Celos

Al estar aquí, encerrado, pienso en todas esas sitcoms televisivas, en las que siempre hay un capitulo en el que dos personajes que se odian se quedan enclaustrados en un cuarto trastero, obligados a superar su cabreo hasta que se acaba el capitulo.

La diferencia es que esto es un ascensor, y no odio a la chica con la que estoy. Estamos ella y yo, solos, y ya hace media hora que avisamos, para que vinieran a por nosotros, a rescatarnos. Ninguno de los dos tiene claustrofobia o prisa o miedo, pero la situación es embarazosa porque, no es que importe, pero ella se llama Silvia, y ya está comenzando a sudar, a desabrocharse botones de la camisa. Y aunque el hecho es extraordinario y los dos somos adultos y no deberíamos estar pendientes de banalidades, al paso del tiempo, acabas normalizando la situación; cualquier situación. Una vez todo es normal otra vez, un escote te sigue llamando la atención. Eso que pasa en las sitcoms en que un hombre y una mujer se quedan encerrados (y no dos hombres heterosexuales, o dos mujeres), pues bien, no es tan ficticio, también pasa en la realidad; un hombre y una mujer; jóvenes. Jóvenes, y nos comenzamos a aburrir. Silvia, entre otras cosas, me dice que estudió empresariales y que era una chica aplicada, y que su novio trabaja en el edificio. El edificio es un rascacielos; uno de esos que no tiene disponibilidad geográfica para aguantar un terremoto asiático. Oímos truenos que vienen de la tormenta de fuera. Es viernes, ocho de la tarde, y según cómo se mire, esto es hasta divertido. Otra cosa sería si fuera martes. Llevamos una hora aquí dentro. Es un ascensor amplio, todo espejos, todo metal, moderno, reciente, frío, aséptico, futurista, y cada vez más pequeño. Ya llevamos una hora y dos minutos aquí, y en la llamada de emergencia que hicimos cuando sólo llevábamos cinco minutos, se nos dijo que, tranquilos, que es imposible que el ascensor se desenganche o se rompa, pero que no hagamos movimientos bruscos. Nos dijeron que sólo es cuestión de tiempo. Estamos entre el piso treinta y dos y el treinta y tres. Una hora y cinco minutos, y no sabemos por qué aún no hemos salido de esta caja de zapatos cool. Los dos nos apoyamos en los espejos, perfectamente peinados, negándonos aún a sentarnos en el suelo. No paro de pensar en mi casa, en mi cama. Ya puedo ver el sujetador de Silvia, que está mojada como una foto soft erótica; eso que ya no te excita en la tele o impreso en papel. Lo bueno de esto es que quien sea que nos tiene que salvar, debe estar trabajando tranquilo; sin gritos de socorro, sin nadie desmayado entre dos pisos, sin pánico; esto es como en las películas pero sin tensión, sin emoción, sin drama; el drama, pienso, en la vida real suele venir impreso en papel, como las facturas. El drama lo suelen traer las llamadas telefónicas de madrugada. No, aquí ninguno de nosotros tiene problemas cardiacos, no somos diabéticos; no necesitamos respiradores ni inyectarnos nada para no morirnos. Y ya llevamos hora y media aquí. Ocho y media de la noche. Y nada.

Al cumplirse dos horas de espera, Silvia se comienza a cabrear. La miro. La mujer joven moderna no se derrumba, no necesita a un hombre con ella. La mujer moderna no tiene problema en quitarse la camisa si tiene calor y quedarse en sujetador con un prácticamente desconocido en un ascensor. ¿Por qué no vienen?, rechina entre dientes. Le digo que seguramente han llamado a alguien que se ha tenido que desplazar desde su casa; a alguien, a dos o tres tíos con gafas de pasta. Seguramente no oímos ruido porque están intentando arreglar el problema electrónico. Estamos aquí encerrados y es fácil que quien sea ha encendido un ordenador para sacarnos de aquí. Le digo a Silvia que puede ser un problema informático, o mecánico, pero que no se preocupe. Me dice que no está preocupada, pero que ha quedado para cenar, joder. Hoy en día cuando algo falla alguien tiene que esperar a que un ordenador arranque, y cargarse de paciencia. Todo es tan moderno que raramente va entrar aquí nadie a saco, rajando este medio de transporte sedentario tan caro. Lo que hago yo es sentarme en el suelo frío, mientras Silvia sigue de pie, inquieta, molesta. En teoría, yo, hoy tenía que plegar a las seis de la tarde. Este es el precio que estoy pagando por hacer horas extras. Aquí encerrado en mi empresa, entre espejos, veo cómo por fin Silvia se sienta en el suelo como yo, apoyando su espalda en la pared de metal.

