DeKoro

Quien tiene el síndrome de Koro cree que su pene se hace cada vez más pequeño de forma progresiva. A más tiempo vivido, menos pene. De los que lo sufren, los hay que solo tienen miedo al rechazo social, miedo de quedarse como un muñeco Ken de estatura humana. Pero hay otros que piensan que al desparecer su pene, morirán, no solo socialmente, sino del todo.

Quizá haya un síndrome de Koro femenino, como pensar que tus tetas van a ser cada día más pequeñas. Pero el síndrome de Koro al final tiene que ver, sobretodo, con la autoestima. Con el verdadero problema de quererse cada vez un poco menos cada día. Es lo que encuentras al otro extremo de la vanidad, solo que a diferencia de esta, el síndrome de Koro emocional te puede matar, aun teniendo un pene descomunal; aunque tus tetas sean firmes y jóvenes.

 

Piensa en esas mesas largas de madera antigua y barnizada. Esas mesas que necesitan un mantel kilométrico y blanco, sin ninguna mancha. A la hora de cenar encima de esas mesas suele haber vajillas muy caras. Platos flanqueados por diversos utensilios. Cubertería, normalmente de plata. Estamos hablando, claro, de una familia adinerada. De los que dejan las manchas para otros; de los que no conducen, ni cocinan. Hablamos de gente que puede elegir entre todo lo que hay sin desechar nada, o simplemente cogerlo todo si no hay ganas de pensar. No tienen por qué fijarse en las etiquetas que marcan el precio de las cosas; aunque lo hagan.

Ursula es la hija pequeña de la familia; la que sabe qué cubierto debe usar en cada momento, y cómo doblar la servilleta en su regazo. Todas esas cosas de las que se ríen las personas que no tienen reparo en comer con las manos, ella se las sabe al dedillo; como el Padre nuestro, o cualquier plegaria. Su educación tiene que ver sobretodo con lo espiritual. Las cosas, simplemente, un día aparecieron; por la gracia de Dios. Aunque también se le han dado muy bien siempre las matemáticas.

En la noche que acontece, ahora, Ursula cumple dieciocho años. Y la mesa ya está lista con su mantel y su vajilla y todos los utensilios colocados en fila a cada lado de los platos, preparados para ser utilizados de fuera para dentro.

Tíos y Tías y primos y parejas y amigos ya están listos y sentados, delante de sus platos vacíos y brillantes. Ursula está al borde de las lágrimas. Conteniéndose. Los padres no ven nada extraño; solo es otro día mas en que la niña anda melancólica. Y además es su cumpleaños. Todos sonríen y adornan anécdotas, se mienten, se jactan de no tener por qué hacer nada. Se jactan muchas veces en silencio. La servidumbre comienza a entrar con la comida en el comedor de imitación Victoriano; todas las paredes están llenas de apliques y adornos. Todo es la imitación de una imitación de otra imitación. Todo es caro y precioso y falso. Todo brilla; parece que el comedor, por sí solo, esté continuamente fardando.

El comedor también tiene un balcón que da al exterior. Asómate. La casa entera parece pensada para que cualquier turista se vea obligado a fotografiarla. Hay un jardín lleno de flores de todo tipo, de las que le gustan a la señora de la casa. Cuando sale el sol mirar el jardín supone un mal rato si tienes jaqueca. Ursula, la pequeña mayor de edad, nunca ha sabido muy bien a qué viene todo aquello. Por qué. Sabe que su padre anda siempre metido en chanchullos. Alguna vez la casa ha amanecido con alguna pintada que llamaba ladrón a su padre, o hijo de puta. Pero ella no quiere saber nada. Lo que sea que su padre hace está pagando sus estudios. No es que le odie; sencillamente no se fía de él.

Crecer entre algodones ha potenciado una sensación constante y desagradable en el estómago a Ursula; algo que nunca ha desparecido, y que parece ir a peor. Algo tiene Ursula en la cabeza que la hace sentirse culpable. Se sienta en la sala de estar enorme cada día y puede ver en el telediario a gente muriendo a tiros o de hambre; y eso, lo ve en una televisión de cincuenta pulgadas. Su madre le trae un vaso de agua para tragar una pastilla y ese vaso vale dos pozos en algún lugar en el que la gente no tiene para vestirse. Todo lo que ve Ursula se traduce en una amalgama de derroches, por lo que no ve donde está la diferencia entre vivir como vive y contribuir a la extinción de la humanidad. Ursula tiene lo que podría llamarse su propio síndrome de Koro emocional. Pero nadie la entendería, porque lo tiene todo. El problema de la depresión de un multimillonario es que la gente se va a reír de él. Si tienes suficiente dinero para comprar una isla deberías limitarte a hacerlo. La mayoría de gente piensa de forma parecida. Lo de Ursula no es un canto a la colaboración, no es que esté deseando arreglar el mundo. Mas bien piensa que si todos tenemos cerrojos en casa es porque lo que hay ya no va a cambiar; es decir, no a mejor.

