Vomitar letras

Carlos le dice a Mónica: La verdad es que es muy denso.

– ¿Sí?

A mí me parece que sí. Escribes muy bien, pero cuando te leo tengo la sensación de… hundirme en arenas movedizas, me siento impotente ante el texto.

– Ya…

Suena muy mal dicho así, pero no te desanimes. Tranquila.

– No…

No te preocupes, Mónica. Tienes madera. Solo tienes que pulir el estilo.

– ¡…!

El aula del taller de escritura creativa está vacía. Para Mónica oír las críticas de un autor publicado es como escuchar la voz de algún tipo de conciencia colectiva. El autor dice: Prueba con las frases cortas, puede estar bien para retratar según que momentos. Dice: Experimenta.

Mónica siempre quiere quedarse un rato al final de las clases para pedir consejo, para ver que tal le ha salido el último relato. Tu última paja mental narrativa parece muy interesante hasta que alguien te dice: Prueba con frases cortas, pero no te pases, o el relato sólo parecerá un telegrama con pretensiones. Te dicen que tienes talento pero que aún no lo tienes. Mónica siempre saca la conclusión de que ya mismo va a dejar de escribir. Durante la clase, en el taller, la gente presenta sus propuestas, y la mayoría te parecen basura leída en voz alta. Las personas van por ahí pensándose artistas. Mónica siempre retiene una mueca, cada vez que tiene que opinar sobre un relato ajeno, piensa: Es un aburrimiento, o, las descripciones son largas y pesadas, o, quiere resultar poético pero resulta ridículo. Sin embargo, después de pensar eso, mira al autor del relato, y dice algo como: Me ha parecido original.

Por eso, durante la clase, se muestra poco participativa. La gente procura no dañarte diciéndote: ¡Está muy bien, sigue escribiendo! Sin embargo, a solas con Carlos, él no tiene problemas en decir que leerte es como buscar lirismo en la guía telefónica. No es que sea tan duro. Dice lo que piensa. Por eso Mónica siempre espera a que se vacíe la clase para preguntar si su último relato sigue mereciendo que lo tiren al montón de los anteriores.

Qué ojos más grandes tienes. Stop. Son para verte mejor. Stop. Qué boca más grande tienes. Stop. Aaaargh. Stop.

… si te centras en la cuestión del estilo, mejorarás.

El escritor publicado sigue con su perorata mientras Mónica ya tiene la cabeza en otro sitio. Stop. En su boca. Stop. En la entrepierna del escritor publicado. Stop. Mónica se siente atraída por él, aunque no sea falso el interés por escribir. Es una atracción meramente hormonal. Buscando un símil a cuento, digamos que aquí Shakespeare no tiene nada que hacer contra Bukowsky.

Mónica sale del aula después de despedirse de Carlos. El escritor publicado siempre habla de empaparse de la realidad; lo llama: <<los pequeños momentos>>. Pero al referirse a pequeños momentos el escritor no habla de la sonrisa de un bebé o del primer beso. Habla de cuando una persona que te gusta te está contando cosas interesantísimas y reflexivas, y tú sólo piensas en que lo interesante de verdad sería saber si tiene pareja. El escritor publicado te dice que cuentes lo que se te pasa por la cabeza, y no lo que pasa de verdad. Cuenta lo que te pasa de verdad si es más interesante que lo que escondes. Y desde ahí, dice el escritor siempre, no te avergüences, vete a la ficción. Porque tu cabeza no se limita a subrayar la realidad con recuerdos anodinos. Tu cabeza está llena de esas posibilidades de realidad que aún no son ciertas; tu realidad a la espera o inexistente. Esa realidad probable y falsa es mucho más interesante. El escritor dice: Si un personaje resulta ser un fiasco y no quieres reescribirlo todo, que haga las maletas, o mátalo. Si describes sólo la realidad, el personaje anodino tendrá que seguir ahí, y probablemente provocará bostezos en el lector.

Los consejos de Carlos, el escritor publicado, eran directrices lo suficientemente claras y sugerentes para Mónica. Pero no eran esas las cosas que les decía a los alumnos durante el taller. Durante el taller de escritura, si el escritor publicado se hubiese disfrazado de animadora para con sus alumnos, la cosa no hubiese sido tan distinta. Los consejos de verdad te los daba al oído; de cara a la galería no es <<correcto>> decir según qué. En clase leían a Poe, o a cualquiera que fascinara al escritor publicado, y después, cuando llegaba el momento de leer relatos de gente viva y en el aula, el escritor sólo podía agitar sus pompones.

