Manzana Smith

– Toma una manzana, cariño. – le dijo Juliana a su hija Mabel, sentadas las dos, un día, bajo un árbol. Mabel protestó;

– No, se me hacen muy pesadas…

Juliana era frutera, y cada día intentaba inculcar a su hija la importancia de la fruta. Le habló de todos los tipos de manzana, y de lo jugosas que están, y de que le daría un trozo, no tenía por qué comérsela entera.

– Es una manzana Smith, cariño, prueba un trozo… y mastica bien.

Mastica bien, le decía siempre, cuando comía.

Y ese día, Mabel, con seis años, comprendió. La fruta es sana, decía Juliana. La manzana Smith tiene vitamina A y vitamina C. La manzana Smith tiene ácido fólico, y un cero en colesterol.

Así que, en su niñez, Mabel se aficionó a la fruta, a la importancia de la fruta.

Y después, creció de forma acelerada. Hasta hoy.

 

El machismo esta en casa de Mabel como lo están los muebles. Simplemente no es un motivo para discutir porque jamás se ha planteado como algo ni tan siquiera extraño. José gana más que Mabel y cree que es así porque así es como debe ser. La opinión de Mabel sólo es la opinión de Mabel, sin más. Ruido de fondo.

Mabel trabaja como sirvienta para una familia que la trata peor que a las plantas de su aburguesada casa.

Nunca ha tenido demasiada suerte. Un condón roto la dejó embarazada y su familia de costumbres, toros y fútbol los domingos, no podía obviar una boda de penalti. Su hija se había equivocado, según ellos, y por tanto tenía que casarse para bien o para mal.

¡Haberte aguantado a estar casada con alguien que te gustase de verdad!, gritaba su padre, con lágrimas en los ojos, ante la mirada triste de Juliana, que miraba esas escenas como un mueble más, como las cortinas. Tu mujer, tu casa, tu coche. Objetos.

La boda fue a contrarreloj. Había que provocar dudas en las cuentas de la gente. Una vez casada, y muy poco después, hubo problemas con el embarazo, y se tuvo que provocar el aborto. Su padre, en silencio, nadó en el alivio, porque aún no habían hecho público el embarazo; se le notaba en la cara. No habría comentarios ni habladurías. Todo parecería un verdadero matrimonio por amor; a veces pasa, que las cosas, sólo parecen.

-¡Mabel! – grita Dorotea. Dorotea es la mujer de la que recibe ordenes Mabel; es la señora de la casa. Dorotea y Nicolás Aguirre son algo así como nuevos ricos. Una de esas familias que vivía al borde del abismo económico cada mes, y que por un golpe de suerte, pasó a nadar en la abundancia; es decir, una de esas familias que se ha convertido en todo lo que odiaban y menospreciaban; es lo que llamarías adaptarse sin problema. La mayoría de días Mabel recibe una soberana bronca por culpa de unas motas de polvo o un suelo que no está suficientemente brillante; una bronca que, como hoy, comienza con el grito: ¡Mabel!

¡Niña!

– Sí, señora – resopla Mabel, que ha venido corriendo desde la cocina hasta la enorme sala de estar, en la que Dorotea la mira con menosprecio y enseña a Mabel el dedo índice manchado, y después, señala hacia uno de los suntuosos muebles suecos.

En la casa de los Aguirre podrías despertar un día con urgencia por algo tan diario como tener que mear, y te lo harías encima, de camino al lavabo más cercano; la casa es así de grande.

Tras otro día y otra bronca Mabel llega a casa. José está sentado en el sillón, esperando, como todos los días, a que Mabel haga la cena. Y así un día tras otro. Mabel no se plantea ni por un momento el decirle nada sobre hacerse la cena él mismo; sencillamente esa idea es absurda. La utopía rodea a Mabel. Piensa en algo antinatural. Y no es una cuestión de miedo, José nunca le ha levantado la mano; nunca la ha maltratado en el sentido físico de la expresión.

Cinco años casados y ni una sola discusión. Todo monotonía. José lo acepta así. Mabel había sido de las guapas oficiales del pueblo, y ahora, la quisiera o no, la tenia para él, todos los días, desayuno, comida, cena… y si no estaba demasiado cansado por la noche…

Ella no protestaba, actuaba con sumisión. Una sumisión totalmente aceptada por todo el mundo. Nunca nadie se había compadecido de ella. Sin embargo, ella se iba llenando poco a poco de furia. En esos momentos de furia cogía una manzana. Se comía la manzana pensando en su madre, de la que sólo había heredado sumisión, y un tipo de esclavismo rural del que no se veía capaz de salir.

