Vida tonta

Mi madre dice que soy descuidada. Porque me olvido de las cosas, las llaves, el paraguas en un cine. Cosas así. También dice que soy un desastre, que cuándo narices voy a espabilar. Me casé porque tenía una amiga que decía que de eso se trata, de no morir sola. Luego me enteré de esas estadísticas que señalan que casi siempre se mueren los hombres antes. Hacía ya unos años del que dicen es el día más feliz de tu vida, sobretodo si eres mujer. El vestido de boda estaba en un baúl. Lo saqué porque Roberto, mi marido, quería deshacerse del baúl de marras (que al final siguió en el mismo sitio, porque mi maridito cambió de opinión de golpe). Sacudí el vestido blanco, y lo siguiente que tuve que hacer fue ponerme a barrer arroz crudo. No me sorprendió. Hay gente que piensa que puede olvidar. Pero basta con una tontería para que todo te vuelva a la cabeza; aunque sea deformado. Igual que tenemos tendencia a exagerar los recuerdos agradables, también solemos amplificar las tragedias.

Nos casamos, y bien a gusto que estábamos. Decía que me quería, que menos mal que acabó conmigo (siempre me comparaba con compañeras del colegio), que si yo no estaba bien con él, sólo tenía que decírselo;

– Cariño… – Yo.

– Dime… – Él.

(Él estaba barriendo el comedor)

– Que… tengo que decirte una cosa…

– ¿Que?

– Que quiero hablar contigo.

– Pues habla.

(No es que él fuera la persona más segura del mundo, pero siempre pensaba que todo iba bien)

– No, es que quiero hacerlo con tranquilidad.

– ¿El que?… ¿hablar?

Resoplido mío.

– ¿Qué te pasa?

Estoy aburridísima, pensé. Esta situación fue un tiempo antes de lo del vestido y el baúl. Realmente, fue en esa etapa de los dos primeros años, en los que se supone que estás aún muy enamorada; cuando aún nadie te aconseja que te disfraces de enfermera o policía para añadir picante al sexo. Esa etapa suele caracterizarse por el amor o por las dudas. Y él era el que estaba enamorado. Cuando creía que fallaba algo en la pareja, intentaba hablar con él, pero siempre estaba muy atareado, barriendo, o cocinando, o tenía que dormir, o preparaba el desayuno, o se iba a trabajar. Así que, cuando él preguntaba: ¿Qué te pasa?; ese era el final de la conversación. Se negaba a relajarse y mirarme a los ojos, no fuera que él también comenzara a aburrirse.

Si entrabas en nuestra casa los muebles de Ikea te sonreían, abrillantados por Roberto. Los platos estaban siempre lavados y en su sitio. Siempre había ropa tendida. El suelo era de parqué, y podías peinarte mirándote en él. Los espejos, las figuritas, el lavabo. Todo era brillo y orden. Todo era el reflejo de que mi marido quería creer que todo iba bien. Para que luego digan. En nuestra casa una buena capa de polvo encima de la tele hubiese sido síntoma de de que algo comenzaba a mejorar. Encontrar colillas aplastadas en el suelo hubiera sido sinónimo de felicidad conyugal.

Un día llegué a casa, cuando llevábamos cinco o seis años casados, o siete, pero qué importa, y decidí que quería poner las cosas en su sitio. Cuando entré, Roberto estaba arrodillado en el suelo con la mano izquierda apoyada en el parqué, y con un trapo en la derecha frotaba con violencia una mancha que yo no veía;

– Cariño… – yo, intentando que me mirara.

– Que… – y seguía frotando, con el cuello hinchado, y sudando por la frente, los ojos reflejados en el suelo.

– Cariño… – repetí.

– Dime…

– Que quiero… oye, ¿me puedes mirar? – algo mosqueada.

– ¿Qué pasa? di lo que sea.

– ¿Pero me vas a mirar o…?

– No quiere… – mirando al suelo – …salir… ¿qué te pasa? -. Faltaba poco para que el parqué se comenzara a quemar por la fricción. No le dije nada más. Me fui a dormir. Fue ese día cuando comencé a tener claro que mi marido se escondía en una niebla hecha de rutina, trabajo, cansancio y manchas imaginarias. Trabajaba tanto en casa que cualquiera pensaría que teníamos a alguna inmigrante a jornada completa, fregando y quitando el polvo. Una esclava.

