Futuro

Un ruido de la calle hace que Luís despierte. Alguien taladra el suelo. Luís tiene una imagen borrosa de Sherilyn Fenn en su cabeza. Después de muchos años, la actriz bajita y atractiva se le ha aparecido en un sueño. Nítida y clara, sonreía radiante, con su lunar cerca del rabillo del ojo izquierdo. Sherylin es una intérprete “desaparecida” y cuarentona que tuvo momentos brillantes en la serie “Twin Peaks”, y que sobrevive de las películas masticadas que se ven de ella por televisión, hechas en exclusiva para el medio.
Una imagen de supervivencia, piensa Luís. El sueño ha de tener algo que ver con eso. Ni tan siquiera tiene una erección matinal. Así que el sueño, piensa, ha de ser síntoma de algo sin nada que ver con lo erótico.
Mientras intenta recordar algo concreto del sueño oye a la vecina del piso de arriba, que grita, como pasa muchos días.
El melodrama real atraviesa el techo: <<¡No quiero verte mas, cabrón! ¡Vete a la mierda! ¡Me dijiste que…! ¡Me prometiste que…! ¡Antes no…! ¡Y ahora siempre…!>>
Siempre son discusiones parecidas. Sin embargo ella no deja al tipo en cuestión. Al que por cierto, Luís nunca ha visto. Los gritos se suceden con bastante frecuencia, casi siempre por las mañanas, después de, seguramente, haber pasado la noche juntos. Cuando ya no está el sexo en la cabeza de ninguno de los dos él debe decir algo irritante que hace saltar la chispa, y ella siempre se encabrita. Comienza a gritar, y todo lo que se oye son sus berridos. La sinceridad siempre parece surgir cuando no hay un polvo en perspectiva.
Hace un mes que la chica se instaló. Luís alguna vez la ha visto subir cargada de bolsas. Sola. Nunca nadie la ayuda. Su piso de soltera es exactamente igual que el de Luís. Pequeño. Caro. Sin bonitas vistas. Una de esas construcciones que parece que el gobierno ha promovido para poder mejorar alguna estadística. Si permaneces más de dos horas dentro de estos pisos te comienzas a sentir solo como nunca. La sensación que tiene Luís es la de malvivir constantemente, como un turista que alquila una habitación en un hotel de dos estrellas en un país extranjero para tener donde dormir por las noches durante una semana.

Es sábado, y Luís no se siente muy animado. Sale a la calle y busca una cafetería en la que desayunar. El problema básico de vivir solo es que tienes que pensar en todo lo concerniente a ti; el desayuno, la comida, la cena, la limpieza del piso. Todas esas cosas en las que no pensabas cuando vivías con tus padres se convierten en un estorbo. Así que muchas veces Luís come fuera. No es tan obvio ni tan extraño. El mundo está lleno de gente a la que le da una profunda pereza hacer cosas como planchar la ropa o barrer, y Luís es una de ellas. Y claro, también hay mucha gente que no sabe cocinar. Las dietas se convierten en menús de colorines, pizzas, hamburguesas que no saben a nada, tortillas mal hechas, proyectos de sopa, y muchos bocadillos, centenares de ellos. Poner embutido entre dos trozos de pan se convierte en la vida alimentaría de gente como Luís muchos días.
Con el tiempo aprende a organizarse y a espabilarse, para que su vida solitaria no se convierta en una habitación llena de polvo y cajas de pizza con restos de la anterior comida. Aunque claro, en su caso no es imposible organizarse; el piso es minúsculo. Si Luís se come dos mandarinas a mediodía y no abre las ventanas el piso olerá a mandarinas el resto del día.
Demasiadas veces su libertad personal se reduce a eso; hacer cosas para que al día siguiente no haya el doble de cosas que hacer.

No hace mucho alguien decidió que el edificio de Luís estaba en un lugar ideal para la publicidad. Y alguien instaló un cartel de Coca-cola en el tejado. El cartel se enciende por las noches y la calle siempre está iluminada con un rojo apagado.
Pisos pequeños, comida basura, supervivencia, independencia y marcas comerciales. Todo se está desmoronando, piensa a menudo Luís, mientras la gente mira hacia el edificio, observando su soltería occidental patrocinada.

