Archivos Mensuales: enero 2007

La espera

Día seis. Hoy recojo los resultados de la prueba. Los nervios son por lo que podría saber hoy. He llegado a las tres de la tarde a casa. Hace siete cigarrillos que estoy aquí, ha pasado una hora. Ahora son las cuatro. Y dentro de un rato serán las cinco. Pero la cita es a las seis, así que tengo tiempo hasta las cinco y media.

Pero no hago gran cosa, la verdad.  

A las cinco y media salgo de casa, ya he perdido la cuenta de lo que llevo fumado. No se si fumo tanto normalmente o si es hoy por los nervios.

 

 Ayer me encontraba en el bar con amigos. Pedro me dijo;

– ¿Entonces, es mañana?

– Sí –  dije yo.

– No estés nervioso, no sirve de nada – dijo él.

– ¿Me das un cigarrillo?

Y me lo dio. Los demás, últimamente, siempre ponen cara de circunstancias. Mis amigos han estado distantes. No hablemos ya de mis amigas. A veces no conviene acercarse a según quien. Ese “quien” ahora soy yo. Y todos lo saben. Y todas.

 

Antes de ayer mis padres escucharon mi historia. Después mi madre se abrazó a mí. Vi la diferencia que hay entre mi madre y el resto del mundo. Me dijo, apunto de llorar;

– ¿Cuándo tienes que ir?

  El día seis, a las seis. Pasado mañana.

Y eso fue todo. Y de ese día no sabría recordar más que a mi madre.

 

Tres días antes del día seis, por lógica era día tres. Ella, Carla, mi novia, mi ex novia, me dijo que quería dejarlo. No se trataba de los cuernos y yo lo sabía. Sabía qué pasaba. Era como una ruptura de penalti. Pero que iba decir yo. Cuando fui a besarla por última vez ella apartó la cara. Y si, eso fue lo que me dolió. Y desde entonces empecé a sangrar por dentro.

 

El día 0, aquella tía me hizo un gesto. Cabeceó hacia el lavabo. Yo no quería. Pero lo hice, porque soy débil; lo hice con ella. Después me pidió sesenta euros, para mi sorpresa. Se los di. Y ahora, bueno, ahora puede que esté muriéndome lentamente.

 

Un día se lo conté a un profesor del instituto. La chica, la discoteca, y que ella era puta. No se por qué se lo conté. Quizá aun no quería contárselo a mis padres, y menos qué cuestión era la que me preocupaba. El profesor se puso rojo, no supo qué decir. Entonces me di cuenta de hasta que punto la gente es insegura. A veces sobretodo los que mas seguros parecen;

– No se qué decirte – dijo –, es tu vida, tu sabrás que haces, ya eres mayorcito.

 

“Ya eres mayorcito”, CABRONAZO, pensé, y me fui al hospital.

 

El día que empezó todo era un sábado más. El día 0, como yo lo llamo. Allí estaban ellas, las gemelas; Lara y Juani. Un día me llevé a Juani a casa porque no estaban mis padres. Ella no acababa de querer, pero yo iba muy mal; tanto que, para ella, que no me conocía, podía resultar peligroso. Alguien me dijo que al día siguiente fue a por la pastilla del día después. No creo que nadie sea más vengativa que Lara, y tampoco, al parecer, nadie se quiere más mutuamente que ellas dos. El día que empezó todo la venganza cogió forma. Se vengaron con miedo. Algo que nadie soporta.

Lara, que tenía más mundo que Juani, convenció a la puta. Y la puta fue a por mí. Al salir del lavabo consternado por los sesenta euros que perdí, vino Lara, vino el miedo. Lara me dijo: A saber lo que lleva esa puta encima.

Y yo pensé que si, que no podía fiarme de una puta, pero mucho menos de Lara. Lo que no se me ocurrió era que después tendría que ir a por los resultados de los análisis. Hoy. No se me ocurrió que no podría soportar la espera.

