Buenos chicos

En una serie de viñetas se puede desarrollar con cierta eficacia (la suficiente, al menos), la naturaleza del entorno en el que nuestro héroe muerto, Dani, creció.

Por ejemplo: Algún día, seguramente un sábado, Dani estaba tomando algo con sus amigos, debía tener menos de veinte años, pero casi veinte años. A esas alturas Dani no estaba exactamente cabreado con la vida o sus circunstancias, pero no se podría decir tampoco que estuviese muy contento. Como sea, no parecía amargado, o no más de lo que lo pudiera estar cualquier otro chico de su edad.
Esa tarde alguien pronunció la palabra Danilín por primera vez. Y Danilín se quedó. Dani dijo que prefería Dani. Pero sus amigos dijeron algo como:
–Joder, Danilín, que sólo es broma, y así te diferenciamos del Dani.
Porque había otro Dani.
De modo que Danilín se quedó, en firme, en teoría porque sólo era broma y además era práctico.

Otro día, Dani había ido a la piscina con sus amigos. Uno de ellos salió del agua, y escurrió su pelo sobre él, al grito de:
–¡Danilín!
Lo cual levantó risas, lo cual hizo que Dani torciera el gesto, lo cual levantó más risas.
Esto se repitió al menos cinco veces más ese día.

Con el tiempo, sentados en una terraza, alguien externo al grupo de Dani, dijo algo como:
–¿Te gusta que te llamen Danilín?
A lo que Dani, que no se esperaba semejante pregunta, contestó encogiéndose de hombros. Cabe decir que Dani ya había repetido varias veces en presencia de sus amigos que no le gustaba que le llamasen así. Más que nada porque comenzaba a pensar que aquello no era más (ni menos) que una forma de no tomarle en serio; o de tomarle menos en serio que a los demás integrantes del grupo de amigos.

Dani no había tenido problemas destacables en su etapa escolar. No era un niño «guay», pero tampoco sufría por motivo alguno más allá de los exámenes o las vicisitudes propias del día a día de aulas y ruido.
Pero luego pasaron los años. Un verano, un día en que fue a la playa con sus amigos, paseaba con un par de ellos por la orilla, bromeando y quejándose de lo poco que quedaba para el final de las vacaciones. Dani no deseaba mal alguno para ninguno de sus colegas, y no padecía por culpa de ellos la mayoría del tiempo. Hasta que llegaba uno de esos momentos… Momentos que no pasaron a proliferar más, pero sí a ser más molestos cada vez a medida que se iba a haciendo mayor.
Durante el paseo, por ejemplo, se cruzaron con dos chicas. Una de ellas era una antigua compañera del colegio de Dani. Se detuvo a hablar un momento con él. Los dos colegas de Dani se hicieron más o menos a un lado, igual que la amiga de ella.
–¿Como estás, Dani?
–No me va mal. ¿Cómo estás tú?
Etcétera.
A todo esto, los colegas de Dani pronto se comenzaron a impacientar sin motivo aparente. La palabra Danilín se hizo presente y luego se repitió. A lo que la amiga de Dani, pensando que esa era su auténtica identidad, se acabó despidiendo de él con un:
–Que te vaya bien, Danilín –, pronunciado sin ánimo alguno de ofensa.

Las salidas nocturnas y el alcohol parecían inevitables en el programa. Cada semana, viernes y sábado, Dani y sus amigos hacían la ronda habitual: cena, bar y discoteca.
Danilín por aquí y Danilín por allá, la palabra se fue pronunciando ya tanto en un contexto de cachondeo como cuando querían llamar su atención. Se había instalado, acompañada de ese halo de intención respecto a la idea de que Dani no era tanto Dani (o Danilín) como una mascota.
Es verdad que este proceso es recurrente. Hay quien podría decir que él se debería haber revelado con más energía, haberse aislado de sus amigos, o haber cortado con ellos si tanto le afectaban ciertos detalles. Porque a la gente se le da muy bien hablar cuando no se ven ellos mismos atrapados en según qué redes. El proceso había sido muy gradual, e incluía tanto a amigos de toda la vida como obviamente a los más recientes. Era, básicamente, su círculo social.
También habrá quien diga que todo eso no es para tanto; con el mismo tono de quien come caliente cada día mientras murmura con la boca llena que no hay que exagerar, que el mundo tampoco está tan jodido.
Cierto es que Dani no era en absoluto belicoso, y que odiaba las discusiones o los encontronazos. Pero tampoco se le podía acusar de no haber dicho la verdad o lo que sentía.

Con el tiempo, incluso cuando pasaba por casa de algún amigo, debido a alguna cena en grupo o festividad, celebración o tradición aparentemente inevitable, hasta los padres de sus amigos se comenzaron a referir a él como Danilín.
Pasados dos o tres años, la bola se había hecho mucho más grande, y estaba rellena de inercia. Ya nadie discutía que Dani no era Dani, sino Danilín. Incluso cuando alguien le llamaba Dani sin pensarlo mucho, llegaba a rectificar sobre la marcha rápidamente.
Debido a la inercia, al asentamiento no solo de la palabra sino de un concepto y un trato concretos, para Dani la idea de volver a sacar un día el tema y decir que por favor no le llamaran más así, cada vez le resultaba más absurda, algo que daría pie a muchas otras posibilidades de sibilina humillación bien vista y aceptada. Les imaginaba haciendo un esfuerzo por volver a llamarle Dani, entre risas mal contenidas, y por supuesto llamándole Danilín siempre que él no estuviera presente.
Ya no era una cuestión de cómo se llamaba, sino de que esa situación había retorcido la idea del respeto básico que se le debía. Si insistía con ese tema, daría la sensación de estar demandando alguna clase de trato especial. Imaginaba a todos reunidos cuando él no estuviera, susurrando:
–Cuidado, que ahora Danilín dice que no quiere que le llamemos así…
–Ji ji ji…
Porque la clave no radicaba en el hecho de que no usaran su nombre, ya no. La cuestión de los motes o deformaciones lingüísticas era inofensiva cuando había un mínimo acuerdo tácito entre quien nombrara y el nombrado. La clave era que Danilín no existía, y Dani se veía obligado a encajarse en un personaje que otros le habían impuesto, simplemente para que la situación no se agravara aún más.
Por más chocante que pudiera sonar, Dani hubiese preferido dar un poco de miedo a recibir menos respeto que la media.
Dani pensó que, debido a que era evidente que sus amigos habían estudiado carreras que no les apetecía estudiar e incluso algunos ya estaban en trabajos lejanos a cualquier cosa que les interesara, ellos también se sentían obligados a encajarse en personajes con los que estaban lejos de encontrarse cómodos. La diferencia era que ellos fracasaban en grupo, y Dani, para regocijo de todos, lo hacía en solitario.
Era una forma de ridiculización templada e “inconscientemente” calculada. Y además Dani también había estudiado informática, porque se suponía que era el futuro.
Pero así fue como fue el futuro, una guerra de “chicos listos”, de jerarquías dentro de otras jerarquías. Una bacanal de estigmas. Pequeños detalles, decían, te endulzaban la vida, y negaban los pequeños detalles que te la consumían.

Un día Dani conoció a una chica. Comenzó a salir con esa chica y también a evitar encontrarse con sus amigos. Una cosa era sentirse mascota “solo” y otra muy distinta que la chica que te gustaba estuviera presente. Porque lo sabía, sabía que volvería a escuchar la palabra Danilín, y no sabía cómo demonios reaccionar estando ella delante. ¿Se suponía que lo tenía que normalizar? Le ridiculizarían a él, y también a ella por defecto. No lo parecería al principio, quizá, pero otra vez una Idea envenenada comenzaría crecer. Se le vería a él en la cara. Ella interpretaría que él no había sido lo suficientemente firme ni tan siquiera para que no le llamaran de una forma que no quería. Puede que incluso concluyera que él no tenía la culpa y que sus amigos eran más estúpidos y dañinos en el fondo de lo que ellos creían; pero a su vez, seguramente decidiría que Dani no era la clase de chico que ella creía que era, o que ella buscaba. Es decir, alguien medianamente decidido y seguro de sí mismo, y con defectos, pero a lo sumo entrañables, o como mínimo soportables. Daría igual que él hubiese sido más él mismo con ella de lo que lo había sido con sus amigos (básicamente porque en parte no le habían dejado). Estaba bastante seguro de que todo se iría al garete si decidía presentar a la que se estaba convirtiendo en su novia, a sus supuestos amigos.

Un domingo hubo una barbacoa. En las últimas semanas Dani había visto sólo puntualmente a sus colegas, siempre que su chica no pudiese quedar con él. La barbacoa se celebraba en el jardín de un amigo, y sus padres estaban presentes. Se producía cierto fenómeno también recurrente. Eran chicos y chicas de veintipocos años, pero también había algunos de veinticinco y veintiséis. Parejas que ya llevaban hasta cuatro y cinco años juntas. Se podía decir que, lejos de la típica reunión entre chavales de dieciocho, en la que los padres no solían pintar nada y no estaban en absoluto invitados, aquí su presencia era bienvenida, era una forma de acentuar ese Mundo Adulto. Los papás veteranos se mostraban serviciales y hacían bromas sobre una futura paternidad o maternidad a las parejas presentes, las cuales las sabían encajar con elegancia y abrumadora «madurez». Estaban todos, digamos, «en la zona», nadie tenía planes distintos. Y todos tenían nuevamente un centro de la diana (aun conformada por todos los presentes): Dani; en el forzado papel de: Danilín.
–¿Te has echado una novia, Danilín?
–No se te ve el pelo, Danilín…
–Venga, confiesa, Danilín…
–Come más, Danilín.
–¿Vienes luego a cenar, Danilín, o ya has quedado…?
Estas comidas y reuniones se solían alargar, cualquier “avance” resultaba agotador para Dani. Replicar o tomar partido en la conversación incluía tragar saliva después de haber escuchado cómo volvían a referirse a él como si fuera (así lo sentía) un puñetero muñeco de feria.
De algún modo, y con varias cervezas en el cuerpo, Dani reconoció que estaba saliendo con alguien. La reacción de todos fue medidamente respetuosa (es decir, artificialmente respetuosa), y le animaron a traer un día a la chica para poder conocerla.
Dani, finalmente, asintió y dijo que vale, fingiendo una confianza y seguridad que sólo podía interpretar Danilín, el capullín del grupo que sabía cómo tragar, y también que para nada sus amigos eran malintencionados.
¿Cómo podían serlo? Todos con sus estudios y sus vidas ordenadas, todos tan ingeniosos, ocupados, sociables. Venga, podía fiarse de ellos, no era para tanto, ¿verdad? Coño, había gente así por todas partes, el Mundo los llevaba por colonia. ¡Tendrían hijos! Dani perdía la partida contra Danilín, pero, ¿tan malo podía ser eso?

Pasó una semana. Una tarde en una terraza, Dani y su novia esperaban con sendos cafés. Tenían que venir tres colegas de Dani con sus respectivas novias, las cuales obviamente también llamaban Danilín a Dani, y de hecho algunas nunca le habían conocido como Dani. Dani ni tan siquiera estaba ya tenso o nervioso. Como siempre que tenía una cita o encuentro o entrevista importantes, le daba la sensación de haber gastado los nervios días antes, y cuando llegaba el momento, se sentía extrañamente relajado. Era el día en que sus colegas conocerían a su novia. No todos, pero sí los importantes. Ya ni tan siquiera recordaba quién le llamó Danilín por primera vez, ni por qué eso hizo tanta gracia como para perpetuarse. No fue el otro Dani, de eso estaba seguro; pero de lo que sí estaba seguro ya, era de que no importaba quién dijo qué. Sólo importaba que los gilipollas seguían hablando, nunca se callaban, y la vida les recompensaba por ello. No pagaban karma, más bien tenían unos ingresos respetables y una existencia razonablemente plácida. Absolutamente inconscientes del daño que pudiesen hacer a su alrededor. Y mucho menos del daño que pudieran hacer como seres humanos al mundo, claro. Ellos existían, arrugaban el ceño, sonreían y jamás filosofaban. Puede que fueran mediocres, pero lo eran al unísono, y eso era lo único que necesitaban. Si les jodía madrugar o hacer lo que fuere, se las arreglaban para bufar con desespero (en realidad presumían sutilmente), a la vez que añadían determinados archivos adjuntos a ese bufido: este bufido significa que me merezco cualquier cosa buena que me pase, y que puedo desahogarme, y que tengo derecho a sentirme superior a ti si aprobé un examen más que tú o si tú te estás pudriendo en un curro de bajo perfil o eres menos popular que yo; pero no te atrevas a acusarme, mi pose es perfecta, mis argumentos son pacifistas, me muestro comprensivo y jamás levanto la voz. Así que no me jodas; y si quieres el mismo respeto, deberás ser la misma persona.
–¡Qué tal, Danilín!
Esa fue la primera frase que se pronunció en grupo. Las tres parejas llegaron juntas. Hubo las presentaciones pertinentes, se pidieron los pertinentes cafés al camarero, y luego aconteció la tertulia pertinente trufada de “Danilines” por todas partes, la cual se hizo eterna, casi masticable. El “Danilín” se pronunciaba incluso cuando no hacía ninguna falta. Su chica no decía nada al respecto. Dani tuvo la sensación de que sus colegas le estaban reivindicando hasta cierto punto como su mascota. La suya, y no la de esa chica nueva. Esto era muy sutil, pero Dani ya tenía un olfato casi sobrenatural para oler la mierda que al parecer casi nadie detectaba en las relaciones, ya fuesen de amistad o de pareja. Dani les hacía más gracia solo que con novia. El hecho de que tuviera novia le otorgaba una independencia poco propia de una mascota. Hacía que Dani le comiera algo de terreno a Danilín, y eso no era bueno, porque Danilín cumplía con un papel importante en la jerarquía del grupo de amigos. Danilín, aunque no oficialmente, era el centro de la diana, la papelera, el comodín, el retrete. El que tuviera una chica no molaba, no aún al menos, y esa tarde en esa terraza el asunto quedó claro.
Su novia, después de unas semanas más con él, acabó cortando. Lo hizo sin alegar nada concreto, lo cual aún resultó más hiriente, porque daba a entender que el motivo era demasiado evidente como para sacarlo a colación; y tampoco era sencillo de explicar.

