Asesino

No, en serio, no leas esto. No me gusta la gente que me juzga, así que si lo vas a hacer, si vas a juzgarme, no leas esto. Haz otra cosa. Llama a tu pareja si la tienes. Iros al cine. O mastúrbate. Haz algo constructivo. Piensa en tu futuro. Esta especie de diario debería estar sellado.

La primera vez que maté no fue más que un accidente. A ella le gustaba que la azotaran. Lo hacíamos y estábamos llegando al final. No sé en qué momento comencé a pegar con el puño cerrado en su cara. Y después me corrí. No sé si ella llegó al orgasmo, pero sé que estando muerta la metí en el maletero de mi coche. Acabó enterrada lo más lejos y hondo que pude. Cuando matar, para ti, se convierte en algo cotidiano y nunca nadie sospecha, te das cuenta de por qué hay tanta gente que roba y malversa fondos y jode a los demás. Hay tanto cabrón suelto que la Ley no puede hacer casi nada. Sólo puede permanecer escrita limpiando conciencias. Si matas a alguien a puñetazos lo siguiente que haces es vomitar. Si no has comido, vomitas bilis. Pero vomitas. El cadáver de la chica acabó enterrada con la cara empapada de comida basura batida. Fue verla ensangrentada sin moverse y las hamburguesas y patatas y Coca-Cola no quisieron continuar conmigo. Lo cierto es que no voy a presumir. Aquel día no disfruté. No fue un subidón. Nada de eso. Pero tampoco noté nada destacable. No me derrumbé llorando porque había matado a la chica. Aunque ella sólo quería echar un polvo y no creo hubiera puteado a nadie aún en su vida. Era demasiado joven. Lo que pensé es que la próxima persona que matara no sería tan… no culpable. La próxima merecería cruzarse conmigo de verdad. Con mi versión de después de aquello.

No creas que esto es el caso típico del enfermo mental que se pone cachondo hundiéndote el cuchillo en el pecho. Ni tan siquiera soy un obseso sexual. Esto tiene más que ver con jugar a ser Dios. Si estás en un semáforo y cuando se ilumina el disco verde no tardas ni dos segundos en pitar al de delante, tú también puedes acabar siendo como yo. Igual que pitas al coche de delante un día, justo con ese arrebato puedes empujar a alguien en una riña tonta y ese alguien puede dar con la cabeza en el suelo. Hay tanta gente susceptible de matar que ni se puede imaginar. Todo el mundo va cabreadísimo siempre a mí alrededor. Pero yo he encontrado el equilibrio. Lo bueno de ser un asesino es que ya nunca te sientes inferior. Todo el mundo prefiere pasar antes por macarra que por ridículo. Matar a la gente me convierte en alguien que no respeta la vida. Sin embargo la vida es algo totalmente fútil para mí. La vida está tan sobrevalorada que casi se me podría dar las gracias. Todo son puntos de vista. Tú puedes decir que amas la vida, y cada mañana te quejas por tener que madrugar, te quejas porque te ponen los cuernos, porque no llegas a fin de mes, porque tu hijo no te hace puto caso, porque te acaba de sentar mal la cena, porque mañana tienes que volver a madrugar, te quejas, te quejas, te quejas, ¿pero de qué coño te quejas? ¿no amas la vida? La hipocresía tiene tantas capas, formas y colores que es inabastable; es tan inmensa y omnipresente, que ya es la religión moderna. Nuestro paradigma occidental. La gente ya casi no cree en Dios. Creen en ser el ejemplo a seguir; la persona que nunca se tuerce. Hace falta mucha hipocresía para eso. Para creer en la raza humana. Así que por lo que a mí respecta, si alguien me toca las narices o me deja en ridículo o se mofa, pues lo mato. Todo son puntos de vista; y el mío tiene que ver con que lo que hago no difiere de pisar hormigas.

La segunda vez que maté a alguien fue un compañero de trabajo. Alguien de la oficina. Una chica nueva había entrado a trabajar. El tipo iba detrás cada día. No la dejaba en paz. Esa chica me gustaba a mí tanto como a él. Nos gustaba a todos. Todos miraban con rabia al tipo y ella le rechazaba sin parar. La chica habló con el jefe y este habló con el cuervo de turno. La cosa siguió igual. Y después, yo envenené un café.

La tercera víctima fue el novio de una vecina. La llevaba siempre como un llavero. Ella le apartaba siempre la mano del culo por la calle. Y él la agarraba otra vez. Era suya. De él. Y poco importaba si ella le quería. Un día fui a casa de la vecina. Ella estaba fuera por no sé qué. Forcejeé. Empujé al tipo balcón abajo.