 

 

 

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Futuro

Un ruido de la calle hace que Luís despierte. Alguien taladra el suelo. Luís tiene una imagen borrosa de Sherilyn Fenn en su cabeza. Después de muchos años, la actriz bajita y atractiva se le ha aparecido en un sueño. Nítida y clara, sonreía radiante, con su lunar cerca del rabillo del ojo izquierdo. Sherylin es una intérprete “desaparecida” y cuarentona que tuvo momentos brillantes en la serie “Twin Peaks”, y que sobrevive de las películas masticadas que se ven de ella por televisión, hechas en exclusiva para el medio.
Una imagen de supervivencia, piensa Luís. El sueño ha de tener algo que ver con eso. Ni tan siquiera tiene una erección matinal. Así que el sueño, piensa, ha de ser síntoma de algo sin nada que ver con lo erótico.
Mientras intenta recordar algo concreto del sueño oye a la vecina del piso de arriba, que grita, como pasa muchos días.
El melodrama real atraviesa el techo: <<¡No quiero verte mas, cabrón! ¡Vete a la mierda! ¡Me dijiste que…! ¡Me prometiste que…! ¡Antes no…! ¡Y ahora siempre…!>>
Siempre son discusiones parecidas. Sin embargo ella no deja al tipo en cuestión. Al que por cierto, Luís nunca ha visto. Los gritos se suceden con bastante frecuencia, casi siempre por las mañanas, después de, seguramente, haber pasado la noche juntos. Cuando ya no está el sexo en la cabeza de ninguno de los dos él debe decir algo irritante que hace saltar la chispa, y ella siempre se encabrita. Comienza a gritar, y todo lo que se oye son sus berridos. La sinceridad siempre parece surgir cuando no hay un polvo en perspectiva.
Hace un mes que la chica se instaló. Luís alguna vez la ha visto subir cargada de bolsas. Sola. Nunca nadie la ayuda. Su piso de soltera es exactamente igual que el de Luís. Pequeño. Caro. Sin bonitas vistas. Una de esas construcciones que parece que el gobierno ha promovido para poder mejorar alguna estadística. Si permaneces más de dos horas dentro de estos pisos te comienzas a sentir solo como nunca. La sensación que tiene Luís es la de malvivir constantemente, como un turista que alquila una habitación en un hotel de dos estrellas en un país extranjero para tener donde dormir por las noches durante una semana.

Es sábado, y Luís no se siente muy animado. Sale a la calle y busca una cafetería en la que desayunar. El problema básico de vivir solo es que tienes que pensar en todo lo concerniente a ti; el desayuno, la comida, la cena, la limpieza del piso. Todas esas cosas en las que no pensabas cuando vivías con tus padres se convierten en un estorbo. Así que muchas veces Luís come fuera. No es tan obvio ni tan extraño. El mundo está lleno de gente a la que le da una profunda pereza hacer cosas como planchar la ropa o barrer, y Luís es una de ellas. Y claro, también hay mucha gente que no sabe cocinar. Las dietas se convierten en menús de colorines, pizzas, hamburguesas que no saben a nada, tortillas mal hechas, proyectos de sopa, y muchos bocadillos, centenares de ellos. Poner embutido entre dos trozos de pan se convierte en la vida alimentaría de gente como Luís muchos días.
Con el tiempo aprende a organizarse y a espabilarse, para que su vida solitaria no se convierta en una habitación llena de polvo y cajas de pizza con restos de la anterior comida. Aunque claro, en su caso no es imposible organizarse; el piso es minúsculo. Si Luís se come dos mandarinas a mediodía y no abre las ventanas el piso olerá a mandarinas el resto del día.
Demasiadas veces su libertad personal se reduce a eso; hacer cosas para que al día siguiente no haya el doble de cosas que hacer.

No hace mucho alguien decidió que el edificio de Luís estaba en un lugar ideal para la publicidad. Y alguien instaló un cartel de Coca-cola en el tejado. El cartel se enciende por las noches y la calle siempre está iluminada con un rojo apagado.
Pisos pequeños, comida basura, supervivencia, independencia y marcas comerciales. Todo se está desmoronando, piensa a menudo Luís, mientras la gente mira hacia el edificio, observando su soltería occidental patrocinada.