Danilín se volvió a hacer fuerte, y Dani se sumió en un estado de letargo; de hecho, el estado que a su entorno más parecía complacerle. Cumplía en su primer trabajo sin quejarse nunca, quedaba con sus amigos cuando ellos querían y donde ellos querían. Soportaba sus actitudes calculadamente inofensivas, pero puntualmente altivas y ocasionalmente insultantes. Eran imperfectos como él, ¿qué iba a hacer? Lo que haría sería lo que todos: ir tirando, aceptar las cartas que le habían tocado.
Hacía horas extras que no cobraba. Era una especie de becario; pero ¿qué más podía exigir Danilín que ser un becario? Ya llevaba años siendo el becario en la Empresa de su vida; no solo eso, sino que parecía ser un becario de segunda categoría, uno de esos que pagan por currar con la excusa impuesta de adquirir experiencia.
Ya no pensaba en lo que pensaba tanto antes respecto a sus amigos como falsos amigos: en que hay una diferencia abismal entre los «buenos chicos» y los chicos buenos.
No tenía ganas de conocer a otra gente, y si quedaba con alguna chica (algo raro) era una mera cuestión de sexo. En cierta forma se convirtió en víctima y a la vez depredador.
No está claro en qué estado de ánimo estaba cuando tomó su última decisión (probablemente ninguno), pero fue tan solo un año y medio después de que su novia cortara con él.
Desde fuera, nadie podía decir que le fuera tan mal; tenía techo, comida, ropa, un trabajo, amigos y hasta algo de dinero. Tenía fines de semana y vacaciones y navidades y festivos. Tenía ocasión de viajar, fue a bastantes sitios, aunque en cierta forma fuese Danilín en lugar de él.
Pero, qué tragedia, ¿verdad? Tan joven…
Sus colegas caminaban entre nichos y se miraban afectados. Los lloros de su madre se oían algo más adelante. La mujer no entendía nada. El padre sólo procuraba mantener en pie a la familia.
Al paso de los días, los amigos se reunían en cafeterías, y recordaban anécdotas de Danilín.
–¿Os acordáis cuando Danilín dijo que ni muerto quería ir a la cena de nochevieja?
–Pero qué has hecho, Danilín…
–Joder, Danilín…
–Ya te vale, Danilín.

buen

La puesta en escena del crimen

Ahí estaba, tenía aspecto de quedarse calvo en unos años. No es que tuviera muchas entradas, pero se parecía a esas fotos de cuando eran jóvenes los que se quedan calvos. No es bueno decir cosas así en voz alta, y no porque puedas equivocarte. En este caso el tipo ya estaba muerto, su cabeza sobre un charco de sangre en forma de grotesca aureola. Su madre (no había forma de echarla de allí) se estaba poniendo perdida llorando sobre él. No debía llegar a los treinta años (él, no la madre), e iba vestido de tener un alto cargo o de buscar trabajo mientras das demasiada importancia a tu aspecto para las entrevistas. En la pared había unas gotitas de sangre minúsculas, propias de golpes contundentes con un bate o algo tan contundente como un bate. Un bate o similar blandido por alguien con una fuerza desmedida.
Alguien (un poli o alguien del equipo científico) se fue a vomitar.
Entraba un agradable sol de media mañana por la ventana de la estancia. Cosas pequeñas, algunas orgánicas, acababan en bolsitas de plástico o tubos como pruebas. Se hacían fotografías. Un chiste susurrado quedó flotando en el vacío y luego se desvaneció; no está claro si la madre lo escuchó. Se interrogaba a una mujer que vivía dos pisos más abajo; decía que no había visto nada, pero no dejaba de hablar. Las motas de polvo flotaban a contraluz natural y se posaban sobre el cadáver; era un día más a cierto nivel. Para cuando consiguieron despegar a la madre de su cría muerta, se rumoreó que el muchacho había ido a visitarla, y se había topado con alguien indeterminado, ya huido, poseedor de una fuerza desmedida. Algunos vecinos se agolpaban a la entrada del piso. Estaban vivos, ellos sí, y por fin algo había quebrado sus rutinas. Aún mejor: algo terrible, una tragedia; cercana pero que no les afectaba a ellos. La era moderna en el propio bloque de pisos. Aleluya.

Una de las mesas de la cafetería de abajo, en el mismo bloque, la ocuparon luego un par de tíos que se suponía debían investigar el caso, o que al menos habían estado presentes arriba en la escena del crimen. Uno de los dos incluso llevaba una gabardina.
Tres mesas más allá había un hombre corpulento, se zampaba un bocadillo grasiento, ya era mediodía. El único camarero estaba tras la barra. Su cara parecía haber perdido todo atisbo de color, sus ojos miraban al frente como platos, cegados, sin ver nada, a la espera, ahítos en cierto modo. El tío del bocadillo comía como si alimentarse consistiera en intentar que los demás a tu alrededor dejaran de hacerlo. Los dedos grasientos, el aceite goteando, un deglutir viscoso, ruidoso, pegajoso, repugnante. Se lamía y sorbía las yemas de los dedos, un sonido de succión. Era como si más que comerse el bocadillo le estuviera haciendo sexo oral. No era tanto alimentarse como excretar hacia dentro.
Se suponía que había que interrogar a toda la gente del bloque, incluido el camarero, de modo que los dos tipos se levantaron después de apurar sus cafés, y le enseñaron alguna clase de documentación y le hicieron varias preguntas de protocolo. A lo que el hombre intentaba señalarles con los ojos al devorador tóxico de bocadillos. Uno de los dos investigadores se volvió un momento hacia él. En el suelo, bajo la mesa junto al tío, y aunque pegado a la pared, había un palo de madera, irregular, vagamente rectangular, grueso, como arrancado de una estructura mayor. Estaba manchado de rojo en un extremo, al estilo Pollock; se estaba secando, y que era evidente que desprendía cierta clase de olor.
Vaya.
Cuando este detective lo vio, no le dio un codazo a su compañero. Pagaron los cafés y salieron con brío del local.
No se lo dijo a su compañero por temor a que quisiera hacer algo al respecto. Lo cual alargaría la jornada, un infierno de papeleos y procedimiento policial, lidiar con la burocracia y aguantar algún espectáculo melodramático de barrio paseando al tarado esposado. Y eso en el mejor de los casos. El tío era corpulento y grande, una mole; podía resistirse, no sería tan raro que ellos acabaran como el cadáver que se había levantado hacia pocos minutos. ¿Llamar refuerzos?, era una opción, pero seguía estropeando el día. Nuestro detective, con su secreto, miró hacia el cielo y respiró hondo, la luz del sol en la cara resultaba agradable, había casos más tranquilos en los que trabajar, pero sobre todo casos más emocionantes, relevantes. Ambos fumaron sendos cigarrillos, fueron adonde habían aparcado el coche, arrancaron. Se dirigieron al ayuntamiento.

agua

El aburrimiento del terrorista

Las cosas iban bastante bien. Quién lo iba a decir. Había un equilibrio entre lo místico y lo material, espiritualidad en consonancia con el materialismo. El lenguaje se había ampliado y los eternos rivales se habían difuminado. Ya nadie reclamaba en favor del diálogo porque el diálogo ya se había instalado. Las balas ya no servían para cargar nada, los -ismos sufrían su mayor crisis de credibilidad de la Historia. Dios era tan sólo esperanza y agradable inexactitud. El colegio ya no era un bache, el trabajo dejó de ser un mal necesario. Llamarlo relativa calma era exagerar para mal. La gente no te señalaba ni juzgaba, usaba y respetaba siempre tu nombre (identidad) y no intentaba hacer daño ni con la verdad ni en la mentira. El pueblo gobernaba y cada vez primaba más el reparto justo. Una pelea puntual se solucionaba con una posterior “fiesta” constructiva. Se respetaba el silencio y se producía ruido mayormente en consonancia con los latidos del alma. Ya casi nada era cuadriculado, y las generaciones nocivas habían muerto.
Aun así, expuesto de esta manera, suena peor de lo que parece.
Todo lo cual nos traía una nueva crisis potencial, a la que no solo se bautizó (esto era el inicio de lo alarmante), sino que comenzó a filtrarse en la individualidad de las personas. Era el aburrimiento del terrorista.
El fundador del movimiento se sentó un día frente a un escritorio, y tomó una decisión. La única opción para atraer una nueva crisis, parecía tener que ver con la filtración de un nuevo un virus en el lenguaje. Y ni siquiera era nuevo; pero había que confiar en una falsa novedosa piedra con la que el ser humano tuviese la oportunidad de tropezar una y mil veces.
El ilusionado terrorista, en acuerdo con otros en su misma situación –que ya hacía un tiempo no podían desarrollar su vocación–, comenzó a apuntar palabras en una libreta:
Extremouncionistas.
Infrateóricos.
Acarecionidos.
Neocarecionidos.
Interacionistas.
Peralenacionistas.
Lo tenía que revisar después. Tenía que procurar que las marcas, pensadas para el reconocimiento de futuros colectivos, no existieran ya.
Palapecionistas.
Neopalapecionistas.
Y así hasta tener unas cincuenta.
No parecía un plan fácil, pero el terrorista aburrido sabía que las redes sociales y los medios echarían un cable. Sólo había que concretar las causas y los efectos, y pronto irían surgiendo los bandos. Las personas se irían olvidando de nuevo de sí mismas y el respeto por defecto hacia los demás, y el mundo se volvería de nuevo belicoso. Resurgiría de sus cenizas la Etiqueta como Dios moderno, y más pronto que tarde se paliaría el aburrimiento del terrorista.

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Un paseo romántico por Chernobyl

No está tan mal a veces que anochezca pronto y deje de hacer calor. Si estás en una avenida o calle amplia puedes ver los faros de los coches, un océano de destellos, las luces de los semáforos, cómo todo parpadea y cambia, discos luminosos, y cómo se forma una suerte de bruma, quizá mierda, contaminación, pero bruma al fin y al cabo, la misma acentuando la escala cromática y… y así puedes seguir un rato… Siempre que vayas a pie, claro está. Siempre que seas lo que llaman un romántico. Lo que pasa es que la forma en que la gente suele usar las palabras a menudo deja mucho que desear; puede que lo que llaman un romántico no sea más que alguien moderadamente vivo; o lo que es lo mismo: mucho más vivo que ellos. Cuando eres feliz es cuando te sientes presente en el momento y puedes saborear lo que tienes a tu alrededor; pero generalmente se han encargado de que eso no dé dinero. Eso despierta la curiosidad, y cualquier industria, incluso la farmacéutica, te dirá que la curiosidad es más mala que el cáncer. Investigar es una pésima idea, porque podrías descubrirte a ti mismo. ¿Y no queremos eso, verdad? No no no, eso no paga el alquiler. ¿Ves a ese señor, cariño?, ve, agáchate, haz lo que tienes que hacer y luego da las gracias.
Y no pasees. ¡No te entretengas!
La gente nace y crece y se la somete (o se dejan someter tal y como les enseñan), hacen todo lo que les dicen y evitan pensar más de la cuenta. Luego toman las decisiones que otros les han dicho que tomen, la sociedad les da mil mecanismos interesados de razonamiento para justificar ese comportamiento, y se auto-convencen de que hacen lo correcto. Y después, cuando están mal –cuando algo no les cuadra, cuando son infelices, están hartos, etc.– aseguran que el problema son cosas como que aún es lunes…
Es que es lunes, y claro…
Y ni siquiera es lunes, «lunes» sólo es una palabra; simplemente es de noche o de día y estás tú, aunque generalmente ni siquiera eres tú, eres algún otro tío que te han metido dentro, y que cree que ser uno mismo es tener varias tarjetas de crédito, eso y una escaleta de contenidos poco imaginativa hasta que la espiches.
Te paras frente a un escaparate a ver anhelante todas esas cosas que no puedes comprar, porque aún te quedan trazas de lo que llaman buen chico. Cuando sigues, por fin la tía buena te ha adelantado y puedes echar un vistazo. No es que importe la ciudad, qué ciudad sea, quiero decir. La gente suele viajar para buscar cambios, y a veces es como comprar un billete de avión para ver si así te desaparece el tumor cerebral. Es una huida hacia delante, algo que ya casi podría ser deporte olímpico, uno con sobresaturación de récords, un marcador cambiante cada pocas décimas de segundo.
Cuando entras en el edificio más adelante, el material está, ahí, y sólo tienes que hacer lo que has ido a hacer, aunque sea casi a oscuras. Cuando sales, la sede central del banco te mira desde arriba, como siempre lo ha hecho, aunque ahora es distinto: es como si supiera que has estado en sus tripas…
Y entonces comienzas a remontar una cuesta. Hay un lugar ya cercano a las afueras desde el que puedes ver el atardecer. O casi; hay una casa fea que tapa parte de las vistas, junto a unos pisos horribles. Pero el sitio no está mal. Cuando caminas un poco, ya superada la cuesta, llegas a una zona de casas de juguete reales, con jardines y casi hasta minas. Está todo lleno de avisos de alarma. Te da cosa hasta de tocar los portones que dan a los garajes privados. De tanto en tanto se oye un perro. Te diriges a la casa habitual. Es igual que las otras pero con problemas. Lo cual se traduce en una mujer sola cuyo marido es lo suficientemente confiado; o quizá simplemente se dedique a follar por ahí en Viaje de Negocios (entrecomillado o no). Con lo cual, su mujer no necesita irse a ningún sitio para tal cosa. No tienen hijos y, al menos cuando tú vas, tampoco muchas fotos familiares. Ahora que lo pienso, quizá sí tengan hijos… Como sea, no es asunto tuyo. Tú sólo pones los genitales en esa historia. Quizá sea una historia triste, pero puede que así vengan más a cuento los orgasmos. Antes he dicho que, a diferencia de las otras, era una casa con problemas; más bien quería decir que tú crees que las otras no los tienen; lo cual no debe ser más que un mecanismo de defensa para creer en un mundo mejor… O puede que tampoco fuera un mundo mejor, simplemente más rígido, aceptado.
Es igual.
Te sorprende el hecho de que a ella no le importe si te ve merodear por el barrio algún vecino; ni siquiera le preocupa que te vean entrar en la casa. Y no hay gato encerrado, no le importa y eso es todo. He aquí a una mujer libre, pensaste una vez; luego esa sensación se te pasó.
Es después cuando todo resulta raro. Nunca es un buen momento para vestirse, y esperar demasiado tampoco parece apropiado. Es lo malo del sexo, por si solo –y si no ha habido dinero de por medio– da pie a un escenario en el que no sabes actuar, ni aun sabiendo que esa mujer no va a querer contactarte para otra cosa. No le quieres preguntar nada y preferirías que ella tampoco lo hiciera. Tampoco quieres resultar muy simpático, ni mucho menos tierno o gracioso o atractivo en modo alguno: sólo funcional.
Lo cierto es que luego, cuando vuelves a estar en a calle, sientes bastante alivio. Puedes dejar de actuar para no parecer que quieres actuar para parecer un buen partido, o algo así. Porque, además, no es que ella te saque veinte años. Ya pasó la época en que eras el jovencito. Ya no haces gracia a nadie por el mero hecho de parecer inexperto o ser muy espabilado para tu edad. No es que en la edad adulta la gente no encuentre otras formas de humillarte o de no tomarte en serio, pero cuando eras joven al menos tenías el consuelo de serlo, y de que un día nadie te pondría un mote ni se reiría de ti ni te daría lecciones de mierda. Pero la verdad es que eso nunca deja de pasar del todo. La energía de los gilipollas tampoco se destruye jamás, sólo se transforma, para siempre.
Cada vez sueñas menos con el penacho de humo, o con la crisis nuclear. O con terremotos, aunque la verdad es que los terremotos no son muy de tu agrado; es divertido verlos por YouTube, como mucho. La crisis nuclear es como una jodienda fantasma; puede matarte en el momento o hacer que merodees como un muerto el resto de tu vida; o puede provocar tu muerte a muy largo plazo. Es difícil hacer un cálculo de daños, o una relación de las distintas desgracias potenciales. En el amplio radio de acción (y esto también es propio de las bombas atómicas), puede que muchos no mueran rápido, pero pueden enfermar para siempre (y «siempre» pueden ser dos semanas o varios años). Es un poco como cuando ibas al colegio. Allí te explotaba la bomba normativa en la cara, y luego curarte la puñetera cabeza era/es harto complicado. Imagina un nivel de exposición a la radiación que durara veinte o más años. Es muy jodido recuperarse de eso. Y de hecho la mayoría de gente no lo hace. Optan por lucir su enfermedad con orgullo. De esta forma, a veces, la idea de una bomba atómica, literal, cayendo en medio de la ciudad, hace que te sientas un poco mejor. Sólo son fantasías, por supuesto, pero imaginar a la misma gente que normalmente finge sin poder fingir ya de modo alguno… Creo que no se refieren a esto cuando hablan de los pequeños placeres de la vida. Mientras paseas no sueles fantasear, porque de todas formas, en el fondo no le deseas mal nadie. Como mucho alguna venérea o un resbalón no terminal en la ducha.
Das un par de vueltas por el barrio pijo, no te apetece salir huyendo. Hay un parque de grandes montículos, con árboles y césped bien cuidado, algo húmedo. Hay algunos bancos de los de sentarse. Eliges uno con lo que consideras buenas vistas. Y fumas. Si eres lo suficientemente irresponsable para los parámetros establecidos, el cigarro es una buena unidad de tiempo. Cinco minutos más o menos, mientras sigue sin pasar nada, o mientras todo pasa en tu cabeza. No siempre es así, o no para todos, pero en tu caso hay una chica. No es que esté contigo, nunca lo estuvo realmente. Pero sigue siendo la única importante, aunque sepas que para ella seguramente ya eres una época pasada. Esto no es romántico, o lo es, pero de un modo desagradable. Como no tienes dinero, no puedes calzarte unos cascos para ir por ahí; pero con el tiempo aprendes a coger cariño a los ruidos de la ciudad, y sobre todo al silencio espontáneo. En el parque, la luz tenue de las farolas, ahora equipadas con ese rollo del bajo consumo; te ciegan si las miras directamente, pero no iluminan demasiado si miras hacia otro lado. Ella sigue apareciendo cada día por tu cabeza, CADA DÍA, y ni quieres calcular desde cuándo hace que eso pasa. Es como una mala canción que tú mismo escribiste. Y procuras no toparte con los seres positivos que creen que en la vida todo va de alargar el brazo y coger lo que quieres, incluso aunque tengan parte de razón.
Te alejas del barrio pijo. Ya siendo noche cerrada, pero aún siendo para nada una hora nocturna, todo brilla aún más que antes, todo como joyas baratas, todo llamadas para el consumo, nada aparece en tu encuadre de forma arbitraria. Ni siquiera las luces de navidad se salvan. Tienes que verlo como parte del paisaje, rehuir lo artificial del asunto; si has podido convertir el telediario en un entretenimiento, también podrás con esto. Es lo malo de despegarte ciertas etiquetas, que acercarte a la verdad es como hacerte pequeños cortes en las muñecas. Luego, cuando la gente te pregunta por las heridas, no tienes ninguna respuesta que puedan entender, mientras sujetan ese par de bolsas elegantes de la compra inherentes a ellos. Algo increíble que se ha conseguido, es que la mayoría de gente siga haciendo ciertas cosas incluso a sabiendas de que están eliminando así el libre albedrío, sabiendo que estigmatizan a quienes no las hacen, incluso sabiendo que las hacen sólo porque se sienten obligados, sin ningún motivo de peso. Comprar gilipolleces, salir determinadas noches, decir memeces, rajar. La madurez moderna es tan sólida como un diamante, pero como uno de los de verdad, de los de haber cavado túneles, de verdad… y a la vez falso. Como dedicar un esfuerzo descomunal sólo en pos de la apariencia, mientras los diamantes reales, los que se consiguen desde la honestidad, algunos de ellos abstractos, siguen en su mayoría muertos de asco, juzgando, ellos sí con razón, a la humanidad.
Ya no es moderno meterse con la navidad o similares, y ése ha sido suficiente motivo para que muchos dejen de hacerlo. Tu discurso ha de ser gracioso, irónico, o al menos sarcástico, y muchas bromas tienen fecha de caducidad. Cualquier hijo de puta que fume puros lo sabe. La gente se acaba cansando de darle vueltas; y luego, como no se les ocurre qué más hacer, vuelven a hacer colas para comprar. Otra vez Julieta despierta y Romeo está muerto.
La señora que de repente parece querer hablar contigo, te mira como si fueras a recoger a alguien. Creo que no le cuadra que no vayas en coche. No entiende tu aspecto, demasiado suelto. Es el aspecto que llevas más o menos todo el año, que es el de vestirte y salir de casa, con más o menos ropa según el frío que haga, sin un criterio marcado. Creo que no tener criterio tiene sus ventajas para ti. Te ahorras un montón de complementos que no necesitas: bolsos, bufandas, guantes, todo tipo de prendas y cosas que la gente deja como equipaje de a diario encima de las mesas de las cafeterías, porque supongo así deben sentirse adultos poseedores de las pruebas que lo refutan. Tú llevas cartera y tabaco y llaves y mechero, y todo te cabe cómodamente en los bolsillos. Es cierto que con esa actitud no puedes fardar de fular o bolso bonito, pero de igual forma que en verano puedes correr detrás del bus por no ponerte nunca chanclas, en invierno un carterista lo tiene el triple de complicado contigo. De modo que la señora, junto a un portal, que parece que te va a decir algo, finalmente se decide, a pesar de no poder hacerse una idea de tus posesiones o ingresos por cómo vas por la calle.
–¿Tú eres el chico que viene aquí al tercero? Soy la del segundo primera.
Estás muy lejos de donde vives, la señora te debe confundir con alguien. Intentas hablar, pero la señora dice:
–¿Eres el novio de M.? –En realidad dice el nombre completo, y coincide con el de ya sabes quién. Y eso te paraliza más tiempo del que luego recordarás.
Miras alrededor un momento, y después no eres capaz de volver a localizar a la mujer. Piensas que se ha metido en el portal. Lo agradeces, ya que estabas a punto de contestar alguna incoherencia, algo como:
–No, pero conozco a alguien que se llama igual.
Y que vive en otra ciudad, y que en estas fechas posiblemente esté en el extranjero, y que básicamente forma parte casi de otro estrato social, aunque no sea por el dinero.
Lo que sucede luego entra dentro del grupo de anécdotas que no debes contar, al menos para pasar por alguien racional. Y es que del mismo portal, ante el que sigues estúpidamente paralizado, se dispone a salir un grupo de personas, una comitiva familiar. Ahora ya sí está encendida la luz de la escalera. ¿La otra señora habría subido a oscuras?, piensas. ¿Es el día de navidad?, te preguntas luego. Salen dos parejas de mediana edad y otra algo más joven.
Y la chica es ELLA.
Aunque tu mente te dice que te muevas, los músculos se han ido a beber champán. Te miran y les miras. Y solo te conoce ella. Tú no conoces al tío que va con ella, que te echa un vistazo de arriba abajo. Ella está visiblemente incómoda, pero te saluda con firmeza, hasta sonríe. Ha de ser el puñetero día de navidad, piensas, está aquí por eso, para comer en casa de alguien, de los padres de su novio, todo ese rollo. Y como suele pasar, la comida empieza y no sabes cuándo acabará.
Balbuceas y piensas en algo que decir. La señora, la vecina, de eso vas a hablar, pero no puedes decir lo que ha dicho. Es evidente que te ha de haber confundido con ese idiota que va con ella, que lleva más dinero encima en prendas del que gastas tú en tabaco en todo un año. Dices cosas desordenadamente; y dices también:
–Creo que me ha dicho que era la del segundo primera.
Es en ese momento es cuando empiezan las bromas, aunque se apagan pronto. Después de que el novio de ella (lo presenta como novio, no hay lugar para la confusión) te dice que la del segundo primera lleva muerta dos años, pierdes el hilo de la conversación, del día, la vida, la existencia y el espacio. Ves líneas rojas expandiéndose por el mapamundi como una infección.
Ante tu pasmo, el chaval, recolocándose todos sus complementos, levanta una ceja que parece decir: «El victimismo elaborado es tan de los 90…». Ella, quizá para romper el hielo (más bien el iceberg), te dice que se ha cambiado el número de teléfono, y se dispone a dártelo. No miras al tipo en ese momento; la otras dos parejas son paja. Comienzas a hacer cálculos, no sabes cuánto tiempo tienes si decides volver a la sede y desactivar los explosivos.

