Tabú

Verónica tenía el pelo de color negro. Un negro intenso; como ese negro que en otras no es más que potingue. Sus ojos eran también oscuros; esos ojos en los que no ves la pupila porque todo se reduce a dos redondeles brillantes y profundos. Cuando era pequeñita, cuando tenía algo así como cuatro o cinco, o siete años, da igual, siempre era la niña mona de la clase; con su aspecto de muñequita de nariz pequeña y sonrisa malévola.

A los once o doce, o trece años, era la alumna aplicada; la chica que no levantaba la cabeza de los libros como si pensara que podía pasar algo terrible si lo hacía.

Después, a los catorce o quince, o dieciséis años, comenzaron a nacer curvas en sus caderas y su pelo negro ya era pelo negro con mechas rubias; ella era un piercing en el ombligo, un primer novio, discusiones de calado absurdo con los padres, odio hacia los mismos, desconcierto, y básicamente todo cuanto conlleva muchas veces la adolescencia.

A los diecisiete o dieciocho, o diecinueve, muchas noches, comenzó a vomitar cuando llegaba a casa, procurando no hacer ruido si se lo había pasado demasiado bien algún sábado. Renegaba sobre el hecho de tener que tomar alguna decisión con respecto a su futuro y decía una y otra vez que iba a dejar los estudios. Que estaba harta.

Después, a los veinte o veintiuno, o veintidós, trabajó aquí y allí, y fue de novio en novio, convirtiéndose en otra chica trofeo a la que cualquiera se follaba. Y ya está, a los veintitrés años murió.

 

Pero nadie sabe cómo o qué pasó. Y claro, todo fue muy mediático. Y chicas serias sospechosamente atractivas procuraban no tartamudear ni quedarse en blanco ante la cámara mientras hablaban del misterio de moda. El cadáver de una chica de veintitrés años en un descampado sin un rasguño era material de primera para los programas que se emiten antes de los telediarios nocturnos. La autopsia determinó que fue veneno. Y lo que no entendía nadie era por qué no la habían violado o por qué no tenía veinticinco puñaladas en la espalda (después de haberla violado); como si la supuesta libertad para torturar a un chica no tuviera sentido sin antes habérsela metido. Todo el mundo arrugaba el ceño y se preguntaba: ¿Y entonces para qué la han matado?

 

Gente de todo tipo se ponía ante todo tipo de televisores para ver qué era lo que había sido de la chica guapa muerta sin un rasguño. Todos esperaban noticias y explicaciones para entender para qué una perturbada mente había pensado en matar a una chica joven y guapa sin ni tan siquiera haberla tocado; (aunque esto último no lo decían). Expertos en criminología daban su opinión en debates para acabar sacando la conclusión de que “posiblemente” la que la mató fue una amiga que la odiaba por algo; (Basándose en que no tenía un rasguño ni signos de penetración y por tanto la lógica, no ya de un detective, sino de cualquiera, invitaba a pensar que de haber sido un tío…).  La cosa se alargaba. Los periódicos seguían con sus reseñas sobre el caso y los programas de media tarde sacaban a reporteros para que pusieran el micrófono en boca de vecinos y amigos, que no tenían ni idea de qué coño había pasado con la chica guapa del tercero segunda.

Cada día salían noticias nuevas que eran refrito de noticias anteriores que se basaban en las especulaciones que se habían obtenido a partir de las conclusiones precipitadas de un día después de haber encontrado el cadáver. Y con el tiempo, cuando el caso fue lo suficientemente famoso, se comenzaron a emitir especiales televisivos. Reportajes de investigación que hablaban sobre las últimas novedades que en realidad eran un refrito de las últimas nuevas noticias, que se habían obtenido a partir de otro refrito de noticias anteriores, que se basaban en especulaciones que se habían obtenido a partir de las conclusiones precipitadas de un día después de haber encontrado el cadáver. Es decir, no se decía nada nuevo; el programa constaba de reportajes con música de fondo y fotos  de la muchacha en la que un círculo se encargaba de que reconocieses a la muerta sonriente entre un montón de compañeros de clase, o amigos, o familiares.  Después había un debate en el que se teorizó sobre el suicidio de los adolescentes, y se insistió en que los padres vigilaran muy bien a sus criaturas de quince años: ¿Tienen sus hijos ojeras constantemente? ¿No hacen caso a sus consejos? Se van a la calle sin decir a dónde van? ¿Tienen aficiones? ¿No?

 

Un día, los padres de Verónica, que habían pasado de los medios durante unas semanas, o un mes, o mes y medio, decidieron ir a la televisión. Una periodista reputada habló con ellos durante media hora en un magazine matinal. La madre rompió a llorar en el minuto veinticinco pidiendo justicia mientras el padre contenía las lágrimas también pidiendo justicia; mientras muchos de los que veían el programa en ese momento se preguntaban si los papás de la chica guapa muerta cobrarían por haber ido a la tele.

Al acabar la entrevista la presentadora les dio las gracias por ir al programa y después, mirando a cámara, dijo que a continuación el programa seguiría con algo más divertido. (Aunque sus palabras exactas fueron: “…algo menos serio”).

 

Cierto día, unos meses después de la muerte de Verónica, un chico con el pelo teñido dijo que había salido con ella. Dijo que conocía a una amiga que no la soportaba, y que el novio de tal amiga había tenido “relaciones” con Verónica. El chico pasó de los magazines matinales a los programas de corazón nocturnos, en los que todo tipo de personajes se cruzaban insultos y la audiencia subía por momentos según los gráficos del día siguiente. Por internet había montajes en los que la gente empalmaba la cabeza de Verónica en cuerpos femeninos con tetas de silicona. Todo el mundo explotó la muerte de la chica guapa hasta que no se pudo más. El dinero se movió de un lado a otro. Y el planeta continuó calentándose mientras la madre de Verónica cada noche desdoblaba la carta de suicidio de su hija, y la leía buscando respuestas, y pensando en esa noche en la que después de dos días sin verla, la encontró, allí tirada, con la carta doblada dentro del bolsillo interior de la chaqueta vaquera.

 

 

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5 comentarios en “Tabú

  1. Supongo que a nuestro mundo le sienta como un guante la metáfora dle pelo teñido frente al pelo auténticamente moreno de Verónica. Ni en paz la dejaron decansar al final

    Un saludo jordim!

  2. He vuelto a releer el texto y me ha entrado un escalofrio al terminar…

    Me gusta como cuentas la importancia de las apariencias en la sociedad. Hasta tal punto de llevar a una madre a la tele para proteger a su hija muerta (y a si misma) de otros dimes y diretes peores de los que estaban sufriendo.

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