Pepsi Vs Coca-Cola

Se sentía ese olor como a nevera que hace un año que no se abre. Esas neveras de casas de veraneo. Sí, así, a rancio, pero toda la casa.
Era una casa bonita, apartada. Una casa tranquila. Justo esa que imagina esa gente que querría retirarse a vivir en el campo. La casa aislada en la que pasan cosas terribles en las películas. Una casa en la que algunos dejarían grabadoras puestas por las noches, para buscar psicofonias tétricas que desempolvarían un pasado vergonzoso: un niño muerto, suicidios…
Pero Augusto no cree en nada de eso. La soledad, se dice, es más segura que estar rodeado de vecinos que ven programas del corazón y telefilms.
Augusto, en realidad, se ha retirado a escribir.
Sí, es eso que piensas. La obra maestra que buscas para, en un futuro, poder tratar a las facturas como si fueran folletos publicitarios. El libro que te haga tan famoso como a un personaje del corazón. Tu “Código Da Vinci”, pero realmente bueno. Algo que se dé a leer a los alumnos en la universidad. Tu ideología literaria como ejemplo a seguir. Eso es lo que busca Augusto. Cierto tipo de gloria personal.
Dejar huella, piensa Augusto, es lo importante, aunque solo sea en rincones polvorientos de las bibliotecas. Proyectar tus miedos y anhelos en hojas blancas; la versión intelectual de vender ropa o coches.

No es fácil empezar a escribir. Augusto instala el ordenador tal y como su sobrino le enseñó. Y después, con la hoja blanca electrónica delante, Augusto no sabe cómo empezar. Él no es escritor. Pensó que las palabras, simplemente, fluirían. Las ideas se te escapan cuando llega el momento de inmortalizarlas. Ese trozo de ti fascinante no viene a la memoria cuando tienes que transformarlo en una historia jugosa. Augusto tenía claro que debía ser ficción. Algo que le diera la oportunidad de llevar los personajes arriba y abajo; poder jugar con ellos: matarlos, resucitarlos, enamorarlos, volverlos a matar, crear viajes para ellos, sexo, violencia, cosas divertidas. Una “road movie” hecha libro. Algo realmente bueno, pero de fácil digestión. Y pensó que si Dan Brown era rico gracias a un libro, él también podía serlo.

Pero al cabo de escribir dos líneas, Augusto las borra, y así sucesivamente, hasta que, harto, se levanta de su silla.
El problema a veces es que tu vida resulta demasiado normal. No pasa nada extraordinario. Nada grande que quede bien encuadernado. Ninguna aventura. Nada fuera de los parámetros establecidos de quien vive tranquilo, tirando, sin altibajos.
Augusto mira una rato más la pantalla.
Decide ir a dar una vuelta. Un paseo para relajarse, para ver si las ideas después fluyen más fácilmente.

Augusto pasea sus cuarenta años recientemente cumplidos entre árboles y matorrales. Todo huele a pino, y hay bastante basura. Quizá hasta alguna jeringuilla. No es el mejor sitio del mundo. Solo es silencioso.
Palahniuk escribió una vez para su “Nana”;

“Pronto el único modo de biodiversidad que nos quedará será la Pepsi contra la Coca-cola”.

Augusto piensa en la frase de ese escritor americano, que tanto le gusta a su sobrino. Ese tipo de cosas que se escriben. Solo un puñado de palabras, que hacen que te den escalofríos. Cosas de genio minimalista, solo al alcance de unos pocos que, donde tu ves A, ellos ya han visto todo el abecedario. Augusto se desanima. Pero aun así sube a enfrentarse a su obra sin empezar; su futuro, en el que alguien con mucho menos dinero abrirá sus facturas por él, cocinara por él, vivirá la parte anodina de la vida por él.
Pero es difícil. La hoja sigue en blanco, brillante, vacía. Es la crisis creativa de un escritor que, desde hace veinte años, ha escrito poca cosa más allá de su firma para renovar el DNI. El colegio ya es algo borroso. “Nunca es tarde para intentarlo” es una frase típicamente estúpida. Augusto lo sabe. Aprender a transmitir algo escribiendo lleva años de práctica. Y la mayoría de gente nunca aprende.

