Terapia

 

Tengo miedo a volar. Sí. Yo soy de esos que se pegan unas palizas terribles de ir de un lado a otro en coche porque va pegado al suelo. En realidad tener miedo a volar es una tontería. Es más o menos como fumar. Son cosas tontas que no puedes evitar por distintas razones. Cada vez hay más carteles electrónicos por las autopistas. Coges el coche por la mañana para ir a trabajar, y en el cartel moderno y luminoso se te informa de que ha habido cinco muertos por accidente de tráfico en las últimas veinticuatro horas. Cuando vuelves por la tarde, miras y ya pueden ser siete o diez. Si es fin de semana las cifras suben a veinte o treinta. Y si es Navidad o nochevieja o cualquier tipo de festivo que impulse a la bebida, bueno, no quieras saberlo. Pero da lo mismo. Da igual que morir en la cabina de clase turista en tu asiento de cabecera ajustable en seis posiciones sea como que te toque la lotería. Si hay tanta que gente que compra lotería es porque también existimos los que no queremos montar en un avión ni de coña. Piensa que tanto lo mejor como lo peor te puede tocar en la vida. Son dos caras de la misma moneda. Parece incoherente que la gente que compra boletos para cualquier tipo de sorteo luego se monte en esas latas que siempre salen con retraso y dejan a la gente durmiendo en los aeropuertos.

Así que no estoy de acuerdo con las risitas de mis amigos cuando les digo que vengo de no sé dónde que estaba a mil cien kilómetros y no he querido ir en avión. Y como los fumadores, que están siempre dejándolo, yo siempre estoy intentando perder el miedo a dejar de pisar tierra firme. He montado en avión un par de veces; eso para mí es un logro de verdad, algo increíble, apoteósico; olvida la medallas de oro olímpicas o los premios Nobel. Cuando entras en un avión y no puedes dejar de pensar en que es un ataúd de masas, tiene mérito callarte la boca y sentarte en tu sitio. Luego el ataúd despega y siempre me paso el vuelo mirando a las azafatas, tanto que se creen que me las quiero tirar en el lavabo. Pero no, sólo miro sus expresiones, para ver qué pasa. Si veo a dos de ellas cuchichear pienso que ya debe fallar un motor. Si un día una llorara podría ser que la acabase de dejar el novio, pero yo pensaría en un fallo mecánico irreversible. Por suerte las dos veces que he tenido que viajar las azafatas sólo sonreían o se ruborizaban o se molestaban, pero nunca sospechaban que yo ya sabía que íbamos a morir todos.

 

