La cabaña

El camino de tierra cruje al paso de los neumáticos.

El sol es aplastante, desde arriba. Una del mediodía.

Carlota palpa el cinturón de seguridad cada pocos minutos, siempre aterrorizada por las multas y los accidentes potenciales. Conduce un Opel Corsa, nada preparado para caminos no flanqueados por señales y semáforos. Mónica es la copiloto. La ideóloga. Basta de grandes ciudades, dijo, vamos a la montaña, lejos. Dijo: conozco un sitio. Ramas de árboles y arbustos arañan la pintura roja y los cristales del Corsa de Carlota. De vez en cuando hay charcos enormes de la última lluvia, rodeados de tierra seca y las piedras que dificultan el avance. Arriba, a lo lejos, tormenta.

Mónica dijo que se podrían quedar en una cabaña, que sus tíos viven allí desde que perdieron a su hijo pequeño. No nos podemos perder, dijo, se llega muy fácil. La casa de madera es preciosa, dijo varias veces. Detrás hay un prado lleno de flores, dijo una y otra vez. Y Carlota asentía, sin convencimiento. La casa ya se ve a unos trescientos metros, minúscula, marrón, rodeada de árboles enormes. Con mis tíos, saliendo a pasear no nos perderemos, dijo Mónica tres días antes, en una cafetería abarrotada. Será divertido, ya verás. Y Carlota asentía, asentía, asentía. No te preocupes, siguió diciendo Mónica, enseguida te cogerán cariño. Hay un pequeño llano antes de la entrada principal a la cabaña. A un lado, a unos metros de la estructura de madera de la casa, hay un cobertizo, también de madera, aprisionado entre arbustos. Lo malo, dijo Mónica, ya pagando los cafés en la barra, es que puede que pasemos calor.

Aparcan el coche, y salen de él. Huele a margaritas. La tormenta en cielo está más próxima. Mónica sonríe, y mirando la casa, dice:

-¿Qué te parece?

Carlota asiente convencida. Se lleva la mochila a la espalda:

– ¿Están ellos dentro?

– Pues no sé.

Caminan hasta la entrada y suben dos escalones de madera. Una luz lo ilumina todo. Después, un ruido atronador. Mónica golpea la puerta tres veces;

– ¿Tía? – grita -, ¡hemos llegado!

Comienzan a caer gotas. El porche de la cabaña es oportuno. Cerca de la puerta hay una mecedora. Otra luz cegadora. Otro trueno. Caen más gotas que antes.

– ¿Tía?…

Pasan unos minutos. Y finalmente se abre la puerta. La lluvia ya es intensa. Y más luz y más truenos. Una mujer de unos sesenta años aparece;

– ¡Cariño! ¿Qué tal?… – dice al ver a Mónica.

La mujer y Mónica se abrazan, mientras Carlota procura mantenerse en el ostracismo.

 

Ya en el interior, después de las presentaciones y la buena educación, todos se sientan en sillones cerca de una chimenea furiosa recién alimentada. Estando dentro parece todo más grande. El tío de Mónica no se ha levantado de su butaca en ningún momento, apenas ha dicho nada. Pero la mujer va de un lado a otro; Café, pastas, ¿más café?, ¿seguro? ¿Cómo te va? ¿Todo bien? ¿Y esta chica tan simpática trabaja contigo? Muy bien. Qué jóvenes sois las dos, qué guapas, qué alegría que hayáis venido. ¿Seguro que no queréis más café? ¿Más pastas? ¿Eh? ¿Seguro?

Carlota mira el reloj. Las dos de la tarde. Y se pregunta a qué hora comen aquí. Fuera ha amainado. El sol vuelve salir tan rápido como se fue. El tío de Mónica se levanta de su butaca. Entra en una habitación y sale con una escopeta. Carlota lo ve atractivo, más joven que su mujer, probablemente unos diez años. Sale por la puerta con la escopeta colgada al hombro. ¡Ten cuidado!, grita la mujer desde algún punto de la cocina. Carlota se queda sola con Mónica;

– ¿Qué te parecen?

– Son muy monos – responde Carlota.

Silencio.

– Sobretodo él, eh…

– …

– Reconócelo… – sonríe.

– Joder… es tu tío.

