas alturas replantearse conclusiones con ramificaciones teóricas tan abarcantes?

F no sabe qué decir. Ahora se siente incómodo como si a ella se le hubiera muerto la madre. No sabe si no piensa en nada o si está intelectualizando según su filtro todo lo que acaba de pasar. Su mirada anda más bien perdida.

F se levanta y se dirige a la nevera. Trae una cerveza y un zumo de melocotón. Le da el zumo a Lara y se sienta a beber tranquilamente su cerveza.
Es una broma, sutil pero poco sutil para Lara. El momento cristaliza. Lara se queda mirando su zumo. Se ríe, una sonrisa amplia, circunstancial y agotada, pero franca. Al fin y al cabo son amigos, o lo fueron. Parece desatascarse algo en ella. Ambos saben que algo ha acabado, que puede estar bien pasar página, o que igual no queda más remedio. Lara dice:
–Gilipollas.

mcdonalds-international-womens-day

Diez mil kilómetros

1- CONOCIENDO

J.
–Sigo sin estar convencido de hacer esto, que quede claro. Y tampoco me convence eso de que escriban sobre mí. Usted puede moldear la historia, literalmente. No me gusta sentirme plastelina, ya me sentí plastelina durante no pocos años de mi vida.
»En la universidad estábamos al margen, los tres. No se hace una idea. El problema es que no nos callábamos. Muchos alumnos se callaban durante esa especie de intifadas verbales supuestamente feministas o identitarias. Se podían dar en cualquier momento, en cualquier clase, con profesores o profesoras. La mayoría del profesorado callaba y otorgaba, o directamente daba pábulo a las teorías de género más estúpidas y acientíficas que pueda usted imaginar.
»Un día una alumna interrumpió la clase de biología molecular para para decir que la ciencia estaba colonizada por el hombre blanco europeo. Dijo no sé qué del horóscopo, y luego que había ciertas zonas de África en las que se practicaban todo tipo de rituales vudú, incluso una magia negra con la que los chamanes eran capaces de lanzar rayos con las manos.
»El hombre blanco había ocultado todo eso. Había diseñado la ciencia a su imagen y semejanza, como un Dios cutre demasiado obsesionado con racionalizarlo todo.
Era una trampa, una ciencia normativa. Nos confundía y cegaba. Fue entonces cuando R. se levantó y dijo que por favor, que todo eso eran gilipolleces. Dijo que estaba harto de oír gilipolleces en la universidad.
Se armó bastante revuelo. El profesor al mando se mantenía neutral. Alguien dijo totalmente en serio que en África se lanzan rayos con las manos, y el profesor se mantuvo neutral.
»Esa deriva irracional y desquiciantemente emocional era transversal a todos los contenidos académicos. Cuando tienes unos años más te das cuenta de lo idiota que eras de joven, pero yo empecé a sospecharlo ya en ese momento, mirando a mi alrededor.
Como ya le he dicho, nosotros estábamos al margen. La onda expansiva de llanto, de teorías arbitrarias y lenguaje inclusivo, apenas nos alcanzaba, porque nos mantuvimos refractarios casi desde el principio.
»Un puñado de ateos diciéndote que creas. Lo sienten en su pecho, en su estómago; ¿cómo es posible que nosotros no lo sintamos? ¿Como puede ser que no nos etiquetemos, que no seamos anticapitalistas, antirracistas, feministas, veganos, republicanos?; o sea, ¿cómo puede ser que no seamos nada en particular?
¿Personas? ¿Qué significa eso? Es vago, impreciso, no importa lo bien que trates a los demás: claramente blanqueas el Mal.
»Poco a poco fui teniéndolo claro. Hay que largarse. Estábamos en segundo de carrera, remando en aguas hostiles, entre patéticos aliados y locas del coño. Había que largarse, lograr una posición al margen del margen. Ni capitalistas ni anticapitalistas, unos auténticos fascistas en la versión oficial. Delincuentes por una vez y para siempre, lejos, con pasta como para olvidarse de la pasta, sin política, sin gilipolleces, en un lugar templado, de temperatura estable, junto al mar.
Nos dijimos que siempre se cuenta la historia que acaba con los atracadores en la cárcel o muertos. Nunca se habla del ladrón que se sale con la suya. Quizá porque ha logrado incluso eso: anonimato.
Pero esa historia también existe. Está más claro que el agua.
Llegar a esa conclusión nos pareció una auténtica revelación. Se acabó y que os follen.

R.
»Asistía poco a las clases. Quería echar un polvo, era lo único que me interesaba. Y cuando lo echaba, quería echar otro. Eso era lo único que me acercaba a la universidad.
»Pero me topé con que mucha gente joven ya no creía en eso realmente, como si ya no fueran de carne y hueso o eso les avergonzara. Se conformaban de ideas, ideas rebuscadas, cuanto más, mejor, porque eran la primera generación que sabía cómo arreglar las cosas. De modo que se lo tomaban en serio. No estaban para chorradas. Se habían vuelto la hostia de cuidadosos, cuando no puritanos. Cualquier muestra de espontaneidad les hacía pensar en el acoso y la violencia, en el sistema de opresores y víctimas que veían allá donde miraran.
Follar es la hostia de vulgar. La peña tenía asuntos más serios de los que ocuparse. Algunos estaban realmente jodidos, se sentían culpables. Y me refiero a culpables por movidas del pasado, guerras e historias de sus bisabuelos. O sencillamente por su raza, o por haber nacido varones. No tenían ni veinte años y actuaban como si tuvieran sesenta, hubieran hecho algo terrible antaño y se dieran cuenta por fin de todo el daño infligido.
Habías tías que decían que se sentían violadas cuando otras mujeres eran violadas. Algunas no habían echado ni un polvo. El rollo de la sororidad.
La verdad es que todo eso me sonaba bastante guay al principio, “estoy con los buenos”, pensaba, peña sensible, dispuesta a ayudar, arreglar, enmendar. Pero el segundo año ya era un auténtico coñazo, un rollo siniestro.
Parecía que realmente deseaban que pasara algo, un buen caso de abusos, una movida racista, un buen follón. Necesitaban su chute, ejemplos que refrendaran su alarmismo. Empecé a sospechar que el objeto del activismo era el propio activismo, un sustitutivo de ir a los billares o comerse una hamburguesa y flirtear.
Ya no distinguían un roce de una experiencia traumática. La peña empezaba a emparanoiarse en serio.
»Comencé a quedar con mujeres mayores. Les sudaba el coño toda esa movida. No creían en ella ni por asomo. Tenían su vida más o menos amueblada y querían follar con alguien a quien le gustara de verdad follar. Nada de sexo inseguro trufado de miedo, preguntas y dudas. Stop moñas de nuevo cuño.
Instinto, carne, cachetes, algún salivazo, un poco de vida y agradecido descontrol. Seres humanos reconociéndose como tales.
En eso estaba yo.
»Lo de pegar el palo surgió sobre todo de J. Primero creía que era coña, pero no dejaba de hablar de ello. Yo pensaba en mi familia. Él decía que eso era la bola y la cadena. No había manera de ser libres si no era cortando por lo sano. Ni se imagina los discursos que construimos y alimentamos.
»Pensábamos en el tiempo. Cuando hayan pasado un par de años, nos decíamos, ¿quién coño va a seguir buscándonos? La rutina se lo come todo, es voraz que te cagas, el tiempo es omnívoro, implacable, nunca se rinde, no hace rehenes ni excepciones.

V.
Durante un tiempo me parecía estupendo, positivo, inteligente. Todo el rollo de la universidad. Me uní a un grupo de chicas. Lo que antes era montar una banda de rock, había mutado en quedadas ideológicas semanales. Los tíos, el sexo, lo de hacerlo o no hacerlo, el lesbianismo político (algunas fantaseaban con hacerse lesbianas), hablábamos de todo, aunque nunca de forma cauta o en buenos términos.
Cuanto más asistía a esas charlas en grupo, más miedo tenía de socializar con chicos o salir a la calle. Me costó un tiempo admitirlo en voz alta. Era como cuestionar el cristianismo delante de San Pablo.
»Había una chica mayor que el resto. Editaba una revista digital de contenido teóricamente feminista. Era la cabecilla, nos reuníamos en su piso. Al principio me parecía un ser de una inteligencia superior. Hacia el final, tres meses después, la veía como una persona seriamente dañada, amargada, con alguna patología mental profundamente arraigada.
»Una día expulsó del grupo a una chica de primero. Hacía preguntas claras y directas, quería pruebas y comparativas, no aceptaba las generalizaciones. Para resumir: no tenía verdadera fe, de modo que no se creía nada porque sí.
Un día salió a colación la brecha salarial. Tema tangible, calculable, se podía medir mejor que otros, aunque también discutir. Pero allí no íbamos a discutir, no estábamos allí para confrontar ideas. Cristo había resucitado y punto.
Pero la chica de primero decidió opinar otra vez. El demoníaco individualismo liberal.
Dijo que la brecha salarial surgía de un cálculo global y vago: pasta que ganan todos los hombres contra pasta que ganan todas las mujeres. No se tenían en cuenta las variables, los motivos, las elecciones de las personas, la peligrosidad o no de los empleos. Etcétera. En realidad esa desigualdad-producto-del-machismo ya era una teoría de sobras desmontada, pero en aquel momento yo no podía saberlo. O más bien no quería. En una sociedad patriarcal las cosas pasan por un solo motivo. Era maravilloso que todo fuera tan fácil.
La chica de primero tenía el pelo muy corto, una cara redonda y dulce, cinturita, unas tetas grandes y respingonas y un culo al estilo TikTok. Y nuestra cabecilla, no.
Ahora estoy convencida de que aquello no ayudó.
Pensé mucho en ello. Las chicas de aquel grupo no éramos distintas al resto de las personas. Al final resultó que también estábamos rellenas de tripas y fluidos. Pedos andantes igual que el resto. Desinformadas o sobreinformadas de la misma manera. Con necesidad de pertenecer a un grupo como todo hijo de vecino. Maleables y con una porción mínima de la información, con la que pretendíamos descifrar el mundo, exponerlo y salvarlo.
Teníamos 19 años.
»Algo se desató en mí, empezaba a estar muy harta de intentar sacar algo bueno de unos vendemotos u otros. Creo que eso influyó.
»¿Le importa que fume?
»Yo no quería formar parte del atraco. Al menos no al principio. J. se creía más listo de lo que era y R. me tiraba los tejos. Eran dos cerebritos, de todas formas, incluso R., aunque eso es algo que también se ha dicho de mí, despectivamente, por supuesto, justo después de abandonar el grupo feminista.
»No sé si pedirle que entrecomille la palabra feminismo.
»¿Sabe qué?, haga lo que quiera.
»Simplemente dejé de asistir.
Unos días después la cabecilla me abordó camino a la universidad. Es curioso cómo no sabíamos realmente nada de ella, sólo conocíamos sus excreciones verbales. Su Evangelio.
Era como un planeta pequeño con unas gafas moradas. No te era difícil imaginar una infancia marcada por el bullying; puede que incluso algún abuso, palizas, una violación. Tardas un tiempo en darte cuenta de que una persona que ha sufrido no tiene necesariamente la razón. Entender ciertas actitudes no significa compartirlas.
En mi penúltima asistencia a las reuniones, había comentado mi miedo creciente a casi todo desde que asistía a dichas reuniones. Y que no me parecía normal, porque el mundo de ahí afuera era el mismo. Vivíamos y vivimos en uno de los países más seguros con diferencia para las mujeres, y yo pasé a tener un miedo cerval en las calles más o menos solitarias en las que veía a algún fulano caminando por la otra acera, escuchando distraídamente un podcast, o quizá lanzando una mirada fugaz y rutinaria a mi culo. Ajeno por completo a mi persona, en realidad, centrado en sus asuntos, completamente inofensivo.
Yo sabía y sé que puntualmente pasan cosas terribles, pero mi nuevo yo siempre mirando hacia atrás y vigilando no tenía ningún sentido de ser, y tampoco lo tenía el exigirle a la calle la seguridad del salón de mi casa.
Cuando abandoné el grupo, volví poco a poco a sentirme más tranquila: relajada en casa y vagamente alerta en la calle. Como antes, como todas las mujeres, como todos los hombres. De hecho como todos los críos. Lo pensé, había sido más tonta que cualquier crío de diez años.
»Enseguida llego al atraco, esto es importante.
»Mi cabecilla me habló con voz suave. Cuando hacía eso era cuando más me parecía la gurú de una secta.
No entendía mi miedo creciente, del que se acordaba muy bien. Le dije que no era mi miedo, sino el suyo, me lo había contagiado.
Continuó con su suave tono de voz. Empecé a impacientarme. Creo que nunca la oí hablar sin mencionar el Patriarcado. En ese momento ya me parecía alguien a quien mantener lejos de las niñas de quince años.
Se lo dije.
Comenzó a gritarme. Se acabó el tono de secta, o quizá se acentuó. Dijo que me había convertido en una alienada más, una cómplice de cada violación y asesinato perpetrado por los hombres blancos cishetero. Estaba blanqueando el terrorismo machista.
Le dije que buscara el significado de esas palabras y me fui alejando. Ella no dejaba de gritar. Un par de chicas del grupo nos oyeron y acudieron a intentar calmarla. Miradas asesinas. Se la llevaron y nunca más la volví a ver.

Días después se lanzó desde la azotea del rascacielos Tudor.

2- INICIAR

V.
Se espachurró contra el suelo. Esa fue la palabra que usó una compañera mía (ajena al grupo) para describirlo. Reventó como un enorme globo de agua activista, salpicando tripas, sesos, grasa y huesos en todas direcciones. Una tienda Apple hecha un asco, un crío de cinco años con la esquirla de una costilla clavada en un ojo, unas cincuenta personas –al menos diez de ellas salpicadas– con esas imágenes en la cabeza mientras intentaban dormir esa noche. Días más tarde aún se encontraban dientes o se veían restos a distancias increíbles.
Ciento treinta kilos. Ciento cuatro pisos. Dos más que el Empire State.
»Al principio recibí la noticia como cualquiera. Estupor y dudas. Aunque no muchas dudas si lo pensaba: cómo era, cómo se expresaba, cómo miraba en torno. No creo demasiado en las señales suicidas, pero a toro pasado unos suicidios te extrañan menos que otros.
»No es que comenzara a sentirme culpable, pero ¿era parte del detonante? No puedo imaginar hasta qué punto le afectaban las cosas, cualquier mínimo encuentro, palabra, mirada. No digamos un encontronazo o una discusión. Pensé que debía estar cobrando algún tipo de pensión por invalidez física. No investigué, la verdad.
»El caso es que luego comencé a verme con J. y R. J. me gustaba un poco y R. siempre andaba con él. Comenzaron a hablar del atraco. Yo sólo quería intercambiar libros o pelis con ellos, cosa que hicimos durante un tiempo. Universitarios culturetas intentando ver más allá. Las películas, la música, las novelas de Thomas Pynchon, nos encantaban las novelas de Thomas Pynchon. Comenzamos a estrechar vínculos como trío.
Supongo que necesitaba un viraje brusco, un cambio narrativo radical, pynchoniano, sin aparente sentido pero con todo el sentido. Quizá incluso me atrajese un poco el peligro. La rutina habitual en la ciudad comenzó a parecerme cada vez más y más deprimente, y el futuro menos y menos prometedor.
No es que quisiera marcarme una espantada tipo Alexander Supertramp. No quería cambiarme el nombre e irme a Alaska con un librito de Jack London y otro sobre plantas comestibles.
»Tampoco voy a ningún lado concreto con esto. No hay una justificación sofisticada para lo que hicimos. En mi caso fue una especie de boutade vital, si lo quiere ver así. No creía mucho en eso de dar el gran golpe y largarse a parajes más cálidos. Puede que me pareciera más una aventura. En algún momento pensé que podía ser extraña pero definitivamente cool explicarlo en el futuro. Como la chica que soy, con mis pintas, quizá no un pibón pero sí una vecinita muy a tener en cuenta. Y que la vecinita una noche de verano silenciara a todos, sembrando la duda. Yo, V., contando con pelos y señales la historia de cómo atraqué un banco con dos compañeros de la universidad.

R.
Me dejé llevar. Siempre he funcionado más o menos así. Puede preguntarme lo que quiera, repreguntar, dudar, insistir o irritarse. Pero la respuesta será casi siempre la misma. Usted quiere saber por qué lo hicimos. Le parece increíble que tres universitarios intelectualmente presentables tomaran semejante decisión. Podríamos haber aguantado, haber acabado la carrera, explorado algún camino menos peligroso, más legal. Usted cree que nos hubiéramos centrado, que sólo era una cuestión de tiempo.
»Es probable que tenga razón, pero imagínese dónde estaríamos ahora…
No se preocupe, respetaré la cronología. Pero no espere respuestas muy jugosas cada vez que quiera entender. No pensábamos en esos términos. Cuando decides coger un atajo radical en la vida, no puedes permitirte el lujo de analizar tus planes o ideas de forma racional. Mire, quizá ese ambiente histérico de la universidad sí había permeado en nosotros, pero no de la forma esperada. J. y yo no nos comenzamos a sentir culpables como varones por todas las desgracias de la historia, y V. no se dejó arrastrar como mujer, ni siquiera habiendo estado en el ojo del huracán.
Eso me encantaba de ella, esa evidente independencia. Eso que llaman empoderamiento siempre me ha sonado a complejo de inferioridad. Si hay un perfil de mujer que se podría describir como empoderada, despojando la palabra de sus connotaciones victimistas, desde luego no sería la feminista universitaria al uso. V. jamás se habría declarado una mujer empoderada, porque para ella eso suponía admitir un pasado de fragilidad, debilidad o sufrimiento por el hecho de ser mujer, lo cual no había sido su caso. Hubiera sido como mentir, como declarar que era débil, que siempre lo había sido.
V. es la auténtica mujer empoderada, porque jamás se le ocurriría describirse así.
»Me dejé llevar. ¿Estaba muy convencido? Oiga, honestamente creo que mis únicos momentos de convencimiento total respecto a mis planes e intenciones, son con un coño delante. El resto siempre es demasiado duro o vaporoso. Basta que des un traspiés tonto por la calle para despellejarte una rodilla. Reconozco que a veces comer se puede parecer un poco a follar, pero cuanto más rico comes… ya sabe usted. Comer es necesario, un placer y a la vez una trampa.
Ya sé que el sexo conlleva sus problemas potenciales también, pero yo soy lo que se dice un chico sexualmente responsable, un muchacho sencillo, un empotrador. Hay que ser limpio y prudente, y hay que comunicarse con los ojos, con las manos, y se puede hablar, por supuesto, pero creo que el famoso consentimiento verbal es una máquina de provocar gatillazos y secar vaginas.
»¿No era esa la intención, que divagáramos un poco? Así es como mejor se conoce a la gente; un discurso preparado es sólo una mentira ampulosa.
Me dejé llevar y le dije a J. que vale, que muy bien. ¿Cuántos años te pueden caer por salir esposado y con un pasamontañas de un banco? Qué coño, adelante J., cuéntanos, ¿cómo lo quieres hacer?, conviértenos en leyenda.

J.
Si quiere saber cómo me sentía, la verdad es que me sentía como la gran polla. El Rey de la montaña. Estaba tan convencido de que todo iba a salir bien, que ni siquiera me irritaban las dudas ajenas, las advertencias, los consejos. Creo que V. pensaba que sólo era un juego, que se detendría después de comprar los pasamontañas, que ni siquiera íbamos a comprar armas de fuego. ¿Qué íbamos a hacer nosotros con pistolas? Pues concretamente, nada, porque no compramos balas. Sólo preparábamos la puesta en escena. Casi todo iba a ser igual que en el rodaje de una película. Por un momento pensé incluso en grabarlo de algún modo. Mirad, así nos hicimos asquerosamente ricos. Yo mirando a cámara, presentando la peli en video para Venecia, Cannes, Berlín. En camisa hawaiana y sujetando alguna bebida exótica con monísimas sombrillitas. El público pensando algo que decir para después, un modo elegante de juzgarme, pero riendo y envidiando por dentro.
»El auténtico reto era no convertirnos en el enésimo relato moral.
Por más confiado que estuviera, eso sí, igual tenía que ir a dormir la noche antes, despertar a la mañana siguiente y afrontar los hechos. Cabeza, tripas y corazón nunca se quedan quietos, da igual lo decidido que seas, nunca estás vacío, nunca logras ser lo suficientemente psicópata. Todo el mundo querría tener esa habilidad, ese interruptor para desactivar el miedo o el sufrimiento, pero esa mierda siempre está ahí, más o menos presente, agazapada. Le gusta salir de noche, cantar ópera en tu pecho y retumbar en tu cabeza.

