YO

 

Camino por el pasillo a oscuras, si no cuentas la luz que entra por las ventanas. Pero no es mucha luz porque es de noche. Es artificial. Lo artificial siempre acaba sabiendo a poco y malo. Mi sombra apenas se recorta en la pared. Cada cinco o seis pasos me ilumina débilmente una farola de fuera. Estoy en un hospital. No quiero aburrir con el discurso de lo siniestro que resulta este edificio de noche. Pero el pasillo es largo. Lo suficientemente para mirar hacia atrás más de cinco o seis veces sin motivo aparente, hasta que llegue a mi destino que, dentro de un edificio, no puede ser otra cosa que cierta habitación. Y no ha sido fácil llegar aquí. No soy médico, ni enfermero. Hasta hace pocas horas no tenía el racimo de cinco llaves que hacen falta para llegar hasta este pasillo. La gente habla de la inmigración y de barreras, pero barreras, lo que se dice barreras, hay en todos lados sin no tienes las llaves, o el permiso, o la acreditación, o la credibilidad, o el arrojo necesarios. Si te quedas parado y piensas en ser un buen tío, y legal, y todo eso, seguramente no podrás cruzar nunca ninguna de las múltiples barreras que se te van a poner para que no avances. Tranquilo, siempre va a haber alguien diciéndote que no, que no puedes pasar. Joder, hasta en tu cuerpo hay barreras; hasta tus venas se pueden obstruir y matarte. No hace falta que veas a los inmigrantes en la tele. Todo son barreras y limitaciones y etiquetas y clases sociales, y gente que mira por encima del hombro a gente que mira por encima del hombro a otra gente. A no ser. Que te cueles de noche donde sea porque conoces a alguien que conoce a alguien. Y así consigues tu racimo de cinco llaves, una bata y una acreditación como persona apta para pasear por un hospital. Como en las películas. Sólo procura que los postizos no se noten. Si pones cara de que no estás para hostias en tu primer día, abajo en recepción no dudarán de ti. Los de seguridad te mirarán como si realmente ya hubieras puesto cinco mil vacunas. Como si no cayeras redondo al suelo en el caso de ver más sangre de lo debido.

 

Cuando tu vida, o el final de alguna etapa de tu vida está cerca, piensas en qué ha pasado. En por qué estás dónde estás. A no ser que mueras atropellado, por ejemplo. O quizá eres un suicida, y entonces tu vida se basa en estar continuamente reflexionando sobre los motivos por los cuales quieres morir. Hay gente por las calles que lleva años en su lecho de muerte, y sin embargo van a trabajar y te saludan por las mañanas. No parece que algo se los esté comiendo por dentro. Mi caso es igualmente tétrico, pero no llevo tanto tiempo muerto en vida; bueno, decir años sería presumir, porque esta etapa que va a terminar en una habitación de hospital, sólo ha durado dos años. Sólo ha durado el principio del plural. Y de lo que se trata ahora es de volver a estar vivo en vida. De arreglar las cosas. Esto podría llamarse el principio de mi egoísmo. El final del buen tío. Del soseras. Del amable y sincero. Esto es el final del tragar sin parar. Y es chocante. Años atrás ni se me ocurría. No pensaba en que tarde o temprano acabas pisoteando a alguien para ir más cómodo por tu carril. Cuando vayas por la autopista fíjate en esa gente que no soporta tener coches delante y tienen que acelerar; pues bien, yo me estoy convirtiendo en eso. Sólo quiero tener delante la cuidad, las colinas. Si me ves haciendo eses detrás mas vale que te apartes, porque realmente esto es estar hasta las narices. Esto no es como la gota que colma el vaso, esto es que ya hace años que toda la puta habitación en la que está el vaso está inundada, y el vaso roto. Es amargura. Es tan fuerte que deberías arrugar el ceño. Notarme en ti.