Durante la siguiente cita semanal en el taller de escritura los alumnos se turnan para leer 1984. Las clases no tienen una duración concreta, pero normalmente duran unas dos horas. La segunda hora es para las creaciones del alumnado. Llega cierto momento en que el escritor anima a alguien a leer su relato semanal. Ismael, un chico menudo de no más de veinte años, se levanta y lee:

“En su tercer año de soledad, Maria Isabel no supo con certeza si su vida ya podía arreglarse. El amante del pasado se fue. Y el tiempo se convirtió en una división de segundos que parecían años. El amante del pasado no quiere volver. Maria Isabel no quiere seguir.”

Muy bien, dice Carlos, ya puedes sentarte. Y el escritor se dirige a los demás: ¿Qué os ha parecido el texto de Ismael? ¿Qué os ha sugerido? Alguien dice: Me ha parecido interesante. Alguien murmura: Era bonito. Melancólico, añade alguien. Mónica se hunde en su silla. El escritor la mira. Mónica niega de forma casi imperceptible con la cabeza. El escritor anima mirando al techo: Venga, quién quiere leer el suyo. La segunda hora transcurre lenta. Mónica no consigue que nada de lo que oye le guste. Todo le parece un refrito de tristeza y arco iris y lloros contenidos, todo es poesía cargante, como esas señoras de edad que dejan un rastro de colonia exagerado si se te acercan. Mónica no oye nada sutil, elegante, o simplemente sugerente. Sólo espera a poder hablar en privado con Carlos, su escritor publicado, la voz de la conciencia colectiva.

La segunda e interminable hora al final termina. Los alumnos salen mientras Mónica no se mueve de su silla. Los alumnos piensan, claro, que Mónica se folla al escritor. Carlos apila las hojas de relatos que todos van dejando en su mesa. Alguien cierra la puerta. El murmullo ahora está en los pasillos. Carlos mira a Mónica, y pregunta: ¿Por qué nunca te ofreces para leer tus cosas?

– …

No tendría que decirlo, pero eres la que mejor escribe. Y nunca quieres leer.

– ¿Soy la que mejor escribe? – Silencio corto. Un grillo se oye apagado al otro lado de las ventanas. El escritor murmura a media voz: No te rías de mí.

Mónica, casi susurrando:

– Gracias…

No es que yo te critique por que sí. Solo intento que te abras y que no piensen todos que eres huraña. Porque no lo eres.

– Ya… mmh…

¿Mmh?

– No sé qué quieres que te diga. La verdad es no sé ni por qué me he quedado hoy. No tengo nada que decir.

Como nunca lees lo que traes, pues… sólo te puedo hablar del relato de la anterior semana. Me gustó, pero sigo pensando que te pierdes alardeando de lenguaje y vocabulario, hay frases larguísimas llenas de comas en las que resulta muy difícil no naufragar leyendo.

– …

Y… te repites bastante con los personajes. Siempre están asqueados. Deprimidos.

– ¿Y?

Bueno, que a lo mejor podrías probar con algo más vitalista.

– ¿Pero no decías que escribir era algo orgánico? ¿Que sale de dentro? A mí no me sale nada vitalista. Y no puedo forzarlo. Porque – mira a las sillas vacías – acabaría escribiendo como los demás. Te quieren vender colonia y sólo consiguen agua destilada. Perdona, pero…

El escritor publicado asiente, pero calla. Luego coge su cartera de cuero marrón. Dice que tiene que marcharse ya.

– Sí, vámonos…

En la calle está cayendo una lluvia débil, tímida. El escritor se va en dirección contraria a la de Mónica. Ella se detiene y se vuelve a mirarlo. Las gotas forman puntos minúsculos en la gabardina del escritor publicado, que camina apresurado. La cartera de cuero marrón se empapa enseguida. Mónica escribe en su cabeza: El aula del taller de escritura creativa está vacía. Para Inés oír las críticas de un autor publicado es como escuchar la voz de algún tipo de conciencia colectiva…

 

 

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5 comentarios en “Vomitar letras

  1. Ando con mil cosas y casi sin tiempo, así que me tocan deberes esta noche leyendo tus relatos…

    ¿Cómo te da la neurona para publicar tanto (y tan bien)? 😛

    Besitos.

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