3- TODA LA VERDAD

J.
Conocía a un colega de mi padre. Un delincuente menor vocacional. Johnny.
No se llamaba así, era más bien un autoapodo. Durante un tiempo mi padre curró de guardia de seguridad. Johnny era alto y desgarbado, y le gustaban las joyerías. Le gustaba controlarlas, como él decía, ir de visita diurna, charlar con alguna dependienta. A las dependientas les encantaba Johnny. Él se inventaba una novia a la que planeaba regalar algo. Fingirse con pareja era perfecto para flirtear. De paso controlas la ubicación de las cámaras de seguridad, el transito de los seguratas, qué ambiente se respira en general. Te haces un mapa mental, te familiarizas y haces memoria. El día es para estudiar, la noche para trabajar.
Mi padre conoció a Johnny porque Johnny siempre ha sido un atracador nefasto. Mal planificador, cero intuitivo, cero violento. Un folladependientas envidiable, eso sí. Follamigo ejemplar, nunca se pelea con nadie. Nadie le tiene muy en cuenta excepto para un casquete o una detención rápida. Un polvo con Marisa la casada o un repaso de ficha policial con el comisario Ibáñez. Una rutina de contrastes.
Johnny tampoco usaba nunca balas, y él nos prestó un par de pistolas Star. Clásicas, pesadas, justo lo que necesitábamos. Le mentimos, le dijimos que queríamos rodar un corto. No nos creyó, o sí, o más bien le importaba un carajo. Debía estar pensando en alguna Sandra o el siguiente abogado de oficio.
»Primero pensé que lo ideal era ir a la hora en que abriera la sucursal bancaria. Ya teníamos una favorita. Consulté en Google. Descubrí que cuando abren no es buena idea actuar, es probable que haya más seguridad que en cualquier otro momento. Además es un puto banco, seguramente abren desde dentro siguiendo unos cien protocolos. No es Julián abriendo el quiosco.
Decidí que era mejor esperar, hablarlo.
»Curiosamente los pasamontañas resultaban más amenazantes que las pistolas. Incluso comprados por Amazon. Transmitían peores augurios. Las pistolas descargadas tienen algo de juguete, y nuestra generación aún jugó a dispararse a los nueve años. Quizá por eso acabamos atracando un banco… Ahora para mucha gente eso es de una lógica aplastante. Todo descodificado en dos patadas: películas, videojuegos, juguetes violentos y porno. Prohíbe esas industrias y prepárate para una Arcadia feliz.
¿Usted también lo cree?

R.
Todos los preparativos, sí. Recuerdo más bien poco. Si le digo la verdad, era casi verano y yo andaba mucho más salido de lo habitual. Pero estaba bastante colado por V. Cualquier buen pajillero sabe que no es bueno colarse. Te jode gran parte del rollo masturbatorio; nunca sabes si pensar en Ella o si liarte con el porno. Si piensas en ella es como profundizar más en el cuelgue, y si entras en Pornhub es muy probable que ella se te cruce por la mente en el momento preciso. Es una mierda.
»De liarte con otra ni hablamos. Ella se podría enterar y le importaría un carajo, pero a ti no. Colgarse es una mierda.
»Recuerdo verme en el espejo con el pasamontañas puesto y la pistola en la mano. ¿Qué le pasaría a usted por la mente? A mí poca cosa, la verdad. Éramos unos críos, no había motivo para aquello. Yo podría entender a un grupo de adultos desesperados, arruinados, ansiosos por alimentar a sus hijos o tener un respiro. Pegas un palo, te sale medio bien y logras un mes de margen, aunque sólo saques calderilla. Le ganas una pequeña partida a la vida. Lo entiendo. Pero ¿nosotros?
»Nunca en la historia de la humanidad ha habido una generación más privilegiada y a la vez malcriada y quejicosa. ¿Usted a qué cree que se debe?
»Yo tengo una teoría: No se ha encontrado un sustitutivo para el guantazo.
El guantazo era una mala idea, lo reconozco. Cortaba ciertas gilipolleces por lo sano, pero a la vez infundía miedo. Era una limitación de los padres, es cierto. Pero todos sabemos también cómo son los críos. Aunque no los tengamos, hemos visto críos ajenos, y a veces basta una hora para querer mandarlos a diez metros de una patada. Sólo decirlo es un alivio. Pequeños dictadores egoístas que saben que hagan lo que hagan ya nadie les va a tocar.
Ahora no les tocamos, pero no hemos llenado ese hueco. Hablas, sí: habla con un crío de cinco años que ha decidido que es divertido llevarte la contraria, correr hacia la carretera, ponerse en peligro, romper la vajilla, insultar, pegar a otro crío, tocarle los huevos a un perro. La lista es interminable.
Te toca razonar con alguien que NO razona y no ve motivo alguno para hacerte caso. Ya no.
Y esa generación de intocables llega a los quince años, a los diecinueve, a los veinticinco. Y cree que la violencia es no poder pasear con tranquilidad por un callejón a la tres de la madrugada. O que una violación es aquella vez que accediste a follar con un chico aunque no tenías muchas ganas.
Apenas se han rozado con la vida, y se han convertido en puta gelatina.
»¿Será posible que nosotros buscáramos una dosis de violencia, llenar ese hueco?
»Sólo es una teoría.

V.
“¿Toda la verdad?” ¿Puede haber algo más falso?
Usted decide. Yo no hablo por los demás. Si no incluye sus versiones del atraco en sí podría faltar a parte de la verdad. Quizá debería ver esto como un puzzle. Si siente que nos reímos de usted, o que no tenemos chicha para su búsqueda del Pulitzer, puede empacar y largarse.
»Quizá haría bien en decirnos a las claras cuál es el enfoque del gran reportaje. Aunque supongo que aún no lo sabe. Es un escritor intrépido en busca de las zonas grises, ¿verdad? Debe sentirse muy solo.
Si a estas alturas de su gran obra aún no se ha descrito cómo se llevó a cabo el atraco, si como dice le han dado dos versiones que no tienen nada que ver entre sí, supongo que ya sospecha que yo le daré otra versión distinta que le confirmará que no queremos soltar prenda de cómo lo hicimos.
»A veces acertar es una mierda, a que sí.
»Yo tenía preparada una historia cojonuda a lo Ocean’s Eleven, pero como usted vea.

4- UN HUEVO DE PASTA

V.
Se puede fiar de esto: no tengo ni idea. Ninguno lo ha contado todo. Lo vi, sé que hay lo suficiente. ¿Le basta la medida: un huevo de pasta? Es lo que dice siempre R. Un huevo de pasta, un pastizal, un montón de lana. Lo único que no podemos comprar es la inmortalidad; aunque sí toda la salud disponible.
»Lo sorprendente es que me puedo fiar de ellos. Todos notificamos más o menos nuestros gastos. Pero a nadie le interesa coleccionar coches, aviones o casas. En plan ricachón sólo nos planteamos una vez comprar la isla. Pero nos dio pereza en cuanto atisbamos el papeleo. Hemos tenido que hacer otros cambios que no mencionaré.
»Todo el mundo nos imagina en una isla. Concedámosles eso: sí, estamos en una isla. No nos importa reconocerlo.
»¿Está seguro de estar enfocando bien todo este asunto? ¿Conoce el hotel Tudor?

R.
Nunca había pensado en el dinero. Me daba igual. Seguro que ya sabe cuáles son mis intereses principales. La primera vez que pensé detenidamente en el dinero fue teniendo esas sacas repletas delante. Ahora ya sabe lo que nos costó conseguirlas, pero aun así, no nos engañemos: era dinero fácil. Una cantidad ridículamente grande a cambio de un esfuerzo, bueno, quizá no pequeño, pero de un solo día.
Es lo que la gente llama: coger un atajo. Luego añaden que eso siempre se paga, que nunca te sales con la tuya. De un modo u otro, la vida te pone en tu sitio.
En fin, seguimos esperando.
»No negaré que pensé en irme de putas de lujo por todo lo alto. Meh, la idea perdió fuerza en mi cabeza a medida que la iba madurando. Respeto a las profesionales, pero lo que de verdad me interesa es un chica con la que tenga cosas en común. Mi versión femenina, o lo más aproximado. Alguien que sepa echar un buen polvo sin comenzar a contaminarlo con alguna especie de culpabilidad moderna sobre lo desaconsejable de follar porque sí. Alguien que sepa utilizar y dejarse utilizar. Que no lo convierta todo en un trauma potencial.
»¿V.? Sí. Cómo se lo explico. Ya lo he dicho, V. me gustaba, pero, ¿alguna vez ha sentido que no quería estropear algo más grande que su cuelgue por alguien? Todo iba la hostia de rápido. ¿Qué hubiera podido pasar si yo intento ligarme a V.? No digo que tuviera posibilidades, pero… En fin. Aunque quizá sí lo intentara…
»Supongo que sabe que todo esto va más allá del dinero y el atraco, ¿no? ¿Sabe que ahora me aburren soberanamente las películas de atracos? No puedo ni verlas a no ser que sean de los 70 hacia atrás. Las clásicas no se preocupaban por el verosímil que ahora te quieren vender algunas pelis. Eso les daba encanto, se reconocían como pelis. ¿De qué estoy hablando?

J.
Qué puedo decir. Todo salió bien.
Ahora ya sabe que no fue fácil. No es fácil apuntar a alguien mucho más grande que tú a la cara, sobre todo con un arma descargada. Tampoco te podías fiar de los clientes, por muy en el suelo y boca abajo que estuvieran.
Pero vaya, ya le he hablado de todo eso.
Cuando huíamos en el coche, me observaba las manos, temblaba como una hoja. Estábamos cruzando la famosa línea roja sobre la que se han hecho miles de películas.
»Para mí el dinero es casi una cuestión abstracta. Creo que se define mejor con el modo en que habla de él la gente que no lo tiene. Es un fenómeno creciente ahora. Muchos pugnan por parecer los más virtuosos. No es de extrañar que pierdan el culo por demonizar a quienes se mudan a países con menor carga fiscal. ¿Se da cuenta? Te quieren vender que ellos no se mueven de su país no porque tengan ataduras familiares, laborales y de todo tipo, sino para pagar ética y responsablemente sus impuestos bajo la bandera correcta… Y quieren que les compremos esa moto, que les felicitemos con una amplia sonrisa por lo jodidamente equilibrados y bondadosos que son.
La humanidad, la generosidad infinita de quien nunca ha sido tentado.
Siempre arrastrando la misma contradicción castrante: quisieran tener mucha pasta, pero odian a quienes tienen mucha pasta. Un odio político, inflado por intereses (de otros, por pasta), y también bastante simplista.
»Imagínese salir de ese circuito. Los pobres, los ricos, los manipuladores… Como delincuente estás exento, tanto los unos como los otros como los de más allá, te señalan: has robado a los tres.
Exento para mal. Pero con pasta.
Amueblas bien tu apartamentito en el Infierno.

5- DIEZ MIL KILÓMETROS

J.
Era la imagen que yo perseguía. El resto lo puede considerar paja. Tírelo a la basura. Eliminar de la papelera de reciclaje.
Yo quería ver el morro de nuestro coche (la volkswagen de mi madre, finalmente) tragándose una carretera soleada, rumbo a tomar por culo.
Mucho espacio detrás para la pasta y un plan mejor trazado de lo que parece.
El sol abrasando el viaje, la universidad cada vez más lejos, el futuro, incierto. Todo lo contrario a los deseos de nuestros padres. Los padres casi siempre quieren lo mismo para sus hijos; en resumen: una vida larga y aburrida, exenta de sobresaltos. La mayoría de gente aspira a eso, nadie lo consigue realmente, y luego buscan que se materialice en sus hijos. Una cadena de fracasos en busca de la mediocridad. Nadie que se considere inteligente intenta triunfar, o al menos experimentar un poco en su puñetera y única vida. De ser por esa inteligencia media tan humilde y conformista (esos éticos y metalegales pagadores de impuestos…), aún estaríamos cazando mamuts, mordiendo carne cruda y muriendo de inanición a los veinte por desencaje de mandíbula.
»Estaba eufórico. No dejaba de pensar en camisas hawaianas. Se lo contagié al resto. Paramos junto a una tienda cerca de Sonora a las tres horas de viaje, salí solo a comprarlas. Siempre pagar en efectivo. Nueve camisas a repartir, cada una más chillona que la anterior.
»Se lo crea o no, no estábamos preocupados, en absoluto. Los tres habíamos crecido en familias numerosas, todos con hermanos y hermanas menores, ruido constante en casa, planes tediosos, juguetes rotos y ansiedad, intentos deprimentes de papá y mamá por llevar cierto orden, prefabricar la estabilidad, mantener el peligro a raya.
Piense en Richard Dreyfuss en Encuentros en la tercera fase. ¿A alguien le extraña cuando se larga al final con los extraterrestres? ¿Alguien recuerda a su puñetera familia a esas alturas?
»Al menos así me sentía yo. Conducía V., le gustaba, pero al comprar las camisas me pedí el volante. El sol me daba en la cara, la brisa caliente entrando por la ventanilla abierta. No era la ruta 66, ni falta que hacía. No es el camino sino quien lo emprende. Vagabundos forrados hasta los dientes.
»Había cabos sueltos, desde luego, éramos prófugos, pero qué coño, no habíamos matado a nadie, y era la primera vez que hacíamos algo remotamente distinto a lo que se esperaba de nosotros. Aunque nos hubieran pillado en esa misma carretera, ya habíamos vivido más que cualquiera a quien conociésemos.

R.
Rigodón. ¿Es pronto para hablar de él? ¿O necesario? Hay gente que nos tiene por mucho más inteligentes de lo que somos. Había una serie de movidas con el dinero y el viaje, los traslados, todo eso que quizá ni contemos aquí, que requerían de alguien con contactos y sin escrúpulos. Era para la última etapa, el jet particular, todo ese rollo.
Rigodón es un nombre en clave. Bueno, no exactamente, pero ya me entiende.
Era, es, un abogado o exabogado, un tipo… qué coño, Saul, el tipo que usa chaquetas cantosas y busca un pellizco de pasta aquí y allá. Era cosa del tal Johnny. Esa parte del corto la entendió menos, pero no hizo demasiadas preguntas.
Mejor llama a Saul. Parece ser que existe al menos un Saul en todas las ciudades grandes y medianas, y Periferia no iba a ser menos.
Lo realmente gordo fue el viaje por carretera, o las paradas, más bien… Rigodón estaba moviendo hilos; nos esperaba en Talesa, un pueblecito costero a diez mil kilómetros de distancia. Sólo esperábamos que el volkswagen cafetera modelo hippie apestoso, aguantara.

V.
Parábamos aquí y allá, no demasiado preocupados. Creo que ninguno de los tres vivía con verdadero miedo de ver a la poli por el espejo retrovisor.
Pero eso no es lo más sorprendente para mí. Lo que realmente me inspiraba una agradable inquietud (si se puede definir así) es el desapego familiar. Estábamos cortando vínculos sin apenas despeinarnos.
Yo sé que los tres pensábamos en ello, a ratos. Pero ¿no es lo que hace todo el mundo en el fondo? Se largan de casa de los papis y adiós. Los más sentimentales vuelven una vez a la semana a comer, los domingos, pero diría que ni siquiera es lo más habitual. Creo que la gente no se independiza, se separa, corta, hace tabula rasa y forma o no su propia familia. Construye su propio entorno personal libre de los gritos de papá y la zapatilla de mamá. La mala fama de las suegras no es por nada, pero afecta también a los suegros. Básicamente has cortado con tus padres, y no quieres que los padres de nadie en general metan la narices en tus cosas.
Quieres triunfar o fracasar a gusto, sin que nadie te importune ni te coma la oreja.
El triunfo es algo en lo que he pensado bastante, por cierto. Cada vez estoy más convencida de que no hay nada entre el fracaso y el triunfo. Hay toda una serie de grises que significan fracaso, y luego está el triunfo. Sólo me queda definir triunfo.
»Pensaba bastante en el dinero, ahora que lo tenía. La gente que no lo tiene se centra en la integridad personal. J. habla mucho de eso. Se supone que hay algo dentro de ti que no se debería poder comprar, y que es lo más importante de tu persona. Pero luego sin dinero no puedes comer. Y aun así ese algo es más importante que el dinero… Se supone, pues, que todos deberíamos estar dispuestos a morir por ese algo, dado que ese algo no te alimenta ni paga facturas ni por supuesto diversiones ni te abre puertas de ningún tipo.
Imagínese las gimnasias mentales que se hacen. Y de ahí al nacionalismo, a la religión en todas sus formas. Apología de la pobreza en todos los colores y diseños, ya sea desde ciertos extremismos de izquierdas o con renovadas dosis de judeocristianismo. No me extraña que mucha gente se haga de derechas cuando envejece. Ni siquiera son de derechas, sólo están hartos de comprar motos sobre la integridad personal.
Ser íntegro se parece demasiado a ser pobre, ¿no cree usted? Parece que algunos piensan que o todos pobres o nada.
Al final a la mayoría de gente le gusta comer, vestir bien y divertirse. Esos vagos y maleantes.
»Atravesábamos el desierto. Se comenzaron a producir largos silencios entre nosotros. No eran silencios desagradables. Hubiéramos coincidido de haberlos roto.

6- EL DESIERTO

V.
No estábamos solo cada vez más lejos de la familia y la ciudad, sino de la realidad tal y como se percibe, asume y vende.
Para que se haga una idea, no logro recordar quién conducía, pero paramos el coche en el arcén. Desierto en todas direcciones. Nadie lo que se diría normal o inteligente, decide detener su viaje en coche para caminar por el desierto sin verdadero rumbo. Pero ¿no lo hacen porque les parece una estupidez, o porque si lo hacen van a llegar tarde a algún sitio? Quizá por ambas, o porque ni siquiera se les pasaría por la cabeza. No saber adónde vas, pero ir. No saber por cuánto tiempo, pero hacerlo. No pensar en ello, pero pensando más que nunca, un letargo despierto.
»No recuerdo que verbalizáramos nada. Quizá detuve yo el coche, o J. (R. nunca conducía). Todo suena más extraño de lo que fue, pero sólo si intentas intelectualizarlo. Fue más bien un arrebato espiritual, pero es la primera vez que intento ponerle nombre.
»Era uno de esos días ventosos, de nubes enormes y cambiantes, como castillos flotantes anime. La tierra era dura, a menudo estaba agrietada.
»No se creerá lo que está por venir.

R.
J. frenó y salió del coche. Primero pensábamos que iba a mear, pero se puso a caminar por el desierto. V. le siguió. Pensé que iba a preguntarle a J. a dónde iba, pero simplemente continuó caminando.
No sé cómo explicarlo, pero algo me detenía para manifestar mis dudas. Era como si al pegar una voz o hacer una pregunta, fuese a romper algo nuevo y emocionante, o puro, la percepción repentina de algún tipo de verdad insoslayable. Quizá la verdad no sea lo que cree decir un imbécil en Twitter o un tertuliano hortera en la tele. Mucho menos un telediario. Quizá la verdad es un acto intuitivo de seria espontaneidad. Recuerdo haber pensado algo así.
Yo también salí del coche y me puse a caminar.
Quizá una gran verdad no puede ser absoluta, sino que es vaporosa, inefable (qué putada ¿no?), no algo que se descubre, sino que se siente; por supuesto libre de cinismo, de ironías de rabiosa actualidad, de cientifismos radicales y acientifismos ideológicos histéricos. No te harías el chulo en posesión de la verdad, porque está en el espacio que hay entre las estrellas. O no, hablar de las estrellas sería banalizar este asunto. Una verdad de Instagram no es más real que una de Twitter.
»Caminamos durante horas, quizá sintiendo nuestro terruño planetario espacial por primera vez. Despojados de ego. Imagínese: universitarios despojados de ego.
Si nos hubiesen visto nuestros sensibles compañeros y compañeras, pensarían que J. y yo íbamos a violar a V.
¿Qué si no?
»V. iba unos cinco metros por detrás de J. Yo le miraba el culo a V., por primera vez sin preguntarme cómo sería su ano o como se lo comería.
Sólo veo un culo. Carne del planeta Tierra enfundada en unos tejanos. Tela terrícola. Inventos de este rincón de la Vía Láctea.
Estaba anocheciendo. Los pies nos funcionaban solos, sin prisa, sin conciencia del ritmo o planes de excursión. Ninguna gilipollez de la vida anterior. Ninguna mentira sobre el control.
El ruido de nuestros pasos sobre la tierra aún caliente. En cierto momento vi una serpiente a tres palmos de mi deportiva derecha. No reaccioné en modo alguno, ella tampoco. ¿Me vería como a un igual?
Pasaría lo que tuviese que pasar. No nos habíamos vuelto tontos. Si usted lo quiere racionalizar, piense que nos estábamos tomando un respiro, que nos tomamos un Kit Kat.
No se trababa de avanzar o llegar a ningún sitio, eso ha quedado claro ¿no?. Quizá se tratara de saber estar. Puede que supiéramos habitar nuestro cuerpo por primera vez.

