Espejismo

En el televisor pequeñito que hay por encima de la cabeza del conductor, podemos ver nuestro reflejo minúsculo. Ese típico televisor de autobús que casi nunca debe estar encendido. Nuestro reflejo: Una versión ovalada y casi nula del interior del autobús.
Me pongo los auriculares y escucho a Cat Power, evitando el ruido constante del motor. Al lado mío, una chica. Seguramente extranjera. Demasiado rubia, sin la raíz delatora de las teñidas. Demasiado albina. Con la nariz pequeñita. Todo pecas. Mofletes de fácil sonrojar. Muy guapa para mí, por la poca costumbre que tengo de ver chicas tan blancas, luminosas y radiantes de verdad. Una chica casi sin artificios de anuncio de televisión. Miro de reojo y lleva una blusa que deja sus hombros descubiertos. Un escote generoso. Dan ganas de acurrucarse entre ellas. Hay carne. Nada que ver con una modelo. Nada que ver con las obsesiones occidentales.
Si miro hacia atrás o hacia delante, el autobús está lleno. Al completo. Al llegar, me espera mi abuela. Vive en un pueblo, lo suficientemente lejano como para que la mayoría de gente mayor del lugar muera en la ambulancia camino del hospital.

Horas después, llegamos. Bajamos del autobús, aliviados. Espero a que todo el mundo coja su maleta del inmenso maletero. Y después la cojo yo. Está estrujada y huele mal. He perdido de vista a la chica rubia natural.
Camino por las calles del pueblo. La gente se me queda mirando desde que entro en su calle hasta que desaparezco. Todos intentan vincularme a alguien. Intentan imaginarme con diez o quince años menos. Lo cierto es que hace mucho que no vengo por aquí. La culpabilidad me ha traído, no nada que ver con el amor, o con las ganas de reencontrarme con nadie. Apenas conozco a nadie aquí. Y de mi abuela sólo conservo una imagen borrosa. Puede sonar crudo, pero aun suena más verdadero. Cuando pienso en mí no se me ocurre nada que pueda asociarme a una persona buena de verdad. Pero puedo ofrecer una sonrisa a cualquiera; algún detalle del que pueda esperar algo gratis a cambio: un café, sexo…
Es decir, no soy la típica persona que disfruta de un ambiente rural y está deseando que sus mayores le cuenten historias. No soy de los que van al campo para reencontrarse consigo mismos. No soy así. Y aun así, soy capaz de quedar bien. Basta con hacer aquello que la gente espera de ti. Sólo tienes que actuar en consecuencia con una actitud sin una mierda que ver con la libertad personal. Puedes elegir eso, o parecer un capullo a ojos de la gente. Yo voy alternando, navegando en mi hipocresía natural inconfesa.

Ya en casa de mi abuela todo huele a cualquier persona de más de setenta años. Todo exhuma un exceso de dedicación. Los muebles no tienen ni una mota de polvo, y mi abuela es el ser eternamente recién duchado. Todo a mí alrededor es producto de demasiado tiempo libre. La soledad perece ser íntima amiga de la higiene. En fin, la colonia, el jabón, la jubilación; mézclalo todo, y tienes a mi abuela. Una señora encantadora que al entrar yo en casa no me conoce, y hasta parece molesta. Y yo pienso: Con razón.
– Soy tu nieto… – nada… -. ¡Soy yo, tu nieto!

