Belleza

Hubo una época en que cuando miraba el sol en ese momento del atardecer, cuando el rojo te da en la cara, pensaba en la menstruación femenina. Era cuando estaba obsesionado. A veces me gusta pensar en pasado.

Sí, es todo eso. Todas eran ella por la calle y blablablá, y ninguna podía competir con ella y tal y cual. Y yo estaba equivocado. Sí, pero daba igual.

Ahora, mientras limpio mi piso ridículo y trabajo y duermo y pasan los días, vuelvo a pensar en aquella mujer. Aunque la realidad es que nunca intenté nada con ella.

Ella estaba con alguien que yo conocía, con un amigo. Pero es igual; o por lo menos ahora, ya, sí.

Si vuelvo a pensar en ella es porque la vi por el barrio; en mi barrio, en el que vivo con mi hijo de siete años y mi mujer, rodeados de cosas que hacer, empapados de previsibilidad.

Mientras la miraba y hablaba con ella como un conocido del montón, pensé en dejar a mi mujer, y no pensé en mi hijo. No. Sólo hablaba con ella y quería arrinconarla en algún sitio, y hacer que pidiera más. Que me suplicara, y todo eso que puedes pensar pero nunca dirías. Siempre ha sido algo animal, por su físico, y nunca he podido probar el fruto prohibido, nunca he podido meterme en ella. Sí, no es original; todo, al final, parece ser sexo. Ella no me gustaba; era una chica con la que no podría mantener una buena conversación. No se te ocurriera hablar de cine o literatura; porque con ella no llegarías a buen puerto. Se había convertido en la manzana. Más que nunca, no la podía probar. No es que todo esto sea gratuito. No quiero a mi mujer. Es decir, tengo cariño por ella, pero no despierta nada especial en mí, y nunca me ha parecido una persona única. Sólo tenía miedo de despertar un día solo, rodeado de libros y polvo.

Con mi hijo no pasa lo mismo. Él me enternece. Pero yo no quería tener hijos. Mi mujer sí. Di mi brazo a torcer, pero ya no sabría decir por qué. Llevamos siete años casados. Soy como un vegetal; como un funcionario de mis sentimientos; tengo empleo fijo, pero no me gusta. Quiero a otra mujer, aunque sólo sea una cuestión de sudor.

Quiero otra vida; la del tipo que pueda probar esa manzana todos los días. Esas manzanas. Quiero ser ese tío, el que pueda morderla todo el día sin arrasar el jardín del Edén.

La manzana se llama Cristina; es ese tipo de nombres que subrayan la feminidad. Tiene ese tipo de cara redonda que chisporrotea encanto cuando sonríe, y los ojos muy grandes, y los labios algo carnosos, lo suficiente. Es el tipo de mujer que te hace enorgullecer sólo con tenerla al lado; la que nunca querrías comparar con tu mujer. Es la mujer que haría sentir incómoda a tu novia, y muy vieja a tu madre. El físico de Cristina era demoledor, y sigue siéndolo. Ha ganado algo de peso, pero eso sólo ha “empeorado” las cosas. Tiene más busto y su mirada es más sabia. Ahora es una mujer más potente. Ahora, mi vida es peor.

Cuando salgo de casa todos los días, espero encontrármela. No tengo esa sensación de que es mejor no verla, para no pensar. Quiero pensar. Me gusta pensar. Y quiero decírselo algún día, y no cometer otra vez el error de dejar pasar otra oportunidad. Ahora ya no sé si es una cuestión de orgullo o si quiero conocerla a fondo para ver si ya es madura y ha cambiado y no es sólo un trozo de carne precioso. La cuestión es, si como hombre, estarías dispuesto a dejarlo todo por poder follar con la chica de aquel anuncio, con aquella modelo, con Jessica Alba. Y digo bien, <<follar>>, porque en eso piensas cuando las ves.

Un cuerpo bonito puede envenenar vidas. Y sólo después de conseguirlo, después de haber metido tu polla en tu mito particular, sólo entonces, te darás cuenta de si querías a tu mujer, o a tu novia, fuera quien fuera quien te aguantara. Y si es que sí, comenzará tu muerte lenta. Otra más. Da igual si ella se entera o no. Si eres capaz de querer, eres también capaz de multiplicar los remordimientos, o tranquilo, el tiempo se encargará de todo. Todo es tierra, más de lo mismo, lo mismo que se repite una y otra vez, y sólo cambian las caras, las épocas. Cuidado con lo que deseas, porque podría destrozarte la vida. O no. Pero eso es lo que nunca sabrás. La salsa de la vida.

