Un nuevo yo

Me despierto de golpe, miro el reloj a oscuras, me duele el cuello. Dicen que las tres de la madrugada es el momento ideal para comunicarse con los espíritus. Es la hora de ver fantasmas, cuando la mano gélida de tu abuela muerta se posa sobre tu hombro mientras sacas ropa del armario. A las tres de la mañana es cuando el Otro Mundo visita el nuestro; al menos sobre el papel. Aunque no sea así, es una historia, y siempre he confiado más en las historias que en las noticias. El mayor “fantasma” es la información objetiva. Ven y haz pequeño mi mundo, cuéntame los únicos tres problemas y qué tres soluciones tienen. Señálame al culpable.
Las personas que no creen en las historias llevan a cabo el mayor acto de cinismo posible, y su doble moral es casi tocable cuando tienen miedo a la oscuridad. Dirán que temen a un ladrón, lo que encima les convertirá en unos mentirosos.
Necesito ir al baño. Odio ir al baño de madrugada, es como tener que abrir el envoltorio del condón y ponérselo. Me corta el sueño, me desvela, probablemente me jode el día. ¿Cuántas horas he dormido? Tres, con suerte. Camino sin encender luces. Lo bueno de que tu piso sea minúsculo, es que no hace falta aprendérselo de memoria. Tocas aquí y allá, y llegas a donde quieras.
Sí enciendo la luz del lavabo. Ya estoy con los ojos como platos, por supuesto; no lúcido, pero en absoluto apto para la cama. Conozco este camino, es largo y uso el café como medio de transporte.
Faltan siglos apara que se haga de día. Después de mear, el paso lógico es la cocina. Ni siquiera tengo un perro al que sacar de paseo. Tampoco hago nada parecido a salir a correr o montar clubs de lucha. Ni siquiera desdoblo la personalidad; soy todo el tiempo el mismo patán.
Preparo café. Procuro que cada gesto sea algún nuevo tipo de religión asiática, lento y tranquilo, el nuevo hombre tranquilo, el budismo es una rave. Decido comer algo. Tengo un cajón lleno de bollos y todo tipo de guarradas, es lo que hago en lugar de hacer deporte. Mi cocina me define mejor que mi ropa o mi peinado, y no por los azulejos o la distribución de los elementos.
Llevo el café y un par de bollos al salón; no tengo una de esas cocinas con una mesa central en la que hay una jarra de zumo de naranja en medio y niños gritando alrededor. Aunque tengo la edad.
Merodeo un momento, abro la persiana y todo sigue igual, ni un rayo de luz. Miro hacia la calle, y ahí están todos, durmiendo en su cama. Hace muchos años que no me relaciono con la noche igual que la mayoría. A veces la he usado para trabajar, pero me gusta sobre todo para desperdiciarla. Ser insomne no está tan mal si no se recrudece. Dormir dos o tres horas al día no es que sea sano, pero es como ir borracho sin castigar el hígado. Puede que no al principio, pero sí a medida que pasan las horas. En mi trabajo no tengo que usar la cabeza, sólo la paciencia. Entro a las ocho. Lo más jodido es aprender a no mirar el reloj.

Aquí estoy, aún no son ni las tres y diez. Nadie se preocupa y sale de su habitación a echar un vistazo. Sobre todo porque vivo solo, pero tampoco es algo extraordinario. Igualmente luego tendré que dar los buenos días a un montón de gente, y me los devolverán. En la empresa hay una chica de seguridad que me gusta, pero más o menos en todos lados hay una chica que me gusta. No es bonito, es algo que padezco. Parece algún efecto secundario de la heterosexualidad. Antes sólo se criticaba a los homófobos, pero ahora el problema es la heterosexualidad en general, quizá el enamoramiento indiscriminado sea una de sus taras, aparte de lo de sojuzgar a la sociedad bajo el yugo de nuestros gustos y genitales. Parece ser que es algo que planeamos ya cuando elegimos una posición ventajosa antes de nacer. La verdad es que nunca me ha importado con quién folla nadie, de hecho normalmente me aburre soberanamente la gente que lo cuenta. Quizá no sea un buen hetero.
Tampoco es exactamente enamoramiento. Podría ser simplemente necesidad. Andar necesitado. Podría.
Me bebo el café y muerdo los bollos. No son ni las tres y cuarto.
Como el error físico e ideológico que soy, cuando acabo de desayunar llevo los cacharros a la pila. Me pongo a fregar como si hubiera algo más que un vaso sucio. Hasta me pongo el delantal; es uno de esos con el David de Miguel Ángel. Si no fuera por la panza, parecería que voy desnudo.

Entonces oigo algo. Un siseo en el suelo. Miro a un lado y a otro, pero no siento nada. Hace no mucho estuve un par de meses con vértigos. Era incómodo, y sobre todo se hizo largo. Me quedo pensando en eso, y se me olvida por qué estoy moviendo el cuello.
Luego lo veo.
Una cucaracha gorda y asquerosa, del tamaño de un ratón, como cuando una rata parece un gato. Como cuando yo no meto barriga ante el espejo. Es asqueroso.
Me llego hasta el papel del cocina. Lo que hago cuando veo un bicho, es recogerlo con las manos protegidas y tirarlo al váter. Pero esta vez me parece demasiado grande. No puedo arriesgarme a que esa cosa me roce un dedo. Esa cosa tiene que morir. Lenta o rápidamente, tengo que asesinarla. Es ella o yo.
Está en el suelo y va de un lado a otro. Cierro la puerta de la cocina, tengo que tenerla localizada. Juraría que en algún sitio había un producto para asesinar cucarachas. Para acabar con ellas y poder dormir tranquilo, la gente que duerme. Doy portazos por toda la cocina, hasta que por fin doy con el veneno adecuado. Todo el tiempo susurro cosas como “vas a morir, zorra”, “estás muerta, hija de puta”. Hablo entre dientes, me siento mejor, tengo una misión. Puede que sean las tres y media de la mañana. No tengo prisa, más bien tengo todo lo contrario. Puedo recrearme. Que no usen toros, que usen cucarachas. ¿Alguien siente otra cosa que no sea asco por la cucarachas? Los insectos siempre me han parecido la grieta argumental de los veganos. Los insectos y todos sus parientes tienen que morir, sobre todo los grandes. ¿Alguien se va a dormir tranquilamente si ve una araña en su puta casa? No. Lo que haces es armarte y matar a esa cabrona, asegurarte de que no te va a picar en un ojo mientras roncas. Luego puedes seguir siendo vegano en Twitter.
La cucaracha, viva y repugnante, me hace un quiebro tras otro, no puedo dejar que vuelva a su ranura, no sé por dónde ha venido. Espero a tenerla más o menos acorralada. Apunto con el espray, y disparo.
Se forma una capa blanca en su caparazón, pero se niega a morir.
Luego algo me inquieta.
¿Ha gritado?
Es como si hubiese emitido algún tipo de silbido agudo, una señal de sufrimiento. Casi imperceptible.
Ahora corre más que nunca, no parece que la haya conseguido debilitar. Me da asco tocarla con las zapatillas, pero tengo que cortarle el paso, evitar que se cuele por algún resquicio. No vas a volver a ver a tus amigas, tu casa ya no existe. Puta.
Vuelvo a atacar, disparo sobre ella, pero la cabrona se mueve y me dificulta la ejecución. Se oye un siseo asqueroso de las patas, y nuevamente (creo) una especie de grito. La palabra «grito» me vuelve a la mente. Un alarido increíblemente agudo, tremendamente apagado, pero punzante, asqueroso, una vida a destruir. Suena como:
Iiiiiiiiiiihhhhhhiiiiiiiiiihhhhhhhhh…
Cada vez corre más rápido. Es evidente que el espray no puede sentarme de maravilla, no puedo estar respirándolo como si fuese colonia. Eso me irrita aún más. Cada vez tengo más ganas de matar. El bicho corre desorientado, no parece que tenga salida. No podría pisarlo, sería repugnante manchar así la zapatilla y el suelo. Quiero que se muera y se convierta en algo que poder barrer.
No eres un espíritu, no eres las manos de mi abuelo, ni un recuerdo o una señal. No significas nada, no tienes cara, no eres mona, ni siquiera simpática, nadie te quiere, eres un ser vivo de libro de texto, contenido de un examen de primaria. Quizá se te coman en alguna cultura, pero morir sigue siendo tu sentido. Das sentido a la muerte. La gente se alegra cuando mueres, incluso la más positiva, animalista e hipócrita.
Murmuro, intento no oír su grito, su voz.
Iiiiiiiiiiihhhhhhiiiiiiiiiihhhhhhhhh…
Comienzo a disparar a destajo, la maldita corre que se las pela, busca un escondrijo. No lo encuentra.
¿De dónde has venido? Si aún no se ha escapado dentro de la cocina, es que ha entrado a ella desde otro lugar. Comienzo a toser por el puñetero mata-cucarachas, hay una nube química conmigo. Pero no puedo abrir la puerta, el bicho se saldría y tendría más rincones a los que huir. Disparo a discreción, hasta grito como si estuviera en la selva, como si fuera de una generación anterior, aguerrido, un hombre de guerra, futuro abuelo sentado en el salón, llamándote maricón, hablando de los putos negros, de los amarillos, de los moros, de lo guarras que son todas las tías.

Me despierto de golpe, me duele el cuello, la nuca, me he caído, es lo primero que pienso. Mareado. Estoy de espaldas contra el suelo. He perdido el conocimiento. Entonces noto algo en el labio, ¿una llaga? La cucaracha se impulsa y entra en mi boca. Noto el sabor amargo a espray en su lomo, sus patas contra mi lengua. Intento escupirla, pero forcejea. La bilis sube por mi traquea. Reflujo, se llena mi boca. Un espasmo muscular, algo instintivo. Me doy cuenta de que no puedo escupir, así que trago…
Noto cómo baja hasta mi estómago, y luego se aposenta en él. Parte de mí.

Me paso media hora vomitando de todo en el lavabo. Pero no lo que intento vomitar. Sí que he notado el sabor a espray, es mejor que nada. Nunca me ha sido tan fácil vomitar.
Es al cabo de un buen rato cuando comienzo a sentirme bien. Bien de verdad. Pongo música y, cuando me doy cuenta, se está haciendo de día. Me lavo los dientes y me ducho. Me visto y me dispongo a salir. Antes de eso, entro un momento en la cocina. O bien ya no huele a espray o bien lo tengo demasiado interiorizado.
Al llegar al trabajo, entro por la puerta de personal. Las dos chicas de seguridad, ante sus pantallas, me saludan tras el mostrador. La que me gusta dice no sé qué, yo digo no sé cuántos. Mucho más que Buenos días. Digo No sabes qué noche he tenido. Ella sonríe y algo se revuelve en mi estómago, como si yo ahora fuese la nave que ella pilota.

