El Mark Twain

Caminando por la enorme urbe, maletas en ristre, mi primer día, tuve que mandar a la mierda a una echadora de cartas, que no paraba de decir en inglés que me quería leer la mano, que era barato. Y todo eso en plena calle, a mí, que no creo en nada.

La empresa para la que trabajaba tuvo la generosidad de instalarme en un hotel de tres estrellas. Y no es sarcasmo. Estaba en San Francisco. Era agente de ventas. Era el hotel Mark Twain. Allí conocí a Violeta.

Violeta siempre tenía el aspecto de un hombre que se había disfrazado de mujer que se había intentado disfrazar de espantapájaros. Llevaba colgantes y pulseras por todos lados y le tintineaban al mas mínimo gesto. Parecía la única persona que hablaba en español de todo el hotel, pero no podías asociar su acento a ninguna bandera o prejuicio.

No sabía de dónde era Violeta.

Por las noches, en la cutre barra del bar que ofrecía las instalaciones del Twain, conversábamos.

Sí, Violeta era un tío. Pero solo por fuera, decía. Su mayor desgracia era que se parecía a cualquier persona bajita y arrugada. Violeta ya era viejo. Pero no había perdido el deseo de ser del todo mujer algún día. Hablaba con esa voz ronca en falsete que ponen las Drag Queens, como un mal cantante pop de los que fuerzan la voz y no saben escribir.

En el hotel, por las noches, desde mi habitación, podía oír los gemidos de la habitación de al lado, que casaban a la perfección con mi insomnio. Las tres estrellas del hotel cada día apestaban más a dos. Estuve unos cuantos días en el Mark Twain; los suficientes para que mi vida fuera otra a partir del Mark Twain. A partir de Violeta.

Hace años me diagnosticaron una hernia discal crónica. Inoperable. Ni tan siquiera puedo cagarme en las listas de espera de la seguridad social. Ni tan siquiera puedo hacerme la víctima. Se lo comenté a Violeta con un whisky en la mano. Me preguntó que si te habitúas, o si es insoportable. Le dije: ¿Sabes esa sensación, después de haber dormido nueve horas, de que te sientes como nuevo?… pues para mí ya no es posible. La hernia se ha quedado conmigo, para siempre, como un recuerdo traumático, sólo que el recuerdo es un dolor itinerante, que a veces está en un brazo y a veces en otro, y otras veces simplemente te duele la espalda, y no lo puedes solucionar. Toda tu juventud – le dije – se ha convertido en una farsa; ya no eres inmortal, y lo recuerdas cada mañana con sólo moverte.

Ella reaccionó con su voz en falsete: Pobrecito…

Violeta se ponía cada noche un modelito distinto. No sé cómo se los pagaba, y no se lo pregunté.

Una noche Violeta llevaba un traje de chaqueta Armani con un bolso a juego de Versace. Uñas postizas, un maquillaje sutil, y joyas por todas partes. Y con todo, seguía pareciendo un espantapájaros. Yo le dije que le quedaba muy bien. También le dije que el único complemento que yo llevo siempre es una prenda muy fina y sutil, aunque contundente, que se llama nihilismo. La gente decide como me queda cuando habla un rato conmigo.

Oh… – dijo Violeta -, la gente que no cree en nada me abruma, no creen en el control, y os pensáis que todo el mundo se equivoca a vuestro alrededor…

Es verdad – dije – no creemos en el control, porque el control de las cosas es algo casi ajeno a nosotros. – Le dije, endiosado -: Todo lo que nos rodea nos controla. No somos libres, Violeta.

Violeta a veces me hablaba sobre sus futuras operaciones de cambio de sexo, y otras veces me mentía, con toda naturalidad, sin importarle que yo lo supiera.

– Cuando era una chiquilla – me comentó – me tiré a un tío que parecía joven.

>>Tú nunca has sido una chiquilla.

– Y cuando acabamos de hacerlo, en la cama, sacando un cigarrillo, me dijo que en realidad tenía sesenta y cinco años. Estaba operado por todas partes. Me sentí como cuando te has comido un yogurt y te da por mirar la fecha de caducidad y hace un mes que…

>>Mentiroso. Mentirosa.