Cristina ya no tenía a nadie nunca a su lado. Todo era un viaje de ida y vuelta al trabajo con distintas paradas para comprar. Su vida era la mía, la de mi mujer, probablemente la tuya. Era sólo otra vida sin nada que no tenga todas las de acabar sin más en una necrológica de tres centímetros. Cuando ella muriera, moriría del todo. No habría ningún legado. Me preocupa la idea de que pronto sólo seremos nada, y no me habré atrevido a nada con ella.

Cuando lo siguiente ocurre, estoy haciendo que observo los plátanos en la sección de frutería del supermercado que hay a las afueras de mi ciudad. La sigo. Ella está un poco más allá, a unos metros. Hay varias señoras entre nosotros. No me ha visto, creo. Sé que sólo soy un ser atribulado más. Sólo soy mi obsesión ridícula por convertir mi presente en un futuro desquiciado, en que sólo vería a mi hijo una vez cada dos semanas. Pero ya lo he decidido. Mis dudas sobre si alguna vez le gusté a ella, se resolverán. Ha tirado mi vida por tierra con sólo vestir como viste, por heredar un cuerpo demasiado apetecible. No sé si la gente planea los adulterios; todos los señalados te dirán que no. Pero lo que yo hago no es precisamente producto de la casualidad. Sólo ha comprado unas naranjas. Las echa en el carro. Las cosas se suelen complicar más a más vives. La tendencia general suele ser la de caer. Cristina ha llegado a la caja. El plan es abordarla en el aparcamiento. Me da igual si sabe que la he estado siguiendo. El orgullo también tiende a la baja a más creces. Tu listón para la mayoría de cosas ya no está. E incluso decrecerás físicamente si llegas a viejo. Esto es lo que se llama de perdidos al río.

El aparcamiento es inmenso. Cristina camina segura con el carro lleno rodando. Cada vez estoy más cerca. Los coches pasan rozándome, cabreados, buscando aparcamiento. Por suerte ella advierte una presencia, y se vuelve a mirarme. Me ve sin carro, sin bolsas, sin familia. Y enseguida se inquieta ligeramente. Nos saludamos amablemente. Pienso en ayudarla a meter las bolsas en el maletero, pero descarto la idea. Surge el tema de que hace mucho calor. De que vaya día. De que vaya tela. Acaba de meter las bolsas y cierra el maletero. Se dirige hacía la puerta de conductor y murmura algo como despedida, turbada. No reacciono, y sólo me aparto para que pueda sacar el coche e irse a su casa. No he hecho nada de lo que tenía pensado. Porque pensaba que se me ocurriría algo que decirle. Ahora es peor, ya no soy un conocido; en el mejor de los casos soy un pretendiente, en el peor un psicópata. La situación ya no es neutral. La siguiente vez sólo tendrá miedo de mí. Ahora ya sé que no despierto nada positivo en ella. Sólo era la duda lo que me corroía. Y la duda está resuelta. Cambiar de vida supone demasiado trajín. Las grandes cosas se pueden acabar de un plumazo. Lo sabía. Sigo quieto, mirando el hueco que ha dejado el coche de la que podía haber sido mi improbable y tierna perdición. Pero bueno, se acabó. Las cosas que mueren son esas que, para bien o para mal, dejan de ser una preocupación. Piensa en esos asilos que están abarrotados. Me basta con que ella deje de apetecerme en el futuro. Conformarse con la vida que uno tiene es la forma de subsistencia que tiene más éxito entre la gente. Yo ni tan siquiera he sabido ponerle los cuernos a mi mujer. Piensas en todo eso, y te procuras el plan B. Los frenos de un coche no son fáciles de anular. No basta con arrastrarse por el suelo y cortar un par de cables. De todas formas espera a que ella se aleje del vehiculo. Que nadie te vea. Si no pasa nada extraño, ahora el coche de Cristina se estará poniendo a más de cien kilómetros por la autopista. Los accesos a este lugar son de aceleración prolongada. Cuando se dé cuenta ya sólo podrá taparse la cara, y convertirse en nada, o en algo que a mí ya no me dé vértigo, para poder seguir con mi vida.

 

 

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4 comentarios en “Belleza

  1. Gracias por darnos un poquito de tí. La historia está bien planteada, desarrollada y concluida. Sacas a luz algunas ideas que hacen replantearnos conceptos, ideas, la práctica diaria de nuestra vida. Buen trabajo, estoy deseando leer la siguiente.

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