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Paquete de viaje

Vimos el camión de Matutano, amarillo, viejo y chillón, un armatoste, parecía ladeado, los neumáticos a punto de ceder. Parecía fuera de su horario. Estaba aparcado y nutría una tienda, un tío iba y venía con cajas. Nos miró, esperó, obstruíamos la acera. Yo era ese tío la mayor parte del tiempo, conocía esa mirada resignada, esforzada. Siempre se habla de hacer un ejercicio de empatía, pero a menudo la empatía surge sin más, como una maldición. Yo curraba en menesteres similares, aunque no fuese con un camión de Matutano.
Esta vez, sin embargo, era de los que estorbaba, íbamos camino de una fiesta. Era el cumpleaños de alguien. Nunca recuerdo la clase de fechas señaladas que te convierten en el detallista medio. Recuerdo la Navidad, por los mensajes subliminales. Esta vez compramos un regalo entre varios. Un colega dijo que no había que comprar algo que la cumpleañera necesitara, sino algo que quisiera. Creo que fusiló un diálogo de Love Actually. Este tío llevaba algo así como toda su vida detrás de ella, y parecía intentar quedar bien con ella incluso cuando ella no estaba presente. Como si los demás tuviéramos que tomar nota. La chica había cortado con su pareja, con la que llevaba nueve años. Hace nada vi al ex en Instagram, con el traje de Salto Base; creo que mueren más o menos la mitad de los que lo practican. Lucía una gran sonrisa de Hombre Libre. Estoy bastante seguro de que tus pretensiones de Libertad tienden a ser inversamente proporcionales a tu esperanza de vida.
Eran casi las nueve de la noche y era sábado, y aún era de día, recordaba esas noches de Halloween que aquí no se daban, recorríamos una zona residencial, pero no había niños con caretas y sacos de caramelos. Mucha gente envidia las tradiciones de otros países; el nacionalismo suele ser orgullo a la desesperada. La bandera americana al menos me hacía gracia.
Llegamos a lo que a mí me parecía una gran casa. Era todo lujo y espacio por comparación con mi piso. Había mucho ambiente, hay toda una historia detrás, amigos de amigos, muchos que llevaban un tiempo follando entre sí, hermanos, algún primo, quizá un par de bebés o tres al cuidado de los abuelos. Buena gente. Daños colaterales.
A veces la educación con la que algunas personas te hablan me parece más irritante que muchas formas de sequedad. Cómo parecen seguir un guión, de una forma ya mecánica e interiorizada que intentan hacer pasar por natural. Es la gente con don de gentes. En realidad lo hacen peor de lo que creen, pero tú siempre quedas por debajo.
Estuve dando dos besos por aquí y por allá. Conocía como mucho al cincuenta por ciento. No era un cumpleaños cualquiera.

Qué pasaba. Ella tenía que estar muerta hacía ya un tiempo, pero al parecer se salvó milagrosamente. Vivió un proceso largo y suicida de médicos y salas de espera. Le habían localizado un tumor (creo), e incluso le habían dado fechas límite potenciales. Caducidad programada. Había una operación, pero era extremadamente sensible. Sin embargo se llevó a cabo, y poco tiempo después el mal remitió, dejó de insistir o reproducirse.
Lo que hacía especial este cumpleaños, es que era una auténtica celebración de la vida, a diferencia del cumpleaños habitual, que es más bien una representación de esa idea.
No conocía muy bien a la cumpleañera, pero parece ser que quiso invitar no sólo a sus amigos, sino a casi todas las personas que conformaban los seis grados de separación. De esta forma, yo era algo así como el amigo del primo de alguien que una vez vio de lejos a su ex. Ni siquiera estaba ahí por ella exactamente, sino que durante un tiempo tuve cierto vínculo con el nuevo novio de la muerte. Un par de amigos me insistieron y me hablaron del regalo en grupo, y dada la naturaleza extraordinaria del evento, no me salió decir que no.
El regalo era uno de esos paquetes de viaje, no sé muy bien cómo va, lo compramos en una librería. Era ese rollo de “regalar experiencias”. Creo que fue una idea pésima, nunca me ha parecido de recibo colarse en la agenda de los demás y removerlo todo. Pero no dije nada. Puse mi parte y aproveché para pillar un par de cómics.
Comencé a beber algún tipo de ponche dulzón, de los que te acaban matando como el veneno adecuado disimulado en un pastel. Dos horas después sentía ese ir y venir de la cabeza, como si caminara por la cubierta de un barco que surfeara un tsunami. Intentando ser amable con los demás, procurando no mirar más de la cuenta los escotes y los culos, y también los pies femeninos más visibles. Para mí los pies pueden ser tan atractivos como las piernas o los hombros al aire. Pero no se me da muy bien disimular.
Coincidí en un corrillo con la cumpleañera. Estoy bastante seguro de que se llamaba Clara. Era muy blanca de piel, con pecas y un pelo rojo como la carne cruda. Su nombre podía ser una idea de sus padres cuando vieron el aspecto del bebé. Me parecía guapa y no parecía tener el carácter de quien invita a cien personas a ninguna celebración, incluso con coartada. Sus padres estaban fuera de la ciudad, no sé si sólo esa noche o si sería algún tipo de segunda luna de miel. Creo que oí algo al respecto. Había un par de tíos sobrios dando vueltas, creo que estaban contratados. Parecían más construidos que paridos, uno de los dos tenía rasgos asiáticos, sus manos parecían poder romper cristales sin darse cuenta.
Empezaba a sospechar que la fiesta había sido idea de los padres; buena o mala, parecía evidente que había sido la primera. No sabía de qué hablar con la cumpleañera, dado que encima yo tenía más que ver con su ex que con ella. Fue ella quien decidió intercambiar alguna anécdota. Por lo que intuí, su ex se quitó de en medio para dejar espacio al tumor. No es que le culpe, hay loterías que poca gente sabe cómo cobrar. Creo que ella tampoco estaba amargada a ese respecto, aunque el chaval no había sido invitado, ni directa ni indirectamente. Parecía lo único que había quedado claro, a quiénes no había que invitar.
Los humanos queremos pensar que somos como Armstrong pisando la luna, pero diría que nos parecemos más a Armstrong cambiándose la sangre. Nos nos gusta aceptar nuestra condición fugaz y natural, sobre todo en cuanto a omnívoros y depredadores. Hay demasiadas capas de hipocresía basada en la conciencia como para intentar ser coherente. De modo que interpretamos un personaje. Yo soy sensible; yo soy resignado; yo soy vegano; yo no me arrepiento; yo le he ganado la batalla a la muerte; yo te cuento lo que pasó; yo no quiero líos; yo separo la basura; yo soy relleno; yo soy segurata; yo hago el amor; yo decido… No es una película fácil, y el rodaje dura más de lo que sabemos soportar.

A veces me quedo paralizado ante la fascinación que me produce mi entorno, todo él, la dinámica humana, por así decirlo, lo que es capaz de proyectar y lo que es capaz de destruir, y todo lo que una persona es capaz de dejar exactamente igual de bien o mal que estaba, aun viviendo ochenta o noventa años. Siento esa fascinación por el devenir global, como si lo pudiera ver todo desde fuera, cómo evoluciona, cómo sigue o cómo termina. Y el bajón llega cuando recuerdo que formo parte de ello. Es imposible no quedar salpicado. Puede que tú no cambies nada, pero absolutamente todo te va a cambiar a ti.
Si Dios existe y puede hacer eso, si puede ver este espectáculo desde los márgenes, incluso aunque no pueda intervenir, debe pasárselo literalmente teta. Debe flipar sin parar. Esa siempre ha sido mi idea sobre Dios: el voyeur definitivo, alguien que puede mirar y escuchar, y que no necesita hacer nada más. Alguien que se interesa con el mismo ánimo y regocijo por una gran celebración que por un gran atentado terrorista. Dios, el colega definitivo.

Dios podía fijarse en un montón de cosas en esa fiesta. No sé si le interesan los detalles, no sé si es más un detective o un pervertido, pero cuando hay tanta gente no das abasto. El idiota destaca; en una reunión numerosa, cuanto más superficial seas, mejor. No se valora el ingenio, sino la astracanada. La adolescencia es menos una etapa que una actitud.
Si te callas y te arrinconas, luego sólo podrás hablar sobre lo callado y arrinconado que estás en las fiestas. Yo era así, más o menos. Lo era menos con casi treinta años, pero no me gustaban más las fiestas. Debía hacer años que no iba a una fiesta de verdad. La casa se fue ensuciando y llenando de ruido como a cámara lenta. Pero de forma irremisible.
La pelirroja no estaba muerta.
Comencé a ir de un lado a otro, perdí de vista a mis colegas, compañeros de regalo. Bajé el ritmo en cuanto al bebercio. Ahora manoseaba mi vaso de plástico. Descubrí un jardín y una piscina en la parte de atrás. Puede que esto sea lo que al final respetan los tumores. El césped estaba saturado de grupos, cada vez un poco más descontrolados. Cuando el primer idiota se tiró a la piscina, el resto de su especie no tardaron en imitarle. El idiota que abre la veda es como un Ideólogo, con la diferencia de que como mucho vomitará en tu piscina, en lugar de comerte la cabeza. Algunas veces es mejor seguir al idiota, ser más listo que tu compañía, y rehuir conscientemente a animales ideológicos y activistas. No hay nada más pequeño y ridículo en el Universo, que una persona que se cree en posesión de La Verdad.
Un idiota ni siquiera tiene una opinión, sólo quiere pasarlo bien.
Pero no me apetecía meterme en la piscina. Y además comencé a ver conocidos aquí y allá, esa gente a la que prefieres no saludar por la calle, y mucho menos ponerles al día. Cuando me veo obligado a hacerlo, acabo diciendo cosas como: Aquí estoy aún, sigo vivo…
No siempre se conforman.
Se acumulaban las chicas con las que no quería hablar pero sí follar hasta la muerte. No por una cuestión de cosificación, o sí, pero hubiese pensado igual si fuesen los tíos los que me pusiesen cachondo. De momento pensar es libre, puedes pensar en todo tipo de aberraciones. Incluso esa persona que crees intachable, lo hace, piensa en cosas terribles, abominables. Quizá acaba por no hacer ninguna de esas cosas precisamente porque puede pensar en ellas. Es posible que las mejores personas tengan la mente llena de basura. Lo único que hacen es retener más y mejor que los demás. Esto explicaría también muchas explosiones de violencia. De no existir opciones como el porno, probablemente mucha gente perdería su capacidad de retención, y una fiesta sería muy parecida a algo con lo que Dante haría rimas.

Yo no formaba parte de ese estrato social. En esa fiesta había mucha gente que no sabía cuánto dinero tenía, pero sobre todo no le importaba. Porque sabían que, incluso sin mover un dedo, ese pozo se secaría mucho después de que ellos murieran dentro de sesenta o setenta años. Así de jóvenes eran, y así de ricos eran sus padres. No se me ocurre atajo más efectivo para convertirte en un gilipollas. Y ni siquiera hablo de lo vagos y maleantes que serían por tener la vida solucionada; es algo mucho más profundo que eso, es mucho peor cuando son tan conscientes de sus privilegios que comienzan a intentar compensarlos. Esa gente es insoportable, porque no sólo parecen avergonzarse de ser quienes son (cosa que no se han ganado, pero que tampoco pidieron), sino que además procuran que los demás les acompañemos, les perdonemos.
Personalmente prefiero a los “vagos y maleantes”, los que se bañan con champán de botellas que cuestan como un coche de segunda mano. Ellos al menos saben que nadie les va a perdonar que sean ricos, y se limitan a intentar disfrutar. Puede que sean idiotas, pero no son unos hipócritas, y no te piden clemencia. Se limitan a vivir la vida como la mayoría de gente sueña vivirla, la misma gente que habla sobre la dignidad que hay en los madrugones y la explotación laboral. No es que hagan ningún bien, pero siempre nos darán una lección mucho más interesante que la que nos intentan colar los avergonzados bienhechores.
Los unos sólo son unos pesados (y a menudo unos falsos), pero los otros te hacen pensar. ¿Eso es lo que yo quiero? ¿Qué quiero exactamente? ¿Bañera de champán o comprar ropa carísima de la que no lo parece? ¿Soy tan humilde y ascético como creo que soy?