Llega la oscuridad y la casa empieza a crujir por todos lados. Lo que por el día era tranquilidad se convierte en desasosiego. Y no es por la oscuridad, sino, claro, por lo que podría esconder esta. Augusto tarda una hora en dormirse, a pesar del cansancio. Aun no ha escrito una sola línea.

Ya por la mañana, la luz que entra por la ventana despierta a nuestro aspirante a celebridad de las letras, desconcertado. Desubicado. Son las once de la mañana. Demasiado dormir, piensa para si mismo Augusto. Doce horas pueden dejar baldado a cualquiera.
El ordenador espera, cogiendo polvo. Pero Augusto ha decidido dedicarse hoy a la lectura: José Saramago.
Cuando Augusto está enfrascado en “La Caverna” oye el ruido de un coche, fuera.
Raudo, se va hacia la ventana. Es un coche deportivo que llega haciendo crujir el camino de tierra. De él sale una pareja joven, en la veintena. El chico, engominado, con camisa blanca y vaqueros, sale sonriente del coche, hablando a voces. La chica, con un vestido floreado, se ríe carcajadas, cerrando la puerta de lo que parece un coche demasiado caro para una pareja de esas edades. Se dirigen hacía la entrada de la casa. Augusto baja al piso de abajo, esperando oír el timbre.
Y suena.
Después de esperar un minuto delante de la puerta, simulando naturalidad y despiste, Augusto abre, con la bata puesta.
– Hola, perdone – dice el chico engominado –, la verdad es que nos estamos quedando sin gasolina. No tenemos la suficiente para llegar a la ciudad…
– Ya… – asiente Augusto.
– Y hemos pensado que quizá aquí tendrían gasolina.
– Pues, no sé si en el cobertizo…
Los tres se encaminan hacia la pequeña casita de madera. Augusto abre la puerta con una de las llaves del racimo. Hay herramientas y todo tipo de utensilios. Pero no hay ninguna lata de gasolina. Augusto rebusca entre las cosas durante un buen rato, pero no.
– Lo siento… pensaba que aquí podía tener gasolina…
– ¿Vive solo? – interrumpe el chico.
– Bueno… estoy de vacaciones. No vivo aquí.
El chico engominado comienza a hablar de verdad.
Augusto es un hombre casado y con dos hijos; un detalle importante, cuando un tipo con cara de lelo te dice que en realidad sí tiene gasolina para llegar a casa, y que si han llamado a la puerta es porque quizá, a cambio de una cifra razonable, Augusto podría follarse a la chica. Un buen polvo, eso si.
– Es algo que nos excita – dice el tipo engominado. Ella sólo sonríe, mirando descaradamente. Augusto está a muy poco de pedirles que se vayan. El tipo repité varias veces;
– Yo solo me quedaré en un rincón, tío, ni me verás. Podrás hacer lo que quieras con ella.

Puedes pensarlo desde fuera, y creer que no lo harías, pero Augusto comienza a tener serias dudas. Su mujer. Dos críos. La moral. La integridad. Y cuanto más piensa en esas cosas mas ganas le dan de tirarse a la chica, y no volver a verla jamás. Tirársela pensando en su mujer y sus críos es una perspectiva cada vez más incorrecta, más morbosa. Algo que nadie sabrá. Enloquecer durante… qué… ¿10 minutos?

La pareja y Augusto comen. Y mas tarde cenan, a eso de las diez. Los tres, aislados, en la casa de oscuridad y posibles psicofonias, aun apestando a nevera podrida por dentro.
– Al final, te acostumbras al olor – comenta Augusto durante la cena.
A las siete de la tarde la chica silenciosa, de la que Augusto no sabe ni el nombre, decidió quitarse la ropa y quedarse solo en bragas. Todo se comenzó a calentar.

