A jornada completa

Tienes una duda en algún sitio; en un supermercado, o donde sea. Vas a comprar algo de lo que no estás exactamente informado, y preguntas. O quizá sólo preguntas algo muy concreto. Algo básico. Y la chica o chico que sea no sabe nada de lo que le estás diciendo; no te sabe resolver la duda. Esto puede suceder un domingo por la mañana, o el día que dediques a las compras, no a la ropa bonita, no a los vicios, sino a las compras: pasta de dientes, comida, papel del váter, todo eso. Así que un día vas a comprar algo inusual, otra cosa. Algo que aprovechas para comprar junto a la pasta de dientes y todo lo demás. Y tienes una duda. Una duda que necesita solución. Y la chica o chico que te atiende te mira con la expresión embasada al vacío. Así que recurre a un superior, que pregunta a su superior que pregunta a su superior, el cual, ya sólo puede encomendarse a Dios. Y todo esto se hace por teléfono, a excepción de que no puedes llamar a Dios por teléfono. Pero vamos, que no es una pregunta en exceso compleja. Sólo es una pregunta administrativa. De protocolo. La bicicleta estática Crossbike de Kettler está perfectamente visible en el estante. Pero no está la etiqueta del precio: ¿Cuánto vale esta bicicleta estática? Esa es la pregunta. Nada del otro mundo. No es que quieras saber qué tono muscular tendrás dentro de un mes si la compras. No estás preguntando cual será tu fondo físico con ella, o cuánto ligarás con tu nuevo aspecto. No preguntas nada que le preguntarías a Dios. Pero incluso de eso se puede hacer una montaña. La chica. La dependienta. Me mira. Ya hace unos cinco minutos que espera al teléfono, uno de esos de circuito cerrado, frágil, que de escurrirse desde tu mano al suelo se parte en dos piezas con facilidad. La chica, que me mira como cuando miras a alguien que está a tu lado mientras hablas por teléfono, tiene la nariz llena de pecas, diecinueve años quizá, estudiante quizá, asqueada de estar allí, seguro. Mastica un chicle, y de tener curvas, el horrible uniforme de trabajo las hace desaparecer, no sea que vengas a dar vueltas por aquí y sólo te dediques a tirarles los tejos a la tía buena de la sección de congelados, o a la de los colchones, o a cualquiera. Se trata de que compres. Las dependientas y dependientes sólo están para decirte en cuantos colores más está aquella silla plegable que parece tan cómoda, aquella, la que está al lado de los utensilios de barbacoa. Vienes a comprar, no a mirarle el culo a las cajeras. Vienes a gastar. Olvida a las personas, no las mires. Pero no apartes la mirada de esa mini estantería de chicles que hay junto a las cajeras cuando vas a pagar la pasta de dientes y todo lo demás. Esos chicles tienen muy buena pinta. Y no están ahí por casualidad. Entra en cualquier supermercado generalista, camina en línea recta un rato sin parar, y encontrarás el pan. El pan está lejos porque todo el mundo come pan. Sin embargo los artículos que se llevan la mitad de tu sueldo están a la vista y en tus morros cuando entras en cualquier centro comercial. Los chicles están al lado de las cajeras porque nadie tiene en mente comprar chicles cuando están pensando en si les hace falta papel del culo. Todo está ordenado para que te resulte difícil no alargar el brazo y meter el artículo que sea en el carro. Todo está pensado para que el culo de la dependienta que tengo delante desaparezca en sus pantalones verde oliva. En realidad no sabes si tiene diecisiete años o veinticinco. No sabes si tiene cuerpo de gimnasta o si sus tetas ya hubiesen truncado su camino a las próximas olimpiadas. Y me deja de mirar, se aparta el teléfono de la oreja. Aprieta un botón para colgar. Y me vuelve a mirar. Yo sé lo que le pasa por la cabeza porque yo también llevé una vez unos pantalones verde oliva; un verano. No es que pase siempre, pero a veces se traspapelan etiquetas y absolutamente nadie sabe el precio de las cosas, a no ser que preguntes cuánto vale una barra de pan. Así que cuando alguien te pregunta el precio de algo que lleva meses cogiendo polvo en la estantería, lo primero que haces es llamar a tu superior. Porque algún gracioso ha quitado la etiqueta. Así que después oyes a tu superior tecleando y suspirando, y llega un momento en el que te dice: espera, no cuelgues. Así que esperas, mirando de soslayo al cliente. Tu superior está contactando con el suyo. Y a su superior le pasa lo mismo. Y el superior de tu superior lo mismo. Hasta que sólo queda Dios. Entre los superiores de los superiores de tus superiores, los fabricantes y las marcas son como Dios. Nunca hacen caso. Nunca levantan el teléfono, o, en definitiva, no te saben resolver el entuerto. Como Dios. Ya puedes estar llamándole. Tú llámale, pero no esperes que te solucione lo de la puñetera bicicleta con la que no vas a avanzar por mucho que pedalees. En esos momentos necesitas de verdad a Dios, al fabricante, a quien coño coja el teléfono allí arriba. Otro cliente comienza a molestar a la dependienta, que le mira, y luego me mira a mí, y dice: trescientos cincuenta y cinco euros. Y yo digo: gracias. Y tú pensaras: ¿cómo sabía el precio? Pero es sencillo, no lo sabía. Cuando ya sabes que Dios no te va a coger el teléfono, a tus súbditos, les dices: alrededor de trescientos euros. Los gerentes rápidos de reflejos saben acatar esos cálculos y te los remiten a ti. Y el cliente se fía de ti, eres su único eslabón con Dios. Después, las cuentas no cuadran, claro. Pero las cuentas nunca cuadran, y los clientes no se enteran de nada. Así que no culpo a la chica de las pecas, porque la culpa es de Dios. Dios siempre te está jodiendo si tu uniforme no resalta tu físico. Olvido la bicicleta. De todas maneras tampoco sé si iba a caber en la camioneta con la pasta de dientes y todo lo demás. Ya estoy por la autopista. Saco el paquete de chicles de mi bolsillo, y me meto uno en la boca. Oigo a un coche de policía, detrás de mí. Mierda. Me hace señas para que pare. Mierda. Paro. El coche azul y blanco para delante del mío. El guardia sale del vehiculo. Parece muy joven. Llega hasta mi ventanilla y me dice que iba demasiado rápido. Más de lo debido. Así que pienso: me multa, este me multa. El tipo saca un formulario. Comienza a rellenarlo; no sé por qué. Me mira y mira otra vez al formulario. Repite la jugada. Saca un móvil de su bolsillo. Llama y espera. Y luego murmura: Oye, Rafa, ¿el cajetín de abajo en la hoja, se rellena? Y murmura: vale, espero. Y yo pienso: Más trabajo para Dios.

 

 

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2 comentarios en “A jornada completa

  1. Dios, yo flipo con tu rollo señor Jordi M . Novas. Te lo juro tío, es flipante. Tus relatos son como palabras que nadie supo escribir. Flipo. Flipo mucho.

    Yo tengo una duda, ¿por qué las dependientas guapas no me miran?.

    🙂

  2. Si ya ves, al final los trabajadores de los supermercados se visten igual que la población en 1984: con ropas que nos convierten en algo impersonal. Ya sean monos azules o pantalones verdes oliva,
    Saludos

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