J.
Para que me entienda, quemar una montaña de agendas en el desierto hubiera sido vulgar. No tenía nada que ver con eso. Usted pregunta y nosotros respondemos. No estábamos operando con una mentalidad de activista. A mí un activista no me parece más que un peón, un tonto útil.
No sé si quiere hacerse una idea de lo que fue el periplo por el desierto, pero no fue nada político ni religioso. Allí no había nadie más, y nadie toqueteaba su móvil. Si uno de los tres se hubiera puesto a tuitear, le hubiéramos molido a palos.
»Creo que no lo entiende. ¿Ha oído hablar del lenguaje no verbal? No, ni siquiera es eso, es una vibración concreta en el ambiente. Un acuerdo tácito evidente.
»Usted no se saca la chorra en un funeral y le mea en la cara al finado, ¿cierto? Pues sacar un móvil en el desierto hubiera sido así de grave. O más, porque allí no había ritual forzoso alguno en marcha, allí algo o alguien nos dio la oportunidad de SER.
»Nada le va a sonar normal, olvídese de eso. Aplique el principio de caridad o considéreme un tarado. Yo le hablo en serio, usted haga lo que quiera.
»Tras horas de caminar, ya siendo noche cerrada, vagamos cada uno en una dirección, dando patadas a las piedras, gritando sin palabras. Nos desnudamos. Corríamos, lanzábamos tierra y piedras, sonreíamos. No eran risas, no era un vulgares estallidos de carcajadas. Eran sonrisas de reconocimiento.
»Creo que nos vimos unos a otros como personas por primera vez. No éramos un cúmulo de ideas o una identidad concreta. Éramos imperfectos y de imperfecta carne, reales como la tierra y la luna llena que nos observaba. Todo a nuestro alrededor con fecha de caducidad. Pero estábamos en la mejor parte, nuestro primer cubata en la fiesta de la existencia.
»Nada que ver con el dinero, ¿no? Pero el dinero es un amigo íntimo de la ambición, y también de la curiosidad, de la exploración. El dinero es el centro de nuestro minúsculo mundo; que sea directa o indirectamente lo más importante, no significa que sea lo único. El mismo carácter que nos llevó a por el dinero, nos llevó a ese desierto; hay distintos tipos de riqueza que te puedes perder sin él.

7- LA LUZ

J.
Yo quería meter la mano en un agujero. Eso que nunca haría nadie cuerdo, meter la mano en lo que a todas luces parece una madriguera o escondrijo. La casa de algún bicho potencialmente asqueroso y peligroso.
Quería meter la mano en el agujero y que los demás contaran hasta cien. Con tranquilidad, sin prisas. Nos vestíamos mientras hablábamos de ello. Se rompió el silencio, había durado unas doce horas. Era inevitable, se perdió parte del “hechizo del desierto”, pero luego vimos aquella puñetera luz, señor periodista. La parte que usted y sus amigos cuerdos que sólo han visto oficinas y tramos de asfalto, jamás se creerán.
»Buscábamos un agujero y encontramos una luz. Nos adentramos en una pequeña cueva (eso creíamos), estábamos tan lejos de la furgo que daba vértigo pensarlo. No sé qué hora era, muy de madrugada, en uno de esos lugares en los que no hay nadie nunca. A no ser buscando a la última niña desaparecida, la encantadora y virginal Isabel, de dieciséis años, la protagonista de los telediarios de entonces. Te miraba desde sus fotos como diciendo: “Estoy más muerta que tu bisabuela, chaval”.
»Pero allí estábamos nosotros, buscando un agujero en el que yo pudiera meter todo el brazo. Estaba deseando hacerlo. Pensaba: si me pica una araña o una serpiente y me muero, pues ahí os quedáis.
Fuimos profundizando en la cueva. La verdad es que cada vez nos interesaba más la cueva y menos los agujeros.
Creo que fue V. quien nos quiso informar. Lo hizo con una pregunta. Dado que era de madrugada y estábamos buscando el modo de provocarle un squirt a una cueva, ¿por qué no estábamos a oscuras? La luna ya no podía aportar nada, llevábamos unos cinco minutos andando.
»El camino era tortuoso y curvo, pero un resplandor azul se hacía cada vez más evidente.
Comenzamos a flipar, no se crea. La noche había resultado bastante irreal en términos generales, pero no esperábamos extrañeza más allá de nuestra percepción.
Era una resplandor estable, chillón. No parecía fuego ni olía a brasas, nada por el estilo. Luz azul o verde, o blanca, color cambiante pero estático.
A medida que nos acercamos a la fuente de ese brillo, llegué a pensar que era el mejor momento de mi vida. Sentía que flotaba a un palmo del suelo. Miedo y placer, una incertidumbre como nunca había conocido. Todo eso me llenaba.
La cueva se ampliaba, se convertía en un espacio “habitable”. En medio estaba la fuente de luz, la luz en sí. Una esfera flotante del tamaño de un balón de baloncesto.

R.
Yo quería tocarla. Otra mala idea. Ahora creo que desde hace años sólo hemos encadenado malas ideas. Y en general se nos ha premiado por ello… ¿No se ha preguntado alguna vez si lo que se asocia a la sensatez no será un montón de mierda interesada? ¿No será que la sensatez, o incluso los actos considerados generosos, sólo benefician a unos pocos?
»¿Quiere que hablemos de la esfera luminosa o del capitalismo? ¿Y el comunismo, cree que es lo ideal y que simplemente aún no se ha sabido hacer bien?
»Me acerqué y la toqué. Flotaba a un metro y medio del suelo. Estaba fría como si sacas de la nevera una lata de cerveza. El tacto era extraño, no podías saber si era liso o suavemente rugoso. Aquella cosa comenzó a palpitar. No físicamente, pero la luz disminuía y aumentaba, cada vez más rápido. Dejé de palparla, y tuve una rotunda erección.

V.
Mientras R. tocaba aquella cosa, yo lloraba desconsolada y J. no podía parar de reír. Ambos sin aparente motivo. Además a R. se le había puesto dura como si hubiese estado sobando una teta.
»La luz comenzó a menguar hasta apagarse del todo. J. dejó de reír en cuanto saqué el móvil y conecté la linterna.
Ya no había nada, ninguna bola, ninguna esfera, sólo paredes rugosas, un loft para trolls.
Salimos con parsimonia, nuevamente en silencio, sin reír ni llorar, aunque R. aún la tenía dura. Los tres habíamos compartido algo que no sabíamos siquiera que se pudiese compartir. El tipo de experiencia que no puedes contar si no quieres que te consideren una persona inestable, mentirosa o muy ignorante.
»Ni siquiera llegamos a pensar que aquello nos hubiese cambiado. Es decir, sí hasta cierto punto el desierto y la experiencia global, pero no la esfera en particular. Nadie adquirió poderes, que yo sepa.
»Para mí era algo de origen extraterrestre. Qué si no. Una vez has vivido una experiencia así, es imposible no intentar darle algún sentido.
»A todos nos dio por pensar en Isabel, la adolescente desaparecida. J. rompió el silencio, no dejaba de hablar de Richard Dreyfuss en Encuentros en la tercera fase.

8- LAWRENCE DE ARABIA

V.
El camino de vuelta se hizo eterno. Amanecía a nuestra espalda. Cuanto más caminábamos, más conscientes éramos de haber dejado abandonada una furgoneta volskwagen a reventar de pasta.
Yo no estaba preocupada, sinceramente. Creo que mi filosofía con todo aquello desde el principio, era que si el atraco no resultaba físicamente violento, si absolutamente nadie salía herido, la experiencia habría valido la pena. Me daba igual salir detenida del banco o que nos pillaran bebiendo algo rojo y dulzón a los dos años en Bahamas.
J. y R. discutían sobre si habíamos dejado la furgoneta cerrada o abierta. Yo lo recordaba: las puertas delanteras abiertas como las orejas del príncipe Carlos. Pero no dije nada.
Les digo que lo dejen estar, que ya no hay nada que hacer excepto volver y ver si esa cafetera sigue donde la dejamos.
R. se pasó como dos siglos hablando de su polla, por cierto, concretamente de su erección. Y bueno… Que se lo cuente él si quiere.
»Yo me sentía mucho menos cansada de lo normal. No dormimos literalmente nada en toda la noche, no comíamos desde el día anterior a mediodía. Es algo que a veces sí he relacionado con la esfera, como si nos hubiese otorgado un extra de energía. Cuando empalmas un día con otro todo se vuelve una imitación de lo que era, lo que ves, lo que oyes, las ideas. Pero no nos sentíamos así.
Cada vez que alguien se alejaba para mear o hacer sus necesidades, yo me preguntaba por qué no recordaba ese tipo de detalles de la caminata de ida.
En cierto momento tuve que hacer pis. No había nada parecido a un arbusto cerca; por más que me alejase, se me veía en cuclillas y con las bragas por los tobillos.
Sí, nos habíamos visto desnudos, pero ya no era lo mismo. J. y R Se volvieron de espaldas y continuaron preguntándose por la pasta y la furgo y qué íbamos a hacer si habían interceptado nuestro botín. Teorizaban sobre localizadores en las sacas o los fajos. Tenía bastante sentido.

R.
Es cierto.
En el camino de vuelta la tuve dura durante unas cuatro horas. Me comenzó a doler. Pero los demás no querían ni oír hablar de ello. ¿Usted lo puede creer? Era como si me hubiera tomado tres viagras. Yo tomando viagra… Unas palpitaciones horribles en la polla. ¿Usted sabe lo que es eso? Una vez tomé media, porque una tía me ponía como una moto y quería darle toda la noche, nos habíamos puesto muy cerdos con mensajes por Instagram. Quería provocarle temblores hasta el amanecer, hacer que todos sus ex parecieran maricas. Quería ser el más macho de su coño, el rey de su culo y el amo de sus tetas.
Entonces no fue mal, tenía a una mujer de bandera a mi disposición, incluso con ganas de iniciarse en el sexo anal. Era como si en vez de polla tuviera un calabacín en la mano. Que si por el coño, que presionando por el ano… Ella se corrió unas siete veces. La verdad es que al final ya me dolía bastante la polla. Por suerte se comenzó a pochar a mi cuarta eyaculación.
»En el desierto tuve que alejarme y hacer algo al respecto. ¿La polla se me bajaría si no hacía nada con ella? No lo sabía, joder. Pensé, si la tengo así, por fuerza tendré que hacerme una paja, al menos.
Se lo comuniqué a J., intentando ser discreto, pero el capullo tuvo que empezar a quejarse en voz alta.
–¿Lo dices en serio?
–Tengo que hacerme una paja, lo siento. Quizá dos.
–¿Pero no dices que te duele?
–Sí, pero creo que si…
–Vale vale vale… lo que sea, pero rápido.
Tuve que alejarme unos cien metros. De entrada no fue cómodo, pero llegué a encontrarle el punto a la situación. No me importaba que me vieran de lejos la polla, pero no quería que me vieran sonreír. Aun sobre el suelo duro, estirado de cara a un cielo medio encapotado, me comencé a sentir bien. Recordé que no se trataba de viagra, sino quizá de alguna fuerza extraterrestre que me la había puesto dura. Pensé en las pelis porno retro de mediados de los 90, algunas absurdamente temáticas, con disfraces y maquillajes, no sofisticados pero sí con mucho trabajo detrás. Y me vino a la mente Silvia Saint. Mi actriz porno favorita. Una rubia checa que personificaba el tipo de dulzura voluptuosa que anhelas cuando tienes dieciséis años.
Me corrí bastante rápido, pero la polla seguía en modo calabacín. Decidí seguir en ello. Pensé en V., pero no de esa manera… Pensé que ya no tendría ninguna posibilidad con ella. Es decir, creo que antes ya no la tenía, pero si la tenía sin saberlo, me la estaba cargando haciéndome pajas en el desierto con ella a tiro de piedra matando el tiempo con J.
No le diré que me siento orgulloso de aquello, pero qué coño, surtió su efecto.

J.
¿Ella no le ha hablado de eso? Es imposible olvidarlo: R. haciéndose pajas como un mono en medio de aquel viento, las serpientes y todas las alimañas. La polla le tuvo que quedar marrón de roña.
No sabía de qué coño hablar con V. mientras el mono se la pelaba. No era yo el que me la había sacado, pero fui el que más vergüenza pasó. Mi amigo de la infancia se trajo la infancia al desierto.
El tío se cascó dos pajas, se levantó, se subió los pantalones y los calzoncillos, y volvió junto a nosotros como si acabara de plancharse las camisas.
Yo tuve que decir algo;
–Aquí está otra vez, Lawrence de Arabia.
–¿Qué pasa?
Nada, ¿qué va a pasar?
–Pues ha funcionado…
–Me alegro. ¿No te ha picado ningún escorpión en la polla?
Pues no, para tu información.
–Algo más que no le podemos contar a nadie, ¿no?
–Tú haz lo que te salga de los cojones, a mí déjame en paz.
V. se tapaba la boca para reír, pero no sé si de vergüenza o de qué. Desde luego estaba roja como un tomate. Pensé que V. ya no tenía ninguna posibilidad con ella.
»Y adivine qué. Por la tarde llegamos adonde la furgo y estaba intacta. Repleta de pasta y futuro, y con las puertas delanteras completamente abiertas. Casi parecía una invitación al mundo.

9- TRASTOS

J.
¿Qué hacer? Seguimos en ello, había un punto de llegada. Rigodón no tenía prisa (¿le han hablado de él?), yo lo sabía, debía estar pegándose la gran vida en la playa, en la piscina, hablando con chicas demasiado jóvenes, guiñando a sus madres, tragando bananas split. Rigodón no ha hecho nada legal desde los dieciséis años, y aún no le ha llegado realmente la factura. El paraíso está en la tierra, pero la fórmula para lograrlo casi nunca supura legalidad. Podrías ser futbolista de élite o una estrella del rock, pero no lo vas a ser, y cualquier alternativa consiste en pegar el gran palo.
Recuerdo el olor, dentro de la furgo, sin aire acondicionado y con las ventanas abiertas, parecía notarse mejor que en el desierto; el abandono, la tierra seca, los bichos, el sol, y seguramente un buen puñado de muerte sin resolver. Pensábamos que era fácil que anduviera cerca el cuerpo de la pequeña y dulce Isabel, concienzudamente enterrado.
Estábamos entrando en el verano más crudo. Creo que no pasó gran cosa durante dos o tres días, excepto grandes palizas al volante, paradas para poner gasolina y comer aquí o allá. Nunca vimos nuestras fotos en un telediario o la prensa. Era como si hubiéramos logrado desaparecer. Sé que es casual, debía haber un operativo buscándonos, pero estar ajenos a ese ruido ayudaba. No nos buscábamos en Google, desde luego, y además nuestros teléfonos llenos de perdidas se descargaron, y no hicimos nada pronto por revivirlos.
En algún momento comenzamos a buscar algún pueblecito o ciudad pequeña donde parar quizá dos o tres días. V. se lo tomaba con calma. R. creo que soñaba con una habitación de hotel particular en la que hacerse otro par de pajas.

R.
No nos acababa de convencer ningún emplazamiento. Dormimos tres días en la furgoneta. Las ciudades parecían demasiado grandes, amenazantes, y los pueblos demasiado pequeños y limitados. Los moteles discretos parecían crónicas de asesinatos múltiples, y nos nos convencía el emplazamiento de los hoteles de lujo.
Cuando conducíamos de noche, si apenas había gente, V. fijaba la vista a los pies de los edificios, buscando montoneras de ropa y objetos. Decía que eran la señal de que una pareja se había peleado y había cortado.

V.
No sé por qué me dio por pensar en eso. No es que yo tuviera una gran experiencia con chicos. Recordé a Tom Waits en aquella peli, Bajo el peso de la ley. Su novia le echaba de casa y le tiraba todos sus discos y objetos a la calle. Todo excepto sus botas, por ahí Tom no pasaba. Conseguía calzárselas entre gritos y se reunía con sus cosas en la acera, sus discos rotos y otras pertenencias con valor sentimental.
Me di cuenta de que ya no pensaba en J. como novio potencial. No me imaginaba a mí misma echándole a gritos de ningún sitio ni tirando sus calzoncillos por la ventana. No me gustaba tanto para eso, y lo poco que me gustaba se diluyó enseguida en el ácido de nuestro viaje, especialmente en el periplo por el desierto.
»Llegué a contar hasta quince montones sospechosos de prendas y objetos durante el viaje. No valía si estaban cerca de los containers. Tenían que ser pequeñas islas, intimidades convertidas en basura. Imaginaba a novias cabreadas, no decepcionadas o deprimidas, sino cabreadas, por una infidelidad o algún otro acto aún peor de sus novios. Recordé a Rebeca. Era una compañera del instituto. Llevaba más de un año con su primer novio. Ambos tenían diecisiete. Perdió la virginidad con él. Le quería sin reservas, era sincera como sólo se lo puede permitir alguien tan joven. Le gustaba follar con él y él era delicado y responsable follando con ella. La cosa pintaba para largo; no para toda la vida, pero sí para algunos años antes de la dolorosa ruptura al llegar ambos (o él) a la conclusión de que en realidad no querían terminar ahí su carrera sentimental, sino acumular algo más de experiencia antes de afrontar ciertos compromisos.
Rebeca no lo articulaba así, pero yo sí. Les daba unos cinco años, quizá alguno más. No parecían tan satisfechos, recatados o conformistas como para conocer a una sola pareja en toda su vida con la que salir, hablar y follar.
»Un día Rebeca llegó a casa después de una estancia de varios días en la playa con unas amigas. No lo había pasado tan bien como planeaba. Empezaba a pensar que pronto perdería el contacto con ellas, sus amigas de infancia, seguramente durante la etapa de la universidad. Había estado en la casa en primera linea de playa de los padres de una de las chicas. Decidió irse de allí un día antes, sin avisar a nadie, tras una discusión adolescente y estúpida.
Su padre estaba fuera por trabajo y sus hermanos estaban en la piscina municipal. Siete de la tarde. Entró aún tensa en casa después de tres horas de viaje en tren.
Imbuida de su propia crisis, tardó en notar nada extraño. Luego subió las escaleras hasta su cuarto y escuchó ruidos en la habitación de sus padres.
La puerta un palmo abierta. Sigilo. Vio a su madre, su espalda, su culo, completamente desnuda y en cuclillas en la cama. Su novio, su primer novio, diecisiete años, tenía la cabeza justo debajo. El momento crucial del chorro de pis en su boca, a lo que él aceleró la paja que se estaba haciendo, y se corrió a presión, salpicando mientras la mamá de Rebeca decía:
–Bébetelo, que es de tu puta, es de tu puta, cariño…
En fin, sólo es una de las cosas que vio. Esos dos ni siquiera se daban cuenta de que alguien les veía. Habían dejado la puerta entornada, quizá por morbo. Rebeca se comenzó a regodear en su sufrimiento. Su novio y su madre… Él no dejó de tenerla dura, se la metió a cuatros patas y sin condón. Era sexo anal casi todo el tiempo. Con Rebeca jamás había follado así, así de duro, con esas ganas, con ese vocabulario, esos gruñidos. Jamás, y me decía: jamás lo había visto tan excitado; de hecho, estaba CACHONDO, no excitado. SEDIENTO (aún) como un caballo de guerra. Ella, su madre, exigía azotes, insultos, vejaciones, tirones de pelo, escupitajos en la boca. Cambiaron cuatro, cinco veces de postura.
Rebeca aguantó veinte minutos antes de interrumpirles.
Su madre se quedó algo más que lívida, ni siquiera tuvo fuerzas para comenzar a disculparse o lanzar excusas; se incorporó en la cama, presenciando el final de sus credenciales como madre. Toda la dignidad, toda la fidelidad que vendía como ideal, todo hecho trizas, quemado y enterrado.
Él reaccionó como el bobo polligrande que era, balbuceando, aún extasiado por el coño, la saliva, el pis, los pezones, las curvas, el tacto, la carne rosa, roja, marcada… Una mujer de cincuenta años dispuesta, abierta, agresiva y suplicante.
Así conoció Rebeca de verdad no solo a su novio, sino también a su madre.
Hacía seis meses que follaban, así, “en plan zoológico”, como dice R. Siempre encontraban un momento, un escondrijo, y sobre todo mil motivos.
Dígame si eso no da que pensar.

Piense en la gente y en sus compromisos. En la imagen que dan a sus íntimos, sus parejas, sus familias. Calcule cuántas de esas personas se mostrarán tal y como son. Qué pequeño porcentaje. Los tíos con sus novias, la mujeres con sus maridos. Siempre todos tan correctos, morales, rectos, cuerdos. Lo que ahora se llamaría: de izquierdas. Y de repente resulta que son animales. Y buscan con quien ser ellos mismos.
Fíjese cuando haya trastos por la calle. Suele ser por ese motivo.