A veces me daba por coger álbumes de fotos, y hojearlos. Al principio pensaba que lo hacía por recordar tiempos mejores. Pero si lo pensaba bien, el presente se parecía bastante. En los álbumes, si te fijas, todos sonríen. Esos álbumes siempre te están queriendo decir que en el momento en que te hacían esas fotos, eras más feliz que en el momento en el que estas mirándolas. Cuando miras las fotos no recuerdas a nadie instigándote a sonreír. Sonreír para la foto. Esos momentos son felicidad probablemente falsa. Y congelada. A juzgar por el álbum en el que están las fotos de mi boda con Roberto, realmente, sí que parecía el mejor día de nuestras vidas.

Una amiga me habló de los viajes. De que van bien para encarrilar matrimonios y amistades y noviazgos, y para <<olvidar>>, para escapar de la rutina, echar unos cuantos polvos salvajes a cinco mil kilómetros de casa. Y todo eso que es tan caro. Cuando se lo comenté a Roberto, él estaba abrillantando un mueble del comedor;

– Cariño…

– Dime… -. Añade a la escena el ruido del spray limpia muebles, todo el rato. Parecía que cuanto más hablaba yo, más sucio estaba todo de repente.

– ¿No te apetecería ir de viaje?

– ¿Qué…?

– De viaje.

– ¿Nosotros? -. Para él la perspectiva era terrible. En un país extranjero tendría que hablar conmigo, contestarme, hacerme caso. Tendríamos que hacer vida de pareja. De pareja que se quiere.

– Sí, nosotros – intenté sonreír.

– Pero, no puedo dejar el trabajo de repente…

– Puedes pedir unos días.

Y eso, yo lo sabía, porque unos días atrás, mientras fregaba una ensaladera, me había dicho que en su trabajo eran muy flexibles para los días festivos.

– ¿Unos días?

– Sí, y nos vamos a Marruecos o algo así.

– ¿A Marruecos? -. Creo que esta conversación se produjo cuando ya llevábamos unos nueve años casados. Y hasta ese momento no me había percatado de que cuando quería evitarme, siempre contestaba con preguntas. Me irritaba. Y era ese detalle el que no soportaba. Él hacía todo lo posible por que la conversación no avanzara, y todo se quedara sólo en una mera posibilidad de haber roto la rutina. Él amaba la rutina, el aburrimiento, el día a día. Un viaje jodería sus planes de cambiar el baño o remodelar el sótano. Su vida siempre se reducía al siguiente paso; echar el detergente en la lavadora, lavarse los dientes, fregar la cocina, hacer un huevo frito, mover los muebles, barrer, y volver a colocarlos en su sitio… Me había casado con un ordenador. Mi madre comenzó a tener razón con los años. Seguramente yo era esa persona insignificante y atontada a la que siempre aludía ella. Y no de broma. Es como si mi familia careciera de sentimientos. En ellos, todo era un cúmulo de acciones, que hacían pasar las horas que hacían pasar los días, hasta que te morías. Y la persona externa que podía salvarme de esa filosofía automatista, era igual que mi madre. Aunque no se metiera conmigo. Claramente, le importaba un huevo que le quisiera o no, siempre y cuando todo tuviera un aspecto estupendo. Todos esos años, emocionalmente, no habíamos sido tan diferentes a los muñecos que había en nuestro pastel de bodas.