Lo que hacemos más tarde es dejar de mirar los relojes. Silvia ya no va a llegar a ninguna cena. Yo no tenía ningún plan; me conformaba con salir de la empresa y con no tener nada en la cabeza hasta el lunes. Llamamos por teléfono cada cierto tiempo y nos dicen que nos tranquilicemos, que aún están en ello, y que de todas formas no estamos en peligro. Como si eso no lo supiéramos ya nosotros. Lo malo de estar aquí sólo con nuestra ropa y sudando, es que ni tan siquiera nos podemos aburrir con normalidad, viendo la tele o jugando al dominó. La vida es esperar, pienso, pero esto ya es pasarse. Silvia entierra su cabeza en sus rodillas, abrazándose a sí misma. Se queda quieta. Digo que si está bien, que si tiene algo… Cuando me mira veo dos regueros negros que bajan desde sus ojos hasta su barbilla, como si hubiera estado llorando rimel. Tiene la cara roja, y dice que qué coño va a hacer, que se está meando. He aquí la mujer moderna aplastada por la cotidianeidad. He aquí un problema real. Ya puedes ser todo lo firme e íntegro que seas, que vas a tener que cagar y mear todos los días. Silvia ha estado pensando en sí misma como en la anécdota de la empresa; el centro de las futuras conversaciones en cuchicheos. Poco importa si yo miro hacia otro lado; ella mearía en un rincón, y después todo olería de forma inconfundible, sin olvidar el charco en el suelo. Trabajas en una empresa respetable, ganas una pasta, haces horas extras, eres eficiente, una mujer respetada, modelo a seguir, nada del típico pedazo de carne, nada de favores sexuales para ascender, y, con todo, un día tu reputación puede depender de lo mismo de lo que dependía en el colegio delante de tus compañeros; cuando aún no tenías currículo y el futuro iba a hacer desparecer vergüenzas infantiles. El presente, a veces se antoja más complicado que cualquier otra cosa. Hacía mucho tiempo que Silvia no tenía esta sensación de no tenerlo todo bajo control; de ahí que lleve como media hora con la cabeza escondida, llorando. Y lo cierto es que yo no sé qué hacer, cómo consolarla. Ella repite que podría aguantar, pero que al paso que va esto, teme que tenga que bajarse las bragas aquí mismo. Yo digo que por mí no se preocupe, que es algo natural, y ella vuelve a esconder la cabeza, a cerrar los ojos con fuerza. Y mientras ella vuelve a eso, a crear su espacio, yo llamo otra vez al exterior. Ha habido complicaciones, me dicen, pero enseguida estará, el ascensor acabará de subir al siguiente piso y las puertas se abrirán. ¿Como cuánto tardareis? Y me dicen que no los saben, que cuestión de minutos. Lo cual quiere decir que aún no está encarrilada la avería. Podrían ser cinco minutos o cincuenta, o dos horas más. Silvia se levanta del suelo, resopla. Si lo tienes que hacer, hazlo chica, murmuro yo. Aún puede aguantar. ¿Seguro? Sí, dice, aún puede aguantar.

Debemos llevar unas cuatro horas aquí. El charco de orina descansa en un rincón. Huele según lo previsto y ya nos hemos acostumbrado al olor. Silvia está de pie, apoyada en el espejo, brazos cruzados; y más que llevar cuatro horas en un ascensor, entre el rimel corrido y cierta ansiedad, cualquiera pensaría que la han violado. No la culpo. Lo bueno es que yo estoy comenzando a tener ganas de mear también, pero me siento con vía libre para ello. Somos tan urbanos y dependemos tanto de nuestro entorno físico que, unas pocas horas aquí dentro nos van a dejar exhaustos. Le digo a Silvia que lo siento, pero que no mire. Meo en el rincón opuesto. Cualquiera pensaría que tendríamos que enamorarnos aquí dentro, los dos, tantas horas solos; o quizá que tendríamos que gritar y discutir; pero ya estamos muy ocupados utilizando la ropa para respirar a través de ella, para filtrar el olor a orín. Ya no nos podemos sentar en el suelo, porque fácilmente nos mojaríamos. En el móvil tengo varias perdidas de amigos; no cojo el teléfono porque tendría que mentirles, y aquí esto suena como si hablaras desde el lavabo; y si dijera la verdad, estando borrachos, seguirían llamando y se lo pasarían en grande; Silvia oiría los gritos de <<¡fóllatela!>>. Así que lo que hago es dejar que suene el teléfono. Porque ella hace lo mismo. Ella tampoco le quiere contar esto a nadie. No hasta que esto resulte divertido, cuando ya hayamos salido de aquí.