En algún momento comenzamos a salir en fila india de la casa, y del jardín. Tras la propiedad privada había un bosque. Comenzaron a verse focos de linterna de móvil. Eran ya como las cinco de la mañana. Éramos supervivientes, también en el sentido metafísico. Nadie sabe qué define su propia época, estás demasiado en el ajo. Se sabe cuando han pasado cincuenta años. ¿Como nos recordarán a nosotros? A veces creo que seremos la versión superficial de los hippies. Eso pensaba yo. No acabaremos con la crisis, y la crisis no acabará con nosotros. Sólo nos pasará por encima, nos dejará recogiendo los pedazos, mientras los de siempre se siguen bañando en champán.
Y cómo les vas a culpar.
Con qué argumento blindado. Con qué retórica de izquierdas saturada de ego, paternalismo, pedantería y etiquetas. Con qué idealismo cutre de quinceañero. Ya no eres joven, ahora te dices: soy de izquierdas; y te ves aguantándote la risa cuando el cabrón más cínico de derechas te suena razonable.
Nos adentramos en ese bosque del siglo XXI, ya casi en su tercera década. A la cumpleañera le sonó el teléfono. Me pasé la noche intentando recordar si alguna vez me había masturbado con sus fotos de Facebook.
Estuvo un bueno rato hablando. El resto comenzamos a buscar dónde poner el culo. Varias parejas habían ido a follar tras algún arbusto. Oí cómo alguien vomitaba.
La cumpleañera volvió de su aparte telefónico. ¿Quién hablaba por teléfono ahora? ¿Qué clase de estrés era ese?
Dijo:
–Mi ex ha muerto.

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Jóvenes profesionales

Sabía que la familia de al lado se había mudado. Creo que había muerto alguien, o alguien se había quedado sin trabajo. Había pasado algo que no se podía barrer bajo la alfombra comprando cosas, y decidieron cambiar de aires. Eso obviamente tampoco solucionaría necesariamente el problema, pero supongo que la decisión es comprensible. La racionalidad no es más que otro ingrediente del que calcular la dosis.
Esto no quiere decir que yo estuviera muy informado de los avatares del vecindario. Más bien entraba y salía del barrio lo más rápido posible. El barrio sólo era el lugar en el que tenía el piso. Allí no tenía amigos o familiares, y tampoco ganas de intimar.
Pronto un nuevo inquilino ocupó el lugar de la familia. Vivía solo, tenía entre treinta y cuarenta años. Estábamos pared con pared. Jóvenes profesionales. Creo que tenía un trabajo similar al mío, algo que soportábamos de lunes a sábado en el turno de noche. En realidad acabé sabiendo que nos rotaban el turno a ambos, lo que hace que acabes por no recordar muy bien lo que es estar descansado. Sus ojos rojos eran los míos, su edad también, su situación profesional, su soltería, su aparente carencia de objetivos. Su pereza, una clase de pereza que hace que la idea de conocer a alguien y formar una familia te suene a enfermedad terminal.
Eran casi todo suposiciones, pero bastante acertadas.
El resto de vecinos del edifico dormía de noche y vivía de día. Nosotros éramos los únicos que o bien estábamos en el curro o bien intentando dormir; un jet lag constante sin necesidad de movernos del sitio.
Tenía la misma relación con él que con el resto de vecinos. Parca, cordial de un modo seco y funcional.
Eramos funcionarios de lo funcional. Él tampoco debía tener mucha vida social, o debía estar constreñida. Lo que tiene el turno de noche seis días a la semana, es que sales del curro el sábado por la mañana, y vuelves a entrar el domingo por la noche. Tu fin de semana se reduce al sábado por la tarde. Una tarde libre real en toda la semana. No importa si técnicamente no es así, porque así es como lo percibes. No puedes disfrutar del domingo haciéndote la víctima irónica cuando sabes que tu turno empieza a las diez de la noche.
Yo era lo más cerca de un niño moreno cosiendo balones que había en mi grupo de amigos. El resto habían sido más o menos aplicados. Ellos al menos tenían tiempo para quejarse.

Por si fuera poco, me estaba haciendo viejo. Tanteando los cuarenta. Como se suele decir: no tenía nada. Nada propio, se entiende. Sí que tenía padres y algunos amigos, pero no había construido nada. Ni siquiera me había dejado llevar por la inercia vital predominante, para poder pensar después: menos mal. Podría haber estado cambiando pañales, en el fondo igual de jodido o más, pero al menos sintiéndome más civilizado, menos individualista, más amoroso. Al menos tendría algo que enseñar, de lo que hablar, podría abusar de los diminutivos y hacer chistes sobre el insomnio de los padres, la lactancia o los períodos de excedencia laboral. Estoy bastante seguro de que no me sentiría mejor, pero sí tendría más herramientas para fingirlo.
Lo cierto es que pensaba en todo eso, pero no lo echaba de menos. No me sentía fuera de lugar. Claro que fantaseaba con algún tipo de ideal de mujer, o que encontraría otro curro, algo a poder ser menos esclavo, o, ya puestos a pedir, más creativo. Menos de ser un tornillo y más de ser un lápiz, por así decirlo. Era poco realista darle vueltas a eso.
Siempre me he considerado un romántico.

Si tenía suerte, el horario del curro no cambiaba en varias semanas seguidas. Pero tarde o temprano comenzaba a dar bandazos. De la noche a la tarde, de la tarde a la mañana, y vuelta a la noche.
Para decir la verdad, la noche era mi hábitat. Eran mis horas predilectas para leer o escribir o ponerme una peli; para estar solo, en definitiva, lo que era mi fiesta favorita. Pero currar no es desde luego la mejor tarea para hacer de noche, no en algo completamente opuesto a lo que eres y sientes. La noche es el mejor momento para hacer tus cosas, y el peor para hacer las de los demás.
Un día llegué tarde a casa, después de haber tenido el turno de tarde y haber tropezado con un colega. Nos habíamos puestos tibios de café. Se suponía que yo ahora tenía que dormir. Reconozco que no soy el mejor planificando. Me senté en el sillón, con los ojos abiertos como platos. Me puse la mano en la panza, ya no era tanto una barriga como una panza. Me plantee seriamente comenzar a comer menos. Durante una época lo probé y bajé diez kilos. Me sentí como un héroe del esfuerzo y el sacrificio. Luego, ante ni pasmo, dejé de adelgazar, de golpe. La gente me decía que era normal, que lo que había perdido era sobre todo líquido, que era relativamente fácil perder diez kilos. Más o menos siempre ha funcionado así: cuando creo que he logrado algo, viene alguien y me aterriza. Nunca es para tanto. Nunca gano del todo.
Oí un ruido que venía del piso del vecino. Mi reflejo. Un golpe seco, una puerta. El café me levantó del sillón, algo sobresaltado. Me fui a espiar por la mirilla. Eran casi las dos de la mañana.
El tío arrastraba una suerte de fardo, negro, aparatoso, muy pesado. Hacía auténticos esfuerzos por trasladarlo, resoplaba y se le marcaban las venas en la sien. Tenía que bajar dos pisos. El colocón de café estuvo a punto de hacerme abrir la puerta y ofrecerme a echar una mano. Pero algo además del café me había puesto alerta. Si lo que arrastraba no era un cuerpo, ¿qué era? ¿Algún tipo de muñeca hinchable? ¿Las hay que pesen noventa kilos? ¿Hay muñecas hinchables como yo?
Al final logró levantar aquello y acomodárselo para poder bajarlo. En el edificio (tres pisos en total) no había ascensor.
Apagué la luz y me puse a espiar por la ventana. Salió con el fardo y se llegó hasta su coche, a unos veinte metros en la otra acera. Dejó caer el fardo en el suelo, abrió la puerta de atrás y lo metió como pudo. No se planteó usar el maletero. Arrancó el coche y se fue.
Me quedé paralizado, pensando en la logística. No me entró miedo, sólo me pregunté por qué no había usado el maletero. Luego supuse que debía llevarlo ocupado, puede que un pico, una pala, cuerda… a saber. Por algún motivo, eso me tranquilizó un momento.
Esperé a que el coche volviera. Ni me planteé ir a dormir. Seguía con las luces apagadas. En teoría tenía que levantarme a las seis para ir al curro. De repente tenía el turno de mañana. Eran más de las dos. Aunque me fuese a dormir en ese justo instante, sabía que apenas dormiría un par de horas. Tenía clarísimo que el día siguiente sólo sería un día más: abotargado, falto de sueño, un muñeco de trapo manejando maquinaria pesada. Riesgos laborales en marcha.
Estaba acostumbrándome a nos sentir nada. O a sentir sólo cansancio. La resignación era mi máximo. Si estaba resignado era un buen día. Si un día dormía seis horas era una utopía. Yo no disfrutaba de los detalles pequeños, los detalles pequeños eran mi mayor meta. Si lograba ver cómo el tío volvía en su coche y luego me dormía hora y media, habría sido un día medianamente aceptable.
Lo que pasaría, sin embargo, es que el tipo volvería una hora después con el coche vacío y la ropa sucia, subiría a su piso, cerraría la puerta, y yo me revolcaría en la cama hasta que sonase el despertador de mi móvil sin haber dormido una gota.

El insomnio se da por hecho. Era la clase de cosas que inconscientemente creía merecer por no tener otra clase de vida, una vida más desprendida, más adulta.
Cuando al día siguiente salí del trabajo, la siesta que me eché por la tarde volvió a ponerlo todo en su sitio. Fuera de lugar. Eran esos días de turno caótico.
Ni siquiera era un completo drogadicto. Solo fumaba y bebía café. Ni siquiera le daba al alcohol. No se me daba muy bien ser un desperdicio; digamos que dejaba las cosas a medias incluso para autodestruirme. No la cagaba del todo, no ganaba del todo, no me mantenía apenas. Apenas me mantenía en pie, pero con aplomo. Me hubiera lamentado mucho si hubiese tenido el tiempo y la energía para ello. Hubiera pensado mucho en ello si hubiese dormido al menos cinco horas diarias.
Quién las pillara.
En el fondo poco importaba que no tuviese un bebé nuclear; me despertaba con la misma frecuencia que si lo tuviese. Pero no podía decir: el bebé no me ha dejado dormir. A veces hubiese podido decir: la siesta no me ha dejado dormir. Los momentos en que menos recomendable era perder la consciencia sobre la almohada, ahí estaba yo, frito como el lactante de algún colega.
Casi todos tenían ya uno o dos críos; alguna niña que ya caminaba sola y algún otro monstruito uterino. Yo preferí compartir escalera con un psicópata. Una pesadilla por otra. Lo debí achacar también al karma. Era como si la vida me estuviese dando pistas. Esta es tu gente, este es tu rollo; hay gente que hace cosas y hay gente que hace daño: creo que sabes dónde encajas tú.

Al paso de los días, comprobé que el tipo sacaba al menos un par de fardos a la semana. Su horario era incluso más caótico que el mío. Iba por ahí con un mono azul, no sé en qué curraba. Alguna vez incluso vi cómo llegaba a casa con otro tío, más alimento para el fardo. De entrada pensé que tenía que llamar a la poli, pero claramente subestimé mi atroz pereza, mi absoluta irresponsabilidad cívica. Creo que lo que hacía era follárselos y matarlos, puede que no en ese orden. Por lo que vi, siempre eran tíos y siempre era el mismo plan. Ellos creían que iban a mojar, mi vecino aumentaba la estadística. Llegué a intentar comprender su ánimo, su estado mental, su crueldad, el por qué, por más arbitrario o terrible que fuera. No podía dejar de mirar, hasta pegaba la oreja en la pared. Es fácil empatizar con las víctimas, hoy en día incluso resulta demagógico, a juzgar por la redes sociales. Yo me justifiqué pensando que estaría más cerca de comprender el mundo entendiendo a mi vecino. Él era representativo. Seguro que los de su especie son menos, pero es evidente que son los que toman las decisiones. Son los que comenzaron siendo buenos o del montón, y luego acabaron teniendo poder. A veces ni les hacía falta el poder. Mi vecino era como yo pero con ciertas habilidades morales. Yo no era mucho mejor teniendo en cuenta mi política de no intervención, pero ¿no es así como funcionan las cosas?

