Papel de regalo

La lamparita de mi habitación, y los posters, y los cuadros y mi cama, y todo cuanto hay a mi alrededor, me hace pensar en que un día los humanos surgimos como setas en el planeta Tierra, para arrasarlo construyendo nuestras ciudades, para así adaptar la Tierra a nosotros, en lugar de adaptarnos nosotros a ella. Imagina que un día llega alguien de paso unos días a tu casa, y comienza a poner los muebles a su gusto, y tira tus discos y saquea tus fetiches. Como te sentirías es como se siente La Tierra, los árboles, los animales, el cielo. Mires a donde mires ves el resultado de lo que somos. Los adjetivos para definirnos como especie tienen poco que ver con la creación. Destrucción puede ser una palabra exagerada, pero es la primera que te viene a la cabeza. Tanta tecnología nos ha enseñado a amar los objetos. Quererse es regalarse cosas. Evolución se mezcla con involución cuando del ser humano se trata; en lugar de mirar el fondo de las cosas, luchamos porque la superficie sea preciosa; luchamos a muerte. Evolución tiene más que ver con agotar recursos naturales que con pensar, o con el silencio.

En el fondo siempre he pensado que lo que a Dani le dolía era que había seguido las directrices de las que todo el mundo habla, en el mundo, en la Tierra, y su novia no se conformaba con eso. Ella no buscaba eso. El pelo muy corto, camisas impecables, ajustadas. Cara limpia, buen coche, radio-formulas. Un atractivo de gimnasio, sin un solo pelo. Dani. Un maniquí moderno más, relleno de tripas de verdad, sin demasiado de nada mas allá. No se trataba del intelecto, ni del físico. A todo el mundo le gusta simplificar con eso. Provéete de unas buenas pesas y lee a Baudelaire, pero aun así no esperes que aquella chica que va sola a la cafetería se comience a fijar en ti.
Es decir, que no sé por qué, Marta, al doblar la esquina, me saludó, y diez segundos de silencio más tarde me besó en la boca, abriéndose paso con la lengua. La novia del maniquí.

Yo iba con un jersey elegido casi al azar, unos pantalones raídos de verdad, no de diseño, el pelo más bien alborotado y una perilla que ya estaba desapareciendo por falta de afeitados. Justo el aspecto que mi madre siempre critica. Lo que algunos etiquetan de “casual” yo lo hago sin querer. Es escalofriante, cualquier día de estos le harás un regalo a alguien y lo abrirá con cuidado, doblará el envoltorio de papel con esmero y tirará la caja con el regalo dentro a la basura; eso que hace la gente con las personas, que no están rellenas de joyas, o ropa bonita, o tecnología. Eso que no parecía querer hacer Marta.

Marta era novia de Dani, que había sido compañero mío de clase unos cuantos años, en esa época en la que a muchos adolescentes no les importa reconocer que lo que buscan es un buen culo que estrujar, un coche, y huir de los padres: El papel de regalo de la vida. La búsqueda de la felicidad prematura.
En el momento en que ella sacó la lengua de mí, esperé a que dijera algo. Pero no decía nada. Yo recordaba su nombre de casualidad, como cuando recuerdas un número de teléfono al que casi nunca llamas. Consideraba a su novio un gilipollas. Me había topado con ellos por la calle alguna vez. Siempre los veía agarrados de la mano. Y teníamos conversaciones tontas de quien no quiere reencontrase después de una etapa escolar en común. Ella, Marta, me parecía una chica dulce, como esas chicas guapas que ves a lado de tíos que, los prejuicios, te hacen catalogar como imbéciles. Miras a la chica y piensas: ¿Qué haces con ese imbécil? ¿Es que no ves que es imbécil?
Tienes muchos de esos momentos de vanidad cuando piensas que tú serías mucho mejor que esos tíos para ellas. Y sí, con Dani también lo había pensado. Había algo de morboso en todo aquello. Había malicia en pensar que aun con todas las molestias estéticas que se tomaba aquel individuo, su novia estaba dispuesta a ponerle los cuernos.
– Casi… no me conoces – acabé diciendo yo, paladeándola aún.
– Ya lo sé.
– Entonces…
Y entonces, dijo: Etc. Etc. Etc. Me gustas.
Dijo eso que define perfectamente aquello que no se puede definir. Ella sentía algo por mí pero no sabía por qué era, y el hecho de no poder asociarlo a mi gusto por las camisas o a mi envoltorio en general, la impulsaba a recurrir a la expresión más sencilla y definitoria. Yo le gustaba, decía, sin más. Y eso, a mí ya no me daba pie a preguntar nada. Preguntar por qué hubiese sido una tontería.

