Diez mil kilómetros

1- CONOCIENDO

J.
–Sigo sin estar convencido de hacer esto, que quede claro. Y tampoco me convence eso de que escriban sobre mí. Usted puede moldear la historia, literalmente. No me gusta sentirme plastelina, ya me sentí plastelina durante no pocos años de mi vida.
»En la universidad estábamos al margen, los tres. No se hace una idea. El problema es que no nos callábamos. Muchos alumnos se callaban durante esa especie de intifadas verbales supuestamente feministas o identitarias. Se podían dar en cualquier momento, en cualquier clase, con profesores o profesoras. La mayoría del profesorado callaba y otorgaba, o directamente daba pábulo a las teorías de género más estúpidas y acientíficas que pueda usted imaginar.
»Un día una alumna interrumpió la clase de biología molecular para para decir que la ciencia estaba colonizada por el hombre blanco europeo. Dijo no sé qué del horóscopo, y luego que había ciertas zonas de África en las que se practicaban todo tipo de rituales vudú, incluso una magia negra con la que los chamanes eran capaces de lanzar rayos con las manos.
»El hombre blanco había ocultado todo eso. Había diseñado la ciencia a su imagen y semejanza, como un Dios cutre demasiado obsesionado con racionalizarlo todo.
Era una trampa, una ciencia normativa. Nos confundía y cegaba. Fue entonces cuando R. se levantó y dijo que por favor, que todo eso eran gilipolleces. Dijo que estaba harto de oír gilipolleces en la universidad.
Se armó bastante revuelo. El profesor al mando se mantenía neutral. Alguien dijo totalmente en serio que en África se lanzan rayos con las manos, y el profesor se mantuvo neutral.
»Esa deriva irracional y desquiciantemente emocional era transversal a todos los contenidos académicos. Cuando tienes unos años más te das cuenta de lo idiota que eras de joven, pero yo empecé a sospecharlo ya en ese momento, mirando a mi alrededor.
Como ya le he dicho, nosotros estábamos al margen. La onda expansiva de llanto, de teorías arbitrarias y lenguaje inclusivo, apenas nos alcanzaba, porque nos mantuvimos refractarios casi desde el principio.
»Un puñado de ateos diciéndote que creas. Lo sienten en su pecho, en su estómago; ¿cómo es posible que nosotros no lo sintamos? ¿Como puede ser que no nos etiquetemos, que no seamos anticapitalistas, antirracistas, feministas, veganos, republicanos?; o sea, ¿cómo puede ser que no seamos nada en particular?
¿Personas? ¿Qué significa eso? Es vago, impreciso, no importa lo bien que trates a los demás: claramente blanqueas el Mal.
»Poco a poco fui teniéndolo claro. Hay que largarse. Estábamos en segundo de carrera, remando en aguas hostiles, entre patéticos aliados y locas del coño. Había que largarse, lograr una posición al margen del margen. Ni capitalistas ni anticapitalistas, unos auténticos fascistas en la versión oficial. Delincuentes por una vez y para siempre, lejos, con pasta como para olvidarse de la pasta, sin política, sin gilipolleces, en un lugar templado, de temperatura estable, junto al mar.
Nos dijimos que siempre se cuenta la historia que acaba con los atracadores en la cárcel o muertos. Nunca se habla del ladrón que se sale con la suya. Quizá porque ha logrado incluso eso: anonimato.
Pero esa historia también existe. Está más claro que el agua.
Llegar a esa conclusión nos pareció una auténtica revelación. Se acabó y que os follen.

R.
»Asistía poco a las clases. Quería echar un polvo, era lo único que me interesaba. Y cuando lo echaba, quería echar otro. Eso era lo único que me acercaba a la universidad.
»Pero me topé con que mucha gente joven ya no creía en eso realmente, como si ya no fueran de carne y hueso o eso les avergonzara. Se conformaban de ideas, ideas rebuscadas, cuanto más, mejor, porque eran la primera generación que sabía cómo arreglar las cosas. De modo que se lo tomaban en serio. No estaban para chorradas. Se habían vuelto la hostia de cuidadosos, cuando no puritanos. Cualquier muestra de espontaneidad les hacía pensar en el acoso y la violencia, en el sistema de opresores y víctimas que veían allá donde miraran.
Follar es la hostia de vulgar. La peña tenía asuntos más serios de los que ocuparse. Algunos estaban realmente jodidos, se sentían culpables. Y me refiero a culpables por movidas del pasado, guerras e historias de sus bisabuelos. O sencillamente por su raza, o por haber nacido varones. No tenían ni veinte años y actuaban como si tuvieran sesenta, hubieran hecho algo terrible antaño y se dieran cuenta por fin de todo el daño infligido.
Habías tías que decían que se sentían violadas cuando otras mujeres eran violadas. Algunas no habían echado ni un polvo. El rollo de la sororidad.
La verdad es que todo eso me sonaba bastante guay al principio, “estoy con los buenos”, pensaba, peña sensible, dispuesta a ayudar, arreglar, enmendar. Pero el segundo año ya era un auténtico coñazo, un rollo siniestro.
Parecía que realmente deseaban que pasara algo, un buen caso de abusos, una movida racista, un buen follón. Necesitaban su chute, ejemplos que refrendaran su alarmismo. Empecé a sospechar que el objeto del activismo era el propio activismo, un sustitutivo de ir a los billares o comerse una hamburguesa y flirtear.
Ya no distinguían un roce de una experiencia traumática. La peña empezaba a emparanoiarse en serio.
»Comencé a quedar con mujeres mayores. Les sudaba el coño toda esa movida. No creían en ella ni por asomo. Tenían su vida más o menos amueblada y querían follar con alguien a quien le gustara de verdad follar. Nada de sexo inseguro trufado de miedo, preguntas y dudas. Stop moñas de nuevo cuño.
Instinto, carne, cachetes, algún salivazo, un poco de vida y agradecido descontrol. Seres humanos reconociéndose como tales.
En eso estaba yo.
»Lo de pegar el palo surgió sobre todo de J. Primero creía que era coña, pero no dejaba de hablar de ello. Yo pensaba en mi familia. Él decía que eso era la bola y la cadena. No había manera de ser libres si no era cortando por lo sano. Ni se imagina los discursos que construimos y alimentamos.
»Pensábamos en el tiempo. Cuando hayan pasado un par de años, nos decíamos, ¿quién coño va a seguir buscándonos? La rutina se lo come todo, es voraz que te cagas, el tiempo es omnívoro, implacable, nunca se rinde, no hace rehenes ni excepciones.

V.
Durante un tiempo me parecía estupendo, positivo, inteligente. Todo el rollo de la universidad. Me uní a un grupo de chicas. Lo que antes era montar una banda de rock, había mutado en quedadas ideológicas semanales. Los tíos, el sexo, lo de hacerlo o no hacerlo, el lesbianismo político (algunas fantaseaban con hacerse lesbianas), hablábamos de todo, aunque nunca de forma cauta o en buenos términos.
Cuanto más asistía a esas charlas en grupo, más miedo tenía de socializar con chicos o salir a la calle. Me costó un tiempo admitirlo en voz alta. Era como cuestionar el cristianismo delante de San Pablo.
»Había una chica mayor que el resto. Editaba una revista digital de contenido teóricamente feminista. Era la cabecilla, nos reuníamos en su piso. Al principio me parecía un ser de una inteligencia superior. Hacia el final, tres meses después, la veía como una persona seriamente dañada, amargada, con alguna patología mental profundamente arraigada.
»Una día expulsó del grupo a una chica de primero. Hacía preguntas claras y directas, quería pruebas y comparativas, no aceptaba las generalizaciones. Para resumir: no tenía verdadera fe, de modo que no se creía nada porque sí.
Un día salió a colación la brecha salarial. Tema tangible, calculable, se podía medir mejor que otros, aunque también discutir. Pero allí no íbamos a discutir, no estábamos allí para confrontar ideas. Cristo había resucitado y punto.
Pero la chica de primero decidió opinar otra vez. El demoníaco individualismo liberal.
Dijo que la brecha salarial surgía de un cálculo global y vago: pasta que ganan todos los hombres contra pasta que ganan todas las mujeres. No se tenían en cuenta las variables, los motivos, las elecciones de las personas, la peligrosidad o no de los empleos. Etcétera. En realidad esa desigualdad-producto-del-machismo ya era una teoría de sobras desmontada, pero en aquel momento yo no podía saberlo. O más bien no quería. En una sociedad patriarcal las cosas pasan por un solo motivo. Era maravilloso que todo fuera tan fácil.
La chica de primero tenía el pelo muy corto, una cara redonda y dulce, cinturita, unas tetas grandes y respingonas y un culo al estilo TikTok. Y nuestra cabecilla, no.
Ahora estoy convencida de que aquello no ayudó.
Pensé mucho en ello. Las chicas de aquel grupo no éramos distintas al resto de las personas. Al final resultó que también estábamos rellenas de tripas y fluidos. Pedos andantes igual que el resto. Desinformadas o sobreinformadas de la misma manera. Con necesidad de pertenecer a un grupo como todo hijo de vecino. Maleables y con una porción mínima de la información, con la que pretendíamos descifrar el mundo, exponerlo y salvarlo.
Teníamos 19 años.
»Algo se desató en mí, empezaba a estar muy harta de intentar sacar algo bueno de unos vendemotos u otros. Creo que eso influyó.
»¿Le importa que fume?
»Yo no quería formar parte del atraco. Al menos no al principio. J. se creía más listo de lo que era y R. me tiraba los tejos. Eran dos cerebritos, de todas formas, incluso R., aunque eso es algo que también se ha dicho de mí, despectivamente, por supuesto, justo después de abandonar el grupo feminista.
»No sé si pedirle que entrecomille la palabra feminismo.
»¿Sabe qué?, haga lo que quiera.
»Simplemente dejé de asistir.
Unos días después la cabecilla me abordó camino a la universidad. Es curioso cómo no sabíamos realmente nada de ella, sólo conocíamos sus excreciones verbales. Su Evangelio.
Era como un planeta pequeño con unas gafas moradas. No te era difícil imaginar una infancia marcada por el bullying; puede que incluso algún abuso, palizas, una violación. Tardas un tiempo en darte cuenta de que una persona que ha sufrido no tiene necesariamente la razón. Entender ciertas actitudes no significa compartirlas.
En mi penúltima asistencia a las reuniones, había comentado mi miedo creciente a casi todo desde que asistía a dichas reuniones. Y que no me parecía normal, porque el mundo de ahí afuera era el mismo. Vivíamos y vivimos en uno de los países más seguros con diferencia para las mujeres, y yo pasé a tener un miedo cerval en las calles más o menos solitarias en las que veía a algún fulano caminando por la otra acera, escuchando distraídamente un podcast, o quizá lanzando una mirada fugaz y rutinaria a mi culo. Ajeno por completo a mi persona, en realidad, centrado en sus asuntos, completamente inofensivo.
Yo sabía y sé que puntualmente pasan cosas terribles, pero mi nuevo yo siempre mirando hacia atrás y vigilando no tenía ningún sentido de ser, y tampoco lo tenía el exigirle a la calle la seguridad del salón de mi casa.
Cuando abandoné el grupo, volví poco a poco a sentirme más tranquila: relajada en casa y vagamente alerta en la calle. Como antes, como todas las mujeres, como todos los hombres. De hecho como todos los críos. Lo pensé, había sido más tonta que cualquier crío de diez años.
»Enseguida llego al atraco, esto es importante.
»Mi cabecilla me habló con voz suave. Cuando hacía eso era cuando más me parecía la gurú de una secta.
No entendía mi miedo creciente, del que se acordaba muy bien. Le dije que no era mi miedo, sino el suyo, me lo había contagiado.
Continuó con su suave tono de voz. Empecé a impacientarme. Creo que nunca la oí hablar sin mencionar el Patriarcado. En ese momento ya me parecía alguien a quien mantener lejos de las niñas de quince años.
Se lo dije.
Comenzó a gritarme. Se acabó el tono de secta, o quizá se acentuó. Dijo que me había convertido en una alienada más, una cómplice de cada violación y asesinato perpetrado por los hombres blancos cishetero. Estaba blanqueando el terrorismo machista.
Le dije que buscara el significado de esas palabras y me fui alejando. Ella no dejaba de gritar. Un par de chicas del grupo nos oyeron y acudieron a intentar calmarla. Miradas asesinas. Se la llevaron y nunca más la volví a ver.

Días después se lanzó desde la azotea del rascacielos Tudor.

2- INICIAR

V.
Se espachurró contra el suelo. Esa fue la palabra que usó una compañera mía (ajena al grupo) para describirlo. Reventó como un enorme globo de agua activista, salpicando tripas, sesos, grasa y huesos en todas direcciones. Una tienda Apple hecha un asco, un crío de cinco años con la esquirla de una costilla clavada en un ojo, unas cincuenta personas –al menos diez de ellas salpicadas– con esas imágenes en la cabeza mientras intentaban dormir esa noche. Días más tarde aún se encontraban dientes o se veían restos a distancias increíbles.
Ciento treinta kilos. Ciento cuatro pisos. Dos más que el Empire State.
»Al principio recibí la noticia como cualquiera. Estupor y dudas. Aunque no muchas dudas si lo pensaba: cómo era, cómo se expresaba, cómo miraba en torno. No creo demasiado en las señales suicidas, pero a toro pasado unos suicidios te extrañan menos que otros.
»No es que comenzara a sentirme culpable, pero ¿era parte del detonante? No puedo imaginar hasta qué punto le afectaban las cosas, cualquier mínimo encuentro, palabra, mirada. No digamos un encontronazo o una discusión. Pensé que debía estar cobrando algún tipo de pensión por invalidez física. No investigué, la verdad.
»El caso es que luego comencé a verme con J. y R. J. me gustaba un poco y R. siempre andaba con él. Comenzaron a hablar del atraco. Yo sólo quería intercambiar libros o pelis con ellos, cosa que hicimos durante un tiempo. Universitarios culturetas intentando ver más allá. Las películas, la música, las novelas de Thomas Pynchon, nos encantaban las novelas de Thomas Pynchon. Comenzamos a estrechar vínculos como trío.
Supongo que necesitaba un viraje brusco, un cambio narrativo radical, pynchoniano, sin aparente sentido pero con todo el sentido. Quizá incluso me atrajese un poco el peligro. La rutina habitual en la ciudad comenzó a parecerme cada vez más y más deprimente, y el futuro menos y menos prometedor.
No es que quisiera marcarme una espantada tipo Alexander Supertramp. No quería cambiarme el nombre e irme a Alaska con un librito de Jack London y otro sobre plantas comestibles.
»Tampoco voy a ningún lado concreto con esto. No hay una justificación sofisticada para lo que hicimos. En mi caso fue una especie de boutade vital, si lo quiere ver así. No creía mucho en eso de dar el gran golpe y largarse a parajes más cálidos. Puede que me pareciera más una aventura. En algún momento pensé que podía ser extraña pero definitivamente cool explicarlo en el futuro. Como la chica que soy, con mis pintas, quizá no un pibón pero sí una vecinita muy a tener en cuenta. Y que la vecinita una noche de verano silenciara a todos, sembrando la duda. Yo, V., contando con pelos y señales la historia de cómo atraqué un banco con dos compañeros de la universidad.

R.
Me dejé llevar. Siempre he funcionado más o menos así. Puede preguntarme lo que quiera, repreguntar, dudar, insistir o irritarse. Pero la respuesta será casi siempre la misma. Usted quiere saber por qué lo hicimos. Le parece increíble que tres universitarios intelectualmente presentables tomaran semejante decisión. Podríamos haber aguantado, haber acabado la carrera, explorado algún camino menos peligroso, más legal. Usted cree que nos hubiéramos centrado, que sólo era una cuestión de tiempo.
»Es probable que tenga razón, pero imagínese dónde estaríamos ahora…
No se preocupe, respetaré la cronología. Pero no espere respuestas muy jugosas cada vez que quiera entender. No pensábamos en esos términos. Cuando decides coger un atajo radical en la vida, no puedes permitirte el lujo de analizar tus planes o ideas de forma racional. Mire, quizá ese ambiente histérico de la universidad sí había permeado en nosotros, pero no de la forma esperada. J. y yo no nos comenzamos a sentir culpables como varones por todas las desgracias de la historia, y V. no se dejó arrastrar como mujer, ni siquiera habiendo estado en el ojo del huracán.
Eso me encantaba de ella, esa evidente independencia. Eso que llaman empoderamiento siempre me ha sonado a complejo de inferioridad. Si hay un perfil de mujer que se podría describir como empoderada, despojando la palabra de sus connotaciones victimistas, desde luego no sería la feminista universitaria al uso. V. jamás se habría declarado una mujer empoderada, porque para ella eso suponía admitir un pasado de fragilidad, debilidad o sufrimiento por el hecho de ser mujer, lo cual no había sido su caso. Hubiera sido como mentir, como declarar que era débil, que siempre lo había sido.
V. es la auténtica mujer empoderada, porque jamás se le ocurriría describirse así.
»Me dejé llevar. ¿Estaba muy convencido? Oiga, honestamente creo que mis únicos momentos de convencimiento total respecto a mis planes e intenciones, son con un coño delante. El resto siempre es demasiado duro o vaporoso. Basta que des un traspiés tonto por la calle para despellejarte una rodilla. Reconozco que a veces comer se puede parecer un poco a follar, pero cuanto más rico comes… ya sabe usted. Comer es necesario, un placer y a la vez una trampa.
Ya sé que el sexo conlleva sus problemas potenciales también, pero yo soy lo que se dice un chico sexualmente responsable, un muchacho sencillo, un empotrador. Hay que ser limpio y prudente, y hay que comunicarse con los ojos, con las manos, y se puede hablar, por supuesto, pero creo que el famoso consentimiento verbal es una máquina de provocar gatillazos y secar vaginas.
»¿No era esa la intención, que divagáramos un poco? Así es como mejor se conoce a la gente; un discurso preparado es sólo una mentira ampulosa.
Me dejé llevar y le dije a J. que vale, que muy bien. ¿Cuántos años te pueden caer por salir esposado y con un pasamontañas de un banco? Qué coño, adelante J., cuéntanos, ¿cómo lo quieres hacer?, conviértenos en leyenda.

J.
Si quiere saber cómo me sentía, la verdad es que me sentía como la gran polla. El Rey de la montaña. Estaba tan convencido de que todo iba a salir bien, que ni siquiera me irritaban las dudas ajenas, las advertencias, los consejos. Creo que V. pensaba que sólo era un juego, que se detendría después de comprar los pasamontañas, que ni siquiera íbamos a comprar armas de fuego. ¿Qué íbamos a hacer nosotros con pistolas? Pues concretamente, nada, porque no compramos balas. Sólo preparábamos la puesta en escena. Casi todo iba a ser igual que en el rodaje de una película. Por un momento pensé incluso en grabarlo de algún modo. Mirad, así nos hicimos asquerosamente ricos. Yo mirando a cámara, presentando la peli en video para Venecia, Cannes, Berlín. En camisa hawaiana y sujetando alguna bebida exótica con monísimas sombrillitas. El público pensando algo que decir para después, un modo elegante de juzgarme, pero riendo y envidiando por dentro.
»El auténtico reto era no convertirnos en el enésimo relato moral.
Por más confiado que estuviera, eso sí, igual tenía que ir a dormir la noche antes, despertar a la mañana siguiente y afrontar los hechos. Cabeza, tripas y corazón nunca se quedan quietos, da igual lo decidido que seas, nunca estás vacío, nunca logras ser lo suficientemente psicópata. Todo el mundo querría tener esa habilidad, ese interruptor para desactivar el miedo o el sufrimiento, pero esa mierda siempre está ahí, más o menos presente, agazapada. Le gusta salir de noche, cantar ópera en tu pecho y retumbar en tu cabeza.

3- TODA LA VERDAD

J.
Conocía a un colega de mi padre. Un delincuente menor vocacional. Johnny.
No se llamaba así, era más bien un autoapodo. Durante un tiempo mi padre curró de guardia de seguridad. Johnny era alto y desgarbado, y le gustaban las joyerías. Le gustaba controlarlas, como él decía, ir de visita diurna, charlar con alguna dependienta. A las dependientas les encantaba Johnny. Él se inventaba una novia a la que planeaba regalar algo. Fingirse con pareja era perfecto para flirtear. De paso controlas la ubicación de las cámaras de seguridad, el transito de los seguratas, qué ambiente se respira en general. Te haces un mapa mental, te familiarizas y haces memoria. El día es para estudiar, la noche para trabajar.
Mi padre conoció a Johnny porque Johnny siempre ha sido un atracador nefasto. Mal planificador, cero intuitivo, cero violento. Un folladependientas envidiable, eso sí. Follamigo ejemplar, nunca se pelea con nadie. Nadie le tiene muy en cuenta excepto para un casquete o una detención rápida. Un polvo con Marisa la casada o un repaso de ficha policial con el comisario Ibáñez. Una rutina de contrastes.
Johnny tampoco usaba nunca balas, y él nos prestó un par de pistolas Star. Clásicas, pesadas, justo lo que necesitábamos. Le mentimos, le dijimos que queríamos rodar un corto. No nos creyó, o sí, o más bien le importaba un carajo. Debía estar pensando en alguna Sandra o el siguiente abogado de oficio.
»Primero pensé que lo ideal era ir a la hora en que abriera la sucursal bancaria. Ya teníamos una favorita. Consulté en Google. Descubrí que cuando abren no es buena idea actuar, es probable que haya más seguridad que en cualquier otro momento. Además es un puto banco, seguramente abren desde dentro siguiendo unos cien protocolos. No es Julián abriendo el quiosco.
Decidí que era mejor esperar, hablarlo.
»Curiosamente los pasamontañas resultaban más amenazantes que las pistolas. Incluso comprados por Amazon. Transmitían peores augurios. Las pistolas descargadas tienen algo de juguete, y nuestra generación aún jugó a dispararse a los nueve años. Quizá por eso acabamos atracando un banco… Ahora para mucha gente eso es de una lógica aplastante. Todo descodificado en dos patadas: películas, videojuegos, juguetes violentos y porno. Prohíbe esas industrias y prepárate para una Arcadia feliz.
¿Usted también lo cree?

R.
Todos los preparativos, sí. Recuerdo más bien poco. Si le digo la verdad, era casi verano y yo andaba mucho más salido de lo habitual. Pero estaba bastante colado por V. Cualquier buen pajillero sabe que no es bueno colarse. Te jode gran parte del rollo masturbatorio; nunca sabes si pensar en Ella o si liarte con el porno. Si piensas en ella es como profundizar más en el cuelgue, y si entras en Pornhub es muy probable que ella se te cruce por la mente en el momento preciso. Es una mierda.
»De liarte con otra ni hablamos. Ella se podría enterar y le importaría un carajo, pero a ti no. Colgarse es una mierda.
»Recuerdo verme en el espejo con el pasamontañas puesto y la pistola en la mano. ¿Qué le pasaría a usted por la mente? A mí poca cosa, la verdad. Éramos unos críos, no había motivo para aquello. Yo podría entender a un grupo de adultos desesperados, arruinados, ansiosos por alimentar a sus hijos o tener un respiro. Pegas un palo, te sale medio bien y logras un mes de margen, aunque sólo saques calderilla. Le ganas una pequeña partida a la vida. Lo entiendo. Pero ¿nosotros?
»Nunca en la historia de la humanidad ha habido una generación más privilegiada y a la vez malcriada y quejicosa. ¿Usted a qué cree que se debe?
»Yo tengo una teoría: No se ha encontrado un sustitutivo para el guantazo.
El guantazo era una mala idea, lo reconozco. Cortaba ciertas gilipolleces por lo sano, pero a la vez infundía miedo. Era una limitación de los padres, es cierto. Pero todos sabemos también cómo son los críos. Aunque no los tengamos, hemos visto críos ajenos, y a veces basta una hora para querer mandarlos a diez metros de una patada. Sólo decirlo es un alivio. Pequeños dictadores egoístas que saben que hagan lo que hagan ya nadie les va a tocar.
Ahora no les tocamos, pero no hemos llenado ese hueco. Hablas, sí: habla con un crío de cinco años que ha decidido que es divertido llevarte la contraria, correr hacia la carretera, ponerse en peligro, romper la vajilla, insultar, pegar a otro crío, tocarle los huevos a un perro. La lista es interminable.
Te toca razonar con alguien que NO razona y no ve motivo alguno para hacerte caso. Ya no.
Y esa generación de intocables llega a los quince años, a los diecinueve, a los veinticinco. Y cree que la violencia es no poder pasear con tranquilidad por un callejón a la tres de la madrugada. O que una violación es aquella vez que accediste a follar con un chico aunque no tenías muchas ganas.
Apenas se han rozado con la vida, y se han convertido en puta gelatina.
»¿Será posible que nosotros buscáramos una dosis de violencia, llenar ese hueco?
»Sólo es una teoría.

V.
“¿Toda la verdad?” ¿Puede haber algo más falso?
Usted decide. Yo no hablo por los demás. Si no incluye sus versiones del atraco en sí podría faltar a parte de la verdad. Quizá debería ver esto como un puzzle. Si siente que nos reímos de usted, o que no tenemos chicha para su búsqueda del Pulitzer, puede empacar y largarse.
»Quizá haría bien en decirnos a las claras cuál es el enfoque del gran reportaje. Aunque supongo que aún no lo sabe. Es un escritor intrépido en busca de las zonas grises, ¿verdad? Debe sentirse muy solo.
Si a estas alturas de su gran obra aún no se ha descrito cómo se llevó a cabo el atraco, si como dice le han dado dos versiones que no tienen nada que ver entre sí, supongo que ya sospecha que yo le daré otra versión distinta que le confirmará que no queremos soltar prenda de cómo lo hicimos.
»A veces acertar es una mierda, a que sí.
»Yo tenía preparada una historia cojonuda a lo Ocean’s Eleven, pero como usted vea.

4- UN HUEVO DE PASTA

V.
Se puede fiar de esto: no tengo ni idea. Ninguno lo ha contado todo. Lo vi, sé que hay lo suficiente. ¿Le basta la medida: un huevo de pasta? Es lo que dice siempre R. Un huevo de pasta, un pastizal, un montón de lana. Lo único que no podemos comprar es la inmortalidad; aunque sí toda la salud disponible.
»Lo sorprendente es que me puedo fiar de ellos. Todos notificamos más o menos nuestros gastos. Pero a nadie le interesa coleccionar coches, aviones o casas. En plan ricachón sólo nos planteamos una vez comprar la isla. Pero nos dio pereza en cuanto atisbamos el papeleo. Hemos tenido que hacer otros cambios que no mencionaré.
»Todo el mundo nos imagina en una isla. Concedámosles eso: sí, estamos en una isla. No nos importa reconocerlo.
»¿Está seguro de estar enfocando bien todo este asunto? ¿Conoce el hotel Tudor?

R.
Nunca había pensado en el dinero. Me daba igual. Seguro que ya sabe cuáles son mis intereses principales. La primera vez que pensé detenidamente en el dinero fue teniendo esas sacas repletas delante. Ahora ya sabe lo que nos costó conseguirlas, pero aun así, no nos engañemos: era dinero fácil. Una cantidad ridículamente grande a cambio de un esfuerzo, bueno, quizá no pequeño, pero de un solo día.
Es lo que la gente llama: coger un atajo. Luego añaden que eso siempre se paga, que nunca te sales con la tuya. De un modo u otro, la vida te pone en tu sitio.
En fin, seguimos esperando.
»No negaré que pensé en irme de putas de lujo por todo lo alto. Meh, la idea perdió fuerza en mi cabeza a medida que la iba madurando. Respeto a las profesionales, pero lo que de verdad me interesa es un chica con la que tenga cosas en común. Mi versión femenina, o lo más aproximado. Alguien que sepa echar un buen polvo sin comenzar a contaminarlo con alguna especie de culpabilidad moderna sobre lo desaconsejable de follar porque sí. Alguien que sepa utilizar y dejarse utilizar. Que no lo convierta todo en un trauma potencial.
»¿V.? Sí. Cómo se lo explico. Ya lo he dicho, V. me gustaba, pero, ¿alguna vez ha sentido que no quería estropear algo más grande que su cuelgue por alguien? Todo iba la hostia de rápido. ¿Qué hubiera podido pasar si yo intento ligarme a V.? No digo que tuviera posibilidades, pero… En fin. Aunque quizá sí lo intentara…
»Supongo que sabe que todo esto va más allá del dinero y el atraco, ¿no? ¿Sabe que ahora me aburren soberanamente las películas de atracos? No puedo ni verlas a no ser que sean de los 70 hacia atrás. Las clásicas no se preocupaban por el verosímil que ahora te quieren vender algunas pelis. Eso les daba encanto, se reconocían como pelis. ¿De qué estoy hablando?

J.
Qué puedo decir. Todo salió bien.
Ahora ya sabe que no fue fácil. No es fácil apuntar a alguien mucho más grande que tú a la cara, sobre todo con un arma descargada. Tampoco te podías fiar de los clientes, por muy en el suelo y boca abajo que estuvieran.
Pero vaya, ya le he hablado de todo eso.
Cuando huíamos en el coche, me observaba las manos, temblaba como una hoja. Estábamos cruzando la famosa línea roja sobre la que se han hecho miles de películas.
»Para mí el dinero es casi una cuestión abstracta. Creo que se define mejor con el modo en que habla de él la gente que no lo tiene. Es un fenómeno creciente ahora. Muchos pugnan por parecer los más virtuosos. No es de extrañar que pierdan el culo por demonizar a quienes se mudan a países con menor carga fiscal. ¿Se da cuenta? Te quieren vender que ellos no se mueven de su país no porque tengan ataduras familiares, laborales y de todo tipo, sino para pagar ética y responsablemente sus impuestos bajo la bandera correcta… Y quieren que les compremos esa moto, que les felicitemos con una amplia sonrisa por lo jodidamente equilibrados y bondadosos que son.
La humanidad, la generosidad infinita de quien nunca ha sido tentado.
Siempre arrastrando la misma contradicción castrante: quisieran tener mucha pasta, pero odian a quienes tienen mucha pasta. Un odio político, inflado por intereses (de otros, por pasta), y también bastante simplista.
»Imagínese salir de ese circuito. Los pobres, los ricos, los manipuladores… Como delincuente estás exento, tanto los unos como los otros como los de más allá, te señalan: has robado a los tres.
Exento para mal. Pero con pasta.
Amueblas bien tu apartamentito en el Infierno.

5- DIEZ MIL KILÓMETROS

J.
Era la imagen que yo perseguía. El resto lo puede considerar paja. Tírelo a la basura. Eliminar de la papelera de reciclaje.
Yo quería ver el morro de nuestro coche (la volkswagen de mi madre, finalmente) tragándose una carretera soleada, rumbo a tomar por culo.
Mucho espacio detrás para la pasta y un plan mejor trazado de lo que parece.
El sol abrasando el viaje, la universidad cada vez más lejos, el futuro, incierto. Todo lo contrario a los deseos de nuestros padres. Los padres casi siempre quieren lo mismo para sus hijos; en resumen: una vida larga y aburrida, exenta de sobresaltos. La mayoría de gente aspira a eso, nadie lo consigue realmente, y luego buscan que se materialice en sus hijos. Una cadena de fracasos en busca de la mediocridad. Nadie que se considere inteligente intenta triunfar, o al menos experimentar un poco en su puñetera y única vida. De ser por esa inteligencia media tan humilde y conformista (esos éticos y metalegales pagadores de impuestos…), aún estaríamos cazando mamuts, mordiendo carne cruda y muriendo de inanición a los veinte por desencaje de mandíbula.
»Estaba eufórico. No dejaba de pensar en camisas hawaianas. Se lo contagié al resto. Paramos junto a una tienda cerca de Sonora a las tres horas de viaje, salí solo a comprarlas. Siempre pagar en efectivo. Nueve camisas a repartir, cada una más chillona que la anterior.
»Se lo crea o no, no estábamos preocupados, en absoluto. Los tres habíamos crecido en familias numerosas, todos con hermanos y hermanas menores, ruido constante en casa, planes tediosos, juguetes rotos y ansiedad, intentos deprimentes de papá y mamá por llevar cierto orden, prefabricar la estabilidad, mantener el peligro a raya.
Piense en Richard Dreyfuss en Encuentros en la tercera fase. ¿A alguien le extraña cuando se larga al final con los extraterrestres? ¿Alguien recuerda a su puñetera familia a esas alturas?
»Al menos así me sentía yo. Conducía V., le gustaba, pero al comprar las camisas me pedí el volante. El sol me daba en la cara, la brisa caliente entrando por la ventanilla abierta. No era la ruta 66, ni falta que hacía. No es el camino sino quien lo emprende. Vagabundos forrados hasta los dientes.
»Había cabos sueltos, desde luego, éramos prófugos, pero qué coño, no habíamos matado a nadie, y era la primera vez que hacíamos algo remotamente distinto a lo que se esperaba de nosotros. Aunque nos hubieran pillado en esa misma carretera, ya habíamos vivido más que cualquiera a quien conociésemos.

R.
Rigodón. ¿Es pronto para hablar de él? ¿O necesario? Hay gente que nos tiene por mucho más inteligentes de lo que somos. Había una serie de movidas con el dinero y el viaje, los traslados, todo eso que quizá ni contemos aquí, que requerían de alguien con contactos y sin escrúpulos. Era para la última etapa, el jet particular, todo ese rollo.
Rigodón es un nombre en clave. Bueno, no exactamente, pero ya me entiende.
Era, es, un abogado o exabogado, un tipo… qué coño, Saul, el tipo que usa chaquetas cantosas y busca un pellizco de pasta aquí y allá. Era cosa del tal Johnny. Esa parte del corto la entendió menos, pero no hizo demasiadas preguntas.
Mejor llama a Saul. Parece ser que existe al menos un Saul en todas las ciudades grandes y medianas, y Periferia no iba a ser menos.
Lo realmente gordo fue el viaje por carretera, o las paradas, más bien… Rigodón estaba moviendo hilos; nos esperaba en Talesa, un pueblecito costero a diez mil kilómetros de distancia. Sólo esperábamos que el volkswagen cafetera modelo hippie apestoso, aguantara.

V.
Parábamos aquí y allá, no demasiado preocupados. Creo que ninguno de los tres vivía con verdadero miedo de ver a la poli por el espejo retrovisor.
Pero eso no es lo más sorprendente para mí. Lo que realmente me inspiraba una agradable inquietud (si se puede definir así) es el desapego familiar. Estábamos cortando vínculos sin apenas despeinarnos.
Yo sé que los tres pensábamos en ello, a ratos. Pero ¿no es lo que hace todo el mundo en el fondo? Se largan de casa de los papis y adiós. Los más sentimentales vuelven una vez a la semana a comer, los domingos, pero diría que ni siquiera es lo más habitual. Creo que la gente no se independiza, se separa, corta, hace tabula rasa y forma o no su propia familia. Construye su propio entorno personal libre de los gritos de papá y la zapatilla de mamá. La mala fama de las suegras no es por nada, pero afecta también a los suegros. Básicamente has cortado con tus padres, y no quieres que los padres de nadie en general metan la narices en tus cosas.
Quieres triunfar o fracasar a gusto, sin que nadie te importune ni te coma la oreja.
El triunfo es algo en lo que he pensado bastante, por cierto. Cada vez estoy más convencida de que no hay nada entre el fracaso y el triunfo. Hay toda una serie de grises que significan fracaso, y luego está el triunfo. Sólo me queda definir triunfo.
»Pensaba bastante en el dinero, ahora que lo tenía. La gente que no lo tiene se centra en la integridad personal. J. habla mucho de eso. Se supone que hay algo dentro de ti que no se debería poder comprar, y que es lo más importante de tu persona. Pero luego sin dinero no puedes comer. Y aun así ese algo es más importante que el dinero… Se supone, pues, que todos deberíamos estar dispuestos a morir por ese algo, dado que ese algo no te alimenta ni paga facturas ni por supuesto diversiones ni te abre puertas de ningún tipo.
Imagínese las gimnasias mentales que se hacen. Y de ahí al nacionalismo, a la religión en todas sus formas. Apología de la pobreza en todos los colores y diseños, ya sea desde ciertos extremismos de izquierdas o con renovadas dosis de judeocristianismo. No me extraña que mucha gente se haga de derechas cuando envejece. Ni siquiera son de derechas, sólo están hartos de comprar motos sobre la integridad personal.
Ser íntegro se parece demasiado a ser pobre, ¿no cree usted? Parece que algunos piensan que o todos pobres o nada.
Al final a la mayoría de gente le gusta comer, vestir bien y divertirse. Esos vagos y maleantes.
»Atravesábamos el desierto. Se comenzaron a producir largos silencios entre nosotros. No eran silencios desagradables. Hubiéramos coincidido de haberlos roto.

6- EL DESIERTO

V.
No estábamos solo cada vez más lejos de la familia y la ciudad, sino de la realidad tal y como se percibe, asume y vende.
Para que se haga una idea, no logro recordar quién conducía, pero paramos el coche en el arcén. Desierto en todas direcciones. Nadie lo que se diría normal o inteligente, decide detener su viaje en coche para caminar por el desierto sin verdadero rumbo. Pero ¿no lo hacen porque les parece una estupidez, o porque si lo hacen van a llegar tarde a algún sitio? Quizá por ambas, o porque ni siquiera se les pasaría por la cabeza. No saber adónde vas, pero ir. No saber por cuánto tiempo, pero hacerlo. No pensar en ello, pero pensando más que nunca, un letargo despierto.
»No recuerdo que verbalizáramos nada. Quizá detuve yo el coche, o J. (R. nunca conducía). Todo suena más extraño de lo que fue, pero sólo si intentas intelectualizarlo. Fue más bien un arrebato espiritual, pero es la primera vez que intento ponerle nombre.
»Era uno de esos días ventosos, de nubes enormes y cambiantes, como castillos flotantes anime. La tierra era dura, a menudo estaba agrietada.
»No se creerá lo que está por venir.

R.
J. frenó y salió del coche. Primero pensábamos que iba a mear, pero se puso a caminar por el desierto. V. le siguió. Pensé que iba a preguntarle a J. a dónde iba, pero simplemente continuó caminando.
No sé cómo explicarlo, pero algo me detenía para manifestar mis dudas. Era como si al pegar una voz o hacer una pregunta, fuese a romper algo nuevo y emocionante, o puro, la percepción repentina de algún tipo de verdad insoslayable. Quizá la verdad no sea lo que cree decir un imbécil en Twitter o un tertuliano hortera en la tele. Mucho menos un telediario. Quizá la verdad es un acto intuitivo de seria espontaneidad. Recuerdo haber pensado algo así.
Yo también salí del coche y me puse a caminar.
Quizá una gran verdad no puede ser absoluta, sino que es vaporosa, inefable (qué putada ¿no?), no algo que se descubre, sino que se siente; por supuesto libre de cinismo, de ironías de rabiosa actualidad, de cientifismos radicales y acientifismos ideológicos histéricos. No te harías el chulo en posesión de la verdad, porque está en el espacio que hay entre las estrellas. O no, hablar de las estrellas sería banalizar este asunto. Una verdad de Instagram no es más real que una de Twitter.
»Caminamos durante horas, quizá sintiendo nuestro terruño planetario espacial por primera vez. Despojados de ego. Imagínese: universitarios despojados de ego.
Si nos hubiesen visto nuestros sensibles compañeros y compañeras, pensarían que J. y yo íbamos a violar a V.
¿Qué si no?
»V. iba unos cinco metros por detrás de J. Yo le miraba el culo a V., por primera vez sin preguntarme cómo sería su ano o como se lo comería.
Sólo veo un culo. Carne del planeta Tierra enfundada en unos tejanos. Tela terrícola. Inventos de este rincón de la Vía Láctea.
Estaba anocheciendo. Los pies nos funcionaban solos, sin prisa, sin conciencia del ritmo o planes de excursión. Ninguna gilipollez de la vida anterior. Ninguna mentira sobre el control.
El ruido de nuestros pasos sobre la tierra aún caliente. En cierto momento vi una serpiente a tres palmos de mi deportiva derecha. No reaccioné en modo alguno, ella tampoco. ¿Me vería como a un igual?
Pasaría lo que tuviese que pasar. No nos habíamos vuelto tontos. Si usted lo quiere racionalizar, piense que nos estábamos tomando un respiro, que nos tomamos un Kit Kat.
No se trababa de avanzar o llegar a ningún sitio, eso ha quedado claro ¿no?. Quizá se tratara de saber estar. Puede que supiéramos habitar nuestro cuerpo por primera vez.

