Archivos Mensuales: febrero 2007

DeKoro

Quien tiene el síndrome de Koro cree que su pene se hace cada vez más pequeño de forma progresiva. A más tiempo vivido, menos pene. De los que lo sufren, los hay que solo tienen miedo al rechazo social, miedo de quedarse como un muñeco Ken de estatura humana. Pero hay otros que piensan que al desparecer su pene, morirán, no solo socialmente, sino del todo.

Quizá haya un síndrome de Koro femenino, como pensar que tus tetas van a ser cada día más pequeñas. Pero el síndrome de Koro al final tiene que ver, sobretodo, con la autoestima. Con el verdadero problema de quererse cada vez un poco menos cada día. Es lo que encuentras al otro extremo de la vanidad, solo que a diferencia de esta, el síndrome de Koro emocional te puede matar, aun teniendo un pene descomunal; aunque tus tetas sean firmes y jóvenes.

 

Piensa en esas mesas largas de madera antigua y barnizada. Esas mesas que necesitan un mantel kilométrico y blanco, sin ninguna mancha. A la hora de cenar encima de esas mesas suele haber vajillas muy caras. Platos flanqueados por diversos utensilios. Cubertería, normalmente de plata. Estamos hablando, claro, de una familia adinerada. De los que dejan las manchas para otros; de los que no conducen, ni cocinan. Hablamos de gente que puede elegir entre todo lo que hay sin desechar nada, o simplemente cogerlo todo si no hay ganas de pensar. No tienen por qué fijarse en las etiquetas que marcan el precio de las cosas; aunque lo hagan.

Ursula es la hija pequeña de la familia; la que sabe qué cubierto debe usar en cada momento, y cómo doblar la servilleta en su regazo. Todas esas cosas de las que se ríen las personas que no tienen reparo en comer con las manos, ella se las sabe al dedillo; como el Padre nuestro, o cualquier plegaria. Su educación tiene que ver sobretodo con lo espiritual. Las cosas, simplemente, un día aparecieron; por la gracia de Dios. Aunque también se le han dado muy bien siempre las matemáticas.

En la noche que acontece, ahora, Ursula cumple dieciocho años. Y la mesa ya está lista con su mantel y su vajilla y todos los utensilios colocados en fila a cada lado de los platos, preparados para ser utilizados de fuera para dentro.

Tíos y Tías y primos y parejas y amigos ya están listos y sentados, delante de sus platos vacíos y brillantes. Ursula está al borde de las lágrimas. Conteniéndose. Los padres no ven nada extraño; solo es otro día mas en que la niña anda melancólica. Y además es su cumpleaños. Todos sonríen y adornan anécdotas, se mienten, se jactan de no tener por qué hacer nada. Se jactan muchas veces en silencio. La servidumbre comienza a entrar con la comida en el comedor de imitación Victoriano; todas las paredes están llenas de apliques y adornos. Todo es la imitación de una imitación de otra imitación. Todo es caro y precioso y falso. Todo brilla; parece que el comedor, por sí solo, esté continuamente fardando.

El comedor también tiene un balcón que da al exterior. Asómate. La casa entera parece pensada para que cualquier turista se vea obligado a fotografiarla. Hay un jardín lleno de flores de todo tipo, de las que le gustan a la señora de la casa. Cuando sale el sol mirar el jardín supone un mal rato si tienes jaqueca. Ursula, la pequeña mayor de edad, nunca ha sabido muy bien a qué viene todo aquello. Por qué. Sabe que su padre anda siempre metido en chanchullos. Alguna vez la casa ha amanecido con alguna pintada que llamaba ladrón a su padre, o hijo de puta. Pero ella no quiere saber nada. Lo que sea que su padre hace está pagando sus estudios. No es que le odie; sencillamente no se fía de él.

Crecer entre algodones ha potenciado una sensación constante y desagradable en el estómago a Ursula; algo que nunca ha desparecido, y que parece ir a peor. Algo tiene Ursula en la cabeza que la hace sentirse culpable. Se sienta en la sala de estar enorme cada día y puede ver en el telediario a gente muriendo a tiros o de hambre; y eso, lo ve en una televisión de cincuenta pulgadas. Su madre le trae un vaso de agua para tragar una pastilla y ese vaso vale dos pozos en algún lugar en el que la gente no tiene para vestirse. Todo lo que ve Ursula se traduce en una amalgama de derroches, por lo que no ve donde está la diferencia entre vivir como vive y contribuir a la extinción de la humanidad. Ursula tiene lo que podría llamarse su propio síndrome de Koro emocional. Pero nadie la entendería, porque lo tiene todo. El problema de la depresión de un multimillonario es que la gente se va a reír de él. Si tienes suficiente dinero para comprar una isla deberías limitarte a hacerlo. La mayoría de gente piensa de forma parecida. Lo de Ursula no es un canto a la colaboración, no es que esté deseando arreglar el mundo. Mas bien piensa que si todos tenemos cerrojos en casa es porque lo que hay ya no va a cambiar; es decir, no a mejor.

Cuando era pequeña sus padres para ella eran desconocidos. Sí. Un día, Tata, que era como ella la llamaba, murió. Tata crió a Ursula desde los cero hasta los trece años, hasta que se murió de vejez. Ursula conocía a su madre de haberse cruzado con ella de vez en cuando, como cuando ella la cogía, le daba un beso, y se iba a tropecientos mil kilómetros de casa. Aquello, era más o menos así. Y mientras mamá y papá estaban fuera, Ursula tenía a todo un sequito de educadores para ella sola. Aprendió normas de decoro. Su forma de comer tenía que ser fotogénica. Mas que comer era un una danza. Era como si alguien te estuviera dibujando mientras manejas tenedor y cuchillo y fuera una grosería irse al lavabo con el primer plato a medias.

Estar aislada de todo es lo más fácil para Ursula. Engulle su cena de lujo, y los demás, sencillamente, no existen. Es lo que hace todo el mundo todo el rato, piensa ella, solo que todos procuran disimularlo. Alguien, ahora, podría saludar con la mano abierta en la cara de Ursula y ella seguiría a lo suyo. Es un mecanismo de defensa desarrollado con los años. Es lo que se podría llamar llorar para dentro. Cuando lloras no estás para hostias. No oyes, no haces caso. Y ese es el estado prácticamente perpetuo de Ursula. Eso es Ursula: pasar de todo, sin que eso se quede sólo en una frase hecha. Y en eso está, hasta que alguien la zarandea y pregunta: ¿Es que no vas a soplar las velas? Y todo el mundo la mira, con ese extraño cariño que le tienen, como si fuera tímida pero bohemia a la vez, como si fuera mucho mas inteligente de lo que es porque apenas habla. Las velas se apagan al tercer soplido, todos aplauden. Ursula sonríe, seca.

 

Al más mínimo despiste colectivo, Ursula se levanta de la mesa y se va hacia el balcón de la terraza. El decoro de sobremesa se suele ir apagando a medida que la cena avanza. La terraza del comedor le gusta porque tiene un punto muerto. Si se coloca en el extremo derecho de la misma no la pueden ver desde la mesa larga y abarrotada. Así a ella no la ven y ella solo tiene que moverse un pelo para verlos a todos. Con lo cual, puede fumar.

Mirar las estrellas respirando humo la relaja. Pero también la hace pensar en su síndrome de Koro particular, y en que si no hace algo, su malestar no desaparecerá; la punzada en el estómago seguirá ahí siempre hasta que aparezcan las tendencias suicidas. En el cielo hay un avión, muy lejos. Muy alto. Ursula se lo queda mirando, un minuto, dos. Y cuando va a apartar la mirada, el aparato lejano se deforma, se ilumina. Explosiona lo lejos. Ursula se queda de piedra. Al pasar unos segundos los cristales de la casa tiemblan. El aparato, a lo lejos, cae como a cámara lenta. Ursula tira enseguida el cigarrillo y todos los demás salen a la terraza: ¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha pasado? ¿Eh, niña? Ursula los mira a todos, con la ropa desmadejada por las prisas, con las caras de susto. Y dice:

– Ha explotado un avión en el aire.

¿Un avion? ¿Seguro? Qué raro. ¿No habrá sido otra cosa?

Y todos comienzan a hablar entre ellos. El fallo técnico, o de combustible, o los terroristas, o lo que sea que ha pasado, se ha cargado el momento de paz de Ursula. Que ahora piensa en la fascinación que le ha causado el accidente, la espectacularidad de haberlo cazado en directo, el morbo de saber qué ha sido. Aunque todas esas sensaciones se desvanezcan mañana, cuando todos los telediarios se hagan eco de lo que sea, y la punzada en el estómago vuelva aun mas viva, precisamente por haberse alegrado y excitado momentaneamente viendo explotar ese avión.

 

 

 

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Gestación

En realidad mi vida duró dos meses, solo dos; el guapo y el feo. El primero y el segundo. Cuando acabó el primero comencé a montarme en los aviones sin preocuparme.

Durante el primer mes todo era complicidad y arrumacos. Todo era sinceridad.
Durante el primer mes de gestación todo iba bien. Pero no hay manera de pararlo; todo queda atrás.
Todo muere.
Quedan centenares de recuerdos que se confunden en el tiempo. Recuerdas las cosas sin saber situarlas en su sitio. Recuerdas más o menos el qué, pero no el cuándo. Así que ni una máquina del tiempo podría hacer que recuperaras aquel pasado, aquel momento, aquella temporada; un flashback de cuando todo iba bien.
Pero no, ya pasó.
Esos momentos para mí fueron durante el primer mes. Mi mujer irradiaba belleza y los dos éramos felices; sí, y además de verdad; no hablo de cartas perfumadas o de cogerse de la mano en público. Fue el primer mes; la infancia, la adolescencia, el noviazgo.
Pero después llegó el segundo.
El segundo mes: el resto de mi vida.

La novedad del embarazo ya no lo es. Ahora solo queda esperar. Queda explorar los límites de nuestra paciencia, mientras el vientre materno crece. Queda rezar lo que sepas para que el niño salga bien (o para que no salgan dos).
Queda no mirar a otras mujeres.
Queda sospechar de aquel tío que la hace reír.
Quedan los celos, el miedo.
Lo quisiera o no, eso era lo que había, eso de lo que la gente nunca quiere hablar; el reverso oscuro de la vida mientras llega otro domingo por la tarde, y otro, y otro.
Con la suficiente imaginación puedes transformar lo que quieras en pesadilla. Y sino, mira. Puedes hacer que ella solo te parezca una gorda más. O peor, puedes convertir a ese crío en tu cárcel; en la bomba atómica que convertirá tus sueños en utopías. La soltería será el pasado. Pero claro, todo depende de ti. Puede que entre en juego la esperanza, y puede que después todo mejore; o puede que empeore aun mas, alimentando tu pesadilla real; mi pesadilla; la de todos. Quien sabe. Puede que un día, mientras ella resopla quejándose porque algo le duele, a ti se te pase la palabra ABORTO por la cabeza, así en mayúsculas, como quien piensa en abortar una misión militar. Y quizá has estado mucho tiempo intentando convencerte a ti mismo de que el aborto no fue lo primero en lo que pensaste al saber lo del crío.
Y tu padre pensó.
Y tu abuelo pensó.
Y con todo, según como, ahora quizá no existirías.

