Hora de comer

Las secuencias se suceden en la pantalla de forma elegante. Relajante. Real. Un poco amarga.

La película se llama “Antes del amanecer”. Lula, que es como la llaman todos, arruga la nariz en un gesto reflejo habitual cuando los títulos de crédito suben por la pantalla plana.

Sola en casa, en el piso de soltera, con un pijama nada erótico, descalza, Lula derrama una lágrima, esta vez señal de que no ha perdido el tiempo las últimas dos horas.

 

Un hombre camina por un callejón oscuro, pero no se sabe quien es. No se ve. Lula despierta de sopetón y el hombre y el callejón desaparecen y aparece la habitación: La realidad. La habitación tiene un tono verdoso apagado porque el reloj despertador ilumina, moderno, con sus dígitos enormes, diciendo histérico: ¡Las tres y diecisiete de la mañana! En la mesilla, aparte del reloj, hay una caja de pastillas. Somníferos. Hay la foto enmarcada de una mujer de unos treinta años; la madre de Lula hace veinte. Un coche se pasó un semáforo en rojo, o bien se pasó un ceda el paso, o alguien no miró bien, o alguien tuvo un despiste, o alguien había bebido. Y la madre de Lula murió. Los accidentes de tráfico suceden, le dijo un profesor de instituto a Lula. Le dijo: Hay demasiados coches; es como los fenómenos naturales, los terremotos, las tormentas, los tornados. No es que pasen casi siempre en países pobres, es que hay demasiados países pobres. Da que pensar. Demasiados coches, demasiados países pobres. Lula no logra volverse a dormir. Su madre tiene media sonrisa en la foto, como si no estuviera demasiado contenta, o como si el sol la molestara. El padre de Lula ya es mayor. Ella va a verle una vez a la semana al centro para jubilados. Él tenía veinte años más que su madre, porque el amor no tiene edad. Y ahora Lula no tiene padres. El hombre la mira con extrañeza cuando una cuidadora grita en su oído: ¡Es su hija! ¡¿No se acuerda?! ¡Vino la semana pasada! Y Lula se sienta al lado de él y le habla, a sabiendas de que nada va a cambiar.

 

Despierta a eso de las ocho de la mañana, extrañada de haberse dormido. El sol entra por la ventana, porque nadie cerró la persiana ayer. El desayuno de cada día consiste en un café solo. Un chute legal, una ducha, maquillaje que no se note en exceso, un traje de chaqueta incomodo, un atasco mañanero y Lula ya se ve dentro de su oficina, con el ordenador delante, melancólica, triste, y por qué no, desesperada.

 

En la hora de comer nunca nadie se sienta al lado de ella. O más bien ella nunca se sienta al lado de nadie. Lula desconfía de sus compañeros de oficina. O más bien el primer día desconfió; decidió sentarse sola a comer. Y en su segundo día, paseaba con la bandeja por el comedor, y otra vez se fue a una mesa desierta. Se convirtió en algo habitual, y a la larga todo el mundo pensó que era rara; que no era normal. No daba los buenos días. No explotaba su físico a pesar de tener potencial. Muchas veces iba sin maquillaje. Hablaba con monosílabos. Y sobretodo evitaba a los hombres, y más si los sospechaba mayores que ella. Para los compañeros era <<Aquella…>> <<La que se encarga de…>> <<La que entró en la empresa cuando entró…>> .

Al acabar la jornada Lula se une con los demás al atasco de ciudad para volver a casa. Los coches pitan y la gente que va a pie cruza apresurada los pasos de cebra. Y con todo, piensa Lula, no es que haya demasiada gente cabreada, es que hay demasiada gente. Y encima todos quieren trabajar por el día y dormir por la noche. Todos quieren llegar pronto a casa. Todos quieren comer, vestirse a la moda (como todos los demás), todos quieren llegar tranquilos a fin de mes, con sus familias y parejas y secretos a buen recaudo. Y, no me jodas, además, siendo todos los que son, todos quieren ser felices. Lula se convierte así en al persona con la que te puedes comparar. Da igual lo deprimidos que estén sus compañeros de trabajo, porque han discutido con sus parejas o porque viven en un matrimonio acabado que sigue. Mirando a Lula se les pasa. Desde un punto de vista social lo que cuenta es que todos te rían las gracias y te miren el culo. Y Lula, todo eso, lo tiene muy bien pensado. Muy bien meditado. Y con el tiempo, su decisión de preferir su mano a una polla grande y bonita, tiene mucho que ver con el nihilismo concreto de no creer en nadie. La única persona en la que creía sonríe molesta y diminuta congelada en una foto.