10- HOTEL TUDOR

V.
Encontramos un hotel ridículamente lujoso en Osandía; cinco pisos, abarcaba toda una manzana. Parecían más bien apartamentos para ricachones. Estaba muy cerca de la playa, pero además tenía un extenso patio interior con piscina, y también un césped con setos de fantasía, todo cuidado por un batallón de jardineros. Tumbonas, varios bares y restaurantes pijos, dos amplias discotecas, otros tantos comedores y terracitas chic, hasta una biblioteca enorme. Aire acondicionado siempre y sin que te helaras. Unas cosas de pago y otras no, pero ya sabe. Sacamos diez billetes gordos de una de las sacas (el fajo parecía exactamente igual después, y teníamos cientos y cientos iguales…). A R. le chiflaba el sitio. Decía que le recordaba a esa peli, Under the Silver Lake. Debía esperar encontrarse con su propia Riley Keough.
»J. estaba callado al principio. Curiosamente se empezó a animar cuando vio que el lugar estaba poblado básicamente por gente joven. J. no es lo que se dice muy sociable, pero creo que todos necesitábamos ver a otra gente, compartir espacio, aunque no tuviésemos intención de iniciar conversaciones. Bueno, al menos yo, y creo que tampoco J.; R. le irá contando sus andanzas, supongo, yo estoy poco informada sobre ciertas aventuras genitales, o prefiero no mencionarlas…
»Le he hablado de Rebeca porque quería llegar a alguna parte, ¿entiende? Y eran importantes los detalles, incluso los más escabrosos. Y créame, le he contado la versión corta… De un tiempo a esta parte, empiezo a pensar que, en lo relacionado con el sexo, la tan cacareada “civilización”, las formas, lo “correcto”, todo lo que nos diferencia de los animales… Bueno, supongo que ve por dónde voy. El sexo civilizado, por así decirlo, sólo se finge, el sexo se contiene con dosis enormes de hipocresía. Una tormenta cultural casi ha logrado aguarlo. Casi. Con franqueza, creo que el sexo y la violencia son caras de la misma moneda.

R.
Hotel Tudor. Eso fue arduo. No sé si sabré resumir todo el asunto. De hecho no creo que lo haga.
Usted sabrá cómo va a organizar todo el relato.
Era como si hubiésemos caído en el centro del mundo, te lo encontrabas todo allí.
Primero los lugares y luego los hechos, ¿no es así?
»Una habitación individual y enorme para cada uno. Vistas al mar. Todas las comodidades y cachivaches tecnológicos a nuestra disposición. Habíamos dormido seis o siete horas en la furgo; llegamos a esa manzana de lujo a las ocho de la mañana.
J. se pasó las primeras dos horas metido en la biblioteca del hotel. No sé qué hacía, y no sacó ningún libro. Lo sé porque me crucé con él camino a la piscina. Parecía turbado, creo que es la palabra correcta. Le dije que se pasara por la tienda del hotel; vendían bañadores y todo tipo de accesorios, también camisetas, tazas, funkos… y un huevo de pijadas haciendo referencia al Tudor u Osandía. Yo ya me había agenciado un par de bañadores, una mochila, chanclas y demás.
Aún era temprano para que la gente, de vacaciones de verano, anduviera zanganeando por la piscina. No era una de esas piscinas con carriles, nadie iba allí a “hacer ejercicio”; era una piscina de recreo. Me detengo un poco en esto: ese hotel pijo que tenía hermanitos pijos repartidos por todo el país y el continente, había logrado incrustar una piscina de pueblo en medio de sus instalaciones tan monas tipo Apple; tenían un socorrista que no actuaba a menos que alguien llevara más de cuatro minutos bajo el agua. El tío se dedicaba durante el día a imaginarse a sí mismo follando estilo zoológico con las chicas del lugar, y durante la noche llevaba a la práctica sus fantasías. Las chicas extranjeras estaban encantadas con los servicios del hotel. Te hacían la habitación y, si querías, un fulano con cuerpo de bombero se te follaba viva, todo por el mismo precio.

Intentaré no extenderme, pero entiéndalo, hablo de gemelas. GEMELAS, eso veía yo. Y no, no eran mayores de edad, por un año, pero tenían curvas para montar un scalextric, y recuerde que yo era universitario. Si quiere hablamos de las enormes limitaciones de la legalidad para asumir todos los grises de la realidad.
»No me preocupa sonar como un pervertido. ¿Usted ha tenido alguna vez delante ese tipo de tetas? Grandes y a la vez aún resistentes a la gravedad. Se percibe sobre todo en los pezones. Me volví loco.
Yo estaba a mi rollo, tumbado en mi toalla, apestando al protector solar de la tienda, decidiendo si bañarme o no. Me percaté de lo poco que pensaba ya de cierta forma en V. Me seguía gustando, pero ya no notaba una punzada en el estómago. No me preocupaba (casi) que me viera con otras tías, o que intuyera si había estado follando por ahí. Me sentí liberado, porque no había manera de que ella… Bueno, esta es buena, a veces tenía una fantasía en la que nos encontrábamos diez años después de la universidad, luego de haber perdido el contacto, y que yo la conquistaba con mi nueva y brillante personalidad. Me veía a mí mismo versión treintañero trajeado, cenando los dos en algún sitio elegante. Nos reiríamos de lo capullos que éramos de jóvenes (especialmente yo), el vino echaría una mano, y luego ella aceptaría subir a mi flamante y amplio piso de triunfador de alto perfil. ¿En qué trabajas?, me preguntaría después de haber follado como perros (en eso mi estilo seguiría intacto), mirando a su alrededor, inmobiliariamente impresionada.
Volví a caer en esas ensoñaciones, pensando en lo estúpidas que eran, y entonces algo me tapó la luz del sol. Lo noté incluso con los ojos cerrados.
–Oye. Perdona –dijo un voz dulce y clara.
La verdad es que J. nos había dicho que era mejor que no habláramos con nadie, aunque tampoco tuviéramos que escondernos. Pero entonces abrí los ojos.
»No lo alargo, al menos no esta parte. Ella quería saber dónde estaba la tienda del hotel. Yo sonreía y decía gilipolleces y ella reía. Le dije que si quería la podía acompañar a la tienda, que era un poco difícil explicar su ubicación, y yo también era nuevo en el lugar.
–¿Pero todo el mundo es nuevo en un hotel, no? –dijo ella.
Me picaba, quería ver cómo reaccionaba yo. No estuve muy ingenioso, pero ella ya había decidido lo que iba a pasar. Que nadie le engañe, señor periodista, sé que es usted muy izquierdoso y quizá lleva años algo confundido: hay asuntos vitales en los que sólo deciden ELLAS. Y no suelen tardar mucho en hacerlo. Ellas deciden si hay conversación, y por supuesto si habrá sexo. El tío no tiene nada que hacer, lo mismo que en un parto. El tío puede querer, desear o anhelar lo que le dé la gana, pero NO decide un carajo. El tío se puede esforzar, eso sí –aunque no tendrá jamás la última palabra– pero por suerte este no fue el caso. Ella había decidido tras un minuto de conversación.
La llevé a la tienda, lo abandoné todo excepto las chanclas. Y resultó que allí había otra chica que era igualita. Curvas, sonrosada, tetas absolutamente increíbles, parte superior del biquini a la vista, parte inferior precariamente cubierta con esa prenda veraniega de la que nunca recuerdo el nombre… En fin, yo no sabía cómo reaccionar.
Fue más fácil que nunca.
No creo que usted lo haya reconocido jamás ante sus sofisticados amigos, periodistas o no, ni mucho menos ante su familia, pero estoy seguro de que alguna vez ha visto porno de gemelas.
»¿No? Váyase al carajo. Puede engañar a su entorno o a los medios, pero no a mí. ¿Me va a decir que nunca se la ha cascado viendo cómo la gemela número 2 no tiene problema en lamer la polla que se acaba de comer la número 1?
Veo que el nuevo puritanismo ha seguido creciendo y creciendo, y con ello las mentiras. ¿Cómo van las cosas por Periferia? ¿Ya existe un Zara Burka?

¡Pareo!
Eso es.

¿Quiere que le cuente la parte que disfruté o lo dejamos en una pincelada para buenos entendedores?
¿Alguna vez le han chupado esa polla probablemente pequeña de escritor venido a menos dos mujeres a la vez? Sé que usted es hetero, no me salga con la duda razonable, una persona estable no acusa a los demás de “homofobia interiorizada”.
Supongo que sabrá al menos lo que se siente con un lametón o dos ahí abajo… Y he dicho dos mujeres, pero hablo de gemelas, más o menos… aunque creo que usted no puede ni imaginarse cómo uno casi se ve a sí mismo desde fuera, es como un salto de eje imposible. ¿Sabe lo que es aguantar primero una mamada doble y después dos coños a los que apenas se les ha hecho el rodaje?
Júzgueme, piense lo que quiera, pero hay que ser un atleta sexual de élite para aguantar en ese partido.

¿Quiere hablar de los clones ya? ¿Quiere la versión corta? Total, no se va a creer una palabra.

J.
Enrique Tudor. El magnate, el tío de los hoteles y los rascacielos, el dueño de medio continente, y por ende uno de los dueños del mundo. Estaba en la biblioteca del hotel. Le espié escabulléndome por los pasillos. Hablaba con dos chicos, gemelos, muy jóvenes. ¿Qué edad debía tener él? Creo que fue bastante precoz, en ese momento no debía llegar ni a los cincuenta.
De golpe le dio un morreo de lo más baboso a uno de los chicos, y luego hizo lo mismo con el otro. Les sobaba el culo impunemente y ellos asentían mirándole, como embelesados.
Tuve que esperar a que se largaran, ya no podía hacer nada sin parecer un fisgón. Me pregunté qué hacía esa figura patriarcal mundial justo en el mismo hotel que nosotros. ¿No tenía su propia islita privada a la que ir a follar o torturar críos en plan Saló? Te lo podías imaginar cagando en un plato y haciendo que esos chicos se comieran su mierda mientras él se masturbaba.
En el fondo creo que esos tipos podridos de pasta carecen del plan diabólico que se les supone desde la clase obrera. No son malvados, sólo son egoístas, avariciosos, críos con una sed voraz, animales descontrolados. Lo único que hacen es amasar pasta, nunca dejan de trabajar, despiertan sudando de madrugada para comprobar los movimientos en Bolsa. Todo el mundo envidia la pasta de los ricos, pero casi nadie estaría dispuesto a pagar el precio necesario por conseguirla. La competencia brutal e incansable, las jornadas interminables de despacho, llamadas y reuniones. La mayoría de personas creen que el millonario es como el personaje del Monopoly. Y ese perfil puede existir, en los herederos; pero las fortunas no se amasan solas.
En la universidad siempre se hablaba de esas fotos de millonarios del Ibex-35 y otros conglomerados, en las que casi nunca hay mujeres. ¿Se ha fijado en que yo mismo me he referido a Tudor como una figura patriarcal?, y yo ni siquiera creo ya en ningún patriarcado como la explicación a todo lo que va mal; nunca, y mucho menos ahora. Nos han metido esa teoría por el culo como un puño cerrado. ¿Por qué no hay mujeres en esas fotos de empresarios ricachones? Se han dado otras explicaciones al respecto… ¿No le doy un poco de envidia? Usted no podría hablar en estos términos en su círculo social JAMÁS. ¿Se imagina poder poner en entredicho el discurso hegemónico sin que le caiga una montaña de mierda encima? ¿Quiere que le diga en qué consiste la explicación alternativa sobre la foto sin mujeres?
Si yo fuera un baboso, un cantante latino melódico, un conservador rancio y verdaderamente machista, o un progresista agilipolladamente condescendiente, ahora mismo le diría que simplemente pasa que las mujeres son más buenas e inteligentes que los hombres.
Pero nunca se ha demostrado tal cosa, y tampoco a la inversa; lo único que se ha demostrado es que hombres y mujeres son por regla general diferentes. Por tendencia, por elecciones vitales, por gustos. ¿A estas alturas sus amiguitos ya le estarían llamando facha, usted qué cree?
Una mujer hinca codos, se pone a estudiar, intenta sobrellevar toda la mierda política inherente, todo el mundo diciéndole de algún modo que no es una persona, que es una mujer, y no solo una sino todas las mujeres, y que debería estudiar una carrera de ciencias en pos de la igualdad de resultados, y que cuidado con el rosa, cuidado con pasear, con salir de casa de noche, cuidado con el Patriarcado, el Heteropatriarcado, el hombre, el hombre blanco, el hombre blanco cishetero, las mujeres de derechas, las alienadas, las violaciones, los piropos, todo tiene un significado, y el significado es oprimirla. El peligro está por todas partes, los asesinatos son asesinatos machistas, no matan a sus parejas, matan a una mujer por ser mujer, quieren matar a todas las mujeres, se organizan, es terrorismo machista… Las palabras son importantes, y con la carga emocional adecuada, y aunque conformen razonamientos estúpidos, increíblemente simplistas y propios de doctrinas totalitarias, calan a veces incluso en las mentes más amuebladas.
Y dicha mujer, después de haberse pasado años estudiando lo que le apetecía (a pesar de todo), y habiendo logrado mantenerse al margen de todo ese ruido, comienza a progresar en su carrera. Comienza a tener un sueldo cada vez más por encima de la media. Con los años, ya ganando una pasta gansa, la suficiente para poder permitirse un par de casas monísimas e infinidad de juguetería adulta, puede que un día sea madre, o puede que no. O puede que sea soltera. Todo eso importa, evidentemente, y sabe que según lo que haga, se la juzgará como alguien que ha decidido “empoderarse” o que se ha sometido a los roles de género. En cualquier caso, ella, como mujer libre que se sabe, un día se encuentra en una encrucijada. Alguien la llama al despacho de algún jefazo, y le ofrecen un ascenso de lo más jugoso. De lo más jugoso económicamente. Va a ganar una cantidad escandalosa de pasta, pero va a perder la práctica totalidad de su vida personal. Si quiere ganar toda esa pasta de más, va a tener que sacrificar todas esas horas que hasta ahora tenía para ver a sus amigos o su familia. Será millonaria, multimillonaria con el tiempo, pero se convertirá casi en un fantasma. ¿Dónde está el tipo del Monopoly? ¿Y el mito de la sonrisa brillante y el yate? Y nuestra protagonista va y decide consultarlo con sus padres: esos viejos a los que ya había dado intelectualmente por perdidos, demasiado conservadores y arrugados para ella. Y puede que su madre le diga:
–Cariño, la mayoría de millonarios pisan su yate dos veces: el día que lo compran y el día que lo venden.
Resulta que esos tíos de la foto, no gustan tanto de los yates y los lujos. Gustan de doblar la cantidad de pasta que tienen. Y cuando logran doblarla, buscan doblarla otra vez. Y así ad infinitum. Y quizá una rayita en el lavabo de vez en cuando. Y puede que una puta de lujo semana sí semana no. Y muchos de ellos tienen su vida personal hecha unos zorros y se consuelan montándose fiestas puntuales entre ellos.
¿Felices? A su manera puede que sí. ¿Significa que las mujeres en general buscan ese tipo de felicidad? Parece que no.
Esta mujer de la que hablamos, y muchas otras, estudiando las posibilidades y el precio a pagar, deciden que están bien como están, y que la ambición llega un punto en que sólo es dinero.

Probablemente ese sea el motivo por el que aún no suele haber mujeres en las fotos grupales de ricachones. Pero usted diga que lo he dicho yo, no quiero que le cancelen. ¿Cómo lo soporta?

Me hace gracia también la versión del ricachón de las pelis de acción. El multimillonario aburrido que decide que va a destruir el mundo, o que al menos tiene ideas horribles para mejorarlo. Tiene bastante sentido. El caso de Enrique Tudor era complicado de definir. Él simplemente estaba… salido. Muy salido.
No es fácil contar esto sin saltarse pasos.
Tudor no necesitaba notoriedad, no era el rico tipo Trump, que al final necesitó tanta que acabó siendo presidente. Me hacía gracia el miedo que se le tenía a Trump; yo lo veía como el bocazas del lugar, el “perro ladrador”, el viejo que intenta ligar con todas en las bodas y acaba solo, inconsciente, tirado en el suelo con el culo en pompa al lado de una fuente de ponche.
Tudor también podía acabar así en una fiesta, pero era mucho menos tonto que Trump. Tudor estaba como una cabra, pero al menos no quería que eso se filtrara al ámbito público.
Quizá se pareciese más a Hitler, como se ha dicho. Un Hitler sin la ambición política. El tipo que tiene tanto poder que decide que va a intentar inventar algo, poner a los científicos con menos escrúpulos a trabajar. Que creen algo para él, que solucionen algo que sólo es un problema para él. Había algo de megalomanía en ello, o mucho…

No se preocupe, ya no queda tanto para el final, aunque aún hay que dar un par de bandazos.

11- LA DULZURA

J.
No le voy a pedir que suspenda su incredulidad. He cambiado de opinión, he llegado a la conclusión de que me importa un rábano lo que escriba; aunque no sé qué demonios va a escribir, porque sólo me veo a mí mismo fumando y divagando. Haga lo que pueda, yo hago lo mismo, y además no le voy a leer.
»Es exactamente así, comenzamos a ver gemelos y gemelas por todas partes. Al principio no te das cuenta, ves grupitos aquí y allá, oyes risitas. Nunca salían del hotel, pero nosotros tampoco. La playa estaba cerca, pero básicamente nuestro plan era vivir en una playa el resto de nuestras vidas, así que decidimos mantener un perfil bajo.
Usted ya sabrá que la mayoría de los planes que hace uno se van al carajo. La vida es básicamente encadenar un plan B con otro; cuando no un plan C o un plan D. Al menos nosotros estábamos haciendo algo por sortear la mediocridad, las tormentas sociales y políticas. Es como si se nos hubiese recompensado por eso.
»No es que todo fuera gente repetida, había más turistas. Carne fresca para Tudor.
Tudor estaba construyendo su propia fantasía porno; como si a un adolescente se le presentara el genio de la lámpara en medio de una paja.
Era un chico de quince años de cincuenta años.
Pongamos un poco de orden. ¿Se acuerda de Dolly? ¿Sabe de las sustancias que se usan para acelerar el crecimiento de los animales? ¿Recuerda la pelota azul?

R.
Siempre hay temas con los que ponerse la mar de ácido le hacen parecer a uno maduro por un instante. Meterse con los “influencers” siempre funciona. Pero como le digo, sólo funciona un instante; inmediatamente te hace parecer primero bastante viejo, y después bastante ignorante. Es tan estúpido como burlarse de alguien que vende camisetas. Como si vas a una perfumería y te ríes de la dependienta por tener semejante trabajo.
La diferencia es que algunos influencers ganan MUCHA pasta. Mucha gente considera que la dignidad sale fortalecida si llegas de milagro a fin de mes. Y por contra, eres un ser cada vez menos respetable –y más culpable de lo que se les antoje– si te estás forrando.
Ateos católicos radicales.
Un momento. ¿No será eso lo que estaba buscando usted? ¿Un reportaje asustaviejas sobre influencers? No. Creo que es un poco más listo que eso.
»A Tudor le encantaban los influencers. Cada vez que podía se encerraba en el lavabo y devoraba todo ese contenido, comida rápida, carne tersa, un zapping sobre la población follable de menos de veintincinco años.
El hotel se había convertido en un paisaje habitual en Instagram y TikTok. Sobre todo la zona de la piscina, pero también las habitaciones y las vistas al mar, la cala más cercana y el paseo maritimo. Influencer llama influencer. El Tudor de Osandía se había convertido en un feudo para la carne joven, libre de los viajes del Imserso y las familias porculeras tipo peli de Chevy Chase.
Enrique Tudor se convirtió en un habitual. Tenía su propia suite, enorme y en el último piso, donde montaba no pocas fiestas en otoño e invierno. En verano todo sucedía en la zona de la piscina.
»Nosotros no sabemos exactamente cómo sucedió todo, pero conocemos los resultados.
»No sé cómo relatarle el resto de un modo que refleje mi absoluto pasmo/fascinación/morbo y horror. No sé cómo me hizo sentir, aunque creo que el morbo sale ganando, como pasa tan a menudo.
»Nunca lo reconocemos, pero el morbo mueve montañas, quizá sea lo que más nos separa de los animales. No te quedabas pegado a la tele cuando cayeron las torres gemelas por una simple cuestión informativa. Había gente saltando por las ventanas a una muerte segura, no me joda.
»Obviamente Tudor había sido más de robar las bragas tendidas de la vecina, pero hay gente que se coloca con las grandes desgracias ajenas. Quizá haya que elegir entre ser un pervertido o un sádico.
»Era el segundo día por la noche. Yo vagaba por los pasillos del hotel. Buscaba a las gemelas, a mis gemelas. Aquel lugar era tan grande, había tantas habitaciones y rincones, por no hablar de las pequeñas no tan pequeñas calas de la playa, un par de ellas privadas, exclusivas para el hotel. Todo parecía formar parte del plan megalo-pornogáfico de Tudor. Una invitación constante al sexo sucio, ya fuese un polvo rápido o una maratón sudorosa con la versión guarra de los gemelos Derrick. Existían, estaban allí, con sus incisivos prominentes, su musculatura marcada y dos pollas como mancuernas de goma. Eran peruanos, dieciocho años, aguantaban mucho más follando que leyendo esos tochos de Ken Follet que llevaban siempre consigo. Había una comunión extraña entre el sexo y la literatura en aquel lugar. Algo pasó con Burroughs, sus libros comenzaron a circular. Chavales que no te imaginabas leyendo ni el puñetero horario del transporte público que iban a usar, fruncían cada vez más intensamente el ceño intentando extraer narrativa de El almuerzo desnudo.
»Total, que acabo topando con la suite de Tudor. Está abierta y hay un grupo de varias parejas de gemelas cuchicheando en torno a la cama redonda más hortera que se pueda imaginar. Tudor está follándose a cuatro patas a una chica muy joven. Se insultan mutuamente, se exigen maltrato, hablan todo el tiempo de violación o violencia, que si “viólame, cabrón”, que sí “pégame más”, que si “eres una puta”, que sí “dame más fuerte, maricón”…
Adivine quién es la chica.