J.
Para que me entienda, quemar una montaña de agendas en el desierto hubiera sido vulgar. No tenía nada que ver con eso. Usted pregunta y nosotros respondemos. No estábamos operando con una mentalidad de activista. A mí un activista no me parece más que un peón, un tonto útil.
No sé si quiere hacerse una idea de lo que fue el periplo por el desierto, pero no fue nada político ni religioso. Allí no había nadie más, y nadie toqueteaba su móvil. Si uno de los tres se hubiera puesto a tuitear, le hubiéramos molido a palos.
»Creo que no lo entiende. ¿Ha oído hablar del lenguaje no verbal? No, ni siquiera es eso, es una vibración concreta en el ambiente. Un acuerdo tácito evidente.
»Usted no se saca la chorra en un funeral y le mea en la cara al finado, ¿cierto? Pues sacar un móvil en el desierto hubiera sido así de grave. O más, porque allí no había ritual forzoso alguno en marcha, allí algo o alguien nos dio la oportunidad de SER.
»Nada le va a sonar normal, olvídese de eso. Aplique el principio de caridad o considéreme un tarado. Yo le hablo en serio, usted haga lo que quiera.
»Tras horas de caminar, ya siendo noche cerrada, vagamos cada uno en una dirección, dando patadas a las piedras, gritando sin palabras. Nos desnudamos. Corríamos, lanzábamos tierra y piedras, sonreíamos. No eran risas, no era un vulgares estallidos de carcajadas. Eran sonrisas de reconocimiento.
»Creo que nos vimos unos a otros como personas por primera vez. No éramos un cúmulo de ideas o una identidad concreta. Éramos imperfectos y de imperfecta carne, reales como la tierra y la luna llena que nos observaba. Todo a nuestro alrededor con fecha de caducidad. Pero estábamos en la mejor parte, nuestro primer cubata en la fiesta de la existencia.
»Nada que ver con el dinero, ¿no? Pero el dinero es un amigo íntimo de la ambición, y también de la curiosidad, de la exploración. El dinero es el centro de nuestro minúsculo mundo; que sea directa o indirectamente lo más importante, no significa que sea lo único. El mismo carácter que nos llevó a por el dinero, nos llevó a ese desierto; hay distintos tipos de riqueza que te puedes perder sin él.

7- LA LUZ

J.
Yo quería meter la mano en un agujero. Eso que nunca haría nadie cuerdo, meter la mano en lo que a todas luces parece una madriguera o escondrijo. La casa de algún bicho potencialmente asqueroso y peligroso.
Quería meter la mano en el agujero y que los demás contaran hasta cien. Con tranquilidad, sin prisas. Nos vestíamos mientras hablábamos de ello. Se rompió el silencio, había durado unas doce horas. Era inevitable, se perdió parte del “hechizo del desierto”, pero luego vimos aquella puñetera luz, señor periodista. La parte que usted y sus amigos cuerdos que sólo han visto oficinas y tramos de asfalto, jamás se creerán.
»Buscábamos un agujero y encontramos una luz. Nos adentramos en una pequeña cueva (eso creíamos), estábamos tan lejos de la furgo que daba vértigo pensarlo. No sé qué hora era, muy de madrugada, en uno de esos lugares en los que no hay nadie nunca. A no ser buscando a la última niña desaparecida, la encantadora y virginal Isabel, de dieciséis años, la protagonista de los telediarios de entonces. Te miraba desde sus fotos como diciendo: “Estoy más muerta que tu bisabuela, chaval”.
»Pero allí estábamos nosotros, buscando un agujero en el que yo pudiera meter todo el brazo. Estaba deseando hacerlo. Pensaba: si me pica una araña o una serpiente y me muero, pues ahí os quedáis.
Fuimos profundizando en la cueva. La verdad es que cada vez nos interesaba más la cueva y menos los agujeros.
Creo que fue V. quien nos quiso informar. Lo hizo con una pregunta. Dado que era de madrugada y estábamos buscando el modo de provocarle un squirt a una cueva, ¿por qué no estábamos a oscuras? La luna ya no podía aportar nada, llevábamos unos cinco minutos andando.
»El camino era tortuoso y curvo, pero un resplandor azul se hacía cada vez más evidente.
Comenzamos a flipar, no se crea. La noche había resultado bastante irreal en términos generales, pero no esperábamos extrañeza más allá de nuestra percepción.
Era una resplandor estable, chillón. No parecía fuego ni olía a brasas, nada por el estilo. Luz azul o verde, o blanca, color cambiante pero estático.
A medida que nos acercamos a la fuente de ese brillo, llegué a pensar que era el mejor momento de mi vida. Sentía que flotaba a un palmo del suelo. Miedo y placer, una incertidumbre como nunca había conocido. Todo eso me llenaba.
La cueva se ampliaba, se convertía en un espacio “habitable”. En medio estaba la fuente de luz, la luz en sí. Una esfera flotante del tamaño de un balón de baloncesto.

R.
Yo quería tocarla. Otra mala idea. Ahora creo que desde hace años sólo hemos encadenado malas ideas. Y en general se nos ha premiado por ello… ¿No se ha preguntado alguna vez si lo que se asocia a la sensatez no será un montón de mierda interesada? ¿No será que la sensatez, o incluso los actos considerados generosos, sólo benefician a unos pocos?
»¿Quiere que hablemos de la esfera luminosa o del capitalismo? ¿Y el comunismo, cree que es lo ideal y que simplemente aún no se ha sabido hacer bien?
»Me acerqué y la toqué. Flotaba a un metro y medio del suelo. Estaba fría como si sacas de la nevera una lata de cerveza. El tacto era extraño, no podías saber si era liso o suavemente rugoso. Aquella cosa comenzó a palpitar. No físicamente, pero la luz disminuía y aumentaba, cada vez más rápido. Dejé de palparla, y tuve una rotunda erección.

V.
Mientras R. tocaba aquella cosa, yo lloraba desconsolada y J. no podía parar de reír. Ambos sin aparente motivo. Además a R. se le había puesto dura como si hubiese estado sobando una teta.
»La luz comenzó a menguar hasta apagarse del todo. J. dejó de reír en cuanto saqué el móvil y conecté la linterna.
Ya no había nada, ninguna bola, ninguna esfera, sólo paredes rugosas, un loft para trolls.
Salimos con parsimonia, nuevamente en silencio, sin reír ni llorar, aunque R. aún la tenía dura. Los tres habíamos compartido algo que no sabíamos siquiera que se pudiese compartir. El tipo de experiencia que no puedes contar si no quieres que te consideren una persona inestable, mentirosa o muy ignorante.
»Ni siquiera llegamos a pensar que aquello nos hubiese cambiado. Es decir, sí hasta cierto punto el desierto y la experiencia global, pero no la esfera en particular. Nadie adquirió poderes, que yo sepa.
»Para mí era algo de origen extraterrestre. Qué si no. Una vez has vivido una experiencia así, es imposible no intentar darle algún sentido.
»A todos nos dio por pensar en Isabel, la adolescente desaparecida. J. rompió el silencio, no dejaba de hablar de Richard Dreyfuss en Encuentros en la tercera fase.

8- LAWRENCE DE ARABIA

V.
El camino de vuelta se hizo eterno. Amanecía a nuestra espalda. Cuanto más caminábamos, más conscientes éramos de haber dejado abandonada una furgoneta volskwagen a reventar de pasta.
Yo no estaba preocupada, sinceramente. Creo que mi filosofía con todo aquello desde el principio, era que si el atraco no resultaba físicamente violento, si absolutamente nadie salía herido, la experiencia habría valido la pena. Me daba igual salir detenida del banco o que nos pillaran bebiendo algo rojo y dulzón a los dos años en Bahamas.
J. y R. discutían sobre si habíamos dejado la furgoneta cerrada o abierta. Yo lo recordaba: las puertas delanteras abiertas como las orejas del príncipe Carlos. Pero no dije nada.
Les digo que lo dejen estar, que ya no hay nada que hacer excepto volver y ver si esa cafetera sigue donde la dejamos.
R. se pasó como dos siglos hablando de su polla, por cierto, concretamente de su erección. Y bueno… Que se lo cuente él si quiere.
»Yo me sentía mucho menos cansada de lo normal. No dormimos literalmente nada en toda la noche, no comíamos desde el día anterior a mediodía. Es algo que a veces sí he relacionado con la esfera, como si nos hubiese otorgado un extra de energía. Cuando empalmas un día con otro todo se vuelve una imitación de lo que era, lo que ves, lo que oyes, las ideas. Pero no nos sentíamos así.
Cada vez que alguien se alejaba para mear o hacer sus necesidades, yo me preguntaba por qué no recordaba ese tipo de detalles de la caminata de ida.
En cierto momento tuve que hacer pis. No había nada parecido a un arbusto cerca; por más que me alejase, se me veía en cuclillas y con las bragas por los tobillos.
Sí, nos habíamos visto desnudos, pero ya no era lo mismo. J. y R Se volvieron de espaldas y continuaron preguntándose por la pasta y la furgo y qué íbamos a hacer si habían interceptado nuestro botín. Teorizaban sobre localizadores en las sacas o los fajos. Tenía bastante sentido.

R.
Es cierto.
En el camino de vuelta la tuve dura durante unas cuatro horas. Me comenzó a doler. Pero los demás no querían ni oír hablar de ello. ¿Usted lo puede creer? Era como si me hubiera tomado tres viagras. Yo tomando viagra… Unas palpitaciones horribles en la polla. ¿Usted sabe lo que es eso? Una vez tomé media, porque una tía me ponía como una moto y quería darle toda la noche, nos habíamos puesto muy cerdos con mensajes por Instagram. Quería provocarle temblores hasta el amanecer, hacer que todos sus ex parecieran maricas. Quería ser el más macho de su coño, el rey de su culo y el amo de sus tetas.
Entonces no fue mal, tenía a una mujer de bandera a mi disposición, incluso con ganas de iniciarse en el sexo anal. Era como si en vez de polla tuviera un calabacín en la mano. Que si por el coño, que presionando por el ano… Ella se corrió unas siete veces. La verdad es que al final ya me dolía bastante la polla. Por suerte se comenzó a pochar a mi cuarta eyaculación.
»En el desierto tuve que alejarme y hacer algo al respecto. ¿La polla se me bajaría si no hacía nada con ella? No lo sabía, joder. Pensé, si la tengo así, por fuerza tendré que hacerme una paja, al menos.
Se lo comuniqué a J., intentando ser discreto, pero el capullo tuvo que empezar a quejarse en voz alta.
–¿Lo dices en serio?
–Tengo que hacerme una paja, lo siento. Quizá dos.
–¿Pero no dices que te duele?
–Sí, pero creo que si…
–Vale vale vale… lo que sea, pero rápido.
Tuve que alejarme unos cien metros. De entrada no fue cómodo, pero llegué a encontrarle el punto a la situación. No me importaba que me vieran de lejos la polla, pero no quería que me vieran sonreír. Aun sobre el suelo duro, estirado de cara a un cielo medio encapotado, me comencé a sentir bien. Recordé que no se trataba de viagra, sino quizá de alguna fuerza extraterrestre que me la había puesto dura. Pensé en las pelis porno retro de mediados de los 90, algunas absurdamente temáticas, con disfraces y maquillajes, no sofisticados pero sí con mucho trabajo detrás. Y me vino a la mente Silvia Saint. Mi actriz porno favorita. Una rubia checa que personificaba el tipo de dulzura voluptuosa que anhelas cuando tienes dieciséis años.
Me corrí bastante rápido, pero la polla seguía en modo calabacín. Decidí seguir en ello. Pensé en V., pero no de esa manera… Pensé que ya no tendría ninguna posibilidad con ella. Es decir, creo que antes ya no la tenía, pero si la tenía sin saberlo, me la estaba cargando haciéndome pajas en el desierto con ella a tiro de piedra matando el tiempo con J.
No le diré que me siento orgulloso de aquello, pero qué coño, surtió su efecto.

J.
¿Ella no le ha hablado de eso? Es imposible olvidarlo: R. haciéndose pajas como un mono en medio de aquel viento, las serpientes y todas las alimañas. La polla le tuvo que quedar marrón de roña.
No sabía de qué coño hablar con V. mientras el mono se la pelaba. No era yo el que me la había sacado, pero fui el que más vergüenza pasó. Mi amigo de la infancia se trajo la infancia al desierto.
El tío se cascó dos pajas, se levantó, se subió los pantalones y los calzoncillos, y volvió junto a nosotros como si acabara de plancharse las camisas.
Yo tuve que decir algo;
–Aquí está otra vez, Lawrence de Arabia.
–¿Qué pasa?
Nada, ¿qué va a pasar?
–Pues ha funcionado…
–Me alegro. ¿No te ha picado ningún escorpión en la polla?
Pues no, para tu información.
–Algo más que no le podemos contar a nadie, ¿no?
–Tú haz lo que te salga de los cojones, a mí déjame en paz.
V. se tapaba la boca para reír, pero no sé si de vergüenza o de qué. Desde luego estaba roja como un tomate. Pensé que V. ya no tenía ninguna posibilidad con ella.
»Y adivine qué. Por la tarde llegamos adonde la furgo y estaba intacta. Repleta de pasta y futuro, y con las puertas delanteras completamente abiertas. Casi parecía una invitación al mundo.

9- TRASTOS

J.
¿Qué hacer? Seguimos en ello, había un punto de llegada. Rigodón no tenía prisa (¿le han hablado de él?), yo lo sabía, debía estar pegándose la gran vida en la playa, en la piscina, hablando con chicas demasiado jóvenes, guiñando a sus madres, tragando bananas split. Rigodón no ha hecho nada legal desde los dieciséis años, y aún no le ha llegado realmente la factura. El paraíso está en la tierra, pero la fórmula para lograrlo casi nunca supura legalidad. Podrías ser futbolista de élite o una estrella del rock, pero no lo vas a ser, y cualquier alternativa consiste en pegar el gran palo.
Recuerdo el olor, dentro de la furgo, sin aire acondicionado y con las ventanas abiertas, parecía notarse mejor que en el desierto; el abandono, la tierra seca, los bichos, el sol, y seguramente un buen puñado de muerte sin resolver. Pensábamos que era fácil que anduviera cerca el cuerpo de la pequeña y dulce Isabel, concienzudamente enterrado.
Estábamos entrando en el verano más crudo. Creo que no pasó gran cosa durante dos o tres días, excepto grandes palizas al volante, paradas para poner gasolina y comer aquí o allá. Nunca vimos nuestras fotos en un telediario o la prensa. Era como si hubiéramos logrado desaparecer. Sé que es casual, debía haber un operativo buscándonos, pero estar ajenos a ese ruido ayudaba. No nos buscábamos en Google, desde luego, y además nuestros teléfonos llenos de perdidas se descargaron, y no hicimos nada pronto por revivirlos.
En algún momento comenzamos a buscar algún pueblecito o ciudad pequeña donde parar quizá dos o tres días. V. se lo tomaba con calma. R. creo que soñaba con una habitación de hotel particular en la que hacerse otro par de pajas.

R.
No nos acababa de convencer ningún emplazamiento. Dormimos tres días en la furgoneta. Las ciudades parecían demasiado grandes, amenazantes, y los pueblos demasiado pequeños y limitados. Los moteles discretos parecían crónicas de asesinatos múltiples, y nos nos convencía el emplazamiento de los hoteles de lujo.
Cuando conducíamos de noche, si apenas había gente, V. fijaba la vista a los pies de los edificios, buscando montoneras de ropa y objetos. Decía que eran la señal de que una pareja se había peleado y había cortado.

V.
No sé por qué me dio por pensar en eso. No es que yo tuviera una gran experiencia con chicos. Recordé a Tom Waits en aquella peli, Bajo el peso de la ley. Su novia le echaba de casa y le tiraba todos sus discos y objetos a la calle. Todo excepto sus botas, por ahí Tom no pasaba. Conseguía calzárselas entre gritos y se reunía con sus cosas en la acera, sus discos rotos y otras pertenencias con valor sentimental.
Me di cuenta de que ya no pensaba en J. como novio potencial. No me imaginaba a mí misma echándole a gritos de ningún sitio ni tirando sus calzoncillos por la ventana. No me gustaba tanto para eso, y lo poco que me gustaba se diluyó enseguida en el ácido de nuestro viaje, especialmente en el periplo por el desierto.
»Llegué a contar hasta quince montones sospechosos de prendas y objetos durante el viaje. No valía si estaban cerca de los containers. Tenían que ser pequeñas islas, intimidades convertidas en basura. Imaginaba a novias cabreadas, no decepcionadas o deprimidas, sino cabreadas, por una infidelidad o algún otro acto aún peor de sus novios. Recordé a Rebeca. Era una compañera del instituto. Llevaba más de un año con su primer novio. Ambos tenían diecisiete. Perdió la virginidad con él. Le quería sin reservas, era sincera como sólo se lo puede permitir alguien tan joven. Le gustaba follar con él y él era delicado y responsable follando con ella. La cosa pintaba para largo; no para toda la vida, pero sí para algunos años antes de la dolorosa ruptura al llegar ambos (o él) a la conclusión de que en realidad no querían terminar ahí su carrera sentimental, sino acumular algo más de experiencia antes de afrontar ciertos compromisos.
Rebeca no lo articulaba así, pero yo sí. Les daba unos cinco años, quizá alguno más. No parecían tan satisfechos, recatados o conformistas como para conocer a una sola pareja en toda su vida con la que salir, hablar y follar.
»Un día Rebeca llegó a casa después de una estancia de varios días en la playa con unas amigas. No lo había pasado tan bien como planeaba. Empezaba a pensar que pronto perdería el contacto con ellas, sus amigas de infancia, seguramente durante la etapa de la universidad. Había estado en la casa en primera linea de playa de los padres de una de las chicas. Decidió irse de allí un día antes, sin avisar a nadie, tras una discusión adolescente y estúpida.
Su padre estaba fuera por trabajo y sus hermanos estaban en la piscina municipal. Siete de la tarde. Entró aún tensa en casa después de tres horas de viaje en tren.
Imbuida de su propia crisis, tardó en notar nada extraño. Luego subió las escaleras hasta su cuarto y escuchó ruidos en la habitación de sus padres.
La puerta un palmo abierta. Sigilo. Vio a su madre, su espalda, su culo, completamente desnuda y en cuclillas en la cama. Su novio, su primer novio, diecisiete años, tenía la cabeza justo debajo. El momento crucial del chorro de pis en su boca, a lo que él aceleró la paja que se estaba haciendo, y se corrió a presión, salpicando mientras la mamá de Rebeca decía:
–Bébetelo, que es de tu puta, es de tu puta, cariño…
En fin, sólo es una de las cosas que vio. Esos dos ni siquiera se daban cuenta de que alguien les veía. Habían dejado la puerta entornada, quizá por morbo. Rebeca se comenzó a regodear en su sufrimiento. Su novio y su madre… Él no dejó de tenerla dura, se la metió a cuatros patas y sin condón. Era sexo anal casi todo el tiempo. Con Rebeca jamás había follado así, así de duro, con esas ganas, con ese vocabulario, esos gruñidos. Jamás, y me decía: jamás lo había visto tan excitado; de hecho, estaba CACHONDO, no excitado. SEDIENTO (aún) como un caballo de guerra. Ella, su madre, exigía azotes, insultos, vejaciones, tirones de pelo, escupitajos en la boca. Cambiaron cuatro, cinco veces de postura.
Rebeca aguantó veinte minutos antes de interrumpirles.
Su madre se quedó algo más que lívida, ni siquiera tuvo fuerzas para comenzar a disculparse o lanzar excusas; se incorporó en la cama, presenciando el final de sus credenciales como madre. Toda la dignidad, toda la fidelidad que vendía como ideal, todo hecho trizas, quemado y enterrado.
Él reaccionó como el bobo polligrande que era, balbuceando, aún extasiado por el coño, la saliva, el pis, los pezones, las curvas, el tacto, la carne rosa, roja, marcada… Una mujer de cincuenta años dispuesta, abierta, agresiva y suplicante.
Así conoció Rebeca de verdad no solo a su novio, sino también a su madre.
Hacía seis meses que follaban, así, “en plan zoológico”, como dice R. Siempre encontraban un momento, un escondrijo, y sobre todo mil motivos.
Dígame si eso no da que pensar.

Piense en la gente y en sus compromisos. En la imagen que dan a sus íntimos, sus parejas, sus familias. Calcule cuántas de esas personas se mostrarán tal y como son. Qué pequeño porcentaje. Los tíos con sus novias, la mujeres con sus maridos. Siempre todos tan correctos, morales, rectos, cuerdos. Lo que ahora se llamaría: de izquierdas. Y de repente resulta que son animales. Y buscan con quien ser ellos mismos.
Fíjese cuando haya trastos por la calle. Suele ser por ese motivo.

10- HOTEL TUDOR

V.
Encontramos un hotel ridículamente lujoso en Osandía; cinco pisos, abarcaba toda una manzana. Parecían más bien apartamentos para ricachones. Estaba muy cerca de la playa, pero además tenía un extenso patio interior con piscina, y también un césped con setos de fantasía, todo cuidado por un batallón de jardineros. Tumbonas, varios bares y restaurantes pijos, dos amplias discotecas, otros tantos comedores y terracitas chic, hasta una biblioteca enorme. Aire acondicionado siempre y sin que te helaras. Unas cosas de pago y otras no, pero ya sabe. Sacamos diez billetes gordos de una de las sacas (el fajo parecía exactamente igual después, y teníamos cientos y cientos iguales…). A R. le chiflaba el sitio. Decía que le recordaba a esa peli, Under the Silver Lake. Debía esperar encontrarse con su propia Riley Keough.
»J. estaba callado al principio. Curiosamente se empezó a animar cuando vio que el lugar estaba poblado básicamente por gente joven. J. no es lo que se dice muy sociable, pero creo que todos necesitábamos ver a otra gente, compartir espacio, aunque no tuviésemos intención de iniciar conversaciones. Bueno, al menos yo, y creo que tampoco J.; R. le irá contando sus andanzas, supongo, yo estoy poco informada sobre ciertas aventuras genitales, o prefiero no mencionarlas…
»Le he hablado de Rebeca porque quería llegar a alguna parte, ¿entiende? Y eran importantes los detalles, incluso los más escabrosos. Y créame, le he contado la versión corta… De un tiempo a esta parte, empiezo a pensar que, en lo relacionado con el sexo, la tan cacareada “civilización”, las formas, lo “correcto”, todo lo que nos diferencia de los animales… Bueno, supongo que ve por dónde voy. El sexo civilizado, por así decirlo, sólo se finge, el sexo se contiene con dosis enormes de hipocresía. Una tormenta cultural casi ha logrado aguarlo. Casi. Con franqueza, creo que el sexo y la violencia son caras de la misma moneda.

R.
Hotel Tudor. Eso fue arduo. No sé si sabré resumir todo el asunto. De hecho no creo que lo haga.
Usted sabrá cómo va a organizar todo el relato.
Era como si hubiésemos caído en el centro del mundo, te lo encontrabas todo allí.
Primero los lugares y luego los hechos, ¿no es así?
»Una habitación individual y enorme para cada uno. Vistas al mar. Todas las comodidades y cachivaches tecnológicos a nuestra disposición. Habíamos dormido seis o siete horas en la furgo; llegamos a esa manzana de lujo a las ocho de la mañana.
J. se pasó las primeras dos horas metido en la biblioteca del hotel. No sé qué hacía, y no sacó ningún libro. Lo sé porque me crucé con él camino a la piscina. Parecía turbado, creo que es la palabra correcta. Le dije que se pasara por la tienda del hotel; vendían bañadores y todo tipo de accesorios, también camisetas, tazas, funkos… y un huevo de pijadas haciendo referencia al Tudor u Osandía. Yo ya me había agenciado un par de bañadores, una mochila, chanclas y demás.
Aún era temprano para que la gente, de vacaciones de verano, anduviera zanganeando por la piscina. No era una de esas piscinas con carriles, nadie iba allí a “hacer ejercicio”; era una piscina de recreo. Me detengo un poco en esto: ese hotel pijo que tenía hermanitos pijos repartidos por todo el país y el continente, había logrado incrustar una piscina de pueblo en medio de sus instalaciones tan monas tipo Apple; tenían un socorrista que no actuaba a menos que alguien llevara más de cuatro minutos bajo el agua. El tío se dedicaba durante el día a imaginarse a sí mismo follando estilo zoológico con las chicas del lugar, y durante la noche llevaba a la práctica sus fantasías. Las chicas extranjeras estaban encantadas con los servicios del hotel. Te hacían la habitación y, si querías, un fulano con cuerpo de bombero se te follaba viva, todo por el mismo precio.

Intentaré no extenderme, pero entiéndalo, hablo de gemelas. GEMELAS, eso veía yo. Y no, no eran mayores de edad, por un año, pero tenían curvas para montar un scalextric, y recuerde que yo era universitario. Si quiere hablamos de las enormes limitaciones de la legalidad para asumir todos los grises de la realidad.
»No me preocupa sonar como un pervertido. ¿Usted ha tenido alguna vez delante ese tipo de tetas? Grandes y a la vez aún resistentes a la gravedad. Se percibe sobre todo en los pezones. Me volví loco.
Yo estaba a mi rollo, tumbado en mi toalla, apestando al protector solar de la tienda, decidiendo si bañarme o no. Me percaté de lo poco que pensaba ya de cierta forma en V. Me seguía gustando, pero ya no notaba una punzada en el estómago. No me preocupaba (casi) que me viera con otras tías, o que intuyera si había estado follando por ahí. Me sentí liberado, porque no había manera de que ella… Bueno, esta es buena, a veces tenía una fantasía en la que nos encontrábamos diez años después de la universidad, luego de haber perdido el contacto, y que yo la conquistaba con mi nueva y brillante personalidad. Me veía a mí mismo versión treintañero trajeado, cenando los dos en algún sitio elegante. Nos reiríamos de lo capullos que éramos de jóvenes (especialmente yo), el vino echaría una mano, y luego ella aceptaría subir a mi flamante y amplio piso de triunfador de alto perfil. ¿En qué trabajas?, me preguntaría después de haber follado como perros (en eso mi estilo seguiría intacto), mirando a su alrededor, inmobiliariamente impresionada.
Volví a caer en esas ensoñaciones, pensando en lo estúpidas que eran, y entonces algo me tapó la luz del sol. Lo noté incluso con los ojos cerrados.
–Oye. Perdona –dijo un voz dulce y clara.
La verdad es que J. nos había dicho que era mejor que no habláramos con nadie, aunque tampoco tuviéramos que escondernos. Pero entonces abrí los ojos.
»No lo alargo, al menos no esta parte. Ella quería saber dónde estaba la tienda del hotel. Yo sonreía y decía gilipolleces y ella reía. Le dije que si quería la podía acompañar a la tienda, que era un poco difícil explicar su ubicación, y yo también era nuevo en el lugar.
–¿Pero todo el mundo es nuevo en un hotel, no? –dijo ella.
Me picaba, quería ver cómo reaccionaba yo. No estuve muy ingenioso, pero ella ya había decidido lo que iba a pasar. Que nadie le engañe, señor periodista, sé que es usted muy izquierdoso y quizá lleva años algo confundido: hay asuntos vitales en los que sólo deciden ELLAS. Y no suelen tardar mucho en hacerlo. Ellas deciden si hay conversación, y por supuesto si habrá sexo. El tío no tiene nada que hacer, lo mismo que en un parto. El tío puede querer, desear o anhelar lo que le dé la gana, pero NO decide un carajo. El tío se puede esforzar, eso sí –aunque no tendrá jamás la última palabra– pero por suerte este no fue el caso. Ella había decidido tras un minuto de conversación.
La llevé a la tienda, lo abandoné todo excepto las chanclas. Y resultó que allí había otra chica que era igualita. Curvas, sonrosada, tetas absolutamente increíbles, parte superior del biquini a la vista, parte inferior precariamente cubierta con esa prenda veraniega de la que nunca recuerdo el nombre… En fin, yo no sabía cómo reaccionar.
Fue más fácil que nunca.
No creo que usted lo haya reconocido jamás ante sus sofisticados amigos, periodistas o no, ni mucho menos ante su familia, pero estoy seguro de que alguna vez ha visto porno de gemelas.
»¿No? Váyase al carajo. Puede engañar a su entorno o a los medios, pero no a mí. ¿Me va a decir que nunca se la ha cascado viendo cómo la gemela número 2 no tiene problema en lamer la polla que se acaba de comer la número 1?
Veo que el nuevo puritanismo ha seguido creciendo y creciendo, y con ello las mentiras. ¿Cómo van las cosas por Periferia? ¿Ya existe un Zara Burka?

¡Pareo!
Eso es.

¿Quiere que le cuente la parte que disfruté o lo dejamos en una pincelada para buenos entendedores?
¿Alguna vez le han chupado esa polla probablemente pequeña de escritor venido a menos dos mujeres a la vez? Sé que usted es hetero, no me salga con la duda razonable, una persona estable no acusa a los demás de “homofobia interiorizada”.
Supongo que sabrá al menos lo que se siente con un lametón o dos ahí abajo… Y he dicho dos mujeres, pero hablo de gemelas, más o menos… aunque creo que usted no puede ni imaginarse cómo uno casi se ve a sí mismo desde fuera, es como un salto de eje imposible. ¿Sabe lo que es aguantar primero una mamada doble y después dos coños a los que apenas se les ha hecho el rodaje?
Júzgueme, piense lo que quiera, pero hay que ser un atleta sexual de élite para aguantar en ese partido.

¿Quiere hablar de los clones ya? ¿Quiere la versión corta? Total, no se va a creer una palabra.

J.
Enrique Tudor. El magnate, el tío de los hoteles y los rascacielos, el dueño de medio continente, y por ende uno de los dueños del mundo. Estaba en la biblioteca del hotel. Le espié escabulléndome por los pasillos. Hablaba con dos chicos, gemelos, muy jóvenes. ¿Qué edad debía tener él? Creo que fue bastante precoz, en ese momento no debía llegar ni a los cincuenta.
De golpe le dio un morreo de lo más baboso a uno de los chicos, y luego hizo lo mismo con el otro. Les sobaba el culo impunemente y ellos asentían mirándole, como embelesados.
Tuve que esperar a que se largaran, ya no podía hacer nada sin parecer un fisgón. Me pregunté qué hacía esa figura patriarcal mundial justo en el mismo hotel que nosotros. ¿No tenía su propia islita privada a la que ir a follar o torturar críos en plan Saló? Te lo podías imaginar cagando en un plato y haciendo que esos chicos se comieran su mierda mientras él se masturbaba.
En el fondo creo que esos tipos podridos de pasta carecen del plan diabólico que se les supone desde la clase obrera. No son malvados, sólo son egoístas, avariciosos, críos con una sed voraz, animales descontrolados. Lo único que hacen es amasar pasta, nunca dejan de trabajar, despiertan sudando de madrugada para comprobar los movimientos en Bolsa. Todo el mundo envidia la pasta de los ricos, pero casi nadie estaría dispuesto a pagar el precio necesario por conseguirla. La competencia brutal e incansable, las jornadas interminables de despacho, llamadas y reuniones. La mayoría de personas creen que el millonario es como el personaje del Monopoly. Y ese perfil puede existir, en los herederos; pero las fortunas no se amasan solas.
En la universidad siempre se hablaba de esas fotos de millonarios del Ibex-35 y otros conglomerados, en las que casi nunca hay mujeres. ¿Se ha fijado en que yo mismo me he referido a Tudor como una figura patriarcal?, y yo ni siquiera creo ya en ningún patriarcado como la explicación a todo lo que va mal; nunca, y mucho menos ahora. Nos han metido esa teoría por el culo como un puño cerrado. ¿Por qué no hay mujeres en esas fotos de empresarios ricachones? Se han dado otras explicaciones al respecto… ¿No le doy un poco de envidia? Usted no podría hablar en estos términos en su círculo social JAMÁS. ¿Se imagina poder poner en entredicho el discurso hegemónico sin que le caiga una montaña de mierda encima? ¿Quiere que le diga en qué consiste la explicación alternativa sobre la foto sin mujeres?
Si yo fuera un baboso, un cantante latino melódico, un conservador rancio y verdaderamente machista, o un progresista agilipolladamente condescendiente, ahora mismo le diría que simplemente pasa que las mujeres son más buenas e inteligentes que los hombres.
Pero nunca se ha demostrado tal cosa, y tampoco a la inversa; lo único que se ha demostrado es que hombres y mujeres son por regla general diferentes. Por tendencia, por elecciones vitales, por gustos. ¿A estas alturas sus amiguitos ya le estarían llamando facha, usted qué cree?
Una mujer hinca codos, se pone a estudiar, intenta sobrellevar toda la mierda política inherente, todo el mundo diciéndole de algún modo que no es una persona, que es una mujer, y no solo una sino todas las mujeres, y que debería estudiar una carrera de ciencias en pos de la igualdad de resultados, y que cuidado con el rosa, cuidado con pasear, con salir de casa de noche, cuidado con el Patriarcado, el Heteropatriarcado, el hombre, el hombre blanco, el hombre blanco cishetero, las mujeres de derechas, las alienadas, las violaciones, los piropos, todo tiene un significado, y el significado es oprimirla. El peligro está por todas partes, los asesinatos son asesinatos machistas, no matan a sus parejas, matan a una mujer por ser mujer, quieren matar a todas las mujeres, se organizan, es terrorismo machista… Las palabras son importantes, y con la carga emocional adecuada, y aunque conformen razonamientos estúpidos, increíblemente simplistas y propios de doctrinas totalitarias, calan a veces incluso en las mentes más amuebladas.
Y dicha mujer, después de haberse pasado años estudiando lo que le apetecía (a pesar de todo), y habiendo logrado mantenerse al margen de todo ese ruido, comienza a progresar en su carrera. Comienza a tener un sueldo cada vez más por encima de la media. Con los años, ya ganando una pasta gansa, la suficiente para poder permitirse un par de casas monísimas e infinidad de juguetería adulta, puede que un día sea madre, o puede que no. O puede que sea soltera. Todo eso importa, evidentemente, y sabe que según lo que haga, se la juzgará como alguien que ha decidido “empoderarse” o que se ha sometido a los roles de género. En cualquier caso, ella, como mujer libre que se sabe, un día se encuentra en una encrucijada. Alguien la llama al despacho de algún jefazo, y le ofrecen un ascenso de lo más jugoso. De lo más jugoso económicamente. Va a ganar una cantidad escandalosa de pasta, pero va a perder la práctica totalidad de su vida personal. Si quiere ganar toda esa pasta de más, va a tener que sacrificar todas esas horas que hasta ahora tenía para ver a sus amigos o su familia. Será millonaria, multimillonaria con el tiempo, pero se convertirá casi en un fantasma. ¿Dónde está el tipo del Monopoly? ¿Y el mito de la sonrisa brillante y el yate? Y nuestra protagonista va y decide consultarlo con sus padres: esos viejos a los que ya había dado intelectualmente por perdidos, demasiado conservadores y arrugados para ella. Y puede que su madre le diga:
–Cariño, la mayoría de millonarios pisan su yate dos veces: el día que lo compran y el día que lo venden.
Resulta que esos tíos de la foto, no gustan tanto de los yates y los lujos. Gustan de doblar la cantidad de pasta que tienen. Y cuando logran doblarla, buscan doblarla otra vez. Y así ad infinitum. Y quizá una rayita en el lavabo de vez en cuando. Y puede que una puta de lujo semana sí semana no. Y muchos de ellos tienen su vida personal hecha unos zorros y se consuelan montándose fiestas puntuales entre ellos.
¿Felices? A su manera puede que sí. ¿Significa que las mujeres en general buscan ese tipo de felicidad? Parece que no.
Esta mujer de la que hablamos, y muchas otras, estudiando las posibilidades y el precio a pagar, deciden que están bien como están, y que la ambición llega un punto en que sólo es dinero.

Probablemente ese sea el motivo por el que aún no suele haber mujeres en las fotos grupales de ricachones. Pero usted diga que lo he dicho yo, no quiero que le cancelen. ¿Cómo lo soporta?

Me hace gracia también la versión del ricachón de las pelis de acción. El multimillonario aburrido que decide que va a destruir el mundo, o que al menos tiene ideas horribles para mejorarlo. Tiene bastante sentido. El caso de Enrique Tudor era complicado de definir. Él simplemente estaba… salido. Muy salido.
No es fácil contar esto sin saltarse pasos.
Tudor no necesitaba notoriedad, no era el rico tipo Trump, que al final necesitó tanta que acabó siendo presidente. Me hacía gracia el miedo que se le tenía a Trump; yo lo veía como el bocazas del lugar, el “perro ladrador”, el viejo que intenta ligar con todas en las bodas y acaba solo, inconsciente, tirado en el suelo con el culo en pompa al lado de una fuente de ponche.
Tudor también podía acabar así en una fiesta, pero era mucho menos tonto que Trump. Tudor estaba como una cabra, pero al menos no quería que eso se filtrara al ámbito público.
Quizá se pareciese más a Hitler, como se ha dicho. Un Hitler sin la ambición política. El tipo que tiene tanto poder que decide que va a intentar inventar algo, poner a los científicos con menos escrúpulos a trabajar. Que creen algo para él, que solucionen algo que sólo es un problema para él. Había algo de megalomanía en ello, o mucho…

No se preocupe, ya no queda tanto para el final, aunque aún hay que dar un par de bandazos.

11- LA DULZURA

J.
No le voy a pedir que suspenda su incredulidad. He cambiado de opinión, he llegado a la conclusión de que me importa un rábano lo que escriba; aunque no sé qué demonios va a escribir, porque sólo me veo a mí mismo fumando y divagando. Haga lo que pueda, yo hago lo mismo, y además no le voy a leer.
»Es exactamente así, comenzamos a ver gemelos y gemelas por todas partes. Al principio no te das cuenta, ves grupitos aquí y allá, oyes risitas. Nunca salían del hotel, pero nosotros tampoco. La playa estaba cerca, pero básicamente nuestro plan era vivir en una playa el resto de nuestras vidas, así que decidimos mantener un perfil bajo.
Usted ya sabrá que la mayoría de los planes que hace uno se van al carajo. La vida es básicamente encadenar un plan B con otro; cuando no un plan C o un plan D. Al menos nosotros estábamos haciendo algo por sortear la mediocridad, las tormentas sociales y políticas. Es como si se nos hubiese recompensado por eso.
»No es que todo fuera gente repetida, había más turistas. Carne fresca para Tudor.
Tudor estaba construyendo su propia fantasía porno; como si a un adolescente se le presentara el genio de la lámpara en medio de una paja.
Era un chico de quince años de cincuenta años.
Pongamos un poco de orden. ¿Se acuerda de Dolly? ¿Sabe de las sustancias que se usan para acelerar el crecimiento de los animales? ¿Recuerda la pelota azul?