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Tomates de ciudad

Alguien estaba preocupado por los exámenes de fin de curso. La máquina de la cafetería de alguna esquina en algún lugar, sonaba como una especie de animal extinto. Una biblioteca en tarde de viernes cobijaba a los alumnos más engañados (sólo unos pocos, con el tiempo, se desengañarían). La habitación de alguna chica de quince años estaba vacía, y una mosca se posaba sobre un libro de texto exasperante. Un bosque ardía, pero aún quedaba una hora para la primera llamada a los bomberos. Las farolas en la calle repartían la luz en la niebla propia de un atardecer tranquilo, y a la vez hostil. Los padres de alguien decían en voz alta que su hijo tendría cierta consola sólo con «todo notables o excelentes»; el hijo estaba delante, sus tíos presentes. Un hombre de mediana edad asentía en una terraza ante una chica que consideraba guapa, y mentía aun diciendo toda la verdad. Un móvil sonaba, un móvil sonaba, un móvil sonaba; por todos lados. Ruidos de distinta índole montaban su orgía en la ciudad, y aun así pasaban la mayoría inadvertidos. Un cadáver caminaba por la calle, y se cruzaba con muchos otros de su especie, y todos estaban muy atareados; cabezas desconocidas aprobaban con vehemencia ese comportamiento. Un poquito bastaba; un poquito más y ya eras inmortal. Lo ponía en el papel. Entregabas tu corazón a cambio de los considerados sentimientos reales. Un asesino en serie descansaba sobre su catre de soltero a tres años de cometer su primer homicidio; seis años más tarde un compañero de celda le preguntaría: «¿puedo probar tu catre?». Un chico le decía a su novia que no importaba que se fuera de erasmus; no quedaba claro si se iba él o ella; y eso tampoco importaba. Alguien olía muy bien mientras hacía los preparativos de su boda; por la noche decidió no borrar ciertas fotos de su ordenador. Un tipo de unos cincuenta años (era difícil verle en la oscuridad) cavaba un agujero junto a un fardo. Un idiota, un estúpido redomado, gilipollas, un mamonazo, alguien realmente cruel, ignorante y dañino con quien jamás querrías intercambiar el saludo, depositó su voto en la urna. Un butanero pilló a su mujer follando con un oficinista amargado de currículum impecable. Se formó un pequeño tornado en un descampado a medio camino entre ciudades, nadie lo vio o pronosticó. Un pupitre era receptor de su vigésimo chicle enganchado durante una clase. Una familia se sentaba a comer, la tele puesta con el volumen bajo; el más pequeño preguntó por qué estaban todos tan serios. Alguien se aguantaba la risa mientras “argumentaba” por qué hacía lo que hacía. Alguien muy seguro de saber, él sí, por qué hacía lo que hacía, procuraba evitar el tema. Alguien hacía la pregunta equivocada, un niño la respondía correctamente y era felicitado. Una mujer mezquina se quedaba embarazada adrede. Un portero de discoteca miraba el reloj, la chica que le gustaba entraba con compañía masculina (un abogado) media hora después. El sol salía, el sol salía, el sol salía; todos se quejaban sonrientes. Y el sol volvía a salir. Alguien con poder firmaba un ambiguo documento. Alguien dejaba de leer la letra pequeña. Un día ni tan siquiera había letra pequeña. Un chico se avergonzaba de tener el mismo móvil desde hacía tres años. Una pareja de turismo se iba a hacer una foto cerca de un acantilado; dos días después alguien le preguntó a ella después del entierro: «¿quieres que te llevemos a casa?». Un perro muerto cruzó la calle –dijo una chica– justo cuando pasaba un coche; ¿perdona?, murmuró alguien. La casa se nos queda pequeña, le dijo una embarazada a su marido con las luces apagadas, ya los dos en la cama; en el jardín ladraba el perro aún vivo. Un semáforo no funcionó durante dos días; un chico le dijo a su novia: «no quiero que sigas conmigo, así no». Tembló un poco la tierra en el centro, las señoras salían escopeteadas de las tiendas de ropa. Un señor de edad indeterminada fumaba esperando a su mujer junto a la puerta de una (peluquería) discoteca. Un escritor redactaba; un poeta escribía; uno de los dos vendía. Un hombre de unos treinta y dos años le recitaba sus logros oficiales a otro en un despacho, reafirmando virtudes propias e intentando ganárselo; ninguno de los dos era gay. Un modelo de conducta de veintipocos años seguía haciendo la maleta en algún sitio. Algún otro muriendo, claro. Algún otro practicando la muerte junto a hordas, los paseantes de Romero en la vida real; redundantes, insistentes, pobres incluso cuando tenían mucho dinero. Una chica con el tío equivocado a sabiendas que está con el tío equivocado; esperan un tren. Más muertos. El sol otra vez, siempre engañoso. Y gente comprando lotería. Una manifestación puntual, ¿la ves?, que habitualmente iba hacia la luz como Caroline. Una habitación de hospital con una cama de hospital y un cuerpo de hospital, casado pero enamorado de la enfermera. Un follón por el fútbol. Otra vez otra mosca se posa en otra mierda. Un chica llega a casa y entra en su habitación y maldice al ver el libro de mates. Un fragmento de meteorito cae en zona deshabitada. Un astronauta en una estación espacial concluye que sólo ha huido. Un carrito de bebé con doble fondo para ocultar cocaína; una pizarra para domesticar (fabricar) a futuros drogatas y camellos. Un principio de venta y consumo; un principio como final. Un yonqui de cara afilada babeando sobre una prostituta. Alguien contaba billetes en el despacho de un concejal. Otro vomitaba en la parte trasera de un restaurante. Alguien reía con restos de comida entre los dientes. La madre de un tal Alfredo sacaba un álbum de fotos delante de la novia del tal Alfredo. Un universitario volvía a contestar correctamente a otra pregunta equivocada. Un bebé era un como una mascota para alguien. Un piso era como un museo. Otro bebé era como un peluche. Otro peluche animaba a alguien a comprar un perro. Un tipo confuso comenzó contestar con lo memorizado el día anterior. Un accidente de tráfico. Un suicida que sólo había hecho que trabajar. Una ama de casa que no quería ser ama y prácticamente tampoco casa. Otro capullo forrado haciendo daño sólo por inercia. Desubicados acabando de rebote en la enseñanza. Otro diciendo que en realidad todo mejora en el mundo, y a quien casualmente le va de fábula. Otro dentro de un contenedor sin decir nada. Un tío que se autodeclara feminista cuando hay mujeres delante. El siguiente chico listo de malas notas oyendo a Thom Yorke cantar: When I am king, you will be first against the wall, y mirando luego a su padre por “inercia”. Un cuenco de frutas y verduras con muy buena pinta en medio de la gran ciudad; y alguien parte un tomate, y tiene que pegar la nariz, se amorra casi literalmente en una de las dos mitades para lograr detectar un mínimo aroma.

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Avistamientos Lolita

Bienvenidos una vez más a la sección clave de esta revista. Ya sabéis, esta es la sección en la que podéis desfogaros. Por la que todos los miembros de la redacción nos reunimos y discutimos para poder contestaros, aplacar vuestros miedos y ofreceros algunas respuestas.
Este mes, como siempre, ha habido muchos avistamientos. Tantos, que ya sabéis que no podemos contestaros a todos. En cualquier caso, esperamos que la selección realizada os pueda servir a la mayoría. Empezamos.

 

Mequetrefe_82 nos pone en marcha con su correo. Ha descubierto que la hija del dueño de su cafetería habitual parece tontear con él. Le calcula unos dieciséis años (como máximo). Habla de «Insinuaciones claras», «Posturitas mono-direccionales», y hasta «Un guiño mientras mascaba chicle»…
Amigo, estás ante una clásica Rompe-anillos. No has comentado nada acerca de su físico, lo cual nos ha preocupado aún más; cuando eso pasa es porque la atracción es demasiado obvia para mencionarlo. Dices que tienes tres hijos y que quieres a tu mujer. No te preocupes.
Lo primero que vas a hacer es dejar de frecuentar ese sitio. No siempre se tiene el lujo de poder evitar a la Lolita en cuestión. Pero tú puedes hacerlo. A medida que pasen los días, dejarás de pensar en ella, y los daños colaterales que suelen causar este tipo de niñas (deserción del matrimonio, visitas a burdeles, divorcios repentinos…) también serán posibilidades cada vez más remotas. Ánimo, tu situación está en una primera fase fácilmente reculable, no es tan grave como crees.