Cuando era pequeña sus padres para ella eran desconocidos. Sí. Un día, Tata, que era como ella la llamaba, murió. Tata crió a Ursula desde los cero hasta los trece años, hasta que se murió de vejez. Ursula conocía a su madre de haberse cruzado con ella de vez en cuando, como cuando ella la cogía, le daba un beso, y se iba a tropecientos mil kilómetros de casa. Aquello, era más o menos así. Y mientras mamá y papá estaban fuera, Ursula tenía a todo un sequito de educadores para ella sola. Aprendió normas de decoro. Su forma de comer tenía que ser fotogénica. Mas que comer era un una danza. Era como si alguien te estuviera dibujando mientras manejas tenedor y cuchillo y fuera una grosería irse al lavabo con el primer plato a medias.

Estar aislada de todo es lo más fácil para Ursula. Engulle su cena de lujo, y los demás, sencillamente, no existen. Es lo que hace todo el mundo todo el rato, piensa ella, solo que todos procuran disimularlo. Alguien, ahora, podría saludar con la mano abierta en la cara de Ursula y ella seguiría a lo suyo. Es un mecanismo de defensa desarrollado con los años. Es lo que se podría llamar llorar para dentro. Cuando lloras no estás para hostias. No oyes, no haces caso. Y ese es el estado prácticamente perpetuo de Ursula. Eso es Ursula: pasar de todo, sin que eso se quede sólo en una frase hecha. Y en eso está, hasta que alguien la zarandea y pregunta: ¿Es que no vas a soplar las velas? Y todo el mundo la mira, con ese extraño cariño que le tienen, como si fuera tímida pero bohemia a la vez, como si fuera mucho mas inteligente de lo que es porque apenas habla. Las velas se apagan al tercer soplido, todos aplauden. Ursula sonríe, seca.

 

Al más mínimo despiste colectivo, Ursula se levanta de la mesa y se va hacia el balcón de la terraza. El decoro de sobremesa se suele ir apagando a medida que la cena avanza. La terraza del comedor le gusta porque tiene un punto muerto. Si se coloca en el extremo derecho de la misma no la pueden ver desde la mesa larga y abarrotada. Así a ella no la ven y ella solo tiene que moverse un pelo para verlos a todos. Con lo cual, puede fumar.

Mirar las estrellas respirando humo la relaja. Pero también la hace pensar en su síndrome de Koro particular, y en que si no hace algo, su malestar no desaparecerá; la punzada en el estómago seguirá ahí siempre hasta que aparezcan las tendencias suicidas. En el cielo hay un avión, muy lejos. Muy alto. Ursula se lo queda mirando, un minuto, dos. Y cuando va a apartar la mirada, el aparato lejano se deforma, se ilumina. Explosiona lo lejos. Ursula se queda de piedra. Al pasar unos segundos los cristales de la casa tiemblan. El aparato, a lo lejos, cae como a cámara lenta. Ursula tira enseguida el cigarrillo y todos los demás salen a la terraza: ¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha pasado? ¿Eh, niña? Ursula los mira a todos, con la ropa desmadejada por las prisas, con las caras de susto. Y dice:

– Ha explotado un avión en el aire.

¿Un avion? ¿Seguro? Qué raro. ¿No habrá sido otra cosa?

Y todos comienzan a hablar entre ellos. El fallo técnico, o de combustible, o los terroristas, o lo que sea que ha pasado, se ha cargado el momento de paz de Ursula. Que ahora piensa en la fascinación que le ha causado el accidente, la espectacularidad de haberlo cazado en directo, el morbo de saber qué ha sido. Aunque todas esas sensaciones se desvanezcan mañana, cuando todos los telediarios se hagan eco de lo que sea, y la punzada en el estómago vuelva aun mas viva, precisamente por haberse alegrado y excitado momentaneamente viendo explotar ese avión.

 

 

 

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