Una noche fue aún peor. Decidí que esperaría a que cayera por su propio peso. Tenía el turno de mañana, intenté ir a dormir a las once. Pensé que aunque yo no fuera a la poli, el tío acabaría pringando. No puedes llevar ese ritmo homicida sin que te pillen. O eso es al menos lo que se suele decir. Si eres lo suficientemente malo, pagas tarde o temprano. El tío pagaría, yo me haría el dormido, yo alegaría turno de noche, sorpresa, incredulidad, horror ante el descubrimiento de la auténtica naturaleza de mi vecino.
Si es que me preguntaban.
Balbucearía como el pringado que soy. Asentiría. Eso se me da bien. Me sale natural.
Claro que no iba a dormirme a las once. Mi biorritmo estaba desquiciado, la psicosis me rodeaba. Di vueltas en la cama casi hasta la una de la mañana. Oí ruido en la escalera. Me alegré, era una excusa para levantarme a mirar. Sólo un poquito, me dije. El vecino llegaba con uno de sus ligues. Siempre parecían drogados, con la mirada perdida, sonreían ensimismados. Era muy probable que les echara algo en la bebida. Parecían a poco de caer químicamente rendidos.
Apenas pasaron cinco minutos y ya escuché el trajín propio de trasladar el cadáver. No debía ser fácil meterlo en esa especie de bolsa gigante de viaje. Tenía que acomodar el cuerpo y cerrar una larga cremallera.
Esta vez el muerto lo era a todos los niveles, debía de pesar bastante más de cien kilos. Ya estando en la escalera, estudiaba cómo demonios trasladarlo sin tener que arrastrarlo y golpear su cabeza contra cada escalón. No se podía permitir hacer más ruido de la cuenta. Si se le resbalaba bajando por los peldaños, podía golpear la puerta de algún vecino. Estaban todos durmiendo, si había alguien con el sueño ligero se levantaría a ver qué leches había sido ese ruido.
Por un momento parecía que volvería a empujar el cadáver dentro del piso. Pero se detuvo a pensar; y entonces miró hacia mi puerta. El corazón me comenzó a latir como desde Cristina la de primaria. Los pequeños detalles eran mi meta, esto era lo más parecido al amor romántico ahora en mi vida. ¿Me elegirá el psicópata?
Se acercó hasta mi puerta. Por un momento pensé que me veía, me eché hacia atrás. ¿Qué pretendía hacer?
Llamó al timbre. Un toque rápido. Los ojos desorbitados, sudaba, nunca le había visto desde tan cerca. No podía abrir enseguida, pero seguro que sabía de mi vida disoluta, ni bien ni jodido del todo, follado por los horarios, frito por el café, envejeciendo a pasos agigantados, acumulando pajas con porno cada vez más sutil y sofisticado. Sin interés por el futuro e inmovilizado bajo su peso. Este tiene que estar despierto, pensó. Este no hará preguntas. Ni de broma.
Di una vuelta por el piso y me dirigí hacia la puerta intentando que se notaran mis pasos descuidados. Sólo un vecino más. Ni tan solo me planteé hacer silencio y esconderme.
Abrí sin poner cara de sueño.
–Perdona que te moleste a estas horas.
Vocalizaba bien y miraba como quien no ha roto nunca un plato contra la cabeza de un niño.
–…
Yo le miré fijamente, sin atender al fardo en el suelo.
–Tengo que bajar esto y no sé…
–Ah…
Me comenzó a contar un rollo sobre la fábrica textil de su padre, algo para sacar a colación maniquíes y asuntos familiares, se montó una película que me recordó a esos hilos de Twitter donde personas humildes y desinteresadas hablan de cómo han mediado en una pelea, han ayudado a una vieja a cruzar la calle o han defendido a alguien en apuros de madrugada. Los nuevos superhéroes sin capa: cuántas veces tengo que decirte que soy una persona íntegra y humilde, cuántas viejas voy a tener que decirte que he paseado por los pasos de cebra. Esas buenas personas sobre el papel. El tío se montó un rollo que se podía desmontar con un par de preguntas, que yo desde luego no hice. Quizá algo sobre los maniquíes con obesidad mórbida y desde cuándo los fabricaban. Podríamos hablar sobre inclusividad, otro terreno para nuevos adalides de la moral. Las buenas personas desafiantes, humildemente henchidas de ego.
Este ni siquiera podía engañarme, él sabía que no podía. Estábamos llegando a un acuerdo silencioso: yo no diría nada y él no haría nada al respecto. Cogí al gordo por los pies y él lo aferró por los hombros. No sudaba tanto desde Cristina la de primaria.
Pensé: este es el fin. Justo hoy alguien husmeará, nos verán acarreando un cadáver, y no será alguien con Twitter, será alguien que actuará, que llamará a la poli. Comencé a pensar en mi celda, en cómo sería. Cabrones, pensé, no me pillaréis, no he hecho nada. Estoy ayudando a un vecino a bajar el maniquí gordo que su padre le ha hecho guardar. No había espacio en el pequeño y humilde almacén para maniquíes inclusivos. Y eso no quiere decir que haya que tirarlos o quemarlos. Si ves a la vieja, cruzas con ella, le hablas del tiempo, le sonríes, le das los buenos días. No juzgas a esa pobre mujer.
De vez en cuando dejábamos al muerto en el suelo y respirábamos hondo. Se estaba convirtiendo en una labor más. Sacar la basura. Una mudanza. Al día siguiente siempre podía pensar que lo había soñado. No recordaría bien la rigidez del cuerpo, que comenzaba a oler, que no era una broma.
Justo ese día había aparcado más lejos. Comenzamos a hablar de aparcar y del tráfico horrible de la ciudad. El cuerpo cada vez se nos resbalaba con más frecuencia. Era muy difícil de aferrar envuelto en aquella tela.
Cuando llegamos al coche, metí mi morcilla:
–¿En el maletero?
Estábamos junto a un descampado, estética de la crisis, edificios proyectados sólo a medias.
–No –dijo.
Sacó un paquete de tabaco y me ofreció un cigarrillo. El fardo seguía en el suelo junto al coche. Acepté. Le pregunté si tenía ocupado el maletero. Me dijo que era pequeño. Antes follábamos en los asientos de atrás, ahora son prácticos.
Era un Marlboro, suave, apropiado.
El tío me miraba de reojo, me estudiaba. Parecía pensar: ¿así es una persona normal? Ahora sé que no le gusté. No entendía mi actitud, ni de lejos. No encajaba. Él sabía que la había cagado, que había apelado de una forma absurda a mi ingenuidad. Yo me podía mostrar todo lo ingenuo que quisiera, pero no era tan tonto. Era evidente que había tomado malas decisiones, decisiones mediocres, que me había dejado llevar cuando tocaba decidir, que había tomado decisiones cuando tocaba dejarse llevar. Había que saber decir no, pero también había que saber elegir el momento. Había un momento para pasar página y otro para insistir; eso también lo hacía mal. Ese caos personal, demasiado perceptible y colorido, eso que me ayudó a tener amigos o gustar a algunas chicas, a otras personas les inquietaba profundamente. Dadas las circunstancias, esta vez esa actitud pareció afectar especialmente al tarado que tenía al lado. Ahora sabía que incluso matar no era garantía de nada. Porque no percibía el rechazo en mí. No sabía que apenas había espacio en mí para eso. Se cubrió la cara con las manos. Comenzó a sollozar.
Yo no dije nada.
Le animé sotto voce y le ayudé a meter el cuerpo en el vehículo. El tipo no parecía exactamente arrepentido, estaba profundamente confundido. Su cabeza debía haber entrado en ebullición. Yo no le eché una mano con eso, no podía hacerlo, no podía intentar explicarlo. Lo que pasaba era sobre todo asunto suyo, su pecado. Yo sólo me había dejado llevar. Levanta esto, desplaza aquello, mueve esto otro, aparta de ahí, apunta al centro, ponte el condón, cierra aquello, baja aquí, espera allí. No se me daban mal las tareas sencillas. Eso podía hacerlo. Pero me costaba mucho adquirir otro tipo de responsabilidades. Era alguien definido sólo sobre el papel.
No condujo a ningún sitio. Caminamos de vuelta hasta nuestro edificio. El tío ya no lloraba, pero creo que algo se rompió o recompuso dentro de él. Al día siguiente dejó el piso, y ya no le volví a ver.

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Marcas

No hay un motivo por el que negar la influencia de algunas drogas. Pero los efectos actúan en ambos, quizá desatando lo que tenían dentro, lo que el decoro de la sobriedad encierra a menudo en una jaula de hipocresía. La moral prostituida tantas veces por las ideologías, usada como escudo, como espada, raramente para el bien, tantas veces por interesado y político narcisismo.
Y él mete la cabeza en ella. Abajo. A bucear. Estudia con distintos tipos de lamidas cuáles son las que ella prefiere. Aún lleva el sujetador puesto. La lengua profundiza y luego busca el botón, y luego nuevamente se dedica a clavar. Ella le empuja hacía sí la cabeza con las manos, susurra no sé qué. Él se aparta un momento, le pregunta a ella si tiene ganas de hacer pis. La lengua ya parecía rebuscar fluidos de varios tipos desde el principio. Aletea y acierta cada vez más, y luego sorbe con los labios, probando nuevamente, buscando los movimientos adecuados. Pero no quiere dejarse el ano. Demasiado hambriento para tener manías. Se pasea por ahí esparciendo la saliva; ella se toca y chapotea. Él la tiene dura y mojada en la punta, empieza a colgar líquido preseminal. En un movimiento brusco, la cama chirría, ella le empuja, lo acomoda y se mete el capullo en la boca. Lo succiona, araña el pubis con las uñas, tira del vello púbico con los dedos, alarga los brazos y palmea sobre su torso. Un sonido de atragantamiento. El cuerpo cavernoso se dobla levemente ante las embestidas de la garganta. La saliva de ella comienza a reblandecer el vello más abajo, cada vez más abundante, pegajosa. Araña la parte accesible de los glúteos, no deja quietas las manos. Cuando él dice que se va a correr, ella para de golpe, palmea la polla tres veces, le clava fugazmente las uñas. No te vas a correr. Se monta a horcajadas sobre él. Restriega los labios vaginales sobre la morada superficie. Los testículos parecen hinchados, contraídos, queriendo colocarse encima sobre la base del pene, aplastados. Las manos de él manosean el culo, ella le pellizca los pezones, y con apenas un gesto, se coloca el capullo en la entrada. Se comienza a mover con él dentro. Se quita el sujetador mientras procura que ese imbécil no se corra. La saca fuera y le aprieta los huevos. Me hace falta hielo. El tío gime y dice: para. Ella vuelve a colocarla dentro. Se mueve un poco más rápido para que recupere la vitalidad. Se acuerda del condón, de su ausencia, y se mueve más rápido. Porque es irresponsable. Así es como las cosas salen mal, y por lo que nunca dejan de hacerlo. Decide que hará que el tipo se corra fuera. Al menos. Él parece aguantarse el semen dentro, todo el tiempo a punto de acabar.
–Eres un cerdo –le dice. Pero riendo.
Eso le gusta aún más. Ella deja de culear un momento.
Si le dice que no se corra dentro, a la siguiente embestida parecerá una fuente.
–Eres un cerdo. Un cerdo.
Él le da un cachete en el culo. Dos. Ella se mueve más rápido. Es un idiota pero la tiene bastante grande, piensa. Es útil para hacer las cosas mal, cuando más se disfruta de hacerlas así. El tío está sudando como un ídem.
Ella se para y se pone a cuatro patas. Le gusta a cuatro patas. Decide vigilar a ese cenutrio, darle una coz antes de que se suelte a presión como un caballo en su vagina. Él comienza a empujar con rapidez, con ansia. Ella se deja llevar unos segundos. Córrete, se dice a sí misma. Córrete y luego ordéñale.
Nota sus gotas de sudor cayéndole en la espalda. Eso le gusta, le gusta mucho. Cierra los ojos con fuerza. El orgasmo se presenta sin timidez, la hace temblar, un hilo de baba cuelga de sus labios.
Ese cerdo sigue empujando. Ella abre los ojos y le aparta con fuerza. Le agarra la polla y la succiona, aletea sobre su frenillo. Él suelta un gruñido y el semen comienza a salpicar el cielo de la boca. Gruñe como si estuviera intentando levantar cien kilos.
Ella le coge la cara con la mano derecha.
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Él la abre, obediente. Ella suelta toda la mercancía líquida dentro.
–Trágatelo… Trágatelo.
Él obedece, con los ojos como platos.
Entonces ella se pone en cuclillas, y parece comenzar a ejercitar la vagina ante él, y también parece sufrir un ataque de risa. El chorro amarillo tarda un tanto en salir, pero finalmente lo hace.
–¿No querías esto?
El pis le cae en la cara, pero él decide abrir la boca. Tose. Y ella sigue riendo. Se le vuelve a poner dura.
Se la comienza a cascar mientras ella se comienza a vestir.
–Eres un cerdo.
–¿Puedes decirlo más?
–Eres un cerdo.
Mañana es posible que no sea otro día, piensa ella. Y también piensa: PERO. Y ya está recorriendo el pasillo camino a las escaleras, camino al vestíbulo, camino a la calle.

