Absurdos

Abro la puerta del piso, la cierro, y en el pasillo de entrada tropiezo con una pantalla de ordenador que hay en el suelo, que hace dos horas no estaba ahí. Pienso: joder, Clara. Tener un piso pequeño siempre conlleva algunos problemas, pero esto es demasiado. Si abriera el cuarto trastero, teclados de ordenador y batidoras y televisiones se me vendrían encima. El comedor también está lleno de trastos por los suelos. En la cocina hay una colección de microondas, unos encima de otros. El lavabo tiene la bañera llena de lamparitas y pisapapeles y todo lo que es material de oficina. Todo lo que hay, todos los aparatos y objetos, todos, funcionan. Caminar de noche por este piso sin encender la luz es inviable. Y aquí vivo yo, con mi novia. Con Clara.

Cuando caminamos por la calle ella mira a un lado y a otro. Normalmente la gente no depara en esos containers agrupados en dos o tres. Pero mi novia sí. Clara se detiene en frente de los containers, y da un paseo alrededor de ellos. Esto es a lo que se le ha puesto como nombre: “síndrome de Diógenes”. Sencillamente, si hay algo abandonado en cualquier sitio, y aparentemente funcional, por muy viejo y roñoso que sea, mi novia se lo va a llevar a casa. Si coges y te deshaces de tu viejo televisor de veinte pulgadas, si lo dejas al lado de unos containers y mi novia lo ve, pues bien, tu televisor acabará en mi piso bloqueando el paso del comedor a la cocina.

Cuando ella vivía con sus padres, en una casa, con sótano, el sótano era de ella; si su padre bajaba las escaleras a buscar su bicicleta estática, iba a tener que caminar por encima de muebles viejos y todo tipo de aparatos y desperdicios de segunda y tercera mano. Al paso del tiempo, todo estaba tan amontonado allí abajo que a mitad de camino por las escaleras te frenaban los objetos que ya rellenaban la mitad del lugar. Y cuando yo la conocí, si ibas a su casa y abrías la puerta de acceso a las escaleras de ese sótano, ya no se podía ni entrar. Ya era un cuarto trastero gigante y lleno; los desperdicios de todo el barrio.

Hoy íbamos de paseo, y la muchacha ha visto una lavadora abandonada. Me he negado en rotundo a cargarla y hemos discutido y ahora mismo estamos subiendo la lavadora escaleras arriba hasta el piso. Lo que argumenta ella siempre es que la gente tira cualquier cosa, cosas que funcionan; dice que no es justo que haya gente que no tiene nada y nosotros cambiemos nuestra tele porque está pasada de moda. Así que mi piso está lleno de monstruos analógicos; televisiones con tubos de imagen inmensos, relojes de cocina enormes, carritos de bebé plegados con vómitos resecos de hace años. Mi piso es el cobijo de las cosas que la gente ha apartado de sus vidas porque ya no daban la talla, ya no les definían como personas; esas cosas ya no eran dignas de seguir con familias de tanto nivel adquisitivo. Lo que ha sido substituido por Ipods y pantallas planas y tecnología puntera, todo, va llegando a mi piso. La lavadora pesa como un demonio. Cuatro pisos no son una broma. Cuatro pisos sin ascensor, según cómo, son una putada. En cada rellano nos paramos a respirar. Los vecinos nos ven como a mendigos de alto standing. Si lo piensas bien, hay mendigos que sobreviven durante años en la calle. A base de ese derroche de carácter tan occidental, y de rebote, los sin techo sacan tajada. Lo mismo que condena a tanta gente a vivir en la calle es lo mismo que los salva de morir en cuestión de días. Aplica lo de los objetos con la comida. Gracias a tantos días de ver a mi flamante novia revolver en la basura de la calle, sé que el derroche de la gente es desorbitado. En serio, es fascinante.

Ya no siento los brazos. La lavadora abandonada me está destrozando. Quedan dos pisos y ahora quisiera que mi novia fuera una derrochadora, una puta que se gasta millones sólo en perfumes. Aunque algo me hace pensar que si fuéramos ricos Clara comandaría a un numeroso grupo de trabajadores con salario mínimo; serían tíos que se dedicarían a llenar nuestra suntuosa mansión de objetos para delicia de mi millonaria y diogénica media naranja.

La revolución tecnológica que hace que la gente cada vez deseche su tecnología más pronto, está convirtiendo mi vida de pareja en una colección de días extraños. Como este; como hoy. No es sólo que esté cansado; es que hay cinco vecinos detrás de nosotros, en procesión, viendo cómo cargamos con este bicho. Les miro como diciendo: esa es mi novia, sí, esto es amor; todas esas películas que habéis visto eran una farsa; amor es cargar con una lavadora de segunda mano porque sí, porque tu novia quería. Miradme. Si Dios existe iré al cielo de cabeza.

Nos paramos en el rellano del tercer piso, y los vecinos nos observan sin decir nada y resoplando. Clara se disculpa. Yo no digo nada. Atardece. Esto es lo que iba a ser un bonito paseo de enamorados por el parque. Esto es lo que pasa cuando salimos a pasear Clara y yo.