V.
Todos hemos pensando muchas veces en la distancia que hay entre lo que se cuenta en los medios y la realidad. Pero en algunos casos la palabra mentira no sirve para definir esas distancias. Mentir es decirle a tu novio que no te has follado a su mejor amigo. Lo que hacen los medios es venderte una historia global oportunista y ficticia, relatos de buenos y malos, culebrones, una muerte lenta de la cultura. Nunca se llegará a definir con exactitud la MALDAD ABSOLUTA de los medios. El periodismo es una puta tirada en un callejón a punto de morir con una aguja colgando del brazo. No, es más bien el chulo de esa puta. Imagínese los que no son periodistas pero tienen el mismo altavoz. Todos los voceros, los chupapollas de políticos. Personas que no serían capaces de practicarle un beso negro a sus parejas, nunca sacan la lengua del culo de ciertos políticos. Han comido más mierda humana que las cloacas de Periferia.
Fíjese en Isabel. Isabel en la tele era poco menos que una santa. No sólo una virgen, sino una Respuesta. Una Luz. La Candidez, La Bondad, el Reino de Dios incluso para los ateos. En sus fotos tiene el aspecto blanco e inmaculado de una oblea que te pusiera en la lengua la mismísima Virgen María; un lágrima bajando por su mejilla derecha. Pray for Isabel. Ella nunca se metía en líos, no le buscaba la boca a nadie, era trabajadora, buena estudiante, obediente. Tocaba el violín, por el amor de Dios. Y ojo, era de familia humilde; no de una de esas familias podridas de pasta que jamás irán al Cielo. Cada recompensa que esa chiquilla obtenía, era a cambio de una cantidad enorme de esfuerzo y sacrificio, quizá mayor de la que se les exige a los demás. No digamos a los chicos de su edad, esos cerdos, futuros violadores y asesinos.
Por qué tú, Isabel. Tú no. Tú no, oh Dios.

Los telediarios acababan sus “crónicas” día sí día no con su foto fundiéndose a blanco, una música a piano, y vamos con el tiempo.

Yo conocí a Isabel. Vamos, la conocí como todo el mundo en el hotel. No era lo que se dice discreta, sobre todo porque siempre quería mirones cuando follaba con alguien.
Uno podría decir que la chica podía ser perfectamente tan buena como se decía y a la vez follar como una campeona de las parafilias. Pero no se trataba de eso, por mucho que eso chocara frontalmente con la imagen que se daba de ella. Lo que pasaba es que era una hija de puta del tamaño del Tercer Reich. El tipo de chica que para cierta rama ideológica actual sencillamente NO existe.
»Sí, tenía dieciséis años. Tudor básicamente follaba con quien se dejaba. Nunca violaba realmente a nadie, ni pagaba prostitutas, aunque evidentemente hacía uso de toda su fama. Las crías y los críos de trece y catorce años no son como antes, y si se le acercaban y decidían que querían montárselo con ese tío más bien fondón aunque increíblemente rico, él no se negaba a no ser que estuviera exhausto o desganado, cosa poco probable.
Para Tudor, follarse a Isabel superó el sexo con repetidos. La niña bien del telediario, la perfección, la Pureza que la Realidad se había tragado de una forma tan injusta. La Dulzura. Y ahora le estaba chupando la polla a él, y él se bebía los fluidos y el pis de ella encantado. Cuando follaban se ponían de fondo la tele bien alta a la hora del informativo, y subían más el volumen si se hablaba de la pobre, la cada vez más desaparecida y menos viva Isabel. La Lady Di teenager. Eso era lo que más le ponía a Tudor, lo cabrona que era esa cría, lo dispuesta que estaba a borrarse y procurarse una vida de riquezas y cómoda disolución libre del Tedio de la esforzada dignidad a la que había estado sometida. Había estado fingiendo con tanta fuerza que estuvo a punto de matar a su ex (un crío de quince años) envenenándole un kebab con una toxina producida por el botox. Una larga historia relacionada con las operaciones de su madre… Poco a poco se han ido sabiendo cosas, aunque no se hayan filtrado del todo al ámbito público. Si le soy sincera, no sé bien dónde andará ahora esa loca de los cojones, pero sé lo que pasó entonces.
»Ella no quería que Tudor la clonara. Eso era lo que hacía Tudor, escogía a sus chicos y chicas favoritos, y daba órdenes de hacer duplicados. Dos lenguas mejor que una, dos pollas, dos coños, culos a tutiplén, saliva y lluvia dorada. Porno de gemelas y gemelos para la vida real. Tudor no era un miembro ejemplar del colectivo LGTBIQ+.
»Sé que en la versión oficial todo esto es una leyenda urbana, casi como esa isla a la que se fueron Elvis, Marilyn y Michael Jackson. O quizá ya no sea tanto una leyenda urbana como un tema agotador. ¿Ya se sabe al menos que esa chica está viva y coleando y quemando tarjetas de crédito, verdad? Pero después de toda la ola de suposiciones y sensacionalismo político lloroso, casi habiendo canonizado a esa nueva víctima del Patriarcado, ¿cómo coño se recoge cable?
»Fue inteligente resistiéndose a las intenciones de Tudor. Eso la convirtió prácticamente en la señora Tudor, o la niña ninfómana Tudor. Lo que sea. Sacó la cabeza por encima de ese pequeño ejército de instagramers y tiktokers.
»¿La desaparición? Se había largado ella solita de casa de sus padres, poco después de que lograrán desintoxicar al chico del kebab y en casa la niñata recibiera la bronca del siglo; aunque aquello era como el “partido del siglo”, ya había habido decenas.
»No puedo asegurar por qué intentó cargarse a ese crío, sólo tengo entendido que ella le pilló sobando a otra. ¿Quiere que le diga que era un pequeño maltratador? Eso le gustaría, eh, eso les encanta a ustedes ahora, podría venderlo tan fácilmente: la chica que se revuelve. Lo de la chica víctima es algo así como la nueva Coca-Cola. Pero esto no va de refrescos ni osos polares, sino de seres humanos, y me da que muchas mujeres ya están un poco hasta los ovarios de esa puta monserga. ¿Ha oído hablar de la brecha de empatía? Debería leer un poco de literatura fascista; ya sabe, a los nazis, el “team facha”. Toda esa gente que no le da la razón. Puede que variara su dieta digital.

12- EL CENTRO DEL MUNDO

V.
Imagine que usted está forrado, pero en lugar de detenerse ahí o hacer lo que suelen hacer los ricos, que es seguir forrándose, comienza a darle muy fuerte a Google. Primero con el porno, y luego leyendo papers de lo más espesos sobre todos los experimentos de clonación.
Luego se enfoca, y decide buscar a las personas más inteligentes y taradas del planeta.
Les dice que es usted un apasionado de la ciencia, y que le gustaría clonar a una serie de chicos y chicas que se la ponen dura. No se lo dice así, por supuesto, habla en color gris, lo importante son los avances científicos y bla bla blá.
Usted sabrá cómo es la ciencia, ¿no? Demasiado dependiente de los seres humanos, y terriblemente seria y solemne. No hay nada más circunspecto y autoimportante que un ateo hablando de ciencia. Tampoco más petulante.
Se lo dice una agnóstica harta de creyentes. Es lo que nunca asumen los ateos: lo suyo también es una creencia. Pero hablan como si ellos apostaran con valentía. Es como si dijeran: ya verás como me muero y no pasa nada. Pues no, no lo veremos.
»Enrique Tudor suelta la pasta y monta unos laboratorios que son pura masturbación para los científicos que logra contratar. Se firman informes de confidencialidad (dinero por todas partes) y se inician los experimentos. Objetivo inicial: clonar y acelerar el crecimiento del clon. Tudor no tenía ninguna intención de llenar el hotel de bebés, pese a la fama justificada de pederasta.
»Aquello llevaba ya años en marcha cuando nosotros llegamos, y justo en esos días, explotó.
¿Nunca se ha sentido retrospectivamente en el centro del mundo? No me refiero a follarse a la líder de las animadoras, sino a estar en el centro de la pregunta: “¿Dónde estabas tú cuando pasó lo de…? Es raro de narices.

R.
Los tres nos comenzamos a mover por el hotel como animales, olfateándolo todo. Incluso en el lugar en el que se está cociendo una tragedia digna de la sed de sangre de los medios, la mayor parte del tiempo tienes la sensación de que no pasa nada. Me imagino a la gente así en periodos de guerra. Largas esperas, investigaciones que no van a ningún lado, rumores esperanzadores desesperanzadores. Siempre una luz al final del túnel pero en realidad nunca.
Perdimos la noción del tiempo. Buscábamos una habitación en concreto, y la encontramos.
»¿Qué les pasaba a esos chicos? Ni idea. Se convertían en servidumbre. Lo escalofriante es que ya tenían cierta predisposición. Imagino que en los procesos de clonación se encargaban de limar voluntades.
Lo que queríamos era dar con el Lugar, llegar a los laboratorios. Confiábamos en la actitud ocasionalmente descuidada de Tudor. Una puerta que no tuviera echado el cerrojo, una pista, aunque también nos valían los fuegos artificiales con que topamos. Pero enseguida llegaré a eso.
Antes, la dulce Isabel.
Ha de saber que ese trocito de cielo era una psicópata al nivel de Tudor. Psicópata se queda corto. Creo que al tercer día, ya de madrugada, fue cuando J. y yo, mientras V. ya intentaba dormir en su habitación, topamos con el Horror. Lo vimos como poca gente ha tenido que presenciarlo.
»Mire a su alrededor, dese cuenta de lo hermoso que es este lugar. ¿Sabe una cosa?, creo que nos merecemos cada uno de los fajos que robamos. Cada paseo por la playa y cada baño en esas aguas tibias y cristalinas. Nos merecemos todo el placer posible; cada comida deliciosa, cada polvo descomunal con las lugareñas y cada nuevo juguete tecnológico. Después de lo que vimos en nuestro paso por el Tudor, que a cierto nivel aún se nos pueda considerar prófugos de la justicia es de risa, señor periodista objetivo de izquierdas.
»Isabel, antes de todo aquello, ya se había iniciado en su propia aventura snuff. Aún era una aficionada, pero con el tiempo se registró su laptop de Hello Kitty. Decenas de videos de chicos y chicas torturados, asesinados. La muerte más lenta posible. La tierna Isabel fantaseaba con un taladrador y una jovencita bien atada. Tudor le dio mucho más.
»El Tudor contaba con su propia y amplia sala de torturas; el salón de recreo de la chica de moda.
Oímos unos gritos, muy apagados, pero nos guiaron hasta una puerta.
Ha de saber algo. Tudor tenía plena confianza en que lo que pasaba en el hotel era tan extraño y delirante, que con la gente de paso sólo cabían dos opciones: o bien se olían algo y se largaban aterrados y sin ganas de policía, o bien tomaban parte.
Aquella situación, que culminó con la Reina Isabel, se había alargado durante más de quince años. Quince años, señor periodista, en un mundo cebado, con obesidad mórbida a base de información, pero también hasta los topes de cinismo. Y de miedo. Un miedo cerval que se sigue ramificando, política, ideológica, socialmente. El miedo es una mercancía muy valiosa para los más egoístas.
La mayoría de gente no quiere saber nada de ciertos mundos que hay en este. Y yo no les puedo culpar. Quizá un día atisban algo, ven por una puerta entornada u oyen algo, y se van, rezando por que no les vean.
Tudor jugó esa extraña carta: una discreta indiscreción para provocar la discreción total. No harán nada, nadie se hará el héroe, todo es demasiado raro aquí, lo suficiente como para que nadie intente entenderlo.
Hasta que algo pasó.
»Isabel tenía todo tipo de sierras, cuchillos, máquinas y armas de fuego. También una trituradora de madera y un horno industrial. Por las tardes paseaba por la zona de la piscina con Tudor. Ella señalaba a alguien. Le daban conversación. Que si de dónde era, con quién había venido. A Isabel le gustaba intimar un poco antes, ver cómo era la persona en estado de relajación, o aún más: de vacaciones. Le gustaba contrastar su sonrisa con su posterior cara de horror. Para ella lo mejor no era matarlos, era la perspectiva del sufrimiento atroz en sus ojos. El momento justo antes de la amputación, o de ver su brazo entrando en la trituradora de madera.
La sala también contaba con un par de profesionales, estómagos de acero que se encargaban de alargar al máximo el estado de conciencia de la persona torturada.
Para capturarlos, se activaba un gas en la habitación adecuada. Supongo que le hemos hablado poco del Tudor en su faceta domótica. Creo que nos lo agradecerá.
La sala, relativamente insonorizada, estaba en un zona apartada del segundo piso, lejos de las habitaciones. La puerta tenía un ojo de pez, muy al estilo Tudor (tanto el fulano como el hotel). J. aguantó unos dos minutos mirando. Bastante más que yo.

J.
Es sorprendente cómo uno puede seguir adelante después de haber presenciado algunas…
Es como si de alguna manera se te debiera algo, como si tu vida pudiera detenerse y de golpe estuvieras sentado ante el Creador. Alguien muy compungido te diría:
–Lo siento, esto no tenía que ser así.
Dios aprieta pero no ahoga.
–Ahora mismo renacerás en otro cuerpo y tendrás una vida aceptable. Sentimos las molestias.

Pero no. Sigues adelante. Pones un pie delante del otro y te vas de allí, muy consciente de que todo aquello te supera. Demasiado dramático, demasiado terrible y televisivo. Indigerible desde tus códigos personales, desde tus claves, tu forma de entender el mundo, de intuirlo. Aun sabiendo que las atrocidades suceden, sólo puedes asumirlas como acciones ajenas y lejanas. No es tu mundo, joder, que les jodan. Nos es justo que atraviesen esa línea roja personal, tu última frontera de la negación. Nadie puede ser feliz o una persona funcional si no niega en cierta medida que esas cosas pasan. No lo piensas, y al no pensarlo y convertir esa actitud en algo sistemático, es como si no existiera.
Así, no hay manera de asumir la imagen de Isabel decapitando con una sierra eléctrica a una niña de trece años.
De modo que te piras. No puedes hacer nada más. Te alejas de esa bomba, de ese sistema ajeno, de ese mundo. Te montas en tu nave, arrancas y procuras que la onda expansiva no te alcance. Entiendes perfectamente a la gente que, en tu mismo lugar, se largó y no dijo ni pío. Hablar sería aceptar esas salvajadas como parte de tu mundo. Y no es tu mundo; lo que has visto no ha sido tanto un asesinato como un fallo. Como los fallos en Matrix. Como si un pez salta a tu barca. No, colega, cada uno en su sitio.
Así que R. y yo, sin decir nada, caminamos alejándonos de aquella especie de metaimprevisto completamente irreal y absurdo.
Nosotros buscábamos otro tipo de horrores, quizá no menos graves, pero más asumibles de algún modo. ¿Cómo quiere que se lo explique?

¿Cómo se logra crear clones humanos que además crezcan hasta lo que a ti te dé la gana en cuestión de días o semanas.
El viejo ensayo y error.
Por el camino creas un montón de aberraciones, pero en el Tudor no existía la ética. Las vimos, sumergidas en vitrinas como barriles de cristal, en un líquido azul que brillaba exactamente como la pelota flotante de la cueva. Lo sabías, de un modo instintivo, era como retomar el contacto con una vieja amiga. Parecía evidente que aquel fenómeno, suponemos que extraterrestre, había sido descubierto en distintos puntos, con distintas formas y en distintas densidades. Es de suponer también que tenía algún valor práctico.
Nuestro monolito.
Sólo que los seres humanos no tenemos tanta paciencia como los monos, y quizá aquel material orgánico no se había expresado aún debidamente.
Era un laboratorio de horrores, pero veníamos de echar un vistazo a la novia adolescente del país matando a una cría, de modo que…
La realidad se suele manifestar de esa manera, como si estuviese narrativamente desordenada, escrita con mal gusto y poco sentido del suspense.
Aquí estamos, señor periodista, usted y yo. Llegaremos de la mano al final de esto, se lo prometo.

13- CREMATORIO

J.
¿Quiere los detalles? ¿Quiere que hablemos de torsos sin extremidades y con un ojete en la frente?
No sé por qué los conservaban, no creo que nadie se pusiera cachondo con eso, ni siquiera en el Tudor. Imagino que sumaban para la investigación.
Me da la sensación de que usted es un tanto… literal, ¿no? ¿Cuánto hace que tiene Twitter?
»¿Alguien le ha dado el dato? ¿Yo? No sé cuántos días pasamos allí. Me da la sensación de que fue una eternidad, pero no creo que llegara a la semana. Sencillamente todo se desató con nosotros en aquel lugar. Nosotros simplemente habíamos hecho el recorrido del turista curioso que acto seguido se larga de allí pitando. Pero continuaron pasando cosas, y…
El caso es que el turista accidental no se chivaba de nada de lo que veía allí. Le superaba por completo. Se lo guardaba como una historia de terror para contar entre colegas, lo que le granjearía fama de tarado o flipado o magufo… No sé cómo lo llaman ahora.
Otra cosa eran los clones.
»Algo pasó con una chica a la que estaba torturando el símbolo feminista oficial. Isabel debió calcular mal; al parecer escogió a una “gemela”, aunque no el duplicado, y a base de puñetazos o lo que sea, la despertó del letargo. Esta logró escapar de su torturadora y los ayudantes psicóticos, y se puso a grabar stories histéricos como si no hubiera mañana. Y en parte no lo hubo…
Tenía noventa millones de seguidores sólo en Instagram.
La clave, hágame caso, es que quería más. Era su oportunidad para triplicar el número, para hacer tres veces más grande su huella digital. Las marcas se iban a dar de hostias aún más por salir en sus stories.
Algo pasaba en el hotel Tudor de Osandía, y por fin alguien tenía una razón para contarlo.

R.
Se desató la histeria, y Tudor tomó una decisión. Había sido relativamente previsor, y había construido un crematorio enorme a la par que los laboratorios. En tiempos, algunos obreros habían hablado sobre el tema. Logísticamente no les olía bien nada de todo aquello. No se les hizo ni puto caso.
Todo el servicio del hotel estaba contratado a cambio de un dineral para, teóricamente, salvarse o pringar con Tudor. Todos tenían pistolas de dardos potentes como para dejar grogui a un elefante. Sería más preciso decir ametralladoras.
Supongo que hace mucho que no se cree nada, pero también sé que usted sabe que existió ese crematorio, así como los conductos para el gas y la sala de torturas. Lo que no le cuadra es la “tecnología extraterrestre”, ¿verdad? Piensa que han inflado la historia. Es probable que algunos dijesen lo mismo sobre Hitler y Mengele en su día; no digamos sobre las lindezas del comunismo, que aún hoy día se considera cool en muchos foros izquierdistas. Todo el mundo tiene sus monstruos favoritos, ¿no se ha fijado?
Créame, aquello fue un Holocausto en miniatura.
Cierto es que no se encontraron todas esas criaturas deformes, por no hablar de la sustancia en la que estaban sumergidas. Fue lo primero en quemarse, evaporarse, consumirse. Se activó el gas además en todas la habitaciones y estancias, y todo el personal, ya con su máscaras de ídem, empezó a disparar a discreción contra las personas que había en y en torno a la piscina.

Sí, era un plan a la desesperada para eliminar pruebas, aunque con ello hubiera que destruir el hotel. De hecho, eso fue lo que hizo Tudor. Todos los empleados serían ricos de por vida, y lo sabían, sólo tenían que meterlo más o menos todo y a todos en el crematorio, y después reducir toda la manzana a cenizas.
Todo antes de que el viral de la influencer se tradujese en un asunto primero policial, y después de crisis estatal.

¿Sabe que no volví a ver a mis gemelas?

V.
Salimos pitando de allí, prácticamente en ropa interior. De pronto todo se aceleró. Prácticamente lo intuimos. Algún grito aislado, movimiento en la piscina, alguna discusión en voz alta. Fuimos a buscarnos unos a otros. Acabamos reuniéndonos en el pasillo en que se encontraban nuestras habitaciones. Nos calzamos y comenzamos a correr y bajar escaleras. Vimos algún que otro empleado cargando su arma con dardos. El gas se filtraba bajo la puerta de algunas habitaciones. Nos comenzaron a picar los ojos, nos tapamos la nariz y la boca.
Corrimos y corrimos, ya entre gritos y ruegos de clemencia.
»Llegamos como pudimos hasta la furgo, que seguía intacta en el sitio donde la dejamos, a unos quince minutos a pie. Parecía abandonada, era un milagro que no tuviera los cristales rotos y la parte trasera vacía. Las sacas seguían ahí, parecían empecinarse en seguir con el plan.