R.
Siempre hay temas con los que ponerse la mar de ácido le hacen parecer a uno maduro por un instante. Meterse con los “influencers” siempre funciona. Pero como le digo, sólo funciona un instante; inmediatamente te hace parecer primero bastante viejo, y después bastante ignorante. Es tan estúpido como burlarse de alguien que vende camisetas. Como si vas a una perfumería y te ríes de la dependienta por tener semejante trabajo.
La diferencia es que algunos influencers ganan MUCHA pasta. Mucha gente considera que la dignidad sale fortalecida si llegas de milagro a fin de mes. Y por contra, eres un ser cada vez menos respetable –y más culpable de lo que se les antoje– si te estás forrando.
Ateos católicos radicales.
Un momento. ¿No será eso lo que estaba buscando usted? ¿Un reportaje asustaviejas sobre influencers? No. Creo que es un poco más listo que eso.
»A Tudor le encantaban los influencers. Cada vez que podía se encerraba en el lavabo y devoraba todo ese contenido, comida rápida, carne tersa, un zapping sobre la población follable de menos de veintincinco años.
El hotel se había convertido en un paisaje habitual en Instagram y TikTok. Sobre todo la zona de la piscina, pero también las habitaciones y las vistas al mar, la cala más cercana y el paseo maritimo. Influencer llama influencer. El Tudor de Osandía se había convertido en un feudo para la carne joven, libre de los viajes del Imserso y las familias porculeras tipo peli de Chevy Chase.
Enrique Tudor se convirtió en un habitual. Tenía su propia suite, enorme y en el último piso, donde montaba no pocas fiestas en otoño e invierno. En verano todo sucedía en la zona de la piscina.
»Nosotros no sabemos exactamente cómo sucedió todo, pero conocemos los resultados.
»No sé cómo relatarle el resto de un modo que refleje mi absoluto pasmo/fascinación/morbo y horror. No sé cómo me hizo sentir, aunque creo que el morbo sale ganando, como pasa tan a menudo.
»Nunca lo reconocemos, pero el morbo mueve montañas, quizá sea lo que más nos separa de los animales. No te quedabas pegado a la tele cuando cayeron las torres gemelas por una simple cuestión informativa. Había gente saltando por las ventanas a una muerte segura, no me joda.
»Obviamente Tudor había sido más de robar las bragas tendidas de la vecina, pero hay gente que se coloca con las grandes desgracias ajenas. Quizá haya que elegir entre ser un pervertido o un sádico.
»Era el segundo día por la noche. Yo vagaba por los pasillos del hotel. Buscaba a las gemelas, a mis gemelas. Aquel lugar era tan grande, había tantas habitaciones y rincones, por no hablar de las pequeñas no tan pequeñas calas de la playa, un par de ellas privadas, exclusivas para el hotel. Todo parecía formar parte del plan megalo-pornogáfico de Tudor. Una invitación constante al sexo sucio, ya fuese un polvo rápido o una maratón sudorosa con la versión guarra de los gemelos Derrick. Existían, estaban allí, con sus incisivos prominentes, su musculatura marcada y dos pollas como mancuernas de goma. Eran peruanos, dieciocho años, aguantaban mucho más follando que leyendo esos tochos de Ken Follet que llevaban siempre consigo. Había una comunión extraña entre el sexo y la literatura en aquel lugar. Algo pasó con Burroughs, sus libros comenzaron a circular. Chavales que no te imaginabas leyendo ni el puñetero horario del transporte público que iban a usar, fruncían cada vez más intensamente el ceño intentando extraer narrativa de El almuerzo desnudo.
»Total, que acabo topando con la suite de Tudor. Está abierta y hay un grupo de varias parejas de gemelas cuchicheando en torno a la cama redonda más hortera que se pueda imaginar. Tudor está follándose a cuatro patas a una chica muy joven. Se insultan mutuamente, se exigen maltrato, hablan todo el tiempo de violación o violencia, que si “viólame, cabrón”, que sí “pégame más”, que si “eres una puta”, que sí “dame más fuerte, maricón”…
Adivine quién es la chica.

V.
Todos hemos pensando muchas veces en la distancia que hay entre lo que se cuenta en los medios y la realidad. Pero en algunos casos la palabra mentira no sirve para definir esas distancias. Mentir es decirle a tu novio que no te has follado a su mejor amigo. Lo que hacen los medios es venderte una historia global oportunista y ficticia, relatos de buenos y malos, culebrones, una muerte lenta de la cultura. Nunca se llegará a definir con exactitud la MALDAD ABSOLUTA de los medios. El periodismo es una puta tirada en un callejón a punto de morir con una aguja colgando del brazo. No, es más bien el chulo de esa puta. Imagínese los que no son periodistas pero tienen el mismo altavoz. Todos los voceros, los chupapollas de políticos. Personas que no serían capaces de practicarle un beso negro a sus parejas, nunca sacan la lengua del culo de ciertos políticos. Han comido más mierda humana que las cloacas de Periferia.
Fíjese en Isabel. Isabel en la tele era poco menos que una santa. No sólo una virgen, sino una Respuesta. Una Luz. La Candidez, La Bondad, el Reino de Dios incluso para los ateos. En sus fotos tiene el aspecto blanco e inmaculado de una oblea que te pusiera en la lengua la mismísima Virgen María; un lágrima bajando por su mejilla derecha. Pray for Isabel. Ella nunca se metía en líos, no le buscaba la boca a nadie, era trabajadora, buena estudiante, obediente. Tocaba el violín, por el amor de Dios. Y ojo, era de familia humilde; no de una de esas familias podridas de pasta que jamás irán al Cielo. Cada recompensa que esa chiquilla obtenía, era a cambio de una cantidad enorme de esfuerzo y sacrificio, quizá mayor de la que se les exige a los demás. No digamos a los chicos de su edad, esos cerdos, futuros violadores y asesinos.
Por qué tú, Isabel. Tú no. Tú no, oh Dios.

Los telediarios acababan sus “crónicas” día sí día no con su foto fundiéndose a blanco, una música a piano, y vamos con el tiempo.

Yo conocí a Isabel. Vamos, la conocí como todo el mundo en el hotel. No era lo que se dice discreta, sobre todo porque siempre quería mirones cuando follaba con alguien.
Uno podría decir que la chica podía ser perfectamente tan buena como se decía y a la vez follar como una campeona de las parafilias. Pero no se trataba de eso, por mucho que eso chocara frontalmente con la imagen que se daba de ella. Lo que pasaba es que era una hija de puta del tamaño del Tercer Reich. El tipo de chica que para cierta rama ideológica actual sencillamente NO existe.
»Sí, tenía dieciséis años. Tudor básicamente follaba con quien se dejaba. Nunca violaba realmente a nadie, ni pagaba prostitutas, aunque evidentemente hacía uso de toda su fama. Las crías y los críos de trece y catorce años no son como antes, y si se le acercaban y decidían que querían montárselo con ese tío más bien fondón aunque increíblemente rico, él no se negaba a no ser que estuviera exhausto o desganado, cosa poco probable.
Para Tudor, follarse a Isabel superó el sexo con repetidos. La niña bien del telediario, la perfección, la Pureza que la Realidad se había tragado de una forma tan injusta. La Dulzura. Y ahora le estaba chupando la polla a él, y él se bebía los fluidos y el pis de ella encantado. Cuando follaban se ponían de fondo la tele bien alta a la hora del informativo, y subían más el volumen si se hablaba de la pobre, la cada vez más desaparecida y menos viva Isabel. La Lady Di teenager. Eso era lo que más le ponía a Tudor, lo cabrona que era esa cría, lo dispuesta que estaba a borrarse y procurarse una vida de riquezas y cómoda disolución libre del Tedio de la esforzada dignidad a la que había estado sometida. Había estado fingiendo con tanta fuerza que estuvo a punto de matar a su ex (un crío de quince años) envenenándole un kebab con una toxina producida por el botox. Una larga historia relacionada con las operaciones de su madre… Poco a poco se han ido sabiendo cosas, aunque no se hayan filtrado del todo al ámbito público. Si le soy sincera, no sé bien dónde andará ahora esa loca de los cojones, pero sé lo que pasó entonces.
»Ella no quería que Tudor la clonara. Eso era lo que hacía Tudor, escogía a sus chicos y chicas favoritos, y daba órdenes de hacer duplicados. Dos lenguas mejor que una, dos pollas, dos coños, culos a tutiplén, saliva y lluvia dorada. Porno de gemelas y gemelos para la vida real. Tudor no era un miembro ejemplar del colectivo LGTBIQ+.
»Sé que en la versión oficial todo esto es una leyenda urbana, casi como esa isla a la que se fueron Elvis, Marilyn y Michael Jackson. O quizá ya no sea tanto una leyenda urbana como un tema agotador. ¿Ya se sabe al menos que esa chica está viva y coleando y quemando tarjetas de crédito, verdad? Pero después de toda la ola de suposiciones y sensacionalismo político lloroso, casi habiendo canonizado a esa nueva víctima del Patriarcado, ¿cómo coño se recoge cable?
»Fue inteligente resistiéndose a las intenciones de Tudor. Eso la convirtió prácticamente en la señora Tudor, o la niña ninfómana Tudor. Lo que sea. Sacó la cabeza por encima de ese pequeño ejército de instagramers y tiktokers.
»¿La desaparición? Se había largado ella solita de casa de sus padres, poco después de que lograrán desintoxicar al chico del kebab y en casa la niñata recibiera la bronca del siglo; aunque aquello era como el “partido del siglo”, ya había habido decenas.
»No puedo asegurar por qué intentó cargarse a ese crío, sólo tengo entendido que ella le pilló sobando a otra. ¿Quiere que le diga que era un pequeño maltratador? Eso le gustaría, eh, eso les encanta a ustedes ahora, podría venderlo tan fácilmente: la chica que se revuelve. Lo de la chica víctima es algo así como la nueva Coca-Cola. Pero esto no va de refrescos ni osos polares, sino de seres humanos, y me da que muchas mujeres ya están un poco hasta los ovarios de esa puta monserga. ¿Ha oído hablar de la brecha de empatía? Debería leer un poco de literatura fascista; ya sabe, a los nazis, el “team facha”. Toda esa gente que no le da la razón. Puede que variara su dieta digital.

12- EL CENTRO DEL MUNDO

V.
Imagine que usted está forrado, pero en lugar de detenerse ahí o hacer lo que suelen hacer los ricos, que es seguir forrándose, comienza a darle muy fuerte a Google. Primero con el porno, y luego leyendo papers de lo más espesos sobre todos los experimentos de clonación.
Luego se enfoca, y decide buscar a las personas más inteligentes y taradas del planeta.
Les dice que es usted un apasionado de la ciencia, y que le gustaría clonar a una serie de chicos y chicas que se la ponen dura. No se lo dice así, por supuesto, habla en color gris, lo importante son los avances científicos y bla bla blá.
Usted sabrá cómo es la ciencia, ¿no? Demasiado dependiente de los seres humanos, y terriblemente seria y solemne. No hay nada más circunspecto y autoimportante que un ateo hablando de ciencia. Tampoco más petulante.
Se lo dice una agnóstica harta de creyentes. Es lo que nunca asumen los ateos: lo suyo también es una creencia. Pero hablan como si ellos apostaran con valentía. Es como si dijeran: ya verás como me muero y no pasa nada. Pues no, no lo veremos.
»Enrique Tudor suelta la pasta y monta unos laboratorios que son pura masturbación para los científicos que logra contratar. Se firman informes de confidencialidad (dinero por todas partes) y se inician los experimentos. Objetivo inicial: clonar y acelerar el crecimiento del clon. Tudor no tenía ninguna intención de llenar el hotel de bebés, pese a la fama justificada de pederasta.
»Aquello llevaba ya años en marcha cuando nosotros llegamos, y justo en esos días, explotó.
¿Nunca se ha sentido retrospectivamente en el centro del mundo? No me refiero a follarse a la líder de las animadoras, sino a estar en el centro de la pregunta: “¿Dónde estabas tú cuando pasó lo de…? Es raro de narices.

R.
Los tres nos comenzamos a mover por el hotel como animales, olfateándolo todo. Incluso en el lugar en el que se está cociendo una tragedia digna de la sed de sangre de los medios, la mayor parte del tiempo tienes la sensación de que no pasa nada. Me imagino a la gente así en periodos de guerra. Largas esperas, investigaciones que no van a ningún lado, rumores esperanzadores desesperanzadores. Siempre una luz al final del túnel pero en realidad nunca.
Perdimos la noción del tiempo. Buscábamos una habitación en concreto, y la encontramos.
»¿Qué les pasaba a esos chicos? Ni idea. Se convertían en servidumbre. Lo escalofriante es que ya tenían cierta predisposición. Imagino que en los procesos de clonación se encargaban de limar voluntades.
Lo que queríamos era dar con el Lugar, llegar a los laboratorios. Confiábamos en la actitud ocasionalmente descuidada de Tudor. Una puerta que no tuviera echado el cerrojo, una pista, aunque también nos valían los fuegos artificiales con que topamos. Pero enseguida llegaré a eso.
Antes, la dulce Isabel.
Ha de saber que ese trocito de cielo era una psicópata al nivel de Tudor. Psicópata se queda corto. Creo que al tercer día, ya de madrugada, fue cuando J. y yo, mientras V. ya intentaba dormir en su habitación, topamos con el Horror. Lo vimos como poca gente ha tenido que presenciarlo.
»Mire a su alrededor, dese cuenta de lo hermoso que es este lugar. ¿Sabe una cosa?, creo que nos merecemos cada uno de los fajos que robamos. Cada paseo por la playa y cada baño en esas aguas tibias y cristalinas. Nos merecemos todo el placer posible; cada comida deliciosa, cada polvo descomunal con las lugareñas y cada nuevo juguete tecnológico. Después de lo que vimos en nuestro paso por el Tudor, que a cierto nivel aún se nos pueda considerar prófugos de la justicia es de risa, señor periodista objetivo de izquierdas.
»Isabel, antes de todo aquello, ya se había iniciado en su propia aventura snuff. Aún era una aficionada, pero con el tiempo se registró su laptop de Hello Kitty. Decenas de videos de chicos y chicas torturados, asesinados. La muerte más lenta posible. La tierna Isabel fantaseaba con un taladrador y una jovencita bien atada. Tudor le dio mucho más.
»El Tudor contaba con su propia y amplia sala de torturas; el salón de recreo de la chica de moda.
Oímos unos gritos, muy apagados, pero nos guiaron hasta una puerta.
Ha de saber algo. Tudor tenía plena confianza en que lo que pasaba en el hotel era tan extraño y delirante, que con la gente de paso sólo cabían dos opciones: o bien se olían algo y se largaban aterrados y sin ganas de policía, o bien tomaban parte.
Aquella situación, que culminó con la Reina Isabel, se había alargado durante más de quince años. Quince años, señor periodista, en un mundo cebado, con obesidad mórbida a base de información, pero también hasta los topes de cinismo. Y de miedo. Un miedo cerval que se sigue ramificando, política, ideológica, socialmente. El miedo es una mercancía muy valiosa para los más egoístas.
La mayoría de gente no quiere saber nada de ciertos mundos que hay en este. Y yo no les puedo culpar. Quizá un día atisban algo, ven por una puerta entornada u oyen algo, y se van, rezando por que no les vean.
Tudor jugó esa extraña carta: una discreta indiscreción para provocar la discreción total. No harán nada, nadie se hará el héroe, todo es demasiado raro aquí, lo suficiente como para que nadie intente entenderlo.
Hasta que algo pasó.
»Isabel tenía todo tipo de sierras, cuchillos, máquinas y armas de fuego. También una trituradora de madera y un horno industrial. Por las tardes paseaba por la zona de la piscina con Tudor. Ella señalaba a alguien. Le daban conversación. Que si de dónde era, con quién había venido. A Isabel le gustaba intimar un poco antes, ver cómo era la persona en estado de relajación, o aún más: de vacaciones. Le gustaba contrastar su sonrisa con su posterior cara de horror. Para ella lo mejor no era matarlos, era la perspectiva del sufrimiento atroz en sus ojos. El momento justo antes de la amputación, o de ver su brazo entrando en la trituradora de madera.
La sala también contaba con un par de profesionales, estómagos de acero que se encargaban de alargar al máximo el estado de conciencia de la persona torturada.
Para capturarlos, se activaba un gas en la habitación adecuada. Supongo que le hemos hablado poco del Tudor en su faceta domótica. Creo que nos lo agradecerá.
La sala, relativamente insonorizada, estaba en un zona apartada del segundo piso, lejos de las habitaciones. La puerta tenía un ojo de pez, muy al estilo Tudor (tanto el fulano como el hotel). J. aguantó unos dos minutos mirando. Bastante más que yo.

J.
Es sorprendente cómo uno puede seguir adelante después de haber presenciado algunas…
Es como si de alguna manera se te debiera algo, como si tu vida pudiera detenerse y de golpe estuvieras sentado ante el Creador. Alguien muy compungido te diría:
–Lo siento, esto no tenía que ser así.
Dios aprieta pero no ahoga.
–Ahora mismo renacerás en otro cuerpo y tendrás una vida aceptable. Sentimos las molestias.

Pero no. Sigues adelante. Pones un pie delante del otro y te vas de allí, muy consciente de que todo aquello te supera. Demasiado dramático, demasiado terrible y televisivo. Indigerible desde tus códigos personales, desde tus claves, tu forma de entender el mundo, de intuirlo. Aun sabiendo que las atrocidades suceden, sólo puedes asumirlas como acciones ajenas y lejanas. No es tu mundo, joder, que les jodan. Nos es justo que atraviesen esa línea roja personal, tu última frontera de la negación. Nadie puede ser feliz o una persona funcional si no niega en cierta medida que esas cosas pasan. No lo piensas, y al no pensarlo y convertir esa actitud en algo sistemático, es como si no existiera.
Así, no hay manera de asumir la imagen de Isabel decapitando con una sierra eléctrica a una niña de trece años.
De modo que te piras. No puedes hacer nada más. Te alejas de esa bomba, de ese sistema ajeno, de ese mundo. Te montas en tu nave, arrancas y procuras que la onda expansiva no te alcance. Entiendes perfectamente a la gente que, en tu mismo lugar, se largó y no dijo ni pío. Hablar sería aceptar esas salvajadas como parte de tu mundo. Y no es tu mundo; lo que has visto no ha sido tanto un asesinato como un fallo. Como los fallos en Matrix. Como si un pez salta a tu barca. No, colega, cada uno en su sitio.
Así que R. y yo, sin decir nada, caminamos alejándonos de aquella especie de metaimprevisto completamente irreal y absurdo.
Nosotros buscábamos otro tipo de horrores, quizá no menos graves, pero más asumibles de algún modo. ¿Cómo quiere que se lo explique?

¿Cómo se logra crear clones humanos que además crezcan hasta lo que a ti te dé la gana en cuestión de días o semanas.
El viejo ensayo y error.
Por el camino creas un montón de aberraciones, pero en el Tudor no existía la ética. Las vimos, sumergidas en vitrinas como barriles de cristal, en un líquido azul que brillaba exactamente como la pelota flotante de la cueva. Lo sabías, de un modo instintivo, era como retomar el contacto con una vieja amiga. Parecía evidente que aquel fenómeno, suponemos que extraterrestre, había sido descubierto en distintos puntos, con distintas formas y en distintas densidades. Es de suponer también que tenía algún valor práctico.
Nuestro monolito.
Sólo que los seres humanos no tenemos tanta paciencia como los monos, y quizá aquel material orgánico no se había expresado aún debidamente.
Era un laboratorio de horrores, pero veníamos de echar un vistazo a la novia adolescente del país matando a una cría, de modo que…
La realidad se suele manifestar de esa manera, como si estuviese narrativamente desordenada, escrita con mal gusto y poco sentido del suspense.
Aquí estamos, señor periodista, usted y yo. Llegaremos de la mano al final de esto, se lo prometo.

13- CREMATORIO

J.
¿Quiere los detalles? ¿Quiere que hablemos de torsos sin extremidades y con un ojete en la frente?
No sé por qué los conservaban, no creo que nadie se pusiera cachondo con eso, ni siquiera en el Tudor. Imagino que sumaban para la investigación.
Me da la sensación de que usted es un tanto… literal, ¿no? ¿Cuánto hace que tiene Twitter?
»¿Alguien le ha dado el dato? ¿Yo? No sé cuántos días pasamos allí. Me da la sensación de que fue una eternidad, pero no creo que llegara a la semana. Sencillamente todo se desató con nosotros en aquel lugar. Nosotros simplemente habíamos hecho el recorrido del turista curioso que acto seguido se larga de allí pitando. Pero continuaron pasando cosas, y…
El caso es que el turista accidental no se chivaba de nada de lo que veía allí. Le superaba por completo. Se lo guardaba como una historia de terror para contar entre colegas, lo que le granjearía fama de tarado o flipado o magufo… No sé cómo lo llaman ahora.
Otra cosa eran los clones.
»Algo pasó con una chica a la que estaba torturando el símbolo feminista oficial. Isabel debió calcular mal; al parecer escogió a una “gemela”, aunque no el duplicado, y a base de puñetazos o lo que sea, la despertó del letargo. Esta logró escapar de su torturadora y los ayudantes psicóticos, y se puso a grabar stories histéricos como si no hubiera mañana. Y en parte no lo hubo…
Tenía noventa millones de seguidores sólo en Instagram.
La clave, hágame caso, es que quería más. Era su oportunidad para triplicar el número, para hacer tres veces más grande su huella digital. Las marcas se iban a dar de hostias aún más por salir en sus stories.
Algo pasaba en el hotel Tudor de Osandía, y por fin alguien tenía una razón para contarlo.

R.
Se desató la histeria, y Tudor tomó una decisión. Había sido relativamente previsor, y había construido un crematorio enorme a la par que los laboratorios. En tiempos, algunos obreros habían hablado sobre el tema. Logísticamente no les olía bien nada de todo aquello. No se les hizo ni puto caso.
Todo el servicio del hotel estaba contratado a cambio de un dineral para, teóricamente, salvarse o pringar con Tudor. Todos tenían pistolas de dardos potentes como para dejar grogui a un elefante. Sería más preciso decir ametralladoras.
Supongo que hace mucho que no se cree nada, pero también sé que usted sabe que existió ese crematorio, así como los conductos para el gas y la sala de torturas. Lo que no le cuadra es la “tecnología extraterrestre”, ¿verdad? Piensa que han inflado la historia. Es probable que algunos dijesen lo mismo sobre Hitler y Mengele en su día; no digamos sobre las lindezas del comunismo, que aún hoy día se considera cool en muchos foros izquierdistas. Todo el mundo tiene sus monstruos favoritos, ¿no se ha fijado?
Créame, aquello fue un Holocausto en miniatura.
Cierto es que no se encontraron todas esas criaturas deformes, por no hablar de la sustancia en la que estaban sumergidas. Fue lo primero en quemarse, evaporarse, consumirse. Se activó el gas además en todas la habitaciones y estancias, y todo el personal, ya con su máscaras de ídem, empezó a disparar a discreción contra las personas que había en y en torno a la piscina.

Sí, era un plan a la desesperada para eliminar pruebas, aunque con ello hubiera que destruir el hotel. De hecho, eso fue lo que hizo Tudor. Todos los empleados serían ricos de por vida, y lo sabían, sólo tenían que meterlo más o menos todo y a todos en el crematorio, y después reducir toda la manzana a cenizas.
Todo antes de que el viral de la influencer se tradujese en un asunto primero policial, y después de crisis estatal.

¿Sabe que no volví a ver a mis gemelas?

V.
Salimos pitando de allí, prácticamente en ropa interior. De pronto todo se aceleró. Prácticamente lo intuimos. Algún grito aislado, movimiento en la piscina, alguna discusión en voz alta. Fuimos a buscarnos unos a otros. Acabamos reuniéndonos en el pasillo en que se encontraban nuestras habitaciones. Nos calzamos y comenzamos a correr y bajar escaleras. Vimos algún que otro empleado cargando su arma con dardos. El gas se filtraba bajo la puerta de algunas habitaciones. Nos comenzaron a picar los ojos, nos tapamos la nariz y la boca.
Corrimos y corrimos, ya entre gritos y ruegos de clemencia.
»Llegamos como pudimos hasta la furgo, que seguía intacta en el sitio donde la dejamos, a unos quince minutos a pie. Parecía abandonada, era un milagro que no tuviera los cristales rotos y la parte trasera vacía. Las sacas seguían ahí, parecían empecinarse en seguir con el plan.

Así fue como la estancia en el Tudor, incluido el espectáculo en primera persona de su propio invierno ruso, nos salió gratis. Con una vida de regalo.
Murieron calcinados unas doscientas parejas de “gemelos” y en torno a cincuenta turistas. Para cuando el asunto trascendió, el fuego ya era visible desde cualquier punto de Osandía.

Cuando ya estábamos en la autovía, pisándole fuerte y acordándonos de Rigodón, pasamos junto a un cochazo descapotable. Al volante, Enrique Tudor, en el asiento del copiloto, Ella-Laraña.

14- UN NAZI

V.
Cada vez que parábamos en un restaurante de carretera o lugar similar, veíamos el Hotel Tudor ardiendo en la tele. Se comenzó rumorear la presencia de la dulce Isabel allí. Secuestrada y seguramente víctima de… lo que sea que hubiera pasado. Pero víctima, eso es seguro. Fíjense, mírenla en la foto, un ángel, un futuro brillante cercenado.
Los medios seguían a su rollo, en su habitual realidad paralela de asunciones e intereses.

No hay mucho más que contar, señor escritor. ¿Cuánto se cree de lo que ha oído? Supongo que lo que coincida con las historias de sus colegas. Es típico de ustedes los profesionales escuchar más a los voceros políticos que a los testigos cuando pasa algo. Escuchan a los propagandistas y se convierten en propagandistas.

Hubo una última cosa, en realidad, aparte del largo trecho de viaje que nos quedaba. Creo que fue una especie de desahogo que R. necesitaba desde hacía al menos cinco o seis años.
Fue en un bar de carretera: El coño de Manuela.

R.
¿También quiere hablar de El coño de Manuela?
Era un antro de camioneros, y créame, no siempre se come bien donde paran los camioneros.
»Hicimos un amigo, sí. Era como un skin de los años 90. Apenas se ven ya, el típico nazi que en realidad no tiene puta idea de lo que significan los símbolos que lleva tatuados. El tarado que podría matar a palos a un negro si ve uno por la calle. Lo que le digo: un nazi. Uno de verdad.
Desde hace unos años, hay gente que ve fascistas por todas partes; en un 95% no es más que un hombre de paja constante. Si se ven acorralados hablando de política con alguien, le comienzan a llamar facha. Llaman facha a todo cristo, también a gente a la que ni conocen ni han oído hablar. Les han dicho que son fachas, y a ellos eso les basta; es como un teléfono escacharrado entre idiotas con la camiseta del Che. No seré yo quien le descubra que ahora hay progresistas muy agilipollados, ¿verdad? No se ofenda.
Lo que pasó con el nazi fue que J. le miró un instante la esvástica que llevaba tatuada en el cogote.
Otro agilipollado. Este más clásico, o quizá simplemente más mainstream. A la gente le chiflan los nazis. No les hables de Stalin o Mao; donde haya un buen oficial nazi vestido de Hugo Boss, que se quiten los gulags.

El tío se acercó a nosotros. No iba de buenas. Estaba amenazando con meterle el puño por el culo a la madre de J., y entonces un relámpago recorrió mi brazo.

J.
R. le dio un puñetazo al nazi como yo jamás he visto. Sonó como si tiras un melón desde un tercer piso.
El tío cayó al suelo, intentó revolverse. R. se abalanzó y no dejó de pegarle, no quiera saber cómo de le dejó la cara. Le daba sin parar con el puño cerrado y hablaba sin parar.
–Siempre la misma puta monserga. Os vais a quedar todos aquí con vuestra puta mierda de trincheras y debates y vuestro Twitter de los cojones. Si no eres tú, son los otros gilipollas, gilipollas por todas partes. Pero yo no puedo ser equidistante, oh no, ¡eso es pecado!, ¿verdad? Puto ignorante de mierda. Deberíais follar entre vosotros, yonquis de la política, de las dictaduras, guerracivilistas de los cojones, fachas, nacionalistas, progres, gilipollas perdidos, coño. ¿Ya no eres tan fuerte? ¿Qué le vas a hacer a su madre, eh? Voy a llamar a un negro y que te la meta por el culo hasta que te guste Ricky Martin, cabronazo.

15- TERMINANDO

V.
¿Ya está? ¿No han querido seguir hablando con usted?
No sé si yo tengo mucho más que decir.
Rigodón estaba en Talesa, sí. Estaba tan colocado y embebido de la playa y sus “amigas” y todos los colegas que había hecho en todos los chiringuitos, que creo que al principio ni se acordaba de nuestro asunto.
Básicamente tenía que poner a buen recaudo nuestra pasta y arreglar la movida del jet.
Usted ya sabe dónde estamos, y sabe que nosotros no amenazamos a nadie, pero, como ya le dijimos, confiamos en su promesa de discreción.
¿Cuánto tarda en prescribir un atraco? La verdad es que nunca lo hemos mirado.
¿Hay algo que no nos está contando?
¿No se meterá en un lío por no delatar nuestra ubicación o algo por el estilo?
¿Cuánto tiempo más cree que seguiremos viviendo aquí?

Sí, creo que es usted un gilipollas. Pero lo creo de mucha gente, no se preocupe, y yo sé que usted me considera una tarada. Creo que sabe que no somos peligrosos, pero no querría un hijo como nosotros, ¿verdad?
Nosotros tampoco queríamos padres como usted.

Si quiere ver algo, venga conmigo. Es mejor que se ponga esas gafas de sol tan a lo Fidel. Pero cuando lo vea, no quiero que se desquicie ni grite, y nada de ataques cardíacos. Quizá ahora entienda ciertas cosas. Usted decidirá lo que hace con la información.
Hay que ir hacia aquellas rocas.
Dígame, ¿qué ha leído sobre universos paralelos?

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Vamos

Cuánto hace que no hago “air guitar”; ni le habían puesto nombre, al menos que yo supiera. Cuándo fue la última vez que no sentí dolor en absoluto. Cuándo dejé de ser un proyecto, una promesa para alguien. Cuándo exactamente se firmó mi derrota. Cuándo se comenzó a terminar mi juventud. En qué momento se escapó mi puñetero tren. ¿Aún tengo tiempo? ¿Hay esperanza de redención?, ¿cuándo caduca eso, a los cuarenta y cinco, a los cincuenta?
Paseo por el centro de Periferia. Veo un avión de papel en el suelo, un folio blanco, impoluto, con algo escrito a bolígrafo en un ala. Y yo me fijo, porque siempre me fijo:
Tonto el que lo lea.
Oigo unas risas que llegan desde un balcón. Adolescentes. Hace cuatro días, apenas veinticinco años, yo era como ellos.
No ha sido la mejor forma de empezar el día. Pero conozco el fracaso de cerca, me he carteado con la humillación, ya sé diferenciar una anécdota de una broma de mal gusto, una jodienda de una tragedia. Y yo siempre leo, sea de tontos o no, y creo que a mí no me ha hecho más listo; puede que más rebuscado.
Quizá también más inseguro. Muchas mujeres dicen que les parecen atractivos los tipos seguros de sí mismos. Ni siquiera sé qué significa eso exactamente. Creo que es la versión adulta del “chico malo”. Fingir con estilo.
Puedes ser honesto, eso sí, sincero de un modo inteligente (es decir: no siempre), y no intentar parecer un ser asexuado que sólo quiere ser amable y sujetar las cosas a los demás.
Ahora a algunas personas les sorprendería constatar que los seres humanos aún somos de carne. Al menos a juzgar por cómo hablan, con esa petulancia orgullosa de quien cree que lo sabe todo porque aún no se entera de nada. El saber estar equívoco de quien excluye dando lecciones de inclusión. El discurso prodiversidad de quien nunca permite que nadie se crea persona antes que blanco, negro, hombre, mujer o trans. Porque en cuanto acabe sus deberes de mates, y antes de que su madre (una “alienada”, pobrecita) le llame para cenar, va a arreglar por fin el mundo.

El miedo está de moda, es cool, el complemento perfecto para la persona concienciada; ya se están haciendo camisetas. No es que antes no estuviera presente, pero ahora es distinto; mete miedo a las mujeres, adelante, aterroriza a las niñas. Suele funcionar así, engordas políticamente el problema (lo banalizas) y luego vendes los remedios de adelgazamiento.
Yo soy un monstruo. Encajo en el perfil, lo dicen las mentes actuales más avanzadas, más progresistas. Quien más quien menos ya tiene en su radar a los progresistas que odian el progreso. Esos liantes. Siempre me recuerdan a aquella mujer que fingió haber estado en las torres gemelas cuando el 11-S. La falsa superviviente. Montó una asociación para los familiares de las víctimas, hizo una tuitera de sí misma antes de que existiera Twitter. Ahora se canoniza a esa clase de personas, se las escucha como si guardaran unas pastillas dulces y definitivas para el cáncer.
Pareciera que el mundo siempre fue fácil de leer. Las cosas no son tan complicadas, es sólo que no hemos querido arreglarlas.
Me siento en una terraza con Lucía. Café solo largo los dos. Lucía me da mil vueltas. Tiene una mirada azul metálico tras las que hay una mujer harta de ciertas mujeres. También de ciertos hombres, pero eso no es novedad. Le cuento lo del avión de papel.
–Entonces eres tonto.
–Eso parece.
Lucía es abogada, pero no dice mucho al respecto. Siempre luce estilizada, con su traje de chaqueta y sus maneras de mujer pantera. Dios sabe por qué pierde el tiempo conmigo.
–¿Los sábados también eres abogada?
–A veces. No es asunto tuyo.
Siempre me sorprende que la gente de mi edad tenga más de diecinueve años.
Hace cuatro meses que salimos. La primera vez que follamos yo me sentí como Kate Winslet con los brazos en cruz en la proa del Titanic.
–¿Por qué aún quedas conmigo?
Puedes decirle lo que quieras en voz alta. Hace semanas que no me guardo nada.
–Porque no eres un beta. Te gusta follar.
Pausa.
–¿Ya está?
–No, pero… Si quieres te lo pongo por escrito.
–¿En serio?
–Claro…
–Me gusta ver que avanzamos…
–Y a mí me encanta el sarcasmo.
–¿Eso ha sido un sarcasmo?
–Qué quieres, ¿gemelos y una valla blanca? Creo que ya no puedo producir eso.

Ya por la noche, ella se duerme enseguida después. No es amiga de las conversaciones de alcoba. Su piso está en pleno centro, el decimotercero en uno de los rascacielos siempre visibles. Ella gana pasta. Siempre me siento como en una película aquí. No solo por el piso. Soy un equipo de segunda B jugando una eliminatoria de copa contra el Barça. Asumo que esto es temporal.
Salgo al balcón a contemplar las luces de la vieja y a la vez occidentalísima y moderna Periferia. Es uno de mis momentos favoritos.
Creo que ella cree que en el fondo soy un romántico terminal, un prototipo de cunniligüista entregado que no es exactamente lo que ella busca. Cuanto más tiempo pasa, menos ganas tengo de que me dé la patada.
La brisa nocturna ya casi veraniega arropa mi bienestar postcoito. Algunas luces parpadean, son casi las dos de la madrugada. Últimamente me siento como una mezcla de Bill Murray y Scarlett Johansson en Lost In Translation.
Comer y beber café, y follar. Así hemos pasado el sábado. No me quejo (o eso creo), pero soy otra vez el tío hetero que no entiende a la chica.

La gente pregunta cómo nos conocimos.
Yo no buscaba nada, y ella tampoco parecía muy emocionada. Siempre lo ha tenido fácil con los tíos. Señala a uno y eso es todo. Nueve de cada diez veces resulta. Hemos hablado bastante de eso. Siempre me ha hecho pensar en Michael Jackson, esas imágenes en las que va con varios asistentes por una tienda señalando lo que quiere comprar sin mirar el precio. Ella simplemente elige. Aunque no saca pecho por ello, podría ser una de esas personas que se escandalizan cuando saben de alguien que lleva un mes sin follar. Puritanos a la inversa.
–Sé que el reparto sexual es muy desigual –dice siempre–, a mí no tienes que explicarme ese mundo.
A veces sospecho que una vez no fue un pibón rodeado de luces verdes y entradas gratis.
Cuando nos conocimos había más gente. Era el cumpleaños multitudinario de alguien. Nos metimos de una forma natural en nuestra burbuja de suspicacias. La cumpleañera –pastelera de profesión y vocación– estaba encantada de haberse conocido.
–Es gorda y estúpida –decía Lucía–, pero ahora todo el mundo le dice que eso es maravilloso.
Y algo dije yo.
–No la defiendas, todos sabemos lo que pasa con la “gordofobia”. Entra en instragram a ver cuántos “antigordófobos” tienen una pareja gorda y orgullosa. Los “inclusivos” hablan de quemar el donut mientras se comen el donut. Claro que hay muchos perfiles que pueden ser atractivos, no soy una fanática del canon, pero tampoco nos pasemos de hipócritas.
Y algo debí decir yo.
–Que es estúpida supongo que ya lo habrás comprobado. Canibalizada por su yo tuitero, activista de salón, discurso contradictorio casi por defecto. Habla sin parar de la fragilidad y desamparo (e incompetencia) de las mujeres y después de empoderamiento. Las mujeres maltratadas son las nuevas hombreras. Es una tarada, la versión actualizada de la gilipollas egomaníaca de toda la vida, colesterol evolutivo para las mujeres y un estorbo potencialmente peligroso para los hombres.
A saber qué dije yo.
–No es amiga mía, es prima de una amiga. Estoy haciendo bulto, ya me ha mirado mal dos o tres veces. Creo que es el escote.
Me preguntó y yo qué.
Mi historia siempre es sencilla, o eso me gusta vender. Se podría decir que la cumpleañera era mi reciente ex. Si podemos contar como ex a alguien con quien has follado unas veinte veces. Un novio de años la había dejado y sus amigas decidieron que yo era un buen partido. No gran cosa pero sí quizá para ella. Un entretenimiento hasta el siguiente novio de verdad.
Aún insistía mucho en fingir una amistad. Su nuevo novio (un mastuerzo de gimnasio) estaba presente.
Me pareció tarde para informar a Lucía.
Estas cosas pasan constantemente. La gente básicamente se utiliza entre sí. Hombres y mujeres. Da igual qué discurso parcial sobre lo tóxico te hagan tragar luego. Nos usamos y tiramos, ocasionalmente nos juntamos un tiempo, y muy puntualmente dos personas se conocen, se tienen afecto de verdad y deciden cuidar el uno del otro.
La noche fue emocionante a su manera, aunque la posibilidad de intimar con alguien siempre me produce ansiedad. Raramente sé leer las intenciones ajenas, el rollo no verbal. Lucía prácticamente me llevó del brazo a su piso de casi ricachona. Le hacía gracia mi tartamudeo oral y gestual, aunque la mayoría de sus sonrisas no pasaban de los ojos.
Luego siempre temo que no se me ponga dura.
Cuando veo que funciono, entonces toca no correrse antes que ella. Las primeras veces son un 60% estrés en mi opinión, aunque quedé estupefacto ante el cuerpo de sex symbol curvilíneo de los años 50 que pude tener delante, encima y debajo.

El presente se me escapa. Lo entiendo a medias. Creo que los domingos se llevarían bien con los miércoles. Los días porculeros: uno siempre en medio y sin un carácter definido, y el otro siempre engañoso, aún fin de semana pero más lunes que otra cosa.
No se trata solo del domingo, obviamente, sino de la sensación de que este asunto con Lucía está durando más allá de mis cálculos más optimistas. Primero pensé que me usaría una noche y hasta luego. Después que esperaría unos días más, quizá por pereza de tener que conocer a algún otro maromo. Al cabo de dos meses interpretaba sus miradas como el preludio de la patada. A los tres meses me empecé a ilusionar (¿quiere algo?). Y ahora que ya vamos por el cuarto mes, empiezo a sospechar que debe estar pasando por algún tipo de crisis o parálisis interna que le impide darme el finiquito y contratar a alguien con carrera y un sueño.
Sé que mi percepción puede hacerme parecer pusiláme o patéticamente inseguro, hasta victimista, como si hubiera nacido en 2002 o algo así. Pero a mi favor he de decir que Lucía es de las que prácticamente cambia el tiempo cronológico de una habitación cuando entra en ella; muchos tíos y alguna que otra lesbiana la ven y vuelven a tener veinte años, antes de conocer a sus parejas fijas. Podrían haber intimado con semejante MUJER aunque sólo fuera diez minutos. Presentársela quizá un día a sus padres; mirad, papá y mamá, soy un desastre pero he acabado con la líder abogada de las animadoras.
Lucía tiene razón. La belleza, sea más o menos canónica, cuando genera consenso, pero sobre todo cuando te cambia por dentro al verla, es algo con demasiado poder para no reconocer que funciona por contraste.
Lucía sabe verse desde fuera hacia dentro. Parece entenderse y conocerse de verdad, pocas personas saben mirarse así. Parece haber saltado de las páginas de La broma infinita (que por supuesto ella ha leído), materializando a Madame Psicósis.