O a lo mejor es que pensamos demasiado.
Quizá solo sea egoísmo. Puede ser. Ella, sus tetas, su conversación, pero solo ella. Cuando comencé a salir con ella no pensaba en hijos. No pensaba en que la gente se multiplica. Pero a saber lo que pensaba o dejaba de pensar ella. Si ella me desconoce en el fondo tanto como yo a ella esto va a ser peor de lo que pensaba. Sí, aun peor. Si el que dijo que nunca nadie llega a conocer del todo a nadie tenía razón, nada tiene sentido. Aun no me he querido formar una opinión sobre ese tema. Sí, aun quiero ser feliz.

Yo soy actor, de los de anuncio de televisión. De los que siempre tienen una voz profunda y bonita porque siempre son doblados, anunciando un yogurt, o una batidora, o lo que sea. La agencia de repente me llama y tengo que viajar a rodar uno de esos anuncios de madrugada, lejos, a una zona costera. Uno de esos anuncios que te encuentras en televisión a las cuatro de la mañana, y que sabes cuando han empezado pero no sabes cuando van a acabar, y cuando te das cuenta ha vuelto ha empezar hace cinco minutos; siempre como en un bucle que no se acaba, anunciando un colchón, o una vajilla de inmenso valor, o ventosas que te ahorrarán cientos de abdominales. Las mentiras de madrugada las escucha menos gente; es un alivio.
Llegas al set de rodaje y alguien te dice: Te llamas Michael Watts.
Siempre nombres postizos como de una estrella de Hollywood que podría haber existido. Y después me dicen señalando a una treintañera rubia: Ella se llama Catherine Lloyd, tiene que haber química entre vosotros.
Llevo mis frases en inglés aprendidas;
-Las gafas de sol Wall Sendom son perfectas para la playa y a la vez para el duro día a día ¿verdad, Catherine?
Y Catherine me da la razón, sonriendo como si la apuntaran con una pistola a la cabeza.
Y después yo digo.
– Perfectas, las Wall Sendom son perfectas. No puedo imaginar un juego de gafas mejor, una para cada estación del año, con cristales intercambiables ¿a ti no te parecen perfectas, Catherine?
Y así todo el rato, alabando unas gafas como si fueran la respuesta definitiva. La respuesta a todos los males de quien mira la televisión después de las películas y antes de los dibujos animados.

Al acabar con el rodaje me monto en el avión, despreocupado. Antes, durante el primer mes de mi vida, no soportaba los aviones. Ahora me dan pereza. La muerte me da pereza. El dolor también. Soy el perfecto terrorista suicida. Sujeta bombas a mi pecho, convénceme, y lo de morir será lo de menos.

Cuando llego a casa beso a mi mujer con media sonrisa forzada; una mueca en la cara; y ella responde del mismo modo, en su ya tercer mes de gestación. Nos hemos dejado de querer. Ya somos incapaces de sorprendernos el uno al otro. Vamos a cenar y nos comportamos como zombis. Otra pareja mas que tiene que aceptar que se está haciendo mayor, y que ahora lo de criar al niño es lo prioritario.
UN NIÑO. Niños…
Siempre hacía bromas con mis amigos a los veinte años cuando veía niños corretear por la calle con sus padres detrás; cuando pensaba que yo no quería eso. Yo no voy a acabar así, decía: a los treinta, sin nada mas en lo que pensar, sin nada a lo que aspirar mas allá de pasar las noches en vela pensando que deben estar violando a mi niña; o que alguien ha metido pastillas en los cubatas de mi hijo adolescente.
Y aquí estoy, viendo la tele con mi mujer embarazada resoplando a intervalos de tres minutos.

En otro momento, de otro día, de mi segundo mes, voy al lavabo y mi mujer esta vomitando, mientras intenta recogerse el pelo con su mano derecha en la nuca. Hace verdaderos esfuerzos, como si intentara sacar al niño ya, por la boca. Después se va a la sala de estar y se sienta en el sillón. Yo voy y me siento al lado de esa mujer en camisón que tiene la cara roja e hinchada, con lagrimas aun por sus mejillas del esfuerzo, y tocándose la barriga con las palmas de las manos, con desespero. Mi mujer, a mil años luz de la chica de veinticinco años que ya no recuerdo ni como conocí. Es cierto, no lo recuerdo. Aquella chica.
Cojo su mano derecha y la beso. Finjo. Me cuesta mucho ponerme en la situación en que echaría de menos el ver a esta mujer tal y como está ahora. Estar en la cárcel quizá, o en la guerra. Según la circunstancia pensaría: con lo guapas que se ponen las mujeres embarazadas… y yo aquí esquivando las balas o… y yo aquí… detrás de estos barrotes.
Es verdad, siento que me estoy volviendo mala persona, sí, exagero. Intento huir tan lejos de aquí que pienso en cosas que no debería pensar; cosas que me hacen sufrir. Y me dan ganas de coger a mi mujer y abrazarla para disculparme por pensar, solo por pensar. Pero cuando amanezco al día siguiente vuelvo a pensar; es inevitable y demoledor. Y nadie en el mundo me puede ayudar.

Algo paradójico es que la gente a la que a penas ves te felicita cuando saben lo del niño. Sin embargo, un amigo de toda la vida al que encontré mientras vagaba por el quinto mes, puso cara de perplejidad y musitó muy serio cuando se lo dije;
– ¿En serio?
– Sí, sí, tío, voy a tener un crío…
– Te has atado tío… ya no hay vuelta atrás…
Y se comenzó a reír.
<<JAJAJAJA>>
El muy hijo de puta. No le veía desde hace un año, y ahora ya le odio. Sé que lo hacía sin mala intención, como si llevara años esperando hacerle esa broma a un colega, pero… el muy hijo de puta…

Era el segundo mes. Como ya he dicho mi vida se divide solo en dos. Pero en el noveno mes de gestación, en un rodaje, muy lejos de mi casa, con toneladas de resignación acumulada, y sin que la situación hubiera cambiado, conocí a Wendy Diamon; Eva. Hablamos y hablamos y yo no le conté lo que no quería contarle, y ella, con diez años menos que yo, me lo contó todo, o lo que es lo mismo, me hizo creer que me lo había contado todo sobre ella. Y debido a problemas climáticos el rodaje se alargó una semana. Una semana con Eva: 22 años, morena, ojos (dolorosamente) azules, soltera, monumental. Y ella creía que estaba conmigo: 32 años, del montón, inteligente, encantador, y soltero, muy soltero. Había tenido mala suerte con las chicas, le dije. Y ella tragaba y tragaba una noche tras otra, en el hotel; todas las depravaciones, todo lo que yo quería. Todo lo que había perdido estaba representado físicamente por ella. Era el primer mes de mi vida hecho mujer. Era la reencarnación de mi mujer; de la que yo quería. Hacía que viera momentáneamente la luz al final del túnel cada vez que me corría. Si lo de los cuernos fuera un hecho físico, para cuando volviera a casa mi mujer ya estaría encallada entre la cocina y la sala de estar, hambrienta, blanquecina y sin poder moverse, esperando.
Es decir, con todo, esto es una gran putada, una putada inmensa. Envenenas el presente para que tu futuro sea un estado de pánico constante por miedo a que vuelva el pasado. En eso me he convertido.

 

Al acabar aquel anuncio que me unió a Eva, todo volvió a la normalidad embarazada. Mi vida hinchada. Hinchada demasiado pronto. Solo un poco antes de que dejara de haber apego entre dos personas. Un poco antes de ser tres en lugar de dos. Mi mujer no sospechó nada de nada. Mi semblante adusto no había cambiado, y las horas continuaron su curso convirtiéndose en días. Aquello que crees que ni tan siquiera te puede ver de tan lejos y a salvo que estás, bueno, en realidad, te está pisando los talones.

 

Pero nadie tomó ninguna decisión que combatiera la inercia. Las cosas siguieron su curso. Mi mujer dijo que Daniel, que tenía que ser Daniel por su abuelo. Yo no tenia ganas de discutir. Eva estaba en la agenda de mi móvil, acechante.

Fue camino al hospital cuando me dijo lo del nombre, mientras resoplaba, apunto de reventar a la vista. Era lista y había elegido el momento para llamar al crío como a ella le diera la gana. En esta fase yo ya la odiaba: amor, sexo, aburrimiento y odio. Así comienzan y acaban las parejas. La incógnita estaba en hasta cuándo duraría la fase de odio en nosotros. De todas formas lo que pensaba ella seguía siendo un misterio para mí.
El espectáculo gore que estaba siendo para mí aquello acabó con un niño que cabria en la palma de tu mano. Lo cogió mi mujer con (lo reconozco) la sonrisa mas sincera que he visto nunca. Lo giró hacia mí, y justo entonces el niño rompió a llorar escandalosamente, como si al ver mi imagen borrosa hubiese vislumbrado un atisbo de futuro.

 

 

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Carne

En el fondo era erotismo barato disfrazado de reportaje de investigación. Pero cada programa, ya fuera en un tono relativamente serio o camufladamente sensacionalista (o ambos), abría el debate conyugal; y Teresa hacía un comentario, de una forma o de otra; pero siempre era la misma pregunta;

– ¿Por qué eres tan cerrado?

Teresa y Rafa tenían siempre la misma discusión cuando en el televisor las parejas se toqueteaban en la oscuridad, con los ojos vendados, y la voz que salía de la tele, normalmente femenina, en un tono serio, siempre hacía comentarios similares;

<<Los intercambios cada vez son mas habituales. Muchas parejas se plantean con los años esta posibilidad…>>

Luego, siempre, había una entrevista con una pareja liberal. Las preguntas siempre eran afiladas, y las respuestas estaban envueltas en un tono de falsa dejadez, la cual, casi siempre, quería esconder una sincera disculpa. La presentadora o presentador decía: ¿Nunca surgen problemas entre vosotros por follar con otros? (dicha pregunta se dividía en seis o siete, y no se utilizaba la palabra follar) Y la pareja decía: No, no, para nada, nosotros sabemos separar el sexo del amor. (Y esta respuesta también es un resumen de la reacción a las seis o siete preguntas.) Y con eso se comían media hora de programa.

Teresa quería probarlo. Siempre estaba insistiendo. Quería mirar mientras su marido se follaba a otra. Eso decía. Quería hacerlo con otros hombres. Pero Rafa siempre se negaba. No le convencía la idea. Siempre alegaba que después se arrepentirían. Decía amargamente que la relación se torcería. A lo que Teresa replicaba: Yo dejo que me la metas por el culo, y no me gusta, tú también podrías hacer algo por mí, nunca haces nada por mí.

Y entonces, después, la noche que fuera, no había sexo entre ellos.

