Una salida

Siempre pensé que llegaría este momento. Siempre creí que algún día llegaría tan alto. Siempre hay salidas y soluciones prácticas. Cierto tipo de esperanza real existe.

Estoy aquí, por encima de todos, contemplándolos, de pie… en la cornisa de un edificio, a quince pisos del suelo, apunto de dar un paso hacia delante. Un paso real.

…No, no se trataba de una metáfora o un triunfo social; el triunfo es complicado; hay de muchos tipos; va con el carácter.

Si existe, iré al infierno, me dicen algunos, solo con la mirada, mirando desde abajo.

He tomado una decisión absurda y terminal, pero hay gente que soluciona su desazón pagando por que se les meen encima; historias así; pero supongo que ellos si serán perdonados, por quien sea que te tenga que perdonar; oficio que… debe ser peor que ser minero. Debe ser más difícil perdonar todos los días que haber conseguido resucitar.

– ¡Oye!

En fin. En el fondo sabia que pasaría esto. Un tipo de uniforme me grita desde la ventana más cercana.

– Oiga – le digo – no suelte ningún tópico, por favor, no me voy a tirar.

Me acerco con soltura hasta la ventana y entro en la habitación, sin pensarlo demasiado. Nunca he tenido nada parecido a la fuerza de voluntad, aunque yo nunca lo he visto como un defecto; solo como una característica. El mundo lleva toda la vida solucionando los problemas bombardeando aldeas. El suicidio es una versión mas pequeñita de ese tipo de decisiones, aunque mas respetable. Lo difícil es hablar, actuar, e intentar solucionar los problemas de una forma transparente y real. Pero mientras haya bombas, cornisas e hipocresía…

Suena absurdo, ya lo se, pero busca un trozo de coherencia real, encuéntralo, si es que puedes.

Al parecer intentar quitarse la vida es parecido a un delito. Tengo que cumplir ciertos protocolos con la policía. Todo tiene un tufillo ciertamente retrogrado, aunque no sabría decir por qué.

Al día siguiente despierto en mi piso de soltero, por culpa del despertador. No me da tiempo a pensar en que he vuelto a nacer, y en las segundas oportunidades, y todos esos rollos; tengo que salir cagando leches hacia el trabajo.

El día resulta anodino y solitario.

 

Estuve casado: ella era una chica tímida y retraída. También era una intelectual. Yo esperaba que saliese la pantera que pudiera llevar dentro. Pero no. La cosa duró tres años de novios y tres de casados. No se por qué duró tanto. Era tan vulgar, aburrida…

Ni el sexo podía salvar la papeleta. En la cama ella lo hacia con el único ímpetu de procrear. Mientras lo hacíamos ella pensaba mas en Darwin que en mi. Todo eran gestos mecánicos, con el ánimo de quien trabaja en una cadena de montaje. En un día de producción normal de por ejemplo… televisores, pueden salir doscientos o trescientos de una fábrica. Se podría decir que nuestros polvos duraban unos tres televisores. Lo digo yo que he trabajado en cadenas de montaje. Recuerdo días maravillosos en la fabrica, si los comparo con mi matrimonio. En cuanto al sexo, montábamos unos seis televisores al mes.

Aburrimiento y dos polvos mecánicos al mes durante seis años. Después, me quedé solo.

 

Siempre, cuando llego a casa del trabajo me encuentro en mi cabeza con los mismos muebles, el mismo televisor; lo analizo, tengo los mismos amigos, un trabajo anodino, (aunque ya no sea montar televisores), tengo salud y soy relativamente joven. Quizá solo una de entre mil personas diría con sinceridad: Deberías pegarte un tiro.

Sin embargo, yo solo siento desazón y sigo sin verle demasiado sentido a nada.

Lo que no sé es si esa persona que me animaría a matarme tendría razón, o si son todos los demás los coherentes. Hay que tener en cuenta que todos los demás hacen (en su mayoría) cosas muy extrañas, como ver programas del corazón o incluso apoyar con su voto a los políticos mas zafios y corruptos; cosas así, que yo no entiendo. Así que, tres días después de haber vuelto a nacer, decido tomar la sensata y meditada decisión de suicidarme.

Segundo intento;

Esta vez lo haré bien, tengo fuerza de voluntad, es decir, hoy si la tendré. Tan solo he de volver a aquel hotel, al piso quince, subirme a la cornisa, y dar un paso adelante. Puedo hacerlo, ¡sé que puedo!

Voy camino al hotel, animado ante la perspectiva. Se acabó, se acabó todo; ya esta. Voy caminando y tengo unas ganas enormes de mear, de esas que te entran casi de golpe. ¿Qué hago? ¿Meo antes de matarme? El hecho de no saber que hacer ante ese dilema me empieza a turbar. ¿Es una gilipollez, no? Voy al hotel, me tiro y ya está, ya no tengo que aguantarme más…

 

-¿Solo para esta noche? – observa el recepcionista.

– Si, solo hasta mañana…

– ¿De qué me suena su cara?

– …

– …

– Está bien… perdon, disculpe, adiós….

Y me voy. ¿Qué me hacia pensar que no se iban a acordar de mi? Joder, estuve media hora de pie en aquella cornisa. ¿Por qué he vuelto al mismo hotel, por orgullo?

Y media hora después estoy otra vez en casa. Y meo.