Nos plantamos en el quinto mes de supuesta relación y Lucía sigue escuchando en bucle el Surfer Rosa de los Pixies, especialmente el tema “Vamos”, que a priori no hubiese dicho que le pegara. Tampoco le pegaría ver cierto tipo de películas o leer según qué libros. Pero ya puestos, tampoco le pega salir conmigo (no digamos follar conmigo). Es jodido intentar definirla más allá de una descripción física somera más bien babosa. Pero hay algo cálido en su interior, entre el corazón y el estómago. También es un alivio poder pasar tanto tiempo con alguien que no parlotea sin parar, que no le tiene miedo al silencio y es selectiva con el ruido. Es como si prefiriera el enigma al desgaste. Otros podrían confundir su relativa parquedad con desinterés, pero lo cierto es que algunas personas son tan activas, escandalosas y dispuestas a verbalizar su gran amor, que me hacen pensar en el borracho que se acaba de un trago toda la cerveza disponible. Y eso cuando no mienten.
Lucía al respecto:
–Si el amor existe, es algo complejo, pesado y de cristal. Si te pasas se te cae pronto y se hace mil pedazos. Luego llegan cuarenta años de loctite y buscar bajo los sofás.
Y añade:
–Lo mejor es procurar no moverlo demasiado, no confrontarlo todo el tiempo. El sol siempre te hace un servicio esencial, y casi nunca lo miras directamente, no eres gilipollas.
Nunca sé si habla de nosotros.
Los Pixies hacen que le entren ganas de follar por las mañanas. Yo siempre pienso en mi mal aliento o lo pedos nocturnos que haya podido soltar. Soy bastante pervertido, un salido quizá por encima de la media, pero me gusta que al principio esté todo limpio.
Durante todo un mes de verano, básicamente vivimos en su piso. Yo verbalizo como siempre mis dudas, y ella o bien me ignora o me tapa la boca de un modo u otro.
La abogada reputada y el obrero, el mozo de almacén, el conductor de carretilla, el gerente ocasional entre estanterías. El juego de las zamburguesas de saltar de curro en curro.
Ya no pienso tanto en ello, pero al principio me sorprendió lo poco que le importaba mi, digamos, estatus laboral. Había conocido a no pocas chicas clasistas en ese sentido. Interesadísimas hasta que sabían que tu curro no era ni guay ni de alto perfil. No estaban dispuestas a gestionar lo que veían como un claro desequilibrio. Para algunas mujeres de carrera yo soy como una carrera bien visible en sus medias, aunque todo lo demás fluya y funcione como un reloj.
Lucía pone “Vamos” en bucle durante las vacaciones de verano, que hemos hecho coincidir (yo con más dificultad). Los Pixies es algo importante que tenemos en común. Un grupo que yo ya adoraba antes de conocerla, y que ella conoció antes que yo.
–Los Pixies tienen ESO –dice Lucía–. Eso que tienen sólo unos pocos en cada generación.
Discos puestos en bucle mientras nos sometemos a pruebas como las mamadas de una hora. Aguantar una hora chupando o aguantando. A ella le cuesta más chupar y a mí más aguantar.
Un día decido emplear la hora en lamerle el ano, mientras ella se trabaja la vagina con lo que llama su “amiguito rosa”.
Etcétera.
También experimentamos por primera vez la lluvia dorada, mutuamente (lo que nos puso más cachondos de lo esperado). Y un día ella defecó en mi pecho y yo en sus tetas; esto sólo desató algunas risas, aunque menos asqueadas de lo que se podría pensar.

Vamos a cenar desayunar comer cenar, siempre fuera, casi siempre excesivo, solteros no tan jóvenes sin hijos. A ambos nos da pereza quedar con gente. Hay más gente, se supone que amigos. Se lo conté. Le dije que al principio me daba pereza que conociera a mis amigos, aunque fueran cuatro contados; hice una criba fuerte tras los locos “años veinte”. De los veinte a los treinta es fácil que conozcas a un montón de gente, mucha más de la que puedes recordar. Sólo tu grupo íntimo de amistades puede tener fácilmente diez integrantes. Y después están los satélites: hermanos, parejas, algún padre que se hace el joven, etc. Demasiada gente. Toda esa gente que inevitablemente te juzga, se compara contigo, te usa, te deshecha o te llama por interés. Lo que no quiere decir que no les caigas bien o incluso te tengan cariño.
Me daba pereza que conocieran a Lucía porque Lucía no era ni de lejos la clase de mujer con que me asociaban; era la clase de mujer que alguien como yo ve en la tele, el cine, las revistas o los videos porno. La mujer a la que miras disimuladamente mientras vas con tu novia. Demasiado llamativa para proyecto serio alguno; puede que alguien que buscara algo de mí, desvalijarme de algún modo (aunque no sé cómo o qué). ¿Para qué iba a estar conmigo pudiendo tener a un pijo de gimnasio bien colocado, medio tratable e hijo de algún ricachón?
Yo sigo vistiendo como a los quince.
Luego no es para tanto. Fue divertido ver cómo la miraban, como si un volcán hubiera estallado en sus narices. Supongo que no nos dieron más de diez telediarios; a día de hoy deben estar tan desconcertados como yo.

Quedamos puntualmente con tres de sus amigas. Dos se muestran amables y comunicativas, y la otra tiene dos críos y toda la pinta de rajarme por la mitad en cuanto me doy la vuelta. En realidad suelen hablar entre ellas, y quiero decir entre ellas tres; Lucía las observa y no parece importarle un rábano lo que puedan pensar de mí o yo de ellas.
Ni siquiera pienso en ellas, a decir verdad. Las veo como pura figuración. Creo que son amigas de infancia o algo así. Lucía siempre ataja y me dice:
–No tienes que por qué hacer ni decir nada.

Podría parecer una mujer fría, pero no lo es. Puede que algo rara (por poco habitual), pero no fría. Tampoco usa coraza reseñable alguna. Sencillamente no es teatral, no siente que deba proyectarse constantemente, sino entenderse: lo que quiere, cómo lo quiere, cuándo lo quiere, qué puede hacer, cómo.
No llora, actúa.
Se podría decir que es pragmática, y que muchas cosas las demuestra tocándote y mirándote. Más tocando que mirando. Sus manos hablan más que su boca. Creo que a según quién le ha podido sorprender cuánto me toca y lo poco que habla después. Creo que si eso me molestara, si alguna vez le dijera que no me tocara tanto, que no se aferrara a mi brazo o se sentara en mi regazo, resultaría de lo más violento. Coartaría dramáticamente su forma de expresarse y comunicarse. Dudo mucho que jamás le haya pasado, parece imposible que alguien le haya dicho: aire, por favor.

El verano avanza, agosto denso, cegador a la vista, húmedo, pegajoso. Cuando no estoy con ella, camino hacia ella. Un día veo a un chico y una chica por la calle, rumbo errático y veinteañero. Él, amanerado, mira con escaso disimulo a los chicos, y ella muestra aprobación o rechazo. Te lo follarías/No te lo follarías. Juegos del mundo real. Los demás son sims para una partida 24/7.
Se parten el culo y casi nadie se da cuenta. Les da igual si les miran o detectan su infantil adultez. Los adultos han ido poco a poco adoptando los rasgos de carácter más estúpidos de los críos. Exigir por deporte, quejarse a la más mínima, montar un drama por nada, burlarse con crueldad y mandíbula de cristal, reclamar una realidad libre por completo de incomodidades y peligros. Una utopía que los demás les tienen que servir en bandeja. La ampliación del salón de su casa a toda la ciudad, el país, el continente y el planeta.
En cierto momento se cruzan conmigo. El chico dirige su mentón hacia mí. La chica dice alto y claro:
–No estoy tan desesperada.
Ambos ríen a mandíbula batiente.

Durante el terraceo se lo cuento a Lucía y dice:
–Entonces soy una desesperada.
–Eso parece.
–¿Tú te la hubieras follado?
–La verdad es que sí.
–Reformulo la pregunta: ¿era fea?
–A ver…
–O sea que era fea.
–No me he fijado tanto.
Lucía atrapa cada una de mis mentiras al vuelo, como con un guante de beisbol. Suena: flop. Casi da gusto verla calarme.
–O sea que era fea.
–Era…
–Las chica feas –me interrumpe– no quieren acabar con su equivalente masculino. Saben que pueden aspirar a más. Con los chicos feos la cosa cambia.
–No sé si te entiendo.
–Los chicos feos se quedan con quien les dé luz verde. Les sorprende tanto que alguien se los folle que enseguida están notando el arroz en la cara a la salida de la iglesia. Hay muchos más tíos vírgenes de treinta años de lo que parece. Es un tópico descarado decirlo, y ahora según quién lo consideraría machista, misógino o simplemente una falsedad, pero es evidente que las tías lo tenemos mucho más fácil para follar o emparejarnos. La persona que lo niega es o bien porque tiene serias carencias o porque está atravesada por alguna ideología que gusta del pensamiento sectario.
–Está mal visto decir que los tíos pierden en algo.
–Está mal visto que una mujer no sufra o tenga miedo. Se supone que es lo que tenemos que hacer, al parecer tenemos una deuda con la Historia.
La camarera llega con el café.
Se produce una pequeña pausa, nunca incómoda con Lucía.
–Estás generalizando –digo.
–Estoy hablando de tendencias evidentes. Puedes dar con un ejemplo que refrende cualquier teoría que se te ocurra, pero las tendencias generales todo el mundo las ve y las respira. Luego puedes aceptarlas o negarlas, lo que dependerá de tu edad, militancia, entorno inmediato, pareja (o intento de tenerla), padres, procedencia o lo que te salga de los cojones, pero están ahí.
–Ya.
–Coge a una chica promedio y a un chico promedio. Suéltalos en una discoteca con el objetivo de echar un polvo esa noche. Haz eso veinte sábados seguidos y a ver quién ha follado más.
–Bueno, eso depende de muchos factores.
–Sí, lo que quieras, pero hazlo y a ver quién ha follado más. Se habla de forma muy simplista de la sexualización de las mujeres; lo cierto es que nosotras manejamos el poder sexual, tenemos ese poder en bruto, y lo usamos. Vaya si lo usamos. Y no hablo de pintarse como una puerta y llevar tacones, hablo de que tenemos ese poder, y de que lo USAMOS. Y además no es nada malo hacerlo. Cada cual usa lo que tiene.
–Ya, pero…
–Otra cosa es que ese poder no está repartido de forma equitativa entre nosotras, eso está claro. Y eso ha provocado no pocos conflictos, algunos de ellos ideológicos. Por no hablar de cómo ha despabilado un puritanismo que parecía moribundo, pero que ahora se ha levantado joven y lozano otra vez, y está jugando al tenis con los conservadores de toda la vida, que están no poco desconcertados.
–Entiendo. Hoy estás muy parlanchina…
–No, lo que pasa es que casi no hablo con la gente. Pero siempre hablo contigo.
–Creo que acabo de darme cuenta de eso.
–Me lo creo.
Una bombilla polvorienta se enciende en mi cabeza, me comienzo a reír y me cuesta parar.
–Cuéntaselo a toda la clase y nos reímos todos –dice Lucía.
–Creo que me has estado llamando feo todo el tiempo y no me he dado cuenta.
–Ahora estás razonando como la persona cabal promedio, que es básicamente tonta del culo. Sabes de sobras que estaba basándome en tu anécdota, no hablando estrictamente de ella.
Siempre me deja pasmado lo fácil y rápido que desmonta mis razonamientos, mis reacciones pasan a ser las de… la persona cabal promedio. ¿Hay algo que pueda sonar más insultante?
Y se lo digo.
–No desmonto nada –dice ella–, eso suena a táctica o habilidad. Yo no maquino; sólo te he dicho lo que he hecho. Además tú no eres feo, sólo te crees más feo de lo que eres (como acabas de demostrar), lo cual no te ayuda, pero hace mucho que yo sé ver a través de eso. La ropa, el pelo mal cortado y demás. Son fruslerías si alguien te interesa lo suficiente. Sólo me irritas un poco cuando pareces el buen chico que todo el mundo espera que seas, y en el fondo nadie.
–Como ahora.
–“No pasa nada por patinar, mientras no conviertas tu vida en una pista de hielo”.
–Oh. Tomo nota.
–Mi abuela materna.

Cuando vamos camino a su piso, atisbamos un corrillo de gente y un par de policías. Hay un coche patrulla y una moto. A lo lejos suena como si una ambulancia se abriera paso. Cuando estamos cerca del suceso, veo que la poli habla con la pareja que jugaba a los Sims de carne y hueso un par de horas antes. Ella intenta explicar algo a uno de los polis, y él tiene una brecha sangrante en una ceja y un ojo escandalosamente hinchado y morado. Vemos a un tercer poli que sujeta por el brazo a un chico gordito que se masajea la mano derecha.
Le doy el contexto a Lucía y dice:
–Es como la metáfora perfecta. Llevamos toda la tarde hablando de esto.

Al día siguiente me da por consultar la fecha en el móvil. Día 13 de agosto. Debería ser el día mundial del sudor a mares, pero debe ser el día mundial del pepinillo, o de las niñas abofeteadas durante su primera comunión (pray for). Ahora se le presta la misma vaga atención a todo; o más a bien a la mitad de todo. Sencillamente hay cosas que existen y otras que no. Lo importante es que todo lo del escaparate encaje con la Visión del mundo que se venda en ese momento. Ahora el relato cultural parece pergeñado por Carrie puesta de heroína y aún empapada de sangre. Los demás, hombres, mujeres, niñas y niños o trans, somos el resto de asistentes al baile de fin de curso.
Lucía apura el café y me dice que la han invitado a una fiesta.
–Precisamente estaba pensando en Carrie.
–¿Así es como me ves?
–No, pero te imagino disfrutando ese final de fiesta.
–Quizá el de Brian De Palma.
Me dice que es una fiesta pija, al día siguiente por la noche, en la terraza enorme del piso treinta de alguien, la cima de uno de los rascacielos. Tocarán en un escenario sencillo varios grupos alternativos y probablemente muy malos, y habrá gente variada y pintoresca.
–A veces me dan un poco de miedo tus contactos –digo.
–Es por un rollo del bufete, un movimiento de la empresa. Les da igual que esté de vacaciones. Me han dicho que puedo llevar a alguien, y prefiero llevar a alguien.
–¿Quiere eso decir que me vas a presentar a tus compañeros de trabajo?
–Bueno. Sólo si se tercia. Habrá bastante gente, no vas a ser el protagonista, no te preocupes. Ni siquiera te darán un papel de reparto.
–¿Es una noche de negocios y lentejuelas o algo así?
–O algo así.

Por la noche la llevo a mi piso de alquiler de ojalá mileurista para que revise mi fondo de armario. Ya ha visto mi piso antes; nunca ha hecho comentario alguno al respecto, pero tampoco ha dicho jamás una sola palabra de su flamante espacio como excavado en un acantilado de lujo.
Repite varias veces que le importa un carajo cómo vaya vestido a la fiesta, pero le insisto en que me elija la ropa.
–¿Cómo vas a ir tú?
–¿Qué se yo? Un vestido de verano. Como mucho elegiré con cuidado los zapatos.
–Pensé que estabas más puesta con la etiqueta.
–He ido a cinco saraos de esos en toda mi vida. No importa cómo vayas sino quién eres. Y quizá que huelas bien.
Me saca dos o tres camisas blancas y varios tejanos. Sólo tengo un par de trajes más o menos pintones. Bodas pasadas, compromisos.
Al final me recomienda unos tejanos y una chaqueta de vestir.
–Yo de ti me pondría una camiseta que te guste bajo la chaqueta, pero si no te sientes seguro elige cualquier camisa.
–Al final voy a pensar que no te fijaste en mí por mi físico y mi estilo.
–Tenía la esperanza de que tuvieras una buena polla.
–Me gusta lo que oigo.
–A veces me gustaría que fueras más como tu polla.
–¿Grande, gordo y morado?
–Más bien duro y decidido.
–¿Ah sí? Yo pensaba qu…
–Te estoy tomando el pelo.
–No sé si prefería que hablaras en serio…
–Te sigo tomando el pelo.
–Espero que no estés ensayando para mañana…

Parpadeo y estamos en un ascensor del tamaño de mi piso subiendo al piso treinta del rascacielos Tudor. La magia de cuando algo no te apetece.
A Lucía, con su vestido floreado y sus bien elegidos tacones, no existe polvo que le pueda hacer justicia. Yo, con mi chaqueta, los tejanos y mi camiseta de los Strokes, creo que parezco exactamente lo que soy.
Los zapatos nuevos me aprietan. Piso veintitrés y piso treinta. Lo que soy es un tiro que no pasa ni rozando el aro.
Cuando se abren las puertas del ascensor, todo parece la parte central de una película. El momento en que llegan los problemas al paraíso. El encuentro con demasiada gente que lo acaba jodiendo todo. La crisis que el guionista tendrá que remontar antes de que llegue la canción alegre de los créditos.
Todo es precioso. El diablo se viste de Prada y está por doquier. Todo el mundo parece guay o gay o ambas. Los tíos relucen de estatus y pasean sus palizas en el gimnasio. Las mujeres también, a lo que hay que sumarles el grado máximo de follabilidad habitual tras haberse vestido y maquillado para transmitir principalmente eso.
Yo sólo encajo por la compañía. Tener una pareja como Lucía hace que todo el mundo interprete tus pintas y lo que dices. Pareces mucho más atractivo de lo que eres. Este efecto sólo se logra cuando tu pareja es escandalosamente guapa o todo lo contrario. El contraste. Llegar en pareja te define como parte de algo, y más en un ambiente acristaladamente social, en el que tanto las buenas formas como los exabruptos están casi coreografiados.
Es lo que hay al otro extremo de un botellón.

Le doy la mano a varios fulanos y no pocas fulanas (yo uso el masculino y el femenino para lo mismo, pero he de añadir que un tío me dice que hay al menos cinco prostitutas de lujo merodeando, y que son las más ricas del lugar). Nadie parece interesarse a fondo por nadie, de modo que quizá me libre de dar explicaciones. Estoy aquí en calidad de pareja de.
Luego me doy cuenta de que es factible que mucha de esta gente ya sepa a grandes rasgos quién soy. El reponedor al que le ha tocado la lotería del sexo. Casi la versión masculina de Cenicienta; cuando acabe el hechizo, la fiesta se convertirá en mi piso y Lucía en un video de Silvia Saint. De pronto no dejo de pensar que el porno de mi adolescencia ya es completamente retro.
Pero Lucía no es rubia. De hecho voy detrás de su frondosa cabellera negra donde sea que toque ir. Me lleva de la mano casi todo el tiempo. No es como si marcara territorio; por más que las mujeres presentes me vean con curiosidad, hay demasiados machos alfa de prestigio y con la cuenta a reventar para perder el tiempo con un muñequito pretendidamente indie que la mayor parte del tiempo está rodeado de palés.
Ese soy yo. Aunque me he pegado un buen duchazo, y unos toques. Por alguna razón empecé a usar colonias al mes de salir con Lucía. Hoy llevo una que me hace oler a no pocas pretensiones excesivas de oler bien. Cada colonia te hace hablar su propio idioma. La que llevo puesta dice algo como: Me He Esforzado, ¿Vale? Es Mi Novia De Verdad, ¿Vale? Me Siento Como Pez En El Agua, ¿Entendido?
Voy proyectando seguridad en forma de complejo por todos lados.

Merodeo por el lugar, mi tercer cóctel ya, Lucía se entretiene hablando con una compañera. Un tipo me llama la atención. Un pelirrojo que no ha olido el gimnasio, viste aburrido y mira a su alrededor con cara de circunstancias. Una chica rubia imponente le da un beso en los morros y se aleja muy interesada por algo o alguien. ¿Su novia? Enseguida pienso que ese tío es como yo. No pertenece a aquí. Lo ve todo como en una nebulosa, como a punto de despertar.
Me acerco y digo algo a modo de saludo. El tipo sonríe. Creo que me reconoce como a un igual. El escalofriante hombre corriente.
Tras un par de minutos de intercambio, descubro que es una especie de genio de la informática. Es el creador de no sé qué gadget digital. Está en ese punto de su carrera en que alguna decisión marcará la diferencia entre hacerle rico o asquerosamente rico.
Busco alguna excusa y me alejo de él.
Debí haberlo sospechado. Aquí si no encajas en el perfil de psicópata americano, al menos tienes que estar podrido de pasta.
Su novia vuelve y le da otro morreo. Ahora todo ha cambiado.

Entonces una visión me resta dos cócteles cuando ya llevo cuatro. Antes no dije el nombre. Raquel, la cumpleañera que lo inició todo, habita uno de los corrillos de abogados. La terraza es enorme, pero acaba de convertirse en un zulo. Encajo rápidamente las piezas. Su novio. Otro psicópata americano. Él parece aún más cachas, y ella ha perdido al menos quince kilos. Va embutida en un vestido con vistas a Marilyn.
–Es un fetiche –dice Lucía, que de repente está junto a mí. Doy un respingo.
–¿Cómo?
–Ese tío, tiene un fetiche.
–¿Qué tío?
–El maromo de tu ex.
–¿Cómo que…?
Miro al cielo.
–O sea que he acertado…
Se me agolpan diecisiete preguntas en la cabeza.
–No era tan difícil –dice ella–, el día que nos conocimos no parabas de defenderla. Por no hablar de las caras que ponías.
–No lo puedo creer.
–Dado tu carácter, o bien era tu ex o bien estabas colado a causa de algún tipo de misterio insondable, algo relacionado con los tsunamis y los bebés.
–No sé si cada vez te conozco más o todo lo contrario.
–¿No me vas a preguntar por el fetiche? Hace un minuto estabas a punto de sufrir un infarto, le estoy poniendo remedio.
–Muy bien, qué es eso del fetiche.
–Al cachas ricacho le van las gordas.
–¿Cómo…?
–¿Por qué siempre haces eso?
–¿El qué?
–Cada vez que digo algo que ahora sería políticamente incorrecto en la tele o en redes, finges que no entiendes.
–…
–Y me entiendes perfectamente.
–…
–Lo que digo es que ese tío es un fetichista. Le gusta apartar una parte de su novia para llegar a otra parte de su novia y por fin tener su premio.
–¿Y no puede ser que ella le guste?
–No choca con lo que estoy diciendo. Lo que quiero decir es que ese tío podría tener a cualquier sirena anoréxica jugando con sus pelotas. Pero está con la gordita del barrio.
–Pues creo que ya no está tan…
–Esa chica era gordita, es gordita y morirá gordita. Una gordita siempre lleva a una gordita dentro, aunque pierda cuarenta kilos y entre en cualquier trapito de las tiendas de ropa del centro. Si sigues un tiempo más conmigo, lo sabrás. Yo fui una gordita, y por ende lo soy, y no es que ahora esté en los huesos. Generalmente una gordita vuelve a ser gordita tarde o temprano, aunque las excusas o los dictámenes médicos varíen.
–Pues ¿sabes qué? Algo me decía que tú habías sido antes una… gordita.
–Uish… qué boca tan sucia, como se enteren en Twitter…

Comienza a tocar la primera banda de la noche. Tres chicas que se criaron musicalmente entre el 2000 y el 2005. Les debe gustar mi camiseta.
Raquel ha pasado completamente de mí y de Lucía, cosa que he agradecido. Conduce su mirada hasta el punto de hacer virajes imposibles. Su novio quizá ni nos recuerda. Lucía ya no se separa de mí. Quizá piensa que lo de Raquel aún me afecta, aunque eso sería una conclusión de persona cabal promedio.
De hecho estoy en el punto álgido de percepción, euforia y borrachera. El panorama desde cualquier punto del lugar es espectacular. El resto de rascacielos, los neones lejanos, la electricidad nocturna. Todos en hombros de gigantes. El primer mundo del primer mundo.
Es como si volviera a tener veinte años, pero no mis veinte, sino los de algún niñato de la Nueva York de los 90.
Lucía lleva media hora de reloj cogida de mi brazo derecho. Empiezo a notar en torno miradas significativas, a los ojos y al cogote. Alguna también al paquete. Creo que un par de grupitos de abogados buscan una explicación, se preguntan entre ellos, asienten como intentando encajar cuadrados en círculos. Ha de ser mi polla, o algún rollo enfermizo de drogas, quizá Lucía es mi hermana de agujas. Piensan que hay gato encerrado, y no el de Schrödinger, este sólo puede estar muerto, porque huele que no veas.
Lo bueno es que me da igual. He perdido la cuenta de los cócteles y empiezo a notar la polla morcillona. La borrachera me suele poner cachondo, y hasta ahora nunca ha afectado a mis erecciones.
Se suceden un par de grupos indies más. El segundo ejecuta un estéril sonido ambiental tirando a punk gutural. Ni se aclaran ni se gustan. El cantante es una especie de suicidio andante, todo pose y maquillaje y vibraciones bi para contrarrestar la asombrosa falta de talento. Apostaría la fama de mi pene legendario a que sus papis están forrados.
–¡Hola!
Se presenta un tío de unos sesenta años que arranca a Lucía de mi brazo. Se disculpa por llegar tarde y por ser feo de cojones, aunque creo imaginar lo segundo. Tiene una llamativa melena canosa y lo que parece un subidón artificial. Al parecer está de ronda de saludos y ahora le toca a la novia del mozo de almacén. Esa tía rara.
Tardo poco en descubrir que es un ex. Cuanto más habla más parece contenerse. Hasta que el filtro revienta.
–Y dime, ¿ahora vas a joderle la vida a este Oliver Twist?
Me señalo, sonrío y miro alrededor. La verdad es que el tío es un cachondo, y mi borrachera ya es evidente.
–Pues sí –dice Lucía– en eso estamos.
–O sea que vas a pasar de los tíos maduritos y ahora tocan los fracasados… ¿cómo lo diría…?
–Ya te ha quedado bien, Gabriel. Sigue, te escucho.
–Estás tan buenorra y segura de ti misma como siempre, ¿no?
–Y a ti se te ve fenomenal, Gabriel.
–Otra vez ese tono. Nunca sabía cuándo hablabas en serio. Hace sólo un año y te recuerdo como si no existieras, como si te hubiera leído en Dostoyevski. Seguro que eso te gusta. ¿Te gusta?, ¿te parece interesante?
–Claro que sí, Gabriel.
–Me sigues hablando como a un tonto. Eso nunca fue de otra manera. Sí que fui tonto, fui un buen idiota yendo por ahí contigo del brazo. Joder, pensaba, esta tía no es gilipollas como todas, esta tía sabe algo que las otras no saben. Joder.
–Lo has solucionado todo, Gabriel, ahora lo ves claro.
–Y cómo hablabas de los demás. Siempre tan categórica. Pero te las arreglabas para no parecer nunca cruel del todo, siempre había un fondo de comprensión o de…
–¿Sí?
–No lo sé… Oye…
–Dime.
Nada en Lucía suena a queja. No quiero perderme nada de la conversación.
–¿Por qué no…? ¿No te puedo ver algún día?
–No quieres verme, Gabriel, quieres una tele de tubo y una muñeca vestida de sevillana que se parezca a mí encima. Pero esos tiempos no van a volver.
–¿La juventud?, ¿me vas a salir con esas?
–Siempre ha sido tu problema.
–¿Mi problema?
–Yo nunca fui tu novia, fui un trasunto de una niña de trece años a la que aún no has superado. ¿Por qué no estás en la cárcel?
–¿Quieres que hablemos de eso?
–Vomita todo lo que quieras, Gabriel, y cuidado con el pelo.
–Es increíble…
Diría que el 50% de los presentes nos miran o miran al suelo en nuestra dirección.
–¡¡Tú nunca fuiste como Lucía!!, ¡¡¡Lucía te daba mil vueltas!! ¡¡Que te quede claro, puta de mierda de Periferia!!
Miro a mi alrededor; ¿qué creéis vosotros, hay dos Lucías? Una chica no se corta y nos ofrece más cócteles en una linda bandejita. Sólo yo me animo. Son unos conos invertidos minúsculos. La borrachera de rentas altas.
Se ha producido un silencio que sólo parece molestar al tipo sesentón.
–Buenas noches y que os follen –dice finalmente, aparentemente más calmado, y se aleja tras una nube de coca.
Casi hubiera querido estar sobrio para respirar aliviado.
–Cuando tenía treinta follaba con una niña de trece –me dice Lucía.
–Oh. Humbert Humbert.
–No sé yo. Nabokov escribió una historia, pero en el fondo no era esa historia.
–Creo que no se ha quedado a gusto. Echaré un ojo por si acaso.
–No, no hagas de guardaespaldas, me da que la reacción lógica a menudo atrae las desgracias casi por coherencia narrativa. A veces es mejor pasar y dejar que el tiempo actúe. Puede bastar con un par de minutos.
Ya no hay grupos indies, pero ha hecho acto de presencia un DJ agujereado por todas partes. Pienso en los detectores de metales y el sexo, pero no creo que juegue al fútbol sala.
Lucía me vuelve a coger por el brazo. Mi bombilla polvorienta parpadea:
–¿Y dices que ese tío follaba con una niña?
–No te haces una idea. Era un pueblo pequeño, la cosa se lió y la cría se colgó de un olivo.
–No jodas.
–Me lo contó a los dos años de estar yo chupándole la polla.
–Ya.
–No soy lo que se dice una mojigata o una feminista universitaria, pero eran demasiadas cosas. Salí por patas.
El DJ parece un personaje de Trainspotting que viene de ver a La Madre Superiora. Nos lo quedamos mirando mientras pensamos en pederastas y niñas muertas. Ahora hay gente que casi parece disfrutar con esas cosas, sobre todo los activistas. Cada cual tiene su droga y su Madre Superiora. La política es el chute tapado por excelencia. La militancia. A menudo la gente más aparentemente preocupada por arreglar el mundo, es la que menos quiere que se arregle. La sola idea de que haya podido mejorar ya les irrita enormemente. Su frase favorita para todo es: “Queda mucho trabajo por hacer”. A ningún yonqui le hace gracia que juegues con su droga. Hay distintos tipos de progresistas que odian el progreso. El sesgo totalitario es goloso y no es exclusivo de nadie, y a todos nos hubiera gustado sacar a dos negritas gemelas de las torres ídem.

No oímos un golpe ni frenazos ni gritos. La calle está lejos de la hostia. Una compañera de Lucía, seria pero no especialmente alarmada, se nos acerca y dice:
–Lucía. Gabriel se ha tirado por el balcón.

(Un interludio musical.
Los temas o canciones de Surfer Rosa. Podría enumerarlos y definirlos de algún modo, como lo hace el neófito técnico pero nunca harto de discos y ruidos y voces. Pero mejor limitarse a la canción fetiche de Lucía.
En la edición del disco que Lucía y yo tenemos, “Vamos” aparece por primera vez en el corte 11. Pillamos a Black Francis (o Franck Black, según la época) in media res, monologando, dando voces y maldiciendo con un tono irónico. Esto se alarga durante casi un minuto, tras lo que entran unos acordes sencillos y abruptos de guitarra acústica. Sobre ella se recita atropelladamente lo siguiente con un fuerte acento de Boston:

Estaba pensando sobreviviendo con mi sister en New Jersey.
Ella me dijo que es una vida buena allá,
bien rica, bien chévere.”

Después entra un bombo en medio tiempo, seco y con gran presencia. Y acto seguido la eléctrica de Joey Santiago empieza a hacer ruido, ese ruido con sentido que sólo logra alguien con talento que se deja fluir.
La letra habla casi sin hablar de conocer a alguien, del conflicto inherente, de irse a la playa. Salta del español macarrónico al inglés cerrado.
Nada tiene sentido y todo lo tiene. Todo transmite y funciona. Quizá no en la primera escucha, pero si vuelves sobre la canción, estás atrapado. Lucía dice que el mejor arte suele ser engañosamente sencillo. A veces incluso engañosamente tosco, bruto. Algunas veces es provocador, pero eso ya es sabido. A menudo el arte no habla de grandes temas o asuntos complicados, sino sencillamente sobre sí mismo, sin necesidad de jugar la carta meta o autoconsciente.

“Vamos” vuelve en el corte 15, y se llama “Vamos 2”, tal y como suena, aunque esta vez suena distinto. No hay preludio y la producción quizá sea más limpia. Ambas versiones ya parecen de Lucía y para Lucía.)

Pasa un año.
Estamos en la playa de Sonora, no muy lejos de Periferia. Lucía en biquini tumbada en su toalla. Yo al lado metiendo barriga.
–Él no tenía que estar allí –dice Lucía.
Por algún motivo sé de lo que habla. Me embadurno de crema solar.
–Sabía que era abogado, pero es demasiada casualidad.
Intuyo que Gabriel formaba parte del otro equipo, el bufete con el que Lucía y compañía tenían que acordar o negociar lo que fuere. Nunca supe de qué iba aquello.
–Tortilla de Gabriel en la calle. Es increíble.
He aprendido a guardar silencio cuando toca. Al menos casi siempre.
–Podría haber matado a alguien. Incluso a alguna pareja de tortolitos.
Nunca ha hablado de ello hasta ahora. Lleva sus gafas de sol y su piel está razonablemente protegida. Yo me he encargado de ello.
No vuelve a decir nada del muerto.
Un año. Ya casi me creo el novio de. Apenas hemos tenido crisis alguna de pareja. Quizá es demasiado pronto. Me cuesta imaginar una discusión fuerte con Lucía. Se me rompería el corazón como a una adolescente anime.
Es como si tuviera que cagarla muy por encima de lo normal para sacarla de quicio.
–¿Quieres conocer a mis padres? –dice de pronto.
–¿Cómo…?
–Digo. Que. Si quieres conocer a mis padres.
No me esperaba algo así ni por asomo.
Balbuceo como la primera noche con ella.
–Sí, sí. Claro. Quiero conocer a tus padres.
Ahora soy uno de los tres gerentes poco intimidantes del turno de mañana en el centro logístico de una famosa cadena de supermercados. El lugar es enorme. Si alguien come de los palés, es culpa mía. Si alguien roba un detergente. Si alguien se droga. Si alguien muere aplastado. Si cualquiera de las cien cosas malas o terribles que pueden pasar, pasan, sería culpa mía. De hecho repartiría la culpa con otros dos tíos aún menos confiables que yo.
Total: Culpa mía.
–Porque a mí me gustaría conocer a los tuyos –dice Lucía.
–Sí. Sí. No tengo problema.
De hecho, si hay algo que siempre he deseado en el fondo, es que mis padres conozcan a Lucía. Aun con el vértigo que me provoca semejante encuentro.
Nunca hablo de la redención como objetivo en voz alta.
–Oye –dice Lucía, agarrándome el brazo izquierdo–. Si no quieres no lo hacemos. El rollo de los padres. Yo no tengo problemas en esperar.
–Sí que quiero. Es que me has pillado por sorpresa.
–Qué raro. El chico de las sorpresas…

Parpadeo y estamos en el caminito de entrada a la casa de los padres de Lucía. La magia de cuando algo no te apetece.
–¿Estás temblando? –me dice. Sonríe abiertamente. Es la sensación de un primer día de vacaciones multiplicada por cien cuando lo hace.
–¿Yo? No… Qué bonito es el jardín.
–Antes de llamar al timbre, dime que no vas a desmayarte o sufrir un ataque.
–Eres un poco exagerada ¿no?
–Podríamos haber ido a ver antes a tus padres. Son más viejos, podrían morir en cualquier momento.
Mirad, papá y mamá, soy un desastre pero he acabado con la líder abogada de las animadoras.
Respiro hondo y sonrío.
–¿Estás preparado?
–Adelante.

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Tus violadores favoritos

La testosterona se ha devaluado, o al menos eso dicen. Pero ahí estamos, lo que según quién llamaría: cuatro hijos sanos del Patriarcado. Hombres blancos, todos hetero. Tan hetero que escupimos al suelo, nos recolocamos el paquete en público, pisamos flores y pateamos mascotas. Estamos hechos de carne y comemos carne a granel. Quedamos para ver el fútbol, le rezamos a la Diosa Cerveza. Ya no somos un buen ejemplo para nadie.
Sólo queremos sexo, sin compromiso; y de tener un crío, por supuesto queremos un varón; nada de niñas caóticas, frágiles y porculeras.
Lo que se dice en ciertos círculos es que violaremos a una mujer en cualquier momento. Sólo es una cuestión de tiempo. Porque no sabemos contenernos. Nos han educado así, nuestros padres currando como cabrones, nuestras madres dando el callo en la cocina.
Somos los nuevos liberales, lo que queremos es pasta, pasta gansa, y hundiremos aún más a los pobres para conseguirla. Seremos los más ricos del cementerio y se nos recordará como ese pasado neomedieval con móviles inteligentes y fotopollas a tutiplén.
Somos los últimos consumidores de porno. Somos los últimos amantes de los coches, las motos y las chicas jóvenes que aún saben oler bien, sonreír con gusto y follar con ganas.
Somos el atracador, el asesino, el terrorista, el homófobo, el machista, el banquero y el electricista. Somos el altavoz de guarradas vertidas con saña desde el andamio.
Y lo somos todos. Basta de excusas. Ni uno solo de nosotros se libra. El color de la piel y el colgajo entre las piernas nos delata. Y además casi todos somos feos. Acosadores y encima feos. Todos cuñados, primos, hermanos de no sé quién, padres de Fulano, novios de Mengana, abuelos fascistas, racistas, muy racistas. Eso también es típico de nosotros: no queremos negros ni chinos ni moros. Como mucho alguna mulata a la que abrirle el culo y darle el biberón.
Todo eso somos. No hay más que vernos. Y no vamos a lloriquear, no señor. No tenemos salida ética o moral, no podemos decir ya que no tiene sentido generalizar. De modo que lo mejor es aceptarnos, querernos tal y como somos. No existiría nada bueno si no fuera por contraste.
Somos tus mejores amigos. Tu justificación. Tu centro de la diana perfecto, tu centro de gravedad ideológico. Somos tus violadores favoritos. Da igual qué seas, cómo seas o de dónde vengas. Somos escoria, pero sin nosotros no eres nada. Tu símbolo, tu bandera, tu entorno inmediato, tu cámara de eco… todo eso se vendría abajo sin nosotros.
Somos tu gasolina principal.
Mírame a los ojos y di que no nos necesitas.

Vaya cuatro patas para un banco. Gabriel ríe y da asco. Manuel nunca se lava el prepucio. Miguel folla a cualquier precio. Yo les quiero y les admiro, aunque más les quiero que les admiro. Vamos por ahí oliendo culos, comentando culos, señalando escotes y eructando entrecots. Olemos a huevada peluda y frisamos los cuarenta. Puede que la última generación de villanos; todo lo que viene detrás huele bien y está cabreado. Nosotros reímos a carcajadas, casi echando de menos una guerra. Contar chistes entre trincheras, pasear entre cadáveres dando patadas a las piedras. Fingir que no lloramos, que echamos de menos a alguien o que un brazo menos tampoco es para tanto. Hombre mata hombre, hombre gana – hombre pierde. Querríamos ligar con la enfermera de la fábrica reconvertida en hospital.
Matar a alguien otra vez.
Por qué no.
Enterrar a alguien con nuestras manos.
Llevar la medalla al mérito a los padres de algún finado.
Ser los roñosos veteranos de guerra que se espera de nosotros.
Parece evidente que somos menos hombres sin poder combatir.
Volveríamos a casa en nuestra bonita silla de ruedas. Lucy quizá aún nos aceptara, Kimberly puede que se buscara a alguien con piernas.
Si la polla aún nos funcionara, podríamos hacernos unas pajas antológicas pensando en nuestra ex con su nuevo maromo, imaginando que la tiene mucho más grande que nosotros, la usa mejor y a ella le encanta: corriéndonos a base de pura autohumillación.

Los hombres de la Historia quizá nos entiendan. Somos una masa homogénea de semen, malas decisiones y vomitonas de borrachera.

Aunque hay otras grandes fantasías típicamente heteromasculinas, ¿verdad? Esa cima del rascacielos. Encenderse el puro con un fajo de billetes ardiendo. Vestir trajes ridículamente caros que no sabemos apreciar. Contratar a la secretaria buenorra, entregada y sin planes de embarazo. Follar con ella cada día en su descanso para comer. Hablar por teléfono con otros hijos de puta con los que competir a ver quién mea más lejos. Reírnos sólo de puro ricos, y luego traicionarnos de la forma más rastrera.
Subir y sólo subir. Porque arriba el aire es más puro. Aunque cueste quince horas de despacho al día durante cuarenta años. Podremos presumir de yate, parienta, hijos relucientes, amante y casoplón. Casi como políticos de toda la vida, otros puteros con los que por supuesto nos codearemos. Daremos pequeños paseos entre los esclavos que reman. Hablaremos de piratas como si nosotros no lo fuéramos. Desperdiciaremos nuestra vida mientras no pocas mujeres envidian nuestra vida. Los roles de género están llenos de paradojas, incluso cuando meas de pie y naciste crudo.