La cafetería elegida está llena de gente. En un rincón hay tres mesas pequeñas juntas y unas seis personas en sus respectivas sillas. Apenas se dicen nada. Al más mínimo comentario todos se ruborizan. Se escrutan entre ellos procurando pasar desapercibidos aun estando juntos. Luís puede imaginarlos a todos ayer delante de sus ordenadores, metidos en cualquier chat de “Amistad”.
El café llega. Luís se da cuenta de que se ha puesto en la zona de no fumadores y además demasiado cerca de los del chat. Maldice en silencio. No pasa nada, se dice, puedo aguantar. Nunca fuma en el piso a no ser que sea asomado por la ventana. En las ocasiones que lo ha hecho dos cigarrillos han bastado para formar una nube de humo en el techo y para que el olor del tabaco no se vaya en varias horas.
Se termina el café solo y paga y sale del local. Se enciende un cigarrillo. Camel. Y el móvil le vibra en el bolsillo;
– ¿Sí?
Una voz exageradamente femenina e insinuante dice;
– ¿Cómo te llamas, cariño?
Luís cuelga. Los teléfonos eróticos funcionan así, le dijo a Luís un amigo una vez; tú llamas y una voz te dice que dejes un nombre y un número de teléfono. Te dicen: lo hacemos así, cariño, en un momentito te llamamos nosotras.
Y a esas alturas ya se te han ido unos cuantos euros. Lo que pasa es que a veces, quien sea, apunta mal tu número de teléfono. Alguien se equivoca y ya hay un tío más con la polla fuera, esperando.

Después de colgar Luís se va a casa, aburrido.
Que aburrimiento, piensa, que coñazo. Hay días que da pereza hasta respirar. Los amigos de Luís se han marchado a una especie de camping, algo que Luís ya ha hecho cientos de veces, y que esta vez ha decidido no hacer, ante la extrañeza de sus amigos. Lo malo de no aceptar los planes que hay es que la mayoría de veces no tienes un plan B, piensa Luís. No hay un plan B. Y solo queda aburrirse.
Ya en casa, llama a una pizzería. Arriba hay más gritos. Y es extraño, porque a estas horas ya no suele haberlos; <<¡Me prometiste que vendrías! ¡No digas eso! ¡Jódete!>>
Se oye un berrido femenino y luego un silencio, y luego otro berrido femenino, y otro silencio, y así todo el rato. Sería curioso oír el otro cincuenta por ciento de la conversación.
La pizza llega, en una gran caja que se convertirá pronto en un muerto del que habrá que librarse. En la televisión los telediarios escupen noticias de relleno; elefantes jugando al fútbol, gente de la tercera edad bañándose en aguas heladas. Las noticias que deberían ser sorprendentes son las mismas cada año. Hay telediarios que duran más de una hora, y muchos días solo son sucedáneos de sucedáneos de noticias ya gastadas; declaraciones de un futbolista en respuesta a las de otro, un puñado de gente dando tumbos cuesta abajo detrás de un queso, el estreno de un película de desorbitado presupuesto… Y cuando la pizza se acaba Luís decide romper la norma y se enciende un cigarrillo. Y aspira el humo, esperando llenar algún vacío.
Cuando mas relajado está, suena el timbre de la puerta. Al abrir, la chica de los berridos está de pie delante de él. Lleva el pelo empapado recogido en una coleta, y tejanos y una camiseta sin sujetador debajo.
– Hola, perdona, los vecinos de arriba no están. ¿tú no tendrás un secador de pelo, por casualidad?, se ha roto el que tengo y… ya me ves…
Luís se la queda mirando. No va ha poder ayudarla. Ahora mismo daría el dedo pequeño de un pie por tener un secador. La chica no es de las que llaman la atención. Hasta que de cerca ves sus ojos grandes y negros, y los labios. Los dedos pequeños de los pies no sirven para nada, joder. Luís la mira unos segundos, la cintura minúscula, los pechos grandes algo caídos. La piel brillante, morena. Y no tiene un secador para prestarle.
– Pues no tengo, no.
– Bueno, perdona entonces.
– Tranquila, alguien en el bloque tendrá…
Y después, una despedida seca entre vecinos. El “hasta luego” típico. Nada de confianza. Solo una sonrisa brillante de ella, solo pura simpatía. Nada de miradas sospechosas ni química. Nada que pueda dar pie a nada en el próximo encuentro. Texto real sin subtexto. Solo otra vecina más a la que imaginar desnuda según el momento. Otra mujer más con la que alimentar fantasías con las que acabas salpicándote con esperma.
Otra dosis diaria de realidad.