Amigo_de_Satán nos hace llegar un correo extenso y alarmante. Nos describes con pelos y señales a esa hija de tu novia. Dices que llevas cuatro meses masturbándote con los ojos cerrados. Que cuando haces el amor con su madre sufres gatillazos si no consigues convencerla para apagar la luz. Incluso sabes que la muchacha (quince años) hace poco ha comenzado a salir con su primer novio…
Esta es una historia clara de obsesión pura y dura. Para empezar, debes plantearte si la relación con esa mujer la sostienes por algo más que el hecho de que su hija se haya convertido en tu avistamiento diario. Si crees que ya nada te gusta de ella (de su madre), deberías plantearte el cortar y seguir tu camino. Es aconsejable, en todo caso, que dejes de seguir a la niña con el coche (por muy cauto que seas). Un hombre de cuarenta y cinco años aún tiene mucho recorrido, eso no debería preocuparte. Al paso del tiempo tu libido se buscará la vida, y tú volverás a ser el hombre equilibrado y sensato que en tu correo nos dices que siempre has sido antes de esa Lolita. Un abrazo y ánimos.

Profesor_Daño. Tu caso ha provocado acaloradas discusiones en la redacción. A saber. Tu Lolita: catorce años, propensa a seguirte, sin vergüenza para ir a por ti, busca el contacto, se te acerca, te vigila, te espera en el portal cuando llegas del trabajo, un día se pone ante la puerta de tu casa y te dice que no te dejará entrar si no le das un beso con lengua. Etcétera.
Añades además que parece mucho mayor de lo que es, y que aunque al principio no te llamaba la atención, ahora sientes «Algo parecido al enamoramiento».
Bien. No te sientas como un cerdo, no tienes más que hacer caso omiso de sus provocaciones. No sabemos si la chica se cuela en tus fantasías masturbatorias. De ser así, siempre es mejor eso que acabar haciendo caso a la Lolita. Siempre evitando el contacto físico, puede ayudar que te muestres “tosco” con ella, que la rehuyas, que entienda que nunca formará parte de tu vida. Ese sentimiento de protección (romántico) que comienzas a asociar con la muchacha, se irá conforme ella se deje ver menos. Intenta que poco a poco se aleje de ti. No te quedes ambivalente ni le devuelvas los saludos. Evita a toda costa las sonrisas (ver las suyas y mostrar las tuyas), y construye un muro de Edad con el que ella tope hasta aburrirse de la situación. Con todo, no deja de ser una cría. No desfallezcas. Actúa.

Alférez_K. No lo pienses más. Pide asistencia psicológica.

Faisán_76. Tu caso es particularmente complicado. Nos hablas de esas hijas gemelas de tu jefe. De que se pasean a menudo por el taller en el que trabajas. Dices que empiezas a tener erecciones difícilmente disimulables. Repites una y otra vez que no vas a hacer nada, pero que no te gusta la situación…
Has hecho bien en escribirnos. La clase más peligrosa de avistamiento son las Lolitas Satélite. Esas niñas que pululan en tu entorno diario, que no necesariamente se acercan o te hacen caso, pero que se acaban metiendo en tu mente y tu bragueta de un modo tan gradual como peligroso. Si algún día una de ellas se dirigiera a ti, toparía con alguien que quizá esté ya en su límite, y no se sabe en qué puede acabar el asunto. Es particularmente significativa además en este caso la cuestión de la edad. Ellas quince, y tú treinta y dos y recién casado. Una diferencia complicada. (De todos modos, el hecho de que hayas tenido hijas gemelas hace un año no creemos que tenga nada que ver con lo tratado aquí, así que no te preocupes.)
Le hemos dado varias vueltas a tu situación. Suponemos que recurres a la masturbación (aunque alegas cierta obsesión amorosa por ambas). Deberías mantener pues la imagen de esas niñas en tu plano de fantasía onanista, y no dejar que la ficción se apodere de la realidad. A menudo hablas de lo fácil que sería para ti engatusar a una de las dos. Obviamente eso no ayuda, tendrás que negarte esa habilidad para con ellas. Tampoco ayuda el hecho de escribir sin parar esos relatos de “ficción” en los que haces tríos y practicas todo tipo de actividades sexuales con las muchachas; cierto es que eso seguro forma parte de tu fantasía onanista, pero sería mejor que fueras dejando esa faceta de escritor poco a poco.
Por lo demás, sólo te podemos decir que evites hundirte aún más en la nube rosa de las Lolitas Satélite. Prueba cosas nuevas con tu mujer, intenta añadir picante a tu vida sexual. Pon tus erecciones en otra dirección. Y, honestamente, si la cosa no va a mejor, quizá deberías plantearte el dejar ese trabajo. Te deseamos toda clase de suerte.

Ramiro_Oral. Si está embarazada, debería ser ella quien tenga la última palabra.

Amable_69. Tu texto es desconcertante. Te afanas durante líneas y más líneas en describirnos que el tacto de cierta Lolita te ha trastocado; «su piel de melocotón…», «la suavidad de sus delgadas caderas…». Etcétera. Y acabas diciendo que no has tenido relación física alguna con ella. Te contradices cada dos líneas y nos confundes con diatribas sobre «lo frustrantes que son los condones asociados a las menores de edad».
Sencillamente no sabemos qué decirte porque no hemos entendido nada. Pero si es lo que imaginamos, es mejor que no nos vuelvas a escribir…

Osmosis_Pollo. Tu correo es la Historia Complicada por excelencia. La que aúna parentesco, amor, sexo, pederastia potencial, Lolitas Satélite, lagrimas, semen…
Así que, tú veintiséis y ella (tu prima) trece. Y te empeñas en aclarar cada dos por tres que casi catorce, y que su cuerpo es como mínimo el de una de quince. Aseguras que la quieres más que a tus padres o tu hermano. Más que a ti mismo. Y nos escribes esta carta después de que ella se haya dormido sobre ti en el sillón del apartamento en la playa de tus padres. Hablas de su escote, de tetas en general y de un irrefrenable sentimiento; «He sentido que podría parar un tren con mis propias manos…».
Lo cierto es que tu correo nos ha impactado por lo tierno, por lo sincero de cada una de tus líneas.
Hasta que…
… has “insinuado” que «quizá» mientras ella dormía sobre ti, has metido la mano derecha bajo sus bragas: «He pasado un dedo por encima de su rajita y enseguida he sacado la mano».
Tienes que saber que, durante ese instante, has cruzado la línea que hay que evitar cruzar. Todo ese “amor” puede confundirte. Y lo peor, puede ser una autojustificación inconsciente para lograr algo que sabes prohibido.
Hay una serie de cosas que tendrás que evitar hacer (o volver a hacer) si quieres evitar líos que podrías no poder afrontar. Sabes perfectamente cuáles son. (Las cárceles están llenas de “enamorados”.)
Antes que nada, obviamente no puedes volver a tocarla de “esa manera”. La entrepierna de una niña de trece años es veneno para cualquier adulto. Por otro lado, al ser tu prima, eso la convierte en tu Lolita Satélite. Además ella te quiere (o eso cree ahora). Además reconoces que ya te has tocado varias veces pensando en ella. Y además lloras por las noches si ese día no has podido verla o hablar con ella…
(Resoplido y encogimiento de hombros colectivo en toda la redacción.)
Lo cierto es que, pese a todo, no pareces una mala persona. Pero, por mal que nos sepa, hemos de decirte que estás en medio de un lío de narices. Algo que probablemente sólo se resolvería con la desaparición de la susodicha Lolita. No hemos sabido orquestar un plan de acción que pueda darte esperanza. La verdad es que has nutrido nuestro buzón con una gran historia, y esta va a ser una de esas veces en que bajamos los brazos y nos rendimos a la evidencia (sea cual sea). De momento, lo único que te queda es sufrir. Sufrirás.
Sólo esperamos que puedas controlarte. Que el tiempo pase. Que seas capaz de contenerte.
Muchos ánimos. Lo sentimos. Y estamos contigo.

Surfer_Ro. Eres claramente un cerdo, y en nombre de nuestra becaria de recepción, te agradeceríamos que dejaras de escribir a esta sección insinuándote, y por supuesto que cejaras en tu empeño de enseñar tus partes a cada chica de la empresa que sale del edificio.

Ulises_Paj. Estoy felizmente casada, Ulises, y esta sección está dedicada tan solo a los avistamientos. Me “alegro” de que hayas descubierto que soy yo la que redacta esta sección (aunque sea un trabajo en equipo), pero agradeceríamos que no vuelvas a contactarnos si no es para una consulta seria.

Bola_12. Déjala en paz. No hay ambigüedad en tu caso. Sabes que hace ya mucho tiempo que se comenzó a legislar teniendo en cuenta que muchos hombres sois como niños, y en esta revista hemos intentado ser duros pero justos. O debería decir duras…, teniendo en cuenta que la mayoría en la redacción somos mujeres. Pero nunca creas que eso te da derecho a cruzar la línea. Se puede ser débil y a la vez un delincuente sexual, es perfectamente compatible. Si no frenas, dentro de poco estarás a una sola llamada de tomar café con un abogado de oficio.

Oropel_Pel. Oropel, tu historia con las Lolitas en Sonora nos desconcierta. Teniendo en cuenta el contexto, pasaremos por alto algunos de los comportamientos que has descrito con tanto detalle (y parece que también deleite). En todo caso –y aun a riesgo de que sólo seas un pajero que se excita explicándonos una historia– el lector ha de saber que esta revista ha contactado con la policía por tu caso. Si de verdad tienes la cabeza de una chica en el congelador, no entendemos cómo crees que no te acabarán pillando…

Lapizero_Jack. Lapizero nos hablaba de su hermana menor. Leímos su carta a principios del mes pasado. Ahora Lapizero va a cumplir sentencia (28 años) en la penitenciaría de Periferia. El lector de esta revista, inteligente por definición, podrá llenar los espacios en blanco.

Arrimetalosauriopía_Pomolateraliporetmelioperactomía. Gilipollas.

Tizón_Tato. Algunas hemos llorado con tu carta, pero igualmente vas a ir a la cárcel, Tizón. Bienvenido al siglo XXII.

Toni_Palangana. Simplemente no se puede confundir a una niña de doce años con una de dieciocho, Toni.
Pelele_Ñe. Un equipo de decodificación lingüística ha conseguido descifrar tu galimatías. No entendemos por qué has hecho eso, y menos teniendo en cuenta lo aburrida (disculpa) que era tu carta. Si la chica tiene diecinueve años y tú treinta y uno, es bastante probable que ella ya sea más inteligente que tú (disculpa), así que tú mismo…

Ñoco_Dos nos escribe sobre un caso complejo de Lolita Satélite a dos años de la mayoría de edad. Ñoco, dos años pasan más rápido de lo que crees, y aunque dices que tú tienes «sólo veinticinco», aquí nadie se lo ha creído. Ya no estamos a principios del siglo XXI, ya hemos entendido que la naturaleza hace a las mujeres mujeres antes de lo que dictamina la mayoría de edad legal, y que por tanto pueden llegar a ejercer una gran atracción por estar su cuerpo mejor preparado que nunca a los quince, dieciséis o diecisiete años para un embarazo (etcétera), pero ya sabes cómo son las cosas. O más bien cómo siguen siendo. No morimos a los treinta años, Ñoco (y no importa que el hombre en la edad de Piedra sólo viviera unos dieciocho), de hecho ya no es raro superar los cien, y no hay nada malo en marcar ciertos límites. Si es verdad que tienes la edad que dices tener, es mejor que esperes, aunque algunas compañeras aquí no creen que aún no la hayas tocado. De hecho sospechamos que tu carta está muy maquillada, disfrazada de algo mucho más amable de lo que debería ser. Si no es así, disculpa. Si es así, cuidado, Ñoco. Cuidado.

Operatonio_Rastaplov nos dice que es un buen hombre. Que tiene dos hijos pequeños (ocho y tres años) y que está casado desde hace diez con su mujer. Operatonio, no entendemos tu correo, y sólo lo contestamos porque creemos sano contestar todos los que nos llegan. Pero no nos describes nada más que fines de semana felices y juegos inocentes con tus críos. Una de nosotras ha dicho que puede ser posible que hayas hecho algo horrible, y que el solo hecho de mandar el correo aquí, aunque sin contar nada relevante, ha podido suponer un pequeño alivio para ti. Si es así, te animamos a que nos vuelvas a escribir y nos hables de tu posible avistamiento. Tenemos curiosidad (y, lo reconozco, un poco de miedo…).

Exetereo_Lumpa es un tío muy de los de antes. Hicimos unas llamadas. Su abogado nos ha contactado para decirnos que –pese a sus esfuerzos por convencer al juez de que coleccionar fotos de menores en la piscina es antropológicamente justificable– Exetereo va a ser otro inquilino para la penitenciaría de Periferia, porque Extereo, además, tenía encerradas a dos niñas en el sótano de su casa desde hacía un mes. Gracias por abrirnos tu corazón, Exetereo… (Que sepas que aquí somos muy fans de tu nombre…).

Umero_Idra, hacía tiempo que no nos llegaba un correo como el tuyo, rico en detalles y a la vez vacío. Tu convencimiento de que somos nada más que una rama de la policía que se dedica a cazar «villanos machistas y pederastas» es enternecedora. Así como también lo es que creas que yo en realidad soy un fornido agente con bigote que se hace pasar por «feminista mediática». Nuestro tono ocasionalmente amable no es una fachada, como tú dices, sólo es la última parada en la línea de la Comprensión de las mujeres respecto a la naturaleza depredadora de los hombres. Alejando nuestra intención el resultar hembristas, nos estamos esforzando, Umero; a veces contenemos el aire y contamos hasta diez antes de contestar vuestros correos. Y en cuanto a lo de esa chica que mencionas que tiene diecisiete años, nos jugamos la empresa a que es mentira. Suenas demasiado aburrido y siglo XX para que tu naturaleza pueda expresarse libremente, ya sea para bien o para mal.

Carestio_Lestiopartesia. Las Lolitas Satélite, Carestio, no lo son adrede. Tienen la misma culpa de serlo que un árbol de ser árbol. Seguro que el chocolate te gusta mucho, Carestio, pero sabes que si te pasas comiéndolo puedes enfermar. Todo aquello que nos hace sentir bien necesita Control. El exceso, tan malo como la carencia o más, es fácil de detectar. Puede que no de entrada, pero sí cuando goza de cierto recorrido. Las Lolitas Satélite son como mucho un regalo para tus ojos, no para tu entrepierna; eso es lo que algunos no entendéis. Creéis que la gente que no duda en controlarse no fantasea; os equivocáis. Ese ente llamado matrimonio es el mayor carnívoro abstracto de jovencitas; si el matrimonio estuviera exento de fantasías empezaría a cojear hasta derrumbarse. Pero sólo son eso, fantasías. Porque en la realidad todo colapsa cuando uno quiere moldearla a su antojo. Seguro que has visto a esos tíos con pasta que llegan a los sesenta; seguro que los has visto siempre con una mujer al lado, una que nunca envejece, porque es cambiante y nunca pasa de determinada edad. Esa es la única mujer que os interesa a algunos de vosotros, Carestio, pero eso no es una mujer, sino una idea. Por lo general una idea con muchas lagunas argumentativas. Si es o no una mala idea, está en tus manos decidirlo. Cuando esa chica de la que nos hablas cumpla dieciocho, quiero que reflexiones en serio, porque no se va a quedar ahí, va a cumplir más años, y en la redacción estamos bastante seguras de que esto no trata tanto de esa chica como de tu mujer cercana a los sesenta. Los tíos que babeáis así, creéis que habláis de la vida, pero en realidad sólo mostráis vuestro terror a la muerte. No sois los más conspicuos amantes, sino más bien los más enrevesados perdedores.

