Vericuetos

Ernesto y Lara dan vueltas con el coche. Son las siete de la tarde. La gente vuelve de sus trabajos y atasca las venas de la ciudad. La luz artificial ya se ha hecho con las calles. Lara, en el asiento del copiloto, estudia fijamente el mapa, un callejero. Ernesto dice;

– Tiene que estar por aquí.

Lara le mira, arruga la nariz;

– Menos mal que sabías donde estaba.

– Me dijeron que estaba por aquí…

-¿En qué calle estamos?

– Mira, pregúntale a ese tío…

El coche aminora la marcha. Lara llama la atención de un señor de unos cincuenta años. El hombre se detiene amablemente. Lara le sonríe;

– Nos hemos perdido. ¿Usted sabe por dónde cae la calle Agustín Blasco?

– Sí, mira, tenéis que seguir todo recto unos doscientos metros. Después llegaréis a una rotonda, pero no cambiéis, seguís recto. Mas adelante hay una plaza. Pasáis de la plaza y en la tercera no, en la cuarta giráis a la derecha y… no… a la… sí, en la cuarta… en la cuarta… en la cuarta giráis a la derecha y seguís hasta que la veáis…

– Ya… vale, gracias.

Ernesto arranca y mira a Lara. Siguen recto, por la misma calle. Lara vuelve a consultar el callejero;

– Si al menos este mapa no fuera de hace veinte años…

– ¿Dónde coño está la rotonda?

– Dijo que a doscientos metros.

– Vaya tela…

– No la pagues con el pobre hombre.

– No hay ninguna puta rotonda…

– ¡No empieces, eh!

– ¿Que no empiece a qué?

– Para, que le pregunto a esa mujer…

– Cual…

– Aquella… frena.

Lara muestra nuevamente su sonrisa de fábrica y hace la consulta. La mujer se queda pensativa, murmurando: Agustín Blasco… Agustín Blasco… mm…

– Sí, mira, tenéis que seguir recto, hasta que lleguéis a una placeta, hay un monumento… ¿de estos raros, vale? – la mujer sonríe avergonzada –, y después a la tercera giráis… o a la cuarta, pero bueno, es por ahí, seguro…

– Vale, pues gracias…

La mujer se aleja en el espejo retrovisor. Ernesto resopla. Lara se vuelve hacia él;

– A ver si te tranquilizas, que esto solo es culpa tuya…

– No me jodas. – replica, con la boca pequeña…

– ¿Qué?…

– Nada…

– No, qué coño has dicho.

– La que querías venir eras tú. Yo no quería venir, así que no me jodas.

– Eres gilipollas. Si no quieres conocer a mis padres me lo dices y punto.

– No, lo que pasa es que no quiero conocerlos tan pronto.

– Para mí es importante que conozcas a mis padres y a mi hermana. No cuesta nada. No te van a comer.

Ernesto mira la placa de la calle en la que se encuentran, pero en ella pone; Calle Fermín Pozo. Ernesto aminora la marcha. Por la acera va una chica de unos veinte años;

– Perdona… – grita Ernesto. La chica se vuelve –…la calle Agustín Blasco… ¿sabes dónde está?

– Pues no, no soy de aquí…

Ernesto aprieta el acelerador sin decir nada, con la cara roja, las venas del cuello hinchadas. Lara se zambulle otra vez en el callejero, musita: Maleducado…

– ¡Estoy hasta las narices de conducir! ¡Así que si quieres me bajo y sigues tú!

– A veces eres como un niñato…

Ernesto frena de golpe. Los coches de atrás comienzan a pitar. Los conductores sacan la cabeza por la ventanilla para mirar qué pasa. Ernesto sale del coche, lo rodea y abre la puerta del copiloto y dice;

– Conduce tú.