Lista de cosas quizá no tan evidentes sobre los tíos blancos hetero:
–De vez en cuando nos palpamos el pene y los testículos, para asegurarnos de que siguen ahí.
–Nuestro pene nos gusta, sobre todo en erección, lo miramos durante horas.
–Nos va la maquinaria pesada, y también las armas. Las vemos como una extensión y/o imitación de nuestro pene.
–Nos miramos el pene en el espejo, lo zarandeamos, siempre en erección.
–Nos medimos el pene, más o menos veces según lo grande que pensemos que es.
–Nos preocupa el grosor de nuestro pene.
–Nos gusta ver cómo nuestro pene entra en una vagina o un culo.
–Si una mujer tiene las manos pequeñas, enseguida calculamos lo grande que parecerá nuestro pene agarrado por ella.
–No gusta más decir polla que pene, pero nos adaptamos a regañadientes según el contexto.
–Nos chiflan los chistes de penes.
–No nos gustan los juguetes eróticos, la mayoría son malas imitaciones de penes. Y sobre todo irreales imitaciones de penes.
–Pene, pene, pene, polla, polla, manubrio, pollón. Nos gusta hablar de ello. Poner el tema sobre la mesa, literal y metafóricamente.

Quizá no eran cosas tan poco evidentes, pero esto forma parte de un proceso de autoaceptación. Está bien decir: Mira, esto es lo que soy, lo que somos, todos. Así mejoraremos el mundo. Lo he aprendido muy bien.

Hablaba de mis colegas, pero poco importa, podría ser cualquier grupo de tíos. ¿Gabriel? ¿Manuel? ¿Miguel? Olvidemos sus nombres (además parecen inventados), y también su entidad. Remarquemos su identidad. Somos Hombres o Mujeres, Heteros u Homosexuales, Blancos o Negros, y así un largo etcétera de grupos que ya no pueden cobrar sentido de otra manera. Tu Etiqueta te define como Opresor u Oprimido, y según dónde encajes tienes mucho que sufrir o un huevo de deudas con la Historia. Es un milagro que algunos no se hayan rebanado ya los testículos con un cuchillo jamonero.
Tengo un colega que aún no ha violado a nadie. No diré cuál de los nombres potencialmente inventados. Y le decimos:
–¿En serio, ni siquiera un magreo, ni un morreo a la fuerza?
Un tío que pasa por la vida sin provocar lesiones genitales ni trauma alguno. Y el resto nos lo quedamos mirando como si no tuviera cojones.
Así funciona en nuestras dinámicas de grupo. Las veinteañeras feministas tienen razón. Hacen bien con vivir aterrorizadas. Hay un fulano blanco apestoso con la polla enferma en cada esquina. Lanza gruñidos y pide bragas usadas por correo. ¿Y quién le puede culpar?
Es Míster Construcción Social.
Somos todos clavados. Sólo disimulamos. ¿Padres tiernos y considerados? ¿Novios atentos y cariñosos?
Disfraces. Todos pueden ser tu asesino, tu violador, tu torturador físico o mental. Nos lo dan con el biberón. No son gritos de bebé, son reclamaciones, queremos nuestros privilegios, y los queremos YA.
No nos damos cuenta, pero es tal cual. Sólo algunas personas particularmente lúcidas han sabido verlo. El miedo, el terror, la jerarquía. El mundo es así de sencillo. No lo hemos inventado nosotros. O mejor dicho, sí, de hecho, sí.

Que digo yo, algún Relato habrá que abrazar. Y no querrás ser el facha de la habitación. Te van a intentar confundir con un montón de monsergas sociológicas, biológicas, antropológicas, de complicados grises y matices. Es la extrema derecha, siempre tienen una excusa. Te dirán que no, que son abogados, o científicos, quizá sean feministas desfasadas que eran activistas en los ochenta o los noventa. Te van a llenar la cabeza de pájaros relativistas. Van a tomar en consideración millones de elementos desestabilizadores, apolíticos, fríos, terribles discursos de ultraderecha difrazados de racionalidad.
Nanay.
Los tíos blancos hetero somos tu centro de gravedad ideológico. No puedes olvidarlo. O esa criatura joven e idealista que llevas dentro, se apagará. Se acabará la lucha tal y como la conoces, el enfrentamiento nítido y claro. La motivación morirá. Y no puedes permitirlo.
Cuando me hables parecerá que te tomo en serio, que me estoy deconstruyendo. Quizá incurra en contradicciones y después me sonroje. Parecerá que intento aprender. Pero lo cierto es que sólo estaré pensando en tu coño. En tus bragas mojadas. En la posibilidad de que pierdas de vista la Causa, y me dejes acceder a la causa de casi todo. Lo único que puede competir con el dinero.
Villanos, Malvados, Violadores y Opresores. Estamos más vivos que nunca.
Que se haga el silencio, abrid paso, y traedme a la menor.

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Lo de escribir

Sal a vivir aventuras, conoce gente, viaja, peleate, peleate a puñetazos con alguien, ¿nunca lo has hecho?, ¿ni de crío? Folla, folla mucho, o aún más complicado: enamórate, a ser posible que no sea correspondido. Sufre, dale vueltas hasta que el cerebro se dore, provócate unos meses de insomnio. Ve a urgencias sin saber muy bien por qué. Dile al médico que te duele todo, sobre todo el costado izquierdo, el brazo. Torea la ansiedad. Provoca violentas discusiones. Llama un día puta a tu madre, hijo de puta a tu padre. Culpa a los demás de todo lo malo que pase, o cúlpate sólo a ti mismo, encógete y llora por todas las desgracias del mundo. Abraza el miedo, mucho más de lo necesario, piensa en la muerte, que siempre toca. O prueba las DROGAS, deja que te guíen y a ver dónde te llevan.
O tira una colilla encendida en el bosque.
O arriesga aún más: Ten hijos.
Acumula un montón de cosas que perder sin salir nunca de pobre. Invierte emocionalmente todo lo que puedas. Cásate y después búscate una amante. Intima con chicas de veinte, diles que te asombra su inteligencia.
Envejece. No es que sea evitable, pero regodeate, observa tu decadencia en el espejo.
Prueba tu semen, tu pis y tus heces.
Levántate en medio de un convite y di que la novia se tira al hermano de. Y que lo sabes porque también se te ha follado a ti.
Miente cada vez que puedas. O aún peor: di siempre la verdad.
Haz un montón de planes. Eres emprendedor, un explorador, el horizonte te quiere, la montaña te guiña.
Arrástrate. No es que esto sea tampoco evitable. Di que eres demasiado perfeccionista en las entrevistas, y deja ir la risa.
Recalca los identitarismos, márcalos a fuego. Que nadie olvide en ningún momento su condición de mujer, negro, trans o tío blanco hetero. Juega la culpa blanca, enciende la mecha de los fuegos más modernos.
Intenta no suicidarte; impacta en el momento pero es cortante, y a medio plazo, aburrido.
Construye o destruye, no importa demasiado, siempre que el paisaje sea resonante.
Haz el amor en las pausas entre polvos. Descubre a los cincuenta que a los treinta no era amor. Divórciate y celebra con alcohol si no tienes hijos.
Habla con el fantasma de tu abuela. Pasea por el cementerio. Recuerda las maldiciones de tu abuelo.
Acumula espectros. Haz diógenes de intangibles. Fantasea con la salud plena o la enfermedad terminal prematura. Vuelve a reconstruir mentalmente tu funeral, toda esa gente mirándose, con cara de circunstancias.
Haz ejercicio hasta que el cuerpo se marque y seas canon. Úsalo. Destapa la hipocresía alrededor. Trafica con la belleza “objetiva”. Ponles un espejo a todos enfrente: delgaduchas, alfeñiques, gordos sebosos y vacas que ríen. Tumba los discursos “inclusivos” perfectos, toca ese timbre y sal corriendo.
Transita las costuras éticas. Quítale el disfraz de moral al paternalismo, la capa de barniz al victimismo. El mundo es enorme e increíblemente complicado: recolócate el paquete y sácale partido.
O si no di a menudo: “Chúpame el coño”.
Todos aman lo amoral. Haz como tu cerebro, deja fluir las cosas más terribles. Las perlas están en el charco marrón. Vas a tener que hurgar entre el barro, las bacterias y la mierda de gato. Hazte con una mascota, por cierto. Hazle fotos al felino hasta que articule su discurso de odio completo. Reconoce por fin que no mereces el amor de tu perro. Come carne siempre viendo National Geographic. O hazte vegano y cuenta que has encontrado el tesoro al final del arco iris.
Todos aman lo inmoral. ¿Me dices que no vas a matar?, ¿no vas a violar?, ¿a bombardear?, ¿no arrasarás el puñetero planeta? ¿Y pretendes que me lo crea? Te veo revolviendo en el estómago abierto a cuchillo de la persona que más quieres. Te veo metiéndote de cabeza, buscando respuestas, buscando a Dios. Y después el móvil, que se te ha caído. Vas a matar y a vejar, porque quieres la paz eterna pero te hicieron de carne. La estadística de violaciones baja dramáticamente en los países con mayor y mejor acceso al porno. La contradicción no es torpeza, es la norma, la premisa, el sempiterno tablero de juego.
Da igual si la Barbie o el Cromañón. Vas a flirtear con todo eso, tu hondo y jodido fuero interno. La igualdad de resultados no es deseable, la jerarquía es inevitable. El Poder transformaría incluso a tu novio el mosquita muerta. La coyuntura conquistará a tu novia la licenciada. Vas a volcar sin querer un montón de tinteros con tu pluma de ganso. A veces te temblará el pulso, en ocasiones te odiarás, pasarás vergüenza, quizá rías o llores. Puede que incluso olvides que NO se trata de tener razón.
Nunca sale perfecto, nunca perjudica a nadie de verdad. Sólo brilla e inspira o nunca se iluminó.

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Euforia

1. “¿No quieres probar un poco de esto?”

Esto es el principio. Mi padre, en paz descanse, decía que a veces es bueno recalcar lo obvio. También decía que no le interesaba una película si no quedaba claro cómo se ganaban la vida los personajes.
Yo antes pensaba que no me parecía en nada a mi padre, pero ahora creo que me estoy convirtiendo poco a poco en él. Si no en todo, sí en lo esencial.
He sido y soy un currante habitual de talleres y almacenes. A veces con el mono de turno, otras veces con engañosos uniformes. Puedo manejar casi cualquier tipo de maquinaria que sirva para mover palés u otro tipo de cargas. Me he pegado unos madrugones espectaculares y sé lo que se siente pasando ocho horas frente a una cadena de montaje.
He conocido también el paro, y soy un bicho bastante raro, una especie de cultureta soft, un lector empedernido que sacaba malas notas. Mucha gente no sabe encajar las piezas conmigo; se convierten en amigos aquellos a los que eso no les importa.
No he follado mucho pero he follado bastante bien, o eso creo. En la actualidad no tengo pareja ni rollo ni “amiga”; eso a veces no está muy bien visto cerca de los 40 ni en un tío. Has de tener alguna tara. Podría decir que soy un inconformista, o que los demás se agarraron a un clavo ardiendo, pero la verdad es que me considero bastante romántico. Lo cierto es que he dejado que la pereza me domine ante la perspectiva de un futuro dando explicaciones.
Muchos dicen que son unos solitarios, pero yo he sido un solitario de verdad. No un vaquero atractivo, pero sí un tipo inofensivo con ocasionales arranques de lucidez.
Mi madre es una madre, tiene casi ochenta años y vive todo el tiempo preocupada. Voy a verla a menudo, nunca me ha costado hacerlo, me angustia pensar que está sola. No vive en un barrio chungo, y me consta que sus vecinos son buenas personas, pero las tareas del hogar pueden ser peligrosas para alguien de su edad. Cuando voy, intento ayudar en lo más aparatoso (limpiar donde no se llega fácilmente o regar según qué plantas de difícil ubicación). Suena a buen hijo, pero tengo muy claro que durante muchos años fui un grano en el culo.

Siempre he tenido la suerte de tener buenos amigos. Personas que saben no atosigar y que respetan tu espacio, nadie aficionado al drama o que espere muestras peliculeras de amor. He conocido personalmente a muy pocas personas a quienes pudiese considerar realmente mezquinas o hipócritas por encima de la media.
Se podría decir que, en términos generales, la vida me ha dado más de lo que yo le he dado a ella.
He tenido una suerte del copón.
Al modo del autodidacta un tanto perezoso y atontado, nunca he dejado de hacer mis pinitos como uno de esos escritores entre millones que dan la chapa narrativa en la era digital. Como mínimo he tenido el detalle de no intentar escribir poesía.
Digamos que mi único amor parcialmente desinteresado –no sujeto a movidas biológicas o necesidades de integración en la tribu– ha sido al arte. Los libros, las películas, la música, y ocasionalmente la pintura y la fotografía. Todo lo que tiene que ver con algún modo de expresión inspirado, narrativo, abstracto o impulsivo, me pone alerta inmediatamente. Eso ha hecho que también me aficionara hasta cierto punto a lo que desde la ciencia se denomina a menudo de forma peyorativa: pensamiento mágico. Las cuestiones sobrenaturales o a priori inexplicables, más allá de tu creencia o excepticismo, son una fuente no solo de estafas o circos patéticos, sino también de historias y exégesis mutantes increíblemente inspiradas e inspiradoras.
Si hay algo que me irrita más que los conspiranoicos de pro (antivacunas, terraplanistas…), son los ultraescépticos (irrefrenable superioridad moral). Es evidente que la conspiranoia puede ser dañina, pero el ego del ser humano “cabal” acostumbra a provocar no pocas tormentas de mierda, tsunamis en forma de reaccionarismos. Últimamente creo que casi todo lo malo ha estado surgiendo de la orgullosa inoperancia expresiva de los que se creen buenos e inteligentes.
Si te miran lo suficiente por encima del hombro, si te señalan lo suficiente con el dedo, es probable que acabes votando al gilipollas menos recomendable como forma de autoafirmación kamikaze: prefiero esta mierda a tu puto perfume.

2. “Pega fuerte, puta, en la cara. No sabes follar”

Hay planes para la noche de Halloween. Recuerdo haber odiado Halloween basándome en el argumento de las celebraciones importadas. Tardé poco en reconocer que más o menos todo es importado, todo está mezclado, todo es batiburrillo y mezcolanza. Cualquier tic nacionalista me parece ya obscenamente anacrónico en el fondo. Si hubo un momento en el que eso unió o ayudó a la gente en algún país, parece evidente que hablamos de épocas remotas.
Ahora me encanta Halloween, porque lo asocio a los disfraces y las películas, al tipo de teatralidad que a mí me la pone gorda. A veces literalmente. ¿Recordáis cuando se puso de moda criticar los disfraces sexys? Aún dura, y yo también caí en ello. ¿Qué coño le ha pasado a la gente progresista? ¿Nos hemos vuelto gilipollas tal y como vaticinaba Marty McFly?
Casi todo apunta a que sí.
Ahora parece que todo ese neopuritanismo se empieza a consumir en el ácido de las hipocresías (o quizá me hago ilusiones). Un discurso sólo puede asumir cierto grado de contradicción; a partir de cierto punto se empieza a desmoronar. Una buena señal es cuando la gente evita hablar de ello. No quieren criticar a los suyos y tampoco quieren mentir.
En lo que a mí respecta, Halloween es para montar una gran y jugosa sesión de cine. Dos o tres películas adecuadas a la fecha. Un poco de salsa de tomate y gusto por lo morboso, algún que otro susto, un poco de humanidad desatada y honesta. O dicho de otro modo: inmoralidad controlada. Te ríes a mandíbula batiente ante la recreación de asesinatos y pérfidas tramas. Adoras a los fantasmas y abrazas la idea de la muerte. La válvula de escape de la ficción: aceptarnos como los animales de mirada sospechosa y pulsiones domesticadas que somos.

Y también cenaremos.

Cada uno se llevará lo suyo, me han dicho. Por mí, perfecto. No seremos muchos, eso lo jodería todo. Sólo yo y un par de parejas de relativa confianza. Aunque puede que estemos algo apretados, porque también habrá un elefante en la habitación.

3. “Escúpeme en la boca, cerdo. Méate”

Los anfitriones serán Esteban y Muriel, informáticos de profesión (aunque ella ha heredado una fortuna). Se conocieron en la época de los primeros morreos, y decidieron que ya estaban bien así. Creo que se llevaban bien como amigos, y sólo les quedaba incorporar el sexo. Ambos querían casarse y tener una familia, así que llegada la treintena se desposaron y pusieron a la tarea de follar a pelo y Muriel comenzó a engordar.
Ahora la cría tiene nueve años. No se parece al padre.
Un rumor –quizá una realidad deformada– comenzó a correr por ciertos círculos. Mucha gente conoce a Esteban, es un tipo abierto y entrañable, alguien con quien te sientes cómodo y que nunca se ha vuelto del todo un cínico. Eso hizo que todos no enterásemos de un episodio poco esclarecido sobre una enfermedad de su hija.
Creo que Muriel es muy distinta a Esteban, de hecho creo que se precipitaron llevando ese rollete adolescente al mundo adulto. Creo que Muriel es una gilipollas de tomo y lomo que trata a Esteban como si fuera su mascota. Una gilipollas identitaria, además, y colectivista en el peor sentido. Se sumó a la ola en cuanto esta pasó por dónde ella flotaba con su tabla de clase alta.
Es una gilipollas en muchos ámbitos. Una gilipollas polivalente. Buena persona sólo sobre el papel.
Pero Esteban la quiere.
Estas cosas pasan en las dos direcciones, pese a que no esté incluido en el Relato.
El mundo de la pareja es enormemente sórdido, quizá más en este tipo de relaciones de cimientos tan tempranos. Parece producirse una codependencia de dos personas que nunca tuvieron tiempo de conocerse mínimamente a sí mismas. No sabían quién coño eran y ya tuvieron que comenzar a verlo todo con cuatro ojos.
Tener descendencia parecía la única forma de dar apariencia de solidez al proyecto. A las familias con hijos se les otorga un aura de Construcción Adulta.
No es que todo eso siempre salga mal, pero no estamos ante un ejemplo de buenas decisiones y tranquilidad doméstica.
Más aún cuando un día tu hija despierta por la mañana y te habla en un idioma que no conoces, mientras se retuerce de tal forma que temes que se le parta la espalda en dos.

4. “Ábreme el culo. Quiero el puño de la zorra”

David conduce y Pauline se ríe de él, pero no con mala intención. Van camino a la cita de Halloween. Ha llegado el día. Está anocheciendo y el coche serpentea por las colinas de Periferia.
–Ríete, pero me da un mal rollo que te cagas esa niña.
–¿Una niña que tuvo una gripe?
–No tuvo una gripe, Pauline, no sabes las cosas que se cuentan.
– Tú y J. queréis que pase algo, siempre queréis que pase algo, pero no os dais cuenta de que siempre están pasando cosas, y os las perdéis esperando a que un extraterrestre os sonde o una niña os hable con voz de camionero y os vomite en la cara.
Pauline es francesa, curra en una inmobiliaria aquí desde hace cinco años, y es algo así como todo lo contrario a Muriel: un puñetero sueño físico e intelectual para cualquier tío hetero o lesbiana cabales. Ella y David llevan unos tres o cuatro años juntos. Ella sabe que suele gustar a casi todo el mundo en mayor o menor medida, y yo no soy una excepción. Sabe tratarte y sabe muy bien qué debe decir o callar en cada ocasión. Creo que le caigo bien, aunque piensa que su novio y yo estamos un poco tarados. Los amigos del pensamiento mágico.
–No tenéis ninguna prueba, cariño. Estuvo enferma, se recuperó y eso es todo. Y además ya la hemos visto más de una vez.
No es que los demás veamos mucho a Esteban y familia. Los fuimos perdiendo a medida que su relación se recrudecía. Pauline gusta a todo el mundo, pero Muriel no gusta a nadie, y diría que nadie le gusta a ella.
–La hemos visto en el exterior, de día, en terrazas, rodeados de gente. Ahora es distinto.
A David le encanta bromear en serio, o ponerse serio cuando bromea. Le gusta tirar de la lengua a Pauline, que obviamente sabe que su novio ya formal no cree del todo en los exorcismos, sino que más bien es un fan de los exorcismos, como de tantas otras movidas que especialmente a él y a mí nos divierten y fascinan.
–Si Esteban fuese más cabrón y no un pastelito como es, hoy os podría gastar la broma de Halloween del siglo.
–Me parece que en esa casa no están para bromas.
Pauline apenas conoce a Muriel. Esteban queda alguna vez con nosotros, pero Muriel parece haber desistido de intentar ver algo que apreciar en el ser humano.
–¿Seguro que era por aquí?
–Creo que sí, hace un huevo que no vengo.
–¿Un huevo?
Pauline aún tropieza con ciertas expresiones del idioma. Otro rasgo encantador es su acento, que parece no pulirse, cosa que a David le chifla.
–Hace mucho que no vengo.
–Oooh. Hace un huevo.
David asiente y alarga la mano para sobar la rodilla femenina izquierda. David no para de repetir que un día su novia de ya largo recorrido se va a dar cuenta de que puede conseguir algo mucho mejor que un mecánico/parado del centro de Periferia. Siempre le digo que no creo que haya habido ningún tío a lo largo de la historia que no haya pensado eso respecto a su pareja. Pero se supone que los tíos somos quienes se imponen y defiende el fuerte y controlan la situación. Esta creencia o huella antropológica, por más pasada de moda (o no) que esté, hace que se nos crea poco capaces de sufrir por algo más que habernos pillado el dedo con un martillo. David dice que hay parejas y parejas.
–Todas las mujeres no son iguales, colega, ni los tíos. Todos tenemos preferencias. Todos los cuerpos no son bellos y todos los cerebros no son brillantes. Y tu y yo sabemos que esta chica me da cien vueltas. Soy Mr. Inseguridad el 80% del tiempo; pero no me importa mientras eso le parezca atractivo.
Para completar el contexto, hay que decir que David conoció a Pauline dándole un puñetazo en el estómago a un tipo que la acosaba en una discoteca. Ciertos actos puntuales aportan equilibrio y estabilidad al conjunto de cualquier relación.

5. “¿Te vas a correr dentro, cabrón con pintas?”

Yo, J., el narrador omnisciente, amigo de pocos y novio de nadie, estoy sentado en un sillón de tres plazas del amplio y acogedor salón de la pareja anfitriona. Esperamos a David y Pauline, mientras se me agasaja con todo tipo de bebidas y chuminadas para picar (he traído un kebab y patatas fritas). Cualquier idiota con escasas habilidades sociales se daría cuenta de lo que pasa. Es un plan de Muriel.
Creo que Muriel quiere devolverle poco a poco a Esteban su vida: a sus amigos, al menos a un par de ellos.
Esteban es el mismo Esteban de siempre. Amable e incapaz de tirarte de la lengua, dispuesto en todo momento a escuchar e interesarse, pero sin reaccionar de forma artificial. Esteban es cordial por naturaleza, cortés, sin apenas sujeción al protocolo.
Muriel, sin embargo, está representando algún tipo de nuevo show de Muriel, en el que todo son sonrisas vehementes y atenciones, carcajadas forzadísimas y ofrecimientos constantes. Está tan dispuesta que, cuando me disculpo para ir al baño, pongo el pestillo pensando que se presentará para ofrecerme una mamada.
Me lavo las manos y vuelvo al salón, ya algo ansioso por que lleguen David y Pauline. Ellos siempre aportan una nota inteligente, algo que de algún modo relaja el ambiente y aterriza la situación. Tendré apoyo para lidiar con Muriel; casi comienzo a echar de menos a la Muriel seca que estaba convencida de que todos éramos unos mediocres sin estilo, oficio ni beneficio.
Miro a mi alrededor y me percato de algo:
–Por cierto, ¿y vuestra niña?
–Oh, está en su habitación –murmura Muriel, sin actuar por primera vez–, luego bajará. Le he dicho que… Bueno, vamos a esperar a que estemos todos. Os queremos enseñar una cosa.
–Oh. Vale…
Miro a Esteban, buscando su reposada sonrisa de complicidad, de colegas desde hace más de dos décadas.
No la encuentro. A cambio, luce una mirada de circunstancias, parecida a la de Muriel.
–Bueno… Espero que no sea nada malo.
–Ya… –dice Muriel, retomando su sonrisa de excavadora–, cuando estemos todos ya… Es una cosa importante, y queríamos… Antes de cenar y las pelis y todo eso.
–Vale, de acuerdo, soy un chico paciente.
–¡Claro! ¿No quieres otra cerveza?
Claro, por qué no. Reconozco que la noche se pone interesante. O quizá no. Nunca se sabe con estas cosas.

6. “No sabes ni violar a tu chupapollas”

David y Pauline (traen unos tapers misteriosos) notan la impostura de Muriel desde el saludo en la puerta. No digamos en la reacción cuando ella se percata de que han traído una botella de vino. No hay restos de la Muriel que conocíamos en Muriel. Me pregunto si eso tan importante que nos tienen que decir tendrá que ver con ella.
Luego, estúpido de mí, caigo en la cuenta.
Nos sientan delante de una pantalla plana enorme, a la que conectan una USB. Esteban de pie y de cara a nosotros junto a la parte derecha de la pantalla, Muriel a la izquierda. Parece claro que ella ha dispuesto los elementos.
–¿Nos vais a enseñar un video, entonces? –pregunta Pauline, con esa sonrisa franca que elimina la posibilidad de que nadie se mosquee. Lanza de vez en cuando alguna indirecta amable a Muriel, como intentando que se dé cuenta de su colocón de pose.
–Primero queremos poneros en contexto –dice Muriel, suavizando la voz, también todo ensayado, calculado, repetido cientos de veces en su mente–. Seguro que habréis oído que nuestra hija estuvo enferma.
Asentimos, yo flipando bastante. La única capaz de articular palabra es Pauline.
–Oímos algo, Muriel, pero no sabemos exactamente qué le pasó a vuestra niña.
Esteban no habla, pero parece agradecer el tono contemporizador de Pauline.
–Nuestra hija estuvo muy muy enferma… Hace dos años. Por suerte hubo dos personas, el Padre Luis y el Padre Gómez Infante, que nos ayudaron a…
Muriel calla de golpe, se desata en muecas y rompe a llorar. Prácticamente nos ducha.
Vaya.
No sabría decir si es ensayado o de verdad. Esteban la rodea con el brazo izquierdo. Sonríe un poco, nervioso.
Feliz Halloween.
–Es mejor que lo veáis –dice Esteban–. Lo grabamos casi todo. Lo importante, al menos. No sabíamos qué hacer, los médicos tampoco… Un día mordió a un psiquiatra. El hombre estuvo dos días en coma… Y hacía más cosas, pero hay que verla… Por eso lo grabamos. Aún no ha visto nadie el video, sólo nosotros. Ahora lo veréis vosotros. Si alguien no quiere verlo, no hay problema, pero para nosotros es importante.
Esteban tiene la cara roja y la mirada algo perdida, parece sentirse algo ridículo, torpe, forzándose a contarnos todo eso cuando preferiría comerse un yogur e irse a dormir. O quizá volver a los doce años, cuando estaba todo por decidir.
Él mismo busca el archivo de video y le da al play.
Si inicia enseguida un plano fijo, parece que con trípode.
–Él es el padre Luis –murmura Esteban, lo señala con el dedo, ubicándonos.
El padre Luis está arrodillado y parece susurrar algo a la niña tumbada en la cama. Nadie ha dicho su nombre, por cierto, y yo no lo logro recordarlo (¿Martina?, ¿Valentina?, uno de esos nombres que luego nadie usa enteros).
Tardo un poco en darme cuenta de que la cría tiene los brazos y los pies atados a las propias patas de la cama. Lleva algún tipo de pijama: camiseta y pantalón largos. Ambos parecen sucios, aunque la iluminación del video es un tanto precaria, con dos pequeñas lamparas encendidas en ambas mesillas flanqueando la cama.
La imagen, sí muy nítida, compensa, aunque quizá hubiese preferido no ver según qué cosas tan bien.
El sonido, también claro, acaba resultando especialmente perturbador.
Muriel, a nuestro lado, llora en silencio sentada en un sillón. No quiere o no se ve capaz de decir nada, hace cuenco con las manos en su cabeza, mirando al suelo.
Me da por pensar en lo mucho que me ponía hasta que la conocí bien. Es increíble cómo te puede dejar de interesar el físico de una persona.
Una voz del video irrumpe violentamente en el salón.
Es de la niña atada, en teoría. La voz, un grito ronco de timbre muy extraño, se repite una, dos veces. Luego murmura algunas palabras. No conozco el idioma.
–Un momento –dice Pauline–, Esteban, ¿puedes parar un momento el video?
–Sí.
–¿Esa voz era la niña?
–Sí, Pauline, esa voz era Caterina.
Asiento. Caterina, así se llamaba.
Está claro que Pauline piensa que el video puede ser un montaje.
Yo también he oído la voz, pero empiezo a entrar en una especie de trance.
Siempre he dicho que si alguna vez veía con mis propios ojos algo obviamente sobrenatural, todo mi sistema de creencias se vendría abajo, no podría seguir sosteniéndolo. Pero ahora no sé. No sé si eso se puede hacer. No sé si la gente que “ve cosas” simplemente vuelve a sus raíles después.
Yo no soy científico, para mi casi todo es magia, tocar botones y que sucedan cosas. Pero esto…
–Es mejor que lo veáis entero antes de… Porque aún no habéis visto nada –dice Esteban.

7. “Párteme el culo de una puta vez. Siempre has querido”

El video resulta casi insoportable. Casi, porque no te queda más remedio que no colgarte de una viga o tirarte por la ventana. El no suicida se expone a menudo.
Esteban puntualiza algunas cosas. Dice que la voz habla en arameo, pero que ellos no lo sabían. Caterina, completamente ausente, dominada por lo que fuera que tenía dentro, se arquea y convulsiona. Oímos crujir de huesos y la piel en torno a sus costillas se cuartea, se agrieta e incluso se abre. En cierto momento a Pauline se le escapa un grito. La niña ha destrozado las ataduras y ha flotado unos cuatro segundos sobre la cama, temblando, ha lanzado el pie izquierdo como dando una patada, y ha vuelto a caer sobre su costado derecho como un pelele. Los curas han estirado los brazos, como para evitar que cayera fuera de la cama (o incluso subiera hasta el techo), lo cual lo ha hecho todo más impresionante en el peor y más indigesto sentido.
El video tiene cortes. Abarca todo un mes, todo tipo de situaciones y visitas, curas, pero también médicos y otros personajes que se debieron sentir atraídos por el rumor. Un psiquiatra presencia parte del espectáculo y decide irse. Dice que es todo un montaje y que le han hecho perder el tiempo, aunque está visiblemente asustado. Una monja acaba vomitando en un rincón, asegura que por el olor. En otra ocasión la niña se libra de su atadura y le mete el dedo índice entero en el ojo derecho a un curandero, el globo ocular acaba colgando en su mejilla. Aprovechando periodos de letargo, cambian el material de las ataduras varias veces. Se repiten episodios de vómitos, pero nunca es como en la película que todos tenemos en mente. La niña no vomita, pero escupe, muchas veces sangre. Se pudre por dentro, gradual pero decididamente.
Los únicos que no vienen y van, que siempre están ahí, son Esteban y Muriel, y los curas residentes, el Padre Luis y el Padre Gómez Infante. Hacen arqueología bíblica buscando textos adecuados, que repiten hasta la saciedad. Algunos provocan reacciones, otros nada, y puntualmente ciertas frases hacen que “Caterina” se ría. Lo peor es cuando se ríe. No es su voz ni su expresión, no es su mirada. Me invade un terror muy difícil de definir: uno hijo, un familiar así.
La peor parte en cierto modo son los últimos veinte minutos (el video dura una larga y terrible hora y trece), que abarcan los últimos cinco días de pesadilla (cinco de treinta). Y es que lo que sea que la niña tiene dentro, decide que ya ha aprendido nuestro idioma, si no lo traía aprendido ya. Es una parte que ya sin remedio nos lleva a la película. Esteban para el video. Nos habla precisamente de eso. Nos dice que recordemos que la película está basada en un hecho real. Eso hace que muchas cosas tengan sentido de una forma novedosamente retorcida.
–No quiero banalizar esto, pero sé que todos pensáis en ello.
Le miramos fijamente, embobados, cuando nos dice que un agente de William Friedkin les ha contactado. Al parecer Friedkin ha sido un estudioso (“entusiasta”) de los exorcismos del mismo modo que James Cameron lo ha sido de los pecios.
Mientras la niña habla, alguien coge la cámara para hacerle unos planos de cerca durante un minuto. Tiene el cuerpo destrozado, lleno de cortes y ampollas, heridas recientes y otras que parecen intentar cicatrizar. La piel es blanquecina, más bien amarilla, y diría que todas las venas de la muchacha traslucen. El plano de los ojos nos deja sin aliento. Rojos y brillantes, son la única parte del cuerpo que desprende vitalidad, aunque sea una horrenda vitalidad.
Se oye una voz.
–Para que nos digan que esto es un montaje.
Es la voz de Esteban, que asumimos sujeta la cámara.

La criatura mira hacia el objetivo, y luego comienza a decir cosas terribles a sus padres, casi todas de índole sexual. Todo lo que Caterina nunca diría, o lo que sus padres querrían que no dijera nunca, no ya de niña, sino jamás.
Escuchando, atónito, a David le entra una risa floja.
–Disculpa. Tío. ¿Puedes parar el video?
No logra que su mueca se revierta.
–Es que no entiendo nada, Esteban. Perdona que me ría, pero es que nunca…
–No te preocupes.
–No quiero tomarte el pelo. Últimamente nos vemos poco, y apenas conozco a tu hija. Creo que nadie aquí tiene un gran vínculo con ella, excepto a través de ti. No te molestes, Muriel, pero de entre vosotros mi colega es Esteban.
»Y ahora nos enseñas este video y… a ti no te pega nada hacer algo así… Perdonadme, pero intento ver por dónde va esto. ¿Se trata de ti, Muriel? ¿Has pensado que montando algo así vas a lograr “estrechar lazos” con nosotros en una sola noche?… Todos sabemos que es Halloween, la gente hace cosas así… no tan curradas, lo reconozco, el video es espectacular, es verdad. Pero sé que tenéis dinero, tenéis bastante pasta, y que hacer algo así sólo requiere de la voluntad necesaria. Y… No te molestes, tío, pero creo a esta mujer capaz de convencerte para preparar algo así.
»No me malinterpretéis, no quiero joder la fiesta ni nada. Sólo estoy… porque de verdad no sé lo que pasa, y sólo intento darle una explicación… Quiero que me pongáis en contexto de verdad, porque todo esto me está pareciendo un montón de mierda…, y voy a subir a la habitación de la cría y me la voy a encontrar maquillada y con un montón de objetos moviéndose “solos” para el susto final… Y no es eso lo que me preocupa, sino lo que hay detrás de todo esto. Sinceramente.
–Me parece irónico –dice Pauline, cavilando, menos incrédula (parece) y mirando al suelo– que tú precisamente, cariño, tengas tantas ganas de “volver a la realidad”, cuando parece que por fin tienes el OVNI delante, majestuoso, con todas sus luces y aterrizando en tus narices.
–Pauline. Ojalá fuera un ovni…

8. “Tienes una polla de verdad o sólo un llaverito, papaíto?”

Esteban no responde a las, al fin y al cabo, acusaciones de David. Se mira el pecho y no ve el modo. El video se ha quedado congelado en medio de una frase; la cara magullada e irreconocible de la cría, normalmente con los rasgos suavizados de su madre.
Muriel se levanta y, sin decir nada, le arrebata el mando a su marido y vuelve a darle al play.
El resto del espectáculo es un continuo gritar frases bíblicas de los curas. Una repetición tras otra ya sin cortes, dos voces como un sola. Vemos también cómo le lanzan agua bendita (unas botellas minúsculas de cristal), a lo que esa cosa no parece reaccionar especialmente.
Se ve también por primera vez cómo algunos objetos se mueven solos. Las mesillas tiemblan y (contengo el aliento) se abre un grieta en el techo. Caen unos restos en la cama que el Padre Gómez Infante sacude al suelo con una mano, mientras con la otra manosea la Biblia abierta. Me sorprende cómo nunca sueltan sus libros sagrados, aunque obviamente reciten de memoria casi todo el tiempo.
Los dos profesionales sudan copiosamente.
Observo cómo Pauline hace rato que sólo mira al suelo, ahora no sé si incrédula, planteándoselo todo o simplemente muy incómoda. David se ha arrellanado en el sillón, como esperando a que una película tediosa termine. Yo me comienzo a sentir parcialmente eufórico. Esa es la palabra que me viene a la mente: eufórico.

La cámara se vuelve a mover (supongo que el operador vuelve a ser Esteban), y podemos apreciar cómo el cuerpo de la cría, con el pijama hecho jirones, empieza a cambiar radicalmente.
Caterina vuelve a ser quien, poco a poco, controla los gestos y los rasgos de su carita. Las heridas sanan casi del todo, sólo dejando leves magulladuras. Los ojos mutan del rojo al verde genético de Muriel. Todo sucede en unos dos minutos. Es como si despertara, o como si volviera a nacer, porque la muchacha rompe a llorar como si llegara de la nada.
Muriel entra en plano corriendo a abrazarla.
El video termina.

Muriel, ya casi calmada del todo otra vez, se levanta y saca la USB de la trasera de la pantalla, como si acabáramos de ver un episodio de Black Mirror.
–Ha estado muy bien –dice David, visiblemente mosqueado–. ¿Ahora cómo sigue esto? ¿La chiquita bajará por las escaleras del revés con las manos y los pies a cámara rápida?
–¿Tú eres muy listo, ¿no? –dice Muriel.
–No tengo un puto euro y estoy en el paro, así que ¿cómo lo voy a ser, Muriel? ¿Cómo querías que reaccionara exactamente? ¿Qué hacemos ahora después de esto, cenamos y vemos Viernes 13? ¿Nos partimos el culo porque ya hemos “superado esto juntos”?
–David –susurra Pauline.
–No, perdona, cariño, pero es que sigo esperando un contexto para lo que está pasando. No es que yo sea el tío más práctico del mundo, eso es evidente, pero sí exijo unos mínimos. Joder, tan mínimos que hasta mis treinta y ocho tacos no he tenido que exigirlos nunca.
Esteban se sienta con parsimonia en lo que parece su sillón, igual que Muriel parece más apegada al otro. Se hace un silencio que parece no vaya a terminar. Nadie sabe cómo proseguir.
Es Esteban el que, nuevamente muy incómodo, intenta encontrar el modo de hacerse entender.
–Yo sé que el video es fuerte, pero no es una broma, David. No sabíamos cuándo enseñarlo, y puede que hoy no fuera el mejor momento. Pero ¿cuándo lo iba a ser? Sabéis de sobras que se nos considera los locos del barrio, y no solo del barrio. Lo que tú sientes ahora, David… nosotros llevamos ya dos años así. Puede que te parezca egoísta, pero necesitábamos de verdad que alguien más viera lo que pasó.
David parece calmarse un poco, si es que yo sé leer su semblante.
–Ya sé que no somos la pareja perfecta o algo así –prosigue Esteban–, pero hemos sufrido de verdad. Yo nunca prepararía una broma así. Y Muriel tampoco. Ella… lo ha pasado incluso peor que yo. No hay ningún tipo de ayuda para superar esto mentalmente. ¿Lo entendéis?
–Cuéntaselo, Esteban –murmura Muriel.
–No creo que…
–Cuéntaselo, Esteban.
Muevo la cabeza como si fuera el mejor partido de tenis que se haya visto.
–Hace un año ella se intentó cortar las venas.
–No lo intenté, lo hice.
Se arremanga, se pone en pie y nos enseña unas cicatrices atroces en las muñecas.
No parece haber vuelta atrás.
Pauline se disculpa y pregunta por el baño. De hecho no está nada lejos, y enseguida oímos un recital de arcadas, mientras David hace preguntas a través de la puerta.
Me doy cuenta de que no he soltado prenda desde que David y Pauline llegaron e intercambiamos saludos y bromas. Y no pienso hacerlo hasta que no me vea forzado a ello. Es una situación delicada completamente nueva. Puede que haya precedentes, de hecho ahora estoy convencido de que los hay, pero no tenía noticia de todo esto más allá de lo apócrifo.