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Poniendo las calles

En líneas generales, vivir se me da fatal. No tengo habilidades sociales, así que prácticamente no tengo habilidades. Llevo al equívoco, se me da mejor hacer demostraciones de lo que no soy que llevar a cabo lo que siento. Si eso tiene algún sentido. Obviamente no me voy a saber explicar bien, puede que me contradiga, aunque en eso no me siento solo. Sé de sobras que no soy especial, que quede claro. Raro, quizá, pero ser raro no tiene mérito, no necesariamente, y desde luego no es especial. Tomates, siempre se me olvida ponerme esos guantes de plástico para manosear la fruta y las hortalizas, las señoras me llaman la atención constantemente. Les enseño mi mejor cara de bobo, y me voy hacia la cajera. Cuando hago cola, siempre empiezo a sudar. Preparo un billete mientras la gente parece hacer meditación trascendental pasando la tarjeta o rebuscando suelto en el monedero en el último momento. No sudan, sólo sudan. Pero ya no me ponen nervioso, de verdad. Cada vez me cuesta más cabrearme, rebotarme. Aunque creo que también me cuesta aprender a expresarme de otra manera. Puedo tener las pulsaciones a mínimos mientras te insulto. No estoy enfadado, pero te mando al carajo. Como si un asesino en serie ya no quisiera matar y estuviera profundamente arrepentido, pero ya sólo supiera expresarse cortándote el cuello. Para decirte que te quiere, o para pedirte el cambio exacto. La cajera mastica chicle como imaginas. Le he dado un billete de veinte, pero me ha cobrado como si fuera de diez. He comprado frutas y hortalizas, no es lo que se dice una compra golosa, así que no me jodas. Estúpida.
Ella abre los ojos como platos, pero no añade nada. He susurrado, estoy prosperando. Hace tiempo que ella me gusta.
Lo mejor es que piensa que soy un gilipollas. Que tenga razón o no me parece irrelevante; me recuerda. Sólo puedo mejorar. Creo que sobre todo está desconcertada. Hay días que soy amable, sonrío y digo buenos días y puede que esté mintiendo, pero encajo.
Ahora soy como una prostituta que buscara un empleo respetado y se presentara con medias de rejilla a las entrevistas.
Cada vez me “gusta” más la gente, pero les veo como cactus sobrepoblando un desierto. Y tengo que atravesar ese desierto cada día. Cactus que se mueven, humor amarillo, y yo sigo aprendiendo a no quejarme. Si ellos me caen mal, imagínate yo a ellos. He estado cultivando eso durante muchos años. Ya no soy «mono». Hay un par de generaciones que vienen empujando, extrañamente conservadoras, embriagadas de moral, como globos de colores llenos de agua en un cumpleaños infantil. Yo soy una aguja entre tantas, escondida en el pastel.
Creo que sería un padre aceptable, por las ataduras. Puede que tenga hijos con la cajera. Sus padres extremadamente educados me pondrán educadamente a parir.

Sólo me peleé una vez. Me dejé llevar. Había estado hablando digitalmente con una chica. No sé por qué me gustaba, pero me gustaba y mucho. Un día estaba cortando una zanahoria y lo supe, estaba colado, no había marcha atrás. Era totalmente irracional, y por tanto absolutamente verdadero. No lo podía articular, sólo sentirlo. Estuve días intentando convencerme de lo poco que me atraía en realidad la muchacha, de lo poco interesante que era hablar con ella. Intenté con todas mis fuerzas sacármela de la cabeza. Sé mentirme muy bien a mí mismo, pero esta vez ningún truco funcionó, la pólvora de mi negación estaba mojada. Sentirse así es un problema potencial, un problema de los gordos.
Como no había manera de volver a mi rutina emocional, entumecida y carente de sorpresas, un día quedamos. Lo acabó proponiendo ella, por supuesto, yo jamás habría dado ese paso. Para mí socializar es como caminar sobre brasas. Normalmente, cuando llego al otro extremo, y a diferencia de muchas personas, tengo los pies chamuscados y paso meses sin poder andar, a veces años, sin haber aprendido nada, con mucho más miedo al riesgo. El gurú me odia.
Nos encontramos y nos dimos dos besos y comencé a sudar. Caminamos, tomamos algo. Yo aún tenía cierta autoestima, estaba intentando dejar de fumar. Ella pidió café, yo gin tonic, esas copas de balón desproporcionadas en las que parece que niños pintados de verde echen cosas al tuntún. Creo que había hasta rodajas de plátano. Mi idea no era tanto emborracharme como tener todo el tiempo algo enorme de lo que beber. Agrio, fuerte, frío, que me hiciera rechinar los dientes.
Incluso así, ella me gustaba tanto que la prefería al tabaco. Esa tarde estuvo libre de tentaciones de volver a fumar. Estaba embotado, pero silbaba como una olla a presión. Tenía una semi-erección permanente, agradable. Me solté. Hablé demasiado, incluso hablé del miedo que me daba que ella me gustara (que alguien me gustara). Le dije que estaba aterrado, pero que me sentía aliviado cerca de ella. En el fondo eran sólo palabras, o al menos así parecía encajarlo; podía achacarlo a la ginebra (tres gin tonics) y mi evidente inquietud. No era el tipo educado y ocurrente de los mensajes privados, pero quizá sí un equivalente.
Cuando yo ya estaba verbalmente desparramado, borracho como sólo alguien que se alimenta a base de café puede estarlo, nos cruzamos con dos chavales. Iban igual o peor que yo. Uno de ellos soltó la mano y le agarró el culo a mi compañía. Incluso sacó la lengua y dijo alguna obscenidad. De forma impulsiva, cargué el brazo derecho y le solté un puñetazo, sonó como partirle el cuello a una gallina.
Me destrocé dos dedos y le fracturé el pómulo. Él cayó de culo, momentáneamente inconsciente. Acabamos todos en urgencias, mirando al suelo. El suelo siempre está ahí para ti, esperando, a todos los niveles.
La mano de las pajas. Salí de allí con un guante de boxeo hecho de yeso. Mi brazo derecho pesaba el triple que el izquierdo.
Al otro tío se le infló una cabeza accesoria en la cara, brillante y morada, tamaño recién nacido, y más o menos igual de bonita. Sólo podía verme por un ojo, su colega le impidió contraatacar varias veces. Con su cara se partió también la tarde.
Nuevamente, di el último paso fuera de las brasas, y volvía a tener los pies achicharrados. Pisaba lento y profundo, en lugar de rápido y sonriente.
Fui perdiendo el contacto con la chica. Ella me dejó de hablar poco a poco. Quizá hiciera algún tipo de lectura ideológica de lo que pasó, puede que relacionada con la “masculinidad tóxica”. Pero lo más probable es que simplemente yo no hubiese estado a la altura. Puede que emborracharme y soltar un discurso sobre el miedo y el asco que me da la gente, no sea tan encantador. Puede que sólo sea una mala idea, una sobrecarga de mala sinceridad, igual que hay colesterol malo.

Conozco muy bien el oficio. Sé cómo se siente la cajera. Yo fui cajero, fui reponedor, fui mozo de almacén, respiré el cartón y el polvo, barrí alguna que otra rata muerta, usé la transpaleta como patín, trepé por estanterías, llevé el toro, hice inventarios de madrugada. Aprendí a no mirar el reloj durante horas. En esa clase de trabajos, sólo tienes que usar la cabeza el primer día; aprendes la mecánica. El resto es un océano de tiempo, de aburrimiento. Es algo que se te puede ir de las manos, te puede anular, coger tu persona, arrugarla como un folio y tirarla a la basura. Mucha gente no sabe lo duro que es, aunque creen que sí, pero sobrestiman su imaginación. Y en cierta forma trabajas justo para esa gente, para mantenerles ignorantes, para que sigan haciendo el chiste sobre quién pone las calles por las mañanas. Eso es justo lo que haces currando en un supermercado: poner las calles.
Sonará exagerado, pero creo que estos trabajos son los que hacen creer en utopías, en un mundo que algún día será completamente pulcro y seguro, donde el exterior será sólo una extensión de tu salón. Una imagen de orden perpetuo entra de maravilla por los ojos. Muchos dicen que les gusta pasear por el centro comercial por el aire acondicionado, pero es mucho más que eso. Es probable que en términos de equilibrio o paz interior aporten más los reponedores que la psiquiatría.
Me prometo a mí mismo no decir todo esto en voz alta. Aunque me parezca perfectamente coherente. Siempre hay que recordar que la sinceridad no tiene necesariamente nada que ver con la verdad. Puedes ser totalmente sincero y estar totalmente equivocado. Yo he sido un experto en eso. Pregúntame cualquier cosa, tengo un pensamiento sincero para lo que quieras. A veces incluso sonaré rotundo y convincente.
Tengo una pregunta yo para ti: ¿Quién repone para los reponedores?
Una tarde vi salir a la cajera, nos saludamos de pasada y luego de alguna forma rompimos a hablar. Creo que ella estaba algo a la defensiva. Creo que hace un tiempo yo llamaba su atención, primero le resulté interesante y luego un capullo, y ahora supuro algún tipo de confusión que le hace bajar la guardia. Aunque con reservas.

Quedamos otro día y decide que soy inofensivo. Paseamos. Yo tengo mi propia ruta favorita, aunque desprovista de encanto para el canon. Por así decirlo. Hay que atravesar un polígono industrial, bordear una vía, llegarse hasta zonas residenciales. Los perros te ladran desde sus patios y el sol parece abrasar en cualquier momento del año. Tengo localizados un par de bancos en los que me gusta fumar.
Procuro no soltarle el rollo, le digo que la zona me gusta, sin más. Me gustan los contrastes, los bosques junto a grandes almacenes. Es especialmente poético en verano, en las horas más jodidas, de tres a seis de la tarde. Gorra y beber de las fuentes que te cruces.
Caminamos juntos, pero sin grandes alardes. No me siento ocurrente. Creo que el silencio parcial que practico le está gustando. Cree que estoy un poco nervioso. Estoy un poco de todo, pero sólo importa lo que ella crea. Esto no es una prueba, no hay nada ensayado, no puedes fallar, pero tampoco acertar. No se puede ser natural pensando demasiado. No es que yo no piense, pero ha habido días mucho peores.
Nos sentamos. Le hablo un poco de lo que hago, de lo que soy; no es emocionante. Se supone que lo interesante tengo que ser yo. Si ella lo enfoca como una entrevista de trabajo, no tengo nada que hacer. Mis méritos se reducen a seguir vivo y parcialmente sano. Apoya la cabeza en mi hombro y para mí esto ya es una novela de Nicholas Sparks. Mantén el listón bajo, el perfil por lo suelos. Vemos pasar el tren a unos cincuenta metros. Cuando cruza zonas habitadas, hace sonar la bocina para ahuyentar a los despistados y los suicidas. Yo aún soy de los primeros. Atrévete a decirme que esto no es una victoria.

