Segunda persona

… Naces. Y aunque la gente habla del antes, de lo agradable que es estar en el vientre de la madre, nadie se acuerda de ello; así que eso sólo es una suposición agradable, aceptada. Como la fe en lo que hay después de la muerte. No puedes hablar de después de la muerte porque no sabes lo que hay, ni aunque seas ateo. Así que naces. Empiezas desde ahí, y no sabes dónde acabarás, cuándo, cómo, o si acabarás. De momento, alguien te saca de tu madre, te pega una palmadita en el culo, y la gente sonríe y llora a tu alrededor. No es seguro, y es muy relativo, pero supuestamente, así, tan pequeño, ya estás repartiendo alegría.

Luego sigues en tu estado de persona futura, con posibilidades para cualquier cosa. Eso es cuando aún mides apenas unos centímetros, y a tus padres les haces pensar en los suyos, porque no controlas la vejiga, te cagas encima, y eres totalmente dependiente, como lo serán pronto tus abuelos. Tanto si acabas de nacer como si estás a poco de morir, tienes que tener cerca a gente de mediana edad; a gente responsable; a tus hijos, a tus padres. No mides ni un metro y aún la gente calcula tu edad en días. Todo es borroso y lento y jamás te acordarás de ello. Cuando más te va a querer tu madre, tú ni te vas a dar cuenta. Los días dan paso a los meses, pero aún no eres consciente de nada. Si alguien te coge y te mete en un container, te va a dar igual. Puede que hasta te resulte divertido. Así dicho, esto parece simplificar, pero está tan cerca de la verdad como lo que te diría alguien experto en bebés, educación, percepción y demás misterios.

Por entonces, todo el mundo te acoge en sus brazos; las mujeres te pegan a sus tetas; y hasta tu padre parece un tipo sensible cuando te ve y no hay nadie más en la habitación. Pero esto sólo son suposiciones, claro; referentes, pistas… Cuando cumplas un año, tu madre le dirá a la gente que ya tienes un añito. Pero a ti, tanto te da. Al pasar a calcular en años, todo el mundo comentará lo rápido que estás creciendo. Cuando ya tengas tres años la gente no podrá creer lo mayor que eres ya. ¡Si hace cuatro días eras una cosita así!, comentarán las amigas de tu madre, mostrando tu tamaño pasado con las manos, mirándote.

A esas edades, tus modernos padres ya estarán gestionado tu educación. Y a los cuatro años, cuando tu memoria se comience a activar, el día menos pensado, tus padres te abandonarán en un aula, y aunque ya lo hayan hecho antes cuando la guardería, tú no te acordarás. Estarás rodeado de otros mocosos. Comprobarás extrañado que también hay niñas, por sus cabelleras y tonos pastel, y porque no tienen nada entre las piernas. Lo más fácil ante ese abandono, que tu no quieres creer que es cuestión de horas, es que rompas a llorar. Y una extraña de veintitantos años te consolará dándote acceso a juguetes, y arrimándote a los demás críos.

Tu educación primaria, probablemente, te parecerá una odisea. Aún no comprenderás el concepto de educación, pero decidirás que es así para todos los niños, porque los dibujos animados comienzan antes de las siete de la mañana. Al estar rodeado de colores vivos e imaginación de creativos de empresas jugueteras, odiaras cualquier comida que no parezca de plástico o divertida; sopa y garbanzos y similares. Sólo los sabores sin matices te atraerán; cualquier dulce; cualquier cosa lo suficientemente salada. Y así, lentamente, lleno de etiquetas y manías y comodidades, te plantarás en los diez años. Pensarás en lo mayor que eres cada vez que en el colegio tengas que escribir tu edad de dos cifras. No serás consciente, pero pronto te darás cuenta de que poco a poco todo el mundo – tus padres, tus profesores, la sociedad -, te va a ir exigiendo cada vez más. Lo que antes era un compendio de comprensión y sonrisas, se va a ir convirtiendo en exigencias y caras de incredulidad ante tu pasividad infantil. Ocurrirá de golpe. No será gradual, y aunque lo sea, no te habrás dado cuenta. Los mismos que alargaban los brazos para cogerte, ahora te obligarán a caminar de su mano. Nadie entenderá por qué no eres más obediente. Tendrás que adaptarte, porque ellos, todos los demás, raramente verán sus fallos en ti.