Su novio, haciendo alarde de su irrefrenable orgullo personal, comenzó a llamarme por teléfono, y a amenazarme. Ese comportamiento típico de maltratador en potencia. Me podía imaginar perfectamente a una Marta con cuarenta años casada con él y con un ojo morado cada cierto tiempo, hasta que un día él la empujara borracho escaleras abajo y su mujer se convirtiese en otro dato estadístico. Eso que ves por la tele de otra mujer muerta más, a lo que ya no le das más importancia que a las guerras lejanas.
Marta comenzó a sentirse muy mal, porque decía que era culpa de ella el hecho de que ahora me quisieran matar. Y era verdad. Pero claro, sobretodo era verdad por haberse liado con él la primera vez que lo hizo. De ahí que mire a las parejas por la calle y me cague en la mitad de las chicas por estar con según quien. Vanidad. Vanidad. Vanidad.

Después de aquello del beso Marta insistió mucho en que le diera mi número de móvil. Dos meses después salíamos habitualmente, aun bajo amenaza de muerte. Aquel tipo no sabía aceptar que Marta no era propiedad suya, no era como sus camisas o su coche. Yo, estuve una buena temporada mirando hacia atrás cuando iba solo por la calle. Aquel capullo engominado me tenía acojonado. Y lo peor era que Marta me empezaba a gustar cada vez más. No tenía salida aparente. Dani era como cuando estás en un gran centro comercial y no sabes ver los lavabos, pero sabes que están, en algún sitio. Mi vida era un gran centro comercial, y Dani su lavabo; nunca sabía cuando me lo iba a encontrar por casualidad. Mi vida se estaba poniendo incómoda. Adaptarse a la vida basada en hacer que la Tierra se adapte a ti es eso en lo que ya no piensas. La suma de todas las dificultades. El camino hacia nuestro fin a largo plazo es que el ser humano siga como hasta ahora; pero el fin a corto plazo lleva falda. Sí, es verdad: Misoginia, vanidad, muerte.

Todo lo que hacía Dani era una prolongación de los ideales que tenían otras personas, a propósito de cómo vestía, la música que escuchaba, y hasta cómo conducía. No tenía ideas ni criterios propios. Su existencia se basaba en el qué dirán. Si lo que mucha gente opinaba era que lo mejor era depilarse, él se depilaba; si la música que había que escuchar era la de los medios de comunicación masivos, pues él la escuchaba; si lo que molaba era conducir a toda leche como si tu mujer hubiera roto aguas en el asiento de atrás, pues él lo hacía.
Y un día que iba yo conduciendo, con Marta al lado, en un semáforo, vimos a Dani, justo en el coche de al lado. Nos comenzó a mirar muy mal. Yo le dije a Marta que no le mirara y me hizo caso. Dani comenzó a gritar como un energúmeno. Insultos. Yo esperaba que de un momento a otro se bajara del coche y me viniera a pegar, pero no lo hizo. Pensaba hacer otra cosa. Había muchos metros de avenida por delante.
El semáforo se puso en verde y arranqué. Vi que él se acercaba. Dani comenzó a chocar su coche contra el mío, por detrás, una, dos, tres veces.
Y algo debíó pasar. Se le rompió la dirección, según se supo más tarde. Su coche se estampó con un muro metiéndose en una calle que cruzaba horizontalmente la avenida. Chocó a unos ciento cincuenta por hora. Y además, debía haber conocido en el pasado a alguien muy guai que no se ponía el cinturón de seguridad, porque él tampoco lo llevaba.
Murió, claro.
Yo me alejé del lugar con la parte de atrás del coche destrozada. Algo rozaba en el asfalto y hacía mucho ruido. Asfalto donde antes había árboles o tierra o césped. Carreras de coches donde antes había silencio. Celos donde antes sólo había procreación animal. Humanos donde antes había sentido común natural.

Marta no decía nada. Y yo meditaba sobre todas esas manchas de sangre, que la madre de Dani tendría que frotar con sosa si quería conservar la ropa. Muy humano, yo, no podía desdibujar la sonrisa que nacía en mi cara.

 

 

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2 comentarios en “Papel de regalo

  1. Sueles reflexionar sobre algo relacionado a la historia a medida que vas relatando. Me gusta porque haces más profundas las historias. Y la reflexión sin la historia se olvidaría (al menos yo).

    Estaba muy clara la descripción de la muerte de Dani; el “Murió, claro” quizás sea cuestión de estilo, pero ya se daba por hecho. 🙂

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