El momento del corredor

Dónde. Quiénes

Si de crío fuiste manejable y estudioso, se trata de esos enormes almacenes que quizá veas desde tu coche, de camino a tu curro de alto perfil. Dentro de esos lugares hay un montón de trabajadores, de esos que sabes jerárquicamente inferiores. Yo siempre he sido uno de ellos. No me importa admitir cierto complejo. Por otro lado, no es que sea un guerrero de clases, pero sí soy cierta clase de guerrero. Esos lugares, esos complejos industriales, están repletos de guerreros de la aceptación. Aunque no lo creas, a veces ahí dentro pasan cosas emocionantes. El asunto no siempre va de lo que cuentan ciertas películas afectadas, europeas y condescendientes.
Por otro lado, lo más cerca que estarías de un Apocalipsis zombi, es que algunos de nosotros dejáramos de montar, clasificar y mover palés. Si nos cruzamos de brazos, nadie alimenta a los camiones; si nadie alimenta a los camiones, dejas de brazos cruzados a los reponedores; y si los reponedores sólo se dedican a fumar en el patio del almacén, tú no tendrás nada que llevarle a tu nevera.
Somos parte de la base. Así de fácil se puede desatar el caos. Los villanos de Bond siempre fueron demasiado rebuscados. Casi nadie sabe hacer ya nada más que no sea comprar. No sabemos sobrevivir, sólo ser sofisticadamente dependientes.

Cuándo. Cómo

Mi lugar de trabajo en ese entonces era tan grande como lo requiere la clasificación y envío de suministros a decenas de tiendas de todo el país.
Imagínate el turno de noche, entrar a currar a las diez y salir a la seis de la mañana. De lunes a sábado. Una sola tarde libre de verdad a la semana.
Eso te moldea el humor. Te conviertes en esa clase de persona.
Era ese tipo de empresa que mueve de ciudad a los trabajadores dispuestos viajar. Una mínima paga extra. Yo nunca pasé por ese tubo, pero sí vi a gente de fuera venir a apoyar la campaña de Navidad. No es que llegaran de lugares donde no había Navidad, pero a veces había que priorizar el esfuerzo en el Centro Logístico.
Por raro que pueda sonar, había bastantes chicas administrando, etiquetando y moviendo palés con carretillas. No éramos sólo tíos con un vocabulario de diez palabras y medio desdentados. Te parecerá asombroso, pero hay personas interesantes en todas partes, a veces incluso encantadoras; o hasta –agárrate bien– cultas. Y no lo digo a la manera asquerosamente condescendiente en que lo diría tu primo el ingeniero sobre sus abuelos. Me refiero a gente perfectamente capaz de expresarse y armar razonamientos complejos.
Mucha gente no sabe que el fracaso académico es a menudo menos una cuestión intelectual que adaptativa.
La gestión del miedo es algo en lo que profundizar, y no es que yo sea un experto. Lo que sí sé es que la motivación no siempre guarda una relación directa. Si eres lo que llaman adulto y tu única especialidad docente es el miedo, igual deberías mantenerte lejos de las aulas y cerca de los condones.

Quién

Esto es un terreno pantanoso, un lugar común casi siempre horriblemente previsible, a reventar de mala poseía y prosa nefasta. Saturado de lágrima fácil y sexo burdamente controlado. La literatura en torno al Amor es tan abundante como mediocre. Encontrar algo bueno, bonito o significativo sobre el tema, es mucho más difícil que lo de la aguja en el pajar. Se parece más a detectar a alguien capaz de un discurso propio. Hoy en día eso es una auténtica rareza, ya que no sólo abunda el discurso repetido, sino que además ahora se aplaude sin reservas.
El amor no pasa por su mejor momento. Hay personas que han decidido que pueden tomar medidas respecto a lo irracional. La militancia, venga de donde venga, siempre cree que puede embotellar el aire; que podrá venderlo como argumento. Ahora cierta militancia ha cerrado filas no sólo frente a la ciencia, sino también frente a la naturaleza. Ahora hay personas que no soportan la idea de ser carne y química con predisposición biológica.
Creen que pueden hacer que la gente sienta y quiera lo que a ellos se les antoje.
La ingenuidad ha tomado su forma más estúpida y agresiva.
Por suerte, y menos mal, eso aún no era así cuando la conocí a ELLA. Aún no estaba mal visto reconocerte ser humano. Fue a principios de los 2000, esa década que no parece tener personalidad alguna para quienes recuerdan los 80 o los 90. Yo estaba en una fase semivegetativa. Tenía veintipocos y me dedicaba a mirar al suelo y procurar no hacerme ilusiones. Era una vida que no tenía siquiera fines de semana decentes, algo a lo que nunca llegaría a acostumbrarme. Despertaba los sábados a mediodía, y eso era todo, esa tarde restante. Al día siguiente tenía que volver al curro por la noche. No tenía tiempo de descansar; y ni de puta coña tenía tiempo para desconectar. Intentaba ir al cine y leer, ver a los amigos a ratos, pero, no sé cómo definirlo sin aburrir, excepto que básicamente no había espacio para la alegría.
Era una vida sin tiempo de calidad, sin sexo compartido, sin proyectos de futuro. Una vida que me robó ese momento necesario de la noche, para dormir, o para leer, para escribir. Para intimar.
Mi vida era una mierda como un piano. No tenía nada que ofrecer, nada que contar y nada que ser.
Me movilizaba seis tardes a la semana a las ocho y media, para ir a pie el tramo de veinte minutos que había hasta donde paraba el autobús. Luego me zampaba una hora de viaje hasta la nave industrial. Seguro que te empiezan a cuadrar las cuentas. Aprovechaba el viaje para leer, aunque sólo en teoría. Había gente ruidosa, y no siempre luz a mano.
Cuando llegaba, iba hacia mi taquilla. No es que allí nada se pareciera a un instituto. En los vestuarios había banquetas y duchas. Fuera había pasillos, grises y funcionales. Y había un corredor que llegaba hasta el almacén propiamente dicho. No sé las medidas, pero aquello podían ser unos tres campos de fútbol. Todo lleno de estanterías para palés, altas y enormes, con espacio entre ellas para maniobrar con todo tipo de máquinas. No era una fábrica más, o sí, pero era un centro vital del sector servicios. Allí era donde se iniciaba la labor que hace que los pasillos de tu supermercado tengan ese aspecto colorido y relajante. Como si unos duendes, sonrientes y orgullosos, los hubiesen preparado para ti.
Mientras tú dormías, yo te paletizaba las próximas veinte comidas.
La jerarquía no se construye de acuerdo con la importancia de cada labor.
Recuerdo que por aquella época chateaba a diario con una universitaria. Ella se iba a ir de erasmus, estaba Viviendo el Sueño. Nos vimos puntualmente (aunque sin roce), ella me gustaba. Creo que por algún tiempo le llegué a gustar también. Creo que a mí nunca dejó de gustarme, y a juzgar por Instagram ella ahora folla con un pelirrojo barbudo en un piso la mar de cuco.
En la vida real, no había manera de conocer como es debido a nadie. Excepto a quien ya conocía. La gente suele elegir a alguien con quien poder salir a cenar o ir al cine de una forma relajada. Yo ofrecía sobre todo limitaciones. No era un buen punto de partida. Mi horario laboral coincidía directa e indirectamente con las horas principales de ocio, relax y descanso del resto del mundo. Cuando los demás se reunían, reían, tomaban algo y respiraban tranquilos, yo no estaba.
Pero estoy derivando un poco.

No hay tanto que contar, pero lo que hay necesitaba de no poco contexto, y requeriría desarrollo infinito. El estado de ánimo y la logística en ese punto de mi vida, son primordiales para entender cómo de intenso tenía que ser un sentimiento para trascender el hecho de que me había aceptado a mí mismo como zombi. Procuraba no sentir, no juzgar, no valorar y no planear. El futuro a medio plazo era sólo más palés y olor a cartón. Los sábados a mediodía, me recordaba inmediatamente a mí mismo que sí, era fin de semana, pero no para mí, yo sólo pasaba por allí.
Y por todo eso que parece me obstino en volver a explicar de otro modo, es por lo que ELLA fue importante. Relevante. Crucial incluso como fenómeno. Quizá una clave para explicar por qué tanta gente se resigna a tragar tanta y tanta mierda durante su vida.

Una noche bajé del autobús. Alguien me dijo que había llegado gente de fuera al almacén. Que iban a estar haciendo inventario. Chicas.
Mi respuesta fue nula, quizá una sonrisa torcida. Mis compañeros creían que era mi sentido del humor, pero era todo lo que sabía hacer cuando llevaba allí dos años. Asentía y procuraba no derrumbarme. A veces llegaba tan cansado y apagado a casa, que no tenía reservas ni para hacerme una paja. A veces pasaba una semana entera sin tocarme los genitales excepto para lavarme. No podía follar ni conmigo mismo.
Algunos sábados por la noche (que en mi caso se parecían mucho a los domingos por la tarde de todo el mundo), me hacía lo que yo llamaba: La Gran Paja. Lo cual no tiene mucho más que decir.
Así que habían venido chicas de fuera, iban a estar purulando con carpetas por los muelles, los camioneros dirían obscenidades y puede que alguno se llevara una patada en los huevos. No sería la primera vez.
No es que todas fueran jóvenes y lozanas, pero la mayoría de la gente que decidía “dejarse viajar” por la empresa, no era mayor, y raramente eran hombres, porque el trabajo más físico solía estar bien cubierto.
Me llegué hasta los vestuarios y me cambié de forma automática, resoplando, mirando al suelo y saludando mecánicamente a compañeros. Algo que había advertido, es que los más mayores, los casados y con hijos, los “atados”, los mediana edad, los veteranos, eran los menos depresivos allí. Algunos incluso parecían optimistas. Creo que era porque de alguna manera habían pasado el testigo de sus vidas. Como si ellos ya lo hubieran intentado (o no, eso ya no importaba) y fracasado, y ahora le tocara probar a su descendencia. Había algo lógico y a la vez retorcido en ello, como encontrarse cómodo en el limbo. Como tener la excusa perfecta, o aún más raro: un antídoto emocional contra la depresión del trabajo repetitivo, el horario esclavo y la conciencia de la eliminación del yo.
Esos tíos entraban al vestuario con un animo parecido con el que lo abandonaban al final de la jornada. Aunque a decir verdad, yo también, pero no precisamente con esa cara de satisfacción, o como mínimo plácida conformidad.
Ese día, como siempre, me puse los pantalones de la empresa, la faja de la empresa y la camiseta verde vomitona de la empresa; y me dispuse a atravesar el corredor que llevaba a la carencia de sorpresas. La faja era negra y funcionaba con velcro. Era obligatoria sólo en teoría. Si paletizabas ibas a mover mucho peso. Tradicionalmente, de ahí es de donde suelen venir las hernias. Si te ganabas una y no habías estado usando la faja, la empresa se desentendería. Y si no, también; pero eso es otro tema.
Iba pensando en ello mientras avanzaba por el largo corredor.
Ella entró en él desde el almacén. Caminaba hacia mí. Probablemente había subido por uno de los puertos. A veces la gente no sabe por dónde meterse en un lugar tan enorme, como si no hubiera una puerta de entrada, una recepción y hasta plantas de interior.
De entrada sólo veía un contorno. Luego me percaté de que era una chica. Después –todo desde pensamientos automáticos– decidí momentáneamente que no debía ser muy guapa. Primero tiras del canon; es después cuando llega la percepción personal. La chica no era canon, no era exactamente delgada, alta y contonenante, no era “femenina” al modo de revista que mucha gente cree es el único que nos a atrae a los hombres que preferimos las mujeres.
Cuando se fue acercando más, cuando pude ver sus rasgos y formas, se activó mi programa de gustos propios. Gustos siempre volubles y poco previsibles, aunque supongo que eso le pasa a todo hijo de vecino.
Llevaba el pelo corto, ni siquiera por los hombros, casi una especie de peinado de chico de los noventa. El pelo claro, aunque no rubio, puede que pelirrojo. Me gustaría ser más preciso, pero no se le puede exigir precisión a quien dice haber visto a la Virgen María, y para mí esto fue una experiencia parecida. Tampoco digo que lo que me atrajera fuese su aspecto virginal, como si la clave de todo esto fuese que yo me pongo cachondo con los colores pastel. Simplemente hablo de lo que para mí fue una visión.
Diría que no recuerdo apenas su nariz y su boca, porque sus ojos presidían su cara dando martillazos a discreción para que los miraras sí o sí.
Y eso fue lo que me pasó.
El problema de los ojos es que también te ven a ti. Es parte del éxito de los culos, es lo más asequible para el voyeur. Las tetas se encuentran en un término medio peligroso; no exactamente en la cara, pero aun así demasiado cerca de los ojos.
Lo que hice fue mirar como un bobo mientras nos acercábamos el uno al otro. Supongo que ella iba camino de las oficinas. Los primeros segundos su mirada se atenía perdida sólo a sus pensamientos. Pero era inevitable que se diese cuenta. No puedo imaginar qué debió pensar; quizá primero que yo la conocía, y a la postre que era un psicópata. En cierto momento, estuvo a punto de decir algo. Algo a modo de saludo. Pero creo que mi forma de mirar era mucho más que curiosidad. Ni siquiera era un rollo de salido. Eso fue lo que más la desconcertó. Nos aguantamos la mirada hasta estar ya el uno encima del otro.
Pero sólo metafóricamente.
Ella continuó hacia donde iba, y yo seguí unos pasos más, me detuve, y me quedé perplejo; perplejo conmigo mismo. No dejé de darle vueltas a ese momento en toda la noche.
El momento del corredor.

Ella sólo iba a estar allí una semana. Todo el mundo conocía esos tránsitos. Supe que tenía novio, allá de donde venía. ¿Narnia? Creo que Alicante. Es muy posible que no tuviera novio y sólo fuera una historia para alejar moscones. Esos siete días pasaron cosas no poco extrañas, aunque en realidad sólo accidentes. Obviamente, no fui el único que se fijó en ella. Creo que había chicas mucho más canon que no estaban entendiendo nada. Cayeron más palés de lo normal, e incluso una carretilla volcó durante esos días. Al parecer el chaval que la llevaba se cruzó con la chica. Giró el cuello de golpe sin darse cuenta de que estaba girando también el volante. No es tan fácil cargarse el centro de gravedad de un toro.
No volví a mirarla de ese modo descarado, y desde luego no hablé con ella. No tenía sentido. La gente que venía a echar unos días por la paga extra, tenía la mentalidad de quien va a un estanco a por tabaco: entrar, hacer, salir. Básicamente se relacionaban entre ellos, hacían gueto en el comedor y procuraban no buscarse líos.
Me llamó la atención la actitud de los veteranos. Como si vieran en la mirada de los jóvenes que la miraban a ella algo que ellos entendían muy bien. Algo me decía que tenía que ver con lo que les hacía afrontar ese trabajo gris casi con una sonrisa. Sólo algunos de ellos llegaron a cruzar palabra con la chica. Ella sabía que no le tirarían la caña, y ellos se sentían felices simplemente oyendo el timbre de su voz. Creo que eso les transportaba, les confirmaba algo vital. Yo no sabía despejar aún la x. Sólo intuía que todo aquello, aquella dinámica de magia inesperada, tenía que ver con el momento del corredor.