 

Llegó un momento en el que Rafa se imaginaba a sí mismo esquivando salpicaduras de semen ajeno en una orgía. Y claro, la situación se complicó. Teresa comenzó a negarse a hacerlo con él. Se iba a acostar antes y se enfurruñaba en la cama. Muchas veces, incluso fingía dormir. Los días fueron pasando. Rafa no tenía miedo a perderla o a quedarse solo. Nunca había estado enamorado, y sabía que ella ya tampoco lo estaba. Era una cuestión puramente carnal. Rafa se sentía como si tuviera diez años y estuviera castigado sin postre en las cenas, y tuviera que irse cada día a dormir con la boca apestándole a fritanga. Todas las noches antes de dormir recordaba y maldecía su día de bodas, en el que no sintió nada. No sentía nada malo ni bueno. Aunque sabía que ella en aquel momento sí estaba enamorada, aquello fue una boda más por inercia, por comodidad. Los cimientos del futuro. Otro contrato para una prosperidad económica duradera. Pero es igual, se decía a sí mismo ¿Cuánta gente feliz hay por ahí? Pues eso.

 

Una mañana Rafa le dijo a su mujer que sí, que lo haría. Se rindió. Lo único que a él le quedaba en pie de aquel matrimonio era el sexo anal; todo lo demás estaba arrasado. Y hacía un mes desde el último programa de erotismo barato disfrazado de reportaje de investigación. Rafa se subía por las paredes.

 

La noche en la que fueron a llevar a cabo la fantasía de Teresa todo fue confuso, y demasiado rápido. Todo el mundo iba con los ojos tapados (como en la tele, pensó Rafa) con vendas negras, como si la habitación en la que estaban no fuese lo suficientemente oscura. Teresa localizó, después de media hora de merodear por el local, a una pareja dispuesta. Así que entraron a la habitación oscura y se comenzaron toquetear. La chica con la que estaba Rafa decía todo el rato: No me toques, ya lo hago yo todo.

Y cuando llegó el momento del sexo anal, que disimuladamente había sugerido Rafa, apenas en tres envestidas explotó dentro de su pareja. Se comenzaban a oír risitas. Alguien le quitó la venda, y Teresa le miró a la cara, repitiendo cantarina: ¿No te gustaba el sexo anal? ¿eh? ¿eh? Y Rafa, al recuperar la vista, vio como un hombre blanquecino y de complexión delgada se levantaba liberando su polla. Todo el mundo se reía. Todo aquello, supuestamente, era una broma inocente. El hetero se había follado a un tío y eso era divertido. Era una cuestión de carne. <<Al final lo importante es encontrar un buen agujero>> <<Todo son apariencias>> <<Hay mucha hipocresía>>. Se oían comentarios así todo el rato. Y Rafa, aturdido, se vistió y salió detrás de su mujer, que se iba hacia la salida; y no había llegado a desnudarse. Discutieron airadamente. Teresa defendía que ella no lo tenía planeado; que alguien en el local se lo propuso y le pareció divertido. Que era una broma para novatos. Solo una broma. Rafa quería llegar a casa y ducharse. Solo quería que nadie se enterara de lo que había pasado. Que su realidad no se convirtiera en una leyenda urbana con distintas versiones. No quería que la gente se riera de su vida. De él. Pero seguramente, pensó, ya era tarde.

 

Al día siguiente, en la tele había una chica con los ojos vendados. Pero eran las cuatro de la tarde. Rafa y Teresa estaban comiendo, viendo el programa. La chica de los ojos vendados tenía que palpar culos masculinos, y quedarse con el que más le gustara. Había seis tíos puestos en fila. Seis tíos y una mujer. Pero claro, esto último, la chica de los ojos vendados no lo sabía. Era una broma. Supuestamente era divertido. El público de plató se desgañitaba en risas. La mujer palpó y palpó. Y cuando llegó el momento de elegir, eligió a la mujer. El plató se vino abajo con gritos y risas. Era divertido. Tenía que serlo, o eso decían las lágrimas de risa de un público que rondaba los cincuenta o sesenta años en cualquier caso. Si observabas los pantalones de los palpados, claramente los de la chica eran los más ajustados. Cada vez parece haber menos distancia entre lo que buscan los hombres y lo que buscan las mujeres. Te ponen una venda en los ojos y ya no eres heterosexual, ni homosexual; solo eres un montón de músculos y venas y líquido; te quitan la venda y todo es moral y selección natural y buen gusto. Los pensamientos desfilaban en la cabeza de Rafa. Teresa no le había dirigido la palabra ese día. Aunque él en realidad ya no estába enfadado. Pero claro, ya no llevaba la venda puesta; tenía que planear una venganza; una buena putada; algo que implicara resentimiento moral, y un futuro bañado en el ridículo.

 

 

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Mira

Lora viaja veloz a través de un agujero en la tierra. En el Metro. Solitaria. Rodeada de gente que va a algún sitio. Todos solos, mirando a las musarañas. Todos solitarios rodeados de gente. En silencio. Como si el metro estuviera lleno de vacío, y nada más. Solo aire.

El ambiente real urbano se puede masticar sobretodo bajo tierra. El cara a cara social. Lora, y todos los demás. Ahí abajo, donde el sol no alegra nada. En la ciudad en la que no hay que fiarse de nadie que no te haya reído alguna vez alguna gracia. Esta ciudad, como otra cualquiera.

En los pueblos da la sensación de que todo el mundo se conoce. Sí, da esa sensación.

Y de eso va todo, de sensaciones. Poco importa lo que sean las cosas de verdad. Lo que importa es como tú las interpretes. Así que Lora en realidad no es como aquí se pueda contar, sino como ella es de verdad. Pero eso no les importa a todos los desconocidos del metro. Así que ella calla. Agarrando su bolso fuertemente.

Y ahora, tú, deja a Lora, y camina una poco entre la gente, con cuidado de no pisar a nadie. Agárrate fuerte a donde puedas, y fíjate en Luís. El capullo de Luís. Que está a unos cinco metros de Lora. Que está enamorado de Lora. Fíjate en él, sudoroso. Fíjate como la mira de reojo, a ella, con la que nunca ha hablado. Observa como su silencio intensifica cada segundo un poco más su mitificación de ella. Luís y su maletín marrón de machaca de oficina. Enamorado. Atontado. Y cada vez un poco más muerto por dentro. Muriendo de silencio. Pero ahora déjale, y vamos al siguiente vagón. Donde está Marta, que sabe lo que es sacar adelante a dos niños pequeños. Trabajando y trabajando como si no hubiera nada más. Y quizá no lo haya. Los niños están en casa de sus padres. Y todavía no tienen ni que salir de casa de tan pequeños que son. Así que Marta resopla, mientras observa de refilón a Luís cuando hay una curva subterránea y el tren se retuerce como un gusano. Le observa, esperando que no la vea. Luís, el padre que no supo salir adelante con gemelos. Y huyó. Y ahora está en el mismo gusano de metal que la mujer a la que en tiempos decía que quería; cuando no había niños. Cuando no había este silencio.

Y camina un poco mas adelante, aunque la gente te mire molesta porque no paras de moverte. Quédate al lado de Marga. La puta. La que folla sin parar y ha tenido un montón de novios, y a la que una vez pillaron chupándosela a un profesor en la universidad. En el lavabo. Mira ahora como su ropa no la encasilla en el estereotipo de la mujer que se las come dobladas. La típica que no puede pasar sin un orgasmo al día. Puta: así la llaman siempre sus amigos; pero ella no lo sabe. Puta: porque, al parecer, no se puede ser mujer sin discreción. Marga; que un día en una discoteca metió la mano en los pantalones de Luís el enamoradizo. Borracha y borracho follaron en el coche de él. Y en algún otro lugar estaba Marta, con la barriga hinchada de gemelos. Aunque claro, aquella noche Luís era soltero para Marga, y Marga no había mojado ese día. La palabra “ninfomana” podría definir la situación, aunque eso solo Marga podría saberlo.

El gusano de metal sigue adelante. En cada estación sube y baja gente. Y en otras no; en las de siempre. Y ahora el tren está parado, y entra en él Marcelo. Puedes ver que su traje de chaqueta le hace subir un par de peldaños más arriba de Lora, Luís, Marta y Marga. Lo cual quiere decir más dinero, y se te arruga el ceño pensando por qué este tío se mueve en un transporte público lleno de graffitis. Lleno de gente que suda y hace que el tren viva de tanta vida que hay dentro. Sin embargo, este gordo con traje de chaqueta ha decidido formar parte de las tripas de este gusano en el que ya no se cabe. Marcelo conoce enseguida a Marga: su tachón en el currículum; si tenemos en cuenta que hace tiempo que este gordo de mierda se unió al grupo de toda esa gente que miente a sus seres queridos. Pero Marga ni le mira. Y aún así el cuerpo graso de Marcelo comienza a mojar la ropa interior. El tachón andante. Lo malo no es tanto cometer un error como que tu error camine y respire y hasta hable. Lo jodido es que un día puedes coincidir con tu error en un bar, una discoteca, o aquí en el tren.

Marcelo da la espalda a su error, aun no sabiendo que ella al fin le ha visto y ha pensado en lo pequeña que tenía la polla. Pero no hablan. Aquí nadie habla. Y si alguien lo hace es para pedir dinero. Como Juan. Que camina entre la gente con un platito de metal, intentando no pensar en el pasado y viendo como la gente que no saca su monedero a trompicones no le mira, y procura no sentirse culpable de nada. Juan el mendigo. El resultado de algo que puede tener bastante que ver con el silencio que se produce en las tripas de un tren. Observa, tú, como camina y procura no molestar a la gente aun pidiendo dinero a la gente, dejando su olor atrás. Y pasando al lado de Bea, que sin pensarlo, saca su cartera y deposita una moneda de dos euros, que cae ruidosamente en el plato. Vuelve a guardar su monedero y enseguida nota algunas miradas en ella. En sus vaqueros desteñidos y su blusa que tapa sus pechos adolescentes, aplastados ahora mismo por una carpeta. Bea, que no para de pensar en el chico que hay cerca de ella, sentado, aquí; el chico que le gusta y que no se ha percatado aun de que una chica se acarició la entrepierna por primera vez hace poco pensando en él. La adolescente enamorada que saca buenas notas y que solo puede pensar en el primer polvo. El primer polvo con él. Que se llama Dani, como tantos Danis. Y que no se entera de nada; mucho menos para darse cuenta de el amor ajeno recalcitrante disfrazado de impotencia alimentada por la timidez. Y los dos están muy juntos; ella de pie y él sentado. El resumen de lo que es Dani puede hacerse con pocas palabras: Miedo. Desconcierto. Futuro. Malas notas…Y Dani se levanta, haciendo que Bea se mueva, perturbada. Y se dirige hacia la cabina en la que Pedro, amo y señor de este gusano, mira como el morro de su tren engulle la vía, iluminada solo hasta donde quieren los faros.

Dentro de la cabina, en la que solo puede entrar el hijo del que conduce esta historia móvil, se pregunta;

– Papá… ¿Hoy a que hora llegas a casa?

– Dame un beso.

Y Dani se lo da.

Y papá dice: Bájate en la próxima estación.

Por qué. Porque sí. Hazme caso. Pero por qué. No lo entiendo. Es igual, tú bájate y ya está. Vale. Hazlo. Vale.