Hacia las diez de la noche se oyen más gritos. Quejas y reproches. El cincuenta por ciento de la conversación. La mitad femenina sonora. Y un silencio, y otro silencio. A Luís le extraña que discutan a esas horas. Hoy el día has sido ajetreado. Al cabo de un rato se deja de oír el escándalo. Luís se va a dormir. Al día siguiente es domingo, piensa. El día depresivo del señor. La última tarde de la semana todo el mundo piensa en el día siguiente. Luís, aun siendo sábado por la noche, se duerme, pensando en el lunes por la mañana.

El timbre, estridente y desagradable, le despierta a las diez y siete del domingo. Luís se va hacia la puerta y al abrirla hay dos agentes de policía, mirándole.
– Buenos días… ¿estaba durmiendo?
– Pues… si… ¿qué pasa?
– ¿No ha oído un ruido esta mañana? ¿no le ha despertado algún golpe en el piso de arriba?
– Pues no.
– Esta mañana han encontrado muerta a la chica que vive en el piso de arriba los vecinos que viven puerta con puerta. Tenía un golpe muy fuerte en la cabeza y la asistencia ha llegado tarde. Estaba sola y ha debido pasar un rato hasta que se ha echado la puerta abajo.
– ¿Estaba sola?
– Sí.
Luís sube al piso de arriba con los agentes. No sabe a que viene todo lo acontecido. Piensa que el novio la ha debido callar de un golpe durante una discusión.
Al entrar al piso, la chica está en el suelo encima de un charco de sangre enorme que ya se está secando. En la mesa que hay en la habitación hay unos papeles. Algo que parece un guión. En la primera línea pone: Teresa entra con cara de mala uva a la estancia.
La policía le sigue preguntando cosas a Luís.
¿Está seguro de que no escuchó nada?
En el papel pone: ¡Me prometiste que vendrías!
¿No escuchó nada de lo que ha pasado esta mañana?
Pone: ¡Jódete!
Pone: Querida, no quería decírtelo porque te quiero.
El otro cincuenta por ciento de la conversación. Una chica apasionada ensayando. Una chica demasiado apasionada. Demasiado sola.
– Es extraño que usted no escuchara nada…
Un tropiezo; el ensayo de una obra, piensa Luís. La chica siempre estaba sola. Solo el cincuenta por ciento de las cosas. Ahora nadie sabrá que ha pasado. Aunque no es difícil imaginarlo, piensa Luís. La policía dice que no hay huellas de nadie más. Ensayar con entusiasmo ha podido matarla. Un traspiés mientras gritaba: ¡No digas eso!
Un escalofrío recorre la columna de Luís al pensar que cada vez que ella lloraba o se quejaba, todo eso, era falso. Solo eran mas sueños. De futuro.
La policía deja a Luís tranquilo. Baja a su piso. Coge la chaqueta y sale a la calle. Desde abajo mira hacia atrás y hacia arriba. Hay un policía asomado a una ventana con las manos enfundadas en unos guantes de látex blancos. Mira hacia él y Luís aparta la mirada. Al volver a enfocar el edificio el agente ya no está. El cartel de Coca-cola se alza majestuoso en el tejado, patrocinando la realidad.