Mi enojo iba en aumento. Me miraba al espejo del lavabo repitiéndome que esto se iba a acabar. Sólo tenía que reunir el valor necesario. Un día, ya pasados los diez años de matrimonio, sonó el teléfono, y era mi madre, con su llamada mensual, en la que me recordaba lo tonta que soy, y que nunca he sabido llegar a nada importante por lo tonta que soy. En estas llamadas también me preguntaba que si mi marido ya estaba harto de mí. Para ella, mi marido era la perfección; un ser tocado por Dios. Lo que más le gustaba a mi madre de mí, era Roberto. Yo era su hija tonta casada con un santo. El mismo día en que me llamó mi madre, exploté. Hay mujeres que se obstinan; comienzan a hacer punto, y cuando se dan cuenta ya tienen sesenta años. Muchas en mi caso lo harían, se quedarían tan contentas; un poco de polla de vez en cuando, y luego a ver la tele. Y además el tío lo limpia todo, ¿qué más quieres?, me dirían. Lo que no quería era justo lo que estaba pasando. Todo estaba tan bien calculado y medido que mi vida ya era una cuadrícula, una sopa de letras resuelta, un dibujo con colores por numeración. Sin olvidar que ya no quería al señor en cuestión. Lo que convertía mi caso en especial era que no podría soportar a mi madre después de haber dejado a Roberto. Lo nuestro no podía ser una separación normal. Las llamadas mensuales de insultos y reproches se convertirían en diarias. Mi siguiente relación sería dinamitada. Mi vida sería una mierda si no hacía algo fuerte, extremo. No algo de niña tonta. Piénsalo, diez años. Yo no era una autómata. Así que ese día, fui a por mi marido, que estaba fregando los platos, y le dije que si se acordaba del baúl del vestido de novia.

– Sí…

– Vamos a sacarlo de allí. Cuanto antes lo hagamos mejor.

No me costó convencerle. A los pocos minutos ya estábamos en el sótano. Abrimos el baúl y vimos el vestido dentro. Y yo dije;

– ¿A ver? Métete en el baúl – sonreí -, yo creo que cabes.

Se metió balbuceando que cómo iba a caber. No sacó el vestido. Y yo pensé: Perfecto. Cerré el baúl, bromeando. Puse un candado enorme. Y no lo volví a abrir más. Tuvieron que pasar varias horas hasta que Roberto se dio cuenta de que no era una broma. Cuando me iba a arrepentir, pensaba en mi madre. Era efectivo. Pasaron días hasta que dejó de gritar. A mí me bastaba con que no hiciera ruido. Tardó dos semanas. No tenía claro cuánto se aguanta sin comer ni beber, pero en todo caso, estaba inconsciente. Lo que más me costó fue subir sola el baúl por las escaleras. Fue un esfuerzo titánico. La camioneta que teníamos siempre me había resultado exagerada para moverse por cuidad, hasta que esa noche cargué el baúl en ella. Con mi marido dentro. Con el vestido de novia. Conduje hasta el mar. Tenía pensado el muelle hasta el que quería llegar. Llegué y aparqué de espaldas al mar. Saqué el baúl de la camioneta y lo empujé hasta que se volcó, salpicándome, en el agua. No me fijé en si había gente lejos. Sólo me puse una peluca rubia. Sólo estaba enfadada. Y luego todo fue según lo previsto. A los tres días llamé a la policía para denunciar la desaparición. En cuanto lo supo mi madre, dijo que era normal, que me había abandonado, que debía estar harto. Pero a los pocos días un pescador llamó a la policía. Se encontró el baúl, y a mi marido muerto y al vestido. Quedaba mucho por resolver, pero la idea de que yo le hubiera matado era absurda para todo el mundo. Lo más difícil ya estaba hecho. Mi vida ya no era un montón de manchas. De todas formas los hombres suelen morir antes. Con toda probabilidad, moriré sola.

brujaolas6yk.jpg

5 comentarios en “Vida tonta

  1. Cruda realidad…capas y capas de monotonía van enterrando la vida y nos empeñamos en que “todo” va bien…por que somos lo suficientemente cobardes para cambiar lo establecido…
    Jordi,me haces pensar mucho…menos mnal que no tengo baul…jajaja
    Besos

  2. Pero yo creo que hasta esas vidas enterradas por lo mediocre, por lo común, por lo irrelevante tienen su porqué. Cuesta encontrarlo pero no sé, supongo que me gusta ver algo de belleza en ellas.

  3. Me he quedado a cuadros cuando lo has metido en el baul… crudo como la vida misma. Ha sido de estas cosas que dices: “no es posible, ¿de verdad va a hacer esa animalada?” Directo al suelo. Muy bien

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s