La enviada

Cuando la vida se convierte en una mezcla de lo que quieres y lo que no puedes alcanzar, y si las dos cosas son la misma, pues el futuro se convierte en una amenaza. Ella trabajaba como carnicera. Y la imagen que te ha venido a la mente de una señora obesa con el delantal lleno de sangre es justo eso, sólo una imagen que te ha venido a la mente. ¿No?, bueno, vale, pero no creo que hayas pensado en una Cameron Diaz cortando chuletas de cerdo… Los prejuicios están ahí porque la ignorancia los alimenta. Ella era una mujer con la treintena ya superada, pero sin nada que ver con la imagen que tenemos de las fruteras, de las trabajadoras del mercado, de las señoras que gritan su mercancía.

Era morena, superado el metro setenta por uno o dos centímetros, y todo lo guapa que puedas imaginar para que cada día fueran siempre los hombres los que se encargaban de llevar carne a casa. Hasta las mujeres suspiraban. Esa era ella. Sin nombre. ¿Sin novio? Radiante. Majestuosa sonrisa. Amor platónico. Visita diaria al mercado. Aunque no vayas a comprar, da igual. Si allí hubieran cobrado entrada, muchos la hubiesen pagado gustosos. Yo, por ejemplo. Tus mitos no tienen por qué salir en televisión; a veces basta con no saber nada de alguien, y ese alguien se te antoja perfecto. La mayoría de gente se enamora así ¿Quién es aquella chica? Y te contestan: ni idea. ¿Qué hace, tiene novio? Ni idea. ¿Nada, no se sabe nada? Pues no, te dicen. Y tú piensas: la quiero. Puedes acabar casándote con un mito. La ignorancia junta a las personas que no se conocen, y después se conocen, y muchas veces se separan. Tu nivel de conocimiento y sabiduría es lo que te va a hacer sufrir. Lo que queremos son misterios, entes, ovnis, magia, belleza. No me cuentes demasiadas cosas de ti, eres demasiado guapa. Eso pasaba con aquella mujer. La carnicera mágica, desconocida. Al no conocerla pensabas que ella sí podía sacarte de tu rutina. Mujeres así son el motivo por el cual muchos padres acaban viendo a sus hijos sólo cada dos semanas; ves a una mujer así y si llevas un tiempo casado, piensas: divorcio. Los mitos y las leyendas son las cosas que le dan picante a la vida. Esas cosas siempre son mejores que tu vida tal y como te va. Al principio piensas que sabrás conformarte con lo que tienes. Pero con el tiempo, vas a buscar alguna salida. La salvación es el cambio, aunque no lo sea; basta con que tú te lo creas. La carnicera era la visión celestial de la salvación. Los hombres cogían sus bolsas con la compra sangrienta empaquetada, con las manos temblorosas y una sonrisa de adolescente tímido. La chica devolvía a la adolescencia a tíos de cincuenta años sólo con sonreír. Sonriendo. Eso es lo que se llama triunfar. Más que carne, repartía pedazos de alegría. Alegría en pequeñas dosis diarias.

Si un día se ponía enferma, las ventas iban a bajar. El substituto o substituta se iba a pasar el día viendo cómo la gente miraba con condescendencia. El puesto estrella en el mercado era la carnicería, siempre y cuando te atendiera ella. Algunos jubilados esperaban fuera del mercado, hasta que cerraban, sólo para verla salir. Pero nadie hablaba con ella, nadie quería estropearlo. Qué importaba si no era perfecta; si nadie desgranaba su vida, era perfecta en nuestras mentes. En eso consiste la perfección, en no investigar demasiado, en ver las cosas desde el ángulo adecuado. La perfección sólo estaba en nuestras cabezas. Así estaba bien. Porque soñar es gratis.

Hasta que yo lo jodí todo.