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Elisa Cuthbert y la rutina

Cuando estoy tenso saco un cigarrillo. No por nada, en realidad lo estoy dejando.

Esta tarde mi ya ex novia ha venido a mi casa y me ha dicho;

– Te dejo.

Y yo he respondido:

– ¿Por qué?

Y ella ha dicho:

-¿Y por qué no? – Y es muy largo de explicar, pero ella tenía razón. Digamos que ella sí es partidaria de la monogamia

 

Estoy tenso la mayoría de las veces así que normalmente fumo mucho. La tragedia llega cuando sacas el paquete de tabaco y no queda ningún cigarrillo; o cuando directamente palpas tu bolsillo y te acuerdas de que te has olvidado de comprar tabaco.

Estoy como todos los días, esperando el autobús que me lleva al trabajo. Estoy fumando. La empresa en que trabajo tiene contratados autobuses para los trabajadores. Es una ventaja que para ellos a de justificar muchas otras desventajas; pero no entraré en detalles.

El hecho de tener cada día a los mismos compañeros de viaje puede estar muy bien; a no ser que la mayoría sean unos pánfilos que se pasan el viaje hablando sin decir nada, descojonándose por todo, y poniendo discos de Operación Triunfo; mi pan de cada día. Los autobuses Martín son los que nos llevan. La familia Martín. Padre e hija. Cuando viene a recogernos el padre todo resulta muy peligroso. Es un hombre mayor y básicamente conduce tan despacio que un día le multaran. Además creo que un día le vi cerrar los ojos al volante; pero era lunes y me daba igual todo; me sentí como Braveheart pensando que el autobús se estrellaría y libraría al mundo de mis compañeros de viaje.

Normalmente es la hija la que nos pasa a recoger. Alicia. 22 años. Soltera. Una chica preciosa; de cintura para arriba. Un día salió del autocar antes de arrancar, no se para qué. Bien, pues ese día cayó un mito. Digamos que de cintura para abajo la chica no cumple con los cánones de belleza a los que la sociedad nos ha acostumbrado; más bien destrozaría los cánones si sentara encima.

Hace una semana un chico nuevo entró en el autobús. Yo era el único que iba sentado solo, y se puso a mi lado. Un tema le obsesionaç; Elisa Cuthbert;

– ¿Sabes quién es? – me dijo el primer día que hablé con él.

– Sí… creo que si.

– Joder ¿Que crees que si?

Y después estuvo todo el viaje comentándome lo que le haría si la “pillara”.

Y yo pensaba que era cuestión de un día, pero el tipo ha resultado ser un mitómano y cada puñetero día me suelta un discurso sobre ella. Además siempre me pregunta si se quien es, y todos los días le tengo que decir que si, que se quien es, pero nunca parece creerme. Hoy parece mas tranquilo y hasta creía que no iba a sacar el tema;

– Oye tío… – me dice – ayer vi una peli tremenda. Salía Elisa Cutbert ¿sabes quien es?

– … Si, sé quien es.

– Si, hombre…esa que salía en la serie “24”

– Si, si, ya te he dicho que sé quien es.

Palpo en el bolsillo del pantalón y noto que si, que tengo tabaco. Después recuerdo que estoy en el autobús.

Te juro – me sigue diciendo el tipo – que no me importaría que me matara a polvos. Que coño, no me importaría que me mataran si fuera ella la que lo hiciese.

 

Tengo muchas ganas de fumar. Alicia, la chofer de los cánones de belleza atrofiados se ha equivocado y está intentando volver a la autopista.

No me importaría que este tipejo que tengo al lado muriera de repente y yo pudiera leer tranquilo el libro de Palahniuk que llevo en la mochila. Al llegar me haría el despistado. Todo el mundo preguntaría ¿Qué le pasa? y yo diría: No lo se, yo pensaba que se había dormido.

