Caso cerrado

Había restos de saliva y salpicaduras de sangre. También había semen. Todo pruebas. Todo eso que desprende tu cuerpo que se asocia siempre a algún sentimiento. En la cama había un charco de sangre que abarcaba lo suficiente para llegar a mojar mantas, sábanas y el colchón; una mancha ya en tres dimensiones de tanto como había empapado la cama. El cadáver de la mujer era blanco y desnudo, y su cara tenía los ojos abiertos. Todo apuntaba a que había muerto durante el último acto sexual. Había pelos y todo tipo de pruebas, había ADN culpable por doquier. No había ninguna duda. Si el cadáver hubiese comenzado a hablar no hubiera podido aportar mas pruebas. El culpable no tenía miedo. Su único objetivo era matarla; no era librarse, ni quedar impune. Lo lógico, pensaban todos los policías, era haberse encontrado al asesino ahorcado en la misma casa. Sólo llegar allí, el caso hubiese estado abierto y cerrado. Hubiese sido un día intenso y nada más. Pero la cosa tenía mas pinta de ser como esas historias que no acaban. La policía tuvo que hablar con los vecinos, obteniendo versiones cada vez distintas. Para algunos esa pareja estaba casada. Para algunos ella era la amante; para otros era él. Así que nadie tenía la verdad de los hechos. Ninguna especulación parecía poder ayudar. Nadie sabía si la casa era de ella o de él. Lo único que se tenía era la foto de un desaparecido sin antecedentes. Un tío que igual podía ser un asesino que fontanero, pero que al fin y al cabo era el portador del semen y otras muchas pistas de las que se habían encontrado. Solo le faltaba haber dejado una foto suya firmada. Pero en la casa, por eso, no había fotos familiares, nadie que hubiese hecho la comunión o la mili, nada de niños inexpresivos con un fondo azul cianita. No había espejos. No había álbumes ni trofeos ni pruebas de que allí fuera alguien cada día a comer a mediodía. Era una habitación de hotel que se hacía pasar por vivienda. Un piso sólo para follar, pensó algún poli. Si te estás tirando a una camarera que has conocido en un casual, no te gusta tener la casa llena de fotos de tu mujer. No te gusta que tu hijo en dos dimensiones mire al vacío vestido de marinero mientras intentas ponerte un condón. Normalmente los delitos son menos misteriosos; alguien quiere a alguien demasiado y lo mata, o alguien no soporta a alguien y lo mata, o alguien se suicida. Lo que suele pasar no es que todo esté lleno justo de esas pistas que los delincuentes suelen tener en cuenta. Lo que no pasa es que de todas las pistas que suelen ayudar, no haya ninguna. Aquello era un escenario del crimen puesto del revés. Todo era al revés, porque incluso teniendo foto e historial del criminal, la policía no podía hacer mucha cosa. Hacía dos días que la mujer estaba muerta. Solo el olor hizo que alguien se percatara. En el momento que echaron la puerta abajo el tipo en cuestión ya podía estar a cinco mil kilómetros, o muerto. Ya podía tener una cara distinta. Era funcionario según se supo, así que no es que estuviese podrido de dinero, pero claro, si pretendes matar a alguien y desaparecer, pues bueno, ahorras. La habitación continuó acordonada por la policía durante días, no fuera que un día volvieran y el culpable estuviera debajo de la cama. La policía sabía que allí ya no iba a haber nada nuevo que ayudase. Se tuvo en cuenta lo de hablar con familiares, pero ninguno de los dos tenía, o no parecían tenerlos, como si la gente solitaria se dedicara a matarse entre sí para pasar el trance. Nadie despidió al cadáver de la mujer. Algo cambió para que todo resultase más tétrico, cuando en la autopsia, el cadáver abierto no tenía corazón. La policía había pensado en quince puñaladas certeras, pero nadie había metido una linterna en el boquete que la mujer tenía en el pecho. Había un detective con el caso asignado. Había un equipo policial que seguía investigando. Pasaban los días, pero aquello no salió a la luz pública más que como un crimen pasional que engordaba la estadística. El jefe de policía, un mes después de abrir la investigación, recibió una carta. En ella se <<aconsejaba>> a la policía abandonar el caso, cerrarlo, por cuestiones de seguridad. El detective privado también recibió la carta. Abajo, en la esquina inferior derecha, había un sello en el que se leía: Ministerio de defensa. El detective privado llamó al jefe de policía. Y el jefe de policía masculló: Acabo de hablar con el ministro de defensa. Y qué, masculló el detective. Entonces el jefe de policía dijo con tono perturbado: Me ha dicho que la muerta ya tenía trescientos años.

 

 

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3 comentarios en “Caso cerrado

  1. Gracias por el halago, de todas maneras, por aquello de renovar el blog a diario a veces me da la sensacion de que no maduro lo suficiente los relatos. Este ansia…
    En fin, un saludo a los que se pasan por el blog de vez en cuando.

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