Me mira acuclillando los ojos.
– ¡¿El mayor!?
– No, soy tu… ¡el único! ¡tu nieto!
Pasa un buen rato.
– Aaaay… sí.
Se le enciende la cara; se le deforma en algo que quiere ser un gesto amable. Y pasa otro rato. Y al final reacciona.
– ¡Siéntate hijo, siéntate!
En realidad no sé si me ha conocido, pero mis esfuerzos han tocado a su fin. No oye prácticamente nada, y no sabría decir si ve. Supongo que detecta las formas y los colores, como un bebé recién nacido, pero demasiado grande y renqueante. Un bebé de cincuenta quilos. En los huesos. Es la sombra al atardecer de la mujer que era mi abuela hace unos diez años. Mi madre me dijo: Quédate con ella al menos una semana.
Sí, hay dos formas de ver las cosas, lo del vaso medio lleno o medio vacío, pero yo hace ya tiempo que me cargué el vaso; fue al entrar en la veintena, de forma gradual, cuando veía lo podrido que estaba todo si no pasabas de todo. Tenía las cosas demasiado claras como para discutir de vasos medio llenos y distintos puntos de vista. Tiendo a asociar el optimismo con la estupidez.

Mi abuela me sirve una cena a base de caldo, y un trozo de queso que debe ser de lo mejorcito, pero que a mí sólo me hace llorar de tan fuerte. No puedo evitar mirar a la mujer, como va de un lado a otro. En cada paso que da, parece va a caerse al suelo. Camina demasiado ágil, como atiborrada de cafeína y pastillas; y probablemente lo está. No pregunto demasiadas cosas por miedo a irme afónico a la cama. Intento responder las preguntas que ella hace. Son muy genéricas, del tipo: ¿Cómo está tu madre? o ¿Y tu padre, que tal anda? Así que, en realidad, aún no sé si sabe quien soy.
Después de cenar, la mujer se va a dormir. Yo intento ver algo en la tele, pero no hay casi ningún canal bien sintonizado, y por supuesto no hay dvd ni nada por el estilo. No hay libros, no hay ni tan siquiera un álbum familiar. Abro los cajones que encuentro y muchos están vacíos. En otros, hay quizá algunas servilletas, quizá un cucharón de madera. Y me sorprende ver que hay un calendario colgado en la cocina en el que cada mes nos muestra una conejita de Playboy. Puedo imaginar perfectamente a dos niñatos intentando apagar sus risas, llamando a la puerta mientras uno de los dos sujeta el calendario, que los dos han acordado que es de paisajes.

Cuando despierto al día siguiente me invade la pereza. Sigo aquí.
Mi abuela va como loca por casa, de un lado a otro. En la mesa del comedor hay un vaso de leche y un trozo de bizcocho. Son las diez de la mañana. Mientras miro la silla vacía que me espera para desayunar, me sobresalto con un grito de la mujer, que pregunta que si ya me he levantado. Digo que sí. La leche está en la temperatura ideal y el bizcocho no está mal.

Luego, cuando aún desayuno, de modo surrealista, alguien entra a casa sin llamar. Me la quedo mirando. COÑO, pienso, la extranjera. Se queda parada, con su generoso escote, mirando como una gota de leche escurre por mi barbilla;
– Hola… – dice.
Dios.
– ¿Tú eres el nieto de Josefina?…
Dios.
– Yo soy Maria. Soy voluntaria. Me encargo de ella desde hace tiempo.
– Sí, soy yo… – consigo decir, con mi mejor sonrisa.
Nos damos la mano. Se sienta a la mesa. Y después, lo que tenía que venir: Tú eres el chico del autobús. Sí, soy yo. Qué gracia. Sí, quién lo iba a decir. Jaja. Jiji. Dios…
Y de extranjera nada. Habla mejor que yo. Me cuenta que su madre vino de… y aquí conoció a… y por eso su pelo no es negro en la raíz. Tiemblo sólo de pensar en que esta chica también se desnuda como todo el mundo para ducharse.