 

Hasta aquí la sección de Diciembre (¿habéis puesto ya el árbol de navidad?). Esperamos haberos ayudado. Recordad esos mantras que siempre os repetimos. Recordad no confundir las piernas de una mujer con el monumento histórico de una ciudad en la que sois turistas.
Aunque ya casi nos hemos rendido al respecto, os animamos también a las mujeres a escribirnos.
Desde la nube que ha decidido que la lluvia sólo caerá con moderación sobre los justos, os decimos: ¡¡FELIZ NAVIDAD, y precaución con las Mamá Noel del mundo!!

lol

Garabatos

Aún dura. El resto son efectos secundarios. Pero el caso es que soy una especie de microbio. Cuando se oye la frase “estar dentro de ella”, casi todos piensan en lo mismo. No piensan en los microorganismos o los virus, ni en el hecho de que aún pueda durar. No piensan en alguien del pasado dentro de sus conductos, así de dentro de ella, un espía, puede que durante un sueño, pero sobre todo empapado de anhelos frustrantes. Quizá suena algo críptico, pero basta con no olvidar –insisto– la idea central: aún dura. En el sentido de que eso aún dura dentro de mí cuando me veo dentro de ella (y fuera). Que sí, puede que luego despierte o puede que no (yo, quiero decir), pero es algo secundario; a veces lo importante sí es el camino (aunque la generalización con eso no sea más que otro engaño universal).
Si casi todos piensan lo mismo cuando oyen la frase “estar dentro de ella”, es porque con casi todos tienes que andarte con ojo para que no hagan una lectura sexual de cada sílaba, frase o idea que consigue atravesar los escudos que les fabricaron a base de obligarles a memorizar libros de texto. Es con esa gente con la que te ves obligado a tratar; y también contigo, el espíritu corrompido del que quieres librarte a toda costa, porque obviamente tú también pasaste por el tubo.
Y mientras estoy dentro de ella, obviamente el objetivo son los ojos, poder ver lo que esté mirando ella; incluso aun tanto tiempo después de haberos visto por última vez, y cuando ella seguramente ya te ha olvidado.
Supones que es un viernes o un sábado por la noche, te aferras a sus tripas, escalas en su interior, evolucionas. Algunos otros microorganismos te guían vagamente. Preguntas para saber qué conducto es el más directo, cuál es el mejor atajo. Preguntas si han estado ahí arriba recientemente; ¿está saliendo con alguien?, ¿sólo con amigas? Nadie te sabe decir, a nadie le importa, todos andan ajetreados con la digestión o la circulación, o enviando sangre a algún pequeño moratón, cicatrizando alguna micro-herida. En lo referente a ella, eres un turista. No es una sensación nueva.
Se podría pensar que el cerebro o el corazón serían lugares interesantes que visitar, pero al final – dicen– acabas chapoteando improductivamente en ellos igual que en muchos otros lugares. Quizá simplemente yo no sea muy listo tampoco como microorganismo. Los ojos son más pornográficos, es cierto, pero también más directos, información de primera mano; no tienes que ponerte a desencriptar patrones observando movimientos musculares o el devenir de los líquidos intracraneales.
Algunos podrían creer que uno está muy cerca de alguien estando dentro de ese alguien. Nada más lejos; nadie piensa en sus intestinos ni en sus tendones, nadie medita cuál es el tono de blanco de sus huesos (ni existiendo el “blanco hueso”). En realidad estoy más lejos de ella que nunca. Ningún billete de avión consigue esto; sólo el cóctel ya profesional de anhelo (miedo) y sobredosis de reflexión, o ser lo suficientemente idiota.
Todo el mundo está ocupado aquí, y todos son útiles para ella, menos yo. Todo es blando y pringoso. Nunca has querido ir a sus genitales, no te apetece competir con su ginecólogo. No es lo mismo que las glándulas mamarias. Sí que tienes la sensación de haber hecho esto más veces, y a la vez que es la primera vez que lo haces. Parece tu historial sexual.
Cuando estás cerca de los globos oculares, todo se vuelve aséptico y nadie sonríe. Los ojos son cosa seria. Ves a todo el mundo de un lado a otro, cumpliendo su función, redactando informes, tachando, acotando; los ojos grandes y castaños no funcionan solos. Ves un tránsito constante de mensajeros que llevan paquetes; supones que es la información que debe ir al cerebro. Esos tíos te interesan. Tampoco es que sientas la necesidad de jugar limpio.
Se me ocurre intentar sobornar a alguna célula bastón para conseguir información, algo de contexto para lo que sea que vaya a ver. Luego recuerdo que no tengo un duro para este viaje tampoco. Tampoco creo que a las células les importe el dinero. Me siento muy lejos de poder encajar aquí, espero que no sea una señal. No tengo las herramientas ni el lenguaje apropiados, aunque no es que los tuviera cuando estaba delante de ella en lugar de en ella.
Voy resbalando y confiando en la ruta aconsejada, es como estar en un tren en el extranjero, todo lleno de rótulos en ningún idioma que chapurrees, contando estaciones hasta llegar a la que te dijeron era la más cercana a tu cita. Mi cita no es con nadie, pero nunca me he sentido muy incómodo con eso. Puede que esa sea la base del problema; si es que se puede llamar problema. Aún no confío en los mecanismos de mi capacidad de análisis, al estar aún demasiado influenciados por la corriente habitual de opinión.
Al llegar (aliviado) veo una esfera enorme y blanca, con otra más oscura y achatada en su interior, que a su vez tiene otra más pequeña dentro. No hay que ser un genio. Entrar no resulta muy difícil, aunque en cierto momento me parece tener que aguantar la respiración. No es exactamente así, pero no soy un puñetero cirujano, he venido a otra cosa. A nada práctico, creo, pero aquí estoy. Lo que suele hacer la gente es quedar para tomar un café. Aunque yo también lo he hecho, no tengo nada que decir al respecto, y es mejor que no siga por ahí. Uno ha de saber cuál es el tipo de monólogo en el que va a salir perdiendo. Un soliloquio, la paja elegante; ni siquiera una conversación: hablar solo y aun así perder. No es fácil ser tan gilipollas; pero me suele aliviar la idea de que el gilipollas medio lo es casi seguro aún más que yo. Coño, yo al menos divago en terreno desconocido. No me asusta la oscuridad, el que haya charcos profundos de agua sucia o ruidos poco alentadores de animales. Me empapo los pies por otra ruta y me desgarro la piel con las zarzas. Ya estamos otra vez. Pero no parece que a nadie aquí le importe. Las labores de administración en el iris son el equivalente a una sala de controladores aéreos. Las imágenes se suceden como en un viscoso pixelado. Creo que estoy en el ojo derecho. Todos me miran y les da demasiada pereza preguntar. Ella, en la tortuosa vida real, entra en lo que parece un restaurante. Puedo verla reflejada en elementos decorativos, esferas y apliques. ¿Navidad? No el día de navidad, pero uno de esos días. Veo que la atienden, elige una mesa. No tengo “audio”, y no tengo ni idea de cómo poder ver y oír a la vez lo que pasa. La pereza que me circunda parece estar contagiándoseme. Me pregunto si sólo se trata del ambiente aquí dentro o si es el reflejo de cómo ella se siente. Me gusta más la segunda opción. Si a ella no le apetecía estar ahí, lo que venga después será menos duro de asimilar. Nunca he dicho que yo fuera lo que se dice exactamente una buena persona. Simplemente hago lo que puedo. Ella mira hacia la puerta del local, hacia la que está encarada, a unas cuatro mesas de distancia. Lo que confirma que es navidad, es el aparatoso árbol de ídem que hay junto a una especie de pequeño escenario. Parece un sitio bastante pijo; la clase de restaurantes que yo asocio al típico buen chico baboso que cree saber sí o sí cómo quedar bien con una mujer. El primer paso para que se abra de piernas. Todo ese rollo de revistucha de consejos para ser un capullo profesional (o una pija prefabricada sin remedio).
Ella pide algo para beber. El camarero la mira de una forma que no me gusta; en realidad no podía mirarla de una forma que me gustara o dejara indiferente. Hay guerras que nacen perdidas.
Aunque esto pueda parecer la epopeya de un celoso sin remedio, debo decir “a mi favor” que aquí van a faltar datos, y que no os importan. Si cuando alguien te habla de una relación o potencial relación suya, crees que vas a tener todos los datos de una forma objetiva, es hora de que te compres una planta con la que hablar: te hará menos daño. No hay que olvidar el eje de todo esto: aún dura. Es justo especificar ya, en todo caso, cuánto tiempo hace que no la veo; pero a decir verdad, no lo recuerdo. ¿Dos años? Los pormenores son más complicados, pero supongo que un buen resumen podría ser: fue culpa mía, y es bastante probable que sea mejor que ella siga su camino. Con todo, uno no puede dejar de sentirse como se siente. Y ella no es de las que lo raja todo para todos en redes sociales.
Ser un microbio no es el camino más fácil, pero cuando tampoco sabes cómo has acabado así, no puedes decir que sea el más difícil. Lo más preciso sería aclarar que si yo lo soy, no ha de haber exámenes para ello. Conociéndome, debo estar inconsciente en el suelo del baño mientras pasa todo esto; podría haberme quedado así en medio del proceso de una vomitona, debida a una indigestión de las jodidas. Ni siquiera por beber.
Como siempre, al final llega el chico. Indefectiblemente, es el perfil de chaval a varios años de la treintena, con estudios, quizá embarcado en un máster, ya muy viajado, tres o cuatro idiomas, tres o cuatro ex de larga duración, y un físico nunca rechoncho ni escuchimizado. Alguien especializado en moverse y sobrevivir en el mundo que a la vez raramente ha tenido jamás un pensamiento propio. Ganado de lujo. Alguien que nunca ha hecho nada si no era “productivo” o de cara a la galería. Un futuro yerno ideal, equidistante de todo y políticamente correcto (incluso cuando intentaba parecer políticamente incorrecto). Una de esas personas que pide perdón a menudo después de decir un taco, que parece un montón de cosas pero sólo es unas pocas (y poco originales). En resumen, la clase de ente secular por el que no me gustaría que me tomaran.
Muchas chicas intentan iniciar relaciones con tíos así. Algunas de ellas se acaban cansando de tanta “corrección y previsibilidad”, entre otras cosas, pero otras deciden cimentar algo a partir de ahí. No niego las ventajas potenciales de acabar con alguien así; alguien que tiene poco más que una perspectiva económica de las cosas, apenas camuflada con discursos que tienen la profundidad de un charco en un campo de fútbol. Pero a la vez no puedo evitar odiarles en cierta manera. Lo cual es equívoco por mi parte; casi como odiar a una batidora o un neumático.
El tipo va impecable, calculadamente casual. Como cuando alguien se hace cien fotos para enseñar sólo una. No es que todos no intentemos más o menos falsearnos para parecer algo distinto (mejor) a lo que somos, pero el nivel de profesionalidad que ha alcanzado mi generación en eso me hace pensar en niños muertos.
No puedo oír lo que dicen, e intentar llenar los espacios en blanco sólo me irritaría más. No parece un novio con el que lleve ya un tiempo, más bien un pretendiente.
Alguien (o más bien algo) me pregunta por qué lloro.
Le digo que se me ha metido algo en el ojo…¿Qué ojo?, me dicen. Esto desata la alarma dentro del ojo.
–No vemos perturbaciones físicas en las pantallas –dice alguien.
Casualmente (o no), ella se restriega justo el párpado dentro del cual estamos. Esto no puede estar pasando, esta estupidez; la clase de cosas que no dejan de pasar en mi vida. Todo el mundo va de un lado a otro, agitados y hastiados. No sé cómo explicarles que soy un intruso, que no estoy “en nómina”.
El chico sonríe, le pasa un dedo por la mejilla a ella. De repente necesito salir de allí, salir del ojo, volver a… donde sea que estuviera antes, despertar, lo que sea. Para estar deprimido no hace falta moverse del sitio. No hace falta mutar. A veces basta con estar vivo.
Cuando la cosa empieza a calmarse, oigo el ruido, un ruido que no había oído antes así. Alguien menciona el corazón, el corazón de ella. Está tensa, nerviosa, o algo peor… Al parecer, cuando el corazón se agita más de lo normal, se oye por todas partes. Puede ser arritmia, o un infarto, o algo peor… Le pregunto a alguien la ruta. No veo qué más necesito ver desde el ojo.
(Quiero aclarar que no estaba llorando. O al menos eso creo. No soy consciente de haber estado llorando, diría qué sé muy bien cuándo lloro y cuándo no. No soy de llorar, es lo que quiero decir. A no ser que llore, que entonces sí lloro, no me importa llorar, no es que cierre el dique. Creo que lo que quiero decir, es que si llorara no sería como cuando llore el capullo que está cenando con ella. Sería un lloro distinto. Distinto.)
Es cuando estoy cerca de la patata sangrante cuando, lejos de calmarme, me pongo aún más intenso. Nadie que me vea lo entiende. Allí parecen más ocupados incluso que en el ojo, aunque la luz mortecina vuelve a ser igual que en el resto del cuerpo. No estoy seguro de poder saltar sobre el corazón como si nada. En cierto momento, estoy tan cerca del latido que pequeñas gotas de sangre (o eso creo) me salpican la cara.
Es entonces cuando veo el libro, el diario, un diario que sé que ella tenía. Un diario con la palabra «garabatos» garabateada en la cubierta. Reacciono como si eso estuviera fuera de lugar, como si todo lo demás fuese de lo más lógico; mi mutación, mi “excursión”, mi situación, o hasta mi vida. El libro, diminuto, parece pegado al músculo principal, reducido, ilegible. No es posible que yo pueda saber que es ese diario, pero lo sé.
Es entonces cuando caigo, resbalo. Grito. Estoy seguro de que le voy a provocar un infarto; o algo peor, hacerle pensar que ese tipejo de diseño le conviene. Luego siento que me hundo en un túmulo de sangre espesa. Como arenas movedizas.
Poco a poco, el cuerpo me abandona, o abandono mi cuerpo, no estoy seguro. Hasta que me noto en posición horizontal.
La luz se filtra en mis párpados, demasiado intensa. Noto mi extremidades al uso otra vez. Tamaño estándar humano. Estoy boca abajo sobre hierba alta, lo cual me altera un poco: en teoría debo evitar yacer boca abajo por asuntos relacionados con la espalda. Huele a campo abierto, o a bosque, no está claro. Mi visión se recupera lentamente, pero el sol me da de cara. Además, dibuja la silueta de alguien, un vestido, sentada a unos dos metros de mí, con un libro en la mano. El corazón me comienza a latir con fuerza. Casi puedo oír los engranajes, a todos ocupados ahí dentro. Todos opinando, sin duda, mierda sobre mí.

