Desde abajo

El local es estrecho. Oscuro. No entraré en detalles, pero es el único local que se adapta a mí. Hay una nube de humo dividida en conos de luz, por las lámparas que hay cada cuatro metros en el techo. La mitad derecha del lugar está habilitada para fumar. Este sitio es como de paso; lo que hace la gente antes de ir a la discoteca. Hay gente mayor, llegando o rebasando los cuarenta; bueno, si tienes más de veinte años son mayores, si tienes diecisiete o dieciocho, son viejos. Yo los veo a todos en una forma estupenda. Las opiniones sobre los que te rodean basculan en la edad que tú mismo tienes, en lo atractivo que te creas.

Me muevo entre todo el mundo, procurando llegar hasta el lavabo. Hay tanta gente que tengo que tocar en el hombro cada dos por tres a alguien para que se haga a un lado. Para poder avanzar tienes que apagar el cigarrillo para no quemar a nadie, y dejar el cubata en la barra, o en el suelo. Llego a la puerta de los servicios y hay cinco o seis chicas haciendo cola. Me miran. En la puerta del lavabo para mujeres hay un una circunferencia perfecta y pequeña hecha con pintura negra. En la del de los hombres, un palo, una raya, una recta horizontal de unos cinco centímetros. Abro la puerta del palo y veo esos meaderos de diseño, en los que no hay separación, como si estuvieras meando en un bebedero de caballos. Me vienen recuerdos a la cabeza. En una esquina cinco tíos rodean a un sexto que tiene un corte en la mano. Sangra profusamente. Se pone papel higiénico en la herida hasta que se empapa de rojo, y alguien le da más papel higiénico. Meo, y al salir tengo que volver a meterme en el tumulto compacto de gente y humo. La música, aquí, tiene como eje central la idea de que los ritmos latinos con base electrónica, o alguien rapeando diciendo que se va a tirar a tu novia, es lo que hace que la gente siga bebiendo. Conmigo funciona. No te gusta la música pero estás contento porque sigues bebiendo porque no te gusta la música. Tú estas contento y el dueño del local está contento. Y aunque tu felicidad sea artificial, a quién coño le importa una mierda la música. Lo que importa es que tardes diez minutos en ir al lavabo con el regeton de fondo. Todo está calculado al dedillo, el local es una mierda. Cada semana es una mierda y cada semana está lleno. Y como si fuéramos moscas, a la semana siguiente, nos volvemos a ir a la mierda.

Mi cabeza ya está en ese momento que precede al discurso de borracho, a la amistad descontrolada. Es ese momento en el que tus amigos te abrazan y ya no hay nada más. El Dj sigue ahí, pero su trabajo ya no existe; ya no piensas en que un mono pincharía mejor. De vez en cuando alguien te chilla al oído, y no le entiendes pero asientes y los dos os partís de risa. El suelo ya es sólo algo pegajoso con una capa de cristales. Ya no llevas la cuenta de lo que llevas allí, ni de los cubatas. Tu inconsciente entra en armonía con lo que quería el dueño del local, y probablemente con lo que tú buscabas.

 

Pero luego despiertas. Odias otra vez al Dj y te prometes que no volverás a beber. Todo normal, habitual, común. Todo mil veces vivido. Otro domingo más en que parece que tu cabeza va a ceder y los sesos se te saldrán por la orejas, abandonadote, habiendo perdido la fe en ti. Esto es lo que haces y así terminas, odiando la luz del sol, cualquier sonido, a ti mismo. Llega la tarde y sólo quieres café. No quieres ver a nadie. El teléfono suena y a tu madre ya no se le ocurren más evasivas. Intentas leer. Intentas comer algo. Recuerdas muchas cosas agradables y desagradables si estás nostálgico. Es domingo por la tarde y sólo quisieras que tu malestar cediera. Sólo quisieras recuperarte, volver a ser normal. Tus padres te dicen que siempre acabas igual, que por qué te haces esto. No les contestas, y el resto de la tarde sólo te dirigen miradas. Ya casi está apunto de anochecer, y tu madre, con ojos llorosos, te dice que salgas un rato, para que te dé el aire. Y al final cedes, te enderezas, mueves tu cuerpo hasta el extremo de la cama, y le dices a tu madre que te acerque la silla de ruedas.

 

 

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2 comentarios en “Desde abajo

  1. Que grande… me recuerda al episodio de perdidos de Locke… aunque este va de otra naturaleza… pero la verdad es que ma ha encantado y me lo había creído por completo hasta llegar el final. Gran sorpresa, gran historia.

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