Y adaptándote a tu nueva condición de niño obediente, te irás acercando a la adolescencia. Tus obsesiones serán las notas del colegio. Da igual con quién hables, porque todos te asegurarán que si estudias mucho, el futuro será brillante. Eso es cuando tienes trece o catorce años, y quizá aún conservas la suficiente inocencia como para, con tu imaginación, poder simplificar la vida, el futuro. A más estudies, mejor para ti, te dirán todos. Y dependiendo de eso, de tus notas, es probable que tus padres te regalen más, o menos cosas. Si te apuntan al fútbol, puede que tu padre te pague por cada gol que metas, a espaldas de tu madre. Así, la gente pensará que se te ayuda a entender que las cosas se consiguen con esfuerzo, y que si te esfuerzas puedes estar tranquilo, porque todo va a salir bien. Con quince o dieciséis años, teniendo en cuenta tu trayectoria, sabrás que lo que cuenta es tener dinero. Lo demás es coyuntural, pasajero, una tontería. Si no tienes pasta eres menos, serás menos que los demás. Tu paga semanal, si la tienes, siempre andará muy por debajo de tus ambiciones. Sí, para entonces, ya eres ambicioso. Comenzarás, también, a mirar a las chicas, a hacerte pajas. Al dinero, se unirá el sexo en sí mismo, el pensar en follar, o el follar sin parar a poder ser. Con diecisiete años o dieciocho o diecinueve, da igual si aún eres virgen o no; todo será sexo. Todo será sólo lo que tendrás en tu cabeza: mujeres. Y dinero. Y durante esa época es fácil que no tengas ni idea de lo que quieres hacer con el futuro. Lo ves como algo aún lejano, imperceptible; y sin embargo, tendrás que decidir ya lo que quieres hacer, a qué te quieres dedicar, y por qué. Tendrás que tener clarísimo todo eso que no tienes claro, y en lo que tus padres insisten. Tomarás un camino porque tienes que tomar alguno, y todo el mundo a tu alrededor parecerá o fingirá o será más seguro que tú; personas más prosperas. Aún no te darás cuenta, pero la gente te venderá su vida como el camino correcto, el camino que tú no has cogido; pasará cuando tú aún no sepas nada de la relatividad. Y harás lo mismo que ellos, defenderás tu estilo de vida, y no te mostrarás débil. O puede que ocultes tu presente bajo un manto de pasotismo, o comprándote un coche, o ligándote a alguien. Aún no sabrás si eres tú realmente, pero pobre de ti si alguien se entera de eso.

Luego, más tarde, después. Tendrás que trabajar. Trabajarás, aunque con veintitantos años ya sabrás que no es exactamente el dinero lo que da la felicidad. Tu trabajo siempre será de paso; lo que haces mientras tanto; la antesala de tu futuro. Lo bueno del futuro es que nunca nadie reconoce que ha llegado. Con veintitantos años ya sabrás que el futuro es eso que te has negado a reconocer. El futuro nunca llega, porque tu vida siempre es mejorable; no está asentada. Todo lo que haces es de paso; para mantenerte mientras tu triunfo se fragua. Ya no es una cuestión de dinero o de sexo, sino de justificarse. Lo que sea que tiene que llegar, llegará; o en eso basarás tu vida. Si alguien te pregunta si eres feliz, da igual lo que respondas y tu rapidez en responder, porque mentalmente titubearás. Al paso de los años cuidas tu envoltorio, tu sonrisa, tu aspecto, tu ideología y todo lo que se proyecte al exterior. Pero sabes que lo único que es relevante es lo que piensas de verdad. Tu silencio. Tu opinión sobre ti mismo. Estarás tan ocupado en actuar para los demás que tendrás serias dudas sobre lo que eres, y sobre si quieres ser así.