Ahora me encuentro en ese momento en el que pasas por el pasillo que te lleva directamente adentro del avión. Agradezco ese modo de acceso. De tener que subir viendo antes todo el avión desde fuera jamás me acercaría ni a los aeropuertos. Llego al final del pasillo y dos chicas que suman ocho idiomas me saludan como si ambas quisieran casarse conmigo. Después oigo que hacen lo mismo con alguien en inglés; con esas sonrisas de azafata profesional que parece que realmente se muera por servirte esas raciones minúsculas de todo lo que hay para comer y beber en un avión. Es mi tercer viaje terapéutico. Supuestamente vas perdiéndole el miedo a esto a más viajas. En mi caso, de momento eso es mentira. Por lo que a mí respecta esto sigue siendo un ataúd carísimo, una lotería siniestra. La fase en la que peor estoy es esa en la que el avión se tiene que situar en la pista para poder despegar. La gente ya lee revistas y escucha música mientras yo pienso en la muerte. Me pongo el cinturón de seguridad mucho antes de que me lo ordene la voz metálica. E intento parecer normal y que nadie me pregunte nada: <<¿Está usted bien?>> <<¿Quiere algo?>> Ese tipo de preocupación ajena de desconocidos sólo intensifica mi miedo. Sólo les miro pensado: Sois unos ignorantes, ¿es que no lo veis?, somos patéticos, joder. El avión comienza a dejar el suelo. Cierro los ojos con fuerza. Después los abro y miro por una de esas ventanillas de submarino. El suelo corre y se va a toda prisa hacia abajo. Ya está. Ya nadie puede frenar este sorteo. Esta lotería a la inversa. El paisaje se convierte en algo lejano y borroso. Comienza a anochecer y abajo ves líneas brillantes amarillas y rojas, de coches que van y vienen. Respiro por la nariz y suelto el aire por la boca. Una azafata me ofrece la versión infantil de una lata de Coca-cola, o de agua o lo que quiera, según dice. Le pido agua, intentando que no me tiemble todo. La chica tiene una sonrisa radiante enmarcada por un rojo intenso de pintalabios enmarcado por lápiz de labios rodeado de colorete. Así dicho parecerá una puta, pero es realmente guapa. Y puede que simpática. Y casi olvido que estoy compartiendo ataúd con ella. Pero se va, con el carrito lleno de imitaciones de dieta sana. Y otra vez me siento solo y despojado de todo, o de lo que sea que hace falta para sobrevivir si esta lata se estampa contra el mar o las montañas. ¿Saldrá el tren de aterrizaje? ¿Estará bien iluminada la pista para aterrizar? Ese tipo de cosas van desfilando por mi cabeza de forma incesante. Las distintas versiones de mi muerte se multiplican sin cesar. Y sólo contemplo una versión para vivir. Si te estrellas con un avión no acabas en un hospital con las dos piernas enyesadas. Lo que suele pasar es que la gente muere quemada o hecha trizas. Las turbulencias se comienzan a repetir en el vuelo. Tengo ganas de vomitar. Pero no veo dónde están esas bolsitas de vomitar para bebés. Miro hacia donde están las azafatas y hago una mueca. Vuelve la chica de antes. Me alegro un segundo. Murmuro algo llevado por el pánico. Ella dice: Ahora le traigo una. Me dice: Debería haber una en el bolsillo del asiento delantero. Tarda un minuto en traerme la bolsita. Vomito dentro. Todo el mundo se vuelve a mirarme. Y cuando me doy cuenta veo que la azafata se ha quedado a mi lado. Genial, maravilloso, pienso. Qué pensaría si supiera que vomito de puro pánico. Hasta que no acabo no se va de mi lado. Se queda haciendo de madre. Me trae unas servilletas de papel. De pequeño vomitaba sin problema. Enseguida salía todo. Ahora tengo que hacer unos esfuerzos brutales. Acabo dolorido y agotado. La chica se lleva todos mis desperdicios. Pero sigue sonriente y encantadora como si desfilara por una pasarela con mis vómitos. Si todo eso no es pura pose, estoy enamorado. Mi madre muerta ha vuelto convertida en azafata. No es que busque una madre en mis parejas. No. Es la ternura y el aguante de mi madre lo que hecho de menos. Su capacidad de quererme. Todo eso no tiene tanto que ver con la figura materna; tiene que ver con las buenas personas. No me preguntes cómo murieron mis padres. Los dos. No quieras enterarte. O… está bien. Digamos que, bueno, sí, les tocó la lotería. Pero el sorteo ya fue hace unos años. No te preocupes. Ser huérfano es encantador. Y no es que todas enseguida babeen, pero me he ganado el interés de más de una. Para algunas de ellas pasas a ser el tipo desarraigado. Si a tus padres les toca la misma lotería cuando sea, adáptate, en serio. Si eres hombre déjate siempre la barba de tres días. Y al tercer café cuéntale a ella cómo tus padres se fueron directos al fondo del mar cuando iban camino de sus vacaciones. Con todo, si les hablara a los demás pasajeros de mis padres muertos no estarían muy a gusto a mi lado. No es que morir así sea como algo genético, pero recuerda a toda esa gente que evita pasar por debajo de las escaleras. Yo podría ser el gafe; el siguiente accidente trágico que toca en mi familia. Y el accidente podría ser hoy, con toda esta gente que lee y escucha música y que no piensa que vaya a morir en unos minutos. Mejor que no sepan de mí. La azafata vuelve con sus cuatro idiomas y demás, y se interesa por mi estado estomacal. Le digo que ya estoy bien, aunque aún piense que puedo morir ahora o luego dentro de un rato. Ella sonríe. Luminosa. Es una verbena en ella misma; una verbena en la que sonara buena música y la gente no exigiera a la orquesta “Paquito el chocolatero”. Una verbena humana es en lo primero en lo que he pensado. Todo con luces y animación. Ese estado de ánimo es el que otra vez hace desparecer mi pasado y el presente en el que muero en unos minutos. No sabes aún que ella tiene el pelo rojo eléctrico natural y que el uniforme parece una prolongación de ella misma. Son estas cosas las que hacen que dejes de pensar en la muerte. Al rato, la voz metálica dice que nos volvamos a abrochar los cinturones. Ni que decir tiene, yo no he llegado a desabrocharme nada. En realidad sólo voy a Londres. Esto no se trata de esos viajes en avión de quince horas. Pasaré un día en la cuidad y tendré que volver a montarme en otro avión. Mi terapia de choque. No pasa nada. El tren de aterrizaje sale, no comienza a arder ningún motor, no explota el avión de repente. Se posa con relativa suavidad en la pista y prosigue con esa danza del avión ya en tierra, hasta que los pasajeros podemos salir. Veo que la azafata que me mira como lo hacía mi madre se está poniendo una chaqueta encima del uniforme. Pasa por mi lado. Digo algo como: ¿Ya está, ya se acabó el turno? Me mira y sonríe. Dice: Voy a hacer una cosa al aeropuerto. ¿Una cosa? Es largo de explicar. Y se acabó, se va. Dejando atrás su estela, apestando a gloria y novio. Seguro que tiene novio, pienso. Menudo gilipollas, pienso. Cabrón, sigo pensando.

Ya en el aeropuerto, como no he ido a hacer nada a la ciudad, decido tomar un café en algún sitio, ojear algunas revistas. Paseo sin equipaje. Toda la gente tiene unas prisas terribles. A todo el mundo le espera alguien. Entro en una tienda repleta de revistas y bestsellers. Miro un momento hacia fuera a través del cristal, y pasa La azafata. Rauda. Yo salgo de la tienda, y veo como ella se detiene y entra en la primera cafetería que encuentra. La sigo. Está sentada. Sola. Se me ocurre algo que decirle. Entro, como en dirección a la barra, pero miro hacia ella: Hola… estás esperando a alguien. No. ¿No? No, no, estoy sola, siéntate si quieres, eh… Vaya, pienso, coño. Me siento a su lado y me pregunta que a qué he venido a Londres: Eh… nada… a nada importante. No te gusta volar, dice. La verdad es que no, digo. Ya se te notaba, dice. Y yo digo: En mi familia no hay muy buenas vibraciones con los aviones. Ella replica: ¿Y eso?

 

 

 

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