“La amiga”

Actualmente me gusta una mujer. No es que sea noticiable. Pero esta vez es demasiado intenso. Lo que siento se acerca más a la muerte o a la drogadicción. Estoy en ese punto en que todo lo demás ha desaparecido, y también estoy comenzando a desparecer yo. No puede ser amor. Esta demasiado por encima, o por debajo; demasiado lejos en todo caso. Yo ya tengo cuarenta años, y un piso de soltero; lo cual, para según quien, puede querer decir mucho o nada.
Lo más fácil es echar piropos a quien se quiere. A veces también es lo más difícil. Tiene que ver con todo ese rollo. Poesía barata. Caras embobadas. O por lo menos la mía. Ella a veces me mira, durante el turno de noche, en el que ambos trabajamos. Demasiado del montón para ella. El final de una posible relación a veces llega antes que el principio cuando me miro a mí y después la miro a ella. Estoy en un extremo. De llegar a buen puerto esto sería como follarse a la muerte y que ella te perdonara la vida. La muerte es lo suficientemente atractiva para muchos. Sería como si te gustara tu hermana, o tu madre, y quién fuera te aceptara. Así de inaccesible parece ella. Pero el conformismo reina a veces, y miras a la amiga. Más asequible. Más tu “yo” femenino. No es como ella. Ni de lejos. Accederá. Un rollo de poco tiempo, seguramente. Mejor que nada.
Fantasías. Pensando en todo esto hago lo que tengo que hacer, después me la guardo en el pantalón. Y salgo a la calle. Pero sí, ellas existen; ella y su amiga. Compañeras de trabajo.
En la calle todo sigue con normalidad occidental. Todos mirando al suelo al cruzarse con los demás. Todos mirando zapatos, ya sea los propios o los de los escaparates. Todos volviéndose a mirar si se cruzan con una chica; y las suficientemente guapas aguantando que las miren, sin aún haber decidido si les gusta.
Yo simplemente tenía que salir de casa. Y sin rumbo fijo camino jugando a aguantarles la mirada a las mujeres que se me cruzan. La mayoría apartan sus ojos enseguida, otras aguantan estoicamente. Una hasta me sonríe.
Mi ex me miraba con pasión, lo hizo desde el primer día. Al segundo me llamó al móvil y me dejó claro que iba en serio. No me conservo mal. Ella me lo decía. Duramos siete años. Después quiso casarse. Conmigo.

Debería intentarlo con la mujer que ahora me gusta, y no conformarme con la amiga. Iré a la amiga y le preguntaré cómo se llama la otra, la Diosa. Así dejaré claro quién me interesa.
Trabajando en un almacén no es fácil charlar con las mujeres. Hay que abordarlas en la cafetería y cosas así. Todo se llena de acosadores descafeinados. Si ves hablar por aquí a un hombre con una mujer y hay atracción mutua, los dos tartamudean. Casi todo el mundo por aquí es lo suficientemente mayor. Miras las manos de la gente y de cada dos personas hay dos anillos. No hay demasiada gente joven.
Ya por la noche hago acopio de valor a la hora del bocadillo. Me siento al lado de su amiga, que está sola; la Diosa tiene festivo.
– Hola – digo.
– Hola – me sonríe.
Y me siento a su lado sin pedir permiso. Hablamos del tiempo y bobadas así. La conversación rechina por todos lados. La chica debe tener unos treinta años, sin alianza, y una cara sorprendentemente bonita si te fijas lo suficiente. Al cabo de unos minutos me lanzo y dinamito el momento de falsedad común occidental;
– Oye, tu amiga, esa con la que vas…
La chica sonríe.
-¿Te interesa? – resuelve con algo de cinismo, lo cual la hace parecer mucho mas interesante.
– Bueno… la verdad es que sí – respondo enrojeciendo.- Solo te quería preguntar como se llama.
-¿Sólo eso? ¿No quieres su número o algo así?
La chica no me lo pone fácil. Me habla como si hubiera vivido esto cientos de veces. Pero al final se lo saco: Lucía.
Salgo de la cafetería algo consternado después de hablar con la amiga. Un compañero me aborda en el pasillo camino a los vestuarios.
– Te he visto en la cafetería, ¿es que te mola esa tía? ¿eh?
– Vete a la mierda – le digo – solo le preguntaba cómo se llama la tía aquella. La que va con ella siempre. Hoy le tocaba fiesta y he aprovechado para hablar con esta.