Violeta pasaba de la realidad a su ficción inventada sin preocuparse por lo que yo pudiera pensar. Sólo me fiaba de Violeta cuando hablaba de colágeno y de su futura vagina, cuando hablaba de la grasa que le extraerían de los muslos para ponérsela en los labios. Sólo me fiaba de ella cuando decía que su futura vagina tendría casi la misma sensibilidad que la de las mujeres que no han nacido encerradas en un cuerpo de hombre.

Cada día en el Mark Twain resultaba más extraño que el anterior. Cada conversación era más dura que la de ayer. Paranoias. Nadie escribe el guión de tus pesadillas, puede que no tengan forma ni sentido, pero sigues sintiendo alivio al despertar de ellas. El Mark Twain fue la pesadilla que después me hizo sentir alivio. Funcionaba así: Optimismo, después pesimismo, y al final nihilismo. Pero el proceso, allí, se invertía en mí.

– ¡Vaya!… qué duro. ¿Y por qué eres así? – me recriminó un día Violeta, gritonamente.

Aquella tía – dije – no paraba de seguirme. Iba con las maletas en ristre. Y yo no creo en esas cosas…

– Te encanta no tener fe en nada…

– La verdad es que puedes llegar a cogerle el gusto a lo del nihilismo. Nada te decepciona. Un optimista tiene que caer y levantarse cada dos por tres, decepción tras decepción. Y yo mientras tanto, les miro desde abajo, y me pregunto: ¿Qué pasa? ¿No están cómodos aquí? Joder… desde aquí sólo se puede subir. Y no hace falta empeñarse en estar siempre arriba. Es demasiado jodido mantener el equilibrio siempre arriba. Desde abajo cualquier detalle positivo en tu vida se convierte en un acontecimiento. Casi se podría decir que el pesimismo es el optimismo moderno.

Violeta me hablaba a menudo de amantes que había tenido. Todos amantes falsos. A mí me venía a menudo un cuento de Poe a la cabeza. En él se limitaba a describir como Fulano o Mengano había sido enterrado el día tal en tal población. Después la familia decidía desenterrar el cadáver, por cuestiones burocráticas la mayoría de veces, y se encontraban la tapa del ataúd arañada por dentro. El relato sólo era una sucesión de eso; gente que se despertaba dentro de un ataúd, conscientes y aterrorizados, y lo único que podían hacer era destrozarse los puños y las uñas contra la madera hasta que, a menudo, les mataba el hambre antes que la enfermedad. Desde entonces esa es mi máxima pesadilla: Un error medico.

Una equivocación humana puede matar. Mata. Hoy en día no es tan probable como antaño. Quizá la confianza sea ahora la mayor enemiga. Una maquina emite un pitido constante, el medico te coge la muñeca, y al día siguiente despiertas dentro de una caja de madera, a oscuras, enterrado, vivo.

Así que cuando la gente me habla de sus desamores y desgracias yo les miro y pienso que, bueno, al menos aun no te han enterrado vivo.

Optimismo moderno.

Violeta supo responder a mis cavilaciones sobre las pesadillas olvidando el tema.

Me contó:

– Una vez una amiga mía se tomó una pastilla que alguien le había vendido en una discoteca. Ella nunca había tomado drogas, jamás. No bebía. No fumaba. No recuerdo el nombre de la droga, pero da igual. La minúscula pastilla hizo que mi amiga quisiera salir de la discoteca. Hizo que quisiera acostarse en su cama, en su casa. Hablaba balbuceando. La droga en cuestión hace que tus músculos se relajen tanto que tu sistema nervioso deja de funcionar.

Y yo le pregunté a Violeta:

– ¿Y?… ¿Qué pasa?

– Se llama Anoxia. Te mueres.

Compartir cavilaciones en el Mark Twain con Violeta era relajante. Pero cuando llegaba la hora de acostarse volvían los gemidos. Siempre a la misma hora. Y siempre con los mismos gritos orgásmicos al final. No me dormía hasta una hora después del sexo ajeno.

Y otro día de mi pesadilla;

– La vida es triste, pero maravillosa – defendía Violeta, con la garganta en carne viva, con todo su maquillaje; con toda su vida de aventuras falsas y un futuro brillante.

Y continuó diciendo:

– Pero tienes parte de razón. Quizá lo único que nos mantiene vivos y alerta es la curiosidad. Albergar demasiada esperanza, en general, a la larga, puede ser letal. Te puede sumir en una muerte en vida.

– Vaya – sonreí yo -, no quería contagiarte.