9. “No quiero una gota fuera, violador”

Está claro que esto no es lo mismo que ver un ovni, David tiene razón. En el mejor de los casos, habría que especular sobre algún tipo de enfermedad salvaje de la psique, alguna clase de somatización extrema que te transforma, te cambia el color de los ojos y desafía las leyes de la física, por no hablar de la telequinesis, el arameo espontaneo y toda la basura que la cría largaba por la boca.
Cuando la gente cabal oye hablar de exorcismos, piensa en enfermedades mentales que las personas muy religiosas sólo saben interpretar de una manera.
En lo que a mí respecta, acabo de ver una prueba gráfica de que la gente religiosa tenía una coartada contundente.
Pauline sale del lavabo, algo sudorosa y con ojeras, los ojos llorosos. Dice que necesita hablar con David y conmigo, en privado. Esteban y Muriel conceden sin protesta, incluso nos señalan una habitación.
Nos metemos en lo que parece un dormitorio para invitados del primer piso, no debe ser el único.
–Vosotros dos, decidme lo que pensáis. Porque empiezo a creer que aquí la única que no está informada soy yo.
–¿Cómo? –murmura David, con deje de indignación.
–Si la víctima soy yo, parad ya, porque no…
–Deja de decir eso, Pauline. ¿Tú me ves actuar? ¿Alguna vez te he gastado una broma, aunque fuese minúscula?
Yo procuro seguir en mi papel de observador. Decido que si me veo obligado a hablar, me mostraré simplemente pasmado ante la situación. En parte es como estoy, pero tengo la extraña sensación de que todo el asunto me afecta menos que al resto. Ese sentimiento de euforia sigue ahí, aun con el miedo y la duda. Si todo acabara resultando una broma, creo que me llevaría un chasco.
Obviamente no puedo verbalizar nada de todo esto.
–J., díselo, dile que no es una broma. Por favor.
David está nervioso de verdad. A menudo hemos tenido la misma percepción de las cosas, los mismos enfoques políticamente dudosos, despojados de buenismos o empapados de nihilismo. Lo que pasa es que ahora él tiene algo que perder, y Pauline es mucho que perder.
–Yo no sé lo que está pasando, Pauline –digo–, estoy igual que tú.
A decir verdad, si todo el asunto fuese una broma a Pauline que yo he ayudado a preparar, hace mucho que la habría parado. ¿Quién querría joder así a Pauline?
–¿Qué se supone que…? ¿No os dais cuenta de que esto no es sólo una experiencia desagradable? Esto va más allá de lo metafísico. Yo soy atea, ¿lo entendéis?
–Cariño…
–¿Cariño qué?
–No es… no sabemos lo que ha pasado con esa cría, aunque el video sea verdad.
–Qué me vas a decir, ¿que son “fenómenos físicos a los que la ciencia aún no ha encontrado explicación”? La puta ciencia…
Pauline parece estrujarse el cerebro buscando una salida, o más bien la ilusión de una luz al final del túnel.
–¿No os dais cuenta de que…? Dios mío, el ateísmo sólo era una creencia…
–No creo que se trate de creer o no en Dios.
–David, no lo reduzcas al Cielo y el Infierno. Ahora es imposible saber dónde trazar la línea entre lo demostrable y lo…
Ahora sé que Pauline cavilaba sobre todo esto ya mientras veía o apartaba la vista del video.
–¿Y si ver ese video ha abierto algún tipo de puerta en nuestra mente? No es que yo fuera una fan loca del “mundo real”, pero al menos sabía más o menos a qué atenerme…
Esteban y esa capulla de Muriel deben llevar dos años así. Ahora ser creyentes y no sólo modernitos irónicos nos habría ayudado a sobrellevar esto, eso es evidente.
–Pauline –dice David, suavizando la voz–, tú ya decías antes que el ateísmo es una creencia, ¿no te acuerdas?
–Era todo a nivel teórico, David, era un rollo diplomático, decía que era una creencia, pero en el fondo para mí era la única vía razonable. Así es como piensa la gente, David, casi nadie pone una mierda en duda, todos creemos que nuestro enfoque es el correcto. Y no sólo el correcto, sino el único.
–Tú no eras una fanática, Pauline.
–No. A los veinte años me reía en la cara de los que creían en Dios, y después seguí haciéndolo, sólo que por dentro. Me seguía sintiendo superior.
Pauline habla caminando el círculos, deteniéndose cuando necesita pensar, habla para sí misma en un hilo de voz:
–No. Creo que no se trata del Cielo y el Infierno. O quizá sí. Pero en lo que nos atañe ahora, se trata de la Vida y la Muerte. Eso es. La Vida y la Muerte. Podría ser que por eso Muriel se intentara suicidar.

10. “Aprieta más, y pega fuerte, sarasa de mierda”

–Vas demasiado rápido, Pauline –murmura David–. Esto ha sido como una borrachera de realidad, puede, lo entiendo, pero no podemos dejar que nos aturda tan rápido. Tienes que respirar. Tenemos que salir y hablar esto. De hecho creo que deberíamos cenar, por prosaico que suene ahora.
Pauline intenta respirar por la nariz y expulsar el aire por la boca. Esperamos pacientemente a que recupere su ritmo.
Eso hace que vuelva a ocuparme de mis propias cavilaciones. El sentimiento de euforia se acrecienta, le gana terreno a la incertidumbre y el miedo. Sé que no será tan sencillo como eso, pero ahora respiro hondo y, aunque no disfrute exactamente de la situación, sigo sintiéndome en el margen. Creo que la clave está en el hecho de estar solo, sin pareja, sin otros dos ojos con los que tener íntima complicidad o compartir la experiencia, como si gracias a eso pudiese elegir en parte cómo encajo la extremadamente desconcertante situación. Sigo deseando que no sea una broma, que no sea un sueño. Si la Torre de Babel ha de derrumbarse, tengo las mejores vistas.

11. “Te la vas a comer en un plato, glotón”

Cuando volvemos al salón, David se acerca a Muriel y Esteban y les encauza por donde quiere.
Está bien, cenemos. Hablemos, o no, pero cenemos. Intentemos provocar algo de normalidad. Sembremos costumbrismo.
Dejemos cicatrices, cabreos y lloros de lado un rato.
Pienso en Muriel, y si de verdad intentaría suicidarse convencida de la vida después de la muerte. Yo no pensé en eso, pensé en el sufrimiento causado por la situación de su hija. Pero encajaría con Muriel esa clase de puñetazo en la mesa. Tampoco sé si habrá distintos sitios a los que ir después; de ser así, no creo que el suicidio se premie, no en el contexto católico, desde luego.
Es bueno no hablar, y ahora sólo pienso mientras los demás, ya cada uno en su sitio, se pasan un bol de ensalada.
Esteban y Muriel comen algún tipo de carne, David y Pauline echan mano de sus tapers misteriosos (creo que es algo vegano), y yo ataco mi kebab y las patatas, no sin antes haberles dado un soltero toque de microondas.
A los dos bocados, nos damos cuenta de algo.
La niña sigue arriba, en su habitación.

Vaya. Lo hemos intentado, pero no ha podido ser.

La normalidad se va al carajo, porque de verdad se nos ha olvidado que la cría también tiene que cenar. A nosotros y a sus padres.
Es perfecto, porque ahora Muriel sube por las escaleras –“Esteban, quédate aquí”– y bajará con ella, y tendremos que volver a poner todo de nuestra parte para recuperar el ansiado costumbrismo. Cuchillo y tenedor, pásame la sal, hagamos algo normal. Cosas de vivos mortales.

La niña es una niña. Tiene nueve años y lleva un vestido azul sencillo, bailarinas y una cola de caballo. El pelo rubio de su madre, sus ojos verdes y cero veneno en la mirada, excepto la picardía inocente propia de la edad. Quizá nos tendrían que haber dado algo más antes de que bajara. ¿Se acuerda de algo?, ¿tiene pesadillas?, ¿su habitación es la misma?…
Esteban y Muriel tienen una pequeña disputa sobre lo aconsejable o no de que la cría cene unos macarrones sobrantes del mediodía. Ella se los come.
La muchacha nos ha saludado a todos por orden materna y sin aparente timidez.
No escucha a los adultos, o eso parece, de modo que reiniciamos de forma calmada la conversación, aunque controlando el vocabulario y reduciéndolo a lo genérico.
–Esteban. ¿No habéis pensado en mudaros?
Este era David.
–Sí. Lo pensamos, pero luego fue pasando el tiempo…
Vuelvo a notar ese nerviosismo peculiar en Esteban, creo que nunca se lo había notado hasta esta noche.
–La casa nos gusta, y decidimos darnos un tiempo con ella. No sé si se entiende algo de lo que digo.
Sonríe, intentando controlarse.
A veces hay que darse un tiempo con una casa, como con una pareja. Todos sabemos cómo suelen acabar esas parejas.
–Suena ambiguo –dice David, sonriente–, pero está bien. Y es verdad, la casa mola.
Pauline no ha vuelto a decir una palabra desde que tuvimos la charla aislada en el dormitorio.
Remueve con su tenedor algún tipo de vegetal procesado para parecer carne.
–Los animales y los animales humanos y la materia y todo se descompone… pero no sabéis nada.
Esta era Caterina.
–¿Cómo dices, hija?
–Papá. Eres un papá y hablas como un papá, no te preocupes, no tienes que decir cosas de papá todo el tiempo.
Se oye un resoplido, de Pauline, que niega con la cabeza.
–Soy una niña normal, ya lo sé, papá. Papá el papá normal, mamá la mamá biológica. El colegio es la casa.
La mirada muerta.
–¡Caterina! A comer.
Y esta ha sido Muriel.

12. “Esto sólo es el principio”

Pauline nos arrastra a todos al dormitorio de antes, Caterina se ha quedado en el salón con sus macarrones.
–Cariño, ahora venimos –ha dicho Muriel.
–Conversad tranquilos, padres –ha dicho Caterina.
Eso no ha ayudado.
Pauline vuelve a caminar en círculos, pero esta vez se detiene enseguida y sólo habla y mira fijamente, en este caso a Muriel y Esteban.
–Una pregunta. ¿Vuestra hija habla siempre así? Porque la he visto muy poco, pero no la recuerdo así. Ni siquiera me refiero a lo que dice, que también, pero sobre todo al tono.
No ayuda tampoco que Esteban y Muriel tarden tanto en decir algo.
–Pauline… –intenta intervenir David, pero ella levanta una mano: aún no.
–Dicho de otra forma: ¿Ella ya apuntaba maneras antes del episodio que doy por hecho real del video?
–Sí.
–No.
Esteban ha sido el sincero. Nunca se le ha dado bien maquinar.
–Lo que yo creo –dice Esteban, ahora ¿mosqueado?– es que nadie está obligado a quedarse más en la casa. Podéis acabar de cenar (o no), y podéis marcharos. Yo quiero comer el resto de mi ternera y luego ver una película con mi familia en Halloween. Quien quiera quedarse, lo podrá hacer. No sé qué más deciros.
–Entiendo lo que dices, Esteban –murmura Pauline, suavizando el tono–, pero, asumiendo que ella no sale mucho, ¿has pensado que podría no ser bueno para la niña tener a extraños en la misma casa que…? Podrían ser estímulos que… Joder, ¿nadie más ve lo complicado que es esto?
–Sabemos que es complicado –interviene Muriel–, y hemos pedido todo tipo de ayuda para ella. Ayuda psicológica. Te aseguro que está sobreanalizada. Hemos gastado una cantidad ingente de dinero. No os lo podéis imaginar. O quizá sí.
–Un momento. Y… –interrumpe Pauline, encajando algunas piezas.
–Hemos recorrido un camino muy largo para llegar hasta aquí.
–¿Y no sería más apropiado que tratara con gente de su edad? Vale, no he dicho nada. Entonces somos conejillos de indias.
–Ella no es agresiva, pero no…
–No sabemos lo que puede hacer –dice Esteban–, esa es la verdad. No ha agredido a nadie desde… Pero queremos que haga cosas normales con gente normal.
–Vale.
Pauline deja los brazos muertos, como en señal de rendición.
–No sé qué deciros. Me pongo en vuestras manos. David, a partir de ahora tú tomas las decisiones, yo estoy agotada. Si quieres que nos quedemos, nos quedamos, y si no…
Obviamente yo prefiero que se queden. Si ha de pasar algo, no quiero verlo solo, quiero apoyo cuando llegue el momento de digerirlo, recordarlo o hasta contarlo en el futuro. Esteban y Muriel no cuentan. Ellos son prácticamente material de ficción.

La euforia, en lo que conocemos por vida real, suele llegar a través de las drogas. Es probable que eso sea lo más habitual. La sobriedad total es actualmente casi una historia del pasado. Y no hace falta ser un drogata; la droga –aceptada o dura– llega por muchos cauces.
Sin drogas físicas hace falta una experiencia lo suficientemente chocante, algo que te revuelva químicamente el cuerpo. El “subidón natural”.
No estoy muy seguro, pero teniendo en cuenta el percal, es probable que ahora estemos en la mansión del litio.
Uno querría ver dónde tienen aquí los medicamentos. Dudo que quepan todos en un armarito en el baño.
Todo el mundo te prepara hablándote de lo dura que es la vida, pero nadie te pone en preaviso con la muerte. Se asume que es un salto a la nada. Que incluso las consecuencias mueren.
Seguimos cenando “como si nada”, incluso cuando la niña sigue hablando. No dice absolutamente nada que te haga pensar en una niña de nueve años. Ahora el discurso es articulado. Las intervenciones ocasionales se acaban transformando en un monólogo a modo de cascada.
–Vosotros sois mayores que yo, es evidente, pero no me podréis negar que no es ni de lejos fácil manejar la política exterior. ¿Alguna vez habéis votado a los conservadores? Ellos siempre hablan de los inmigrantes como si fuesen ratas. Creo que en el fondo muchos autodenominados progresistas piensan igual. No es porque sean racistas, muchos no, es porque tienen miedo. Quizá es xenofobia, o simplemente que son prácticos. Cuanta más gente hay en un sitio, peor. Los progresistas te venden compasión y diversidad, y lo entiendo, el mundo se está mezclando, es inevitable, y hay algo bueno en la multiculturalidad. Pero sólo puedes ignorar los problemas potenciales de la superpoblación desde el más inocente buenismo. O desde el cinismo. Si os fijáis, mucha de la gente que defiende a toda costa la inmigración o espolea a defenderla, son personas de izquierdas de clase media alta, o alta sin más, y mediática. Saben que si comienza a llover mierda, sus techos serán más sólidos, o que incluso aguantarán mientras vivan. Será la gente pobre la que se vea invadida por más gente pobre, mientras los acomodados juegan al ajedrez retórico y político.
Las caras, las miradas, el pasmo, el miedo y la incertidumbre, la incertidumbre. La euforia.
–¿Qué opináis de la polarización? Os diré que hay algo terrible en ella. Pero lo más terrible es que mucha gente parece disfrutarla. Es como si algunos desearan una guerra, o como si hace treinta años tuviese que haber habido una guerra mundial que finalmente no fue. Y ahora tenemos un montón de energía confrontacional extra que quemar como especie.
»Decidme si no parece que vivimos en la sociedad más pija y a la vez belicosa, irritante e irritable de la Historia. ¿De esto iba la Evolución? ¿Cuál es el siguiente paso?

13. “¿No me vas a bañar, mamaíta? Quiero tu peluche”

–¿Hablas de todo eso con más gente, Caterina? –dice Pauline, como si no estuviera ya de los nervios otra vez.
–¿A qué te refieres con más gente, Pauline?
–Sabes a qué me refiero, los otros adultos, los médicos, los psiquiatras.
–¿Los psiquiatras? Los psiquiatras preferirían oler mi ropa interior. Creo que uno lo quería de verdad; la pederastia es más habitual de lo que se cree. Pero había otro peor, un tío de unos cuarenta tacos que supuraba a Freud por todos los poros. ¿Os dais cuenta? Es como si un científico llamara a un curandero para que le tratara el cáncer. El psicoanálisis está complemente muerto.
–Ya… Entonces ¿qué les dices a los psiquiatras?
–Lo que se les dice a los psiquiatras no tiene importancia, esas consultas suelen estar completamente vacías de contenido, Pauline, son pura gimnasia mental. La gente se abre de verdad en otros ambientes, con otras personas. Porque un psiquiatra escucha, ¿y quien quiere que le escuchen en el fondo? La gente no quiere ni escuchar ni que les escuchen.
–¿Entonces qué quieren?
–Quieren movimiento, entretenimiento ligero, luces, colores, fricción, temperaturas agradables, dormir, comer rico o comer político, disfrazar su ego desaforado de humildad, parecer la mar de inteligentes… La gente quiere muchas cosas, pero no un diagnóstico sobre lo capullos que son o lo enfermos que están.
–¿Tú crees que estás enferma, Caterina?
–¿Tú crees que estoy enferma, Pauline?
–Yo creo que sí.
–Y qué tengo, doctora Pauline.
–No lo sé, pero no eres una niña normal.
–¿Y qué es una niña normal?
–Con tu edad nadie habla de esas cosas, o de esa manera.
–¿De qué manera hablo, Pauline?
– Editorializando. Desafiante. Como alguien de cuarenta años.
–¿Desafiante?
–Sí. Y no has tenido tiempo de formarte criterios políticos.
–Quién sabe, mis padres me tienen capado el porno en Internet, o eso creen, pero por lo demás puedo leer y consultar lo que me dé la gana. Quizá estás subestimando mis capacidades, Pauline. ¿Es porque soy una niña? ¿No eres feminista, Pauline? Te van a dar pam pam en el culo; apostaría algo a que eres de izquierdas: tienes que consultar las últimas actualizaciones del relato cultural, Pauline, y tendrás que comprarles todo el pack teórico, desde las ideas lógicas hasta las más estúpidas. Ser de izquierdas se ha puesto complicado, pero yo no hago las normas.
–Entonces sólo estás repitiendo cosas que has leído. ¿Eso debo entender?
–¿Yo tengo que decirte lo que tienes que entender?
–Necesito más vino…
–Haces bien: la sangre de cristo… Quizá eres católica y conservadora, una antiabortista tarada fan de las cámaras de gas, y te estoy tratando como a una activista. Si es así, lo siento, aunque ahora tampoco hay mucha diferencia.
–No sé si quiero seguir con esto.
–Yo creo que es divertido, tú no hablas como los profesionales de despacho. Estás un poco cabreada, y eso está bien. ¿Sabes que a mi madre le encantaría ser como tú?
–Creo que es mejor que…
–La francesita salida de la misma cadena de producción que Marion Cotillard. Preliminares de calidad, largas y habilidosas mamadas: el polvo definitivo. La mejor conversación de alcoba los domingos por la mañana. Una tía buena y con estilo en los años de juventud, y con el tiempo una anciana encantadora e incluso agradable de ver, con la cara aún redondita y una luz que no se apaga en la mirada. ¿Puedo llamarte Marion?

14. “Vas a hacer lo que yo te diga”

He desnudado el diálogo, para atajar, porque ha habido varias intentonas de interrumpirlo o dinamitarlo. Nunca he visto a David más nervioso y fuera de sí, y Esteban aún luce expresiones y miradas inéditas para mí. La noche se ha ido al carajo del todo, o al menos eso parece. No puedo evitar seguir sintiéndome un espectador privilegiado, y vuelvo a preguntarme cómo sería si ahora tuviera una novia estable aquí conmigo. ¿Estaría más preocupado?, ¿tendría más miedo? Crece la sensación de que soy el que menos tiene que perder aquí.
Muriel se ha levantado tras cierta intervención de Caterina, la ha puesto de pie bruscamente y la ha conducido escaleras arriba a su habitación. Castigada sin postre. Se terminó el experimento.
David parece respirar con algo de alivio, aunque pensativo; Esteban tiene pinta de romper a llorar en cualquier momento (¿o reír?); Pauline parece tener un montón de teorías u objeciones en la recámara. Yo estoy en vilo, esperando que todo esto aún pueda ramificarse. Quiero ver hasta qué punto se puede llegar a torcer. Definitivamente creo que, desde mi soltería rodeada de parejas, ya no puedo negarme más que estoy disfrutando hoy y aquí.
No es que no me esté replanteando muchas cosas, estoy alterado como todos, pero algo me dice que, pase lo que pase hoy, lo que conozco por rutina se volverá a imponer a partir de mañana con la implacabilidad habitual. Volverán los domingos deprimentes, los lunes laborales aún peores, los viernes por los que no te suicidas, los festivos, las Navidades, las doce uvas, la ironía y el sarcasmo que lo intoxican todo por exceso, y hasta los putos cumpleaños.
Por eso soy un fan del pensamiento mágico. Claro que el mundo real (o más habitual) es fascinante e inabarcable de por sí, pero para poder explorar todo eso hace falta un montón de tiempo y pasta.
Si hubiera una invasión extraterrestre a escala mundial, ese show absolutamente descomunal me saldría gratis. O lo que pasa esta noche, que aún no sé muy bien lo que es, pero que ya ha puesto patas arriba –temporalmente o no– todo mi sistema de valores y percepciones.
Mucha, mucha gente increíblemente aburrida con su vida querría vivir algo así. Ver lo que yo he visto y oír lo que yo he oído. Imagino futuras veladas con excépticos, dando sorbitos de mi copa de vino mientras les observo desplegar todo su pragmatismo, control teórico y refinado sentido del humor. Un nuevo tipo de placer.
Hay quien podría frustrarse, por conocer la verdad (Hay Algo Más) y no poder contarlo abiertamente, porque eso inmediatamente te haría quedar como un rebuscado ignorante, o un ingenuo en el mejor de los casos, alguien que no sabe que todas las cosas pasan por motivos perfectamente razonables y cero emocionantes cuando se llenan los espacios en blanco. Las luces extrañas en el cielo, las experiencias con teóricos fantasmas, todo el ramillete de fenómenos paranormales que percibirías como normales si no fuera por tu estúpida autosugestión magufa. Simplemente no tienes toda la información, capullo.
No siempre la información es poder; pero a mí nunca me ha costado guardar secretos, podría guardarme para mí sin problema un trío con Magdalena y La Virgen María. La última frase de Caterina a Pauline fue:
–¿Tú eres más de follar o de contar?

Muriel se queda un buen rato arriba con la cría. El resto practicamos abajo distintas clases de silencios incómodos. Disfruto de esa variedad de gestos y miradas dirigidos a rincones que de normal están abandonados a su suerte. La juntura entre las baldosas, el polvo en las esquinas, la pelusa que reaparece por más que barras. Protagonistas absolutos. Quizá se refieren a eso cuando dicen que esta realidad ya está llena de cosas fascinantes. Puede que si miras con suficiente atención esa muesca del techo te acabes corriendo encima.
Pero no quiero desplegar el cinismo más de la cuenta, por más que dé gustito argumentar contra los escépticos con su propia medicina.
Me tengo que cortar las uñas de las manos, eso es evidente. Cuando llevas mucho tiempo sin “amiga”, acabas descuidando bastante la higiene. No hay perspectivas de sexo, hay algunas duchas de menos. Pero lo mejor es que puedes callarte todo el tiempo que quieras. Hacer cosas sin acompañarlas de una justificación. En pareja se ponen a menudo en relieve un montón de detalles que no tienen puta importancia, incluso se forman disputas o discusiones por cualquier gilipollez. Si comes fuera sin pareja (solo o sólo con amigos), tardas unas diez veces menos en decidirte a pedir lo que querías desde el principio. Es verdad que puede ser muy bonito enchocharse, pero hay que reconocerle a la soltería el ademán práctico de quien no ha de fingir que todo es importante.

Justo esto, extrapolar según la experiencia propia, es lo que hacemos todos. También los dioses que caminan entre nosotros. A veces hay un consenso general respecto a ciertas actitudes o preferencias. Contrariamente a lo que dirían muchos escépticos de pro, las empresas no crean los estereotipos y el canon, las empresas sólo los recogen.
Incluso los escépticos necesitan sus propias conspiraciones.

Pienso y me repienso, cuando Muriel cae rodando por las escaleras.

15. “Tu niña ya es mayor, una putilla experimentada”

Un estruendo que dura varios segundos. Que se hace eterno. Aunque parezca sorprendente, tardamos un poco en levantarnos para seguir con la noche. Incluso Esteban. O puede que sea la actitud de Esteban lo que nos paraliza a los demás. Muriel se duele en el suelo, mientras el resto, durante un momento, parece que vamos a seguir de sobremesa sin más. A la mierda lo que sea que haya pasado, a la mierda Muriel, a la mierda Caterina, a la mierda los exorcismos y William Friedkin. A tomar viento de una vez, y bendecid a vuestros muertos.
Lo que me inquieta de la forma en que Esteban se acaba levantando para socorrer a su mujer, es que su mirada transmite una sensación de rutina. Como si no fuera en absoluto sorprendente ese tipo de accidentes en la casa.
Una vez nos movemos, todo se vuelve urgente. Pero Muriel se ha dado cuenta.
–¿Me ibas a dejar aquí tirada, joder?
Empieza recibiendo Esteban.
–¿Es que no me has visto, coño? ¿No me has oído caerme por las putas escaleras?
Me percato de que Pauline se ha traído la copa de vino. Gesto lento y hastiado.
Muriel nos mira desde el suelo;
–¿Que narices os pasa, EH?
Intenta recolocarse el vestido. No parece que se haya hecho daño, sólo contusiones de marca temporal.
La violencia se ha vuelto mental en un tiempo récord.
Ante el repentino silencio de Pauline, que era quien podía reconducir mejor la situación, David parece sentirse obligado a decir algo, mientras Esteban levanta del suelo a Muriel.
–¿Qué ha pasado, Muriel…?
–¿Que qué ha pasado? ¿Es que no ves lo que ha pasado, capullo?
–¿Perdona…?
–Capullo. Capullo. He dicho CAPULLO, gilipollas parado.
–Joder –murmura Esteban.
David se queda mudo, intentando procesar el nuevo curso de los acontecimientos.
–HE DICHO CAPULLO. CAPULLO Y GILIPOLLAS. Búscate un trabajo y haz algo con tu vida, mamón. ¿Me oyes?
David intercambia su mirada con Pauline.
–¿Me oyes o no? ¿Te caigo mal? Tú también me caes mal a mí, joder, me caes como el culo. CAPULLO.
David se acerca a Pauline, que mira de reojo a Muriel, y saca su paquete de tabaco.
–Aquí no se fuma, CAPULLO. ¿Me oyes?
David se enciende un cigarrillo, Pauline le acaricia la nuca.
Mi sentimiento de euforia.
Apenas controlado.
–Me vais a comer todos el COÑO.
–Muriel… –murmura Esteban.
–¿Tengo que aguantar a esta GENTUZA? ¿Queréis ver a la niña, EH? Pues NO HAY NIÑA. ¿No habéis visto que no hay niña?… ¿Os gusta eso? Ya tenéis tema de conversación, un poquito de gasolina para vuestras reuniones de chupipandi de MIERDA. ¿A que os gusta?
Yo no digo nada, pero la respuesta evidente sería: SÍ.
Sabía que era una buena idea hablar lo menos posible. Sólo existir. Ser la cucaracha en la explosión atómica.

16. “El Diablo está en los detalles, soplapollas”

Mi madre siempre dice que lo importante es sembrar. Habrá muchas cosas que no te apetezca hacer en la vida. Cosas más allá de lo evidente. No irías a según qué cena o excursión o cita o viaje. Planes para el tiempo libre que a priori te dan mucha, mucha pereza. Te quedarías en casa si no fuera porque no quieres hacerle un feo a alguien o dejar de lado a tus amigos. No quieres minar vínculos.
Aunque a veces sea bueno como paréntesis plantarte y poner alguna excusa, mi madre dice que en general es mejor hacer lo que sea. No sólo por ese miedo a quedar mal o que te piten los oídos, sino porque lo importante es sembrar.
Irás a esa cita o actividad, y lo peor será el momento de levantarse y prepararse y afrontarlo. Pero generalmente la cosa mejora cuanto ya estás en harina. Es algo que pasa incluso cuando te invitan a una boda. No irías, pero luego ir no está tan mal. O esa caminata de montaña que te va a quitar tu tarde de cine y café.
Significa sembrar.
Sembrar es darle de comer a tu viejo y sabio cerebro. No porque tú seas viejo o sabio, sino porque tu cerebro sabe cómo gestionar y digerir lo que le sirves, aunque el menú deje mucho que desear.
Incluso aunque tu día de boda o excursión o cena con demasiada gente no haya sido malo pero sí bastante pesado y a priori poco memorable, tu cerebro se meterá en la sala de edición, y cuando hayan pasado meses o años, tendrás recuerdos brillantes de aquello, casi cegadores. Tu memoria te arrancará auténticas sonrisas, puede que mirando al cielo mientras piensas: Merece la pena. Todo esto merece la pena.
Le pregunté a mi madre:
–¿Eso funciona así porque el futuro siempre es peor?
Ella dijo:
–Tú hazme caso.

17. “El nene bueno no quiere pegarme. El nene maricón”

Yo no quería estar hoy aquí, esa es la verdad. Es cierto que me apetecía mucho más que otras reuniones o actividades, pero casi nada puede competir con mi cama y un buen libro. O con Internet y mi mano derecha, para mencionar la otra vertiente.
Eso que siempre dice mi madre me ha influido más de lo que esperaba. No tengo claro qué hará mi cerebro en la sala de montaje con todo esto, pero no se quejará de no tener material con el que trabajar.
Prefiero obviar la evidencia de que hoy esto no va de chistes malos con amigos en el campo o frente a demasiada comida.
Hoy se trata de una pesadilla real. O al menos así sería si no fuera por mi innegable sentimiento de euforia.
¿Estoy gozando mientras veo cómo sufren mis amigos?
No habría razón para ello. No son malas personas, ni siquiera son de un entorno distinto al mío. Diría que David es como yo en casi todo; Esteban es un trozo de pan que no ha hecho daño a nadie jamás; y Pauline es todo inteligencia y sensibilidad, la buena intención personificada.
¿Tenía más miedo hace un rato que ahora? ¿Puede que las paredes de la casa estén impregnadas de algo que me está afectando? ¿Hay Algo que me esté convenciendo de algo?
Observo la disposición de los elementos.
Muriel se ha vuelto a ir escaleras arriba. No sé si con la cría o a la habitación que en teoría comparte con Esteban. El resto nos hemos dejado caer en los sillones. Esteban en el suyo, yo en el que parece de Muriel, y David y Pauline desparramados en el de tres plazas, ambos fumando y pensando o con la mente en blanco.
Creo que Esteban es la razón de que aún sigamos aquí. Da igual el motivo, yo quiero más: falta al menos un último envite. Ni siquiera hace falta que sea un gran clímax, sólo una porción más del pastel. Nunca he probado este sabor.

Es Pauline la que pone en marcha la máquina otra vez. Así funciona incluso en los días más especiales; hay tiempos muertos, silencio, valles en el desarrollo.
–Esteban.
Voz mortecina, un hilo.
Esteban se limita a dirigir la mirada.
–Sólo quiero saber una cosa. ¿La niña ha matado a alguien?
Esteban mira al suelo y comienza a negar con desmayo.
–No, Pauline, no ha matado a nadie.
–Pero Muriel no se ha caído sola por las escaleras.
–No, Pauline, Muriel no se ha caído sola por las escaleras.
–Entonces Caterina sigue teniendo dentro lo que sea que tiene dentro.
Silencio.
–El Padre Luis murió hace un año, nos dijeron que de cáncer. Gómez Infante no quiere volver… Es un hombre mayor. Lo que se ve en el video es verdad, cuando Caterina recuperó su rostro y se cerraron las heridas, pensamos que ya había acabado todo.
–Pero obviamente no es así.
–No solo queríamos que vierais el video. Queríamos que…
–Así que de cáncer. Y el otro tío ya es muy mayor, dices. En el video me parecían más o menos de la misma edad, y…
–No tenemos cadáveres en el sótano, Pauline, si es eso lo que insinúas. Ni siquiera tenemos sótano. Si quieres te enseño la buhardilla, sólo hay muebles carcomidos.
–¿Y el jardín?
–¿Lo dices en serio?
–¿Te parece que bromeo?
El bajo, afilado tono de voz de ambos, las miradas mutuamente clavadas.
–Puedes ir y cavar tú misma.
–Alguien debería hacerlo.
–Muy bien, Pauline.
Esteban se levanta y se pone una copa.
Regresa con parsimonia al sillón. Pauline, su hilo de voz, algo de sarcasmo:
–Entonces qué tiene dentro, ¿al Diablo?
–Por si lo quieres saber, al parecer sólo se trata de un demonio del montón. Hay mucha literatura al respecto si te interesa.
–Asumo que te has informado.
–Demonio o Jar, si te gusta más. Llámalo religión, folclore, ocultismo o como quieras, pero no se habla de ello en los tratados científicos.
–No puedo creer que nos hayáis metido en esto.
Ya lo sé. No nos quedan fuerzas… Es una guerra personal, al límite, dialéctica y también física, tú misma lo has comprobado. Tienes razón, hemos sido egoístas, queríamos a alguien más involucrado. Estamos agotados; es una vida absurda, Pauline, una cabronada, una putada de vida. Es vivir cada día al borde del suicidio o el asesinato.
–Pero es vuestra vida. No la nuestra.
–No eres tan buena como te crees, ¿verdad? Nadie lo es ya si se le arrincona. En eso Caterina tiene razón.
–¿Caterina?
–Llámala como quieras.
Silencio.
Y Pauline, mirando hacia el techo:
–Una mezcla de nihilismo y violencia calculada.
–Nihilismo, o realismo. Nadie puede convivir con la Verdad todos los días.
–¿Crees que siempre dice la Verdad?
–Basta con que te dé esa sensación. Con eso basta.
–Yo tendría más miedo de que me empujara por las escaleras.
–Todo tiene su momento. Ella lo sabe muy bien.
Esteban se bebe su copa entera de un trago. Se incorpora y mira otra vez fijamente a Pauline;
–Creo que tú le caes bien.
David se despabila, casi cómicamente;
–No, Esteban.
–Ella le cae bien, a lo que sea que tiene dentro. Ella le cae bien.
–Mi novia no es una exorcista, Esteban.
–Creo que no se trata necesariamente de repetir como un loro textos sagrados, y es evidente que no podemos hacer uso de la violencia física. Pero podemos declarar la guerra dialéctica.
–Qué dices, Esteban. No somos curas, ni políticos. Ni filósofos.
–Esto no funciona así, David. No se trata de conocimientos académicos o profesionales. Tiene que ver con los extremos, con defender el Odio o el Amor.
Silencio, mariposas en mi estómago. David:
–Esteban… Escúchame. Tienes el cerebro frito. Y lo entiendo, no creas que no. Yo llevo sólo unas horas aquí y ya estoy jodido para siempre, pero Pauline no te puede ayudar.
–No sé si puede, pero es la primera persona que le cae bien. que le cae bien.
–Pero ¿te estás escuchando, tío? ¿A ti te ha dado esa impresión cuando hablaban antes?
–Esa cosa me odia, y también a Muriel. No quieras saber las cosas que nos ha hecho. Lo que nos ha hecho hacer.
–Es verdad. No quiero.
–Yo sí –interviene Pauline, aún aparentemente hastiada.
–Joder, Pauline.
Ahora se hace un silencio que parece no terminar. Esteban se frota la cara con las manos, intentando sacudirse no sé qué;
–Esa cosa nos amenazó con cortarle el cuello a nuestra hija. Se presentó de madrugada en nuestro dormitorio con un cuchillo de cocina y se lo colocó así. Y sólo es un ejemplo.
–Y qué, sigue –dice Pauline, firme y dispuesta a no dejarse impresionar, como si ya hubiera trascendido eso.
–Nos hace hacer cosas. No…
–¿No habéis probado a esconder los cuchillos? –dice David.
–No es así de sencillo –susurra Pauline.
–No es así de sencillo –repite Esteban–. Recuerda que no es una niña. Ya hemos pasado por todas esas fases, esos juegos de estrategia. Puede cortarse el cuello o simplemente partírselo contra la pared.
–Puede tirase por una ventana; lo que sea –murmura Pauline–. Pero no se iría de casa.
–Yo también lo creo, no se iría –subraya Esteban.
–¿Pero entonces…?
–No sabemos lo que quiere, David. No tenemos ni idea. Que sepamos no tiene ningún objetivo.
–Sólo seguir así –dice Pauline.
–Sólo seguir así.

18. “Cógeme por el cuello, fuerte”

Esteban nos introduce.
La palabra demonio viene del griego demon, que significa genio. Se describe como algo no humano y casi siempre malévolo. Toda la nomenclatura ha ido evolucionando hasta volverse confusa. No hay un canon a no ser que quieras crearlo. La literatura ha ido maleando los conceptos.
–No sabemos con seguridad prácticamente nada –dice Esteban–, hay un exceso de información y es imposible intuir qué es fiable y qué son sólo supersticiones.
–Entonces qué –dice Pauline.
–Muchos textos coinciden en que el objetivo de un demonio es contribuir al ascenso del Maligno, del Ángel Caído. En teoría lo haría seduciendo con mentiras, pero el Padre Luis nos dijo que no han de ser necesariamente mentiras, sino sólo lo que necesitemos oír.
»El objetivo global es hacer uso del “poder de las tinieblas” para combatir a “aquellos que guardan los mandamientos de Dios”. Un demonio odia la Luz, que es Cristo, y busca “arrastrar a los hombres hacia sus propias tinieblas”.
Silencio. Sigo aquí. Esto está pasando.
–Supongo –murmura Pauline– que todo eso te suena a ti tan abstracto e impreciso como a mí. O si no, tendrás que hacerme de traductor.
–Lo que tenemos ahí arriba, dentro de mi hija, estaremos de acuerdo en que no suena como una niña. Pero tampoco suena como muchos adultos. No sé vosotros, pero a mí me da la impresión de que dice lo que sea que necesitemos oír.
–¿Lo que necesitamos oír para qué?
–Para perder la fe.
–La fe en qué, Esteban, que yo sepa aquí nadie se dedica a “guardar los mandamientos de Dios”. Aquí nadie cree, Esteban.
–Ya. Eso piensas al principio, pero si haces un repaso de los mandamientos, en realidad son valores genéricos relacionados con el Bien, y si no se hace una lectura literal, poco importa que te consideres o no católica, Pauline, porque a la práctica lo eres en lo esencial.
»Y no solo eso. Lo somos y no nos suele caer bien la gente que no lo es, que no tiene esos valores.
Pauline da un sorbo de su copa de vino. El discurso de Esteban toma forma. Primero parece disperso, y luego se reordena de un modo estéticamente coherente.
–Lo que me gustaría es que alguien hablara con esa cosa y lograra agrietar el discurso, provocar un toma y daca. Porque creo que hay algo… Creo que hay algo grande cociéndose, creo que lo que pasa aquí puede ser una parte ínfima de algo enorme que está a punto de suceder. Es como si fuera el momento adecuado; ahora hay olas de un neopuritanismo increíblemente hipócrita que abren una puerta que…
–Colega –interrumpe David, gesticulando–, colega… ¿Tú te estás oyendo?
–¿Por qué dices eso? –interviene Pauline, clavando los ojos en Esteban.
–El Padre Luis dijo que había llegado el momento. Que el principio del Fin llegaría cuando los mayores fueran generacionalmente más inteligentes y honestos que los jóvenes por primera vez en la Historia. Es como si se hubiera completado un ciclo: la gente joven vuelve defender valores del pasado, limitaciones, vuelven a apoyar discursos cerrados y a tener actitudes sectarias.
»Aunque os suene absurdo, hasta ahora el mundo era de los de Arriba, pero ahora podríamos estar en un punto de inflexión, donde intervendrán los de Abajo.
–¿Lo que quieres decir es que “los de Abajo” intentarán evitar que los jóvenes nos devuelvan a un mundo teóricamente más católico, para no perder un terreno que estaban ganando?
–Más bien todo lo contrario, Pauline, los de Abajo quieren meter baza porque los jóvenes han abierto una puerta enorme a la Ignorancia, una puerta inédita que cambia el órden habitual. Y por esa puerta entrarán Ellos.

