Interiores

Clara tiene dieciocho años y no contaba con el tiempo que iban a ocuparle las tareas de la casa. Una casa: Dos pisos a las afueras de la ciudad, más cerca de las montañas que de la urbe. Sus padres están fuera, de viaje, y es la primera vez que se queda sola. Clara no pensó en que también iba a pasar las noches sola.

Abajo, la cocina y el comedor, y arriba, los dormitorios. Lavabos en los dos pisos. Clara pensó que era una buena oportunidad para utilizar el regalo de sus amigas en su aniversario aún reciente. Fue una broma, pero medía veinte centímetros y era de látex.

Con dos pilas de botón, la broma vibraba.

Y ahora, sola, puede utilizar cuando quiera su vibrador. Sólo una vez, sólo es curiosidad, se dice cada día a sí misma. Pero no acaba de abrir nunca el cajón en el que está. Al oscurecer su habitación después de apagar la última luz, Clara no puede evitar oír ruidos; las tuberías, la madera que se contrae, unos ronquidos ajenos, un grifo mal cerrado, dos tíos encapuchados que robarán en la casa y la violarán, una silla que se ha movido sola abajo en el comedor, un bebé que no existe que llora en algún rincón, alguien que la matará. Es la imaginación. Fantasías básicas que funcionan como un reloj si es de noche y estás lo suficientemente lejos de todo. Y Clara desearía vivir en un bloque de pisos rodeada de vecinos, arriba, abajo y a los lados. Cualquier ruido sería normal.

Clara intenta conciliar el sueño, descartando ya la posibilidad de masturbarse aterrorizada. Da vueltas y más vueltas en la cama. Cada vez hace más calor. Cada vez se oyen más ruidos. Cada ruido es más raro que el anterior. El cerebro comienza a trabajar en contra de la soledad. La oscuridad sonríe. Se carcajea. La chaqueta que hay colgada en el gancho que hay en la puerta de la habitación parece un hombre de pie. Clara se levanta de la cama y acomoda la chaqueta en otro lugar que no se parezca al de antes. Apaga la luz ,nerviosa, y se vuelve a arropar con la sabana, a pesar del calor. Abajo, en la cocina, se oye algo. Algo se ha roto. Y por el cuello de Clara sube eso que es la señal de antes de romper a llorar. Clara medita la posibilidad de bajar y pasearse por todas las habitaciones. Si registra cada habitación quizá se quede mas tranquila. Pero no, sólo tiembla.

Tres de la mañana. El ruido se ha repetido otra vez, muy similar al anterior, con una hora de diferencia. Clara aún no ha salido de su habitación y enciende la luz y busca sus chanclas con la cara hinchada y roja, y los ojos empapados. Joder, joder, joder, joder, se repite, sin levantar la voz, como con miedo de molestar a alguien. <<Alguien>> <<Van a por ti>> <<Te violarán>> <<Te torturarán>> Cuando va a abrir la puerta del cuarto algo se rompe abajo mucho más fuerte que los anteriores ruidos. Clara se tapa la boca y comienza a sorber definitivamente, intentando apagar los sollozos. El silencio posterior al ruido se hace aterrador. Clara piensa en un plato rompiéndose contra el suelo; imagina a alguien subiendo por las escaleras. Está inmóvil de pie frente a la puerta, sin saber qué hacer, en bragas. Finalmente abre la puerta y palpa la pared en busca del interruptor. Lo enciende. Hay un hombre quieto en el pasillo.

El hombre, grita mirando a Clara;

– ¡Oye, hay una chica!

Clara comienza a sollozar más fuerte ahogándose en ella misma, retrocediendo con lentitud mientras le tiemblan las piernas: no… me hagáis nada… por favor no… no…

El hombre se acerca a ella y sonríe. Al llegar a donde está ella descarga su puño en la nariz femenina. Clara cae al suelo, dentro de su habitación. La nariz le empieza a gotear sangre manchando el parqué.

– Lo tienes claro, tía… – dice el tío, pisando el estómago de Clara. –, más vale que te dejes hacer.

El hombre que estaba abajo sube y se une a su compañero. Atan a Clara a la cama, con guisos de que ella podía formar parte del plan. Se oyen unos ronquidos, lejos. Clara repite que no hay dinero en la casa, una y otra, y otra vez.

Uno de los dos dice: Ahora vas a llamar a tus papás, y les vas a hacer unas preguntas. Y comienzan a abofetear la nariz rota de Clara, repetidamente, tres, cuatro, cinco veces.

Pero no duele. No duele. No. Y se oyen unos ronquidos apagados. Y Marga. Marga despierta, sobresaltada. Cuatro de la mañana. Mira sudando a su alrededor. Oscuridad. Se gira y mira a Luís, que sigue roncando sin parar. Lo zarandea;

– Cariño…

Pausa.

– Cariño…

– Mmmh… – protesta.

– No me gusta que hayamos dejado a la niña allí, sola.

– Estará bien. Seguro…

– Pero no me gusta. Aquella casa no es… segura. No…

– Nunca haríamos nada si pensásemos siempre en esas cosas, mujer. No te preocupes.

– He tenido un sueño terrible…-pausa- …terrible.

– ¿Quieres que vuelva a utilizar el vibrador de tu cumpleaños?

– Hablo en serio, joder…

– No, sólo dices tonterías

Se hace un largo silencio. Los ronquidos de Luís vuelven. Marga no concilia el sueño.

Mira a su alrededor mientras piensa en su niña sola y lejos. La chaqueta que cuelga de la puerta de la habitación parece un hombre de pie en la oscuridad. El teléfono móvil de Luís suena. Marga alarga el brazo por encima de su marido y mira quién es. Y musita: La niña…

 

 

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