– No, es verdad, cuando sabes que una cabeza humana suena igual que un huevo al romperse contra el cuelo, sonríes cuando te hablan de esperanza. La esperanza… es un chiste malo, en serio…

No supe qué decir ante ese comentario, ¿la cabeza, el huevo…?

Decidí que Violeta había sido veterano de guerra. Seguramente tiene aún más edad de la que aparenta. Pero no quise preguntar. Me daba demasiado miedo hurgar en su vida ya gastada y llena de parches.

El último día en el Mark Twain sentí pena de tener que dejar aquello. Me desperté y noté otra punzada, aparte de la de la espalda.

Pasé el día de arriba abajo. Y por la noche me reuniría con Violeta, para poner el mundo en su sitio;

– La vida está sobreestimada – dije, borracho, en algún momento de la conversación.

– Ja ja ja, es esperanzador hablar contigo cada día, cariño – replicó Violeta -. Si un día llenas la bañera de agua caliente y abres un cajón de la cocina y coges el cuchillo más eficaz que tengas, entonces te meterás en la bañera, y recordaras que hay demasiadas cosas que quieres saber cómo van a acabar. La curiosidad, cariño. Eres demasiado despierto para acabar tan pronto. Quieres saber qué será de ti.

– Sí, es verdad, pero me refería a la vida en general. Hay un montón de gente que no sabe qué coño hace en el mundo. Se arrastran por sus trabajos y sus matrimonios más o menos convenidos, se conforman y pasa un año tras otro, y a eso lo llaman vida. Sí, la vida está sobrevalorada, y no digamos ya si atravesamos fronteras. Tres cuartas partes del mundo te dirían más o menos lo mismo que yo si te contestaran con sinceridad.

– Estás animado el último día, eh… estás especialmente lúcido. No sé qué coño decirte a eso, la verdad. Eres como un abogado implacable. Podrías defender al diablo en un tribunal.

Silencio

Más silencio.

Violeta estaba pensando en contarme algo.

– Sabes… – comenzó -, hay una leyenda muy curiosa que siempre se cuenta en este hotel:

>> Robert Cohen era un multimillonario de los años cincuenta. Casado, tres hijos. Se dice que en el año 1955 vino un día a este hotel y alquiló una habitación. Con él iba una chica rubia de unos veinte años. Nadie le conocía en este hotel, no había peligro de que su mujer se enterara de nada. Así que subieron a la habitación y comenzaron a hacer el amor. Y al día siguiente se los encontraron muertos, a los dos. Nunca se supo qué pasó. Desde entonces dicen que quien habita en la habitación de al lado oye gemidos por las noches.

-Oh… – tragué saliva – ¿no se… sabe de qué murieron?

– Yo siempre he pensado que el tío se la folló demasiado fuerte. Te entra aire en la vagina y lo empujas hacia dentro con demasiada fuerza. El aire llega a tu corazón tarde o temprano y…

– Pero…

– Y a él le pudo dar un infarto…

Fue mi última conversación allí. Me despedí de Violeta mintiéndo diciéndole que volvería a San francisco en unas semanas. Una mentira a cambio de mil. Después me fui a hablar con la chica de recepción del hotel. No me quiso cambiar de habitación.

Esa noche no hubo gemidos.

Por la mañana, temprano, me fui, otra vez maletas en ristre. Vi a la mujer echadora de cartas, con una pequeña mesita en la calle. Al otro lado de la mesita tenía un pequeño taburete para clientes.

Optimismo moderno.

Dejé mis maletas a un lado y me senté en el taburete. Me reconoció. La miré, era más joven de lo que pensaba. Le dije que quería de sus servicios, que qué tenia que hacer.

De cerca, tenía la cara llena de pecas. Se le humedecieron los ojos.

 

 

san-francisco.jpg

 

 

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4 comentarios en “El Mark Twain

  1. mmmmm delicioso, cómo lñas conversaciones con desconocidos, con gente anónima, pueden abrir nuestros ojos y nuestra mente a otras dimensiones, historias que nos cambian la forma de ver la vida…me encanta el personaje de violeta…

  2. A veces los desconocidos nos hacen ver las cosas de otra manera, precisamente porque no nos dicen lo que esperamos oir. Y es que ese es el fallo a veces de los que tenemos cerca: solo nos dicen lo que esperamos. Necesitaríamos más sinceridad
    Saludos

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