Un día, después de hacer el amor, Mabel preguntó eso tan manido, que, en esta ocasión, parecía estar más que justificado;

-¿Tú, me quieres?

José no dijo nada. Se la había metido a Mabel; siete sacudidas fuertes y ya había esperma en el condón. Después no contestó a ninguna pregunta. Se hizo a un lado, y a los dos minutos, roncaba.

A veces Mabel deseaba que José la pegase. Deseaba ir un día a la policía con la cara amoratada, sangrando, destrozada. Quería huir de aquella vida que le había tocado vivir. Vivía con un parásito que se reía de ella si abría un libro, o si intentaba llegar a él de alguna manera que no fuese sexo. Mabel llevaba lanzando besos a la nada durante cinco años. Pronto se comenzaría a arrugar y nadie la querría, y con José, no podía contar. Podrías llamar a esto previsibilidad prevista. Amor no correspondido a la fuerza.

En un día amarillo de sol, Mabel hace la cama de matrimonio de los Aguirre, y se queda encima, sentada. Justo en frente hay un ventanal enorme. Mabel saca de su bolsillo un pequeño frasco. Los venenos narcóticos actúan sobre el sistema nervioso central; sobre órganos como el corazón. Mabel mira el frasco; elucubra, y se lo vuelve a meter en el bolsillo. Cuando quieres liarla bien gorda a veces se antoja más fácil encontrar veneno que un arma de fuego. Venenos para muertes elegantes. Una vez tienes el arma mortal en la mano hay que tomar decisiones. Llega un momento en la vida en que las consecuencias de los actos dejan de importar; lo importante es estallar, llevándoselo todo por delante, y Mabel está encendida, y la mecha se acaba.

También sería importante conseguir una jeringuilla, piensa.

Las cosas un día se empiezan a descontrolar y te echan a patadas de tu rutina. Mabel tenía planeado cambiar su rutina. Las circunstancias le ayudaron, de forma chocante. Sorpresa.

Cenaba con su marido unas horas después de sostener aquel frasco de veneno en las manos, después de haber conseguido, al fin, una jeringuilla, gracias a una amiga, que no hizo preguntas.

Llegados los postres, las manzanas llegan. José, sin casi haber acabado de masticar su carne del primer plato, muerde la manzana con avidez; como el animal que es. El mordisco es enorme. Hay un gran trozo de manzana Smith en su boca, y realmente empieza a sufrir por tragársela, con los ojos llorosos. Hace el gesto de tragar, y al instante abre los ojos con terror. Comienza a señalar su espalda mirando a Mabel, y también comienza a ponerse morado. Se levanta de la silla y cae al suelo agarrándose el cuello. Se queda tirado panza arriba, comienza a sufrir temblores en su pierna derecha; convulsiones. Mabel le mira, de pie, observando, la importancia de la fruta. Las vitaminas A y C no tienen nada que hacer esta vez, olvida el ácido fólico. La pierna deja de temblar en poco tiempo. Y un susurro dice;

– Mastica bien…

El cielo está tapado. Es algo que importaría a los Aguirre si no vivieran bajo sus lujosos techos, aislados de todo, y de su pasado. Las ventanas son más adornos que otra cosa.

Los comensales e invitados de los Aguirre cenan a gusto. Mabel mira desde el ostracismo. Dorotea la mira;

– ¿Niña, qué clase de carne es esta?

Piensa en esos cuchillos que cortan el hueso, con los que podrías despedazar a cualquiera. Imagínate que se han acabado los escrúpulos, en general. Consigue la salsa adecuada. Una de las invitadas replica:

– Deja a la chica, está buenísimo, y seguro que se ha pasado la tarde cocinando.

Mira el postre. En el centro de la mesa hay una cesta a modo de adorno, llena de manzanas, por supuesto manzanas reales, no de plástico; manzanas Smith, apetitosas, y en las que está escrito el futuro. Nadie ve el agujero de una aguja en una manzana.

 

 

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5 comentarios en “Manzana Smith

  1. ¡OOooh! ¡¡¡Qué guay!!!
    No dejo de preguntarme cómo narices tienes tanto tiempo para escribir. No lo entiendo. Eso, o escribes todo esto en 5 min. No sé.

  2. Suscribo todo lo que ha dicho María. Y añado que tus relatos son bestiales (para bien y para mal). Admiro tu capacidad para narrar e inventar historias. Mil saludos.

  3. Maria, Jordi vive de escribir, ¿no le ves? 🙂

    En tu línea de relato. Aunque esta historia, no sé porque, parece como si me la supiera ya, aunque el toque de la manzana es tal vez, demasiado original.

    Un abrazo

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