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Haciendo el obrero

Esperando

A menudo tengo sueños en los que estoy furioso. Me defiendo a gritos de acusaciones justificadas, lo que me pone aún más furioso. Quienes me acusan tienen toda la razón, así que grito y me encabrono cada vez más. Si no admites la culpa de entrada, es muy difícil recular, hay quien diría que casi imposible.
Espero a menudo de madrugada, al volante, aparcado frente a un comercio o nave industrial. Siempre recuerdo Drive, pero la vida real nunca tiene ese misterioso encanto. No soy El Conductor, sólo conduzco. No suele haber atracos sofisticados. Viviendo así, casi nunca ganas. Pierdes familia y amigos, tienes pesadillas; la mayoría de delincuentes son demasiado humanos para dedicarse a esto. También suelen ser demasiado tontos. El caso del criminal culto, inteligente y frío es casi un mito. La mayoría estamos perdidos y cagados. A medio plazo descubres que no era tan fácil ser un sociópata. Casi nunca actúas por valentía, sólo logras vencer el miedo unos segundos cada vez.
¿Cuál es el sentido? Es probable que haya poca distancia entre acabar siendo funcionario y acabar desvalijando cajas fuertes. Y no estoy ironizando. Hay decisiones muy importantes que se acaban tomando por inercia. Te dejas llevar, procuras no pensarlo mucho, no pensar en qué estás gastando la única vida que vas a tener.
Te empieza a caer bien Dios, o al menos esa idea. Te justificas, te dices a ti mismo que tú no matas, aún gestionas códigos morales. Hay cosas que no piensas hacer. Nunca currarás diez horas para nadie, pero tampoco te liarás nunca a tiros, no degollarás a nadie, tienes tus principios.
No eres violento, sólo eres lo que tu padre llamaba: Un Caso. Tienes el mismo carácter que a los dos años; que cualquier bebé que empieza a balbucear. Excepto en las formas. No babeas ni te cagas encima, al menos en principio.
Pero no se trata de que te lo hagan todo, o de no pegar palo al agua. La mayoría de gente no entiende el trabajo que conlleva mantenerse ocioso. La fortaleza mental que necesitas para sobrellevar eso. El hecho de no ser digno para nadie que se considere ídem. La superioridad moral de los que siempre se quejan, de los que buscan una excusa bien vista (la lotería, por ejemplo). Esa gente que realmente cree que el trabajo no vocacional es algo más que un mal necesario; que se construyen a partir de ahí, que dicen tener el poder de cansarse de las vacaciones, o el orgullo silencioso de no saber qué hacer si nadie les manda.
Un extraño y popular orgullo.
Salta la alarma. Casi todas suenan igual. Dos tipos tan maduros como bebés y tan valientes como la adrenalina les deje, salen a toda hostia y se meten en el asiento de atrás. Tienen las joyas.

Adrenalina

No soporto los gritos de triunfo. La adrenalina no actúa en ti de la misma forma que en los cacos recién salidos del horno. Sólo conduzco lo más naturalmente que puedo. Voy hacia el garaje cercano acordado previo pago. Ahí nos espera su dueño, cada vez uno distinto y amigo de nadie.
Apenas oímos las sirenas de la policía. Nosotros nos vamos, ellos van. Se trata de conducir como alguien a quien le espera una familia en casa. Has tenido un día duro en el curro; o aún peor, sólo ha sido un día más. Tengo práctica poniendo esa cara. Estuve no pocos años haciendo el obrero. Los cacos se esconden detrás, sólo ha de ser visible el conductor, nada más que otra hormiguita, acumulando dignidad para la entrevista con San Pedro.

Tele culona

El momento en que estalló todo. Aún hoy día no sé si era una prima, una prima segunda, o simplemente la hija de una amiga de mi madre. Lo juro. Pero no es que me importara; sé perfectamente lo que es sentir remordimientos, y aquel no acabó siendo el caso.
Nuestros padres conversaban a voces en la planta de abajo, nosotros nos fuimos a mi habitación. Creo que el problema era que ambos ya teníamos diecisiete años. El primer juego que te venía a la mente ya no tenía que ver con ningún tablero o videojuego. Éramos el árbol que crece o el río que fluye. Éramos el meteorito que se merendó a los dinosaurios. Nuestros padres cometían todos los errores del catálogo, no había un sólo tópico en el que no cayeran. Como creer que tu hijo aún es un crío; o que tu hija aún es virgen. Ella tenía más experiencia que yo, desde luego; ya había follado un puñado veces con un tío mayor. Le decía que tenía veintiún años, me dijo, como si hiciera falta. El pavo rondaba los cuarenta, iba por ahí todo el día con una tienda de campaña. En realidad era muy representativo; una fuerza más de la naturaleza.

Ella me lo advirtió antes desnudarnos, pero yo estaba demasiado preocupado por mi erección, por que la hubiera. Actué torpemente, no fui original, pero le eché ganas. En cierto momento ella me empujó, y vi salir el chorro a presión. Frente a la cama, apenas a un metro, tenía un televisor pequeño sobre un mueble viejo. Se empapó y los fluidos se filtraron por la rejilla de la parte trasera. Aquella tele tenía mas de diez años. Justo en ese instante, mi padre llamó a la puerta y entró sin esperar respuesta.
Mis padres actuaron según el manual parental de moda a principios de los noventa. Gritaron y me abroncaron, me dieron una buena tunda. Los padres de ella estuvieron semanas convencidos de que había sido una violación. Su hija no hacía esas cosas, era su hija.
La tele ya no funcionaba.
Al cabo de un mes de follones similares, me fugué al sillón de un colega.

Reparto de bienes

Cuando eres un delincuente y robas en especias, normalmente necesitas otros delincuentes para poder cobrar. Allí nadie quería joyas. Yo conocía a Bruno, él tenía contactos y sabía sacar el conejo de la chistera. Se llevaba un porcentaje. Nunca se me han dado bien los negocios, los tejemanejes. No comencé a robar para conocer gente o regatear. Lo quería sencillo, aunque al final nunca lo sea del todo.

Bruno dice que lo más importante si quieres dedicarte a pegar el palo, es no volverte codicioso. Y sobre todo no colectivizar, no meterte en mafia alguna, no currar para nadie. Currar para alguien se parece demasiado a llevar una vida corriente, pero en ese raíl sólo te echan del curro, te arruinan. Nadie te va a intentar matar si la cagas.
Bruno dice: Tienes que ir a tu bola.
Si confío en él es porque le conozco desde que aún se meaba en la cama, y de hecho no nos llevamos muy bien. Hay un férreo vínculo basado sobre todo en el interés; algo mucho más sólido que una amistad, que acaba lindando más fácilmente con la traición. Es más fácil engañar a quien confía emocionalmente en ti.
Además Bruno tiene su curro legal, pero a Bruno no le gusta que hablen demasiado de él.

Haciendo el obrero

No volví a ver a mis padres. Nunca me siento muy afectado con esas películas sobre reencuentros y sentimientos familiares a flor de piel, sobre ausencias y necesidades consanguíneas. Es decir, sí entiendo a los personajes, sobre todo al ver a sus guapos y comprensivos padres de ficción, o a sus gamberros pero atractivos y carismáticos hijos. Pero no veo en qué refleja eso la realidad. Si me cruzara con algún familiar o amigo de cuando era crío, sólo sentiría una intensa incomodidad. No tienes nada que contar cuando tu profesión consiste en evitar hacer el obrero.
Así lo llamaba un profesor que tenía, uno de esos simpáticos docentes de los noventa, asqueado, siempre con un discurso contradictorio y cargado de rabia en los labios. Su herramienta principal era la amenaza, y la amenaza era el futuro. O estudiáis o acabaréis haciendo el obrero. Os arrepentiréis, seréis unos desgraciados.
Por lo que sea, eso no funcionaba conmigo. Yo era uno de esos alumnos tocacojones que necesitaba sentirse motivado, no amenazado.
Si estudiabas, podías lograr un buen trabajo, aunque lo de «buen trabajo» da pie a un debate voluble. Antes la premisa era en cierto modo clasista; si eras reponedor eras un perdedor, si lograbas algún puesto administrativo y abstracto previa titulación universitaria, eras una persona como Dios manda. A medida que el paro fue subiendo y los buenos chicos con estudios tuvieron que reponer, un buen trabajo comenzó a ser simplemente tener trabajo.
El respeto que las personas te tienen, si te consideran inferior a algún nivel, casi siempre es un fingimiento elegante.
El esfuerzo intelectual hace la jerarquía laboral, y salirse de ese sistema de egos susurrado, esa lasaña de hipocresía académica, te produce no poco alivio. Tanto como para que la delincuencia siga siendo una salida para muchas personas poco interesadas en hacer daño. Como decía, hay muy pocos delincuentes cerebrales y con el pecho vacío, y la mayoría no han conocido nunca a un asesino.
De este modo, no se trata sólo se evitar hacer el obrero, sino también de no convertirte en el profesor. Ser mucho peor que todo eso bastaría, porque ser mucho mejor es algo que las personas cuerdas y con estudios (pero también con trabajos tediosos), no quieren que seas, y si está en su mano, es probable que actúen para evitarlo.
Sólo tienes que escucharles, ver cómo miran, estudiar cómo sienten.
Ellos, en el fondo, también hacen el obrero.

40 formas de decir nieve

Evitar las dificultades habituales sólo te lleva a afrontar otro tipo de dificultades. Cambia la jerga, el lenguaje, el contexto, puede que incluso el paisaje. Pero sigues siendo ojos y tripas, y tienes exactamente las mismas necesidades que quien madruga. Tú al menos sabes que Dios nunca ayuda, pero eres consciente de que eso no es una ventaja, no como tantas veces se dice lo es el conocimiento. Desde los margenes, sueles ver mejor (si te fijas) cómo funciona la máquina, pero vives una batalla constante por descubrir de qué te puede servir eso.
Tu sistema ético y moral ya no tiene nada que ver con el de los padres de la chica que te gusta.
Y tarde o temprano hay una chica que te gusta.
No sólo una chica con quien quieres follar, sino alguien con quien estar, a poder ser sin atenerse al socorrido sistema de intimidad basado en la idea (falsa pero efectiva) de una relación de sinceridad absoluta.
A diferencia del individuo que vive al margen, cuya relación con la verdad tiene que ver con hacer importantes ingresos en el banco del silencio, la ventaja del ciudadano al uso es que sí puede fingir que nunca miente.
Lo que tú esperas es que el silencio selectivo sea suficiente para la persona amada. Es casi una utopía, incluso siendo malos tiempos para el amor romántico.
Llegué a pensar que esa especie de frialdad ideológica que parecía estar empapándolo todo, podía ayudarme a conocer a alguien. Pero el mundo nunca funciona según parámetros ideológicos concretos; hasta las personas más supuestamente versadas en “construcciones culturales” y “relaciones tóxicas”, se pueden acabar enamorando al modo irracional de las novelas que tanto odian.
El final de la mayoría de historias es: No hay escapatoria. Sólo puedes elegir cómo te complicas la vida.
Quedé con una chica que, cuando intenté explicarme, me dijo que hay unas cuarenta formas de decir nieve en finés, pero que al final siempre es nieve.

Sanidad privada

Cuando descubres que la poli no se ha tragado tu cara de pan de empleado medio. Cuando te ves obligado a apretar el acelerador. Cuando, aun habiendo despistado a dos coches patrulla, te sales en una curva y das cuatro vueltas de campana. Entonces recuerdas que no tienes tarjeta de la seguridad social. Y eso sólo para empezar.
Heridas superficiales, pero un brazo dislocado. Uno de los dos manguis del asiento de atrás, casi ileso, nos ayuda a salir del coche. El otro tío pierde sangre por una brecha en la frente. Se queja de lo que le pican los ojos.
Este día fue crucial.
No sentí que volviera a nacer, pero sí gané perspectiva en lo relacionado a mi mundo. Lo noté ya mientras girábamos dentro del vehículo, con decenas de esquirlas de cristal rebotando e incrustándose por doquier. Yo al menos llevaba el cinturón puesto. Siempre fui cuidadoso para ese tipo de cosas, para los detalles. Te pones el cinturón, respetas los semáforos, regalas flores… No quieras saber qué cara puso la chica. Veintipocos, aficionada a arreglar el mundo vía Twitter. No volví a regalar flores, ya no funcionaba ni desde la ironía.
Nos atendió algo así como el médico oficial de los automarginados. Un tío que curraba en una clínica privada, pero que en casa tenía instrumental suficiente para sacarse un sobresueldo. Todo tan ilegal como eficaz. Creo que el tipo se sentía vivo con esas irrupciones de madrugada, puede que fuera un sádico hasta cierto punto. Me inquietaba el que su casa tuviera sótano.
Creo que sonrió cuando me dijo que mi brazo derecho estaba dislocado. Para él era una tarea muy fácil, y para mí en extremo dolorosa. Creo que se recreó recolocándome. Yo grité tanto y tan fuerte, que luego estuve cinco minutos escupiendo sangre.
Estuve días con el brazo en cabestrillo, con la cara llena de tiritas y la cabeza bullendo de ideas, unas terribles y otras luminosas y estúpidas. Todas sobre cambiar de vida.

El orgullo del herbívoro

Creo que lo que más me irritaba de la idea de abandonar el negocio, era la sensación de derrota, el orgullo criminal herido. Y también el hecho de que todo eso fuera tan tópico, tan previsible, la clase de giros que un guionista con cierta ambición descartaría. No quería convertirme en el típico delincuente reformado que tiene un montón de historias que contar. No quería ser la mascota de nadie; prefería ser el Malo para el pijo, y no su entretenimiento durante alguna cena vegana.
Todo ese proceso me revolvía el estómago. Pensaba en ello mientras mi brazo se recuperaba, y era la clase de dolor abstracto sobre la que sí sería interesante hablar, pero que los demás utilizarían para seguir alimentando sus jerarquías y egos. No hay que regalar jamás ese tipo de carnaza. La mayoría de gente hace un uso horrible de la información, y más cuanto más íntima sea la misma. La condescendencia se maneja ahora con múltiples grados de sutileza.
No soporto ver a gente arrepintiéndose en voz alta sentados a la misma mesa que personas que realmente se creen modelos de conducta.
No lo hagáis.
Que imaginen lo que quieran. Aunque piensen que has podido matar a alguien. Es preferible eso que darles la oportunidad de mirarte por encima del hombro desde una sintética humildad. Bruno tenía una opinión sobre esto –prometo no mencionarte más, tío–, lo llamaba: El orgullo del herbívoro.
Nunca lo desarrollaba, sabía que ese etiquetado de cosecha propia tenía la suficiente resonancia por sí mismo.
Me intenté visualizar viviendo en otra ciudad, conociendo a gente nueva, yendo a garitos, construyendo bromas internas, gestionando el pasado, remodelando constantemente el futuro… Una dinámica agotadora, porque ya no podría justificarme sólo ante mí mismo. No tendrían cabida mis gimnasias mentales, ni tan siquiera en pleno auge de la gimnasia mental, porque la aceptada ya veía el Mal incluso en la disposición de los elementos. Cada vez más gente cree que nada es casual, que todo es o bien buenas intenciones o bien maldad, cuando no maldad interiorizada (esto les encanta).
Me cuesta demasiado verme en ese contexto de bondad epidérmica.
No quiero alimentar el orgullo del herbívoro.

La disonancia

Sólo había una cosa (persona) capaz de hacer que intentara adaptarme a la rutina de mucho curro, poca pasta y amigos relativos.
En párvulos, cuando tenía cuatro años, solía revolcarme por el suelo delante de ella. No paraba de reír. Ahora tiene treinta y muchos y trabaja en una mercería. Paso no pocas veces por delante al cabo del día. Creo que ella no me ha visto nunca; o al menos no le ha dado importancia alguna. Estoy hablando de algo en lo que mucha gente cree más o menos como cree en Dios, nada o casi nada. Un sentimiento de largo recorrido; con sus altibajos, sí, pero siempre presente; en algunas épocas, lacerante, en otras, una letanía. Pero una realidad en cualquier caso, un ente omnipresente en lo que va desde mi cráneo a mi entrepierna.
Un ente ahora sin novio. Tengo mis contactos.
Hablo incluso de noches sin dormir. Una mañana fui a urgencias (aún podía), pensé que estaba sufriendo algún tipo de crisis de ansiedad, no había podido pegar ojo en toda la noche.
Me dijeron que pidiera el café descafeinado, y me mandaron a casa.
Nadie se toma en serio estas cosas. O sí, pero vuelven a fingir; lo convierten en miseria humana barata, chismorreos y crueldad de saldo.
Yo al menos he sido capaz de dar unos cuantos palos. Una madrugada atravesé una tienda de ropa entera con el coche hasta salir por el otro lado. Si quieres ser un capullo, al menos atrévete a llevarlo al límite. No te rebajes limitándote a anecdotizar lo que hace sufrir al vecino.
La única disonancia es ella, la fantasía de la prosperidad, la compañía en la vejez, la planificación de la viudez femenina. El ideal estrella.

