Compromiso

– Su hija está en coma debido a un golpe muy fuerte en la cabeza, y tiene lesiones muy graves – dice el doctor, muy alto y canoso, con una mancha minúscula en la solapa de la bata.

Y Mario murmura;

– ¿Pero se pondrá bien?

Y el doctor dice;

– No lo sabemos. Tiene una fuerte hemorragia interna. Se… desangra por dentro.

Dice: Ya hemos hecho lo que hemos podido. Solo podemos esperar.

Y se va, con su bata y su mancha en la solapa probablemente aún desconocida por él. Mario se vuelve a sentar en la silla de la que se había levantado, con los ojos muy abiertos, lentamente. En la sala de espera hay sólo una persona más. En frente de él. Una chica. Que está sentada con las piernas cruzadas y sin medias. Una chica atractiva. De ojos negros y pelo negro y piel muy blanca. Descruza la pierna derecha de encima de la izquierda y monta esa misma en la derecha, y dice;

– ¿Qué le ha pasado a la niña?

Mario sale de su atontamiento, despacio. La mira;

– Un coche…

La mira;

– Se dio a la fuga.

Ella asiente. Se hace un silencio sólido y largo. Y después Mario dice;

– Iba camino del colegio.

Y se le quiebra la voz cuando intenta acabar la frase. Y dice después de tragar saliva;

– Iba camino del colegio.

La mujer blanca y joven se levanta de su silla y se acerca tranquila y elegante a la silla que hay justo al lado de la de Mario. Se sienta. Posa la mano izquierda de uñas rosas en la nuca de Mario, con los ojos húmedos.

Mario comienza a sollozar avergonzado. Hundido. La mano de la mujer se pasea por la nuca acariciando como si él fuera un gato. La mujer coge aire mirándose las uñas de la mano derecha; alza la barbilla, mira hacia el techo, y dice;

– Seguramente morirá.

Mario la mira a los ojos.

Ella le mira. Sonríe. Una sonrisa minúscula. Una mueca. Y vuelve a coger aire para decir ahora mirándole a la cara;

– Ha de ser lo peor que puede pasarte. Que tu hija muera porque un capullo corre demasiado por ciudad.

Mario sigue mirando a la mujer, paralizado. Y ella saca un paquete de tabaco de su bolso a juego con su traje de chaqueta y minifalda. Abre la cajetilla y se pone un cigarrillo en la boca. Lo enciende. El cartelito de “No fumar” está alto y claro en una de las paredes.

La mujer se levanta con el cigarrillo en la boca. Fuma y se pasea por la sala de espera. Y rompe otra vez el silencio;

– Aunque nunca te puedes fiar, claro. Vas conduciendo tranquilamente y de golpe un niño pasa corriendo la calle. Pasa todos los días. Somos un puto desastre. Nos morimos porque somos un puto desastre. Como hijos. Como padres. Como conductores… y claro, un día ha de pasar algo.

Y mira a Mario y suelta una risita desganada, y le guiña un ojo y dice;

– Como hoy.

Dice:

– Como tú.

El doctor vuelve con semblante serio y una enfermera. Los dos se detienen cerca de Mario. Le miran. El doctor niega con la cabeza.

Dice algo así como: Lo sentimos.

Dice algo como: La hemos perdido. Estaba destrozada por dentro. No hemos podido hacer nada.

Y otra vez: Lo sentimos.

Desde el otro lado de la sala se oye;

– Lo sabía.

Se oye: Siempre es igual.

Mario mira al doctor y después a la enfermera. La mujer y su traje de chaqueta y su bolso están a pocos metros. El cigarrillo está aplastado en el suelo. Mario cae de rodillas y se lleva las manos a la cara. Tapándosela. Y alguien advierte;

– Sabía que la cría palmaba.

El doctor enfoca a la mujer;

– ¿Usted quién es? – pregunta, cortante.

– Yo soy la que ha matado a la niñita. La mala.

Mario la mira bajando las manos, aun arrodillado. Y se oye;

– Me aseguré de arrollarla de lleno.

Mario se levanta y se va a por ella. La empuja y cae al suelo. Comienza a golpearla con los dos puños en la cara mientras sujeta sus brazos bajo las rodillas, apresándola. Consigue darle cinco golpes haciendo que la nariz estalle y los dos pómulos se comiencen a hinchar, hasta que el doctor y la enfermera consiguen sujetarle y alejarle de ella.

Con la cara ensangrentada, la mujer saca otro cigarrillo del paquete, y tirada en el suelo, se apoya en los codos, se lo enciende, y se queja;

– Joder…

Dice: Me has roto la nariz.

Dice: Tío… siempre estabas igual con la niña, te echabas a un lado sudando como un cerdo y te ibas a casita. Y además – mira a su alrededor – dónde coño está tu mujer.

Y prosigue, falseando la voz: ¡No! no puedo tener nada contigo. No es ella. Es la niña, no puedo joder a la niña. La niña, la niña, la niña.

Escupe: Siempre la misma puta mierda…

Y con la cara ensangrentada se incorpora, hasta quedar sentada en el suelo. Y mira a Mario a través de la sangre y entre los pómulos inflados y el humo. Y coge aire. Y dice;

– Pues a la mierda.

Dice: Ya no hay niña.

 

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