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XXI

Es casi un eufemismo decir que era todo demasiado profesional (si es que supone algún alivio hablar en pasado). Todo demasiado tangible. Todo rectilíneo, impersonal como esperar amor de un robot. Y nos conformábamos con que el robot tuviera forma de ser humano; imaginando que tenía alma; desperdiciando la imaginación. Era importante también, por algún motivo, que nuestros hijos heredaran eso, fueran eso, se sacrificaran para eso. Dábamos valor positivo al sacrificio independientemente de hacia dónde estuviera encauzado. Una “huida hacia delante” no era suficiente para describirlo. A las palabras cada vez les costaba más encontrar hatajos para definir esta situación; y a los números cada vez menos carcajearse, un sonido de reminiscencias metálicas. Era la risa de la máquina a quien le importabas todo lo que la máquina daba. Éramos importantes porque nos creíamos responsables. Y nos creíamos responsables porque sabíamos desperdiciar la imaginación. Por el bien común, decíamos, (…), por nuestro supuesto bien personal. Por nuestro (risas enlatadas de muertos aquí) Futuro. Nos llenábamos la boca con esa palabra. El futuro era menguar manteniendo el tamaño original; era ser feo manteniéndose por fuera brillante y en forma; era ser escalofriantemente limitado pareciendo listo. Y parecías listo cuando conseguías vender que eras práctico, o cualquier otra cosa (siempre que la vendieras, siempre que te vendieras). La palabra Vender resumía veinte años o más de crecimiento. Lo paradójico es que era luego cuando venía la venta. Y ni tan siquiera solías vender tú, sólo te vendías a ti mismo para que otros vendieran. El producto era lo de menos. La creación agonizaba. El arte solía nacer cadáver, no era útil porque no era práctico, y no era práctico porque nuestra percepción amarilleaba enfocada en otra dirección, a punto de desprenderse de (más risas enlatadas aquí) un hipotético árbol de la sabiduría. Mientras no dudábamos en menospreciar a quien decidía vender su cuerpo, vendíamos nuestro espíritu, haciendo pasar eso por tesón y valentía. Padres de familia y mujeres multitarea, cuya emprendedora intención acababa suponiendo venderse aún más baratas que el hombre (en algunos casos imitando sólo lo más inmundo de ellos), “decidían” que esta rueda debía seguir girando. Comprábamos coches y pisos nuevos mientras seguíamos usando pensamientos de segunda y tercera mano. Filosofías de desguace. Idiotas de manual haciendo basura, diciendo mierda que ya era una falta de respeto a la propia mierda. Mucho más allá de la hipocresía estándar, se seguía discutiendo sobre la carta bajo la manga, sin abordar el porqué de los tramposos. Niños ruidosos corriendo libres sólo en su tiempo ídem, jugando mientras los adultos seguían pensando que eso no era lo importante; otra generación de bola y cadena, y luego, preguntas: ¿por qué las cosas nunca remontan? ¿Por qué la gente está esencialmente amargada? ¿Por qué en lugar de vivir su única oportunidad de vivir, se limitan a ir tirando? ¿Qué respeto esperan de la lógica cósmica, qué recompensa cuando hayan muerto? Qué estúpidos, y qué crueles procreando, transmitiendo su savia al estilo Chernóbil, intoxicando con buenos olores y pésimos consejos y lecciones. Los genios sobreviven en medio de la inmundicia, mientras los de siempre les persiguen para colgares etiquetas; loco, tarado, friki. Los genios no son extraordinarios, sólo son seres humanos que consiguieron hacer oídos sordos a tus discursos prefabricados. Ellos sólo se libraron de preñar a tu mujer y emponzoñar la educación de tus hijos; y sea o no increíble, tomaron una decisión: iban a tomar decisiones de verdad. Decisiones sobre su única oportunidad sobre la tierra; y procurarían desaprovecharla lo menos posible; tendrían hijos sólo en el caso de quererlos de verdad, se relacionarían sin creer poder controlar las relaciones. Evitarían aburrirse. Deformarían la frase de John Lennon (porque esto sí podrían hacerlo); porque la vida no sólo es eso que pasa mientras haces planes, también es lo que se te va mientras curras en algo que odias, imitas a los demás, te “dejas llevar” y vives de forma responsablemente irresponsable. Y todo para qué, para que los demás asientan, para que la vecina del cuarto –ociosa, comedora de basura, inculta y asquerosa– tenga un buena opinión sobre ti. Para qué, para que los tontos te den la razón. Para sentirte unido a qué, para contribuir a qué, para parecer qué. Como si hubiera una posibilidad de ser el gran hijo de puta, otro más de los pocos que se benefician mínimamente de la carencia de espíritu generalizada; como si al mantenerte apagado, tuvieras más oportunidad de iluminar una siguiente vida. Sin pensar que la muerte es relativa, que se mueve entre lo considerado vivo o muerto, y se aloja donde la llaman. Hacer cosas –te dijeron– es hacerlas para mí, no para ti. Buenos chicos y chicas invadiendo centros comerciales, clones de sus padres. Obedientes, pero no como la abejas en el oficio de la miel, sino más bien como mosquitos quemándose contra la bombilla equivocada. Las cosas buenas suceden no gracias a estos tránsitos, sino a pesar de ellos. La productividad es como estudiar, nos hemos pensado que sólo hay una forma de ser productivo, igual que creemos que sólo hay una forma de estudiar. Sólo una forma de aprender. ¿Estaremos al final del trayecto como dicen algunos? No es cuestión de ser negativo o positivo, sino sencillamente de no ser un completo egoísta disfrazado de payaso bueno. Nos alegramos de que te vaya bien, seas quien seas, pero no nos vengas con gilipolleces, es el principio de cualquier actitud versada en el respeto. Por favor, no nos vengas con discursos polarizados, porque la magia no existe gracias a ti, sino a pesar de los que son como tú, que siguen danzando, haciendo cabriolas y creyendo que el ombligo propio es el termómetro para el estado general de las cosas. El bien y el mal están a tu alrededor, y el bien no es moneda fácil. Te pitarán los oídos, te dirán que es el lado oscuro. Te dirán: “No pienses, actúa.” Saben cómo ganarte, saben que la estabilidad se suele conseguir a cambio de lo único importante que tienes. Saben que el respeto es ya casi totalmente una cuestión material: qué tienes, dónde te quedas, qué puedes ofrecerme. Saben que el amor se puede comprar; y no se trata de la prostitución; lo que saben es que ellos ya lo compraron en cierta manera, creyendo que no se habían vendido al mejor postor, o que ellas eran esas buenas chicas soñadas, cultas (porque habían ido a la universidad) y guapas (porque eran delgadas). Te dirán que es sano sentirte siempre agotado y mentalmente exhausto. Te hablarán de trabajo duro, sin añadir nada más. Te hablarán de todo lo que vas a aprender olvidándote de ti mismo. Arrancará otra vez el vagón de la Historia, con todos los empleados dentro. Y a través de fisuras podrás ver el exterior. El XXI. Estamos un poco apretados, te dirá alguien, ¿pero no es estupendo? Serán quizá las seis de la mañana; estarás muerto de sueño, camino a algún lugar irrelevante para ti. Te aferrarás: soy responsable, es lo que hacen todos, es lo que toca, viernes, vacaciones, viernes, por favor… Por favor… Y a través de esas brechas, quizá verás un día el cielo rojo y tapado, nubes grotescas de tormenta. Un rayo iluminará tornados. Luego, quizá sí o quizá no, despertarás en la cama, aliviado.

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La hija de Cronos

Aquella mujer entró más o menos al cabo de media hora de haber entrado nosotros. Su vestimenta era llamativa y tenía unos veinte años más que nosotros. Nosotros teníamos veinte; supongo que a simple vista éramos el grupo de amigos estándar de sábado por la noche fuera de casa. Salidos, más bien atontados, perdidos fingiendo que no, rodeados de discursos sobre el futuro; el más habitual era el que decía que aprovecháramos que teníamos veinte años, porque luego la vida se convertía en un peñazo insufrible, y eso en el mejor de los casos. (No siempre te lo decían así.) La mujer era, podríamos decir, empíricamente atractiva. El efecto que causaba en nosotros era unas tres veces más demoledor que en alguien de su misma edad (aunque esto no es seguro, pero al menos es la versión oficial; así que seguramente no es así y te pones cachondo igual a cualquier edad, pero también es cierto que en aquella época –y prometo que el paréntesis se cierra pronto– en cierta forma no nos comíamos tanto la cabeza, ni disimulábamos tanto, de modo que decir que a nosotros nos afectaba más que a alguien con más años quizá es una bobada, pero vaya, que lo importante es que nos afectaba, y no es seguro que matizar tanto sea útil, pero quizá más adelante cobre sentido).
La mujer llevaba un abrigo de piel y cinturón de piel, y botas y guantes y etc. Todo en ella era piel auténtica; ella misma, hablando con el dueño del bar, se aseguró de que se supiera. Era como un Arca de Noé a la inversa, donde los animales iban a morir.
Se sentó en una mesa y pidió champán, si no recuerdo mal. Todo lo que hacía iba a juego con su atuendo de alguna manera. Reía de piel, bebía de piel, lanzaba miradas de piel auténtica. A su abrigo sólo le faltaban las patas. Si aún hubieran estado todos los ojos, aquello hubiera parecido un páramo africano, pero sobre el papel sólo era ropa. Era actitud, una desinteresada, concretamente, ajena, altiva y adinerada.
Aquello ponía cachondo a cualquiera, por supuesto; tu bragueta no tiene ideales, al menos de entrada. Era por los tacones y la figura, por sus ojos (los suyos sí presentes), por las manos y por el escote, era por cómo cruzaba las piernas, y porque parecía el personaje femenino de una peli antigua de cine negro. Más cerca de Greta Garbo que de Marilyn.
Bebíamos como está mandado, aprovechábamos, quedaba ya poco para el lunes, porque siempre quedaba poco para el lunes. Sentirse vivo no era lo habitual, y con todo, para vivir no hacía falta hacer puenting, bastaba con tus ojos, con la ausencia de ojos de animales y tu indiferencia, y todo ello, por más discursos que nos dieran al respecto, no tenía mucho que ver con la edad. ¿Con qué tenía que ver?, a saber, pero irónicamente era algo animal.
Nuestras venas trabajaban a pleno rendimiento y el alcohol hacía su papel legal. El lugar no estaba muy atestado, pero el ambiente parecía cada vez más cargado.
La mujer fumaba, se trataba de aquellos tiempos, y fuera comenzó a llover, a llover de verdad.
Había unos tragaluces en el techo, aquello debía haber sido la vivienda pija de alguien. El típico ser “cuerdo”, el “hombre corriente” que evocaba Bukowski en El genio de la multitud, el clásico mamón que aparece por todos lados con su coñazo de coherencia y sentido común, habría dicho –equivocado– que el lugar estaba cargado porque aún se podía fumar en interiores. Pero lo que nos jodió bien fue que por aquel entonces éramos más que nunca los mamíferos clase media de siempre criados en cautividad académica. Casi todos teníamos la imaginación atrofiada, éramos nulos en pensamiento lateral o capacidad para inventiva o deducción elaborada alguna, y aún no nos había dado tiempo de despegarnos esas etiquetas (de hecho algunos de nosotros aún estábamos en la universidad), aunque esas eran y son las etiquetas que mucha gente no consigue desengancharse nunca.
Era la mierda perniciosa de siempre, y nosotros estábamos currándonoslo de lo lindo entre semana para seguir manteniéndola.
Lo que pasó aquel día, fuera lo que fuese, ha ido mutando de tema tabú a anécdota que hemos llegado a contar a trozos (e incompleta) entre risas nerviosas, aclarando a cada momento que no íbamos drogados (ni entonces ni en el momento de contarlo). Tampoco es que haya forma de contarlo de tal manera que nadie pueda hacer un ejercicio de asociación para dotar de lógica a los hechos. El problema es que la vida real es muy suya, al menos en principio, no supura metáforas, no envía señales, no da pistas importantes; de modo que intentar interpretar lo que pasó, pasaría por un error de base en el análisis de la existencia. Como todo el mundo cree, una cosa es una película y otra muy distinta la vida; y esto ni tan siquiera parecía dar para una película exitosa. Si hay que generalizar, la vida en sí, de hecho, no es precisamente comercial, pero cuando le da por desvariar además es veneno para la percepción. Cuanto menos “comercial” (o alegre) es la vida, más productivos (y mejores) nos volvemos; ése es el principio que rige cada respiración desde que la mayoría de gente se levanta y hasta que se mete otra vez en la cama. Dentro de la analogía, el suicidio a cámara lenta es todo un clásico. Un slow motion de décadas. Cosas del 1% de la población mundial: Si en esencia estás jodido es que lo estás haciendo bien.
La mujer no dejaba de pedir, su vaso nunca estaba vacío, cuando te dabas cuenta ya no era el mismo vaso. Ni que decir tiene que no la habíamos visto nunca, algo que no es raro en una ciudad con cierta densidad de población. Hay maneras de saber si estás en una ciudad lo suficientemente grande. La idiotez más extendida en las ciudades, suele ser la de sacar el coche para ir al centro: cientos de idiotas dando vueltas buscando aparcamiento, para acabar (con suerte) a diez minutos de donde iban. Nosotros también éramos idiotas en ese sentido, por supuesto, es esa forma de ser idiota (o tonto, o cruel, o etc.) que pasa perfectamente desapercibida al ser tendencia. Es como una versión subrepticia de la moda, el más perfeccionado “mal de todos consuelo de bobos”; tanto es así, que simplemente no parece que nadie esté meando fuera del tiesto. Entre tanta gente, entre tanto idiota, aquella mujer podía ser ella misma, signifique lo que signifique eso.
Uno de nosotros la confundió con una sexóloga o alguien mediático que solía hablar de sexo; esa clase de personas que se envuelven en un manto de modernidad para dejar claro todo lo que han follado, de la misma estúpida forma que años ha se negaba. Ser discreto sin más, para la mayoría es sinónimo de exceso o carencia ocultos. Lo curioso es que ni nos dimos cuenta cuando la mujer acercó su silla, se unió a nosotros, y dijo:
–Es exactamente así.
–El qué –dijo alguno de nosotros.
–Como es la gente.
Nuestra edad era esa edad propia del enfado, de montar un grupo de rock o huir o hacerse tatuajes, o simplemente hacer cosas tan sólo para llevar la contraria; porque te empezabas a dar cuenta de que la obra para la que te habían forzado a ensayar, apestaba.
–Lo que os quiero decir, es que tenéis razón –dijo la mujer –, más de la que jamás se os reconocerá.
Ninguno de nosotros sacó a colación lo de vestirse con pieles bonitas de animales muertos. A nadie le disgusta que le regalen los oídos. Su aliento, o quizá su olor corporal o la colonia, era el equivalente de un jardín de rosas recién regado: húmedo, fresco y suave, como un chute de aire libre limpio en un interior.
Lo que nos decía no era un aporte a conversación alguna que estuviéramos teniendo, era una reacción a los pensamientos que a nosotros nos carcomían en ese momento de nuestra vida. Nos leyó la mente a medida que bebía sin ofrecer señal alguna de embriaguez. “Conducía” sobria a pesar del excesivo consumo. Alguien de nosotros le preguntó quién era;
–Me vas a disculpar, no es la pregunta más fácil para mí.
Críptico… Nosotros sí íbamos un poco borrachos, así que no estábamos en plenas facultades para meternos –nunca mejor dicho– en ese jardín.
–¿Qué edad me echáis? –preguntó.
No sé, cuarenta, dijo alguien.
–Por ahí –dijo ella–, pensad algo así, que os doblo la edad. Y lo que quería deciros es que… insisto, tenéis razón. Lo hago hoy porque necesitaba hacerlo, desahogarme, aunque sepa que en pocas horas para vosotros no seré más que una anécdota, y pensaréis que esto no es serio, y que lo serio es lo que empieza cada lunes por la mañana.
Creo que fue luego cuando se enfadó. O no es que se enfadara, no exactamente con nosotros. Se levantó y miró a su alrededor. Rápidamente, la gente fue pagando y yéndose. En ese momento no pensamos que ella lo provocara, pero hoy en día estamos bastante seguros de que sí. Ella reía y supongo que en parte coqueteaba, no estaba dispuesta a volverse a su mesa.
Se levantaba, se contoneaba, se sentaba. Con nosotros. La tormenta rugía cada vez más sobre aquella construcción. El edificio no daba gran seguridad, con ese aspecto a arquitectura moderna; tan cuca por fuera y poco fiable por dentro como la generación más preparada. La única verdad posible es que Ella nos miraba por momentos como si fuéramos poco más que sacos de pienso; porque aunque aún respetara nuestra enrabietada línea de pensamiento, sabía que estábamos dispuestos a cambiar, a unirnos a los demás. Era un impulso generacional. En ese momento el discurso racional decía que éramos dispersos y que nuestra única razón de ser tenía que ver con la preparación de escenarios futuros. Nuestro “problema” era que aún teníamos demasiado tiempo para pensar, para, digamos, sentirnos dentro de nuestra propia piel. Ya era más una sensación que un hecho, porque las instituciones hacían todo lo posible por despegarnos de nosotros mismos; pero había algo que aún latía dentro nuestro, y no sólo era la dichosa patata sangrante; algunos lo hubieran llamado alma, aunque poco importa la etiqueta. Ella lo sabía de sobras, y Nosostros “aún” lo sabíamos. El mundo se moría; pensamos que ése era el “mensaje”, aunque eso fue más tarde.
No podíamos movernos, así como los camareros y el dueño se quedaron estáticos tras la barra, sin intervenir, sin hacer juicios, vivos a la vista más en la teoría que en la práctica. No es que tuviéramos la intención de irnos de allí, no pensábamos en eso. No sentíamos inquietud ni miedo, estábamos atentos, abiertos, despiertos, algo cachondos, receptivos. Era lo contrario a estar en clase.