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Consejos útiles para menores

Estás perdiendo el tiempo. Sal ahí fuera y extorsiona. Manipula, usa tus armas, usa a tus padres (están ciegos), desfógate con tus compañeros, algunos siempre se dejan manipular. Pega cuando nadie mire. Búscate una pareja, primero alguien a quien manejar, luego alguien a quien manejar y meter mano. Fabrica tu estatus. Espabila. No hay buenos o malos ejemplos, sólo supervivientes o pardillos. Usa la inercia a tu favor, ten en cuenta la jerarquía y mantente arriba. Compite siempre. Crece fuerte y coge impulso. Vas a tener que lidiar con todo tipo de gente, cercanos, extraños, familiares, amantes, supuestas parejas, compañeros de trabajo… Sé esa persona que sabe manejarse. Mira por encima del hombro, deja claro tu lugar. Posiciónate arriba, por delante, elige la retaguardia sólo para que otros absorban el golpe.
Controla tu entorno inmediato, no dejes que te la cuelen, controla tus relaciones, se vendrán abajo si no lo haces. Usa la mente y usa las manos, usa los nudillos, usa las paredes y los enseres de cocina. Marca tu terreno y lo que sabes que es tuyo.
Haz tus cálculos, toma las distancias, apunta los requiebros, controla los ángulos muertos, aprende a no dejar marcas, gánate a quien cree estar por encima, respeta la cronología vital, acumula pasta, haz lo necesario, aprende un discurso cómodo, y luego toma decisiones.
Hay elementos útiles, herramientas, verbales o físicas. Siempre. Destaca en clase, sé listo, cae bien a los adultos, actúa en los momentos adecuados. Si lo haces, de mayor no tendrás que caer bien a nadie. No necesitas a la gente, sólo lo que la gente te pueda dar. Ten en cuenta las relaciones de poder. Usa las corrientes de opinión a tu favor, no te preocupes por la hipocresía, la hipocresía es en todos como la piel, los ojos o el corazón. Arrincona siempre que puedas a quien pretenda empatar contigo, tú sólo ganas, aunque sea por poco.
Puedes percibir la vibración, cuando la gente te respeta, cuando es muy difícil que te jodan. Aprende a infundir miedo. No hace falta que sea muy evidente, sólo real. Si te tienen miedo, ya no hay nada más por encima. Estás tocando techo. Tienes la mejor perspectiva, el mejor ángulo de visión, la posición que todo el mundo anhela. Alimenta el miedo de los demás. Deja claros sutilmente sus Fracasos; no importa que no sean tales, sólo importa que la sociedad los vea como tales. Alimenta esa dinámica. Hazla jugar a tu favor. Aprieta el puño, lánzalo siempre con fuerza, mírate al espejo por las mañanas, di en voz alta y clara:
–No Pueden Contigo.
Dilo diez veces cada vez.
Te intentarán convencer. No les escuches. Tú tienes esa idea, construyes y destruyes con ella, moldeas tu mundo, tú sabes lo que pasa si dejas margen a los demás. Los demás juegan a tu mismo juego, incluso los que dicen que no.
Hazte mayor. Lidera primero en casa, lidera luego en tus relaciones y en el trabajo, y lidera por fin en tu vida. Sé protagonista de tu vida. Haz que siempre estén nerviosos contigo, que siempre tengan que fingir calma. Haz que sientan que una parte importante de sus vidas depende de ti.
Puede que tengas que recurrir a la violencia. Con hombres, con mujeres, con niños, sobre todo los tuyos. Puede que no comprendan el mundo como tú. Es muy posible que estén equivocados. Cuando llegue el momento, hazlo, sé duro, recuerda el miedo, recuerda que sólo hay gente con miedo y gente que lo infunde.
Trepa, sube, corona, aplasta, tritura, cuece, añade los ingredientes adecuados cada vez.
Y luego mastica con fuerza.

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Una cosa antes de acabar

1.

Estoy mareado. Vagueo por el desierto, a ver qué se cuece. Algunas cosas se están cociendo literalmente. He visto al tonto de capirote, va de un lado a otro, a veces se entretiene mirando algo sin interés. Habla solo, dice cosas como: “Se ha quedado buen día”. Veo también a la gilipollas mayestática. A veces dice algo que parece haber oído antes, nunca dice nada de cosecha propia.
Ya no tenemos nombres (para qué), les bauticé en secreto.
El sol no parece afectarles. Procuro no toparme con ellos. A veces me miran, no acabo de interesarles. Una vez me dirigí al tipo, le dije:
–Estoy mareado como una mierda.
Pensaba que le haría gracia. No me dijo nada, parecía ocupado, observaba las púas de un cactus.
En otra ocasión, le di los buenos días a la mujer. Me miró y escupió a mis pies. Dijo:
–Nosotras no hacemos eso.
Pasó un minuto y dijo:
–Cerdo.
No sé, ahora nunca les digo nada.
La carencia de vegetación hace que sea difícil no verles, más lejos o más cerca. Nunca hablan entre ellos si no es para discutir. Él parece carente de interés en general, excepto por las cosas inertes. Ella me odia igual que a él, no ve diferencias entre ambos.
Hay algunas caravanas, algunas tiendas de campaña. La mayoría de gente aún no quiere airearse. No vamos en grupo, cada cual hace lo suyo. Reina una vaga desconfianza.

2.

Un día la gilipollas mayestática llora aferrada a su móvil inservible. Tiene la pantalla quebrada. Ni siquiera podemos ver los vídeos, los penachos sobre las grandes ciudades. Ya no hay «actualidad», sólo presente. La supervivencia ha sustituido a la moda. Ya no «elaboramos» nada, sólo lo encontramos, o lo cultivamos. Ya no «degustamos», sólo comemos, y eso con suerte. La comida ha sustituido a la «cocina». La acción ha sustituido a la «acción positiva». Ya no hay buenas o malas intenciones, sólo intenciones. El activismo de sofá ha muerto.
Ya no se trata de aburrirse o experimentar. Sólo vivimos o morimos.
Ahora si salvas o te follas a alguien, a nadie le importa. Ni siquiera pueden fingir que les importa, ya no hay canales de comunicación. Imagínate salvarle la vida a alguien para que nadie lo sepa. Sólo habrás salvado una vida, no computará, no lo podrás incluir en el currículum. Ni aunque hagas un trío con gemelas asiáticas.
Imagínate poder hacer sólo cosas desinteresadas o constructivas. O tener que valorar el placer prescindiendo de todo lo que le rodea.
Imagina tener que ser de verdad una Persona.
Eso es lo peor del fin de la civilización conocida: se te acabo el trampear, es el fin de la pose. No puedes publicar tus fotos, y desde luego se te acabó el veganismo, aunque quizá lo primero ya anulara lo segundo.
Las ideologías vuelven a ser papel mojado.
La única diferencia es que ahora la mayoría, tanto hombres como mujeres, no tenemos puta idea de qué coño hacer.
Estamos fuera del tablero, y sólo nos prepararon para el tablero. Incluso los tíos más brutos, manitas y supuestamente resistentes, se sienten perdidos como académicos. Todos tenemos unas gafitas relucientes en la punta de la nariz y somos de lo más avispados, y eso a la intemperie le importa tres cojones.

3.

La reacción de la gente era imprevisible. La mayoría están compartiendo comida por simple y llano miedo. Todo el mundo está cagado con la idea de un confrontamiento. Ahora un confrontamiento siempre es presencial.
El hambre se hace más presente a medida que pasan las semanas. Poco a poco más gente se atreve a respirar abiertamente. Buscan más comida y más agua. El cuerpo es una máquina exigente, y eso es algo que antes sólo podíamos intuir.
No hace mucho, vi a cierta mujer de unos treinta años. La recordaba de hacía apenas tres meses. Entonces estaba con un chico en una terraza. Hablaba con mucha claridad, un punto de pedantería autoconsciente, una mujer culta, se le intuía un trabajo de alto perfil. El tío la escuchaba, parecían allanar el terreno para follar más tarde. Follar como personas civilizadas.
Una mujer de unos sesenta años se les acercó pidiendo; la despacharon como pudieron. Cuando vuelvo a ver a esa mujer joven y preparada, va sola de un lado a otro en busca de limosna. Sólo una semana antes se limitaba a llorar hecha una bolita. Creo que eso es lo más duro para algunos: ahora somos todos iguales.

4.

Se ha disuelto tanto la idea de la independencia personal como la idea del colectivo. Hay cosas más importantes de las que preocuparse. Como por ejemplo qué hacer si llega el momento de suicidarse. No hace tanto de las bombas, no sabemos hasta qué punto está contaminado el aire, ni si estamos lo suficientemente aislados.
Es evidente que no somos personas sufridas.
Yo llevo de serie un mareo desde hace como dos meses. Cuando comencé a notar que la cabeza se me iba, pensé que enfermaría gradualmente hasta morir, pero la sensación ha ido yendo y viniendo. La alimentación irregular y la escasez general. Qué si no. Es un tanto extraño cómo la gente ayuda y a la vez mantiene las distancias. Nos movemos cada cuatro o cinco días, casi nadie te deja tirado si le pides unirte a su coche o caravana. Nos somos una gran familia. Es una cuestión de tiempo que la convivencia se tuerza.
Creo que aún no nos acabamos de creer lo que pasa, como si más pronto que tarde fuésemos a volver a casa. Una ducha y el telediario.

5.

Cuando comenzamos a ver ciertas cosas, callamos y negamos. Está claro que la negación ya se nos daba bien antes. Es verdad que ahora las circunstancias te ponen a prueba, pero es nuestro músculo mejor entrenado.
La educación estandarizada, el matrimonio, la muerte…
La negación es nuestro armamento pesado. Hemos sorteado hipocresía mediante cientos de obstáculos, defendido cientos de discurso absurdos, y justificado miles de acciones despojadas de ética.
El canibalismo no iba a ser menos.
Es sorprendente lo fácil que es encontrar unos prismáticos si te acercas a una familia o grupo. Si atisbas a lo lejos un puntito negro que se agita, si sabes mirar por el lado correcto de los prismáticos, lo que verás una de cada cinco veces es a personas civilizadas destripando y comiéndose a alguien. Parece que un grupo no poco numeroso de ex contables y oficinistas anda por ahí comenzando de cero. Hay gente que sabe adaptarse a la nueva estética. El desierto y la violencia acaban yendo de la mano. El hambre empieza a apretar. No todo el mundo puede o sabe cazar o hacer fuego. Pero no tiene sentido intentar racionalizarlo. El raciocinio es nuestras hombreras.
Cazar seres humanos se reduce a una cuestión de voluntad. La conciencia ha mutado, nadie se mira las arrugas del traje. Si un asiento chirría, le pegas un codazo. Si un insecto corre, lo mejor es que acabe en tu puño, y masticar para no tragárselo vivo. A veces pasa que vomitas, pero merece la pena probar.
Tarde o temprano, todos acabamos deglutiendo la carne de algún Julián.

6.

No tardamos en ver cómo la gente usa intestinos delgados y desecados para tender la ropa en carreteras y autopistas. No es que nos estemos comiendo entre nosotros, sólo intentamos evitar cruzarnos con ellos. Acabo perdiendo la pista de Tonto y Mayestática. Un día se adelantaron. Poco después acabo viendo sus cadáveres saqueados. Ella tenía buenos muslos, él aún estaba gordo como John Candy. No me sorprende mi escasa reacción emocional.
Cuando vemos agua, ya sea estancada o en un riachuelo, nos amorramos como los animales que por fin hemos reconocido que somos. Me he acostumbrado a vomitar sin apenas esfuerzo, a veces lo hago con el desinterés de quien escupe un gargajo de mocos.

7.