Verás que a tu alrededor mucha gente se conformará con lo que es, y cada fin de semana saldrán a enterrar dudas con artificialidad; eso con lo que puedes fabricar los cimientos de tu paso por la vida. Ya puede ser alcohol o lo que sea, que lo que importa es que de estar deseoso de que llegue el sábado para “desconectar”, es que probablemente las cosas no van bien. Cuando vayan pasando los años entenderás que bien, lo que se dice bien, muy bien, a casi nadie le va. Y aunque digas que no, eso te reconforta. Lo hará siempre, y si alguien te dice que eso es una actitud egoísta, seguramente se equivoca, porque ya habrás llegado a los treinta. El egoísmo muta en necesidad, los sueños en dinero (otra vez el dinero), las chicas en algo serio, el trabajo en eso que tienes que dejar. Y cuando menos te lo pienses, a partir de esas edades, tus padres cualquier día caerán muertos. Antes lo hará tu padre. Visitarás a tu madre cada semana, con tu novia, si la hay. Iras llegando a la mitad de la treintena y poco a poco serás pasto de la melancolía, de lo que pudo ser y no es. Te pararás a pensar los domingos por la tarde en lo afortunado que eres, aunque tu vida sólo sea del montón. Pero alto, recuerda que esto sólo son conjeturas, ideas, vecinos, amigos, referentes, generalismos. Es una línea ascendente seguida de un bajón, y así todo el rato. La siguiente subida llegará cuando conozcas a una mujer que te convenza. Y eso ya no será tanto problema. El amor ya fue substituido por la realidad. Si no has tenido la fortuna de encontrar a tu media naranja, a la mujer de tu vida, a Julieta, eso no te ha de frenar. Hay tantas mujeres en tu misma situación que ponerse de acuerdo con alguien en eso está chupado. Y te casarás.

Y el roce hará el cariño, y depende cómo sea ella, la boda será en el juzgado o durará horas y horas en la iglesia. Ese día todo el mundo te felicitará, llorará, o sonreirá, como cuando naciste, pero esto lo recordarás. Luego, después, a continuación. Simplemente intentarás vivir dignamente con tu mujer. Buscareis piso porque vuestros amigos tenían razón en eso de que quizá precipitabais la boda. Os daréis cuenta de que vivir bajo techo ya es algo así como un lujo. Discutiréis en pareja porque aun con dos sueldos a duras penas pagáis la hipoteca y el seguro de vuestros coches y demás. Habrá otra crisis, otra línea descendente, más melancolía los domingos por la tarde. Tu madre morirá un día. A tus casi cuarenta años estarás agobiado de responsabilidades, cabreado, con tu vida, contigo mismo, con tu mujer. No será más que otra crisis, pero tendrás que soportarla. No habrá lujos ni demasiada alegría. Estarás tan embotado, que celebrar las fiestas oficiales ya no te parecerá un truco del capitalismo para que compres regalos; porque quizá sin fiestas oficiales ya no celebrarías ninguna fiesta. Las continuas insinuaciones de tu mujer en lo de tener hijos, cada vez más, te irán convenciendo. Y entre unas cosas y otras, confusos, agobiados, y con ganas de un cambio significativo de todo, dejareis de usar condones. Si resulta que ninguno de los dos es estéril y el semen es semen productivo, un día tu mujer saldrá del lavabo con el predictor de turno para enseñártelo. Y ya está. Tendrás descendencia. Tener hijos, eso que pensabas casi utópico en tu vida, e irresponsable, podrá ser una realidad. El cambio de rutina se convertirá en realidad. Lo que antes eran responsabilidades, serán responsabilidades y tu hijo. Tu trabajo y tu hijo. Tus riñas con tu mujer, y tu hijo. Tu vida. Y tu hijo.

… Y nacerá, y aunque de mayor oirá hablar de lo a gusto que se está en el vientre materno, él será consciente de que nadie recuerda eso…

 

 

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4 comentarios en “Segunda persona

  1. Entrar en “el círculo del 99”,es decisión de uno mismo…no tiene por que ser así.Tu decides.

    Me gusta como describes la rueda de la vida,casi siempre es asi…CASI
    Un beso Jordi
    (busca EL CIRCULO DEL 99)

  2. la vida, tu vida, mi vida en palabras, en unos cuantos párrafos…tienes un don, chico…un maravilloso don…

    me encantan tus relatos, son mi droga matutina favorita (junto con el cola-cao)

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