El principio de lo que está apunto de acabar fue cuando alguien me presentó a Miriam. Normalmente, si en la vida te va bien, los problemas se van renovando; unos dan paso a otros. Si te va mal, sencillamente los problemas se acumulan encima de ti hasta que das tu última bocanada de aire. Casi siempre tus nuevos problemas tienen que ver con nuevos conocidos. Con personas. Seguramente el jardín del Edén era un buen lugar antes de la presencia humana. Aparece un humano y todo comienza a torcerse. Hasta los paraísos oníricos.

Miriam tenía cara de cordero degollado. Era inexpresiva, de esas personas que no parecen poder transmitir nada mirándote. Pero da igual, porque nadie la miraba nunca a la cara. Miraban a sus pechos. Era una tetona de cara muerta. Un símbolo pornográfico. Era sólo el mejor lugar en el que meterla. O por lo menos, podías confundirla con todo eso. Tus prejuicios la colocaban rápidamente en el grupo de las tontas rematadas. En una discoteca siempre había quien intentaba algo con ella. Es decir, todo el mundo quería tirársela; y además lo veían factible. Todas esas fantasías se hubieran desvanecido en muchos hombres si la hubieran visto jugar al ajedrez, o si la hubieran escuchado criticar a Nietzsche o llamar misógino a Bukowsky. Sí, se disfrazaba de puta; le gustaba calentarte, pero no quieras saber su coeficiente intelectual. No quieras saber quién es el tonto aquí. Ella iba muy por delante de mí en todo. De hecho, iba muy por delante en general. Más allá sólo había montañas, dunas, la cuidad. Si ibas con ella tu coche parecía el más potente. De entre las parejas que coincidían con nosotros en el cine yo era el que realmente iba a disfrutar esa noche follando a todo meter. Las demás sólo eran mujercillas lánguidas. Yo era siempre el que iba a pasárselo teta. Era el que se había agenciado a la tía buena. Y ella era la que hacía soltar un suspiro de indignación a las demás novias si el acompañante volvía la cabeza para echar un vistazo rápido, casi imperceptible. Mi vida sentimental ponía a prueba la solidez de las demás parejas. Pero en general, lo que era aquello de verdad, era que no se entendía. Ella y yo. Ella conmigo. No me describiré, pero se puede decir que no entro por los ojos como una buena paella. No soy el plato más apetitoso que puedas imaginar. Digamos que mejor, antes de puntuarme, dame una oportunidad, habla conmigo. Así que no, la situación no se entendía. Porque yo era del montón. Sufría sin cesar por miedo a perderla. Era un calvario.

 

No lo entendía, pero apelaba a su buena fe. No es que llegara a pensar que ella estuviera enamorada, porque teniendo en cuenta su expresión facial, hubiera sido como pensarlo de una muñeca hinchable. Pero sí llegué a suponer que le caía bien, y por eso me quería volver a ver siempre. Al contrario de su forma de vestir, sus maneras eran frías. No era cariñosa. Era un compendio de desconcierto, porque además tampoco parecía molestarse nunca por nada que hiciera yo. Era surrealista. Como la mujer que se hubiera diseñado para un estudiante de filosofía pajillero. Hablabas con ella y era interesante, y después follabas con ella. Y era muy interesante. No se quejaba. No era celosa. No te obligaba a nada, y si no estaba de acuerdo contigo sólo arrugaba la nariz y medio sonreía. Y tú te ponías a sus pies y ya estaba. Se acababa el desacuerdo. Puedes pensar que ella ponía mi torrente hormonal a su favor, pero no, hazme caso. Era un robot. Tu robot. Tu puta por la noche y tu amiga fría, buenorra e interesante por el día.

 