Juro que no lo tenía planeado. No quería dinamitar los sueños de perfección que ella aportaba al barrio. Ella era la excusa perfecta para enamorase justo antes de que te venciera el sueño. Su inaccesibilidad aparente era encantadora. Como esas mujeres que no te vienen a la mente en tus fantasías masturbatorias, porque las respetas demasiado, las admiras, y las protegerías hasta la muerte. Y eso era lo importante Lo importante era proteger a la musa del barrio. Era nuestro sol, y yo lo apagué.

Lo que ocurrió es que un día coincidí con ella, en un restaurante chino; el que había en el barrio. Permanecía de pie, quieta, esperando. Después se sentó en una mesa. Había pedido algo para llevar. Yo iba a eso también. Y en el momento que hice mi pedido y decidí sentarme en la misma mesa que ella, se comenzó a fraguar la tragedia. En serio, era como fastidiar una misión espacial; tenía esa magnitud. Iba a apagar el sol; a cargarme la humanidad.

Comenzamos a hablar. En realidad fue ella la que hizo el primer comentario. Y no sé cual fue, pero sí recuerdo que yo comencé a temblar, y sonreí como un adolescente. Sólo con tono de curiosidad, me preguntó si tenía novia;

– No…

– Te he visto mucho por el mercado, es verdad, siempre vas solo.

Pensé: Te quiero. Te queremos.

– Te gusta la comida china… – dijo ella.

– Pues sí… – sonrisa adolescente.

– No está mal para un apaño… – SONRISA.

Pensé: Me voy a mear encima.

No sé qué dije yo luego, y ella se echó a reír, como cuando una persona ríe de verdad, y no por cortesía. Eran carcajadas celestiales. Se sonrojó. Y yo también, pero en plan adolescente.

– Qué ocurrencia… – dijo luego, a propósito del comentario que no recuerdo.

La conversación se desarrolló. Eso es lo que nunca tenía que haber ocurrido. Tendría que haber sido un encuentro fugaz. Algo con lo que soñaría. Algo que comentaría con los demás en el mercado. Todos me envidiarían, pero no habrían querido matarme, porque yo aún no conocería nada sobre ella. Pero en lugar de eso, paseé con ella hasta casa. Me habló de que quería irse a vivir a Londres, que quería ser actriz, de las de teatro, me dijo. Me comentó que se llamaba Sandra, que no tenía novio. Saber su nombre ya era todo un acontecimiento; algunos de los jubilados del mercado hubieran caído redondos al suelo, infartados. Mi privilegio sólo lo podía comprender la gente de mi barrio. Los mitos no se hacen de un día para otro. Seguí con ella hasta su casa. Me negué a que cenáramos juntos. La gente que me veía por la calle me miraba diciendo sin abrir la boca: No lo hagas. No la corrompas. Es de todos. No la acapares. No. No. NO.

Esa fue la desgracia, que me vieron con ella. Y ella insistió en cenar conmigo, en su casa. Al final acepté. Antes de que se cerrara la puerta del portal a nuestras espaldas, se escuchó desde fuera: ¡Eeeeeh!

Ese grito anónimo iba para mí. Era un aviso. No lo quise escuchar. La mitificación lleva a la paranoia. La paranoia no lleva a nada bueno. El efecto que producía Sandra en el barrio era parecido a cuando antaño se quemaban a las mujeres que se sospechaban brujas. Sólo que Sandra era el ser divino, la Diosa. Y tenía que ser para todos, detrás de su mostrador, sonriéndonos. Para siempre.

No pude evitarlo. Seguí saliendo con ella. A la gente no le hacía puñetera gracia vernos pasear juntos. Aunque sólo fuéramos amigos. Aunque ni se nos ocurriera besarnos. No éramos pareja. Yo no me atrevía a verla como mi novia. Imagínate a una cristiana devota enrollándose con Jesucristo. No había valor suficiente para tomar una actitud de querer “algo más”. Y obviamente ella no me veía como un novio. Era como si Sandra hubiese estado mucho tiempo esperando tener a alguien con quien poder hablar. Acostumbrada a que todo el mundo se redujera a un saco de nervios ante su presencia, debía haber pasado mucho tiempo sola.

