Proyecciones

Gloria va de habitación en habitación abriendo cajones, mirando debajo de las cosas, resoplando, quitando y poniendo cuadros. Toda la ropa acaba fuera de los armarios y desdoblada, y luego a doblarla y vuelta al armario. Cuando sólo le falta comenzar a abrir tarros y mirar entre las páginas de los libros, para. La hija de Gloria tiene dieciséis años. Su ropa apesta a humo cuando Gloría la huele los domingos por la mañana. Cuando la niña se levanta de madrugada entre semana para ir al lavabo, se oyen ruidos; algo que cae al suelo, el grifo que se abre y se cierra repetidamente, a veces incluso se abre la ducha algunos segundos. Gloria de vez en cuando revuelve la casa porque su hija NO fuma, NO bebe, NO se droga. Su hija ES sana. Es su hija. Y además escribe un diario. Y se llama Ángela, porque cuando era un bebé sus ojos azules saltones dejaron a todo el mundo admirado en el hospital, recién salida de Gloria. Era el Ángel enviado. La solución. La respuesta. Era el futuro. Y el futuro no debería apestar, no debería levantar sospechas. No debería esconderse. Tu futuro no puede ser tan incierto. No puedes admitirlo. Ángela, además, también es la niña que no es niño. Su padre, y marido de Gloria, Abel, quería un niño. No le daba vergüenza admitirlo. Sería su heredero insuperable, el mejor en todo. Lo apuntaría al fútbol, sería inteligente, las chicas suspirarían a su paso. Pero no, porque en lugar de su niño, nació Ángela. Abel fracasó escondiendo su decepción. La primera crisis de Gloria y Abel llegó cuando Ángela nació. El ángel llegó al mundo sin pene. Eso sí que era un problema. Gloria, después de días y días de observar cómo su marido se quedaba con la mirada perdida, o cómo casi no hablaba, o cómo no cogía al bebé si lo podía evitar, al final dejó caer sus sospechas: Querías un niño para que fuera tu versión mejorada. Le obligarías a hacer las cosas que tú no supiste hacer. Jugaría al fútbol mejor que nadie porque tú eras una patata, el primer descarte de cualquier ojeador. Arrasaría entre las mujeres porque tú no te atrevías a nada con ellas. Le darías consejos y acabarías anulando su personalidad porque querrías convertirlo en tu yo mejorado. Es decir, él no sería nadie, sólo el lugar ideal en el que proyectar tus frustraciones. Gloria decía todo eso, y también decía: Por eso la niña te aterroriza, no sólo no has sabido conducir tu vida; ahora tampoco sabrás conducir la de ella, porque ella no entraba en el plan.

Actualmente, ese problema de sexo, no se ha evaporado, pero ya no es asunto de discusión. Gloria sólo está preocupada porque no encuentra el diario de su hija. Un diario es ideal si sospechas de alguien; el cierre de la cubierta no es un obstáculo; el problema es la habilidad de hacer desaparecer el diario que tenga su autor, o en este caso autora. Si la autora es tu hija tienes miedo de que haya comenzado a experimentar, tienes miedo de que la fase de experimentación no acabe hasta la sobredosis; entonces es cuando revuelves cielo y tierra pensando en los efectos que según Google tiene la cocaína a corto plazo en adolescentes. Es tu hija y te pones en lo peor; no pensarás que es fumadora ocasional o que de vez en cuando ha fumado un porro, o que bebe porque todos a su edad beben; más bien te la imaginas en una orgía esnifando heroína de la tetas de una amiga. Hay casos mortales diarios en la tele, y lo que antes para ti era sensacionalismo, ahora son imágenes borrosas de tus amigos dándote el pésame en el entierro de aquel bebé tan mono. El bebé que se descarrió. Por culpa de los padres. Pobre chiquilla, si sólo tenía dieciséis años. Qué sabría ella. Desde cuándo llevaría drogándose. Le daban demasiado dinero para salir. Con lo mona que era. Qué ojitos tenía. Y el padre pasaba de ella. Y la madre era una incompetente. Capullos. Mano dura le hacía falta.

