Prejuicio

Todo. Es decir, lo mío. Esto. Empezó mucho antes de que ella supiera que yo existía. En el instituto ella era de un curso inferior. Por aquel entones yo comencé a dormir con dificultad. No recuerdo cuándo la vi por primera vez, así que seguramente no fue algo a primera vista, porque eso de lo que habla la gente, probablemente sólo sean mitos de sus propias vidas. El amor a primera vista seguramente no existe. Porque creo que yo ya sé sobradamente lo que es el amor, y lo único que existe a primera vista es el sexo. El amor se acumula. El sexo está, sólo depende del físico. El amor falso, que la gente confunde con el de verdad, consta de un periodo de mitificación que parte de que una persona te da morbo, o te hace gracia, o lo que sea, y automáticamente, a tus ojos, comienzan a desaparecer sus defectos. Es fácil confundirse. No es que quiera aleccionar, sólo es mi opinión. Llevo muchos años, demasiados, pensando en la misma persona. Y lo de mi amor por ella no fue una cosa que se me ocurriera los cinco segundos después de haberla visto por primera vez. Por eso ni tan siquiera me acuerdo de eso.

Yo, en la época de estudiante, era invisible para ella. Para nada me tuvo en cuenta. Yo sólo era parte del paisaje; más césped, un árbol más, un pupitre más, otra mesa. Eso era yo, parte del mobiliario, sólo algo más de lo que está ante tus narices todos los días, pero no reparas en ello. Ella miraba y yo era siempre la imagen subliminal; esa persona de la que alguien te habla y tienes que rumiar cinco minutos para acordarte de quién narices te están hablando; y normalmente, si te acuerdas, lo siguiente que haces es arrugar la nariz: Ah… sí, ya me acuerdo, ¿iba al instituto, no?

Sufría (sufro) amargamente porque no era nadie para ella, y no me atrevía a hablar con ella para comenzar a ser alguien. Cuando se oían rumores de que ella era lesbiana o habladurías parecidas, esa noche yo no dormía nada.

Pero esa época acabó. No estudiamos ninguna carrera, ni ella ni yo. Lo cual, nos lleva a ahora.

 

Muchas de las dificultades en este tipo de historias están en eso que piensa la demás gente de ti, que es erróneo, o que no es justo. Yo no era la persona con la que mis compañeros de instituto hubieran imaginado que acabaría ella. Y pensaban así de mí, entre otras cosas, porque no daba la talla física, ni tan siquiera para formar parte de su círculo de amistades. Sin embargo, lo novios que tenía ella eran tipos odiosos envueltos en ropa cara; obsesionados con la superficie de todo. En ellos, ella no encontraba nada más allá de la saliva y demás fluidos. Superficie, tejanos, gomina. Pero sobretodo, era atrevimiento lo que tenían esos tipos, y sumado a un buen físico, ya estaba. Yo no tenía atrevimiento, y por supuesto tampoco la confianza física para reunir el valor necesario para atreverme a nada.

En la actualidad, cada día, cojo el tren para ir a trabajar. Ella también. El mismo tren. Cada día. Por la mañana. Ella y yo. Para ir a trabajar. El mismo tren. Así es mi presente.

Habían pasado dos años desde que no la veía. Y un día ella entró en el mismo vagón en el que estaba yo. Mi enamoramiento se había estado volviendo cada vez más aséptico, lo reconozco. Si no ves a la persona, la vas olvidando. Pero lo que es seguro, es que ella ya no tiene ni remota idea de quien narices soy yo.

Ahora permanezco en mi asiento. En el tren. Cada día procuro tener un buen ángulo de visión, para (controlarla) verla. Procuro entrar en el mismo vagón. El presente cada vez se parece más al pasado. Otra vez formo parte del mobiliario. Mi aspecto ha mejorado con el tiempo y con la edad. Ella no ha cambiado mucho. A medida que pasan las semanas y los meses, me convenzo de que un día le diré lo que hay, lo que siento, y desde cuándo hace que lo siento, y ella me rechazará amablemente, y todo habrá acabado. Todo será algo de lo que pueda hablar para que la gente me dé golpecitos en el hombro. Estas cosas sirven para que tus amigos se sientan bien unos segundos mientras te consuelan. Y de todo esto me voy convenciendo, y también de que pensar en el fracaso es sano, o en todo caso mucho más sano que pensar en el éxito. La libertad que me dará este fracaso es lo que me anima a declararme. Ella me mandará a la mierda en silencio, y mi vida dejará de orbitar entorno a su figura. Seré libre. Podré llamarla puta por el daño que me ha hecho cuando hable con la gente. Y todos me apoyarán: Era una zorra. No te merecía. Quién narices se creía que era. Puta. Puta. Puta.

El tren llega a mi parada. Ella se queda aún en su asiento. Un día la seguí; descubrí que baja al cabo de dos paradas más. Me cayó una bronca tremenda en el trabajo por llegar una hora tarde. Hace de secretaria de alguien. De sirvienta administrativa.