Dani no entiende nada y el tren se comienza a frenar. Gente entra y gente sale. Y más silencio. Y Pedro;

Mírale. Cada día viendo la misma vía, que es igual en cualquier cuidad, o país. Siempre todo es igual dentro de un túnel. Y él ya no aguanta. Y piensa en Marga, la puta. Su mujer, que ahora esta en el tren, según el horario que él tiene calculado. Mira como Pedro acelera su gusano de silencio eterno entre urbanitas. Mira como comienza a llorar pensando en su Marga llegando cada día tarde a casa, y besándole como si él no sospechara nada de nada. Observa como todo cada vez se vuelve mas rápido y más tembloroso. Siente la angustia de una persona que aún quiere a su mujer, pero sabe que ya no hay nada reciproco. Y no puede parar de hacerlo, de quererla. Y la vía ya se está convirtiendo en un borrón de tan veloz que marcha el gusano. Y todo por Marga. Aunque enamorarse no sea un error, y en este caso si lo sea. Claro, es jodido cuando tu error respira, y camina, y hasta habla.

Mira hacía delante. Una curva, y aun así, el gusano quiere seguir en línea recta.

 

 

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(Abrir a los treinta)

No lo pienses mucho, pero es posible. Puede que te pases la primera mitad de tu vida planeando la segunda. Puede que sueñes con esa segunda mitad de tu vida, acaudalada y feliz. Tu segunda mitad vital feliz.

No lo pienses demasiado si piensas que ya ha llegado esa segunda mitad; si ya estas inmerso en ella. Intenta pensar en otra cosa si no hay objetivos cumplidos, o si no sientes ese cosquilleo en el estómago al mirar a la persona con la que vives. No lo pienses mucho, solo es un consejo.

Yo pensé.

 

Cuando era pequeño un día cogí una pelota y a mí nadie me había hablado de lo que era la niebla. En el campo, un día de barbacoa, cogí y chuté esa pelota hacia arriba. Y la pelota desapareció. Mi único milagro vital era falso, y después lo supe.

Perdí la pelota.

 

Yo.

Era solo otro grano de arena. Otra vida gris.

Yo era solo otra de esas personas anodinas. Alguien más que se mezclaba entre todas las demás personas, caminando entre vallas publicitarias y trabajando mientras veía a lo lejos el siguiente fin de semana. Describir mi vida es como describir la nada. Es como una planicie. Suena muy triste. Y hasta empalagoso y repetitivo, pero también suena real. Suena indigesto, como cuando cenas más de lo debido. Te empalagas de vivir. Te conviertes en un ser triste porque no sabías de qué iba todo esto, y ahora lo sabes. La gente te dice que sonrías, que te enamores; te dicen que conozcas a alguien, y que te revuelques con esa otra persona en una cama inmensa y blanca de felicidad conyugal eterna.

La televisión te dice que eres Dios. Puedes con todo. El mundo está a tus pies. Solo te hace falta esa colonia, ese colchón, esos cereales con fibra. Todo lo que te rodea te dice que si no tienes es porque no quieres.

 

Pero ahora voy a concretar más. Ahora es el presente:

Cuarentaicinco años. Mi tipo de vida es justo ese que imaginas. Aunque yo no tuve esa ansia que parece tener alguna gente apenas rebasados los veinte. No dejé embarazada a nadie ni me casé como si se me acabara el tiempo para… no sé, porque no sé que es lo que busca ese tipo de gente. Pasé por ese proceso de mitificar a alguien hasta el límite y pensar que era la definitiva pero, verás, solo hay que dejar que corra el tiempo, eso se desvanece casi siempre. Es por eso que nadie debería precipitarse. En la vida la felicidad no llega antes por correr más. O simplemente no llega. Para mí se trata solo de eso: La felicidad. Aunque puede que tú quieras tener hijos.

Personalmente pienso que: mis hijos no merecen esto, les quiero demasiado para darles solo esto. Mis hijos merecen algo mejor de lo que hay. Mucho mejor. Por eso nunca pensaba en tener descendencia. Llámalo inteligencia o egoísmo. Decídelo tú. Y después piensa en qué es lo inteligente y qué lo egoísta. Y luego, ya que te has puesto a pensar (aunque más arriba te recomendé que no lo hicieras), sigue pensando.

 

 

Hoy, un día más, resulta ser muy parecido a ayer, que se parecía bastante a antesdeayer. Y todo esto no es una pesadilla; ya hace una hora que me he levantado de la cama, es tarde para eso. Así suele ser el día a día.

Me visto de hombre normal y salgo de casa, para ir a mi trabajo normal.

El mundo está lleno de mujeres y a mi me gustan todas. Cuando vas creciendo tu listón baja, y ya cualquier mujer de entre veinte y cuarenta años te parece apetitosa. Y no quieres reconocer que también miras a las chicas de dieciocho, o incluso a las niñas de dieciséis. Pero lo haces. Y tú, con tu filosofía individualista no alcanzas a entender como Dios o quien coño fuese tuvo la crueldad de asociar el mayor placer físico con la fertilidad. Es una broma, y alguien en algún sitio se está descojonando; sí, quizá Dios, porque de existir, desde luego, todo lo hace igual. El proceso de creación humano debería ser aburrido; un trámite más. Algo así como ir al médico con tu mujer, los dos sonrientes, y decir: Queremos un niño. Y después estaría el sexo, una cosa aparte, que estaría vista como la culminación del amor, y no como el riesgo básico para la transmisión de enfermedades. O te corres o procedes a morirte lentamente, porque Dios es un bromista.

No sé si fue por morder una manzana o porque los humanos somos solo una mierda por suerte pasajera (a quien coño quiero engañar, si lo sé), pero todo está calculado para tropezar en la vida cada dos por tres. Antes he dicho que este era mi presente. Y este es.

A veces, me da por pensar estas cosas. Y después, me dan escalofríos. Y claro, después, bueno, después es el futuro. Pero yo no lo conoceré. Cosas del Sida.

 

Un abrazo.

 

Te quiere;

Tu Padre.

 

 

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Pepsi Vs Coca-Cola

Se sentía ese olor como a nevera que hace un año que no se abre. Esas neveras de casas de veraneo. Sí, así, a rancio, pero toda la casa.
Era una casa bonita, apartada. Una casa tranquila. Justo esa que imagina esa gente que querría retirarse a vivir en el campo. La casa aislada en la que pasan cosas terribles en las películas. Una casa en la que algunos dejarían grabadoras puestas por las noches, para buscar psicofonias tétricas que desempolvarían un pasado vergonzoso: un niño muerto, suicidios…
Pero Augusto no cree en nada de eso. La soledad, se dice, es más segura que estar rodeado de vecinos que ven programas del corazón y telefilms.
Augusto, en realidad, se ha retirado a escribir.
Sí, es eso que piensas. La obra maestra que buscas para, en un futuro, poder tratar a las facturas como si fueran folletos publicitarios. El libro que te haga tan famoso como a un personaje del corazón. Tu “Código Da Vinci”, pero realmente bueno. Algo que se dé a leer a los alumnos en la universidad. Tu ideología literaria como ejemplo a seguir. Eso es lo que busca Augusto. Cierto tipo de gloria personal.
Dejar huella, piensa Augusto, es lo importante, aunque solo sea en rincones polvorientos de las bibliotecas. Proyectar tus miedos y anhelos en hojas blancas; la versión intelectual de vender ropa o coches.

No es fácil empezar a escribir. Augusto instala el ordenador tal y como su sobrino le enseñó. Y después, con la hoja blanca electrónica delante, Augusto no sabe cómo empezar. Él no es escritor. Pensó que las palabras, simplemente, fluirían. Las ideas se te escapan cuando llega el momento de inmortalizarlas. Ese trozo de ti fascinante no viene a la memoria cuando tienes que transformarlo en una historia jugosa. Augusto tenía claro que debía ser ficción. Algo que le diera la oportunidad de llevar los personajes arriba y abajo; poder jugar con ellos: matarlos, resucitarlos, enamorarlos, volverlos a matar, crear viajes para ellos, sexo, violencia, cosas divertidas. Una “road movie” hecha libro. Algo realmente bueno, pero de fácil digestión. Y pensó que si Dan Brown era rico gracias a un libro, él también podía serlo.

Pero al cabo de escribir dos líneas, Augusto las borra, y así sucesivamente, hasta que, harto, se levanta de su silla.
El problema a veces es que tu vida resulta demasiado normal. No pasa nada extraordinario. Nada grande que quede bien encuadernado. Ninguna aventura. Nada fuera de los parámetros establecidos de quien vive tranquilo, tirando, sin altibajos.
Augusto mira una rato más la pantalla.
Decide ir a dar una vuelta. Un paseo para relajarse, para ver si las ideas después fluyen más fácilmente.

Augusto pasea sus cuarenta años recientemente cumplidos entre árboles y matorrales. Todo huele a pino, y hay bastante basura. Quizá hasta alguna jeringuilla. No es el mejor sitio del mundo. Solo es silencioso.
Palahniuk escribió una vez para su “Nana”;

“Pronto el único modo de biodiversidad que nos quedará será la Pepsi contra la Coca-cola”.

Augusto piensa en la frase de ese escritor americano, que tanto le gusta a su sobrino. Ese tipo de cosas que se escriben. Solo un puñado de palabras, que hacen que te den escalofríos. Cosas de genio minimalista, solo al alcance de unos pocos que, donde tu ves A, ellos ya han visto todo el abecedario. Augusto se desanima. Pero aun así sube a enfrentarse a su obra sin empezar; su futuro, en el que alguien con mucho menos dinero abrirá sus facturas por él, cocinara por él, vivirá la parte anodina de la vida por él.
Pero es difícil. La hoja sigue en blanco, brillante, vacía. Es la crisis creativa de un escritor que, desde hace veinte años, ha escrito poca cosa más allá de su firma para renovar el DNI. El colegio ya es algo borroso. “Nunca es tarde para intentarlo” es una frase típicamente estúpida. Augusto lo sabe. Aprender a transmitir algo escribiendo lleva años de práctica. Y la mayoría de gente nunca aprende.

Llega la oscuridad y la casa empieza a crujir por todos lados. Lo que por el día era tranquilidad se convierte en desasosiego. Y no es por la oscuridad, sino, claro, por lo que podría esconder esta. Augusto tarda una hora en dormirse, a pesar del cansancio. Aun no ha escrito una sola línea.