La empujé a perseguir su sueño; Londres, interpretación. Otro error. No sé si lo hice por quedar bien, o fue un acto egoísta, o estaba enamorado, o que. Pero acabé convenciéndola.

No será para tanto, pensé, la gente se olvidará de ella, hay más chicas guapas, centenares. Además, ella no es la solución a nada; no es una reencarnación de Jesucristo. No es un salvador. No es un Ángel. Sandra no es lo que la humanidad crédula y supersticiosa está esperando.

Pero andaba equivocado pensando todo eso. Porque era lo que la gente pensaba lo que importaba. Los demás creían que sucedería algo algún día. La carnicera nos iba a salvar a todos. Tenía algo especial. Y yo la eché de nuestras vidas. Al la mierda con el rayo de luz matutino. Se acabaron las sonrisas y la sensación de esperanza cuando la veías.

El día que se fue a Londres, como un mes después de nuestro primer encuentro, comencé a tener miedo. En mi buzón se habían ido acumulando cartas de amenaza, o simplemente insultos en papeles roñosos. Me dio un abrazo antes de embarcar. Que gracias por todo. Que me escribiría. Estaba tan anonadado con ella que debía parecer su amigo gay. Y se fue. Mi final.

 

Cuando la vida se convierte en una mezcla de lo que quieres y lo que no puedes alcanzar, y si las dos cosas son la misma, pues el futuro se convierte en una amenaza. Lo que quería mi barrio era tener a Sandra, pero ya no la iban a tener. Ya llevaba meses en Londres con sus cosas, sus sueños. El futuro amenazante se cernía sobre mí. Una noche alguien tiró una piedra a mi ventana, destrozándola. Se oían insultos desde la calle; gritos: ¡Qué has hecho con ella!

Oí cómo varias personas subían hasta mi piso. Golpeaban mi puerta con algo realmente grande, para destrozarla. Me hice un ovillo en mi habitación, escuchando el estruendo que hacía la puerta, astillándose. Hasta este punto se te puede desquiciar la vida. Lo que queremos son misterios, entes, ovnis, magia. Queremos belleza. Le di al botón de llamada de mi móvil, esperando a que Sandra me cogiera el teléfono. Lo cogió al tercer tono, con mi puerta soltándose de los goznes;

– ¡Sandra!

– Sí, dime, ¿qué te pasa?

– ¡¿Tú quien eres?! ¿Eh? Porque esto ya se ha salido de madre…

– ¿Que quién soy? ¿No te acuerdas? La carnicera… ¿Qué te pasa?

– Sólo llamaba para despedirme. Pero… ¿No serás Jesucristo? ¿O un Ángel? ¿O algo así?… ¿No, verdad?

 

 

avataneo_mujer_dormida.jpg

 

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4 comentarios en “La enviada

  1. Me gusta mucho. La descripción perfecta de la perfección. Estoy de acuerdo contigo: “En eso consiste la perfección, en no investigar demasiado, en ver las cosas desde el ángulo adecuado”.

    Gracias por desvelar el misterio de tu rapidez. Aún así, sigues siendo un crack. Aunque sólo la mitad de los textos sean recientes, ¡es una pasada! Pero nos estás malacostumbrando y luego necesitaremos nuestra dosis diaria de relatos de Jordi.;)

  2. No, no soy una carnicera ni Jesuscrito
    Soy Gasparín, el fantasma amistoso y he venido por ti Buuuuuuuuuuuuuu, ¿dulces o sustos? [esta es la parte donde te asustas, te ríes y me das los dulces :D]
    Dos besotes

    R.A.

  3. -Ringgg Ringggg
    -¿Aló, Jordim?
    -…
    -¿Jordim, estás ahí?
    -…
    [Constestadora del móvil: servicio de mensajería móvil, por favor deje su mensaje]
    -…
    -Tutututuuuu

  4. El que relaciones ignorancia con perfección es genial. Es unir dos conceptos que a primera vista no deberían estar en la misma habitación. Muy bueno, porque además tienes razón, suelen ir de la mano

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