Lara sale del coche mirando con desespero a Ernesto. Pasado un minuto Lara conduce y Ernesto mira el callejero. Ella le mira a él;

– Eres un capullo, tío. Como se te ocurre…

– Busca la puta calle…

Lara pega un volantazo y gira a la derecha. En el cartelito metálico de la misma pone; Agustín Blasco.

 

Lara da vueltas y más vueltas con el coche, buscando aparcamiento. De vez en cuando hay un coche con las luces encendidas y gente de pie junto a él. Lara hace un gesto con el dedo: ¿Os vais?

Y nunca nadie se va;

– Vete a un parking – suplica Ernesto -, o me voy a volver loco.

– Antes pasamos al lado de uno…

 

Ya entrando al parking, Ernesto comienza a sudar. Lara le mira, largamente. Aparcan. Los dos salen del coche;

– ¿Qué te pasa? ¿Estás mal?

– No, no…

 

Ernesto y Lara caminan por la calle, buscando el número de la casa. Ernesto dice;

– ¿Nunca has venido a la casa aun?

– Se mudaron hace una semana. Además, mira quien habla, el que no ve a sus padres desde hace no sé cuantos meses…

– ¿Seguro que era el cincuentaiuno?

– Sí… creo que sí, era el número cincuentaiuno. ¡Mira! allí está…

Lara llama al timbre de la puerta. Una señora abre. Una señora desconocida. Ernesto y Lara se la quedan mirando. Lara murmura: Perdón, nos hemos equivocado…

Y de golpe se oye un grito. De la casa de al lado asoma alguien por una ventana en el tercer piso; La madre de Lara. Ernesto baja la cabeza.

Al rato, y después de las presentaciones y los chistes malos y las miradas furtivas, están los dos ya sentados en la mesa, esperando la cena, picando olivas y patatas de bolsa y canapés. El padre de Lara le dice a Ernesto;

– ¿Entonces, ahora estás sin trabajo?

– Pues… sí.

– Y… ¿estas buscando?

– Sí, pero… sí, estoy buscando.

– Ya…

La madre de Lara interrumpe mascullando: Y bueno, ¿cómo os conocisteis?

 

– Pues… – al unísono. Y el padre de Lara, ajeno a su mujer, murmura mirando a Ernesto;

– ¿Y cómo es que dejaste la carrera a medias…?

– No me gustaba. Me di cuenta tarde…

– Ya…

Ernesto comienza a empapar el cuello de la camisa. Lara y su madre se van a la cocina.

– Y… ¿tienes algún plan? – dice el progenitor, esta vez mirando a las olivas.

<<Muérete, viejo, déjame en paz>>

– Algo con futuro digo…

La hermana pequeña de Lara tiene siete años, y juega con los canapés, ajena a todo.

– ¿Estás bien, chico? Estas sudando como un cerdo…

– Tendría que ir al lavabo…

– Ya…

Una pausa larga.

– ¿Puedo…?

– Sí, claro.

– ¿Por dónde…?

– Oh, muy bien, mira, sube al tercer piso, el del segundo lo tenemos en obras. Ves por el pasillo hasta la tercera puerta, ten cuidado por el suelo porque está todo lleno de sacos de cemento. Es la tercera puerta a la izquierda, entras y sigues recto, pasas por la terraza, porque tenemos un pasillo con el suelo levantado, después…

 

 

 

 

 

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Un comentario en “Vericuetos

  1. Jordim,
    Te estás convirtiendo en el cronista del siglo XXI. Ya estoy esperando tus relatos ansiosamente.
    Como ya te había dicho, me encantan tus personajes secundarios, esos que sólo salen unos segundos: “¿De estos raros, vale?- la ,mujer sonríe avergonzada”. Perfecto, ya se de que tipo de persona me hablas. Y lo de la “sonrisa de fábrica” de Lara no se queda atrás.

    El relato es triste. Cuando empezamos discutiendo ya por cualquier cosa nunca sabemos donde vamos a acabar. ¿En el tercer piso…?

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