Cumpleaños

Quizá no valga la pena pensar tanto en el mañana. Lo malo de pensar tanto en el futuro es que, mientras tanto, se te está enfriando la comida. Mira lo que tienes delante, no sea que dependas justo de eso.

Mi padre cuenta siempre anécdotas sobre su juventud. Mi padre miente casi siempre sobre su pasado porque sospecho que, esto que le rodea ahora no le hace demasiada gracia, y ya no tiene demasiado futuro por delante. Mi progenitor ya no tiene ideas con las que cambiar su vida. Todo está diseñado para deprimirle; los anuncios de televisión, los productos de rejuvenecimiento, mi hermana, mi madre, yo. Mire a donde mire, las circunstancias le están susurrando que este ya no es su mundo, ni tan siquiera es su vida. Él, mi padre, ya es lo suficientemente mayor como para que en sus pasteles de cumpleaños sólo haya una vela. Esas cosas en mi familia tienen mucha relevancia. Pobre de quien sea que se le olvide felicitar a quien sea el día de su santo. Siempre hemos celebrado grandes fiestas. Una vez se me ocurrió decir que los cumpleaños se deberían celebrar a partir de los sesenta años, cuando de verdad comienza a tener mérito seguir vivo. Y eso lo dije con toda mi familia delante, con mi hermanita de seis años recientes, coronada con su última manualidad. Todo el mundo me miró de forma significativa excepto ella, que ya estaba abrazada a su muñeca nueva, regalo de alguien consanguíneo. Mi padre apagó una sonrisa. Lo bueno de esto de cumplir años es que todo el mundo dice quererte, aunque sea sólo por haber roto la rutina yendo a comprarte algo. Si en tu familia los cumpleaños pasan desapercibidos, la gente no lo entenderá. Así somos. El amor es una muñeca nueva, un mp3. Si alguien llegara a tu cumpleaños y te diera un beso sincero en la frente como regalo, los demás pensarían que es un rácano; lo pensarían y luego lo dirían a sus espaldas. Si tu novia ese día te regala sexo toda la noche pero no te ha comprado nada, ya puede darte el mejor polvo de tu vida, que tú pensarás en por qué no te ha comprado una colonia, o una corbata, o cualquier cosa que olvidarías en cuestión de minutos. Estando así de condicionados en cuanto a autoestima, no es extraño que muchas parejas estén siempre al borde de una pelea. Mi padre, aparte de mentir, sabe de todo eso. Esto forma parte de las charlas que me da al oído. Mis padres me tuvieron con cierta edad. Mis abuelos ya murieron, y mi padre bien podría ser mi abuelo. Abuelo y padre a la vez. Tenemos, de hecho, una relación de nieto a abuelo, de abuelo a nieto. Nunca nos hemos odiado como si fuéramos padre e hijo, y siempre me ha hecho gracia su discurso cuando estamos a solas, o en susurros. Se acerca ya a los setenta años, y mi hermanita, la de la muñeca, ahora tiene dieciséis. Si tienes una hija tan tarde, cuando llegues a estas edades de mis padres, ella estará en su etapa más desconcertante. Las niñas que antes querían un pony, hoy luchan por poder llegar más tarde a casa los sábados. Lo que antes era ir dejando las muñecas de lado, hoy en día es perder la virginidad. Lo que antes era independizarse a los veinte, hoy es una utopía. Donde había inocencia hay mala leche. Todo eso es mi hermanita. Y mi padre se lo toma con calma, confía en ella, cree que hace caso a sus consejos; hace todo eso que no suelen hacer los padres de una adolescente. Quiera o no, dice mi padre, ella va a hacer lo que quiera, y si se lo prohíbo, además lo hará con alicientes.

