Apatía

Una de sus amigas me dijo que yo le gustaba. Gustarle a una amiga de mi hermana no era muy… ¿apetecible?

Mi hermana me odia porque es mi hermana. Sé que me quiere, pero me odia, como he dicho, es mi hermana. Y su amiga Marta me llevó a un lado en la discoteca, y comenzó a hablar conmigo con un vodka en la mano, y después con otro vodka, sonriente, y después con otro, hasta que me lo dijo: <<Me molas>>

Puede sonar pedante: no es la primera vez que me pasa. No la rechacé pero ya no recuerdo lo que le dije, pero hablé, y ella se fue a pedir otro vodka. Este tipo de experiencias conllevan un cebamiento de la autoestima, sí, pero esa sensación es anulada a veces por otra que la substituye radicalmente: ella no me gusta.

 

Hace dos minutos que he despertado, es domingo, Marta fue ayer, pero por algún motivo ya queda muy lejos. La cabeza me duele y durante un segundo creo que no lo voy a poder soportar. Me tomo dos aspirinas. Mientras intento tragar la segunda mi hermana entra en el lavabo con unas bragas y una camiseta blanca. No la puedo ni ver. El incesto nunca fue algo tan imposible. Me entran nauseas si topo por Internet con un relato guarro tipo “Yo y mi hermana” o “Con mi hermana”, es insoportable. La odio, y también a mis padres, es así, a tu familia no la puedes elegir, dicen, y es verdad, joder.

Pero sí puedes elegir todo lo demás, o casi todo. Intento comer algo y mi hermana murmura cansinamente;

– Marta ayer me dijo que la dejaste en ridículo.

Evidentemente no voy a decir nada, no voy a complacer a mi hermana con una explicación, porque además no se a qué coño se refiere. Así que sigo intentando tragar los cereales, como si fueran alambres de espino.

Al salir a la calle con el dolor de cabeza aun mucho más presente que cualquier otra cosa, topo con Marta, joder. Joder, vuelvo a pensar. Y así repetidamente, hasta que ella sonríe.

– Hola – dice.

– Hola – digo.

Y después nos dijimos mas cosas, yo me intenté disculpar, o algo así. Y recuerdo que ella quedó satisfecha, o algo así. Y se acabó la conversación. Y después pasaron cuatro horas. O algo así

 

Y ahora ya son algo así como las siete de la tarde y ya no recuerdo nada más. Muchas veces no recuerdo las cosas como cuando no recuerdas lo que comiste ayer.

Estoy de vacaciones, y estar de vacaciones puede ser mortalmente aburrido. La vida te tiene tan acostumbrado a la ocupación constante que no sabemos apreciar el abandono y la apatía. Escribo un relato que se llama “Apatía”, arrugo el folio y lo tiro a la basura. Después ceno ignorando a mi hermana y asintiendo mecánicamente a mis padres cuando oigo ruido salir de sus bocas. Después me acuesto. La vida sigue, de momento, normal, y con ese sentimiento de no estar en la época adecuada, ni con la gente adecuada.

Despierto al día siguiente y me encuentro genial. Mi hermana entra a mi habitación y me da los buenos días. Además lleva mi desayuno en una bandeja, completo, tostadas y todo; sonríe como si yo le cayera bien.

Pero después despierto de verdad. El dolor de cabeza aun vuelve a ratos, la habitación está vacía. Voy hacia el lavabo pero mi hermana lo tiene ocupado, y gruñe algo cuando le grito que me estoy meando. Mi padre pasa por el pasillo y dice algo. Mi madre hace lo mismo.

Después, caminado, después en un bar, después comiendo, después… Marta… otra vez… en un parque.

– Hola – dice.

Y justo en ese momento arruga la frente por el sol y utiliza su mano derecha pequeña y rosada como visera. Quizá es por el modo en que saluda y se mueve, y descubro extrañado que me está empezando a gustar. De golpe y porrazo todo se vuelve horrorosamente complicado, extraño, se me revuelve el estómago.

– Hola – digo –, oye…

– Que… – reacciona muy rápida.

– Dónde… ¿Dónde vas?

– Oh, a comprar…

– Y… no… ¿no estas enfadada? – sonrío -, … conmigo… o…

– No. – responde rotunda.

Le digo si la puedo acompañar y acepta, creo que muy extrañada, sin entender nada, pero contenta. O a mí me lo parece. Y simplemente caminamos, no demasiado juntos, sin decirnos nada, o casi nada. Ella compra lo que tiene que comprar, y después la acompaño a casa. Sencillamente. Así de sencillo. Me da su teléfono. Le doy el mío. Y esa noche no puedo dormir.

 

Pasa una semana y no he vuelto a ver a Marta, y descubro que se me va de la cabeza con facilidad, y que quizá no me gusta como yo creía. No pienso en ella casi nunca, duermo como un tronco, y no me paso el tiempo muerto dudando ante el teléfono. Está claro que ha sido una falsa alarma, y que como mucho lo que despertó en mi fue pura atracción animal, quizá por el morbo de que sea amiga de mi hermana, lo cual al principio me asqueaba. Además ella tampoco llama. Seguramente piensa que ya ha gastado suficiente orgullo.

En el fondo sé que me engaño a mi mismo, como tantas otras veces.

 

Pasados los días Marta se convierte en una anécdota pasada de doble filo. No la llamo ni me llama, así que nos ignoramos mutuamente, en una competición para ver quién aguanta más. La quiero y me quiere. Pero el orgullo está de por medio. El orgullo es la mayor enfermedad del ser humano cuando se trata de querer a la otra persona sin excusas ni filtros; el orgullo, seguido muy de cerca por la vanidad. Y si la vanidad se mezcla con el orgullo nace el odio por la persona amada, y supongo que de ahí es de donde provienen las relaciones de amor/odio. Pero de momento Marta y yo sólo nos ignoramos, de forma enfermiza, y los dos estamos a un paso de tocar fondo, o al menos, yo me siento así, derrotado por mi absurda forma de ser.

 

Y es verdad, mentía. Ella no se me va de la cabeza, me cuesta mucho dormir por las noches, y me paso mucho tiempo confuso y asustado mirando el teléfono como si fuera su cara. Pero el error es mío, porque espero a que llame ella. Lo que no quiero aceptar es la puta realidad: Ahora me toca a mí. Ella ya se ha puesto en ridículo delante de todos, comiéndose lo que los humanos nos creemos que nos hace personas; el aparentar; la seguridad; el que los demás te respeten porque nunca vas a mostrar debilidad por nada, y sobretodo por nadie. (En realidad, esa actitud que recrimino de la gente nadie reconoce tenerla, pero créeme, está ahí, acechando, y haciendo que los demás nos evalúen según esos parámetros.)

Y el puto teléfono no suena.

Y últimamente, además, bebo cantidades ingentes de vodka.

Y nunca más volví a hablar con Marta.

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Un comentario en “Apatía

  1. qué dificiles son las cosas cuando no queremos ver lo que tenemos delante…¿por qué nos cuesta tanto dar el paso? ¿Ser sinceros? habría sido tan facil responderle con un beso, o una mirada…pero el miedo al ridiculo, a fallar, nos frena y nos impide hacer lo que realmente deseamos…

    yo me he visto en la situación contraria, hermanos de mis amigas tirandome los trastos…y siempr me he comportado “ohdiosamente” dandoles largas, siendo realemten mala con ellos….pero esa es otra historia.

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