Ya por la mañana, la luz que entra por la ventana despierta a nuestro aspirante a celebridad de las letras, desconcertado. Desubicado. Son las once de la mañana. Demasiado dormir, piensa para si mismo Augusto. Doce horas pueden dejar baldado a cualquiera.
El ordenador espera, cogiendo polvo. Pero Augusto ha decidido dedicarse hoy a la lectura: José Saramago.
Cuando Augusto está enfrascado en “La Caverna” oye el ruido de un coche, fuera.
Raudo, se va hacia la ventana. Es un coche deportivo que llega haciendo crujir el camino de tierra. De él sale una pareja joven, en la veintena. El chico, engominado, con camisa blanca y vaqueros, sale sonriente del coche, hablando a voces. La chica, con un vestido floreado, se ríe carcajadas, cerrando la puerta de lo que parece un coche demasiado caro para una pareja de esas edades. Se dirigen hacía la entrada de la casa. Augusto baja al piso de abajo, esperando oír el timbre.
Y suena.
Después de esperar un minuto delante de la puerta, simulando naturalidad y despiste, Augusto abre, con la bata puesta.
– Hola, perdone – dice el chico engominado –, la verdad es que nos estamos quedando sin gasolina. No tenemos la suficiente para llegar a la ciudad…
– Ya… – asiente Augusto.
– Y hemos pensado que quizá aquí tendrían gasolina.
– Pues, no sé si en el cobertizo…
Los tres se encaminan hacia la pequeña casita de madera. Augusto abre la puerta con una de las llaves del racimo. Hay herramientas y todo tipo de utensilios. Pero no hay ninguna lata de gasolina. Augusto rebusca entre las cosas durante un buen rato, pero no.
– Lo siento… pensaba que aquí podía tener gasolina…
– ¿Vive solo? – interrumpe el chico.
– Bueno… estoy de vacaciones. No vivo aquí.
El chico engominado comienza a hablar de verdad.
Augusto es un hombre casado y con dos hijos; un detalle importante, cuando un tipo con cara de lelo te dice que en realidad sí tiene gasolina para llegar a casa, y que si han llamado a la puerta es porque quizá, a cambio de una cifra razonable, Augusto podría follarse a la chica. Un buen polvo, eso si.
– Es algo que nos excita – dice el tipo engominado. Ella sólo sonríe, mirando descaradamente. Augusto está a muy poco de pedirles que se vayan. El tipo repité varias veces;
– Yo solo me quedaré en un rincón, tío, ni me verás. Podrás hacer lo que quieras con ella.

Puedes pensarlo desde fuera, y creer que no lo harías, pero Augusto comienza a tener serias dudas. Su mujer. Dos críos. La moral. La integridad. Y cuanto más piensa en esas cosas mas ganas le dan de tirarse a la chica, y no volver a verla jamás. Tirársela pensando en su mujer y sus críos es una perspectiva cada vez más incorrecta, más morbosa. Algo que nadie sabrá. Enloquecer durante… qué… ¿10 minutos?

La pareja y Augusto comen. Y mas tarde cenan, a eso de las diez. Los tres, aislados, en la casa de oscuridad y posibles psicofonias, aun apestando a nevera podrida por dentro.
– Al final, te acostumbras al olor – comenta Augusto durante la cena.
A las siete de la tarde la chica silenciosa, de la que Augusto no sabe ni el nombre, decidió quitarse la ropa y quedarse solo en bragas. Todo se comenzó a calentar.

Poco rato después de los cafés y las dudas, el tipo engominado palmea un hombro a Augusto;
– Ahora sí, a follar, colega.
Los tres se dirigen hasta el dormitorio en el que duerme Augusto todas las noches. La chica se quita las bragas y comienza a botar en la cama como una niña. La pareja se desgañita en risas. Augusto se quita la ropa a trompicones.
Sin dilación, y ya empalmado, Augusto se la mete a la chica silenciosa. La que solo ríe y folla.
El tipo engominado tan solo se ha abierto la bragueta.
Nuestro aspirante a rico aguanta bien el sexo, sin bajones ni paradas, sin vacilar. El tipo engominado se masturba mucho más cerca de la cama de lo que había prometido. Les anima a que lo hagan con más ímpetu, más fuerte. No para de decir: Fóllate a mi novia, fóllate a mi novia, fóllatela, fóllatela…
La chica se corre varias veces. Luego coge la polla de Augusto y la menea manteniendo el capullo en la boca. Al poco, Augusto se corre sintiendo la lengua de la chica revolotear en la punta. Y no sale una gota fuera. La chica silenciosa se lo traga todo y relame el músculo, aun rojo e hinchado. Y luego, inmediatamente después, cuando la chica cae rendida y se estira en el colchón, es entonces, cuando Augusto nota una punzada en el estómago, directa desde el cerebro.
A buenas horas, piensa Augusto, mierda, y dice;
– Quedaos a dormir aquí vosotros. Yo dormiré en la otra habitación.
La chica silenciosa asiente. El tipo dice;
– Vale tío, cojonudo, mañana a primera hora nos vamos. Coge cuando quieras los trescientos euros de mi cartera.
Y mientras Augusto sale de la habitación ya habiendo cogido el dinero, aun se oye: ¡Ha sido un placer!

Lo dirán. Alguien se lo dirá a alguien que conocerá a mi mujer, piensa Augusto. Estas cosas se saben, siempre, tarde o temprano. Siempre alguien dice algo. O se difundirá un rumor en el colegio de los críos. Un rumor cierto.
Demasiados conocidos. Demasiados contactos. Demasiadas posibilidades.
Augusto da vueltas en la cama, sudando. Ya no piensa en escribir un libro, ni en la gloria personal, ni en dejar huella. Ahora solo se conforma con un futuro igual al pasado. Más de lo mismo, Dios, por favor, más de lo mismo, se dice a si mismo. Y en un impulso piensa: Gasolina. El cobertizo.
Un impulso sin marcha atrás.
Augusto baja las escaleras que llegan hasta el recibidor. Abre la puerta que da al campo, al bosque, a las montañas. Al cobertizo.
Sí, había gasolina en el cobertizo. Mentir, piensa Augusto, ¿por qué mentí?
Pero mintió, no quiso ofrecer gasolina a unos desconocidos. Unos jóvenes demasiado atractivos, demasiado ricos, demasiado de lo que Augusto no es.
Y ahora, mientras sube por las escaleras, con la lata de gasolina y el mechero, nuestro escritor frustrado piensa que han de morir quemados. Es la forma. Ardiendo. Si ellos arden ahora, mi futuro está seguro, piensa. Solo hay que cerrar la boca. Solo yo, piensa Augusto. Yo y mi culpabilidad. Todos vivimos un poco con eso, solo que Augusto tendrá que soportar una dosis mas fuerte.
Quemando, no quedará nada. Nada que alguien pueda analizar, o hacer que se cree una pista que lleve a otra, que lleve a otra, que lleve a dos tíos de uniforme, un día tranquilo, a llamar a la puerta de casa, con los críos delante.
Los chicos están profundamente dormidos, y ahora también mojados. Augusto ha vaciado la lata de gasolina entera, con ese olor del que quieres más y más.
Y suelta una cerilla encendida.
Los actos y sus consecuencias no es algo en lo Augusto piense mientras sale de casa e intenta robar el coche de lujo. El coche de la pareja liberal y joven.
Pero se ha dejado las llaves.
Al subir a la habitación los dos jóvenes se tambalean chocando con los muebles, ardiendo y gritando, de esa manera que grita la gente que va a morir dentro de un buen rato.
El fuego comienza a alimentarse. Todo es de madera. Apenas unas vigas se salvarán. Huele a barbacoa.
Augusto consigue coger las llaves de encima de una mesilla mientras todos, y todo, se quema.
Arranca el coche, sudando. Piensa que quizá debería haber traído su propio vehiculo, y no quedar un día con su mujer para que viniera a buscarle. El individualismo a veces te puede salvar la vida, piensa.
Augusto coge las curvas conduciendo, con esa seguridad que te da la sensación de no tener nada que perder.

La carretera serpentea durante un buen rato. El parachoques se traga el asfalto a noventa por hora, y llega un momento en el que Augusto para el coche, agotado, respirando demasiado deprisa. Al salir mira instintivamente al cielo, y cuando dirige su vista hacia el pasado reciente, observa la iluminación de su adulterio repentino, arriba, no demasiado lejos. EL bosque arde.
Augusto, ya en estado de trance, se vuelve a meter en el coche, pensando en ese cielo rojo. Ese bosque a tan solo unos kilómetros de su mujer y sus hijos. Las afueras nunca estuvieron tan adentro.
Y el siguiente pensamiento es; ella irá, ella irá, ella irá. Los problemas tienen la tendencia de amontonarse unos encima de otros. Augusto ya puede ver a todos los voluntarios pasándose cubos de agua. Y entre ellos, su mujer. Su amada ecologista, fiel, preciosa. Vulnerable. Ella que no pisaría a una hormiga. Ella, que se casó con él. Que estará pensando en su marido, rodeado de lenguas de fuego, atrapado en el bosque.
El teléfono suena con diez llamadas perdidas en la pantallita. Augusto lo coge con las manos sudadas, pensando por qué antes no ha oído nada;
– ¿S… si?
– ¿…merón… es Augusto Sánchez Salmerón?
– Sí…
– Tengo que informarle de algo…
Y antes de que Augusto diga nada, es iluminado por un coche que viene de frente. Demasiados nervios para seguir por un solo carril, demasiada tensión. Basta rozar con el otro coche para salirse de la carretera, estampándose con uno de esos árboles centenarios; uno de esos a los que se ha llegado a encadenar su mujer. Un árbol salvado varias veces. Un árbol… que casi no nota como el morro del coche se deforma a cien kilómetros por hora, haciendo que el cuerpo de Augusto salga por el cristal, sin demasiado problema, y quede tendido a unos cinco metros. Y mientras tanto, el teléfono intacto, en el suelo verde, parlotea:
“Su mujer ha pasado los límites de seguridad con su coche, dirigiéndose al incendio, le rogamos que la llame y hable con ella. Piensa que usted puede estar atrapado en el incendio…”
Augusto, casi inconsciente, nota como alguien toca su cabeza. Y oye, a intervalos: Cariño… ahora llega la ambulán… cariñ…


A veces pasa que tu vida es demasiado normal. Ninguna historia que merezca ser escrita. Y encuadernada.
Augusto despierta viendo el techo del hospital. Ahora no tiene piernas. Su mirada enfoca los muñones vendados. La cama está rodeada de gente, y todos le sonríen. Parecen haber pasado muchas horas. Su mujer está al lado, haciéndole carantoñas, dándole besos, hablando. Ya nunca nadie le podrá acusar de adultero. Su dignidad ya está salvada. Y su moral intacta. No le ha puesto los cuernos a nadie, no ha provocado ningún incendio, porque nadie sabe nada y viene ser lo mismo.
Tan solo hay cierta dosis de culpabilidad. Nada que un ser humano no pueda esconder.
Y su mujer pregunta: ¿Por qué lloras?
Y Augusto, sorbiendo, le dice a su mujer, saludable e intacta;
– ¿Podrías traerme el portátil?… para escribir.

 

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Problemas…

No se trata de un tipo de gloria personal que tenga que ver con el orgullo propio. No es como cuando a tu pareja se le contrae el ano por estar apunto de correrse gracias a ti. La sensación se parece más a ese momento en el que has dejado unas monedas en la bandeja de un mendigo porque querías, sin haber leído el cartón que te hablaba de su hijo, de su familia. Es un placer pasajero en el que te sientes bien contigo mismo. No es el orgasmo, sino el beso de cariño en la frente. No son las hormonas, sino un abrazo no protocolario. Es el gesto que te sale de dentro sin haber pensado en lo que vendrá a cambio. Sin haber pensado en ti durante unos segundos. Bondad auténtica. Una actitud con la que no puedes vivir siempre porque siempre acabarías llorando después de haber visto cualquier telediario. Eres generoso de verdad durante unos segundos, pero después tienes que volver a la actitud demandada para sobrevivir; eso que la gente llama de forma tan sentida <<ser fuerte>>.