Más de uno diría que los relojes se habían detenido, o el tiempo, pero lo cierto es que la lluvia seguía repiqueteando aún cuando apareció el oso.
Sobre nosotros, la gran rama de un árbol (¿había árboles tan enormes fuera?), como medio desprendida por el viento y la lluvia, o quizá por un rayo, reventó el grueso cristal de un tragaluces. Invadió nuestro espacio, atravesada, aunque no necesitamos movernos, cosa que tampoco nos planteamos pese al contacto ya directo con el cielo, pese a los cortes que nos provocaron algunos filos.
–Igual habéis oído que mi padre me comió junto a mis hermanos cuando éramos bebés, y que luego nos vomitó. No os creáis todo lo que se escribe; o más bien: cómo se escribe. Pero estáis tan fuera de contexto ahora que será difícil explicaros quién soy, qué soy y de dónde vengo. Mi mundo corre paralelo al vuestro, si es que eso os dice algo, y sólo algunas veces nos cruzamos. Enhorabuena, habéis sido parcialmente afortunados.
–¿Parcialmente? –dijo alguien.
–Aún está por ver qué hago con vosotros; pero debéis saber que hay un montón de cosas que se pueden disfrazar de incendio para la prensa… Incluso en un día de lluvia.
No te ibas a poner a interpretar lo que decía, y además en ese momento vimos entrar, encaramado a la rama, un oso pardo de tamaño ridículamente grande. Todavía éramos lo suficientemente estúpidos como para ponernos a calcular a qué distancia estaba el zoo de la ciudad; como si nos aferrásemos a la supuesta seguridad de lo secular, lo tangible o lo meramente razonable. ¿Por otro lado, podía un oso de ese tamaño hacer eso? ¿Importaba?
–Mi padre no aprobaría en absoluto este comportamiento, que sin duda no está a la altura de las circunstancias. Pero pensad que habéis tenido suerte; él os habría usado como cebo para cazar Furias.
Podías pensar en el Infierno, ¿no?
–No vengo de ahí, chicos, no existe ese ahí, no os estrujéis el cerebro o sólo empeoraréis las cosas. Quedaos con el siguiente concepto: Lo habéis mezclado todo, mitos y religión y ateísmo, y lo peor es que lo que creéis es vuestra versión más avanzada en cuanto a inteligencia, no sirve para nada más que para anularos elegantemente a vosotros mismos a cuarenta niveles distintos. ¿Os pensáis que éste es mi aspecto de verdad? ¿Creéis que tengo algún aspecto concreto? ¿O edad?… Miraos, sois tan tiernos cuando tenéis delante de vuestras narices la única versión de la realidad que existe…
–¿Cuál…? –empezó a murmurar uno de nosotros.
–La única versión de la realidad es la que hace que vosotros penséis que estáis enfermos cuando llegáis a verla o a reconocer que existe. Vais a terapia, os drogáis, abandonáis a vuestro hijos en clase… Laméis los barrotes con orgullo… y sólo de vez en cuando os decís a vosotros mismos: Igual no hay blanco ni negro, no hay Bien ni Mal, no hay Control, sólo…
–Disculpe, pero…
En ese momento, el oso, ya junto a nosotros, gruñó.
–Él sólo tiene instintos, ¿lo veis? Sólo con eso ya sabe ver lo que tiene a su alrededor mejor que vosotros; pero sobre todo mejor que vuestros padres. Y no digo que cuando pensáis de verdad las cosas y os deprimís, sea porque habéis observado todas… las capas de realidad que existen. (No sabéis lo que me cuesta explicarlo para que vosotros me entendáis mínimamente….). Lo que quiero decir es que sólo veis vuestra realidad, porque es evidente que no estáis preparados como especie para ver otras, ni para entender que hay otras.
Alguien dijo algo sobre extraterrestres.
–La pregunta no es si hay más vida en el Universo, chico, la pregunta es cuántos Universos hay.
La mujer (o lo que fuere) se levantó y se contoneó hacia la puerta del lavabo. Sólo entonces pudimos movernos y seguirla. No es que fuera intencionado.
–Sólo os voy a enseñar un poco de mi…
–¿Un portal?
–Llámalo como quieras… Me hace gracia hasta cierto punto esa manía vuestra de ponerle nombre a todo; es como si creyerais que un día habréis acabado el inventario de todo lo que existe, resulta bastante mono…
–¿Por qué a través del lavabo?
–Funciona mejor con un lavabo privado, pero no creo que queráis invadir ahora la casa de nadie, y dudo que vayáis a invitarme a la vuestra, ya no veo bultos en vuestros pantalones… No es que sólo funcione en los lavabos, pero es uno de los pocos habitáculos que usáis aquí para pensar, reflexionar, tener alguna visión, eso que vosotros asociáis estúpidamente sólo a estar fumados. Ese nivel de pensamiento lateral, ese grado de creatividad, en este mundo se desarrolla prácticamente sólo en los lavabos. Si intentáramos hacer esto cruzando a cualquier habitación de una empresa o aula de un colegio, al abrir la puerta sólo encontraríamos retretes, pupitres o mesas de despacho; sin embargo con los lavabos, y con la compañía adecuada… –se señaló teatralmente a sí misma.
»Se requiere el campo energético ideal, y encontrarlo en vuestro Universo se hace harto difícil. Esto son lo que vosotros llamaríais siglos de estudio. Nadie quería acabar atrapado en tontolandia, no os ofendáis…
El oso nos seguía con parsimonia a cuatro patas, tan peligroso aún en comportamiento como el perrito que se compra una pareja joven recién instalada.
Al abrir la puerta, al otro lado no había baldosas ni olía a orín. Un túnel hecho de arbustos y árboles: La noche de los tiempos, pensamos mucho después. Aquello evocaba de alguna manera la obra de René Barjavel. Era de noche o lo parecía, y azotaba un frío seco. Si había estrellas no las podíamos observar, y cuanto más caminábamos, más lejos oíamos el ruido de la lluvia, de nuestra “casa”, de la “realidad real”, por ser la única que conocíamos.
–Mi primer plan era quemaros vivos, pero ahora tengo lo que vosotros llamaríais dudas. En realidad esto está prohibido, no podemos cruzar hacia otras realidades, ni mucho menos traernos a sus criaturas, pero a veces te entran ganas de provocar una pequeña brecha cósmica (¿vosotros lo diríais así?) y ver cómo evoluciona. Sé que no os gusta la idea del azar, pero lo cierto es que el azar es lo único que tenéis.
¿Se supone que teníamos que tener miedo? La sensación era distinta, más bien como si estuvieras teniendo sexo con alguien cuyo marido duerme en la habitación de al lado con una escopeta bajo la cama.
La vegetación mutó (o se fue convirtiendo) en lo que nosotros llamamos cueva. Y la cueva daba a lo que se podría llamar una galería, amplia, extrañamente iluminada, como si hubiese habido cien velas rodeándonos. Pero no había nada.
–Lo irónico de esto es que tengo entendido que vosotros a veces encendéis velas para tener sexo…
–Oiga…
–No, es que ahora no es tiempo para preguntas. Ni siquiera podrías formular una que fuera ni remotamente acertada.
Había unos postes clavados al suelo. Cinco. Nosotros éramos cinco. Sonará tonto, pero yo recordé la primera vez que vi la portada de Holocausto caníbal en la sección porno del videoclub cuando tenía unos siete años. Entonces me pareció gracioso (lo de la cueva, no lo del videoclub). Al menos podíamos sentir la tierra bajo nuestros pies. Pero mentiría si dijera que un grupo de salvajes o marcianos nos forzó a atarnos a esos postes.
–¿Cómo os podría poner en contexto…? Debería decir, antes que nada, que os he mentido en algunas cosas, al menos por omisión. No os he elegido a vosotros de forma arbitraria. Bueno, puede que a algunos así. Digamos que algunos estáis aquí de rebote.
»No sé si os importará, pero en vuestro siglo XVIII, existió un tipo llamado William Rowan Hamilton… Intentaré no enrollarme mucho, porque aunque tengo que reconocer que las matemáticas son una habilidad respetable –aunque no exclusiva– de vuestro mundo, yo no soy muy ducha en este sentido; preguntadme lo que queráis sobre la moral estelar, pero no me acribilléis en lo relacionado a cuaterniones o el espacio tetra-dimensional… Soy de letras, como vosotros diríais, expresión que por cierto a veces me da ganas de abrir uno de vuestros lavabos para usarlo de verdad.
»El caso es que este tipo un vez escribió una ecuación en un puente –creo que mientras paseaba con su novia o algo así– que sentó las bases científicas para la posibilidad de la existencia de cuatro dimensiones, y no solo tres, ¿me seguís?
»Como sois muy listos, habréis deducido que la cuarta dimensión es el tiempo…
»Debo decir que mi mundo no es ni mucho menos perfecto. De hecho el resto de los mundos conocidos tampoco lo son. Pero en comparación con el vuestro son como una orgía constante. Imaginad que os hacen una felación y que podéis eyacular sin parar y sin acabar agotados. Mi mundo es más o menos así. Insisto, en comparación con el vuestro.
»El caso es que Hamilton, junto a otros coetáneos –con la influencia de algunos escritores de ciencia-ficción, por qué no decirlo–, produjeron un material, tanto matemático como abstracto, que uno de vosotros ha retomado hace unos años.
Fue el momento en que ese uno de nosotros comenzó a llorar, mientras el oso iniciaba su olisqueo cerca de él. El resto le miramos, no entendíamos nada; más bien estábamos extasiados. No se ha inventado droga para semejante cosa. Y no hay nada que supere el cinismo humano; quizá tan solo los prejuicios humanos.
Ya no quedaba tanto para despertar en nuestra cama como si no hubiera pasado nada, excepto la desaparición grotesca de ese uno de nosotros.
–Y parece ser que este chico amigo vuestro está a un tris de dar un paso importante en sus noches en vela. Os voy a desilusionar: él no es quien inventa la máquina del tiempo. Pero sus avances son demasiado relevantes como para que el resto de Universos obviáramos la situación.
»Yo soy lo que vosotros llamaríais, quizá, un agente de paz. Sigue siendo prohibido que esté aquí, pero sólo de cara a la galería. Seguro que no tengo que desarrollar este punto…
»De modo que, como ya sabéis, el hecho de que la Humanidad se acerque a esa fase de su existencia (véase: la posibilidad de viajar en el tiempo), supone una amenaza de valor incalculable para básicamente TODO y todos los demás…
»A estas horas la casa de vuestro colega ya habrá ardido con sus padres dentro, pero sobre todo con toda su investigación. Las mates… Menudo hobby, ¿verdad?, ¿es así como llamáis aquí a las cosas importantes? En fin, ya sabéis, un buen incendio controlado no solo sirve para quemar rastrojos…
»Seguro que veis aquí una paradoja: ¿Éste es el diálogo que ofrece una civilización avanzada?… Sólo imaginad intentar jugar una partida de ajedrez con este oso y entenderéis sólo una pizca cómo nos sentimos los demás cuando pensamos en vosotros. Incluso a eso le habéis puesto nombre: nihilismo. Lo que no parecéis plantearos, incluso cuando os extermináis entre vosotros, es que el nihilismo es un movimiento creado por la Humanidad para saciar su interminable sed de sangre.
»Ahora os aconsejo que no miréis…
Ese uno de los nuestros se había zampado a mediodía algo así como una barbacoa entera para cuatro. Por la noche el proceso digestivo estaba en el peor momento para estar uno cerca de él e inmovilizado. El oso mordió de tal manera –y en tal zona– después de tener luz verde, que chorros de heces nos salpicaron a los demás mezclados con sangre y bilis.
»Seguís empeñados en ser el trastero lleno de monstruos de la existencia…
Ella, o lo que fuere, acarició al oso, y tironeó de su piel. Esta parecía desgajarse de él, pero el animal no se enteraba mientras devoraba a nuestro por aquel entonces colega. A medida que le arrancaba la piel, él mudaba otro pelaje, uno nuevo.
Uno de mis amigos allí presentes, luego se pasó como un año sin hablar. Con el tiempo escribió un libro, una novela. Contaba lo que pasó de verdad, pero en nuestro Universo sólo era eso, una novela. Una muy buena, cabe decir. Otra más para echar al no tan gran montón de las que alimentaron relevantemente la literatura aún llamada de género, aún clasificada siempre, irremediablemente, como ficción.

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Pestillo en el pomo

En realidad era uno de esos días en que D. no estaba, digamos, muy convencido. Tampoco estaba seguro de estarlo el resto del tiempo; ni tampoco sabía bien qué significaba exactamente estarlo. Decidió no contactar a nadie e irse al cine. Quizá de lo que no estaba muy convencido es de poder soportar la idea de tener compañía esa tarde. A veces podía ser agotador; y hay distintos motivos para ello, pero seguramente la muerte de su padre, aún relativamente reciente, era uno de ellos. O al menos la opción más evidente, y en todo caso la que vestía mejor de cara a la galería, en ese momento sólo consistente en él mismo. Generalmente eres tu espectador más fiel, tu interlocutor más atento, además de, potencialmente, tu peor enemigo; pero esto último ya es de perogrullo… Es la paja a la inversa, tan practicada, joderte a ti mismo en lugar de darte placer, etc. Algo adictivo, además. Todo debido en gran parte a reminiscencias educativas, de lo que se deriva un sentimiento de culpa abrumador ante la posibilidad de una vida posible sin el sufrimiento común latente habitual.
Por aquel entonces, al menos.
Aunque no había ninguna película que le atrajese demasiado. Y siempre existía el riesgo de topar con alguien, tener que saludar a alguien, dar explicaciones, puede que hasta soportar algún pésame forzoso (y encima tener que agradecerlo…). Como sea, levantó el culo y salió a la calle. El problema de los multicines y los complejos comerciales, es más o menos como el problema del mundo. La gente. Demasiada durante el fin de semana; todos sedientos de… nada en particular, sedientos de no hacer lo que suelen hacer durante la semana, que consta de la antipaja más común y aceptada.
En aquellos tiempos, al menos.
Orgasmos a la inversa que no duran un par de segundos, sino horas y horas cada día. Imagínatelo. De modo que D. llegó y ahí estaban, todos con un hambre voraz sin saber de qué, algo perdidos al no tener que cumplir órdenes, atolondrados cuando ellos mismos tenían que decidir el siguiente paso. No es que no tuvieran ciertas nociones; es algo bastante ancestral; pero se podría reducir a que saben que les gusta follar y, en mayor o menor medida, cebarse y drogarse. El resto del tiempo suelen andar algo más que aturdidos, pasando junto a otros placeres de los que suelen huir al traerles ecos formativos engañosos, todo relacionado con horas de hastío que ahora asociaban a las jornadas de antipaja laboral. Les gusta (o gustaba) que les entretengan, que les desconecten, algo para lo que la industria del cine sabe jugar muy bien sus cartas. El cerebro ha de mantenerse siempre en una especie de estado de huelga general con servicios mínimos. Cualquier otra tendencia les asusta y provoca rechazo. Basta con echar un vistazo a la cartelera, generalmente diseñada para esos servicios mínimos mentales. Tan sólo alguna película esquirol ocasional les solía estropear el plan.
D. decidió tomar un café después de sacar su entrada. Y algo que le inquietaba de estar allí, rodeado de mesas repletas de parejas y grupos de amigos en una terraza cubierta, era el verse a sí mismo en ellos: la idea de que él era como ellos. Algo terrible, asfixiante, un concepto casi suicida. En la pantalla enorme de aquel irlandés (nada recordaba a Irlanda excepto cierto tono de verde en la decoración) estaban dando un partido de fútbol sin interés; por los altavoces salía algún tipo de música latina que se mezclaba con el ruido de conversaciones y ademanes, gestos sedientos y hambrientos de personas que de todas formas ya se estaban dando palmaditas de apoyo porque al día siguiente era lunes. Casi todos los días de la semana había una pauta para las conversaciones que generalmente seguían a pies juntillas. Los lunes el tema era que era lunes, los viernes que era viernes, los sábados que era sábado (y obligatorio ser feliz), los domingos que era domingo, los domingos por la tarde que (oh dios mío) al día siguiente era lunes; y el resto de días se hablaba básicamente del viernes y el sábado. Con el tiempo, empezaban a hablar de las vacaciones, que era lo más cercano a un objetivo vital o la autorrealización para la gran mayoría. La idea de trascendencia la aportaban los hijos, a los que pronto se atomizaría mentalmente para conseguir ejemplares iguales a los padres. Era el pez más importante de todos los que se han mordido la cola, una marca blanca de estabilidad envuelta en un halo tóxico de frágil filosofía; la cual diría que el pensamiento de D. no es (o era) nada más que pesimismo y amargura (y claro, quizá con cierta razón; pero la incómoda pregunta sería: ¿cuánta?).