Así fue como la estancia en el Tudor, incluido el espectáculo en primera persona de su propio invierno ruso, nos salió gratis. Con una vida de regalo.
Murieron calcinados unas doscientas parejas de “gemelos” y en torno a cincuenta turistas. Para cuando el asunto trascendió, el fuego ya era visible desde cualquier punto de Osandía.

Cuando ya estábamos en la autovía, pisándole fuerte y acordándonos de Rigodón, pasamos junto a un cochazo descapotable. Al volante, Enrique Tudor, en el asiento del copiloto, Ella-Laraña.

14- UN NAZI

V.
Cada vez que parábamos en un restaurante de carretera o lugar similar, veíamos el Hotel Tudor ardiendo en la tele. Se comenzó rumorear la presencia de la dulce Isabel allí. Secuestrada y seguramente víctima de… lo que sea que hubiera pasado. Pero víctima, eso es seguro. Fíjense, mírenla en la foto, un ángel, un futuro brillante cercenado.
Los medios seguían a su rollo, en su habitual realidad paralela de asunciones e intereses.

No hay mucho más que contar, señor escritor. ¿Cuánto se cree de lo que ha oído? Supongo que lo que coincida con las historias de sus colegas. Es típico de ustedes los profesionales escuchar más a los voceros políticos que a los testigos cuando pasa algo. Escuchan a los propagandistas y se convierten en propagandistas.

Hubo una última cosa, en realidad, aparte del largo trecho de viaje que nos quedaba. Creo que fue una especie de desahogo que R. necesitaba desde hacía al menos cinco o seis años.
Fue en un bar de carretera: El coño de Manuela.

R.
¿También quiere hablar de El coño de Manuela?
Era un antro de camioneros, y créame, no siempre se come bien donde paran los camioneros.
»Hicimos un amigo, sí. Era como un skin de los años 90. Apenas se ven ya, el típico nazi que en realidad no tiene puta idea de lo que significan los símbolos que lleva tatuados. El tarado que podría matar a palos a un negro si ve uno por la calle. Lo que le digo: un nazi. Uno de verdad.
Desde hace unos años, hay gente que ve fascistas por todas partes; en un 95% no es más que un hombre de paja constante. Si se ven acorralados hablando de política con alguien, le comienzan a llamar facha. Llaman facha a todo cristo, también a gente a la que ni conocen ni han oído hablar. Les han dicho que son fachas, y a ellos eso les basta; es como un teléfono escacharrado entre idiotas con la camiseta del Che. No seré yo quien le descubra que ahora hay progresistas muy agilipollados, ¿verdad? No se ofenda.
Lo que pasó con el nazi fue que J. le miró un instante la esvástica que llevaba tatuada en el cogote.
Otro agilipollado. Este más clásico, o quizá simplemente más mainstream. A la gente le chiflan los nazis. No les hables de Stalin o Mao; donde haya un buen oficial nazi vestido de Hugo Boss, que se quiten los gulags.

El tío se acercó a nosotros. No iba de buenas. Estaba amenazando con meterle el puño por el culo a la madre de J., y entonces un relámpago recorrió mi brazo.

J.
R. le dio un puñetazo al nazi como yo jamás he visto. Sonó como si tiras un melón desde un tercer piso.
El tío cayó al suelo, intentó revolverse. R. se abalanzó y no dejó de pegarle, no quiera saber cómo de le dejó la cara. Le daba sin parar con el puño cerrado y hablaba sin parar.
–Siempre la misma puta monserga. Os vais a quedar todos aquí con vuestra puta mierda de trincheras y debates y vuestro Twitter de los cojones. Si no eres tú, son los otros gilipollas, gilipollas por todas partes. Pero yo no puedo ser equidistante, oh no, ¡eso es pecado!, ¿verdad? Puto ignorante de mierda. Deberíais follar entre vosotros, yonquis de la política, de las dictaduras, guerracivilistas de los cojones, fachas, nacionalistas, progres, gilipollas perdidos, coño. ¿Ya no eres tan fuerte? ¿Qué le vas a hacer a su madre, eh? Voy a llamar a un negro y que te la meta por el culo hasta que te guste Ricky Martin, cabronazo.

15- TERMINANDO

V.
¿Ya está? ¿No han querido seguir hablando con usted?
No sé si yo tengo mucho más que decir.
Rigodón estaba en Talesa, sí. Estaba tan colocado y embebido de la playa y sus “amigas” y todos los colegas que había hecho en todos los chiringuitos, que creo que al principio ni se acordaba de nuestro asunto.
Básicamente tenía que poner a buen recaudo nuestra pasta y arreglar la movida del jet.
Usted ya sabe dónde estamos, y sabe que nosotros no amenazamos a nadie, pero, como ya le dijimos, confiamos en su promesa de discreción.
¿Cuánto tarda en prescribir un atraco? La verdad es que nunca lo hemos mirado.
¿Hay algo que no nos está contando?
¿No se meterá en un lío por no delatar nuestra ubicación o algo por el estilo?
¿Cuánto tiempo más cree que seguiremos viviendo aquí?

Sí, creo que es usted un gilipollas. Pero lo creo de mucha gente, no se preocupe, y yo sé que usted me considera una tarada. Creo que sabe que no somos peligrosos, pero no querría un hijo como nosotros, ¿verdad?
Nosotros tampoco queríamos padres como usted.

Si quiere ver algo, venga conmigo. Es mejor que se ponga esas gafas de sol tan a lo Fidel. Pero cuando lo vea, no quiero que se desquicie ni grite, y nada de ataques cardíacos. Quizá ahora entienda ciertas cosas. Usted decidirá lo que hace con la información.
Hay que ir hacia aquellas rocas.
Dígame, ¿qué ha leído sobre universos paralelos?

5a4449ee5e5db2123d638ac53cf7b2d3

Vamos

Cuánto hace que no hago “air guitar”; ni le habían puesto nombre, al menos que yo supiera. Cuándo fue la última vez que no sentí dolor en absoluto. Cuándo dejé de ser un proyecto, una promesa para alguien. Cuándo exactamente se firmó mi derrota. Cuándo se comenzó a terminar mi juventud. En qué momento se escapó mi puñetero tren. ¿Aún tengo tiempo? ¿Hay esperanza de redención?, ¿cuándo caduca eso, a los cuarenta y cinco, a los cincuenta?
Paseo por el centro de Periferia. Veo un avión de papel en el suelo, un folio blanco, impoluto, con algo escrito a bolígrafo en un ala. Y yo me fijo, porque siempre me fijo:
Tonto el que lo lea.
Oigo unas risas que llegan desde un balcón. Adolescentes. Hace cuatro días, apenas veinticinco años, yo era como ellos.
No ha sido la mejor forma de empezar el día. Pero conozco el fracaso de cerca, me he carteado con la humillación, ya sé diferenciar una anécdota de una broma de mal gusto, una jodienda de una tragedia. Y yo siempre leo, sea de tontos o no, y creo que a mí no me ha hecho más listo; puede que más rebuscado.
Quizá también más inseguro. Muchas mujeres dicen que les parecen atractivos los tipos seguros de sí mismos. Ni siquiera sé qué significa eso exactamente. Creo que es la versión adulta del “chico malo”. Fingir con estilo.
Puedes ser honesto, eso sí, sincero de un modo inteligente (es decir: no siempre), y no intentar parecer un ser asexuado que sólo quiere ser amable y sujetar las cosas a los demás.
Ahora a algunas personas les sorprendería constatar que los seres humanos aún somos de carne. Al menos a juzgar por cómo hablan, con esa petulancia orgullosa de quien cree que lo sabe todo porque aún no se entera de nada. El saber estar equívoco de quien excluye dando lecciones de inclusión. El discurso prodiversidad de quien nunca permite que nadie se crea persona antes que blanco, negro, hombre, mujer o trans. Porque en cuanto acabe sus deberes de mates, y antes de que su madre (una “alienada”, pobrecita) le llame para cenar, va a arreglar por fin el mundo.

El miedo está de moda, es cool, el complemento perfecto para la persona concienciada; ya se están haciendo camisetas. No es que antes no estuviera presente, pero ahora es distinto; mete miedo a las mujeres, adelante, aterroriza a las niñas. Suele funcionar así, engordas políticamente el problema (lo banalizas) y luego vendes los remedios de adelgazamiento.
Yo soy un monstruo. Encajo en el perfil, lo dicen las mentes actuales más avanzadas, más progresistas. Quien más quien menos ya tiene en su radar a los progresistas que odian el progreso. Esos liantes. Siempre me recuerdan a aquella mujer que fingió haber estado en las torres gemelas cuando el 11-S. La falsa superviviente. Montó una asociación para los familiares de las víctimas, hizo una tuitera de sí misma antes de que existiera Twitter. Ahora se canoniza a esa clase de personas, se las escucha como si guardaran unas pastillas dulces y definitivas para el cáncer.
Pareciera que el mundo siempre fue fácil de leer. Las cosas no son tan complicadas, es sólo que no hemos querido arreglarlas.
Me siento en una terraza con Lucía. Café solo largo los dos. Lucía me da mil vueltas. Tiene una mirada azul metálico tras las que hay una mujer harta de ciertas mujeres. También de ciertos hombres, pero eso no es novedad. Le cuento lo del avión de papel.
–Entonces eres tonto.
–Eso parece.
Lucía es abogada, pero no dice mucho al respecto. Siempre luce estilizada, con su traje de chaqueta y sus maneras de mujer pantera. Dios sabe por qué pierde el tiempo conmigo.
–¿Los sábados también eres abogada?
–A veces. No es asunto tuyo.
Siempre me sorprende que la gente de mi edad tenga más de diecinueve años.
Hace cuatro meses que salimos. La primera vez que follamos yo me sentí como Kate Winslet con los brazos en cruz en la proa del Titanic.
–¿Por qué aún quedas conmigo?
Puedes decirle lo que quieras en voz alta. Hace semanas que no me guardo nada.
–Porque no eres un beta. Te gusta follar.
Pausa.
–¿Ya está?
–No, pero… Si quieres te lo pongo por escrito.
–¿En serio?
–Claro…
–Me gusta ver que avanzamos…
–Y a mí me encanta el sarcasmo.
–¿Eso ha sido un sarcasmo?
–Qué quieres, ¿gemelos y una valla blanca? Creo que ya no puedo producir eso.

Ya por la noche, ella se duerme enseguida después. No es amiga de las conversaciones de alcoba. Su piso está en pleno centro, el decimotercero en uno de los rascacielos siempre visibles. Ella gana pasta. Siempre me siento como en una película aquí. No solo por el piso. Soy un equipo de segunda B jugando una eliminatoria de copa contra el Barça. Asumo que esto es temporal.
Salgo al balcón a contemplar las luces de la vieja y a la vez occidentalísima y moderna Periferia. Es uno de mis momentos favoritos.
Creo que ella cree que en el fondo soy un romántico terminal, un prototipo de cunniligüista entregado que no es exactamente lo que ella busca. Cuanto más tiempo pasa, menos ganas tengo de que me dé la patada.
La brisa nocturna ya casi veraniega arropa mi bienestar postcoito. Algunas luces parpadean, son casi las dos de la madrugada. Últimamente me siento como una mezcla de Bill Murray y Scarlett Johansson en Lost In Translation.
Comer y beber café, y follar. Así hemos pasado el sábado. No me quejo (o eso creo), pero soy otra vez el tío hetero que no entiende a la chica.

La gente pregunta cómo nos conocimos.
Yo no buscaba nada, y ella tampoco parecía muy emocionada. Siempre lo ha tenido fácil con los tíos. Señala a uno y eso es todo. Nueve de cada diez veces resulta. Hemos hablado bastante de eso. Siempre me ha hecho pensar en Michael Jackson, esas imágenes en las que va con varios asistentes por una tienda señalando lo que quiere comprar sin mirar el precio. Ella simplemente elige. Aunque no saca pecho por ello, podría ser una de esas personas que se escandalizan cuando saben de alguien que lleva un mes sin follar. Puritanos a la inversa.
–Sé que el reparto sexual es muy desigual –dice siempre–, a mí no tienes que explicarme ese mundo.
A veces sospecho que una vez no fue un pibón rodeado de luces verdes y entradas gratis.
Cuando nos conocimos había más gente. Era el cumpleaños multitudinario de alguien. Nos metimos de una forma natural en nuestra burbuja de suspicacias. La cumpleañera –pastelera de profesión y vocación– estaba encantada de haberse conocido.
–Es gorda y estúpida –decía Lucía–, pero ahora todo el mundo le dice que eso es maravilloso.
Y algo dije yo.
–No la defiendas, todos sabemos lo que pasa con la “gordofobia”. Entra en instragram a ver cuántos “antigordófobos” tienen una pareja gorda y orgullosa. Los “inclusivos” hablan de quemar el donut mientras se comen el donut. Claro que hay muchos perfiles que pueden ser atractivos, no soy una fanática del canon, pero tampoco nos pasemos de hipócritas.
Y algo debí decir yo.
–Que es estúpida supongo que ya lo habrás comprobado. Canibalizada por su yo tuitero, activista de salón, discurso contradictorio casi por defecto. Habla sin parar de la fragilidad y desamparo (e incompetencia) de las mujeres y después de empoderamiento. Las mujeres maltratadas son las nuevas hombreras. Es una tarada, la versión actualizada de la gilipollas egomaníaca de toda la vida, colesterol evolutivo para las mujeres y un estorbo potencialmente peligroso para los hombres.
A saber qué dije yo.
–No es amiga mía, es prima de una amiga. Estoy haciendo bulto, ya me ha mirado mal dos o tres veces. Creo que es el escote.
Me preguntó y yo qué.
Mi historia siempre es sencilla, o eso me gusta vender. Se podría decir que la cumpleañera era mi reciente ex. Si podemos contar como ex a alguien con quien has follado unas veinte veces. Un novio de años la había dejado y sus amigas decidieron que yo era un buen partido. No gran cosa pero sí quizá para ella. Un entretenimiento hasta el siguiente novio de verdad.
Aún insistía mucho en fingir una amistad. Su nuevo novio (un mastuerzo de gimnasio) estaba presente.
Me pareció tarde para informar a Lucía.
Estas cosas pasan constantemente. La gente básicamente se utiliza entre sí. Hombres y mujeres. Da igual qué discurso parcial sobre lo tóxico te hagan tragar luego. Nos usamos y tiramos, ocasionalmente nos juntamos un tiempo, y muy puntualmente dos personas se conocen, se tienen afecto de verdad y deciden cuidar el uno del otro.
La noche fue emocionante a su manera, aunque la posibilidad de intimar con alguien siempre me produce ansiedad. Raramente sé leer las intenciones ajenas, el rollo no verbal. Lucía prácticamente me llevó del brazo a su piso de casi ricachona. Le hacía gracia mi tartamudeo oral y gestual, aunque la mayoría de sus sonrisas no pasaban de los ojos.
Luego siempre temo que no se me ponga dura.
Cuando veo que funciono, entonces toca no correrse antes que ella. Las primeras veces son un 60% estrés en mi opinión, aunque quedé estupefacto ante el cuerpo de sex symbol curvilíneo de los años 50 que pude tener delante, encima y debajo.

El presente se me escapa. Lo entiendo a medias. Creo que los domingos se llevarían bien con los miércoles. Los días porculeros: uno siempre en medio y sin un carácter definido, y el otro siempre engañoso, aún fin de semana pero más lunes que otra cosa.
No se trata solo del domingo, obviamente, sino de la sensación de que este asunto con Lucía está durando más allá de mis cálculos más optimistas. Primero pensé que me usaría una noche y hasta luego. Después que esperaría unos días más, quizá por pereza de tener que conocer a algún otro maromo. Al cabo de dos meses interpretaba sus miradas como el preludio de la patada. A los tres meses me empecé a ilusionar (¿quiere algo?). Y ahora que ya vamos por el cuarto mes, empiezo a sospechar que debe estar pasando por algún tipo de crisis o parálisis interna que le impide darme el finiquito y contratar a alguien con carrera y un sueño.
Sé que mi percepción puede hacerme parecer pusiláme o patéticamente inseguro, hasta victimista, como si hubiera nacido en 2002 o algo así. Pero a mi favor he de decir que Lucía es de las que prácticamente cambia el tiempo cronológico de una habitación cuando entra en ella; muchos tíos y alguna que otra lesbiana la ven y vuelven a tener veinte años, antes de conocer a sus parejas fijas. Podrían haber intimado con semejante MUJER aunque sólo fuera diez minutos. Presentársela quizá un día a sus padres; mirad, papá y mamá, soy un desastre pero he acabado con la líder abogada de las animadoras.
Lucía tiene razón. La belleza, sea más o menos canónica, cuando genera consenso, pero sobre todo cuando te cambia por dentro al verla, es algo con demasiado poder para no reconocer que funciona por contraste.
Lucía sabe verse desde fuera hacia dentro. Parece entenderse y conocerse de verdad, pocas personas saben mirarse así. Parece haber saltado de las páginas de La broma infinita (que por supuesto ella ha leído), materializando a Madame Psicósis.

Nos plantamos en el quinto mes de supuesta relación y Lucía sigue escuchando en bucle el Surfer Rosa de los Pixies, especialmente el tema “Vamos”, que a priori no hubiese dicho que le pegara. Tampoco le pegaría ver cierto tipo de películas o leer según qué libros. Pero ya puestos, tampoco le pega salir conmigo (no digamos follar conmigo). Es jodido intentar definirla más allá de una descripción física somera más bien babosa. Pero hay algo cálido en su interior, entre el corazón y el estómago. También es un alivio poder pasar tanto tiempo con alguien que no parlotea sin parar, que no le tiene miedo al silencio y es selectiva con el ruido. Es como si prefiriera el enigma al desgaste. Otros podrían confundir su relativa parquedad con desinterés, pero lo cierto es que algunas personas son tan activas, escandalosas y dispuestas a verbalizar su gran amor, que me hacen pensar en el borracho que se acaba de un trago toda la cerveza disponible. Y eso cuando no mienten.
Lucía al respecto:
–Si el amor existe, es algo complejo, pesado y de cristal. Si te pasas se te cae pronto y se hace mil pedazos. Luego llegan cuarenta años de loctite y buscar bajo los sofás.
Y añade:
–Lo mejor es procurar no moverlo demasiado, no confrontarlo todo el tiempo. El sol siempre te hace un servicio esencial, y casi nunca lo miras directamente, no eres gilipollas.
Nunca sé si habla de nosotros.
Los Pixies hacen que le entren ganas de follar por las mañanas. Yo siempre pienso en mi mal aliento o lo pedos nocturnos que haya podido soltar. Soy bastante pervertido, un salido quizá por encima de la media, pero me gusta que al principio esté todo limpio.
Durante todo un mes de verano, básicamente vivimos en su piso. Yo verbalizo como siempre mis dudas, y ella o bien me ignora o me tapa la boca de un modo u otro.
La abogada reputada y el obrero, el mozo de almacén, el conductor de carretilla, el gerente ocasional entre estanterías. El juego de las zamburguesas de saltar de curro en curro.
Ya no pienso tanto en ello, pero al principio me sorprendió lo poco que le importaba mi, digamos, estatus laboral. Había conocido a no pocas chicas clasistas en ese sentido. Interesadísimas hasta que sabían que tu curro no era ni guay ni de alto perfil. No estaban dispuestas a gestionar lo que veían como un claro desequilibrio. Para algunas mujeres de carrera yo soy como una carrera bien visible en sus medias, aunque todo lo demás fluya y funcione como un reloj.
Lucía pone “Vamos” en bucle durante las vacaciones de verano, que hemos hecho coincidir (yo con más dificultad). Los Pixies es algo importante que tenemos en común. Un grupo que yo ya adoraba antes de conocerla, y que ella conoció antes que yo.
–Los Pixies tienen ESO –dice Lucía–. Eso que tienen sólo unos pocos en cada generación.
Discos puestos en bucle mientras nos sometemos a pruebas como las mamadas de una hora. Aguantar una hora chupando o aguantando. A ella le cuesta más chupar y a mí más aguantar.
Un día decido emplear la hora en lamerle el ano, mientras ella se trabaja la vagina con lo que llama su “amiguito rosa”.
Etcétera.
También experimentamos por primera vez la lluvia dorada, mutuamente (lo que nos puso más cachondos de lo esperado). Y un día ella defecó en mi pecho y yo en sus tetas; esto sólo desató algunas risas, aunque menos asqueadas de lo que se podría pensar.