19. “Por dentro es rosa, por fuera mariposa”

–Creo que lo que hace que te pierdas, Pauline, es la estética del Bien y el Mal que hemos tenido siempre. El Bien y el Mal reales no responden necesariamente a la iconografía popular.
–Creo que tendrías que ponernos ejemplos concretos para que entendamos todo este rollo, tío –interrumpe David, algo crispado.
–Está bien. Quizá no sea un ejemplo estrictamente basado en una realidad, pero pensad en la música. Siempre se ha dicho que la gente cuando se hace mayor no entiende la música de los jóvenes, y que por eso piensa que la de su época es mejor. Pensad en la música comercial de ahora y comparadla con la de hace veinte años. La gente mayor sigue diciendo que la de su época es mejor. Lo que intento deciros, es que por primera vez la gente mayor tendría razón. Y no sólo en eso, sino en una cantidad ingente de materias. Los jóvenes pueden seguir siendo académicamente competentes, pero han dejado de tener algo Vital, como si observaras un conjunto de cualidades profesionales con el alma corrupta.
»Se ha abierto una puerta al Mal. Es lo que intento deciros. El Mal no es ponerse una falda corta, sino prohibirla o señalarla. El Mal no es contar un chiste, sino denunciar al cómico porque el chiste no te ha hecho gracia. El Mal no reside en las Ideas, sino en las Ideologías. El Mal no es intentar ver el mundo tal y como es, sino teorizar de forma interesada sobre cómo es.
Pauline y David hacen un silencio. Esteban espera a que se asiente el concepto.
–Es una brecha en Occidente, algo completamente novedoso. Gente de veinte años decidida a poner límites de los que la gente mayor se ríe. Gente muy joven que no entiende de los deberes que conlleva la libertad, de sus riesgos inevitables.
»Que creen que la intimidad y el placer han de ser intervenidos y politizados. Exigen libertad de movimientos sin aceptar los riesgos que esa exposición supone. No creen en Dios y bromean con el Diablo, pero sólo saben jugar a ser dioses para regocijo del Diablo. No es el ímpetu juvenil de toda la vida, es algo muy distinto.
–Soberbia –murmura Pauline.
–Un tipo de soberbia inédita hasta la fecha.
–Entonces qué –dice David, no muy confiado–, ¿los jóvenes son los ejércitos de Satán sin saberlo?
–La mayoría de jóvenes no son así. Pero basta con un colectivo simbólico. Y algunos adultos se ponen de su parte, porque creen ciegamente en la lógica de lo novedoso, en las nuevas sensibilidades.
»Si yo no voy desencaminado, esto es una cuestión de energías que se contraponen, y ahora la energía Negativa tiene refuerzos con los que NUNCA ha contado.

Estoy bullendo por dentro. Me imagino abriendo una silla plegable, con palomitas en alguna azotea. Adelante, estoy listo. Sólo un poquito más, las venas se están marcando.

20. “Me encanta quedar salpicada”

Como casi siempre en la vida, nos falta una parte importante de la información. Pero hoy es un día especial. Fuera empezó a tronar hace unos minutos, y ahora cae una lluvia que azota el casoplón causando un estruendo. Mientras subimos las escaleras, se me escapa una sonrisa silenciosa. Mi actitud no es ni de lejos la misma de hace unas horas. Entonces me hubiese cagado ante esta perspectiva, sea la que sea.
Pauline ha insistido en que la acompañemos, pese a que Esteban prefería que ella conversara sola con Caterina.
Cuando llegamos frente a la puerta de la habitación, Esteban llama con los nudillos.
–Caterina. Voy a entrar.
Apropiadísimos segundos de cortesía.
Cuando entramos, la habitación está casi a oscuras, sólo una lamparita encendida. Pauline se lleva la mano derecha a la boca y aparta la mirada, aunque parece más interpretarlo que sentirlo. David se cruza de brazos, se vuelve de espaldas.
Muriel está desnuda y acostada en posición fetal. Caterina yace en pijama sobre unos almohadones, trasteando en lo que parece el móvil de su madre. Entre ellas hay un consolador negro y muy grueso de unos cuarenta centímetros. Muriel está tumbada sobre un charco.
Pensamos exactamente lo que queremos, pero no tenemos mucho margen.
Esteban decide no soltar prenda; se coloca en un rincón de la habitación cuando ve que Pauline ha respirado hondo y ha cogido las riendas. Ha colocado una silla frente a los pies de la cama. Se ha sentado.
Muriel está dormida, aunque parece en coma. Esteban reacciona y decide despertarla, se la lleva a su habitación. Ella no rechista, como si al vernos aquí hubiera pensado mil veces en ello.
Esteban tarda sólo unos segundos en volver y se instala en el rincón de antes. David y yo nos quedamos de pie cerca de Pauline. Estamos casi en penumbra.
La comisura de mis labios.
La euforia.
La habitación del video.
“Caterina”:
–Los medios generalistas no podrían ser más risibles. En realidad todos los medios que se consideran serios.
Nos enseña la pantalla del móvil un momento, teatralidad.
–Debe haber habido miles de casos de posesión evidente en los últimos dos años, un repunte salvaje, significativo. Niñas, niños, adultos… incluso mujeres, que ahora les encantan. Pero para encontrar alguna noticia al respecto tienes que pasarte horas buceando en blogs y canales de youtube de capullos y pederastas que no tienen ni puta idea de lo que hablan. La mayoría ni siquiera se lo creen.
Sigue navegando, la pantalla parpadea.
–¿Pero sabéis cuál es el peor pecado? Tampoco te saben contar una historia. No saben ni comunicar ni narrar. Sólo dar grima.
Pauline decide usar el respaldo, cruza las piernas. Caterina lanza una mirada, como si se acabara de percartar de su presencia.
–Hola, Marion. ¿Ya te han untado?
–¿Puedes desarrollar todo eso?
–¿Hum…?
–Todo… eso.
–¿Es que no habéis hablado con mi papaíto?… Creo que ya tiene amigos hasta en el Vaticano.
–Hemos hablado, pero queremos oírte a ti.
–Si se trata de la fecha, ha sido simple y llana casualidad. Técnicamente ya no es Halloween. Es verdad que es de noche, y que ahora llega lo interesante, pero, como digo, sólo ha sido casualidad.
Qué ha sido sólo casualidad, si se puede saber.
Silencio.
–Así que era verdad. La buena e inteligente Pauline no era ni tan buena ni tan inteligente. Marion, que es capaz de lucir igual de bien con una copa de champán entre los dedos que con una polla por el ano. Elegante hasta con toda la cara salpicada.
–Hace mucho que no me impresionas. Sigo esperando tu versión de los hechos.
–Me gusta que hables como si esto sólo fuera un caso de dolo. Como si después fuese a salir el sol otra vez.
–Creo que estamos perdiendo el tiempo.
–No. Hoy si una cosa no se pierde es el tiempo. Hoy el tiempo se acaba, Marion. ¿Eres creyente?
–No.
–¿No?
Caterina, su huésped, se comienza carcajear. Risas de niña, hoy no hay “efectos” visuales ni sonoros. Aprieto los puños, me sudan las manos.
–Bueno –añade eso–, tampoco ibas tan desencaminada. Sólo estabas completamente equivocada.
–Por qué la posesión. Qué tiene que ver –dice Pauline, con firmeza.
–Hay que sembrar, Marion, generar las condiciones adecuadas. El mundo se impregna de lo que se hace en él.
Y hemos estado sembrando.
–Hay que abrir muchas puertas.
–¿Se acaba el mundo esta noche? –pregunta Pauline, con tono de cuestionario burocrático.
–Marion no es inteligente pero es la lista de grupo. ¿Verdad, papaíto?
–¿Y cómo se va a acabar exactamente?
–Bueno, no se va a acabar el mundo en sí, se va a acabar tu mundo, Marion. Pero no te puedo negar que va a haber bajas. Las cosas no cambian dejándolo todo intacto. Incluso con vuestro Dios ha sido siempre así.
–Qué pasa con Dios… ¿Ha perdido algún tipo de partida?
–Dios perdió desde que os hizo a su imagen y semejanza. Aquí supongo que no hay creyentes, así que no molestaré a nadie si digo que Dios es mezquino, un hipócrita, extremadamente morboso y cruel. Dios se quita el reloj antes de hacerse una paja, y cuando folla a veces hay que levantar un cadáver después.
Pauline se recoge el pelo en una coleta, lo sujeta con una goma;
–Creo que te has desviado.
–Sólo hablo en vuestro idioma, Marion. La Verdad está enmarcada en unos códigos, en un lenguaje y un desvío de la Ética tal y como la conoces que ahora no te puedo enseñar. Y no hablemos de la moral. Con la moral tenéis la picha hecha un lío fenomenal.
–Qué es lo que nos espera exactamente.
–¿A vosotros?… Qué se yo, Marion. Responsabilidad personal, aprendizaje, quizá una orgía puntual. Depende mucho de vosotros.
–¿Me estás diciendo que no vamos a morir todos?
–¿Sabes? Creo que aún no te lo crees del todo, o que no te importa demasiado ya, y que por eso seguimos aquí de cháchara. La verdad es que no, no vais a morir todos según tu idea de la muerte, pero sí la mayoría. Es lo que pasa cuando dos mundos chocan. Hace falta un tiempo para que se fundan y formen uno nuevo. El futuro siempre es una jodienda, ¿no, Marion?
»Bajo vuestros parámetros, quiero decir.

David y yo no queremos interrumpir el diálogo, pero nos da por mirar por la ventana. Alguien, un crío, se ha lanzado corriendo contra un muro en una casa vecina. Se ha reventado la cabeza. Una mujer ha ido en su busca, todo bajo la lluvia. La tormenta apaga el llanto.

Caterina nos ha visto mirar, creo que con cierto regocijo.
–Estáis aquí alrededor de mí, cuando lo interesante ya no está aquí, Marion, está fuera, por todas partes.
–¿Qué es lo que hay fuera?
–¿Quieres que use una metáfora? Sé que os encantan.
–¿Qué es lo que hay fuera?
–Un capullo floreciendo, Marion. Girasoles dándose la vuelta. Mamá chorreando toda la cama.
Marion se levanta, redirige la mirada. La tormenta sigue atronando, insistente, invariable. David mira a su valiosa y valiente novia, y, como aturdido, como si tuviese cinco años y viera nevar por primera vez, dice:
–Las nubes son rojas.

21. “Mamá y Papá, no lloréis así”

–¿QUÉ es lo que pasa ahí fuera?
–Una mujer acaba de parir, Marion.

22. “Así está bien, pero no te pares”

Nos parece mejor ir todos en un solo coche.
Ahí fuera.
Ni siquiera hemos puesto la tele a ver qué dicen, como si no tuviera sentido.
La digestión más importante de nuestras vidas. Sembrando más de la cuenta. Atragantándonos con la realidad. Hasta nos hemos traído a la “cría”. Muriel no quería “dejarla sola”. Muriel habla como si nada hubiera pasado, como si su niña fuese su niña. Hasta la lleva en sus rodillas.
El cielo es rojo, David no deliraba. Las nubes parecen furiosas, siguen descargando. Llama la atención que aun así varias casas de la colina estén ardiendo. Desde un recodo tenemos un atisbo del centro de Periferia. Varios incendios en disputa con la lluvia.
–¿Quién provoca esos incendios?
Pauline no quiere que la conversación termine.
–En tu mundo a veces los provocaban amas de casa aburridas, Marion.
–¿Por qué el cielo está rojo?
–¿Por qué se enciende la tele cuando aprietas un botón? Las cosas son como son, Marion, yo no lo sé todo.
–Pero… ¿Por qué sigues con nosotros? ¿Por qué sigues en esa cría?
–Aún no puedo materializarme como quisiera, y quiero ver cómo reaccionáis, cómo os adaptáis.
Nos dirigimos al mirador más alto. La Sierra del Zapatero. David conduce, y no tiene nada que decir al respecto, parece en trance, mecánico, práctico; puede que nunca se haya sentido más vivo.
–¿Dónde está esa mujer?
–¿El Vientre? No lo sé, ahora es irrelevante.
–¿Cuándo empezó todo esto?
–Siempre ha estado ahí. Habéis hecho méritos. Habéis agotado Discursos y Sistemas.
–Si te pregunto qué va a pasar ahora, no me vas a responder.
–Puedes intentarlo, Marion.
–Entonces qué va a pasar.
–No lo sé.
Sonrisa. Sonrisa. Pequeña carcajada.
–Tú estás con ellos, con Él, con Ellos o lo que sea, tú vienes de ese mundo ¿no?
–Para qué tú lo entiendas, querida, es probable que pase algo parecido a cuando aquí una civilización más avanzada colonizaba lugares atrasados y más crueles.
–¿Quieres decir que el mundo va a ser mejor?
–No necesariamente, Marion. Pero fácilmente será más justo.
Cuando nos queremos dar cuenta, el coche se detiene. Salimos y nos acercamos a unas vallas de madera.
Esperaba que hubiera gente, más gente, no sé por qué. Gente mirando.
Las vistas son desoladoras, pero también espectaculares. Periferia arde, incluso explosiona. Y no solo Periferia. Al fondo se puede atisbar un resplandor en el cielo, seguramente Sonora, supongo que el mundo entero.
No deja de llover.
Caterina se acerca y me coge de la mano.
Se me pone la piel de gallina. Tira de mí para apartarme un poco del grupo, y luego para que me agache.
–Observa –me dice.
Al paso de los segundos, mis supuestos amigos parecen olvidarse de que llueve. Luego se acomodan en la valla de madera. El hecho terrible parece convertirse poco a poco en experiencia plausible. Al final no llegó la Tercera Guerra Mundial. Al final era esto: esto que no sabemos qué es. Otra vez.
David abraza a Pauline. ¿Se sonríen? Esteban intenta hacer lo mismo con Muriel, pero esta le empuja y le pega en el pecho con los puños cerrados.
Esteban se revuelve, ante los ojos de todos. Tira al suelo a Muriel. Nadie reacciona mientras destroza a puñetazos la cara de su mujer.
Miro a Caterina. Me mira, asiente, como si bajo todo aquello estuviese creciendo algún tipo de lógica horrenda y aplastante.
Cuando la cara de Muriel ya solo es pulpa, Esteban toma aliento, evoluciona con parsimonia y se apoya contra la madera. Pauline, que horas atrás hubiese reprendido cualquier gesto de violencia, acaricia su brazo.
Caterina me dice:
–Ve con ellos.
Por primera vez el día de mañana es una incógnita real y no solo potencial. Pienso en mi madre, ¿habrá muerto? ¿Me importa?
Cuando veo de cerca las caras de mis colegas, con el pelo en sogas empapadas, no puedo evitar sonreír. Lo más extraño sobre el papel es que no me choca cuando ellos también lo hacen.

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Lo de vivir

Lo de nacer es un dato sin más. No te acuerdas de un carajo. Te lo digo para que no esperes miradas de felicidad y fuegos artificiales de los que hablar. Tardas unos años en ser consciente de algo, no empiezas a fabricar recuerdos sin más. Es jodido, porque podría ser la mejor etapa, pero nanay, es todo una nebulosa, casi igual que no haber nacido.
Lo de ser un crío blanco y occidental… Si acabas siendo gay o trans tendrás un pase. Supongo que no podías hacer nada, y que eso no se elige, pero yo te aviso. De todas formas no sé con qué rollo político te encontrarás cuando ya te la estés cascando todo el día y preguntándote de qué coño va todo esto.
Pero no me quiero avanzar. Es probable que coseches los primeros recuerdos en el parvulario. De entrada es posible que el colegio te guste. Sobre todo porque lo único que harán contigo es procurar hacerte olvidar a tus padres durante unas horas. Es porque ellos tienen que trabajar. La tapadera es la idea de la educación académica, pero eso ya lo irás viendo.
Harás amigos iguales que tú. En esencia, quiero decir. Es probable que sean de distinta raza o condición en general. Si tienes suerte con tu entorno inmediato, no serás un racista o un intolerante, aunque tampoco es que se premie serlo o no. La mayoría de gente no habla de esas cosas. Te recomiendo que tú tampoco lo hagas. Si eres racista, tendrás la tentación de dar salida a tu odio; y si no lo eres, quizá quieras mostrarte como “antirracista” (o anti-lo-que-sea) para dar gustito a tu ego. Cualquiera de las dos opciones te convertirá en un gilipollas antes de que te des cuenta. Mi consejo: tolerancia y discreción. Es muy fácil que eso ya sea lo mejor para todos a largo plazo.
Te críes o no como un capullo, recuerda que tu vida académica se te venderá como crucial en relación con tu futuro. Los adultos, que ya te tendrán aparcado en un aula, estarán deseando aparcarte en un curro. No es fácil resumir ese proceso de desgaste personal. Te recomendaría lecturas propias e intentar no convertirte en el gregario de nadie.
Vas a ir creciendo muy lentamente. Lo de la vida es un video a cámara lenta hasta los veinte o así, y luego es como si bajaras por una ladera a toda leche mientras piensas qué cojones ha sido de todos tus planes.
No hagas mucho caso de los discursos cerrados o muy categóricos (ni de este si te lo parece). Recuerda que la historia siempre la escriben los vencedores, y que a la gente le encanta sentirse parte del “bando bueno”. Casi todos los que se posicionan de una forma muy marcada, odian a quienes relativizan y no se acaban de casar con nadie. En tu mano está pensar por ti mismo o simplemente unirte a una corriente. Lo más difícil muchas veces es no darte cuenta de que te has unido a una corriente, mientras crees que estás pensando por ti mismo.
Cuidado con todo eso, sobre todo en tus años de lo que llaman “formación”. Si vas a la universidad, es muy probable que haya una línea de pensamiento marcada a la que querrán adherirte. Es fácil que te presionen para ello.
Yo sólo te aviso.

Voy a dar por hecho que pasarás por tu más tierna juventud como un chaval más. Atolondrado pero bienintencionado. Tardarás poco en querer follar. Seas hetero o no, vas a querer follar casi seguro. Digo casi porque no es una pulsión que todo el mundo quiera o pueda llevar a cabo. Pero digamos que hay un 99% de posibilidades de que quieras follar como un conejo desde los 13 años.
Según con quién hables, el tema del sexo parecerá algo natural que llevar a cabo (con cierta torpeza al principio), o algo tremendamente complicado y oscuro que se podría considerar una violación (tuya) nueve de cada diez veces aun sin que te des cuenta.
Sólo puedo advertirte desde los códigos del presente. Como ya dije antes, cuando tú seas un adolescente, el mundo podría ser algo distinto, quizá menos paranoico y puritano que ahora.
Poco más que decir sobre el sexo, esto sólo son pinceladas. Descubrirás antes el porno, eso sí, casi seguro. Nuevamente, habrá quien entenderá tu curiosidad y el hecho de usar cierto material para masturbarte, y otros te dirán que el porno fabrica violadores porque los chicos no sabéis distinguir la realidad de la ficción.
Te diría que no te preocupes. Nadie en su sano juicio ve porno y luego intenta replicarlo. No funciona así, a menos que quieras dar una explicación muy sencilla a temas enormemente complejos y delicados. Todo lo relacionado con las ideologías cerradas y sectarias, que trabajan con teorías casi siempre desquiciadas que la realidad se merienda enseguida, lo irás viendo poco a poco.

De adulto te verás dando bandazos debido a las compañías que hayas elegido. Lo siento, pero es muy difícil que tu trabajo te guste. Dependerá del carácter que hayas forjado el que apuntes a una vocación, y que además decidas ir en esa dirección. Verás que las cosas a menudo son mucho más complicadas cuando sabes lo que quieres. Pero lo cierto es que la felicidad no depende necesariamente del éxito en ese ámbito. Diría que la mediocridad (como media) tiene las de ganar en el terreno de proporcionar estabilidad y bienestar a una persona.
No te tomes esto como verdades absolutas. Sólo como observaciones bienintencionadas.
El hecho de que te instales en una relación monógama o no, tampoco definirá lo emocionante, positiva o significativa que pueda ser tu vida. Hay un camino que gana en popularidad, por supuesto. La mayoría (conservadores o no) te dirá o pensará que lo ideal es formar una familia. Encontrar a alguien que te acompañe allá donde vayas, y muy probablemente tener hijos con ese alguien.
Aquí entramos en un terreno farragoso, en el que nunca se sabe muy bien cuándo la gente elige eso por voluntad propia o debido a una rendición personal. Ten en cuenta que, aunque no tengas nada claro eso de querer formar una familia, una vez empieces, va a ser tan arduo, vas a tener tanto que perder, que apenas vas a tener tiempo de replantearte nada. Y aunque te lo replantees, la posibilidad de salirte de ahí y volver a empezar de otra manera, requiere de tanta energía y decisión, que lo más fácil es que lo olvides y sigas por el mismo camino.
No quiero asustarte; tanto el tener una familia como el no tenerla, conlleva seguro alegrías y putadas. Pero una de las dos opciones encajará mejor con lo que tú eres y lo que quieres.
E ahí el dilema.
Lo de la vida no es fácil, aunque dicen que merece la pena. Yo te contestaría una cosa distinta dependiendo del día y lo que me espere en la nevera.

Todo se acelerará, como ya dije antes. De los veinte a los cuarenta te habrá parecido poco más que un parpadeo. Y después sólo va más y más rápido.
No te voy a recomendar ni que te quedes quieto ni que viajes. No te voy a decir que vayas solo o siempre estés rodeado de ruido. No tendría sentido condicionarte más de lo que ya he podido hacerlo. Quizá folles mil veces o cuarenta mil; quizá te cases o sólo hagas amistades. Quizá te veas con setenta y largos rodeado de hijos y nietos el día de Navidad, o sólo con tu última conquista cenando en algún sitio caro. Ambas cosas pueden ser un sueño dulce o una pesadilla. Y ambas cosas pueden simplemente ser lo suficientemente buenas para que no te tires a la vía del tren.

Y luego un día morirás. Con suerte en una cama.
Reconozco que a mí sí me gusta este trabajo, aunque luego ninguno me hagáis ni puto caso. Lo voy a decir por enésima vez. Esto sólo es lo de vivir. Vosotros sois la gota, pero yo, pipiolo de nuevo cuño: yo soy el mar.

vida

Bully

Usted lo ha querido. A continuación, vida y milagros de moi. Los pensamientos del villano, el escollo de la clase, la maldición –con mis iguales– del sistema educativo.

Iré viendo cómo enfoco esto a medida que avance. Supongo que usted piensa que me vendrá bien enfrentarme a mi propia lista de pecados. No creo que espere que me derrumbe, llore y luego exija una cruz de madera de setenta kilos que arrastrar.
Dudo que eso pase. Pero hoy es martes, día de mierda donde los haya, y pega bastante con el martes hacer una actividad académica para el loquero del centro.

Creo que todo empezó allá por 2017. Para mí hace un huevo. Recuerde lo leeento que pasa el tiempo cuando aún eres un crío.
Salimos varios una tarde de sábado a hacer botellón. Vino un chaval ajeno al grupo habitual, y comenzamos a torturarle.
Creo que nunca me había sentido tan vivo. ¿Cómo se llamaba? Era el primo de alguien. Le comenzamos a poner pruebas, porque vimos que tenía muchas ganas de ser amigo nuestro. (Le sorprendería la cantidad de alumnos que quieren ser amigos nuestros. El Diablo logra siempre las mejores erecciones, moja bragas como ningún comportamiento ejemplar logrará jamás.)
El caso es que le fuimos puteando, y el muy gilipollas se sentía querido cuando le dábamos el visto bueno después de robar una sandía o escupir a un anciano. La última prueba era comerse una mierda de perro. Buscamos una bien gorda (no es tan fácil, ahora todo el mundo se ha vuelto tannn cívico). Cuando nos aseguramos de que la masticaba, nos largamos corriendo y riendo, incluso sin poder evitar algunas arcadas.
Fue increíble. Y no volvimos a ver al fulano.

Aquello fue durante el verano, y cuando comenzó el curso pensamos: JODER, esto lo podemos llevar a la clase.
Ya sabe cómo son las clases: si te descuidas, te matan por dentro. Te desecan el cerebro y chupan el alma. Los colegios son el mayor vampiro emocional e intelectual de entre todas las instituciones. Pero no me alargaré con las bondades del sistema educativo. Simplemente encontramos una forma de no morirnos de asco en medio de él. Era una opción cruel, lo sé, y totalmente prohibida, y por eso mismo tremendamente efectiva. La mitad de la clase eran víctimas potenciales ideales. Críos pasivos, perdidos, apagados, incapaces de reaccionar. Cadáveres que te atraían como un imán; y nosotros estábamos dispuestos a organizar los funerales.
Piense lo que quiera; esos críos recibían por primera vez una respuesta coherente a su actitud. Y nosotros sencillamente no queríamos acabar siendo como ellos: débiles, pusilánimes, ganado de los adultos.
Siempre se portaban como los buenos cochecitos aparcados de un parking. Porque eso es el colegio en esencia, eso es el instituto, don loqueras, un aparcadero de menores. El lugar donde te dejan para que el mundo adulto pueda seguir girando.

La primera víctima en el sagrado ámbito escolar, fue el famoso Carlos. Es ya una leyenda en el centro. Seguro que le suena, ¿Carlos Pinedo? Bueno, qué coño, supongo que habrá tenido sus sesiones con él. Aunque me cuesta imaginarlo articulando palabras y razonamientos.
Carlos era la víctima perfecta, el acabado ideal, un pastelito para el victimario hambriento, el más exquisito saco de boxeo humano. Joder, por no ser no era ni un empollón. ¿Qué clase de padres tenía ese chaval? ¿Cómo se puede ser tan inepto criando a alguien para que te salga semejante vegetal?
Pensará que insinúo que se lo merecía, pero créame, de no haberle puteado nosotros lo hubiesen hecho otros más adelante. Sólo era una cuestión de tiempo. La realidad es algo que simplemente sucede.
Carlos tenía leche desnatada por sangre, y parecía siempre aturdido, como si aún se estuviese preguntando por qué ya no estaba flotando en líquido amniótico.
Lo siento, pero sólo de recordarle me dan ganas de hacerle la zancadilla a alguien, o de meterle la cabeza en el váter.
Sé que no éramos muy originales, pero respetábamos los clásicos. El bully con estilo nunca tiene tanta intención de hacer daño físico como de humillar. Yo lo sé bien, porque aunque no lo crea, yo empecé siendo víctima de bullying.
¿Sabe cómo acabó aquello? A la quinta putada que me hicieron le rompí la nariz a un chaval de un cabezazo.
No volvieron a tocarme.
Algo que no entienden los adultos, es que el bullying no es cosa de adultos. El bullying es cosa de críos, y es algo que sólo se puede arreglar entre críos.
O dicho de otra forma, seas crío o seas adulto, hay ciertos asuntos de los que sólo te puedes encargar tú. El resto sólo son debates estériles.

Carlos no sabía eso, pero Carlos no sabía una mierda. Creo que ni siquiera nos tenía miedo; cuando nos veía venir, simplemente ponía el culo en pompa y esperaba a que pasase la tormenta. Como comprenderá, eso nos obligó a subir el tono. ¿Qué gracia tiene la tortura si al torturado le es indiferente?
Que sí, ya sé que no le era exactamente indiferente, ya he escuchado Rape Me de Nirvana. Pero no tiene sentido que los resultados del puteo no sean visibles.

Lo que nosotros queríamos era ver los fuegos artificiales. Que alguien suplicara, que llamara a su madre, que se meara o cagara encima, que se revolviera con torpeza o habilidad, que buscara en sí al hombre de las cavernas que cazó al primer mamut.
Joder, queríamos provocar un poco de VIDA.
Y sé que creerá que esto suena a justificación, pero hay aquí algo auténtico en juego, algo que estamos perdiendo como civilización. Nos estamos reblandeciendo como especie hasta límites realmente alarmantes.
Acabaremos olvidando de qué color es la sangre o a qué sabe el sudor. Primero sucumbirá la violencia que implica supervivencia, luego el sudor del buen sexo, y finalmente pastaremos como vacas hablando un idioma generado por un ser de luz mitad máquina mitad soplapollas.

¿Qué le parece? ¿Le gusta más mi versión expositiva o la literaria? Lo crea o no, he pensado en esas cosas. Me he preguntado muchas veces por qué ese idiota albino nunca se defendió. Ni aplastándole la cara contra las heces de Estefanía.
Por cierto, ¿Estefanía y Tania también tendrán que escribirle un psico-rollo patatero? Ellas siempre han estado conmigo, y han sido tan hijas de puta como yo. Sé que son chicas, y que eso choca preocupantemente con ciertas narrativas a las que el instituto se ha adherido. O, espere, ¿jugarán la carta de la victimización? ¿Las presentarán como mis esbirros, como si sólo me hubiesen seguido la corriente-pobrecitas-de-ellas? No dudo un instante que son ustedes capaces de perfilar esa historia, ahora la peña compra relatos que son puro vómito de perro ideológico.
Aunque me da que esta vez no lo van a tener fácil para poner en pie la monserga patriarcal. He visto a Estefanía y a Tanía hacer llorar a compañeros sólo hablándoles un poquito cada día de su “patética virginidad”. Son peores que un cáncer de huevos.
Es útil tener a dos chicas contigo. Se produce una especie de cortocircuito en el agredido. Es como si vieran algo ético en el hecho de no defenderse, como si fuese demasiado absurdo tener que plantar cara a dos chicas y un chico.

Carlos comió mierda y luego llegó Ernesto. Ernesto se picaba simplemente con burlarse de su nombre, “nombre de viejo”, decía Tania. Durante semanas estuvo con lo del nombre de viejo. Usamos con él una táctica que luego ya siempre fue la misma. Tania o Estefanía pinchaban verbalmente a alguien, durante días, durante semanas. Freían a alguien a base de insistencia. Casi cualquier cosa valía. Difundir que alguien tenía la polla anormalmente pequeña, o que se había follado a una puta. O que follaba con su madre. Si repetías lo suficiente una mentira… bueno, ya sabe. Qué le voy a decir a usted, seguro que ha oído de la ingeniería social que corre por los pasillos… La gente está dispuesta a creerse cualquier cosa si A: Es humillante, o B: Es emocional. Lo primero sirve para el bullying, y lo segundo para la política. Aunque viene a ser lo mismo. Allana el terreno a cualquier tipo de ser mezquino, y es puro placer para los ignorantes, que de golpe creen saber por qué pasa cualquier cosa que pase en el mundo.
Se preguntará si yo me considero mezquino o ignorante.
Le dejo a usted el placer de (juzgar) valorar eso.
Cuando Tanía ya le había inflado los cojones a Ernesto hasta el punto de no retorno, un día a la salida él se rebotó amenazándola levantando el puño, totalmente fuera de sí. Ernesto tenía nombre de viejo y era virgen y una vez se comió una polla en el aparcamiento del Luna. Entre otras lindezas. Y Ernesto reacciona, y ahí estoy yo para defender a Tania. Yo, el aliado. Yo no me quedo quieto si le levantan la mano a una chica. Ernesto jugaba con ventaja, Ernesto el chico blanquito, con todo el Patriarcado aupándole. Y quería atizar a una compañera de clase. Ernesto, si me lo curro sales en el puto telediario.
Ernesto tenía esa cara de capullo fiestero que la gente asocia a los miembros de La Manada. Si no fuera porque comía pollas, hubiese acabado violando a alguna chica de la clase. Así acababan esas cosas. Eso era lo que pasaba.
Lo irónico es que el pobre bastardo no era más que un aplicado empollón. Un cagado con memoria de elefante.
Otro día le pillamos  camino a casa y le freímos a patadas en el suelo en un descampado. El toque final fue un escupitajo de Tania en su boca. (Ella le ordenó que la abriera, y él la abrió).
¿Y sabe que pasó? Vimos un bulto enorme en su bragueta antes de irnos.

Ernesto no solo no era gay, además le iban todo tipo de perversiones mientras hubiese una chica implicada. Nos lo dejó muy claro en varios encuentros. La única buena jugada fue difundir fotos y videos porno supuestamente suyos (de su disco duro). Todo tipo de sado extremo, ademas de lluvia dorada, coprofagia y hasta zoofilia.
Las palizas y torturas habitualmente tan eficaces, con él no funcionaban. Al tío le bastaba con imaginarse la pedicura de las chicas mientras le pateaban, y se le ponía como un canto rodado. Pero lo del porno sí le jodió.
No siempre es fácil saber con qué se humilla a la gente. Hay que tener en cuenta que la humillación es algo a lo que estamos muy hechos, aunque a veces no sea fácil discernirla de lo que consideramos digno.
Todo salió bien. Los profesores y los padres de Ernesto vieron su porno, lo juzgaron con la hipocresía habitual (por supuesto, hay que ser gilipollas…) y él intento suicidarse, sin éxito.
Es lo máximo a lo que puedes aspirar como bully. Ese tipo de límite. Le aseguro que Ernesto no ha vuelto jamás a ser el mismo, y apostaría algo a que ahora ya no es de corchopán.

Si se pregunta si también atosigamos a las chicas, le diré que no tanto. De hecho casi nada. A mí me motiva poco, y el único par de ocasiones en que martirizamos al sexo femenino, fue sobre todo cosa de Tania y Estefanía, y todo verbal. Es algo que he ido comprobando con el tiempo. Los chavales salen perdiendo la mayoría de veces y en la mayoría de ámbitos. Las chavalas se tienen que joder también muchas veces, ojo, pero como es más puntual también parece más grave. Se ha montado todo un discurso político-emocional alrededor de eso. Se ha explotado hasta la saciedad, incluso hasta el puritanismo. Usted lo sabe. Pero lo cierto es que si eres un chaval, tienes MUCHOS más boletos para que alguien te haga bullying o te ataque por la calle. En general, violadores y tarados maltratadores aparte, ahora una chica tiene las de ganar.
No sé por qué es, pero en las tías no percibo casi nunca ese aura de estupidez irritante que sí veo en los críos. Ese rótulo en letras luminosas de puticlub que dice: JÓDEME.
Seguro que sabe que hablo del presente, del pasado reciente. Y desde mi perspectiva. Como hace absolutamente todo el mundo. ¿Cuántos casos de seres omniscientes se han catalogado?

Me doy cuenta de que si enumero a todos los chavales a los que hemos puteado, esto se va a convertir en una novela corta. Y nada más lejos de mi intención que escribir un libro. ¿Se imagina? Seguro que usted tiene contactos. ¿Cree que lo ilegalizarían? Me puedo imaginar a todas las instituciones de izquierdas poniendo el grito en el cielo. Y luego, tarde como siempre, a las de derechas, intentando subirse al barco. Me enternece lo perdidos que están los conservadores; los teóricos progresistas les están robando el ochenta por ciento del discurso. ¿No es una puta locura?

Como sea, sólo le ofreceré dos ejemplos más del terrorífico mundo del bullying. Luego, algo de fanfarria para cerrar, y hasta otra.

Le hablaré de Patán. Ni siquiera sé cómo se llama. Todo el mundo le llama Patán, incluidos la mayoría de profesores. Se habla poco del bullying grupal y plenamente aceptado. ¿Usted ha llegado a tratarle? Sería gracioso que también le llamara Patán.
Patán es un auténtico desgraciado, un despojo a todos los niveles. Te hace preguntarte cómo coño le han preparado sus padres para el mundo. Hay gente que cree que podrá cambiar el terreno de juego global, creen que el mundo se acabará adaptando a ellos. No sé si Patán cree eso, más bien es otro Carlos, otro ser sin sangre, pero supongo que sus padres sí deben ser así. Es como esas feministas que hablan del miedo que tiene una mujer a las tres de la mañana en un callejón cuando oye pisadas detrás. No te jode. Y creen que ellas son las únicas que tienen miedo, y que el mundo es distinto para los demás. Creo que es algo propio de la educación de las víctimas de bullying, cierto tipo de ingenuidad egoísta que viene inculcada por la educación que reciben.
Patán fue acribillado a insultos por Tania y Estefanía, y un día le pegó una patada en el coño a Tania.
Tras eso, volvimos a tener luz verde para aterrorizar a otro chavalín carente de herramientas.
Una tarde le robamos la mochila. Se la devolví al día siguiente después de haberme pajeado dentro de los tres libros que llevaba.

No creo que usted sea tan simple como para concluir que lo único que hago es culpar a las víctimas. Ha de saber que yo sé perfectamente que no soy lo que llaman una buena persona. Pero le diré una cosa, cualquiera es susceptible de convertirse en un abusón. Una vez cruzas la línea las suficientes veces, esta se desdibuja. Puedes ser abusón o víctima, o incluso víctima y luego abusón (y viceversa). O incluso ambas a la vez.
Esto tiene que ver con el último ejemplo.
Dani el capullo. Un pelirrojo al que dábamos por saco simplemente por ser pelirrojo. ¿Se ha fijado en que los pelirrojos aún no son considerados una minoría y se hacen chistes sobre ellos con toda tranquilidad? ¿Y, nuevamente, ha visto que casi nunca se mete nadie con las pelirrojas? Incluso he llegado a oír que los pelirrojos son el precio que ha habido que pagar por tener pelirrojas…
Chistes sobre que son pelirrojos. ¿Se imagina hacer lo mismo con otros tonos de piel o con ciertas tendencias sexuales? A veces intentas racionalizar tu posición de villano, y, aunque es inútil, sí captas muchas hipocresías de la gente buena o que se cree buena. Son un pozo insondable de contradicciones. Van en rebaño y no dudan en tergiversar o mentir o darle la vuelta a cualquier argumento con tal de que no les quiten las alas.
Este Dani, Dani el capullo, como le llamábamos, estuvo seis meses en el colegio y luego se desapuntó. Le clichamos enseguida. No tenía el más mínimo carácter, no hablaba, sólo existía en términos estrictamente físicos. Dani el capullo. Recuerdo que le odiaba. ¿Alguna vez ha odiado a alguien sin motivo? Seguro que sí, le pasa a todo el mundo. Es otra de esas cosas en las que mucha gente miente.
Dani olía raro. Durante semanas, Tania le estuvo diciendo que apestaba. Hasta le pasaba notitas, como si fuera una enamorada; él desplegaba el papelito y:
Hueles a mierda.
Le metimos miedo varias veces en el camino del colegio a casa. Era un enclenque y un pirado.
Quizá se acuerde de su madre, la que dijo que yo era el más peligroso porque tenía dos cerebros de más, entre otras perlas. Reconozco que no esperaba un comentario así de semejante estúpida inoperante. No podía creer que ella hubiera parido a ese mocoso llorón.
La jodienda final fue con pis. Tania y Estefanía le sujetaron detrás de una fábrica, y yo me meé sobre él. Quería hacerlo en su boca, pero el capullín se agitaba como un insecto cuando enchufas el insecticida eléctrico.

Cuál fue nuestra sorpresa cuando, un día que dábamos vueltas lejos del barrio, vimos a buena distancia al capullín reventando a puñetazos a un chaval un par de años menor, mientras otros dos chicos sujetaban al desgraciado.
No nos hicimos notar, y al día siguiente volvimos, y ahí estaban otra vez, pateando al mismo chavalín en el monte bajo.
Reconozco que la imagen me enterneció. Tania dijo:
–¡Dani el capullo es un psicópata! Ahora no sabría si follármelo o matarlo…

Ahora hace mucho que nadie nos atrae lo suficiente para machacarlo. Estefanía está saliendo con un memo empollón al que hace un año ella misma habría humillado con gusto. Tania está como apagada, mohína. Y yo últimamente no hago más que hablar con adultos. Creo que es evidente que se me considera el problema principal, y que una vez atajado dicho problema, el resto caerá por su propio peso. Por supuesto, ambos sabemos que no existen las mujeres peligrosas, y que es increíblemente mezquino y misógino contemplar esa posibilidad (que como mucho sería marginal, ¿verdad, doctor?).
Así que estoy pensando en entregar las armas que no tengo.
Un día me preguntó qué haría si un hijo mío fuera víctima de bullying. No le contesté, me pareció una pregunta absolutamente vulgar, aunque sólo sea por lo obvio de la respuesta.
Supongo que cualquier otra persona iniciaría una especie de danza del diálogo y la administración adulta, intentando proponer medidas para un grave problema social, en lugar de centrarse en su caso y dejarse de gilipolleces.
Lo que yo haría, señor comecocos, y ya que ha quedado claro que no soy un ciudadano modelo, es decirle a mi hijo que al día siguiente le pegara a traición una patada en los huevos lo más fuerte que pudiera a su agresor. Después me presentaría en casa de sus padres con una nota describiendo lo sucedido, y sin mediar palabra le pegaría una patada en los huevos a él y otra en el coño a ella (o a los cuatro huevos o dos coños, si es el caso). Siempre ha de ser con toda la fuerza posible, buscando daños permanentes. Nadie que vaya a por el empate logra la victoria.