Mientras hablo con ella intento con todas mis fuerzas gustarle. Ella parece más pendiente de la vieja. Yo saco temas de conversación uno detrás de otro. Pero ella parece de las buenas. De las personas de las que hay una por cada cien mil. Siempre he pensado que alguien así podría cambiarme. Esta puede ser la ocasión. Le digo que qué hay de ese calendario de la cocina;
– Ya se lo dije, pero dice que le gusta, que es muy bonito. No hay manera de convencerla de nada. Bueno, que te voy a contar a ti.
– S… sí, ya… y… ¿de dónde eres?
– De donde tú. La cuidad es muy grande…
Bueno, ya llega esa fase en la que sólo salen estupideces por mi boca. Son sus tetas. Es su carne blanca. No soy yo.
Más tarde, la chica se va. Pregunto si mañana va a venir. Sí. Genial, pienso.
Esa noche tengo que masturbarme. Era eso o pasarme la noche en vela, pensando. Justo después de eyacular e ir al baño, me duermo.

Nervios. Al día siguiente estoy nervioso. Despierto excitado. Ella llega a la misma hora, con un vestido delicioso y unas sandalias que la elevan por sus talones, redondean sus piernas y alzan sus glúteos. Se me afloja todo. Y luego: Hola. Hola, que tal. Como has dormido. Bien. Cómo está tu abuela. Bien. Paja . Paja . Más paja. La conversación es nada, absurda, pero no lo es si vieras su cara. Si notases su rubia electricidad.
Y en cierto momento dice: Esta noche me marcho. Sale un autobús a las ocho.
Y lo que digo yo después sale sin premeditación. Sale sin más:
– Yo también.
Ella sonríe. Ayer conseguí metérmela un poco en el bolsillo. Eso parece. Esto es de esas oportunidades que se presentan a cuenta gotas.
– Bueno, pues por lo menos tendré compañía. – responde.
– ¿Y, volverás aquí?
– No, ya no veré más a tu abuela.

Yo tampoco, pienso.

– Me ha salido algo interesante – dice ella -, allí, cerca de casa.
– Ya…
– Voy a echar de menos a tu abuelita…
A todo esto, el bebé de largo recorrido va de un lado a otro de la casa. No para. Cada vez estoy más convencido de que se droga más de la cuenta. El día se pone interesante. Cada hora que pasa hay más intimidad entre yo y Miss Voluntariado. Me encanta. Cada gesto. Maria. La carne. Doy gracias a mi madre por intentar estrechar los lazos de cariño en la familia.

La hora de irse se acerca cada vez más. Hasta que llega. Hago mi maleta. Espero a Maria, que ha ido a por la suya. Tarda muy poco.
Poco después los dos nos despedimos de mi abuela, que nos abraza con cariño, sobretodo a María. Caminamos por las calles del pueblo hasta llegar a la parada del autobús; la que hay.
El autobús llega. Se abre la puerta. María entra. Y cuando voy a entrar yo, una mujer mayor me tira de la camisa. Me dice:
– Eh, chico, ¿no te acuerdas de mí?
Consigo deshacerme de ella y entro al autobús. Me siento al lado de Maria, y enseguida noto calor. Después una bombilla se enciende en mi cabeza. Mi abuela. No era. Aquella mujer.
<<¿No te acuerdas de mí?>> Hacía muchos años que no volvía por aquí. Los suficientes para cometer algunos errores de apreciación. No he salido de esa casa desde que entré en ella. Y la mujer que me ha tirado de la camisa vivía en la de al lado. Justo al lado. La mujer más ancha y vigorosa del pasado. Mi abuela de verdad. Maria me coge la cara con su mano y me besa. Sorpresivamente. No me conoce. Todo se difumina a mí alrededor. Mientras, abajo, mi abuela de verdad sigue haciéndome gestos, a los que nadie hace caso. La saliva de Maria me atonta. Un bulto crece en mi pantalón. El autobús arranca.

 

 

 

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Un comentario en “Espejismo

  1. A riesgo de parecer pelota(me da igual que así sea)te digo: ya que no nací tocada de ese talento ,como tu,para la escritura,leerte es un placer.
    Es tan facil identificarse con lo que tus personajes sienten…y eso talento Jordi..
    Un abrazo

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