Podríamos llevar unas seis horas. Pero seguimos sin mirar los relojes. Tenemos un acuerdo tácito de negación de la realidad. El tiempo no existe, y por tanto no es una preocupación. Todo el meado ya huele como a amoniaco. Silvia me dice que si está muy horrible, que cómo es su aspecto. Le comento lo del maquillaje, lo del rimel, pero miento diciendo que no está tan mal. Saca un pañuelo y me ruega que la ayude, a limpiarse la cara. Está sudando, y al pasar el pañuelo por sus mejillas, se queda negro. Se lo doy y le digo que por lo menos ya no hay rimel corrido. Gracias, dice. Por primera vez hay un momento de auténtica intimidad aquí dentro. Por alguna razón ha obviado que ella misma podría haberse acicalado mirándose a los espejos. El ascensor tiene un sistema de ventilación que se basa en una rejilla minúscula. Nada más. Palpo mi pantalón, y le digo a Silvia que si ella fuma. No, dice, pero fuma tú si quieres. Suspiro aliviado y ella sonríe, diciendo que tenía que haber fumado antes, que no hay detector de humos, que es preferible el tabaco a los meados. Luego me dice que no tiene novio, y que antes había dicho que sí para espantarme. Estamos tan aburridos que decir la verdad o reconocer que se ha mentido no supone ningún esfuerzo. De todas formas no iba a intentar nada contigo, digo yo. Ella hace un silencio. Presiento que la he cagado. Ella me mira y hace un puchero, bromeando. ¿Tan poco te gusto? Le digo que lo que quiero decir es que… que no… que si yo… El ascensor comienza a moverse, se mueve, hacia arriba. Ella se me acerca y me rodea con los brazos y me da un beso casto en los labios, y me sonríe. Las puertas se abren. Dos técnicos nos observan, nuestro aspecto, demacrados, con los brazos de Silvia rodeando mis hombros, con los charcos de pis y el cubículo lleno de humo.

La teoría de que las experiencias intensas unen a las personas puede ser tanto la mayor verdad como el mayor cuento chino. En nuestro caso ocurrió. Al día siguiente ya comíamos juntos, para ver que tal era vernos sin aguantar el olor a meado. Y funcionó, comenzamos a salir y aquel ascensor defectuoso nos unió de verdad. Fueron pasando las semanas y tanto nos daba que la gente ya supiera lo que había pasado allí, o lo que dijeran de nosotros.

Cuando ya hacía un mes de aquello y los dos seguíamos juntos en un acuerdo de no precipitar las cosas, el ascensor volvió a fallar. Otra vez. Para colmo, ese día yo me dormí. Llegué dos horas tarde al trabajo. Y me enteré de que alguien estaba atrapado en la dichosa caja de zapatos. Alguien me tocó en el hombro y dijo que Silvia otra vez. Que otra vez Silvia. Y que había alguien más con ella. Con ella. Entonces, yo pregunté, en estado de ansiedad, torpe, perdido: ¿Quién está con ella?

 

 

 

ascensorsinmaq.jpg

 

Anuncios

4 comentarios en “Celos

  1. Creo recordar una historia parecida, dan varios años de eso. Déjame recordar y contarte…
    La anécdota trata de una chica que se quedó completamente sola en un ascensor, se había quedado sin luz aquel edificio y ella estaba a oscuras por muchas horas sin que nadie la pudiera sacar. Durante todas esas horas ella pensaba que se acabaría el oxígeno y terminaría muriendo de asfixia. Ella pensó en su vida, la repasó completa durante todas esas horas, pensó en la gente que quería y que tal vez esta era la única y última oportunidad para hacer algo si es que la sacaban viva de allí. Cuando la sacaron la encontraron llorando… estaba llorando.

  2. ¡Me ha encantado este relato! Manejas muy bien el tiempo de los relatos. El retrato de la mujer moderna es bastante acertado y dominas los finales bien, haciendo que siempre te quedes con buen sabor de boca. Hilando fino – muy fino – el primer párrafo del relato casi me hace dejar de leer. (Seguramente porque no conocía el término Sitcom:P)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s