 

Fueron unos segundos. Pero lo que sintió Pedro fue de verdad. Pedro: Un joven cualquiera de los que no se rascan la entrepierna cuando hay gente delante. Alguien totalmente del montón (sea más o menos peyorativa esa expresión). Alguien normal (sea más o menos peyorativa, también, esta expresión).

Esos segundos de bondad y cariño y calor humano fueron el principio de una relación. Y la acción bondadosa fue un beso, claro. Y después de esta retahíla de palabras, el beso, evidentemente no podía haber sido en la boca, y mucho menos con lengua. Porque el beso fue en la frente, con un brazo alrededor de ella, de Julia. Dentro de un tren. Y fue el primer gesto de cariño.

La conclusión, tres meses después de relación, es que Pedro y Julia estaban lo que se dice enamorados. Sí, como esa gente que da rabia porque los piensas más felices que tú. Esos a los que miras y te gusta pensar que fingen. Da igual la pareja que sea. Según tu situación actual, no te caen bien aun no conociéndolos. Y si alguien te los presenta te gusta pensar que son estúpidos, y les das como mucho un mes más. Aunque claro, no siempre piensas así. No todas las parejas te caen mal. Pero hablando de forma sincera, pues…

 

El ruido, y la vida, y las personas y las demás cosas que pasaban, para la pareja solo eran letanías. Lo que realmente les importaba era ser aceptados. Que todo el mundo pudiera ver con claridad lo muy enamorados que estaban. Pero aun, y con tres meses juntos, lo que hacían era esconderse. Besarse en un coche, en una casa vacía; mirar hacia un lado y hacia el otro constantemente, para que nadie conocido les viera retozar. Eso era lo que pasaba; que nadie debía saber que se querían.

 

Te obsesionas con una persona, como Pedro por Julia, y viceversa. Pero no siempre a todos los demás les puede parecer bien esa relación. Y en todo caso, al final todos somos humanos. Solo hay que pensar en Adán y Eva. Ellos no tenían que dar explicaciones a casi nadie, y aun así acabaron cagándola. Incluso los mitos se resquebrajan. Así de difícil es que te acepten.

 

Pero el sexo de verdad aun no había llegado. El momento crucial era más complicado de conseguir de lo que parecía. No es que no estuviera todo en su sitio. En teoría Pedro estaba bien dotado, y los libros nos dicen que el sexo femenino no es más que el masculino, solo que para dentro. Claro que, esto es teoría, y hay gente que cuando ve a un chico de raza negra piensa en las botellas de Coca-cola de dos litros. Pero aquí lo que pasaba no tenía nada que ver con el dolor; no era que Pedro pudiera jugar a béisbol con sus partes íntimas. Normalmente las cosas se complican, y surgen esos problemas que nunca pensabas que te podían afectar. Eso que en los demás veías casi como una enfermedad puede acabar caracterizándote. Lo días se convertían en semanas y las semanas en meses; siempre. ¿Se trataba de la moral o era una cuestión meramente enfermiza y obsesiva? ¿Eran Pedro y Julia menos fogosos o simplemente estaban cagados de miedo? Un día Pedro habló muy seriamente con Julia. Salieron muchos temas a debate. Surgieron lágrimas femeninas y desesperación masculina. Había crisis incluso para una pareja que había comenzado con algo tan tierno como un beso en la frente; casi un gesto de padre a hija. Y el sexo tenía la culpa de todo. ¿Era tan solo una cuestión de carne o los sentimientos se mezclaban con la carne? ¿Tiene sentido mezclar las dos cosas? ¿La gente que hace intercambio de parejas carece de sentimientos? ¿Son ciertos actos un síntoma claro de que las personas carecen de escrúpulos?

Pero da igual, al final lo que cuenta es que Pedro y Julia se pusieron de acuerdo y enfrentaron sus cuerpos a las dudas. Unas dudas procedentes quizá del hecho de que la relación, tal y como iba, solo podía empeorar.

 

Como muchas veces pasa, la cosa no es para tanto. Por lo menos mientras sucede. La polla de Pedro entró con soltura y Julia la recibió sin quejas. La virginidad no estaba de por medio. Lo que sucedía era un auténtico polvo por amor; ya poco importaba si aquello iba a joderlo todo. Ya no había ocasión de retroceder. Habían dejado el semáforo atrás sin mirarlo; la sensación que tenían era esa, pero daba igual. El sexo fluía sereno, con calma; era la versión macarra del primer beso en la frente en el tren. Pero el tacto y la suavidad eran los mismos.

Después, exhaustos, ya estaba. Ya lo habían compartido todo. Habían tenido paseos al aire libre juntos. Comiendo el mismo helado. La saliva había fluido en cualquier parte, con el torpe revoloteo de lenguas. Habían comido del mismo plato. Habían compartido el móvil para estar localizables como si en lugar de dos solo fueran uno. Tanta estima y tanto cariño no podían molestar tanto con las precauciones adecuadas, pensaban ellos. Y en la cama, casi dormidos, se convencieron el uno al otro de que quizá no era tan malo el hecho de que también compartieran fecha de nacimiento, padres y apellido.

 

 

 

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Mi vida terminal

Ayer me cruzaba en el supermercado con un antiguo compañero del colegio. Iba con su novia. En momentos como esos no sé qué decir y recurro a una pregunta estúpida;
– ¿Qué haces aquí?
Yo conocía a su novia pero él no lo sabía. Antesdeayer había follado con ella. Me pagó 40 euros; completo.
Yo cobro por follar, pero soy discreto. Sé disimular. Ella estaba completamente roja, mi amigo me hablaba sin parar y yo escuchaba. Mi amigo estaba quedando como un gilipollas, yo como un cabrón y ella como una guarra. Y de eso precisamente se trata. El machismo es una de las gangrenas de esta sociedad y yo no voy a ser quien lo desaproveche. Ella es una guarra pero yo, bueno, yo soy un Gigoló.
Para nada la culpo a ella; sencillamente mi amigo no le debe dar lo que quiere. Yo se lo di. Soy un cabrón y un mentiroso. Me he llegado a creer mis propias mentiras. Siempre me acabo sorprendiendo a mi mismo. Ese soy yo.

Desde pequeño supe que no tenía escrúpulos. Y también he sabido siempre que atraigo a las mujeres. Narcisismo, cinismo, imprevisibilidad, crueldad. Suma todo eso y salgo yo.
Las clientas para mi son como judíos en la segunda guerra mundial; todas reciben el mismo trato. Esa es mi forma de profesionalidad. No disfruto especialmente haciendo lo que hago, pero tampoco me aburro. En realidad soy funcionario. Esto solo es un extra.
Después del violento encuentro con mi amigo me dirijo a la habitación de hotel en la que suelo quedar siempre con las clientas. Hoy toca una tal Mona. De hecho Mona toca todos los jueves desde hace 2 meses. La primera vez que la vi me comentó que era multiorgásmica, aunque no sé si ella sabe exactamente a qué se refiere. Digamos que Mona es de esas chicas que alimenta el mito de que las mujeres no saben conducir ni leer los mapas.
Follamos. Lo hago de forma mecánica y sí, Mona es multiorgásmica, nunca baja de cuatro.Y lo hacemos sin condón.
Follar con condón es como comer productos bajos en calorías. Al final nada sabe a nada. Suelo intentar recurrir a otras soluciones cuando ellas me lo permiten. Si no, quizá ni se me levanta.
Llego a mi casa y veo a mis padres. Lo que tengo en común con mis padres es que vivimos bajo el mismo techo. Están sentados en el sillón. Mi padre está con cara de circunstancias y mi madre tiene cara de haber llorado. Últimamente mi madre llora sin parar. Cualquier excusa es buena. Yo no sé lo que le pasa, y seria absurdo mostrar interés; solo la preocuparía más.
Mi clienta mas habitual, Mona, vuelve a llamar al día siguiente. No sé por qué lo hace. Con su aspecto podría estar tirándose a cualquier equipo de fútbol en algún vestuario. Pero en lugar de eso siempre recurre a mí: 40 euros. Después se queda en la cama abrazada a mí como una recién casada; como una gatita. Es agradable. Yo no cobro la compañía. Lo fácil sería decir que esta enamorada, pero normalmente las cosas son mas complicadas.
En la siguiente semana follo con Ingrid, Vanesa, Laura y una tal Ruth. La tal Ruth se burlaba de mí en el colegio. Teníamos seis años. Pesa 97. Al acabar se pone a llorar. Tengo una ligera idea de por qué. Yo solo recuerdo haber llorado una vez.

Al enterarse de lo que hacía, mis amigos me fueron abandonando. Empecé con 19 años.
Un día fui con mis padres a visitar a mis tíos. Mi tía sabía a lo que yo me dedicaba. Yo no sabía que ella lo sabía. Me acorraló en una de las habitaciones mientras mi tío y mis padres comían pastitas en la salita de estar. Mi tía me quiso follar. Yo no tenía claro hasta qué punto aquello era incesto o no. Así que me negué. Durante el resto de la tarde la cara de mi tía era la de una suicida potencial.
Pero pasó una semana y me plante en casa de mi tía. Mi tío no estaba. Y pasó. Lo hicimos. Follamos.
Mi tía era guapa. Más guapa que mi madre. Mucho más guapa que mi madre. De hecho sospecho que una de las dos debió ser adoptada.
Tuvimos bastantes encuentros. A los dos meses de aquella tarde en que rechacé a mi tía, ella murió. Yo no sabia que tuviera cáncer.
Mis padres estaban muy sorprendidos ante mi empeño de ir al entierro. Y lloré. Lloré delante de su ataúd.

Hoy me encuentro otra vez en la cama con Mona abrazada. Hace bastante que no cobro a Mona. No cobro a mi gatita. No sabría decir por qué. Aunque lo fácil seria decir que estoy enamorado. Ya he perdido la cuenta de los días. Hoy podría ser martes. Alguien me llama al móvil, lo cojo. No sé quién es, pero he quedado con ella mañana a las 15:00. Nunca reconozco las voces por teléfono.

En casa todo sigue igual. Mi madre sigue con su incontinencia emocional y mi padre mira hacia otro lado. Hace años que dejé de intentar entender a mis padres. Además hace dos semanas que le estoy empezando a pegar a la bebida. Se están amontonando demasiadas cosas en mi cabeza. Al no tener amigos no tengo válvula de escape. No hablo con nadie. Con Mona solo jodo. Pedirle que hablara conmigo seria demasiado para ella. Para mi gatita.
Me levanto ya todos los días con dolor de cabeza, y sigo bebiendo. La ebriedad producto de la depresión la curo con ebriedad. Se trata de eliminar el factor “lucidez mental”. Después ya no te acuerdas de lo que te duele, o de si te duele algo.
Mi cita de las 15:00 del otro día resultó ser una ex profesora de la escuela. Me daba lengua castellana. Esa tarde me dio lengua. Gemía tan fuerte que después de una bronca he tenido que decidir cambiar de hotel para mis citas.
Pasa que sé encontrar el clítoris. Uso dos dedos y la lengua. Podría llamarlo “el comando del clítoris”. Ellas suspiran y dicen cosas de las que después se arrepienten.
– Yo no soy así normalmente – dicen muchas. Y otras sacan 40 euros más.