La cafetería elegida está llena de gente. En un rincón hay tres mesas pequeñas juntas y unas seis personas en sus respectivas sillas. Apenas se dicen nada. Al más mínimo comentario todos se ruborizan. Se escrutan entre ellos procurando pasar desapercibidos aun estando juntos. Luís puede imaginarlos a todos ayer delante de sus ordenadores, metidos en cualquier chat de “Amistad”.
El café llega. Luís se da cuenta de que se ha puesto en la zona de no fumadores y además demasiado cerca de los del chat. Maldice en silencio. No pasa nada, se dice, puedo aguantar. Nunca fuma en el piso a no ser que sea asomado por la ventana. En las ocasiones que lo ha hecho dos cigarrillos han bastado para formar una nube de humo en el techo y para que el olor del tabaco no se vaya en varias horas.
Se termina el café solo y paga y sale del local. Se enciende un cigarrillo. Camel. Y el móvil le vibra en el bolsillo;
– ¿Sí?
Una voz exageradamente femenina e insinuante dice;
– ¿Cómo te llamas, cariño?
Luís cuelga. Los teléfonos eróticos funcionan así, le dijo a Luís un amigo una vez; tú llamas y una voz te dice que dejes un nombre y un número de teléfono. Te dicen: lo hacemos así, cariño, en un momentito te llamamos nosotras.
Y a esas alturas ya se te han ido unos cuantos euros. Lo que pasa es que a veces, quien sea, apunta mal tu número de teléfono. Alguien se equivoca y ya hay un tío más con la polla fuera, esperando.

Después de colgar Luís se va a casa, aburrido.
Que aburrimiento, piensa, que coñazo. Hay días que da pereza hasta respirar. Los amigos de Luís se han marchado a una especie de camping, algo que Luís ya ha hecho cientos de veces, y que esta vez ha decidido no hacer, ante la extrañeza de sus amigos. Lo malo de no aceptar los planes que hay es que la mayoría de veces no tienes un plan B, piensa Luís. No hay un plan B. Y solo queda aburrirse.
Ya en casa, llama a una pizzería. Arriba hay más gritos. Y es extraño, porque a estas horas ya no suele haberlos; <<¡Me prometiste que vendrías! ¡No digas eso! ¡Jódete!>>
Se oye un berrido femenino y luego un silencio, y luego otro berrido femenino, y otro silencio, y así todo el rato. Sería curioso oír el otro cincuenta por ciento de la conversación.
La pizza llega, en una gran caja que se convertirá pronto en un muerto del que habrá que librarse. En la televisión los telediarios escupen noticias de relleno; elefantes jugando al fútbol, gente de la tercera edad bañándose en aguas heladas. Las noticias que deberían ser sorprendentes son las mismas cada año. Hay telediarios que duran más de una hora, y muchos días solo son sucedáneos de sucedáneos de noticias ya gastadas; declaraciones de un futbolista en respuesta a las de otro, un puñado de gente dando tumbos cuesta abajo detrás de un queso, el estreno de un película de desorbitado presupuesto… Y cuando la pizza se acaba Luís decide romper la norma y se enciende un cigarrillo. Y aspira el humo, esperando llenar algún vacío.
Cuando mas relajado está, suena el timbre de la puerta. Al abrir, la chica de los berridos está de pie delante de él. Lleva el pelo empapado recogido en una coleta, y tejanos y una camiseta sin sujetador debajo.
– Hola, perdona, los vecinos de arriba no están. ¿tú no tendrás un secador de pelo, por casualidad?, se ha roto el que tengo y… ya me ves…
Luís se la queda mirando. No va ha poder ayudarla. Ahora mismo daría el dedo pequeño de un pie por tener un secador. La chica no es de las que llaman la atención. Hasta que de cerca ves sus ojos grandes y negros, y los labios. Los dedos pequeños de los pies no sirven para nada, joder. Luís la mira unos segundos, la cintura minúscula, los pechos grandes algo caídos. La piel brillante, morena. Y no tiene un secador para prestarle.
– Pues no tengo, no.
– Bueno, perdona entonces.
– Tranquila, alguien en el bloque tendrá…
Y después, una despedida seca entre vecinos. El “hasta luego” típico. Nada de confianza. Solo una sonrisa brillante de ella, solo pura simpatía. Nada de miradas sospechosas ni química. Nada que pueda dar pie a nada en el próximo encuentro. Texto real sin subtexto. Solo otra vecina más a la que imaginar desnuda según el momento. Otra mujer más con la que alimentar fantasías con las que acabas salpicándote con esperma.
Otra dosis diaria de realidad.