Ahora

Lo que he hecho es meterme en Internet. No ha sido sólo cuestión de abrir Google, y no me apetecía pagar en un Cyber. Hace mucho que no hago cosas como contratar una línea y ponerme Netflix. No casa bien con desvalijar comercios y pasear en coche de madrugada. Es raro poder combinar ciertas cosas con levantarse a mediodía.
Me colé en la casa de la hermana de un tío al que había visto sobre todo encapuchado. Le di parte de mi parte en el último palo. La chica, ciudadana modelo, tenía algún tipo de curro móvil de alto perfil. En invierno procuraba largarse a climas más cálidos. Enhorabuena, iba a tener gemelos, su marido tenía perfil de ofrecerte su cartera si dejabas de afeitarte tres días y te acercabas a un metro. Había fotos de ellos por toda la casa, todo olía a tener una chica latina de la limpieza al menos dos días por semana. Todo lucía como luce el aburguesamiento de izquierdas; no muy ampuloso pero sí un poquito avergonzado.
¿Por qué meterme en Internet?
No sabía qué coño puede comprar uno en una mercería. No quería improvisar. Quería pillar algo que incluso me hiciera falta, tener un plan en el que soterrar un contacto directo con ella.
Sólo había un cabo suelto. Era probable que me atendiera su jefa, una mujer que rondaba los sesenta y debía salir con las gafitas en la punta de la nariz incluso en la foto del DNI.
Esperando el momento adecuado fuera del local, veo entrar y salir señoras que no entienden que a veces habrá otras personas que viven y consumen. Hablan y hablan mierda de barrio de la tercera edad, con lo que las clientas se solapan y no hay manera de que la pequeña tienda se quede vacía. Fumo un cigarrillo tras otro.
Lo que quiero comprar es cremalleras metálicas. Algo que no necesito pero que al menos no son pompones y borlas. Es una jugada estética. Lo menos desubicado que se me ha ocurrido.
Estoy mucho más nervioso de lo que lo he estado esperando en mi coche los últimos diez años. Más incluso que cuando algún caco novato me ha vomitado el asiento de atrás sólo de la tensión.
Después de una hora, el local por fin se queda vacío.
Pero aún no es el momento.
Espero un minuto y atisbo por el sobrecargado escaparte si la vieja se quita de en medio.
Vamos, vete al almacén.
Tienes cosas que hacer.
Movidas de ovillos para gatos.
Muérete.
Joder.
Ambas dependientas conversan y no parecen tener intención de dividirse las tareas. Decido entrar. La puerta es aparatosa y tiene una de esas campanillas escandalosas. Es imposible hacerse presente con discreción.
A menudo tengo sueños en los que estoy furioso. No soporto los gritos de triunfo. El momento en que estalló todo. Cuando eres un delincuente y robas en especias, normalmente necesitas otros delincuentes para poder cobrar. No volví a ver a mis padres. Evitar las dificultades habituales sólo te lleva a afrontar otro tipo de dificultades. Un día la poli no se ha traga tu cara de pan de empleado medio. Creo que lo que más me irritaba de la idea de abandonar el negocio, era la sensación de derrota, el orgullo criminal herido. Sólo había una cosa capaz de hacer que intentara adaptarme a la rutina de mucho curro, poca pasta y amigos relativos. Lo que he hecho es meterme en Internet.
Mi pasado lejano y reciente se apelotona en mi cabeza, creo que en mi nuca. La vieja, por increíble (o previsible) que parezca, parece leer la situación nada más verme entrar. Se larga al almacén y nos deja a solas. Mi obsesión desde la infancia me mira y me reconoce. Saluda y sonríe. No recuerdo qué coño quería comprar. Voy a tener que dar un montón de explicaciones, inventar un montón mayor aún de mentiras. En el futuro inmediato me veo haciendo el obrero.

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Nevar

El procedimiento de la hora del patio era sencillo, y la rutina duró casi dos décadas. Si no fueron dos décadas, lo parecieron; la infancia la recuerdo como un mundo ajeno y a cámara lenta. Una hora en clase parecía dar para crecer, conocer a alguien, encariñarse, formar una familia y aprender a odiar a tus hijos.
Teníamos profesores, por cierto, que tenían hijos aun sabiendo de la mierda potencial que se les venía encima. Puede que el suplicio sólo durara unos años, o puede que para siempre. Depende del churumbel que te toque. Lo emocionante de tener hijos es que es como una lotería macabra; no te los imaginas haciendo cola en el Inem, robando bancos o violando. Un amigo lo llamaba el mal de birrete. Te los imaginas lanzando el birrete.
Puede que en los primeros años el muchacho fuera un gamberro, pero luego se centró. El romanticismo parental.
La imagen residual de la familia numerosa y feliz.
Yo no era un gamberro, me limitaba al envenenamiento gradual. Las cateaba casi todas y era un santo en clase. Una anomalía. Y entonces aún no se culpaba a los profesores.
El procedimiento de la hora del patio era sencillo. Estábamos en clase, sonaba el timbre y salíamos a toda leche de clase. Yo siempre iba al lavabo con mi bocadillo aún con el papel de plata. Meaba, pasaba de lavarme las manos, desenvolvía el bocata, me lo comía con ansia (mi madre aprovechaba para colar el embutido que yo no quería en casa), y luego jugaba al baloncesto con el resto de marginados (al fútbol sólo jugaban los guais). Cuando te lo comenzabas a pasar bien, sonaba el timbre otra vez, y vuelta a la clase. Te sentabas agitado en el pupitre, y se reiniciaba de forma óptima la cámara lenta.

El día que vi nevar por primera vez, no fue distinto. O fue completamente diferente. Según cómo se mire. Tenía doce años. Recuerdo estar en mates, con el sudor frío infantil en la espalda (que no me saquen a la pizarra, que no me saquen a la pizarra…), mirando mi reloj, mirando mi reloj, mirando mi reloj. El reloj de pulsera era un producto de primera necesidad para el alumno medio. Los móviles los veíamos en la tele, y aún eran trastos.
Sonó el timbre y el ansia nos comió vivos otra vez. El profesor gritando deberes en el último segundo, todos a toda pastilla hacia el pasillo, hacia el pórtico, hacia el patio, a los lavabos. Mear y correr desenvainando el bocadillo, mordiendo y tragando un pan del día y una mortadela que odiaba. Hacía un frío como jamás antes lo había conocido.
Nos frenamos. No jugamos a baloncesto ese día. El cielo presentaba un gris opaco. Se percibía cierta electricidad en el ambiente. Recuerdo estar de pie, esperando, aunque no sabía muy bien qué.
Comenzaron a caer unos copos diminutos, haciendo eses, como si la hora del patio se uniera a la dinámica superlenta de las clases. Pero sin ruido, sin ansiedad, con la paciencia ineluctable del frío y sus consecuencias; a veces en favor de la belleza, otras en favor de la congelación y las amputaciones, y otras tantas ayudando a la muerte. La nieve era definitivamente algo nuevo.
Nevando a finales de febrero.
En las películas nevaba en Navidad.
No hubiésemos estado más fascinados si hubiese venido a vernos Superman.

Primer interludio

Nuestra profesora de Naturales se llamaba Pilar. Debía medir poco más de metro cincuenta y estaba embarazada de parir en cualquier momento. Creo que por edad entró de refilón en la maternidad biológica. Y estaba encantada, de hecho estaba fuera de sí. Pero nadie iba a decírselo. Era como si fuese a dar a luz al segundo advenimiento, pero sólo iba a tener un niño. Durante los nueve meses de tópicos sobre hacerse adulto, nos debió dar un par de horas hábiles de clase. Y no porque no viniera. Venía, y se ponía a hablar del milagro de la naturaleza que era el que ella fuese a ser madre. Nos habló tanto de ello que sólo le faltó contar cómo y dónde se le corrieron dentro. Parecía más un dibujo japonés que una persona, con los ojos enormes y brillantes de tan afortunada como se sentía. Nosotros nos regocijábamos en su autoalienación, en su clase no hacíamos nada, sólo procurar que no se nos escapara la risa. En el colegio no te reías con nadie, toda risa tenía cierto grado de burla. Era así como sobrevivíamos. Era inocente y era mentira que lo fuese. Era complicado. La infancia es una buena jodienda. En aquellos días parecíamos saberlo nosotros mejor que la autobendecida Pilar. No te podías creer que aquella mujer con tamaño de niña y actitud de pajarillo hubiese follado con nadie. Era la clase de cosas que susurrábamos en sus clases. El insulto estaba a la orden del día, no había docente o alumno al que no se le humillara o pusiese algún mote. Si aquello no era un infierno, era porque siempre había un par de alumnos a los que se les hacía bullying. El tiempo que se estaban metiendo con ellos no se metían contigo. Puede que de vez en cuando te unieras a los abusones, para marcarte un par de tantos. Ahora la gente se lleva las manos a la cabeza con eso, y no sin razón, pero lo cierto es que en el aburrimiento atroz y la reclusión de la educación primaria, es difícil que las válvulas de escape sean positivas.
Era a ese mundo al que Pilar traería un niño. (Con el tiempo pude verlo de pequeñín, heredaba la estatura y los rasgos de su madre: perfil de víctima; a no ser que su padre tuviese una mala leche de aquí te espero, y la llevara también en los genes). Ese mundo era parecido a este. Jesucristo 2 nacería, pero Pilar no estuvo mucho más tiempo en el centro.

Fin del primer interludio

Nos volvimos locos, abríamos la boca hacia el cielo. Un paréntesis blanco en la rutina gris. Quizá por eso luego tanta gente maneje ideas de extremos, están HARTOS del gris, en todas sus formas y significados. Abríamos la boca y casi parecíamos aún niños, y no sociópatas bajitos con el terror ya interiorizado al futuro. No pensabas que te estuvieras mojando, querías ver tu pelo blanco, la caspa obesa en tu chaqueta. Aplastar los copos con dos dedos. Reír como Pilar reía siempre, como de ocho meses y pico embarazados. Un milagro de la naturaleza. Todos los profesores en el patio, adustos y con media sonrisa. No había fútbol ni baloncesto, sólo la novedad de otro paisaje.
¿Pero dónde estaba Pilar?
Fuimos varios a recorrer pasillos, a buscarla. Era una oportunidad de oro para reírse de ella.

Paso atrás

Decir salvajadas era una de las gracias de la edad. Cuanto más bestias, mejor. No hablo de simples tacos, allí no había niños bien, sino más bien de barrio, el grueso esencial del colegio público. Paquetes que aparcar en aulas.
Cisco era el mejor diciendo salvajadas. Los fines de semana íbamos a las zonas donde nuestros padres no nos dejaban ir, cerros y descampados, monte bajo lleno de basura. A la caza de revistas porno. Las revistas guarras formaban parte de lo más llamativo que tiraban los adultos. También había colillas, y sobre todo jeringuillas. Todo parecían pistas de lo que podría suponer crecer. Aquello no nos hacía pensar especialmente, tampoco teníamos planes definidos para el futuro. Quizá la drogadicción fuera una salida, parecía tener éxito, pero a ninguno nos atraía la idea de pincharnos en el brazo. Fantaseábamos con fumar. Y desde luego con acumular porno.
Matorrales púbicos de principios de los noventa. Vaginas abiertas, penes enormes y venosos, que parecían sucios por la coloración de la piel. Capullos morados e hinchados. Sonrisas salpicadas.
Todo aquello era una gozada.
Sabíamos que era ficción, que eran actores al servicio de una fantasía, y por suerte los adultos aún no nos tomaban por más tontos de lo que éramos. Jugar era ficcionar, hablar sin filtro, escupir después de haber cargado bien de mocos el gargajo.
Estábamos perdidos, pero no éramos malos, como mucho el producto de un mal polvo.
Follar y Chocho eran nuestras palabras favoritas, y más o menos todo se ramificaba desde ahí.
Cisco se lució un día, y nuestras risas se oyeron por todo el barrio. La clase de Naturales nos inspiró.
“Me gustaría follar con una embarazada, y luego correrme en la cabeza del bebé mientras sale”.

Paso adelante

Corríamos por los pasillos gritando y tumbando papeleras, lo del nevar bien había de cambiar algunos semáforos del rojo al verde. Arrancamos papeles de paneles de corcho y destrozamos todos los dibujos premiados de la última vez que nos pusieron a competir. Nos metimos por corredores poco habituales, no pensados para los alumnos, zonas de oficinas y despachos con cerradura. Íbamos tres críos y dos niñas, las niñas formaban parte del grupo principal de abusones. Eran guapas y listas y malas, un futuro asegurado, en el que además las esperaba la nueva militancia feminista, que se encargaría no sólo de justificar sus futuras maldades, sino además de victimizarlas y convertirlas en material sagrado. Si te diera sus nombres podrías encontrar artículos de ambas, autocanonizándose cabecillas de una nueva religión que irónicamente se caga en las puertas de las iglesias. Proyectando un odio calcado al de los que critican, todo con increíbles gimnasias mentales. El día del nevar eran iguales pero sin Internet. Curiosamente, hacían buen equipo con chavales que de adultos se convertirían en gilipollas y machistas de manual, alguno incluso ha acabado zurrando a su pareja, creo que por no seguir pareciendo una animadora a los cuarenta años.
Golpeábamos todas las puertas, Cisco decidió mear en la de nuestro tutor.

Qué pasa con Cisco

Cisco era Francisco, igual que su padre y su abuelo. Creció en el mismo barrio que yo, padres inmigrantes igual que los míos (pero dentro de las fronteras del país, a salvo del discurso xenófobo). Apenas habiendo aprendido a hablar, ya íbamos por ahí en verano sin camiseta. Las reglas parentales eran más laxas, pero si te pillaban haciendo algo prohibido, te podían dar una buena tunda al estilo de los ochenta. Los padres y las madres de entonces, no toleraban la mierda de los niños más allá de los pañales. La única diferencia con los padres de ahora, es que los de ahora se quedan con las ganas de dar el bofetón. Si me preguntas a mí, no sabría decirte qué es mejor en el fondo. El discurso de violencia cero se compadece poco con las soluciones acaecidas a lo largo de la historia. Quién sabe si no tenemos luz eléctrica o avances médicos gracias a cien o doscientos tortazos en momentos bien elegidos.
A Cisco y a mí nos daban buenas palizas. Una vez, un día de boletín de notas, Cisco bajó a la calle y me dijo muy sereno que iba a matar a su padre. Yo estaba convencido de que no lo haría, pero sabía que lo decía totalmente en serio. En lugar de eso, se meó en los cajones de la mesilla donde su viejo guardaba papeles del banco, facturas e historias parecidas.
Cisco te meaba cuando se iba a los extremos, o muy contento o muy enfadado.
Mientras su padre le volvía a dar de hostias, él no podía dejar de reír. Dijo que se encogió en el sillón mientras papá y mamá pegaban ya con el puño cerrado. Lo cierto es que Cisco no acabó curando el cáncer.

El despacho de Pilar

Después de ver correr el pis, oímos un ruido evidente dentro de uno de los despachos. No tardamos en leerlo. Las cintas porno se movían hacía un tiempo entre clases, también las fotocopias porno de Bola de dragón. Había alumnos que ya tenían una colección importante de revistas porno. Otros se la estaban comenzando a cascar con la colección de su padre. Quizá tenía más sentido usar el porno de los papás que esconder el propio. Pero todos querían porno en propiedad.
Se oían gemidos, todo claro y cristalino. Alguien follando duro en el despacho de Pilar. Imagínate cómo estábamos. Nevar y follar, todo en el mismo día. Nos tapábamos la boca para que no nos oyeran reírnos.
Casi en éxtasis (nuestro), reconocimos el timbre de voz de Pilar. Pilar y su bebé ya formado se estaban cepillando a alguien. Era casi inmejorable, sabíamos que el marido era profe en otro centro. Nos preguntábamos quién sería el propietario del pene, apenas se le oía. Sabíamos que Pilar no era lesbiana, creo que incluso era un pelín homófoba, si es que se puede odiar localizadamente sólo un poquito. Descartamos pronto el que otra tía estuviese haciendo prospección en sus genitales. Pronto, de hecho, oímos los bufidos de lo que parecía un maromo de tomo y lomo. Cisco comentó que tanto rollo con el embarazo y los niños, y está claro que lo que a esta tía le gusta es fabricarlos.
El plan: abrir la puerta justo cuando parezca que uno de los dos se va a correr.
Obviamente no hubo que esperar mucho, y encima el tío dijo voceando:
–Me voy a correr…

Por qué sin cerradura

Pilar llevaba diez años en el centro. Cuando llegó el primer día, después de una entrevista de trabajo (tres días atrás) en la que el director acabó convencido de que podría tener sexo con ella (pese a que no le parecía muy atractiva), la condujeron a su despacho. No tenía ventanas, pero estaba bien equipado, a pesar de ser pequeño.
–Lo bueno es que puedes cerrar con llave –dijo el director.
Pilar frunció el ceño.
–¿Con llave?
–Sí. Es por seguridad, los críos pueden entrar y…
–Bueno, pero esto es un colegio, ¿no?
–¿Qué quieres decir?
–No necesito la llave. Si cualquier alumno quiere venir a verme, puede hacerlo, no tengo problema con eso. Y confío en ellos, de todas formas aquí sólo voy a guardar papeleo y…
–Exámenes…
–Confiar en ellos forma parte de mi trabajo, si no hay una comunicación fluida, sólida y… libre de llaves, las clases no van a funcionar.

