Caída libre

No te preocupes, dice ella. El típico bar lleno de obreros bebiendo cerveza hoy cuenta con una presencia femenina. Una princesita. Que me dice que no me preocupe. Se sienta a tu lado una chica en el bar y te da por contarle todo eso que realmente te quita el sueño. Vomitas. Eso de lo que no le hablas a nadie. Y ella no te manda a la mierda evitando mirarte, sino que además te escucha. Se lo cuentas casi todo. Y asiente. A cada problema de futuro. A cada secreto que no le has contado a tus amigos. Y además es guapa y además parece que hasta flirtea. Hasta tal punto que ya sospechas que todo debe ser una broma, y que algún colega aparecerá en cualquier momento. Y llegan las ocho de la tarde. Estás solo en el bar de siempre, minúsculo y lleno de gente, y lo último que esperarías es ligar con una chica alarmantemente más joven que tú. Lo último que pensabas cuando te levantaste por la mañana es que por la tarde sería un problema no saber calcular nunca la edad de las mujeres. Mujer, por decir algo. Si la chica llega a los dieciocho ya me puedo dar con un canto en los dientes. Son esas personitas. Esas niñas disfrazadas de mujer que pueden buscarte un buen problema. Son esas curvas que camuflan Barbies de un pasado demasiado reciente. Es el morbo. Todo eso te puede echar a perder. Y ella asiente: Sí. Claro. Claro. Ya. Entiendo. Tienes razón. Pero… La chiquilla protesta: Soy mayor de edad. Me dice: Tranquilo, no te preocupes, tengo dieciocho, ya hace meses. <<Ya hace meses>> Como si esa frase me fuera a tranquilizar. Como si no estuviera deseando meter mi cara en su culo y todo los que están en el bar no pensaran lo mismo. Aunque claro, supongo que la pregunta que sale aquí por lógica es: ¿Qué haces aquí? Ella sonríe y dice que sólo quería beberse una cerveza. Y yo pienso: Sí, a eso hemos venido los demás, pero no me has contestado. Pienso, pero luego sólo asiento. Me dice que si tengo novia. No. ¿Seguro? Sí ¿No tienes novia? Te he dicho que no. Que raro… Ya ves… ¿Y cómo es eso? No lo sé. Eres un tío llamativo. No creo. Ya, pero el bar está lleno de tíos y estoy hablando contigo. Tú sabrás, le digo. Y mi autoestima comienza a subir como la espuma. Casi la puedo oír subiendo. De hecho, el ruido es ensordecedor. Todo lo demás ha desparecido. ¿Entonces?, dice ella, ¿quieres dar una vuelta? Sí, digo. Y también quiero hacer otras cosas, pienso; escribir un libro, plantar un arbol. Follarte. O mejor follarte y después escribir un libro. A quién le importan los arboles. En la calle puedo notar más claramente su olor; la mezcla de chicle y colonia y suavizante. Toda esa mezcla que ahora es chicle, colonia, suavizante y tabaco. Ese olor que da miedo de tan atrayente. Da vértigo. Hay gente que dice que se siente atraída por las alturas. Como si te asomas desde el piso tropecientos y algo de la posibilidad de saltar te gusta. Es un símil extremo, pero si una adolescente se te agarra del brazo por la calle sientes ese tipo de vértigo contradictorio. Quieres saltar. Aunque luego acabes espachurrado contra el suelo. Aunque te estrelles, sentir el aire en la cara mientras lo que hay abajo se precipita hacia ti es lo mejor que vas a hacer en tu vida. Y ella me mira y corta el aire con su delgadez, y dice: Debes haber tenido montones de novias. Pues no. Seguro que sí. No. No me engañes. No te engaño. Ya. ¿Qué hacías en ese bar? Estaba bebiendo cerveza. Ya. ¡No me crees! Sólo me extraña. ¿Por qué? Porque eres una niña. Ya, pero seguro que ya has pensado en joderme. No. ¡Ja! No he pensado en joderte. Eres gay. No, pero no he pensado en joderte. No te creo. Y hace bien, desde luego tonta no es. Sólo es joven. Se hace un silencio entre los dos. Sólo se oye el rumor del tráfico. Conversaciones que se acercan y se van. Un mendigo tirado en