Justo al reanudar mi trabajo me da un vuelco el corazón. A la pobre chica la he abordado y ni tan siquiera me interesado por cómo se llamaba ella. He quedado como un capullo. Y ella se lo dirá a la Diosa.
Por la mañana me cuesta dormir, porque a la noche siguiente quiero entrarle a esa tía, pero no sabré hacerlo. Pero sobretodo me cuesta dormir porque justo antes de hacerlo pienso más en la amiga, y en como la he faltado.
La noche siguiente llega rauda. He dormido diez horas y he practicado caras interesantes delante del espejo sin reconocérmelo a mí mismo; me he acicalado lo mejor posible y he ensayado frases de todo tipo, cosas para decirle. También intento no pensar en la amiga.
La amiga. La amiga. La amiga. Su cara.

Al entrar diez minutos antes de las diez en la empresa las veo a las dos en la cafetería. No hay nadie más. La amiga me ve. Al instante viene hacia mí. Me toca en el hombro, y a pesar de mi comportamiento de ayer, me dice;
– Atácala, ahora. Yo no he dicho nada.
Y se va. Y yo aun sin saber cómo se llama. Miro a Lucía, su cuerpo, y dejo de pensar en la amiga. Tengo que dejar de pensar en la amiga, con sus kilos de más y su cara.
Hablamos torpemente y quedamos en comer juntos después. También con su amiga. La amiga. Su cara.
Lucía conduce una de las carretillas, conocidas como toros. Lo hace con destreza. La amiga, aun sin nombre, se encarga de tareas de recepción. Lidia con camioneros todas las noches y no sé como se llama. Coño.

Exactamente ahora, a las tres de la madrugada, queda media hora para que vayamos a comer. Veo a Lucía de un lado para otro con el toro. A veces sonríe. Otras no. Me desconcertó un poco la pequeña charla que tuve con ella antes. La amiga. Su cara. Dios…

Me desconcertó porque no quiero aceptar que me gusta más la cara de su amiga, cómo fuma, cómo se mueve, cómo mira; me gusta más que el culo de la Diosa, que sus caderas y que sus tetas. Y estoy desconcertado. Totalmente.

Son las tres y veinte de la mañana. Diez minutos. Sigo con mi tarea y oigo un grito. Gritos. Alguien ha gritado. Todo el mundo se acerca a uno de los muelles en los que descargan los camiones la mercancía. Algo ha pasado.
La gente en el patio se arremolina dejando una moderada distancia cerca de un toro volcado. No veo nada. Oigo comentarios. Algunas chicas de recepción lloran. Alguien se aleja del grupo y vomita.
De un salto bajo al patio y me meto entre la gente. Llego hasta el suceso. Hay dos gerentes llamando por sus móviles. En el suelo, lo que ya sabía, un toro volcado, pero algo más. La accidentada es Lucia. La estructura metálica del techo del toro la ha pillado casi partiéndola en dos. Seguramente dio un giro brusco y volcó sin llevar el cinturón puesto, salió despedida y al caer el toro la pilló. Un charco de sangre crece y ella está consciente. Siguen los lloros y aun no se oyen las sirenas de la ambulancia. No hay manera posible de mover el toro sin empeorar la situación.
Me acerco oyendo gritar a todo el mundo que no la toque.
¡¡No la voy a tocar joder!!
Lucía me mira; acerco mi cara porque creo que quiere decir algo. Y con la voz apagada y renqueante me dice;
– N..no me dijiste…cómo te llamabas…
Tengo cuarenta años. A esta edad, segun cómo, lo que haces es barrer los sueños debajo de la alfombra.
Lloroso, le digo;
– Me llamo Juan, quería ser poeta…
– A.. aún puedes…
Todos sabemos que va a morir. Lloro con más intensidad, y aun así, pregunto renqueante;
– ¿Cómo se llama tu amiga?

 

 

 

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2 comentarios en ““La amiga”

  1. Sin darnos cuenta humillamos a personas que tenemos al lado, sólo por dejarnos llevar por nuestro egoismo y nuestro ‘único’ objetivo. Pocas veces tenemos al oportunidad de reparar esos errores. La humillación también es algo muy jodido.

  2. Jordi!, vas muy rápido, no me da tiempo seguirte cada día 😦 Tengo que ponerme ahora mismo a leer las entradas pasadas…

    Sobre esta, como siempre me dejas bastante tocada. Puff. Muy bueno.

    Un beso!

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