Luz verde

Cisco agarró sin dudar el pomo, lo giró y… Una de las niñas le detuvo. Un momento, dijo, parecía un poco pronto. Y se escuchó a Pilar gritar.
–¡Córrete aquí, mancilla a mi bebé, mancilla a mi bebé!
¡Ahora!
Cisco abrió y el pene comenzó a escupir descontroladamente sobre la panza de Pilar. Estaban en el suelo, frente al escritorio, él sobre ella, visibilidad total. Era el profesor de gimnasia. No dejó de ordeñarse, pese a resoplar mientras nos veía desgañitarnos de risa. ¡Qué asco!, gritó una de las niñas, y no dejó de hacerlo en todo el día.
–Pero chicos –dijo Pilar, cambiando completamente el chip, como si no pasara lo que estaba pasando–, está nevando, ¿es que no queréis ver nevar?
Cisco dijo Pero en qué quedamos, ¿esto es un trío?
¡Qué asco! –y así todo el tiempo–, ¡qué asco!
Cisco –que siempre había sido regordete y poco atlético– miraba al profe y decía cosas como Tú estás casado, ¿no? ¿Por qué le pones los cuernos a tu mujer? Intentaba hacer el máximo daño posible.
¡Qué asco!
Fuera la tormenta de nieve apretaba, aunque aún no lo sabíamos.
El profe de gimnasia, aturdido, tardó como dos minutos en meterse la polla en los calzoncillos, mientras Cisco le miraba y no dejaba de decir cosas como Joder, yo la tengo más grande que tú. ¿Es que tu mujer no está buena? ¿Le has dado al bebé con la polla?
Cisco y yo aprendimos otra vez que la realidad siempre funciona de otra manera, aunque la panza estaba llena de chorretones. Pilar se puso de pie a duras penas, con la ayuda del profe. Cuando rompió a llorar, reímos aún más fuerte, porque la humillación no solía funcionar tan bien en esa dirección.

Nevar

Pasamos las dos clases que quedaban sin dar palo al agua, sólo mirando por la ventana y contando la historia de sexo guarro, de los cuernos y el mito caído, de la luz de Pilar, que se había vuelto oscuridad. La humillación había tenido proporciones medievales. Acababa de nacer una leyenda en el colegio, una que perseguiría a la profe de natus en cada centro al que acudiera. La tía que se folló embarazada al profe de gimnasia (futuro divorciado y despedido), con la cabeza del crío casi saliendo ya, con el cordón umbilical a punto de convertirse en juguete erótico. Este tipo de historias sólo saben crecer, como un virus, una gran jodienda a nivel personal, y una gran alegría para el chismorreo en un sistema educativo tan madurado que se había podrido. Ya que no podías aprender o interesarte, tenías que intentar divertirte, y ya no importaba el precio.
El timbre sonó a la una del mediodía, salimos lo más ruidosa y caóticamente que supimos. No recuerdo qué día de la semana era, pero aún quedaban dos horas de clase por la tarde. Y adivinad qué.
Eran de gimnasia.
Y adivinad qué más; el profesor se presentó.
Lo hicimos todo dentro del gimnasio del centro. Fuera la nieve había dejado impracticable el patio. Eran dos horas de clase, dos horas de Cisco hablando. El límite era su imaginación, y a pesar de no ser un buen estudiante, a pesar de no leer un libro ni de broma (tampoco lo haría de adulto), a pesar de ser un niño evidentemente limitado que se convertiría en un adulto triste. Aun con todo eso, cuando se trataba de hacer daño, su vocabulario florecía, su capacidad de proyectar dolor emocional hacía metástasis en el blanco que eligiera.
¿Ya le has contado a tu parienta que te has follado a un bebé?
¿Cuando se la metías a la de natus, el bebé abría la boca?
¿Te vas a quedar en el cole? Yo me iría.
Si el bebé es una niña a lo mejor está embarazada.
Mi madre tiene muñecas rusas de esas, ¿quieres que te las regale?
Fueron quizá las dos horas más largas para ese desgraciado, que no replicó, y las más cortas que pudiera pasar un niño de barrio en el colegio. Habíamos logrado acelerar el tiempo.
Por la tarde: más nevar. Nos tiramos bolas de nieve, nos intentamos hacer daño, apuntábamos a la cabeza, acumulábamos y hacíamos muñecos de nieve que poder patear, maltratar y vejar. Mira, Cisco, así follaba el de gimnasia. La alegría de la infancia en todo su esplendor. Follándote un muñeco de nieve, tirando nieve a los escaparates, yendo al puente que pasa sobre la autopista a lanzar nieve. Meter nieve en el jersey de la gente. Nevar y nevar. No puedo decir que guarde un mal recuerdo.

Y Daniel

Un par de décadas después, vi detenidamente a Daniel. Daniel era sólo como le llamaba su madre. Era Dani, sólo un Dani más. No había nacido para salvarnos. Sólo fue un alumno más en el tren y luego un coche más en el tráfico. Daniel no haría nada relevante. Con suerte lograría echar un par de buenos polvos y dotarse de la estoicidad necesaria para asumir que todo, incluso lo más bonito, se acaba convirtiendo en rutina.
Daniel tenía el pelo claro, y era bajito, pero finalmente acabó siendo un chaval más guapo que su madre.
Se puede decir que yo soy en parte responsable de que aprendiera a pelear. Daniel podría haber nacido en medio de un matrimonio a la antigua usanza, aburrido y duradero, soportable. Pero cuando nació, sus padres procedieron a separarse (algo les impidió hacerlo antes). Pilar no había cometido una infidelidad, sino muchas. El problema de la última, es que estuvo a dos pasos de salir en el telediario junto a las noticias de la nevada. La única razón por la que aquello no se viralizó globalmente, era porque aún no había Internet. Pero los que lo vivimos, ya fuera directa o indirectamente, No Olvidamos. Porque la vida también nos va humillando periódicamente, y recordar que aún no se ha jodido tu vida a cierto nivel, no deja de hacerte respirar con alivio.
Aún hoy, si quieres joderle el día a Daniel, sólo tienes que acercarte y comentar algo sobre el tiempo.
Todo el mundo lo entiende.
Para él nevó caliente; pero tenía un techo de carne.
Dos décadas después, como decía, lo volví a ver al cabo de bastantes años. Lo había visto de crío cinco o seis veces, con su madre, ella ya con otros ojos, otro semblante, probablemente aprovechando ya las cerraduras.
Pero esta vez él ya tenía veinte tacos, se estaba labrando un desastre como futuro chico de los recados para algún Don Vito del barrio.
Yo estaba un sábado por la noche esperando el metro para volver a casa. Estaba sólo, pensando en mi curro de mierda de almacén. Bajaron las escaleras desde la calle tres chavales. Parecían algo pijos, poco peligrosos, pero vinieron hacia mí. Reconocí enseguida a Daniel. El mancillado. Él no sabía quién era yo. Probablemente tenía un cacao mental informativo sobre lo que pasó, y cada vez se debían espaciar más las pullas que le lanzaban, pero conocía la historia. Más de una vez había tenido que oír que él era el único que sí era un copo de nieve especial, entre otras lindezas.
Me sacaron una navaja. Creo que Dani reconoció en mis ojos que yo sí sabía quién era él. Eso no le inyectó de rabia, sino que le hizo bajar la mirada en algún momento. No parecía tener un gran futuro como Hijo de Puta, aunque pudiera serlo a cierto nivel. Me quitaron el reloj y me vaciaron la cartera. Creo que no habían usado jamás la navaja, ni se hubieran atrevido a hacerlo.
Mientras se iban, Daniel miró hacia atrás para echarme un último vistazo. No lo pude evitar, me vio claramente dibujar con los labios:
–N-E-V-A-R.

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Breve historia sobre el presente

De muy crío, dormir era una decisión, normalmente de tus padres. De adolescente era un placer. Y ahora de mayor puede convertirse en un reto. Creo que siendo ya viejo incluso comienza a perdérsele el gusto.
Que la noche no te guste para dormir, no ayuda para encajar. La noche me parece mucho más interesante que el amanecer, que todas esas horas de luz cegadora, de tiempo productivo oficial. No hay nada más relacionado con el sufrimiento del trabajo servil no vocacional, que las diez de la mañana. He acabado odiando esas horas del día.
Sentimos por asociación, es todo lo que tenemos.
La tarde ya es otro cantar, el día se comienza a poner interesante. Todo esto funciona sólo potencialmente, porque obviamente puedes tener un turno intensivo de tarde o de noche, y todo se va al traste. Pero si tienes un horario medianamente soportable, comienzas más fácilmente a formarte una agenda anímica sobre cuándo es mejor dormir o hacer cosas, y en la que si te eres sincero, el trabajo para terceros no tendría cabida.
O sí.
Es curioso el pensamiento racional y “responsable” que impera en torno al trabajo. Y no hablo de dinero. Hablo de cómo mucha gente asocia el trabajo al equilibrio personal, de cómo se sentirían huérfanos si de verdad tuviesen todo el tiempo para sí mismos, sin nadie que les diese órdenes y les metiese un horario por el culo.
Yo personalmente nunca tuve problemas con el tiempo libre. Siempre me lo he comido con gusto, he untado pan en él y me he chupado los dedos. Y que conste que no soy un aventurero, no estoy cada dos por tres intentando lanzarme de un puente o un avión, ni siquiera soy mucho de viajar, prácticamente nada.
Tampoco tengo pasta, excepto para café, cigarrillos y libros de segunda mano.
Creo que un problema de base es que no sabemos ser contemplativos. Lo que la gente llama aburrirse. O budismo.
No das un paseo, vas a algún sitio.
No meditas, te duermes.
Se nos da fatal llevar a cabo acciones que no tienen una utilidad clara a efectos prácticos. La gente habla con culpa hasta de tener hobbies. Remarcan mucho lo de «hobbie», quieren dejar muy claro que no se lo toman muy en serio, incluso aunque esa actividad les defina mucho más que su trabajo, incluso aunque arrebatarles esa actividad les dejara al borde del suicidio. Pero sólo es un hobbie, claro; lo que de verdad valoran es madrugar y meterse en una oficina o un almacén…
La poesía de las diez de la mañana. Gastar tu tiempo de vida en parecer alguien como es debido. ¿No querrás parecer un vago?
A veces parece que hasta los ateos esperan ir al cielo.

Miradme, dicen muchos ahora, SUFRO. Siempre he pensado que la gente que sufre de verdad, no suele airearlo. La gente que se queja más, suele ser la que tiene una vida la hostia de cómoda, sólo con problemas muy puntuales. Se quejan o bien porque de verdad creen (o les han hecho creer) que tienen una mala vida, o bien por simple y llano aburrimiento.
Se convierten en mártires o activistas, o fingen haberse convertido. Son los virtuosos.
Los virtuosos me fascinan. Suelen tenerlo todo, y encima creen que el mundo de ahí fuera ha de ser una extensión de su salón.
Creen que quejarse de los detalles superficiales, banales o más discutibles, va a la raíz del problema, y cuando alguien les inquiere comentando desgracias más evidentes, presentes u obvias, se irritan, le gritan entre insultos que no entiende nada. No debes interrumpir la gimnasia mental, requiere de un esfuerzo que sólo conoce la militancia.
Los virtuosos más atléticos, hablan también en nombre de los demás. Si se rompen una uña, desarrollan un discurso sobre el sistema imperante pensado para que tú y los que gustáis de dejaros las uñas largas, os las rompáis.
¿No veis qué tan fácil es? Está por todas partes, en la tele, en las revistas, en las películas, en la suela de tus zapatos. Restos de uñas, más víctimas para engrosar la terrible estadística. Si relativizas o verbalizas otros problemas más graves (o que tienen otros), si mencionas que no es inteligente obviar la naturaleza cruel y caótica del mundo y el ser humano, te dirán que eres un uñófobo de manual.
Ni una sola uña más.
La utopía se ha convertido en un objetivo político. Y aún no hemos solventado ni lo de los viajes en el tiempo.
Muchas personas creen que las limitaciones son para los demás, y así lo expresan, con un pensamiento limitado.
Lo que tiene base o no, es anecdótico. Sólo importa al final aquello en lo que creas, y ahora sobre todo si eres ateo. Eres el nuevo creyente, reluces y te quiero, y siempre tienes razón.
Por eso es mejor no tratar mucho con militantes, sean de la índole que sean, tienen una idea extraña sobre el respeto. Propósitos increíblemente ambiciosos para la humildad.

Normalmente, la gente me da pereza hasta que la conozco. Pero a veces te encuentras con un gilipollas; con un macho alfa o beta, o con una entrometida victimista y sabeloputotodo. Ese tipo de gente, personas tan ajenas a todo o tan supuestamente comprometidas con todo, que ya apenas son personas. Es lo peor de todo, ser un cliché sin saberlo. Convertirse en un cliché de la ignorancia, o en un cliché político. Personas que fagocitan cada noticia, cada novedad, cada ruido, destilan todo eso y te sirven lo que aseguran la sangre de Dios, ya sea el cristiano o el ateo.
Para ellos, tan asentados en el lugar que creen correcto, sólo puedes ser comunista, fascista, neoliberal… o cualquier otra etiqueta que a su juicio te convierta en algo inferior. Saben que si pueden despersonalizarte, pueden manejarte. Los políticos siempre han hecho eso, y ahora también lo hacen los civiles que creen tener La Verdad. Una variante de moda de la ingenuidad más evidente. O simplemente mezquindad.
Esa mezquindad se contagia fácilmente, conlleva mucha ceguera, pero también mucha comodidad.
La dinámica religiosa vuelve como los ochenta. Cosas extrañas y pósters en la pared del treintañero avanzado, y el veinteañero más perdido de las últimas veinte generaciones. Resulta que el mundo era bonito pero también una mierda. Y que quede clara una cosa: Nadie nos habló de esto, o sólo lo hicieron los “fachas”.

De qué he estado hablando. Podrás ver la pared roja, las paredes, el pasillo. Puede que sea pintura, pero podría ser sangre. No veremos de qué van los colmillos hasta que topemos con la boca del lobo. Hasta ese momento, podremos quejarnos de que la silla chirría o del aire acondicionado. Jovencitos de cuarenta y bebés de quince. La crisis era de valores, de dinero y de pañales. Vamos por ahí todos cagados. La historia no comienza y encima va a tener un final abierto. Va a resultar que no elegimos qué ser y dónde nacer, y nuestra identidad potencial se la va a comer Virgilio, una vez se haya hartado de guiarnos.
Llegas al mostrador y quien te atiende no toma nota de tu condición. De repente tus logros no sirven para nada; tu tono de piel, tus genitales, tu lugar de nacimiento, tus quedadas, tus posturas, tus credenciales, tu valioso voto, tu fiesta de la democracia, tus argumentos afilados, la relevancia de la historia sobre los tuyos, lo significativa que es tu vida, tu bagaje, tu pasado, tu mirada inquisitiva a la pantalla del móvil…
Pero el ente tras el mostrador no ve nada de eso. Sólo ve el presente. De repente no tienes excusas.
Eso aumenta tu cabreo y tus razones comienzan a hacer abdominales. Quieres volver con tu grupo de apoyo ideológico. Quieres llorar, llorar es humano, llorar a todas horas. Tu salón, tu cocina, tu calle, tu ciudad: tus condiciones.
Entregas tus papeles y no te hacen justicia.
Se ha quedado una bonita mañana de martes en la Realidad.

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Pizzaplanismo

El intervalo desde que pides la pizza hasta que llega. Ese lapso de amistosa hambre, suponiendo que estés con amigos. Suponiendo que sean amigos en el mejor sentido, discretos cuando toca, divertidos casi siempre, puede que un pelín distantes, pero respetuosos por defecto. Personas con quienes podrás compartir un silencio mientras engulles, al estilo omnívoro, despreocupado y pasado de moda del placer despolitizado. Placer instintivo, como si sólo fuerais humanos, como si el resto de animales fueran por ahí comiéndose entre sí. Como si vuestra conciencia recientemente refinada no fuera la que delimita vuestros actos, y vuestra sangre no fuera horchata de arroz vegana.
Pizza barbacoa.
Como si el mundo no fuera algo pequeño, fácil y manejable. Algo que salvar, que no seguirá adelante cuando el ser humano se haya extinguido.
Pizza barbacoa como si no fuerais inmortales.