– Pues eso – cuchichea Monica -, no es nada tuyo… Además, ella es la hermana de mi madre… así que es como si tampoco fuera nada mío…

Silencio.

– Qué cerda…

La tía de Mónica entra en la estancia diciendo que si ya tienen hambre, que ya mismo comerán. En cuanto vuelva su marido.

 

El tío de Mónica llega una hora después de haber salido. Con dos conejos cogidos por las orejas. Uno aún mueve una pata; los dos van goteando sangre hasta la cocina. ¿Teneis hambre?, grita la mujer. Él sale de la cocina y se quita la camisa manchada de sangre delante de ellas. Sube al piso de arriba. Carlota lo ve desaparecer escaleras arriba y mira a Mónica, y dice;

– Sí…

– Claro que sí, joder.

La chimenea sigue furiosa. Mónica controla una carcajada, y dice que no sabe por qué es, pero la chimenea aquí casi siempre está encendida.

En el comedor todo es rustico y previsible para estar en una cabaña. Hay una foto en la pared, enmarcada. Más que una foto es un mural. Es un niño de unos cinco años, cara morena y pelo negro, con un fondo verde. Repeinado y con cara de susto. El niño muerto; la razón por la cual ahora están todos comiendo en una cabaña en el bosque. La tía de Mónica sirve la carne, y después se sienta en su silla. Carlota no deja de pensar en que hace media hora los conejos aún comían hierba e iban por ahí arrugando la nariz. Entre eso y la enorme foto del niño, no está todo lo a gusto que podría. El tío de Mónica engulle casi sin masticar a sus presas. La mujer está quieta por primera vez en todo el día, y también come como si hubiera límite de tiempo. No se palpa la tristeza de la tragedia pasada, excepto por la foto de carné gigante que preside la estancia. Carlota esperaba encontrarse a una familia rota, a la mujer quizá aún vestida de negro, y al padre como catatónico. Lo cierto, según sabe por Mónica, es que ya hace muchos años que el niño murió; pero la mayoría de la gente se hunde para siempre en circunstancias así, piensa Carlota. Pero. No hay atisbo de tristeza. Lo lógico es pensar que la visita de ellas hoy les ha animado, y aún así algo hace sospechar que no viven como seres desgraciados, aunque no estén ellas. Ni con esa foto inmensa cada vez que se sientan a comer a la mesa.

Ya en los cafés, el tío de Mónica abre la boca por primera vez en todo el día, para ofrecer tabaco a las chicas. Las dos aceptan. Él se bebe un carajillo, y escruta a las tres mujeres. Carlota no se siente cómoda; comprende que no lo ha estado desde que entró en la cabaña. 

Se beben los cafés y el tío de Mónica dice que va ha echarse la siesta. Carlota, inquieta, propone entre cuchicheos con Mónica ir a dar una vuelta. Mónica alza la voz apropiándose de la idea, y su tía se ofrece a guiarlas. En la parte de atrás de la cabaña se extiende el prado de flores del que había oído hablar Carlota. Las tres mujeres avanzan por él. Carlota ahora se siente menos fatigada mentalmente, quizá por no estar ya en la presencia del tío de Mónica, que resuelve atractivo, sí, pero también perturbador, distante. Su imagen sentado en la butaca como a mil kilómetros de allí, los conejos sangrando, su forma de comer, cómo mira, y toda una retahíla de detalles hacen que, ahora, rodeada de flores y sin él cerca, la tarde haya mejorado considerablemente.

Al atravesar el prado llegan hasta el bosque. Comienzan a caminar entre arces. El suelo está húmedo y la fragancia es agradable. Corre una leve brisa, y Mónica ha decidido apartarse del grupo para mear con algo de intimidad. Comienza a caminar entre arbustos, dudando cada dos o tres metros.

Se hace un silencio entre las dos mujeres restantes. Pero pasados unos segundos la tía de Mónica entabla conversación con Carlota;

– ¿Te gusta todo esto…?

– Sí… es tranquilo.

– … Pero seguro que no vivirías aquí.

– Bueno…

– Seguro que no.