Pero no se muere. Solo sigue hablando sobre la peli;

– ¿Pero sabes quien te digo, no? – me dice – es rubia, así… de buena estatura…

Y yo le miro pero ya no le digo nada. A él no parece importarle, sigue hablando.

El autobús se para detrás de un enorme cartel de publicidad. Al parecer, Alicia se está meando y corre hacia el lavabo de una estación de servicio. Parece mentira, pero estoy deseando llegar al trabajo. Esto ya es soporífero. Es martes y ya estoy hasta las narices de esta semana, de este tipo que tengo al lado, de Elisa Cuthbert, de mi ex a la que ya hecho de menos; pero sobretodo es el hecho de que aun sea martes lo que me revienta. Vuelvo a palpar el paquete de tabaco que tengo en mi bolsillo.

Miro hacia un lado y observo que mi compañero de viaje ha salido del autobús; probablemente a buscar a Elisa Cuthbert; lo cual ya no me extrañaría. Me lo imagino corriendo por la autopista gritando ¡Elisa, te quiero! Pero no se irá, solo está meando. No se ha molestado ni en acercarse a la estación de servicio. Lo hace cerca de la enorme valla publicitaria.

Alicia vuelve meneando su enorme culo. Sube al autobús y cierra la puerta.

– Oye, que ese tío ha salido a mear… – dice alguien. Pero Alicia no repara en ello, y muy nerviosa, arranca el autobús murmurando que llegamos tarde. Noto que chocamos con algo, y la enorme valla publicitaria cae hacia delante haciendo mucho ruido.

Alicia se lleva la mano a la boca. Salimos del autocar.

Al parecer el fan de Elisa Cuthbert intentaba venir hacia aquí cuando caía la valla. Una vez fuera observamos que no debería estar muy bien sujeta porque toda la estructura ha cedido fácilmente sobre la cabeza de mi compañero de viaje. Sólo sobre la cabeza. El resto del cuerpo permanece fuera del alcance de la valla.

Mientras el charco de sangre crece, Alicia, llorosa, empieza a llamar a todo el mundo por teléfono. Por fin puedo sacar un cigarrillo.

 

Al cabo de un rato llega una ambulancia. Alguien se agacha al lado de cuerpo inerte del chico y murmura sin tocarle que está muerto. Se gira hacia nosotros y pregunta por su nombre. Todo el mundo se vuelve hacia mí. Niego con la cabeza. Nadie sabe su nombre. Yo saco otro cigarrillo.

Mientras me pregunto cuando coño nos van a pasar a recoger con otro autobús Alicia se acerca a mí;

– Oye – me dice llorando – tú… me gustas.

Lo que faltaba. Después se va y cuando empiezo a respirar tranquilo se vuelve a hacia mi, y vuelve.

– Ya se que tengo el culo demasiado gordo – me dice en tono de reproche. Yo saco otro cigarrillo, y ella se va definitivamente, llorando.

Una grúa está levantando el cartel publicitario dejando a la vista la cabeza aplastada del chico sin nombre. La cosa empeora. Llegan los padres del chico. La madre se pone a abrazar la cabeza de su hijo. Se llena la blusa de sangre.

Alguien se acerca a mí. Es una de las chicas del autobús:

– Oye… ¿tendremos que ir a trabajar hoy?

– Espero que no.

Pero un autobús llega a lo lejos. Mucho me temo lo peor. Pero aun peor es el hecho de que aun sea martes. Este día será eterno.

Cuando estoy tenso saco un cigarrillo. Este es uno de esos momentos. Mientras la madre del fan de Elisa Cuthbtert se abraza a su marido nosotros subimos al otro autobús. El anterior echa humo.

Al arrancar el vehiculo substituto observo el cartel publicitario. Nos invita a todos a comprar el Dvd de “La vecina de al lado”

La enorme cara de Elisa Cuthbert nos mira desafiantes con esa expresión de no haber roto jamás un plato y la vez haber roto cientos. Yo me palpo el pantalón. Tengo tabaco. Todo saldrá bien.

 

 

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