Estoy sentado en la cama en mi cuarto. En el estéreo suena Massive Attack; casan muy bien con las borracheras. Si sigo bebiendo así ya puedo despedirme del “40 euros por polvo”. No se me levantará.
Pasan los días y no me encuentro bien. Es por la rutina. Follar y volver a empezar. Por no hablar de mí trabajo en la oficina. Mi problema es que odio la rutina, pero también me dan miedo los cambios. No podría ser sedentario, pero tampoco nómada. Vaya montón de mierda.
Pocos días mas tarde tengo que cancelar una cita con Mona porque me surge una clienta. Cuando se lo digo a Mona me suelta un “ya nos veremos” con algo que parece una mezcla de pena y reproche. En la habitación del hotel en la que estoy la espera se hace eterna. Pero por fin alguien llama a la puerta.
Abro y murmuro un “pasa” sin ver quien es. Aparto la mochila que he dejado encima de la cama. Me vuelvo. Mi madre.
Aparte de vivir bajo el mismo techo ya tenemos algo más en común. Ninguno de los dos reconoce las voces por teléfono. Siempre me acabo sorprendiendo a mi mismo. Pregunto;
-¿Qué haces aquí?

Camino por la calle con mi madre; pensando. Mi padre sufría lo del “gatillazo”. Mi madre, contra todo pronostico, es ninfómana. Una ninfómana de cincuenta años. Cruzo un paso de cebra sin mirar. La respuesta a vuestra pregunta es SÍ. Todas mis clientas reciben el mismo trato.
Noto un fuerte golpe en el pecho. De hecho noto un fuerte golpe en general. Y ya no recuerdo nada más.

Fue un autobús, supe más tarde. Me despierto, abro los ojos y veo luz de fluorescentes de hospital. Muevo la cabeza y consigo ver a mi padre: sale de la habitación con cara de nada.
Sin tiempo a ningún tipo de reacción el doctor que está de pie dice en voz alta;
– Lo siento, hemos hecho en ustedes las pruebas. Tienen Sida, los dos. Después les explicaremos el tratamiento que seguirán.
USTEDES.
Giro la cabeza hacia mi derecha y veo a mi madre en otra cama. Al parecer mi padre les dijo a las enfermeras: <<Los quiero en la misma habitación>>. O algo por el estilo.
Pienso en Mona. Mi gatita.

Ahora me resulta más fácil romper el hielo en las conversaciones fortuitas con viejos conocidos. Es divertido ver sus caras. Me dicen;
-¿Cómo estás?
Y yo respondo;
– Tengo el sida.
Y sonríen. Y después se les congela la sonrisa.
No me juzguéis. Es mi vida terminal. Lo único que me queda.

 

 

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Hora de comer

Las secuencias se suceden en la pantalla de forma elegante. Relajante. Real. Un poco amarga.

La película se llama “Antes del amanecer”. Lula, que es como la llaman todos, arruga la nariz en un gesto reflejo habitual cuando los títulos de crédito suben por la pantalla plana.

Sola en casa, en el piso de soltera, con un pijama nada erótico, descalza, Lula derrama una lágrima, esta vez señal de que no ha perdido el tiempo las últimas dos horas.

 

Un hombre camina por un callejón oscuro, pero no se sabe quien es. No se ve. Lula despierta de sopetón y el hombre y el callejón desaparecen y aparece la habitación: La realidad. La habitación tiene un tono verdoso apagado porque el reloj despertador ilumina, moderno, con sus dígitos enormes, diciendo histérico: ¡Las tres y diecisiete de la mañana! En la mesilla, aparte del reloj, hay una caja de pastillas. Somníferos. Hay la foto enmarcada de una mujer de unos treinta años; la madre de Lula hace veinte. Un coche se pasó un semáforo en rojo, o bien se pasó un ceda el paso, o alguien no miró bien, o alguien tuvo un despiste, o alguien había bebido. Y la madre de Lula murió. Los accidentes de tráfico suceden, le dijo un profesor de instituto a Lula. Le dijo: Hay demasiados coches; es como los fenómenos naturales, los terremotos, las tormentas, los tornados. No es que pasen casi siempre en países pobres, es que hay demasiados países pobres. Da que pensar. Demasiados coches, demasiados países pobres. Lula no logra volverse a dormir. Su madre tiene media sonrisa en la foto, como si no estuviera demasiado contenta, o como si el sol la molestara. El padre de Lula ya es mayor. Ella va a verle una vez a la semana al centro para jubilados. Él tenía veinte años más que su madre, porque el amor no tiene edad. Y ahora Lula no tiene padres. El hombre la mira con extrañeza cuando una cuidadora grita en su oído: ¡Es su hija! ¡¿No se acuerda?! ¡Vino la semana pasada! Y Lula se sienta al lado de él y le habla, a sabiendas de que nada va a cambiar.

 

Despierta a eso de las ocho de la mañana, extrañada de haberse dormido. El sol entra por la ventana, porque nadie cerró la persiana ayer. El desayuno de cada día consiste en un café solo. Un chute legal, una ducha, maquillaje que no se note en exceso, un traje de chaqueta incomodo, un atasco mañanero y Lula ya se ve dentro de su oficina, con el ordenador delante, melancólica, triste, y por qué no, desesperada.

 

En la hora de comer nunca nadie se sienta al lado de ella. O más bien ella nunca se sienta al lado de nadie. Lula desconfía de sus compañeros de oficina. O más bien el primer día desconfió; decidió sentarse sola a comer. Y en su segundo día, paseaba con la bandeja por el comedor, y otra vez se fue a una mesa desierta. Se convirtió en algo habitual, y a la larga todo el mundo pensó que era rara; que no era normal. No daba los buenos días. No explotaba su físico a pesar de tener potencial. Muchas veces iba sin maquillaje. Hablaba con monosílabos. Y sobretodo evitaba a los hombres, y más si los sospechaba mayores que ella. Para los compañeros era <<Aquella…>> <<La que se encarga de…>> <<La que entró en la empresa cuando entró…>> .

Al acabar la jornada Lula se une con los demás al atasco de ciudad para volver a casa. Los coches pitan y la gente que va a pie cruza apresurada los pasos de cebra. Y con todo, piensa Lula, no es que haya demasiada gente cabreada, es que hay demasiada gente. Y encima todos quieren trabajar por el día y dormir por la noche. Todos quieren llegar pronto a casa. Todos quieren comer, vestirse a la moda (como todos los demás), todos quieren llegar tranquilos a fin de mes, con sus familias y parejas y secretos a buen recaudo. Y, no me jodas, además, siendo todos los que son, todos quieren ser felices. Lula se convierte así en al persona con la que te puedes comparar. Da igual lo deprimidos que estén sus compañeros de trabajo, porque han discutido con sus parejas o porque viven en un matrimonio acabado que sigue. Mirando a Lula se les pasa. Desde un punto de vista social lo que cuenta es que todos te rían las gracias y te miren el culo. Y Lula, todo eso, lo tiene muy bien pensado. Muy bien meditado. Y con el tiempo, su decisión de preferir su mano a una polla grande y bonita, tiene mucho que ver con el nihilismo concreto de no creer en nadie. La única persona en la que creía sonríe molesta y diminuta congelada en una foto.

 

Una alarma que alguien decidió instalar hace tiempo en el edificio comienza a sonar a eso de las cuatro de la mañana. Lula despierta extrañada. Nunca había oído ese sonido. El timbre de la puerta suena sin parar. Lula abre. Una señora de muchos años dice histérica algo sobre que hay que irse a la calle, todos los vecinos, y no por el ascensor.

Lula baja por las escaleras, somnolienta. En la calle ya están todos en batín, mirando hacia arriba, como esperando que algo explote, o una lengua de fuego salga destrozando una ventana, para poder decir: Menos mal que hemos salido… Pero ni tan siquiera huele a humo. Lula nota que todos la observan, como se mira a un desconocido. Un niño en pijama se acerca a ella. Ella le mira con tedio, desganada, porque si algo no quiere hacer ahora es hablar con un niño. El crío dice, señalando hacia algún sitio; A mi hermano le gustas… Lula mira hacia donde señala el dedo del crío. El hermano en cuestión es un niño de doce años. Ni tan siquiera ha comenzado a sufrir aun, piensa Lula. El crío pequeño se aleja. El edificio sigue intacto. Pero alguien ha llamado a los bomberos, y la sirena se oye venir.

El camión grande y de un rojo apagado, aparca. De dentro salen cinco hombres desconcertados. Alguien que debe ser el delegado de bloque habla con uno de los bomberos. Al final dos hombres suben con sendos hachas. Uno de los bomberos está apoyado en el camión. Pone cara de aburrimiento. Lula le observa. Atraída por algo. Por radio los bomberos que han subido informan, y el sonido sale por un Walkie que sujeta el bombero que no interesa a Lula. Se oye: Estamos en el segundo piso… sin novedad… no huele…

Lula se acerca al bombero que resuelve interesante, pensando en que siempre se le puede dar una última oportunidad a la vida. Le dice;

– ¿Hay muchas falsas alarmas así?

El bombero la escruta, y sin cambiar la expresión murmura;

– Sí…

– Qué coñazo…

– Es nuestro trabajo –suspira-, es lo que hay…

Y Lula, la representación perfecta de esas personas con las que te comparas cuando te pasa algo malo en la vida, dice;

– ¿Tienes novia?

El Walkie emite un crujido: Estamos en la cuarta planta… nada…

Lula se apresura, y dice;

– Perdona… no soy… no suelo…

– Tranquila, no, no tengo novia.

El chico repasa en un momento a Lula de arriba abajo. Un móvil comienza a sonar en su bolsillo. El tipo lo coge. En la pantallita pone: Cris. El tipo descuelga y dice;

– Hola, cariño.

Otro bombero que se fijaba en la situación suelta una risita. El bombero supuestamente interesante mira a Lula, condescendiente. Lula suelta la rodilla derecha en la entrepierna del tipo; se arrodilla en el suelo, quejándose sinceramente. Lula les da la espalda a todos. Apoya sus manos en las rodillas y comienza a vomitar. Los compañeros bomberos del bombero no pueden para de reír. Los vecinos miran a Lula. Lula se encamina al edificio antes de que salgan los bomberos que han entrado. Se cruza con ellos subiendo por la escalera, sin mirarlos.

Ya en el piso, Lula mira por la ventana, y al cabo de un rato, los bomberos se van. Falsa alarma. Las cosas y los conceptos y los miedos y el pasado y el futuro se amontonan en la cabeza de Lula. Los terremotos, demasiados coches, demasiada gente. Lula medita y piensa y medita mientras quema el extremo de las cortinas con un mechero. Y el fuego, ahora sí, de verdad, se comienza a comer la tela. Lula se pone la chaqueta ya sin pensar en nada. Y esa persona que come sola a mediodía y no te saluda y no te quiere y actúa impulsivamente podría simplemente ser bohemia. O no. Lula sale de su piso con el fuego ya rabioso. La alarma esta vez no salta. Y ahora, piensa Lula, toca un autobús, o el tren. Mejor un avión. Ya desde la calle puede ver su habitación iluminada. Y se va. Los accidentes de tráfico simplemente suceden, como los terremotos. Y claro, no es que haya demasiada gente infeliz. Lo que pasa es que hay demasiada gente.