 

Durante el día, me obsesiono con acabar con todo esto. No lo soporto más. Se lo comento a un compañero de trabajo y me anima a hacerlo. Mañana mismo, me dice, échale narices, dile lo que hay. El rumor llega a otra mesa: ¿Qué pasa? Y al cabo de una hora todo el mundo en mi trabajo sabe la historia de mi vida. Más que animarme parece que están deseando saber cómo va a acabar la séptima temporada de alguna serie. Quieren que el último capitulo sea mañana, y que lo cuente todo al dedillo, si puede ser echándome a llorar; así les daría un momento enternecedor, sensacionalismo sin necesidad de poner la tele.

El trabajo se me hace pesadísimo. No hay concentración. Las horas pasan desganadas. El día pasa como si no hubiera pasado; como si hubiera sido otra vez ayer.

 

Por la noche pienso en qué momento es el mejor para abordarla y que me destroce la vida. Lo decido. Nunca pensé que llegaría el momento, pero lo tengo claro.

 

El reloj suena. He dormido como cuatro horas. Me ducho y me visto. Y me siento como si hoy fuera a participar en una ruleta rusa. Hoy va a morir algo dentro de mí. Lo tengo tan claro que me da la llorera bebiendo un vaso de leche; sintiendo una pena terrible, incontrolable.

Bajo las escaleras que me llevan bajo tierra. Me pongo a esperar el tren. Veo a la mujer de mi vida de mierda a unos metros entre la gente, mascando chicle, con cara de agobio. Dentro de un rato, si no es de hielo, despertará de golpe. La despertaré. No me voy a atrever a decírselo ahora, ni tampoco dentro del tren. Hoy llegaré tarde al trabajo.

El tren llega y la gente entra. No la pierdo de vista; hoy sería un problema. El tren sale más pronto que otros días. O quizá es que todo está pasando demasiado rápido. Tengo una mujer sentada frente a mí. Me pregunta que si estoy bien. Le digo que no, y la mujer no se atreve a decirme nada más. Se van sumando estaciones. Esto hoy me está llevando hasta el final de algo, aunque aún no sepa de qué. Cuando me doy cuenta el tren ya ha llegado a mi parada. Ahora podría mandarlo todo a la mierda e irme a trabajar. Pero no me muevo.

Ante mi sorpresa, ella, viendo que hay sitio, se sienta frente a mí. No pienso:

– Hola…

– …

– ¿No te acuerdas de mí?

– Ah… tú ibas al instituto…

– Sí…

– Bueno… ¿Cómo te va?

– Bien… oye… tenía que decirte una cosa.

Silencio.

– ¿El qué? – algo descolocada.

– Déjame hablar tres minutos y luego dices lo que quieras. – Me tiembla todo -. La verdad es que… siempre me has gustado. Bueno… siempre te he querido, aunque no te hayas dado cuenta, es igual. Sólo quería que lo supieras. Y que… bueno… eso… Que hace tiempo que coincidimos aquí en el tren y… no te asustes, pero siempre has estado en mi cabeza. Y nunca… lo he podido evitar… y… bueno… ya está.

Silencio.

– No sé que decirte. Yo… no…

No se lo plantea ni por un momento. Está chocada, sí, pero además está deseando salir de la situación, porque todo esto, este mundo que he abierto ante ella, no es posible. Este mundo me mira de arriba abajo y aquí no hay una pareja. Y de esa manera me mira ella. Ella me mira, y cuando el tren llega a su parada, murmura: No sé qué decirte…

Y se va.

No tengo fuerzas para levantarme del asiento. Y cuando lo intento, caigo de rodillas al suelo del vagón. Comienzo a llorar. Un señor se me acerca. Se me comienza a correr el rimel. La falda se me pone perdida. El señor me dice: Levántate, chica, ¿qué pasa?

 

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5 comentarios en “Prejuicio

  1. Dime el secreto por favor Jordi…tu no tienes un cerebro,tienes un tesoro.Haces que entremos en tus relatos y no respiremos hasta el finál…y que finales….ufff…”You are the best”
    Besossss

  2. El amor debería ser otra cosa, una posibilidad de correspondencia entre las personas que se aman. Estoy segura de que si ese chico se hubiese armado de valor para mostrarse tal cual era al declararle su amor a esa chica, la cosas hubiesen sido distintas. Es una hermosa historia…de dónde sabemos si es que ella en realidad si estaba enamorada de él, pero del rostro que recordaba de él…
    Creo que si yo fuera esa chica me habría quedado a ver quién había detrás del maquillaje.

    Un beso, Jordi.

  3. El amor (y todo lo que hay en la vida) está marcado por los prejuicios, o por las maneras de entender las cosas. En el fondo las relaciones que sobreviven son las pocas que permite el espacio de lo posible ante el prejuicio. No sé si me explico.

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