Vamos a cenar desayunar comer cenar, siempre fuera, casi siempre excesivo, solteros no tan jóvenes sin hijos. A ambos nos da pereza quedar con gente. Hay más gente, se supone que amigos. Se lo conté. Le dije que al principio me daba pereza que conociera a mis amigos, aunque fueran cuatro contados; hice una criba fuerte tras los locos “años veinte”. De los veinte a los treinta es fácil que conozcas a un montón de gente, mucha más de la que puedes recordar. Sólo tu grupo íntimo de amistades puede tener fácilmente diez integrantes. Y después están los satélites: hermanos, parejas, algún padre que se hace el joven, etc. Demasiada gente. Toda esa gente que inevitablemente te juzga, se compara contigo, te usa, te deshecha o te llama por interés. Lo que no quiere decir que no les caigas bien o incluso te tengan cariño.
Me daba pereza que conocieran a Lucía porque Lucía no era ni de lejos la clase de mujer con que me asociaban; era la clase de mujer que alguien como yo ve en la tele, el cine, las revistas o los videos porno. La mujer a la que miras disimuladamente mientras vas con tu novia. Demasiado llamativa para proyecto serio alguno; puede que alguien que buscara algo de mí, desvalijarme de algún modo (aunque no sé cómo o qué). ¿Para qué iba a estar conmigo pudiendo tener a un pijo de gimnasio bien colocado, medio tratable e hijo de algún ricachón?
Yo sigo vistiendo como a los quince.
Luego no es para tanto. Fue divertido ver cómo la miraban, como si un volcán hubiera estallado en sus narices. Supongo que no nos dieron más de diez telediarios; a día de hoy deben estar tan desconcertados como yo.

Quedamos puntualmente con tres de sus amigas. Dos se muestran amables y comunicativas, y la otra tiene dos críos y toda la pinta de rajarme por la mitad en cuanto me doy la vuelta. En realidad suelen hablar entre ellas, y quiero decir entre ellas tres; Lucía las observa y no parece importarle un rábano lo que puedan pensar de mí o yo de ellas.
Ni siquiera pienso en ellas, a decir verdad. Las veo como pura figuración. Creo que son amigas de infancia o algo así. Lucía siempre ataja y me dice:
–No tienes que por qué hacer ni decir nada.

Podría parecer una mujer fría, pero no lo es. Puede que algo rara (por poco habitual), pero no fría. Tampoco usa coraza reseñable alguna. Sencillamente no es teatral, no siente que deba proyectarse constantemente, sino entenderse: lo que quiere, cómo lo quiere, cuándo lo quiere, qué puede hacer, cómo.
No llora, actúa.
Se podría decir que es pragmática, y que muchas cosas las demuestra tocándote y mirándote. Más tocando que mirando. Sus manos hablan más que su boca. Creo que a según quién le ha podido sorprender cuánto me toca y lo poco que habla después. Creo que si eso me molestara, si alguna vez le dijera que no me tocara tanto, que no se aferrara a mi brazo o se sentara en mi regazo, resultaría de lo más violento. Coartaría dramáticamente su forma de expresarse y comunicarse. Dudo mucho que jamás le haya pasado, parece imposible que alguien le haya dicho: aire, por favor.

El verano avanza, agosto denso, cegador a la vista, húmedo, pegajoso. Cuando no estoy con ella, camino hacia ella. Un día veo a un chico y una chica por la calle, rumbo errático y veinteañero. Él, amanerado, mira con escaso disimulo a los chicos, y ella muestra aprobación o rechazo. Te lo follarías/No te lo follarías. Juegos del mundo real. Los demás son sims para una partida 24/7.
Se parten el culo y casi nadie se da cuenta. Les da igual si les miran o detectan su infantil adultez. Los adultos han ido poco a poco adoptando los rasgos de carácter más estúpidos de los críos. Exigir por deporte, quejarse a la más mínima, montar un drama por nada, burlarse con crueldad y mandíbula de cristal, reclamar una realidad libre por completo de incomodidades y peligros. Una utopía que los demás les tienen que servir en bandeja. La ampliación del salón de su casa a toda la ciudad, el país, el continente y el planeta.
En cierto momento se cruzan conmigo. El chico dirige su mentón hacia mí. La chica dice alto y claro:
–No estoy tan desesperada.
Ambos ríen a mandíbula batiente.

Durante el terraceo se lo cuento a Lucía y dice:
–Entonces soy una desesperada.
–Eso parece.
–¿Tú te la hubieras follado?
–La verdad es que sí.
–Reformulo la pregunta: ¿era fea?
–A ver…
–O sea que era fea.
–No me he fijado tanto.
Lucía atrapa cada una de mis mentiras al vuelo, como con un guante de beisbol. Suena: flop. Casi da gusto verla calarme.
–O sea que era fea.
–Era…
–Las chica feas –me interrumpe– no quieren acabar con su equivalente masculino. Saben que pueden aspirar a más. Con los chicos feos la cosa cambia.
–No sé si te entiendo.
–Los chicos feos se quedan con quien les dé luz verde. Les sorprende tanto que alguien se los folle que enseguida están notando el arroz en la cara a la salida de la iglesia. Hay muchos más tíos vírgenes de treinta años de lo que parece. Es un tópico descarado decirlo, y ahora según quién lo consideraría machista, misógino o simplemente una falsedad, pero es evidente que las tías lo tenemos mucho más fácil para follar o emparejarnos. La persona que lo niega es o bien porque tiene serias carencias o porque está atravesada por alguna ideología que gusta del pensamiento sectario.
–Está mal visto decir que los tíos pierden en algo.
–Está mal visto que una mujer no sufra o tenga miedo. Se supone que es lo que tenemos que hacer, al parecer tenemos una deuda con la Historia.
La camarera llega con el café.
Se produce una pequeña pausa, nunca incómoda con Lucía.
–Estás generalizando –digo.
–Estoy hablando de tendencias evidentes. Puedes dar con un ejemplo que refrende cualquier teoría que se te ocurra, pero las tendencias generales todo el mundo las ve y las respira. Luego puedes aceptarlas o negarlas, lo que dependerá de tu edad, militancia, entorno inmediato, pareja (o intento de tenerla), padres, procedencia o lo que te salga de los cojones, pero están ahí.
–Ya.
–Coge a una chica promedio y a un chico promedio. Suéltalos en una discoteca con el objetivo de echar un polvo esa noche. Haz eso veinte sábados seguidos y a ver quién ha follado más.
–Bueno, eso depende de muchos factores.
–Sí, lo que quieras, pero hazlo y a ver quién ha follado más. Se habla de forma muy simplista de la sexualización de las mujeres; lo cierto es que nosotras manejamos el poder sexual, tenemos ese poder en bruto, y lo usamos. Vaya si lo usamos. Y no hablo de pintarse como una puerta y llevar tacones, hablo de que tenemos ese poder, y de que lo USAMOS. Y además no es nada malo hacerlo. Cada cual usa lo que tiene.
–Ya, pero…
–Otra cosa es que ese poder no está repartido de forma equitativa entre nosotras, eso está claro. Y eso ha provocado no pocos conflictos, algunos de ellos ideológicos. Por no hablar de cómo ha despabilado un puritanismo que parecía moribundo, pero que ahora se ha levantado joven y lozano otra vez, y está jugando al tenis con los conservadores de toda la vida, que están no poco desconcertados.
–Entiendo. Hoy estás muy parlanchina…
–No, lo que pasa es que casi no hablo con la gente. Pero siempre hablo contigo.
–Creo que acabo de darme cuenta de eso.
–Me lo creo.
Una bombilla polvorienta se enciende en mi cabeza, me comienzo a reír y me cuesta parar.
–Cuéntaselo a toda la clase y nos reímos todos –dice Lucía.
–Creo que me has estado llamando feo todo el tiempo y no me he dado cuenta.
–Ahora estás razonando como la persona cabal promedio, que es básicamente tonta del culo. Sabes de sobras que estaba basándome en tu anécdota, no hablando estrictamente de ella.
Siempre me deja pasmado lo fácil y rápido que desmonta mis razonamientos, mis reacciones pasan a ser las de… la persona cabal promedio. ¿Hay algo que pueda sonar más insultante?
Y se lo digo.
–No desmonto nada –dice ella–, eso suena a táctica o habilidad. Yo no maquino; sólo te he dicho lo que he hecho. Además tú no eres feo, sólo te crees más feo de lo que eres (como acabas de demostrar), lo cual no te ayuda, pero hace mucho que yo sé ver a través de eso. La ropa, el pelo mal cortado y demás. Son fruslerías si alguien te interesa lo suficiente. Sólo me irritas un poco cuando pareces el buen chico que todo el mundo espera que seas, y en el fondo nadie.
–Como ahora.
–“No pasa nada por patinar, mientras no conviertas tu vida en una pista de hielo”.
–Oh. Tomo nota.
–Mi abuela materna.

Cuando vamos camino a su piso, atisbamos un corrillo de gente y un par de policías. Hay un coche patrulla y una moto. A lo lejos suena como si una ambulancia se abriera paso. Cuando estamos cerca del suceso, veo que la poli habla con la pareja que jugaba a los Sims de carne y hueso un par de horas antes. Ella intenta explicar algo a uno de los polis, y él tiene una brecha sangrante en una ceja y un ojo escandalosamente hinchado y morado. Vemos a un tercer poli que sujeta por el brazo a un chico gordito que se masajea la mano derecha.
Le doy el contexto a Lucía y dice:
–Es como la metáfora perfecta. Llevamos toda la tarde hablando de esto.

Al día siguiente me da por consultar la fecha en el móvil. Día 13 de agosto. Debería ser el día mundial del sudor a mares, pero debe ser el día mundial del pepinillo, o de las niñas abofeteadas durante su primera comunión (pray for). Ahora se le presta la misma vaga atención a todo; o más a bien a la mitad de todo. Sencillamente hay cosas que existen y otras que no. Lo importante es que todo lo del escaparate encaje con la Visión del mundo que se venda en ese momento. Ahora el relato cultural parece pergeñado por Carrie puesta de heroína y aún empapada de sangre. Los demás, hombres, mujeres, niñas y niños o trans, somos el resto de asistentes al baile de fin de curso.
Lucía apura el café y me dice que la han invitado a una fiesta.
–Precisamente estaba pensando en Carrie.
–¿Así es como me ves?
–No, pero te imagino disfrutando ese final de fiesta.
–Quizá el de Brian De Palma.
Me dice que es una fiesta pija, al día siguiente por la noche, en la terraza enorme del piso treinta de alguien, la cima de uno de los rascacielos. Tocarán en un escenario sencillo varios grupos alternativos y probablemente muy malos, y habrá gente variada y pintoresca.
–A veces me dan un poco de miedo tus contactos –digo.
–Es por un rollo del bufete, un movimiento de la empresa. Les da igual que esté de vacaciones. Me han dicho que puedo llevar a alguien, y prefiero llevar a alguien.
–¿Quiere eso decir que me vas a presentar a tus compañeros de trabajo?
–Bueno. Sólo si se tercia. Habrá bastante gente, no vas a ser el protagonista, no te preocupes. Ni siquiera te darán un papel de reparto.
–¿Es una noche de negocios y lentejuelas o algo así?
–O algo así.

Por la noche la llevo a mi piso de alquiler de ojalá mileurista para que revise mi fondo de armario. Ya ha visto mi piso antes; nunca ha hecho comentario alguno al respecto, pero tampoco ha dicho jamás una sola palabra de su flamante espacio como excavado en un acantilado de lujo.
Repite varias veces que le importa un carajo cómo vaya vestido a la fiesta, pero le insisto en que me elija la ropa.
–¿Cómo vas a ir tú?
–¿Qué se yo? Un vestido de verano. Como mucho elegiré con cuidado los zapatos.
–Pensé que estabas más puesta con la etiqueta.
–He ido a cinco saraos de esos en toda mi vida. No importa cómo vayas sino quién eres. Y quizá que huelas bien.
Me saca dos o tres camisas blancas y varios tejanos. Sólo tengo un par de trajes más o menos pintones. Bodas pasadas, compromisos.
Al final me recomienda unos tejanos y una chaqueta de vestir.
–Yo de ti me pondría una camiseta que te guste bajo la chaqueta, pero si no te sientes seguro elige cualquier camisa.
–Al final voy a pensar que no te fijaste en mí por mi físico y mi estilo.
–Tenía la esperanza de que tuvieras una buena polla.
–Me gusta lo que oigo.
–A veces me gustaría que fueras más como tu polla.
–¿Grande, gordo y morado?
–Más bien duro y decidido.
–¿Ah sí? Yo pensaba qu…
–Te estoy tomando el pelo.
–No sé si prefería que hablaras en serio…
–Te sigo tomando el pelo.
–Espero que no estés ensayando para mañana…

Parpadeo y estamos en un ascensor del tamaño de mi piso subiendo al piso treinta del rascacielos Tudor. La magia de cuando algo no te apetece.
A Lucía, con su vestido floreado y sus bien elegidos tacones, no existe polvo que le pueda hacer justicia. Yo, con mi chaqueta, los tejanos y mi camiseta de los Strokes, creo que parezco exactamente lo que soy.
Los zapatos nuevos me aprietan. Piso veintitrés y piso treinta. Lo que soy es un tiro que no pasa ni rozando el aro.
Cuando se abren las puertas del ascensor, todo parece la parte central de una película. El momento en que llegan los problemas al paraíso. El encuentro con demasiada gente que lo acaba jodiendo todo. La crisis que el guionista tendrá que remontar antes de que llegue la canción alegre de los créditos.
Todo es precioso. El diablo se viste de Prada y está por doquier. Todo el mundo parece guay o gay o ambas. Los tíos relucen de estatus y pasean sus palizas en el gimnasio. Las mujeres también, a lo que hay que sumarles el grado máximo de follabilidad habitual tras haberse vestido y maquillado para transmitir principalmente eso.
Yo sólo encajo por la compañía. Tener una pareja como Lucía hace que todo el mundo interprete tus pintas y lo que dices. Pareces mucho más atractivo de lo que eres. Este efecto sólo se logra cuando tu pareja es escandalosamente guapa o todo lo contrario. El contraste. Llegar en pareja te define como parte de algo, y más en un ambiente acristaladamente social, en el que tanto las buenas formas como los exabruptos están casi coreografiados.
Es lo que hay al otro extremo de un botellón.

Le doy la mano a varios fulanos y no pocas fulanas (yo uso el masculino y el femenino para lo mismo, pero he de añadir que un tío me dice que hay al menos cinco prostitutas de lujo merodeando, y que son las más ricas del lugar). Nadie parece interesarse a fondo por nadie, de modo que quizá me libre de dar explicaciones. Estoy aquí en calidad de pareja de.
Luego me doy cuenta de que es factible que mucha de esta gente ya sepa a grandes rasgos quién soy. El reponedor al que le ha tocado la lotería del sexo. Casi la versión masculina de Cenicienta; cuando acabe el hechizo, la fiesta se convertirá en mi piso y Lucía en un video de Silvia Saint. De pronto no dejo de pensar que el porno de mi adolescencia ya es completamente retro.
Pero Lucía no es rubia. De hecho voy detrás de su frondosa cabellera negra donde sea que toque ir. Me lleva de la mano casi todo el tiempo. No es como si marcara territorio; por más que las mujeres presentes me vean con curiosidad, hay demasiados machos alfa de prestigio y con la cuenta a reventar para perder el tiempo con un muñequito pretendidamente indie que la mayor parte del tiempo está rodeado de palés.
Ese soy yo. Aunque me he pegado un buen duchazo, y unos toques. Por alguna razón empecé a usar colonias al mes de salir con Lucía. Hoy llevo una que me hace oler a no pocas pretensiones excesivas de oler bien. Cada colonia te hace hablar su propio idioma. La que llevo puesta dice algo como: Me He Esforzado, ¿Vale? Es Mi Novia De Verdad, ¿Vale? Me Siento Como Pez En El Agua, ¿Entendido?
Voy proyectando seguridad en forma de complejo por todos lados.

Merodeo por el lugar, mi tercer cóctel ya, Lucía se entretiene hablando con una compañera. Un tipo me llama la atención. Un pelirrojo que no ha olido el gimnasio, viste aburrido y mira a su alrededor con cara de circunstancias. Una chica rubia imponente le da un beso en los morros y se aleja muy interesada por algo o alguien. ¿Su novia? Enseguida pienso que ese tío es como yo. No pertenece a aquí. Lo ve todo como en una nebulosa, como a punto de despertar.
Me acerco y digo algo a modo de saludo. El tipo sonríe. Creo que me reconoce como a un igual. El escalofriante hombre corriente.
Tras un par de minutos de intercambio, descubro que es una especie de genio de la informática. Es el creador de no sé qué gadget digital. Está en ese punto de su carrera en que alguna decisión marcará la diferencia entre hacerle rico o asquerosamente rico.
Busco alguna excusa y me alejo de él.
Debí haberlo sospechado. Aquí si no encajas en el perfil de psicópata americano, al menos tienes que estar podrido de pasta.
Su novia vuelve y le da otro morreo. Ahora todo ha cambiado.

Entonces una visión me resta dos cócteles cuando ya llevo cuatro. Antes no dije el nombre. Raquel, la cumpleañera que lo inició todo, habita uno de los corrillos de abogados. La terraza es enorme, pero acaba de convertirse en un zulo. Encajo rápidamente las piezas. Su novio. Otro psicópata americano. Él parece aún más cachas, y ella ha perdido al menos quince kilos. Va embutida en un vestido con vistas a Marilyn.
–Es un fetiche –dice Lucía, que de repente está junto a mí. Doy un respingo.
–¿Cómo?
–Ese tío, tiene un fetiche.
–¿Qué tío?
–El maromo de tu ex.
–¿Cómo que…?
Miro al cielo.
–O sea que he acertado…
Se me agolpan diecisiete preguntas en la cabeza.
–No era tan difícil –dice ella–, el día que nos conocimos no parabas de defenderla. Por no hablar de las caras que ponías.
–No lo puedo creer.
–Dado tu carácter, o bien era tu ex o bien estabas colado a causa de algún tipo de misterio insondable, algo relacionado con los tsunamis y los bebés.
–No sé si cada vez te conozco más o todo lo contrario.
–¿No me vas a preguntar por el fetiche? Hace un minuto estabas a punto de sufrir un infarto, le estoy poniendo remedio.
–Muy bien, qué es eso del fetiche.
–Al cachas ricacho le van las gordas.
–¿Cómo…?
–¿Por qué siempre haces eso?
–¿El qué?
–Cada vez que digo algo que ahora sería políticamente incorrecto en la tele o en redes, finges que no entiendes.
–…
–Y me entiendes perfectamente.
–…
–Lo que digo es que ese tío es un fetichista. Le gusta apartar una parte de su novia para llegar a otra parte de su novia y por fin tener su premio.
–¿Y no puede ser que ella le guste?
–No choca con lo que estoy diciendo. Lo que quiero decir es que ese tío podría tener a cualquier sirena anoréxica jugando con sus pelotas. Pero está con la gordita del barrio.
–Pues creo que ya no está tan…
–Esa chica era gordita, es gordita y morirá gordita. Una gordita siempre lleva a una gordita dentro, aunque pierda cuarenta kilos y entre en cualquier trapito de las tiendas de ropa del centro. Si sigues un tiempo más conmigo, lo sabrás. Yo fui una gordita, y por ende lo soy, y no es que ahora esté en los huesos. Generalmente una gordita vuelve a ser gordita tarde o temprano, aunque las excusas o los dictámenes médicos varíen.
–Pues ¿sabes qué? Algo me decía que tú habías sido antes una… gordita.
–Uish… qué boca tan sucia, como se enteren en Twitter…

