Recta final

Hace unos años el hospital, los hospitales, eran un lugar seguro; la gente solía verlos así. Los hospitales eran el sitio más sano, hasta que todo el mundo se paró a pensar en que es justo ahí donde se reúne toda la gente enferma. Siempre huele a limpio porque siempre huele a desinfectante. Y aquí estoy ahora, en un hospital a la luz del día, donde mi padre aguarda en una de las habitaciones, esperando a ver cuándo se va a morir.

De pequeño, yo, un día, volviendo del colegio, me di el susto de mi vida. Debía tener doce años. Y digo bien: susto, un sobresalto de verdad; eso que a buen seguro hizo que la gente con problemas cardiacos cayera muerta al suelo ese día. Caminaba yo solo, y a poco de llegar a casa se escuchó una explosión atronadora. Aquello hizo temblar las ventanas de toda la ciudad. Miré a mi alrededor sin ver nada fuera de lo normal, aparte de la gente que se asomaba a las ventanas y salía a la calle y se miraba entre sí. Al llegar a casa mi padre se estaba poniendo la chaqueta de forma apresurada. Mi hermano trabajaba en una oficina de Hacienda; lo que pensaban mis padres es que era probable que el edificio hubiera volado por los aires, con mi hermano dentro. Mis padres piensan siempre así, cualquier desgracia que suceda es susceptible de salpicarte, y hay que andarse con cuidado. Todo lo han hecho siempre igual; ese era el problema del sensacionalismo en la televisión, que mis padres se lo creían; creían que si yo veía demasiadas películas acabaría consiguiendo una ametralladora para matar a toda mi clase. O películas, o juegos de Rol, o videojuegos. Todo eso que programan en televisión que me parece aberrante, pues bien, es material fidedigno para mis padres. La credibilidad indiscutible de quien te habla te puede convertir en un estúpido. Así que mi padre se fue corriendo a Hacienda para acabar comprobando que el edificio seguía intacto, y que mi hermano no estaba hecho pedacitos. En los noticiarios, esos mismos presentadores que hablan de videojuegos asesinos, dijeron que un avión del ejercito había volado lo suficientemente bajo como para que en el momento de romper la barrera del sonido todos nos enterásemos, y mis padres pensaran que yo ya era hijo único. Así que nada. El piloto fue reprendido con una sanción grave, y yo continué mi curso escolar, y mis padres sus vidas alienadas, y mi hermano continuó vivo.

Pregunto a un montón de enfermeras que dónde está mi padre, que cómo llego a la habitación donde se acaba su vida. La verdad es que me avergüenza hablar con mi padre, porque he resultado ser una gran decepción. Mi hermano mayor siempre ha sido educado, entregado, correcto, esforzado, buenas notas, trabajo, disciplina, decoro. Pero yo no. Yo fui un milagro, una casualidad. Mis padres tuvieron a mi hermano, y después mi madre tuvo dos abortos. Piensa en aborto como en un submarino militar que decide no atacar en el último minuto. No es que mis padres no quisieran más hijos; simplemente tuvieron dos accidentes, y no había dinero para seguir con más de un vástago. Pero cuando yo llegué el primero al ovulo, entonces, sí había solvencia económica. No sólo llegué el primero; además llegué cuando tocaba. Y comencé a crecer dentro de mi madre, aún siendo una promesa. Cuando tienes un bebé no piensas en que un día el niño crecerá y tendrá que hacer cola en el INEM. Tu bebé será astronauta, un cerebrito, un modelo para los demás; tu niño no será un fracasado, será un compendio de talento para ganar dinero y disfrutar de la vida. Pero yo no he cumplido con eso. Soy tan del montón que un aborto más hubiese ahorrado un montón de problemas a mis padres.

Todas las enfermeras titubean y miran al vacío cuando me dicen que probablemente tengo que subir un par de pisos más. Lo que va a acabar con mi padre es un cáncer, uno cualquiera, da igual, y realmente no sabría especificar. Las visitas diarias se suceden porque esto es lo que llamarías la recta final. Mi padre, cada día más, es menos debajo de las sábanas. Lo cierto es que hay mucha gente de la que tiene cáncer que no supera el único tratamiento que hay, y muere con la cabeza calva. Cuando te aprendes todos los síntomas posibles de los enfermos de cáncer, ves cáncer por doquier. Una camarera, un profesor, tu novia. Muerta. Muerto. Muerta. Y te equivocas, claro, pero piensas: ¿y esos tics? ¿Y el temblor de la mano? Piensas: se muere. Pero te equivocas. Es lo que nos distingue de los médicos, que ellos sí saben quien va a morir pronto. Recuerdo a Rafa a veces. Rafa era un niño de mi barrio. Un niñato. Lo peor de la muerte, claro, es que te pille por sorpresa. Lo que hizo Rafa fue morir por estúpido. Se comió dos bocadillos, se tiró a la piscina. Y se ahogó. Su madre ya había perdido un hijo antes que él. Así que ya había perdido dos. Cada vez que vengo a este edificio me acuerdo de Rafa, que ahora rondaría los treinta años, porque aquí fue donde le trajeron, y donde se acabó. Tantos años tiene este edificio que en todas sus habitaciones debe haber muerto alguien alguna vez. La muerte es un seguro. Espera al día en que se envase el aire, a ver qué pasa. Vete a una funeraria y pregunta por los precios. Más vale que quieras a tus seres queridos, porque si no te vas a cabrear si en un mal momento deciden saltarse un disco rojo, o tirarse a la piscina.