Alguien a quien conozco desde que la masturbación funcionaba con revistas, dice que las pizzas son planas. No esféricas como siempre hemos pensado. Le decimos que quizá está mezclando temas. No, murmura, ya está bien con ese rollo de la pizza esférica abombada. Nos han vendido una moto que rodó Kubrick. Alguien dice que las pizzas siempre están a la vista, no hay mucho que decir al respecto.
–Os burláis de mí.
–Bueno, van a llegar dos familiares en cualquier momento.
–No me interesan vuestro parientes. Lo que quiero saber es por qué sois tan obtusos.
–Esto se pone interesante. O todo lo contrario.
No recuerdo bien quién decía qué, puede que yo interviniera. Pero sólo había un “racionalista”.
–Las pizzas son planas. Hay cientos de pruebas que lo demuestran. Joder.
–Nadie ha dicho lo contrario.
–Puedo notar vuestra condescendencia, puedo olerla, podría cortarla, podría pintar un grafiti en ella, porque siempre usáis ese muro de contención.
–Claro.
–Para empezar, no tiene sentido una pizza esférica, porque es impracticable.
–¿Tu pizza se sostiene sobre cuatro elefantes? ¿Y esos cuatro elefantes están de pie sobre una tortuga?
–En serio, puedo notar cómo os burláis.
–¿No era al revés?
–Cuando llegue el pizzero, quedaréis en evidencia.
–¿Y cómo se sostienen los ingredientes en tu pizza plana?
–Hay bordes. Mucha gente se los deja, lo cual es indignante.
–¿Entonces no se vierten el tomate y el queso?
–No, no se vierten el tomate y el queso, habréis oído hablar de la consistencia.
–¿Cuánto queda para que lleguen las pizzas?
–Cuando lleguen lo veréis.
–Me encanta veros, siempre hay algo que contar después. Sólo temo que la violencia se desate.
–Sí, estáis con un pizzaplanista, se lo podéis contar a quien queráis, hablad de mí como vuestro mono de feria magufo.
–Lo haremos.
–Me da igual. Os daréis de bruces contra vuestra fábula, porque eso es lo único que es.
–¿Qué dan en la tele?
–En la tele hay algo que os podría interesar, se llama: programas de cocina. Nunca hacen pizza, obviamente, pero no os voy a dar la murga con la manipulación informativa.
–Sí que hacen pizza, pero la normal, la esférica.
–Vosotros reíros.
–¿Y dices que la pizza la va a traer Kubrick en moto?
–Mientras os reís, se acerca el derrumbe de un mito de la ciencia.
–Lo estoy deseando.
–Veis esferas donde sólo hay planos. Confiáis en vuestra percepción como quien confía en una serpiente.
–Quién me lo iba a decir, un pizzaplanista en el grupo.
–Te podrías callar la puta boca.
–¿En serio?
Suena el timbre de la puerta, pero no es el pizzero, sino dos rezagados.
–¿Eran los familiares? Cuando lleguen las pizzas os vais a enterar.
–Os cuento lo que os habéis perdido. Aquí nuestro amigo dice que las pizzas son planas.
–Oh…, entonces eres un… ¿pizzaplanista?
–Soy un pizzaplanista orgulloso de serlo, he comido y cagado centenares de pizzas, y ninguna era esférica.
–Uau.
–En efecto.
–Aún no nos ha dicho qué es lo que sujeta su pizza, si elefantes, tortugas, ídolos de…
–Evidentemente, con una mesa bastaría. Si con las pizzas alucináis, con la gravedad os faltará el aire.
–Eso querría saber yo, tu opinión sobre el aire.
–Si lo que insinúas es que vivimos en programa informático…
–¿Podría ser?
–Las pizzas son planas.
–Esto ya no tiene gracia.
–No es gracioso, es verdad.
–Es gracioso porque es verdad, esto no se lo creerá nadie.
–Lo que yo creo es que dais pena. Me dais pena. En serio, me dais pena.
–Escúchame, eh, las pizzas son esféricas, esféricas. ES FE RI CAS. Todas la vida han sido esféricas. Todos lo sabemos desde críos, todo el mundo lo intuye, y luego lo sabe, y lo ha visto de una forma u otra.
–…
–Eres gilipollas, eso es lo que intento decirte.
–Mírame a los ojos para decirme eso.
–GI LI PO LLAS
–Eso no, lo otro.
–La Tierra es esférica.
–La pizza… ¿Cómo?
–La pizza, digo, la pizza es esférica.
–¿Qué dices de la tierra?
–Nadie ha dicho tierra.
–¿La tierra o la Tierra?
–La pizza, la pizza.
–Sois unos malnacidos, en serio… llevo años pensándolo, nunca lo he dicho, pero creo que sois puta escoria, puta miseria esférica. Fanáticos con el cerebro lavado. Y eso os ha convertido en seres repugnantes.
Es entonces cuando el teléfono suena.
Lo cogió el anfitrión. Escuchó, escuchó y dijo:
–¿Cómo?
Y escuchó más.
Balbuceó algunas palabras inconexas y colgó. Dijo:
–Era de la pizzería, la chica estaba llorando. Dice que el pizzero se ha estrellado con la moto, dice que no sabe si está vivo, que le han dicho que estaba muy grave.
–¿Y las pizzas?
–¿Eres imbécil, pizzaplanista?
–Creo que os alegráis de la muerte de ese tío.
–¿Quieres que te haga tragar el puño?
–Te encanta, porque te has librado.
–¿Alguien entiende lo que está pasando?
–Escuchad… Mirad allí, allí y allí…
–Joder… ¿Cámaras?
–Claro que no, gilipollas. ¿A que no sienta bien?
–¿Quieres largarte de aquí, por favor?
–Joder, ¿te puedes creer que estoy un poco cachondo? Esto es casi mejor que tener las pizzas, porque os he hecho dudar incluso sin ellas.
–¿Dudar, crees que esto es dudar?
–Creo que un poquito sí, aunque casi lográis confundirme con lo de la tierra.
–Me siento mal de verdad, porque quiero pegarle, y no quiero pegarle…
–Me gustaría de verdad que me pegaras, que me hicieras daño, que te enfrentaras a ti mismo por una vez, nunca has tenido cojones.
Le hablaba al anfitrión, esto sí lo recuerdo. Nos echamos a un lado.
–¿Qué me acabas de decir?
–Que nunca has tenido cojones, porque siempre has pensado que lo sabes todo.
–¿Me lo puedes repetir, tarado de las pizzas, tonto del culo?
No tienes cojones. Sólo tienes cosas. No has hecho nada de verdad en tu puta vida. Jamás has tenido un pensamiento propio. Repites lo que los otros dicen igual que repites los chistes que oyes. Nos tienes cojones, no tienes ideas y no tienes ni puta idea de lo que haces.
–¿Y si te pego una hostia?
–Sólo te tranquiliza el que mucha otra gente hace y dice lo mismo que tú. Exactamente lo mismo. No ser nadie te encanta, te tranquiliza. Ser mediocre es lo que hace que te corras, no son las tías, ni los tíos, ni el porno, ni los críos. Ni siquiera eres un desviado sexual. Y no te enteras de nada; ¿sabes cómo hablan de tu madre todos estos?
–Este tío quiere que le hunda la cara de un rodillazo.
–La verdad es que yo también hablo de ella a menudo. Si pienso demasiado en ella acabo teniendo que fregar el suelo.
–¿Quieres que te pegue? ¿Eh? Porque si empiezo ya no podré parar, hijo de…
–No te preocupes, es algo humano, tu madre está… en fin, es como es y hace lo que hace.
–¿¿De qué coño hablas??
–Ella, por cierto, está de acuerdo conmigo.
–¿¿Qué??
–Que tiene mejor percepción que tú. Explicadle cuando husmeáis por ahí buscando una cinta en la que ella esté follando…, ¿no os atrevéis? Confieso que a mí también me gustaría verla.
Agarran al anfitrión, le dicen: es mentira, sigue con su rollo de las pizzas, sigue desvariando.
–Las pizzas son planas, y tu madre es como es. Por eso quería la reunión hoy aquí, ¿no habéis notado que insistí un poco?
El anfitrión parece romper a llorar, dice: no entiendo nada, no entiendo nada, no entiendo nada…
–Ninguno lo entendemos –dice otro.
–Nuestra amiga la realidad.
Suena el teléfono. No sé quién lo cogió.
–El pizzero ha muerto. Joder. ¿Tenían que llamarnos para informar?
–Al principio me notaba incómodo, pero ahora siento que las cartas están sobre la mesa.
–¡Cállate, pirado!
El anfritrión grita, se hace un ovillo en el suelo, los demás le rodean.
–Nunca ha habido menos ironía aquí, con vosotros, es relajante, aunque ha costado llegar a este punto. Ni siquiera tengo hambre, y debería tenerla.
–¡Cállate de una puta vez!
Y alguien dice:
–Tío, yo de ti me iría a casa echando hostias.
–¿Lo notas? –le dice el pizzaplanista al anfitrión–, es el tono, antes estaban crispados, ahora comienzan a tener curiosidad. Creo que esto les comienza a divertir. Esa línea es muy fina.
–¡Eres un puto desgraciado!
–¿Y todo esto por mentar a tu madre? ¿No te pitaban los oídos, joder?
–¡Soltadme! ¡¡Soltadme!!
–Creo que lo que todos tenemos en común aquí respecto a ti, es tu rollo de anfitrión, eso que haces incluso cuando no estamos en tu casa. Cuando tu novia te dejó, salimos a emborracharnos, lo disfrazamos de cumpleaños.
No sé quién empezó, pero mientras dos sujetaban, otros dos se pusieron a buscar. Yo me quedé quieto. Sabía lo que buscaban, comenzaba un proceso de humillación desagradable, pero que no me quería perder.
–Muchas veces es difícil saber cuáles son los mejores cimientos para la sinceridad, para que la sinceridad florezca, parece un reto para el materialismo dialéctico.
–¡Hijo de puta, soltadme, qué hacéis!
–Te prometo que todo esto no estaba planeado, pero no te preocupes, yo soy el segundo que peor les cae… Todo esto ha durado muchos años ya. Creo que es eso.
–¡¡Cállate, joder!! –llorando, retorciéndose en el suelo.
–Por cómo hablas, parece que conoces a tu madre mejor de lo que creía. ¿Sabes lo que están buscando otra vez, ¿no?
–¡No hay ninguna cinta, joder!
–El problema es que saben que la hay, cuando tu hermana habla es como el sida en los ochenta. ¿Dónde ha ido hoy, por cierto?
–¡¡Dejadme, joder!!
–No llores, ahora parece que se va a acabar el mundo, pero sólo es un poco de… pizzaplanismo. Quién iba a decir que esto tendría nombre.
–No entiendo… no… ¡Joder!
Alguien dijo:
–¡Hemos encontrado cintas!
–Uau, en plural…, ¿lo has oído, anfitrión?
En algún momento mi mirada se topó con la de él, mientras lloraba y nos preguntaba qué pasaba, por qué le estábamos haciendo eso. Mirarme era como intentar ver a través de un cristal opaco cuando detrás está la respuesta. Era verdad que él era irritante, nos había manipulado toda la vida, y se había burlado cientos de veces, como si fuéramos sus drugos, como si él supiera algo que desconocemos. Nos había enfrentado entre nosotros, había enfrentado a chicas entre ellas para ligar, manipulaba, se jactaba, y por supuesto follaba más que nadie.
Por primera vez, no tenía la vida cogida por los huevos.
En casi todas las cintas, mamá ponía los cuernos a papá. Cuando pensamos que la coprofagia era el límite, en la última grabación los amantes se provocaban el vómito. Conocíamos de vista a algunos de los tíos, como el cartero habitual de la zona, como el manitas del barrio, que a menudo cobraba en negro. El porno de la vida real. O quizá era que el porno se parecía más a la vida real de lo que el discurso ideológico de turno sabía aceptar. En esos videos no había roles ni representaciones, sólo un ansia brutal de desahogo, personas dándose permiso para dejar de fingir. Dos integrantes del grupo se llegaron a masturbar mirando. Otros dos ataron al anfitrión a una silla, cuerda de tender. Lo pudo ver todo. Eso era lo mejor, nadie estaba soñando. Puede que fuese una sobredosis de certezas o realidad, ¿pero no es eso lo que mejora las cosas: la verdad? Supongo que no siempre, no es que estuviésemos aprendiendo nada.
Nadie lo contaría, y eso bastaba. Unos por vergüenza, y el otro por más vergüenza aún.
–Quiero deciros algo –dijo el pizzaplanista–, pero es probable que no volvamos a vernos.
No le faltaba razón.
–Sólo os adelanto un consejo: Dejad de añadir queso a la piña.

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Ese regocijo

Es importante la disposición de los elementos, tanto físicos como mentales. Tenemos un mediodía soleado de principios de diciembre. La calle se va llenando de mirones. Nadie disimula cuando hay más gente y la cosa parece grave. Queremos ver sangre, tener una historia que contar, fardar de cómo nuestra rutina se hizo añicos.
A veces hay un atentando, terrorismo, asesinatos, un gran follón, una buena juerga mediática, una movida global, una base idónea para teorizar, para desplegar nuestras bondades ideológicas. Nunca vuelve a ser tan espectacular como un 11-s, pero algo es algo. Los malos nos entretienen; puede que nos entre el miedo o incluso nos escandalicemos, pero si la cosa no nos toca de cerca, también nos regocijamos. El mayor enemigo, el enemigo común contemporáneo por excelencia, el que se cobra más víctimas, no son los políticos, los ladrones o los terroristas, sino la profunda, tediosa y aplastante rutina de clase obrera. La cruel y terrible repetición de madrugones mal pagados mientras se nos acaba literalmente el tiempo.
Casi nadie goza de una rutina agradecida, y menos gente aún tiene una vida variada.
Quieres que pase algo grande, bueno o malo no importa. O sí, pero no en el fondo. Necesitas una excusa para respirar fuera de tu zona, variar o incluso enriquecer tu vocabulario, y lucir en condiciones tus supuestos principios. Necesitas de vez en cuando poder llevarte las manos a la cabeza con estilo. El mayor secreto de todo hijo de vecino, es que no somos buenos ni malos. Sobre todo, somos pasivos.
Un escándalo en el barrio no es gran cosa. Es al morbo lo que una ensalada a la comida, sano pero difícilmente goloso.
Sin embargo, lo local a veces te permite ver las cosas de cerca, o incluso conocer a los implicados.
Lo ideal es que sean conocidos sólo de vista, algo de lo que nos podamos desentender. Algo con lo que podamos primero alarmarnos, luego conversar, y mas tarde reír a mandíbula batiente. Siempre al amparo de ese delicioso regocijo. La salsa de la vida de la desgracia ajena. Eso te desconecta de tus problemas con más eficacia que cualquier dieta, deporte o cambio de agenda. Una fiera eficacia, a la altura de la que ofrece el sexo sucio o el amor correspondido más irracional. Flotas en la fatalidad de otros como Son Goku en la nube Kinto. Te fascinas con el gran incendio de ahí abajo.
Casi se te escapa la risa…
Pero no puedes aún, tienes que controlarte. De momento sólo se ha asumido la existencia de esa paradoja en los funerales. A los seres humanos nos cuesta mucho reconocer cuánto nos define el descontrol, las debilidades de la carne y la mente. Y los peores son a menudo los que hacen de la concienciación su bandera, los sangre azul de los ciudadanos de a pie. Si te despistas chocas con su mentón, o recibes un bocado de su amplia sonrisa.
Preparas la sangría moral mientras ellos beben vino añejo ideológico.
Es muy importante la disposición de los elementos: un padre, su hija y el novio. Cuando la potencial tragedia está en proceso, tu atención se concentra como jamás lo hará ante nada constructivo.

