Romanticismo

Miro la mesa del comedor y un punto negro se agita, minúsculo. De un manotazo lo echo al suelo. Marisa dice que hay que llevar cámara de fotos. Que de viaje hay que fotografiarlo todo. El bicho agoniza en el suelo. Digo que sí, que haga lo que quiera, pero que yo no hago fotos cuando viajo. ¿No haces fotos? Le digo que no. ¡Entonces no tendrás recuerdos! Sí que tendré recuerdos, pienso, ¿qué coño tienen que ver las fotos con los recuerdos? Sólo hace dos meses que la conocí. A Marisa. Tuvo curiosidad por mí porque la ignoraba. Pero evidentemente no la ignoraba, y llevando un mes juntos planeamos un viaje a París porque <<viajar a París es muy romántico ¿verdad, cariño?>>. Yo accedí, porque a pesar de mi frialdad congénita, ella me encanta. Su físico hace bastante. La diferencia entre nosotros es que a ella le gusta todo <<lo que se hace>>. Lo que se hace cuando se viaja. Lo que se hace en Navidad, etcétera. Pobre de mí si despierto el día de su cumpleaños sin recordarlo. De vez en cuando la voy a buscar a su casa con una rosa y parece que se muere de la ilusión. Si ella me gusta es porque toda esa dulzura no parece premeditada; no es que sea optimista o pesimista. Lo que Marisa te transmite es que no hay motivo para venirse abajo, y lo que tiene mérito es que no le hace falta argumentártelo; no hay motivo y punto. La espero con una maleta hecha, en el comedor de su piso. Ella va del comedor a su cuarto una y otra vez. Le digo que se va a olvidar algo seguro, porque se quiere llevar demasiadas cosas. ¡No seas cafre! Viene y me da un beso en los labios y vuelve a su cuarto. Luego viene al comedor otra vez y se queda quieta, pensando: qué me dejo, qué me dejo. Digo: ¿Ya está todo? Creo que sí. ¿Seguro? Y otra vez se va como un rayo a su cuarto. No es que no ponga a prueba mi paciencia, es que estamos en esa fase de atontamiento mutuo, cuando sólo hay presente, y hacerse preguntas sobre el futuro podría apagar la llama y sería una estupidez. Marisa vuelve de su cuarto con un neceser. La ayudo a meterlo en uno de los bolsillos de la maleta. Me dice que si <<¿te estoy haciendo esperar mucho, cariño?>> No, tranquila. Dice que se tiene que maquillar, pero que enseguida acabará. Oigo cómo se cierra la puerta del lavabo y se corre el pestillo. Me siento en un sillón. Todo en este piso parece comestible, como si las lámparas fueran de azúcar o pudieras arrancar un trozo del mármol de la cocina porque es chocolate; todo es infantil y de color pastel. Todo huele a <<Te estaba esperando>>. Marisa sale del lavabo en apenas tres minutos. Casi no se le nota el maquillaje. Cada vez que tarda tan poco en salir del lavabo me siento culpable, porque una vez le dije que las chicas no me gustan con demasiado maquillaje, pero la palabra fue: <<potingue>>. La primera vez que la vi llevaba un vestido rosa, masticaba chicle, y su sombra de ojos la hubiera metido sin problema en el casting de Batman forever. Pero volvamos a ahora. Llevamos una maleta cada uno. Me ofrezco a llevarle la suya hasta el coche, pero la aparta de mí en un gesto de feminismo involuntario. Me gusta que casi todo en ella sea puro. Casi nada de lo que hace tiene su origen en fuertes cimientos ideológicos, y al contrario de lo que pensaría mucha gente, a mí me parece una actitud auténtica. Los <<porqués>> sobran en ella; cuando te coge la mano, no está pensando tanto en lo cariñosa que tú piensas que es como en que le apetecía cogerte la mano. Es como si no supiera de la tendencia de muchos hombres a ser unos hijos de puta cuando tratan con chicas como ella. Me la imagino perdonándome sin problema una infidelidad. Me la imagino riéndose ante un chiste machista fuera de tono. Me la imagino siendo el sueño húmedo de un misógino. Pero sólo es eso, mi imaginación. Porque no es tonta. Quizá en lugar de enfadarse histéricamente por follarme a otra, sólo lloraría. Pero luego yo no volvería a verla.

Cogemos un taxi que nos lleva al aeropuerto. El taxista habla de un partido de fútbol que se jugó ayer. Me limito a subrayar cada comentario, para hacer reír a Marisa. Yo antes era un fanático del fútbol, hasta que descubrí que la prensa deportiva podría ser mensual en lugar de diaria. Todo el ambiente que rodea al fútbol acabó por alejarme del mundillo. Veo un partido de vez en cuando, y detalles que parecen insignificantes y sin sentido se convierten en portada al día siguiente. Al igual que la prensa del corazón, la prensa deportiva sólo vende humo. La paradoja surge cuando en unos tiempos en que la gente cada vez es más incrédula y cínica, tanto una prensa como la otra son una empresa segura en ventas. Las mentiras divertidas son la nueva cultura, la nueva prensa, la nueva televisión, la nueva pornografía aceptada. El taxista murmura: Oiga, no se ría de mí. Le digo que se calme, que no me estoy riendo, pero que no vi el partido. Pues se perdió un partidazo, me dice.