Mi listón está por los suelos y todas las enfermeras me hacen pensar en campanas de boda. Todas tan responsables y sugerentes bajo sus obligaciones. Las paredes aquí tienen un tono verdoso que debería ser tranquilizador. El suelo de baldosas desprende olor a desgaste, a ácido de vómitos, a productos de limpieza. Te extraña que este sitio no esté vació desde hace cincuenta años. Es raro que todo esto no sea ya pasto de leyendas urbanas.

Estoy en el piso en el que supuestamente mi padre va a morir y sólo puedo pensar en que quiero fumar y no puedo. Voy mirando los números de las habitaciones. Voy empapándome del sitio para poder describirlo después. Cuando sufres de narcolepsia como yo y te gusta escribir, es fácil que de vez en cuando te despiertes con la cabeza estampada en el teclado y te encuentres algo como <<jknnmk>> escrito en la página electrónica brillante. También te duermes en salas de espera, y en todo tipo de lugares en los que después despiertas aturdido, confuso y avergonzado. Dormirse mientras comes, en los preliminares del sexo, en plena calle, en casa de un amigo. Da igual lo que me digas o lo que pase, que en cualquier momento podrías tener que sujetarme para que no dé con la cabeza en el suelo. Esa gente que se duerme al volante en plena autopista a cien por hora son corderitos a mi lado. Probablemente hasta moriré dormido. Eso no está mal. Cuando pienso en mi funeral imagino a la gente conteniendo la risa.

Ya en la habitación en la que está mi padre, él saca el tema de Miriam. La única parte de mi vida que ha enorgullecido a mi padre es Miriam. Fue Miriam. Piensa en esos posters que llevan los camioneros en la cabina de su camión. Suelen ser mujeres de caderas redondas y tetas firmes, pero con caras poco atractivas, infladas de silicona o colágeno. Cuando la gente se dio cuenta de que el cuerpo, según cómo, eliminaba la silicona, se puso de moda el colágeno. Toda esa belleza de mentira es lo contrario a Miriam. Miriam era como si cogías el poster de algún taller mecánico y cambiabas la cara artificial de la tetona de turno por otra bonita de verdad. Una cara peculiar. Ojos grandes y sonrisa amplia, como de dibujos animados. Y sí, tanta diatriba para acabar diciendo que Miriam estaba buena. Muy buena. Sólo para eso. Pero pasa que hay cosas tan bellas en sí mismas, que cuesta dejar de hablar sobre ellas. Y rubia y ojos azules y me quería. Me quiso. Da igual cómo, pero un día lo nuestro comenzó, y unos meses después acabó. Tan orgulloso estaba de ella que un día la convencí para ir a comer con mis padres. Y cuando ellos la vieron, ese día se convirtió en el mejor de mi vida. Fue el mejor de mi vida y a la vez fue el detonante de nuestra separación. Ella pensó que yo estaba demasiado emocionado, y lo que para mí era sólo un modo de presumir ante mis padres, para ella fue una señal de que pronto iba a avergonzarla en algún lugar público arrodillándome y sacando una alianza para obligarla a decir sí. Así que la asusté. Y me dejó. Y me hundí casi tanto tiempo como pasé con ella. Pero no olvidaré la cara mi padre cuando la vio, y lo orgullosa que estaba mi madre. Y cómo la miraba todo el mundo en el restaurante. Todo demasiado bueno para durar.

Y yo no hablo y mi padre no para de hablar de lo mal que debí portarme con Miriam la santa. Sólo podía ser una santa. Esa chica era demasiado para ti, dice mi padre. No estabas a su altura. Mi padre me mira y sólo ve un error; un fallo de cálculo; una cagada en toda regla. Me mira y piensa: aborto.

Comienza a atardecer y sigo sentado en la silla al lado de la última cama de mi padre. Su último paisaje. Su última habitación. No más telediarios. Ni más errores.

Se ha dormido y pienso: me voy. Una enfermera entra en la habitación y mira a mi padre. Bueno, murmuro, yo voy a ir marchándome. Ella dice que si soy su hijo, y yo digo que sí. Ah, dice, pues no pareces tan gilipollas.

 

 

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6 comentarios en “Recta final

  1. Tienes facilidad escribiendo o, al menos, lo parece y se lee un texto tan largo para ser una entrada de blog sin apenas darte cuenta; engancha. No sé hasta qué punto es realidad o ficción.

  2. Yo creo que este texto va de como los hospitales o los padres dejan de ser seguros. En el fondo no son tan difrentes, como dices de pequeños creemos que nos podemos aferrar a ellos pero después descubrimos que son una decepción.

  3. Hay una cosa que veo en casa de mis padres todos los días. Y es lo que mencionas de la televisión. La forma en que les afecta y les hace pensar que el mundo es totalmente inseguro y que si hay una desgracia, sin duda nos afectará.
    Saludos

  4. Lo tendré en cuenta:) Ya dije que tenías facilidad…Joder, me despisto un par de días y ya tengo tres posts nuevos que leer… Luego me paso y comento 😀

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