Hacia las diez de la noche se oyen más gritos. Quejas y reproches. El cincuenta por ciento de la conversación. La mitad femenina sonora. Y un silencio, y otro silencio. A Luís le extraña que discutan a esas horas. Hoy el día has sido ajetreado. Al cabo de un rato se deja de oír el escándalo. Luís se va a dormir. Al día siguiente es domingo, piensa. El día depresivo del señor. La última tarde de la semana todo el mundo piensa en el día siguiente. Luís, aun siendo sábado por la noche, se duerme, pensando en el lunes por la mañana.

El timbre, estridente y desagradable, le despierta a las diez y siete del domingo. Luís se va hacia la puerta y al abrirla hay dos agentes de policía, mirándole.
– Buenos días… ¿estaba durmiendo?
– Pues… si… ¿qué pasa?
– ¿No ha oído un ruido esta mañana? ¿no le ha despertado algún golpe en el piso de arriba?
– Pues no.
– Esta mañana han encontrado muerta a la chica que vive en el piso de arriba los vecinos que viven puerta con puerta. Tenía un golpe muy fuerte en la cabeza y la asistencia ha llegado tarde. Estaba sola y ha debido pasar un rato hasta que se ha echado la puerta abajo.
– ¿Estaba sola?
– Sí.
Luís sube al piso de arriba con los agentes. No sabe a que viene todo lo acontecido. Piensa que el novio la ha debido callar de un golpe durante una discusión.
Al entrar al piso, la chica está en el suelo encima de un charco de sangre enorme que ya se está secando. En la mesa que hay en la habitación hay unos papeles. Algo que parece un guión. En la primera línea pone: Teresa entra con cara de mala uva a la estancia.
La policía le sigue preguntando cosas a Luís.
¿Está seguro de que no escuchó nada?
En el papel pone: ¡Me prometiste que vendrías!
¿No escuchó nada de lo que ha pasado esta mañana?
Pone: ¡Jódete!
Pone: Querida, no quería decírtelo porque te quiero.
El otro cincuenta por ciento de la conversación. Una chica apasionada ensayando. Una chica demasiado apasionada. Demasiado sola.
– Es extraño que usted no escuchara nada…
Un tropiezo; el ensayo de una obra, piensa Luís. La chica siempre estaba sola. Solo el cincuenta por ciento de las cosas. Ahora nadie sabrá que ha pasado. Aunque no es difícil imaginarlo, piensa Luís. La policía dice que no hay huellas de nadie más. Ensayar con entusiasmo ha podido matarla. Un traspiés mientras gritaba: ¡No digas eso!
Un escalofrío recorre la columna de Luís al pensar que cada vez que ella lloraba o se quejaba, todo eso, era falso. Solo eran mas sueños. De futuro.
La policía deja a Luís tranquilo. Baja a su piso. Coge la chaqueta y sale a la calle. Desde abajo mira hacia atrás y hacia arriba. Hay un policía asomado a una ventana con las manos enfundadas en unos guantes de látex blancos. Mira hacia él y Luís aparta la mirada. Al volver a enfocar el edificio el agente ya no está. El cartel de Coca-cola se alza majestuoso en el tejado, patrocinando la realidad.

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