Caminamos por el aeropuerto con nuestras maletas rodando. Ella está tan ansiosa con París, y con viajar en avión (es su primera vez), y con agarrarse a aquella barrera metálica antisuicidios de la Torre Eiffel para mirar abajo, que sólo podrías anular su luz dejándola inconsciente de un golpe en la cabeza. Si un día toda esa ilusión se vuelve contra ella por los avatares de la vida, no quiero ni pensarlo. Me siento el guardián de su naturaleza. Lo que ella es no debe perderse. Tengo cierta esperanza de que me contagie algo de su honestidad, de su sinceridad inocente. Quiero dejar de ser yo, para convertirme poco a poco en ella. Ser su versión masculina no estaría mal, aunque después el resto de la gente nos odiara por querer convertir la existencia en una nube rosa.

Ya sentados en el avión, con aquellas estrecheces propias de quien no va en primera clase, Marisa lo inspecciona todo, mira por la ventana: ¡Mira, ahí está el ala! Las azafatas comienzan con las indicaciones en varios idiomas. Hay una densa capa de nubes. Cuando el avión despega y la atraviesa, Marisa mira fascinada la alfombra blanca que hay debajo del avión. ¿Estás mareada?, digo yo. ¡No!, responde, como si eso fuera imposible. El vuelo es algo emocionante para ella y una forma de romper la rutina para mí. En un momento de agitación, pasa el rato en avión que hay hasta Paris. Y. El avión comienza a descender. La voz de alguien nos ordena amablemente que nos pongamos los cinturones. Me lo pongo y veo que Marisa tiene problemas para ponerse el suyo. Intento ayudarla. Mierda, suspira. Tranquila, susurro, de todas formas no iba a pasar nada. Al final el cinturón cede, y Marisa resopla como si hubiera estado apunto de morir. Mi cinismo, cada vez menos habitual, nunca ha hecho mella en ella. Nunca lo ha visto como un obstáculo, sólo como un acto reflejo en mí, en el que ella, adrede, no repara.

El aeropuerto “Charles de Gaulle” ya es para Marisa, según dice, como otro mundo. Aplica en nosotros lo de mi cinismo con su inocencia. Cada vez más se está convirtiendo en el ser más entrañable de mi mundo. Toda la demás gente es despreciable, interesada. Todos estamos podridos menos ella, y yo estoy con ella. Todos piensan que a mí me gusta porque la debo poder manejar, porque es una niña de parvulario encerrada en una veinteañera. Mucha gente que conozco piensa que soy algo así como un pederasta, sólo que mi víctima es mayor de edad. Nuestra historia no se basa en un choque de pensamientos y pareceres. No me interesan tanto sus opiniones como sus abrazos. De todo eso me está contagiando ella. Si hace cinco años alguien me hubiera dicho que acabaría hablando de abrazos, creo que por aquel entonces, sólo podría haber reaccionado vomitando. Y no por un ataque de risa. Sino por esas cosas que procuras no contar. Porque fui alcohólico adolescente. Hasta este punto puede cambiar una vida. Yo era un tipo duro que fumaba y bebía. Ellas sólo eran una colección de agujeros.

Lo primero que quiere hacer Marisa una vez hemos conocido nuestro refugio de dos estrellas, es subir a la Torre Eiffel. Como para negarme… Nuestro hotel está a unos cuarenta minutos a pie del monumento, y a unos cuantos problemas idiomáticos si no tienes un mapa; está a unos cien comentarios de Marisa sobre lo bonita que es la ciudad. Y a unos cinco cigarrillos míos.

Llegamos.Y después de pasar por taquilla, y rodeados de gente e idiomas mezclados, al fin, subimos.

 

Arriba, rodeados de la verja de alta seguridad, los afectados de vértigo se arrinconan hechos un ovillo mirando al suelo, esperando a que el grupo de amigos acabe de una vez de hacer fotos, y de decidir si van a escupir desde allí arriba aprovechando ese momento único. Marisa no lo ha de saber, pero yo ya vine aquí con el colegio; y lo malo, es que no ves como tu escupitajo se deforma y divide con el aire, por culpa de un montón de gente que antaño no encontró suficientes motivos para vivir.

Marisa hace fotos en todas las direcciones. El viento es frío y resulta molesto. Ella se me acerca y le da la cámara a alguien que debe estar pasando calor aquí, teniendo en cuenta lo rubia que es. Con la niebla que hay no podremos probar que la foto nos la hicimos subidos en el símbolo de París, Francia.

Un rato después, aún aquí arriba, Marisa remueve su mano derecha en el interior de su bolso. Saca su cartera y dice que me quiere enseñar algo. Me da una foto. En ella: Una adolescente muy obesa, con semblante tristón. Marisa dice: Hace seis años de la foto, pesaba casi cien kilos. Me dice: ¿Qué te parece? Y da una vuelta sobre sí misma, mostrando su espectacular <<después>>. Una sensación extraña sube desde mi estómago hasta mi garganta. Su felicidad y comprensión en todos los sentidos, me sobrepasan. Ella no me para de sonreír, y yo sólo consigo responder con una mueca; me encuentro sin poder dejar de pensar en que en los programas televisivos de testimonios nunca hacen un especial sobre delgadas felices.

 

 

 

5c241001-paris-tour-eiffel.jpg

 

2 comentarios en “Romanticismo

  1. A los programas de televisión no les interesa la felicidad, sólo lo que pueden vender y por algún extraño motivo que desconoczo la felicidad no hace subir el pan.

    Un abrazo para este finde Jordim!

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s