Tenía que ir al lavabo. Aún quedaba una media hora. Tenía que ir al lavabo al menos dos veces antes de entrar en la sala, y aun así en ocasiones en mitad de la peli también. Lo achacaba a un problema pasado de piedras en el riñón y alguna especie de efecto secundario de agilización de los procesos gástricos. O algo así. Aunque obviamente también era algo psicológico cuando iba al cine.
Pasó por la barra a pagar, y acto seguido buscó la puerta adecuada. La zona de la pila y el espejo era unisex. Había una chica, la novia de alguien, que se repasaba el maquillaje y parecía nerviosa. D. pasó por su lado, el dibujito del lavabo para hombres era una silueta del David de Miguel Ángel. Dentro, el habitáculo olía a la última deposición, seguramente producto de alguna bacanal dominguera en familia con demasiada comida, gente, charla y pose. Ahora lo llamaban “cuñadismo”; cuando la familia se reúne y algún miembro sólo dice gilipolleces, lo cual se supone que pasa porque el resto no las dicen… D. se tapa como puede la nariz y se dispone a orinar. Hay pestillo. A pesar de todo, dentro del lavabo sentías la imitación más fidedigna de la paz que ha logrado el ser humano. Lo más cerca de la reflexión o el pensamiento que lograba estar el ciudadano medio. No le quedaba más remedio; es algo que no podía solucionarle el móvil ni el dinero ni un papel con la firma adecuada; simplemente te sientas y tienes que cagar, o mear, lavarte las manos, los dientes, ducharte. De repente se cuela un pensamiento en tu cabeza. Mierda. Luego eso ya no hay quien lo pare. En cualquier caso, dicen que el yoga es complicado porque la mayoría de gente no es capaz de dejar su mente en blanco, pero eso no quiere decir que de normal la tuviesen (la cabeza) llena de sabios giros del análisis que hacían de su entorno… Dentro del lavabo es lo más cercano al yoga que conocía D. Lo más cercano a la iluminación. Sea lo que demonios sea eso.
El pestillo, sin embargo, era uno de esos que va con el pomo, un saliente que uno gira hacia un lado o hacia otro para cerrar o abrir. También conocidos como “trampa mortal”, ya que gracias a esta clase de sistemas, de vez en cuando alguien se quedaba encerrado en un lavabo público (o incluso en casa), con el mal rato y la sorna que eso conlleva. Giras el pestillo hacia el lado equivocado y no puedes abrir, intentas corregir el movimiento, y no puedes abrir, estás seguro de haberlo hecho bien, pero no puedes abrir. Giras hacia un lado, hacia el otro, pierdes la noción de hacia dónde se abría o cerraba… No puedes abrir. Giras, giras, les das una vuelta completa al pestillo. Comienzas a maldecir. Pronto, aunque sigues dándole vueltas a la pieza, sabes que no vas a salir hasta que te saquen. ¿No podían poner un pestillo normal?, ¿uno visible con el que uno ve el mecanismo y puede hacer algo al respecto? ¿Quién inventó esta lotería del pestillo? ¿De qué iba esta ruleta rusa del lavabo público?
De modo que ahí se quedó D., dentro del servicio de un pseudo-irlandés, con la música fuera demasiado alta y un pasillo lo suficientemente largo para ahogar sus voceos.
Cuando ya llevaba veinte minutos, comenzó a mosquearse. El problema, supuso, era que la puerta del lavabo estaba al final de un corredor. La única forma de que alguien le socorriera era que otra persona fuera al lavabo. Se suponía que tenía que ser fácil. Era un lugar concurrido, muchas vejigas previsoras antes de ir al cine, etc. Pero uno no podía prever el comportamiento de esa gente, la espeluznante gente llamada normal. Quizá nadie fuera al lavabo ya más ese día, aun siendo aún las seis y media de la tarde. Era sabido que muchas personas evitaban ir a lavabos públicos; que la suciedad y la inmundicia potenciales las preferían mucho antes en el cerebro, en los gustos, el criterio y los ideales.
Pensó en llamar a alguien con el móvil, pero no quería quedar como un torpe estúpido ante algún conocido que luego contaría la historia cada dos por tres. Por aquel entonces, esa gentuza común raramente tiene algo que decir; es decir, tienen muchas cosas que contar, cotilleos o historias vacías y recurrentes sobre mascotas, bebés o días horribles en el trabajo, pero eso es todo. De modo que tienen que volver una y otra vez a explicar las mismas anécdotas, que a menudo dejan en mal lugar a alguien, esté o no presente. Era conocida su propensión a disfrazar de broma inofensiva la humillación. De modo que D. intentó gritar, que alguien le oyera, alguna camarera, alguien, alguien. Pero no había manera, era absurdo. Se sentó sobre la tapa del váter.
Ya no iba a poder ver la peli, estaba empezada de sobras. Cuando vio que la puerta no abría, pensó que estaría ahí dentro unos diez minutos, veinte como mucho, hasta que alguien le sacara, hasta que el personal del local inventara algo para liberarle; quizá ya supiesen que esa puerta daba problemas y conociesen algún truco; o quizá tuviesen que llamar a algún tío, algún qué, ¿cerrajero?; ante lo cual, pensó D., ¿quién pagaría la factura?
Echó otra meadita. Un lavabo no era el peor sitio en el que quedar encerrado.
Después de hora y media, no podía creer que nadie más –ni hombre ni mujer– hubiese tenido aún necesidades. Fuera, el párking, inmenso, estaba tan lleno que había aproximadamente la misma cantidad de coches dando vueltas, intentando cazar un aparcamiento. Había colas, tráfico casi parado entre los coches aparcados. La idea del rebaño en su máximo esplendor. Y a ninguno de esos capullos, incapaces de dar un paso si no era sobre la cinta de correr, le venían ganas de cagar. En un momento de desesperación, D. intentó forzar la puerta; si se rompía, pensó, así se iba a quedar, no les debía nada a esos mamones, haber tenido un lavabo como es debido…
Pero lo único que pasó fue que se quedó con el pomo en la mano, y la puerta continuó cerrada a cal y canto, estática, blanca y fija, cortando el paso, absurda, real y cruel como la vida. Estúpida. D. tenía tendencia a atraer los percances de naturaleza estúpida, irritante; los hubiese cambiado todos por un buen accidente de tráfico del que muy al final saliera indemne, de eso no se reía nadie. Ni aun con los golpes y tirones que había dado, no se percataron de que estaba allí, incapacitado. D. sabía que cuanto más tiempo pasara más ridículo era lo que estaba pasando. Pensaba en si alguien se había fijado lo suficiente en él para hacer cálculos; la camarera que le había cobrado, obviamente, pero, ¿alguien más?
Se volvió a sentar sobre la tapa del retrete.
Sabía que su primera oportunidad de salir de allí si nadie iba al baño, se presentaría cuando el local estuviese casi vacío, y su voz pudiese llegar a la zona de la barra.
Recordaba cosas, pensaba cosas, era la reclusión forzada. Su móvil aún tenía batería al entrar, pero ya habían pasado casi tres horas, hacía un rato que había fenecido. No se atrevió a llamar a ningún colega y hacerle venir en coche a rescatarle, no se atrevió a movilizar a nadie de su tarde de domingo, y quizá sillón y manta. Con un poco de suerte podría salvar un poco de dignidad. Obviamente no volvería al local en un tiempo; las camareras y camareros solían durar poco, así que con un poco más de suerte, para cuando volviera no tendría que preocuparse por detalles molestos como las miradas irónicas o los cuchicheos.
Recordó, o quizá imaginó, o puede que lo hubiera leído, que en una escena hipotética, un personaje parecido a él era acorralado por su familia. Lo que en las películas llaman: “intervención”. Algo que siempre se hace cuando, en teoría, una persona está mal o lleva mal camino. De modo que alguien, quizá el padre o la madre, le decía –en representación de todos los presentes– algo como: Hijo, nos preocupas.
Esto venía seguido de toda esa serie de frases hechas típicas de cuando alguien sin imaginación y con apenas vocabulario está preocupado por un igual que ya no lo es. Este tipo de escenas no se producen necesariamente en torno alguien que ya tenga cicatrices de cortes en las muñecas; a veces basta con que te haya dejado la novia, lleves un mes sin afeitarte mucho, estés algo pensativo y no muy hablador.
En dicha escena, este personaje parecido a D., en lugar de desmoronarse como inicio de una supuesta curación psicológica previa a volver a tomar las riendas de su vida (que en teoría había perdido), en lugar de eso, lo que hace es contestar:
–Pero vamos a ver, ¿de qué vais? ¿Por qué hacéis esto? ¿Y por qué estáis todos aquí? ¿Tenía que ser algo público? ¿No era suficientemente incómoda esta conversación entre dos o tres personas? ¿Qué se supone que va mal? ¿Qué es lo que pretendéis corregir? ¿Queréis que sea como antes? ¿Creéis que la gente no cambia nunca, o que no puede intentar cambiar? ¿O simplemente queréis, insisto, que sea como antes? ¿Pero por qué queréis que sea como antes? ¿Y si resulta que siendo como soy ahora me va mejor y logro más cosas relacionadas conmigo en lugar de con vosotros y todos los demás? ¿Por qué vosotros, por qué todo el mundo, puñeteras ovejas todas iguales, necesitáis que nadie parezca distinto? “¡Me encantan los minions!, ¡por fin es viernes!, ¡vamos a comprar!”… ¿Por qué tengo que ser igual que vosotros?, ¿por qué ser como vosotros es lo mejor y lo más inteligente?, ¿en qué periódico, si se puede saber, sale publicada semejante cosa cada día?, porque yo más bien veo lo contrario… ¿Y quién os dice que si esta intervención no funciona, no seré un colaborador vital en unos años para curar una grave enfermedad, escribir un gran libro, crear una buena ONG o simplemente ser un buen maestro de primaria? ¿Quién os dice que estáis siempre En Lo Cierto? ¿Por qué creéis que la razón es sólo lo que respiráis vosotros?… Si no tenéis auténticas buenas respuestas para todas estas preguntas, hacedme el favor de salir de esta habitación, volver a vuestras salas de estar y pensar quizá por primera vez qué coño estáis haciendo con vuestras vidas.

El ruido. No era nada que pudieras asociar a una experiencia propia o ajena. No sonaba a nada real o posible. Era imposible, irreal. Era un ruido que se repetía y no llegaba desde una sola dirección, sino desde varias. Era algo que hacía temblar la tierra. Todo el edificio y el aparcamiento, con las tiendas, las terrazas, las salas de cine, todo, incluido el lavabo en que estaba D. Todo lo que estaba a la vista y todo lo subterráneo.
No era, insisto, nada entonces previsible. No sonaba a bombas, ni mucho menos a tiroteos, no sonaba a una gran y aparatosa tormenta. No te hacía pensar en un terremoto, ni aunque jamás hubieses vivido uno leve o importante.
La palabra que pasó –más rápido de lo que hubiese querido– por la mente de D., era:
Pisadas.
¿Pisadas de qué? ¿Godzilla? ¿Dinosaurios otra vez? ¿A qué empresa, por loca por el dinero que estuviese, se le podía haber descontrolado tanto el negocio? No es que matar por dinero fuese algo novedoso; los sicarios lo hacían, los gobiernos también lo hacían, todo dios lo hacía. Vale. ¿Pero qué coño estaba pasando? ¿Era algo fortuito o alguna irresponsabilidad? Como si D. fuese a saberlo…
El caso es que el edificio se estaba cayendo a trozos, y esto D. sí lo sabía. Comenzó a patear la puerta, pero no tenía el suficiente espacio para coger impulso. Sólo reservas de miedo y rabia. ¿Si se acababa el mundo, él iba a ser el único cretino que se lo perdiera? Podía oír gruñidos, algo animal, como si algo enorme como un rascacielos no necesitara de arquitectos para seguir en pie y tuviese mucha hambre. Algo en el otoño de la humanidad. D. imaginaba a todas las personas que fuesen como él encerradas en ese mismo momento en otros lavabos del mundo. Aterradas igual que las demás, pero también el único “target” que por carácter tenía el espectáculo de un Apocalipsis. Vale, pensó D., nos vamos a la mierda, ¡pero yo también quiero tener una oportunidad! Sabía que las salas se estaban vaciando, que la gente corría y gritaba, que había accidentes de tráfico y cosas que se aplastaban, chocaban, trituraban… Lo podía oír, ya fuese más lejos o más cerca.
En cierto momento pensó que iba a morir, al oír derruirse casi toda la estructura que tenía encima. Algo se estaba moviendo sobre él y su lavabo. Su última casa, no mucho más pequeña que otras que incluían alquileres abusivos.
El techo fue arrancado. D. gritó hasta que su voz dejó, literalmente, de responder. Su garganta dijo basta. Ahora en lugar de techo podía ver el movimiento de algo en la noche. Una cabeza, de forma indefinida, se acercó lo suficiente para mirar.
Más que una cabeza, un ojo.
Un ojo de reptil, enorme, amarillo paella con azafrán, con una pupila oscura de forma cambiante.
D. tardó un poco en ver que esa pupila estaba diciendo algo. No es que hablara, era cuestión de fijarse. Imaginaos qué impresión le pudo causar aquello a alguien por aquel entonces. D. vio un 9, y luego un 8. Le sorprendió la inmovilidad repentina del animal, o lo que fuera aquello, el hijo de alguna prueba nuclear, algún extraterrestre, lo que fuera que se pudiese haber visto en películas o leído en libros. Todo objetivamente incorrecto, ridículo, equivocado. Y la pupila tomó forma de número seis. Quizá fue el momento en que D. gritó algo absurdo como:
–¡¡¡Qué coño quieres!!!
La pupila, del tamaño del habitáculo en que él estaba metido: un cinco…
Un tres…
Dos.
Uno…
Y fue entonces cuando D. finalmente logró salir del lavabo, junto a aproximadamente el ochenta por ciento de la humanidad.

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