Subir hasta el cuarto piso es una odisea. Si la lavadora no funciona, mi novia me dará un beso y me dirá: bueno, mañana tendremos que bajarla. Será como cuando no funcionó una vez una televisión, y otra televisión y otra; como diversas batidoras, equipos de música, torres de ordenador. Ese es mi pasado reciente, ir comprobando quién de mis vecinos tira las cosas porque no funcionan y quién no. Si me preguntas por el vecino del segundo segunda, te podría decir que la anterior generación de todo lo que había en su piso ahora está en el mío. Ese tío, si mañana surge un nuevo modelo de mesilla Ikea para poner su despertador encima, tirará la que tiene. Hay gente de clase media que cree realmente que nunca va a pasar por apuros económicos. Hay pisos y casas que renuevan su decoración cada pocos meses. Las modas hacen mella en la gente hasta tal punto que en mi piso ya mismo no vamos a caber. Eso es lo que más me preocupa. Esto es lo que se llama una preocupación física real. Si Clara coleccionara amantes yo no tendría que vaciar la bañera de cosas cada vez que quiero darme una ducha; los amantes vendrían y se irían. Lo bueno de las preocupaciones morales es que no ocupan espacio. Este tipo de pensamientos absurdos me pasan por la cabeza frecuentemente, mientras intento llegar hasta la cocina entre los trastos, o cuando busco mi taza de la suerte. Aquí, a cualquier tarea casera súmale cinco minutos como mínimo. Alguna noche nos hemos quedado sin ver la tele por la imposibilidad de encontrar el mando a distancia; los dos sentados en el sillón, sin saber poner la tele.

Al final llegamos al rellano del cuarto piso. Los vecinos están ya en sus madrigueras. Arrastramos la lavadora como podemos hasta la puerta. La abro. Los dos resoplamos agotados.

Luego, conseguimos enchufar el trasto. Lo comprobamos.

Al día siguiente el despertador suena media hora antes de lo habitual. Con los ojos aún pegados, comenzamos a bajar la lavadora, los cuatro pisos.

Procuramos ir a buen ritmo, pero con algo tan grande es una tarea difícil. Paramos en el rellano del tercer piso. Son las seis y media de la mañana y aun así es probable que lleguemos tarde al trabajo. Nosotros y también nuestros vecinos, que se acumulan otra vez, esta vez bajando, de camino a sus vidas diarias. Y mi novia murmura sin parar: perdón, de verdad, es que no funcionaba. Y yo, claro, no digo nada. Miradme, pienso, derechito al cielo voy a ir.

Continuamos nuestra marcha. Vamos bajando todos en procesión. Todos medio dormidos y memorizando la anécdota.

Llegamos al rellano del segundo piso. La gente comienza a meternos prisa. Van a llegar tarde al trabajo, dicen. Siempre estamos igual, dicen. Cogemos la lavadora. Ella antes, y yo desde arriba después, notando el cabreo de la gente detrás de mí.

Y no sé cómo sucede. La lavadora da un bandazo, se me escurre, y comienza a bajar escaleras ella sola. Volteándose. Llevándose a Clara con ella.

Al llegar al descansillo la maquina cae ruidosamente, encima de Clara, que ha bajado dando tumbos, arrastrada desde el segundo piso hasta el primero. Todo acaba para mi novia diogénica. Mi Clara. Todo acaba de sopetón. Todos los vecinos bajan a ver. Yo me quedo petrificado, atontado, inmóvil.

Cuando llega la ambulancia ya no hay nada que hacer. El cuerpo destrozado, la cabeza aplastada. Mi novia muerta. ¿Así es como pasan estas cosas?, pienso. ¿Así de golpe?

No sé quien es, pero un rato después alguien me empieza a abrazar, mientras levantan el cadáver de Clara. Luego, del edificio, nadie va a trabajar. Miradme, pienso aturdido y llorando, de cabeza al infierno voy a ir.

 

Días después ya he dejado de contar los días. El entierro y los abrazos y el consuelo, y todo, ha sido borroso, como capítulos de mi vida que aún no me quiero creer. La gente muere de vieja, o en accidentes de tráfico. La gente no muere así. Y menos si les quieres. La vida, me digo a cada hora, no puede ser tan absurda.

Quizá es una semana después de la muerte de Clara. Me encuentro viviendo con mi hermano y su mujer. Se casaron hace como cinco años; el tiempo de vida de algunas televisiones. En cinco años la mayoría de los objetos que te rodean ya han pasado de moda; esas cosas que se llevaría Clara consigo. La versión oficial es que Clara tuvo “un accidente”. La historia con detalles sólo la se yo. Bueno, yo y mis vecinos y los amigos de mis vecinos. Mi hermano me distrae todos los días. He dejado el trabajo. Mi hermano me distrae porque lo que hacemos últimamente es jugar a la consola. Nada más. No sé qué voy a hacer. Si vuelvo a casa, hay tantas cosas de ella que no podría soportarlo. Entraría en la cocina, por ejemplo, y vería todos los microondas amontonados, y me derrumbaría en el suelo, llorando. No puedo volver a Claralandia.

Y mi hermano me insiste todos los días: ¿Qué le pasó?, a mí me lo puedes contar. Y a solas con él, en cierto momento, le digo: tenía síndrome de Diógenes. Y él me dice: ¿es una enfermedad?

Sí, le digo, es una enfermedad nueva.

 

 

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4 comentarios en “Absurdos

  1. Es que la vida es ridícula, más de lo que creemos o esperamos. Y lo resumes genial con lo de lo de “la gente no muere así, muere en accidentes de tráfico”. Pero claro eso es lo que creemos, no sabemos la de muertes absurdas que hay por ahí.

  2. Me estoy enganchando a leerte… y no lo consiguen todos los blogs, ni mucho menos:) Me gustan tus relatos, de mayor quiero escribir como tú 😛 😛
    Por cierto, es curiosidad… ¿te dedicas a algo relacionado con las letras?

    P.D: En el relato “Felicidad” creo que cambias un par de veces Rafa por Cristian.

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