Poco rato después de los cafés y las dudas, el tipo engominado palmea un hombro a Augusto;
– Ahora sí, a follar, colega.
Los tres se dirigen hasta el dormitorio en el que duerme Augusto todas las noches. La chica se quita las bragas y comienza a botar en la cama como una niña. La pareja se desgañita en risas. Augusto se quita la ropa a trompicones.
Sin dilación, y ya empalmado, Augusto se la mete a la chica silenciosa. La que solo ríe y folla.
El tipo engominado tan solo se ha abierto la bragueta.
Nuestro aspirante a rico aguanta bien el sexo, sin bajones ni paradas, sin vacilar. El tipo engominado se masturba mucho más cerca de la cama de lo que había prometido. Les anima a que lo hagan con más ímpetu, más fuerte. No para de decir: Fóllate a mi novia, fóllate a mi novia, fóllatela, fóllatela…
La chica se corre varias veces. Luego coge la polla de Augusto y la menea manteniendo el capullo en la boca. Al poco, Augusto se corre sintiendo la lengua de la chica revolotear en la punta. Y no sale una gota fuera. La chica silenciosa se lo traga todo y relame el músculo, aun rojo e hinchado. Y luego, inmediatamente después, cuando la chica cae rendida y se estira en el colchón, es entonces, cuando Augusto nota una punzada en el estómago, directa desde el cerebro.
A buenas horas, piensa Augusto, mierda, y dice;
– Quedaos a dormir aquí vosotros. Yo dormiré en la otra habitación.
La chica silenciosa asiente. El tipo dice;
– Vale tío, cojonudo, mañana a primera hora nos vamos. Coge cuando quieras los trescientos euros de mi cartera.
Y mientras Augusto sale de la habitación ya habiendo cogido el dinero, aun se oye: ¡Ha sido un placer!

Lo dirán. Alguien se lo dirá a alguien que conocerá a mi mujer, piensa Augusto. Estas cosas se saben, siempre, tarde o temprano. Siempre alguien dice algo. O se difundirá un rumor en el colegio de los críos. Un rumor cierto.
Demasiados conocidos. Demasiados contactos. Demasiadas posibilidades.
Augusto da vueltas en la cama, sudando. Ya no piensa en escribir un libro, ni en la gloria personal, ni en dejar huella. Ahora solo se conforma con un futuro igual al pasado. Más de lo mismo, Dios, por favor, más de lo mismo, se dice a si mismo. Y en un impulso piensa: Gasolina. El cobertizo.
Un impulso sin marcha atrás.
Augusto baja las escaleras que llegan hasta el recibidor. Abre la puerta que da al campo, al bosque, a las montañas. Al cobertizo.
Sí, había gasolina en el cobertizo. Mentir, piensa Augusto, ¿por qué mentí?
Pero mintió, no quiso ofrecer gasolina a unos desconocidos. Unos jóvenes demasiado atractivos, demasiado ricos, demasiado de lo que Augusto no es.
Y ahora, mientras sube por las escaleras, con la lata de gasolina y el mechero, nuestro escritor frustrado piensa que han de morir quemados. Es la forma. Ardiendo. Si ellos arden ahora, mi futuro está seguro, piensa. Solo hay que cerrar la boca. Solo yo, piensa Augusto. Yo y mi culpabilidad. Todos vivimos un poco con eso, solo que Augusto tendrá que soportar una dosis mas fuerte.
Quemando, no quedará nada. Nada que alguien pueda analizar, o hacer que se cree una pista que lleve a otra, que lleve a otra, que lleve a dos tíos de uniforme, un día tranquilo, a llamar a la puerta de casa, con los críos delante.
Los chicos están profundamente dormidos, y ahora también mojados. Augusto ha vaciado la lata de gasolina entera, con ese olor del que quieres más y más.
Y suelta una cerilla encendida.
Los actos y sus consecuencias no es algo en lo Augusto piense mientras sale de casa e intenta robar el coche de lujo. El coche de la pareja liberal y joven.
Pero se ha dejado las llaves.
Al subir a la habitación los dos jóvenes se tambalean chocando con los muebles, ardiendo y gritando, de esa manera que grita la gente que va a morir dentro de un buen rato.
El fuego comienza a alimentarse. Todo es de madera. Apenas unas vigas se salvarán. Huele a barbacoa.
Augusto consigue coger las llaves de encima de una mesilla mientras todos, y todo, se quema.
Arranca el coche, sudando. Piensa que quizá debería haber traído su propio vehiculo, y no quedar un día con su mujer para que viniera a buscarle. El individualismo a veces te puede salvar la vida, piensa.
Augusto coge las curvas conduciendo, con esa seguridad que te da la sensación de no tener nada que perder.

