Mundo Zara

Maria junta sus rodillas y mira hacia arriba, a su madre;

– No puedo aguantarme el pis…

– Ahora nos vamos, cariño.

La tienda de ropa es de una cadena de tiendas de ropa cualquiera, la primera que se te venga a la cabeza, y la madre de Maria no encuentra el suéter adecuado. Los que no son de su talla son de colores preciosos, y los que le van bien son verdes o marrones, colores que detesta. La tienda es tan grande que cada cinco minutos acude una chica distinta a preguntar si necesitan algo;

– No, gracias.

– ¿Seguro?

– Sí, estamos mirando.

Pasean parejas con la mitad masculina aguantando bolsos y bufandas, mientras las novias entornan los ojos mirando con atención vestidos o pantalones vaqueros, y encontrando continuamente prendas ideales, para preguntar después si están en otra talla, o en un color más oscuro. Algún hombre resopla de vez en cuando esperando cerca de los probadores. Alguna adolescente se guarda un pañuelo disimuladamente en el bolso cuando cree que nadie la ve. Y la cola ante el mostrador que hay cerca de la salida y el sistema de alarma y el guardia de seguridad, nunca baja de seis o siete clientes. El calor de la calefacción se hace insoportable.

El lugar está bastamente iluminado. Todo está lleno de espejos y desde todas las paredes te miran modelos escuálidas y desafiantes desde sus posters gigantes; todas parecen cabreadas, haciendo contraste con las fotos de modelos masculinos, fibrados y saludables y congelados en una risotada con la bufanda al viento. Cerca de los probadores hay un chico de unos veinte años que se prueba pantalones sin parar, y que es atendido por dos chicas que cada vez que él entra al probador tapan con sus manos las risitas. Maria sigue tirando de la falda de su madre, mientras ella sigue doblando y desdoblando jerseys y todo tipo de prendas. Otra chica muy blanca de piel pasea entre las perchas y los espejos, sus pantalones parecen vacíos y la camiseta que lleva cuelga de sus hombros como de una percha, sus tetas son picaduras de mosquito y su cara es angulosa y mustia; su mirada compite con las de las modelos congeladas de las paredes. Cada vez se hace más difícil pasear por la tienda buscando el envoltorio ideal. La tarde se quiere convertir en noche. Maria sigue protestando. Algunos clientes miran mal al veinteañero que no hace más que probarse más y más ropa para charlar con las dependientas. Maria y su madre pasan por al lado de la chica en exceso delgada que, al mirar a Maria, tuerce el gesto en algo que pretende ser una sonrisa. La gente va y viene y cada vez resulta más complicado moverse. La cola del mostrador ya nunca baja de diez personas, y ahora ya hay cola también en los probadores. La música techno cada vez parece sonar más alta. Las prendas toqueteadas reposan ya mal dobladas de tanta gente como las ha manipulado. Al hacerse tarde hay gente de todo tipo; parejas, chicas solas, chicos solos, matrimonios con sus hijos pequeños… Y Maria sigue protestando cuando llega con su madre hasta el final de la tienda; el fondo. Hay una gran pared blanca que antes fue una pantalla de cine, tapada con un gran cartel; en él, un chico de labios carnosos y mirada penetrante rodea con sus brazos a una rubia sin curvas que desaparece bajo la ropa de invierno. Ahí, el enorme cartel de miradas muertas supone el final de la tienda. El final de verdad.

-No puedo aguantarme el pis… – insiste Maria, ya lloriqueando. De fondo se oyen unas risas; son de las dos dependientas que están con el veinteañero, que ya ha procedido a enseñar todos los tatuajes que tiene. La mujer blanca y en exceso delgada, la que compite en delgadez con las chicas de las fotos gigantes, pasea cerca de la pantalla de cine, doblando y desdoblando.

– Es igual – murmura la madre de Maria – vamonos, no me gusta, no tienen nada.

Maria, contenta, coge de la mano a su madre y las dos caminan hacia la salida. De fondo se oye un ruido, las dos miran hacia atrás. Detrás de los percheros estaba la chica blanca y mustia, pegada a la pantalla de cine. Ahora no hay nadie. Una dependienta que hay cerca de los percheros mira hacia el suelo, se acuclilla. Grita a otra compañera: ¡Oye! ¡Ayúdame!

Maria quiere mirar qué pasa detrás de los percheros, pero su madre la arrastra hasta fuera de la tienda. Al salir, el aire frío les azota. Apenas dados veinte pasos en la calle, Maria, otra vez muy enfadada, se encuentra dentro de otro local. Su madre comienza a desdoblar prendas. Una dependienta se acerca. De la calle llega un sonido de sirena. Maria se suelta y comienza a mojar las medias, ya despreocupada, mientras mira hacia la puerta. Una ambulancia pasa por delante de la tienda.

 

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3 comentarios en “Mundo Zara

  1. Jordim,
    Buen retrato social en este ‘microcosmos’ de la tienda de moda. Seguro que muchos vivimos alguna de las situaciones que reflejas.
    Pero hay una cosa en tus relatos, al menos en los que estoy leyendo, que me está gustando bastante: las relaciones que veo entre padres e hijos. Encuentro estos relatos detalles que me dicen muchas cosas.

    Sobre el tema de padres e hijos, por razones del club, estoy releyendo ‘Me casé con un comunista’ de Roth en donde aparece este tema de una forma tremenda.
    Saludos

  2. Me entusiasma cómo describes los lugares y las situaciones. Y como llegas a enlazar un montón de sentimientos sutiles a cada línea…
    Me gusta mucho tu manera de escribir. Mucho.
    Un abrazo

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