Intrahistoria
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Lo que yo he visto. A ella la han mirado todos desde los quince años recién cumplidos, cuando dejó de parecer una niña para convertirse en un cabo suelto del código penal. Ojos por todas partes y en general también precaución. La naturaleza sigue sin entender los parámetros legales, de hecho no le importan. El agua salada en tu jardín, la lava en tu salón, el ansia en tu bragueta. Ahora la muchacha tiene diecisiete años, y su novio veintiocho. Llevan casi tres años diciendo que comenzaron a salir hace tres meses. No les importa que conozcas la mentira, porque ellos conocen tu hipocresía. La gente siempre está convencida de su integridad moral, y de que esta encaja a la perfección con la legalidad. Nunca piensan en términos de tentación, y jamás se plantean que los dulces tras el mostrador puedan saber lo que hacen. La condescendencia de sangre azul ahora es algo habitual entre la gente más variopinta. Los militantes concienciados, por su parte, se ven obligados a subir la apuesta, y se radicalizan cada vez más. Véase el ejemplo de la animalista entrando en la plaza para evitar que maten al toro, viéndose perseguida por el animal. Extrapolar.
La naturaleza y la ciencia empiezan a estorbar; una es demasiado cruda e ilegal, y la otra carece de ideología.
La chica y el chaval no se dejaron ver durante mucho tiempo. En teoría. Cuando ella cumplió diecisiete, decidieron no esperar más. En algunos cines y bares se comenzaron a oler la novedad. Todos en el barrio conocemos al padre de la muchacha. Sobreprotector, condescendiente, alarmista, desconfiado y convencido de que todas las chicas son tontas y todos los hombres violadores. Feminista de tercera ola sin saberlo. Y seguramente también antifeminista recalcitrante. Una olla a presión de clase obrera esperando que se acerque la cara adecuada para explotar. Casi sesenta años de madrugones y jodiendas buscando una salida. Todos en el barrio comenzamos a bromear ante la excitación de la desgracia potencial. La tormenta en el horizonte, los relámpagos, y rezando para que se vaya la luz y podamos meternos mano.
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Fin de la intrahistoria

Tienes que elegir muy bien las palabras cuando hablas de lo que no se habla. Luego, inevitablemente, procedes a equivocarte de un modo u otro. Lo único que está en tu mano, es no echarte atrás porque sí. Hay que andarse con ojo con lo de pedir perdón. No todo el mundo lo merece, porque no todo el mundo sabe de lo que habla, como para saber de qué demonios hablas tú. Hay debates que nacen muertos, rebosantes de energía y superados hace mucho. La magia de la ignorancia lo trae todo de vuelta. El debate estéril es tremendamente popular ahora. Si un niño estornuda y se le sale un moco de los que dan arcadas, alguien habrá que dirá que es muy interesante lo que plantea, ¡y tan pequeño!
Todo en plena calle, no podría haber sido mejor. Una buena tangana local. Primero un intercambio verbal. Un cruce de insultos fuera de Twitter. La violencia podrá no ser buena, pero hay que tener valor para pelear. Para decirlo a la cara. El padre se quita la camisa y tiene una camiseta de tirantes a lo John McCleane. El chaval se ríe de él, le llama viejo, habla de todo lo que ha follado con la hija del viejo. En voz bien alta. Para disimular, de vez en cuando alguno de los que miramos, decimos algo como:
–Vale ya, dejadlo.
Por favor, adelante, a muerte, venga, un buen martes para variar, algunos estamos en nuestro descanso para comer, otros van para el turno de tarde, pero ahora todos estamos En El Presente. Una auténtica anomalía. ¿Cuántos más habrán pensado en la jungla de cristal? Preparas mentalmente tu anécdota. Ya hay bastante que contar, pero quieres más. No es que le desees mal a nadie, o sí…, joder, sólo quieres que pase algo, algo más. Ya que casi nunca puede ser bueno, que sea malo, pero por favor, algo, algo que llevarnos a la tumba, algo más que un montón de años de dignidad católico-atea.
Es preciso que lo que sea que tenga que pasar, pase rápido, porque siempre hay quien acaba llamando a la policía. Puede que alguien de sangre azul, aunque normalmente lo hace algún allegado de los protagonistas de la historia. Lo cierto es que los sangre azul sólo suelen actuar en grupo y en digital. La realidad les pilla lejos a varios niveles. Demasiado complicada, demasiados grises.
El primer puñetazo lo suelta el padre. Más mierda que sacar, es comprensible. Le pregunto a alguien los detalles, me dicen que el padre los ha visto por la ventana juntos, se besaban y él le agarraba el culo a ella. Lo adornan con timidez, les tiro de la lengua. Me dicen que sí, que casi estaban montándoselo en plena calle. Asiento, un “joder, qué fuerte” en mi mirada. ¿Él es moro?, pregunta alguien. Echa de menos el componente racial. Eso no estaría mal.
La hija les grita que paren, creo que sinceramente, aunque no estoy seguro. La madre no está, me chivan que está en el trabajo, o de compras, un tercero me dice que sí, que de compras, que lleva meses tirándose al frutero. Se lo compro provisionalmente. Todo suma.
El chaval sangra por la nariz. Se va a por el viejo. Le pega una patada en la barriga. El tío parece tener unas de esas barrigas duras de cincuentón, como si su grasa tuviera ya sus propios músculos. Un cuerpo machacado y recio, de mover peso más bien improductivamente. Casi no se duele, agarra al chaval por el cuello.
–¡Te ahogo! ¡¡Te ahogo!! –grita.
Necesita más tiempo, más pelea. No le animamos, no verbalmente.
–¡¡Te parto el cuello!!
–¡¡Follaniñas!! –grita alguien. La gente parece muy sedienta, aunque de forma poco convencida hay quien ha intentado separarles. El chaval intenta desasirse, pero le cuesta, tiene la cara morada y los ojos presos de la terrible sorpresa. No se esperaba esa fuerza del viejo.
Se empieza a oír la sirena de la policía.
–¡Mátalo! –dice alguien.
Ya hay varias personas grabando con el móvil. Todos auténticos miserables si les viera alguien acomodado de renta alta y sólidos principios de salón.
El tío suelta al chaval, que intenta respirar.
Acto seguido, el viejo lanza una tremenda y brutal patada en los huevos del chico.
El clímax llega cuando vemos que los pantalones se comienzan a empapar de sangre. No es agradable, pero de alguna manera parece apropiado. El padre de la chica queda satisfecho. Casi. Se comienza a reír del chaval. Le da otras cinco patadas –dos de ellas en la cabeza–, hasta que dos vecinos le agarran como si no hubiesen estado mirando todo el tiempo.
Alguien posa una mano sobre el hombro del chico, junto al que llora su novia.
Volvemos a ser todos civiles, quizá hasta votantes, buenos e insensibles ciudadanos de segunda. Seguimos siendo la mayoría. ¿Pero habíamos dejado de ser buenos? ¿O éramos malos?
Luego, el remolino de habladurías. Todo mal. La pelea, los que la miraban, los que dicen guarra, los que dicen pederasta, los que juzgan a los que miraban y que se limitaron también a mirar… Todo muy local, todo demasiado cerrado, familiar, todo por el sexo, quizá incluso por amor. Todo pasajero. Pero qué le vamos a hacer, el 11-s ya pasó.

En las semanas subsiguientes, se pregunta a menudo por la polla del chaval. Me entero de que hemos dicho adiós a un huevo, y que ahora la tiene torcida. Dicen que además ya la tenía pequeña. La fuente principal es una amiga (ya aburrida y harta de todo a los diecisiete años) de la novia del semicastrado. La pareja ha cortado, y ahora se la ve a ella por ahí con otro tío de casi treinta y polla mucho mayor. Contamos la historia en los bares y cafeterías.
Esperamos el siguiente suceso, relacionado o ajeno, cada vez más sedientos otra vez. Fantaseamos con las bombas nucleares de Korea la buena, con más accesos de fe del ISIS, con debacles políticas y noticias de gravedad. Miramos al cielo con esperanza, y reímos en realidad inocentes y poco crédulos, ante la siguiente fecha para el Apocalipsis.

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Soy tu respuesta

He estado aquí desde siempre, aunque desde hace unos años. Me he sabido adaptar, cambiar y reformar. Me he logrado Perfeccionar. Soy humilde, humilde como quien más. Deberes, derechos y responsabilidades son mi doctrina. Leo la tierra y el mar, amo a los animales y venero siempre la belleza correcta. Sé quién eres, y también cuando no eres como yo. Eres un libro abierto, tengo tu diario. Deduzco la verdad con sólo unas cuantas piezas del puzle. Veo todo el paisaje a través de la cerradura correcta. Dudo sólo cuando debo. Me sé rodear, piensan como yo y actúan parecido. Conozco de sobra al enemigo. Mi urna es la única posible. Sé que hablas mal, votas mal y follas peor. Te lo digo todo el tiempo, te intento ayudar. Busca a quienes saben más, y pregunta. El mundo es enorme, lo recuerdo con mi llavero del planeta. Es difícil y no siempre hay respuestas, pero voy por partes, lo hago sencillo, y lo resuelvo. No soy un copo de nieve cualquiera, sé valorarme aun pareciéndome a los demás. Me diferencio cuando te bloqueo. Me contradigo a veces, pero siempre mejor que tú. Soy Educación, mis padres lucharon por ello, soy la primera hornada, y madrugo tanto como el panadero. Lloro con frecuencia, sin problema y con estilo. Me caigo y me levanto, y demonizo adecuadamente el dinero. Gasto y regalo, y entre mis -ismos el peor es el capital. Sé formar frases y escribir reveladores artículos. Sé que te quieres unir, y tenemos más chapas y camisetas. El Diablo no está en los detalles, yo le conozco y sé a quién vota. Somos lxs mejores, es importante tener orgullo. Vamos a la revolución. Yo estoy ahí, sé cuál es la siguiente salida. Practico la teoría, teorizo con las prácticas de los demás. Lo que hago es analizar, hablo sin tacos casi siempre, mis sobrinos me adoran y prospero a pesar de ti. Soy tu futuro, pero no quieres que te cuide, dices que me siento demasiado cerca del caldero, que es igual de peligroso que el otro. Que te estoy cebando con mi casa de chocolate. Soy tu respuesta, somos tu solución. La visión ha de ser parcial, el problema, una suma sencilla. Hemos dividido entre mil las clases de seres humanos, ya tenemos casi todo el catálogo, estamos enseñando a tus niños.
Ven, aquí no hace tanto calor.
¿No recuerdas las sentadas?
Estoy esperando tu decisión. Quiero y deseo que te reinventes. No digo que no hagas nada bien, sólo que aún no has despertado.
Como te tengo que decir. Homófobo y machista, alienada y cegada. Que estoy aquí, y que soy tu respuesta.

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Anfitrión

En esta cabaña todo cruje. La cabaña en sí es un crujido. Todo a mi gusto. La naturaleza y el encanto de día, y el terror genérico de noche. Fuera no hay nada por lo que temer, excepto turistas y excursionistas. Son la amenaza de sí mismos. Todos inflados de algo, buenos y complacientes seres humanos, los “siempre saludaba”, perfectos para organizar una matanza en cualquier momento, bellos y caprichosos como la naturaleza. Dos tardes de gimnasio a la semana. Una flor delicada bañada en sangre. Adoro la naturaleza hipócrita de la humanidad. Ese caldo de cultivo. Creo que estoy aquí para saborearlo, estamos, todo el tiempo que nos dejen. La muerte está sobrestimada, no hay nada más previsible. Más tiempo no significa necesariamente más calidad, lo sabe hasta la ñoña pija de tu pareja. Da gusto cuando ves entrar a gente así aquí, sólo ven el encanto, y luego se comienzan a quejar de todo en susurros. Hola, soy su anfitrión, y les doy las indicaciones. Sólo tres habitaciones a elegir. Pero fíjense qué vistas, observen qué excursiones. No es que se vayan ustedes a perder, pero no serían los primeros. Suelto sólo parte de la información. Si tratas con gente a diario, confirmas que sólo quieren conocer la mitad del futuro potencial. Nunca quieren la historia completa. Últimamente no la soportan ni en los chistes, ni en las películas. Son nuestros nuevos salvadores, y aquí vienen siempre en pareja, el fin de semana sexual disfrazado de amor por la naturaleza. O simplemente de amor.
Sé perfectamente hablar y sonreír como ellos. Animales de asfalto que jamás se han visto a sí mismos como animales; la mayoría ni follando. Su idea de dejarse llevar por los instintos, es ir al restaurante nuevo de la ciudad. Cada nuevo plan supone un nuevo gasto y cero atrevimiento físico o mental; y les encanta, porque su mensaje acostumbra a ser: puedo gastar.
Ya no son tanto consumidores como peluches monísimos poco dados a la conciencia de la carne por dentro.
Es fácil exprimirles. Se quejan de los precios a tus espaldas, pero les sigue encantando poder asumirlos, de modo que les sonrío, les sablo, y les abro la puerta de la habitación. Todo de lo más rústico, apenas una docena de problemas recientes de termitas. El concepto vacaciones lo endulza todo. La aventura de follar sin sudar en otra franja horaria.
Buenas personas, que no personas buenas. Siempre hago esa distinción. Las primeras ven el mundo pequeño, manejable y de lo más cuco, y sólo ven dos bandos, las segundas saben que las cosas no son así de sencillas. Las primeras son un hervidero de ideología contradictoria, las segundas son los nuevos y peligrosos villanos, macro y microagresores y malos malos malos. Las primeras te cuentan cómo es el mundo, que es así y punto, las segundas callan, o como mucho hablan sobre lo difícil que es saberlo. Y así un largo etcétera. Aquí la mayoría de veces vienen ejemplares de las primeras. Buenas personas sobre el papel, achuchables como el gatito que tienen en casa y fiables como las ideas cerradas que tienen en la cabeza. Cómo no les voy a querer.

Cuando asumí que yo no era mejor que ellos, fue como soltar una cagada después de una enorme comilona de Navidad, de las de sentarse a la una a la mesa y no levantarse hasta las siete. Pero esta comilona había durado años; lustros de información parcial, humildad a través del ego y la sempiterna convicción de estar en el bando bueno.
Me limpié el culo a conciencia, y luego todo comenzó a fluir de la manera más callada y tranquila. Comencé a observar, a escuchar. Fue una suerte de enorme alivio moral. Verme sólo como un ser humano, minúsculo, mortal, limitado. Dejé de ser una buena persona, pero ya era demasiado tarde para ser una persona buena. Demasiada inercia de marca registrada, demasiada educación de pupitre.
Ahora me conozco mejor el laberinto, pero no me pidas que te guíe hasta la salida. Me voy acostumbrando a él, le doy conversación al conejo parlante y de vez en cuando practico la zoofilia con el gato sonriente. Mi vida no es lo que se dice maravillosa, pero las vacas antes tampoco volaban.
Ser el anfitrión es ser hijo de mis padres muertos y no tener otras perspectivas de futuro. Y llevar el papeleo del crujido. No soy el único, pero soy el único que siempre está aquí.
Aquí puedes pasar la noche antes de ir de excursión o a esquiar. La oferta es conocida, clásica y atractiva. Dependiendo de la época del año, la terminología y el lenguaje varían, pero me sé todos los giros y gracietas. La mayoría de gente no habla, sólo repite. Las parejas más manejables son las que vienen sólo a follar. Se pasan tres días encerrados y luego salen a devolver la llave a menudo avergonzados, como si hubiesen cometido un exceso, cosas de animales y no de seres civilizados y concienciados como ellos. A veces han estado poniéndole unos cuernos prehistóricos a alguien, la válvula de escape, las flaquezas de las buenas personas, y también de las personas buenas.
A veces vienen personas solas. Diría que mitad hombres mitad mujeres. Es cuando aumenta el riesgo de suicidio. Les tanteo en el momento de los saludos y protocolos. La mayoría de veces sólo se trata de escritores con ínfulas que cumplen su fantasía de escritura solitaria de cabaña. Otras veces sólo es el paso previo a ponerle los cuernos a alguien; han dejado a su pareja en casa después de la última previsible discusión. La gente sola me cae bien, incluso los suicidas, hay algo intrínsecamente honesto en su decisión. Sólo he visto un par de esos casos terminales, pero me han bastado para asumir que tomar esa vía es simplemente parte de otro rasgo natural. Es aparatoso para la cabaña, y siempre hay que contestar preguntas, pero son gajes del oficio.
La gente se rompe huesos, la gente se despeña, la gente se pierde durante días, la gente sabe lo que hace y la gente es gilipollas. Y los hay que se ponen a follar en el bosque y les cae una multa al estilo familiar. La última vez: una niña pequeña corretea entre árboles y se topa en un claro con un culo blanco y enorme moviéndose rítmicamente, y luego un culo mucho más pequeño con el ano aún cerrándose, y finalmente un micropene lleno de mierda. La niña, sin saber muy bien por qué, se pone a llorar. Los padres vienen a pedirme explicaciones a mí (con fotos), y yo llamo al guardabosques, que a su vez llama a la policía. ¿Qué ha pasado? Y los padres saltan como si tuvieran muelles en los talones, señalan con el dedo de Dios a la pareja avergonzada. Qué vergüenza, como si no tuvieran una habitación para hacer esas guarradas.
Yo, personalmente, prefiero limpiar sangre a limpiar mierda.
Pero entiendo el impulso. No es que sea bueno que una cabaña apartada gane fama de picadero, pero creo que hay un acuerdo extraoficial para proteger estos lugares de las malas lenguas. Aquí es donde vienes a cumplir tu fantasía, ya sea follar por fin con la mujer de tu vecino, o escribir el libro que tiene que hacerte rico sin salir jamás de un cajón o la papelera de un editor. Estamos rodeados de árboles, por el amor de Dios, pueden pasar cosas malas, pero fíjense en el paisaje. Seguro que hasta en el Cielo practican sexo anal al aire libre.
Procuro hablar en voz alta lo menos posible.