– Cada persona…

– Ya, ya…

<<¿Dónde coño has ido?>>

– No vivirías aquí ni de broma…

<<Mónica…>>

– Tienes la piel muy blanca…

<<Coño, Mónica…>>

– Dónde habrá ido esta a mear…

– No sé…

– ¿Tú sabes si tiene algún novio? ¿Eh?… A nosotros no nos dice nada. No llama nunca. Hace años que no la veíamos. Y… prácticamente la crié yo…

– …

Mónica aparece. Carlota respira hondo. Allí, ya sólo se va a sentir cómoda en presencia de una persona, piensa.

Siguen caminando. Son las cinco de la tarde. El tiempo, decide Carlota, no está pasando lo que se dice rápido. Y tampoco se lo está pasando lo que se dice bien. Queda el resto de la tarde, la noche, todo el día de mañana, otra noche, pasado mañana también entero, la última noche, y a la mañana siguiente adiós. Carlota mira el reloj. Las cinco y tres. Tic Tac, se oye si se lo acerca suficiente. Tic…Tac; jamás ese reloj había ido tan lento. Se lo acerca: Tic… Y siente un dolor agudo en la nuca. Se va. Tropieza, cae al suelo.

 

Cuando despierta, como en un abrir y cerrar de ojos, se siente resacosa. El suelo es de cemento. Arriba, hay sierras colgando de ganchos. Hay herramientas. Las cuatro paredes las forman tablas entre las que pasa la luz. El cobertizo, piensa, ¿qué coño hago en el cobertizo? Entre las ranuras  la luz dibuja una silueta. Y alguien grita: ¡Está despierta! Y a lo lejos: ¿Se ha despertado? Y casi imperceptible: No se tenía que despertar… Y otra vez la silueta, murmura: Joder… Carlota comienza a tener miedo justo entonces. Cuando la silueta se aleja. El reloj dice que son las ocho de la tarde. Justo comienza a oscurecer. Carlota piensa: Debería gritar. Pero de qué va a servir, se dice. ¿Qué quieren de mí? ¿Qué pasa? ¿Por qué aún debería estar inconsciente? El cerebro comienza a trabajar, los ojos se llenan de lágrimas, el corazón cada vez bombea más rápido. Está tan rodeada de armas blancas que en un gesto brusco podría herirse de gravedad. Armas blancas oxidadas. Y apoyada en la entrada hay lo que parece una nevera. No se puede salir, oscurece. A saber dónde está Mónica. Mónica…

¡Mónica! ¡¡Mónica!! ¡¡¡Mónica!!!

Y rompe a llorar. Por eso no quería gritar, porque sabía que eso la derrumbaría. Gritar es la señal clara de la desesperación, piensa, estoy desesperada. Lo sé yo y ahora también ellos. La voz de la silueta era sin duda la del tío de Mónica. La que se oía de fondo era su tía. Si intenta escapar no sabe qué pasará. Si no lo intenta tampoco. Si consiguiera escapar del cobertizo tendría que ponerse a correr hasta el coche. ¡Joder!, piensa, ¡el coche! Mira por una ranura, y ve que el coche no está donde lo habían dejado. Así que no sabe dónde está. Si escapara tendría que ponerse a correr por el bosque de noche. No llegaría a ningún lado, se perdería, o quizá conseguiría que el tío de Mónica le pegara un tiro. Se palpa los bolsillos; la han despojado de la cartera, el móvil y las llaves de casa. Sólo tiene su reloj y un dolor de cabeza bestial y mucho miedo. De no saber qué va a pasar. De no saber dónde narices está Mónica. Miedo de no entender nada. De fondo, oye cómo se abre la puerta de la cabaña. Y pasos en la tierra de camino a al cobertizo. La nevera se comienza a tambalear. La mueven para apartarla de la puerta del cobertizo; la misma se abre, y el tío de Mónica entra. Dice: No te muevas, por favor. Carlota no se ve con ánimo de forcejear con él. No se ve con salida aun con la puerta abierta. El problema aquí, piensa, no son las puertas ni las cerraduras ni la noche ni la ignorancia de lo que ocurre; el problema aquí son las personas. El tío de Mónica tiene una jeringuilla. Coge el brazo derecho de Carlota. Ella echa a llorar irremediablemente, atragantándose. Él dice: Tranquila, sólo te vas a dormir.

 

la_muerte4.jpg

Anuncios

2 comentarios en “La cabaña

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s