En la cama, cada noche, los pensamientos se arremolinan en la cabeza de Gloria, detrás de sus ojos azules. Hoy otra vez es todo igual. Los sonidos. A las dos de la mañana Ángela procura no hacer ruido hasta el lavabo. Cierra la puerta, corre el pestillo, y un chorro de agua, un sonido nasal, algo de plástico cae al suelo, la ducha, una cremallera, y así durante cinco minutos. Gloria no sabe si su hija sólo tiene necesidades naturales o si no puede pasar un día sin esnifar. ¿Está resfriada? ¿Congestionada? ¿O se va a morir? ¿Acabará huyendo de casa y volverá un día en los huesos suplicando dinero? ¿Qué cosas mira por Internet? ¿Todavía es virgen? ¿Eh? ¿Sí?

Ya puede preguntarse cosas, que nadie las contesta. Si Ángela advierte un mínimo de sospecha en Gloria, Gloria piensa que su hija se cerrará en banda. Y la habrá perdido se drogue o no.

Las sospechas tienden a convertirse en delirios. Un día Ángela vomitó después de una comida, y Gloria se pasó dos semanas vigilándola después de las comidas. Otro día un chico de su edad llamó a casa, y a partir de ese día Gloria estuvo dos semanas levantando a cada llamada un tercer teléfono en la cocina. La forma de llegar a su hija, para Gloria, es un trabajo de espionaje. El amor maternal puede consistir en tácticas de guerra. Una vez Gloria vio polvo blanco en el lavabo y tuvo miedo de tocarlo y llevarse el dedo a la lengua. Otro día igual, y otro igual. Y otro día tocó el polvo, lo probó, y sólo se trataba de lo que recubre las ensaimadas. A Gloria no le cuesta imaginar a su marido meando a las tantas de la mañana con una ensaimada sujeta entre dientes. Si Ángela se drogara no dejaría esas evidencias por el suelo, pensó después. Pensó que si su hija se drogara lo haría bien. ¿Qué narices es eso de ir dejando polvo por los sitios?

La noche ha pasado con los ruidos habituales. Ya es mañana. A por el diario. Gloria vuelve a poner la casa patas arriba mientras Abel está en el trabajo y la cría en el colegio. Mira en la habitación de la niña. Va al comedor. Vuelve a la habitación de la niña. Se la queda mirando. Tiene todos los muebles de diseño pegados. La cama con los cajones con el escritorio con el armario; si aún eres un niño no tienes miedo a que haya algo debajo de la cama, porque ahí sólo hay mas cajones. Pero en la parte de arriba de toda la estructura, donde el armario flota encima de la cama, hay un hueco. Como un palmo antes del techo. Estúpida, se dice a sí misma Gloria. Se sube en la cama y pasea la mano por el hueco.

Ya con el diario en la mano, ve que no está provisto de ese candado que tienen otros. Se sienta en la cama. Suelta una muesca y lo abre.

Las primeras páginas sólo hablan de sus amigas. Ninguna parece caerle bien. Hay trozos de texto a bolígrafo rojo. Otros en azul. Pero la mayoría está escrito a lápiz. Las primeras páginas a lápiz cuesta leerlas. Los márgenes están llenos de dibujos. Va hojeando y saltándose lo que no interesa. Hasta que, cuando está apunto de llegar a la mitad del diario, donde las páginas ya comienzan a ser blancas, ve que en una margen hay dibujada una jeringuilla. Gloria sujeta las tapas de cuero con las manos sudadas: Ayer mi padre me dijo que no dijera nada. Que la tonta de mi madre no se tenía que enterar. Le pillé abriendo un estuche de cuero en su habitación. Sacó una jeringuilla, y cuando me vio dijo que pensaba que no había nadie en casa. Una vez probé esa mierda, sabe a aspirina…

Gloria suspira haciendo que sí con la cabeza. Como si lo obvio se le hubiera escapado. Él podía acabar así fácilmente.

Con el diario aún abierto, Gloria saca una bolsita de sus vaqueros. Medio gramo. Coge un espejo del tocador de Ángela. El DNI sale solo del bolsillo trasero de los pantalones. Luego, como siempre, la invade una enorme sensación de alivio, hoy acentuada.

 

 

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