Comienza a tocar la primera banda de la noche. Tres chicas que se criaron musicalmente entre el 2000 y el 2005. Les debe gustar mi camiseta.
Raquel ha pasado completamente de mí y de Lucía, cosa que he agradecido. Conduce su mirada hasta el punto de hacer virajes imposibles. Su novio quizá ni nos recuerda. Lucía ya no se separa de mí. Quizá piensa que lo de Raquel aún me afecta, aunque eso sería una conclusión de persona cabal promedio.
De hecho estoy en el punto álgido de percepción, euforia y borrachera. El panorama desde cualquier punto del lugar es espectacular. El resto de rascacielos, los neones lejanos, la electricidad nocturna. Todos en hombros de gigantes. El primer mundo del primer mundo.
Es como si volviera a tener veinte años, pero no mis veinte, sino los de algún niñato de la Nueva York de los 90.
Lucía lleva media hora de reloj cogida de mi brazo derecho. Empiezo a notar en torno miradas significativas, a los ojos y al cogote. Alguna también al paquete. Creo que un par de grupitos de abogados buscan una explicación, se preguntan entre ellos, asienten como intentando encajar cuadrados en círculos. Ha de ser mi polla, o algún rollo enfermizo de drogas, quizá Lucía es mi hermana de agujas. Piensan que hay gato encerrado, y no el de Schrödinger, este sólo puede estar muerto, porque huele que no veas.
Lo bueno es que me da igual. He perdido la cuenta de los cócteles y empiezo a notar la polla morcillona. La borrachera me suele poner cachondo, y hasta ahora nunca ha afectado a mis erecciones.
Se suceden un par de grupos indies más. El segundo ejecuta un estéril sonido ambiental tirando a punk gutural. Ni se aclaran ni se gustan. El cantante es una especie de suicidio andante, todo pose y maquillaje y vibraciones bi para contrarrestar la asombrosa falta de talento. Apostaría la fama de mi pene legendario a que sus papis están forrados.
–¡Hola!
Se presenta un tío de unos sesenta años que arranca a Lucía de mi brazo. Se disculpa por llegar tarde y por ser feo de cojones, aunque creo imaginar lo segundo. Tiene una llamativa melena canosa y lo que parece un subidón artificial. Al parecer está de ronda de saludos y ahora le toca a la novia del mozo de almacén. Esa tía rara.
Tardo poco en descubrir que es un ex. Cuanto más habla más parece contenerse. Hasta que el filtro revienta.
–Y dime, ¿ahora vas a joderle la vida a este Oliver Twist?
Me señalo, sonrío y miro alrededor. La verdad es que el tío es un cachondo, y mi borrachera ya es evidente.
–Pues sí –dice Lucía– en eso estamos.
–O sea que vas a pasar de los tíos maduritos y ahora tocan los fracasados… ¿cómo lo diría…?
–Ya te ha quedado bien, Gabriel. Sigue, te escucho.
–Estás tan buenorra y segura de ti misma como siempre, ¿no?
–Y a ti se te ve fenomenal, Gabriel.
–Otra vez ese tono. Nunca sabía cuándo hablabas en serio. Hace sólo un año y te recuerdo como si no existieras, como si te hubiera leído en Dostoyevski. Seguro que eso te gusta. ¿Te gusta?, ¿te parece interesante?
–Claro que sí, Gabriel.
–Me sigues hablando como a un tonto. Eso nunca fue de otra manera. Sí que fui tonto, fui un buen idiota yendo por ahí contigo del brazo. Joder, pensaba, esta tía no es gilipollas como todas, esta tía sabe algo que las otras no saben. Joder.
–Lo has solucionado todo, Gabriel, ahora lo ves claro.
–Y cómo hablabas de los demás. Siempre tan categórica. Pero te las arreglabas para no parecer nunca cruel del todo, siempre había un fondo de comprensión o de…
–¿Sí?
–No lo sé… Oye…
–Dime.
Nada en Lucía suena a queja. No quiero perderme nada de la conversación.
–¿Por qué no…? ¿No te puedo ver algún día?
–No quieres verme, Gabriel, quieres una tele de tubo y una muñeca vestida de sevillana que se parezca a mí encima. Pero esos tiempos no van a volver.
–¿La juventud?, ¿me vas a salir con esas?
–Siempre ha sido tu problema.
–¿Mi problema?
–Yo nunca fui tu novia, fui un trasunto de una niña de trece años a la que aún no has superado. ¿Por qué no estás en la cárcel?
–¿Quieres que hablemos de eso?
–Vomita todo lo que quieras, Gabriel, y cuidado con el pelo.
–Es increíble…
Diría que el 50% de los presentes nos miran o miran al suelo en nuestra dirección.
–¡¡Tú nunca fuiste como Lucía!!, ¡¡¡Lucía te daba mil vueltas!! ¡¡Que te quede claro, puta de mierda de Periferia!!
Miro a mi alrededor; ¿qué creéis vosotros, hay dos Lucías? Una chica no se corta y nos ofrece más cócteles en una linda bandejita. Sólo yo me animo. Son unos conos invertidos minúsculos. La borrachera de rentas altas.
Se ha producido un silencio que sólo parece molestar al tipo sesentón.
–Buenas noches y que os follen –dice finalmente, aparentemente más calmado, y se aleja tras una nube de coca.
Casi hubiera querido estar sobrio para respirar aliviado.
–Cuando tenía treinta follaba con una niña de trece –me dice Lucía.
–Oh. Humbert Humbert.
–No sé yo. Nabokov escribió una historia, pero en el fondo no era esa historia.
–Creo que no se ha quedado a gusto. Echaré un ojo por si acaso.
–No, no hagas de guardaespaldas, me da que la reacción lógica a menudo atrae las desgracias casi por coherencia narrativa. A veces es mejor pasar y dejar que el tiempo actúe. Puede bastar con un par de minutos.
Ya no hay grupos indies, pero ha hecho acto de presencia un DJ agujereado por todas partes. Pienso en los detectores de metales y el sexo, pero no creo que juegue al fútbol sala.
Lucía me vuelve a coger por el brazo. Mi bombilla polvorienta parpadea:
–¿Y dices que ese tío follaba con una niña?
–No te haces una idea. Era un pueblo pequeño, la cosa se lió y la cría se colgó de un olivo.
–No jodas.
–Me lo contó a los dos años de estar yo chupándole la polla.
–Ya.
–No soy lo que se dice una mojigata o una feminista universitaria, pero eran demasiadas cosas. Salí por patas.
El DJ parece un personaje de Trainspotting que viene de ver a La Madre Superiora. Nos lo quedamos mirando mientras pensamos en pederastas y niñas muertas. Ahora hay gente que casi parece disfrutar con esas cosas, sobre todo los activistas. Cada cual tiene su droga y su Madre Superiora. La política es el chute tapado por excelencia. La militancia. A menudo la gente más aparentemente preocupada por arreglar el mundo, es la que menos quiere que se arregle. La sola idea de que haya podido mejorar ya les irrita enormemente. Su frase favorita para todo es: “Queda mucho trabajo por hacer”. A ningún yonqui le hace gracia que juegues con su droga. Hay distintos tipos de progresistas que odian el progreso. El sesgo totalitario es goloso y no es exclusivo de nadie, y a todos nos hubiera gustado sacar a dos negritas gemelas de las torres ídem.

No oímos un golpe ni frenazos ni gritos. La calle está lejos de la hostia. Una compañera de Lucía, seria pero no especialmente alarmada, se nos acerca y dice:
–Lucía. Gabriel se ha tirado por el balcón.

(Un interludio musical.
Los temas o canciones de Surfer Rosa. Podría enumerarlos y definirlos de algún modo, como lo hace el neófito técnico pero nunca harto de discos y ruidos y voces. Pero mejor limitarse a la canción fetiche de Lucía.
En la edición del disco que Lucía y yo tenemos, “Vamos” aparece por primera vez en el corte 11. Pillamos a Black Francis (o Franck Black, según la época) in media res, monologando, dando voces y maldiciendo con un tono irónico. Esto se alarga durante casi un minuto, tras lo que entran unos acordes sencillos y abruptos de guitarra acústica. Sobre ella se recita atropelladamente lo siguiente con un fuerte acento de Boston:

Estaba pensando sobreviviendo con mi sister en New Jersey.
Ella me dijo que es una vida buena allá,
bien rica, bien chévere.”

Después entra un bombo en medio tiempo, seco y con gran presencia. Y acto seguido la eléctrica de Joey Santiago empieza a hacer ruido, ese ruido con sentido que sólo logra alguien con talento que se deja fluir.
La letra habla casi sin hablar de conocer a alguien, del conflicto inherente, de irse a la playa. Salta del español macarrónico al inglés cerrado.
Nada tiene sentido y todo lo tiene. Todo transmite y funciona. Quizá no en la primera escucha, pero si vuelves sobre la canción, estás atrapado. Lucía dice que el mejor arte suele ser engañosamente sencillo. A veces incluso engañosamente tosco, bruto. Algunas veces es provocador, pero eso ya es sabido. A menudo el arte no habla de grandes temas o asuntos complicados, sino sencillamente sobre sí mismo, sin necesidad de jugar la carta meta o autoconsciente.

“Vamos” vuelve en el corte 15, y se llama “Vamos 2”, tal y como suena, aunque esta vez suena distinto. No hay preludio y la producción quizá sea más limpia. Ambas versiones ya parecen de Lucía y para Lucía.)

Pasa un año.
Estamos en la playa de Sonora, no muy lejos de Periferia. Lucía en biquini tumbada en su toalla. Yo al lado metiendo barriga.
–Él no tenía que estar allí –dice Lucía.
Por algún motivo sé de lo que habla. Me embadurno de crema solar.
–Sabía que era abogado, pero es demasiada casualidad.
Intuyo que Gabriel formaba parte del otro equipo, el bufete con el que Lucía y compañía tenían que acordar o negociar lo que fuere. Nunca supe de qué iba aquello.
–Tortilla de Gabriel en la calle. Es increíble.
He aprendido a guardar silencio cuando toca. Al menos casi siempre.
–Podría haber matado a alguien. Incluso a alguna pareja de tortolitos.
Nunca ha hablado de ello hasta ahora. Lleva sus gafas de sol y su piel está razonablemente protegida. Yo me he encargado de ello.
No vuelve a decir nada del muerto.
Un año. Ya casi me creo el novio de. Apenas hemos tenido crisis alguna de pareja. Quizá es demasiado pronto. Me cuesta imaginar una discusión fuerte con Lucía. Se me rompería el corazón como a una adolescente anime.
Es como si tuviera que cagarla muy por encima de lo normal para sacarla de quicio.
–¿Quieres conocer a mis padres? –dice de pronto.
–¿Cómo…?
–Digo. Que. Si quieres conocer a mis padres.
No me esperaba algo así ni por asomo.
Balbuceo como la primera noche con ella.
–Sí, sí. Claro. Quiero conocer a tus padres.
Ahora soy uno de los tres gerentes poco intimidantes del turno de mañana en el centro logístico de una famosa cadena de supermercados. El lugar es enorme. Si alguien come de los palés, es culpa mía. Si alguien roba un detergente. Si alguien se droga. Si alguien muere aplastado. Si cualquiera de las cien cosas malas o terribles que pueden pasar, pasan, sería culpa mía. De hecho repartiría la culpa con otros dos tíos aún menos confiables que yo.
Total: Culpa mía.
–Porque a mí me gustaría conocer a los tuyos –dice Lucía.
–Sí. Sí. No tengo problema.
De hecho, si hay algo que siempre he deseado en el fondo, es que mis padres conozcan a Lucía. Aun con el vértigo que me provoca semejante encuentro.
Nunca hablo de la redención como objetivo en voz alta.
–Oye –dice Lucía, agarrándome el brazo izquierdo–. Si no quieres no lo hacemos. El rollo de los padres. Yo no tengo problemas en esperar.
–Sí que quiero. Es que me has pillado por sorpresa.
–Qué raro. El chico de las sorpresas…

Parpadeo y estamos en el caminito de entrada a la casa de los padres de Lucía. La magia de cuando algo no te apetece.
–¿Estás temblando? –me dice. Sonríe abiertamente. Es la sensación de un primer día de vacaciones multiplicada por cien cuando lo hace.
–¿Yo? No… Qué bonito es el jardín.
–Antes de llamar al timbre, dime que no vas a desmayarte o sufrir un ataque.
–Eres un poco exagerada ¿no?
–Podríamos haber ido a ver antes a tus padres. Son más viejos, podrían morir en cualquier momento.
Mirad, papá y mamá, soy un desastre pero he acabado con la líder abogada de las animadoras.
Respiro hondo y sonrío.
–¿Estás preparado?
–Adelante.

under-the-silver-lake-misterio-andrew-garfield-resea-1

Tus violadores favoritos

La testosterona se ha devaluado, o al menos eso dicen. Pero ahí estamos, lo que según quién llamaría: cuatro hijos sanos del Patriarcado. Hombres blancos, todos hetero. Tan hetero que escupimos al suelo, nos recolocamos el paquete en público, pisamos flores y pateamos mascotas. Estamos hechos de carne y comemos carne a granel. Quedamos para ver el fútbol, le rezamos a la Diosa Cerveza. Ya no somos un buen ejemplo para nadie.
Sólo queremos sexo, sin compromiso; y de tener un crío, por supuesto queremos un varón; nada de niñas caóticas, frágiles y porculeras.
Lo que se dice en ciertos círculos es que violaremos a una mujer en cualquier momento. Sólo es una cuestión de tiempo. Porque no sabemos contenernos. Nos han educado así, nuestros padres currando como cabrones, nuestras madres dando el callo en la cocina.
Somos los nuevos liberales, lo que queremos es pasta, pasta gansa, y hundiremos aún más a los pobres para conseguirla. Seremos los más ricos del cementerio y se nos recordará como ese pasado neomedieval con móviles inteligentes y fotopollas a tutiplén.
Somos los últimos consumidores de porno. Somos los últimos amantes de los coches, las motos y las chicas jóvenes que aún saben oler bien, sonreír con gusto y follar con ganas.
Somos el atracador, el asesino, el terrorista, el homófobo, el machista, el banquero y el electricista. Somos el altavoz de guarradas vertidas con saña desde el andamio.
Y lo somos todos. Basta de excusas. Ni uno solo de nosotros se libra. El color de la piel y el colgajo entre las piernas nos delata. Y además casi todos somos feos. Acosadores y encima feos. Todos cuñados, primos, hermanos de no sé quién, padres de Fulano, novios de Mengana, abuelos fascistas, racistas, muy racistas. Eso también es típico de nosotros: no queremos negros ni chinos ni moros. Como mucho alguna mulata a la que abrirle el culo y darle el biberón.
Todo eso somos. No hay más que vernos. Y no vamos a lloriquear, no señor. No tenemos salida ética o moral, no podemos decir ya que no tiene sentido generalizar. De modo que lo mejor es aceptarnos, querernos tal y como somos. No existiría nada bueno si no fuera por contraste.
Somos tus mejores amigos. Tu justificación. Tu centro de la diana perfecto, tu centro de gravedad ideológico. Somos tus violadores favoritos. Da igual qué seas, cómo seas o de dónde vengas. Somos escoria, pero sin nosotros no eres nada. Tu símbolo, tu bandera, tu entorno inmediato, tu cámara de eco… todo eso se vendría abajo sin nosotros.
Somos tu gasolina principal.
Mírame a los ojos y di que no nos necesitas.

Vaya cuatro patas para un banco. Gabriel ríe y da asco. Manuel nunca se lava el prepucio. Miguel folla a cualquier precio. Yo les quiero y les admiro, aunque más les quiero que les admiro. Vamos por ahí oliendo culos, comentando culos, señalando escotes y eructando entrecots. Olemos a huevada peluda y frisamos los cuarenta. Puede que la última generación de villanos; todo lo que viene detrás huele bien y está cabreado. Nosotros reímos a carcajadas, casi echando de menos una guerra. Contar chistes entre trincheras, pasear entre cadáveres dando patadas a las piedras. Fingir que no lloramos, que echamos de menos a alguien o que un brazo menos tampoco es para tanto. Hombre mata hombre, hombre gana – hombre pierde. Querríamos ligar con la enfermera de la fábrica reconvertida en hospital.
Matar a alguien otra vez.
Por qué no.
Enterrar a alguien con nuestras manos.
Llevar la medalla al mérito a los padres de algún finado.
Ser los roñosos veteranos de guerra que se espera de nosotros.
Parece evidente que somos menos hombres sin poder combatir.
Volveríamos a casa en nuestra bonita silla de ruedas. Lucy quizá aún nos aceptara, Kimberly puede que se buscara a alguien con piernas.
Si la polla aún nos funcionara, podríamos hacernos unas pajas antológicas pensando en nuestra ex con su nuevo maromo, imaginando que la tiene mucho más grande que nosotros, la usa mejor y a ella le encanta: corriéndonos a base de pura autohumillación.

Los hombres de la Historia quizá nos entiendan. Somos una masa homogénea de semen, malas decisiones y vomitonas de borrachera.

Aunque hay otras grandes fantasías típicamente heteromasculinas, ¿verdad? Esa cima del rascacielos. Encenderse el puro con un fajo de billetes ardiendo. Vestir trajes ridículamente caros que no sabemos apreciar. Contratar a la secretaria buenorra, entregada y sin planes de embarazo. Follar con ella cada día en su descanso para comer. Hablar por teléfono con otros hijos de puta con los que competir a ver quién mea más lejos. Reírnos sólo de puro ricos, y luego traicionarnos de la forma más rastrera.
Subir y sólo subir. Porque arriba el aire es más puro. Aunque cueste quince horas de despacho al día durante cuarenta años. Podremos presumir de yate, parienta, hijos relucientes, amante y casoplón. Casi como políticos de toda la vida, otros puteros con los que por supuesto nos codearemos. Daremos pequeños paseos entre los esclavos que reman. Hablaremos de piratas como si nosotros no lo fuéramos. Desperdiciaremos nuestra vida mientras no pocas mujeres envidian nuestra vida. Los roles de género están llenos de paradojas, incluso cuando meas de pie y naciste crudo.

Lista de cosas quizá no tan evidentes sobre los tíos blancos hetero:
–De vez en cuando nos palpamos el pene y los testículos, para asegurarnos de que siguen ahí.
–Nuestro pene nos gusta, sobre todo en erección, lo miramos durante horas.
–Nos va la maquinaria pesada, y también las armas. Las vemos como una extensión y/o imitación de nuestro pene.
–Nos miramos el pene en el espejo, lo zarandeamos, siempre en erección.
–Nos medimos el pene, más o menos veces según lo grande que pensemos que es.
–Nos preocupa el grosor de nuestro pene.
–Nos gusta ver cómo nuestro pene entra en una vagina o un culo.
–Si una mujer tiene las manos pequeñas, enseguida calculamos lo grande que parecerá nuestro pene agarrado por ella.
–No gusta más decir polla que pene, pero nos adaptamos a regañadientes según el contexto.
–Nos chiflan los chistes de penes.
–No nos gustan los juguetes eróticos, la mayoría son malas imitaciones de penes. Y sobre todo irreales imitaciones de penes.
–Pene, pene, pene, polla, polla, manubrio, pollón. Nos gusta hablar de ello. Poner el tema sobre la mesa, literal y metafóricamente.

Quizá no eran cosas tan poco evidentes, pero esto forma parte de un proceso de autoaceptación. Está bien decir: Mira, esto es lo que soy, lo que somos, todos. Así mejoraremos el mundo. Lo he aprendido muy bien.

Hablaba de mis colegas, pero poco importa, podría ser cualquier grupo de tíos. ¿Gabriel? ¿Manuel? ¿Miguel? Olvidemos sus nombres (además parecen inventados), y también su entidad. Remarquemos su identidad. Somos Hombres o Mujeres, Heteros u Homosexuales, Blancos o Negros, y así un largo etcétera de grupos que ya no pueden cobrar sentido de otra manera. Tu Etiqueta te define como Opresor u Oprimido, y según dónde encajes tienes mucho que sufrir o un huevo de deudas con la Historia. Es un milagro que algunos no se hayan rebanado ya los testículos con un cuchillo jamonero.
Tengo un colega que aún no ha violado a nadie. No diré cuál de los nombres potencialmente inventados. Y le decimos:
–¿En serio, ni siquiera un magreo, ni un morreo a la fuerza?
Un tío que pasa por la vida sin provocar lesiones genitales ni trauma alguno. Y el resto nos lo quedamos mirando como si no tuviera cojones.
Así funciona en nuestras dinámicas de grupo. Las veinteañeras feministas tienen razón. Hacen bien con vivir aterrorizadas. Hay un fulano blanco apestoso con la polla enferma en cada esquina. Lanza gruñidos y pide bragas usadas por correo. ¿Y quién le puede culpar?
Es Míster Construcción Social.
Somos todos clavados. Sólo disimulamos. ¿Padres tiernos y considerados? ¿Novios atentos y cariñosos?
Disfraces. Todos pueden ser tu asesino, tu violador, tu torturador físico o mental. Nos lo dan con el biberón. No son gritos de bebé, son reclamaciones, queremos nuestros privilegios, y los queremos YA.
No nos damos cuenta, pero es tal cual. Sólo algunas personas particularmente lúcidas han sabido verlo. El miedo, el terror, la jerarquía. El mundo es así de sencillo. No lo hemos inventado nosotros. O mejor dicho, sí, de hecho, sí.

Que digo yo, algún Relato habrá que abrazar. Y no querrás ser el facha de la habitación. Te van a intentar confundir con un montón de monsergas sociológicas, biológicas, antropológicas, de complicados grises y matices. Es la extrema derecha, siempre tienen una excusa. Te dirán que no, que son abogados, o científicos, quizá sean feministas desfasadas que eran activistas en los ochenta o los noventa. Te van a llenar la cabeza de pájaros relativistas. Van a tomar en consideración millones de elementos desestabilizadores, apolíticos, fríos, terribles discursos de ultraderecha difrazados de racionalidad.
Nanay.
Los tíos blancos hetero somos tu centro de gravedad ideológico. No puedes olvidarlo. O esa criatura joven e idealista que llevas dentro, se apagará. Se acabará la lucha tal y como la conoces, el enfrentamiento nítido y claro. La motivación morirá. Y no puedes permitirlo.
Cuando me hables parecerá que te tomo en serio, que me estoy deconstruyendo. Quizá incurra en contradicciones y después me sonroje. Parecerá que intento aprender. Pero lo cierto es que sólo estaré pensando en tu coño. En tus bragas mojadas. En la posibilidad de que pierdas de vista la Causa, y me dejes acceder a la causa de casi todo. Lo único que puede competir con el dinero.
Villanos, Malvados, Violadores y Opresores. Estamos más vivos que nunca.
Que se haga el silencio, abrid paso, y traedme a la menor.

unnamed