Una intensa fiebre sustituye parcialmente al mareo. He perdido por completo la noción del tiempo. Da lo mismo ocho o que ochenta. Puede que hubiesen pasado un par de nocheviejas.
Cuando comprendo que me queda poco para morir, me sorprendo en medio de un ataque de nostalgia. Cómo comenzó todo, cómo entrábamos en grandes almacenes aún llenos de comida, tanta que no podíamos acarrearla.
Una vez entablé conversación con una chica, nos hicimos amigos. Creo que me enamoré un poco, quizá sólo fue el hecho de que me hacía caso, me buscaba, conocía mi nombre, e incluso yo me aprendí el suyo. Pensé mucho en condones, en la libertad relativa del fin del mundo. Mi polla aún funcionaba, me iba lejos de todos cuando quería masturbarme, miraba al cielo y me la meneaba, aunque sólo de día para poder ver los bichos.
Al final no hicimos nada; creo que lo decidió ella, perdí mi oportunidad de comportarme como un adulto y adelantarme, decirle que era sucio hacerlo, que no podía ser, que era demasiado arriesgado.
Al final supe que tenía catorce años. Se fue con otra gente, conocía a alguien.
Fue un poco antes de comer homónimo por fin.

8.

Paliar el hambre parece ayudar con la fiebre. Un día muere un tío del grupo. Iba solo. Preparamos un fuego. El proceso es largo, usamos el método primigenio, la fricción y la paciencia. Cortamos la carne de los glúteos y los muslos. Usamos material de camping, una parrilla que alguien tiene en su caravana. Hay un carnicero entre nosotros, pero desde el principio se niega a cortar carne humana. La única que decide dar el paso es una mujer de unos cincuenta años. No es que disfrute, pero no parece desubicada, hay algo en sus ojos que te dice que estaba preparada para algo así. No para la carne, pero sí para la situación, como si en el fondo estuviéramos recibiendo nuestro merecido, y eso a ella le complaciese.
De modo que tenemos a un carnicero, pero la tarea la hace ella, aunque no de forma limpia o depurada. Recuerdo el penalty que tiró Miroslav Đukić y que debería haber tirado Bebeto. Antes nos hacía gracia la cantidad de mierda que almacenamos en la memoria, ahora me parece sumamente inquietante.

9.

No pasa tanto tiempo hasta que comienzo a saber qué me gusta más de lo que antes me hubiese parecido repugnante o inmoral. Esto incluye comer carne humana, pero también muchos otros detalles, que paso a no enumerar. Nuevos vicios, nuevos ángulos. No se puede describir lo que significa cambiar de verdad. El nuevo gusto por la violencia, la autodefensa llevada al terreno de la adrenalina, la nueva montaña rusa en forma de hachazo o acto de supervivencia.
De comer carne humana pasamos a matarla. No necesariamente sólo para comer, a veces simplemente para que no nos coma a nosotros. Creo que algo se activó en nuestro razonamiento, algo relacionado con haber cruzado determinada línea roja moral, tras lo cual ha dejado de haber líneas, porque ya no nos las podemos permitir. Nos damos cuenta de que lo que antes entendíamos por «ser bueno» estaba sujeto a la opción de serlo. Éramos buenas personas con el estómago lleno, sin una amenaza de muerte diaria. Ahora todo eso son pamplinas. Aunque siempre puedes dejarte matar.

10.

El día que me encuentro peor, nos estamos comiendo a un violador. Le pillamos intentando forzar a una cría de unos once años. Estaban solos en medio de la nada. Lo cogemos entre todos. Hemos adquirido cierto gusto por la tortura. Comenzamos a tirar de sus extremidades hasta oír cómo ceden. Es asqueroso, aunque es divertido como lo era cuando torturabas a los insectos de crío. El tío se acaba desencajando por todos lados, pero no tarda en desmayarse. Hace que recuerde a mi amiga de catorce años. No soy tan distinto a él, aunque yo jamás la hubiese forzado. Pero entiendo su impulso, eso puede pasar. Ahora es mucho más difícil clasificar los comportamientos. Lo cual es frustrante. Creo que por eso torturamos al violador, decidimos que es peor que nosotros, y nos regodeamos en ello. Aunque sabemos que somos capaces de hacer cosas iguales y peores. Llega un punto en que es difícil saber cuándo actúas por necesidad y cuándo te estás recreando. La cárceles se han quedado para vestir santos.

11.

Esto ha terminado siendo más largo de lo que tenía pensado. Lo que quería era lanzar un par de conceptos, como cuando un profesor te mantenía sentado en el pupitre, aun habiendo sonado ya el timbre, y decía:
–Una cosa antes de acabar.
Mi muerte fue hermosa, quiero que esto quede claro. Estuve estirado toda la tarde con la cabeza apoyada en una roca. Les dije que quería ver atardecer. Lo cierto es que me trataron muy bien. No se largaron sin más y me dejaron solo. No pensé apenas en mi anterior vida, la de cocinar y degustar, la de las acciones positivas, el veganismo, las buenas intenciones y el activismo de sofá. Todo eso me parecía algo lejano, pero sobre todo artificial. Pensé mucho más en mi amiga aún menor; donde estaría, si aún viviría; la clase de cosas que pensaban los ancianos del mundo civilizado. Ahora no hacía falta ser viejo para temer una llamada al fijo. Qué suerte no tener teléfono.
Cuando ya me empecé a cansar, cuando el sol ya se había ido, les señalé qué roca quería. Les repetí varias veces que apuntaran bien, que se aseguraran de hacer tortilla de cabeza (puede que también literalmente), y que luego hicieran con mi cuerpo lo que quisieran (porque os he ahorrado varios capítulos sobre necrofilia).
Dos hombres y dos mujeres cogieron la roca a pulso. La alzaron.
Y ahora estoy aquí. Sigo mareado.

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20 propiedades del limón (20 de 20) – Como un hombre

Si tienes pareja, y si –aunque sutilmente– te presiona para que conozcas a sus padres, tu mente se desata. Si usas más de la cuenta la cabeza, tropiezas con trampas existenciales. No sé bien a qué me refiero con lo de usar más de la cuenta la cabeza, pero estoy seguro de que mucha gente lo tiene claro.
Figúrate que tu “suegro”, por lo que has oído, es un gilipollas. El perfil ideal para la supervivencia in extremis. Lo de currar para nunca ganar, lo de no hacerse preguntas, ese tipo de cosas.
Quiero que quede claro que todo esto le pasó a un amigo. Ni siquiera eso, era más bien un conocido. Amigo de un amigo. Me da igual lo que penséis.
La madre de ella era la madre de toda la vida. Aún no era de esas madres que hacen malabares con la rutina y fardan de novio “cocinero”. Era una mujer sufrida empantanada en el océano machista habitual. Ese entorno en el que se hacen bromas sobre las “obligaciones” de la mujer, y donde esas bromas no hacen más que describir la realidad del día a día. La mujer institucionalizada en casa igual que el anciano de Cadena perpetua en la cárcel.
Ella te trata muy bien, asiente y ve el lado positivo, está acostumbrada a ello. No encaja en el perfil cacareado de la suegra entrometida y estúpida. Podrías haber cumplido condena por asesinato, y ella te ofrecería repetir plato.
El padre te ve demasiado rebuscado y poco práctico para su hija. No valora tus proyectos como viables. No has heredado el negocio (la vida, la actitud) de tu padre, has visitado el Inem un par de veces. De modo que te conviertes automáticamente en sospechoso.
Comienzas a hablar poco. El ambiente se vuelve tenso. En determinado momento dices algo parecido a que no te importa mucho el dinero. Dices algo sobre que todos nos vamos a morir, aunque nos portemos de maravilla con nuestros jefes. Es luego cuando ves un crucifijo en la pared cerca de la tele. Respetas todas las creencias, aseguras, pero añades que tú no crees.
No es que este ambiente tuviese que ser necesariamente alarmante. Hay gente que se limita a fingir que te acepta, y luego te ponen verde cuando has salido por la puerta. Pero por desgracia no fue el caso.
Eso cuenta la leyenda, al menos; una historia que ha pasado a los anales de las epopeyas sobre chicos que van a conocer a los padres de su novia. Algo que a mí me gusta convertir más bien en aparatosa anécdota.
No es por asustar al recurrente chaval de diecisiete años que se ha prendado de una compañera de clase; pero es importante entender que esa chica no vendrá sólo con su ropa interior perfumada y horas y horas de sexo y conversaciones edulcoradas; esa chica tendrá padres, amigos, lastre, útero, cientos de tardes de compromiso, abuelas aún vivas, algún sobrinito, etc. Esa chica, para tu desgracia, no viene nunca sola. Tendrás que hacer el papel, o tendrás que ser tú mismo. Y esa elección, por más sociable que seas, nunca es lo que se dice fácil.

Sin haberte dado cuenta, ya estabas en el suelo, tu nariz sangrando. Habías dicho algo sobre sexo, porque ya te estabas hartando de las indirectas constantes de ese tío; así que incluiste de alguna manera a su hija y el sexo en la misma frase. Con otros ánimos, la cosa podría no haber pasado de un momento incómodo, pero ese hombre deseaba claramente tu desaparición. No quería matarte, pero sí que te pasara algo, que, de algún modo, te tragara la tierra. Un coma, una salida a por tabaco sin retorno, otra chica… Quería que dejaras de estar presente en su órbita.
Lo que cuentan las crónicas negras, es que te levantaste y descargaste tu puño derecho en su mandíbula. Era un tío cercano a los sesenta años; puede que ya no muy joven, pero enérgico, saludable y muy conservador. Alguien claramente peligroso. Tenías que defenderte. Hay habladurías que exageran o tergiversan lo que pasó, rumores morbosos facilones como que maniataste a sus padres y tuviste sexo delante de ellos con su hija. Pero todo apunta a que tú y el viejo os revolcasteis por el suelo, en una maraña de golpes e insultos.
Acusabas al tipo de homosexual, porque sabías que era un homófobo de pacotilla. Le decías que si no salía del armario ya, acabaría atragantándose con su yo auténtico.
Nadie sabe cuánto duró esa fase de lucha libre entre sillas y comida, pero luego vino lo de la ventana. En algún momento adoptasteis algún tipo de posición de luchador amateur. Quizá os poníais en guardia en pantomima de boxeador. Le empujaste. Hay diferentes versiones sobre cómo reaccionaban tu novia y su madre a lo que estaba pasando. Hay quien dice que llamaron a la policía enseguida. Otros que tu novia intentaba separarte de su padre. Otros dicen que se marcharon del piso a buscar ayuda, pero no se conoce que ningún vecino interviniera en ese sentido.
El padre cayó desde el segundo piso sobre un toldo y luego un coche de forma ovalada. Quizá un Twingo. Quedó dolorido, pero se incorporó y te gritó que eras una nenaza, y que seguro que no tenías huevos de bajar a la calle y pelear como un hombre. Nunca habías pensado que hacer nada “como un hombre” tuviese sentido o pudiese no ser una torpeza, pero lo que cuentan es que bajaste a su encuentro. Te pilló por sorpresa justo al salir del portal. Te cogió por el cuello. No podías desasirte. En ese momento, quizá sí o quizá no, se comenzó a oír la sirena de la policía. Quizá tu novia y su madre os gritaban desde la ventana que paraseis de hacer el burro. El dueño del posible Twingo, salió de su casa a inspeccionar el techo de su coche. Se puso a gritar como un energúmeno. Ni os disteis cuenta; te zafaste y rodeaste con los brazos a tu “suegro”, intentando derribarlo. No tenía heridas visibles de la caída. Se revolvía como algún tipo de mamífero extinto, te sentías como luchando contra el eslabón perdido. Quizá en parte lo era, algún tipo de criatura de transición, hueco y consumidor compulsivo de fútbol. El tío del Twingo estaba maniobrando con el coche para alejarlo de allí. Cruzaste la calle, le gritaste al viejo que su hija estaba embarazada. Era mentira, pero él vino a por ti en el momento adecuado.
Le pasaron las cuatro ruedas por encima. Incluso parecía que una le había pisado la cabeza. Lo lógico hubiese sido que quedara inconsciente. O muerto. (O roto.) Pero se levantó poco a poco. Sangraba con profusión por un ojo que, al parecer, se le había reventado. Aquí algunos cuentan que un coche patrulla llegó y, al no entender los dos agentes lo que veían, se limitaron a llamar refuerzos. Te quedaste donde estabas. Unos dicen que finalmente te aniquiló con sus propias manos; otros que te exiliaste; algunos se atreven a asegurar que en realidad todo se calmó, que te acabaste casando con tu novia, y que su padre la llevó al altar con un ojo de cristal.
Sólo en una cosa están todos de acuerdo. Ese tío volvió al trabajo al día siguiente. Ese tío vio el siguiente partido de liga de su equipo. Continuó pagando impuestos. Volvió a roncar despertando cada noche a su mujer. Volvió a votar en las siguientes elecciones. Volvió a no planchar jamás una camisa. Ese tío continuaría existiendo aún durante mucho tiempo. ¿Y tú? Tú más valía que simplemente te quitaras de en medio.