En la mesa en la que estamos hay tantos familiares que no sabría identificar a la mitad. Y además también hay amigos, y amigos de amigos. Mi familia es de las que no ha tenido manías para tener hijos. Si tuviera mucho morro e intentara ligarme a alguna chica aquí hoy, esa chica podría ser prima mía, pero también puede que no; tanta gente hay. Mi padre cumple sesenta y ocho años. Hoy. Todos están ya comiéndose su trozo de pastel. Y mi padre me dice que no vale la pena pensar en el mañana, siempre y cuando el presente no apeste. Me dice que no piense en el futuro, que él se ha pasado la vida poniéndose metas a años vista, y cualquier día de estos se va a morir sin haber disfrutado de la vida en presente. El orgullo, me dice, puede nublarte la vista; el orgullo te pondrá cada vez metas más difíciles, y tu vida será una constante sensación de no haber acabado la tarea. Mi padre dice que si ahora tuviera la misma mentalidad que a los veinte años, estaría pensando en cómo seguir después; la siguiente meta; en cómo seguir después de la muerte para ponerse otra meta más, en el cielo, o en el infierno, o donde sea; si esos sitios existen seguro que hay modos de jerarquía, clases sociales, y, en definitiva, nuevos retos para seguir alimentando el orgullo para “disfrutar” más de esa mentalidad aún tan de moda. Me dice que siendo como cuando tenía veinte años, podría ir al infierno y estar demasiado atareado como para asistir a orgías y conciertos de rock. El cielo, murmura, me lo imagino como bloques de oficinas blancos e interminables en los que Dios intenta salvar a la humanidad. De existir, el cielo ha de ser algo así como una forma inmensa y estúpida de perder el tiempo. Aunque todo esto es una paja mental, cuchichea, porque no creo yo que mis padres me estén esperando al final de una luz cuando me muera; y no sé si con las palizas que me pegaban eso me iba a hacer mucha gracia. Dice: de todos modos no creo que haya luz ninguna. Mi padre cuchichea, porque mi madre sí cree. Cree tanto y es tan generosa, que hasta lee el horóscopo. Si le digo que eso sólo son discursos ambiguos y aleatorios, ella me dice que dónde está mi padre, ¿ha salido? Si hablo de ateismo mi madre también cambia de tema. Está tan aterrorizada con la posibilidad de que Dios no exista, que no quiere ni oír hablar de religión. Te cogen cuando eres una criatura y te dicen que vas a ir al cielo, pero que pobre de ti si blasfemas o dices algo en vano. Irás al limbo; arderás para siempre. Cuando leí la Biblia (sí, la leí) pensé que si pusieras Michael Chrichton en las cubiertas, las nuevas generaciones alucinarían. Lo malo de los panfletos religiosos es que hay gente que cree a pies juntillas en ellos. Esto también lo dice mi padre. Los textos del antiguo testamento serían hermosos si la gente los viera sólo como eso, textos.

Poco a poco la gente se va marchando de la fiesta de cumpleaños de mi padre. Todo ha quedado lleno de papel de regalo. Un montón de corbatas; un montón de “loqueimportaeseldetalle”. Mi hermana ha salido de casa murmurando algo a media voz para que nadie se enterara de adónde iba; al grito de <<¡no vuelvas tarde!>> de mi madre, se ha oído un portazo. Mi padre, en los últimos años, ha estado avergonzado por no haber ayudado más en las tareas del hogar. Cuando mi madre le ve fregando los platos como si siempre lo hubiera hecho, le entra la risa. Mientras yo me quedo sentado a la mesa con la mirada perdida, mi padre comienza a recoger los platos y el papel de regalo. Luego se pone a barrer. Mi madre murmura algo sobre que tiene sueño, y la veo dirigirse hacia el dormitorio. Yo, como siempre, una vez los dos acostados, me quedo de guardia, esperando a mi hermana. No sería la primera vez que tengo que ir a recogerla a donde sea, para después acostarla borracha.

 

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4 comentarios en “Cumpleaños

  1. El cumpleaños de mi padre es el 4 de abril y el mío el 6. Buena coincidencia.
    Me voy unos días de vacaiones y, una vez más, me encuntro grandes relatos. Dedicaré estos días de fiesta a ponerme al día.
    Saludos

  2. PUes yo soy de los que mrian tanto al futuro que se les enfría la comida. Me gustaría ser de los que esperan haciendo guardia a que vuelva la hermana borracha, pero ma´s bien creo que soy la hermana borracha, pasando el tiempo a ver si no se enfría esa comida.

    genial cumpleaños!

  3. Muy buen relato además cargado de sentimientos que se transmiten. Pareciera que quieres mucho a tu familia y eso me gusta mucho leerlo.
    Sigue escribiendo que te seguiré visitando

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