Pero claro. Era un robot a la carta, sí, hasta que dejó de serlo. Hasta que descubrí su secreto. Lo que escondían sus tetas y cada jugada anticipada al ajedrez. Todas las cuestiones tanto hormonales como intelectuales enterraban un hecho del que nunca me hablaba. Para que no me cagara de miedo, o en ella. Eso fue cuando supe que estaba enamorada. Cuando descubrí que su semblante gélido y físico neumático soterraban sentimientos cálidos de verdad. La chica podía ser un mar de lágrimas como cualquiera. Se emocionaba. Sólo que tú no te enterabas. Se emocionaba hacia sí misma. Y no era vergüenza. Sólo era su manera de sentir. No veía por qué tenía que apoyar su cabeza en tu hombro para despeinarse si podía contenerse tragándoselo todo. No demandaba abrazos ni carantoñas. Era así. Y siendo así resulta muy fácil esconderle algo a la gente. Ella podía ser feliz o estar hundiéndose en la miseria, pero había demasiado donde mirar como para fijarse lo suficiente en sus ojos y sacar alguna conclusión. Todo en ella jugaba a su propio juego. Y eso, era otro síntoma de su inteligencia: Su habilidad para hacer desaparecer su verdadera naturaleza siendo siempre la mujer más espectacular del lugar. Si estás pensando en chuparle los pezones a alguien no vas a pensar en lo que debe sentir. Eso no se puede combinar. Uno no piensa habitualmente en follar y en casarse a la vez, por mucho que la gente quiera meter eso en el mismo saco. Lo que pasó es que un día ella va, coge, y me dice: No sé por qué no te he dicho esto antes. Me dice: Tengo un hijo. ¿Un hijo? Ya es adolescente. ¿Adolescente? Y me dice: No repitas las cosas. Perdona. Y va, coge, y me dice: Tiene una afección cardiaca, muy grave, se muere. ¿Se muere? Necesita un corazón. ¿Un corazón? Y vuelvo a decir: ¿Un corazón? Aquello se estaba convirtiendo en algo muy desagradable, pesadillesco. Con la excepción de que me dijo: Te digo esto porque me he enamorado de ti. ¿De mí? Sí, estoy enamorada de ti. Y yo pensé: Lo ha dicho dos veces. No podía ni imaginar todo el valor que había reunido para declararse tan claramente, de una forma tan rosa y aparentemente ajena a ella. Estaba emocionado y asqueado a la vez. Mi lotería, pensé, había resultado ser un fiasco. Un auténtico marrón. No es que ella fuera de una forma o de otra. Es que su hijo se moría. Cada persona afronta estas cosas de una manera propia e intransferible. Ella sólo follaba y se montaba su rollo hermético, intelectual. Su melancolía trágica se traducía en una pose de autodefensa emocional extrema. No sentía nada. Y cuando comenzó a afrontar de verdad su realidad, se me declaró, y se reconoció a sí misma que su hijo seguramente se moriría. Pero me dijo: Hay una solución ¿…? Sí, mi corazón sirve. ¿Tu corazón? Y va, coge, y me dice que hay formas de quitarse la vida con las que se puede conservar sano su corazón. Su corazón para su hijo. Dice: Pero necesito que me ayudes.

En el largo pasillo que aún recorro apenas me queda mirar un par de veces más hacia atrás. Por el miedo. No sé a qué, pero miedo en todo caso. Nunca había estado enamorado, y cuando comienzo a estarlo mi novia se quiere suicidar. Piénsalo. Es una cabronada. Es demasiado joven. Ahora, la quiero demasiado. Y por eso recorro este pasillo. Sólo un sobresalto y salir sigilosamente del edificio. Sin pensar en autopsias, en follones, en la cárcel. Los actos de amor no son necesariamente bonitos. Pero si pienso en el mañana no haré lo que he venido a hacer. Al fin llego a la puerta de la habitación en la que él está. La abro. Hay demasiada oscuridad. Doy tres pasos, mientras pienso en mis momentos en el cine con ella, en los polvos, en las envidias ajenas, en las partidas de ajedrez, en que no voy a perder todo eso. Saco la almohada de debajo de la cabeza dormida. Y la pongo encima. Comienzo a apretar. Las piernas del chico comienzan a patalear, y mas pronto de lo que pensaba, paran. Era una elección sencilla para mí. Una elección que decidí despojar de dudosas teorías morales. No iba a permitir que ella se matara. Me refugié en los sentimientos de forma parecida a como hacía ella. Pensé que matarse era un acto egoísta. Y decidí anteponer mi egoísmo al suyo. Pensé: A ella la quiero. A él ni tan siquiera le conozco.

 

 

 

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