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20 propiedades del limón (19 de 20) – Muérete

La gente se preguntaba quién había sido. Habían empujado a un buen chaval de sexto curso. Bajó aparatosamente un largo tramo de escaleras en el colegio, incluso se dejó dos dientes. Estaba en el hospital, tenía algunas lesiones graves.
En realidad no era un buen chaval, pero no soy quién para tener una opinión objetiva. O quizá sí. En cualquier caso, lo que importa es que en general la gente creía que era un buen chaval, carismático, gracioso para las chicas, convincente para el profesorado. Un chaval con visibilidad. Más o menos lo contrario a mí, a casi todos.
Este muchacho brillante y seductor, le daba a todos los palos. Y también se acabó juntando con el grupito que hacía bullying aquí y allá. Un bullying, por así decirlo, controlado. Nada de lo que preocuparse en los años noventa. Los niños no solo encierran a otros niños en lavabos o les roban la ropa en el vestuario, no juegan siempre a extremos, como darte de hostias o escupirte en la boca mientras otros te sujetan.
También trabajan la humillación verbal. Con “sutilezas”, sin necesidad de gritos, ni siquiera amenazas. Es un desgaste gradual, día a día (y pasas MUCHOS días en el puñetero colegio), te inyectan un veneno en dosis minúsculas, pero tremendamente efectivas.
No había respuesta posible ante eso. O sí, pero si intentabas vacilarles o rebotarte, te parecías ridículo a ti mismo. Te callabas, eras un niño.
No sólo era muy difícil responder a esa dinámica, además, concluí (cosa que sigo pensando) que es imposible eliminarla. Solo se puede controlar hasta cierto punto, y a veces ni eso. Comprendí ya de crío que las relaciones humanas son como son, y que eso no se ha arreglado jamás, ni se va a arreglar. Sólo te queda rezar para que tu hijo (o hija), influido por su entorno ajeno a ti, no se convierta en acosador ni en acosado, y se mantenga en una posición neutra de espectador, que parece ser el máximo realista al que se puede aspirar en términos de no violencia. Puedes intervenir puntualmente, pero nunca solucionarás el problema global, esencial.
Luego siempre habrá gente que protestará, con más o menos torpeza. Benditos sean, pero al final las cosas son como son. Contexto, conciencia, animales. Incluso un activista es un mamífero, y quizá la mayor dignidad sea no pecar de una fanfarronería que no te puedes permitir.
No podía articular todo esto entonces, pero lo sentía, sabía que los años de colegio serían siempre así. En la vida adulta las cosas no cambiarían, pero sí el contexto; amistades más elegidas, contacto humano más filtrado. Pero a poco que salgas de casa, tarde o temprano tendrás que soportar a un gilipollas, puede que alguna vez a un gilipollas violento. El viento sopla, los árboles florecen, los gilipollas respiran. Todo forma parte del mismo principio, incluso con la conciencia de por medio.
Puedes comer todo el tofu que quieras, pero tu verdadero yo sale a relucir cuando matas mentalmente a alguien que te ha hecho la pirula en la carretera, aunque fueras camino de una perrera para adoptar al chucho más viejo y feo.
Aunque sepas que tú controlas perfectamente tus impulsos violentos, pretender que eso un día será así en TODAS las personas, es creer que el pollo es dieta vegetariana.

El buen chaval se juntaba con un tarado y dos niñas que se dedicaban a sacarles motes a todos, y eso si tenías suerte. El mote era lo mínimo. Sabía de muchas de sus marranadas, un día vi cómo arrinconaban a un niño en el gimnasio, y le decían:
–¿Te sientes humillado? ¿Eh? ¿Te sientes humillado?
Vocalizaban como si hubieran escuchado la frase en una película. Continuaron así hasta que el crío comenzó a lloriquear, y entonces le dejaron salir corriendo.
Casi nunca intervenía nadie. Los únicos que lo hacían eran los profesores, porque podían, eran la imagen (y el físico) de la autoridad. Casi con toda seguridad no intervendrían en una pelea de bar para separar a nadie. En el colegio actuaba la jerarquía, quizá su única vertiente auténticamente útil: parar puntualmente a los abusones.
Lo que yo veía es que maltratar les hacía sentir bien, superiores. El buen chaval quería sentir eso también. No quería conformarse con la parte aceptable del pastel.
El abusón principal se dedicaba sólo a eso, cada día buscaba una víctima distinta. Las niñas comenzaron a ir con él en cuarto curso. Iban siempre juntas, eran endiabladamente guapas, y parecía natural que acabaran por unirse al gilipollas oficial. Les gustaba sentirse duras por contraste con el resto de crías, que tendían más a la timidez o una feminidad que ellas despreciaban.

Yo nunca había tenido ningún roce grave con ellos. Hasta que una tarde me quedé veinte minutos más en clase. Era una especie de castigo, tenía que terminar deberes que no había hecho para ese día.
Nadie se quedó conmigo, tampoco el profesor. Solo de vez en cuando alguien correteaba por el pasillo. Los portones del colegio no se cerraban hasta las siete. Había críos haciendo predeporte, entrenando, armando ruido en los patios.
Vi con no poca inquietud que de pronto entraban ellos en clase. El buen chaval, el chaval tarado y las guapas “convertidas” a la estupidez. Realmente se sentían más poderosas; hacía apenas un año te miraban como corderos degollados para pedirte prestado un lápiz, ahora no sonreían en clase a menos que alguien lo pasara mal. Tenían una idea sobre lo mucho que habían madurado, creo que lo interpretaban así.
Me comenzaron a hablar entre todos. Sobre mis notas, sobre mis padres (sobre lo «viejos» que eran), sobre qué pasó tal día o tal otro. Todo con la única intención de hacerme sentir lo peor posible.
Y lo lograron, por supuesto. No hacía falta que tuvieran razón. No es que estuvieran trabajando la verdad, no tenían intención alguna de “ponerme en mi sitio”· Simplemente estaba solo, y eso les dejaba vía libre. Podría haber sido cualquier otro alumno. Yo no les contestaba, sólo esperaba a que se largasen.
Pasaron al menos media hora allí, por momentos ni me hacían caso, pero sabían que me aterraba su sola presencia. Antes de irse, me tiraron al suelo todo lo que tenía en el pupitre. Lo pisaron y se fueron sin prisa. No paraban de decir:
–¡Está a punto de llorar!
Fue un mal rato, me sentía furioso. Pero a los pocos segundos me sentí relativamente seguro.
No sabía por qué, pero el que peor me caía era el “buena chaval”. Porque él sí era respetado. Él podía hacer lo que quisiera. El tarado ya tenía fama de tarado, y esas niñas en el fondo habían sido así desde que aún se meaban en la cama. Todo el mundo sabía eso. Y sin embargo todo el mundo creía que el buen chaval era de verdad un buen chaval. Buen estudiante, deportista, incluso altruista. Y joder, ahora también hacía bullying. Hasta las profesoras humedecían las docentes bragas.
Cuando por fin terminé los deberes, lo metí todo en la mochila y me dispuse a salir. Vi que alguien gritaba en busca de alguien por los pasillos.
Era él, estaba solo, quieto ante las escaleras.

A veces me gusta pensar que todo el mundo lo supo, pero que creyeron más correcto decir que no. Yo no había solucionado nada, pero me gusta pensar que lo que pasó se instrumentalizó a modo de advertencia.
Un procedimiento relativamente elegante de silencios.
La gente conocía los tránsitos y sabían que yo me había quedado esa tarde castigado. No era difícil culparme, interrogarme, pero no lo hicieron.
No puedo negar que fue un auténtico placer. Lo cierto es que no me pudo ver. Le empujé tan fuerte (dije: “muérete”) por la espalda, que voló sobre algunos peldaños. Oí cómo crujían los huesos que se le rompieron al caer, cómo su cabeza rebotaba, los clac de su cráneo. En ese momento no era yo mismo; o bien lo era más que nunca, como ser humano.
Quedó inconsciente, pasé por su lado, me sentía muy bien, y luego entumecido, pero ya no asustado.
El bullying no se erradicó en el colegio, pero sí ese año en esa clase. Nadie volvió a acorralar y humillar a nadie. Era como si ahora pensasen que había un auténtico loco suelto, y que estaba atento a los matones. Estaban equivocados, pero todo fue cierto.

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20 propiedades del limón (18 de 20) – La persona que sabes

Un día la conociste y nunca se ha ido.
Las variables por las que no estás con esa persona pueden ser lo suficientemente aparatosas o vergonzosas como para no querer detallarlas. Pero quieres soltar lastre, así que lo encriptas todo, esperando no convertirlo en mero entretenimiento. Esto no pueden ser puertas que se abren y cierran con personajes entrando y saliendo, soltando réplicas y contrarréplicas pretendidamente graciosas. Tampoco hace falta ser especialmente rebuscado, ni tan siquiera ingenioso. Sólo lo suficientemente sincero desde la ambigüedad o la mentira.
La verdad no suele ser efectiva para transmitir lo que se siente. Puede que en un juicio sujeto a determinados hechos. Pero no aquí.
La verdad tiende a ser pura subjetividad, y también burda, irrespetuosa. Puedes ser totalmente sincero y estar totalmente equivocado. Contar lo que pasó es muchas veces la peor forma de intentar explicarse.
Un libro de ficción o un buen poema acostumbran a ser mejores para informarse que un telediario. Al menos con las cosas importantes.
Pretender entender el mundo con datos es la forma de ingenuidad más respetada.
No es fácil plantarle cara a eso. No es sencillo asumir que la naturaleza o la existencia no encajan necesariamente con lo políticamente correcto. El ser humano es la especie más arrogante con diferencia. Pero al final no va a salvar nada ni a nadie, tampoco a sí mismo. El final de la historia es que nosotros perdemos.
La gracia está en el desarrollo, y también la desgracia.
La gente parece perdida, ahora sobre todo la que siempre ha estado segura de su discurso bienhechor. Ahora necesitan cámaras de eco para sentirse cómodos, eliminar las opiniones discrepantes y quedarse sólo con iguales, o mejor aún, con los que se limitan a seguirles y repetir el sermón.
Hasta esa gente sabe en el fondo que las cosas no son así. Que a veces las cosas son jodidas que te cagas, inasumibles. Que veces te sientes así o asá, y no es racional, pero es inevitable. Que la utopía que dicen perseguir es imposible.
Esa gente cree de verdad que todo se puede elegir. Creen que en la vida todo es construcción social. No creen ser animales, o sí, pero sólo en teoría; es curioso que a su vez suelan presumir de amar a los animales, cuando ellos reniegan tanto de esa parte de sí mismos.
Esa gente, si supiera que un día conociste a una persona y luego nunca se fue, se lo llevaría a la broma, o al cinismo. O pensarían que eres peligroso, o que estás fuera de ti misma. Esa gente, esa gente que no conoció a la persona precisa. Que creen tener el control y saber señalar el mal, y que presumen del “bien”, incluso a veces lo rentabilizan.
Ese ser de luz al que un arbusto con forma antropomórfica podría atizar con una novela romántica, hasta dejar sólo pulpa roja en el asfalto.

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