La carretera serpentea durante un buen rato. El parachoques se traga el asfalto a noventa por hora, y llega un momento en el que Augusto para el coche, agotado, respirando demasiado deprisa. Al salir mira instintivamente al cielo, y cuando dirige su vista hacia el pasado reciente, observa la iluminación de su adulterio repentino, arriba, no demasiado lejos. EL bosque arde.
Augusto, ya en estado de trance, se vuelve a meter en el coche, pensando en ese cielo rojo. Ese bosque a tan solo unos kilómetros de su mujer y sus hijos. Las afueras nunca estuvieron tan adentro.
Y el siguiente pensamiento es; ella irá, ella irá, ella irá. Los problemas tienen la tendencia de amontonarse unos encima de otros. Augusto ya puede ver a todos los voluntarios pasándose cubos de agua. Y entre ellos, su mujer. Su amada ecologista, fiel, preciosa. Vulnerable. Ella que no pisaría a una hormiga. Ella, que se casó con él. Que estará pensando en su marido, rodeado de lenguas de fuego, atrapado en el bosque.
El teléfono suena con diez llamadas perdidas en la pantallita. Augusto lo coge con las manos sudadas, pensando por qué antes no ha oído nada;
– ¿S… si?
– ¿…merón… es Augusto Sánchez Salmerón?
– Sí…
– Tengo que informarle de algo…
Y antes de que Augusto diga nada, es iluminado por un coche que viene de frente. Demasiados nervios para seguir por un solo carril, demasiada tensión. Basta rozar con el otro coche para salirse de la carretera, estampándose con uno de esos árboles centenarios; uno de esos a los que se ha llegado a encadenar su mujer. Un árbol salvado varias veces. Un árbol… que casi no nota como el morro del coche se deforma a cien kilómetros por hora, haciendo que el cuerpo de Augusto salga por el cristal, sin demasiado problema, y quede tendido a unos cinco metros. Y mientras tanto, el teléfono intacto, en el suelo verde, parlotea:
“Su mujer ha pasado los límites de seguridad con su coche, dirigiéndose al incendio, le rogamos que la llame y hable con ella. Piensa que usted puede estar atrapado en el incendio…”
Augusto, casi inconsciente, nota como alguien toca su cabeza. Y oye, a intervalos: Cariño… ahora llega la ambulán… cariñ…


A veces pasa que tu vida es demasiado normal. Ninguna historia que merezca ser escrita. Y encuadernada.
Augusto despierta viendo el techo del hospital. Ahora no tiene piernas. Su mirada enfoca los muñones vendados. La cama está rodeada de gente, y todos le sonríen. Parecen haber pasado muchas horas. Su mujer está al lado, haciéndole carantoñas, dándole besos, hablando. Ya nunca nadie le podrá acusar de adultero. Su dignidad ya está salvada. Y su moral intacta. No le ha puesto los cuernos a nadie, no ha provocado ningún incendio, porque nadie sabe nada y viene ser lo mismo.
Tan solo hay cierta dosis de culpabilidad. Nada que un ser humano no pueda esconder.
Y su mujer pregunta: ¿Por qué lloras?
Y Augusto, sorbiendo, le dice a su mujer, saludable e intacta;
– ¿Podrías traerme el portátil?… para escribir.

 

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3 comentarios en “Pepsi Vs Coca-Cola

  1. Las casas solitarias siempre tienen algo especial que me atraen en este tipo de historias. Es un universo en el que cualquier cosa puede pasar. Es inquietante, como, por ejemplo, en la película Funny Games y en otras muchas historias. El hecho de estar aislados hace que todo sea posible.
    Saludos

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