Si lo hago tengo que hacerlo bien. No puede haber fallos. El de recepción ya me miraba mal. Ahora soy un tipo extraño, un tipo que ha intentado matarse. El dueño del hotel no debe querer a suicidas allí. Después todo se llena de leyendas reales y dejaría la habitación impregnada de malas vibraciones. Joder, yo solo quería matarme, de buen rollo; no me molesta que la demás gente sea feliz, yo no lo soy, ¿qué tiene eso de malo? La vida te bombardea continuamente con sucesos que te hacen infeliz a medida que creces, por no hablar de que además, envejeces. De vez en cuando te pasa algo más o menos bueno, para que te lo vuelvas a pensar. Pero, joder, no nos engañemos, quien planea nuestras vidas es alguien cruel, ya sea dios o nosotros mismos. Vale, yo no creo en dios, pero soy incapaz de ser feliz, las circunstancias no me dejan; aceptémoslo. Ya esta.

Divago y divago sin parar. Y después salgo de casa. Me va a explotar la cabeza, bueno, no, no caerá esa breva.

Por la calle miro hacia arriba. El mundo está lleno de posibilidades para un suicida. Puedes morir de tantas formas y tan diversas. Están las alturas, esta la horca, están las vías del tren; también te puedes inyectar aire, pero siempre me han causado angustia las agujas. Personalmente, prefiero tirarme desde algún sitio muy alto. No sé que me hace pensar que no me dolerá. Y siempre he pensado también si no es el miedo al dolor lo que hace que mucha gente siga haciendo cuentas a fin de mes.

Pero ahora, por alguna razón, después de haber intentado suicidarme ya dos veces, me siento intocable y a salvo. Siento que las reglas y la moral ya no son para mi. ¿Qué es lo peor que me puede pasar?

Pues eso.

Ya no siento que tenga que impresionar a nadie. Ya no le debo nada a nadie. Ahora seria el matón perfecto, cualquiera podría contratarme, y, seguramente, apretaría el gatillo sin dudarlo. No podría ahogar a alguien con mis propias manos, ni practicar la pedofilia para que algún capullo la distribuya por Internet, pero si podría matar. Podría empuñar una pistola. Como he dicho antes, entre otras cosas, yo no creo en Dios. Ni en el infierno.

 

Pero a quién quiero engañar, yo solo soy alguien que está muy quemado. Sí es verdad que ahora me siento bien porque me siento aparte del mundo, pero no creo que pudiera matar a nadie, en principio. Aunque sí lo haría quizá por venganza, para vengar a alguien que quisiera de verdad; ahora solo tengo que encontrar a alguien.

Supongo que ahora mismo encajo con el tipo de persona que puede vivir y tirar adelante, sin miedo. Lo que me rodea, a cualquier nivel, ha desaparecido. Paulatinamente, estoy dejando de pensar en la muerte. De algún modo, estoy comenzando a sentirme como se siente la mayoría. Espero estar cerca de la felicidad algún día, y quizá la desidia sea un buen comienzo.

 

Y así, exento de manías, me dirijo a un burdel. Nunca he ido a ningún burdel. Al entrar todo encaja con los tópicos, las cortinas rojas, etc. Llego hasta la barra y tomo algo. Me dejan un rato, con mis cubatas y mi achispamiento.

Cuando me doy cuenta estoy delante de siete mujeres; un muestrario. El lugar sigue ciertas tradiciones. Hay una Madame que me mira, esperando a que yo elija, mientras fuma y me las presenta: esta es Loreta, esta es Vanesa, esta es Katy, esta es Mindy…

Todos nombres falsos, claro. Las observo, algo borracho, y me tomo mi tiempo. La que mas me gusta es la cuarta, empezando por la izquierda; rubia, con la cara pequeña e inocente; no mas de veinte años. Mindy junta sus piernas de forma nerviosa. Pero aun no digo nada. Me lo pienso un poco más. Y a todo esto, precisamente Mindy, dice;

-¡Madame!

– Dime, cariño…

– Tengo que ir al servicio.

La madame me mira.

– Qué me dices, tío, ¿te va la lluvia dorada?

 

 

 

arma-suicidio.jpg

5 comentarios en “Una salida

  1. hola jordi¿Cómo vas??
    Tenías que haber abierto el blog antes…
    Tienes un montón de escritos guardados muertos de asco. Menos mal que ya te pones a tender y empiezas a colocar las cosas…
    Te quería dar las gracias por ese relato prestado, eres sorprendentee!!

    🙂

  2. bonito texto, jordi

    Por lo que veo en el komentario anterior, este no es el unico texto k as escrito, me los voy a leer, de momento y despues de leer este, solo decirte que me gusta tu forma de escrivir, si no te importa, puede que coja algun texto tuyo, esperare confirmacion de que me dejas antes de acerlo, por si acaso, y si los colgara pondria que son tuyos, no es lo mio apropiarme de textos de otros

  3. “Y siempre he pensado también si no es el miedo al dolor lo que hace que mucha gente siga haciendo cuentas a fin de mes.”
    Cuánta razón. A veces cuando pienso en la muerte, me aterro mucho, pero no por la idea de la muerte (cuando dormimos es como si estuviéramos muertos, ya que estamos deprivados sensorialmente), ni por la idea de que no hemos hecho nada en la vida, que nadie nos recordará (a mí qué más me dará, si soy una antisocial extrema)… sino precisamente por el dolor. Imaginá… un dolor tan fuerte que llega a matarte… No sé si sería capaz de aguantarlo. Tengo mucho miedo de sufrir. Y es imposible morirte sin que sufras… ¡¡¡¡NO QUIERO SUFRIR!!!!

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