el suelo. Una tienda de ropa, y otra, y otra. Y ella sigue agarrada a mi brazo, aunque ya sepa que puedo ser un embustero como todos los demás con tal de no reconocer que me atrae. Esto es cuando quieres parecer interesante y sólo pareces un capullo. Es ese momento; la mayoría de los hombres nos podemos reconocer en él. Y luego bien que nos entra el ansia por desabrochar el sujetador, por irnos antes de la discoteca, por tocar y meter. Ella me guía por la calle. Vamos por aquí. Ahora por allí. Me lleva por el brazo, y la noto cada vez más nerviosa. Y no puedo mantener mi silencio “interesante”. ¿Adónde vamos? Un pálpito negativo surge. Mañana es mi cumpleaños. Ella es prostituta. Joder, prostituta infantil. Puedo imaginar su vida, me pasa por la cabeza en pocos segundos; abandonada; o sus padres muertos; o no tiene familia; no tiene a nadie; es mona y un día se encuentra a un tío elegante en un garito; su chulo. Seguro. Esto no me gusta. Esto es de esas cosas que no pasan si no hay gato encerrado. Y paro. La freno. Un momento, pienso. Tiempo muerto. Y ella dice; ¿Qué pasa? Explícame de qué va todo esto. ¿Todo esto? Sí, todo esto. Bueno, ¿está claro, no? No, no está claro, dime quién eres, qué pasa. Joder, me vas a hacer decirlo. Sí. ¿Te gusta oír esas cosas? Mmh, sí. Vaaaale, me gustas, ¿ya esta? Me coge otra vez del brazo y me lleva por la calle. Decido que esperaré a ver qué pasa. No quiero ser sorprendido. No me gustan las sorpresas. Las sorpresas siempre están enterradas en tu rutina para que no las esperes. Pero yo lo espero todo. No suelo fiarme de nadie. Y sí, miro hacia atrás constantemente. Yendo por la calle. O en cualquier sitio. Es mi libertad para ser paranoico. Cada uno es libre para ser lo que quiera. La niña, que aun no sé ni cómo se llama, sigue tirando de mi brazo. Lo que pasa por mi cabeza tiene bastante que ver con mi pasado. Mi paranoia tiene que ver con ese muerto viviente que es mi pasado. Un pasado lejano. Pero claro, lo que tiene el pasado es que no acepta ceremonias sentidas con las que decirle adiós. A tu pasado no le gustan las despedidas. No se siente cómodo con ellas. La niña apetitosa sin nombre ya hace media hora que me aleja del bar. No me siento cómodo tan lejos del bar. Pero, absorto en ella, no me doy cuenta de que me está llevando a mi casa. Y pienso: el cumpleaños. Tira de mí. Me hace abrir la puerta. Entramos en casa, pero no hay nadie. Y digo: ¿Todo esto no es por mi cumpleaños? ¿Es tu cumpleaños? Sí, mañana. ¿En serio? ¿Cómo sabes dónde vivo? Soy de por aquí, tonto. Se va corriendo al equipo de música y en un minuto está sonando Street Fighting Man de los Rolling Stones. Sube el volumen lo suficiente para que yo tenga que gritarle que lo baje. Pero se comienza a contonear por toda la casa con los ojos cerrados. Miro por todos lados, pero no veo a nadie agachado, al acecho. No hay sorpresa. No me he quitado las botas camperas cuando veo que ella ya está en ropa interior. Hay una prenda suya en cualquier sitio donde mires. Todas lilas y rosas. Esto es el sueño de cualquier pederasta lo suficientemente conformista. Y comienzo a pensar que bueno, que a lo mejor he tenido suerte. Así que me siento en el sillón. Ella quita la música. Se pone delante de mí. Se quita el sujetador. Me mira. Pero después desvía la mirada. Se pone a mirar detrás de mí. La sonrisa desparece de su boca, y musita: Ya era hora. Y yo, noto el aliento de alguien en mi nuca.

 

 

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2 comentarios en “Caída libre

  1. Enganchado hsta el final… Me ha encantado la frase “el sueño de cualquier pederasta conformista”… Ya decía alguien que ahora la fantasía de los hombres no era una mujer dominadora, sino una Lolita.

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