Soy el poste amable tras la mesa de recepción. Apenas me he paseado o he esquiado. No sé si es por no sentirme ya parte de ese grupo de buenas personas. Los días libres leo o escribo en un diario. Memorizo los nombres de las mujeres que vienen con sus parejas. Escribo relatos sobre cómo follan, cómo se conocieron o cómo romperán. O narro una aventura sexual abrumadoramente guarra, imaginándome con setenta años, mucha viagra y la hija de veinte producto del polvo que pude oír la noche anterior. Desordeno mi mente e intento perder el juicio de alguna manera. Fumo a lo bestia y fantaseo con pincharme heroína. Persigo el desequilibrio, me veo como asesino serial potencial, fantaseo con quemar una noche la cabaña. Con comprar armas para un solo uso y con un bala reservada para mí.
Me abro para conmigo, pongo toda mi mierda abstracta delante de mí, y la releo hasta quedarme dormido. Hola, seré su anfitrión.

Una mujer viene a verme a veces. No sabe nada de mí más allá de mi empleo y mi escasa predisposición al ajetreo de las buenas personas. Ella tampoco me cuenta nada, lo que me hace sospechar que esté casada o hasta con hijos. No está libre, y eso me proporciona el tipo de libertad sexual que busco. Puntual, secretista, obscena. Sin historias vitales mortalmente aburridas, sin necesidad de ponernos al día. La realidad paralela que abunda en la cabaña. El escondrijo de las arañas. Con todos los cuernos que se producen aquí, podría labrarme un desastre como traficante de marfil. Me gusta creer que ella tiene marido, y que ya no puede ni pasar por las puertas.

Un día salgo y me intento perder. La cabaña lleva dos días con tres parejas follando todo lo que dan los genitales masculinos.
Es algo nuevo, quiero ver mejor la zona. Después de diez años, pienso que ya es hora. Pienso en mis padres, hace cinco años, dentro del coche que de repente fue acordeón, todo retorcido, achicharrado y salpicado de cristales. La tormenta perfecta. El camión sólo guiñó un ojo del susto. El conductor me vino a ver tres años después, se derrumbó llorando en el suelo. La manía del perdón a destiempo; él lo necesitaba, yo tuve que revivirlo todo. Mi nueva concepción de la realidad; sea un tsunami o sea un camión, así es como funcionan las cosas, con un vegano pisando una araña. No hay nada puro, todo tiene un punto flaco, incoherente o contradictorio, incluso en las circunstancias menos proclives al puteo.
Al rato, estoy bastante seguro de haberme perdido. Y de golpe, coño, un lago. Ni sabía que estaba ahí. Es probable que se indique en los mapas desactualizados de la zona. Nadie los coge nunca del mostrador.
Es un punto enorme de referencia, así que perderse no será tan fácil. Me llego hasta una zona que asocio al esquí. Empieza a nutrirse de blanco. El blanco me aturde, me descoloca, me echa la Navidad a la cara. El blanco es bonito, esperanzador y engañoso como una ONG. Camino no sin dificultad. Espero que nadie salga de su habitación, no encajaría con la rutina que conozco.
Me suena el móvil.
Es mi hermano. La comida de Navidad, la cena de Nochevieja, los encuentros anuales, las puestas al día, los relatos costumbristas, las quedadas, el Amigo Invisible, escupir uvas trituradas, preguntarte de quién es cada niño, oler los perfumes, los maquillajes, ponerse cachondo con las medias femeninas de invierno, procurar no hablar con la chica joven de la reunión (que no tienes claro quién es), procurar no hablar mucho en general, mirar el reloj, mirarlo otra vez, reír más según más bebas, decir lo que no deberías, coleccionar miradas extrañas, dejar caer un mal dato, evitar hablar del trafico, de los coches, de los camiones, del transporte, de la seguridad vial, de padres, de la muerte, de mí aislamiento, de mi contumaz empecinamiento.
Esas fechas.
Aún no tengo demasiada práctica. Es como si quisiera hacer una tanda de cien flexiones de brazos sólo una vez cada año.
Decido volverme a la zona del lago. El lago es bonito. Creo que conozco el lugar mejor de lo que creía.
Cuando estoy nuevamente frente a él, me parece ver a alguien. Me doy cuenta de que la superficie está congelada, aunque no sé cuál es el grosor. A unos doscientos metros, una chica levanta el brazo. ¿Está patinando? ¿Quién es? Y sobre todo, ¿por qué parece que me conoce? Es joven, puede que tenga ganas de… bueno, de explicaciones. Puede que no sea una buena idea ir a ver. Además es probable que el hielo…
Mientras pienso en todo eso, camino hacia ella. ¿Me ha enseñado las tetas? Unas tetas blancas, suaves, de pezones para un bebé adulto y salido como yo. Puede que haya conseguido perder el juicio. Cuando miro hacia atrás, ya estoy lejos de la orilla, y sin embargo la muchacha no parece estar más cerca. Parece un sinsentido físico que yo aún no conocía. Puede que lo olvidara, manejo mejor la incoherencia emocional, o teórica. La chica saluda, enérgica, como salida de Instagram. Todo promesas de felicidad física.
Noto un crujido.
Terror a la luz del día.
–¡¡Eeeeh!! ¡¡Cuidado!!
Intento que esa visión sea consciente del peligro de patinar aquí. Aunque siendo la palabra visión la que me ha venido a la mente, igual no hay nadie a quien convencer. Nunca lo suele haber.
–¡¡Eeeeeh!! ¡¡Cuidado con el hielo!!
La chica patina, me sonríe, ajena al peligro.
Al final sí que me he perdido, pienso (otro crujido, fluorescentes en el techo, vía en la muñeca), pero estaría bien que esto fuera lo último que viera.

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1

Ambos hambrientos y más allá de la treintena. La casa vacía que nos “dejaron”, cuando tú me hiciste ESO. Cuando yo te pedí ESO. ASÍ es como lo llamábamos. Nunca tuve una erección tan morada, venosa y persistente. Fue importante que luego todo estuviera salpicado, o al menos que lo pareciera. Yo incluso había visto tutoriales para hacerte salpicar. Usé los dedos lo mejor que supe. Creo que no lo hice mal. Cuando gemías, no me quedaba más remedio que seguir, y cuanto más fuerte gemías más quería seguir. Recuerdo ver la luna llena por uno de los grandes ventanales. La casa vacía que nos “dejaron”, ¿cuántos siglos tenía? Pareció sexo digno del Marqués de Sade. No quería que te levantaras de mi cara, aunque el 69 me impacientaba, te quería ver haciéndomelo, y que vieras como yo lo hacía. Pensé que ESO, tu pis, me podía causar rechazo, pero luego sólo quería más, aunque prefería tus otros fluidos. Era sucio, y en ese momento eso era lo importante. No pensaba en absolutamente nada, y eso era señal de que sólo me sentía bien, y luego extasiado, y después aún mejor. Decías Esta noche quiero Patriarcado, una ironía prohibida, y yo pensaba que no lo podría contar a nadie. Hubo violencia mutua, claro está, aunque lo suficientemente controlada; no tanto como para ser esquemática, ni tan poco como para causar daños severos.
Me gustaba armar ruido al choque entre nuestros genitales. A veces decías que te dolía y que siguiera, y que querías que te doliese más. Todo era pecaminoso para el Moderno, y por tanto puro placer para quien sabía entender. Estábamos follando y, además, si me dejas ser hiperbólico, también asumiendo el tamaño enorme del mundo, en contraste con lo minúsculos que éramos nosotros, apareándonos como animales y por tanto siendo para variar. Libres de retórica y dobles raseros. Aparcada la conciencia de nuestra muerte.

2

Tus uñas manicuradas, el glande me comenzó a brillar henchido de sangre cuando las paseaste por ahí. Al roce con mis venas.

3

Oler tu entrepierna afeitada. Querías parecer una muñeca, por si alguien nos espiara y pudiese ofenderse: que a su juicio tú fueras la niña y yo el pederasta, llevando a cabo el estilo estéticamente alienado según los que vete a saber qué mapa moral usan para follar.

4

Tu saliva. Me costaba dejar de meter la lengua en tu boca, sobre todo si me cogías por la nuca. Un minuto más cada vez. Mi polla iba dando bandazos, mojada en la punta. Me la había medido unas cien veces en mi vida, diecinueve centímetros de los que me sentía orgulloso. Y gorda. Perdía el juicio por usarla contigo. Estaba cegado, asombrosamente despojado de vergüenza católica o Ideología.

5

Me dejaba hacer con gusto. Me encantaba que me pegaras, en el culo, un poco en la cara, manotazos en la erección. Morder un poco, succionar, lamer, pellizcar, flojo, fuerte. Que me tiraras del pelo, que te tirara yo a ti. Manejarte, dejar que me manejaras, que me aplastaras la polla con tus genitales y te restregaras. Que dijeras todo tipo de cosas terribles, irreproducibles, sobre lo que querías que te hiciera, sobre cómo querías acabar. Sobre morir empalada, y eso no era nada.

6

Mencionabas noticias terribles de actualidad, cuya gravedad quedaba muerta en el siguiente orgasmo. Querías sentirte pequeña y violada, y decías todo eso porque sabías que en teoría ahora no se debe, porque ahora se cree que lo personal también es político. Y eso nos mojaba, nos animaba, recuperabas la energía y yo la erección.
Puta y violador, sólo eran un par de las etiquetas.
Hija y papá, ama y esclavo negro, nazi y judía, dominatrix y puber virgen. Asesino a lo Ted Bundy y víctima agradecida.
Un catálogo de atrocidades verbalizadas, antes de arañarnos y azotarnos.

7

Y risas, porque hablábamos así y follábamos así, y nadie podía evitarlo.
El mundo privado fuera de la corriente dominante.
Fóllame como si fuese una feminista de tercera ola de Twitter.
Fóllame como si fueses el monstruo de Amstetten.
Y yo:
Pégame. Insúltame. Por favor.
Cerdo. Aprovechado. Cochino. Asqueroso. Pollavieja.

8

Condones maltratados. Me los quitaba de un tirón.
Riégame.
Cuando dudaba, me lanzaba lengua por delante a tus tetas o tu ano.
Todo lo más básico y a la vez retorcido posible.
Tu dedo por mi culo. Mi polla forcejeando ahí atrás.
Abre la boca, me dices, y me escupes como un camionero. Tu culo marcado, y el mío, ambos castigados. El descanso excesivo se penaliza. Apretón de huevos. Bofetada.

9

Te lo abrías con los dedos para que yo viera bien salir el chorro.
Cerdo.
Un poco en mi polla. Y el resto en mi boca. Tragaba un poco, se derramaba un poco. Y ella salpicada de blanco por el pecho y la cara. Prohibido limpiarse. Que se acumule. Que huela. Que acabe pegajoso.
A por el siguiente.

10

Y el puto sol, habíamos empezado tarde. Y el propietario llegaba a mediodía. Le conocíamos. Era un conocido periodista, un heredero de provecho, de los que decidieron no dedicarse sólo a gastar pasta, sino que estudió y se comprometió. Con todo. El mundo para él era ya algo minúsculo. Estaba tan comprometido que te costaba imaginarlo cagando o comiendo a placer. Escribía en clave de novísima moralidad, señalaba a todo el mundo con el dedo, deformaba el lenguaje, acusaba a los que decidía villanos. Y luego se comportaba exactamente igual que ellos.
Yo hubiese acabado denunciado y ella acribillada a condescendencia si nos hubiera visto.
Limpiamos y metimos la ropa de cama en una lujosa y enorme lavadora. Pero luego fuimos al lavabo, y nos pasamos por el culo y los genitales todos sus productos de higiene, sobre todo esponjas y cepillos de dientes. Queríamos que nos recordara, o mejor: era inevitable. Una ex suya nos había dejado la copia de una llave que él pensaba que no existía. Había señales de nuestra presencia por todas partes, pero nos preocupaba entre poco y cero. Nos hacía cierta gracia imaginarlo llamando a la policía delante del colchón desnudo.
Agente, alguien ha entrado en mi casa.
Ahora lo personal es político.
Pues adelante y que lo sea.

11 y 12

Que se joda.

13 y 14

Que le den.

15

años tiene mi amor.

gfhdfgh

Torso

Horizontal

Lo que más miedo me daba, era no poder explicarlo. No solo que no tuviese explicación, sino no poder explicarlo. Cualquier intento me iba a dejar en un lugar delicado, y eso como mínimo. El ansia de racionalización lo fagocita todo. El ser humano, cuanto más civilizado, más ombliguista. Ahora creo que se comenzó a creer el centro del universo sobre todo cuando descubrió que no lo era. Puede que matar a Dios no fuese una mala idea, pero quedó muy lejos de ser brillante. Sólo nos empujó a otro nivel de ignorancia. Uno quizá más sofisticado estéticamente, pero casi igual de limitado que la religión. Claro que te ibas a curar la enfermedad con la ciencia antes que rezando, pero eso no significaba que fueses a entender mucho mejor el mundo, no ibas a ser más abierto de miras, no en el fondo. El ateo es el científico amateur más prestigioso. Un carnicero. Se abrieron las puertas a otra clase de cerrazón.

No sé por qué escribo esta carta ahora, me inculpa, y aún no tengo claro a qué personas la enviaré. Imaginadme ahora vagando por aeropuertos, embarcando y desembarcando. Practicando mi nuevo yo. Es lo que hago, sin rumbo, y escribiendo en ratos muertos (que son casi todos) esto que leéis. Escribo y miro a la gente pasar con maletas rodantes, levanto la cabeza y miro por la ventana el suelo de nubes. De vez en cuando hago una amistad de corto alcance. Si me preguntan dónde voy, miento a prueba de polígrafos.
No quiero enrollarme con todo lo que he cambiado, pero el cambio era inevitable a cierto nivel; no ha sido producto del turismo ni de una visión tangible de la desnutrición de los niños negritos. Ha sido real.
No quiero seguir mucho más con los preámbulos, pero creo que eran necesarios.
Y sí, esto va sobre mi viaje “a lo verde”, como decía mi madre cuando aún sonreía. Espero que no tarde en volver a hacerlo, aunque sea fingiendo. Dudo mucho sobre si mandarle esto o no, ya hace dos años de la muerte de mi padre, pero ahora tampoco tengo claras ya las líneas que separan a los vivos de los muertos, y no quiero añadir más confusión o dolor a una relativamente reciente viuda.
Mamá, sé que me perdonarás que hable de ti como si no estuvieras, pero ahora sólo me definen el miedo y la duda.

Ahora, por cierto, procuro ir sólo a ciudades. Cualquier zona verde es algo a evitar. Supongo que mi mente gestiona el trauma a la forma estándar.