Algo que usted no entiende es que yo no quería ser bueno. Y que ser malo casi siempre se premia. Puede que no a medio plazo, pero si a efectos inmediatos. Lo he probado todo antes que los demás, conozco a las personas mucho mejor que los demás, he follado mucho antes que cualquier compañero de clase. Y por cierto, con absoluto consentimiento y con chicas modélicas de notazas y un discurso de lo más pacifista o hasta teóricamente feminista. Pregunte y serán incapaces de decirle la verdad.
Pero dígame, ¿cree que yo le mentiría?

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Me encanta tu libro

Hay una escritora joven de verbo claro y fluido a la que M. le gustaría tirarse. Evidentemente no se trata sólo de la cuestión sexual; hay también una vaga fantasía de convivencia y envejecimiento juntos en un porche bebiendo limonada al atardecer. Pero por el momento lo que de verdad querría M. es follar duro y de forma políticamente incorrecta con la escritora.
No sabe muy bien cómo es. Sabe que es inteligente, guapa, que tiene un par de libros publicados y que sabe venderse sin resultar vulgar o fuente de vergüenza ajena. Se adapta a las circunstancias y, aunque M. no ha leído aún ninguno de sus libros, por las portadas y las sinopsis todo tiene pinta de ser de lo más correcto y neutro, con ese tipo de sabiduría genérica sin riesgo que luce bien pero queda muy lejos de un análisis profundo o certero de las cosas, ya que éste requeriría de algunas ideas incómodas y menos lecciones vitales mullidas y vagas.
M. tiene prejuicios como todo el mundo.
Sin embargo, un día compra el último libro de la escritora. Un tocho de tapa dura a un precio con el que llenarías una maleta en cualquier librería de segunda mano. M. se arrepiente de haberlo comprado ya antes de salir de la tienda. ¿Por qué lo ha comprado? ¿No hubiera sido más honesto y ajustado hacerse otra paja con sus fotos en la red?
El libro está muy bien editado y escrito. Es bonito y huele bien. Es más o menos absorbente, y es completamente inofensivo. Un trabajo calculado y sustentado en el último cebo de ventas: la “novedad” de las historias no contadas sobre mujeres. Escribe una mujer y protagoniza una mujer. Increíble, inédito, algo completamente nuevo y refrescante. Al menos esa es la idea.
M. devora el libro más para acabarlo cuanto antes que porque le entusiasme. Vale, piensa, ahora al menos puedo presentarme como fan llegado el momento. Al fin y al cabo es la clase de libro que, aunque morirá con sus ventas, es digno y uno puede defenderlo sin que se le caiga la cara de vergüenza. Incluso puede fingir que le entusiasma y le parece de lo más valiente y original. Basta con evitar sacar a colación que Jane Austen ya hizo lo mismo pero de forma exquisita y magistral en el siglo XVIII. En general es mejor evitar todo tipo de referencias. Hay que centrarse en la nueva escritora genial que no lo es. Pasa con casi cada escritor con el que una editorial se juega los cuartos. Tiene que parecer la nueva sensación; alguien que ha llegado para romper por fin el himen del mojigato mercado editorial actual.
Por fin alguien joven que aporta verdadero Rock & Roll, literatura y activismo. Uau. No como esos vejestorios que uno ya no puede recordar si han muerto.
El mercado dicta lo que es sana incorrección política (corrección política en el fondo) y lo que sólo es reaccionarismo.

M. a veces comenta muy respetuosamente las publicaciones de la escritora en Instagram. Obviamente sin ningún tipo de reacción por su parte. Hay algo que las redes sociales reflejan con una precisión escalofriante. Hay CLASES en todo. Con su grado de popularidad, la escritora muy difícilmente interactuará con nadie que no conozca. Hay un motivo forzoso por el que esto pasa, y es que para ella sería materialmente imposible contestar a todo lo que le llega. Pero hay algo más en el fondo; un eco del ego, la rutina de esa persona que ya no es la tuya, y dice: Ya No Estás A Mi Altura. No solo tiene el éxito, también tiene la excusa perfecta para el ego.
Nos pasaría a todos de un modo u otro. Hemos crecido con determinada idea del éxito, e incluso las charlas que intentan relativizar todo eso sólo parecen lograr mitificar aún más esa idea.
Imagínate a una escritora de 26 años con dos libros publicados y unas cifras de ventas tales que los medios nacionales la llaman para entrevistas. No solo ha logrado el éxito; además no ha tenido tiempo material para conocer el fracaso: El fracaso de verdad, cuando ya has tirado la toalla y te has levantado unas cuatro o cinco veces a lo largo de décadas. Cuando de verdad empiezas a hacerte mayor y la vida no te está recompensando con nada.

M. podría odiar a la escritora. Podría soltar otro gran discurso misógino sobre las chicas guapas y jóvenes que lo tienen más fácil para prosperar en ciertos ámbitos, porque tienen recursos, el poder en bruto de la sexualidad, y a veces también a los papis.
Papis con cierto y no poco poder. A veces incluso papis editores con amigos editores, siempre rodeados de gente con influencia que con un chasquear de dedos pueden hacer que la niña publique. ¡Fijaos qué mona es!, ¡pero si no tiene faltas de ortografía!
Sería fácil cabrearse con eso, porque de hecho eso pasa. Pero lo cierto es que M. haría exactamente lo mismo si fuera ella. Si él fuera un burguesito con contactos (aun sin el factor del poder sexual), los aprovecharía. Vaya si los aprovecharía. No necesariamente para publicar un libro, pero vaya si los aprovecharía, joder.
M. ya no tiene veinte años. Sabe de sobras que si tienes esa clase de oportunidades, tienes que lanzarte de cabeza a ese coño, y chupar como si fuera Helena de Troya. No hay que dudar jamás en darse el gran banquete del enchufe.
Dejemos ya de ser los grandísimos hipócritas que somos.

M. se acerca un día a una firma de libros. Es muy consciente de que ya es como un personaje de Netflix en una peli muy floja pero muy bien valorada (“necesaria”) sobre el acoso. Para cierta gente ya estaría cruzando alguna línea roja. Se había hecho mil pajas dedicadas, se había comprado el libro, se lo había leído, y ahora estaba dispuesto a hablar mierda sobre literatura con ella, cuando lo que le interesaba sobre todo era chupar el sudor de entre sus tetas. El inicio del terrible proceso de la masculinidad tóxica. O quizá sólo un fulano salido e inofensivo a la par que muy pillado por la escritora. Depende de lo intenso y comprometido que quieras sonar.
Lo cierto es que la idea de ver en persona a la muchacha le causa tanta impresión como cuando topaba en clase con las niñas que le gustaban en tercero de EGB. Está casi temblando a su treinta y muchos, mientras pasea por la feria del libro de Periferia.
Es como si pasara por allí sin objetivo alguno, o quizá en camino de comprar algún libro por compromiso, una novedad exquisitamente editada publicada por alguna amistad cuyas cuitas tomando café tienen más interés que sus novelas.

Puede percibirlo en el aire. Ahora vayas donde vayas, si el ambiente es lo suficientemente “intelectual”, puedes oler el “compromiso”, el conato de activismo. Todo eso que luego casi nunca se materializa.

Nuestro héroe picha-ansiosa se comienza a fijar en los encuentros en las casetas. La reunión de autores y autoras (no conoce a casi nadie) entre abrazos y besos y enhorabuenas. Lo cierto es que ha de costar un cojón publicar decentemente un libro. Casi tanto como escribir uno que sea bueno. Están presentes todas las grandes editoriales, los logos realmente conocidos; la prueba es que M. acaba viendo a un par de youtubers firmando. Chavales de veinte años sonriendo a niñas menores que traen el nuevo artefacto mediático bajo el brazo. Observa casualmente cómo una de ellas le ofrece el colorido libro con un papel dentro a uno de ellos. Se acerca y acaba viendo que es un número de teléfono. El youtuber sonríe pícaramente y se lo guarda; la niña debe tener unos dieciséis (tetas grandes, bonitas, ilegales y ajenas a la gravedad), el chaval unos veinte.
M. piensa: Bien por vosotros. Al fin y al cabo es evidente que todo esto no va de libros. ¿Acaso él ha ido por eso?
Es probable que el youtuber y la menor exuberante sean más honestos que la mayoría de los que campan por aquí, piensa M. Ellos sacarán un polvo consentidísimo y al margen de la ley. Los que no saquen nada acabarán en casa escribiendo sobre ello; quizá sobre youtubers mayores de edad que abusan de inocentes fans haciendo uso de su abominable poder. Es maravillosa la distancia que suele haber entre lo que se dice y lo que pasa de verdad. La Realidad fliparía si pudiera leer algunos artículos.

Tras una media hora de paseo, M. da con la caseta de la escritora. Es una de las casetas principales: la muchacha no ha publicado con ninguna editorial pequeña y bienintencionada que intenta no quebrar. Está con una de las grandes. Con la más grande a nivel nacional y una de las tres más importantes a nivel internacional. Es probable que sus padres anden por la zona. M. observa atentamente desde la cola. Lleva su ejemplar de Catedral de tinta. Novela histórica en la que una joven científica se sobrepone a todas las dificultades que plantea una novela histórica. Encaja en el clima editorial actual de un modo casi obsceno, sin necesidad de lubricante alguno.
La escritora tiene una sonrisa para todos. O más bien para todas. La mayoría en la cola son mujeres que rondan los cuarenta, y también algunas parejas hetero más jóvenes con las que cuesta imaginar que no son ellas las interesadas en la firma.
Luego están los escasos fulanos solos.
Varios son bastante jóvenes, de hecho seguramente M. es el tío más viejo esperando para que le firmen el tocho. Le ha encantado la obra y le hace ilusión que la joven autora le dedique unas palabras, quizá incluso algunas en voz alta. Todo la mar de inocente. M. piensa por un momento en la Lolita y el youtuber. Podría escribir su número en un papelito y… No sabe bien cómo, pero quizá acabara detenido. O aún peor, completamente ninguneado al ver la escritora sus intenciones y devolverle con mirada de rechazo neutro el libro con el papelito dentro.
¿Lo contaría después asqueada? ¿Se sentiría halagada en secreto? ¿Lo contaría después asqueada sintiéndose halagada en secreto?
En cierta manera tirarle los tejos explicaría qué hace un fulano de casi cuarenta y aparentemente hetero ahí haciendo cola. No es que el libro no sea apto para fulanos hetero de esa edad, pero puede que sí sea un tanto raro verlos en ese contexto.

La cola avanza leeeenta. Las cosas se ralentizan cuanto más amable es el autor de turno. M. sólo ha hecho cola para dos firmas más en su vida. Una para Frank Miller (sombrero, mirada huidiza), y otra para Amelie Nothomb (maravillosa, única, para casarse y morir antes que ella a los ochenta). Pero basta con observar desde fuera para ver que los autores expeditivos agilizan el proceso.
A menudo hay que ser un poco seco para que las cosas marchen.
La única ventaja de haber elegido la cola lenta en el super, es que tienes tiempo de sobras para observar. La escritora incluye su propia cuadrilla. M. supone que algún representante y gente de la editorial. De vez en cuando algún señor trajeado se acerca y susurra algo aparentemente profesional en el delicado cuello de la chica. M. no descarta estar proyectando, pero se imagina a esos tíos, a los que llevan el cotarro y guían a la moza en estas tareas no necesariamente agradecidas, pensando:
Me la follaría tanto…
Puede que incluso hayan llegado a comentarlo entre risas cómplices de machos cabríos.
Además existe el morbo añadido de que con toda probabilidad conocen a los padres de la estrella.
Hace tres o cuatro nevadas de la climáticamente aburrida Periferia, la muchacha aún abría regalos de navidad colocada de felicidad infantil. M. piensa en ello recordando a una chica que a menudo le enseñaba fotos suyas de cría. La tía creía que eso le ponía antes de follar. M. aún no se ha pronunciado al respecto para consigo mismo.
O eso se dice.

La mayoría de veces lo retorcido se queda en el ámbito teórico. En la mente. A medida que M. se acerca a la escritora, se pregunta qué le va a decir. Tendrá que mentir. El libro está bien, pero no es el tipo de literatura que más le interesa. Ella es encantadora, de eso está seguro; y ahora se da cuenta de que ni siquiera se ha preguntado si tendrá novio. Es lo más probable, algún tío cinco o seis años mayor que ella. Puede que un intelectual de la propia editorial. Los puede ver sobre una mullida alfombra frente a una chimenea, con vino y quesos. Romanticismo de fotografía; mucha gente lo adora, tanto los pijos como los nuevos pijos irónicos. Quizá no se les dé tan bien ser felices como proyectar una imagen de felicidad. Escritoras follando (“haciendo el amor”) con atractivos editores mientras la luna llena brilla fuera de la cabaña.
La gente hace cola para que personas así les firmen libros.
Dependes de personas así para lograr la única versión del éxito que, en sinceridad, todo el mundo reconoce como tal.

A tres firmas de distancia, M. ya puede ver con detalle a la escritora.
Es como si hubiese acabado de nacer. Un cervatillo que ha salido de la madre y, luego de trastabillar unos segundos, se ha puesto en pie y ha venido a firmar libros.
La cara limpia (apenas maquillaje) y la piel suave, manos primorosas y mirada oceánica. Un mar sin contaminación en un planeta lejano. Una blusa blanca y unos tejanos blancos ajustados. Algún tipo de colgante de aspecto rústico, seguramente con valor sentimental. Un reloj diminuto en la muñeca izquierda y dos pulseritas metálicas en la derecha. Se le marca una vena en cuello de tanto hablar y reír y vivir el sueño. Si M. fuese un vampiro estaría llenándose la camisa de babas.
Cuando ya sólo tiene una persona delante, se pone nervioso como si estuviese en el puñetero dentista. El último obstáculo es una tía bastante mayor que no deja de largar, y la escritora no va a echarla, obviamente. Como mucho lo hará algún fulano de su camarilla. Charlan sobre las localizaciones del libro. M. recuerda que hay una ruta turística para lectores, y que la conduce la propia escritora. Puedes visitar los mismos lugares en que la protagonista de la historia ha vivido sus emocionantes y significativas aventuras. Incluso la plaza en la que conoce a su interés romántico, al que enseguida abandona, principalmente porque es un hombre.
La mujer está a punto de llorar mientras cuenta todo el libro. Finalmente un gorila editorial le dice que por favor, que hay más gente esperando. La escritora le da dos besos y un abrazo, y le agradece y agradece, dándole cuerda sin poder evitarlo a la señora.
Cuando por fin le dan paso a M., es como si se estuviera colando en un culebrón. Más desubicado aún de lo pensaba que estaría.
La escritora, de un modo mecánico inicialmente, sonríe y alarga el brazo para coger el libro. M. se paraliza. Ella no da síntoma alguno de cambiar su actitud, aunque esta vez se trate de un lector solitario y bastante mayor, y no una mujer o una pareja de chica ilusionada y novio acompañante. Cuando habla, M. sólo puede oír su voz, dulce pero firme, en medio de todo el jaleo ferial:
–¿QUIERES QUE TE LO FIRME?
El resto se ha silenciado.
No sabe cómo sucede, pero logra iniciar y acabar una conversación respetablemente adulta con la escritora. No necesita mentirle o exagerar, y ella no se siente incómoda ni percibe nada excesivamente extraño en la presencia de M. Sólo dos minutos de intercambio, y el libro queda firmado.
Luego M. pasea y llega a una conclusión. Ella ha creído que él es gay. No es de extrañar que tenga bastantes lectores entre la comunidad gay. Seguramente contempla esa posibilidad cada vez que llega un tío solo con un libro suyo en una presentación o una feria de este tipo.
Ha pensado que M. es un gay sin pluma. De eso se trata, piensa M. De todos modos, ¿qué te pensabas que iba a pasar?, se dice. Ha estado bien, has podido hablar con la chica, el libro está bien y todo lo que ha sucedido se ha quedado en el marco de lo legal.
M. piensa a menudo en una potencial pulsión delictiva personal, algo que podría aflorar en cualquier momento. Generalmente se tranquiliza cuando concluye que TODO el mundo tiene eso dentro.
Pasea durante una media hora más, y entonces se sobresalta cuando un gorila editorial le da un toquecito en el hombro.
–Disculpe.
No entiende nada de lo que le dice. Habla de la escritora, de que la escritora ha terminado su turno de firma matinal, y que ahora va a comer a cierto restaurante.
–Le gustaría que usted la acompañara, de ser posible.
–¿Cómo?
El cerebro de M. se pone a mil y comienza a echar humo. ¿Que la escritora…? ¿Que quiere…? Pero es evidente que ella ha de tener… Cómo es posible que…
Incapaz de terminar pensamiento alguno, se deja guiar como un muñeco por el miembro de la camarilla. Le acompañan hasta el local donde la escritora está sentada. Justo cuando él también toma asiento, ella levanta un dedo para que les atiendan.
Nunca sabes lo que puede pasar, piensa M. así que has de perseverar. ¿Dónde ha oído semejante mierda de frase? Te mueves y las cosas suceden, ¿no? Si eres un buen chico, quizá la chica se interese. ¿Pero no era al revés? Ella le sonríe por primera vez como sonríe a las personas de su entorno inmediato.
Y como sucede cuando las cosas van bien de verdad. Como pasa cuando casi vives avergonzado de ser tan feliz, el tiempo comienza correr a toda leche. Se dirige hacia la vejez, el porche, el atardecer y la limonada. Con la mujer de tu vida. Pero antes, un trillón de polvos, en casas y hoteles, cenas románticas, vinos y quesos, mamadas lentas y furiosas, cunnilingus cada vez más habilidosos, folleteos incluso al aire libre, en lavabos públicos, una vez en la sala solitaria de un museo. Ella nunca deja de ponerle, ella le rompe el corazón cuando se tiene que ir, ella le folla vivo cuando vuelve, ella abraza los años sin perder un ápice de energía sexual, un magnetismo brutal que…
–PERDONA. ¿QUIERES QUE TE LO FIRME?
–Sí.
–VALE.

–Me encanta tu libro.

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Animalito

Dentro de esta casa sólo hay gente sana. El filtro es sencillo: mientras no le pegues nada a nadie y seas de ducha diaria y mayor de edad, aquí tendrás una oportunidad. Casi siempre hay alguien dispuesto a sacarte el jugo. Si no lo hay (raro), puedes presentarte cualquier otro día, se trata de probar suerte; por desgracia este oasis sigue formando parte del mundo real.
¿Oyes cómo gimen? Casi todas estas personas tienen otra vida ahí fuera. Aquí se viene a la vida paralela; fuera están las esposas y los maridos, la parejitas modélicas, las “buenas formas”, las conversaciones calculadas y la compra semanal. Seguro que ya sabes de qué te hablo, cariño: tienes cara de no conocer otra cosa.
La chabola es de mi marido muerto; lo digo para sacarte de dudas económicas e inmobiliarias. No tuvimos hijos, y eso ha sido una bendición en cierta medida: nada de explicaciones, para empezar.
Mi marido y yo nos dedicábamos a follar duro, entre nosotros y con quien se dejara. No es que pudiéramos aislarnos totalmente del mundo, pero él ya nació asquerosamente rico; su cuenta corriente estaba aún más llena que su bragueta. Y créeme, el cabronazo gastaba una de esas pollas que nunca llega a señalarte recta como un dedo; el cuerpo no se puede permitir enviar tanta sangre a un solo punto. Dura, larga, gorda y eficaz hasta el dolor, pasando por todos los grados de placer, pero no muy bonita, ya me entiendes. Consumes porno, ¿no? Una polla de ese tamaño podría empalarte; pero creo que antes se partiría. Hay que andarse con ojo. En cualquier caso siempre es mejor que una setita de cinco centímetros; no es que tenga nada en contra de los micropenes, sé de sobras que también tienen su público; simplemente no son para mí.
Supongo que habría sido más práctica una polla gordita de veintiuno o veintidós centímentos. Qué sé yo; ¿cuánto os mide la polla ahora a los buenos chicos?

Se abre la puerta y una chica de grandes y naturales tetas le practica una cubana a un chaval; éste cierra los ojos como si le doliera. Está sentado al borde de la cama; ella está arrodillada. El capullo morado empieza a escupir gruesos chorros de lefa. La misma empieza a chorrear sobre las tetas de la muchacha, a gotear viscosamente desde su barbilla. El chico abre los ojos; dice: “Joder…”. La chica sonríe confiada y pega un lametón al respetable miembro, que aún gotea, tiembla como aturdido.

A muchos les gusta que les miren. No te sorprendas si se corren justo cuando abramos las puertas y echemos un vistazo. Aquí es al revés que afuera: cierta falta de intimidad suma puntos a la experiencia. Se visitan unos a otros; a veces se forma una pequeña orgía, aunque de entrada follan en parejas y en habitaciones separadas. Esta casa tiene habitaciones para aburrir. Ya los veo a todos como si fueran mis alumnos y esto fuera el instituto.
Yo también practico aún, si te lo estabas preguntando, pero a mi edad una se sacia antes, y no lo necesita otra vez enseguida. Vaya, al menos ese es mi caso. Me gusta mucho mirar, verles las caras mientras lo hacen. He visto a montones de chicos abrir los ojos como platos durante una primera mamada que su novia jamás les haría; y a chicas correrse a chorro (o simplemente correrse) con cara de sorpresa por primera vez. También a no pocas parejas homosexuales, aunque no tantas como yo calculaba. Como sea, aquí hay una mezcla de edades y condiciones que nos confirma el animal que también somos en realidad a la postre.
No creas que me burlo de la monogamia o el matrimonio. Sólo digo que no se le puede negar al cien por cien de los seres humanos los impulsos naturales, ante la carne, ante la novedad de un cuerpo nuevo, de otro encuentro prometedor.

Se abre la puerta y se ve a un tío de unos cincuenta tacos con la cara metida en el culo de una veinteañera. Cabecea follando el ano con la lengua; ella se toca mientras gira la cabeza para mirarle a los ojos (llenos de ansia, casi furia) al tío, que lame y penetra como si llevara años deseándolo.

A veces es así. Hay quienes controlan quién entra en la casa; y a veces da la casualidad de que es algún pive o alguna chavala que llevan meses queriendo degustar. Una vez un tío me dijo que acababa de follar con una chica con la que llevaba años masturbándose; Facebook, Instagram… Esas cosa pasan. Aunque aquí todos follan con ansia, como si quisieran batir algún récord de fuerza o resistencia, a veces observas una entrega que tiene que ver con algo más.

Se abre la puerta y, antes de tener visibilidad completa, ya se puede oír el chapoteo de dos coños chocando, frotándose, besos de coño con coño.

Me hace ilusión cuando son lesbianas. Es como si me preocupara especialmente caerles bien a ellas; como si lo suyo siempre fuera un folleteo reivindicativo. Soy algo contradictoria en eso. No creas que necesito que nadie me santifique a estas alturas, pero quiero que cualquier persona sana se sienta libre de venir aquí. Mientras no se descontrole el aforo…

Se abre la puerta y hay una chica en cuclillas sobre la cara de un chico, ambos desnudos y en el suelo, sin hacer contacto. Parecen de la misma tierna edad. Ella es rubia, blanca de piel, curvas generosas, pezones rosados de gran areola, bonita cara, la prima mayor de Cupido. El coño depilado, más rosado a medida que profundizas. Se lo abre con dos dedos. El chaval, delgaducho y ansioso, se la sacude (polla gorda, casi desproporcionada), y abre la boca. La chica ríe y empieza a salir el pis. Parte de él es tragado, la otra parte empapa la cara y el pecho del muchacho. Cuando parece que el chorro ha cesado, se reinicia con más fuerza. Es entonces cuando el muchacho eyacula, salpicando el suelo, el culo y parte de la espalda de la chica.

Eso les gusta a los tíos, a muchos más de los que crees (tranquilo, no te voy a preguntar). Puede que les guste más que a las tías. Aunque en general lo de cruzar la línea, lo de la suciedad, la humillación o la vejación, gusta a tíos y tías casi por igual. Muchas chicas exigen malas formas, una demostración de fuerza y control es lo que hace que se corran, no la violación, pero sí la idea de la violación. A los chicos les gusta que una tía se haga la hija de puta, que les abofeteen, les aprieten los huevos, les dejen el culo rojo o los pezones ardiendo con cera; sólo cuando hay cierto equilibrio entre el placer y el dolor, se sueltan como una manguera de jardín.
Son los extremos, incluida la coprofagia; puede que sea el treinta por ciento de lo que se ve aquí. Hay gente que viene a buscar eso, aunque suene a tópico: Lo que no tienen en casa.

Se abre la puerta y una treintañera se quita despacio su disfraz de animadora ante un veinteañero que – sentado en la cama– se palpa el paquete. Luego la mujer procede con una felación no exenta de arcadas; pronto entre sus tetas y en el suelo se llena todo de babas. Justo antes de que el chaval se corra, cambian y follan a lo perrito, mientras ella no deja de decir “Soy tu puta”. A lo que él reacciona “Eres mi puta”. A lo que ella insiste “Soy tu puta”. Lo que evoluciona en “Me encanta ponerle los cuernos a mi novio”; a lo que él murmura “Tu novio no sabe follar”; y ella dice alto y claro: “Mi novio es un puto maricón”. A lo que él responde corriéndose dentro, temblando, una risa tonta, un hilo de baba colgando de su labio inferior.

No te preocupes, aquí se usan diversos métodos anticonceptivos; pero yo no me suelo meter en eso. Son adultos, no hay que olvidar la responsabilidad personal. La casa es mía, y está abierta para ellos, pero no iré cada vez chaqueta por chaqueta buscando olores o pelos largos sospechosos antes de que se vayan.
¿Te ha impresionado el lenguaje? Eres tan joven… Las personas largan toda clase de barbaridades mientras follan. Pero quizá sea oportuno que te deje claro que eso no refleja sus ideas políticas, ni deja al descubierto lo intolerantes que son. Parece mentira que haya que aclarar esto… Cuando se folla hablando, se tiende a lo incorrecto, incluso a lo salvaje, porque es lo que hace que la gente se excite muchas veces. Si lo que dicen alguna vez coincide con lo que piensan, es pura casualidad. Son frases hechas, por así decirlo, provocaciones: el objetivo es mantener la polla dura y el orificio mojado, cariño. Y si para eso quieres ser la puta o el dominador o viceversa. Si para eso quieres interpretar el papel de hija del esclavista que se está tirando a los esclavos, dime: ¿qué coño hay de malo en ello?
La mierda sucede; ¿no podemos canalizarla, convertirla en otra cosa? ¿No podemos jugar a los villanos si eso multiplica por diez el placer follando?
Seguro que hay gente comprometida y fina incluso en la cama, que no saben despolitizarse ni fornicando, pero no tienen ningún derecho a imponer sus métodos o rutinas a los demás.
Joder, ni de coña.

Se abre la puerta.
Un mulato se corre a lo perrito dentro del culo de una mujer madura. Luego ella le empuja en la cama y se coloca de cuclillas sobre su cara. Expulsa la corrida en la boca de él mientras se estimula con dos dedos a fondo el coño. La cara del fulano acaba llena de semen y fluidos femeninos. La polla vuelve a estar dura, y ella pide más.

¿Te sorprende que la casa huela bien? Eres un chico limpio ¿no? Y asumo que eres hetero; te he estado observando. Algunas de las tías que vienen por aquí querrían cambiarte la personalidad a base de saliva y caderas. Otras te odiarían; pensarían que eres sólo otro superhéroe moral, siempre medido y equilibrado, siempre juzgando en silencio. El mito de la normalidad personificado. Otro amante de la mediocridad (como media, no me malinterpretes). Quizá creas que te juzgo, pero a mí todo eso ya me importa bien poquito, cariño. Yo respeto a todo el mundo, y apenas me molesta el “disidente”, porque desaparece pronto, y con la cola entre las piernas.
Mucha gente es previsible, al menos en principio, porque rehuyen tentaciones. Ni siquiera digo que eso sea algo malo; sólo que para mí hubiese resultado demasiado aburrido e hipócrita, todo el rollo de la culpabilidad, el judeocristianismo… aún hay millones de ateos autoproclamados que son pura religión andante. Son moral renuente de la polla o el coño (o ambos) que tienen entre las piernas. Están todo el tiempo controlando ese fuego, como si sólo fueran correctas moralmente las ascuas de una humilde barbacoa. Así hasta que se hacen a eso, y con el tiempo logran no matar al animal, pero sí dejarlo en coma.

Úrsula es mi compañera sentimental. Supongo que tú lo dirías así. Te la presentaré. Yo soy la típica bisexual, ese tipo de persona que hace que les estalle la cabeza tanto a los homófobos como a los teóricos liberales. Bueno, liberales… ¿qué coño es un liberal ahora?
En cualquier caso, hay gente a la que sigue preocupándole muchísimo la vida sexual de los demás. Es algo que nunca he entendido, como si fuera una deformación monstruosa del cotilleo. No recuerdo haber sentido demasiada curiosidad jamás por las elecciones sexuales ajenas. Desde luego nunca tanta como para indagar o hacer preguntas. Si me hablan de ello, bien, si no, pues también. ¿Qué cojones voy a hacer yo con esa información?
Úrsula. Este es el chico que te decía.
¿El que venía a investigar?
Bueno, sí, qué se yo.
Hola, chico.
No te preocupes, no muerde. Sólo es mi novia.
Yo no soy tu nada, cariño, como mucho tu esclava sexual, a ratos.
Siempre quieres romperme el corazón, pero que sepas que ya te tengo calada, sé que no eres más que un conejito necesitado. Te derrumbarías si mañana me largara con algún Julián en el que se hubiera reencarnado la polla de mi marido.
Calla.
Calla tú. Y tú, entra, no te cortes.

Se cierra la puerta.
Comienza un debate casi inédito en la mente masculina presente: un debate de final inmediato. Se desmorona la negación. Algo era cierto: él siempre había evitado las tentaciones. No había mencionado a su novia, nadie le había preguntado. Más que novia, era su plan para el futuro, una boda más que probable. Hacía dos años que vivían juntos, lo compartían todo, tenían discusiones bobas, blandas y demasiado largas ante las cartas de los restaurantes; discusiones sobre lo que iban a pedir para comer. Ese tipo de relación. Cuando llegaba el momento de los postres, sólo él pedía, y ella se acababa comiendo la mitad. Ese tipo de Cielo o Infierno. Cierta clase de monogamia teóricamente ideal, fuente de conversaciones desesperadamente banales y chistes deprimentes. Una vida ideal para algunos; una huida hacia delante para otros. Aún no tenían hijos, claro, pero habían hablado de ello. Ella quería tenerlos, él no quería quedarse solo. No siempre funcionaba así en el Universo hetero, pero no se puede decir que esa dinámica escaseara. Ahora él pensaba sólo de forma lateral: quizá si fueran una pareja estéril, la lucha por lograr un crío de otro modo les hubiese unido más, puede que incuso él lo hubiese deseado de verdad. O quizá si alguna desgracia vital potencial les hubiese azotado (un cáncer ya superado –pero latente–, por ejemplo, de él o de ella, no importa), ahora habría un vínculo más poderoso.
Pero en el presente la anfitriona se había largado, y se había quedado solo con Úrsula, una mujer de veinte años menos (tenía unos cincuenta), y de ademán depredador. Él, que siempre se había imaginado tentado por alguna chica realmente joven, no contaba con esta imagen del engaño. Una mujer mucho mayor que su novia, MUCHO mejor en el sexo oral, y que no iba a follar si no era a pelo.
Él sabía que podía pararlo cuando quisiera.
Era víctima de una venganza moral.
Daba igual que fuera un chico o una chica.
Se trataba de ponerte a prueba por una vez.
Sacarte de la rutina blindada.
En efecto la mamada ya había comenzado. Ahora ya tenía algo realmente jodido que confesar. Periodista reciente, un chico intachable, imposible imaginar una infidelidad. Pero estaba sucediendo. Así es como sucede, piensa ahora. Simplemente sucede. La única protección ante ello era mantenerse alejado de ello. Sólo mirar culos por la calle. Sólo un poco de porno puntual, borrar historiales, una sana vida conyugal. Pero esto…
Todo lo que ella –esta mujer madura– hace, es mejor. Mejor en general. No solo un sexo mejor. También una vida mejor. Y aunque él sabe que sólo es una sensación pasajera, ya ha probado la manzana. Ya es uno de esos cabrones que ponen los cuernos. ¿Pero son unos cabrones?
Mientras la tía ya le cabalga, haciendo movimientos que le acercan y alejan adrede de la corrida final, sólo puede pensar en su novia. Esto acrecenta el placer, y a la vez se dice una y otra vez: lo confesaré, le diré lo que ha pasado (lo que he hecho), y le pediré que me perdone. Me tiene que perdonar. Por favor. Por favor…
La mujer, a sabiendas, tomando el control, se desmonta, y se mete el capullo en la boca, justo para recibir toda la descarga.
Mira a los ojos. Y traga.

Una vez ha logrado vestirse, mientras camina hacia la salida, casi llorando y abrumado por su recién descubierta carnalidad, oye la voz de la anfitriona:
–Que te vaya bien, animalito.

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Psicópatas

Cosas que me gustan menos que los psicópatas: Las familias. Las mascotas. Los planes. Los encuentros. Los protocolos. La agenda. La televisión. Los sensibleros. Los idealistas. Los ideologizados. Los sectarios. Los obsesos de la limpieza. “Madurar”. El mundo del motor. La competitividad en general. Los locos del deporte. El deporte en sí. La puta “comida sana”. La comida moderna escasa y cara. Las lecciones de vida. Los horarios estables. Los esnobs (los putos esnobs). Los antidroga. Los atrincherados. Los aburguesados. Los ricos pagados de sí mismos. Los pobres pagados de sí mismos. Los moralistas. Los tribales. Los amantes de las etiquetas. Las “fuerzas del bien”. Los jodidos tuiteros. Los conservadores autodeclarados. Los modernos autodeclarados. Los mojigatos. Los…

Porque a ver.

¿A quién no le gustan los psicópatas más que todo eso? ¿A quién no le interesan más? Los psicópatas, en el ámbito cultural, son como los cerdos: se aprovecha todo. Y además, qué coño, ellos hacen lo que los demás nos quedamos con las ganas de hacer no pocas veces. Bien es lógico que eso provoque cierta clase de admiración no reconocida. Pero como decía, los psicópatas son sobre todo carne de fenómeno cultural: libros, películas, documentales, retrospectivas. Joder, en algunos círculos hasta se los homenajea. Dime tu psicópata favorito y te diré quién eres.
Dejemos a un lado a Manson o a cualquier político. Están muy sobados, y es más interesante profundizar con el psicópata que no delega. Manchémonos las manos.
Podría ofrecer una larga lista de maravillosos hijos de puta, muchos tíos y algunas tías que decidieron cruzar la línea y nos regalaron toneladas de morbo y sesiones de cine golosísimas para Halloween. Pero sólo voy a mencionar un par de nombres en este editorial. Un ejemplo del psicópata cliché y otro del asesino absolutamente brutal, original y colega total, refrescante para el verano y una cálida manta para el invierno.

El psicópata cliché por excelencia es sin duda Ted Bundy.
Que nadie se enfade, sé que esto puede ser polémico. Todos amamos a Ted, de eso no cabe duda. Es un cabronazo que ha sabido cebar el morbo como pocos telediarios, vecinas, madres o hermanitas de otros. Eso nadie lo discute; y es posible que en su momento se le considerara un asesino original y rompedor. Pero repasemos por encima y con ojos de ahora (los únicos que tenemos) las bondades de Ted.
Theodore Robert Bundy. Nacido en 1946 (Burlington, Vermont), murió frito cuarenta y dos años después debido a sus travesuras. Ted fue un chico joven y atractivo que caía bien a todo el mundo, se ligaba a las muchachas de la zona y luego las torturaba y asesinaba.
¿Tengo que añadir algo más, o ya se intuye por dónde voy?
¿Un psicopata atractivo que caía bien a todo el mundo? ¿Se puede ser más jodidamente cliché? Todos los psicópatas caen bien a todo el mundo, Ted, pero después, cuando ya hemos descubierto la pedrada asesina que tenían. ¿Y matar sólo mujeres? ¿En serio, Ted? Que conste que nadie está en contra de que un psicópata mate mujeres. Joder, incluso en 2020, año de mierda donde los haya, cualquier universitario/a que se adhiera a todo movimiento de justicia social que se tope, por muy “feminista” que sea, se zampará un documental de un asesino de mujeres de diez episodios en Netflix si es lo suficientemente morboso. Está bien, Ted, no querías complicarte, y tu pedrada es tan respetable como cualquier otra. Pero como comprenderás, tampoco ayuda que luego en la cárcel pasaras de inflar tus estadísticas de muertes (oficial: 36) a lloriquear y echarle la culpa de todo al porno. No se puede pasar de ser un psicópata de vecinas medio respetable a una feminista de tercera ola, Ted; un mínimo de coherencia estética para con tus actos.

El psicópata absolutamente brutal, original y colega total, es Ed Gein.
La oscuridad y la tragedia envuelven al bueno de Ed. Edward Theodore Gein (1906-1984, Condado de La Crosse, Wisconsin, apodado El carnicero de Plainfield) tuvo una crianza familiar farragosa, lo reconozco. Su padre era un tarado alcohólico incapaz de cariño, y su madre una loca del coño religiosa que despreciaba a los hombres y consideraba a las mujeres la fuente principal de pecado. Para más señas, papá y mamá impedían al pequeño Ed tener relación con nadie fuera del núcleo familiar.
Algunos podríais decir que esto también es un cliché del psicópata (un pasado enculado hasta sangrar), pero podríamos contar por millones las personas con padres agilipollados que no acabaron tomando el rumbo de Ed.
De hecho, ¿cuántos más han tomado el rumbo de Ed? Probablemente un puñado de locos, pero seguramente casi todos después.
La cosa comenzó cuando Ed fue sospechoso de la desaparición de Bernice Worden, vendedora en una ferretería allá por 1957. La poli pegó una patada a la puerta del Ed ya adulto de padres muertos, y encontró a la mujer colgada de los tobillos, decapitada y con las tripas colgando (¡Ed, cabronazo!). Ante la sugerente imagen, los guripas decidieron hurgar un poco más en la poco perfumada y aseada casa del fulano. Encontraron diez calaveras juntitas que el bueno de Ed usaba como ceniceros y recipientes de todo tipo; también había asientos y pantallas de lámpara hechas con piel humana (Ed, joder, ¡te queremos!); luego muchas más calaveras todas con su uso y creatividad implícita. Los demás órganos de Bernice estaban en el congelador. Más joyas: Un cinturón hecho de pezones humanos, nueve vulvas guardaditas en una caja de zapatos, y decenas de otros objetos que Gein había fabricado con partes de cadáveres. La mayoría se fotografiaron y se quemaron (¡putos guripas!).
Ed no sólo reconoció haber matado, también declaró que abría tumbas de cadáveres recientes, se los llevaba en su camioneta Ford, y ya en casita curtía sus pieles para poder llevar a cabo su auténtica vocación de decorador.
Quizá no lo dijo así, pero ¿a quién coño le importa?

Que sepáis que encontraréis mucho más sobre estos dos mitos en este número.

Sabed ya desde el número uno de Psicópatas, que aquí nunca, y digo nunca, descartamos la leyenda. Somo devoradores de historias, contadores, relatistas, escritores, fanáticos de la vida, y por tanto locos de la violencia, el sexo y la muerte.
Nos moveremos habitualmente por los extremos, indagaremos en el suceso, pero también en el mito. Observaremos a las estrellas del rock que todos sabemos que son los psicópatas, y serviremos fresca y deliciosa la única literatura histórica posible: la que nos ofrecen los relatos que por lógica acaban tan a menudo en la ficción.
Esta revista no encaja en los tiempos que corren, y por eso precisamente la creemos necesaria. Los más despiertos nunca verán una apología irrespetuosa para con el quinto mandamiento. Sencillamente, escribiremos lo que sólo se suele pensar o hablar entre amigos, sobre las atrocidades. Todo eso que nos fascina y atrae, aunque la mayoría (por suerte) jamás caeremos en ello.

¿O sí?

Bienvenidos a Psicópatas. La revista que ha parido –cesárea y numerosas complicaciones mediante–, el enfermo año 2020.

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