Y después vinieron la cuarta, la quinta, la sexta víctima. Iba rápido. A razón de dos o tres por semana. Si te fijas en los detalles siempre encuentras a quien matar. No mataba mujeres, creo que porque no tenía estómago para ello después de la primera experiencia. No lo tenía en la agenda. Mis victimas no eran exactamente aleatorias, pero tampoco eran exactamente elegidas. Mataba según me daba. Mataba a esa gente que te cae mal. Si alguien se convertía en un incordio o una molestia había un montón de maneras elegantes de hacerlo desaparecer. La forma de que los problemas desaparezcan es eliminándolos como sea, y mi estilo es particularmente eficaz. La gente habla del diálogo, pero también hablando se cometen muchas estupideces. Que se sepa un dictador sólo manda, habla. No se mancha las manos. Dialogar sólo es factible si la gente dice cosas cuando lo hace. Hablar sin decir nada es el deporte favorito de los que tienen tu vida es sus manos. Los que te suben el sueldo, y la gasolina, los que convencen a tu hijo para que vaya al ejercito. Toda esa gente sólo habla, y a ti cada vez te va un poco peor. Yo mato a la gente porque llego relajado al final de la semana. Y resulta divertido ver como todos te miran como si fueras uno de ellos. No me siento culpable porque no es que la gente merezca morir, pero muchos quizá no hubiesen merecido nacer teniendo en cuenta las cosas que hacen con su vida. A día de hoy no sé cuantas víctimas llevo. Si un día llama la policía a mi puerta no sabré especificar, ¿cuarenta? ¿setenta? Ni idea. Muchos. Un montón. Un taxista que me dio la bara. Un barman que me quiso cobrar por un vaso de agua. Un tío que me quiso atracar. Un vecino que se quejó de lo alta que ponía yo la música. Un tío que violó a una mujer en el piso de abajo. Eso, un montón. Hay cadáveres enterrados en cualquier dirección a las afueras de la cuidad. Me he especializado. Digamos que llega un momento en el que no dudas en parar a fumar un cigarrito mientras entierras un cadáver. Te conviertes en un experto ojeador de terreno. Sabes dónde tienes que atacar, cuándo, a quien, y después, con solo remover la tierra con el zapato, sabes si vas a poder cavar más de dos metros sin encontrar una raíz. Es lo que se llama entregarse a un hobbie. No cobras haciendo lo que sea, pero cómo te gusta seguir haciéndolo. Lo malo de aficionarse a matar es que se tambalea tu vida social. No sacas tiempo para otras cosas. Te resulta difícil hablar con las personas sin pensar en su rictus en el caso de estar muertas. Si quedas con una chica, vale, puede que no la mates, pero ¿qué le dices que haces con tu tiempo libre? La gente hace cosas muy malas por ahí, pero no hay tanta gente que mate como forma de hacer pasar los días. Están los maltratadores, pero sólo son asesinos ocasionales; en el fondo ninguno de ellos es un asesino; son celosos, machistas, gilipollas, amargados, pero no matan porque piensen que van a resolver algo. Sólo matan por orgullo, porque no saben controlarse una tarde. Incluso la crueldad requiere un brainstorming antes de llevarla a cabo. No puedes liarte a tiros y a cuchilladas a lo tonto, o acabarás entre rejas antes de comenzar a cogerle el gusto al aire de media tarde mezclado con putrefacción. Si matar fuera algo común y aceptado se escribirían poesías sobre ello. No habría tantas canciones de amor. Matar es un acto lo suficientemente intenso como para merecer el respeto que se les tiene a otros actos, que a veces conllevan mucho mas sufrimiento; sí, ya he hablado del amor. Todo lo que tocas y sientes está mucho más cerca de la muerte de lo que parece; cada día un poco más. Da igual si topas conmigo o si llegas a viejo, porque no te vas a librar. Un día todo será de color negro.

No sé por qué he decidido escribir este diario. Seguramente es que ya estoy harto de no poder hablar sobre mi vida. Me da cierto morbo enfermizo el pensar que alguien lo lea algún día. En todo caso ese sería el primer día en que alguien llegaría a conocerme a fondo. Mientras escribo hay un hoyo a medio cavar. Tengo un cadáver en el maletero. El aire apesta. Los muertos apestan. Pero por lo demás no son molestos, sólo pesan. El sol se va detrás de la cuidad, que veo no muy lejos. Se esconde entre gruas y todo tipo de cosas a medio hacer, porque todos los años hay elecciones. Ahora cavaré un metro más, y ya estará. Echaré el cuerpo en el hoyo, acabaré de enterrarlo, y me iré a casa, a la cuidad, siempre llena de otros futuros cadáveres. Y ya está.

Oh… y últimamente me ha dado por escribir poesía, pero eso es otro tema. Ni tan siquiera sé si seguiré con este diario que he empezado.

 

 

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4 comentarios en “Asesino

  1. Amigo Jordim, otro relato tremendo. He comenzado leyendo el anterior, es decir, el de la familia americana. Cambiar de aquella ‘tranquilidad’ (entre comillas) a esta trepidación es una experiencia gloriosa.
    Saludos

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