No os voy a aburrir con detalles geográficos ni datos sobre la extensión de la jungla. Bastará saber que éramos tres varones de más de treinta años, que hicimos coincidir nuestras vacaciones en julio porque Franchu (Fran) lo dejó con la novia. Más bien ella le puso los cuernos a lo bestia. Eso daría para otra historia escabrosa, una precuela. Ahora todo lo que antes me parecía catalogable o anecdótico, cobra una importancia de lo más retorcida.
Ya no soy una persona con unos principios más o menos claros, a veces uso los que tenía antes, como de prestado, porque no sé qué otra cosa hacer.
Franchu, Oscar y yo. Cogimos un vuelo transoceánico y luego un par de avionetas. Todo razonablemente controlado. Oscar era el que sabía adónde íbamos. La idea era “perdernos”, como a la gente del primer mundo le gusta perderse, con brújula e indicaciones por todas partes, con relojes y toda clase de cachivaches, con teléfonos de doscientos pavos y cobertura asegurada. Perderse.
Era cierto que la zona no era turística. Al turista medio no le gusta el riesgo de picaduras mortales, ni la clase de excursión que requiere de un machete. El turista medio exige ilusión de seguridad, y el espacio suficiente para poder ser todo lo bobo que quiera. Porque eso son sus vacaciones.
Nosotros quisimos ir más allá. Tampoco era especialmente original. Sólo vagar por una zona verde no especialmente cómoda, para poder sentirnos en medio de lo salvaje. Había belleza en esa perspectiva, y además Franchu y yo confiábamos en Oscar, que ya había estado allí hacía dos años.
Nos instalamos en una cabaña que nos salía por un ojo de la cara. (Qué extraño y burdo se me hace ahora hablar de dinero…). El resto iba de explorar la zona. Era importante no perderse, con lo que era muy importante que nos perdiéramos para que nos pasara lo que nos pasó.
Disculpad si novelizo. Esto no se puede equiparar a poner los pensamientos en orden, porque para mí ahora es el Universo el que está desordenado, y como comprenderéis, el Universo es un trabajo que a mí no me compete.
Voy a dar un salto y os voy a describir a Oscar de pie, mirando a un lado y a otro, y a un lado, y luego al otro. Ni siquiera le tuvimos que tirar de la lengua;
–Nos hemos perdido.
Era el segundo día. El primero habíamos subido a una pequeña colina con una terraza natural. Desde allí se veía todo lo que no se veía, todo lo que vimos después. Sólo se veían las copas de los árboles, el mar vegetal verde fuerte, nunca el suelo, nunca un prado. No había claros aparentes, era todo densidad, enigma y belleza. Carencia de caminos. Yo esperaba que la ya ex de Franchu se estuviera follando a placer a su nuevo maromo, porque con aquellas vistas comencé a pensar que nos habíamos precipitado.
–¿Nos hemos perdido? –dije al día siguiente.
–Bueno, me he perdido… –dijo Oscar.
–Cojonudo –murmuró Franchu.
Era la una del mediodía. Caminamos lo suficiente para agotar las soluciones del primer mundo, primero adiós cobertura, luego adiós batería. Ya estábamos en una película.
–Esto no es una película –dijo Oscar –. Caminaremos hasta salir de aquí. No os preocupéis, simplemente hay que moverse. Nos acabaremos topando con alguien.

Dicho y hecho.

Cuando eres de ciudad, cuando estás acostumbrado a determinado lenguaje ético y tecnológico sobre la valentía y la supervivencia, no sueles pensar mucho en la gente que es distinta a ti. Si te perdías por una jungla lejana, amenazante y real, esperabas encontrarte con gente similar: otros turistas atípicos, turistas que sabrían perfectamente por dónde iban. No te ibas a encontrar con un hombre de sesenta años con aspecto hindú y taparrabos, eso era justo lo que tu mente racional descartaba. ¿La viñeta en la que los personajes están atados dentro de una gran olla con agua camino de hervir? Eso no pasa. Pero ojalá sólo hubiese sido eso.
Lo que notamos los tres, casi al mismo tiempo, fue un picotazo en el cuello. Una solución drástica para el insomnio.
Despertamos muy juntos y muy atados, al sol, estirados boca arriba sobre unas tablas. Nos dolía todo. Los nativos chapurreaban nuestro idioma. Uno de ellos, muy mayor, nos dijo que nos habían hecho tragar kundu, pero no nos dijo lo que era. Sólo dijo:
–Mayor percepción.
Maior persepxion.
Yo sólo noté un debilitamiento físico brutal. Caminaba alrededor nuestro un hombre también muy mayor, que murmuraba, como si rezase, tal y como imaginas: sin muchos aspavientos, pero sin transmitir ni una gota de tranquilidad.
Sé que pensaréis que nos drogaron. Que eso fue lo que pasó. Una enorme y aparatosa pesadilla. No soy un testimonio fiable.
No os voy a intentar convencer. Sólo intento explicar lo que yo vi y sentí. Y es la hostia de difícil.
Seguimos atados durante horas. Ninguno de nosotros se intentó zafar.
–Nos ha tocado la lotería de Navidad de cara al verano.
Uno de nosotros dijo eso, pero no recuerdo quién. Oíamos sin parar los rezos, y de vez en cuando algunos nativos venían a echarnos un vistazo. También críos, muy pequeños. Fue cuando una niña me mordió la oreja derecha hasta que sangré, cuando hicimos deducciones. Arrancaron a la cría de mí y le echaron una sonora bronca. Obviamente no sé en qué idioma hablaban, pero no era nada que te fuese a abrir puertas en casa.
Franchu empezó a gritar y a llorar.
–¡Son caníbales! ¡¡Son caníbales, joder!!
Anochecía. En ese instante, decidieron que ya habíamos estado demasiado tiempo en horizontal.

Vertical

Nos transportaron sobre las tablas a una cabaña. Había una silla llamativa, de madera y llena de tiras de cuero, una versión medieval de la silla eléctrica. Nos sentíamos débiles, incapaces, resacosos. Nos sentaron, nos maniataron a Franchu y a mí en dos sillas corrientes de madera, frente a la silla sospechosa.
Oscar fue el primero. Le ataron con mucha fuerza con las tiras de cuero, casi hasta cortarle el riego sanguíneo. Lloraba y gritaba, pareció encontrar reservas de energía en su interior. Cuando ahora pienso en ello, aún tengo que tragar saliva, y ya no soy ni de broma el que fui.
Hay algo terrorífico en oír chillar a un adulto de esa manera, llamando literalmente a su mamá.
¡Mamaaa! ¡Mamaaaa! ¡¡¡Mamaaaaaa!!!
No mamá, sino mama. Oscar volvía tener tres años a los treinta y seis. Y su madre hacía la tira que estaba muerta. Cáncer de pulmón. Fue el primer funeral al que fui en mi vida.
Primero le susurraron algo, le hablaban, y Oscar hacía que no con la cabeza, que no, que no, que no… Esto se prolongó durante unos cinco minutos. Luego, uno de los nativos empuñó una sierra de carpintero (la que Oscar ya había visto). No precisamente nueva, salpicada de óxido en la dentadura. Franchu y yo teníamos a dos mujeres detrás que nos abofeteaban si cerrábamos los ojos o intentábamos mirar en otra dirección. Comenzaron a serrar el muslo derecho de Oscar. Le quedaría un palmo de pierna. Estábamos tan cerca que la sangre nos llegaba a salpicar los ojos. Si Oscar parecía desmayarse, le palmeaban la cara. Le hicieron beber en casi cinco ocasiones un líquido transparente de una botella de cristal. Lo vio todo sin perder la conciencia. Lo sintió todo, incluso cuando la sierra hacía extraños y se encallaba al llegar al hueso.
Seguía llamando a su madre.
Primero la pierna derecha; luego la izquierda. Cada vez que Oscar volvía a vomitar, le hacían beber de la botellita. Franchu se vomitó encima sólo de mirar, y se llevó un puñetazo de su compañía femenina. Yo intenté permanecer tieso, inmóvil. Algo me decía que decir o hacer nada jugaría en mi contra, si es que tenía alguna posibilidad de salir de allí con vida. Incluso cuando hacía por mirarme el regazo, se daban cuenta y me volvían a pegar.
En algún momento, me volví zen. No lo sabría explicar.
Para cuando le serraban los brazos a Oscar, ya no tenía problemas para mantener mi bilis en el estómago. Me tragué lo que tenía en la boca. Me despojé del orgullo, de todo orgullo, y de toda esperanza. No sabes lo que es tocar fondo hasta que te encuentras ahí, chapoteando en ese barro, tan abajo que no ves arriba la boca del pozo. Hasta ese momento, tocar fondo sólo es una expresión. El Big Bang me ha traído hasta aquí. Así de casual y pequeño soy. Pensé que tenía la mente en blanco, pero ahora sé que no.
Cuando Oscar sólo era un torso, le volvieron a susurrar. Oscar aún tuvo fuerzas para negar con la cabeza. Entonces le aflojaron las correas, y la sangre brotó a borbotones de él, formando un charco tamaño espejo de dormitorio. Se reflejaba entero en él. Su cara pasó al blanco y luego al morado, los ojos se le quedaron abiertos en un rictus de baboso alivio.
Empujaron lo que quedaba de él al suelo. Un trozo muy pesado de carne, un bulto, un esbozo de Dios con huesos y cabeza, una columna, un boceto a medio hacer. Tres niños los arrastraron y comenzaron a mordisquearlo en un rincón de la cabaña. Bien a la vista.
Para el segundo acto, cogieron a Franchu y lo sentaron donde mi amigo de la infancia acababa de morir. Nuestra aventura vertical. Franchu era un antiguo compañero de universidad de Oscar. Teníamos bastante en común. Todo muy superficial, pensé, ideas buenistas y una supuesta conciencia política de izquierdas. Todo eso de criticar desde una posición cómoda. Ese día nos enfrentábamos por primera vez a algo tangible. Era verdad que nos había tocado la lotería, pero también era cierto que compramos los boletos. Había cierto romanticismo impulsor que a veces nos movía. Una persona más práctica jamás habría acabado como nosotros.
Con Franchu se recrearon aún más. Yo estaba casi insensibilizado. Creo que ver mi cara, mis ojos, se tornó parte de su tortura. Ver en mí algo aún más frío que la indiferencia, un vacío donde antes había emociones complejas. No me iba a hacer el héroe, y era como si tampoco me importara ya en cuántos trocitos cortaran a Franchu. No sé si por contagio, también llamaba a su madre. Llamó a su madre y llamó a Dios. Sobre todo llamó a Dios. Yo pensé Quién te ha visto y quién te ve. Franchu, que apoyaba cualquier causa, que coleccionaba pañuelos palestinos, que supuraba ateísmo e ideas sobre cada mínimo desajuste social o villano. Franchu el manifestante, Franchu el aliado feminista, Franchu el del altavoz, Franchu el animalista, Franchu el de la pancarta. Y Franchu llamando a Dios antes de morir. Pidiendo por favor piedad. Franchu quizá sincerándose por primera vez en su vida. Desatado por fin. Algo cruel se despertaba en mí. Me provocó un cosquilleo en el estómago. Franchu, te está bien empleado. El torso sin piernas ni brazos, lucía impresionante con la nueva cabeza católica. Era dantesco ver cómo gritaba, y cómo aun diciendo que sí a todo lo que le susurraban durante el proceso, aun diciendo Por favor, Haré lo que queráis. Aun así, un anciano cruzó la mirada con otro, ambos negaron, aflojaron el cuero y el charco de sangre se amplió. Adiós, Franchu, dije en voz baja, y para entonces ya no tenía miedo.

Me cogieron y me sentaron allí. No tuvieron que forcejear conmigo. Creo que me miraban con cierta curiosidad, no era fácil saber cómo se sentían. La sierra estaba empapada de rojo, pero sobre todo de restos sanguinolentos, carne y astillas humanas. Así era menos práctica, lo que la hacía más práctica para el caso.
Me dieron un bofetada. Me estaba adormeciendo. Me dieron otra bofetada, y comenzaron a hablarme. Ya no necesitaban susurrar, nadie más escuchaba. Por momentos me costaba entenderles. Me hablaron de los mártires y de la realidad compleja que habitaba bajo la realidad sencilla de la historia que a mí me habían contado. Creo que no me costó demasiado saber por dónde iban, incluso con la barrera del idioma. O sí, en realidad no entendía absolutamente nada, pero digamos que estaba dispuesto a entender. No como Oscar, que simplemente no podía digerir nada de lo que estaba pasando, ni como Franchu, que ya sabía lo que pasaba, pero nunca había querido escuchar, sólo criticar a los que no repetían lo mismo que él. Quizá los nativos ya lo sabían, quizá sólo yo, el tercero, podía servirles. Quizá. Y les escuché. Había cuestiones espirituales y otras prácticas. La pregunta que sabían que yo entendería y no entendería a la vez, era:
–¿Estás dispuesto a matar según lo que tu pueblo entiende por matar?
No contesté enseguida, no quería parecerme a Franchu, y parecía importante no pedir piedad.
–Sí.
Estaba aturdido, ni siquiera estaba exactamente mintiendo, o diciendo lo que pensaba que ellos querían oír. Me estaba convirtiendo en otra cosa. Recibía estímulos confusos. Se me habló de la comunicación con la naturaleza, y de cómo ellos la representaban. Como si mis colegas hubiesen acabado mutilados de la misma forma que con un tsunami acabas ahogado. Ni aun así percibí delirios de grandeza. No parecían religiosos, pero desde luego no tenían el mentón elevado de los ateos. No habían disfrutado con la tortura, sólo habían hecho lo que pensaban que tenían que hacer.
–¿Estás dispuesto a matar según lo que tu pueblo entiende por matar?
–Sí.
–¿Estás dispuesto a matar según lo que tu pueblo entiende por matar?
–Sí.
Me hablaron de empresas y constructores, me dieron nombres propios. Alguien quería arrasar su jungla. Eran las cuestiones prácticas necesarias para mantener vivas las cuestiones espirituales. Aún no sé articularlo muy bien, pero ese tipo de construcción lógica aún forma parte de mí.
Me miraron durante minutos, un análisis prolongado, y hablaron un momento entre ellos. Las mujeres parecían no estar convencidas. Una de ellas se acercó a mí.
–Tú no nos crees. Tú crees que nosotros asesinos. Que sólo asesinos.
No sabía qué decir a eso. No me sentía ni de lejos preparado para esa conversación, y obviamente mis herramientas morales, éticas o retóricas no estaban ni de lejos a la altura. Me sentía muy inferior. Creo que la mujer vio eso en mis ojos.
Me dieron a beber un líquido rojo de una botellita minúscula. Ahora llevo decenas de ellas siempre conmigo. Me comenzaron a serrar la pierna izquierda. Me miraban, esperaban mi reacción. Emití sonidos y balbuceé por el terrible, agudo, metálico dolor. Pero enseguida algo no fue como debía ir. Dejé de notarme la pierna, y cuando el hombre acabo de serrar y la vi caer al suelo, el muñón comenzó a mutar. Crecía algo en sustitución de mi pierna. No era más que otra pierna: más sana, más fuerte, una pierna nueva para un adulto. Lo que yo entonces hubiese llamado milagro. No había llamado a mi madre, no había mencionado a Dios. Me dijeron que no pensara sólo en la naturaleza, que pensara en términos de Existencia. Hay cierto tipo de valores que aún no entiendo. Aún pienso en términos binarios. Aún funciono con etiquetas, con ideas minúsculas sobre lo que es bello y lo que no; o señalo como crueles prácticas habituales en la existencia, de organismos vivos que se reproducen y sobreviven y matan. Lo que nosotros llamaríamos caos, como última frontera a defender. Si el orden burdo y simplista de la humanidad se acaba imponiendo, no sabemos cuánto durará el tablero de juego. Ahora puede haber algo malo, pero podría ser peor, podría no haber nada, y por tanto nadie.
–Esto no es lo que vosotros llamáis magia –me dijo una de las mujeres–. Esto no es lo que llamáis fe.
Los parámetros de la ciencia eran insuficientes para entenderlo. Me dijeron que no tenía que creer o dejar de hacerlo. Me dijeron que no tenía por qué volver a verles. Que tenían contactos que me suministrarían el líquido rojo y me darían más nombres.
He descubierto que una forma útil para solventar ciertas misiones, es esperar a que en el vuelo adecuado se reúnan los nombre adecuados. A veces son grandes empresarios, a veces son de izquierdas y a veces de derechas. A veces es la última gran promesa política. A veces es un señor de la guerra, y otras un adalid de la paz. Los más peligrosos son los más utópicos y humanistas. Los que más grandes y evolucionados se creen, a través de ruidosas expresiones de humildad.
He acabado cogiendo el avión casi por gusto. A menudo hay lo que antes hubiese llamado daños colaterales. Si hay un par de caras conocidas en el vuelo, me bebo cinco de mis botellitas, y construyo con paciencia el caos. Provocar un accidente aéreo es aún más complicado de lo que pueda parecer. He llegado a saber apreciar la emoción y la belleza en los gritos, en el paisaje que se tuerce por la ventana, y se tuerce, y se tuerce…
Cuando has despertado con heridas de muerte reagrupándose, en medio del desastre total aún a la moda como desgracia, llegas a reírte de la concepción que se tiene aún de la paz, o de la sostenibilidad. Te pones en pie, y si ves a alguien, finges. Un milagro más. Y corres. Es crucial que nadie te mediatice, que el orden no te absorba, que el espíritu no te embriague y la ciencia no te hipnotice.
Ya no sé quién soy, y ya no entiendo nada como lo entendía antes. Y no sabéis qué sensación.

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