Tu amiga

Piensa en una mujer que se arrastra por el suelo, literalmente. Sangrando antes de morirse. Después de un golpe en la cabeza. Otra muerte típica.

Ahora, construye a Natalia en tu cabeza. Siempre con su cola de caballo negra en la nuca, y su pose de mujer sutil y delgada. Treinta años. Y blanca y preciosa y encasillada por su aspecto en el mundo de lo indefenso. Piensa en Audrey Hepburn y andarás cerca.

Natalia entraba en casas temporalmente vacías. Y abría las botellas de Whisky y echaba cinco o seis gotas de algo que actuara antes de que el bebedor pudiera llegar hasta un teléfono. Quizá un día una mujer le contó que su marido olía a otra mujer. Y Natalia, otro día, entraba con paso firme en el dormitorio conflictivo, y a veces sólo bastaba con apretar la almohada contra la boca y la nariz de quien fuera.

También puede ser que una chica joven embutida en un jersey enorme de cuello alto le hablara, temblorosa, de que a una amiga le habían dado varias palizas; y quizá esta chica quisiera soluciones prácticas para frenar la situación, para que su amiga no pasara más miedo; y sí, repitiendo una y otra vez que era su amiga la del conflicto, y no ella. Aunque en realidad a Natalia sólo le bastaba con una foto del individuo en cuestión, una dirección, y quizá unas gotas cianuro.

Tragedias eliminadas del futuro con tan solo despreciar el quinto mandamiento. Muertes en serie para la prevención de la violencia domestica. Para Natalia tenía sentido. Ella era la que aportaba ayuda psicológica. La que estudió durante años y tiene una carrera terminada y un montón de libros que exploran la mente de los que no controlan su mente. Otra mujer cualquiera pudo entrar en su consulta con un ojo rojo y un moratón rodeando su cuello. Otra podía entrar con un collarín, o con muletas, o sin la parte delantera de la dentadura. Muchas tenían amigas en apuros. Aunque, la mayoría, no mentían. Había quienes hablaban llorando mientras comentaban que a su ex marido ya lo habían soltado. Había quienes no se atrevían a denunciar y otras que no duermen tranquilas desde hace años, porque un día alguien las empujó escaleras abajo, y ese alguien sigue vivo.

Puedes hacer lo imposible por hacerte entender, o puedes perder la cabeza, da igual si física o metafóricamente. Si eres mujer pueden ser ambas.

Natalia decidió comenzar a atajar los problemas en lugar de intentar solucionarlos. La pena de muerte amateur. Te mato, te jodes. Como en los países en los que aún matan los gobiernos, eso, pero ilegal, y sin pistas delatoras. Sólo dejando cadáveres de maltratadotes y adúlteros. Aunque a Natalia ya poco le importaba lo que hubieran hecho, siempre y cuando fueran hombres. De esos. Los que se levantan a las tantas y desayunan whisky barato.

Se trataba de que ella no se amoldaba a la actitud de la persona paciente y obstinada. Ella tenía a su cargo aliviar a otras mujeres. Y era siempre lo mismo: no pienses en ello; denuncia; llama a la policía; procúrate un buen sistema de alarma; apúntate a clases de baile; o de autodefensa; ocupa tu tiempo; haz horas extra en el trabajo durante una temporada; él está en la cárcel; ha salido pero no se puede acercar a ti; aún quedan tres años para que salga; piensa en otras cosas; haz otras cosas; múdate; cambia las cerraduras otra vez. Y el consejo que se llevaba la palma: Tú tranquila, sigue con tu vida.

La sensación de impotencia se acumulaba en Natalia. No había manera de avanzar.

Y algunas decidían no tener miedo y acababan muertas. O no. Pero si era que no, pronto volvían a vivir aterrorizadas.

La gota que colmó el vaso fue Loreta. La confesión de Loreta, en la que reconocía estar en silla de ruedas porque un día se reveló quedándose sentada en el sillón media hora antes de que su marido llegara del trabajo. La media hora de preparar la cena que no llegó a hacer. Y después, en fin, no pudo caminar más. Y dijo: No sabía si venir aquí o acudir a la policía.

Ese día Natalia comenzó a interesarse por los ladrones elegantes de guante blanco, y las cerraduras, y los venenos que actúan en segundos. Y poco tiempo después ya había perdido la cuenta de las mujeres que vivían tranquilas gracias a ella. Seguía ejerciendo su profesión y diciéndole a todas que no tuvieran miedo, pero con una sonrisa en la cara. Una sonrisa producto de matar a quien puede que mate a su última visita en la consulta.

Era la ladrona de guante blanco que en lugar de entrar a robar en las casas, entraba a solventar problemas de género con la violencia. Tu amiga con cojones.

Al cabo de muchas viudas con éxito, se fue a por la siguiente. Otra más. Otro menos. Y según dijo la mujer de la siguiente víctima potencial, a las cinco de la tarde no habría nadie en casa. Natalia tenía una copia de la llave para poder entrar.

Al abrir la puerta, parecía que sólo iba a ser un día más, pero Natalia recibió un fuerte golpe en la cabeza, y cayó al suelo, atontada. Y al mirar para ver, notó la sangre mojando su cara, y vio a un hombre grande y encorvado, y a su mujer al lado, los dos de pie. Y el hombre gordo y alto, dijo;

– No se puede ir por la vida así, como tú.

Es obvio que, alguien supo algo de porqué últimamente los programas de media tarde no hablaban tanto de mujeres lisiadas o muertas. Alguien quería mucho a un hombre que murió sin quererlo liberando a alguna mujer. Natalia procuró ponerse de pie y no veía casi nada. Aunque pudo ver el bate. Y la mujer dijo;

– Estamos para lo que estamos. Y a mí mi marido no me ha pegado nunca. Nunca.

Y Natalia, ya de pie, miró a la mujer, ya borrosa y lejana, y balbuceó en voz alta: Machismo femenino.

Y, como borracha, se dijo: Debería haber contemplado la opción de la traición.

El hombre la golpeó fuertemente en el hombro. Natalia topó con una estantería de madera y cristal y recuerdos, que destrozó con la cabeza.

Piensa otra vez en la mujer que se arrastra por el suelo, literalmente. Sangrando antes de morirse. Después del golpe en la cabeza. Otra muerte típica. Y ahora, por algún motivo, una mujer mira con ojos sonrientes mientras otra va a morir.

 

 

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3 comentarios en “Tu amiga

  1. Es una de las peores epidemias del mundo, que parece no tener fin. Se me revuelve todo con cada víctima.
    Un relato muy trágico como el problema que encierra.

    Un beso!

  2. En este caso además de una historia genial, es una historia necesaria ante lo que está ocurriendo. Muertes que son típicas. Eso sí que es una lacra… haber convertido en típico algo tan demoledor.

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