La espera

Día seis. Hoy recojo los resultados de la prueba. Los nervios son por lo que podría saber hoy. He llegado a las tres de la tarde a casa. Hace siete cigarrillos que estoy aquí, ha pasado una hora. Ahora son las cuatro. Y dentro de un rato serán las cinco. Pero la cita es a las seis, así que tengo tiempo hasta las cinco y media.

Pero no hago gran cosa, la verdad.  

A las cinco y media salgo de casa, ya he perdido la cuenta de lo que llevo fumado. No se si fumo tanto normalmente o si es hoy por los nervios.

 

 Ayer me encontraba en el bar con amigos. Pedro me dijo;

– ¿Entonces, es mañana?

– Sí –  dije yo.

– No estés nervioso, no sirve de nada – dijo él.

– ¿Me das un cigarrillo?

Y me lo dio. Los demás, últimamente, siempre ponen cara de circunstancias. Mis amigos han estado distantes. No hablemos ya de mis amigas. A veces no conviene acercarse a según quien. Ese “quien” ahora soy yo. Y todos lo saben. Y todas.

 

Antes de ayer mis padres escucharon mi historia. Después mi madre se abrazó a mí. Vi la diferencia que hay entre mi madre y el resto del mundo. Me dijo, apunto de llorar;

– ¿Cuándo tienes que ir?

  El día seis, a las seis. Pasado mañana.

Y eso fue todo. Y de ese día no sabría recordar más que a mi madre.

 

Tres días antes del día seis, por lógica era día tres. Ella, Carla, mi novia, mi ex novia, me dijo que quería dejarlo. No se trataba de los cuernos y yo lo sabía. Sabía qué pasaba. Era como una ruptura de penalti. Pero que iba decir yo. Cuando fui a besarla por última vez ella apartó la cara. Y si, eso fue lo que me dolió. Y desde entonces empecé a sangrar por dentro.

 

El día 0, aquella tía me hizo un gesto. Cabeceó hacia el lavabo. Yo no quería. Pero lo hice, porque soy débil; lo hice con ella. Después me pidió sesenta euros, para mi sorpresa. Se los di. Y ahora, bueno, ahora puede que esté muriéndome lentamente.

 

Un día se lo conté a un profesor del instituto. La chica, la discoteca, y que ella era puta. No se por qué se lo conté. Quizá aun no quería contárselo a mis padres, y menos qué cuestión era la que me preocupaba. El profesor se puso rojo, no supo qué decir. Entonces me di cuenta de hasta que punto la gente es insegura. A veces sobretodo los que mas seguros parecen;

– No se qué decirte – dijo –, es tu vida, tu sabrás que haces, ya eres mayorcito.

 

“Ya eres mayorcito”, CABRONAZO, pensé, y me fui al hospital.

 

El día que empezó todo era un sábado más. El día 0, como yo lo llamo. Allí estaban ellas, las gemelas; Lara y Juani. Un día me llevé a Juani a casa porque no estaban mis padres. Ella no acababa de querer, pero yo iba muy mal; tanto que, para ella, que no me conocía, podía resultar peligroso. Alguien me dijo que al día siguiente fue a por la pastilla del día después. No creo que nadie sea más vengativa que Lara, y tampoco, al parecer, nadie se quiere más mutuamente que ellas dos. El día que empezó todo la venganza cogió forma. Se vengaron con miedo. Algo que nadie soporta.

Lara, que tenía más mundo que Juani, convenció a la puta. Y la puta fue a por mí. Al salir del lavabo consternado por los sesenta euros que perdí, vino Lara, vino el miedo. Lara me dijo: A saber lo que lleva esa puta encima.

Y yo pensé que si, que no podía fiarme de una puta, pero mucho menos de Lara. Lo que no se me ocurrió era que después tendría que ir a por los resultados de los análisis. Hoy. No se me ocurrió que no podría soportar la espera.

 

 

 

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