 

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Peaje

Helena trabaja en un peaje. Si tu padre pegaba a tu madre cuando aun no te vestías solo/a, y ahora tu padre está en la cárcel y tu madre muerta cuando ya había perdido la cuenta de las denuncias en la policía, entonces, sabes al dedillo como se siente Helena. Ella tiene un cuerpo que se cotizaría muy bien en los cincuenta. Ahora con ese cuerpo todo el mundo te querrá vender una vida mejor, todo el mundo te querrá vender cremas y aparatos milagrosos. Tus amigas te recomendarán dietas que ya has probado si no eres muy fuerte de carácter. Helena es Marilyn Monroe cobrándote la autopista: Buen Viaje. Un cuerpo de los cincuenta con un peinado rubio natural de los noventa.

Helena mira con su mirada verde, cínica y bonita, ojos entrecerrados, a Tomy. Están en una cafetería. La mirada de Helena es cínica porque para ella el cariño es como una raya de coca; nunca lo ha probado. Aunque cree que Tomy, al que hace poco que ve, podría ser su primera raya de cariño; pero tiene cuidado; el cariño te puede matar si descubres que es artificial.

SI TU DESPACHO ES LO SUFICIENTEMENTE GRANDE PODRÁS COMUNICAR EL MUNDO CON FIBRA ÓPTICA… POR EJEMPLO.

Tomy no sabe hablar por hablar. Nunca te dirá que hoy hace más calor que ayer. O más frío. Tomy es extraño. Un anarquista que cree en la pena de muerte. Un idealista que mezcla ideales. Y ahora Helena le escucha.

… ENTONCES PODRÁS CREAR LEYES.

Tomy tiene el pelo embarullado y es delgado. Y Helena sigue escuchándole.

… TAMBIÉN PODRÁS SEMBRAR EL MUNDO DE FRONTERAS.

Tomy quiere a Helena. Porque ella le escucha.

Y ASÍ ENGORDARAS TU CUENTA CORRIENTE LLENANDO EL MUNDO DE ÓDIO.

Y Helena quiere a Tomy. Y le escucha. Siempre le escucha.

Y Tomy se calla. Y dura cinco segundos callado;

– ¿Cielo o infierno?…

– Infierno… infierno – responde Helena -. Sí, infierno.

– ¿Por qué?

– Creo que el cielo debe parecerse bastante a mi trabajo. Nunca debe pasar nada…

– Ya…, nunca te ha pasado nada emocionante.

– Nada bueno, por lo menos. No he tenido ninguna experiencia intensa. Positiva, claro. O por lo menos un poco.

Tomy cambia de tema sin avisar. Tomy le habla a Helena sobre la fascinación que siente por Shakespeare. O más bien por Romeo y Julieta. Cada día lo hace.

– Es la historia de amor más fascinante – dice -. Sin duda.

 

 

Al rato Helena vuelve a su cabina de peaje y Tomy a su camión; hoy llegará tarde a la entrega: Sillas plegables.

Helena trabaja en la cabina numero 2. La primera está fuera de servicio. Y en la tercera está Ángel, que trabaja allí porque es hijo de… alguien. En las demás cabinas están los demás. Los demás están todos entre los 40 y los 60 años. Ángel y Helena son los únicos jóvenes de verdad.

El imperio de la monotonía reina siempre en el peaje. En un peaje nunca pasa nada. Nunca. Sencillamente la vida de Helena se va coche tras coche.

Pero lo bueno a veces es que los días acaban. Y este también lo ha hecho. Helena está en el lavabo del pequeño caserío de carretera para trabajadores. Se lava las manos y alguien la toca en el hombro. Se sobresalta y se vuelve.

Es Ángel;

-Hola… esto… ¿Alguna vez querrás cenar conmigo?… ya sé que ya te lo he pedido otras veces… y que me has dicho amablemente que no, pero… – dice Ángel; y Helena empieza a andar hacia la puerta comentando que tiene prisa. Pero al pasar justo al lado de Ángel él la empuja con violencia. Ella choca contra el secador de manos conectándolo, y cae al suelo. Ángel empieza a dar patadas en la barriga de Helena; en su cuerpo de los cincuenta. Después la agarra por su pelo de los noventa con la mano derecha, y con la izquierda suelta una bofetada detrás de otra. Helena opta por esperar a que pase. Ángel la desnuda a golpes. Helena ha gritado pero nadie acude. Ahora ya no grita. Solo se deja hacer. No llora. Aguanta la penetración y los lametones en la cara. Por sus poros sale lentamente su sudor. Su sudor mezclado con su dignidad.

Ya ha pasado. Ha durado diez minutos. O diez años. O diez segundos. En el futuro, piensa Helena, tendrá que soportar toneladas de compasión. Y comentarios. Helena tendrá que aguantar la condescendencia de la gente que se sentirá extrañamente superior a ella. Porque hoy, la han violado. Y en eso piensa.

 

Al día siguiente Helena procura no mirar a Ángel. Pasan las horas y tiene una nueva desgracia que superar. Una nueva experiencia intensa no deseada.

Su corazón empieza a bombear más rápido; de fondo ve el camión de Tomy, y recuerda la primera pregunta que le hizo al conocerle; ¿Por qué te llaman Tomy?

Tomy se para, sonriente al principio. Hasta que la ve. Ella tiene un ojo morado.

– Quién te ha hecho eso…

– Él… – dice Helena, cabeceando hacia atrás. – Ayer me violó… – sigue diciendo, mientras se sube un tirante del vestido en el hombro. Y lo dice inexpresiva. Ángel no dice nada. Mira al frente y arranca el camión.

Helena piensa que Tomy no quiere perder su trabajo. Porque Tomy estuvo en la cárcel por algo que ella no sabe. Porque Ángel es hijo de alguien.

Helena tiene que aguantar las lágrimas durante los siguientes treinta o cuarenta coches.

 

 

Pasan dos semanas. Muy largas. Ángel no ha vuelto a dirigirle la palabra. Pero al acabar la jornada de hoy, la vuelve a acechar en el lavabo. Al final ni la toca. Hoy tenía pensado pasar un rato contigo pero te vas a librar, dice. Y se va.

El día siguiente pasa con lentitud. Ya está empezando a anochecer. El aire se hace terrible. Helena tiene una foto de Marilyn Monroe pegada de espaldas a ella, que tiene que atender a su ordenador. Si no tiene nada que hacer se gira y la mira. Su versión alegre congelada. Marilyn forma una O con sus labios, intentando darte un beso a través del espacio y del tiempo; desde su muerte hasta tu vida; hasta la vida de Helena.

Helena se queda de piedra cuando ve que de fondo se acerca un camión que conoce; y sí, es Tomy, después de dos semanas. Pero Tomy cambia de carril evitando su cabina de peaje. Y más lloros contenidos.

Helena no mira hacia la cabina de Ángel, que es donde Tomy paga su viaje. Helena oye la puerta del camión abrirse y después cerrarse. Después oye decir a Ángel; ¡Qué coño haces!

Helena ve como la luz de su cabina ha aumentado y se gira. Ve a Ángel. El interior de su cabina está ardiendo; y los pies de Ángel, que, inútilmente, intenta apagar el fuego con la botella de agua que todo el mundo tiene a mano. Ángel no puede salir de la cabina y se está quemando vivo. Helena ve como Tomy se acerca, mientras deja de extrañarse de su pasado en la cárcel. Tomy entra en la cabina de Helena oliendo a gasolina, y atranca la puerta de algún modo que Helena no llega a ver; ha debido hacer lo mismo con la cabina de Ángel. Los coches retroceden chocando unos con otros, temiendo que algo les salpique, temiendo lo que ven, a medida que el fuego se come a Ángel; que grita desesperado y choca dentro de su cabina de un lado a otro sin conseguir nada; se revuelve sin conseguir salir de la cabina; el fuego ya se lo come hasta la cintura. Hay gente que ha salido de sus coches. Otros coches pitan, y los demás compañeros de peaje pululan de un lado a otro, extrañados y fascinados de no estar aburriéndose hoy en el trabajo.

En la cabina 2 Tomy abraza a Helena, y Helena sonríe. Helena piensa que ya hacia mucho que no sonreía. Tomy besa a Helena en la boca y sube su vestido. La última oportunidad. “Hola, mi niña”, le dice sonriente. Y Helena llora, extrañamente contenta, sintiendo algo imposible de transmitir con dos dimensiones.

Tomy la sienta al lado del ordenador y saca su miembro, mientras Ángel se sigue quemando sin que nadie sepa qué hacer para abrir su cabina. Helena ya nota como entra el miembro de Tomy, mientras llora, mientras sonríe.

Helena se mueve facilitando el coito mientras oye el murmullo de la gente; mientras oye gritos; mientras ve sombras que golpean su cabina. Y lo que parecen entre dos y cuatro helicópteros se oyen en el cielo; quizá curiosos; quizá tráfico, o la policía. Tomy sigue empujando. Y Ángel sigue quemándose, golpeándose en el interior de su cabina. Helena suda.

Desde La perspectiva de Marilyn ya se ven luces y se empiezan a oír sirenas de la policía, de coches que vienen de fondo. Marilyn les sonríe y les lanza un beso mientras Helena agarra el culo de Tomy, corriendose, y Ángel ha conseguido abrir su cabina, y corre ardiendo hasta la cabina de Helena. Choca contra ella. Helena suspira, llorando: Y Tomy susurra incoherencias, sonriente, mirando a Helena. Sus ojos.

 

La policía va a llegar de un momento a otro y Tomy le dice a Helena sin palabras que deje de rodearle con sus piernas, y que salga de la cabina. Helena se pone de pie y le abraza. Tomy se la desengancha y la empuja suavemente fuera de la cabina que antes ha desatrancado. Helena ya está fuera. Ángel yace en el suelo, ya quieto, mientras algunas personas intentan apagarle con extintores.

Tomy vuelve a atrancar la puerta, encerrándose solo en la cabina. Helena lo mira desde fuera con la cara sucia, agitada por el aire y sudando ve como bebe algo de un botellita que tenia en algún bolsillo.

Se desvanece. Dentro de la cabina otra vez atrancada. Muerto.

Helena se sienta en el asfalto y mira a su alrededor, lleno de gente que nunca a acabado de intervenir; mira hacia arriba; dos helicópteros. En un peaje nunca pasa nada. Nunca. Hoy el peaje parece algún tipo de Apocalipsis, el final de todos; como el que probablemente estará rodeado de gente, policías, bomberos y ambulancias. Helena abre su puño derecho mientras dos policías o quizá personal de la cruz roja la levantan del suelo. En su puño derecho hay un papel que le ha dado Tomy. Helena se zafa de la gente de su alrededor, y lee; <<He querido traer el infierno a tu peaje>>.

 

 

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