 

Una alarma que alguien decidió instalar hace tiempo en el edificio comienza a sonar a eso de las cuatro de la mañana. Lula despierta extrañada. Nunca había oído ese sonido. El timbre de la puerta suena sin parar. Lula abre. Una señora de muchos años dice histérica algo sobre que hay que irse a la calle, todos los vecinos, y no por el ascensor.

Lula baja por las escaleras, somnolienta. En la calle ya están todos en batín, mirando hacia arriba, como esperando que algo explote, o una lengua de fuego salga destrozando una ventana, para poder decir: Menos mal que hemos salido… Pero ni tan siquiera huele a humo. Lula nota que todos la observan, como se mira a un desconocido. Un niño en pijama se acerca a ella. Ella le mira con tedio, desganada, porque si algo no quiere hacer ahora es hablar con un niño. El crío dice, señalando hacia algún sitio; A mi hermano le gustas… Lula mira hacia donde señala el dedo del crío. El hermano en cuestión es un niño de doce años. Ni tan siquiera ha comenzado a sufrir aun, piensa Lula. El crío pequeño se aleja. El edificio sigue intacto. Pero alguien ha llamado a los bomberos, y la sirena se oye venir.

El camión grande y de un rojo apagado, aparca. De dentro salen cinco hombres desconcertados. Alguien que debe ser el delegado de bloque habla con uno de los bomberos. Al final dos hombres suben con sendos hachas. Uno de los bomberos está apoyado en el camión. Pone cara de aburrimiento. Lula le observa. Atraída por algo. Por radio los bomberos que han subido informan, y el sonido sale por un Walkie que sujeta el bombero que no interesa a Lula. Se oye: Estamos en el segundo piso… sin novedad… no huele…

Lula se acerca al bombero que resuelve interesante, pensando en que siempre se le puede dar una última oportunidad a la vida. Le dice;

– ¿Hay muchas falsas alarmas así?

El bombero la escruta, y sin cambiar la expresión murmura;

– Sí…

– Qué coñazo…

– Es nuestro trabajo –suspira-, es lo que hay…

Y Lula, la representación perfecta de esas personas con las que te comparas cuando te pasa algo malo en la vida, dice;

– ¿Tienes novia?

El Walkie emite un crujido: Estamos en la cuarta planta… nada…

Lula se apresura, y dice;

– Perdona… no soy… no suelo…

– Tranquila, no, no tengo novia.

El chico repasa en un momento a Lula de arriba abajo. Un móvil comienza a sonar en su bolsillo. El tipo lo coge. En la pantallita pone: Cris. El tipo descuelga y dice;

– Hola, cariño.

Otro bombero que se fijaba en la situación suelta una risita. El bombero supuestamente interesante mira a Lula, condescendiente. Lula suelta la rodilla derecha en la entrepierna del tipo; se arrodilla en el suelo, quejándose sinceramente. Lula les da la espalda a todos. Apoya sus manos en las rodillas y comienza a vomitar. Los compañeros bomberos del bombero no pueden para de reír. Los vecinos miran a Lula. Lula se encamina al edificio antes de que salgan los bomberos que han entrado. Se cruza con ellos subiendo por la escalera, sin mirarlos.

Ya en el piso, Lula mira por la ventana, y al cabo de un rato, los bomberos se van. Falsa alarma. Las cosas y los conceptos y los miedos y el pasado y el futuro se amontonan en la cabeza de Lula. Los terremotos, demasiados coches, demasiada gente. Lula medita y piensa y medita mientras quema el extremo de las cortinas con un mechero. Y el fuego, ahora sí, de verdad, se comienza a comer la tela. Lula se pone la chaqueta ya sin pensar en nada. Y esa persona que come sola a mediodía y no te saluda y no te quiere y actúa impulsivamente podría simplemente ser bohemia. O no. Lula sale de su piso con el fuego ya rabioso. La alarma esta vez no salta. Y ahora, piensa Lula, toca un autobús, o el tren. Mejor un avión. Ya desde la calle puede ver su habitación iluminada. Y se va. Los accidentes de tráfico simplemente suceden, como los terremotos. Y claro, no es que haya demasiada gente infeliz. Lo que pasa es que hay demasiada gente.

 

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